LA CORRUPCIÓN NUESTRA DE CADA DÍA

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Para comprender todo el alcance y gravedad de la corrupción que hay en el Perú, se requiere haber vivido en sociedades donde ese problema sea marginal y no inherente al sistema. Como en Alemania, donde resultan altas la confianza en la policía (86%) y en el poder judicial (72%) y se mantienen aceptables la confianza en el parlamento alemán o Bundestag (59%) y en el gobierno o poder ejecutivo (54%). Sin embargo, es baja la confianza en los partidos políticos (36%) y mucho peor en las grandes empresas (18%), pues es allí —sobre todo en la industria automovilística— donde se han concentrado los mayores casos de corrupción.

Los alemanes suelen ser bien organizados y eso se refleja también en el área delictiva. Los delitos de poca monta, como el asalto a mano armada y el robo callejero, van en retroceso en las estadísticas, mientras que las defraudaciones, estafas y malversaciones valiéndose de estructuras corporativas propias del capitalismo —que engrosan lo que se conoce como delincuencia financiera o “delitos de cuello blanco”— constituyen una de las áreas criminales que más ha crecido en Alemania. En este país, si uno quiere robar a lo grande, tiene que fundar una empresa.

No obstante lo dicho, la corrupción no ha tomado todo el sistema como en el Perú, y la sociedad, aplicando mecanismo democráticos, reacciona saludablemente frente a brotes de corrupción que se han dado en empresas como Volkswagen, Audi, Porsche, Daimler y BMW. Hay varios procesos judiciales en marcha y probablemente varios altos directivos terminen entre rejas.

En el Perú, en cambio, desde que tengo memoria, la corrupción es un cáncer que corroe todo el sistema y ante el cual la mayoría de los peruanos han claudicado moralmente a fin de poder sobrevivir. Siempre he encontrado en el país una capitulación colectiva ante la corrupción, expresada en frases resignadas como «así son las cosas» y «qué se va a hacer». Y recuerdo que mi madre, con las mejores intenciones, intentaba prepararme para salir adelante en un sociedad corrupta con frases como «no confíes en nadie, ni siquiera en tu propia madre», o «cuando tengas un puesto de trabajo, quédate siempre callada la boca». Pues quien se atreviera a luchar contra las lacras del sistema, terminaba siendo indefectiblemente su víctima.

Pero cuando uno está metido en la miasma, ni siquiera tiene uno la claridad de mente como para ver como los tentáculos del monstruo se meten hasta en las más insignificantes rendijas. Y uno se vuelve cómplice sin darse cuenta. Como cuando a inicios del año ‘90, acercándose el final del primer gobierno de Alan García, éste decidió vaciar en lo posible las arcas del Estado para dejar a su posible sucesor —Mario Vargas Llosa, quien aún se perfilaba como el futuro ganador de las próximas elecciones presidenciales— una situación inmanejable. En ese entonces yo terminaba mis estudios de licenciatura en la Facultad de Teología Pontifica y Civil de Lima, y el representante de los alumnos nos comunicó que una entidad estatal estaba dispuesta a pagar parte de nuestras pensiones sin requisito alguno de nuestra parte. Por supuesto que aceptamos esa plata regalada, sin saber que le hacíamos el juego a la corrupción.

O cuando llegué a Alemania en el año 2002, el entonces embajador del Perú en Berlín, amigo de la familia de mi mujer, me ofreció como un favor la ayuda gratuita de traductoras que trabajaban para la embajada. Yo acepté sin rechistar —sin conciencia de estar haciendo algo malo— que personal pagado con dinero del Estado peruano, proveniente de los impuestos de todos los peruanos, revisara mi currículum vitae y me ayudara a preparar mi documentación para postular a un puesto de trabajo en Alemania.

De diciembre de 1980 a julio de 1993 viví en comunidades del Sodalicio de Vida Cristiana, una asociación católica peruana que ha asimilado hasta la médula la cultura de corrupción que hay en el Perú y es hasta ahora una de sus expresiones más prístinas, sobre todo en sus manejos de dinero, su gestión de influencias con personajes prominentes de la Iglesia y de la sociedad peruana, y sus estratagemas para escurrirse de la justicia.

Por lo mismo, ante las recientes revelaciones de audios que sólo evidencian una lacra que ha acompañado mórbidamente la historia peruana, siguen siendo tremendamente actuales las palabras de Alfonso Quiroz en su libro de lectura obligatoria Historia de la corrupción en el Perú, publicado por primera vez en inglés en el año 2008:

«Se requiere de una reforma constitucional exhaustiva para así garantizar una independencia efectiva de los tres poderes del estado, la existencia de pesos y contrapesos, la descentralización y la erradicación de las fuerzas informales opuestas a las instituciones formales que regulan las interacciones sociales modernas. Debido al impacto histórico de la corrupción en el Perú, toda reforma constitucional debiera estar guiada hacia mecanismos con los cuales ponerle freno a esta antigua y dañina práctica.[…] Una reforma judicial exhaustiva debiera buscar modernizar, simplificar y reducir los costos de los juicios, y contemplar cierto grado de supervisión ciudadana hacia los jueces. Otra cuestión persistente que requiere de acción urgente es la reestructuración exhaustiva del sistema de educación pública, acosado por el bajo salario de los maestros y las huelgas políticamente motivadas. Solamente una ciudadanía realmente informada y educada podrá vencer la recalcitrante «cultura» de la corrupción. Los jóvenes peruanos tienen el derecho a que se les enseñe el valor de las instituciones y los daños que la corrupción causa.»

(Columna publicada en Altavoz el 16 de julio de 2018)

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Los datos estadísticos sobre los niveles de confianza en Alemania han sido tomados del portal Statista y corresponden a la primavera de 2018. Téngase en cuenta que el portal hace dos mediciones anuales mediante encuestas, una en primavera y la otra en otoño. Los porcentajes varían en el tiempo, pero las fluctuaciones son relativamente pequeñas.

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ENTREVISTA A UNA VÍCTIMA OLVIDADA DEL SODALICIO

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Fuente: Deutsche Welle

En abril de 2016 el periodista Beto Villar me comunicó que iba a estar en Alemania —específicamente en la ciudad de Colonia— para entrevistar a dos víctimas del Sodalicio —una de ellas Álvaro Urbina— y me solicitó una entrevista para un reportaje sobre el Sodalicio que iba a ser emitido en el programa Punto Final (Latina), entonces a cargo de Nicolás Lúcar. Quedamos en encontrarnos en la estación de tren de Mannheim, situada a unos 200 kilómetros al sureste de Colonia y a unos 30 kilómetros del pueblo donde vivo. Recuerdo que el día estaba soleado y el clima era agradable, pues estaba comenzando la primavera.

Sólo unos brevísimos fragmentos de la entrevista fueron incluidos en el reportaje, quizás debido a que yo no tenía muchas cosas escandalosas que contar. Incluso admití que nunca había visto ningún abuso sexual en el Sodalicio ni yo mismo lo había experimentado. Omití el incidente en que Jaime Baertl me pidió que me desnudara y simulara fornicar una silla enorme —que más parecía un trono de rey que otra cosa—, pues lo consideraba más como un acto de manipulación psicológica de connotación sexual, pero no un abuso sexual propiamente dicho. Además, siempre he insistido en que el sometimiento psicológico a que varios fuimos expuestos en el Sodalicio, con la consiguiente falta de libertad, es lo que más daño nos ha causado, y resaltar el incidente con Jaime Baertl podía desviar la atención de lo sustancial, de lo que realmente importaba.

Recientemente, Beto ha editado la entrevista y la ha publicado casi en su totalidad con el siguiente comentario:

«Conocí a Martín Scheuch en el 2016, cuando viajé a Alemania a entrevistarlo a él y a otras dos víctimas del Sodalicio de Vida Cristiana. Lo recuerdo hasta hoy: calmado aunque por momentos ansioso, con una mirada dura y la sonrisa nerviosa. Nos conocimos en una estación de tren a una hora de Colonia, donde yo me hospedé. Semanas antes habíamos coordinado la reunión por correo. Cuando le di la mano, no sospechaba que hoy, más de dos años después de todo ello, la vida lo seguiría tratando con injusticia. A pesar de la contundencia de su denuncia, el Sodalicio le ha negado la reparación que muchos otros han recibido y menos la psicoterapia que necesita. Apenas algunos segundos de esta entrevista de más de una hora apareció en los reportajes que emitimos poco después en Punto Final, de Latina, Perú. Hoy la publico en su totalidad para ayudar a entender el daño que los abusadores físicos y sexuales del Sodalicio, Luis Fernando Figari a la cabeza, han hecho en sus víctimas.»

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Algunas cosas han cambiado desde entonces. El Sodalicio, a través del “experto” contratado Ian Elliott, se negó a reconocerme como víctima, no obstante que proporcioné mayores detalles de los abusos que sufrí. La relación de acontecimientos ligados a esta infame negativa han sido descritos por mí en dos posts anteriores:

Por otra parte, para salir del desempleo, en junio de ese mismo año inicié una capacitación de cinco meses —pagada por la Oficina de Trabajo— para convertirme, de manera acreditada, en acompañante de ancianos con demencia. Desde enero de 2017 estoy trabajando en una residencia de ancianos, dedicándome al acompañamiento y activación de personas de la tercera edad, en su mayoría con demencia senil, para lo cual me están sirviendo de ayuda mis habilidades musicales con la guitarra y la armónica, que me permiten interpretar antiguas canciones populares alemanas junto con los ancianos. Tampoco han faltado momentos en que he tenido que acompañar a alguna que otra anciana en su lecho de muerte. Pero en general la preocupación por mantener la calidad de vida de quienes se acercan al final de su existencia —mediante actividades que le den un sentido a su día a día— y traer un poco de alegría a la nebulosa mental que la mayoría de ellos habitan, es un trabajo, aunque no bien remunerado, sí lleno de satisfacciones, de experiencias enriquecedoras y de enseñanzas vitales, provenientes de aquellos que ya han vivido y que, no obstante sus limitaciones, gozan de una sabiduría humana admirable.

ACTUALIDAD DEL MARQUÉS DE SADE

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Donatien Alphonse François de Sade (1740-1816), conocido como el marqués de Sade, no fue muy distinto a muchos de sus contemporáneos en lo que a costumbres éticas se refiere. Y si bien sus biografías suelen citar un par de escándalos relacionados con burdeles y prostitutas, no es nada que se saliera de lo común dentro de la moral sexual de la nobleza francesa del siglo XVIII.

Sin embargo, ha pasado a la historia como símbolo de perversión y libertinaje, incluso derivándose de su nombre un término para designar ciertas actividades marginales de la sexualidad humana: el sadomasoquismo.

Pues sus novelas, narraciones y piezas de teatro están repletas de descripciones literarias detalladas de actos sexuales en todas sus formas y posiciones, unidas con frecuencia a castigos físicos, torturas y abusos, hasta el punto de que el pensador francés Georges Bataille calificó sus novelas de «apología del delito». Pues sus personajes no sólo actúan, sino que también filosofan y expresan ideas que justifican no sólo su entrega desenfrenada a los placeres carnales, sino también el sometimiento sexual de hombres y mujeres, incluyendo a menores de edad. Además de que se justifican otros crímenes como el fraude, el robo y el despojo, e incluso el asesinato.

Una constante presente en sus obras es que la virtud atrae la infelicidad y los sufrimientos, mientras que el vicio es recompensado con placeres y éxito en la vida. En Justine o los infortunios de la virtud, la joven protagonista huérfana que sólo busca hacer el bien es continuamente víctima de abusos de parte de aquellos a quienes ha auxiliado, en un par de ocasiones incluso salvándoles la vida. No deja de llamar la atención que en un momento de la historia sean cuatro monjes los abusadores, quienes mantienen sometidas a servidumbre y esclavitud sexual a un grupo de ocho mujeres, amparados en que nadie intentará averiguar lo que ocurre detrás de las paredes de su monasterio y presentando siempre una imagen externa de piedad y devoción. Cuando Justine descubre la trampa en la que ha caído, exclama: «¡Ay, cielos! … ¡tendré que ser de nuevo la víctima de mis buenos sentimientos, será de nuevo castigado como un crimen mi deseo de acercarme a lo que la religión tiene de más respetable!…»

De Sade vivió en una sociedad marcada por la corrupción, atravesada por enormes desigualdades sociales, donde los fallos judiciales eran muchas veces decididos por las autoridades en base a influencias y favores, y rara vez triunfaba la justicia. Y eso lo experimentó en carne propia, cuando fue encarcelado en 1777 en la fortaleza de Varennes por deseo de su suegra. Trasladado posteriormente en 1784 a La Bastilla, será prácticamente el único reo de esta simbólica prisión hasta poco antes de su caída el 14 de julio de 1789, fecha que marca el inicio de la Revolución Francesa, la cual no tenía buen concepto de la Iglesia católica.

Pero tampoco en la sociedad monárquica pre-revolucionaria el clero católico gozaba —justificadamente— de muy buena reputación, como lo expresa uno de los personajes de su novela Historia de Juliette o las prosperidades del vicio:

«¿Quiénes son los únicos y verdaderos perturbadores de la sociedad? -Los curas-. ¿Quiénes son los que pervierten diariamente a nuestras mujeres y a nuestros hijos? -Los curas-. ¿Cuáles son los enemigos más peligrosos de cualquier gobierno? -Los curas-. ¿Cuáles son los culpables e instigadores de las guerras civiles? -Los curas-. ¿Quiénes nos envenenan constantemente con mentiras y engaños? -Los curas-. ¿Quiénes nos roban hasta el último suspiro? -Los curas-. ¿Quiénes abusan de nuestra buena fe y de nuestra credulidad en el mundo? -Los curas-. ¿Quiénes trabajan constantemente en la extinción total del género humano? -Los curas-. ¿Quiénes se mancillan con más crímenes e infamias? -Los curas-. ¿Cuáles son los hombres más peligrosos de la tierra, los más vengativos y más crueles? -Los curas-.»

El marqués de Sade se guardó muy bien de identificarse con las opiniones que expresaban sus personajes: «…es el personaje quien habla y no el autor, …es lo más normal del mundo, en ese caso; que ese personaje, absolutamente inspirado por su papel, diga cosas completamente contrarias a lo que dice el autor cuando es él mismo quien habla» (A Villeterqué foliculario).

En buen momento, pues una generalización de tal cariz no condice con la lógica. Aún así, uno se siente tentado de avalar esas palabras, sobre todo en la época actual, cuando la revelación de abusos y encubrimientos por parte del clero católico se han convertido en moneda corriente a nivel mundial, hasta el punto de que, por ejemplo, en el caso de Chile, todo el episcopado se ha visto obligado a presentar su renuncia al Papa Francisco.

Una mirada retrospectiva hacia el marqués de Sade nos permite reconocer en él una inteligencia lo suficientemente perspicaz como para desenmascarar las motivaciones de personajes ambiguos en sociedades decadentes, donde practicar el bien o el mal se ha vuelto algo indiferente. Como ejemplo final, este texto de La filosofía en el tocador, que podría aplicarse sin reservas a la forma en que actuó Luis Fernando Figari para construir ese monstruo llamado Sodalicio:

«…la falsedad es casi siempre un medio seguro de triunfar: quien la posee adquiere necesariamente una especie de prioridad sobre quien comercia o tiene tratos con él: deslumbrándole con falsas apariencias, lo convence: desde ese momento triunfa. Si me doy cuenta de que me han engañado, sólo me culpo a mí, y mi engañador triunfará, sobre todo, porque yo, por orgullo, no habré de quejarme; su ascendiente sobre mí será siempre notable; tendrá razón cuando yo esté equivocado; progresará, mientras que yo no seré nada; él se enriquecerá mientras que yo me arruinaré; siempre, en fin, por encima de mí, cautivará pronto a la opinión pública; una vez logrado, por más que lo inculpe, ni siquiera me escucharán. Entreguémonos por tanto audazmente y sin cesar a la más insigne falsedad; mirémosla como la llave de todas las gracias, de todos los favores, de todas las reputaciones, de todas las riquezas…»

(Columna publicada en Altavoz el 9 de julio de 2018)

ALEMANIA EN EL MUNDIAL: UN PAÍS HUMILLADO

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Rusia 2018. Alemania fue eliminada del Mundial en la fase de grupos por primera vez en su historia. Una derrota humillante, considerando además que el equipo alemán salió último en su grupo, cuando cuando desde el 2002 no había bajado del tercer puesto y llegó a ser campeón mundial en cuatro ocasiones (1954, 1974, 1990 y 2014).

“El fin del delirio de grandeza”, titulaba el semanario Die Zeit el comentario de su corresponsal en Rusia (“Das Ende der Selbstherrlichkeit”, Oliver Fritsch, 27/06/2018). Éste señalaba que lo ocurrido en Kazán el miércoles fue muy humano, pues cuando se tiene éxito es cuando más errores se cometen.

“¡Somos el número uno en el mundo!” cantaba la hinchada alemana, incluso ante el torpe y desastroso juego de la selección alemana contra el seleccionado de Corea de Sur durante el segundo tiempo del partido. A los hinchas les está permitido ilusionarse, pero aparentemente también creían esto los mánagers, entrenadores, jugadores, expertos y medios deportivos. No se aquilató suficientemente al hecho de que, después del triunfo de Rio de Janeiro en 2014, no le ha sido fácil a la selección alemana obtener triunfos sobre adversarios fuertes. En tiempos recientes el fútbol alemán no ha sido tan bueno como muchos creen.

Y eso se ha reflejado en la actuación del equipo alemán en el Mundial, donde sólo ha brillado durante el segundo tiempo del partido contra Suecia, y no sólo por méritos propios, sino también con un poco de suerte, que evitó que les cobraran un penal a favor de Suecia e hizo que pudieran meter el gol de gracia en el último minuto del juego. El resto ha sido una performance desvalida, exangüe y, en el mejor de los casos, mediocre.

Todo lo contrario de la publicidad que se hizo, sobrevalorando en extremo las cualidades de los futbolistas germanos. “Best never rest” (“lo mejor nunca descansa”) fue uno de los slogans publicitarios más difundidos. Probablemente ningún equipo ha ido con tanta arrogancia al torneo máximo de la FIFA.

Bajo ese supuesto, se merecían el alojamiento en un local de cinco estrellas —con spa incluido— a las puertas de Moscú, de donde a ningún jugador le estaba permitido ausentarse. La sensación era la de estar en un lujoso campo de trabajo forzado. “No estamos aquí de vacaciones. Queremos ser campeones del mundo”, dijo Olivier Bierhoff, el mánager del seleccionado alemán. Si por lo menos hubiera dicho que estaban allí para jugar fútbol.

«Se tiene la impresión de que muchos en Alemania se habrían alegrado, si hoy hubiéramos sido eliminados», dijo el goleador Toni Kroos después del ajustado triunfo de 2 a 1 sobre Suecia. Un triunfo que otorgó una nueva aunque fugaz esperanza después de la derrota ante México.

El fútbol ha sido siempre una válvula de escape, que refleja de alguna manera la situación de la sociedad en la que se vive. Así fue la victoria en 1954, conocida como “el milagro de Berna”, que le dio ánimo y valor a un país convaleciente en la época de la posguerra. El título de 1990 en Italia fue la victoria de la Alemania reunificada tras la caída del Muro de Berlín. El 2006 fue el triunfo de una Alemania hospitalaria, abierta al mundo, viviendo su “cuento de hadas de verano”. La copa FIFA del 2014 en Rio de Janeiro recayó sobre una Alemania en auge, bonanza, soltura y euforia.

Ahora hay nubes que se ciernen sobre la sociedad alemana, en momentos en que se está cuestionando la política sobre refugiados que ha sostenido Angela Merkel y se está convirtiendo ese tema en un caballito de batalla para obtener votos en las próximas elecciones regionales en Baviera, defendiendo un ideal nacionalista de cultura alemana que hace recordar los tiempos de Hitler. Lo cual está también siendo aprovechado por la Alternativa para Alemania, un partido de derecha extrema que pretende convertir a Europa en una fortaleza refractaria a la ayuda humanitaria debida a los inmigrantes. Jens Maier, diputado de esta agrupación política en el Bundestag, comentó a través de Twitter: «¡Sin Özil habríamos ganado!», aludiendo a un jugador turco-alemán que juega para la selección y que fue criticado por aparecer en unas fotos junto a Erdogan, el actual presidente de Turquía. Sin duda, una expresión más de la xenofobia creciente buscando un chivo expiatorio.

De este modo, el fútbol alemán se despide de sus ilusiones y deberá entrar obligadamente en un período de reflexión, donde los esfuerzos deberán estar concentrados en aprender a jugar mejor en equipo y asumir las contiendas con una actitud más modesta y humilde. Y lo mismo se aplica a la sociedad alemana, que deberá mantener una política inclusiva hacia todos y enriquecerse con el aporte humano de todos aquellos que huyen de países en situación precaria y buscan refugio en países donde se se juegue limpio y se respeten los derechos de todos. De todos en absoluto.

(Columna publicada en Altavoz el 2 de julio de 2018)

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FUENTES

ZEIT ONLINE
Deutsches WM-Aus: Das Ende der Selbstherrlichkeit (27. Juni 2018)
https://www.zeit.de/sport/2018-06/deutschland-fussball-wm-aus

taz
Kommentar Deutsche Elf in Russland: Gut, dass es vorbei ist (28.6.2018)
http://www.taz.de/Kommentar-Deutsche-Elf-in-Russland/!5516750/

t-online.de
Deutschland, eine Sommerdepression (28.06.2018)
https://www.t-online.de/nachrichten/deutschland/innenpolitik/id_84017046/deutschland-eine-sommerdepression-kurswechsel-fuer-merkel-und-loew-.html