EL CASO CHILENO: OBISPOS SIN CURA

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P. Felipe Berríos, S.J.

Se trata de un hecho inédito en la historia de la Iglesia católica. Nunca había ocurrido que el episcopado entero de un país presentara su renuncia ante el Papa. Así lo hizo el episcopado chileno el 18 de mayo, por no haber hecho casi nada frente a los casos de abusos sexuales cometidos por el clero o personal de la Iglesia.

Aunque, en honor a la verdad, hay que decir que sí hicieron algo. A saber, pusieron grandes esfuerzos en encubrir lo que era evidente, en presionar a los abogados para que buscarán una reducción de las acusaciones, en ignorar o desacreditar a las víctimas, en fin, en ver la manera de sacar el culo del asunto y quedar limpios de polvo y paja ante la opinión pública.

Sin embargo, lo que ha sido un hecho espectacular podría desinflarse en los siguientes meses. Pues difícilmente el Papa aceptará todas las renuncias y menos aún sustituirá a los 31 obispos en activo de Chile. El número de obispos que serán relevados será probablemente muy reducido.

Pues el problema que hay actualmente en la Iglesia católica no se circunscribe a las eminencias episcopales, sino que abarca también al clero, a los religiosos y al personal pastoral de Iglesia. No hay suficientes curas dignos de asumir una función pastoral que esté en consonancia con la imagen de Jesús que presentan los Evangelios, la de un profeta comprometido con los marginados y desposeídos, y crítico de las clases pudientes y las autoridades religiosas de su tiempo. Todo lo contrario de la imagen burguesa del obispo a la que nos hemos acostumbrado, la de un señor con traje negro o gris, de buenos modales y actuar diplomático, que busca siempre guardar las apariencias y quedar bien con todos, salvo con quienes sean activistas de izquierda, feministas comprometidas, homosexuales confesos o víctimas de abusos eclesiales que han dado a conocer públicamente los atropellos padecidos. Pues éste es el perfil conservador que se ha hecho moneda corriente entre el clero en las últimas décadas, no sólo en Chile sino también en el Perú y en toda la Iglesia universal.

Se entiende que alguien como el jesuita chileno Felipe Berríos —una de las pocas luminarias clericales en el país sudamericano— resulte incómodo al plantear las cosas con claridad, como hizo en una entrevista a El País de España en enero de este año: «Siento que la Iglesia Católica chilena está muy alejada de la gente, tremendamente cuestionada y con una jerarquía que no llega a los fieles. Se han acabado las comunidades de base y la pastoral se organizó en torno a grupos religiosos conservadores». Y describe a esta Iglesia como «callada, metida para adentro y que no va a la vanguardia de los cambios de la sociedad chilena». Su análisis es quirúrgico y doloroso: «Una Iglesia que basó toda su doctrina en la moral sexual —señalando a los divorciados, etcétera—, de pronto aparece como la que debiera pedir perdón. Fue un golpe fuerte y, aunque el espíritu religioso sigue vivo, la gente no ve que sea la Iglesia la que ayude a encontrarse con Jesucristo. Más bien la Iglesia se presenta como un estorbo, sobre todo para los jóvenes».

Tal como están las cosas, no parece que vaya a haber cambios importantes, pues no existe una generación clerical de recambio que tenga la misma claridad de ideas que el P. Berríos, a quien el cardenal Ricardo Ezzati, arzobispo de Santiago de Chile, buscó que se le abriera un proceso canónico en el año 2014 supuestamente por oponerse doctrinalmente al Magisterio de la Iglesia, según consta en un e-mail suyo dirigido al cardenal Francisco Javier Errázuriz, arzobispo emérito de Santiago, que se filtró a la opinión pública. Asimismo, Ezzati saboteó la posible designación del P. Berrios como capellán de La Moneda (el palacio presidencial chileno) y la designación de Juan Carlos Cruz, víctima del P. Karadima, como miembro de la Comisión Pontificia para la Protección de Menores.

Como en el caso chileno, quienes hemos sido víctimas de abuso en la Iglesia católica y aun mantenemos la fe, tendremos que seguir buscando a Jesús no en sus “representantes”, sino en los caminos polvorientos de nuestro día a día.

(Columna publicada en Altavoz el 21 de mayo de 2018)

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FUENTES

New York Times
Los obispos chilenos presentan su renuncia por casos de abuso sexual (18 de mayo de 2018)
https://www.nytimes.com/es/2018/05/18/obispo-papa-francisco-renuncia/

El País
Felipe Berríos | Sacerdote jesuita chileno
“Siento que la Iglesia católica chilena está muy alejada de la gente” (4 Ene 2018)
https://elpais.com/internacional/2018/01/04/america/1515088929_983366.html

The Clinic
Los correos entre Errázuriz y Ezzati que evidencian las maniobras contra Felipe Berríos y víctima del caso Karadima (09 Septiembre, 2015)
http://www.theclinic.cl/2015/09/09/los-correos-entre-errazuriz-y-ezzati-que-evidencian-las-maniobras-que-realizaron-contra-felipe-berrios-y-una-victima-del-caso-karadima/

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EL FRAUDE SODALICIO

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El 8 de julio de 1997 el Sodalicio de Vida Cristiana recibió la aprobación pontificia, siendo erigido como sociedad de vida apostólica laical de derecho pontificio. Es decir, quedaba sustraído a la jurisdicción de los obispos locales, dependiendo directamente de un dicasterio romano.

Ese mismo año las autoridades sodálites descubrieron los abusos sexuales en perjuicio de menores cometidos por Jeffery Daniels y lo recluyeron en San Bartolo, sin informar ni a las autoridades civiles ni a las eclesiásticas.

No sé si la reclusión de Daniels fue anterior o posterior a la aprobación pontificia, pero lo cierto es que, de haberse sabido los motivos, se hubiese puesto en juego esa aprobación, obtenida mediante el engaño, el fingimiento, la simulación y un eficaz trabajo de lobby eclesiástico.

Eso lo relata en su blog José Rey de Castro, quien vivió 18 años a la sombra de Figari como sirviente a tiempo completo sin remuneración alguna ni libertad.

Inmediatamente después de su aprobación como instituto de derecho diocesano el 22 de febrero 1994 por el cardenal Augusto Vargas Alzamora, entonces arzobispo de Lima, la maquinaria del Sodalicio se puso en marcha para conseguir a la brevedad posible la aprobación pontificia, sin que ni a Figari ni a su círculo más íntimo les importara que en ese entonces ya se habían cometido abusos sexuales en la institución, y que tanto los abusos psicológicos (perpetrados mediante un sistema de destrucción del yo auténtico a través de la dominación y prácticas humillantes) como físicos (que encontraron su máxima expresión en los maltratos efectuados en San Bartolo) eran pan de cada día en la vida comunitaria sodálite, en mayor o menor intensidad, dependiendo del superior y de la casa en la que uno viviera. Tanto Figari como Germán Doig, su mano derecha, cargaban con víctimas sexuales en su conciencia, y Virgilio Levaggi —quien en los ‘80 llegó a ser el tercero en la cadena de mando— había abandonado la institución en 1987, tras haber cometido abusos sexuales que fueron encubiertos hasta época reciente por el Sodalicio.

No sólo callaron estas prácticas indebidas a las autoridades vaticanas, sino también les contaron el cuento de hadas de su “historia oficial” expurgada de hechos incómodos y de varios textos que sirvieron para la formación intelectual y espiritual de las primeras generaciones de sodálites (el Folleto Azul, las Memorias de Figari, etc.).

A esto se sumó el trabajo de lobby con cardenales, obispos y otras personalidades eclesiásticas, que tuvo su momento estelar en el V Congreso Internacional de Nueva Evangelización rumbo al Tercer Milenio (Lima, octubre de 1995), el último de una serie de congresos sobre la reconciliación que había organizado el Sodalicio a lo largo del tiempo en Arequipa (1985), El Callao (1986), Tacna (1987) y nuevamente El Callao (1989), con la excusa de profundizar en una determinada línea de pensamiento (la teología de la reconciliación), pero que en realidad sirvieron para tejer una red de contactos eclesiásticos que permitirían la expansión de la institución a otros países y su ascenso en la escala de poder al interior de la Iglesia católica.

Respecto al evento de 1995, señala Rey de Castro que «los grandes invitados de aquel congreso de la reconciliación serían quienes apoyarían luego la aprobación pontificia del SCV, pues se habían llevado una gran opinión de ellos en este evento y habían visto una buena “vitrina” preparada por el SCV», vitrina que incluyó decisiones anómalas como la aceleración de profesiones perpetuas (o consagración a perpetuidad) de numerosos sodálites —sin importar si verdaderamente tenían vocación a la vida religiosa—, el aumento considerable de aspirantes al Sodalicio así como la fundación de nuevas casas de comunidad. Y, por supuesto, el incremento de sodálites enviados a San Bartolo para su formación.

Finalmente, la Santa Sede aprobó al Sodalicio según la imagen que éste había proyectado de sí mismo. Si hubiera sabido la verdad, otro sería el cantar. Ahora que ya se sabe, ¿qué está esperando para retirar una aprobación que nunca debió ser otorgada?

Ése constituiría un primer paso para restarle poder al monstruo, permitiendo que los obispos locales tengan jurisdicción sobre las comunidades sodálites asentadas en sus diócesis. Sería el mal menor, pues lo ideal es que desaparezca lo que nunca debió existir.

(Columna publicada en Altavoz el 30 de abril de 2018)

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FUENTES

Familia Sodálite NOTICIAS
Los Congresos de la Reconciliación cumplen 30 años (11/03/15)
http://www.fsnoticias.org/cronicas/los-congresos-de-la-reconciliacion-cumplen-30-anos-10725

Mi vida en el Sodalicio (Blog personal de José Rey de Castro)
Hacia la aprobación pontificia del SCV
https://www.mividaenelsodalicio.app/hacia-la-aprobacion-pontificia-del-scv/

EL SISTEMA SODALICIO

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En su carta de presentación a los “Informes sobre Abusos y Respuesta en el Sodalicio de Vida Cristiana” —elaborados por tres expertos internacionales a sueldo del Sodalicio— Alessandro Moroni, superior general de la institución, tras hacer un breve recuento de los casos de abusos sexuales cometidos por Figari, tres sodálites y cuatro ex sodálites, señala: «Los expertos no han encontrado indicios de complicidad ni conspiración entre los presuntos abusadores».

Efectivamente, todo parece indicar que Luis Fernando Figari, Germán Doig, Virgilio Levaggi, Jeffery Daniels, Ricardo Trenemann, Daniel Murguía y los otros actuaron por cuenta propia y sin conocimiento de los demás, de modo que no habría habido una política sistemática secreta para cometer abusos sexuales en el Sodalicio. Prueba de ello es que, cuando fueron descubiertos los abusos en los casos de Levaggi, Daniels y Murguía, éstos fueron sancionados por las autoridades sodálites —con reclusión interna y suspensión de toda responsabilidad en los casos de Levaggi y Daniels, y con expulsión del Sodalicio en el caso de Murguía, en virtud de que su inconducta se hizo pública a través de la prensa—. Incluso Doig fue sancionado simbólicamente con expulsión post mortem, también debido a la circunstancia de que su caso se había hecho de conocimiento público.

Lo que sí hubo fue una política sistemática de encubrimiento, de modo que se buscó tapar cualquier incidente de abuso sexual. La expulsión sólo procedió cuando el caso se hizo público, con la excepción de Figari, quien —no obstante todo lo que se ha llegado a saber de él— fue tratado a cuerpo de rey hasta el día de hoy y sigue siendo oficialmente miembro del Sodalicio de Vida Cristiana.

Curioso en todo este modo de proceder es que las sanciones ad intra del Sodalicio fueron aplicadas por quienes también tenían en su trastienda personal varios abusos de este tipo. Levaggi fue sancionado por Figari, Daniels fue sancionado por Doig, y ante la opinión pública tanto Figari como Doig aparecían como defensores de una moral sexual adscrita al catolicismo más rancio.

Aún así, Figari y Doig poseían un talante personal muy distinto. Mientras Figari vivía en la opulencia, se regodeaba en el poder que tenía sobre otros y abusaba sexualmente de quien quisiera sin ningún tipo de remordimientos, Doig tenía un estilo de vida más austero y sacrificado, y a ojos de los que lo conocimos personalmente parecía seguir alimentado una búsqueda interior que lo condujera a la santidad. Dado que una persona de las características de Doig debe haber vivido atormentado por los delitos cometidos, desgarrado entre un abismo de perversión y la aspiración a unos fines nobles y elevados, no se descarta la tensión generada como una de las causas que lo habría llevado a la muerte, ya sea por una falla del corazón debido al stress ocasionado por su doble vida, ya sea porque decidiera terminar con su existencia por mano propia.

¿Qué tenían en común los abusadores sexuales mencionados? Pues que todos formaban parte de un sistema que no sólo permitía los abusos psicológicos y físicos, sino que había normalizado estos abusos hasta el punto de que quienes participaban del sistema terminaban incapacitados para darse cuenta de los daños que se les estaba infligiendo. Es un sistema vertical, donde quienes detentan cargos de responsabilidad no están sujetos a control respecto a lo que hacen con sus subordinados —sobre todo a puerta cerrada— y exigen una sumisión total (del entendimiento y la voluntad) como requisito indispensable para seguir perteneciendo a esa élite de elegidos que son los sodálites, donde a quienes obedecen se les arranca la posibilidad de denunciar o de quejarse de maltratos —los cuales no son reconocidos como tales—, donde existe la obligación de guardar silencio sobre todo lo que ocurre dentro de esta subcultura, tal como la llama en su blog José Rey de Castro, ex sodálite que estuvo 18 años bajo régimen de esclavitud moderna en el círculo íntimo de Figari.

Según su testimonio, este sistema, creado a imagen y semejanza de Figari, seguía subsistiendo hasta hace poco. Y si bien actualmente ya no habrían abusos sexuales, el sistema Sodalicio sigue intacto, anulando la libertad de quienes constituyen un engranaje más dentro de esa máquina.

(Columna publicada en Altavoz el 9 de abril de 2018)

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FUENTES

Informes sobre Abusos y Respuesta en el Sodalicio de Vida Cristiana (10 de febrero de 2017)
http://sodalicio.org/wp-content/uploads/2017/02/Informe-Abusos-Febrero2017.pdf

Mi vida en el Sodalicio (Blog personal de José Rey de Castro)
https://www.mividaenelsodalicio.app/

EL SODALICIO INTERVENIDO

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Cuando el 10 de enero la Oficina de Prensa de la Santa Sede comunicó que el Sodalicio había sido intervenido y que se había nombrado un Comisario con autoridad para gestionar el gobierno, el régimen interno y las cuestiones económicas del instituto, leí con escepticismo los comentarios en la prensa y en las redes sociales que decían que por fin el Vaticano estaba tomando cartas en el asunto de los abusos sexuales cometidos por Figari y otros sodálites, y que por fin se iba a atender a las víctimas.

Nada más lejos de la realidad. Salvo ocasionales atisbos, la Iglesia católica todavía no ha asumido satisfactoriamente la perspectiva de las víctimas ni en su legislación ni en su pastoral, y lo que más le ha preocupado cuando han habido casos de abusos sexuales es el escándalo generado antes que el daño ocasionado a los afectados. De ahí sus intentos por acallar la publicidad de los hechos, darle carácter reservado a la información al respecto y sacar momentáneamente de circulación a los perpetradores, buscando de alguna manera rehabilitarlos tras “haber caído en pecado”.

Pero acoger y atender a las víctimas, como lo hacía Jesús con los sufrientes y desvalidos, no está entre sus prioridades, por lo menos institucionalmente. Como se constata en la visita del Papa a Chile y Perú, donde no se ha incluido en el programa ningún encuentro entre Francisco y las víctimas de abusos sexuales, psicológicos y físicos por parte del clero, religiosos y laicos consagrados.

La intervención del Sodalicio no se debe a los abusos sexuales cometidos por Figari. Para la Santa Sede ésos son «hechos y comportamientos que, aunque objetivamente graves, han ocurrido sobre todo en un pasado muy remoto», además de que «»no se encuentra prueba cierta de ulteriores actos contra el VI mandamiento, cometidos sucesivamente o en precedencia a los referidos» (Carta del Vaticano a Alessandro Moroni, 30 de enero de 2017). Y, al parecer, los dos informes sobre abusos sexuales elaborados por tres expertos internacionales, dados a conocer por el Sodalicio en febrero de 2017, dejaron satisfecha a la Santa Sede, la cual no habló más sobre el asunto. Sin embargo, un número considerable de víctimas quedaron insatisfechas por el trato recibido de parte de los representantes del Sodalicio, que ofrecieron reparaciones exiguas en comparación con los daños personales sufridos o simplemente negaron que haya habido abusos.

Como ocurrió en mi caso, donde se me negó la condición de víctima, no obstante haber testimoniado graves abusos psicológicos y físicos cometidos sistemáticamente en perjuicio mío. Mi testimonio no sólo fue enviado a los representantes del Sodalicio, sino también por partida doble al Vaticano —una vez personalmente y la otra por la diócesis de Espira (Speyer)—, sin que haya recibido hasta ahora ninguna respuesta.

Es la situación actual del Sodalicio la que motiva la intervención vaticana, es decir, el modo en que se maneja el régimen interno y la formación, y la gestión económica-financiera, que no es que vaya mal, sino que parece tener fuentes no sólo de dudosa moralidad sino también de legitimidad cuestionable.

Evidentemente, cualquier intervención en régimen de comisariato de la Santa Sede tiene la intención de “sanear” la institución. ¿Pero puede acaso sanearse una entidad que funcionó desde sus inicios como una secta destructiva, controlando draconianamente el pensamiento y lenguaje de sus miembros, su comportamiento durante las veinticuatro horas del día, sus emociones a través del mecanismo de la culpa, así como la información que les era permitido recibir? Porque siguen habiendo evidencias de que la formación impartida sigue el mismo patrón de siempre, restringiendo considerablemente la libertad interior de los sodálites.

Pero además de los informes recientes que habrían llegado a la Santa Sede —y que aún desconocemos—, lo que más parece preocuparle al Vaticano es la posibilidad de una sentencia condenatoria contra aquél a quien llaman «el fundador del Sodalitium Christianae Vitae y por lo tanto […] mediador de un carisma de origen divino» (Carta del 30 de enero de 2017).

Sospechamos que harán todo lo posible para que Figari no vaya a la cárcel, buscando evitar así empañar aún más la imagen de Iglesia santa que quieren mantener a toda costa, sin importarles pisotear a las víctimas.

(Columna publicada en Altavoz el 15 de enero de 2018)

LA IGLESIA QUE ESPERA AL PAPA FRANCISCO EN EL PERÚ

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Manfred Lehmann como Padre Julio en “Commando Leopard” (Antonio Margheriti, 1985)

La primera semana del año una bronquitis aguda me obligó a guardar cama. Tuve así tiempo para revisar unas películas de mercenarios de bajo presupuesto, realizadas en la década de los ‘80 en régimen de co-producción ítalo-germano. Aunque parezca increíble, en estos filmes de serie B sin mayores pretensiones siempre se encuentran escenas memorables que quedan impresas en la memoria.

Lo que más me llamó la atención es que en tres de los cinco filmes que pude visionar aparece la figura de un sacerdote católico.

En Comando Patos Salvajes (1984), de Antonio Margheriti, un anciano sacerdote en la selva del sudeste asiático acoge en su misión a todas las víctimas del tráfico de drogas imperante en la zona y no tiene ningún reparo en darles cobijo a los mercenarios enviados para destruir algunos depósitos de estupefacientes. Posteriormente, tropas del gobierno destruirán a sangre y fuego la misión y clavarán al clérigo a la cruz de su iglesia.

En Comando Leopardo (1985), también de Margheriti, Manfred Lehmann da vida al Padre Julio, un sacerdote que acoge a pobres y desposeídos en un país latinoamericano ficticio, dominado por una dictadura militar. Cuando llegan los guerrilleros armados, comandados por Carrasco “El Leopardo” (Lewis Collins), el cura les da acogida e incluso les presta ayuda para volar una refinería, lo cual posteriormente llevará a que sea asesinado a sangre fría por el General Silveira (Klaus Kinski) cuando inintencionadamente mata a un soldado con lanzallamas que iba a prenderle fuego a la iglesia con su feligresía adentro.

En Operación Nam (1986), de Fabrizio de Angelis, Donald Pleasance interpreta al Padre Lenoir, un sacerdote francés que trabaja en la selva vietnamita y que les proporciona armas a los cuatro amigos que han decidido ir a rescatar a prisioneros de guerra americanos, cuya existencia el mismo gobierno estadounidense niega y que viven en condiciones lamentables, siendo continuamente objeto de tortura y maltratos.

La imagen del sacerdote que transmitía cierto cine popular en la década de los ‘80 era la de un hombre comprometido con los desvalidos y marginales, y que era capaz de asumir riesgos en defensa de sus derechos humanos, poniendo en juego incluso su propia vida si ello era necesario.

Ello es reflejo de la conciencia que había tomado la Iglesia de sí misma bajo el pontificado de Juan XXIII y durante las sesiones del Concilio Vaticano II, que concluyó: «La Iglesia, pues, en virtud del Evangelio que se le ha confiado, proclama los derechos del hombre y reconoce y estima en mucho el dinamismo de la época actual, que está promoviendo por todas partes tales derechos» (Constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual, 41).

Ha pasado el tiempo y mientras los sectores conservadores se han ido fortaleciendo en la Iglesia, ésta ha predicado cada vez con mucho menor frecuencia la defensa de los derechos humanos —si es que nos lo ha tachado de “cojudez”— y se ha convertido ella misma en un problema en este aspecto. Los numerosos casos de abusos sexuales por parte del clero y de personal laico de la Iglesia atentan gravemente contra el derecho a la integridad corporal y psíquica de miles de personas vulnerables. El encubrimiento sistemático y la laxitud para juzgar los abusos físicos, psicológicos y sexuales en instituciones de la Iglesia católica atentan gravemente contra el derecho a la justicia de los afectados. Y no hablemos de las frecuentes violaciones a los derechos laborales en que incurren organizaciones católicas amparándose en privilegios obtenidos mediante pactos dudosos.

La Iglesia que espera al Papa Francisco en el Perú es una Iglesia que no ha acompañado a los familiares de las masacres de Barrios Altos y La Cantuta, que ha estado ausente en las luchas de las mujeres esterilizadas forzosamente por el gobierno de Fujimori, que ha renunciado a tener una pastoral de acercamiento a las personas homosexuales, que ha dejado abandonadas a las víctimas de abusos no solamente del Sodalicio sino de otras instituciones católicas, que ha callado en todos los colores del arco iris ante el inmoral indulto de un criminal como Fujimori.

Es una Iglesia que le sonríe a los dueños del poder, mientras defeca sobre aquellos a los cuales está en obligación de defender.

(Columna publicada en Altavoz el 8 de enero de 2018)

SODALICIO: 46 AÑOS DE INFAMIA

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El 8 de diciembre el Sodalicio de Vida Cristiana cumplió 46 años de fundado. Pero en realidad no hay nada que celebrar, pues se trata de una organización que ha funcionado como una secta desde sus inicios.

Como una moledora de conciencias y destinos humanos, produciendo o bien seres fantasmales cortados todos con una misma tijera —dominados sin saberlo por una ideología religiosa castrante y uniformizante—, o bien sobrevivientes de una experiencia que deja heridas en el alma y la tarea de una vida entera a rehacer desde sus cimientos, para hacerla auténticamente humana después de las salvajadas a que fue sometida en el Sodalicio. Y éstos últimos son mucho mas numerosos que quienes siguen siendo miembros oficiales de la institución, inconscientes en su mayoría del lavado de cerebro a que han sido sometidos y de las mutilaciones psicológicas que implica el seguir fielmente el estilo de vida sodálite.

Además, el Sodalicio ha fracasado en la misión que dice tener: evangelizar a los jóvenes, evangelizar la cultura y solidarizarse cristianamente con los pobres y marginados.

Ciertamente, siguen habiendo jóvenes que mantienen un compromiso con la institución, pero deben ser muchos más los jóvenes que de sólo escuchar su nombre sentirán un rechazo hacia el mensaje evangélico que supuestamente proclama. ¿Y qué de tantos jóvenes que pasaron por las garras evangelizadoras del Sodalicio y que finalmente terminaron desechando toda fe religiosa y adquirieron una desconfianza cuasi invencible hacia la Iglesia católica?

Por otra parte, la influencia del Sodalicio en la cultura contemporánea es prácticamente inexistente. Sus manifestaciones culturales son escuálidas en profundidad humanista, no son apelantes para quienes viven en el presente cultural de nuestros tiempos y sólo le interesan a un grupo reducido de personas que viven al margen de los acontecimientos de nuestra historia. Se trata de una cultura cristiana encerrada en una burbuja, que se mira autocomplaciente el ombligo y no dialoga con el mundo contemporáneo.

Finalmente, para los pobres el Sodalicio cuenta con algunas obras asistencialistas que le sirven de cabeza de playa para adoctrinarlos y transmitirles sus arcaicos valores ultraconservadores. Una fachada de espaldas a un auténtico desarrollo social de los más desfavorecidos. Porque la labor principal del Sodalicio ha estado siempre dirigida hacia las élites sociales. Y nada más contrario a la solidaridad con los pobres que los millones de dólares que ha amasado la institución para solventar el estilo de vida de quien es su fundador. Y que sigue solventando, según la carta vaticana del 30 de enero de 2017, donde indica que «correrá a cargo de Su Sociedad de vida apostólica toda carga necesaria para asegurar al Sr. Figari un estilo decoroso de vida, considerando las posibilidades del Sodalitium Christianae Vitae, los recursos personales del Sr. Figari y las reales necesidades de este último».

Hasta el momento, el Sodalicio ha ido ganando sus batalles jurídicas, pero se trata de victorias pírricas, pues en todas se han hecho manifiestos sus procedimientos mafiosos, típicos de sociedades del crimen organizado, y cada triunfo ha significado una derrota moral para la institución, que ve diezmadas sus filas por la hemorragia de miembros que se dan cuenta de dónde estaban metidos. Es previsible que el tiempo termine por darle la estocada final a un cáncer que ya debería haber desaparecido.

Es el único consuelo que nos queda a las víctimas de este monstruo, desprotegidos por la justicia y desamparados por la Iglesia en la cual algunos aún seguimos creyendo. Y también por la opinión pública, que suele poner los delitos de la institución bajo la etiqueta de pedofilia, cuando pedófilos propiamente sólo fueron Jeffery Daniels y tal vez Daniel Murguía. Casi la totalidad de las víctimas sexuales de los otros abusadores eran mayores de edad, vulnerables por su situación de dependencia y sometimiento mental a sus superiores, y a quienes se les hace muy flaco favor cuando se insiste en designar a los principales abusadores (Figari, Doig, Levaggi, Treneman y otros cuyos nombres han sido callados) como pedófilos, pues la justicia también debería proteger a cualquier joven adulto sometido a un proceso perverso de seducción dentro de un sistema que anule la libertad personal. Y este crimen, del cual todos los sodálites son cómplices, aún persiste.

(Columna publicada en Altavoz el 11 de diciembre de 2017)

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Este año, por primera vez en la historia del Sodalicio de Vida Cristiana, dos sodálites hicieron su profesión perpetua (compromiso de plena disponibilidad apostólica, el más alto dentro del escalafón institucional) durante la misa de aniversario de la institución. Suponemos que con este espectáculo el Sodalicio quiere dar muestra pública de que todavía sigue constituyendo un camino atractivo para muchos jóvenes que quieren servir generosamente a la Iglesia.

Sería interesante que, por cuestión de transparencia, los responsables del Sodalicio nos hagan saber cuántos profesos perpetuos terminaron abandonando la institución a lo largo de su historia y cuál es el tiempo promedio de permanencia de un miembro dentro de la organización. Tengo sospechas fundadas de que una suma y resta de profesos perpetuos —y, en general, de miembros del Sodalicio— arrojaría un saldo negativo

Asimismo, seria muy simpático que nos informen sobre la evolución personal de los dos nuevos profesos, Francisco Aninat Rodríguez y Matthew William Wilson, y si algún día deciden apartar sus pasos de la vía sodálite para emprender una existencia cotidiana en la grande y hermosa aventura que es esta vida, nos lo comuniquen para poder alegranos por ellos y apoyarlos en lo que necesiten.

Porque sabemos por experiencia propia y ajena que el Sodalicio suele darle un puntapié en el trasero a quienes en ejercicio de su libertad deciden apartarse de la institución. Y apoyar a quienes se mantienen fiel a ella, aunque hayan cometido violaciones de derechos humanos en perjuicio de personas vulnerables.

SODALICIO: EL MITO DEL CARISMA Y EL LEGADO DE FIGARI

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Un Sodalicio diezmado en una misa durante el curso de formación dictado por el P. Gianfranco Ghirlanda SJ (Lima, septiembre de 2017)

Habiendo pasado ya dos años desde que estalló el escándalo del Sodalicio con la publicación de Mitad monjes, mitad soldados de Pedro Salinas y Paola Ugaz, las aguas parecen haber vuelto a su cauce. O eso es lo que nos quisieran hacer creer los actuales miembros del Sodalicio. Como si todo el problema hubiera sido solamente Figari, el cual está ahora a buen recaudo en Roma gozando de una jubilación dorada, pero lejos de la comunidad sodálite. Sin embargo, la verdad es que el Sodalicio no ha tomado distancia de su legado.

En julio de este año el sacerdote sodálite Jorge Olaechea presentó su libro Rudolf Allers, psiquiatra de lo humano. Lo que no debería pasar inadvertido es que Figari recomendaba encarecidamente la lectura de Allers a sus seguidores, pues como psiquiatra católico lo consideraba uno de los escasos exponentes de una psiquiatría sana y equilibrada, mientras que los demás representantes de la ciencia psiquiátrica debían ser o ignorados o combatidos ideológicamente.

Asimismo, del 18 al 22 de septiembre más de 130 sódalites asistieron a un curso dictado por el P. Gianfranco Ghirlanda SJ, profesor de Derecho Canónico de la Universidad Gregoriana (Roma). Entre los temas que el jesuita italiano abordó está el del “carisma fundacional”, ese supuesto don que el Espíritu Santo otorga a un fundador de un instituto de vida consagrada para darle una tarea y una orientación, que finalmente se traduce en un beneficio espiritual para la Iglesia.

Resaltó que el “carisma” no es propiedad del fundador, el cuál es sólo un instrumento en las manos de Dios. El “carisma” pasa a todos los miembros y vive en ellos. Incluso planteó la posibilidad de que el fundador no haya vivido el “carisma” porque es un hombre que ha pecado, lo cual resulta al fin y al cabo un detalle irrelevante, pues el carisma ha pasado a los miembros del instituto y eso se traduce finalmente en obras buenas y frutos buenos.

Por supuesto, el Sodalicio, ni corto ni perezoso, ha puesto en la red un video donde el P. Ghirlanda expone brevemente esta doctrina.

Sin embargo, esto no es otra cosa que la justificación de la continuidad de una institución que nació torcida desde un principio y de la cual es legítimo dudar que haya sido guiada por un “carisma” del Espíritu Santo.

El Papa Francisco, en la audiencia general del 13 de noviembre de 2013, explicó que los carismas «son actitudes, inspiraciones e impulsos interiores que nacen en la conciencia y en la experiencia de determinadas personas, quienes están llamadas a ponerlas al servicio de la comunidad». Imposible desligarlos de la biografía del fundador. ¿Y no era acaso Figari un abusador sexual, un sádico y un manipulador de conciencias desde el momento en que fundó el Sodalicio?

El mismo Papa Francisco señala que «si un carisma […] sirve para afirmarse a sí mismo, hay que dudar si se trata de un carisma auténtico o de que sea vivido fielmente».

¿Qué carisma podría haber tenido un hombre que creó una institución que funcionó como una secta desde sus principios, secuestrando las mentes de menores de edad para luego abusar sexualmente de algunos cuando fueron mayores? ¿Qué carisma pueden haber recibido los miembros actuales, que relativizaron la verdad y maltrataron a muchas víctimas desconociendo la veracidad de sus testimonios, además de haber impedido que se conozca todo el alcance de los abusos? ¿Que obras y frutos buenos puede mostrar el Sodalicio, cuando por cada sodálite en actividad deben haber varias personas —entre las cuales me cuento yo— que han visto sus vidas afectadas negativamente? ¿Qué carisma puede ser aquel que ha dañado la imagen de la Iglesia católica y ha hecho que muchas personas pierdan su fe religiosa?

El P. Ghirlanda habló también de una “refundación” como un «volver al inicio que es la inspiración del Evangelio». ¿Nadie le ha contado que los peores abusos los cometió Figari en los inicios? ¿O que doctrinalmente el Sodalicio se guiaba entonces por el pensamiento fascista de la Falange Española? ¿O que los peores métodos de manipulación mental y lavado de cerebro fueron aplicados en esa época?

Hasta el Espíritu Santo debe estar arrastrándose de risa ante tanta estupidez humana.

(Columna publica en Altavoz el 6 de noviembre de 2017)

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FUENTES

ACI Prensa
Lanzan en Perú el libro “Rudolf Allers, Psiquiatra de lo Humano” (16. Jul. 17)
https://www.aciprensa.com/noticias/lanzan-en-peru-el-libro-rudolf-allers-psiquiatra-de-lo-humano-16274

Papa Francisco
Audiencia general (Plaza de San Pedro, miércoles 6 de noviembre de 2013)
http://w2.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2013/documents/papa-francesco_20131106_udienza-generale.html

Página web oficial del Sodalicio de Vida Cristiana
Video: Conferencias del Padre Gianfranco Ghirlanda, S.J.
http://sodalicio.org/portfolio/video-conferencias-del-padre-gianfranco-ghirlanda-s-j/