JESÚS, EL CHE GUEVARA Y UN WESTERN A LA ITALIANA

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Jean-Louis Trintignant en “El gran silencio” (Sergio Corbucci, 1968)

Hace 50 años el director de cine italiano Sergio Corbucci —quien en 1966 había rodado Django, obra señera del spaghetti western— estrenó lo que muchos consideran su obra maestra, El gran silencio, otro western a la italiana, esta vez dedicado a la memoria de Jesús, Martin Luther King y Che Guevara. Otro personaje mítico que parece haber inspirado a Corbucci es Malcolm X, activista defensor de los derechos de los afroamericanos en Estados Unidos, que fue asesinado en 1965.

No era la primera vez que un cineasta empleaba el formato del spaghetti western para hacer una reflexión política sobre problemáticas acuciantes en la década de los ‘60. Ya lo había hecho Damiano Damiani con su Yo soy la revolución (1967), un film netamente político donde aborda en clave de lucha revolucionaria la amenaza del imperialismo norteamericano y las ambigüedades del pueblo levantado en armas, y también Carlo Lizzani con Requiescant (1967), historia de venganza narrada bajo la óptica de la lucha de clases y donde contó con la colaboración en el guión y la actuación de Pier Paolo Pasolini, el reconocido cineasta marxista italiano, creador de algunas de las obras cumbres del Séptimo Arte.

Aún así, el film de Corbucci se erige como una rara avis no sólo por su atmósfera desolada que se desarrolla en paisajes nevados, su violencia seca y brutal, su ausencia de humor —casi siempre presente en diferentes dosis en otros ítalo-westerns—, sino por un final devastador que no deja ningún lugar a la esperanza y que ha sido descrito por el galardonado cineasta austríaco Michael Haneke como único. Pues el film acaba en una masacre ejecutada a sangre fría por los secuaces del villano (Klaus Kinski) tras éste haber dado muerte al héroe (Jean-Louis Trintignant). Un héroe que —no obstante ciertas ambigüedades éticas— se inspira en Jesús y en el Che Guevara. El hecho de que le destrocen las manos hace referencia a las manos crucificadas de Jesús y a las manos que le cortaron al cadáver del Che Guevara para enviárselas a Fidel Castro. Asimismo, el hecho de que sea mudo —de ahí su nombre de “Silencio”— sirve para relacionarlo con la figura de quien fue llevado como cordero al matadero sin pronunciar una sola palabra.

Pero el Jesús al que hace alusión Sergio Corbucci en su película no es ni de lejos la figura mansa y aburguesada de los sectores conservadores de la Iglesia, sino un Jesús que se pone del lado de los pobres y marginados, asociado al mito del guerrillero que entrega su vida por los oprimidos, simbolizado por el Che Guevara. Y digo mito, porque suele suceder que aquellos personajes de la historia que son elevados a la categoría de modelo ejemplar suelen ser primero purificados en la conciencia popular de aquellas acciones o actitudes repudiables que tuvieron en la vida real. No sólo sucedió con el Che Guevara, sino también con el mismo Martin Luther King, con Gandhi, con Winston Churchill, y en el Perú con Fernando Belaúnde y Alberto Fujimori, por lo menos entre sus seguidores.

Sin embargo, la visión de Corbucci resulta pesimista y desesperanzada. No obstante la lucha del héroe a favor de los desposeídos, al final su martirio no pueda evitar que éstos sean masacrados y la realidad siga igual, la de los cazadores de recompensas que se encargan de mantener el orden y la ley, eliminando salvajemente a todos aquellos que atentan contra la propiedad, en su mayoría necesitados que se ven obligados a robar para sobrevivir. Las personas vulnerables por su pobreza terminan siendo los “criminales”, mientras que quienes detentan el poder y representan fuertes intereses económicos son considerados los “buenos” y sus crímenes se justifican. Como si Corbucci quisiera decirnos, fiel a su ideología de izquierda, que la ley termina fracasando como instancia moral desde el momento en que el capital controla la acción del Estado y las leyes.

Pero a la vez que grafica el fracaso de un capitalismo sin conciencia social, Corbucci también parece decirnos que la revolución está abocada al fracaso. Silencio es ejecutado con las manos destrozadas, sin poder defenderse, y su muerte no evita la masacre de los rehenes. Así como la muerte del Che Guevara tampoco generó un cambio significativo en el mundo en que vivimos.

(Columna publicada en Altavoz el 15 de octubre de 2018)

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EL ANCIANO ALBERTO FUJIMORI DEBE REGRESAR A LA CÁRCEL

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Jorge Rafael Videla (1925-2013), dictador militar de Argentina entre 1976 y 1981 y responsable de la desaparición y muerte de miles de ciudadanos de esa país, murió en prisión a los 87 años de edad.

Al igual que Alberto Fujimori, fue encontrado culpable de crímenes de lesa humanidad. Al igual que él, nunca mató a nadie con sus propias manos, pero fue autor mediato de delitos graves con violación de derechos humanos fundamentales. Y al igual que él, también fue indultado una vez de manera irregular por un gobierno salpicado de sospechas de corrupción. Y no sólo sospechas, pues Carlos Menem —presidente argentino entre 1989 y 1999 y autor en 1990 del indulto que anulaba la pena de prisión perpetua que Videla estaba cumpliendo desde 1985— ha sido condenado en diciembre de 2015, en primera instancia, a cuatro años y medio de prisión por apropiarse ilícitamente de dinero del Estado.

La diferencia está en que Fujimori no está condenado a morir en prisión, como sí lo estuvo Videla. Pues si tiene la suerte de cumplir con vida sus 25 años de prisión, con los que ha sido sancionado por las matanzas de Barrios Altos y La Cantuta y los secuestros del periodista Gustavo Gorriti y el empresario Samuel Dyer, podrá gozar de nuevo de libertad, aun cuando no haya pedido disculpas por los crímenes cometidos y no haya pagado hasta ahora ni un puto sol de la reparación civil que todavía debe.

Quien ha sido encontrado culpable directa o indirectamente de muertes y asesinatos, debe pagar con la privación de su libertad. Es lo justo. En algunos países todavía se considera que lo justo es la pena de muerte. Afortunadamente, Fujimori vive en un país que en la práctica ha dejado atrás ese atroz e inhumano rezago medieval, y puede purgar su pena en un espacio donde tiene garantizados —salvo el de la libertad — todos sus demás derechos: a la salud, buena alimentación, seguridad, información, etc., etc. Derechos de los que lamentablemente no gozan, no solamente otros reos de la población carcelaria, sino ni siquiera gran parte de la población peruana que no ha cometido ningún delito y, sin embargo, sobrevive en la pobreza.

El video hecho público donde un Fujimori demacrado afirma que su corazón no soportaría volver a prisión y pide que no lo maten, que no lo condenen a muerte con esa medida, es tan convincente como las lágrimas de cocodrilo de su hija Keiko cuando declara a la prensa sobre la anulación del indulto de su padre. Lo que dice Fujimori no suena auténtico, pues sabe que está siendo filmado y habla para la opinión pública con un discurso articulado y palabras seleccionadas que difícilmente pronunciaría una persona en estado realmente grave.

¿Debe ir un anciano a prisión?

El 20 de septiembre de 2016 el Tribunal Federal de Justicia de Alemania, última instancia judicial, confirmó la sentencia de cuatro años de prisión contra el nonagenario Oskar Gröning, quien, siendo contador en Auschwitz, había colaborado con el exterminio de cientos de miles de judíos. Su defensa solicitó una suspensión de la pena debido al precario estado de salud del anciano. La solicitud fue denegada en agosto de 2017 sobre la base de peritajes de salud realizados por expertos independientes, alegando además que el principio del Estado de derecho primaba sobre los derechos del reo y, por lo tanto, la justicia debida a las víctimas debía prevalecer. Además, el encarcelamiento no violaba ningún derecho fundamental del reo. Gröning, a los 96 años, debía ir a prisión. Un primer procedimiento de queja fue denegado en diciembre de 2017, así como una primera petición de indulto. Una segunda petición hecha en febrero de 2018 quedó sin respuesta, pues el 9 de marzo de 2018 Gröning fallecía repentinamente en un hospital.

Si Fujimori cumple su condena, no alcanzará la edad que tenía Gröning al morir, a quien se le consideró apto para la cárcel. Por una simple cuestión de justicia, Fujimori debe regresar a su cárcel dorada y purgar su pena. Sólo así se podrá tener la esperanza de que en el Perú los delitos de lesa humanidad no queden impunes. Se lo debemos a los deudos de las víctimas y a toda la sociedad peruana.

(Columna publicada en Altavoz el 8 de octubre de 2018)

ABUSO SEXUAL CLERICAL: SIETE MEDIDAS QUE AYUDARÍAN

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El 25 de septiembre de este año los obispos alemanes reunidos en Fulda dieron a conocer los resultados del proyecto de investigación “Abuso sexual contra menores de edad de parte de sacerdotes, diáconos y religiosos católicos dentro del ámbito de la Conferencia Episcopal Alemana”, elaborado por un equipo de expertos contratados por la misma conferencia episcopal. Dos días días más tarde, el 27 de septiembre, se anunciaron las medidas que se iban a tomar para combatir el flagelo del abuso sexual, de dimensiones alarmantes según el estudio.

Este estudio, aun cuando contiene cifras impresionantes, presenta serias deficiencias y no estaría reflejando las verdaderas dimensiones del problema, como ya lo he señalado en un post anterior (ver INFORME SOBRE ABUSO SEXUAL ECLESIÁSTICO EN ALEMANIA: UN SALUDO A LA BANDERA).

Las medidas acordadas por los obispos fueron las siguientes:

Punto 1: Involucración de las víctimas y de expertos externos

Punto 2: Estandarización en la gestión de las actas de personal

Punto 3: Centros de atención independientes, adicionales a los diocesanos

Punto 4: Monitoreo vinculante en lo referente a intervención y prevención

Punto 5: Revisión de las prestaciones de reconocimiento a las víctimas

Punto 6: Esclarecimiento de la responsabilidad institucional

Punto 7: Discusión sobre celibato y moral sexual

Matthias Katsch, vocero de la asociación de víctimas “Eckiger Tisch” (“Mesa Angular”), ha señalado que “estos anuncios insuficientes nos dejan estupefactos”. Pues, ciertamente, poco concreto hay en ellas, comenzando porque no se delimitan las responsabilidades personales de los numerosos abusos cometidos ni tampoco se indica claramente cómo se va a reparar el daño producido a las víctimas, mucho menos se propone un plan de indemnizaciones justas y satisfactorias. Además, todo queda bajo responsabilidad y tutela de los mismos eclesiásticos que forman parte del sistema que ha hecho posible los abusos a gran escala y que ha protegido a los abusadores y dejado desamparadas a las víctimas

El día 27 de septiembre apareció en el prestigioso semanario “Die Zeit” un interesante artículo, proponiendo siete medidas alternativas a las de los obispos. Dado que estas medidas trascienden el ámbito regional y, en cierta medida, atañen a toda la Iglesia universal, he creído conveniente hacer una traducción al español para contribuir a la difusión de estas medidas. Aunque dudo, por lo que sabemos del aparato eclesiástico actual, que se vayan a poner en práctica, por más necesarias y urgentes que sean.

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Abuso sexual: ¡No hablar, sino actuar!

Siete medidas contra el abuso clerical que realmente ayudarían

por Hannes Leitlein y Merle Schmalenbach

Tomado de ZEIT Nr. 40/2018

1. Indemnizad a las víctimas

Hasta 5,000 euros de indemnización por persona: ésta es el monto que ha ofrecido la Iglesia en el año 2011 a las víctimas de abusos. En ese entonces, las asociaciones de víctimas lo consideraron “mezquino”. Ciertamente el sufrimiento de las víctimas no se puede expresar en cifras. Pero eso no es motivo para dejarlo sólo en sumas simbólicas y palabras calurosas. «Las disculpas evacuadas de manera rutinaria no nos aportan nada a las víctimas», indica Heiko Schnitzler de la asociación “Eckiger Tisch Bonn” [“Mesa Angular de Bonn”]. «Cuando se trata de reparación, las disculpas y oraciones no constituyen la moneda de cambio en esta sociedad, sino el dinero». A algunas víctimas el abuso las ha sacado de los rieles de tal manera, que han interrumpido la escuela o posteriormente su formación. Luchan durante una vida entera con la debacle económica. Aquí la Iglesia debe intervenir. Esto también es válido para los costos de terapias, que no son cubiertos por las cajas o seguros de salud.

«La mejor solución sería un fondo nacional bajo el manto de la Conferencia Episcopal Alemana», señala el canonista Thomas Schüller de la Universidad de Münster. En este escenario las diócesis ricas contribuirían voluntariamente con un mayor monto que las pobres, en interés propio: al fin al cabo la opinión pública no distingue entre cada una de las diócesis. Si una diócesis tiene mala fama, eso afecta a la Iglesia entera. Sobre la adjudicación del dinero a las víctimas según este modelo las decisiones serían tomadas por una comisión independiente, conformada por laicos. Que se cumpla esto es ciertamente improbable. «La Iglesia en Alemania practica aun hoy en día una política de pequeños estados como en el siglo XVIII y con seguridad no va a lograr ponerse de acuerdo sobre un programa tan fundamental».

2. Posibilitad una investigación independiente

El presente estudio sobre abusos no satisface los requerimientos de lo que puede ser llamado “esclarecimiento sin lagunas”. En el año 2010 las 27 diócesis, por presión de la opinión pública, encargaron un estudio independiente. La cooperación con el Instituto de Investigación Criminológica de Baja Sajonia se interrumpió. Su entonces director, Christian Pfeiffer, explicó en aquella ocasión que el estudio habría fracasado «ante el deseo de censura y control por parte de la Iglesia». Él se había opuesto a que la Iglesia quisiera cambiar el contrato vigente a posteriori con el fin de controlar los textos de investigación y poder incluso prohibir su publicación.

La Conferencia Episcopal, por el contrario, puso fin a la cooperación oficialmente debido a «diferencias irreconciliables». Un acuerdo sobre protección de datos y derechos personales habría lamentablemente naufragado, y según la Conferencia Episcopal, Pfeiffer habría evidenciado «diletantismo y falta de seriedad». La Conferencia Episcopal encargó otro nuevo estudio, que fue presentado el pasado martes [25 de septiembre] en Fulda, después de que ZEIT hubiera publicado hace dos semanas los primeros resultados. En este estudio los investigadores no tuvieron acceso completo a las actas, sino que personal eclesiástico y abogados de las diócesis entregaron las actas requeridas sólo a petición. La institución que debía ser investigada controló la investigación. Si la Iglesia católica quiere recuperar su credibilidad, debe ahora abrir todas las actas, en el Vaticano, en las conferencias episcopales y en las diócesis. Y debe dejar que expertos independientes investiguen a gran escala.

3. Intervenid con mayor dureza

La Iglesia no está inactiva, pero no procede con suficiente determinación contra los abusadores: en el año 2001 el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el posterior Papa Benedicto XVI, preparó un escrito sobre delitos graves (“De delictis gravioribus”). Recomendaba al clero denunciar los casos de abusos a la justicia penal de cada país. En en el año 2010 la Congregación para la Doctrina de la Fe modificó este texto y elevó el plazo de prescripción del abuso a 20 años.

En el mismo año los obispos alemanes endurecieron sus “Líneas directrices para el manejo del abuso sexual”. La aplicación de estas líneas directrices, sin embargo, se controla insuficientemente. Además, todavía hay escollos eclesiásticos que dificultan un esclarecimiento: entre éstos se halla el canon 490 § 3 del Código de Derecho Canónico referente al archivo secreto episcopal, que establece que ningún acta del archivo podrá ser entregada a terceros [«No deben sacarse documentos del archivo o armario secreto»]. “Sin embargo, allí están depositadas todas las actas de investigación y algunas veces las actas de un proceso penal sobre delitos sexuales, lo que dificulta el esclarecimiento de casos de abuso”, dice Thomas Schüller.

Altamente problemático es en este sentido también el canon 489 § 2 del Código de Derecho Canónico: estipula que las actas deben ser destruidas diez años después de una sentencia condenatoria o de la muerte del clérigo inculpado [«Todos los años deben destruirse los documentos de aquellas causas criminales en materia de costumbres cuyos reos hayan fallecido ya, o que han sido resueltas con sentencia condenatoria diez años antes, debiendo conservarse un breve resumen del hecho junto con el texto de la sentencia definitiva»]. Por otra parte, las víctimas requieren frecuentemente de décadas para poder confrontarse con el abuso sufrido. Por eso mismo, la Royal Commission en Australia está exigiendo una obligación de custodia de las actas de por lo menos 45 años.

4. Profesionalizad vuestras estructuras

Es la falta de transparencia, arrogancia y espíritu de cuerpo de párrocos, obispos y cardenales lo que recién ha hecho posible el abuso a tan grande escala y el encubrimiento, según muestra el estudio. La Iglesia católica debe superar estas estructuras de poder. Si bien ya ahora se contrata a personal cualificado no consagrado para tareas centrales, el poder de decisión ultimo sigue residiendo ahora como antes en el grupo cada vez más reducido de los eclesiásticos.

Un medio que ya desde hace tiempo es común y corriente en las organizaciones modernas podría ayudar: la auditoría, es decir, una instancia independiente de control para cada nivel de la Iglesia, que revise si, por ejemplo, se aplican las “Líneas directrices para el manejo del abuso sexual” de la Conferencia Episcopal Alemana.

Una Iglesia que le otorgara más influencia a los laicos y les diera también competencia de decisión frente a los eclesiásticos estaría protegida contra la formación de grupúsculos elitistas entre los clérigos y con eso también contra las tendencias de encubrimiento. Podría comenzarse con un auditor al lado del obispo de Tréveris Stephan Ackermann, el encargado de abusos de la Conferencia Episcopal.

5. No hagáis responsables a los homosexuales

La homosexualidad, ahora como antes, es satanizada en la Iglesia católica. La búsqueda de un chivo expiatorio en 2018, en consecuencia, también concluyó rápidamente: ¡fue el lobby homosexual! Pero este antiguo prejuicio homófobo no nos lleva a los perpetradores, más bien estigmatiza a inocentes. Hombres heterosexuales y no pedófilos también abusan de muchachos menores de edad. Eso lo confirman también los investigadores: una causa del abuso no sería la orientación sexual.

En el abuso no se trata de sexo, sino de violencia sexualizada. Las estructuras de poder que posibilitan este tipo de agresiones las hay de manera extendida entre sacerdotes, dice el padre jesuita y ex director del Colegio Canisio de Berlín, Klaus Mertes, quien en el año 2010 reveló a la opinión pública el abuso en su institución: «Yo hablo, en lugar de eso, de redes de alianzas entre hombres. También heterosexuales forman parte de ellas». Refutar el prejuicio del lobby homosexual, tomar distancia de estas redes de alianzas entre hombres y, de esta manera, quitarles la base, sería un primer paso.

6. Poned en tela de juicio el celibato

En qué medida el celibato convierte en abusadores a los sacerdotes es discutible. El estudio de abuso, sin embargo, arroja nuevamente una sombra sobre la continencia: si bien son responsables de abuso 5.1% de los sacerdotes diocesanos que viven en celibato, lo son solamente 1% de los diáconos en ejercicio, a los cuales les está permitido casarse. ¿Por qué entre sacerdotes diocesanos es más alta la probabilidad de convertirse en abusadores? Esta pregunta debe hacérsela la Iglesia católica, y discutir esta relación. Incluso bajo la presunción de que el sacerdocio atraería a personas sexualmente inmaduras, como señala el psicoterapeuta Wunibal Müller y como los investigadores del estudio suponen, esto debe ser analizado.

Mientras que la Conferencia Episcopal Australiana debate el final del celibato obligatorio, también en Alemania se escuchan las primeras voces, como el deán de la ciudad de Frankfurt, Johannes zu Eltz, que ha cuestionado la obligación de los sacerdotes católicos de no casarse.

7. Convocad un sínodo

Realizar según lo planeado el sínodo sobre los jóvenes en otoño, mientras que a nivel mundial se discute sobre el abuso de menores de edad, causa una impresión bastante ajena a la realidad. Lo que se necesita urgentemente, en lugar de esto, es un sínodo sobre el abuso, y mejor si es con participación de jóvenes. «El tema afecta a la Iglesia a nivel mundial, aun cuando continentes como África o Asia no quieran admitirlo», dice Thomas Schüller. Cómo sería el desarrollo de tal sínodo sobre abuso lo ha esbozado ya el obispo británico de Portsmouth en una carta al Papa: primero debería llevarse a cabo un congreso, al cual asistan obispos pero que sería organizado por laicos. Éstos deberían poder demostrar una particular competencia en el tema del abuso.

Los resultados del congreso podrían entonces ser utilizados en una sesión formal del sínodo de los obispos en Roma. En realidad hasta ahora soló se ha previsto una cumbre eclesiástica entre el 21 y el 24 de febrero, en la cual el Papa Francisco recibirá a los presidentes de todas las conferencias episcopales de nivel nacional. Esta cumbre llega casi medio año muy tarde, no están permitidos laicos, y algunos de los mismos participantes tienen antecedentes como encubridores.

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FUENTES

tagesschau.de
Beschluss der Bischöfe: Sieben-Punkte-Plan gegen Missbrauch (27.09.2018)
https://www.tagesschau.de/inland/massnahmen-missbrauch-katholische-kirche-101.html

Bistum Magdeburg
7-Punkte-Plan gegen Missbrauch: Wie die Bischöfe Missbrauch verhindern und bekämpfen wollen (kna)
https://www.bistum-magdeburg.de/aktuelles-termine/nachrichten/mhg_studie_empfehlungen.html

ZEIT ONLINE
Sexueller Missbrauch: Nicht reden, handeln! (28. September 2018)
https://www.zeit.de/2018/40/sexueller-missbrauch-katholische-kirche-massnahmen

INFORME SOBRE ABUSO SEXUAL ECLESIÁSTICO EN ALEMANIA: UN SALUDO A LA BANDERA

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El cardenal Reinhard Marx y mons. Stephan Ackermann, obispo de Trevéris, durante la rueda de prensa para la presentación del estudio sobre abuso sexual eclesiástico en Alemania (25 de septiembre de 2018)

«Durante demasiado tiempo en la Iglesia se ha negado, ignorado y encubierto el abuso. Por este fracaso y por todo el dolor causado, pido disculpas. […] Me avergüenzo por la confianza que ha sido destruida; por los delitos cometidos contra seres humanos por personal eclesiástico; y siento vergüenza por este hacer la vista gorda de muchos, que no quisieron reconocer lo que había sucedido y no se preocuparon por las víctimas. […] No hemos escuchado a las víctimas. Todo esto no debe quedar sin consecuencias».

Estas fueron las palabras del cardenal Reinhard Marx, presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, en la reunión de otoño de los obispos en la ciudad de Fulda, donde el 25 de septiembre en una rueda de prensa se presentó oficialmente un estudio sobre el abuso sexual de menores por parte de sacerdotes y diáconos católicos, encargado por los obispos alemanes. El estudio fue elaborado por investigadores independientes del Instituto Central para la Salud Mental de Mannheim y de las universidades de Heidelberg y Giessen.

El principal problema está en que fueron los obispos quienes determinaron las condiciones en las que iban a trabajar los expertos. Y si bien las cifras resultan alarmantes (3,677 víctimas y 1,670 abusadores en el período 1946-2014), estos resultados no pueden ser considerados definitivos debido a las limitaciones dentro de las cuales se realizó la investigación.

Fueron examinadas 38,156 actas, a las cuales los investigadores no tuvieron acceso directo, pues los datos relevantes fueron registrados en formularios por personal y abogados de las diócesis y anonimizados. Además, sólo 10 diócesis enviaron informaciones de las actas abarcando todos los años del período de estudio. Las otras 17 enviaron sólo datos a partir del año 2000. Por otra parte, los investigadores obtuvieron indicios de que algunas actas u otros documentos habían sido destruidos o manipulados, siendo imposible determinar la cantidad exacta de la documentación afectada. También se realizaron entrevistas con inculpados y víctimas, todo de manera anónima.

El resultado es un informe árido y seco, con numerosas tablas y datos estadísticos, que no revelan las verdaderas dimensiones del abuso sexual eclesial en Alemania. El número de incidentes de esta índole debidamente documentados sería de por lo menos el doble, a lo cual habría que añadirle un cálculo de casos no denunciados o no documentados, o cuya documentación habría sido destruida. Asimismo, hay que agregar los abusos cometidos por religiosos y religiosas, que no fueron incluidos en el estudio —salvo uno que otro caso— porque las órdenes y congregaciones no se hallan bajo la jurisdicción de los obispos. Tampoco se incluyen los abusos sexuales en perjuicio de adultos vulnerables.

Harald Dressing, director del proyecto de investigación, habla de una cuantiosa cifra oculta. Además, cuenta con información de que un 40% de los perpetradores todavía seguiría con vida, lo cual nos da una suma de más de 650 abusadores —si tomamos en cuenta las cifras del estudio—, cuyos nombres se desconocen y que en su mayoría seguirían impunes. Lo más probable es que el número de abusadores aún vivos supere el millar.

Lo que al final tenemos es un estudio con cifras lo suficientemente alarmantes como para que los obispos se estremezcan ante lo que supuestamente no sabían y realicen su ritual pedido de disculpas para tranquilizar a la opinión publica y recuperar la confianza perdida. Y —no faltaba más— anuncien las medidas que van a tomar —en un plan que incluye siete puntos— para superar la crisis. Medidas vagas, imprecisas y gaseosas, que ni siquiera podrán ser fiscalizadas.

Como ha insistido Matthias Katsch, vocero de la asociación Eckiger Tisch (Mesa Angular) que reúne a las víctimas de abuso sexual en instituciones jesuitas, se requiere una investigación independiente a cargo de entidades estatales, un acceso a todas las actas de los archivos diocesanos, una identificación con nombre y apellido de las víctimas y los perpetradores —a fin de facilitar, en la medida de lo posible, que se haga justicia— y una indemnización satisfactoria para quienes han sufrido las consecuencias graves de los abusos sexuales.

Ciertamente, de esto no han hablado los obispos, y el estudio que han presentado adolece de los mismos defectos de siempre del sistema eclesiástico: encubrimiento de las verdaderas dimensiones del problema y renuncia a asumir responsabilidades personales, tanto de parte de los perpetradores como de quienes los encubrieron.

(Columna publicada en Altavoz el 1° de octubre de 2018)

LAS HABAS DE LA CORRUPCIÓN

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Hans-Georg Maassen y Horst Seehofer

Hemos sido testigos en el Perú de cómo diferentes personajes de algunos poderes del Estado —sobre todo el legislativo y el judicial— y de la política vienen siendo acusados de delitos graves asociados a la corrupción, entre ellos tráfico de influencias, lavado de activos, cohecho (sobornar a una autoridad o funcionario público mediante la solicitud de una dádiva a cambio de realizar u omitir un acto inherente a su cargo), o simplemente aprovecharse de su cargo para obtener beneficios indebidos. Pero mientras más alto sea el puesto del acusado, con mayor protección contaría, más obstáculos habría que vencer, más difícil sería procesarlo y más posibilidades habría de que sea blindado por sus compinches que también ocupan puestos importantes en instituciones públicas del Estado.

Un Héctor Becerril, un Moisés Mamani, un Daniel Salaverry, un Pedro Chávarry, una Keiko Fujimori, un Alan García, sólo por mencionar algunos, cuentan con mayores posibilidades de blindaje ante la justicia que cualquier hijo de vecino que haya cometido un delito menor y que no cuente con las influencias ni los recursos que otorgan las redes de corrupción.

El Indice de Percepción de la Corrupción 2017 elaborado por Transparency International ubica al Perú en el puesto 96 de 180 países, con una puntuación de 37 puntos, por debajo de la media que es de 43.07 puntos. Alemania, con una puntuación de 81 puntos, ocupa el puesto 12. Pero en este país, no obstante haber una percepción de corrupción relativamente baja, también se cuecen habas.

En Chemnitz, una ciudad de la antigua Alemania Oriental, en horas de la madrugada del 26 de septiembre, un refugiado de origen sirio mató a puñaladas a un cubano-alemán. Hay que tener en cuenta que las reyertas con arma blanca en ciudades alemanas ocurren cada cierto tiempo. Pero cuando los implicados son todos alemanes —como sucedió ayer en Zwickau, otra ciudad del Oriente alemán—, no se origina lo que acaeció en Chemnitz. Ese día y los siguientes hubo disturbios y manifestaciones multitudinarias lideradas por grupos de extrema derecha y neonazis en contra de la “criminalidad inmigrante”, donde se amenazó e incluso se agredió violentamente a supuestos inmigrantes, contramanifestantes, policías, periodistas, peatones no involucrados e incluso un restaurante judío, arrojando un saldo de algunas decenas de heridos. Entre los participantes de las protestas hubo partidarios de la Alternativa para Alemania, partido de extrema derecha con representación en el parlamento alemán.

El 7 de septiembre Bild-Zeitung, el diario sensacionalista de mayor venta en Alemania, publicó unas declaraciones de Hans-Georg Maassen, presidente de la Oficina Federal para la Protección de la Constitución, agencia de inteligencia policial del gobierno federal alemán, una de cuyas tareas es vigilar a grupos que amenacen el orden democrático, así como la existencia y la seguridad de la República Federal Alemana. Maassen declaró que no contaban con evidencias de que en Chemnitz hubiera habido persecuciones de inmigrantes, no obstante que había testimonios y videos que atestiguaban esos hechos delictivos. Maassen dudó de la veracidad de esos videos, afirmando que no habían pruebas de que fueran auténticos Y a decir verdad, él mismo tampoco contaba con pruebas de que no lo fueran.

Esto, unido al hecho de que habría tenido reuniones con miembros de la Alternativa para Alemania con el fin de asesorarlos para evitar que fueran objeto de vigilancia de la agencia que él dirigía, además de haberle pasado a un miembro de ese partido información clasificada no pública, llevaron a que varias bancadas del parlamento alemán pidieran su cabeza.

Sin embargo, el Ministro del Interior Horst Seehofer, un conservador derechista cristianodemócrata, defendió su permanencia en el puesto. Finalmente tuvo que ceder ante la presión de los socialdemócratas —que habían amenazando con romper la coalición con el partido demócratacristiano de Angela Merkel, con la consecuente crisis de gobierno—. Pero en vez de mandar a Maassen a su casa y abrirle una investigación, fue promovido al cargo de secretario de Estado en el Ministerio del Interior, pasando de ganar 11,577 euros a 14,157 brutos al mes.

Maassen habría utilizado su puesto ilegímamente con fines políticos pero, como intocable del ministro Seehofer, fue recompensado. Ante las protestas de las bases socialdemócratas, en estos días se estaría renegociando otra vez su destino. Sin embargo, al igual que en el Perú, este asunto huele a pescado podrido.

(Columna publicada en Altavoz el 24 de septiembre de 2018)

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Este artículo fue redactado ayer antes de que se hubiera tomado ninguna decisión sobre Maassen.

El día de ayer, domingo 23 de septiembre, en la noche se acordó que Maassen sería designado asesor especial de asuntos europeos e internacionales con el rango de director de sección en el Ministerio del Interior, sin aumento de sueldo. En este cargo sería responsable de la negociación de acuerdos para el retorno de solicitantes de asilo, de temas de política social europea así como de concertar con Estados africanos la política de refugiados. Por supuesto, las bancadas de los partidos izquierdista, ecologista y liberal han protestado ante esta nueva decisión de la coalición gobernante de cristianodemócratas y socialdemócratas, pues opinan que Maassen debería ser investigado y no protegido. Sea como sea, la cosa sigue oliendo mal.

HISTORIA CRIMINAL DEL CRISTIANISMO

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Karlheinz Deschner (1924-2014), escritor y ensayista alemán, es recordado sobre todo por su monumental obra en diez tomos Historia criminal del cristianismo. Obra polémica pero inconclusa, pues llega sólo hasta el siglo XVIII, fue publicada entre 1986 y 2013, debiendo el autor darla por concluida con el décimo tomo debido a problemas de salud. Deschner fallecería un año después.

Su obra completa, que abarca novelas, colecciones de aforismos y ensayos, se centra en los estudios históricos del cristianismo y de la Iglesia, a los cuales —siguiendo la tradición del Iluminismo del siglo XVIII— considera como enemigos de la humanidad.

Nacido en el seno de una familia católica, se educó en centros educativos gestionados por religiosos y, tras sobrevivir al servicio militar durante la Segunda Guerra Mundial, realizó estudios en la Escuela Superior Teológico-Filosófica de Bamberg (1946-1947) y asistió entre 1947 y 1951 a lecciones de literatura, derecho, filosofía, teología e historia en la Universidad de Wurzburgo, en la cual se graduó.

¿Qué circunstancias de la vida llevarían a este prometedor intelectual formado en los cotos del catolicismo a convertirse en uno de sus detractores más acérrimos?

Si bien sus primeras obras críticas sobre el cristianismo aparecieron a fines de los años ‘50, ya en 1951 a Deschner le había sido aplicada por el entonces obispo de Wurzburgo, Julius Döpfner, la máxima sanción que contempla la Iglesia católica: la excomunión. El motivo no pudo ser más trivial: Deschner se había casado civilmente con la divorciada Elfi Tuch, su compañera sentimental. Para la Iglesia, la pareja vivía en pecado y a Deschner se le exigió anular el matrimonio contraído, cosa que se negó a hacer. Ya influido entonces por los escritos de Nietzsche, Kant y Schopenhauer, a Deschner le importó un carajo lo que hiciera una Iglesia capaz de cometer lo que actualmente sería considerado como un atropello contra derechos fundamentales de la persona.

El análisis histórico del cristianismo que hace Deschner no parte de una intención destructiva sino de un imperativo ético, como señala en el primer tomo de su obra magna:

«¿Por qué no habríamos de aplicar al cristianismo su propia escala de medida bíblica, o en ocasiones incluso patrística? ¿No dicen ellos mismos que “por sus frutos los conoceréis”?

Como cualquier otro crítico social yo soy partidario de una historiografía valorativa. Considero la historia desde un compromiso ético, que me parece tan útil como necesario, de “humanisme historique”. Para mí, una injusticia o un crimen cometidos hace quinientos, mil, mil quinientos años son tan actuales e indignantes como los cometidos hoy o los que sucederán dentro de mil o de cinco mil años».

Y la contradicción que encuentra entre lo que predican y lo que hacen los cristianos, sobre todo en los más altos niveles jerárquicos, alimentan su creencia en la criminalidad del cristianismo:

«Como es sabido, hay una contradicción flagrante entre la vida de los cristianos y las creencias que profesan, contradicción a la que, desde siempre, se ha tratado de quitar importancia señalando la eterna oposición entre lo ideal y lo real… […] “…cuando siglo tras siglo y milenio tras milenio alguien realiza lo contrario de lo que predica, es cuando se convierte, por acción y efecto de toda su historia, en paradigma, personificación y culminación absoluta de la criminalidad a escala histórica mundial”, como dije yo durante una conferencia, en 1969, lo que me valió una visita al juzgado».

Se ha acusado a Deschner de falta de rigurosidad en el tratamiento de sus fuentes históricas, de no poner los hechos en su contexto y de omitir todo lo bueno que ha hecho el cristianismo a lo largo de su historia milenaria. O de que la acumulación de hechos delictivos reseñados por el autor —cuya veracidad histórica nadie ha puesto en duda— no justificarían metodológicamente la conclusión de que la Iglesia sea una organización criminal.

Argumentos similares hemos escuchado ante los abusos sexuales masivos en la Iglesia católica, donde incluso algunos obispos se cuentan entre los perpetradores y la gran mayoría habrían sido encubridores, a fin de “evitar el escándalo” y defender la imagen de “santidad” de la Iglesia.

De lo que no tenemos duda —especialmente aquellos que somos católicos con conciencia crítica— es que, si Deschner todavía estuviera vivo, tendría suficiente material histórico como para cerrar con broche de oro su Historia criminal del cristianismo.

(Columna publicada en Altavoz el 17 de septiembre de 2018)

 

ALEMANIA vs PERÚ: UNA EXPERIENCIA PERSONAL

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El Wirsol Rhein-Neckar-Arena, estadio de fútbol ubicado en la pequeña ciudad de Sinsheim (estado de Baden-Wurtemberg, Alemania) tiene un aforo de aproximadamente 25,500 personas. Rebosaba de alemanes que iban a apoyar a su equipo, pero más numerosa era la multitud de peruanos, muchos de los cuales habían cruzado la frontera y venido desde Italia, Francia, España —por mencionar algunos países solamente— para hacerle barra a la blanquirroja y reencontrarse con sus paisanos en una experiencia de peruanidad, de identidad nacional basada en los valores más sencillos: cercanía, fraternidad, acogida y aceptación de la variopinta multiplicidad étnica de nuestro país, cariño, alegría. Pues en el exilio semi-voluntario que la mayoría hemos elegido, en busca de un futuro mejor, las barreras racistas y discriminatorias que existen en nuestro país tienden a difuminarse.

Y allí estaba yo ese domingo 9 de septiembre en la noche acompañado de mi mujer, mi hijo y un grupo reducido de amigos alemanes y peruanos para presenciar por primera vez en mi vida un partido de la selección peruana de fútbol, esta vez contra el seleccionado alemán.

Porque, a decir verdad, nunca me ha apasionado el deporte rey, hasta el punto de que ni siquiera seguí los partidos del Mundial de Fútbol, bastándome con saber los resultados. Recuerdo que de niño pasé algunos momentos ingratos en el colegio cuando algunos compañeros me preguntaron de qué club deportivo peruano era yo hincha, y yo ingenuamente respondí que de ninguno. Y ciertamente, me hicieron sentir como un ser anormal, una criatura bajada de otro planeta. Pues en muchos círculos de la sociedad peruana no se concibe que alguien no esté interesado por el fútbol, o que no tenga grabada en su corazón la lealtad y afición a un equipo determinado.

Aquí en Alemania, en cambio, se puede pasar piola. No tener interés por el fútbol es una inclinación que se respeta, y apenas existe presión social para que eso cambie.

En fin, allí estaba yo por la razón circunstancial de que mi mujer había decidido comprar entradas para el partido y porque quería ver de cerca el esfuerzo de nuestros futbolistas por destacar en un deporte que mueve multitudes. Más que el juego mismo, me interesaba el desempeño humano de mis compatriotas, provenientes todos de sectores sociales más cercanos al perfil promedio de la población peruana, es decir, gente del pueblo con piel indígena, negra, cobriza, mezclada, ajena a los ideales de publicidad de la mayoría de las grandes entidades comerciales del Perú. Gente que ha experimentado alguna vez en su vida lo que es verdaderamente sudar la camiseta y trabajar con denuedo y esfuerzo para tener no mucho, sino lo necesario para una vida digna, y a veces menos que eso.

Valió la pena la experiencia. Ver a los peruanos medirse de igual a igual con Alemania —aunque hayan perdido habiendo podido ganar, de haber aprovechado bien todas las oportunidades de gol que dejaron pasar— es algo que no se olvida y es una señal de que el futuro del Perú se halla en la gente de a pie —en este caso literalmente— y no en aquellos que dicen representarlos en las altas esferas políticas, judiciales y empresariales, donde la corrupción ha podrido la gran mayoría de las instituciones. A destacar, el cartel que llevaba un grupo de peruanos en la tribuna alta con la inscripción «¡Referéndum ya!»

Paradójicamente, las derrotas ajustadas de la selección peruana contra los Países Bajos y Alemania se convierten en una alegoría de lo que pasa en el Perú. Mientras que la corrupción campea en todo el sistema, los peruanos comunes y corrientes difícilmente podrán obtener victorias notables no obstante sus esfuerzos por salir adelante.

Aún así, los peruanos de corazón seguimos irradiando alegría y entusiasmo contagioso. Eso también se vio en el estadio, donde peruanos y alemanes —mezclados pacíficamente en las tribunas— vitorearon a sus equipos cada uno a su estilo. Y no faltaron alemanes emparejados con peruanas que también llevaban puesta la camiseta de Perú. Uno incluso con el escudo de Uchiza en la parte trasera y una pequeña bandera alemana cosida a la altura izquierda del pecho.

En este microcosmos de un partido amistoso entre Perú y Alemania se pudo entrever lo mejor de la peruanidad, aquello que nos arranca el grito: «¡Viva el Perú, carajo!»

(Columna publicada en Altavoz el 11 de septiembre de 2018)