EL SODALICIO EN SU LABERINTO

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Lunes 3 de octubre, cuatro de la tarde en la ciudad alemana de Mannheim, a orillas del Rin. Sentado en un café en la estación del tren, converso con un joven ex-sodálite y escucho cómo logró fugarse del Sodalicio. Una historia que parece la trama de un thriller policíaco. Lo cual me confirma en la sospecha de que esta institución se asemeja más a un grupo sectario o a la mafia —no obstante su proclamada finalidad religiosa— que a una organización eclesial católica. Quizás juntando ambos extremos se podría describirla con una expresión que suena paradójica, pero que no puede ser más precisa: “secta católica”.

En esa conversación mi interlocutor me confirma lo que yo ya sabía a través de otra fuente: que Ricardo Trenemann, sodálite con quien compartí escenario en varias ocasiones cuando yo todavía era integrante del grupo musical Takillakkta, habría intentado abusar sexualmente de un joven sodálite de comunidad, utilizando el cuento de los masajes en la zona del perineo, entre el ano y los genitales. Una perversa estrategia, similar a la que aplicó Figari con una de sus víctimas, cuando le dijo que había que despertar la energía kundalini situada en la misma región íntima. Y si bien Trenemann no habría podido consumar el abuso esa vez debido a que la víctima se negó a colaborar, en una comunidad sodálite de Brasil habría logrado dar cumplimiento a sus insanas intenciones con otro muchacho, terminando la cosa en masturbaciones mutuas.

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Ricardo Trenemann

El de Ricardo Trenemann es uno más de los nombres que se añade a la lista de presuntos abusadores sexuales del Sodalicio, comenzando por Luis Fernando Figari y siguiendo con Germán Doig, Virgilio Levaggi, Jeffery Daniels, Daniel Murguía, Luis Ferrogiaro y Javier Leturia. A ella habría que añadir una larga lista de maltratadores psicológicos y físicos, entre los cuales se contarían Alberto Gazzo, José Antonio Eguren, Alfredo Garland, Alfredo Draxl, Óscar Tokumura, Daniel Cardó, Alessandro Moroni y otros cuyos nombres todavía no han sido revelados. Pues no conozco a ningún sodálite con un puesto de responsabilidad que no haya violentado en algún momento la conciencia personal de quienes estaban a su cargo o que no haya intentado doblegar sus voluntades mediante técnicas de manipulación psicológica, entre las cuales se encuentran las órdenes humillantes y la exigencia de una obediencia absoluta, sin límites. Era algo que formaba parte inherente del sistema de disciplina y formación.

A lo largo del tiempo se han ido acumulando críticas, siendo las más acertadas las de aquellos que en algún momento formaron parte de la institución. Pero las críticas no sólo han venido desde afuera. También hay quienes se han atrevido a hacer ejercicio de crítica constructiva desde dentro de la institución, lamentablemente sin resultados. Quienes se atreven a dar este paso suelen ser condenados a una especie ostracismo interno, son sometidos a un escrutinio minucioso que hurga en sus vidas personales con el fin de atribuir a sus problemas psicológicos —reales o inventados— las críticas expresadas, y tarde o temprano terminan por salirse de la institución. Como está ocurriendo con el P. Jean Pierre Teullet, quien tuvo el valor de enfrentarse a la cúpula sodálite para echarle en cara haber faltado a la verdad en un comunicado oficial a la opinión pública.

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Manuel Rodríguez Canales

Otro caso es el de Manuel Rodríguez alias “Roncuaz”, un adherente sodálite ubicado en la periferia institucional —pues está casado y, por lo tanto, no vive en ninguna comunidad—, quien ocasionalmente ha formulado a través de su blog críticas veladas pero certeras a la institución, sin distanciarse formalmente del Sodalicio, y sus bien intencionadas reflexiones han caído sistemáticamente en saco roto.

Mucho antes de la publicación del libro Mitad monjes, mitad soldados de Pedro Salinas y Paola Ugaz, un sodálite que buscaba un cambio advirtió con lucidez a las máximas autoridades del Sodalicio de los peligros de una estructura autoritaria, que había sido creada por el mismo Figari para tener un poder absoluto e incuestionable. Y que los reglamentos internos estaban planteados de tal manera, que el miembro de la organización se convertía en un instrumento sujeto a la arbitrariedad de los superiores, los cuales gozaban de una autoridad absoluta, cuyos alcances y límites no se estipulaban en ninguna parte. La mayoría de las vocaciones sodálites habrían sido reclutadas en edad escolar, cuando la persona todavía no tiene suficiente criterio de juicio pero está predispuesta a opciones radicales. La formación consiguiente estaba orientada a quebrar la voluntad de la persona mediante dinámicas de obediencia irracional, ejercicios extremos, castigos e introspecciones psicológicas. A ello se suma la injusticia de trabajar años gratuitamente sin recibir una remuneración, sin dinero cotizado a un fondo de pensión, sin seguro médico, de modo que quien decide dejar la organización cae en una situación injusta de sostenimiento, además de no contar con una experiencia laboral que le permita acceder a un trabajo adecuado.

Sordo a toda voz crítica —venga de donde venga—, incapaz de reconocer las propias deficiencias estructurales y manteniendo una actitud autorreferencial, cerrado en sí misma y practicando colectivamente la ley del silencio al estilo de la mafia italiana, el Sodalicio no se esperaba el golpe que significó la publicación del libro de Salinas y Ugaz en octubre de 2015.

El mando sodálite terminó asumiendo tardíamente que una defensa de Figari ya no era plausible, pero no lo expulsó como estipulan sus Constituciones para estos casos. Bajo la dirección de Alessandro Moroni, si bien el Sodalicio no ha defendido a Figari, sí lo ha protegido, pues su caída definitiva significaría el fin de una historia, arrastrando consigo lo que todavía queda de la institución, incluyendo su patrimonio y sus fuentes de ingresos, como las universidades, los colegios, los cementerios, los negocios inmobiliarios, mineros, agrícolas, etc.

La creación de una Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación en noviembre de 2015, integrada por cinco reconocidas personalidades de impecable trayectoria profesional y filiación católica, habría constituido una jugada estratégica para limpiarse la cara, pues con ello se habría querido demostrar que el Sodalicio estaba realmente preocupado por las víctimas y que estaba tomando las medidas del caso para atenderlas y ofrecerles una justa reparación por los daños sufridos. Sin embargo, lo que sucedió después fue inaudito.

Una vez que la Comisión emitió su lúcido y demoledor Informe Final el 16 de abril de 2016, después de haber recogido durante cerca de cuatro meses más de cien testimonios de víctimas, muchas de las reacciones al interior del Sodalicio fueron de rechazo a las conclusiones del Informe. De la boca para afuera se lo aceptó oficialmente, pero en la práctica no se implementó ninguna de las recomendaciones hechas por los comisionados.

Más bien, el Sodalicio decidió contratar a tres especialistas extranjeros —la estadounidense Kathleen McChesney, ex número 3 del FBI y asesora de la Conferencia Episcopal Norteamericana; el irlandés Ian Elliott, que estuvo a cargo de la investigación de la crisis de abusos sexuales del clero en Irlanda; y la estadounidense Mónica Applewhite, especialista en prevención—, no para implementar las recomendaciones de la Comisión de Ética, sino para volver a hacer el mismo trabajo prácticamente desde cero —investigando y volviendo a hablar con las víctimas—, con la esperanza de obtener tal vez un informe más benigno y favorable. El ahora cardenal Joseph William Tobin, arzobispo de Indianapolis (EE.UU.) y delegado vaticano para el caso Sodalicio, está esperando el informe que redactará la señora McChesney, a fin de tomar una decisión.

Mientras tanto, sigue su curso la denuncia penal ampliatoria interpuesta en mayo de 2016 contra Figari, otros seis miembros y un ex-miembro de la institución —Jaime Baertl, José Ambrozic, José Antonio Eguren, Eduardo Regal, Óscar Tokumura, Erwin Scheuch y Virgilio Levaggi— por los delitos de asociación ilícita para delinquir, secuestro y lesiones graves.

Las declaraciones de Figari a la prensa, negando incluso que puedan haber víctimas, han terminado de mostrar el verdadero rostro de una institución que, tomando como bandera un catolicismo pretérito y trasnochado y con pretensiones grandilocuentes de cambiar el mundo, no sólo ha truncado y dañado vidas enteras —además de no significar ningún aporte sustancial para la sociedad civil—, sino que también ha perjudicado irreparablemente —en complicidad con la indiferencia y apatía de las autoridades eclesiásticas, entre ellas el cardenal Cipriani— la imagen de una Iglesia que se muestra dispuesta a respirar otros aires en sus sectores más abiertos al mundo y al servicio solidario de los pobres.

(Artículo publicado en Exitosa el 22 de octubre de 2016)

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SODALICIO: DE VÍCTIMA A VICTIMARIO

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Alberto Gazzo Baca

Cuando en diciembre de 1981 mi madre me dejó entre lágrimas en la comunidad sodálite Nuestra Señora del Pilar (Barranco), entré a formar parte de un grupo heterogéneo entre los cuales se contaban miembros de la generación fundacional del Sodalicio: José Ambrozic —el superior de la casa—, Virgilio Levaggi, José Antonio Eguren y Alberto ‘Beto’ Gazzo, encargado de formar a los tres “novicios”: Alfredo Draxl, Eduardo Field y yo.

Beto, que sufría de cojera debido a una poliomelitis contraída de niño, fue objeto de burlas crueles en el Sodalicio. Burlas que estaban avaladas desde lo más altos niveles, pues según Figari había que ayudarlo así a superar su complejo de inferioridad.

El primer día, durante la cena, Field —quien había estado leyendo un libro de espiritualidad escrito por el jesuita Alonso Rodríguez en el siglo XVI— comentó lo recios que eran los jesuitas de antaño. «Recios, ¿no?», le replicó Gazzo. «Para que veas lo que es ser recio, tú y Alfredo van a comer ahora en el piso». Yo me libré del castigo gratuito, pero no de algunas humillaciones posteriores que Beto infligió a los tres.

Pedro Salinas recuerda que fue su formador en San Bartolo, y que era implacable en sus métodos. Entregaba cartas abiertas de familiares y leía sin avisar las reflexiones de los cuadernos privados que se usaban para la meditación. A Pedro, una noche mientras dormía, le bañó la cabeza con agua oxigenada para ridiculizarlo, pues amaneció con el pelo de color naranja.

¿Cuándo terminará este círculo vicioso iniciado por Figari, donde personas como Gazzo y Draxl pasarían de ser víctimas a ser crueles victimarios?

(Columna publicada en Exitosa el 10 de septiembre de 2016)

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Beto Gazzo también fue formador de sodálites “novicios” en San Bartolo en el año 1985, antes de ser enviado a Brasil. Pedro Salinas, quien estuvo en esa época en la comunidad sodálite Nuestra Señora de Guadalupe mientras yo vivía en la comunidad Nuestra Señora del Rosario, también sufrió el ensañamiento de los “métodos de formación” que, con un cierto regusto sádico, aplicaba Beto a sus discípulos. En su novela Mateo Diez, lo transforma en el personaje de Roberto Univazo, y recuerda varias anécdotas que yo mismo puedo confirmar que sucedieron realmente, aunque los detalles tengan bastante aderezo literario. He aquí algunos textos seleccionados de la novela.

Quien apareció al rato en la casa fue Roberto Univazo. Beto era el asesor espiritual de los dos centros de formación. Vivía en El Rosario. Era diácono y en poco tiempo iba a hacerse sacerdote. Iba a convertirse en el tercer cura del movimiento, después de Julio Bertie, quien fue el primero en ordenarse y en lograr una figura especial para mantenerse dedicado a tiempo completo a la Milicia. Como la Milicia de María no era una orden ni una congregación religiosa, sus clérigos eran diocesanos y dependían del obispo. Bertie, quien además de tener buenos contactos en el empresariado nacional, también los tenía en la cúpula eclesiástica peruana, consiguió independencia de acción para abocarse a las necesidades materiales y espirituales del movimiento. Bertie era lo más cercano a la figura de un empresario con sotana. Descendiente de una distinguida familia de empresarios mineros, su energía e indiscutible carisma lo convertían en un poderoso motor para empujar todos y cada uno de los proyectos apostólicos de la Milicia. El segundo en vestirse de negro con su televisor al cuello fue José María Eguiguren, un gordo con look obispable, y con una voz de barítono que estremecía y podía quebrar vidrios.

El mismísimo Juan Pablo II iba a ungir como sacerdote a Beto, junto a veinte diáconos más, en su primera visita al Perú. Univazo era conocido al interior del movimiento como “el apóstol de los niños”. Como profesor de Religión del Markham, el colegio más pituco de Lima, Beto tenía buena llegada con los chiquillos, a quienes llevaba a los denominados DINA, que eran campamentos-retiro concebidos para niños. Se llamaban DINA porque las las siglas significaban “Dios y la Naturaleza”. Beto también gozaba de simpatía dentro del movimiento. A muchos les encantaban sus bromas y era un gran narrador de cuentos. Pero a mí nunca me inspiró confianza. Siempre me pareció fingido y disforzado.

Por alguna razón nunca hubo química entre Beto y yo. Me quedaba claro que tenía instinto apostólico y don de gentes, sobre todo con los púberes, pero sus reflexiones me parecían las de un imbécil. No hay nada peor que un estólido que se cree inteligente. “De repente por eso quiere ser cura; si estudia para otra cosa, el cerebro no le da”, pensé.

Sin embargo, mi sentimiento hacia Beto no llegaba al encono. Por lo menos no al principio. Al contrario, a veces me inspiraba lástima y conmiseración por su condición de minusválido. Beto tuvo polio de pequeño y la enfermedad le afectó la pierna derecha. Cuando caminaba parecía que esquivaba losetas, porque hacía un extraño efecto con el empeine. En el Markham le pusieron, además de Pata con Truco, el apelativo de Matute, por el policía que aparecía en Don Gato y su Pandilla, quien solía dar vueltas y vueltas al garrote cuando hacía sus rondas por el vecindario. Los despiadados markhamians decían que la pierna de Beto se asemejaba a la vara de Matute.

[…]

Roberto Univazo ya era cura. Se había convertido en el tercer clérigo mílite. Beto, además, había sido ordenado por el mismo Papa. “Por vosotros, Cristo se ha consagrado a sí mismo, para que también vosotros seáis consagrados en la Verdad. ¡Permaneced fieles a Él!”, le dijo Juan Pablo II a Beto y los otros veinte diáconos que se ordenaron en el hipódromo de Monterrico.

Su primera misa la realizó al día siguiente en la vetusta iglesia de San Bartolo con las dos comunidades. Fue una ceremonia privada. Sólo para nosotros. La idea era, además, corregirle todos sus defectos como sacerdote, antes de celebrar la eucaristía del domingo con la gente del pueblo. Los errores saltaron a la vista desde el inicio, pero descollaron al momento de la homilía. Beto era un pésimo orador. Era un extraordinario narrador de cuentos para niños, pero era malísimo dando el sermón desde el púlpito. No convencía. Hablaba como para un público adolescente, estaba lleno de muletillas y seseaba. “Este de cura de parroquia no pasa. Y si la parroquia queda en Huancasancos, mejor”, pensé.

[…]

A la hora del desayuno Santiago me miró y se echó a reír. Lo mismo hizo Santiago. Hasta Massieu. El padre Beto se carcajeó y con una inflexión malévola me preguntó:

—¿Ya te viste en el espejo, Mateín?

—¿Qué pasa? —pregunté, confundido.

—Anda, mírate —me dijo el padre Beto, quien disfrutaba más que nadie de la situación.

Fui al baño y me di con la desagradable sorpresa de que el pelo lo tenía color naranja, como cucaracha de grifo. Era denigrante ver mi reflejo. Recién entendí de dónde provenía el olor extraño que percibí en la mañana. Era agua oxigenada que alguien había derramado en mi cabeza mientras dormía. Y ese “alguien”, no cabían dudas, había sido Beto Univazo.

—Ese color te queda bien —me dijo Beto, quien salpicaba saliva cuando hablaba, y un par de idiotas se rieron del chiste.

—Muy gracioso —respondí sin inmutarme.

—Puedes ir a la peluquería más tarde —me dijo René.

—Gracias —respondí escuetamente y no comenté nada más durante el desayuno.

[…]

Luego de que se fue José Hernando, quien se despidió entre rudos apretones de manos, […] nos tocaba limpiar la casa. A mí se me había asignado barrer la terraza, el patio y las escaleras de El Rosario. Lo más trabajoso era la limpieza de la terraza, porque ello suponía pasarle trapo, lija y cera, para que quede brillante. Cuando terminé, luego de un par de horas, satisfecho por la pulcritud de mi labor, me encaminé al depósito a guardar todos los implementos de limpieza, pero Beto Univazo me interceptó.

—¿A dónde crees que vas? —me arrostró.

—A guardar todo esto —le dije, mostrándole la escoba, el trapeador, las bolsas de cera y las lijas.

—Pero todavía te falta la terraza, ¿no?—me dijo con un airecillo que no me gustó nada.

—Si vas a la terraza y miras el piso, te aseguro que te vas a sentir como que estuvieses parado encima de un espejo —dije.

—No lo creo —me dijo Univazo—. Anda a verla.

Obediente, salí a ver la terraza. Alguien había echado sobre ella el contenido de los tachos de basura de la casa, incluyendo un pedazo de estiércol fresco, que parecía de perro.

—¿Quién mierda ha hecho esto? —pregunté, ofuscado, contemplando la destrucción de mi obra.

—Nadie. Simplemente, límpialo —me dijo, con acento autoritario.

—¿Sabés qué, Beto? Si quieres que la terraza se vea limpia como la dejé, aquí tienes —le dije, y tiré a sus pies deformes la escoba, el trapeador y el resto de utensilios de limpieza.

—¡¿Qué cosa?! —exclamó Univazo, el sacerdote ordenado por Juan Pablo II, anonadado, con su seseo insoportable.

—Lo que oíste. Chau —le dije, y me dirigí hacia mi habitación.

—¡Mateo, ven inmediatamente! ¡No sabes lo que estás haciendo!

—Sé perfectamente lo que estoy haciendo —respondí, harto del abuso y de las vejaciones.

—¡Mateo! —gritaba Univazo desesperadamente.

Reaparecí a los tres minutos, cambiado con ropa de baño.

—Me voy a meter un chapuzón y vuelvo —le informé a Roberto Univazo.

—¡Lo que has hecho es gravísimo, Mateo! ¡Has desobedecido una orden! ¡Se te puede expulsar por ello!

—Hazlo —le dije, retador, a Beto.

—No voy a olvidar esto —me dijo.

— Yo tampoco —le respondí.

—Te voy a hacer la vida imposible —amenazó.

—Hace rato que me estás haciendo la vida imposible —le respondí, contenido.

Un vez en el muelle, me lancé contra las olas y sentí quebrarme como una copa se estrella contra la apred. Pensé en lo ue había hecho. Curiosamente, no me arepentí. Estaba harto de los vejámenes de Roberto Univazo. Una a una empecé a recordar todas las arremetidas contra mí, que no eran pocas, y nunca vi que las hiciera con otras personas. Yo las acepté todas porque la voz del superior era la voz de Dios. “Pero Dios no podía hablar a través de alguien tan cruel como Beto Univazo”, me dije.

Recordé todas las veces cuando, al acostarme, descubrí que me había hecho “cama chica”. Recordé aquella oportunidad cuando, al levantarme, descubrí que me había pintado con esmalte la uñas de los pies. Recordé aquella otra cuando, también al levantame, me encontré untado con crema de afeitar en todo el cuerpo. Recordé la vez que lo descubrí leyendo mi correspondencia personal. Recordé que, en otra ocasión, rompió en mi cara una de las contadas cartas que mi padre me envió desde Caracas , sin que yo la hubiera leído. Recordé todos los “huracanes” que me hizo desde que llegué. Llamábamos huracán al estropicio que encontrábamos en nuestra habitación generado por una mano negra, usualmente la de Beto. El huracán hacía que el orden militar que imperaba en nuestro pequeño espacio se convirtiera en caos total. […] Recordé también cuando husmeaba en mis exámenes de conciencia, que eran cuadernos en los que anotábamos nuestros pecados y pensamientos personales. Recordé todas las veces que me arrojó agua helada en la cara, con una jarra, desde el segundo piso a la hora de la siesta de treinta minutos, luego del almuerzo. Recordé, de igual forma, aquella vez que me ordenó echarle pimienta y ketchup a mi arroz con leche por haberme olvidado de recoger un salero de la mesa. Recordé asimismo que, en una situación análoga, me hizo tragar cinco pedazos de torta de chocolate con espuma de afeitar, que terminaron conmigo en el baño con un cólico insufrible. Recordé aquella vez que me hizo lavar uno de los sanitarios y antes de pasar el sarro, me obligó a lavarme la cara con esa agua. Recordé también la noche que me envió a nadar solo a la isla, vestido y con piedras en los bolsillos y sentí terror en medio de la oscuridad. Recordé que fue uno de los principales en oponerse a que fuese padrino de confirmación de Antonio Colmenares, uno de mis pupilos del María Reyna. La amenaza de la expulsión tampoco me preocupaba.

En San Bartolo pasé muchos momentos que eran como para hacer trepidar a los que no eran firmes. Yo los resistí, reciamente. Lo que no podía tolerar ni digerir era la humillación gratuita y sin sentido. “¿José Hernando estará al tanto de todas estas barbaridades?”, me pregunté.

[…]

En la noche, después de comer, Beto, dueño y señor del poder ante la ausencia de René, decidió iniciar una dinámica de grupo que consistió en proveer a todos de plumones gruesos y de colores para hacer lo siguiente: había que ponerle en la cara a Adrián Garagorri cosas que pensábamos de él o que tuvieran que ver con sus complejos o defectos más notorios. Él no podía verse en el espejo hasta terminar el juego. Uno a uno nos fuimos aproximando para escribirle algo.

El primero en acercarse fui yo, y escribí en su cachete izquierdo: COCHINO. Santiago, quien compartía cuarto con él, al igual que yo, me siguió y le escribió en el otro cachete: HUEVONAZO. Raúl Unamuno le puso en la frente: LÁVATE LA BOCA. El Mono le puso en el tabique y en vertical: PEZUÑENTO. Santino le dibujó en el cuello una bacinica con un pedazo de mojón. MacKay, como gran insulto, le escribió detrás de la oreja derecha: TONTO. Y luego continuaron el ritual Jorge Lossio y Richard Peckerman.

La cara de Adrián había quedado más colorida que la de un hooligan y más pintarrajeada que pared de baño de cantina. Terminado el juego, que iba arrancando las risas burlonas y crueles de nosotros, quienes asumimos la dinámica como una suerte de venganza por todas las cosas que nos disgustaban de Adrián, Beto le dio permiso para ir al baño y mirarse en el espejo.

Adrián entró al baño, pero no daba señas de querer salir, mientras que el resto celebraba el despiadado pasatiempo. Ante la demora, Beto conminó a Adrián a salir. Cuando apareció frente a nosotros, reunidos en la sala de la casa, Adrián estaba llorando desconsoladamente. Y me sentí mal. Beto intentó explicarle, delante de todos, que la dinámica de grupo apuntaba a ayudarlo a liberarse de sus defectos más notorios y que molestaban a la comunidad. Le dijo además que el juego se hizo para su bien. Pero la explicación no era lo suficientemente persuasiva. Nunca había visto a una persona en tal estado de fragilidad, llorando como un niño, herido en su amor propio, maltratado psicológicamente por aquellos que, supuestamente, éramos sus hermanos. A partir de ese momento, decidí ser más comprensivo y tolerante con Garagorri.

José Enrique Escardó relata un incidente muy parecido a este último cuando él estuvo en San Bartolo, sólo que esta vez quien dirigió la dinámica de humillación psicológica de la víctima es Alfredo Draxl (ver http://elquintopie.blogspot.de/2016/01/draxl-el-deformador.html y http://docslide.us/documents/los-abusos-de-los-curas.html).

También es cierto que Beto carecía de aptitudes intelectuales, mucho menos tenía capacidad para la investigación académica, por lo cual yo recibí el encargo —de parte de Luis Fernando Figari— de preparar el borrador de la tesis que tenía que presentar Beto en Brasil para obtener el grado de licenciatura en teología. El hecho de estar sometido interiormente al código de obediencia vigente en el Sodalicio borró en mí todo reparo para efectuar esta acción moralmente reprochable. Si Figari decía que algo tenía que hacerse, inmediatamente se accionaban en mí los mecanismos psicológicos que me indicaban que lo que Figari ordenaba siempre tenía que estar bien, y que negarse a obedecer una orden era el mayor pecado posible dentro de la institución. Era una de las consecuencias del lavado de cerebro al que había sido sometido, al igual que todos los sodálites.

Lo mismo pasó cuando Figari nos ordenó a mí y a Gustavo Sánchez, teólogo sodálite y actual miembro de la Comisión Teológica Internacional, que ayudáramos a Emilio Garreaud a modificar la tesis sobre relaciones Iglesia-Estado que él mismo había presentado en la Pontificia Universidad Católica del Perú para obtener un título en derecho, a fin de ajustarla a los requerimientos de una tesis de teología pastoral para obtener el título de licenciado en teología en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Se trataba de un auto-plagio en toda regla. Se puede verificar esto consultando en los respectivos centros de estudios mencionados ambas tesis del P. Emilio Garreaud, actual Rector de la Universidad Juan Pablo II de Costa Rica.

Varias veces le oí a decir a Luis Fernando Figari: «¡Necesitamos licenciados y doctores!» Parece que no le interesaban en absoluto la honestidad académica ni el rigor científico, pues para él la única clave de interpretación de la realidad estaba en su pensamiento, que no pasa de ser una ideología religiosa fundamentalista de sesgo derechista, conservador y retrógrado. Pero sí que le interesaba el poder que otorga el disponer de una pléyade de sodálites con títulos académicos, adoctrinados rigurosamente y sin libertad de pensamiento.

En todo caso, Beto se prestó a este juego sucio, así como maltrató —en nombre de Figari— a varios de los que estuvimos bajo su férula de formador.

No sé qué vida tenga ahora, ni qué responsabilidades, pero eso no borra los hechos luctuosos del pasado en los cuales participó. Alberto Gazzo Baca, actual Gerente Corporativo de Gestión Humana de Volcan Compañía Minera, tiene muchas preguntas que responder.

SODALICIO: EL CURA DESERTOR

alborada_alberto_gazzoAlberto ‘Beto’ Gazzo, ex alumno del Colegio de la Inmaculada (jesuitas) y miembro de la generación fundacional del Sodalicio, fue ordenado sacerdote por el Papa Juan Pablo II en Lima el 2 de febrero de 1985 en una Misa que se celebró en el Hipódromo de Monterrico.

Beto trabajó principalmente con niños, alumnos de colegios particulares privilegiados de Lima, en la década de los ‘70, llevándolos a campamentos-retiros conocidos como DyN (Dios y Naturaleza). Mucho antes que Jeffery Daniels, fue conocido como “el apóstol de los niños”.

Sufría de cojera de un pie debido a una poliomelitis que le sobrevino en su infancia, lo cual era motivo para hacerlo continuamente objeto de burla, a fin de que se ejercitara en la humildad según Luis Fernando Figari.

En 1986 fue enviado a Rio de Janeiro (Brasil) como uno de los primeros miembros de la comunidad sodálite que asumió la parroquia carioca Nossa Senhora da Guia.

Tiempo después colgaría los hábitos y desaparecería del mapa. La revista “Alborada” —de circulación interna en la Familia Sodálite— con una foto de su ordenación en la portada fue sacada de circulación y hoy es sumamente difícil encontrar un ejemplar. Y cómo es costumbre en el Sodalicio, su nombre dejó de mencionarse y su existencia fue cubierta con un olvido intencional y programado.

Un sacerdote que deja el sacerdocio siempre tiene una historia interesante que contar. Beto Gazzo probablemente posea en su memoria claves importantes para esclarecer el turbio recorrido de la institución sodálite cuando era Figari quien tenía la voz cantante. Claves que quizá expliquen también el misterio de por qué decidió renunciar al estado clerical.

(Columna publicada en Exitosa el 3 de septiembre de 2016)

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La ordenación sacerdotal de Beto Gazzo la vi por televisión en la comunidad sodálite Nuestra Señora del Rosario (San Bartolo), acompañado de Rafael Ísmodes, a quien Raúl Masseur, superior de la comunidad sodálite sambartolina Nuestra Señora de Guadalupe, le había dado la orden de quedarse —mientras todo todos los demás miembros de ambas comunidades participaba del evento— precisamente debido al deseo entusiasta que había manifestado Rafael de asistir al encuentro de la juventud con el Papa Juan Pablo II. En esa época Beto tenía el cargo de formador en la comunidad de Guadalupe.

Con nombres cambiados, Pedro Salinas relata esta anécdota en su novela autobiográfica Mateo Diez (Jaime Campodónico/Editor, Lima 2002):

«Luego de Arequipa, el Papa regresaba a Lima, donde iba a tener un encuentro con los jóvenes en el hipódromo de Monterrico. Nosotros, guadalupanos y rosaristas, íbamos a ir al magnánimo evento, menos uno, que debía quedarse a cuidar las dos casas. El Ferrari “sorteado”, para desgracia suya, al cual compadecí pero no hubiese reemplazado en ningún caso, fue Raúl Unamuno, el más emocionado con la visita papal. René lo hizo adrede para probarlo y para recordarnos al resto que seguíamos en etapa de formación y las órdenes absurdas no habían desaparecido ni siquiera con la presencia de Juan Pablo II en nuestras tierras.»

En virtud de ciertas libertades que permite la narrativa novelesca, Salinas omite el hecho de mi presencia en San Bartolo en la misma época en la que él estaba en formación. Yo también me quedé en San Bartolo junto con Rafael Ísmodes, pero no por obra y gracia de una orden absurda sino como consecuencia de un abuso sufrido días antes. Emilio Garreaud, el superior de la comunidad del Rosario, me había ordenado hacer cuclillas con un saco de cemento de unos 25 kilos sobre los hombros, lo cual terminó produciéndome un intenso y persistente dolor de espalda. El día 1° de febrero fuimos casi todos los miembros de la comunidad a la Plaza Mayor de Lima para esperar la llegada del Papa. Si bien yo tenía puesta una faja ortopédica que me había prestado Emilio, la espera de ocho horas parado en medio de la multitud terminó haciendo estragos. Esa noche no podía mirarme las puntas de los pies sin que me vinieran punzadas dolorosas en la espalda. Necesité una semana de reposo para poder recuperarme.

SODALICIO: UN TESTIMONIO BRASILEÑO

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Parroquia sodálite Nossa Senhora da Guia (Rio de Janeiro)

El 30 de enero de 1986 se fundó la primera comunidad sodálite en el Brasil, en la ciudad de Rio de Janeiro. A esta comunidad se le confió la Parroquia Nossa Senhora da Guia. Los primeros dos sacerdotes sodálites que trabajaron allí fueron Alberto Gazzo, ordenado por el Papa Juan Pablo II, y Luis Cappelleti. Ambos —en fechas muy alejadas la una de la otra— han terminado colgando los hábitos y se han desvinculado de la institución. Y probablemente tengan mucho que contar.

Lo que me ha llegado ahora es el testimonio en portugués de un ex sodálite brasileño, Josenir Lopes Dettoni, quien ha decidido poner abiertamente por escrito su experiencia en el Sodalicio, e incluso ha puesto un video suyo en YouTube donde hace lectura de este texto.

En el mismo menciona a un superior encargado de la formación en San Bartolo y autor de librillos sobre consejería espiritual y de La amistad según El Principito, al cual hemos podido identificar como Óscar Tokumura.

Mal que bien, he traducido el texto al español para quienes encuentren difícil entender el portugués. Sólo me queda decirles que encuentro absolutamente verosímil lo que narra este valioso testigo y muy similar a experiencias que yo he tenido o a anécdotas que conocí de primera mano.

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TESTIMONIO DE JOSENIR LOPES DETTONI

Soy J.L.O., o al menos así era conocido por mis iniciales, ligeramente modificadas, dentro de las comunidades sodálites.

Desde niño quise ser cura y por eso me aproximé a dos sacerdotes que trabajaban en mi parroquia, Nossa Senhora da Guia, en Rio de Janeiro. Eran sensacionales, mi modelo de vida. Con diez años de edad, en el año 1988, mi principal alegría era ser acólito en las misas de fin de semana. Mis padres se mudaron de ciudad, pero con trece años conseguí hacer cuatro viajes para visitar aquel que sería mi “futuro seminario”. Trece horas de viaje en ómnibus, solo. Las actividades del Movimiento de Vida Cristiana (MVC), los paseos, la música de Takillakkta en cassettes, la liturgia… todo me parecía realmente divino. En uno de esos viajes conocí a Germán Doig y a Luis Fernando Figari.

Con quince años de edad, dejé a mi familia, que vivía en el norte del país, para poder ir “al seminario”. Como el Sodalicio no tenía un “seminario menor” (para gente que todavía estaba en el colegio), fui generosamente recibido por un matrimonio —al cual hasta ahora le profeso una profunda gratitud— en su casa durante tres años, hasta poder entrar formalmente en comunidad. En ese período tuve la oportunidad de estudiar, a petición del Sodalicio, en una de las mejores escuelas de Brasil, lo cual ha marcado mi formación hasta el día de hoy.

En esos tres años, de 1993 a 1995, me hice mejor: estudié mucho y trabajé arduamente en las actividades del Movimiento de Vida Cristiana, ocupando diversos cargos en el mismo.

A fines de 1995, junto con casi todos los de mi “agrupación”, hice promesa de aspirante [primer grado dentro de la jerarquía sodálite]. Días después yo, que ya me hallaba en proceso desde hace mucho tiempo, fui aceptado en comunidad, donde viví cuatro años: uno en Rio de Janeiro y otros tres en comunidades del Perú, incluyendo San Bartolo.

No voy a entrar en más detalles, pues la historia es larga. Por lo tanto, guardando gratos recuerdos de algunos aspectos de lo que viví en ese tiempo, paso a relatar sólo las cosas inaceptables que experimenté dentro de esa institución.

– Ideas únicas: fui llevado a vestir “como sodálite”, a hablar “como sodálite”, a actuar “como sodálite”. Se trataba de tener el “estilo sodálite”, una especie de derivación práctica de la “espiritualidad sodálite”. Había una clara presión para alcanzar ese modelo. Cualquier tipo de cuestionamiento era visto como negativo, producto de la propia debilidad espiritual de uno. Ya dentro de comunidad, el pensar unificado era un subproducto de la obediencia, entendida como la voz de Dios que habla por medio del superior de uno.

– Elitismo: éramos llevados a pensar que formábamos parte de la élite de la Iglesia. Las otras espiritualidades se preocupaban de cosas secundarias; la nuestra, de salvar a la Iglesia, de ser los modelos de santidad de los nuevos tiempos, combatiendo todo mal, lo que era externo, incluso si eso externo era interno en la Iglesia. Ésa es una característica que acaba seduciendo a mucha gente, una mezcla de búsqueda de excelencia y vanidad. Después descubrí que internamente éramos incluso clasificados en una especie de ránking (niveles A, B, C).

– Abandono de los que salían de comunidad: eran vistos como muertos, como aquellos que cayeron en batalla. “Y tú no recoges el cuerpo de un muerto en medio de la batalla… Primero, ganas la batalla, después vas a ver los muertos”. En resumen, ya que estamos en una guerra, no se debe prestar atención a quien partió. Cosa que sentí claramente de parte de mis “hermanos de comunidad” en Rio de Janeiro cuando fui a visitar la parroquia después de haber dejado la vida comunitaria. Además, al salir, eres invitado a firmar una carta diciendo que el Sodalicio no te debe nada en términos financieros. ¡Ah! La opción de ser adherente [sodálite casado], cosa que también fui, no mejora mucho la cosa. No. Los adherentes no son tomados en serio.

– Maltratos físicos: llegué a dormir cuarenta días en el suelo, con ocasión de la Cuaresma; ayunos largos y rigurosos; incontables ejercicios de todo tipo (incluso natación en el mar gélido… el mismo que causó posteriormente la muerte de un [emevecista] brasileño); ejercicios que, por otra parte, los superiores no hacían (destacando especialmente a Luis Fernando). La cosa era tan exagerada, que si tú simplemente no lograbas más (y más era mucho, mucho más), era porque tú eras un prejuiciado o no tenías vocación. A causa de eso, muchos se lesionaron gravemente.

– Maltratos psicológicos: generalmente vinculados a la mala visión de la obediencia religiosa y del rol del superior. Sólo por dar un ejemplo: en cierta ocasión yo formaba parte de un grupo de tres que servíamos la mesa para 23 personas. Uno de mis compañeros le sirvió a un superior un refresco que no era para él. Eso fue visto como una gran falta de respeto a la figura de aquel que representaba a Cristo en la casa. Nuestro castigo, además de recibir muchos insultos, fue retirar y volver a poner la mesa completa (lavando, secando, guardando y volviendo a colocar todo de nuevo en la mesa) 100 veces, sin parar, sin comer. Esto duró ocho horas y media de sufrimiento continuo y repetitivo. Durante ese tiempo, el resto de la comunidad tampoco podía comer… Al final, un superior distinto encargado de la formación en San Bartolo nos puso a los tres en hilera y nos insultó nuevamente, ofendiendo incluso a nuestras madres. Como yo estaba visiblemente afectado por lo ocurrido, él, por si fuera poco, me ordenó que permaneciese al lado fuera de la comunidad para no contaminar la casa con mi energía negativa. Hoy escribe libros sobre consejería espiritual y la amistad según El Principito. Eso sólo para no entrar en mayores detalles sobre cuando quise realmente matarme, mas no tuve el coraje, lo cual me hundió aún más en un proceso de depresión con manifestaciones psicosomáticas que me llevaron a estar ocho meses en cama. Tuve que matar a Dios dentro de mí para sobrevivir. Conseguí, después de dos intentos, huir de comunidad. Tres meses después de mi salida estaba consumiendo drogas; camino, por otra parte, que otros ex sodálites también han recorrido.

– Restricción de las libertades individuales: se pedía permiso para todo. La agenda de actividades de uno era aprobada directamente por el superior de uno; su incumplimiento era visto como un pecado. Toda nuestra relación con la familia era mediada por pedidos de permiso. La única vez que recibí autorización para visitar a mi familia, que vivía en otra ciudad, fue acompañado por un sodálite designado a esos efectos. Más serio, así y todo, fue cuando intenté huir de San Bartolo. Al notar que yo me hallaba fuera de la comunidad cargando una maleta, un “hermano” corrió hasta la plaza, donde yo me encontraba, y me detuvo físicamente. Me agarró y no me dejó hasta que se llamara al superior (el mismo de los librillos), momento a partir del cual continué detenido hasta que nuestra conversación me llevó al llanto y a más desequilibrio emocional. Acordamos entonces que yo necesitaba discernir más. Por lo tanto, salir de comunidad no siempre es tan sencillo.

– Culto a la figura del Fundador: una vez fui humillado públicamente por Luis Fernando (mi superior directo fue notificado) por haberle dicho que se había equivocado sobre su pretendida capacidad de leer lo que yo estaba pensando. Él dijo que yo había pensado una cosa y yo simplemente dije la verdad, que no. Eso bastó para que me pusiera en el centro de una conversación, con otros sodálites presentes, sobre el problema de la mentira. Al final, además de fundador y superior, era un iluminado.

En cuanto a abusos sexuales, no tengo mucho que decir. Además, no imaginaba que eso pudiese suceder en el Sodalicio. Dos de los que hoy son mencionados como abusadores eran vistos por mí incluso como buenos amigos. La única cosa extraña, que puedo juzgar mejor después de la revelación de hechos escabrosos, fue una vez en que, después de una conversación inusual sobre marihuana y masturbación, Germán, que durante un tiempo fue mi consejero espiritual, se cambió completamente de ropa delante mío.

Hay mucho que contar, mucho que traer a la luz. He hecho esto como un ejercicio personal y porque parece que no hay suficientes testimonios disponibles en portugués. ¿Estoy arrepentido de lo que viví? No, hice lo correcto o lo que me fue posible a lo largo de mi jornada. También tuve mis errores, que, en conciencia, no deben ser atribuidos a mi paso por el Sodalicio. Aprendí, además, muchas cosas buenas que marcan profundamente mi vida hasta ahora. También guardo en el corazón las imágenes de personas muy especiales que conocí. Así y todo, ¿dejaría a mi hijo pasar por eso? Definitivamente no.

Espero que la institución encuentre un buen camino para refundarse, preservando así el recorrido de muchos que se dedicaron a ella con ardor y generosidad.

Un fuerte y sincero abrazo,

J.L.O.

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