CASO SODALICIO: “TRES PATINES” EN LA FISCALÍA (II)

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Fiscal María del Pilar Peralta Ramírez

Continuación de CASO SODALICIO: “TRES PATINES” EN LA FISCALÍA (I)

En esta segunda entrega continúo con el análisis de los argumentos “trespatinescos” que utiliza la fiscal Peralta para archivar las denuncias penales contra el Sodalicio.

Dice el fallo que el delito de secuestro como privación de la libertad personal debe entenderse exclusivamente como privación arbitraria de la posibilidad de desplazarse de un lugar a otro a voluntad, es decir, «cuando el sujeto queda privado de su libertad para movilizarse, ya sea mediante violencia, amenaza o engaño requiriendo necesariamente el dolo o el conocimiento y voluntad de impedir el ejercicio de su libertad ambulatoria». Que esto no habría ocurrido se demostraría supuestamente por el hecho de que en ninguna de las comunidades sodálites hay una «barrera física» —entiéndase muro o reja— que impida la salida de los que allí viven, además de que los denunciantes manifestaron por escrito su voluntad de ingresar y salir del Sodalicio y «existe la presunción iuris tantum que durante toda su vida adulta han ejercido plenamente sus facultades al no haber sido declarados incapaces».

Para ilustrar esta ausencia de barreras físicas, la fiscal Peralta menciona el testimonio de Martín Balbuena, «que [en el año 2008] se escapó por la puerta de la residencia en Colombia, lo que sin lugar a dudas demuestra que su salida o permanencia en las residencias dependía únicamente de la voluntad de que estos quisieran o no permanecer en dichos inmuebles dado que al tomar la decisión de retirarse, simplemente podían salir por la puerta sin que nadie les impidiera dicho acto lo que deja entrever que su libertad de desplazamiento no era vulnerada por los denunciantes que dicho sea de paso no se encontraban físicamente acompañándolo al momento de estar en Colombia».

No puedo creer lo que leen mis ojos. Quien conoce la historia de Martín Balbuena, sabe que lo primero que tuvo que vencer —como tantos otros— es el enorme miedo y angustia ante la inminente huida, pues al tomar esa decisión uno se siente culpable, traidor, fracasado, y sabe que comunicar esa decisión de manera abierta y sincera a los superiores lo único que logra es —en el mejor de los casos— postergar la salida en varios meses y —en el peor— impedirla totalmente.

Salir de comunidad no era nada fácil, pues «años atrás el retenimiento de los miembros a la organización para que no se desvincularan era exagerada. Se evitaba a toda costa la salida de cualquier integrante. En varios casos, a pesar de haber manifestado un deseo honesto de salida, el sodálite era casi forzado a pasar por procesos indefinidos y prolongados para evitar aquello que era una mal en sí: la desvinculación de la comunidad. Se dieron casos dramáticos de personas no idóneas para la vida consagrada o personas que habían cometido faltas graves que, lógicamente, debían salir de comunidad y por el contrario se forzó una permanencia que terminaba siendo traumática y dolorosa. Hay varios casos que atestiguan esta lógica». Esto es lo que leo en las reflexiones de alguien que, cuando todavía era sodálite de derecho pleno, formuló en el año 2015 un análisis crítico interno.

Martín Balbuena esperó el día y la hora en que pudiera salir de la casa sin que nadie advirtiera que no tenía intenciones de regresar. En Colombia, no tenía adónde ir. Cualquiera pensaría que se dirigió al aeropuerto a tomar un avión hacia Lima. Nada más lejos de la realidad. Era uno de los primeros lugares donde buscarían ubicarlo cuando advirtieran su prolongada ausencia -—como efectivamente lo hicieron—. Con escaso dinero y sólo lo que tenía puesto, inició un peligroso y aventurero recorrido por tierra —de varios días—, que lo llevaría en bus desde Colombia hasta la capital del Perú, pasando por Ecuador.

¿Cómo puede afirmar la fiscal Peralta que la libertad —ambulatoria, para usar su interpretación— no estaba restringida, cuando quienes tomaban la decisión de irse definitivamente de la comunidad en un día determinado tenían que hacerlo subrepticiamente, tomando precauciones para que nadie se enterara en ese momento, de preferencia a horas imprevistas, cuando todos estaban durmiendo o ausentes de la casa? No conozco ningún solo caso en que un sodálite le haya comunicado a sus superiores su decisión de irse y haya podido realizar esto el mismo día, al día siguiente o a la brevedad posible.

La barrera que había que superar era interior, y eso no resultaba fácil.

En 1993, yo estuve prácticamente recluido siete meses en San Bartolo, creyendo firmemente que si me iba contraviniendo la voluntad de los superiores, me iba a condenar para siempre. Pues ése era el tipo de pensamiento que se me había implantado en la mente, y que yo estaba obligado a admitir por obediencia si quería permanecer siendo sodálite. Y que en ese entonces me generó tal angustia, que durante ese tiempo deseé cada día que me sobreviniera la muerte.

Uno no podía desplazarse fuera de la casa si no había de por medio una autorización del superior. Ciertamente, no había ninguna barrera física que a uno le impidiera salir, pero en caso de hacerlo sin permiso, uno se exponía a castigos desproporcionados. Asimismo, cualquier viaje realizado por algún sodálite de comunidad tenía que contar con el permiso del superior, así como cualquier acto jurídico realizado por la persona. Las ganancias obtenidas en calidad de sueldo por un trabajo tenían que ser declaradas, y a uno se le indicaba qué cantidad podía quedarse.

¿Era todo esto realizado de manera libre? Desde el momento en que toda decisión del sujeto tenía que ser validada por un superior jerárquico, quedaba afectada la libertad personal. Como dice el texto aludido de un sodálite crítico, «los aspectos más insignificantes de la vida del sodálite quedaban sometidos al juicio del superior, juicio que podía llegar hasta el fondo de la conciencia personal».

De este modo, la única libertad que quedaba es la seguir a pie juntillas la rutina diaria y la de formular deseos e intenciones, pero no la de ejecutar lo que uno realmente quería. Y para aceptar esto como normal, se requiere haber quebrado la voluntad del sujeto, haber modificado sus criterios de pensamiento con el fin de tenerlo siempre “voluntariamente” dispuesto a cumplir órdenes superiores, sin manifestar ningún asomo de crítica en su pensamiento. Esto es lo que algunos especialistas llaman “lavado de cerebro”.

Y esto es lo que no ha querido ver la fiscal Peralta, quien ha creído entender que sólo si encontraba “incapacidad mental” en los denunciantes había sustento para la denuncia. Evidentemente, no la ha encontrado. Pues una persona con el cerebro lavado —o mejor dicho, sujeta a control mental— no pierde sus facultades intelectuales o volitivas, su capacidad para realizar actos jurídicos o para efectuar acciones normales de la vida cotidiana. Más aún, a ojos de las personas que tienen trato con ella, su forma de actuar se asemeja a la de un ser humano normal. Pero no toma decisiones propias en áreas fundamentales, pues gran parte de su capacidad de decisión ha sido transferida a los superiores, que deciden por ella. Y una de esas áreas es la libertad ambulatoria, pues a los sodálites de comunidad no les estaba permitido ni siquiera salir de la casa por la puerta si no contaban con permiso del superior.

Se trata de una privación de la libertad, hecha mediante violencia, amenaza y engaño —utilizando los mismos términos de la fiscal Peralta—, pues el cambio de mentalidad para generar una dependencia así hacia los superiores se hacía mediante técnicas introspectivas invasivas que llevaban al quiebre de la propia personalidad y lo volvían a uno dócil para cumplir “voluntariamente” cualquier orden superior, habiendo además amenazas de castigos para quien no obedeciera en este punto —ayunos a pan y agua (o a lechuga y agua), aislamiento, prohibiciones—, y todo era realizado con engaño, pues a los afectados nunca se les informaba de sus derechos, sólo de sus obligaciones, entre las cuales la principal era obedecer sin cuestionar.

Que algunos hayan podido superar con mucho esfuerzo esa barrera y hayan finalmente logrado irse de la comunidad no significa que esa barrera no existiera, así como que el hecho de que alguien logre saltar un muro y escaparse del recinto en que se le mantenía secuestrado, no significa que ese muro no haya existido como impedimento.

¿Diría la fiscal Peralta que si un secuestrado logra fácilmente violar la cerradura de la casa en que se le mantenía encerrado ya no se puede hablar de secuestro, pues la puerta no constituía un verdadero impedimento para que pudiera movilizarse libremente?

“Tres Patines” hubiera argumentado así ante el tremendo juez de la tremenda corte. Con toda probabilidad.

No acaban aquí los tremendos argumentos de la tremenda fiscal. Continuaré con su análisis en la siguiente entrega.

(Columna publicada en Altavoz el 24 de enero de 2017)

Continúa en CASO SODALICIO: “TRES PATINES” EN LA FISCALÍA (III)

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LA RECOMPOSICIÓN DE LA CRISMA DESPUÉS DEL SODALICIO

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“El grito n° 2” (1983), del pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín (1919-1999)

El título no es mío propio. Ha sido tomado del libro La recomposición de la crisma (Guía para sobrevivir a los grandes ideales) [Thémata, Sevilla 2007], que escribiera un ex miembro del Opus Dei en España bajo el seudónimo de Satur Sangüesa, relatando en clave humorística su paso por la Obra. Y lo que describe guarda más de una semejanza con la experiencia de quienes pasaron por el Sodalicio. Sólo que una vez apagada la risa, cuando uno ya se ha librado del condicionamiento mental a que fue sometido, se revelan las heridas y cicatrices de un paisaje interior devastado donde, mal que bien, uno se descubre como un sobreviviente. Como tantos que han transitado en algún momento de su vida por el Sodalicio. Algunos más afortunados, albergando aún la esperanza en un rincón de su alma; otros, en cambio, habiendo perdido todo, incluso la fe en la humanidad.

Pero lo que tienen en común quienes han logrado dejar atrás las penurias pasadas es que, en un momento dado, se dan cuenta de que tienen por delante la titánica tarea de reconstruir sus existencias e integrarse en el mundo del común de los mortales, del cual fueron arrebatados psíquica y mentalmente a temprana edad.

Y ese proceso requiere muchas veces pagar un alto tributo. Pues el sistema de pensamiento y disciplina sodálite, prístino y puro en su fachada católica pero enfermizo en su aproximación a la naturaleza humana, ha logrado desequilibrar vidas enteras y hundirlas en un infierno de angustia y culpabilidad. Indudablemente, la falta de naturalidad hacia las pulsiones más normales de la psique humana suele generar un equilibrio frágil, donde el ascenso a las cumbres de una espiritualidad exigente y elevada termina con frecuencia en una caída a los abismos más tenebrosos de la existencia.

Eso es lo que habría ocurrido con Germán Doig, de quien oí decir durante mi primera época en comunidades sodálites que había alcanzado un grado tan alto de pureza, que ya no tenía ni sueños húmedos ni poluciones nocturnas —estado que yo mismo experimenté durante un breve período—. Eso es lo que habría ocurrido con quienes acabaron cometiendo delitos inconfesables que dañaron biografías enteras. Eso es lo que podría estar ocurriendo con tantos sodálites que aún siguen atrapados en las garras de la institución. Y eso es en parte lo que me ocurrió a mí, aunque lo mío se circunscribió a los límites de lo poco que aún había podido conservar de mi esfera privada.

Ya he contado en otra ocasión cómo me vi acechado por obsesiones sexuales que venían esporádicamente y ponían en zozobra el estilo de vida célibe al cual trataba de aferrarme como si fuera mi tabla de salvación, cuando en realidad era el puñal que se hundía en mi carne y me estaba matando de a pocos.

Y eso sólo fue el preámbulo de lo que vendría después.

Una vez que me dirigía hacia esa curiosa iglesia de estilo indefinido que existe en Magdalena del Mar con una enorme cúpula de color turquesa, a fin de confesarme, me llamó la atención un pedazo de papel roto atrapado en un arbusto seco en medio de un jardín polvoriento con hierbas secas, un jardín pequeño como otros muchos que en esas calles ocupaban el lugar entre la vereda y la calzada para los automóviles. Cogí el pedazo de papel para examinarlo. Era la foto de un acto sexual explícito, en blanco y negro, arrancada de una revista pornográfica barata, de esas que se vendían en los ’80 en los kioskos de Lima. Ni qué decir, fue como si una ventolera hubiera barrido como por ensalmo todos mis deseos de santidad. No fui a confesarme y regresé a la comunidad para consumar en solitario el pecado. ¿Qué era aquello que anulaba mi voluntad y convertía un impulso en irresistible? No lo sé, más aun cuando después de salir de comunidad ese mismo impulso perdería fuerza y se iría haciendo más manejable, no teniendo la urgente violencia de entonces.

Recuerdo todavía la angustia que me generó ese primer tropiezo con la imagen pornográfica y cómo, un día después, crucé con miedo aterrador la Av. Brasil en el momento en que iba a confesarme, temiendo con angustia que me atropellara un carro y terminará condenado en el infierno por haber muerto en estado de pecado mortal.

El asunto se fue complicando con el paso del tiempo, pues cuando después de días y semanas de tranquilidad se desataba otra vez el temporal, terminaba por comprar yo mismo la revista, que metía en la casa escondida en mi ropa y que tras consumar el hecho, eliminaba cortando en pedacitos que pasaba por el inodoro o quemaba en el techo o en algún parque solitario. Siempre tuve la esperanza de que estos incidentes fueran sólo pasajeros y que al final mi sincera opción por la santidad y por el estilo de vida que había elegido terminarían por apagar toda tentación y llevarme otra vez al estado de gracia física que ya alguna vez había experimentado. Lo que entonces no sospechaba era que ese mismo estilo de vida que se guardaba en la comunidad podía haber sido el caldo de cultivo del problema que estaba viviendo. Y lo que hubo podido ser meramente un tropiezo de juventud, que la mayoría de las personas dejan atrás a medida que maduran, creció subjetivamente a dimensiones de tragedia.

A lo de las revistas se sumó posteriormente las escapadas a cines de mala muerte con olor a ranciedad, donde se exhibían filmes pornográficos hechos de retazos de celuloide procedentes de varios rollos de películas distintas, llenos de rayones, puntos negros, manchas, en una pantalla vieja con restos de humedad y mal iluminada por el ruidoso proyector. Allí conocí en carne propia el anonimato de los hombres que no quieren ser reconocidos, vuelven el rostro cuando las luces del local se encienden y apuran el paso al salir de la sala, a fin de regresar a la vida normal luego de haber hecho un turbio paréntesis en sus existencias. Y luego la vida sigue igual, como si nada hubiera pasado. Pero la procesión va por dentro.

Todo esto, sin embargo, fue acompañado de un efecto colateral que podría considerar como positivo. Como constaté que podía darme escapadas a cines sin ser descubierto, aproveché esta circunstancia para ir a ver películas artísticas, que normalmente no tenían lugar en la comunidad.

Y eso me llevaría finalmente a una experiencia cinematográfica que gatillaría en mí una reflexión liberadora. Sería para mí un punto de quiebre. Pues —hay que decirlo— el debilitamiento de las rejas interiores que a uno le son construidas en la psique por el Sodalicio suele iniciarse con alguna experiencia clave, muchas veces relacionada con una disciplina artística, como puede ser el cine, la literatura o la música. O también a través del encuentro con alguna persona diferente de acentuada calidad humana.

En mi caso, el detonante fue la película Terciopelo azul (1986) de David Lynch, la cual, a través de una trama de policial noir, describe la vida entre dos mundos de su joven personaje —un mundo donde todo es luz e inocencia, y otro mundo donde se dan encuentro las peores pesadillas—. Queriendo mantener ambas dimensiones de su vida separadas, al final terminan mezclándose en la realidad, y con el doloroso sinceramiento viene la redención. En particular, son impresionantes las imágenes iniciales en un típico pueblo del countryside nortemericano, mostrando un mundo idílico, inocente, casi perfecto. La cámara se aproxima a un jardín donde un anciano riega las flores. Cuando éste sufre un accidente casero y cae desvanecido, la cámara lo sigue en su caída para luego hacer un zoom hacia la hierba de un verde saturado lleno de vida y mostrar finalmente un mundo subterráneo pululante de hormigas agresivas y oscuros presagios, subyacente a la feliz realidad ideal que hemos visto antes. La película está cargada de escenas tan intensas, algunas de rebuscada perversidad psicológica, que ocasionó que algunos espectadores se salieran del cine antes de terminar la función. Aún así, esta obra maestra de David Lynch caló tan hondo en mi conciencia, que no pude resistirme a verla posteriormente una segunda vez.

Sin embargo, yo continué viviendo falsariamente entre dos mundos, alimentando aún la ilusión de poder alcanzar la santidad mientras me debatía con mis fantasmas interiores, a la vez que que dejaba mensajes crípticos y simbólicos en varias de las canciones que componía, abrigando la esperanza de que alguien entendiera esos mensajes y me ayudara a salir del pozo en que me sentía hundido.

Lo que realmente me faltaba era regresar a la vida, aquélla en la que se desenvuelven las historias cotidianas de los seres humanos comunes y corrientes. Pero el proceso de recomposición de la crisma ya se había iniciado y seguiría paulatinamente su curso, alimentado en años posteriores por mas películas —varias de Woody Allen, El ciudadano Kane de Orson Welles, La strada y el Casanova de Federico Fellini, Érase una vez en América de Sergio Leone, El último tango en París de Bernardo Bertolucci— y lecturas varias, entre las que destaco las novelas y ensayos de Ernesto Sabato.

Me tomaría más de una década recobrar mi identidad perdida, desarmar las piezas de un rompecabezas mal armado, volver a armarlo con sustancia verdadera y respirar profundamente como alguien que logró sobrevivir a los efectos venenosos del gran ideal sodálite.

(Columna publicada en Altavoz el 27 de noviembre de 2016)

EL TOTALITARISMO SECTARIO DEL SODALICIO

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Robert Jay Lifton (nacido en 1926), psiquiatra estadounidense y creador de la ciencia de la psicohistoria, entrevistó en los años ‘50 a prisioneros de guerra norteamericanos de la Guerra de Corea así como a sacerdotes, estudiantes y maestros que estuvieron prisioneros en China, además de a algunos ciudadanos chinos que lograron escapar del régimen totalitario de Mao tras haber sido sometidos a procesos de adoctrinamiento en universidades chinas. El estudio detallado que hizo de las técnicas coercitivas que se aplicaron y que llevaron a los sujetos de estudio a padecer lo que él llama “reforma del pensamiento” —que es lo que popularmente se conoce como “lavado de cerebro”— fue descrito en su libro Thought Reform and the Psychology of Totalism: A Study of “Brainwashing” in China (1961).

Los ocho criterios que allí presenta para identificar cuándo un colectivo está practicando la “reforma de pensamiento” —a fin de obtener un control total sobre la mente y la conducta de las personas afectadas— fueron incluidas en su libro Destroying the World to Save It: Aum Shinrikyo, Apocalyptic Violence, and the New Global Terrorism (2000) como características reconocibles de las sectas destructivas —además del “endiosamiento” del líder y la explotación de sus seguidores—.

Aunque parezca increíble, los ocho criterios de Lifton —que paso a detallar a continuación— se han verificado todos en el Sodalicio de Vida Cristiana.

1. Control de la atmósfera social y de la comunicación humana

Toda la vida de los sodálites de comunidad se rige por la obediencia, de modo que queda bajo control de los superiores su día a día desde que se levantan hasta que se acuestan; lo que les está permitido leer; con quienes les está permitido comunicarse; lo que deben pensar, sentir y hacer, etc.

2. Manipulación mística

La creación artificial de “atmósferas” espirituales que generan en los sodálites efectos supuestamente espontáneos y experiencias de la acción divina eran en realidad estrategias “planeadas” para someter más fácilmente las conciencias. Eso se daba en la meditación personal —que debía seguir una estructura fija predeterminada— y en las oraciones comunitarias, así como en algunos eventos de masas. Quien no se sentía “vibrar” con estas cosas era considerado una persona poco comprometida o con una vida espiritual deficiente.

3. Redefinir el lenguaje

Quien lea algún texto sodálite o escuche hablar a un miembro de la Familia Sodálite se topará con varias palabras y expresiones que tienen un significado particular sólo accesible a quienes hayan sido adoctrinados en la espiritualidad sodálite. Además de expresiones crípticas como “amorización”, “escotosis”, “kénosis”, “holístico” “agnosticismo funcional”, “división tripartita del hombre”, etc., se redefinen conceptos como “Plan de Dios”, “libertad”, “reconciliación” y “pobreza”, y se evitan a toda costa otros términos usuales entre los cristianos de a pie, como “mi Dios”, “alma”, “ofensa”, “salvación” y “voluntad divina”. En todo caso, al sodálite se le reconoce por su lenguaje poco natural, que es inquietantemente similar en todos los miembros de la institución.

4. La doctrina es más importante que la persona

Para un sodálite corriente una persona vale en la medida en que se adhiere a la fe cristiana. Si además sigue la enseñanza católica —en su interpretación más conservadora—, vale aun más. Y si su pensamiento concuerda con la doctrina sodálite, su valor como persona adquiere un plus cualitativo. Cualquier persona que no reúna estas características suele ser tenida en menos por los sodálites.

5. La ciencia sagrada

La doctrina y espiritualidad sodálites —que en el fondo siguen siendo el “pensamiento” acuñado por Luis Fernando Figari— son incuestionables y no está permitido ponerlas en duda, ni siquiera en aspectos puntuales. Quien ose hacerlo, o será disciplinado, o terminará fuera del grupo.

6. El culto a la confesión

Era de precepto confesarse sacramentalmente una vez por semana, sin contar con las confesiones cuasi forzadas que se realizaban en grupos, sin respetar la privacidad de los participantes, que incluye el derecho a callar.

7. Demandas de pureza inalcanzables

Así planteaba Figari la exigencia de santidad que hay en el Sodalicio: «Una vez más cabe repetir lo que decía León Bloy: “No hay mayor tristeza que la de no ser santos”. A lo que añadiría: no hay tampoco mayor irresponsabilidad que la de no aspirar a ser santos. Y aún más: no hay mayor injusticia que la no trabajar por ser santos» (Memoria 1979). De modo que quien supuestamente no avanzaba en el camino hacia la santidad tenía que sobrellevar no sólo la tristeza proveniente de una culpabilidad inducida, sino también la carga de conciencia de sentirse “irresponsable” e “injusto”. Ésta es una de las maneras más efectivas para seguir manteniendo sometida la libertad interior de las personas.

8. La dispensación de la existencia

Lifton define este punto como que el grupo decide quién tiene derecho a existir y quién no, es decir, no hay otra alternativa válida que pertenecer al grupo. En el Sodalicio se inculcaba que quienes lo abandonaban, eran traidores que habían rechazado el llamado de Dios, con grandes probabilidades de nunca poder alcanzar la felicidad en esta vida y de ser condenados a la hoguera eterna en la otra. En el mejor de los casos, cuando quien se salía mantenía la fe y una buena relación con la institución, se le consideraba un cristiano de tercera categoría, sin capacidad para soportar los rigores habituales de la vida sodálite. Los demás eran simplemente carne para el infierno.

Afortunadamente, Lifton descubrió que quienes estaban sometidos a este control de sus pensamientos y conductas volvían paulatinamente a la normalidad una vez que salían del ambiente donde se verificaban los criterios señalados.

Muchos de los que somos ex sodálites sabemos que la superación total del “lavado de cerebro” sólo es posible fuera de la institución tras un proceso que puede durar años. Yo me demoré más de una década en lograrlo. Y es mi deseo que otros que siguen en la condición de prisioneros mentales de la institución lo logren.

(Columna publicada en Altavoz el 18 de septiembre de 2016)

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Si alguien desea más información sobre el tema, puede leer mi post SODALICIO Y LAVADO DE CEREBRO.

LA SECTA

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Ocurrió en un país de Sudamérica.

Un líder religioso de pensamiento mediocre, ideas fascistoides y anticomunistas, lenguaje soez pero con una enorme capacidad de manipulación, funda un grupo religioso de características sectarias y establece así un espacio propio donde es él quien determina las normas, erigiéndose como señor del bien y del mal, exigiendo una obediencia absoluta de parte de sus seguidores.

Éstos, sometidos a un adoctrinamiento comparable con un lavado de cerebro, lo veneran y, siguiendo sus enseñanzas sobre Dios y el demonio, se ciñen a una vida austera reprimiendo su sexualidad y desconfiando del mundo externo como un lugar sometido a la maldad y la perversión.

En cambio, para el líder valen otros reglas: él goza de privilegios negados a sus súbditos, como despertarse a la hora que quiera, vestir ropa cara, degustar comida especial preparada para él y, sobre todo, poder practicar el sexo con jóvenes varones seleccionados, los cuales además están a su disposición cual esclavos modernos para atenderlo y cumplir con todos sus deseos.

La organización, que goza de un estatus especial gracias al apoyo del gobierno y además está liberada de impuestos, gestiona obras benéficas y sociales, además de otros negocios ajenos a lo religioso, entre ellos algunos vinculados a la minería.

Sólo una cúpula de 15 a 20 hombres comparten la información, mientras que los demás miembros son mantenidos en la ignorancia.

No estoy hablando de Luis Fernando Figari y el Sodalicio, sino de Colonia Dignidad, un enclave de alemanes en los Andes chilenos, cuyo líder, Paul Schäfer, y otros miembros fueron encontrados culpables de asociación ilícita para delinquir y de violaciones de derechos humanos.

(Columna publicada en Exitosa el 2 de julio de 2016)

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Colonia Dignidad, asentamiento fundado en Chile en 1961 por inmigrantes alemanes, en la comuna de Parral, Provincia de Linares, Región del Maule, fue también un centro de detención y tortura en tiempos de la dictadura de Augusto Pinochet. Actualmente se llama Villa Baviera.

Las denuncias por violaciones de derechos humanos básicos se dieron durante décadas a partir de los años ’60, pero fueron ignoradas tanto por la justicia chilena como por la diplomacia alemana.

Paul Schäfer, el líder de una supuesta comunidad idílica que en realidad era una secta, finalmente huyó en 1997 ante acusaciones de abusos sexuales contra niños y fue capturado en Argentina en el año 2005. Murió en una cárcel chilena en el año 2010.

En la sentencia dictada en abril de 2014 en Chile por el ministro en visita Jorge Zepeda Arancibia en contra de ex integrantes de la DINA (Dirección de Inteligencia Nacional) y de ex miembros de la Colonia Dignidad por asociación ilícita para diversos delitos cometidos en terrenos de esta última a partir de 1970, confirmada por la Corte de Apelaciones de Santiago, se señalan como características de la organización de Schäfer, entre varias otras:

  • la existencia de un mando superior, basado en un sistema de información, con características de organización militar;
  • sistema con características propias de las sectas, utilizando la religión y el vínculo con la autoridad militar de la época, lo que le permitió al líder abusar de la propia comunidad y desarrollar en forma impune su conducta pedófila criminal.

En materia de actividad organizada que constituye violación de Derechos Humanos:

  • se cometieron delitos de lesiones graves mediante el empleo sistemático de tratamientos psiquiátricos a los propios colonos de la ex «Colonia Dignidad»;
  • se mencionan los nombres de ocho jóvenes colonos alemanes, todos ellos pertenecientes a los grupos de niños llegados a Chile entre 1961 y 1963, que fueron separados de sus padres, al igual que los otros niños alemanes, pero además sometidos a «tratamientos de salud», no obstante estar sanos, recibiendo suministros de «sicotrópicos» y aplicación de corriente eléctrica en sus cuerpos mediante «electroshocks», permaneciendo aislados en el «hospital», así como en el anexo a éste denominado «Neukra», ubicados todos al interior de la hoy ex «Colonia Dignidad»;
  • y se establece que dichos seudo tratamientos psiquiátricos tenían como objetivo lograr la separación de los miembros de las familias y con ello la destrucción de los vínculos de éstas, además de inhibir las conductas sexuales de las víctimas, destruyendo el concepto de familia y manteniendo así una supuesta pureza moral de esos jóvenes;
  • el líder ejecutó tales conductas luego de crear un sistema de colaboración con los organismos de seguridad, logrando un estatuto similar al de las autoridades de la época, lo que le permitió llevar a cabo impunemente las prácticas crueles en contra de los propios colonos alemanes, los que deben ser considerados parte de la población civil, violencia física y sexual destinada a la destrucción de los vínculos familiares, con fines de proselitismo religioso o servicio a una causa;
  • la agresión física en contra de los jóvenes colonos se llevaba a cabo con orientación directa del líder, con el claro propósito de mantener sobre ellos un poder absoluto.

En cuanto a la comisión de delitos sexuales:

  • el líder de la Colonia, con complicidad y encubrimiento de sus ex jerarcas, cometió abusos sexuales y violaciones sodomíticas en contra de los menores, según quedó establecido en la causa rol 53.914 y otras acumuladas, tramitadas por un Ministro de la Corte de Apelaciones de Talca, en Visita Extraordinaria, en el Juzgado de Letras de Parra;
  • engañando a los progenitores de las víctimas y aprovechando la pertenencia de éstos a familias campesinas de la zona que buscaban un futuro mejor para sus hijos, y con el falso propósito de brindarles protección, la organización implementó una estructura jerárquica para que el líder seleccionara niños de su agrado y consumara gravísimas agresiones sexuales en contra de ellos, actuando otros integrantes como cómplices o encubridores de los delitos;
  • se encuentra acreditado judicialmente por la mencionada causa, que después de 1990 se cometieron en la «Colonia» múltiples delitos sexuales y violaciones sodomíticas en contra de menores;
  • a la vez, en ese proceso se acreditó que los delitos se cometieron utilizando el inmueble y la organización de la ex «Colonia Dignidad», hoy «Villa Baviera», especialmente en el denominado «Internado Intensivo» de menores que existió en su interior, al cual eran incorporados los niños que fueron agredidos sexualmente, donde eran mantenidos bajo coacción e intimidación, bajo los férreos y sofisticados sistemas de seguridad de la ex «Colonia Dignidad»;
  • por lo que el propósito real de establecer y operar dicho «Internado Intensivo» fue atraer menores para ser violentados sexualmente por el jerarca, con la complicidad y el encubrimiento por otros miembros de la ex «Colonia Dignidad».

Éstos son sólo algunos puntos de la sentencia, pues ésta incluye varios delitos más, entre los que se cuentan la posesión ilícita y tráfico de armas, además de torturas y asesinatos de detenidos políticos durante la dictadura de Pinochet.

Guardando las distancias —pues el caso de Colonia Dignidad llegó a extremos a los que no parece haber llegado el Sodalicio de Vida Cristiana—, si consideramos sólo las similitudes, ¿qué duda puede seguir habiendo de que la denuncia penal contra algunos miembros del Sodalicio por asociación ilícita para delinquir, secuestro y lesiones graves tiene bases sólidas?

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FUENTES

Dieter Maier, Colonia Dignidad: Auf den Spuren eines deutschen Verbrechens in Chile, Schmetterling Verlag, Stuttgart 2016.

Wikipedia (en español)
Colonia Dignidad
https://es.wikipedia.org/wiki/Colonia_Dignidad

LA CORTE DE LOS 47

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Recientemente ha sido publicada una carta con fecha de 1° de junio de 2016 y firmada por 47 ex sodálites rechazando la denuncia ampliatoria por asociación ilícita para delinquir, secuestro y lesiones graves interpuesta el 10 de mayo de 2016 por cinco ex sodálites (José Enrique Escardó, Martín López de Romaña, Vicente López de Romaña, Óscar Osterling y Pedro Salinas) en contra de siete integrantes y un ex integrante del Sodalicio de Vida Cristiana y presentada el 12 de mayo en una rueda de prensa en el local de Miraflores del estudio de abogados Benites, Forno & Ugaz.

Al revisar la lista de firmantes, he podido constatar que conozco personalmente sólo a siete de los signatarios. Los demás nombres me son desconocidos o corresponden a personas que no he tratado personalmente. Y de entre esos siete, cinco de ellos son adherentes sodálites, es decir, varones que emiten junto con sus respectivas cónyuges un compromiso de adhesión al Sodalicio en vistas a vivir la espiritualidad sodálite en la vida matrimonial. Y de entre esos cinco, sólo dos han vivido un tiempo relativamente largo en comunidades sodálites. Los otros tres habrán vivido en comunidades a lo más un mes, en lo que se conoce como período de prueba.

Para mayor detalle, quienes siguen siendo adherentes sodálites —según la información de que dispongo— y, por lo tanto, aún mantienen una vinculación institucional con el Sodalicio de Vida Cristiana, son: Rafael Álvarez Calderón, Julián Echandía, Marcos Nieto, Edwin Esquivias y Óscar Álvarez. Si en algún momento en época reciente dejaron de ser adherentes, me gustaría saber cuándo y por qué motivos.

Los dos primeros, al igual que muchos de los que estuvimos en comunidades sodálites en los ’80, también pasaron por San Bartolo y sufrieron maltratos. A Rafael un día el superior le volcó un plato de ensalada en la cabeza durante el almuerzo. No sé si él seguirá considerando ese incidente como algo normal e inofensivo, algo así como una medida educativa que él aplicaría sin ningún escrúpulo con alguno de sus hijos. Asimismo, él sería la persona que se acercó a mi hermano Erwin y que le habría sugerido que yo podría tener el síndrome de Asperger. Eso explicaría —según algunos— mi supuesta falta de empatía al no considerar el daño que habría hecho a varias personas al exponer a la luz pública —con supuesta falta de ética— lo que ocurría en las comunidades sodálites. Se trataría de un intento de desacreditar al mensajero e incitarlo a guardar silencio. Ahora sabemos dónde se hallaba en realidad la falta de ética y de vergüenza.

Julián Echandía también sufrió maltratos en San Bartolo, de lo cual puede dar mejor testimonio Pedro Salinas, quien vivió junto con él en una de las comunidades sodálites del balneario sureño. Un día, siendo encargado de temporalidades de la comunidad Nuestra Señora de Guadalupe, Julián se olvidó de tener preparada a tiempo la comida para un visitante ilustre, Mons Emilio Vallebuona (entonces obispo de Huaraz), y hubo que improvisar un plan de emergencia para cocinar fideos, del cual me encargué yo. Como castigo, a Julián lo tuvieron toda una noche sin dormir limpiando repetidamente la casa. Asimismo, cuando tiempo después pasó por la crisis personal que terminaría con su salida de comunidad, lo recluyeron en San Bartolo, y estaba prohibido dirigirle la palabra. Si quería salir a pasear por el malecón, a rezar el rosario por ejemplo, dos miembros de la comunidad tenían que seguirlo de cerca y vigilarlo continuamente. Se trataba de un situación similar a la de un secuestro, pues Julián no hubiera podido irse si es que lo hubiera querido.

Los otros firmantes a los que conozco personalmente son José Salazar, un hombre bonachón y de buen corazón, incapaz de matar una mosca, y un joven muchacho que es hijo de un adherente sodálite amigo mío.

Respecto a los demás nombres, se trata en el caso de algunos de personas evidentemente vinculadas con entidades gestionadas desde el Sodalicio de Vida Cristiana.

Alejandro Estenós y Rodolfo Castro mantienen una relación laboral con la Universidad Católica San Pablo de Arequipa —fundada y administrada por el Sodalicio—, el primero como docente investigador y el segundo como docente ordinario, investigador adscrito y director del Instituto para el Matrimonio y la Famila.

Claudio Ávalos es gerente administrativo de la Asociación Cultural Vida y Espiritualidad (VE), que se dedica, entre otras cosas, a la publicación y distribución de los libros y folletos escritos por miembros del Sodalicio y de la Familia Sodálite.

Esteban Pacheco y José Luis Villalobos aparecen como colaboradores del Centro de Estudios Católicos (CEC), una página web dedicada «al estudio, la reflexión y el diálogo sobre diversas realidades humanas iluminadas por la riqueza de la fe» y que es gestionada por sodálites.

Hans Ortiz ha sido hasta no hace mucho (diciembre de 2012) coordinador del Movimiento de Vida Cristiana, entidad integrada por diversas asociaciones de laicos y laicas no consagrados de cualquier sexo y edad que desean vivir de acuerdo a la espiritualidad sodálite.

Juan Andrés Coriat ha sido, entre marzo de 2012 y diciembre de 2013, profesor en los colegios Villa Caritas y San Pedro, ambos de propiedad del Sodalicio. Además, actualmente colabora con la producción audiovisual del Sodalicio de Vida Cristiana.

Ésta es someramente la información que he podido obtener. Por lo tanto, cuando la carta dice que quienes la firman son ex integrantes del Sodalicio, no se debe entender que se trata de personas sin ninguna vinculación actual con el Sodalicio. No me extrañaría que la mayoría de los firmantes que no conozco personalmente sigan comprometidos con el Movimiento de Vida Cristiana —al cual podríamos definir como una versión light del Sodalicio abierta a todo tipo de personas— y que, por lo tanto, no se trate de personas mental y psicológicamente independientes, sino de cortesanos de la institución que todavía se sienten inconscientemente constreñidos a rendirle pleitesía.

Por otra parte, he de suponer que la gran mayoría de los firmantes —salvo seis de los siete que he mencionado— son personas jóvenes que se unieron al Sodalicio después de mi partida del Perú hacia Alemania en noviembre de 2002. Por consiguiente, no pudieron conocer de primera mano lo que ocurrió en las comunidades sodálites entre los’70 y los ’90, sino que su experiencia se reduciría al Sodalicio de las dos primeras décadas del siglo XXI.

Además, se debe tener en cuenta que quienes sufrieron abusos han tenido que pasar por un largo y doloroso proceso de toma de conciencia que culmina con el reconocimiento de haber sido víctimas de acciones que atentaban contra sus derechos humanos y que les han causado lesiones psicológicas perdurables. Superar el lavado de cerebro —o formateo mental— efectuado en el Sodalicio puede tomar más de una década después de abandonar una comunidad sodálite. En el caso de los firmantes jóvenes, todavía es muy pronto como para que se den cuenta si les han lavado el cerebro o no. Yo, por ejemplo, hasta el año 2007 tuve una posición favorable hacia el Sodalicio y hubiera defendido la institución a capa y espada, aún cuando ya había grietas en mi valoración global de la institución.

Asimismo, se pueden constatar ciertos vacíos en el documento: sólo se repudia las conductas descritas como delitos contra la libertad sexual. ¿Y los abusos psicológicos y físicos? ¿Consideran que no son tan graves como para mencionarlos y repudiarlos explícitamente? ¿O piensan que éstos no se dieron en el Sodalicio y son puras fantasías de quienes supuestamente odian la institución? Pues resulta que más adelante en la carta son mencionados bajo el término general de “abusos”, pero son atribuidos a algunos de los cinco ex sodálites que aparecen como agraviados en la denuncia del 10 de mayo: «Rechazamos a algunas de las personas que presentaron la denuncia arriba indicada y que han salido a enarbolar la bandera de la verdad y la justicia a través de sus denuncias; señalándose ellos mismos como víctimas, pero que en algunos casos no han sido capaces de reconocer sus propios errores y abusos cometidos contra varios integrantes de la Familia Sodálite e incluso contra algunos de los firmantes. Por lo cual, les exigimos en aras a la verdad y justicia, tan exigida por ellos, que pidan perdón por cada uno de los actos y que reparen, de ser el caso, a cada una de las personas que han y hemos sido víctimas de ellos». Resulta evidente que no se están refiriendo a abusos sexuales.

Conozco a José Enrique Escardó, el cual vivió algunos años en comunidades sodálites al mismo tiempo que yo, aunque nunca coincidimos en la misma comunidad. Nunca tuvo ningún cargo de responsabilidad y nunca supe de él que hubiera hecho nada que pueda describirse como abuso.

Pedro Salinas ha admitido que durante su pertenencia al Sodalicio cometió abusos piscológicos contra otros miembros, pero nada que se diferenciara sustancialmente de lo que hacían otros sodálites que habían recibido la misma formación y las mismas indicaciones. De hecho, supuestamente él sería uno más de los que practicaron una especie de bullying contra Julián Echandía en una de las comunidades de San Bartolo, según se infiere de lo narrado en su novela Mateo Diez (Jaime Campodónico/Editor, Lima 2002).

De los otros tres denunciantes no puedo decir nada, pues no conozco toda su historia, pero nadie los ha acusado de haber cometido abusos sexuales, y aquellos otros “abusos” a los que hace alusión la misiva de los cortesanos no creo que se refieran a acciones distintas o peores a las que han realizado otros sodálites de comunidad. Pues es moneda común en el Sodalicio que alguien que ha sido víctima de maltratos psicológicos no tenga conciencia de esto debido al formateo mental del cual ha sido objeto y finalmente termine haciéndole a otros cosas similares a las que antes le hicieron a él. Y algo que una persona normal y en sus cabales no haría, termina haciéndolo no en virtud de ser él mismo sino en virtud de ser sodálite. Nos hallamos ante un sistema perverso que transforma a las víctimas en victimarios, aunque tenga toda la apariencia de una espiritualidad profundamente cristiana que lleva a quienes la siguen hacia la santidad. Objetivo que en más de cuatro décadas de existencia no parece haber alcanzado ninguno de los miembros del Sodalicio, mucho menos aquél que fue considerado como «el mejor entre nosotros».

Por otra parte, me extraña la memoria selectiva que tienen los cortesanos en su misiva al exigirles a algunas de las víctimas denunciantes —no se se sabe quiénes en concreto, porque no se especifica— que respondan de sus actos de abuso, pero no se exige lo mismo de otros sodálites que siguen formando parte de la institución y que han realizado cosas similares o peores. Lo curioso es que esto significa que algunos de los signatarios reconocen haber sido víctimas de abusos en el Sodalicio por parte de una persona que entonces también era sodálite y que nunca fue cuestionada en su actuar por la institución misma.

Es necesario reconocer que los abusos psicológicos no partían de iniciativas personales de quienes tenían puestos de responsabilidad, sino que era un modus operandi conforme con la disciplina sodálite. No conozco a ningún superior sodálite que no haya cometido abusos en mayor o menor grado. Por ahí nos acercamos al concepto de que se trata de un sistema organizado que mediante un lavado de cerebro destruía algunas barreras morales en la mente de los sodálites, haciendo que consideraran aceptables y necesarios métodos punitivos y correctivos que atentaban contra derechos fundamentales de la persona. De ahí que muchos sodálites digan que no han visto abusos en las comunidades. En realidad sí los han visto, pero no los han categorizado como tales. Y como ya lo he señalado, la mayoría de los firmantes son demasiado jóvenes como para darse cuenta de si efectivamente les lavaron el cerebro o les formatearon la mente. El modo de actuar del Sodalicio, desde que tengo memoria, ha seguido siempre este esquema delictivo, independientemente de que las personas que hayan formado parte de él sean conscientes o no de ello, o hayan actuado incluso con las mejores intenciones.

Esto pone también en entredicho la frase donde dicen «todos los firmantes hemos ingresado al Sodalicio de Vida Cristiana de manera libre y consensuada». En la carta que dirigí a Luis Fernando Figari, Superior del Sodalicio, el 17 de diciembre de 1981, solicitando entrar a vivir a una comunidad sodálite, escribí lo siguiente: «esta decisión la he tomado libremente y por mi propia voluntad». Sin embargo, la decisión de pertenecer al Sodalicio ya la había tomado previamente a los 15 años de edad gracias al intenso trabajo de proselitismo que se hizo conmigo y que no estuvo exento de manipulación psicológica —según constato ahora con la madurez que dan los años—. En las cartas que escribí en agosto de 1988 solicitando hacer mi profesión temporal, y en agosto de 1991, pidiendo que se me permita renovar por dos años este compromiso, aparecen expresiones similares, dando a entender que mi decisión era libre y consensuada. Sin embargo, el margen de decisión era muy estrecho debido al formateo mental que se me había efectuado. No existía la posibilidad de tomar una decisión libre de toda coacción interna, pues el asunto se planteaba como una elección entre la vocación a la que Dios lo llamaba a uno —único camino para alcanzar la santidad y la felicidad— o el apartarse de ella —lo cual se consideraba una traición y un camino seguro hacia la infelicidad y probablemente hacia la condenación eterna—. No habían otras posibilidades. Salvo la de “descubrir” a través de un tortuoso y largo discernimiento que la vocación de uno era otra. Pero esto era prácticamente la última salida, que se proponía sólo cuando se veía que el sujeto estaba cayendo en una situación desesperada que ponía en riesgo su estabilidad emocional. Y que en algunos casos estuvo acompañada de pensamientos suicidas.

Me gustaría saber a qué edad los firmantes tomaron la decisión interior de formar parte del Sodalicio de Vida Cristiana —independientemente de cuándo la formalizaron— y si recibieron información adecuada sobre otras opciones de vida y otros caminos alternativos. Casi todos los que conozco de la lista fueron captados antes de alcanzar la mayoría de edad, y los demás son demasiado jóvenes como para que no haya ocurrido lo mismo.

Además, en el supuesto de que sus experiencias personales hayan sido globalmente positivas, ¿qué derecho les da eso para negar que algunos miembros del Sodalicio hayan aprovechado la fachada religiosa de la institución para infligir lesiones graves psicológicas a quienes debían proteger; para manipular las mentes de menores de edad e inducirlos a unirse a la institución, sin informar debidamente a sus padres o tutores; para destruir o deteriorar las relaciones familiares de jóvenes adolescentes y hacerlos dependientes de los responsables del Sodalicio; para mantenerlos secuestrados no con los barrotes metálicos de una cárcel sino con las cadenas interiores del miedo a tomar la decisión equivocada y condenarse eternamente; para realizar negocios millonarios violando derechos laborales o incluso apoderándose ilegítimamente de propiedades ajenas y evadiendo impuestos; para violar la correspondencia ajena incluyendo correos electrónicos; y finalmente, para tener carne joven disponible que sirviera para saciar el apetito sexual de unos cuantos jerarcas de la institución?

Además, ¿qué saben estos cortesanos en su mayoría de lo que pasó en las comunidades sodálites en las décadas de los ’70, ’80 y ’90? ¿Acaso han podido enterarse al respecto, si el mismo Sodalicio ha tenido la costumbre de borrar de su historia todo lo que no quiere que se sepa y presentarle a cada nueva generación una versión de cuento de hadas de su pasado? ¿Creen que con decir «durante nuestra pertenencia al SCV nuestra labor no tuvo relación alguna con actividades ilícitas de ningún tipo» queda demostrado que determinadas personas que han sido denunciadas no aprovecharon las estructuras de la organización para cometer delitos?

Que quede claro que yo tampoco realicé actividades ilícitas en el Sodalicio y puedo suscribir lo que dice la carta: «nos consta la permanencia en el SCV de muchos miembros que son personas de buena voluntad con una clara vocación [a] actuar al servicio del prójimo, de la Iglesia y de la sociedad». Lamentablemente, esto no constituye una prueba fehaciente de que las acusaciones sean infundadas, según la explicación que da el ex sodálite Gonzalo Cano en su artículo Demonios y ¿ángeles? – Una reflexión sobre la mentira perversa, publicado hace tres años (ver https://dibanaciones.lamula.pe/2013/08/23/demonios-y-angeles/gonzalocano/):

«Una persona sedienta de poder (consciente o inconscientemente) necesitaba captar voluntades para su propósito. Para esto, necesitaba captar gente sensible, inteligente y, por supuesto, manipulable. Estas personas tenían que ser menores que él y si eran adolescentes idealistas sin padre o con problemas con la figura paterna, mejor. Para someter esas voluntades, se les tenía que “formar” y para formarlos, primero había que “romperlos” psicológicamente hasta que estuvieran listos para obedecer ciegamente. El camino a la obediencia podía ser largo, pero si era minuciosamente preparado, era posible. Se los podía romper con exigencias físicas, con exigencias de trabajo, con insultos, con humillaciones, haciéndolos sentirse “impuros”, con sentimiento de culpa, amenazándolos con repetir los mismos defectos de sus padres, dándoles un sentido a su vida (que sería justamente servir a esta persona “tocada” por Dios) o simplemente manteniéndolos económicamente. Claro, como [en] todo grupo surgirían las pugnas y las purgas en el camino por ser “la mano derecha” y esa mano podría ser cambiada siempre según el capricho del líder, cosa que los tenía a todos permanentemente “en vilo” y listos para todo. Y la coartada era cualquier cosa. En este caso, mi teoría apuntaba a la religión, pero podría ser política, dinero, placer o cualquier otra cosa que haga que una persona sea poderosa. Lo principal era el poder, la ideología lo secundario (aunque para los “fieles” tendría que parecer que no importara el poder y que todo era la ideología). Eso con respecto al grupo central.

Luego habría que buscar posibles “piezas de recambio”. Un número de gente que con el tiempo se podría formar para ampliar las redes de poder. Pero tenía que ser gente especial, similar al primer grupo en potencia. A estos no se les daría toda la información, pero se les seduciría permanentemente para que sueñen con pertenecer al grupo principal y que en la medida de sus ganas (y de sus problemas psicológicos bien manipulados) estuvieran dispuestos a hacer todo o a callar todo lo que vieran por miedo, obediencia, arribismo o estupidez. A este segundo grupo le llamé “menú”.

Y, finalmente, tendrían que conseguir la famosa “cortina de humo”, que son los miles y miles de cojudos que pueden ser convocados bajo un ideal y que sólo sirven para que los perversos iniciales avancen con su plan de poder. Este tercer grupo es siempre gente buena, bien intencionada, realmente sincera y sana, pero que dado que son buenos y no se imaginan cómo procede la perversión, creen a los líderes y depositan en ellos su confianza al punto [de] que a pesar de que sean descubiertos uno por uno, afirmen siempre que son un “caso aislado” según les dicen los que siguen dirigiendo el grupo. Esta gente es inocente hasta cierto punto, pero como me dijo una vez un sacerdote: “Los mongolitos (por la gente Down) se van al cielo; los cojudos, no.”

De este tercer grupo se puede acceder también al segundo y en pocos casos al [primero]. Los del segundo grupo siempre serán buscados específicamente. Las proporciones que calculé serían así: 5% del total del grupo son los perversos/perversos; 10% los futuros perversos o cojudos que observan y no se dan cuenta de lo que está pasando; y el resto, cortina de humo.»

En consecuencia, «los actores acusados de los delitos» no pueden ser separados del resto de los miembros, como si hubieran actuado al margen o en contra del sistema en el cual estaban insertos. Ellos habrían estado interesados en seguir manteniendo el sistema tal como existió desde sus inicios, a fin de cometer sus actos delictivos, no sé si con plena conciencia. No sabemos hasta dónde llega la infección de ese virus del formateo mental que Figari inoculó en la institución desde sus inicios (ver EL PARÁSITO FIGARI).

Ciertamente, hay muchas personas inocentes que han sido manipuladas, a las cuales se les ha ocultado sistemáticamente información y que han participado o siguen participando del Sodalicio de Vida Cristiana de buena voluntad y con las mejores intenciones, buscando tener una vida coherente con la fe cristiana, creyendo que fines sagrados son los únicos fines que tiene y ha tenido la institución. Pero no deben olvidar que eso puede cumplir perfectamente las funciones de una cortina de humo. Así como cortina de humo parece ser esta carta firmada por 47 cortesanos del Sodalicio.

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FUENTES

Denuncia penal ampliatoria contra 7 miembros y 1 ex miembro del Sodalitium Christianae Vitae (interpuesta el 10 de mayo de 2016)
https://de.scribd.com/doc/312903379/Denuncia-Sodalitium-Christianae-Vitae

Carta de 47 ex sodálites rechazando denuncia penal contra el Sodalicio (01 de junio de 2016)
https://de.scribd.com/doc/314749279/Carta-ex-soda-lites

EL EXORCISMO

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Cuando uno pasa por la experiencia de tener un hijo adolescente, recién comprende lo difícil que debe haber sido para los padres de uno lidiar con los problemas que genera un hijo que está en proceso de desarrollo y de conquista de su propia independencia, muchas veces a trompicones, más aún cuando este hijo decide a los 15 años de edad unirse a un grupo católico más papista que el Papa, que fomenta el fanatismo y que amenaza con convertirse en un obstáculo para que viva una juventud normal y siga una carrera profesional que le permita desarrollar sus talentos y ganarse el pan en la vida.

Pues eso es lo que prácticamente sucedió cuando yo en mis años mozos me uní al Sodalicio y me interesaba más salir con gente del grupo católico que participar de actividades profanas propias de la edad juvenil. Lo cual ciertamente también hacía al comienzo, pues no fue de un día para otro que dejé de ir a fiestas e interesarme por salir con chicas, pero a medida que iba avanzando el proceso de involucración con el grupo, dejé de sentir el gusto por estar con gente normal y me fui identificando con el modelo de militante cristiano ajeno a las preocupaciones mundanas que proponía el Sodalicio.

Mi padre, aquejado por una enfermedad degenerativa que paulatinamente iba minando sus capacidades —a saber, el mal de Parkinson—, nunca me hizo problemas, pues no se hallaba en situación de oponerse a las decisiones que yo estaba tomando. Además, yo no sé si le importaban las opciones religiosas de las demás o si él mismo tenía fe, pues consideraba las escasas prácticas religiosas de la cuales él participaba —como ir a Misa, por ejemplo— solamente como buenas costumbres sociales. Aún así, me consta que era un hombre de buen corazón, trabajador, tranquilo, risueño y de una paciencia extraordinaria.

Mi madre, una mujer rebosante de vida, extrovertida, generosa, pero de un carácter fuerte, dominante e impredecible, miraba con suspicacia al nuevo grupo de amigos y, con la intuición catherine_pool_andujar_de_scheuchque le daba una conciencia ética indoblegable, olía que algo no andaba bien en el grupo. Educada en el Sophianum, un colegio para mujeres gestionado entonces por monjas de un catolicismo puritano y una moral conservadora que castigaba con bajar la nota de conducta a las chicas que levantaran la mirada para dirigirla hacia cualquier joven que desde la calle se acercara a las rejas del centro educativo, mi madre había terminado vacunada contra toda mojigatería piadosa y fanatismo religioso, y si bien se consideraba católica y cumplía con los deberes religiosos mínimos, también mostraba una flexibilidad muy humana, al punto de que no le importaba llegar a Misa recién durante el sermón del cura, pues con eso bastaba para que la asistencia a la ceremonia religiosa le valiera para poder decir que había cumplido con el precepto dominical. O si nos íbamos de campamento un fin de semana y no podía ir a Misa el domingo, argumentaba que Dios era comprensivo en esas circunstancias y, por consiguiente, no había motivo para tener sentimientos de culpa.

En el Sodalicio que yo conocí no sólo no había comprensión para este tipo de actitudes, sino que en general considerábamos a la mayoría de los católicos que participaban regularmente de las actividades de sus parroquias como cristianos mediocres que no aspiraban a la santidad y no seguían el mensaje de Jesús hasta sus últimas consecuencias. En cierto sentido, el Sodalicio fomentaba un sentimiento de élite entre los jóvenes que reclutaba, como ocurre con frecuencia en las sectas cristianas: nosotros somos los elegidos que seguimos fielmente a Jesús, mientras que la mayoría de los demás mortales, aunque digan ser cristianos, lo son solamente de mentira, pues no asumen el seguimiento de Cristo con radicalidad. Y para recalcar que nosotros seguíamos sin medias tintas todas las palabras de Jesús, se repetía continuamente el siguiente eslogan: «No hay que arrancar las páginas incómodas del Evangelio». Por supuesto, esas páginas eran interpretadas de una manera peculiar, casi al pie de la letra, de acuerdo a una lectura rígida y fundamentalista.

Uno de los textos preferidos era el capítulo 10 del Evangelio de Mateo, del cual transcribo el siguiente texto:

«No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada, porque he venido a poner en enemistad al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra. Así que los enemigos del hombre serán los de su casa. El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halle su vida, la perderá; y el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.» (Mateo 10, 34-39)

De arranque se nos planteaba que el seguimiento de Jesús, como primera prioridad, debía necesariamente llevar a conflictos en nuestro entorno familiar, y que eso era una señal de que estábamos en el buen camino. No debe extrañar, pues, que desde un inicio se excluyera a los padres del proceso de reclutamiento que efectuaba el Sodalicio entre los adolescentes. Mis padres nunca fueron consultados sobre sí estaban de acuerdo con que su hijo menor participara de un grupo particular de la Iglesia católica, grupo que tenía entonces la categoría de asociación pía de fieles aprobada por el entonces arzobispo de Lima, el cardenal Juan Landázuri Ricketts.

En este punto quisiera reproducir unos párrafos de la denuncia que presenté ante la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación y ante la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (Roma):

«Entre 1978 y 1980, siendo todavía menor de edad, fui sometido a exámenes psicológicos efectuados por personas no profesionales sin el conocimiento ni consentimiento de mis padres. Se trataba de una práctica habitual en el Sodalicio. Las personas que me realizaron estas evaluaciones psicológicas fueron Germán Doig y Jaime Baertl, aunque me consta que también las realizaban el mismo Luis Fernando Figari, Virgilio Levaggi, Alfredo Garland y José Ambrozic, entre otros.

Asimismo, emití una promesa formal mediante la cual me comprometía a seguir el estilo y la espiritualidad del Sodalicio y obedecer a sus superiores a la edad de 15 años, sin que mis padres hubieran sido informados al respecto. Más aún, se me indicó expresamente que mis padres no tenían por qué enterarse de la promesa que había hecho y que no les dijera nada.

Se me fomentó la desobediencia y el desprecio hacia mis padres, que debía ser sustituida por obediencia y respeto absolutos hacia las autoridades del Sodalicio. Sobre todo Luis Fernando Figari fomentaba un culto hacia su persona, de modo que se debía seguir sus órdenes sin chistar, se debía reflexionar continuamente sobre las cosas que le decía a uno personalmente, y aceptar como incuestionable todo lo que exponía en sus escritos y charlas, de modo que cualquier análisis crítico de lo que él decía era impensable, pues se exigía un sometimiento del pensamiento y la voluntad propios a su pensamiento y su voluntad.»

Muchos de los jóvenes candidatos al Sodalicio de ese entonces ya traíamos, como es común entre los adolescentes, una carga de conflictos con por lo menos uno de nuestros progenitores, y el Sodalicio se encargaba de ahondar aun más el conflicto y nos hacía sentir que éramos nosotros los que teníamos la razón en todo. Esto se expresaba más o menos así: si tú quieres seguir al Señor Jesús, vas a tener la oposición de tu padres porque ellos son cristianos mediocres —o escépticos, agnósticos o ateos, dependiendo del caso— y no entienden que tú quieras seguir una vocación a la vida consagrada. E incluso cuando el candidato gozaba de una relación saludable y armónica con sus padres, era frecuente que el mismo Sodalicio se encargara de introducir la discordia y hacerle creer al adepto que la institución era el único hogar donde podría encontrar una familia con todas las de la ley, una familia espiritual donde todos estaban animados por los mismos ideales, tenían el mismo pensamiento, una misma voluntad, un mismo corazón, un mismo destino, una sola meta.

Creo que mi madre se dio cuenta de esta situación, pero, al igual que muchos padres de familia que frecuentemente se sienten sobrepasados por los problemas que ocasiona la adolescencia de los hijos, no supo manejar bien el asunto y al final terminó perdiendo la batalla, quedando yo atrapado en la telaraña de un ente colectivo absolutista durante más de una década.

Aún así, mi madre siempre estuvo dispuesta a ayudarme para que yo saliera adelante y, todo el tiempo que mi vida se desenvolvió dentro de los parámetros de la institución, ella pagó los costos de mis estudios de teología y me pasaba una mensualidad para solventar algunos gastos.

He de reconocer que mi madre tomó algunas situaciones con humor e ironía. Recuerdo que en mayo de 1978 iba a celebrar mi cumpleaños y había invitado a los compañeros de mi agrupación mariana, a los cuales se sumaron también José Ambrozic, Germán Doig y Rafo Martínez. Mi madre me preguntó si iba a invitar chicas, a lo cual dije que no. Eso fue motivo para varios comentarios humorísticos y burlones. Les decía a mis dos hermanas menores que si entraban a la sala cuando todos estuviéramos reunidos, íbamos a salir corriendo despavoridos ante la presencia de dos féminas adolescentes. No faltaron las ocurrencias sobre una posible homosexualidad de los miembros del grupo —recuérdese que en la década de los ’70 la sociedad limeña era tanto o más homofóbica que ahora—. En un momento determinado mi madre entró con una bandeja y se puso a preguntar con sonrisa insinuante y socarronería inconfundible: «¿Quieren tecito o cafecito?» Para colmo de los males, uno de los muchachos de la agrupación no tuvo mejor idea que traer una rosca para el lonche. Y en el habla coloquial de la clase media limeña la rosca se asociaba despectivamente con personas del tercer sexo o del otro equipo —como se les designaba en son de burla—, por lo cual en la memoria colectiva de las comunidades sodálites ese cumpleaños mío sería recordado entre sonrisas cómplices como la “fiesta de los rosquetes”.

Mirando para atrás, veo que mi madre, en lo tocante a su percepción de la realidad, no andaba tan descaminada, pues a lo largo del tiempo se han verificado prácticas de sometimiento homosexual en el Sodalicio, además de que era relativamente frecuente por parte de algunos guías espirituales inducir dudas sobre la propia identidad sexual. Recuerdo que Humberto del Castillo, cuando vivía en una de las casas de formación de San Bartolo, nos decía burlonamente durante la siesta, cuando nos echábamos boca abajo a dormir en nuestras camas: «Cuidado, que el aire es macho».

Lo que terminó enturbiando irreparablemente las relaciones con mi madre fueron las recomendaciones que me dio Jaime Baertl, quien fue mi consejero espiritual durante mis primeros años de sodálite. Según él, yo tenía que rebelarme contra mi madre a fin de romper el dominio que ella ejercía sobre mí, y la mejor manera era haciendo uso de la ironía y el sarcasmo. De este modo, lo que pudo haber sido una situación pasajera producto de la crisis de la adolescencia terminó convirtiéndose en una brecha que nos separaría afectivamente durante décadas, un abismo donde el diálogo cordial era imposible y la reconciliación una meta inalcanzable. Con la distancia de los años compruebo que conquisté mi autonomía y logré una alcanzar una cierta libertad, pero se trataba de una libertad aparente, lisiada, pues quedaría atrapada entre los barrotes de un sistema que me impediría decidir en conciencia sobre mi propia vida, al haber enajenado mi voluntad en beneficio de una institución totalizante donde la obediencia ciega era la norma suprema.

De entre las muchas anécdotas que tachonan este camino de ruptura puedo señalar dos como las más significativas, aunque hay otras más.

Yo realicé estudios escolares en el Colegio Peruano-Alemán Alexander von Humboldt. En la década de los ’70, durante el gobierno militar, se implementaron algunas medidas experimentales. De este modo, en el año 1976 se creó la Escuela Superior de Educación Profesional (ESEP) Ernst Wilhelm Middendorf, que debía formar en un oficio de mando medio a los alumnos que terminaban 3er. año de secundaria en el Humboldt. En consecuencia, dejaba de haber 4to. y 5to. de secundaria en el colegio. A fin de evitar la migración a otras escuelas, se logró que el Ministerio de Educación aceptara convalidar el primer año de ESEP como equivalente a 4to. de secundaria. Pero quien no quería hacer los cuatro años de ESEP para poder postular a una universidad, tenía que terminar 5to. de secundaria en otra escuela. Y ése fue mi caso.

Dado que yo tenía amigos en el Colegio Santa María (Marianistas) de Monterrico y éste quedaba cerca de mi casa, se decidió que yo terminara 5to. de secundaria en ese colegio. Pero la cosa no era tan fácil, pues había que hacer varios trámites en el Ministerio de Educación para convalidar mis estudios de 1er. año de ESEP como equivalentes a 4to. de secundaria. Además, la cosa se complicaba, porque en ese verano de 1980 Jaime Baertl me había asignado para participar en un viaje de misiones a Sabandía y Characato (departamento de Arequipa) a cargo de Emilio Garreaud. Iba a ir un grupo mixto de estudiantes que participaban de la Coordinadora Universitaria, entre los cuales se encontraba Gaby Cabieses, una persona buena y cariñosa de la me hice amigo durante el viaje y a quien siempre he tenido en gran estima. Nuestra tarea iba a consistir en ayudar al párroco de la zona en actividades pastorales y catequéticas .

Mi madre insistió en que yo tenía que quedarme en Lima para ayudarla con los trámites, pero yo me moría de ganas de participar de ese viaje de misiones, no sólo por lo aventurero sino también por el hecho de sentirme un apóstol de veras, trabajando codo acodo con jóvenes universitarios. Así que, ante las continuas y acuciantes objeciones que me ponía mi madre, llamé por teléfono a Baertl y le pregunté qué es lo que tenía hacer. “¿Tú quieres ir?” “Sí.” “Entonces, anda”, fue su escueto consejo. No tenía por qué hacerle caso a mi vieja, qué era cómo él irrespetuosamente la llamaba.

Cuando le comuniqué a mi madre la decisión que había tomado, me pidió visiblemente alterada que llamara a Baertl y la pusiera en comunicación con él. Tras pasarle el teléfono, se desarrolló una conversación tensa y chirriante. Finalmente, mi madre tuvo que colgar el teléfono crispada, pues Mario “Pepe” Quezada —quien también iba como participante del viaje de misiones— estaba a la puerta en su automóvil para llevarme al terrapuerto de donde partía el bus hacia Arequipa y yo ya había cogido mis cosas para irme. De modo que que tuvo a aceptar a regañadientes que me fuera y ella se quedó en Lima realizando los engorrosos trámites en el Ministerio de Educación. Antes de irme me dio una suma de dinero para gastos eventuales que pudiera tener durante el viaje.

Posteriormente sabría a través de Jaime las cosas que él había hablado con mi madre. En un momento ella le espetó: «Me están robando a mi hijo». «Los ladrones creen que todos son de su misma condición», le replicó Jaime sonriendo irónicamente. Y esto me lo contaba matándose de risa.

Pero ésta no había sido la gota que había colmado el vaso. Había otra circunstancia anterior a ésa que probablemente había abierto una brecha más honda en la relación materno-filial. Me refiero al exorcismo que le practiqué a mi madre. Tal cual.

Sucedió que yo vivía apesadumbrado por los continuos conflictos y discusiones que tenía con mi progenitora debido a mi involucración con el Sodalicio y mi temprano deseo de seguir una vocación de vida consagrada, cosa que mi madre no veía con buenos ojos. Lo de laico consagrado, al igual que el común de la gente, no llegaba a entenderlo del todo. Ella pensaba que yo iría a terminar formando parte de esa casta de gente intelectualmente mediocre y de aura grisácea que constituían la mayoría de los curas que ella había conocido. Creía que si uno tenía inteligencia y talentos, era un desperdicio seguir una carrera clerical. Razón y sentido común no le faltaban. Pero yo estaba obstinado en ser laico consagrado y llevar una vida donde pudiera dedicarme a un intenso trabajo intelectual y a la docencia de alto nivel, anhelo que nunca se cumplió, pues el nivel promedio de vida intelectual en el Sodalicio era mediocre, ya que estaba hecho a la medida del pensamiento de Luis Fernando Figari, que no pasaba de ser un sumario ideológico de unas cuantas ideas básicas formuladas en un lenguaje complicado y repetidas hasta la saciedad. Aún no sabía que allí tendría en algún momento que luchar a contracorriente para sacar adelante algunas inquietudes intelectuales y sería tratado como una persona díscola que no tiene claro lo que quiere, además de que mi talento musical y literario sería minusvalorado en la medida en que no se ajustaba a los lineamientos y directivas que proponía Figari para la producción escrita y musical de los sodálites, quienes tenían que contentarse con ser meros satélites de su suprema filosofía y espiritualidad, supuestamente inspirada por el Espíritu Santo.

En fin, llorando penas sobre las desavenencias con la autora de mis días en un grupo variopinto de sodálites, entre los cuales estaba Javier Len, y confesando que no sabía cómo lidiar con la oposición que mostraba mi progenitora, algunos de los allí presentes comenzaron a bromear sobre el tema, y entre broma y broma salió la propuesta de hacerle un exorcismo a mi madre. Esto fue motivo de chacota, pero el tema se extendió, y algunos riendo me comenzaron a dar detalles de cómo efectuar el ritual. Tomando el asunto medio en broma, medio en serio, decidí aplicar la medida y así lo dije expresamente, recibiendo como réplica sonoras carcajadas.

De modo que busqué entre los disfraces que se guardaban en mi casa un hábito negro con capucha que me había servido varias veces para disfrazarme de monje loco en las festividades de Halloween. También me proveí de una vela grande y un crucifijo, y con todo ya preparado, una noche entré en acción. Mi madre se hallaba en el cuarto de costura, cosiendo ropas de baño que luego vendía para obtener algunos ingresos adicionales, pues la enfermedad de mi padre hacía cada vez más difícil que éste pudiera seguir trabajando —era ingeniero civil— y eso hacía que la economía doméstica estuviera pasando por algunas dificultades. Ataviado con el siniestro atuendo monacal, caminando lenta y fantasmagóricamente con la vela encendida en una mano y el crucifijo en la otra, entré dónde ella estaba. Sentada ante su máquina de coser, me escuchó entrar, se volteó sorprendida y exclamó: «¡Martin!» «¡Satanás, sal de ella!», declamé con voz fuerte mientras blandía ante ella la vela y el crucifijo. «Martin, ¿qué te pasa?», preguntó atónita. «¡Cállate, demonio, y sal de ella!», repliqué con voz enérgica y más fuerte. Mientras ella no podía pronunciar palabra, me retiré a mi dormitorio y me acosté, satisfecho conmigo mismo por haberme atrevido a tanto y riéndome de las expresiones que se habían dibujado en su rostro. No pasó mucho tiempo antes de se abriera estrepitosamente la puerta del cuarto que compartía con mi hermano Erwin y mi madre entrara anegada en llanto gritándome: «¿Dónde están las velas? ¿Dónde están las velas?» Asustado, le indiqué con el dedo dónde las guardaba, tomó todas las que encontró y las partió de golpe por la mitad. No dijo ni una palabra más y volvió a salir de la habitación hecha un mar de lágrimas.

Al día siguiente ni me mencionó el incidente, pero yo me sentía aturdido por las consecuencias emocionales que había tenido. Así que fue a hablar con Luis Cappelleti, quien entonces era el instructor de mi grupo de sodálites mariae, y le conté lo que había pasado. Luis, una persona muy cálida y sencilla a la cual el Sodalicio nunca pudo arrebatarle la bondad natural que irradiaba, me dijo que estaba mal lo que había hecho y que tenía que ir a pedirle disculpas a mi madre. Así que me tragué mi orgullo y fui a disculparme por la locura de la noche anterior. No recuerdo con qué actitud recibió mis disculpas, pero de alguna manera algo se había terminado por romper de manera irreparable entre nosotros.

En el año 1981, cuando yo ya tenía 18 años y había alcanzado la mayoría de edad, se me comunicó que había sido admitido en la comunidad sodálite Nuestra Señora del Pilar en Barranco (Lima). Recuerdo que un día de diciembre mi madre me llevó en coche con todos mis bártulos a la casona cercana al Museo Pedro de Osma, se despidió muy afectuosamente de mí y luego partió sin poder contener las lágrimas.

Durante los más de once años que viví en comunidades sodálites, los contactos con mi madre fueron muy esporádicos, como si yo me hubiera ido a vivir a un país extranjero. Para hacer cualquier llamada telefónica, necesitábamos permiso expreso del superior. Estaba prohibido llamar por iniciativa propia a cualquier miembro de la familia carnal. A mis padres yo los veía un sábado cada dos semanas alrededor de la hora del almuerzo por dos o tres horas, y mi actitud era siempre correcta pero distante.

Mi madre siguió tratando de que yo participara por lo menos de eventos importantes de la familia como el cumpleaños de un tío o la boda de una prima o el bautismo del hijo de un primo, por poner algunos ejemplos, pero mi respuesta avalada por órdenes superiores era: «Gracias, pero no puedo ir». Terminé totalmente aislado de la familia que me había visto nacer, ajeno a las historias personales de cada uno de sus integrantes. De este modo, fui derruyendo poco a poco lo que quedaba de la ruina en que se había convertido el vínculo familiar ya antes de que iniciara mi periplo a través de ese mundo extraño de las comunidades sodálites, hasta que no quedó piedra sobre piedra.

Cuando finalmente salí de comunidades y tuve que pasar por la difícil experiencia de reinsertarme en la vida civil, allí estaba mi madre para ayudarme en lo que pudiera. Yo todavía no era del todo consciente de ello, pero traía en la piel del alma los rezagos de la devastación operada por el Sodalicio. De modo que tuve que construir un nueva relación con mi madre. Para ello conté con la ayuda de varios amigos, de mi enamorada y futura mujer, de mis hermanas, a todos los cuales quiero pedirles disculpas por alguna excentricidades y modos extraños de comportarme que tuve. Yo no sabía entonces que durante los años transcurridos el sistema de disciplina sodálite había terminado por lavarme el cerebro, y que se necesitan años para darse cuenta de ello y poder extirpar los patrones antinaturales de conducta que a uno le implantaron mediante una disciplina inhumana que no retrocedía ante prácticas de coerción psicológica.

Vendrían después trabajos docentes mal pagados y la precariedad emocional de tener que retomar mi desarrollo sentimental interrumpido durante la adolescencia, junto con otros problemas de adaptación que harían de mi vida un continuo temporal. Me rompería la pierna jugando fulbito y, sin seguro médico, tuve que atenderme en el Hospital de Emergencias Casimiro Ulloa de Miraflores, entidad sanitaria estatal donde no cobran la consulta ni el servicio pero uno tiene que agenciarse los materiales. Mi madre estuvo ahí y fue quien me consiguió unas muletas para poder caminar con la pierna enyesada. Ella misma fue quien me alquilaría posteriormente un departamento a precio módico y quien me animaría a seguir estudios para obtener el Master of Business Administration en la Escuela de Administración de Negocios para Graduados (ESAN), cuyos costos serían asumidos por una tía muy querida y por ella. La guitarra Falcón que hasta ahora poseo fue un regalo conjunto de mi esposa y ella. Fue ella quien me animó a tentar suerte en Alemania y quien pagó el pasaje de los vuelos que me llevarían primero a Múnich en noviembre de 2002. Y cuando estábamos en Alemania y teníamos que mudarnos de Wuppertal al pueblo de Kirrweiler mucho más al sur, pues yo había encontrado trabajo en esa región, ella estuvo al lado de ni mujer ayudándola a empacar nuestras cosas y a prepararse para la mudanza. Y aquí paro de contar, pues la lista es interminable.

En el año 2009 le detectaron a mi madre un cáncer incurable. La enfermedad avanzó rápidamente, y yo recién pude viajar a Lima en enero de 2010. Sólo le quedaban pocos días de vida, pero parece que sacó fuerzas de flaqueza y esperó hasta poder verme y despedirse de mí. Se disculpó por todo lo que me había hecho, aunque —a decir verdad— era yo el que le tenía que pedir disculpas, pues era mucho más lo bueno que ella había hecho por mí que lo que yo había hecho por ella.

En los días siguientes fue entrando en esa nebulosa confusa y agónica que precede al momento definitivo. Y ahí estuve regalándole como un deber filial mis horas, tratando de aliviar con mi compañía un dolor que venía de dentro y que se hacía por momentos intenso hasta besar las playas de la locura. Como si en esos pocos días disponibles yo hubiera querido terminar de recuperar del todo hasta la última partícula de un vínculo que nunca debió romperse de la manera tan trágica en que se rompió.

Cuando regresé a Alemania, a los pocos días nos enteramos del fallecimiento de mi madre. Mi hermano Erwin, superior de una comunidad sodálite, se había encargado de que no le faltara ninguno de los auxilios espirituales que ofrece la Iglesia católica a sus fieles. Continuamente fue visitada por sacerdotes sodálites. Y al final tuvo un entierro solemne, dado que era la madre de un alto cargo del Sodalicio. Era lo menos que se podía hacer por ella, considerando los sufrimientos que tuvo que pasar en varios momentos de su vida por causa del Sodalicio. O por causa de quien se convirtió en la oveja negra de la familia debido a su adhesión fanática y entrega total a una institución sectaria y fundamentalista: su hijo Martin.

No ha sido fácil contar esta historia. Pero era necesario para mostrar mi solidaridad con todos aquellos padres de familia que vieron a sus hijos ser absorbidos por el vórtice sodálite, para luego recuperarlos psíquicamente dañados y enfermos, o para perderlos definitivamente mientras contemplaban el arrasamiento de los vínculos familiares. A todos aquellos padres de familia que también han sido víctimas silenciosas del Sodalicio dedico la memoria de mi amada madre Catherine Pool Andújar de Scheuch.

SODALICIO Y LAVADO DE CEREBRO

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Escena del lavado de cerebro en “La naranja mecánica” (Stanley Kubrick, 1971)

Quien no haya pertenecido nunca a una asociación religiosa, política o de cualquier índole de estructura vertical y pensamiento único, donde se considere la obediencia a las instancias superiores como la norma suprema, le resultará difícil entender cómo es que personas normales terminan realizando acciones que nadie en su sano juicio realizaría. O que se hagan de la vista gorda ante abusos cometidos contra terceros.

Haciendo memoria, recuerdo que yo mismo, cuando todavía estaba en el Sodalicio, fui testigo de abusos psicológicos y físicos contra otros, y no dije esta boca es mía. Pues lo que sucedía ante mis ojos me parecía lo más normal del mundo dentro de los parámetros que regían en las comunidades sodálites. Más aún, me demoré décadas en darme cuenta de que yo mismo había sido víctima de abusos y que éstos habían dejado huellas negativas en mi psique que no había podido reconocer.

Lo peor del asunto es que yo mismo apliqué castigos corporales a algunas personas que estaban a mi cargo en grupos que se reunían semanalmente, ordenándoles hacer ejercicios físicos (planchas, cuclillas, abdominales, etc.) como castigo por llegar tarde, por no haber leído un texto que se había mandado leer como tarea o por dar respuestas incorrectas a preguntas referentes al pensamiento sodálite. Y ni qué decir de los métodos invasivos de la intimidad personal de individuos que estaban a mi cargo. Pues una vez que uno ha entrado en la moledora de carne que es el Sodalicio, por lo general se comienza siendo víctima y se termina siendo victimario.

Cuando finalmente uno se da cuenta de lo que le han hecho a uno, se tiene uno que reconocer que la propia capacidad de decisión estuvo condicionada y secuestrada por una ideología y disciplina de tipo totalitario y, en razón de eso, uno mismo terminó siendo autor o cómplice de acciones reprobables. Aun cuando yo creía estar tomando decisiones libres sin coacción externa ni interna alguna —como manifesté en dos cartas escritas de puño y letra a Luis Fernando Figari, una en 1988 solicitando hacer mi profesión temporal de tres años, y otra en 1991 solicitando renovar este compromiso por un año más—, en realidad yo había sido condicionado a pensar y actuar de determinada manera, pues había sido sometido a procedimientos y técnicas de manipulación psicológica que habían formateado mi cerebro en consonancia con el paradigma sodálite. En otras palabras, había sufrido una especie de lavado de cerebro.

Esto, que también suele designarse como control de la mente o reforma del pensamiento, se inició en mi caso en época muy temprana, cuando yo ni siquiera había alcanzado la mayoría de edad. Uno de los síntomas es que de un momento a otro dejé de escuchar la música que tanto me había fascinado durante mi adolescencia (Pink Floyd, Yes, Genesis, Queen, Led Zeppelin, Deep Purple), considerándola a partir de entonces como música mundana totalmente ajena a una vida entregada a un ideal cristiano y perjudicial para la salud espiritual. En cierto sentido, una parte integrante de mi ser quedó sepultada durante décadas debajo de los muros de una ideología religiosa fundamentalista que se creía con potencial para evangelizar el mundo y la cultura, pero que rechazaba como cuasi diabólicas muchas manifestaciones culturales del mundo contemporáneo. Recuerdo que en la década de los ’80, la desaparecida San José Producciones —empresa productora de música y video gestionada por el Sodalicio— produjo un documental de media hora dedicado al rock satánico, que llevaba el título de La música encantada. Asumiendo una hipótesis que con el tiempo ha demostrado ser inconsistente e infundada, se señalaba la presencia de mensajes subliminales ocultos con invocaciones satánicas en los temas “Revolution 9” de The Beatles y “Stairway to Heaven” de Led Zeppelin, los cuales sólo se podían escuchar si se reproducían los vinilos en el tornamesas en sentido inverso de rotación.

Otro elemento constante entre los sodálites era el distanciamiento de la familia, a la cual se la designaba como “familia carnal”, donde los padres prácticamente sólo cumplían una función progenitora de tipo biológico, mientras que el Sodalicio consideraba —y se sigue considerando hasta ahora— como “familia espiritual”, y como tal es revestida de una consistencia metafísica mayor, a tal punto que un sodálite asume que la familia a la cual se debe totalmente en cuerpo y alma es el Sodalicio, mientras que su familia natural pasa a ocupar un lugar secundario, e incluso llega a ser considerada una molestia que hay que tolerar.

Yo mismo fui cortando los lazos familiares con mi madre y mi padre, mis hermanas y otros parientes, hasta el punto de apenas participar en eventos familiares. Me negué a asistir al matrimonio civil de una prima que me había invitado, sólo porque se estaba casando con un divorciado. Fui rompiendo todos los lazos familiares hasta donde me fue posible, pues me habían metido entre ceja y ceja que la familia natural podía ser incluso un obstáculo para alcanzar la santidad, mientras que la familia espiritual que era el Sodalicio debía convertirse en el centro de referencia de toda mi vida personal y social. Para reforzar esta idea, se mandaba leer repetidas veces el Tratado Quinto de la Parte Segunda del libro Ejercicio de perfección y virtudes cristianas del P. Alonso Rodríguez, un jesuita del siglo XVI, que lleva el sugerente título “De la afición desordenada de parientes”. Y parece que en el Sodalicio toda afición hacia los parientes se consideraba desordenada, de manera que la actitud que se fomentaba hacia ellos era mantenerlos lo más lejos posible y limitar los contactos a lo estrictamente necesario.

La influencia del Sodalicio fue tan fuerte, que a partir de cierto punto de mi vida toda mi existencia se centró exclusivamente en la institución, como ya lo he señalado en mi relato SODALITIUM 78: PRIMERA ESTACIÓN: «Lo cierto es que a partir de ese mes de mayo de 1978 toda mi vida comenzó a girar en torno al Sodalitium: mis deseos y aspiraciones, mis amigos, mis estudios, mi futura carrera profesional, mi vida afectiva, absolutamente todo».

En la documentación que en enero de este año envié tanto a la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación, constituida por el Sodalicio, así como a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, en Roma, denuncio

«la mentalidad inculcada, que establece una separación entre el Sodalicio y el resto del mundo, estableciéndose que hay entregar toda nuestra confianza a los responsables de la institución y hay que mantener una cierta desconfianza hacia lo que está fuera del Sodalicio. Al mismo Luis Fernando Figari le he escuchado frases como “un sodálite sólo debe confiar en otro sodálite”, “sólo un sodálite puede ser amigo de otro sodálite; los demás pueden ser compañeros de camino, pero nunca serán amigos”. Esta mentalidad es reforzada por el concepto rígido de obediencia que se maneja al interior del Sodalicio, donde la crítica al superior —aunque sea legítima— es considerada como una falta grave, pues “el superior sabe mejor que tú lo que es bueno para ti” y “el que obedece, no se equivoca”, lo cual en el fondo induce a una renuncia a la propia conciencia y responsabilidad. Además, esta mentalidad de separación entre el Sodalicio y el resto del mundo también se aplica al interior de la Iglesia. Pues durante mucho tiempo a mí se me inculcó que la espiritualidad y el pensamiento sodálites constituían una de las maneras más radicales y auténticas de vivir el cristianismo en la actualidad, junto con un menosprecio de muchos grupos y espiritualidades que forman parte de la diversidad eclesial. Había un particular desprecio por los grupos parroquiales, los carismáticos, los neocatecumenales, entre otros, y en particular por los partidarios de la teología de la liberación, aun en sus formas legítimas. Se nos inculcaba que el diálogo con personas que siguieran estas espiritualidades particulares no era una opción válida. Eso explica por qué se ha tenido una actitud muy agresiva —e incluso se han tomado medidas represivas— contra quienes tuvieran simpatía hacia la teología de la liberación. Quiero además recalcar que superar esta mentalidad de separación intraeclesial entre el Sodalicio y los demás grupos me ha costado mucho esfuerzo, además de que los rezagos de esa mentalidad me han generado más de un problema durante mi reinserción en la vida normal en el mundo».

Esta mentalidad característica de grupos sectarios sólo puede lograrse a través de lo que llamamos lavado de cerebro, que puede ser definido como «una influencia social tan fuerte que cambia la forma de pensar, actitudes y acciones mediante la persuasión y uso de elementos psicológicos de forma invasiva, ya sea mediante un líder carismático o propaganda capaz de cambiar la forma de pensar en contra de la voluntad de la persona, pero sin que ésta lo note» (ver http://www.batanga.com/curiosidades/6329/como-es-posible-el-lavado-de-cerebro). O también como «una serie de técnicas psicológicas de reforma o modificación del pensamiento y el condicionamiento de la conducta. Se busca, de esta manera, debilitar la capacidad de pensamiento lógico, de análisis crítico para crear en la persona un estado de confusión. A partir de ahí se produce la reforma radical del pensamiento para que el sujeto abandone su entorno social, sus antiguas normas de vida y pase a vivir exclusivamente para el grupo» (ver http://www.extj.com/showthread.php?17729-Lavado-cerebral-¿cómo-se-hace-Profr-D-E-Ferrero).

Un buen resumen de las técnicas que se suelen aplicar para realizar un lavado efectivo de cerebro lo encontramos en un artículo de Juan Carlos Martínez García, publicado en la Revista de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México (ver http://www.revistacienciasunam.com/es/149-revistas/revista-ciencias-109-110/1246-lavado-de-cerebro-el-control-del-alma.html):

«el proceso de lavado de cerebro se sirve básicamente de los siguientes métodos: el control total de la comunicación del individuo con el mundo externo (esto implica en la víctima la desintegración de su percepción independiente de la realidad); la inducción en la víctima de patrones de comportamiento y emociones por medio de la tortura, esto es, la imposición de castigos extremos como consecuencia de la desobediencia; el uso e insistencia de la confesión para minimizar la privacía individual; la inducción en la víctima, mediante la mecánica de la recompensa, de la creencia de que su interacción privilegiada con el agente la protege contra un entorno social que se le presenta como nocivo e incluso peligroso; el establecimiento de los dogmas básicos de la ideología del agente como ajenos al desafío y como racionalmente exactos; el desarrollo en la víctima de mecanismos de comprensión de ideas complejas por medio de frases simplistas con la finalidad de eliminarle la introspección y el análisis critico de sus vivencias; la imposición, por parte del agente, de la idea de que un dogma es más verdadero y real que cualquier cosa que experimente un ser humano individual; la imposición por parte del agente del derecho de controlar la calidad de vida y el destino último de la víctima».

Todos estos métodos han encontrado aplicación, de una u otra manera, en el Sodalicio de Vida Cristiana, y de manera más moderada en algunas de las asociaciones que conforman el Movimiento de Vida Cristiana. Y al igual que en los grupos totalitarios, los fines eran semejantes: tener militantes que compartan un único pensamiento, nunca cuestionen a la institución, sean totalmente acríticos y leales hacia ella, actúen sólo en función de los intereses institucionales de manera disciplinada y con obediencia absoluta, y estén dispuestos a a sacrificar su yo personal —incluyendo talentos, planes de vida y futuro profesional— en aras del ideal colectivo propuesto por el líder.

Para ello se requiere anular la personalidad individual, que debe ser reemplazada por otra personalidad modélica común a todos los miembros de la institución. Evidentemente, no es posible destruir la personalidad original del individuo. Lo que se hace es montar una personalidad nueva, que concuerda con los rasgos que el líder y el grupo prescriben en su ideología, sobre la personalidad original, que es opacada y permanece latente en los subterráneos del subconsciente.

Para lograr esto, no se encontró mejor excusa que valerse del concepto bíblico de “hombre nuevo”, tal como lo expresa San Pablo: «En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está corrompido por los deseos engañosos, renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad» (Efesios 4, 22-24). En el Sodalicio, bajo el manto de la doctrina de la conversión cristiana expresada como conformación con el Señor Jesús, se ha aplicado con frecuencia procedimientos manipuladores de reprogramación que responden a lo que sería un lavado de cerebro. Con frecuencia se ha llevado a los individuos a desagregar los componentes de su personalidad para luego reconstruir un “hombre nuevo” totalmente dócil a la ideología sodálite y a los requerimientos de la institución.

Uno de estos métodos era el ejercicio psico-espiritual de no identificación con los elementos que conforman la identidad de la persona humana y que se puede expresar en la máxima: «yo no soy mis pensamientos, yo no soy mis sentimientos, yo no soy mis roles o personajes, yo no soy mi cuerpo». Esto todavía se enseña en los grupos de la Familia Sodálite, como consta por un texto de data reciente que aparece en la página web Camino Hacia Dios —fuente de textos de meditación basados en la espiritualidad sodálite destinados al Movimiento de Vida Cristiana—, donde se dice: «el Señor Jesús me lleva a apartarme de toda ilusión, a no creerme lo que no soy, a no identificarme reductivamente con mi cuerpo, mis personajes, mis pensamientos, mis sentimientos. Por otro lado, me lleva a ahondar en lo que verdaderamente soy, a ir a lo esencial, a lo constitutivo, a aceptarlo y valorarlo, a vivir de acuerdo a ello» (ver https://web.archive.org/web/20170120205411/http://www.caminohaciadios.com:80/chd-por-numero/124-94-vale-la-pena-ser-hombre-porque-tu-senor-te-has-hecho-hombre).

Esto, que se presenta como correcto e inocuo, resulta en realidad un arma de doble filo, pues al miembro de la Familia Sodálite se le invita a identificarse con un yo profundo vacío de contenido concreto. En la práctica conduce a un abandono progresivo de la antigua personalidad.

Pues en el momento en que uno quería defender ideas, si éstas no coincidían con los del pensamiento único sodálite, se le acusaba a uno de estar identificándose con su pensamiento y se le conminaba a dejar de lado esas ideas y no aferrarse a ellas. El sólo hecho de debatir y discutir era tomado como un acto de soberbia y egoísmo de alguien que prefería elegir los propios pensamientos en lugar de asumir los del Señor Jesús, que en realidad no eran los de Jesús tal cual sino una versión fuertemente interpretada de las enseñanzas que encontramos en los Evangelios, pasadas por el crisol de la ideología sodálite. En el Sodalicio no era factible tener pensamientos propios, por lo menos en lo que respecta a los temas esenciales.

Algo similar se aplicaba a los sentimientos. La estrategia consistía en llevar a una disociación del yo respecto a los sentimientos que surgieran en uno e ignorarlos, a no ser que fueran aquéllos permitidos por la espiritualidad sodálite. Los sodálites han sido programados para hacer caso omiso de sus sentimientos, para sentirse culpables si los sentimientos que tienen no son los que se esperan de ellos y para generar sentimientos que estén de acuerdo con el modelo ideal. Esto se reforzaba durante la práctica de la oración mental, donde se debía suscitar prácticamente de la nada sentimientos “correctos” que estuvieran en consonancia con el tema que se meditaba.

La renuncia a mantener cierta identificación con los roles o personajes que uno asume en la vida (por ejemplo, la profesión u oficio uno desempeña) ha permitido que se lleve a los sodálites a renunciar a las propias aspiraciones respecto a su futuro laboral o profesional, a fin de someterse a los requerimientos de la institución, muchas veces en actividades y tareas no remuneradas y sin ningún tipo de seguridad social o seguro de enfermedad. Todavía hay muchos sodálites sin estudios terminados y sin perspectivas laborales fuera de la institución, pues siempre se ha recalcado en ella, de acuerdo a lo que enseñaba el fundador, que lo primordial es ser sodálite y buscar la santidad, y que lo demás es accesorio y se rige por la disciplina de la obediencia.

Finalmente, la no identificación con el cuerpo lleva a exigir la renuncia a todo tipo de comodidad y placer corporal, pues hay que hacer oídos sordos a lo que pide el cuerpo y no dejarse dominar por él. Más aún, cuando uno ya no se identifica con su cuerpo, éste deja en cierto modo de pertenecerle y queda a merced de los rigores impuestos por la disciplina sodálite. De este modo, queda abierta la puerta a todos los castigos corporales y abusos físicos, como aquellos que se han dado a conocer. Y que eran frecuentes en las comunidades sodálites. En mi caso, lo que constituyó una tortura permanente fue la continua sustracción de horas de sueño, tal como lo he descrito en mi post YO TE PERDONO, SODALICIO, cuando señalo «el agotamiento físico a través de ejercicios corporales intensos y prolongados, sumándose a ello la continua sustracción de horas de sueño, y dado que el hecho de quedarse dormido era sancionado con penitencias, sin importarle a nadie que uno estuviera cansado, ello me generaba miedo a quedarme dormido, lo cual a su vez producía un stress que me ocasionaba más agotamiento y tensión, y con ello más cansancio y sueño, en lo que era un círculo vicioso sin salida».

Lo cierto es que todos los aspectos de la vida de un sodálite eran reprogramados. A través de procedimientos psicológicos, medidas de formación y supuestas prácticas espirituales se identificaban los pensamientos y sentimientos propios, con los cuales uno se tenía que desidentificar —pues eran parte del “hombre viejo”, dominado por el pecado— para luego asumir los pensamientos y sentimientos correctos de acuerdo al prisma de la ideología sodálite. Las funciones que uno asumía en la vida —roles o personajes— dejaban de ser parte de uno mismo, y uno quedaba disponible para asumir cualquier función que el superior considerara adecuada para los fines de la institución, aunque eso significara sacrificar las aspiraciones personales y el propio futuro profesional. Y, finalmente, uno quedaba alienado de su propio cuerpo, el cual quedaba disponible para con él se hiciera lo que a los superiores les viniera en gana.

Y lo más perverso de todo este proceso es que uno no se daba cuenta de que le habían reprimido su propia identidad y se había convertido en un militante más con el cerebro lavado, dispuesto a justificar todos los abusos cometidos contra él y contra terceros, incapaz de reconocerlos como tales.

Sin embargo, la verdadera personalidad sigue latiendo, aunque debilitada, en los sótanos del subconsciente. Sólo necesita los estímulos adecuados para reaccionar y volver a tomar el control que se le ha quitado. Se trata de un largo proceso que puede tomar décadas.

Lo que a mí me salvó fue que nunca pude observar estrictamente la obediencia respecto a la información que estaba permitido recibir, lo cual sirvió para se abrieran algunos resquicios de luz en el muro interior que me aprisionaba. No obstante que no se podía leer lo que uno quisiera en las comunidades sodálites, salvo que se tratara de un libro recomendado o autorizado por los superiores, yo nunca me atuve estrictamente a esa norma y leí algunos libros sin permiso y a escondidas. como, por ejemplo, las novelas de Ernesto Sabato (El túnel, Sobre héroes y tumbas, Abbadón el exterminador). Asimismo, el cine como arte y ventana a las realidades humanas —no estoy hablando del cine comercial producido por Hollywood y similares— me permitió conocer aspectos de la vida humana a los cuales no tenía acceso y desencadenó en mí un proceso de reflexión que, poco a poco, me haría recuperar la libertad perdida. Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986), obra maestra de David Lynch, jugaría un papel importante en el desciframiento de la angustiosa situación por la que estaba pasando y en el cuestionamiento de las coordenadas existenciales en que estaba sumergido. Ciertamente, ésta y otras películas las vi en escapadas vespertinas al que era entonces el Cine Julieta (sala de arte y ensayo ubicada en Miraflores) sin conocimiento de los superiores ni de la comunidad.

Pero todo eso es parte de otra historia que contaré más adelante.

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En la página web de ACI Prensa, la agencia de noticias que dirige el sodálite Alejandro Bermúdez, se puede leer el excelente artículo “Las sectas y el lavado de cerebro” (ver https://www.aciprensa.com/Familia/sectas.htm), donde hay una sucinta descripción de los síntomas que ocasionan «movimientos totalitarios, caracterizados por la adscripción de personas totalmente dependientes de las ideas de un líder, que pueden presentarse bajo las formas de identidad religiosa, asociación cultural, centro científico o grupo terapéutico; que utilizan las técnicas de control mental y de persuasión coercitiva para que todos los miembros dependan de la dinámica y del grupo y pierdan su estructura y su idea de pensamiento individual en favor de la idea colectiva, creándose muchas veces un fenómeno de epidemia psíquica».

No me van a negar que esta definición de lo que es una secta se aplica con todas sus letras al Sodalicio de Vida Cristiana. Asimismo, la gran mayoría de los síntomas señalados en el artículo se han verificado en personas que son y han sido miembros de la institución.

No creo que Bermúdez llegue a percibir estos detalles, pues una de las características de aquellos a los que les han lavado el cerebro es que no se dan cuenta de lo evidente, aunque lo tengan delante de sus propias narices. Y siguen defendiendo agresivamente a su líder y la organización que fundó, aunque ellos mismos hayan sufrido abusos y presenten signos palpables de desequilibrio psicológico.