LA RECOMPOSICIÓN DE LA CRISMA DESPUÉS DEL SODALICIO

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“El grito n° 2” (1983), del pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín (1919-1999)

El título no es mío propio. Ha sido tomado del libro La recomposición de la crisma (Guía para sobrevivir a los grandes ideales) [Thémata, Sevilla 2007], que escribiera un ex miembro del Opus Dei en España bajo el seudónimo de Satur Sangüesa, relatando en clave humorística su paso por la Obra. Y lo que describe guarda más de una semejanza con la experiencia de quienes pasaron por el Sodalicio. Sólo que una vez apagada la risa, cuando uno ya se ha librado del condicionamiento mental a que fue sometido, se revelan las heridas y cicatrices de un paisaje interior devastado donde, mal que bien, uno se descubre como un sobreviviente. Como tantos que han transitado en algún momento de su vida por el Sodalicio. Algunos más afortunados, albergando aún la esperanza en un rincón de su alma; otros, en cambio, habiendo perdido todo, incluso la fe en la humanidad.

Pero lo que tienen en común quienes han logrado dejar atrás las penurias pasadas es que, en un momento dado, se dan cuenta de que tienen por delante la titánica tarea de reconstruir sus existencias e integrarse en el mundo del común de los mortales, del cual fueron arrebatados psíquica y mentalmente a temprana edad.

Y ese proceso requiere muchas veces pagar un alto tributo. Pues el sistema de pensamiento y disciplina sodálite, prístino y puro en su fachada católica pero enfermizo en su aproximación a la naturaleza humana, ha logrado desequilibrar vidas enteras y hundirlas en un infierno de angustia y culpabilidad. Indudablemente, la falta de naturalidad hacia las pulsiones más normales de la psique humana suele generar un equilibrio frágil, donde el ascenso a las cumbres de una espiritualidad exigente y elevada termina con frecuencia en una caída a los abismos más tenebrosos de la existencia.

Eso es lo que habría ocurrido con Germán Doig, de quien oí decir durante mi primera época en comunidades sodálites que había alcanzado un grado tan alto de pureza, que ya no tenía ni sueños húmedos ni poluciones nocturnas —estado que yo mismo experimenté durante un breve período—. Eso es lo que habría ocurrido con quienes acabaron cometiendo delitos inconfesables que dañaron biografías enteras. Eso es lo que podría estar ocurriendo con tantos sodálites que aún siguen atrapados en las garras de la institución. Y eso es en parte lo que me ocurrió a mí, aunque lo mío se circunscribió a los límites de lo poco que aún había podido conservar de mi esfera privada.

Ya he contado en otra ocasión cómo me vi acechado por obsesiones sexuales que venían esporádicamente y ponían en zozobra el estilo de vida célibe al cual trataba de aferrarme como si fuera mi tabla de salvación, cuando en realidad era el puñal que se hundía en mi carne y me estaba matando de a pocos.

Y eso sólo fue el preámbulo de lo que vendría después.

Una vez que me dirigía hacia esa curiosa iglesia de estilo indefinido que existe en Magdalena del Mar con una enorme cúpula de color turquesa, a fin de confesarme, me llamó la atención un pedazo de papel roto atrapado en un arbusto seco en medio de un jardín polvoriento con hierbas secas, un jardín pequeño como otros muchos que en esas calles ocupaban el lugar entre la vereda y la calzada para los automóviles. Cogí el pedazo de papel para examinarlo. Era la foto de un acto sexual explícito, en blanco y negro, arrancada de una revista pornográfica barata, de esas que se vendían en los ’80 en los kioskos de Lima. Ni qué decir, fue como si una ventolera hubiera barrido como por ensalmo todos mis deseos de santidad. No fui a confesarme y regresé a la comunidad para consumar en solitario el pecado. ¿Qué era aquello que anulaba mi voluntad y convertía un impulso en irresistible? No lo sé, más aun cuando después de salir de comunidad ese mismo impulso perdería fuerza y se iría haciendo más manejable, no teniendo la urgente violencia de entonces.

Recuerdo todavía la angustia que me generó ese primer tropiezo con la imagen pornográfica y cómo, un día después, crucé con miedo aterrador la Av. Brasil en el momento en que iba a confesarme, temiendo con angustia que me atropellara un carro y terminará condenado en el infierno por haber muerto en estado de pecado mortal.

El asunto se fue complicando con el paso del tiempo, pues cuando después de días y semanas de tranquilidad se desataba otra vez el temporal, terminaba por comprar yo mismo la revista, que metía en la casa escondida en mi ropa y que tras consumar el hecho, eliminaba cortando en pedacitos que pasaba por el inodoro o quemaba en el techo o en algún parque solitario. Siempre tuve la esperanza de que estos incidentes fueran sólo pasajeros y que al final mi sincera opción por la santidad y por el estilo de vida que había elegido terminarían por apagar toda tentación y llevarme otra vez al estado de gracia física que ya alguna vez había experimentado. Lo que entonces no sospechaba era que ese mismo estilo de vida que se guardaba en la comunidad podía haber sido el caldo de cultivo del problema que estaba viviendo. Y lo que hubo podido ser meramente un tropiezo de juventud, que la mayoría de las personas dejan atrás a medida que maduran, creció subjetivamente a dimensiones de tragedia.

A lo de las revistas se sumó posteriormente las escapadas a cines de mala muerte con olor a ranciedad, donde se exhibían filmes pornográficos hechos de retazos de celuloide procedentes de varios rollos de películas distintas, llenos de rayones, puntos negros, manchas, en una pantalla vieja con restos de humedad y mal iluminada por el ruidoso proyector. Allí conocí en carne propia el anonimato de los hombres que no quieren ser reconocidos, vuelven el rostro cuando las luces del local se encienden y apuran el paso al salir de la sala, a fin de regresar a la vida normal luego de haber hecho un turbio paréntesis en sus existencias. Y luego la vida sigue igual, como si nada hubiera pasado. Pero la procesión va por dentro.

Todo esto, sin embargo, fue acompañado de un efecto colateral que podría considerar como positivo. Como constaté que podía darme escapadas a cines sin ser descubierto, aproveché esta circunstancia para ir a ver películas artísticas, que normalmente no tenían lugar en la comunidad.

Y eso me llevaría finalmente a una experiencia cinematográfica que gatillaría en mí una reflexión liberadora. Sería para mí un punto de quiebre. Pues —hay que decirlo— el debilitamiento de las rejas interiores que a uno le son construidas en la psique por el Sodalicio suele iniciarse con alguna experiencia clave, muchas veces relacionada con una disciplina artística, como puede ser el cine, la literatura o la música. O también a través del encuentro con alguna persona diferente de acentuada calidad humana.

En mi caso, el detonante fue la película Terciopelo azul (1986) de David Lynch, la cual, a través de una trama de policial noir, describe la vida entre dos mundos de su joven personaje —un mundo donde todo es luz e inocencia, y otro mundo donde se dan encuentro las peores pesadillas—. Queriendo mantener ambas dimensiones de su vida separadas, al final terminan mezclándose en la realidad, y con el doloroso sinceramiento viene la redención. En particular, son impresionantes las imágenes iniciales en un típico pueblo del countryside nortemericano, mostrando un mundo idílico, inocente, casi perfecto. La cámara se aproxima a un jardín donde un anciano riega las flores. Cuando éste sufre un accidente casero y cae desvanecido, la cámara lo sigue en su caída para luego hacer un zoom hacia la hierba de un verde saturado lleno de vida y mostrar finalmente un mundo subterráneo pululante de hormigas agresivas y oscuros presagios, subyacente a la feliz realidad ideal que hemos visto antes. La película está cargada de escenas tan intensas, algunas de rebuscada perversidad psicológica, que ocasionó que algunos espectadores se salieran del cine antes de terminar la función. Aún así, esta obra maestra de David Lynch caló tan hondo en mi conciencia, que no pude resistirme a verla posteriormente una segunda vez.

Sin embargo, yo continué viviendo falsariamente entre dos mundos, alimentando aún la ilusión de poder alcanzar la santidad mientras me debatía con mis fantasmas interiores, a la vez que que dejaba mensajes crípticos y simbólicos en varias de las canciones que componía, abrigando la esperanza de que alguien entendiera esos mensajes y me ayudara a salir del pozo en que me sentía hundido.

Lo que realmente me faltaba era regresar a la vida, aquélla en la que se desenvuelven las historias cotidianas de los seres humanos comunes y corrientes. Pero el proceso de recomposición de la crisma ya se había iniciado y seguiría paulatinamente su curso, alimentado en años posteriores por mas películas —varias de Woody Allen, El ciudadano Kane de Orson Welles, La strada y el Casanova de Federico Fellini, Érase una vez en América de Sergio Leone, El último tango en París de Bernardo Bertolucci— y lecturas varias, entre las que destaco las novelas y ensayos de Ernesto Sabato.

Me tomaría más de una década recobrar mi identidad perdida, desarmar las piezas de un rompecabezas mal armado, volver a armarlo con sustancia verdadera y respirar profundamente como alguien que logró sobrevivir a los efectos venenosos del gran ideal sodálite.

(Columna publicada en Altavoz el 27 de noviembre de 2016)

CATÓLICOS A FAVOR DE DONALD TRUMP

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Donald Trump entrevistado por Raymond Arroyo de EWTN (26 de octubre de 2016)

En las últimas elecciones presidenciales en Estados Unidos el 52% de los católicos votó por Donald Trump, contra el 45% que votó por Hillary Clinton.

Sin embargo, ese resultado no se explica sólo por una opción religiosa. Detrás se esconde una creencia turbia y peligrosa: la de la supremacía blanca en el marco de un chauvinismo centrado en la pretendida grandeza norteamericana.

Pues mientras 60% de los católicos blancos votaron por Trump, sólo el 26% de los católicos hispanos le dieron su voto, prefiriendo el 67% a la candidata demócrata. Incluso cuando la influyente cadena televisiva católica EWTN —a la cual pertenece ACI Prensa— tomó partido desvergonzadamente por el candidato republicano, difundiendo en la víspera de las elecciones un seductor mensaje suyo dirigido a los católicos.

Lo cierto es que los sectores más conservadores y reaccionarios del catolicismo están satisfechos con las últimas elecciones, pues según ellos se logrará por fin revertir la despenalización del aborto vigente en Estados Unidos desde 1973, se evitará que las clínicas católicas suministren anticonceptivos a pacientes que lo soliciten y se podrá anular la decisión de la Corte Suprema que legaliza el matrimonio homosexual. Sin que les importe dar solución a los problemas humanos que subyacen a estos temas.

A cambio, se considera como un mal menor el anuncio de la deportación masiva de indocumentados, el trato discriminatorio contra los musulmanes y otras minorías, el posible uso de armas de destrucción masiva si la situación lo requiere, etcétera. No creen que Trump vaya a poder hacerlo.

Como los obispos católicos que apoyaron a Hitler, no queriendo creer que fuera a cometer los crímenes que cometió.

(Columna publicada en Exitosa el 26 de noviembre de 2016)

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El siguiente es el texto del mensaje de Donald Trump que fue propalado a través de la señal de EWTN:

«Los católicos son una parte importante de la historia de Estados Unidos. Estados Unidos se ha fortalecido con católicos que trabajan duro. Desde Nueva York a California, la historia católica es realmente extraordinaria y grandiosa.

Desde custodiar los derechos civiles a educar a millones de niños, sirviendo a los pobres y ayudando a definir el movimiento provida, sacerdotes y laicos católicos en todo el país han hecho innumerables contribuciones al éxito de Estados Unidos y a la historia de éxito de Estados Unidos.

Los políticos de Washington han sido hostiles a la Iglesia, han sido hostiles a los católicos, han sido hostiles a los miembros del catolicismo. Mi gobierno estará al lado de los católicos estadounidenses para promover los valores que todos compartimos como cristianos y estadounidenses. Que Dios os bendiga y Dios bendiga a los Estados Unidos de América. Haremos que Estados Unidos sea grande de nuevo».

Basta con tener dos dedos de frente para darse cuenta de que se trata de propaganda manipuladora, que subordina el catolicismo al fin patriotero de hacer que Estados Unidos sea grande de nuevo. Lo que Trump hizo realmente con este astuto mensaje fue hacerle una pasada de mano al egocentrismo colectivo de muchos católicos, que creen que deben votar por un gobierno simplemente porque no los va a molestar, aunque haya prometido molestar a millones de otras personas, atropellando sus derechos humanos. Además, sin tener en cuenta que la mayoría de los indocumentados que Trump piensa deportar son tan católicos como los católicos que se dejaron seducir por sus palabras y le endosaron su voto.

En otras palabras, Trump parece estar diciendo que apoyará a los católicos que apoyen sus planes de hacer América grande de nuevo, pero dudamos que haga lo mismo con aquellos católicos que tengan la valentía de criticarlo o poner en duda su ideal chauvinista. Y en esto se parece mucho a Adolf Hitler, que apoyó a la Iglesia católica en Alemania siempre y cuando estuviera subordinada a su proyecto pangermánico y mirara hacia otro lado cuando se trataba de crímenes de lesa humanidad.

El 26 de octubre el periodista católico Raymond Arroyo había entrevistado a Donald Trump en el programa World Over que se transmite a través de EWTN. Se vio a un entrevistador complaciente que parecía creer a pie juntillas —sin cuestionamiento alguno— la autoproclamación del entonces candidato republicano como un “provida” declarado, además de que omitió temas importantes pero incómodos para el entrevistado, como el trato a los inmigrantes mexicanos, la aplicación de la tortura por parte del ejército norteamericano, la pena de muerte, las relaciones con la comunidad internacional, etc. Da la impresión de que había un compromiso por parte de Arroyo de evitar tocar esos temas. A cambio, Donald Trump le habría respondido al entrevistador lo que éste quería oír, aun cuando lo que decía no tuviera mucho sustento en su biografía personal.

De lo que no nos queda duda es que el estilo autoritario, prepotente, impositivo, agresivo y poco dialogante de Trump ejerce un cierto atractivo sobre los sectores más conservadores del catolicismo, que prefieren poner su confianza en alguien que en esto se les asemeja aun cuando ello pueda derivar en una dictadura disfrazada de democracia. Pues la democracia no parece formar parte del acervo de sus valores.

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FUENTES

InfoCatólica
Trumpazo: la mayoría de los católicos USA votaron por Trump (7 puntos de diferencia) (11.11.16)
http://infocatolica.com/blog/delapsis.php/1611110218-trumpazo-la-mayoria-de-los-ca

gloria.tv
Mensaje de Donald Trump a los católicos estadounidenses
https://gloria.tv/video/4L8iNB6o4mfF67J3RdjPRqxUU

Hispanidad
Carta de Trump a los católicos: “Los políticos de Washington han sido hostiles a la Iglesia” (09/11/2016)
http://www.hispanidad.com/carta-de-trump-a-los-catolicos-los-politicos-de-washington-han-sido-hostiles-a-la-iglesia.html

ACI Prensa
VIDEO: Entrevista de canal católico EWTN a Donald Trump con subtítulos en español (28 Oct. 16)
https://www.aciprensa.com/noticias/donald-trump-concede-entrevista-al-canal-catolico-ewtn-76827/

EL OBISPO SANCIONADO POR APOYAR A LAS VÍCTIMAS

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Mons. Thomas Gumbleton (1930- ), obispo auxiliar emérito de Detroit (Estados Unidos), es una excepción en el episcopado católico estadounidense.

Con sensibilidad pastoral, decidió apoyar a las víctimas de abusos sexuales por parte del clero. En la primera década de este siglo se manifestó a favor de iniciativas legislativas en varios estados, que proponían abrir una ventana de tiempo de un año donde la prescripción del delito de abuso sexual quedara suspendida, de modo que las víctimas pudieran judicializar sus casos. En Ohio, los obispos habían hecho hasta lo imposible para tirarse abajo esa propuesta.

Pero lo que nadie sabía hasta entonces era que Gumbleton, a la edad de 15 años, había sido víctima de abuso sexual por parte de un sacerdote. Y recién 60 años después tomaba el valor para hacer público este incidente, aunque sin intenciones de iniciar ningún juicio.

En enero de 2006 decidió rendir su declaración escrita en Ohio, animado por su amiga Barbara Blaine del “Survivors Network of those Abused by Priests” (SNAP), a fin de apoyar una propuesta de ley que extendiera la prescripción de los delitos mencionados a 20 años a partir de la mayoría de edad de la víctima.

Poco después le llegó una carta del cardenal Giovanni Re de la Congregación para los Obispos, quien había sido informado por el Nuncio instigado por los obispos de Ohio. Se le acusaba de ir contra la comunión episcopal. Mons. Gumbleton, quien ya debía renunciar como obispo auxiliar por límite de edad, fue también obligado a dejar su labor pastoral en la parroquia de St. Leo.

Un claro aviso para quien ayude a las víctimas de abusos.

(Columna publicada en Exitosa el 19 de noviembre de 2016)

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Antes de presentar su declaración ante la Legislatura de Ohio en enero de 2016, Mons. Gumbleton había dado una conferencia el 4 de noviembre de 2015 en Milwaukee en el marco de un evento organizado por el Survivors Network for those Abused by Priests (SNAP).

Hablando sobre la gravedad del abuso sexual y la actitud que hay que tomar al respecto, les había dicho a los asistentes que esperaba que su propia historia «pueda animar a algunos de ustedes a ser más activos en trabajar para que esto termine, aquello que incluso el Papa ha llamado un cáncer en la Iglesia católica, y para traer sanación a los sobrevivientes antes que nada y sanación a nuestra propia Iglesia».

«Mi testimonio ha aportado argumentos de por qué necesitamos efectuar este cambio», añadió entonces. «Yo también he pensado al respecto y quizás la cosa más persuasiva que puedo decirles a ustedes es que yo soy una víctima».

Y esto es lo que puso en su testimonio en Ohio: que un sacerdote abusó sexualmente de él cuando estaba en 9° grado en la escuela. «Yo no quiero exagerar diciendo que fui terriblemente dañado. No fue el tipo de abuso sexual que experimentan muchas de las víctimas», declararía Gumbleton a The Washington Post en una entrevista telefónica de enero de 2006. Pero él sabía por qué las víctimas de abuso sexual no interponen una demanda judicial dentro del período establecido por las leyes antes de que el delito prescriba, que en mucho estados es de dos a cinco años después de haberse producido el incidente. «Están intimidadas, avergonzadas, y simplemente lo reprimen. Yo puedo entender eso», dijo. «Yo nunca se lo conté a mis padres… Nunca se lo conté a nadie».

Respeto a los abusos que sufrió de adolescente, indicó que se trató de «tocamientos inapropiados por parte de un sacerdote», que tuvieron lugar en 1945 cuando estaba en 9° grado en el Seminario del Sagrado Corazón en Detroit. «Como ocurre con frecuencia en estos casos», el sacerdote lo invitó a él y a otro muchacho a pasar un fin de semana en una cabaña. «En algún momento empezaría a luchar cuerpo a cuerpo con uno de nosotros. Entonces metería sus manos en tus pantalones», relató.

A pesar de que era obispo en Michigan, Gumbleton no vio nada de malo en testimoniar en Ohio respecto a lo que él consideraba «un asunto nacional». «Le puede costar a la Iglesia algo de dinero, pero también puede traer una gran cantidad de sanación a un montón de víctimas», dijo. «He estado diciendo durante 10 años que estos casos deben ser tratados con sensibilidad pastoral, y no sólo de un modo legal contencioso. También creo firmemente que los obispos deberían hablarles a estas víctimas, y muy frecuentemente no lo han hecho».

Los obispos de Ohio se habían opuesto al proyecto legislativo que permitiría abrir una ventana de tiempo de un año para que las víctimas de abusos sexuales pudieran iniciar demandas contra la Iglesia católica, sin tener en cuenta la prescripción de los delitos. Consideraron que Gumbleton, al apoyar esta iniciativa a la cual ellos se oponían, había violado la “communio episcoporum” (comunión episcopal). De este hecho fue informado Gumbleton a tavés de una carta del Vaticano enviada al arzobispo de Detroit, Mons. Adam Maida. En consecuencia, fue obligado a renunciar a su labor pastoral en la parroquia de St. Leo en Detroit, donde había trabajado desde el año 1983.

Gumbleton declararía al National Catholic Reporter en enero de 2011 que, como obispo, había mantenido correspondencia con el Vaticano sobre varios temas, y por lo general éste se tomaba bastante tiempo para responder. Pero en este caso la carta del cardenal Giovanni Re de la Congregación para los Obispos le llegó al cardenal Maida en sólo diez días, señalando los cánones del Código de Derecho Canónico que supuestamente había infringido.

Si bien Gumbleton comprendía que debía dejar su puesto de obispo auxiliar, pues ya había pasado el límite de edad de 75 años estipulado por la ley canónica, no llegaba a comprender por qué también se le exigía que renunciara a su función de pastor en la parroquia a la que tanto amaba. Pese a sus protestas, el arzobispo Maida le exigió que lo hiciera.

«Eso me sorprendió, en parte porque ¿qué sabe el cardenal Re sobre lo que es bueno para una parroquia de Detroit, sobre quién debería o no debería ser pastor?», dijo Gumbleton. «¿Y por qué el arzobispo debería aceptar los requerimientos del cardenal Re? Pienso que, después de todo, él es el arzobispo». «Un cardenal que es cabeza de una congregación no tiene ningún tipo de jurisdicción o autoridad como ésa», añadió. «Así pues, ¿por qué debería Maida hacerle caso? Bueno, es parte de todo un sistema tipo club de los cardenales: tú no vas a ponerte en contra de otro cardenal. Y de este modo no se me nombró administrador, así que tuve que dejar la parroquia».

«Ahora que miro bien el asunto, todo fue tan irracional, porque soy retirado de la parroquia y no se me permite celebrar Misa allí… Yo puedo celebrar Misa en cualquier otro lugar de la diócesis. De modo que fue algo en contra de la gente», dijo. «Sin embargo, la única cosa que en mi opinión me debería haber sido permitida es continuar siendo pastor de la parroquia para beneficio de la gente, porque tenemos escasez de sacerdotes y desde entonces nadie ha sido designado pastor allí», continuó. «Eso es realmente doloroso en especial para una parroquia pequeña. Así que parece que fue vindicativo. No ayudó a a nadie y no fue apropiado para la gente de la parroquia ser castigada por lo que yo hice».

Lo peor es que, después de rendir su testimonio, ningún obispo se comunicó con él personalmente, no obstante que Gumbleton en ese momento ya tenía 30 años como obispo. «Yo los conozco a todos», declaró. «Me he encontrado con ellos en varias ocasiones… Ninguno me llamó para hablar sobre esto. Ahora bien, si estaban molestos, me podrían haber llamado y hacerme bronca y agarrarme a gritos si lo querían. O podrían haber preguntado: ¿por qué lo hiciste?»

A Gumbleton también se le ordenó no ir a ninguna otra diócesis sin el permiso explícito del obispo del lugar. «Y eso fue un intento, supongo, de prohibir que hable en público». Respecto a esa restricción, dijo: «No se siente muy a gusto ir a una diócesis para hablar y saber que el obispo de la diócesis preferiría que no estuvieras allí. Y, sin embargo, yo no dejo que eso me inhiba, de modo que hallo caminos para hablar en todo el país».

«Yo no estoy enfadado con los obispos», añadió Gumbleton. «Me siento mal básicamente por nuestra Iglesia. Siento que estamos perdiendo una oportunidad de ser sanados porque no queremos ver en lo profundo problemas que existen. Y tarde o temprano nos veremos forzados a tener que hacerlo».

Mons. Thomas Gumbleton fue en 1972 uno de los fundadores de Pax Christi USA, organización que promueve la paz, y su labor pastoral se ha caracterizado por su compromiso con los pobres y las minorías.

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FUENTES

The Washington Post
Bishop Says Priest Abused Him as Teenager (January 11, 2006)
http://www.washingtonpost.com/wp-dyn/content/article/2006/01/10/AR2006011001818.html

National Catholic Reporter
Retired bishop asked to leave Detroit parish for testimony (Nov. 4, 2011)
https://www.ncronline.org/news/accountability/retired-bishop-asked-leave-detroit-parish-testimony
Vatican moved quickly to punish Gumbleton (Nov. 5, 2011)
https://www.ncronline.org/news/accountability/vatican-moved-quickly-punish-gumbleton

CARTA ABIERTA A UN CONTRATADO DEL SODALICIO

A Ian Elliott, consultor especialista en abusos contratado por el Sodalicio para atender a las víctimas

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Estimado Ian:

He decidido escribirte de manera abierta y pública, debido a que hasta ahora no he recibido respuesta al e-mail que te envié el 10 de noviembre respondiendo a tu desafortunado e-mail del 9 de noviembre.

En realidad, todo comenzó el 1° de mayo de este año, cuando cansado de esperar a que el Sodalicio se comunicara conmigo no obstante las promesas de atender personalmente a cada una de las víctimas —entre las cuáles me cuento yo como el caso N.º 6 según la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación—, decidí tomar la iniciativa y comunicarme con Rafael Ísmodes, uno de los pocos sodálites que, por su calidad humana y su falta de doblez, me ha inspirado siempre confianza. Ísmodes me remitió a José Ambrozic, con quien también llegué a hablar en un par de oportunidades. Fue Ambrozic quien me sugirió que hablara contigo vía Skype, cosa que se concretó el 8 de julio.

Después de haber expuesto partes de mi historia y aclarado mis opiniones sobre el Sodalicio y sobre lo que está pasando con la institución, me agradeciste amablemente por la conversación, prometiéndome que ibas a ocuparte de mi caso. La verdad es que me despreocupé del asunto, sabiendo que de parte del Sodalicio poco o nada se podía esperar.

Sin embargo, el día 2 de octubre me comunicaste que no te habías olvidado de mí y que estabas viendo mi caso; y el 3 de octubre me informaste que ibas a viajar a Alemania para entrevistarte con algunas víctimas y que podíamos fijar una fecha para tener una conversación personal. Ésta se realizó efectivamente el 28 de octubre en horas de la mañana en una elegante suite doble en el Grand Westin Frankfurt Hotel —que cuesta normalmente 520 euros la noche, costo asumido en su totalidad por el Sodalicio a fin de que tú pudieras cumplir con la noble misión de atender a las víctimas—.

Reconozco que fuiste muy amable y correcto. Lo cual me hizo desconfiar, pues de acuerdo a mi experiencia, un exceso de amabilidad suele ir acompañado proporcionalmente de falta de sinceridad y transparencia. Y no faltaron indicios que me confirmaron esta sospecha. Como cuando comenzaste a hablarme maravillas del actual Consejo Superior del Sodalicio. Ciertamente, estoy de acuerdo contigo en que sus miembros son muy amables y bienintencionados. Pero no es eso lo que está en cuestión, sino más bien si están en capacidad de comprender dónde radica el problema del Sodalicio y, en consecuencia, si pueden tomar las decisiones correctas para darle solución. Te dije claramente que no conozco a ningún sodálite cuya captación y reclutamiento interior no se haya iniciado en la adolescencia, en la gran mayoría de los casos antes de alcanzar la mayoría de edad. Con personas ya adultas nunca ha funcionado. Y que el hecho de haber crecido en un coto ideológico protegido les hace muy difícil comprender la realidad más allá de las anteojeras ideológicas que les han colocado desde temprana edad en sus mentes.

Más sorprendido quedé cuando me dijiste que para el actual Consejo Superior los problemas ya eran cosa del pasado y que el Sodalicio actual no era el mismo que el de antes. ¿De un pasado que se remonta hacia atrás recién a partir de octubre de 2015, cuando estalló el escándalo? Respuesta afirmativa. ¿En un año el Sodalicio ha dejado de ser el que yo conocí? ¿De veras has sido tan ingenuo como para tragarte ese rollo?

¿Y cómo iba el asunto de las reparaciones? Me dijiste que el Sodalicio había determinado un monto para ser repartido entre todas las víctimas. Te pregunté si te habían mostrado los documentos contables que muestran a cuánto a asciende su patrimonio actual para ver cuánto podían ofrecer realmente y hacer la recomendación que como profesional te correspondía hacer. No, no te los habían mostrado ni tampoco los pediste. Te bastó con que te dijeran cuál era el monto destinado a reparaciones, las cuales iban a ser asignadas de acuerdo a la gravedad del delito cometido, sin considerar los daños y perjuicios sufridos. Es decir, a alguien al que avasallaron sexualmente pero sólo estuvo vinculado un año le correspondería una indemnización elevada, mientras que a otro que sacrificó veinte años de su vida en el Sodalicio, experimentando continuos abusos psicológicos pero sin haber sufrido nunca abuso sexual, le correspondería una indemnización bastante más reducida, si es que no ninguna.

En tu obsesión por presentar las cosas de manera positiva, quisiste resaltar la bondad de los miembros del Consejo Superior, que estaban ofreciendo estas reparaciones voluntariamente sin estar obligados a ellas por ninguna ley. Como un favor merecedor de gratitud y una señal de buena voluntad. Y que el monto iba a ser algo superior a lo que podría ofrecer la justicia peruana, en el caso hipotético de que se ganara un juicio.

Lamento decirte que no puedo compartir esta opinión. Un favor es algo que hace alguien gratuitamente en beneficio de otro, sin que el primero le deba nada al segundo. Y eso no se cumple en el caso del Sodalicio, el cual tiene una deuda moral con todas las víctimas dañadas por miembros de la institución y su sistema. ¿Cómo puedes considerar como un favor lo que incluso la moral cristiana considera como un deber de conciencia, tal como se señala en las siguientes citas del Catecismo de la Iglesia Católica?

1459 Muchos pecados causan daño al prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto.

2487 Toda falta cometida contra la justicia y la verdad entraña el deber de reparación, aunque su autor haya sido perdonado. Cuando es imposible reparar un daño públicamente, es preciso hacerlo en secreto; si el que ha sufrido un perjuicio no puede ser indemnizado directamente, es preciso darle satisfacción moralmente, en nombre de la caridad. Este deber de reparación se refiere también a las faltas cometidas contra la reputación del prójimo. Esta reparación, moral y a veces material, debe apreciarse según la medida del daño causado. Obliga en conciencia.

¿Me has querido dar a entender que las víctimas deberían estar agradecidas al Sodalicio por realizar algo que en realidad constituye una obligación moral a ser cumplida por los sodálites, más aún cuando se jactan de seguir las exigencias del Evangelio —y la ética que de ellas se desprende— hasta sus últimas consecuencias? ¿Que no haya una obligación legal —lo cual significa que las víctimas estarían jurídicamente inermes— implica que el cumplimiento de una grave obligación moral deba ser recibido con gratitud sumisa, más aún cuando me has dado a entender que si la víctima no considera justo el monto ofrecido, el Sodalicio le da el ultimátum de «tómalo o déjalo» y se desentiende del asunto, escudándose en la “ingratitud” de la víctima?

Por otra parte, determinar el monto de las reparaciones sobre la base de lo que se ofrecería en el sistema judicial peruano —que es deficitario, corrupto y con frecuencia favorece la impunidad— me parece miserable. El Sodalicio siempre presumió de querer cambiar el mundo y revertir las injusticias que en él se cometen. Ahora resulta que si el sistema judicial peruano permite una injusticia, entonces el Sodalicio se acomoda a la situación en la medida en que lo favorezca económicamente, y allí se acabaron sus deseos de luchar por un mundo mejor. ¿No te parece que las reparaciones deberían fijarse más bien sobre la base de criterios objetivos de justicia, teniendo en cuenta los daños y perjuicios ocasionados a las víctimas?

Éstas son reflexiones que podrían ayudar a otros, pues en mi caso el “comité de reparaciones” del Sodalicio ha decidido que yo no tengo derecho a una reparación —como me comunicaste en tu “amable” e-mail del 9 de noviembre— con el argumento de que puedo recibir un tratamiento psicológico gratuito bajo el sistema de salud alemán y, por lo tanto, el Sodalicio no cree que deba darme una ayuda en ese sentido.

La atención psicológica es uno de los puntos que me haría acreedor a una justa indemnización. Pero no es el único punto. ¿Qué hay del secuestro de los mejores años de mi juventud, que desperdicié siguiendo una ilusión fanática con una mente manipulada y habiendo perdido mi capacidad de decidir libremente con conocimiento de causa? ¿Qué hay de los daños infligidos a los lazos familiares, sobre todo a la relación con mi madre?¿Qué hay del continuo sentimiento de culpa que primero me fomentaron en las comunidades sodálites y luego me acompañó durante décadas por haber abandonado la vida comunitaria y que se tradujo también en sentimientos de inferioridad? ¿Qué hay de la marginación progresiva de que fui objeto en ambientes de la Familia Sodálite? ¿Qué hay de la errada orientación vocacional realizada por sodálites no profesionales, que finalmente me llevó a estudiar teología, una carrera que no me sirvió posteriormente para obtener un trabajo decentemente remunerado que me permitiera mantener a mi familia? ¿Qué hay de la falta absoluta de cotizaciones para un fondo de jubilación, que me asegurara una vejez digna? ¿Qué hay de los rumores difamatorios que miembros del Sodalicio echaron a correr para tirarse abajo mi reputación, tachándome de loco, desquiciado, anti-católico, amargado y vengativo? ¿No sabes que recientemente me encontré aquí en Alemania con un ex-sodálite a quien yo no conocía, cuyo padre —a quien tampoco conozco y que también estuvo vinculado a la Familia Sodálite— le había preguntado si yo padecía del síndrome de Asperger? Es sólo un ejemplo para que veas hasta dónde llegaron las calumnias. Sin contar con que también afectaron las relaciones al interior de mi actual núcleo familiar. ¿Cómo puede el Sodalicio reparar todo este daño o devolverme las cosas valiosas de la vida que perdí o que nunca pude vivir?

Te pongo a continuación las recomendaciones que hizo la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación en mi caso:

  1. Reconocimiento por parte del Superior General de su condición de víctima y pedido de disculpas por escrito.
  2. Devolución a la víctima de toda su información personal, particularmente la relativa a sus evaluaciones psicológicas.
  3. Informar por escrito a todas aquellas personas —sea que se encuentren dentro o fuera del SCV— del hecho que hubiesen sido evaluadas psicológicamente por personas no profesionales, pidiéndoles las disculpas del caso y devolviéndoles los documentos pertinentes.
  4. Otorgarle una compensación económica que indemnice los años de pertenencia al SCV, ante el inadecuado discernimiento vocacional sufrido.
  5. Otorgarle la reparación económica proporcional al daño sufrido, comprendiendo la afectación moral y material de la víctima.
  6. Otorgarle la compensación económica que le permita acceder a un tratamiento médico psiquiátrico y/o psicológico integral por el tiempo que los profesionales médicos determinen.
  7. Realizar las investigaciones necesarias al interior del SCV, en relación a los actos denunciados. Asimismo, que el SCV imponga a los responsables las sanciones correspondientes.

De las siete recomendaciones, hasta ahora el Sodalicio sólo ha cumplido parcialmente la número 2, y eso fue antes de que la Comisión emitiera cualquier informe, pues yo mismo decidí solicitar el 14 de diciembre de 2015 mi documentación al Superior General del Sodalicio Alessandro Moroni. Recibí una serie de escritos manuscritos elaborados por mí, la mayoría anteriores a 1981 y unos cuantos posteriores a esa fecha, pero las evaluaciones psicológicas que se me tomaron así como los informes de rutina sobre mí elaborados por superiores y consejeros espirituales habían desaparecido como por ensalmo. Según Moroni, no había nada más. ¿Nada más, considerando que viví más de once años en comunidades sodálites? Cuesta creerlo. ¿En qué momento desaparecieron esos documentos, si es que no fueron destruidos?

A la vista de los hechos, lamento mucho, estimado Ian, que en mi caso —y probablemente en varios casos más— hayas contribuido a que el Sodalicio no cumpla con su obligación moral de reparar —aunque sea simbólicamente— las heridas causadas, y se ignoren las recomendaciones hechas por una Comisión que trabajó de manera imparcial e independiente. Sin recibir ninguna remuneración, a diferencia de cualquier contratado, que se debe a quien le paga.

Un cordial saludo

Martin Scheuch

(Columna publicada en Altavoz el 13 de noviembre de 2016)

SODALICIO: LA GRAN MENTIRA DE LAS RECOMENDACIONES CUMPLIDAS

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José Ambrozic, Vicario General del Sodalicio de Vida Cristiana

El 4 de noviembre, el Canal S de Youtube —canal informativo del Sodalicio de Vida Cristiana que se ha dedicado últimamente a publicar videítos piadosos que casi nadie ve— publicó un video donde José Ambrozic, Vicario General del Sodalicio, hablaba sobre el proceso de reparaciones a las víctimas. En ese mensaje, Ambrozic decía textualmente lo siguiente:

«La Comisión [de Ética para la Justicia y la Reconciliación] fue instituida en noviembre del año pasado, pero fue instituida como parte de un plan más amplio que incluía a los otros expertos ya desde un primer momento dentro del plan. La Comisión era necesaria porque en ese momento había mucha desconfianza respecto de nuestra institución y en consecuencia necesitábamos una instancia independiente con una calificación de integridad que estuviera más allá de toda discusión. La Comisión entregó un informe general y luego informes específicos para cada una de las personas que autorizaron que se nos entregue sus informes, calificándolos como víctimas o recogiendo lo que ellos habían compartido. Del Informe General de la Comisión hubo once recomendaciones. De esas recomendaciones, cinco ya han sido totalmente cumplidas, tres dependen de la Santa Sede y tres son las que se refieren al proceso de atención a las víctimas, que están en proceso de estar siendo cumplidas».

Como las cifras no me cuadraban, decidí revisar las recomendaciones hechas por la Comisión para verificar si era cierta tanta maravilla. Éstos son los resultados. A continuación, las recomendaciones de la Comisión, seguidas de mis comentarios.

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MEDIDAS RECOMENDADAS
  1. Repudio público a la conducta de Luis Fernando Figari, respecto de quien las autoridades correspondientes deberían adoptar la mayor sanción moral e institucional.

Aquí tenemos dos partes bien definidas. En la primera la Comisión afirma que ella misma está tomando la medida de repudiar públicamente a Figari. La segunda parte le toca a «las autoridades correspondientes», entre las cuales se cuentan también las autoridades del Sodalicio.

Si bien en un comunicado del 5 de abril de 2016 el Superior General del Sodalicio, Alessandro Moroni, consideró a Figari culpable de los abusos de que se le acusa y lo declaró persona non grata para la institución, todavía no se le ha aplicado la mayor sanción institucional —que sería la expulsión—, lo cual no requiere de autorización de la Santa Sede, como se ha hecho creer. En septiembre de 2007 el Sodalicio expulsó a Germán McKenzie por motivos que aún no han sido aclarados y en octubre del mismo año, a Daniel Murguía, por haber sido capturado por la policía en una situación pedófila en un hostal del centro de Lima. En ninguno de los dos casos se consultó a la Santa Sede antes de proceder.

Por otra parte, cuando a inicios de 2011 salieron a la luz los abusos cometidos por Germán Doig, la Oficina de Comunicaciones del Sodalicio de Vida Cristiana emitió un comunicado, donde se decía:

«Queremos dejar en claro que estas conductas contrarias a nuestra vocación cristiana y nuestros compromisos libremente emitidos ante Dios no sólo no pueden tener cabida en nuestra comunidad sino que deben ser denunciadas y rechazadas con energía, claridad y transparencia. Actos graves como estos conllevan un proceso de expulsión del Sodalicio».

Fue fácil decirlo de alguien que ya había fallecido. Pero cuando se trata de Figari, se aplicó otro rasero, donde la «energía, claridad y transparencia» brillaron por su ausencia. Parecería que esos actos repudiados sí tienen cabida en la la comunidad sodálite, dependiendo de quién sea el que los cometa.

Mientras tanto, la expulsión de Figari sigue siendo una asignación pendiente para el Sodalicio.

  1. Las víctimas de los abusos deben ser resarcidas. Sus testimonios revelan la necesidad urgente de ser atendidas médica, psicológica y espiritualmente, además de la compensación económica a la que tienen justo derecho y que debe ser considerada por el SCV con cada víctima en un auténtico proceso de reconciliación y justicia. Ello debe comprender una solicitud de perdón y desagravio, de manera personal y escrita, por parte del Superior General a cada una de las víctimas.
  2. Compensación por los daños personales sufridos por quienes fueron privados de un adecuado discernimiento vocacional, y en esa medida, obligados a prestar servicios no remunerados, incluso en condición de “servidumbre”.

Ambas recomendaciones se refieren al proceso de reparación de las víctimas. Ambrozic dice que actualmente están en proceso de cumplirlas. Aunque parece que no se están ciñendo a principios básicos de la moral cristiana, como el que señala el Catecismo de la Iglesia Católica [las negritas son mías]:

2487 Toda falta cometida contra la justicia y la verdad entraña el deber de reparación, aunque su autor haya sido perdonado. Cuando es imposible reparar un daño públicamente, es preciso hacerlo en secreto; si el que ha sufrido un perjuicio no puede ser indemnizado directamente, es preciso darle satisfacción moralmente, en nombre de la caridad. Este deber de reparación se refiere también a las faltas cometidas contra la reputación del prójimo. Esta reparación, moral y a veces material, debe apreciarse según la medida del daño causado. Obliga en conciencia.

Sobre la base de testimonios que me han llegado, las reparaciones materiales ofrecidas suelen ser irrisorias en relación con los daños sufridos, pudiendo el Sodalicio, con un patrimonio de varios cientos de millones dólares, ofrecer más para cumplir con este deber de justicia, y con frecuencia ni siquiera se toma en consideración la falta de un «adecuado discernimiento vocacional» como un daño que tiene consecuencias en toda la vida de una persona.

En lo que a mí se refiere —reconocido como víctima con el número 6 por la Comisión de Ética—, he hablado en un par de ocasiones con José Ambrozic, también he hablado en dos ocasiones con Ian Elliott, y nada en absoluto de ambas recomendaciones ha sido cumplido por la institución en mi caso individual. Incluso el 9 de noviembre se me comunicó que el “comité de reparaciones” había decidido que yo no tenía ningún derecho a una compensación económica.

  1. El SCV deberá proceder a la devolución inmediata de toda la documentación correspondiente a cada una de las personas que forma o formó parte de la institución, que así lo solicite.

Èste es otro punto de cuyo cumplimiento hay razones sobradas para dudar. Primero, porque no sabemos cuántas víctimas han solicitado su documentación. Segundo, porque resulta difícil verificar que se les haya entregado todos los documentos sobre su persona que hay en los archivos del Sodalicio.

Yo mismo, por iniciativa propia, solicité el 14 de diciembre de 2015 mi documentación al Superior General del Sodalicio Alessandro Moroni. Sólo recibí una serie de escritos manuscritos elaborados por mí, la mayoría anteriores a 1981 y unos cuantos posteriores a esa fecha, además de mi partida de nacimiento y mi certificado de bautismo. Pero las evaluaciones psicológicas que se me tomaron así como los informes de rutina sobre mí elaborados por superiores y consejeros espirituales en más de once años que viví en comunidades sodálites se habían esfumado. Sospecho que sólo me entregaron lo que quisieron, lo cual sería grave, pues el ocultamiento o desaparición intencionada de documentación es un delito grave.

  1. Reconocimiento de la condición de víctimas por parte de la Comisión a través de los respectivos informes individuales.

Este punto ya ha sido cumplido, porque es la Comisión de Ética la que tenía que hacerlo. Más bien, el Sodalicio se ha negado a reconocer en algunos casos la condición de víctima a personas que han sido reconocidas como tales por la Comisión.

  1. La Santa Sede con la premura del caso, debiera adoptar drásticas medidas para la pronta intervención del Sodalitium Christianae Vitae, disponiendo que su conducción esté a cargo de personas ajenas a su actual estructura organizacional.

Esta medida le correspondía aplicarla a la Santa Sede, y ésta lo ha hecho a medias, pues si bien hay una intervención y algunas limitaciones en el poder de decisión del Consejo Superior, la conducción sigue estando a cargo de personas pertenecientes a la estructura organizacional del Sodalicio.

  1. Las personas que ejercieron algún cargo en la organización del SCV, durante los años en que se permitieron los abusos denunciados, deben ser impedidas de ejercer algún cargo representativo al interior de la organización.

Definitivamente, esta recomendación no ha sido cumplida en ningún aspecto. No sé si el Sodalicio piensa que es algo que le correspondería a la Santa Sede, pero no creo que sea necesaria la intervención desde arriba para implementar la medida. Y «cargo representativo» no se refiere sólo a una función en el Consejo Superior, sino a cualquier cargo de autoridad en que se tenga a otros bajo mando o responsabilidad, como, por ejemplo, superior de comunidad, formador espiritual o consejero espiritual. Por de pronto, Alessandro Moroni y José Ambrozic tuvieron cargos representativos en momentos en que se permitieron abusos, y siguen allí, atornillados a sus puestos.

  1. Con ese propósito, y a efectos de cumplir el objetivo de este trabajo, la Comisión remitirá el presente informe y otros que lo acompañen, a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica de la Santa Sede.

Le competía sólo a la Comisión cumplir esta recomendación, y así lo hizo. No es ningún mérito del Sodalicio que se haya cumplido.

  1. Después de haber recibido los testimonios de las víctimas, esta Comisión cree en conciencia, que la Santa Sede debiera disponer con urgencia las medidas necesarias para que Luis Fernando Figari sea efectivamente sancionado por los actos denunciados, dentro de las competencias correspondientes a la justicia eclesiástica.

La aplicación de esta medida la compete a la Santa Sede, y parece que hasta el momento poco se ha hecho al respecto.

  1. Publicación del presente informe en la página web de la Comisión: comisionetica.org

Esta recomendación también se cumplió no por mérito del Sodalicio, sino de la Comisión misma.

  1. La entrega del presente Informe al SCV, a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica de la Santa Sede a través de la vía diplomática de la Nunciatura Apostólica y al Sr. Cardenal Juan Luis Cipriani Thorne, Arzobispo de Lima y Primado del Perú.

Ésta medida también le correspondía a la Comisión.

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Sacando cuentas, tenemos sólo dos recomendaciones que se refieren estrictamente a la reparación de las víctimas, proceso que aún no ha finalizado, aunque ya hay varios casos en que hay un incumplimiento flagrante de parte de los responsables del Sodalicio.

Hay, además, una recomendación que ha sido cumplida parcialmente por el Sodalicio, una que no ha sido cumplida en absoluto y otra que no hay manera de verificar que se haya cumplido (la referente a la devolución de la documentación personal). Sólo hay dos recomendaciones que le competen estrictamente a la Santa Sede y hay otras cuatro que eran de responsabilidad exclusiva de la Comisión, las cuales fueron cumplidas a la brevedad posible.

En consecuencia, el Sodalicio no puede jactarse de haber cumplido ninguna de las medidas recomendadas de manera íntegra y completa, mucho menos arrogarse el cumplimiento de recomendaciones que sólo le competían a la Comisión.

¿Y qué decir de la explicación a posteriori de que la Comisión era «parte de un plan más amplio que incluía a los otros expertos ya desde un primer momento»? Pues si es así, tal como han se han desenvuelto los acontecimientos parece ser que la labor de los expertos —por lo menos la de Ian Elliott— ha consistido aparentemente en neutralizar en la medida de lo posible las recomendaciones generales e individuales de la Comisión, a fin de favorecer al Sodalicio dentro de una estrategia de control de daños. Francamente, hubiera sido mejor que el plan sólo hubiera incluido a la Comisión de Ética, y los cientos de miles de dólares que el Sodalicio debe haber gastado en honorarios, viajes, viáticos, alojamiento, etc. de los expertos lo hubiera destinado a un fondo como parte de las indemnizaciones a ser pagadas a las víctimas.

Por otra parte, Ambrozic señala que «el proceso empezó con contactar a las personas, a las víctimas que habían sido reconocidas por la comisión independiente…» No sucedió así conmigo, no obstante que yo, siendo el caso 6, era uno de los que debían haber contactado a la brevedad posible. Sabiendo por Álvaro Urbina, una víctima de Jeffery Daniels, que ya lo habían contactado a él, y cansado de esperar, tomé yo mismo la iniciativa y me comuniqué el 1° de mayo con Rafael Ísmodes, lo cual permitió posteriormente que conversara en un par de ocasiones con José Ambrozic y dos veces con Ian Elliott.

Conozco personalmente a José Ambrozic, lo aprecio de corazón y tengo una muy buena opinión de él. Por eso mismo, lamento dolorosamente que se haya prestado a ser la cara visible de un proceso que se está revelando en gran parte como una farsa más del Sodalicio de Vida Cristiana. Que de cristiano parece tener solamente la fachada exterior.

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Video donde José Ambrozic explica lo que supuestamente está haciendo el Sodalicio de Vida Cristiana en el ámbito de las reparaciones:

SODALICIO: LA IMPARCIALIDAD DE UNA COMISIÓN

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Admito que, cuando el Sodalicio convocó en noviembre de 2015 la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación a fin de atender a las víctimas, mi recelo fue grande. ¿Qué de bueno podía venir de una iniciativa convocada por el Sodalicio?

Sin embargo, la Comisión mostró su independencia desde el principio, modificando las directrices de procedimientos establecidas inicialmente por el Sodalicio y cambiando el objetivo principal de «atender, confortar y aliviar a las víctimas, contribuyendo en el proceso de reparación y reconciliación» por el de «esclarecer las imputaciones formuladas contra varios miembros del Sodalitium Christianae Vitae y conducir un proceso que, orientado por la búsqueda de la verdad, coadyuve a la reconciliación y promoción de la justicia con quienes se hayan visto afectados por hechos de alguno de sus miembros».

Tras enviar mi declaración en enero de este año, el 25 de febrero hablé vía Skype con los miembros de la Comisión. El trato fue correcto pero distante. No sentí una actitud amable ni comprometida conmigo como víctima.

De hecho, la Comisión no se puso del lado de las víctimas ni tampoco del lado del Sodalicio. Su modo de proceder cuasi-judicial —aunque sin peso jurídico— se ajustaba a una imparcialidad intachable. Eso explica también los contenidos de su Informe: secos, duros, pero precisos y objetivos. Pues la verdad había que decirla sin concesiones. Y eso era lo que todas las víctimas esperábamos.

Contrasta esto con la actitud amable de Ian Elliott, experto irlandés contratado por el Sodalicio, al informarles a varias víctimas que éste no cumplirá ninguna de las recomendaciones hechas por la Comisión para su caso individual.

(Columna publicada en Exitosa el 12 de noviembre de 2016)

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En diciembre del año pasado escribí una crítica a la Comisión (ver UNA COMISIÓN PARA EL OLVIDO), basándome en los procedimientos estipulados originalmente para su funcionamiento y no en las personas que la conformaban. En febrero de 2016 la Comisión decidió establecer nuevas directrices —dejando mis críticas sin efecto—, convirtiéndose en lo que el Sodalicio aparentemente no quería que se convirtiera: una comisión de la verdad. Pues en los procedimientos originales se indicaba que su labor «debe centrarse en el alivio, recuperación y confortación de las presuntas víctimas» y no en la búsqueda de la verdad respecto a los hechos denunciados.

Felicito a los integrantes de la Comisión —el Dr. Manuel Sánchez-Palacios (abogado), la Dra. Rosario Fernández Figueroa (abogada), Mons. Carlos García Camader (obispo), la Dra. Maíta García Trovato (psiquiatra) y el Sr. Miguel Humberto Aguirre (periodista)— por su honestidad en el trabajo realizado. Se merecen mis mayores respetos.

SODALICIO: LECTURAS PARA EL APOCALIPSIS

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Desde sus inicios, el Sodalicio ha tenido una visión negativa del mundo. El Folleto Azul “Sodalitium Christianae Vitae”, ideario fundacional del año 1971, comienza con un diagnóstico lúgubre de la condición humana en el mundo actual:

«el hombre, en vez de ordenar sus actos a la voluntad de Dios consagrándolo todo a Él y adorándole en gratitud, encaminó mal el maravilloso don de la libertad, “se envaneció en sus razonamientos y oscureció su insensato corazón (Rom 1,21), “cambiando la verdad de dios por la mentira, y adorando y dando culto a la criatura en lugar del Creador” (Rom 1,25). El rechazo de la invitación de Dios a amarle: el pecado fruto del egoísmo —olvido de su condición de creatura respecto de Dios, por exceso de afianzamiento en el centro que el hombre mismo es— tuvo sus gravísimas consecuencias para los hombres. El mismo caos que sufre hoy el mundo es consecuencia del egoísmo».

Desde entonces, una reflexión introductoria sobre los “males del mundo” ha formado parte imprescindible del discurso sodálite, lo cual ha encontrado plasmación en charlas, retiros, jornadas espirituales, Convivios (congresos de estudiantes católicos), e incluso en conversaciones personales de cariz proselitista, donde a la toma de conciencia de lo mal que estaba el mundo se añadía el suscitar el sentimiento de que uno estaba mal en lo personal, literalmente “hasta el culo”. Y si uno era católico creyente, se le incitaba a pensar que uno era un mal católico, de esos que van a misa los domingos y después hacen su vida como si Dios no existiera. Pues los sodálites se consideraban a sí mismos entre los pocos que aspiraban a vivir un catolicismo consecuente y radical. Los demás eran, por lo general, cristianos mediocres, “parroquieros”, católicos aburguesados, carne de cañón si no para el infierno, por lo menos para el purgatorio. Pues, según se nos repetía hasta la saciedad, «el infierno está empedrado de buena intenciones».

A decir verdad, nunca he escuchado en ámbitos sodálites una valoración del mundo que mencionara sus aspectos positivos. Los aspectos negativos eran los únicos que contaban para ellos. Un recuento dramático, pesimista y excesivo de los males del mundo aparecía en el folleto Un mundo en cambio de Luis Fernando Figari, que era de lectura obligatoria en los grupos de formación de la Familia Sodálite. Se partía de una perspectiva muy distinta a la que presentaba la Constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual del Concilio Vaticano II, donde hay una visión más balanceada, no sólo describiendo los problemas del mundo de ese entonces, sino también sus aspectos positivos y sus fortalezas.

Ideológicamente, para los sodálites el mundo en que vivimos no llega ni siquiera al nivel de humano, sino que es “salvaje”, sub-humano. Así lo expresaba Figari hace cuatro décadas:

«Ni por un solo momento se ha dejado olvidada la tarea que nos hemos propuesto de “rehacer todo un mundo desde sus cimientos, de salvaje volverlo humano, y de humano, divino”. Todo lo contrario, la consigna del muy venerado Pío XII ha guiado el trabajo infatigable, desde el primer campo de apostolado, que para cada uno es él mismo, hasta la proyección exterior hacia un mundo que sufre y se angustia por la falta de luz, para iluminar y saciar las mentes, y fuego para calentar los corazones y mover las voluntades que sólo el Señor Jesús puede proporcionar. Me parece que siempre hemos tenido en cuenta que los males visibles-externos son como emanaciones de los males espirituales. Por ello hay que combatir contra las consecuencias, pero también contra el foco de la enfermedad» (Memoria 1977).

Por eso mismo, una de la metas que se propuso el Sodalicio desde un principio fue “humanizar” el mundo:

«No hay duda de que el hombre debe humanizar el mundo y conducirlo hacia su meta, por ello el cristiano es el especialmente sindicado para realizar esa tarea integral y compleja. Esta idea, que a tenemos en el Sodalitium desde hace mucho tiempo, es expresada por von Balthasar […] de una manera categórica: “sólo el cristiano y únicamente él, dado que conoce de la involucración de Dios en el mundo, en Cristo, será capaz de dirigir rectamente las inquietudes del hombre en este mundo, y sus esfuerzos para adquirir la trascendencia”» (Memoria 1976).

Pero no cualquier cristiano está capacitado para esta tarea, sino solamente aquél que aspira a ser santo. Este ideal ciertamente forma parte de la enseñanza de la Iglesia católica, pero en el Sodalicio se ha pretendido llevarlo a extremos radicales, descalificando de paso cualquier iniciativa social realizada por personas comunes y corrientes que no tienen la santidad entre sus fines personales. Así lo encontramos expresado en uno de los textos que aún se siguen utilizando en la Familia Sodálite para la formación espiritual y la oración, el Camino hacia Dios 203. Sólo los santos cambiarán el mundo (ver http://www.caminohaciadios.com/chd-por-numero/233-203-solo-los-santos-cambiaran-en-el-mundo):

«Sabemos bien que debemos trabajar por cambiar el mundo. Esta tarea, sin embargo, sólo tendrá frutos duraderos si se hace a partir de un compromiso decidido por la santidad personal. Seguramente conocemos muchas personas de bien. Personas que no sólo no le hacen daño a nadie, sino que incluso se embarcan en proyectos positivos y de ayuda social. Hemos escuchado hablar de hombres y mujeres que dan su tiempo y dinero, su preocupación, que orientan sus afanes y esfuerzos en bien de los demás. Ciertamente sus proyectos e iniciativas son loables y de mucho bien en un mundo signado por el egoísmo y la mezquindad. Aun así, con todas las buenas intenciones, todos estos proyectos que nacen de buenos corazones y nobles intereses, si no parten de un radical anhelo por la santidad, no bastan para lograr aquel cambio hoy cada vez más urgente. […]

La tarea que se abre ante nosotros es realmente enorme. La sociedad de hoy se aleja de Dios cada vez más, y los retos y obstáculos para el anuncio del Evangelio se multiplican. Para el santo, sin embargo, esto no es ocasión de desaliento ni desánimo. […] Encendiendo en nosotros la llama del amor de Dios no sólo se ilumina nuestro alrededor, sino que se encienden también otras tantas llamas, formando poco a poco un hermoso manto de luces que disipa las tinieblas de la noche. Es así, y sólo así, que lograremos transformar el mundo”».

Si bien en el Sodalicio siempre ha repetido como un axioma que el cambio del mundo comienza por uno mismo, la resonancia que podria tener ese cambio en el mundo actual se ve anulada desde el momento en que los miembros de la institución son sometidos a una especie de aislamiento de las condiciones del mundo real. Las comunidades se convertían entonces en minúsculos territorios donde cada cosa estaba en su lugar según el Plan de Dios —en teoría, porque ahora sabemos que en la práctica se trataba de pura fachada—, mientras que el mundo externo seguía sus propias reglas, ajeno e indiferente a la sigilosa presencia de los sodálites en su territorio.

Eso explica por qué —desde que tengo memoria— los sodálites, más preocupados en buscar la santidad personal en sus pequeños mundos protegidos, nunca han realizado una evaluación de cuánto han contribuido a cambiar el mundo en el sentido que ellos mismos proclaman. Porque ese objetivo no parece interesarles mucho en realidad. Siempre han repetido que el mundo está mal y que cada vez está peor, y lo seguirán haciendo, pues eso forma parte de su esquema ideológico. Su propuesta de cambiar el mundo ha servido únicamente de carnada para captar y reclutar jóvenes idealistas para la institución, en la cual lo único que cambiaría radicalmente son las vidas de estos muchachos, y no precisamente en dirección hacia la santidad personal. Los ejemplos sobran. Vidas prometedoras que se convierten en existencias truncadas, mutiladas psicológicamente, cautivas de una ideología absolutista y sectaria, incapaces de entender el mundo, mucho menos de manejarse con desenvoltura en él. Y esto desde antes de ser mayores de edad, pues la inmensa mayoría de los miembros del Sodalicio fueron objeto de proselitismo y se comprometieron interiormente con la institución en la adolescencia, antes de cumplir los 18 años de edad.

Uno de los instrumentos que se empleaba para insuflar en las mentes jóvenes la idea de un mundo en crisis permanente y literalmente al borde del apocalipsis era una lista de libros de lectura obligatoria que fue confeccionada originalmente en la década de los ‘70.

fundacionUna gran parte de los libros eran novelas de ciencia-ficción, ya sea describiendo sociedades futuras distópicas, donde los elementos negativos del mundo actual son llevados narrativamente hasta extremos indeseables; ya sea relatando historias de elegidos que tienen una misión que cumplir para guiar el devenir histórico y social hacia buen puerto.

La lista incluía Un mundo feliz, de Aldous Huxley; 1984, de George Orwell; Fundación, Fundación e Imperio, Segunda fundación y El fin de la eternidad, de Isaac Asimov; Fahrenheit 451, Crónicas marcianas y El hombre ilustrado, de Ray Bradbury; Mercaderes del espacio, de Frederik Pohl & C.M. Kornbluth; El hombre demolido, de Alfred Bester; Cántico a San Leibowitz, de Walter M. Miller Jr.

La novela en clave de fábula moderna Rebelión en la granja, de George Orwell, también entraba en el paquete, como sátira contra el régimen político soviético y como manera de fomentar en las mentes juveniles un anticomunismo sin concesiones.

Otros dos libros claves para llevar a los jóvenes a un cuestionamiento profundo de sus existencias eran las novelas Demian y Siddharta, de Hermann Hesse, historias de maduración y autodescubrimiento personal protagonizadas por personajes jóvenes  y llenas de elementos gnósticos y esotéricos que resultaban apelantes para quienes se hallaban en la crisis de la adolescencia. Para fines de cuestionamiento personal también se utilizaba El principito, de Antoine de Saint-Exupéry.

Y para profundizar en aspectos como la comunicación, la amistad y el sentido de la existencia eran imprescindibles dos libros del sacerdote católico francés, psicoanalista y ex militante comunista Ignace Lepp: La comunicación de las existencias y La existencia auténtica.

Para afianzar una conversión personal comprometida hacia la fe católica se mandaba leer Nostalgia de Dios, de Pieter van de Meer de Walcheren, diario de un converso holandés que fue amigo del filósofo francés católico Jacques Maritain.

los_nuevos_curasTambién habían algunos libros con narrativa de contenido cristiano, que tenían como características comunes la presentación de un catolicismo conservador y una exaltación mistificada de la cristiandad medieval, así como una actitud intolerante y agresiva no sólo hacia lo no cristiano sino incluso hacia aquellos que se apartan de una interpretación tradicionalista del catolicismo, y también una militancia combativa a favor de la Iglesia católica.

Entre esos libros se cuentan una trilogía del monje trapense norteamericano M. Raymond, que narra en forma novelada episodios de la orden monástica de los cistercienses, desde sus orígenes hasta su presencia en territorio estadounidense: Tres monjes rebeldes, La familia que alcanzó a Cristo e Incienso quemado; dos novelas del tradicionalista monárquico francés Michel de Saint-Pierre, que critican el progresismo católico y defienden un catolicismo preconciliar: Los nuevos curas y La pasión del Padre Delance; dos clásicos de la literatura católica del siglo XIX, novelas autobiográficas escritas por el atormentado Léon Bloy: El desesperado y La mujer pobre; y finalmente, El coraje de vivir, del escritor francés Maxence van der Mersch, que sitúa a sus personajes en el marco de las luchas de la Juventud Obrera Católica (JOC) en Francia en la década de los ‘30.

No podía faltar algún relato católico en forma de pequeñas parábolas modernas, algo que tiene mucho atractivo entre los adolescentes, a saber, El jardín del Amado, de Robert E. Way.

Pero los libros cuya lectura era más cotizada en el Sodalicio de los ‘70 y ‘80 pertenecen a Hugo Wast, seudónimo del escritor católico nacionalista argentino Gustavo Martínez Zuviría (1883-1962). Me refiero a las novelas El Kahal / Oro (1935) y Juana Tabor / 666 (1942), cada una escrita en dos partes publicadas originalmente por separado.

juana_taborLa trama de la primera novela mencionada se desarrolla en el marco de un supuesto complot judío para dominar el mundo. La segunda novela es una historia imaginaria sobre el fin de los tiempos, donde confluyen todas las taras ideológicas del catolicismo conservador más reaccionario: clericalismo, papismo, interpretación fundamentalista de los textos bíblicos, nacionalismo de características fascistas, antisemitisimo, antiislamismo, anticomunismo, autoritarismo, militarismo, monarquismo, elitismo y desprecio del pueblo, defensa de la obediencia como virtud fundamental, rechazo de la democracia como sistema político y defensa de la dictadura como forma de gobierno, rechazo del derecho a la igualdad de todos los hombres, rechazo de la libertad religiosa y de la tolerancia como base de la convivencia social, rechazo del estado laico y defensa de la teocracia —unión entre Iglesia y Estado—, crítica de la modernidad tecnológica, idealización de la cristiandad medieval y justificación de las Cruzadas, admiración por el dictador Francisco Franco y justificación de las atrocidades cometidas por los nacionalistas en la Guerra Civil Española, etc.

Si bien se invitaba a una lectura crítica de la mayoría de los libros incluidos en la lista, los libros de Hugo Wast eran considerados como confiables por el catolicismo del autor, y finalmente se convertían en un herramienta útil para implantar una ideología católica retrógrada en jóvenes que no habían alcanzado la mayoría de edad.

la_hora_25Me olvidaba mencionar una novela que incidía en la deshumanización del hombre en el siglo XX, y que fue llevada a la pantalla grande en 1967 con Anthony Quinn en el papel principal. Me refiero a La hora 25, del escritor rumano Constantin Virgil Gheorghiu, el cual fue ordenado sacerdote ortodoxo en 1966. En 1952, cuando ya llevaban viviendo varios años en París, se descubrió que antes de dejar Rumania había escrito un libro con contenido antisemita y elogioso de las tropas hitlerianas. Si bien nunca hizo un claro deslinde respecto a ese escrito, en 1986 escribió en sus memorias: «Me avergüenzo de mí mismo. Me avergüenzo porque soy rumano, como los criminales de la Guardia de Hierro».

Menciono esto, porque uno de los libros de lectura obligatoria en la década de los ‘70 —aunque nunca fue incluido oficialmente en la lista— era Codreanu el Capitán, de Carlo Sburlatti, una biografía de Corneliu Zelea Codreanu (1899-1938), líder de la Legión de San Miguel Arcángel, organización fascista, ultraortodoxa, antisemita y ultranacionalista, que a la vez contó con una rama paramilitar, la Guardia de Hierro, la cual recurrió a la violencia y cometió varios crímenes en defensa del proyecto de una sociedad cristiana. Figari quería que aprendiéramos través de la lectura de este libro la actitud que debíamos tener ante la vida y el mundo que nos rodeaba, una actitud combativa que implicaba la posibilidad de llegar incluso al sacrificio supremo de la vida por defender la fe cristiana.

piloto_de_stukasOtros libros que también debían leer los sodálites con vocación intelectual en los ‘70, pero que no estaban incluidos en la lista, eran las Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, líder de la Falange Española, un partido político adscrito al fascismo católico que brotó en territorio ibérico en la década de los ‘30; y Piloto de Stukas, de Hans-Ulrich Rudel, libro autobiográfico del piloto de aviones de combate más condecorado del ejército hitleriano, quien nunca renegó de su filiación nazi y justificó incluso el Holocausto judío. Además, Izquierdas y derechas: Su sentido y misterio, del argentino Jorge Martínez Albaizeta, que identificaba “derecha” con un orden jerárquico sujeto a leyes y tendiente al dogmatismo, mientras que la “izquierda” tiende al igualitarismo, al a-legalismo y al escepticismo. Dentro de esta visión que se inclina por una valoración positiva de las ideologías de derecha, «la historia de la cultura occidental desde el siglo XIV es, en esencia, una izquierdización», siendo la Edad Media el paradigma de la cultura cristiana, y el devenir histórico posterior de Occidente, un acto de progresiva decadencia.

Otro libro de la primera época, más recomendado que obligatorio, fue Los protocolos de los sabios de Sión, que eran supuestamente las actas secretas de los judíos reunidos en el Primer Congreso Sionista de Basilea (Suiza) en 1897, donde se describe el plan que tienen para la dominación del mundo, pero que en realidad fue un texto fraguado por la policía secreta del Zar en 1902 a fin de justificar ideológicamente los pogroms contra la población judía en la Rusia zarista. Es una de las fuentes sobre las cuales construye Hugo Wast su novela antisemita El Kahal / Oro. Dice este autor sobre estos documentos: «Sin pronunciarme sobre la insoluble cuestión de la autenticidad de los “Protocolos”, me limitaré a decir que con buenas palabras de judíos alegan que son falsos; pero con hechos, todos los días nos prueban que son verdaderos. Los “Protocolos” serán falsos… pero se cumplen maravillosamente». Y esta misma opinión fue la que yo escuché en mi juventud de boca de los sodálites Germán Doig y Alejandro Bermúdez.

Otros libros recomendados por Figari eran los del periodista mexicano Salvador Borrego (1915- ), apologista y simpatizante del fascismo, quien ha sostenido persistentemente una postura antisemita y negacionista del Holocausto judío.

Ciertamente, todos los escritos provenientes de la pluma de Luis Fernando Figari y de Germán Doig eran de lectura obligatoria y debían ser asumidos sin espíritu crítico.

jesucristoOtros libros de no-ficción incluidos en esta lista de formación eran La aceptación de sí mismo y La esencia del cristianismo, de Romano Guardini; Jesucristo, del teólogo alemán adscrito al nazismo Karl Adam; El arte de vivir, de Dietrich y Alice von Hildebrand; Semillas de contemplación y Los hombres no son islas, del monje trapense Thomas Merton; Control cerebral y emocional y Eficiencia sin fatiga en el trabajo mental, del jesuita Narciso Irala; Voluntad y sexualidad, de Paul Chauchard; El criterio, de Jaime Balmes; Introducción a la filosofía, de Jacques Maritain; Vida y muerte de las órdenes religiosas, de Raymond Hostie; El orden natural, de Carlos A. Sacheri; La Iglesia y el orden temporal, de Octavio Derisi, obispo argentino que justificó la dictadura militar en la Argentina de los ‘70; La realidad nacional y Peruanidad, de Víctor Andrés Belaúnde.

Con el tiempo se añadieron otros libros —sobre todo algunas novelas piadosas cristianas, vidas de santos, clásicos de la la literatura y obras de temática diversa relacionadas con la doctrina católica— pero el núcleo literario permaneció intacto.

Varias de estos libros son ya clásicos modernos de la literatura, pero fueron utilizados para generar una mentalidad apocalíptica en jóvenes entusiastas y afianzar la idea de un grupo elegido destinado a cambiar un mundo siempre en crisis, sometido a la maldad y al pecado, con el cual no se puede hacer ninguna componenda. Decía Figari en 1980: «la vocación sodálite está en enemistad con el mundo. Quiero pedir que se entienda que justamente por la naturaleza misma de nuestra espiritualidad encarnatoria que opta por el mundo que desea Dios, que aspira a la reordenación de todo el universo hacia Él, hay una enemistad radical con aquel mundo cuyos frutos se oponen al Plan de Dios» (Memoria 1980). Una contradicción en sus términos: optar por el mundo significaría estar siempre enemistado con él. En estas circunstancias, cambiar el mundo se revela como una imposibilidad metafísica. Pero eso nunca pareció importarle a Figari y compañía, pues el único fin parecía ser el engrosamiento de las filas sodálites con nuevos reclutas, convencidos de estar luchando por evitar el cataclismo universal de un mundo al borde del abismo, siendo en realidad víctimas de una ilusión apocalíptica, donde lo único que se iría al abismo serían sus vidas truncadas, despojadas de su libertad y de sus mejores años. Y de toda la belleza y profundidad que, no obstante sus innegables problemas, encierra el mundo en que vivimos.