REFLEXIÓN CRÍTICA DE UN CATÓLICO SOBRE EL ABORTO

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Dibujos embriológicos de Ernst Haeckel (1834-1919)

El 25 de mayo el pueblo irlandés votó a favor de la legalización del aborto, en un país predominantemente católico pero donde la Iglesia ha perdido influencia debido a escándalos recientes. Esto es ocasión para aclarar, como católico crítico, cuál es mi posición sobre el tema.

Si bien la tradición cristiana considera el aborto como un pecado, hasta el año 1869 se consideraba que había grados en la culpa, dependiendo de cuándo se realizaba el acto. Desde antiguo, siguiendo al filósofo griego Aristóteles, se pensaba que el feto pasa por diversas etapas hasta el momento en que dispone de un alma racional y se le puede considerar humano. En su desarrollo tiene primero un alma vegetativa y después un alma animal. Ya San Agustín de Hipona en el siglo IV sostenía que un alma humana sólo puede existir en un cuerpo que tenga forma humana.

Según esto, en el derecho eclesiástico se distinguía entre el feto inanimado (sin alma) —hasta 80 días después de la concepción— y el feto animado (con alma), siendo considerado solamente el aborto de éste ultimo como un asesinato, sujeto a la pena máxima que es la excomunión. Por ejemplo, el Papa Inocencio III († 1216) dictaminó, en el caso de un monje cartujo cuya amante había abortado a instancias de aquél, que éste no era reo de homicidio pues el embrión todavía no había alcanzado el estado de ser animado.

Esta diferenciación fue abolida por el Papa Pío IX en 1869 mediante bula apostólica, determinando que el embrión recibe su alma en el momento de la concepción, aún cuando no haya prueba teológica ni científica que lo avale. Influyó en esta decisión la proclamación en 1854 del dogma de la Inmaculada Concepción, según el cual la Virgen María fue concebida sin pecado, por lo cual si el embrión no era ser humano desde su concepción, el dogma proclamado se vaciaba de contenido.

No obstante, el jesuita Karl Rahner, uno de los grandes teólogos del siglo XX, decía: «De las definiciones dogmáticas no se puede concluir que sea contrario a la fe asumir que el salto hacia la persona-espíritu ocurre recién en el desarrollo del embrión. Ningún teólogo puede afirmar que posee la prueba de que la interrupción del embarazo constituye en todos los casos el asesinato de un ser humano». Aun cuando se haya demostrado que el cigoto (óvulo fecundado) contiene el genotipo específico individual para el desarrollo de un ser humano único e irrepetible, la presencia de esa información en un conglomerado de células no demuestra fehacientemente que nos hallemos ante una persona humana en sentido propio.

A partir de entonces, la condena del aborto por parte de la Iglesia católica como un homicidio calificado se ha basado sobre una presunción indemostrable y, con el paso del tiempo, ha asumido la forma de verdad indiscutible. Se podría formular así: «creemos que la vida humana comienza desde el momento de la concepción, pero como no lo podemos demostrar irrefutablemente, condenamos el aborto en todo caso como un asesinato, ante la probabilidad de que el embrión sea efectivamente desde sus inicios una persona humana».

Yo no creo que el aborto sea un derecho de nadie y que se debe evitar en la medida de lo posible, pero soy consciente de que existen motivos que podrían justificar que una mujer tome esa decisión, por lo cual, en salvaguardia de la salud de las mujeres, el aborto bajo ciertas causales debería ser legal.

En Alemania, el aborto es ilegal según la ley constitucional (Grundgesetz). Sin embargo, está permitido si el embarazo pone en grave riesgo la salud de la madre (según atestado médico), en caso de violación (según atestado criminológico) o si la mujer considera que está en riesgo su salud psíquica, debiendo pasar por una consejería que le informe de las consecuencias del aborto y que tiende a ser disuasiva. De hecho, las cifras anuales de abortos han ido disminuyendo en Alemania desde 18.38 abortos por cada 100 nacimientos en 2001 hasta 13.45 en 2015, aunque en 2016 se dio un ligero repunte.

Sea como sea, como lo demuestra el caso de Uruguay, la legalización del aborto puede llevar a una disminución efectiva del número de abortos, que es lo que queremos todos los católicos.

(Columna publicada en Altavoz el 28 de mayo de 2018)

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FUENTES

Wikipedia (en alemán)
Schwangerschaftsabbruch
https://de.wikipedia.org/wiki/Schwangerschaftsabbruch

TN (Todo Noticias)
Debate sobre el aborto | Cuál fue el efecto de la legalización del aborto en Uruguay (28/02/2018)
https://tn.com.ar/internacional/uruguay-cual-fue-el-efecto-de-la-legalizacion-del-aborto_853783

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A continuación, anteriores artículos míos donde he abordado el tema del aborto:

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EL CASO CHILENO: OBISPOS SIN CURA

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P. Felipe Berríos, S.J.

Se trata de un hecho inédito en la historia de la Iglesia católica. Nunca había ocurrido que el episcopado entero de un país presentara su renuncia ante el Papa. Así lo hizo el episcopado chileno el 18 de mayo, por no haber hecho casi nada frente a los casos de abusos sexuales cometidos por el clero o personal de la Iglesia.

Aunque, en honor a la verdad, hay que decir que sí hicieron algo. A saber, pusieron grandes esfuerzos en encubrir lo que era evidente, en presionar a los abogados para que buscarán una reducción de las acusaciones, en ignorar o desacreditar a las víctimas, en fin, en ver la manera de sacar el culo del asunto y quedar limpios de polvo y paja ante la opinión pública.

Sin embargo, lo que ha sido un hecho espectacular podría desinflarse en los siguientes meses. Pues difícilmente el Papa aceptará todas las renuncias y menos aún sustituirá a los 31 obispos en activo de Chile. El número de obispos que serán relevados será probablemente muy reducido.

Pues el problema que hay actualmente en la Iglesia católica no se circunscribe a las eminencias episcopales, sino que abarca también al clero, a los religiosos y al personal pastoral de Iglesia. No hay suficientes curas dignos de asumir una función pastoral que esté en consonancia con la imagen de Jesús que presentan los Evangelios, la de un profeta comprometido con los marginados y desposeídos, y crítico de las clases pudientes y las autoridades religiosas de su tiempo. Todo lo contrario de la imagen burguesa del obispo a la que nos hemos acostumbrado, la de un señor con traje negro o gris, de buenos modales y actuar diplomático, que busca siempre guardar las apariencias y quedar bien con todos, salvo con quienes sean activistas de izquierda, feministas comprometidas, homosexuales confesos o víctimas de abusos eclesiales que han dado a conocer públicamente los atropellos padecidos. Pues éste es el perfil conservador que se ha hecho moneda corriente entre el clero en las últimas décadas, no sólo en Chile sino también en el Perú y en toda la Iglesia universal.

Se entiende que alguien como el jesuita chileno Felipe Berríos —una de las pocas luminarias clericales en el país sudamericano— resulte incómodo al plantear las cosas con claridad, como hizo en una entrevista a El País de España en enero de este año: «Siento que la Iglesia Católica chilena está muy alejada de la gente, tremendamente cuestionada y con una jerarquía que no llega a los fieles. Se han acabado las comunidades de base y la pastoral se organizó en torno a grupos religiosos conservadores». Y describe a esta Iglesia como «callada, metida para adentro y que no va a la vanguardia de los cambios de la sociedad chilena». Su análisis es quirúrgico y doloroso: «Una Iglesia que basó toda su doctrina en la moral sexual —señalando a los divorciados, etcétera—, de pronto aparece como la que debiera pedir perdón. Fue un golpe fuerte y, aunque el espíritu religioso sigue vivo, la gente no ve que sea la Iglesia la que ayude a encontrarse con Jesucristo. Más bien la Iglesia se presenta como un estorbo, sobre todo para los jóvenes».

Tal como están las cosas, no parece que vaya a haber cambios importantes, pues no existe una generación clerical de recambio que tenga la misma claridad de ideas que el P. Berríos, a quien el cardenal Ricardo Ezzati, arzobispo de Santiago de Chile, buscó que se le abriera un proceso canónico en el año 2014 supuestamente por oponerse doctrinalmente al Magisterio de la Iglesia, según consta en un e-mail suyo dirigido al cardenal Francisco Javier Errázuriz, arzobispo emérito de Santiago, que se filtró a la opinión pública. Asimismo, Ezzati saboteó la posible designación del P. Berrios como capellán de La Moneda (el palacio presidencial chileno) y la designación de Juan Carlos Cruz, víctima del P. Karadima, como miembro de la Comisión Pontificia para la Protección de Menores.

Como en el caso chileno, quienes hemos sido víctimas de abuso en la Iglesia católica y aun mantenemos la fe, tendremos que seguir buscando a Jesús no en sus “representantes”, sino en los caminos polvorientos de nuestro día a día.

(Columna publicada en Altavoz el 21 de mayo de 2018)

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FUENTES

New York Times
Los obispos chilenos presentan su renuncia por casos de abuso sexual (18 de mayo de 2018)
https://www.nytimes.com/es/2018/05/18/obispo-papa-francisco-renuncia/

El País
Felipe Berríos | Sacerdote jesuita chileno
“Siento que la Iglesia católica chilena está muy alejada de la gente” (4 Ene 2018)
https://elpais.com/internacional/2018/01/04/america/1515088929_983366.html

The Clinic
Los correos entre Errázuriz y Ezzati que evidencian las maniobras contra Felipe Berríos y víctima del caso Karadima (09 Septiembre, 2015)
http://www.theclinic.cl/2015/09/09/los-correos-entre-errazuriz-y-ezzati-que-evidencian-las-maniobras-que-realizaron-contra-felipe-berrios-y-una-victima-del-caso-karadima/

MARX Y MARX

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Karl Marx (1818-1883)

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Card. Reinhard Marx (1953- )

 El 5 de mayo la ciudad de Tréveris (Trier, en alemán), ubicada en Renania-Palatinado —el estado federal donde yo vivo— celebró el bicentenario del nacimiento de Karl Marx, no sin que se generara cierta controversia al respecto. Pues las opiniones estaban divididas entre quienes decían que había que homenajear al genial filósofo, revolucionario, pensador social y economista, y quienes protestaban debido a que su pensamiento había inspirado regímenes dictatoriales que habían pisoteado derechos fundamentales y cargaban un número incalculable de muertos sobre sus espaldas.

Pero como señaló la socialdemócrata Malu Dreyer, actual jefa de gobierno de Renania-Palatinado, «no podemos responsabilizar a Marx de los crímenes cometidos en su nombre».

Lo cierto es que 200 años después de su nacimiento en Tréveris —ciudad que incluso ha dedicado una exposición histórico-cultural en su honor—, el pensamiento de Karl Marx —que yo mismo no comparto— sigue siendo de actualidad, sobre todo por sus análisis de cómo funciona el capitalismo y de por qué la riqueza generada se construye sobre la explotación y alienación de los obreros, sin mencionar las certeras predicciones de Marx respecto a las crisis cíclicas del capitalismo.

Asimismo, Karl Marx señalo que la religión puede convertirse en un elemento que perpetúa situaciones de opresión, al adormecer las conciencias y ofrecer una felicidad ilusoria que no permite tomar conciencia de la injusticia sufrida:

«La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el sentimiento de un mundo sin corazón, así como el espíritu de una situación sin alma. Es el opio del pueblo. Se necesita la abolición de la religión entendida como felicidad ilusoria del pueblo para que pueda darse su felicidad real».

Porque una cosa es cierta: la religión puede ser utilizada para atentar contra derechos humanos fundamentales de la persona. Lo cual ciertamente no pertenece a la esencia de religioso —como sugiere Marx—, pues una religión correctamente entendida y vivida sanamente puede constituir una experiencia liberadora que amplíe los horizontes de una persona y la lleve a un compromiso social auténtico. Siempre y cuando se sea tolerante y respetuoso hacia quienes no comparten esa experiencia.

Y eso parece haberlo entendido bien el cardenal Reinhard Marx, arzobispo de Múnich y presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, quien se ha opuesto a que un símbolo cristiano sea utilizado políticamente en contra de la neutralidad que debe mantener el Estado.

Pues resulta que el gabinete de ministros de Baviera decidió el 24 de abril de este año que, a partir de junio, todas las entidades del estado federal deberán contar con un crucifijo visible. Markus Söder, jefe de gobierno bávaro y miembro del partido conservador Unión Social Cristiana (CSU), ha fundamentado esta medida argumentando que busca expresar la impronta histórica y cultural de Baviera y ser un reconocimiento visible de los valores fundamentales del ordenamiento jurídico y social. «La cruz no es símbolo de una religión», declaró. «Esto no constituye ninguna transgresión contra la ley de neutralidad del Estado».

No lo ve así el cardenal Marx. En declaraciones del 29 de abril al Süddeutsche Zeitung criticó agriamente esta decisión. Se habría generado divisiones, desasosiego y confrontaciones. «Si se ve la cruz sólo como un símbolo cultural, entonces no se la ha entendido», declaró el prelado. «Pues la cruz sería expropiada en nombre del Estado». Pero al Estado no le corresponde explicar el significado de la cruz.

En una encuesta representativa publicada ese mismo día en Bild am Sonntag, 64% de los encuestados se manifestaba en contra de que se colgaran crucifijos en las entidades estatales. Marx considera que este debate público es importante y debe seguir. «¿Qué significa vivir en un país de impronta cristiana?» Si es así, se debe entones practicar la inclusión con todos: cristianos, musulmanes, judíos y no creyentes.

Mons. Wolfgang Bischof, obispo auxiliar de Múnich, declaró adicionalmente que «la cruz no es símbolo de Baviera y menos aún es un logo electoral». Pues aparentemente Söder quiere ganarse la pleitesía de los bávaros con esta medida para volver a ser reelegido.

Lo cierto es que tanto el Marx comunista como el Marx católico estarían de acuerdo en que la religión no debe usarse para transgredir derechos humanos de vigencia universal.

(Columna publicada en Altavoz el 14 de mayo de 2018)

LA VIOLACIÓN DE YOKO ONO

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Fotograma de “Satan’s Bed” (Michael Findlay, 1965)

Yoko Ono, pareja del ex-Beatle John Lennon hasta que éste fuera asesinado el 8 de diciembre de 1980 en Nueva York, nunca fue violada en la vida real. Pero sí en la ficción. Y ésta es la historia.

A fines de los años ’50 e inicios de los ’60, una serie de veredictos de la Corte Suprema de Estados Unidos permitieron la difusión comercial de películas que incluían escenas de sexo. Si bien hasta entonces sólo estaba permitido mostrar desnudos en campos nudistas, por tener contenido educativo, posteriormente los jueces determinaron que el sexo no se identificaba necesariamente con la obscenidad prohibida por ley en la conservadora sociedad norteamericana. De este modo se produjeron películas cuya única finalidad era mostrar gratuitamente desnudos femeninos —relativamente inocentes según los estándares actuales—, destinadas a los drive-ins y grindhouses —cuyo equivalente latinoamericano serían los cines de barrio dedicados a la proyección de películas de serie B —.

En 1964 el controvertido director de cine Russ Meyer (1922-2004) estrena Lorna, película en blanco y negro de ambiente rural donde la protagonista no sólo muestra sus encantos, sino que es violada y golpeada. El film está muy lejos de ser una denuncia de la violencia contra la mujer, pues ese acto despertará el deseo erótico de la protagonista, quien —insatisfecha sexualmente con su marido— invitará al violador a su casa.

Este subgénero de películas de bajo presupuesto, donde se conjuga sexo con violencia es conocido como roughie (término derivado de la palabra inglesa rough, que significa rudo, áspero, brusco). Ciertamente, quiénes son objeto de violencia y codicia sexual son mujeres, expuestas en la pantalla para satisfacción de la audiencia mayoritariamente masculina de los grindhouses.

En 1965, el productor y director Michael Findlay (1938-1977), el más notorio de los cineastas dentro este subgénero, estrenó Satan’s Bed (La cama de Satán), protagonizada por una entonces desconocida Yoko Ono. Se trata en realidad de dos proyectos incompletos que Findlay editó más mal que bien en un sólo film en blanco y negro de poco más de una hora de duración, a fin de poder ser exhibido en los grindhouses. Y el tema recurrente es la violación y ultraje de mujeres.

En la primera historia —en realidad un film incompleto que iba a llamarse Judas City—, Yoko Ono es una inmigrante japonesa en Nueva York que se va a casar con un hombre que quiere dejar el negocio de las drogas, pero al cual se le pide a cambio que participe de un último trato. Mientras tanto su antiguo jefe, un gángster de poca monta, secuestra a la japonesa y la viola en dos ocasiones.

Y si bien nada de eso se muestra explícitamente en pantalla, en la historia paralela, que cuenta las andanzas de tres malandrines (dos hombres y una mujer), sus víctimas (bellas mujeres jóvenes) son mostradas desnudas o semidesnudas. También se muestra la brutalidad de que son objeto. Hasta que el final una de las víctimas logra escapar en ropa íntima, arrebatarle su arma a uno de los agresores (la fémina de la banda) y dar cuenta de ellos a puros balazos. No correrá la misma suerte Yoko Ono, quien tras escapar del departamento donde estaba prisionera, huirá por las calles de la gran ciudad con su victimario siguiéndole los pasos y finalmente morirá atropellada por un automóvil. El gángster mirará desde lejos a la occisa para alejarse luego, sin importarle una pizca lo que le haya pasado a quien sólo era para él un instrumento de placer.

Más de 50 años después la situación no parece haber cambiado. La violencia contra la mujer ahora nos llega a través de las pantallas de televisión o videos de Internet, y la reacción de muchos —sobre todo en sociedades machistas y conservadoras— es de indiferencia o incluso humorismo sarcástico frente a lo mostrado. Y quienes son conscientes de que no se puede permitir eso y toman la senda del activismo contestatario, suelen ser objeto de insultos, burlas y hasta agresiones de parte de los representantes del status quo. Pues, como hace más de 50 años, la violencia contra la mujer resulta con frecuencia un espectáculo disfrutable.

¿Sociedad de violadores? Si la intención es lo que vale, la respuesta es «sí».

(Columna publicada en Altavoz el 7 de mayo de 2018)

EL FRAUDE SODALICIO

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El 8 de julio de 1997 el Sodalicio de Vida Cristiana recibió la aprobación pontificia, siendo erigido como sociedad de vida apostólica laical de derecho pontificio. Es decir, quedaba sustraído a la jurisdicción de los obispos locales, dependiendo directamente de un dicasterio romano.

Ese mismo año las autoridades sodálites descubrieron los abusos sexuales en perjuicio de menores cometidos por Jeffery Daniels y lo recluyeron en San Bartolo, sin informar ni a las autoridades civiles ni a las eclesiásticas.

No sé si la reclusión de Daniels fue anterior o posterior a la aprobación pontificia, pero lo cierto es que, de haberse sabido los motivos, se hubiese puesto en juego esa aprobación, obtenida mediante el engaño, el fingimiento, la simulación y un eficaz trabajo de lobby eclesiástico.

Eso lo relata en su blog José Rey de Castro, quien vivió 18 años a la sombra de Figari como sirviente a tiempo completo sin remuneración alguna ni libertad.

Inmediatamente después de su aprobación como instituto de derecho diocesano el 22 de febrero 1994 por el cardenal Augusto Vargas Alzamora, entonces arzobispo de Lima, la maquinaria del Sodalicio se puso en marcha para conseguir a la brevedad posible la aprobación pontificia, sin que ni a Figari ni a su círculo más íntimo les importara que en ese entonces ya se habían cometido abusos sexuales en la institución, y que tanto los abusos psicológicos (perpetrados mediante un sistema de destrucción del yo auténtico a través de la dominación y prácticas humillantes) como físicos (que encontraron su máxima expresión en los maltratos efectuados en San Bartolo) eran pan de cada día en la vida comunitaria sodálite, en mayor o menor intensidad, dependiendo del superior y de la casa en la que uno viviera. Tanto Figari como Germán Doig, su mano derecha, cargaban con víctimas sexuales en su conciencia, y Virgilio Levaggi —quien en los ‘80 llegó a ser el tercero en la cadena de mando— había abandonado la institución en 1987, tras haber cometido abusos sexuales que fueron encubiertos hasta época reciente por el Sodalicio.

No sólo callaron estas prácticas indebidas a las autoridades vaticanas, sino también les contaron el cuento de hadas de su “historia oficial” expurgada de hechos incómodos y de varios textos que sirvieron para la formación intelectual y espiritual de las primeras generaciones de sodálites (el Folleto Azul, las Memorias de Figari, etc.).

A esto se sumó el trabajo de lobby con cardenales, obispos y otras personalidades eclesiásticas, que tuvo su momento estelar en el V Congreso Internacional de Nueva Evangelización rumbo al Tercer Milenio (Lima, octubre de 1995), el último de una serie de congresos sobre la reconciliación que había organizado el Sodalicio a lo largo del tiempo en Arequipa (1985), El Callao (1986), Tacna (1987) y nuevamente El Callao (1989), con la excusa de profundizar en una determinada línea de pensamiento (la teología de la reconciliación), pero que en realidad sirvieron para tejer una red de contactos eclesiásticos que permitirían la expansión de la institución a otros países y su ascenso en la escala de poder al interior de la Iglesia católica.

Respecto al evento de 1995, señala Rey de Castro que «los grandes invitados de aquel congreso de la reconciliación serían quienes apoyarían luego la aprobación pontificia del SCV, pues se habían llevado una gran opinión de ellos en este evento y habían visto una buena “vitrina” preparada por el SCV», vitrina que incluyó decisiones anómalas como la aceleración de profesiones perpetuas (o consagración a perpetuidad) de numerosos sodálites —sin importar si verdaderamente tenían vocación a la vida religiosa—, el aumento considerable de aspirantes al Sodalicio así como la fundación de nuevas casas de comunidad. Y, por supuesto, el incremento de sodálites enviados a San Bartolo para su formación.

Finalmente, la Santa Sede aprobó al Sodalicio según la imagen que éste había proyectado de sí mismo. Si hubiera sabido la verdad, otro sería el cantar. Ahora que ya se sabe, ¿qué está esperando para retirar una aprobación que nunca debió ser otorgada?

Ése constituiría un primer paso para restarle poder al monstruo, permitiendo que los obispos locales tengan jurisdicción sobre las comunidades sodálites asentadas en sus diócesis. Sería el mal menor, pues lo ideal es que desaparezca lo que nunca debió existir.

(Columna publicada en Altavoz el 30 de abril de 2018)

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FUENTES

Familia Sodálite NOTICIAS
Los Congresos de la Reconciliación cumplen 30 años (11/03/15)
http://www.fsnoticias.org/cronicas/los-congresos-de-la-reconciliacion-cumplen-30-anos-10725

Mi vida en el Sodalicio (Blog personal de José Rey de Castro)
Hacia la aprobación pontificia del SCV
https://www.mividaenelsodalicio.app/hacia-la-aprobacion-pontificia-del-scv/