DE CÓMO EL SODALICIO ME ROBÓ LA MÚSICA

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La música siempre ha jugado un papel protagónico en mi historia personal. Hasta el punto de que mi primer contacto con el Sodalicio se dio con ocasión de un evento musical. Y la música me acompañó durante mis años sodálites, se convirtió en un lenguaje para dar testimonio de mis hitos biográficos, me sirvió incluso para exorcizar mis demonios y abrir una rendija para poder recorrer el camino hacia la libertad. Y posteriormente la música me sirvió para anular los efectos del lavado de cerebro que había sufrido y para terminar de matar la imagen de Figari que todavía parasitaba mi alma.

Tomé por primera vez contacto con el Sodalicio cuando Felipe Gastelumendi, alumno del Colegio Santa María (Marianistas) y amigo de juventud, nos invitó a Miguel Salazar y a mí a asistir a un pequeño concierto de rock progresivo que se iba a efectuar en el teatrín de la Biblioteca Municipal de San Isidro. Como éramos fanáticos de ese tipo de música, aceptamos ir. Pero Felipe nos previno que antes íbamos a tener una reunión en su casa en Miraflores. Nunca nos especificó de qué se trataba, con lo cual nuestra imaginación tomó vuelo y pensamos en una reunión de jóvenes donde incluso íbamos a tener la oportunidad de conocer a algunas chicas. Nada más lejos de la realidad. En realidad fue una especie de emboscada, pues terminamos participando de una reunión de una agrupación mariana, que eran entonces los semilleros de futuros sodálites, los grupos en los cuales el Sodalicio “pescaba” a sus jóvenes vocaciones. El animador era José “Pepe” Ambrozic y lo acompañaba “Rafo” Martínez, un ex alumno del Colegio Carmelitas (Miraflores) que se alejaría ese mismo año del Sodalicio.

Ciertamente, después de la reunión asistimos al concierto. Y si bien no recuerdo el nombre de la banda, si me ha quedado en la memoria la performance de flauta traversa de Franco Attanasio, un atípico sodálite con pinta de hippie, cuyo matrimonio fue posteriormente celebrado a lo grande en 1982 en la capilla del Colegio San Agustín como el primero de un sodálite llamado a la vocación matrimonial. Y así como estaba “llamado”, al poco tiempo se mudó a los Estados Unidos y se desvinculó de raíz del Sodalicio, siguiendo su verdadero llamado, el de ser médico. Como estudiante de medicina fue encargado durante cierto tiempo de hacerle los exámenes médicos a quienes ingresábamos a las nuevas comunidades que se estaban fundando, en mi caso a fines de 1981. En ese momento no me pareció extraño, pero ahora me pregunto si una palpada de testículos para comprobar que los conductos internos estuvieran en orden eran parte integral y necesaria de un examen médico estándar en ese entonces. Pues se trababa de información que terminaba exclusivamente en los archivos personales de Luis Fernando Figari.

Desde pequeño crecí respirando música. La primera película que vi en el cine, cuando tenía 6 ó 7 años de edad, fue un musical: The Sound of Music (Robert Wise, 1969), conocida en Latinoamérica como La novicia rebelde y en España como Sonrisas y lágrimas. Gracias a algunos vinilos que compró mi madre —entre ellos uno de Walt Disney que se llamaba Los Grandes Compositores— y a las clases de música en el Colegio Alexander von Humboldt, aprendí en mi infancia a apreciar la música clásica. Mi tía Hilde me regaló una vez por Navidad un vinilo de la Novena Sinfonía de Beethoven, interpretada por la Filarmónica de Berlin bajo la batuta de Herbert von Karajan. Un verdadero tesoro, dado el que disco era importado y vivíamos en una época en que la importación de productos estaba restringida, por cortesía del gobierno militar del General Juan Velasco Alvarado. Y vaya que escuché ese disco repetidas veces con enorme fruición. Asimismo, de niño aprendí a tocar la guitarra, hobby que compartía y cultivaba con mi amigo de la infancia Reinhard Zapata, hijo de madre alemana y de un médico peruano, el cual era melómano y tenía una colección asombrosa de vinilos importados de música clásica que escuchábamos a gusto y placer.

Cuando con el paso de los años fui decantando mis gustos musicales, sin perder el gusto por la música clásica, opté en mi adolescencia y juventud por música rock no comercial, entre ellos el hard rock de bandas como Deep Purple y Led Zeppelin; el rock a secas de bandas como The Who, Queen, Sweet y Boston; el rock progresivo de Pink Floyd, Yes, Genesis, Styx , Kansas, Mike Oldfield y Rick Wakeman (el tecladista de Yes). Y, por supuesto, también me entusiasmaban las canciones de Cat Stevens y John Denver. Y la ópera rock Jesus Christ Superstar, considerada blasfema en el Sodalicio.

Este universo musical se fue apuntalando en el mismo Colegio Alexander von Humboldt, donde el profesor de música no tenía ningún reparo en ponernos el disco Pictures at an Exhibition del grupo británico de rock progresivo Emerson, Lake & Palmer para que comparáramos esta obra musical compuesta originalmente para piano por el compositor clásico ruso Musorgski con su adaptación orquestal realizada por el compositor impresionista francés Maurice Ravel. O donde las fiestas adolescentes en domicilios privados eran siempre amenizadas, entre otros, con piezas de Deep Purple, Led Zeppelin y Slade (el álbum Slade Alive! era casi obligado). O donde a un profesor alemán de música se le ocurrió organizar un concierto con participación de alumnos y profesores, que mostrara la evolución de la música popular desde el blues hasta el rock. El concierto “Blues, Jazz, Pop” fue todo un éxito. Yo tuve una humilde participación como parte de un pequeño coro dentro de la interpretación de una pieza sesentera de Pink Floyd.

Este universo musical propio se iría apagando cuando fui siendo introducido de a pocos en los usos y costumbres del Sodalicio de Vida Cristiana. Todavía recuerdo que una vez en el año 1978, antes de la reunión de agrupación mariana en la casa de Felipe Gastelumendi, éste nos mostró con ojos como platillos un vinilo que le habían traído recientemente de los Estados Unidos: White Rock de Rick Wakeman. Nos metimos en la habitación que tenía reservada como escritorio a escuchar a todo volumen el virtuosismo maravilloso e hipnotizante del tecladista británico. Para nosotros, jóvenes adolescentes, era una música que nos llevaba al éxtasis, un ritual místico que conjuraba en nosotros un estado de alucinación delirante. Pero en eso llegó “Pepe” Ambrozic, el animador de nuestra agrupación mariana, y tuvimos que interrumpir la experiencia. Recuerdo todavía la llamada de atención —suave pero penetrante— que nos propinó, aduciendo que esa música mundana actuaba como una droga sobre nosotros. Y varios de nosotros le creímos, prometiendo no volver a escuchar semejante pieza “pecaminosa” de Rick Wakeman.

Recuerdo que una vez en la primera comunidad sodálite, ubicada en el Óvalo de la Av. Brasil —donde confluía la Av. San Felipe en el distrito de Jesús María—, “Pepe” Ambrozic nos comentó a un pequeño grupo que las canciones de Cat Stevens le parecían sensuales, porque sólo apelaban a los sentidos. Y en la ideología cristiana que se nos estaba inculcando la sensualidad era fuente de los más degradantes pecados. Para mostrarnos la música que debía gustarnos, sacó un vinilo del cantante y compositor mexicano José Alfredo Jiménez, y lo puso en el tocadiscos que estaba encima de la repisa de la chimenea. Mientras resonaba la estentórea voz interpretando sus boleros rancheros, Pepe también cantaba y lo acompañaban discretamente con sus voces Alfredo Garland y Virgilio Levaggi, quienes vivían entonces en la misma comunidad. Ése era el tipo de música que debía gustarnos: viril y fuerte, con cierta dosis de machismo, otra de misoginia y un hálito a trago y a pólvora y a pura cosa de hombres.

Por otra parte, era común entre quienes formábamos parte de determinada casta juvenil medioclasera de colegios pitucos de Lima el desprecio hacia la música cantada en castellano. Si escuchábamos radio, tenía que ser Radio Miraflores, que en esa época le daba prioridad absoluta a los temas de moda cantados en inglés. Incluso los grupos de rock peruanos que conocíamos cantaban predominantemente en inglés: Traffic Sound y We All Together. Porque cantar en castellano era degradarse a la categoría de los cantantes de baladas, en su mayoría españoles, que detestábamos a rabiar.

Eso iría cambiando cuando Miguel Salazar, amigo y compañero de juventud que había pasado su infancia en la Argentina, me prestó primero un álbum doble de Jorge Cafrune, uno de los más populares cantantes folclóricos argentinos. Me gustaron las canciones. Miguel me prestó después un vinilo de Chabuca Granda cantando con el acompañamiento en la guitarra de Óscar Avilés. Ese fue para mí el momento en que descubrí la música criolla, que antes nunca me había detenido a escuchar porque la despreciaba, no tanto por motivos musicales sino por los mismos motivos por los que mucha gente nacida en Lima elegía la música que escuchaba: por su pertenencia a determinado estrato social.

A medida que fui siendo adoctrinado en el Sodalicio, dejé paulatinamente de escuchar la música rock que a mí me gustaba y fui explorando música más propiamente latinoamericana, sobre todo aquella de grupos y cantantes que unían su arte a propuestas ideológicas —generalmente de izquierda— que buscaban transformar la realidad social: Savia Andina, Kjarkas, Blanco y Negro, Quilapayún e Inti Illimani entre los conjuntos de música andina; Violeta Parra, Mercedes Sosa, Daniel Viglietti, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, entre los cantantes.

La estocada final a mi afición a la música rock vino con un documental de una media hora realizado por Producciones San José, entonces una empresa de audiovisuales gestionada por el Sodalicio, que —como muchas de las iniciativas empresariales sodálites en los 80— terminó yéndose al garete por mala gestión. El documental en cuestión se llamaba La Música Encantada y tenía como tema la influencia de Satanás en el rock. Esa influencia, por ejemplo, se plasmaba una que otra pieza de los Beatles (la experimental Revolution 9) y Led Zeppelin (Stairway to Heaven), las cuales, reproducidas en sentido inverso, contenían supuestamente mensajes satánicos. Asimismo, se hacía referencia a la iconografía en carátulas y en escenarios de grupos como Black Sabbath, Kiss, Iron Maiden y Judas Priest, así como a las letras de las canciones, que eran supuestamente un llamado a la adoración de Satán, muchas veces con mensajes subliminales escondidos que anidaban directamente en el subconsciente. Y si bien en el documental también aparecía en un momento Gerardo Manuel, haciendo la distinción entre el rock como música mensajera de paz y amor, distinguiéndola del rock satánico, lo cierto es que prácticamente toda manifestación de rock pesado quedaba satanizada y sólo el rock melódico resultaba admisible dentro de la moral cristiana.

Pasarían décadas antes de que tuviera conocimiento que con la técnica del backmasking (reproducción inversa) resulta casi imposible incluir mensajes coherentes dentro de textos cantados, y que los supuestos mensajes que se encuentran son puro producto de la mente que los escucha, que aplica patrones inconscientes para interpretar los sonidos ininteligibles que escucha y darles un significado afín a su experiencia y sus intereses. En otras palabras, quien quiera escuchar mensajes satánicos en reproducciones inversas de canciones que no tienen esa connotación, los escuchará. Asimismo, existen estudios de psicólogos que han establecido que, de existir estos mensajes reversos, no tienen ninguna influencia en la conducta de los oyentes. Sostener lo contrario encaja perfectamente dentro de las teorías de la conspiración a que es aficionada la ideología sodálite.

Pero estaba también la otra música. Cuando en 1982 comencé a componer canciones, todavía se nos permitía en las comunidades escuchar música andina y latinoamericana en general. Y la música clásica —sobre todo la del período barroco— era considerada libre de polvo paja y sonaba en todos los reproductores de CD de las comunidades, particularmente en los momentos dedicados al estudio o a las labores caseras. Yo incluso me fue proveyendo de un buen repertorio de cassettes de música clásica, básicamente de las colecciones de música clásica de Salvat: Los Grandes Compositores, Musicalia y Los Grandes Temas de la Música.

No pasaría mucho tiempo hasta que se nos prohibiera escuchar a los grupos y cantantes latinoamericanos, y a fines de los 80 el mismo Luis Fernando Figari prohibió la música clásica profana en las comunidades, porque —según él— despertaba pasiones y sentimientos que no se compaginaban con el comportamiento racional que debían observar los sodálites consagrados en las comunidades. Sólo estaba permitido escuchar música religiosa.

Ni que decir, me fue imposible cumplir con esta norma y el escuchar música clásica se convirtió para mí en una práctica clandestina que efectuaba con ayuda de un walkman que mantenía oculto. Y, de este modo, mi afición a la música se convirtió en un secreto inconfesable, en un placer culpable.

Paradójicamente, a inicios de los 90 descubrí el jazz, considerado por muchos como la música clásica del Siglo XX. En consecuencia, logré incrementar mi colección de música con varios cassettes de la colección Los Grandes del Jazz, comprados a ambulantes del centro de Lima. Se trataba de una afición clandestina que, sin aún yo sospecharlo, me abriría la puerta a los horizontes musicales que me habían sido arrebatados.

Lo cierto es que cuando entre gallos y medianoche huí en diciembre de 1992 de la comunidad sodálite Nuestra Señora del Pilar (Barranco) para confiarme en las manos de Miguel Salazar, entonces Superior General en San Bartolo, donde permanecería en un estado de incertidumbre y de pensamientos suicidas durante unos siete meses, mi afición a la música fue juzgada por Alfredo Garland, entonces superior de la comunidad de Barranco, como una de las causas de mi “infidelidad” a los principios y misión del Sodalicio. Por lo cual decidió donar toda mi colección de cassettes al Colegio Santa María de Chincha, donde también había una comunidad sodálite.

Si bien en los estatutos entonces vigentes del Sodalicio se establecía que los bienes personales de cada uno se regían por la obediencia, no estaba establecido que el superior de ninguna comunidad pudiera disponer de los bienes de algún subordinado a su gusto y antojo, mucho menos expropiarlos. Y parece que eso le quedó claro a las autoridades sodálites en Chincha, pues cuando dejé de vivir en comunidad y reclamé que se me devolviera mis colecciones de música, accedieron gustosamente a ello. Ciertamente, faltaban algunos cuantos pocos cassettes que se les habían perdido, pero en líneas generales me devolvieron mis colecciones. De esta manera se inició para mí la recuperación de la música que el Sodalicio me había robado. Y con ella parte de mi juventud.

A partir de entonces fui de descubrimiento en descubrimiento. Comenzando por el latin jazz, descubrí la salsa clásica, la música tropical de los 50 y 60, el bolero, la balada romántica, la cumbia, la chicha, el rock alternativo peruano —dentro del cual cabe mencionar sobre manera al grupo Leusemia—. En fin, me aboqué al disfrute de la música popular sin prejuicios ni barreras ideológicas y sociales. Pero pasaría más de una década desde que hube dejado de pertenecer a una comunidad sodálite de consagrados antes de que culminara la recuperación de la música que me habían robado.

Estando ya en Alemania, durante un período en que tuve que permanecer en casa por hallarme desempleado (octubre de 2007 a abril de 2008) descubrí las descargas de música en formato MP3 y pude no sólo recuperar la discografía de bandas de rock que habían llenado los momentos de mi juventud interrumpida, sino también otros álbumes que completaban la discografía de estos representantes de la música del siglo XX. Y lo más importante: me enamoré de la música de los Beatles.

Fue entonces que comprendí en todo su alcance la pobreza musical que hay en el Sodalicio y en los colectivos a él vinculados, donde hay una ceguera a toda la riqueza de la música que ha producido el mundo contemporáneo. La cultura musical de la mayoría de los sodálites se reduce a canciones folklóricas, que buscan imitar en sus esqueléticas y esquemáticas composiciones internas, y en la música clásica no van más allá de unos cuantos compositores del período barroco y clásico, desconociendo los experimentos creativos que se generaron a partir del romanticismo en lo que es la música por excelencia.

Este año he escuchado por primera vez a Black Sabbath, y me que he quedado impresionado por la energía y creatividad de una banda que se me recomendó no escuchar por ser supuestamente satánica. Han pasado más de cuatro décadas desde el momento en que al joven idealista y sensible que fui yo le comenzaron a robar la música del corazón para sustituirla por un remedo de melodías bonitas pero mediocres, ajenas a la belleza y al elan vital, canciones a las cuales les faltaba sangre en las venas y el olor a orgánico de la vida.

Yo traté de recuperar parcialmente lo robado a través de canciones que fui componiendo, exprimiéndome las entrañas y dejando sangre en el camino. Algunas de esas canciones tuvieron poca acogida en las filas sodálites. Otra fueron aceptadas como las mejores que se habían compuesto dentro del ámbito sodálite. Un buen número de ellas fueron grabadas por el grupo Takillakkta. Y, finalmente, el Sodalicio también terminó robándose esas canciones. Pero eso ya es otra historia.

UNA NOVELA SOBRE EL SODALICIO

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Efectivamente, aunque no se lo nombre, el Sodalicio de Vida Cristiana es el tema de la novela Sepulcros blanqueados que Gonzalo Cano, ex sodálite, ha publicado recientemente. Allí recrea dentro de una trama policial de ficción situada en un futuro cercano su propia experiencia dentro del Sodalicio y, manteniéndolo en el anonimato, hace una descripción acuciosa de las características de la institución, de sus procedimientos y su modo de pensar.

Ya anteriormente ha habido quienes han recurrido a la ficción novelesca para denunciar las malas practicas de instituciones religiosas de características sectarias. El ejemplo más remoto es el de Denis Diderot con su novela epistolar La religiosa (siglo XVIII), llevada a la pantalla en 1966 por el cineasta francés Jacques Rivette en una cinta que fue censurada en su tiempo, donde se describen los abusos cometidos contra una monja dentro de un convento católico. Otro ejemplo posterior es Los hijos del padre, la novela que en 1977 publicó Alberto Moncada para dar cuenta de su paso por el Opus Dei. Moncada ha escrito además otros libros de lectura imprescindible sobre la Obra, a saber, El Opus Dei: Una interpretación (1974) e Historia oral del Opus Dei (1987). Más recientemente, en la novela El legionario (2003) Alejandro Espinosa saca a la luz los abusos cometidos por el P. Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, años antes de que el Vaticano tomara verdaderamente cartas en el asunto y decidiera proceder en consecuencia. Sobre el Sodalicio ya Pedro Salinas había escrito una novela, Mateo Diez (2002), donde recoge, al ritmo de una prosa ligera cargada de cierto humor, varias anécdotas basadas en hechos que realmente ocurrieron y que muestran abusos físicos y psicológicos unidos a una mentalidad sectaria y fundamentalista, sin apenas mencionar abusos sexuales, de los cuales el autor no tenía conocimiento en ese entonces. Y así como a Salinas la novela le sirvió como un ejercicio de catarsis para procesar la experiencia traumática que significa haber pertenecido a la secta, Sepulcros blanqueados parece cumplir una función similar en el caso de Gonzalo Cano.

En la novela se entrelazan tres historias con tres personajes distintos:

  • Robert, quien quiere averiguar por qué su padre Christian Williams (inspirado en el sodálite pederasta Jeffery Daniels) se suicidó en los Estados Unidos y que viaja a Lima, donde termina teniendo de interlocutor y guía a Ramírez, un ex policía que vio su vida y su carrera arruinada por dedicarse a investigar los delitos de una organización católica nacida en el Perú;
  • Pablo Fuentes, un sacerdote que alguna vez perteneció a una organización sectaria católica disuelta por el Vaticano, el cual recibe en el confesionario a un misterioso individuo que le hace un atormentado y misterioso relato sobre una organización secreta a la cual pertenece y que guarda asombrosas similitudes con aquella a la que perteneció Pablo;
  • Felipe, quien cuenta en primera persona su paso por una secta católica, cómo logró escaparse de ella y cómo termina fraguando planes de venganza.

Cómo se comprenderá, la organización en todos los relatos es la misma. Una vez disuelta, se recompone en secreto y sigue actuando ante la indiferencia —quizás connivencia— de las autoridades eclesiásticas.

A través de una trama en clave de thriller policíaco, las tres historias que se inician separadas confluyen en un desenlace inesperado —que no llega a gustarme, pues lo sensacionalista y truculento de la trama, combinado con elementos que requieren la suspensión de la credibilidad por parte del lector (como ocurre con muchas películas de acción de los 80), terminan por opacar en parte el resultado final—.

Pero lo que se cuenta antes de ese desenlace, que es pura ficción inventada, no tiene pinta der ser inventado. Es la cruda y fidedigna descripción del Sodalicio mismo al detalle. Allí están presentes los elementos que hacen de esta institución una organización sectaria destructiva: los métodos de proselitismo y captación (con sus técnicas de lavado de cerebro); el pensamiento fundamentalista como un cocktail ideológico de ingredientes cristianos, esotéricos y fascistas; el período de formación en San Bartolo, con sus procedimientos para destruir la autoestima y manipular la personalidad; los abusos físicos y psicológicos que han sufrido la mayoría de los sodálites; los abusos sexuales, su metodología y su narrativa de justificación por parte de los principales abusadores; el secretismo, la angustia y el miedo de dejar la institución; los turbios manejos financieros y el trabajo de lobby con las autoridades eclesiásticas. Incluso aparecen personajes cuyas descripciones se identifican fehacientemente con las de sus modelos en la vida real: el Hombre (inspirado en Luis Fernando Figari), el Barbón (inspirado en Germán Doig), el Wantán (inspirado en Óscar Tokumura) y Christian Williams (inspirado en Jeffery Daniels). Ahora bien, sólo sabemos lo que dijeron y lo que hicieron estos personajes a través de los otros cinco personajes principales de la trama (Robert Williams, Pablo Fuentes, Felipe, el ex policía Germán Ramírez, el varón anónimo que se confiesa con el P. Fuentes), todos los cuales de una u otra manera son víctimas de la organización, aunque uno de ellos sea también a la vez victimario.

Y si bien el alter ego de Gonzalo Cano en la ficción parece ser Felipe, que relata experiencias muy similares a las vividas por él mismo en el Sodalicio de Vida Cristiana, también los otros cuatro personajes serían proyecciones del autor, pues hablan, razonan y dialogan con un lenguaje similar, haciendo reflexiones muy parecidas, utilizando incluso las mismas categorías de pensamiento. Lo cual abona a favor de la autenticidad de la novela como vehículo de proyección y expresión personal del autor, pero le resta consistencia a la trama como tal, pues los cinco personajes mencionados, al ser proyecciones del autor, apenas se distinguen psicológicamente unos de otros. Es como si en la historia el único personaje real con varios avatares fuera el mismo Gonzalo Cano.

En conclusión, como novela me pareció una lectura muy ligera con inconsistencias en la trama y en la caracterización de los personajes, pero como testimonio de lo que ha sido el Sodalicio a lo largo de su historia, presenta una descripción realista y acuciosa, sin faltar a la verdad ni inventar nada. Nos encontramos, pues, con un trasvase de la realidad al molde de la ficción. Es lo que el mismo Cano ha señalado en una entrevista con un periodista del diario La República: «Mi novela es una ficción muy real».

No la recomiendo a quienes sólo busquen buena literatura. Pero sí es de lectura obligatoria para quienes quieran conocer al Sodalicio por dentro. A estos fines, Sepulcros blanqueados termina siendo una radiografía precisa, un doloroso retrato del horror que tantos hemos vivido en carne propia.

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La novela Sepulcros blanqueados de Gonzalo Cano se puede obtener en Amazon en formato Kindle.

Los libros mencionados de Alberto Moncada están disponibles en la red en las siguientes direcciones:
Los hijos del Padre
http://www.opuslibros.org/libros/hijos_padre/indice.htm
El Opus Dei: Una interpretación
http://www.opuslibros.org/libros/Interpretacion/indice.htm
Historia oral del Opus Dei
http://www.opuslibros.org/libros/historia_oral/introduccion.htm

Finalmente, un par de enlaces de interés para quien esté interesado en profundizar en el tema de este artículo:

Entrevista de La República a Gonzalo Cano (20 de septiembre de 2020)
https://larepublica.pe/cultural/2020/09/20/gonzalo-cano-mi-novela-es-una-ficcion-muy-real/

Dibanaciones (Un blog de Gonzalo Cano)
https://dibanaciones.lamula.pe

‘Sepulcros blanqueados’: fe, decepción y el Sodalicio
https://www.facebook.com/watch/?v=3448767695174541

Mesa Mulera: ‘Sepulcros blanqueados’, por Gonzalo Cano
https://www.facebook.com/watch/live/?v=403252474001766

LA TRISTE Y AMARGA DEMOLICIÓN DE SOR SONRISA

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Los caminos de este mundo
nos conducen hasta Dios,
hasta el cielo prometido
donde siempre brilla el sol.

Y cantan los prados,
cantan las flores
con armoniosa voz,
y mientras que cantan
prados y flores
yo soy feliz pensando en Dios.

Ésta era la canción con la que se iniciaba —o terminaba— frecuentemente la misa dominical de la Parroquia Santa María Reina, ubicada en el Óvalo Gutiérrez (Miraflores), a la que yo asistía en los años 70 con mis padres durante mi infancia. Con una melodía sencilla, cargada de sana ingenuidad, sin resabios doctrinales o de propaganda —como los cantos propios del Sodalicio de Vida Cristiana— era de esas canciones que uno gusta en su infancia y después nunca olvida. Quien figuraba como autora de esta canción era una tal Sor Sonrisa, personaje caído en el olvido pero cuya trágica historia merece ser recordada. Pues su tragedia forma parte de una posible radiografía de la Iglesia católica en el siglo XX.

Sor Sonrisa (Sœur Sourire) fue en realidad la religiosa belga Luc Gabriel —de verdadero nombre Jeanne-Paule Marie “Jeannine” Deckers (1933-1985)—, monja dominica desde 1959 a 1966 en el convento de Fichermont (Waterloo, Bélgica), que destacó por sus habilidades musicales con la voz y la guitarra, interpretando canciones sencillas que ella misma componía. Motivo por el cual la madre superiora Marie Pierre creyó apropiado grabar algunas de sus canciones para venderlas a los visitantes y participantes de retiros del convento, y para enviarlas a las misiones que las religiosas tenían en África negra. El 24 de octubre Sor Luc Gabriel grabó junto con otras cuatro monjas Dominique, inspirada en la vida de Santo Domingo de Guzmán, y otras pocas canciones en los estudios de la Philips en Bruselas. Los productores quedaron tan impresionados por la voz llena de matices que emergía de una monja de carácter tímido y retraído, que convencieron a la madre Marie Pierre de publicar un álbum con ocho canciones para su distribución comercial.

El álbum terminó de grabarse en 1962, firmándose previamente un contrato donde se estipulaba que ni el nombre ni la imagen de Sor Luc Gabriel aparecerían ni en la cubierta ni en la publicidad y que ella renunciaba a cualquier regalía, yendo una pequeña parte a beneficiar al convento (3% del 90% de las ventas a nivel nacional más 1.5% del 90% de las ventas en el extranjero) y el resto a la discográfica Philips. Asimismo, la Philips eligió el seudónimo Sœur Sourire tras hacer un test de marketing. Todo ello se hizo sin que Jeannine tuviera ninguna participación, aunque ella misma firmó el contrato con su nombre y apellido civil, en cumplimiento de su voto de obediencia, sin cuestionarse sobre las graves consecuencias que ello podría tener más adelante en su vida.

El álbum vendió en 1962 dos millones de copias y la canción Dominique se convirtió en 1963 en un éxito no sólo a nivel nacional sino también internacional —gracias las versiones grabadas en otros idiomas—, llegando en varios países a ocupar un puesto privilegiado en el ránking musical. En Estados Unidos estuvo 13 semanas en el puesto N.º 1, por encima de The Beatles y Elvis Presley. Este éxito suscitó el interés de la opinión pública y la prensa por saber quién era el rostro que se ocultaba tras el seudónimo de Sor Sonrisa.

No se tardaría mucho en descubrir que tras la voz dulce y melodiosa que interpretaba la canción estaba una religiosa con gafas, de apariencia física poco agraciada y carácter tímido, lo cual se evidenciaría durante su aparición en 1964 en The Ed Sullivan Show, famoso programa de variedades de la televisión estadounidense. El equipo de Sullivan tuvo que trasladarse al convento de Fichermont en Bélgica para grabar el programa, pues la clausura monacal estricta le impedía a Sor Luc Gabriel viajar fuera del convento, sobre todo para ocasiones como ésta.

Aunque en 1963 Sor Sonrisa grabó otro álbum, la acogida que tuvo fue más bien modesta y no alcanzó las cotas de éxito de su primer álbum.

En 1966 la historia de Sor Sonrisa fue llevada al cine por el director Henry Koster bajo el título de The Singing Nun —seudónimo con el que era conocida en el ámbito angloparlante—, con Debbie Reynolds en el papel principal como la hermana Ann. La historia allí contada se parecía a los hechos reales tanto como Debbie Reynolds se parecía a la verdadera Sor Sonrisa. Es decir, en casi nada. La película era una ficción hollywoodense, hecha para que el espectador se sienta bien, salpicada con algunas de las canciones de Sor Sonrisa traducidas al inglés. Y hasta mal traducidas, porque su canción Dominique, originalmente inspirada en la vida de Santo Domingo de Guzmán, se convierte en el film en un canto dedicado por la protagonista a un niño pobre que ha tomado bajo su protección. Al final, la hermana Ann del film decide abandonar su carrera artística para dedicarse a labores misioneras en África negra. Un final edificante para almas piadosas —de una historia que fue autorizada tal cual por la superiora del convento de Fichermont con fines de propaganda religiosa—, pero lamentablemente tan falso como la pretendida santidad de la Iglesia católica.

La película franco-belga Sœur Sourire (Stijn Coninx, 2009), aunque se toma ciertas libertades en aras de la ficción, refleja a grandes rasgos con mayor fidelidad la vida de Jeannine Deckers. Y allí vemos el ambiente sombrío del convento, las duras penitencias a las que se ve sometida, la anulación de su identidad personal, los atropellos contra su libertad creativa, sus enfrentamientos con la madre superiora y otras hermanas y, finalmente, la decisión a mediados de 1966 de colgar los hábitos para proseguir con su carrera artística. Como declararía la misma Jeannine posteriormente en 1979, «fui forzada a salir del convento; yo no me fui por voluntad propia». Aclaración necesaria, pues las monjas difundieron el rumor de que había sido expulsada y omitieron el hecho de que Jeannine tomo esa decisión en parte debido al maltrato psicológico que sufrió.

Ciertamente, mientras estuvo en el convento hubo presión para que representara el papel de la monja feliz, que cantaba con alegría y buen humor permanentes. «Nunca se me permitió estar deprimida», declaró. Y todo esto terminó pasándole factura. «La madre superiora acostumbraba censurar mis canciones y sacar de ellas cualquier verso que yo escribía cuando me sentía triste. La imagen de la monja sonriente era buena publicidad para el convento. Muchas jóvenes muchachas se unieron a la orden gracias a mí».

Lo cierto es que cuando salió del convento con la intención de seguir llevando un estilo de vida religiosa dentro de un mundo laico, sus antiguas hermanas de comunidad le dieron la espalda. «Ellas no querían tener nada que ver conmigo. Se les prohibió a todas las hermanas mantener algún contacto conmigo, debido a que yo era considerada una mala influencia».

En busca de su propio camino, Jeannine vio sin embargo cómo perdía su identidad artística, e incluso personal. «La compañía fonográfica (Philips) me dijo que ya no podría usar los nombres de Sor Sonrisa ni The Singing Nun (La Monja Cantante) una vez que ingresara en el mundo laico. Yo asentí, sin darme cuenta de que de esta manera estaba poniendo fin a mi carrera». Grabó dos álbumes más con el nombre artístico de Luc Dominique, que tuvieron escasa acogida. «Nadie sabía quién era» y su contrato no fue renovado. Jeannine sufrió entonces una crisis de nervios seguida de dos años de psicoterapia. «Sufría de una terrible crisis de identidad. No sabía si yo era Jeannine, o Sor Dominique, o Sor Sonrisa, o Luc Dominique, o The Singing Nun, o qué». Y sus declaraciones de 1979 concluían así : «Yo no me arrepiento, a pesar de que los últimos 10 años hay sido muy duros, y no veo motivo alguno por el cual la próxima década vaya a ser más fácil. Yo creo que la mejor manera de servir a Cristo es allí afuera, con todos los problemas».

¿Qué acontecimientos importantes habían tachonado la vida de Jeannine durante esos diez años?

Tras abandonar el claustro, Jeannine se fue a vivir con su amiga Annie Pécher (1944-1985), quien adquiriría reconocimiento como educadora de niños autistas, llegando incluso a publicar durante su vida dos libros que siguen siendo obras de referencia sobre el tema. Ambas asumieron un estilo de vida religiosa sin hábito e hicieron votos en la Tercera Orden Dominica, la sección para laicos de la Orden de Santo Domingo de Guzmán. Aún así, siempre hubo rumores e insinuaciones, que fueron recogidas por la prensa sensacionalista, de que había entre ambas mujeres una relación lesbiana, cosa que Jeannine negó enfáticamente durante toda su vida. De los escritos personales que Jeannine dejó se puede entrever que hubo más que una amistad, un cierto amor platónico entre ambas mujeres, y quizás una relación homofílica que no tuvo una connotación sexual ni llegó habitualmente al contacto físico. Pero esos mismos escritos nos hablan de una mujer que tenía con frecuencia miedo de ser violada y que manifestó problemas para asumir su sexualidad como parte de su identidad personal. Y que no recibió ninguna ayuda de una Iglesia que con frecuencia mira de manera negativa la dimensión sexual de la vida humana, o la reduce a parámetros morales que poco tienen que ver con la sexualidad que viven y experimentan realmente los seres humanos.

Los intentos de Jeannine de salir adelante como cantante y compositora tuvieron poco éxito. Además de sencillas canciones religiosas, compuso algunas canciones de protesta. La pilule d’or (La píldora dorada), que era a la vez un elogio de la píldora anticonceptiva y una oda a la liberación de la mujer, generó en 1967 cierta controversia. Su alegato a favor de los derechos femeninos se plasmó en Le temps du femmes (El tiempo de las mujeres). Y Les conservateurs (Los conservadores) es una crítica a quienes se aferran a tradiciones caducas y dejan de lado la vivencia auténtica de la fe. Pues Jeannine veía con buen ánimo los cambios impulsados en la Iglesia católica por el Concilio Vaticano II. Incluso en algún momento de su vida abrigó la esperanza de que se abriera la posibilidad del sacerdocio femenino.

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A lo largo de los años trató de salir adelante con pequeños conciertos en parroquias, clases de religión en algunas escuelas, clases particulares de guitarra, los cuadros que pintaba y las regalías que obtenía de a gotas por sus canciones. Asimismo, a pedido del Cardenal Leo Jozef Suenens (1904-1996), primado de Bélgica, compuso algunas canciones para la Renovación Carismática, cuya espiritualidad —centrada en los dones del Espíritu Santo y en la alabanza gozosa de Dios— atrajo particularmente su atención. Sin embargo, todo ello estuvo acompañado de un cocktail de circunstancias adversas que prepararon el trágico final.

No obstante que, luego de consultar con su abogado, en 1969 Jeannine decidió volver a utilizar el nombre artístico de Sœur Sourire —contraviniendo el acuerdo hecho con el convento de Fichermont y la Philips—, el éxito le fue esquivo mientras seguía componiendo canciones, entre ellas muchas orientadas a la infancia. A partir de 1974 el fisco belga le comenzó a reclamar a Jeannine impuestos acumulados sobre regalías que ella nunca había recibido, pues habían sido cedidas al convento de Fichermont y la discográfica Philips. Este dato no le interesó al fisco, sino solamente el hecho de que ella había firmado con su nombre los contratos sobre las canciones y, por lo tanto, era la responsable de asumir los gastos. Jeannine comentaría lo siguiente sobre las circunstancias en que firmó esos contratos:

«¡Para mí era legalmente imposible no firmar esos papeles! Hubiera faltado a la santa obediencia. De hecho, la superiora abusó de mi confianza y mis ideales religiosos detrás de esas “pías” razones para preservar el futuro. […] Firmar esos papeles que me pidieron que firmara fue como pedirle a un niño de siete años lo suficientemente mayor como para escribir su nombre que firme un documento en que abdique de su futuro. Yo era ese niño, actuando de buena fe.»

Si bien Jeannine recibió su parte del convento de Fichermont, la Philips nunca quiso asumir ninguna responsabilidad. La horrosa deuda de varios miles de francos belgas fue creciendo con el tiempo, llevando en varias ocasiones a la amenaza de confiscación del departamento en que Jeannine y Annie hacían vida en común. A esto se sumó a fines de los 70 el cierre por falta de financiamiento de la escuela Claire Joie para niños autistas que había abierto y gestionado Annie Pécher.

Las continuas depresiones no sólo llevaron a Jeannine a pasar por diversas psicoterapias, sino que también generaron en ella desórdenes alimenticios por exceso y una adicción a los medicamentos y a las bebidas alcohólicas.

En su juventud Jeannine había leído los escritos de Raïssa Maritain (1883-1960), judía rusa conversa al catolicismo casado con el filósofo católico francés Jacques Maritain (1882-1973), también convertido al catolicismo. En algún momento la pareja había formulado la idea de que era mejor suicidarse que vivir sin dignidad. No se sabe si esta esta idea influyó en los pensamientos que acecharon a Jeannine en los últimos años de su vida. Lo cierto es que los escasos ingresos que obtenía a través de regalías y algunos conciertos no lograron amortizar la enorme deuda acumulada con farmacia, bancos, amistades, pero sobre todo con el fisco.

Teniendo 52 años y, por lo tanto, habiéndose convertido en alguien difícilmente elegible para algún trabajo (como la docencia religiosa, por ejemplo) y estando su compañera Annie Pécher desempleada y sobreviviendo con trabajos eventuales (incluyendo el de limpieza de casas particulares), llegó el momento en que la idea del suicidio se convirtió en una obsesión que la asaltaba entre dos o tres veces a la semana. Ya alguna vez en enero de 1978 Annie había manifestado: «Si todo está perdido, me suicido». Así, poco a poco, la idea de llevar a cabo este propósito fue madurando en dos almas desesperadas, que no veían ninguna otra salida a la agobiante situación no sólo financiera, sino también personal, en la que se encontraban. El 29 de marzo de 1985 ambas mujeres ingirieron en su departamento dosis letales de temesta y depronal (150 pastillas de cada medicamento entre las dos), junto con media botella de coñac.

En febrero, el mes anterior a su suicidio, Jeannine, con una ortografía terrible y caligrafía desordenada, le había escrito a Jean-Yves Quellec, un monje benedictino al que conoció durante en 1981 un retiro en el monasterio de Clerlande (Bélgica) y que se convirtió en su confidente por carta desde ese momento hasta que ella decidió irse de este mundo por propia mano. Entre otras cosas, le decía:

«Mi pintura, creatividad literaria y música están destrozadas. Yo sigo orando al Señor para que reviva todas las habilidades creativas que me otorgó. No es fácil en este período de depresión y trabajo excesivo, pero el cariño de Dios por nosotras, su presencia envolvente, la amistad de Annie son para mí valiosos consuelos. Hoy día, de nuevo, resplandor del sol, ese maravilloso sol que me obliga a ver la vida con lentes color de rosa, el aspecto positivo y benévolo de las horas que pasan. Sí, Él es fiel, Aquél que nos llamó».

Incluso en los momentos aciagos en que decidieron que su única salida era la muerte, Jeannine y Annie nunca perdieron su fe, como testimonian las dos notas que encontró la policía en la cocina junto a dos tazas de café.

La de Jeannine a Annie decía lo siguiente:

Nuestra vida fue
una partida de dos
que vivieron penas de a dos
el sol admirado por dos
el Señor como lugar y lazo
nuestra amistad
una partida en silencio de dos
hacia Dios
Clerlande, un bálsamo de amistad
el sol multiplica
nuestros dos cuerpos
en el ancho viento
el gran océano azul
nuestros dos corazones unidos
uno con el otro
más la ternura de Dios
que yo te ofrezco
para nuestra partida de dos.

Annie Pécher también había escrito una nota dirigida a Jeannine, donde daba testimonio del mismo amor:

Tú fuiste todo lo que yo puedo esperar de una amiga
e incluso más
las vacaciones de a dos que vivimos
el trabajo de a dos cuando tipeaste mis libros, mis informes
las alegrías de dos
las oraciones de dos
gracias por eso, hermanita
gracias por todo lo que me diste
gracias por todo lo que fuiste
para mí en las horas de sufrimiento
moral y físico
en la alegría a veces de convertir en un éxito
mi primer y segundo libros
gracias por todo, por ser tú
yo me uno a ti en plenitud en el más allá
que el Señor nos perdone
yo te amo con todo mi corazón.

La vida azarosa de Sor Sonrisa es sólo una muestra de lo sucedido con un sinnúmero de personas que, experimentando una vocación religiosa, se unieron a una orden o congregación para luego separarse de ella por motivos legítimos. Incluso en el caso de Sor Sonrisa se trató de un intento de responder mejor al llamado de Dios, como lo expresaba en el único diario suyo que publicó en vida bajo el seudónimo de Luc Dominique (Vivre sa vérité [Vivir su verdad], Éditions Desclée de Brouwer, Paris 1968): «En 1964 yo me preguntaba si la forma de vida religiosa que yo había elegido era la más apropiada para mí. Yo no cuestioné mi compromiso con Dios y la orientación de mi vida resultante de ello, pero yo deseaba más verdad. Yo quería comprometerme mas profunda y completamente en la alianza establecida entre Dios y yo. Yo ansiaba una santidad cristiana y dominica que impregnara mejor mi vida como dijo Santa Teresa de Lisieux: “Dios no puede crear deseos irrealizables”».

Son pocas las congregaciones religiosas que tienen prevista la salida de algunos o varios de sus miembros, y no cuentan tampoco con un programa para ayudar a esas personas a reintegrarse en la vida civil. Más aún, se suele considerar la salida de un miembro como una anomalía, como algo que nunca debería ocurrir, en algunos casos como un acto de traición a Dios mismo, motivo por el cual el ex miembro se convierte prácticamente en un paria que no tiene derecho a ninguna ayuda.

El actual Código de Derecho Canónico señala lo siguiente:

«702 § 1. Quienes legítimamente salgan de un instituto religioso o hayan sido expulsados de él, no tienen derecho a exigir nada por cualquier tipo de prestación realizada en él.
§ 2. Sin embargo, el instituto debe observar la equidad y la caridad evangélica con el miembro que se separe de él.»

En otras palabras, queda a voluntad del instituto ayudar a la persona que se ha separado de él, sin que ésta tenga opción de reclamar nada. Es algo que hemos vivido en carne propia la mayoría de quienes nos hemos separado del Sodalicio de Vida Cristiana. Y lo que la institución entiende por caridad evangélica es una caricatura, una prolongación del maltrato a que fuimos sometidos, un abuso más.

La vida de Sor Sonrisa fue de vaivén en vaivén, desamparada por la comunidad religiosa a la que entregó siete años de su vida, abandonada a su suerte por la misma Iglesia a la que siempre perteneció con fidelidad, denostada por quienes desaprobaban hipócritamente su convivencia con la mujer a la que amaba, ignorada por quienes lucraron con sus canciones aprovechándose de contratos que ella firmó sin ejercer en ese momento un acto auténticamente libre, olvidada por la posteridad a pesar del valor artístico de sus canciones, sus poesías y sus pinturas.

A Jeannine no le gustaba el seudónimo de Sor Sonrisa, e incluso compuso después de dejar el claustro la canción Je ne suis pas une vedette (No soy una estrella) donde repetía:

Ella ha muerto, Sor Sonrisa,
ella ha muerto, ¡ya era tiempo!
Vi volar su alma entre las nubes
hacia el ocaso.

Sin embargo, para ser alguien en la vida civil tuvo que volver a asumir esa identidad artística, que implicaba para ella a la vez una gran responsabilidad y una carga. «No es fácil ser Sor Sonrisa. […] De cierta manera soy responsable ante Dios por mi sonrisa —la sonrisa de Dios en mí y para mí— delante de mis hermanos, jóvenes, cantantes, el mundo entero, y particularmente aquellos que vienen a mis conciertos. Ellos se sienten impulsados a encontrar la sonrisa de Dios a través de mí, y si esto falla, ¿hasta qué punto no debo llevar la carga y la pena?»

Porque en su vida Jeannine no tuvo precisamente muchos motivos auténticos para sonreír. Como decía en 1979, ella grababa bajo el nombre de Sor Sonrisa: «No obstante, yo nunca sonrío. Sólo mi música sonríe».

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Hacer este breve artículo sobre Sor Sonrisa me ha tomado tiempo y esfuerzo, pues las entradas de Wikipedia sobre el tema presentan varias inexactitudes. La mayor parte de la información la he sacado del único libro en inglés que existe sobre Sor Sonrisa:

D.A. Chadwick
The Singing Nun Story: The Life and Death of Soeur Sourire (2010)

Asimismo, se puede ver el collage de fotos y textos que pone a disposición la autora del libro en la siguiente página web:
http://deckers66.homestead.com

También me ha sido de utilidad un artículo de un diario de Ohio (USA), el Youngstown Daily Vindicator (February 8, 1979), para algunas de las declaraciones de Jeannine Deckers:
https://news.google.com/newspapers?id=G6RJAAAAIBAJ&sjid=WIQMAAAAIBAJ&pg=876,2772046

Actualmente sólo se pueden obtener en el mercado dos ediciones en CD de las canciones de Sor Sonrisa:

  • Sœur Sourire (Choice Music, 2004) – 2 CDs con 46 pistas
  • Sœur Sourire: L’integrale (SMD NEO-SD, 2009) – 3 CDs con 60 pistas

En la siguiente página de Facebook se pueden ver fotos y videos de Sor Sonrisa, varios de ellos con audios de sus canciones:
https://www.facebook.com/Soeur-Sourire-346502932202841/

Existen algunas constantes que se repiten en la historia de Sor Sonrisa como en mi propio recorrido musical como autor y compositor de canciones dentro de un instituto religioso. Pero ésa es otra historia que contaré cuando sea el momento.

NUNCA ACEPTES DULCES DE UN EXTRAÑO

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Never Take Sweets from a Stranger (estrenada en Estados Unidos como Never Take Candy from a Stranger), dirigida por Cyril Frankel, es una película en blanco y negro de 1960, producida por la Hammer. Sí, la misma legendaria productora británica que entre los años 50 y 70 realizó las películas de Drácula y Frankenstein con Christopher Lee y Peter Cushing, además de otras películas de terror y ciencia-ficción. Pero en este caso el horror no proviene de seres fantásticos sobrenaturales sino de la realidad misma, de una cotidianidad a la sombra que durante siglos ha sido cubierta con un manto de silencio. El film en cuestión es un drama que tiene como tema central un tópico preñado de tragedia y escándalo: la pederastia y el abuso sexual. Y tal vez haya sido éste el motivo por el cual el film estuvo durante décadas en el limbo del olvido. Pues en el momento de su estreno evidenciar esas cosas en pantalla era tabú, lo cual se reflejó en el escaso impacto en la taquilla y en las críticas negativas en la prensa que obtuvo el film. El sólo hecho de producir una película con este tema era considerado sórdido y de mal gusto. Algo a lo cual ya estaban acostumbrados los productores de la Hammer, pues las películas La maldición de Frankenstein (1957) y Drácula (1958), ahora elevadas a la categoría de clásicos del cine fantástico, fueron consideradas en su época como sórdidas y desagradables.

Es recién en los años 90 que Never Take Sweets from a Stranger es redescubierta gracias a una revisión del catálogo de la Hammer, que incluía sus filmes olvidados y desconocidos. Tanto críticos como aficionados fueron entonces de la opinión de que se trataba de un film valiente, honesto e innovador. El mismo Christopher Lee, uno de los actores fetiche de la Hammer, afirmó que se trataba de un film excelente y adelantado en décadas a su época. No puedo sino compartir esta opinión, pues incluye de manera realista y precisa muchos de los elementos presentes en los casos de pederastia conocidos en los últimos tiempos.

La película se inicia con una advertencia que le da un carácter de atemporalidad a la trama: «Esta historia, así como sus personajes, es ficticia. Sucede en Canadá. Pero podría suceder en cualquier parte. Y podría ser cierta». Lo que hace más atemporal aún la historia es el hecho de que las escenas de exteriores fueron rodadas no en Canadá, sino en Wexham (Buckinghamshire), localidad situada en el sur de Inglaterra.

A Canadá, pues, llega a vivir el educador británico Peter Carter, junto con su mujer Sally, su suegra Martha y su hija Jean de 9 años, para asumir el puesto de director de la escuela secundaria (high school) de Jamestown, una pequeña localidad ficticia de la provincia canadiense. Una noche su hija les cuenta a sus padres que estuvo jugando en el bosque con su mejor amiga Lucille, de la misma edad que ella, la cual le dijo dónde podían conseguir dulces y la llevó a un caserón donde vive un anciano, el cual les pidió a ambas que se desnudaran y bailaran ante él antes de darles los dulces. El problema estriba en que el anciano es el Sr. Olderberry, uno de los fundadores del pueblo y padre de Clarence Olderberry Jr., dueño no sólo de la escuela donde trabaja Carter, sino de varios inmuebles y negocios, siendo un hombre poderoso en el pueblo con una reputación que defender. No obstante, Carter decide realizar una denuncia a instancias de su mujer y llevar el caso ante un tribunal, lo cual terminará complicando el asunto mientras se van esfumando las esperanzas de que se haga justicia.

La película contiene los elementos comúnmente presentes en los casos de pederastia. La víctima no comprende en un principio que ha sufrido un abuso sexual, pero aún así siente un miedo inconsciente y tiene pesadillas en la noche. Su psique ha sido dañada. El victimario, una persona de renombre y buena fama en la comunidad, no ejerce violencia física sobre la víctima, sino que se presenta ante ella como una persona amable que se gana su confianza y la recompensa si accede a sus lúbricos deseos. Asimismo, hay miembros de la comunidad que saben de los impulsos perversos del abusador, pero prefieren guardar silencio a fin de no meterse en problemas o conservar sus puestos de trabajo. Cuando se llega a una denuncia y a un proceso, las personas relacionadas con el abusador buscarán presionar y desacreditar a los denunciantes y a la víctima, y desanimar a cualquiera que pretenda ser testigo de lo sucedido o de hechos similares. La víctima será revictimizada y agredida psicológicamente. De este modo, cuando Carter firma los papeles de la denuncia, Clarence Olderberry Jr. le dice: «Muy bien. Presente sus cargos, pero se lo advierto. No haga que la niña testifique contra mi padre. Porque si lo hace, mis abogados no tendrán compasión de ella. Créame, será una experiencia que jamás olvidará. La destrozarán y lo harán bajo mis instrucciones». Y esto es lo que efectivamente ocurre. Jean será tratada ante la corte como una niña que miente con ligereza e incluso sufre de desequilibrios que requieren tratamiento psicológico. Lo único con lo que cuenta la víctima es con su testimonio —que es puesto en duda en todo momento— y, a falta de pruebas físicas, se absolverá al abusador, el cual, a la primera ocasión que se le presente, volverá a abusar de una menor. Y esta vez, con consecuencias fatales.

Si bien la película en ningún momento es gráfica respecto a los abusos sexuales y nos deja esa ambigüedad de no saber con certeza hasta dónde ha llegado el viejo Olderberry en el abuso, transmite esa angustia de ver que la justicia no llega, que el abusador quedará impune, que la víctima y sus padres se encuentran ante un sistema —incluyendo autoridades judiciales y policía— que buscará proteger al abusador y perjudicar a los afectados, un sistema que llevará también a quienes simpatizan con los Carter, y saben que Jean está diciendo la verdad, a quedarse callados y no comprometerse a fin de evitarse problemas o ponerse personalmente en riesgo.

La perversidad de este sistema queda expresada en las palabras que Clarence Olderberry Jr. le dirige a Peter Carter cuando, una vez absuelto el viejo Olderberry, aquél decide renunciar a su cargo de director de la escuela e irse de Jamestown. Clarence le comunica que su renuncia ha sido rechazada y le dice: «Mire, yo no quería lastimarlo. Usted me obligó a hacerlo. Sin embargo, estoy dispuesto a olvidarlo todo. [… ] Sí, yo tengo un cierto poder en la comunidad, y voy a tener más aún. No quiero gente alrededor diciendo que abuso de él. Quiero que vean lo generoso que puedo llegar a ser con la gente. […] Sr. Carter, si juega bien, si juega sensatamente, puede llegar a tener una muy exitosa y útil carrera aquí en Jamestown. Puede dar una vida maravillosa a su familia». Carter no accede a su propuesta y, antes de irse, concluye: «Por lo que he podido ver de esta ciudad y lo que ha hecho con ella, sólo puedo agradecer a Dios el salir de aquí a tiempo antes de que toda esta corrupción nos atrape».

Grabadas a fuego en la memoria quedan también las expresiones de miedo y angustia que mostrarán Jean y su amiga Lucille cuando se vean acosadas nuevamente por el viejo Olderberry en el bosque. El film no hace concesiones y termina con una nota trágica que se siente como una patada en el alma.

Es una lástima que este film recién se haya podido ver en DVD a partir del 2010, cincuenta años después de su estreno. Hay toda una generación —a la cual pertenecen varias de las víctimas de pederastia, tanto a nivel de sociedad como de Iglesia— que no han tenido acceso a esta pequeña obra maestra del Séptimo Arte, la cual quizás les habría ayudado comprender y procesar mejor su experiencia. Y, por cierto, también habría ayudado a las víctimas del Sodalicio, tanto menores como mayores de edad, a comprender —como lo expresan las palabras de Clarence Olderberry Jr.— que todas las ayudas prometidas por la institución son parte de su estrategia para mantener su poder y mantener en silencio el alcance de los crímenes cometidos en ella. Y para asegurar la impunidad tanto de abusadores como de encubridores.

PROLÍFICO, POLÉMICO Y PORNOGRÁFICO: LA INCREÍBLE E INSÓLITA HISTORIA DE UN CINEASTA PERUANO DESCONOCIDO

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Carlos Tobalina en “Refinements in Love” (1971)

Ha sucedido varias veces que algún peruano logra reconocimiento y fama en el extranjero por su talento, pero en su propio país natal sigue siendo un perfecto desconocido. Ha ocurrido con Juan José Chuquisengo, un pianista de música clásica residente en Múnich (Alemania), cuyo disco Transcendent Journey (2005) es considerado por varios especialistas como uno de los 100 mejores discos clásicos de todos los tiempos. Ha ocurrido con la banda de rock progresivo y heavy metal Flor de Loto, cuyas grabaciones han sido publicadas por sellos discográficos de Chile (Mylodon Records), México (Azafrán Media), Francia (Musea) y Estados Unidos (Melodic Revolution Records). Ha ocurrido con la banda de rock psicodélico y progresivo La Ira de Dios, que ha grabado para sellos discográficos alemanes (Nasoni Records y World in Sound).

Dignos de mención son también los casos de cantantes oriundos del Perú que, si bien son conocidos en su país, su talento fue reconocido primero en el extranjero, donde grabaron para sellos discográficos foráneos: Susana Baca, cantante afroperuana ganadora de un Grammy en el año 2002, y Pablo Villanueva “Melcochita”, conocido en tierras peruanas como cómico pero desconocido como un extraordinario cantante de son y salsa que, a lo largo de su vida artística, ha compartido escenario nada menos que con Johnny Pacheco, Willie Colón, Tito Puente y Celia Cruz.

Lamentablemente, son pocos a los que en el Perú les llega esta información y siguen ignorando los logros artísticos de sus propios compatriotas. Por ejemplo, me resulta irritante que, cuando menciono el rock peruano, varios de mis paisanos me mencionen a Nosequién y los Nosecuantos y a Pedro Suárez Vértiz como los mejores ejemplos de este género musical en el país, cuando en mi opinión no superan la mediocridad y hay varias bandas minusvaloradas que poseen mucho mayor talento, creatividad y trascendencia, como por ejemplo, Leusemia, Dolores Delirio y Cementerio Club.

En el ámbito del Séptimo Arte está el peruano Enrique Carreras (1925-1995), quien rodó en Argentina 103 películas entre 1951 y 1991 y cuyo film Los evadidos (1964) fue nominado al Oso de Oro en el Festival de Berlín. Otro film suyo, Las locas (1977), fue nominado al Premio de Oro en el Festival de Moscú. También se podría mencionar a Luis Llosa (nacido en 1951), quien después de dirigir la serie policial de TV Gamboa (1982) y la telenovela Carmín (1984) en el Perú, encontró la oportunidad de hacer películas (la mayoría de serie B) gracias a productores estadounidenses, entre ellos Roger Corman.

Pero el caso más curioso de un peruano que incursionó en el mundo del cine quizás sea el de Efraín Tobalina (nacido en Huánuco el 5 de abril de 1951), que entre 1969 y 1987 rodó en Estados Unidos 49 películas (según IMDb), firmándolas como Carlos Tobalina, John Kirkland, Jeremiah Schlotter, Bruce Van Buren y Troy Benny. Al hecho de que sea hasta ahora un desconocido contribuyó no sólo el uso de seudónimos, sino también el género cinematográfico dentro del que se inscriben la mayoría de sus filmes: la pornografía.

Tobalina migró en su juventud primero a Brasil y llegó a los Estados Unidos a inicios de la década de los 50. En 1956 se radicó en California, donde trabajó primero como vendedor de autos usados y después como anunciador en español en una radio local. Es en 1964, año en que se casa con la contadora Maria Pía Palfrader, cuando Tobalina inicia su incursión en el mundo del cine, fundando C. Tobalina Productions, Inc. No se sabe aún qué producciones realizó su empresa cinematográfica entre 1964 y 1969, año en que Tobalina dirige su primera película, ni tampoco de dónde vinieron los ingresos para sostener a su familia: su esposa María Pía, su hijastra Gloria y su hija Linda, nacida en 1966.

El debut en el cine (como director y actor) de Carlos Tobalina —nombre que el peruano asumió oficialmente en lugar del suyo—  se da con Infrasexum en el año 1969, una película que narra las peripecias de un hombre ya mayor con problemas de impotencia (interpretado por un supuesto actor entrado en años de seudónimo Eroff Lynn), el cual abandona casa, mujer y trabajo a fin de encontrarle un sentido a su existencia. Su encuentro y amistad con un inmigrante mexicano (interpretado por Tobalina) le hará ver la vida de una manera distinta, a pesar de la frustración que experimenta cuando se le presentan aventuras sexuales en el camino. La película contiene algunas escenas de sexo no explícitas y desnudos frontales femeninos, bastante atrevidos para la época. Y la trama parece ser solamente un marco intrascendente y banal para mostrar desnudos y actos sexuales softcore que se acercan a lo pornográfico, pero sin entrar aún en esa área.

Fue en ese mismo año que en Estados Unidos se estrenó comercialmente la primera película con sexo explícito —Blue Movie, dirigida por el artista plástico y cineasta experimental Andy Warhol (1928-1987)—, que abriría la puerta a la realización y estreno de películas propiamente pornográficas en salas de cine estadounidenses —de manera abierta y no clandestina— durante los años siguientes, dando inicio a lo que actualmente se conoce como la Edad de Oro del porno (aproximadamente de 1969 a 1984), que luego sería tema de la aclamada película Boogie Nights (Paul Thomas Anderson, 1997).

Todavía se sigue discutiendo si la cinta de Warhol es pornográfica o no, considerando las intenciones artísticas del director, que sólo quiso presentar un día en la vida de una pareja neoyorkina, incluyendo sus momentos de sexo. De hecho, si bien el film fue presentado a la prensa como, «una película sobre la guerra de Vietnam y qué podemos hacer al respecto», debido a un largo diálogo sobre la guerra mencionada que mantiene la pareja protagonista—, Warhol precisó que «la película es sobre … el amor, no la destrucción».

La segunda película con sexo explícito, sin ninguna duda pornográfica, estrenada en cines de Estados Unidos es Mona (Bill Osco, 1970) al año siguiente.

Así como Warhol tendría problemas con leyes de obscenidad entonces vigentes en varios estados federales de los Estados Unidos, también los tendría Tobalina con su primera película, aun cuando el sexo mostrado en pantalla no alcanzaba los estándares gráficos de lo que propiamente conocemos como pornografía. El film fue denunciado como material obsceno en el estado de Colorado, incluyéndose en la denuncia a los propietarios de una modesta cadena de cines dedicados a la proyección de películas para adultos catalogadas como sexploitation —subgénero cinematográfico muy popular en los 60 que mostraba desnudos femeninos y eventualmente sexo no explícito—. Ese tipo de películas estaban permitidas por leyes vigentes en la década de los 60 en los Estados Unidos. En el caso de Infrasexum, la corte le dio la razón a los acusados. Tobalina entonces denunció a su vez a los acusadores —incluyendo al alcalde de Denver, al procurador general y al gobernador del estado de Colorado—. En 1970 una proyección de Infrasexum en Birmingham (Alabama) terminó con el arresto del administrador del cine y un proyeccionista, alegándose que se estaban violando ordenanzas municipales sobre material obsceno.

No obstante estos problemas legales, parece que Infrasexum le generó a Tobalina ingresos considerables, a lo cual coadyuvó que el presupuesto del film debe haber sido bajísimo. Y se nota. Como muchos filmes del subgénero sexploitation, se rodó sin sonido, añadiéndose después música incidental de archivo, voz en off y diálogos que no siempre cuadran con el movimiento de los labios. Se rodó en la calle y en domicilios particulares, incluyendo el del director. Los efectos de sangre en la única escena violenta del film son artesanales y de mala calidad. Asimismo, la pelea entre el protagonista y un par de maleantes tiene una coreografía lamentable y está pésimamente mal rodada. Los actores no son tales y los diálogos son ridículos y banales.

Al año siguiente, 1970, Tobalina rodó tres películas de sexploitation. Parece que el negocio funcionó muy bien, pues poco tiempo después adquirió dos casas con vista al océano en Corona del Mar —barrio residencial de Newport Beach (California), ciudad ubicada a unos 56 kilómetros al sureste de Los Angeles—, una en diciembre de 1970 y la otra en marzo de 1971. En una de ellas viviría Tobalina con su familia, mientras que en la otra rodaría las escenas pornográficas de sus películas con los actores más populares y solicitados de la industria del porno de ese entonces.

En 1971 Tobalina dirigió la que sería su primera película de porno hardcore, Refinements in Love, presentada como un documental educativo a fin de evitar problemas con las leyes de obscenidad. La película es no solamente una descripción de la manera de hacer cine de Tobalina —explicada por él mismo en una falsa entrevista al inicio de la película—, sino también un alegato a favor del sexo como expresión natural para el sano desarrollo del ser humano y una denuncia de las doctrinas que condenan la libertad sexual como pecado y perversión, salpicada de comentarios pseudo-científicos y escenas de sexo explícito.

La cinta se inicia con el siguiente aviso:

«Nuestros agradecimientos a los muchos médicos, psiquiatras y neurólogos de Tokio, París, Roma, Londres, Moscú, Berlín y Buenos Aires por sus respuestas a nuestros cuestionarios y especialmente a la “Asociación de Psico-Terapia de Londres”, “Los Amigos Freudianos” (Berlín) y la “Asociación Neurológica de Latino América” (Río de Janeiro, Brasil) por su valiosa cooperación en nuestra investigación… Sin el respaldo y ayuda de estos dedicados profesionales humanitarios, esta película no existiría».

Por supuesto, toda esta información es falsa, así como es falso que las entidades científicas mencionadas hayan existido jamás. Ni tampoco existió el “Instituto Internacional para el Intercambio Cultural” (Tokio, Japón), que en los créditos de la película aparece como responsable de la «investigación sociológica» que le sirve de sustento.

En la supuesta entrevista televisiva a Carlos Tobalina con la que se inicia Refinements in Love, el director de pornos asegura que una de sus películas ganó el premio a cine erótico del Festival de Cannes —premio que nunca ha existido— y que tiene una lista de más de 2,000 mujeres que están deseosas de trabajar para él en sus filmes. El narrador en off afirma también que Tobalina es el sobrino de un presidente sudamericano reciente.

La creación de una realidad alternativa —tan alternativa e irreal como ese mundo del porno de sus películas, donde el sexo sin límites no deja nada a la imaginación y alcanza dimensiones comunitarias y orgiásticas, opacando el aspecto humano de la sexualidad en pro del espectáculo lúbrico— parece haber sido una constante en el mundo del director de cine para adultos, que tenía una concepción de sí mismo bastante inflada, por decir lo menos, como se constata a través de sus propias declaraciones, donde asegura que cuida la calidad de sus guiones y que su cine pornográfico es artístico y tiene valores sociales redimibles. «No me avergüenzo de los filmes que he hecho», declararía Tobalina al Hollywood Independent en 1975. «He hecho filmes que muestran la belleza del sexo».

Otra es la opinión de los críticos de cine —muchos de los cuales lo consideran un incompetente en el aspecto cinematográfico— y de actores que trabajaron con él. William Margold, actor durante la Edad de Oro del porno, llegó afirmar que «Tobalina fue una especie de Ed Wood del porno. Hizo películas espantosas». Y Liz Renay, extravagante actriz que apareció en varias películas de Tobalina en roles no pornográficos, decía que «sus películas eran con frecuencia ni chicha ni limonada… Tenían demasiada trama como para ser buen porno, y demasiado porno como para calificar como una buena trama».

Lo cierto es que algunas de sus primeras películas utilizan material de archivo que parece haber sido rodado anteriormente, el cual es insertado dentro de un hilo argumental flojo y poco consistente. Por ejemplo, en su película I Am Curious Tahiti (1970) la mujer de Tobalina hace el papel de una espía soviética que utiliza un dispositivo que le permite ver a través de las paredes y espiar a parejas teniendo sexo, resultando finalmente el film un compilado de escenas sexploitation de archivo. ¿De dónde venía ese material? Probablemente de las actividades de la compañía productora de Tobalina durante los años 60. Curiosamente, en el pseudo-documental Refinements in Love Tobalina aparece acreditado primero como productor de filmes de sexo y después como productor de stag films, que eran cortometrajes pornográficos ilegales producidos clandestinamente y exhibidos en locales underground.

No obstante la deficiente calidad cinematográfica de sus películas, Tobalina se enriqueció rápidamente gracias a la enorme afluencia de público a filmes que en ese entonces constituían una novedad, en virtud de la progresiva legalización de la pornografía en los Estados Unidos. De hecho, cuando en 1971 estrenó Refinements in Love, Tobalina ya había adquirido el Mayan Theater de Los Angeles, pagando al contado una suma de alrededor de 300,000 dólares (equivalentes a unos 1,700,000 de dólares al año 2016). Su amigo William Larrabure, que fue camarógrafo en Infrasexum, cuenta que Tobalina viajó a San Francisco, de donde regresó con una maleta llena de dinero contante y sonante, señalando como bienhechor a un tío rico vinculado a la Iglesia católica. Dada la ambigua relación que Tobalina mantuvo con la verdad en varias ocasiones, la procedencia del dinero sigue siendo un misterio.

A lo largo de la década de los 70 Tobalina levantaría un pequeño imperio, adquiriendo más salas de cine que proyectaban películas para adultos, entre ellas sus propias creaciones, que irían siendo con el tiempo cada vez más explícitas, incluyendo con frecuencia como sello de marca directorial orgías desenfrenadas rodadas en una de sus casas en Corona del Mar. En 1975 adquirió el X Theater en Hollywood Boulevard y en 1976 el Star Theater en La Puente, ambos situados en la ciudad de Los Angeles. Pero parece que también era dueño de cines en San Bernardino, Ontario, Seattle, Tacoma, San Diego y Long Beach, aunque hasta ahora no se ha investigado y confirmado esta información.

Se sabe que a mediados de los 70 sus ingresos eran de unos 10,000 dólares al mes (equivalentes a unos 44,000 dólares de 2016) y ya entonces poseía, además de las dos lujosas casas en Corona del Mar, viviendas en Perú y Paicoma (Los Angeles), dos motocicletas, ocho automóviles (dos de ellos modelos antiguos) y un yate.

A pesar de su éxito, Tobalina tuvo continuos problemas con la justicia debido a su actividad de pornógrafo. En 1971 fue sentenciado por la Corte Superior del condado de Los Angeles a seis meses de prisión y al pago de una multa de 1,000 dólares por haber cometido un delito tipificado en el Código Penal de California como exhibición de material obsceno. En este caso se trataba del film pornográfico Januarius (Albert Irving, 1971). Varias apelaciones aduciendo la Primera Enmienda de la Constitución de Estados Unidos, que protege la libertad de expresión, fueron denegadas, la última en octubre de 1974. Sin embargo, para ese entonces, los criterios aplicables respecto a lo que se consideraba obscenidad se habían relajado gracias al éxito de filmes como Garganta profunda (Deep Throat, Gerard Damiano, 1972) y los jueces eran cada vez más tolerantes con las denuncias de obscenidad, pues los «estándares sociales contemporáneos» habían devenido más benévolos respecto a lo que podía considerarse ofensivo u obsceno. En otras palabras, la pornografía había obtenido carta de ciudadanía, por lo menos en varios estados federales. En cierto sentido, Tobalina habría contribuido a ello, no obstante su fracaso a nivel judicial. Y gracias a aquello, parece que nunca cumplió su pena de prisión ni pagó un solo duro de multa.

Sin embargo, hay constancia de que fue arrestado varias veces por cargos de obscenidad. El Departamento de Policía de Los Angeles, sabiendo de los filmes que producía, le hizo un seguimiento meticuloso entre julio de 1974 y abril de 1975, vigilando quiénes entraban y salían de las dos casas en Corona del Mar, qué hacían y cuánto dinero recibían de Tobalina. Según documentos judiciales de la época, artistas de ambos sexos fueron observados en múltiples ocasiones teniendo comercio carnal y cópula oral mientras Tobalina los filmaba con su cámara. Cada artista recibía entre 100 y 200 dólares en efectivo, y cheques de hasta 1,400 dólares de C. Tobalina Productions, Inc.

El 5 abril de 1975, en el día de su cumpleaños, Tobalina y cinco de las personas que participaron en estas sesiones de filmación fueron detenidos y acusados de «asociación ilícita para cometer cópula oral». Tal cual. El peruano fue además acusado de proxenetismo, es decir, de inducir o forzar a alguien a practicar la prostitución. A los artistas porno se les impuso una fianza de 2,500 dólares; la de Tobalina ascendió a 10,000 dólares. Tobalina pagó de su propio bolsillo todas las fianzas y respondió a los cargos. En su opinión, el oficial de policía Lloyd Martin, encargado de la investigación, estaba estirando demasiado las leyes californianas sobre proxenetismo y cópula oral, aplicándolas indebidamente a la pornografía.

En diciembre de 1976 los procesos por ambos cargos fueron finalmente archivados sobre la base de cambios habidos en la manera de interpretar las leyes.

Aún así, Tobalina y su mujer María Pía fueron arrestados en otra ocasión en 1975, debido a que la policía encontró una bolsa de plástico con una libra de marihuana durante una redada en una de las mansiones de Corona del Mar. Ambos adujeron que la droga no era suya y que probablemente la había dejado algún actor tras una sesión de filmación. No obstante, ambos fueron condenados a seis meses de libertad condicional.

Además de numerosos problemas con la ley debido a violar las leyes de obscenidad vigentes en California y otros estados —lo cual llevó a Tobalina a contratar abogados que lo mantuvieran libre de polvo y paja (en sentido metafórico)—, despertó también las sospechas del FBI, que le abrió un expediente que llegó a contar con unas 550 páginas. No sólo se sospechaba de relaciones con la mafia, dado que el 80% de la industria pornográfica en la década de los 70 llegó a estar controlado por el crimen organizado, sino que también se le atribuía haber introducido cocaína desde el Perú en latas de películas, supuestamente tras haber producido filmes en ese país. Lo cierto es que nunca se pudo probar ninguna conexión de Tobalina con la mafia o con el narcotráfico.

El pornógrafo peruano siguió produciendo y dirigiendo películas hasta el advenimiento de las cintas de video a mediados de los 80, lo cual provocó un declive de la demanda de pornografía en salas de cine. Tras haber dirigido 8 largometrajes en el año 1983, su producción sería cada vez más escasa hasta su misteriosa muerte. Dos años después de haber rodado su última película en 1987, el 31 de marzo de 1989 su esposa lo hallaría sobre una manta de terciopelo rojo tendido en el patio trasero de la casa donde solía rodar escenas de sexo, con una Smith & Wesson calibre 38 en la mano derecha, a la que le faltaba una de sus seis municiones y una herida de bala en la sien derecha. También se encontró una nota diciendo que se quitaba la vida porque sufría de un cáncer terminal al hígado. «No se encontró evidencia de alguna otra lesión o de un crimen», decía el informe de investigación de la policía. ¿O tal vez no se quiso investigar a fondo? Pues Tobalina había estado activo en el centro de una industria cinematográfica dominada por la mafia, donde no había cabida para freelancers que no estuvieran asociados de una u otra manera al crimen organizado.

Hay cineastas cuyo talento ha sido reconocido por la crítica cinematográfica, no obstante haber dirigido varias películas pornográficas y aun contando en su cinematografía con varias cintas de dudosa calidad artística. El español Jesús Franco —quien recibió un Premio Goya honorífico en 2009—, el francés Jean Rollin y el estadounidense Joseph W. Sarno han sido homenajeados mediante ciclos de cine por la prestigiosa Cinémathèque Française, considerando que también tienen en su haber películas no pornográficas donde, sin embargo, el erotismo suele ser omnipresente, de manera sugerida o abierta. Aún así, siguen siendo unos desconocidos para muchos especialistas de cine y para el gran público.

Dudo que Carlos Tobalina sea reconocido alguna vez como una gran cineasta. Sin embargo, no se podrá negar que jugó un papel destacado en la historia moderna del porno, y que probablemente creía sinceramente en las bondades del sexo sin límites, tal como queda expresado en la frase con que se cierra su película Refinements in Love:

«El día en que proscriban el sexo, sólo los proscritos tendrán sexo».

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FUENTES

Palisadian Post
Sex, Cash & Suicide – Carlos Tobalina and His Palisades ‘House of Ill Fame’ (May 12, 2016)
https://www.palipost.com/57507-2/

Wikipedia (en inglés)
Carlos Tobalina (filmmaker)
https://en.wikipedia.org/wiki/Carlos_Tobalina_(filmmaker)

IMDb
Carlos Tobalina – Biography
https://www.imdb.com/name/nm0864818/bio?ref_=nm_ov_bio_sm

SODOMA, EL VATICANO Y EL SODALICIO

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Frédéric Martel presentando la versión italiana de su libro “Sodoma”

En febrero de 2019 se publicó en 8 idiomas el libro Sodoma: Poder y escándalo en el Vaticano (Sodoma: Enquête au cœur du Vatican) del periodista Frédéric Martel, una monumental investigación periodística sobre la homosexualidad en el centro de poder de la Iglesia católica. Se trata de un trabajo de investigación en Italia y otros 30 países que tomó cuatro años, durante los cuales se efectuaron 1500 entrevistas con 41 cardenales, 52 obispos y prelados, 45 nuncios apostólicos, secretarios de nunciaturas o embajadores extranjeros, 11 guardias suizos y más de 200 sacerdotes y seminaristas. Para realizar este trabajo, el autor contó con un equipo de más de 80 colaboradores, traductores, asesores e investigadores. Y los resultados son reveladores, aunque no necesariamente del gusto de quienes todavía mantienen la imagen de una Iglesia santa, pura e impoluta, ciegos a los hechos que en el mismo Vaticano son secretos a voces pero que están ocultos a la vista de la mayoría de los fieles católicos.

Tras un recuento de acontecimientos relevantes —y sus entresijos detrás de bambalinas— durante los pontificados de Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, el autor llega a la conclusión de que no existe propiamente un lobby gay en el Vaticano, en el sentido de un grupo de cardenales y prelados que busquen defender los intereses de un grupo de personas que se reconocen a sí mismas como gays. Lo que existiría sería un sistema de relaciones, donde la homosexualidad jugaría un rol importante, donde ser homosexual sería la regla y ser heterosexual la excepción, un sistema donde la homosexualidad sería vivida y practicada a la sombra, mientras ante la opinión pública se presentaría el ser homosexual como una anomalía de lo humano. Aunque Martel admite que también habría en el Vaticano numerosos homófilos, es decir, varones que experimentan una atracción por lo masculino pero la subliman con una ascética de continencia y el cultivo de amistades platónicas con miembros y trabajadores de la Curia, secretarios y asistentes, colaboradores y protegidos.

El autor sintetiza los resultados de su copiosa investigación en 14 reglas, que transcribo a continuación.

REGLAS DE SODOMA

Primera regla:
Durante mucho tiempo el sacerdocio ha sido la escapatoria ideal para los jóvenes homosexuales. La homosexualidad es una de las claves de su vocación.

Segunda regla:
La homosexualidad se extiende a medida que se acerca al sancta-sanctórum; conforme se asciende en la jerarquía católica, la proporción de homosexuales aumenta. En el colegio cardenalicio y en el Vaticano culmina el proceso de selección: la homosexualidad es la regla y la heterosexualidad la excepción.

Tercera regla:
Cuanto más vehemente es un prelado contra los gais, cuanto más fuerte es su obsesión homófoba, más posibilidades existen de que no sea sincero y de que su vehemencia nos oculte algo.

Cuarta regla:
Cuanto más progay es un prelado, es menos susceptible de ser gay; cuanto más homófobo es, hay más probabilidades de que sea homosexual.

Quinta regla:
En la santa sede los rumores, las difamaciones, los arreglos de cuentas, la venganza y el acoso sexual son frecuentes. La cuestión gay es uno de los principales motores de estas intrigas.

Sexta regla:
En la mayoría de los casos de abusos sexuales aparecen sacerdotes u obispos que han protegido a los agresores debido a su propia homosexualidad y por miedo a que esta saliera a relucir si estallaba el escándalo. La cultura del secreto, que era necesaria para guardar silencio sobre la fuerte prevalencia de la homosexualidad en la Iglesia, ha propiciado el ocultamiento de los abusos sexuales y la actuación de los depredadores.

Séptima regla:
Los cardenales y los curas más gay-friendly, y los que hablan poco de la cuestión homosexual, generalmente son heterosexuales.

Octava regla:
En la prostitución romana entre los curas y los escorts árabes se acoplan dos miserias: la frustración sexual abismal de los curas católicos hace eco con la restricción del islam, que pone trabas a los actos heterosexuales de los jóvenes musulmanes fuera del matrimonio.

Novena regla:
Por lo general los homófilos del Vaticano evolucionan desde la castidad hacia la homosexualidad; los homosexuales nunca hacen el camino inverso para volverse homófilos.

Décima regla:
Los sacerdotes y teólogos homosexuales son mucho más propensos a imponer el celibato que sus correligionarios heterosexuales. Se obstinan en hacer cumplir esta consigna de castidad, pese a que es intrínsecamente antinatural.

Undécima regla:
La mayoría de los nuncios son homosexuales, pero su diplomacia es esencialmente homófoba. Denuncian lo que son. En cuanto a los cardenales, obispos y sacerdotes, ¡cuanto más viajeros, más sospechosos son!

Duodécima regla:
Quienes propagan rumores sobre la homosexualidad de una cardenal o un prelado suelen ser homosexuales disimulados que atacan a sus adversarios liberales. Dichos rumores son las principales armas usadas en el Vaticano por unos gais contra otros.

Decimotercera regla:
No busquéis quiénes son los compañeros de los cardenales y de los obispos; preguntad a sus secretarios, a sus asistentes o a sus protegidos, y por su reacción conoceréis la verdad.

Decimocuarta regla:
A menudos nos equivocamos respecto a los amores de los sacerdotes y al número de personas con las que tienen relaciones, «porque equivocadamente interpretamos amistades como enredos, lo que es un error por adición», pero también porque cuesta imaginar amistades como enredos, que es otro tipo de error, en este caso por sustracción.

El autor no condena la homosexualidad propiamente, pues él mismo es homosexual. Pero denuncia el doble discurso —y la doble vida— de muchos de los más altos representantes de la Iglesia católica actual. En fin, la hipocresía de siempre.

Un indicio de la objetividad de que hace gala el autor es que no encuentra fundamento para sostener que el Papa Pablo VI fuera homosexual, según algunos rumores que se echaron a andar durante su pontificado. Ni tampoco encuentra razones para creer que el emérito papa Benedicto XVI sea homosexual, como sostiene sin pruebas el teólogo homosexual David Berger, aunque sí señala varios indicios que apuntan a una tendencia homófila vivida de manera sacrificada en un celibato practicado hasta sus últimas consecuencias.

Algunos medios conservadores como ACI Prensa han buscado desacreditar el libro, describiéndolo como una colección de chismes al servicio de una ideología, a lo cual se sumaría la falta de datos estadísticos y su carencia de objetividad al no ser una investigación académica. Observación que le cae como un boomerang a ese medio informativo dirigido por el irascible, bilioso y rabiosamente homófobo sodálite Alejandro Bermúdez, pues nada de lo que publica tiene rango académico. Además, calificar de chismes la abundante información recogida por Martel y su equipo a partir de lo que en términos profesionales se conoce como fuentes periodísticas es un recurso fácil y rastrero que pasa por alto el riguroso fact-checking a que fue sometida toda esa información. Y si existen algunas inexactitudes menores, eso es inevitable en una obra periodística de tal envergadura, que cuenta más de 600 páginas en su edición en español.

Por otra parte, según un reportaje de Crux —un informativo online sobre la Iglesia católica que dirige el prestigioso periodista John R. Allen, Jr.—, el Papa Francisco habría leído el libro de Martel y le habría parecido bueno, como le habría oído decir en una conversación un abogado defensor comprometido en el combate contra el abuso clerical. Éste último y Francisco habrían hablado sobre la diferencia entre los gays buenos y los que se pervierten debido al poder. Hay que recordar que en su discurso a la Curia romana del 22 de diciembre de 2014, el Papa señalo entre las 15 enfermedades y tentaciones de sus miembros «la enfermedad de la esquizofrenia existencial: Es la enfermedad de los que viven una doble vida, fruto de la hipocresía típica de los mediocres y del progresivo vacío espiritual que ni grados ni títulos académicos pueden llenar. Se crean así su propio mundo paralelo, donde dejan a un lado todo lo que enseñan con severidad a los demás y empiezan a vivir una vida oculta y, a menudo, disoluta». Es justamente el universo que ha investigado Martel en su libro.

No me extrañaría que el Sodalicio quiera descalificar el libro, considerando que deja muy mal parado a quien fuera uno de los más acérrimos promotores y defensores de la institución fundada por Figari, a saber, al cardenal Alfonso López Trujillo (1935-2008). Este prelado colombiano, conservador y enemigo de la teología de la liberación, habría tenido vínculos con los carteles de la droga y los paramilitares en Colombia, los cuales habrían dado muerte a algunos curas que López Trujillo señaló que no eran de su agrado. También habría acumulado una riqueza cuantiosa de dudosa procedencia, proveniente de la requisa de objetos de valor (joyas, copones, cuadros) que encontraba en las iglesias que visitaba. Asimismo, habría sido un homosexual practicante en secreto, que maltrataba físicamente y con violencia a los jóvenes prostitutos que requería para satisfacer sus inconfesables impulsos sexuales. A partir de los años 90, como Presidente del Pontificio Consejo para la Familia, emprendió una furiosa cruzada contra la homosexualidad y los preservativos, los cuales consideraba inmorales aun cuando fueran usados con el fin de evitar contagios de enfermedades de transmisión sexual, como el SIDA. «—López Trujillo era un hombre de bandas y de dinero. Era violento, colérico, duro. Fue uno de los que “hizo” a Benedicto XVI, se empleó a fondo para lograr su elección , con una campaña bien organizada y mus bien costeada —confirma el vaticanista Robert Carl Mickens» (Sodoma: Poder y escándalo en el Vaticano, pág. 334). En fin, reunía las cualidades de la persona que necesitaba el Sodalicio para obtener su aprobación pontificia y poder expandirse internacionalmente.

No sería la única relación que guardaría el Sodalicio con ese mundo eclesiástico del Vaticano al que Martel llama Sodoma. El Sodalicio vendría a ser una especie de microcosmos que reflejaría en pequeña escala ese universo, done se seguirían de modo análogo las reglas tácitas de Sodoma. Pues la homosexualidad parece también haber jugado un papel importante en la historia de la institución desde sus inicios. Fundada y dirigida durante décadas por Luis Fernando Figari, un presunto homosexual, llegaría a contar entre sus líderes a homosexuales que practicarían su sexualidad en secreto, entre ellos, Germán Doig y probablemente Virgilio Levaggi. La mayoría de los abusos que se dieron ente el Sodalicio serían de orden homosexual, no porque la homosexualidad misma sea la raíz del problema, sino porque en una estructura donde las personas se ven obligadas a ocultar su verdadera orientación sexual a la vez que mantienen un discurso homófobo —teñido de hipocresía ciertamente— y donde se exige la represión de los impulsos sexuales, es más probable que ocurran desbordes, pérdida de control y abusos en perjuicio de subordinados. Lo cual no ocurriría tan frecuentemente entre quienes han salido del clóset y se reconocen sincera y abiertamente como gays con una orientación sexual que ellos mismos no han elegido y que en sí misma no tiene nada de malo ni impide el sano desarrollo psicológico de una persona.

El Sodalicio ha solido tener un ambiente institucional donde se apreciaban y valoraban los valores viriles y masculinos tanto en uno como en aquellos otros que formaban parte de la misma comunidad. Una de las definiciones del Sodalicio que daba Figari era que se trataba de una «comunidad de amigos en el Señor». Amistad de la cual quedaban excluidas toda las representantes del sexo femenino. Prácticamente se consideraba imposible una verdadera amistad entre un hombre y una mujer, pues el intento de plasmarla llevaría casi inevitablemente a enredos pasionales indeseables para quienes se ven obligados a guardar el celibato —aunque fuera sólo en apariencia—.

Junto con la exaltación de lo masculino —«ese estilo viril que nos caracteriza», diría Figari— había también un menosprecio por lo femenino, plasmado en una subyacente misoginia rampante. El modelo de lo femenino se encarnaba en la Virgen María, una mujer que renuncia a su sexualidad, se mantiene en silencio y obedece sin expresar su opinión. Y que cumple su función de esposa y madre en total sumisión al hombre y a un supuesto Plan de Dios. Esta interpretación cumplía la función de cabeza de puente de una aversión camuflada hacia las mujeres que impregnaba toda la teoría y la praxis de la ideología sodálite.

En el Sodalicio se definía el rol de la mujer y sus características a partir de conceptos e ideas provenientes del pensamiento masculino. Al igual que en la Iglesia con su sistema patriarcal. No había lugar para una reflexión sobre lo femenino proveniente de mujeres e independientemente de la teología elaborada por varones que, además, no tienen ninguna vinculación amorosa —por lo menos, públicamente— con una representante del género femenino. El Sodalicio siempre ha estado guiado por una predilección y amor hacia lo masculino, que favorecía el surgimiento de amistades exclusivas entre hombres, las cuales en algunos casos habrían servido de fachada a relaciones homófilas e incluso homosexuales. Las doctrinas homófobas imperantes en la institución habrían constituido un cerco público para proteger estas relaciones que se desarrollaban en el ámbito de lo privado. Y que en varios casos habrían calificado como abusos, al tratarse de relaciones asimétricas, donde quien tenía autoridad y ascendencia podía exigir obediencia absoluta de parte de su subordinado.

Por otra parte, una de las reglas de Sodoma que más llama la atención es la sexta, referente a la «cultura del secreto» que favoreció el encubrimiento de los abusos sexuales y la protección de los depredadores. Según Martel, la razón de que algunos no denunciaran fue que ellos mismos tenían algo que ocultar, por lo general su propia homosexualidad. ¿Qué tan cierto podría ser esto en el caso de los numerosos encubridores del Sodalicio?

Por de pronto, existe el caso de un sacerdote jesuita que acompañó al Sodalicio desde los años 70 y mantuvo siempre una relación muy cercana, defendiendo y apoyando a la institución continuamente hasta su muerte. Y que habría sido también uno de los primeros —si no el primero en absoluto— en enterarse de abusos sexuales cometidos por Luis Fernando Figari. Me refiero al P. Armando Nieto, SJ (1931-2017).

A él habría acudido en los 70 una de las primeras víctimas de Figari para contarle lo sucedido y pedirle consejo sobre las medidas a tomar. Nieto le habría dicho que perdone, pero no hizo nada al respecto y se siguió comportando con Figari como si nada hubiera pasado. ¿Le dio crédito a la víctima? ¿O más bien pensó que no podía ser cierto lo que había oído? ¿Tuvo miedo de generar un escándalo?

Hay otro incidente que me contó personalmente aquí en Alemania un ex miembro del Movimiento de Vida Cristiana —entidad vinculada a la Familia Sodálite— que fue testigo involuntario de tocamientos indebidos realizados por Jeffery Daniels a un ex sodálite durante un viaje de misiones al departamento de Arequipa. Me dijo que fue a hablar con el P. Nieto para ver qué se debía hacer. La respuesta de Nieto habría sido algo así como: «¡ay, hijo, si supieras todo lo que pasa en la Iglesia!» Le habría restado importancia al asunto y al final no habría hecho nada. Como también se quedó callada la boca cuando en febrero de 2011 estalló el escándalo de los abusos sexuales de Germán Doig (1957-2001), el segundo en la cadena de mando del Sodalicio, y cuando en octubre de 2015 se supo públicamente de los abusos de Figari a través del programa periodístico Cuarto Poder, y también cuando posteriormente se dieron a conocer otros abusadores con nombre y apellido, incluido a Jeffery Daniels. Al final, se habría llevado consigo a la tumba todo lo que supuestamente sabía acerca de los abusos del Sodalicio.

Armando Nieto era un hombre de talante bondadoso, acogedor, de modales amanerados y de conversación agradable. No pretendo empañar su memoria ni juzgar su proceder, pues fue un hombre que hizo mucho bien. Pero también hay que recordar ese dicho atribuido a Johann Wolfgang Goethe: «Donde hay mucha luz, la sombra tiende a ser muy profunda». Algún oscuro secreto parece haber guardado el P. Nieto considerando su mutismo ante los abusos del Sodalicio. ¿Se trató sólo de una actitud timorata? Sabiendo lo que supuestamente sabía, ¿habría sido parte de esa «cultura del secreto» que exige guardar silencio y confidencialidad respecto a los deslices sexuales de clérigos y religiosos, aún cuando se trate de abusos que califican como delitos? O siguiendo la regla señalada por Martel, ¿no habría tenido él mismo una orientación homófila que habría preferido ocultar?

En algo en lo que también se parece el Sodalicio a la Sodoma del Vaticano es en los procedimientos para hacerle justicia a las víctimas de abusos. Según relata Martel, un arzobispo cercano a la Congregación para la Doctrina de la Fe le dijo: «La justicia no existe en el Vaticano. Los procedimientos no son fiables, las investigaciones no son creíbles, hay una grave falta de medios y las personas son incompetentes. ¡Ni siquiera hay una cárcel! Es una parodia de justicia» (Sodoma: Poder y escándalo en el Vaticano, pág. 586). Y lo mismo le confirmó un jurista que ha sido embajador ante la Santa Sede: «No tiene sentido pensar que el Vaticano pueda juzgar uno de estos casos [de abusos sexuales]. No está preparado para ello: no tiene textos, ni procedimientos, ni abogados, ni magistrados, ni medios para investigar, ni siquiera derecho a ocuparse de ellos. El Vaticano no tiene otra solución que hacer constar su total incompetencia y dejar que actúen las justicias nacionales» (Sodoma: Poder y escándalo en el Vaticano, pág. 587). El Sodalicio, al igual que el Vaticano, sólo ha sido capaz de una parodia de justicia. Y en todo este proceso ha revictimizado a las víctimas.

Allá en el año 2011 una de las víctimas anónimas que rindió su testimonio para el libro Mitad monjes, mitad soldados de Pedro Salinas y Paola Ugaz me dijo por teléfono: «El Sodalicio es el pecado». No habiendo todavía tomado conciencia del alcance de la podredumbre que había en la institución, me pareció una frase exagerada. No le creí del todo. Actualmente no puedo sino suscribir esa afirmación. El Sodalicio y Sodoma son uno solo.

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FUENTES

Frédéric Martel
Sodoma: Poder y escándalo en el Vaticano (Roca Editorial, Barcelona 2019)

ACI Prensa
Estas son las 15 enfermedades de la Curia Vaticana, diagnosticadas por el Papa Francisco (22 de diciembre de 2014)
https://www.aciprensa.com/noticias/estas-son-las-15-enfermedades-de-la-curia-vaticana-diagnosticadas-por-el-papa-francisco-64748
“Sodoma: Poder y escándalo en el Vaticano”: Un libro con mucho chisme y poco sustento (21 de febrero de 2019)
https://www.aciprensa.com/noticias/sodoma-poder-y-escandalo-en-el-vaticano-un-libro-con-mucho-chisme-y-poco-sustento-82945

Crux
Advocate says pope read, liked new book on gays in the Vatican (May 10, 2019)
https://cruxnow.com/church-in-europe/2019/05/advocate-says-pope-read-liked-new-book-on-gays-in-the-vatican/

EL PAPEL HIGIÉNICO DEL SODALICIO

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Cuando la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación, primera comisión convocada por el Sodalicio en noviembre de 2015 para abordar los abusos cometidos en la institución, emitió su informe final en abril de 2016, allí se incluían once recomendaciones, de las cuales estrictamente cinco le correspondía cumplir al Sodalicio, las cuales fueron parcial o deficientemente implementadas o incluso incumplidas del todo.

De este modo, si bien se repudió públicamente la conducta de Luis Fernando Figari, no se le aplicó la mayor sanción moral e institucional que correspondía, que era la expulsión de la institución, la denuncia penal por todos los delitos cometidos —que no sólo se limitaban a abusos sexuales— y la eliminación de todo apoyo económico con fondos provenientes del Sodalicio. Más bien, se le contrató a uno de los abogados más onerosos del Perú, Armando Lengua Balbi, que habría sido pagado por el Sodalicio mismo. Además, la institución asumirá los costos de su tren de vida en una residencia en Italia hasta el fin de sus días.

Por otra parte, el Sodalicio no reconoció como víctimas a todas aquellas personas que, mediante informes individuales, la Comisión había reconocido como tales. Y en el caso de las que si fueron reconocidas, el Sodalicio no cumplió con resarcirlas justamente sino con montos insuficientes o irrisorios en comparación con los daños ocasionados. Mucho menos asumió las terapias psicológicas y médicas hasta donde fuera necesario, sino por el tiempo de un año, renovable solamente por un año adicional y nada más. Y respecto a la exigencia de «una solicitud de perdón y desagravio, de manera personal y escrita, por parte del Superior General a cada una de las víctimas», se incumplió totalmente. Ninguna víctima ha recibido de manera personal una disculpa escrita.

La «compensación por los daños personales sufridos por quienes fueron privados de un adecuado discernimiento vocacional, y en esa medida, obligados a prestar servicios no remunerados, incluso en condición de “servidumbre”» fue ignorada, salvo en algunos pocos casos, donde la compensación económica otorgada puede ser calificada de miserable.

Respecto a la medida que establece que «el SCV deberá proceder a la devolución inmediata de toda la documentación correspondiente a cada una de las personas que forma o formó parte de la institución, que así lo solicite», no sé si habrá habido alguien que haya solicitado esta documentación. Yo sí la solicité en diciembre de 2015, antes de que la Comisión emitiera su informe, y la documentación recibida fue escasa y a todas luces incompleta (ver LOS ARCHIVOS SECRETOS DEL SODALICIO).

Hubo otra recomendación en la que las autoridades sodálites se zurraron olímpicamente, a saber, aquella que reza: «Las personas que ejercieron algún cargo en la organización del SCV, durante los años en que se permitieron los abusos denunciados, deben ser impedidas de ejercer algún cargo representativo al interior de la organización». El Sodalicio siguió manteniendo su misma estructura organizacional y permitió que la mayoría de las personas aludidas en esta recomendación permanecieran en puestos de responsabilidad.

Por supuesto, el Sodalicio mantuvo un doble discurso, afirmando ante la opinión pública o bien que ya había cumplido con las recomendaciones de la Comisión de Ética, o bien que el cumplimiento estaba en proceso (ver SODALICIO: LA GRAN MENTIRA DE LAS RECOMENDACIONES CUMPLIDAS).

Aunque no lo haya admitido abiertamente, se sabe que al Sodalicio no le gustó en absoluto el trabajo de esta comisión y, ya sabiendo de antemano la orientación que iba a tener el informe final, desarrolló un plan B para neutralizar sus efectos que consistió en la creación de una segunda comisión conformada por tres expertos internacionales (Kathleen McChesney, Ian Elliott y Monica Applewhite), los cuales fueron contactados recién en marzo de 2016 (ver LOS EXTERMINADORES DE PLAGAS). Considerando que las autoridades del Sodalicio, a través de su entonces Superior General Alessandro Moroni, se manifestaron satisfechos con los dos informes finales de esta segunda comisión (10 de febrero de 2017), era de esperarse que cumplieran las recomendaciones allí incluidas. Sin embargo, tras revisarlas detenidamente, es otra la impresión que se obtiene, a saber, que el Sodalicio en líneas generales también se zurró en esas recomendaciones e hizo lo que le dio la gana.

Se trata de un total de 34 recomendaciones incluidas en el segundo informe agrupadas en cuatro rubros (A. Respuestas a las denuncias de abuso y maltrato; B. Prevención de abuso y maltrato en el futuro; C. Cumplimiento y responsabilidad; D. Transparencia y comunicación). Incluso se señala el estado de cumplimiento de cada recomendación (Completado/En marcha/Pendiente). Sería muy extenso detenerme en cada recomendación, de modo que me voy limitar a las que aparecen clasificadas como “Completado”.

A.1 Establecer un sistema para que las personas que han sido abusadas por un miembro del SCV, puedan reportar el abuso al SCV.
> Completado

A.2 Utilizar los servicios de una persona con experiencia en ayudar a las personas que han sido abusadas para recibir reportes de abuso y trabajar con las autoridades del SCV para asegurar que todas las personas sean tratadas con justicia y respeto.
> Completado

A.3 Publicar la información de contacto de la persona que recibirá los reportes de abuso en varios medios y en el sitio web del SCV.
> Completado

A.4 Reportar todas las nuevas denuncias de delitos conforme lo indiquen las leyes de los países en los que se produjo la presunta ofensa.
> Completado y en práctica permanente

Hasta ahora no se sabe cómo es el sistema que ha establecido el Sodalicio para que se le haga llegar denuncias de abusos ni los procedimientos que se seguirán. En ninguna parte de la página web oficial de la institución (https://sodalicio.org) aparece descrito este sistema.

Por otra parte, el día 4 de noviembre de 2019 me comuniqué con el único número telefónico de contacto que aparece en la página web del Sodalicio, el de su Oficina de Prensa —ubicada en Calle Dos 553, Urb. Monterrico Norte, San Borja, dirección que corresponde a su Centro Pastoral “Nuestra Señora de la Evangelización”—. Me atendió cortésmente una persona que dijo llamarse José Bazo. Le pregunté dónde podía encontrar los datos de la persona que recibe reportes de abuso, pues en uno de los informes de la comisión de expertos internacionales se daba a entender que esa información debía estar publicada en el sitio web del Sodalicio, y por más que me había esforzado, no había logrado encontrarla. Me dijo que no sabía nada y que él no tenía esa información. Tras consultar algo con su jefe que estaba presente, me comunicó que me iban a enviar la respuesta por e-mail.

El 7 de noviembre recibí el siguiente e-mail:

«Sr. Martín Scheuch, habiendo recibido su pedido a la Oficina de Comunicaciones, le informo lo siguiente:

Con el fin de recibir denuncias de cualquier tipo de abuso que se haya cometido por miembros o ex-miembros del Sodalicio, fue creada la Oficina de Asistencia y Reparación.

Para entrar en contacto con la Oficina y reportar algún tipo de abuso basta con enviar un correo electrónico a la Dra. Silvia Matuk, Coordinadora de la Oficina de Asistencia y Reparación: oficina@asistenciayreparacion.com

Atentamente

Daniel Calderón
Asistente General de Comunicaciones»

Al ir a consultar nuevamente la página web oficial del Sodalicio, me encontré con que había sido añadido un nuevo link que no estaba antes con el título de Ambientes Seguros. El texto al que se accede comienza así:

«En el Sodalicio de Vida Cristiana hemos adoptado el compromiso firme de implementar y conservar ambientes seguros, a fin de proteger y salvaguardar a las personas vinculadas a nuestras actividades apostólicas, educativas y pastorales, en especial a los menores y adultos vulnerables».

Luego sigue una extensa explicación de las medidas de capacitación que se han implementado para lograr este objetivo y al final se dan los datos de contacto en caso de que se quiera reportar un abuso:

«Con el fin de recibir denuncias de cualquier tipo de abuso que se haya cometido por miembros o ex-miembros del Sodalicio, fue creada la Oficina de Asistencia y Reparación. Para entrar en contacto con la Oficina y reportar algún tipo de abuso basta con enviar un correo electrónico a la Dra. Silvia Matuk, Coordinadora de la Oficina de Asistencia y Reparación: oficina@asistenciayreparacion.com»

Es así que, dos años y nueve meses después de la publicación de los informes de la comisión McChesney-Elliott-Applewhite, recién cumplían con una recomendación que aparecía en el texto como “completada”.

No es el único incumplimiento. De Silvia Matuk, elegida como la «persona con experiencia en ayudar a las personas que han sido abusadas», sólo se sabe que ha sido docente de Sociología del Derecho en la Universidad Católica San Pablo (del Sodalicio) y que —según me ha contado una fuente— es tía del sodálite Carlos Neuenschwander, quien fuera miembro del Consejo Superior con el cargo de asistente de temporalidades (encargado de la administración económica) cuando estallaron los escándalos de abusos a fines de 2015. La señora Matuk no tendría ninguna experiencia en el manejo de casos de abusos y, por el proceder que ha tenido hasta ahora con algunas víctimas, parecería que solamente es la obediente portavoz de lo que deciden arbitrariamente las autoridades del Sodalicio. Más aún, ella sería la única integrante de la Oficina de Asistencia y Reparación, que parece no tener local físico —su dirección es inexistente—, además de no contar con número telefónico, haciendo imposible la comunicación persona a persona, tan necesaria para una persona cuando quiere dar a conocer que ha sido víctima de abusos.

La finalidad de todo esto parece ser bien clara, y así lo indica la página web del Sodalicio:

«A través de estos esfuerzos buscamos que no se repitan nunca más al interior de nuestra comunidad ningún tipo de abuso como los que hemos reconocido con mucho dolor».

La señora Matuk sería una pieza importante para que esto efectivamente sea así, y de este modo evitarle al Sodalicio el “dolor” que le ocasionan estas molestias conocidas como denuncias de abusos. Se buscaría evitar que cualquier nueva denuncia trascienda, desanimar a quien tenga la intención de denunciar y “mecer” a quienes insistan en hacerle reclamaciones al Sodalicio. Además, no hay ninguna garantía de que una denuncia enviada a la dirección de e-mail indicada reciba una respuesta. Desde febrero de 2017, yo personalmente no he recibido ninguna respuesta a los e-mails que les he enviado a Alessandro Moroni, ex Superior General, y José David Correa, Superior General del Sodalicio. Ni siquiera tuvieron la gentileza de remitirme a la Oficina de Asistencia y Reparación. Como si la consigna fuera no responder a quien tiene cosas incómodas que decir. Como cualquier víctima de abusos, por ejemplo.

Por otra parte, la única denuncia hecha por el Sodalicio ante la justicia civil de delitos perpetrados por sodálites o ex sodálites fue la presentada por Alessandro Moroni junto con su abogado Claudio Cajina el 15 de marzo de 2017 ante el Ministerio Público en el Perú, donde los únicos acusados fueron Luis Fernando Figari, Germán Doig (ya fallecido), Virgilio Levaggi, Jeffery Daniels y Daniel Murguía (quien ya había sido anteriormente absuelto). Los delitos de los cuatro primeros (abusos sexuales en perjuicio de menores de edad) estaban todos prescritos. Los otros cinco abusadores sexuales reconocidos por el Sodalicio pero cuyo nombre la institución no quiso revelar nunca fueron denunciados. Asimismo, no hay ninguna denuncia hecha por los responsables del Sodalicio por otros delitos reconocidos en los informes de ambas comisiones: esclavitud moderna, lesiones físicas y psicológicas, restricciones a la libertad personal, encubrimiento y omisión de denuncia, etc., en los cuales estarían involucrados un número considerable de sodálites. Ni siquiera en el reciente caso de Emilio Garreaud, acusado el año pasado ante el Tribunal Eclesiástico Provincial de Costa Rica por abuso sexual en perjuicio de un hombre adulto, se sabe que se haya presentado una denuncia ante el tribunal civil correspondiente.

A.6 Utilizar investigadores externos, calificados para investigar denuncias específicas de abuso.
> Completado y permanente

Hasta ahora los únicos investigadores externos para investigar abusos que contrató el Sodalicio fueron los que les elaboraron los dos informes a la medida de la institución, a saber, Kathleen McChesney, Ian Elliott y Monica Applewhite, que en ese sentido realizaron un trabajo deficiente y orientado al saneamiento —o, mas bién, “limpieza de cara”— de la institución antes que a la atención efectiva de las víctimas. No han habido más investigadores. El Sodalicio ha querido dar vuelta a la página y no hay indicios de que sus intenciones vayan en la línea de investigar más y de someterse a posteriores pesquisas externas.

B.11 Identificar a los miembros del SCV que han mostrado comportamientos que indican que pueden presentar un riesgo de abusar de otros. Obtener asistencia psicológica para ellos. Utilizar orientación profesional para establecer e implementar un plan apropiado para monitorear el comportamiento de esos hermanos en el futuro y evaluar su idoneidad para el apostolado externo.
> Completado y monitoreo en marcha

No sabemos si los sujetos aludidos han recibido asistencia psicológica. De ser así, tampoco sabemos si ha sido efectiva. En todo caso, el Sodalicio no ha revelado sus nombres —aunque sospechamos quiénes podrían ser— y, por lo tanto, ni los jóvenes a los cuales se les hace apostolado externo ni sus progenitores saben si la persona que se está encargando de esa tarea es alguien que ha tenido comportamientos abusivos en el pasado. Y creo que tienen derecho a saberlo, a fin de aplicar las medidas preventivas necesarias para protegerse.

C.2 Llevar a cabo una investigación completa para identificar a las autoridades del SCV que tienen acusaciones de no responder u ocultar informes de abuso y maltrato.
> Completado

¿Donde están los resultados de esta supuesta investigación? En ninguno de los dos informes de la comisión de expertos se menciona a ninguno de los encubridores. Si tomamos el caso de Jeffery Daniels, por ejemplo, yo mismo he podido identificar con nombre y apellido a por lo menos nueve encubridores (ver SODALICIO: RETRATO DE FAMILIA CON ABUSADORES Y ENCUBRIDORES). A ello hay que sumar a aquellos que encubrieron los abusos de Figari, Doig y los demás abusadores. Estamos hablando de una manera sistemática de proceder, seguida por un numero considerable de miembros del Sodalicio, muchos de los cuales siguen perteneciendo a la institución. Pero sobre estos encubridores se ha guardado silencio, se les ha protegido y se les ha cubierto con el manto de la impunidad.

En cuanto a las recomendaciones que aparecen como “En marcha” o “Pendientes”, o no hay manera de verificar que el Sodalicio las haya cumplido, o hay serios indicios de que simplemente no se hizo nada o se cumplieron deficientemente.

Finalmente, veamos el resumen final que hace el informe de las tres responsabilidades del Sodalicio, en un texto que parecería estar describiendo un mundo paralelo, ajeno a la realidad de los hechos:

«El SCV tiene ahora tres responsabilidades principales con respecto al abuso sexual de menores y adultos cometidos por sodálites o ex sodálites.

En primer lugar, el SCV deberá continuar brindando ayuda a las víctimas de abuso sexual y otros tipos de abuso perpetrados por cualquiera de sus miembros o ex miembros. Para ese fin, a través de su Oficina de Asistencia e Integridad [sic], el SCV ha estado en contacto con la mayoría de las personas que se sabe han sido víctimas de abusos y maltratos diversos por algún sodálite. Este contacto debe garantizar apoyo pastoral, facilitar disculpas a las víctimas y disponer también la reparación y compensación apropiadas».

Lo pueden testimoniar las víctimas: apoyo pastoral no ha habido, mucho menos disculpas públicas personales, y las reparaciones y compensaciones han estado lejos de ser apropiadas. Súmese a esto que varias víctimas no fueron reconocidas como tales por el Sodalicio y les fue rehusado lo que por justicia les correspondía.

«A pesar del mucho tiempo que ha pasado desde que las víctimas fueron abusadas, el daño psicológico y espiritual que se les infligió permanece. Estas víctimas, que en algún momento admiraron a Figari como a una figura paterna, merecen verlo asumir su responsabilidad por las acciones realizadas y saber que las autoridades eclesiales reconocen su conducta como profundamente pecadora e inaceptable para cualquier líder religioso. En ese sentido, la segunda responsabilidad del SCV es asegurar que Figari cumpla con las instrucciones dispuestas por la CIVCSVA [Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica] y aprobadas por el Santo Padre el 30 de enero de 2017».

Esta segunda responsabilidad parece un chiste cruel de humor negrísimo. Las víctimas deberían sentirse satisfechas de que Figari tenga prohibido regresar al Perú —sustrayéndose así a la justicia civil—, que no tenga ningún contacto con ninguno de los integrantes del Sodalicio —salvo uno al cual le será confiada «la tarea de referente del Sr. Figari, para cualquier eventualidad y exigencia» (Carta de la CIVCSVA a Alessandro Moroni, 30 de enero de 2017)— y que el Sodalicio asuma todos los costos de una vivienda para él solo y de todo lo necesario para que tenga «un estilo decoroso de vida» hasta el momento de su muerte, mientras que las víctimas tienen que lidiar por el resto de sus días con las consecuencias psicológicas —a veces incluso físicas— de los abusos sufridos, además de sufrir penurias económicas debido a los años perdidos en el Sodalicio y a las limitaciones personales ocasionadas por los abusos, sin que las compensaciones ofrecidas por el Sodalicio, irrisorias en relación a los daños y perjuicios sufridos, sirvan de mucha ayuda.

«La prevención de todo tipo de abuso —sexual, físico o psicológico— es la tercera principal responsabilidad del SCV. La prevención incluye la evaluación y selección exhaustiva de los candidatos; tener programas de formación integral y saludable y códigos de conducta bien definidos; cooperar con las autoridades civiles sobre temas de abuso y mantener mecanismos efectivos para denunciar abusos; así como manejar comportamientos inapropiados. Todos los miembros de la familia sodálite necesitan una educación continua para desarrollar su conciencia sobre lo que constituye un abuso, así como una mayor comprensión del impacto que el abuso tiene sobre las víctimas. Sobre todo, el SCV debe tener autoridades firmemente comprometidas con mantener ambientes sanos y seguros en sus actividades y obras apostólicas».

Mientras se mantenga el principio de una obediencia absoluta y un pensamiento único, además de mantener las “medidas de formación” que permiten un lavado de cerebro y restricciones indebidas a la libertad interior, no habrá ambiente seguro dentro de las comunidades sodálites, que es donde ocurrieron la mayor parte de los abusos —y no en las actividades y obras apostólicas—, sin contar los abusos que ocurrieron en ambientes privados. Los expertos internacionales que redactaron este texto estaban —por usar una expresión vulgar que aquí se justifica— “meando fuera del inodoro”. De poco sirve que las medidas de prevención y capacitaciones para «mantener ambientes y seguros» se apliquen en aquellas instancias donde precisamente casi nunca ocurrieron los abusos.

Además, creer que una capacitación sobre el tema de los abusos evitará que se cometan abusos es como creer que las incontables charlas sobre la castidad y el celibato que se solían impartir en retiros y actividades de formación han garantizado que los sodálites no cometan faltas contra la castidad. Según esto, lo que le habría faltado a Figari sería conciencia de lo que es un abuso y comprensión del impacto que tienen los abusos sobre las víctimas. Así de fácil. Se esquiva así ver la raíz del problema, que se halla en el sistema y las estructuras institucionales que facilitan la existencia de abusos de autoridad, los cuales en algunos casos terminan abriendo la puerta a los abusos sexuales.

En conclusión, el Sodalicio se ha limpiado el culo con los informes de sus dos comisiones. Y ese papel higiénico no le he dejado el cutis reluciente, pues la mierda la tiene por todas partes, debido a una infección de carácter sistémico que invade todo su organismo. No debería, pues, extrañarnos si más adelante vuelven a darse casos de abusos en el Sodalicio. Y de abusos graves, que no limpia ningún papel.

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A continuación, la lista completa de las recomendaciones hechas por la comisión McChesney-Elliott-Applewhite a las autoridades del Sodalicio:

A. RESPUESTA A LAS DENUNCIAS DE ABUSO Y MALTRATO

A.1 Establecer un sistema para que las personas que han sido abusadas por un miembro del SCV, puedan reportar el abuso al SCV.
> Completado
A.2 Utilizar los servicios de una persona con experiencia en ayudar a las personas que han sido abusadas para recibir reportes de abuso y trabajar con las autoridades del SCV para asegurar que todas las personas sean tratadas con justicia y respeto.
> Completado
A.3 Publicar la información de contacto de la persona que recibirá los reportes de abuso en varios medios y en el sitio web del SCV.
> Completado
A.4 Reportar todas las nuevas denuncias de delitos conforme lo indiquen las leyes de los países en los que se produjo la presunta ofensa.
> Completado y en práctica permanente
A.5 Brindar la capacitación necesaria a las autoridades del SCV para responder a incidentes y denuncias de abuso y maltrato por miembros y asociados que trabajan en sus instituciones y apostolados.
El contenido de la capacitación debe incluir lo siguiente:
 Definiciones y dinámicas del abuso físico, sexual y psicológico, y abuso de poder
 Efectos del abuso sobre las víctimas
 Comprensión actual sobre los autores de abusos
 Los estándares vigentes de atención para la respuesta al abuso de menores y el maltrato de adultos
 Atención pastoral a los que han sufrido abuso.
> En marcha
A.6 Utilizar investigadores externos, calificados para investigar denuncias específicas de abuso.
> Completado y permanente
A.7 Requerir informes escritos para cada investigación que se haga en el futuro.
> En marcha
A.8 Establecer una Junta de Revisión para evaluar las denuncias de abusos o traspaso de límites presentadas contra los miembros del SCV y brindar asesoramiento sobre acciones de gestión al Superior General, compuesto por profesionales externos, como psicólogos y expertos en protección infantil y miembros representantes de la comunidad y autoridades del SCV.
> Pendiente
A.9 Mejorar los sistemas actuales de registro de documentos estableciendo protocolos, maximizando la tecnología disponible y proporcionando capacitación pertinente a los usuarios del sistema.
> En marcha

B. PREVENCION DE ABUSO Y MALTRATO EN EL FUTURO

B.1 Desarrollar y aplicar pautas para la evaluación de nuevos miembros que cumplan con las normas vigentes para las congregaciones religiosas.
> En marcha
B.2 Mejorar la evaluación psicológica y las evaluaciones de antecedentes para cumplir con las normas vigentes.
> En marcha
B.3 Crear y utilizar una Junta de Evaluación y Selección de evaluadores profesionales que incluya a expertos externos en la evaluación de candidatos para la vida religiosa.
> Pendiente
B.4 Revisar todos los aspectos y fases de la formación y alinear las prácticas con las normas vigentes: establecer las calificaciones de formadores, contenidos de formación y
parámetros formativos.
-> En marcha
B.5 Reforzar los aspectos de la formación con respecto a las dimensiones humanas y conductuales, y brindar formación constante en relación a los retos de una vida sana en la comunidad, el celibato y la obediencia.
> En marcha
B.6 Dar capacitación específica a los formadores, candidatos y formandos sobre la prevención de abuso sexual y los maltratos en el apostolado, los colegios y los servicios solidarios.
> En marcha
B.7 Establecer una política con respecto a las redes sociales, mensajes de texto y otras comunicaciones digitales con menores, aspirantes y personas en formación.
> Pendiente
B.8 Proporcionar capacitación regular de identificación y prevención de abuso a los miembros del SCV, educadores, empleados, voluntarios, padres interesados y jóvenes con
edad suficiente, en varios formatos de presentación.
> En marcha
B.9 Establecer códigos de conducta para los miembros del SCV que incluyan consecuencias por malas conductas. Proporcionar capacitación a los miembros para asegurar que los Códigos de Conducta sean plenamente comprendidos.
> Pendiente
B.10 Desarrollar y aplicar pautas para la idoneidad del apostolado que se ajusten a los estándares vigentes de atención para el servicio a menores, adultos vulnerables y otras tareas apostólicas.
> Pendiente
B.11 Identificar a los miembros del SCV que han mostrado comportamientos que indican que pueden presentar un riesgo de abusar de otros. Obtener asistencia psicológica para ellos. Utilizar orientación profesional para establecer e implementar un plan apropiado para monitorear el comportamiento de esos hermanos en el futuro y evaluar su idoneidad para el apostolado externo.
> Completado y monitoreo en marcha
B.12 Identificar a los miembros del SCV que hayan abusado sexual o físicamente de menores, y retirarlos del apostolado externo y del contacto con menores sin supervisión. Aplicar las sanciones administrativas y / o canónicas apropiadas. Obtener asistencia psicológica para el miembro. Utilizar orientación profesional para establecer un plan apropiado para monitorear el comportamiento del miembro en el futuro.
> Completado y medidas en marcha
B.13 Desarrollar e implementar métodos de supervisión para miembros del SCV que han abusado de otros y siguen siendo parte de la comunidad. Designar y capacitar a superiores adecuados para supervisarlos.
> Completado y capacitación en marcha

C. CUMPLIMIENTO Y RESPONSABILIDAD

C.1 Revisar las investigaciones y aplicar consistentemente las directrices sobre la idoneidad para el apostolado en todos los casos.
> En marcha
C.2 Llevar a cabo una investigación completa para identificar a las autoridades del SCV que tienen acusaciones de no responder u ocultar informes de abuso y maltrato.
> Completado
C.3 Utilizar los resultados de esa investigación para determinar el papel que estas autoridades tienen en el futuro de la comunidad.
> En marcha
C.4 Designar una persona que reciba las quejas de los sodálites y los ayude en el proceso de resolución.
> Pendiente
C.5 Establecer un mecanismo interno de cumplimiento de políticas.
> Pendiente
C.6 Recurrir periódicamente a los profesionales externos para revisar el cumplimiento permanente de las políticas de conducta del SCV.
> En marcha

D. TRANSPARENCIA Y COMUNICACIÓN

D.1 Comunicarse regular y abiertamente con los miembros del SCV y los miembros de la familia espiritual sobre los temas de protección de todas las personas en el SCV y sus obras apostólicos.
> En marcha
D.2 Ser lo más transparente posible sobre los problemas de abuso y cómo se abordan, manteniendo al mismo tiempo la debida consideración de privacidad de las víctimas.
> En marcha
D.3 Establecer una política para comunicarse con diversos públicos con respecto a las denuncias de abuso.
> Pendiente
D.4 Mejorar las estructuras formales de comunicación y utilizar diversos métodos de comunicación.
> En marcha
D.5 Publicar las normas de conducta del SCV en el sitio web de SCV.
> Pendiente
D.6 Mejorar las interacciones con los Obispos Diocesanos y la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica en asuntos de inconductas.
> En marcha

INSTRUCCIONES PARA REDUCIR EL NÚMERO DE VÍCTIMAS DE ABUSOS EN EL SODALICIO

alessandro_moroni_llabres

Alessandro Moroni, ex Superior General del Sodalicio (2012-2019), ejecutor de varias de las instrucciones señaladas en este artículo

— Contrate a tres expertos internacionales de renombre que hayan ayudado previamente a diversas instituciones —entre ellas la Iglesia católica— a gestionar crisis de abusos sexuales contra menores y reducir los daños que de ello puedan derivarse en perjuicio de la organización. Ni se le ocurra contratar a personas que hayan representado a víctimas en búsqueda de justicia. Tampoco vuelva a cometer el error de convocar a un abogado, una abogada, un obispo católico, una psiquiatra y un periodista para una comisión de atención a las víctimas, pues por más católicos que sean y por más que parezcan estar a favor de su organización, en virtud de su formación y su libertad de conciencia podrían estar más orientados a buscar la verdad y la justicia y a atender las inquietudes de las víctimas.

— Dele publicidad al hecho de que ha contratado a la ex número 3 (Kathleen McChesney) de una institución terrenal como el FBI, destacando que por ese mismo hecho está más que capacitada para investigar una institución de origen divino donde los ex número 1 (Luis Fernando Figari), 2 (Germán Doig) y 3 (Virgilio Levaggi) se cuentan entre los principales abusadores sexuales. Destaque su carácter independiente, aun cuando se sabe que el FBI —entidad de investigación criminal tan independiente como la policía o el servicio secreto de un país— no suele precisamente fomentar la independencia de espíritu y criterio entre sus integrantes. Aún así, rodéela de un aura especial, apelando a las asociaciones inconscientes que tiene la audiencia gracias a las películas de Hollywood, donde rara vez se pone al FBI bajo mala luz.

— Contrate a un especialista (Ian Elliott) que ha estado al servicio de los obispos irlandeses —responsables de encubrimiento o dejadez en el manejo de los casos de pederastia— y que, más que defender los intereses de las víctimas, habría defendido los intereses del episcopado irlandés mediante una estrategia de control de daños. Tenga la certeza de que, si le paga unos jugosos honorarios, hará algo similar con el Sodalicio.

— Finalmente, contrate a una especialista en prevención de abusos (Monica Applewhite) que realice capacitaciones para los miembros del Sodalicio. Asuma como premisa que los abusadores habrían cometido sus fechorías porque no estaban capacitados para reconocer y prevenir abusos, y ahora que todos los sodálites han recibido la formación correcta al respecto, existe la certeza de que ya nunca más habrá abusos en la institución, porque ahora todos han estudiado —como hacían antes religiosamente con los escritos de Figari— y aprendido en qué consiste un abuso sexual, y ya no van a confundir agresiones sexuales con medidas de formación. Antes ni enterados, ahora son tan expertos en la materia, que saben a quiénes pueden excluir del estatus de víctima sin que se les mueva una pestaña.

— Permita que se haga arbitrariamente la distinción entre abuso sexual y manipulación sexual, como señalan los expertos internacionales en sus informes, donde se define abuso sexual como «el contacto sexual que se produce por medio de amenaza, coerción o fuerza (la coerción puede ser manifiesta o encubierta, física o psicológica)», y manipulación sexual como «el abuso emocional o psicológico que es de naturaleza sexual o incluye un componente sexual», entendiéndose de lo dicho que en la manipulación no hay contacto físico. De este modo se borra del radar del abuso sexual acciones como ordenar a la víctima que se desnude en el contexto de una consejería espiritual, mostrarle revistas pornográficas, hacer que se siente sobre un palo y preguntarle si lo está disfrutando, u ordenarle que fornique una silla, todo ello sin ningún contacto físico. Recuerde: la manipulación sexual no cuenta estrictamente como abuso sexual.

— Ponga el acento en los casos de abusos sexuales en perjuicio de menores de edad, sobre todo cuando usted sabe perfectamente que en la organización la gran mayoría de los abusos se perpetraron contra jóvenes mayores de edad. En estos últimos casos, siembre la duda de si realmente hubo abuso, ya que debido a que se trataba de personas adultas, estaban en edad de dar su libre consentimiento o no a lo que se les pedía.

— Asuma la fecha del último caso denunciado de abuso sexual como el momento en se terminaron definitivamente los abusos. «El último presunto acto de abuso de un menor de edad por un sodálite ocurrió hace 17 años, en el 2000» (Carta introductoria a los informes de abusos, por Alessandro Moroni, Superior General del Sodalicio). Ignore el caso de Daniel Murguía, quien habría abusado de un menor de edad ajeno al Sodalicio en el año 2007. Ignore que Luis Fernando Figari fue Superior General hasta el año 2010. Asuma que, por obra y gracia del Espíritu Santo, se habría convertido en un santo varón después del año 2000 y ya no habría cometido ningún abuso más. Mantenga en la sombra los abusos sexuales en perjuicio de jóvenes mayores de edad, además de los abusos físicos y psicológicos. No deje que fluyan abiertamente en la estadística que se presenta a la opinión pública. Asuma que es improbable que haya abusos sexuales contra mayores de edad, pues ya están lo suficientemente grandecitos como para saber lo que están haciendo —o lo que les están haciendo— y, dado que en ningún caso hubo violencia física, su consentimiento los convertiría automáticamente en cómplices y no en víctimas. No mencione para nada la manipulación o violencia psicológica.

— Asuma que el número de víctimas de diversos abusos que usted ha determinado es el definitivo y que no hay más. Pase por alto que en tema de abusos masivos cometidos en una institución, el número de casos denunciados suele ser un porcentaje del total de casos reales, habiendo siempre una cifra oscura que eleva considerablemente el número de abusos habidos. Asimismo, ignore los estudios y opiniones de especialistas, que señalan que una víctima de abuso sexual puede demorar décadas en procesar psicológicamente su experiencia y finalmente hablar.

— Por último, en la medida de lo posible, obligue a las víctimas a callar so pena de consecuencias indeseables para ellas, y establezca un sistema de atención de víctimas que se caracterice por su ineficiencia e inutilidad, como, por ejemplo, indicar una dirección de e-mail de una sola persona responsable sin posibilidad de contacto telefónico o presencial, dado que usted no indicará ningún número telefónico ni ninguna dirección física. Cualquier comunicación incluyendo alguna queja o nueva denuncia enviada al actual Superior General o a algún otro miembro de la institución deberá ser remitida a esta persona, que actuará de espantapájaros. Sea como sea, todo mensaje de este tipo deberá ser ignorado o respondido con evasivas. El nuevo “candidato a víctima” no tendrá dónde reclamar, y usted mantendrá el número de víctimas constante.

— Finalmente, si alguien sigue insistiendo a pesar de todas sus precauciones y pretende con un nuevo testimonio incrementar el número de víctimas, no retroceda ante la intimidación y la amenaza velada. Y en última instancia, inicie querellas por difamación.

Recuerde que usted está haciendo lo correcto y que una institución de la Iglesia católica con aprobación pontificia siempre actúa en consonancia con la verdad y la justicia. Y quien no esté de acuerdo con esto, que se joda por impío.

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El Sodalicio sólo ha reconocido a 67 víctimas de abusos sexuales, psicológicos y físicos. Si bien 57 han recibido reparaciones con la condición de observar una cláusula de confidencialidad, ninguna de las reparaciones ofrecidas ha cumplido con estándares internacionales de justicia ni ha sido satisfactoria para ninguna víctima. Para muchos se trató de la opción entre “eso” o “nada”.

El presente texto busca explicar de manera satírica por qué el número de víctimas reconocidas por el Sodalicio resulta una cifra muy conservadora, y el número de víctimas podría ser en realidad mayor. Si las autoridades de la institución actuaran con sinceridad, deberían tener otro discurso. En lugar de hablar de “sólo 67 víctimas”, deberían hablar de “al menos 67 víctimas”. Espero que investigaciones posteriores nos acerquen más a la verdad, pues lo que se sabe hasta ahora es sólo la punta del iceberg.

NAVIDAD, LA ILUSIÓN PERDIDA

daniel_buehling

Daniel Bühling (nacido en 1978) pasó su infancia en una pequeña localidad del sur de Alemania, situada entre Stuttgart y Múnich. Siguiendo una vocación tardía, decidió ser sacerdote ya cumplidos los 20 años. Hizo su formación en tres seminarios en Augsburgo, Múnich y Trieste. Llegó incluso a ser ordenado diácono, pero tras un período de reflexión donde llegó a la conclusión de que la doble moral generalizada entre el clero y los candidatos al sacerdocio era incompatible con sus valores y proyecto de vida, decidió interrumpir su carrera clerical poco antes de ser ordenado presbítero. Su libro autobiográfico El 11° mandamiento: No debes hablar de eso (Das 11. Gebot – Du sollst nicht darüber sprechen, riva Verlag, München 2014) se convirtió en un bestseller en Alemania.

De este libro he traducido al español el capítulo donde Bühling narra cómo eran las Navidades de su infancia. Hay que tener en cuenta que vivía en casa de su abuela, que su padre vivía separado de su madre, que sólo tenía un hermano (fallecido posteriormente), que en Alemania diciembre es el mes más oscuro del año (anochece entre cuatro y cinco de la tarde), además de las características culturales propias de la Navidad alemana: una fiesta íntima del pequeño núcleo familiar en un ambiente de paz y tranquilidad, donde el árbol de Navidad (generalmente un abeto natural) ocupa el centro. Salvando las diferencias, se trata de un relato que expresa en esencia lo que muchos de nosotros hemos vivido en nuestra infancia.

«En Nochebuena todo era en mi familia como debía ser. La Nochebuena era para mí de niño la noche más hermosa del año, llena de una energía singular. En general, los recuerdos más intensos de mi infancia tienen que ver con la Navidad. El Adviento no era para mí solamente un tiempo de ilusión, sino también un tiempo de sosiego, de reflexión. El tiempo de Adviento me motivaba de manera profunda precisamente debido a su quietud, que para nosotros en el campo era realmente quieta. El trabajo en las granjas estaba hecho, la oscuridad envolvía al pueblo, el frío se deslizaba alrededor de las casas. Todo estaba quieto, y cuando había nieve, me parecía como que la naturaleza estuviera durmiendo bajo un manto blanco. Los ruidos de los escasos automóviles afuera en la calle del pueblo estaban amortiguados. Dentro escuchábamos a la luz de las velas las historias y narraciones sobre el nacimiento de Cristo y elaborábamos coronas y adornos de Navidad a base de ramas y paja.

La noche antes del 24 apenas podía dormir, tan excitado estaba ante las fiestas inminentes. Yo sabía sobre lo que mí se avecinaba. En Nochebuena nuestro padre siempre estaba todo el día con nosotros. A lo largo de la mañana los niños debíamos mantenernos ocupados nosotros mismos. O íbamos donde nuestro abuelo. Éste, en efecto, siempre tenía tiempo para nosotros, dado que, debido a su discapacidad, sólo podía abandonar su habitación con gran esfuerzo. Conversábamos con el abuelo o jugábamos con él, mientras mi abuela horneaba las últimas galletas navideñas en la cocina. Ya entonces olía a Navidad en toda la casa. Nosotros niños estábamos tremendamente agitados, corríamos del abuelo hacia la abuela y más allá hacia nuestra tía, que adornaba el árbol de Navidad , y de vuelta a la abuela, que llenaba el plato de galletas. Yo enervaba a toda la parentela con mi ilusión. Mi hermano, en cambio, se mantenía reservado, pero las preparaciones de la fiesta no lo dejaban totalmente impasible ni siquiera cuando se hallaba en la edad del pavo.

Para el almuerzo nos reuníamos todos en la cocina de mi abuela. Dónde si no. También en Navidad era ella la que nos mantenía unidos y nos reunía. Había entonces una comida ligera, y luego sobrevenía tranquilidad sobre la familia. El trabajo estaba hecho. Mi padre nos juntaba a nosotros los muchachos y sus tres perros pastores alemanes, a veces también un primo, y salíamos afuera a la naturaleza. Si había caído nieve, llevábamos el trineo, y cuando aún eramos muy pequeños, enganchábamos los perros y nos dejábamos tirar por ellos. Dos, tres horas estábamos juntos afuera; por lo demás, nunca pasábamos tanto tiempo juntos. En esa tardes sentía que también la naturaleza era distinta en Nochebuena. Que había una atmósfera predominante en el aire como en ningún otro día. Tanta tranquilidad y paz.

Recién con el crepúsculo regresábamos a casa, y entonces todos nos reuníamos para la hora del café donde la abuela en la cocina. A las cinco y treinta ya había lonche, y entonces nos poníamos a esperar la repartición de regalos. Nosotros niños ya estábamos rascando la puerta de la sala e intentábamos mirar por el ojo de la cerradura para espiar al Niño Dios. Sabíamos que en algún momento desaparecería nuestra madre, sonaría la campanilla y entonce estaría aquel reluciente árbol de luces ahí. Todavía hoy se me pone la piel de gallina cuando pienso en ese momento. Mi madre delante del árbol con velas de verdad, el tocadiscos sonando con “Noche de paz, noche de amor”, todos nosotros entramos, estamos juntos como familia. Es el único momento del año donde todo está bien.

El sentimiento en este momento de mi infancia era de experimentar pura protección. El único momento sin angustias ni preocupaciones. Cada uno a su manera era feliz y estaba en armonía consigo mismo, y esta felicidad llenaba toda la habitación. También era el único momento en el que estábamos todos juntos. Todos los seres humanos a los que quería. Siempre deseé poder llevarme el sentimiento de esta noche conmigo, pues aquello que yo experimentaba en Navidad era precisamente aquello que yo concebía como familia. Simplemente estar juntos. Pero sólo era así en Nochebuena. Durante los demás días del año todo estaba desgarrado.

No cantábamos canciones navideñas, tampoco comíamos un asado grande, y los regalos tampoco eran muy fastuosos. Simplemente estábamos sentados juntos, los niños jugaban con los regalos, había vino caliente con especias y té, escuchábamos música y conversábamos. A las diez de la noche iban mis abuelos a Misa del Gallo, y los demás nos quedábamos sentados y seguíamos celebrando. Cuando la noche ya había terminado, yo como niño ya estaba muerto de pena, porque sabía que iba a demorar otra vez un año, es decir, una eternidad, hasta que pudiera experimentar otra vez ese sentimiento. El día de Navidad ya todo había pasado, pues mi padre se marchaba, y mi madre viajaba con nosotros muchachos donde sus padres.

Y un día debía yo experimentarlo por última vez. Cuando tenía 14 años, mi padre se casó de nuevo, recibió una hija y tuvo a partir de entonces otra familia, con la cual pasaba la Nochebuena. También mi hermano tuvo mientras tanto una pequeña familia propia, con la cual vivía retirado en la vivienda anexa a nuestra casa paterna. Y mi madre, a quien el trabajo de turnos en la fábrica la afectaba cada vez más, ya no lograba poner un árbol de Navidad. Yo me ocupaba entonces del árbol de Navidad, pero no era lo mismo. La familia estaba ahora desgarrada incluso en Navidad.

La nostalgia de ese sentimiento de Navidad de entonces lo llevo conmigo hasta el día de hoy. La ausencia de preocupaciones de entonces ya no existe para mí. Cada una de las Nochebuenas de mi infancia han permanecido en mi memoria, porque cada una fue algo muy especial. Este espíritu de la Navidad lo llevo en mi corazón. Nada me lo puede quitar. Navidad siempre será para mí la más importante y más hermosa fiesta del año. Pero pensar en Navidad me pone también triste. Pues este sentimiento de entonces se ha perdido para siempre».

Tras renunciar a la posibilidad de ser sacerdote católico, Daniel Bühling salió del clóset y en el año 2011 dimitió institucionalmente de la Iglesia católica, a la vez que registró oficialmente su unión civil con su pareja René. Curiosamente, según cuenta, el hecho de ser homosexual no constituía ningún impedimento para recibir las órdenes sagradas, siempre que lo mantuviera en secreto. No son pocos los compañeros de seminario que compartían la misma orientación sexual y que practicaban su sexualidad en secreto, lo cual era sabido por las mismas autoridades eclesiásticas. Sin embargo, él no estaba dispuesto a mantener una doble vida —como hacen un sinnúmero de sacerdotes, incluso con conocimiento y aprobación tácita de su obispo—. Mantener estas cosas en silencio es lo que él llama el undécimo mandamiento en la Iglesia católica.

Actualmente, Bühling trabaja como teólogo libre (sin vinculación institucional a ninguna Iglesia) y ofrece servicios de consejería espiritual y coaching personal. Y la ilusión de la Navidad no parece haberlo abandonado del todo, como él mismo cuenta al final de su libro:

«Todavía me gustaría ser sacerdote. Siento la vocación y siempre la sentiré. Extraño la liturgia, y a veces me sorprendo a mí mismo sentándome en una pequeña capilla y rezando. Yo sé que también en el futuro seguiré creyendo en Dios y estando al servicio de los seres humanos. Pero en esta Iglesia católica, tal como era y sigue siendo y quizás nunca sea sea distinta — en esta Iglesia ya no hay lugar para mí.

Desde mi dimisión tampoco voy a la iglesia, ni siquiera en Navidad. En ese sentido celebro de nuevo la fiesta como en tiempos de mi infancia, exclusivamente con y para la familia. Hoy, sin embargo, el círculo es más pequeño que entonces: mi madre, la madre de René con su pareja, René y yo en mi vivienda. No obstante, la Nochebuena sigue teniendo un significado muy especial para mí. En algún momento durante la noche necesito un tiempo para mí solo. Un momento en el cual salgo al aire libre y experimento el carácter único de esta noche. Un momento, en el cual en lo profundo de mi interior estoy unido con mi Creador, el Dios amado. Y entonces dejo correr mis lágrimas, en recuerdo de mi hermano Oliver — y de pura gratitud por todo lo que tengo hoy. Gracias, amado Dios».

DE EXPERTOS INTERNACIONALES A CÓMPLICES DE ENCUBRIMIENTO

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Kathleen McChesney, Ian Elliott y Monica Applewhite, expertos internacionales contratados por el Sodalicio

Ian Elliott, experto internacional contratado por el Sodalicio junto con otras dos expertas estadounidenses (Kathleen McChesney y Monica Applewhite), me comunicó el 9 de noviembre de 2016 vía e-mail la conclusión de que yo no calificaba para ser incluido en el programa de reparaciones a las víctimas del Sodalicio, dándome a entender que se me negaba la condición de víctima que sí me había atribuido la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación, primera comisión convocada por el Sodalicio, integrada por cinco profesionales que actuaron de manera independiente, sin percibir honorarios de ningún tipo.

En noviembre de 2018 Alessandro Moroni, entonces Superior General del Sodalicio, declaró en el Congreso de la República ante la Comisión De Belaúnde lo siguiente sobre mi caso:

«Sí, cuando el señor Elliott entrevistó a Martín —que creo que fue hasta en dos ocasiones según él refirió—, Martin le relató una serie de experiencias de lo que había significado para él su paso por la comunidad, pero no le relató algún hecho específico, particular con algún responsable directo, sino que era toda su experiencia en la comunidad.(…) entonces, eso no estaba dentro del rango que se iba a considerar (…) Yo creo, mirando retrospectivamente, que como fue un trabajo que duró como un año conforme se iban viendo más casos, creo que fuimos teniendo más flexibilidad para esa evaluación; pero, en cualquier caso, en su momento si bien, por un lado, hubo una comprensión de una experiencia que había sido dura. Bueno, yo mismo lo conocí a Martin. Martin hizo su último año de colegio en el Santa María; entonces, yo lo conocí ahí, y después estuvimos un tiempo juntos en el San Bartolo, en fin teníamos una cierta amistad, pero dijimos: “bueno, si nos atenemos a los parámetros que hemos establecido no correspondería una indemnización”. Inclusive, si mal no recuerdo, se le ofreció ayudarle de alguna otra manera. Tal vez con una cuestión de salud, pero él viviendo en Alemania, tenía el servicio de salud a disposición; y por otro lado, comprensiblemente, reaccionó muy mal con el hecho de que se hubiera cambiado un poco la evaluación de su caso con respecto a los de la Comisión, y se cortó ahí un poco la comunicación».

Y sobre el incidente con Jaime Baertl cuando yo tenía 16 años, en que éste me pidió que me desnudara y fornicara una silla, dijo:

«la investigación de ese hecho, que fue al margen del proceso de reparación, no fue conclusiva, porque era palabra contra palabra, pero sí nos llamó la atención que en su testimonio al señor Elliott, por lo menos, el señor Elliott nos relató, y nos dio las notas con carácter de confidencialidad, no estaba incluido ese hecho».

Sin embargo, según las mismas declaraciones de Moroni, no era tarea de la segunda comisión determinar con pruebas si un hecho efectivamente ocurrió, sino examinar solamente su verosimilitud. Y en el supuesto de que el incidente por mí narrado fuera inverosímil, ¿qué tan verosímil podía ser que yo inventara un hecho tan inaudito e insólito, del cual no existe paralelo en otros relatos de víctimas, salvo la circunstancia de que varias de ellas mencionaron que sus guías espirituales también les habían solicitado que se desnudaran ante ellos?

Moroni añadió lo siguiente:

«Yo creo que Martin Scheuch ha sufrido mucho en su paso por la comunidad, y esperamos ayudarlo de alguna manera en algún minuto, más temprano que tarde, pero, probablemente, en su caso han habido cuestiones procedimentales que a lo mejor tendríamos que revisar, pero creo que lejos de nosotros de proteger, entre comillas, la imagen de Jaime Baertl, que por eso no hemos declarado [víctima] a Martin Scheuch, no ha sido así. Eso es lo que pienso».

Pues ciertamente que han habido “cuestiones procedimentales” que no se realizaron bien. Pues, si mal no recuerdo, yo le mencioné en algún momento este incidente a Ian Elliott. Y aun si no fuera así, él debía haberlo sabido y tenido en cuenta, pues en el informe final de la comisión de expertos (10 de febrero de 2017) se menciona lo siguiente entre la fuentes que los expertos consultaron:

«Revisión de las declaraciones de víctimas y testigos a la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación (Comisión de Ética)».

Las autoridades del Sodalicio tenían no sólo de mi informe personal elaborado por la Comisión de Ética, sino también el texto completo de la denuncia que yo envié a esa comisión. En ambos documentos se menciona el incidente con Jaime Baertl, además de otros abusos comparables a los que sufrieron Pedro Salinas y José Enrique Escardó, que sí fueron reconocidos como víctimas, con la diferencia de que yo viví mucho más tiempo que ellos en comunidades sodálites (unos 11 años). Lo cual abre camino a dos posibles explicaciones:

1° O los papeles mencionados no le fueron entregados a Ian Elliott por el Sodalicio.
2° O le fueron entregados, y Ian Elliott simplemente los ignoró y no los tuvo en cuenta.

En todo caso, el irlandés nunca respondió a los mensajes solicitándole explicaciones que le envié posteriormente.

Otra fuente que señala el informe es la siguiente:

«Revisión de la información pública disponible sobre el SCV, sus miembros y ex miembros…»

En ese sentido, la mejor información pública estaba en el libro Mitad monjes, mitad soldados y varios artículos más de Pedro Salinas y Paola Ugaz, además de la información contenida en mi blog, siendo que algunos de mis textos fueron además publicados en medios de alcance público como Exitosa Diario y Altavoz. No hay en el informe la más mínima huella de que estos escritos hayan sido utilizados como fuente de información. Ni siquiera se menciona que el caso de Jeffery Daniels pudo ser conocido gracias a mi blog.

Otra fuente de información mencionada es:

«Entrevistas a 17 sodálites o ex-sodálites acusados de abuso sexual, físico o psicológico».

Aquí no se incluiría a Germán Doig (fallecido), ni tampoco a Figari (el cual no habría estado disponible para entrevistas, según informó Moroni a los miembros de la primera comisión), ni probablemente tampoco a Virgilio Levaggi, Jeffery Daniels ni Daniel Murguía, los cuales se han resistido a dar declaraciones de todo tipo al respecto.

Con lo cual, el número de personas vinculadas al Sodalicio acusadas de abusos sería por lo menos 22.

Las cifras que da el informe de la segunda comisión no cuadran, pues señala que siete sodálites fueron responsables de inconductas sexuales en perjuicio de adultos jóvenes (entre los cuáles se incluye a Figari, Doig y Levaggi, quienes en su momento fueron los número 1, 2 y 3 de la organización). A ellos habría que sumar a Jeffery Daniels (quien habría abusado sexualmente sólo de jóvenes menores de edad) y a Daniel Murguía (el único acusado de haber abusado de un niño —de 11 años de edad—, el cual no tenía ninguna vinculación con el Sodalicio). Lo cual nos da una cifra de por lo menos nueve abusadores sexuales.

El informe identifica a once personas como abusadores físicos y/o psicológicos en el Sodalicio, dos de los cuales ya han abandonado la institución.

Otra de las recomendaciones del informe es:

«Reportar todas las nuevas denuncias de delitos conforme lo indiquen las leyes de los países en los que se produjo la presunta ofensa».

Aparece como «completada y en práctica permanente».

El 17 de febrero de 2017 Moroni junto con Claudio Cajina, el abogado contratado por el Sodalicio, presentaron ante la Fiscalía una denuncia por 21 casos de abusos sexuales en perjuicio de jóvenes menores de edad (ninguno de maltratos psicológicos y físicos, ninguno en perjuicio de jóvenes mayores de edad), cometidos por Figari (1), Doig (6), Levaggi (1) y Daniels (12), Además se incluyó la inconducta sexual en perjuicio de un niño perpetrado por Murguía, quien ya había sido absuelto por un tecnicismo legal: lo que había cometido no calificaba como violación, delito del que fue acusado. El ponente de la sentencia absolutoria fue el cuestionado juez Javier Villa Stein, tío de Eduardo Regal, quien fue entre 2001 y 2011 el número dos en el Sodalicio en calidad de Vicario General, e incluso fue posteriormente Superior General por un breve período (2011-2012).

Además, en ningún caso se indicaba en la denuncia los nombres de las víctimas. El abogado Cajina indicó que no contaba con autorización para dar a conocer los datos de los presuntos agraviados.

Al final, la denuncia resultó ser un saludo a la bandera, pues tal como estaba formulada, hacía prácticamente imposible iniciar una investigación.

El 15 de marzo, como era de suponerse, la denuncia fue archivada: uno de los denunciados ya había fallecido (Doig), otro había sido absuelto (Murguía) y los demás casos ya habían prescrito.

Además, los cinco abusadores denunciados fueron los únicos que fueron mencionados con nombre y apellido en el informe de los expertos. ¿Por qué se calló el nombre de los otros perpetradores de abusos sexuales, psicológicos y físicos? ¿Por qué no fueron denunciados? ¿Por que los expertos consideraron que la recomendación de denuncias según las leyes del país ya había sido completada?

Lo cierto es que sólo se denuncia a Figari y a cuatro ex sodálites, cuyo procesamiento iba a ser de todas maneras imposible o improbable, considerando que Doig estaba muerto, Murguía absuelto, Figari a salvo en Italia, Levaggi en España y Daniels en Estados Unidos.

Por otra parte, el trato para los abusadores que todavía están en la institución parece ser distinto, pues una de las recomendaciones es la siguiente:

«Identificar a los miembros del SCV que hayan abusado sexual o físicamente de menores, y retirarlos del apostolado externo y del contacto con menores sin supervisión. Aplicar las sanciones administrativas y/o canónicas apropiadas. Obtener asistencia psicológica para el miembro. Utilizar orientación profesional para establecer un plan apropiado para monitorear el comportamiento del miembro en el futuro».

Otra vez se habla solamente de abusos en perjuicio de menores (a los que son mayores, ¡que los parta un rayo si no son capaces de aguantar los “rigores de la formación”!). Y no hay la más mínima huella de que se haya tenido la intención de denunciarlos ante tribunales civiles o expulsarlos del Sodalicio. Se trata de la misma estrategia encubridora que empleó habitualmente la Iglesia con los clérigos y religiosos abusadores: darles asistencia psicológica, ponerlos en otra área de apostolado, monitorear supuestamente su comportamiento y finalmente, darles un visto bueno, y a otra cosa, mariposa.

Al final de cuentas, el informe de los expertos internacionales habría servido de justificación teórica para garantizar la impunidad de los abusadores del Sodalicio. Y los tan encomiados expertos habrían resultado ser tan sólo cómplices de encubrimiento.