LOS ARCHIVOS SECRETOS DEL SODALICIO

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«Hay un expediente de cada sodálite en mi archivo, donde se guarda toda su información». Aunque en varias ocasiones le oí decir esto o algo similar a Luis Fernando Figari durante el tiempo que viví en comunidades sodálites, nunca supe ni donde estaba ubicado físicamente el archivo, ni quienes tenían acceso a él, mucho menos los documentos y papeles personales que podían haber sobre cada uno de los miembros del Sodalicio. ¿Estaban allí las pruebas psicológicas que nos habían tomado cuando todavía éramos menores de edad? ¿O el examen psicológico que se me tomó en el año 1993 cuando estaba en San Bartolo atravesando por una grave crisis personal? ¿Había allí informes elaborados por los superiores y consejeros espirituales? ¿Había allí un récord con los avances que se había hecho en el camino a la santidad, que consistía en ir asumiendo cada vez de manera más perfecta el estilo sodálite propuesto por Figari? ¿Estaban allí los resultados del examen médico, incluido palpamiento de testículos, que me había hecho, antes de que yo entrara a formar parte de una comunidad sodálite, Franco Attanasio —ex sodálite, quien era entonces el médico del Sodalicio y ahora es especialista en medicina interna del Grand River Health Center en Detroit (Michigan, Estados Unidos)—?

Lo cierto es que no tengo memoria de que haya habido ningún documento por el cual se formalizara oficialmente mi ingreso al Sodalicio de Vida Cristiana, así como tampoco hay documentos de cuando la gente se separa de la institución. Lo cual a la larga resultaba perjudicial para cualquier miembro y ex miembro del Sodalicio, pues sin acuerdo firmado entre ambas partes, no existe legalmente ninguna obligación formal de parte de la institución hacia sus integrantes. De ahí que quien ingresaba al Sodalicio, entraba a formar parte de una asociación donde las reglas sólo se formulaban oralmente, donde no se ponía por escrito cuáles eran los derechos y obligaciones de uno como miembro ni los deberes y obligaciones que tenía la institución hacia uno.

Si bien el texto de las promesas formales que culminaban en la de profeso —aspirante, probando, cuatro niveles de formando, consagrado temporal, consagrado perpetuo— contenían algunas obligaciones expresadas de manera muy general, uno por lo general ni siquiera recibía una copia de la promesa que había formulado. El texto de los ceremoniales sodálites era un material que se guardaba con celoso secreto y que no debía ser dado a conocer públicamente a nadie, mucho menos correr el riesgo de que llegara a manos extrañas imprimiendo alguno de los rituales de las promesas y entregándoselo a los que las emitían en ceremonias privadas.

Pero hay otro texto guardado con mucho mayor celo y sigilo, en el cual se encuentra la normativa que rige a la institución, a saber, los Estatutos del Sodalicio de Vida Cristiana, que fueron ligeramente modificados y recibieron la denominación de Constituciones en el momento en que el Sodalicio fue elevado al rango de sociedad de vida apostólica laical de derecho pontificio en el año 1997. Un ejemplar de los Estatutos o Constituciones era entregado a los sodálites que hacían por primera vez su profesión temporal, que es el paso previo a la profesión perpetua. Sin embargo, todo los sodálites están obligados a cumplir las normas allí estipuladas, incluso aquéllos de rangos inferiores, aun cuando no les sea permitido acceder al texto. Conocen las normas solamente por intermedio de sus superiores, a los cuales deben prestar una confianza ciega y rendirles obediencia absoluta. Esta situación es propicia a que se cometan abusos y atropellos, pues no hay modo de saber si lo que enuncian los superiores es del todo conforme a las reglas. Más aún, el Sodalicio nunca ha contado con mecanismos internos para denunciar abusos de autoridad.

En principio, Luis Fernando Figari señalaba que un sodálite debía obedecer a sus superiores en todo, aunque lo mandado le pareciera un absurdo y un sinsentido. Más aun, ni siquiera debía preguntar qué sentido tenía la orden, pues ello implicaba ya un acto de desobediencia al ser un cuestionamiento de la autoridad del superior. Sin embargo, admitía una excepción: no se debía obedecer si lo mandado iba contra la moral cristiana. El problema es que a un sodálite se le enseña a desconfiar de sí mismo y de su propio criterio, y a confiar ciegamente en los superiores. Desobedecer debido a una objeción de conciencia resultaba prácticamente imposible bajo estas condiciones, pues quien arguyera que no se sujetaba a la obediencia por razones morales terminaría siendo sometido a disciplina y cuestionado por decidir según su criterio personal qué era moralmente legítimo y qué no.

El mismo Óscar Tokumura fue cuestionado personalmente en San Bartolo debido su ensañamiento con algunas de las personas que estaban a su cargo por uno que otro sodálite, que fueron obligados a callar y a obedecer cuando le enrostraron sus excesos. Recurrir a instancias superiores no sirvió de nada, pues Tokumura contaba con el respaldo pleno del mismo Figari y del P. Jaime Baertl. Y he de suponer que ninguna de estas quejas fueron debidamente documentadas en un informe.

Volviendo al tema de los archivos, caí en la cuenta, habiendo pasado ya tanto tiempo desde que me desvinculé del Sodalicio, de que nunca había oficializado esa separación y no tenía ningún documento que acreditara tanto mi paso por el Sodalicio como el hecho que ya no era miembro de la institución. Además, si el Sodalicio aún mantenía documentación e información sobre mí en sus archivos, ya no tenía ningún derecho a seguir conservándola. Es así que a fines del año pasado le envié el siguiente e-mail a Alessandro Moroni, Superior General del Sodalicio de Vida Cristiana:

Lunes, 14 de diciembre de 2015

Estimado Sandro:

Veo con interés y expectativas los esfuerzos que estás haciendo para llevar adelante un proceso de revisión, renovación y reconciliación del Sodalicio, a fin eliminar de todo aquello que permitió que se cometieran sistemáticamente en la institución abusos psicológicos, físicos y sexuales y, de este modo, prepararse para servir nuevamente a la Iglesia siguiendo tras las huellas de Nuestro Señor Jesucristo.

Aún así, debo admitir que desde hace tiempo no descubro en el estilo y la espiritualidad sodálite mi propio camino como católico creyente en la Iglesia, y dado que nunca formalicé de manera oficial mi renuncia a seguir siendo adherente sodálite, aprovecho estas líneas para manifestarte mi decisión de romper irrevocablemente todo vínculo institucional con el Sodalicio.

Asimismo, solicito que se me devuelva toda la documentación sobre mi persona contenida en los archivos del Sodalicio, incluyendo la autobiografía de puño y letra que escribí, todos los resultados de las pruebas psicológicas que se me tomó en diversas etapas de mi vida, así como también la carta que escribí para ser admitido en comunidad y la carta que redacté para poder emitir mi compromiso de adherente sodálite. Considerando que no está estipulado en ningún reglamento interno cómo se ha de manejar y administrar estos papeles, ni el Sodalicio tiene tampoco autorización legal para guardar documentación personal de ex miembros, no quiero que se conserve ningún documento referente a mi persona en el archivo del Sodalicio, salvo aquellos en que se me mencione por motivos puramente historiográficos o en textos que hayan sido legítimamente publicados.

Un cordial saludo

Martin Scheuch

P.D. Quiero que sepas que no soy el único que sabe que te estoy enviando esta carta. Se trata de personas de confianza que verían con agrado que accedas a lo que te solicito. En aras de la objetividad, yo mismo vería eso como una buena señal e informaría al respecto en mi blog en términos positivos sobre el Sodalicio. Hace tiempo que deseo escribir cosas más positivas del Sodalicio —y algo de esto se puede encontrar desperdigado en mis escritos— pero lamentablemente son demasiadas las metidas de pata que se han cometido en los últimos tiempos como para tener que bajar la guardia. De todos modos, puedes contar con mi buena voluntad.

A los tres días Moroni me envió un acuse de recibo, prometiéndome acceder a lo que solicitaba a la brevedad posible. Recién el 20 de enero de 2016, previo enérgico recordatorio de mi parte enviado el 16 de enero, accedió a enviarme la documentación solicitada.

Semanas después recibí en mi domicilio en Alemania un sobre de manila conteniendo un conjunto de papeles amarillentos avejentados por el tiempo, además de un cuaderno Atlas de formato pequeño y algunas copias fotostáticas. Además de la carta confirmándome el tiempo que había vivido en comunidades sodálites y mi posterior permanencia en el Sodalicio como adherente sodálite (sodálite casado), redactada en términos correctos y cordiales, donde además me confirmaba mi pedido de «romper irrevocablemente todo vínculo institucional con el Sodalicio», había copias de de los siguientes documentos:

  • Carta dirigida al Superior del Sodalitium Christianae Vitae, del 17 de diciembre de 1981, solicitando entrar a vivir a una comunidad de formación.
  • Carta dirigida al Superior del Sodalitium Christianae Vitae, del 13 de agosto de 1988, solicitando realizar la profesión temporal en la institución.
  • Carta dirigida al Superior del Sodalitium Christianae Vitae, del 12 de agosto de 1991, solicitando renovar los compromisos temporales de profeso.
  • Carta dirigida al Superior del Sodalitium Christianae Vitae, del 17 de julio de 1993, solicitando licencia de la vida comunitaria por tres meses.

Moroni me había recalcado por e-mail que los «originales permanecerán en los archivos del Sodalicio de Vida Cristiana porque son documentos que fueron remitidos a las autoridades de la misma, tienen un valor histórico, registran los distintos pasos que diste cuando eras parte de la sociedad».

El primero de estos documentos fue redactado con máquina de escribir y los demás están escritos de puño y letra, en un lenguaje y estilo estandarizado conforme al pensamiento único que se implantaba a los sodálites. Comprendo que el Sodalicio quiera guardar los originales, pues en estas cartas aparecen frases como «esta decisión la he tomado libremente y por mi propia voluntad», «este anhelo mío es completamente libre, sin coacción de ningún tipo», «esta decisión la he tomado libre de toda coacción externa e interna», «he llegado con toda libertad a la conclusión de que…» Las cartas debían contener estas formulaciones para poder acceder a lo que allí se pedía. Las tres primeras las redacté estando bajo el código de la obediencia y en un contexto donde la posibilidad de otras opciones distintas ni siquiera se planteaba. En el Sodalicio a uno se le proponía ascender en la jerarquía de compromiso o quedarse en el mismo nivel, pero la posibilidad de retirarse de la vida comunitaria y no seguir el estilo de vida de un consagrado con obligación de obediencia y celibato ni siquiera se mencionaba. Era un tema tabú. Quienes han expresado este deseo lo han hecho después de varios meses de tortura interior, y las consecuencias siempre han sido que se pusiera a la persona en “etapa de discernimiento” —orientada a evitar en la medida de lo posible que el sujeto se aparte del camino señalado, pues ello se interpretaba como una traición al Plan de Dios—, la cual se podía prolongar durante meses, sin que en la mayoría de los casos la persona se sintiera en capacidad de imponerse y de decidir voluntariamente salir por la puerta delantera en el día y a la hora que quisiera. Incluso cuenta el brasileño Josenir Lopes Dettoni en un desgarrador testimonio (ver SODALICIO: UN TESTIMONIO BRASILEÑO) que un día decidió irse de San Bartolo y «al notar que yo me hallaba fuera de la comunidad cargando una maleta, un “hermano” corrió hasta la plaza, donde yo me encontraba, y me detuvo físicamente. Me agarró y no me dejó hasta que se llamara al superior […], momento a partir del cual continué detenido hasta que nuestra conversación me llevó al llanto y a más desequilibrio emocional. Acordamos entonces que yo necesitaba discernir más. Por lo tanto, salir de comunidad no siempre es tan sencillo». Por esa misma razón, muchos de quienes querían evitarse todos estos problemas, se largaban clandestinamente entre gallos y medianoche, sin que por ello dejaran de arrastrar consigo el trauma de sentirse realizando una acción cuasi-delictiva. A partir de entonces se convertían en personas no gratas para el Sodalicio y se les mencionaba con apelativos como “judas”, “traidor” o “innombrable”.

La última carta, donde expreso mi deseo de abandonar la vida comunitaria, está atravesada por un hondo sentimiento de fracaso y tristeza, pues —debido al formateo mental de que había sido objeto durante más de una década— veía la decisión que estaba tomando como una consecuencia de mis propios problemas e inconsistencias personales y no como lo que fue realmente, un primer paso para obtener la libertad y arriesgarme a buscar la felicidad humana en el mundo de los mortales comunes y corrientes. En ese momento no sospechaba que se trataría de un largo camino donde el fantasma del Sodalicio estaría, como una sombra, continuamente acechando mis pasos.

Además de copias de mi partida de nacimiento y de mi certificado de bautismo, había varios textos manuscritos que yo había redactado a pedido de mi consejero espiritual de entonces, Jaime Baertl, algunos de ellos inquietantes, por el hecho de que contenían revelaciones íntimas de mi vida personal puestas por escrito cuando yo todavía no había superado esa etapa crítica y borrascosa que es la adolescencia. Se trata de dos extensas autobiografías, una terminada en septiembre de 1979 y la otra en septiembre de 1980. Además, hay varias hojas de análisis personal, de recuento detallado de lo que yo consideraba mis pecados, de actitudes que debía cambiar y deberes que tenía que cumplir, así como una reflexión sobre el hombre como ser para la comunicación y una descripción de la tormentosa relación con mi madre. En otro texto hago una narración detallada de cosas importantes en mi vida que ocurrieron durante mi viaje de promoción a Huaraz con mi clase de 3° de secundaria del Colegio Alexander von Humboldt —téngase en cuenta que al año siguiente ingresaría a la Escuela Superior de Educación Profesional Ernst Wilhelm Middendorf con un régimen semi-universitario—. También hay un cuento de Navidad escrito a máquina que yo no recordaba haber escrito.

Actualmente me resulta preocupante que esos textos hayan estado en el archivo del Superior General a disposición de Luis Fernando Figari, pues allí se detalla hasta en su más íntimos rincones lo que era la vida personal de un muchacho desorientado en búsqueda de respuestas a las incógnitas de la existencia. Allí está todo lo que yo pensaba y sentía, todos mis anhelos y esperanzas, todos mis problemas adolescentes desde mis ansias de independencia, los conflictos con mi madre hasta las experiencias de autosatisfacción vinculadas al despertar sexual. Viéndolo desde la distancia, tomo conciencia del riesgo que significó para mí que ese material estuviera al alcance de un megalómano manipulador y abusador sexual como Figari.

Entre el material que recibí había también unas cuatro hojitas, una de ellas con el título “Ficha de entrevista espiritual”, escritas de puño y letra por Jaime Baertl. ¿Era lo único que había? Me cuesta creerlo. ¿Durante los once años que pasé en comunidad no se elaboró ningún informe sobre mí? ¿En qué se basaba entonces Luis Fernando para decidir si me quedaba en el mismo nivel de compromiso o pasaba al siguiente? ¿Dónde están mis resultados de la tan temida prueba oral sobre la doctrina sodálite que Luis Fernando junto con otros dos miembros de la cúpula tomaba en una especie de ritual solemne y secreto al final de la etapa de probando, cuya aprobación era requisito indispensable para pasar al nivel de formando? ¿No recibía Luis Fernando informes personales sobre cada sodálite para mover sus fichas en su ajedrez personal al final de cada año, es decir, para decidir qué sodálites iban a vivir en cada una de las comunidades durante el año siguiente? ¿Dónde fueron a parar las pruebas psicológicas que se me aplicó? El examen médico, ¿fue sólo una finta o también se emitió un informe? ¿Existió toda esta documentación? ¿O bien ha sido destruida, si es que no se guarda aún con sabe Dios qué fines? Porque de no haber existido, nos encontraríamos con un alto nivel de informalidad en el Sodalicio con las consecuencias que ello suele acarrear: abusos de autoridad, arbitrariedad, corrupción, ocultamiento de información, encubrimiento de delitos, impunidad.

Por otra parte, Moroni me confirmó que la documentación que me envió se encontraba en el archivo del Superior General, pero que podría haber otros documentos en otros archivos, entiendo que de los demás superiores. De lo cual se infiere no hay un archivo unitario ni una administración centralizada de la documentación. Y que la forma en que en el Sodalicio se han manejado los papeles personales es caótica.

Una de las recomendaciones de la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación es la siguiente (ver http://comisionetica.org/blog/2016/04/16/informe-final/): «El SCV deberá proceder a la devolución inmediata de toda la documentación correspondiente a cada una de las personas que forma o formó parte de la institución, que así lo solicite». Es un paso necesario que hay que dar, pues no es prudente ni recomendable que información sensible como la que he detallado arriba permanezca en manos de una institución que se ha caracterizado por su falta de transparencia y su deslealtad hacia quienes depositaron su confianza en ella.

Reconozco, por lo menos, que constituye un progreso que se me haya devuelto la documentación que ahora tengo en mis manos. En otras épocas eso hubiera sido impensable, pues quien abandonaba la institución era considerado como un renegado al que no se le debía ningún favor. Conozco por lo menos el caso de un muchacho que solicitó que se le devolvieran los originales de sus certificados de estudios para continuar con su formación profesional y el Sodalicio se negó a ello. Pues en la institución se asumió durante mucho tiempo como un dogma que a aquél que la abandonaba le iba a ir necesariamente mal en la vida. Y el Sodalicio se preocupó, en la medida de lo posible, de que así fuera efectivamente.

Quisiera terminar con una frase que pone Alessandro Moroni en la carta que me envió: «Le ruego al Señor que bendiga los nuevos caminos por los que Él te esté llevando. Te ofrezco mis oraciones por ti y tu familia». Agradezco estas intenciones y espero que sean una auténtica señal de que un verdadero cambio se está operando en el Sodalicio. Es lo que muchos esperan, incluyendo tantos que han sufrido daños graves de parte de la institución.

EL PAPA FRANCISCO A FAVOR DEL ESTADO LAICO

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El Papa Francisco con los periodistas Guillaume Goubert y Sébastien Maillard del diario La Croix

«Los Estados deben ser laicos. Los Estados confesionales acaban mal. Eso va a contracorriente de la historia». Son palabras del Papa Francisco en la entrevista que le concedió el 9 de mayo al diario francés La Croix.

Pero un derecho fundamental que debe respetar todo Estado laico es la libertad religiosa. «Yo creo que una versión del laicismo acompañada de una ley sólida que garantice la libertad de religión ofrece un marco para ir hacia adelante. […] cada uno debe tener la libertad de expresar la propia fe».

Y si bien «es el Parlamento quien discute, argumenta, explica, razona» y aprueba las leyes, el Papa añade que «el derecho a la objeción de conciencia debe ser reconocido al interior de cada estructura jurídica, porque es un derecho humano«».

Para Francisco «el sistema económico mundial […] ha caído en la idolatría del dinero. El 80% de la riqueza de la humanidad se halla en manos de alrededor del 16% de la población». Sabemos que se refiere al capitalismo neoliberal, pues «un mercado completamente libre no funciona. Los mercados en sí son buenos, pero requieren de un punto de apoyo, un tercero, el Estado, que los controle y equilibre. Eso es lo que llamamos economía social de mercado».

Preguntado sobre la crisis de vocaciones sacerdotales, afirma, poniendo el ejemplo de Corea que durante 200 años fue evangelizada sólo por laicos, que «no se requieren necesariamente sacerdotes para evangelizar». Y que precisamente un gran peligro para la Iglesia es el clericalismo —la postura que centraliza las tareas eclesiales en los clérigos—.

En comparación, el cardenal Cipriani va a contracorriente del Papa. Y de la historia.

(Columna publicada en Exitosa Radio-Diario-TV-Web el 21 de mayo de 2016)

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La entrevista efectuada por los periodistas Guillaume Goubert y Sébastien Maillard del diario católico La Croix, aunque breve, toca temas fundamentales de actualidad como el terrorismo islámico, Europa y la islamofobia, la integración de los refugiados, el Estado laico y la economía de mercado, las leyes sobre eutanasia y unión civil de homosexuales, el derecho a la objeción de conciencia, la falta de vocaciones sacerdotales, el Sínodo de Familia y la sinodalidad católica.

ACI Prensa, al informar sobre esta entrevista, menciona sólo uno de los últimos temas que se abordó, a saber, la posibilidad del retorno a la comunión eclesial de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, grupo cismático ultraconservador fundado por el difunto obispo Mons. Marcel Lefebvre.

Resultan sintomáticos los silencios de la agencia de noticias dirigida por el sodálite Alejandro Bermúdez. Aunque no me extraña, pues el informativo tiene una innegable postura islamófoba y ha defendido en el pasado propuestas cercanas a las de un Estado confesional —católico por supuesto, o por lo menos cristiano—, negando el principio de la autonomía de los poderes estatales y apoyando a grupos de presión que se oponen a leyes que no van de acuerdo con su ideología fundamentalista y reaccionaria. Sin mencionar su postura clericalista, que confunde obediencia a los pastores de la Iglesia con adulación, servilismo y falta de actitud crítica.

Para ACI Prensa lo único que vale la pena destacar de las sustanciosas declaraciones del Papa Francisco a La Croix es la posibilidad aún remota de concederle una prelatura personal a los lefebvrianos. Lo cual genera la impresión de que este informativo católico —cuya lectura ha sido siempre recomendada de manera irrestricta en círculos de la Familia Sodálite— se halla más cerca del integrismo retrógrado que del mundo moderno.

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FUENTES

La Croix
Entretien exclusif avec le pape François (17/05/2016)
http://www.la-croix.com/Religion/Pape/Entretien-exclusif-avec-le-pape-Francois-2016-05-17-1200760636
INTERVIEW Pope Francis (17/05/2016)
http://www.la-croix.com/Religion/Pape/INTERVIEW-Pope-Francis-2016-05-17-1200760633
EXCLUSIF Interview avec le pape François : l’intégralité (19/05/2016)
http://www.la-croix.com/Religion/Pape/EXCLUSIF-Interview-avec-le-pape-Francois-l-integralite-2016-05-19-1200761289

ZENIT
Entrevista de La Croix al Papa: Islamismo, inmigración, integración y terrorismo (17 mayo 2016)
https://es.zenit.org/articles/la-entrevista-de-la-croix-al-papa-islamismo-inmigracion-integracion-y-terrorismo/
Entrevista de La Croix al Papa: Economía de mercado, eutanasia, objeción de conciencia y laicismo (17 mayo 2016)
https://es.zenit.org/articles/entrevista-de-la-croix-al-papa-economia-de-mercado-eutanasia-objecion-de-conciencia-y-laicismo/

ACI Prensa
Papa Francisco: Prelatura personal sería una posibilidad para lefebvristas (16 mayo 2016)
https://www.aciprensa.com/noticias/papa-francisco-prelatura-personal-seria-una-posibilidad-para-lefebvristas-85492/

LA INTERVENCIÓN DEL SODALICIO

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Mons. Joseph William Tobin, arzobispo de Indianapolis (EE.UU.) y delegado “ad nutum” de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica para el Sodalicio de Vida Cristiana

La Santa Sede ha decidido intervenir el Sodalicio de Vida Cristiana y designar como delegado apostólico a Mons. Joseph William Tobin, arzobispo de Indianapolis (Estados Unidos), quien asumirá la tarea de aconsejar y sostener al gobierno de la institución, a fin de solucionar los problemas encontrados durante la visita apostólica de Mons. Fortunato Pablo Urcey (alias “Mons. Lonchecito”) y encauzar la supuesta reforma ya iniciada. El asunto ha sido resuelto bien arriba. Y muchos católicos respiran aliviados. «Roma ha hablado, la causa está cerrada», decía san Agustín.

Pero desde la perspectiva de las víctimas es precisamente el sistema piramidal de la Iglesia el que ha fracasado. Pues en el Sodalicio la mayoría de los abusadores han sido miembros con cargos de autoridad, que a su vez han sido avalados por autoridades episcopales que o bien no han tenido la perspicacia para darse cuenta de que algo andaba mal, o bien han puesto las denuncias recibidas a dormir el sueño de los justos sin comunicarse con los denunciantes, asesorarlos ni acogerlos pastoralmente durante años, e incluso en muchas víctimas la confianza en Dios, la instancia suprema, ha sido dañada o se ha esfumado. De este modo, el actual centralismo clerical católico, que pretende solucionar todo desde arriba, aparece como parte del problema y no de la solución.

Para reparar una institución dañada hay que hacer un diagnóstico completo, siendo necesario una apertura con transparencia a una mirada multidisciplinar externa que ayude a determinar si la institución sigue siendo viable, o a establecer las medidas que haya que aplicar para reformarla desde su raíz. Cosa que se dio en parte en el Informe Final de la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación, convocada por el mismo Sodalicio

Por otra parte, hay importantes vacíos en el documento emitido por Roma. No se señala cuáles son los problemas observados por Mons. Urcey. Asimismo, sólo se habla de acusaciones contra el fundador, Luis Fernando Figari, cuando se sabe que también existen serias acusaciones contra otros miembros del Sodalicio, algunos de los cuales siguen perteneciendo como miembros activos a la institución. Y, por último, lo más grave es que no se menciona en absoluto a la víctimas, mucho menos las medidas que deberá tomar el Sodalicio para reparar el daño que les ha hecho.

El Sodalicio nunca ha actuado con transparencia y la sola intervención de un delegado no garantiza en absoluto que ello vaya a ocurrir. Le daremos el beneficio de la duda, más no el de la certeza. Pues pocas cosas hay más opacas e inciertas como el futuro del Sodalicio.

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FUENTES

Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica
Decreto Prot. n. 52218/2011 (4 de mayo de 2016)
https://www.facebook.com/CANALSPERU/photos/pcb.1774160702813166/1774157909480112/?type=3

Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación
Informe Final (16 de abril de 2016)
http://comisionetica.org/blog/2016/04/16/informe-final/

LA POBREZA DE LOS SODÁLITES

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Cuando leí en un artículo de Pedro Salinas (ver https://lavozatidebida.lamula.pe/2016/04/28/haciendo-de-nostradamus/pedrosalinas/) que en la Asamblea General del Sodalicio de Vida Cristiana del año 2012 se había reportado en el balance económico de la institución un patrimonio que llegaba a unos 450 millones de dólares, me pregunté en qué momento comenzó a amasarse tamaña fortuna.

Pues en la década de los ’80 el Sodalicio intentó generar ingresos propios a través de iniciativas empresariales que terminaron fracasando por mala gestión:

  • Intellect, una empresa dedicada a la creación de software empresarial, a cargo de José Ambrozic;
  • Editora Latina, una imprenta gestionada por mi hermano Erwin Scheuch;
  • Producciones San José, una productora de medios audiovisuales que tuvo como gerente a Javier Pinto, un sodálite casado, y para la cual también trabajaron otros sodálites casados como Guillermo Ackermann y Gonzalo Valderrama.

En los años ’90 el Sodalicio incursionaría en la formación magisterial con el Instituto Superior Pedagógico (ISP) Nuestra Señora de la Reconciliación, que terminaría cerrando por falta de alumnado debido a estrategias erradas de marketing.

Sin embargo, en lo que sí se tuvo éxito desde un principio fue en la recaudación de donaciones principalmente a través de APRODEA (Asociación Promotora de Apostolado), entidad sin fines de lucro creada en 1978. Es natural que en el Perú, país dominado por oligarquías burguesas católicas y conservadoras, esa actividad tuviera éxito, especialmente si las donaciones iban destinadas a una institución que tenía como tarjeta de presentación su conservadurismo católico de derecha y su elitismo de integrantes de clase alta y clase media pudiente de la burguesía limeña. Las casas donde funcionaban las comunidades del Sodalicio fueron donadas o entregadas para su usufructo siempre y cuando se destinaran a fines religiosos. En 1985, a fines del segundo gobierno de Fernando Belaúnde se obtuvo en donación un extenso terreno, donde se inauguraría en 1987 el Centro Pastoral Nuestra Señora de la Evangelización en el distrito de San Borja. Por lo general, el Sodalicio casi nunca ha pagado un alquiler o una hipoteca por algún inmueble que haya obtenido. Asimismo, APRODEA estuvo muy activa durante el primer gobierno de Alan García (1985-1990), pues las normas legales de entonces beneficiaban a las empresas que hicieran donaciones. Y José Ambrozic, encargado de la asociación en esa época, supo aprovechar muy bien estas circunstancias.

Por otra parte, muy pocos han tenido acceso a la información sobre a cuánto ascendía el patrimonio del Sodalicio, pues se trata de un dato que siempre se ha mantenido en secreto incluso para la gran mayoría de los miembros de la institución, aun cuando varios de ellos hayan contribuido con su trabajo a generar e incrementar este capital.

Más bien, quienes vivíamos el día a día en las comunidades sodálites teníamos la impresión de que las donaciones alcanzaban con las justas para cubrir los gastos, pues el presupuesto asignado semanalmente para alimentos, limpieza y mantenimiento era muy ajustado, al punto de que se comía austeramente y muchas veces los encargados de temporalidades —es decir, de administrar el presupuesto doméstico— tenían que hacer milagros para alimentar satisfactoriamente a toda la tropa.

Yo mismo fui encargado de temporalidades en varias ocasiones, y confieso que había que ser muy creativo para que la comida alcanzara: poner la mitad de carne molida en la salsa roja de los fideos y reemplazar la otra mitad con cebolla, aprovechar los restos de la ensalada para hacer una crema de verduras, hacer con más frecuencia platos rendidores como polenta o arroz chaufa, comprar lengua de vaca en vez de bistec, etcétera. Una vez no me alcanzaron los limones para un jugo hecho a partir de una piña desabrida que se iba a beber en el desayuno, así que le puse un poco de vinagre. Los miembros de la comunidad bebieron gustosamente el jugo, pero después casi me matan al enterarse del ingrediente “secreto” que había añadido.

Para ahorrar, las verduras y frutas no las comprábamos ni en el mercado de la zona ni en supermercados, sino en La Parada y en el Mercado Mayorista de Frutas, en el distrito de La Victoria. Recuerdo que cuando vivía en la comunidad sodálite San Aelred y José Ambrozic era el superior, nos despertábamos los sábados en la madrugada y, en una camioneta con tolva abierta, nos íbamos yo, Ambrozic al volante y otro miembro cualquiera de la comunidad a La Parada. Mientras Ambrozic se quedaba cuidando el vehículo, yo y el otro sodálite, cada uno con un enorme saco de yute y dinero en efectivo en el bolsillo, nos dirigíamos a pie a través de las calles malolientes y regadas de basura hacia el mercado mayorista de verduras, donde nos deteníamos en cada puesto para comprar papas, yucas, camotes, cebollas, zanahorias, tomates, lechugas, coles, etcétera, etcétera, hasta que los sacos estuvieran llenos, pues se necesitaba una ingente cantidad de alimentos para nutrir a una comunidad que solía tener en promedio unos diez integrantes. Luego, con el saco a cuestas, regresábamos entre el tumulto y la algarabía del mercado de esa zona popular hasta el lugar donde nos esperaba Ambrozic. Había que estar siempre alerta, pues esa zona era una de las más peligrosas de Lima.

Una vez, antes de entrar propiamente al mercado, caminando a lo largo de una calle donde algunos ambulantes tempraneros vendían jugo de naranja recién exprimido, panes con jamonada barata y otras viandas para el desayuno en sus carretillas, me adelanté un poco y de pronto me saltó encima una banda de “pirañitas” que me tumbaron en el suelo, a la vez que sentía varias manos que hurgaban en los bolsillos de mi pantalón mientras trataba de defenderme como un gato panza arriba. El otro miembro de la comunidad que venía detrás mío, poseedor de una boca descomunal capaz de albergar una manzana entera, llegó corriendo gritando como si se hubieran desatado las trompetas del Apocalipsis, y los pequeños delincuentes salieron despavoridos, pensando que se les venía encima más de una persona. Por suerte, el dinero lo tenía en un bolsillo de la casaca, y allí no se les había ocurrido hurgar a los menores asaltantes. Ni qué decir, hicimos las compras como de costumbre, y después nos dirigimos al Mercado Mayorista de Frutas. Aquí las compras se hacían con mayor tranquilidad, pues los pasillos eran anchos y espaciosos, aunque más de una vez fui testigo de alguna madre con sus hijos hurgando entre los montones de restos de frutas podridas que los comerciantes arrojaban en medio de los pasillos.

De paso queda decir que Ambrozic, poseedor de un carácter enigmático e introvertido y una personalidad reflexiva e inteligente que irradiaba sencillez e inspiraba respeto, a diferencia de otros superiores de comunidad que nunca se “rebajaban” a realizar las actividades que requerían esfuerzo físico reservadas a sus subordinados, sí se levantaba a horas tempranas para arriesgarse a ir con nosotros hasta ese submundo informal que era La Parada, así como también hacía ejercicios y compartía el estilo de vida austero de quienes no teníamos ningún rango en la institución.

En las mismas comunidades tampoco disfrutábamos de lujos. Recuerdo que cuando en diciembre de 1981 me mudé a la comunidad sodálite Nuestra Señora del Pilar en Barranco, compartí al principio un mismo dormitorio con Alfredo Draxl y Eduardo Field en la planta alta. Los armarios sencillos de triplay barato que solían ponerse para guardar la ropa y que servían a la vez de separación de ambiente para que las camas tuvieran cierta privacidad, todavía no habían sido instalados. Tampoco había cortinas en las ventanas, de modo que cambiarse de ropa significaba tener que agacharse para que nadie lo viera a uno desnudo desde la calle. Sólo había una antigua cómoda con cajones y una inmensa caja de cartón para que pusiéramos algunos objetos personales. Pasaría un mes antes de que estuvieran instalados los armarios y colocadas las cortinas.

Los espacios de la planta baja —una sala de reuniones, una sala de estar, comedor— fueron amoblados con muebles donados, lo cual le daba a a los ambientes una estética ambigua e indefinida. Y las sillas que teníamos delante de nuestros escritorios —si así se le puede llamar a unas mesas de madera sencillas y espartanas— eran cualquier cosa menos cómodas. En general, el mobiliario que había en las casas de comunidad en que viví era barato en precio y calidad.

A resumidas cuentas, el Sodalicio sólo les proporcionaba techo y comida a los sodálites de comunidad. Cualquier gasto adicional tenía que ser cubierto por el afectado, para lo cual el recurso más frecuente era darle un buen sablazo a los progenitores. Aunque ocasionalmente el Sodalicio también ha cubierto algunos gastos eventuales de algún que otro miembro ordinario, cuándo éste no contaba con los recursos necesarios. Pero se trataba de excepciones.

Uno de los problemas más graves es que la mayoría no teníamos seguro médico. Durante el tiempo que pasé en comunidad recuerdo haber ido muy pocas veces al médico. Estaba la visita de rutina al oftalmólogo para que me recetara los lentes correctos, y las dos veces que me puse grave estando en San Bartolo —una vez con un absceso enorme de pus en la garganta y la otra vez con una inflamación en la espalda que me impedía caminar si no era agarrado a las paredes— me llevaron donde un especialista. Cualquier otra enfermedad se trataba de manera casera. Y esto comenzaba incluso antes de entrar a vivir en comunidad.

Cuando Jaime Baertl era mi consejero espiritual a fines de los años ’70, una vez le comenté que estaba fastidiado por una picazón continua en la ingle ocasionada por hongos en la zona genital. Normalmente mi madre me llevaba al dermatólogo, quien recetaba los consabidos ungüentos que requerían una paciente aplicación a diario durante varias semanas. Pero esta vez Baertl tenía la solución perfecta: un remedio que me iba a quitar los hongos de un día para otro. Fue al baño y sacó una botella medio vacía sin etiqueta de ningún tipo con un líquido turbio color caramelo, y me dijo: «Agarras un algodón, te pones el líquido en los huevos, y ya está. Vas a ver a Judas calato, porque arde como la conchasumadre, pero para mañana ya estás curado. José Antonio se lo puso, y vieras cómo gritaba el gordo pidiendo misericordia». Yo, confiado en que el Sodalicio hacía milagros a través de sus guías espirituales, apliqué la cura, aguanté el ardor con estoicismo, y al día siguiente los hongos habían desaparecido llevándose de paso un buen trozo de pellejo reseco de los dos gemelos situados en la zona sagrada.

Y en comunidad recuerdo que en el caso de resfriados comunes, cuando no parecían funcionar las antigripales que aliviaban los síntomas, tomábamos sin receta ni consejo médico el antibiótico Bactrim. Jaime Baertl recomendaba tomar para cualquier gripe —cosa que él mismo hacía— un potente antibiótico de amplio espectro cuyo nombre no recuerdo, que tenía efectos secundarios bastante molestos: mareos, dolores de cabeza, indigestión y pérdida de concentración. Era como matar una hormiga con una bazuca. Yo lo tomé por orden de Luis Fernando Figari una vez que tenía síntomas de bronquitis —una tos áspera persistente que no se me iba— con el resultado de que estuve grogui varios días. Y es que en cuestiones médicas también había que tener confianza en el gurú supremo, que aseveraba que los médicos son iguales que los brujos y los chamanes: adivinan cuál es el mal que uno tiene y recetan cosas basadas en la pura creencia en sus virtudes curativas. Luis Fernando creía saber con certeza cuál médico era confiable y cuál no. Algo parecido pensaba de los psicólogos, pues —según él— la mayoría tenían una concepción errada del ser humano, y sólo podía ser buen psicólogo quien compartiera la visión cristiana del hombre. Por eso mismo, en caso de un trastorno psicológico, uno sólo podía tratarse con los psicólogos que Figari designara, quien evitaba así de paso que profesionales independientes se enteraran de las cosas extrañas a las que se veían sometidos los miembros de las comunidades sodálites.

Recuerdo que en San Bartolo dos muchachos que tenían poca experiencia con el mar fueron obligados a saltar del peñón que había en medio de la bahía. Como cayeron en mala posición, el impacto con el agua desde tremenda altura les produjo desgarrones en la zona anal. El superior, con buen criterio, los llevó al día siguiente al médico sin consultar previamente con Luis Fernando. El galeno, después de examinar a cada uno por separado, les preguntó cómo se habían hecho esas heridas. Los muchachos le dijeron en qué circunstancias se habían producido. El médico se mostraba algo escéptico ante esa historia, así que comenzó a preguntarles dónde, cómo y con quien vivían. Cuando le dijeron que vivían en un balneario de playa junto con otros jóvenes dedicados a la vida espiritual, el médico comenzó a sonreír y hacerle guiños cómplices a la enfermera. Según él, las heridas sólo podían haberse producido por “contusión directa” y no se tragaba la versión de que la causa pudiese ser la superficie marítima después de un arriesgado salto desde lo alto de un peñón. Tenía que haber otra causa de visos inconfesables. El superior adivinó los pensamientos del médico y decidió de ahí en adelante acudir sólo a los médicos que recomendara Figari.

Además de las actividades de formación, en las comunidades nos ocupábamos por turnos de poner la mesa para el desayuno, el almuerzo y la cena, de lavar los platos y las ollas después de la cena, de limpiar a fondo la casa los días sábados. También hice trabajos de corrección de textos. Por ejemplo, a mí me entregaban las pruebas de las Memorias de Luis Fernando Figari antes de su publicación para que las revisara y corrigiera los errores ortográficos y gramaticales que tuvieran. Asimismo, hice correcciones de libros enteros para la Asociación Vida y Espiritualidad, además de contribuir habitualmente con reseñas de libros y algún que otro artículo para la revista que publicaba la asociación. Nunca recibí ninguna retribución económica por estos trabajos, pues se nos había inculcado el concepto de que cualquier trabajo en beneficio del Sodalicio debía ser realizado gratuitamente dentro del espíritu de generosidad y entrega que caracterizaba a la misión apostólica. A decir verdad, como no tenía otro punto de referencia, me parecía de lo más normal trabajar por nada.

Cuando comencé a dar clases en el ISPEC (Instituto Superior Pedagógico Catequético) y en el Instituto Superior Pedagógico Marcelino Champagnat, debía entregar la mayor parte de mis ingresos al encargado de temporalidades de la comunidad, quedándome sólo con una pequeña suma para gastos personales. Nunca supe cómo se utilizaba el dinero, pues los sodálites de a pie sin cargos de responsabilidad no se enteran de qué cosa se hace con la plata ni de cuánto dispone la comunidad, muchos menos de cuál es el monto total del patrimonio que posee el Sodalicio.

El estilo austero de vida que aún mantengo lo aprendí en las comunidades sodálites, un modo de vida que contrastaba con el que llevaba Luis Fernando Figari, a quien se le tenían que satisfacer todos sus gustos en lo referente a comida y comodidades. Además, disfrutaba del privilegio de poder viajar todos los años, llevando como compañía a algunos sodálites de su círculo cercano, entre los cuales estaban Germán Doig, Virgilio Levaggi, Alfredo Garland, Juan Carlos Len y Jaime Baertl. Los destinos preferidos eran España, México y Argentina, de donde regresaba cargado de libros difíciles de conseguir en Lima, la mayoría de orientación ideológica tradicionalista y fundamentalista. Posteriormente Luis Fernando incluiría entre sus destinos frecuentes Italia, Estados Unidos y otros países adonde se estaba expandiendo el Sodalicio.

Se hospedaba en buenos hoteles. Otros sodálites, cuando teníamos que viajar, no gozábamos de los mismos privilegios. Recuerdo que en 1984, cuando viajé a Roma para participar en el Jubileo de los Jóvenes, evento germen de lo que hoy se conoce como Jornadas Mundiales de la Juventud, tuve que pedirle dinero como bolsa de viaje a mi madre, quien sólo pudo darme con mucho esfuerzo 300 dólares. Con esa cantidad debía pagar mis costos de mantenimiento en Europa durante un mes. El pasaje de ida y vuelta a Roma no costó nada. Los organizadores había donado una cantidad de pasajes gratuitos al Sodalicio de Vida Cristiana, uno de los tantos movimientos que había sido invitado al evento, y uno de esos pasajes me tocó a mí debido a mi condición de miembro del grupo musical Takillakkta. Además, pesaba también la circunstancia de que mis padres no contaban con dinero suficiente para financiarme el pasaje.

En ese entonces Takillakkta estaba conformado por Alejandro Bermúdez (zampoñas y voz principal), Ricardo Treneman (charango), Mario “Pepe” Quezada (percusión) y yo (guitarra). Luis Cappelleti se unió a nosotros como invitado para cantar y acompañarnos con la guitarra. Y también venían con nosotros Emilio Garreaud y Humberto del Castillo.

Lo cierto es que no fue fácil, pero en esa ocasión pude sobrevivir en Europa durante un mes con sólo 300 dólares. En Roma nos alojamos gratuitamente en la casa de una congregación de monjas, donde el desayuno estaba incluido. Durante los días del Jubileo de los Jóvenes el almuerzo fue gratis, y para los almuerzos de los otros días así como para las cenas acudíamos a cualquier tavola calda, que eran locales donde se puede comer pizza y pasta a precios económicos.

Para la última semana, estaba planeado a hacer un periplo rápido por Europa para encontrarnos finalmente con Luis Fernando Figari y su comitiva en Madrid, integrada por Germán Doig, Virgilio Levaggi, Jaime Baertl y Juan Carlos Len. El grupo que iba a aventurarse en ese tour de force estaba conformado por los que he mencionado más arriba menos Alejandro Bermúdez, quien, como miembro privilegiado del círculo íntimo de Figari, iba a ir directo en avión a Madrid para encontrarse con su majestad suprema y coordinar ciertos asuntos. Lo cual ciertamente significaba un alivio para los demás, pues aunque Alejandro tenía sus momentos de buen humor y podía ser muy simpático y agradable en el trato cotidiano, se convertía en una tortura insoportable cuando las cosas no venían como él esperaba y el mal humor lo transformaba en la versión más despiadada de Mr. Hyde.

El trayecto fue así: Roma – Venecia – Viena – Colonia – Amsterdam – París – Zaragoza – Madrid. Para no tener que pagar alojamiento, tomábamos el tren cuando estaba anocheciendo y dormíamos allí como podíamos hasta llegar a la siguiente estación. Sólo nos alojamos en hoteles al alcance de nuestro bolsillo una noche en París y dos en Madrid. En Colonia y Amsterdam nos detuvimos solamente unas horas. Y el último día “Pepe” Quesada, Ricardo Treneman y yo, los únicos del grupo que no habíamos podido costearnos un vuelo de regreso de Madrid a Lima, tuvimos que hacer un largo y pesado viaje en tren a Roma, pues nuestro vuelo de regreso al Perú partía de allí. Lamentablemente, por circunstancias ajenas a nuestra voluntad —llámese demora imprevista de una conexión ferroviaria—, no llegamos a tiempo al aeropuerto y tuvimos que tomar el próximo vuelo al día siguiente. Las mismas monjas que nos habían alojado antes nos acogieron esa noche, pues no teníamos ni dónde caernos muertos. Pero como ya teníamos fama de no ser tan vivos y pendejos (taimados) como otros sodálites, al enterarse del incidente nos pusieron injustamente durante un tiempo el mote de “el tonto, el loco y el despistado”. Como decía frecuentemente Jaime Baertl, resumiendo su filosofía de vida: «Se te perdona que seas pecador, pero no que seas cojudo».

Demás esta decir que los únicos que podían disfrutar regularmente de viajes de “vacaciones” eran Luis Fernando y los miembros de su comitiva. Para los sodálites ordinarios nunca había vacaciones, lo cual se justificaba a través de la siguiente frase: «El demonio nunca toma vacaciones; por lo tanto, quienes lo combaten tampoco deben tomarlas». En los inicios de las comunidades sodálites ni siquiera el domingo era considerado como un día para descansar y relajarse, y se mantenía la disciplina de todos los días de levantarse temprano después de haber dormido poco. Hasta que en un momento dado comenzaron a multiplicarse los casos de sodálites que repentinamente comenzaban a hablar incoherencias, como si por momentos hubieran perdido la razón. Fue entonces que Luis Fernando decidió que en las comunidades se podía dormir más largo los domingos, dejando a criterio de cada uno el momento de levantarse.

Cuando en julio de 1993 salí de la vida comunitaria, apenas tenía un título de licenciado en teología y mis ingresos se reducían a lo que ganaba por algunas horas de clase en el ISPEC. Germán Doig me ofreció hacer la traducción de un libro del alemán al español, originalmente escrito por el sacerdote y experto en ciencias sociales alemán Theodor Herr, que fue publicado por la Asociación Vida y Espiritualidad en 1994 bajo el título de Reconciliación en lugar de conflicto. Por ese trabajo recibí unos 500 dólares. No hubo ningún contrato de por medio.

A los 30 años cumplidos me hallaba en una situación precaria. Mis ingresos eran reducidos, por lo cual me fui vivir con una tía abuela que habitaba la antigua casona de mi difunta abuela, acompañada de la hija de una cocinera a la que mi abuela había criado y una empleada abancaína con dos hijas menores. A mi tía abuela le pasaba una parte de mis ingresos para ayudar con los gastos de alimentación y de la casa. Además, no contaba con seguro médico, nunca había cotizado para una jubilación, no tenía ahorros y mis perspectivas a futuro en el campo laboral eran sombrías. De parte del Sodalicio no había recibido casi ninguna ayuda, no obstante que yo seguía manteniendo mi fidelidad a la institución y estaba dispuesto a colaborar en el cumplimiento de su misión.

En ese momento tampoco se me ocurrió reclamar nada por los derechos de autor de 22 canciones que yo había compuesto y que habían sido publicadas por Takillakkta en los álbumes “América de nuestra fe” (1989), “Reconciliación” (1990), “Navidad en mi tierra” (1991) y “América 500 años” (1992), cuyos derechos había cedido a ICTYS (Instituto Cultural Teatral y Social) por órdenes superiores. Jaime Baertl, encargado de la entidad mencionada, un día me presentó un papel para que lo firmara diciéndome que consistía en la cesión de mis derechos de autor a ICTYS y que no era necesario que lo leyera. Como yo todavía me regía por el código de la obediencia y mantenía una confianza ciega en las autoridades del Sodalicio, firmé simplemente. Hasta ahora no sé lo que decía el papel, pues nunca me fue entregada una copia. Lo cierto que es que los álbumes de Takillakkta se vendieron relativamente bien y yo nunca recibí un puto céntimo por las canciones que había compuesto.

Durante los años ’90 salí adelante como pude, trabajando como profesor de diversas materias —religión, lengua española, economía política, filosofía, alemán— en colegios privados durante la mañana, por lo general con una remuneración baja o mediana. Trabajé en el Colegio San Ignacio de Recalde, el Colegio Peruano Chino 10 de Octubre, el Colegio San Felipe, el Colegio Santa Úrsula y el Colegio Peruano-Alemán Augusto Weberbauer. En las tardes seguí dando clases de teología en el ISPEC.

En el año 1999 Germán McKenzie, entonces Superior Regional de Perú, me invitó a dar clases en el nuevo Instituto Superior Pedagógico Nuestra Señora de la Reconciliación, que funcionaba durante las tardes en el Colegio Nuestra Señora de la Reconciliación (Monterrico), centro educativo gestionado por el Sodalicio. Lo cierto es que me sentía a gusto dando clases de teología y filosofía en ese instituto, aunque la remuneración no era muy alta, pero en lo laboral hubo algunos problemas que hicieron que me preguntara si realmente valía la pena seguir buscando puestos de trabajo vinculados al Sodalicio.

En ese entonces, por recomendación de Germán McKenzie, se había contratado como director a Luis Augusto Chiappe, un hombre de muy buen corazón que tenía experiencia en la educación superior y al cual le habían encargado diseñar estrategias de marketing para atraer alumnado al instituto. Le tomé mucho afecto a Luis Augusto, a quien la fascinaban las canciones que interpretaba Annie Lennox, integrante del dúo pop Eurythmics. Siempre recibía a la gente con una cálida y generosa sonrisa que le iluminaba su rostro barbado y bonachón. Fue él quien me hizo conocer más el cine de Dario Argento —de quien yo había visto la fascinante y misteriosa Inferno (1980)—, prestándome dos de sus películas en vídeo: Tenebre (1982) y Opera (1987), y gracias a él pude ver por primera vez la obra maestra de Fritz Lang, Metropolis (1927), película del cine mudo que ha sido declarada patrimonio cultural de la humanidad por la UNESCO.

Una vez Luis Augusto nos dio una mala noticia a los docentes: la remuneración del mes no se nos iba a pagar a tiempo. Y entre pregunta aquí, pregunta allá, finalmente la paga fue retenida durante tres meses. Luis Augusto me informó que según Jaime Baertl —quien era el que administraba el dinero— no había plata y que teníamos que esperar hasta que recibieran un pago pendiente. Curiosamente, de las instituciones y empresas para las que he trabajado, ésta ha sido la única donde alguna vez se han demorado en pagarme lo que me debían, sin importarles las consecuencias que ello tuviera sobre la economía familiar de los que allí laboraban con dedicación y esfuerzo. Y con un compromiso apostólico hacia el Sodalicio. Hasta ahora no llego a entender por qué no recurrieron a un préstamo en vez cometer esa injusticia con nosotros.

En otra ocasión, Luis Augusto me confió que Jaime Baertl lo había presionado para sacarme del instituto, cosa a lo que él se negó, considerando que yo era uno de los docentes de mejor calidad con los que contaban. Y despedir a un profesor era relativamente fácil, pues nadie del cuerpo docente había firmado un contrato. Aun cuando no cumplíamos con las condiciones para estar bajo ése régimen, los docentes éramos considerados como trabajadores independientes que tenían que extender un recibo por honorarios antes de recibir su remuneración en efectivo. Cuando le pregunté a Germán McKenzie si era cierto que Jaime Baertl se había opuesto a que yo continuara como docente en el instituto, me dijo que no sabía nada al respecto y que él estaba contento con la labor que yo estaba desempeñando.

Luis Augusto fue proponiendo estrategias de marketing juveniles y novedosas, que aparentemente fueron rechazadas porque no se ajustaban a la sobriedad del estilo sodálite. Al final, él también tuvo que irse. Lo encontré un día en su oficina, donde me comunicó la triste noticia. De repente, sacó un talonario de recibos y yo, extrañado, le pregunté para qué eran. «Tengo que llenar uno y entregarlo para que me paguen lo que me deben», fue su respuesta. Era algo inaudito. El director del instituto tampoco estaba en planilla sino que recibía honorarios profesionales como un trabajador independiente. Y, de paso, se ahorraban el pago de los beneficios sociales.

Con la salida de Luis Augusto, nunca más volví a ser convocado para dar clases en el Instituto Superior Pedagógico Nuestra Señora de la Reconciliación. Jamás se me explicó por qué.

Cuando le comenté a un sodálite casado de la vieja guardia cómo había sido mi experiencia laboral en el instituto, éste me dijo una frase que hasta ahora guardo en la memoria: «Colabora con ellos en las obras apostólicas, pero nunca trabajes para ellos». Él también había tenido experiencia de lo mal empleador que era el Sodalicio.

O del doble juego que algunos sodálites hacían con las personas que confiaban en ellos, donde por delante se decía una cosa mientras que por detrás era otra la que se hacía o se pensaba. Me ocurrió, por ejemplo, con el Alfredo Draxl, quien era entonces director del Colegio San Pedro en La Molina. A fines de 1999 terminó mi contrato con el Colegio Santa Úrsula, donde había enseñado alemán, y supe que en el Colegio San Pedro estaban buscando un profesor de alemán. Me comuniqué con Draxl para ofrecerle mis servicios. Él me dijo que le parecía bien, pero primero tenían que hacerme una prueba de aptitud. Después de haberme sometido a esta prueba escrita, me llamó para reunirme con él y, sin mostrarme ningún resultado, me dijo que lamentablemente no había alcanzado un puntaje satisfactorio y que no me podían contratar. Le agradecí, y a otra cosa, mariposa.

Poco tiempo después supe que un amigo mío, que tenía a sus hijos en el Colegio San Pedro, le había preguntado a Draxl qué había sido de mi postulación al puesto de profesor de alemán. La respuesta lo dejó atónito. Draxl le dijo que yo era una persona conflictiva, que iba a tener problemas con otros miembros del cuerpo docente, sobre todo las mujeres, y que prefería mantenerme lejos. Y supongo que a Draxl no se le debe haber movido un sólo musculo de su pétrea cara dura al decir esto.

Meses más tarde entré a trabajar como profesor de alemán en el Colegio Peruano-Alemán Augusto Weberbauer. Fue mi último trabajo como maestro de escuela, pues entonces ya estaba haciendo estudios para obtener un MBA (Master of Business Administration) en ESAN (Escuela de Negocios para Graduados). Mi siguiente trabajo sería en proyectos de la GTZ (Deutsche Gesellschaft für Technische Zusammenarbeit), un organismo de la cooperación alemana para los países en desarrollo. Y a la vez sería convocado por José Luis Pérez Guadalupe, director del Instituto de Teología Pastoral “Fray Martín” de la diócesis de Chosica, a colaborar como docente en el Curso de Teología a Distancia que se efectuaba en el verano y estaba destinado principalmente a catequistas y profesores de religión, la mayoría de ellos provenientes de provincias. Fue para mí una hermosa experiencia de Iglesia.

Lo cierto es que a partir de los años ’90, cuando el Sodalicio comenzó a gestionar colegios, institutos, universidades, cementerios y otras empresas, su patrimonio se fue incrementando exponencialmente, mientras quienes trabajábamos para algunas de sus iniciativas empresariales debíamos contentarnos con remuneraciones que alcanzaban sólo para mantenernos por encima del nivel de subsistencia.

¿Cómo se compagina esto con la pobreza que Jesús predica en los Evangelios? Hay que entender, primero, que los sodálites consagrados sólo hacen promesas de obediencia y celibato. La pobreza, sin embargo, también es una exigencia que aparece en la ideología sodálite, pero se habla más que nada de “espíritu de pobreza” y de “comunicación de bienes”. Esto queda bien resumido en el siguiente texto, extraído de Camino hacia Dios N.º 176, publicación sobre espiritualidad sodálite destinada a miembros del Movimiento de Vida Cristiana (ver http://www.caminohaciadios.com/chd-por-numero/206-176-buscad-el-reino-de-dios-y-el-resto-se-os-dara-por-anadidura):

«La pobreza que viene a ensalzar Nuestro Señor Jesucristo no es pues una mera carencia de bienes materiales. (…) Pero tampoco es un mero desprendimiento “espiritual” de los bienes. Se trata ante todo de una actitud interior, de una apertura, de una espera que sólo puede ser llenada por el Señor.»

«No se trata aquí de mirar negativamente nuestra realidad personal y el esfuerzo que hacemos por poseer bienes materiales. Intentemos, más bien, tener una mirada sobrenatural ante estas realidades materiales y aprender a vivir un sano desapego de los bienes materiales y su comunicación generosa con los que los necesitan.»

A diferencia de otros institutos de vida consagrada, donde los miembros no poseen más que algunos objetos personales y los demás bienes son de la comunidad, en el Sodalicio se permite la posesión de todo tipo de bien, haciendo la salvedad de que hay que ser generosos con ellos y ponerlos a disposición de otros hermanos de comunidad cuando los necesiten. Lo cierto es que esto no impedía que hubiera diferencias entre los miembros de las comunidades en cuanto al dinero de que disponían, los equipos electrónicos que tenían, la ropa que usaban, los libros y CDs que compraban, y en algunos casos el vehículo automotor propio que poseían. Bienes que no siempre eran compartidos con otros hermanos menos pudientes de la comunidad.

Si bien se había asumido como propia la indicación de que hay que vivir la “dinámica de lo provisional” —expresión acuñada por el Hno. Roger Schutz de la comunidad ecuménica de Taizé—, en realidad había algunos sodálites que tenían bien cimentada su existencia en base a una nutrida cuenta bancaria, sobre todo si el sujeto provenía de la clase alta. En el caso del fundador Luis Fernando Figari, resulta difícil imaginarse que haya plasmado en su vida ni siquiera la interpretación alambicada de la pobreza que pregona el Sodalicio, cuando su estilo de vida era cualquier cosa menos espartano, gozaba de más comodidades que cualquier miembro de la comunidad, se permitía más gustos y placeres, con el agravante de que nunca ha trabajado ni generado ingresos propios desde que lo expulsaron del Colegio Santa María de los Marianistas en la década de los ’70.

Aún con toda la austeridad que había en el día a día de las comunidades sodálites, confieso que la auténtica “dinámica de lo provisional” la viví en en carne propia recién cuando salí de comunidad y tuve que enfrentar las preocupaciones por el sustento diario que comparten la mayoría de los mortales. Y díganme si no es verdadera pobreza evangélica ganar sólo lo necesario —y a veces menos—, no pudiendo acumular bienes suntuarios, en consonancia con lo que manda Jesús en los Evangelios. Porque la interpretación para cristianos burgueses que el Sodalicio hace de la pobreza, planteando la absurda posibilidad de ricos no apegados a sus bienes y con espíritu de pobre, no le ha impedido acumular a lo largo de los años, con procedimientos no siempre limpios, millones de dólares supuestamente en beneficio de obras sociales y educativas de bien cristiano, aunque no sé si encajen dentro de esta descripción las cuantiosas sumas invertidas en eventos aparatosos y multitudinarios con fines proselitistas a mayor gloria de Figari, los congresos internacionales con gastos de viaje y alojamiento pagados para todos los expositores nacionales y foráneos, los montos desembolsados para las vacaciones anuales en el extranjero de Figari y su comitiva, o los gastos de representación para agasajar a obispos, curas y personalidades internacionales del mundo católico conservador, sobre todo si algunos de estos personajes tenían influencias en el Vaticano o a altos niveles de la Iglesia latinoamericana. Por ejemplo, no sé cuánto debe debe haber costado el whisky Johnnie Walker Etiqueta Negra que una vez me pidieron que le llevara a su habitación al cardenal Alfonso López Trujillo, a quien invitaban también a restaurantes exclusivos para que pudiera degustar una los platos que más le gustaba: las conchas de abanico a la parmesana.

Los sodálites consagrados hacen promesa de guardar la castidad a través del celibato, pero parece que para algunos esto se interpretaba en la práctica como “castidad de espíritu”, porque de cuerpo no lo era. De modo similar, la pobreza evangélica ha sido interpretada como “pobreza de espíritu”, supuestamente compatible con la acumulación exagerada e injustificable de bienes materiales por parte de unos cuantos sodálites. El sentido común nos llama a designar esto como riqueza y a recordar las palabras de Jesús en los Evangelios: «De cierto os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos» (Mateo 19, 23). O las descarnadas palabras del apóstol Santiago: «¡Vamos ahora, ricos! Llorad y aullad por las miserias que os vendrán. Vuestras riquezas están podridas y vuestras ropas, comidas de polilla. Vuestro oro y plata están enmohecidos y su moho testificará contra vosotros y devorará del todo vuestros cuerpos como fuego. Habéis acumulado tesoros para los días finales» (Santiago 5, 1-3).

BREVE LECCIÓN DE DERECHO ECLESIÁSTICO PARA UN CARDENAL INCOMPETENTE

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Estimado Juan Luis Cipriani:

Según lo revelado por Pedro Salinas y Paola Ugaz, al momento no existe ninguna certeza de que el tribunal eclesiástico interdiocesano del cual eres moderador haya enviado a Roma las tres graves denuncias contra Luis Fernando Figari del año 2011.

Supongo que eso no debe importarte, pues tú mismo has dicho que tu labor como moderador es puramente logística: suministrarle al tribunal dinero, luz, agua, computadoras, etcétera. O como lo ha resumido magistralmente tu abogado Natale Amprimo: como moderador sólo sirves para «proporcionarle papel para la fotocopiadora».

Sin embargo, la Instrucción que deben observar los tribunales diocesanos e interdiocesanos al tratar las causas de nulidad de matrimonio “Dignitas connubii” (25 de enero de 2005) del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos le asigna al moderador funciones más importantes, e incluso dice textualmente: «Cuando la recta administración de justicia se vea impedida por negligencia, impericia o abusos, el Obispo Moderador del tribunal o el grupo de Obispos deben proveer adoptando las medidas oportunas, sin excluir, si el caso lo requiere, la remoción del oficio». Es decir, debes estar al tanto de cómo se administra justicia.

¿Qué has hecho desde el año 2011 hasta ahora? ¿Te enteraste por lo menos del contenido de las denuncias, como era tu responsabilidad? Y si no te correspondía juzgar por tratarse de un instituto de derecho pontificio, ¿te interesó averiguar si podían haber otros casos similares? ¿O debemos entender que si un menor de edad es ultrajado sexualmente en tu arquidiócesis por un miembro de un instituto de derecho pontificio, tú te limitarás a mirar al cielo, argumentando que eso no cae bajo tu responsabilidad?

(Columna publicada en Exitosa Radio-Diario-TV-Web el 14 de mayo de 2016)

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FUENTES

La República
“¿Dónde está mi denuncia, cardenal Cipriani?” (12 de mayo de 2016)
http://larepublica.pe/impresa/en-portada/766848-donde-esta-mi-denuncia-cardenal-cipriani

Pontificio Consejo para los Textos Legislativos
Instrucción que deben observar los tribunales diocesanos e interdiocesanos al tratar las causas de nulidad de matrimonio “Dignitas connubii” (25 de enero de 2005)
http://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/intrptxt/documents/rc_pc_intrptxt_doc_20050125_dignitas-connubii_sp.html

EL CARDENAL CIPRIANI CONTRA TODO EL MUNDO

CARDENAL JUAN LUIS CIPRIANI

La víspera del 1° de mayo, Día del Trabajo, el cardenal Cipriani criticó a los que pelean por un salario justo, a los que luchan en contra de la desigualdad y se resisten a ser explotados, y se manifestó acríticamente a favor de la inversión, la empresa privada y el Estado como campos donde se deberán resolver los problemas laborales.

«Puro palabreo, pero no generan trabajo, someten a la gente, y como son dueños, nadie se puede meter con ellos.» Estas palabras que podrían aplicarse a muchas grandes empresas, Cipriani las aplica a gobiernos socialistas. «El trabajo es mucho más que una pelea ideológica», termina dictaminando el capellán de la empresa privada.

A continuación, califica de «sesgado» y «parcial» el comunicado sobre la pena de muerte del Consejo Permanente de la Conferencia Episcopal Peruana, que consiste en citas del Catecismo de la Iglesia Católica y de los Papas Juan Pablo II y Francisco. Contra las palabras de este último, que dice que «hoy en día la pena de muerte es inadmisible» y que todos estamos «obligados a luchar por la abolición de la pena de muerte», Cipriani argumenta con un texto del cardenal Ratzinger para concluir que cada uno puede seguir su conciencia en este tema, sin mencionar que Benedicto XVI también pidió abolir la pena de muerte.

Le irrita que no se mencione el aborto ni la unión civil, pues Cipriani no pierde ocasión para manifestar que no tiene comprensión hacia las mujeres que han abortado ni hacia los homosexuales.

Dando manotazos contra todo el mundo —pueblo, obispos, Papa Francisco— menos contra los dueños del poder, llegó la hora de que se vaya.

(Columna publicada en Exitosa Radio-Diario-TV-Web el 7 de mayo de 2016)

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En un país como el Perú donde muchos derechos laborales aún están en pañales, donde es frecuente que los empleadores no paguen un salario justo o busquen la manera de no cumplir con los beneficios sociales que le corresponden al trabajador, donde la gran mayoría trabaja como informales sin protección legal, sin seguro médico, sin ahorros para una jubilación digna, resulta irresponsable por parte de quien se considera representante de la Iglesia católica en el Perú relativizar las luchas por los derechos laborales y, peor aún, presentar como modelo de trabajo digno el de una familia con seis o siete hijos que vende almuerzos en el mercado y vive en la miseria, sin perspectivas de poder salir de la pobreza. Pero ése es el conformismo que pregona Cipriani.

Más aún, después de declarar en su programa radiofónico Diálogos de Fe que «el trabajo es mucho más que una pelea ideológica», el complaciente entrevistador de Radio Programas del Perú (RPP) lo interrumpe, diciendo: «En resumen, no es una contraposición, no es trabajadores contra empleadores y viceversa», a lo cual Cipiani replica: «Esto lo dijo muy claramente Juan Pablo II, me parece que en la Centesimus annus, en un documento. El trabajo no se opone al capital. Van juntos en beneficio de la persona. Pero esto hay que trabajarlo, esto hay que ponerlo en leyes, esto hay que ponerlo en realidades. Entonces yo lo que veo es que muchas veces las dos posiciones, capital y trabajo, se fortifican en sus posiciones y se atacan. Esto no. Yo creo que estamos en un momento en que el país quiere sumar, pero vemos que algunas personas prefieren su participación ideológica. Es su libertad, ¿no?»

He vuelto a revisar la encíclica Centesimus annus de Juan Pablo II y no he encontrado nada que se asemeje a lo que dice Cipriani. Más bien, he encontrado algunos pasajes que avalan la lucha de los trabajadores a favor de un salario digno cuando el sistema o la empresa no se los otorgan. Reproduzco aquí los textos (las negritas son mías).

«El salario debe ser, pues, suficiente para el sustento del obrero y de su familia. Si el trabajador, “obligado por la necesidad o acosado por el miedo de un mal mayor, acepta, aun no queriéndola, una condición más dura, porque se la imponen el patrono o el empresario, esto es ciertamente soportar una violencia, contra la cual clama la justicia” (Rerum novarum, 131)». (Centesimus annus, n. 8)

«En el contexto del Tercer Mundo conservan toda su validez —y en ciertos casos son todavía una meta por alcanzar— los objetivos indicados por la Rerum novarum, para evitar que el trabajo del hombre y el hombre mismo se reduzcan al nivel de simple mercancía: el salario suficiente para la vida de familia, los seguros sociales para la vejez y el desempleo, la adecuada tutela de las condiciones de trabajo.

Se abre aquí un vasto y fecundo campo de acción y de lucha, en nombre de la justicia, para los sindicatos y demás organizaciones de los trabajadores, que defienden sus derechos y tutelan su persona, desempeñando al mismo tiempo una función esencial de carácter cultural, para hacerles participar de manera más plena y digna en la vida de la nación y ayudarles en la vía del desarrollo.

En este sentido se puede hablar justamente de lucha contra un sistema económico, entendido como método que asegura el predominio absoluto del capital, la posesión de los medios de producción y la tierra, respecto a la libre subjetividad del trabajo del hombre.» (Centesimus annus, n. 34-35)

En todo caso, o Cipriani no ha leído estos textos, o si los ha leído, parece que no los ha entendido. No me extrañaría cuando ni siquiera sabe en qué documento del magisterio pontificio se encuentra el sustento de las afirmaciones que evacua en su programa de radio. Al respecto, le podemos prestar generosamente nuestra humilde ayuda.

En la encíclica Laborem exercens de Juan Pablo II se encuentra algo similar a lo que ha dicho el prelado peruano, pero no de manera tan simplista y sesgada. Allí dice el Pontífice polaco que «no se puede separar el “capital” del trabajo, y que de ningún modo se puede contraponer el trabajo al capital ni el capital al trabajo, ni menos aún […] los hombres concretos, que están detrás de estos conceptos, los unos a los otros» (Laborem exercens, n. 13). Sin embargo, la superación de la antinomia entre trabajo y capital sólo puede superarse de raíz en un sistema que se rija por el principio de la sustancial y efectiva prioridad del “trabajo” frente al “capital”: «la jerarquía de valores, el sentido profundo del trabajo mismo exigen que el capital esté en función del trabajo y no el trabajo en función del capital» (Laborem exercens, n. 23).

Si el cardenal Cipriani va a hablar de estos temas de manera incompleta sin dar «una visión de conjunto de lo que son los principios de la doctrina social de la Iglesia» —citando sus propias palabras—, sería mejor que guarde silencio y que delegue esa función en un especialista, pues parece que sus pocas luces no le dan para entender la complejidad de un problema que afecta a millones de peruanos: el de los bajos salarios y las precarias condiciones laborales.

Y considerando que no ha dicho ni jota sobre los sindicatos en el Día del Trabajo, debería ponerse como lectura de meditación diaria el siguiente texto de Juan Pablo II: «la Iglesia defiende y aprueba la creación de los llamados sindicatos, no ciertamente por prejuicios ideológicos, ni tampoco por ceder a una mentalidad de clase, sino porque se trata precisamente de un “derecho natural” del ser humano y, por consiguiente, anterior a su integración en la sociedad política» (Centesimus annus, n.7). ¿Por qué en vez de ponerse del lado de la empresa privada y del Estado no busca apoyar a los sindicatos para que puedan contratar «los mínimos salariales y las condiciones de trabajo» (Centesimus annus, n. 15) y de esta manera contribuir a «acabar con fenómenos vergonzosos de explotación, sobre todo en perjuicio de los trabajadores más débiles, inmigrados o marginales» (Centesimus annus, n. 15)? ¿Sabe Cipriani lo que realmente enseña la Iglesia en materia social o prefiere hacerse el desentendido y pasarlo por alto?

Por otra parte, es lamentable y penoso que pretenda desautorizar una enseñanza inobjetable sobre la pena de muerte emitida por el Consejo Permanente de la Conferencia Episcopal Peruana, cometiendo de paso una falta grave en contra de la colegialidad con sus hermanos en el episcopado. ¿Por qué —según él— los obispos peruanos deberían haberse pronunciado también sobre el tema del aborto, cuando dicen bien claramente al inicio del documento que «la vida humana es un don de Dios, y por tanto se nos exige respetarla y protegerla desde el primer instante de su concepción hasta su término natural», y lo que se busca es mostrar la posición clara y definida sobre la pena de muerte que la Iglesia mantiene actualmente? ¿Por qué Cipriani insiste sobre la base de un texto del cardenal Ratzinger —escrito cuando ni siquiera era Papa— en que la posición de un católico respecto a la pena de muerte es un asunto de conciencia y que, por lo tanto, quien está favor de ella no es reprochable moralmente, cuando el Papa Francisco está enseñando precisamente lo contrario?

Además, ¿por que tanto jaleo, si el mismo Cipriani declaró en agosto de 2006, cuando Alan García propuso la pena de muerte para los violadores de niños que asesinen a sus víctimas, que «la Iglesia no defiende ni autoriza la pena de muerte» y que «muy rara vez se debe acudir a esta alternativa para resolver un problema de la sociedad» (ver https://www.aciprensa.com/noticias/la-iglesia-no-defiende-ni-autoriza-la-pena-de-muerte-recuerda-cardenal-cipriani/)? Dijo sustancialmente lo mismo que están diciendo los obispos de la Conferencia Episcopal Peruana, y tampoco mencionó el aborto en sus declaraciones. Por lo mismo, no entendemos entonces por qué ahora Cipriani califica el documento emitido por la Conferencia Episcopal Peruana como «un comunicado muy sesgado, muy parcial que es fácil de identificar. Yo no menciono nadie, pero no parece que sea una visión de conjunto de lo que son los principios de la doctrina social de la Iglesia».

¿Cuál es la diferencia entre el año 2006 y el presente? La única diferencia que veo es que la aplicación de la pena de muerte a violadores de niños fue propuesta en el pasado por Alan García, mientra que ahora quien se sube a esa estrategia populista es la candidata Keiko Fujimori. ¿Tiene más valor para Cipriani la candidatura de la hija del sátrapa Alberto Fujimori que la comunión eclesial en la unidad con los otros sucesores de los Apóstoles en el Perú? Lo único que logra Cipriani con sus opiniones personales es sembrar confusión entre los fieles creyentes y crear división en la Iglesia católica presente en tierras peruanas, más aún cuando es la única autoridad eclesiástica que se ha manifestado en contra del comunicado.

Hay que recordar que en setiembre de 2014 la Santa Sede destituyó en Paraguay a Mons. Rogelio Livieres, miembro del Opus Dei y hasta entonces obispo de Ciudad del Este, aduciendo «serias razones pastorales» e indicando que «la ardua decisión de la Santa Sede […] obedece al bien mayor de la unidad de la Iglesia Ciudad del Este y de la comunión episcopal en Paraguay» (ver http://infovaticana.com/2014/09/25/destituido-el-obispo-de-ciudad-del-este-paraguay/). Si bien el comunicado de la Santa Sede no ahondaba en las razones que habían llevado a la defenestración del obispo, se sabe que Mons. Livieres había acusado públicamente de ser «mala persona» y «homosexual» a Mons. Pastor Cuquejo, arzobispo de Asunción, quien había insistido en que se investigara al sacerdote Carlos Urrutigoity por un supuesto caso de acoso sexual cometido en los Estados Unidos, mientra que Mons. Livieres defendía a capa y espada la inocencia del clérigo, que estaba laborando en su diócesis. También se hablaba de una supuesta malversación de fondos y dilapidación del patrimonio inmobiliario de la diócesis por parte del prelado opusdeísta. Y desde hace décadas Mons. Livieres no se cansaba de tachar a sus congéneres episcopales de izquierdistas y simpatizantes de la teología de la liberación —como si esto fuera un pecado o un delito—.

A la vista de este antecedente, ¿no sería conveniente que la Santa Sede envíe a un visitador apostólico a la arquidiócesis de Lima para que examine el proceder de un arzobispo que, ante denuncias de abusos sexuales, no hizo absolutamente nada —ni jurídica ni pastoralmente—; que rehuye sus responsabilidades como juez de primera instancia en el tribunal eclesiástico interdiocesano que está a su cargo; que maneja los asuntos de la arquidiócesis con autoritarismo y arbitrariedad; que continuamente se entromete en la política de un Estado democrático, independiente y autónomo haciendo lobby con políticos que lo adulan y le rinden pleitesía; que no tiene ningún reparo en desautorizar públicamente a otros obispos de la Conferencia Episcopal Peruana; que da mal ejemplo justificando plagios cometidos en artículos que él mismo ha escrito y, finalmente, que pone observaciones infundadas a la enseñanza del Papa Francisco sobre la pena de muerte?

Por el bien mayor de la unidad de la Iglesia y de la comunión episcopal en el Perú, espero que pronto alguien se decida a tomar cartas en el asunto.

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FUENTES

Conferencia Episcopal Peruana
Comunicado sobre la pena de muerte (26 de abril de 2016)
http://www.iglesiacatolica.org.pe/cep_prensa/archivo_documentos/comunicado-pena-muerte_260416.pdf

ACI Prensa
El Papa pide abolir pena de muerte en todo el mundo (30 Nov. 11)
https://www.aciprensa.com/noticias/el-papa-pide-abolir-pena-de-muerte-en-todo-el-mundo/
Tras visita apostólica Papa Francisco retira al Obispo de Ciudad del Este en Paraguay (25 Sep. 14)
https://www.aciprensa.com/noticias/tras-visita-apostolica-papa-francisco-retira-al-obispo-de-ciudad-del-este-en-paraguay-12099/

BBC Mundo
La guerra de obispos que acabó con la destitución de Livieres en Paraguay (25 septiembre 2014)
http://www.bbc.com/mundo/ultimas_noticias/2014/09/140925_ultnot_destitucion_obispo_livieres_vaticano_ch

RPP Noticias
Cardenal Juan Luis Cipriani│”El trabajo es mucho más que una pelea ideológica” (30/04/2016)

Finalmente, algunos medios pro-Cipriani han manipulado la información para desautorizar a los obispos que forman parte del Consejo Permanente de la Conferencia Episcopal Peruana. He aquí dos flagrantes muestras.

InfoVaticana
Parte del episcopado peruano hace la campaña del abortista y homosexualista PPK (29 abril, 2016)
http://infovaticana.com/2016/04/29/una-parte-del-episcopado-peruano-toma-partido-keiko/

ACI Prensa
Cardenal Cipriani discrepa con comunicado de un grupo de obispos peruanos (02. May. 16)
https://www.aciprensa.com/noticias/cardenal-cipriani-discrepa-con-comunicado-de-un-grupo-de-obispos-peruanos-29578/

LAS ÉLITES DEL EVANGELIO

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Klaus Mertes, jesuita alemán que en 2010 puso en el candelero el tema de abusos sexuales en instituciones educativas católicas por primera vez en Alemania, publicó en 2013 el libro La confianza perdida – Ser católico en la crisis, donde narra su experiencia como rector del Colegio Canisio de Berlín y lo que significó poner bajo los reflectores de la opinión publica los abusos allí ocurridos.

En el libro menciona el caso de Germán Doig y el Sodalicio de Vida Cristiana, cuando aborda el tema del elitismo en la estructura de poder de la Iglesia.

Ese “dulce veneno de la conciencia de élite” forma parte de la ambigua vinculación que se establece entre la víctima y el abusador en el momento del abuso. La víctima se siente parte de un grupo elegido y le resulta difícil —si no imposible— hablar, pues pondría en peligro no sólo al grupo y al perpetrador, sino también la conciencia de élite que hace especial a la institución. Mientras más fuerte sea el sentimiento de élite, más difícil le resulta a la víctima tomar conciencia de la amarga verdad.

En el caso del Sodalicio, eso se veía reforzado aún más porque la mayoría de sus integrantes pertenecen a la élite social: la clase alta y la clase media pudiente.

En palabras de Jesús, quien quiere ser “sal de la tierra” y “luz del mundo” debe tomar con humildad el último puesto. Allí dónde no hay posiciones que defender, ningún reconocimiento público y ningún poder, allí se encuentran las verdaderas élites del Evangelio. Que no quieren dominar a otros, sino estar a su servicio en la verdad y el amor.

(Columna publicada en Exitosa Radio-Diario-TV-Web el 30 de abril de 2016)

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FUENTE

Klaus Mertes, Verlorenes Vertrauen – Katholisch sein in der Krise, Herder, Freiburg im Breisgau 2013.