LAS ÉLITES DEL EVANGELIO

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Klaus Mertes, jesuita alemán que en 2010 puso en el candelero el tema de abusos sexuales en instituciones educativas católicas por primera vez en Alemania, publicó en 2013 el libro La confianza perdida – Ser católico en la crisis, donde narra su experiencia como rector del Colegio Canisio de Berlín y lo que significó poner bajo los reflectores de la opinión publica los abusos allí ocurridos.

En el libro menciona el caso de Germán Doig y el Sodalicio de Vida Cristiana, cuando aborda el tema del elitismo en la estructura de poder de la Iglesia.

Ese “dulce veneno de la conciencia de élite” forma parte de la ambigua vinculación que se establece entre la víctima y el abusador en el momento del abuso. La víctima se siente parte de un grupo elegido y le resulta difícil —si no imposible— hablar, pues pondría en peligro no sólo al grupo y al perpetrador, sino también la conciencia de élite que hace especial a la institución. Mientras más fuerte sea el sentimiento de élite, más difícil le resulta a la víctima tomar conciencia de la amarga verdad.

En el caso del Sodalicio, eso se veía reforzado aún más porque la mayoría de sus integrantes pertenecen a la élite social: la clase alta y la clase media pudiente.

En palabras de Jesús, quien quiere ser “sal de la tierra” y “luz del mundo” debe tomar con humildad el último puesto. Allí dónde no hay posiciones que defender, ningún reconocimiento público y ningún poder, allí se encuentran las verdaderas élites del Evangelio. Que no quieren dominar a otros, sino estar a su servicio en la verdad y el amor.

(Columna publicada en Exitosa Radio-Diario-TV-Web el 30 de abril de 2016)

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FUENTE

Klaus Mertes, Verlorenes Vertrauen – Katholisch sein in der Krise, Herder, Freiburg im Breisgau 2013.

EL EXORCISMO

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Cuando uno pasa por la experiencia de tener un hijo adolescente, recién comprende lo difícil que debe haber sido para los padres de uno lidiar con los problemas que genera un hijo que está en proceso de desarrollo y de conquista de su propia independencia, muchas veces a trompicones, más aún cuando este hijo decide a los 15 años de edad unirse a un grupo católico más papista que el Papa, que fomenta el fanatismo y que amenaza con convertirse en un obstáculo para que viva una juventud normal y siga una carrera profesional que le permita desarrollar sus talentos y ganarse el pan en la vida.

Pues eso es lo que prácticamente sucedió cuando yo en mis años mozos me uní al Sodalicio y me interesaba más salir con gente del grupo católico que participar de actividades profanas propias de la edad juvenil. Lo cual ciertamente también hacía al comienzo, pues no fue de un día para otro que dejé de ir a fiestas e interesarme por salir con chicas, pero a medida que iba avanzando el proceso de involucración con el grupo, dejé de sentir el gusto por estar con gente normal y me fui identificando con el modelo de militante cristiano ajeno a las preocupaciones mundanas que proponía el Sodalicio.

Mi padre, aquejado por una enfermedad degenerativa que paulatinamente iba minando sus capacidades —a saber, el mal de Parkinson—, nunca me hizo problemas, pues no se hallaba en situación de oponerse a las decisiones que yo estaba tomando. Además, yo no sé si le importaban las opciones religiosas de las demás o si él mismo tenía fe, pues consideraba las escasas prácticas religiosas de la cuales él participaba —como ir a Misa, por ejemplo— solamente como buenas costumbres sociales. Aún así, me consta que era un hombre de buen corazón, trabajador, tranquilo, risueño y de una paciencia extraordinaria.

Mi madre, una mujer rebosante de vida, extrovertida, generosa, pero de un carácter fuerte, dominante e impredecible, miraba con suspicacia al nuevo grupo de amigos y, con la intuición que le daba una conciencia catherine_pool_andujar_de_scheuchética indoblegable, olía que algo no andaba bien en el grupo. Educada en el Sophianum, un colegio para mujeres gestionado entonces por monjas de un catolicismo puritano y una moral conservadora que castigaba con bajar la nota de conducta a las chicas que levantaran la mirada para dirigirla hacia cualquier joven que desde la calle se acercara a las rejas del centro educativo, mi madre había terminado vacunada contra toda mojigatería piadosa y fanatismo religioso, y si bien se consideraba católica y cumplía con los deberes religiosos mínimos, también mostraba una flexibilidad muy humana, al punto de que no le importaba llegar a Misa recién durante el sermón del cura, pues con eso bastaba para que la asistencia a la ceremonia religiosa le valiera para poder decir que había cumplido con el precepto dominical. O si nos íbamos de campamento un fin de semana y no podía ir a Misa el domingo, argumentaba que Dios era comprensivo en esas circunstancias y, por consiguiente, no había motivo para tener sentimientos de culpa.

En el Sodalicio que yo conocí no sólo no había comprensión para este tipo de actitudes, sino que en general considerábamos a la mayoría de los católicos que participaban regularmente de las actividades de sus parroquias como cristianos mediocres que no aspiraban a la santidad y no seguían el mensaje de Jesús hasta sus últimas consecuencias. En cierto sentido, el Sodalicio fomentaba un sentimiento de élite entre los jóvenes que reclutaba, como ocurre con frecuencia en las sectas cristianas: nosotros somos los elegidos que seguimos fielmente a Jesús, mientras que la mayoría de los demás mortales, aunque digan ser cristianos, lo son solamente de mentira, pues no asumen el seguimiento de Cristo con radicalidad. Y para recalcar que nosotros seguíamos sin medias tintas todas las palabras de Jesús, se repetía continuamente el siguiente eslogan: «No hay que arrancar las páginas incómodas del Evangelio». Por supuesto, esas páginas eran interpretadas de una manera peculiar, casi al pie de la letra, de acuerdo a una lectura rígida y fundamentalista.

Uno de los textos preferidos era el capítulo 10 del Evangelio de Mateo, del cual transcribo el siguiente texto:

«No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada, porque he venido a poner en enemistad al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra. Así que los enemigos del hombre serán los de su casa. El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halle su vida, la perderá; y el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.» (Mateo 10, 34-39)

De arranque se nos planteaba que el seguimiento de Jesús, como primera prioridad, debía necesariamente llevar a conflictos en nuestro entorno familiar, y que eso era una señal de que estábamos en el buen camino. No debe extrañar, pues, que desde un inicio se excluyera a los padres del proceso de reclutamiento que efectuaba el Sodalicio entre los adolescentes. Mis padres nunca fueron consultados sobre sí estaban de acuerdo con que su hijo menor participara de un grupo particular de la Iglesia católica, grupo que tenía entonces la categoría de asociación pía de fieles aprobada por el entonces arzobispo de Lima, el cardenal Juan Landázuri Ricketts.

En este punto quisiera reproducir unos párrafos de la denuncia que presenté ante la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación y ante la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (Roma):

«Entre 1978 y 1980, siendo todavía menor de edad, fui sometido a exámenes psicológicos efectuados por personas no profesionales sin el conocimiento ni consentimiento de mis padres. Se trataba de una práctica habitual en el Sodalicio. Las personas que me realizaron estas evaluaciones psicológicas fueron Germán Doig y Jaime Baertl, aunque me consta que también las realizaban el mismo Luis Fernando Figari, Virgilio Levaggi, Alfredo Garland y José Ambrozic, entre otros.

Asimismo, emití una promesa formal mediante la cual me comprometía a seguir el estilo y la espiritualidad del Sodalicio y obedecer a sus superiores a la edad de 15 años, sin que mis padres hubieran sido informados al respecto. Más aún, se me indicó expresamente que mis padres no tenían por qué enterarse de la promesa que había hecho y que no les dijera nada.

Se me fomentó la desobediencia y el desprecio hacia mis padres, que debía ser sustituida por obediencia y respeto absolutos hacia las autoridades del Sodalicio. Sobre todo Luis Fernando Figari fomentaba un culto hacia su persona, de modo que se debía seguir sus órdenes sin chistar, se debía reflexionar continuamente sobre las cosas que le decía a uno personalmente, y aceptar como incuestionable todo lo que exponía en sus escritos y charlas, de modo que cualquier análisis crítico de lo que él decía era impensable, pues se exigía un sometimiento del pensamiento y la voluntad propios a su pensamiento y su voluntad.»

Muchos de los jóvenes candidatos al Sodalicio de ese entonces ya traíamos, como es común entre los adolescentes, una carga de conflictos con por lo menos uno de nuestros progenitores, y el Sodalicio se encargaba de ahondar aun más el conflicto y nos hacía sentir que éramos nosotros los que teníamos la razón en todo. Esto se expresaba más o menos así: si tú quieres seguir al Señor Jesús, vas a tener la oposición de tu padres porque ellos son cristianos mediocres —o escépticos, agnósticos o ateos, dependiendo del caso— y no entienden que tú quieras seguir una vocación a la vida consagrada. E incluso cuando el candidato gozaba de una relación saludable y armónica con sus padres, era frecuente que el mismo Sodalicio se encargara de introducir la discordia y hacerle creer al adepto que la institución era el único hogar donde podría encontrar una familia con todas las de la ley, una familia espiritual donde todos estaban animados por los mismos ideales, tenían el mismo pensamiento, una misma voluntad, un mismo corazón, un mismo destino, una sola meta.

Creo que mi madre se dio cuenta de esta situación, pero, al igual que muchos padres de familia que frecuentemente se sienten sobrepasados por los problemas que ocasiona la adolescencia de los hijos, no supo manejar bien el asunto y al final terminó perdiendo la batalla, quedando yo atrapado en la telaraña de un ente colectivo absolutista durante más de una década.

Aún así, mi madre siempre estuvo dispuesta a ayudarme para que yo saliera adelante y, todo el tiempo que mi vida se desenvolvió dentro de los parámetros de la institución, ella pagó los costos de mis estudios de teología y me pasaba una mensualidad para solventar algunos gastos.

He de reconocer que mi madre tomó algunas situaciones con humor e ironía. Recuerdo que en mayo de 1978 iba a celebrar mi cumpleaños y había invitado a los compañeros de mi agrupación mariana, a los cuales se sumaron también José Ambrozic, Germán Doig y Rafo Martínez. Mi madre me preguntó si iba a invitar chicas, a lo cual dije que no. Eso fue motivo para varios comentarios humorísticos y burlones. Les decía a mis dos hermanas menores que si entraban a la sala cuando todos estuviéramos reunidos, íbamos a salir corriendo despavoridos ante la presencia de dos féminas adolescentes. No faltaron las ocurrencias sobre una posible homosexualidad de los miembros del grupo —recuérdese que en la década de los ’70 la sociedad limeña era tanto o más homofóbica que ahora—. En un momento determinado mi madre entró con una bandeja y se puso a preguntar con sonrisa insinuante y socarronería inconfundible: «¿Quieren tecito o cafecito?» Para colmo de los males, uno de los muchachos de la agrupación no tuvo mejor idea que traer una rosca para el lonche. Y en el habla coloquial de la clase media limeña la rosca se asociaba despectivamente con personas del tercer sexo o del otro equipo —como se les designaba en son de burla—, por lo cual en la memoria colectiva de las comunidades sodálites ese cumpleaños mío sería recordado entre sonrisas cómplices como la “fiesta de los rosquetes”.

Mirando para atrás, veo que mi madre, en lo tocante a su percepción de la realidad, no andaba tan descaminada, pues a lo largo del tiempo se han verificado prácticas de sometimiento homosexual en el Sodalicio, además de que era relativamente frecuente por parte de algunos guías espirituales inducir dudas sobre la propia identidad sexual. Recuerdo que Humberto del Castillo, cuando vivía en una de las casas de formación de San Bartolo, nos decía burlonamente durante la siesta, cuando nos echábamos boca abajo a dormir en nuestras camas: «Cuidado, que el aire es macho».

Lo que terminó enturbiando irreparablemente las relaciones con mi madre fueron las recomendaciones que me dio Jaime Baertl, quien fue mi consejero espiritual durante mis primeros años de sodálite. Según él, yo tenía que rebelarme contra mi madre a fin de romper el dominio que ella ejercía sobre mí, y la mejor manera era haciendo uso de la ironía y el sarcasmo. De este modo, lo que pudo haber sido una situación pasajera producto de la crisis de la adolescencia terminó convirtiéndose en una brecha que nos separaría afectivamente durante décadas, un abismo donde el diálogo cordial era imposible y la reconciliación una meta inalcanzable. Con la distancia de los años compruebo que conquisté mi autonomía y logré una alcanzar una cierta libertad, pero se trataba de una libertad aparente, lisiada, pues quedaría atrapada entre los barrotes de un sistema que me impediría decidir en conciencia sobre mi propia vida, al haber enajenado mi voluntad en beneficio de una institución totalizante donde la obediencia ciega era la norma suprema.

De entre las muchas anécdotas que tachonan este camino de ruptura puedo señalar dos como las más significativas, aunque hay otras más.

Yo realicé estudios escolares en el Colegio Peruano-Alemán Alexander von Humboldt. En la década de los ’70, durante el gobierno militar, se implementaron algunas medidas experimentales. De este modo, en el año 1976 se creó la Escuela Superior de Educación Profesional (ESEP) Ernst Wilhelm Middendorf, que debía formar en un oficio de mando medio a los alumnos que terminaban 3er. año de secundaria en el Humboldt. En consecuencia, dejaba de haber 4to. y 5to. de secundaria en el colegio. A fin de evitar la migración a otras escuelas, se logró que el Ministerio de Educación aceptara convalidar el primer año de ESEP como equivalente a 4to. de secundaria. Pero quien no quería hacer los cuatro años de ESEP para poder postular a una universidad, tenía que terminar 5to. de secundaria en otra escuela. Y ése fue mi caso.

Dado que yo tenía amigos en el Colegio Santa María (Marianistas) de Monterrico y éste quedaba cerca de mi casa, se decidió que yo terminara 5to. de secundaria en ese colegio. Pero la cosa no era tan fácil, pues había que hacer varios trámites en el Ministerio de Educación para convalidar mis estudios de 1er. año de ESEP como equivalentes a 4to. de secundaria. Además, la cosa se complicaba, porque en ese verano de 1980 Jaime Baertl me había asignado para participar en un viaje de misiones a Sabandía y Characato (departamento de Arequipa) a cargo de Emilio Garreaud. Iba a ir un grupo mixto de estudiantes que participaban de la Coordinadora Universitaria, entre los cuales se encontraba Gaby Cabieses, una persona buena y cariñosa de la me hice amigo durante el viaje y a quien siempre he tenido en gran estima. Nuestra tarea iba a consistir en ayudar al párroco de la zona en actividades pastorales y catequéticas .

Mi madre insistió en que yo tenía que quedarme en Lima para ayudarla con los trámites, pero yo me moría de ganas de participar de ese viaje de misiones, no sólo por lo aventurero sino también por el hecho de sentirme un apóstol de veras, trabajando codo acodo con jóvenes universitarios. Así que, ante las continuas y acuciantes objeciones que me ponía mi madre, le pregunté a Baertl qué es lo que tenía hacer. «¿Tú quieres ir?» «Sí.» «Entonces, anda», fue su escueto consejo. No tenía por qué hacerle caso a mi vieja, qué era cómo él irrespetuosamente la llamaba.

Cuando le comuniqué a mi madre la decisión que había tomado, me pidió visiblemente alterada que llamara a Baertl y la pusiera en comunicación con él. Tras pasarle el teléfono, se desarrolló una conversación tensa y chirriante. Finalmente, mi madre colgó el teléfono crispada y me preguntó: «¿Quieres ir a ese viaje?» Le dije que sí, que mi decisión estaba tomada. De modo que aceptó a regañadientes que me fuera y ella se quedó en Lima realizando los engorrosos trámites en el Ministerio de Educación. Antes de irme me dio una suma de dinero para gastos eventuales que pudiera tener durante el viaje.

Posteriormente sabría a través de Jaime las cosas que él había hablado con mi madre. En un momento ella le espetó: «Me están robando a mi hijo». «Los ladrones creen que todos son de su misma condición», le replicó Jaime sonriendo irónicamente. Y esto me lo contaba matándose de risa.

Pero ésta no había sido la gota que había colmado el vaso. Había otra circunstancia anterior a ésa que probablemente había abierto una brecha más honda en la relación materno-filial. Me refiero al exorcismo que le practiqué a mi madre. Tal cual.

Sucedió que yo vivía apesadumbrado por los continuos conflictos y discusiones que tenía con mi progenitora debido a mi involucración con el Sodalicio y mi temprano deseo de seguir una vocación de vida consagrada, cosa que mi madre no veía con buenos ojos. Lo de laico consagrado, al igual que el común de la gente, no llegaba a entenderlo del todo. Ella pensaba que yo iría a terminar formando parte de esa casta de gente intelectualmente mediocre y de aura grisácea que constituían la mayoría de los curas que ella había conocido. Creía que si uno tenía inteligencia y talentos, era un desperdicio seguir una carrera clerical. Razón y sentido común no le faltaban. Pero yo estaba obstinado en ser laico consagrado y llevar una vida donde pudiera dedicarme a un intenso trabajo intelectual y a la docencia de alto nivel, anhelo que nunca se cumplió, pues el nivel promedio de vida intelectual en el Sodalicio era mediocre, ya que estaba hecho a la medida del pensamiento de Luis Fernando Figari, que no pasaba de ser un sumario ideológico de unas cuantas ideas básicas formuladas en un lenguaje complicado y repetidas hasta la saciedad. Aún no sabía que allí tendría en algún momento que luchar a contracorriente para sacar adelante algunas inquietudes intelectuales y sería tratado como una persona díscola que no tiene claro lo que quiere, además de que mi talento musical y literario sería minusvalorado en la medida en que no se ajustaba a los lineamientos y directivas que proponía Figari para la producción escrita y musical de los sodálites, quienes tenían que contentarse con ser meros satélites de su suprema filosofía y espiritualidad, supuestamente inspirada por el Espíritu Santo.

En fin, llorando penas sobre las desavenencias con la autora de mis días en un grupo variopinto de sodálites, entre los cuales estaba Javier Len, y confesando que no sabía cómo lidiar con la oposición que mostraba mi progenitora, algunos de los allí presentes comenzaron a bromear sobre el tema, y entre broma y broma salió la propuesta de hacerle un exorcismo a mi madre. Esto fue motivo de chacota, pero el tema se extendió, y algunos riendo me comenzaron a dar detalles de cómo efectuar el ritual. Tomando el asunto medio en broma, medio en serio, decidí aplicar la medida y así lo dije expresamente, recibiendo como réplica sonoras carcajadas.

De modo que busqué entre los disfraces que se guardaban en mi casa un hábito negro con capucha que me había servido varias veces para disfrazarme de monje loco en las festividades de Halloween. También me proveí de una vela grande y un crucifijo, y con todo ya preparado, una noche entré en acción. Mi madre se hallaba en el cuarto de costura, cosiendo ropas de baño que luego vendía para obtener algunos ingresos adicionales, pues la enfermedad de mi padre hacía cada vez más difícil que éste pudiera seguir trabajando —era ingeniero civil— y eso hacía que la economía doméstica estuviera pasando por algunas dificultades. Ataviado con el siniestro atuendo monacal, caminando lenta y fantasmagóricamente con la vela encendida en una mano y el crucifijo en la otra, entré dónde ella estaba. Sentada ante su máquina de coser, me escuchó entrar, se volteó sorprendida y exclamó: «¡Martin!» «¡Satanás, sal de ella!», declamé con voz fuerte mientras blandía ante ella la vela y el crucifijo. «Martín, ¿qué te pasa?», preguntó atónita. «¡Cállate, demonio, y sal de ella!», repliqué con voz enérgica y más fuerte. Mientras ella no podía pronunciar palabra, me retiré a mi dormitorio y me acosté, satisfecho conmigo mismo por haberme atrevido a tanto y riéndome de las expresiones que se habían dibujado en su rostro. No pasó mucho tiempo antes de se abriera estrepitosamente la puerta del cuarto que compartía con mi hermano Erwin y mi madre entrara anegada en llanto gritándome: «¿Dónde están las velas? ¿Dónde están las velas?» Asustado, le indiqué con el dedo dónde las guardaba, tomó todas las que encontró y las partió de golpe por la mitad. No dijo ni una palabra más y volvió a salir de la habitación hecha un mar de lágrimas.

Al día siguiente ni me mencionó el incidente, pero yo me sentía aturdido por las consecuencias emocionales que había tenido. Así que fue a hablar con Luis Cappelleti, quien entonces era el instructor de mi grupo de sodálites mariae, y le conté lo que había pasado. Luis, una persona muy cálida y sencilla a la cual el Sodalicio nunca pudo arrebatarle la bondad natural que irradiaba, me dijo que estaba mal lo que había hecho y que tenía que ir a pedirle disculpas a mi madre. Así que me tragué mi orgullo y fui a disculparme por la locura de la noche anterior. No recuerdo con qué actitud recibió mis disculpas, pero de alguna manera algo se había terminado por romper de manera irreparable entre nosotros.

En el año 1981, cuando yo ya tenía 18 años y había alcanzado la mayoría de edad, se me comunicó que había sido admitido en la comunidad sodálite Nuestra Señora del Pilar en Barranco (Lima). Recuerdo que un día de diciembre mi madre me llevó en coche con todos mis bártulos a la casona cercana al Museo Pedro de Osma, se despidió muy afectuosamente de mí y luego partió sin poder contener las lágrimas.

Durante los más de once años que viví en comunidades sodálites, los contactos con mi madre fueron muy esporádicos, como si yo me hubiera ido a vivir a un país extranjero. Para hacer cualquier llamada telefónica, necesitábamos permiso expreso del superior. Estaba prohibido llamar por iniciativa propia a cualquier miembro de la familia carnal. A mis padres yo los veía un sábado cada dos semanas alrededor de la hora del almuerzo por dos o tres horas, y mi actitud era siempre correcta pero distante.

Mi madre siguió tratando de que yo participara por lo menos de eventos importantes de la familia como el cumpleaños de un tío o la boda de una prima o el bautismo del hijo de un primo, por poner algunos ejemplos, pero mi respuesta avalada por órdenes superiores era: «Gracias, pero no puedo ir». Terminé totalmente aislado de la familia que me había visto nacer, ajeno a las historias personales de cada uno de sus integrantes. De este modo, fui derruyendo poco a poco lo que quedaba de la ruina en que se había convertido el vínculo familiar ya antes de que iniciara mi periplo a través de ese mundo extraño de las comunidades sodálites, hasta que no quedó piedra sobre piedra.

Cuando finalmente salí de comunidades y tuve que pasar por la difícil experiencia de reinsertarme en la vida civil, allí estaba mi madre para ayudarme en lo que pudiera. Yo todavía no era del todo consciente de ello, pero traía en la piel del alma los rezagos de la devastación operada por el Sodalicio. De modo que tuve que construir un nueva relación con mi madre. Para ello conté con la ayuda de varios amigos, de mi enamorada y futura mujer, de mis hermanas, a todos los cuales quiero pedirles disculpas por alguna excentricidades y modos extraños de comportarme que tuve. Yo no sabía entonces que durante los años transcurridos el sistema de disciplina sodálite había terminado por lavarme el cerebro, y que se necesitan años para darse cuenta de ello y poder extirpar los patrones antinaturales de conducta que a uno le implantaron mediante una disciplina inhumana que no retrocedía ante prácticas de coerción psicológica.

Vendrían después trabajos docentes mal pagados y la precariedad emocional de tener que retomar mi desarrollo sentimental interrumpido durante la adolescencia, junto con otros problemas de adaptación que harían de mi vida un continuo temporal. Me rompería la pierna jugando fulbito y, sin seguro médico, tuve que atenderme en el Hospital de Emergencias Casimiro Ulloa de Miraflores, entidad sanitaria estatal donde no cobran la consulta ni el servicio pero uno tiene que agenciarse los materiales. Mi madre estuvo ahí y fue quien me consiguió unas muletas para poder caminar con la pierna enyesada. Ella misma fue quien me alquilaría posteriormente un departamento a precio módico y quien me animaría a seguir estudios para obtener el Master of Business Administration en la Escuela de Administración de Negocios para Graduados (ESAN), cuyos costos serían asumidos por una tía muy querida y por ella. La guitarra Falcón que hasta ahora poseo fue un regalo conjunto de mi esposa y ella. Fue ella quien me animó a tentar suerte en Alemania y quien pagó el pasaje de los vuelos que me llevarían primero a Múnich en noviembre de 2002. Y cuando estábamos en Alemania y teníamos que mudarnos de Wuppertal al pueblo de Kirrweiler mucho más al sur, pues yo había encontrado trabajo en esa región, ella estuvo al lado de ni mujer ayudándola a empacar nuestras cosas y a prepararse para la mudanza. Y aquí paro de contar, pues la lista es interminable.

En el año 2009 le detectaron a mi madre un cáncer incurable. La enfermedad avanzó rápidamente, y yo recién pude viajar a Lima en enero de 2010. Sólo le quedaban pocos días de vida, pero parece que sacó fuerzas de flaqueza y esperó hasta poder verme y despedirse de mí. Se disculpó por todo lo que me había hecho, aunque —a decir verdad— era yo el que le tenía que pedir disculpas, pues era mucho más lo que ella había hecho por mí que lo que yo había hecho por ella.

En los días siguientes fue entrando en esa nebulosa confusa y agónica que precede al momento definitivo. Y ahí estuve regalándole como un deber filial mis horas, tratando de aliviar con mi compañía un dolor que venía de dentro y que se hacía por momentos intenso hasta besar las playas de la locura. Como si en esos pocos días disponibles yo hubiera querido terminar de recuperar del todo hasta la última partícula de un vínculo que nunca debió romperse de la manera tan trágica en que se rompió.

Cuando regresé a Alemania, a los pocos días nos enteramos del fallecimiento de mi madre. Mi hermano Erwin, superior de una comunidad sodálite, se había encargado de que no le faltara ninguno de los auxilios espirituales que ofrece la Iglesia católica a sus fieles. Continuamente fue visitada por sacerdotes sodálites. Y al final tuvo un entierro solemne, dado que era la madre de un alto cargo del Sodalicio. Era lo menos que se podía hacer por ella, considerando los sufrimientos que tuvo que pasar en varios momentos de su vida por causa del Sodalicio. O por causa de quien se convirtió en la oveja negra de la familia debido a su adhesión fanática y entrega total a una institución sectaria y fundamentalista: su hijo Martin.

No ha sido fácil contar esta historia. Pero era necesario para mostrar mi solidaridad con todos aquellos padres de familia que vieron a sus hijos ser absorbidos por el vórtice sodálite, para luego recuperarlos psíquicamente dañados y enfermos, o para perderlos definitivamente mientras contemplaban el arrasamiento de los vínculos familiares. A todos aquellos padres de familia que también han sido víctimas silenciosas del Sodalicio dedico la memoria de mi amada madre Catherine Pool Andújar de Scheuch.

LA RESPONSABILIDAD DEL CARDENAL CIPRIANI EN EL CASO SODALICIO

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El cardenal Cipriani con los sacerdotes sodálites Juan Carlos Rivva y Juan Mendoza

Mientras que el Sodalicio está en el ojo del huracán, el cardenal Cipriani está pasando piola y guarda silencio. No es para menos, pues este instituto de vida consagrada que tiene su cuartel general en la arquidiócesis de Lima y que desde hace más de cuatro décadas ha cometido abusos en perjuicio de jóvenes bajo su responsabilidad, siempre ha apoyado a Cipriani en todas sus iniciativas.

Mons. Eguren y Mons. Schmalhausen, obispos sodálites, firmaron la carta del 28 de agosto de 2015 para respaldar a Cipriani en el asunto de los plagios en un artículo publicado en el diario El Comercio. Asimismo, ACI Prensa, la agencia de noticias dirigida por el sodálite Alejandro Bermúdez, siempre ha mostrado su apoyo incondicional a Cipriani, informando de manera complaciente y servil sobre cualquier palabra o actividad del arzobispo limeño.

Cipriani ha defendido su inocencia, argumentando que el tribunal eclesiástico interdiocesano, donde ingresaron las denuncias contra Figari, es autónomo y que él como moderador sólo cumple funciones administrativas, pero no ve los casos. Pues resulta que en el derecho canónico no existe esa figura, ya que todo tribunal eclesiástico diocesano o interdiocesano debe tener un obispo a la cabeza, el cual tiene potestad judicial como juez de primera instancia.

El cardenal Cipriani, ignorando directivas vaticanas, no ha elevado denuncia ante las autoridades civiles por los delitos señalados. Tampoco se ha comunicado con las víctimas para informarles sobre el estado de las denuncias, ni para acogerlas pastoralmente.

Nunca más que ahora son actuales las palabras que Juana de Arco le dirigió a los obispos del tribunal eclesiástico que la condenó: «Los hombres de Iglesia no son la Iglesia».

(Columna publicada en Exitosa Radio-Diario-TV-Web el 23 de abril de 2016)

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El día 9 de abril, el cardenal Cipriani en su programa de radio Diálogos de Fe volvió a lavarse las manos respecto a las denuncias contra el Sodalicio de Vida Cristiana. Cipriani acusó a los medios de querer embarrarlo, cuando él supuestamente no tendría nada que ver con el caso Sodalicio, aun cuando las denuncias contra Figari hayan ingresado en el tribunal interdiocesano que está bajo su responsabilidad.

Según Cipriani, este tribunal «es autónomo, tiene un vicario judicial y da cuenta a sus clientes, no a los obispos». Los obispos miembros dejarían su responsabilidad, canónicamente hablando, en manos del tribunal y éste ya no dependería de ellos. Cipriani sólo se enteraría de asuntos locales referentes a la arquidiócesis limeña, porque el tribunal se lo diría, «pero si presentan una denuncia diciendo “no quiero que se sepa mi nombre”, y contra una persona que es el superior general y fundador de la institución, el tribunal, sin tener nada que consultarme, sin tener nada que ver yo en el asunto, eleva todo de manera inmediata […] a Roma».

La responsabilidad de Cipriani como moderador se circunscribiría a funciones logísticas: «que tengan dinero, que tengan luz, que tengan agua, que tengan computadora, que funcione logísticamente el tribunal».

La pregunta es para qué necesita el tribunal un obispo moderador, si bastaría con contratar a un administrador, que podría desempeñar las mismas funciones.

Además, esto no es lo más grave, pues si nos tomamos el trabajo de verificar qué es lo que dice el actual Código de Derecho Canónico sobre los tribunales interdiocesanos, encontraremos algo muy distinto a lo que dice Cipriani. Dice el Código:

«En sustitución de los tribunales diocesanos […], varios Obispos diocesanos, con la aprobación de la Sede Apostólica, pueden constituir de común acuerdo un tribunal único de primera instancia para sus diócesis; en este caso, el grupo de Obispos o el Obispo designado por ellos tienen todas las potestades que corresponden al Obispo diocesano sobre su tribunal.» (c.1423 §1)

¿Y cuáles son estas potestades?

«En cada diócesis, y para todas las causas no exceptuadas expresamente por el derecho, el juez de primera instancia es el Obispo diocesano, que puede ejercer la potestad judicial por sí mismo o por medio de otros de acuerdo con los cánones que siguen.» (c.1419 §1)

Tambien se dice que «todo Obispo diocesano debe nombrar un Vicario judicial u Oficial con potestad ordinaria de juzgar» (c.1420 §1) y que «el Vicario judicial constituye un solo tribunal con el Obispo, pero no puede juzgar las causas que el Obispo se haya reservado» (c.1420 §2). Y es evidente que para poder reservarse ciertas causas, es indispensable que el obispo conozca los contenidos de todas las causas abiertas en el tribunal.

En conclusión, un tribunal interdiocesano no puede ser una instancia que actúe al margen de los obispos que lo han constituido y ser gestionado sin injerencia alguna de ellos o del obispo designado para moderarlo, el cual tiene potestad judicial. No hay ninguna ninguna norma que autorice a un tribunal eclesiástico, sea diocesano o interdiocesano, a actuar de manera autónoma.

El responsable último del tribunal interdiocesano de Lima es, por lo tanto, el arzobispo Cipriani, que tiene, según la ley de la Iglesia, las funciones de un juez de primera instancia. Por consiguiente, es su responsabilidad estar al tanto de las denuncias, sobre todo de aquellas que se refieran a delitos graves.

Si bien es cierto que la denuncia contra Figari debía ser remitida a Roma, pues se trata de un miembro de un instituto de derecho pontificio, también es cierto que según directivas vaticanas, al tener conocimiento del contenido de las denuncias, debía haberse atenido a las leyes civiles peruanas —a saber, que el conocimiento de un delito obliga a denunciarlo—, según la Carta Circular del 3 de mayo de 2011 de la Congregación para la Doctrina de la Fe:

«El abuso sexual de menores no es sólo un delito canónico, sino también un crimen perseguido por la autoridad civil. Si bien las relaciones con la autoridad civil difieran en los diversos países, es importante cooperar en el ámbito de las respectivas competencias. En particular, sin prejuicio del foro interno o sacramental, siempre se siguen las prescripciones de las leyes civiles en lo referente a remitir los delitos a las legítimas autoridades. Naturalmente, esta colaboración no se refiere sólo a los casos de abuso sexual cometido por clérigos, sino también a aquellos casos de abuso en los que estuviera implicado el personal religioso o laico que coopera en las estructuras eclesiásticas.»

Asimismo, el cardenal Cipriani tenía una obligación pastoral que no ha cumplido, la de atender personalmente a las víctimas, según lo indicado en una Carta del Papa Francisco del 2 de febrero de 2015:

«Corresponde al Obispo diocesano y a los Superiores mayores la tarea de verificar que en las parroquias y en otras instituciones de la Iglesia se garantice la seguridad de los menores y los adultos vulnerables. […] Los Pastores y los responsables de las comunidades religiosas han de estar disponibles para el encuentro con los que han sufrido abusos y sus seres queridos: se trata de valiosas ocasiones para escuchar y pedir perdón a los que han sufrido mucho.»

El cardenal Cipriani no se ha comunicado con las víctimas ni para consultarles si podía elevar denuncia ante la Fiscalía —como era su deber—, ni para informarles sobre el estado de las denuncias, ni para acogerlas pastoralmente.

O bien ha mentido para salvar su propio pellejo, o ha ignorado las leyes y directivas de la Iglesia, cometiendo negligencia grave al no asumir las responsabilidades estipuladas en el derecho canónico para quien como obispo está encargado de un tribunal eclesiástico interdiocesano.

El resultado ya lo sabemos. Las víctimas quedan desamparadas y los lobos hacen presa del rebaño mientras el pastor se lava las manos como Pilatos.

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Ya son conocidas las polémicas intervenciones y acciones que ha tenido el cardenal Cipriani como arzobispo de Lima. Menos conocidas son sus iniciativas “pastorales” como arzobispo de Ayacucho, documentadas en el libro Cipriani: El teólogo de Fujimori (2000) del periodista ayacuchano Magno Sosa (ver http://www.voltairenet.org/IMG/pdf/LIBRO_MAGNO_SOSA_EL_TEOLOGO_DE_FUJIMORI.pdf).

Allí se relata cómo al principio Cipriani se opuso a la elección de Fujimori como Presidente del Perú —principalmente debido a que éste contaba con el apoyo de un nutrido grupo de evangélicos— y favoreció la opción neoliberal y derechista de Mario Vargas Llosa. Pero cuando Fujimori llega al poder, los papeles se invierten. El 3 de julio de 1992 Fujimori viaja a Ayacucho para participar, junto a Cipriani, en el desfile cívico militar en la Plaza de Armas de Ayacucho y allí le entrega al eclesiástico del Opus Dei un cheque por un millón de nuevos soles para la refacción de las iglesias de Ayacucho. A partir de entonces sólo habría condescendencias de parte de Cipriani hacia el déspota. Como una prostituta, habría vendido sus favores por un monto de dinero.

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FUENTES

Congregación para la Doctrina de la Fe
Carta Circular – Subsidio para las Conferencias Episcopales en la preparación de Líneas Guía para tratar los casos de abuso sexual de menores por parte del clero (3 de mayo de 2011)
http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_20110503_abuso-minori_sp.html

Papa Francisco
Carta a los Presidentes de las Conferencias Episcopales y a los Superiores de los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica acerca de la Pontificia Comisión para la tutela de menores (2 de febrero de 2015)
http://w2.vatican.va/content/francesco/es/letters/2015/documents/papa-francesco_20150202_lettera-pontificia-commissione-tutela-minori.html

RPP Noticias – Diálogos de Fe
Cardenal Juan Luis Cipriani│El voto por voluntad (09/04/2016)

EL CANTO DEL TROVADOR SOLITARIO

"El guitarrista", dibujo del pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín (1919-1999)

“El guitarrista”, dibujo del pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín (1919-1999)

Recibí recientemente un e-mail de un anónimo que había escrito un semblanza mía, con la petición de publicarla en mi blog. Esta persona, cuya identidad no he podido determinar con certeza, me aclaraba que «como premisa, usted no me es del todo simpático, pero eso no significa que tenga un enorme aprecio a su sinceridad y búsqueda honesta de la verdad». Considerando que, si bien he recibido a lo largo de estos años mensajes de aliento y apoyo, también es cierto que no han faltado los mensajes agresivos y difamatorios que —aunque uno no lo quiera— van haciendo mella en el alma, he decidido acceder a su petición. Encontrar reconocimiento después de tantos años de lucha e incomprensiones resulta una bocanada de aire fresco que se agradece. Gracias, estimado autor anónimo, por este hermoso mensaje que reproduzco a continuación.

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EL CANTO DEL TROVADOR SOLITARIO
Autor anónimo

Conocí a Martin Scheuch hace ya varios años, pero al inicio lo único que sabía de él era que muchas de las canciones de Misa que se cantaban en el Sodalicio —especialmente las más hermosas, profundas y distintas— le pertenecían. Por lo tanto, cuando era aún chico admiraba su capacidad de composición y la calidad de sus letras. Ciertamente yo era muy joven —rondaba los 15 años de edad— y sólo sabía que Martin dignificaba a la Iglesia y al Sodalicio con su canto, especialmente con las últimas composiciones que le conocí como “Santo Toribio y el dragón”, “Trabajando” y tantas otras.

Con el paso de los años lo conocí un poco más, aunque únicamente mediante el diálogo sobre temas de común interés, buscando comprender y escrutar la realidad. Usualmente mi posición era siempre al inicio discordante, en parte por la manera cruda o el humor negro que un tanto lo caracterizaban tal vez por su herencia familiar, pero era imposible no percibir la agudeza de su pensamiento. Asimismo, el diálogo era siempre abierto y él cambiaba de parecer si los argumentos, sobre todo los hechos, eran verificados. Criticaba en él que esperaba demasiado de la gente, y su tozudez de no aceptar la incapacidad de quien tenía al frente, pero esta tozudez y obsesión era tema del Sodalicio, que lo había marcado realmente como a un esclavo, al cual con fierro caliente le habían marcado la piel, pero de su alma. Así dediqué muchas horas de mi vida a escucharlo con su suma atención y contrasté con él miles de ideas y reflexiones, y tal vez con algo de mayéutica liderada por Martin, se fue vislumbrando un claro perfil de lo que significada el Sodalicio en su complejidad, en cuyo nombre hay una clave programática del todo discutible, pero ése es otro cantar.

Me consta que por durante años Martin no quiso hacer pública sus reflexiones, y como cristiano, buscó primero al hermano —literalmente— y a otros hermanos de su comunidad para corregir, hablar, explicar, pero no fue comprendido, pues posiblemente el hermano estaba capturado por una manera de pensar que le hacía imposible captar lo que decía Martin. Asimismo, me consta que él trató por muchos medios de ser escuchado, habló y contactó personas vinculadas al Sodalicio —de hecho su mismo hermano era una persona de suma importancia y responsabilidad en el Sodalicio—. El hecho es que no fue escuchado y mucho menos comprendido.

Me consta también que yo le decía: «Martin, esto debe saberlo la Santa Sede». Martin buscó a muchos, habló con un sacerdote, pidió consejo, habló con su conciencia, y ésta —como era de esperarse— no podía callar dado el tremendo error que él veía al frente. Así, Martin fue escribiendo sobre diversos temas, y fue enfrentando esa doctrina del “pensamiento único”.

La primera censura que recuerdo fue cuando se opuso en un Yahoo Group del Movimiento de Vida Cristiana en Estados Unidos (CLMUSA) a las opiniones —muy parecidas al protestantismo fundamentalista— sobre el voto republicano vs. democrático, y Martin tan sólo expuso la doctrina católica con citas con punto y coma. Recuerdo que lo vetaron en dicho foro. También se enfrentó a ACI Prensa por su amarillismo católico, crítica que le valió no pocos insultos y nuevamente ser criticado por muchos, señalado como loco, irresponsable e incluso traidor. El tema de fondo aún no tenía el valor de explicitarlo. Pero el canto venía por dentro, el dolor y la impotencia también.

Así, procedió a crear su primer blog, La Guitarra Rota, un espacio del todo personal del compositor de posiblemente una gran cantidad de canciones cantadas por el Sodalicio en una época. En dicho blog —leído por poquísimos— daba su protesta de cómo la ideologia sodálite, en el ámbito artístico, había acallado la manifestación del alma del artista. Este blog le valió muchos problemas con su hermano y familia, y quisieron acallar este más que humilde blog, pero el seguía manifestando su crítica —silenciosa y privada— ante lo que veía, pero no fue escuchado.

Así, el tiempo fue pasando, y su reflexión se fue ahondando, hasta que llegó el tiempo en que otros que intentaban ser escuchados eran acallados, y decidieron en honor a la verdad hacer públicas las críticas con gran temor de lo que podía significar en términos de sufrimiento personal, familiar y profesional. Así surgió el simple blog Las Líneas Torcidas, que tenía una claro destinatario en mi opinión: el Sodalicio, al cual como profeta le cantaba y gritaba denunciando dentro de la institución la presencia también de una ideología de auténticos “lobos rapaces”, especialmente en lo referido al pensamiento del fundador, y él denunció este sistema de pensamiento como un estilo fascista alejado de la doctrina católica y describiendo un perfil del todo oscuro de su fundador.

Su canto, como siempre, era el de un notable compositor, con pocos errores y acordes disonantes como para que aquellos con simple oreja pudieran claramente comprender. Así, Martin perfilo la ideología de Figari, su daño causado a muchos y su lejanía de la doctrina católica, la cual Martin —como licenciado en teología y profesional en la materia— sabía bien que no correspondía a la enseñanza cristiana, como hoy indica con gran honestidad la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación, la misma —no olvidemos— que fue convocada por el Sodalicio, lo cual indica, —queramos o no— que al menos un grupo al interior desea un cambio sincero, pero se encuentra en la encrucijada creada por el genio e ingenio de Figari, y sus tentáculos de poder, sobre todo en la mente.

Hoy Martin por enésima vez ha sido considerado por algunos un tipo que «está mal y sigue criticando», que «posiblemente está algo loco», o que «es un amargado», pero se han olvidado de que Martin sigue siendo el muchacho que siempre quiso cantar y expresar su profundo anhelo de libertad y de justicia.

Lo cierto es que el Sodalicio tiene un gran deuda con Martin en cinco aspectos: (1) por el daño que le ha causado sobre todo a su realidad familiar, típico del Sodalicio de Figari; (2) por el daño económico que le ha causado al no ayudarlo a insertarse luego de salir de comunidad, pues era crítico con la institución; (3) por el daño a su buen nombre, ya de larga data vejado; (4) si aplica, por los derechos de autor de sus canciones nunca compensadas que yo sepa; (5) por el enorme bien que sus reflexiones, por lo que su “nuevo canto” ha ofrecido y ofrece al Sodalicio. Si no fuera por este nuevo canto de Martin, estoy más que seguro de que la verdad no se hubiera esclarecido de manera tan evidente. Son muchos —junto con otras personas como Rocío Figueroa, Pedro Salinas y muchos cuyos nombres no conocemos— quienes han contribuido consciente o inconscientemente con la Iglesia a desterrar lobos rapaces. De este grupo Martin es alguien a quien el Sodalicio y muchos de sus miembros pasados, presentes y futuros le deben muchísimo. Espero que Martin sea compensado moral y económicamente.

Finalmente, deben saber que su canto no podrá ser acallado. Si no, no sería Martin. Y él sigue criticando pues ve que la institución, al menos por lo que se percibe a través de sus comunicados bien intencionados, aún no sale del gravísimo sistema creado por Figari, donde —como en Momo, aquella historia de Michael Ende— los hombres grises se roban el color de la vida.

Sodalicio, escucha también a Martin. Acógelo. Déjate ayudar por él, que —aunque crítico— busca tu bien. Son pocos aquellos capaces de captar lo que él ha visto, sustentado y documentado diría científicamente. Él puede ayudar sinceramente, aunque este comentario pueda parecerte iluso, pero no lo es, pues se subestimó su fuerza, y aquí lo tienen: la verdad le dio la razón.

Finalmente éste también es el reconocimiento a una víctima del Sodalicio, que le ha dado y le sigue dando mucho más de lo que éste puede imaginar. Agradézcanselo, pues sigue buscando su bien.

LA PARANOIA SODÁLITE

paranoia

En los últimos días han aparecido en videos algunos miembros de la cúpula sodálite —Alessandro Moroni, Rafael Ísmodes, José Ambrozic, Gianfranco Zamudio— para explicar las medidas que está tomando el Sodalicio con el fin de salirle al encuentro a las víctimas de abusos y reformar la institución —lavándole de paso la cara— .

Todo muy correcto y aceptable. Pero hay algo que me resulta inquietante y perturbador. Todos los presentadores utilizan el mismo estilo de vestimenta, camisas o polos de colores parecidos y pantalones ídem. Y utilizan gestos muy similares al leer sus comunicados.

Está muy bien revisar formas de pensar, prácticas habituales, procedimientos, organización, gobierno, usos y costumbres de la institución, ¿pero de qué sirve si todo este sistema ha podido afectar la psique de sus miembros, al punto de que muchos ex sodálites han tenido que someterse a tratamientos psicoterapéuticos?

Esto resulta preocupante cuando se comprueba que los síntomas de la paranoia serían aplicables a sodálites en actividad:

El afectado expresa una creencia con una persistencia o fuerza inusual, que ejerce una influencia excesiva, alterando su vida hasta extremos inexplicables. Habitualmente hay un cierto secretismo cuando se le pregunta sobre el tema. El individuo suele ser hipersensible respecto a su creencia, que tiene un carácter de centralidad y es aceptada sin cuestionamiento crítico. Si se intenta contradecir su creencia, es probable que se suscite una fuerte reacción emocional, a menudo con irritabilidad y hostilidad. La idea delirante ocupa gran parte del tiempo del afectado y abruma otros elementos de su psique, conduciendo a menudo a comportamientos anormales y fuera de lugar.

¿Habrá una revisión psicológica de los sodálites?

(Columna publicada en Exitosa Radio-Diario-TV-Web el 16 de abril de 2016)

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El Dicionario de la Real Academía Española define la paranoia como la «perturbación mental fijada en una idea o en un orden de ideas» (ver http://dle.rae.es/?id=Rs233t2).

Asimismo, el psiquiatra español Enrique González Duro señala en su libro La paranoia (1991) que «el pensamiento paranoide es rígido e incorregible: no tiene en cuenta las razones contrarias, sólo recoge datos o signos que le confirmen el prejuicio, para convertirlo en convicción» (ver https://es.wikipedia.org/wiki/Trastorno_delirante).

Si bien es prematuro concluir que el Sodalicio sufre de una paranoia colectiva, estos datos deberían bastar para poner en alerta a los responsables, de modo que realicen las consultas pertinentes con reconocidos psicólogos independientes que les ayuden a llegar a un diagnóstico. Pues sin diagnóstico será imposible corregir las desviaciones de una institución enferma.

MI HERMANO SODÁLITE

erwin_scheuch

Cuando yo vivía en comunidades sodálites, mi máxima prioridad era el Sodalicio. Si bien se nos había inculcado que nuestra principal preocupación debía ser alcanzar la santidad conformándonos con el Señor Jesús y estar al servicio de la Iglesia en un espíritu de caridad y de amor, este fin no se concebía fuera de la institución, de modo que todo mi mundo terminaba girando en torno al Sodalicio. El Sodalicio era aquello por lo había que luchar, aquello que había que defender a toda costa, aquello por lo que había que entregar la vida. Para un sodálite no existe la posibilidad de una existencia fuera del Sodalicio, y salirse de él implica la muerte espiritual y la amenaza de una infelicidad perpetua tanto en este mundo como en el más allá.

Para implantar una mentalidad así, el Sodalicio maneja un concepto tan estrecho y rígido de vocación, que termina atentando contra la libertad de decisión de las personas. En el momento en que a una persona se le inculca que tiene vocación sodálite, se le enseña que seguir otro camino constituiría una traición al destino querido por Dios para uno mismo. De ahí que la identificación de los sodálites con el Sodalicio sea tan fuerte. No conciben sus vidas fuera del Sodalicio y su desaparición implicaría la anulación del sentido de sus existencias.

Eso explica por qué en la mayoría de los casos de individuos que se han separado del Sodalicio han habido graves crisis personales con momentos de depresión y desesperación, incluso a veces acompañados de pensamientos suicidas.

Hago esta breve introducción para que se entienda la situación de mi hermano Erwin Scheuch, a quien —cuando aún éramos adolescentes— lo invité a participar de actividades que permitieron que otros sodálites le hicieran proselitismo. Actualmente forma parte de la cúpula sodálite, se siente plenamente identificado con el Sodalicio y ha actuado siempre en consecuencia, defendiendo la institución a rajatabla. Sé que eso le ha traído más de un conflicto interior, pues no siempre le ha sido posible conciliar las obligaciones que se derivan de vínculos familiares con la dedicación absoluta y absorbente que exige el Sodalicio, así como también a mí me resulto difícil este asunto cuando yo era un sodálite de comunidad hecho y derecho.

Y esa mentalidad que pone el Sodalicio por encima de todo no se esfumó de la noche a la mañana cuando salí de comunidad e inicié mi recorrido por los caminos cotidianos de este mundo. A manera de anécdota, puedo contar que cuando José Enrique Escardó publicó sus primeras denuncias en la columna El Quinto Pie del Gato en la revista Gente, que dirigía su padre Enrique Escardó, yo le escribí un e-mail defendiendo al Sodalicio. Cómo yo era lo suficientemente inteligente como para no negar lo evidente —pues me constaba que los incidentes narrados eran ciertos—, le argumenté que estaba sacando los hechos de su contexto, pues no mencionaba todos los momentos buenos y gratificantes que también se vivían en las comunidades sodálites. Además, le argumentaba que nunca iba a poder probar que los hechos que señalaba habían ocurrido realmente.

Lamentablemente, no guardo copia de ese e-mail ni de la respuesta de Escardó. Tal vez José Enrique sí guarde copias y le agradecería que me las pueda suministrar, si es que aún las tiene. De lo que sí estoy seguro es de que en ese momento José Enrique se presentaba en mi mente formateada —al igual que en la mente de la mayoría de los sodálites— como un enemigo de la fe que había que neutralizar. Y si bien para mí no todos los métodos eran lícitos para conseguir ese objetivo, hubo sodálites que no dudaron en aplicar medios de dudosa moralidad, como José Antonio Eguren, actual arzobispo de Piura y Tumbes, que mintió descaradamente diciéndoles a un grupo de adherentes (sódalites casados) que todo lo que Escardó contaba era mentira, o el P. Jaime Baertl, que amenazó a la dirección de la revista Gente con que les iban a cortar la publicidad si José Enrique seguía publicando artículos sobre el Sodalicio.

En ese entonces yo daba clases en el desaparecido Instituto Superior Pedagógico “Nuestra Señora de la Reconciliación”, gestionado por el Sodalicio, y cometí el error de contarle a un sodálite de comunidad —el cual también enseñaba allí— que le había escrito un e-mail a Escardó. Esa misma noche recibí una llamada telefónica de mi hermano Erwin para llamarme la atención en tono enérgico y agresivo por haberle escrito a Escardó, cuando la estrategia que había decidido la cúpula sodálite y que había sido difundida por consigna era mantener silencio e ignorar a Escardó. Como se haría posteriormente de manera sistemática cada vez que los medios informaran de manera desfavorable al Sodalicio. La falta de transparencia como muro de contención. Lo más insólito de todo esto es que no mostró ningún interés en saber los contenidos de mi e-mail, sino que lo único que le interesaba era que yo me atuviera a las indicaciones que se habían dado —y que yo desconocía hasta ese momento—. Por supuesto, todo esto me supo a chicharrón de sebo, pero aún así defendí mi posición y mi derecho a expresarme libremente sin tener la obligación de seguir consignas absurdas.

Cuando decidí migrar Alemania, mi intención era entonces contribuir a que la Familia Sodálite pudiera expandirse hacia tierras germanas. Mi hermano Erwin me dio los datos de contacto del P. Ulrich Lemke, un párroco de la ciudad de Wuppertal que era y sigue siendo amigo de algunos sodálites, con el fin de que me ayudara a asentarme en el país. Pero antes de partir, me dijo una frase que me hizo sentirme agente de Misión imposible: «Si haces una de las tuyas, nosotros no te conocemos». No sabía exactamente a qué se refería con “una de las tuyas”, pero eso me hizo darme cuenta de que yo estaba entrando poco a poco en la categoría de persona non grata para la Familia Sodálite debido a mi espíritu crítico y a mis aires de independencia.

Hasta el momento no había querido hablar expresamente de mi hermano Erwin, pero me veo forzado a hacerlo debido a algunos comentarios que ha dejado en Facebook que no se ajustan del todo a la verdad. Si bien Erwin ha tenido actuaciones desafortunadas en ocasiones en que los medios han informado críticamente del Sodalicio, como por ejemplo en el caso del testimonio de Jason Day, aun así no poseo la certeza de que tenga malas intenciones o de que actúe de mala fe. Ocurre simplemente que el formateo mental que se ha solido practicar en el Sodalicio es tan fuerte, que obstaculiza una visión crítica de la propia institución y hace que los mecanismos de defensa se activen en piloto automático. Como ocurre de manera similar con cualquier persona que haya sido captada por un grupo sectario. Esta consideración es importante para entender por qué pone lo que pone en su cuenta de Facebook. He aquí el mensaje completo (ver https://www.facebook.com/erwin.scheuch/posts/1179541652078338).

Siempre me he abstenido de hablar de mi hermano en público, pues me duele profundamente su situación, he tratado de comprenderla y aliviarla con los medios a mi alcance, como son testigos sodálites, mis amigos y familiares. Pero creo que el testimonio que pongo abajo del P. Jorge Olaechea Catter, amigo también de mi hermano, expresa muy bien lo que siento y vivo.

Rezo por Martín, su esposa Maria Eleana (quien es testigo de mis esfuerzos) y mis sobrinos, y estoy dispuesto a hacer todo lo que está a mi alcance para aliviar el dolor que mi hermano expresa en sus escritos. Y pido a Dios que sea capaz de perdonarnos por cualquier sufrimiento que pueda yo, o algún hermano de comunidad, haberle infligido. Les pido también sus oraciones para que lo que no calmamos nosotros pecadores lo pueda calmar Dios.

Jorge Olaechea Catter
10 de abril

Me ha dolido y hecho pensar mucho el último post de Martín Scheuch en su blog “Las líneas torcidas”, que leo frecuentemente porque considero a Martín (desde hace muchos años, cuando fue mi profesor en San Bartolo) un amigo, y una persona brillante y de gran corazón. Sin embargo el último post me cuestionó profundamente:

1. Martín afirma que ha tenido que enterarse de que se le está pidiendo perdón “de manera colectiva e impersonal y no a través de una comunicación personalizada”. Que es algo que muchos están repitiendo ahora, después del pedido de perdón de Sandro. Pero yo mismo le escribí a Martín en octubre del año pasado, como miembro del Consejo superior, ofreciéndole mi ayuda para llevar su testimonio a la comisión y pidiéndole perdón. Y tuvimos un intercambio muy amistoso de mails, donde eso estuvo completamente presente.

2. No voy a entrar en el mérito de cada una de las preguntas que hace Martín después, algunas ya las respondieron otros, como el p. Marcio, y otras él mismo las ha corregido luego por darse cuenta de que eran incorrectos los datos que tenía (como que hayamos mandado gente afuera para encubrirla, que es lo que se insinúa obviamente). Pero me cuestionan las preguntas mismas: siempre que he pensado en Martín y en sus escritos, en mí estaba la pregunta ¿qué bien está buscando, qué bien quiere hacer con esto? Sé que algunos dirán que soy ingenuo, pero lo repito: yo conozco personalmente a Martín, he ido a visitarlo a su casa en Alemania más de una vez, conozco a su esposa y a sus hijos, nos hemos reído juntos, hablado de que el mejor grupo de música peruana es Leusemia en su época progresiva y compartido nuestros gustos musicales (ambos muy exóticos), y como le dije hace unos días a la misma María Eleana: los cuatro están en mis oraciones y ofrecimientos cada día, y lo van a estar siempre.

3. Pero en el último post simplemente me fue imposible ver el bien que Martín estaba buscando: no vi su brillantez, sino el deseo de sembrar duda, de sembrar desconfianza, y la última “pregunta” me dio la clave: no se trata de las personas sino del “sistema”. Eso me hizo pensar y tener una especie de “epifanía” acerca de por qué, estando tan de acuerdo con Martín sobre muchos puntos críticos de nuestra historia sodálite, creo que está tan radicalmente equivocado. Yo no conozco un “sistema” sodálite, como él repite y como obviamente otros repiten para arriba y para abajo con él… Conozco una mínima comunidad, de verdad enana para lo que es la Iglesia universal, con muchos defectos en muchos puntos de vista, hemos sido soberbios, nos hemos creído lo máximo, hemos “canonizado” o “guruizado” a personas, y toda la lista que conocemos porque nos la repiten una y otra vez últimamente. Lo acepto y me apena. Pero no somos un “sistema”. Hemos tenido hábitos, hemos tenido una cultura interna, hubo modos de proceder, unos malos otros buenos, pero esto no es un “sistema”, sino una comunidad de personas.

4. Espero que mi testimonio pueda iluminar a algunos. Me considero medianamente inteligente y quiero a Jesús con todo mi corazón, por lo que no pienso que nadie me ha lavado el cerebro ni se lo pienso lavar a nadie, me quedo en el lugar donde me quedo porque creo que aquí Dios me ha llamado, personalmente, a una comunidad, no a un “sistema”. Sé que hay muchísimo por mejorar y reformar, como el mismo Sandro ha dicho con claridad. Pero espero que las personas que hoy nos repiten que tenemos “que desaparecer” (porque seamos sinceros, de eso se trata al final, por más que nos digan que “hay personas buenas, etc.”, se trata de desaparecer el SCV) se den cuenta de que aquí hay personas que creen en Dios y en la Iglesia, pecadores que queremos llegar, con la gracia de Dios, un día al cielo.

Concluyo diciendo que no quiero hacer de esto algo personal sobre Martín. Veo con dolor y desconcierto, aunque también lo entiendo, cómo muchos que he conocido personalmente, con los que he compartido muchísimas cosas buenas de verdad, hoy están dando sus opiniones y sus experiencias, que respeto mucho, en entrevistas o escribiendo, pero dando una versión de lo que yo viví que simplemente no es real. He tratado de buscar a varios, y los voy a seguir buscando, no para excusar los errores del Sodalicio (tan sonso no soy), sino para decirles una cosa muy sencilla: aquí me tienen hermanos, sigo siendo yo mismo, el que conocieron hace tiempo, hoy me toca ser parte de la “cúpula” (y me río mucho cuando leo esa expresión): perdón personalmente por lo que hayan sufrido y aquí estoy para lo que puedan necesitar de mí.

Lamentablemente me toca chambear en mil cosas porque somos menos y no siempre tengo todo el tiempo que quisiera para llamarlos, conversar, retomar la amistad, contarles de mi vida, saber de la de ustedes. Pero en todo lo que pueda, aquí estoy. Cada día, como Martín, está cada uno de ustedes en mis oraciones, en mis ofrecimientos, y muy especialmente en la Eucaristía. Busquemos juntos el bien y la verdad, no sembrar desconfianza y sospecha para “abatir un sistema”. Hay más que eso en el Sodalicio que tanto quiero.

Un abrazo,
P. Jorge (Rolo)

A continuación, mis aclaraciones.

¿Qué situación mía es la que le puede causar tanto dolor? Sigo siendo católico, miembro vivo de la Iglesia, admirador del Papa Francisco y una persona abierta generosamente al diálogo. ¿Le apena que en este momento esté pasando por un bajón laboral y esté buscando trabajo? Ya he estado en el pasado en circunstancias similares y he salido adelante, sin que mi hermano haya hecho nada para aliviar mi situación. ¿A qué situación se puede referir? Lo único que se me ocurre es el hecho de que yo haya realizado una disección crítica del Sodalicio a través de mis escritos, que es algo con lo que le cuesta confrontarse. Y eso a él le debe causar dolor, el cual proyecta psicológicamente sobre mí, pues yo no soy una persona que viva abatida por el sufrimiento ni que se niegue a asumir los retos y dificultades de la vida con esperanza.

Ademas, que yo recuerde, él nunca me ha preguntado si yo vivo agobiado por el dolor, ni tampoco es esto lo que reflejan mis escritos. Tal vez es algo que sí estuvo presente en los primeros escritos que elaboré como un ejercicio de catarsis (ver SODALITIUM 78: PRIMERA ESTACIÓN, OBEDIENCIA Y REBELDÍA, SODALICIO Y SEXO), pero de ahí en adelante lo que me ha inspirado es la libertad de los hijos de Dios y el deseo de entender lo que he vivido para que otros no tengan que pasar por lo mismo, asumiendo esa misión con coraje y sin miedo. En mí hay poco que aliviar, pero pienso que mi hermano debería aliviar su mente de prejuicios, condicionamientos, estrecheces y paternalismos sentimentales.

He de recalcar que mi hermano Erwin no tuvo nada que ver con mi distanciamiento definitivo del Sodalicio, el cual comenzó a fraguarse con la detención de Daniel Murguía en octubre de 2007 y tomó la forma de una decisión rotunda a lo largo del año 2008. Después de la reflexión que hice —que me tomó bastante tiempo y me costó sangre, sudor y lágrimas—, llegué a la conclusión de que el sistema sodálite —constituido por la ideología o pensamiento, el estilo y la disciplina— era una bomba de tiempo que en cualquier momento les podía estallar en la cara, pues generaba tal presión sobre los individuos, que podía desembocar en una sexualidad descontrolada o inducir a una doble vida. Así se lo comuniqué en enero de 2010 durante una breve visita a Lima, pero más que mostrar interés en los análisis que había hecho, se preocupó obsesivamente en saber con quién más había compartido estas reflexiones, las cuales rechazó de plano como no conformes con la realidad. Insistió en que, como yo había vivido tanto tiempo en Alemania, no conocía cómo era el Sodalicio en realidad.

Posteriormente, intentaría en vano hacerme desistir de publicar mis reflexiones primero en mi blog LA GUITARRA ROTA y luego en mi blog LAS LÍNEAS TORCIDAS (ver EL SODALICIO CONTRA LA GUITARRA ROTA y EL SODALICIO CONTRA LAS LÍNEAS TORCIDAS), utilizando argumentos de tipo sentimental, como que no yo sabía el daño que estaba haciendo a tantas personas buenas y que yo estaba pecando contra la honra y el respeto debido a las personas que mencionaba. O que si yo me había divorciado del Sodalicio, era desleal de mi parte hablar mal del cónyuge con quien había estado casado.

Erwin se dedicó a alimentar la versión de que lo que yo estaba haciendo es vertir mi despecho hacia el Sodalicio en lo que escribía, y algunos familiares míos llegaron a creer que el asunto de mis escritos sobre la institución sodálite se reducía a un mero conflicto personal entre Erwin y yo. Y la verdad es que Erwin no jugó ningún papel en la decisión que tomé de escribir al respecto. El tema en sí mismo revestía tal gravedad, que debía dejar de lado el hecho de que mi propio hermano estuviera comprometido con la institución y asumir las consecuencias como un daño colateral. Como decía Aristóteles, «soy amigo de Platón, pero soy más amigo de la verdad».

Reflejo de esta situación es lo que declaré al diario La República en una entrevista que le concedí en junio de 2013 (ver ENTREVISTA SOBRE EL SODALICIO):

«Ningún familiar mío aprueba que yo escriba sobre el Sodalicio en mi blog. Y si alguno se siente afectivamente vinculado al Sodalicio, argumenta que la institución hace mucho bien a muchas personas, y que es desleal de mi parte socavar todas esas cosas buenas y perjudicar a quienes con buenas intenciones han redescubierto la fe y la Iglesia a través del Sodalicio. Y no dejo de darles la razón en que el Sodalicio tiene cosas buenas. Yo mismo lo he reconocido en mi post ELOGIO DEL SODALICIO. Sin embargo, no se puede argumentar legítimamente en contra de los aspectos cuestionables que yo señalo sacando a relucir las buenas obras del Sodalicio. Pues lo uno no quita lo otro. A través de sus buenas obras ayudan a muchas personas, pero a través de las prácticas que yo he sacado a relucir, han hecho mucho daño, marcando psicológicamente a muchos de por vida, llevando a algunas personas incluso al borde de la desesperación. Y eso no se puede permitir, ni se debe encubrir. Los problemas personales con esos familiares cercanos son el precio que tengo que pagar por seguir un dictado de conciencia. Y confieso que no es fácil.»

Comprendo la situación de mi hermano, pues yo mismo he estado en una situación similar cuando era miembro del Sodalicio y estaba dispuesto a defender la institución a capa y espada contra todo aquel que tuviera la más mínima crítica contra ella. Por eso mismo, lo perdono por haber intentado evitar que yo siga publicando —incluso hasta unos pocos meses antes de la publicación de Mitad monjes, mitad soldados cuando me visitó en mayo del año pasado— con el argumento de que yo era incapaz de darme cuenta del daño que estaba haciendo a tantas personas de buena voluntad y que mi supuesta falta de empatía podía deberse a que yo padecía el síndrome de Asperger. Acordamos que los contenidos de nuestra conversación debían mantenerse en el ámbito privado, y yo cumplí lo acordado. Sin embargo, en octubre de 2015, un tal Roberto que se hacía pasar por psicólogo puso un comentario en mi post SILENCIANDO A LOS INOCENTES, contando el caso de un supuesto paciente cuya historia coincidía a grandes rasgos con la mía pero interpretando todo en clave de síndrome de Asperger. Era justamente de eso de lo que Erwin me había hablado en mi propia casa, y yo amablemente le había seguido la corriente sin contradecirlo. Incluso tuve el gesto de comprar y leer el libro que él me había recomendado: Very Late diagnosis of Asperger Syndrome (Autis Spectrum Disorder): How Seeking a Diagnosis in Adulthood Can Change Your Life, Philip Wylie, Jessica Kingsley Publisher 2014. Sólo habían dos explicaciones para ese comentario: o Erwin no había mantenido el acuerdo de confidencialidad, o se trataba de una estrategia acordada por la cúpula sodálite a fin de neutralizarme y Erwin era simplemente el ejecutor.

Hasta ahora Erwin no me ha pedido perdón en nombre de la institución por todos los abusos y atropellos concretos de los cuales fui víctima y que he ido detallando en este blog a lo largo de tres años. Tampoco le voy a exigir que lo haga, pues se trata de un asunto de conciencia, que le hace bien tanto a la persona que toma la iniciativa de pedir perdón como a aquella que perdona. Sé del tremendo esfuerzo que debe haberle costado escribir una frase tan génerica de petición de perdón como la que pone en su mensaje: «Y pido a Dios que sea capaz de perdonarnos por cualquier sufrimiento que pueda yo, o algún hermano de comunidad, haberle infligido».

A mí me basta con haber perdonado y no le guardo ningún rencor ni resentimiento, y con gusto lo volvería a recibir en mi casa. Lo único lamentable es la distorsión que genera la existencia del Sodalicio, que se interpone de manera tan tóxica en las relaciones familiares, pues para un sodálite suele ser de suma importancia la posición respeto al Sodalicio que tenga la persona con la cual se relaciona. Y le resulta extremadadamente difícil hacer abstracción de ello.

Por otra parte, perdonar no significa guardar silencio. La memoria de todo lo que hemos vivido en el Sodalicio hay que mantenerla viva, pues es la única garantía de que la historia no se vuelva a repetir. Por eso mismo, rechazo las acusaciones de quienes no creen en mi perdón por el hecho de seguir sacando a la luz los aspectos cuestionables de una institución que, junto con el bien que ha hecho, también ha ocasionado mucho daño.

Respecto al P. Jorge Olaechea, es un amigo de buen corazón al cual aprecio mucho y contra el cual no tengo ninguna queja. No sé cuándo fue la última vez que nos visitó en Alemania, pero —si no me falla la memoria— fue antes de que yo me desvinculara interiormente del Sodalicio en el año 2008. Anteriormente había compartido con él muchas de las reflexiones críticas que yo hacía, pues siempre me ha inspirado confianza.

En octubre de 2015, poco después de la publicación del libro de Pedro Salinas y Paola Ugaz, mantuvimos un intercambio de correos electrónicos, donde me decía: «Te pido por favor que todo esta comunicación quede entre tú y yo. Que no se haga pública. Confío en tu palabra». Y he cumplido mi palabra de no mencionar esta correspondencia electrónica hasta ahora, en que el P. Jorge la menciona, echándome en cara que ya me había pedido perdón como miembro del Consejo Superior del Sodalicio. Sus palabras textuales en ese entonces fueron éstas: «Y por lo que me corresponde o pueda hacer te pido perdón y te ofrezco mis oraciones, que nunca se han detenido en estos años». Que me perdone, pero considerando que me pidió mantener en secreto nuestra conversación, yo no entendí estas palabras como una petición oficial de perdón por parte del Sodalicio, sino solamente como una iniciativa personal suya que mostraba su calidad humana, de la cual nunca he dudado.

Si bien él fue el primero al que le envié por e-mail mi denuncia, antes de que se formara la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación, dado que no pasaba nada y el P. Jorge no se había vuelto a comunicar conmigo, decidí a fines de diciembre de 2015 enviar mi denuncia por correo ordinario y electrónico directamente a los miembros de la Comisión. Sólo entonces se comunicaron conmigo para invitarme a absolver sus preguntas vía Skype.

Sólo quiero recordarle al P. Jorge, a fin de aclarar sus ideas, unas palabras que pronuncié en junio de 2013: «el problema no son las personas —por lo menos la gran mayoría, diría yo— sino el sistema mismo y la ideología que lo sustenta, que permite y justifica los abusos que he detallado” (ver ENTREVISTA SOBRE EL SODALICIO). El mismo P. Jorge señala en su reciente mensaje: «Hemos tenido hábitos, hemos tenido una cultura interna, hubo modos de proceder, unos malos otros buenos, pero esto no es un “sistema”, sino una comunidad de personas». Veo que la discrepancia estriba más bien en un problema de nomenclatura y no de fondo, pues precisamente a la cultura interna con sus procedimientos, organización, gobierno, usos y costumbres, a lo cual se puede añadir la ideología o espiritualidad (interpretación propia de los contenidos de la fe cristiana) es a lo que yo llamo “sistema”. Este “sistema” puede ser reformado o desaparecer en caso de ser diagnosticado como irreformable. Pero eso no significa la desaparición de las personas, tanto personal como colectivamente, pues el Sodalicio es solamente un medio, y lo que más importa para quien sigue una vocación cristiana es la pertenencia a la Iglesia, la participación en el Cuerpo vivo de Cristo.

La absolutización del Sodalicio, considerándolo como una realidad cuya desaparición no se ve como posibilidad, nos puede cegar a la realidad de que lo más importante como cristianos y católicos es el seguimiento de Cristo y la participación en la vida de la Iglesia. Y a veces es mejor desechar el barco averiado cuando hace agua por todas partes y construir uno nuevo. Si se quiere, se pude utilizar para ello las partes sanas que se ha podido rescatar del barco antiguo.

Me vienen a la memoria unas palabras de un texto que publiqué en enero de 2013 (ver SODALICIO Y SEXO): «Parecía como que él y el Sodalicio formaran una sola cosa —a semejanza de lo que ocurre con el colectivo de los borgs en una de las películas de la serie Star Trek—. El Sodalicio se había convertido en una entidad que debía quedar indemne a toda costa, y las personas concretas pasaban a ocupar un segundo lugar». Asimismo, en diciembre de 2012 le escribí a mi hermano Erwin: «El Sodalicio es un medio de pertenecer a la Iglesia, de utilidad para muchas personas, pero no debe ser absolutizado, pues su existencia y las vicisitudes por las que pasa no deben hacernos olvidar que lo más importante son las personas y que, a fin de cuentas, si están unidas al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, importa un bledo lo que le pase al Sodalicio, que puede entrar en un período de decadencia y desaparecer». ¿Y cuál es la solución? No sé, pero como ejercicio puede ayudar la repetición meditativa del siguiente mantra espiritual: «Yo no soy el Sodalicio, yo no soy el Sodalicio, yo no soy el Sodalicio…»

A Erwin y al P. Jorge les deseo que las medidas que están aplicando sean efectivas. Sólo el tiempo lo dirá. La labor es cuesta arriba y el éxito no está garantizado. Y recuerden que la auténtica fraternidad en Cristo no se cimienta sobre lo que le pase a una institución contingente y perecible, sino sobre la comunión en Cristo que hace que constituyamos un solo Pueblo de Dios, formado por entrañables hermanos de sangre y barro en peregrinación hacia la Casa del Padre.

PREGUNTAS INCÓMODAS A ALESSANDRO MORONI, SUPERIOR GENERAL DEL SODALICIO

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¿Por qué tengo que enterarme de que se me está pidiendo perdón de manera colectiva e impersonal y no a través de una comunicación personalizada?

¿Por qué el P. Jean Pierre Teullet, quien tomó posición a favor de las víctimas, se separará del Sodalicio, y ya ha sido acogido por el P. Guillermo Leguía, quien descubrió su vocación sacerdotal en el Sodalicio pero decidió seguirla fuera de él?

¿Por que el P. Marcio Paulo de Souza, sacerdote sodálite brasileño, ha pedido licencia, paso previo a salirse de la institución?

¿Por qué Mons. Kay Schmalhausen, obispo sodálite y actual prelado de Ayaviri, ha solicitado lo mismo y se ha mudado de una comunidad sodálite al seminario de la prelatura?

¿Por qué el P. Jaime Baertl ha sido enviado a Estados Unidos, Óscar Tokumura a Argentina y Eduardo Regal a Colombia?

¿Por qué al día siguiente de tu mensaje se publica en la página web de la Familia Sodálite un video de jóvenes pintones con vestimenta muy parecida —el mismo estilo de pantalón y polo, y todos con las mismas sandalias—, dando impresión de cerebros lavados, hablando maravillas del Sodalicio en un lenguaje estandarizado, en lo que parece ser propaganda vocacional y un burdo intento de lavada de cara de la institución? Yo también tuve hace tres décadas la misma pinta —al parecer, la moda sodálite no evoluciona— y hubiera dicho con las mismas palabras exactamente lo mismo.

¿Sabías que yo no fui propiamente víctima de Figari sino de toda una estructura ideológica y disciplinaria? ¿Cuánto tiempo necesitarán para darse cuenta de que el problema no consiste en casos aislados sino en el sistema mismo?

(Columna publicada en Exitosa Radio-Diario-TV-Web el 9 de abril de 2016)

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Tras meses de lucha, me derrumbé emocionalmente cuando oí que se expulsaba a Luis Fernando Figari del Sodalicio y se le declaraba persona non grata. La decisión, correcta aunque tardía, me parece insuficiente e incongruente con la manera de actuar que ha tenido el Sodalicio hasta hace poco.

Tras la publicación de Mitad monjes, mitad soldados, se inició una partida de ajedrez, donde los responsables del Sodalicio, sabiendo que la caída del rey era inevitable, comenzaron a mover sus fichas a fin de llegar a una posición de tablas (empate). Lo insólito es que la cúpula del Sodalicio sabía mucho antes de la publicación del libro de los abusos cometidos por Figari y no hicieron nada al respecto. El mensaje reciente suena a qué han visto que el jaque mate era inminente, y han decidido sacrificar al rey con el fin de salvar el honor de la institución.

En el mensaje de Moroni no percibo empatía con las víctimas, pues pedir perdón de manera general y en abstracto no reemplaza la comunicación directa con cada uno de los que fuimos víctimas de abusos.

Además, Moroni parece atribuirles la culpa exclusivamente a Figari y algunos miembros del Sodalicio. Sin embargo, los abusos que se cometieron en mi perjuicio no partían de voluntades individuales, sino de todo un sistema doctrinal y de disciplina orientado al dominio de las mentes y las voluntades, previo lavado de cerebro. Sacar las manzanas podridas no soluciona el problema de fondo, pues el sistema sigue intacto en el presente.

(Comentario publicado en la revista Somos del diario El Comercio el 9 de abril de 2016)

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La expulsión del fundador del Sodalicio es una medida que se debió haber tomado en el momento en que se supo que había cometido abusos sexuales contra miembros jóvenes de la institución, así como se hizo con Daniel Murguía en el año 2007 cuando ni siquiera habían pasado 24 horas desde su detención en un hostal del centro de Lima, donde fue capturado in fraganti en compañía de un menor de edad.

Según lo que relata el P. Jean Pierre Teullet en la carta que dirigió a Fernando Vidal, asistente general de comunicaciones del Sodalicio, en octubre de 2015, las autoridades sodálites ya tenían conocimiento de los delitos de Figari antes de que saliera a la luz la investigación periodística de Pedro Salinas y Paola Ugaz (ver UNA CARTA DEL P. JEAN-PIERE TEULLET, SODÁLITE). Allí se menciona que desde el año 2011 las autoridades sodálites buscaron descalificar las denuncias presentadas contra Figari, y entre ellas se menciona a dos personas con nombre y apellido, a saber, Eduardo Regal y Alessandro Moroni, sobreentendiéndose que el mismo Vidal también se cuenta entre los que obstruían toda investigación. El P. Teullet recalca que la primera denuncia la presento 7 años antes de la fecha de la carta, lo cual nos remite al año 2008 como el primer momento demostrado en que las autoridades sodálites tuvieron conocimiento de alguna acusación contra Figari.

Si bien la expulsión de Figari ha sido un paso en la dirección correcta, poco hay de heroico y valiente por parte de Moroni y del Consejo Superior en haber aplicado esa sanción, pues si no es por la presión mediática y por razones de fuerza mayor —llámese administración vaticana—, dudo de que se hubiera llegado a ese extremo. Dado que el silencio y el encubrimiento han sido políticas habituales del Sodalicio respecto a los casos de abusos sexuales que han ido detectándose en la institución desde época tan temprana como la década de los ’80 (ver ¿HISTORIA DE ENCUBRIMIENTOS EN EL SODALICIO?), es probable que se hubiera hecho lo mismo con Figari si la opinión pública no llegaba a enterarse del asunto.

Por eso mismo, indigna que Alejandro Bermúdez, director de ACI Prensa, quien en uno de sus Puntos de Vista (https://www.aciprensa.com/podcast/archivo.php?pod_id=4) se jacta de haber ido informando sobre las acusaciones y las medidas tomadas por la comunidad sodálite cuando de lo único que ha informado es de los comunicados emitidos oficialmente por el Sodalicio, agradezca la valentía y transparencia de sus autoridades, cuando de parte de la cúpula sodálite sólo se ha evidenciado hasta el momento una casi absoluta falta de transparencia y escasa valentía para enfrentar abiertamente las acusaciones. A excepción de Alessandro Moroni, que le concedió una entrevista al diario El Comercio en octubre del año pasado (ver http://elcomercio.pe/lima/sucesos/como-diablos-pudo-pasado-esto-sodalicio-noticia-1850794), ¿alguien ha visto a algún otro miembro más de la cúpula sodálite dando la cara y saliendo a hablar en público sobre las imputaciones de abusos de toda índole que se habrían cometido en la institución?

Además, ¿dónde están los agradecimientos de Alejandro Bermúdez a todos aquellos que dedicaron tiempo y esfuerzo para que se conozca la verdad? Porque aquellos que denunciaron los atropellos de que habían sido objeto en el Sodalicio han tenido que asumir altos costos personales: varios han pasado por momentos de angustia; algunos han caído en depresiones y han tenido que recurrir a ayuda profesional; otros siguen tomando pastillas por prescripción médica hasta el día de hoy; hay quien ha visto deteriorarse sus lazos familiares e incluso destruirse su matrimonio, o ha experimentado cómo amigos de toda la vida le daban la espalda; otros han sido objeto de campañas de difamación y desprestigio, o han visto mellada su vida profesional porque les fueron negadas oportunidades laborales debido a influencias que movieron miembros destacados del Sodalicio; hay quienes permaneciendo como fieles creyentes dentro de la Iglesia católica han sido tildados de enemigos de la fe cristiana o calumniados como locos, desequilibrados, inmorales y renegados, y todos han tenido que oír amenazas de que iban a arder en el infierno y nunca iban a encontrar la felicidad en esta vida. Aún así, asumieron los riesgos y tuvieron el valor de luchar durante años para que la verdad salga a la luz, y lo hicieron con transparencia, sinceridad, apertura y sin ocultar segundas intenciones. Y venciendo el miedo ante las posibles represalias.

Espero que de una vez por todas Alessandro Moroni actúe correctamente y que por fin se haga justicia.

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FUENTES

Incluyo a continuación los dos videos a los que se hace referencia en este artículo:

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POST SCRIPTUM (10 de abril de 2016)

Si bien la información que pongo en mi columna de Exitosa la he recibido de buenas fuentes, dado el hermetismo con que el Sodalicio siempre ha manejado los asuntos internos de la institución, cabe la posibilidad de que los datos obtenidos por mis fuentes no siempre sean del todo correctos.

Un comentarista de este blog ha confirmado que:

  • el P. Jean Pierre Teullet ha solicitado licencia —y no conozco ningún caso de alguien con licencia que después haya decidido reintegrarse al Sodalicio—;
  • Mons. Schmalhausen está viviendo en el seminario de su prelatura —cosa que usualmente no hacen los obispos, y el ejemplo más claro es Mons. Cipriani—;
  • el P. Jaime Baertl está viviendo actualmente en Lima —lo cual no descarta que se haya ido a los Estados Unidos y luego regresado al Perú—;
  • Óscar Tokumura vive en Lima pero nadie sabe dónde —¿lo han visto? ¿o no estará todavía en Argentina?

Por otra parte, me asegura que el P. Marcio Paulo de Souza no ha solicitado licencia, aunque sí se encuentra en un tiempo de reflexión. El mismo P. Marcio Paulo ha publicado lo siguiente en su cuenta de Facebook:

Hoy un gran amigo me advirtió que en el blog Líneas Torcidas del Señor Martin Scheuch dice lo siguiente:
«¿Por que el P. Marcio Paulo de Souza, sacerdote sodálite brasileño, ha pedido licencia, paso previo a salirse de la institución?»
Al respecto quiero decir dos cosas:
1) Desmiento categóricamente el contenido de esa afirmación. NO HE PEDIDO LICENCIA del Sodalicio.
2) Y perdono al autor de esas líneas por su afirmación infundada.
Bendiciones del Resucitado para todos.

Agradezco esta información adicional, que —aunque no aclare del todo lo que está pasando ad intra del Sodalicio— permitirá a los lectores hacerse una mejor idea.

Además, conociendo al P. Marcio Paulo, un hombre sencillo de buen corazón, no creo que se sienta orgulloso de todas las cosas que han sucedido en el Sodalicio. Y lamento que también se haya atenido a la omertá o ley del silencio propio de asociaciones delictivas, callando en todos los colores del arco iris su opinión sobre aquello de lo que ha llegado a enterarse. O tal vez sabe que si hablara podría pasarle lo mismo que le pasó al P. Jean Pierre Teullet, sodálite en actividad que tuvo el coraje de denunciar a su fundador y oponerse a las estrategias de encubrimiento y a las mentiras de la cúpula sodálite: que le hagan la vida imposible y al final termine en proceso de separarse del Sodalicio.

Por otra parte, aun si la información que publiqué es incorrecta, no hay nada que tenga que ser perdonado, pues en estos tiempos decir que alguien se está saliendo del Sodalicio no constituye ningún agravio, sino todo lo contrario, un elogio que honra a la persona.

De todos modos, haciéndole honores a la verdad, publico cualquier corrección que sea necesaria.