LA ARQUITECTURA DEL ABUSO: EL CASO BAERTL

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Jaime Baertl, haciendo “apostolado” con niños en los años ‘70

Jaime Baertl, cuando fue interrogado por la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación, habría negado aquel incidente en que me habría ordenado que fornicara una silla, aduciendo que la salita donde yo dije que habría sucedido el hecho tenía una ventana hacia la calle y, por lo tanto, se hallaba a la vista de cualquiera lo que sucediera en ese recinto, o en todo caso la puerta tenía un ventanillo que permitía ver lo que sucedía dentro del cuarto.

El 8 de julio de 2016 en la Fiscalía de la Nación negó también este mismo hecho que yo he denunciado.

Alessandro Moroni, en un e-mail del 31 de enero de este año, me comentó al respecto:

«En el testimonio que nos hiciste llegar relataste un episodio que también has descrito por medios de alcance público y que, según los informes que nos hizo llegar la Comisión, también les relataste a ellos. Eso fue encomendado entonces al investigador profesional asignado para estos casos, y en su informe indica que no encontró evidencias para afirmar la verosimilitud de este caso».

Pues resulta que este “investigador profesional” nunca se puso en contacto conmigo para averiguar más detalles sobre el incidente, los cuales se los hubiera dado con mucho gusto. Ni siquiera Ian Elliott, uno de los “expertos” contratados por el Sodalicio —con quien hablé en persona en una ocasión y por Skype en un par de ocasiones más— me interrogó con minuciosidad sobre el tema. Pues si lo hubiera hecho, le hubiera dado la información adicional que voy a poner en este escrito.

Fue en la segunda comunidad fundada por el Sodalicio, denominada “San Aelred”, ubicada en la Av. Brasil 3029 (Magdalena del Mar), donde ocurrieron los hechos. Contrariamente a lo que Baertl declaró en la Fiscalía, él nunca fue superior de esa comunidad, sino más bien de la primera comunidad sodálite, ubicada en el Óvalo Brasil en Jesús María, allí donde la Av. Brasil se cruza con la Av. San Felipe. Era una comunidad más pequeña con capacidad para 4 ó 5 personas. Desde allí se dirigía Baertl a la otra comunidad, que quedaba a menos de un kilómetro de distancia, donde yo tenía consejo espiritual con él una vez por semana.

Lo mejor es hacerse una idea adecuada del lugar de los hechos. Para ello he hecho un plano de la planta baja de la casa, tal cómo era cuando fue adquirida por el Sodalicio. En un segundo plano incluyo las modificaciones arquitectónicas que se hicieron en el inmueble. Las proporciones son aproximadas, dado que no poseo medidas exactas, pero la distribución de los espacios habitacionales es correcta, y puede ser confirmada por innumerables testigos que conocieron la casa. Aún cuando ésta ya no exista, pues en su lugar se ha construido un edificio de departamentos, en la misma recta de la Av. Brasil todavía existen casas similares.

Plano 1: Inmueble Av. Brasil 3029, Magdalena del Mar, adquirido por el Sodalicio en 1978 (planta baja)

av_brasil_3029_plano_1Como se puede ver, la casa tenía dos amplias salas conectadas entre sí y con el comedor, lo cual permitía que la luz que entraba por la ventana externa y la puerta de la terraza iluminara todos los espacios de manera distribuida. Asimismo, la cocina tenía una ventana que daba a la lavandería, y la iluminación diurna de la sala estaba garantizada por unas ventanales que había en la pared de la escalera. Debajo de ésta había un pequeño espacio, que albergaba un baño de visitas.

Veamos cómo la intervención del Sodalicio para acomodar el inmueble a sus necesidades convertiría esta casa luminosa en una mansión más lúgubre y sombría.

Plano 2: Comunidad sodálite “San Aelred”, a partir de 1979 (planta baja)

av_brasil_3029_plano_2Se construyó una pared con una ventana donde estaba el portón del garaje, y éste fue convertido en un aula de instrucción, con un gran pizarrón en la pared del fondo y carpetas de salón de clase.Éstas fueron las principales modificaciones que se hicieron:

  • La vía de entrada al garaje y el jardín externo fueron convertidos en estacionamiento de vehículos motorizados.
  • La sala 1 fue divida en dos mediante una pared para así ganar una salita de reuniones y una salita de consejos. Se clausuró el acceso original para construir dos entradas con sus respectivas puertas y se tapió la comunicación con la sala 2, ahora biblioteca. Nótese que la salita de consejos no tiene ventanas. Sólo se podía estar allí con luz artificial. Las puertas fueron en un principio de cuerpo entero, pero tiempo después se mandó hacer unos ventanillos en ellas, para que se pudiera ver quiénes estaban en cada una de las salitas.
  • La sala 2, convertida ahora en biblioteca, llegaría a ser el lugar más oscuro de la casa, pues se puso paneles de madera y puertas en todas las aberturas que tenía, de modo que cuando nos encerrábamos allí para estudiar tranquilamente con luz artificial, parecía una escena sacada de un cuento de terror gótico.
  • Se puso paneles de madera y vidrio con una puerta entre el pasillo de entrada y la sala de estar, restándole así más luminosidad a la casa. En esa puerta había un letrero que decía PRIVADO, pues marcaba el límite entre la zona adónde sólo podían entrar los miembros de la comunidad y la zona de visitantes.
  • Se construyó una estrecha capilla en el jardín, con bancas pegadas las paredes y el altar en el medio. La iluminación, garantizada por unos angostos ventanillos verticales, era escasa pero suficiente.

En la sala de estar ocurrió el siguiente incidente, que incluí en mi denuncia presentada ante la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconcilación y posteriormete enviada a la Congregación para los Institutos de Vida Religiosa y las Sociedades de Vida Apostólica:

«En diciembre de 1983 fui trasladado a la mencionada comunidad de San Aelred. El superior de esa comunidad era entonces Germán Doig. En ese entonces, era común que los sábados en la noche nos visitara Luis Fernando Figari para conversar a profundidad sobre temas de interés para el Sodalicio, examinar la marcha de la comunidad y aplicar dinámicas de grupo orientadas a fortalecer nuestras convicciones sodálites. En una de esas reuniones Figari pretendió demostrar lo inútiles que son las mortificaciones corporales y que la ascética basada en el dolor físico no tenía mucho sentido y fomentaba la soberbia; que más bien eran beneficiosas las mortificaciones espirituales, a las cuales se da prioridad en la espiritualidad sodálite. Para ello, me pidió que me pusiera a cuatro patas —como un perro— en medio de la salita en la que estábamos reunidos y me levantara la camisa, dejando la espalda libre. Luego le pidió a [Paco] que tomara una correa y me propinara un golpe con ella. [Paco] dudó en ejecutar la orden, pero al final lo hizo debido que Figari insistió. Ese primer correazo, además de dejarme una marca, me hizo temblar de los pies a la cabeza. A continuación, Figari insistió en que se me diera un segundo correazo, lo cual [Paco] obedeció sin chistar. Cuando pensé que iba a venir el tercer correazo, la sola idea me produjo espasmos como si ya lo hubiera recibido. Figari dio a [Paco] la orden de no continuar, y me preguntó cómo me sentía. Le dije que bien. Había aprendido, como tantos otros, a soportar pruebas físicas en el Sodalicio y estaba mentalmente programado para sentirme orgulloso de haber sido latigueado. Figari comentó que las mortificaciones físicas tendían a alimentar la soberbia y no tenían el valor mismo valor que las mortificaciones espirituales, que implicaban asumir con alegría los sufrimientos que de por sí trae la vida».

Pero en esa misma casa había ocurrido años antes, en 1979, el incidente en que Jaime Baertl me ordenó desnudarme y fornicar con una silla, precisamente en la salita de consejos.

Al respecto, hay que hacer ciertas aclaraciones en honor a la verdad, pues el hecho ha sido exagerado por la prensa, a tal punto que se ha perdido objetividad en la representación de lo que realmente ocurrió.

Sin que yo supiera lo que venía después, Baertl me dio la orden de desnudarme dos veces, pues la primera vez dudé de si había escuchado lo que había escuchado y mostré reticencia en hacerlo. Finalmente, lo hice porque confiaba en Baertl como mi guía espiritual que supuestamente sabía lo que estaba haciendo para mayor bien mío. Aún así, tuvo que ordenarme después que me sacara también el calzoncillo, pues yo asumí que cumplía con lo mandado quedándome con esta prenda puesta.

Asimismo, la orden de “cachar” la enorme silla —utilizando el mismo lenguaje empleado entonces por Baertl— fue dada dos veces, pues la primera vez no podía creer lo que se me estaba ordenando y me parecía absurdo. La segunda vez obedecí, poniéndome detrás del respaldar, que me llegaba hasta el mentón y pasando mi miembro a través del espacio que separaba el respaldar del asiento propiamente dicho. Hice un par de movimientos torpes tratando de imitar lo que es un coito —experiencia que nunca había tenido en mi vida—, pero simplemente no pude hacer lo que Baertl me había ordenado, pues la incomodidad que sentía me había hecho perder naturalidad en los movimientos y me había generado cierta rigidez corporal.

La cosa duró menos de un minuto, después de lo cual Baertl me ordenó vestirme de nuevo. No hubo nada de erótico en esa experiencia, en una habitación pequeña sin ventanas iluminada sólo por la luz amarillenta que provenía de un bombillo. De hecho, la experiencia la sentí más bien como inhibitoria de toda libido sexual.

El mismo Jaime Baertl no intentó en ningún momento sacar provecho sexual para sí de la situación, sino que, ocupando un asiento cerca de la otra esquina de la habitación, se tapaba la cara con la mano y miraba sólo de reojo, como si la situación fuera también incómoda para él.

Hay que tener en cuenta que antes de aplicar la medida, Baertl me había dicho que esperara un poco, pues tenía que consultar algo con el superior de la casa, que en ese entones era Germán Doig. Cuando regresó, me explicó que había que romper mis barreras interiores, pues la conversación había llegado a un punto muerto, cosa que Baertl atribuyó a bloqueos psicológicos que yo tenía producto de experiencias traumáticas en mi familia. Por eso mismo, lo que hizo conmigo no llega a la categoría de abuso sexual, sino a lo que los expertos de los informes del Sodalicio han llamado manipulación sexual. O, dicho de otro modo, sería un acto de abuso psicológico con connotación sexual.

Tras haberme vuelto a vestir, yo mismo sentí que se me había hecho violencia interior, pero entonces no categoricé eso como algo malo y reprobable, pues en el Sodalicio a uno lo mentalizaban para aceptar como normal actos de violencia psicológica contra uno mismo o contra otros. Eran habituales en el apostolado y el acompañamiento espiritual.

Sólo con el paso de los años, cuando uno aprende a conocer mejor el mundo y se confronta con la realidad, es que se llega a categorizar ciertas experiencias pasadas como abusos, a la vez que se toma conciencia del daño que han dejado en la propia psique.

Y eso es lo que a mí me pasó con ésta y otras experiencias.

Algunos de los abusadores han alegado que hubo consentimiento de la otra parte, y ése ha sido el argumento principal esgrimido por la reciente resolución vaticana para negar que Figari cometió abusos (ver http://sodalicio.org/wp-content/uploads/2017/02/Carta_Roma_2017.pdf).

¿Hubo consentimiento de mi parte? En cierto sentido sí lo hubo, pues Baertl nunca me obligó a la fuerza a desnudarme, mucho menos me obligó a fornicar la silla cuando mis torpes intentos demostraron que no iba a poder hacerlo. Pero se trataba de un consentimiento muy imperfecto y débil, pues en esa pequeña habitación me encontraba a merced de mi consejero espiritual, y en base a la confianza que le tenía y la autoridad que como guía espiritual ejercía sobre mí, había muy poco margen para no acatar la orden, más aún cuando yo debía tener entonces tan sólo unos 16 años.

Respecto a este incidente, le escribí lo siguiente a Alessandro Moroni el 31 de enero de este año:

«La primera vez que lo puse por escrito fue en el año 2008, aunque ya anteriormente se lo había contado a algunas personas. Puedo demostrar esto por un e-mail que le envié en enero de 2009 a Manuel Rodríguez. No había la intención de hacer público este incidente. A fines del mismo año mi hermano Erwin recibió el mismo documento en que se narraba este incidente. Yo tenía entonces la intención de advertir a las autoridades sodálites para que tomaran las medidas necesarias, de ninguna manera la intención de hacerlo público. La primera vez que menciono el incidente de manera pública, aunque sin mencionar a Baertl por su nombre, es en mi post ELOGIO DEL SODALICIO del 11 de enero de 2013. Los reparos que personalmente tenía para hacer de conocimiento público este incidente, ¿no son acaso un indicio de que no lo inventé sino de que efectivamente ocurrió?»

Más aún, en ese momento ni siquiera estaba enterado de los abusos sexuales cometidos por ningún sodálite, salvo el caso de Daniel Murguía. Mi vinculación con Pedro Salinas y Rocío Figueroa recién se iniciaría en el año 2011, por lo cual la hipótesis de una campaña premeditada contra el Sodalicio queda descartada.

¿Puedo acaso haberme imaginado todos estos detalles? ¿No sería lógico que, en caso de querer inventar algo, recurriera a una historia más estándar, basada en abusos sexuales vividos por otros? Lo que a mí me ocurrió es tan insólito, que ni yo mismo pude comprender durante décadas qué es lo que realmente había pasado. Y durante todo el tiempo que mi mente estuvo secuestrada por la ideología sodálite, ni siquiera me planteé una explicación. Simplemente había pasado y durante años el incidente quedó guardado en el desván de mi memoria, sin que yo le prestara atención o me atreviera a sacarlo a la luz.

Jaime Baertl debe sentirse contento de que mi historia haya sido considerada como inverosímil por sus expertos contratados. Pero su alegría probablemente sea frágil y fugaz. Pues si todavía no tiene síntomas de Alzheimer, estoy seguro de que el recuerdo de lo que pasó lo acompañará hasta la tumba. Y quizás incluso hasta después, cuando tenga que explicar ante el juicio de la eternidad por qué traicionó tan arteramente su misión sacerdotal de ser testigo de la verdad.

(Columna publicada en Altavoz el 6 de marzo de 2017)

SODALICIO: EN HONOR A LA VERDAD

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En el año 2011, cuando el 1° de febrero de 2011 Diario16 reveló los abusos sexuales de Germán Doig y poco después de que Pedro Salinas me hubiera contactado para la investigación que estaba haciendo, llegamos ambos a la conclusión de que si el tema no llegaba a la prensa internacional, nada se iba a hacer al respecto. Así lo confirmaban los casos de los Legionarios de Cristo en México y del P. Fernando Karadima en Chile.

Es así que meses después contacto con el periodista Thomas Seiterich de Publik-Forum, revista de los católicos críticos alemanes, quien había escrito anteriormente sobre la Iglesia católica en el Perú. Seiterich se mostró interesado en el tema que le proponía y acordamos una cita telefónica con Pedro Salinas, para que le pudiera dar mayores detalles sobre el caso de Germán Doig.

El artículo apareció en la edición del 21 de octubre de 2011 bajo el título de Absturz eines Papstfreundes [Caída de un amigo del Papa] (ver https://www.publik-forum.de/Publik-Forum-20-2011/absturz-eines-papstfreundes o http://www.wir-sind-kirche.de/?id=393&id_entry=3703), lamentablemente mezclando información correcta con datos errados, como que los activistas del Sodalicio azuzaban conflictos en las parroquias locales, o que el P. Gonzalo Len era de la orden de los palotinos y miembro de la Congregación para las Causas de los Santos de los Santos, o que Germán Doig fue uno de los co-fundadores del Sodalicio y que había actuado violentamente contra jóvenes a su cargo, o que responsables del Sodalicio estaba envueltos en un escándalo de pornografía infantil. Muchos de estos datos provenían de diversas fuentes sensacionalistas y sesgadas en Internet, que el mismo Seiterich no contrastó adecuadamente ni conmigo ni con Pedro Salinas. Lo peor de todo es que el texto iba acompañado de una foto de Germán Doig y otra de unos niños de piel cobriza bien vestidos para su Primera Comunión, lo cual lamentablemente daba una imagen totlamente errónea de quienes habían sido las víctimas de Doig. Pues Germán Doig —hasta donde se sabe— nunca abusó de niños, sino de jóvenes de clase media de ascendencia europea bien entrados en la adolescencia.

Ante la frustración de que no se viera reflejada la problemática real del Sodalicio en la prensa, poco a poco fue madurando en mí la idea de publicar yo mismo sobre el tema. Sólo quien hubiera vivido la experiencia de ser sodálite podía comprender los parámetros de acuerdo a los cuales funcionaba la institución, que se escapan a lo que normalmente espera el común de la gente de una comunidad religiosa. Además, era tanto la información que había acumulado en mi memoria, sumado a lo que había leído sobre instituciones que guardan semejanzas con el Sodalicio —en concreto, Opus Dei y Legionarios de Cristo—, que me sentí urgido de dar a conocer de manera pública mis experiencias y mis reflexiones sobre el tema. Fue así que comencé —con bastante temor y recelo— a publicar en noviembre de 2012 textos sobre el Sodalicio en mi blog Las Líneas Torcidas.

En todo lo que he escrito he buscado ceñirme a una lógica rigurosa, poniendo sólo lo que recuerdo con claridad y analizando el sistema sodálite sobre la base de supuestos debidamente fundados o, por lo menos, altamente probables. En el caso de hechos que conocía por terceros, no le he dado crédito a meros rumores, sino que he buscado verificar la verosimilitud de los hechos en cuestión así como la solidez de mis fuentes. Todo ello no me ha librado de caer ocasionalmente en errores menores respecto a ciertos hechos puntuales, lo cual no invalida los análisis efectuados.

Aun cuando mi hermano Erwin Scheuch haya declarado sobre mí lo siguiente el 11 de julio de 2016 en la Fiscalía de la Nación: «Quiero indicar que los relatos que se exponen en su blog están muy descontextualizados y no pueden ser tomados como ciertos». ¡Por supuesto que están descontextualizados! Es que prescinden del contexto de la interpretación sodálite, que ve «rigores de la formación» donde cualquier persona normal vería maltratos. Además, mis textos están libres de la contextualización que ofrece la ideología sodálite, la cual ha permitido que las cabezas del Sodalicio manejen los hechos de su historia institucional como les da la gana. Mis relatos no son ciertos dentro de la visión sodálite supurada por Figari que todavía inficiona las mentes de tantos y los ciega a la realidad. Pero sí son ciertos como testimonios de alguien que siempre ha intentado ser honesto con la verdad.

Y eso lo corroboraría el hecho innegable de que durante el tiempo que llevo escribiendo sobre el Sodalicio, no ha habido nunca ninguna refutación pública de nadie a ninguno de mis escritos. Al parecer, la política seguida por el Sodalicio ha sido la de ignorarme por completo, mientras que por lo bajo se hacían correr rumores sobre mi supuesta pérdida de la fe y mi odio hacia la Iglesia —cosas absolutamente falsas— así como sobre una supuesta enfermedad mental ubicada dentro del espectro del autismo, que yo padecería: el síndrome de Asperger.

Sin embargo, a medida que se ha ido desarrollando el caso Sodalicio, he visto que el sensacionalismo que yo quería evitar con mis escritos ha vuelto otra vez a ocupar la palestra y ha propiciado una visión distorsionada del tema. Ése fue el motivo que me llevó a escribir mi DEFENSA DEL SODALICIO, que no es otra otra cosa que una defensa de la verdad, sin que ello signifique que yo haya dejado de ser crítico de la institución.

Es así, por ejemplo, que quienes acusan a miembros del Sodalicio de ser pederastas, yerran el blanco. Pues si bien hay menores de edad entre las víctimas, no se encontrará niños, es decir, menores que aún no han entrado en la pubertad, salvo en el caso de Daniel Murguía, del cual sólo se conoce una víctima infantil que no guardaba ninguna relación con el Sodalicio.

Asimismo, en el Sodalicio nunca se violó a nadie, en el sentido de obligar por la fuerza a alguien a tener actos de contenido sexual. Lo que hubo fue seducción, engaño, manipulación de conciencias, en fin, violencia psicológica para obtener un consentimiento despojado de libertad y decisión propia. Es así que la acusación de violadores que se le cuelga al Sodalicio también cae en saco roto.

El mismo Virgilio Levaggi le respondió al periodista José Alejandro Godoy lo siguiente: «Jamás he forzado a nadie a tener relaciones sexuales, de ninguna naturaleza, en contra de su voluntad» (ver http://www.desdeeltercerpiso.com/2016/10/sodalicio-el-caso-levaggi/). ¿Entonces fue con voluntad consentida? ¿Y de qué tipo de consentimiento se trató? ¿El de una persona que estaba en capacidad de decidir con conocimiento de causa? ¿O el de alguien que estaba en situación de subordinación afectiva hacia un guía espiritual en quien confiaba absolutamente y a quien le rendía una obediencia total?

Pues las informaciones sensacionalistas centradas en los abusos sexuales de algunos guías espirituales del Sodalicio terminan desviándonos del problema principal, que no atañe sólo a unas cuantas de personas dentro de la institución, sino a la estructura institucional misma: el control de las conciencias mediante una disciplina que acentuaba la obediencia absoluta y que se expresaba en un verticalismo que terminaba por anular la libertad personal, tal como lo expresé en un texto fundamental que redacté originalmente en el año 2008 y publiqué en enero de 2013 en mi blog (ver OBEDIENCIA Y REBELDÍA), del cual cito un párrafo:

«La obediencia es presentada en la ideología sodálite como un camino de libertad, en la medida en que libera de todas las ataduras y hace a la persona disponible para el cumplimiento del Plan de Dios. ¿Pero qué Plan de Dios? Aquel que se expresa en el pensamiento de una sola persona, Luis Fernando Figari. ¿Y que ataduras? Todas aquellas que nos vinculan a la normalidad en este mundo, incluidas las de la responsabilidad y la propia conciencia. ¡Y hay que ver los malabares dialécticos que se hacen para justificar este concepto de libertad como renuncia a decidir por sí mismo!»

Allí se halla la fuente de todos los abusos, que parten de la violencia psicológica para derivar luego en maltratos físicos y, excepcionalmente, en abusos sexuales.

Los responsables actuales del Sodalicio sólo han querido ver este último tipo de abusos, pues eso les permite individualizar a unas cuantas cabezas de turco como culpables y dejar intocado todo el sistema que favoreció que se cometieran múltiples atropellos. Pero ese sistema sigue vivo, y se seguirá cobrando víctimas mientras no sea desmontado.

El tema de los abusos sexuales, aunque evidente, puede hacer las veces de cortina de humo para que no se vea la problemática real. Y eso parecen haberlo aprendido muy bien los responsables actuales del Sodalicio, que buscan salvar el pellejo —y con él todo el sistema creado por Figari— mediante unos cuantos chivos expiatorios. No en vano deben sentirse contentos de que la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica haya reconocido a Figari como «fundador del Sodalitium Christianae Vitae y como mediador de un carisma de origen divino», pues eso confirmaría como sagrada a la institución, que seguiría teniendo validez gracias a la mediación efectuada por Figari. El Vaticano da por demostrado lo indemostrable, y pone implícitamente a Figari como figura legitimadora del Sodalicio. Increíble, pero cierto.

Sólo espero que una posible comisión investigadora en el Congreso de la República aborde el tema de manera integral, sin caer en sensacionalismos ni versiones tergiversadas. Pues la verdad desnuda es lo suficientemente atroz como para hacer innecesarias las exageraciones falsarias, presentes sobre todo en las redes sociales y en algunos medios de comunicación mal informados.

INCONSISTENCIAS Y FALSEDADES EN LOS INFORMES DEL SODALICIO

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Ian Elliott y Kathleen McChesney, autores junto con Monica Applewhite de los informes del Sodalicio

A lo largo del tiempo, el Sodalicio siempre ha ido acomodando su propia historia de acuerdo a su visión cambiante de la institución, arrancando las páginas incómodas del pasado, ocultando hechos y reinterpretando otros de manera benigna. Sin embargo, en la actualidad le resulta imposible negar hechos luctuosos que han sido documentados y verificados por la investigación periodística y corroborados por testimonios de innegable verosimilitud. Sólo les queda el recurso de reinterpretar los acontecimientos. Y para estos fines son muy útiles los dos informes evacuados por los tres expertos internacionales, contratados por una suma en dólares que desconocemos, pero que suponemos tan alta y escandalosa, que el Sodalicio no se atrevería a hacerla pública.

Ambos informes, dados a conocer a la opinión pública el 14 de febrero de este año, tienen fecha del 10 de febrero, último día del reciente cónclave sodálite realizado desde el 7 de febrero en la Casa de Retiros de los Pasionistas en La Molina, estando presente el delegado vaticano, el cardenal Joseph William Tobin (ver http://caretas.pe/sociedad/78233-diluyendo_el_pecado).

Los informes llevan como título, a saber:

  • Abusos Perpetrados por el Sr. Luis Fernando Figari y el Abuso Sexual a Menores por parte de Ex Sodálites
  • Abusos Perpetrados por Sodálites y Respuestas del SCV a las Acusaciones de Abuso

Si bien el primer informe presenta abundante información que valida no sólo lo que relata el libro Mitad monjes, mitad soldados de Pedro Salinas y Paola Ugaz, sino también lo que yo escribí en mi blog Las Líneas Torcidas a partir de noviembre de 2012, también presenta inexactitudes sobre la reacción que tuvieron las autoridades sodálites ante los casos de abusos.

Por ejemplo, se dice que Figari le prohibió en el año 2008 al entonces Vicario General Eduardo Regal reunirse con Rocío Figueroa, quien había dado a conocer un caso de abuso de una joven de 16 años por parte de Germán Doig, ante lo cual Regal decidió desobedecer a Figari e iniciar una investigación para determinar si había otras víctimas. Según el primer informe, tras investigar durante dos años, «Regal determinó que Doig había abusado de otros menores de edad y en 2011, en contra de los deseos de Figari, informó a la comunidad del SCV y al público que Doig había cometido actos que eran “contrarios a su promesa de celibato”, aunque no reveló que Doig había abusado de menores. Esta noticia conmocionó a la mayoría de los miembros de la comunidad del SCV, y a unos cuantos sodálites aún hoy se les hace difícil creer que Doig era un abusador».

Asimismo, Regal sería el artífice de la renuncia de Figari, pues en el año 2010 él «y otros en el Consejo Superior se encontraban extremamente preocupados por el comportamiento y las acciones de Figari, particularmente por su maltrato y abuso de los hermanos en la comunidad y personas en la familia espiritual del SCV. Ellos creían que la conducta de Figari, que era bien conocida por muchos de los miembros, era totalmente incompatible con la vida de un sodálite. Como resultado, Regal tomó el paso radical y sin precedentes de pedir a Figari que se retirara de la vida pública para llevar una vida de conversión, retiro y oración. Le prohibió aparecer en actividades públicas del SCV, del Movimiento de Vida Cristiana o en los eventos de la familia SCV, le prohibió presentarse a sí mismo como autoridad del SCV o en representación de la misma, así como asistir a Misas de aniversario o Misas públicas, publicar libros nuevos y participar en el Consejo Pontificio de Laicos. Pero los demás miembros de la comunidad no conocían estas medidas y creían que su retiro obedecía a motivos de salud».

La verdad es otra. En el libro Mitad monjes, mitad soldados se cuenta que fue Rocío Figueroa, —que había seguido investigando y contactando a más víctimas de Doig— quien le habría exigido a Regal el cierre de la causa de beatificación de Doig y la renuncia de Figari. Ésta se concretó el 8 de diciembre de 2010 y fue anunciada por el mismo Figari, aduciendo motivos de salud, tal como informó oficialmente ACI Prensa (ver https://www.aciprensa.com/noticias/fundador-anuncia-nueva-etapa-para-la-familia-sodalite/).

El 15 de julio de 2016, el mismo Regal hizo declaraciones en la Fiscalía que contradicen el papel heroico que le atribuyen los informes:

PREGUNTADO DIGA: Indique usted si conoce el motivo de por qué Luis Fernando FIGARI RODRIGO dejó de ser Superior General.
Dijo: Que sí, conozco. En el año 2010 FIGARI sufrió una operación médica complicada al abdomen, luego de dicha operación se le presentaron infartos cerebrales múltiples que lo dejaron incapacitado para el gobierno, sus capacidades intelectuales y físicas quedaron disminuidas y por lo tanto era indispensable poder contar con un Superior general en ejercicio, es así que varios sodálites, entre ellos yo, le recomendamos encarecidamente que deje el puesto de servicio de Superior General para poder tener un gobierno efectivo.

PREGUNTADO DIGA: Indique usted si en el periodo que fue usted Superior General, recibió denunciados por miembros del SCV por abusos cometidos contra ellos por Luis Fernando FIGARI.
Dijo: Que recibí denuncias y en cada caso procedí según el debido proceso en el marco ya explicado de las atribuciones del Superior General en el que debe existir verosimilitud, pruebas suficientes para, según eso, verificar si hay delito tipificado y vigente y abrir proceso o descartar dichas denuncias o proceder a medidas disciplinarias o administrativas. En ninguna de las denuncias que recibí, luego de investigar, encontré los elementos señalados.

Que Regal desestimó las denuncias contra Figari lo confirma el P. Jean Pierre Teullet en su célebre carta interna del 20 de octubre de 2015 (ver UNA CARTA DEL P. JEAN PIERRE TEULLET, SODÁLITE):

«En mayo del 2012, luego de varios meses de dialogo infructuoso con las autoridades, 4 sodálites presentamos formalmente “pedidos de investigación” contra el Hno. Luis Fernando Figari por actos graves e inmorales cometidos por él […]. Estos pedidos fueron desestimados, primero por el superior general de entonces, el Hno. Eduardo Regal, y luego, al ser presentados nuevamente por mí de modo formal en abril del 2013 al nuevo superior general, el Hno. Alessandro Moroni, fueron también desestimados por él. En ambos casos, nunca se realizó una investigación formal […]. Nunca se erigió un jurado, nunca se nos solicitó el testimonio formal, nunca hubo actas, nunca se dio un dictamen, y menos se nos respondió de modo formal la conclusión de dicho proceso».

Respecto a la interrupción del proceso de beatificación de Doig, tampoco hubo transparencia de parte del Sodalicio. El proceso fue interrumpido recién a fines de 2010, aduciendo que Doig no había alcanzado la heroicidad de virtudes, siendo que ya habían desde antes claras evidencias de los abusos perpetrados por él. Mientras tanto, se siguió promoviendo su figura como la de un sodálite ejemplar —«el mejor entre nosotros» según Figari— hasta el último momento.

El comunicado de Regal se hizo sólo internamente y de manera discreta —supongo que para “evitar el escándalo”—, no de manera pública, como señala falsamente el informe correspondiente. La noticia recién se dio a conocer a la opinión pública con la edición del 1° de febrero de 2011 de Diario16, gracias a que Rocío Figueroa pudo filtrar la información a la prensa con la ayuda de Pedro Salinas. Hasta ese momento, todos los esfuerzos de las autoridades del Sodalicio se habían concentrado en evitar que se dieran a conocer los hechos, a saber, que Doig había abusado sexualmente de jóvenes a su cargo.

Respecto a Jeffery Daniels, se cuenta que estuvo aislado en San Bartolo desde 1998 hasta poco después de la muerte de Germán Doig en el año 2001. El primer informe señala que «fuera de algunas autoridades como Figari y Doig, nadie sabía la verdadera razón por la cual Daniels se encontraba aislado o la amenaza que representaba para los menores».

Sin embargo, poco antes se señala que en el año 1997 un amigo de una de las víctimas le contó a un sodálite que Daniels había abusado de su amigo, y este sodálite se lo contó al Superior Regional. «El Superior regional contactó a Doig, quien al momento se encontraba en Roma con Figari. Doig le indicó al Superior regional que enviara al agresor al centro de formación de San Bartolo para un período de retiro hasta que se pudiera determinar un mejor curso de acción y que él, Doig, se encargaría de las familias de las víctimas. Doig también informó a Figari sobre el tema. El Superior regional realizó investigaciones adicionales y determinó que Daniels había abusado de hasta ocho jóvenes menores de edad. Después de que Doig y Figari regresaron de Roma, asistieron a la siguiente reunión del Consejo Superior donde la situación de Daniels fue tema de discusión».

¿Quiénes, además de Doig, formaban parte del Consejo Superior en ese momento?

De las declaraciones ante la Fiscalía de los acusados penalmente en el caso Sodalicio, se desprende que los otros miembros del Consejo Superior eran Jaime Baertl, José Ambrozic, Erwin Scheuch y una cuarta persona cuyo nombre desconocemos. Además, Oscar Tokumura ha declarado que tuvo conocimiento de los abusos de Jeffery Daniels en el año 1997, y cuando asumió el cargo de superior en San Bartolo, Daniels ya se encontraba allí. Su predecesor en el puesto de superior, Miguel Salazar, también habría conocido los motivos que llevaron a su aislamiento.

Salvo el primer sodálite mencionado de nombre desconocido, al cual se puede considerar inocente dado que comunicó de buena fe y adecuadamente el primer abuso conocido de Daniels a la autoridad correspondiente, los demás sodálites con cargos de responsabilidad —un total de 9 personas— no hicieron absolutamente nada para que Daniels fuera sancionado y serían cómplices de encubrimiento y haberlo ayudado a sustraerse a la justicia.

Después de verificar esto, uno se pregunta si los sodálites que tuvieron o tienen puestos de responsabilidad en la institución les dijeron toda la verdad a los expertos. O al contrario, como ocurrió en la Fiscalía, mintieron a diestra y siniestra. Pues cuesta admitir como cierto lo que dice el siguiente texto tomado del segundo informe: «Desafortunadamente, algunos imitaron el comportamiento manipulador y cruel de Figari durante estos diálogos, a pesar de que se sentían incómodos al hacerlo. Sólo un pequeño número de sodálites, por ejemplo, Doig, Regal, el P. Jaime Baertl, y algunos de los secretarios más cercanos a Figari, se sintieron empoderados para confrontarlo sobre su conducta». Resulta difícil creer que alguien como Regal —quien no le dio crédito a las denuncias contra Figari— se haya enfrentado a él. Pero aún más difícil resulta creer que lo haya hecho el P. Baertl, de quien no conozco que nunca jamás haya hecho ninguna crítica contra Figari, que lo ha defendido a capa y espada, y —según recuerdo— solía mantener una actitud aduladora hacia el fundador. Además de que se le parecía mucho en la manera como manipulaba las conciencias ajenas, y era tanto o más vulgar y procaz en su lenguaje que el mismo Figari.

El intento de salvar a la institución a como dé lugar —constante perversa que ha estado presente a lo largo de toda la historia del Sodalicio— también se halla presente en varias partes de los informes. Como, por ejemplo, en el siguiente texto del segundo informe: «La mayoría de los sodálites eran, y son, personas piadosas, con un carácter bueno y moral, atraídos por el Evangelio y los aspectos positivos de la cultura del SCV. Estos sodálites inspiraron y sirvieron como modelos y directores espirituales para los jóvenes, los aspirantes y sus compañeros sodálites. No fue, entonces, la cultura del SCV la que causó que los agresores cometieran actos de abuso, pero hubo autoridades o sodálites mayores que permitieron o alentaron abusos físicos y psicológicos».

Lo que sigue a continuación contradice este enunciado, pues se analizan elementos de la cultura institucional que crearon un ambiente favorable a que se cometieran abusos: el carácter icónico de Figari como personificación de la cultura del SCV, que debía ser imitado por todos; la naturaleza reservada del SCV y su falta de transparencia; el esfuerzo por desarrollar una organización religiosa casi militar; la obediencia total que se exigía a los sodálites. «A la luz de sus promesas de total obediencia a las autoridades del SCV, algunos sodálites se sintieron presionados a obedecer a sus superiores en todos los asuntos, incluso cuando se les ordenaba que trataran a sus hermanos de manera nociva para su bienestar físico o mental».

Es decir, la misma cultura del Sodalicio favoreció que personas buenas, piadosas y moralmente rectas cometieran actos repudiables. La bondad y rectitud moral de muchos sodálites —de lo cual yo mismo puedo dar fe— no puede ser considerado argumento para negar que la enfermedad estaría en el sistema, en la misma arquitectura institucional y cultural del Sodalicio.

«Los expertos no han encontrado indicios de complicidad ni conspiración entre los presuntos abusadores», señala Alessandro Moroni en la carta preliminar a los informes. «Los expertos identificaron ciertos elementos de la cultura del Sodalicio que, de alguna manera permitieron que estos reprobables hechos hayan podido ocurrir». Lo cual no hace más que confirmar que el problema sí estaba en la cultura del Sodalicio, generada desde arriba por el mismo Figari. Pues el hecho de que personas que no se coludieron cometieran abusos similares apunta a que la raíz del problema se halla en el sistema en que están insertos, como señala el testimonio de un formador: «Abusé y fui duro porque así me formé, de hecho mi formación fue aún peor. Simplemente no conocía otra manera. Me avergüenzo de lo que hice».

Finalmente, cuando uno revisa las fuentes de los informes se puede verificar una omisión grave. Los expertos no hablaron en ningún momento con ninguno de los integrantes de la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación. Era de esperarse, pues el Sodalicio ha estado siempre interesado en quitarle peso al informe emitido por esta Comisión, y esto se refleja en el segundo informe cuando se dice que ésta «no llevó a cabo una investigación exhaustiva de todas las denuncias reportadas ni examinó la cultura actual del SCV». Esta conclusión se basa sólo en el texto del Informe Final, y no tiene carácter concluyente desde el momento en que no se convocó a ninguno de los comisionados para interrogarlos sobre la manera en se realizaron las sesiones de trabajo. A diferencia de los expertos contratados por el Sodalicio, trabajaron de manera independiente sin recibir remuneración alguna. Lo único que para ellos personalmente estaba en juego era su reputación, la cual ha quedado indemne al comprometerse en la búsqueda de la verdad sin concesiones a intereses institucionales.

Los informes del Sodalicio no dan respuesta satisfactoria a todos los interrogantes, dejan muchas verdades en la sombra y generan muchas preguntas que requerirían de una investigación más a fondo. De ahí la urgencia y necesidad de que se establezca una comisión investigadora en el Congreso de la República. Para que se sepa al fin toda la verdad, sin maquillajes ni interpretaciones interesadas.

(Columna publicada en Altavoz el 19 de febrero de 2017)

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FUENTES

Informes sobre Abusos y Respuesta en el Sodalicio de Vida Cristiana (10 de febrero de 2017)
http://sodalicio.org/wp-content/uploads/2017/02/Informe-Abusos-Febrero2017.pdf

Declaraciones indagatorias de Alessandro Moroni, José Ambrozic, Erwin Scheuch, Eduardo Regal, Óscar Tokumura y Jaime Baertl ante la Fiscalía de la Nación
https://scvleaks.wixsite.com/scvleaks

CARTA ABIERTA A UN CONTRATADO DEL SODALICIO

A Ian Elliott, consultor especialista en abusos contratado por el Sodalicio para atender a las víctimas

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Estimado Ian:

He decidido escribirte de manera abierta y pública, debido a que hasta ahora no he recibido respuesta al e-mail que te envié el 10 de noviembre respondiendo a tu desafortunado e-mail del 9 de noviembre.

En realidad, todo comenzó el 1° de mayo de este año, cuando cansado de esperar a que el Sodalicio se comunicara conmigo no obstante las promesas de atender personalmente a cada una de las víctimas —entre las cuáles me cuento yo como el caso N.º 6 según la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación—, decidí tomar la iniciativa y comunicarme con Rafael Ísmodes, uno de los pocos sodálites que, por su calidad humana y su falta de doblez, me ha inspirado siempre confianza. Ísmodes me remitió a José Ambrozic, con quien también llegué a hablar en un par de oportunidades. Fue Ambrozic quien me sugirió que hablara contigo vía Skype, cosa que se concretó el 8 de julio.

Después de haber expuesto partes de mi historia y aclarado mis opiniones sobre el Sodalicio y sobre lo que está pasando con la institución, me agradeciste amablemente por la conversación, prometiéndome que ibas a ocuparte de mi caso. La verdad es que me despreocupé del asunto, sabiendo que de parte del Sodalicio poco o nada se podía esperar.

Sin embargo, el día 2 de octubre me comunicaste que no te habías olvidado de mí y que estabas viendo mi caso; y el 3 de octubre me informaste que ibas a viajar a Alemania para entrevistarte con algunas víctimas y que podíamos fijar una fecha para tener una conversación personal. Ésta se realizó efectivamente el 28 de octubre en horas de la mañana en una elegante suite doble en el Grand Westin Frankfurt Hotel —que cuesta normalmente 520 euros la noche, costo asumido en su totalidad por el Sodalicio a fin de que tú pudieras cumplir con la noble misión de atender a las víctimas—.

Reconozco que fuiste muy amable y correcto. Lo cual me hizo desconfiar, pues de acuerdo a mi experiencia, un exceso de amabilidad suele ir acompañado proporcionalmente de falta de sinceridad y transparencia. Y no faltaron indicios que me confirmaron esta sospecha. Como cuando comenzaste a hablarme maravillas del actual Consejo Superior del Sodalicio. Ciertamente, estoy de acuerdo contigo en que sus miembros son muy amables y bienintencionados. Pero no es eso lo que está en cuestión, sino más bien si están en capacidad de comprender dónde radica el problema del Sodalicio y, en consecuencia, si pueden tomar las decisiones correctas para darle solución. Te dije claramente que no conozco a ningún sodálite cuya captación y reclutamiento interior no se haya iniciado en la adolescencia, en la gran mayoría de los casos antes de alcanzar la mayoría de edad. Con personas ya adultas nunca ha funcionado. Y que el hecho de haber crecido en un coto ideológico protegido les hace muy difícil comprender la realidad más allá de las anteojeras ideológicas que les han colocado desde temprana edad en sus mentes.

Más sorprendido quedé cuando me dijiste que para el actual Consejo Superior los problemas ya eran cosa del pasado y que el Sodalicio actual no era el mismo que el de antes. ¿De un pasado que se remonta hacia atrás recién a partir de octubre de 2015, cuando estalló el escándalo? Respuesta afirmativa. ¿En un año el Sodalicio ha dejado de ser el que yo conocí? ¿De veras has sido tan ingenuo como para tragarte ese rollo?

¿Y cómo iba el asunto de las reparaciones? Me dijiste que el Sodalicio había determinado un monto para ser repartido entre todas las víctimas. Te pregunté si te habían mostrado los documentos contables que muestran a cuánto a asciende su patrimonio actual para ver cuánto podían ofrecer realmente y hacer la recomendación que como profesional te correspondía hacer. No, no te los habían mostrado ni tampoco los pediste. Te bastó con que te dijeran cuál era el monto destinado a reparaciones, las cuales iban a ser asignadas de acuerdo a la gravedad del delito cometido, sin considerar los daños y perjuicios sufridos. Es decir, a alguien al que avasallaron sexualmente pero sólo estuvo vinculado un año le correspondería una indemnización elevada, mientras que a otro que sacrificó veinte años de su vida en el Sodalicio, experimentando continuos abusos psicológicos pero sin haber sufrido nunca abuso sexual, le correspondería una indemnización bastante más reducida, si es que no ninguna.

En tu obsesión por presentar las cosas de manera positiva, quisiste resaltar la bondad de los miembros del Consejo Superior, que estaban ofreciendo estas reparaciones voluntariamente sin estar obligados a ellas por ninguna ley. Como un favor merecedor de gratitud y una señal de buena voluntad. Y que el monto iba a ser algo superior a lo que podría ofrecer la justicia peruana, en el caso hipotético de que se ganara un juicio.

Lamento decirte que no puedo compartir esta opinión. Un favor es algo que hace alguien gratuitamente en beneficio de otro, sin que el primero le deba nada al segundo. Y eso no se cumple en el caso del Sodalicio, el cual tiene una deuda moral con todas las víctimas dañadas por miembros de la institución y su sistema. ¿Cómo puedes considerar como un favor lo que incluso la moral cristiana considera como un deber de conciencia, tal como se señala en las siguientes citas del Catecismo de la Iglesia Católica?

1459 Muchos pecados causan daño al prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto.

2487 Toda falta cometida contra la justicia y la verdad entraña el deber de reparación, aunque su autor haya sido perdonado. Cuando es imposible reparar un daño públicamente, es preciso hacerlo en secreto; si el que ha sufrido un perjuicio no puede ser indemnizado directamente, es preciso darle satisfacción moralmente, en nombre de la caridad. Este deber de reparación se refiere también a las faltas cometidas contra la reputación del prójimo. Esta reparación, moral y a veces material, debe apreciarse según la medida del daño causado. Obliga en conciencia.

¿Me has querido dar a entender que las víctimas deberían estar agradecidas al Sodalicio por realizar algo que en realidad constituye una obligación moral a ser cumplida por los sodálites, más aún cuando se jactan de seguir las exigencias del Evangelio —y la ética que de ellas se desprende— hasta sus últimas consecuencias? ¿Que no haya una obligación legal —lo cual significa que las víctimas estarían jurídicamente inermes— implica que el cumplimiento de una grave obligación moral deba ser recibido con gratitud sumisa, más aún cuando me has dado a entender que si la víctima no considera justo el monto ofrecido, el Sodalicio le da el ultimátum de «tómalo o déjalo» y se desentiende del asunto, escudándose en la “ingratitud” de la víctima?

Por otra parte, determinar el monto de las reparaciones sobre la base de lo que se ofrecería en el sistema judicial peruano —que es deficitario, corrupto y con frecuencia favorece la impunidad— me parece miserable. El Sodalicio siempre presumió de querer cambiar el mundo y revertir las injusticias que en él se cometen. Ahora resulta que si el sistema judicial peruano permite una injusticia, entonces el Sodalicio se acomoda a la situación en la medida en que lo favorezca económicamente, y allí se acabaron sus deseos de luchar por un mundo mejor. ¿No te parece que las reparaciones deberían fijarse más bien sobre la base de criterios objetivos de justicia, teniendo en cuenta los daños y perjuicios ocasionados a las víctimas?

Éstas son reflexiones que podrían ayudar a otros, pues en mi caso el “comité de reparaciones” del Sodalicio ha decidido que yo no tengo derecho a una reparación —como me comunicaste en tu “amable” e-mail del 9 de noviembre— con el argumento de que puedo recibir un tratamiento psicológico gratuito bajo el sistema de salud alemán y, por lo tanto, el Sodalicio no cree que deba darme una ayuda en ese sentido.

La atención psicológica es uno de los puntos que me haría acreedor a una justa indemnización. Pero no es el único punto. ¿Qué hay del secuestro de los mejores años de mi juventud, que desperdicié siguiendo una ilusión fanática con una mente manipulada y habiendo perdido mi capacidad de decidir libremente con conocimiento de causa? ¿Qué hay de los daños infligidos a los lazos familiares, sobre todo a la relación con mi madre?¿Qué hay del continuo sentimiento de culpa que primero me fomentaron en las comunidades sodálites y luego me acompañó durante décadas por haber abandonado la vida comunitaria y que se tradujo también en sentimientos de inferioridad? ¿Qué hay de la marginación progresiva de que fui objeto en ambientes de la Familia Sodálite? ¿Qué hay de la errada orientación vocacional realizada por sodálites no profesionales, que finalmente me llevó a estudiar teología, una carrera que no me sirvió posteriormente para obtener un trabajo decentemente remunerado que me permitiera mantener a mi familia? ¿Qué hay de la falta absoluta de cotizaciones para un fondo de jubilación, que me asegurara una vejez digna? ¿Qué hay de los rumores difamatorios que miembros del Sodalicio echaron a correr para tirarse abajo mi reputación, tachándome de loco, desquiciado, anti-católico, amargado y vengativo? ¿No sabes que recientemente me encontré aquí en Alemania con un ex-sodálite a quien yo no conocía, cuyo padre —a quien tampoco conozco y que también estuvo vinculado a la Familia Sodálite— le había preguntado si yo padecía del síndrome de Asperger? Es sólo un ejemplo para que veas hasta dónde llegaron las calumnias. Sin contar con que también afectaron las relaciones al interior de mi actual núcleo familiar. ¿Cómo puede el Sodalicio reparar todo este daño o devolverme las cosas valiosas de la vida que perdí o que nunca pude vivir?

Te pongo a continuación las recomendaciones que hizo la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación en mi caso:

  1. Reconocimiento por parte del Superior General de su condición de víctima y pedido de disculpas por escrito.
  2. Devolución a la víctima de toda su información personal, particularmente la relativa a sus evaluaciones psicológicas.
  3. Informar por escrito a todas aquellas personas —sea que se encuentren dentro o fuera del SCV— del hecho que hubiesen sido evaluadas psicológicamente por personas no profesionales, pidiéndoles las disculpas del caso y devolviéndoles los documentos pertinentes.
  4. Otorgarle una compensación económica que indemnice los años de pertenencia al SCV, ante el inadecuado discernimiento vocacional sufrido.
  5. Otorgarle la reparación económica proporcional al daño sufrido, comprendiendo la afectación moral y material de la víctima.
  6. Otorgarle la compensación económica que le permita acceder a un tratamiento médico psiquiátrico y/o psicológico integral por el tiempo que los profesionales médicos determinen.
  7. Realizar las investigaciones necesarias al interior del SCV, en relación a los actos denunciados. Asimismo, que el SCV imponga a los responsables las sanciones correspondientes.

De las siete recomendaciones, hasta ahora el Sodalicio sólo ha cumplido parcialmente la número 2, y eso fue antes de que la Comisión emitiera cualquier informe, pues yo mismo decidí solicitar el 14 de diciembre de 2015 mi documentación al Superior General del Sodalicio Alessandro Moroni. Recibí una serie de escritos manuscritos elaborados por mí, la mayoría anteriores a 1981 y unos cuantos posteriores a esa fecha, pero las evaluaciones psicológicas que se me tomaron así como los informes de rutina sobre mí elaborados por superiores y consejeros espirituales habían desaparecido como por ensalmo. Según Moroni, no había nada más. ¿Nada más, considerando que viví más de once años en comunidades sodálites? Cuesta creerlo. ¿En qué momento desaparecieron esos documentos, si es que no fueron destruidos?

A la vista de los hechos, lamento mucho, estimado Ian, que en mi caso —y probablemente en varios casos más— hayas contribuido a que el Sodalicio no cumpla con su obligación moral de reparar —aunque sea simbólicamente— las heridas causadas, y se ignoren las recomendaciones hechas por una Comisión que trabajó de manera imparcial e independiente. Sin recibir ninguna remuneración, a diferencia de cualquier contratado, que se debe a quien le paga.

Un cordial saludo

Martin Scheuch

(Columna publicada en Altavoz el 13 de noviembre de 2016)

SODALICIO: LA GRAN MENTIRA DE LAS RECOMENDACIONES CUMPLIDAS

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José Ambrozic, Vicario General del Sodalicio de Vida Cristiana

El 4 de noviembre, el Canal S de Youtube —canal informativo del Sodalicio de Vida Cristiana que se ha dedicado últimamente a publicar videítos piadosos que casi nadie ve— publicó un video donde José Ambrozic, Vicario General del Sodalicio, hablaba sobre el proceso de reparaciones a las víctimas. En ese mensaje, Ambrozic decía textualmente lo siguiente:

«La Comisión [de Ética para la Justicia y la Reconciliación] fue instituida en noviembre del año pasado, pero fue instituida como parte de un plan más amplio que incluía a los otros expertos ya desde un primer momento dentro del plan. La Comisión era necesaria porque en ese momento había mucha desconfianza respecto de nuestra institución y en consecuencia necesitábamos una instancia independiente con una calificación de integridad que estuviera más allá de toda discusión. La Comisión entregó un informe general y luego informes específicos para cada una de las personas que autorizaron que se nos entregue sus informes, calificándolos como víctimas o recogiendo lo que ellos habían compartido. Del Informe General de la Comisión hubo once recomendaciones. De esas recomendaciones, cinco ya han sido totalmente cumplidas, tres dependen de la Santa Sede y tres son las que se refieren al proceso de atención a las víctimas, que están en proceso de estar siendo cumplidas».

Como las cifras no me cuadraban, decidí revisar las recomendaciones hechas por la Comisión para verificar si era cierta tanta maravilla. Éstos son los resultados. A continuación, las recomendaciones de la Comisión, seguidas de mis comentarios.

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MEDIDAS RECOMENDADAS
  1. Repudio público a la conducta de Luis Fernando Figari, respecto de quien las autoridades correspondientes deberían adoptar la mayor sanción moral e institucional.

Aquí tenemos dos partes bien definidas. En la primera la Comisión afirma que ella misma está tomando la medida de repudiar públicamente a Figari. La segunda parte le toca a «las autoridades correspondientes», entre las cuales se cuentan también las autoridades del Sodalicio.

Si bien en un comunicado del 5 de abril de 2016 el Superior General del Sodalicio, Alessandro Moroni, consideró a Figari culpable de los abusos de que se le acusa y lo declaró persona non grata para la institución, todavía no se le ha aplicado la mayor sanción institucional —que sería la expulsión—, lo cual no requiere de autorización de la Santa Sede, como se ha hecho creer. En septiembre de 2007 el Sodalicio expulsó a Germán McKenzie por motivos que aún no han sido aclarados y en octubre del mismo año, a Daniel Murguía, por haber sido capturado por la policía en una situación pedófila en un hostal del centro de Lima. En ninguno de los dos casos se consultó a la Santa Sede antes de proceder.

Por otra parte, cuando a inicios de 2011 salieron a la luz los abusos cometidos por Germán Doig, la Oficina de Comunicaciones del Sodalicio de Vida Cristiana emitió un comunicado, donde se decía:

«Queremos dejar en claro que estas conductas contrarias a nuestra vocación cristiana y nuestros compromisos libremente emitidos ante Dios no sólo no pueden tener cabida en nuestra comunidad sino que deben ser denunciadas y rechazadas con energía, claridad y transparencia. Actos graves como estos conllevan un proceso de expulsión del Sodalicio».

Fue fácil decirlo de alguien que ya había fallecido. Pero cuando se trata de Figari, se aplicó otro rasero, donde la «energía, claridad y transparencia» brillaron por su ausencia. Parecería que esos actos repudiados sí tienen cabida en la la comunidad sodálite, dependiendo de quién sea el que los cometa.

Mientras tanto, la expulsión de Figari sigue siendo una asignación pendiente para el Sodalicio.

  1. Las víctimas de los abusos deben ser resarcidas. Sus testimonios revelan la necesidad urgente de ser atendidas médica, psicológica y espiritualmente, además de la compensación económica a la que tienen justo derecho y que debe ser considerada por el SCV con cada víctima en un auténtico proceso de reconciliación y justicia. Ello debe comprender una solicitud de perdón y desagravio, de manera personal y escrita, por parte del Superior General a cada una de las víctimas.
  2. Compensación por los daños personales sufridos por quienes fueron privados de un adecuado discernimiento vocacional, y en esa medida, obligados a prestar servicios no remunerados, incluso en condición de “servidumbre”.

Ambas recomendaciones se refieren al proceso de reparación de las víctimas. Ambrozic dice que actualmente están en proceso de cumplirlas. Aunque parece que no se están ciñendo a principios básicos de la moral cristiana, como el que señala el Catecismo de la Iglesia Católica [las negritas son mías]:

2487 Toda falta cometida contra la justicia y la verdad entraña el deber de reparación, aunque su autor haya sido perdonado. Cuando es imposible reparar un daño públicamente, es preciso hacerlo en secreto; si el que ha sufrido un perjuicio no puede ser indemnizado directamente, es preciso darle satisfacción moralmente, en nombre de la caridad. Este deber de reparación se refiere también a las faltas cometidas contra la reputación del prójimo. Esta reparación, moral y a veces material, debe apreciarse según la medida del daño causado. Obliga en conciencia.

Sobre la base de testimonios que me han llegado, las reparaciones materiales ofrecidas suelen ser irrisorias en relación con los daños sufridos, pudiendo el Sodalicio, con un patrimonio de varios cientos de millones dólares, ofrecer más para cumplir con este deber de justicia, y con frecuencia ni siquiera se toma en consideración la falta de un «adecuado discernimiento vocacional» como un daño que tiene consecuencias en toda la vida de una persona.

En lo que a mí se refiere —reconocido como víctima con el número 6 por la Comisión de Ética—, he hablado en un par de ocasiones con José Ambrozic, también he hablado en dos ocasiones con Ian Elliott, y nada en absoluto de ambas recomendaciones ha sido cumplido por la institución en mi caso individual. Incluso el 9 de noviembre se me comunicó que el “comité de reparaciones” había decidido que yo no tenía ningún derecho a una compensación económica.

  1. El SCV deberá proceder a la devolución inmediata de toda la documentación correspondiente a cada una de las personas que forma o formó parte de la institución, que así lo solicite.

Èste es otro punto de cuyo cumplimiento hay razones sobradas para dudar. Primero, porque no sabemos cuántas víctimas han solicitado su documentación. Segundo, porque resulta difícil verificar que se les haya entregado todos los documentos sobre su persona que hay en los archivos del Sodalicio.

Yo mismo, por iniciativa propia, solicité el 14 de diciembre de 2015 mi documentación al Superior General del Sodalicio Alessandro Moroni. Sólo recibí una serie de escritos manuscritos elaborados por mí, la mayoría anteriores a 1981 y unos cuantos posteriores a esa fecha, además de mi partida de nacimiento y mi certificado de bautismo. Pero las evaluaciones psicológicas que se me tomaron así como los informes de rutina sobre mí elaborados por superiores y consejeros espirituales en más de once años que viví en comunidades sodálites se habían esfumado. Sospecho que sólo me entregaron lo que quisieron, lo cual sería grave, pues el ocultamiento o desaparición intencionada de documentación es un delito grave.

  1. Reconocimiento de la condición de víctimas por parte de la Comisión a través de los respectivos informes individuales.

Este punto ya ha sido cumplido, porque es la Comisión de Ética la que tenía que hacerlo. Más bien, el Sodalicio se ha negado a reconocer en algunos casos la condición de víctima a personas que han sido reconocidas como tales por la Comisión.

  1. La Santa Sede con la premura del caso, debiera adoptar drásticas medidas para la pronta intervención del Sodalitium Christianae Vitae, disponiendo que su conducción esté a cargo de personas ajenas a su actual estructura organizacional.

Esta medida le correspondía aplicarla a la Santa Sede, y ésta lo ha hecho a medias, pues si bien hay una intervención y algunas limitaciones en el poder de decisión del Consejo Superior, la conducción sigue estando a cargo de personas pertenecientes a la estructura organizacional del Sodalicio.

  1. Las personas que ejercieron algún cargo en la organización del SCV, durante los años en que se permitieron los abusos denunciados, deben ser impedidas de ejercer algún cargo representativo al interior de la organización.

Definitivamente, esta recomendación no ha sido cumplida en ningún aspecto. No sé si el Sodalicio piensa que es algo que le correspondería a la Santa Sede, pero no creo que sea necesaria la intervención desde arriba para implementar la medida. Y «cargo representativo» no se refiere sólo a una función en el Consejo Superior, sino a cualquier cargo de autoridad en que se tenga a otros bajo mando o responsabilidad, como, por ejemplo, superior de comunidad, formador espiritual o consejero espiritual. Por de pronto, Alessandro Moroni y José Ambrozic tuvieron cargos representativos en momentos en que se permitieron abusos, y siguen allí, atornillados a sus puestos.

  1. Con ese propósito, y a efectos de cumplir el objetivo de este trabajo, la Comisión remitirá el presente informe y otros que lo acompañen, a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica de la Santa Sede.

Le competía sólo a la Comisión cumplir esta recomendación, y así lo hizo. No es ningún mérito del Sodalicio que se haya cumplido.

  1. Después de haber recibido los testimonios de las víctimas, esta Comisión cree en conciencia, que la Santa Sede debiera disponer con urgencia las medidas necesarias para que Luis Fernando Figari sea efectivamente sancionado por los actos denunciados, dentro de las competencias correspondientes a la justicia eclesiástica.

La aplicación de esta medida la compete a la Santa Sede, y parece que hasta el momento poco se ha hecho al respecto.

  1. Publicación del presente informe en la página web de la Comisión: comisionetica.org

Esta recomendación también se cumplió no por mérito del Sodalicio, sino de la Comisión misma.

  1. La entrega del presente Informe al SCV, a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica de la Santa Sede a través de la vía diplomática de la Nunciatura Apostólica y al Sr. Cardenal Juan Luis Cipriani Thorne, Arzobispo de Lima y Primado del Perú.

Ésta medida también le correspondía a la Comisión.

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Sacando cuentas, tenemos sólo dos recomendaciones que se refieren estrictamente a la reparación de las víctimas, proceso que aún no ha finalizado, aunque ya hay varios casos en que hay un incumplimiento flagrante de parte de los responsables del Sodalicio.

Hay, además, una recomendación que ha sido cumplida parcialmente por el Sodalicio, una que no ha sido cumplida en absoluto y otra que no hay manera de verificar que se haya cumplido (la referente a la devolución de la documentación personal). Sólo hay dos recomendaciones que le competen estrictamente a la Santa Sede y hay otras cuatro que eran de responsabilidad exclusiva de la Comisión, las cuales fueron cumplidas a la brevedad posible.

En consecuencia, el Sodalicio no puede jactarse de haber cumplido ninguna de las medidas recomendadas de manera íntegra y completa, mucho menos arrogarse el cumplimiento de recomendaciones que sólo le competían a la Comisión.

¿Y qué decir de la explicación a posteriori de que la Comisión era «parte de un plan más amplio que incluía a los otros expertos ya desde un primer momento»? Pues si es así, tal como han se han desenvuelto los acontecimientos parece ser que la labor de los expertos —por lo menos la de Ian Elliott— ha consistido aparentemente en neutralizar en la medida de lo posible las recomendaciones generales e individuales de la Comisión, a fin de favorecer al Sodalicio dentro de una estrategia de control de daños. Francamente, hubiera sido mejor que el plan sólo hubiera incluido a la Comisión de Ética, y los cientos de miles de dólares que el Sodalicio debe haber gastado en honorarios, viajes, viáticos, alojamiento, etc. de los expertos lo hubiera destinado a un fondo como parte de las indemnizaciones a ser pagadas a las víctimas.

Por otra parte, Ambrozic señala que «el proceso empezó con contactar a las personas, a las víctimas que habían sido reconocidas por la comisión independiente…» No sucedió así conmigo, no obstante que yo, siendo el caso 6, era uno de los que debían haber contactado a la brevedad posible. Sabiendo por Álvaro Urbina, una víctima de Jeffery Daniels, que ya lo habían contactado a él, y cansado de esperar, tomé yo mismo la iniciativa y me comuniqué el 1° de mayo con Rafael Ísmodes, lo cual permitió posteriormente que conversara en un par de ocasiones con José Ambrozic y dos veces con Ian Elliott.

Conozco personalmente a José Ambrozic, lo aprecio de corazón y tengo una muy buena opinión de él. Por eso mismo, lamento dolorosamente que se haya prestado a ser la cara visible de un proceso que se está revelando en gran parte como una farsa más del Sodalicio de Vida Cristiana. Que de cristiano parece tener solamente la fachada exterior.

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Video donde José Ambrozic explica lo que supuestamente está haciendo el Sodalicio de Vida Cristiana en el ámbito de las reparaciones:

EL SODALICIO EN SU LABERINTO

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Lunes 3 de octubre, cuatro de la tarde en la ciudad alemana de Mannheim, a orillas del Rin. Sentado en un café en la estación del tren, converso con un joven ex-sodálite y escucho cómo logró fugarse del Sodalicio. Una historia que parece la trama de un thriller policíaco. Lo cual me confirma en la sospecha de que esta institución se asemeja más a un grupo sectario o a la mafia —no obstante su proclamada finalidad religiosa— que a una organización eclesial católica. Quizás juntando ambos extremos se podría describirla con una expresión que suena paradójica, pero que no puede ser más precisa: “secta católica”.

En esa conversación mi interlocutor me confirma lo que yo ya sabía a través de otra fuente: que Ricardo Trenemann, sodálite con quien compartí escenario en varias ocasiones cuando yo todavía era integrante del grupo musical Takillakkta, habría intentado abusar sexualmente de un joven sodálite de comunidad, utilizando el cuento de los masajes en la zona del perineo, entre el ano y los genitales. Una perversa estrategia, similar a la que aplicó Figari con una de sus víctimas, cuando le dijo que había que despertar la energía kundalini situada en la misma región íntima. Y si bien Trenemann no habría podido consumar el abuso esa vez debido a que la víctima se negó a colaborar, en una comunidad sodálite de Brasil habría logrado dar cumplimiento a sus insanas intenciones con otro muchacho, terminando la cosa en masturbaciones mutuas.

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Ricardo Trenemann

El de Ricardo Trenemann es uno más de los nombres que se añade a la lista de presuntos abusadores sexuales del Sodalicio, comenzando por Luis Fernando Figari y siguiendo con Germán Doig, Virgilio Levaggi, Jeffery Daniels, Daniel Murguía, Luis Ferrogiaro y Javier Leturia. A ella habría que añadir una larga lista de maltratadores psicológicos y físicos, entre los cuales se contarían Alberto Gazzo, José Antonio Eguren, Alfredo Garland, Alfredo Draxl, Óscar Tokumura, Daniel Cardó, Alessandro Moroni y otros cuyos nombres todavía no han sido revelados. Pues no conozco a ningún sodálite con un puesto de responsabilidad que no haya violentado en algún momento la conciencia personal de quienes estaban a su cargo o que no haya intentado doblegar sus voluntades mediante técnicas de manipulación psicológica, entre las cuales se encuentran las órdenes humillantes y la exigencia de una obediencia absoluta, sin límites. Era algo que formaba parte inherente del sistema de disciplina y formación.

A lo largo del tiempo se han ido acumulando críticas, siendo las más acertadas las de aquellos que en algún momento formaron parte de la institución. Pero las críticas no sólo han venido desde afuera. También hay quienes se han atrevido a hacer ejercicio de crítica constructiva desde dentro de la institución, lamentablemente sin resultados. Quienes se atreven a dar este paso suelen ser condenados a una especie ostracismo interno, son sometidos a un escrutinio minucioso que hurga en sus vidas personales con el fin de atribuir a sus problemas psicológicos —reales o inventados— las críticas expresadas, y tarde o temprano terminan por salirse de la institución. Como está ocurriendo con el P. Jean Pierre Teullet, quien tuvo el valor de enfrentarse a la cúpula sodálite para echarle en cara haber faltado a la verdad en un comunicado oficial a la opinión pública.

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Manuel Rodríguez Canales

Otro caso es el de Manuel Rodríguez alias “Roncuaz”, un adherente sodálite ubicado en la periferia institucional —pues está casado y, por lo tanto, no vive en ninguna comunidad—, quien ocasionalmente ha formulado a través de su blog críticas veladas pero certeras a la institución, sin distanciarse formalmente del Sodalicio, y sus bien intencionadas reflexiones han caído sistemáticamente en saco roto.

Mucho antes de la publicación del libro Mitad monjes, mitad soldados de Pedro Salinas y Paola Ugaz, un sodálite que buscaba un cambio advirtió con lucidez a las máximas autoridades del Sodalicio de los peligros de una estructura autoritaria, que había sido creada por el mismo Figari para tener un poder absoluto e incuestionable. Y que los reglamentos internos estaban planteados de tal manera, que el miembro de la organización se convertía en un instrumento sujeto a la arbitrariedad de los superiores, los cuales gozaban de una autoridad absoluta, cuyos alcances y límites no se estipulaban en ninguna parte. La mayoría de las vocaciones sodálites habrían sido reclutadas en edad escolar, cuando la persona todavía no tiene suficiente criterio de juicio pero está predispuesta a opciones radicales. La formación consiguiente estaba orientada a quebrar la voluntad de la persona mediante dinámicas de obediencia irracional, ejercicios extremos, castigos e introspecciones psicológicas. A ello se suma la injusticia de trabajar años gratuitamente sin recibir una remuneración, sin dinero cotizado a un fondo de pensión, sin seguro médico, de modo que quien decide dejar la organización cae en una situación injusta de sostenimiento, además de no contar con una experiencia laboral que le permita acceder a un trabajo adecuado.

Sordo a toda voz crítica —venga de donde venga—, incapaz de reconocer las propias deficiencias estructurales y manteniendo una actitud autorreferencial, cerrado en sí misma y practicando colectivamente la ley del silencio al estilo de la mafia italiana, el Sodalicio no se esperaba el golpe que significó la publicación del libro de Salinas y Ugaz en octubre de 2015.

El mando sodálite terminó asumiendo tardíamente que una defensa de Figari ya no era plausible, pero no lo expulsó como estipulan sus Constituciones para estos casos. Bajo la dirección de Alessandro Moroni, si bien el Sodalicio no ha defendido a Figari, sí lo ha protegido, pues su caída definitiva significaría el fin de una historia, arrastrando consigo lo que todavía queda de la institución, incluyendo su patrimonio y sus fuentes de ingresos, como las universidades, los colegios, los cementerios, los negocios inmobiliarios, mineros, agrícolas, etc.

La creación de una Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación en noviembre de 2015, integrada por cinco reconocidas personalidades de impecable trayectoria profesional y filiación católica, habría constituido una jugada estratégica para limpiarse la cara, pues con ello se habría querido demostrar que el Sodalicio estaba realmente preocupado por las víctimas y que estaba tomando las medidas del caso para atenderlas y ofrecerles una justa reparación por los daños sufridos. Sin embargo, lo que sucedió después fue inaudito.

Una vez que la Comisión emitió su lúcido y demoledor Informe Final el 16 de abril de 2016, después de haber recogido durante cerca de cuatro meses más de cien testimonios de víctimas, muchas de las reacciones al interior del Sodalicio fueron de rechazo a las conclusiones del Informe. De la boca para afuera se lo aceptó oficialmente, pero en la práctica no se implementó ninguna de las recomendaciones hechas por los comisionados.

Más bien, el Sodalicio decidió contratar a tres especialistas extranjeros —la estadounidense Kathleen McChesney, ex número 3 del FBI y asesora de la Conferencia Episcopal Norteamericana; el irlandés Ian Elliott, que estuvo a cargo de la investigación de la crisis de abusos sexuales del clero en Irlanda; y la estadounidense Mónica Applewhite, especialista en prevención—, no para implementar las recomendaciones de la Comisión de Ética, sino para volver a hacer el mismo trabajo prácticamente desde cero —investigando y volviendo a hablar con las víctimas—, con la esperanza de obtener tal vez un informe más benigno y favorable. El ahora cardenal Joseph William Tobin, arzobispo de Indianapolis (EE.UU.) y delegado vaticano para el caso Sodalicio, está esperando el informe que redactará la señora McChesney, a fin de tomar una decisión.

Mientras tanto, sigue su curso la denuncia penal ampliatoria interpuesta en mayo de 2016 contra Figari, otros seis miembros y un ex-miembro de la institución —Jaime Baertl, José Ambrozic, José Antonio Eguren, Eduardo Regal, Óscar Tokumura, Erwin Scheuch y Virgilio Levaggi— por los delitos de asociación ilícita para delinquir, secuestro y lesiones graves.

Las declaraciones de Figari a la prensa, negando incluso que puedan haber víctimas, han terminado de mostrar el verdadero rostro de una institución que, tomando como bandera un catolicismo pretérito y trasnochado y con pretensiones grandilocuentes de cambiar el mundo, no sólo ha truncado y dañado vidas enteras —además de no significar ningún aporte sustancial para la sociedad civil—, sino que también ha perjudicado irreparablemente —en complicidad con la indiferencia y apatía de las autoridades eclesiásticas, entre ellas el cardenal Cipriani— la imagen de una Iglesia que se muestra dispuesta a respirar otros aires en sus sectores más abiertos al mundo y al servicio solidario de los pobres.

(Artículo publicado en Exitosa el 22 de octubre de 2016)

COLONIA DIGNIDAD: EL TESTIGO

Wolfgang Kneese en la actualidad

Wolfgang Kneese en la actualidad

En febrero de este año se estrenó en Alemania la película comercial Colonia, protagonizada por Emma Watson, Daniel Brühl y Michael Nyqvist, y dirigida por el alemán Florian Gallenberger. Se trata de un thriller de suspenso y acción, cuya trama tiene como trasfondo el asentamiento de alemanes Colonia Dignidad, fundado en 1961 en Chile cerca de la ciudad de Parral por el líder bautista Paul Schäfer, quien no sólo le lavó el cerebro a los más de 300 miembros de la secta y abusó sexualmente de manera sistemática de niños y jóvenes, sino que también colaboró con la dictadura de Pinochet en la represión, tortura y desaparición de presos políticos. Ésta es la historia de Wolfgang Müller —quien posteriormente se casaría con Heike Kneese y asumiría el apellido de su mujer—, el primero que logró escapar en Chile de lo que prácticamente era un campo de detención de personas sometidas física y psicológicamente, relatada en una entrevista concedida este año al prestigioso semanario DIE ZEIT de Alemania.

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COLONIA DIGNIDAD: EL TESTIGO

Wolfgang Kneese fue el primero que escapó de la secta bautista Colonia Dignidad en Chile. En 1966 dio a conocer públicamente el horror… y es hasta el día de hoy el perseguidor más implacable de los victimarios alemanes.

Entrevista: Evelyn Finger (publicada en DIE ZEIT el 25 de febrero de 2016)

Al final de la conversación menciona una condición para su publicación. Hay una frase más que debe aparecer de todas maneras. Se halla enmarcada en la habitación de su esposa Heike. “Permita tranquilamente que ella se la muestre”. ¿Qué más puede venir? ¿Después de dos días de entrevista? Después del informe del siglo sobre cautiverio, tortura y fuga de Colonia Dignidad. La secta lo obligó desde 1961 en Chile a participar en la construcción de un asentamiento cercado, donde se atormentó sistemáticamente a seres humanos, incluyéndolo a él. Hasta que Wolfgang Kneese pasó de víctima a ser una amenaza para los victimarios. Gracias a él y a su esposa, el jefe del asentamiento fue finalmente capturado en 2005. Hoy da cuenta al respecto fríamente, pero también sonriente y lloroso. Sólo aquella frase enmarcada no la pronuncia, quizá porque podría sonar sentimental… como sacada del film Colonia con Daniel Brühl y Emma Watson. Así dice: “En la orilla de la vida se encuentra muy rara vez una piedra preciosa como tú, querida Heike”. Ésa debe ser la frase. Porque esta historia de fuga es también una historia de amor.

DIE ZEIT: Señor Kneese, cundo usted tenía 12 años, su madre lo envió de vacaciones a un centro bautista en la pequeña localidad de Heide cerca de Bonn. Posteriormente fue secuestrado y llevado de allí a Chile. ¿Cuándo se dio cuenta de que había caído en una secta violenta?

Wolfgang Kneese: En el acto. La primera noche en Heide el trabajador social juvenil Paul Schäfer me llamó a su habitación y me violó… como lo hacía cada noche con mínimo un muchacho. Por favor, no me pregunte detalles. A un redactor en jefe le dije en su cara hace décadas en un talkshow que el publico es lo suficientemente inteligente como para hacerse una idea de lo que es abuso sexual. Yo ya no me voy a poner al desnudo.

DIE ZEIT: Sin embargo, antes tuvo que hablar al respecto. En 1966 después de su fuga, usted se dirigió directamente a la prensa y también declaró a la policía chilena. ¿No dudó en absoluto?

Wolfgang Kneese: No. Yo asumí las declaraciones de manera muy consciente. Pues en ese momento no había nadie en el mundo que pudiera denunciar el régimen chileno de terror de Schäfer.

DIE ZEIT: ¿Por qué, a decir verdad, antes de usted nadie había fugado del asentamiento en Chile?

Wolfgang Kneese: Porque la mayoría estaban sometidos al jefe de la secta Paul Schäfer. Querían creer lo que él predicaba: decencia, benevolencia, bondad, laboriosidad. Se mataban trabajando desde temprano hasta tarde, renunciaban a toda alegría, porque consideraban que eso era grato a Dios… y de este modo incrementaban el poder de un pequeño círculo de hombres. Quien quería escapar de ellos arriesgaba su vida. Pues la Colonia se hallaba situada en algún lugar en territorio pre-andino, teníamos que talar el bosque virgen y al principio alimentarnos de conejos salvajes, y la localidad grande más cercana, Parral, estaba a kilómetros de distancia. Si bien en mi época todavía no había la cerca con alambre de púas, nosotros sin embargo pusimos los pilares de los cimientos. Los vigilantes ya tenían coches, armas, perros doberman y pastores alemanes amaestrados. En cierto modo, nosotros construimos nuestra propia cárcel.

DIE ZEIT: Usted intentó escapar tres veces, logró llegar incluso hasta la capital Santiago, pero fue regresado a la fuerza. ¿Por qué, al final, logró fugarse?

Wolfgang Kneese: Porque no tenía nada más que perder. Yo sabía que no sobreviviría mucho tiempo más en el asentamiento. En castigo por los dos primeros intentos de fuga fue golpeado casi hasta morir. Una vez casi no podía sacarme la camisa del cuerpo, porque estaba pegada a la piel debido a tanta sangre. Además fui aislado, tuve prohibición de hablar durante un año y sólo me estaba permitido abandonar mi celda vigilado para ir a trabajar.

DIE ZEIT: ¿Se atuvo a la prohibición de hablar?

Wolfgang Kneese: Sí, pues después de una semana, en todo caso, la voz ya no funciona correctamente. Una vez dije “Buenos días”, y hubo de nuevo golpes con las correas. Además debía tomar pastillas que me producían cansancio y mareos, a tal punto que el piso se me ondulaba. Mi capacidad de concentración estaba enormemente mermada, la voluntad debilitada. Uno se sentía incapaz de voltear un cubo con agua, pero aún así fui enviado al andamio o a la sierra circular con hojas de sierra del tamaño de un hombre. Entonces desarrollé un método para mantener las pastillas en la boca y escupirlas inadvertidamente. Cuando esto se descubrió, recibí inyecciones. En algún momento escuché como mis vigilantes especulaban que yo no aguantaría mucho más. Eso fue el detonante de la tercera fuga.

DIE ZEIT: ¿Nadie se solidarizó con usted?

Wolfgang Kneese: No, de eso se encargaban el sistema Schäfer con sus métodos de servicio secreto. Cuando uno hablaba sin permiso con otro, el oyente era aquel que era castigado más severamente. Y la mayoría de los colonos tenían una misión auténtica, ellos pensaban ciertamente que a causa de mi rebeldía su mundo perfecto se dañaba y manchaba.

DIE ZEIT: Pero Schäfer violaba a los niños de la Colonia. ¿No sabían esto los otros?

Wolfgang Kneese: Algunos sí, pero Schäfer maltrataba en secreto, de día aparecía gustosamente como el buen tío Paul, el consolador y conciliador. Una vez me vencí a mí mismo y le hablé a otro muchacho de las violaciones nocturnas, él se volteó y se fue corriendo. Todos nosotros jóvenes sabíamos bien al respecto. Pero muchos adultos no querían ver. Se consideraban elegidos, pues Schäfer les hacía creer que eran una élite de fe y que a través de él ya tenían un sitio en el cielo. Quien se volvía contra el maestro, por decirlo así, apostataba de Cristo y debía arder en condenación eterna.

DIE ZEIT: ¿Por qué no creyó usted en eso?

Wolfgang Kneese: Porque Schäfer no hacía lo que predicaba. Porque no me siento a gusto cuando se me impone algo y siempre he tenido una fuerte necesidad de libertad. Quizás también porque mi madre y mi tía estaban en contacto con los bautistas, aunque yo mismo no fui educado piadosamente.

DIE ZEIT: No obstante, no se atrevió durante los cuatro primeros años en el centro juvenil de Heide a quejarse ante alguien de su sufrimiento.

Wolfgang Kneese: Me avergonzaba. Y como en todas las sectas, todo comenzó con love bombing: como novato eres recibido entusiastamente, tú aún no has dicho nada, pero ya todos aplauden. Te sientes bienvenido, abrazado, amado. Que Schäfer a la vez se inmiscuyera con sus anormalidades, era algo que estaba en otra página.

DIE ZEIT: ¿Tampoco le dijo nada su madre?

Wolfgang Kneese: No era una madre fuerte, porque ella misma estaba traumatizada. En el último verano de la guerra huyó embarazada de Prusia Oriental, en caravana sobre la bahía congelada, y en el camino fue violada por soldados. Luego me trajo al mundo en septiembre en un refugio antiaéreo abandonado en Eppendorf (Hamburgo). Recién en Heide, donde los bautistas, fui inundado de afecto y por eso mismo me erá más difícil categorizar el abuso simultáneo. Mucho más tarde comprendí que quien de niño apenas recibe amor, difícilmente puede rechazar a violadores, porque por fin es abrazado de una vez y recibe calor. De este modo me convertí en el jugoso botín del demonio.

DIE ZEIT: ¿Que hizo contra sus recuerdos?

Wolfgang Kneese: Al principio sólo estaba feliz de poder ser libre, y con pánico de ser devuelto a la Colonia. Cuando mis perseguidores se liaron en Santiago en una batalla callejera con la policía, eso se convirtió en una novela policíaca. Una vez que regresé a Alemania con 21 años de edad, intenté arrojarme en la vida, desfogar mi rabia en la pista de baile.

DIE ZEIT: ¿Funcionó?

Wolfgang Kneese: No. En el camino de regreso a casa me golpeé a veces las manos contra las paredes hasta sangrar. Una vez tuve una novia que era tan inestable como yo. Éramos como dos personas a punto de ahogarse, ninguna de las cuales podía nadar, pero que se aferraban la una a la otra. El resultado fue entonces una hija, de lo cual estoy actualmente contento… pero aún así zozobramos como pareja. Busqué entonces ayuda en libros, en autores difíciles como Søren Kierkegaard y Sigmund Freud, pues yo quería entender el alma humana.

DIE ZEIT: ¿Hay alguna percepción que se le haya quedado grabada?

Wolfgang Kneese: Sí. Que ser utilizado y arrojado le puede robar a un ser humano la fe en casi todo. Yo he perdido por causa de Schäfer mi confianza primigenia.

DIE ZEIT: ¿La podría encontrar de nuevo?

Wolfgang Kneese: No. Sólo recibirla regalada. Hasta el día de hoy yo no confío en nadie. La única persona en la cual confío está sentada delante suyo. (mira a su esposa Heike)

Heike Kneese ha estado sentada a la mesa durante la conversación escuchando atentamente, sólo ocasionalmente ha añadido algo. Se nota que conoce la historia de Colonia Dignidad casi tan bien como su esposo. La lucha de él se ha convertido en su lucha. Pero ella la lleva a su propia manera.

Heike Kneese: Cuando en 1987 fundamos una asociación de víctimas, los bautistas en Alemania nos acusaron de que queríamos venganza. Nosotros, sin embargo, queríamos justicia: darle término al terror y proteger a los niños.

Wolfgang Kneese: Después de que hube salido de Chile, vinieron tiempos peores aún.

Heike Kneese: Schäfer apoyó a partir de 1973 a Pinochet y se hizo así intocable durante años. En la película de Florian Gallenberger sobre la Colonia pareciera como que los partidarios de Allende sólo fueron torturados por chilenos. En realidad, sin embargo, en la Colonia los alemanes torturaban y formaban a torturadores.

DIE ZEIT: Señora Kneese, ¿cuando se enteró de que su esposo había sobrevivido a este infame asentamiento? ¿lo supo antes de que llegaran a ser pareja?

Heike Kneese: No. Wolfgang no me daba la impresión de ser vulnerable ni reservado. Me enamoré de él porque era un tipo soberano y seguro de sí mismo. Trabajábamos en la misma empresa, y cuando me llamó por primera vez, quería de inmediato viajar al extranjero conmigo. (ríe)

Wolfgang Kneese: Yo ya te conocía desde hace tiempo, había flirteado contigo en el comedor de la empresa, sólo que tú no te diste cuenta. (ríe)

Heike Kneese: Es cierto. Yo era miope y no me puse mis gafas.

Wolfgang Kneese: ¡Y de este modo desperdicié mi profundo afecto en una futura amada, que ni siquiera me vio! Después me escurrí de largo ante las puertas de las oficinas para averiguar dónde trabajaba. Pues desde que había visto a Heike, pensaba: (pausa prolongada, tratando de mantener la compostura) Ésta es la mujer de mi vida.

Heike Kneese: Nueve meses después hicimos un viaje por Europa, y en una playa de Portugal me contaste por primera vez de la Colonia. Eso fue en el año 1982, y yo tenía 23 años. Wolfgang me dio un folleto de Amnesty International, allí estaban los informes de torturas de dos hombres y una mujer chilenos, que sobrevivieron a la Colonia. Todos fueron maltratados con descargas eléctricas, incluso en los genitales. Wolfgang se reunió con los testigos y pudo ampliar sus declaraciones, porque él conocía el lugar. Ellos mismos habían estado en los sótanos, con los ojos vendados la mayor parte de las veces.

Wolfgang Kneese: Yo quería primero probar si Heike podía soportar esos relatos.

Heike Kneese: Cuando estuvo más o menos seguro de que yo no huiría gritando, inició su relato. Era triste, pero yo lo acepté, formaba parte de él. Yo no quería salvarlo. No tenía ningún síndrome de enfermera.

Wolfgang Kneese: Bueno, te fuiste a vivir conmigo cuando me rompí el brazo.

Heike Kneese: Pero eso sucedió sobre el río Alster congelado. No pudiste patinar sobre hielo.

Wolfgang Kneese: Tú sí. Y yo quería impresionarte.

Heike Kneese: (ríe) Siempre me gustó el valor de Wolfgang para lograr lo imposible. Su perseverancia. En todo caso, no pasó mucho tiempo antes de que nos dirigiéramos ambos al Ministerio de Asuntos Exteriores en Bonn para tener reuniones sobre la Colonia, informamos a escuelas, y sobre todo intentamos encontrar a las familias alemanas de las personas secuestradas por Schäfer, con el objetivo de ganarlas para la lucha jurídica contra la secta. Eso fue difícil. Muchos no querían creer hasta el último momento que sus familiares habían caído en manos de alguien que era un corruptor de menores en vez de una figura redentora.

DIE ZEIT: Usted batalló hasta 2005 por la captura de Paul Schäfer. ¿Nunca pensó en rendirse?

Heike Kneese: No. Es decir, cuando uno quería rendirse, el otro lo levantaba. Yo creo que Dios siempre permitió que siguiéramos adelante.

DIE ZEIT: ¿Entonces usted cree en Dios?

Heike Kneese: Yo lo veo como una fuerza y una fuente que me puede ayudar a seguir siendo buena. Para eso, sin embargo, no necesito de ninguna Iglesia.

DIE ZEIT: Amnesty International, contrariamente a ustedes, fracasó de forma lamentable en llevar a Schäfer a la cárcel.

Wolfgang Kneese: Se quedaron colgados con 160.000 marcos alemanas de costos procesales, porque la Colonia podía permitirse los defensores más caros.

DIE ZEIT: ¿No tuvo usted, señora Kneese, miedo por su esposo cuando viajó a Chile en los ‘80 y ‘90 para reunirse con aliados?

Heike Kneese: Por supuesto. Él visitó, por ejemplo, a las familias de niños chilenos que habían sufrido abusos por parte de Schäfer, y organizó a médicos para que las víctimas pudieran ser examinadas. Ya antes de que se iniciaran sus procesos, habíamos fundado para ellas un proyecto de ayuda. El abogado instructor en Chile dijo una vez que si salieran a la luz todos los delitos de la Colonia, habría un conflicto diplomático entre Alemania y Chile. Wolfgang tenía entonces muy buenos guardaespaldas, una vez yo también viajé con él. Por supuesto que a veces me preocupaba si él podría resistir todo eso. Incluso ahora nuevamente, cuando mirábamos en el cine la película sobre la Colonia. ¡Ese escalofriante ladrar de los perros guardianes! (lo mira) Tú tampoco pudiste durante muchos años soportar el color rojo.

Wolfgang Kneese: Yo como prisionero en la Colonia, tenía que vestir de día ropa roja y de noche blanca, las suelas de mis zapatos tenían un diseño especial para poder seguirme mejor. Finalmente, me fugué vestido de rojo.

DIE ZEIT: Por favor, cuéntenos de su última fuga.

Wolfgang Kneese: Pues bien, era verano de 1966. Lo peor después de mis dos fugas fallidas me resultaban las miradas de los otros: ¡traidor! Antes sólo me sentía solo, ahora tenía 320 enemigos. Y después atrajeron a mi madre a Chile y la torturaron con descargas eléctricas. Se le podían ver las quemaduras en las sienes hasta el final de su vida. Yo odié abismalmente a esos torturadores, que se llamaban a sí mismos cristianos.

DIE ZEIT: ¿Cómo preparó su fuga?

Wolfgang Kneese: En nada. Me largué una noche cálida de verano, cuando el nivel del río cercano estaba bajo, a campo traviesa en pantalones cortos. Eso habría de cobrarse venganza muy pronto. Sólo había llegado hasta la mitad del lecho del río, cuando sonaron las sirenas y soltaron a los perros. En la otra orilla estaba yo de pronto delante de un arbusto de zarzamora de cinco metros de alto. Cuando los ladridos se acercaban, salté al seto espinoso y rodé al otro lado, me abalancé cerro arriba y me metí en el bosque. Del hecho de que ninguno de los perros amaestrados quiso lanzarse al seto, puede deducirse como me veía yo después.

DIE ZEIT: Usted no tenía nada para comer o beber.

Wolfgang Kneese: Zarzamoras, al fin y al cabo. Recién de noche me atreví a ir hacia la carretera, pero tendiéndome siempre como un indio sobre la tierra, para escuchar, pues mis perseguidores venían en jeeps sin luces. En un puente que yo tenía que cruzar ya habían colocado un piquete. Yo me escurrí para dormir en el bosque, me cubrí con ramas y recé: ¡Dios, si es tu voluntad, ayúdame! Después pasé de largo ante el piquete, y antes de que pudieran echar a correr, me abalancé por encima del parapeto y corrí y corrí…

DIE ZEIT: ¿Quién fue el primero que lo ayudó?

Wolfgang Kneese: Unos campesinos pobres en una cantina de pueblo, varias millas adelante. Allí me metí a hurtadillas la siguiente noche, todavía sangrando por las espinas. ¡Los chilenos me miraban como si fuera una aparición! Y entonces juntaron dinero, me vistieron con otras prendas y me metieron en el baúl de un coche de un taxista amigo, el cual me llevó pasando el piquete de la Colonia hasta una diminuta estación de tren. Allí alguien me regaló las monedas que faltaban para un boleto a Santiago. Desde entonces siempre ayudo, cuando alguien me lo suplica. ¿Quién sabe? En todo caso, llegué a Santiago, y la embajada alemana me ocultó en una asilo de ancianos. Cuando los perseguidores de la Colonia descubrieron esto y se acercaron, yo ya había desencadenado una avalancha de prensa, y la policía chilena me protegió, liándose a golpes con los colonos en plena calle. Eso también salió en el periódico.

DIE ZEIT: Pero aparentemente no le sirvió de nada, pues después usted tuvo que huir incluso a pie a través de una cresta de los Andes hacia Argentina.

Wolfgang Kneese: Eso acaeció, porque yo no tenía pasaporte. Y porque Schäfer envió a dos de sus hombres para declarar en contra de mí. Uno de ellos fue el posteriormente infame Hartmut Hopp, contra el cual hay actualmente una orden de detención y el cual me escribió hace años una carta de disculpas. Pero en ese entonces, 1966, prestaron juramento falso ante el juzgado, diciendo que yo era un ladrón de caballos y un homosexual. Asimismo se inició un proceso en la ciudad de Parral, controlada por la Colonia. El director de la cárcel, sin embargo, me creyó…

DIE ZEIT: ¿Estuvo usted en la cárcel?

Wolfgang Kneese: En prisión preventiva. Pero yo era más libre que en la Colonia. Todos los días venían debido al alboroto de prensa simpatizantes, muchachas chilenas, incluso la ZDF [Zweites Deutsches Fernsehen, canal de televisión pública de Alemania]. Pero después fuimos advertidos de que no iba a haber un fallo justo, porque el juez habría sido sobornado, y yo sólo tenía un defensor de oficio barato… cuando salí libre bajo fianza, hui hacia Argentina. Suena aventurero, pero fue con riesgo de mi propia vida. Por cierto, las mantas de llama que llevé conmigo están actualmente en nuestro coche.

DIE ZEIT: ¿Y su madre?

Wolfgang Kneese: Antes de que yo despareciera de Chile, la policía pudo liberarla de la Colonia en base a mis declaraciones. (guarda silencio) Cuando la volví a ver, estaba tan maltrecha, confundida, tenía cabellos blancos como la nieve, que pensé que morir hubiera sido más misericordioso. (guarda silencio, llora) Normalmente hubiera evitado el tema. Duele tanto. Tú piensas que ya has cerrado el acto, y luego a los 70 años lloras como una magdalena.

DIE ZEIT: ¿Pudo hacer algo por su madre?

Wolfgang Kneese: Si ese día hubiera tenido un arma, hubiera arrasado con la Colonia. El aspecto de mi madre mantuvo en marcha el motor de mi odio durante todas estas décadas, hasta que Schäfer fue encontrado en Argentina. Eso lo logramos con la ayuda de un joven, brillante y maravilloso abogado llamado Hernán Fernández. ¡Un día quisiera levantarle un monumento! Y a través del trabajo de un equipo de cámara chileno, que durante un año se ocupó del caso. Yo asesoré a los periodistas y a Hernán, al cual apoyamos desde hace años con dinero, como también a los niños chilenos afectados, cuyos padres presentaron una denuncia. Eso fue posible sólo a través de donaciones del mecenas hamburgués Jan Philipp Reemtsma. Gracias a él fundamos una asociación sin fines de lucro. Sin él todos los planes habrían fracasado debido a falta de dinero.

DIE ZEIT: Frau Kneese, ¿recuerda todavía cuando fue arrestado Schäfer?

Heike Kneese: ¡Fue un momento maravilloso e indescriptible! Qué pena que no lo pudimos vivir juntos. Wolfgang se encontraba en ese momento de camino a Chile. Yo lloré, y nuestro teléfono sonaba como loco.

DIE ZEIT: ¿Qué fue lo más difícil para ustedes dos?

Heike Kneese: Yo hubiera querido a veces que ambos andáramos más despreocupados.

Wolfgang Kneese: Más tiempo de a dos.

Heike Kneese: Quizás podamos en algún momento poner punto final a todo. O por lo menos un punto.

Wolfgang Kneese: Nuestro abogado dice que hemos logrado mucho, pero aun así estamos todavía al principio.

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DETRÁS DE LA HISTORIA
Recién a través de Wolfgang Kneese supieron por primera vez la política y la opinión pública lo que era la Colonia Dignidad en Chile desde 1961: no una sociedad benefactora, sino una secta en la que se violaba, golpeaba e incluso se mataba. Desde su fuga en 1966 Kneese realiza labor de esclarecimento al respecto. Su archivo de prensa incluye miles de artículos. En 1982 conoció a Heike Kneese en la editorial hamburguesa Gruner + Jahr. La pareja inició la comunidad de emergencia y de intereses de los afectados por la Colonia Dignidad y le encargó a Norbert Blüm que suspendiera los pagos en blanco por jubilación a los miembros. En 1996 Wolfgang Kneese repitió en Chile sus declaraciones sobre el jefe de la secta Paul Schäfer, dado que los antiguos expedientes habían desaparecido. Desde entonces los Kneese apoyan al abogado Hernán Fernández, el cual demandó con éxito a Paul Schäfer en nombre de niños chilenos violados. Fernández logró la condena del principal victimario y lo localizó en Argentina. Desde 2015 Heike Kneese trabaja como secretaria de redacción en DIE ZEIT. Por primera vez, ella y su esposo cuentan los antecedentes personales de su lucha.

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(Traducción al español: Martin Scheuch)

Artículo original en DIE ZEIT
Der Zeuge (25. Februar 2016)
http://www.zeit.de/2016/10/colonia-dignidad-interview-wolfgang-kneese