367 DÍAS EN PRISIÓN PREVENTIVA POR EJERCER EL PERIODISMO

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Deniz Yücel, reportero de “Die Welt”

Deniz Yücel (nacido en 1973 en Flörsheim am Main) es un periodista turco-alemán, que trabaja para el renombrado diario “Die Welt”.

El 16 de febrero, tras 367 días de prisión preventiva en Estambul (Turquía) sin que se elevara una denuncia formal, fue puesto en libertad por el poder judicial del país gobernado por el presidente Erdogan, líder de un régimen de apariencia democrática pero que no oculta su verdadero rostro dictatorial.

Ese mismo día la fiscalía turca formalizó la denuncia acusándolo de propaganda de una organización terrorista e incitación del pueblo al odio y la hostilidad contra el gobierno turco, pidiendo una pena de 18 años de cárcel.

Supuestamente Yücel habría descrito las intervenciones de las fuerzas armadas turcas contra el PKK (Partido de los Trabajadores de Kurdistán) —organización catalogada como terrorista en Turquía, Estados Unidos y la Unión Europea— como “limpieza étnica”. Asimismo, en una entrevista con Cemil Bayik, un comandante del PKK, habría intentado presentar al partido como una organización política legítima. Aunque es discutible si es eso lo que Yücel efectivamente quiso decir, esa manera de informar está protegida en Alemania por el derecho a la libertad de expresión.

Dado que no tenía restricciones de viaje, el mismo día pudo viajar a Berlín. Actualmente se encuentra fuera de Alemania a buen resguardo en un destino desconocido. Sin embargo, aún no es un hombre libre, pues en la eventualidad de que un tribunal turco lo condenara, estaría seguro en Alemania, pero no en otros países con tratados de extradición con Turquía y, por lo tanto, sufriría restricciones para viajar.

El caso de Deniz Yücel se convirtió en Alemania en un emblema de la libertad de expresión de la que debe gozar la profesión periodística, sobre todo en un país como Turquía que mantiene a unos 150 periodistas encarcelados.

Su liberación no ha significado, sin embargo, un cambio en la política de represión de la libertad de prensa que mantiene el régimen de Erdogan. El mismo día en que salió de prisión tres importantes periodistas turcos fueron condenados a cadena perpetua, sin haber hecho otra cosa que practicar responsablemente su oficio periodístico.

«Aún no sé por qué fui detenido hace un año, más exactamente, por qué hace un año fui tomado como rehén – y tampoco sé por qué fui liberado hoy», declaró Yücel en Berlín. Así como su encarcelamiento nada habría tenido que ver con el derecho y la justicia, su liberación tampoco tendría nada que ver con eso.

Hay que tener en cuenta que en enero de este año su abogado le comunicó que el gobierno alemán estaba viendo la posibilidad de intercambiarlo por la autorización para que fabricantes de armamento militar le vendieran éste a Turquía, o incluso intercambiarlo por seguidores del movimiento de Gülen, al cual Erdogan acusa de estar tras el fallido golpe de Estado de julio de 2016. La respuesta de Yücel fue contundente: «No estoy disponible para tratos sucios».

Lo cierto es que, aunque el ministro de relaciones exteriores Sigmar Gabriel ha negado que haya habido un trato, la liberación de Yücel se ha dado en un momento en que el gobierno de Angela Merkel ya había anunciado oficialmente que había que mejorar las relaciones con Turquía. Y uno de los obstáculos para estos efectos era la arbitraria prisión preventiva de Yücel.

De modo que Erdogan habría dado de esta manera una señal de buena voluntad y allanado el camino no sólo para acceder al mercado de armamento sino también para conseguir aliados en la OTAN y estrechar lazos comerciales con Alemania, lo cual permitiría mejorar la economía turca, que ya comienza a hacer agua. Por otra parte, la notoriedad que había alcanzado Yücel gracias a su cautiverio se desmorona y lo que él escriba posteriormente no tendría mayor impacto en una Turquía donde se mantiene a los medios de prensa controlados mediante la intimidación.

Lo cual nos deja un sabor amargo a quienes seguimos creyendo en la libertad de prensa como una de las bases fundamentales de la democracia. Pues aquí, como en el Perú, la justicia parece ser negociable en aras de intereses políticos y los derechos humanos de quienes informan concienzudamente cuentan sólo como una mercancía de cambio.

(Columna publicada en Altavoz el 19 de febrero de 2018)

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WESTERN Y REVOLUCIÓN

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Fotograma de “Tepepa” (Giulio Petroni, 1968)

Hay subgéneros cinematográficos que en su momento fueron minusvalorados por la crítica especializada o fueron despreciados como material para grindhouse o cine de barrio, pero que con el paso del tiempo han sido revalorizados, descubriéndose en ellos varias obras maestras del Séptimo Arte. Uno de ellos es el spaghetti western —películas del Oeste producidas por italianos y rodadas generalmente en Almería (España)—, que tuvo su auge en la década de los ‘60 y la primera mitad de los ‘70. Antes de que deviniera en comedia de golpes y bofetones de la mano del dúo conformado por Terence Hill y Bud Spencer, este subgénero ya había dado a luz algunas obras importantes que reflejaban los conflictos sociales y políticos de esa turbulenta época de cambios que fueron los años ‘60. No de otra manera se explica el alto contenido de violencia que ostentan, en comparación con el western clásico norteamericano.

Entre los westerns a la italiana destacan por su contenido político y social —trasunto de las agitaciones revolucionarias en todo el mundo y la influencia de los movimientos izquierdistas en Europa— los “Zapata westerns”, filmes cuya historia se desarrolla en el marco de la Revolución Mexicana. Cabe mencionar entre ellos Yo soy la revolución (1967) de Damiano Damiani; El mercenario (1968), Vamos a matar, compañeros (1970) y ¿Qué nos importa la revolución? (1972) de Sergio Corbucci; ¡Agáchate, maldito! (1971) de Sergio Leone; y un film relativamente desconocido que recién se ha podido ver sin cortes en el año 2013 gracias a la labor de restauración del sello alemán Koch Media: Tepepa (1968) de Giulio Petroni. Este año, en que se cumple el cincuentenario del estreno del film, he podido darle un visionado. Para mi sorpresa, me encontré con una obra maestra del cine mundial.

Mediante un montaje no lineal con frecuentes flashbacks se nos cuenta la historia de Tepepa (Tomas Milian), un campesino simple, ignorante, socarrón pero de gran carisma que dirige a un grupo de revolucionarios del pueblo, que no sólo participan en la Revolución Mexicana sino que terminan luchando contra quien la lideró políticamente —el presidente Francisco Madero (Paco Sanz)—, quien ahora se ha aliado con los militares y grandes terratenientes —aquellos mismos que sojuzgaron y maltrataron a los más pobres y fueron combatidos por los mismos revolucionarios—. El poder militar es representado por el Coronel Cascorro (Orson Welles en un rol magistral), un sujeto turbio y sin escrúpulos que no duda en hacer matar a quien se le interponga en el camino con el fin de mantener el orden y el status quo, sin importarle la justicia. A su vez, Henry Price (John Steiner), un médico británico, aparece en el lugar para hacer las cuentas con Tepepa, quien habría violado a su novia, ocasionando que ésta se suicide.

El director Giulio Petroni logra insertar las ambiguas biografías de personajes complejos en el ambiente conflictivo de la revolución, donde el “héroe” no es alguien de moral intachable y donde —en un entramado de traiciones y deslealtades— todos resultan víctimas y victimarios a la vez. Lo es también el niño (Luciano Casamonica) admirador de Tepepa, quien es testigo de cómo su padre, un campesino al que le han cortado las manos, es asesinado por Tepepa al traicionarlo y venderse por dinero a las fuerzas de Francisco Madero. Este niño terminará asesinando al inglés Price —quien traiciona su juramento hipocrático en aras de su venganza— porque «no le gustaba México». Y ese niño será el heredero de un ideal revolucionario, basado en un ansia legítima de justicia, pero que sólo destroza vidas humanas.

Con crudo realismo, el cineasta nos muestra en imágenes como una revolución termina devorando a sus propios hijos, aunque el ideal siga vivo en sus sucesores. Una máxima de validez universal que se cumplió en la Revolución Francesa, la Revolución Rusa, la Revolución Cubana, etc. Y ahora se cumple en la Revolución Bolivariana en Venezuela.

Pues los auténticos cambios nunca se dan de improviso, sino que requieren de una lucha continua a lo largo de décadas. Y la implementación de justas reformas sociales requiere de la participación democrática no violenta de todos los sectores de la sociedad. Como ocurre en los países donde hay economía social de mercado.

(Columna publicada en Altavoz el 12 de febrero de 2018)

EL SODALICIO Y LA ULTRADERECHA CATÓLICA

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Miembros del Requeté, organización paramilitar católica, durante la Guerra Civil Española

Mucho se ha escrito sobre el Sodalicio desde que empecé a publicar lo que yo sabía en noviembre de 2012. Sin embargo, incluso después de la publicación de Mitad monjes, mitad soldados de Pedro Salinas (con la colaboración de Paola Ugaz), que trae abundante información para reconstruir la historia del Sodalicio desde sus inicios, sólo se ha arañado la superficie y siguen habiendo varios misterios sin resolver.

La primera actividad de Figari que se menciona en el libro después de salir del Colegio Santa María (Marianistas) en el año 1963 data de 1967. Hay un hiato de casi cuatro años donde no sabemos a qué se dedicó.

Un antiguo miembro de la comunidad marianista me escribió en julio de 2012 que Figari habría estrechamente vinculado a Tradición, Familia y Propiedad (TFP), un grupo ultraderechista fundado por Plinio Corrêa de Oliveira en Brasil en el año 1960. Figari habría estado incluso en Brasil viviendo con ellos un tiempo y habría vuelto con la consigna de potenciar TFP en el Perú. «Se le plegaron José [Antonio] Pancorvo —[quien llegaría a ser posteriormente cabecilla del núcleo peruano de TFP]— y un chico Taglieri, ambos del colegio Sta. María. Luego Figari se desvinculó para empezar su propio pastel».

La información obtenida por Pedro Salinas de que quienes conocieron después a Figari lo recuerdan como alguien muy crítico y opuesto no sólo hacia el Opus Dei sino también hacia TFP, es algo que yo mismo puedo confirmar. Sin embargo, también me consta que Figari conocía muy bien lo que planteaban ideológicamente ambas agrupaciones.

Asimismo, una de las versiones hagiográficas oficiales que pululaban antes de que se conocieran los delitos sexuales del fundador del Sodalicio, decía que «muy pronto se convirtió en abanderado del pensamiento y de la enseñanza social de la Iglesia, lo que le valió la enconada animadversión de instituciones como “Tradición, Familia y Propiedad”, cuyos miembros lo calificaban de “comunista disfrazado”». ¿Disfrazado de qué? Evidentemente, de católico ultraderechista y conservador, es decir, de algo muy parecido al perfil de miembros que tenía TFP.

Otro misterio sin explicar es la alusión que hay en el libro Los neo-nazis en Sudamérica (1978) del chileno Franz Pfeiffer Richter (1937-1997), fundador en 1962 del Partido Nacional Socialista Obrero de Chile, respecto a un tal Luis Figari a quien se menciona como «el dirigente peruano» vinculado al Frente Nacional Socialista en el Perú.

Asimismo, otro tema que requiere de investigación es la amistad cercana de la cúpula del Sodalicio con miembros de El Yunque, organización secreta católica de extrema derecha nacida en México, con la cual el Sodalicio tiene más de una coincidencia en cuanto a doctrina y a régimen de gobierno y de disciplina.

Tanto Federico Müggenburg como Manuel Díaz Cid —a los cuales conocí personalmente— mantuvieron una estrecha amistad con Figari, Doig, Levaggi y otros miembros del Sodalicio, de los cuales siguen siendo sodálites activos José Ambrozic, Jaime Baertl, Alfredo Garland, Alejandro Bermúdez y Miguel Salazar. Si bien Díaz Cid ha reconocido su pertenencia a la organización y ha renunciado a ella, no sin efectuar una crítica disidente, no ha sucedido lo mismo con Müggenburg. ¿Se sigue cultivando contactos con él, sobre todo Alejandro Bermudez, quien a través de ACI Prensa ha defendido plataformas ultracatólicas como HazteOir, el Instituto de Política Familiar y Profesionales por la Ética, que han sido denunciadas en España por ser organizaciones de fachada de El Yunque?

También resultan misteriosas muchas de las amistades cultivadas por Figari y su entorno inmediato con personajes y grupos en Argentina y España. Germán Doig nos repetía, después de cada uno de los viajes realizados a estos países, que el Sodalicio no tenía comparación con otras asociaciones católicas allí presentes. ¿Con que grupos éramos comparados?

Lo que sí me consta es que regresaban de esos países cargados de libros difíciles de conseguir en el Perú: textos del falangismo español, libros de la ultramontana Fundación Speiro, obras de los tradicionalistas Julio Meinvielle y Leonardo Castellani, etc. Y de México se traían los libros del simpatizante del nazismo Salvador Borrego, así como obras de la Editorial Tradición, entre ellas escritos de Salvador Abascal, promotor de una especie de fascismo católico llamado sinarquía.

Como vemos, la caja de Pandora sigue abierta.

(Columna publicada en Altavoz el 5 de febrero de 2018)

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A continuación, anteriores artículos míos donde analizo varios aspectos del ultraderechismo del Sodalicio:

COMO LOBOS RAPACES
MITAD MONJE, MITAD SOLDADO
SODALICIO Y FASCISMO
LA CONEXIÓN MEXICANA (I)
LA CONEXIÓN MEXICANA (II)
EL SODALICIO EN LA PALABRA ESCRITA (I)

La más reciente noticia sobre El Yunque ha aparecido hoy en el portal Religión Digital:

Las asociaciones de familia exigen a los obispos que dejen de colaborar con El Yunque (05 de febrero de 2018)
http://www.periodistadigital.com/religion/familia/2018/02/05/religion-iglesia-yunque-espana-familia-asociaciones-hazteoir-obispos-aborto-ciudadania-sociedades-secretas-espionaje.shtml

LA IMAGEN AUSENTE DEL GENOCIDIO

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Fotograma de “L’image manquante” (Rithy Panh, 2013)

Rithy Panh nació el 18 de abril de 1964 en Phnom Penh, capital de Camboya. Cuando en 1975 las fuerzas revolucionarias del Khmer Rouge tomaron la ciudad —y junto con ella el poder en todo el país—, su familia y cientos de miles de residentes fueron obligados a trasladarse a una zona rural para dedicarse exclusivamente a actividades manuales y agrarias en campos de trabajo forzado. Rithy vio morir a sus padres, hermanos y parientes cercanos por agotamiento debido al exceso de trabajo o desnutrición. En 1979 logró escapar a Tailandia, donde vivió durante un tiempo en un campo de refugiados en Mairut, hasta que encontró la oportunidad de trasladarse a París (Francia).

Cuando estaba aprendiendo el oficio de carpintero, alguien le pasó una cámara de video durante una fiesta, lo cual despertó en él el interés por dedicarse a la cinematografía. Después de graduarse en el Institut des hautes études cinématographiques (Instituto de Altos Estudios Cinematográficos), regresó a Camboya en 1990, aunque sin dejar de tener un domicilio base en París.

Desde entonces ha rodado varios documentales sobre las consecuencias del genocidio en la Camboya democrática y sus problemáticas sociales contemporáneas. Sin embargo, cuando quiso realizar un film sobre los horrores vividos por la población —particularmente por su desaparecida familia— bajo la dictadura de Pol Pot (1975-1979), fue vana su búsqueda de imágenes de las víctimas en los campos de trabajo forzado. Todos los testimonios gráficos de los horrores vividos habían desparecido o nunca existieron.

No obstante, los hechos estaban grabados en la memoria. Y es partir de ella que el cineasta decide reconstruir las imágenes ausentes del genocidio, en un documental donde intercala material de archivo con reconstrucciones a partir de figuras de arcilla que retratan los sufrimientos de las víctimas, acompañadas de una voz en off que describe lo que el espectador está viendo y lo sitúa en contexto. El resultado fue la cinta La imagen ausente (L’image manquante) de 2013, exhibida ese mismo año en el Festival de Cannes en la sección Un certain regard (Una cierta mirada), donde resultó ganadora.

El mismo cineasta ha explicado con sus propias palabras la gestación de esta película:

«Desde hace años, busco una imagen: una fotografía tomada entre 1975 y 1979 en Camboya por los Jemeres Rojos. Una sola imagen no sirve como prueba de un genocidio, pero invita a la reflexión, permite reconstruir la historia. La he buscado en vano en los archivos y por todas partes. Ahora he llegado a la conclusión de que esa imagen debe faltar. Lo que ahora propongo no es una imagen, o la búsqueda de una imagen, sino más bien la imagen de una búsqueda: la búsqueda que permite el cine. Ciertas imágenes deben seguir faltando por siempre, y deben ser reemplazadas por otras: en este movimiento esta la vida, el combate, la pena y la belleza, la tristeza y los rostros perdidos, la comprensión de lo que fue, a veces la nobleza e incluso la valentía, pero nunca el olvido».

Estas mismas palabras podrían aplicarse a la labor de los artesanos de Sarhua, los cuales a falta de imágenes sobre los horrores vividos en la época del terrorismo, decidieron ellos mismos crearlas artísticamente para mantener vivo el recuerdo de lo sufrido y así poder procesar el trauma de la violencia y la muerte que descendieron sobre su comunidad pero que fueron finalmente derrotadas, transmitiendo así su conciencia colectiva de los años del terrorismo a las siguientes generaciones y dejándoles un mensaje de esperanza a la vez que una tarea a realizar: la construcción de un Perú reconciliado que no olvida ni su historia ni a sus pobladores andinos originarios.

Las protestas de grupos ligados a los sectores conservadores ante la adquisición de las Tablas de Sarhua por el Museo de Arte de Lima sólo evidencian las divisiones que siguen existiendo en el país, donde hay quienes pretenden que la historia de los años de la violencia sea relatada sólo por quienes manejan los hilos del poder y defienden intereses corruptos, antes que por quienes vivieron en carne propia los horrores de la violencia terrorista. Aquellos que también fueron víctimas del olvido y la violencia proveniente de un Estado ausente.

(Columna publicada en Altavoz el 29 de enero de 2018)

LA OBEDIENCIA TRAMPOSA DEL SODALICIO A LA IGLESIA

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Mons. Joseph William Tobin entrevistado en una comunidad del Sodalicio de Vida Cristiana (agosto de 2016)

En su comunicado del 10 de enero, el Sodalicio informa haber recibido «la noticia del nombramiento que la Santa Sede ha hecho de Mons. Noel Antonio Londoño Buitrago, C.Ss.R., Obispo de Jericó en el departamento de Antioquia (Colombia), como Comisario Apostólico de nuestra Sociedad».

Sin manifestar ninguna contrariedad y sin hacer alusión a los problemas que habrían motivado la intervención, el comunicado dice: «Como hemos hecho hasta ahora con el Cardenal Joseph Tobin desde su nombramiento como Delegado para el Sodalicio en mayo de 2016, colaboraremos en todo con Mons. Londoño para que pueda ejercer sus funciones según lo dispuesto por la Santa Sede».

Finalmente concluye: «Reafirmamos una vez más nuestra absoluta obediencia al Santo Padre y a la Santa Madre Iglesia».

Cabe preguntarse cómo colaboraron con Tobin. ¿Acaso le contaron toda la historia de la institución, desde la época en que era bien marcada la influencia del fascismo español? ¿Le mostraron las Memorias, opúsculos anuales escritos por Figari entre 1976 y 1986, de lectura y estudio obligatorios para los sodálites hasta que se decidió requisar —sin explicar el motivo— todos los ejemplares e incluso ocultar su existencia a la Santa Sede durante el proceso de aprobación del Sodalicio? ¿Le permitieron asistir a alguna reunión grupal donde se obligara a los participantes a revelar sus intimidades privadas para finalmente “sacarles la mierda” por ser infieles al Señor Jesús? ¿Le hicieron escuchar las palabras soeces con que se humilla a los sodálites en la vida cotidiana?

Tobin parece tener la impresión de haber conocido bien al Sodalicio, como declaró en una entrevista publicada el 4 de agosto de 2016: «He llegado a conocer desde cerca la realidad del Sodalitium en sus obras apostólicas, colegios, trabajo social. He pasado tres días completos con el Consejo Superior y también visité la Casa de Formación. Luego tuve una cantidad de entrevistas con sodálites y ex sodálites». Al final, su evaluación es positiva: «Por una parte los problemas y los desafíos son graves. Yo creo que por otra parte hay voluntad de parte del Consejo Superior de enfrentarlos con sinceridad. Espero que esta actitud siga y venga compartida por los demás sodálites».

Alessandro Moroni, quien según el P. Jean Pierre Teullet desestimó las denuncias contra Figari en el año 2013 y posteriormente negó la gravedad de los abusos sufridos por varias víctimas de abusos psicológicos, integraba como Superior General ese Consejo Superior. También formaba parte de él como Vicario General José Ambrozic, miembro de la primera generación del Sodalicio y testigo de innumerables abusos cometidos dentro de la institución, el cual no ha tenido hasta ahora la valentía de reconocer públicamente la gravedad de los hechos que él presenció. Javier Rodríguez Canales, entonces Asistente de Apostolado, por lo menos ha tenido el decoro de renunciar al Sodalicio. Carlos Neuenschwander, Asistente General de Temporalidades —es decir, de la administración económica del Sodalicio— se habría encargado de que se pagara lo mínimo posible en reparaciones a las víctimas que el Sodalicio selectivamente reconoció.

Así como el Sodalicio habría escenificado ante Tobin su mascarada de una comunidad de gente feliz y contenta —como siempre lo hizo cada vez que venían visitantes importantes—, evidentemente obviando mostrar en todos sus detalles cómo se trata a sus miembros en el día a día, también es probable que haga lo mismo con Mons. Londoño, el comisario de la Santa Sede. Su colaboración con éste consistiría en influenciarlo en lo posible, para que se lleve una buena impresión de las comunidades sodálites. En lo que respecta a estas representaciones escénicas, los sodálites son expertos y fieles discípulos de Figari.

Por otra parte, la obediencia sodálite a la Iglesia implica renunciar a obedecer la propia conciencia. Sólo así se entiende que el Sodalicio haya aceptado sin observaciones ni reparos la inmoral decisión tomada por el Vaticano respecto a Figari.

Además, el Sodalicio —con su proverbial falta de transparencia— siempre ha buscado controlar la información que le llega al Papa, ocultando los aspectos incómodos de su régimen de gobierno, su disciplina y su historia, a fin de que el Sumo Pontífice termine ordenándoles lo que ellos ya han previsto. Sólo espero esta vez que con la intervención vaticana se dé definitivamente un GAME OVER.

(Columna publicada en Altavoz el 22 de enero de 2018)

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FUENTES

Página web oficial del Sodalicio de Vida Cristiana
Entrevista a Mons Joseph William Tobin, delegado vaticano para el caso Sodalicio (04 Ago 2016)
http://sodalicio.org/noticias/entrevista-a-mons-joseph-william-tobin-delegado-vaticano-para-el-caso-sodalicio/
Comunicado sobre nombramiento de Comisario Apostólico para el Sodalicio (10 Ene 2018)
http://sodalicio.org/comunicados/comunicado-sobre-nombramiento-de-comisario-apostolico-para-el-sodalicio/

EL SODALICIO INTERVENIDO

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Cuando el 10 de enero la Oficina de Prensa de la Santa Sede comunicó que el Sodalicio había sido intervenido y que se había nombrado un Comisario con autoridad para gestionar el gobierno, el régimen interno y las cuestiones económicas del instituto, leí con escepticismo los comentarios en la prensa y en las redes sociales que decían que por fin el Vaticano estaba tomando cartas en el asunto de los abusos sexuales cometidos por Figari y otros sodálites, y que por fin se iba a atender a las víctimas.

Nada más lejos de la realidad. Salvo ocasionales atisbos, la Iglesia católica todavía no ha asumido satisfactoriamente la perspectiva de las víctimas ni en su legislación ni en su pastoral, y lo que más le ha preocupado cuando han habido casos de abusos sexuales es el escándalo generado antes que el daño ocasionado a los afectados. De ahí sus intentos por acallar la publicidad de los hechos, darle carácter reservado a la información al respecto y sacar momentáneamente de circulación a los perpetradores, buscando de alguna manera rehabilitarlos tras “haber caído en pecado”.

Pero acoger y atender a las víctimas, como lo hacía Jesús con los sufrientes y desvalidos, no está entre sus prioridades, por lo menos institucionalmente. Como se constata en la visita del Papa a Chile y Perú, donde no se ha incluido en el programa ningún encuentro entre Francisco y las víctimas de abusos sexuales, psicológicos y físicos por parte del clero, religiosos y laicos consagrados.

La intervención del Sodalicio no se debe a los abusos sexuales cometidos por Figari. Para la Santa Sede ésos son «hechos y comportamientos que, aunque objetivamente graves, han ocurrido sobre todo en un pasado muy remoto», además de que «»no se encuentra prueba cierta de ulteriores actos contra el VI mandamiento, cometidos sucesivamente o en precedencia a los referidos» (Carta del Vaticano a Alessandro Moroni, 30 de enero de 2017). Y, al parecer, los dos informes sobre abusos sexuales elaborados por tres expertos internacionales, dados a conocer por el Sodalicio en febrero de 2017, dejaron satisfecha a la Santa Sede, la cual no habló más sobre el asunto. Sin embargo, un número considerable de víctimas quedaron insatisfechas por el trato recibido de parte de los representantes del Sodalicio, que ofrecieron reparaciones exiguas en comparación con los daños personales sufridos o simplemente negaron que haya habido abusos.

Como ocurrió en mi caso, donde se me negó la condición de víctima, no obstante haber testimoniado graves abusos psicológicos y físicos cometidos sistemáticamente en perjuicio mío. Mi testimonio no sólo fue enviado a los representantes del Sodalicio, sino también por partida doble al Vaticano —una vez personalmente y la otra por la diócesis de Espira (Speyer)—, sin que haya recibido hasta ahora ninguna respuesta.

Es la situación actual del Sodalicio la que motiva la intervención vaticana, es decir, el modo en que se maneja el régimen interno y la formación, y la gestión económica-financiera, que no es que vaya mal, sino que parece tener fuentes no sólo de dudosa moralidad sino también de legitimidad cuestionable.

Evidentemente, cualquier intervención en régimen de comisariato de la Santa Sede tiene la intención de “sanear” la institución. ¿Pero puede acaso sanearse una entidad que funcionó desde sus inicios como una secta destructiva, controlando draconianamente el pensamiento y lenguaje de sus miembros, su comportamiento durante las veinticuatro horas del día, sus emociones a través del mecanismo de la culpa, así como la información que les era permitido recibir? Porque siguen habiendo evidencias de que la formación impartida sigue el mismo patrón de siempre, restringiendo considerablemente la libertad interior de los sodálites.

Pero además de los informes recientes que habrían llegado a la Santa Sede —y que aún desconocemos—, lo que más parece preocuparle al Vaticano es la posibilidad de una sentencia condenatoria contra aquél a quien llaman «el fundador del Sodalitium Christianae Vitae y por lo tanto […] mediador de un carisma de origen divino» (Carta del 30 de enero de 2017).

Sospechamos que harán todo lo posible para que Figari no vaya a la cárcel, buscando evitar así empañar aún más la imagen de Iglesia santa que quieren mantener a toda costa, sin importarles pisotear a las víctimas.

(Columna publicada en Altavoz el 15 de enero de 2018)

LA IGLESIA QUE ESPERA AL PAPA FRANCISCO EN EL PERÚ

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Manfred Lehmann como Padre Julio en “Commando Leopard” (Antonio Margheriti, 1985)

La primera semana del año una bronquitis aguda me obligó a guardar cama. Tuve así tiempo para revisar unas películas de mercenarios de bajo presupuesto, realizadas en la década de los ‘80 en régimen de co-producción ítalo-germano. Aunque parezca increíble, en estos filmes de serie B sin mayores pretensiones siempre se encuentran escenas memorables que quedan impresas en la memoria.

Lo que más me llamó la atención es que en tres de los cinco filmes que pude visionar aparece la figura de un sacerdote católico.

En Comando Patos Salvajes (1984), de Antonio Margheriti, un anciano sacerdote en la selva del sudeste asiático acoge en su misión a todas las víctimas del tráfico de drogas imperante en la zona y no tiene ningún reparo en darles cobijo a los mercenarios enviados para destruir algunos depósitos de estupefacientes. Posteriormente, tropas del gobierno destruirán a sangre y fuego la misión y clavarán al clérigo a la cruz de su iglesia.

En Comando Leopardo (1985), también de Margheriti, Manfred Lehmann da vida al Padre Julio, un sacerdote que acoge a pobres y desposeídos en un país latinoamericano ficticio, dominado por una dictadura militar. Cuando llegan los guerrilleros armados, comandados por Carrasco “El Leopardo” (Lewis Collins), el cura les da acogida e incluso les presta ayuda para volar una refinería, lo cual posteriormente llevará a que sea asesinado a sangre fría por el General Silveira (Klaus Kinski) cuando inintencionadamente mata a un soldado con lanzallamas que iba a prenderle fuego a la iglesia con su feligresía adentro.

En Operación Nam (1986), de Fabrizio de Angelis, Donald Pleasance interpreta al Padre Lenoir, un sacerdote francés que trabaja en la selva vietnamita y que les proporciona armas a los cuatro amigos que han decidido ir a rescatar a prisioneros de guerra americanos, cuya existencia el mismo gobierno estadounidense niega y que viven en condiciones lamentables, siendo continuamente objeto de tortura y maltratos.

La imagen del sacerdote que transmitía cierto cine popular en la década de los ‘80 era la de un hombre comprometido con los desvalidos y marginales, y que era capaz de asumir riesgos en defensa de sus derechos humanos, poniendo en juego incluso su propia vida si ello era necesario.

Ello es reflejo de la conciencia que había tomado la Iglesia de sí misma bajo el pontificado de Juan XXIII y durante las sesiones del Concilio Vaticano II, que concluyó: «La Iglesia, pues, en virtud del Evangelio que se le ha confiado, proclama los derechos del hombre y reconoce y estima en mucho el dinamismo de la época actual, que está promoviendo por todas partes tales derechos» (Constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual, 41).

Ha pasado el tiempo y mientras los sectores conservadores se han ido fortaleciendo en la Iglesia, ésta ha predicado cada vez con mucho menor frecuencia la defensa de los derechos humanos —si es que nos lo ha tachado de “cojudez”— y se ha convertido ella misma en un problema en este aspecto. Los numerosos casos de abusos sexuales por parte del clero y de personal laico de la Iglesia atentan gravemente contra el derecho a la integridad corporal y psíquica de miles de personas vulnerables. El encubrimiento sistemático y la laxitud para juzgar los abusos físicos, psicológicos y sexuales en instituciones de la Iglesia católica atentan gravemente contra el derecho a la justicia de los afectados. Y no hablemos de las frecuentes violaciones a los derechos laborales en que incurren organizaciones católicas amparándose en privilegios obtenidos mediante pactos dudosos.

La Iglesia que espera al Papa Francisco en el Perú es una Iglesia que no ha acompañado a los familiares de las masacres de Barrios Altos y La Cantuta, que ha estado ausente en las luchas de las mujeres esterilizadas forzosamente por el gobierno de Fujimori, que ha renunciado a tener una pastoral de acercamiento a las personas homosexuales, que ha dejado abandonadas a las víctimas de abusos no solamente del Sodalicio sino de otras instituciones católicas, que ha callado en todos los colores del arco iris ante el inmoral indulto de un criminal como Fujimori.

Es una Iglesia que le sonríe a los dueños del poder, mientras defeca sobre aquellos a los cuales está en obligación de defender.

(Columna publicada en Altavoz el 8 de enero de 2018)