LAS HABAS DE LA CORRUPCIÓN

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Hans-Georg Maassen y Horst Seehofer

Hemos sido testigos en el Perú de cómo diferentes personajes de algunos poderes del Estado —sobre todo el legislativo y el judicial— y de la política vienen siendo acusados de delitos graves asociados a la corrupción, entre ellos tráfico de influencias, lavado de activos, cohecho (sobornar a una autoridad o funcionario público mediante la solicitud de una dádiva a cambio de realizar u omitir un acto inherente a su cargo), o simplemente aprovecharse de su cargo para obtener beneficios indebidos. Pero mientras más alto sea el puesto del acusado, con mayor protección contaría, más obstáculos habría que vencer, más difícil sería procesarlo y más posibilidades habría de que sea blindado por sus compinches que también ocupan puestos importantes en instituciones públicas del Estado.

Un Héctor Becerril, un Moisés Mamani, un Daniel Salaverry, un Pedro Chávarry, una Keiko Fujimori, un Alan García, sólo por mencionar algunos, cuentan con mayores posibilidades de blindaje ante la justicia que cualquier hijo de vecino que haya cometido un delito menor y que no cuente con las influencias ni los recursos que otorgan las redes de corrupción.

El Indice de Percepción de la Corrupción 2017 elaborado por Transparency International ubica al Perú en el puesto 96 de 180 países, con una puntuación de 37 puntos, por debajo de la media que es de 43.07 puntos. Alemania, con una puntuación de 81 puntos, ocupa el puesto 12. Pero en este país, no obstante haber una percepción de corrupción relativamente baja, también se cuecen habas.

En Chemnitz, una ciudad de la antigua Alemania Oriental, en horas de la madrugada del 26 de septiembre, un refugiado de origen sirio mató a puñaladas a un cubano-alemán. Hay que tener en cuenta que las reyertas con arma blanca en ciudades alemanas ocurren cada cierto tiempo. Pero cuando los implicados son todos alemanes —como sucedió ayer en Zwickau, otra ciudad del Oriente alemán—, no se origina lo que acaeció en Chemnitz. Ese día y los siguientes hubo disturbios y manifestaciones multitudinarias lideradas por grupos de extrema derecha y neonazis en contra de la “criminalidad inmigrante”, donde se amenazó e incluso se agredió violentamente a supuestos inmigrantes, contramanifestantes, policías, periodistas, peatones no involucrados e incluso un restaurante judío, arrojando un saldo de algunas decenas de heridos. Entre los participantes de las protestas hubo partidarios de la Alternativa para Alemania, partido de extrema derecha con representación en el parlamento alemán.

El 7 de septiembre Bild-Zeitung, el diario sensacionalista de mayor venta en Alemania, publicó unas declaraciones de Hans-Georg Maassen, presidente de la Oficina Federal para la Protección de la Constitución, agencia de inteligencia policial del gobierno federal alemán, una de cuyas tareas es vigilar a grupos que amenacen el orden democrático, así como la existencia y la seguridad de la República Federal Alemana. Maassen declaró que no contaban con evidencias de que en Chemnitz hubiera habido persecuciones de inmigrantes, no obstante que había testimonios y videos que atestiguaban esos hechos delictivos. Maassen dudó de la veracidad de esos videos, afirmando que no habían pruebas de que fueran auténticos Y a decir verdad, él mismo tampoco contaba con pruebas de que no lo fueran.

Esto, unido al hecho de que habría tenido reuniones con miembros de la Alternativa para Alemania con el fin de asesorarlos para evitar que fueran objeto de vigilancia de la agencia que él dirigía, además de haberle pasado a un miembro de ese partido información clasificada no pública, llevaron a que varias bancadas del parlamento alemán pidieran su cabeza.

Sin embargo, el Ministro del Interior Horst Seehofer, un conservador derechista cristianodemócrata, defendió su permanencia en el puesto. Finalmente tuvo que ceder ante la presión de los socialdemócratas —que habían amenazando con romper la coalición con el partido demócratacristiano de Angela Merkel, con la consecuente crisis de gobierno—. Pero en vez de mandar a Maassen a su casa y abrirle una investigación, fue promovido al cargo de secretario de Estado en el Ministerio del Interior, pasando de ganar 11,577 euros a 14,157 brutos al mes.

Maassen habría utilizado su puesto ilegímamente con fines políticos pero, como intocable del ministro Seehofer, fue recompensado. Ante las protestas de las bases socialdemócratas, en estos días se estaría renegociando otra vez su destino. Sin embargo, al igual que en el Perú, este asunto huele a pescado podrido.

(Columna publicada en Altavoz el 24 de septiembre de 2018)

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Este artículo fue redactado ayer antes de que se hubiera tomado ninguna decisión sobre Maassen.

El día de ayer, domingo 23 de septiembre, en la noche se acordó que Maassen sería designado asesor especial de asuntos europeos e internacionales con el rango de director de sección en el Ministerio del Interior, sin aumento de sueldo. En este cargo sería responsable de la negociación de acuerdos para el retorno de solicitantes de asilo, de temas de política social europea así como de concertar con Estados africanos la política de refugiados. Por supuesto, las bancadas de los partidos izquierdista, ecologista y liberal han protestado ante esta nueva decisión de la coalición gobernante de cristianodemócratas y socialdemócratas, pues opinan que Maassen debería ser investigado y no protegido. Sea como sea, la cosa sigue oliendo mal.

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HISTORIA CRIMINAL DEL CRISTIANISMO

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Karlheinz Deschner (1924-2014), escritor y ensayista alemán, es recordado sobre todo por su monumental obra en diez tomos Historia criminal del cristianismo. Obra polémica pero inconclusa, pues llega sólo hasta el siglo XVIII, fue publicada entre 1986 y 2013, debiendo el autor darla por concluida con el décimo tomo debido a problemas de salud. Deschner fallecería un año después.

Su obra completa, que abarca novelas, colecciones de aforismos y ensayos, se centra en los estudios históricos del cristianismo y de la Iglesia, a los cuales —siguiendo la tradición del Iluminismo del siglo XVIII— considera como enemigos de la humanidad.

Nacido en el seno de una familia católica, se educó en centros educativos gestionados por religiosos y, tras sobrevivir al servicio militar durante la Segunda Guerra Mundial, realizó estudios en la Escuela Superior Teológico-Filosófica de Bamberg (1946-1947) y asistió entre 1947 y 1951 a lecciones de literatura, derecho, filosofía, teología e historia en la Universidad de Wurzburgo, en la cual se graduó.

¿Qué circunstancias de la vida llevarían a este prometedor intelectual formado en los cotos del catolicismo a convertirse en uno de sus detractores más acérrimos?

Si bien sus primeras obras críticas sobre el cristianismo aparecieron a fines de los años ‘50, ya en 1951 a Deschner le había sido aplicada por el entonces obispo de Wurzburgo, Julius Döpfner, la máxima sanción que contempla la Iglesia católica: la excomunión. El motivo no pudo ser más trivial: Deschner se había casado civilmente con la divorciada Elfi Tuch, su compañera sentimental. Para la Iglesia, la pareja vivía en pecado y a Deschner se le exigió anular el matrimonio contraído, cosa que se negó a hacer. Ya influido entonces por los escritos de Nietzsche, Kant y Schopenhauer, a Deschner le importó un carajo lo que hiciera una Iglesia capaz de cometer lo que actualmente sería considerado como un atropello contra derechos fundamentales de la persona.

El análisis histórico del cristianismo que hace Deschner no parte de una intención destructiva sino de un imperativo ético, como señala en el primer tomo de su obra magna:

«¿Por qué no habríamos de aplicar al cristianismo su propia escala de medida bíblica, o en ocasiones incluso patrística? ¿No dicen ellos mismos que “por sus frutos los conoceréis”?

Como cualquier otro crítico social yo soy partidario de una historiografía valorativa. Considero la historia desde un compromiso ético, que me parece tan útil como necesario, de “humanisme historique”. Para mí, una injusticia o un crimen cometidos hace quinientos, mil, mil quinientos años son tan actuales e indignantes como los cometidos hoy o los que sucederán dentro de mil o de cinco mil años».

Y la contradicción que encuentra entre lo que predican y lo que hacen los cristianos, sobre todo en los más altos niveles jerárquicos, alimentan su creencia en la criminalidad del cristianismo:

«Como es sabido, hay una contradicción flagrante entre la vida de los cristianos y las creencias que profesan, contradicción a la que, desde siempre, se ha tratado de quitar importancia señalando la eterna oposición entre lo ideal y lo real… […] “…cuando siglo tras siglo y milenio tras milenio alguien realiza lo contrario de lo que predica, es cuando se convierte, por acción y efecto de toda su historia, en paradigma, personificación y culminación absoluta de la criminalidad a escala histórica mundial”, como dije yo durante una conferencia, en 1969, lo que me valió una visita al juzgado».

Se ha acusado a Deschner de falta de rigurosidad en el tratamiento de sus fuentes históricas, de no poner los hechos en su contexto y de omitir todo lo bueno que ha hecho el cristianismo a lo largo de su historia milenaria. O de que la acumulación de hechos delictivos reseñados por el autor —cuya veracidad histórica nadie ha puesto en duda— no justificarían metodológicamente la conclusión de que la Iglesia sea una organización criminal.

Argumentos similares hemos escuchado ante los abusos sexuales masivos en la Iglesia católica, donde incluso algunos obispos se cuentan entre los perpetradores y la gran mayoría habrían sido encubridores, a fin de “evitar el escándalo” y defender la imagen de “santidad” de la Iglesia.

De lo que no tenemos duda —especialmente aquellos que somos católicos con conciencia crítica— es que, si Deschner todavía estuviera vivo, tendría suficiente material histórico como para cerrar con broche de oro su Historia criminal del cristianismo.

(Columna publicada en Altavoz el 17 de septiembre de 2018)

 

ALEMANIA vs PERÚ: UNA EXPERIENCIA PERSONAL

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El Wirsol Rhein-Neckar-Arena, estadio de fútbol ubicado en la pequeña ciudad de Sinsheim (estado de Baden-Wurtemberg, Alemania) tiene un aforo de aproximadamente 25,500 personas. Rebosaba de alemanes que iban a apoyar a su equipo, pero más numerosa era la multitud de peruanos, muchos de los cuales habían cruzado la frontera y venido desde Italia, Francia, España —por mencionar algunos países solamente— para hacerle barra a la blanquirroja y reencontrarse con sus paisanos en una experiencia de peruanidad, de identidad nacional basada en los valores más sencillos: cercanía, fraternidad, acogida y aceptación de la variopinta multiplicidad étnica de nuestro país, cariño, alegría. Pues en el exilio semi-voluntario que la mayoría hemos elegido, en busca de un futuro mejor, las barreras racistas y discriminatorias que existen en nuestro país tienden a difuminarse.

Y allí estaba yo ese domingo 9 de septiembre en la noche acompañado de mi mujer, mi hijo y un grupo reducido de amigos alemanes y peruanos para presenciar por primera vez en mi vida un partido de la selección peruana de fútbol, esta vez contra el seleccionado alemán.

Porque, a decir verdad, nunca me ha apasionado el deporte rey, hasta el punto de que ni siquiera seguí los partidos del Mundial de Fútbol, bastándome con saber los resultados. Recuerdo que de niño pasé algunos momentos ingratos en el colegio cuando algunos compañeros me preguntaron de qué club deportivo peruano era yo hincha, y yo ingenuamente respondí que de ninguno. Y ciertamente, me hicieron sentir como un ser anormal, una criatura bajada de otro planeta. Pues en muchos círculos de la sociedad peruana no se concibe que alguien no esté interesado por el fútbol, o que no tenga grabada en su corazón la lealtad y afición a un equipo determinado.

Aquí en Alemania, en cambio, se puede pasar piola. No tener interés por el fútbol es una inclinación que se respeta, y apenas existe presión social para que eso cambie.

En fin, allí estaba yo por la razón circunstancial de que mi mujer había decidido comprar entradas para el partido y porque quería ver de cerca el esfuerzo de nuestros futbolistas por destacar en un deporte que mueve multitudes. Más que el juego mismo, me interesaba el desempeño humano de mis compatriotas, provenientes todos de sectores sociales más cercanos al perfil promedio de la población peruana, es decir, gente del pueblo con piel indígena, negra, cobriza, mezclada, ajena a los ideales de publicidad de la mayoría de las grandes entidades comerciales del Perú. Gente que ha experimentado alguna vez en su vida lo que es verdaderamente sudar la camiseta y trabajar con denuedo y esfuerzo para tener no mucho, sino lo necesario para una vida digna, y a veces menos que eso.

Valió la pena la experiencia. Ver a los peruanos medirse de igual a igual con Alemania —aunque hayan perdido habiendo podido ganar, de haber aprovechado bien todas las oportunidades de gol que dejaron pasar— es algo que no se olvida y es una señal de que el futuro del Perú se halla en la gente de a pie —en este caso literalmente— y no en aquellos que dicen representarlos en las altas esferas políticas, judiciales y empresariales, donde la corrupción ha podrido la gran mayoría de las instituciones. A destacar, el cartel que llevaba un grupo de peruanos en la tribuna alta con la inscripción «¡Referéndum ya!»

Paradójicamente, las derrotas ajustadas de la selección peruana contra los Países Bajos y Alemania se convierten en una alegoría de lo que pasa en el Perú. Mientras que la corrupción campea en todo el sistema, los peruanos comunes y corrientes difícilmente podrán obtener victorias notables no obstante sus esfuerzos por salir adelante.

Aún así, los peruanos de corazón seguimos irradiando alegría y entusiasmo contagioso. Eso también se vio en el estadio, donde peruanos y alemanes —mezclados pacíficamente en las tribunas— vitorearon a sus equipos cada uno a su estilo. Y no faltaron alemanes emparejados con peruanas que también llevaban puesta la camiseta de Perú. Uno incluso con el escudo de Uchiza en la parte trasera y una pequeña bandera alemana cosida a la altura izquierda del pecho.

En este microcosmos de un partido amistoso entre Perú y Alemania se pudo entrever lo mejor de la peruanidad, aquello que nos arranca el grito: «¡Viva el Perú, carajo!»

(Columna publicada en Altavoz el 11 de septiembre de 2018)

OTRA MÁS DE MONS. EGUREN

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El 10 de mayo de 2016 el estudio de abogados Benites, Vargas & Ugaz presentó una denuncia ampliatoria, acusando ante el Ministerio Público a ocho miembros y ex miembros del Sodalicio de los siguientes delitos: secuestro, lesiones graves y asociación ilícita para delinquir. Esto originó una carta fechada el 1° de junio de 2016 —firmada originalmente por 47 supuestos ex sodáliltes, a los cuales se sumarían posteriormente otros 22—, rechazando las denuncias en su totalidad porque «se le atribuye al Sodalicio haber sido creado y permanecido durante años como una organización criminal».

Aún así, los firmantes reconocían los delitos sexuales cometidos dentro de la organización, repudiando a sus autores, y añadían: «Nos solidarizamos con las víctimas de cualquier miembro o ex miembro del SCV y exigimos la asistencia inmediata de cada una de estas personas que sufren las secuelas de dichos actos ilícitos o inmorales».

En su carta notarial del 23 de agosto de 2018, Mons Eguren me remite a esa carta en el siguiente párrafo: «Si esa cultura [del sometimiento y del abuso] hubiese sido tal y generalizada, como usted la describe en su artículo, no se entendería al día de hoy por qué existen miembros del Sodalicio o ex sodálites agradecidos de haber pertenecido a esta sociedad de vida consagrada laical».

He revisado la carta de cabo a rabo y no he encontrado ninguna palabra de agradecimiento al Sodalicio. Incluso se menciona que «en algunos casos puede haberse dado alguna tensión tanto para nuestro ingreso como para nuestra salida del SCV», experiencia muy frecuente en todos los que somos ex sodálites.

La preocupación principal de los firmantes está en que no se les señale «como ex miembros de una organización criminal, pues durante nuestra pertenencia al SCV nuestra labor no tuvo relación alguna con actividades ilícitas de ningún tipo».

El sábado 1° de septiembre me llegó un e-mail de uno de los firmantes —que prefiere mantener su nombre en reserva—, indignado por la manera en que Mons. Eguren cita el documento, «a manera de negar la cultura de abuso generalizada al interior del SCV y viendo en ella un número importante de ex miembros agradecidos con la institución».

Según él, «se desvirtúa el contenido, del cual hoy no comparto varios puntos, pero que el obispo omite al momento de citar, como son los puntos iniciales en los que se repudia las conductas de Figari y compañía y la solidaridad con las víctimas.

La poca empatía y comprensión del caso Sodalicio en las palabras del obispo son desalentadoras por donde se las mire, habiendo pasado mucha agua debajo del puente y mucho tiempo en que su silencio ingenuamente fue entendido a manera de reflexión por quien te escribe. Se percibe en ellas un grado de soberbia no menor, amparado en su autoridad y las heridas heredadas de la institución que orgullosamente exhibe en su escudo arzobispal.

El mismo tiempo de silencio cómplice y nada reflexivo por parte de Mons. Eguren, fue el que me tomé para entender en su profundidad los daños ocasionados en mi persona en los años en que permanecí en el SCV. Fui de los que salió agradeciendo y de los que permanecí cercano a los varios trabajos apostólicos, pero que hoy los entiendo como una manera de saldar la culpa por mi “traición” al salir de la institución para responder a una vocación “menor”…»

Asimismo relata que «después de haber hablado con varios ex miembros, algunos firmantes del documento citado, me señalaron que no lo volverían a hacer pues entendieron que ello sólo alimentaba la ceguera y soberbia de los que, como Mons. Eguren, siguen la corriente “negacionista” dentro y fuera del Sodalicio».

A fecha de hoy, sólo tres de los ocho denunciados en el caso Sodalicio siguen en condiciones de tales (Luis Fernando Figari, Virgilio Levaggi y Óscar Tokumura), otras tres personas han sido añadidas como denunciados (Jeffery Daniels, Daniel Murguía y Ricardo Trenemann), y en la lista de agraviados se ha incluido junto con los cinco primeros denunciantes a otras nueve personas naturales —entre las cuales estoy yo— y una entidad del Estado.

Sabiendo que no es competencia del ámbito judicial determinar toda la verdad sobre un tema, sino investigar sólo la responsabilidad penal de personas a la que se les pueda demostrar haber cometido delitos, quienes somos sobrevivientes del Sodalicio y testigos veraces de lo que experimentamos allí seguiremos buscando la manera de que se haga justicia, aunque sea un obispo quien niegue con argumentos falaces la verdad de los hechos.

(Columna publicada en Altavoz el 3 de septiembre de 2018)

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FUENTES

Carta notarial de Mons. José Antonio Eguren por columna de Martin Scheuch (24 de agosto, 2018)
https://altavoz.pe/2018/08/24/117852/carta-notarial-de-mons-jose-antonio-eguren-por-columna-de-martin-scheuch/

Denuncia penal ampliatoria contra 7 miembros y 1 ex miembro del Sodalitium Christianae Vitae (interpuesta el 10 de mayo de 2016)
https://de.scribd.com/doc/312903379/Denuncia-Sodalitium-Christianae-Vitae

Carta de 47 ex sodálites rechazando denuncia penal contra el Sodalicio (1° de junio de 2016)
https://de.scribd.com/doc/314749279/Carta-ex-soda-lites

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Carta “Ya no soy de los 47”, escrita por uno de los firmantes de la carta abierta del 1° de junio de 2016 rechazando la denuncia penal contra el Sodalicio

Estimado Martín:

El motivo de esta carta es hacerte llegar la opinión de uno de los firmantes del documento en que 47 ex sodálites manifestaron su rechazo a la denuncia hecha por algunos otros ex miembros de la institución, y en la que se menciona al Sodalicio como una organización creada para delinquir, escrita y firmada el año 2016 y que hoy ha vuelto a tomar cierto protagonismo.

Lo primero que quiero dejar en claro es que escribo esto porque leí la carta notarial enviada por Mons. Eguren al diario Altavoz en relación a un artículo tuyo, donde el Arzobispo de Piura cita el documento por mí también firmado, a manera de negar la cultura de abuso generalizada al interior del SCV y viendo en ella un número importante de ex miembros agradecidos con la institución. La manera en cómo se cita dicho documento me motivó a escribirte porque se desvirtúa el contenido, del cual hoy no comparto varios puntos, pero que el obispo omite al momento de citar, como son los puntos iniciales en los que se repudia las conductas de Figari y compañía y la solidaridad con las víctimas. Líneas después, en el punto sexto se entiende que, si bien, varios entramos y salimos de forma libre del SCV, aquello no estuvo ajeno a manipulaciones y obstrucciones, no manifestando literalmente un sistema, pero sí dando testimonio de ello.

Los puntos finales del documento son los que desde el principio no estuve de acuerdo, pero que sin embargo no los tomé en cuenta para mi decisión de enviar mi aprobación final para poner mi nombre en él.

Mi real interés a participar de esta convocatoria hecha por redes sociales para la generación de este documento fue el de dejar en claro que no pertenecí a una organización criminal, y pensé que el autorizar poner mi nombre en él sería una buena y aliviadora señal para mi familia, la que aún no terminaba de digerir todo lo que escuchaba, leía y veía en la prensa. En otras palabras, mi intención fue la de decirle a mi familia: “no se sientan culpables. Ustedes no me permitieron ingresar a banda criminal disfrazada de institución religiosa.” Ya era suficiente la culpa y la vergüenza que sentían al saber dónde habían dejado ingresar a su hijo, no escuchando los comentarios de familiares, amigos y religiosos amigos de otras comunidades que recomendaban hacerme cambiar de opinión.

La poca empatía y comprensión del caso Sodalicio en las palabras del obispo son desalentadoras por donde se las mire, habiendo pasado mucha agua debajo del puente y mucho tiempo en que su silencio ingenuamente fue entendido a manera de reflexión por quien te escribe. Se percibe en ellas un grado de soberbia no menor, amparado en su autoridad y las heridas heredadas de la institución que orgullosamente exhibe en su escudo arzobispal.

El mismo tiempo de silencio cómplice y nada reflexivo por parte de Mons. Eguren, fue el que me tomé para entender en su profundidad los daños ocasionados en mi persona en los años en que permanecí en el SCV. Fui de los que salió agradeciendo y de los que permanecí cercano a los varios trabajos apostólicos, pero que hoy los entiendo como una manera de saldar la culpa por mi “traición” al salir de la institución para responder a una vocación “menor”, justamente lo citado en el punto seis de la carta firmada.

Hoy comprendo la intención de los denunciantes al describir al Sodalicio como una organización criminal. Me sigue generando rechazo pero entiendo que es la manera de encontrar justicia terrena contra quienes fueron causantes de mucho sufrimiento. Hoy también comprendo la insistencia de los periodistas y víctimas del SCV al seguir denunciando los abusos, y la común falta de comprensión y empatía con quienes ven en ello una manera de ganarse portadas en los diarios. La insistencia en estos casos son los que permitieron conocer lo que sabemos hoy en Perú, Argentina, Chile, Australia, Estados Unidos, por mencionar algunos.

También quiero señalar que hoy, después de haber hablado con varios ex miembros, algunos firmantes del documento citado, me señalaron que no lo volverían a hacer pues entendieron que ello sólo alimentaba la ceguera y soberbia de los que, como Mons. Eguren, siguen la corriente “negacionista” dentro y fuera del Sodalicio. Por otra parte y en honor a la verdad, quisiera informarte que de varios de ellos y en momentos diferentes me comentaron una situación de la cual yo no estaba enterado y de que me sentí utilizado y engañado. Algunos ex miembros del SCV que tenían la intención de firmar y otros que finalmente lo hicieron, se refirieron a que esta carta fue la consecuencia de una discusión entre uno de los denunciantes y uno de los firmantes, tenía tintes de problemas personales. En palabras de quienes me hicieron saber esto, la carta fue una cierta venganza para desacreditar la denuncia y, como escribí, de la que nos hicieron parte de forma utilitarista.

En todo caso, estimado Martín, quiero hacerte saber que hoy, aunque mi nombre esté dentro de la lista, no comparto el contenido ni el uso de la misma de la manera ya citada.

Te pido mantener en reserva mi nombre para no acrecentar el sufrimiento de mi familia, los que al igual que varias otras, son víctimas secundarias de todo esto y de los que lamentablemente no se sabe mucho.

Abrazo, uno de los 47, que hoy no firmaría el documento.