DAVID BERGER: “NO DEBO SEGUIR CALLANDO”

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David Berger (nacido en Wurzburgo el 8 de marzo de 1968) es un teólogo católico, filósofo y actual redactor jefe de la revista gay Männer. Vive desde agosto de 2012 en Berlín. Su principal campo de trabajo ha sido la historia y la doctrina de Santo Tomás de Aquino, así como la homosexualidad y la Iglesia católica. A su salida del clóset como homosexual le siguió una controversia sobre el estatus de los homosexuales en la Iglesia católica. En mayo de 2011 el arzobispo de Colonia, Joachim Meisner, le retiró la missio canonica, el derecho a enseñar religión católica en las escuelas, con lo que perdió su puesto de trabajo. La expulsión de su puesto de trabajo provocó protestas de los alumnos y padres de alumnos, incluyendo una manifestación hasta la sede del arzobispado en Colonia, en la que participaron entre 400 y 500 escolares.

Berger fue, junto con Rudolf Michael Schmitz, fundador en el año 2000 de la revista Doctor Angelicus, dedicada al pensamiento de Santo Tomás de Aquino. De 2003 a 2010 fue editor y redactor jefe de Theologisches, la revista católica tradicionalista de mayor difusión en el medio germanoparlante. También ha sido académico correspondiente de la Pontifica Academia de Santo Tomás de Aquino y lector de la Congregación para la Doctrina de la Fe, encargado de la vigilancia de dos revistas teológicas.

Debido a la importancia como testimonio que tiene el artículo que Berger publicara en el Frankfurter Rundschau el 23 de abril de 2010, mediante el cual salía de clóset y asumía con valentía las consecuencias de admitir abierta y públicamente su condición homosexual, reproduzco aquí una traducción del mismo que he terminado hace poco. El artículo original completo en idioma alemán se puede leer aquí: http://www.imprimatur-trier.de/2010/imp100513.html

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HOMOSEXUALIDAD EN LA IGLESIA
“NO DEBO SEGUIR CALLANDO”

Hizo carrera en la Iglesia católica, no obstante ser gay. Ahora sale del clóset y pone al descubierto un pérfido sistema de opresión. Las confesiones de David Berger.

En Alemania el porcentaje de homosexuales en la población total es de alrededor de 10 por ciento.

En la Iglesia católica, según investigaciones empíricas, el porcentaje de eclesiásticos homosexuales se halla entre el 25 y el 40 por ciento. Teólogos como Wunibald Müller señalan que los formadores en los centros de formación de sacerdotes suponen incluso que llega a un 50 por ciento.

En los Estados Unidos también se estima el porcentaje de sacerdotes homosexuales entre 25 y 50 por ciento. Según un estudio publicado en los Estados Unidos, siete por ciento de los eclesiásticos encuestados señalaron que habían colgado los hábitos porque como homosexuales se sentían incomprendidos por su Iglesia.

El Catecismo de 1992 exige “respeto, compasión y delicadeza” hacia los homosexuales. Sin embargo, los actos homosexuales “son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso”.

La Congregación para la Doctrina de la Fe decía en 1986 que “la particular inclinación de la persona homosexual, aunque en sí no sea pecado, constituye sin embargo una tendencia, más o menos fuerte, hacia un comportamiento intrínsecamente malo desde el punto de vista moral. Por este motivo la inclinación misma debe ser considerada como objetivamente desordenada”.

A veces basta una pequeña chispa para desencadenar una explosión latente desde hace mucho tiempo. En mi caso, esta chispa fue la presentación del obispo de Essen Franz-Josef Overbeck el 11 de abril en el programa Anne Will de ARD1. Al mediodía yo había estado hablando por teléfono con un sacerdote amigo, que era fuertemente depresivo debido a su homosexualidad. Yo lo consolaba entre otras cosas con el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica de 1992, que exige respecto y delicadeza hacia las personas homosexuales y condena toda discriminación injusta.

Pocas horas después se da el veredicto de Overbeck, pronunciado ante un público de millones, de que “es un pecado ser homosexual”. Y como si quisiera superar a Overbeck, el hombre más poderoso junto al Papa, el Cardenal Secretario de Estado Tarcisio Bertone, no tiene ningún problema en afirmar al día siguiente una relación causal entre la homosexualidad y los casos de abusos sexuales en la Iglesia católica.

En ese momento me quedó algo claro: yo no debía seguir callando ante tales declaraciones; en cierto sentido me había hecho cómplice de ellos a través de mi trabajo de años en el ámbito conservador católico. Esa misma noche renuncié a mi puesto de editor y redactor jefe de la revista Theologisches, desde hace 30 años el órgano más importante y de mayor circulación de ese grupo.

En el fondo todo comenzó con mi fascinación por la antigua liturgia latina de “rito tridentino”: fastuosas vestimentas barrocas y encaje fino, música sacra clásica, nubes de incienso, una espléndida escenificación, ante la cual cualquier director de ópera palidecería de envidia, y todo bien asegurado en manos masculinas.

Está unión refinadísima de lo estético con lo sagrado (Karl Rahner) me hizo por una parte inmune a aquellas escenificaciones que la movida gay ha revestido de modo similar con el rango de un sustituto de la religión, tomando de la Iglesia católica numerosos préstamos formales, tanto en las procesiones anuales del Día del Orgullo Gay como en las orgías fetichistas celebradas ritualmente. Por otra parte, gracias a mi interés por la liturgia tradicional conocí a otros hombres homosexuales de mi edad que estaban a favor de ella, en parte en puestos directivos de la Iglesia.

De modo que no fue casualidad que mi primer trabajo escrito, que preparé en el curso de teología dogmática, apareciera en UNA VOCE Korrespondenz, una revista que se dedica sobre todo a la defensa de la liturgia clásica. A mí, como joven estudiante, me llenaba de orgullo ver mi nombre impreso, y pronto recibí también numerosas cartas de apoyo, sobre todo de hombres del ámbito universitario. Siguieron las primeras invitaciones para ponencias en la Fraternidad Sacerdotal San Pío X y otras comunidades similares.

Yo las acepté con la ingenuidad del estudiante que no se hace preguntas respecto a los antecedentes de estas comunidades. Evidentemente, en aquellos años surgió en conversaciones con amigos siempre la misma pregunta: ¿cómo puedes apoyar una teología y política eclesial que tiene precisamente una posición tan intolerante hacia la homosexualidad? Junto a la estética ya mencionada, que en la totalidad de su forma se halla tan cercana a la cultura homosexual, también era posiblemente un sentimiento subconsciente de culpa el que me motivaba sobremanera, a la vez que a la penitencia, a ser estricta y particularmente fiel al Papa y a la Iglesia.

Antes de que pudiera o quisiera pensarlo dos veces, me encontré metido en el medio católico conservador extremo. Debido a eso, sacar mi doctorado y obtener la habilitación para poder enseñar a nivel universitario no fue precisamente fácil, pero sí posible gracias a teólogos bastante liberales. Mi homosexualidad nunca fue, de una u otra manera, tema de conversación. El punto culminante de mi enraizamiento en el espectro tradicionalista lo representó mi nombramiento como editor de la revista Theologisches en el verano de 2003.

La conversación previa al respecto se efectuó en mi vivienda privada. Era evidente que allí no se iba a encontrar uno con la familia ideal católica con mujer y cinco hijos. La discrepancia entre mi nueva patria espiritual y mi orientación sexual, que hasta el momento no había representado verdaderamente un problema para mí y para mi entorno de vida, se me hizo evidente por primera vez durante una cena, a la cual un jurista cercano a la revista Junge Freiheit [Libertad Joven] y promotor de la movida tradicionalista había invitado a representantes de la misma.

En la mesa se habló sobre sacerdotes homosexuales, que aparentemente operaban una red para infiltrar la Iglesia desde adentro. Luego se extendió el tema a todos los homosexuales y se señaló desenfadadamente lo catastrófico que habían sido las consecuencias de la abolición del artículo 1752. Se podía pensar lo que se quiera sobre el “Tercer Reich”, pero entonces, sea como sea, se sabía resolver el problema. En otras palabras: se trataba de un consentimiento mal disimulado con el terror de los nazis, que habían encerrado a los gays y a las lesbianas en campos de concentración y los habían asesinado.

Yo callé ante tales barbaridades, sintiéndome muy mal. Mi silencio, sin embargo, desconcertó por lo visto a mis interlocutores y a otros, que fueron informados al respecto. Continuamente y cada vez con mayor frecuencia se tocaba el tema de la homosexualidad en mi presencia, para probar si había una reacción de mi parte. Recuerdo particularmente una conversación con un príncipe de la Iglesia renano, que me invitó a tomar té en mi calidad de editor de Theologisches. Absolutamente fuera de contexto me contó que él se guardaba minuciosamente de ordenar sacerdotes a personas de orientación homosexual, de modo que en su diócesis no habría ninguno. El que sabe cuántos sacerdotes gay hay en cada diócesis católica, una cosa le queda clara: aquí se llevaba a la práctica sin disimulo el programa de la falta de sinceridad. La apariencia de un mundo de cuento católico ideal tiene que ser preservada a cualquier precio. Y yo mismo era parte de este sistema hipócrita y mojigato.

Recién gracias al “caso St. Pölten”, donde en el seminario de la diócesis se llegó a orgías homosexuales, y gracias a conversaciones con sacerdotes homosexuales de mi círculo de amigos más cercano, tomé conciencia de que en el fondo de esta falta de sinceridad no hay candidez o represión, como supuse en un principio. Más bien, cargos importantes de la Iglesia —independientemente de que en política eclesial se les considere conservadores o progresistas— se valen de la bella apariencia, para en secreto recolectar diligentemente información sobre aquellos de los cuales sospechan ser homosexuales.

El material incriminatorio, por supuesto, es puesto en juego recién cuando se necesita. Tan pronto como alguien no anda como quieren las autoridades eclesiales, se utiliza la homosexualidad de la persona en cuestión como medio de presión para hacerla dócil. Desde el aspecto del poder no hay nada mejor para un obispo que un sacerdote católico que oculta con vergüenza su homosexualidad.

Yo me hago hoy la pregunta de por qué tantos hombres homosexuales se sienten atraídos por una institución que hacia afuera niega su orientación y hacia adentro abusa de ella a favor de un sistema de pérfidos mecanismos de opresión. Creo que con la mayoría la cosa no debe haber sido muy distinta de como fue conmigo. Podría relatar varios casos puntuales, más o menos prominentes. Pero no voy a sacar a nadie del clóset contra su voluntad y por eso me limito a mi propia experiencia.

Estoy seguro, en base al comportamiento y los comentarios del personal de Theologisches, que los más importantes encargados y autores de la revista ya sabían de mi homosexualidad al momento de mi nombramiento como editor y redactor jefe. Ideológicamente no se les podía pasar por alto. Pero no obstante yo les caía a pelo. Mi predecesor se había vuelto muy autónomo para el círculo promotor, y por eso se esperaba tal vez un nuevo editor fiel a la línea, voluntarioso y además bien domesticable debido a su orientación sexual. A instancias del filósofo Walter Hoers y del ya fallecido Cardenal Leo Scheffczyk, asumí el puesto que yo no había ambicionado.

Pero después no trabajé de la manera que algunos se habían imaginado. Autores políticamente radicales de derecha, aportes antisemitas, homófobos y groseramente contrarios a la dignidad humana no fueron en lo sucesivo tolerados por mí. El fanatismo de abstrusas apariciones marianas, referentes sobre todo a Heroldsbach, lugar de apariciones no reconocidas por la Iglesia en Franconia Central, lo sometí a crítica. Esto llevó a que desde el entorno de la revista y a través de la página web kreuz.net3 se difundieran rumores sobre mí, mi homosexualidad y mi supuesta vida sexual. Da testimonio más bien de lo inocuo de mi vida privada que mis contrincantes no tuvieran nada más a mano que mi perfil de Facebook, en el cual se ven fotos de mis amigos de Facebook y donde había puesto un enlace a los “Gay Games” que se realizan en mi ciudad natal.

Inicialmente todo esto apareció en el foro de lectores de kreuz.net, después de una entrevista crítica sobre el tradicionalismo vulgar y una glosa elaborada por mí sobre la página web, pero también como “noticia” en la parte redactada. La consecuencia: ¡gran revuelo en el círculo promotor de Theologisches! Y vinculado con ello la siguiente pregunta: “¿Provienen estos aportes verdaderamente de usted? ¡Pues eso lo han hecho enemigos de la fe y se lo atribuyen a usted! ¡Ciertamente usted no escribe en páginas donde también escriben homosexuales! ¡Usted debe desmentir de inmediato que eso sea de usted!”

También esto forma parte de la salvaguardia insincera de la apariencia, cuando se cree que (aún) se puede hacer bueno uso de uno. Típico de este método es la carta de despido que me escribió el suizo Manfred Hauke, profesor de teología dogmática, el enemigo más enconado en todo Europa de la ordenación diaconal y sacerdotal de las mujeres. En su carta dice sin tapujos lo siguiente sobre mí: “Es sorprendente desde luego la desfachatez con la cual él mismo ha buscado los reflectores de la opinión pública. Si no, le hubiéramos dado la oportunidad, después de una renuncia discreta, de tomar distancia del medio del cual da un triste testimonio su presencia en Facebook, y de concentrarse nuevamente sobre su gran responsabilidad como teólogo habilitado”.

Si firmaba una petición a favor del Concilio Vaticano II y contra la rehabilitación del negador del holocausto Richard Williamson4 o publicaba un artículo que no encajaba en la visión del mundo neoconservadora, siempre era llamado a una conversación seria. Por seguridad siempre estaban dos eclesiásticos presentes, y siempre se soltaba en estas conversaciones comentarios sobre la homosexualidad. Con frecuencia no se desprendían del contexto, sino que eran esparcidos desvergonzadamente.

Así fue en una conversación con dos catedráticos de teología dogmática. A poco resultó que los religiosos señores estaban hambrientos, y decidimos salir a comer. Mi propuesta de ir a algún local de la cercana Rudolfplatz en Colonia suscitó gran consternación: eso no es posible de ninguna manera, pues se trataría de un lugar muy frecuentado por homosexuales. En su lugar, terminamos en una cervecería típica. Yo conocía a los dos meseros que nos atendían. Ambos son gays. Me consolaba con el pensamiento de que por lo menos el cocinero que les preparaba la comida a los religiosos señores podría ser de orientación heterosexual.

A partir de este incidente ya no pude tomar verdaderamente en serio a los miembros del círculo promotor. El trabajo con ellos se había convertido para mí en un juego del gato y el ratón. Paralelamente al aumento sectario de tendencias homófobas en el catolicismo, que llegó a su clímax por el momento con las declaraciones del Cardenal Bertone y del obispo Overbeck, creció también mi animadversión contra toda forma de falta de sinceridad y contra los mecanismos que se apoyan sobre esta falta de sinceridad. El reconocimiento de que yo mismo era parte de esta maquinaria y que la mantenía en marcha a través de mi trabajo fue un proceso doloroso.

En mi camino a este punto me ayudó mi dedicación al doctor de la Iglesia del medioevo Tomás de Aquino, sobre el cual yo había redactado numerosos estudios en años anteriores. Lo nuevo y precisamente revolucionario para el siglo XIII en la filosofía de Santo Tomás se halla en su orientación positiva hacia el “mundo”, hacia la realidad concreta. Santo Tomás contempla la ciencia y la razón, bajo la influencia de una recepción inteligente de Aristóteles, ya no de forma unilateral en cuanto peligros para la fe o en cuanto “sirvientas”, sino que reconoce su valor propio.

Aplicado en relación con la homosexualidad, esto quiere decir: quien no tiene una concepción periférica sobre Tomás de Aquino, aún el filósofo mas decisivo de la tradición católica, según la cual se le considera únicamente como hijo de su tiempo, sino que se orienta por las ideas guía de su pensamiento, se formará un juicio inteligente sobre la homosexualidad con la ayuda de las modernas ciencias humanas. Por mas contradictorio que parezca para los católicos conservadores, es posible sobre este trasfondo que uno se pueda apoyar como cristiano en Santo Tomás y al mismo tiempo ser gay.

Con esta recepción de Santo Tomás se vinculaba para mí una nueva comprensión del concepto de “tradición”: el Papa Juan Pablo II le atribuía con todo derecho al excomulgado arzobispo Marcel Lefebvre, fundador de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, una comprensión insuficiente de la cuestión, que obviaba el carácter vivo de la tradición. Mi intensa dedicación a cuestiones histórico-teológicas permitió que en mí ganara espacio el reconocimiento de que la tradición católica es más viva de lo que yo había asumido hasta el momento: ¿qué no ha cambiado en la vida y doctrina de la Iglesia, que durante siglos haya sido considerado inmutable? Si en una cuestión capital de la doctrina moral como la prohibición de cobrar intereses es posible cambiar por completo la doctrina de la Iglesia; cuando contenidos dogmáticos centrales se modifican bajo la influencia de las relaciones ecuménicas, ¿por qué no puede ser esto posible en cuanto a la valoración de la homosexualidad? ¿Por qué la Iglesia no debería reconocer los resultados de las ciencias humanas, que han transformado de manera fundamental tanto la jurisprudencia del mundo civilizado como el sentido de la fe de la gran mayoría de católicos?

¿No sería esto — también de cara a los muchos sacerdotes de orientación homosexual— un signo de la nueva sinceridad que se han propuesto el Papa y los obispos en relación al escándalo de los abusos sexuales? ¿Qué se opone a que se diga apoyándonos en el Concilio Vaticano II: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de las personas homosexuales de nuestro tiempo son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo”? El inicio de la importante Constitución Pastoral “Gaudium et spes” aquí mencionado es por lo demás uno de los textos favoritos del Papa actual, Benedicto XVI. El Catecismo de la Iglesia Católica de 1992 ha dado de manera ejemplar un importante paso más allá de la apertura propagada por el Concilio.

¿De qué tiene miedo la cúpula eclesial, que incurre otra vez en marginación y aversión, en lugar de ir hacia adelante con la valentía de la fe y de la razón?

NOTAS

1 Las siglas ARD significan “Arbeitsgemeinschaft der öffentlich-rechtlichen Rundfunkanstalten der Bundesrepublik Deutschland” (“Consorcio de instituciones públicas de radiodifusión de la República Federal de Alemania”). Tiene un canal de televisión conocido como “Das Erste” (“La Primera”).

2 El artículo (párrafo o parágrafo) 175 del código penal alemán (§ 175 StGB-Deutschland) fue una norma jurídica que estuvo vigente en Alemania desde el 1 de enero de 1872 hasta el 11 de junio de 1994, cuyo contenido penaba las relaciones homosexuales entre personas de sexo masculino. En total, unos 140.000 hombres fueron procesados bajo las diferentes versiones de este artículo. En 1935, el régimen nazi endureció el contenido del artículo 175. Entre otras cosas, se incrementó la pena máxima de seis meses a cinco años de prisión y, además, se ampliaron las actividades relacionadas con actos condenables bajo la ley. Inicialmente sólo se refirió a la actividad sexual (a todo tipo de acciones “obscenas”), pero el nuevo párrafo 175a, pensado para “casos con agravante”, prescribía penas de uno a diez años de trabajos forzados. La homosexualidad era reprimida porque se consideraba una muestra de degeneración racial que podía transmitirse, como vicio, de unos individuos a otros; por ello, había que cortarla de raíz para evitar que se extendiera entre la población.

3 Página web católica tradicionalista que estuvo activa entre 2004 y diciembre de 2012 y que incluía en sus textos contenidos de extrema derecha, antisemitas, homófobos, difamatorios y anti-islámicos.

4 Obispo católico inglés que perteneció a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X hasta el año 2012, cuando fue expulsado de la misma. Recibió la consagración episcopal de parte de Monseñor Lefebvre. Fue excomulgado por el Papa Juan Pablo II en 1988 acusado de cismático y no seguir la verdadera tradición de la Iglesia católica. Benedicto XVI le levantó la suspensión a través de la Congregación para los Obispos el 21 de enero de 2009. Sin embargo, las declaraciones de Williamson a la televisión sueca negando el holocausto judío fueron motivo de controversia respecto a esta decisión papal.

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Publicado en Frankfurter Rundschau el 23 de abril de 2010
Traducción al español: Martin Scheuch

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4 pensamientos en “DAVID BERGER: “NO DEBO SEGUIR CALLANDO”

  1. Berger dijo . “¿Por qué la Iglesia no debería reconocer los resultados de las ciencias humanas, que han transformado de manera fundamental tanto la jurisprudencia del mundo civilizado como el sentido de la fe de la gran mayoría de católicos?”.

    – Al parecer en el conflicto entre Iglesia establecida e Iglesia, y/o doctrina y ciencia, no hay más que una guerra de poder.
    Si deconstruyo la palabra ‘política’, qué queda ? Al ser este conflicto de naturaleza política – de fuentes totalmente humanas –
    uno se pregunta :

    Es el amor real de naturaleza ‘política’ ? Hmmm…
    (Y si no lo es, qué es lo que hacen los que reducen todo a la política ?)

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  2. Martín, te felicito y agradezco la publicación de esta traducción. No sé si Berger ha seguido escribiendo de teología y religión después de su salida del clóset. Si hay más cosas interesantes como ésta, harías un gran servicio si puedes difundirlas en castellano.
    La reflexión es bastante estimulante. Gracias!

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  3. Una prueba clara de la homofobia sodálite es que de la fuerte cantidad de homosexuales que hay allí nunca nadie lo dió a conocer a otras personas. Uno se entera cuando sale a la luz debido a alguna barbaridad que cometen. Aquí se enmascaran la mentira y la fobia con el eufemismo de la ‘prudencia’, una palabrita que los sodálites utilizan mucho cuando tienen algo que ocultar. De esa forma aparecen vocablos en los grupos fascistas, vocablos que de a pocos engendran ideologías que nada tienen que ver con el mensaje cristiano, y que en realidad esconden algo, basándose – más bien – en un problema psicológico y transformando la estructura social del grupo, condicionándola. De esas palabritas hay varias… Lo vivido por Berger es sintomático.

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