EL SODALICIO AL DESNUDO: REFLEXIÓN CRÍTICA DESDE ADENTRO

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César Oga, ex-sodálite peruano

El presente artículo fue publicado el 2 de mayo de 2017 en Altavoz con el título de SODALICIO: Publican revelador texto de exsodálite cuando aún estaba dentro del Sodalicio. Por motivos de formato periodístico, el texto fue abreviado sin eliminar nada esencial. Para quien tenga interés y paciencia, pongo aquí el texto completo a disposición de los lectores. Agradezco al equipo de Altavoz, en especial a Ariana Lira, por el interés que están poniendo en seguir ventilando el tema aún no resuelto del Sodalicio de Vida Cristiana.

El 10 de noviembre de 2015, a poco de estallar el escándalo del Sodalicio a fines de octubre del mismo año, me llegó un e-mail de una persona a la cual yo no conocía. Se trataba de César Oga, sodálite peruano residente en Colombia, entonces rector del Colegio San José en Cajicá, al norte de Bogotá. Allí me decía lo siguiente:

«Martín, he venido siguiendo desde hace mucho tu blog. Sigo siendo sodálite consagrado y creo firmemente que existen dramáticos vicios en el sistema sodálite. Quiero mandarte un escrito sobre críticas que ya venía expresando a mis autoridades varios años atrás. Ciertamente este escrito lo hice y lo envié al Consejo superior antes que suceda la actual catástrofe. Te lo envío solamente por si en algo alimenta tus reflexiones, al ser un testimonio de alguien que está adentro. Creo en tu crítica honesta y creo, además, que hay que criticar mucho desde fuera para ayudar a salvar la institución. Te pido eso sí discreción, no cites textualmente mi escrito ya que, como te dije, es de conocimiento del Consejo Superior y algún otro hermano. Por lo pronto, quiero manejar una prudencia. He visto también que mantienes los principios éticos de confidencialidad.»

El texto en cuestión, fechado el 6 de marzo de 2015, era un extenso y brillante análisis de las deficiencias y carencias del sistema sodálite, sin mención alguna a abusos de tipo sexual, pero con una descripción acertada de las condiciones y supuestos que permitieron que se cometieran abusos psicológicos y físicos, que —como ya se sabe— culminarían en algunos casos en abusos sexuales.

El comentario que le envié ese mismo día a César fue el siguiente:

«Desde hace años he venido insistiendo en que las ovejas negras que aparecían en la comunidad sodálite no eran casos aislados, sino síntomas de un sistema que tenía que ser sometido a análisis y autocrítica. Veo que en tu escrito haces precisamente eso que yo he estado indicando desde hace años. Y lo haces de manera estructurada, resumiendo de la mejor manera algunas intuiciones que yo he puesto en mis escritos, además de añadir otras más que son cosecha personal tuya.

Mi hermano Erwin y otra personas me han insistido continuamente en que el Sodalicio había cambiado y, por lo tanto, mis análisis eran injustos y faltos de caridad. Pero nunca se me dio detalles sobre en qué habían consistido los cambios. Y el feedback que yo recibía me hacía recordar los mismos vicios de siempre. Según leo en tu escrito, los problemas medulares han permanecido y los cambios parecen haberse limitado a aspectos cosméticos. Me queda claro que respondían a una buena intención, pero han sido del todo insuficientes.

Quiero recalcar lo que señalas sobre el aislamiento de la realidad. Te lo puedo poner con un ejemplo. Nunca escucharás de boca de un sodálite que los Beatles y Pink Floyd constituyan un aporte sustancial a la cultura musical de todos los tiempos. O que las películas de Federico Fellini, Luis Buñuel y David Lynch sean importantes para comprender la problemática del hombre de nuestros tiempos, incluso en su aspecto religioso. Ser a la vez teólogo y un amante del cine de Fellini y Buñuel, como lo era el P. Francesco Interdonato SJ —que fue profesor mío en la Facultad de Teología— es algo impensable en un sodálite. Y algo similar se puede decir decir de muchos campos de la cultura. En los temas de doctrina social, historia, arte en general, sexualidad, etc., etc., el Sodalicio se ha dedicado a repetir fórmulas propias de una ideología, en vez de confrontarse con la realidad en todos sus matices.

Sobre la inseguridad de Luis Fernando, no sé sí sabes de su miedo obsesivo a las enfermedades, hasta el punto de que alguien fue testigo de que desinfectaba con pañitos de alcohol toda manija o picaporte de puerta que tuviera que tocar con sus manos. Yo recuerdo que bastaba con que un sólo miembro de la comunidad estuviera resfriado para que cancelara una visita planeada. Y algo que le molestó mucho fue que la línea del arte en la palma de mi mano fuera más larga que en la suya.

En fin, el texto es sumamente interesante, como para leerlo varias veces. Es una lástima que no se pueda publicar ahora. Ten por seguro que lo guardaré en secreto, así como tengo otras comunicaciones más que no estoy autorizado a revelar.»

César Oga ya no es sodálite. Ni tampoco rector del colegio sodálite San José. Como ocurre con muchos miembros del Sodalicio que asumen una posición crítica —aunque ésta sea constructiva y formulada con las mejores intenciones—, las autoridades sodálites los invitan a poner las barbas en remojo y a efectuar una revisión de vida —o discernimiento, como lo llaman— para impulsarlos a encontrar en sí mismos y en sus problemas personales —reales o ficticios— la causa de sus dudas y su espíritu crítico. César no fue la excepción a la regla.

Ahora que ya tiene su vida bien encaminada fuera del Sodalicio, César me ha autorizado a publicar sus reflexiones, a fin de que quede constancia de los serios problemas que él vio en la institución y que —en su opinión— aún podrían solucionarse si se toman medidas drásticas correspondientes. Pero para eso, debe haber la voluntad de hacerlo. No vemos que la haya, pero —como siempre he sostenido— nunca es demasiado tarde para hacer lo correcto.

A continuación, ponemos a disposición el texto redactado por César Oga cuando todavía era sodálite. Por razones confidenciales, se ha omitido los nombres de algunas personas. Nos hallamos ante un documento importante, que amerita ser leído varias veces y que constituye una radiografía certera de la seria problemática que aún aqueja a la institución.

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6 de marzo de 2015

PERCEPCIONES DE UNA ERRADA CULTURA COMUNITARIA SODÁLITE

Autor: César Martín Oga Miranda

Antes de desarrollar mi percepción sobre aspectos de la vida y cultura interna de la comunidad es importante aclarar que la descripción que se realiza en este escrito se ubica en los años en los que Luis Fernando [Figari] fue Superior general y luego Eduardo [Regal] como continuador de sus políticas. La intención es poner en discusión percepciones y reflexiones personales de elementos de esta etapa de nuestra comunidad para llamar la atención de aquellos aspectos negativos que puedan estar vigentes en la cultura de la comunidad.

La base de este análisis parte del principio de que una obra es reflejo de su autor. En este orden de ideas el Sodalicio es una organización que en su etapa fundacional se ha fundamentado en un liderazgo único y absoluto de su fundador Luis Fernando. Esta personalidad estuvo acompañada de un colaborador incondicional que fue Germán Doig. Germán fue una especie de traductor e intérprete de las intuiciones de Luis Fernando. Su trabajo conjunto fue cerrado, no hubo una persona relevante que haya sido influyente en esta co-dirección.

Esto es más relevante aún por la cantidad de años que estuvo Luis Fernando a cargo del Sodalicio directamente, e indirectamente durante el gobierno de Eduardo Regal. Esta influencia se prolonga desde la fundación del Sodalicio (´71) hasta el 2013 cuando es elegido Sandro [Moroni] como nuevo Superior General. Por lo tanto se trata de una influencia prolongada que marcará la configuración del Sodalicio tanto en aspectos formales como en la cultura interna.

Luis Fernando va a proyectar su comprensión de la fe en la institución. Y esa comprensión y su posterior conceptualización van a configurar lo que hemos entendido como espiritualidad. Pero la figura de Luis Fernando en la institución va a desbordar dicha plasmación conceptual. Irá más allá. El día a día de la comunidad, como en cualquier realidad social, va a estar entretejida por relaciones humanas, sistemas de valor, comprensiones de la realidad y juicios que se desarrollarán en el gobierno de la comunidad y que, a la vez, irán configurando la cultura sodálite: ese ámbito intangible que constituye el “mundo” que influenciará la vida del sodálite.

Es por ello, que más allá de los aspectos formales y doctrinales que Luis Fernando establecerá como principios de la comunidad, su carácter y personalidad permearán la estructura de toda la comunidad y sobre todo, lo que vengo llamando, la cultura interna.

Este principio mencionado, de la influencia de Luis Fernando en la comunidad, tal vez tiene un par de consideraciones. La primera se refiere a la naturaleza misma del carácter de Luis Fernando. Su influencia no será como la de cualquier líder en su entorno. Una de las primeras características de su persona siempre fue su carácter fuerte, vehemente, impositiva y radical. Su palabra era incuestionable. Por lo menos para la generalidad de los sodálites. Esta inflexibilidad en su personalidad es una expresión de un aspecto más profundo y caracterológico: la auto-referencia a sí mismo. Pienso que este elemento se convertirá en una fuerte característica de la comunidad general: una institución auto-referente con, incluso, connotaciones mesiánicas.

Él es la personificación de una organización que se ha experimentado, por muchos años, como una espiritualidad con una exclusividad por encima de otras en la Iglesia. No son pocas las veces que he escuchado a Luis Fernando hablar de la espiritualidad sodálite como la decisiva en esta etapa de la historia de la Iglesia.

Un elemento que ha influenciado a esta especie de exclusividad de la espiritualidad sodálite es que la hemos considerado como una espiritualidad integral, no limitada a un aspecto de la realidad. Por ejemplo, nuestra visión de la fe. En nuestra espiritualidad le hemos añadido a la fe el adjetivo de “integral”. La espiritualidad sodálite tiene como característica la fe integral a diferencia de otras espiritualidades que enfatizan tan sólo alguna de sus dimensiones. Y precisamente por ello nuestro carisma, supuestamente, goza de una especial capacidad crítica de la realidad. Como resultado de esto nuestra posición para criticar la realidad es más completa y objetiva. A partir de allí creernos la medida de las cosas es un error en el que es fácil caer.

La segunda consideración sobre la influencia de la personalidad de Luis Fernando es que la comunidad por muchos años jamás cuestionó las actitudes y personalidad del Fundador. Todo lo contrario, incluso en aquellas cosas difíciles de aceptar por no ser razonables se le atribuía una especie de intuición sobrenatural propia de una persona iluminada por el Espíritu Santo.

Luis Fernando ha expresado por diversas conductas una personalidad egocéntrica, impositiva y caprichosa que podía llegar a atropellar la dignidad de las personas y era justificada por un falso concepto de celo por el Evangelio. Todo aquello que se interfiriera en su camino era considerado como un obstáculo para el desarrollo del Plan de Dios del cual él era un elegido para llevar a cabo.

PERSONALIDAD INSEGURA

Sin embargo, la contraparte de esta personalidad tan imponente era una inseguridad muy profunda frente a la realidad. Incluso diría que esto podría reflejar algunos rasgos de un escrúpulo espiritual. En este sentido puedo citar una frase que me dijera el padre Jaime [Baertl] acerca de Luis Fernando: “es la persona más insegura que he conocido en mi vida”. Sacando la exageración que pudiese tener por el momento coloquial de la conversación, definitivamente pienso que expresa un aspecto significativo de esta realidad.

Luis Fernando, creo yo, reflejó esta inseguridad de su personalidad en el estilo de vida que llevó. Fue un personaje que en la mayor parte de su vida, como fundador de la familia sodálite, vivió un estilo de vida ermitaño. Eran pocas las veces que él se exponía socialmente y cuando lo hacía, estas situaciones se desarrollaban en ámbitos controlados. Para ello se desplegaba una supervisión minuciosa de dichos espacios o situaciones. Luis Fernando repasaba los detalles de las situaciones en las que se iba a exponer. A eso se le llamó reverencia. A mi parecer esa atención escrupulosa a los detalles que podían ser factores “fuera de control” refleja algo de una tendencia obsesiva e insegura a la realidad.

Estos espacios controlados tenían como fin poner las condiciones para que Luis Fernando pudiese presentarse como el centro único de ese momento, para que pudiese ser escuchado con reverencia por un público dócil y que no cuestionase ninguna de sus palabras. Recuerdo que en alguna charla en donde era importunado por una pregunta que no fuese de su agrado la persona era avasallada por una reacción irascible y descalificadora de su parte.

Las personas no podían contradecirlo. Ni siquiera a modo de suscitar una sana discusión constructiva. Recuerdo una vez que hice un aporte luego de una charla que nos dio a unos superiores. Si bien mi comentario no fue, para nada, una crítica a sus ideas tampoco estuvo en sintonía con el ánimo de lo que él había expresado. Como respuesta me dijo que me pusiera un cuaderno frente a los ojos para tapar mi vista. Y me dijo que esa era mi comprensión de las cosas: “ciega”.

Por otro lado, su horario de vida cotidiana invertido me parece que refleja una especie de lejanía de la vida social convencional. Para llegar a él había que pasar por el control de sus asistentes y en los lugares públicos siempre tenía un séquito de personas que estaba pendiente de su seguridad. Luis Fernando siempre estaba rodeado de protocolos: su llegada a lugares públicos, las citas con él, las ceremonias litúrgicas, las reuniones en las comunidades, etc. Los excesivos protocolos son, muchas veces, maneras de evitar que las cosas tomen rumbos indeseados e inseguros.

PROTAGONISMO SODÁLITE

Este egocentrismo y auto-referencia de Luis Fernando, me parece, ha influenciado en el perfil de los sodálites en general. El protagonismo tan afianzado de los sodálites en medio de la familia espiritual me parece que es una expresión de ello. No son pocos los lugares en donde el Movimiento [de Vida Cristiana] ha tenido una sodálite-dependencia. Incluso han existido figuras caudillistas en medio del MVC como una especie de líderes religiosos en medio de la masa. En mi opinión personal los sodálites, como rasgo general, expresan un cierto deseo de protagonismo. No me parece descabellado pensarlo cuando antiguamente había un cierto imaginario acerca de los sodálites como personas “especiales”. Hasta hoy en día escucho el famoso calificativo “buena voz” para aquellos que consideramos podrían tener una vocación a la vida consagrada. Si los llamados a la vida consagrada somos los “buena voz”, los “patas bacanes”, entonces es obvio que pensemos que tenemos algo especial del común de personas. El deseo de reconocimiento o protagonismo sería consecuencia natural de ello. Alguna vez una persona adulta, que no carece de agudeza, me definió el MVC en Bogotá como una corte de aduladores de los sodálites. Sacando los filtros personales creo que algo de la realidad refleja esta expresión y algo de esto puede haber en otros lugares.

Yo me pregunto: de verdad, objetivamente, tenemos algo que nos hace especiales en medio de la familia espiritual y por eso hemos ocupado en justicia ese lugar; o nosotros hemos generado conductas y actitudes para colocarnos allí. Evidentemente, para mí, lo que ha sucedido es la segunda opción.

Pero asumir este centralismo y protagonismo no es fácil para personalidades comunes y corrientes como son la mayoría de sodálites. Y es que la gran mayoría de nosotros no somos nada cercanos a esa personalidad especial que está en nuestro imaginario inconsciente. Para poder tener este protagonismo, pienso que hemos desarrollado mecanismos análogos a los usados por Luis Fernando. Es decir: crear un entorno para posicionarnos en ese lugar de reconocimiento. En el caso de la generalidad al no contar con un séquito de personas y recursos como los de Luis Fernando que propiciaran este entorno, lo hemos hecho por nuestros propios medios con actitudes, formas y mecanismos de defensa para ser cercanos a la gente pero a la vez lejanos y así no se percaten de nuestros defectos. Hemos buscado tener el control de las cosas y nos hemos presentado como los intérpretes legítimos de la espiritualidad.

Como consecuencia de esta aproximación no natural a la realidad se ha generado más bien una torpeza para relacionarnos con ella. Expresión de ello es la rigidez con la que nos perciben algunas personas. Adicionalmente, ejemplo de estas maneras “cercanas-lejanas”, es que las personas de la familia espiritual les ha sido difícil, históricamente, criticarnos o cuestionar nuestras acciones.

Hace muy poco un agrupado me comentaba que para él la típica propuesta de un sodálite para conversar es una especie de cuestionario que busca hurgar en la otra persona y casi nunca hay una exposición del sodálite. Cuando lo hay, es más una apertura controlada que busca una respuesta del interlocutor.

Debo precisar que esto no se aplica a todos y cada uno de los sodálites sino que se trata de una generalidad pero que vale la pena considerar también como cultural.

LA AUTORIDAD

Una de las muchas inseguridades de Luis Fernando como fundador y superior general ha sido que la comunidad no funcione como un cuerpo sólido y sin fisuras. La unidad ha sido una aspiración de la comunidad como lo expresa las mismas Constituciones: unidad de ideales, de vida, de pensamiento, de oración; y podríamos añadir varios aspectos más no explicitados en este documento. Para lograr esta cohesión comunitaria me parece que Luis Fernando organizó un sistema basado en una autoridad fuerte y una obediencia irrestricta en todo.

La formación sodálite ha enfatizado una obediencia fundamentada en sí misma, sin otra razón que la misma obediencia. En el documento Huellas, se habla del valor en sí de la obediencia desde el punto de vista antropológico y cristológico. Por lo tanto, aquel que obedece, ya de por sí, opta por un camino de crecimiento humano. Un recurrente principio en la comunidad, aunque no escrito en un documento, ha sido “el que obedece nunca se equivoca”. Si bien se critica la obediencia ciega de la espiritualidad jesuita, con otras prácticas se ha llevado a que los sodálites obedezcan sin cuestionar a la autoridad. Antes el superior se entendía como la voz de Dios per se, sólo por haber recibido esa responsabilidad. Pienso que si bien para la mayoría de sodálites no se podía asumir racionalmente que el superior era siempre la voz de Dios, también se defendió el principio de que era un bien mayor obedecer antes que cuestionar la autoridad.

Una práctica formativa que se usaba en las experiencias comunitarias y en el centro de formación, aunque ya se ha moderado, eran las famosas dinámicas de la obediencia “irracional”. Eran prácticas para obedecer sin preguntar, sin pedir razones, especialmente de órdenes extremas y hasta absurdas. Una dinámica emblemática era la de comer ese revoltijo vomitivo de “comida” en las experiencias comunitarias. La irracionalidad de la orden era el sentido formativo de esta dinámica. Creo que hasta hace poco en San Bartolo esta práctica se llevaba a cabo en un semana llamada, eufemísticamente, semana del amor. ¿Acaso con eso no nos estaban formando para obedecer en toda circunstancia y sin pedir razones?

La autoridad era pues ejercida bajo una premisa de inseguridad: la inseguridad de la división comunitaria y la infidelidad. Una expresión de esto era también que años atrás el retenimiento de los miembros a la organización para que no se desvincularan era exagerada. Se evitaba a toda costa la salida de cualquier integrante. En varios casos, a pesar de haber manifestado un deseo honesto de salida, el sodálite era casi forzado a pasar por procesos indefinidos y prolongados para evitar aquello que era una mal en sí: la desvinculación de la comunidad. Se dieron casos dramáticos de personas no idóneas para la vida consagrada o personas que habían cometido faltas graves que, lógicamente, debían salir de comunidad y por el contrario se forzó una permanencia que terminaba siendo traumática y dolorosa. Hay varios casos que atestiguan esta lógica.

Podría decir que en el plano práctico y como un sistema de valor inconsciente de la comunidad había una equivocada inversión en la jerarquía de valores: el valor de la autoridad estaba por encima de la conciencia moral individual. Cuando, definitivamente, la conciencia moral nunca debe ser conculcada bajo ningún argumento. Es lo más sagrado de la persona humana; y la congruencia de la conciencia con la obediencia externa es un ámbito que no se puede forzar ni siquiera en nombre de Dios.

Finalmente quiero afirmar que en ningún ámbito social existe una autoridad sin límites. La autoridad sin límites se convierte en autoritarismo y puede llegar a la tiranía. En mi concepto varias acciones de Luis Fernando han rayado en actos tiránicos. Además este esquema de autoridad ha llevado, y tengo ejemplos de ello, a que los caprichos y limitaciones del superior de turno se filtren en decisiones que han afectado la vida y bienestar de los hermanos. Pienso que no se ha reflexionado y establecido con claridad los límites de la autoridad. Todo lo contrario se ha dilatado sus alcances hasta llegar a campos absurdos ya que son propios de la opinión y de las opciones personales. El respeto de Dios a la libertad humana debe iluminar este aspecto de la reflexión.

ANTROPOLOGÍA NEGATIVA

Un aspecto con el que se ejerció la autoridad en el Sodalicio fue la aproximación negativa a la persona. En la práctica las autoridades manifestaban, sin querer, que lo más patente de la persona era la posibilidad de su infidelidad. Esta aproximación ha sido una clara influencia directa de Luis Fernando a quien cada salida de un hermano le generaba una frustración que enfatizaba más esta aproximación.

Creo que esta aproximación negativa a la persona estaba representada de manera patente en la valoración de Luis Fernando de la sexualidad en el sodálite. Este me parece un tema complejo a tratar pero sólo puedo decir que había en Luis Fernando una recurrencia distorsionada en los temas de la sexualidad o de la homosexualidad manifestada en bromas y comentarios de doble sentido.

Por otro lado, la aproximación valorativa de la mujer en el Sodalicio siempre me ha parecido “medievalesca”. Ejemplo de esto es que en el argot sodálite a las mujeres comúnmente se les llamaba la “mostra”. También cualquier relación de un sodálite con una mujer era considerada sospechosa de plano. Un testimonio que tengo a mi alcance es que para Eduardo Regal los sodálites, como ideal, no debían dar consejería a mujeres. Incluso llegó a decirle a un sacerdote sodálite que los sacerdotes tampoco debían hacerlo.

Una persona cercana a Luis Fernando alguna vez me compartió que la disposición de que ningún sodálite estuviera solo, sino acompañado por alguien, tenía de fondo el temor a una infidelidad en el plano sexual. Para Luis Fernando esta compañía debía darse en todos los casos y sin ninguna excepción. Si no se llegó a aplicar esta norma de manera radical fue por la inviabilidad práctica de esta. Pero en la comunidad en donde él vivía esta medida sí se aplicaba hasta extremos antinaturales y difíciles de entender en la sociedad actual.

Yo mismo puedo dar testimonio que hace tan solo un par de meses se me presentó una excelente oportunidad de crecimiento profesional y personal realizando un viaje de seis semanas a Inglaterra, la cual se me negó, por medio de mi autoridad, por la sospecha de que fuera una causa de desvinculación. Cuando esta oportunidad tuve que ofrecérsela a otra persona, una mujer casada con tres hijos, se alegró enormemente por lo que significaba para ella, o para cualquier persona. Cuando le pregunté si tenía que preguntarle a su marido, en ese momento, ella me respondió con naturalidad que él entendería perfectamente y hasta se alegraría mucho. Lo que yo me pregunto es, por qué algo tan bueno en sí mismo y que lo es para una persona con responsabilidades familiares, o para cualquier persona común y corriente, no lo es para un consagrado.

Finalmente, creo, que un factor que ha influenciado en estos esquemas de desconfianza es la influencia de la idiosincrasia limeña marcada por un complejo social, que ve en el otro alguien que quiere sacar provecho subrepticiamente de los demás.

CONTROLISMO

Como esta visión desde la patología humana, evidentemente, implicaba un riesgo latente para la unidad de la comunidad, para evitar cualquier riesgo de infidelidad se creó una cultura controlista desde la autoridad. Para fundamentar esta autoridad se desarrolló una justificación de corte religioso en la línea de: el superior es la voz de Dios y el sodálite obedece en todo a semejanza de Cristo. Obviamente la falacia estaba en ese “todo” aplicado hacia una autoridad humana. Y para evitar cualquier posible rebeldía o engaño por parte del que obedece entonces se ejerció, lo que he llamado, un controlismo como cultura de gobierno. En la época más rancia se llegó a controlar la correspondencia de los sodálites o intervenir sus computadores. El sodálite debía estar bajo la supervisión detallada de la autoridad y no debía tener ámbitos personales que no estuvieran contemplados por ella. Esto generó una cultura en donde no había un límite claro entre el fuero interno y el control del superior. Si bien alguien con formación o una personalidad fuerte, podía cuestionar alguna intromisión de su superior, hay que tomar en cuenta que muchos sodálites jóvenes o sin criterio aceptaban sin mayor protesta y hasta con “generosidad” estos excesos.

Pienso que esta aproximación ha generado muchas anomalías en el desarrollo de la personalidad, afectividad y conciencia moral de sodálites. Incluso lo percibo como un marco que ha propiciado desviaciones en las conductas y consiguientemente caídas en contra de la propia vocación. Existe un principio en la educación humana que consiste en “tratar a la persona como quieres que ésta sea”. Este principio, evidentemente, está mediado por la dosificación de los espacios de autonomía de la persona. Pero prima la confianza en ella y su capacidad y deseo natural de hacer el bien, y que es más fuerte que su tendencia al mal. Creo que este principio no ha sido el más notorio en la pedagogía y en el gobierno del Sodalicio.

Aquí quisiera dar una apreciación personal. Creo que este controlismo también ha generado una estructura paternalista que castra la personalidad de los sodálites. Son muy pocos los sodálites que para mí expresan una personalidad de arrojo y diálogo intrépido con la cultura contemporánea. El controlismo es un entorpecimiento a la capacidad de iniciativa y audacia que pudiese haber en algunos; antes, a veces, la mata planteando, siempre, una suspicaz pregunta de: ¿no será que esto puede terminar siendo perjudicial? Entendiendo perjudicial como mundano o antievangélico. Mi limitación para hacer un viaje de crecimiento profesional a Inglaterra para un mejor servicio apostólico lo guardo como un ejemplo de ello.

Veo, hoy en día, la estructura comunitaria sodálite como un sistema proteccionista para personas que tienen miedo al mundo porque se los puede “comer”. Muy lejano está la imagen de ser punta de lanza en la cultura para transformarla en sus raíces, ideal con el que nos formaron de jóvenes.

En otros términos plantearía la siguiente pregunta, ¿hoy como comunidad podemos decir que una de nuestras características es estar en las periferias culturales, si salir unos “metros” fuera de la protección de la comunidad ya es motivo de inseguridad y sospecha?

ESTILO SODÁLITE

Un concepto que favoreció el controlismo en el Sodalicio fue el del estilo. Estilo en la definición de la comunidad era “el modo de vivir la espiritualidad”. Era la expresión vital de la espiritualidad sodálite. Como tal reflejaba lo esencial de la vocación y por lo tanto debía expresarse en todas las dimensiones de la vida. Por ello, el estilo abarcaba la totalidad de la persona.

He podido constatar en mi vida comunitaria que estilo sodálite podía abarcar desde una melodía de música, gustos en decoración, el estilo literario, la comida, la arquitectura, las lecturas, las películas, las maneras de expresarse, formas de hablar, sentimientos que podían producirte las cosas, en detalles minuciosos de la ropa: zapatos, pantalones, camisas, abrigos, lentes, etc.

El estilo como expresión de la vocación se expresaba en todo. Y así se caía en una visión absolutista que a la vez era formalista y rígida. Sin que se percatara de ello el estilo adquiría connotaciones culturales peruanas y connotaciones conservadoras provenientes de los sodálites que legislaron los distintos aspectos de este estilo en la historia del Sodalicio. Evidentemente por las razones antes expresadas los gustos de Luis Fernando configurarán algunos rasgos del estilo sodálite. Hoy por hoy me pregunto por qué y en qué momento un modelo de zapatos marca Clarcks se convirtieron en un criterio objetivo de nuestro estilo.

Otro criterio, relacionado al estilo, que se estableció en el imaginario sodálite fue el expresado en la pedagogía del silencio: la educación de afuera hacia dentro. Ello terminó siendo un criterio para darle un gran peso a los aspectos externos del estilo y una manera de juzgar, por medio de ellos, la intencionalidad y la conciencia de las personas. Así, algún aspecto que no estuviera dentro de los cánones del estilo podía reflejar un espíritu de mundanidad y hasta infidelidad evangélica.

Pero no es por eso que se convirtió en un criterio controlista, sino porque al ser un criterio para medir la unidad sodálite y una línea de fidelidad, entonces el superior era el legislador último del estilo. Recuerdo que en varias reuniones de superiores se hablaba de que el superior era el “custodio del estilo”. De hecho la reunión de superiores de 2005 tuvo esa idea como lema: “el superior, custodio del estilo”. Bajo esa ecuación los aspectos más insignificantes de la vida del sodálite quedaban sometidos al juicio del superior, juicio que podía llegar hasta el fondo de la conciencia personal.

Esta concepción rígida y exteriorista del estilo también ha contribuido a que los sodálites sean percibidos como personas hechas con el mismo molde. Al final de cuentas creo que si bien eso puede contribuir a una imagen de solidez institucional, creo que a la larga nos aleja de las personas y nos hace ver como gente ajena a sus vidas.

Lo más paradójico es que mientras en nuestras Pautas se habla de no caer en la uniformidad se ha establecido, en la cultura interna, un criterio de fidelidad en aspectos ridículos de formas.

COSMOVISIÓN DE LA REALIDAD

Al final de cuentas, la visión integral de la fe, el estilo propio y una aproximación a la realidad acuñada como sodálite han creado toda una cosmovisión intelectual en el Sodalicio. El Sodalicio se enorgullecía de tener una antropología “propia” que incluso se definía como integral.

Todo esto ha constituido un gran cuerpo doctrinal en donde el sodálite se tenía que “mover” intelectualmente. Era tan preciso este cuerpo que gozaba de su propia terminología para ser nombrado. Incluso se reinventaba los conceptos porque gozábamos de la aproximación correcta a la realidad. Entre algunos conceptos redefinidos están: Voluntad de Dios por Plan de Dios, Nuestro Dios por Dios Amor, Doctrina Social por Enseñanza Social, Esclava por Sierva, Jesucristo por Señor Jesús, Redención por Reconciliación, etc.

Eran tan evidente la estructuración de nuestra mente en este paradigma que la forma de expresarnos en los conceptos, las palabras, la aproximación era un molde para casi todos los sodálites. El escrito o producción literaria de un sodálite es difícil reconocerla con un sello personal. Y es que por lo general se sigue un patrón definido que condiciona el pensamiento particular.

Este cuerpo doctrinal tan universal, definido y sólido, así como esa auto-referencia institucional, ya descrita, ha propiciado un rasgo espiritual institucional tanto sutil como peligroso. Es un riesgo en toda la historia humana y religiosa que describe con agudeza Guardini y que prefiero transcribir:

«Desde el momento que existe una conciencia creyente que conoce la pura doctrina, y una autoridad que se encarga de defenderla, surge el peligro de la “ortodoxia”, esa mentalidad que cree que conservar la recta doctrina es ya la salvación, pero que en virtud de la pureza de la doctrina, atenta contra la dignidad de la conciencia. Desde el momento en que se instituye una regla de salvación, un culto y un ordenamiento comunitario, surge el peligro de pensar que su realización exacta es ya la santidad a los ojos de Dios. Desde el momento en que existe una jerarquía de las funciones y de los poderes, de la tradición y del derecho, surge el peligro de ver ya el reino de Dios en la autoridad y en la obediencia mismas. Tan pronto como en lo sagrado se establecen normas y se distingue entre correcto e incorrecto, amenaza el peligro de coartar desde allí la libertad de Dios y de enmarcar como en derechos lo que viene exclusivamente de su gracia… Por muy noble que sea un pensamiento, tan pronto como penetra en el corazón humano genera en él contradicción, mentira y maldad. Esto es lo que ocurre también con lo que viene de Dios.»

Pienso que las palabras de Guardini expresan rasgos de nuestra fisonomía espiritual como comunidad. Las posibles consecuencias no me atrevo a expresarlas por temor a convertirme en lo que él mismo advierte, que es el peligro del fariseísmo. Pero pienso que el condicionamiento doctrinal sodálite, nuestra “cosmovisión” cerrada, puede llegar a influenciar lo más profundo de nuestra conciencia moral. Yo lo he descubierto en mí y creo que no es fácil desarraigarse de estas visiones que comprometen la misma vida espiritual. Obviamente que en ello influye, en primer lugar, mis propias características personales, pero habernos creído en algún momento “la respuesta” ¿no tiene influencia en otros aspectos más sutiles en nuestra vida comunitaria y personal?

Creo que como comunidad hemos juzgado lo correcto e incorrecto, hemos llamado traidor al que se ha ido, hemos establecido la obediencia como el más alto valor para juzgar a las personas, hemos creído como comunidad que tenemos la verdad indiscutible en diversos debates, hemos determinado quién tiene vocación y quién no, hemos inventado la famosa categoría de “buen pata”, hemos ideologizado el concepto de lo “mundano”, hemos caído en proselitismos y creado mecanismos de convencimiento, etc.

Por otro lado, debemos preguntarnos qué tanto podemos percibir la realidad con toda su riqueza pensando desde dentro de este cuerpo doctrinal tan cerrado y que hemos considerado la verdad absoluta. Toda doctrina cerrada tiene el riesgo de convertirse en absolutismo y yo creo que hay rasgos de éste en nosotros. Hace unas semanas un hermano que participó en la VI Asamblea plenaria del MVC me decía que se sorprendía de como los sodálites siempre hablan con el tono de tener la razón.

Un ejemplo intelectual de reduccionismo sodálite, a mi parecer, es el de acercarnos a la realidad desde los conceptos de objetivo y subjetivo. Creo que filosóficamente hablando es muy reductivo pensar que podemos comprender las cosas dividiéndolas en esos dos conceptos incluso tan pobremente desarrollados por nosotros.

DESAJUSTES PERSONALES

Estoy seguro que muchas de estas reflexiones no harán eco en la sensibilidad de varios sodálites. Hasta es probable que se señalen como parte de mi problemática personal. Pero lo que sí pienso es que este sistema cerrado ha llevado a que muchas personas terminen por no encontrar un lugar en ella. La lista de personas inconformes y agobiadas en el Sodalicio es grande. Y si el motivo directo fue alguna caída o infidelidad habría que preguntarse qué influencia tuvo el sistema en ello.

Adicionalmente a esto planteo una hipótesis personal. Pienso que el desajuste personal que han sufrido y vienen sufriendo tantos hermanos en la comunidad expresado en sobrecargas de estrés, recurrencia en ayuda siquiátrica, enfermedades físicas ligadas, muchas de ellas, a crisis sicológicas, etc., no es consecuencia propiamente de un exceso de trabajo o falta de oración como está centrado en la reflexión actual sobre los ritmos de vida. En mi opinión, considerando la complejidad de cada caso, este desgaste tiene como una de sus causas un desajuste de la persona con respecto a la realidad.

Esto sería consecuencia del sistema sodálite ya que éste en sí está constituido sobre fundamentos que no responden al orden de la realidad. Por lo tanto, ha sometido a los sodálites a presiones antinaturales que terminan por quebrar sus estructuras humanas. Pongo el siguiente ejemplo: si a una autoridad se le dice, culturalmente hablando, que el rendimiento de su comunidad está ligada a “meter vocaciones” y hasta se le pone una meta numérica, algo que no depende de ninguna voluntad humana sino exclusivamente de Dios, es obvio que en algún momento, por la presión que la persona misma se autoimpone, su estructura se quiebre pues se trata de un requerimiento en contra de la lógica de la realidad. Si una persona vive permanentemente con exigencias de este tipo en su vida, la naturaleza reaccionará tarde o temprano. Lamentablemente, en muchos casos, ésta ha tenido que colapsar para dar signos de alarma.

Quiero acotar al ejemplo que di que hace tan sólo un par de meses el padre Jaime en una visita a la comunidad de Bogotá afirmó que lo único que nos falta a nuestra comunidad es “sacar vocaciones”. Así, que si hay personas que piensan que estas cosas ya no están vigentes debería considerar que, tal vez, la cultura de lo antinatural está más arraigada de lo que piensa.

CONCLUSIÓN

Quisiera terminar aclarando que esta es una descripción de mis impresiones personales de los hechos que he vivido en el Sodalicio. Julian Marías dice que la realidad no es un dato abstracto (objetivo), sino más bien una realidad insondable que se comprende en la complementariedad de miradas:

«Cuando se mira, por ejemplo, una cordillera, lo que se ve desde uno de sus lados es forzosamente distinto de lo que se ve desde el otro, justamente porque se trata de una realidad y de visiones reales de ella. Pueden y deben completarse, no desaparecer en una visión única que sería abstracta, que podría justificarse si se tratara de algo irreal, por ejemplo una figura geométrica.»

Planteo estas cuestiones como parte de mi percepción de la realidad con el deseo de que sean complementadas con las percepciones de otros. Soy consciente que mis resonancias a todos estos hechos son propias de mi sensibilidad personal, pero no por ello deja de ser un reflejo de la realidad, tal vez parcial, pero a la espera de ser complementada y enriquecida. Soy consciente de que Dios está en los entresijos de toda esta historia. Pero a la vez entiendo que la libertad humana puede ocultar o mostrar más claramente esa presencia. Por ello es necesario la auto-crítica, la aceptación y la reparación de los errores de nuestra cooperación.

Por último, no pretendo una condena de Luis Fernando. Él tiene su oportunidad de cambio como todos nosotros. Pero tampoco debemos pensar que esa personalidad y sus circunstancias no han influido en nuestra comunidad. Mi hipótesis es que ha influenciado más de lo que se reconoce hoy en día. Si en los años de nuestra historia el 90% del tiempo hemos estado bajo la influencia directa, en distinta medida, de Luis Fernando y su prolongación en Eduardo, ¿cómo podríamos pensar que la influencia no es profunda, o mejor dicho, cultural? Dejo el tema abierto para el diálogo.

LA ARQUITECTURA DEL ABUSO: EL CASO BAERTL

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Jaime Baertl, haciendo “apostolado” con niños en los años ‘70

Jaime Baertl, cuando fue interrogado por la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación, habría negado aquel incidente en que me habría ordenado que fornicara una silla, aduciendo que la salita donde yo dije que habría sucedido el hecho tenía una ventana hacia la calle y, por lo tanto, se hallaba a la vista de cualquiera lo que sucediera en ese recinto, o en todo caso la puerta tenía un ventanillo que permitía ver lo que sucedía dentro del cuarto.

El 8 de julio de 2016 en la Fiscalía de la Nación negó también este mismo hecho que yo he denunciado.

Alessandro Moroni, en un e-mail del 31 de enero de este año, me comentó al respecto:

«En el testimonio que nos hiciste llegar relataste un episodio que también has descrito por medios de alcance público y que, según los informes que nos hizo llegar la Comisión, también les relataste a ellos. Eso fue encomendado entonces al investigador profesional asignado para estos casos, y en su informe indica que no encontró evidencias para afirmar la verosimilitud de este caso».

Pues resulta que este “investigador profesional” nunca se puso en contacto conmigo para averiguar más detalles sobre el incidente, los cuales se los hubiera dado con mucho gusto. Ni siquiera Ian Elliott, uno de los “expertos” contratados por el Sodalicio —con quien hablé en persona en una ocasión y por Skype en un par de ocasiones más— me interrogó con minuciosidad sobre el tema. Pues si lo hubiera hecho, le hubiera dado la información adicional que voy a poner en este escrito.

Fue en la segunda comunidad fundada por el Sodalicio, denominada “San Aelred”, ubicada en la Av. Brasil 3029 (Magdalena del Mar), donde ocurrieron los hechos. Contrariamente a lo que Baertl declaró en la Fiscalía, él nunca fue superior de esa comunidad, sino más bien de la primera comunidad sodálite, ubicada en el Óvalo Brasil en Jesús María, allí donde la Av. Brasil se cruza con la Av. San Felipe. Era una comunidad más pequeña con capacidad para 4 ó 5 personas. Desde allí se dirigía Baertl a la otra comunidad, que quedaba a menos de un kilómetro de distancia, donde yo tenía consejo espiritual con él una vez por semana.

Lo mejor es hacerse una idea adecuada del lugar de los hechos. Para ello he hecho un plano de la planta baja de la casa, tal cómo era cuando fue adquirida por el Sodalicio. En un segundo plano incluyo las modificaciones arquitectónicas que se hicieron en el inmueble. Las proporciones son aproximadas, dado que no poseo medidas exactas, pero la distribución de los espacios habitacionales es correcta, y puede ser confirmada por innumerables testigos que conocieron la casa. Aún cuando ésta ya no exista, pues en su lugar se ha construido un edificio de departamentos, en la misma recta de la Av. Brasil todavía existen casas similares.

Plano 1: Inmueble Av. Brasil 3029, Magdalena del Mar, adquirido por el Sodalicio en 1978 (planta baja)

av_brasil_3029_plano_1Como se puede ver, la casa tenía dos amplias salas conectadas entre sí y con el comedor, lo cual permitía que la luz que entraba por la ventana externa y la puerta de la terraza iluminara todos los espacios de manera distribuida. Asimismo, la cocina tenía una ventana que daba a la lavandería, y la iluminación diurna de la sala estaba garantizada por unas ventanales que había en la pared de la escalera. Debajo de ésta había un pequeño espacio, que albergaba un baño de visitas.

Veamos cómo la intervención del Sodalicio para acomodar el inmueble a sus necesidades convertiría esta casa luminosa en una mansión más lúgubre y sombría.

Plano 2: Comunidad sodálite “San Aelred”, a partir de 1979 (planta baja)

av_brasil_3029_plano_2Éstas fueron las principales modificaciones que se hicieron:

  • Se construyó una pared con una ventana donde estaba el portón del garaje, y éste fue convertido en un aula de instrucción, con un gran pizarrón en la pared del fondo y carpetas de salón de clase.
  • La vía de entrada al garaje y el jardín externo fueron convertidos en estacionamiento de vehículos motorizados.
  • La sala 1 fue divida en dos mediante una pared para así ganar una salita de reuniones y una salita de consejos. Se clausuró el acceso original para construir dos entradas con sus respectivas puertas y se tapió la comunicación con la sala 2, ahora biblioteca. Nótese que la salita de consejos no tiene ventanas. Sólo se podía estar allí con luz artificial. Las puertas fueron en un principio de cuerpo entero, pero tiempo después se mandó hacer unos ventanillos en ellas, para que se pudiera ver quiénes estaban en cada una de las salitas.
  • La sala 2, convertida ahora en biblioteca, llegaría a ser el lugar más oscuro de la casa, pues se puso paneles de madera y puertas en todas las aberturas que tenía, de modo que cuando nos encerrábamos allí para estudiar tranquilamente con luz artificial, parecía una escena sacada de un cuento de terror gótico.
  • Se puso paneles de madera y vidrio con una puerta entre el pasillo de entrada y la sala de estar, restándole así más luminosidad a la casa. En esa puerta había un letrero que decía PRIVADO, pues marcaba el límite entre la zona adónde sólo podían entrar los miembros de la comunidad y la zona de visitantes.
  • Se construyó una estrecha capilla en el jardín, con bancas pegadas las paredes y el altar en el medio. La iluminación, garantizada por unos angostos ventanillos verticales, era escasa pero suficiente.

En la sala de estar ocurrió el siguiente incidente, que incluí en mi denuncia presentada ante la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconcilación y posteriormente enviada a la Congregación para los Institutos de Vida Religiosa y las Sociedades de Vida Apostólica:

«En diciembre de 1983 fui trasladado a la mencionada comunidad de San Aelred. El superior de esa comunidad era entonces Germán Doig. En ese entonces, era común que los sábados en la noche nos visitara Luis Fernando Figari para conversar a profundidad sobre temas de interés para el Sodalicio, examinar la marcha de la comunidad y aplicar dinámicas de grupo orientadas a fortalecer nuestras convicciones sodálites. En una de esas reuniones Figari pretendió demostrar lo inútiles que son las mortificaciones corporales y que la ascética basada en el dolor físico no tenía mucho sentido y fomentaba la soberbia; que más bien eran beneficiosas las mortificaciones espirituales, a las cuales se da prioridad en la espiritualidad sodálite. Para ello, me pidió que me pusiera a cuatro patas —como un perro— en medio de la salita en la que estábamos reunidos y me levantara la camisa, dejando la espalda libre. Luego le pidió a [Paco] que tomara una correa y me propinara un golpe con ella. [Paco] dudó en ejecutar la orden, pero al final lo hizo debido que Figari insistió. Ese primer correazo, además de dejarme una marca, me hizo temblar de los pies a la cabeza. A continuación, Figari insistió en que se me diera un segundo correazo, lo cual [Paco] obedeció sin chistar. Cuando pensé que iba a venir el tercer correazo, la sola idea me produjo espasmos como si ya lo hubiera recibido. Figari dio a [Paco] la orden de no continuar, y me preguntó cómo me sentía. Le dije que bien. Había aprendido, como tantos otros, a soportar pruebas físicas en el Sodalicio y estaba mentalmente programado para sentirme orgulloso de haber sido latigueado. Figari comentó que las mortificaciones físicas tendían a alimentar la soberbia y no tenían el valor mismo valor que las mortificaciones espirituales, que implicaban asumir con alegría los sufrimientos que de por sí trae la vida».

Pero en esa misma casa había ocurrido años antes, en 1979, el incidente en que Jaime Baertl me ordenó desnudarme y fornicar con una silla, precisamente en la salita de consejos.

Al respecto, hay que hacer ciertas aclaraciones en honor a la verdad, pues el hecho ha sido exagerado por la prensa, a tal punto que se ha perdido objetividad en la representación de lo que realmente ocurrió.

Sin que yo supiera lo que venía después, Baertl me dio la orden de desnudarme dos veces, pues la primera vez dudé de si había escuchado lo que había escuchado y mostré reticencia en hacerlo. Finalmente, lo hice porque confiaba en Baertl como mi guía espiritual que supuestamente sabía lo que estaba haciendo para mayor bien mío. Aún así, tuvo que ordenarme después que me sacara también el calzoncillo, pues yo asumí que cumplía con lo mandado quedándome con esta prenda puesta.

Asimismo, la orden de “cachar” la enorme silla —utilizando el mismo lenguaje empleado entonces por Baertl— fue dada dos veces, pues la primera vez no podía creer lo que se me estaba ordenando y me parecía absurdo. La segunda vez obedecí, poniéndome detrás del respaldar, que me llegaba hasta el mentón y pasando mi miembro a través del espacio que separaba el respaldar del asiento propiamente dicho. Hice un par de movimientos torpes tratando de imitar lo que es un coito —experiencia que nunca había tenido en mi vida—, pero simplemente no pude hacer lo que Baertl me había ordenado, pues la incomodidad que sentía me había hecho perder naturalidad en los movimientos y me había generado cierta rigidez corporal.

La cosa duró menos de un minuto, después de lo cual Baertl me ordenó vestirme de nuevo. No hubo nada de erótico en esa experiencia, en una habitación pequeña sin ventanas iluminada sólo por la luz amarillenta que provenía de un bombillo. De hecho, la experiencia la sentí más bien como inhibitoria de toda libido sexual.

El mismo Jaime Baertl no intentó en ningún momento sacar provecho sexual para sí de la situación, sino que, ocupando un asiento cerca de la otra esquina de la habitación, se tapaba la cara con la mano y miraba sólo de reojo, como si la situación fuera también incómoda para él.

Hay que tener en cuenta que antes de aplicar la medida, Baertl me había dicho que esperara un poco, pues tenía que consultar algo con el superior de la casa, que en ese entones era Germán Doig. Cuando regresó, me explicó que había que romper mis barreras interiores, pues la conversación había llegado a un punto muerto, cosa que Baertl atribuyó a bloqueos psicológicos que yo tenía producto de experiencias traumáticas en mi familia. Por eso mismo, lo que hizo conmigo no llega a la categoría de abuso sexual, sino a lo que los expertos de los informes del Sodalicio han llamado manipulación sexual. O, dicho de otro modo, sería un acto de abuso psicológico con connotación sexual.

Tras haberme vuelto a vestir, yo mismo sentí que se me había hecho violencia interior, pero entonces no categoricé eso como algo malo y reprobable, pues en el Sodalicio a uno lo mentalizaban para aceptar como normal actos de violencia psicológica contra uno mismo o contra otros. Eran habituales en el apostolado y el acompañamiento espiritual.

Sólo con el paso de los años, cuando uno aprende a conocer mejor el mundo y se confronta con la realidad, es que se llega a categorizar ciertas experiencias pasadas como abusos, a la vez que se toma conciencia del daño que han dejado en la propia psique.

Y eso es lo que a mí me pasó con ésta y otras experiencias.

Algunos de los abusadores han alegado que hubo consentimiento de la otra parte, y ése ha sido el argumento principal esgrimido por la reciente resolución vaticana para negar que Figari cometió abusos (ver http://sodalicio.org/wp-content/uploads/2017/02/Carta_Roma_2017.pdf).

¿Hubo consentimiento de mi parte? En cierto sentido sí lo hubo, pues Baertl nunca me obligó a la fuerza a desnudarme, mucho menos me obligó a fornicar la silla cuando mis torpes intentos demostraron que no iba a poder hacerlo. Pero se trataba de un consentimiento muy imperfecto y débil, pues en esa pequeña habitación me encontraba a merced de mi consejero espiritual, y en base a la confianza que le tenía y la autoridad que como guía espiritual ejercía sobre mí, había muy poco margen para no acatar la orden, más aún cuando yo debía tener entonces tan sólo unos 16 años.

Respecto a este incidente, le escribí lo siguiente a Alessandro Moroni el 31 de enero de este año:

«La primera vez que lo puse por escrito fue en el año 2008, aunque ya anteriormente se lo había contado a algunas personas. Puedo demostrar esto por un e-mail que le envié en enero de 2009 a Manuel Rodríguez. No había la intención de hacer público este incidente. A fines del mismo año mi hermano Erwin recibió el mismo documento en que se narraba este incidente. Yo tenía entonces la intención de advertir a las autoridades sodálites para que tomaran las medidas necesarias, de ninguna manera la intención de hacerlo público. La primera vez que menciono el incidente de manera pública, aunque sin mencionar a Baertl por su nombre, es en mi post ELOGIO DEL SODALICIO del 11 de enero de 2013. Los reparos que personalmente tenía para hacer de conocimiento público este incidente, ¿no son acaso un indicio de que no lo inventé sino de que efectivamente ocurrió?»

Más aún, en ese momento ni siquiera estaba enterado de los abusos sexuales cometidos por ningún sodálite, salvo el caso de Daniel Murguía. Mi vinculación con Pedro Salinas y Rocío Figueroa recién se iniciaría en el año 2011, por lo cual la hipótesis de una campaña premeditada contra el Sodalicio queda descartada.

¿Puedo acaso haberme imaginado todos estos detalles? ¿No sería lógico que, en caso de querer inventar algo, recurriera a una historia más estándar, basada en abusos sexuales vividos por otros? Lo que a mí me ocurrió es tan insólito, que ni yo mismo pude comprender durante décadas qué es lo que realmente había pasado. Y durante todo el tiempo que mi mente estuvo secuestrada por la ideología sodálite, ni siquiera me planteé una explicación. Simplemente había pasado y durante años el incidente quedó guardado en el desván de mi memoria, sin que yo le prestara atención o me atreviera a sacarlo a la luz.

Jaime Baertl debe sentirse contento de que mi historia haya sido considerada como inverosímil por sus expertos contratados. Pero su alegría probablemente sea frágil y fugaz. Pues si todavía no tiene síntomas de Alzheimer, estoy seguro de que el recuerdo de lo que pasó lo acompañará hasta la tumba. Y quizás incluso hasta después, cuando tenga que explicar ante el juicio de la eternidad por qué traicionó tan arteramente su misión sacerdotal de ser testigo de la verdad.

(Columna publicada en Altavoz el 6 de marzo de 2017)

DEFENSA DEL SODALICIO

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Miembros del Consejo Superior del Sodalicio

Últimamente han habido exageraciones de parte de la prensa, que le han restado objetividad a varios notas sobre el escándalo del Sodalicio. En honor a la verdad, creo que la institución no merece que se le atribuyan cosas que no se ajustan a la realidad.

Por ejemplo, se acusa a los victimarios del Sodalicio de ser pedófilos, cuando de las 19 víctimas menores de edad que reconocen los informes del Sodalicio probablemente ninguna haya tenido menos de 14 años de edad, es decir, no eran niños sino adolescentes entrando en la madurez sexual.

Asimismo, se les ha acusado de violadores, cuando en ninguno de los casos ha habido violencia física para perpetrar los abusos sexuales, sino que las víctimas dieron su consentimiento. Ciertamente, se trata de un consentimiento débil y no libre, pues fue obtenido mediante manipulación psicológica y abuso de confianza en una relación dispar entre un guía espiritual y una persona vulnerable que estaba a su merced.

En todo caso, podríamos hablar de violencia psicológica, que es lo que aplicó Jaime Baertl conmigo cuando, teniendo yo sólo 16 años, me ordenó desnudarme y fornicar una silla. Hecho que también ha sido exagerado por la prensa diciendo que fui obligado a hacerlo. En realidad, cuando Baertl vio que, pese a mis torpes intentos, no podía cumplir lo ordenado, mandó que me detuviera y no me forzó a hacerlo.

También hay que tener comprensión con los incompetentes que dirigen el Sodalicio, pues sus conciencias también han sido controladas por Figari. Y si yo me demoré décadas en liberarme de ese control, ¿qué se puede esperar de quienes ni siquiera han iniciado ese proceso?

(Columna publicada en Exitosa el 25 de febrero de 2017)

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Para comprender cuál es la influencia que Figari puede seguir teniendo sobre los actuales miembros del Sodalicio, recomiendo leer mi artículo EL PARÁSITO FIGARI.

INCONSISTENCIAS Y FALSEDADES EN LOS INFORMES DEL SODALICIO

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Ian Elliott y Kathleen McChesney, autores junto con Monica Applewhite de los informes del Sodalicio

A lo largo del tiempo, el Sodalicio siempre ha ido acomodando su propia historia de acuerdo a su visión cambiante de la institución, arrancando las páginas incómodas del pasado, ocultando hechos y reinterpretando otros de manera benigna. Sin embargo, en la actualidad le resulta imposible negar hechos luctuosos que han sido documentados y verificados por la investigación periodística y corroborados por testimonios de innegable verosimilitud. Sólo les queda el recurso de reinterpretar los acontecimientos. Y para estos fines son muy útiles los dos informes evacuados por los tres expertos internacionales, contratados por una suma en dólares que desconocemos, pero que suponemos tan alta y escandalosa, que el Sodalicio no se atrevería a hacerla pública.

Ambos informes, dados a conocer a la opinión pública el 14 de febrero de este año, tienen fecha del 10 de febrero, último día del reciente cónclave sodálite realizado desde el 7 de febrero en la Casa de Retiros de los Pasionistas en La Molina, estando presente el delegado vaticano, el cardenal Joseph William Tobin (ver http://caretas.pe/sociedad/78233-diluyendo_el_pecado).

Los informes llevan como título, a saber:

  • Abusos Perpetrados por el Sr. Luis Fernando Figari y el Abuso Sexual a Menores por parte de Ex Sodálites
  • Abusos Perpetrados por Sodálites y Respuestas del SCV a las Acusaciones de Abuso

Si bien el primer informe presenta abundante información que valida no sólo lo que relata el libro Mitad monjes, mitad soldados de Pedro Salinas y Paola Ugaz, sino también lo que yo escribí en mi blog Las Líneas Torcidas a partir de noviembre de 2012, también presenta inexactitudes sobre la reacción que tuvieron las autoridades sodálites ante los casos de abusos.

Por ejemplo, se dice que Figari le prohibió en el año 2008 al entonces Vicario General Eduardo Regal reunirse con Rocío Figueroa, quien había dado a conocer un caso de abuso de una joven de 16 años por parte de Germán Doig, ante lo cual Regal decidió desobedecer a Figari e iniciar una investigación para determinar si había otras víctimas. Según el primer informe, tras investigar durante dos años, «Regal determinó que Doig había abusado de otros menores de edad y en 2011, en contra de los deseos de Figari, informó a la comunidad del SCV y al público que Doig había cometido actos que eran “contrarios a su promesa de celibato”, aunque no reveló que Doig había abusado de menores. Esta noticia conmocionó a la mayoría de los miembros de la comunidad del SCV, y a unos cuantos sodálites aún hoy se les hace difícil creer que Doig era un abusador».

Asimismo, Regal sería el artífice de la renuncia de Figari, pues en el año 2010 él «y otros en el Consejo Superior se encontraban extremamente preocupados por el comportamiento y las acciones de Figari, particularmente por su maltrato y abuso de los hermanos en la comunidad y personas en la familia espiritual del SCV. Ellos creían que la conducta de Figari, que era bien conocida por muchos de los miembros, era totalmente incompatible con la vida de un sodálite. Como resultado, Regal tomó el paso radical y sin precedentes de pedir a Figari que se retirara de la vida pública para llevar una vida de conversión, retiro y oración. Le prohibió aparecer en actividades públicas del SCV, del Movimiento de Vida Cristiana o en los eventos de la familia SCV, le prohibió presentarse a sí mismo como autoridad del SCV o en representación de la misma, así como asistir a Misas de aniversario o Misas públicas, publicar libros nuevos y participar en el Consejo Pontificio de Laicos. Pero los demás miembros de la comunidad no conocían estas medidas y creían que su retiro obedecía a motivos de salud».

La verdad es otra. En el libro Mitad monjes, mitad soldados se cuenta que fue Rocío Figueroa, —que había seguido investigando y contactando a más víctimas de Doig— quien le habría exigido a Regal el cierre de la causa de beatificación de Doig y la renuncia de Figari. Ésta se concretó el 8 de diciembre de 2010 y fue anunciada por el mismo Figari, aduciendo motivos de salud, tal como informó oficialmente ACI Prensa (ver https://www.aciprensa.com/noticias/fundador-anuncia-nueva-etapa-para-la-familia-sodalite/).

El 15 de julio de 2016, el mismo Regal hizo declaraciones en la Fiscalía que contradicen el papel heroico que le atribuyen los informes:

PREGUNTADO DIGA: Indique usted si conoce el motivo de por qué Luis Fernando FIGARI RODRIGO dejó de ser Superior General.
Dijo: Que sí, conozco. En el año 2010 FIGARI sufrió una operación médica complicada al abdomen, luego de dicha operación se le presentaron infartos cerebrales múltiples que lo dejaron incapacitado para el gobierno, sus capacidades intelectuales y físicas quedaron disminuidas y por lo tanto era indispensable poder contar con un Superior general en ejercicio, es así que varios sodálites, entre ellos yo, le recomendamos encarecidamente que deje el puesto de servicio de Superior General para poder tener un gobierno efectivo.

PREGUNTADO DIGA: Indique usted si en el periodo que fue usted Superior General, recibió denunciados por miembros del SCV por abusos cometidos contra ellos por Luis Fernando FIGARI.
Dijo: Que recibí denuncias y en cada caso procedí según el debido proceso en el marco ya explicado de las atribuciones del Superior General en el que debe existir verosimilitud, pruebas suficientes para, según eso, verificar si hay delito tipificado y vigente y abrir proceso o descartar dichas denuncias o proceder a medidas disciplinarias o administrativas. En ninguna de las denuncias que recibí, luego de investigar, encontré los elementos señalados.

Que Regal desestimó las denuncias contra Figari lo confirma el P. Jean Pierre Teullet en su célebre carta interna del 20 de octubre de 2015 (ver UNA CARTA DEL P. JEAN PIERRE TEULLET, SODÁLITE):

«En mayo del 2012, luego de varios meses de dialogo infructuoso con las autoridades, 4 sodálites presentamos formalmente “pedidos de investigación” contra el Hno. Luis Fernando Figari por actos graves e inmorales cometidos por él […]. Estos pedidos fueron desestimados, primero por el superior general de entonces, el Hno. Eduardo Regal, y luego, al ser presentados nuevamente por mí de modo formal en abril del 2013 al nuevo superior general, el Hno. Alessandro Moroni, fueron también desestimados por él. En ambos casos, nunca se realizó una investigación formal […]. Nunca se erigió un jurado, nunca se nos solicitó el testimonio formal, nunca hubo actas, nunca se dio un dictamen, y menos se nos respondió de modo formal la conclusión de dicho proceso».

Respecto a la interrupción del proceso de beatificación de Doig, tampoco hubo transparencia de parte del Sodalicio. El proceso fue interrumpido recién a fines de 2010, aduciendo que Doig no había alcanzado la heroicidad de virtudes, siendo que ya habían desde antes claras evidencias de los abusos perpetrados por él. Mientras tanto, se siguió promoviendo su figura como la de un sodálite ejemplar —«el mejor entre nosotros» según Figari— hasta el último momento.

El comunicado de Regal se hizo sólo internamente y de manera discreta —supongo que para “evitar el escándalo”—, no de manera pública, como señala falsamente el informe correspondiente. La noticia recién se dio a conocer a la opinión pública con la edición del 1° de febrero de 2011 de Diario16, gracias a que Rocío Figueroa pudo filtrar la información a la prensa con la ayuda de Pedro Salinas. Hasta ese momento, todos los esfuerzos de las autoridades del Sodalicio se habían concentrado en evitar que se dieran a conocer los hechos, a saber, que Doig había abusado sexualmente de jóvenes a su cargo.

Respecto a Jeffery Daniels, se cuenta que estuvo aislado en San Bartolo desde 1998 hasta poco después de la muerte de Germán Doig en el año 2001. El primer informe señala que «fuera de algunas autoridades como Figari y Doig, nadie sabía la verdadera razón por la cual Daniels se encontraba aislado o la amenaza que representaba para los menores».

Sin embargo, poco antes se señala que en el año 1997 un amigo de una de las víctimas le contó a un sodálite que Daniels había abusado de su amigo, y este sodálite se lo contó al Superior Regional. «El Superior regional contactó a Doig, quien al momento se encontraba en Roma con Figari. Doig le indicó al Superior regional que enviara al agresor al centro de formación de San Bartolo para un período de retiro hasta que se pudiera determinar un mejor curso de acción y que él, Doig, se encargaría de las familias de las víctimas. Doig también informó a Figari sobre el tema. El Superior regional realizó investigaciones adicionales y determinó que Daniels había abusado de hasta ocho jóvenes menores de edad. Después de que Doig y Figari regresaron de Roma, asistieron a la siguiente reunión del Consejo Superior donde la situación de Daniels fue tema de discusión».

¿Quiénes, además de Doig, formaban parte del Consejo Superior en ese momento?

De las declaraciones ante la Fiscalía de los acusados penalmente en el caso Sodalicio, se desprende que los otros miembros del Consejo Superior eran Jaime Baertl, José Ambrozic, Erwin Scheuch y una cuarta persona cuyo nombre desconocemos. Además, Oscar Tokumura ha declarado que tuvo conocimiento de los abusos de Jeffery Daniels en el año 1997, y cuando asumió el cargo de superior en San Bartolo, Daniels ya se encontraba allí. Su predecesor en el puesto de superior, Miguel Salazar, también habría conocido los motivos que llevaron a su aislamiento.

Salvo el primer sodálite mencionado de nombre desconocido, al cual se puede considerar inocente dado que comunicó de buena fe y adecuadamente el primer abuso conocido de Daniels a la autoridad correspondiente, los demás sodálites con cargos de responsabilidad —un total de 9 personas— no hicieron absolutamente nada para que Daniels fuera sancionado y serían cómplices de encubrimiento y haberlo ayudado a sustraerse a la justicia.

Después de verificar esto, uno se pregunta si los sodálites que tuvieron o tienen puestos de responsabilidad en la institución les dijeron toda la verdad a los expertos. O al contrario, como ocurrió en la Fiscalía, mintieron a diestra y siniestra. Pues cuesta admitir como cierto lo que dice el siguiente texto tomado del segundo informe: «Desafortunadamente, algunos imitaron el comportamiento manipulador y cruel de Figari durante estos diálogos, a pesar de que se sentían incómodos al hacerlo. Sólo un pequeño número de sodálites, por ejemplo, Doig, Regal, el P. Jaime Baertl, y algunos de los secretarios más cercanos a Figari, se sintieron empoderados para confrontarlo sobre su conducta». Resulta difícil creer que alguien como Regal —quien no le dio crédito a las denuncias contra Figari— se haya enfrentado a él. Pero aún más difícil resulta creer que lo haya hecho el P. Baertl, de quien no conozco que nunca jamás haya hecho ninguna crítica contra Figari, que lo ha defendido a capa y espada, y —según recuerdo— solía mantener una actitud aduladora hacia el fundador. Además de que se le parecía mucho en la manera como manipulaba las conciencias ajenas, y era tanto o más vulgar y procaz en su lenguaje que el mismo Figari.

El intento de salvar a la institución a como dé lugar —constante perversa que ha estado presente a lo largo de toda la historia del Sodalicio— también se halla presente en varias partes de los informes. Como, por ejemplo, en el siguiente texto del segundo informe: «La mayoría de los sodálites eran, y son, personas piadosas, con un carácter bueno y moral, atraídos por el Evangelio y los aspectos positivos de la cultura del SCV. Estos sodálites inspiraron y sirvieron como modelos y directores espirituales para los jóvenes, los aspirantes y sus compañeros sodálites. No fue, entonces, la cultura del SCV la que causó que los agresores cometieran actos de abuso, pero hubo autoridades o sodálites mayores que permitieron o alentaron abusos físicos y psicológicos».

Lo que sigue a continuación contradice este enunciado, pues se analizan elementos de la cultura institucional que crearon un ambiente favorable a que se cometieran abusos: el carácter icónico de Figari como personificación de la cultura del SCV, que debía ser imitado por todos; la naturaleza reservada del SCV y su falta de transparencia; el esfuerzo por desarrollar una organización religiosa casi militar; la obediencia total que se exigía a los sodálites. «A la luz de sus promesas de total obediencia a las autoridades del SCV, algunos sodálites se sintieron presionados a obedecer a sus superiores en todos los asuntos, incluso cuando se les ordenaba que trataran a sus hermanos de manera nociva para su bienestar físico o mental».

Es decir, la misma cultura del Sodalicio favoreció que personas buenas, piadosas y moralmente rectas cometieran actos repudiables. La bondad y rectitud moral de muchos sodálites —de lo cual yo mismo puedo dar fe— no puede ser considerado argumento para negar que la enfermedad estaría en el sistema, en la misma arquitectura institucional y cultural del Sodalicio.

«Los expertos no han encontrado indicios de complicidad ni conspiración entre los presuntos abusadores», señala Alessandro Moroni en la carta preliminar a los informes. «Los expertos identificaron ciertos elementos de la cultura del Sodalicio que, de alguna manera permitieron que estos reprobables hechos hayan podido ocurrir». Lo cual no hace más que confirmar que el problema sí estaba en la cultura del Sodalicio, generada desde arriba por el mismo Figari. Pues el hecho de que personas que no se coludieron cometieran abusos similares apunta a que la raíz del problema se halla en el sistema en que están insertos, como señala el testimonio de un formador: «Abusé y fui duro porque así me formé, de hecho mi formación fue aún peor. Simplemente no conocía otra manera. Me avergüenzo de lo que hice».

Finalmente, cuando uno revisa las fuentes de los informes se puede verificar una omisión grave. Los expertos no hablaron en ningún momento con ninguno de los integrantes de la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación. Era de esperarse, pues el Sodalicio ha estado siempre interesado en quitarle peso al informe emitido por esta Comisión, y esto se refleja en el segundo informe cuando se dice que ésta «no llevó a cabo una investigación exhaustiva de todas las denuncias reportadas ni examinó la cultura actual del SCV». Esta conclusión se basa sólo en el texto del Informe Final, y no tiene carácter concluyente desde el momento en que no se convocó a ninguno de los comisionados para interrogarlos sobre la manera en se realizaron las sesiones de trabajo. A diferencia de los expertos contratados por el Sodalicio, trabajaron de manera independiente sin recibir remuneración alguna. Lo único que para ellos personalmente estaba en juego era su reputación, la cual ha quedado indemne al comprometerse en la búsqueda de la verdad sin concesiones a intereses institucionales.

Los informes del Sodalicio no dan respuesta satisfactoria a todos los interrogantes, dejan muchas verdades en la sombra y generan muchas preguntas que requerirían de una investigación más a fondo. De ahí la urgencia y necesidad de que se establezca una comisión investigadora en el Congreso de la República. Para que se sepa al fin toda la verdad, sin maquillajes ni interpretaciones interesadas.

(Columna publicada en Altavoz el 19 de febrero de 2017)

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FUENTES

Informes sobre Abusos y Respuesta en el Sodalicio de Vida Cristiana (10 de febrero de 2017)
http://sodalicio.org/wp-content/uploads/2017/02/Informe-Abusos-Febrero2017.pdf

Declaraciones indagatorias de Alessandro Moroni, José Ambrozic, Erwin Scheuch, Eduardo Regal, Óscar Tokumura y Jaime Baertl ante la Fiscalía de la Nación
https://scvleaks.wixsite.com/scvleaks

SODALICIO: DE CÓMO UN PROCESO DE REPARACIÓN SE CONVIERTE EN UNA FARSA

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Alessandro Moroni, Superior General del Sodalicio de Vida Cristiana

En lo que respecta a mi denuncia de abusos sufridos en el Sodalicio de Vida Cristiana, mi proceso se inicia el 21 de octubre de 2015 —tres días después de propalado el programa periodístico “Cuarto Poder” donde se da conocer a la opinión publica los abusos detallados en el libro Mitad monjes, mitad soldados— cuando el sacerdote sodálite Jorge Olaechea me escribe un e-mail a raíz de mi post SOBREVIVIENTE DEL SODALICIO, donde narro el incidente en que Jaime Baertl me ordenó desnudarme y fornicar una enorme silla, aunque sin mencionarlo a él por su nombre. La primera vez en que revelaría su nombre sería el 23 de enero de 2016 en mi post DESNUDOS POR OBEDIENCIA, haciendo un recuento de testimonios similares donde a otras víctimas sus guías espirituales les pidieron también que se desnudaran.

En su e-mail, el P. Olaechea —en ese entonces ya miembro del Consejo Superior del Sodalicio— me pedía perdón a título personal y se ponía a disposición mía para ayudarme en lo que pudiera. Asimismo, me informaba que estaban trabajando en constituir una comisión ad hoc, que luego se denominaría Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación. De modo que le envié el texto de mi denuncia el 27 de octubre de 2015, la cual él mismo puso en conocimiento de Alessandro Moroni, Superior General del Sodalicio.

Eso fue todo lo que el Sodalicio hizo por propia iniciativa en mi caso. En lo demás, yo sería el que tendría que tomar la iniciativa para que la cosa se moviera.

Una vez constituida la Comisión y ante la falta de comunicaciones por parte de los responsables del Sodalicio, decidí yo mismo enviar mi denuncia, la cual fue remitida a la Comisión el 19 de enero de 2016 por e-mail y por correo ordinario. El 3 de febrero me llegó un e-mail de acuse de recibo de parte de la Comisión.

El 25 de febrero declaré vía Skype ante los miembros de la Comisión. Se me preguntó particularmente sobre el incidente con Jaime Baertl, a lo cual respondí con precisión de detalles, incluyendo la disposición arquitectónica y de mobiliario de la salita donde ocurrió todo. Contrariamente a lo que ha supuesto la fiscal Peralta, la Comisión habló en la medida de lo posible con los presuntos victimarios denunciados por las víctimas, siempre y cuando los responsables del Sodalicio lo permitieron. Jaime Baertl ya había declarado ante la Comisión y había negado el incidente, aduciendo que por un asunto de espacio era imposible que hubiera ocurrido el hecho denunciado por mí.

El 21 de abril de 2016 me fue enviado mi informe individual, previa consulta de si daba autorización para que fuera entregada una copia al Superior General del Sodalicio, a lo cual asentí. De mi informe se desprendía que la Comisión había evaluado mi relato como verosímil. Por lo tanto, se solicitaba al Superior General que reconociera mi condición de víctima y me pidiera disculpas, además de otras medidas, ninguna de las cuales ha sido cumplida hasta el día de hoy.

Nuevamente, la respuesta del Sodalicio fue el silencio absoluto. Hasta que el 1° de mayo decidí tomar contacto vía Skype con Rafael Ísmodes, uno de los sodálites de mayor calidad humana que he conocido, quien me remitió a José Ambrozic, con el cual tuve algunas conversaciones cordiales también vía Skype. Fue él quien me sugirió que hablara con Ian Elliott, el especialista irlandés en abusos que había contratado el Sodalicio. Con Elliott hablé en un par de ocasiones vía Skype, hasta que me propuso una reunión en persona en un hotel de Frankfurt, pues estaba viniendo a Alemania para conversar con algunas víctimas del Sodalicio, entre ellas Álvaro Urbina.

La reunión se efectuó el 28 de octubre de 2016 en un clima cordial. Sin embargo, los resultados fueron nulos. El 9 de noviembre recibí un breve e-mail de Ian Elliott, agradeciéndome por compartir con él mis experiencias, pero comunicándome que el comité de reparaciones del Sodalicio había concluido que yo no tenía derecho a ninguna compensación económica y que mi acceso a servicios profesionales de salud —entiéndase psicoterapia— estaba garantizado gratuitamente por el sistema de salud en Alemania. Eso era todo. La promesa de una carta del Superior General de Sodalicio reconociéndome como víctima de abusos había quedado en nada.

Dado que a lo largo de ese año ya había estado en conversaciones con Comisión de Víctimas de Abuso Sexual de la Diócesis de Espira (Speyer), la cual se encargó de mandar traducir mi denuncia al alemán y enviarla a Roma, se me recomendó solicitar a Ian Elliott una explicación de los motivos de esa decisión, lo cual hice por e-mail en dos ocasiones. La falta absoluta de respuesta de parte del supuesto experto en abusos me llevó a escribir mi CARTA ABIERTA A UN CONTRATADO DEL SODALICIO, donde doy cuenta de todos los detalles de la conversación que mantuve con él.

Recientemente he enviado mi informe de diagnóstico psicoterapéutico, elaborado en diciembre del año pasado —tras varias sesiones y tests— por un psicólogo alemán, a la Diócesis de Espira (Speyer), para que lo incluyan en el expediente enviado a Roma como prueba de las consecuencias que ha dejado en mi psique la experiencia sufrida en el Sodalicio.

Asimismo, le solicité por e-mail a Alessandro Moroni que me diera las explicaciones que Ian Elliott se había negado a darme. A continuación, el insólito intercambio epistolar generado por esta solicitud.

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e-mail de Martin Scheuch a Alessandro Moroni (23 de enero de 2017)

A Alessandro Moroni
Superior General del Sodalicio de Vida Cristiana
Att.

Estimado Sandro:

El año pasado tuve una serie de conversaciones con una representante de la Comisión de Víctimas de Abuso Sexual de la Diócesis de Espira (Speyer), la cual recogió mi denuncia y me hizo preguntas adicionales sobre el tema. La denuncia ha sido traducida al alemán y enviada por el director de la comisión, el canónigo Josef Damian Szuba, a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (Roma), con el pedido de atender lo que él considera abusos graves. Junto con la denuncia se ha enviado una copia del e-mail que me envió Ian Elliott [el 9 de noviembre de 2016], informándome que el comité de reparaciones del Sodalicio no considera que yo tenga derecho a recibir ninguna reparación.

Ian Elliott grabó la conversación que tuve con él el 28 de octubre de 2016 en el Grand Westin Frankfurt Hotel y me prometió que me iba a enviar una copia, cosa que no ha cumplido hasta el día de hoy, como tantas otras cosas que prometió, como, por ejemplo, que se iba a encargar de que yo recibiera una carta de parte del Superior General del Sodalicio, pidiéndome disculpas en nombre de la institución por los abusos cometidos en perjuicio mío, que ya he detallado en mi denuncia y en tantos otros escritos que he ido publicando en mi blog.

El canónigo Szuba me recomendó que pidiera una explicación de los motivos por los cuales se me excluyó de las reparaciones que, por obligación moral, ha estado ofreciendo el Sodalicio. Le escribí a Ian Elliott en dos ocasiones (10 y 12 de noviembre de 2016) solicitando estas explicaciones, pero nunca me respondió.

Por eso mismo, te agradecería que me expliques por qué hasta el momento se me ha negado toda disculpa oficial —sólo he recibido disculpas personales de parte de del P. Jorge Olaechea y de José Ambrozic— y por qué se me ha considerado sin ningún derecho a recibir ninguna reparación.

Un cordial saludo

Martin Scheuch

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e-mail de Martin Scheuch a Alessandro Moroni (26 de enero de 2017)

A Alessandro Moroni
Superior General del Sodalicio de Vida Cristiana
Att.

Estimado Sandro:

Habiendo pasado ya tres días desde el e-mail anterior sin recibir ninguna respuesta de tu parte, quiero insistir en mi solicitud de explicaciones de por qué el Sodalicio no me ha reconocido hasta ahora como víctima sujeta a reparación.

Más aún, me han causado sorpresa las palabras que pronunciaste en tu mensaje del 21 de enero del año en curso:

«Para determinar si una persona puede ser considerada víctima no hemos exigido ningún medio probatorio como podría ser una prueba técnica y científica, como se exige en toda investigación de naturaleza jurídica. Sino que hemos hecho una evaluación moral, considerando la verosimilitud de los testimonios recibidos. Y en caso de duda, hemos optado por confiar en las personas que nos han presentado su testimonio.»

Siendo el relato de los abusos cometidos contra mí absolutamente verosímiles, entre los cuales destaco el extremo de angustia a que se me llevó durante mi última estadía en San Bartolo en el año 1993, además de los ejercicios físicos que me causaron dolencias graves que pudieron haber sido evitadas y la errada orientación vocacional que ha afectado mi vida profesional hasta ahora, sin contar los correazos que recibí por orden de Luis Fernando Figari o al aislamiento al que fui destinado en la Comunidad Nuestra Señora del Pilar (Barranco), más asombro me causa que hayas podido enunciar lo que dijiste, cuando en mi caso se ha hecho exactamente lo contrario.

Me reafirmo en que el incidente con Jaime Baertl sucedió realmente. Incluso puedo describir cómo era arquitectónicamente la casa donde ocurrió el hecho y como la distribución de espacios permitió que pudiera suceder lo que yo relato. Asimismo, las dos autobiografías manuscritas en mi poder escritas en 1979 y 1980 respectivamente dan testimonio no sólo de que Baertl era mi consejero espiritual, sino también de la confianza absoluta que yo le tenía y hasta qué punto llegaban las cosas íntimas de mi vida que yo le confiaba.

Además, te comunico que el informe psicológico con mi diagnóstico hecho por un psicoterapeuta alemán ha sido enviado a la Diócesis de Espira (Speyer) para que lo incluyan en mi expediente y le envíen copia a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (Roma). En ese informe se me diagnostica con trastornos adaptativos, que se pueden explicar por las experiencias que tuve en el Sodalicio.

Pongo a tu consideración que la falta de respuesta es también una respuesta, que puede ser de mucho interés para varios medios de prensa.

Atentamente

Martin Scheuch

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e-mail de Alessandro Moroni a Martin Scheuch (26 de enero de 2017)

Estimado Martin:

Disculpa que me haya demorado unos días en responderte. Voy a recabar todas la información necesaria y en los siguientes días te respondo.

Atentamente

Alessandro Moroni

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e-mail de Martin Scheuch a Alessandro Moroni (30 de enero de 2017)

Estimado Sandro:

Han pasado ya 4 días desde mi primer recordatorio, y me cuesta creer que necesites todo ese tiempo para recabar una información que se consigue en menos de 24 horas, si es que no la sabías ya desde el momento en que me respondiste. Si es el mismo Sodalicio el que ha decidido no considerarme apto para una reparación y negarme el status de víctima, ¿no sabías acaso las razones, siendo tú el Superior General de la institución? ¿O son demasiado vergonzosas como para comunicármelas personalmente?

De proseguir tu falta de respuesta, me veré obligado a hacer públicos a través de un importante medio de prensa los e-mails que he escrito, para que tu respuesta también sea pública, o, en caso contrario, tu silencio merezca el oprobio que se merece.

Un cordial saludo

Martin Scheuch

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e-mail de Alessandro Moroni a Martin Scheuch (31 de enero de 2017)

Estimado Martin:

Lamento mucho que toda esta situación, y especialmente las dificultades de comunicación de estos últimos días, te estén causando malestar Procuraré explicarte las cosas con la mayor claridad posible.

Antes de comenzar el proceso de reparaciones, con la ayuda del Sr. Ian Elliott y la experiencia de trabajo con situaciones semejantes en otros lugares, establecimos un conjunto de criterios para poder evaluar los testimonios. Un elemento importante era identificar si había hechos específicos o concretos que pudieran considerarse alguna forma de maltrato o abuso.

En el testimonio que nos hiciste llegar relataste un episodio que también has descrito por medios de alcance público y que, según los informes que nos hizo llegar la Comisión, también les relataste a ellos. Eso fue encomendado entonces al investigador profesional asignado para estos casos, y en su informe indica que no encontró evidencias para afirmar la verosimilitud de este caso.

Según refirió el Sr. Elliott, en la entrevista que tuvo contigo no fue relatado ningún episodio específico, sino más bien una serie de opiniones sobre tu experiencia en general, y también sobre las cosas que consideras que están o han estado mal en el SCV y deben cambiar. El Sr. Elliott presentó su evaluación a los demás miembros del comité de reparaciones, en el cual él mismo participa. La conclusión unánime fue que, según los criterios establecidos en un comienzo, no correspondía una reparación en el marco de este programa de asistencia. Sin embargo, frente a la experiencia de dolor y malestar que muchas de estas cosas generaron en ti —y que sinceramente lamento— sí recomendó ofrecer una ayuda con terapia psicológica en el caso consideraras necesaria, ofrecimiento que por supuesto permanece en pie.

Entraremos en contacto con la Comisión de Víctimas de Abuso Sexual de la Diócesis de Espira y con el can. Josef Szuba, para conocer directamente la evaluación que han hecho de tu caso y aclarar el mérito de esta cuestión, de manera que podamos cooperar de la mejor manera posible con tu proceso.

Con relación a la carta de disculpas institucionales o formales, no es que me haya olvidado o no te la quiera dar, todo lo contrario. Independientemente de la carta, quisiera la oportunidad de poder conversar contigo, pedirte perdón por todo lo que puedas haber sufrido en una comunidad que debería vivir siempre y en todo la caridad, y escuchar todo lo que tengas que decir. Si no te he enviado la carta todavía, es porque consideré que ese debería ser el paso final del proceso, una vez que todo lo demás ya estuviera aclarado.

Te estoy dirigiendo esta carta solamente a ti, pues creo que se trata de un asunto personal. Sin embargo, si tú consideras que debes compartirlo con otras personas, no hay inconveniente de mi parte.

Te mando un abrazo y ofrezco mis oraciones por ti y por tu familia,

Sandro

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e-mail de Martin Scheuch a Alessandro Moroni (31 de enero de 2017)

Estimado Sandro:

No sé a que dificultades de comunicación te refieres, pues yo no tengo problemas en comunicarme contigo, pero parece que tú sí los tienes en responderme.

Tú respuesta es absolutamente insatisfactoria por los siguientes motivos:

1. Falta de transparencia, pues no mencionas cuáles fueron los criterios para evaluar los testimonios, a fin de determinar si había abusos. Por lo menos me habrías explicado por qué el Sodalicio no considera abusos los hechos que ya te mencioné, y que yo y varios más sí consideramos abusos —entre ellos, el psicoterapeuta que me atendió—.

2. Mi caso no se reduce a un sólo episodio. Supongo que te refieres a aquél que yo guardo en mi memoria y que involucra a Jaime Baertl, pues ni siquiera te dignas ser claro cuando hablas de «un episodio». No me explicas quién fue ese «investigador profesional» ni tampoco me das las razones que lo llevaron a un dictamen de inverosimilitud de este hecho. No creo que seas capaz de imaginarte la decepción y el dolor que causa que se declare que es imposible que haya sucedido algo que uno guarda tan vívidamente en la memoria con la certeza de que efectivamente ocurrió. Porque lo que se deriva de la conclusión a que llega el investigador es que soy un mitómano o un mentiroso, cosa que no se sostiene ni sobre la base de lo mucho que he escrito sobre el Sodalicio con abundancia y precisión de detalles, ni sobre el informe del psicoterapeuta que me atendió, que me considera una persona normal con algunos índices que se hallan fuera del promedio aunque sin llegar a configurar un síndrome postraumático. Me gustaría saber que explicación da el investigador para que yo supuestamente haya inventado este incidente. La primera vez que lo puse por escrito fue en el año 2008, aunque ya anteriormente se lo había contado a algunas personas. Puedo demostrar esto por un e-mail que le envié en enero de 2009 a Manuel Rodríguez. No había la intención de hacer público este incidente. A fines del mismo año mi hermano Erwin recibió el mismo documento en que se narraba este incidente. Yo tenía entonces la intención de advertir a las autoridades sodálites para que tomaran las medidas necesarias, de ninguna manera la intención de hacerlo público. La primera vez que menciono el incidente de manera pública, aunque sin mencionar a Baertl por su nombre, es en mi post ELOGIO DEL SODALICIO del 11 de enero de 2013. Los reparos que personalmente tenía para hacer de conocimiento público este incidente, ¿no son acaso un indicio de que no lo inventé sino de que efectivamente ocurrió? Francamente, creo que tu «investigador profesional», si aplicara sus criterios a los Evangelios, negaría incluso la verosimilitud de los relatos de la Resurrección. Además, ¿qué credibilidad tiene Jaime Baertl cuando, contrastando con los hechos, resulta que ha mentido en sus declaraciones a la Fiscalía en varios momentos?

3. En la entrevista que tuve con Ian Elliott dejé en claro que mi historia ya había sido presentada en mi testimonio ante la Comisión de Ética, a través de un documento que también está en poder del Sodalicio, pues fue enviado el 27 de octubre de 2015 [por e-mail] al P. Jorge Olaechea. Te lo adjunto para así aliviar un poco tu amnesia. No obstante, le expuse a Ian Elliott partes de mi historia, el cual me dijo que la conocía. Sin embargo, nunca planteó la reunión como una instancia para aclarar más los hechos, sino más bien para conocer mejor mis opiniones sobre el Sodalicio. Por lo tanto, me extraña que su evaluación haya sido negativa, siendo así que yo respondí adecuadamente a las preguntas que él me hizo. Lo que ciertamente descalifica la supuesta profesionalidad de Ian Elliott es su breve e-mail informándome de la decisión del comité de reparaciones, sin darme ninguna explicación, así como su silencio ante los sucesivos e-mails que le envié solicitándole precisamente estas explicaciones.

4. Hube de entender que con el e-mail de Ian Elliott el proceso había finalizado en mi caso particular. Pues no recibí ninguna comunicación posterior de nadie vinculado al Sodalicio. ¿Qué entiendes como «paso final del proceso»? ¿Qué es lo que estás esperando? ¿Observar qué pasa para ver si el Sodalicio puede seguir meciéndome a mí y a otras víctimas? Además, ¿de qué sirve que les vuelva a contar todo lo que viví, cuando ya lo he contado en varias ocasiones y además tienen mi testimonio escrito? Simplemente no han querido escuchar y no dan indicios de querer hacerlo seriamente.

Finalmente, aunque sé que lo dices no con mala intención sino porque eso forma parte habitual —como un cliché— de los mensajes provenientes de un sodálite, te agradecería que no ofrezcas ninguna oración por mí y por mi familia hasta que me hayas ofrecido lo que por justicia me es debido: un reconocimiento oficial y público de la veracidad de mi testimonio y de mi condición de víctima del Sodalicio.

En caso de no recibir pronta respuesta o ésta sea insatisfactoria, me veré obligado a hacer públicos estos mensajes a través de un importante medio de prensa.

Saludos

Martin Scheuch

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Sólo queda comentar que el ofrecimiento por parte de Moroni de asumir los costos de una terapia psicológica, sin reconocer en ningún momento que se hayan cometido abusos en mi perjuicio, me resulta hiriente y ofensivo, pues sugiere que los daños psicológicos que yo haya podido sufrir no son causados necesariamente por la disciplina sodálite que se me aplicó sino por factores puramente subjetivos. Supongo que piensa que sus famosos «rigores de la formación» no son necesariamente perjudiciales para todos, ni pueden siquiera ser catalogados como abusos. El factor subjetivo queda en evidencia cuando Moroni me pide «perdón por todo lo que puedas haber sufrido en una comunidad que debería vivir siempre y en todo la caridad», es decir, perdón por todo lo que me causó sufrimiento —subjetivo, se entiende—, no por los abusos que se cometieron sistemáticamente contra mí en la vida comunitaria y que yo he descrito detalladamente en varias ocasiones.

Finalmente, el 4 de febrero le informé a Alessandro Moroni que, ante su silencio, le iba a enviar copia de estos mensajes a la prensa. Para ser justo, le indiqué lo siguiente: «Si tienes algo más que añadir, con gusto haré que se publique también tu descargo. Como ves, a mí y a otros sí nos interesa saber cuál es tu posición y la del Sodalicio, a fin de que los lectores puedan conocer los dos lados de la moneda».

A día de hoy, sigo sin tener respuesta.

8 de febrero de 2017

Martin Scheuch

(Publicado en Altavoz el 12 de febrero de 2017)

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El 10 de febrero, el mismo día en que el Sodalicio daba a conocer el pronunciamiento de la Santa Sede sobre el caso Figari, se propalaba también un mensaje de Alessandro Moroni al respecto, que finalizaba con estas palabras: «Nuestro compromiso con la verdad y las víctimas es definitivo e irreversible».

Tras el mensaje que me envió por e-mail y su posterior silencio, me dejan un sabor amargo en la boca. Y la impresión de ser sólo palabras huecas que cumplen una mera función retórica: la de anunciar con un triunfalismo vacío que el Sodalicio ha hecho siempre lo correcto desde que estalló el escándalo. Sabemos que no ha sido así. Por lo menos hasta ahora.

EL CURA SODÁLITE JAIME BAERTL: ¿MITÓMANO O MENTIROSO?

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P. Jaime Baertl Gómez

Hay personas que se rodean de un halo de importancia y pierden todo contacto con la realidad, convencidos de su propia e irreemplazable grandeza. No estoy hablando de Donald Trump —aunque las palabras le caen a pelo— sino de alguien que probablemente sienta ser uno de los pivotes sobre los cuales se asienta el Sodalicio, a saber, el inefable cura Jaime Baertl.

Pues Baertl declaró en la Fiscalía que fue él quien entre 2008 y 2010 investigó las denuncias contra Germán Doig, llevando a que se determinara que los abusos denunciados eran reales y a que se cancelara el proceso de beatificación en curso. En fin, deberíamos creer que es el héroe de la película, a quien estaríamos agradecidos, a no ser porque en sus declaraciones siempre ha manifestado una relación muy ambigua con la verdad.

Ha dicho que no recuerda haber sido confesor de los denunciantes, «porque la labor de confesión no permite ver el rostro de la persona que se confiesa», cuando las confesiones en las comunidades eran cara a cara, porque no habían confesionarios.

Dijo que «los rigores de formación —entiéndase abusos— no eran informados por escrito, pero todos los conocían». ¡Por supuesto! ¡Y todos deben haber estado muy contentos de que se los aplicaran con conocimiento de causa, pues sólo se admitían masoquistas en el Sodalicio!

Precisó que «nadie es sometido a tests psicológicos para ingresar al Sodalicio», cuando José Ambrozic declaró que «se realizaban algunos tests básicos que eran caracterológico y de inteligencia».

Después de éstas y otras falsedades, ¿es Baertl creíble cuando afirma que «no ordenó a Martin Scheuch desnudarse y fornicar con una silla»?

(Columna publicada en Exitosa el 28 de enero de 2017)

CASO SODALICIO: “TRES PATINES” EN LA FISCALÍA (IV)

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Continuación de CASO SODALICIO: “TRES PATINES” EN LA FISCALÍA (III)

En esta cuarta y última entrega se analiza los razonamientos “trespatinescos” que llevaron a la fiscal Peralta a concluir que la denuncia contra miembros del Sodalicio debía archivarse por falta de pruebas.

No es que la fiscal no tuviera pruebas que sustentaban los hechos denunciados por los denunciantes. Simplemente las desestimó como tales, por motivos no pertinentes.

Un claro ejemplo son la admisión de las tachas contra los psicoterapeutas Jorge Bruce y Dante Wharton: en el caso de Bruce, porque «desde el 2001 viene emitiendo pronunciamientos públicos sobre el Sodalicio que le impiden actuar de manera objetiva e imparcial en esta investigación»; en el caso de Wharton, porque «adelantó opinión sobre el caso de materia de investigación lo que impide que emita un pronunciamiento objetivo e imparcial».

¿No se percató la fiscal de que la participación de ambos especialistas en el caso no se da en calidad de testigos que corroboren los hechos denunciados, sino en calidad de profesionales con un bagaje científico a los cuales se les encarga la evaluación psicológica de los denunciantes? ¿Desde cuándo la opinión personal de un psicoterapeuta es relevante respecto a una pericia psicológica que se basa en pruebas objetivas y mediciones científicamente acreditadas? Haciendo una comparación, ¿acaso la opinión personal de un médico juega algún papel en el diagnóstico que hace de un paciente? Si la fiscal cree que es así, ¿hizo una investigación previa de los psicólogos del Instituto de Medicina Legal cuyos peritajes sí aceptó, para ver cual era la opinión personal que tenían sobre el Sodalicio? Pues lo que está cuestionando la fiscal es que se tenga una opinión previa vinculada al tema de la demanda, y el hecho de que sea pública o no resultaría irrelevante, pues aún así estaría influyendo en los resultados de la pericia.

En todo caso, los peritajes del Instituto de Medicina Legal sí que son cuestionables desde el momento en que concluyen con certeza cuasi-dogmática que la afectación emocional que presentan Óscar Osterling y José Enrique Escardó –—del cual se admite incluso que «requiere terapia psicológica especializada»–— no guardan ninguna relación con la experiencia vivida en el Sodalicio y son atribuibles a factores presentes en la infancia y la adolescencia. En el caso de Pedro Salinas, los impulsos «que han sido desfavorables para la estructuración de su personalidad» son atribuidos de manera concluyente a la ausencia de la figura paterna, no habiendo el Sodalicio contribuido en nada a que presente esas características. En otras palabras, la experiencia sodálite no habría dejado ninguna huella en los denunciantes, ni mala ni buena, pues ni les habría ocasionado los problemas psicológicos que presentan ni les habría ayudado a solucionarlos. Como si hubieran sido pasados por agua tibia.

En el caso de los hermanos López de Romaña no se ratificó sus peritajes psicológicos porque «faltaron a sus citaciones» y «al borde de la terminación de la etapa investigatoria concurrieron a las citas de Medicina Legal». Sin explicar si las ausencias de ambos hermanos fueron por razones justificadas, la fiscal simplemente da constancia de que acudieron tarde, y por eso no se tomó en cuenta los peritajes efectuados. Se trata de una simple cuestión administrativa que pudo haber sido resuelta de manera satisfactoria, pero en la cual la fiscal prefirió omitir cualquier diligencia que pudiera contribuir a determinar si los López de Romaña también presentaban problemas psicológicos.

No llego a entender los criterios que se aplicaron. ¿Cómo se puede concluir taxativamente que un sistema de formación que incluye reiteradas prácticas físicas y psicológicas de carácter extremo no tienen ningún efecto sobre la psique de las personas? El mismo Jaime Baertl admite como ciertas algunas de esas prácticas (dormir en las escaleras, nadar en el mar en la madrugada, recibir golpes en el estómago) y las considera «imprudentes». José Ambrozic señala que «en algunos casos los rigores –—como él los llama–— pudieron ser excesivos». Óscar Tokumura señala «respecto a los supuestos golpes en el vientre, era para ver si hacían ejercicios, siendo que ello sólo se hacía con el consentimiento de éstos», cuando yo nunca he visto que alguien haya tenido ni siquiera la oportunidad de negarse a que le aplicaran tan peligroso golpe. Tanto Fernando Vidal, Alessandro Moroni, Jaime Baertl como José Ambrozic resaltan que los actos descritos como «rigores de la formación» ya no se realizan. ¿Por qué motivos? Evidentemente, porque no eran beneficiosos para nadie, e incluso traían consigo consecuencias perjudiciales.

Por todo lo visto, no se justifican las palabras de la fiscal Peralta cuando respecto a las lesiones psicológicas producidas por actividades abusivas acota que «como elementos que acrediten las versiones de los denunciantes únicamente se cuenta con sus afirmaciones y declaraciones juradas». Las actividades en cuestión han sido admitidas por los mismos denunciados, sólo que la valoración es distinta. Para ellos se trata de «rigores de la formación», mientras que los denunciantes hablan de «abusos físicos y psicológicos». Me pregunto por qué la fiscal no consultó a un especialista en la materia que pudiera aclarar qué consecuencias tendrían las actividades descritas en la psique de una persona, y si pueden ser consideradas como beneficiosas o dañinas. Pues de que hubo esas actividades, las hubo, y eso ni siquiera lo niegan los denunciados.

Otros documentos que la fiscal tomó como pruebas de que los denunciantes actuaron en pleno uso de sus facultades —y, por lo tanto, no hubo privación de la libertad o secuestro mental— son las cartas de puño y letra en que solicitan ser admitidos en el Sodalicio o en una comunidad de formación, redactadas supuestamente cuando los denunciantes ya eran mayores de edad. No tiene en cuenta que el trabajo de adoctrinamiento con aplicación de métodos invasivos de la psique se realizaba durante un período de aproximadamente un año antes de el candidato fuera admitido en el Sodalicio. Si las primeras cartas de los denunciantes fueron firmadas cuando ya tenían 18 años, es fácil suponer que el trabajo con ellos se inició cuando todavía eran menores de edad.

En el pasado han habido casos flagrantes donde el Sodalicio ha incorporado a sus filas a menores de edad. Mi caso, por ejemplo. En mi declaración jurada en calidad de testigo que fue presentada a la fiscal Peralta, digo lo siguiente: «Me vinculé formalmente al Sodalicio de Vida Cristiana o Sodalitium Christianae Vitae (en adelante SCV) mediante compromiso emitido en diciembre de 1978 en la capilla del Colegio Santa Úrsula (Calle Salamanca 125, San Isidro, Lima), a la edad de 15 años, en el grado de sodalite marie, grado que posteriormente fue eliminado de las normas de la institución».

Tengo en mi poder dos autobiografías —una de 1979 y otra de 1980, ambas escritas de puño y letra por encargo de Jaime Baertl— que me fueron devueltas por Alessandro Moroni, Superior General del Sodalicio, en enero de 2016. En ambas aparece la fecha exacta de cuándo ingresé al Sodalicio. En la primera dice textualmente: «El 8 de diciembre hice mi promesa de maríe y entré a formar parte del Sodalitium». Estamos hablando del 8 de diciembre de 1978, cuando yo tenía tan sólo 15 años de edad. Y ya me venían trabajando desde marzo de ese año, cuando tenía 14 años.

Lamentablemente, no obstante contar con este dato, la fiscal no se comunicó conmigo ni tomó en cuenta mi testimonio.

Otros documentos que la fiscal no debió admitir como pruebas contra los denunciantes son las fotografías presentadas por la defensa de los denunciados, en las que se ve a los hermanos López de Romaña y a Óscar Osterling participando en diversas actividades realizadas cuando aún formaban parte del Sodalicio. Al respecto, dice la fiscal Peralta: «En la investigación se han presentado fotografías llevando una vida libre y con expresiones de alegría en la vida dentro del SCV». Ciertamente, tanta ingenuidad sería conmovedora, a no ser porque la conclusión que de ella se deriva no se sostiene por ningún lado, a saber, «que todos esos actos son demostrativos que podían expresar su voluntad».

¡Por Dios! ¿Acaso ese tipo de fotografías demuestran lo que ella dice? Tomemos el caso de Colonia Dignidad, un enclave de alemanes situado al pie de los Andes chilenos, donde el líder religioso Paul Schäfer sometió mentalmente a todos los colonos y abusó sexualmente casi a diario de menores de edad durante décadas. De todas las fotos que hay, ¿se puede encontrar una sola donde no aparezcan los colonos sonrientes, tanto en diversas actividades colectivas como en fiestas populares alemanas? ¿Se puede ver en las fotos de familia que quedan, con personas de rostro alegre, indicios de los crímenes cometidos? Nada de nada. Y, sin embargo, sería ilegítimo utilizar esas fotos para pretender negar los abusos cometidos.

Ante todo esto, le auguramos un futuro brillante a la fiscal Peralta si decide cambiar de profesión e iniciar una carrera en el área de la comedia de enredos. Pero si permanece en su puesto, sólo nos queda decir como “Tres Patines”:

«¡Cosa más grande de la vida, chico!»

(Columna publicada en Altavoz el 28 de enero de 2017)