HELMUT KOHL, UN ÍDOLO CON PIES DE BARRO

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Helmut Kohl (1930-2017)

La residencia de ancianos donde trabajo en Mutterstadt, pueblo de ambiente provinciano en el estado de Renania-Palatinado, queda sólo a 8 kilómetros y medio de la casa en Ludwigshafen donde falleció el ex-canciller Helmut Kohl el 16 de junio.

Si bien Ludwigshafen es una ciudad grande que forma una continuidad urbana con Mannheim, ambas separadas sólo por el río Rin, no deja de ser un lugar donde impera la mentalidad provinciana que caracteriza a la región del Palatinado. Y algo que se le criticó a quien fuera canciller de Alemania entre 1982 y 1998 fue un talante provinciano que no sobrepasaba el nivel de la sabiduría campesina, junto con un anti-intelectualismo rampante.

Kohl tuvo humanamente poco destacable, salvo su talento pragmático para llegar al poder y mantenerse en él. Y salir indemne de los escándalos que tachonaron su carrera política, entre los cuales destaca el de donaciones no declaradas por 2.1 millones de marcos a su partido —la Unión Demócrata Cristiana— en violación de la ley de partidos que él mismo había firmado como canciller. Este impasse le costó en el año 2000 la presidencia honorífica de su partido. Aun cuando se negó a revelar los nombre de los donantes —pues les había dado su palabra de honor de mantenerse callado—, el caso quedó impune.

La prensa alemana se ha prodigado en elogios, llamándolo el canciller de la unidad, padre del euro, ciudadano de honor de Europa, canciller eterno, uno de los últimos patriotas, un coloso a favor de la paz, sin faltar los epítetos cursis como “el canciller de los corazones” o “el coloso del Rin”.

Sin embargo, Kohl había prometido durante la campaña electoral de 1982 que iba a reducir a la mitad el número de extranjeros residentes en Alemania. Y no veía ninguna posibilidad de diálogo con el socialismo, en el cual veía al enemigo primordial, según su lema: «uno debe acostarse tarde y levantarse temprano, si se quiere vencer el socialismo». No es de extrañar que Die Tageszeitung (taz), diario izquierdista, no se haya sumado al coro de elogios y haya señalado las ambigüedades del personaje, recibiendo críticas de quienes no quieren empañar la memoria de un hombre que buscó acallar a todos los que intentaran empañar su buen nombre. Incluyendo a miembros de su propia familia.

En contra de la imagen de una familia ejemplar que Kohl —por intereses políticos— había transmitido continuamente, sus hijos Walter y Peter publicaron relatos, donde mostraban a un padre ausente y una madre enferma, atormentada por la soledad y el desamparo. Hannelore Kohl, que sufría de alergia a la luz, se había suicidado el 5 de junio de 2001. Y Helmut Kohl le quitó el habla a sus hijos hasta su muerte. A ninguno de ellos se le permitió ver el cadáver de su padre. Y no se sabe si están invitados al entierro el 1° de julio en la ciudad de Espira, en cuya catedral medieval habrá una ceremonia funeraria europea para quien fue un católico conservador de derechas.

El gran logro de Kohl, la unificación de Alemania, fue debido a una circunstancia que ni él mismo pudo prever: la descomposición del aparato estatal de Alemania Oriental y las protestas a lo largo del país comunista que culminaron con la caída del Muro de Berlín y la apertura de las fronteras. Pero Kohl supo aprovechar la coyuntura para incorporar los estados de la antigua Alemania Oriental a la República Federal de Alemania, cuando estaba perdiendo popularidad entre los votantes. No obstante, la cuota de desempleo en Alemania subiría de 7.3% en 1991 a 12.7% en 1997. Aún así, la unificación como símbolo de cara al pueblo pesó para su reelección en 1994.

Es indiscutible la labor que realizó Kohl para fortalecer la Unión Europea. No hay que negarle méritos a un estratega que supo aferrarse astutamente al poder y cumplir la máxima tácita que guía a la gran mayoría de los políticos: «disfrazar su interés particular de interés general». Y que luego son elevados a la categoría de ídolos sin importar su orientación ideológica —recuérdese a Ronald Reagan o a Fidel Castro, por mencionar a algunos—. Pero no son más que ídolos con pies de barro.

(Columna publicada en Altavoz el 26 de junio de 2017)

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FUENTES

taz.de
Altkanzler Helmut Kohl ist gestorben: Er ist Geschichte (16.6.2017)
http://www.taz.de/Altkanzler-Helmut-Kohl-ist-gestorben/!5421741/
Blumen der Scham. Zum Abschied keine Nelken (24.6.2017)
http://www.taz.de/Blumen-der-Scham/!5419859/

Zeit Online
Helmut Kohl: Lieber Langeweile als Faschismus (17. Juni 2017)
http://www.zeit.de/gesellschaft/zeitgeschehen/2017-06/helmut-kohl-intellektuelle-nachruf

Der Spiegel
Die Kohls: Ein Familiendrama (17.06.2017)
http://www.spiegel.de/panorama/gesellschaft/helmut-kohl-und-seine-familie-a-1152645.html

TURISMO Y DISCRIMINACIÓN

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Este año mi mujer y mi hijo de quince años visitaran el Perú después de años de ausencia. Aprovechando la ocasión, harán también un recorrido turístico por el Cusco y lugares aledaños.

Al reservar los pasajes aéreos y el tour, nos hemos topado con una ingrata sorpresa. Mi hijo, aun siendo peruano de nacimiento, tendrá que pagar más que mi mujer dado que sólo cuenta con pasaporte alemán. Incluso a mi mujer, por el sólo hecho de residir en Alemania, le cobrarán más que a un peruano residente en el Perú. Y el servicio que mi hijo recibirá no será ni una pizca mejor que el que se les ofrece a quienes pagan menos.

Desde hace tiempo hay denuncias de discriminación contra PeruRail, la empresa que ofrece servicios de transporte ferroviario a Machu Picchu entre otros, en agravio de turistas peruanos. Uno de los casos emblemáticos, ocurrido en el año 2007, es el del músico peruano Luis Becerra, que formó en Italia la agrupación de danzas latinoamericanas Takillakta y que tuvo que viajar a Machu Picchu en un tren sólo para peruanos junto con su hija menor, mientras que su esposa italiana fue obligada a viajar en el tren sólo para turistas extranjeros.

Lo peor de todo es que PeruRail sigue manteniendo una actitud discriminatoria dividiendo a sus clientes en nacionales y extranjeros, ofreciéndoles un servicio diferenciado. Y discriminando también a los extranjeros, al cobrarles un precio de unos 120 dólares de ida y vuelta por un trecho de unos 60 km, cuando en Alemania esa misma distancia en tren de lujo cuesta unos 40 euros. Y no me van a decir que los costos operativos en el Perú son mayores que en Alemania.

Este esquema parece atravesar toda la rama turística en el Perú: tratar mal al turista nacional y cobrarle caro al extranjero. Se parte del supuesto de que quien viene de fuera del país necesariamente debe tener mucho dinero en el bolsillo para pagar cualquier precio que se le exija, por irracional que sea.

¿Los resultados? Mientras que unos 3.7 millones de turistas extranjeros habrían visitado el Perú en 2016, en Chile —un país con menos atractivos turísticos— se alcanzó ese mismo año la cifra de 5.6 millones de turistas extranjeros.

Bajo la premisa de que el precio se fija de acuerdo a lo que se está dispuesto a pagar —y no de acuerdo a criterios objetivos y razonables de costo/beneficio—, el Perú es un país caro para extranjeros, que preferirán otros destinos.

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Esta columna fue publicada incompleta —sin previo aviso— el 17 de julio de 2017 en Exitosa, a pesar de mantenerse dentro de los límites de extensión. Esto, unido a la circunstancia del cese del periodista Juan Carlos Tafur como director de ese medio, me ha llevado a la decisión de no seguir colaborando con ese diario. La columna completa fue publicada el mismo día por Altavoz, medio que gentilmente me ha ofrecido un espacio los lunes para colaborar con una columna semanal.

EL PAÍS DE LA BAMBA

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Desde que tengo memoria, el Perú ha sido el país de la bamba, donde siempre hemos consumido productos que aparentaban ser lo que en realidad no eran. Desde la leche en polvo ENCI, de menor valor nutritivo que la leche fresca, hasta los jugos Kanú, unos polvos que mezclados con agua dan como resultado un refresco con sabor artificial puramente químico, que no puede compararse con un auténtico jugo de frutas naturales.

El negocio de los alimentos bambeados sobrepasó por momentos límites criminales, como cuando en algunos mercados se mezclaba la pimienta negra con carbón molido, el comino con ladrillo rojo triturado, se ofrecían marshmallows fabricados clandestinamente con cola sintética, o se vendían hamburguesas hechas de cartón macerado en vinagre y especias en el Estadio Nacional.

Sin embargo, el engaño al consumidor no fue nunca monopolio de algunos sujetos al margen de la ley, sino que formó parte de la misma cultura empresarial peruana. La lista sería larga: salchichas Vita Rica que se vendían con la cara de un cerdo en la envoltura, pero cuyo ingrediente principal era carne de ballena; frutas confitadas hechas en base a cáscaras de sandía o papayas verdes procesadas con azúcar y colorantes; panetones que obtienen su reconocible sabor de una esencia saborizante que es un mero producto de laboratorio, en nada comparables con los panetones fabricados en Italia hechos con meros ingredientes naturales y frutas confitadas de verdad; o la famosa esencia de vainilla que de verdadera vainilla no tiene ni la sombra.

El caso de la “leche” Pura Vida es aún más grave, porque contiene aditivos que podrían dañar la salud: el emulsificante SIN 471, que podría aumentar el tamaño del hígado y de los riñones; el estabilizante SIN 339ii, que podría producir hiperactividad y problemas digestivos y, a la larga, reducir el equilibrio de fósforo y calcio en el organismo; y el SIN 407, posible causante de úlceras en el intestino grueso, micropérdidas de sangre en la orina, ralentización del crecimiento, alergias, debilitamiento del sistema inmunitario, y de cáncer a largo plazo. Además, tenemos el añadido de aceite de palma, cuyo consumo en exceso aumenta el nivel de colesterol y contribuye al desarrollo de problemas cardiovasculares.

Pero así estamos, en un país donde la leche no es leche, la democracia no es democracia, los partidos no son partidos y el gobierno es pura ilusión.

(Columna publicada en Exitosa el 10 de junio de 2017)

LOS HEREDEROS PERUANOS DEL SARGENTO PIMIENTA

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​Hace 50 años, el 1° de junio de 1967, salió publicado en el Reino Unido Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, octavo álbum de los Beatles. Un disco que marcó un antes y un después en la música rock, pues el cuarteto de Liverpool se dedicó a experimentar con sonidos como nunca antes lo había hecho, elevando este género a la categoría de arte.

En 2003 la revista Rolling Stone lo puso a la cabeza de los 500 álbumes más grandes de todos los tiempos.

La influencia del álbum fue tal, que revolucionó toda la historia del rock en adelante. Y esa influencia llegó también a tierras peruanas.

En 1969 salió el primer sencillo de The (St. Thomas) Pepper Smelter, una banda de rock psicodélico liderada por Gerardo Manuel, tomando su nombre de un mapa de St. Thomas y del disco de los Beatles, que se encontraban en el local donde ensayaban. En Soul & Pepper, el único LP que grabaron para la discográfica El Virrey, se pueden escuchar covers y temas propios que asumen el legado de creatividad experimental del álbum de los Beatles.

Sin embargo, la banda que tomaría realmente la posta del Sargento Pimienta en el Perú sería otra.

Al igual que los Beatles, se inició con el sonido del Mersey Sound de Liverpool, pero añadiendo la influencia áspera y cruda del punk vía Sex Pistols y Ramones. Y así como los Beatles se cansaron de su imagen de jóvenes alocados, esta banda peruana también se hartó de su propio mito creado en los ‘80 y decidió reinventarse en 1995 con un álbum doble: A la mierda lo demás (Asesinando el mito).

Pero donde realmente se sentiría el impulso experimental que parece tomado de los Beatles, aunque esta vez con una marcada influencia de Pink Floyd, sería en su siguiente álbum doble de 1998, que lleva el críptico título de Moxón: el estokástiko viaje de Defekón I a través de los tiempos. Ésta sería la primera obra maestra entre otras que seguirían —Yasijah, Al final de la calle, Hospicios— de Leusemia , sin lugar a dudas la mejor banda de rock peruano de todos los tiempos.

A diferencia del álbum de los Beatles, el de Leusemia pasaría inadvertido excepto para los seguidores de la banda, entre los cuales orgullosamente me encuentro. Pues los mejores artistas peruanos son ignorados en su propio país, donde mucho se mide según la mediocridad de la cultura imperante. Y donde un Paul McCartney en decadencia jala más público que Leusemia en todo su esplendor.

(Columna publicada el 3 de junio de 2017 en Exitosa)