ENTREVISTA: EL CASO SODALICIO

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Recientemente Luis Enrique Baca, estudiante de Derecho en la Universidad de Lima y subdirector de coyuntura nacional en el medio digital Punto y Coma, ha publicado un artículo sobre la situación actual del caso Sodalicio (ver “Análisis: La impunidad del Sodalicio. Víctimas sin justicia”, 26 de julio de 2017), donde cita algunas declaraciones mías que yo le envié el 16 de junio como parte de las respuestas a un cuestionario que me hizo llegar el 8 de junio.

Considerando que la situación sobre el Sodalicio no ha cambiado en nada hasta el momento —y dado que mis reflexiones podrían ser de interés para más de uno—, publico ahora la entrevista completa.

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¿En qué situación está el caso Sodalicio?

La situación del caso Sodalicio es la que ya conocemos a través de los medios de prensa. Una sentencia suave y condescendiente de parte de la justicia eclesiástica, y un stand-by por el momento de parte de la justicia peruana.

¿Por qué cree que la Iglesia encubre a los pederastas?

El tema es muy complejo. Por una parte, la Iglesia se siente representada por aquellos que ostentan un cargo eclesiástico, ya sea que hayan recibido la ordenación sacerdotal o hayan hecho compromisos en una institución de vida consagrada. Todavía se sigue considerando los delitos de pederastia más que nada como faltas graves en las que caen las personas mencionadas y, por lo tanto, como piedras en el camino que no les impedirán restituirse y volver a su situación anterior, donde supuestamente seguirán sirviendo a la institución eclesial después de la prueba por la que el demonio los ha hecho pasar. Hasta ahora, no obstante algunos tímidos progresos, la Iglesia no ha asumido la perspectiva de las víctimas, a las cuales se ha presionado para que guarden silencio (y eviten el escándalo), a fin de evitar dañar la debida reputación que debe acompañar a esos elegidos de Dios. Y el buen nombre de la institución sigue poniéndose como prioridad, aunque se tenga que crucificar a las víctimas.

¿Cree que son efectivos los tribunales eclesiásticos? ¿Por qué?

Los tribunales eclesiásticos sólo han sido efectivos cuando se trata de censurar a teólogos disidentes o de suspender a clérigos díscolos, que se salen de la línea doctrinal y moral impuesta por el obispo de turno. Pero en lo que se refiere a delitos graves contra los derechos humanos de las personas, lo más normal es que los jueces se tomen todo el tiempo del mundo, se concluya que no hay pruebas tras una investigación que consiste básicamente en no hacer nada, o los delitos prescriban. He escrito sobre este tema en una columna publicada en Altavoz, que lleva el título de JUSTICIA ECLESIÁSTICA: LA IMPUNIDAD PROGRAMADA.

¿Por qué no se le juzga a Figari en fueros civiles? ¿Crees que lo verás preso algún día?

El proceso contra Figari está todavía en “veremos”. El Ministerio Público tiene que determinar todavía si procede una denuncia penal que dé lugar a un proceso judicial. Todo esto puede demorar años. No creo que nunca veamos a Figari tras las rejas, pues aún cuando hubiera una sentencia, la cosa derivaría en un asunto diplomático complicado, pues la Santa Sede, con su vergonzoso pronunciamiento sobre el caso, lo ha blindado de por vida.

¿Qué tanto te marcó el Sodalicio?

El Sodalicio me marcó, como ha marcado a tantos. Más aún, es prácticamente imposible pasar por el Sodalicio sin que eso deje huella en la psique personal de uno. Hasta ahora sigo lidiando con las consecuencias.

¿Los abusos del Sodalicio han cambiado tu percepción sobre la Iglesia católica en general?

Mi percepción sobre la Iglesia católica no ha cambiado básicamente debido a los abusos del Sodalicio. Ya antes de ocuparme del tema a fondo, yo me había informado sobre los abusos cometidos dentro de los Legionarios de Cristo (antes incluso de que la Santa Sede se pronunciara sobre el P. Marcial Maciel), y también de otros abusos psicológicos que son moneda corriente dentro del Opus Dei. Más bien, al contrastar esos datos con lo que yo había vivido dentro del Sodalicio, fue que poco a poco pude darme cuenta de que yo mismo había sido víctima de abusos psicológicos y físicos. Aún así, sigo siendo católico por convicción y motivos personales, que he explicitado en la columna POR QUÉ SIGO SIENDO CATÓLICO publicada en mi blog. Ciertamente, mi percepción de la Iglesia ha evolucionado, a la cual considero principalmente como un pueblo formado por fieles creyentes seguidores del Jesús de los Evangelios. Y lamentablemente, en la jerarquía eclesiástica abundan quienes no pueden ser considerados como tales, pues con sus actos traicionan las palabras de Jesús y crucifican a las víctimas de abusos. Ante esto, sólo se puede seguir siendo católico si uno asume como programa las palabras que Juana de Arco les dirigió a los jueces eclesiásticos que la condenaron a la hoguera: «Los hombres de Iglesia no son la Iglesia».

¿Te duele el papel que ha jugado el Congreso al darles la espalda?

No es el Congreso el que nos ha dado la espalda, cortando la posibilidad de una comisión investigadora, sino el fujimorismo, aliado natural de los sectores más conservadores y retrógrados del catolicismo. Una investigación a fondo en el Congreso hubiera sido una ventana abierta para que se sepa toda la verdad sobre el Sodalicio y sobre su sistema doctrinal y disciplinario que atenta contra derechos fundamentales de las personas y favorece la comisión de delitos contra la libertad y la propiedad privada. Esta propuesta ha sido llevada adelante por algunos congresistas de buena ley, entre los cuales destaca Alberto de Belaúnde. Los abusos sexuales, a los cuales tanta publicidad se ha dado, son solamente una consecuencia marginal de problemas más serios y graves, siendo que el problema del Sodalicio no es la pederastia (la inmensa mayoría de las víctimas de abusos sexuales en el Sodalicio eran ya mayores de edad o adolescentes con madurez sexual) sino la manipulación de las conciencias, el abuso de poder y la sujeción de la libertad interior de tantos jóvenes, cuyas vidas son dañadas permanentemente, comprometiendo seriamente su futuro y su desarrollo como personas normales.

¿Te parece contradictorio que los que han cometido abusos o encubierto abusos hoy sean los abanderados de la defensa de los niños en el caso de la ideología de género y #ConMisHijosNoTeMetas?

No me extraña, pues aquellos que cometieron o encubrieron abusos hasta ahora no han tomado conciencia del alcance de lo que hicieron, y siguen justificando esos actos como «rigores de la formación». Para ellos, las víctimas no son tales, sino personas con malas intenciones que malinterpretaron aquello que experimentaron en el Sodalicio. Y precisamente la moral puritana que propugnan, basada sobre una interpretación fundamentalista de los datos bíblicos y ciega a las investigaciones científicas sobre el tema del género, es el humus donde germinan aquellos impulsos enfermizos que terminan en la perpetración de abusos. No puede haber tolerancia ni una actitud sana hacia los demás en una moral represiva de la sexualidad real.

¿Cómo han lidiado los Papas con los casos de abuso?

Recién con Benedicto XVI comienzan a haber medidas que apuntan a combatir los casos de abuso sexual —que, como ya he indicado, es un problema marginal en el Sodalicio—. Las medidas anunciadas por el actual Papa Francisco, aparentemente más radicales que las del Papa Ratzinger, han sido un saludo a la bandera, pues todo parece indicar que han sido neutralizadas con relativo éxito por la Curia Romana. Sin embargo, considero que las medidas siguen siendo demasiado tibias respecto a la gravedad del problema. Y lo peor de todo es que muy poca atención se le ha prestado a los abusos psicológicos y físicos, que son la madre del cordero, pues constituyen el caldo de cultivo de los abusos sexuales, que son más infrecuentes.

¿Eliminar el celibato sería la solución?

La solución a un problema complejo no puede radicar en una medida simple. No podemos eliminar el derecho que una persona tiene a elegir el celibato, si considera que ése es su camino. Pero mantenerlo como una obligación para todos aquellos que quieren ser sacerdotes, no sólo no encuentra sustento sólido en la Biblia o en la Tradición de la Iglesia, sino que puede generar problemas de sexualidad truncada o reprimida en muchas personas buenas que aman su la vocación sacerdotal, pero que tienen que admitir dentro del paquete el celibato obligatorio. Como decía el difunto Cardenal Carlo Maria Martini, él no creía que todos los llamados al sacerdocio estuvieran también llamados al celibato. Por otra parte, el problema va más allá de esta práctica eclesial. Es en la actual doctrina católica sobre la sexualidad donde se hallan los gérmenes de varios abusos. Mientras no haya una reflexión más profunda sobre este tema, que no tenga miedo de revisar y replantear algunos conceptos, con o sin celibato seguirán habiendo abusos.

¿Crees que el Sodalicio es la única organización religiosa peruana involucrada en estos casos?

Toda organización cristiana basada en la autoridad absoluta, con estructuras verticales, con exigencia de obediencia total, con pensamiento único impuesto a todos sus miembros y con una interpretación fundamentalista de los textos bíblicos presentará con alta probabilidad casos de abusos como los que han ocurrido en el Sodalicio. En el contexto peruano, se me vienen a la mente instituciones como el Camino Neocatecumental, el Opus Dei, Pro Ecclesia Sancta y Lumen Dei, aunque no descarto casos de abusos en órdenes tradicionales, especialmente si el ambiente es muy conservador y puritano.

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AGRADECIMIENTOS VATICANOS A UN PRESUNTO ENCUBRIDOR Y ABUSADOR SEXUAL POR SERVICIOS PRESTADOS

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El cardenal George Pell junto al Papa Francisco

Cuando el 30 de enero de 2017 la Santa Sede emitió el comunicado sobre el caso Figari, reconociendo parcialmente sus delitos, uno de los atenuantes para justificar el suave castigo que se le dio —si es que puede considerarse castigo— fue que «el Sr. Figari es sin embargo de considerar como el fundador del Sodalitium Christianae Vitae y por lo tanto como el mediador de un carisma divino».

Poco faltó para que se le diera las gracias por todos los servicios prestados a la Iglesia, los cuales deben ser tan valiosos y considerables que, en comparación, poco cuentan unos cuantos «actos contra el VI mandamiento«» que, además, «han ocurrido en un pasado muy remoto». Como si sólo por ese hecho ya no tuvieran el poder de haber arruinado vidas enteras.

Es proverbial y conocida la lentitud e ineptitud de los tribunales eclesiásticos para procesar las denuncias de abusos sexuales, además de que la misma ley eclesial, al poner tiempos relativamente cortos para la prescripción de delitos tan graves, garantiza que éstos nunca sean castigados con las penas que les corresponderían. Por otra parte, las “investigaciones” de la Santa Sede carecen de rigor y hasta ahora no se sabe que se haya convocado a víctimas de abusos para interrogarlas y requerir mayores detalles, permitiendo que sus testimonios puedan ser examinados acuciosamente y, eventualmente, verificados como pruebas decisivas de la culpabilidad del acusado. Antes de llegar a ese punto, se prefieren soluciones ambiguas y castigos dorados.

Por eso mismo, aunque no sorprende, resulta escandalosa y vergonzosa la posición que ha tomado la Santa Sede ante las graves acusaciones hechas por la justicia australiana en contra del cardenal George Pell. Mientras que en otros casos se ha suspendido a eclesiásticos de todas las funciones propias de su cargo —incluyendo las pastorales y sacramentales— hasta que se aclararan las denuncias de abusos en su contra, a Pell sólo se le hado «un período de excedencia para poderse defender».

Todo parece indicar que la Santa Sede da por supuesta la inocencia del prelado vaticano, pues no tiene ningún reparo en agradecerle por los servicios prestados: «El Santo Padre, que ha podido apreciar la honestidad del Cardenal Pell durante los tres años de trabajo en la Curia Romana, le está agradecido por su colaboración y, en particular, por su enérgico empeño a favor de las reformas en el sector económico y administrativo y por su activa participación en el Consejo de los Cardenales (C9)».

Además, se hace una defensa abierta de Pell como alguien que ha combatido efectivamente los abusos sexuales contra menores: «se recuerda que el Cardenal Pell ha condenado desde hace décadas abiertamente y repetidamente los abusos cometidos contra menores como actos inmorales e intolerables; ha cooperado en el pasado con las Autoridades australianas (por ejemplo, en las declaraciones ante la Royal Commission), ha apoyado la creación de la Comisión Pontificia para la Tutela de los Menores y, finalmente, como Obispo diocesano en Australia, ha introducido sistemas y procedimientos para la protección de los menores y para garantizar la asistencia a las víctimas de abusos».

Y a decir verdad, la mentada Comisión Pontificia no pasa de ser hasta ahora un mero saludo a la bandera, sin logros que mostrar en la lucha contra la pederastia eclesial. Por otra parte, los sistemas y procedimientos de protección establecidos por Pell se parecen mucho al sistema de reparaciones instituido por el Sodalicio para “ayudar” a las víctimas: ha servido para llevar a cabo un control de daños, buscando obtener el silencio de las víctimas y pagarles lo menos posible en concepto de indemnizaciones.

Finalmente, el comunicado sobre Pell muestra que a nivel de la Santa Sede aún no se tiene conciencia del nivel de incoherencia que puede haber en los abusadores sexuales. Ni Marcial Maciel, ni Fernando Karadima, ni Luis Fernando Figari jamás enseñaron públicamente nada que se apartara de la moral cristiana. Y eso no fue obstáculo para que cometieran delitos que ningún cristiano avalaría. En consecuencia, se puede esgrimir a favor del cardenal Pell todo lo que se quiera que dice el comunicado. Eso no significa que no pueda haber cometido graves abusos sexuales. Sólo esperamos que esta vez se haga justicia.

(Columna publicada en Altavoz el 3 de julio de 2017)

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FUENTE

Religión Digital
Pell deja la Secretaría de Economía y regresa a Australia para defenderse de las acusaciones de abusos a menores
http://www.periodistadigital.com/religion/vaticano/2017/06/29/la-policia-australiana-acusa-al-cardenal-pell-de-abusos-sexuales-a-menores-religion-iglesia-vaticano-pederastia-australia.shtml

EL ENCUBRIMIENTO DE LOS NAUSEABUNDOS

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Según Luis Galarreta, el Congreso no verá el caso Sodalicio porque se ha visto en otras instancias. ¿No se ha dado cuenta hasta ahora de que en ninguna de esas instancias el tema se ha investigado en toda su amplitud, y que la única instancia en capacidad de hacer eso es el Congreso de la República?

Tenemos el informe final de la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación convocada por el Sodalicio, que se ciñe a temas de abusos y saca conclusiones demoledoras pero que ha sido desacreditado por instancias posteriores.

La Fiscalía de la Nación se limitó a las denuncias presentadas por cinco víctimas, y tras una investigación que presenta serias deficiencias, le ha restado valor a las declaraciones de testigos y denunciantes, asumiendo como ciertas las mentiras de los acusados.

La Santa Sede, aun admitiendo el control psicológico ejercido por Figari, sólo le reconoce pecados graves pero niega que haya habido abusos sexuales y, por lo tanto, tampoco hay víctimas sino solamente cómplices del pecado.

Los informes preparados por tres expertos contratados por el Sodalicio, fragmentarios y con una serie de inconsistencias y falsedades, admiten abusos sexuales incluso a jóvenes menores de edad, pero dejan otros temas en la penumbra.

La Defensoría del Pueblo difícilmente podrá investigar todas las versiones del Sodalicio que hay, pues no cuenta con las herramientas necesarias para ello.

Y la propuesta de imprescriptibilidad de violaciones de menores tampoco evitará que casos como el del Sodalicio se repitan, pues los abusos sexuales cometidos no encajan en el concepto de violación que maneja el Código Penal.

Negarse a investigar es encubrimiento puro y duro. Nauseabundo.

(Columna publicada en Exitosa el 11 de marzo de 2017)

LA CRUDA VERDAD

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La Iglesia católica tiene como principio pragmático, elevado a la categoría de imperativo ético, evitar siempre el escándalo. Pues supuestamente lo que escandaliza socava la fe de los fieles y los aleja de la salvación. «La salvación de las almas debe ser siempre la ley suprema de la Iglesia» es el enunciado sobre el cual se asienta todo la ley eclesiástica, como señala el actual Código de Derecho Canónico (n. 1752).

Pero lo que muchos representantes de la Iglesia han perdido de vista es que en el lenguaje bíblico “escándalo” se entiende como “tropiezo”, y el que escandaliza es aquel que hace tropezar a otros —cualquier abusador, por ejemplo— y no el que da a conocer quiénes son los abusadores y cuáles son los abusos cometidos.

Cuando se trata de investigar abusos, la verdad desnuda hecha pública es lo que menos interesa a los tribunales eclesiásticos, pues su veredicto final dependerá de cuán escandalosa consideren la revelación de los hechos. Y por evitar el escándalo se preferirá —como ha ocurrido frecuentemente— encubrir y proteger a los abusadores y, en la medida de lo posible, mantener la verdad completa en el silencio más absoluto.

Poco se puede esperar de las instancias vaticanas, mucho menos del Sodalicio mismo, respecto a la verdad sobre los abusos cometidos en esta institución. Su preocupación ardiente por salvar a las almas evitando el escándalo hará que oculten todo lo que se pueda ocultar, como lo han intentado infructuosamente hasta ahora.

Una comisión investigadora en el Congreso, ajena al poder eclesiástico, representa al menos la esperanza de que se conozca por fin la cruda verdad en todas sus dimensiones.

(Columna publicada en Exitosa el 11 de febrero de 2017)

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Esta columna fue redactada el jueves 9 de febrero antes de que al día siguiente, 10 de febrero, se diera a conocer a la opinión pública la carta de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica a Alessandro Moroni, Superior General del Sodalicio, pronunciándose sobre el caso de Luis Fernando Figari (ver http://sodalicio.org/comunicados/pronunciamiento-de-la-santa-sede-sobre-el-caso-luis-fernando-figari-2-2/). Lamentablemente, no me equivoqué y se cumplieron mis predicciones.

SODALICIO: EL EXPULSADO PÚBLICO NÚMERO UNO

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Germán McKenzie González

Durante el tiempo en que fui sodálite, no recuerdo que se haya expulsado a ningún miembro. Hubo ciertamente quienes se fueron voluntariamente, así como aquellos que fueron invitados a retirarse.

De pronto, en septiembre de 2007, me llegó la noticia de la expulsión de quien era entonces Superior Regional del Perú, Germán McKenzie, por “falta grave reiterada”.

Un mes después ocurriría la segunda expulsión pública, la de Daniel Murguía, por haber sido atrapado in fraganti por la policía en una situación pedófila en un hostal del centro de Lima.

No sé de nadie más que haya sido expulsado posteriormente del Sodalicio, ni siquiera aquellos que tienen sobre sus espaldas acusaciones tan o más graves que la de Murguía.

Curiosamente, el Sodalicio no trató posteriormente a McKenzie como un renegado, sino más bien como un amigo entrañable de la institución. Se le apoyó para que siguiera estudios de religión y cultura en la Catholic University of America (Washington D.C.) y pudiera acceder posteriormente a un puesto docente en la Niagara University (Lewiston, Nueva York). Se casó el año 2011 en Lima en una ceremonia litúrgica presidida por el cura sodálite Juan Carlos Rivva, en presencia de varios miembros del Sodalicio, muchos con altos cargos de responsabilidad en la institución.

Sigue siendo un misterio el motivo de su expulsión. McKenzie no aparece en ningún testimonio como que haya cometido ningún tipo de abuso. Además, el Sodalicio apaña a los abusadores, no suele expulsarlos públicamente. Quizás hubo incompatibilidades personales o se trató solamente de una componenda. Lo cierto es que, hasta el momento, el silencio de McKenzie sobre lo que sabe del Sodalicio parece estar garantizado.

(Columna publicada en Exitosa el 17 de septiembre de 2016)

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Germán McKenzie siempre fue para mí un sodálite que destacaba por su humanidad y su afecto comprensivo. Era para mí un punto de referencia y una persona de contacto incluso cuando dejé de vivir en comunidades sodálites. Sin embargo, en septiembre de 2007 se le comunicó oficialmente a la Familia Sodálite que Mckenzie había sido expulsado de la institución debido a una falta grave reiterada, sin especificar cuál era esta falta. Se trataba probablemente de una falta relacionada con la obediencia o con incapacidad para guardar el celibato, sin que hubiera habido de por medio ningún abuso en perjuicio de nadie. O tal vez no hubiera falta, y se trataba simplemente de un subterfugio para facilitarle la salida de la institución a un profeso perpetuo que ya no quería pertenecer a ella.

Germán McKenzie —quien vive actualmente en Canadá— recibiría apoyo del Sodalicio para asentarse en los Estados Unidos y poder iniciar, al año siguiente de haber sido expulsado, estudios de religión y cultura en la Catholic University of America (Washington D.C., Estados Unidos). En enero de 2010, Raúl Masseur, un sodálite de antigua hornada, le cedería su puesto de capellán en la Brock University de St. Catharines (Ontario, Canadá), responsabilidad que asumiría McKenzie hasta agosto de 2010. Se desempeñaría también como Director de la Oficina de Evangelización de la Diócesis de St. Catharines (Ontario, Canadá) desde enero de 2010 hasta diciembre de 2011. A partir de enero de 2012 lo encontramos como profesor adjunto en la Niagara University (Lewiston, Nueva York, Estados Unidos). Desde junio de 2012 también es profesor visitante de la Universidad Juan Pablo II (San José, Costa Rica), cuyo rector es nada menos que el P. Emilio Garreaud, miembro de la generación fundacional del Sodalicio. Aparece también en la plana docente del Catholic Pacific College (Langley, Columbia Británica, Canadá) y de The St. James of Jerusalem School of Theology (Riviera Beach, Florida, Estados Unidos).

Sigue siendo un misterio las verdaderas razones que llevaron a su expulsión del Sodalicio así como el trato preferencial que recibió, no concedido ni siquiera a ninguno de los sodálites que se fueron por la puerta delantera por propia voluntad, cumpliendo con todos los requisitos formales y quedando en buenas migas con la institución.

Así también sigue siendo un enigma por qué hasta ahora no se ha expulsado a ninguno de los abusadores conocidos del Sodalicio, mucho menos a Figari, el pez gordo en todo este asunto. Lo cual contrasta con la celeridad con que se expulsó a Daniel Murguía, un sodálite de escaso peso en la institución. Al parecer, el rasero no es el mismo para todos.

ABUSO SEXUAL Y SISTEMA ECLESIAL

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Cardenal Gerhard Ludwig Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe

El 1° de marzo un diario local de Colonia publicó una entrevista al cardenal Gerhard Ludwig Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Preguntado sobre los abusos sexuales en la Iglesia, Müller insistió en que se trataba de un problema de individuos inmaduros y desequilibrados, y no de la comunidad ni del ministerio sacerdotal. Asimismo, relativizó la palabra “encubrimiento”, señalando que en el pasado no se tenían los mismos conocimientos que ahora sobre el abuso sexual. Y señaló que a nivel de Iglesia se habían tomado todas medidas preventivas del caso, observando el ordenamiento jurídico prescrito. Recalcó además el daño que se había hecho a tantos sacerdotes por generalizar el tema de los abusos, incidiendo en que incluso algunos habían vivido un infierno al haber sido inculpados injustamente.

El jesuita Klaus Mertes, quien como rector del Colegio Canisio de Berlin inició en 2010 la ola de destapes de abusos en Alemania con una carta dirigida a ex-alumnos, replicó a Müller:

«¿Qué consecuencias ha sacado de su fracaso como obispo de Ratisbona, donde admitió en el servicio nuevamente a un párroco abusador, el cual prestamente volvió a abusar de niños?»

Mertes dijo que son necesarias algunas renuncias al más alto nivel eclesial, debido al fracaso flagrante sobre el tema, a la resistencia a asumir las consecuencias de ese fracaso y a la pérdida masiva de credibilidad.

No encuentra en la Iglesia disponibilidad para abordar el tema de los abusos sexuales en relación con su sistema y su estructura. Hay que replantear la moral sexual católica y la organización eclesiástica de poderes, marcada por la dominancia de varones y la falta de transparencia.

(Columna publicada en Exitosa el 5 de marzo de 2016)

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La entrevista completa al cardenal Gerhard Ludwig Müller fue publicada en el Kölner Stadt-Anzeiger. Reproduzco a continuación sólo las respuestas donde se toca el tema de los abusos sexuales en la Iglesia católica.

Señor cardenal, vayamos de nuevo el binomio “verdad y libertad” de cara a la Iglesia. Precisamente ahora se está pasando en los cines alemanes “Spotlight”, la película —nominada a seis Oscar— sobre la revelación, hecha por periodistas de “The Boston Globe”, de un encubrimiento sistemático de abusos sexuales en el arzobispado de Boston. En Alemania la gran conmoción ante el escándalo de abusos cumple cinco años. ¿Su alegato a favor de la fuerza liberadora de la verdad no suena hipócrita a la vista del fracaso de la Iglesia ante el derecho a saber la verdad?

“La Iglesia”, estamos hablando de más de un billón de creyentes, cientos de miles de sacerdotes, miles de religiosos y obispos. No la comunidad, sino los individuos —y no en razón de su ministerio, sino de una personalidad inmadura y desequilibrada— se han hecho culpables de abusos. Pero sobre la gran mayoría de los clérigos recae una amarga injusticia a través de la generalización. Abusos hay, por lo demás, en todos los ámbitos donde hay adolescentes. La estadística criminal señala que la mayoría de los perpetradores provienen del entorno familiar. Son incluso los padres y otros parientes de la víctima. De ahí, sin embargo, no se puede sacar la conclusión inversa: que todos los padres son perpetradores posibles o reales. Por lo demás, tengo problemas con la imputación tan fácilmente dicha de “encubrimiento”.

¿Por qué?

Encubrir significa, a mi modo de ver, impedir conscientemente o por negligencia la sanción de un acto reconocido como punible o no impedir un posible delito posterior. Pero todo el mundo sabe que, en lo que respecta al abuso sexual, el estado de conocimientos de las décadas pasadas era totalmente distinto al de hoy. Las consecuencias a largo plazo para las víctimas lamentablemente no eran tan evidentes como —gracias a Dios— lo son ahora. Y respecto a los perpetradores, se supuso ingenuamente que se podía corregirlos con una enérgica amonestación. Hoy las ciencias humanas son mucho más diferenciadas. En consecuencia, el trato con perpetradores y víctimas debe ser otro. Decisivo es el cambio de paradigma, respecto al cual no hay vuelta atrás: primero está la justicia con las víctimas y el restablecimiento de su dignidad. Decisivas son también las medidas de prevención acordadas por las conferencias episcopales.

La Iglesia católica, ¿ha sabido manejar la crisis?

La Congregación para la Doctrina de la Fe, que como tribunal es la última instancia responsable de casos de abuso sexual, ha actuado desde que fuera comisionada con la más alta responsabilidad. Contra las críticas desde ambos lados (demasiado laxa o demasiado estricta) nuestras dos instancias judiciales observan al ordenamiento jurídico prescrito. No sólo para garantizar un proceso justo, en el cual también el inculpado tiene el derecho a ser escuchado y defendido. Ciertamente nadie quiere salirse de estos principios de nuestra cultura jurídica. También hay personas que fueron inculpadas injustamente, y las cuales, según ellas mismas informan, vivieron un infierno.

Pero también las víctimas de los inculpados justamente.

Su sufrimiento es terrible. Pero la responsabilidad debe recaer sobre los culpables y no sobre inocentes sólo porque tienen una cercanía familiar o profesional.

(Traducción al español: Martin Scheuch)

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Al igual que el P. Klaus Mertes, considero muy desafortunadas estas declaraciones.

Müller asume lo que llamamos la teoría de las “manzanas podridas” o los “casos aislados” al considerar que el problema radica en el desequilibrio psicológico personal de los perpetradores y de ninguna manera en la estructura eclesial. De este modo, la reputación y la imagen de la institución quedarían intactas. Y en realidad esto no es lo que ha sucedido. Él mismo debería preguntarse qué es lo que en la Iglesia atrae al sacerdocio y a la vida consagrada a un numero significativo de pervertidos, qué es lo que ha permitido que cometan sus delitos durante años sin ser descubiertos y por qué el modus operandi de quienes tienen la autoridad ha estado y sigue estando orientado al encubrimiento y a la relativización de los abusos cometidos. Todos estos preguntas cuestionan el sistema eclesial mismo y plantean la necesidad de reformas profundas en la Iglesia.

Por otra parte, la generalización que denuncia Müller no es algo generalizado. Son muy pocos los que creen que la mayoría los clérigos y religiosos son abusadores sexuales. Sin embargo, ante el número elevadísimo de casos que se han dado a conocer en los últimos tiempos, es natural que se haya perdido la confianza natural en el clero católico. Estimado lector, tú como padre o madre de familia, ¿dejarías actualmente a tu hijo menor solo confiado al cuidado de un sacerdote, aún cuando no tengas ningun motivo para desconfiar de esa persona?

Lo que sí toca cotas de surrealismo es la relativización que hace Müller de la palabra “encubrimiento”. ¿De modo que lo había antes no era encubrimiento sólo porque no se tenía claro conocimiento de las terribles consecuencias que tiene un abuso sobre un menor de edad? ¡Me chupo el dedo! Y además, eso va condimentado con la insólita afirmación de que ha habido un “cambio de paradigma”. Entonces, ¿sólo recientemente se ha descubierto que lo primero es la preocupación por las víctimas? ¿Cuál era el paradigma anterior? ¿Mandar a la mierda a las víctimas y proteger al clérigo perpetrador considerando el carácter sagrado de su ministerio pastoral? ¿Defender la santidad de la Iglesia en público con una mano mientras que con la otra se barre toda la porquería debajo de la alfombra sin que nadie se entere? Y si es como dice Müller, parece ocurrir lo que sucede con todo cambio de paradigma: que muchas autoridades eclesiásticas o todavía no se han enterado, o todavía están en un proceso de asimilación tan pero tan lento, que ni se nota.

Finalmente, insistir en el infierno por el que han pasado algunos clérigos acusados injustamente parece obnubilar ciertas verdades respecto a las víctimas:

  • el infierno pasado por las víctimas de abusos suele ser mucho peor, pues ha llevado a algunas incluso al suicidio;
  • no se presenta tardíamente en sus vidas, sino que las marca desde temprana edad, ocasionándoles serios problemas psicológicos y espirituales que las acompañan a lo largo de su existencia;
  • las acusaciones injustas contra clérigos suelen ser la excepción a la regla, mientras que el maltrato, la falta de acogida y el olvido de las víctimas ha sido la manera habitual de proceder que han tenido las autoridades eclesiásticas, lo cual nos remite otra vez a un problema de sistema y estructura.

Lamentablemente, lo dicho recientemente por el cardenal Gerhard Ludwig Müller confirmaría lo que ya muchos sospechaban: que a nivel de jerarquía eclesiática poco o nada se ha hecho efectivamente para combatir el flagelo de la pederastia eclesial y que las medidas que se han dado a conocer hasta ahora no pasan de ser un mero saludo a la bandera.

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FUENTES

Kölner Stadt-Anzeiger
Interview mit Kardinal Müller: Was ist im Islam anders als im Christentum? (01.03.16)
http://www.ksta.de/politik/interview-mit-kardinal-mueller-was-ist-im-islam-anders-als-im-christentum–23644526

kirchensite.de
Mertes zu Missbrauch: Rücktritte auf höchster Ebene fällig (01.03.16)
http://kirchensite.de/aktuelles/kirche-heute/kirche-heute-news/datum/2016/03/01/mertes-zu-missbrauch-ruecktritte-auf-hoechster-ebene-faellig/

UNA DERROTA PARA LA HUMANIDAD

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El 23 de mayo, en la tradicionalmente católica Irlanda, se abrió la puerta a la legalización del matrimonio homosexual en un referéndum con 62,1% de votos a favor. Dos días después, el cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado del Vaticano, calificaba este hecho de «derrota para la humanidad».

Si bien estoy de acuerdo en defender los derechos de los personas homosexuales —y entre ellos los derechos que se derivan de una convivencia responsable—, tengo mis dudas de que lo correcto sea equiparar está unión con el matrimonio, que incluye la procreación entre sus responsabilidades. Aún así, no comparto las palabras de Parolin. Sobre todo en lo que se refiere a Irlanda.

¿No es más bien derrota para la humanidad que el sacerdote norbertino Brendan Smyth (1927-1997) haya durante cuarenta años abusado de más de 143 niños en parroquias de Belfast, Dublín y EE.UU. y haya sido encubierto por obispos y religiosos, siendo varias víctimas obligadas a guardar silencio? ¿O que en pleno siglo XX más de 10,000 mujeres jóvenes hayan sido confinadas en las lavanderías católicas de las Magdalenas por considerárselas pecadoras, siendo obligadas a trabajo gratuito y siendo frecuentemente objeto de maltratos verbales y físicos, y en ocasiones de abusos sexuales? ¿O que entre los años 1914 y 2002 lleguen a varios cientos los niños víctimas de abusos sexuales en Irlanda por parte de sacerdotes y religiosos, sin que las autoridades religiosas hayan hecho nada para castigar a los culpables?

Por lo menos, el matrimonio homosexual no daña a nadie. Ni tampoco —como temen algunos— obliga a la Iglesia católica a cambiar su concepto de matrimonio y familia.

(Columna publicada en Exitosa Diario el 3 de junio de 2015)

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«Las preocupaciones de la arquidiócesis de Dublin en el manejo de los casos de abuso sexual infantil, por lo menos hasta mediados de los ’90, se centraron en mantener del secreto, evitar el escándalo, proteger la reputación de la Iglesia y preservar sus bienes. Toda otra consideración, incluyendo el bienestar de los menores y la justicia debida a las víctimas, fue subordinada a esas prioridades. La arquidiócesis no implementó normas canónicas propias e hizo lo posible para evitar cualquier aplicación de las leyes del Estado.»

A esta conclusión llega el Informe Murphy, elaborado por una comisión investigadora a cargo de la juez Yvonne Murphy por encargo del gobierno irlandés y publicado el 26 de noviembre de 2009. Durante tres años la comisión analizó cientos de documentos y testimonios. El informe toma como marco de referencia el período 1975-2004 y, sobre una muestra representativa de 320 denuncias, llega a la certeza de que en ese período por lo menos 43 sacerdotes de la arquidiócesis abusaron sexualmente de menores de edad, y hay sospechas fundadas respecto a 2 sacerdotes más. Estos datos no excluyen abusos que se hayan cometido fuera de este período ni tampoco que hayan podido haber más casos de clérigos y religiosos pederastas.

Si consideramos que la situación no fue sustancialmente distinta en las otras diócesis irlandesas —como revelan informes periodísticos además de los informes gubernamentales sobre la diócesis de Ferns (octubre de 2005) y Cloyne (julio de 2011)—, nos hallamos ante un problema generalizado en la Iglesia católica irlandesa, del cual fueron víctimas cientos de menores de edad. A esto hay que añadir lo que dice el Informe Ryan (mayo de 2009), que da cuenta de los abusos y maltratos sufridos por jóvenes en los reformatorios y escuelas industriales, muchos de los cuales estaban a cargo de instituciones de la Iglesia católica.

La publicación del Informe Murphy tuvo como consecuencia inmediata que, debido a las inculpaciones probadas de no haber hecho lo necesario para evitar los abusos sexuales contra menores por parte de eclesiásticos, cuatro obispos irlandeses presentaran las correspondientes renuncias a sus cargos: Brendan Comiskey, obispo de Ferns; Donal Brendan Murray, obispo de Limerick; Eamonn Oliver Walsh y Raymond Field, ambos obispos auxiliares de Dublín. El Papa Benedicto XVI sólo aceptó las renuncias de los dos primeros, sin dar explicaciones de que por qué dejaba en sus cargos a los obispos dublineses.

Si bien a partir de entonces la Santa Sede comenzó a tomar medidas para evitar que vuelvan a ocurrir casos similares —entre ellas, el envío de visitadores apostólicos a las diócesis irlandesas y la implementación de normas más estrictas y severas contra los clérigos abusadores—, el daño ya estaba hecho y ha tenido consecuencias en la forma como las nuevas generaciones irlandesas miran a la Iglesia católica.

En fin, una derrota ocasionada por quienes han traicionado el camino que nos enseñó el Jesús de los Evangelios y han contribuido a destruir vidas en vez de salvarlas. Una lamentable y penosa derrota para la humanidad.