LA REVOLUCIÓN ROBADA

revolucion_rusa_febrero_1917

Mujeres manifestantes en Petrogrado (febrero de 2017)

Hace cien años se inició la Revolución Rusa, acontecimiento que marcó la historia del siglo XX y cuyas consecuencias llegan hasta el día de hoy. Pues fue este acontecimiento el que encumbró la figura de Vladímir Ilich Uliánov (Lenin) hasta entonces una figura irrelevante en el panorama mundial y el que puso en la palestra del pensamiento político, social y económico las ideas de un intelectual que hasta entonces era uno más de los filósofos sociales del siglo XIX. Me refiero a Karl Marx, que hubiera caído en el olvido de no ser por la Revolución Rusa.

Sin embargo, la historia oficial que se nos ha contado oculta las circunstancias verdaderas que gatillaron este acontecimiento histórico. Pues la revolución no comenzó con Lenin —un pasajero que llegó tarde a la cita y que se trepó en un segundo momento al tren de un fenómeno social que ya estaba en marcha— ni tampoco fueron marxistas sus primeros protagonistas.

Las circunstancias para un estallido social ya estaban dadas desde hace tiempo en una Rusia con un régimen autocrático y represivo, donde el Zar hacía y deshacía como quería. La revolución de 1905, si bien fracasó, obligó al zar a instaurar la Duma, una asamblea legislativa que tuvo una vida muy corta y azarosa, sin que lograra ninguna de las reformas necesarias para la modernización de Rusia, nación anclada todavía a un sistema feudal que perpetuaba la miseria y la pobreza y que, a la vez, tenía un proletariado creciente en las grandes ciudades con una industria incipiente.

Ni siquiera el primer ministro Piotr Stolypin, un zarista acérrimo que ejerció el cargo de 1905 a 1911 intentando reformas sociales que beneficiaran sobre todo a los campesinos y generaran una clase media agraria propietaria de sus tierras, logró mejoras que evitaran un revolución. Abandonado a su suerte por la aristocracia rusa y por el mismo Zar que veían con malos ojos un empoderamiento de los menos favorecidos aun cuando eso favoreciera sus intereses de seguir gobernando, Stolypin recibió dos balazos de un radical socialista en la ópera de Kiev el 1° de septiembre de 2011. Moriría cuatro días más tarde.

A inicios de 1917, las sucesivas derrotas de Rusia en la Primera Guerra Mundial, los abusos de los oficiales hacia la soldadesca, la escasez, el hambre, unidos a un crudo invierno, ya anunciaban un estallido.

El 23 de febrero, Día Internacional de la Mujer, una multitud formada por mujeres reclamando pan e igualdad de oportunidades, y gritando «¡Abajo el Zar!», marcharon por las calles de Petrogrado (la actual San Petersburgo). Al mediodía, las trabajadoras textiles de Víborg, al norte de la ciudad, se declararon en huelga. Este chispazo inicial protagonizado por mujeres recibiría posteriormente el apoyo de obreros y soldados, organizados en asambleas democráticas (soviets). Vendrían días turbulentos, los enfrentamientos se cobrarían unas cien víctimas, pero al final al Zar no le quedaría más remedio que abdicar, formándose un gobierno provisional con liberales progresistas.

El fin de la monarquía se sintió como una liberación, pues las diferencias sociales habían quedado borradas de un día para otro. Pero a la alegría le sucedieron tensiones entre el gobierno provisional y los soviets, aplazamiento de las reformas, prolongación de la guerra y las rencillas entre partidos que querían arrogarse la representación del pueblo, generándose un clima de anarquía.

Mientras tanto, Lenin, líder de los bolcheviques —una fracción socialista minoritaria pero extremista—, quien gozaba de un exilio dorado en Zúrich (Suiza), tuvo noticia de la revolución y vio en ello la oportunidad de llegar al poder e iniciar una lucha mundial contra el capitalismo, de acuerdo a sus principios dogmáticos y radicales. Con la aquiescencia del gobierno alemán —el cual veía en él un posible elemento desestabilizador del enemigo ruso— cruzó Alemania en un tren sellado y en abril llegó —vía Suecia y Finlandia— a Petrogrado.

Lo demás es historia conocida. En octubre los bolcheviques tomaron violentamente el poder por medio de las armas, e iniciaron una dictadura que a lo largo de los años se cobraría cruentamente millones de víctimas. Y todo gracias al robo y usurpación de una revolución que ellos no habían iniciado, sino las mujeres del pueblo que sólo pedían pan.

(Columna publicada en Altavoz el 16 de octubre de 2017)

Anuncios

LAS OTRAS VÍCTIMAS DE SENDERO

lurgio_gavilan

Lurgio Gavilán

Impresionado, he terminado de leer la segunda edición (Instituto de Estudios Peruanos, junio de 2017) de las Memorias de un soldado desconocido de Lurgio Gavilán.

Este ayacuchano de ancestros indígenas y lengua materna quechua se unió voluntariamente a Sendero Luminoso a los 12 años de edad, militando tres años en sus filas, hasta que fue herido en una refriega. El soldado que le apuntaba con su arma le perdonó la vida, y Lurgio fue adoptado por el ejército como uno más de los “cabitos”, adolescentes que habían sido rescatados de las manos de Sendero.

Sometido a la disciplina militar, recibió también una educación —que nunca había podido recibir debido a las condiciones de pobreza de la zona en que vivió y posteriormente debido a su militancia senderista—. Una vez terminados sus estudios secundarios, sintió la vocación religiosa, dejó el ejército y se unió a los franciscanos. Finalmente, tras varios años de vida religiosa colgó los hábitos, y en 2000 inició estudios de antropología en la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga, en la cual actualmente ejerce como docente.

Su relato testimonial desde la mirada de un niño sobre el día a día de una columna senderista nos muestra una realidad distinta a la imaginada por los medios, una realidad cotidiana habitada por peruanos de provincia tan humanos como cualquier otro. Pero que, cansados de la injusticia que los rodeaba como el aire que respiran, creyeron en la utopía que les ofreció Abimael Guzmán, iniciando una espiral de violencia que destruyó la vida de tantos, donde no sólo cometieron crímenes los militantes de Sendero sino también sus víctimas y aquellos que los combatieron. Pues «la primera víctima de la guerra es la inocencia», como rezaba el póster de la película Pelotón (Oliver Stone, 1986).

Estremecedoras son las líneas en que Lurgio relata como jóvenes senderistas entre 18 y 22 años son fusilados por sus compañeros por faltas menores (quedarse con parte de los víveres que recogían en las comunidades, excederse en el tiempo de vacaciones o quedarse dormidos durante la guardia nocturna).

Posteriormente, muchos de los que militaron en las filas de Sendero serían torturados, violados o ejecutados extrajudicialmente por los ronderos o el ejército, incluso cuando habían descubierto el sinsentido de esa opción y querían sólo rehacer sus vidas. Como lo hizo Lurgio Gavilán, quien fue no sólo partícipe de acciones condenables como senderista, sino también como soldado. Cuenta que las palabras de una monja despertaron en él la vocación religiosa y le «hicieron soñar que andaba con el sayal puesto, curando las heridas de las balas, dando de beber a los sedientos, reconciliando a los de SL con los militares. Pero, más que los sueños, esa parecía ser la oportunidad que estaba buscando desde niño. Hacer algo por lo que no tienen, por mis paisanos que tanto habíamos maltratado, robándoles y violando a sus mujeres».

Indudablemente, muchos militantes terroristas también fueron víctimas; culpables, pero víctimas al fin y al cabo, que creyeron en un sueño que terminó convirtiéndose en una pesadilla, no sólo para otros sino también para ellos mismos.

En el epílogo, recién publicado en esta segunda edición del libro, le pregunta a un antiguo compañero cabito qué le diría a «nuestro expresidente Gonzalo». Ésta fue su respuesta:

«—Señor presidente, te conocí viviendo en el monte, estabas en la fotografía con tus gafas y tu libro rojo. Pensaba que estabas al otro lado de la montaña luchando contra los opresores, pero estabas escondido en la ciudad, fumando cigarrillos seguro de puro miedo. ¿Por qué mataste uno a uno a mis familiares? ¿Por qué incendiaste mi pueblo, mi casa, señor presidente? Seguro piensas que actuaste lo correcto y me dirás ahora mismo: este hombre habla porque está al lado de la derecha. No estoy en ningún lado, estoy en el lado de la búsqueda de comida para mis hijos. Eso no se hace señor presidente, eso es pensamiento macabro, no me guía a ninguna parte. No me gustaría desear ni a mi peor enemigo la vida que me diste, señor presidente».

Escribo con conocimiento de causa, yo que me uní al Sodalicio creyendo en una utopía y también contribuí a dañar vidas enteras, incluyendo la mía.

(Columna publicada en Altavoz el 9 de octubre de 2017)

EL CARDENAL CANALLA

cardenal_juan_luis_cipriani

Cardenal Juan Luis Cipriani, arzobispo de Lima

Escuchar al cardenal Cipriani en su programa radial Diálogo de Fe no resulta una experiencia saludable para el aparato digestivo, a no ser que uno esté dispuesto a ser cómplice de sus afirmaciones sin sustento o a permanecer ciego a los baches de lógica que tachonan su discurso.

El 30 de septiembre fue uno de esos momentos espectaculares donde el prelado opusdeísta sacó a relucir las rastreras cualidades que ocasionan vergüenza ajena entre muchos de aquellos católicos nacidos en tierras peruanas. Como yo, por ejemplo.

Refiriéndose a la polémica sobre la Costa Verde como lugar elegido para la misa del Papa Francisco en enero del 2018, Cipriani asevera que se trata de una discusión fabricada, generada por el gobierno, pues la decisión ya había sido tomada hace dos meses. ¿Por quién? Por él como obispo del lugar y supuestamente por el Vaticano —que entendemos aceptará el lugar propuesto por la autoridad eclesiástica local, suponiendo que cumplirá con las normativas y protocolos requeridos para eventos de esa magnitud—.

«En ningún momento se decidió que el Gobierno podía o que el presidente Kuczynski tomara decisiones de dónde es la misa», proclama el representante de su propia ideología conservadora que no de la Iglesia católica, invadiendo ilegítimamente el fuero gubernamental de un Estado laico.

En otro momento dice:

«No es el Presidente de la República el que decide el lugar dónde va a ir el Papa. Como es lógico, respetamos su opinión y nos parece muy válida, pero no le digas a Pedro Pablo Kuczynski que esté viendo cuál es lugar más adecuado».

«¿El Estado no tiene derecho de decir aquí sí, aquí no?», le pregunta su siempre condescendiente entrevistador —pues como persona de argumentos endebles, Cipriani nunca ha tenido el valor de someterse a una verdadera entrevista, incisiva e inteligente—.

«El Estado tiene una opinión, no hables de derecho. ¿La Iglesia no tiene derecho para decir dónde va a predicar el Papa?»

Poniendo los puntos sobre las íes, la autoridad eclesiástica no puede decidir dónde se realizará un evento multitudinario presidido por el jefe de un estado extranjero —que no otra cosa es el Papa— en territorio nacional, sin que el Presidente de la República tenga parte en el asunto.

Que yo sepa, la Iglesia no tiene la facultad de decidir dónde se va a realizar un evento multitudinario, en este caso de corte religioso, sobre todo si se efectúa en un espacio público de un país con un Estado laico. Puede proponer el lugar, lo cual deberá ser analizado por las autoridades civiles correspondientes, que pueden dar su autorización o denegarla.

Por otra parte, Cipriani aplaude el oficio de INDECI [Instituto Nacional de Defensa Civil] del 28 de septiembre que considera la Costa Verde apta para el evento, pero con su costumbre de nunca analizar con razonamiento crítico, pasa por alto que INDECI sólo aplica los criterios de permanencia y accesibilidad para concluir que allí se puede realizar un evento de concentración masiva. No toma en cuenta los riesgos que señala el Colegio de Arquitectos en su nota de prensa del 27 de septiembre, como son los eventuales maretazos, tsunami, terremoto, caídas de piedras del acantilado —que sin necesidad de sismo ya han matado personas en esa zona—. Incluso una falsa alarma podría producir un comportamiento inadecuado de los asistentes, ocasionando masivos daños personales y muertes.

Además, si asisten muchas más personas que las 800 mil permitidas, la Costa Verde deja de ser un lugar “seguro” para convertirse en una trampa mortal, en caso de que ocurra algo. ¿Cómo se va a controlar el número de asistentes de un evento de entrada libre? Y en caso de poner barreras, considerando que se calcula una afluencia de más de un millón de personas, ¿cómo evitar el riesgo de un tumulto con consecuencias fatales entre los que se queden fuera?

Cipriani solamente tiene oídos para la conclusión de INDECI. El gobierno tiene su opinión. Los periodistas críticos a su posición —hacia los cuales expresa manifiesto desprecio—, también tienen sus opiniones, las cuales no le interesan.

Típico de un canalla impermeable al diálogo, que sólo quiere salir en la foto con el Papa, aun poniendo en riesgo la seguridad de cientos de miles de personas.

(Columna publicada en Altavoz el 2 de octubre de 2017)

__________________________________________________

El 23 de julio de 2011 el cardenal Cipriani no tuvo más que palabras elogiosas para Alan García al final de su gobierno. El 29 de junio de ese año había asistido a la ceremonia de inauguración del Cristo del Pacífico, donado por la corrupta empresa Odebrecht, y le había otorgado su bendición a la estatua. Esos dos hechos fueron para mí la gota que colmó el vaso —pues Cipriani tiene el don de revolverme el hígado desde que fue mi profesor de teología moral en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima en el año 1983—.

Fue entonces que compuse la canción “El arzobispo y el presidente”, publicada originalmente el 7 de septiembre de 2011 en mi blog LA GUITARRA ROTA.

Si bien las circunstancias históricas han cambiado, la descripción en términos literarios de Cipriani que hay en mi canción sigue estando vigente.

EL ARZOBISPO Y EL PRESIDENTE
Autor y compositor: Martin Scheuch

quiere el arzobispo
una efigie de almacén
coronando un risco
de arena y oropel

tiene el presidente
su ego en un cartel
tiene un expediente
de sangre y de cuartel

el arzobispo asiente
al olor del muladar
elogia al presidente
y su Cristo frente al mar

cena el arzobispo en un recinto miltar
con el presidente que ha dejado asesinar
a mi pueblo, a mi pueblo querido
a mi gente de barro y olvido
al paisano, al obrero, al caído
al anciano, a la mujer y al niño
al minero, al país campesino
al indígena y al peregrino
al enfermo, al distinto, al perdido
a los hombres que son mis amigos

tiene el arzobispo
un aire a rigidez
un talante arisco
y modales de marqués

tiene el presidente
costumbres de doblez
cada vez que miente
y miente cada vez

el arzobispo tiene
un instinto comercial
encomia al presidente
como hombre muy cabal

cena el presidente en el palacio arzobispal
con el arzobispo que ha olvidado respetar
a mi pueblo, a mi pueblo querido
a mi gente de barro y olvido
al paisano, al obrero, al caído
al anciano, a la mujer y al niño
al minero, al país campesino
al indígena y al peregrino
al enfermo, al distinto, al perdido
a los hombres que son mis amigos

cree el arzobispo
que mora en un vergel
nunca ha padecido
de hambre en su dintel

tiene el presidente
figura de tonel
tiene el pueblo dientes
y nada que morder

el arzobispo rinde
su verbo al capital
alaba al presidente
en su emisión radial

se ha ido el presidente, otro ocupa su lugar
se queda el arzobispo que jamás quiso escuchar
a mi pueblo, a mi pueblo querido
a mi gente de barro y olvido
al paisano, al obrero, al caído
al anciano, a la mujer y al niño
al minero, al país campesino
al indígena y al peregrino
al enfermo, al distinto, al perdido
a los hombres que son mis amigos

He aquí una demo que grabé de la canción y que fue publicada por La Mula:

VOTAR EN ALEMANIA

afd

Logo de la AfD (Alternativa para Alemania) sobre un muro agrietado

Ayer hubo elecciones generales en Alemania. Dado que cuento con la nacionalidad alemana —además de la peruana—, pude ir a votar.

El procedimiento es mucho más sencillo que en las elecciones peruanas. Semanas antes recibí una carta informándome que estoy habilitado para votar, indicando el local y la fecha de votación. Dado que vivo en un pueblo, el local de votación queda a sólo unos 100 metros de mi casa. Si por algún motivo hubiera estado impedido de acudir al local —enfermedad o viaje de vacaciones, por ejemplo—, hubiera podido solicitar que me envíen una cédula para enviar mi voto por correo.

Fui con la carta —que es lo único que tenía que presentar— al local, me dieron la cédula y marqué en la cabina el partido de mi preferencia. No tuve que buscar mi nombre en un planillón, ubicar la mesa de votación, ni tampoco firmar ningún documento, dejar impresa mi huella digital o manchar mi dedo con tinta indeleble.

El ambiente que se respira ese día, tanto en localidades pequeñas como en las grandes ciudades, no difiere en nada de cualquier otro domingo. No hay despliegue policial en las calles, ni tampoco aglomeramientos de gente. Eso se debe a la sencillez del acto de votación y al hecho de que el voto es un derecho pero no una obligación. Su carácter opcional no obliga a nadie a perder su tiempo cuando se ha tomado la decisión en conciencia de no participar en la contienda electoral.

Por otra parte, no hay segunda vuelta. Los votantes no eligen directamente a los candidatos a canciller, sino que votan por un partido, determinando así el número de representantes que accederán al Bundestag (Parlamento Federal). Dado que se requiere de más del 50% de representantes para formar gobierno, lo normal es que por lo menos dos partidos armen una coalición —formalizada en un acuerdo-contrato de cumplimiento obligatorio— que permite la formación de un gobierno, donde si bien el canciller lo pone el partido con más votos, las cuotas de poder en el gobierno se reparten proporcionalmente entre los partidos participantes de la coalición. De este modo, desde la Segunda Guerra Mundial no ha habido en Alemania ningún gobierno de un solo partido, ni tampoco puede darse el caso de un Parlamento que se oponga al poder ejecutivo.

En los últimos tiempos, han solido tener representación en el Parlamento Federal los dos partidos mayores —los cristianodemócratas de la alianza CDU (Unión Demócrata Cristiana) / CSU (Unión Social Cristiana) y los socialdemócratas del SPD (Partido Socialdemócrata de Alemania)— junto con otros partidos menores con cierta tradición política: los liberales del FDP (Partido Democrático Libre), los ecologistas del partido de los Verdes y la Izquierda.

Este año un partido recién creado en 2013 coloca por primera vez representantes en el Parlamento, ubicándose con el 13% de los votos como la tercera fuerza política de Alemania. Me refiero a la AfD (Alternativa para Alemania), una agrupación populista de derecha que pregona el retorno a los valores nacionales tradicionales de una Alemania que ya no existe mayoritariamente —pues el país germano es ahora multicultural—. En defensa de esos “valores” del pueblo alemán, propone la disolución de la eurozona y la abolición del euro, el fortalecimiento de la familia tradicional y la lucha contra la “ideología de genero”, mayores restricciones al ingreso de refugiados en Alemania y abandono de la política de integración que hasta el momento se ha tenido, prohibición de todos los signos externos del Islam —al cual consideran como un cuerpo extraño en la sociedad alemana—, renuncia a toda medida orientada a evitar el calentamiento global —por ejemplo, las leyes de energías renovables y de ahorro de energía, vigentes en la actualidad—, pues el cambio climático sería una mera ficción.

Además, resulta preocupante que varios miembros del partido estén bajo la vigilancia de los servicios de seguridad nacional debido a su cercanía a grupos de extrema derecha o neonazis.

Constatamos, pues, que el fenómeno del populismo de derecha —representado en EE.UU. por Donald Trump y en el Perú por los fujimoristas— también tiene sus corifeos en Alemania. Afortunadamente, el sistema no permite que lleguen a constituir una amenaza a la democracia. Por ahora.

(Columna publicada en Altavoz el 25 de septiembre de 2017)

EL SADISMO DE FIGARI

eugenie

Christopher Lee como Dolmancé en “Eugenie …the Story of Her Journey Into Perversion” (Jesús Franco, 1970)

1983. Un sábado en la noche en la desaparecida comunidad sodálite de San Aelred, ubicada entonces en la Av. Brasil 3029, Magdalena del Mar (Lima).

Como todos los sábados, era día de visita de Luis Fernando Figari, quien se había hecho presente con su por entonces inseparable secretario Juan Carlos Len, el segundo de los hermanos Len Álvarez. Toda la comunidad estaba reunida en una oscura salita de la primera planta. Entre otros, estaban allí Germán Doig (superior de la comunidad), Alejandro Bermúdez (actual director de ACI Prensa) y Gustavo Sánchez (actual director del Centro de Investigación de la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima). Y yo estaba en el centro de ese grupo, a cuatro patas como un perro, con el polo levantado, luego de haber recibido por orden de Figari un correazo en la espalda propinado por Miguel “Paco” Pallete (ex-sodálite), a quien le picó la conciencia y dudó antes de ejecutar lo mandado, por lo cual Figari tuvo que repetir la orden.

Yo no podía ver la marca roja que el cuero había dejado en mi espalda, pero los otros presentes sí. Y cuando vino el segundo correazo, aguanté el castigo estoicamente. Cuando “Paco” iba a propinar el tercer azote con la correa, me vinieron temblores musculares sólo ante la idea del dolor incluso antes de haberlo sentido, visto lo cual Figari decidió abortar el experimento. Pues precisamente eso era lo que supuestamente estaba haciendo. Yo no estaba siendo azotado por haber cometido ninguna falta, sino porque Figari quería demostrar con un ejemplo práctico que los castigos corporales no sirven para avanzar en el camino de la perfección cristiana, sino que mucho mejores son las mortificaciones espirituales. Eso lo explicó mientras yo estaba de pie a su costado y él me abrazaba con el brazo derecho.

Sin embargo, hay quien, al conocer los hechos que describo, me ha preguntado: «¿Eso lo hizo Figari por tu bien o porque le producía placer a él? Pues lo que describes parece un acto sadomasoquista.» La duda me ha acompañado desde entonces.

El informe final elaborado por los expertos contratados por el Sodalicio dice que «Figari fue descrito por muchas personas como alguien que parecía disfrutar al observar a aspirantes y hermanos más jóvenes experimentar dolor, incomodidad y miedo. Un ex sodálite [Pedro Salinas] reportó que una vez Figari le quemó el brazo con una vela prendida para que demuestre ser “obediente” y “recio”. Varios hermanos reportaron que Figari deliberadamente le permitía a su perro amenazarlos, incluyendo hacer que el perro muerda a dos de ellos. A las víctimas les parecía que Figari pensaba que estas acciones reforzaban su poder sobre ellos o que eran perversamente graciosas. Varios sodálites recordaron que en ocasiones Figari parecía ser sádico.»

Un testimonio señala que Figari a veces usaba un látigo de paja entretejida con puntas metálicas para castigar en el torso desnudo a algunos sodálites, o le indicaba a otro sodálite que aplicara el castigo mientras él se dedicaba solamente a observar.

En esto no hace más que manifestarse como un fiel seguidor de los protagonistas de las novelas del Marqués de Sade.

He visto recientemente dos espléndidas adaptaciones cinematográficas de sus obras, ambas dirigidas por el polémico cineasta español Jesús Franco: Marqués de Sade: Justine (1969) y Eugenie: Historia de una perversión (1970). En esta última, Dolmancé —interpretado magníficamente por Christopher Lee—, líder de una secta que sigue los principios sadianos, culmina la obra de educación a la inversa de la joven protagonista, es decir, pervertirla mediante prácticas sexuales que incluyen castigo físico hasta convertirla en asesina de su tutora y maestra. Y de este modo alcanzar la felicidad. Pues para los libertinos sadianos, la virtud sólo conlleva padecimientos en esta vida, mientras que la práctica del vicio con fines egoístas, sin retroceder ante el delito, lleva al placer máximo y al éxito.

«Sostuve mis extravíos con razonamientos. No me puse a dudar. Vencí, arranqué de raíz, supe destruir en mi corazón todo lo que podía estorbar mis placeres.» Son palabras del Marqués de Sade que podría suscribir el mismo Figari. Pues las virtudes que él defendía en público eran sólo fachada de los vicios que practicaba en privado.

(Columna publicada en Altavoz el 18 de septiembre de 2017)

UN CUENTO INSPIRADO EN TARATA

atentado_tarata

El 16 de julio de 1992 estallaron dos coches bomba colocados por Sendero Luminoso en la calle Tarata del distrito de Miraflores (Lima). El saldo fue de 25 muertos y 155 heridos. Pero lo que se me grabó a fuego en la retina fue el panorama de destrucción que se vio en vivo y en directo por la televisión, poco tiempo después de que llegara a mis oídos el estruendo de la explosión. Pues yo vivía entonces en la comunidad sodálite “Nuestra Señora del Pilar” en la calle Lizardo Alzamora, que desemboca en la avenida Pedro de Osma, en el distrito vecino de Barranco.

El horror de ese momento tuvo la difusión mediática que no habían tenido las masacres de campesinos en los Andes, pues el limeño promedio, desde que tengo memoria, siempre ha percibido las localidades andinas como un territorio ajeno a su realidad y a sus costumbres. Y se horrorizaba ante los crímenes perpetrados por militantes de Sendero Luminoso en Ayacucho y Huancavelica —sólo por mencionar un par de regiones— pero no las sentía cual heridas en carne propia. Eso cambió definitivamente con el atentado de Tarata.

Ese mismo año se iba a celebrar en ámbitos católicos los 500 años de la Evangelización de América Latina, tomando como fecha de referencia el 12 de octubre de 1492, cuando Cristóbal Colón pisó por primera vez tierras americanas. Y la Conferencia Episcopal Peruana había convocado a un concurso de cuento para esa ocasión.

El cuento que escribí para esa ocasión comenzaba con una cruda descripción en clave poética del atentado de Tarata, y seguía con una extensa metáfora cargada de imágenes descriptivas de una América Latina de raíces cristianas pero herida salvajemente por la violencia. Y aunque en ese momento todavía era un sodálite consagrado que vivía en comunidad, independientemente del condicionamiento mental al cual estaba sujeto, dejé las tripas en ese cuento, reflejando mi percepción acongojada y visceral de la violencia que asolaba el país, pero manifestando una confianza esperanzada en el triunfo remoto del amor.

Años más tarde, cuando en el año 2000 reuní mi escasa producción literaria y la publiqué en mi primer esbozo de página web, escribí a modo de introducción lo siguiente:

«Mi producción literaria es escasa todavía. Consta de cinco cuentos y un poema. Sin embargo, cada uno de ellos me ha costado sangre y sudor. Aunque sean ficción, son fragmentos de mi vida los que han quedado plasmados en ellos. Quisiera poder escribir más (y en el futuro lo voy a hacer), pero me arredra el esfuerzo que ello me va a costar.

Si tienes el ánimo como para adentrarte en la lectura de estas narraciones, aquí están. No esperes historias dulces o descripciones placenteras. Lo que he tratado de tocar a través de estos ejercicios literarios es la gracia de Dios actuando en lo más hondo de la miseria humana. Y estremecer tu conciencia hurgando detrás del disfraz de lo aparente, detrás de la fachada de paraíso en una aldea global repleta de miserias, que sólo puede ser redimida por el amor.»

En este blog ya he publicado mi cuento “Noche de paz, noche de amor” (1987) en el post CUENTO DE NAVIDAD PARA PEQUEÑO BURGUESES y mi poema “Sangrifixión” (2000) en el post SEMANA SANTA Y UN POEMA.

El presente cuento, que lleva el título de “Genitrix” (“madre” en latín), si bien no ganó ningún premio —quizás por su estilo críptico y exuberantemente barroco—, sea probablemente el mejor de los que he escrito, pues su intención apologética no logra desvirtuar un contenido poético de imágenes descarnadas y evocadoras, abierto a múltiples interpretaciones.
__________________________________________________

GENITRIX
Autor: Martin Scheuch (agosto de 1992)

Madre mía, qué te han hecho, cómo se te ha agazapado el horror en cada arruga, cómo se te ha ensanchado el ojo con una garra de miedo empozada en el espejo del terror al que nos asomamos los aquí presentes, oliendo en ese reflejo todo el olor a pólvora de la noche, imaginándote errabunda sobre los cascotes desgajados de la fachada como un maquillaje inservible, haciendo equilibrio sobre los charcos de sangre espesa, acremente olorosos como la orina recién vertida, intentando taparte el oído con un brazo inexistente para no escuchar el pandemonio de lamentos y gemidos de esta ola del infierno que destripó los intestinos de tu casa, sin aviso, sin trompetas, solamente el ángel del paraíso revolando con su espada de fuego, el cancerbero del infierno ladrando con ojos sanguinolentos, vomitando llamas a través de sus tres fauces, banqueteándose con las enredaderas de odio que se van arrastrando por el paisaje lunar, inhumano, de los lares heridos, los fratricidas ausentes y las tumbas improvisadas bajo las piedras asesinadas.

¿Estamos todos aquí, madre? ¿Somos todos los que somos en esta habitación del hospital donde intentarán salvarte la vida, con punzadas y cortes que tal vez desfiguren aún más tu carne fecunda? ¿Seguirás viviendo, cicatriz, origen misterioso del día que aun no termina, vientre de flores donde las manos son siempre abrazo o aplauso, matriz de una niñita de nada siempre parida y resucitada de tantos entierros, o iremos a tu sepelio, entonando canciones milenarias, recordando tu tesoro de leyendas centenarias, olvidando tu historia de infancia esplendorosa y de juventud pujante, deseando que nunca hubieras nacido y que todavía flotaras en tu limbo de serpientes emplumadas, corazones arrancados sobre pirámides milenarias, tambores de pieles humanas marcando el ritmo de la cacería de víctimas, los hijos del sol postrándose ante un fuego inevitable, desconociendo la luz del corpus christi ahora bendito en los caminos peregrinantes de las vértebras del ande?

He aquí las técnicas de la parafernalia numérica, la soberbia del diagnóstico geográfico de tu miseria acumulada durante los años del hambre, los gabinetes de decisiones inhumanas sobre cuáles hijos son los que deben morir para poder pagar los honorarios clínicos de los médicos que, dudosos de tu recuperación mundial y prestos para poner distancias fuera del quirófano, te examinarán hasta tus selvas más íntimas, hasta tus quebradas de pellejo habitado, intentarán levantar tus pechos caídos de leches nutricias para poder cortar tu abdomen de monte socavado por la dinamita estallada en tu callejón de las ánimas, cuando era de noche y tu sólo esperabas dormir para poder levantarte con la esperanza de tus hijos al otro día, vendiendo sus huesos entre los desechos de hormigueros sin trabajo, trasegando el vinagre último de la esponja cotidiana, comejenes masticando la última madera de la vida para escapar de su condición de larvas descompuestas y recuperar su imagen de mariposas del mediodía. Pero los médicos no se asomaron a la ventana de tu cuerpo para respetar tus vísceras, sino para ver si el corazón, tu espíritu en órgano, podía ser arrancado sin que señas de cadáver aparecieran en tu frente bordeada de canas ultrajadas.

Y dijeron lacónicamente: Está muy vieja. Es dudoso que sobreviva. Todavía podemos sacarle el oro, y se lo daremos a la mujer sin rostro que ocupará el recuerdo de su silueta.

Y los hijos idólatras dijeron: ¿Por qué recorriste la vida, madre? ¿Por qué llegaste a ser lo que eres? Ojalá hubieras permanecido siendo simplemente la madre de tu madre, la mujer de los pies de barro, pachamama del sol naciente, hermana de la luna y de la huaca, pero eso ya no puede ser. ¿Para qué te han de salvar? Lo que quede de ti luego del hospital lo barreremos con fuego de metralla, sembraremos pólvora en tus agujeros, para que florezca tu cuerpo en un descuartizamiento de medusas rojas, para que del cuerpo de tu cascarón salga del huevo de la serpiente la piel intocada del tambor primigenio, que redoblaremos con furia hasta que los que no creen lo que nosotros creemos sean devorados por el inkarri nuevamente capitado y habiten para siempre la necrópolis del tiempo que nunca debió haber sido, y desaparezcas en cuanto madre de tantos bastardos.

Y mientras desciende ante tu mirada el bisturí definitivo, para moldearte el cuerpo desfigurado, tu mirada se entrompa hacia la retina, girando hacia tu pensamiento lustral, trepando por las retamas encaracoladas de tu recuerdo, hasta el momento donde viste nacer a tantos hijos de tus entrañas benditas, y anegadas de lágrimas las cavidades oculares donde anida el recuerdo de los hijos del amor, dejaste que los pliegos amarillos del otoño cayeran sobre tu primavera ancestral, y te dormiste en la memoria, descendiendo por los laberintos de la evocación hasta un mar de corales eternos, surcado por tres estelas de naves que ya pasaron, inaugurando una nueva edad de oro, mientras tú no habías abierto los ojos todavía y flotabas en el limbo de un útero de cálidas esponjas, estrellas marinas, moluscos relucientes y criaturas de las tinieblas, bajo los cielos no hollados todavía por tu deseo, hasta que un calzado nunca fabricado por manos caribeñas, jubón, calzas y borceguíes, dejó por vez primera su huella en la arena intocada de un mundo irredento, la patria de la mujer paria, de la fauce sanguinolenta y de las plumas de la serpiente, y eso fue tu salir a la luz por entre las piernas abiertas de la madre que moría de espera del tiempo del rito y la palabra, de la época de la materia ennoblecida, de la gloria divina estrechando los invisibles átomos palpables de lo visible. Y tu piel dejó de ser oscura para tomar todos los colores, todas las sangres anegando tus venas abiertas de sacrificio abierto a la vida que empezaba a inundarte, y tu corazón se lleno de un oro hasta ahora nunca visto en los socavones de tu misterio telúrico, mientras tu espalda dejaba de ser transitada por el pedernal guerrero y la lanza homicida, para dejar relucir bajo tu frente purificada por el agua los ojos abiertos al padre, al hijo y al espíritu santo. Madre, quién te viera bajo el manto del sol, conduciendo a tus hijos de la mano hasta el cerro tutelar, poniéndose de hinojos a la sombra del árbol de la vida, levantando al señor de la caída del polvo del camino de los siglos venideros, peregrinando desde tu vientre de tierra hasta el vientre de otra tierra sin tierra, sin polvo del camino, donde el polvo del polvo que fuimos se amasará con el sudor de la frente de Dios postrado bajo el peso de un amor indescriptible, pidiendo consuelo en el regazo del penitente, para consolar con una dulzura desconocida hasta ahora la imagen del dolor de los hijos de la dolorosa, los siete puñales clavados en el mismo corazón intocado aún por las manos enguantadas que, más allá del sueño, se preparan para la carnicería inmisericorde de lo humano y lo divino, dejando sólo en pie la técnica del oro fluyente, pero ni con ésas podrán lacerar aún más tu corazón de jesús coronado de espinas, tu incendio de amor sin límites, tu gozo volcánico preparado para la epifanía definitiva. Y desfilan por el recuerdo rumoroso las hileras de luciérnagas cordiales prodigando un santo calor al tropel de tus hijos, reunidos alrededor de la calidez de la mano tendida desde un corazón contemplativo, compartido por los toribios, las rosas, los martines, los franciscos, los juanes —y los pedros ignotos, los nicolases difusos, las marías de nombre ignorado, los fernandos anónimos, y los jorges, los pablos, las isabeles, reposando en la tumba del santo desconocido—, extendiendo la punta de sus almas a los pies de las heridas, los llantos, los sinsentidos del dolor de los postrados a la vera del camino, una procesión de menesterosos avanzando sin piernas, mirando sin ojos, oyendo sin oídos, riendo sin dientes, construyendo sin manos lo que no puede ser construido sino por la fuente de la gracia divina lloviendo torrencialmente sobre esta efusión de gozo de tus liturgias generosas, amasadas con la arcilla humana y la saliva de Dios, un resplandor estallando desde dentro de la puerta aherrojada de la iglesia pletórica, abundando de velas los altares cosmogónicos de los santos, ángeles sonrientes revolando alrededor de viñas arreboladas, tritones y sirenas de colas doradas flotando entre volutas, todo el universo apuntando hacia ese centro desde el cual el Hijo, gaviota arrancada de su vuelo de altura, aprisionada a la barca de caronte de los maderos cruzados, cumple la promesa de amor pronunciada antes de todos los siglos, mientras la otra madre —no tú, madre querida, sino la de la maternidad aún más verdadera que la tuya— se yergue cercana encima de la multitud de los hijos, que cargan sobre sus hombros de hombría, junto a las benditas mujeres, la fe esplendorosa que ha irradiado desde este lugar sobre los surcos arados, los pasos cansados de las calles polvorientas, las ventanas silenciosas de misterio de los pechos creyentes, hasta expandir su verano ferviente sobre los años venidos y los venideros —sí, es algo digno de verse—, llegando a arrullar con su renacimiento de estaciones la abulia de las viejas señoras repúblicas, ahora sentadas en la sala de espera del hospital sin milagros, chachareando entre sorbos de té económico y café político, aguardando el resultado incierto de la operación.

Pero no morirás, madre, no dejaremos que eso suceda, no permitiremos que la cirugía de lo efímero te penetre las grasas vitales, impediremos que se consume tal escarnio, y por eso hemos tirado abajo las puertas del quirófano y te hemos arrancado de los guantes antisépticos sin nervio de pasión, te hemos bañado en agua bendecida con el viento del espíritu, te hemos prendido los detentes y escapularios que tanta plegaria han costado, hemos puesto ante tu mirada el retrato doliente de tu fundador crucificado, hemos hecho tocar tu corazón con el corazón traspasado de la cristófora, te hemos acariciado las arrugas, hemos untado los labios de tus heridas con ungüentos y pomadas sagradas, y te hemos dicho levántate, aquí estamos los hijos de los hijos de la madre de las madres para decirte que te amamos, que siempre hemos creído, que la esperanza está respirando en nuestro aliento, que saldremos a las puertas de este nosocomio de la locura para ofrecer nuestros pechos a las balas de los hijos ingratos, para que tu puedas salir caminando, resucitada, con la misma vida que se te dio al nacer.

Y vimos a la madre, sin arrugas, los ojos abiertos de gozo, rejuvenecida con una belleza de mujer eterna, sin cicatrices ni recuerdos de los ultrajes recibidos de los hijos de la infamia, levantarse de la mesa de operaciones y salir con nosotros para festejar los quinientos años de su nacimiento, en una mañana esplendorosa.

APUNTES SOBRE LA LIBERACIÓN DE MARITZA GARRIDO LECCA

maritza_garrido_lecca

Maritza Garrido Lecca en 1982 (Foto: El Comercio)

En el año 2010 yo trabajaba en una empresa de logística en Karslruhe, prestando servicios telefónicos de asistencia técnica para un producto de la Siemens, un aparato computarizado de diagnóstico de vehículos motorizados del Grupo Volkswagen.

Cuando alguien me comentó que Odfried Hepp, el simpático y correcto compañero de trabajo con quien compartía el mismo espacio, tenía un pasado turbio, busqué información al respecto en Internet.

Efectivamente, Odfried fue entre 1983 y 1985 el terrorista alemán más buscado por la Interpol. Perteneció al grupo paramilitar del neonazi Karl-Heinz Hoffmann, estuvo en el Líbano para ser entrenado en tácticas guerrilleras por la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), formó junto con Walter Kexel el grupo terrorista Hepp-Kexel —que realizó atentados con coches bomba contra soldados norteamericanos asignados a Alemania—, fue espía de la República Democrática Alemana y como doble agente se unió a las filas del FLP (Frente por la Liberación de Palestina). Fue capturado en 1985 y salió de la cárcel en 1993 gracias a su buena conducta y su colaboración en la investigación de grupos y personajes neonazis.

Si bien Odfried solía mantener silencio sobre su pasado, en algunos momentos llegó a contarnos algunas anécdotas sobre su estadía en el Líbano. De hecho, ya le había contado todos los detalles de su vida al cineasta y escritor Jan Peter, quien publicó un libro (con Yury Winterberg) y realizó un documental, donde —sin glorificar los hechos cuestionables de su biografía— nos proporciona una mirada profunda en las motivaciones y el contexto social que llevaron a Odfried a optar por el camino de la violencia.

Pero no todos los ex-terroristas que han salido de la cárcel están arrepentidos de su vida pasada.

El neonazi Karl-Heinz Hoffmann, preso de 1981 a 1989, no ha renegado de sus actividades paramilitares y, si bien su Wehrsportgruppe Hoffmann fue prohibido como organización terrorista, posteriormente ha seguido defendiendo principios ideológicos de derecha extrema. Tampoco se ha arrepentido la ex-terrorista de la RAF (Fracción del Ejército Rojo) Inge Viett, en prisión de 1990 a 1997, quien sostuvo públicamente en 2011 que el camino hacia el comunismo requería de una praxis combativa, donde la norma no podía ser el ordenamiento jurídico burgués.

Nadie les exigió un arrepentimiento público ni a ellos ni a ninguno de los otros ex-terroristas que viven ahora como ciudadanos legítimos con todos sus derechos en la República Federal Alemana. Y quienes han sacado cuentas con su pasado, lo han hecho voluntariamente y con absoluta libertad de conciencia. Pues ya no estamos en épocas de la Inquisición, donde el arrepentimiento —arrancado frecuentemente por la fuerza— era una condición insoslayable para restituirle todos sus derechos al inculpado.

Nadie les teme ni se les considera un peligro para la sociedad, pues los estudios sobre sus personas han revelado que son tan humanos como cualquiera, y la mayoría han aceptado la ayuda recibida para reincorporarse a la sociedad. Además, las circunstancias que ocasionaron su radicalización ya no existen.

Hoy sale Maritza Garrido Lecca de prisión, y no ha faltado quien haya dicho que «usted nos sigue generando mucho miedo» y «no sé si estamos preparados para vivir con la duda, con ese temor atávico que genera su presencia entre nosotros» (René Gastelumendi). Porque, como se acostumbra en el Perú, a la bailarina ex-terrorista se le sigue etiquetando según clichés y estereotipos sin una aproximación a su realidad humana, independientemente de que no manifieste estar arrepentida. Para muchos, ella es solamente la “terruca” miraflorina, y se muestran incapaces de interpretar su vida fuera del único parámetro del terrorismo. Gran error, pues si no se conocen las razones por las que ella optó por ese camino y se la da voz propia para que ella misma cuente su versión, nunca sabremos las motivaciones ni las circunstancias que llevaron a una persona a optar por la violencia armada ni podremos ofrecerle caminos para reintegrarse a una sociedad democrática.

El Comercio, en su revista Somos, intentó esa aproximación humana, y fue criticado por quienes no entienden nada, se creen moralmente superiores y se sienten muy cómodos en una sociedad racista y discriminatoria, que no ha superado aún las desigualdades e injusticias que constituyen el caldo de cultivo del terrorismo.

(Columna publicada en Altavoz el 11 de septiembre de 2017)