LA HONESTIDAD MERCENARIA DE PEDRO PABLO KUCZYNSKI

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Cuando estaba terminando mis estudios escolares y pensando qué carrera iba a seguir, mis mayores me repetían una máxima que expresaba toda una filosofía de vida: «si quieres ser rico, tienes que trabajar duro y parejo toda tu vida», quizás haciéndose eco de la vetusta sabiduría bíblica que enunciaba el autor de los Proverbios en una sociedad agraria y patriarcal: «Poco trabajo, pobreza; mucho trabajo, riqueza» (10, 4).

A decir verdad, nunca he querido ser rico, pues veo en la acumulación de riquezas la causa de una enfermedad aún no catalogada que afecta la psique de las personas y daña la región del cerebro encargada de manejar la sensibilidad moral y social, anulando la capacidad de contribuir conscientemente a la construcción de un mundo justo y solidario.

Pero lo de trabajar duro y parejo para lograr una vida acomodada, probablemente cierto en sociedades donde el trabajo manual era la fuente primaria de ingresos, ha perdido absoluta validez en el mundo actual, regido por un sistema global de libre mercado casi sin restricciones y sujeto a los caprichosos vaivenes del casino financiero capitalista.

Oxfam —la cuestionada confederación internacional formada por 20 ONGs que realizan labores humanitarias a nivel mundial, con el fin de «trabajar con otros para combatir la pobreza y el sufrimiento»— señala en su último informe (enero de 2018) que «es evidente que la familia donde se nazca y las relaciones primarias y clientelares entre élites políticas y empresariales son determinantes en la acumulación de riqueza. Muy al contrario de lo que nos enseñaron, el trabajo duro y el esfuerzo no están siendo premiados por el sistema». Los hechos que sustentan esta conclusión son demoledores: en el año 2017 el 82% de la riqueza generada benefició a sólo el 1% más rico de la población mundial.

Esta desigualdad —inédita en la historia— revela no sólo que las ganancias de los más ricos no pueden atribuirse a su rendimiento laboral sino que en el sistema actual la honestidad adquiere otro significado. Serían honestos quienes siguen fielmente las reglas del sistema, aun cuando ello signifique que la gran mayoría trabajará mucho y ganará poco, para que unos pocos trabajen poco y ganen mucho.

Es ésta la honestidad de la cual parece estar revestido Pedro Pablo Kuczynski, quien ha dicho en su carta de renuncia a la presidencia del Perú: «He trabajado casi 60 años de mi vida con total honestidad. La oposición ha tratado de pintarme como si fuera una persona corrupta […]. Rechazo categóricamente estas afirmaciones nunca comprobadas y reafirmo mi compromiso con un Perú honesto, moral y justo para todos».

No dudo de la sinceridad de Kuczynski al afirmar esto, pero tampoco me queda duda de que en su vida personal ha cumplido cabalmente la función de peón aplicado de un sistema que ciertamente genera riquezas, pero las distribuye mal: no según el esfuerzo realizado según la capacidad de cada uno, asegurándole por lo menos a cada uno el ingreso necesario para una vida digna, sino en función de las posiciones de poder e influencia que se tiene dentro de la estructura política y financiera global. No cuestionar la injusticia de este sistema es el primer acto de deshonestidad de quienes se benefician escandalosamente de él.

Aparentemente, el único fin incuestionable del sistema es maximizar las ganancias —sobre todo las personales— a como dé lugar, creyendo ingenuamente que eso generará automáticamente beneficios para todos —aunque la realidad demuestre lo contrario—. Es un objetivo que Kuczynski parece haber cumplido plenamente cuando era ministro de Alejandro Toledo y, estando “al servicio del país”, recibió pagos de Odebrecht por consultorías hechas para proyectos de la constructora brasileña que él favoreció.

Añadamos la “honestidad” que puso en juego para salvar su pellejo a toda costa, perjudicando los avances hasta entonces logrados en justicia y derechos humanos, al indultar “humanitariamente” a Alberto Fujimori.

Carlos Bruce, congresista del partido de Kuczynski, profetizaba en enero de 2011: «Yo he trabajado con PPK y su falta de sensibilidad social garantiza un período de convulsión social en el improbable caso de que llegue a la Presidencia».

Una honestidad sin sensibilidad social es una quimera, un mamarracho. Y sólo por esa “honestidad”, Kuczynski merece el destino que le ha tocado.

(Columna publicada en Altavoz el 26 de marzo de 2018)

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FUENTES

Carta de Pedro Pablo Kuczynski al Congreso de la República, renunciando al cargo de Presidente del Perú (21 de marzo de 2018)
https://cde.gestion2.e3.pe/doc/0/0/2/6/3/263012.pdf

Premiar el trabajo, no la riqueza – Informe de Oxfam (enero de 2018)
https://d1tn3vj7xz9fdh.cloudfront.net/s3fs-public/file_attachments/bp-reward-work-not-wealth-220118-es.pdf

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LA RELIGIÓN BLASFEMA DE DON TUBINO

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Carlos Tubino Arias-Schreiber, congresista de Fuerza Popular

Estimado (por decir algo) Don Tubino:

Su proyecto de ley donde usted propone incorporar al Código Penal delitos contra la libertad religiosa y de culto es un completo disparate, tal como usted lo ha planteado: «El que, sin derecho ataque a otro, mediante ofensas, desprecios, agravios o insultos a su libertad religiosa y de culto, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de dos ni mayor de cuatro años».

Porque, a ver, la medida para determinar si algo es ofensivo, agraviante o insultante la pone en la mayoría de los casos la subjetividad del presunto agraviado, pudiendo calificar con tales adjetivos lo que en sí no pasaría de ser una crítica legítima amparada por la libertad de expresión. Y dejar que la subjetividad de algunas personas determine si hay delito o no es algo sumamente peligroso en cualquier sociedad democrática.

La libertad de conciencia y religión amparada por la Constitución Política del Perú y la Convención Americana de Derechos Humanos condena que se persiga a un grupo o persona por sus ideas y creencias, garantizándoles el derecho a manifestar su religión propia y creencias, siempre que no se vaya contra la moral o se altere el orden público. Pero no impide que esas creencias sean sometidas a crítica, incluso recurriendo a la sátira, el sarcasmo, la burla y la provocación. Cosa que practican también muchos católicos cuando se trata de ideas incompatibles con su particular ideología religiosa, sin que se considere que están cometiendo un delito.

Por otra parte, ¿no se ha enterado usted de que la religión católica —que yo también profeso— fue fundada por una persona acusada de blasfemia? ¿No ha tomado conciencia de que el Sanedrín —tribunal religioso de los judíos en el siglo I— consideró que las palabras de Jesús respecto a que él era el Hijo de Dios eran blasfemas y ofensivas contra la religión judía y que, por lo tanto, el que las profirió merecía morir? ¿Sabía usted que en el Imperio romano nuestros congéneres cristianos fueron perseguidos por blasfemos, al no querer honrar a Júpiter y a otros dioses del panteón grecorromano?

Para mayor iluminación de las oquedades cavernarias que podría tener usted en su cabeza, sepa cómo define el Catecismo de la Iglesia Católica el pecado de blasfemia: «Consiste en proferir contra Dios —interior o exteriormente— palabras de odio, de reproche, de desafío; en injuriar a Dios, faltarle al respeto en las expresiones, en abusar del nombre de Dios. […] La prohibición de la blasfemia se extiende a las palabras contra la Iglesia de Cristo, los santos y las cosas sagradas» (n. 2148).

Se sobreentiende que sólo puede blasfemar quien cree en Dios. Esto no se aplica a los no creyentes. Pues no se puede ofender a alguien de cuya existencia no se está convencido. Y, en última instancia, siguen teniendo vigencia las palabras del marqués de Langle en el siglo XVIII: «Un blasfemo no injuria ni irroga perjuicio a nadie: ultraja únicamente a Dios, que para vengar sus ofensas dispone de la muerte y tiene en sus manos los rayos».

Pero lo más interesante del Catecismo es lo que viene a continuación: «Es también blasfemo recurrir al nombre de Dios para justificar prácticas criminales, reducir pueblos a servidumbre, torturar o dar muerte. El abuso del nombre de Dios para cometer un crimen provoca el rechazo de la religión».

¿No es acaso blasfemia que se haya dicho que la Virgen protegió a Keiko Fujimori cuando en una entrega de dádivas no permitió que tocara el dinero con sus manos? ¿No es blasfemia que el Cardenal Cipriani —a quien usted admira y apoya— utilice el nombre de Dios para justificar la discriminación de las personas homosexuales? ¿No es blasfemia que en nombre de la libertad religiosa —de la mayoría católica, por supuesto— decida usted enviar a la cárcel a quienes se expresen críticamente contra la Iglesia? Porque, sépalo usted, razones para criticar legítimamente a la institución eclesial católica abundan. Y se basan en hechos conocidos que han dañado gravemente vidas personales.

Si en nombre de Dios y de la Iglesia pretende justificar su insensato proyecto de ley, usted mismo incurre en blasfemia, al usar a Dios para avalar una injusticia.

(Columna publicada en Altavoz el 19 de marzo de 2018)

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El proyecto de ley del almirante en retiro Carlos Tubino, congresista de Fuerza Popular, se puede leer aquí:
http://www.leyes.congreso.gob.pe/Documentos/2016_2021/Proyectos_de_Ley_y_de_Resoluciones_Legislativas/PL0245020180221.pdf

DISCRIMINACIÓN XENÓFOBA DE LOS POBRES EN ALEMANIA

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Refugiados trabajando como practicantes en la Tafel de Dormagen (Renania del Norte-Westfalia)

En 1993, hace 25 años, se inauguró la primera Tafel (banco de alimentos) en Berlín, una institución benéfica sin fines de lucro que recolecta alimentos aún en estado comestible que ya no pueden comercializarse en el circuito económico y, en vez de ser eliminados, son repartidos gratuitamente entre gente necesitada o a cambio de un pago simbólico.

Actualmente existen en Alemania más de 900 de estas instituciones benéficas, operadas principalmente por voluntarios.

Estas entidades no forman parte del sistema social alemán, el cual prevé un ingreso mínimo que cubra las necesidades materiales básicas requeridas para una vida digna (vivienda, vestido, alimentos, etc.) destinado a aquellas personas que estén en situación de desempleo crónico o por algún motivo de peso no puedan integrarse al mercado laboral —como, por ejemplo, las madres solteras que tienen que atender a sus hijos menores—. Frecuentemente ese ingreso mínimo no está del todo bien calculado y no alcanza para cubrir todos los gastos. Las Tafel ayudan a suplir ese déficit.

A fin de poder acceder a los servicios de los bancos de alimentos, se requiere una membresía, para lo cual se exige presentar un certificado de estar recibiendo o bien la prestación estatal del ingreso mínimo —conocida también como Hartz IV—, o bien un subsidio estatal para pagar la vivienda —prueba de que el sueldo neto que la persona recibe no alcanza para pagar todas sus cuentas—, o bien algún otro documento que acredite que sólo se tiene como ingreso lo mínimo necesario para vivir o incluso menos de lo necesario.

Desde el 10 de enero de este año la Tafel de Essen (Renania del Norte-Westfalia) destaca un documento adicional: el DNI o pasaporte. Pues a partir de esa fecha se decidió que sólo serían atendidos quienes tuvieran la nacionalidad alemana. La razón: el enorme flujo de refugiados había ocasionado que la clientela de la Tafel estuviera conformada por 75% de extranjeros. Además, la presencia de gente joven de apariencia extraña, comportamiento inusual y lengua desconocida espantaba a las abuelitas alemanas en situación de pobreza que requerían de los servicios de la Tafel.

Esta decisión despertó indignación entre varios políticos alemanes —que la calificaron como un acto injusto de discriminación—, incluida la canciller Angela Merkel, quien dijo que «no debían hacerse ese tipo de categorizaciones», que eso no era bueno, pero que mostraba «la presión que existe», en alusión a su política de acogida e integración de los refugiados.

En una encuesta reciente del Instituto INSA —criticado por su cercanía a la Alternativa para Alemania, partido populista de derecha extrema relativamente nuevo— el 57.6% de los encuestados estaba de acuerdo con la decisión tomada por la Tafel de Essen, mientras que sólo 27.2% se mostraba en contra.

Incluso el futuro Ministro de Salud Jens Spahn —de la Unión Demócrata Cristiana, partido de la Merkel— echó leña al fuego al mostrarse de acuerdo con la decisión tomada en Essen, añadiendo que aun si no existieran las Tafel, nadie debería pasar hambre en Alemania, pues no se es pobre cuando se recibe el ingreso mínimo, el cual garantiza que cada uno tenga lo necesario para vivir. Por lo menos en teoría, digo yo. Pues, al igual que él, casi ningún político ha pasado por la experiencia de tener sólo 4.77 euros al día para comer y beber.

El problema es complejo y evidencia los conflictos que hay en la sociedad alemana actual entre ricos y pobres, entre quienes gozan de la nacionalidad alemana y quienes vienen de afuera en calidad de inmigrantes. Y se olvida que la constitución alemana se inicia con un texto que proclama que la dignidad humana es inviolable y que es obligación del Estado respetarla y protegerla, ley suprema aplicable a todo aquel que se encuentre en territorio alemán sin distinción de nacionalidad. Una discriminación de los pobres por su país de procedencia sería, por lo tanto, inconstitucional.

Además, son muchos las extranjeros que trabajan en Alemania y pagan impuestos. Algunos supermercados que donan alimentos a la Tafel de Essen también emplean a trabajadores extranjeros.

Mientras tanto, en Essen han anunciado este domingo que la Tafel volverá a atender a extranjeros a fines de marzo.

Esperamos que esta medida sea permanente.

(Columna publicada en Altavoz el 12 de marzo de 2018)

EL MITO DEL OSCAR

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Durante décadas se nos ha hecho creer que Hollywood es la Meca del Séptimo Arte. Que de esa localidad de Los Angeles (California, EE.UU.) proviene el mejor cine. Que las producciones nacidas de los grandes estudios (Walt Disney, Warner Bros., Universal, 20th Century Fox, Columbia y Paramount) son el modelo a seguir para hacer cine de calidad. Que los mejores actores y actrices —reflejándose esto en sus remuneraciones con montos casi pornográficos— son quienes figuran en los filmes que regularmente evacua la industria cinematográfica estadounidense.

Y, finalmente, que el Oscar es el premio más importante del panorama cinematográfico mundial.

Ciertamente, se trata de una mera ilusión difundida en los países que consumen mayoritariamente cine hollywoodense. Porque en los países donde el cine que se proyecta se halla fuera de esta órbita, el premio Oscar es un perfecto desconocido. Es decir, para la gran mayoría del planeta.

Pues en cuanto a cantidad de películas producidas anualmente, Estados Unidos ocupa el tercer lugar después de la India y Nigeria, donde con menos recursos económicos e infraestructurales se producen películas que tienen amplia acogida y difusión en Asia, Medio Oriente y África.

Por otra parte, así como en Estados Unidos los Oscar se otorgan a películas de habla inglesa —sobre todo norteamericanas—, otros países también tienen sus premios —no menos importantes que el Oscar— para galardonar sus cinematografías nacionales: el BAFTA (Reino Unido), el David di Donatello (Italia), el César (Francia), el Goya (España), etc. Menos conocidos debido a que no pueden competir con el alarde de publicidad y espectáculo que rodea la ceremonia del Oscar, sin embargo suelen tener entre sus galardonados películas de mayor profundidad artística que aquellas merecedoras de la estatuilla dorada.

Ademas, el Oscar no sólo suele darle la espalda al cine independiente alternativo norteamericano aclamado en los festivales internacionales de cine acreditados por la FIAPF (Fédération Internationale des Associations de Producteurs de Films) —entre los cuales destacan los festivales de Cannes, Berlín y Venecia—, sino que también le ha negado el premio a cineastas que son actualmente reconocidos entre los mejores del mundo: Orson Welles, Alfred Hitchcock, Stanley Kubrick, David Lynch y Richard Linklater, por mencionar a algunos.

Cuando en mi adolescencia comencé mis escarceos como cinéfilo apasionado, no me perdía ninguna película que ganara el Oscar. Poco a poco, fui comprobando que muchas de las nominadas eran más interesantes, desde una perspectiva artística y contenido humano, que la película ganadora. La decepción fue llegando cuando obtuvieron el premio a Mejor Película algunas cintas que han pasado a la historia como filmes no memorables que ostentan corrección formal y nada más, en detrimento de otras películas de mayor calidad artística.

Entre esas películas cabe mencionar La fuerza del cariño (James L. Brooks, 1983), Rain Man (Barry Levinson, 1988), Danza con lobos (Kevin Costner, 1990), Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994), Corazón valiente (Mel Gibson, 1995), Titanic (James Cameron, 1997), Gladiador (Ridley Scott, 2000) y Una mente brillante (Ron Howard, 2001). Son películas que se ajustan al restringido concepto de arte que maneja la hollywoodense Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas, ofreciendo un despliegue de corrección académica y espectáculo para la platea, pero que en el fondo terminan siendo cascarones vacíos que ensalzan los aspectos más superficiales de la naturaleza humana o valores cercanos al American way of life, o simplemente gozaron de gran acogida entre el público que asiste a los multicines, disfrutando de una bebida gaseosa y palomitas de maíz. Pues actualmente el Oscar parece destinado al cine “palomitero”, a aquel que nunca incomodará a la audiencia y gozará de un cierto éxito de taquilla. Por cierto, para guardar las apariencias son nominadas aquellas películas que tendrían una temática “profunda”, lo cual sería suficiente como para que la Academia les conceda la etiqueta de artísticas.

Quien goce de una cultura cinematográfica amplia que vaya más allá de lo que ofrece Hollywood, y comprenda lo subjetivo de que la misma industria cinematográfica decida qué películas son buenas, podrá ver con claridad que el Oscar es sólo un instrumento más de colonización cultural, y que tiene algo en común con el desprestigiado Premio Nobel de la Paz: no es mierda, pero lo parece.

(Columna publicada en Altavoz el 5 de marzo de 2018)