EL SODALICIO INTERVENIDO

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Cuando el 10 de enero la Oficina de Prensa de la Santa Sede comunicó que el Sodalicio había sido intervenido y que se había nombrado un Comisario con autoridad para gestionar el gobierno, el régimen interno y las cuestiones económicas del instituto, leí con escepticismo los comentarios en la prensa y en las redes sociales que decían que por fin el Vaticano estaba tomando cartas en el asunto de los abusos sexuales cometidos por Figari y otros sodálites, y que por fin se iba a atender a las víctimas.

Nada más lejos de la realidad. Salvo ocasionales atisbos, la Iglesia católica todavía no ha asumido satisfactoriamente la perspectiva de las víctimas ni en su legislación ni en su pastoral, y lo que más le ha preocupado cuando han habido casos de abusos sexuales es el escándalo generado antes que el daño ocasionado a los afectados. De ahí sus intentos por acallar la publicidad de los hechos, darle carácter reservado a la información al respecto y sacar momentáneamente de circulación a los perpetradores, buscando de alguna manera rehabilitarlos tras “haber caído en pecado”.

Pero acoger y atender a las víctimas, como lo hacía Jesús con los sufrientes y desvalidos, no está entre sus prioridades, por lo menos institucionalmente. Como se constata en la visita del Papa a Chile y Perú, donde no se ha incluido en el programa ningún encuentro entre Francisco y las víctimas de abusos sexuales, psicológicos y físicos por parte del clero, religiosos y laicos consagrados.

La intervención del Sodalicio no se debe a los abusos sexuales cometidos por Figari. Para la Santa Sede ésos son «hechos y comportamientos que, aunque objetivamente graves, han ocurrido sobre todo en un pasado muy remoto», además de que «»no se encuentra prueba cierta de ulteriores actos contra el VI mandamiento, cometidos sucesivamente o en precedencia a los referidos» (Carta del Vaticano a Alessandro Moroni, 30 de enero de 2017). Y, al parecer, los dos informes sobre abusos sexuales elaborados por tres expertos internacionales, dados a conocer por el Sodalicio en febrero de 2017, dejaron satisfecha a la Santa Sede, la cual no habló más sobre el asunto. Sin embargo, un número considerable de víctimas quedaron insatisfechas por el trato recibido de parte de los representantes del Sodalicio, que ofrecieron reparaciones exiguas en comparación con los daños personales sufridos o simplemente negaron que haya habido abusos.

Como ocurrió en mi caso, donde se me negó la condición de víctima, no obstante haber testimoniado graves abusos psicológicos y físicos cometidos sistemáticamente en perjuicio mío. Mi testimonio no sólo fue enviado a los representantes del Sodalicio, sino también por partida doble al Vaticano —una vez personalmente y la otra por la diócesis de Espira (Speyer)—, sin que haya recibido hasta ahora ninguna respuesta.

Es la situación actual del Sodalicio la que motiva la intervención vaticana, es decir, el modo en que se maneja el régimen interno y la formación, y la gestión económica-financiera, que no es que vaya mal, sino que parece tener fuentes no sólo de dudosa moralidad sino también de legitimidad cuestionable.

Evidentemente, cualquier intervención en régimen de comisariato de la Santa Sede tiene la intención de “sanear” la institución. ¿Pero puede acaso sanearse una entidad que funcionó desde sus inicios como una secta destructiva, controlando draconianamente el pensamiento y lenguaje de sus miembros, su comportamiento durante las veinticuatro horas del día, sus emociones a través del mecanismo de la culpa, así como la información que les era permitido recibir? Porque siguen habiendo evidencias de que la formación impartida sigue el mismo patrón de siempre, restringiendo considerablemente la libertad interior de los sodálites.

Pero además de los informes recientes que habrían llegado a la Santa Sede —y que aún desconocemos—, lo que más parece preocuparle al Vaticano es la posibilidad de una sentencia condenatoria contra aquél a quien llaman «el fundador del Sodalitium Christianae Vitae y por lo tanto […] mediador de un carisma de origen divino» (Carta del 30 de enero de 2017).

Sospechamos que harán todo lo posible para que Figari no vaya a la cárcel, buscando evitar así empañar aún más la imagen de Iglesia santa que quieren mantener a toda costa, sin importarles pisotear a las víctimas.

(Columna publicada en Altavoz el 15 de enero de 2018)

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LA IGLESIA QUE ESPERA AL PAPA FRANCISCO EN EL PERÚ

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Manfred Lehmann como Padre Julio en “Commando Leopard” (Antonio Margheriti, 1985)

La primera semana del año una bronquitis aguda me obligó a guardar cama. Tuve así tiempo para revisar unas películas de mercenarios de bajo presupuesto, realizadas en la década de los ‘80 en régimen de co-producción ítalo-germano. Aunque parezca increíble, en estos filmes de serie B sin mayores pretensiones siempre se encuentran escenas memorables que quedan impresas en la memoria.

Lo que más me llamó la atención es que en tres de los cinco filmes que pude visionar aparece la figura de un sacerdote católico.

En Comando Patos Salvajes (1984), de Antonio Margheriti, un anciano sacerdote en la selva del sudeste asiático acoge en su misión a todas las víctimas del tráfico de drogas imperante en la zona y no tiene ningún reparo en darles cobijo a los mercenarios enviados para destruir algunos depósitos de estupefacientes. Posteriormente, tropas del gobierno destruirán a sangre y fuego la misión y clavarán al clérigo a la cruz de su iglesia.

En Comando Leopardo (1985), también de Margheriti, Manfred Lehmann da vida al Padre Julio, un sacerdote que acoge a pobres y desposeídos en un país latinoamericano ficticio, dominado por una dictadura militar. Cuando llegan los guerrilleros armados, comandados por Carrasco “El Leopardo” (Lewis Collins), el cura les da acogida e incluso les presta ayuda para volar una refinería, lo cual posteriormente llevará a que sea asesinado a sangre fría por el General Silveira (Klaus Kinski) cuando inintencionadamente mata a un soldado con lanzallamas que iba a prenderle fuego a la iglesia con su feligresía adentro.

En Operación Nam (1986), de Fabrizio de Angelis, Donald Pleasance interpreta al Padre Lenoir, un sacerdote francés que trabaja en la selva vietnamita y que les proporciona armas a los cuatro amigos que han decidido ir a rescatar a prisioneros de guerra americanos, cuya existencia el mismo gobierno estadounidense niega y que viven en condiciones lamentables, siendo continuamente objeto de tortura y maltratos.

La imagen del sacerdote que transmitía cierto cine popular en la década de los ‘80 era la de un hombre comprometido con los desvalidos y marginales, y que era capaz de asumir riesgos en defensa de sus derechos humanos, poniendo en juego incluso su propia vida si ello era necesario.

Ello es reflejo de la conciencia que había tomado la Iglesia de sí misma bajo el pontificado de Juan XXIII y durante las sesiones del Concilio Vaticano II, que concluyó: «La Iglesia, pues, en virtud del Evangelio que se le ha confiado, proclama los derechos del hombre y reconoce y estima en mucho el dinamismo de la época actual, que está promoviendo por todas partes tales derechos» (Constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual, 41).

Ha pasado el tiempo y mientras los sectores conservadores se han ido fortaleciendo en la Iglesia, ésta ha predicado cada vez con mucho menor frecuencia la defensa de los derechos humanos —si es que nos lo ha tachado de “cojudez”— y se ha convertido ella misma en un problema en este aspecto. Los numerosos casos de abusos sexuales por parte del clero y de personal laico de la Iglesia atentan gravemente contra el derecho a la integridad corporal y psíquica de miles de personas vulnerables. El encubrimiento sistemático y la laxitud para juzgar los abusos físicos, psicológicos y sexuales en instituciones de la Iglesia católica atentan gravemente contra el derecho a la justicia de los afectados. Y no hablemos de las frecuentes violaciones a los derechos laborales en que incurren organizaciones católicas amparándose en privilegios obtenidos mediante pactos dudosos.

La Iglesia que espera al Papa Francisco en el Perú es una Iglesia que no ha acompañado a los familiares de las masacres de Barrios Altos y La Cantuta, que ha estado ausente en las luchas de las mujeres esterilizadas forzosamente por el gobierno de Fujimori, que ha renunciado a tener una pastoral de acercamiento a las personas homosexuales, que ha dejado abandonadas a las víctimas de abusos no solamente del Sodalicio sino de otras instituciones católicas, que ha callado en todos los colores del arco iris ante el inmoral indulto de un criminal como Fujimori.

Es una Iglesia que le sonríe a los dueños del poder, mientras defeca sobre aquellos a los cuales está en obligación de defender.

(Columna publicada en Altavoz el 8 de enero de 2018)

INDULTANDO A HITLER

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En la hipótesis contrafáctica de que Adolf Hitler hubiera sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial, hubiera sido condenado por sus crímenes a cadena perpetua y tuviera la misma edad que Alberto Fujimori, eso nos ubicaría en el año 1968, cuando Kurt Georg Kiesinger —antiguo miembro del partido nazi— era canciller de Alemania. Finalizada la guerra, fue categorizado como “simpatizante” del nazismo, y si bien pasó 18 meses en campos de prisioneros, al final superó exitosamente el proceso de “desnazificación”, por lo menos en lo formal, y se enroló en la Unión Demócrata Cristiana (CDU), partido conservador fundado por Konrad Adenauer.

El año ‘68 fue también el de las protestas estudiantiles, sobre todo de jóvenes idealistas de izquierda que abominaban de la indolencia que tenían muchos miembros de la generación de sus padres hacia los crímenes del nazismo.

El 7 de noviembre de 1968, la activista Beate Klarsfeld —esposa de un francés de ascendencia judía-—lo abofeteó públicamente en el transcurso de una Convención de la CDU, gritándole: «¡Kiesinger! ¡Nazi! ¡Renuncia!» Klarsfeld fue condenada a un año de prisión, pero la pena nunca se aplicó, porque la apelación interpuesta implicaba sacar los trapitos sucios de Kiesinger al aire. El proceso fue aplazado indefinidamente, y Kiesinger nunca hizo aclaraciones ni habló públicamente sobre este incidente en todo el resto de su vida.

En 1968 el tema del régimen nazi era tabú en Alemania y ni siquiera se abordaba en las clases de historia. Pero, a pesar del tiempo transcurrido, Hitler seguía teniendo muchos admiradores en secreto, incluso entre algunos jóvenes, admiración que se ha mantenido hasta el día de hoy. ¿Razones? Hitler estabilizó la economía deteriorada de un país que venía de una democracia inestable, donde los partidos tradicionales habían perdido credibilidad y apoyo. Cuando en 1930 el partido nazi se convirtió en la segunda fuerza política en el Parlamento, no sólo comenzaron a financiarlo varios empresarios, sino también la aseguradora Allianz, el Deutsche Bank y el Dresdner Bank.

Hitler fue nombrado canciller el 30 de enero de 1933, siguiendo procedimientos constitucionales en un régimen democrático, pero una vez en el poder buscó la manera de controlar los poderes legislativo y judicial desde el ejecutivo. El incendio del Reichstag, ocurrido el 27 de febrero, le permitió a Hitler obtener del presidente Hindenburg un decreto de urgencia, «mediante el cual podía abolir la libertad de prensa, el derecho a la libre expresión, el derecho a la privacidad de las comunicaciones y el respeto a la propiedad privada» (Wikipedia).

Sin haber obtenido aún una mayoría parlamentaria en las subsiguientes elecciones del 5 de abril, en aplicación del decreto de urgencia removió a los 81 diputados comunistas de sus curules y la cantidad necesaria de socialdemócratas para obtener mayoría y votar una ley habilitante que transfería las funciones del Reichstag al canciller por cuatro años. Luego vendría la designación de jueces favorables al gobierno.

Durante la dictadura hitleriana se beneficiaron grandes empresas alemanas que todavía existen (BMW, VW, Audi, Bayer, BASF, Hugo Boss, Deutsche Bank, Degussa, etc.), algunas de ellas sobre todo por la mano de obra barata suministrada por los campos de concentración.

En conclusión, se puede estabilizar la economía a la vez que se socava la democracia y se violan derechos humanos fundamentales. Y eso es algo que repitió Fujimori en otro contexto, promoviendo el capitalismo salvaje que postula el neoliberalismo —con la aquiescencia de la mayoría de empresarios peruanos—, flexibilizando los estándares de protección ambiental y dejando sin protección a los trabajadores mediante el recorte de derechos adquiridos y generando un aumento de la desigualdad social, uno de los principales enemigos del desarrollo.

Que se puede generar riqueza de otro modo, sin afectar el bienestar social, lo demuestran los países nórdicos de Europa, donde existe una economía social de mercado.

Ni Hitler ni Fujimori mataron a nadie con sus propias manos, pero ambos fueron —en diferente medida— autores mediatos de crímenes inexcusables. Y de prácticas eugenésicas atroces —en el caso de Hitler con los judíos, en el de Fujimori con las esterilizaciones masivas de mujeres autóctonas—. ¿Es lícito olvidar esos delitos en aras del bienestar producido? De ninguna manera. Indultar a Fujimori es como que Kiesinger hubiera indultado a Hitler.

(Columna publicada en Altavoz el 2 de enero de 2018)

LAS NAVIDADES DE LAS GENERACIONES PASADAS

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Como trabajador social especializado en el acompañamiento de ancianos con demencia, suelo vivir una serie de experiencias que me confrontan con los enigmas de la existencia desnuda, de esta vida nuestra que bascula entre la nada y la muerte, entre el misterio del nacimiento y un agónico final que a nuestros ojos humanos parece ser la extinción definitiva de toda una biografía cargada de recuerdos, momentos inolvidables y golpes de destino que dejan siempre un poso de amargura en el alma. Y cuando se acerca la Navidad, todo esto aflora con mayor intensidad, sobre todo entre los seres humanos que viven sus últimos días en un entorno no familiar como es el de un asilo de ancianos.

El 19 de diciembre fue oficialmente el almuerzo navideño en el asilo donde trabajo. A sus moradores, la mayoría de ellos octogenarios y nonagenarios, se les sirvió una comida especial: asado de res acompañado de col morada, vainitas envueltas en tocino y papas, regado con vino tinto y blanco de la región. De postre hubo helado de vainilla y canela en forma de estrella y tiramisú. Estuvo también presente un músico aficionado, un sexagenario del pueblo, que cantó canciones navideñas alemanas al compás de un ukelele y una armónica. Y varios ancianos, aquellos a los que la demencia y las enfermedades aún no les habían robado la memoria y las facultades auditivas y comunicativas, cantaron también esos cantos preñados de nostalgia y de una época que se fue.

Porque en la era de las comunicaciones digitales y las redes sociales, la mayoría de los jóvenes ya no le dedican tiempo a cantar los villancicos tradicionales, o a preparar galletas navideñas como lo hicieron sus ancestros, o a dedicar parte de su tiempo a las manualidades que ocuparon las horas libres de sus abuelos y les dieron un sentido creador y satisfacción generosa a las Navidades ancestrales. Pues, como se cree comúnmente en Alemania, lo que se hace en casa es mejor, sabe mejor y se siente mejor que lo que se obtiene ya hecho en el supermercado.

Y en estas épocas suele resurgir esa nostalgia por el hogar y por la familia, siendo particularmente difícil mi tarea de explicarles a ancianas con facultades cognitivas disminuidas que no pueden irse a la casa donde alguna vez vivieron —porque ya nadie vive allí o ha cambiado de dueño— y que continuamente buscan la manera de alcanzar la calle para cumplir un sueño ahora imposible.

En general, los ancianos suelen contentarse con poco, siempre que sea ofrecido con amabilidad y generosidad sinceras. Pues, a diferencia de las generaciones actuales que miden el valor de los regalos por lo que han costado y ambicionan mucho, los miembros de esa generación que están en el epílogo de sus vidas padecieron pobreza, carestía y escasez en una infancia desplegada en los difíciles años de la posguerra, marcada también por la ausencia de varios seres queridos que nunca regresaron, a quienes ahora recuerdan entre las nieblas de la demencia como si aún estuvieran vivos, como si en cualquier momento pudieran presentarse para hacerles una visita.

Ellos siguen siendo la memoria de una época donde el fenómeno comercial del presente aún no existía y donde los rituales navideños seguían un ritmo pausado que permitían el encuentro de las personas en un ambiente de alegría y acogida. Y de recogimiento hogareño, pues tanto en Alemania como en los países nórdicos —donde el frío invernal invita a buscar el íntimo calor del hogar— la Navidad se vive como una celebración de gozosa melancolía y expresivo sosiego y tranquilidad.

También hay uno que otro anciano que no recibirá la visita de nadie en estas Navidades, para los cuales poco consuelo será la tradicional cena de Nochebuena con salchichas vienesas, mostaza y ensalada de papas. Ancianos a los cuales se les han muerto los familiares más cercanos, o éstos viven demasiado lejos, o simplemente no quieren volver a verlos por desavenencias familiares irreconciliables. Los que trabajamos en el asilo haremos nuestros mejores esfuerzos para que también sientan compañía y calor humano en estas Navidades.

Y, sobre todo, buscaremos rescatar y conservar el espíritu de la Navidad de esas generaciones pasadas.

(Columna publicada en Altavoz el 25 de diciembre de 2017)

EL RACISMO NO ES UNA OPINIÓN, ES UN DELITO

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Fotograma de “El judio Süss” (Veit Harlan, 1940)

El 5 de setiembre de 1940 se estrenó mundialmente, en el afamado Festival de Cine de Venecia, la película alemana El judio Süss, dirigida por Veit Harlan y producida bajo la supervisión de Joseph Goebbels, Ministro de Propagada del régimen nazi. No obstante ser una película descaradamente antisemita, fue elogiada por un joven Michelangelo Antonioni, uno de los más grandes cineastas del siglo XX, quien —si bien reconoció que se trataba de un film de propaganda— destacó su ritmo admirable y el armónico fluir de las escenas unas en otras, a tal punto que se podría considerar como una cinta que se caracterizaba por una unidad y equilibrio completos. Alabó incluso la sorprendente habilidad con que está filmada la escena donde Süss viola a una joven muchacha.

Pues el protagonista principal de esta película de época ambientada en la Alemania del siglo XVIII, el judío Joseph Süss Oppenheimer, personaje histórico que fue consejero del duque Karl Alexander de Wurtemberg, no es solamente un violador, sino también físicamente poco agraciado, manipulador, materialista, avaricioso, inmoral y taimado, hasta el punto de traicionar a los de su propia estirpe. Finalmente, será ajusticiado, decretándose la discriminación de los judíos en todo el ducado de Wurtemberg.

La película gozó de un éxito enorme en Alemania e incluso se organizaron proyecciones especiales para los soldados estacionados en territorios ocupados y para las unidades de la SS, según deseo expreso de Heinrich Himmler. En 1943, más de 20 millones de personas ya habían visto el film, que sirvió de justificación propagandística para el asesinato de millones de judíos, la mayoría no alemanes. Según el testimonio del SS Stefan Baretzki en los procesos de Auschwitz, varios prisioneros judíos fueron maltratados debido a la influencia del film.

Terminada la guerra, los Aliados lo incluyeron en una lista negra de obras cuya exhibición estaba prohibida. Actualmente en Alemania sigue estando prohibida la difusión comercial de la película y sólo puede ser exhibida con fines educativos y bajo estrictas condiciones con autorización de la Fundación Friedrich Wilhelm Murnau.

No se trata de una censura artística, sino de medidas para proteger a la sociedad —y sobre todo a los menores de edad— de la exposición a una obra manifiestamente racista e instigadora de odio contra un grupo étnico. Pues el racismo y el odio étnico en cualquiera de sus formas constituyen delitos en Alemania y no están protegidos por la libertad de expresión.

Otras causales de delitos que pueden llevar a la prohibición de una película en Alemania son: utilización de signos o símbolos de organizaciones anticonstitucionales (por ejemplo, la esvástica del nacionalsocialismo); denigración del Estado y de sus símbolos; incitación al odio contra sectores de la población, etnias o nacionalidades, así como propaganda contra el orden democrático o contra el entendimiento de los pueblos; instrucciones para cometer actos delictivos; presentación cruda, cruel y morbosa de la violencia como fin en sí mismo o como algo trivial y sin importancia; difusión de contenidos pornográficos que incluyan violencia (sadomasoquismo, por ejemplo), intercambio sexual con animales o escenas de sexo que involucren a menores de edad (pornografía infantil); ofensas contra la honra debida a personas e instituciones; calumnia y difamación; negación del Holocausto judío.

Otras causales, por el peligro que entrañan para la formación moral de los menores de edad, permiten sólo una difusión restringida de ciertas obras (prohibiendo su publicidad y haciéndolas accesibles sólo a mayores de 18 años de edad), a saber: pornografía en general; incitación al racismo; glorificación de lo bélico como algo bueno y positivo; ejecuciones y similares fuera del contexto de un noticiario; presentación cruda, cruel y morbosa de la violencia.

En el Perú, donde sigue habiendo una conciencia muy laxa sobre los efectos perjudiciales del racismo, una película como La Paisana Jacinta, que denigra a las mujeres andinas e incita a burlarse de ellas basándose sobre clichés y prejuicios, ha sido calificada como apta para todos. En cambio, en países con una legislación que penaliza efectivamente el racismo, una película así sería prohibida o, por lo menos, sometida a una circulación restringida, a fin de evitar su influjo negativo sobre la infancia y la juventud.

Pues el racismo no es una opinión, sino un delito contra la humanidad.

(Columna publicada en Altavoz el 18 de diciembre de 2017)

SODALICIO: 46 AÑOS DE INFAMIA

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El 8 de diciembre el Sodalicio de Vida Cristiana cumplió 46 años de fundado. Pero en realidad no hay nada que celebrar, pues se trata de una organización que ha funcionado como una secta desde sus inicios.

Como una moledora de conciencias y destinos humanos, produciendo o bien seres fantasmales cortados todos con una misma tijera —dominados sin saberlo por una ideología religiosa castrante y uniformizante—, o bien sobrevivientes de una experiencia que deja heridas en el alma y la tarea de una vida entera a rehacer desde sus cimientos, para hacerla auténticamente humana después de las salvajadas a que fue sometida en el Sodalicio. Y éstos últimos son mucho mas numerosos que quienes siguen siendo miembros oficiales de la institución, inconscientes en su mayoría del lavado de cerebro a que han sido sometidos y de las mutilaciones psicológicas que implica el seguir fielmente el estilo de vida sodálite.

Además, el Sodalicio ha fracasado en la misión que dice tener: evangelizar a los jóvenes, evangelizar la cultura y solidarizarse cristianamente con los pobres y marginados.

Ciertamente, siguen habiendo jóvenes que mantienen un compromiso con la institución, pero deben ser muchos más los jóvenes que de sólo escuchar su nombre sentirán un rechazo hacia el mensaje evangélico que supuestamente proclama. ¿Y qué de tantos jóvenes que pasaron por las garras evangelizadoras del Sodalicio y que finalmente terminaron desechando toda fe religiosa y adquirieron una desconfianza cuasi invencible hacia la Iglesia católica?

Por otra parte, la influencia del Sodalicio en la cultura contemporánea es prácticamente inexistente. Sus manifestaciones culturales son escuálidas en profundidad humanista, no son apelantes para quienes viven en el presente cultural de nuestros tiempos y sólo le interesan a un grupo reducido de personas que viven al margen de los acontecimientos de nuestra historia. Se trata de una cultura cristiana encerrada en una burbuja, que se mira autocomplaciente el ombligo y no dialoga con el mundo contemporáneo.

Finalmente, para los pobres el Sodalicio cuenta con algunas obras asistencialistas que le sirven de cabeza de playa para adoctrinarlos y transmitirles sus arcaicos valores ultraconservadores. Una fachada de espaldas a un auténtico desarrollo social de los más desfavorecidos. Porque la labor principal del Sodalicio ha estado siempre dirigida hacia las élites sociales. Y nada más contrario a la solidaridad con los pobres que los millones de dólares que ha amasado la institución para solventar el estilo de vida de quien es su fundador. Y que sigue solventando, según la carta vaticana del 30 de enero de 2017, donde indica que «correrá a cargo de Su Sociedad de vida apostólica toda carga necesaria para asegurar al Sr. Figari un estilo decoroso de vida, considerando las posibilidades del Sodalitium Christianae Vitae, los recursos personales del Sr. Figari y las reales necesidades de este último».

Hasta el momento, el Sodalicio ha ido ganando sus batalles jurídicas, pero se trata de victorias pírricas, pues en todas se han hecho manifiestos sus procedimientos mafiosos, típicos de sociedades del crimen organizado, y cada triunfo ha significado una derrota moral para la institución, que ve diezmadas sus filas por la hemorragia de miembros que se dan cuenta de dónde estaban metidos. Es previsible que el tiempo termine por darle la estocada final a un cáncer que ya debería haber desaparecido.

Es el único consuelo que nos queda a las víctimas de este monstruo, desprotegidos por la justicia y desamparados por la Iglesia en la cual algunos aún seguimos creyendo. Y también por la opinión pública, que suele poner los delitos de la institución bajo la etiqueta de pedofilia, cuando pedófilos propiamente sólo fueron Jeffery Daniels y tal vez Daniel Murguía. Casi la totalidad de las víctimas sexuales de los otros abusadores eran mayores de edad, vulnerables por su situación de dependencia y sometimiento mental a sus superiores, y a quienes se les hace muy flaco favor cuando se insiste en designar a los principales abusadores (Figari, Doig, Levaggi, Treneman y otros cuyos nombres han sido callados) como pedófilos, pues la justicia también debería proteger a cualquier joven adulto sometido a un proceso perverso de seducción dentro de un sistema que anule la libertad personal. Y este crimen, del cual todos los sodálites son cómplices, aún persiste.

(Columna publicada en Altavoz el 11 de diciembre de 2017)

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Este año, por primera vez en la historia del Sodalicio de Vida Cristiana, dos sodálites hicieron su profesión perpetua (compromiso de plena disponibilidad apostólica, el más alto dentro del escalafón institucional) durante la misa de aniversario de la institución. Suponemos que con este espectáculo el Sodalicio quiere dar muestra pública de que todavía sigue constituyendo un camino atractivo para muchos jóvenes que quieren servir generosamente a la Iglesia.

Sería interesante que, por cuestión de transparencia, los responsables del Sodalicio nos hagan saber cuántos profesos perpetuos terminaron abandonando la institución a lo largo de su historia y cuál es el tiempo promedio de permanencia de un miembro dentro de la organización. Tengo sospechas fundadas de que una suma y resta de profesos perpetuos —y, en general, de miembros del Sodalicio— arrojaría un saldo negativo

Asimismo, seria muy simpático que nos informen sobre la evolución personal de los dos nuevos profesos, Francisco Aninat Rodríguez y Matthew William Wilson, y si algún día deciden apartar sus pasos de la vía sodálite para emprender una existencia cotidiana en la grande y hermosa aventura que es esta vida, nos lo comuniquen para poder alegranos por ellos y apoyarlos en lo que necesiten.

Porque sabemos por experiencia propia y ajena que el Sodalicio suele darle un puntapié en el trasero a quienes en ejercicio de su libertad deciden apartarse de la institución. Y apoyar a quienes se mantienen fiel a ella, aunque hayan cometido violaciones de derechos humanos en perjuicio de personas vulnerables.

UN PERUANO DE LOS ANDES CONTRA UN CONSORCIO ENERGÉTICO DE ALEMANIA

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Saúl Luciano Lliuya (Foto: Pascale Sury)

RWE es un consorcio del sector energético, el segundo más grande en este ramo en Alemania. Sin embargo, su actividad no se ha limitado a este país, sino —como suele ocurrir en tiempos de la globalización— sus tentáculos operativos se extienden hasta Estados Unidos, Gran Bretaña, Bélgica, Austria, la República Checa, Turquía y varios países del Este de Europa. Y su negocio energético tiene consecuencias sombrías a nivel mundial. Pues la generación de energía a través de la quema de lignito, una especie de carbón mineral, ha convertido a esta empresa en el mayor emisor en Europa de dióxido de carbono (CO2), gas cuya proliferación contribuye a aumentar el “efecto invernadero” en la atmósfera, generando lo que se conoce como calentamiento global.

No obstante que la empresa afirma estar comprometida con la generación de energía a partir de recursos renovables —energía solar o eólica, por ejemplo—, se opone a los proyectos de darle fin a la generación de energía a partir del lignito. Asimismo, cuando el gobierno de Angela Merkel declaró en 2011 una moratoria para abandonar paulatinamente la generación energética a partir de la fisión atómica y poner fuera de servicio los siete reactores más antiguos —lo cual afectaba a los dos reactores de la central de Biblis, de propiedad de RWE—, la empresa logró mediante una denuncia que un tribunal declarara inválida la moratoria en la región y en 2014 efectuó una denuncia civil para obtener unos 200 millones de euros del gobierno en concepto de compensación por lucro cesante.

Saúl Luciano Lliuya es un campesino andino de la zona de Huaraz, que trabaja también como guía de montaña. Durante años él y su padre han observado los cambios climáticos que afectan a la zona, entre ellos la progresiva desaparición de los glaciares. En 2014 hablaron con un asesor agrícola sobre las causas del calentamiento global y los efectos en su región. Entre esos efectos se halla el derretimiento de un glaciar que alimenta una laguna ubicada más arriba de Huaraz, con la amenaza de que un desprendimiento ocasione un rebalse de la laguna y un aluvión que ocasionaría daños irreparables en la ciudad. Y la consiguiente pérdida del hogar de Saúl Luciano. ¿Por qué tendría él que pagar las consecuencias de lo que otros han causado? ¿No sería una tremenda injusticia?

Asesorado por Germanwatch, una asociación alemana sin fines de lucro que lucha por la justicia global y la preservación de las bases de subsistencia de las poblaciones vulnerables, el campesino peruano elevó en noviembre de 2015 una denuncia contra RWE ante el tribunal regional de la ciudad de Essen, donde el consorcio tiene su sede principal, sobre la base de que es responsable del 0,47% de las emisiones totales de CO2 desde el inicio de la industrialización de Europa, según un estudio de 2014. Dado que, ante una eventual inundación catastrófica de Huaraz, las medidas de protección —entre ellas la construcción de un dique— costarían unos 3.5 millones de euros, a RWE le correspondería abonar el costo parcial de 17,000 euros en concepto de indemnización.

En diciembre de 2016 la denuncia fue archivada. En enero de 2017 Saúl Luciano apeló ante el tribunal regional superior de Hamm, pues según su abogada Roda Verheyen, la razón para el archivamiento no considera la relación de los hechos y presupone la falta de una causalidad jurídica. Pues RWE argumentó que no se le podía hacer individualmente responsable del calentamiento global cuando son muchos los que contribuyen a este efecto. Verheyen, sin embargo, considera que no porque haya muchos causantes de un hecho determinado queda anulada la responsabilidad legal de cada uno por separado.

En mayo de este año el tribunal de Hamm determinó que la denuncia procedía y que el recurso de apelación debía efectuarse oralmente el 13 de noviembre. El 30 de noviembre, poco después de que Saúl Luciano hubiese prestado su declaración en Alemania y tras haber regresado al Perú, el tribunal decidió que era procedente pasar a la fase probatoria, que será evaluada por expertos independientes.

Se trata de un hecho sin precedentes, que puede dar pie a que las grandes empresas asuman finalmente su responsabilidad global y dejen de actuar con impunidad absoluta.

(Columna publicada en Altavoz el 4 de diciembre de 2017)

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FUENTES

Germanwatch
FRAGEN und ANTWORTEN zum FALL HUARAZ
https://germanwatch.org/de/14577
Klimagerechtigkeit braucht Ihre Unterstützung – Der Fall Huaraz zeigt die besondere Verantwortung großer Energiekonzerne auf (4/2017)
https://germanwatch.org/de/download/18321.pdf
Historischer Durchbruch mit weltweiter Relevanz bei “Klimaklage” (30. Nov. 2017)
https://germanwatch.org/14794

WDR
“Wenn es dem Globus zu heiß wird” (16.11.2017)
Reportaje de media hora (en alemán) sobre el caso Huaraz y Saúl Luciano Lliuya
https://www1.wdr.de/mediathek/video/sendungen/tag-sieben/video-wenn-es-dem-globus-zu-heiss-wird-100.html