SODALICIO: DE LA ESCLAVITUD A LA LIBERTAD

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José Rey de Castro (JRC) fue sodálite durante 21 años, 18 de los cuales perteneció al círculo íntimo de Figari, al cual sirvió prácticamente en calidad de esclavo (sirviente a tiempo completo de disponibilidad total), de la forma en que la Comisión para la Justicia y la Reconciliación convocada por el mismo Sodalicio señaló en su informe final (abril de 2016):

«El menoscabo físico, psicológico, espiritual y moral determinó una particular afectación, consistente en la pérdida de la autoestima y las capacidades de los jóvenes escogidos para servir de manera directa a Luis Fernando Figari, mediante la atención personalizada e ininterrumpida en sus distintas actividades. Estos jóvenes en algunos casos fueron privados de recibir la formación esperada hasta por más de 20 años, y más bien obligados a realizar tareas domésticas sin compensación económica alguna, bajo la premisa de estar al servicio del “Fundador”, lo que sugiere que dichas prácticas podrían enmarcarse en un supuesto de lo que se conoce como “esclavitud moderna” o “servidumbre”, que debiera ser investigado por las autoridades respectivas.»

Tras salir de la vida comunitaria en 2013, pasaron cinco años antes de que JRC, con ayuda de psicoterapia, conquistara finalmente la libertad para hablar de lo que vivió a la sombra de Figari. Y esto lo ha logrado rápidamente en comparación con otros. Yo, por ejemplo, desde mi salida de una comunidad sodálite en 1993, me demoré quince años en procesar mi experiencia, comprender lo que realmente había vivido y cambiar mi valoración del Sodalicio, y otros cuatro años más en vencer el miedo y comenzar a publicar mi testimonio. Porque hay que decirlo con todas sus letras: quien toma conciencia de lo que sufrió física y psicológicamente en el Sodalicio, tiene luego que extirpar el miedo que le impide hablar públicamente, como ocurre usualmente en quienes han roto los barrotes interiores implantados en su alma por grupos sectarios.

Las reflexiones de JRC en su blog desnudan el sistema de sojuzgamiento mental del Sodalicio y confirman lo que ya suponíamos: que ese sistema perverso —con o sin abusos sexuales— sigue estando en pie. Sus conclusiones son lapidarias:

«Me encantaría decirles a todos que el SCV es una espiritualidad pero, lo siento, no lo es. No nace de una experiencia de Dios y está totalmente “determinada por la situación”. Tampoco tiene un impulso hacia Dios sino hacia la más intramundana sed de poder, placer y dinero. Nunca vi a Figari realmente trabajar, su “trabajo intelectual” era esporádico y caprichoso, vivía del trabajo de los demás sodálites, y vivía muy bien.»

Muy interesantes son los retratos que hace con seudónimos de varios personajes claves, en los cuales creo identificar a Humberto del Castillo, psicólogo del Sodalicio; Oscar Tokumura, el despiadado verdugo de San Bartolo; Jaime Baertl, el cura amigo de los empresarios, con su proverbial hipocresía; Eduardo Regal, elegido por Figari para sucederlo; Luis Ferroggiaro, el cura melifluo, separado del Sodalicio por acusaciones de conductas indebidas con jóvenes; Alfredo Garland, el intelectual reservado pero carente de rigor académico —el cual una vez me dijo a mí personalmente que yo no servía para la vida intelectual—; Ignacio Blanco, el oscuro confidente de Figari; José Ambrozic, inteligente y leal, maltratado por Figari pero cómplice del sistema: Juan Carlos Len, “contador” no oficial del Sodalicio que se mantiene en la sombra.

JRC tiene una buena justificación para hablar de estos personajes:

«El no haber nunca ejercido la autoridad, me permite, gracias a Dios, tener esta visión de los hechos y, por otro lado, mi edad y el lugar en el que estaba me permitieron ser una persona de confianza para Figari y sus discípulos. A diferencia de otros que fueron obligados a hacer juramentos de confidencialidad, yo tengo plena libertad para narrar estos hechos y describir las personalidades de quienes conocí, sin que esto genere en mí escrúpulo alguno ni culpa.»

¿Borrón y cuenta nueva, como tantos le han sugerido? ¿Dar vuelta a la página y seguir adelante como si nada? ¿A lo pasado, pasado? Así no funciona la realidad, y esto lo comprende muy bien JRC:

«Si sintiera alivio porque fui maltratado y por la injusticia sufrida hasta el día de hoy, estaría orate. Gracias a Dios estoy en mi sano juicio y libre.»

(Columna publicada en Altavoz el 23 de abril de 2018)

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FUENTES

Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación – Informe final
Informes sobre Abusos y Respuesta en el Sodalicio de Vida Cristiana (abril de 2016)
http://comisionetica.org/blog/2016/04/16/informe-final/

El blog de José Rey de Castro
http://www.reydecastro.me/

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LA INFAME POLITIZACIÓN DE UN CRIMEN PASIONAL

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Manifestación derechista en Kandel (3 de marzo de 2018)

Kandel es un apacible centro poblado situado a unos 25 kilómetros del pueblito vitivinícola donde resido en Alemania. En los últimos meses su tranquilidad se ha visto perturbada por acontecimientos que lo han convertido en foco de un problema que divide a toda la población alemana: la xenofobia y el racismo derivado de la defensa de supuestos valores patrióticos.

Todo comenzó con un crimen pasional, que nunca debió haber sobrepasado los límites de lo meramente policíaco.

El 27 de diciembre de 2017, una joven de 15 años fue apuñalada en el local de una conocida cadena de droguerías por un joven que asistía a su misma escuela y que había sido su pareja hasta inicios del mismo mes. Pero había una circunstancia que fue instrumentalizada por la prensa basura y los grupos de extrema derecha: el joven es un refugiado afgano.

Por ejemplo, Bild-Zeitung, un diario sensacionalista y el de mayor circulación en toda Alemania, publicó el siguiente titular: «Afgano (15) apuñala a muchacha alemana».

El 30 de diciembre unas 200 personas realizaron una manifestación en Kandel respondiendo a un llamamiento de la Alternativa para Alemania, joven partido de extrema derecha que en las últimas elecciones de 2017 se convirtió sorpresivamente en la tercera fuerza política del país gracias a su representación parlamentaria en el Bundestag.

El 2 de enero de 2018 hubo una marcha de 400 simpatizantes de la “Unión de Mujeres de Kandel”, asociación fantasma promovida por el extremista de derecha Marco Kurz, que quería así generar la impresión de que eran las mismas mujeres y madres de Kandel quienes estaban detrás del evento. Los participantes gritaron consignas como «¡Merkel debe irse!»

El 28 de enero se hicieron presentes en Kandel unos 1000 manifestantes, de los cuales unos 100 pertenecían a grupos de extrema derecha. Esta vez hubo una contramanifestación de la “Unión Alzarse contra el Racismo – Palatinado del Sur” con cerca de 150 participantes.

Pero lo peor aún estaba por venir. Christina Baum, diputada de la Alternativa para Alemania en el parlamento regional de Baden-Wurtemberg —téngase en cuenta que Kandel no está ubicada en ese estado, sino en Renania-Palatinado— convocó a una manifestación a realizarse el 3 de marzo en la localidad bajo el lema de «Kandel está en todas partes», incitando al odio contra todos los refugiados en general, especialmente aquellos provenientes de países islámicos.

Ese día asistieron unos 4000 manifestantes de toda Alemania a Kandel, que cuenta con una población de apenas 9000 habitantes. El evento fue interpretado como un espaldarazo de la Alternativa para Alemania a grupos de extrema derecha, pues entre los participantes había integrantes de los Neonazis de la Tercera Vía, enemigos del Islam de Baviera, activistas de los Europeos Patriotas contra la Islamización de Occidente (Pegida), militantes de los Soldados de Odín y de los Ciudadanos del Reich, grupos de los cuales algunos se hallan bajo observación de los servicios de inteligencia alemanes. Al mismo tiempo hubo contramanifestaciones antifascistas con aproximadamente 500 participantes.

Todas estas muestras de xenofobia e incitación al odio lograron finalmente vencer la apatía de varios habitantes locales, que fundaron la unión “Somos Kandel” y el 24 de marzo lograron convocar a unas 2000 personas en contra de una manifestación derechista de aproximadamente 1000 participantes. Asistieron al evento a favor de los refugiados Malu Dreyer, presidenta regional de Renania-Palatinado, y otros políticos locales de alto rango.

El diario local Die Rheinpfalz deploró respecto al asesinato de la muchacha que «en Internet el odio predominara sobre el luto» y que tuviera que borrar de su página de Facebook por lo menos 800 comentarios porque «estaban cargados de odio hasta un punto intolerable, porque llamaban a la justicia por mano propia o al linchamiento, porque les faltaba toda conciencia de lo que es un Estado de derecho, porque estaban repletos de teorías de la conspiración».

El 7 de abril un ciudadano alemán condujo una camioneta contra las personas sentadas en las afueras de un restaurante en Münster, matando a 2, hiriendo a otras 20 y suicidándose después. Hasta ahora no hay indicios de que vaya a haber una polítización de este crimen. Pues parece que sólo cuando un criminal es extranjero, vale todo para estigmatizar a los que sean de su misma procedencia.

(Columna publicada en Altavoz el 16 de abril de 2018)

EL SISTEMA SODALICIO

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En su carta de presentación a los “Informes sobre Abusos y Respuesta en el Sodalicio de Vida Cristiana” —elaborados por tres expertos internacionales a sueldo del Sodalicio— Alessandro Moroni, superior general de la institución, tras hacer un breve recuento de los casos de abusos sexuales cometidos por Figari, tres sodálites y cuatro ex sodálites, señala: «Los expertos no han encontrado indicios de complicidad ni conspiración entre los presuntos abusadores».

Efectivamente, todo parece indicar que Luis Fernando Figari, Germán Doig, Virgilio Levaggi, Jeffery Daniels, Ricardo Trenemann, Daniel Murguía y los otros actuaron por cuenta propia y sin conocimiento de los demás, de modo que no habría habido una política sistemática secreta para cometer abusos sexuales en el Sodalicio. Prueba de ello es que, cuando fueron descubiertos los abusos en los casos de Levaggi, Daniels y Murguía, éstos fueron sancionados por las autoridades sodálites —con reclusión interna y suspensión de toda responsabilidad en los casos de Levaggi y Daniels, y con expulsión del Sodalicio en el caso de Murguía, en virtud de que su inconducta se hizo pública a través de la prensa—. Incluso Doig fue sancionado simbólicamente con expulsión post mortem, también debido a la circunstancia de que su caso se había hecho de conocimiento público.

Lo que sí hubo fue una política sistemática de encubrimiento, de modo que se buscó tapar cualquier incidente de abuso sexual. La expulsión sólo procedió cuando el caso se hizo público, con la excepción de Figari, quien —no obstante todo lo que se ha llegado a saber de él— fue tratado a cuerpo de rey hasta el día de hoy y sigue siendo oficialmente miembro del Sodalicio de Vida Cristiana.

Curioso en todo este modo de proceder es que las sanciones ad intra del Sodalicio fueron aplicadas por quienes también tenían en su trastienda personal varios abusos de este tipo. Levaggi fue sancionado por Figari, Daniels fue sancionado por Doig, y ante la opinión pública tanto Figari como Doig aparecían como defensores de una moral sexual adscrita al catolicismo más rancio.

Aún así, Figari y Doig poseían un talante personal muy distinto. Mientras Figari vivía en la opulencia, se regodeaba en el poder que tenía sobre otros y abusaba sexualmente de quien quisiera sin ningún tipo de remordimientos, Doig tenía un estilo de vida más austero y sacrificado, y a ojos de los que lo conocimos personalmente parecía seguir alimentado una búsqueda interior que lo condujera a la santidad. Dado que una persona de las características de Doig debe haber vivido atormentado por los delitos cometidos, desgarrado entre un abismo de perversión y la aspiración a unos fines nobles y elevados, no se descarta la tensión generada como una de las causas que lo habría llevado a la muerte, ya sea por una falla del corazón debido al stress ocasionado por su doble vida, ya sea porque decidiera terminar con su existencia por mano propia.

¿Qué tenían en común los abusadores sexuales mencionados? Pues que todos formaban parte de un sistema que no sólo permitía los abusos psicológicos y físicos, sino que había normalizado estos abusos hasta el punto de que quienes participaban del sistema terminaban incapacitados para darse cuenta de los daños que se les estaba infligiendo. Es un sistema vertical, donde quienes detentan cargos de responsabilidad no están sujetos a control respecto a lo que hacen con sus subordinados —sobre todo a puerta cerrada— y exigen una sumisión total (del entendimiento y la voluntad) como requisito indispensable para seguir perteneciendo a esa élite de elegidos que son los sodálites, donde a quienes obedecen se les arranca la posibilidad de denunciar o de quejarse de maltratos —los cuales no son reconocidos como tales—, donde existe la obligación de guardar silencio sobre todo lo que ocurre dentro de esta subcultura, tal como la llama en su blog José Rey de Castro, ex sodálite que estuvo 18 años bajo régimen de esclavitud moderna en el círculo íntimo de Figari.

Según su testimonio, este sistema, creado a imagen y semejanza de Figari, seguía subsistiendo hasta hace poco. Y si bien actualmente ya no habrían abusos sexuales, el sistema Sodalicio sigue intacto, anulando la libertad de quienes constituyen un engranaje más dentro de esa máquina.

(Columna publicada en Altavoz el 9 de abril de 2018)

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FUENTES

Informes sobre Abusos y Respuesta en el Sodalicio de Vida Cristiana (10 de febrero de 2017)
http://sodalicio.org/wp-content/uploads/2017/02/Informe-Abusos-Febrero2017.pdf

El blog de José Rey de Castro
http://www.reydecastro.me/

LA MUJER EN LA CRUZ

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Manifestante en Santiago de Chile (octubre de 2016)

«Como todos sabemos, hay en el huerto de Dios una diversidad variopinta. No todos los que nacieron como seres masculinos se sienten varones, y lo mismo en el lado femenino. Como seres humanos, merecen el respeto al que todos tenemos derecho. Me alegro por Thomas Neuwirth, que tuvo semejante éxito en su presentación como Conchita Wurst. Le deseo que este éxito no se le suba a la cabeza, e imploro para él la bendición de Dios sobre su vida».

Con estas palabras saludaba el cardenal Christoph Schönborn, arzobispo de Viena, el triunfo en el Festival de la Canción de Eurovisión 2014 —realizado en Copenhague (Dinamarca)— del austriaco Thomas Neuwirth alias “Conchita Wurst,” un cantante de apariencia andrógina, cabellos largos, rostro suave y melancólico ornado por finos bigotes y barba, ojos y labios maquillados, vestimenta de mujer sobre un cuerpo de contornos femeninos y, sin embargo, una figura que, con sus brazos extendidos en cruz sobre el escenario, resultaba familiar para muchos austriacos.

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Imagen de Santa Librada en el Museo Diocesano de Graz (Austria)

Pues en el Museo Diocesano de Graz (Austria) existe un crucifijo del siglo XVIII que muestra a una figura con los brazos extendidos que cualquiera tomaría por Cristo, con rostro fino, cabello ondulado, barba y bigote semejante a las representaciones populares del Corazón de Jesús, pero con la peculiaridad de que su cuerpo es de mujer —evidente en el busto así como en las anchas caderas—, enfundada en un vistoso vestido femenino de la época. Cuando en el año 2015 el servicio de correos de Austria puso en circulación estampillas con esta imagen, no pocos hicieron notar la semejanza con Conchita Wurst.

¿Se trata de la figura de un Cristo femenino, cuyo culto y devoción se remonta al siglo XV?

Actualmente, en el Museo de la Mujer en Merano (Tirol del Sur, Italia) se efectúa una exposición sobre esta compleja imagen de culto en la cual se funden hombre y mujer (con asentimiento eclesiástico) y que refleja no sólo las circunstancias sociales y la vida cotidiana de las mujeres de tiempos pasados, sino también una historia de violencia y de ansias de liberación.

Cuenta la leyenda —originada a mediados del siglo XV— que una joven princesa llamada Wilgefortis, hija de un rey pagano, se convirtió al cristianismo, se hizo bautizar y se opuso al matrimonio forzado que había pactado su padre. Éste, como castigo, la mandó encerrar en una mazmorra. Wilgefortis, quien había hecho voto de castidad, le pidió a Dios que la convirtiera en un ser repulsivo que no resultara atrayente para los hombres. Sus oraciones fueron escuchadas y le creció barba. Su progenitor, lleno de ira, decidió que si no quería tener como esposo a otro que no fuera Jesús, debía morir como él y la mandó crucificar.

La imagen de esta santa que nunca existió, conocida en español como Santa Librada o Liberata, se difundió a través de volantes y xilografías, y se convirtió en el refugio espiritual no sólo de las mujeres con problemas maritales y relacionados con la educación de los hijos, sino también de víctimas de violencia en el matrimonio, incesto y abuso sexual. Pues mientras que la iconografía de la época presentaba a Jesús crucificado como un varón físicamente retorcido y cargado de dolores, Santa Librada permanecía erguida serenamente en la cruz, como si estuviera más allá del sufrimiento.

Las representaciones modernas de mujeres crucificadas han sido consideradas por muchos católicos conservadores como blasfemas, pues asumen que sólo un varón ostenta la presencia física como para estar en la cruz. La exhibición del cuerpo femenino, calificada de pecado contra una pureza ilusoria —sobre todo en un contexto sagrado y de culto al dolor—, les resulta irritante. Sin embargo, no veo mejor manera para representar lo que muchas mujeres experimentan en el mundo contemporáneo: maltrato, abusos, violencia, discriminación, desprecio, cosificación sexual, desigualdad de oportunidades, etc.

El enfoque de género nos brinda una clave de interpretación para entender lo que simboliza la imagen andrógina de Santa Librada, en la cual cristalizaron los deseos de liberación de tantas mujeres oprimidas de épocas pasadas. Y nos permite entender cuáles son los retos del presente, incluso en la Iglesia católica, donde la mujer sigue estando subordinada a los varones y relegada a la sombra.

(Columna publicada el 2 de abril de 2018 en Altavoz)

LA HONESTIDAD MERCENARIA DE PEDRO PABLO KUCZYNSKI

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Cuando estaba terminando mis estudios escolares y pensando qué carrera iba a seguir, mis mayores me repetían una máxima que expresaba toda una filosofía de vida: «si quieres ser rico, tienes que trabajar duro y parejo toda tu vida», quizás haciéndose eco de la vetusta sabiduría bíblica que enunciaba el autor de los Proverbios en una sociedad agraria y patriarcal: «Poco trabajo, pobreza; mucho trabajo, riqueza» (10, 4).

A decir verdad, nunca he querido ser rico, pues veo en la acumulación de riquezas la causa de una enfermedad aún no catalogada que afecta la psique de las personas y daña la región del cerebro encargada de manejar la sensibilidad moral y social, anulando la capacidad de contribuir conscientemente a la construcción de un mundo justo y solidario.

Pero lo de trabajar duro y parejo para lograr una vida acomodada, probablemente cierto en sociedades donde el trabajo manual era la fuente primaria de ingresos, ha perdido absoluta validez en el mundo actual, regido por un sistema global de libre mercado casi sin restricciones y sujeto a los caprichosos vaivenes del casino financiero capitalista.

Oxfam —la cuestionada confederación internacional formada por 20 ONGs que realizan labores humanitarias a nivel mundial, con el fin de «trabajar con otros para combatir la pobreza y el sufrimiento»— señala en su último informe (enero de 2018) que «es evidente que la familia donde se nazca y las relaciones primarias y clientelares entre élites políticas y empresariales son determinantes en la acumulación de riqueza. Muy al contrario de lo que nos enseñaron, el trabajo duro y el esfuerzo no están siendo premiados por el sistema». Los hechos que sustentan esta conclusión son demoledores: en el año 2017 el 82% de la riqueza generada benefició a sólo el 1% más rico de la población mundial.

Esta desigualdad —inédita en la historia— revela no sólo que las ganancias de los más ricos no pueden atribuirse a su rendimiento laboral sino que en el sistema actual la honestidad adquiere otro significado. Serían honestos quienes siguen fielmente las reglas del sistema, aun cuando ello signifique que la gran mayoría trabajará mucho y ganará poco, para que unos pocos trabajen poco y ganen mucho.

Es ésta la honestidad de la cual parece estar revestido Pedro Pablo Kuczynski, quien ha dicho en su carta de renuncia a la presidencia del Perú: «He trabajado casi 60 años de mi vida con total honestidad. La oposición ha tratado de pintarme como si fuera una persona corrupta […]. Rechazo categóricamente estas afirmaciones nunca comprobadas y reafirmo mi compromiso con un Perú honesto, moral y justo para todos».

No dudo de la sinceridad de Kuczynski al afirmar esto, pero tampoco me queda duda de que en su vida personal ha cumplido cabalmente la función de peón aplicado de un sistema que ciertamente genera riquezas, pero las distribuye mal: no según el esfuerzo realizado según la capacidad de cada uno, asegurándole por lo menos a cada uno el ingreso necesario para una vida digna, sino en función de las posiciones de poder e influencia que se tiene dentro de la estructura política y financiera global. No cuestionar la injusticia de este sistema es el primer acto de deshonestidad de quienes se benefician escandalosamente de él.

Aparentemente, el único fin incuestionable del sistema es maximizar las ganancias —sobre todo las personales— a como dé lugar, creyendo ingenuamente que eso generará automáticamente beneficios para todos —aunque la realidad demuestre lo contrario—. Es un objetivo que Kuczynski parece haber cumplido plenamente cuando era ministro de Alejandro Toledo y, estando “al servicio del país”, recibió pagos de Odebrecht por consultorías hechas para proyectos de la constructora brasileña que él favoreció.

Añadamos la “honestidad” que puso en juego para salvar su pellejo a toda costa, perjudicando los avances hasta entonces logrados en justicia y derechos humanos, al indultar “humanitariamente” a Alberto Fujimori.

Carlos Bruce, congresista del partido de Kuczynski, profetizaba en enero de 2011: «Yo he trabajado con PPK y su falta de sensibilidad social garantiza un período de convulsión social en el improbable caso de que llegue a la Presidencia».

Una honestidad sin sensibilidad social es una quimera, un mamarracho. Y sólo por esa “honestidad”, Kuczynski merece el destino que le ha tocado.

(Columna publicada en Altavoz el 26 de marzo de 2018)

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FUENTES

Carta de Pedro Pablo Kuczynski al Congreso de la República, renunciando al cargo de Presidente del Perú (21 de marzo de 2018)
https://cde.gestion2.e3.pe/doc/0/0/2/6/3/263012.pdf

Premiar el trabajo, no la riqueza – Informe de Oxfam (enero de 2018)
https://d1tn3vj7xz9fdh.cloudfront.net/s3fs-public/file_attachments/bp-reward-work-not-wealth-220118-es.pdf

LA RELIGIÓN BLASFEMA DE DON TUBINO

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Carlos Tubino Arias-Schreiber, congresista de Fuerza Popular

Estimado (por decir algo) Don Tubino:

Su proyecto de ley donde usted propone incorporar al Código Penal delitos contra la libertad religiosa y de culto es un completo disparate, tal como usted lo ha planteado: «El que, sin derecho ataque a otro, mediante ofensas, desprecios, agravios o insultos a su libertad religiosa y de culto, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de dos ni mayor de cuatro años».

Porque, a ver, la medida para determinar si algo es ofensivo, agraviante o insultante la pone en la mayoría de los casos la subjetividad del presunto agraviado, pudiendo calificar con tales adjetivos lo que en sí no pasaría de ser una crítica legítima amparada por la libertad de expresión. Y dejar que la subjetividad de algunas personas determine si hay delito o no es algo sumamente peligroso en cualquier sociedad democrática.

La libertad de conciencia y religión amparada por la Constitución Política del Perú y la Convención Americana de Derechos Humanos condena que se persiga a un grupo o persona por sus ideas y creencias, garantizándoles el derecho a manifestar su religión propia y creencias, siempre que no se vaya contra la moral o se altere el orden público. Pero no impide que esas creencias sean sometidas a crítica, incluso recurriendo a la sátira, el sarcasmo, la burla y la provocación. Cosa que practican también muchos católicos cuando se trata de ideas incompatibles con su particular ideología religiosa, sin que se considere que están cometiendo un delito.

Por otra parte, ¿no se ha enterado usted de que la religión católica —que yo también profeso— fue fundada por una persona acusada de blasfemia? ¿No ha tomado conciencia de que el Sanedrín —tribunal religioso de los judíos en el siglo I— consideró que las palabras de Jesús respecto a que él era el Hijo de Dios eran blasfemas y ofensivas contra la religión judía y que, por lo tanto, el que las profirió merecía morir? ¿Sabía usted que en el Imperio romano nuestros congéneres cristianos fueron perseguidos por blasfemos, al no querer honrar a Júpiter y a otros dioses del panteón grecorromano?

Para mayor iluminación de las oquedades cavernarias que podría tener usted en su cabeza, sepa cómo define el Catecismo de la Iglesia Católica el pecado de blasfemia: «Consiste en proferir contra Dios —interior o exteriormente— palabras de odio, de reproche, de desafío; en injuriar a Dios, faltarle al respeto en las expresiones, en abusar del nombre de Dios. […] La prohibición de la blasfemia se extiende a las palabras contra la Iglesia de Cristo, los santos y las cosas sagradas» (n. 2148).

Se sobreentiende que sólo puede blasfemar quien cree en Dios. Esto no se aplica a los no creyentes. Pues no se puede ofender a alguien de cuya existencia no se está convencido. Y, en última instancia, siguen teniendo vigencia las palabras del marqués de Langle en el siglo XVIII: «Un blasfemo no injuria ni irroga perjuicio a nadie: ultraja únicamente a Dios, que para vengar sus ofensas dispone de la muerte y tiene en sus manos los rayos».

Pero lo más interesante del Catecismo es lo que viene a continuación: «Es también blasfemo recurrir al nombre de Dios para justificar prácticas criminales, reducir pueblos a servidumbre, torturar o dar muerte. El abuso del nombre de Dios para cometer un crimen provoca el rechazo de la religión».

¿No es acaso blasfemia que se haya dicho que la Virgen protegió a Keiko Fujimori cuando en una entrega de dádivas no permitió que tocara el dinero con sus manos? ¿No es blasfemia que el Cardenal Cipriani —a quien usted admira y apoya— utilice el nombre de Dios para justificar la discriminación de las personas homosexuales? ¿No es blasfemia que en nombre de la libertad religiosa —de la mayoría católica, por supuesto— decida usted enviar a la cárcel a quienes se expresen críticamente contra la Iglesia? Porque, sépalo usted, razones para criticar legítimamente a la institución eclesial católica abundan. Y se basan en hechos conocidos que han dañado gravemente vidas personales.

Si en nombre de Dios y de la Iglesia pretende justificar su insensato proyecto de ley, usted mismo incurre en blasfemia, al usar a Dios para avalar una injusticia.

(Columna publicada en Altavoz el 19 de marzo de 2018)

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El proyecto de ley del almirante en retiro Carlos Tubino, congresista de Fuerza Popular, se puede leer aquí:
http://www.leyes.congreso.gob.pe/Documentos/2016_2021/Proyectos_de_Ley_y_de_Resoluciones_Legislativas/PL0245020180221.pdf

DISCRIMINACIÓN XENÓFOBA DE LOS POBRES EN ALEMANIA

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Refugiados trabajando como practicantes en la Tafel de Dormagen (Renania del Norte-Westfalia)

En 1993, hace 25 años, se inauguró la primera Tafel (banco de alimentos) en Berlín, una institución benéfica sin fines de lucro que recolecta alimentos aún en estado comestible que ya no pueden comercializarse en el circuito económico y, en vez de ser eliminados, son repartidos gratuitamente entre gente necesitada o a cambio de un pago simbólico.

Actualmente existen en Alemania más de 900 de estas instituciones benéficas, operadas principalmente por voluntarios.

Estas entidades no forman parte del sistema social alemán, el cual prevé un ingreso mínimo que cubra las necesidades materiales básicas requeridas para una vida digna (vivienda, vestido, alimentos, etc.) destinado a aquellas personas que estén en situación de desempleo crónico o por algún motivo de peso no puedan integrarse al mercado laboral —como, por ejemplo, las madres solteras que tienen que atender a sus hijos menores—. Frecuentemente ese ingreso mínimo no está del todo bien calculado y no alcanza para cubrir todos los gastos. Las Tafel ayudan a suplir ese déficit.

A fin de poder acceder a los servicios de los bancos de alimentos, se requiere una membresía, para lo cual se exige presentar un certificado de estar recibiendo o bien la prestación estatal del ingreso mínimo —conocida también como Hartz IV—, o bien un subsidio estatal para pagar la vivienda —prueba de que el sueldo neto que la persona recibe no alcanza para pagar todas sus cuentas—, o bien algún otro documento que acredite que sólo se tiene como ingreso lo mínimo necesario para vivir o incluso menos de lo necesario.

Desde el 10 de enero de este año la Tafel de Essen (Renania del Norte-Westfalia) destaca un documento adicional: el DNI o pasaporte. Pues a partir de esa fecha se decidió que sólo serían atendidos quienes tuvieran la nacionalidad alemana. La razón: el enorme flujo de refugiados había ocasionado que la clientela de la Tafel estuviera conformada por 75% de extranjeros. Además, la presencia de gente joven de apariencia extraña, comportamiento inusual y lengua desconocida espantaba a las abuelitas alemanas en situación de pobreza que requerían de los servicios de la Tafel.

Esta decisión despertó indignación entre varios políticos alemanes —que la calificaron como un acto injusto de discriminación—, incluida la canciller Angela Merkel, quien dijo que «no debían hacerse ese tipo de categorizaciones», que eso no era bueno, pero que mostraba «la presión que existe», en alusión a su política de acogida e integración de los refugiados.

En una encuesta reciente del Instituto INSA —criticado por su cercanía a la Alternativa para Alemania, partido populista de derecha extrema relativamente nuevo— el 57.6% de los encuestados estaba de acuerdo con la decisión tomada por la Tafel de Essen, mientras que sólo 27.2% se mostraba en contra.

Incluso el futuro Ministro de Salud Jens Spahn —de la Unión Demócrata Cristiana, partido de la Merkel— echó leña al fuego al mostrarse de acuerdo con la decisión tomada en Essen, añadiendo que aun si no existieran las Tafel, nadie debería pasar hambre en Alemania, pues no se es pobre cuando se recibe el ingreso mínimo, el cual garantiza que cada uno tenga lo necesario para vivir. Por lo menos en teoría, digo yo. Pues, al igual que él, casi ningún político ha pasado por la experiencia de tener sólo 4.77 euros al día para comer y beber.

El problema es complejo y evidencia los conflictos que hay en la sociedad alemana actual entre ricos y pobres, entre quienes gozan de la nacionalidad alemana y quienes vienen de afuera en calidad de inmigrantes. Y se olvida que la constitución alemana se inicia con un texto que proclama que la dignidad humana es inviolable y que es obligación del Estado respetarla y protegerla, ley suprema aplicable a todo aquel que se encuentre en territorio alemán sin distinción de nacionalidad. Una discriminación de los pobres por su país de procedencia sería, por lo tanto, inconstitucional.

Además, son muchos las extranjeros que trabajan en Alemania y pagan impuestos. Algunos supermercados que donan alimentos a la Tafel de Essen también emplean a trabajadores extranjeros.

Mientras tanto, en Essen han anunciado este domingo que la Tafel volverá a atender a extranjeros a fines de marzo.

Esperamos que esta medida sea permanente.

(Columna publicada en Altavoz el 12 de marzo de 2018)