SODALICIO: EL SUICIDA Y EL SINIESTRADO

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Óscar Osterling, Rafael Vieira y Carlos Paredes en San Bartolo, a principios de los ’90

José Carlos Portillo era un joven muchacho con habilidades artísticas pero con una palpable inseguridad personal. A principios de los ‘90 vivió en una de las comunidades sodálites de San Bartolo. Un día le dijeron que no era apto para vivir en comunidad y lo invitaron a retirarse del Sodalicio. Tiempo después se arrojó del techo de su vivienda, muriendo en el acto.

Carlos Paredes fue un joven sodálite de comunidad, de trato amable, carácter generoso y espíritu jovial. Murió en mayo de 1995 en un accidente de tránsito en Arequipa, un domingo en la noche. Aparentemente se quedó dormido al volante, se salió de la pista y se estrelló contra un poste. Ese mismo fin de semana había estado trabajando como responsable de espiritualidad de un Convivio (Congreso de Estudiantes Católicos), evento dirigido a escolares de 4to. y 5to. de secundaria de colegios particulares. En el momento del siniestro se dirigía con un agrupado mariano al Colegio Sagrado Corazón Sophianum —donde se había efectuado el Convivio— a recoger la imagen de la Virgen.

En las comunidades sodálites casi nadie se fijaba si uno había dormido bien, sino que se exigía el cumplimiento de las metas a como dé lugar, sacrificando horas de sueño, sin considerar las consecuencias para la salud o la seguridad de la persona. Debería ser esclarecido si se percibió el estado de cansancio en que se encontraba y qué responsabilidad tuvo el entonces superior de las comunidades sodálites de Arequipa, Alessandro Moroni.

Yo también experimenté deseos de morir y angustia por falta de sueño en el Sodalicio. Finalmente sobreviví, pero parece que estos dos jóvenes no lo lograron.

(Columna publicada en Exitosa el 24 de septiembre de 2016)

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El mismo año en que falleció Carlos Paredes, un cáncer de pulmón se llevó a Sergio Ferreyros, sodálite casado, a la edad de 30 años, truncando así una prometedora carrera intelectual como historiador. Sergio, amigo cercano de otra promesa truncada de la intelectualidad católica, el periodista y ensayista político Pedro Planas (1961-2001), me había manifestado poco antes de morir su decepción con el nivel intelectual que había en el Sodalicio. Creo que si hubiera vivido, habría terminado dejando la institución.

La manera serena y alegre cómo asumió la muerte a tan temprana edad dejó una profunda huella en aquellos que lo conocimos. Incluso el historiador conservador Rafael Sánchez-Concha Barrios lo menciona como uno de tantos peruanos que gozaron de fama de santidad [ver “Mujer, sociedad y santidad en el Perú republicano: el caso de Luisa de la Torre y Rojas, la “Beatita de Humay” (1818-1869)”, en: David González Cruz (coord.), Vírgenes, reinas y santas: modelos de mujer en el mundo hispano, Universidad de Huelva – Servicio de Publicaciones, 2007].

Yo, por mi parte, le compuse una canción triste y melancólica pero cargada de esperanza, cuya letra reproduzco a continuación:

ELEGÍA POR UN AMIGO MUERTO

muerte
muerte que dio a su frente
la inclinación ferviente
de la inmovilidad final
finalmente
sellada fue su fuente
se fue calladamente
a la morada que presagiaba el olvido
del aire carcomido
por todo lo sufrido
en su peregrinar a la luz

luce
reluce en su calvicie
la primordial efigie
de un hombre que vivió al morir
moriría
ungiéndoles la herida
a los que lo querían
a los que quiso amar como nunca jamás

nunca, nunca, nunca dijo atrás
adelante, adelante hay que avanzar
siempre, siempre, siempre hay que luchar
para que podamos alcanzar la vida

vida es vida, si es vida de amor
es promesa de la resurrección
muerte es muerte, si muere el calor
que protege al corazón de tanto frío

río, río de agua y de dolor
enjaulando al tiempo en su prisión
trigo y vino de su bendición
embriagando el corazón de Dios

fuerte
fuerte lo halló la muerte
cuando le tocó en suerte
ser la vanguardia del dolor
dolería
la pleura entumecida
la pena enmudecida
la esposa dolorida y el hijo querido
la ausencia de lo suyo
cuando ya se haya ido
a esperarlo en la eternidad

mira
mirada que a María
la vida le confía
mirada que la admiración
extasiaba
la calma se espaciaba
la cruz se le insinuaba
en la mirada ardiente cual nunca jamás

nunca, nunca, nunca dijo atrás
adelante, adelante hay que avanzar
siempre, siempre, siempre hay que luchar
para que podamos alcanzar la vida

vida es vida, si es vida de amor
es promesa de la resurrección
muerte es muerte, si muere el calor
que protege al corazón de tanto frío

río, río de agua y de dolor
enjaulando el tiempo en su prisión
trigo y vino de su bendición
embriagando el corazón de Dios

Ese mismo año, en una pequeña ceremonia en la biblioteca del Centro Pastoral “Nuestra Señora de la Evangelización”, se inauguraron oficialmente dos retratos fotográficos en memoria de quienes fueron considerados el primer sodálite casado y el primer sodálite consagrado que cruzaron el umbral de la muerte, convirtiéndose en los adelantados que abrían el camino hacia el Reino de los cielos de la comunidad sodálite. No sé si ambos retratos siguen colgados en el mismo lugar, pero lo cierto es que la memoria de ambos sodálites se ha ido difuminando con el tiempo y son pocos los que aún guardan recuerdos de su fugaz paso por esta vida. Y es mejor que sea así, pues sería lamentable que sus figuras sigan estando asociadas a una institución que dice buscar la santidad de sus miembros, pero que hasta ahora no ha producido más que abusadores, manipuladores, sectarios y cientos de víctimas, entre las cuales se cuentan también las ovejas inocentes del rebaño sodálite, cuyas mentes siguen prisioneras de una ideología de oropel con barniz cristiano pero de nefastas consecuencias para la psique de las personas.

EL TOTALITARISMO SECTARIO DEL SODALICIO

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Robert Jay Lifton (nacido en 1926), psiquiatra estadounidense y creador de la ciencia de la psicohistoria, entrevistó en los años ‘50 a prisioneros de guerra norteamericanos de la Guerra de Corea así como a sacerdotes, estudiantes y maestros que estuvieron prisioneros en China, además de a algunos ciudadanos chinos que lograron escapar del régimen totalitario de Mao tras haber sido sometidos a procesos de adoctrinamiento en universidades chinas. El estudio detallado que hizo de las técnicas coercitivas que se aplicaron y que llevaron a los sujetos de estudio a padecer lo que él llama “reforma del pensamiento” —que es lo que popularmente se conoce como “lavado de cerebro”— fue descrito en su libro Thought Reform and the Psychology of Totalism: A Study of “Brainwashing” in China (1961).

Los ocho criterios que allí presenta para identificar cuándo un colectivo está practicando la “reforma de pensamiento” —a fin de obtener un control total sobre la mente y la conducta de las personas afectadas— fueron incluidas en su libro Destroying the World to Save It: Aum Shinrikyo, Apocalyptic Violence, and the New Global Terrorism (2000) como características reconocibles de las sectas destructivas —además del “endiosamiento” del líder y la explotación de sus seguidores—.

Aunque parezca increíble, los ocho criterios de Lifton —que paso a detallar a continuación— se han verificado todos en el Sodalicio de Vida Cristiana.

1. Control de la atmósfera social y de la comunicación humana

Toda la vida de los sodálites de comunidad se rige por la obediencia, de modo que queda bajo control de los superiores su día a día desde que se levantan hasta que se acuestan; lo que les está permitido leer; con quienes les está permitido comunicarse; lo que deben pensar, sentir y hacer, etc.

2. Manipulación mística

La creación artificial de “atmósferas” espirituales que generan en los sodálites efectos supuestamente espontáneos y experiencias de la acción divina eran en realidad estrategias “planeadas” para someter más fácilmente las conciencias. Eso se daba en la meditación personal —que debía seguir una estructura fija predeterminada— y en las oraciones comunitarias, así como en algunos eventos de masas. Quien no se sentía “vibrar” con estas cosas era considerado una persona poco comprometida o con una vida espiritual deficiente.

3. Redefinir el lenguaje

Quien lea algún texto sodálite o escuche hablar a un miembro de la Familia Sodálite se topará con varias palabras y expresiones que tienen un significado particular sólo accesible a quienes hayan sido adoctrinados en la espiritualidad sodálite. Además de expresiones crípticas como “amorización”, “escotosis”, “kénosis”, “holístico” “agnosticismo funcional”, “división tripartita del hombre”, etc., se redefinen conceptos como “Plan de Dios”, “libertad”, “reconciliación” y “pobreza”, y se evitan a toda costa otros términos usuales entre los cristianos de a pie, como “mi Dios”, “alma”, “ofensa”, “salvación” y “voluntad divina”. En todo caso, al sodálite se le reconoce por su lenguaje poco natural, que es inquietantemente similar en todos los miembros de la institución.

4. La doctrina es más importante que la persona

Para un sodálite corriente una persona vale en la medida en que se adhiere a la fe cristiana. Si además sigue la enseñanza católica —en su interpretación más conservadora—, vale aun más. Y si su pensamiento concuerda con la doctrina sodálite, su valor como persona adquiere un plus cualitativo. Cualquier persona que no reúna estas características suele ser tenida en menos por los sodálites.

5. La ciencia sagrada

La doctrina y espiritualidad sodálites —que en el fondo siguen siendo el “pensamiento” acuñado por Luis Fernando Figari— son incuestionables y no está permitido ponerlas en duda, ni siquiera en aspectos puntuales. Quien ose hacerlo, o será disciplinado, o terminará fuera del grupo.

6. El culto a la confesión

Era de precepto confesarse sacramentalmente una vez por semana, sin contar con las confesiones cuasi forzadas que se realizaban en grupos, sin respetar la privacidad de los participantes, que incluye el derecho a callar.

7. Demandas de pureza inalcanzables

Así planteaba Figari la exigencia de santidad que hay en el Sodalicio: «Una vez más cabe repetir lo que decía León Bloy: “No hay mayor tristeza que la de no ser santos”. A lo que añadiría: no hay tampoco mayor irresponsabilidad que la de no aspirar a ser santos. Y aún más: no hay mayor injusticia que la no trabajar por ser santos» (Memoria 1979). De modo que quien supuestamente no avanzaba en el camino hacia la santidad tenía que sobrellevar no sólo la tristeza proveniente de una culpabilidad inducida, sino también la carga de conciencia de sentirse “irresponsable” e “injusto”. Ésta es una de las maneras más efectivas para seguir manteniendo sometida la libertad interior de las personas.

8. La dispensación de la existencia

Lifton define este punto como que el grupo decide quién tiene derecho a existir y quién no, es decir, no hay otra alternativa válida que pertenecer al grupo. En el Sodalicio se inculcaba que quienes lo abandonaban, eran traidores que habían rechazado el llamado de Dios, con grandes probabilidades de nunca poder alcanzar la felicidad en esta vida y de ser condenados a la hoguera eterna en la otra. En el mejor de los casos, cuando quien se salía mantenía la fe y una buena relación con la institución, se le consideraba un cristiano de tercera categoría, sin capacidad para soportar los rigores habituales de la vida sodálite. Los demás eran simplemente carne para el infierno.

Afortunadamente, Lifton descubrió que quienes estaban sometidos a este control de sus pensamientos y conductas volvían paulatinamente a la normalidad una vez que salían del ambiente donde se verificaban los criterios señalados.

Muchos de los que somos ex sodálites sabemos que la superación total del “lavado de cerebro” sólo es posible fuera de la institución tras un proceso que puede durar años. Yo me demoré más de una década en lograrlo. Y es mi deseo que otros que siguen en la condición de prisioneros mentales de la institución lo logren.

(Columna publicada en Altavoz el 18 de septiembre de 2016)

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Si alguien desea más información sobre el tema, puede leer mi post SODALICIO Y LAVADO DE CEREBRO.

SODALICIO: EL EXPULSADO PÚBLICO NÚMERO UNO

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Germán McKenzie González

Durante el tiempo en que fui sodálite, no recuerdo que se haya expulsado a ningún miembro. Hubo ciertamente quienes se fueron voluntariamente, así como aquellos que fueron invitados a retirarse.

De pronto, en septiembre de 2007, me llegó la noticia de la expulsión de quien era entonces Superior Regional del Perú, Germán McKenzie, por “falta grave reiterada”.

Un mes después ocurriría la segunda expulsión pública, la de Daniel Murguía, por haber sido atrapado in fraganti por la policía en una situación pedófila en un hostal del centro de Lima.

No sé de nadie más que haya sido expulsado posteriormente del Sodalicio, ni siquiera aquellos que tienen sobre sus espaldas acusaciones tan o más graves que la de Murguía.

Curiosamente, el Sodalicio no trató posteriormente a McKenzie como un renegado, sino más bien como un amigo entrañable de la institución. Se le apoyó para que siguiera estudios de religión y cultura en la Catholic University of America (Washington D.C.) y pudiera acceder posteriormente a un puesto docente en la Niagara University (Lewiston, Nueva York). Se casó el año 2011 en Lima en una ceremonia litúrgica presidida por el cura sodálite Juan Carlos Rivva, en presencia de varios miembros del Sodalicio, muchos con altos cargos de responsabilidad en la institución.

Sigue siendo un misterio el motivo de su expulsión. McKenzie no aparece en ningún testimonio como que haya cometido ningún tipo de abuso. Además, el Sodalicio apaña a los abusadores, no suele expulsarlos públicamente. Quizás hubo incompatibilidades personales o se trató solamente de una componenda. Lo cierto es que, hasta el momento, el silencio de McKenzie sobre lo que sabe del Sodalicio parece estar garantizado.

(Columna publicada en Exitosa el 17 de septiembre de 2016)

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Germán McKenzie siempre fue para mí un sodálite que destacaba por su humanidad y su afecto comprensivo. Era para mí un punto de referencia y una persona de contacto incluso cuando dejé de vivir en comunidades sodálites. Sin embargo, en septiembre de 2007 se le comunicó oficialmente a la Familia Sodálite que Mckenzie había sido expulsado de la institución debido a una falta grave reiterada, sin especificar cuál era esta falta. Se trataba probablemente de una falta relacionada con la obediencia o con incapacidad para guardar el celibato, sin que hubiera habido de por medio ningún abuso en perjuicio de nadie. O tal vez no hubiera falta, y se trataba simplemente de un subterfugio para facilitarle la salida de la institución a un profeso perpetuo que ya no quería pertenecer a ella.

Germán McKenzie —quien vive actualmente en Canadá— recibiría apoyo del Sodalicio para asentarse en los Estados Unidos y poder iniciar, al año siguiente de haber sido expulsado, estudios de religión y cultura en la Catholic University of America (Washington D.C., Estados Unidos). En enero de 2010, Raúl Masseur, un sodálite de antigua hornada, le cedería su puesto de capellán en la Brock University de St. Catharines (Ontario, Canadá), responsabilidad que asumiría McKenzie hasta agosto de 2010. Se desempeñaría también como Director de la Oficina de Evangelización de la Diócesis de St. Catharines (Ontario, Canadá) desde enero de 2010 hasta diciembre de 2011. A partir de enero de 2012 lo encontramos como profesor adjunto en la Niagara University (Lewiston, Nueva York, Estados Unidos). Desde junio de 2012 también es profesor visitante de la Universidad Juan Pablo II (San José, Costa Rica), cuyo rector es nada menos que el P. Emilio Garreaud, miembro de la generación fundacional del Sodalicio. Aparece también en la plana docente del Catholic Pacific College (Langley, Columbia Británica, Canadá) y de The St. James of Jerusalem School of Theology (Riviera Beach, Florida, Estados Unidos).

Sigue siendo un misterio las verdaderas razones que llevaron a su expulsión del Sodalicio así como el trato preferencial que recibió, no concedido ni siquiera a ninguno de los sodálites que se fueron por la puerta delantera por propia voluntad, cumpliendo con todos los requisitos formales y quedando en buenas migas con la institución.

Así también sigue siendo un enigma por qué hasta ahora no se ha expulsado a ninguno de los abusadores conocidos del Sodalicio, mucho menos a Figari, el pez gordo en todo este asunto. Lo cual contrasta con la celeridad con que se expulsó a Daniel Murguía, un sodálite de escaso peso en la institución. Al parecer, el rasero no es el mismo para todos.

LA HOMOSEXUALIDAD, EL SODALICIO Y LA IGLESIA CATÓLICA

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Hace algún tiempo un joven periodista gay peruano, habiendo leído algunos artículos míos en que abordaba el tema de la homosexualidad, se puso en contacto conmigo para solicitarme una entrevista sobre el tema, pidiéndome que hablara también sobre el Sodalicio y la actual enseñanza oficial de la Iglesia católica al respecto. Accedí gustosamente a este pedido, pues uno de los problemas que se da actualmente consiste en que casi ningún representante de la Iglesia católica ha entrado en diálogo con los homosexuales considerándolos como interlocutores válidos.

La doctrina católica sobre la homosexualidad —que no es dogma de fe— se basa sobre una interpretación fundamentalista de algunos textos bíblicos —sin hacer un análisis detallado del contexto en que se escribieron— y sobre un concepto de ley natural que cree conocer a fondo la naturaleza humana, discrepando —cuando lo considera conveniente— de los resultados verificables a los que llegan las disciplinas científicas. De modo que cuando la psicología moderna concluye que la homosexualidad no es un trastorno ni desorden ni síndrome ni nada por el estilo, ni mucho menos impide el sano desarrollo humano de una persona, muchos cristianos fundamentalistas, en vez de reflexionar sobre este dato y tratar de profundizar en él a la luz de los principios morales del Evangelio, sacan a relucir su espada para condenar esta conclusión, y de paso a todos aquellas personas que tienen una tendencia homosexual, la cual ellos mismos no han elegido. Y de este modo, omiten poner en práctica las mismas palabras de Jesús, quien dijo: «No juzguéis, para que no seáis juzgados, porque con el juicio con que juzgáis seréis juzgados, y con la medida con que medís se os medirá» (Mateo 7,1-3). Se trata del mismo Jesús que acoge en sus brazos a todos los seres humanos sin distinción.

Reproduzco aquí la entrevista que fue publicada en el blog La Revista Diversa el 5 de septiembre de este año (ver http://larevistadiversa.blogspot.de/2016/09/entrevista-martin-scheuch.html). Aclaro que sólo se trata de unas reflexiones y cuestionamientos efectuadas en ejercicio de la ley de la libertad que nos trae Cristo (ver Santiago 2, 12-13), sin pretender llegar a conclusiones definitivas, sino con la intención de promover una reflexión más profunda a nivel de Iglesia sobre la homosexualidad, pues lo que enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 2357-2359) resulta —a la luz de las investigaciones científicas— insuficiente a todas vistas y no puede ser considerado en conciencia como una enseñanza completa y definitiva, requiriendo de un desarrollo posterior.

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¿Cómo surge este interés por escribir acerca del tema de la homosexualidad dentro de la iglesia Católica, a raíz de los casos del Sodalicio?

Yo me he ido enterando de los abusos sexuales en época muy tardía, porque no tuve conocimiento de eso en la época en que pertenecí al Sodalicio, y entre las víctimas se encuentran algunas personas que yo conocí personalmente y que no sabía en ese momento que eran gays. Incluso viví con uno de ellos en una comunidad. Y las recuerdo como personas muy correctas, sinceras y que trataron de vivir su vida cristiana de la mejor forma posible como laicos consagrados dentro de la moral sexual de la Iglesia Católica. En el Sodalicio siempre ha habido un discurso homofóbico —lo tenían Luis Fernando Figari y Germán Doig—, es decir, que la homosexualidad era una especie de síndrome psicológico y, por lo tanto, era algo que debía ser tratada de forma terapéutica y que podía ser curada. Esa continúa siendo la posición del portal católico ACI Prensa, dirigido por el sodálite Alejandro Bermúdez. Yo hablé personalmente con dos de las víctimas, que habían tratado de no manifestar su homosexualidad pero se habían dado de cabeza contra la pared porque era algo que no iban a poder cambiar, y que habían llegado a la conclusión de que la única forma de poder vivir en paz consigo mismos era aceptando su condición.

La posición oficial de la Iglesia Católica sigue condenando la homosexualidad —o por lo menos los actos homosexuales— como un pecado, ¿cierto?

La Iglesia Católica ha suavizado su postura desde la época en que la homosexualidad era considerada una aberración, hasta el momento actual en que no la señala como algo intrínsecamente pecaminoso, por lo cual el hecho mismo de ser homosexual no debe llevar a una discriminación de la persona. Pero sigue insistiendo en que los actos homosexuales, como tú lo dices, sí son pecado; por lo tanto, se les exige a los gays vivir en celibato.

Casi como ser eunucos o no tener sexualidad, y eso es lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica.

A mí no me gusta lo que dice el Catecismo, porque infiere que las personas homosexuales tienen un problema, una tara, y no habla de tratar con igualdad a los homosexuales, aunque sí con respeto, compasión y delicadeza. Por otra parte, no tengo una explicación de dónde viene la homosexualidad, y comparto lo que dice la Iglesia Católica en que su origen continúa siendo desconocido. Sabemos que la psicología señala que es una orientación sexual que no debería impedir el normal desarrollo de la persona que es gay o lesbiana.

Y a esto se añade el tema reproductivo dentro de la sexualidad humana.

Es otro punto por el cual la Iglesia Católica condena la relación sexual de dos hombres o dos mujeres: porque no pueden alcanzar ese fin, a diferencia de un hombre y una mujer. Pero ese fin puede faltar si existiera una imposibilidad de concebir. La formulación católica actual dice que todo acto sexual debe estar abierto a la vida, lo cual también es un problema, porque el acto sexual no sólo cumple una función procreativa, sino también de unión amorosa, goce, satisfacción y, por supuesto, el intercambio de fluidos favorece el sistema inmunológico, lo cual está demostrado científicamente.

De otro lado, uno de los rasgos de la sexualidad humana ha sido a lo largo de la historia también la búsqueda de la belleza.

Dentro del mundo católico existen algunos ejemplos de relación entre homosexualidad y belleza. Al respecto te puedo mencionar tres casos. Por ejemplo, el director de cine Franco Zeffirelli, quien dirigió Hermano Sol, Hermana Luna y Jesús de Nazaret es homosexual. Él lo ha reconocido públicamente, sin embargo lo ha tratado de forma discreta, sin demasiada publicidad, ni tampoco ha luchado por los derechos gay. Pero me pregunto si la belleza que encontramos en sus películas no se alimenta del hecho que sea gay. El otro ejemplo es el del escritor estadounidense Julien Green, que vivió en Francia y escribió en francés. En su obra está siempre presente el sentido de la culpa en relación al tema homosexual, pero desde una perspectiva más espiritual que corporal. Describe el enamoramiento platónico entre hombres. Y el tercer ejemplo es el escritor belga Maxence van der Meersch, quien escribió sobre el movimiento obrero católico francés en los años ‘30 en su novela El coraje de vivir, que era un libro de lectura obligada en el Sodalicio. Su última novela, que fue publicada póstumamente, es La máscara de carne, trata el tema de la homosexualidad. Describe allí la experiencia de un homosexual católico que tiene fe y trata de ser santo, pero se siente atraído por otros hombres como él. Al final se da cuenta que no puede cambiar su orientación, porque la homosexualidad no es algo que se pueda o deba combatir, es algo que forma parte de la persona, y aún así considera que personalmente todavía tiene madera para llegar a ser santo.

Al inicio de nuestra conversación mencionaste que las personas heterosexuales que rechazan o condenan la homosexualidad nunca se han preguntado acaso todo lo que vive una persona gay o lesbiana. Es la falta de empatía hacia el otro, lo mismo que observamos en la Iglesia católica.

Esta visión proviene de actitudes fundamentalistas. Hasta hace poco la mayoría de cargos importantes estaban en su mayoría en manos de clérigos muy conservadores, pegados al pie de la letra, que piensan que los textos doctrinales son igual de válidos para todos los tiempos, sin abrir la posibilidad de una reflexión y una evolución doctrinal. Y la evolución pasa por que se vaya profundizando el mensaje que nos ha revelado Cristo. En el caso del Perú existen sectores muy radicales. Un ejemplo muy claro es el cardenal Juan Luis Cipriani.

¿Cuál es la posición del Papa? A algunos católicos progresistas les encanta lo que dice al respecto e igualmente a algunos gays.

El tema es muy sensible. La Iglesia Católica considera que el matrimonio es tan sólo entre un hombre y una mujer. La propuesta de unión civil no implicaba una equivalencia con el matrimonio. Ahora, el miedo frente a la unión civil es que pueda llegar a ser la puerta hacia el matrimonio igualitario.

Y tú sabes que ahora lo que se pide es el matrimonio igualitario…

El problema con los fundamentalistas es que quieren que la ley civil se ajuste a la ley moral, donde rige todavía la Iglesia católica, y eso es peligroso. La moral busca el bien de la persona, la sociedad y la ley buscan el bien común. Las parejas del mismo sexo tienen el derecho a la igualdad ante la ley. Con respecto a la adopción no tengo una opinión definida, no estoy ni a favor ni en contra. Pero se ha demostrado, por ejemplo, que muchas parejas homosexuales han adoptado hijos y éstos han salido heterosexuales. No han buscado imponer su sexualidad, porque el descubrimiento de la identidad sexual se da de forma natural e individual.

En el tema de los curas gay dentro de la Iglesia Católica, David Berger habla de un gran número, entre 20 a 25 por ciento.

Lo más alarmante es que la cantidad de sacerdotes que observan el celibato es mucho más reducido.

Lo cual significa que se ejerce la actividad sexual dentro de la Iglesia Católica. Me pregunto: ¿por qué muchos chicos gays quieren estar en ese ambiente católico sabiendo que existe esta condena moral y religiosa?

Quien siendo gay se mete, piensa y quiere seguir la vocación sacerdotal, por ejemplo, cree que va a poder dejar al margen su sexualidad y llevar una especie de vida asexual, quedando el tema solucionado de esta manera. Lo mira como un camino de redención. El problema es que la mayoría que hacen su promesa de celibato tienen el propósito de cumplirlo, pero luego descubren que no poseen la capacidad de hacerlo. Y entran en una espiral infernal, caen repetidas veces, pero piensan que mientras lo mantengan en secreto, todo irá bien. Creo que una gran mayoría de clérigos tiene un conflicto interior, en la medida que esté oculto. No todos los sacerdotes están llamados a vivir en celibato, esto debería ser opcional.

¿Entonces la Iglesia Católica sabe quienes son los sacerdotes gay?

Muchos obispos lo saben. En el Sodalicio de Vida Cristiana también pasaba lo mismo: algunos superiores lo sabían. Pero mientras ellos permanecieran dentro del clóset, no ocurría nada.

¿Luis Fernando Figari sabía quien era o no gay dentro del Sodalicio?

Parece que sí lo sabía. Y si sospechaban que alguien lo era, lo ponían a prueba como en los casos que has leído en el libro Mitad monjes, mitad soldados, a fin de averiguarlo.

¿Tú nunca hubieras imaginado que Luis Fernando Figari fuera gay?

No. Y sin embargo hubo por ahí algún padre de familia que sí sospechó que Luis Fernando fuera homosexual. Recuerdo un comentario de mi madre que me dijo que tuviera cuidado, que se puede tratar de una secta donde hay maricones (ese era el lenguaje que se usaba por aquellos días). Yo compartía los mismos referentes.

Y felizmente que esto no te marcó de forma tal que luego con el tiempo no hayas desarrollado una empatía hacia el tema. Tú sabes que las personas que no se comunican se enferman, porque no pueden expresar lo que piensan, y eso ha sido una constante en muchas personas gay.

De hecho que sí. La iglesia le coloca el rótulo de origen desconocido, que deben ser tratados con respeto, delicadeza, deben ser integrados a la vida de la parroquia, pero condena el acto homosexual. Ahora bien, el acto homosexual es en sí mismo de carácter privado, y debería ser tratado en el confesionario.

Es como decirle a alguien: sé media persona, no completa. Y está ese morbo o fijación de la Iglesia católica con el sexo y la forma en que juzga la práctica carnal de dos hombres.

No sé por qué razones la iglesia tiene que estar indagando si alguien realiza el acto homosexual, porque eso debe tratarse en el confesionario y el sacerdote está allí para ver cómo ayuda a la persona. Por ejemplo, también se condena la práctica de la masturbación, un acto privado, porque no está abierta a la vida. Pero se tiene más tolerancia hacia este acto y no se discrimina a los masturbadores, indicando que deben recibir un trato especial con respeto, compasión y delicadeza. Yo no entiendo la marginación de los gays. No conozco ningún homosexual que haya tratado de convertir a un heterosexual en homosexual, pero si a heterosexuales que han tratado de convertir a los gays en lo que ellos llaman personas “normales”.

¿Qué crees que debe cambiar en la Iglesia católica respecto a la homosexualidad?

Creo, en primer lugar, que la moral del acto sexual no debe estar reducida al matrimonio, pues sabemos que los jóvenes practican el sexo y también algunos experimentan en la homosexualidad. Tú sabes que Klaus Mertes, jesuita alemán que en 2010 puso en el candelero el tema de los abusos sexuales en instituciones educativas católicas por primera vez en Alemania. Al final llegó a la conclusión de que dos sacerdotes del Colegio Canisio de Berlín, un colegio jesuita de élite, habían abusado de por lo menos cien alumnos. Él les escribió una carta a todos alumnos de esa promoción para pedirles perdón por lo que pudiera haber pasado pasado. Eso fue el destape. Mertes considera, entre las causas contextuales para que haya abusos de este tipo, la estructura de poder de la Iglesia Católica y la moral sexual, que requiere ser revisada. Mertes, en uno de sus libros, cuenta como un sacerdote de su comunidad se acercó a él para decirle: «Mira, yo soy homosexual y nunca he abusado de nadie». Él lo apoyo porque hacía una buena labor pastoral, pero no otros sacerdotes de la comunidad. El problema está en que se pasa por alto todos los estudios y descubrimientos que ha hecho la psicología moderna. Entonces la imagen que genera la misma Iglesia católica es la de ser una institución retrógrada que no quiere entrar en diálogo con la ciencia. Pero hay sacerdotes que están buscando una apertura. Siempre hay algún clérigo que decide optar por la persona y no por una doctrina que perjudique a la persona.

¿Cómo crees que la Iglesia católica deberían cambiar su actitud respecto a la homosexualidad y defender finalmente los derechos humanos de personas que en miles de casos han sufrido de odio, violencia, tortura, persecución, crímenes de odio y muerte?

No sé cómo lograr estos cambios, especialmente en sociedades donde una fuerte actitud homofóbica va unida a una interpretación fundamentalista y restrictiva de la fe cristiana. En todo caso, una buena señal sería que en las diferentes diócesis se implemente un trabajo pastoral con personas homosexuales, como recomendaba ya en 1986 una carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Y el primer paso sería que los mismos obispos convoquen a homosexuales católicos que quieran participar de la vida de la Iglesia a una reunión para escuchar sus inquietudes y mostrarles que la Iglesia está con ellos. O si no quieren hacer esto ellos directamente, pueden designar a algunos sacerdotes para que lo hagan en su nombre. Eso sería algo muy hermoso, pero lamentablemente creo que todavía estamos muy lejos de ello.

SODALICIO: DE VÍCTIMA A VICTIMARIO

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Alberto Gazzo Baca

Cuando en diciembre de 1981 mi madre me dejó entre lágrimas en la comunidad sodálite Nuestra Señora del Pilar (Barranco), entré a formar parte de un grupo heterogéneo entre los cuales se contaban miembros de la generación fundacional del Sodalicio: José Ambrozic —el superior de la casa—, Virgilio Levaggi, José Antonio Eguren y Alberto ‘Beto’ Gazzo, encargado de formar a los tres “novicios”: Alfredo Draxl, Eduardo Field y yo.

Beto, que sufría de cojera debido a una poliomelitis contraída de niño, fue objeto de burlas crueles en el Sodalicio. Burlas que estaban avaladas desde lo más altos niveles, pues según Figari había que ayudarlo así a superar su complejo de inferioridad.

El primer día, durante la cena, Field —quien había estado leyendo un libro de espiritualidad escrito por el jesuita Alonso Rodríguez en el siglo XVI— comentó lo recios que eran los jesuitas de antaño. «Recios, ¿no?», le replicó Gazzo. «Para que veas lo que es ser recio, tú y Alfredo van a comer ahora en el piso». Yo me libré del castigo gratuito, pero no de algunas humillaciones posteriores que Beto infligió a los tres.

Pedro Salinas recuerda que fue su formador en San Bartolo, y que era implacable en sus métodos. Entregaba cartas abiertas de familiares y leía sin avisar las reflexiones de los cuadernos privados que se usaban para la meditación. A Pedro, una noche mientras dormía, le bañó la cabeza con agua oxigenada para ridiculizarlo, pues amaneció con el pelo de color naranja.

¿Cuándo terminará este círculo vicioso iniciado por Figari, donde personas como Gazzo y Draxl pasarían de ser víctimas a ser crueles victimarios?

(Columna publicada en Exitosa el 10 de septiembre de 2016)

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Beto Gazzo también fue formador de sodálites “novicios” en San Bartolo en el año 1985, antes de ser enviado a Brasil. Pedro Salinas, quien estuvo en esa época en la comunidad sodálite Nuestra Señora de Guadalupe mientras yo vivía en la comunidad Nuestra Señora del Rosario, también sufrió el ensañamiento de los “métodos de formación” que, con un cierto regusto sádico, aplicaba Beto a sus discípulos. En su novela Mateo Diez, lo transforma en el personaje de Roberto Univazo, y recuerda varias anécdotas que yo mismo puedo confirmar que sucedieron realmente, aunque los detalles tengan bastante aderezo literario. He aquí algunos textos seleccionados de la novela.

Quien apareció al rato en la casa fue Roberto Univazo. Beto era el asesor espiritual de los dos centros de formación. Vivía en El Rosario. Era diácono y en poco tiempo iba a hacerse sacerdote. Iba a convertirse en el tercer cura del movimiento, después de Julio Bertie, quien fue el primero en ordenarse y en lograr una figura especial para mantenerse dedicado a tiempo completo a la Milicia. Como la Milicia de María no era una orden ni una congregación religiosa, sus clérigos eran diocesanos y dependían del obispo. Bertie, quien además de tener buenos contactos en el empresariado nacional, también los tenía en la cúpula eclesiástica peruana, consiguió independencia de acción para abocarse a las necesidades materiales y espirituales del movimiento. Bertie era lo más cercano a la figura de un empresario con sotana. Descendiente de una distinguida familia de empresarios mineros, su energía e indiscutible carisma lo convertían en un poderoso motor para empujar todos y cada uno de los proyectos apostólicos de la Milicia. El segundo en vestirse de negro con su televisor al cuello fue José María Eguiguren, un gordo con look obispable, y con una voz de barítono que estremecía y podía quebrar vidrios.

El mismísimo Juan Pablo II iba a ungir como sacerdote a Beto, junto a veinte diáconos más, en su primera visita al Perú. Univazo era conocido al interior del movimiento como “el apóstol de los niños”. Como profesor de Religión del Markham, el colegio más pituco de Lima, Beto tenía buena llegada con los chiquillos, a quienes llevaba a los denominados DINA, que eran campamentos-retiro concebidos para niños. Se llamaban DINA porque las las siglas significaban “Dios y la Naturaleza”. Beto también gozaba de simpatía dentro del movimiento. A muchos les encantaban sus bromas y era un gran narrador de cuentos. Pero a mí nunca me inspiró confianza. Siempre me pareció fingido y disforzado.

Por alguna razón nunca hubo química entre Beto y yo. Me quedaba claro que tenía instinto apostólico y don de gentes, sobre todo con los púberes, pero sus reflexiones me parecían las de un imbécil. No hay nada peor que un estólido que se cree inteligente. “De repente por eso quiere ser cura; si estudia para otra cosa, el cerebro no le da”, pensé.

Sin embargo, mi sentimiento hacia Beto no llegaba al encono. Por lo menos no al principio. Al contrario, a veces me inspiraba lástima y conmiseración por su condición de minusválido. Beto tuvo polio de pequeño y la enfermedad le afectó la pierna derecha. Cuando caminaba parecía que esquivaba losetas, porque hacía un extraño efecto con el empeine. En el Markham le pusieron, además de Pata con Truco, el apelativo de Matute, por el policía que aparecía en Don Gato y su Pandilla, quien solía dar vueltas y vueltas al garrote cuando hacía sus rondas por el vecindario. Los despiadados markhamians decían que la pierna de Beto se asemejaba a la vara de Matute.

[…]

Roberto Univazo ya era cura. Se había convertido en el tercer clérigo mílite. Beto, además, había sido ordenado por el mismo Papa. “Por vosotros, Cristo se ha consagrado a sí mismo, para que también vosotros seáis consagrados en la Verdad. ¡Permaneced fieles a Él!”, le dijo Juan Pablo II a Beto y los otros veinte diáconos que se ordenaron en el hipódromo de Monterrico.

Su primera misa la realizó al día siguiente en la vetusta iglesia de San Bartolo con las dos comunidades. Fue una ceremonia privada. Sólo para nosotros. La idea era, además, corregirle todos sus defectos como sacerdote, antes de celebrar la eucaristía del domingo con la gente del pueblo. Los errores saltaron a la vista desde el inicio, pero descollaron al momento de la homilía. Beto era un pésimo orador. Era un extraordinario narrador de cuentos para niños, pero era malísimo dando el sermón desde el púlpito. No convencía. Hablaba como para un público adolescente, estaba lleno de muletillas y seseaba. “Este de cura de parroquia no pasa. Y si la parroquia queda en Huancasancos, mejor”, pensé.

[…]

A la hora del desayuno Santiago me miró y se echó a reír. Lo mismo hizo Santiago. Hasta Massieu. El padre Beto se carcajeó y con una inflexión malévola me preguntó:

—¿Ya te viste en el espejo, Mateín?

—¿Qué pasa? —pregunté, confundido.

—Anda, mírate —me dijo el padre Beto, quien disfrutaba más que nadie de la situación.

Fui al baño y me di con la desagradable sorpresa de que el pelo lo tenía color naranja, como cucaracha de grifo. Era denigrante ver mi reflejo. Recién entendí de dónde provenía el olor extraño que percibí en la mañana. Era agua oxigenada que alguien había derramado en mi cabeza mientras dormía. Y ese “alguien”, no cabían dudas, había sido Beto Univazo.

—Ese color te queda bien —me dijo Beto, quien salpicaba saliva cuando hablaba, y un par de idiotas se rieron del chiste.

—Muy gracioso —respondí sin inmutarme.

—Puedes ir a la peluquería más tarde —me dijo René.

—Gracias —respondí escuetamente y no comenté nada más durante el desayuno.

[…]

Luego de que se fue José Hernando, quien se despidió entre rudos apretones de manos, […] nos tocaba limpiar la casa. A mí se me había asignado barrer la terraza, el patio y las escaleras de El Rosario. Lo más trabajoso era la limpieza de la terraza, porque ello suponía pasarle trapo, lija y cera, para que quede brillante. Cuando terminé, luego de un par de horas, satisfecho por la pulcritud de mi labor, me encaminé al depósito a guardar todos los implementos de limpieza, pero Beto Univazo me interceptó.

—¿A dónde crees que vas? —me arrostró.

—A guardar todo esto —le dije, mostrándole la escoba, el trapeador, las bolsas de cera y las lijas.

—Pero todavía te falta la terraza, ¿no?—me dijo con un airecillo que no me gustó nada.

—Si vas a la terraza y miras el piso, te aseguro que te vas a sentir como que estuvieses parado encima de un espejo —dije.

—No lo creo —me dijo Univazo—. Anda a verla.

Obediente, salí a ver la terraza. Alguien había echado sobre ella el contenido de los tachos de basura de la casa, incluyendo un pedazo de estiércol fresco, que parecía de perro.

—¿Quién mierda ha hecho esto? —pregunté, ofuscado, contemplando la destrucción de mi obra.

—Nadie. Simplemente, límpialo —me dijo, con acento autoritario.

—¿Sabés qué, Beto? Si quieres que la terraza se vea limpia como la dejé, aquí tienes —le dije, y tiré a sus pies deformes la escoba, el trapeador y el resto de utensilios de limpieza.

—¡¿Qué cosa?! —exclamó Univazo, el sacerdote ordenado por Juan Pablo II, anonadado, con su seseo insoportable.

—Lo que oíste. Chau —le dije, y me dirigí hacia mi habitación.

—¡Mateo, ven inmediatmente! ¡No sabes lo que estás haciendo!

—Sé perfectamente lo que estoy haciendo —respondí, harto del abuso y de las vejaciones.

—¡Mateo! —gritaba Univazo desesperadamente.

Reaparecí a los tres minutos, cambiado con ropa de baño.

—Me voy a meter un chapuzón y vuelvo —le informé a Roberto Univazo.

—¡Lo que has hecho es gravísimo, Mateo! ¡Has desobedecido una orden! ¡Se te puede expulsar por ello!

—Hazlo —le dije, retador, a Beto.

—No voy a olvidar esto —me dijo.

— Yo tampoco —le respondí.

—Te voy a hacer la vida imposible —amenazó.

—Hace rato que me estás haciendo la vida imposible —le respondí, contenido.

Un vez en el muelle, me lancé contra las olas y sentí quebrarme como una copa se estrella contra la apred. Pensé en lo ue había hecho. Curiosamente, no me arepentí. Estaba harto de los vejámenes de Roberto Univazo. Una a una empecé a recordar todas las arremetidas contra mí, que no eran pocas, y nunca vi que las hiciera con otras personas. Yo las acepté todas porque la voz del superior era la voz de Dios. “Pero Dios no podía hablar a través de alguien tan cruel como Beto Univazo”, me dije.

Recordé todas las veces cuando, al acostarme, descubrí que me había hecho “cama chica”. Recordé aquella oportunidad cuando, al levantarme, descubrí que me había pintado con esmalte la uñas de los pies. Recordé aquella otra cuando, también al levantame, me encontré untado con crema de afeitar en todo el cuerpo. Recordé la vez que lo descubrí leyendo mi correspondencia personal. Recordé que, en otra ocasión, rompió en mi cara una de las contadas cartas que mi padre me envió desde Caracas , sin que yo la hubiera leído. Recordé todos los “huracanes” que me hizo desde que llegué. Llamábamos huracán al estropicio que encontrábamos en nuestra habitación generado por una mano negra, usualmente la de Beto. El huracán hacía que el orden militar que imperaba en nuestro pequeño espacio se convirtiera en caos total. […] Recordé también cuando husmeaba en mis exámenes de conciencia, que eran cuadernos en los que anotábamos nuestros pecados y pensamientos personales. Recordé todas las veces que me arrojó agua helada en la cara, con una jarra, desde el segundo piso a la hora de la siesta de treinta minutos, luego del almuerzo. Recordé, de igual forma, aquella vez que me ordenó echarle pimienta y ketchup a mi arroz con leche por haberme olvidado de recoger un salero de la mesa. Recordé asimismo que, en una situación análoga, me hizo tragar cinco pedazos de torta de chocolate con espuma de afeitar, que terminaron conmigo en el baño con un cólico insufrible. Recordé aquella vez que me hizo lavar uno de los sanitarios y antes de pasar el sarro, me obligó a lavarme la cara con esa agua. Recordé también la noche que me envió a nadar solo a la isla, vestido y con piedras en los bolsillos y sentí terror en medio de la oscuridad. Recordé que fue uno de los principales en oponerse a que fuese padrino de confirmación de Antonio Colmenares, uno de mis pupilos del María Reyna. La amenaza de la expulsión tampoco me preocupaba.

En San Bartolo pasé muchos momentos que eran como para hacer trepidar a los que no eran firmes. Yo los resistí, reciamente. Lo que no podía tolerar ni digerir era la humillación gratuita y sin sentido. “¿José Hernando estará al tanto de todas estas barbaridades?”, me pregunté.

[…]

En la noche, después de comer, Beto, dueño y señor del poder ante la ausencia de René, decidió iniciar una dinámica de grupo que consistió en proveer a todos de plumones gruesos y de colores para hacer lo siguiente: había que ponerle en la cara a Adrián Garagorri cosas que pensábamos de él o que tuvieran que ver con sus complejos o defectos más notorios. Él no podía verse en el espejo hasta terminar el juego. Uno a uno nos fuimos aproximando para escribirle algo.

El primero en acercarse fui yo, y escribí en su cachete izquierdo: COCHINO. Santiago, quien compartía cuarto con él, al igual que yo, me siguió y le escribió en el otro cachete: HUEVONAZO. Raúl Unamuno le puso en la frente: LÁVATE LA BOCA. El Mono le puso en el tabique y en vertical: PEZUÑENTO. Santino le dibujó en el cuello una bacinica con un pedazo de mojón. MacKay, como gran insulto, le escribió detrás de la oreja derecha: TONTO. Y luego continuaron el ritual Jorge Lossio y Richard Peckerman.

La cara de Adrián había quedado más colorida que la de un hooligan y más pintarrajeada que pared de baño de cantina. Terminado el juego, que iba arrancando las risas burlonas y crueles de nosotros, quienes asumimos la dinámica como una suerte de venganza por todas las cosas que nos disgustaban de Adrián, Beto le dio permiso para ir al baño y mirarse en el espejo.

Adrián entró al baño, pero no daba señas de querer salir, mientras que el resto celebraba el despiadado pasatiempo. Ante la demora, Beto conminó a Adrián a salir. Cuando apareció frente a nosotros, reunidos en la sala de la casa, Adrián estaba llorando desconsoladamente. Y me sentí mal. Beto intentó explicarle, delante de todos, que la dinámica de grupo apuntaba a ayudarlo a liberarse de sus defectos más notorios y que molestaban a la comunidad. Le dijo además que el juego se hizo para su bien. Pero la explicación no era lo suficientemente persuasiva. Nunca había visto a una persona en tal estado de fragilidad, llorando como un niño, herido en su amor propio, maltratado psicológicamente por aquellos que, supuestamente, éramos sus hermanos. A partir de ese momento, decidí ser más comprensivo y tolerante con Garagorri.

José Enrique Escardó relata un incidente muy parecido a este último cuando él estuvo en San Bartolo, sólo que esta vez quien dirigió la dinámica de humillación psicológica de la víctima es Alfredo Draxl (ver http://elquintopie.blogspot.de/2016/01/draxl-el-deformador.html y http://docslide.us/documents/los-abusos-de-los-curas.html).

También es cierto que Beto carecía de aptitudes intelectuales, mucho menos tenía capacidad para la investigación académica, por lo cual yo recibí el encargo —de parte de Luis Fernando Figari— de preparar el borrador de la tesis que tenía que presentar Beto en Brasil para obtener el grado de licenciatura en teología. El hecho de estar sometido interiormente al código de obediencia vigente en el Sodalicio borró en mí todo reparo para efectuar esta acción moralmente reprochable. Si Figari decía que algo tenía que hacerse, inmediatamente se accionaban en mí los mecanismos psicológicos que me indicaban que lo que Figari ordenaba siempre tenía que estar bien, y que negarse a obedecer una orden era el mayor pecado posible dentro de la institución. Era una de las consecuencias del lavado de cerebro al que había sido sometido, al igual que todos los sodálites.

Lo mismo pasó cuando Figari nos ordenó a mí y a Gustavo Sánchez, teólogo sodálite y actual miembro de la Comisión Teológica Internacional, que ayudáramos a Emilio Garreaud a modificar la tesis sobre relaciones Iglesia-Estado que él mismo había presentado en la Pontificia Universidad Católica del Perú para obtener un título en derecho, a fin de ajustarla a los requerimientos de una tesis de teología pastoral para obtener el título de licenciado en teología en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Se trataba de un auto-plagio en toda regla. Se puede verificar esto consultando en los respectivos centros de estudios mencionados ambas tesis del P. Emilio Garreaud, actual Rector de la Universidad Juan Pablo II de Costa Rica.

Varias veces le oí a decir a Luis Fernando Figari: «¡Necesitamos licenciados y doctores!» Parece que no le interesaban en absoluto la honestidad académica ni el rigor científico, pues para él la única clave de interpretación de la realidad estaba en su pensamiento, que no pasa de ser una ideología religiosa fundamentalista de sesgo derechista, conservador y retrógrado. Pero sí que le interesaba el poder que otorga el disponer de una pléyade de sodálites con títulos académicos, adoctrinados rigurosamente y sin libertad de pensamiento.

En todo caso, Beto se prestó a este juego sucio, así como maltrató —en nombre de Figari— a varios de los que estuvimos bajo su férula de formador.

No sé qué vida tenga ahora, ni qué responsabilidades, pero eso no borra los hechos luctuosos del pasado en los cuales participó. Alberto Gazzo Baca, actual Gerente Corporativo de Gestión Humana de Volcan Compañía Minera, tiene muchas preguntas que responder.

EL SODALICIO, UNA SECTA DESTRUCTIVA

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Pregúntesele a un sodálite si el Sodalicio es una secta y lo negara categóricamente. Sacará a relucir la conformidad de la institución con la más rancia doctrina católica, la comunión con la Iglesia, la obediencia al Papa, la asistencia divina que se manifiesta en un carisma espiritual (o don del Espíritu Santo confiado a un grupo de elegidos para cumplir una misión sobrenatural en estos lares terrenos), el supuesto bien que se ha hecho a tantos creyentes que han visto renovada su fe en Dios y en la Iglesia, y —por supuesto— la aprobación pontificia recibida en el año 1997.

¿Qué se esconde detrás de este argot eclesiástico, que poco o nada nos dice a quienes andamos con los pies en tierra y hemos conocido los testimonios de tantas personas que han sido dañadas psicológicamente —presentando algunas incluso daños físicos permanentes— o que han tomado conciencia de que los años pasados en el Sodalicio les fueron robados a sus vidas mediante el engaño, la manipulación y el fraude? Pues fraude es que a uno le prometan un camino de realización personal que contribuiría supuestamente a cambiar el mundo, y al final uno descubra —tras años de desintoxicación mental— que el mundo no se ha movido ni un ápice en la dirección indicada debido a la acción del Sodalicio, y que lo único que ha sufrido cambio es la propia personalidad, afectada en su capacidad de elegir libremente y sometida a los imperativos de un pensamiento único de corte fundamentalista, maniqueo y retrógrado.

Afortunadamente, para los psicólogos y sociólogos que estudian científicamente el fenómeno de las sectas resultan irrelevantes los contenidos doctrinales o la dependencia de un grupo de una institución aceptada socialmente, como es la Iglesia católica. Lo que resulta determinante son los comportamientos sociales que tengan los grupos.

Si un grupo utiliza técnicas de persuasión coercitiva para la captación de sus miembros, que desestructuran la personalidad previa del adepto, o bien por su dinámica vital debilita o destruye los lazos del miembro con su entorno social habitual (llámese familia, amigos, etc.) previo al ingreso al grupo, o conculca derechos humanos y jurídicos inalienables de la persona garantizados en un estado de derecho, se le puede considerar una secta destructiva, independientemente de cuál sea su ideología o su prestigio social.

Si a esto le sumamos una especie de culto mágico a la personalidad del líder, un secretismo que calla ciertas prácticas que se dan al interior del grupo y mantiene ocultos ciertos objetivos, además de sostener un régimen autoritario basado en la obediencia absoluta, subordinando a las personas a los fines grupales, tenemos un perfil sectario completo.

Y todas estas características han estado presentes de una u otra manera en el Sodalicio. Y también en varios grupos y movimientos de la Iglesia católica que han surgido a lo largo del siglo XX. Gordon Urquhart, un ex focolarino británico, no duda en calificarlos de “sectas católicas” en su libro The Pope’s Armada: Unlocking the Secrets of Mysterious and Powerful New Sects in the Church (1995), donde analiza en detalle a grupos como los Focolares, los Neocatecumenales y Comunión y Liberación.

Estas características sectarias explicarían la falta de acciones concretas por parte de la cúpula del Sodalicio para erradicar las causas de los abusos y ofrecer soluciones satisfactorias a las víctimas. Porque el Sodalicio parte del supuesto de que su misión divina es mucho más importante que los daños que hayamos sufrido las víctimas. Y mientras sienta que tiene el respaldo de las autoridades eclesiásticas, no moverá un solo dedo para cortar el problema de raíz.

El quid del asunto está en que sus miembros siguen creyendo que la institución ha sido convocada por Dios, cuando este dato proviene única y exclusivamente de su fundador, un megalómano pederasta que aprovechó las estructuras institucionales y a sus miembros para darse una vida cómoda y regalada. Tampoco es compatible con la voluntad divina el crear una institución con una disciplina que ha dañado en serie a cientos de miembros y ex miembros.

Y aún cuando el Superior General Alessandro Moroni ha prohibido los escritos de Figari en la institución, en todos los textos que se siguen usando para la formación y la meditación en la Familia Sodálite continúa estando presente Figari con sus ideas. El pensamiento del fundador ha sido el único válido en toda la historia del Sodalicio.

El supuesto bien hecho a tantas personas que siguen viviendo su fe católica en las diversas asociaciones vinculadas al Sodalicio no justifica las salvajadas que sufrieron un número considerable de víctimas. Y la aprobación pontificia —un requisito jurídico establecido en el Código de Derecho Canónico para los institutos religiosos de derecho pontificio y no un aval emitido por el mismo Espíritu Santo— no tiene ningún valor ni legitimidad si fue obtenida ocultando información y sobre la base de un intenso trabajo de lobby movido por influencias cardenalicias, entre las cuales se hallaba con toda probabilidad la mano del cuestionado cardenal Alfonso López Trujillo.

Actualmente, muy pocos les creerían su cuento de hadas. O que no tienen características sectarias.

(Columna publicada en Altavoz el 8 de septiembre de 2016)

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FUENTE

Jorge Erdely (editor)
Sectas destructivas: un análisis científico (PECR Publicaciones para el Estudio Científico de las Religiones, 2003)
http://www.opus-info.org/index.php?title=Sectas_Destructivas:_un_análisis_científico

GUÍA DE LECTURA NO AUTORIZADA DE “MATEO DIEZ”

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Pedro Salinas, periodista y autor de la novela “Mateo Diez” (2002)

En junio de 2002 fue publicada la novela autobiográfica “Mateo Diez” del periodista Pedro Salinas, donde narra el paso de su alter ego Mateo Diez a través de la Milicia de María —el Sodalicio de Vida Cristiana en la realidad—. En ese entonces leí el libro casi de un tirón, y si bien literariamente me pareció literariamente mediocre —juicio que el mismo Salinas comparte en la actualidad sobre esta obra salida de su pluma—, me pareció un buen recuento de hechos y anécdotas que ocurrieron realmente.

El 2 de abril de 2013 escribí lo siguiente en mi post SODALICIO: LA CONEXIÓN MEXICANA (II):

«Más allá de su cuestionable calidad literaria, que se adscribe el estilo light y poco profundo de la novelística de Jaime Bayly, el libro proporciona una visión correcta aunque parcial de lo que era la vida dentro de las comunidades sodálites. Si bien se trata de ficción, y por lo tanto hay una adaptación de la realidad en base a los requerimientos de una narrativa ágil y amena, omitiendo personajes de la vida real, cambiando nombres e incluso circunstancias de tiempo y lugar, también es indudable que todo lo que allí se cuenta tiene un correlato real en anécdotas que efectivamente sucedieron y que yo mismo puedo testimoniar como ciertas a partir de mi propia experiencia. Pues una cosa que no menciona Pedro Salinas en su novela es que yo viví en 1985 durante meses en una de los casas de formación que el Sodalicio tenía entonces en San Bartolo, un balneario al sur de Lima, cuando él pasó por las experiencias que narra. Asimismo, el hecho de que haya un tono desenfadado y burlón en lo que él narra no le resta veracidad a los hechos en que se basa. Ni tampoco la circunstancia de que Salinas sea un agnóstico y anticlerical declarado, posición que yo no comparto.»

Por consiguiente, una manera de sacarle provecho a la novela es leerla como una historia verdadera donde ningún personaje e incidente es puro fruto de la imaginación del autor, aunque los diálogos sean inventados —no sus contenidos— y las circunstancias y tiempos en que ocurren los hechos —relatados tomándose algunas libertades— no sean minuciosamente exactos, sino ajustados a fines narrativos.

A continuación, pongo una lista de los nombres de los personajes de la novela, seguidos de los nombres de las personas en las que se inspiran. He de aclarar que esta guía y la lista han sido hechas sin consultar al autor y sin su autorización.

Miembros del Sodalicio
  • Adrián Garagorri – Julián Echandía
  • Alesso Bertonelli – Alejandro Bermúdez
  • Alfiero Dammert – Alfredo Garland
  • Alfredo Moncloa – Alfonso Figueroa
  • Carlo D’Acunha – Carlos Acuña ‘Wara Wara’
  • Colorado Muñiz – Jorge ‘Colorado’ Muñoz
  • David Ferrand – Daniel Murguía
  • Duilio Castagnola – Javier Chichizola
  • Ed Still – Eduardo Field
  • Elias Rosas – Enrique Elías
  • Esteban Garland – Emilio Garreaud
  • Eugenio Poggi – Virgilio Levaggi
  • Franz Schereiber – Frank Schreier
  • Gabriel Lecca – Gonzalo Len
  • Gastón MacKay – Germán McKenzie
  • Kauffman K. – Germán Doig
  • Klaus Einzenberger – Klaus Berckholtz
  • Kurt Beck – Jürgen Daum
  • Jajo Aranda – Javier Leturia
  • JJ Lecca – Juan Carlos Len
  • José Lecca – Javier Len
  • José María Eguiguren – José Antonio Eguren
  • Juani Villacorta – Juan Viacava
  • Jorge Lossio – José Carlos Ossio
  • José Hernando Ferrari – Luis Fernando Figari
  • Joseph Kisik – José Ambrozic
  • Julio Bertie – Jaime Baertl
  • Kiko Fernández – Quique Hernández
  • Lalo Ferraro – Luis Ferrogiaro
  • Luigi Sanguinetti – Luis Cappeletti
  • Mateo Diez – Pedro Salinas
  • Max Roig – Martin Scheuch
  • Nando Tríveri – Juan Fernando Trivelli
  • Negro Rivas – Juan Carlos ‘Chaly’ Rivva
  • Pepe Castilla – Humberto ‘Pepe’ del Castillo
  • Pepito Miró – Mario ‘Pepe’ Quezada
  • Raúl Unamuno – Rafael Ísmodes
  • René Massieu – Raúl Masseur
  • Richard Peckerman – Ricardo Trenemann
  • Roberto Univazo – Alberto ‘Beto’ Gazzo
  • Rodrigo Bustamante – Alonso Quintanilla
  • Sandro Ferreira – Sergio Ferreyros
  • Santiago Bedoya – Enrique Delgado
  • Santino Marotta – Sandro Moroni
  • Tato Valverde – Héctor ‘Tito’ Velarde
Otros personajes
  • Gregorio Rodríguez – Gustavo Gutiérrez
  • Luciano Peral – Mariano Queirol
  • Manuel Gurruchaga – Miguel Cruchaga
  • Mons. Alberto Vicente Mora – Mons. Augusto Vargas Alzamora
  • Mons Ignacio López de Romaña – Mons. Fernando Vargas Ruiz de Somocurcio
  • P. Arturo Prieto – P. Armando Nieto
  • P. Harald Nuggent – P. Harold Griffiths
Entidades
  • Agregaciones Marianas – Agrupaciones Marianas
  • Cantapueblo – Takillakkta
  • Comunidad mílite El Rosario – Comunidad sodálite Nuestra Señora del Rosario (San Bartolo)
  • Comunidad mílite Guadalupe – Comunidad sodálite Nuestra Señora de Guadalupe (San Bartolo)
  • Comunidad mílite Nuestra Señora de la Evangelización – Comunidad sodálite Nuestra Señora del Pilar (Barranco)
  • Comunidad mílite San Atanasio – Comunidad sodálite San Aelred (Magdalena del Mar)
  • Comunidad mílite San Bernardo – Comunidad sodálite San Agustín (Jesús María)
  • Concilium – Convivio
  • Libro “Con Piel de Cordero” – Libro “Como Lobos Rapaces”

Finalmente, la única mención en la novela al personaje que me representa se da en un breve párrafo, en el cual no salgo muy bien parado:

«Luego de entonar el himno de la Milicia siguieron como una decena de canciones, todas nuestras, casi todas compuestas por Max Roig, un mílite que nació con un talento extraordinario para la música y la literatura, pero que adolecía de un terrible defecto: en la interacción social era un marciano. No sabía cómo relacionarse con la gente e ignoraba lo que era el sentido común.»

Ésa era la imagen prejuiciosa de mí que se tenía en las comunidades sodálites. El tiempo ha demostrado que esa presunta desadaptación era más bien —dentro de mi peculiaridad personal— un signo de salud mental que me permitiría encontrar mi camino hacia la libertad.