VOTAR EN ALEMANIA

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Logo de la AfD (Alternativa para Alemania) sobre una pared agrietada

Ayer hubo elecciones generales en Alemania. Dado que cuento con la nacionalidad alemana —además de la peruana—, pude ir a votar.

El procedimiento es mucho más sencillo que en las elecciones peruanas. Semanas antes recibí una carta informándome que estoy habilitado para votar, indicando el local y la fecha de votación. Dado que vivo en un pueblo, el local de votación queda a sólo unos 100 metros de mi casa. Si por algún motivo hubiera estado impedido de acudir al local —enfermedad o viaje de vacaciones, por ejemplo—, hubiera podido solicitar que me envíen una cédula para enviar mi voto por correo.

Fui con la carta —que es lo único que tenía que presentar— al local, me dieron la cédula y marqué en la cabina el partido de mi preferencia. No tuve que buscar mi nombre en un planillón, ubicar la mesa de votación, ni tampoco firmar ningún documento, dejar impresa mi huella digital o manchar mi dedo con tinta indeleble.

El ambiente que se respira ese día, tanto en localidades pequeñas como en las grandes ciudades, no difiere en nada de cualquier otro domingo. No hay despliegue policial en las calles, ni tampoco aglomeramientos de gente. Eso se debe a la sencillez del acto de votación y al hecho de que el voto es un derecho pero no una obligación. Su carácter opcional no obliga a nadie a perder su tiempo cuando se ha tomado la decisión en conciencia de no participar en la contienda electoral.

Por otra parte, no hay segunda vuelta. Los votantes no eligen directamente a los candidatos a canciller, sino que votan por un partido, determinando así el número de representantes que accederán al Bundestag (Parlamento Federal). Dado que se requiere de más del 50% de representantes para formar gobierno, lo normal es que por lo menos dos partidos armen una coalición —formalizada en un acuerdo-contrato de cumplimiento obligatorio— que permite la formación de un gobierno, donde si bien el canciller lo pone el partido con más votos, las cuotas de poder en el gobierno se reparten proporcionalmente entre los partidos participantes de la coalición. De este modo, desde la Segunda Guerra Mundial no ha habido en Alemania ningún gobierno de un solo partido, ni tampoco puede darse el caso de un Parlamento que se oponga al poder ejecutivo.

En los últimos tiempos, han solido tener representación en el Parlamento Federal los dos partidos mayores —los cristianodemócratas de la alianza CDU (Unión Demócrata Cristiana) / CSU (Unión Social Cristiana) y los socialdemócratas del SPD (Partido Socialdemócrata de Alemania)— junto con otros partidos menores con cierta tradición política: los liberales del FDP (Partido Democrático Libre), los ecologistas del partido de los Verdes y la Izquierda.

Este año un partido recién creado en 2013 coloca por primera vez representantes en el Parlamento, ubicándose con el 13% de los votos como la tercera fuerza política de Alemania. Me refiero a la AfD (Alternativa para Alemania), una agrupación populista de derecha que pregona el retorno a los valores nacionales tradicionales de una Alemania que ya no existe mayoritariamente —pues el país germano es ahora multicultural—. En defensa de esos “valores” del pueblo alemán, propone la disolución de la eurozona y la abolición del euro, el fortalecimiento de la familia tradicional y la lucha contra la “ideología de genero”, mayores restricciones al ingreso de refugiados en Alemania y abandono de la política de integración que hasta el momento se ha tenido, prohibición de todos los signos externos del Islam —al cual consideran como un cuerpo extraño en la sociedad alemana—, renuncia a toda medida orientada a evitar el calentamiento global —por ejemplo, las leyes de energías renovables y de ahorro de energía, vigentes en la actualidad—, pues el cambio climático sería una mera ficción.

Además, resulta preocupante que varios miembros del partido estén bajo la vigilancia de los servicios de seguridad nacional debido a su cercanía a grupos de extrema derecha o neonazis.

Constatamos, pues, que el fenómeno del populismo de derecha —representado en EE.UU. por Donald Trump y en el Perú por los fujimoristas— también tiene sus corifeos en Alemania. Afortunadamente, el sistema no permite que lleguen a constituir una amenaza a la democracia. Por ahora.

(Columna publicada en Altavoz el 25 de septiembre de 2017)

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EL SADISMO DE FIGARI

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Christopher Lee como Dolmancé en “Eugenie …the Story of Her Journey Into Perversion” (Jesús Franco, 1970)

1983. Un sábado en la noche en la desaparecida comunidad sodálite de San Aelred, ubicada entonces en la Av. Brasil 3029, Magdalena del Mar (Lima).

Como todos los sábados, era día de visita de Luis Fernando Figari, quien se había hecho presente con su por entonces inseparable secretario Juan Carlos Len, el segundo de los hermanos Len Álvarez. Toda la comunidad estaba reunida en una oscura salita de la primera planta. Entre otros, estaban allí Germán Doig (superior de la comunidad), Alejandro Bermúdez (actual director de ACI Prensa) y Gustavo Sánchez (actual director del Centro de Investigación de la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima). Y yo estaba en el centro de ese grupo, a cuatro patas como un perro, con el polo levantado, luego de haber recibido por orden de Figari un correazo en la espalda propinado por Miguel “Paco” Pallete (ex-sodálite), a quien le picó la conciencia y dudó antes de ejecutar lo mandado, por lo cual Figari tuvo que repetir la orden.

Yo no podía ver la marca roja que el cuero había dejado en mi espalda, pero los otros presentes sí. Y cuando vino el segundo correazo, aguanté el castigo estoicamente. Cuando “Paco” iba a propinar el tercer azote con la correa, me vinieron temblores musculares sólo ante la idea del dolor incluso antes de haberlo sentido, visto lo cual Figari decidió abortar el experimento. Pues precisamente eso era lo que supuestamente estaba haciendo. Yo no estaba siendo azotado por haber cometido ninguna falta, sino porque Figari quería demostrar con un ejemplo práctico que los castigos corporales no sirven para avanzar en el camino de la perfección cristiana, sino que mucho mejores son las mortificaciones espirituales. Eso lo explicó mientras yo estaba de pie a su costado y él me abrazaba con el brazo derecho.

Sin embargo, hay quien, al conocer los hechos que describo, me ha preguntado: «¿Eso lo hizo Figari por tu bien o porque le producía placer a él? Pues lo que describes parece un acto sadomasoquista.» La duda me ha acompañado desde entonces.

El informe final elaborado por los expertos contratados por el Sodalicio dice que «Figari fue descrito por muchas personas como alguien que parecía disfrutar al observar a aspirantes y hermanos más jóvenes experimentar dolor, incomodidad y miedo. Un ex sodálite [Pedro Salinas] reportó que una vez Figari le quemó el brazo con una vela prendida para que demuestre ser “obediente” y “recio”. Varios hermanos reportaron que Figari deliberadamente le permitía a su perro amenazarlos, incluyendo hacer que el perro muerda a dos de ellos. A las víctimas les parecía que Figari pensaba que estas acciones reforzaban su poder sobre ellos o que eran perversamente graciosas. Varios sodálites recordaron que en ocasiones Figari parecía ser sádico.»

Un testimonio señala que Figari a veces usaba un látigo de paja entretejida con puntas metálicas para castigar en el torso desnudo a algunos sodálites, o le indicaba a otro sodálite que aplicara el castigo mientras él se dedicaba solamente a observar.

En esto no hace más que manifestarse como un fiel seguidor de los protagonistas de las novelas del Marqués de Sade.

He visto recientemente dos espléndidas adaptaciones cinematográficas de sus obras, ambas dirigidas por el polémico cineasta español Jesús Franco: Marqués de Sade: Justine (1969) y Eugenie: Historia de una perversión (1970). En esta última, Dolmancé —interpretado magníficamente por Christopher Lee—, líder de una secta que sigue los principios sadianos, culmina la obra de educación a la inversa de la joven protagonista, es decir, pervertirla mediante prácticas sexuales que incluyen castigo físico hasta convertirla en asesina de su tutora y maestra. Y de este modo alcanzar la felicidad. Pues para los libertinos sadianos, la virtud sólo conlleva padecimientos en esta vida, mientras que la práctica del vicio con fines egoístas, sin retroceder ante el delito, lleva al placer máximo y al éxito.

«Sostuve mis extravíos con razonamientos. No me puse a dudar. Vencí, arranqué de raíz, supe destruir en mi corazón todo lo que podía estorbar mis placeres.» Son palabras del Marqués de Sade que podría suscribir el mismo Figari. Pues las virtudes que él defendía en público eran sólo fachada de los vicios que practicaba en privado.

(Columna publicada en Altavoz el 18 de septiembre de 2017)

UN CUENTO INSPIRADO EN TARATA

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El 16 de julio de 1992 estallaron dos coches bomba colocados por Sendero Luminoso en la calle Tarata del distrito de Miraflores (Lima). El saldo fue de 25 muertos y 155 heridos. Pero lo que se me grabó a fuego en la retina fue el panorama de destrucción que se vio en vivo y en directo por la televisión, poco tiempo después de que llegara a mis oídos el estruendo de la explosión. Pues yo vivía entonces en la comunidad sodálite “Nuestra Señora del Pilar” en la calle Lizardo Alzamora, que desemboca en la avenida Pedro de Osma, en el distrito vecino de Barranco.

El horror de ese momento tuvo la difusión mediática que no habían tenido las masacres de campesinos en los Andes, pues el limeño promedio, desde que tengo memoria, siempre ha percibido las localidades andinas como un territorio ajeno a su realidad y a sus costumbres. Y se horrorizaba ante los crímenes perpetrados por militantes de Sendero Luminoso en Ayacucho y Huancavelica —sólo por mencionar un par de regiones— pero no las sentía cual heridas en carne propia. Eso cambió definitivamente con el atentado de Tarata.

Ese mismo año se iba a celebrar en ámbitos católicos los 500 años de la Evangelización de América Latina, tomando como fecha de referencia el 12 de octubre de 1492, cuando Cristóbal Colón pisó por primera vez tierras americanas. Y la Conferencia Episcopal Peruana había convocado a un concurso de cuento para esa ocasión.

El cuento que escribí para esa ocasión comenzaba con una cruda descripción en clave poética del atentado de Tarata, y seguía con una extensa metáfora cargada de imágenes descriptivas de una América Latina de raíces cristianas pero herida salvajemente por la violencia. Y aunque en ese momento todavía era un sodálite consagrado que vivía en comunidad, independientemente del condicionamiento mental al cual estaba sujeto, dejé las tripas en ese cuento, reflejando mi percepción acongojada y visceral de la violencia que asolaba el país, pero manifestando una confianza esperanzada en el triunfo remoto del amor.

Años más tarde, cuando en el año 2000 reuní mi escasa producción literaria y la publiqué en mi primer esbozo de página web, escribí a modo de introducción lo siguiente:

«Mi producción literaria es escasa todavía. Consta de cinco cuentos y un poema. Sin embargo, cada uno de ellos me ha costado sangre y sudor. Aunque sean ficción, son fragmentos de mi vida los que han quedado plasmados en ellos. Quisiera poder escribir más (y en el futuro lo voy a hacer), pero me arredra el esfuerzo que ello me va a costar.

Si tienes el ánimo como para adentrarte en la lectura de estas narraciones, aquí están. No esperes historias dulces o descripciones placenteras. Lo que he tratado de tocar a través de estos ejercicios literarios es la gracia de Dios actuando en lo más hondo de la miseria humana. Y estremecer tu conciencia hurgando detrás del disfraz de lo aparente, detrás de la fachada de paraíso en una aldea global repleta de miserias, que sólo puede ser redimida por el amor.»

En este blog ya he publicado mi cuento “Noche de paz, noche de amor” (1987) en el post CUENTO DE NAVIDAD PARA PEQUEÑO BURGUESES y mi poema “Sangrifixión” (2000) en el post SEMANA SANTA Y UN POEMA.

El presente cuento, que lleva el título de “Genitrix” (“madre” en latín), si bien no ganó ningún premio —quizás por su estilo críptico y exuberantemente barroco—, sea probablemente el mejor de los que he escrito, pues su intención apologética no logra desvirtuar un contenido poético de imágenes descarnadas y evocadoras, abierto a múltiples interpretaciones.
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GENITRIX
Autor: Martin Scheuch (agosto de 1992)

Madre mía, qué te han hecho, cómo se te ha agazapado el horror en cada arruga, cómo se te ha ensanchado el ojo con una garra de miedo empozada en el espejo del terror al que nos asomamos los aquí presentes, oliendo en ese reflejo todo el olor a pólvora de la noche, imaginándote errabunda sobre los cascotes desgajados de la fachada como un maquillaje inservible, haciendo equilibrio sobre los charcos de sangre espesa, acremente olorosos como la orina recién vertida, intentando taparte el oído con un brazo inexistente para no escuchar el pandemonio de lamentos y gemidos de esta ola del infierno que destripó los intestinos de tu casa, sin aviso, sin trompetas, solamente el ángel del paraíso revolando con su espada de fuego, el cancerbero del infierno ladrando con ojos sanguinolentos, vomitando llamas a través de sus tres fauces, banqueteándose con las enredaderas de odio que se van arrastrando por el paisaje lunar, inhumano, de los lares heridos, los fratricidas ausentes y las tumbas improvisadas bajo las piedras asesinadas.

¿Estamos todos aquí, madre? ¿Somos todos los que somos en esta habitación del hospital donde intentarán salvarte la vida, con punzadas y cortes que tal vez desfiguren aún más tu carne fecunda? ¿Seguirás viviendo, cicatriz, origen misterioso del día que aun no termina, vientre de flores donde las manos son siempre abrazo o aplauso, matriz de una niñita de nada siempre parida y resucitada de tantos entierros, o iremos a tu sepelio, entonando canciones milenarias, recordando tu tesoro de leyendas centenarias, olvidando tu historia de infancia esplendorosa y de juventud pujante, deseando que nunca hubieras nacido y que todavía flotaras en tu limbo de serpientes emplumadas, corazones arrancados sobre pirámides milenarias, tambores de pieles humanas marcando el ritmo de la cacería de víctimas, los hijos del sol postrándose ante un fuego inevitable, desconociendo la luz del corpus christi ahora bendito en los caminos peregrinantes de las vértebras del ande?

He aquí las técnicas de la parafernalia numérica, la soberbia del diagnóstico geográfico de tu miseria acumulada durante los años del hambre, los gabinetes de decisiones inhumanas sobre cuáles hijos son los que deben morir para poder pagar los honorarios clínicos de los médicos que, dudosos de tu recuperación mundial y prestos para poner distancias fuera del quirófano, te examinarán hasta tus selvas más íntimas, hasta tus quebradas de pellejo habitado, intentarán levantar tus pechos caídos de leches nutricias para poder cortar tu abdomen de monte socavado por la dinamita estallada en tu callejón de las ánimas, cuando era de noche y tu sólo esperabas dormir para poder levantarte con la esperanza de tus hijos al otro día, vendiendo sus huesos entre los desechos de hormigueros sin trabajo, trasegando el vinagre último de la esponja cotidiana, comejenes masticando la última madera de la vida para escapar de su condición de larvas descompuestas y recuperar su imagen de mariposas del mediodía. Pero los médicos no se asomaron a la ventana de tu cuerpo para respetar tus vísceras, sino para ver si el corazón, tu espíritu en órgano, podía ser arrancado sin que señas de cadáver aparecieran en tu frente bordeada de canas ultrajadas.

Y dijeron lacónicamente: Está muy vieja. Es dudoso que sobreviva. Todavía podemos sacarle el oro, y se lo daremos a la mujer sin rostro que ocupará el recuerdo de su silueta.

Y los hijos idólatras dijeron: ¿Por qué recorriste la vida, madre? ¿Por qué llegaste a ser lo que eres? Ojalá hubieras permanecido siendo simplemente la madre de tu madre, la mujer de los pies de barro, pachamama del sol naciente, hermana de la luna y de la huaca, pero eso ya no puede ser. ¿Para qué te han de salvar? Lo que quede de ti luego del hospital lo barreremos con fuego de metralla, sembraremos pólvora en tus agujeros, para que florezca tu cuerpo en un descuartizamiento de medusas rojas, para que del cuerpo de tu cascarón salga del huevo de la serpiente la piel intocada del tambor primigenio, que redoblaremos con furia hasta que los que no creen lo que nosotros creemos sean devorados por el inkarri nuevamente capitado y habiten para siempre la necrópolis del tiempo que nunca debió haber sido, y desaparezcas en cuanto madre de tantos bastardos.

Y mientras desciende ante tu mirada el bisturí definitivo, para moldearte el cuerpo desfigurado, tu mirada se entrompa hacia la retina, girando hacia tu pensamiento lustral, trepando por las retamas encaracoladas de tu recuerdo, hasta el momento donde viste nacer a tantos hijos de tus entrañas benditas, y anegadas de lágrimas las cavidades oculares donde anida el recuerdo de los hijos del amor, dejaste que los pliegos amarillos del otoño cayeran sobre tu primavera ancestral, y te dormiste en la memoria, descendiendo por los laberintos de la evocación hasta un mar de corales eternos, surcado por tres estelas de naves que ya pasaron, inaugurando una nueva edad de oro, mientras tú no habías abierto los ojos todavía y flotabas en el limbo de un útero de cálidas esponjas, estrellas marinas, moluscos relucientes y criaturas de las tinieblas, bajo los cielos no hollados todavía por tu deseo, hasta que un calzado nunca fabricado por manos caribeñas, jubón, calzas y borceguíes, dejó por vez primera su huella en la arena intocada de un mundo irredento, la patria de la mujer paria, de la fauce sanguinolenta y de las plumas de la serpiente, y eso fue tu salir a la luz por entre las piernas abiertas de la madre que moría de espera del tiempo del rito y la palabra, de la época de la materia ennoblecida, de la gloria divina estrechando los invisibles átomos palpables de lo visible. Y tu piel dejó de ser oscura para tomar todos los colores, todas las sangres anegando tus venas abiertas de sacrificio abierto a la vida que empezaba a inundarte, y tu corazón se lleno de un oro hasta ahora nunca visto en los socavones de tu misterio telúrico, mientras tu espalda dejaba de ser transitada por el pedernal guerrero y la lanza homicida, para dejar relucir bajo tu frente purificada por el agua los ojos abiertos al padre, al hijo y al espíritu santo. Madre, quién te viera bajo el manto del sol, conduciendo a tus hijos de la mano hasta el cerro tutelar, poniéndose de hinojos a la sombra del árbol de la vida, levantando al señor de la caída del polvo del camino de los siglos venideros, peregrinando desde tu vientre de tierra hasta el vientre de otra tierra sin tierra, sin polvo del camino, donde el polvo del polvo que fuimos se amasará con el sudor de la frente de Dios postrado bajo el peso de un amor indescriptible, pidiendo consuelo en el regazo del penitente, para consolar con una dulzura desconocida hasta ahora la imagen del dolor de los hijos de la dolorosa, los siete puñales clavados en el mismo corazón intocado aún por las manos enguantadas que, más allá del sueño, se preparan para la carnicería inmisericorde de lo humano y lo divino, dejando sólo en pie la técnica del oro fluyente, pero ni con ésas podrán lacerar aún más tu corazón de jesús coronado de espinas, tu incendio de amor sin límites, tu gozo volcánico preparado para la epifanía definitiva. Y desfilan por el recuerdo rumoroso las hileras de luciérnagas cordiales prodigando un santo calor al tropel de tus hijos, reunidos alrededor de la calidez de la mano tendida desde un corazón contemplativo, compartido por los toribios, las rosas, los martines, los franciscos, los juanes —y los pedros ignotos, los nicolases difusos, las marías de nombre ignorado, los fernandos anónimos, y los jorges, los pablos, las isabeles, reposando en la tumba del santo desconocido—, extendiendo la punta de sus almas a los pies de las heridas, los llantos, los sinsentidos del dolor de los postrados a la vera del camino, una procesión de menesterosos avanzando sin piernas, mirando sin ojos, oyendo sin oídos, riendo sin dientes, construyendo sin manos lo que no puede ser construido sino por la fuente de la gracia divina lloviendo torrencialmente sobre esta efusión de gozo de tus liturgias generosas, amasadas con la arcilla humana y la saliva de Dios, un resplandor estallando desde dentro de la puerta aherrojada de la iglesia pletórica, abundando de velas los altares cosmogónicos de los santos, ángeles sonrientes revolando alrededor de viñas arreboladas, tritones y sirenas de colas doradas flotando entre volutas, todo el universo apuntando hacia ese centro desde el cual el Hijo, gaviota arrancada de su vuelo de altura, aprisionada a la barca de caronte de los maderos cruzados, cumple la promesa de amor pronunciada antes de todos los siglos, mientras la otra madre —no tú, madre querida, sino la de la maternidad aún más verdadera que la tuya— se yergue cercana encima de la multitud de los hijos, que cargan sobre sus hombros de hombría, junto a las benditas mujeres, la fe esplendorosa que ha irradiado desde este lugar sobre los surcos arados, los pasos cansados de las calles polvorientas, las ventanas silenciosas de misterio de los pechos creyentes, hasta expandir su verano ferviente sobre los años venidos y los venideros —sí, es algo digno de verse—, llegando a arrullar con su renacimiento de estaciones la abulia de las viejas señoras repúblicas, ahora sentadas en la sala de espera del hospital sin milagros, chachareando entre sorbos de té económico y café político, aguardando el resultado incierto de la operación.

Pero no morirás, madre, no dejaremos que eso suceda, no permitiremos que la cirugía de lo efímero te penetre las grasas vitales, impediremos que se consume tal escarnio, y por eso hemos tirado abajo las puertas del quirófano y te hemos arrancado de los guantes antisépticos sin nervio de pasión, te hemos bañado en agua bendecida con el viento del espíritu, te hemos prendido los detentes y escapularios que tanta plegaria han costado, hemos puesto ante tu mirada el retrato doliente de tu fundador crucificado, hemos hecho tocar tu corazón con el corazón traspasado de la cristófora, te hemos acariciado las arrugas, hemos untado los labios de tus heridas con ungüentos y pomadas sagradas, y te hemos dicho levántate, aquí estamos los hijos de los hijos de la madre de las madres para decirte que te amamos, que siempre hemos creído, que la esperanza está respirando en nuestro aliento, que saldremos a las puertas de este nosocomio de la locura para ofrecer nuestros pechos a las balas de los hijos ingratos, para que tu puedas salir caminando, resucitada, con la misma vida que se te dio al nacer.

Y vimos a la madre, sin arrugas, los ojos abiertos de gozo, rejuvenecida con una belleza de mujer eterna, sin cicatrices ni recuerdos de los ultrajes recibidos de los hijos de la infamia, levantarse de la mesa de operaciones y salir con nosotros para festejar los quinientos años de su nacimiento, en una mañana esplendorosa.

APUNTES SOBRE LA LIBERACIÓN DE MARITZA GARRIDO LECCA

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Maritza Garrido Lecca en 1982 (Foto: El Comercio)

En el año 2010 yo trabajaba en una empresa de logística en Karslruhe, prestando servicios telefónicos de asistencia técnica para un producto de la Siemens, un aparato computarizado de diagnóstico de vehículos motorizados del Grupo Volkswagen.

Cuando alguien me comentó que Odfried Hepp, el simpático y correcto compañero de trabajo con quien compartía el mismo espacio, tenía un pasado turbio, busqué información al respecto en Internet.

Efectivamente, Odfried fue entre 1983 y 1985 el terrorista alemán más buscado por la Interpol. Perteneció al grupo paramilitar del neonazi Karl-Heinz Hoffmann, estuvo en el Líbano para ser entrenado en tácticas guerrilleras por la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), formó junto con Walter Kexel el grupo terrorista Hepp-Kexel —que realizó atentados con coches bomba contra soldados norteamericanos asignados a Alemania—, fue espía de la República Democrática Alemana y como doble agente se unió a las filas del FLP (Frente por la Liberación de Palestina). Fue capturado en 1985 y salió de la cárcel en 1993 gracias a su buena conducta y su colaboración en la investigación de grupos y personajes neonazis.

Si bien Odfried solía mantener silencio sobre su pasado, en algunos momentos llegó a contarnos algunas anécdotas sobre su estadía en el Líbano. De hecho, ya le había contado todos los detalles de su vida al cineasta y escritor Jan Peter, quien publicó un libro (con Yury Winterberg) y realizó un documental, donde —sin glorificar los hechos cuestionables de su biografía— nos proporciona una mirada profunda en las motivaciones y el contexto social que llevaron a Odfried a optar por el camino de la violencia.

Pero no todos los ex-terroristas que han salido de la cárcel están arrepentidos de su vida pasada.

El neonazi Karl-Heinz Hoffmann, preso de 1981 a 1989, no ha renegado de sus actividades paramilitares y, si bien su Wehrsportgruppe Hoffmann fue prohibido como organización terrorista, posteriormente ha seguido defendiendo principios ideológicos de derecha extrema. Tampoco se ha arrepentido la ex-terrorista de la RAF (Fracción del Ejército Rojo) Inge Viett, en prisión de 1990 a 1997, quien sostuvo públicamente en 2011 que el camino hacia el comunismo requería de una praxis combativa, donde la norma no podía ser el ordenamiento jurídico burgués.

Nadie les exigió un arrepentimiento público ni a ellos ni a ninguno de los otros ex-terroristas que viven ahora como ciudadanos legítimos con todos sus derechos en la República Federal Alemana. Y quienes han sacado cuentas con su pasado, lo han hecho voluntariamente y con absoluta libertad de conciencia. Pues ya no estamos en épocas de la Inquisición, donde el arrepentimiento —arrancado frecuentemente por la fuerza— era una condición insoslayable para restituirle todos sus derechos al inculpado.

Nadie les teme ni se les considera un peligro para la sociedad, pues los estudios sobre sus personas han revelado que son tan humanos como cualquiera, y la mayoría han aceptado la ayuda recibida para reincorporarse a la sociedad. Además, las circunstancias que ocasionaron su radicalización ya no existen.

Hoy sale Maritza Garrido Lecca de prisión, y no ha faltado quien haya dicho que «usted nos sigue generando mucho miedo» y «no sé si estamos preparados para vivir con la duda, con ese temor atávico que genera su presencia entre nosotros» (René Gastelumendi). Porque, como se acostumbra en el Perú, a la bailarina ex-terrorista se le sigue etiquetando según clichés y estereotipos sin una aproximación a su realidad humana, independientemente de que no manifieste estar arrepentida. Para muchos, ella es solamente la “terruca” miraflorina, y se muestran incapaces de interpretar su vida fuera del único parámetro del terrorismo. Gran error, pues si no se conocen las razones por las que ella optó por ese camino y se la da voz propia para que ella misma cuente su versión, nunca sabremos las motivaciones ni las circunstancias que llevaron a una persona a optar por la violencia armada ni podremos ofrecerle caminos para reintegrarse a una sociedad democrática.

El Comercio, en su revista Somos, intentó esa aproximación humana, y fue criticado por quienes no entienden nada, se creen moralmente superiores y se sienten muy cómodos en una sociedad racista y discriminatoria, que no ha superado aún las desigualdades e injusticias que constituyen el caldo de cultivo del terrorismo.

(Columna publicada en Altavoz el 11 de septiembre de 2017)

LA ESPADA DE DAMOCLES DE LA ENERGÍA NUCLEAR

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Central nuclear de Philippsburg, vista desde la ciudad

El viernes 1° de septiembre se ha iniciado en Alemania la repartición gratuita de pastillas de yodo en la región de Aquisgrán, cerca de la frontera belga. ¿Para qué sirven estas pastillas? Para prevenir el cáncer de la glándula tiroides en caso de una exposición a radiactividad. Señal de que las autoridades alemanes consideran que la posibilidad de un accidente nuclear es realmente alta.

Pues Aquisgrán queda a sólo 70 kilómetros de la central nuclear de Tihange en Bélgica, que cuenta con tres reactores, de los cuales el número 2 había sido puesto fuera de servicio en el año 2012, debido a presentar unas 2000 grietas capilares en su estructura de hormigón. En un estilo que recuerda al actual alcalde de Lima, Luis Castañeda, la entidad supervisora concluyó que las grietas ya estaban allí desde 1979, año de construcción del reactor nuclear y, por lo tanto, si no había pasado nada hasta entonces, no representaban ningún peligro.

El reactor fue puesto nuevamente en servicio en junio de 2013, hasta que en marzo de 2014 las autoridades belgas ordenaron pararlo debido a “resultados inesperados” en unos tests de resistencia mecánica. El paro fue temporal, pues sólo duró hasta el verano de 2015. Ya en febrero de ese mismo año se supo que las grietas habían aumentado de 2000 a 3150. Sin contar con otros problemas, que han afectado durante años no solamente al reactor 2 sino también al 1 de Tihange, y al reactor 3 de la otra central nuclear belga en Doel.

Es un problema que no afecta solamente a unas cuantas centrales en territorio belga. Parecería ser un problema inherente a la generación pacífica de energía a partir de la fisión nuclear.

Desde el balcón de mi casa en Kleinfischlingen se puede divisar a lo lejos en dirección al Rin, en días sin nubes, los dos reactores de la central nuclear de Philippsburg, ubicada a unos 25 kilómetros de mi pueblo. Aunque no tan graves como los de Tihange, esta central también ha tenido problemas desde su inicio de operaciones en 1979.

En noviembre de 2011 el reactor 2 fue puesto fuera de servicio debido a una junta hermética defectuosa. Cuando se quiso ponerlo en operación nuevamente en 2016, el gobierno regional de Baden-Wurtemberg negó la autorización, debido a que se descubrió que ocho controles de rutina debidamente documentados no se habían efectuado en la realidad.

Ya en junio de este año, en la región donde vivo, se ha efectuado una descentralización de las provisiones de pastillas de yodo, para que estuvieran disponibles de manera más rápida para la población en caso de una catástrofe nuclear. Hasta entonces millones de pastillas estaban almacenadas en Alzey, Ludwigshafen, Saarburg y Landau, ubicada a 8 kilómetros de donde yo vivo. Antes en sólo cuatro puntos de acopio, ahora están repartidas en las comunas.

Para personas como yo, que estamos en la cincuentena, esa medida de prevención resulta irrelevante, pues las pastillas de yodo sólo deben ser ingeridas por personas que tengan un máximo de 45 años. Por encima de esa edad, los posibles efectos secundarios (hiperfunción de la glándula tiroides, alteraciones del ritmo cardíaco y aumento de probabilidad de infarto) son más peligrosos que el riesgo de contraer cáncer a la tiroides.

Durante mucho tiempo considerada una alternativa “limpia” frente a otros medios para generar energía, la fisión nuclear se considera ahora una opción de alto riesgo, pues en caso de un accidente, las consecuencias pueden ser fatales, como quedó demostrado por los accidentes de Chernóbil en la actual Ucrania y Fukushima en Japón. Sin embargo, hay turbios intereses económicos en juego, y aunque la Unión Europea ya ha tomado la decisión de ir cerrando paulatinamente las centrales nucleares, los plazos se han ido alargando. Se suponía que en el año 2015 la central de Tihange iba a ser puesta definitivamente fuera de servicio, pero el gobierno belga extendió los plazos hasta el 2023 para el reactor 2, y hasta el 2025 para los otros dos reactores.

Mientras tanto, el riesgo de un accidente nuclear pende como una espada de Damocles sobre la población. Pues cuando se le da primacía a los intereses económicos, la vida de la gente no vale nada.

(Columna publicada en Altavoz el 4 de septiembre de 2017)

EX-TERRORISTAS EN LA DEMOCRACIA ALEMANA

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El banquero Jürgen Ponto y los terroristas implicados en su asesinato (en sentido del reloj): Brigitte Mohnhaupt, Christian Klar, Susanne Albrecht y Peter-Jürgen Boock

Hace 40 años, un 30 de julio de 1977, fue asesinado Jürgen Ponto, portavoz del directorio del Dresdner Bank, en su residencia cerca de Frankfurt por integrantes de la RAF (Rote Armee Fraktion – Fracción del Ejército Rojo), conocida también como banda Baader-Meinhof.

Susanne Albrecht, simpatizante del grupo y cuya familia guardaba relaciones de amistad con la familia Ponto, hizo posible el acceso de Brigitte Mohnhaupt y Christian Klar a la mansión, quienes le pegaron cinco tiros al banquero cuando éste se resistió al secuestro.

Recién poco antes de la unificación de Alemania en 1990, Albrecht sería capturada en Berlín, después de vivir refugiada primero en la República Democrática Alemana y después en la Unión Soviética.

Condenada a 12 años de prisión, en 1996 se le concedió libertad condicional, gracias a su colaboración eficaz. En Bremen trabajaría como maestra de alemán para hijos de inmigrantes en una escuela primaria. Si bien en el año 2007 el partido de gobierno, la CDU (Christliche Demokratische Union – Unión Demócrata Cristiana) consideraría insostenible su posición laboral debido a su pasado terrorista, la asociación de padres de familia de la escuela se pronunciaría a favor de mantenerla en su puesto.

Christian Klar, quien participó en la mayoría de los atentados de la RAF entre 1977 y 1982, fue capturado este mismo año y condenado posteriormente a cadena perpetua. En 2008 dejo la prisión bajo régimen de libertad condicional. En 2011 vivía en Berlín, trabajando como camionero. En febrero de 2016 se supo que Klar se ocupaba desde hace varios años del mantenimiento técnico de la página web de Dieter Dehm, diputado en el Bundestag (Parlamento Federal) por el partido Die Linke (La Izquierda). La CDU, con su habitual moralismo burgués, criticó este hecho, mientras que los diputados izquierdistas defendieron el derecho de Klar a desempeñar esa función.

Brigitte Mohnhaupt, en manos de la justicia desde 1982, también fue condenada a prisión perpetua, pero fue puesta en libertad en marzo de 2007, tras haber cumplido los 24 años de prisión mínima exigidos por la ley alemana. Vive retirada y poco se sabe de ella.

Peter-Jürgen Boock, quien conducía el vehículo en el cual huyeron los asesinos de Jürgen Ponto, estuvo hasta 1998 en la cárcel, donde comenzó a escribir sus memorias. Actualmente vive en Italia y es un escritor reconocido.

Otra ex-integrante destacada de la RAF es Silke Maier-Witt, quien declararía posteriormente: «Teníamos la ilusión de cambiar la realidad. Eso fue un error.» Sin embargo, sus ulteriores actividades hablan de esfuerzos por un mundo mejor, pero ya no por la vía de la violencia. Liberada en 1995, siguió estudios de psicología con especialidad en familia y trabajó en el ámbito de la psiquiatría con niños y jóvenes. De 2000 a 2005 laboró como enviada de paz en Kosovo gracias a una recomendación del entonces fiscal federal Kay Nehm, atendiendo a víctimas traumatizadas por la guerra.

Karl-Heinz Dellwo, quien en 1975 tomó parte de la sangrienta toma de rehenes en la embajada alemana en Estocolmo, también está libre desde 1995. Distanciándose críticamente de la RAF, se ha dedicado a la producción y dirección de documentales, a la publicación de libros y a la gastronomía.

Inge Viett, también ex-terrorista de la RAF, publicó su primer libro estando todavía en prisión. En libertad condicional desde 1997, se dedicó a escribir y a participar en eventos públicos, defendiendo los objetivos de la RAF. Si bien su “apología del terrorismo” ha sido sancionada en un par de ocasiones con multas de montos elevados, eso no ha sido motivo suficiente para volver a encarcelarla, pues no ha participado en ninguna acción criminal violenta.

Así sucede en la democracias sanas que respetan los derechos de todos por igual, aunque no se esté de acuerdo con sus propuestas.

Pues se puede prohibir ciertas organizaciones y sancionar las invitaciones al odio y a la violencia. Pero no se puede prohibir a las personas, aunque hayan sido terroristas, ni cancelar sus derechos y libertades una vez que han cumplido su condena.

Y una sociedad que renuncie a la integración social y laboral de quienes fueron terroristas, no sólo traiciona principios democráticos, sino que alimenta el caldo de cultivo que favorecerá el resurgimiento de aquello que precisamente pretende evitar.

(Columna publicada en Altavoz el 28 de agosto de 2017)

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Cuando estaba preparando este artículo, me topé con la entrevista que Mávila Huertas le hizo a César Hildebrandt el 25 de agosto en Canal N. Más allá del brillante análisis que hace Hildebrandt de la actual coyuntura del Perú, adelanta unas reflexiones sobre la participación en política de quienes han sido terroristas, con la cuales no solamente estoy de acuerdo, sino que van en la línea de las ideas que sustentan mi presente columna.

Transcribo aquí lo dicho por Hildebrandt en esa ocasión:

Mávila Huertas: Hace muchos años recuerdo mucho y claramente, cuando el cáncer era una enfermedad incurable, que me dijiste: “el terrorismo en el Perú es como un cáncer”. Claro, hoy el cáncer si se detecta a tiempo y se recibe los tratamientos adecuados quizá ya no sea una un enfermedad incurable. Pero en ese momento me dijiste: “Si las distancias sociales continúan en el Perú como está, siempre habrá caldo de cultivo para el terrorismo”. Si la estrategia hoy es pelear con ideas, teniendo en cuenta cómo están nuestros partidos, es decir, quienes entrarían a discutir ideas con el MOVADEF y con estas otras plataformas, ¿tú estarías de acuerdo en permitirles participación política, así como están las cosas hoy?

César Hildebrandt: Es que la otra vía es que el caldero empiece a hervir y no tenga desahogos ni salidas. Si ellos quieren convertirse en partido político, renunciando a la lucha armada… ¡hombre! ¿no ha pasado en Colombia? ¿no está pasando en España con ETA? ¿no pasó en el Reino Unido con Sinn Féin, con los que fueron los terroristas más perversos de Dublín? ¿Quiénes somos nosotros para decir: no, es que el Perú es especial, aquí nadie retrocede y aquí, en fin, los rencores son invictos y el pasado manda? ¡No, pues! […] Tendrían eso sí, por supuesto, que renunciar a la política de la lucha armada, de la violencia y del terrorismo. Pero si quieren convertirse en partido político, ¡bienvenidos, puente de plata! Hay que ser muy torpe para decirle “¡no!” al adversario que quiere transformarse y quiere tener una vía pacífica de presencia, de protagonismo.

TERROR EN BARCELONA: EL TESTIMONIO DE UN MADRILEÑO

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Patio de Butacas es un foro privado de cine en Internet, fundado en el año 2010 por un guatemalteco, un argentino y un español, con la finalidad hacer accesible material sobre el cine como arte —cine clásico, cine de autor, cine independiente, cine experimental, art films— a sus usuarios, que llegan actualmente a la cifra de unos 28,800 aproximadamente. Allí se puede encontrar una ingente cantidad de películas alternativas al cine mainstream comercial, así como libros y ensayos sobre el Séptimo Arte.

Como cinéfilo apasionado, muy pronto llegué a formar parte del staff, integrado actualmente por 11 personas de diversas nacionalidades (España, Argentina, Chile, Perú, Uruguay y Venezuela). Uno de ellos es un madrileño residente en Barcelona, que estuvo en las Ramblas en el momento del atentado terrorista del 17 de agosto. A continuación, su vívido testimonio:

Yo subía por uno de los laterales de las Ramblas en dirección Plaza Cataluña —vivo cerca del sitio— cuando ha pasado, visto y no visto, una furgoneta a toda velocidad por la acera central de peatones. Cuando digo “visto y no visto” me refiero a que el asunto ha sido cosa de 2 ó 3 segundos. He visto volar toda clase de objetos y todo el momento ha venido acompañado de un magma sonoro compuesto por gritos de todo tipo e intensidad y el jaleo típico de gente que huye despavorida corriendo hacia todas direcciones. En menos de un minuto, las Ramblas, que habitualmente está hasta los topes de gente a esas horas (yo diría que el 70% de ella compuesto por turistas), se ha vaciado completamente de transeúntes. Es entonces cuando he visto que había decenas de cuerpos de personas en el suelo. Algunos se movían torpemente, otros estaban inertes. Alrededor de ellos se podía ver todo tipo de souvenirs, papeles y trastos varios esparcidos por el suelo, además del reguero de flores que ha dejado a su paso la furgoneta al llevarse por delante también parte del stock de los famosos quioscos de los floristas de la Rambla.

He vivido bastantes momentos de tensión —de aquellos digamos “fuertes”— a lo largo de mi vida —huelgas, manifestaciones en pro de todo tipo de derechos, enfrentamientos con las diferentes fuerzas de (in)seguridad, asaltos a locales (neo)fascistas, etc…— y creo que es por ello que he sido uno de los pocos —de entre los que no habían sufrido daño físico o que era acompañante de los que lo habían sufrido— que ha podido aguantar el miedo y la presión y quedarse por allí y ver si podía ayudar en algo. Debo decir, de todas maneras, que me ha impresionado notablemente el panorama desolador que ha quedado en todo ese trozo de calle minutos después del paso criminal de la puta furgoneta. Está claro que no es lo mismo ver estas cosas por la TV que estar allí en directo viviendo el momento.

De entre todo el reguero de víctimas me he fijado en un niño llorando —me contó después que tenía 9 años—, apostado de rodillas al lado de un cuerpo femenino estirado boca abajo en el suelo. Me he acercado y le he preguntado quien era la mujer y no me ha contestado. Me ha parecido que el chico era extranjero y he repetido la pregunta en inglés, y entonces me ha contestado a su vez en inglés y entre gimoteos que era su madre. La mujer respiraba pero estaba inconsciente. Siguiendo antiguos consejos, no la he movido —tampoco habría sabido hacer mucho más, la verdad—, y me he dedicado básicamente a tranquilizar al niño mientras esperábamos la ayuda médica, que ha llegado como a los 10-12 minutos más o menos. En ese intervalo de tiempo intenté calmar y sobre todo distraer al niño, dándole conversación (con mi inglés justito), tratando de convencerle que enseguida iba a llegar la ayuda y que todo iba a ir bien. Conseguí que dejase de llorar un poco, pero en diálogo no le saqué más que la edad y que era de Dublin. Acabó interrumpiendo la conversación —o su intento, porque solamente hablaba yo— uno de los paramédicos, que le hizo a la madre una primera (escueta) exploración para ver como era su estado. Todavía pasarían unos 25-30 minutos más hasta verla subida, ya estabilizada, a una ambulancia —ruido ensordecedor de las sirenas de las que iban llegando, de los coches de policía y de algún que otro coche/camión de bomberos—, pues parece que no estaba entre las más graves del momento —esto es pura suposición mía, pues veía que se llevaban antes a otr@s—. El caso es que la presencia de los médicos si pareció tranquilizar bastante más al chico, al cual se acabaron llevando dentro de una de las ambulancias mientras atendían —ahora ya más plenamente— a la madre, que no sé al final que habrá sido de ella.

A medida que iba pasando tiempo desde el momento del atentado, si parecía que se acercaba más gente/vecinos para ayudar o interesarse por los heridos. En medio de esto la policía, que había llegado al mismo tiempo que la ayuda médica, iba diciendo a todo el mundo que no fuese víctima o familiar de víctima que abandonase la zona, cosa que yo al final hice.

La experiencia, desde luego, ha sido extraña y bastante intensa.

Condolencias y abrazos a todas las víctimas.

(Columna publicada en Altavoz el 21 de agosto de 2017)