LA ARQUIDIÓCESIS DE LIMA EN LA TEMPESTAD

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Cardenal Juan Luis Cipriani y Mons. Raúl Chau con Manny García-Tuñón (Univisión)

Francesco Strazzari es profesor asociado de Ciencias Políticas de la Scuola Superiore Sant’Anna di Studi Universitari e di Perfezionamento (Pisa) e investigador adjunto del Norwegian Institute of International Affairs, en el departamento dedicado al crimen internacional y el terrorismo.

Si en julio de 2011 abordó un tema eclesial delictivo con su artículo “Una crisis en el Sodalicio”, el 13 de marzo reciente se ha atrevido a abordar otro tema afín, en un artículo intitulado “La arquidiócesis de Lima en la tempestad”.

Según fuentes confiables, la crisis del clero sería galopante: 36 sacerdotes han colgado los hábitos en los 16 años de episcopado de Mons. Cipriani. Éste sigue manteniendo una posición férreamente conservadora, centralista, arbitraria y autoritaria. Y alejada de las necesidades pastorales de los fieles.

Mientras el Cardenal estaría prácticamente “en la luna”, uno de sus obispos auxiliares y secretario personal estaría manejando realmente los asuntos arquidiocesanos. Con ansias de poder y con pretensiones de suceder a Mons. Cipriani en la sede episcopal.

Se trata de Mons. Raúl Chau Quispe, ordenado por Mons. Augusto Vargas Alzamora no obstante su pésimo desempeño como seminarista —con malas notas y sin haber obtenido una licenciatura en teología—, con escasa experiencia pastoral, que compensa con una gran astucia y manejo político.

Mons. Chau no conoce al clero limeño, sólo conoce sus propios intereses. No dialoga con nadie, salvo con los “suyos”, y ha montado una red de espionaje, que genera malestar en todos los sectores de la arquidiócesis.

Esto ha producido graves daños en la pastoral, desilusión en los fieles y resquebrajamiento de la comunión eclesial, ante unos obispos más preocupados por el poder y el dinero.

(Columna publicada en Exitosa el 26 de marzo de 2016)

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FUENTE

SettimanaNews
L’arcidiocesi di Lima nella tempesta (13 marzo 2016)
http://www.settimananews.it/italia-europa-mondo/larcidiocesi-di-lima-nella-tempesta/

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UNA VÍCTIMA MÁS DE JEFFERY DANIELS

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Jeffery Stewart Daniels Valderrama
Documento de identidad: DNI 07862803

Así aparece el nombre de este ex sodálite en el Registro Nacional de Identificación y Estado Civil (RENIEC), quien residiría actualmente en Antioch (Illinois, Estados Unidos), una localidad cercana a Chicago, junto con su esposa Laura, educadora de infantes. Jeffery estaría trabajando como webmaster para la Chicago Fittings Corp. Y aunque no lo he podido confirmar, es probable que también tenga la nacionalidad estadounidense.

Se pueden encontrar en la red varias referencias suyas bajo el nombre de Jeffery S Daniels. Aunque la forma “Jeffrey” es más común, no es éste el verdadero nombre de pila de quien ha sido descrito por algunos que lo conocieron como un depredador sexual de menores de edad.

Una de sus víctimas es un ex alumno del Colegio Markham que se comunicó conmigo cuando supo que Jeffery era señalado como uno de los pederastas del Sodalicio. Su nombre es Álvaro Urbina y tiene actualmente 34 años de edad.

Álvaro no tenía la certeza de que Jeffery hubiera abusado de otros como él. Aunque lo sospechaba. Ahora que la verdad está saliendo a la luz, Álvaro quiere también que se conozca su caso, a fin de ayudar a otros que han pasado por una experiencia semejante. Y de cierta manera, también quiere sacarse de encima no sólo el dolor que lleva en el alma por haber callado tanto tiempo, sino también la ansiedad que le ocasionó haber sido víctima de abuso sexual, con la confusión y el sentimiento de culpabilidad que ello trae consigo.

Al igual que muchos otros, Álvaro quiere que se haga justicia: que se reconozca públicamente el delito cometido por quien entonces era miembro del Sodalicio de Vida Cristiana y que se castigue al culpable. Y si esto no es posible, que caiga sobre él el oprobio de ser señalado públicamente como un abusador de menores.

El testimonio completo de Álvaro será una más de las denuncias que serán enviadas al Vaticano en contra del Sodalicio de Vida Cristiana, que sabemos que encubrió a Jeffery Daniels, le permitió quedar impune y le facilitó una salida honrosa de la institución para que pudiera hacer una nueva vida en los Estados Unidos. Sin pagar por las consecuencias de haber arruinado las vidas de varios menores de edad que pasaron por sus manos. Dejando detrás suyo un reguero de rabia, impotencia y sufrimiento.

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TESTIMONIO DE ÁLVARO URBINA SOBRE JEFFERY DANIELS

Antes que nada quisiera pedir perdón. Perdón por mi omisión en hablar. ¡Cuántos niños y adolescentes habrán pasado después de mí por las malas manos de Jeffery Daniels! Siempre tuve la sospecha por lo rápido que me sedujo. En esa época yo era muy inocente, y deseaba antes que nada que alguien me quisiera, de cualquier manera que sea. Y ahora dejo de justificarme y cuento lo que viví.

En el año 1995 yo estaba en segundo de media del Colegio Markham. Era objeto de bullying y esto repercutía muy seriamente en mis notas escolares. Mi madre ya no sabía qué hacer conmigo. Ella, madre soltera, trabajaba a mil para mantenernos en esa tan ansiada y cada vez más grande clase media alta peruana. Yo no era muy creyente por aquellas épocas y mi madre, como siempre, sí que creía. Así que un buen día decidió llevarme, gracias al consejo de una amiga suya, al Centro Pastoral de San Borja. Allí nos reunimos con un sacerdote sodálite, el cual, tras hablar cinco minutos conmigo y con mi madre, le dijo a ella que saliera del cuarto y nos dejara solos, y luego me habló con franqueza. Algún que otro “carajo”, una jovialidad extrema, una sonrisa de contagio y unas palabras sabias. En treinta minutos mi perspectiva acerca de la Iglesia había cambiado y luego terminó nuestra charla.

Al salir —era mediodía del sábado— me dijo que me iba a presentar a alguien. Ese alguien era Jeffery Daniels. Sus agrupados estaban jugando fulbito, mientras él miraba desde el lado de la cancha. Jeffery, al igual que el cura, tenía una sonrisa muy grande, pero a diferencia de la de este último, la de Jeffery despedía astucia, altanería, cierta prepotencia y muy al fondo algo oscuro.

Jeffery se comportó un poco como un patán, altanero y sabido, lo cual a un adolescente de catorce años le llama mucho la atención. Me parece que esa tarde jugué un poco al fulbito, reímos, hablamos, y al ser todos los agrupados de clase social alta o media alta, pues hablamos de los que conocíamos: «manyas a tal» o «ése es pataza mío…» Todos nos llevamos muy bien. Le di mi teléfono a Jeffery y me llamó para la siguiente quedada durante la semana siguiente.

Creo que fuimos primero al Centro Pastoral a jugar fulbito o hablar o rezar o algo así. Luego fuimos a comer helados y luego paseamos en su furgoneta, hablando y metiendo chacota hasta como las ocho de la noche. Era verano y no había colegio y dejó a todos uno por uno en sus casas. Al final, como yo vivía cerca del Centro Pastoral, me dejó a mí al último, pero antes me dijo que primero quería hablar conmigo acerca de mi primera quedada de agrupado.

Fuimos a un parque cerca de casa, no muy bien iluminado, en su camioneta combi. Comenzamos a hablar y le conté lo chévere que había sido todo y no sé cómo comenzamos a hablar de la confianza; que yo tenía que confiar en él y no tener miedo. Tenía que abrir mi corazón con él por completo y así nuestra relación con dios y bla bla bla. «¿Sabes? La mejor manera de que no tengamos desconfianzas es que te bajes los pantalones». Todo fue muy intempestivo y yo, con miedo y sin comprender bien qué estaba pasando, me los bajé. No me tocó. Sólo me miró o a lo sumo tocó mis genitales de manera “académica”, no de manera sexual, como si fuera un test. Después de dos minutos me dijo que me subiera los pantalones, que ése era nuestro secreto y me llevó a casa.

Días después se repitió lo mismo, pero esta vez me tocó, me masturbó y luego a casa con otro secreto. Y así pasaron las semanas. Dos o tres veces a la semana después de dejar a todos, nos íbamos al parque, y de masturbaciones pasamos a felaciones y luego a sexo. Pero eso ya en mi casa. Él sabía que yo estaba solo en casa todas las tardes, de modo que venía cuando quería para lo mismo.

Recuerdo que un día le pregunté si yo era el único. Con catorce años de edad, el amor y el sexo me atraían. Descubría el mundo adulto casi de casualidad. Así que sentía cosas por él, aunque no soy ni fui nunca homosexual. En esa época yo estaba muy solo y esa relación íntima con Jeffery era lo único que me hacía sentir importante. Así que un poco celoso le pregunté si era el único agrupado con el que hacía esto y me contestó con otra pregunta: «¿Con quién crees que lo haría?» Le dije un nombre, el del agrupado mas fuerte, que probablemente iba a ser laico consagrado o cura inclusive. Se rió mucho y luego me dijo que el último con el que se le ocurriría hacer algo así era con él. Y entonces se me fue esa curiosidad o celos, sin darme cuenta de lo que estaba diciendo entre líneas.

A él le encantaba ser pasivo. Jeffery era grande, un poco relleno, pesaría unos 100 kilos, y yo era flaco. Llegaba a incomodarme, porque sudaba como un chancho, y yo quería que terminara rápido. Nuestros encuentros llegaron a darse dos o tres veces a la semana hasta que dejé la agrupación a comienzos del año ’97.

Creo que Jeffery en algún momento comenzó a cansarse de la relación que tenía conmigo, y un día me cantó junto con todos los de mi agrupación una canción en la que me comparaba con una mujer y me humillaba en frente de todos los que habían sido mis amigos. Creo que ése fue el elemento desencadenante. Pero él seguía visitándome, aunque las visitas se volvieron más y más esporádicas hasta que a mediados del ’97 dejé de verlo por completo. Desapareció. Creo que hasta lo llamé un día al Centro Pastoral y me dijeron que ya no vivía allí, que se había ido a San Bartolo.

Nunca dije nada de lo que pasó. No podía. Decidí seguir con mi vida como si todo eso nunca hubiera sucedido. Quise olvidar, pero no pude. La ansiedad me llevó a consumir bebidas alcohólicas y otras sustancias, a fin de soportar la angustia que me causaban los recuerdos de lo que había pasado. A lo largo de estos años, estuve en terapia psicológica por diferentes motivos. Pero nunca se abordaron las secuelas que me dejaron ese incidente de mi adolescencia. En estos días por fin voy a iniciar una terapia para poder enfrentarme a la sombra de Jeffery Daniels y desterrarla de mi vida.

Es cierto que en el momento yo consentí a todo, pero igualmente estaba dolido y confundido. Como si tuviera una herida siempre abierta. Él era mi guía espiritual, el que me tenía que ayudar, el que tenía que escuchar mis problemas y aconsejarme, pero él se aprovechó de la situación, de mi condición y del hecho de que yo venía de una familia desestructurada. Manipuló mis sentimientos, los distorsionó, me sedujo y abusó de mí.

Recuerdo que a fines de los ’90 me fui a San Bartolo con unos amigos. Estábamos paseando por el malecón cuando vi a un grupo de gente caminando en fila. Entre ellos pude ver a Jeffery. Sus dientes lo delataban, aunque esa gran sonrisa que tenía había desaparecido. Me acerqué, llamándolo a voces. Volteó como perro asustado. Si hubiera tenido cola, la hubiera metido entre las patas. Se dio la vuelta y me miró como un loco. Al darse cuenta de que era yo, me saludó pero sin astucia o bravuconería, sin esa insolencia que empapaba su rostro cuando lo conocí. Hablamos menos de un minuto y siempre miraba a sus acompañantes, pero ninguno le dijo nada. Pasado el minuto, dijo que se tenía que ir y se fueron todos en fila. Ésa fue la última vez que vi a Jeffery Daniels en persona.

LUCIO FULCI, EL POETA DE LO MACABRO

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Hace 20 años, un 13 de marzo, moría en Roma Lucio Fulci, cineasta conocido como “poeta de lo macabro” y “padrino del gore” por las películas de terror puro y sangriento que dirigió a partir de 1979, al punto de que algunas sufren cortes y censuras en varios países hasta el día de hoy.

Despreciado por la crítica —pues fue considerado un director de serie B que trabajaba con magros presupuestos—, fue revindicado posteriormente como autor con un estilo cinematográfico único y reconocible. Al final de su vida reflexionaba amargamente: «Los críticos llamaron a mi arte, mierda. Ahora llaman a mi mierda, arte».

Comunista y ateo, Fulci se consideraba culturalmente católico, lo cual se refleja en la visión crítica del catolicismo que aparece en algunas de sus películas.

La comedia Al senador le gustan la mujeres (1972) es el retrato de un político demócrata-cristiano con un discurso moralmente conservador pero que no puede vencer su obsesión por follar mujeres, y que cuenta con el apoyo de un cardenal que tiene tratos con la mafia y busca encubrir los deslices de su protegido.

En Angustia de silencio (1972), un thriller donde las víctimas mortales son niños, el asesino resulta ser un cura que quiere evitar que esos niños caigan en pecados sexuales y decide enviarlos como angelitos inocentes al cielo.

Miedo en la ciudad de los muertos vivientes (1980) se inicia con un cura en sotana que se ahorca en un cementerio, para luego dejar posteriormente una estela de zombis, sangre y vísceras.

Autodefiniéndose como “terrorista de los géneros”, Fulci supo provocar y perturbar al espectador, subvirtiendo las convenciones de cada género que abordó.

(Columna publicada en Exitosa el 19 de marzo de 2016)

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Mi aproximación al cine de Fulci se la debo a un extenso artículo de Lucio Lagioia, “Lucio Fulci: más allá del terror” (ver http://www.cinefania.com/terroruniversal/index.php?id=141), que se centra lamentablemente sólo en los aspectos violentos y macabros del cine del director.

Cada película de Fulci ha constituido para mí una experiencia satisfactoria y fascinante, incluso en aquellos filmes que pueden considerarse malos. Fulci es siempre Fulci, y sus películas llevan la marca de alguien que dedicó toda una vida al cine y creo un estilo muy personal, con pocos recursos y a contracorriente de la misma industria que requería de su oficio. Éste es mi homenaje a un cineasta que creó filmes imperfectos —en lo cual radica también parte de su encanto— pero que se pueden ver repetidas veces y siempre descubrir algo nuevo en su fecunda y subversiva imaginería visual y temática.

Reproduzco a continuación la reseña biográfica del cineasta que preparé para el foro de cine Patio de Butacas. He tomado como fuentes para este texto los artículos en italiano, inglés, alemán y español de la Wikipedia, haciendo correcciones y añadidos donde fuera necesario.

lucio_fulci_01Lucio Fulci (Roma, 17 de junio de 1927 – Roma, 13 de marzo de 1996) fue un prolífico artesano del cine italiano, autor de una serie de filmes de géneros variados orientados básicamente a un público de pocas pretensiones, pero dirigidos con sólido oficio. Inicialmente se dedicó a la comedia y posteriormente al giallo, para dedicarse finalmente a fines de los ’70 al género de terror, con filmes como Nueva York bajo el terror de los zombies, Miedo en la ciudad de los muertos vivientes y El más allá, que hicieron que la crítica cinematográfica francesa lo designara con los apelativos de “poeta de lo macabro” y “padrino del gore”. Sus filmes han sido revalorizados en años recientes por la crítica cinematográfica, varios de ellos considerados el culmen del subgénero splatter. Asimismo, le han rendido homenaje cineastas como Quentin Tarantino y Robert Rodriguez, que han incluido en sus filmes varias referencias a los filmes de Fulci.

Fulci se consideraba a sí mismo un “terrorista de los géneros”, porque cuando dirigía un film de género —sea una comedia, un thriller, un spaghetti western o una película de terror—, introducía temas y estilos personales, subvirtiendo las convenciones del género en cuestión, buscando provocar y perturbar al espectador, algo así como quien una vez que está dentro, pone una bomba para hacer estallar el género en pedazos.

Fulci nació en Roma (Italia) el 17 de junio de 1927. Después de estudios inacabados de medicina, y de filosofía y letras, donde sí obtuvo un grado académico, trabajó por un tiempo como crítico de arte para finalmente optar por una carrera cinematográfica, estudiando el oficio de director en el Centro Sperimentale di Cinematografia (Roma).

Fulci entró al mundo del cine en 1950, dirigiendo la segunda unidad de Los últimos días de Pompeya (Gli ultimi giorni di Pompei), dirigida por Marcel L’Herbier y Paolo Moffa, y realizó tres documentales para la Settimana Incom: Una lezione di sistema con Fulvio Bernardini, Il sogno di Icaro y Pittura italiana del dopoguerra.

Un día el director Mauro Bolognini se lo presentó a Steno, famoso director de comedias, el cual, después de discutirlo con Totò, uno de los comediantes más famosos de Italia, lo contrató como asistente de director. Fulci inició entonces una colaboración duradera con Steno y Totò, que le permitió escribir una serie de guiones de comedias. Fulci también escribió el guión de Juzgado a la italiana / Un día en el juzgado (Un giorno in pretura, Steno, 1954), un clásico de la comedia italiana, para el cual creó el personaje de Nando Mericoni, que volvería a a aparecer en Un americano en Roma (Un americano a Roma, Steno, 1954).

Las comedias y los musicales

Su inicio en la dirección llegó en el año 1959 con Contrabando en Milán (I ladri), una comedia interpretada por Totò, que quería a Fulci como director. Según lo que el mismo Fulci ha contado, aceptó dirigir Contrabando en Milán porque se encontraba en graves dificultades económicas, y que hubiera preferido continuar escribiendo solamente guiones.

Después de esta primera película, Fulci dirigió su primer musical, Ragazzi del Juke-Box (1959), interpretado por Adriano Celentano, Mario Carotenuto, Tony Dallara y Fred Buscaglione, que lanzó a Celentano como actor. En 1960 Fulci dirigió otro musical, Urlatori alla sbarra, interpretado nuevamente por Carotenuto y Celentano y otros nombres de la canción italiana como Gianni Meccia, Joe Sentieri y Mina, en el cual se canta “24.000 baci”, un clásico de la canción italiana que fue escrito por el mismo Fulci.

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Il lungo, il corto, il gatto (1967)

En los ’60 Fulci conoce en un festival a Franco Franchi y Ciccio Ingrassia, y si bien no fue el primero en descubrirlos, si fue el que definitivamente lanzó a la fama al célebre dúo cómico italiano, Franco y Ciccio, determinando que Ciccio debía ser el serio y el culto, mientras que Franco debía ser el tonto y el estúpido. En pocos años Fulci se convirtió en el director preferido del dúo, dirigiéndolos en una docena de películas. La primera fue I due della legione (1962). Fulci dirigió con el dúo algunas parodias de gran éxito como 00-2 agenti segretissimi (1964), I due pericoli pubblici (1964) e I due parà (1965), finalizando con Il lungo, il corto, il gatto, último film del dúo dirigido por Fulci en 1967.

En su fase de director de comedias, Fulci dirigió también a otros célebres actores de la comedia italiana como Raimondo Vianello, Vittorio Caprioli, Franca Valeri y Lando Buzzanca.

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La juez y su erótica hermana (1976)

En 1972, Fulci regresó nuevamente a la comedia, dirigiendo Al senador le gustan las mujeres (Nonostante le apparenze… e purchè la nazione non lo sappia… all’onorevole piacciono le donne, 1972), que tuvo problemas con la censura y la Democracia Cristiana, debido a que el protagonista, interpretado por Lando Buzzanca, era una alusión explícita a la figura de Emilio Colombo, entonces Presidente del Consejo de Ministros. En 1975 dirigió una parodia de terror, Las pícaras aventuras de Drácula / Múerdame Señor Conde (Il cav. Costante Nicosia demoniaco, ovvero: Dracula in Brianza), nuevamente interpretada por Lando Buzzanca y con guión de Pupi Avati y Bruno Corbucci. En 1976 dirigiría su última comedia, La juez y su erótica hermana (La pretora), traspasando nuevamente otro límite dentro del género de la comedia erótica italiana, al presentar por primera vez desnudos completos de la actriz Edwige Fenech, lo cual le ocasionó también problemas con la censura.

Los spaghetti westerns

En 1966 Fulci decide tentar con otro género distinto de la comedia, pues no quería ser recordado solamente como “el director de Franco y Ciccio” y dirige su primer spaghetti western, Las pistolas cantaron a muerte / Tiempo de masacre (Le colt cantarono la morte e fu… tempo di massacro). Interpretado por Franco Nero, Nino Castelnuovo y George Hilton y con guión de Fernando Di Leo, es considerado uno de los westerns italianos más violentos. El director define el film como artaudiano, refiriéndose al célebre “teatro de la crueldad” postulado teóricamente por el comediógrafo francés Antonin Artaud. Por otra parte, este film es fundamental en la carrera cinematográfica de Fulci, porque señala el primer encuentro del cineasta con la violencia y la crueldad en su cinematografía.

Fulci regresó al western en 1973, dirigiendo Colmillo Blanco (Zanna Bianca) y al año siguiente su secuela, La carrera del oro (Il ritorno di Zanna Bianca), ambas películas basadas en la novela homónima de Jack London, que además obtuvieron un gran éxito de público.

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Los cuatro del Apocalipsis (1975)

En 1975 rodó Los cuatro del apocalipsis (I quattro dell’apocalisse), western tardío y crepuscular, considerado incluso más violento y brutal que Las pistolas cantaron a muerte. Interpretado por Fabio Testi y Tomas Milian, el film incluye escenas extremadamente violentas, como la del sheriff desollado vivo, una escena de violación y otra de canibalismo. Por este motivo, tuvo problemas con la censura y existen diversas versiones del film, algunas de ellas con cortes de las escenas mencionadas.

En 1978 dirigió Montura de plata (Sella d’argento), interpretado por Giuliano Gemma, western clásico sin escenas de violencia extrema.

Los giallos

En 1969 Fulci se decantó nuevamente por otro género, dirigiendo su primer giallo, Una historia perversa / Una sobre otra (Una sull’altra), interpretado por Marisa Mell y Jean Sorel. Inspirado en Vértigo (Vertigo, Alfred Hitchcock, 1958), es un giallo clásico sin escenas violentas pero con escenas eróticas muy subidas para la época. El mismo año Fulci dirigió La verdadera historia de Beatrice Cenci (Beatrice Cenci), drama histórico inspirado en el caso real de una mujer noble que sufrió continuos abusos sexuales por parte de su padre y que fue ajusticiada en 1599, acusada de haber conspirado junto con su amante y otros dos familiares para cometer parricidio. El film fue criticado duramente por su crueldad, sus escenas explícitas de tortura y por su visión negativa de la Iglesia católica. Considerado uno de las mejores películas de Fulci, se considera también un film “maldito”, porque en ese año se suicidó su mujer debido a un diagnóstico equivocado de un tumor.

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Una lagartija con piel de mujer (1971)

En 1971 dirigió Una lagartija con piel de mujer (Una lucertola con la pelle di donna), giallo con escenas de violencia extrema, de marcado carácter erótico y onírico, interpretado por Florinda Bolkan y Jean Sorel. Como anécdota, los efectos especiales sobre perros mutilados en un cuarto de vivisección eran tan realistas, que Fulci fue llevado a juicio y acusado de crueldad contra animales, hasta que le mostró al juez los muñecos caninos artificiales creados por Carlo Rambaldi, el especialista en efectos especiales, y pudo demostrar que lo que aparecía en la película no eran perros reales.

En 1972 fue el turno de Angustia de silencio (Non si sevizia un paperino), interpretado por Florinda Bolkan, Tomas Milian y Barbara Bouchet, giallo pertubador y mórbido, que muchos consideran la obra maestra del director y su film más inquietante. Combina un mordaz comentario social con la violencia gráfica que llegaría ser considerada la marca de fábrica del director. Junto con La verdadera historia de Beatrice Cenci, este film sería considerado como profundamente anticatólico, aun cuando Fulci se definía a sí mismo como católico por su bagaje cultural enraizado en el catolicismo, no obstante ser ateo. La simbología de muchos de sus filmes sólo se entiende sobre un trasfondo católico, aun cuando contenga elementos negativos, como, por ejemplo, en Miedo en la ciudad de los muertos vientes, que comienza con un sacerdote católico que se ahorca en un cementerio para regresar reencarnado como un demonio asesino.

En 1977 rodó Siete notas en negro (Sette note in nero), mucho más medido que otros giallos suyos en lo que se refiere a violencia, pero con una acentuación mayor de los aspectos onírico y psicológico.

Se podría decir que Fulci abordó el giallo, género entonces en boga gracias al éxito de los filmes dirigidos por Dario Argento, y lo reformuló en clave sombría y onírica, distinguiéndose de los otros directores del género por un estilo personal inconfundible y unas imágenes de violencia extrema nunca vistas hasta entonces.

El terror

El giro definitivo del director vino en 1979, cuando fue convocado a dirigir Nueva York bajo el terror de los zombies (Zombi 2), una vez que Joe D’Amato y Enzo G. Castellari fueron descartados como directores por diversas razones. La intención de los productores era hacer una exploitation de Zombi (Dawn of the Dead, 1978) de George A. Romero, aprovechando su éxito y popularidad. El resultado, sin embargo, fue un film muy personal, que lanzó a Fulci a la fama como maestro del gore. La escena en la que a Olga Karlatos le es perforado un ojo con una astilla ha entrado en los anales del cine de terror, por su violencia extrema y perturbadora.

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El más allá (1980)

De ahí en adelante Fulci dirigió más que nada películas de terror, como Miedo en la ciudad de los muertos vivientes, El más allá, Aquella casa al lado del cementerio, que gozaron de gran éxito de público y posicionaron a Fulci como el principal rival de Dario Argento. Con estos filmes Fulci se ganó definitivamente los calificativos de terrorista de los géneros y poeta de lo macabro. En el género de terror Fulci traspasó todo límite y mostró imágenes gore jamás vistas antes en el cine italiano, perturbadoras y violentas en extremo, pasando el argumento a segundo plano y privilegiando un trato surrealista de la trama, sin conexión lógica entre las escenas.

Los resultados de estos filmes deben atribuirse sobre todo a la estrecha colaboración del director con Dardano Sacchetti en el guión, Sergio Salvati en la fotografía, Vincenzo Tomassi en el montaje, Giannetto Rossi en los trucos y efectos especiales y Fabrizio De Angelis, un productor que dejó a Fulci en libertad de hacer lo que quisiera. Este período inicial de terror, que va de 1979 a 1982, es conocido también como el período de terror de la Fulvia, el nombre de la productora, y está constituido por Nueva York bajo el terror de los zombies (Zombi 2, 1979), Miedo en la ciudad de los muertos vivientes (Paura nella città dei morti viventi, 1980), El gato negro (Black Cat / Gatto nero, 1981), El más allá (…E tu vivrai nel terrore! L’aldilà, 1981), Aquella casa al lado del cementerio, (Quella villa accanto al cimitero, 1981), El descuartizador de Nueva York (Lo squartatore di New York, 1982) y La niña de Manhattan (Manhattan Baby, 1982).

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Aquella casa al lado del cementerio (1981)

Algunos críticos consideran estos filmes entre los más violentos y cargados de gore jamás hechos. En varios países los filmes fueron prohibidos, censurados o sufrieron cortes para poder ser exhibidos. En el Reino Unido, de los 72 filmes incluidos en la tristemente célebre lista de videos nasty (repugnantes), cuya distribución estaba prohibida, tres eran de Fulci, a saber, Nueva York bajo el terror de los zombies, El más allá y Aquella casa al lado del cementerio. En el caso de El descuartizador de Nueva York, la British Board of Film Classification no sólo le denegó al film una clasificación, sino que, por orden de su director James Ferman, toda copia existente en el país fue llevada a un aeropuerto y devuelta a Italia. Recién en el año 2002 la película sería publicada sin cortes en el Reino Unido por el sello VIPCO (Video Instant Picture Company). En Alemania es imposible conseguir una película de terror de Fulci que no tenga cortes, pues en sus versiones completas han sido prohibidas por infringir leyes contra la glorificación de la violencia o han sido incluidas en el Index, una lista de películas cuya distribución está sometida a severas restricciones, entre ellas la prohibición de poner el film en estanterías o hacerle publicidad de cualquier tipo, lo cual incluye la mención del film de cualquier manera que sea.

Otros géneros
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Luca el contrabandista (1980)

En 1980 Fulci dirigió Luca el contrabandista (Luca il contrabbandiere), film noir de gángsters sumamente violento, con escenas crueles y sanguinarias: cabezas perforadas por balas, una mujer torturada con la llama de un mechero, cuchillos que cortan el pecho, balaceras con destripamientos, etc.

Fulci abordó también el género de fantasía heroica con la película Bárbaro, la conquista de la tierra perdida (Conquest, 1983), exploitation de Conan el bárbaro (Conan the Barbarian, John Milius, 1982), de bajo presupuesto pero de lograda atmosfera al estilo Fulci y con escenas gore prestadas del género de terror, aunque el resultado final se resienta de lo escaso del presupuesto. Fue la primera película que hizo sin la colaboración del guionista Dardano Sacchetti tras la películas de terror de la Fulvia, y fue un fracaso en la taquilla, marcando el inicio de la posterior etapa de decadencia del director.

En 1984 abordó el género post-apocalíptico con Roma, año 2072 D.C.: los gladiadores (I guerrieri dell’anno 2072), una especie de exploitation de 1997: Rescate en Nueva York / Escape de Nueva York (Escape from New York, John Carpenter, 1981).

La enfermedad y las últimas obras
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Murder Rock: Danza mortal (1984)

En 1984, después de haber rodado el giallo Murder Rock: Danza mortal (Murderock: Uccide a passo di danza), que obtuvo escaso éxito, una hepatitis imprevista obligó a Fulci a ser hospitalizado durante varios meses. El cineasta pasó la mayor parte de 1984 en el hospital con cirrosis, y gran parte de 1985 en reposo en su casa. A partir de 1986, aquejado de diabetes y con Dardano Sacchetti alejado de su círculo de amigos —debido a disputas sobre la autoría de un guión que sería utilizado en la película Per sempre (1987) de Lamberto Bava—, las últimas películas de Fulci contarían con guiones mal elaborados, bajo presupuesto y condiciones miserables de rodaje, lo cual llevaría a que reflejaran a duras penas su estilo personalísimo.

En 1986 regresó detrás de las cámaras con La miel del diablo (Il miele del diavolo), un thriller erótico de atmósfera mórbida y perversa. Un año después rodó Internado diabólico (Aenigma), una discreta película de terror.

En 1988 rodó Zombi 3 en Filipinas, dejándola inacabada, pues tuvo que regresar a Italia de emergencia debido a un segundo brote de hepatitis. El film fue terminado por Bruno Mattei y Claudio Fragasso (no acreditados), exponentes de lo peor de la exploitation italiana. Fulci detestó el producto final e intentó sin éxito que su nombre fuera eliminado de los créditos.

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Cuando Alicia rompió el espejo (1988)

 

Cuando Alicia rompió el espejo (Quando Alice ruppe lo specchio) —conocida también como La sombra de Lester y El espejo roto— y Los fantasmas de Sodoma (Il fantasma di Sodoma) formaron parte de un proyecto de ocho películas de terror de diversos directores, cuya supervisión fue encargada a Fulci por el productor Augusto Caminito. El proyecto se entrampó y las películas de Fulci recién serían transmitidas por la televisión italiana en 1991.

En estos momentos el cine italiano de género estaba llegando a su fin, en parte debido al advenimiento de la televisión comercial, y Fulci tuvo que contentarse con presupuestos cada vez más magros y actores mediocres que no estaban a la altura de sus expectativas, lo cual afectó el resultado final de sus películas, cuya calidad deja mucho que desear, pero que aún así muestran por momentos rasgos de su estilo único e inconfundible.

En 1989 Fulci fue contratado para dirigir un par de películas para la televisión italiana —La dolce casa degli orrori y La casa nel tempo—, pero nunca fueron transmitidas debido a su alto nivel de gore y violencia, y al final terminaron yendo directamente al mercado de video.

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Un gato en el cerebro (1990)

Entre las películas de su último período cabe recordar Un gato en el cerebro (Un gatto nel cervello, 1990), film irónico y sangriento donde Fulci se interpreta a sí mismo como un director de películas de terror que se ve aquejado por terribles pesadillas causadas por sus propios filmes. Fue la última película de Fulci que obtuvo un relativo éxito y ha adquirido estatus de culto entre los fans del director.

Su último film, Le porte del silenzio (1991), interpretado por John Savage y producido por Joe D’Amato, es un thriller psicológico que presenta, sin una sola gota de sangre, una meditación sobre la muerte y constituye una especie de testamento del director.

Durante la última década de su vida Fulci sufrió continuamente de problemas emocionales y de salud, que también contribuyeron al declive en la calidad de sus obras. El suicidio de su mujer en 1969 y años más tarde el accidente automovilístico que ocasionó la muerte de una de sus hijas siempre pesaron sobre él, además de que sus filmes hiperviolentos, en especial El descuartizador de Nueva York, llevaron a que fuera tachado de misógino por los críticos, no obstante que el director siempre dijo que amaba a las mujeres. A fines de los ’80 tuvo problemas con sus pies debido a la diabetes, pero siempre buscó disimular la gravedad de su enfermedad frente a amigos y conocidos, a fin de evitar que se le considerara como no apto para el trabajo.

Algunos fans de Fulci son de la opinión de que, en el clímax de su carrera, la fama de Fulci iba a la par con la de Dario Argento, el famoso director italiano de películas de terror con el cual Fulci siempre evitó trabajar y de quien Fulci hablaba pestes de cuando en cuando. Fulci estaba resentido con Argento dado que éste por lo general fue aclamado y reconocido por la crítica, mientra que a Fulci se le denostaba como un director de segunda de películas de terror.

Fulci y Argento tuvieron un encuentro en 1995 y acordaron colaborar juntos en una película de terror que se titularía La máscara de cera (M.D.C. – Maschera di cera), una especie de remake del clásico de terror Los crímenes del museo de cera (House of Wax, André De Toth, 1953), basado en un relato de Gaston Leroux e interpretado por Vincent Price. Argento ha declarado que había oído de las miserables circunstancias por las que estaba pasando Fulci y quería ofrecerle la oportunidad de regresar al cine. Fulci escribió la trama argumental y un guión para Argento pensado en dirigir él mismo el film, pero murió antes de que comenzara el rodaje. Con la salud quebrantada, Fulci sabía que ésta podía ser su última oportunidad de dirigir un film con un presupuesto decente antes de morir, y le enfurecía que el rodaje fuera postergado tantas veces, debido a que Argento estaba ocupado terminado su film El síndrome de Stendhal (La sindrome di Stendhal, 1996). Según algunas fuentes, el guión de Fulci fue posteriormente reelaborado a tal punto por el guionista Daniele Stroppa —el cual había colaborado con Fulci en los guiones de La casa nel tempo (1989) y Voci dal profondo (1991)— , que el film, finalmente dirigido por Sergio Stivaletti, especialista en efectos especiales, y estrenado en 1997 guarda muy poca semejanza con la historia que Fulci había plasmado originalmente en su guión. Aún así, el film fue dedicado a Fulci.

Lucio Fulci murió solo durante el sueño en su casa en Roma la noche del 13 de marzo de 1996, a la edad de 68 años, debido a complicaciones producidas por la diabetes que padecía. Su muerte estuvo rodeada de cierta controversia. Hacia el final de su vida Fulci había perdido su casa y se había visto obligado a mudarse a un pequeño departamento. Dado que el cineasta se había mostrado abatido durante sus últimos años de vida, se pensó incluso que el hecho de no haberse inyectado la insulina que requería fue intencional y no un descuido y, por lo tanto, se trataba de un suicidio. Esta hipótesis nunca pudo ser confirmada, considerando que estaba solo en el momento de su muerte.

Estética y estilo

A Fulci le gustaba abordar temas provocadores, como demuestra las muchas vicisitudes que tuvo con la censura, y sus filmes suelen tener finales abiertos, circulares o cínicos. En algunos de sus filmes hay fuertes dosis de ironía y sarcasmo de corte macabro. Temas recurrentes en su cinematografía son la duda, el pecado, el tiempo, la muerte y la crueldad.

En el aspecto técnico, la principal peculiaridad del cineasta son sus primerísimos planos de los ojos de los actores, para evidenciar emociones como el miedo y el desconcierto. Asimismo, son característicos el uso frecuente de zooms y travellings, o de tomas donde las escenas son vistas desde espejos.

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Nueva York bajo el terror de los zombies (1979)

Lucio Fulci fue el primer director italiano en plasmar escenas gore de terror llevadas al extremo y en representar la muerte con hiperrealismo. Una escena recurrente en muchos de sus filmes es aquella en que el ojo de un actor es lesionado, perforado o sacado de su cuenca, generalmente en primeros planos detallados y casi sin cortes. El mismo Fulci ha declarado que estas escenas con los ojos son una metáfora de la pérdida de la razón por parte de los protagonistas. El ojo lesionado, cortado, destruido, además de ser un símbolo de la razón perdida, es una alusión al surrealismo y al dadaísmo. Un claro referente es la película Un perro andaluz (Un chien andalou, 1929) de Luis Buñuel y Salvador Dalí.

En sus películas de terror, Fulci mostraba escenas violentas y gore sin apartar la cámara y con el mínimo de montaje, mostrando todo como se si tratara a de un film pornográfico, apelando al sadismo y el voyeurismo del espectador.

Relación con la crítica cinematográfica
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La verdadera historia de Beatrice Cenci (1969)

La relación de Fulci con la crítica cinematográfica fue difícil. Por lo general, Fulci fue considerado en vida como un director de serie B y muchas de sus obras como exploitation pura. Fulci, en cambio, se consideraba un autor. Como ejemplo, La verdadera historia de Beatrice Cenci, uno de los mejores filmes del director, fue maltratado despiadadamente por la crítica. Se cuenta que un amigo del director llamó por teléfono a ún crítico del diario Paese Sera, diciéndole que finalmente se le debía otorgar tres estrellas a una película de Fulci. Sin embargo, la respuesta del crítico fue decepcionante, diciendo que no se le podía dar tres estrellas a una película de Fulci.

La crítica cinematográfica internacional ignoró a Fulci durante años. No obstante, sus filmes de terror fueron admirados por un círculo creciente de fans y apreciados como ejercicios de estilo en el gore extremo. Fulci consideraba que sus mejores filmes eran La verdadera historia de Beatrice Cenci y Angustia de silencio, y que Nueva York bajo el terror de los zombies y El más allá eran los filmes que lo catapultaron a la fama como director de culto.

fulci_02_Dos meses antes de su muerte, Fulci fue homenajeado en la Fangoria Horror Convention de 1996 en Nueva York. Fulci reconoció ante el público asistente que no tenía idea de que sus películas fueran tan populares fuera de su Italia nativa, teniendo en cuenta que miles de fans habían desafiado las inclementes condiciones del tiempo sólo para verlo en persona.

En tiempos recientes, la labor del cineasta ha sido redescubierta y vista bajo una nueva luz por la crítica especializada. En Italia las revistas Nocturno, Amarcord y Cine ’70 han divulgado su obra y han tratado sus películas como obras de autor.

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Extracto tomado de Lucio Lagioia, “Lucio Fulci: más allá del terror”

En 1993, Fulci sufrió un accidente cuando filmaba una película para una compañía japonesa: su pie fue aplastado por un bote. Debido al accidente permaneció tres años sin trabajar, dos de ellos postrado en una silla de ruedas. Su diabetes crónica tampoco lo ayudaba.

A pesar de no poder trabajar, comenzó a ser reconocido en sus primeras convenciones en Roma y luego por toda Europa. Su trabajo se redescubrió y reeditó, y sus fans (principalmente jóvenes) comenzaron a multiplicarse, como así también los elogios de la crítica, tanto especializada en el género de terror como no. La prensa europea llamó a Fulci “poeta de la muerte”, recibió un homenaje en el Festival de Sitges, Fangoria lo premió en una memorable convención, apodándolo “padrino del gore” y la prestigiosa publicación Cahiers du Cinema vio en sus delirios splatter «una precisa y marcada gramática, capaz de delinear un personalísimo lenguaje cinematográfico». Fulci diría que es «el único director redescubierto en vida» y reflexionó amargamente sobre su vida: «los críticos llamaron a mi arte, mierda. Ahora llaman a mi mierda, arte», reconociendo que hay pocos filmes en los cuales pudo plasmar lo que quería, debido a los bajísimos presupuestos con los que contó por parte de una industria sólo interesada en hacer dinero y poco preocupada por la calidad del film o las motivaciones del director. Numerosas entrevistas y estudios sobre su obra aclararon y aclaran puntos oscuros de su vida y sus películas, demostrando además la enorme cultura de su director. […]

Guste o no, el cine de Lucio Fulci es único e inimitable. Una revisión y estudio profundo de sus películas revela que, a pesar de haberse visto envuelto en una industria descaradamente explotativa, Fulci le imprimió a sus películas un inimitable estilo propio perfectamente discernible. Ver un buen film de Lucio Fulci, es una experiencia única. Con altibajos, creó un cine políticamente incorrecto y apasionado, lejos de los cánones al cual el cine de horror nos tiene acostumbrados. Cada plano de sus mejores filmes son un verdadero escape al más allá, verdaderos trozos de irrealidad. Lucio Fulci creó terror puro, y eso no tiene precio.

Cerramos esta nota con algunas palabras suyas: «El cine es todo para mí. Me he dedicado a hacer películas. ¡Incluso las he devorado!» «Filmar es todo lo que he hecho. ¡Yo vivo en mis películas!»

 

SODALICIO Y LAVADO DE CEREBRO

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Escena del lavado de cerebro en “La naranja mecánica” (Stanley Kubrick, 1971)

Quien no haya pertenecido nunca a una asociación religiosa, política o de cualquier índole de estructura vertical y pensamiento único, donde se considere la obediencia a las instancias superiores como la norma suprema, le resultará difícil entender cómo es que personas normales terminan realizando acciones que nadie en su sano juicio realizaría. O que se hagan de la vista gorda ante abusos cometidos contra terceros.

Haciendo memoria, recuerdo que yo mismo, cuando todavía estaba en el Sodalicio, fui testigo de abusos psicológicos y físicos contra otros, y no dije esta boca es mía. Pues lo que sucedía ante mis ojos me parecía lo más normal del mundo dentro de los parámetros que regían en las comunidades sodálites. Más aún, me demoré décadas en darme cuenta de que yo mismo había sido víctima de abusos y que éstos habían dejado huellas negativas en mi psique que no había podido reconocer.

Lo peor del asunto es que yo mismo apliqué castigos corporales a algunas personas que estaban a mi cargo en grupos que se reunían semanalmente, ordenándoles hacer ejercicios físicos (planchas, cuclillas, abdominales, etc.) como castigo por llegar tarde, por no haber leído un texto que se había mandado leer como tarea o por dar respuestas incorrectas a preguntas referentes al pensamiento sodálite. Y ni qué decir de los métodos invasivos de la intimidad personal de individuos que estaban a mi cargo. Pues una vez que uno ha entrado en la moledora de carne que es el Sodalicio, por lo general se comienza siendo víctima y se termina siendo victimario.

Cuando finalmente uno se da cuenta de lo que le han hecho a uno, se tiene uno que reconocer que la propia capacidad de decisión estuvo condicionada y secuestrada por una ideología y disciplina de tipo totalitario y, en razón de eso, uno mismo terminó siendo autor o cómplice de acciones reprobables. Aun cuando yo creía estar tomando decisiones libres sin coacción externa ni interna alguna —como manifesté en dos cartas escritas de puño y letra a Luis Fernando Figari, una en 1988 solicitando hacer mi profesión temporal de tres años, y otra en 1991 solicitando renovar este compromiso por un año más—, en realidad yo había sido condicionado a pensar y actuar de determinada manera, pues había sido sometido a procedimientos y técnicas de manipulación psicológica que habían formateado mi cerebro en consonancia con el paradigma sodálite. En otras palabras, había sufrido una especie de lavado de cerebro.

Esto, que también suele designarse como control de la mente o reforma del pensamiento, se inició en mi caso en época muy temprana, cuando yo ni siquiera había alcanzado la mayoría de edad. Uno de los síntomas es que de un momento a otro dejé de escuchar la música que tanto me había fascinado durante mi adolescencia (Pink Floyd, Yes, Genesis, Queen, Led Zeppelin, Deep Purple), considerándola a partir de entonces como música mundana totalmente ajena a una vida entregada a un ideal cristiano y perjudicial para la salud espiritual. En cierto sentido, una parte integrante de mi ser quedó sepultada durante décadas debajo de los muros de una ideología religiosa fundamentalista que se creía con potencial para evangelizar el mundo y la cultura, pero que rechazaba como cuasi diabólicas muchas manifestaciones culturales del mundo contemporáneo. Recuerdo que en la década de los ’80, la desaparecida San José Producciones —empresa productora de música y video gestionada por el Sodalicio— produjo un documental de media hora dedicado al rock satánico, que llevaba el título de La música encantada. Asumiendo una hipótesis que con el tiempo ha demostrado ser inconsistente e infundada, se señalaba la presencia de mensajes subliminales ocultos con invocaciones satánicas en los temas “Revolution 9” de The Beatles y “Stairway to Heaven” de Led Zeppelin, los cuales sólo se podían escuchar si se reproducían los vinilos en el tornamesas en sentido inverso de rotación.

Otro elemento constante entre los sodálites era el distanciamiento de la familia, a la cual se la designaba como “familia carnal”, donde los padres prácticamente sólo cumplían una función progenitora de tipo biológico, mientras que el Sodalicio consideraba —y se sigue considerando hasta ahora— como “familia espiritual”, y como tal es revestida de una consistencia metafísica mayor, a tal punto que un sodálite asume que la familia a la cual se debe totalmente en cuerpo y alma es el Sodalicio, mientras que su familia natural pasa a ocupar un lugar secundario, e incluso llega a ser considerada una molestia que hay que tolerar.

Yo mismo fui cortando los lazos familiares con mi madre y mi padre, mis hermanas y otros parientes, hasta el punto de apenas participar en eventos familiares. Me negué a asistir al matrimonio civil de una prima que me había invitado, sólo porque se estaba casando con un divorciado. Fui rompiendo todos los lazos familiares hasta donde me fue posible, pues me habían metido entre ceja y ceja que la familia natural podía ser incluso un obstáculo para alcanzar la santidad, mientras que la familia espiritual que era el Sodalicio debía convertirse en el centro de referencia de toda mi vida personal y social. Para reforzar esta idea, se mandaba leer repetidas veces el Tratado Quinto de la Parte Segunda del libro Ejercicio de perfección y virtudes cristianas del P. Alonso Rodríguez, un jesuita del siglo XVI, que lleva el sugerente título “De la afición desordenada de parientes”. Y parece que en el Sodalicio toda afición hacia los parientes se consideraba desordenada, de manera que la actitud que se fomentaba hacia ellos era mantenerlos lo más lejos posible y limitar los contactos a lo estrictamente necesario.

La influencia del Sodalicio fue tan fuerte, que a partir de cierto punto de mi vida toda mi existencia se centró exclusivamente en la institución, como ya lo he señalado en mi relato SODALITIUM 78: PRIMERA ESTACIÓN: «Lo cierto es que a partir de ese mes de mayo de 1978 toda mi vida comenzó a girar en torno al Sodalitium: mis deseos y aspiraciones, mis amigos, mis estudios, mi futura carrera profesional, mi vida afectiva, absolutamente todo».

En la documentación que en enero de este año envié tanto a la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación, constituida por el Sodalicio, así como a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, en Roma, denuncio

«la mentalidad inculcada, que establece una separación entre el Sodalicio y el resto del mundo, estableciéndose que hay entregar toda nuestra confianza a los responsables de la institución y hay que mantener una cierta desconfianza hacia lo que está fuera del Sodalicio. Al mismo Luis Fernando Figari le he escuchado frases como “un sodálite sólo debe confiar en otro sodálite”, “sólo un sodálite puede ser amigo de otro sodálite; los demás pueden ser compañeros de camino, pero nunca serán amigos”. Esta mentalidad es reforzada por el concepto rígido de obediencia que se maneja al interior del Sodalicio, donde la crítica al superior —aunque sea legítima— es considerada como una falta grave, pues “el superior sabe mejor que tú lo que es bueno para ti” y “el que obedece, no se equivoca”, lo cual en el fondo induce a una renuncia a la propia conciencia y responsabilidad. Además, esta mentalidad de separación entre el Sodalicio y el resto del mundo también se aplica al interior de la Iglesia. Pues durante mucho tiempo a mí se me inculcó que la espiritualidad y el pensamiento sodálites constituían una de las maneras más radicales y auténticas de vivir el cristianismo en la actualidad, junto con un menosprecio de muchos grupos y espiritualidades que forman parte de la diversidad eclesial. Había un particular desprecio por los grupos parroquiales, los carismáticos, los neocatecumenales, entre otros, y en particular por los partidarios de la teología de la liberación, aun en sus formas legítimas. Se nos inculcaba que el diálogo con personas que siguieran estas espiritualidades particulares no era una opción válida. Eso explica por qué se ha tenido una actitud muy agresiva —e incluso se han tomado medidas represivas— contra quienes tuvieran simpatía hacia la teología de la liberación. Quiero además recalcar que superar esta mentalidad de separación intraeclesial entre el Sodalicio y los demás grupos me ha costado mucho esfuerzo, además de que los rezagos de esa mentalidad me han generado más de un problema durante mi reinserción en la vida normal en el mundo».

Esta mentalidad característica de grupos sectarios sólo puede lograrse a través de lo que llamamos lavado de cerebro, que puede ser definido como «una influencia social tan fuerte que cambia la forma de pensar, actitudes y acciones mediante la persuasión y uso de elementos psicológicos de forma invasiva, ya sea mediante un líder carismático o propaganda capaz de cambiar la forma de pensar en contra de la voluntad de la persona, pero sin que ésta lo note» (ver http://www.batanga.com/curiosidades/6329/como-es-posible-el-lavado-de-cerebro). O también como «una serie de técnicas psicológicas de reforma o modificación del pensamiento y el condicionamiento de la conducta. Se busca, de esta manera, debilitar la capacidad de pensamiento lógico, de análisis crítico para crear en la persona un estado de confusión. A partir de ahí se produce la reforma radical del pensamiento para que el sujeto abandone su entorno social, sus antiguas normas de vida y pase a vivir exclusivamente para el grupo» (ver http://www.extj.com/showthread.php?17729-Lavado-cerebral-¿cómo-se-hace-Profr-D-E-Ferrero).

Un buen resumen de las técnicas que se suelen aplicar para realizar un lavado efectivo de cerebro lo encontramos en un artículo de Juan Carlos Martínez García, publicado en la Revista de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México (ver http://www.revistacienciasunam.com/es/149-revistas/revista-ciencias-109-110/1246-lavado-de-cerebro-el-control-del-alma.html):

«el proceso de lavado de cerebro se sirve básicamente de los siguientes métodos: el control total de la comunicación del individuo con el mundo externo (esto implica en la víctima la desintegración de su percepción independiente de la realidad); la inducción en la víctima de patrones de comportamiento y emociones por medio de la tortura, esto es, la imposición de castigos extremos como consecuencia de la desobediencia; el uso e insistencia de la confesión para minimizar la privacía individual; la inducción en la víctima, mediante la mecánica de la recompensa, de la creencia de que su interacción privilegiada con el agente la protege contra un entorno social que se le presenta como nocivo e incluso peligroso; el establecimiento de los dogmas básicos de la ideología del agente como ajenos al desafío y como racionalmente exactos; el desarrollo en la víctima de mecanismos de comprensión de ideas complejas por medio de frases simplistas con la finalidad de eliminarle la introspección y el análisis critico de sus vivencias; la imposición, por parte del agente, de la idea de que un dogma es más verdadero y real que cualquier cosa que experimente un ser humano individual; la imposición por parte del agente del derecho de controlar la calidad de vida y el destino último de la víctima».

Todos estos métodos han encontrado aplicación, de una u otra manera, en el Sodalicio de Vida Cristiana, y de manera más moderada en algunas de las asociaciones que conforman el Movimiento de Vida Cristiana. Y al igual que en los grupos totalitarios, los fines eran semejantes: tener militantes que compartan un único pensamiento, nunca cuestionen a la institución, sean totalmente acríticos y leales hacia ella, actúen sólo en función de los intereses institucionales de manera disciplinada y con obediencia absoluta, y estén dispuestos a a sacrificar su yo personal —incluyendo talentos, planes de vida y futuro profesional— en aras del ideal colectivo propuesto por el líder.

Para ello se requiere anular la personalidad individual, que debe ser reemplazada por otra personalidad modélica común a todos los miembros de la institución. Evidentemente, no es posible destruir la personalidad original del individuo. Lo que se hace es montar una personalidad nueva, que concuerda con los rasgos que el líder y el grupo prescriben en su ideología, sobre la personalidad original, que es opacada y permanece latente en los subterráneos del subconsciente.

Para lograr esto, no se encontró mejor excusa que valerse del concepto bíblico de “hombre nuevo”, tal como lo expresa San Pablo: «En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está corrompido por los deseos engañosos, renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad» (Efesios 4, 22-24). En el Sodalicio, bajo el manto de la doctrina de la conversión cristiana expresada como conformación con el Señor Jesús, se ha aplicado con frecuencia procedimientos manipuladores de reprogramación que responden a lo que sería un lavado de cerebro. Con frecuencia se ha llevado a los individuos a desagregar los componentes de su personalidad para luego reconstruir un “hombre nuevo” totalmente dócil a la ideología sodálite y a los requerimientos de la institución.

Uno de estos métodos era el ejercicio psico-espiritual de no identificación con los elementos que conforman la identidad de la persona humana y que se puede expresar en la máxima: «yo no soy mis pensamientos, yo no soy mis sentimientos, yo no soy mis roles o personajes, yo no soy mi cuerpo». Esto todavía se enseña en los grupos de la Familia Sodálite, como consta por un texto de data reciente que aparece en la página web Camino Hacia Dios —fuente de textos de meditación basados en la espiritualidad sodálite destinados al Movimiento de Vida Cristiana—, donde se dice: «el Señor Jesús me lleva a apartarme de toda ilusión, a no creerme lo que no soy, a no identificarme reductivamente con mi cuerpo, mis personajes, mis pensamientos, mis sentimientos. Por otro lado, me lleva a ahondar en lo que verdaderamente soy, a ir a lo esencial, a lo constitutivo, a aceptarlo y valorarlo, a vivir de acuerdo a ello» (ver http://www.caminohaciadios.com/chd-por-numero/124-94-vale-la-pena-ser-hombre-porque-tu-senor-te-has-hecho-hombre).

Esto, que se presenta como correcto e inocuo, resulta en realidad un arma de doble filo, pues al miembro de la Familia Sodálite se le invita a identificarse con un yo profundo vacío de contenido concreto. En la práctica conduce a un abandono progresivo de la antigua personalidad.

Pues en el momento en que uno quería defender ideas, si éstas no coincidían con los del pensamiento único sodálite, se le acusaba a uno de estar identificándose con su pensamiento y se le conminaba a dejar de lado esas ideas y no aferrarse a ellas. El sólo hecho de debatir y discutir era tomado como un acto de soberbia y egoísmo de alguien que prefería elegir los propios pensamientos en lugar de asumir los del Señor Jesús, que en realidad no eran los de Jesús tal cual sino una versión fuertemente interpretada de las enseñanzas que encontramos en los Evangelios, pasadas por el crisol de la ideología sodálite. En el Sodalicio no era factible tener pensamientos propios, por lo menos en lo que respecta a los temas esenciales.

Algo similar se aplicaba a los sentimientos. La estrategia consistía en llevar a una disociación del yo respecto a los sentimientos que surgieran en uno e ignorarlos, a no ser que fueran aquéllos permitidos por la espiritualidad sodálite. Los sodálites han sido programados para hacer caso omiso de sus sentimientos, para sentirse culpables si los sentimientos que tienen no son los que se esperan de ellos y para generar sentimientos que estén de acuerdo con el modelo ideal. Esto se reforzaba durante la práctica de la oración mental, donde se debía suscitar prácticamente de la nada sentimientos “correctos” que estuvieran en consonancia con el tema que se meditaba.

La renuncia a mantener cierta identificación con los roles o personajes que uno asume en la vida (por ejemplo, la profesión u oficio uno desempeña) ha permitido que se lleve a los sodálites a renunciar a las propias aspiraciones respecto a su futuro laboral o profesional, a fin de someterse a los requerimientos de la institución, muchas veces en actividades y tareas no remuneradas y sin ningún tipo de seguridad social o seguro de enfermedad. Todavía hay muchos sodálites sin estudios terminados y sin perspectivas laborales fuera de la institución, pues siempre se ha recalcado en ella, de acuerdo a lo que enseñaba el fundador, que lo primordial es ser sodálite y buscar la santidad, y que lo demás es accesorio y se rige por la disciplina de la obediencia.

Finalmente, la no identificación con el cuerpo lleva a exigir la renuncia a todo tipo de comodidad y placer corporal, pues hay que hacer oídos sordos a lo que pide el cuerpo y no dejarse dominar por él. Más aún, cuando uno ya no se identifica con su cuerpo, éste deja en cierto modo de pertenecerle y queda a merced de los rigores impuestos por la disciplina sodálite. De este modo, queda abierta la puerta a todos los castigos corporales y abusos físicos, como aquellos que se han dado a conocer. Y que eran frecuentes en las comunidades sodálites. En mi caso, lo que constituyó una tortura permanente fue la continua sustracción de horas de sueño, tal como lo he descrito en mi post YO TE PERDONO, SODALICIO, cuando señalo «el agotamiento físico a través de ejercicios corporales intensos y prolongados, sumándose a ello la continua sustracción de horas de sueño, y dado que el hecho de quedarse dormido era sancionado con penitencias, sin importarle a nadie que uno estuviera cansado, ello me generaba miedo a quedarme dormido, lo cual a su vez producía un stress que me ocasionaba más agotamiento y tensión, y con ello más cansancio y sueño, en lo que era un círculo vicioso sin salida».

Lo cierto es que todos los aspectos de la vida de un sodálite eran reprogramados. A través de procedimientos psicológicos, medidas de formación y supuestas prácticas espirituales se identificaban los pensamientos y sentimientos propios, con los cuales uno se tenía que desidentificar —pues eran parte del “hombre viejo”, dominado por el pecado— para luego asumir los pensamientos y sentimientos correctos de acuerdo al prisma de la ideología sodálite. Las funciones que uno asumía en la vida —roles o personajes— dejaban de ser parte de uno mismo, y uno quedaba disponible para asumir cualquier función que el superior considerara adecuada para los fines de la institución, aunque eso significara sacrificar las aspiraciones personales y el propio futuro profesional. Y, finalmente, uno quedaba alienado de su propio cuerpo, el cual quedaba disponible para con él se hiciera lo que a los superiores les viniera en gana.

Y lo más perverso de todo este proceso es que uno no se daba cuenta de que le habían reprimido su propia identidad y se había convertido en un militante más con el cerebro lavado, dispuesto a justificar todos los abusos cometidos contra él y contra terceros, incapaz de reconocerlos como tales.

Sin embargo, la verdadera personalidad sigue latiendo, aunque debilitada, en los sótanos del subconsciente. Sólo necesita los estímulos adecuados para reaccionar y volver a tomar el control que se le ha quitado. Se trata de un largo proceso que puede tomar décadas.

Lo que a mí me salvó fue que nunca pude observar estrictamente la obediencia respecto a la información que estaba permitido recibir, lo cual sirvió para se abrieran algunos resquicios de luz en el muro interior que me aprisionaba. No obstante que no se podía leer lo que uno quisiera en las comunidades sodálites, salvo que se tratara de un libro recomendado o autorizado por los superiores, yo nunca me atuve estrictamente a esa norma y leí algunos libros sin permiso y a escondidas. como, por ejemplo, las novelas de Ernesto Sabato (El túnel, Sobre héroes y tumbas, Abbadón el exterminador). Asimismo, el cine como arte y ventana a las realidades humanas —no estoy hablando del cine comercial producido por Hollywood y similares— me permitió conocer aspectos de la vida humana a los cuales no tenía acceso y desencadenó en mí un proceso de reflexión que, poco a poco, me haría recuperar la libertad perdida. Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986), obra maestra de David Lynch, jugaría un papel importante en el desciframiento de la angustiosa situación por la que estaba pasando y en el cuestionamiento de las coordenadas existenciales en que estaba sumergido. Ciertamente, ésta y otras películas las vi en escapadas vespertinas al que era entonces el Cine Julieta (sala de arte y ensayo ubicada en Miraflores) sin conocimiento de los superiores ni de la comunidad.

Pero todo eso es parte de otra historia que contaré más adelante.

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En la página web de ACI Prensa, la agencia de noticias que dirige el sodálite Alejandro Bermúdez, se puede leer el excelente artículo “Las sectas y el lavado de cerebro” (ver https://www.aciprensa.com/Familia/sectas.htm), donde hay una sucinta descripción de los síntomas que ocasionan «movimientos totalitarios, caracterizados por la adscripción de personas totalmente dependientes de las ideas de un líder, que pueden presentarse bajo las formas de identidad religiosa, asociación cultural, centro científico o grupo terapéutico; que utilizan las técnicas de control mental y de persuasión coercitiva para que todos los miembros dependan de la dinámica y del grupo y pierdan su estructura y su idea de pensamiento individual en favor de la idea colectiva, creándose muchas veces un fenómeno de epidemia psíquica».

No me van a negar que esta definición de lo que es una secta se aplica con todas sus letras al Sodalicio de Vida Cristiana. Asimismo, la gran mayoría de los síntomas señalados en el artículo se han verificado en personas que son y han sido miembros de la institución.

No creo que Bermúdez llegue a percibir estos detalles, pues una de las características de aquellos a los que les han lavado el cerebro es que no se dan cuenta de lo evidente, aunque lo tengan delante de sus propias narices. Y siguen defendiendo agresivamente a su líder y la organización que fundó, aunque ellos mismos hayan sufrido abusos y presenten signos palpables de desequilibrio psicológico.

EL PERSISTENTE HEDOR DE LA DEMOCRACIA PERUANA

ratasDesde que tengo mayoría de edad y soy apto para votar en las elecciones peruanas, tengo memoria de haber emitido mi voto sin mayor convicción, eligiendo el mal menor. Es decir, he votado por aquel candidato que menos apestaba ética y políticamente. Incluso aquellos candidatos que no llevaban encima el acre hedor de la corrupción, apestaban a intereses privados y elitistas que poco tenían que ver con el bienestar de la población en general, mucho menos con la promoción de los peruanos más pobres y desfavorecidos. Como buenos políticos, sabían disfrazar su propio interés privado de interés público por el bien común.

La situación no parece haber mejorado con el tiempo. El debate electoral actual se ha centrado en las vidas nada impecables de la mayoría de los candidatos, el argumento basado en ideas ha sido sustituido por el insulto, y los organismos electorales se han convertido en participantes activos favoreciendo indirectamente a algunos candidatos, en lugar de ser árbitros imparciales que garanticen los derechos básicos tanto de candidatos como de electores. La ley no se ha aplicado con equidad y criterio.

No debería extrañarnos que, según el índice de democracia de The Economist del año 2015, el Perú sea catalogado como una democracia imperfecta —salvándose sólo por 58 décimas de punto de caer en la categoría de régimen híbrido, es decir, con un sistema democrático averiado— y se sitúe en calidad democrática por debajo de países africanos como Lesotho, Ghana y Botswana, y de países latinoamericanos donde la corrupción y la violencia campean a sus anchas, como Colombia y El Salvador.

Efluvios de la persistente corrupción hacen que las actuales elecciones hiedan.

(Columna publicada en Exitosa el 12 de marzo de 2016)

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FUENTE

Wikipedia (en inglés)
Democracy Index
https://en.wikipedia.org/wiki/Democracy_Index

ABUSO SEXUAL Y SISTEMA ECLESIAL

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Cardenal Gerhard Ludwig Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe

El 1° de marzo un diario local de Colonia publicó una entrevista al cardenal Gerhard Ludwig Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Preguntado sobre los abusos sexuales en la Iglesia, Müller insistió en que se trataba de un problema de individuos inmaduros y desequilibrados, y no de la comunidad ni del ministerio sacerdotal. Asimismo, relativizó la palabra “encubrimiento”, señalando que en el pasado no se tenían los mismos conocimientos que ahora sobre el abuso sexual. Y señaló que a nivel de Iglesia se habían tomado todas medidas preventivas del caso, observando el ordenamiento jurídico prescrito. Recalcó además el daño que se había hecho a tantos sacerdotes por generalizar el tema de los abusos, incidiendo en que incluso algunos habían vivido un infierno al haber sido inculpados injustamente.

El jesuita Klaus Mertes, quien como rector del Colegio Canisio de Berlin inició en 2010 la ola de destapes de abusos en Alemania con una carta dirigida a ex-alumnos, replicó a Müller:

«¿Qué consecuencias ha sacado de su fracaso como obispo de Ratisbona, donde admitió en el servicio nuevamente a un párroco abusador, el cual prestamente volvió a abusar de niños?»

Mertes dijo que son necesarias algunas renuncias al más alto nivel eclesial, debido al fracaso flagrante sobre el tema, a la resistencia a asumir las consecuencias de ese fracaso y a la pérdida masiva de credibilidad.

No encuentra en la Iglesia disponibilidad para abordar el tema de los abusos sexuales en relación con su sistema y su estructura. Hay que replantear la moral sexual católica y la organización eclesiástica de poderes, marcada por la dominancia de varones y la falta de transparencia.

(Columna publicada en Exitosa el 5 de marzo de 2016)

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La entrevista completa al cardenal Gerhard Ludwig Müller fue publicada en el Kölner Stadt-Anzeiger. Reproduzco a continuación sólo las respuestas donde se toca el tema de los abusos sexuales en la Iglesia católica.

Señor cardenal, vayamos de nuevo el binomio “verdad y libertad” de cara a la Iglesia. Precisamente ahora se está pasando en los cines alemanes “Spotlight”, la película —nominada a seis Oscar— sobre la revelación, hecha por periodistas de “The Boston Globe”, de un encubrimiento sistemático de abusos sexuales en el arzobispado de Boston. En Alemania la gran conmoción ante el escándalo de abusos cumple cinco años. ¿Su alegato a favor de la fuerza liberadora de la verdad no suena hipócrita a la vista del fracaso de la Iglesia ante el derecho a saber la verdad?

“La Iglesia”, estamos hablando de más de un billón de creyentes, cientos de miles de sacerdotes, miles de religiosos y obispos. No la comunidad, sino los individuos —y no en razón de su ministerio, sino de una personalidad inmadura y desequilibrada— se han hecho culpables de abusos. Pero sobre la gran mayoría de los clérigos recae una amarga injusticia a través de la generalización. Abusos hay, por lo demás, en todos los ámbitos donde hay adolescentes. La estadística criminal señala que la mayoría de los perpetradores provienen del entorno familiar. Son incluso los padres y otros parientes de la víctima. De ahí, sin embargo, no se puede sacar la conclusión inversa: que todos los padres son perpetradores posibles o reales. Por lo demás, tengo problemas con la imputación tan fácilmente dicha de “encubrimiento”.

¿Por qué?

Encubrir significa, a mi modo de ver, impedir conscientemente o por negligencia la sanción de un acto reconocido como punible o no impedir un posible delito posterior. Pero todo el mundo sabe que, en lo que respecta al abuso sexual, el estado de conocimientos de las décadas pasadas era totalmente distinto al de hoy. Las consecuencias a largo plazo para las víctimas lamentablemente no eran tan evidentes como —gracias a Dios— lo son ahora. Y respecto a los perpetradores, se supuso ingenuamente que se podía corregirlos con una enérgica amonestación. Hoy las ciencias humanas son mucho más diferenciadas. En consecuencia, el trato con perpetradores y víctimas debe ser otro. Decisivo es el cambio de paradigma, respecto al cual no hay vuelta atrás: primero está la justicia con las víctimas y el restablecimiento de su dignidad. Decisivas son también las medidas de prevención acordadas por las conferencias episcopales.

La Iglesia católica, ¿ha sabido manejar la crisis?

La Congregación para la Doctrina de la Fe, que como tribunal es la última instancia responsable de casos de abuso sexual, ha actuado desde que fuera comisionada con la más alta responsabilidad. Contra las críticas desde ambos lados (demasiado laxa o demasiado estricta) nuestras dos instancias judiciales observan al ordenamiento jurídico prescrito. No sólo para garantizar un proceso justo, en el cual también el inculpado tiene el derecho a ser escuchado y defendido. Ciertamente nadie quiere salirse de estos principios de nuestra cultura jurídica. También hay personas que fueron inculpadas injustamente, y las cuales, según ellas mismas informan, vivieron un infierno.

Pero también las víctimas de los inculpados justamente.

Su sufrimiento es terrible. Pero la responsabilidad debe recaer sobre los culpables y no sobre inocentes sólo porque tienen una cercanía familiar o profesional.

(Traducción al español: Martin Scheuch)

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Al igual que el P. Klaus Mertes, considero muy desafortunadas estas declaraciones.

Müller asume lo que llamamos la teoría de las “manzanas podridas” o los “casos aislados” al considerar que el problema radica en el desequilibrio psicológico personal de los perpetradores y de ninguna manera en la estructura eclesial. De este modo, la reputación y la imagen de la institución quedarían intactas. Y en realidad esto no es lo que ha sucedido. Él mismo debería preguntarse qué es lo que en la Iglesia atrae al sacerdocio y a la vida consagrada a un numero significativo de pervertidos, qué es lo que ha permitido que cometan sus delitos durante años sin ser descubiertos y por qué el modus operandi de quienes tienen la autoridad ha estado y sigue estando orientado al encubrimiento y a la relativización de los abusos cometidos. Todos estos preguntas cuestionan el sistema eclesial mismo y plantean la necesidad de reformas profundas en la Iglesia.

Por otra parte, la generalización que denuncia Müller no es algo generalizado. Son muy pocos los que creen que la mayoría los clérigos y religiosos son abusadores sexuales. Sin embargo, ante el número elevadísimo de casos que se han dado a conocer en los últimos tiempos, es natural que se haya perdido la confianza natural en el clero católico. Estimado lector, tú como padre o madre de familia, ¿dejarías actualmente a tu hijo menor solo confiado al cuidado de un sacerdote, aún cuando no tengas ningun motivo para desconfiar de esa persona?

Lo que sí toca cotas de surrealismo es la relativización que hace Müller de la palabra “encubrimiento”. ¿De modo que lo había antes no era encubrimiento sólo porque no se tenía claro conocimiento de las terribles consecuencias que tiene un abuso sobre un menor de edad? ¡Me chupo el dedo! Y además, eso va condimentado con la insólita afirmación de que ha habido un “cambio de paradigma”. Entonces, ¿sólo recientemente se ha descubierto que lo primero es la preocupación por las víctimas? ¿Cuál era el paradigma anterior? ¿Mandar a la mierda a las víctimas y proteger al clérigo perpetrador considerando el carácter sagrado de su ministerio pastoral? ¿Defender la santidad de la Iglesia en público con una mano mientras que con la otra se barre toda la porquería debajo de la alfombra sin que nadie se entere? Y si es como dice Müller, parece ocurrir lo que sucede con todo cambio de paradigma: que muchas autoridades eclesiásticas o todavía no se han enterado, o todavía están en un proceso de asimilación tan pero tan lento, que ni se nota.

Finalmente, insistir en el infierno por el que han pasado algunos clérigos acusados injustamente parece obnubilar ciertas verdades respecto a las víctimas:

  • el infierno pasado por las víctimas de abusos suele ser mucho peor, pues ha llevado a algunas incluso al suicidio;
  • no se presenta tardíamente en sus vidas, sino que las marca desde temprana edad, ocasionándoles serios problemas psicológicos y espirituales que las acompañan a lo largo de su existencia;
  • las acusaciones injustas contra clérigos suelen ser la excepción a la regla, mientras que el maltrato, la falta de acogida y el olvido de las víctimas ha sido la manera habitual de proceder que han tenido las autoridades eclesiásticas, lo cual nos remite otra vez a un problema de sistema y estructura.

Lamentablemente, lo dicho recientemente por el cardenal Gerhard Ludwig Müller confirmaría lo que ya muchos sospechaban: que a nivel de jerarquía eclesiática poco o nada se ha hecho efectivamente para combatir el flagelo de la pederastia eclesial y que las medidas que se han dado a conocer hasta ahora no pasan de ser un mero saludo a la bandera.

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FUENTES

Kölner Stadt-Anzeiger
Interview mit Kardinal Müller: Was ist im Islam anders als im Christentum? (01.03.16)
http://www.ksta.de/politik/interview-mit-kardinal-mueller-was-ist-im-islam-anders-als-im-christentum–23644526

kirchensite.de
Mertes zu Missbrauch: Rücktritte auf höchster Ebene fällig (01.03.16)
http://kirchensite.de/aktuelles/kirche-heute/kirche-heute-news/datum/2016/03/01/mertes-zu-missbrauch-ruecktritte-auf-hoechster-ebene-faellig/