EL CANON 1395 Y LA REVICTIMIZACIÓN DE LAS VÍCTIMAS

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Cardenal José Rodríguez Carballo, firmante de la nefasta resolución vaticana sobre el caso Figari

En la carta vaticana del 30 de enero de 2017 a Alessandro Moroni, Superior General del Sodalicio, se dice que «el Sr. Figari, con el fin de obtener la obediencia de los propios hermanos, utilizó estrategias y modos de persuasión impropios, es decir, solapados, arrogantes y de todos modos violentos e irrespetuosos del derecho a la inviolabilidad de la propia interioridad y discreción, y por lo tanto a la libertad de la persona humana de discernir con autonomía las propuestas o las decisiones».

Incluso admite que «siempre con el fin de manipular, de hacer dependientes y por lo tanto de controlar más que de dirigir las conciencias, […] el Sr. Figari ha solicitado también, de modo improcedente y en cualquier caso excesivo, confidencias en el delicado ámbito de la sexualidad, y en algunos casos ha cometido actos contrarios al VI Mandamiento».

Pero luego se dice que Figari no habría cometido abusos sexuales sino sólo pecados graves, interpretando antojadizamente el canon 1395 del Código de Derecho Canónico, el mismo que sirvió para determinar que el P. Fernando Karadima en Chile sí había cometido delitos sexuales.

El mentado canon habla de delitos contra el sexto mandamiento con «violencia o amenazas, o públicamente o con un menor que no haya cumplido dieciséis años de edad» cometidos por un clérigo, pero las leyes respecto a la expulsión de un miembro de un instituto de vida consagrada (cánones 695-740) establecen que quien cometa esos actos, puede ser expulsado aunque no sea clérigo.

Para el Vaticano, los violentos “modos de persuasión” que solía aplicar Figari se esfumaron repentinamente como por ensalmo en el momento de cometer esos actos, de modo que tampoco hubo “víctimas” sino “cómplices” del pecado mayores de 16 años, que es el límite de mayoría de edad que establece la Iglesia católica romana en su legislación, aún cuando para delitos sexuales cometidos por clérigos, el Papa Juan Pablo II elevó ese límite a 18 años en el año 2001.

Aun así, la carta vaticana reconoce que, según la documentación adicional presentada por Moroni, sí hubo por lo menos un “cómplice” menor de 16 años, es decir, una “víctima”.

Es evidente que quien manipula conciencias y seduce mediante engaños, aplica violencia psicológica para abusar de sus víctimas, aunque sean mayores de edad.

El Vaticano no ha querido ver esto y ha terminado participando en la revictimización de las víctimas.

(Columna publicada en Exitosa el 25 de marzo de 2017)

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LA ARQUITECTURA DEL ABUSO: LOS CÍRCULOS CONCÉNTRICOS

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A Figari le gustaba la figura de los círculos concéntricos para explicar cómo estaba constituida la Familia Sodálite.

En el centro, formando el núcleo, se hallaba el Sodalicio, sobre todo los laicos consagrados que vivían en comunidades. Luego, en la siguiente circunferencia se ubicaba la Fraternidad Mariana de la Reconciliación, la rama femenina de mujeres consagradas. A continuación, seguía el Movimiento de Vida Cristiana, donde tenían prioridad las Agrupaciones Marianas para varones, y después los grupos para mujeres, entre ellos la Asociación de María Inmaculada (AMI). Y así sucesivamente hasta incluir las diferentes asociaciones que se nutren de la “espiritualidad” sodálite. Que aunque oficialmente pudieran tener la fachada de entidades independientes y autónomas, siempre han dependido del núcleo sodálite, el cual dictaba los estilos de vida a ser asumidos por quienes se comprometieran con cualquier entidad que se inspirara en el “carisma” sodálite. Como un pulpo oculto bajo la superficie, aunque lo nieguen los responsables de la institución, los tentáculos del Sodalicio se han extendido hacia todas las asociaciones que se reconocen vinculadas a la Familia Sodálite.

Este esquema de círculos concéntricos también se plasma en la estructura institucional del mismo Sodalicio, donde en el centro se halla el Superior General, a quien se le debe obediencia absoluta e incondicional. En el siguiente círculo se hallan los demás miembros del Consejo Superior: el Vicario General y los cinco Asistentes Generales de Instrucción, Espiritualidad, Apostolado, Comunicaciones y Temporalidades. Después siguen los superiores de comunidades, los consejeros espirituales, los formadores, los instructores, los demás miembros de comunidades sodálites y finalmente los candidatos a la vida consagrada. En el círculo más externo se hallan los adherentes, es decir, aquellos sodálites que han optado por el matrimonio y que oficialmente no pertenecen a la institución, aunque mantienen una compromiso muy cercano con ella, y a los cuales siempre se les ha considerado ad intra como la última rueda del coche.

Este mismo esquema se replica en los niveles jerárquicos dentro del Sodalicio: aspirante, probando, formando (en cuatro niveles), consagrado temporal, consagrado perpetuo, profeso temporal y profeso perpetuo. Mientras más arriba se está dentro de esta jerarquía, más cercanía hay hacia el centro, más facultad de mando, más acceso a a información y, por supuesto, más secretismo hacia los círculos externos.

Pues se ha de tener en cuenta que a la institución le son totalmente ajenas las prácticas y costumbres democráticas, así como aquello que les sirve de base: la auténtica libertad de opinión y de decisión propia. Y para mantener esto, a lo largo de su historia nunca ha habido un flujo continuo de información desde el centro —conocido como la cúpula y que no necesariamente se identifica con el Consejo Superior— hacia las bases, entendidas como todos aquellos miembros de a pie de los círculos externos que forman parte del Sodalicio y que son mantenidos en la ignorancia respecto a lo que realmente se cocina en el núcleo. Y también respecto a lo que ha sucedido realmente en la historia de la institución.

Esta estructura de círculos concéntricos se refleja arquitectónicamente en las mismas comunidades sodálites mediante la importancia relativa que se le da a los diferentes espacios habitacionales.

Si bien se solía decir que la capilla donde está el Santísimo Sacramento era el centro de toda comunidad sodálite, este espacio siempre fue un lugar accesible a todos los miembros de la comunidad —e incluso ocasionalmente a gente externa, si contaban con permiso del superior—. La capilla, en realidad, revestía el carácter de un servicio espiritual prácticamente accesible a casi todos.

El verdadero sancta sanctorum de cada comunidad sodálite era el dormitorio del superior, al cual no se podía ingresar sino sólo con el permiso de éste. Luego venían los dormitorios asignados personalmente a un sacerdote o a un guía espiritual con ciertos privilegios, los dormitorios compartidos de los demás miembros de la comunidad y los espacios comunes de vida comunitaria, a los cuales no solían tener acceso la gente externa a la comunidad. Finalmente, estaban los espacios para recibir a la gente que viniera de visita, separados de las áreas comunitarias por una puerta con un letrero que decía PRIVADO.

Respecto al dormitorio del superior —que era la vez su lugar de trabajo y solía contar con un escritorio y su biblioteca personal—, si éste se recluía en ese espacio con la puerta cerrada, a nadie se le hubiera ocurrido interrumpirlo por ningún motivo, so pena de recibir una feroz reprimenda. O de ser sometido a una severa medida correctiva. Mas aún si el superior tenía una sesión de consejería espiritual o una conversación con alguno de sus subordinados.

Por otra parte, quien se encerraba con el superior dentro de su habitación iba con la confianza absoluta de lo que allí iba a suceder era beneficioso para él y una ayuda para su crecimiento espiritual. En ese ambiente, donde una interrupción externa era impensable y de dónde no se podía salir hasta que el superior diera por terminada la conversación o la actividad que allí se realizaba, se daban las condiciones para que un abuso de confianza pudiera llegar al extremo de un abuso sexual sin que nadie se enterara. El subordinado se encontraba totalmente desprotegido y en una situación vulnerable.

Es cierto que en la mayoría de las ocasiones no se verificó ningún abuso en esas circunstancias. Pero si ello ocurría, el mismo sistema de círculos concéntricos basado en la centralidad de la obediencia y la confianza absoluta hacia el superior, unido a la intangibilidad del espacio y del tiempo ocupados por quien estaba revestido de autoridad ilimitada, creaba un velo impenetrable de opacidad e impunidad en torno a cualquier abuso que se pudiera perpetrar.

Algo análogo ocurría con los consejeros espirituales que cumplían sus funciones en habitaciones cuya puerta se cerraba y ocultaba a la vista ajena lo que pudiera pasar en esos espacios. Como me ocurrió a mí en la comunidad sodálite de San Aelred, en una pequeña habitación destinada a consejerías espirituales y cuya puerta —que no contaba entonces con ningún ventanillo— fue cerrada con llave antes de que Jaime Baertl me diera la orden de desnudarme y de simular un coito con una enorme silla que allí había.

Por eso, cuando Alessandro Moroni, Superior General del Sodalicio, declaró el 26 de octubre de 2015 al diario El Comercio que «uno se pregunta cómo diablos pudo haber ocurrido esto en el Sodalicio» (ver http://elcomercio.pe/sociedad/lima/como-diablos-pudo-pasado-esto-sodalicio-noticia-1850794), me quedé atónito. Más aún, cuando las condiciones para que eso ocurriera estaban dadas por el mismo sistema desde sus inicios.

¿Pudieron ocurrir abusos sexuales en una comunidad sodálite sin que la mayoría de los miembros de la comunidad se diera cuenta? ¿No notaron nada raro los jóvenes que vivían en las comunidades, siendo así que compartían techo con los mismos abusadores, comían a la misma mesa y ocupaban los mismos espacios habitacionales?

A decir verdad, precisamente la configuración de los espacios en las comunidades sodálites favorecieron que se cometieran los abusos sin que casi nadie se percatara de ellos. Pues no se puede comparar una comunidad sodálite con el hogar en que vive una familia común y corriente, donde no hay habitaciones a las cuales algunos miembros de la familia tenga prohibido entrar. O donde si alguien se encierra demasiado tiempo en su habitación de manera imprevista, se despiertan sospechas de que algo malo pasa con ese miembro de la familia.

En las comunidades sodálites uno podía encerrarse solo un tiempo relativamente breve en un dormitorio —que era compartido con otros— para hacer una meditación o práctica de yoga. Pero la puerta permanecía siempre sin llave. El único que tenía el privilegio de ponerle llave a su habitación era el superior, y eventualmente algún guía espiritual o sacerdote que tuviera una habitación sólo para sí mismo. Y esas habitaciones eran de acceso restringido para los sodálites de rango inferior dentro de la comunidad. Sólo se accedía a ellas con permiso del dueño y señor de la habitación, generalmente para una sesión de consejería espiritual o para una conversación privada.

Mientras durara ese intercambio, nadie debía interrumpir, salvo por motivo grave, en cuyo caso debía primero dar un par de golpes en la puerta. Más aún, por disciplina aprendida en la vida comunitaria, a nadie se le ocurría interrumpir al superior o guía espiritual cuando estaban encerrados solos o con alguien en su habitación. Y ese alguien quedaba prácticamente a merced del superior. O del guía espiritual de turno.

Todo lo dicho explica una de las conclusiones a las que llega el segundo de los informes preparados por los expertos extranjeros contratados por el Sodalicio (ver http://sodalicio.org/wp-content/uploads/2017/02/Informe-Abusos-Febrero2017.pdf):

«Todas las víctimas reportaron que confiaban en su agresor en el momento que fueron abusados. Estas inconductas sexuales ocurrieron en distintos lugares, pero principalmente en comunidades del SCV».

Y eso explica por qué en otras entidades o asociaciones vinculadas al Sodalicio donde no se encuentre replicado arquitectónicamente el esquema de los círculos concéntricos en vano se buscará víctimas de abuso sexual. Por ejemplo, las instituciones educativas promovidas por el Sodalicio, donde —a mi parecer— el riesgo de que menores sean víctimas de abusos sexuales no es mayor que en cualquier otra institución educativa promedio. Pues resulta difícil replicar los círculos concéntricos en espacios donde trabajan en su mayoría profesionales de la educación no sodálites que, si bien pueden tener muchos simpatía por el Sodalicio, no han sido sometidos a las prácticas manipuladoras que producen un lavado de cerebro y una uniformización de las mentes en los sodálites de comunidad.

En los colegios del Sodalicio existe el riesgo de un adoctrinamiento ideológico de corte conservador, así como la posibilidad de que jóvenes sean captados para luego entrar a formar parte del Sodalicio. Pero si alguna vez llegan a ser objeto de abusos, eso probablemente no ocurrirá en el plantel escolar, sino en algunas de las comunidades, donde el sistema de círculos concéntricos no ha sido desmontado y permanece intacto. Y donde podría volver a engullir a uno que otro que caiga en el vórtice de su espiral psicótica.

(Columna publicada en Altavoz el 20 de marzo de 2017)

LA VERDAD RETOCADA

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«Los expertos no han encontrado indicios de complicidad ni conspiración entre los presuntos abusadores», dice Alessandro Moroni, Superior General del Sodalicio, en su carta introductoria a los “Informes sobre Abusos y Respuesta en el Sodalicio de Vida Cristiana”.

Sin embargo, esa conclusión no aparece en ninguno de los dos informes. ¿Qué sucedió? ¿Estaba pero luego fue eliminada?

Porque la brevedad de ambos informes así como su estilo fragmentario, sumado a varias inconsistencias y falsedades, nos hacen suponer que no sólo fue eliminada la conclusión mencionada, sino que en general los textos habrían pasado por varios filtros, y al final lo que el Sodalicio habría dado a conocer sería una versión mutilada y retocada de los informes originales elaborados por los expertos.

Pues, a decir verdad, ningún experto que se respete señalaría solamente los nombres de cuatro abusadores sexuales y callaría los de otros cuatro.

Ningún experto serio —sabiendo que son décadas el tiempo que una víctima tarda en hablar— diría taxativamente que el último acto de abuso de un menor por un sodálite ocurrió en el año 2000 —lo cual implica además negar que Daniel Murguía habría abusado de un menor en el año 2007—. Adicionalmente, téngase en cuenta que se reconoce que el último caso conocido de abuso sexual de un adulto joven es del año 2009.

Que los informes hablen de la «cultura pasada» del Sodalicio, presenten una visión cuasi-heroica de los actuales responsables de la institución e incidan en lo maravilloso de la situación actual de ésta, debido a haberse tomado las medidas preventivas del caso, no hace sino confirmar la sospecha de una manipulación descarada de la verdad.

(Columna publicada en Exitosa el 18 de marzo de 2017)

EL ENCUBRIMIENTO DE LOS NAUSEABUNDOS

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Según Luis Galarreta, el Congreso no verá el caso Sodalicio porque se ha visto en otras instancias. ¿No se ha dado cuenta hasta ahora de que en ninguna de esas instancias el tema se ha investigado en toda su amplitud, y que la única instancia en capacidad de hacer eso es el Congreso de la República?

Tenemos el informe final de la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación convocada por el Sodalicio, que se ciñe a temas de abusos y saca conclusiones demoledoras pero que ha sido desacreditado por instancias posteriores.

La Fiscalía de la Nación se limitó a las denuncias presentadas por cinco víctimas, y tras una investigación que presenta serias deficiencias, le ha restado valor a las declaraciones de testigos y denunciantes, asumiendo como ciertas las mentiras de los acusados.

La Santa Sede, aun admitiendo el control psicológico ejercido por Figari, sólo le reconoce pecados graves pero niega que haya habido abusos sexuales y, por lo tanto, tampoco hay víctimas sino solamente cómplices del pecado.

Los informes preparados por tres expertos contratados por el Sodalicio, fragmentarios y con una serie de inconsistencias y falsedades, admiten abusos sexuales incluso a jóvenes menores de edad, pero dejan otros temas en la penumbra.

La Defensoría del Pueblo difícilmente podrá investigar todas las versiones del Sodalicio que hay, pues no cuenta con las herramientas necesarias para ello.

Y la propuesta de imprescriptibilidad de violaciones de menores tampoco evitará que casos como el del Sodalicio se repitan, pues los abusos sexuales cometidos no encajan en el concepto de violación que maneja el Código Penal.

Negarse a investigar es encubrimiento puro y duro. Nauseabundo.

(Columna publicada en Exitosa el 11 de marzo de 2017)

LA ARQUITECTURA DEL ABUSO: EL CASO BAERTL

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Jaime Baertl, haciendo “apostolado” con niños en los años ‘70

Jaime Baertl, cuando fue interrogado por la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación, habría negado aquel incidente en que me habría ordenado que fornicara una silla, aduciendo que la salita donde yo dije que habría sucedido el hecho tenía una ventana hacia la calle y, por lo tanto, se hallaba a la vista de cualquiera lo que sucediera en ese recinto, o en todo caso la puerta tenía un ventanillo que permitía ver lo que sucedía dentro del cuarto.

El 8 de julio de 2016 en la Fiscalía de la Nación negó también este mismo hecho que yo he denunciado.

Alessandro Moroni, en un e-mail del 31 de enero de este año, me comentó al respecto:

«En el testimonio que nos hiciste llegar relataste un episodio que también has descrito por medios de alcance público y que, según los informes que nos hizo llegar la Comisión, también les relataste a ellos. Eso fue encomendado entonces al investigador profesional asignado para estos casos, y en su informe indica que no encontró evidencias para afirmar la verosimilitud de este caso».

Pues resulta que este “investigador profesional” nunca se puso en contacto conmigo para averiguar más detalles sobre el incidente, los cuales se los hubiera dado con mucho gusto. Ni siquiera Ian Elliott, uno de los “expertos” contratados por el Sodalicio —con quien hablé en persona en una ocasión y por Skype en un par de ocasiones más— me interrogó con minuciosidad sobre el tema. Pues si lo hubiera hecho, le hubiera dado la información adicional que voy a poner en este escrito.

Fue en la segunda comunidad fundada por el Sodalicio, denominada “San Aelred”, ubicada en la Av. Brasil 3029 (Magdalena del Mar), donde ocurrieron los hechos. Contrariamente a lo que Baertl declaró en la Fiscalía, él nunca fue superior de esa comunidad, sino más bien de la primera comunidad sodálite, ubicada en el Óvalo Brasil en Jesús María, allí donde la Av. Brasil se cruza con la Av. San Felipe. Era una comunidad más pequeña con capacidad para 4 ó 5 personas. Desde allí se dirigía Baertl a la otra comunidad, que quedaba a menos de un kilómetro de distancia, donde yo tenía consejo espiritual con él una vez por semana.

Lo mejor es hacerse una idea adecuada del lugar de los hechos. Para ello he hecho un plano de la planta baja de la casa, tal cómo era cuando fue adquirida por el Sodalicio. En un segundo plano incluyo las modificaciones arquitectónicas que se hicieron en el inmueble. Las proporciones son aproximadas, dado que no poseo medidas exactas, pero la distribución de los espacios habitacionales es correcta, y puede ser confirmada por innumerables testigos que conocieron la casa. Aún cuando ésta ya no exista, pues en su lugar se ha construido un edificio de departamentos, en la misma recta de la Av. Brasil todavía existen casas similares.

Plano 1: Inmueble Av. Brasil 3029, Magdalena del Mar, adquirido por el Sodalicio en 1978 (planta baja)

av_brasil_3029_plano_1Como se puede ver, la casa tenía dos amplias salas conectadas entre sí y con el comedor, lo cual permitía que la luz que entraba por la ventana externa y la puerta de la terraza iluminara todos los espacios de manera distribuida. Asimismo, la cocina tenía una ventana que daba a la lavandería, y la iluminación diurna de la sala estaba garantizada por unas ventanales que había en la pared de la escalera. Debajo de ésta había un pequeño espacio, que albergaba un baño de visitas.

Veamos cómo la intervención del Sodalicio para acomodar el inmueble a sus necesidades convertiría esta casa luminosa en una mansión más lúgubre y sombría.

Plano 2: Comunidad sodálite “San Aelred”, a partir de 1979 (planta baja)

av_brasil_3029_plano_2Éstas fueron las principales modificaciones que se hicieron:

  • Se construyó una pared con una ventana donde estaba el portón del garaje, y éste fue convertido en un aula de instrucción, con un gran pizarrón en la pared del fondo y carpetas de salón de clase.
  • La vía de entrada al garaje y el jardín externo fueron convertidos en estacionamiento de vehículos motorizados.
  • La sala 1 fue divida en dos mediante una pared para así ganar una salita de reuniones y una salita de consejos. Se clausuró el acceso original para construir dos entradas con sus respectivas puertas y se tapió la comunicación con la sala 2, ahora biblioteca. Nótese que la salita de consejos no tiene ventanas. Sólo se podía estar allí con luz artificial. Las puertas fueron en un principio de cuerpo entero, pero tiempo después se mandó hacer unos ventanillos en ellas, para que se pudiera ver quiénes estaban en cada una de las salitas.
  • La sala 2, convertida ahora en biblioteca, llegaría a ser el lugar más oscuro de la casa, pues se puso paneles de madera y puertas en todas las aberturas que tenía, de modo que cuando nos encerrábamos allí para estudiar tranquilamente con luz artificial, parecía una escena sacada de un cuento de terror gótico.
  • Se puso paneles de madera y vidrio con una puerta entre el pasillo de entrada y la sala de estar, restándole así más luminosidad a la casa. En esa puerta había un letrero que decía PRIVADO, pues marcaba el límite entre la zona adónde sólo podían entrar los miembros de la comunidad y la zona de visitantes.
  • Se construyó una estrecha capilla en el jardín, con bancas pegadas las paredes y el altar en el medio. La iluminación, garantizada por unos angostos ventanillos verticales, era escasa pero suficiente.

En la sala de estar ocurrió el siguiente incidente, que incluí en mi denuncia presentada ante la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconcilación y posteriormente enviada a la Congregación para los Institutos de Vida Religiosa y las Sociedades de Vida Apostólica:

«En diciembre de 1983 fui trasladado a la mencionada comunidad de San Aelred. El superior de esa comunidad era entonces Germán Doig. En ese entonces, era común que los sábados en la noche nos visitara Luis Fernando Figari para conversar a profundidad sobre temas de interés para el Sodalicio, examinar la marcha de la comunidad y aplicar dinámicas de grupo orientadas a fortalecer nuestras convicciones sodálites. En una de esas reuniones Figari pretendió demostrar lo inútiles que son las mortificaciones corporales y que la ascética basada en el dolor físico no tenía mucho sentido y fomentaba la soberbia; que más bien eran beneficiosas las mortificaciones espirituales, a las cuales se da prioridad en la espiritualidad sodálite. Para ello, me pidió que me pusiera a cuatro patas —como un perro— en medio de la salita en la que estábamos reunidos y me levantara la camisa, dejando la espalda libre. Luego le pidió a [Paco] que tomara una correa y me propinara un golpe con ella. [Paco] dudó en ejecutar la orden, pero al final lo hizo debido que Figari insistió. Ese primer correazo, además de dejarme una marca, me hizo temblar de los pies a la cabeza. A continuación, Figari insistió en que se me diera un segundo correazo, lo cual [Paco] obedeció sin chistar. Cuando pensé que iba a venir el tercer correazo, la sola idea me produjo espasmos como si ya lo hubiera recibido. Figari dio a [Paco] la orden de no continuar, y me preguntó cómo me sentía. Le dije que bien. Había aprendido, como tantos otros, a soportar pruebas físicas en el Sodalicio y estaba mentalmente programado para sentirme orgulloso de haber sido latigueado. Figari comentó que las mortificaciones físicas tendían a alimentar la soberbia y no tenían el valor mismo valor que las mortificaciones espirituales, que implicaban asumir con alegría los sufrimientos que de por sí trae la vida».

Pero en esa misma casa había ocurrido años antes, en 1979, el incidente en que Jaime Baertl me ordenó desnudarme y fornicar con una silla, precisamente en la salita de consejos.

Al respecto, hay que hacer ciertas aclaraciones en honor a la verdad, pues el hecho ha sido exagerado por la prensa, a tal punto que se ha perdido objetividad en la representación de lo que realmente ocurrió.

Sin que yo supiera lo que venía después, Baertl me dio la orden de desnudarme dos veces, pues la primera vez dudé de si había escuchado lo que había escuchado y mostré reticencia en hacerlo. Finalmente, lo hice porque confiaba en Baertl como mi guía espiritual que supuestamente sabía lo que estaba haciendo para mayor bien mío. Aún así, tuvo que ordenarme después que me sacara también el calzoncillo, pues yo asumí que cumplía con lo mandado quedándome con esta prenda puesta.

Asimismo, la orden de “cachar” la enorme silla —utilizando el mismo lenguaje empleado entonces por Baertl— fue dada dos veces, pues la primera vez no podía creer lo que se me estaba ordenando y me parecía absurdo. La segunda vez obedecí, poniéndome detrás del respaldar, que me llegaba hasta el mentón y pasando mi miembro a través del espacio que separaba el respaldar del asiento propiamente dicho. Hice un par de movimientos torpes tratando de imitar lo que es un coito —experiencia que nunca había tenido en mi vida—, pero simplemente no pude hacer lo que Baertl me había ordenado, pues la incomodidad que sentía me había hecho perder naturalidad en los movimientos y me había generado cierta rigidez corporal.

La cosa duró menos de un minuto, después de lo cual Baertl me ordenó vestirme de nuevo. No hubo nada de erótico en esa experiencia, en una habitación pequeña sin ventanas iluminada sólo por la luz amarillenta que provenía de un bombillo. De hecho, la experiencia la sentí más bien como inhibitoria de toda libido sexual.

El mismo Jaime Baertl no intentó en ningún momento sacar provecho sexual para sí de la situación, sino que, ocupando un asiento cerca de la otra esquina de la habitación, se tapaba la cara con la mano y miraba sólo de reojo, como si la situación fuera también incómoda para él.

Hay que tener en cuenta que antes de aplicar la medida, Baertl me había dicho que esperara un poco, pues tenía que consultar algo con el superior de la casa, que en ese entones era Germán Doig. Cuando regresó, me explicó que había que romper mis barreras interiores, pues la conversación había llegado a un punto muerto, cosa que Baertl atribuyó a bloqueos psicológicos que yo tenía producto de experiencias traumáticas en mi familia. Por eso mismo, lo que hizo conmigo no llega a la categoría de abuso sexual, sino a lo que los expertos de los informes del Sodalicio han llamado manipulación sexual. O, dicho de otro modo, sería un acto de abuso psicológico con connotación sexual.

Tras haberme vuelto a vestir, yo mismo sentí que se me había hecho violencia interior, pero entonces no categoricé eso como algo malo y reprobable, pues en el Sodalicio a uno lo mentalizaban para aceptar como normal actos de violencia psicológica contra uno mismo o contra otros. Eran habituales en el apostolado y el acompañamiento espiritual.

Sólo con el paso de los años, cuando uno aprende a conocer mejor el mundo y se confronta con la realidad, es que se llega a categorizar ciertas experiencias pasadas como abusos, a la vez que se toma conciencia del daño que han dejado en la propia psique.

Y eso es lo que a mí me pasó con ésta y otras experiencias.

Algunos de los abusadores han alegado que hubo consentimiento de la otra parte, y ése ha sido el argumento principal esgrimido por la reciente resolución vaticana para negar que Figari cometió abusos (ver http://sodalicio.org/wp-content/uploads/2017/02/Carta_Roma_2017.pdf).

¿Hubo consentimiento de mi parte? En cierto sentido sí lo hubo, pues Baertl nunca me obligó a la fuerza a desnudarme, mucho menos me obligó a fornicar la silla cuando mis torpes intentos demostraron que no iba a poder hacerlo. Pero se trataba de un consentimiento muy imperfecto y débil, pues en esa pequeña habitación me encontraba a merced de mi consejero espiritual, y en base a la confianza que le tenía y la autoridad que como guía espiritual ejercía sobre mí, había muy poco margen para no acatar la orden, más aún cuando yo debía tener entonces tan sólo unos 16 años.

Respecto a este incidente, le escribí lo siguiente a Alessandro Moroni el 31 de enero de este año:

«La primera vez que lo puse por escrito fue en el año 2008, aunque ya anteriormente se lo había contado a algunas personas. Puedo demostrar esto por un e-mail que le envié en enero de 2009 a Manuel Rodríguez. No había la intención de hacer público este incidente. A fines del mismo año mi hermano Erwin recibió el mismo documento en que se narraba este incidente. Yo tenía entonces la intención de advertir a las autoridades sodálites para que tomaran las medidas necesarias, de ninguna manera la intención de hacerlo público. La primera vez que menciono el incidente de manera pública, aunque sin mencionar a Baertl por su nombre, es en mi post ELOGIO DEL SODALICIO del 11 de enero de 2013. Los reparos que personalmente tenía para hacer de conocimiento público este incidente, ¿no son acaso un indicio de que no lo inventé sino de que efectivamente ocurrió?»

Más aún, en ese momento ni siquiera estaba enterado de los abusos sexuales cometidos por ningún sodálite, salvo el caso de Daniel Murguía. Mi vinculación con Pedro Salinas y Rocío Figueroa recién se iniciaría en el año 2011, por lo cual la hipótesis de una campaña premeditada contra el Sodalicio queda descartada.

¿Puedo acaso haberme imaginado todos estos detalles? ¿No sería lógico que, en caso de querer inventar algo, recurriera a una historia más estándar, basada en abusos sexuales vividos por otros? Lo que a mí me ocurrió es tan insólito, que ni yo mismo pude comprender durante décadas qué es lo que realmente había pasado. Y durante todo el tiempo que mi mente estuvo secuestrada por la ideología sodálite, ni siquiera me planteé una explicación. Simplemente había pasado y durante años el incidente quedó guardado en el desván de mi memoria, sin que yo le prestara atención o me atreviera a sacarlo a la luz.

Jaime Baertl debe sentirse contento de que mi historia haya sido considerada como inverosímil por sus expertos contratados. Pero su alegría probablemente sea frágil y fugaz. Pues si todavía no tiene síntomas de Alzheimer, estoy seguro de que el recuerdo de lo que pasó lo acompañará hasta la tumba. Y quizás incluso hasta después, cuando tenga que explicar ante el juicio de la eternidad por qué traicionó tan arteramente su misión sacerdotal de ser testigo de la verdad.

(Columna publicada en Altavoz el 6 de marzo de 2017)

EL ÚLTIMO CARNAVAL

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Alcanzar una edad avanzada es un sueño para muchos. Sin embargo, cuando se trabaja en un asilo de ancianos, se descubre una realidad menos idílica.

Pues con la edad disminuyen las fuerzas, las capacidades cognitivas se ven afectadas y se impone la implacable convicción de que ya no hay futuro adonde dirigir los propios pasos. Y se intenta buscarle sentido a la vida en los recuerdos de tiempos pasados, que muchas veces comienzan también a perderse en la niebla del olvido.

La señora N tiene cerca de 90 años, está atada a una silla de ruedas y sufre de demencia senil, pero canta con toda su alma cuando entono canciones populares alemanas en el asilo donde trabajo, en un pueblo alemán de provincia.

A pesar de recibir continuas visitas de su hijo y su hija, la señora N come y bebe cada día menos y le han comenzado a temblar las manos cada vez que quiere coger algún objeto. Siente que ya no puede más y lo único que quisiera es poder morir lo más pronto posible.

El martes se efectuó el tradicional desfile de carnaval, del cual participaron algunos ancianos del asilo. Le prometí a la señora N que la iba a llevar ante una ventana del segundo piso, para que pudiera ver desfilar los tractores y carretas motorizadas con gente disfrazada, bailando alegremente.

«No sabemos si estará usted con nosotros el año que viene. Por eso quiero que vea el desfile y recuerde cuando usted era joven». «Gracias», me dijo con una mirada agradecida que casi me arranca lágrimas, mientras acompañaba a esta cuasi nonagenaria que presenciaba quizás su último carnaval.

(Columna publicada en Exitosa el 4 de marzo de 2017)

SODALICIO: EN HONOR A LA VERDAD

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En el año 2011, cuando el 1° de febrero de 2011 Diario16 reveló los abusos sexuales de Germán Doig y poco después de que Pedro Salinas me hubiera contactado para la investigación que estaba haciendo, llegamos ambos a la conclusión de que si el tema no llegaba a la prensa internacional, nada se iba a hacer al respecto. Así lo confirmaban los casos de los Legionarios de Cristo en México y del P. Fernando Karadima en Chile.

Es así que meses después contacto con el periodista Thomas Seiterich de Publik-Forum, revista de los católicos críticos alemanes, quien había escrito anteriormente sobre la Iglesia católica en el Perú. Seiterich se mostró interesado en el tema que le proponía y acordamos una cita telefónica con Pedro Salinas, para que le pudiera dar mayores detalles sobre el caso de Germán Doig.

El artículo apareció en la edición del 21 de octubre de 2011 bajo el título de Absturz eines Papstfreundes [Caída de un amigo del Papa] (ver https://www.publik-forum.de/Publik-Forum-20-2011/absturz-eines-papstfreundes o http://www.wir-sind-kirche.de/?id=393&id_entry=3703), lamentablemente mezclando información correcta con datos errados, como que los activistas del Sodalicio azuzaban conflictos en las parroquias locales, o que el P. Gonzalo Len era de la orden de los palotinos y miembro de la Congregación para las Causas de los Santos de los Santos, o que Germán Doig fue uno de los co-fundadores del Sodalicio y que había actuado violentamente contra jóvenes a su cargo, o que responsables del Sodalicio estaba envueltos en un escándalo de pornografía infantil. Muchos de estos datos provenían de diversas fuentes sensacionalistas y sesgadas en Internet, que el mismo Seiterich no contrastó adecuadamente ni conmigo ni con Pedro Salinas. Lo peor de todo es que el texto iba acompañado de una foto de Germán Doig y otra de unos niños de piel cobriza bien vestidos para su Primera Comunión, lo cual lamentablemente daba una imagen totlamente errónea de quienes habían sido las víctimas de Doig. Pues Germán Doig —hasta donde se sabe— nunca abusó de niños, sino de jóvenes de clase media de ascendencia europea bien entrados en la adolescencia.

Ante la frustración de que no se viera reflejada la problemática real del Sodalicio en la prensa, poco a poco fue madurando en mí la idea de publicar yo mismo sobre el tema. Sólo quien hubiera vivido la experiencia de ser sodálite podía comprender los parámetros de acuerdo a los cuales funcionaba la institución, que se escapan a lo que normalmente espera el común de la gente de una comunidad religiosa. Además, era tanto la información que había acumulado en mi memoria, sumado a lo que había leído sobre instituciones que guardan semejanzas con el Sodalicio —en concreto, Opus Dei y Legionarios de Cristo—, que me sentí urgido de dar a conocer de manera pública mis experiencias y mis reflexiones sobre el tema. Fue así que comencé —con bastante temor y recelo— a publicar en noviembre de 2012 textos sobre el Sodalicio en mi blog Las Líneas Torcidas.

En todo lo que he escrito he buscado ceñirme a una lógica rigurosa, poniendo sólo lo que recuerdo con claridad y analizando el sistema sodálite sobre la base de supuestos debidamente fundados o, por lo menos, altamente probables. En el caso de hechos que conocía por terceros, no le he dado crédito a meros rumores, sino que he buscado verificar la verosimilitud de los hechos en cuestión así como la solidez de mis fuentes. Todo ello no me ha librado de caer ocasionalmente en errores menores respecto a ciertos hechos puntuales, lo cual no invalida los análisis efectuados.

Aun cuando mi hermano Erwin Scheuch haya declarado sobre mí lo siguiente el 11 de julio de 2016 en la Fiscalía de la Nación: «Quiero indicar que los relatos que se exponen en su blog están muy descontextualizados y no pueden ser tomados como ciertos». ¡Por supuesto que están descontextualizados! Es que prescinden del contexto de la interpretación sodálite, que ve «rigores de la formación» donde cualquier persona normal vería maltratos. Además, mis textos están libres de la contextualización que ofrece la ideología sodálite, la cual ha permitido que las cabezas del Sodalicio manejen los hechos de su historia institucional como les da la gana. Mis relatos no son ciertos dentro de la visión sodálite supurada por Figari que todavía inficiona las mentes de tantos y los ciega a la realidad. Pero sí son ciertos como testimonios de alguien que siempre ha intentado ser honesto con la verdad.

Y eso lo corroboraría el hecho innegable de que durante el tiempo que llevo escribiendo sobre el Sodalicio, no ha habido nunca ninguna refutación pública de nadie a ninguno de mis escritos. Al parecer, la política seguida por el Sodalicio ha sido la de ignorarme por completo, mientras que por lo bajo se hacían correr rumores sobre mi supuesta pérdida de la fe y mi odio hacia la Iglesia —cosas absolutamente falsas— así como sobre una supuesta enfermedad mental ubicada dentro del espectro del autismo, que yo padecería: el síndrome de Asperger.

Sin embargo, a medida que se ha ido desarrollando el caso Sodalicio, he visto que el sensacionalismo que yo quería evitar con mis escritos ha vuelto otra vez a ocupar la palestra y ha propiciado una visión distorsionada del tema. Ése fue el motivo que me llevó a escribir mi DEFENSA DEL SODALICIO, que no es otra otra cosa que una defensa de la verdad, sin que ello signifique que yo haya dejado de ser crítico de la institución.

Es así, por ejemplo, que quienes acusan a miembros del Sodalicio de ser pederastas, yerran el blanco. Pues si bien hay menores de edad entre las víctimas, no se encontrará niños, es decir, menores que aún no han entrado en la pubertad, salvo en el caso de Daniel Murguía, del cual sólo se conoce una víctima infantil que no guardaba ninguna relación con el Sodalicio.

Asimismo, en el Sodalicio nunca se violó a nadie, en el sentido de obligar por la fuerza a alguien a tener actos de contenido sexual. Lo que hubo fue seducción, engaño, manipulación de conciencias, en fin, violencia psicológica para obtener un consentimiento despojado de libertad y decisión propia. Es así que la acusación de violadores que se le cuelga al Sodalicio también cae en saco roto.

El mismo Virgilio Levaggi le respondió al periodista José Alejandro Godoy lo siguiente: «Jamás he forzado a nadie a tener relaciones sexuales, de ninguna naturaleza, en contra de su voluntad» (ver http://www.desdeeltercerpiso.com/2016/10/sodalicio-el-caso-levaggi/). ¿Entonces fue con voluntad consentida? ¿Y de qué tipo de consentimiento se trató? ¿El de una persona que estaba en capacidad de decidir con conocimiento de causa? ¿O el de alguien que estaba en situación de subordinación afectiva hacia un guía espiritual en quien confiaba absolutamente y a quien le rendía una obediencia total?

Pues las informaciones sensacionalistas centradas en los abusos sexuales de algunos guías espirituales del Sodalicio terminan desviándonos del problema principal, que no atañe sólo a unas cuantas de personas dentro de la institución, sino a la estructura institucional misma: el control de las conciencias mediante una disciplina que acentuaba la obediencia absoluta y que se expresaba en un verticalismo que terminaba por anular la libertad personal, tal como lo expresé en un texto fundamental que redacté originalmente en el año 2008 y publiqué en enero de 2013 en mi blog (ver OBEDIENCIA Y REBELDÍA), del cual cito un párrafo:

«La obediencia es presentada en la ideología sodálite como un camino de libertad, en la medida en que libera de todas las ataduras y hace a la persona disponible para el cumplimiento del Plan de Dios. ¿Pero qué Plan de Dios? Aquel que se expresa en el pensamiento de una sola persona, Luis Fernando Figari. ¿Y que ataduras? Todas aquellas que nos vinculan a la normalidad en este mundo, incluidas las de la responsabilidad y la propia conciencia. ¡Y hay que ver los malabares dialécticos que se hacen para justificar este concepto de libertad como renuncia a decidir por sí mismo!»

Allí se halla la fuente de todos los abusos, que parten de la violencia psicológica para derivar luego en maltratos físicos y, excepcionalmente, en abusos sexuales.

Los responsables actuales del Sodalicio sólo han querido ver este último tipo de abusos, pues eso les permite individualizar a unas cuantas cabezas de turco como culpables y dejar intocado todo el sistema que favoreció que se cometieran múltiples atropellos. Pero ese sistema sigue vivo, y se seguirá cobrando víctimas mientras no sea desmontado.

El tema de los abusos sexuales, aunque evidente, puede hacer las veces de cortina de humo para que no se vea la problemática real. Y eso parecen haberlo aprendido muy bien los responsables actuales del Sodalicio, que buscan salvar el pellejo —y con él todo el sistema creado por Figari— mediante unos cuantos chivos expiatorios. No en vano deben sentirse contentos de que la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica haya reconocido a Figari como «fundador del Sodalitium Christianae Vitae y como mediador de un carisma de origen divino», pues eso confirmaría como sagrada a la institución, que seguiría teniendo validez gracias a la mediación efectuada por Figari. El Vaticano da por demostrado lo indemostrable, y pone implícitamente a Figari como figura legitimadora del Sodalicio. Increíble, pero cierto.

Sólo espero que una posible comisión investigadora en el Congreso de la República aborde el tema de manera integral, sin caer en sensacionalismos ni versiones tergiversadas. Pues la verdad desnuda es lo suficientemente atroz como para hacer innecesarias las exageraciones falsarias, presentes sobre todo en las redes sociales y en algunos medios de comunicación mal informados.