LOS TEÓLOGOS NAZIS

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Jesucristo, del teólogo alemán Karl Adam, publicado originalmente en 1935, fue tal vez el primer libro que leí sobre la persona de Jesús. Fue durante mis primeros años de formación en el Sodalicio de Vida Cristiana. El libro incluía una aproximación al Jesús histórico que resultaba fascinante para nosotros jóvenes, pues presentaba a un Jesús de contextura física vigorosa, siempre sano y desconocedor de la enfermedad en carne propia, ajeno a toda debilidad humana, aseado y ordenado, con el cabello corto en la nuca, amante del trabajo y de las caminatas al aire libre, decidido y de mirada penetrante, intransigente con los seguidores de la ley mosaica, capaz de defender un ideal hasta la muerte, obediente por encima de todo. Esta aproximación se usaba en reuniones de grupo para darnos una imagen palpable y accesible del fundador del cristianismo.

Otro teólogo alemán al que leí mucho durante mi etapa de formación en el Sodalicio de Vida Cristiana fue Michael Schmaus, autor de una voluminosa Teología Dogmática en 8 tomos, que comenzó a publicarse originalmente en 1941 y fue actualizada continuamente en las ediciones de años posteriores. Los sodálites que estudiamos en la Facultad de Teología Pontifica y Civil de Lima en los años ’80 teníamos la consigna de estudiar las materias de teología dogmática en esa obra, a fin de aprender una teología que estuviera de acuerdo en todo con el Magisterio de la Iglesia, no como aquella que era impartida por algunos profesores de la Facultad, a los cuales se consideraba como inficionados de doctrinas sospechosas e incluso heréticas. Nos veíamos obligados de esta manera a tener estudios paralelos, pues teníamos que aprender lo que nos enseñaban los profesores de la Facultad a fin de aprobar los exámenes, y a la vez teníamos que aprender los contenidos de la obra de Schmaus, a fin de adquirir conceptos teológicos sólidos y probados.

Tanto Michael Schmaus como Karl Adam se nos presentaban como teólogos intachables, de buena doctrina y fidelidad sin fisuras a la Iglesia. Sin embargo, recientemente he llegado a saber a través de un interesante artículo en alemán (Antijudaísmo y antisemitismo en la teología de nuestro siglo: Karl Adam, Michael Schmaus y Anton Stonner, Georg Denzler, 1995) que ambos teólogos tenían algo común en su pasado, una circunstancia sombría que los coloca bajo una nueva luz: ambos apoyaron explícitamente la ideología nazi durante la dictadura hitleriana.

Veamos a cada uno de ellos en detalle.

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Michael Schmaus

Michael Schmaus (1897-1993), nacido en Baviera, de quien fuera alumno el futuro Papa Ratzinger en los años de la posguerra, actualizó la dogmática católica recurriendo a un lenguaje accesible y mostrando una orientación marcada hacia las Sagradas Escrituras y los escritos de los Padres de la Iglesia. Su obra principal, Teología Dogmática, fue en su tiempo una obra de gran importancia e influencia, siendo traducida a varios idiomas. Desde 1946 hasta su jubilación en 1965 fue profesor de teología dogmática en Múnich. Fue también perito en el Concilio Vaticano II y contribuyó a la redacción de la Constitución sobre la Iglesia Lumen gentium. El Papa Juan Pablo II le concedió en 1983 el título de Protonotario Apostólico.

En el período de entreguerras a partir de 1933 y durante la Segunda Guerra Mundial, lo encontramos como profesor de teología dogmática en Münster. En ese entonces el teólogo alemán veía en la nación la mas alta revelación de Dios, y en la historia tanto como en la religión, un fenómeno histórico que fructificaba en la idea de la “religión nacional”. No hizo ningún secreto de su simpatía inicial por el Tercer Reich de Adolfo Hitler. En una ponencia de 1933 ante estudiantes, intitulada Encuentros entre cristianismo católico y cosmovisión nacionalsocialista, que tuvo dos ediciones impresas, manifestaba gran respeto por el nuevo movimiento ideológico racial: «El nacionalsocialismo pone en el centro de su cosmovisión la idea de un pueblo surgido a partir de sangre y suelo, destino y misión. El llegar a ser pueblo por parte de los alemanes es la meta esencial del movimiento nacionalsocialista.» Un alemán sería recién «un hombre pleno», opinaba entonces el teólogo, cuando sea «un alemán pleno». Dios le ha confiado a cada pueblo una misión especial, pero al pueblo alemán le ha confiado una de las más grandes tareas: «Para que la historia universal tenga sentido, no debe desarrollarse fuera de la voluntad divina; entonces a la nación alemana se le deberá asignar otro rango que a la república de negros de Liberia.» Asociada a este enunciado estaba la cuestión política de si la Sociedad de Naciones –predecesora de la posterior Organización de las Naciones Unidas– era conforme con la concepción católica. En efecto, en 1935, dos años más tarde, Hitler anunciaba oficialmente que Alemania se retiraba de la Sociedad de Naciones. Schmaus quería que la desigualdad antes señalada no sólo se entendiera colectivamente, sino también individualmente: «Es una doctrina católica explícita, que, no obstante la igualdad esencial del destino humano, no todos los hombres han sido creados para igual bienaventuranza e igual perfección en todos los aspectos, sino que cada uno puede y debe alcanzar la perfección que corresponde a su capacidad intelectiva.» Sobre la base de estas formulaciones podía sustentarse el modelo germánico de hombre como un linaje de carácter extraordinario. Ciertamente, Schmaus creía en la universalidad de la Iglesia, pero no sin un cierto acento antisemita. En la misma ponencia señala lo siguiente: «Hubo una vez un pueblo, que creyó que la Revelación estaba vinculada a su nacionalidad. Tuvo que pagar esa locura con el repudio. Era el pueblo judío.»

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Karl Adam

Karl Adam (1876-1968), también bávaro al igual que Schmaus, profesor de teología dogmática en Tubinga, fue uno de los teólogos alemanes más renombrados después de la Primera Guerra Mundial. Su libro La esencia del cristianismo, publicado en 1924 y traducido a diez idiomas idiomas, le hizo conocido más allá de las fronteras de Alemania. Con la llegada de Hitler al poder en 1933, Adam abogó por una síntesis entre catolicismo y nacionalsocialismo, llegando incluso a hacerse miembro del Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores o Partido Nazi. A mediados del año 1933 publicó el artículo Raza alemana y cristianismo católico. En ese escrito ve a Adolfo Hitler como el salvador del «cuerpo racial enfermo, el hombre que permite otra vez ver y amar nuestra unidad sanguínea, nuestra identidad alemana, el homo germanus». Cegado por la ideología nacionalista pro-germana, el influyente teólogo tuvo posiciones peligrosamente cercanas a la funesta doctrina racial del nacionalsocialismo: «Según las leyes biológicas no puede haber duda de que el judío, en cuanto semita, es incompatible con nuestra raza y siempre lo será. Ninguna mezcla de sangre hará jamás posible que pueda incorporarse a la raza aria.» De allí infiere Adam la necesidad, «como requerimiento de la autoafirmación alemana, de preservar la pureza y frescura de esta sangre y asegurarla mediante leyes». Hace referencia explícita a la inmigración de judíos desde el Este y al «espíritu judío específico», que «no sólo se ha introducido cada vez más nuestra economía, sino también en nuestra prensa y literatura, la ciencia y el arte, incluso en toda nuestra vida pública y ha debilitado enormemente nuestra herencia de vínculos nacionales y religiosos». Como al autor católico le huele que muchos representantes del judaísmo de su tiempo constituyen un peligro religioso y nacional, le parece que «la manera de proceder del gobierno alemán contra la invasión judía, si bien ha sido considerada dura por parte de judíos alemanes patriotas, en sus propósitos fundamentales constituye un acto obligatorio de autoafirmación germana cristiana», más aún, es una exigencia de «nuestro amor propio ordenado, aquel amor propio que en la moral cristiana constituye el requisito natural de nuestro amor al prójimo». No bastando con esto, el teólogo de Tubinga saca conclusiones concretas, que deben ser tomadas como exigencias. «Una legislación basada en la pureza étnica de sangre» no puede «sin más ser condenada como no cristiana o anticristiana: antes bien, es derecho y tarea del Estado preservar la pureza de sangre de su pueblo mediante las medidas correspondientes, siempre que obviamente sea amenazado por la irrupción desordenada y desmedida de sangre extraña». Por otra parte, añade a modo de restricción que en la ejecución de las disposiciones del Estado no se debía vulnerar la justicia y el amor, y la especificidad judía no debía ser difamada moralmente.

Como se puede constatar, el teólogo alemán no tuvo la intención de marcar distancia con la nueva religión de la sangre y la raza, formulada teóricamente por el ideólogo nazi Alfred Rosenberg en su obra El mito del siglo XX, de 1930. Al contrario, al iniciarse el régimen nazi les ofreció a aquellos católicos que tenían dudas una excusa y justificación para adherirse a una mentalidad racista.

El mito de la sangre y del suelo también es fundamental en la cristología de Adam. En una ponencia en el Katholikentag (Congreso de los Católicos Alemanes) en Stuttgart, el 21 de enero de 1934, el teólogo hizo un intento de interpretar de nuevo la ideología racial en clave cristiana: «¿No se está gestando un hombre nuevo, un pueblo nuevo, cuyo aliento es cálido y ardiente, sus ojos claros y brillantes, su corazón ufano, un hombre, un pueblo que partiendo de la disipación y la dispersión se ha vuelto a encontrar a sí mismo, que retorna a la herencia de la sangre, al suelo patrio y a aquel origen y santuario, del cual ha tomado sus mejores fuerzas, a la fe cristiana?»

En otra ponencia, que tuvo lugar un año más tarde, el 5 de febrero de 1935, en el Bonifatiusverein en Tubinga, y que fuera publicada ese mismo año con el título Jesucristo y el espíritu de nuestro tiempo, si bien Adam acentúa el carácter universal de la Revelación divina, añade lo siguiente: «Desde luego también la peculiaridad sanguínea de un pueblo va a colorear la manera particular en que se acoge y procesa la santa y excelsa Palabra de Dios, y por eso la devoción que se enciende ante la revelación sobrenatural nunca podrá sustraerse a un impacto nacional racial.» Para ello apela a dos principios de la teología escolástica: «la gracia supone la naturaleza» y «la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona».

Ya en su obra Cristo y el espíritu de Occidente, de 1928, aparecían enunciados antisemitas. Para demostrar la importancia de Occidente como «el primer gran campo misionero cristiano», recuerda que el Apóstol Pedro «trasladó su actividad a Roma» y que Pablo «dedicó su vida a eliminar todo lo judío de la esencia del cristianismo». Este concepto se expresa también en la cristología de Adam: «Se debe quizás con cierta precaución arriesgar la siguiente frase: así como el Jesús histórico asumió la figura de un descendiente de David, de un judío, así la figura del Cristo místico es occidental.»

Después de enero de 1943, cuando en la Conferencia de Wannsee los líderes nazis tomaron la decisión criminal de poner una “solución final” a la cuestión judía, Karl Adam, en su artículo Jesús, el Cristo, y nosotros, los alemanes maltrata el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, para sostener que Jesucristo no era un descendiente de judíos, ya que «su madre no tuvo ninguna relación física ni moral con aquellas feas predisposiciones y fuerzas que condenamos en los judíos de sangre pura. Por milagro de la gracia, ella está más allá de estos factores hereditarios judíos, es una figura sobrejudía.»

Una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, Karl Adam pudo seguir enseñando teología en Tubinga y se jubiló en 1949.

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Rudolf Graber

Durante una lección académica en calidad de invitado en Tubinga en junio de 1976, el entonces obispo de Ratisbona, Rudolf Graber (1903-1992), calificó a Karl Adam de «precursor del Concilio Vaticano II y de su teología». Lo curioso es que el pasado de Graber tampoco fue muy limpio que digamos. En junio de 1933, durante un discurso público, había designado a Adolfo Hitler como «salvador, padre y redentor terreno». En este discurso, intitulado La misión alemana: Sobre el concepto e historia del Sacro Imperio, también se encuentran alusiones antisemitas y raciales, explicando la «lucha contra el judaísmo» como «una animadversión instintiva de todo el pueblo alemán» y rematando con la consabida frase retórica: «¿Por qué el pueblo repudiado debe dominar el mundo y no el pueblo del medio?» Graber designaba al «Tercer Reich como la salvación de Occidente del caos del bolchevismo, la barbarie asiática».

Si bien Graber, desde su puesto de director de la organización católica juvenil Bund Neudeutschland elaboró y difundió una especie de “teología del Reich”, en la que se fusionaba antijudaísmo con ideología racial antisemita, una vez terminada la guerra negó que hubiera apoyado al régimen nazi, y desde 1946 hasta su nombramiento como obispo de Ratisbona en 1962 ejerció de profesor de teología fundamental, historia de la Iglesia, ascética y mística en Eichstätt (Baviera). De 1957 a 1962 fue también secretario de la revista “El Mensajero de Fátima”.

No me consta que en el Sodalicio se haya sabido de las afinidades nazis de los teólogos Adam y Schmaus. Bajo esta luz, uno se pregunta si la descripción de la figura de Jesús que aparece en el Jesucristo de Adam se basa única y efectivamente en los datos bíblicos, como pretende el teólogo alemán, o si no hay una cierta influencia del modelo de hombre presente en la ideología nazi y que se buscaba construir a través de la formación física, militar e ideológica en los campamentos de la Hitlerjugend (Juventudes Hitlerianas). O si la teoría de la predestinación de Michael Schmaus, que plantea que unos son creados y elegidos para gozar de una mayor bienaventuranza y felicidad que otros, no responde más bien a una aproximación elitista a la vida, que encontró expresión en el concepto de raza elegida del nazismo, y que, finalizada la guerra y vencida la dictadura hitleriana, queda sólo como elitismo sin más, justificado teológicamente, donde unos, en razón de un misterioso designio de la voluntad divina, están llamados a una misión que los coloca por encima del común de los mortales y les garantiza un puesto privilegiado en el Reino de los cielos.

Ambos teólogos no pronunciaron nunca un mea culpa por haber apoyado el nazismo ni hicieron cuentas con su pasado. Simplemente cubrieron con un manto de silencio ese lapso de su vida, como si nada hubiera pasado, y continuaron con su carrera teológica en circunstancias distintas. Curiosamente, en eso se parecen al Sodalicio de Vida Cristiana, cuyo proclamado fundador Luis Fernando Figari tuvo un pasado marcado por la influencia de doctrinas afines al fascismo, legado ideológico que también configuró la institución en sus inicios –sin contar con que también puede tener proyecciones en el presente–, y todo ha sido cubierto adrede con una pátina de olvido y silencio, intentando sepultar las huellas del pasado y desprestigiando a aquellos que se atreven a sacar los cadáveres a la luz. Uno termina preguntándose si hubo transparencia en el procedimiento que culminó con la obtención de la aprobación pontificia en 1997 y contaron todo lo que tenían que contar, toda su historia con sus páginas incómodas inclusive, o si presentaron el cuento de hadas que han ido elaborando a lo largo del tiempo, donde la historia es reescrita e interpretada de acuerdo a la conciencia actual que de sí mismo tiene el Sodalicio, y donde todo aquello que no corresponda a ese ideal es eliminado de la memoria, como si nunca hubiera existido.

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Rupert Mayer SJ

Afortunadamente, la memoria existe. En el año 2011 la ciudad de Tubinga decidió cambiar el nombre de la calle Karl Adam, que llevaba este nombre desde 1966, por el de Johannes Reuchlin. El año anterior, 2010, el obispado de Rottemburgo-Stuttgart había cambiado el nombre de la casa Karl Adam, una residencia de estudiantes en Stuttgart, por el de casa Rupert Mayer. Nacido en Stuttgart en 1876, fue un jesuita que formó parte de la resistencia católica durante la dictadura hitleriana y que, debido a sus prédicas criticando los peligros del nazismo, terminó preso en varias ocasiones e incluso pasó un tiempo en un campo de concentración, muriendo en 1945 de un ataque de apoplejía y con la salud quebrantada. Que además tuvo una preocupación por gente de todas las clases sociales, fue llamado en vida el “Apóstol de Múnich” y en 1987 fue proclamado beato por la Iglesia. Y que nunca apoyó ideologías totalitarias ni se sometió complacientemente a regímenes dictatoriales y, por lo tanto, nunca tuvo un pasado vergonzoso que ocultar de miradas ajenas.

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El artículo original en alemán de Georg Denzler ANTIJUDAISMUS UND ANTISEMITISMUS IN DER THEOLOGIE UNSERES JAHRHUNDERTS: Karl Adam, Michael Schmaus und Anton Stonner puede leerse aquí:
http://facta.junis.ni.ac.rs/lap/lap97/lap97-02.pdf

SOBRE LA TEOLOGÍA DEL P. GUSTAVO GUTIÉRREZ

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Desde sus inicios el Sodalicio de Vida Cristiana se opuso a la teología que planteó el P. Gustavo Gutiérrez en sus libros Teología de la liberación. Perspectivas (Lima, 1971) y posteriormente en La fuerza histórica de los pobres (Lima, 1979). El libro Como lobos rapaces (Lima, 1978) de Alfredo Garland fue escrito con el fin de cortarle las alas a la teología de la liberación representada sobre todo por el P. Gutiérrez, cuyo nombre es el que más veces aparece mencionado en el libro. El problema es que este intento de demolición no se efectuó a partir de una comprensión profunda de los planteamientos teológicos del P. Gutierréz y de un debate intelectual, sino a partir de teorías de la conspiración provenientes de autores católicos derechistas, conservadores y nacionalistas, que veían en la teología de la liberación un intento por parte del comunismo marxista de infiltrar a la Iglesia y destruirla desde dentro.

Si bien en el Sodalicio hubo posteriormente quienes leyeron y estudiaron las obras del P. Gutiérrez, estas iniciativas partían de antemano del supuesto de que esta teología debía ser rechazada y combatida, porque era supuestamente una interpretación marxista de todo el misterio cristiano que vaciaba de contenido a la fe. Desde este punto de vista, no hubo las intenciones de rescatar lo valioso que pudiera haber en esta nueva aproximación teológica. Aunque es cierto que el P. Gutiérrez empleaba en las obras mencionadas terminología proveniente del mismo Marx y de otros pensadores marxistas, uno se pregunta si efectivamente el teólogo liberacionista asumió el pensamiento de Marx o si más bien lo suyo era una teología en diálogo con el marxismo –ideología que mantenía vigencia en los años ’60 y ’70 del siglo pasado–, tal como lo expresó en su primer libro:

«Son muchos los que piensan […] con Sartre que “el marxismo, como marco formal de todo pensamiento filosófico de hoy, no es superable”. Sea como fuere, de hecho, la teología contemporánea se halla en insoslayable y fecunda confrontación con el marxismo. Y es, en gran parte, estimulado por él que, apelando a sus propias fuentes, el pensamiento teológico se orienta hacia una reflexión sobre el sentido de la transformación de este mundo y sobre la acción del hombre en la historia. Más aún, la teología percibe gracias a ese cotejo lo que su esfuerzo de inteligencia de la fe recibe de esta praxis histórica del hombre, así como lo que su propia reflexión puede significar para esa transformación del mundo.» (Teología de la liberación. Perspectivas, pp. 25-26)

De hecho, no se puede encontrar en toda la obra de Gutiérrez ninguna afirmación clara y explícita de que asuma el marxismo tal cual, como sí se puede constatar en algunos otros teólogos de la liberación, cuyos planteamientos carecen del análisis intelectual y el nivel académico que encontramos en los escritos del P. Gutiérrez. Pues la teología de la liberación no es un corpus uniforme, sino una realidad compleja donde hay de todo, como en cajón de sastre. Como ha ocurrido también en las diversas corrientes teológicas que han ido apareciendo a lo largo de la historia del cristianismo.

En el año 1984 la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida entonces por el Cardenal Joseph Ratzinger, publicó una primera instrucción Libertatis nuntius sobre algunos aspectos de la ‘Teología de la liberación’, señalando algunos errores y desviaciones en que habían caído algunas teologías particulares dentro de la corriente teológica liberacionista. Muchos creyeron entonces –entre ellos los miembros del Sodalicio– que por fin se la había dado una estocada definitiva a la teología de la liberación y que ésta estaba herida de muerte. Pocos se percataron de que el documento reconocía la validez del término “teología de la liberación”, a la vez que admitía que se trataba de una realidad compleja, que abarcaba muchas posiciones doctrinales, a veces incompatibles entre sí.

«La expresión “teología de la liberación” designa en primer lugar una preocupación privilegiada, generadora del compromiso por la justicia, proyectada sobre los pobres y las víctimas de la opresión. A partir de esta aproximación, se pueden distinguir varias maneras, a menudo inconciliables, de concebir la significación cristiana de la pobreza y el tipo de compromiso por la justicia que ella requiere. Como todo movimiento de ideas, las “teologías de la liberación” encubren posiciones teológicas diversas; sus fronteras doctrinales están mal definidas.» (Libertatis nuntius, III, 3).

«…la expresión “teología de la liberación” es una expresión plenamente válida: designa entonces una reflexión teológica centrada sobre el tema bíblico de la liberación y de la libertad, y sobre la urgencia de sus incidencias prácticas.» (Libertatis nuntius, III, 4)

«…hay una auténtica “teología de la liberación”, la que está enraizada en la Palabra de Dios, debidamente interpretada.» (Libertatis nuntius, VI, 7)

La Libertatis nuntius fue complementada posteriormente con la instrucción Libertatis conscientia sobre libertad cristiana y liberación del año 1986, un documento más extenso que el primero, que planteaba orientaciones para desarrollar una auténtica teología de la liberación y que enunciaba lo siguiente en su Introducción:

«La Instrucción “Libertatis nuntius” sobre algunos aspectos de la teología de la liberación anunciaba la intención de la Congregación de publicar un segundo documento, que pondría en evidencia los principales elementos de la doctrina cristiana sobre la libertad y la liberación. La presente Instrucción responde a esta intención. Entre ambos documentos existe una relación orgánica. Deben leerse uno a la luz del otro.» (Libertatis conscientia, 2)

Lo que no sospechaban quienes se oponían a toda teología de liberación y la combatían en base a una caricatura que se habían formado ella, es que no se había puesto ningún punto final al asunto, sino que recién se iniciaba el proceso de discernimiento para quedarse con lo bueno y válido, y dejar a un lado las interpretaciones teológicas que cayeran bajo las observaciones de la primera instrucción vaticana. Estas tipo de reflexiones nunca se hicieron al interior del Sodalicio, donde siempre se combatió a la teología de la liberación en bloque, llegándose incluso a plantear una teología alternativa sustitutoria, la “teología de la reconciliación”, que salvo algunos desarrollos ligeros y esporádicos en folletos publicados por Luis Fernando Figari y otros sodálites, nunca llegó a plasmarse en un corpus teológico ni dio origen a una reflexión sólida que haya tenido el alcance eclesial y universal que ha tenido la teología de la liberación. La animadversión contra la teología de la liberación llegó hasta el punto de descender a lo personal, pues al P. Gutiérrez se le solía designar ad intra con expresiones ofensivas que prefiero no mencionar, e incluso alusiones burlonas referentes a su aspecto físico, como “Cara de Sapo” –una de las que con mayor frecuencia oí–. De hecho, no sé de nadie del Sodalicio que haya intentado entablar un diálogo con el P. Gutiérrez, cómo si lo hizo posteriormente en los ’90 la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Hay una anécdota que refleja de manera paradigmática la actitud que tomó el Sodalicio contra el P. Gustavo Gutiérrez. Durante la segunda visita del Papa Juan Pablo II al Perú, hubo una Misa multitudinaria en Plaza San Miguel (Lima), que tuvo lugar el 15 de mayo de 1988, en el marco de un Congreso Eucarístico. Entre los voluntarios encargados de custodiar el estrado donde estaba ubicado el altar y los sitios para los sacerdotes concelebrantes había algunos sodálites, vestidos con el acostumbrado traje azul. Habían recibido la orden expresa de evitar que el P. Gustavo Gutiérrez ocupara uno de los sitios. De modo que cuando esté hizo acto de presencia para poder concelebrar la Misa junto con el Papa, dos sodálites se le acercaron, le indicaron que no tenía permiso para estar allí y lo obligaron a bajar del estrado. Uno de estos dos sodálites, amigo mío ahora desvinculado del Sodalicio, me comento que se sentía arrepentido de haber actuado así, pues se trató de un acto prepotente y arbitrario, más áun cuando el P. Gutiérrez aceptó retirarse sin protestar, con actitud serena y sin intentar hacer valer su derecho a ocupar un sitio.

En el año 1988 el P. Gustavo Gutiérrez publicó una edición corregida de su libro Teología de la liberación. Perspectivas (4ta. edición) reemplazando algunos términos demasiado vinculados al marxismo por otros que carecieran de esta connotación, pero manteniendo intactas las intuiciones de fondo. Fue un intento de alejar las malinterpretaciones de sus planteamientos teológicos, pues Gutiérrez nunca se ha definido a sí mismo como marxista.

En el verano de 1989, cuando yo estaba continuando estudios en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima para obtener la licenciatura en teología, tuve la ocasión de participar en un seminario dirigido por el P. José Luis Idígoras, S.J. –un maestro en todo el sentido de la palabra, pues siempre estimulaba el pensamiento de quienes le oían–, donde escogí como tema el método teológico en las obras del P. Gustavo Gutiérrez. Fue mi primer acercamiento a fondo a su teología directamente a través de sus textos y no a través de la mediación de artículos y libros críticos escritos por otros. Fruto de ello escribí un extenso artículo que iría perfeccionando a lo largo de ese año hasta su redacción final en diciembre de 1989 y que lleva el título de El cuarto menguante o Las cuatro fases de Gutiérrez. En ese texto dividía el pensamiento del P. Gutiérrez en cuatro fases, yendo a contracorriente de la opinión generalizada por entonces que hablaba de un Gutiérrez influido por el marxismo en sus dos primeras obras, y un Gutiérrez posterior que había dejado de lado esa impronta marxista y usaba un lenguaje teológico distinto. La primera de esas fases, correspondiente a su pensamiento anterior a su primer libro Teología de la liberación. Perspectivas y que había plasmado en algunos folletos, me fue sugerida por el mismo Luis Fernando Figari, uno de los fundadores del Sodalicio de Vida Cristiana, quien me prestó el material correspondiente. La cuarta fase fue de cosecha propia, dadas las características que tenía el libro Dios o el oro en las Indias (Lima, 1989), el último publicado por Gutiérrez en ese entonces. Se ha de tener en cuenta que Figari siempre ha tenido la obsesión de poner en duda el apelativo de “padre de la teología de la liberación” que ha recibido Gutiérrez, incidiendo en que fue el brasileño Rubem Alves el primero que utilizó este término. Si bien esto es cierto, también es cierto que la obra de este teólogo presbiteriano no tuvo ni la influencia ni el alcance que tuvo el primer libro de Gutiérrez, verdadero punto de partida de la corriente teológica liberacionista de impronta católica.

Si bien el artículo que escribí se adhiere a una postura crítica y de rechazo de la teología del P. Gutiérrez –que como sodálite debía obligatoriamente tener y de la cual yo estaba convencido en ese momento– también constato, al volver a leerlo en la actualidad, un intento de ser lo más objetivo posible y no hacerle decir al P. Gutiérrez lo que realmente no dice. Muchas de las conclusiones negativas a las que llego se basan sobre sospechas y suposiciones, pocas veces sobre afirmaciones del P. Gutiérrez que no dejen lugar a dudas. Aun cuando actualmente no comparto muchas de las reflexiones que hice en en esa época, el artículo queda como testimonio honesto de mi aproximación a los textos de Gutiérrez y –¿por qué no?– como una contribución al estudio de su pensamiento. De hecho, la división en cuatro fases ha quedado desfasada y resulta inaplicable en la actualidad. Y contrariamente a lo que yo concluía entonces, la teología de Gustavo Gutiérrez no ha entrado en fase de cuarto menguante, sino más bien ha superado la prueba del tiempo –en lo que respecta a sus intuiciones principales–, además de que ha salido triunfante de los exámenes a que fue sometida por parte de la Congregación para la Doctrina de la Fe. En el año 2006, Mons. Miguel Cabrejos, entonces Presidente de la Conferencia Episcopal Peruana, hizo pública una nota explicativa que da cuenta de cómo fue todo este proceso y que transcribo a continuación:
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Nota explicativa de carácter histórico sobre el caso del R.P. Gustavo Gutiérrez, O.P.

1. El 27 de octubre de 1995 la Congregación para la Doctrina de la Fe de la Santa Sede, solicitó al Pbro. Gustavo Gutiérrez Merino que redactara un artículo sobre la eclesiología inherente a sus escritos, en el cual señalara la necesidad de corregir ciertos abusos pastorales que se habían verificado a partir de una teología de la liberación mal entendida.

2. El P. Gustavo Gutérrez, respondiendo a la Congregación para la Doctrina de la Fe, envió el artículo “La Koinonía Eclesial” el 3 de octubre de1998.

3. Este artículo es enviado por la Congregación para la Doctrina de la Fe a la Comisión Episcopal de Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal del Perú, el 14 de noviembre de 1998 para su examen.

4. El 15 de enero de 1999, la Comisión Episcopal de Doctrina del Episcopado Peruano envió a la Congregación para la Doctrina de la Fe el resultado del examen de dicho artículo.

5. La Congregación para la Doctrina de la Fe, el 27 de mayo de 1999 solicitó al P. Gustavo Gutiérrez una segunda redacción de su artículo, teniendo en cuenta las observaciones realizadas a la primera redacción, ya que según la Comisión Episcopal de Doctrina de la Fe del Episcopado Peruano concluía que si bien el artículo “no contenía errores doctrinales, tampoco respondía a las razones por las cuales el mismo le fue solicitado al autor”.

6. El 29 de mayo de 2004, el R.P. Gustavo Gutiérrez envió a la Congregación para la Doctrina de la Fe la segunda redacción de su artículo titulado “La Koinonia Eclesial”.

7. Este artículo fue enviado nuevamente a la Comisión de Doctrina de la Fe del Episcopado Peruano el 21 de junio de 2004 para su examen correspondiente y esta Comisión notificó el resultado a la Congregación para la Doctrina de la Fe de la Santa Sede, el 18 de agosto de 2004.

8. El 15 de septiembre de 2004, la Congregación para la Doctrina de la Fe envió al R.P. Gustavo Gutiérrez Merino las conclusiones del examen realizado por la Comisión de Doctrina del Episcopado peruano, según la cual no había objeción teológico-pastoral a la segunda redacción del artículo “La Koinonía eclesial” y recomendaba su publicación

9. El artículo “La Koinonía Eclesial” del R.P. Gustavo Gutiérrez Merino fue finalmente publicado en el volumen 81, fascículo 4, de la Revista ANGELICUM del año 2004, dando así por concluido el camino de clarificación de los puntos problemáticos contenidos en algunas obras del autor.

10. Este artículo ha sido publicado igualmente en la Revista Páginas en el No. 200 del mes de agosto de 2006, del Centro de Estudios y Publicaciones, Lima-Perú.

Lima, 1º de septiembre de 2006

In Domino

+ MIGUEL CABREJOS VIDARTE, OFM
Arzobispo de Trujillo
Presidente de la Conferencia Episcopal del Perú
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El 17 de diciembre del año 2004, el mismo Papa Benedicto XVI escribió una carta al dominico argentino Carlos Alfonso Azpiroz Costa –en ese momento Maestro General de la Orden de los Predicadores– en la que «daba las gracias al Altísimo por la satisfactoria conclusión de este camino de aclaración y de profundización», como cuenta Gianni Valente en un artículo de la sección Vatican Insider del diario La Stampa (ver http://vaticaninsider.lastampa.it/es/en-el-mundo/dettagliospain/articolo/teologia-della-liberazione-theology-of-freedom-teologia-de-la-liberacion-gutierrez-10865/).

Después de todo esto, ¿quién dudaría en considerar la teología del P. Gutiérrez como auténtica teología católica? Pues nada menos que la agencia informativa ACI Prensa, vinculada al Sodalicio de Vida Cristiana, que da cuenta de la información que hemos puesto no de manera directa sino incidental en un artículo de respuesta a unas críticas que le había hecho Mons. Pedro Barreto, arzobispo de Huancayo (ver http://www.aciprensa.com/noticias/obispo-peruano-acusa-a-aci-prensa-de-distorsionar-la-verdad-en-un-reportaje/). Y las críticas del arzobispo peruano a ACI Prensa referentes a que distorsiona la verdad quedan confirmadas por el mismo artículo en cuestión, pues en el mismo ACI Prensa manipula la información para llegar a la conclusión de que todo el proceso de aclaración de varios aspectos doctrinales de la teología del P. Gutiérrez señalado antes no quiere decir que su obra no siga conteniendo graves errores. Resulta curioso que cuando la misma Congregación para la Doctrina de la Fe ha llegado a la conclusión de que el P. Gustavo Gutiérrez está libre de polvo y paja, ACI Prensa indirectamente le enmiende la plana, y cada vez que mencione el nombre del sacerdote peruano le siga aplicando tanto a él como a su teología los calificativos de “marxista” y “controvertido”. Pues tanto para ACI Prensa como para el Sodalicio, Gustavo Gutiérrez seguirá siendo considerado un teólogo hereje, aunque la Santa Sede diga lo contrario. Y ante eso no valen las palabras de elogio que el actual Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Mons. Gerhard Ludwig Müller, le ha prodigado a la teología del P. Gutiérrez. Que es una teología con la cual se puede discrepar –como con cualquier teología, pues todas son intentos de comprender la Revelación divina–, pero que no puede seguir siendo considerada como contraria a la fe católica. Pues constituye un valioso aporte que enriquece al Pueblo de Dios que es la Iglesia.

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A través de los enlaces correspondientes se pueden descargar los siguientes materiales de referencia:

El cuarto menguante o Las cuatro fases de Gutiérrez (Martin Scheuch, 1989)
http://www.upload.ee/files/2920725/EL_CUARTO_MENGUANTE.zip.html

La Koinonía Eclesial (Gustavo Gutiérrez, 2004)
http://www.upload.ee/files/2920726/LA_KOINONIA_ECLESIAL.zip.html

El discurso a favor de la teología de la liberación del P. Gutiérrez, pronunciado por Mons. Gerhard Ludwig Müller, actual Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante la ceremonia en la cual la Pontificia Universidad Católica del Perú le concedió el doctorado honoris causa en noviembre de 2008, cuando sólo era obispo de Ratisbona, se puede leer aquí:
http://blog.pucp.edu.pe/item/166087/sobre-la-teologia-de-la-liberacion-y-el-adecuado-actuar-cristiano

SODALICIO Y FASCISMO

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Cardenal Eugenio Pacelli (posteriormente Papa Pío XII) junto a Benito Mussolini

El Sodalicio de Vida Cristiana siempre se ha preciado de seguir a pie juntillas las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia, aunque –a falta de una hermenéutica adecuada– no se hayan hecho esfuerzos suficientes para distinguir en los documentos vaticanos entre lo que corresponde a circunstancias históricas concretas y lo que tiene validez universal. La aproximación a los documentos emanados de la Santa Sede ha sido, por lo general, fundamentalista, dándole la misma validez a lo que es enseñanza firme de la Iglesia que a lo que puede ser mera opinión de un Pontífice.

Respecto a determinadas ideologías del siglo XX, el Sodalicio ha seguido las enseñanzas sociales de la Iglesia, rechazando el capitalismo liberal, el comunismo y el marxismo, el nazismo y, por supuesto, el fascismo, cuyas ideas básicas fueran condenadas por el Papa Pío IX en su encíclica Non abbiamo bisogno (29 de junio de 1931). Sin embargo, parece como que en el Sodalicio se hubiera interpretado que las frases condenatorias se aplicaban sólo al fascismo de Benito Mussolini y no a otros tipos de fascismo, si tenemos en cuenta que la figura de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange Española y admirador del fascismo italiano, fue muy apreciada en el Sodalicio de los inicios, e incluso algunas de sus ideas pasaron a formar parte del ideario sodálite.

Corneliu Zelea Codreanu

Corneliu Zelea Codreanu

Otro personaje que también era muy admirado fue Corneliu Zelea Codreanu (1899-1938), rumano, líder de la Legión de San Miguel Arcángel, organización fascista, ultraortodoxa, antisemita y ultranacionalista, que a la vez contó con una rama paramilitar, la Guardia de Hierro. A diferencia de otros movimientos de corte fascista que se desarrollaban en aquel entonces en Europa, adoptaron una postura fuertemente religiosa, con tintes de misticismo, centrada en la defensa de la Iglesia Ortodoxa Rumana y en una concepción medievalista del estado como comunión religiosa. Tuve la oportunidad de conocer la historia de Codreanu a través de una biografía que me prestó Germán Doig allá en el año 1978 –Carlo Sburlati, Codreanu el Capitán: Vida y muerte de Codreanu, fundador y Jefe de la Guardia de Hierro rumana (Editorial Acervo, Barcelona 1970)– cuando yo sólo tenía 15 años de edad. Era un libro que también recomendaba Luis Fernando Figari, sobre todo para que aprendiéramos la actitud que debíamos tener ante la vida y el mundo que nos rodeaba, una actitud combativa que implicaba la posibilidad de llegar incluso al sacrificio supremo de la vida por defender la fe cristiana.

Desde sus orígenes el Sodalicio, siguiendo el Magisterio de la Iglesia, condenó el fascismo en cuanto a su doctrina y su ideología, pero aparentemente asumió varios aspectos de su mística a través de la mediación del pensamiento de personajes de impronta cristiana pero que encajan en líneas generales dentro del modelo fascista.

Recientemente me topé con una colección de preceptos o mandamientos del fascismo italiano, agrupados en decálogos para facilitar su memorización (ver http://www.thule-italia.net/fascismo/IlDecalogoFascista.html). De entre todas esos preceptos me llamaron la atención las siguientes, que presento aquí traducidos:

¡Un compañero debe ser un hermano!
1° Porque vive contigo. 2° Porque piensa como tú.

…quien sabe obedecer, puede después mandar.

El voluntario no tiene atenuantes cuando desobedece.

Un camarada es para ti un hermano: vive contigo, piensa como tú, lo tienes al lado en la batalla.

La obediencia consciente y total es la virtud del legionario.

Usa toda tu inteligencia para comprender las órdenes que recibes y todo tu entusiasmo para obedecer.

…no ames la felicidad del vientre y desdeña la vida cómoda;
desafía el peligro y busca la lucha;
considera el trabajo un deber, y el deber, una ley;
mira el sacrificio como una necesidad y la obediencia como una alegría;
concibe la vida sólo como un esfuerzo continuo de elevación y de conquista;
mantente dispuesto a cualquier renuncia, incluso a la suprema.

Cumple siempre tus deberes de hijo, de hermano, de estudiante, de camarada.

Ser intransigentes, dominicanos. Firmes en el propio puesto del deber y del trabajo, cualquiera que éste sea. Igualmente capaces de mandar y de obedecer.

No tengo la más mínima duda de que si se le presentaran estas máximas a un miembro de vida consagrada del Sodalicio de Vida Cristiana, sin mencionarle la fuente, las suscribiría de inmediato, pues yo mismo he escuchado con frecuencia frases similares durante mi paso por comunidades sodálites, especialmente aquellas referentes a la disciplina de la obediencia y a la fraternidad que se deriva de la camaradería, y que en el Sodalicio confunden con amistad.

Hace ya algún tiempo un adherente sodálite que tenía la intención de seguir perteneciendo al Sodalicio –al igual que yo en ese momento– me escribió, desarrollando el tema del “fascismo” presente en la estructura disciplinar de la institución. Si bien se trata solamente de una opinión, que probablemente esta persona no suscribiría actualmente en todos sus detalles, considero que estas reflexiones sinceras pueden servir para dar inicio a una fructífera discusión sobre el tema.

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“EL CORAZÓN FASCISTA” (10 de marzo de 2004)

No se puede negar este espíritu en los inicios y el presente del SCV [Sodalitium Christianae Vitae]; es parte de su historia y de la historia de la humanidad. El SCV surge en un tiempo relativamente similar al del Opus Dei, es decir, ambas respuestas desde la fe se dan en una situación “histórica concreta” y desarrollan –parafraseando a Maritain– un “ideal histórico concreto” desde su fe, desde su juventud, desde su situación donde el avance marxista era evidente, donde la teología de la libeación ejercía su influjo y donde las respuestas fascistas nacionales/religiosas fueron una respuesta a los momentos de la humanidad.

Por lo tanto, hay que reconocer el influjo que tuvo en LF [Luis Fernando Figari] la situación histórica y el desarollo de un ideal, una respuesta “asimétrica” en unos casos, en otros paralela a los movimientos ideológicos del momento; y esto marcó profundamente a LF, como marcaría profundamente a Escrivá.

Esta impronta fascista ha marcado para siempre al SCV y es parte –evidentemente en mi opinión– de su misma esencia, del atractivo que ejerce sobre un joven líder que busca cambiar el mundo.

Evidentemente, estas frases pueden escandalizar a más de uno, pero yo digo: ¿qué es el fascismo?

Aspectos saltantes son: ante todo un intento político revolucionario, transfomador de la sociedad, conservador, de corte militar y dictatorial, que tiende a engrandecer al líder (superhombre) y que es capaz de atraer masas y comprometerlas en ideales desde los más terribles (fascismo) hasta los más ¿nobles?, quizás…

Sin embargo, más que quedarse en su análisis, hay que analizar el “espíritu del fascismo”, tarea difícil. Tan sólo me limitaré a delinear algunos aspectos de su “espíritu” tal como yo lo entiendo:

Valores tipo A:
  • Un sentido muy marcado de misión.
  • Misión que tiene como culmen la transfomación radical de la sociedad.
  • Misión que demanda para dicha tansformación radical la eficiencia; aspecto que demandan a su vez necesariamente la vivencia de la virtud, entre las cuales destacan: el heroísmo, el liderazgo, la fortaleza, la entrega, el ideal caballeresco.
  • El cumplimiento de la misión pasa por la disciplina férrea y por una estructura que la facilita y que la haga eficiente.
  • La hermandad o “fellowship” resulta un eje y medio para su cumplimiento; dejar de ser parte del “fellowship” es un acto que atenta directamente contra la misión.

Este espíritu, antes que fascista (aunque se identifica con éste), prefiero llamarlo “espíritu del caballero”, conservador y radical, el cual resalta la vivencia de la virtud y que es capaz, por su atractivo, de atraer a jóvenes, especialmente aquellos con mayor capacidad históricamente comprobada de cambiar la historia, como es la burguesía (basta analizar su rol en la Revolución Francesa).

Sin embargo, este espíritu caballeresco deviene en fascismo cuando con él surgen los siguientes problemas:

“Valores” tipo B:
  • La misión y el cambio social pasa a ser un proyecto político.
  • Se tiende al culto de la imagen del líder.
  • Aquellos que no comparten el ideal del “Duce” o que por su condición de vida no lo pueden vivir, pasan a ser ciudadanos de segunda categoría.
  • La reciedumbre física y la fortaleza de carácter resultan sustanciales y su logro admite cualquier práctica física o psicológica.
  • Se cae en el error de sentirse superiores, libres de todo error de fondo.

Creo que nuestro querido SCV en un sentido tiene este “espíritu caballeresco” que en su expresión errada ha asumido aspectos del tipo B. El SCV jamás renunciará a sus valores de tipo A; dejaría de ser él mismo, dejaría de ser y de contener lo que hizo que yo me acerque a él, pero tiende a su vez a caer en el tipo B, tipo en el cual cayó en sus inicios, aunque luego Dios y sus “superiores” con sabiduría han sabido aproximarlo más al tipo A.

El reto está en que no devenga en el tipo B, y su grandeza está en que sea él mismo, el tipo A. Por algo Dios los llamó (al SCV y al Opus Dei) en una situación similar, dando una respuesta similar, donde hoy se requieren valores tipo A para una Nueva Evagelización, siendo sin duda algunos de estos valores los que llevaron a los jesuitas a evangelizar el Nuevo Mundo.

El SCV tiene en su corazón esos dos enormes potenciales de los valores tipo A y de los “valores” tipo B. Dependiendo de la santidad de sus miembros, será lo que Dios quiere. De lo contrario, prevalecerán los “valores” tipo B y la misión no será cumplida.

¿Qué es lo me atrajo a mí al SCV? Su “fellowship spirit”, su “espíritu caballeresco”, los “hombres de azul”, y a la vez su “espíritu fascista”, tan enormemente atractivo en un mundo que sigue esperando a un Salvador. Quitarle ese espíritu sería su muerte…

En síntesis, urge centrarnos cada día más en la “espiritualidad de María”, y que ella, la Reina del Universo, la Doncella de Nazaret, la Stella Maris nos enseñe a ser auténticos sodálites.

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Quisiera terminar citando dos preceptos fascistas:

Desobedecer a un comandante tuyo, quiere decir desobedecer a toda la jerarquía de tus superiores, a la cabeza de la cual está el Duce.

Mussolini siempre tiene razón.

Si reemplazamos “el Duce” y “Mussolini” por “Luis Fernando Figari”, obtenemos una breve descripción de la obediencia tal como se practicó en el Sodalicio de Vida Cristiana. Lo cual nos lleva a preguntarnos si la disciplina de la obediencia que siempre ha pregonado Figari tiene raíces fascistas, asumidas –consciente o inconscientemente– a través del pensamiento de José Antonio Primo de Rivera, recibiendo después una justificación teológica, o si se trata de una reflexión que se originó a partir de un encuentro con la Palabra de Dios. Por las características que ha tenido esta obediencia en la práctica –de estilo militar, recurriendo a veces a la manipulación, sin respetar la conciencia y libertad de las personas, prescindiendo del diálogo–, uno termina teniendo sus dudas. Por el bien de los sodálites y de la Iglesia, espero que estas sospechas carezcan de fundamento.