COLONIA DIGNIDAD: LA INDEMNIZACIÓN PENDIENTE

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Retratos de antiguos pobladores de lo que fue Colonia Dignidad (ahora Villa Baviera) en un pared en el asentamiento

Hay deberes que se tienen que cumplir, aunque no exista una obligación jurídica. Sobre todo cuando se ocupa cargos de responsabilidad en una entidad —como la Iglesia o el Estado— que debido a la indolencia, inacción o complicidad de sus integrantes ha permitido que se ocasionen daños graves o violaciones de derechos humanos en perjuicio de personas inocentes. Se trata de un imperativo ético y de justicia, cuyo incumplimiento impide que se restañen las heridas y finalmente termina ocasionando un escándalo de graves consecuencias sociales.

Esto se aplica con todas sus letras al Estado alemán en relación con el caso de Colonia Dignidad, un enclave alemán en Chile donde se cometieron abusos sistemáticos no sólo contra los colonos, sino también contra ciudadanos chilenos: torturas —que incluían electroshocks y suministro de psicofármacos—, lavado de cerebro, trabajo forzado, sustracción de la libertad, separación de las familias, abusos sexuales contra menores —tanto de ascendencia alemana como de nacionalidad chilena, secuestrados mediante engaños a sus progenitores—, así como colaboración con el régimen dictatorial de Pinochet en la tortura y desaparición de enemigos del gobierno.

El 8 de noviembre pasado el Parlamento Alemán (Bundestag) decidió por fin destinar un millón de euros para ayudar a las víctimas. «Ha sido una dura lucha. Estoy contento de que se haya podido alcanzar esta meta tan importante», declaró Michael Brand, miembro de la gobernante Unión Demócrata Cristiana (CDU).

Oficialmente se trata de una ayuda voluntaria. El 9 de julio el gobierno federal había expresado en un comunicado oficial que de lo acontecido en Colonia Dignidad no se derivaba ningún derecho jurídico a reclamo frente a la República Federal de Alemania. El Bundestag había aprobado la solicitud presentada en junio de 2017 por tres bancadas (los demócrata cristianos, los socialdemócratas y los verdes), exigiendo del gobierno un programa de ayudas para las víctimas de Colonia Dignidad. Dado que se trataba de un asentamiento cerrado de una secta alemana en Chile, la propuesta del gobierno de un fondo para financiar medidas de apoyo para la comunidad afectada se realizaba sobre una base libre y voluntaria. Sin embargo, se señalaba que no estaban previstas ayudas individuales, muchos menos el pago de indemnizaciones a personas concretas.

Se trataba en cierto sentido de un lavado de manos al estilo Pilatos, pues Paul Schäfer, el líder de la secta, pudo huir a Chile en 1961, escapándose de las acusaciones de abusos sexuales contra menores en Alemania, gracias a la indolencia de las autoridades de entonces, llevándose de paso a unos 150 miembros de su grupo consigo —entre ellos a varios menores sin autorización de sus padres—, en lo que constituye una de las mayores acciones de secuestro colectivo de la historia reciente, gracias a un adoctrinamiento mental y a falsas promesas, que definitivamente restringieron la libertad de quienes lo siguieron, los cuales no sabían que terminarían encerrados tras un muro en un amplio terreno donde serían esclavizados, humillados y sometidos a abusos.

A pesar de que a partir de los ‘60 hubo colonos que lograron escapar y denunciar las atrocidades, estas denuncias cayeron en saco roto debido a que Schäfer mantenía buenas relaciones con la embajada alemana en Chile y con importantes políticos demócrata cristianos de Alemania.

La renuencia de la diplomacia alemana a investigar las denuncias y la protección que se le brindó a Schäfer en virtud de la imagen idílica que proyectaba Colonia Dignidad, permitió que éste siguiera haciendo de las suyas durante décadas —en particular, abusando sexualmente de menores de edad y jóvenes adultos— hasta 1996, cuando pasó a la clandestinidad debido a denuncias de abusos contra unos 27 menores chilenos. Schäfer fue detenido en 2005 en Argentina y murió en 2010 en una cárcel chilena.

Matthias Bartke, socialdemócrata y presidente de la Comisión de Trabajo y Cuestiones Sociales, considera que por fin la política asume su responsabilidad: «Los terribles crímenes en Colonia Dignidad solo fueron posibles porque en aquel tiempo la embajada alemana en Chile, no obstante los muchos pedidos de ayuda, no intervino. Esta falta de acción constituye uno de los capítulos más oscuros de la diplomacia alemana de la posguerra».

La Comisión para la Implementación del Programa de Ayuda para las Víctimas de Colonia Dignidad, constituida el 10 de octubre, se reunirá con asociaciones de víctimas en Berlín y tendrá listo el programa en el verano europeo de 2019.

(Columna publicada en Altavoz el 12 de noviembre)

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FUENTES

Deutscher Bundestag
Hilfsfonds für Opfer der Colonia Dignidad
Auswärtiges/Unterrichtung – 09.07.2018 (hib 499/2018)
https://www.bundestag.de/presse/hib/-/563704

taz
Sektensiedlung Colonia Dignidad in Chile: Noch keine Hilfe (11.10.2018)
http://www.taz.de/!5540339/

SPIEGEL ONLINE
Deutsche Sekte in Chile: Eine Million Euro für Opfer der Colonia Dignidad (09.11.2018)
http://www.spiegel.de/panorama/justiz/colonia-dignidad-bundestag-beschliesst-hohe-opferhilfe-a-1237533.html

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¿COMPLICIDAD Y ENCUBRIMIENTO? – RESPUESTA A MONS. EGUREN

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Querido José Antonio:

Habiendo recibido la carta en que me solicitas rectificación de cierta información contenida en mi columna MONS. EGUREN, LA FACHADA RISUEÑA DEL SODALICIO, accedo a corregir cualquier información que demuestre ser inexacta o difamatoria, según la documentación que me has enviado.

Quisiera aclararte antes que nada que sólo me hago responsable de lo que digo y no de lo que entiendan los lectores. El uso del condicional suele ser una invitación al lector crítico para que saque sus propias conclusiones, en lugar de transmitirle una idea mascada y digerida que debería aceptar sin esfuerzo de su parte. Asimismo, implica de parte del que escribe una actitud abierta a precisiones ulteriores o correcciones. Una frase en condicional no es una afirmación tajante e indubitable, y si así lo entiende el lector, no se le puede atribuir la responsabilidad de ello al que escribe.

Por otra parte, cuando menciono que en tu escudo episcopal está la espada flamígera con la “M” de María, en ningún momento digo que seas el único donde esto ocurre. La mención de este dato se hace sólo para ilustrar tu identificación con el Sodalicio de Vida Cristiana. Tus referencias a Luis Fernando Figari y Germán Doig en palabras pronunciadas públicamente por ti, independientemente de que entonces no se supiera nada de los abusos sexuales cometidos por ambos, muestran la cercanía que tenías con ambos, no implicando necesariamente complicidad con sus delitos sexuales. No se trata en ninguna de estas cosas de «afirmaciones arbitrarias» que atribuya sólo a tu persona —como indicas en tu carta notarial— y, por lo tanto, no veo qué haya que rectificar aquí.

Entiendo que aún te sientes orgulloso de pertenecer al Sodalicio de Vida Cristiana, destacando en tus datos biográficos en la pagina web del Arzobispado de Piura que eres «uno de los miembros de la generación fundacional de esta Sociedad de Vida Apostólica de derecho pontificio». Asimismo, se señala de ti en tercera persona que «el 9 de julio de 1981 realizó sus compromisos perpetuos de plena disponibilidad apostólica en el Sodalicio de Vida Cristiana» y que «tras su ordenación sacerdotal [18 de diciembre de 1982], Monseñor Eguren realizó diversas labores de animación apostólica y espiritual en el Sodalicio».

Por eso mismo, afirmar que fuiste por poco tiempo superior de una comunidad sodálite y posteriormente asistente de espiritualidad en el Consejo Superior del Sodalicio no constituiría de ninguna manera información agraviante para ti, sino más bien motivo de orgullo. A no ser que consideres que el Sodalicio es en sí mismo un sistema perverso y el simple hecho de ocupar un puesto de responsabilidad mellaría la honra de cualquiera. Por lo tanto, a lo más podría tratarse en lo que afirmo de información supuestamente inexacta, pero de ninguna manera agraviante o que te cause perjuicio.

Me envías copia de un diploma del Instituto Teológico Pastoral del CELAM (Medellín, Colombia), que «confiere el presente Diploma a JOSÉ ANTONIO EGUREN ANSELMI quien durante el año de 1982 participó en los Cursos de Pastoral Fundamental y Espiritualidad – Liturgia», para tratar de demostrar que todo ese año estuviste en Medellín. Pero obvias mencionar que tanto actualmente como en ese entonces cada uno de esos cursos tenía una duración de uno o a lo más dos meses y se dictaban durante el segundo semestre del año. Con absoluta certeza, puedo afirmar que tú fuiste superior de la comunidad Nuestra Señora del Pilar (Barranco) antes de ser sustituido por Alfredo Garland, debido a que tenías que viajar a Colombia. Te recuerdo vívidamente en el comedor, con guayabera clara y pantalón oscuro, sentado a la mesa en la silla del superior, rodeado de otros sodálites, entre los cuales estaban José Ambrozic, Virgilio Levaggi, Alejandro Bermúdez, Alberto Gazzo, Alfredo Draxl, Eduardo Field, Juan Fernández, yo mismo y alguno que otro más cuyo rostro y nombre he olvidado.

Recuerda que el puesto de superior de una comunidad era un cargo de confianza que Figari otorgaba sólo a aquellas personas que estuvieran en condiciones de aplicar el sistema de disciplina sodálite que él había ideado.

Para que me retracte respecto a la afirmación de que fuiste superior de comunidad, sería necesaria otra documentación probatoria, pues la que me has enviado es insuficiente y no prueba nada. Te agradecería que me hicieras llegar copia de un certificado de estudios del Instituto Teológico Pastoral del CELAM indicando los tiempos en que se dictaron los cursos de los cuales participaste, o que recurras a los archivos del Sodalicio buscando registros de esa época indicando con fecha quiénes fueron los superiores de la comunidad Nuestra Señora del Pilar (Barranco). O mejor sería que me enviaras copia de tu registro migratorio.

Asimismo, sería bueno también que me envíes copia de los registros que supuestamente estarían en los archivos del Sodalicio, indicando quiénes formaron parte del Consejo Superior del Sodalicio desde el año 1978 hasta el año 2001, en que fuiste ordenado obispo. Sólo así podríamos estar seguros de que nunca formaste parte de «la instancia de gobierno del Sodalicio» —como señala la página web oficial de la institución—, pues hay varios testimonios que te recuerdan como asistente de espiritualidad durante un tiempo.

Por otra parte, en esa misma página web también se dice que «la máxima autoridad del Sodalitium es la Asamblea General, que representa a todos los sodálites y es un signo de la unión en la caridad. Esta se reúne ordinariamente cada seis años y son de su competencia todos los asuntos relacionados a la Sociedad, en especial la elección del Superior General y de los miembros de su consejo».

¿No te reconoces en esta foto de la II Asamblea General (diciembre de 2000), que muestra a lo que se considera la cúpula del Sodalicio? Y digo “cúpula”, porque es el mismo término que utilizó la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación en su Informe Final.

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¿No se te ve en esta otra foto de la IV Asamblea General (noviembre-diciembre 2012), presidiendo una celebración litúrgica?

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En todo caso, no dudo de que podrás acceder a la documentación que te solicito, considerando que me has enviado copia de un documento que yo autoricé que se le enviara al Sodalicio, a saber, el informe sobre mi caso emitido por la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación, en los términos establecidos por la misma Comisión, según e-mail del 16 de abril de 2016 que recibí de Janet Odar, Secretaria Técnica de la Comisión:

«…el informe individual consiste en un resumen de los hechos denunciados identificando al denunciante, denunciados, solicitud efectuada a la Comisión y recomendaciones que esta efectúa respecto de su caso particular a fin que sean implementadas por el SCV.

En tal sentido, a fin de poder requerir al SCV la implementación de las recomendaciones formuladas, la Comisión ha previsto remitir a dicha organización únicamente el informe individual correspondiente a su caso, salvo que Ud. no autorice dicha entrega, motivo por el cual agradeceremos se sirva indicarnos si brinda o no la autorización en mención».

No entiendo como tú, una persona que actualmente no goza de ningún cargo de autoridad en el Sodalicio, has podido acceder a este documento a fin de utilizarlo para otros fines que los previstos y, además, hacerlo público sin mi consentimiento. Se trata, por decir lo menos, de una falta de ética grave.

A partir de este hecho he de inferir que sigues gozando de cierta autoridad o ascendencia en la institución —o tienes vara, como se diría en lenguaje coloquial—. Y no deja de llamar la atención que lo utilices para tratar de demostrar tu inocencia, sin importarte el hecho de que, en mi caso personal, el Sodalicio no cumplió con ninguna de las recomendaciones contenidas en él. Más aún, ni siquiera tuvo el decoro de reconocerme como víctima.

Sobre la base de que tu nombre no aparece en el listado de denunciados, me dices que «usted no me denunció ante la “Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación” como autor de algún acto de abuso, ni como encubridor de la cultura de abuso». En realidad, lo que menos me interesaba en ese momento era denunciar a personas, como lo expresé en un e-mail del 19 de enero de 2016 a la Comisión:

«Aclaro que la denuncia no es contra personas individuales sino contra el Sodalicio, pues fue el sistema institucional sodálite plasmado en una doctrina y una disciplina los que permitieron que se cometieran en perjuicio mío los abusos que detallo en el documento, creando el marco necesario para que ello ocurra».

No obstante, sí te mencioné en la denuncia que le envié tanto a la Comisión como a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica:

«En diciembre de 1992, en la Comunidad Nuestra Sra. del Pilar, que se había trasladado nuevamente a Barranco, Alfredo Garland me castigó con no participar de las reuniones recreativas de la comunidad por tiempo indefinido, debido a que grabé cassettes para uso personal usando sus CDs de música clásica en su reproductor de CDs y sin su permiso. Debo indicar que los simples miembros de las comunidades teníamos entonces prohibido, por orden expresa de Luis Fernando Figari, escuchar todo tipo de música, salvo la que fuera de carácter religioso. Esa orden no se aplicaba a los superiores, que podían escuchar la música que creyeran conveniente. Un domingo, tarde en la noche, en que la comunidad estaba reunida en la salita destinada a estos fines, yo estaba fuera y debido al cansancio, me eché un rato a descansar en mi cama y me quedé dormido. Fui despertado violentamente por Alfredo Garland y José Antonio Eguren, y a modo de castigo, se me ordenó estar confinado en una habitación separada del resto de la casa, con prohibición de salir si no era para ir al baño, prohibición de hablar con cualquier miembro de la comunidad que no fuera José Antonio Eguren, prohibición de leer cualquier otra cosa que no fuera la Biblia y los escritos de autores espirituales que se proporcionara para hacer un retiro espiritual que me hiciera cambiar de actitud y me llevara a corregir mis “malos comportamientos”».

José Antonio, tu fuiste testigo y cómplice del maltrato de que yo fui objeto, que finalmente ocasionó que huyera en la madrugada a San Bartolo para pedir ayuda a una persona de confianza y, finalmente, terminara pasando siete angustiosos meses allí, deseando cada día que me sobreviniera la muerte. Y créeme cuando te digo que me demoré más de una década en procesar la experiencia y finalmente comprender que lo que me hicieron se trataba objetivamente de un abuso, cosa que al parecer tú todavía no has comprendido. Pues nunca has tenido ningún gesto de empatía, ninguna palabra de conmiseración hacia ninguna de las víctimas del Sodalicio, así como tampoco te has pronunciado nunca sobre Figari, Doig y compañía tras hacerse públicos los graves abusos de todo tipo que habían cometido. No has contribuido en nada a esclarecer los abusos psicológicos y físicos, pudiendo haberlo hecho.

Más aún, como me han confirmado varias personas, a poco de aparecer las denuncias de José Enrique Escardó en el año 2000, se convocó una reunión de adherentes (sodálites casados) en el Centro Pastoral Nuestra Señora de la Evangelización (San Borja) y tú les dijiste que todo lo que contaba Escardó era mentira y que no se podía decir lo contrario. Yo, si bien seguía siendo sodálite en ese entonces, al enterarme de esto admití para mis adentros que Escardó no mentía y así se lo comuniqué a varias personas amigas, aun cuando no estuviera de acuerdo con la forma en que Escardó hizo su denuncia. Tú, en cambio, hasta ahora no has admitido nada, mucho menos le has pedido disculpas a Escardó —reconocido oficialmente como víctima por el Sodalicio— por lo que le hiciste.

Te creo si dices que no sabías nada de los abusos sexuales perpetrados por las cabezas del Sodalicio y otros miembros de jerarquía inferior. Pero respecto a maltratos psicológicos y físicos —los cuales durante mucho tiempo nos acostumbramos a ver como normales debido al formateo mental que todos hemos sufrido en el Sodalicio—, ¿puedes decir que no viste nada? ¿No vivimos ambos en la misma comunidad en Nuestra Señora del Pilar, no sólo en Barranco sino también cuando temporalmente funcionó en La Aurora (Miraflores), y también en la comunidad de San Aelred (Magdalena del Mar)? Yo vi a miembros de comunidad castigados durmiendo en la escalera. ¿No los viste tú? Vi a varios obligados a tener que alimentarse sólo de pan y agua —o peor, de lechuga y agua— durante días. ¿No los viste tú también? En reuniones nocturnas donde tú también estabas presente vi también como se forzaba a los miembros de comunidad a revelar sus interioridades, sin ningún respeto por su derecho a la intimidad, muchas veces siendo objeto de humillaciones y de un lenguaje procaz y ofensivo. ¿Lo has olvidado? Yo te he visto contribuir a castigar con la ingestión de mezclas repugnantes de comida (postres mezclados con condimentos salados y picantes) a sodálites que estaban de prueba en la comunidad de San Aelred, bajo la responsabilidad de Virgilio Levaggi. ¿Te falla la memoria? Cuando yo estaba en San Bartolo en el año 1988, tú visitabas con frecuencia la comunidad para celebrar Misa y oír confesiones. Después te quedabas a comer y en las conversaciones te enterabas de las cosas que se hacían en San Bartolo. ¿Hasta ahora no has captado que varias de esas cosas eran abusos y maltratos? ¿Acaso no estuviste siempre de acuerdo con que nosotros, miembros de comunidad, mantuviéramos la mayor distancia posible hacia nuestros padres? Asimismo, cuando eras superior en Barranco, no podía llamar por teléfono ni salir a la esquina si no tenía permiso tuyo. Quien se ausentaba de la casa sin permiso era después severamente castigado. ¿No era esto una especie de coerción de nuestra libertad?

Y como corolario de todo esto, siempre gozaste de la confianza de Luis Fernando Figari, fuiste dócil para implementar todas las medidas dispuestas por él —que aplicaste fielmente en las «labores de animación apostólica y espiritual en el Sodalicio» que se mencionan en tu biografía— y nunca te manifestaste en contra de sus excesos y su estilo de vida hedonista —muy distinto al régimen espartano de vida que teníamos los sodálites ordinarios de las comunidades—, así como tampoco lo hiciste en contra de su lenguaje procaz y ofensivo y sus actitudes humillantes hacia varios hermanos de comunidad. Ni siquiera ahora ni en tiempos recientes, cuando ya mucho ha salido a la luz, has pronunciado una sola palabra al respecto.

Esto se condice con lo que señala el Informe Final de la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación:

«El comportamiento del superior general Luis Fernando Figari, estaba determinado básicamente por dar órdenes que no podían ser cuestionadas, el uso de un lenguaje vulgar y soez, el ejercicio de una dinámica independiente de la comunidad, el control de todas las actividades al interior de la institución y de la vida personal de sus miembros. Asimismo, se evidencia que los integrantes de la cúpula que entonces acompañaba a Luis Fernando Figari, con su silencio obsecuente, aprobaban esa conducta, pese a revelarse contraria al más elemental propósito de vida cristiana» (II, 4).

En ese sentido, no resulta gratuito afirmar que contribuiste «a implementar y aplicar las medidas de sometimiento mental que forman parte del sistema de disciplina sodálite», considerando que en tus funciones ad intra del Sodalicio siempre buscaste ser fiel a todas las directivas de Figari sin excepción.

De todos modos, no sé en qué medida eras consciente de lo que implicaban estas cosas en el momento de hacerlas y, conociéndote, no dudo de que hayas actuado de buena voluntad, por lo cual, retractándome de lo que dije en mi columna anterior, no puedo ahora afirmar con certeza que seas cómplice y encubridor. Pero independientemente de tus intenciones, lo que has hecho se parece objetivamente mucho a eso.

Respeto a la carta de 47 ex sodálites del 1° de junio de 2016, que fue un intento de desacreditar la denuncia que se presentó en contra de algunos miembros del Sodalicio por asociación ilícita para delinquir, secuestro y lesiones graves, ya he comentado al respecto en dos artículos que publiqué en mi blog —LA CORTE DE LOS 47 y LA VERGÜENZA PERDIDA—, a los cuales te remito.

A tu favor resta decir que eres un hombre muy simpático cuando te lo propones, cariñoso y sentimental, con aptitudes y cualidades para ser un buen pastor de la Iglesia —siempre y cuando el Sodalicio no esté de por medio— y que nunca te vi maltratar a nadie físicamente en el Sodalicio. Por eso mismo, mi mujer y yo te elegimos para que celebraras nuestro matrimonio, en una ceremonia que fue realmente hermosa. Sin embargo, mi amistad contigo no debería ser obstáculo para señalar los vicios en que has incurrido. Pues, como decía Aristóteles: «Soy amigo de Platón, pero soy más amigo de la verdad».

Y uno de esos vicios es haber comunicado a terceros nuestra constancia de matrimonio religioso, un documento oficial con datos personales que no tienen por qué ser de conocimiento público. Además, este documento no guarda ninguna relación en absoluto con el contenido del artículo periodístico que cuestionas, y solamente lo usas en aras de una especie de chantaje sentimental. Sin ninguna consideración ni respeto, te zurras en el deseo de mi mujer de mantenerse al margen de los asuntos del Sodalicio y la metes gratuita y arteramente en la colada, generándole una crisis de nervios. Esto me parece una canallada. ¿Quieres defender tu honra y haces algo que va en detrimento de ella? No lo entiendo.

Además, negar aquellos hechos que son evidentes no contribuye en nada a resguardar tu honra, sino que la daña aún más, así como el hecho de que denuncies penalmente o amenaces a quienes somos víctimas del Sodalicio y hemos arriesgado nuestra salud, tranquilidad, honra y reputación para que la verdad salga a la luz. Todavía estás a tiempo para comportarte dignamente, pidiéndole disculpas a las víctimas y contribuyendo con tu testimonio a esclarecer aún más la verdad sobre los abusos sistemáticos ocurridos en el Sodalicio. En tu posición, mantener silencio al respecto sólo mellará aun más tu honra. Y eso será únicamente de responsabilidad tuya.

Atentamente,

Martin Scheuch

(Carta abierta publicada en Altavoz el 27 de agosto de 2018)

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FUENTES

Altavoz
Carta notarial de Mons. José Antonio Eguren por columna de Martin Scheuch (24 de agosto, 2018)
https://altavoz.pe/2018/08/24/117852/carta-notarial-de-mons-jose-antonio-eguren-por-columna-de-martin-scheuch/

Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación
Informe Final (abril de 2016)
http://comisionetica.org/blog/2016/04/16/informe-final/

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POST SCRIPTUM (29 de agosto de 2018)

La reunión con adherentes sodálites, en la cual José Antonio Eguren afirmó que todo lo que contaba José Enrique Escardó en sus artículos en la revista Gente era falso, se realizó en el Centro Pastoral Nuestra Señora de la Evangelización (San Borja) y no en la Parroquia Nuestra Señora de la Reconciliación (Camacho), como yo había puesto originalmente en mi carta —dato que ya ha sido corregido—. Así lo confirma el testimonio en Facebook del ex adherente sodálite Gerardo Barreto, quien reside actualmente en Estados Unidos, y que reproduzco aquí con ligeras correcciones de redacción:

«La reunión fue en el Centro Pastoral de San Borja, no en la Parroquia. Y lo sé porque yo fui uno de los que estuvo allí.

Ésa fue una reunión donde se nos mintió (“todo lo que escribe Escardó es falso”) y se nos instruyó a mentir (“y eso es lo que todos debemos decir”).

Recuerdo claramente la sensación de asco que me dio esto; sin embargo, en el esquema sodálite decidí racionalizar y darle el beneficio de la duda al “cura gordo”, como le llamábamos en esa época.

 ¡Yo tenía claro que lo que decía José Enrique Escardó era cierto! Fuera de contexto y narrado con mala intención, PERO CIERTO.

En esos día fue a Lima un amigo ex sodálite y le enseñé los escritos antes mencionados. Él se mató de risa (pues su fortaleza le ayudo a salir ileso de sus experiencia sodálite y San Bartolo fue casi una diversión para él), y me comentaba riéndose que la grada 17 fue su cama por meses… que hasta le agarró cariño a esa grada. Lo cual de alguna manera abona a mi comentario de que todo lo que escribía Escardó era cierto. Y que la reacción oficial del SCV fue la de la mentira».

 

EL CASO CHILENO: OBISPOS SIN CURA

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P. Felipe Berríos, S.J.

Se trata de un hecho inédito en la historia de la Iglesia católica. Nunca había ocurrido que el episcopado entero de un país presentara su renuncia ante el Papa. Así lo hizo el episcopado chileno el 18 de mayo, por no haber hecho casi nada frente a los casos de abusos sexuales cometidos por el clero o personal de la Iglesia.

Aunque, en honor a la verdad, hay que decir que sí hicieron algo. A saber, pusieron grandes esfuerzos en encubrir lo que era evidente, en presionar a los abogados para que buscarán una reducción de las acusaciones, en ignorar o desacreditar a las víctimas, en fin, en ver la manera de sacar el culo del asunto y quedar limpios de polvo y paja ante la opinión pública.

Sin embargo, lo que ha sido un hecho espectacular podría desinflarse en los siguientes meses. Pues difícilmente el Papa aceptará todas las renuncias y menos aún sustituirá a los 31 obispos en activo de Chile. El número de obispos que serán relevados será probablemente muy reducido.

Pues el problema que hay actualmente en la Iglesia católica no se circunscribe a las eminencias episcopales, sino que abarca también al clero, a los religiosos y al personal pastoral de Iglesia. No hay suficientes curas dignos de asumir una función pastoral que esté en consonancia con la imagen de Jesús que presentan los Evangelios, la de un profeta comprometido con los marginados y desposeídos, y crítico de las clases pudientes y las autoridades religiosas de su tiempo. Todo lo contrario de la imagen burguesa del obispo a la que nos hemos acostumbrado, la de un señor con traje negro o gris, de buenos modales y actuar diplomático, que busca siempre guardar las apariencias y quedar bien con todos, salvo con quienes sean activistas de izquierda, feministas comprometidas, homosexuales confesos o víctimas de abusos eclesiales que han dado a conocer públicamente los atropellos padecidos. Pues éste es el perfil conservador que se ha hecho moneda corriente entre el clero en las últimas décadas, no sólo en Chile sino también en el Perú y en toda la Iglesia universal.

Se entiende que alguien como el jesuita chileno Felipe Berríos —una de las pocas luminarias clericales en el país sudamericano— resulte incómodo al plantear las cosas con claridad, como hizo en una entrevista a El País de España en enero de este año: «Siento que la Iglesia Católica chilena está muy alejada de la gente, tremendamente cuestionada y con una jerarquía que no llega a los fieles. Se han acabado las comunidades de base y la pastoral se organizó en torno a grupos religiosos conservadores». Y describe a esta Iglesia como «callada, metida para adentro y que no va a la vanguardia de los cambios de la sociedad chilena». Su análisis es quirúrgico y doloroso: «Una Iglesia que basó toda su doctrina en la moral sexual —señalando a los divorciados, etcétera—, de pronto aparece como la que debiera pedir perdón. Fue un golpe fuerte y, aunque el espíritu religioso sigue vivo, la gente no ve que sea la Iglesia la que ayude a encontrarse con Jesucristo. Más bien la Iglesia se presenta como un estorbo, sobre todo para los jóvenes».

Tal como están las cosas, no parece que vaya a haber cambios importantes, pues no existe una generación clerical de recambio que tenga la misma claridad de ideas que el P. Berríos, a quien el cardenal Ricardo Ezzati, arzobispo de Santiago de Chile, buscó que se le abriera un proceso canónico en el año 2014 supuestamente por oponerse doctrinalmente al Magisterio de la Iglesia, según consta en un e-mail suyo dirigido al cardenal Francisco Javier Errázuriz, arzobispo emérito de Santiago, que se filtró a la opinión pública. Asimismo, Ezzati saboteó la posible designación del P. Berrios como capellán de La Moneda (el palacio presidencial chileno) y la designación de Juan Carlos Cruz, víctima del P. Karadima, como miembro de la Comisión Pontificia para la Protección de Menores.

Como en el caso chileno, quienes hemos sido víctimas de abuso en la Iglesia católica y aun mantenemos la fe, tendremos que seguir buscando a Jesús no en sus “representantes”, sino en los caminos polvorientos de nuestro día a día.

(Columna publicada en Altavoz el 21 de mayo de 2018)

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FUENTES

New York Times
Los obispos chilenos presentan su renuncia por casos de abuso sexual (18 de mayo de 2018)
https://www.nytimes.com/es/2018/05/18/obispo-papa-francisco-renuncia/

El País
Felipe Berríos | Sacerdote jesuita chileno
“Siento que la Iglesia católica chilena está muy alejada de la gente” (4 Ene 2018)
https://elpais.com/internacional/2018/01/04/america/1515088929_983366.html

The Clinic
Los correos entre Errázuriz y Ezzati que evidencian las maniobras contra Felipe Berríos y víctima del caso Karadima (09 Septiembre, 2015)
http://www.theclinic.cl/2015/09/09/los-correos-entre-errazuriz-y-ezzati-que-evidencian-las-maniobras-que-realizaron-contra-felipe-berrios-y-una-victima-del-caso-karadima/

EL FRAUDE SODALICIO

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El 8 de julio de 1997 el Sodalicio de Vida Cristiana recibió la aprobación pontificia, siendo erigido como sociedad de vida apostólica laical de derecho pontificio. Es decir, quedaba sustraído a la jurisdicción de los obispos locales, dependiendo directamente de un dicasterio romano.

Ese mismo año las autoridades sodálites descubrieron los abusos sexuales en perjuicio de menores cometidos por Jeffery Daniels y lo recluyeron en San Bartolo, sin informar ni a las autoridades civiles ni a las eclesiásticas.

No sé si la reclusión de Daniels fue anterior o posterior a la aprobación pontificia, pero lo cierto es que, de haberse sabido los motivos, se hubiese puesto en juego esa aprobación, obtenida mediante el engaño, el fingimiento, la simulación y un eficaz trabajo de lobby eclesiástico.

Eso lo relata en su blog José Rey de Castro, quien vivió 18 años a la sombra de Figari como sirviente a tiempo completo sin remuneración alguna ni libertad.

Inmediatamente después de su aprobación como instituto de derecho diocesano el 22 de febrero 1994 por el cardenal Augusto Vargas Alzamora, entonces arzobispo de Lima, la maquinaria del Sodalicio se puso en marcha para conseguir a la brevedad posible la aprobación pontificia, sin que ni a Figari ni a su círculo más íntimo les importara que en ese entonces ya se habían cometido abusos sexuales en la institución, y que tanto los abusos psicológicos (perpetrados mediante un sistema de destrucción del yo auténtico a través de la dominación y prácticas humillantes) como físicos (que encontraron su máxima expresión en los maltratos efectuados en San Bartolo) eran pan de cada día en la vida comunitaria sodálite, en mayor o menor intensidad, dependiendo del superior y de la casa en la que uno viviera. Tanto Figari como Germán Doig, su mano derecha, cargaban con víctimas sexuales en su conciencia, y Virgilio Levaggi —quien en los ‘80 llegó a ser el tercero en la cadena de mando— había abandonado la institución en 1987, tras haber cometido abusos sexuales que fueron encubiertos hasta época reciente por el Sodalicio.

No sólo callaron estas prácticas indebidas a las autoridades vaticanas, sino también les contaron el cuento de hadas de su “historia oficial” expurgada de hechos incómodos y de varios textos que sirvieron para la formación intelectual y espiritual de las primeras generaciones de sodálites (el Folleto Azul, las Memorias de Figari, etc.).

A esto se sumó el trabajo de lobby con cardenales, obispos y otras personalidades eclesiásticas, que tuvo su momento estelar en el V Congreso Internacional de Nueva Evangelización rumbo al Tercer Milenio (Lima, octubre de 1995), el último de una serie de congresos sobre la reconciliación que había organizado el Sodalicio a lo largo del tiempo en Arequipa (1985), El Callao (1986), Tacna (1987) y nuevamente El Callao (1989), con la excusa de profundizar en una determinada línea de pensamiento (la teología de la reconciliación), pero que en realidad sirvieron para tejer una red de contactos eclesiásticos que permitirían la expansión de la institución a otros países y su ascenso en la escala de poder al interior de la Iglesia católica.

Respecto al evento de 1995, señala Rey de Castro que «los grandes invitados de aquel congreso de la reconciliación serían quienes apoyarían luego la aprobación pontificia del SCV, pues se habían llevado una gran opinión de ellos en este evento y habían visto una buena “vitrina” preparada por el SCV», vitrina que incluyó decisiones anómalas como la aceleración de profesiones perpetuas (o consagración a perpetuidad) de numerosos sodálites —sin importar si verdaderamente tenían vocación a la vida religiosa—, el aumento considerable de aspirantes al Sodalicio así como la fundación de nuevas casas de comunidad. Y, por supuesto, el incremento de sodálites enviados a San Bartolo para su formación.

Finalmente, la Santa Sede aprobó al Sodalicio según la imagen que éste había proyectado de sí mismo. Si hubiera sabido la verdad, otro sería el cantar. Ahora que ya se sabe, ¿qué está esperando para retirar una aprobación que nunca debió ser otorgada?

Ése constituiría un primer paso para restarle poder al monstruo, permitiendo que los obispos locales tengan jurisdicción sobre las comunidades sodálites asentadas en sus diócesis. Sería el mal menor, pues lo ideal es que desaparezca lo que nunca debió existir.

(Columna publicada en Altavoz el 30 de abril de 2018)

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FUENTES

Familia Sodálite NOTICIAS
Los Congresos de la Reconciliación cumplen 30 años (11/03/15)
http://www.fsnoticias.org/cronicas/los-congresos-de-la-reconciliacion-cumplen-30-anos-10725

Mi vida en el Sodalicio (Blog personal de José Rey de Castro)
Hacia la aprobación pontificia del SCV
https://www.mividaenelsodalicio.app/hacia-la-aprobacion-pontificia-del-scv/

EL SISTEMA SODALICIO

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En su carta de presentación a los “Informes sobre Abusos y Respuesta en el Sodalicio de Vida Cristiana” —elaborados por tres expertos internacionales a sueldo del Sodalicio— Alessandro Moroni, superior general de la institución, tras hacer un breve recuento de los casos de abusos sexuales cometidos por Figari, tres sodálites y cuatro ex sodálites, señala: «Los expertos no han encontrado indicios de complicidad ni conspiración entre los presuntos abusadores».

Efectivamente, todo parece indicar que Luis Fernando Figari, Germán Doig, Virgilio Levaggi, Jeffery Daniels, Ricardo Trenemann, Daniel Murguía y los otros actuaron por cuenta propia y sin conocimiento de los demás, de modo que no habría habido una política sistemática secreta para cometer abusos sexuales en el Sodalicio. Prueba de ello es que, cuando fueron descubiertos los abusos en los casos de Levaggi, Daniels y Murguía, éstos fueron sancionados por las autoridades sodálites —con reclusión interna y suspensión de toda responsabilidad en los casos de Levaggi y Daniels, y con expulsión del Sodalicio en el caso de Murguía, en virtud de que su inconducta se hizo pública a través de la prensa—. Incluso Doig fue sancionado simbólicamente con expulsión post mortem, también debido a la circunstancia de que su caso se había hecho de conocimiento público.

Lo que sí hubo fue una política sistemática de encubrimiento, de modo que se buscó tapar cualquier incidente de abuso sexual. La expulsión sólo procedió cuando el caso se hizo público, con la excepción de Figari, quien —no obstante todo lo que se ha llegado a saber de él— fue tratado a cuerpo de rey hasta el día de hoy y sigue siendo oficialmente miembro del Sodalicio de Vida Cristiana.

Curioso en todo este modo de proceder es que las sanciones ad intra del Sodalicio fueron aplicadas por quienes también tenían en su trastienda personal varios abusos de este tipo. Levaggi fue sancionado por Figari, Daniels fue sancionado por Doig, y ante la opinión pública tanto Figari como Doig aparecían como defensores de una moral sexual adscrita al catolicismo más rancio.

Aún así, Figari y Doig poseían un talante personal muy distinto. Mientras Figari vivía en la opulencia, se regodeaba en el poder que tenía sobre otros y abusaba sexualmente de quien quisiera sin ningún tipo de remordimientos, Doig tenía un estilo de vida más austero y sacrificado, y a ojos de los que lo conocimos personalmente parecía seguir alimentando una búsqueda interior que lo condujera a la santidad. Dado que una persona de las características de Doig debe haber vivido atormentado por los delitos cometidos, desgarrado entre un abismo de perversión y la aspiración a unos fines nobles y elevados, no se descarta la tensión generada como una de las causas que lo habría llevado a la muerte, ya sea por una falla del corazón debido al stress ocasionado por su doble vida, ya sea porque decidiera terminar con su existencia por mano propia.

¿Qué tenían en común los abusadores sexuales mencionados? Pues que todos formaban parte de un sistema que no sólo permitía los abusos psicológicos y físicos, sino que había normalizado estos abusos hasta el punto de que quienes participaban del sistema terminaban incapacitados para darse cuenta de los daños que se les estaba infligiendo. Es un sistema vertical, donde quienes detentan cargos de responsabilidad no están sujetos a control respecto a lo que hacen con sus subordinados —sobre todo a puerta cerrada— y exigen una sumisión total (del entendimiento y la voluntad) como requisito indispensable para seguir perteneciendo a esa élite de elegidos que son los sodálites, donde a quienes obedecen se les arranca la posibilidad de denunciar o de quejarse de maltratos —los cuales no son reconocidos como tales—, donde existe la obligación de guardar silencio sobre todo lo que ocurre dentro de esta subcultura, tal como la llama en su blog José Rey de Castro, ex sodálite que estuvo 18 años bajo régimen de esclavitud moderna en el círculo íntimo de Figari.

Según su testimonio, este sistema, creado a imagen y semejanza de Figari, seguía subsistiendo hasta hace poco. Y si bien actualmente ya no habrían abusos sexuales, el sistema Sodalicio sigue intacto, anulando la libertad de quienes constituyen un engranaje más dentro de esa máquina.

(Columna publicada en Altavoz el 9 de abril de 2018)

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FUENTES

Informes sobre Abusos y Respuesta en el Sodalicio de Vida Cristiana (10 de febrero de 2017)
http://sodalicio.org/wp-content/uploads/2017/02/Informe-Abusos-Febrero2017.pdf

Mi vida en el Sodalicio (Blog personal de José Rey de Castro)
https://www.mividaenelsodalicio.app/

EL SODALICIO INTERVENIDO

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Cuando el 10 de enero la Oficina de Prensa de la Santa Sede comunicó que el Sodalicio había sido intervenido y que se había nombrado un Comisario con autoridad para gestionar el gobierno, el régimen interno y las cuestiones económicas del instituto, leí con escepticismo los comentarios en la prensa y en las redes sociales que decían que por fin el Vaticano estaba tomando cartas en el asunto de los abusos sexuales cometidos por Figari y otros sodálites, y que por fin se iba a atender a las víctimas.

Nada más lejos de la realidad. Salvo ocasionales atisbos, la Iglesia católica todavía no ha asumido satisfactoriamente la perspectiva de las víctimas ni en su legislación ni en su pastoral, y lo que más le ha preocupado cuando han habido casos de abusos sexuales es el escándalo generado antes que el daño ocasionado a los afectados. De ahí sus intentos por acallar la publicidad de los hechos, darle carácter reservado a la información al respecto y sacar momentáneamente de circulación a los perpetradores, buscando de alguna manera rehabilitarlos tras “haber caído en pecado”.

Pero acoger y atender a las víctimas, como lo hacía Jesús con los sufrientes y desvalidos, no está entre sus prioridades, por lo menos institucionalmente. Como se constata en la visita del Papa a Chile y Perú, donde no se ha incluido en el programa ningún encuentro entre Francisco y las víctimas de abusos sexuales, psicológicos y físicos por parte del clero, religiosos y laicos consagrados.

La intervención del Sodalicio no se debe a los abusos sexuales cometidos por Figari. Para la Santa Sede ésos son «hechos y comportamientos que, aunque objetivamente graves, han ocurrido sobre todo en un pasado muy remoto», además de que «»no se encuentra prueba cierta de ulteriores actos contra el VI mandamiento, cometidos sucesivamente o en precedencia a los referidos» (Carta del Vaticano a Alessandro Moroni, 30 de enero de 2017). Y, al parecer, los dos informes sobre abusos sexuales elaborados por tres expertos internacionales, dados a conocer por el Sodalicio en febrero de 2017, dejaron satisfecha a la Santa Sede, la cual no habló más sobre el asunto. Sin embargo, un número considerable de víctimas quedaron insatisfechas por el trato recibido de parte de los representantes del Sodalicio, que ofrecieron reparaciones exiguas en comparación con los daños personales sufridos o simplemente negaron que haya habido abusos.

Como ocurrió en mi caso, donde se me negó la condición de víctima, no obstante haber testimoniado graves abusos psicológicos y físicos cometidos sistemáticamente en perjuicio mío. Mi testimonio no sólo fue enviado a los representantes del Sodalicio, sino también por partida doble al Vaticano —una vez personalmente y la otra por la diócesis de Espira (Speyer)—, sin que haya recibido hasta ahora ninguna respuesta.

Es la situación actual del Sodalicio la que motiva la intervención vaticana, es decir, el modo en que se maneja el régimen interno y la formación, y la gestión económica-financiera, que no es que vaya mal, sino que parece tener fuentes no sólo de dudosa moralidad sino también de legitimidad cuestionable.

Evidentemente, cualquier intervención en régimen de comisariato de la Santa Sede tiene la intención de “sanear” la institución. ¿Pero puede acaso sanearse una entidad que funcionó desde sus inicios como una secta destructiva, controlando draconianamente el pensamiento y lenguaje de sus miembros, su comportamiento durante las veinticuatro horas del día, sus emociones a través del mecanismo de la culpa, así como la información que les era permitido recibir? Porque siguen habiendo evidencias de que la formación impartida sigue el mismo patrón de siempre, restringiendo considerablemente la libertad interior de los sodálites.

Pero además de los informes recientes que habrían llegado a la Santa Sede —y que aún desconocemos—, lo que más parece preocuparle al Vaticano es la posibilidad de una sentencia condenatoria contra aquél a quien llaman «el fundador del Sodalitium Christianae Vitae y por lo tanto […] mediador de un carisma de origen divino» (Carta del 30 de enero de 2017).

Sospechamos que harán todo lo posible para que Figari no vaya a la cárcel, buscando evitar así empañar aún más la imagen de Iglesia santa que quieren mantener a toda costa, sin importarles pisotear a las víctimas.

(Columna publicada en Altavoz el 15 de enero de 2018)

LA IGLESIA QUE ESPERA AL PAPA FRANCISCO EN EL PERÚ

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Manfred Lehmann como Padre Julio en “Commando Leopard” (Antonio Margheriti, 1985)

La primera semana del año una bronquitis aguda me obligó a guardar cama. Tuve así tiempo para revisar unas películas de mercenarios de bajo presupuesto, realizadas en la década de los ‘80 en régimen de co-producción ítalo-germano. Aunque parezca increíble, en estos filmes de serie B sin mayores pretensiones siempre se encuentran escenas memorables que quedan impresas en la memoria.

Lo que más me llamó la atención es que en tres de los cinco filmes que pude visionar aparece la figura de un sacerdote católico.

En Comando Patos Salvajes (1984), de Antonio Margheriti, un anciano sacerdote en la selva del sudeste asiático acoge en su misión a todas las víctimas del tráfico de drogas imperante en la zona y no tiene ningún reparo en darles cobijo a los mercenarios enviados para destruir algunos depósitos de estupefacientes. Posteriormente, tropas del gobierno destruirán a sangre y fuego la misión y clavarán al clérigo a la cruz de su iglesia.

En Comando Leopardo (1985), también de Margheriti, Manfred Lehmann da vida al Padre Julio, un sacerdote que acoge a pobres y desposeídos en un país latinoamericano ficticio, dominado por una dictadura militar. Cuando llegan los guerrilleros armados, comandados por Carrasco “El Leopardo” (Lewis Collins), el cura les da acogida e incluso les presta ayuda para volar una refinería, lo cual posteriormente llevará a que sea asesinado a sangre fría por el General Silveira (Klaus Kinski) cuando inintencionadamente mata a un soldado con lanzallamas que iba a prenderle fuego a la iglesia con su feligresía adentro.

En Operación Nam (1986), de Fabrizio de Angelis, Donald Pleasance interpreta al Padre Lenoir, un sacerdote francés que trabaja en la selva vietnamita y que les proporciona armas a los cuatro amigos que han decidido ir a rescatar a prisioneros de guerra americanos, cuya existencia el mismo gobierno estadounidense niega y que viven en condiciones lamentables, siendo continuamente objeto de tortura y maltratos.

La imagen del sacerdote que transmitía cierto cine popular en la década de los ‘80 era la de un hombre comprometido con los desvalidos y marginales, y que era capaz de asumir riesgos en defensa de sus derechos humanos, poniendo en juego incluso su propia vida si ello era necesario.

Ello es reflejo de la conciencia que había tomado la Iglesia de sí misma bajo el pontificado de Juan XXIII y durante las sesiones del Concilio Vaticano II, que concluyó: «La Iglesia, pues, en virtud del Evangelio que se le ha confiado, proclama los derechos del hombre y reconoce y estima en mucho el dinamismo de la época actual, que está promoviendo por todas partes tales derechos» (Constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual, 41).

Ha pasado el tiempo y mientras los sectores conservadores se han ido fortaleciendo en la Iglesia, ésta ha predicado cada vez con mucho menor frecuencia la defensa de los derechos humanos —si es que nos lo ha tachado de “cojudez”— y se ha convertido ella misma en un problema en este aspecto. Los numerosos casos de abusos sexuales por parte del clero y de personal laico de la Iglesia atentan gravemente contra el derecho a la integridad corporal y psíquica de miles de personas vulnerables. El encubrimiento sistemático y la laxitud para juzgar los abusos físicos, psicológicos y sexuales en instituciones de la Iglesia católica atentan gravemente contra el derecho a la justicia de los afectados. Y no hablemos de las frecuentes violaciones a los derechos laborales en que incurren organizaciones católicas amparándose en privilegios obtenidos mediante pactos dudosos.

La Iglesia que espera al Papa Francisco en el Perú es una Iglesia que no ha acompañado a los familiares de las masacres de Barrios Altos y La Cantuta, que ha estado ausente en las luchas de las mujeres esterilizadas forzosamente por el gobierno de Fujimori, que ha renunciado a tener una pastoral de acercamiento a las personas homosexuales, que ha dejado abandonadas a las víctimas de abusos no solamente del Sodalicio sino de otras instituciones católicas, que ha callado en todos los colores del arco iris ante el inmoral indulto de un criminal como Fujimori.

Es una Iglesia que le sonríe a los dueños del poder, mientras defeca sobre aquellos a los cuales está en obligación de defender.

(Columna publicada en Altavoz el 8 de enero de 2018)