CUANDO EL RECREO SE CONVIERTE EN UN INFIERNO

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Norman Wolf (1993- ), sobreviviente de bullying escolar y autor de un libro sobre el tema

Cuando el recreo se convierte en un infierno (Wenn die Pause zur Hölle wird, mvg Verlag, Frankfurt 2021). Con este título el estudiante de psicología Norman Wolf (28 años) ha publicado en mayo de este año en Alemania un libro desgarrador pero a la vez de mucha utilidad, donde relata como fue víctima de bullying en su etapa escolar, a la vez que da consejos para alumnos que estén pasando por ese tormento. Norman cuenta que su primera experiencia traumática en el colegio donde iniciaba su educación escolar superior fue en un albergue escolar cuando tenía diez años y dos compañeros lo sacaron a la fuerza de lo cama donde dormía y lo arrastraron hasta delante del dormitorio donde dormía la niña de la cual él estaba enamorado. Nunca se sintió tan avergonzado.

A partir de ahí el día escolar se convirtió para Norman en un tormento. Sus compañeros y compañeras de clases se burlaban de él, del incidente del dormitorio y de su enamoramiento, y con frecuencia recibía durante el recreo golpes que le hacían sangrar la nariz. Incluso le contó al respecto a un profesor, el cual le replicó que era muy sensible y que sus compañeros sólo querían ser sus amigos. No se sintió tomado en serio y desde ese momento no volvió a recurrir a la ayuda de ningún miembro del personal docente y comenzó a ver televisión en exceso y a comer en demasía, lo cual sólo empeoró su situación. Los demás alumnos se mofaban de su peso —a los 12 años medía 1.50 metros y pesaba 70 kilos—, de su vestimenta y de su situación familiar —padre desempleado que sufre de alcoholismo—. Le decían “cerdo seboso”, arrojaban sus cosas por la ventana y una vez incluso le marcaron en la frente una cruz gamada, símbolo nazi. Fue entonces que le sobrevinieron los primeros pensamientos suicidas. «En algún momento llegué a pensar realmente que yo era gordo y feo, y de hecho no quería seguir viviendo». Nunca hubo un verdadero motivo para el bullying, ni siquiera de parte de sus agresores. «Una vez en la clase de arte rompieron mi dibujo que yo había estado pintando durante semanas. Entonces pregunté por qué hacían eso. La respuesta fue simplemente: “Porque yo soy yo”».

La experiencia de bullying, de la cual Norman es un sobreviviente y que le ha generado secuelas psicológicas hasta el día de hoy, no es tan infrecuente en Alemania. El estudio de Pisa del año 2017 calculaba que uno de cada seis niños en edad escolar había sufrido bullying.

Y no creo que en el Perú la cosa sea distinta. Lo digo a partir de mi propia experiencia.

Cuando estuve en el Colegio Alexander von Humboldt, apenas fui testigo de casos de bullying. Sin embargo, debo confesar que en primaria me gustaba fastidiar a un alumno de la clase paralela a la mía, que era subido de peso. Quizás por un afán de sentir cierto poder, me burlaba de su gordura y luego salía corriendo, sin que él pudiera atraparme. Un día me lo encontré en el baño y volví a mofarme de él. En el momento en que él salía tras de mí, le cerré de golpe en la cara la puerta de aluminio con un panel de vidrio translúcido, el cuál saltó en pedazos. Mi sufrida víctima resultó ilesa, pero salió llorando del baño, mientras yo sentía remordimientos de conciencia por el daño personal que pude haber ocasionado. Nunca más volví a burlarme de él. El asunto no tuvo consecuencias disciplinarias para mí, pero aún así me acerqué a pedirle disculpas y a prometerle que nunca más lo fastidiaría, promesa que fue sellado con un apretón de manos y que mantuve durante mis años escolares humboldtianos. Todavía no había aprendido a categorizar como bullying lo que para mí era sólo un juego de esos crueles momentos de la infancia donde ya hemos comenzado a perder la inocencia.

Donde sí fui testigo de algunos casos graves de bullying fue en 5° año de secundaria, que cursé en el Colegio Santa María (Marianistas) de Monterrico en el año 1980. En esos tiempos el Colegio Humboldt se había plegado a la reforma educativa del gobierno militar, eliminando 4° y 5° de secundaria de su currícula. Quienes así lo deseaban podían cursar cuatro años más de estudios en la ahora desaparecida ESEP (Escuela Superior de Educación Profesional) Ernst Wilhelm Middendorf. Sólo el primer año podía ser convalidado como 4° de secundaria, de modo que quien quería cursar 5° de secundaria debía hacerlo en otro colegio. Y el Colegio Santa María no sólo quedaba cerca de mi casa, sino que yo tenía algunos amigos entre los alumnos.

El colegio se vanagloriaba de estar entre los mejores del Perú, y esa cultura era asumida acríticamente por profesores y alumnos. A decir verdad, el nivel de enseñanza de 5° de secundaria, salvo el curso de química a cargo de un profesor competente como Claudio Meza, estaba al nivel de 3° de secundaria del Humboldt. E incluso diría que el nivel de inglés en la clase donde yo estaba se equiparaba al nivel de 2° de secundaria del Humboldt. Pero lo que realmente era perturbador, más allá de esa arrogancia colectiva sin fundamento, era el nivel de violencia a que se podía llegar entre alumnos en esa escuela católica de varones.

Había un chico de carácter débil al que, cuando tenía que salir adelante entre las filas de pupitres, varios alumnos le tocaban el trasero metiéndole la mano a su paso, ante la incomodidad de la víctima que no sabía defenderse. Y que no se iba a atrever a acusar a quienes lo habían ultrajado, pues según un código no escrito eso significaba caer en desgracia ante todo el alumnado y posiblemente ser sometido a una especie de ostracismo, o en el peor de los casos a una violenta paliza fuera de los muros del colegio.

Había otro compañero de clase, al cual, por sus rasgos indígenas, lo apodaban “Huacorretrato”. Otro alumno de cuerpo escuálido y carácter nervioso, que tenía modales afeminados por ser el único varón entre varias hermanas, era continuamente asediado con comentarios homofóbicos. Recuerdo que una vez me agradeció casi al borde del llanto por no tratarlo como siempre lo habían tratado los demás alumnos en la clase. Supe años después que había muerto joven de un paro cardíaco, tal vez por una enfermedad congénita, o quizás también por haber somatizado el continuo acoso de que fue objeto en el colegio.

Una anécdota de años anteriores era protagonizada por nuestro profesor de filosofía y lógica, Aresio Viveros, quien siempre se presentaba con aires de superioridad y con una sonrisa forzada que hacía que su rostro pareciera el de una marioneta de feria. Se contaba que le habría dicho a un alumno en plena clase: «Dicen que usted es maricón y que le gustan los hombres«». A lo cual el aludido se puso de pie y con palabras firmes pero airadas le espetó: «Sí, soy maricón y me gustan los hombres. ¿Y a usted qué?» No sólo Viveros se habría quedado mudo, sino también todos los demás alumnos en el salón, que veían quizás por primera vez a un homosexual defender sus fueros con tanto valor y hombría.

Pero quizás el caso de bullying más atroz y cruel fue el le hicieron a un muchacho tímido, apocado, al que consideraban el “pavo” de la clase. Un fin de semana dos o tres alumnos salieron en el automóvil del papá de unos de ellos —sin brevete, como solía ocurrir entonces entre adolescentes de clase acomodada que podían darse el lujo de disponer de un carro— llevando al muchacho con ellos y en la Av. Arequipa levantaron a una de las prostitutas que entonces solían ofrecer sus servicios nocturnos al lado de esa vía. Incitaron al muchacho a fornicar con la dama de la noche en el vehículo y le tomaron una fotografía en pleno, que el lunes siguiente hicieron circular en la clase, enseñándosela incluso al tutor y profesor de física, el aprista Fernado Arias, quien fuera esposo de la conocida ministra aprista Ilda Urízar. Arias sólo atinó a reírse nerviosamente, pues probablemente sabía el poder y dinero que tenían los padres de varios de sus alumnos y, por eso mismo, no quería engarzarse en un problema aplicando una medida disciplinaria, que en este caso implicaría la expulsión de los responsables. Y bajó la cabeza cuando yo, alumno de 17 años que estaba de paso en el colegio, fui a recriminarle por su bajeza y cobardía. Por supuesto, dejó que el bullying continuara, por lo menos un rato más. O lo paró tímidamente mediante súplicas amables a quienes lo promovían, sin tomar ninguna medida disciplinaria. De un carácter muy distinto y más enérgico y de un talante moral intachable era otro aprista y profesor nuestro de matemáticas, Jesús Guzmán Gallardo, quien muchos años después buscaría limpiar al Partido Aprista de la nefasta herencia dejada por Alan García, sin conseguirlo.

Académicamente, no aprendí nada en el Colegio Santa María —salvo en el curso de química—, pero tuve un atisbo del ambiente donde se había educado la primera generación de sodálites del año 1973, un ambiente donde bajo la realidad de la camaradería entre muchachos también se hacía presente la violencia y la dominación de unos alumnos sobre otros más débiles y vulnerables que eran sometidos a humillaciones, un ambiente propicio al bullying pero encubierto por un aura de religiosidad católica que formaba parte de la imagen del colegio, una imagen que había que defender a toda costa aunque la realidad fuera distinta.

Y así como yo he sido testigo de actos de bullying en mi edad escolar, sin nunca haber visto que algún miembro del profesorado haya intervenido para zanjar el problema, creo en conciencia que la gran mayoría debe haber visto casos similares. La ficción que narraba César Vallejo en su cuento “Paco Yunque” parece ser un espejo de la realidad, en una sociedad donde todavía no se han hecho esfuerzos suficientes para combatir el bullying, esa violación de los derechos humanos de otros que muchos aprenden en la escuela. Y que luego no tendrán problema de replicar en otros contextos en su edad adulta. Porque los atentados contra los derechos humanos no surgen por generación espontánea, sino que tienen su semilla en las escuelas donde se permite a los alumnos acosar cruelmente a otros alumnos.

(Columna publicada en Sudaca el 11 de septiembre de 2021)

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FUENTES

stern
Norman Wolf wurde als Kind gemobbt: “Mit zwölf hatte ich meinen ersten Suizidgedanken” (30.05.2021)
https://www.stern.de/familie/kinder/norman-wolf-wurde-als-kind-gemobbt—mit-zwoelf-hatte-ich-meinen-ersten-suizidgedanken–30543480.html

hessenschau
Ehemaliges Mobbing-Opfer hilft Betroffenen mit Ratgeber (12.07.21)
https://www.hessenschau.de/gesellschaft/verzweiflung-und-suizidgedanken-ehemaliges-mobbing-opfer-hilft-betroffenen-mit-ratgeber,normanwolf-schreibt-gegenmobbing-100.html

Frankfurter Allgemeine
Wenn die Pause zur Hölle wird (10.08.2021)
https://www.faz.net/aktuell/rhein-main/mobbing-in-der-schule-norman-wolfs-buch-ueber-seine-erfahrungen-17474435.html

EL HONOR MANCILLADO DE UN CURA CATÓLICO

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P. Wolfgang Rothe (1967- )

El P. Wolfgang Rothe, vicario parroquial en la zona de Múnich conocida como Perlach, además de tener un doctorado en teología y otro en derecho canónico, es un especialista en whisky, habiendo vertido sus conocimientos al respecto en ponencias y artículos en revistas especializadas, así como en programas de radio y televisión. No sólo le gusta degustar, con moderación por cierto, esta bebida espirituosa sino que también sabe relacionarla con temas culturales y espirituales. Además de haber publicado algunos libros sobre el tema, entre ellos Agua de la vida: Introducción a la espiritualidad del whisky (Wasser des Lebens: Einführung in die Spiritualität des Whiskys, Editions Sankt Ottilien, Sankt Ottilien 2018), también ha organizado peregrinaciones a Escocia, donde los participantes pueden visitar lugares importantes para la cultura del whisky y para la tradición espiritual cristiana.

En septiembre saldrá a la venta un nuevo libro del llamado “vicario del whisky”, que esta vez poco tiene que ver con el licor escocés, sino más bien con otro tema candente de actualidad: el abuso sexual en la Iglesia católica. El título: Iglesia abusada: Un ajuste de cuentas con la moral sexual católica y sus defensores (Missbrauchte Kirche: Eine Abrechnung mit der katholischen Sexualmoral und ihren Verfechtern, Droemer, München 2021). Puede parecer extraño que un clérigo católico publique un libro crítico sobre la Iglesia en relación a los abusos. Pero en este caso existe una razón de peso. El mismo P. Rothe fue víctima de abuso ya siendo sacerdote, y como ocurre con la mayoría de las víctimas, mantuvo silencio al respecto durante más de una década.

Resulta que en febrero de 2019 estaba viendo un programa de televisión donde Doris Reisinger (Wagner de soltera), una ex monja de la comunidad religiosa austriaca “Das Werk” (“La Obra”) quien había sido sometida sexualmente por un un sacerdote, mantenía un diálogo con el cardenal Christoph Schönborn, arzobispo de Viena. Reisinger le decía al cardenal que durante años nadie le había creído cuando había relatado los abusos espirituales y sexuales que había sufrido en la comunidad. Le pregunta a Schönborn si él le cree. «Yo sí le creo», fue la respuesta del prelado. Cuando el P. Rothe escuchó eso, algo hizo clic en su interior. A él le había ocurrido algo semejante. El obispo emérito de la localidad austriaca de St. Pölten, Klaus Küng, había abusado sexualmente de él en el año 2004. Y durante unos 15 años había reprimido el recuerdo de esa experiencia, porque nadie le hubiera creído. Había llegado el momento de hablar, de modo que redactó una carta de diez páginas detallando todo lo que le había sucedido entonces y se la envío al cardenal Schönborn.

En 2004 ya había estallado el escándalo del seminario diocesano de St. Pölten, del cual el P. Rothe era vicerrector. En el año 2003 la policía había encontrado en los discos duros de las computadoras unas 40 mil imágenes de contenido sexual comprometedor, que incluían pornografía infantil, zoofilia e incluso fotos de seminaristas en situaciones comprometedoras. Incluso se difundió una imagen del mismo P. Rothe, en el cual parecía estar dándole un beso en la boca a un seminarista, lo cual el clérigo ha negado, indicando que no hubo nada de eso y que se trata de un malentendido debido al ángulo desde el cual fue tomada la foto. Sin duda alguna, esta interpretación es posible. A esto se suman las prácticas homosexuales, fiestas gay y romances entre seminaristas, algunos de los cuales también habrían acosado a niños en las parroquias circundantes. El obispo Kurt Krenn, miembro del Opus Dei, se vio obligado a renunciar y el cierre del seminario era inminente.

El sucesor de Krenn, el obispo Klaus Küng —quien fue primero nombrado visitador apostólico de la diócesis—, cita el 6 de diciembre de 2004 al P. Rothe a la residencia episcopal para anunciarle que quedaba relevado de todos sus cargos y que debía tomarse un tiempo de descanso. El sacerdote, descompuesto por la situación y temiendo por su reputación, sufre un desvanecimiento. El obispo, que había estudiado medicina para no tenía licencia para ejercer, le da una pastilla tranquilizante. Más tarde, de regreso en su habitación, el P. Rothe se toma una copa grande de vino tinto, sale al balcón de su departamento ubicado en la planta alta y cae desde lo alto. Afortunadamente, sólo se rompe una mano. Pero el análisis de sangre que le hacen en la clínica revela un dato inquietante: le había sido suministrado benzodiazepina, un psicofármaco.

¿Qué es lo que había sucedido como para que decidiera beber una buena cantidad de vino después de la visita al obispo? Había sido para vencer su asco y repugnancia ante hechos que durante 15 años se resistió a denunciar. El obispo Küng, sentado junto a él en el sofá, lo había acariciado, no en los genitales pero si en partes del cuerpo donde nadie desearía que lo toquen contra su voluntad. A pesar de estar sedado, el P. Rothe logró sustraerse al manoseo episcopal, pero era tal la vergüenza que le había sobrevenido, que calló el incidente. Y mantuvo ese silencio durante más de una década, hasta el momento en que decidió enviar la carta con su testimonio al cardenal Schönborn, quien meses después la remitiría a Roma para iniciar un proceso canónico.

Antes de que eso ocurriera, el P. Rothe ya había presentado una denuncia ante las autoridades civiles. En abril fue interrogado por la Policía Criminal de Múnich, posteriormente por la policía austriaca. Penalmente no se logró esclarecer la imputación contra el obispo Küng, dado que no había pruebas ni testigos de lo que había ocurrido en la residencia episcopal sino solamente palabra contra palabra, y en mayo de 2019 la fiscalía de St. Pölten archivó el proceso por prescripción del delito.

El 14 de septiembre de 2020 la diócesis de St. Pölten, ahora a cargo del obispo Alois Schwarz, emite un comunicado de prensa informando que el sacerdote Wolfgang Rothe había acusado al obispo emérito Klaus Küng de abuso sexual. El Vaticano había archivado el proceso, concluyendo que la acusación era infundada. «Para el obispo Küng, quien siempre rechazó los cargos de la manera más enérgica, con esta decisión de Roma el caso queda resuelto», concluye el comunicado.

Lo que no dice el texto es que en abril de 2020 el obispo Schwarz ya le había informado por carta al P. Rothe sobre la decisión vaticana, amonestándolo canónicamente con la advertencia de no mantener o difundir sus acusaciones en el ámbito público, bajo pena de ulteriores sanciones. Se debe tener en cuenta que este tipo de amonestación suele ser el paso previo a una suspensión.

El incidente sexual no fue el único de que fue víctima el P. Rothe después del accidente del balcón. Él mismo cuenta que se le aisló durante meses en un convento . Por indicación del obispo Küng, se le ordenó someterse a un test psiquiátrico-psicológico para determinar si era maricón, el cual ha sido considerado como “inequívocamente discriminatorio” y “atroz” por el psiquiatra forense Norbert Leygraf, consultado por el “Süddeutsche Zeitung”, uno de los diarios más importantes de Alemania. El obispo habría intentado de esta manera tener argumentos para cuestionar su idoneidad para el trabajo pastoral, especialmente con niños y jóvenes. Además, lo habría presionado a fin de que renuncie al sacerdocio e incluso habría buscado que se le reduzca al estado laical. La caída del balcón habría sido interpretada como un intento de suicidio, lo cual lo habría hecho no apto para seguir ejerciendo el sacerdocio, considerando que el derecho canónico establece que un intento de suicidio incapacita al candidato para recibir las órdenes sacerdotales. El obispo Küng también fracasaría en sus intentos de que el P. Rothe fuera trasladado a Rumanía.

Tras la archivación del proceso canónico y la amonestación recibida, el P. Rothe se sentía en un callejón sin salida. En julio de 2020 el periodista Bernd Kastner del “Süddeutsche Zeitung” toma contacto con él, tras conocerse el caso a través de medios periodísticos austriacos, sin ninguna participación del P. Rothe. Esta vez se le pudo convencer de que era conveniente que contara él mismo su historia a la prensa, y no de manera anónima como quería en un principio, sino con nombres y apellidos. Los dos artículos sobre su caso serían publicados en enero de 2021 en el “Süddeutsche Zeitung”.

El P. Rothe cree que ésta ha sido la decisión correcta. Ninguna autoridad eclesiástica se ha manifestado, ya sea para decirle que creen en su palabra, ya sea para sancionarlo. Romper el código del silencio ha sido para él la única manera de protegerse de los abusos de autoridad. «Hay situaciones en la vida en la que hay poner todo sobre el platillo de la balanza». Y esto es lo que ha hecho al publicar un libro donde no sólo relata su caso sino cuestiona una moral sexual que genera las condiciones para que los abusos se repitan una y otra vez en la Iglesia católica.

(Columna publicada en Sudaca el 28 de agosto de 2021)

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FUENTES

Süddeutsche Zeitung
Aussage gegen Aussage
https://www.sueddeutsche.de/muenchen/in-st-poelten-aussage-gegen-aussage-1.5162628

katholisch.de
Nach Missbrauchsvorwurf gegen Bischof: “Einen Plan B gibt es nicht”
https://www.katholisch.de/artikel/28232-nach-missbrauchsvorwurf-gegen-bischof-einen-plan-b-gibt-es-nicht

Wikipedia (en alemán)
Wolfgang F. Rothe
https://de.wikipedia.org/wiki/Wolfgang_F._Rothe

EL PRINCIPIO DEL PAPISMO

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Pío IX (1792-1878)

El papismo, ese veneración cuasi fanática que se le rinde al Supremo Pontífice de la Iglesia católica, no fue un síndrome tan difundido en épocas anteriores a la segunda mitad del siglo XIX. La doctrina católica que sostiene que «el Romano Pontífice, cabeza del colegio episcopal, goza de esta infalibilidad en virtud de su ministerio cuando, como Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral» (Catecismo de la Iglesia Católica, 891) suponía en épocas pasadas que el Papa no podía declarar ningún enunciado de fe como definitivo si no tenía la certeza absoluta de que toda la Iglesia había siempre creído en el contenido de ese enunciado. Y para enterarse de eso mismo, debía consultar a obispos y teólogos reconocidos a fin de saber qué es lo que se había transmitido en la Tradición milenaria de la Iglesia y aún seguía creyendo el Pueblo de Dios. Hasta que llegó Pío IX, Pontífice de 1846 hasta su muerte en 1878, quien decidió reinventar la Tradición a su manera.

El alemán Hubert Wolf, historiador de la Iglesia y catedrático de esta materia en la Universidad de Münster, inicia su mágnifico libro El Infalible: Pío IX y la invención del catolicismo en el siglo XIX (Der Unfehlbare: Pius IX. und die Erfindung des Katholizismus im 19. Jahrhundert, C.H.Beck, München 2020) con la siguiente anécdota.

En la tarde del 18 de junio de 1870 ocurrió una escena memorable en el Palacio Apostólico del Vaticano. El cardenal Filippo Maria Guidi fue citado a una audiencia privada con el Papa Pío IX, porque pocas horas antes en el aula de la Basílica de San Pedro durante los debates sobre el planeado dogma de la infalibilidad en el Concilio Vaticano I se había atrevido a señalar que, por razones de principio, el Papa no podía definir por sí solo enunciados de fe. La santa Tradición de la Iglesia exigía más bien una estricta adhesión del Pontífice al testimonio de la Iglesia entera. Por eso el Papa debía, antes de proclamar un dogma, recurrir al consejo de los obispos, «para que se enterara a través de ellos cuál era el sentido de la fe de la Iglesia entera» y si la verdad en cuestión había sido «creída siempre, en todas partes y por todos».

Pío IX estaba completamente fuera de sí por estos comentarios del cardenal dominico, a quien había considerado hasta ahora como un fiel y leal seguidor. Estaba hecho una furia. Guidi, quien conocía bien el temperamento colérico de Pío IX, estaba preparado para un “inminente temporal” cuando a las cinco de la tarde partió de su domicilio en el convento dominico de Santa Maria sopra Minerva hacia el Vaticano en la otra ribera del Tíber.

«Nunca hubiera creído», le espetó el Papa al cardenal al inicio de la audiencia inmediatamente después del ósculo de precepto en el pie, «que Su Eminencia sostuviera un discurso para beneplácito de la oposición. ¿Quién le ha enseñado a usted, que ha sido elevado por mí al cardenalato y de esta manera ha sido sacado de la nada, a hablar de la infalibilidad papal de la manera en que lo ha hecho? ¿Así que, según su opinión, el Papa depende de los obispos cuando quiere formular un dogma?» A esto replicó el cardenal Guidi: «Santo Padre, yo estoy dispuesto a defender lo que he dicho, pues no he dicho nada que no concuerde con la doctrina de Santo Tomás y de Belarmino».

La referencia a Tomás de Aquino era entonces un argumento irrefutable, considerando que los enunciados del gran teólogo de la Edad Media valían precisamente a los ojos de la teología neoescolástica promovida por Pío IX como doctrina verdadera e incuestionable de la misma Iglesia católica. Eso quería decir que quien seguía a Santo Tomás, también era católico. Quien contradecía a Santo Tomás, ya no era católico.

Palabra contra palabra. «No, eso no es cierto», respondió acalorado Pío IX. «Usted ha dicho, y yo lo sé, que el Papa está obligado a consultar las tradiciones de la Iglesia para los decretos infalibles. Pues bien, eso es un error». El cardenal Guidi: «Es cierto que lo he dicho, pero no es ningún error». A esto respondió el Papa alterado: «Claro que es un error, ¡¡pues yo, yo soy la Tradición, yo, yo soy la Iglesia!! » («Io, io sono la tradizione, io, io sono la Chiesa!!»)

El cardenal Guidi se sintió no sólo ofendido e injustamente reprendido por Pío IX, sino también teológicamente tildado de hereje y de enemigo de la Iglesia y del Papa. Respecto a su intervención en el aula conciliar, se había remitido exclusivamente a la Tradición de la Iglesia y particularmente a las autoridades ortodoxas católicas. Más ortodoxia que invocar como testigos principales a Santo Tomás de Aquino y al notable teólogo jesuita Roberto Belarmino era de hecho prácticamente imposible. Pero esto le era totalmente indiferente al Papa. Si la Tradición de la Iglesia y sus grandes maestros estaban en contra de sus opiniones, eran simplemente ignorados. El Papa se ponía más bien él mismo en lugar de la Tradición, incluso de la Iglesia. En consonancia, sermoneó con aspereza a Guidi: «Usted es mi creatura, sin mí sería usted aún el oscuro monje que ha sido, yo le he colmado de gracias y favores, y ahora usted se pasa al campo de mis enemigos y de los enemigos de la Iglesia y se convierte en hereje. Usted ha pronunciado un discurso que merece que sus hermanos del Santo Oficio lo condenen al fuego».

Luego que el cardenal dominico hubo abandonado la sala de audiencias, Pío IX hizo llamar de inmediato a su médico de cabecera. Se había agitado de tal manera, que temía sufrir un síncope. «Este fraile ha hecho que se me suba la bilis», exclamó. El doctor le midió el pulso al Papa y le prescribió un laxante para tranquilizarlo.

Lo cierto es que finalmente se proclamó el dogma de la infalibilidad pontificia en el Concilio Vaticano I, lo cual no convirtió al irascible pontífice de turno en infalible —ni tampoco a sus sucesores—, pero devino en una herramienta para cimentar aún más el clericalismo y mantener sumisas a las ovejas del rebaño católico, sin considerar que una estupidez la puede decir cualquiera. Y el Romano Pontífice no es la excepción.

Sin embargo, el proceder disparatado y delirante de Pío IX nos ha dejado una frase para la historia proveniente de la pluma de Lord Acton (1834-1902), un político inglés católico que se opuso activamente a que se proclamara el dogma de la infalibilidad pontificia. En 1887, años después de la muerte del infalible pero no inmortal Pío IX, le escribió una carta al obispo anglicano Mandell Creighton, donde decía lo siguiente:

«…yo no puedo aceptar que tengamos que juzgar al Papa y al Rey de manera diferente a otros hombres, con una presunción favorable de que no hicieron nada incorrecto. Si hay alguna presunción contra los detentadores del poder es la contraria, incrementándose a medida que el poder se incrementa. […] El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente».

LAS CANCIONES RELIGIOSAS DE UN CURA PEDERASTA

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P. Cesáreo Gabaráin (1936-1991)

«Tenía carisma, era simpático, tocaba la flauta con la nariz, como un flautista de Hamelin, que atraía a los chavales. Te dejaba fumar en el despacho, con 13 ó 14 años, cuando ibas a verle». Así recuerda Eduardo Mendoza al P. Cesáreo Gabaráin cuando éste era capellán del Colegio de Chamberí de los Maristas en Madrid (España) en los años 70. Gabaráin era entonces un cura moderno, que vestía de civil pero con clergyman (alzacuello blanco distintivo de los sacerdotes católicos), que había introducido la guitarra eléctrica y la batería en las celebraciones litúrgicas, que era un gran deportista conocido como “el cura de los ciclistas” y amigo de varios futbolistas, que tenía llegada con los jóvenes y les presentaba una visión atrayente del mensaje cristiano.

Pero sobre todo se le recuerda como compositor de unas 500 canciones para la liturgia católica, varias de las cuales hemos cantado quienes somos católicos en las misas dominicales: “Pescador de hombres”, “Vienen con alegría”, “Juntos como hermanos”, “Iglesia peregrina de Dios”, “Una espiga dorada por el sol”, “La paz esté con nosotros”, entre otras. La venta de sus canciones en vinilo le llevaron incluso a obtener un Disco de Oro.

El pasaje central de su canción “La muerte no es el final” sería adoptado en 1981 por las Fuerzas Armadas Españolas como himno a quienes perdieron la vida en acto de servicio, interpretado en el marco del Ceremonial en Homenaje a los Caídos por España. En 1979 el Papa Juan Pablo II, quien consideraba “Pescador de hombres” en su versión polaca “Barka” como su canción preferida, lo nombró prelado personal de Su Santidad, honor que mantuvo hasta su muerte por cáncer en el año 1991.

Una vida ejemplar por donde se la mire. ¿Será cierta tanta maravilla? ¿O se cumple lo que alguna vez dijo el escritor alemán Johann Wolfgang Goethe: «Donde hay mucha luz, la sombra tiende a ser profunda»?

El mismo Eduardo Mendoza, ahora de 57 años, señala: «Era como el doctor Jekyll y mister Hyde, por un lado, un cura carismático, popular, amigo de deportistas famosos y del Papa, y por otro, un pederasta. Algo inimaginable para todos los que le admiran».

Efectivamente, según un informe reciente del diario El País (España), el P. Cesáreo Gabaráin habría abusado sexualmente de varios menores de edad durante el período de 12 años (de 1966 a 1978) que estuvo en el Colegio de Chamberí. Si bien las principales denuncias se refieren a hechos ocurridos en diciembre de 1978 durante un retiro para alumnos en Los Molinos, una residencia de los maristas en la sierra de Madrid, un testigo relata que ya a fines de los 60 el cura Gabaráin tenia prácticas inapropiadas, valiéndose de su puesto de autoridad y confianza para toquetear y manosear a los alumnos. Y para llegar incluso más lejos, a aquello que resulta difícil relatar.

Fue Eduardo Mendoza quien acusó al cura pederasta ante su tutor, el hermano marista Aniceto Abad, quien le creyó a él y a otros de sus compañeros que sabían de los hechos. Fue este religioso quien habría presionado para que expulsaran a Gabaráin del colegio. Pero el detonante parece ser que lo puso el Sr. Aguilera, cuyo hijo César habría sido víctima de un intento de abuso por parte del cura. El director del colegio, el hermano Aquileo Manciles, no obstante reconocer los hechos habría tratado de quitarles peso. Refiriéndose a las agresiones sexuales de Gabaráin, habría dicho: «Lo sabemos. Está muy arrepentido y quiere hablar con ustedes, porque lo ha pasado muy mal y dice que ha pensado en suicidarse». Pero el padre de familia se mantuvo en sus trece: «O este señor se va del colegio o yo me voy a hablar con Interviú (desparecida revista española de corte sensacionalista)». Esto selló la salida definitiva de Gabaráin del colegio de los maristas. El cura sería reubicado en 1980 en el Colegio San Fernando de los salesianos. Y ahí quedó el asunto. La provincia de los maristas no abrió ninguna investigación ni tampoco habría informado a la diócesis de San Sebastián (a la cual estaba adscrito el cura pederasta) ni a la arquidiócesis de Madrid (que es donde ejercía sus actividades pastorales). Se siguió en todo el nunca escrito pero sí fervientemente practicado manual del silencio de la Iglesia católica cuando había que abordar casos de pederastia dentro de sus filas clericales: encubrir los delitos y reubicar al criminal en otra localidad donde no se tuviera noticia de sus fechorías.

Carmelo González Velasco, un amigo de Gabaráin, decía lo siguiente sobre el cura:

«Vivió en constante captación de situaciones de necesidades humanas, que traducía en cantos de ayuda para los momentos de oración personal o comunitaria. Todos ellos son vehículos de acercamiento al mundo trascendente, manifestaciones de alabanza a Dios y a la Virgen, expresiones del celo litúrgico-musical que le consumía».

¿Es esto cierto en lo que se refiere a sus canciones? Un análisis somero nos muestra tonadillas ligeras fáciles de recordar y letras cargadas de clichés religiosos sin mayor profundidad. Son canciones que suenan bonito, pero que están alejadas de la profundidad de la música sacra de otros tiempos, capaz de suscitar experiencias religiosas que llevaran a los oyentes al encuentro de lo sagrado, de aquella belleza que resulta casi imposible expresar con palabras. Experiencia de lo sagrado y de lo trascendente que puede incluso conmover con su vena artística el corazón de no creyentes.

El P. Francesco Interdonato, ya fallecido, un jesuita que me impartía cursos de teología dogmática en la Facultad de Teología Pontifica y Civil de Lima, se quejaba de que, con la reforma litúrgica de los años 60, se hubiera abandonado la antigua música sacra, reemplazándola con cancioncillas religiosas sin mayor trascendencia. Decía que antes uno se elevaba con la música sacra, «pero después vino Gabaráin, y nos dejó toda su mierda». Las canciones de Gabaráin no son innovadoras y difícilmente podría decirse que alcanzan un nivel artístico. Parece que también tomó prestadas algunas ideas musicales ajenas, pues su canción “Juntos como hermanos” en el fondo no es otra cosa que una versión algo más acelerada de “My Lord What a Morning” del compositor afroamericano Henry Thacker Burleigh (1866-1949).

La pregunta que muchos se hacen es si estas canciones se deberían seguir cantando en las celebraciones litúrgicas de la Iglesia católica, dado que han acompañado la vida religiosa de varias generaciones de católicos. Por más penoso que sea, creo que deberían ser vetadas de toda ceremonia pública de la Iglesia católica. En caso de que esto no se haga, se estaría infligiendo dolor a las víctimas del cura Gabaráin y a todos aquellos que son sensibles ante el problema de la pederastia eclesiástica y que quieren mantenerse como creyentes, pues se verían obligados a escuchar en eventos públicos las obras de un victimario de menores. Y, por otra parte, de proceder así, la Iglesia le estaría quitando peso a los delitos de pederastia. Pues ya no tendría mayor importancia que un sacerdote o religioso abuse de menores, si su presencia continúa a través de canciones que se siguen difundiendo. Si se han vetado los textos de abusadores como Marcial Maciel, Luis Fernando Figari y Germán Doig, por mencionar a algunos, aunque se trate de escritos espirituales edificantes, ¿por qué no hacer lo mismo con las mediocres canciones de Gabaráin, aunque sean populares?

Esta medida sólo abarcaría el ámbito público. En privado uno puede leer o escuchar lo que quiera. Y quizás meditar sobre esa frase que aparece en la canción “Madre, óyeme” de Gabaráin: «Madre, sálvame, mil peligros acechan mi vida». Sin olvidar que uno de los principales peligros para los jóvenes parece haber sido este cura pederasta.

(Columna publicada en Sudaca el 14 de agosto de 2021)

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FUENTES

El País
“Tú has venido a la orilla”: el cura que compuso las canciones de misa más famosas, acusado de abusos (08 Ago 2021)
https://elpais.com/sociedad/2021-08-08/tu-has-venido-a-la-orilla-el-cura-que-compuso-las-canciones-de-misa-mas-famosas-acusado-de-abusos.html

Wikipedia
Cesáreo Gabaráin
https://es.wikipedia.org/wiki/Cesáreo_Gabaráin

BBC Mundo
Las pegajosas melodías que escuchaste en la iglesia y que algunas veces no te puedes quitar de la cabeza (25 diciembre 2018)
https://www.bbc.com/mundo/noticias-46481097

LA VIDA EXAGERADA DE MARTÍN LÓPEZ DE ROMAÑA

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No es un recurso sensacionalista señalar que la vida del ex sodálite arequipeño Martín López de Romaña está plagada de exageraciones, no inventadas sino reales. Pues no puede ser de otra manera para quien ha vivido más de una década en el seno del Sodalicio de Vida Cristiana, la secta católica fundada y liderada por Luis Fernando Figari.

López de Romaña relata su experiencia en un potente libro de reciente aparición: La jaula invisible (Penguin Random House, Lima 2021). Al principio se advierte al lector que «Todos los hechos narrados son reales». El libro, que tiene como acápite “Mi vida en el Sodalicio: Un testimonio”, no sólo es una radiografía minuciosa de la institución, sino a la vez el retrato más vívido y detallado de Luis Fernando Figari que jamás se haya publicado, dado que el autor convivió varios años con él en la ahora inexistente comunidad de San José en Santa Clara (Ate-Vitarte, Lima) y perteneció a su círculo más cercano.

Con un estilo literario cautivador, López de Romaña nos relata cómo fue seducido desde los 12 años de edad por los sodálites, que habían fundado una comunidad en Arequipa, los cuales le hicieron sentir valioso después de que como adolescente hubiera experimentado varios fracasos escolares. El único éxito escolar que disfrutaría fue ganar el primer puesto de cuento en los juegos florales del Colegio San José, para sorpresa de varios profesores y alumnos, recibiendo como premio un ejemplar de la novela La vida exagerada de Martín Romaña de Alfredo Bryce Echenique. Pero fueron los sodálites quienes le elevaron la autoestima, haciéndole sentir muy especial. Según cuenta, Figari lo consideraba un “esper”, es decir, un individuo supradotado con habilidades paranormales. Lo que entonces no sabía el joven adolescente era que estaba siendo objeto de una táctica utilizada por las sectas para captar adeptos: llenar de elogios al candidato.

Lo que encontramos a continuación es una descripción de las estrategias proselitistas aplicadas en el Sodalicio para reclutar nuevos miembros. Con métodos intrusivos y lesivos de la privacidad, que paulatinamente iban generando una sustitución de la personalidad del sujeto por otra personalidad impuesta, manipulable, dispuesta a obedecer hasta las últimas consecuencias, el individuo era preparado para unirse al Sodalicio apenas alcanzara la mayoría de edad. Todo este proceso se llevaba a cabo sin conocimiento de los progenitores, más aún, con la indicación expresa de no contarles nada al respecto. En el fondo no era otra cosa que una especie de control mental o lavado de cerebro, por el cual también uno mismo terminaba generando sentimientos de culpa ante cualquier duda respecto al líder, la doctrina o el sistema institucional. Y al igual que en la novela 1984 de George Orwell el personaje de Winston Smith termina amando al Gran Hermano, a pesar de todos los maltratos y vejaciones, de manera similar López de Romaña terminará en un momento amando a Figari y poniendo su vida entera al servicio de sus caprichos y deseos.

Muy interesante es el relato de su paso por varias comunidades sodálites, entre ellas las ubicadas en San Bartolo y la comunidad de San José donde vivía el fundador. El día a día —las exigencias a veces inhumanas, la presión constante, la sustracción de sueño, la falta de libertad, la anulación de la vida privada— es narrado con una sinceridad brutal que a ojos extraños puede parecer insólita y poco creíble. No para mí, que viví en comunidades sodálites entre 1981 y 1993, y pasé por experiencias semejantes a las que López de Romaña tuvo entre 1994 y 2008. Y aunque haya quienes me hayan asegurado que para entonces ya se habían iniciado cambios en el Sodalicio, lo que describe el ex sodálite arequipeño indica que siguió funcionando como una secta destructiva.

Varios de los personajes que describe minuciosamente López de Romaña también jugaron un rol en mi historia personal, comenzando por Figari, aunque yo nunca pertenecí a su círculo íntimo. Los retratos escritos de Germán Doig, Jeffery Daniels, Jaime Baertl, Alejandro Bermúdez, Alessandro Moroni, entre otros, y de quienes son designados con los sinónimos de Manuel Alcázar y Julio Goyeneche son exactos y corresponden a la realidad.

Si bien López de Romaña nunca llegó a sufrir abusos sexuales con contacto genital en el Sodalicio, sí hubo por parte de Jeffery Daniels primero y después del mismo Luis Fernando Figari tanteos en la linea de lo sexual a través de caricias corporales incómodas, solicitudes de desnudarse o preguntas íntimas sobre su vida sexual. Como el depredador que está acechando a su presa, esperando el momento en que muestre un signo de debilidad para morderla en la yugular. Lo cual, en su caso, nunca llegó a ocurrir.

Lo más sustancioso del libro está en el relato de los continuos maltratos que han tenido que padecer los miembros de las comunidades sodálites, con el fin de doblegar sus voluntades y someter sus mentes. Las humillaciones que varios hemos sufrido en el Sodalicio han sido espectaculares, y López de Romaña cuenta varias de ellas. Aquí un ejemplo de una vejación no tan espectacular:

«Una noche había ido el padre Jaime Baertl a San José para conversar con el fundador. Parece que su reunión versó sobre buenas noticias porque éste nos llamó luego, a unos cuantos, a compartir con Jaime en la sala de televisión. Sus bromas eran hilarantes y el ambiente muy distendido. De pronto, el sacerdote se inclinó hacia su lado izquierdo en el sillón y se tiró un sonoro pedo. Todos reímos, un poco escandalizados. Luis Fernando me señaló y me ordenó: “¡Tú! ¡Huélele el pedo!”. La pura verdad es ésta: sin oponer resistencia acerqué mi nariz a las posaderas del padre Jaime e hice como que olía los gases que habían salido con tanta parafernalia de su cuerpo. Salí del paso con una broma y todos se rieron. En ningún momento dejé que se manifestase mi dignidad menoscabada. Continué participando del jolgorio comunitario, hasta que el padre Jaime se fue a tirarse pedos a su comunidad».

Me hace recordar una anécdota ocurrida en los años 80, cuando en plena Misa en la estrecha capilla de la comunidad de San Aelred en Magdalena del Mar (Lima), donde el altar entraba a lo largo y los miembros de la comunidad alrededor de él, el P. Baertl despidió uno de sus sonoros y pestíferos cuescos, y todos los presentes tuvimos que aguantar el desagradable lance con cara de piadosa devoción. Como de costumbre, nunca se disculpó.

¿Cómo pudo librarse López de Romaña de eso que él llama la “jaula invisible”, donde los barrotes no son físicos sino que están puestos en lo más íntimo de uno mismo? Constreñida a los límites de un celibato inviable, su sexualidad, que no encontraba cauces para desarrollarse sanamente y que siempre se manifestaba como un secreto solitario, terminó generando en él una especie de doble vida, que incluía no sólo revistas pornográficas, sino también literatura de autores no permitidos en el Sodalicio y películas artísticas. Y aquello que le generaba angustia dentro de los parámetros impuestos por el Sodalicio fue a la vez su vía de salvación, no sin que tuviera que apurar el trago amargo de pensamiento suicidas y la frustración de sentir que había fracasado. El arte le abrió los ojos. Es la misma vía que, en otras circunstancias, tuve que recorrer yo mismo para alcanzar la libertad.

¿Cómo explicar que algunos no lo hayan logrado todavía y sigan prisioneros en sus jaulas invisibles? ¿O que aquellos que hemos logrado escapar nos hayamos demorado tanto tiempo en hacerlo y hasta ahora tengamos secuelas producto de lo vivido? López de Romaña lo explica muy bien:

«…el fundador, casi sin que te dieses cuenta, desde que eras prácticamente un niño, había ocupado por completo el lugar que tu sistema emocional tiene reservado para tu padre y tu madre. Tarde o temprano, un hijo tiene que independizarse. En eso consiste, entre otros factores, su maduración como ser humano. Pero en el SCV no te podías rebelar contra tu padre putativo. No solo porque era poderosísimo e inspiraba temor, sino porque rebelarte equivalía a ponerte en pie de guerra contra toda tu nueva familia y, presuntamente, contra ti mismo y contra Dios. Esto, sumado a la promoción de la obediencia ciega, el servilismo y la vigilancia permanente en un microcosmos que reemplazaba la realidad, hacía que, más allá de tu edad biológica, continuases siendo “como un niño”. […] Me refiero a que se atrofiaba tu capacidad de ser independiente y te volvías incapaz de responsabilizarte de ti mismo, de tomar decisiones sobre tu destino, de abrazar tu libertad y sus consecuencias».

La jaula invisible se lee como un thriller psicológico de suspenso, donde los horrores narrados superan ampliamente lo que otros han intentado plasmar en la ficción, como, por ejemplo, Santiago Roncagliolo en su fallida novela Y líbranos del mal (Editorial Planeta, 2021). Nos hallamos, pues, ante un libro indispensable para entender ese fenómeno perverso de fachada angelical conocido como Sodalicio de Vida Cristiana.

(Columna publicada en Sudaca el 31 de julio de 2021)

EL ABSOLUTISMO CATÓLICO Y ANTIDEMOCRÁTICO DE LÓPEZ ALIAGA

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Papa Pío IX (1792-1878), inventor del catolicismo contemporáneo y del absolutismo monárquico vaticano

Rafael López Aliaga se ha sumado hace tiempo a la narrativa del fraude que continuamente han repetido los seguidores de Fuerza Popular. Pues allí donde se eleva el aroma fétido de la mentira y la falsedad, allí parece sentirse a gusto quien cree ser poseedor de una verdad absoluta avalada por un fervor religioso que borda el fanatismo. Y que tiene modos fascistas, no democráticos.

López Aliaga, en la línea del cardenal Cipriani, y junto con él Rafael Rey y Martha Chávez, todos ellos vinculados de una u otra manera al Opus Dei, una de las cabezas de playa más conservadoras de la Iglesia católica, parecen creer que representan una tradición católica de más de veinte siglos, con su oposición irrestricta al aborto, a lo que ellos llaman ideología de género, al reconocimiento de los derechos homosexuales, unida a una pretensión de superioridad moral, paternalismo y aires autoritarios. Como si ellos se sintieran participando de una u otra manera de la infalibilidad que le atribuyen a la Iglesia católica, a su doctrina y —¿cómo no?— a su cabeza suprema, el Papa.

Pues parece que estas ideas no son tan antiguas como ellos creen y el catolicismo histórico es mucho más amplio de lo que ellos suponen. Más aún, sus posiciones y actitudes ni siquiera parecen poder conjugarse con las enseñanzas de Jesús que reseñan los Evangelios ni con la conciencia colectiva que tuvo el pueblo cristiano a lo largo de la historia.

El estudioso alemán Hubert Wolf, catedrático de Historia de la Iglesia en la Universidad de Münster (Renania del Norte-Westfalia, Alemania), sostiene que el catolicismo actual fue inventado en el siglo XIX y cimentado por el Papa Pío IX, quien tuvo el pontificado más largo de la historia: de 1846 a 1878. Ciertamente, tras los estragos sufridos por la Iglesia católica durante la Revolución Francesa además de otras revoluciones y guerras que asolaron Europa durante la primera mitad del siglo XIX, la institución se hallaba en crisis y necesitaba ser reconstruida y reinventada. O reformada, de acuerdo a la frase atribuida al obispo Agustín de Hipona (350-430) “Ecclesia semper reformanda”, que significa que la Iglesia debe ser siempre reformada. Como diríamos actualmente, lo que no cambia, perece. Es esa dinámica la que a grosso modo le ha permitido a la Iglesia católica subsistir hasta nuestros días. Pero los cambios no siempre han sido para mejor, ni han significado necesariamente un avance. Y lo que hizo Pío IX, al reinterpretar la milenaria tradición de la Iglesia y concentrar el poder eclesiástico en su persona de una manera absoluta como nunca se había dado en los siglos de existencia de la institución, fue precisamente sembrar las semillas del descrédito que sufre el catolicismo actualmente.

Pues este Papa, haciéndose eco de las corrientes ultramontanas de su época, se opuso expresamente al progreso y a la civilización, como lo expresa en su Syllabus o “Indíce de los principales errores de nuestro siglo” de 1864, donde señala como enunciado falso la afirmación de que «el Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo y con la moderna civilización». Asimismo, califica de «pestilencias» el socialismo, el comunismo, las sociedades secretas, las sociedades bíblicas, las sociedades clérico-liberales, debiéndose tener en cuenta que el comunismo y el socialismo de la primera mitad del siglo XIX eran más bien proyectos utópicos que buscaban la igualdad social mediante la comunidad de bienes y no los Estados dictatoriales que surgieron recién en el siglo XX.

Pío IX también se opuso a la libertad de conciencia y, por lo tanto, de religión, pues consideraba falso que «todo hombre es libre para abrazar y profesar la religión que guiado de la luz de la razón juzgare por verdadera». En este sentido, también consideraba erróneo que «es bien que la Iglesia sea separada del Estado y el Estado de la Iglesia», defendiendo asimismo el derecho a la exclusividad del catolicismo en los países donde se hallaba presente. En consecuencia, considera equivocado el siguiente enunciado: «En esta nuestra edad no conviene ya que la religión católica sea tenida como la única religión del Estado, con exclusión de otros cualesquiera cultos».

Ni qué decir, era contrario a las libertades democráticas, como lo expresó en su encíclica Quanta cura de 1864: «algunos despreciando y dejando totalmente a un lado los certísimos principios de la sana razón, se atreven a proclamar “que la voluntad del pueblo manifestada por la opinión pública, que dicen, o por de otro modo, constituye la suprema ley independiente de todo derecho divino y humano…”».

No deja en pie ni siquiera la libertad de opinión. Dice respecto al naturalismo profesado por liberales de la época: «Con cuya idea totalmente falsa del gobierno social, no temen fomentar aquella errónea opinión sumamente funesta a la Iglesia católica y a la salud de las almas llamada delirio por Nuestro Predecesor Gregorio XVI de gloriosa memoria (en la misma encíclica Mirari), a saber: “que la libertad de conciencia y cultos es un derecho propio de todo hombre, derecho que debe ser proclamado y asegurado por la ley en toda sociedad bien constituida; y que los ciudadanos tienen derecho a la libertad omnímoda de manifestar y declarar públicamente y sin rebozo sus conceptos, sean cuales fueren, ya de palabra o por impresos, o de otro modo, sin trabas ningunas por parte de la autoridad eclesiástica o civil”.»

Por último, en 1870 hizo proclamar la infalibilidad pontificia como dogma de fe por el Concilio Vaticano I, convirtiéndose de esa manera en un monarca absoluto —dictador diríamos en la actualidad—, aunque sin territorio, pues ese mismo año el ejército piamontés invadió el Estado Pontificio, consumando la reunificación de Italia bajo el mando del rey Víctor Manuel II de Saboya, a quien el Papa excomulgó, además de prohibirle a los católicos la participación en la política italiana, incluido el sufragio, bajo severas penas canónicas.

Es de hacer notar que los obispos de Austria-Hungría, la mayoría de los obispos alemanes y el 40% de los franceses se opusieron a la proclamación del dogma porque no estaba en consonancia con la tradición de la Iglesia: nunca se había considerado al Papa como infalible. 55 obispos decidieron partir antes de la votación, pues no querían avalar con su presencia tamaño despropósito, más aun cuando Pío IX usó todos los medios a su disposición para presionar y convencer a los obispos indecisos, recurriendo incluso a la amenaza de sanciones, inmiscuyéndose continuamente en las discusiones del Concilio e imponiendo la dirección en que debían ir las reflexiones.

De este modo, Pío IX terminó concentrando en la Iglesia el ejecutivo, el legislativo y el judicial en su sola persona, sin ningún contrapeso ni de los cardenales, ni de los obispos, mucho menos del pueblo cristiano en general, todos los cuales tenían la obligación de obedecer.

En lo administrativo, la Iglesia católica ha seguido siendo una monarquía absoluta hasta ahora, donde ciertamente el Papa delega funciones pero sigue siendo quien tiene la última palabra respecto a las medidas gubernamentales y pastorales que se deben tomar, las leyes que deben regir a la Iglesia y las decisiones judiciales que se emiten sobre la base del derecho canónico. Y este esquema se repite a menor escala en cada diócesis, donde el obispo es el soberano absoluto que sólo debe rendir cuentas al Papa, el cual es el único que puede nombrarlo, sin obligación de seguir las recomendaciones de las personas calificadas consultadas al respecto ni la opinión de los fieles católicos de la diócesis. En una estructura así, donde no hay instancia dónde apelar, se entiende que campeen la injusticia y la impunidad, sobre todo en los miles de casos de abuso sexual que han sido denunciados y hechos públicos.

Según lo dicho, se entiende por qué después de Pío IX la democracia apenas ha sido tematizada en las enseñanzas oficiales del Magisterio eclesiástico. El término ni siquiera aparece en el Catecismo de la Iglesia católica, cuya primera versión data de 1992. Se trata de un tema que los representantes oficiales de la Iglesia evitan tocar, tal vez porque tengan rabo de paja o porque no desean que los modos democráticos se introduzcan en la Iglesia.

Josemaría Escrivá de Balaguer, el controvertido curita fundador del Opus Dei, dijo alguna vez que «el Divino Redentor dispuso que la comunidad, por Él fundada, fuera una sociedad perfecta en su género y dotada de todos los elementos jurídicos y sociales, para perpetuar en este mundo la obra de la Redención…» (Amar a la Iglesia, Punto 23). Fuera de que este enunciado es históricamente falso, quien crea que la Iglesia católica es una sociedad perfecta tendrá poco aprecio por la democracia. Y sabemos que esto ha sido una constante en los casos de Rafael López Aliaga, Rafael Rey, el cardenal Cipriani y Martha Chávez. Y en sus aliados más cercanos: Keiko Fujimori y los esbirros de Fuerza Popular y Renovación Popular.

(Columna publicada en Sudaca el 17 de julio de 2021)

LA ÉLITE PITUCA

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Playa Pescadores al costado del Club de Regatas Lima (Chorrillos, Lima)

Durante las últimas semanas, en que —debido al proceso electoral— el Perú ha vivido en carne propia una polarización inédita en nuestra historia republicana, ha sido evidente el apoyo que le ha dado a la candidatura de Keiko Fujimori —incluso asumiendo casi como dogma de fe la quimera del fraude— un grupo conformado por burgueses limeños de los sectores socio-económicos A y B, a los que designaré como la élite pituca, y que tiene en el Club de Regatas Lima uno de sus focos de concentración poblacional. Y esto no quiere decir que todos los socios del Regatas presenten las características de esta élite racista y clasista, pero mi descripción, basada en mi propia experiencia y por ende subjetiva, se aplica de manera general al fenómeno como tal.

Mi padre llegó a ser socio vitalicio del Club Regatas y yo pasé mi infancia y mi adolescencia en el club. Guardo buenos recuerdos de esos años, que para mí estuvieron llenos del espíritu aventurero de la infancia que aprende a conocer el mundo. Allí me sentía seguro, pero también con la libertad de ir adonde quisiera sin experimentar la continua tutela y vigilancia de mis padres, quienes podían despreocuparse sabiendo que, sea donde sea que estuviera, siempre me hallaría en algún lugar dentro de la burbuja que es el club, ya sea retozando en la playa, desafiando las olas en el mar o practicando deporte con algún amigo.

Crecí en ese mundo, creyendo, dentro de las limitaciones de mi perspectiva infantil, que ese estilo de vida era lo más normal y corriente en el Perú. De manera similar a como mi vida se desarrollaba entre Miraflores —donde vivía mi familia— y San Isidro, y ocasionalmente Monterrico y La Molina, siendo que los distritos que estaban más allá de esos límites constituían un mundo aparte, remoto, lejano y hasta peligroso. Ir al centro de Lima era como visitar otro país.

Pero poco a poco, a medida que iba entrando en la adolescencia, varias sombras se me fueron haciendo evidentes en ese país de las maravillas que era el Regatas. Pues en el club no sólo se admitía socios con determinado perfil —y con una billetera abultada para poder pagar la cuota de ingreso, que actualmente asciende por lo menos a 500 cuotas ordinarias mensuales a ser desembolsadas de golpe—, sino también excluía —por lo menos simbólicamente— a los peruanos con un perfil mayoritario en la población. Desde el muelle de la primera playa del club, que se extendía en el mar como prolongación de un muro que marcaba los límites de su territorio, podíamos ver a los bañistas de la populosa playa vecina Pescadores, a los que considerábamos como parte del pueblo ignorante y mal educado, gente de otro nivel que no conocía las normas de higiene y era proclive a la delincuencia. En nuestro inocente mundo infantil, que no era otra cosa que un reflejo sin culpa del universo de los adultos, cualquier cholo de esa playa que intentara colarse en el club a través del mar constituía un peligro, del cual nos protegían los trabajadores de seguridad, también cholos ellos, pero que eran vistos de distinta manera porque estaban al servicio de la élite que pululaba en las instalaciones del club.

En ese microcosmos del Club Regatas, que no era sino una muestra de una élite mas amplia que habita los distritos residenciales acomodados de Lima y nunca ha sido el reflejo de un Perú multirracial, multicultural, con iguales oportunidades para todos, sin racismo, sin misoginia en las jerarquías de mando —pues el consejo directivo del club estaba integrado exclusivamente por especímenes del género masculino—, lo más importante era mantener a toda costa la imagen institucional de una asociación de gente bien y decente, lo cual se ha plasmado en la renuencia que han mostrado sus autoridades a lo largo del tiempo para actuar decididamente en caso de comisión de un delito dentro del club. Como lo demuestra recientemente la agresión que sufrió Piero Corvetto, jefe de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), el 26 de junio pasado, en el local del Regatas en Chorrillos. El personal del club se negó a identificar al agresor y en un comunicado del 27 de junio el consejo directivo ha puesto obstáculos para la entrega de material probatorio, señalando que «el Club, a través de Junta Calificadora y de Disciplina, órgano autónomo, viene llevando a cabo las acciones correspondientes, en observancia de su competencia». Y concluye diciendo que el Club «es una asociación civil, deportiva y cultural que cultiva el respeto mutuo entre sus asociados». Lo cierto es que una de las acciones correspondientes hubiera sido elevar una denuncia penal contra el presunto agresor por cometer un delito dentro del recinto del club. Pero la institución, buscando salvaguardar su imagen, ha preferido en casos como éste actuar sin transparencia, omitiendo denuncia, lo cual también configuraría un delito.

Lo peor es, que si se demuestra la agresión, Corvetto podría denunciar al club por omisión de denuncia, considerando que hubo testigos y videos que probarían el hecho. Pero en ese caso podría ser sancionado con suspensión o expulsión del club, pues en sus Estatutos se enuncia como causal de sanciones «iniciar, mantener o publicitar querella o acción judicial contra el Club, a excepción de las acciones de impugnación establecidas en el Artículo 92º del Código Civil» (Art. 61°, e). En otras palabras, el socio pierde el derecho a denunciar al club si hay responsabilidad de éste por un abuso o delito que haya sufrido dentro de sus instalaciones. Y también el club tendría carta libre para sancionar a los socios aplicando criterios discriminatorios, pues otra de las causales de sanciones es «cometer actos reñidos contra la moral y las buenas costumbres» (Art. 61°, f). Lo cual, planteado bajo esa amplia ambigüedad, puede incluir hechos como presentarse abiertamente como homosexual, el beso de dos lesbianas en un espacio público o simplemente que una mujer ande en topless, cosas que no constituyen ninguna falta o delito en ninguna parte del territorio peruano.

A la élite pituca no le importa convivir con la corrupción con tal de mantener sus privilegios. En consecuencia, ha optado masivamente por apoyar a Keiko Fujimori y le tiene un miedo apocalíptico a un gobierno de Pedro Castillo. No me extrañaría que haya socios del Regatas que hayan estado de acuerdo con la agresión a Corvetto sólo por no haber impedido que el campesino de Chota obtenga más votos que la hija del dictador. Más aun cuando el mismo presidente del club, Jaime Cornejo Bustillo, ha manifestado que la responsabilidad de lo sucedido recaería sobre el jefe de la ONPE: «Yo he estado presente en el tema así que podría decir que casi he sido testigo de los hechos. Y para mí ha sido completamente orquestado por el señor Corvetto». Y es que Corvetto lo único que hizo fue hacer bien su trabajo, garantizando unas elecciones limpias y transparentes. Pero la transparencia y la incorruptibilidad son cosas que pasan a segundo plano cuando se trata de que la realidad se modele según los intereses arbitrarios de la pituquería limeña.

Por eso mismo, cuando en un grupo de WhatsApp de antiguos compañeros de colegio del Colegio Humboldt critiqué la veneración casi fanática que algunos le prestaban a Keiko, alguien me llamó “conflictivo, acomplejado y resentido social”, calificativos que suelen aplicar los de la élite pituca a todos aquellos que hagan legítimas observaciones críticas a su clasismo y racismo inveterados. Por definición, ninguno de quienes forman parte de ese élite puede ser considerado un “resentido social”, pero sí aquellos de otros sectores sociales que no admiten su supremacía social.

El problema no lo he percibido recientemente. Ya desde hace décadas, en aquella época en que decidí unirme al Sodalicio, había una parte de mi ser que había quedado incólume a los rasgos clasistas que también había en el Sodalicio, y cuando alcancé la mayoría de edad rechacé la oportunidad que se me presentó de convertirme en socio del Regatas. No me arrepiento y me siento orgulloso de haber sido siempre un disidente de mi estrato social. O quizás un resentido social por motivos éticos y por respeto a la dignidad de todos los peruanos, sin distinción de clase, color ni condición social.

(Columna publicada en Sudaca el 3 de julio de 2021)

LAS CUENTAS PENDIENTES DEL SODALICIO

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José Enrique Escardó declarando ante la Comisión De Belaúnde (4 de febrero de 2019)

En julio de 2019 la Comisión Investigadora de Abusos Sexuales contra Menores de Edad en Organizaciones del Congreso de la República, presidida por el congresista Alberto de Belaúnde, terminó su Informe Final, donde se analiza la problemática del abuso sexual contra menores, tras una investigación de los casos emblemáticos de violencia sexual en las escuelas públicas de la provincia de Condorcanqui (Amazonas), el Sodalicio de Vida Cristiana, el Colegio Héctor de Cárdenas y otros casos de relevancia como los abusos sexuales cometidos por dos sacerdotes católicos en Huamachuco (La Libertad) y por dos miembros de la Congregación Salesiana, el caso de la niña que sufrió abusos sistemáticos y prolongados en un local de la Iglesia Evangélica Bautista “Lirio de los Valles” en San Juan de Lurigancho (Lima) y el caso de la alumna de intercambio Mackenzie Severns, de nacionalidad estadounidense, que fue violada por un alumno del Colegio Markham.

El cierre del Congreso el 30 de septiembre de 2019 cortó las posibilidades de que el informe de la Comisión De Belaúnde fuera discutido en el Pleno y finalmente dado a conocer a la opinión pública. Alberto de Belaúnde fue reelegido en el nuevo Congreso, pero lamentablemente no se le presentó la oportunidad para que el informe fuera sometido a debate en el Pleno y publicado oficialmente.

La importancia de este informe en lo que respecta al caso Sodalicio es que las investigaciones fueron hechas por personas independientes y no contratadas por la institución, como ocurrió en el caso de los dos breves informes de febrero de 2017 elaborados por expertos extranjeros contratados por el Sodalicio (Kathleen McChesney, Monica Applewhite, Ian Elliott), quienes, además de no conocer adecuadamente la realidad de la sociedad peruana y del papel que cumple en ella la Iglesia católica junto con sus instituciones, se orientaron más hacia una estrategia de control de daños que favoreciera al Sodalicio, limpiándole la cara, en vez de atender adecuadamente las justas demandas de las víctimas.

La publicación del Informe De Belaúnde evidenciaría que el Sodalicio todavía tiene varias cuentas que saldar e incluiría datos relevantes para el desarrollo de la denuncia penal contra miembros y ex miembros del Sodalicio que fue formalizada mediante resolución del 20 de noviembre de 2017 por la Décimo Octava Fiscalía Penal de Lima. Allí se acusa a Luis Fernando Figari, Virgilio Levaggi, Jeffery Daniels, Daniel Murguía, Ricardo Trenemann y Óscar Tokumura de asociación ilícita para delinquir en agravio del Estado y del delito contra la vida, el cuerpo y la salud (lesiones psicológicas graves) en agravio de 14 personas, entre las cuales se cuentan José Enrique Escardó, Pedro Salinas, los hermanos Vicente y Martín López de Romaña, Óscar Osterling, Álvaro Urbina y yo mismo.

La publicación del libro Mitad monjes, mitad soldados de Pedro Salinas y Paola Ugaz en noviembre de 2015 fue solamente el disparo de partida para otros libros sobre el tema que aún están pendientes de ser publicados.

El psicoterapeuta y ex sodálite Gonzalo Cano Roncagliolo, quien, para optar al grado de magíster en la Pontifica Universidad Católica del Perú, presentó en el año 2014 una tesis con el tema Del uso de la religión para la perversión: una mirada psicoanalítica al caso de Marcial Maciel, ha preparado un libro que amplía las ideas de esta tesis y hace un análisis comparativo desde las ciencias psicológicas de los tres mayores abusadores de la Iglesia católica en Latinoamérica: Maciel, Karadima y Figari. Cano ya ha publicado una novela, Sepulcros blanqueados, donde recurre a la ficción para presentar una sociedad religiosa que es un calco del Sodalicio, a diferencia de la fallida novela Y líbranos del mal de Santiago Roncagliolo, primo hermano del anterior, que nos presenta una institución religiosa que se parece muy poco al Sodalicio real que conocimos quienes hemos sido víctimas de abusos en la institución.

Están también en lista de espera para ser publicados el testimonio autobiográfico de un ex sodálite así como mi propia historia personal, que no es solamente un relato autobiográfico sino también una panorámica del Sodalicio desde adentro en las décadas de los 70 a los 90, sin centrarse en los abusos sexuales sino en el sistema mismo, que puede caracterizarse como secta destructiva.

Asimismo, también está el libro que ha anunciado Paola Ugaz sobre las finanzas del Sodalicio.

Las cuentas pendientes que tiene el Sodalicio son muchas. Su comisión de expertos internacionales habría contribuido a reducir a 67 el número de víctimas, en comparación con las más de cien víctimas —según fuentes confiables— que habría reconocido la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación, convocada en noviembre de 2015 por el mismo Sodalicio e integrada por los abogados Manuel Sánchez Palacios y Rosario Fernández Figueroa, el obispo de Lurín Mons. Carlos García Camader, la psiquiatra Maita García Trovato y el periodista Miguel Humberto Aguirre, quienes rechazaron las remuneraciones ofrecidas por el Sodalicio a fin de mantener su independencia.

Además, el Sodalicio habría implementado muy pocas de las recomendaciones hechas por ambas comisiones, y mucho menos habría aplicado castigos contra los abusadores que siguen perteneciendo a la institución. Las reparaciones indemnizatorias otorgadas a las víctimas no se ajustaron a estándares internacionales de justicia, muchos menos tomaron en consideración que el Sodalicio tiene un patrimonio millonario que le da la capacidad para pagar indemnizaciones que realmente mitiguen los daños producidos. A esto hay que añadir que las reparaciones fueron concedidas previa firma de acuerdos de confidencialidad que vulneran el derecho de las víctimas a seguir buscando justicia. No conozco a ninguna víctima indemnizada por el Sodalicio que se haya sentido realmente agradecida a la institución por la manera en la que actuó.

Finalmente, el Sodalicio tiene cuentas pendientes conmigo, pues nunca me reconocieron como víctima, no obstante que la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación sí lo hizo, no obstante que el Ministerio Público me reconoce como agraviado en el delito de lesiones psicológicas graves, no obstante que viví más de 11 años en comunidades sodálites de consagrados y pasé por sufrimientos y abusos similares a los que padecieron Pedro Salinas y José Enrique Escardó, que estuvieron menos tiempo en esas comunidades y, sin embargo, sí fueron reconocidos como víctimas por el Sodalicio.

El Sodalicio también ha sido una cuña en mis relaciones familiares, pues mi hermano Erwin sigue perteneciendo a la institución y apenas me habla desde hace varios años; más aun, ha dado indicios de que no quiere que yo sepa en qué lugar del mundo se encuentra. El resquebrajamiento de los vínculos familiares se dio desde los 70, cuando mi madre aún vivía, y afecta hasta ahora a mi entorno familiar.

El Sodalicio, a través de la productora ICTYS (Instituto Cultural y Social) ha explotado comercialmente, desde la década de los 90, por lo menos 18 canciones de las cuales soy autor y compositor —tal como lo reconoce explícitamente ICTYS—, sin que yo haya cedido en ningún momento ningún derecho emanado de la propiedad intelectual de esas canciones y sin haber yo recibido nunca ningún céntimo por concepto de regalías.

El Sodalicio me ha quitado el sueño, me ha hecho despertar cada día con la conciencia obsesiva de ser un sobreviviente de un sistema sectario destructivo, ha envenenado y destruido muchas de mis amistades, me ha difamado como un ser desquiciado que sólo busca hacer daño a quienes quieren vivir una auténtica fe cristiana dentro de la Iglesia católica.

Pero aún me quedan la fe, producto de experiencias personales, y una esperanza indoblegable, que espera ver algún día al Sodalicio saldando sus cuentas pendientes.

(Columna publicada en Sudaca el 19 de junio de 2021)

HOMOFOBIA

homofobia

Crecí homófobo en una sociedad homófoba. Desde niño me enseñaron no sólo que la homosexualidad era una anormalidad, sino también una perversidad. Debía cuidarme de los homosexuales, pues todos eran potenciales abusadores sin excepción.

En el colegio los chistes más celebrados que nos contábamos entre nosotros eran los de homosexuales, a los cuales no designábamos con este término más aséptico, sino con los más ofensivos de maricón, cabro, chivo, rosquete, loca, miembro del otro equipo, tragasables, expresiones que también usábamos para insultarnos entre nosotros, asociándolas con cobardía, miedo, amaneramiento, deslealtad y traición.

Para nosotros el homosexual era un ser humano desviado, de modales afeminados, cuya búsqueda insaciable con intenciones sexuales de otros varones lo convertía en un peligro para la sociedad. Y, por lo tanto, veíamos con cierta complacencia y hasta con buenos ojos cuando nos enterábamos de que se había descubierto la identidad de uno y se le había propinado una buena paliza, que considerábamos bien merecida.

En la Lima de la década de los 70 corrían rumores de señores mayores que rondaban en sus automóviles el Parque Kennedy en Miraflores en busca de jóvenes muchachos para satisfacer sus deseos libidinosos. Cerca de allí, en el Pasaje Olaya, en el terreno donde se encuentra actualmente una filial de la Universidad de Piura, se encontraba antaño el Colegio Marcelino Champagnat, en cuya pequeña capilla los sodálites y aspirantes a sodálites teníamos nuestra misa dominical bien avanzada la tarde, usualmente celebrada por el P. Armando Nieto SJ. Después de la misa algunos nos reuníamos en un café para seguir conversando y bromeando entre nosotros, o asistíamos a la sesión de cine club que se realizaba en el auditorio del mismo centro educativo. O simplemente nos reuníamos en la calle para comprarle algunas golosinas a la señora Maura, una amable anciana que vendía golosinas con su carretilla y cuya única compañía era su hijo Dante, un joven adulto con discapacidad mental. En ese entonces no sabía aún en qué problemas se mezclaría Dante en el futuro, que lo llevarían a terminar como un bulto asesinado en un lugar inhóspito en El Callao, convirtiéndose así en una estocada a las esperanzas de vida de la señora Maura, quien moriría tiempo después en la soledad de su humilde vivienda en Surquillo. Pero no es esta historia –y mi fugaz participación en ella– la que quiero contar ahora, sino mi primer encuentro con uno de esos pervertidos de los cuales me había advertido tantas veces mi madre. En realidad, en ese lejano año de 1978 ya había conocido personalmente a algunos, pero no los había reconocido como tales. No sólo no los había identificado, sino que les había entregado mi confianza: Luis Fernando Figari, Germán Doig, Virgilio Levaggi, entre otros. Pero mí los peligros en esta azarosa vida no provenían de ese refugio que era para mí el Sodalicio, sino de afuera, de ese mundo sometido a los vaivenes de la maldad y el pecado.

Y en una de esas noches dominicales que ya anunciaban con su incipiente calor las postrimerías del año en curso, hallándome cerca de la carretilla de la señora Maura mientras esperaba que salieran otros jóvenes vinculados al Sodalicio de la capilla ubicada en la planta superior del local, me abordó un hombre que debía frisar los cuarenta años, con una amplia frente perlada de sudor, la mirada ansiosa pero esquiva, preguntándome si quería mirar unas fotos excitantes en su departamento. Yo, a mis quince años, ya había aprendido de mi madre cómo debía reaccionar ante esas lascivas insinuaciones, así que amparado por mi conciencia de estar en un lugar público, comencé a increpar al hombre, quizás gritándole que era un pervertido y que se fuera, lo cual hizo de inmediato, escurriéndose entre la gente que estaba de paso en la vereda, movido por el temor de quedar en evidencia. Si alguien me escuchó, nadie hizo nada. A lo más algunos voltearon la vista para ver qué pasaba y luego seguir su camino con la habitual indiferencia de los peatones de esta gran ciudad que es Lima.

Por esa época llegó a la cartelera cinematográfica la película peruana Cuentos inmorales (1978), que atrajo mucha audiencia a los cines por su engañosa publicidad, prometedora de algunas escenas calientes y mucha morbosidad. Sin embargo, las críticas de cine decían otra cosa de la película, lo cual a mí, que siempre he sido un amante del cine, me animó a verla. De los cuatro segmentos que componían el film, el último, Los amigos, dirigido por Francisco J. Lombardi, fue el que más me impresionó, no sólo por su realismo naturalista en la narración del encuentro en un restaurante criollo de cuatro hombres en edad madura que en su infancia y juventud fueron compañeros escolares de un colegio católico para varones, sino también por el hecho de que uno de ellos, el moreno, es homosexual, lo cual sólo se revela al final y conduce a una escena que muestra las fracturas relacionales que había entre los supuestos amigos de toda la vida, siendo que la homosexualidad oculta y ahora conocida ocasiona un arrebato de violencia y actitudes discriminatorias en uno de los protagonistas que se supone que representa el éxito dentro de la sociedad peruana. Si bien yo todavía creía que la homosexualidad era una anormalidad, también me sentí solidarizado con aquél al que su supuesto amigo le grita “negro maricón” mientras se aleja en la noche cabizbajo y con mirada triste, y condenaba la actitud de quien se dice normal pero es incapaz de experimentar empatía con ninguno de los otros tres amigos que se reunieron esta tarde para celebrar entre sorbos de cerveza su amistad de pies de barro.

En diciembre de 1981 fui admitido en la comunidad sodálite Nuestra Señora del Pilar, ubicada entonces en la calle Alfredo Silva en Barranco. Pasaría más de 11 años en comunidades sodálites, conviviendo incluso con algunas personas con tendencias homosexuales, de cuya orientación me enteraría décadas después a través de conversaciones personales. Además de Luis Fernando Figari, algunos de ellos —Germán Doig, Virgilio Levaggi, Jeffery Daniels y Ricardo Trenemann, por ejemplo— han sido señalados públicamente de haber cometido abusos sexuales en perjuicio de adolescentes y jóvenes adultos. Otros, sin ser abusadores, simplemente ocultaron su condición por la sencilla razón de que el discurso sodálite, en consonancia con la doctrina moral católica vigente, condenaba la homosexualidad como una desviación sexual, y su práctica, como un pecado gravísimo. Nunca sospeché que fueran homosexuales y nunca dieron indicios de serlo, por lo cual el trato con ellos fue siempre como con cualquier otro miembro de la comunidad.

Curiosamente, fue en comunidades sodálites donde mi connatural homofobia comenzó a resquebrajarse, gracias a mis aficiones literarias que no eran compartidas de la misma manera por otros miembros de la comunidad. Un libro de lectura obligatoria en el Sodalicio era El coraje de vivir [Pêcheurs d’hommes, 1940] del escritor francés Maxence van der Meersch (1907-1951), novela sobre la Juventud Obrera Católica (JOC). Mi interés por este escritor católico me llevó a buscar más novelas salidos de su pluma —Cuando enmudecen las sirenas, El pecado del mundo, Leed en mi corazón, La compañera—, las cuales presentaban historias bastante crudas de corte naturalista situadas en el contexto del mundo obrero en la Francia de entreguerras. Pero la novela que más recuerdo es La máscara de carne (Masque du chair), publicada póstumamente en 1958 debido a que su autor no se atrevió a publicarla en vida. Y no es para menos. La novela narra en primera persona la historia de un católico homosexual que intenta luchar contra su propia naturaleza, consciente de que los actos que nacen de esta tendencia son para él un pecado gravísimo. Y no escatima detalles en el relato de sus relaciones con otros hombres, describiendo el estado de desgarramiento y culpabilidad a que esas experiencias lo conducen. Las descripciones son tan vívidas, que parecen nacer de la propia experiencia del autor, el cual muestra finalmente a su protagonista como incapaz de vencer esta orientación y aceptando tener que convivir angustiosamente con ella, pero con la convicción de que eso no será obstáculo para alcanzar la santidad. «Todavía tengo madera de santo», concluirá el protagonista gay.

Otro autor católico que ayudó a abrirme los ojos es Julien Green (1900-1998), quien nació y se educó en París (Francia), y no obstante tener la nacionalidad estadounidense y ser bilingüe —pues su madre era oriunda de Estados Unidos—, escribió la mayoría de su obra en francés, abordando historias de existencias inmersas en conflictos donde la fe, la culpa y el pecado juegan papeles importantes. Lo primero que leí de él fue Cada hombre en su noche (Chaque homme dans sa nuit, 1960), donde el protagonista, un joven católico solitario, busca hacer el el bien y lo correcto a la vez que vive obsesionado por la sexualidad y se siente arrastrado hacia un abismo de culpabilidad después de cada experiencia que percibe como caída. Pero fue en tres obras autobiográficas de Green —Partir antes del día (Partir avant le jour, 1963), Mil caminos abiertos (Mille chemins ouverts, 1964) y Tierra lejana (Terre lointaine, 1966)— donde me topé con descripciones íntimas de sentimientos amorosos homosexuales en que el escritor detalla de manera platónica y sin connotaciones eróticas su enamoramiento y pasión por otros jóvenes durante su juventud. El hecho de que no hubiera nada físico en estas relaciones me hacía reflexionar sobre la posibilidad y legitimidad de amores homosexuales dentro del marco de la moral católica, que yo entonces aceptaba a pie juntillas sin reparo alguno.

Julien Green nunca se casó, pero tuvo como hijo adoptivo a Éric Jourdan (1930-2015), un escritor abiertamente gay, quien publicó a los 17 años de edad Los malos ángeles (Les mauvais anges, 1955), donde narra la relación íntima entre dos muchachos adolescentes. La novela fue prohibida durante 29 años en Francia.

El siguiente hito en mi educación sentimental fue el visionado de la película El beso de la mujer araña (Kiss of the Spider Woman, Héctor Babenco, 1985), que se basa sobre la novela homónima del escritor homosexual argentino Manuel Puig, publicada en 1976. La pude ver gracias a uno de esos bocanadas de libertad que como cinéfilo me permitía cuando aún vivía en una comunidad sodálite, escapándome una tarde a una sala de cine.

En el film, Raúl Juliá es Valentín Arregui, un preso político en una sórdida cárcel brasileña, que comparte su celda con Luis Molina, un homosexual afeminado interpretado por William Hurt. Luis se pasa el tiempo desgranando sus recuerdos sobre una supuesta película que narra la historia de una cantante francesa que, durante la Segunda Guerra Mundial, decide traicionar a su patria por amor a un oficial alemán. En su imaginación Luis se identifica con esta hermosa y enigmática mujer interpretada por Sonia Braga. Arregui siente al principio rechazo por Molina sólo por el hecho de que es homosexual. Lo que él no sabe es que Molina ha sido puesto en la celda por el alcaide de la prisión, con el fin de sonsacarle información que pueda llevar a la captura de sus compañeros del grupo revolucionario en el cual milita. Pero Molina se va enamorando de Arregui y lo cuida y atiende heroicamente cuando cae enfermo debido a que está siendo envenenado lentamente por sus carceleros. Además, admirando su compromiso político y su lealtad a sus ideales, busca protegerlo ante las autoridades carcelarias ocultando información y solicitando favores al alcaide (mejor comida y artículos de limpieza, por ejemplo). La amistad que se desarrolla entre ambos hombres termina en algo más físico cuando Luis le revela su amor a Valentín y le promete ayudarlo enviando a un mensaje por teléfono a sus camaradas, una vez que sea puesto en libertad. Luis terminará asesinado por la novia de Molina en un malentendido al intentar cumplir su cometido, debido a que había sido seguido por agentes del gobierno, y Arregui será torturado hasta la muerte, momento en que sueña que la hermosa mujer araña, un avatar imaginario de Molina en sus fantasías, lo lleva a una isla paradisíaca para reposar en la belleza de un amor eterno.

Ni qué decir, la historia y la excelente interpretación de William Hurt —que le valió un Oscar de la Academi— no sólo me conmovieron, sino que contribuyeron a crear grietas en la imagen estereotipada de los homosexuales que se me había inculcado. Aún aceptando la doctrina moral católica al respecto, veía plasmada en la pantalla una personalidad compleja que sufría discriminación y era capaz, dentro su forma de ser, de manifestar un amor sincero y auténtico hasta el extremo.

Vale decir que la película tampoco presenta modelos impecables de humanidad, pues chirría en varios de sus engranajes. El revolucionario Arregui ha tenido como amante a una mujer de la burguesía, la clase a la cual combate. Molina está preso por haber corrompido a un menor, es decir, por pederastia. Y la película que él narra en sus recuerdos es un film de propaganda nazi, donde los oficiales del ejército que ocupan París son unos héroes, mientras que los miembros de la Resistencia Francesa son canallas de mal aspecto y acciones repudiables. Dentro de esta ambigüedad maculada, los dos protagonistas llegan a sublimarse por la entrega mutua y la fidelidad a su condición humana.

A partir de entonces, si bien ya había nacido en mí una actitud comprensiva hacia las personas homosexuales, seguía pensando junto con la Iglesia que la homosexualidad era una «inclinación objetivamente desordenada». Me demoraría todavía mucho tiempo en cambiar esta valoración de la homosexualidad, pues primero tenía que librarme del formateo mental que había sufrido en el Sodalicio. Y ese recién se iniciaría con fuerza a fines del año 2007, aunque ya con el paso del tiempo se habían generado fisuras en esa estructura mental que se me había implantado recurriendo a la manipulación psicológica.

A partir de 2011, cuando comencé a prestar mi participación activa para que salieran a la opinión pública los abusos cometidos en el Sodalicio, supe que algunas de las personas con las que yo había convivido en comunidades sodálites eran homosexuales. Las autoridades sodálites lo sabían y habían utilizado esa información para manipularlos personalmente y someter sus voluntades a los dictados de Figari y la institución. Al igual que en la iglesia católica, en el Sodalicio se podía ser homosexual siempre y cuando no se saliera del clóset y se defendiera públicamente la doctrina homofóbica que aparece en el Catecismo de la Iglesia católica y otros documentos del Magisterio de la Iglesia.

Luego seguiría la lectura de textos de David Berger, un teólogo católico homosexual que decidió salir del clóset y que relata su experiencia de vida dentro de altos círculos eclesiásticos en su libro autobiográfico La santa apariencia – Como teólogo gay en la Iglesia católica (Der heilige Schein – Als schwuler Theologe in der katholischen Kirche, 2012). Asimismo, la entrevista que le concedí en el año 2016 a Antonio Capurro, un periodista homosexual que escribe en La Revista Diversa, me obligó a afinar algunos conceptos y precisar mejor mi posición personal como católico sobre la homosexualidad. La entrevista también fue publicada el 15 de septiembre de 2016 en este blog (ver LA HOMOSEXUALIDAD, EL SODALICIO Y LA IGLESIA CATÓLICA).

Soy heterosexual y no juzgo a las personas homosexuales. Más aún, no creo que sea legítimo discriminarlas y considerarlas sujetos de una anormalidad de origen más aún cuando las actuales ciencias psiquiátricas y psicológicas, a diferencia de tiempos antaños, han dejado de considerar a la homosexualidad como una enfermedad mental o una perversión. Si no es malo lo que una persona es, entonces los actos que se deriven de esa naturaleza tampoco pueden ser malos de por sí. Lo cual implicaría la necesidad de un replanteamiento de la moral sexual de la Iglesia y abandonar esa visión que considera moral y legítima la práctica de la sexualidad humana sólo cuando se da en el contexto de un modelo de familia tradicional y está orientada de manera directa o remota a la reproducción de la especie. La sexualidad humana, en realidad, es más compleja y cumple funciones importantes más allá de ese marco restrictivo.

Sea como sea, la homofobia es un mal que hay que desterrar, un atentado contra derechos fundamentales de las personas homosexuales —que incluso ha ocasionado muertes— y una tarea pendiente para la Iglesia católica. ¿Seremos algún día testigos de un cambio?

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REFERENCIAS

SANTIAGO RONCAGLIOLO Y LA BANALIZACIÓN DEL ABUSO

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El crítico literario Jose Carlos Yrigoyen dijo alguna vez que en las novelas de Santiago Roncagliolo se cumple «una regla donde lo trivial, lo frívolo y lo predecible se imponen». Y no es otra la impresión que he tenido al terminar de leer su última novela Y líbranos del mal.

La falta de originalidad del autor se evidencia desde el mismo título, usado tantas veces en otras obras que describen males presentes en el seno de la Iglesia católica, en especial el excelente documental Deliver Us from Evil (2008) de Amy Berg, que aborda el abuso clerical al hilo de una entrevista con el P. Oliver O’Grady, un pederasta en serie que actuó en la arquidiócesis de Los Angeles (California) y que se retiró a vivir a Irlanda después de purgar condena en cárceles de Estados Unidos.

El punto de partida de Roncagliolo es sospechosamente muy parecido al de Sepulcros blanqueados, otra novela inspirada en el Sodalicio y publicada el año pasado por el psicoterapeuta y ex sodálite Gonzalo Cano, quien además es primo hermano del escritor. En ambas novelas, el hijo de un hombre que ha emigrado del Perú a los Estados Unidos regresa a Lima para averiguar sobre el oscuro y misterioso pasado de su progenitor. Mientras que en la novela de Cano el padre se suicida al principio, en la novela de Roncagliolo está vivo y se llama Sebastián Verástegui, pero por motivos desconocidos no quiere volver pisar Lima en su vida y, cuando su madre (Mamá Tita) enferma gravemente, envía a su hijo a la capital peruana para que éste cuide de su querida abuela. En ambas novelas el pasado oculto y secreto del padre está vinculado a una orden religiosa de características sectarias, en las cuales él mismo habría cometido abusos sexuales.

Pero mientras que la novela de Cano se desarrolla como un thriller policíaco que sigue a tres personajes, sumidos en una atmósfera de miedo y angustia, en la novela de Roncagliolo el miedo no está tan presente, sino más que nada los silencios reveladores y el temor de quienes rodean al protagonista respecto a que éste descubra la verdad sobre su padre.

Durante los dos primeros tercios de la novela el autor nos da algunas pistas, algunos indicios, sugiere sospechas, pero poco llegamos a saber sobre la organización sectaria que está detrás del meollo. En una trama predecible, cansina y cargada de clichés literarios y lugares comunes, Roncagliolo nos narra las peripecias de Jimmy Verástegui en un ambiente burgués limeño de clase media acomodada, ubicado en una zona urbana entre San Isidro y Miraflores, donde conocemos a algunos personajes que le revelan información sobre la institución a la que perteneció su padre, antes de callar definitivamente. Aquí no llegamos a enterarnos de ningún abuso concreto que se haya realizado en la organización, no obstante que ya se nos adelanta que efectivamente habrían ocurrido.

Es en la tercera parte donde Roncagliolo busca poner la carne en el asador, pero la pone mal, ya que lo que al final llegamos a saber parece sacado de un thrilller comercial hollywoodense o de un cómic barato de kiosko. Pues la organización religiosa descrita por Roncagliolo se parece poco o nada al Sodalicio en que se inspira. Los personajes basados en los abusadores Jeffery Daniels (Sebastián Verástegui), Luis Fernando Figari (Gabriel Furiase) y Germán Doig (Paul Mayer), las víctimas inspiradas en Rocío Figueroa (Marisa Vega) y Álvaro Urbina (Daniel Lastra), el periodista inspirado en Pedro Salinas (Julián Casas) no se asemejan a sus originales ni por asomo, al contrario de lo que ocurre en la novela de Gonzalo Cano, donde los personajes ficticios son retrato fiel de las personas reales en las que se basa. Roncagliolo, en cambio, se limita a poner en escena personajes planos sin mayor profundidad.

No le niego al autor, como novelista, su derecho a escribir las ficciones que le vengan en gana. Pero en una buena novela el escritor recurre a la invención literaria para profundizar mejor en una realidad que la pura documentación testimonial no logra reproducir plenamente. Además, Roncagliolo presenta como parámetro de su ficción realidades sociales que supuestamente existen. Sus descripciones de los ambientes neoyorkinos y de la burguesía limeña se mueven dentro del marco de una descripción naturalista que busca reflejar aspectos de la realidad. Pero yerra el blanco cuando intenta recrear los ambientes de esa orden que supuestamente tendría como modelo al Sodalicio. Más aún, traiciona la veracidad de los testimonios de abusos al hacer interpretaciones personales que resultan deshonestas y ofensivas para las víctimas. ¿Tiene sustento en la realidad presentar a quienes sufrieron abusos en el Sodalicio como una camarilla de compadres que se juntan sólo entre ellos para contarse sus historias consumiendo cerveza y whisky hasta la ebriedad en reuniones parrilleras? ¿Existen fundamentos para presentar a Daniel Lastra —el avatar de Álvaro Urbina— como alguien que sólo busca figuración a través de sus denuncias, que es un homosexual que en cierto momento intenta seducir a Jimmy Verástegui y que anteriormente había tomado la iniciativa en la seducción de su padre Sebastián —avatar de Jeffery Daniels—, mientras que éste había intentado resistirse a los avances del joven muchacho, pero finalmente había cedido a la tentación? Sin contar con que el abuso sufrido por Marisa Vega —tomado del testimonio de Rocío Figueroa en Mitad monjes, mitad soldados— es narrado con tal ligereza y superficialidad, que el lector termina preguntándose si lo que se describe es verdaderamente un abuso o una exploración de la sexualidad en personas adultas.

Además, no llegamos a saber en concreto cuáles fueron los abusos sexuales, porque Roncagliolo simplemente no los cuenta ni detalla. Nada de nada. En ese sentido, la novela es casi pudorosa, decentemente burguesa, sin descripciones gráficas que puedan incomodar a la multitud de lectores dispuestos a pasar el tiempo con una novela de digestión fácil y complaciente.

Como resultado, los abusos sexuales parecen evaporarse en la incógnita del quién sabe, pues lo que se ve en la novela de Roncagliolo es una institución religiosa donde había relaciones homosexuales consentidas entre algunos de sus miembros. La manipulación psicológica —favorecida por la asimetría en las relaciones jerárquicas—, el control mental producto del lavado de cerebro, el miedo solapado inculcado en los miembros de la organización, todo ello está ausente del relato, probablemente porque el autor no entiende cómo ocurrieron esas cosas. Tampoco llegan a entenderse los daños que puede generar el abuso sexual en los afectados. En la novela, el personaje de Tony “El Vaquero” es presentado como aquel que mayor daño psicológico ha sufrido en lo personal por algo ocurrido cuando tenía como compañero de andanzas en el barrio a Sebastián Verástegui. Pero nunca llegamos a enterarnos de qué es lo que efectivamente le sucedió.

No puedo sino estar de acuerdo con lo que José Carlos Yrigoyen escribe en su columna de crítica literaria en El Comercio: «Más que ser una novela sobre el abuso sexual, la ligereza con que Roncagliolo asume sus materiales hace de “Y líbranos del mal” la crónica de un triángulo gay con música de denuncias de fondo. Se restringe a detallar los celos y venganzas de Sebastián, Daniel y Furiase; prefiere no ahondar en el infernal mundo que los rodea, el cual apenas podemos adivinar o imaginarnos, pues Roncagliolo, por razones misteriosas, ha escogido ocultarlo».

Al final, el autor no llega a profundizar en la temática del abuso. Su novela no sirve para entenderlo a mayor cabalidad, pues queda reducido a un acontecimiento impreciso, subjetivo y —por qué no decirlo— banal. Qué más se puede esperar de una narrativa que hace de la ligereza y la frivolidad su bandera, su estilo, su atractivo, su gancho para embelesar a lectores poco exigentes.

(Columna publicada en Sudaca el 5 de junio de 2021)

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REFERENCIAS

José Carlos Yrigoyen
Columna vertebral: Una aventura fallida (Perú21, 08/04/2016)
https://peru21.pe/cultura/columna-vertebral-aventura-fallida-214953-noticia/
“Y líbranos del mal”: nuestra crítica a la nueva novela de Santiago Roncagliolo (El Comercio, 25 de mayo de 2021)
https://elcomercio.pe/luces/libros/y-libranos-del-mal-nuestra-critica-a-la-nueva-novela-de-santiago-roncagliolo-seix-barral-noticia/