EL SODALICIO INTERVENIDO

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Cuando el 10 de enero la Oficina de Prensa de la Santa Sede comunicó que el Sodalicio había sido intervenido y que se había nombrado un Comisario con autoridad para gestionar el gobierno, el régimen interno y las cuestiones económicas del instituto, leí con escepticismo los comentarios en la prensa y en las redes sociales que decían que por fin el Vaticano estaba tomando cartas en el asunto de los abusos sexuales cometidos por Figari y otros sodálites, y que por fin se iba a atender a las víctimas.

Nada más lejos de la realidad. Salvo ocasionales atisbos, la Iglesia católica todavía no ha asumido satisfactoriamente la perspectiva de las víctimas ni en su legislación ni en su pastoral, y lo que más le ha preocupado cuando han habido casos de abusos sexuales es el escándalo generado antes que el daño ocasionado a los afectados. De ahí sus intentos por acallar la publicidad de los hechos, darle carácter reservado a la información al respecto y sacar momentáneamente de circulación a los perpetradores, buscando de alguna manera rehabilitarlos tras “haber caído en pecado”.

Pero acoger y atender a las víctimas, como lo hacía Jesús con los sufrientes y desvalidos, no está entre sus prioridades, por lo menos institucionalmente. Como se constata en la visita del Papa a Chile y Perú, donde no se ha incluido en el programa ningún encuentro entre Francisco y las víctimas de abusos sexuales, psicológicos y físicos por parte del clero, religiosos y laicos consagrados.

La intervención del Sodalicio no se debe a los abusos sexuales cometidos por Figari. Para la Santa Sede ésos son «hechos y comportamientos que, aunque objetivamente graves, han ocurrido sobre todo en un pasado muy remoto», además de que «»no se encuentra prueba cierta de ulteriores actos contra el VI mandamiento, cometidos sucesivamente o en precedencia a los referidos» (Carta del Vaticano a Alessandro Moroni, 30 de enero de 2017). Y, al parecer, los dos informes sobre abusos sexuales elaborados por tres expertos internacionales, dados a conocer por el Sodalicio en febrero de 2017, dejaron satisfecha a la Santa Sede, la cual no habló más sobre el asunto. Sin embargo, un número considerable de víctimas quedaron insatisfechas por el trato recibido de parte de los representantes del Sodalicio, que ofrecieron reparaciones exiguas en comparación con los daños personales sufridos o simplemente negaron que haya habido abusos.

Como ocurrió en mi caso, donde se me negó la condición de víctima, no obstante haber testimoniado graves abusos psicológicos y físicos cometidos sistemáticamente en perjuicio mío. Mi testimonio no sólo fue enviado a los representantes del Sodalicio, sino también por partida doble al Vaticano —una vez personalmente y la otra por la diócesis de Espira (Speyer)—, sin que haya recibido hasta ahora ninguna respuesta.

Es la situación actual del Sodalicio la que motiva la intervención vaticana, es decir, el modo en que se maneja el régimen interno y la formación, y la gestión económica-financiera, que no es que vaya mal, sino que parece tener fuentes no sólo de dudosa moralidad sino también de legitimidad cuestionable.

Evidentemente, cualquier intervención en régimen de comisariato de la Santa Sede tiene la intención de “sanear” la institución. ¿Pero puede acaso sanearse una entidad que funcionó desde sus inicios como una secta destructiva, controlando draconianamente el pensamiento y lenguaje de sus miembros, su comportamiento durante las veinticuatro horas del día, sus emociones a través del mecanismo de la culpa, así como la información que les era permitido recibir? Porque siguen habiendo evidencias de que la formación impartida sigue el mismo patrón de siempre, restringiendo considerablemente la libertad interior de los sodálites.

Pero además de los informes recientes que habrían llegado a la Santa Sede —y que aún desconocemos—, lo que más parece preocuparle al Vaticano es la posibilidad de una sentencia condenatoria contra aquél a quien llaman «el fundador del Sodalitium Christianae Vitae y por lo tanto […] mediador de un carisma de origen divino» (Carta del 30 de enero de 2017).

Sospechamos que harán todo lo posible para que Figari no vaya a la cárcel, buscando evitar así empañar aún más la imagen de Iglesia santa que quieren mantener a toda costa, sin importarles pisotear a las víctimas.

(Columna publicada en Altavoz el 15 de enero de 2018)

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LA IGLESIA QUE ESPERA AL PAPA FRANCISCO EN EL PERÚ

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Manfred Lehmann como Padre Julio en “Commando Leopard” (Antonio Margheriti, 1985)

La primera semana del año una bronquitis aguda me obligó a guardar cama. Tuve así tiempo para revisar unas películas de mercenarios de bajo presupuesto, realizadas en la década de los ‘80 en régimen de co-producción ítalo-germano. Aunque parezca increíble, en estos filmes de serie B sin mayores pretensiones siempre se encuentran escenas memorables que quedan impresas en la memoria.

Lo que más me llamó la atención es que en tres de los cinco filmes que pude visionar aparece la figura de un sacerdote católico.

En Comando Patos Salvajes (1984), de Antonio Margheriti, un anciano sacerdote en la selva del sudeste asiático acoge en su misión a todas las víctimas del tráfico de drogas imperante en la zona y no tiene ningún reparo en darles cobijo a los mercenarios enviados para destruir algunos depósitos de estupefacientes. Posteriormente, tropas del gobierno destruirán a sangre y fuego la misión y clavarán al clérigo a la cruz de su iglesia.

En Comando Leopardo (1985), también de Margheriti, Manfred Lehmann da vida al Padre Julio, un sacerdote que acoge a pobres y desposeídos en un país latinoamericano ficticio, dominado por una dictadura militar. Cuando llegan los guerrilleros armados, comandados por Carrasco “El Leopardo” (Lewis Collins), el cura les da acogida e incluso les presta ayuda para volar una refinería, lo cual posteriormente llevará a que sea asesinado a sangre fría por el General Silveira (Klaus Kinski) cuando inintencionadamente mata a un soldado con lanzallamas que iba a prenderle fuego a la iglesia con su feligresía adentro.

En Operación Nam (1986), de Fabrizio de Angelis, Donald Pleasance interpreta al Padre Lenoir, un sacerdote francés que trabaja en la selva vietnamita y que les proporciona armas a los cuatro amigos que han decidido ir a rescatar a prisioneros de guerra americanos, cuya existencia el mismo gobierno estadounidense niega y que viven en condiciones lamentables, siendo continuamente objeto de tortura y maltratos.

La imagen del sacerdote que transmitía cierto cine popular en la década de los ‘80 era la de un hombre comprometido con los desvalidos y marginales, y que era capaz de asumir riesgos en defensa de sus derechos humanos, poniendo en juego incluso su propia vida si ello era necesario.

Ello es reflejo de la conciencia que había tomado la Iglesia de sí misma bajo el pontificado de Juan XXIII y durante las sesiones del Concilio Vaticano II, que concluyó: «La Iglesia, pues, en virtud del Evangelio que se le ha confiado, proclama los derechos del hombre y reconoce y estima en mucho el dinamismo de la época actual, que está promoviendo por todas partes tales derechos» (Constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual, 41).

Ha pasado el tiempo y mientras los sectores conservadores se han ido fortaleciendo en la Iglesia, ésta ha predicado cada vez con mucho menor frecuencia la defensa de los derechos humanos —si es que nos lo ha tachado de “cojudez”— y se ha convertido ella misma en un problema en este aspecto. Los numerosos casos de abusos sexuales por parte del clero y de personal laico de la Iglesia atentan gravemente contra el derecho a la integridad corporal y psíquica de miles de personas vulnerables. El encubrimiento sistemático y la laxitud para juzgar los abusos físicos, psicológicos y sexuales en instituciones de la Iglesia católica atentan gravemente contra el derecho a la justicia de los afectados. Y no hablemos de las frecuentes violaciones a los derechos laborales en que incurren organizaciones católicas amparándose en privilegios obtenidos mediante pactos dudosos.

La Iglesia que espera al Papa Francisco en el Perú es una Iglesia que no ha acompañado a los familiares de las masacres de Barrios Altos y La Cantuta, que ha estado ausente en las luchas de las mujeres esterilizadas forzosamente por el gobierno de Fujimori, que ha renunciado a tener una pastoral de acercamiento a las personas homosexuales, que ha dejado abandonadas a las víctimas de abusos no solamente del Sodalicio sino de otras instituciones católicas, que ha callado en todos los colores del arco iris ante el inmoral indulto de un criminal como Fujimori.

Es una Iglesia que le sonríe a los dueños del poder, mientras defeca sobre aquellos a los cuales está en obligación de defender.

(Columna publicada en Altavoz el 8 de enero de 2018)

SODALICIO: EL MITO DEL CARISMA Y EL LEGADO DE FIGARI

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Un Sodalicio diezmado en una misa durante el curso de formación dictado por el P. Gianfranco Ghirlanda SJ (Lima, septiembre de 2017)

Habiendo pasado ya dos años desde que estalló el escándalo del Sodalicio con la publicación de Mitad monjes, mitad soldados de Pedro Salinas y Paola Ugaz, las aguas parecen haber vuelto a su cauce. O eso es lo que nos quisieran hacer creer los actuales miembros del Sodalicio. Como si todo el problema hubiera sido solamente Figari, el cual está ahora a buen recaudo en Roma gozando de una jubilación dorada, pero lejos de la comunidad sodálite. Sin embargo, la verdad es que el Sodalicio no ha tomado distancia de su legado.

En julio de este año el sacerdote sodálite Jorge Olaechea presentó su libro Rudolf Allers, psiquiatra de lo humano. Lo que no debería pasar inadvertido es que Figari recomendaba encarecidamente la lectura de Allers a sus seguidores, pues como psiquiatra católico lo consideraba uno de los escasos exponentes de una psiquiatría sana y equilibrada, mientras que los demás representantes de la ciencia psiquiátrica debían ser o ignorados o combatidos ideológicamente.

Asimismo, del 18 al 22 de septiembre más de 130 sódalites asistieron a un curso dictado por el P. Gianfranco Ghirlanda SJ, profesor de Derecho Canónico de la Universidad Gregoriana (Roma). Entre los temas que el jesuita italiano abordó está el del “carisma fundacional”, ese supuesto don que el Espíritu Santo otorga a un fundador de un instituto de vida consagrada para darle una tarea y una orientación, que finalmente se traduce en un beneficio espiritual para la Iglesia.

Resaltó que el “carisma” no es propiedad del fundador, el cuál es sólo un instrumento en las manos de Dios. El “carisma” pasa a todos los miembros y vive en ellos. Incluso planteó la posibilidad de que el fundador no haya vivido el “carisma” porque es un hombre que ha pecado, lo cual resulta al fin y al cabo un detalle irrelevante, pues el carisma ha pasado a los miembros del instituto y eso se traduce finalmente en obras buenas y frutos buenos.

Por supuesto, el Sodalicio, ni corto ni perezoso, ha puesto en la red un video donde el P. Ghirlanda expone brevemente esta doctrina.

Sin embargo, esto no es otra cosa que la justificación de la continuidad de una institución que nació torcida desde un principio y de la cual es legítimo dudar que haya sido guiada por un “carisma” del Espíritu Santo.

El Papa Francisco, en la audiencia general del 13 de noviembre de 2013, explicó que los carismas «son actitudes, inspiraciones e impulsos interiores que nacen en la conciencia y en la experiencia de determinadas personas, quienes están llamadas a ponerlas al servicio de la comunidad». Imposible desligarlos de la biografía del fundador. ¿Y no era acaso Figari un abusador sexual, un sádico y un manipulador de conciencias desde el momento en que fundó el Sodalicio?

El mismo Papa Francisco señala que «si un carisma […] sirve para afirmarse a sí mismo, hay que dudar si se trata de un carisma auténtico o de que sea vivido fielmente».

¿Qué carisma podría haber tenido un hombre que creó una institución que funcionó como una secta desde sus principios, secuestrando las mentes de menores de edad para luego abusar sexualmente de algunos cuando fueron mayores? ¿Qué carisma pueden haber recibido los miembros actuales, que relativizaron la verdad y maltrataron a muchas víctimas desconociendo la veracidad de sus testimonios, además de haber impedido que se conozca todo el alcance de los abusos? ¿Que obras y frutos buenos puede mostrar el Sodalicio, cuando por cada sodálite en actividad deben haber varias personas —entre las cuales me cuento yo— que han visto sus vidas afectadas negativamente? ¿Qué carisma puede ser aquel que ha dañado la imagen de la Iglesia católica y ha hecho que muchas personas pierdan su fe religiosa?

El P. Ghirlanda habló también de una “refundación” como un «volver al inicio que es la inspiración del Evangelio». ¿Nadie le ha contado que los peores abusos los cometió Figari en los inicios? ¿O que doctrinalmente el Sodalicio se guiaba entonces por el pensamiento fascista de la Falange Española? ¿O que los peores métodos de manipulación mental y lavado de cerebro fueron aplicados en esa época?

Hasta el Espíritu Santo debe estar arrastrándose de risa ante tanta estupidez humana.

(Columna publica en Altavoz el 6 de noviembre de 2017)

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FUENTES

ACI Prensa
Lanzan en Perú el libro “Rudolf Allers, Psiquiatra de lo Humano” (16. Jul. 17)
https://www.aciprensa.com/noticias/lanzan-en-peru-el-libro-rudolf-allers-psiquiatra-de-lo-humano-16274

Papa Francisco
Audiencia general (Plaza de San Pedro, miércoles 6 de noviembre de 2013)
http://w2.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2013/documents/papa-francesco_20131106_udienza-generale.html

Página web oficial del Sodalicio de Vida Cristiana
Video: Conferencias del Padre Gianfranco Ghirlanda, S.J.
http://sodalicio.org/portfolio/video-conferencias-del-padre-gianfranco-ghirlanda-s-j/

NOSOTROS, “CÓMPLICES” DE FIGARI

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Es una constante de la historia que los vencedores terminen declarando culpables de sus crímenes y delitos a sus víctimas. No otra cosa ocurrió después de la Segunda Guerra Mundial, donde ninguno de los vencedores fue juzgado por crímenes de lesa humanidad, cuando entran dentro de esta categoría las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki además de los bombardeos a rajatabla de las ciudades alemanas, gratuitos e innecesarios, pues no afectaron el desarrollo de la guerra pero causaron destrucción y pérdidas de cientos de miles de vidas humanas. Y no vale decir que los civiles japoneses y alemanes fueron responsables de desatar una guerra de alcance mundial, cuando la mayoría de ellos hubieran preferido que se mantuviera la paz. Se les puede considerar sobrevivientes de una catástrofe, pero no autores de ella.

A nivel más individual, los abusadores sexuales que quedan impunes —y quienes los apoyan— suelen cargar sobre los hombros de las víctimas la culpa de lo sucedido. Y esto mismo hizo el Vaticano en el caso de Figari, cuando llamó “cómplices” a quienes fueron objeto de la lubricidad del maquiavélico fundador del Sodalicio de Vida Cristiana.

La lógica que sigue el Vaticano es jurídica, pero no por ello menos alejada de la realidad. Según el actual Código de Derecho Canónico, «la persona que ha cumplido dieciocho años es mayor; antes de esa edad, es menor» (canon 97 §1). Y a continuación, estipula que «la persona mayor tiene el pleno ejercicio de sus derechos» (canon 98 §1). Lo curioso es lo aplicable a los menores de edad que hayan cumplido por lo menos 16 años, a los cuales el Código de Derecho Canónico considera susceptibles de recibir una pena en caso de que cometan una infracción, aunque no gocen del ejercicio pleno de sus derechos (ver cánones 1323-1324). Es decir, son responsables e imputables de delitos.

Dado que la inmensa mayoría de los afectados por los actos pecaminosos de Figari contra el 6° mandamiento eran mayores de 16 años, que «en algunos casos […] han declarado estar conformes o no haber opuesto resistencia o de toda formas de no haber percibido, en aquel momento, constricción alguna de parte del Sr. Figari», el Vaticano concluye que «dichos actos, por lo tanto, pueden ser al máximo considerados gravemente pecaminosos», pero no configuran «un abuso de menores y/o violencia».

De modo que sólo en uno de los casos conocidos de Figari se podría hablar de abuso de menores, dado que la víctima tenía menos de 16 años. Todo esto resulta bastante relativo, si consideramos que hasta el año 1980 en el Perú la mayoría de edad se alcanzaba recién a los 21 años de edad. Por consiguiente, las víctimas de Figari en los ‘70 fueron todas menores de edad según la ley vigente.

Por otra parte, los tecnicismos jurídicos mencionados dejan indefensas a las víctimas, pues se obvia que quienes fuimos objeto de abusos sexuales, psicológicos y físicos nos hallábamos en una situación vulnerable, en un contexto donde era casi imposible ejercer resistencia, pues se nos había inculcado desde que éramos menores de edad que Figari era un elegido por Dios para llevar adelante una obra divina y, por consiguiente, le debíamos obediencia absoluta. Mientras fui sodálite, nunca estuve en capacidad de contradecir a Figari, y consentí a los dos correazos que se me dieron en la espalda desnuda, sin oponer resistencia.

Nosotros, víctimas de abusos sexuales, psicológicos y físicos, podremos ser considerados “cómplices” de Figari por ser mayores de edad con derechos plenos, pero en realidad estábamos esclavizados a la voluntad de un megalómano sádico y manipulador. Y eso lo reconoce el mismo Vaticano, cuando señala que Figari «utilizó estrategias y métodos de persuasión impropios, es decir solapados, arrogantes y de todos modos violentos e irrespetuosos del derecho a la inviolabilidad de la propia interioridad y discreción, y por lo tanto a la libertad de la persona humana de discernir con autonomía las propuestas o las decisiones».

Mientras se siga insistiendo en resaltar la edad de las víctimas —cuando casos de pederastia en el Sodalicio sólo serían los cometidos por Jeffery Daniels y Daniel Murguía— y no la naturaleza de los abusos, seguiremos desprotegidos y nunca se nos podrá hacer justicia.

(Columna publicada en Altavoz el 30 de octubre de 2017)

ENTREVISTA: EL CASO SODALICIO

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Recientemente Luis Enrique Baca, estudiante de Derecho en la Universidad de Lima y subdirector de coyuntura nacional en el medio digital Punto y Coma, ha publicado un artículo sobre la situación actual del caso Sodalicio (ver “Análisis: La impunidad del Sodalicio. Víctimas sin justicia”, 26 de julio de 2017), donde cita algunas declaraciones mías que yo le envié el 16 de junio como parte de las respuestas a un cuestionario que me hizo llegar el 8 de junio.

Considerando que la situación sobre el Sodalicio no ha cambiado en nada hasta el momento —y dado que mis reflexiones podrían ser de interés para más de uno—, publico ahora la entrevista completa.

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¿En qué situación está el caso Sodalicio?

La situación del caso Sodalicio es la que ya conocemos a través de los medios de prensa. Una sentencia suave y condescendiente de parte de la justicia eclesiástica, y un stand-by por el momento de parte de la justicia peruana.

¿Por qué cree que la Iglesia encubre a los pederastas?

El tema es muy complejo. Por una parte, la Iglesia se siente representada por aquellos que ostentan un cargo eclesiástico, ya sea que hayan recibido la ordenación sacerdotal o hayan hecho compromisos en una institución de vida consagrada. Todavía se sigue considerando los delitos de pederastia más que nada como faltas graves en las que caen las personas mencionadas y, por lo tanto, como piedras en el camino que no les impedirán restituirse y volver a su situación anterior, donde supuestamente seguirán sirviendo a la institución eclesial después de la prueba por la que el demonio los ha hecho pasar. Hasta ahora, no obstante algunos tímidos progresos, la Iglesia no ha asumido la perspectiva de las víctimas, a las cuales se ha presionado para que guarden silencio (y eviten el escándalo), a fin de evitar dañar la debida reputación que debe acompañar a esos elegidos de Dios. Y el buen nombre de la institución sigue poniéndose como prioridad, aunque se tenga que crucificar a las víctimas.

¿Cree que son efectivos los tribunales eclesiásticos? ¿Por qué?

Los tribunales eclesiásticos sólo han sido efectivos cuando se trata de censurar a teólogos disidentes o de suspender a clérigos díscolos, que se salen de la línea doctrinal y moral impuesta por el obispo de turno. Pero en lo que se refiere a delitos graves contra los derechos humanos de las personas, lo más normal es que los jueces se tomen todo el tiempo del mundo, se concluya que no hay pruebas tras una investigación que consiste básicamente en no hacer nada, o los delitos prescriban. He escrito sobre este tema en una columna publicada en Altavoz, que lleva el título de JUSTICIA ECLESIÁSTICA: LA IMPUNIDAD PROGRAMADA.

¿Por qué no se le juzga a Figari en fueros civiles? ¿Crees que lo verás preso algún día?

El proceso contra Figari está todavía en “veremos”. El Ministerio Público tiene que determinar todavía si procede una denuncia penal que dé lugar a un proceso judicial. Todo esto puede demorar años. No creo que nunca veamos a Figari tras las rejas, pues aún cuando hubiera una sentencia, la cosa derivaría en un asunto diplomático complicado, pues la Santa Sede, con su vergonzoso pronunciamiento sobre el caso, lo ha blindado de por vida.

¿Qué tanto te marcó el Sodalicio?

El Sodalicio me marcó, como ha marcado a tantos. Más aún, es prácticamente imposible pasar por el Sodalicio sin que eso deje huella en la psique personal de uno. Hasta ahora sigo lidiando con las consecuencias.

¿Los abusos del Sodalicio han cambiado tu percepción sobre la Iglesia católica en general?

Mi percepción sobre la Iglesia católica no ha cambiado básicamente debido a los abusos del Sodalicio. Ya antes de ocuparme del tema a fondo, yo me había informado sobre los abusos cometidos dentro de los Legionarios de Cristo (antes incluso de que la Santa Sede se pronunciara sobre el P. Marcial Maciel), y también de otros abusos psicológicos que son moneda corriente dentro del Opus Dei. Más bien, al contrastar esos datos con lo que yo había vivido dentro del Sodalicio, fue que poco a poco pude darme cuenta de que yo mismo había sido víctima de abusos psicológicos y físicos. Aún así, sigo siendo católico por convicción y motivos personales, que he explicitado en la columna POR QUÉ SIGO SIENDO CATÓLICO publicada en mi blog. Ciertamente, mi percepción de la Iglesia ha evolucionado, a la cual considero principalmente como un pueblo formado por fieles creyentes seguidores del Jesús de los Evangelios. Y lamentablemente, en la jerarquía eclesiástica abundan quienes no pueden ser considerados como tales, pues con sus actos traicionan las palabras de Jesús y crucifican a las víctimas de abusos. Ante esto, sólo se puede seguir siendo católico si uno asume como programa las palabras que Juana de Arco les dirigió a los jueces eclesiásticos que la condenaron a la hoguera: «Los hombres de Iglesia no son la Iglesia».

¿Te duele el papel que ha jugado el Congreso al darles la espalda?

No es el Congreso el que nos ha dado la espalda, cortando la posibilidad de una comisión investigadora, sino el fujimorismo, aliado natural de los sectores más conservadores y retrógrados del catolicismo. Una investigación a fondo en el Congreso hubiera sido una ventana abierta para que se sepa toda la verdad sobre el Sodalicio y sobre su sistema doctrinal y disciplinario que atenta contra derechos fundamentales de las personas y favorece la comisión de delitos contra la libertad y la propiedad privada. Esta propuesta ha sido llevada adelante por algunos congresistas de buena ley, entre los cuales destaca Alberto de Belaúnde. Los abusos sexuales, a los cuales tanta publicidad se ha dado, son solamente una consecuencia marginal de problemas más serios y graves, siendo que el problema del Sodalicio no es la pederastia (la inmensa mayoría de las víctimas de abusos sexuales en el Sodalicio eran ya mayores de edad o adolescentes con madurez sexual) sino la manipulación de las conciencias, el abuso de poder y la sujeción de la libertad interior de tantos jóvenes, cuyas vidas son dañadas permanentemente, comprometiendo seriamente su futuro y su desarrollo como personas normales.

¿Te parece contradictorio que los que han cometido abusos o encubierto abusos hoy sean los abanderados de la defensa de los niños en el caso de la ideología de género y #ConMisHijosNoTeMetas?

No me extraña, pues aquellos que cometieron o encubrieron abusos hasta ahora no han tomado conciencia del alcance de lo que hicieron, y siguen justificando esos actos como «rigores de la formación». Para ellos, las víctimas no son tales, sino personas con malas intenciones que malinterpretaron aquello que experimentaron en el Sodalicio. Y precisamente la moral puritana que propugnan, basada sobre una interpretación fundamentalista de los datos bíblicos y ciega a las investigaciones científicas sobre el tema del género, es el humus donde germinan aquellos impulsos enfermizos que terminan en la perpetración de abusos. No puede haber tolerancia ni una actitud sana hacia los demás en una moral represiva de la sexualidad real.

¿Cómo han lidiado los Papas con los casos de abuso?

Recién con Benedicto XVI comienzan a haber medidas que apuntan a combatir los casos de abuso sexual —que, como ya he indicado, es un problema marginal en el Sodalicio—. Las medidas anunciadas por el actual Papa Francisco, aparentemente más radicales que las del Papa Ratzinger, han sido un saludo a la bandera, pues todo parece indicar que han sido neutralizadas con relativo éxito por la Curia Romana. Sin embargo, considero que las medidas siguen siendo demasiado tibias respecto a la gravedad del problema. Y lo peor de todo es que muy poca atención se le ha prestado a los abusos psicológicos y físicos, que son la madre del cordero, pues constituyen el caldo de cultivo de los abusos sexuales, que son más infrecuentes.

¿Eliminar el celibato sería la solución?

La solución a un problema complejo no puede radicar en una medida simple. No podemos eliminar el derecho que una persona tiene a elegir el celibato, si considera que ése es su camino. Pero mantenerlo como una obligación para todos aquellos que quieren ser sacerdotes, no sólo no encuentra sustento sólido en la Biblia o en la Tradición de la Iglesia, sino que puede generar problemas de sexualidad truncada o reprimida en muchas personas buenas que aman su la vocación sacerdotal, pero que tienen que admitir dentro del paquete el celibato obligatorio. Como decía el difunto Cardenal Carlo Maria Martini, él no creía que todos los llamados al sacerdocio estuvieran también llamados al celibato. Por otra parte, el problema va más allá de esta práctica eclesial. Es en la actual doctrina católica sobre la sexualidad donde se hallan los gérmenes de varios abusos. Mientras no haya una reflexión más profunda sobre este tema, que no tenga miedo de revisar y replantear algunos conceptos, con o sin celibato seguirán habiendo abusos.

¿Crees que el Sodalicio es la única organización religiosa peruana involucrada en estos casos?

Toda organización cristiana basada en la autoridad absoluta, con estructuras verticales, con exigencia de obediencia total, con pensamiento único impuesto a todos sus miembros y con una interpretación fundamentalista de los textos bíblicos presentará con alta probabilidad casos de abusos como los que han ocurrido en el Sodalicio. En el contexto peruano, se me vienen a la mente instituciones como el Camino Neocatecumental, el Opus Dei, Pro Ecclesia Sancta y Lumen Dei, aunque no descarto casos de abusos en órdenes tradicionales, especialmente si el ambiente es muy conservador y puritano.

RIGORES DE LA FORMACIÓN

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Georg Ratzinger dirigiendo el coro de los Gorriones de la Catedral de Ratisbona en 1976

Cuando el 19 de julio apareció en la prensa alemana la noticia del informe sobre los abusos en el coro de los Gorriones de la Catedral de Ratisbona, una anciana del asilo donde trabajo, que estaba leyendo el periódico local, me dijo indignada que quienes habían perpetrado esas atrocidades debían ser castigados. Lo mismo pensé yo. Pero también me invadió cierta tristeza, pues sabía que en esos casos muy rara vez los culpables son castigados, los delitos en su mayoría han prescrito y las víctimas suelen ser dejadas a su suerte y tratadas como si ellas fueran el problema, y no quienes lo han sufrido y cargan todavía con las consecuencias.

Pues lo que describe el informe de 440 páginas, encargado por el actual obispo de Ratisbona al abogado independiente Ulrich Weber —que se demoró dos años en la investigación correspondiente y el procesamiento de datos—, es la descripción de un crimen colectivo.

Hasta ahora se ha logrado determinar el número de 547 víctimas, de las cuales 67 fueron objeto de abuso sexual y 500 de abuso físico, siendo que algunas de ellas sufrieron ambos tipos de abuso. El número de perpetradores en el período de 1945 a 1992 —año en que se registra el último incidente— es de 49, de los cuales 9 cometieron abusos sexuales y 45, abusos físicos. La mayoría de los abusos ocurrieron en las décadas de los ‘60 y ‘70.

Del informe se desprende que no se trata de casos aislados, aun cuando haya ex-alumnos de las escuelas del coro que no sufrieron abusos y guardan recuerdos gratos de su época escolar. Pero eso no descalifica para nada los crudos testimonios de las víctimas, ni anula el hecho de que se trató de un sistema educativo y de formación dominado por la violencia, el miedo y el desamparo, tanto en la escuelas preparatorias de Etterzhausen y Pielenhofen, como en el internado de la escuela secundaria en Ratisbona.

Al igual que en otras instituciones donde han ocurrido abusos similares —llámese Sodalicio o Legionarios de Cristo—, el sistema formativo estaba orientado a la suprema perfección, en este caso a la excelencia en el rendimiento musical y el éxito del coro. Con el fin de lograr la máxima disciplina y disponibilidad, se buscó quebrar la voluntad de los educandos, lo cual sirvió de base para la justificación de prácticas violatorias de derechos humanos fundamentales, traduciéndose esto principalmente en abusos físicos y psicológicos, ocurridos casi a diario a vista y paciencia de todos dentro de los recintos escolares, mientras que los abusos sexuales, poco frecuentes y ocasionales, se dieron a puerta cerrada, aunque pueden considerarse como consecuencia última de la lógica del sistema.

El informe da cuenta de métodos cuasi policíacos: control de la higiene corporal, de armarios, de correspondencia, de camas, de comidas, etc. Quien cometía alguna falta era castigado desproporcionadamente con golpes o humillaciones, siendo las bofetadas y los varapalos los métodos más frecuentes. Otros castigos eran verter la sopa caliente sobre los dedos de quien no quería tomarla; o ser obligado a comer lo que se vomitaba cuando uno se resistía a comer el “forraje” que se servía en el comedor.

El informe habla también de abusos sociales —restricción de la comunicación con otros mediante aislamiento, prohibiciones, alejamiento de amigos y de la familia, retención de bienes personales, negación parcial de alimentos, etc.—, lo cual permite el control sobre el entorno del educando y, a la vez, se evita que lo que ocurre dentro de la institución llegue a conocimiento de personas externas. Como cuando se revisaba cada carta que enviaban los alumnos a sus familiares, y se las retenía si contenían información no grata para la escuela, o se ordenaba al alumno escribirla nuevamente en términos más amables.

Ni que decir, no faltaron quienes alimentaron pensamientos suicidas, o incluso intentaron fugar de la escuela, siendo luego castigados severamente, sin que pasara nada. Pues hasta el año 2010 no se dio crédito a quienes denunciaron los horrores vividos.

Durante mucho tiempo se consideró que los castigos eran normales para la época. Simples rigores de la formación. El informe dice lo contrario. Las pesadillas recurrentes y los traumas de los afectados son prueba de ello.

(Columna publicada en Altavoz el 24 de julio de 2017)

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FUENTES

Ulrich Weber/ Johannes Baumeister
Vorfälle von Gewaltausübung an Schutzbefohlenen bei den Regensburger Domspatzen (18. Juli 2017)
http://www.uw-recht.org/fileadmin/user_upload/Abschlussbericht_Domspatzen.pdf

ZEIT ONLINE
Regensburger Domspatzen: Mindestens 547 Chorknaben wurden missbraucht (18. Juli 2017)
http://www.zeit.de/gesellschaft/2017-07/regensburger-domspatzen-abschlussbericht-misshandlung

Frankfurter Allgemeine
Missbrauch bei Domspatzen: Sadisten im geistlichen Gewand (18.07.2017)
http://www.faz.net/aktuell/politik/inland/domspatzen-bericht-zu-missbrauchsfaellen-vorgelegt-15111839.html

Süddeutsche Zeitung
Georg Ratzinger war Teil des Gewaltsystems bei den Regensburger Domspatzen (19. Juli 2017)
http://www.sueddeutsche.de/bayern/katholische-kirche-georg-ratzinger-war-teil-des-gewaltsystems-bei-den-regensburger-domspatzen-1.3594702

EL SODÁLITE QUE SE ATREVIÓ A DECLARAR ANTE LA COMISIÓN DE ÉTICA DEL SODALICIO

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César Oga en el año 2012

Cuando todavía era rector del Colegio San José de Cajicá, al norte de Bogotá, el entonces sodálite César Oga, nacido en Lima el 7 de agosto de 1975, decidió presentar su testimonio ante la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación, convocada por el Sodalicio. Rindió su declaración en marzo de 2016, lo cual habría sellado su destino, si es que no estaba sellado desde antes, cuando en marzo de 2015 escribió un análisis crítico del Sodalicio que envió a las autoridades correspondientes y que ya ha sido publicado en este blog (ver EL SODALICIO AL DESNUDO: REFLEXIÓN CRÍTICA DESDE ADENTRO).

Lo cierto es que César dejó de ser rector del colegio sodálite San José en junio de 2016, pidió licencia y finalmente enrumbó su vida por otros derroteros distintos a los que había seguido desde su adolescencia, cuando fue captado por el Sodalicio.

Antes de testimoniar ante la Comisión de Ética, redactó el 3 de marzo de 2016 un borrador con las ideas principales que le servirían para su declaración. El 15 de marzo me hizo llegar este documento, indicándome que todavía era sodálite activo.

Por este motivo y por la confidencialidad que le había prometido guardar, no me ha sido posible dar a conocer este texto hasta ahora. A continuación, el texto que César mismo me ha autorizado a que se publique siempre y cuando se omitan nombres de personas.

Su importancia radica en que presenta de manera sucinta y concreta los elementos que hacen del Sodalicio un sistema opresivo de pensamiento y disciplina que anula la personalidad y libertad de sus miembros, permitiendo que se cometan abusos de todo tipo. Asimismo, sugiere alguna medidas radicales que el Sodalicio debería implementar para poder reformarse, si eso es posible.

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DECLARACIÓN DE CÉSAR OGA ENTE LA COMISIÓN DE ÉTICA PARA LA JUSTICIA Y LA RECONCILIACIÓN (BORRADOR)

Antes que nada quiero agradecerles su tiempo y la labor que realizan para ayudar a hacer justicia a todas las personas que puedan haber sido afectadas por la organización y evitar futuros atropellos.

Quiero aclarar anticipadamente que esta declaración o denuncia no es a personas concretas sino a la lógica de un sistema u organización.

Mi hipótesis es que la organización está basada en unos principios autorreferenciales que privilegia a la organización por encima de la persona, y por lo tanto, esto la ha llevado a atropellos contra las individualidades y principios morales y éticos.

Esta absolutización de un principio autorreferente es una proyección de la personalidad del Fundador y quien para lograr la consecución de las metas institucionales creó una comprensión particular cerrada de la realidad con conceptos religiosos organizados y estructurados según esta conveniencia. Es lo que podríamos llamar una sistema de pensamiento.

El Sodalicio en su concepción de fondo es lo más parecido a una ideología basada en conceptos religiosos. La radiografía más clara de este fenómeno lo encontré en un texto del teólogo Romano Guardini que me gustaría citar:

«Desde el momento que existe una conciencia creyente que conoce la pura doctrina, y una autoridad que se encarga de defenderla, surge el peligro de la “ortodoxia”, esa mentalidad que cree que conservar la recta doctrina es ya la salvación, pero que en virtud de la pureza de la doctrina, atenta contra la dignidad de la conciencia. Desde el momento en que se instituye una regla de salvación, un culto y un ordenamiento comunitario, surge el peligro de pensar que su realización exacta es ya la santidad a los ojos de Dios. Desde el momento en que existe una jerarquía de las funciones y de los poderes, de la tradición y del derecho, surge el peligro de ver ya el reino de Dios en la autoridad y en la obediencia mismas. Tan pronto como en lo sagrado se establecen normas y se distingue entre correcto e incorrecto, amenaza el peligro de coartar desde allí la libertad de Dios y de enmarcar como en derechos lo que viene exclusivamente de su gracia… Por muy noble que sea un pensamiento, tan pronto como penetra en el corazón humano genera en él contradicción, mentira y maldad. Esto es lo que ocurre también con lo que viene de Dios.»

Pienso que el Sodalicio es un sistema de pensamiento de corte religioso que, al haber sido absoluto y totalizante, ha creado sus propias reglas de acción.

Cosmovisión: a este sistema totalizante de la realidad se le llamó, entre nosotros, cosmovisión sodálite. En otras palabras, el Sodalicio gozaba, por gracia de Dios, de una concepción del mundo con unas claves hermenéuticas propias que nos hacían aventajados para entender la realidad y el ser humano. Hay en todos nuestros manuales formativos el desarrollo de los que llamábamos antropología sodálite, nuestra exclusiva visión del hombre.

Esta cosmovisión tenía varios conceptos fuertes que nos inculcaban:

Concepto de la vocación: la vocación era concebida como una realidad ontológica que determinaba la estructura constitutiva de la persona y por lo tanto, no había otra opción sino responder o poner en riesgo la salvación y felicidad de la persona. Esta vocación ya venía en el ADN de la persona antes de nacer.

Estilo: el estilo es un concepto clave del ordenamiento sodálite. El estilo era la expresión en la vida de esta vocación. Así como el concepto del llamado o vocación, el estilo era un concepto totalizante. Había un estilo sodálite único en todo, vestir, pensar, actuar, en la decoración de las casas, en la estética en general, en el comportamiento ético, etc. Era por lo tanto un criterio moral para juzgar el comportamiento de los sodálites en todos los aspectos de su vida. Este concepto determinaba en lo cotidiano si el sodálite era fiel o infiel a su vocación.

Autoridad: siendo yo superior a una edad corta, 26 años, se nos enseñó que nosotros éramos los custodios del estilo y los que determinábamos lo que Dios quería para las personas. La autoridad sodálite era en su esencia controlista.

Estructura autoritaria: Luis Fernando para tener un poder absoluto e incuestionable de la organización creó una estructura de gobierno a su medida. Y en ese mismo sentido, la estructura de gobierno posicionaba a los superiores como elementos que garantizaban la unidad y cohesión comunitaria.

Constituciones: si uno lee las Constituciones del Sodalicio con esta clave puede ver que el documento está planteado para que el miembro de la organización sea un instrumento sujeto a la arbitrariedad de los superiores. Las premisas son:

  • La vocación sodálite es a la plena disponibilidad apostólica.
  • La obediencia es el compromiso fundamental del sodálite.
  • La obediencia debe ser en todo como la de Jesús al Padre.
  • Y nunca se establece los límites o alcances de la autoridad.

Este es el fondo de muchos excesos de los superiores que desde su capricho, y muchas veces, sin mala intención, generó atropellos contra sodálites que hoy se sienten heridos psicológicamente.

Otro aspecto de las amarguras de muchas personas tiene que ver con las prácticas de reclutamiento.

Reclutamiento: el apostolado vocacional o reclutamiento se hacía en el colegio, como ejemplo es que la actividad bandera del Sodalicio es Convivio. La mayoría de las vocaciones, por lo menos en la bonanza vocacional, han sido captadas en edades escolares, 17 años, en donde la persona no tiene suficiente criterio de juicio pero está predispuesta a opciones radicales. Siguiente al reclutamiento estaban las prácticas formativas.

Formación: la formación estaba orientada a quebrar la voluntad de la persona. Las dinámicas de la obediencia irracional, los ejercicios extremos, los castigos, las introspecciones psicológicas apuntaban a ello.

Antropología negativa: así llamo yo el aspecto formativo que ve a sodálite como un potencial pervertido sexual. Hay un freudianismo en la visión sexual sodálite. La muestra más clara de ello es la política de estar siempre acompañados.

Capitalización de la persona en beneficio de la comunidad: pienso que de aquí parte otra herida y frustración de muchas personas que hoy sienten una injusticia de la comunidad: haber entregado 10, 15, 20 años de sus vidas a favorecer a la organización con la única retribución del deber cumplido.

Injusticia laboral: si una persona que ha servido a la organización por 15 o más años toma conciencia de que ése no es su lugar, ésta está destinada a la más injusta situación de sostenimiento. Es decir: sin ningún dinero cotizado a un fondo de pensión, sin ninguna liquidación, sin seguro médico, sin una experiencia laboral que lo haga competitivo en el mundo. Además, los sodálites en su generalidad no perciben el sueldo de sus trabajos. Yo soy un ejemplo, durante nueve años como fundador y rector del colegio San José no he recibido un sueldo por ese trabajo.

Si bien hoy en día muchos de estos principios que se expresaban en normas y directrices explícitas ya no lo son, considero que la cultura interna está impregnada de ellos. Es común que dentro de la comunidad los que quedamos justificamos que el Sodalicio es una obra buena por los frutos. Pero no se considera la cantidad de personas que hoy en día están fuera de la comunidad con reparos, por decir lo menos. y si no, heridas en sus vidas. Valdría la pena hacer un cálculo estadístico de todos los sodálites que han pasado por comunidad pero que hoy están por fuera. Un cálculo somero es del 65%, y percibo que los que actualmente forman parte de la comunidad tienen un perfil común y es el que podría llamarse, sin mucha precisión, conservador, o que siguen por inercia en la organización por que dependen de ella.

Pienso, además, que una transformación en la actualidad, muy sutil por cierto, de todo este pensamiento de connotaciones ideológicas es la absoluta seguridad que se tiene entre los que aún quedamos, y especialmente de los superiores actuales, que el carisma o la comunidad es algo querido por Dios. Me parece particularmente peligroso entre nosotros esa afirmación, ya que si se parte de esa seguridad de elección divina, el riesgo de convertirnos nuevamente en mesías del mundo es muy grande.

Yo creo que la comunidad se va ir debilitando poco a poco. Las vocaciones son escasas, hay una crisis de identidad y un desánimo generalizado. Sus fundamentos conceptuales, su espiritualidad está en entredicho. Ha hecho daño a mucha gente y las pocas fuerzas que le quedan deberían estar destinadas a esta reparación.

Debo terminar diciendo que yo reconozco haber sido parte del sistema y por lo tanto victimario sobre todo cuando fui superior de una comunidad de formación. Y a la vez, hoy en día, me siento víctima del sistema de autoridad, representado en [Fulano] y [Zutano].

Ellos son un ejemplo de cómo pueden hacer mucho daño no con insultos, golpes y abusos sexuales sino creyéndose los poseedores de la verdad y sintiéndose con la autoridad para imponer sus puntos de vista o los defectos de su sensibilidad sobre las personas.