EL FRAUDE SODALICIO

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El 8 de julio de 1997 el Sodalicio de Vida Cristiana recibió la aprobación pontificia, siendo erigido como sociedad de vida apostólica laical de derecho pontificio. Es decir, quedaba sustraído a la jurisdicción de los obispos locales, dependiendo directamente de un dicasterio romano.

Ese mismo año las autoridades sodálites descubrieron los abusos sexuales en perjuicio de menores cometidos por Jeffery Daniels y lo recluyeron en San Bartolo, sin informar ni a las autoridades civiles ni a las eclesiásticas.

No sé si la reclusión de Daniels fue anterior o posterior a la aprobación pontificia, pero lo cierto es que, de haberse sabido los motivos, se hubiese puesto en juego esa aprobación, obtenida mediante el engaño, el fingimiento, la simulación y un eficaz trabajo de lobby eclesiástico.

Eso lo relata en su blog José Rey de Castro, quien vivió 18 años a la sombra de Figari como sirviente a tiempo completo sin remuneración alguna ni libertad.

Inmediatamente después de su aprobación como instituto de derecho diocesano el 22 de febrero 1994 por el cardenal Augusto Vargas Alzamora, entonces arzobispo de Lima, la maquinaria del Sodalicio se puso en marcha para conseguir a la brevedad posible la aprobación pontificia, sin que ni a Figari ni a su círculo más íntimo les importara que en ese entonces ya se habían cometido abusos sexuales en la institución, y que tanto los abusos psicológicos (perpetrados mediante un sistema de destrucción del yo auténtico a través de la dominación y prácticas humillantes) como físicos (que encontraron su máxima expresión en los maltratos efectuados en San Bartolo) eran pan de cada día en la vida comunitaria sodálite, en mayor o menor intensidad, dependiendo del superior y de la casa en la que uno viviera. Tanto Figari como Germán Doig, su mano derecha, cargaban con víctimas sexuales en su conciencia, y Virgilio Levaggi —quien en los ‘80 llegó a ser el tercero en la cadena de mando— había abandonado la institución en 1987, tras haber cometido abusos sexuales que fueron encubiertos hasta época reciente por el Sodalicio.

No sólo callaron estas prácticas indebidas a las autoridades vaticanas, sino también les contaron el cuento de hadas de su “historia oficial” expurgada de hechos incómodos y de varios textos que sirvieron para la formación intelectual y espiritual de las primeras generaciones de sodálites (el Folleto Azul, las Memorias de Figari, etc.).

A esto se sumó el trabajo de lobby con cardenales, obispos y otras personalidades eclesiásticas, que tuvo su momento estelar en el V Congreso Internacional de Nueva Evangelización rumbo al Tercer Milenio (Lima, octubre de 1995), el último de una serie de congresos sobre la reconciliación que había organizado el Sodalicio a lo largo del tiempo en Arequipa (1985), El Callao (1986), Tacna (1987) y nuevamente El Callao (1989), con la excusa de profundizar en una determinada línea de pensamiento (la teología de la reconciliación), pero que en realidad sirvieron para tejer una red de contactos eclesiásticos que permitirían la expansión de la institución a otros países y su ascenso en la escala de poder al interior de la Iglesia católica.

Respecto al evento de 1995, señala Rey de Castro que «los grandes invitados de aquel congreso de la reconciliación serían quienes apoyarían luego la aprobación pontificia del SCV, pues se habían llevado una gran opinión de ellos en este evento y habían visto una buena “vitrina” preparada por el SCV», vitrina que incluyó decisiones anómalas como la aceleración de profesiones perpetuas (o consagración a perpetuidad) de numerosos sodálites —sin importar si verdaderamente tenían vocación a la vida religiosa—, el aumento considerable de aspirantes al Sodalicio así como la fundación de nuevas casas de comunidad. Y, por supuesto, el incremento de sodálites enviados a San Bartolo para su formación.

Finalmente, la Santa Sede aprobó al Sodalicio según la imagen que éste había proyectado de sí mismo. Si hubiera sabido la verdad, otro sería el cantar. Ahora que ya se sabe, ¿qué está esperando para retirar una aprobación que nunca debió ser otorgada?

Ése constituiría un primer paso para restarle poder al monstruo, permitiendo que los obispos locales tengan jurisdicción sobre las comunidades sodálites asentadas en sus diócesis. Sería el mal menor, pues lo ideal es que desaparezca lo que nunca debió existir.

(Columna publicada en Altavoz el 30 de abril de 2018)

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FUENTES

Familia Sodálite NOTICIAS
Los Congresos de la Reconciliación cumplen 30 años (11/03/15)
http://www.fsnoticias.org/cronicas/los-congresos-de-la-reconciliacion-cumplen-30-anos-10725

Mi vida en el Sodalicio (Blog personal de José Rey de Castro)
Hacia la aprobación pontificia del SCV
https://www.mividaenelsodalicio.app/hacia-la-aprobacion-pontificia-del-scv/

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EL SISTEMA SODALICIO

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En su carta de presentación a los “Informes sobre Abusos y Respuesta en el Sodalicio de Vida Cristiana” —elaborados por tres expertos internacionales a sueldo del Sodalicio— Alessandro Moroni, superior general de la institución, tras hacer un breve recuento de los casos de abusos sexuales cometidos por Figari, tres sodálites y cuatro ex sodálites, señala: «Los expertos no han encontrado indicios de complicidad ni conspiración entre los presuntos abusadores».

Efectivamente, todo parece indicar que Luis Fernando Figari, Germán Doig, Virgilio Levaggi, Jeffery Daniels, Ricardo Trenemann, Daniel Murguía y los otros actuaron por cuenta propia y sin conocimiento de los demás, de modo que no habría habido una política sistemática secreta para cometer abusos sexuales en el Sodalicio. Prueba de ello es que, cuando fueron descubiertos los abusos en los casos de Levaggi, Daniels y Murguía, éstos fueron sancionados por las autoridades sodálites —con reclusión interna y suspensión de toda responsabilidad en los casos de Levaggi y Daniels, y con expulsión del Sodalicio en el caso de Murguía, en virtud de que su inconducta se hizo pública a través de la prensa—. Incluso Doig fue sancionado simbólicamente con expulsión post mortem, también debido a la circunstancia de que su caso se había hecho de conocimiento público.

Lo que sí hubo fue una política sistemática de encubrimiento, de modo que se buscó tapar cualquier incidente de abuso sexual. La expulsión sólo procedió cuando el caso se hizo público, con la excepción de Figari, quien —no obstante todo lo que se ha llegado a saber de él— fue tratado a cuerpo de rey hasta el día de hoy y sigue siendo oficialmente miembro del Sodalicio de Vida Cristiana.

Curioso en todo este modo de proceder es que las sanciones ad intra del Sodalicio fueron aplicadas por quienes también tenían en su trastienda personal varios abusos de este tipo. Levaggi fue sancionado por Figari, Daniels fue sancionado por Doig, y ante la opinión pública tanto Figari como Doig aparecían como defensores de una moral sexual adscrita al catolicismo más rancio.

Aún así, Figari y Doig poseían un talante personal muy distinto. Mientras Figari vivía en la opulencia, se regodeaba en el poder que tenía sobre otros y abusaba sexualmente de quien quisiera sin ningún tipo de remordimientos, Doig tenía un estilo de vida más austero y sacrificado, y a ojos de los que lo conocimos personalmente parecía seguir alimentado una búsqueda interior que lo condujera a la santidad. Dado que una persona de las características de Doig debe haber vivido atormentado por los delitos cometidos, desgarrado entre un abismo de perversión y la aspiración a unos fines nobles y elevados, no se descarta la tensión generada como una de las causas que lo habría llevado a la muerte, ya sea por una falla del corazón debido al stress ocasionado por su doble vida, ya sea porque decidiera terminar con su existencia por mano propia.

¿Qué tenían en común los abusadores sexuales mencionados? Pues que todos formaban parte de un sistema que no sólo permitía los abusos psicológicos y físicos, sino que había normalizado estos abusos hasta el punto de que quienes participaban del sistema terminaban incapacitados para darse cuenta de los daños que se les estaba infligiendo. Es un sistema vertical, donde quienes detentan cargos de responsabilidad no están sujetos a control respecto a lo que hacen con sus subordinados —sobre todo a puerta cerrada— y exigen una sumisión total (del entendimiento y la voluntad) como requisito indispensable para seguir perteneciendo a esa élite de elegidos que son los sodálites, donde a quienes obedecen se les arranca la posibilidad de denunciar o de quejarse de maltratos —los cuales no son reconocidos como tales—, donde existe la obligación de guardar silencio sobre todo lo que ocurre dentro de esta subcultura, tal como la llama en su blog José Rey de Castro, ex sodálite que estuvo 18 años bajo régimen de esclavitud moderna en el círculo íntimo de Figari.

Según su testimonio, este sistema, creado a imagen y semejanza de Figari, seguía subsistiendo hasta hace poco. Y si bien actualmente ya no habrían abusos sexuales, el sistema Sodalicio sigue intacto, anulando la libertad de quienes constituyen un engranaje más dentro de esa máquina.

(Columna publicada en Altavoz el 9 de abril de 2018)

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FUENTES

Informes sobre Abusos y Respuesta en el Sodalicio de Vida Cristiana (10 de febrero de 2017)
http://sodalicio.org/wp-content/uploads/2017/02/Informe-Abusos-Febrero2017.pdf

Mi vida en el Sodalicio (Blog personal de José Rey de Castro)
https://www.mividaenelsodalicio.app/

SODALICIO: EN HONOR A LA VERDAD

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En el año 2011, cuando el 1° de febrero de 2011 Diario16 reveló los abusos sexuales de Germán Doig y poco después de que Pedro Salinas me hubiera contactado para la investigación que estaba haciendo, llegamos ambos a la conclusión de que si el tema no llegaba a la prensa internacional, nada se iba a hacer al respecto. Así lo confirmaban los casos de los Legionarios de Cristo en México y del P. Fernando Karadima en Chile.

Es así que meses después contacto con el periodista Thomas Seiterich de Publik-Forum, revista de los católicos críticos alemanes, quien había escrito anteriormente sobre la Iglesia católica en el Perú. Seiterich se mostró interesado en el tema que le proponía y acordamos una cita telefónica con Pedro Salinas, para que le pudiera dar mayores detalles sobre el caso de Germán Doig.

El artículo apareció en la edición del 21 de octubre de 2011 bajo el título de Absturz eines Papstfreundes [Caída de un amigo del Papa] (ver https://www.publik-forum.de/Publik-Forum-20-2011/absturz-eines-papstfreundes o http://www.wir-sind-kirche.de/?id=393&id_entry=3703), lamentablemente mezclando información correcta con datos errados, como que los activistas del Sodalicio azuzaban conflictos en las parroquias locales, o que el P. Gonzalo Len era de la orden de los palotinos y miembro de la Congregación para las Causas de los Santos de los Santos, o que Germán Doig fue uno de los co-fundadores del Sodalicio y que había actuado violentamente contra jóvenes a su cargo, o que responsables del Sodalicio estaba envueltos en un escándalo de pornografía infantil. Muchos de estos datos provenían de diversas fuentes sensacionalistas y sesgadas en Internet, que el mismo Seiterich no contrastó adecuadamente ni conmigo ni con Pedro Salinas. Lo peor de todo es que el texto iba acompañado de una foto de Germán Doig y otra de unos niños de piel cobriza bien vestidos para su Primera Comunión, lo cual lamentablemente daba una imagen totlamente errónea de quienes habían sido las víctimas de Doig. Pues Germán Doig —hasta donde se sabe— nunca abusó de niños, sino de jóvenes de clase media de ascendencia europea bien entrados en la adolescencia.

Ante la frustración de que no se viera reflejada la problemática real del Sodalicio en la prensa, poco a poco fue madurando en mí la idea de publicar yo mismo sobre el tema. Sólo quien hubiera vivido la experiencia de ser sodálite podía comprender los parámetros de acuerdo a los cuales funcionaba la institución, que se escapan a lo que normalmente espera el común de la gente de una comunidad religiosa. Además, era tanto la información que había acumulado en mi memoria, sumado a lo que había leído sobre instituciones que guardan semejanzas con el Sodalicio —en concreto, Opus Dei y Legionarios de Cristo—, que me sentí urgido de dar a conocer de manera pública mis experiencias y mis reflexiones sobre el tema. Fue así que comencé —con bastante temor y recelo— a publicar en noviembre de 2012 textos sobre el Sodalicio en mi blog Las Líneas Torcidas.

En todo lo que he escrito he buscado ceñirme a una lógica rigurosa, poniendo sólo lo que recuerdo con claridad y analizando el sistema sodálite sobre la base de supuestos debidamente fundados o, por lo menos, altamente probables. En el caso de hechos que conocía por terceros, no le he dado crédito a meros rumores, sino que he buscado verificar la verosimilitud de los hechos en cuestión así como la solidez de mis fuentes. Todo ello no me ha librado de caer ocasionalmente en errores menores respecto a ciertos hechos puntuales, lo cual no invalida los análisis efectuados.

Aun cuando mi hermano Erwin Scheuch haya declarado sobre mí lo siguiente el 11 de julio de 2016 en la Fiscalía de la Nación: «Quiero indicar que los relatos que se exponen en su blog están muy descontextualizados y no pueden ser tomados como ciertos». ¡Por supuesto que están descontextualizados! Es que prescinden del contexto de la interpretación sodálite, que ve «rigores de la formación» donde cualquier persona normal vería maltratos. Además, mis textos están libres de la contextualización que ofrece la ideología sodálite, la cual ha permitido que las cabezas del Sodalicio manejen los hechos de su historia institucional como les da la gana. Mis relatos no son ciertos dentro de la visión sodálite supurada por Figari que todavía inficiona las mentes de tantos y los ciega a la realidad. Pero sí son ciertos como testimonios de alguien que siempre ha intentado ser honesto con la verdad.

Y eso lo corroboraría el hecho innegable de que durante el tiempo que llevo escribiendo sobre el Sodalicio, no ha habido nunca ninguna refutación pública de nadie a ninguno de mis escritos. Al parecer, la política seguida por el Sodalicio ha sido la de ignorarme por completo, mientras que por lo bajo se hacían correr rumores sobre mi supuesta pérdida de la fe y mi odio hacia la Iglesia —cosas absolutamente falsas— así como sobre una supuesta enfermedad mental ubicada dentro del espectro del autismo, que yo padecería: el síndrome de Asperger.

Sin embargo, a medida que se ha ido desarrollando el caso Sodalicio, he visto que el sensacionalismo que yo quería evitar con mis escritos ha vuelto otra vez a ocupar la palestra y ha propiciado una visión distorsionada del tema. Ése fue el motivo que me llevó a escribir mi DEFENSA DEL SODALICIO, que no es otra otra cosa que una defensa de la verdad, sin que ello signifique que yo haya dejado de ser crítico de la institución.

Es así, por ejemplo, que quienes acusan a miembros del Sodalicio de ser pederastas, yerran el blanco. Pues si bien hay menores de edad entre las víctimas, no se encontrará niños, es decir, menores que aún no han entrado en la pubertad, salvo en el caso de Daniel Murguía, del cual sólo se conoce una víctima infantil que no guardaba ninguna relación con el Sodalicio.

Asimismo, en el Sodalicio nunca se violó a nadie, en el sentido de obligar por la fuerza a alguien a tener actos de contenido sexual. Lo que hubo fue seducción, engaño, manipulación de conciencias, en fin, violencia psicológica para obtener un consentimiento despojado de libertad y decisión propia. Es así que la acusación de violadores que se le cuelga al Sodalicio también cae en saco roto.

El mismo Virgilio Levaggi le respondió al periodista José Alejandro Godoy lo siguiente: «Jamás he forzado a nadie a tener relaciones sexuales, de ninguna naturaleza, en contra de su voluntad» (ver http://www.desdeeltercerpiso.com/2016/10/sodalicio-el-caso-levaggi/). ¿Entonces fue con voluntad consentida? ¿Y de qué tipo de consentimiento se trató? ¿El de una persona que estaba en capacidad de decidir con conocimiento de causa? ¿O el de alguien que estaba en situación de subordinación afectiva hacia un guía espiritual en quien confiaba absolutamente y a quien le rendía una obediencia total?

Pues las informaciones sensacionalistas centradas en los abusos sexuales de algunos guías espirituales del Sodalicio terminan desviándonos del problema principal, que no atañe sólo a unas cuantas de personas dentro de la institución, sino a la estructura institucional misma: el control de las conciencias mediante una disciplina que acentuaba la obediencia absoluta y que se expresaba en un verticalismo que terminaba por anular la libertad personal, tal como lo expresé en un texto fundamental que redacté originalmente en el año 2008 y publiqué en enero de 2013 en mi blog (ver OBEDIENCIA Y REBELDÍA), del cual cito un párrafo:

«La obediencia es presentada en la ideología sodálite como un camino de libertad, en la medida en que libera de todas las ataduras y hace a la persona disponible para el cumplimiento del Plan de Dios. ¿Pero qué Plan de Dios? Aquel que se expresa en el pensamiento de una sola persona, Luis Fernando Figari. ¿Y que ataduras? Todas aquellas que nos vinculan a la normalidad en este mundo, incluidas las de la responsabilidad y la propia conciencia. ¡Y hay que ver los malabares dialécticos que se hacen para justificar este concepto de libertad como renuncia a decidir por sí mismo!»

Allí se halla la fuente de todos los abusos, que parten de la violencia psicológica para derivar luego en maltratos físicos y, excepcionalmente, en abusos sexuales.

Los responsables actuales del Sodalicio sólo han querido ver este último tipo de abusos, pues eso les permite individualizar a unas cuantas cabezas de turco como culpables y dejar intocado todo el sistema que favoreció que se cometieran múltiples atropellos. Pero ese sistema sigue vivo, y se seguirá cobrando víctimas mientras no sea desmontado.

El tema de los abusos sexuales, aunque evidente, puede hacer las veces de cortina de humo para que no se vea la problemática real. Y eso parecen haberlo aprendido muy bien los responsables actuales del Sodalicio, que buscan salvar el pellejo —y con él todo el sistema creado por Figari— mediante unos cuantos chivos expiatorios. No en vano deben sentirse contentos de que la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica haya reconocido a Figari como «fundador del Sodalitium Christianae Vitae y como mediador de un carisma de origen divino», pues eso confirmaría como sagrada a la institución, que seguiría teniendo validez gracias a la mediación efectuada por Figari. El Vaticano da por demostrado lo indemostrable, y pone implícitamente a Figari como figura legitimadora del Sodalicio. Increíble, pero cierto.

Sólo espero que una posible comisión investigadora en el Congreso de la República aborde el tema de manera integral, sin caer en sensacionalismos ni versiones tergiversadas. Pues la verdad desnuda es lo suficientemente atroz como para hacer innecesarias las exageraciones falsarias, presentes sobre todo en las redes sociales y en algunos medios de comunicación mal informados.

CAZADORES DE VAMPIROS

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Los recientes informes del Sodalicio, elaborados por tres expertos internacionales, se asemejan a esas películas de terror que la productora británica Hammer produjo en los años ‘50 y ‘60. A las anécdotas terroríficas protagonizadas por cuatro seres monstruosos (Luis Fernando Figari, Germán Doig, Jeffery Daniels y Virgilio Levaggi) se suman las andanzas de dos Van Helsing que buscaron combatir a estos vampiros de almas: Eduardo Regal y Alessandro Moroni.

Pues no otra cosa nos transmiten los relatos consignados.

Regal, desobedeciendo a Figari, decidió investigar a Doig tras una denuncia que presentó Rocío Figueroa —siendo ésta la única vez que se la menciona en los informes—. Como Vicario General, habría llevado adelante la investigación que terminó con la fama de santidad de Doig, comunicándole el resultado a la Familia Sodálite. El mismo Regal fue quien, sin presiones externas, habría solicitado a Figari que se retire de la vida pública debido a su maltrato y abuso de los hermanos en la comunidad, ocasionando su renuncia.

Cuando Moroni toma la posta de Regal como Superior General, no se queda atrás en hazañas heroicas. Por propia iniciativa, aísla a Figari en Roma y continúa con la investigación a fin de llegar a la verdad, declarándolo finalmente “persona non grata”.

La caída de Figari se debe atribuir a estos dos cazadores de vampiros.

No a la labor que realizó Rocío Figueroa en silencio durante seis años cargados de sufrimientos, sin recibir apoyo del Sodalicio. Ni tampoco a lo que escribí desde fines de 2012 a 2015 —tres años que fueron un infierno— describiendo el perverso sistema sodálite. Mucho menos a los valerosos denunciantes, ni a Pedro Salinas, ni a Paola Ugaz.

(Columna publicada en Exitosa el 18 de febrero de 2017)

EL SODALICIO EN SU LABERINTO

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Lunes 3 de octubre, cuatro de la tarde en la ciudad alemana de Mannheim, a orillas del Rin. Sentado en un café en la estación del tren, converso con un joven ex-sodálite y escucho cómo logró fugarse del Sodalicio. Una historia que parece la trama de un thriller policíaco. Lo cual me confirma en la sospecha de que esta institución se asemeja más a un grupo sectario o a la mafia —no obstante su proclamada finalidad religiosa— que a una organización eclesial católica. Quizás juntando ambos extremos se podría describirla con una expresión que suena paradójica, pero que no puede ser más precisa: “secta católica”.

En esa conversación mi interlocutor me confirma lo que yo ya sabía a través de otra fuente: que Ricardo Trenemann, sodálite con quien compartí escenario en varias ocasiones cuando yo todavía era integrante del grupo musical Takillakkta, habría intentado abusar sexualmente de un joven sodálite de comunidad, utilizando el cuento de los masajes en la zona del perineo, entre el ano y los genitales. Una perversa estrategia, similar a la que aplicó Figari con una de sus víctimas, cuando le dijo que había que despertar la energía kundalini situada en la misma región íntima. Y si bien Trenemann no habría podido consumar el abuso esa vez debido a que la víctima se negó a colaborar, en una comunidad sodálite de Brasil habría logrado dar cumplimiento a sus insanas intenciones con otro muchacho, terminando la cosa en masturbaciones mutuas.

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Ricardo Trenemann

El de Ricardo Trenemann es uno más de los nombres que se añade a la lista de presuntos abusadores sexuales del Sodalicio, comenzando por Luis Fernando Figari y siguiendo con Germán Doig, Virgilio Levaggi, Jeffery Daniels, Daniel Murguía, Luis Ferroggiaro y Javier Leturia. A ella habría que añadir una larga lista de maltratadores psicológicos y físicos, entre los cuales se contarían Alberto Gazzo, José Antonio Eguren, Alfredo Garland, Alfredo Draxl, Óscar Tokumura, Daniel Cardó, Alessandro Moroni y otros cuyos nombres todavía no han sido revelados. Pues no conozco a ningún sodálite con un puesto de responsabilidad que no haya violentado en algún momento la conciencia personal de quienes estaban a su cargo o que no haya intentado doblegar sus voluntades mediante técnicas de manipulación psicológica, entre las cuales se encuentran las órdenes humillantes y la exigencia de una obediencia absoluta, sin límites. Era algo que formaba parte inherente del sistema de disciplina y formación.

A lo largo del tiempo se han ido acumulando críticas, siendo las más acertadas las de aquellos que en algún momento formaron parte de la institución. Pero las críticas no sólo han venido desde afuera. También hay quienes se han atrevido a hacer ejercicio de crítica constructiva desde dentro de la institución, lamentablemente sin resultados. Quienes se atreven a dar este paso suelen ser condenados a una especie ostracismo interno, son sometidos a un escrutinio minucioso que hurga en sus vidas personales con el fin de atribuir a sus problemas psicológicos —reales o inventados— las críticas expresadas, y tarde o temprano terminan por salirse de la institución. Como está ocurriendo con el P. Jean Pierre Teullet, quien tuvo el valor de enfrentarse a la cúpula sodálite para echarle en cara haber faltado a la verdad en un comunicado interno oficial que se filtró a la opinión pública.

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Manuel Rodríguez Canales

Otro caso es el de Manuel Rodríguez alias “Roncuaz”, un adherente sodálite ubicado en la periferia institucional —pues está casado y, por lo tanto, no vive en ninguna comunidad—, quien ocasionalmente ha formulado a través de su blog críticas veladas pero certeras a la institución, sin distanciarse formalmente del Sodalicio, y sus bien intencionadas reflexiones han caído sistemáticamente en saco roto.

Mucho antes de la publicación del libro Mitad monjes, mitad soldados de Pedro Salinas y Paola Ugaz, un sodálite que buscaba un cambio advirtió con lucidez a las máximas autoridades del Sodalicio de los peligros de una estructura autoritaria, que había sido creada por el mismo Figari para tener un poder absoluto e incuestionable. Y que los reglamentos internos estaban planteados de tal manera, que el miembro de la organización se convertía en un instrumento sujeto a la arbitrariedad de los superiores, los cuales gozaban de una autoridad absoluta, cuyos alcances y límites no se estipulaban en ninguna parte. La mayoría de las vocaciones sodálites habrían sido reclutadas en edad escolar, cuando la persona todavía no tiene suficiente criterio de juicio pero está predispuesta a opciones radicales. La formación consiguiente estaba orientada a quebrar la voluntad de la persona mediante dinámicas de obediencia irracional, ejercicios extremos, castigos e introspecciones psicológicas. A ello se suma la injusticia de trabajar años gratuitamente sin recibir una remuneración, sin dinero cotizado a un fondo de pensión, sin seguro médico, de modo que quien decide dejar la organización cae en una situación injusta de sostenimiento, además de no contar con una experiencia laboral que le permita acceder a un trabajo adecuado.

Sordo a toda voz crítica —venga de donde venga—, incapaz de reconocer las propias deficiencias estructurales y manteniendo una actitud autorreferencial, cerrado en sí misma y practicando colectivamente la ley del silencio al estilo de la mafia italiana, el Sodalicio no se esperaba el golpe que significó la publicación del libro de Salinas y Ugaz en octubre de 2015.

El mando sodálite terminó asumiendo tardíamente que una defensa de Figari ya no era plausible, pero no lo expulsó como estipulan sus Constituciones para estos casos. Bajo la dirección de Alessandro Moroni, si bien el Sodalicio no ha defendido a Figari, sí lo ha protegido, pues su caída definitiva significaría el fin de una historia, arrastrando consigo lo que todavía queda de la institución, incluyendo su patrimonio y sus fuentes de ingresos, como las universidades, los colegios, los cementerios, los negocios inmobiliarios, mineros, agrícolas, etc.

La creación de una Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación en noviembre de 2015, integrada por cinco reconocidas personalidades de impecable trayectoria profesional y filiación católica, habría constituido una jugada estratégica para limpiarse la cara, pues con ello se habría querido demostrar que el Sodalicio estaba realmente preocupado por las víctimas y que estaba tomando las medidas del caso para atenderlas y ofrecerles una justa reparación por los daños sufridos. Sin embargo, lo que sucedió después fue inaudito.

Una vez que la Comisión emitió su lúcido y demoledor Informe Final el 16 de abril de 2016, después de haber recogido durante cerca de cuatro meses más de cien testimonios de víctimas, muchas de las reacciones al interior del Sodalicio fueron de rechazo a las conclusiones del Informe. De la boca para afuera se lo aceptó oficialmente, pero en la práctica no se implementó ninguna de las recomendaciones hechas por los comisionados.

Más bien, el Sodalicio decidió contratar a tres especialistas extranjeros —la estadounidense Kathleen McChesney, ex número 3 del FBI y asesora de la Conferencia Episcopal Norteamericana; el irlandés Ian Elliott, que estuvo a cargo de la investigación de la crisis de abusos sexuales del clero en Irlanda; y la estadounidense Mónica Applewhite, especialista en prevención—, no para implementar las recomendaciones de la Comisión de Ética, sino para volver a hacer el mismo trabajo prácticamente desde cero —investigando y volviendo a hablar con las víctimas—, con la esperanza de obtener tal vez un informe más benigno y favorable. El ahora cardenal Joseph William Tobin, arzobispo de Indianapolis (EE.UU.) y delegado vaticano para el caso Sodalicio, está esperando el informe que redactará la señora McChesney, a fin de tomar una decisión.

Mientras tanto, sigue su curso la denuncia penal ampliatoria interpuesta en mayo de 2016 contra Figari, otros seis miembros y un ex-miembro de la institución —Jaime Baertl, José Ambrozic, José Antonio Eguren, Eduardo Regal, Óscar Tokumura, Erwin Scheuch y Virgilio Levaggi— por los delitos de asociación ilícita para delinquir, secuestro y lesiones graves.

Las declaraciones de Figari a la prensa, negando incluso que puedan haber víctimas, han terminado de mostrar el verdadero rostro de una institución que, tomando como bandera un catolicismo pretérito y trasnochado y con pretensiones grandilocuentes de cambiar el mundo, no sólo ha truncado y dañado vidas enteras —además de no significar ningún aporte sustancial para la sociedad civil—, sino que también ha perjudicado irreparablemente —en complicidad con la indiferencia y apatía de las autoridades eclesiásticas, entre ellas el cardenal Cipriani— la imagen de una Iglesia que se muestra dispuesta a respirar otros aires en sus sectores más abiertos al mundo y al servicio solidario de los pobres.

(Artículo publicado en Exitosa el 22 de octubre de 2016)

SODALICIO: EL OCASO DEL INNOMBRABLE

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Virgilio Levaggi Vega

En 1986, Virgilio Levaggi había llegado a ser prácticamente el número tres en el Sodalicio después de Figari y Doig. Era responsable del área de Instrucción, tenía contactos importantes a nivel de jerarquía eclesiástica y estaba encargado de la consejería espiritual de un nutrido número de jóvenes sodálites y aspirantes al Sodalicio.

Pero de un día para otro todo cambió. Los cuatro aspirantes sodálites que —bajo su supervisión— estaban realizando su mes de prueba en la comunidad sodálite de Magdalena del Mar fueron trasladados de inmediato a la comunidad sodálite de Barranco, donde yo vivía. Germán Doig, el superior de esa comunidad, nos había informado que Levaggi había cometido una “falta grave contra la obediencia” y que Figari lo había relevado de todas sus responsabilidades.

Levaggi se quedaría donde estaba bajo un régimen especial. Yo fui trasladado a esa comunidad, debido a que era poco “influenciable”, pero quizás hayan pensado que yo era un “marciano” que no me iba a dar cuenta de nada. Aún así, se me ordenó vigilar a Levaggi.

Se vivió un tiempo de continua tensión, pues se desconfiaba de Levaggi y se pretendió controlar todo lo que hacía. El superior, José Ambrozic, andaba paranoico preguntando si Levaggi había telefoneado con alguien y frecuentemente le daba órdenes humillantes que debía cumplir.

Levaggi terminaría largándose del Sodalicio, no obstante que Figari le pidió que se quedara. A partir de entonces se le llamaría “el Innombrable”, para posteriormente desaparecer todo rastro de su recuerdo.

Nunca se supo cuál fue la falta de Levaggi. Pero una “falta de obediencia” no explica el ostracismo que le aplicaron ni su repentino ocaso.

(Columna publicada en Exitosa el 8 de octubre de 2016)

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En el libro Mitad monjes, mitad soldados de Pedro Salinas, el testigo identificado con el seudónimo de Bernardo, después de relatar lo que vio sobre la reclusión de Jeffery Daniels en San Bartolo, describe una situación anterior que encaja con lo que sabemos sobre la caída en desgracia de Levaggi:

«Fíjate. Me acabo de acordar de cuando LE también fue puesto “en cuarentena”. Lo digo así porque nadie nos daba una explicación sobre esta situación. Y por esas coincidencias de la vida, también me tocó vivir un tiempo en esa comunidad donde ocurrió aquello. Era penoso. Ni siquiera la dejaban bañarse y LE andaba todo sucio, seboso. La versión oficial decía que “había faltado a la obediencia”. Pero más tarde, HdC me dijo: “Lo único que te puedo decir es que no se trata de un asunto de faldas”. Eso también fue raro», dice Bernardo.

El mismo Bernardo relata un extraño incidente que le ocurrió durante una de las tantas sesiones de dirección espiritual con LE.

«Otra situación extraña que recuerdo es cuando LE era mi director espiritual y yo recién había entrado formalmente al Sodalitium. En una sesión de dirección espiritual, en una pequeña salita de una de las comunidades sodálites limeñas, a puertas cerradas, me puse a llorar. No me acuerdo por qué ni de qué estábamos hablando, pero la cosa es que me quebré. Y LE trata de consolarme tomándome de la mano. Al poco, comienza a acariciame con uno de sus dedos, cuando en eso alguien, pensando que no había nadie en la habitación, abre la puerta de improviso, y LE rápidamente retrae la mano como si le hubieran descubierto, o algo parecido. Después de eso, nunca más volvió a hacerlo. Pero mirando las cosas a la distancia, interpreto ahora ese “cariño-consuelo” como un gesto de aproximación», expone Bernardo.

Algo similar cuenta quien se identifica como Cristóbal en el libro de Salinas.

A la luz de la revelación mediática de la doble vida que mantuvo Germán Doig Klinge, el número dos de la organización, me cuenta Cristóbal algo que, viendo las cosas en retrospectiva, nunca dejó de parecerle extraño. «En una de las comunidades sodálites, en una salita donde se realizaban las reuniones con los directores espirituales a puertas cerradas, una vez que estaba conversando con LE sobre la tensión y las técnicas de relajación, me pidió que me levante la camiseta, y yo accedí sin ninguna malicia: y él se quedó mirándome un rato, hasta que de pronto alguien tocó la puerta para saber si la sala estaba ocupada, y al toque me dijo “vístete”. Lo dijo con nerviosismo. Y siempre me quedé pensando que, si eso era normal, ¿por qué se mostró inquieto? Nunca llegué a pensar que podía estar en una situación de acoso sexual o en el comienzo de algo así. Pero sí, fue raro lo que pasó».

Según ha sido revelado por el periodista José Alejandro Godoy (ver http://www.desdeeltercerpiso.com/2016/10/sodalicio-el-caso-levaggi/), existen dos testimonios sobre abusos sexuales cometidos por Levaggi que no fueron incluidos en el libro Mitad monjes, mitad soldados, debido a que los testigos decidieron no figurar en el libro.

Finalmente, vale la pena reproducir aquí la descripción que hace Pedro Salinas de Eugenio Poggi, el personaje basado en la figura de Levaggi, en su novela Mateo Diez, pues —de acuerdo a lo que yo vi— coincide en gran medida con las características de la persona real. Para saber las nombres de las personas reales en que se inspiran otros personajes, sugiero revisar mi GUÍA DE LECTURA NO AUTORIZADA DE “MATEO DIEZ”.

Poggi, egocéntrico impenitente, un gordo inmenso de rasgos mestizos, cara de panadero y voz aflautada, disfrutaba mucho de la política. Más aún: le gustaba el poder. Quería ser el heredero de José Hernando. El sucesor del fundador. Pero tenía un contrincante de peso: Kauffman K. Siempre me sorprendió con sus críticas de grueso calibre contra Kauffman. Si escribía un libro, éste carecía de solidez intelectual. Si profería un discurso, se burlaba de la poca capacidad gestual de Kauffman, quien, paradójicamente, había escrito publicaciones sobre el lenguaje corporal. Si alguno de sus discípulos tenía dudas sobre su vocación, cuestionaba la labor de Kauffman como director espiritual. […]

Para Poggi, Kauffman no merecía ser el sucesor natural de José Hernando. Para Poggi, el sucesor natural del fundador de la Milicia era él. Y siempre trabajó en esa línea, formando a un núcleo de fieles que lo respetaran más a él antes que a ningún otro, incluyendo a José Hernando.

El perfil psicológico de Poggi era algo complejo, de un narcisismo de campeonato. Personalista, autoritario, creía poseer siempre la razón. Imponía siempre su criterio y tenía facilidad para entrar en la voluntad de los demás como un cuchillo en la mantequilla. Sus monólogos siempre estaban atiborrados de expresiones de poderío, con un sentido grandioso, y muchas veces gracioso, de autoimportancia. Si bien poseía una inteligencia aguda y sofisticada, exageraba sus propios méritos a la vez que infravaloraba los ajenos, sobre todo los de aquellos como Kauffman, que sentía como competidores. Tendía a explotar a los demás para su provecho, manteniendo relaciones verticales, jamás horizontales. A José Hernando era al único que reconocía como un par, aunque también solía criticarlo a sus espaldas.

Era, además, incapaz de asumir sus errores, por lo que solía proyectar en los demás la culpa de sus fracasos. Tenía una necesidad excesiva de ser autosuficiente y una urgencia compulsiva de controlar la situación. Su arrogancia, siempre acompañada de fantasías delirantes, lo llevaba a estar pendiente de los temas de poder y jerarquía. Y cuando escuchaba, parecía hacerlo por compromiso, con desgano ante las opiniones ajenas. No tenía idea de lo que era la humildad. Era el derroche de la soberbia a todo trapo.

Poggi era, asimismo, un arribista y un oportunista nato. […]

Pese a todo, con Poggi llegué a establecer una relación amical, aunque en un principio, cuando recién lo conocí en Huaraz, me cayó mal y me incomodaban sus amaneramientos contenidos. Mi amistad con Poggi no era como la que tenía con Luigi. Era más utilitaria. Poggi parecía más interesado en formarme para ser su lugarteniente dentro de la organización que en mi crecimiento espiritual. Eugenio se hizo cargo también de la formación espiritual de Pepe Castilla, Juani Villacorta, Miguel Ciriani y Duilio Castagnola. […]

De prominente papada, su tono discursivo y afectado era parecido a una emisión en onda corta, perdiéndose a ratos y volviéndose audible alternativamente. Ello, a veces, era exasperante, porque no se le escuchaba muy bien. No obstante ello, Poggi solía ser locuaz y elocuente. Eugenio, además, fumaba clandestinamente cigarrillos Dunhill, a pesar de la prohibición que estableció José Hernando en un retiro de silencio. “Los mílites no deben fumar, porque el que fuma no se santifica”, decretó el fundador en dicho retiro.

SODALICIO: DE VÍCTIMA A VICTIMARIO

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Alberto Gazzo Baca

Cuando en diciembre de 1981 mi madre me dejó entre lágrimas en la comunidad sodálite Nuestra Señora del Pilar (Barranco), entré a formar parte de un grupo heterogéneo entre los cuales se contaban miembros de la generación fundacional del Sodalicio: José Ambrozic —el superior de la casa—, Virgilio Levaggi, José Antonio Eguren y Alberto ‘Beto’ Gazzo, encargado de formar a los tres “novicios”: Alfredo Draxl, Eduardo Field y yo.

Beto, que sufría de cojera debido a una poliomelitis contraída de niño, fue objeto de burlas crueles en el Sodalicio. Burlas que estaban avaladas desde lo más altos niveles, pues según Figari había que ayudarlo así a superar su complejo de inferioridad.

El primer día, durante la cena, Field —quien había estado leyendo un libro de espiritualidad escrito por el jesuita Alonso Rodríguez en el siglo XVI— comentó lo recios que eran los jesuitas de antaño. «Recios, ¿no?», le replicó Gazzo. «Para que veas lo que es ser recio, tú y Alfredo van a comer ahora en el piso». Yo me libré del castigo gratuito, pero no de algunas humillaciones posteriores que Beto infligió a los tres.

Pedro Salinas recuerda que fue su formador en San Bartolo, y que era implacable en sus métodos. Entregaba cartas abiertas de familiares y leía sin avisar las reflexiones de los cuadernos privados que se usaban para la meditación. A Pedro, una noche mientras dormía, le bañó la cabeza con agua oxigenada para ridiculizarlo, pues amaneció con el pelo de color naranja.

¿Cuándo terminará este círculo vicioso iniciado por Figari, donde personas como Gazzo y Draxl pasarían de ser víctimas a ser crueles victimarios?

(Columna publicada en Exitosa el 10 de septiembre de 2016)

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Beto Gazzo también fue formador de sodálites “novicios” en San Bartolo en el año 1985, antes de ser enviado a Brasil. Pedro Salinas, quien estuvo en esa época en la comunidad sodálite Nuestra Señora de Guadalupe mientras yo vivía en la comunidad Nuestra Señora del Rosario, también sufrió el ensañamiento de los “métodos de formación” que, con un cierto regusto sádico, aplicaba Beto a sus discípulos. En su novela Mateo Diez, lo transforma en el personaje de Roberto Univazo, y recuerda varias anécdotas que yo mismo puedo confirmar que sucedieron realmente, aunque los detalles tengan bastante aderezo literario. He aquí algunos textos seleccionados de la novela.

Quien apareció al rato en la casa fue Roberto Univazo. Beto era el asesor espiritual de los dos centros de formación. Vivía en El Rosario. Era diácono y en poco tiempo iba a hacerse sacerdote. Iba a convertirse en el tercer cura del movimiento, después de Julio Bertie, quien fue el primero en ordenarse y en lograr una figura especial para mantenerse dedicado a tiempo completo a la Milicia. Como la Milicia de María no era una orden ni una congregación religiosa, sus clérigos eran diocesanos y dependían del obispo. Bertie, quien además de tener buenos contactos en el empresariado nacional, también los tenía en la cúpula eclesiástica peruana, consiguió independencia de acción para abocarse a las necesidades materiales y espirituales del movimiento. Bertie era lo más cercano a la figura de un empresario con sotana. Descendiente de una distinguida familia de empresarios mineros, su energía e indiscutible carisma lo convertían en un poderoso motor para empujar todos y cada uno de los proyectos apostólicos de la Milicia. El segundo en vestirse de negro con su televisor al cuello fue José María Eguiguren, un gordo con look obispable, y con una voz de barítono que estremecía y podía quebrar vidrios.

El mismísimo Juan Pablo II iba a ungir como sacerdote a Beto, junto a veinte diáconos más, en su primera visita al Perú. Univazo era conocido al interior del movimiento como “el apóstol de los niños”. Como profesor de Religión del Markham, el colegio más pituco de Lima, Beto tenía buena llegada con los chiquillos, a quienes llevaba a los denominados DINA, que eran campamentos-retiro concebidos para niños. Se llamaban DINA porque las las siglas significaban “Dios y la Naturaleza”. Beto también gozaba de simpatía dentro del movimiento. A muchos les encantaban sus bromas y era un gran narrador de cuentos. Pero a mí nunca me inspiró confianza. Siempre me pareció fingido y disforzado.

Por alguna razón nunca hubo química entre Beto y yo. Me quedaba claro que tenía instinto apostólico y don de gentes, sobre todo con los púberes, pero sus reflexiones me parecían las de un imbécil. No hay nada peor que un estólido que se cree inteligente. “De repente por eso quiere ser cura; si estudia para otra cosa, el cerebro no le da”, pensé.

Sin embargo, mi sentimiento hacia Beto no llegaba al encono. Por lo menos no al principio. Al contrario, a veces me inspiraba lástima y conmiseración por su condición de minusválido. Beto tuvo polio de pequeño y la enfermedad le afectó la pierna derecha. Cuando caminaba parecía que esquivaba losetas, porque hacía un extraño efecto con el empeine. En el Markham le pusieron, además de Pata con Truco, el apelativo de Matute, por el policía que aparecía en Don Gato y su Pandilla, quien solía dar vueltas y vueltas al garrote cuando hacía sus rondas por el vecindario. Los despiadados markhamians decían que la pierna de Beto se asemejaba a la vara de Matute.

[…]

Roberto Univazo ya era cura. Se había convertido en el tercer clérigo mílite. Beto, además, había sido ordenado por el mismo Papa. “Por vosotros, Cristo se ha consagrado a sí mismo, para que también vosotros seáis consagrados en la Verdad. ¡Permaneced fieles a Él!”, le dijo Juan Pablo II a Beto y los otros veinte diáconos que se ordenaron en el hipódromo de Monterrico.

Su primera misa la realizó al día siguiente en la vetusta iglesia de San Bartolo con las dos comunidades. Fue una ceremonia privada. Sólo para nosotros. La idea era, además, corregirle todos sus defectos como sacerdote, antes de celebrar la eucaristía del domingo con la gente del pueblo. Los errores saltaron a la vista desde el inicio, pero descollaron al momento de la homilía. Beto era un pésimo orador. Era un extraordinario narrador de cuentos para niños, pero era malísimo dando el sermón desde el púlpito. No convencía. Hablaba como para un público adolescente, estaba lleno de muletillas y seseaba. “Este de cura de parroquia no pasa. Y si la parroquia queda en Huancasancos, mejor”, pensé.

[…]

A la hora del desayuno Santiago me miró y se echó a reír. Lo mismo hizo Santiago. Hasta Massieu. El padre Beto se carcajeó y con una inflexión malévola me preguntó:

—¿Ya te viste en el espejo, Mateín?

—¿Qué pasa? —pregunté, confundido.

—Anda, mírate —me dijo el padre Beto, quien disfrutaba más que nadie de la situación.

Fui al baño y me di con la desagradable sorpresa de que el pelo lo tenía color naranja, como cucaracha de grifo. Era denigrante ver mi reflejo. Recién entendí de dónde provenía el olor extraño que percibí en la mañana. Era agua oxigenada que alguien había derramado en mi cabeza mientras dormía. Y ese “alguien”, no cabían dudas, había sido Beto Univazo.

—Ese color te queda bien —me dijo Beto, quien salpicaba saliva cuando hablaba, y un par de idiotas se rieron del chiste.

—Muy gracioso —respondí sin inmutarme.

—Puedes ir a la peluquería más tarde —me dijo René.

—Gracias —respondí escuetamente y no comenté nada más durante el desayuno.

[…]

Luego de que se fue José Hernando, quien se despidió entre rudos apretones de manos, […] nos tocaba limpiar la casa. A mí se me había asignado barrer la terraza, el patio y las escaleras de El Rosario. Lo más trabajoso era la limpieza de la terraza, porque ello suponía pasarle trapo, lija y cera, para que quede brillante. Cuando terminé, luego de un par de horas, satisfecho por la pulcritud de mi labor, me encaminé al depósito a guardar todos los implementos de limpieza, pero Beto Univazo me interceptó.

—¿A dónde crees que vas? —me arrostró.

—A guardar todo esto —le dije, mostrándole la escoba, el trapeador, las bolsas de cera y las lijas.

—Pero todavía te falta la terraza, ¿no?—me dijo con un airecillo que no me gustó nada.

—Si vas a la terraza y miras el piso, te aseguro que te vas a sentir como que estuvieses parado encima de un espejo —dije.

—No lo creo —me dijo Univazo—. Anda a verla.

Obediente, salí a ver la terraza. Alguien había echado sobre ella el contenido de los tachos de basura de la casa, incluyendo un pedazo de estiércol fresco, que parecía de perro.

—¿Quién mierda ha hecho esto? —pregunté, ofuscado, contemplando la destrucción de mi obra.

—Nadie. Simplemente, límpialo —me dijo, con acento autoritario.

—¿Sabés qué, Beto? Si quieres que la terraza se vea limpia como la dejé, aquí tienes —le dije, y tiré a sus pies deformes la escoba, el trapeador y el resto de utensilios de limpieza.

—¡¿Qué cosa?! —exclamó Univazo, el sacerdote ordenado por Juan Pablo II, anonadado, con su seseo insoportable.

—Lo que oíste. Chau —le dije, y me dirigí hacia mi habitación.

—¡Mateo, ven inmediatamente! ¡No sabes lo que estás haciendo!

—Sé perfectamente lo que estoy haciendo —respondí, harto del abuso y de las vejaciones.

—¡Mateo! —gritaba Univazo desesperadamente.

Reaparecí a los tres minutos, cambiado con ropa de baño.

—Me voy a meter un chapuzón y vuelvo —le informé a Roberto Univazo.

—¡Lo que has hecho es gravísimo, Mateo! ¡Has desobedecido una orden! ¡Se te puede expulsar por ello!

—Hazlo —le dije, retador, a Beto.

—No voy a olvidar esto —me dijo.

— Yo tampoco —le respondí.

—Te voy a hacer la vida imposible —amenazó.

—Hace rato que me estás haciendo la vida imposible —le respondí, contenido.

Un vez en el muelle, me lancé contra las olas y sentí quebrarme como una copa se estrella contra la apred. Pensé en lo ue había hecho. Curiosamente, no me arepentí. Estaba harto de los vejámenes de Roberto Univazo. Una a una empecé a recordar todas las arremetidas contra mí, que no eran pocas, y nunca vi que las hiciera con otras personas. Yo las acepté todas porque la voz del superior era la voz de Dios. “Pero Dios no podía hablar a través de alguien tan cruel como Beto Univazo”, me dije.

Recordé todas las veces cuando, al acostarme, descubrí que me había hecho “cama chica”. Recordé aquella oportunidad cuando, al levantarme, descubrí que me había pintado con esmalte la uñas de los pies. Recordé aquella otra cuando, también al levantame, me encontré untado con crema de afeitar en todo el cuerpo. Recordé la vez que lo descubrí leyendo mi correspondencia personal. Recordé que, en otra ocasión, rompió en mi cara una de las contadas cartas que mi padre me envió desde Caracas , sin que yo la hubiera leído. Recordé todos los “huracanes” que me hizo desde que llegué. Llamábamos huracán al estropicio que encontrábamos en nuestra habitación generado por una mano negra, usualmente la de Beto. El huracán hacía que el orden militar que imperaba en nuestro pequeño espacio se convirtiera en caos total. […] Recordé también cuando husmeaba en mis exámenes de conciencia, que eran cuadernos en los que anotábamos nuestros pecados y pensamientos personales. Recordé todas las veces que me arrojó agua helada en la cara, con una jarra, desde el segundo piso a la hora de la siesta de treinta minutos, luego del almuerzo. Recordé, de igual forma, aquella vez que me ordenó echarle pimienta y ketchup a mi arroz con leche por haberme olvidado de recoger un salero de la mesa. Recordé asimismo que, en una situación análoga, me hizo tragar cinco pedazos de torta de chocolate con espuma de afeitar, que terminaron conmigo en el baño con un cólico insufrible. Recordé aquella vez que me hizo lavar uno de los sanitarios y antes de pasar el sarro, me obligó a lavarme la cara con esa agua. Recordé también la noche que me envió a nadar solo a la isla, vestido y con piedras en los bolsillos y sentí terror en medio de la oscuridad. Recordé que fue uno de los principales en oponerse a que fuese padrino de confirmación de Antonio Colmenares, uno de mis pupilos del María Reyna. La amenaza de la expulsión tampoco me preocupaba.

En San Bartolo pasé muchos momentos que eran como para hacer trepidar a los que no eran firmes. Yo los resistí, reciamente. Lo que no podía tolerar ni digerir era la humillación gratuita y sin sentido. “¿José Hernando estará al tanto de todas estas barbaridades?”, me pregunté.

[…]

En la noche, después de comer, Beto, dueño y señor del poder ante la ausencia de René, decidió iniciar una dinámica de grupo que consistió en proveer a todos de plumones gruesos y de colores para hacer lo siguiente: había que ponerle en la cara a Adrián Garagorri cosas que pensábamos de él o que tuvieran que ver con sus complejos o defectos más notorios. Él no podía verse en el espejo hasta terminar el juego. Uno a uno nos fuimos aproximando para escribirle algo.

El primero en acercarse fui yo, y escribí en su cachete izquierdo: COCHINO. Santiago, quien compartía cuarto con él, al igual que yo, me siguió y le escribió en el otro cachete: HUEVONAZO. Raúl Unamuno le puso en la frente: LÁVATE LA BOCA. El Mono le puso en el tabique y en vertical: PEZUÑENTO. Santino le dibujó en el cuello una bacinica con un pedazo de mojón. MacKay, como gran insulto, le escribió detrás de la oreja derecha: TONTO. Y luego continuaron el ritual Jorge Lossio y Richard Peckerman.

La cara de Adrián había quedado más colorida que la de un hooligan y más pintarrajeada que pared de baño de cantina. Terminado el juego, que iba arrancando las risas burlonas y crueles de nosotros, quienes asumimos la dinámica como una suerte de venganza por todas las cosas que nos disgustaban de Adrián, Beto le dio permiso para ir al baño y mirarse en el espejo.

Adrián entró al baño, pero no daba señas de querer salir, mientras que el resto celebraba el despiadado pasatiempo. Ante la demora, Beto conminó a Adrián a salir. Cuando apareció frente a nosotros, reunidos en la sala de la casa, Adrián estaba llorando desconsoladamente. Y me sentí mal. Beto intentó explicarle, delante de todos, que la dinámica de grupo apuntaba a ayudarlo a liberarse de sus defectos más notorios y que molestaban a la comunidad. Le dijo además que el juego se hizo para su bien. Pero la explicación no era lo suficientemente persuasiva. Nunca había visto a una persona en tal estado de fragilidad, llorando como un niño, herido en su amor propio, maltratado psicológicamente por aquellos que, supuestamente, éramos sus hermanos. A partir de ese momento, decidí ser más comprensivo y tolerante con Garagorri.

José Enrique Escardó relata un incidente muy parecido a este último cuando él estuvo en San Bartolo, sólo que esta vez quien dirigió la dinámica de humillación psicológica de la víctima es Alfredo Draxl (ver http://elquintopie.blogspot.de/2016/01/draxl-el-deformador.html y http://docslide.us/documents/los-abusos-de-los-curas.html).

También es cierto que Beto carecía de aptitudes intelectuales, mucho menos tenía capacidad para la investigación académica, por lo cual yo recibí el encargo —de parte de Luis Fernando Figari— de preparar el borrador de la tesis que tenía que presentar Beto en Brasil para obtener el grado de licenciatura en teología. El hecho de estar sometido interiormente al código de obediencia vigente en el Sodalicio borró en mí todo reparo para efectuar esta acción moralmente reprochable. Si Figari decía que algo tenía que hacerse, inmediatamente se accionaban en mí los mecanismos psicológicos que me indicaban que lo que Figari ordenaba siempre tenía que estar bien, y que negarse a obedecer una orden era el mayor pecado posible dentro de la institución. Era una de las consecuencias del lavado de cerebro al que había sido sometido, al igual que todos los sodálites.

Lo mismo pasó cuando Figari nos ordenó a mí y a Gustavo Sánchez, teólogo sodálite y actual miembro de la Comisión Teológica Internacional, que ayudáramos a Emilio Garreaud a modificar la tesis sobre relaciones Iglesia-Estado que él mismo había presentado en la Pontificia Universidad Católica del Perú para obtener un título en derecho, a fin de ajustarla a los requerimientos de una tesis de teología pastoral para obtener el título de licenciado en teología en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Se trataba de un auto-plagio en toda regla. Se puede verificar esto consultando en los respectivos centros de estudios mencionados ambas tesis del P. Emilio Garreaud, actual Rector de la Universidad Juan Pablo II de Costa Rica.

Varias veces le oí a decir a Luis Fernando Figari: «¡Necesitamos licenciados y doctores!» Parece que no le interesaban en absoluto la honestidad académica ni el rigor científico, pues para él la única clave de interpretación de la realidad estaba en su pensamiento, que no pasa de ser una ideología religiosa fundamentalista de sesgo derechista, conservador y retrógrado. Pero sí que le interesaba el poder que otorga el disponer de una pléyade de sodálites con títulos académicos, adoctrinados rigurosamente y sin libertad de pensamiento.

En todo caso, Beto se prestó a este juego sucio, así como maltrató —en nombre de Figari— a varios de los que estuvimos bajo su férula de formador.

No sé qué vida tenga ahora, ni qué responsabilidades, pero eso no borra los hechos luctuosos del pasado en los cuales participó. Alberto Gazzo Baca, actual Gerente Corporativo de Gestión Humana de Volcan Compañía Minera, tiene muchas preguntas que responder.