TRABAJANDO PARA CANALLAS

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Thomas Wagner (1978-2016), fundador de Unister

Unister, una startup iniciada en Leipzig en 2002 por el estudiante de administración Thomas Wagner, se convirtió con el tiempo en un imperio que generaba millones de euros de ganancias a través de más de 40 portales de Internet, la mayoría en el rubro de viajes y turismo.

El 14 de julio de este año, la avioneta que traía a Wagner desde Italia se estrelló sospechosamente en Eslovenia, causándole la muerte. Cuatro días después Unister se declaró en insolvencia, debido a la acumulación de deudas impagas y una contabilidad inextricable.

Lo que ya se sabía desde hace tiempo —típico de empresas capitalistas con un crecimiento desmesurado— es que la fortuna de la empresa se había logrado a través de prácticas dudosas en perjuicio de los clientes.

Por ejemplo, si bien se ofrecían los vuelos más baratos, el precio se incrementaba con comisiones de servicio, cobros adicionales por cargo de tarjeta de crédito y seguros de viaje ofrecidos de manera poco transparente. A esto se sumaban posteriormente las elevadas comisiones por cambios en el vuelo, por cancelación de la reserva o por responder a simples preguntas. Por ejemplo, la respuesta “sí” o “no” a la pregunta de si el boleto era reembolsable costaba 15 euros. Sin contar con la presión sobre los trabajadores del servicio telefónico, los bajos sueldos y la obligación de delatar a los compañeros de trabajo que hubieran cometido errores.

Lamentablemente, en la sociedad capitalista no queda más remedio para la gran mayoría que trabajar para canallas, subsistir a duras penas para que unos pocos se enriquezcan. Como yo, que trabajé un año para el servicio telefónico de Unister.

(Columna publicada en Exitosa el 20 de agosto de 2016)

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Tal como suele ocurrir en las grandes corporaciones capitalistas y en empresas de éxito rasante, la historia de Unister no ha estado exenta de asuntos turbios, por algunos de los cuales ha sido investigada desde el año 2012 de parte de la Oficina de Investigación Criminal de Sajonia y la Fiscalía de Dresde. Entre esos asuntos se cuentan engaño y estafa de clientes a través de portales informáticos; evasión de impuestos, sobre todo a través de la venta de seguros no autorizados.

La muerte del fundador de Unister, Thomas Wagner, está rodeada de misterio, pues su viaje a Venecia (Italia) en compañía de Oliver Schilling, co-fundador de la empresa, y un asesor financiero tenía como objetivo conseguir un crédito puente a fin de evitar la insolvencia de la empresa. Wagner y compañía habrían sido víctimas de una modalidad de estafa conocida como rip deal, mediante la cual los estafadores ofrecen una enorme suma de dinero a cambio de una inversión de menor monto por parte de la víctima. El trato es que la inversión del incauto y la suma ofrecida por el estafador sean en monedas de diferente denominación a fin de simular un cambio de monedas.

Un tal Levi Vass, supuesto comerciante de diamantes de Israel, en reciprocidad por un pago de 1.5 millones de euros efectuada por Unister —suma cuya procedencia aún no ha sido aclarada—, le habría entregado a Wagner una maleta con francos suizos por un valor de 12 millones de euros. De camino al aeropuerto, éste se habría dado cuenta de que sólo los billetes superiores eran auténticos y habría decidido quedarse un día más en Italia para poner una denuncia. Al día siguiente, su avioneta se estrelló en Eslovenia, ocasionándole la muerte a él, a sus acompañantes y al piloto, en total cuatro personas.

Recientemente, el semanario Die Zeit ha investigado y descubierto que Reinhard Rade, uno de los socios recientes de Thomas Wagner y asesor principal de la gerencia, así como Hans Jörg Schimanek, el segundo más grande inversionista de Travel24 —una de la empresas subsidiarias más exitosas de Unister—, tienen un pasado que los vincula a grupos de extrema derecha de orientación neonazi. Schimanek incluso había sido condenado por este motivo a ocho de prisión en Austria en la década de los ‘90.

Lamentablemente, este tipo de afinidades criminales no son una excepción, sino que parecen constituir la regla en las empresas del sistema capitalista actual, al cual podemos calificar con justa razón de canalla (ver EL SISTEMA CANALLA).

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FUENTES

Die Zeit
Es war einmal ein Start-up (28. Juli 2016)
http://www.zeit.de/2016/32/unister-thomas-wagner-leipzig-insolvenz
Die Unister-Masche (15. August 2016)
http://www.zeit.de/wirtschaft/unternehmen/2016-08/reiseportale-unister-billigreisen-fluegede-verbraucherschutz
Aktionär aus der Wehrsportgruppe (18. August 2016)
http://www.zeit.de/2016/35/unister-fuehrung-absturz-neonazis-rechtsextremismus

Die Welt
Die letzten Tage des gescheiterten Eigenbrötlers (19.07.16)
http://www.welt.de/wirtschaft/article157167226/Die-letzten-Tage-des-gescheiterten-Eigenbroetlers.html
Betrugsermittlungen im Fall Unister (22.07.16)
http://www.welt.de/newsticker/dpa_nt/infoline_nt/wirtschaft_nt/article157234295/Betrugsermittlungen-im-Fall-Unister.html
Auf diese Betrugsmasche fiel der Unister-Chef herein (25.07.16)
http://www.welt.de/wirtschaft/article157289122/Auf-diese-Betrugsmasche-fiel-der-Unister-Chef-herein.html

VIOLENCIA SEXUAL: EL SABOR DEL DELITO

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La violencia sexual contra menores de edad no es sólo un problema en el Perú, sino también a nivel mundial. La historiadora alemana Marion Detjen —especializada en historia de la migración interna en Alemana, en cuestiones de género y en los límites entre el ámbito público y el privado— publicó en junio de este año en el prestigioso semanario Die Zeit una reflexión sobre el contexto social en que se efectúa la violación de una menor de edad, sobre la base de su propia historia personal. Lo que allí dice se aplica también —salvando las diferencias— a la realidad peruana. Una violación no es un mero asunto privado, sino un acto del cual toda la sociedad es responsable. Y, por ende, le compete a toda la sociedad efectuar los cambios estructurales necesarios a fin de garantizarle a los menores de edad una infancia libre de violencia sexual.

A continuación, el artículo de Marion Detjen traducido al español.

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VIOLENCIA SEXUAL: EL SABOR DEL DELITO

Toda agresión sexual tiene lugar en un contexto social. Lo que se nos escapa de la vista cuando privatizamos el delito.

por Marion Detjen (8 de junio de 2016)

Cuando cumplí 18 años y obtuve mi licencia de conducir, conduje de vuelta a la escena del delito: un claro en el bosque, situado a unos 100 metros de la vía solitaria que unía la fábrica de papel y la casa de mis abuelos con el pueblo y la estación del tren. Estaba comenzando la primavera, los árboles aún no tenían follaje, la misma estación del año que siete años atrás, cuando esa vía era mi camino a la escuela. En el lugar donde yo, la niña, me había arrodillado al alba ante el hombre y luego había escupido el líquido blancuzco, brotaba ahora una pequeña mata. Brotes purpúreos, en febrero, precisamente en ese lugar y sólo allí. Las ramas fibrosas no se quebraban fácilmente, y tuve que ayudarme con los dientes. De vuelta al coche, me ardían la boca y la garganta. La daphne que había mordido, también llamada yerba ardiente [“Brennwurz” en alemán], es venenosa, y los brotes que yo quería llevarme a casa como recuerdo se marchitaron de inmediato.

El sabor del delito. Que del producto escupido de la eyaculación haya crecido una planta venenosa poco común y me trajera de vuelta el sabor del delito, me confirió poder sobre mi historia. El delito puede ser explicado por mí en los contextos sociales y políticos en que tuvo lugar.

Yo ya no sé cómo llegué a casa. En la sala de estar de la casa de mis abuelos me hallaba yo sola, mientras esperábamos a la policía y el estigma de la violación se extendía lentamente. Mi entorno mantenía distancia. Yo notaba cómo los complicados procedimientos desarrollados durante más de cien años, que mantenían en vida la casa grande y la fábrica, continuaban su marcha y no me necesitaban. Ese día no hubo escuela para mí, yo percibía la vida de los demás como ralentizada, en la cocina, en el sótano de planchar, en el jardín, en las habitaciones superiores y en las oficinas al otro lado del canal de la fábrica, en las grandes, ruidosas y humeantes máquinas. La casa, al fin y al cabo, ofrecía protección, era tranquila y segura.

Una niña debería poder atravesar sola sin miedo un bosque oscuro. Dado que esto no se dio, ¿quién envía a una niña al alba sola a través de un bosque oscuro? En muchos niños se trata de la pobreza y el desarraigo, cuando se les envía a la huida, como hoy en día a los menores refugiados sin acompañamiento, que “desaparecen” en gran número. ¿Qué nos une a a ellos, donde está nuestra participación en su pobreza y su desarraigo y su explotación por parte de delincuentes, y en que atraviesen el oscuro bosque no sin miedo? Quisiera saberlo en cada caso particular.

También el contexto que me envió a través del bosque es tan grande y amplio, que nadie puede eximirse de responsabilidad. Son las estructuras puritanas y patriarcales, que constituyen la columna vertebral de la prosperidad alemana, con toda su ambivalencia. También me resulta difícil atacarlas, porque yo también me he beneficiado de ellas así como he sufrido bajo ellas y siempre me parecen mejores que otras plasmaciones del capitalismo, las cuales ocasionan a nivel mundial millones de veces crímenes peores y abusos incluso peores. ¿Pero no deberíamos dejar de comparar unos con otros los contextos que permiten que ocurran los delitos contra niños? Toda violación es una muestra de poder.

Mi violación, por ejemplo, tuvo como premisa que el mando medio empresarial alemán instalara sus fábricas en la provincia y allí obligara a una subsistencia rural a todos los que tenían que ver con ellas. Que en los años ‘70 y ‘80 no se pretendiera de los hijos de esa coyuntura empresarial que fueran a un internado, sino más bien el esfuerzo de ir una escuela secundaria humanista pero de ninguna manera humana en la capital de distrito más cercana. Que el régimen patriarcal ocasionara que las madres se enfermaran y que los padres fueran enajenados de sus hijos y que se considerara como completamente normal que una niña de once años se levantara sola a las seis de la mañana, se preparara sola el desayuno y see fuera sola en bicicleta a la estación del tren. Que predominara un ordenamiento de géneros que consideraba a las mujeres como objetos para satisfacer necesidades masculinas. Que el capitalismo corporativo practicara una especie de conciliación entre propiedad y trabajo, la cual encubría desigualdades y encontraba su clímax absurdo en la violación de la hija del propietario por parte del trabajador que tuvo acceso a esa niña.

Así y todo, cuando regresé a casa al mediodía, me esperaba un almuerzo con sopa, segundo y postre. Mi madre, hija de refugiados, debió en sus años de subsistencia como escolar transeúnte arreglárselas sin almuerzo y pasar las tardes en el otro pueblo antes de que el autobus la trajera a casa. Mi abuela, también hija de refugiados, no tuvo en los años ‘20 ningún hogar en absoluto. En sus memorias señala el abuso del cual estuvo a merced. Esta abuela, eso lo percibía, aún cuando no hablaba conmigo, sentía pánico por mí. Ella tenía de entre todos el mejor motivo para no llevarme en coche a la estación del tren: como casi todas las mujeres de su generación, no tenía licencia de conducir, porque su esposo no quería.

Cuando vino la policía fui interrogada de manera intensiva, pero no tenía palabras para aquello que debía contar. La profunda vergüenza. Más tarde en la mañana me fue traído un hombre que vestía hasta los calzoncillos la misma ropa que llevaba el agresor: jeans, una casaca de cuero rellena de pelaje de oveja, un calzoncillo floreado, los trabajadores no tenían mucha elección en cuestión de guardarropa. Luego los sentimientos de culpa, porque fue acusado erróneamente. Mi padre ofreció una recompensa elevada, finalmente el perpetrador fue aprehendido gracias a las informaciones de otro trabajador, que había visto el coche del perpetrador sospechosamente estacionado en la linde del bosque. Todos en la fábrica sabían. Yo entonces quise recibir también una indemnización por daños personales, dinero para rehabilitarme, yo quería cobrar la recompensa, todavía no sé cómo se lo propuse a mi madre. En teoría, una demanda civil hubiera sido posible, pero el contexto puritano-patriarcal excluía reclamaciones en dinero del dueño de la fábrica hacia los trabajadores.

Fue elogiada por no haberme defendido. Podría haber sido peor. Allí estaba mi viejo y horrible abrigo de paño tirolés, un híbrido entre el puritanismo y el mimetismo con el entorno altobávaro, que debía llevar y que odiaba. Debía quitame ese abrigo, fue la primera orden del agresor. Mi angustia mortal, mientras comenzaba a desabotonarme el abrigo. Entonces ocurrió algo inesperado, un titubear y reflexionar, también de parte del agresor. Yo no sé qué lo movió a eso, pero finalmente dijo que podía quedarme con el abrigo puesto y que debía arrodillarme. Cuando se hubo aplacado y yo hube escupido, tuve que contar despacio hasta cien. Él se esfumó, y yo conté, despacio, exactamente como él había ordenado, antes de ir a buscar mi bicicleta, que él había arrojado en el bosque.

En las semanas después del delito noté en las reacciones de los hombres en mi entorno que a sus ojos había perdido mi inocencia. El estigma de la violación estaba allí antes de que yo hubiera madurado sexualmente en absoluto. Sin preguntarme, se decidió que no era necesaria una terapia. Sin preguntarme, se decidió que yo no debía declarar en el juzgado.

Quisiera saber hoy si se pagó un precio y si el agresor hubiera sido castigado más duramente con mi declaración. Anteriormente a mí había abusado de otra niña. Finalmente, fue condenado a dos años de prisión, no sé si bajo libertad condicional. Para poder examinar el expediente judicial necesitaría un abogado. ¿Por qué no tengo derecho, incluso sin asistencia legal, a examinar el expediente? A través del proceso judicial el Estado tiene participación en el contexto a partir del cual yo me explico a mí misma el delito.

Sólo puedo suponer que el juzgado favoreció al agresor debido a que yo no me resistí. Sólo puedo suponer que el juzgado no se imaginó que una niña hallara los actos sexuales forzados, incluso con la boca, como menos amenazantes que la idea de estar ella misma desnuda.

Este delito, que pudo haber sido peor, me empujó hacia una juventud que no fue hermosa, pero que ciertamente pudo haber sido peor. Al final de esta juventud la daphne venenosa me dio una señal y ésta señal quisiera transmitírsela a todas las otras víctmas de violación: está en nosotros el que se acabe con la privatización del delito. El delito no es un asunto que debamos arreglar solos con el perpetrador, con Dios o con la naturaleza, sino que es algo que se vincula con toda la sociedad.

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(Traducción al español: Martin Scheuch)

Artículo original en DIE ZEIT
Der Geschmack des Verbrechens (8. Juni 2016)
http://www.zeit.de/kultur/2016-06/sexueller-missbrauch-kind-vergewaltigung-10-nach-8

NO SIGNIFICA NO

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La noche del 31 de diciembre al 1° de enero de 2016 hubo en Colonia, en la explanada ubicada ante la estación del tren y al lado de la Catedral, violencia masiva principalmente contra mujeres.

Más de mil hombres, la mayoría de origen norafricano, cometieron excesos en perjuicio de unas 1,276 víctimas, de las cuales 648 fueron objeto de agresiones sexuales, entre ellas 5 de violación consumada y 16 de intentos de violación. El resto fue puro manoseo. Lo cual no es algo que haya que minimizar, pues muchas de las víctimas quedaron traumatizadas y requirieron de psicoterapia.

Como consecuencia, el Parlamento alemán decidió endurecer las leyes penales vigentes sobre violación.

El 7 de julio de este año se aprobó la nueva ley. A partir de entonces comete delito de violación no sólo quien obliga a otra persona (de cualquier sexo) a contacto sexual mediante violencia o amenaza de violencia, sino también quien hace caso omiso de la voluntad reconocible de la víctima —expresada mediante palabras o gestos—, aunque no oponga resistencia física y aparentemente esté colaborando con el acto, sea cual sea el estado en que se encuentre. Para lo cual no tiene relevancia cómo esté vestida, ni siquiera el hecho de que pueda no estar vestida en absoluto. El hostigamiento de carácter sexual también es penado, pues un manoseo no es algo inocuo.

Es la implementación del principio básico de que “No significa no” y del respeto a la autodeterminación intangible de la persona.

Cuando en el Perú se entienda y se viva esto a nivel de toda la sociedad, no serán necesarias manifestaciones como la de #NiUnaMenos.

(Columna publicada en Exitosa el 13 de agosto de 2016)

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FUENTES

Wikipedia (en alemán)
Sexuelle Übergriffe in der Silvesternacht 2015/16
https://de.wikipedia.org/wiki/Sexuelle_Übergriffe_in_der_Silvesternacht_2015/16

Die Welt
Was die Reform des Sexualstrafrechts wirklich ändert (07.07.16)
http://www.welt.de/politik/deutschland/article156879005/Was-die-Reform-des-Sexualstrafrechts-wirklich-aendert.html

Die Zeit
Ein Nein reicht aus (7. Juli 2016)
http://www.zeit.de/gesellschaft/2016-07/sexualstrafrecht-ueberblick-vergewaltigung-sexuelle-belaestigung-abschiebung
Nein heißt jetzt wirklich Nein (7. Juli 2016)
http://www.zeit.de/politik/2016-07/bundestag-sexualstrafrecht-verschaerfung
Eine Vergewaltigung ist eine Vergewaltigung (21. Juli 2016)
http://www.zeit.de/2016/29/sexualstrafrecht-reform-gesetz-deutschland

EL CRISTIANISMO CASTRADO

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A inicios de los ‘90, cuando todavía era sodálite con promesa de celibato, conversaba mucho con una amiga a la salida de Misa. Ella notó que siempre había cerca otro sodálite vigilándome, quizás para alejame de un peligro latente. Cuando ella quería conversar con él, él se retraía y hablaba con evasivas, hasta que un día ella le dijo: «¿Por qué me rehuyes? ¿Es que tienes miedo de mí, o miedo de ti mismo?»

Porque el miedo a las mujeres, a aquellas que según el cardenal Cipriani se ponen en “escaparates”, es en realidad miedo a la sexualidad natural que forma parte de la identidad del ser humano. Una sexualidad que ciertas interpretaciones del cristianismo pretenden neutralizar, considerándola como un enemigo que hay que dominar o, por lo menos, encerrar dentro de ciertos límites, fuera de los cuales siempre se comete pecado mortal.

El cardenal Cipriani nos ha sugerido que él también siente la “provocación” de las mujeres, dándonos a entender que es tan humano como el común de los mortales. Sólo le falta integrar ese sentimiento dentro de un sano concepto de la sexualidad y un respeto hacia toda mujer.

Decía Gustave Thibon que el santo ve en la prostituta a la mujer que puede santificarse, y el pervertido ve en la virgen consagrada a la mujer que puede poseer. El problema no está en las mujeres, sino —como decía Jesús en los Evangelios— en el corazón del hombre, de donde salen, entre otros males, las fornicaciones y la lujuria [ver Marcos 7,21-23]. Es el mismo Jesús al que fariseos de mentalidad similar a la de Cipriani le recriminaron que fuera amigo de putas [ver Mateo 9,11; 21,31].

(Columna publicada en Exitosa el 6 de agosto de 2016)

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Ya que he mencionado a Gustave Thibon (1903-2001), uno de los pensadores católicos más interesantes y profundos del siglo XX, influenciado no sólo por escritores católicos como Léon Bloy y Jacques Maritain sino también por el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, quiero reproducir aquí un texto suyo sobre la sexualidad humana y el celibato incluido en su libro de 1959 La crisis moderna del moderno (ver http://hispanismo.org/religion/18201-la-crisis-moderna-del-amor-gustave-thibon.html):

…el ejercicio normal de la sexualidad frena innegablemente el impulso espiritual, si no en tanto que virtud, al menos en tanto que experiencia vivida de las cosas de Dios. Pero correlativamente, limita las posibilidades de ilusión. Aquel que vive las realidades del amor humano en toda su densidad y plenitud terrestres, corre menos riesgo de confundirlas con Dios que aquel cuyo ideal o vocación no dejan a las pasiones una salida confesable más allá del amor sobrenatural. Una mujer joven —el ejemplo hace contrapeso al que he citado antes— me decía poco después de su matrimonio: “Ahora encuentro mucho menos ardor y dulzura en la oración, pero lo poco que me queda me parece más verdadero que antes.”

Sin embargo, no olvidemos que la sublimación de las pasiones no es privilegio exclusivo de los seres consagrados a la castidad. La sexualidad vale lo que vale el hombre completo: un alma naturalmente elevada trasciende, espiritualiza siempre más o menos las imágenes y los deseos que se refieren al sexo. En la vida conyugal hay igualmente una sublimación progresiva que es tan normal como necesaria. A la efervescencia carnal e imaginativa del “primer amor”, a la vez tan embriagador y efímero, normalmente debe suceder una ternura más tranquila y más pura, una comunión más espiritual. Si no se produce esta evolución, la unidad de la pareja no resiste los golpes del tiempo. Esta sublimación es menos completa y total que la de las almas consagradas a la vida religiosa; en cierto sentido, también es más difícil, puesto que las cosas de la carne, aceptadas y vividas en toda su realidad, son difíciles de levantar. Pero donde la operación tiene éxito, esta dificultad es una garantía de solidez.

Igualmente, ya hemos hecho observar que la abstinencia sexual completa, al facilitar la libertad y la soledad interiores, al alejar de nosotros los lazos más fuertes y los deberes más absorbentes de aquí abajo, favorece poderosamente la elevación espiritual. Su papel no es menos importante por ser negativo: al barrer el terreno delante del ideal, hace más fácil el “despegue” hacia el cielo. La historia de la santidad muestra claramente que es una de las mayores condiciones para la conquista de lo absoluto. Pero esta ventaja comporta terribles inconvenientes: el camino empinado expone a los vértigos más graves y a los peores riesgos de caída. Si el ser consagrado a la continencia no sabe aceptar el aislamiento y el vacío interiores, si no cambia en sí, mediante un sacrificio incondicional y total, la dirección y el nivel del ardor pasional, su sensualidad se insinuará por caminos torcidos en otros territorios del alma, del mismo modo como un río parado en su curso hacia el mar transforma a su alrededor las tierras en pantanos. Nunca hay que olvidar: “Aire gracioso con que la avara sensualidad sabe mendigar un trozo de espíritu cuando se le niega un trozo de carne” (Nietzsche). Obsérvese que ésta es la tendencia de tantos ideales y devociones equívocos, impuros y estériles como los pantanos, y que por su falta de densidad y realismo humano, se sitúan psicológica y moralmente muy al margen de la vida normal. Los “espirituales” creen demasiado fácilmente que han superado la plenitud terrestre cuando ni siquiera la han alcanzado. Sé bien que se puede superar sobrevolando, es decir, sin contacto casual y directo con la tierra, al igual que los santos. Pero también se puede, al igual que los iluminados, soñar que se vuela, y permanecer por debajo del realismo humano, es decir, en el sueño y la mentira. La continencia es un medio de perfección que sólo vale según el uso que de él se hace. Y si se usa mal, cuanto más noble y sutil es el instrumento, más grave el daño.

Estas reflexiones pueden ser completadas con lo que escribe el sacerdote del Opus Dei Antonio Ruiz Retegui (1945-2000) en su libro El ser humano y su mundo, jamás publicado oficialmente por sus críticas veladas a la institución a la que pertenecía (ver http://www.opuslibros.org/libros/Retegui/indice.htm):

Cuando se afirma, por ejemplo, que quien tiene una entrega a Dios en el celibato sabe mucho más del amor que los que viven un amor de enamoramiento intenso, se entra en un terreno peligroso. En efecto, muchas veces quien vive bien un amor humano tiene la afectividad más equilibrada que quien tiene que luchar violentamente con sentimientos o afectos que se le presentan con una riqueza vehemente, y experimenta en sí mismo que ha de sacrificar inclinaciones muy profundas y naturales. Especialmente cuando esa entrega en el celibato ha sido fruto no de un enamoramiento efectivo del Señor, sino de un proceso mucho más ambiguo.

Esta situación no es infrecuente pues, en efecto, las personas no tienen el instrumental intelectual para entender lo que les sucede, ya que se les impone casi violentamente una interpretación de la realidad en términos muy determinados. Entonces no es raro que quien es objetiva y subjetivamente un hombre triste y un tanto amargado, sólo sepa decir que él es de lo más alegre que hay en el mundo. Esta situación engendra necesariamente graves distorsiones mentales y psíquicas. En cualquier caso, es principio de que surjan personalidades inmaduras que, bajo una fraseología rígida, son personas faltas de alegría, con amargura de fondo y con las energías activas gravemente debilitadas.

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Quien reciba la llamada a la virginidad o al celibato, habrá de ser una persona de sexualidad serena y fácilmente dominable. Eso no significa que sean personas incapaces de enamorarse y de sentir el consuelo del amor humano, sino solamente que esa capacidad no se presente como una fuerza activa de particular intensidad. Si la tensión sexual afectiva o corporal es muy grande, será señal de que no se debe seguir el camino de la virginidad: “Mejor es casarse que abrasarse”.

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Sólo el amor de enamoramiento por Jesucristo puede fundamentar ciertas formas de entrega en la Iglesia. En concreto, la llamada al celibato es una llamada a una entrega, a una renuncia, que sólo puede tener como fundamento propio el amor de enamoramiento hacia el Señor. Quienes son llamados por Dios al celibato deben ser personas, no tanto “muy sacrificadas” o de autodominio fuerte como para renunciar a algo tan hermoso como es el amor humano, sino personas que sean arrebatadas por un amor por Jesucristo que tenga las características del amor exclusivo, “amor de doncel”, amor de enamoramiento, amor de “Amigo y Amado”. Sólo en un amor así puede enraizar la renuncia al amor humano que no sea mero sacrificio, aunque fuera un sacrificio hecho en virtud del amor a Dios.

Si no está sobre esa roca viva, el compromiso de la virginidad o del celibato, se convierte en una exigencia excesiva e inhumana, en un precepto exigente que será cumplido a fuerza de una vigilancia y una desconfianza violenta porque despoja a la persona de aquel asentamiento en el mundo que reconocíamos como consecuencia directa de la comunión de vida de los enamorados. Quien está meramente “soltero” no tiene aún esa situación existencial, y quien “sacrifica” su enamoramiento como ofrenda a Dios en una mera negación de sí mismo, tampoco. Sólo quien vive realmente enamorado de una persona o de Jesucristo, se encuentra en la situación de seguridad existencial a la que nos referimos.

Como se ha dicho ya, esta forma de amor a Jesucristo, no es dada a todos. Tampoco puede imponerse ni plantearse como un deber moral o como asunto de generosidad. Es, como el enamoramiento natural humano, un don, un regalo indeducible, algo que acontece de manera inesperada, y que hay que saber reconocer adecuadamente para no caer en equívocos que podrían resultar de consecuencias funestas. […]

…el amor humano conlleva en sí mismo la llamada a una situación vital que es signo de la seguridad en la existencia. El enamoramiento a Jesucristo debe experimentarse como principio de un fundamento en la existencia que sea nuevo y más profundo. Si esto no se advierte, la vida del supuesto enamorado de Cristo podría quedar como suspendida en el vacío. A este respecto, existe el peligro de sustituir el apoyo en el amor de Jesucristo por una situación institucional que ofrezca un entorno de seguridad vital que sea lo que en realidad sustituya a la seguridad existencial que es consecuencia de la comunión matrimonial. Por eso, las instituciones vocacionales que implican celibato o virginidad, procuran ofrecer a esas personas una protección ambiental que las haga sentirse firmes en la vida en el mundo. Los entregados a Dios en el celibato o la virginidad suelen decir que, así como otros están asentados en la vida por medio del matrimonio, ellos están asentados sobre el amor esponsal a Jesucristo. Pero es posible que, en la práctica, tengan su seguridad vital confiada a la protección que surge de la protección institucional. Entonces, el amor a Jesucristo resulta en la práctica sustituido por el amor a la institución.

COLONIA DIGNIDAD: EL TESTIGO

Wolfgang Kneese en la actualidad

Wolfgang Kneese en la actualidad

En febrero de este año se estrenó en Alemania la película comercial Colonia, protagonizada por Emma Watson, Daniel Brühl y Michael Nyqvist, y dirigida por el alemán Florian Gallenberger. Se trata de un thriller de suspenso y acción, cuya trama tiene como trasfondo el asentamiento de alemanes Colonia Dignidad, fundado en 1961 en Chile cerca de la ciudad de Parral por el líder bautista Paul Schäfer, quien no sólo le lavó el cerebro a los más de 300 miembros de la secta y abusó sexualmente de manera sistemática de niños y jóvenes, sino que también colaboró con la dictadura de Pinochet en la represión, tortura y desaparición de presos políticos. Ésta es la historia de Wolfgang Müller —quien posteriormente se casaría con Heike Kneese y asumiría el apellido de su mujer—, el primero que logró escapar en Chile de lo que prácticamente era un campo de detención de personas sometidas física y psicológicamente, relatada en una entrevista concedida este año al prestigioso semanario DIE ZEIT de Alemania.

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COLONIA DIGNIDAD: EL TESTIGO

Wolfgang Kneese fue el primero que escapó de la secta bautista Colonia Dignidad en Chile. En 1966 dio a conocer públicamente el horror… y es hasta el día de hoy el perseguidor más implacable de los victimarios alemanes.

Entrevista: Evelyn Finger (publicada en DIE ZEIT el 25 de febrero de 2016)

Al final de la conversación menciona una condición para su publicación. Hay una frase más que debe aparecer de todas maneras. Se halla enmarcada en la habitación de su esposa Heike. “Permita tranquilamente que ella se la muestre”. ¿Qué más puede venir? ¿Después de dos días de entrevista? Después del informe del siglo sobre cautiverio, tortura y fuga de Colonia Dignidad. La secta lo obligó desde 1961 en Chile a participar en la construcción de un asentamiento cercado, donde se atormentó sistemáticamente a seres humanos, incluyéndolo a él. Hasta que Wolfgang Kneese pasó de víctima a ser una amenaza para los victimarios. Gracias a él y a su esposa, el jefe del asentamiento fue finalmente capturado en 2005. Hoy da cuenta al respecto fríamente, pero también sonriente y lloroso. Sólo aquella frase enmarcada no la pronuncia, quizá porque podría sonar sentimental… como sacada del film Colonia con Daniel Brühl y Emma Watson. Así dice: “En la orilla de la vida se encuentra muy rara vez una piedra preciosa como tú, querida Heike”. Ésa debe ser la frase. Porque esta historia de fuga es también una historia de amor.

DIE ZEIT: Señor Kneese, cundo usted tenía 12 años, su madre lo envió de vacaciones a un centro bautista en la pequeña localidad de Heide cerca de Bonn. Posteriormente fue secuestrado y llevado de allí a Chile. ¿Cuándo se dio cuenta de que había caído en una secta violenta?

Wolfgang Kneese: En el acto. La primera noche en Heide el trabajador social juvenil Paul Schäfer me llamó a su habitación y me violó… como lo hacía cada noche con mínimo un muchacho. Por favor, no me pregunte detalles. A un redactor en jefe le dije en su cara hace décadas en un talkshow que el publico es lo suficientemente inteligente como para hacerse una idea de lo que es abuso sexual. Yo ya no me voy a poner al desnudo.

DIE ZEIT: Sin embargo, antes tuvo que hablar al respecto. En 1966 después de su fuga, usted se dirigió directamente a la prensa y también declaró a la policía chilena. ¿No dudó en absoluto?

Wolfgang Kneese: No. Yo asumí las declaraciones de manera muy consciente. Pues en ese momento no había nadie en el mundo que pudiera denunciar el régimen chileno de terror de Schäfer.

DIE ZEIT: ¿Por qué, a decir verdad, antes de usted nadie había fugado del asentamiento en Chile?

Wolfgang Kneese: Porque la mayoría estaban sometidos al jefe de la secta Paul Schäfer. Querían creer lo que él predicaba: decencia, benevolencia, bondad, laboriosidad. Se mataban trabajando desde temprano hasta tarde, renunciaban a toda alegría, porque consideraban que eso era grato a Dios… y de este modo incrementaban el poder de un pequeño círculo de hombres. Quien quería escapar de ellos arriesgaba su vida. Pues la Colonia se hallaba situada en algún lugar en territorio pre-andino, teníamos que talar el bosque virgen y al principio alimentarnos de conejos salvajes, y la localidad grande más cercana, Parral, estaba a kilómetros de distancia. Si bien en mi época todavía no había la cerca con alambre de púas, nosotros sin embargo pusimos los pilares de los cimientos. Los vigilantes ya tenían coches, armas, perros doberman y pastores alemanes amaestrados. En cierto modo, nosotros construimos nuestra propia cárcel.

DIE ZEIT: Usted intentó escapar tres veces, logró llegar incluso hasta la capital Santiago, pero fue regresado a la fuerza. ¿Por qué, al final, logró fugarse?

Wolfgang Kneese: Porque no tenía nada más que perder. Yo sabía que no sobreviviría mucho tiempo más en el asentamiento. En castigo por los dos primeros intentos de fuga fue golpeado casi hasta morir. Una vez casi no podía sacarme la camisa del cuerpo, porque estaba pegada a la piel debido a tanta sangre. Además fui aislado, tuve prohibición de hablar durante un año y sólo me estaba permitido abandonar mi celda vigilado para ir a trabajar.

DIE ZEIT: ¿Se atuvo a la prohibición de hablar?

Wolfgang Kneese: Sí, pues después de una semana, en todo caso, la voz ya no funciona correctamente. Una vez dije “Buenos días”, y hubo de nuevo golpes con las correas. Además debía tomar pastillas que me producían cansancio y mareos, a tal punto que el piso se me ondulaba. Mi capacidad de concentración estaba enormemente mermada, la voluntad debilitada. Uno se sentía incapaz de voltear un cubo con agua, pero aún así fui enviado al andamio o a la sierra circular con hojas de sierra del tamaño de un hombre. Entonces desarrollé un método para mantener las pastillas en la boca y escupirlas inadvertidamente. Cuando esto se descubrió, recibí inyecciones. En algún momento escuché como mis vigilantes especulaban que yo no aguantaría mucho más. Eso fue el detonante de la tercera fuga.

DIE ZEIT: ¿Nadie se solidarizó con usted?

Wolfgang Kneese: No, de eso se encargaban el sistema Schäfer con sus métodos de servicio secreto. Cuando uno hablaba sin permiso con otro, el oyente era aquel que era castigado más severamente. Y la mayoría de los colonos tenían una misión auténtica, ellos pensaban ciertamente que a causa de mi rebeldía su mundo perfecto se dañaba y manchaba.

DIE ZEIT: Pero Schäfer violaba a los niños de la Colonia. ¿No sabían esto los otros?

Wolfgang Kneese: Algunos sí, pero Schäfer maltrataba en secreto, de día aparecía gustosamente como el buen tío Paul, el consolador y conciliador. Una vez me vencí a mí mismo y le hablé a otro muchacho de las violaciones nocturnas, él se volteó y se fue corriendo. Todos nosotros jóvenes sabíamos bien al respecto. Pero muchos adultos no querían ver. Se consideraban elegidos, pues Schäfer les hacía creer que eran una élite de fe y que a través de él ya tenían un sitio en el cielo. Quien se volvía contra el maestro, por decirlo así, apostataba de Cristo y debía arder en condenación eterna.

DIE ZEIT: ¿Por qué no creyó usted en eso?

Wolfgang Kneese: Porque Schäfer no hacía lo que predicaba. Porque no me siento a gusto cuando se me impone algo y siempre he tenido una fuerte necesidad de libertad. Quizás también porque mi madre y mi tía estaban en contacto con los bautistas, aunque yo mismo no fui educado piadosamente.

DIE ZEIT: No obstante, no se atrevió durante los cuatro primeros años en el centro juvenil de Heide a quejarse ante alguien de su sufrimiento.

Wolfgang Kneese: Me avergonzaba. Y como en todas las sectas, todo comenzó con love bombing: como novato eres recibido entusiastamente, tú aún no has dicho nada, pero ya todos aplauden. Te sientes bienvenido, abrazado, amado. Que Schäfer a la vez se inmiscuyera con sus anormalidades, era algo que estaba en otra página.

DIE ZEIT: ¿Tampoco le dijo nada su madre?

Wolfgang Kneese: No era una madre fuerte, porque ella misma estaba traumatizada. En el último verano de la guerra huyó embarazada de Prusia Oriental, en caravana sobre la bahía congelada, y en el camino fue violada por soldados. Luego me trajo al mundo en septiembre en un refugio antiaéreo abandonado en Eppendorf (Hamburgo). Recién en Heide, donde los bautistas, fui inundado de afecto y por eso mismo me erá más difícil categorizar el abuso simultáneo. Mucho más tarde comprendí que quien de niño apenas recibe amor, difícilmente puede rechazar a violadores, porque por fin es abrazado de una vez y recibe calor. De este modo me convertí en el jugoso botín del demonio.

DIE ZEIT: ¿Que hizo contra sus recuerdos?

Wolfgang Kneese: Al principio sólo estaba feliz de poder ser libre, y con pánico de ser devuelto a la Colonia. Cuando mis perseguidores se liaron en Santiago en una batalla callejera con la policía, eso se convirtió en una novela policíaca. Una vez que regresé a Alemania con 21 años de edad, intenté arrojarme en la vida, desfogar mi rabia en la pista de baile.

DIE ZEIT: ¿Funcionó?

Wolfgang Kneese: No. En el camino de regreso a casa me golpeé a veces las manos contra las paredes hasta sangrar. Una vez tuve una novia que era tan inestable como yo. Éramos como dos personas a punto de ahogarse, ninguna de las cuales podía nadar, pero que se aferraban la una a la otra. El resultado fue entonces una hija, de lo cual estoy actualmente contento… pero aún así zozobramos como pareja. Busqué entonces ayuda en libros, en autores difíciles como Søren Kierkegaard y Sigmund Freud, pues yo quería entender el alma humana.

DIE ZEIT: ¿Hay alguna percepción que se le haya quedado grabada?

Wolfgang Kneese: Sí. Que ser utilizado y arrojado le puede robar a un ser humano la fe en casi todo. Yo he perdido por causa de Schäfer mi confianza primigenia.

DIE ZEIT: ¿La podría encontrar de nuevo?

Wolfgang Kneese: No. Sólo recibirla regalada. Hasta el día de hoy yo no confío en nadie. La única persona en la cual confío está sentada delante suyo. (mira a su esposa Heike)

Heike Kneese ha estado sentada a la mesa durante la conversación escuchando atentamente, sólo ocasionalmente ha añadido algo. Se nota que conoce la historia de Colonia Dignidad casi tan bien como su esposo. La lucha de él se ha convertido en su lucha. Pero ella la lleva a su propia manera.

Heike Kneese: Cuando en 1987 fundamos una asociación de víctimas, los bautistas en Alemania nos acusaron de que queríamos venganza. Nosotros, sin embargo, queríamos justicia: darle término al terror y proteger a los niños.

Wolfgang Kneese: Después de que hube salido de Chile, vinieron tiempos peores aún.

Heike Kneese: Schäfer apoyó a partir de 1973 a Pinochet y se hizo así intocable durante años. En la película de Florian Gallenberger sobre la Colonia pareciera como que los partidarios de Allende sólo fueron torturados por chilenos. En realidad, sin embargo, en la Colonia los alemanes torturaban y formaban a torturadores.

DIE ZEIT: Señora Kneese, ¿cuando se enteró de que su esposo había sobrevivido a este infame asentamiento? ¿lo supo antes de que llegaran a ser pareja?

Heike Kneese: No. Wolfgang no me daba la impresión de ser vulnerable ni reservado. Me enamoré de él porque era un tipo soberano y seguro de sí mismo. Trabajábamos en la misma empresa, y cuando me llamó por primera vez, quería de inmediato viajar al extranjero conmigo. (ríe)

Wolfgang Kneese: Yo ya te conocía desde hace tiempo, había flirteado contigo en el comedor de la empresa, sólo que tú no te diste cuenta. (ríe)

Heike Kneese: Es cierto. Yo era miope y no me puse mis gafas.

Wolfgang Kneese: ¡Y de este modo desperdicié mi profundo afecto en una futura amada, que ni siquiera me vio! Después me escurrí de largo ante las puertas de las oficinas para averiguar dónde trabajaba. Pues desde que había visto a Heike, pensaba: (pausa prolongada, tratando de mantener la compostura) Ésta es la mujer de mi vida.

Heike Kneese: Nueve meses después hicimos un viaje por Europa, y en una playa de Portugal me contaste por primera vez de la Colonia. Eso fue en el año 1982, y yo tenía 23 años. Wolfgang me dio un folleto de Amnesty International, allí estaban los informes de torturas de dos hombres y una mujer chilenos, que sobrevivieron a la Colonia. Todos fueron maltratados con descargas eléctricas, incluso en los genitales. Wolfgang se reunió con los testigos y pudo ampliar sus declaraciones, porque él conocía el lugar. Ellos mismos habían estado en los sótanos, con los ojos vendados la mayor parte de las veces.

Wolfgang Kneese: Yo quería primero probar si Heike podía soportar esos relatos.

Heike Kneese: Cuando estuvo más o menos seguro de que yo no huiría gritando, inició su relato. Era triste, pero yo lo acepté, formaba parte de él. Yo no quería salvarlo. No tenía ningún síndrome de enfermera.

Wolfgang Kneese: Bueno, te fuiste a vivir conmigo cuando me rompí el brazo.

Heike Kneese: Pero eso sucedió sobre el río Alster congelado. No pudiste patinar sobre hielo.

Wolfgang Kneese: Tú sí. Y yo quería impresionarte.

Heike Kneese: (ríe) Siempre me gustó el valor de Wolfgang para lograr lo imposible. Su perseverancia. En todo caso, no pasó mucho tiempo antes de que nos dirigiéramos ambos al Ministerio de Asuntos Exteriores en Bonn para tener reuniones sobre la Colonia, informamos a escuelas, y sobre todo intentamos encontrar a las familias alemanas de las personas secuestradas por Schäfer, con el objetivo de ganarlas para la lucha jurídica contra la secta. Eso fue difícil. Muchos no querían creer hasta el último momento que sus familiares habían caído en manos de alguien que era un corruptor de menores en vez de una figura redentora.

DIE ZEIT: Usted batalló hasta 2005 por la captura de Paul Schäfer. ¿Nunca pensó en rendirse?

Heike Kneese: No. Es decir, cuando uno quería rendirse, el otro lo levantaba. Yo creo que Dios siempre permitió que siguiéramos adelante.

DIE ZEIT: ¿Entonces usted cree en Dios?

Heike Kneese: Yo lo veo como una fuerza y una fuente que me puede ayudar a seguir siendo buena. Para eso, sin embargo, no necesito de ninguna Iglesia.

DIE ZEIT: Amnesty International, contrariamente a ustedes, fracasó de forma lamentable en llevar a Schäfer a la cárcel.

Wolfgang Kneese: Se quedaron colgados con 160.000 marcos alemanas de costos procesales, porque la Colonia podía permitirse los defensores más caros.

DIE ZEIT: ¿No tuvo usted, señora Kneese, miedo por su esposo cuando viajó a Chile en los ‘80 y ‘90 para reunirse con aliados?

Heike Kneese: Por supuesto. Él visitó, por ejemplo, a las familias de niños chilenos que habían sufrido abusos por parte de Schäfer, y organizó a médicos para que las víctimas pudieran ser examinadas. Ya antes de que se iniciaran sus procesos, habíamos fundado para ellas un proyecto de ayuda. El abogado instructor en Chile dijo una vez que si salieran a la luz todos los delitos de la Colonia, habría un conflicto diplomático entre Alemania y Chile. Wolfgang tenía entonces muy buenos guardaespaldas, una vez yo también viajé con él. Por supuesto que a veces me preocupaba si él podría resistir todo eso. Incluso ahora nuevamente, cuando mirábamos en el cine la película sobre la Colonia. ¡Ese escalofriante ladrar de los perros guardianes! (lo mira) Tú tampoco pudiste durante muchos años soportar el color rojo.

Wolfgang Kneese: Yo como prisionero en la Colonia, tenía que vestir de día ropa roja y de noche blanca, las suelas de mis zapatos tenían un diseño especial para poder seguirme mejor. Finalmente, me fugué vestido de rojo.

DIE ZEIT: Por favor, cuéntenos de su última fuga.

Wolfgang Kneese: Pues bien, era verano de 1966. Lo peor después de mis dos fugas fallidas me resultaban las miradas de los otros: ¡traidor! Antes sólo me sentía solo, ahora tenía 320 enemigos. Y después atrajeron a mi madre a Chile y la torturaron con descargas eléctricas. Se le podían ver las quemaduras en las sienes hasta el final de su vida. Yo odié abismalmente a esos torturadores, que se llamaban a sí mismos cristianos.

DIE ZEIT: ¿Cómo preparó su fuga?

Wolfgang Kneese: En nada. Me largué una noche cálida de verano, cuando el nivel del río cercano estaba bajo, a campo traviesa en pantalones cortos. Eso habría de cobrarse venganza muy pronto. Sólo había llegado hasta la mitad del lecho del río, cuando sonaron las sirenas y soltaron a los perros. En la otra orilla estaba yo de pronto delante de un arbusto de zarzamora de cinco metros de alto. Cuando los ladridos se acercaban, salté al seto espinoso y rodé al otro lado, me abalancé cerro arriba y me metí en el bosque. Del hecho de que ninguno de los perros amaestrados quiso lanzarse al seto, puede deducirse como me veía yo después.

DIE ZEIT: Usted no tenía nada para comer o beber.

Wolfgang Kneese: Zarzamoras, al fin y al cabo. Recién de noche me atreví a ir hacia la carretera, pero tendiéndome siempre como un indio sobre la tierra, para escuchar, pues mis perseguidores venían en jeeps sin luces. En un puente que yo tenía que cruzar ya habían colocado un piquete. Yo me escurrí para dormir en el bosque, me cubrí con ramas y recé: ¡Dios, si es tu voluntad, ayúdame! Después pasé de largo ante el piquete, y antes de que pudieran echar a correr, me abalancé por encima del parapeto y corrí y corrí…

DIE ZEIT: ¿Quién fue el primero que lo ayudó?

Wolfgang Kneese: Unos campesinos pobres en una cantina de pueblo, varias millas adelante. Allí me metí a hurtadillas la siguiente noche, todavía sangrando por las espinas. ¡Los chilenos me miraban como si fuera una aparición! Y entonces juntaron dinero, me vistieron con otras prendas y me metieron en el baúl de un coche de un taxista amigo, el cual me llevó pasando el piquete de la Colonia hasta una diminuta estación de tren. Allí alguien me regaló las monedas que faltaban para un boleto a Santiago. Desde entonces siempre ayudo, cuando alguien me lo suplica. ¿Quién sabe? En todo caso, llegué a Santiago, y la embajada alemana me ocultó en una asilo de ancianos. Cuando los perseguidores de la Colonia descubrieron esto y se acercaron, yo ya había desencadenado una avalancha de prensa, y la policía chilena me protegió, liándose a golpes con los colonos en plena calle. Eso también salió en el periódico.

DIE ZEIT: Pero aparentemente no le sirvió de nada, pues después usted tuvo que huir incluso a pie a través de una cresta de los Andes hacia Argentina.

Wolfgang Kneese: Eso acaeció, porque yo no tenía pasaporte. Y porque Schäfer envió a dos de sus hombres para declarar en contra de mí. Uno de ellos fue el posteriormente infame Hartmut Hopp, contra el cual hay actualmente una orden de detención y el cual me escribió hace años una carta de disculpas. Pero en ese entonces, 1966, prestaron juramento falso ante el juzgado, diciendo que yo era un ladrón de caballos y un homosexual. Asimismo se inició un proceso en la ciudad de Parral, controlada por la Colonia. El director de la cárcel, sin embargo, me creyó…

DIE ZEIT: ¿Estuvo usted en la cárcel?

Wolfgang Kneese: En prisión preventiva. Pero yo era más libre que en la Colonia. Todos los días venían debido al alboroto de prensa simpatizantes, muchachas chilenas, incluso la ZDF [Zweites Deutsches Fernsehen, canal de televisión pública de Alemania]. Pero después fuimos advertidos de que no iba a haber un fallo justo, porque el juez habría sido sobornado, y yo sólo tenía un defensor de oficio barato… cuando salí libre bajo fianza, hui hacia Argentina. Suena aventurero, pero fue con riesgo de mi propia vida. Por cierto, las mantas de llama que llevé conmigo están actualmente en nuestro coche.

DIE ZEIT: ¿Y su madre?

Wolfgang Kneese: Antes de que yo despareciera de Chile, la policía pudo liberarla de la Colonia en base a mis declaraciones. (guarda silencio) Cuando la volví a ver, estaba tan maltrecha, confundida, tenía cabellos blancos como la nieve, que pensé que morir hubiera sido más misericordioso. (guarda silencio, llora) Normalmente hubiera evitado el tema. Duele tanto. Tú piensas que ya has cerrado el acto, y luego a los 70 años lloras como una magdalena.

DIE ZEIT: ¿Pudo hacer algo por su madre?

Wolfgang Kneese: Si ese día hubiera tenido un arma, hubiera arrasado con la Colonia. El aspecto de mi madre mantuvo en marcha el motor de mi odio durante todas estas décadas, hasta que Schäfer fue encontrado en Argentina. Eso lo logramos con la ayuda de un joven, brillante y maravilloso abogado llamado Hernán Fernández. ¡Un día quisiera levantarle un monumento! Y a través del trabajo de un equipo de cámara chileno, que durante un año se ocupó del caso. Yo asesoré a los periodistas y a Hernán, al cual apoyamos desde hace años con dinero, como también a los niños chilenos afectados, cuyos padres presentaron una denuncia. Eso fue posible sólo a través de donaciones del mecenas hamburgués Jan Philipp Reemtsma. Gracias a él fundamos una asociación sin fines de lucro. Sin él todos los planes habrían fracasado debido a falta de dinero.

DIE ZEIT: Frau Kneese, ¿recuerda todavía cuando fue arrestado Schäfer?

Heike Kneese: ¡Fue un momento maravilloso e indescriptible! Qué pena que no lo pudimos vivir juntos. Wolfgang se encontraba en ese momento de camino a Chile. Yo lloré, y nuestro teléfono sonaba como loco.

DIE ZEIT: ¿Qué fue lo más difícil para ustedes dos?

Heike Kneese: Yo hubiera querido a veces que ambos andáramos más despreocupados.

Wolfgang Kneese: Más tiempo de a dos.

Heike Kneese: Quizás podamos en algún momento poner punto final a todo. O por lo menos un punto.

Wolfgang Kneese: Nuestro abogado dice que hemos logrado mucho, pero aun así estamos todavía al principio.

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DETRÁS DE LA HISTORIA
Recién a través de Wolfgang Kneese supieron por primera vez la política y la opinión pública lo que era la Colonia Dignidad en Chile desde 1961: no una sociedad benefactora, sino una secta en la que se violaba, golpeaba e incluso se mataba. Desde su fuga en 1966 Kneese realiza labor de esclarecimento al respecto. Su archivo de prensa incluye miles de artículos. En 1982 conoció a Heike Kneese en la editorial hamburguesa Gruner + Jahr. La pareja inició la comunidad de emergencia y de intereses de los afectados por la Colonia Dignidad y le encargó a Norbert Blüm que suspendiera los pagos en blanco por jubilación a los miembros. En 1996 Wolfgang Kneese repitió en Chile sus declaraciones sobre el jefe de la secta Paul Schäfer, dado que los antiguos expedientes habían desaparecido. Desde entonces los Kneese apoyan al abogado Hernán Fernández, el cual demandó con éxito a Paul Schäfer en nombre de niños chilenos violados. Fernández logró la condena del principal victimario y lo localizó en Argentina. Desde 2015 Heike Kneese trabaja como secretaria de redacción en DIE ZEIT. Por primera vez, ella y su esposo cuentan los antecedentes personales de su lucha.

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(Traducción al español: Martin Scheuch)

Artículo original en DIE ZEIT
Der Zeuge (25. Februar 2016)
http://www.zeit.de/2016/10/colonia-dignidad-interview-wolfgang-kneese

SER Y NO SER PERUANO

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Pedro Pablo Kuczynski, presidente del Perú

Nací y crecí en el Perú. Tengo ancestros alemanes, ingleses, escoceses, españoles y peruanos de la selva iquiteña por mi abuela Hernández. Mi abuelo Scheuch nació en Chile, hijo de un alemán que tuvo que exiliarse por razones políticas en el siglo XIX.

De niño mi jornada cotidiana se dividía en dos: la mañana, que transcurría en un ambiente alemán en el Colegio Alexander von Humboldt, y la tarde, dentro de un entorno de clase media limeña.

Y aunque nunca he llegado a dominar el alemán a la perfección, adquirí la nacionalidad alemana —sin perder la peruana— cuando a la muerte de mi abuela salieron a la luz documentos que demostraban que mi padre había sido registrado como alemán por mi abuelo en la embajada alemana.

Cuando fui descubriendo que el estilo de clase media burguesa era una ilusión, un sueño entre murallas ajeno a la cruda realidad del común de los peruanos, me atreví a saltar el muro y a convertirme en un disidente de mi estrato social, comprometido de corazón con el Perú profundo.

Tuve que emigrar a Alemania por razones similares a las que emigran otros peruanos: falta de oportunidades laborales y hartazgo ante la injusticia, la discriminación y la corrupción que uno encuentra volteando la esquina.

Y aun sintiéndome en parte alemán, al Perú lo llevo siempre adentro. Como también debe ocurrir con PPK [Pedro Pablo Kuczynski], hijo de padre alemán de raíces judío-polacas y madre franco-suiza, peruano por su historia personal y por decisión propia.

Ser peruano —o alemán— ya no depende de la sangre, sino del amor por la gente del país en que uno vive o ha vivido.

(Columna publicada en Exitosa el 30 de julio de 2016)

SI EL CARDENAL CIPRIANI ESTUVIERA CASADO

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Si el cardenal Cipriani estuviera casado, sabría muy de cerca qué es lo quiere una mujer y si se quedaría contenta con ser únicamente un ama de casa cuya única ocupación es el hogar, como él mismo ha enseñado en varias oportunidades.

También descubriría en su propia carne la belleza del encuentro sexual entre un hombre y una mujer que se aman, y dudo que se atrevería a condenar el sexo en general como un falso dios.

Si tuviera hijos, probablemente sabría lo que es tener en su casa a alguien que es carne de la propia carne, pero que no piensa como uno mismo y aún así se le sigue amando con respeto y cariño, sin tratar de imponerle ninguna norma moral que vaya contra su conciencia.

Y si un hijo le saliera homosexual —lo cual ocurre hasta en los hogares más católicos—, tendría tal vez un corazón más abierto a la misericordia y la comprensión, en vez de juzgarlo como una anormalidad de la naturaleza.

Sería tal vez un pastor con olor a oveja antes que un predicador con cara de piedra y olor a naftalina, dispuesto a condenar con una severidad inmisercorde y ajena al amor de Jesús.

Consideraría como una bendición del cielo que actualmente haya en todo el mundo unos 90,000 sacerdotes casados (más del 20% del clero católico) y como absurda la prohibición que tienen la mayoría de ejercer su ministerio sacerdotal.

Y se solidarizaría con aquellos pocos obispos españoles que en contados casos han hecho la vista gorda y han permitido que curas casados sigan celebrando los sacramentos y atendiendo pastoralmente a la grey.

(Columna publicada en Exitosa el 23 de julio de 2016)

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El celibato clerical no es un dogma de fe, sino una disciplina que la Iglesia católica romana estableció en un tiempo y circunstancias determinados. Como asunto disciplinar puede ser modificado, sin que ello signifique una merma en los contenidos de la fe cristiana.

Está sujeto a discusión si está práctica es adecuada para los tiempos actuales, y si resulta conveniente en lo personal para muchos de los sacerdotes que ejercen su ministerio en una sociedad muy diferente a la de tiempos pasados.

Así resume el ya fallecido cardenal Carlo Maria Martini los orígenes del celibato clerical en el libro-entrevista Coloquios nocturnos en Jerusalén, publicado originalmente en alemán en el año 2008:

En todas las Iglesias fuera de la católica romana los sacerdotes pueden casarse. También pueden hacerlo en la Iglesia greco-católica. La idea de que los sacerdotes no deben casarse surgió a partir del monacato. Las mujeres y los hombres viven en comunidades monásticas o bien como eremitas a fin de seguir a Jesús en su celibato. Quieren ser plenamente libres para el servicio a Dios. «Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas», como dice el credo de Israel, lo es realmente todo para algunas personas. Ellas arriesgan su vida por amor de él.

Para el celibato es importante que una comunidad brinde al sacerdote un ámbito de amor y de cobijo. El sacerdote no debe sentirse solo, aunque los tiempos más importantes de su vida son los tiempos. Pero no habría que olvidar que también la Iglesia católica romana sólo regulo jurídicamente el celibato de los sacerdotes en el concilio de Trento, en el siglo XVI, aunque la obligación del celibato existía desde el siglo XI.

Ello no implica una desestimación del celibato como tal, sobre el cual el cardenal Martini aclara lo siguiente [las negritas son mías]:

Esta forma de vida es extremadamente exigente y presupone una profunda religiosidad, una buena comunidad y personalidades fuertes, pero sobre todo la vocación a la vida célibe. Tal vez, no todos los hombres que estén llamados al sacerdocio tengan ese carisma. En nuestro caso, la Iglesia deberá desarrollar inventiva. Hoy en día se confían cada vez más comunidades a un sólo párroco, o las diócesis importan sacerdotes de culturas foráneas. Esto no puede ser una solución a largo plazo. De todos modos hay que discutir la posibilidad de ordenar a viri probati, es decir, a hombres experimentados y probados en la fe y en el trato con los demás.

En la misma línea, el Papa Francisco ha resaltado el valor del celibato como un estado de vida legítimo dentro de la Iglesia, que no es ni superior ni inferior al estado de vida matrimonial.

La virginidad es una forma de amar. Como signo, nos recuerda la premura del Reino, la urgencia de entregarse al servicio evangelizador sin reservas (cf. 1 Co 7,32), y es un reflejo de la plenitud del cielo donde «ni los hombres se casarán ni las mujer tomarán esposo» (Mt 22,30). San Pablo la recomendaba porque esperaba un pronto regreso de Jesucristo, y quería que todos se concentraran sólo en la evangelización: «El momento es apremiante» (1 Co 7,29). Sin embargo, dejaba claro que era una opinión personal o un deseo suyo (cf. 1 Co 7,6-8) y no un pedido de Cristo: «No tengo precepto del Señor» (1 Co 7,25). Al mismo tiempo, reconocía el valor de los diferentes llamados: «cada cual tiene su propio don de Dios, unos de un modo y otros de otro» (1 Co 7,7). En este sentido, san Juan Pablo II dijo que los textos bíblicos «no dan fundamento ni para sostener la “inferioridad” del matrimonio, ni la “superioridad” de la virginidad o del celibato» [Catequesis (14 abril 1982), 1: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 18 de abril de 1982, p. 3] en razón de la abstención sexual. Más que hablar de la superioridad de la virginidad en todo sentido, parece adecuado mostrar que los distintos estados de vida se complementan, de tal manera que uno puede ser más perfecto en algún sentido y otro puede serlo desde otro punto de vista. […]

La virginidad tiene el valor simbólico del amor que no necesita poseer al otro, y refleja así la libertad del Reino de los Cielos. Es una invitación a los esposos para que vivan su amor conyugal en la perspectiva del amor definitivo a Cristo, como un camino común hacia la plenitud del Reino. A su vez, el amor de los esposos tiene otros valores simbólicos: por una parte, es un peculiar reflejo de la Trinidad. La Trinidad es unidad plena, pero en la cual existe también la distinción. Además, la familia es un signo cristológico, porque manifiesta la cercanía de Dios que comparte la vida del ser humano uniéndose a él en la Encarnación, en la Cruz y en la Resurrección: cada cónyuge se hace «una sola carne» con el otro y se ofrece a sí mismo para compartirlo todo con él hasta el fin. Mientras la virginidad es un signo «escatológico» de Cristo resucitado, el matrimonio es un signo «histórico» para los que caminamos en la tierra, un signo del Cristo terreno que aceptó unirse a nosotros y se entregó hasta darnos su sangre. La virginidad y el matrimonio son, y deben ser, formas diferentes de amar, porque «el hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor» [Id., Carta enc. Redemptor hominis (4 marzo 1979), 10: AAS 71 (1979), 274]. (Papa Francisco, Exhortación apostólica Amoris laetitia, 159 y 161).

Todo esto se inserta dentro de una visión sumamente positiva de la sexualidad humana, que ha sorprendido a más de uno y escandalizado a aquellos que prefieren seguir viendo pecados en la mayoría de las expresiones sexuales del ser humano:

Dios mismo creó la sexualidad, que es un regalo maravilloso para sus creaturas. Cuando se la cultiva y se evita su descontrol, es para impedir que se produzca el «empobrecimiento de un valor auténtico» [Juan Pablo II, Catequesis (22 octubre 1980), 5: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 26 de octubre de 1980, p. 3]. San Juan Pablo II rechazó que la enseñanza de la Iglesia lleve a «una negación del valor del sexo humano», o que simplemente lo tolere «por la necesidad misma de la procreación» [Ibíd., 3]. La necesidad sexual de los esposos no es objeto de menosprecio, y «no se trata en modo alguno de poner en cuestión esa necesidad» [Id., Catequesis (24 septiembre 1980), 4: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 28 de septiembre de 1980, p. 3].

A quienes temen que en la educación de las pasiones y de la sexualidad se perjudique la espontaneidad del amor sexuado, san Juan Pablo II les respondía que el ser humano «está llamado a la plena y madura espontaneidad de las relaciones», que «es el fruto gradual del discernimiento de los impulsos del propio corazón» [Catequesis (12 noviembre 1980), 2: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 16 de noviembre de 1980, p. 3]. Es algo que se conquista, ya que todo ser humano «debe aprender con perseverancia y coherencia lo que es el significado del cuerpo». [Ibíd., 4] La sexualidad no es un recurso para gratificar o entretener, ya que es un lenguaje interpersonal donde el otro es tomado en serio, con su sagrado e inviolable valor. Así, «el corazón humano se hace partícipe, por decirlo así, de otra espontaneidad» [Ibíd., 5]. En este contexto, el erotismo aparece como manifestación específicamente humana de la sexualidad. En él se puede encontrar «el significado esponsalicio del cuerpo y la auténtica dignidad del don» [Ibíd., 1: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 16 de noviembre de 1980, p. 3]. En sus catequesis sobre la teología del cuerpo humano, enseñó que la corporeidad sexuada «es no sólo fuente de fecundidad y procreación», sino que posee «la capacidad de expresar el amor: ese amor precisamente en el que el hombre-persona se convierte en don» [Id., Catequesis (16 enero 1980), 1: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 20 de enero de 1980, p. 3]. El más sano erotismo, si bien está unido a una búsqueda de placer, supone la admiración, y por eso puede humanizar los impulsos.

Entonces, de ninguna manera podemos entender la dimensión erótica del amor como un mal permitido o como un peso a tolerar por el bien de la familia, sino como don de Dios que embellece el encuentro de los esposos. Siendo una pasión sublimada por un amor que admira la dignidad del otro, llega a ser una «plena y limpísima afirmación amorosa», que nos muestra de qué maravillas es capaz el corazón humano y así, por un momento, «se siente que la existencia humana ha sido un éxito» [Josef Pieper, Über die Liebe, Múnich 2014, 174-175]. (Papa Francisco, Exhortación apostólica Amoris laetitia, 150-152)

El Papa Francisco también señala los problemas que acarrea un celibato vivido sin amor, ante los cuales resplandece en comparación muchas veces el testimonio de amor de muchas personas casadas:

El celibato corre el peligro de ser una cómoda soledad, que da libertad para moverse con autonomía, para cambiar de lugares, de tareas y de opciones, para disponer del propio dinero, para frecuentar personas diversas según la atracción del momento. En ese caso, resplandece el testimonio de las personas casadas. Quienes han sido llamados a la virginidad pueden encontrar en algunos matrimonios un signo claro de la generosa e inquebrantable fidelidad de Dios a su Alianza, que estimule sus corazones a una disponibilidad más concreta y oblativa. Porque hay personas casadas que mantienen su fidelidad cuando su cónyuge se ha vuelto físicamente desagradable, o cuando no satisface las propias necesidades, a pesar de que muchas ofertas inviten a la infidelidad o al abandono. Una mujer puede cuidar a su esposo enfermo y allí, junto a la Cruz, vuelve a dar el «sí» de su amor hasta la muerte. En ese amor se manifiesta de un modo deslumbrante la dignidad del amante, dignidad como reflejo de la caridad, puesto que es propio de la caridad amar, más que ser amado [Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 27, a. 1]. También podemos advertir en muchas familias una capacidad de servicio oblativo y tierno ante hijos difíciles e incluso desagradecidos. Esto hace de esos padres un signo del amor libre y desinteresado de Jesús. Todo esto se convierte en una invitación a las personas célibes para que vivan su entrega por el Reino con mayor generosidad y disponibilidad. Hoy, la secularización ha desdibujado el valor de una unión para toda la vida y ha debilitado la riqueza de la entrega matrimonial, por lo cual «es preciso profundizar en los aspectos positivos del amor conyugal» [Pontificio Consejo para la Familia, Familia, matrimonio y uniones de hecho (26 julio 2000), 40]. (Papa Francisco, Exhortación apostólica Amoris laetitia, 162)

Si tanto la virginidad y el celibato como el matrimonio con una vida sexual activa pueden considerarse como formas de amar que simbolizan de distinta manera el amor de Dios hacia los hombres, ¿tiene sentido todavía que la Iglesia católica romana vincule obligatoriamente —salvo en el caso de los diáconos casados— el precepto del celibato con el estado clerical? ¿No sería más conforme con la libertad de los hijos de Dios —e incluso con lo que enseña Jesús en los Evangelios y San Pablo en sus epístolas— que se deje a la decisión de quienes aspiran al estado clerical si optan por casarse o por vivir el celibato? De este modo los sacerdotes podrían elegir como estado de vida aquél  que sea más conforme con sus características y capacidades personales, sin menoscabo de su misión pastoral.

Porque los problemas del celibato obligatorio para todos los sacerdotes saltan a la vista. En el libro La vida sexual del clero, publicado en 1995 por el periodista español Pepe Rodríguez, especialista en cuestiones religiosas, se incluyen algunas estadísticas reveladoras sobre la sexualidad del clero español. Según ellas, el 95% se masturba habitualmente y 60% mantienen relaciones sexuales. 65% tienen una orientación heterosexual mientras que 35% son homosexuales. Y lo más sorprendente es que entre aquellos que practican el sexo con otras personas, el 64% comenzó a tener relaciones entre los 40 y 55 años de edad.

Dado que no ha habido ningún cambio sustancial en la disciplina de la Iglesia desde entonces, es muy probable que las cifras actuales sean muy semejantes a las de hace veinte años. Y si bien hasta ahora no hay ningún estudio que haya demostrado fehacientemente que existe una relación entre celibato obligatorio y abusos sexuales de menores, tampoco se ha demostrado que no la haya.

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Sea como sea, podríamos concluir que para muchos sacerdotes el celibato se presenta como una carga pesada, como una fachada que oculta una vida sexual practicada en la sombra y sembrada de sentimientos de culpa y frustración. Que la Iglesia les dé la oportunidad de casarse y formar una familia a la vez que los confirme en su ministerio sacerdotal no traería consecuencias negativas ni para ellos ni para la grey que atienden, y probablemente conllevaría un enriquecimiento sustancial y palpable de su labor pastoral. Y también ayudaría a contrarrestar la crisis de vocaciones sacerdotales que sufre actualmente la Iglesia.

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FUENTES

ÚTERO.PE
Cipriani: La mujer vela por que la ropa esté limpia (14 Marzo 2014)
http://utero.pe/2014/03/14/cipriani-la-mujer-vela-por-que-la-ropa-este-limpia/

ACI Prensa
Sexo y dinero son “dioses” falsos y agresivos, alerta Cardenal Cipriani (20 Abril 2015)
https://www.aciprensa.com/noticias/sexo-y-dinero-son-dioses-falsos-y-agresivos-alerta-cardenal-cipriani-93415/

El País
La lucha de los 90.000 curas casados de la Iglesia católica (01 Noviembre 2015)
http://politica.elpais.com/politica/2015/11/01/actualidad/1446374179_827110.html

Card. Carlo Maria Martini – Georg Sporschill, Coloquios nocturnos en Jerusalén, San Pablo, Madrid 2008
https://de.scribd.com/doc/232506044/La-Vida-Sexual-Del-Clero-Pepe-Rodriguez

Pepe Rodríguez, La vida sexual del clero, Ediciones B, Barcelona 1995
https://de.scribd.com/doc/232506044/La-Vida-Sexual-Del-Clero-Pepe-Rodriguez

Sitio web de Pepe Rodríguez
Resumen de conclusiones estadísticas sobre la conducta sexual del clero católico
http://www.pepe-rodriguez.com/Sexo_clero/Sexo_clero_estadist.htm

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Quien quiera conocer la apasionante historia un sacerdote suizo que se casó y después regresó al ministerio sacerdotal en la prelatura de Ayaviri, le recomiendo mi post EL AZAROSO CAMINO DE LA FE DE OTTO BRUN.