CURAS VIOLANDO NIÑOS

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Miembros y simpatizantes de la organización global de víctimas de abusos ECA (Ending Clergy Abuse) en la Plaza San Pedro en el Vaticano (18 de febrero de 2019)

Cuando se habla de abuso sexual en la Iglesia, inmediatamente se viene a la cabeza de muchos, incluidos periodistas, el cliché de “curas violando niños”. Ocurre que la nefasta plaga del abuso sexual es en realidad mucho más amplia y compleja de lo que expresa esa frase, y flaco favor se le hace a cientos de miles de víctimas cuando se trata de describir el fenómeno con esas tres palabras.

Primero, porque los abusadores no sólo se cuentan entre los sacerdotes y obispos, sino también entre personas con autoridad sobre otros en la Iglesia, es decir, religiosos y religiosas así como laicos con una responsabilidad pastoral.

Segundo, la violación se entiende comúnmente como forzar a otro a un acto sexual mediante violencia física o amenazas. Y la mayoría de los casos conocidos de abuso sexual carecen de estos componentes, pues lo que hubo fue seducción, engaño, manipulación mental y abuso de confianza dentro de una relación espiritual asimétrica, donde la víctima se encontraba en situación vulnerable frente a un agresor en el cual confiaba como representante de un poder divino.

Para complicar más aún las cosas, estas circunstancias no se consideran en el Código de Derecho Canónico (canon 1395), donde sólo hay penas para «el clérigo que cometa […] un delito contra el sexto mandamiento del Decálogo» cuando «este delito haya sido cometido con violencia o amenazas, o públicamente o con un menor que no haya cumplido dieciséis años de edad». En los demás casos ni siquiera se hace la diferencia entre si hubo consentimiento libre en la contraparte del clérigo fornicario o puro sometimiento por miedo, perplejidad, vergüenza o quién sabe qué más motivos que atenazan la voluntad de quienes se encuentran en tal situación. Para el derecho eclesiástico, si de parte del clérigo no hubo violencia ni amenazas, su contraparte no puede ser considerada una “víctima” sino un “cómplice de pecado”.

Tercero, los abusos contra niños constituyen sólo la punta del iceberg del problema, pues por cada niño víctima de abusos hay varios adultos que han sido sometidos sexualmente por clérigos y personal pastoral de la Iglesia católica. Circunscribir el delito sexual a las acciones cometidas en perjuicio de niños invisibiliza a tantas víctimas mayores de edad que han sufrido algo similar.

Con frecuencia me he sentido fastidiado cuando periodistas o participantes de las redes sociales han querido aplicar el dictamen de “curas violando niños” al Sodalicio, consiguiendo así únicamente soterrar las verdaderas dimensiones del problema.

Ninguno de los abusadores sexuales identificados hasta ahora en el Sodalicio son curas, sino laicos consagrados, es decir, algo así como religiosos sin hábitos.

En el Sodalicio nunca se violó a nadie. Todos los abusos sexuales fueron perpetrados mediante el engaño y el abuso de confianza, obteniendo de este modo el consentimiento de la víctima. Éste consentimiento no era libre, pues se basaba sobre una especie de lavado de cerebro y de reforma mental lograda mediante adoctrinamiento y manipulación psicológica.

Además, por lo que se sabe hasta ahora, no ha habido ningún niño entre las víctimas. Ciertamente hubo abusos de jóvenes menores de edad, la mayoría de ellos imputables a Jeffery Daniels, pero el perfil de las víctimas de los demás abusadores, incluyendo a Figari, corresponde mayormente a la de jóvenes que ya habían alcanzado la mayoría de edad.

Caracterizar a Luis Fernando Figari como un “violador de niños” esquiva el problema y no ayuda a afrontarlo. Pues Figari era más que nada un carismático persuasor, un seductor de mentes, que sometía psicológicamente a sus seguidores y anulaba sus voluntades, con las mismas estrategias que empleaban otros líderes de sectas. Para ello analizaba las características psicológicas de sus posibles víctimas a fin de escoger sólo a aquéllas que pudieran caer en su trampa. Y si por algún rezago de conciencia alguna de ellas mostraba resistencia a sus avances, usualmente era dejada de lado y se libraba del abuso sexual, pero no del abuso psicológico que era pan de todos los días en las comunidades sodálites.

Si se quiere avanzar en la prevención y en el logro de justicia en el caso Sodalicio, hay que entender la estructura del abuso sexual que no es propiamente “violación” y el abuso psicólogico que subyace al anterior, además de visibilizar correctamente a las víctimas como adolescentes menores de edad pero principalmente jóvenes mayores de edad en situación vulnerable.

Lo demás —la continua repetición de clichés sensacionalistas sobre la pederastia clerical— no ayuda.

(Columna publicada en Altavoz el 25 de febrero de 2019)

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EL CASO JEFFERY DANIELS Y LA DOCUMENTACIÓN INTERNA DEL SODALICIO

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Fernando Vidal, Alessandro Moroni y Claudio Cajina en el Congreso de la República (20 de noviembre de 2018)

«Yo me enteré de toda la información, o parte de la información, relativa a [Jeffery Daniels] cuando yo recién asumí como Superior General. No recuerdo ya exactamente si por informes que leí y que se encontraban en los archivos o por las informaciones periodísticas que comenzaron a salir desde fines del 2012 o del 2013», declaraba con voz vacilante el entonces Superior General del Sodalicio, Alessandro Moroni, el 20 de noviembre de 2018 ante la comisión del Congreso presidida por Alberto de Belaúnde.

Las “informaciones periodísticas” sólo pueden referirse a algunos comentarios anónimos (o con seudónimo) que fueron hechos a mi escrito SODALICIO Y SEXO publicado el 30 de enero de 2013 en mi blog Las Líneas Torcidas, o a mi escrito ¿HISTORIA DE ENCUBRIMIENTOS EN EL SODALICIO? publicado el 23 de septiembre del mismo año en el blog, donde hago una recopilación de los comentarios anteriores, pues el primer informe periodístico propiamente dicho sobre Jeffery Daniels sería una nota teniendo como fuente el testimonio de Mauro Bartra, publicada a fines de octubre de 2015 en Exitosa [ver JEFFERY DANIELS, SODÁLITE].

La memoria parece fallarle a Moroni cuando intenta precisar cómo tomó conocimiento de las fechorías de Jeffery Daniels. Cuando Alberto de Belaúnde le pregunta: «¿Cuando usted asume como Superior General recibe entre la documentación alguna información sobre el caso Daniels?», se queda callado en actitud pensativa sin saber qué contestar, y mientras le cede la palabra a Fernando Vidal, Vicario General del Sodalicio, para ganar tiempo, consulta con su abogado Claudio Cajina, sentado a su costado.

Vidal comenta que no recuerda si se enteraron del tema «porque alguien nos comentó o porque salió alguna nota», pero viendo que era un tema que había que aclarar, «comenzamos a buscar archivos y había muy poca información».

De repente, Moroni recuerda repentinamente que «se empezó a hacer un trabajo de recopilación, porque no existía documentación escrita», comunicándose con una que otra persona de esa época para que le contara lo que sabían. «Había información poca, parcial, supuestos (sic)», añade después, contradiciéndose con lo que acaba de decir. Y cuando Alberto de Belaúnde le pide que precise de qué tipo de documentación se trataba, Moroni enumera una evaluación psiquiátrica, una evaluación psicológica, documentos con indicaciones de trabajos espirituales y lecturas que se le pidió a Daniels que hiciera durante su reclusión en San Bartolo, e-mails intercambiados entre Daniels y Germán McKenzie (entonces Superior Regional del Perú), informes de testimonios iniciales que databan de diciembre de 1997 o enero de 1998, el informe de un careo con Daniel donde éste admite haber cometido abusos con tres menores.

Las contradicciones en las que caen Moroni y Vidal son evidentes. Lo cierto es que Moroni no admitió públicamente los delitos de Daniels sino hasta después de la publicación de Mitad monjes, mitad soldados, en una entrevista concedida a El Comercio el 26 de octubre de 2015.

El manejo descrito de la documentación interna va en la línea de lo que señalaba la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación:

«Para el ingreso y permanencia de los miembros de la institución, no se estableció un manual, directivas, lineamientos o documentos similares que permitieran saber a quienes se interesaban en ingresar a la misma, qué prácticas iban a realizar, los horarios, exigencias y demás condiciones de vida en comunidad. Tampoco existían lineamientos a seguir por quienes tenían a su cargo la formación de los nuevos miembros de la institución.

Dada la inexistencia de dichos lineamientos, las condiciones al interior de la institución solo fueron conocidas por quiénes las vivieron o ejercieron, no pudiendo ser verificadas o contrastadas a la fecha con alguna documentación objetiva».

Se puede concluir que el manejo de la documentación interna habría sido desordenada además de caótica y por lo tanto, sin procedimientos claros de levantamiento de información para los archivos, el Sodalicio se habría gestionado principalmente de manera oral. El flujo de información interna habría sido escaso y controlado por una pequeña cúpula. La mayoría de los demás miembros no habrían recibido ninguna información sobre hechos graves ocurridos al interior de la institución. Aparentemente, tampoco necesitaban esta información, pues su única obligación era obedecer.

Al igual que Moroni no supo —o no quiso saber— nada de los abusos hasta que fueron ventilados públicamente, asimismo el nuevo Superior General José David Correa y su nuevo Consejo Superior sabrían poco o nada de la manera en que se procedió internamente con las víctimas del Sodalicio, debiendo asumir como definitivo lo actuado por el anterior cuerpo directivo de la institución.

Elegir para que dirijan el Sodalicio a quienes sólo han tenido la obligación de obedecer sin espíritu crítico y no han recibido mayor información tiene una gran ventaja: no están en capacidad de revisar lo hecho con las víctimas y tampoco podrán hablar de lo que no saben. El silencio y el blindaje están garantizados.

(Columna publicada en Altavoz el 18 de febrero de 2019)

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FUENTES

Yo, Sobreviviente del Sodalicio de Vida Cristiana
“Doig, Figari y McKenzie lo recluyeron” Caso Daniels (1)

El Comercio
“Cómo diablos pudo haber pasado esto en el Sodalicio”. Entrevista al superior Alessandro Moroni (26.10.2015)
https://elcomercio.pe/lima/diablos-pudo-haber-pasado-esto-sodalicio-235305

EL OBISPO MANTEQUILLA

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La historia del Sodalicio como institución organizada se inicia cuando Luis Fernando Figari logra consolidar a su alrededor a un grupo de personas que le permitirían plasmar y expandir lo que al principio era sólo un proyecto. Ese grupo es lo que se conoce como la “generación fundacional” —en palabras del mismo Figari—, conformada mayoritariamente por alumnos de la promoción ‘73 del Colegio Santa María (Marianistas) de Monterrico: Germán Doig, José Antonio Eguren, Alfredo Garland, Emilio Garreaud, Luis Cappelleti (ex-sodálite), Raúl Guinea, Franco Attanasio (ex-sodálite), Juan Fernández (ex-sodálite). Hay que añadir a José Ambrozic de la promoción ‘72. También forman parte de la generación fundacional Virgilio Levaggi (ex-sodálite, Colegio Italiano Antonio Raimondi), Jaime Baertl y Alberto Gazzo (ex-sodálite), ambos del Colegio de la Inmaculada (Jesuitas).

Aquellos a quienes se consideraba llamados a la vocación matrimonial —Guinea, Attanasio y Fernández— jugaron un rol periférico, así como otros ex-sodálites de la promoción ‘73 del Santa María: Alberto Ferrand, Jaime Pinto, Eduardo Gastelumendi, Víctor Zar, Luis Manuel Bernos, Fernando Garreaud, Fernando Maúrtua, Ricardo Nugent, Daniel Ruzo, Manuel Vegas y Joaquín de Quesada, el único que había perseverado de entre estos últimos —aunque no por mucho tiempo más— cuando conocí el Sodalicio en 1978.

De modo que quienes estuvieron en el círculo íntimo de Figari son Doig, Ambrozic, Eguren, Garland, Garreaud, Cappelleti, Levaggi, Baertl y Gazzo, quienes serían los encargados de aplicar las consignas del fundador y quienes le ayudarían a sistematizar la ideología sodálite e implementar la disciplina en los grupos que se iban formando y posteriormente en las comunidades.

Quienes todavía perseveran en el Sodalicio y —a diferencia de los que se fueron— no se lamentan de haber formado parte de esta historia estarían convencidos de que todo el sistema sodálite se basa sobre un carisma y una espiritualidad regalados por Dios y, por lo tanto, los abusos que han habido no se derivan de ese sistema y deben atribuirse a responsabilidades individuales de algunos miembros, que han trasgredido las normas y el espíritu que rigen el Sodalicio desde sus inicios.

Ciertamente, los abusos sexuales fueron actos cometidos en privado en recintos cerrados y sin que los perpetradores se pusieran de acuerdo entre ellos. Pero cuando por intermedio de las víctimas la cúpula sodálite supo de manera interna que algunos miembros habían cometido abusos, la respuesta fue el ocultamiento a fin de proteger a la institución. En los ‘80, denunciar a Virgilio Levaggi hubiera sido un golpe durísimo para el Sodalicio y le hubiera cercenado las posibilidades de crecimiento. En 1997, año en que el Sodalicio recibió la aprobación pontificia, sacar a la luz pública el caso de Jeffery Daniels, recluido ese mismo año en San Bartolo por actos de pederastia, hubiera significado una catástrofe para la recién aprobada sociedad de vida apostólica.

Pero para poder hacer efectivo este ocultamiento se requería no sólo que los superiores de las comunidades sodálites supieran los motivos de la reclusión, sino también aquellos que pertenecían al círculo íntimo de Figari, entre los cuales estaba Eguren.

A diferencia de los abusos sexuales, los abusos físicos y psicológicos fueron efectuados a vista y paciencia de los demás miembros de las comunidades, sin ser nunca cuestionados en su momento, pues se consideraban como procedimientos válidos y legítimos en una institución religiosa que tenía entre sus lemas no oficiales «lo único que no puede hacer un sodálite es parir». Nunca fueron de pura responsabilidad personal de los perpetradores, pues el sistema justificaba estas prácticas. Incluso actualmente habrían sodálites que no creen que hayan habido abusos físicos y psicológicos, sino personas débiles y timoratas que no pudieron soportar las exigencias propias de quienes buscan la perfección cristiana.

Mons. Eguren, como miembro del círculo íntimo de Figari, tuvo puestos de responsabilidad en el Sodalicio y siempre avaló estas prácticas, que consideraba normales y aceptables. Durante el tiempo que viví con él, nunca le escuché ninguna observación crítica al respecto. Sin embargo, es otra la versión que nos quiere vender.

En mi infancia se le llamaba “mantequilla” a quien no contaba con habilidades para participar de un juego en toda su dimensión, pero a quien por compasión se le permitía jugar sin que tuviera ningún peso en el desarrollo del juego.

Eguren nos quiere hacer creer que entre los miembros de la generación fundacional él era “mantequilla”. Que si bien todos los demás pudieron haber participado en la construcción y consolidación del sistema sodálite, él participó sin formar parte del juego y sin enterarse de nada.

Sólo resta decir: «A otro perro con ese hueso».

(Columna publicada en Altavoz el 11 de febrero de 2019)

LA LETRA MUERTA DEL SODALICIO

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Momento de “comunión fraterna” en los Ejercicios Espirituales durante la V Asamblea General del Sodalicio de Vida Cristiana

El 27 de enero finalizó la V Asamblea General del Sodalicio, la primera supervisada por altas autoridades eclesiásticas: el cardenal Joseph Tobin, delegado vaticano ad nutum para el Sodalicio; Mons. Noel Londoño, C.Ss.R., comisario apostólico; fray Guillermo Rodríguez, O.F.M, comisario apostólico adjunto y el P. Gianfranco Ghirlanda, S.J., asistente pontificio.

Participaron más de cien sodálites profesos perpetuos, entre ellos:

  • Ricardo Trenemann y Óscar Tokumura, denunciados penalmente por asociación ilícita para delinquir y lesiones graves, además de que el primero tiene en su haber denuncias de abusos sexuales cuando era superior de una comunidad en São Paulo, lo cual fue de conocimiento de Alessandro Moroni (según declaración ante la Fiscalía en febrero de 2017);
  • Luis Ferroggiaro, sacerdote denunciado mediáticamente por Jason Day y luego por unos padres de familia ante el arzobispado de Arequipa por comportamiento indebido con un menor;
  • Javier Leturia, denunciado por abuso sexual con una menor (según Rocío Figueroa), aunque Moroni declaró ante la Fiscalía que se trató de un pecado sexual consentido entre adultos;
  • Enrique Elías y Alessandro Moroni, denunciados penalmente por «encubrimiento personal y real, obstrucción a la justicia, omisión de denuncia [y] delitos contra la libertad sexual en calidad de cómplices» (Diario Correo).

Hasta ahora no se han investigado a fondo estas denuncias ni existe ningún comunicado oficial del Sodalicio sobre la situación estos sodálites aún en actividad. Aparentemente, siguen su vida felices y contentos como si no hubiera pasado nada y aparecen chinos de risa en la foto final oficial de la V Asamblea, junto con Jaime Baertl y José Ambrozic, quienes también tienen serios cuestionamientos.

En el comunicado de la V Asamblea del 26 de enero se dice:

«Reconocemos que en nuestro pasado, sobre todo en algunos ámbitos, se han dado prácticas o aproximaciones que no reflejaron el Evangelio y fueron incluso contrarias a la vocación que indignamente hemos recibido de Dios. Hubo autorreferencialidad, soberbia, poca apertura, poca capacidad de escucha y de autocrítica para aceptar los errores y faltas en su momento. Por todo ello pedimos perdón».

Sin embargo, el documento mismo respira “autorreferencialidad” por todos lados, como si los sodálites vivieran en un mundo paralelo. Dicen que no pueden considerar a Figari como un referente espiritual; sin embargo, varios textos publicados por otros sodálites y la doctrina que profesan actualmente sigue siendo un calco de lo que enseñaba y escribía Figari. Señalan que los abusos de Figari fueron «denunciados e investigados por nuestra comunidad y la Santa Sede», olvidando que ni el Sodalicio ni la Santa Sede hicieron las denuncias, sino las víctimas y el periodismo de investigación. Mencionan «las investigaciones que la comunidad solicitó y llevó a cabo con la ayuda de expertos externos», pero pasan por alto la investigación de años que realizaron Pedro Salinas y Paola Ugaz cristalizada en el libro Mitad monjes, mitad soldados, además de ignorar las investigaciones y análisis que yo mismo fui publicando desde noviembre de 2010 y que llevaron, por ejemplo, a que se conociera el caso de Jeffery Daniels gracias a los testimonios de Mauro Bartra y Álvaro Urbina. Y sobre todo no le dan ningún crédito a la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación convocada por el Sodalicio mismo, que determinó un número de más de cien víctimas, superior a las 66 de la comisión de expertos externos.

Sobre la base de la petición de perdón que se hace a las víctimas de abusos y maltratos y el compromiso de «seguir sanando estas heridas y sufrimientos en justicia y en caridad», el 31 de enero le envié un e-mail a cuatro sodálites (Alessandro Moroni, Fernando Vidal, José Ambrozic, Jorge Olaechea), solicitándoles los datos de contacto de José David Correa, el nuevo Superior General del Sodalicio, a fin de iniciar un diálogo reconciliador, pues —como les decía— entiendo que las palabras del comunicado «no están dichas para quedarse en el plano de lo general, sino que se está dispuesto a hacer esto mismo personalmente con cada uno de quienes han sido heridos o maltratados por los hechos luctuosos ocurridos en el Sodalicio». A día de hoy no he recibido respuesta.

Todo ello me lleva a la conclusión de que el Sodalicio sigue siendo el mismo de siempre. Hay falta de transparencia, pues a pesar de que ellos afirman que han cambiado, nadie sabe en qué consisten esos cambios. La soberbia de creerse dueños de la verdad sigue allí, manifiesta en su burda manipulación de la realidad. Siguen resistiéndose a las críticas, siendo emblemática la denuncia de Mons. Eguren contra los periodistas Pedro Salinas y Paola Ugaz, que han criticado con fundamento al Sodalicio y al arzobispo sodálite. Y su pedido de perdón a las víctimas en general parece ser sólo un mensaje para la platea, pues no han dado señales de querer hacer lo mismo personalmente con cada uno de los afectados.

Al final, su comunicado resulta ser letra muerta, mero papel mojado.

(Columna publicada en Altavoz el 4 de febrero de 2019)

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La “autorreferencialidad”, que aparece en el comunicado en el n.º 5, se manifiesta en el texto inmediatamente después ser mencionada.

«Con el auxilio del Espíritu, creemos haber dado un paso adelante en la toma de conciencia de estos hechos [contrarios al Evangelio] y sus alcances, para poder ver la realidad cada vez más con los ojos de Dios.

Esto nos ha llevado a ver las abundantes bendiciones que son también parte de nuestra historia. Atesoramos los momentos de comunión fraterna en torno al Señor, vividos en oración, amistad, solidaridad y apostolado que han forjado nuestra identidad y que hemos experimentado renovadamente durante nuestra Asamblea». (n.º 5-6).

Es decir, los sodálites consideran como bendiciones lo bien que lo han pasado entre ellos —y que lo siguen pasando—, y no mencionan lo mal que se lo hacen pasar a quienes decidan ya no participar de esta “comunión fraterna”. Cuando precisamente una señal de que se sigue el Evangelio sería la preocupación efectiva por aquellos que legítimamente han decidido separarse de la institución, sin que haya ninguna falta grave de por medio, y se enfrentan a una situación de desamparo y falta de oportunidades. Hasta ahora no hay señales por parte del Sodalicio de querer salir al encuentro de estas personas, sobre todo aquellas que han sido víctimas. Una vez cerrado el capítulo de la comisión de expertos externos, no se han implementado mecanismos de ayuda ni asignado personas para seguir atendiendo a las víctimas conocidas y a las que todavía puedan seguir apareciendo.

Otra cosa que deja muy mal sabor de boca es cuando se dice que

«agradecemos a la Sede Apostólica que nos permita llevar a cabo el proceso de residencia impuesta fuera de una comunidad sodálite de Luis Fernando Figari que las autoridades del Sodalicio pidieron hace varios años, y que hoy, habiendo sido rechazados sus recursos a la Signatura Apostólica, podrá hacerse efectivo» (n.º 7).

En vez de lamentarse de que no se haya podido finalmente expulsar del Sodalicio a Figari, «a quien no podemos considerar como un referente espiritual para nuestra vida sodálite», agradecen que por fin pueda vivir solo en una residencia, estando todos sus gastos solventados hasta el fin de sus días por el Sodalicio, una especie de “castigo” que ya quisiera recibir el común de los mortales.

Asimismo, recién nos enteramos de que era falso lo que Alessandro Moroni dijo en un comunicado del 10 de febrero de 2017:

«El Sr. Luis Fernando Figari será retirado de la comunidad sodálite, donde permanecía por orden de la Santa Sede y será destinado establemente a una residencia en la que no exista una comunidad del Sodalicio, y donde pueda llevar una vida modesta de oración y retiro.

Cumpliendo la orden de la Santa Sede, se proporcionará al señor Figari las condiciones adecuadas para una vida sobria, de recogimiento y oración, por los graves actos cometidos».

Eso explicaría la presencia del P. Gonzalo Len, del P. Héctor Velarde, de Kenneth Pierce y otros sodálites en el departamento de Figari en Roma.

Por otra parte, no sabemos cómo van a fiscalizar que Figari tenga efectivamente una vida de recogimiento y oración. Muy bien podría salir a pasear y viajar como le plazca, banquetearse a su gusto o ver pornografía con frecuencia —como era su costumbre—, entre otros placeres accesibles en su retiro burgués, sin que a ningún sodálite le importe un comino lo que él haga, como ocurrió durante las casi cuatro décadas en que fue Superior General del Sodalicio.

Si a los sodálites les interesara de verdad la justicia y el respeto hacia las víctimas, deberían estar viendo la manera en que Figari responda ante la justicia peruana por los delitos de que se le acusa y termine con sus huesos en la cárcel, en vez de protegerlo y considerar que es un castigo vivir fuera de una comunidad sodálite. Aquellos que hemos vivido en tales comunidades y nos hemos retirado de ellas sabemos que es todo lo contrario: una bendición y una liberación que Figari no merece. Además podrían ahorrarse el dinero dedicado al dispendioso sustento de Figari para invertirlo en reparaciones más justas para las víctimas.

A todo esto, hasta ahora nadie ha explicado de dónde proviene el dinero para pagarle sus honorarios al Dr. Armando Lengua Balbi, abogado de Figari y uno de los más caros del Perú. Considerando que desde los años 70 Figari nunca ha trabajado, suponemos que es el mismo Sodalicio el que estaría asumiendo estos costos, mientras que la mayoría de las víctimas no tienen dónde caerse muertas, muchos menos tienen lo suficiente como para costearse un abogado. De ser esto cierto, el Sodalicio estaría otra vez protegiendo al perpetrador y abusando de las víctimas.

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FOTO OFICIAL DE LA V ASAMBLEA GENERAL DEL SODALICIO
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De izquierda abajo y en el sentido de las agujas del reloj: Óscar Tokumura, Enrique Elías, Alessandro Moroni, Ricardo Trenemann, José Ambrozic, Luis Ferroggiaro, Jaime Baertl y Javier Leturia

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E-MAIL ENVIADO EL 31 DE ENERO DE 2019 A ALESSANDRO MORONI CON COPIA A FERNANDO VIDAL, JOSÉ AMBROZIC Y JORGE OLAECHEA

Estimado Sandro:

Considero un paso positivo, aunque tardío, que quienes actualmente forman parte del Consejo Superior del Sodalicio sean personas que no han tenido ningún cargo de responsabilidad en el momento en que ocurrieron los abusos en el Sodalicio, con lo cual están cumpliendo por fin con una de las recomendaciones de la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación, aunque sea parcialmente, pues todavía hace falta hacer lo mismo con todos los superiores de comunidades y consejeros espirituales.

Asimismo, le tomo la palabra a lo que se dice en el comunicado de la V Asamblea:

«Como Asamblea queremos pedir sincero perdón a las víctimas de estos abusos y maltratos. Renovamos nuestro compromiso por hacer todo lo que esté en nuestras manos para seguir sanando estas heridas y sufrimientos en justicia y en caridad, y evitar que acciones como éstas vuelvan a ocurrir» (n° 4).

«A quienes se han sentido heridos o se han distanciado, les rogamos acojan esta petición de perdón y esperamos con el paso del tiempo podamos restablecer la comunión y amistad» (n° 9).

Entiendo que estas sinceras palabras no están dichas para quedarse en el plano de lo general, sino que se está dispuesto a hacer esto mismo personalmente con cada uno de quienes han sido heridos o maltratados por los hechos luctuosos ocurridos en el Sodalicio.

Por eso mismo, te agradecería que me envíes las señas de José David Correa para poder iniciar un diálogo personal al respecto. Puede ser dirección de correo electrónico, teléfono fijo o móvil, o usuario de Skype.

Este pedido también se dirige a aquellos a quienes se envía este mensaje en copia.

En caso de no recibir respuesta o no se acceda a mi pedido, no quisiera que José David se entere a través de los medios de que he querido iniciar un diálogo reconciliador con él y sus subordinados me han negado esta posibilidad, además de que el comunicado del Sodalicio quedaría como letra muerta, como mero papel mojado.

Un cordial saludo

Martin Scheuch

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FUENTES

Caretas
El Canto de Moroni (Jueves, 2 de Marzo de 2017)
http://caretas.pe/sociedad/78370-el_canto__de_moroni

Diario Correo
Fiscalía pide documentos sobre Cipriani por presunto encubrimiento al Sodalicio (08 de Agosto del 2018)
https://diariocorreo.pe/peru/fiscalia-documentos-cipriani-presunto-encubrimiento-sodalicio-834784/

Sodalicio de Vida Cristiana
Mensaje de Alessandro Moroni sobre Luis Fernando Figari (10 Feb 2017)
https://sodalicio.org/comunicados/mensaje-de-alessandro-moroni-sobre-luis-fernando-figari/
Comunicado de la V Asamblea: Perdón y Reconciliación (27 Ene 2019)
https://sodalicio.org/noticias/comunicado-de-la-v-asamblea-perdon-y-reconciliacion/
Clausura de la V Asamblea y fin del Comisariamiento del Sodalicio (28 Ene 2019)
https://sodalicio.org/noticias/clausura-de-la-v-asamblea-y-fin-del-comisariamiento-del-sodalicio/

OTRA MÁS DE MONS. EGUREN

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El 10 de mayo de 2016 el estudio de abogados Benites, Vargas & Ugaz presentó una denuncia ampliatoria, acusando ante el Ministerio Público a ocho miembros y ex miembros del Sodalicio de los siguientes delitos: secuestro, lesiones graves y asociación ilícita para delinquir. Esto originó una carta fechada el 1° de junio de 2016 —firmada originalmente por 47 supuestos ex sodáliltes, a los cuales se sumarían posteriormente otros 22—, rechazando las denuncias en su totalidad porque «se le atribuye al Sodalicio haber sido creado y permanecido durante años como una organización criminal».

Aún así, los firmantes reconocían los delitos sexuales cometidos dentro de la organización, repudiando a sus autores, y añadían: «Nos solidarizamos con las víctimas de cualquier miembro o ex miembro del SCV y exigimos la asistencia inmediata de cada una de estas personas que sufren las secuelas de dichos actos ilícitos o inmorales».

En su carta notarial del 23 de agosto de 2018, Mons Eguren me remite a esa carta en el siguiente párrafo: «Si esa cultura [del sometimiento y del abuso] hubiese sido tal y generalizada, como usted la describe en su artículo, no se entendería al día de hoy por qué existen miembros del Sodalicio o ex sodálites agradecidos de haber pertenecido a esta sociedad de vida consagrada laical».

He revisado la carta de cabo a rabo y no he encontrado ninguna palabra de agradecimiento al Sodalicio. Incluso se menciona que «en algunos casos puede haberse dado alguna tensión tanto para nuestro ingreso como para nuestra salida del SCV», experiencia muy frecuente en todos los que somos ex sodálites.

La preocupación principal de los firmantes está en que no se les señale «como ex miembros de una organización criminal, pues durante nuestra pertenencia al SCV nuestra labor no tuvo relación alguna con actividades ilícitas de ningún tipo».

El sábado 1° de septiembre me llegó un e-mail de uno de los firmantes —que prefiere mantener su nombre en reserva—, indignado por la manera en que Mons. Eguren cita el documento, «a manera de negar la cultura de abuso generalizada al interior del SCV y viendo en ella un número importante de ex miembros agradecidos con la institución».

Según él, «se desvirtúa el contenido, del cual hoy no comparto varios puntos, pero que el obispo omite al momento de citar, como son los puntos iniciales en los que se repudia las conductas de Figari y compañía y la solidaridad con las víctimas.

La poca empatía y comprensión del caso Sodalicio en las palabras del obispo son desalentadoras por donde se las mire, habiendo pasado mucha agua debajo del puente y mucho tiempo en que su silencio ingenuamente fue entendido a manera de reflexión por quien te escribe. Se percibe en ellas un grado de soberbia no menor, amparado en su autoridad y las heridas heredadas de la institución que orgullosamente exhibe en su escudo arzobispal.

El mismo tiempo de silencio cómplice y nada reflexivo por parte de Mons. Eguren, fue el que me tomé para entender en su profundidad los daños ocasionados en mi persona en los años en que permanecí en el SCV. Fui de los que salió agradeciendo y de los que permanecí cercano a los varios trabajos apostólicos, pero que hoy los entiendo como una manera de saldar la culpa por mi “traición” al salir de la institución para responder a una vocación “menor”…»

Asimismo relata que «después de haber hablado con varios ex miembros, algunos firmantes del documento citado, me señalaron que no lo volverían a hacer pues entendieron que ello sólo alimentaba la ceguera y soberbia de los que, como Mons. Eguren, siguen la corriente “negacionista” dentro y fuera del Sodalicio».

A fecha de hoy, sólo tres de los ocho denunciados en el caso Sodalicio siguen en condiciones de tales (Luis Fernando Figari, Virgilio Levaggi y Óscar Tokumura), otras tres personas han sido añadidas como denunciados (Jeffery Daniels, Daniel Murguía y Ricardo Trenemann), y en la lista de agraviados se ha incluido junto con los cinco primeros denunciantes a otras nueve personas naturales —entre las cuales estoy yo— y una entidad del Estado.

Sabiendo que no es competencia del ámbito judicial determinar toda la verdad sobre un tema, sino investigar sólo la responsabilidad penal de personas a la que se les pueda demostrar haber cometido delitos, quienes somos sobrevivientes del Sodalicio y testigos veraces de lo que experimentamos allí seguiremos buscando la manera de que se haga justicia, aunque sea un obispo quien niegue con argumentos falaces la verdad de los hechos.

(Columna publicada en Altavoz el 3 de septiembre de 2018)

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FUENTES

Carta notarial de Mons. José Antonio Eguren por columna de Martin Scheuch (24 de agosto, 2018)
https://altavoz.pe/2018/08/24/117852/carta-notarial-de-mons-jose-antonio-eguren-por-columna-de-martin-scheuch/

Denuncia penal ampliatoria contra 7 miembros y 1 ex miembro del Sodalitium Christianae Vitae (interpuesta el 10 de mayo de 2016)
https://de.scribd.com/doc/312903379/Denuncia-Sodalitium-Christianae-Vitae

Carta de 47 ex sodálites rechazando denuncia penal contra el Sodalicio (1° de junio de 2016)
https://de.scribd.com/doc/314749279/Carta-ex-soda-lites

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Carta “Ya no soy de los 47”, escrita por uno de los firmantes de la carta abierta del 1° de junio de 2016 rechazando la denuncia penal contra el Sodalicio

Estimado Martín:

El motivo de esta carta es hacerte llegar la opinión de uno de los firmantes del documento en que 47 ex sodálites manifestaron su rechazo a la denuncia hecha por algunos otros ex miembros de la institución, y en la que se menciona al Sodalicio como una organización creada para delinquir, escrita y firmada el año 2016 y que hoy ha vuelto a tomar cierto protagonismo.

Lo primero que quiero dejar en claro es que escribo esto porque leí la carta notarial enviada por Mons. Eguren al diario Altavoz en relación a un artículo tuyo, donde el Arzobispo de Piura cita el documento por mí también firmado, a manera de negar la cultura de abuso generalizada al interior del SCV y viendo en ella un número importante de ex miembros agradecidos con la institución. La manera en cómo se cita dicho documento me motivó a escribirte porque se desvirtúa el contenido, del cual hoy no comparto varios puntos, pero que el obispo omite al momento de citar, como son los puntos iniciales en los que se repudia las conductas de Figari y compañía y la solidaridad con las víctimas. Líneas después, en el punto sexto se entiende que, si bien, varios entramos y salimos de forma libre del SCV, aquello no estuvo ajeno a manipulaciones y obstrucciones, no manifestando literalmente un sistema, pero sí dando testimonio de ello.

Los puntos finales del documento son los que desde el principio no estuve de acuerdo, pero que sin embargo no los tomé en cuenta para mi decisión de enviar mi aprobación final para poner mi nombre en él.

Mi real interés a participar de esta convocatoria hecha por redes sociales para la generación de este documento fue el de dejar en claro que no pertenecí a una organización criminal, y pensé que el autorizar poner mi nombre en él sería una buena y aliviadora señal para mi familia, la que aún no terminaba de digerir todo lo que escuchaba, leía y veía en la prensa. En otras palabras, mi intención fue la de decirle a mi familia: “no se sientan culpables. Ustedes no me permitieron ingresar a banda criminal disfrazada de institución religiosa.” Ya era suficiente la culpa y la vergüenza que sentían al saber dónde habían dejado ingresar a su hijo, no escuchando los comentarios de familiares, amigos y religiosos amigos de otras comunidades que recomendaban hacerme cambiar de opinión.

La poca empatía y comprensión del caso Sodalicio en las palabras del obispo son desalentadoras por donde se las mire, habiendo pasado mucha agua debajo del puente y mucho tiempo en que su silencio ingenuamente fue entendido a manera de reflexión por quien te escribe. Se percibe en ellas un grado de soberbia no menor, amparado en su autoridad y las heridas heredadas de la institución que orgullosamente exhibe en su escudo arzobispal.

El mismo tiempo de silencio cómplice y nada reflexivo por parte de Mons. Eguren, fue el que me tomé para entender en su profundidad los daños ocasionados en mi persona en los años en que permanecí en el SCV. Fui de los que salió agradeciendo y de los que permanecí cercano a los varios trabajos apostólicos, pero que hoy los entiendo como una manera de saldar la culpa por mi “traición” al salir de la institución para responder a una vocación “menor”, justamente lo citado en el punto seis de la carta firmada.

Hoy comprendo la intención de los denunciantes al describir al Sodalicio como una organización criminal. Me sigue generando rechazo pero entiendo que es la manera de encontrar justicia terrena contra quienes fueron causantes de mucho sufrimiento. Hoy también comprendo la insistencia de los periodistas y víctimas del SCV al seguir denunciando los abusos, y la común falta de comprensión y empatía con quienes ven en ello una manera de ganarse portadas en los diarios. La insistencia en estos casos son los que permitieron conocer lo que sabemos hoy en Perú, Argentina, Chile, Australia, Estados Unidos, por mencionar algunos.

También quiero señalar que hoy, después de haber hablado con varios ex miembros, algunos firmantes del documento citado, me señalaron que no lo volverían a hacer pues entendieron que ello sólo alimentaba la ceguera y soberbia de los que, como Mons. Eguren, siguen la corriente “negacionista” dentro y fuera del Sodalicio. Por otra parte y en honor a la verdad, quisiera informarte que de varios de ellos y en momentos diferentes me comentaron una situación de la cual yo no estaba enterado y de que me sentí utilizado y engañado. Algunos ex miembros del SCV que tenían la intención de firmar y otros que finalmente lo hicieron, se refirieron a que esta carta fue la consecuencia de una discusión entre uno de los denunciantes y uno de los firmantes, tenía tintes de problemas personales. En palabras de quienes me hicieron saber esto, la carta fue una cierta venganza para desacreditar la denuncia y, como escribí, de la que nos hicieron parte de forma utilitarista.

En todo caso, estimado Martín, quiero hacerte saber que hoy, aunque mi nombre esté dentro de la lista, no comparto el contenido ni el uso de la misma de la manera ya citada.

Te pido mantener en reserva mi nombre para no acrecentar el sufrimiento de mi familia, los que al igual que varias otras, son víctimas secundarias de todo esto y de los que lamentablemente no se sabe mucho.

Abrazo, uno de los 47, que hoy no firmaría el documento.

EL FRAUDE SODALICIO

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El 8 de julio de 1997 el Sodalicio de Vida Cristiana recibió la aprobación pontificia, siendo erigido como sociedad de vida apostólica laical de derecho pontificio. Es decir, quedaba sustraído a la jurisdicción de los obispos locales, dependiendo directamente de un dicasterio romano.

Ese mismo año las autoridades sodálites descubrieron los abusos sexuales en perjuicio de menores cometidos por Jeffery Daniels y lo recluyeron en San Bartolo, sin informar ni a las autoridades civiles ni a las eclesiásticas.

No sé si la reclusión de Daniels fue anterior o posterior a la aprobación pontificia, pero lo cierto es que, de haberse sabido los motivos, se hubiese puesto en juego esa aprobación, obtenida mediante el engaño, el fingimiento, la simulación y un eficaz trabajo de lobby eclesiástico.

Eso lo relata en su blog José Rey de Castro, quien vivió 18 años a la sombra de Figari como sirviente a tiempo completo sin remuneración alguna ni libertad.

Inmediatamente después de su aprobación como instituto de derecho diocesano el 22 de febrero 1994 por el cardenal Augusto Vargas Alzamora, entonces arzobispo de Lima, la maquinaria del Sodalicio se puso en marcha para conseguir a la brevedad posible la aprobación pontificia, sin que ni a Figari ni a su círculo más íntimo les importara que en ese entonces ya se habían cometido abusos sexuales en la institución, y que tanto los abusos psicológicos (perpetrados mediante un sistema de destrucción del yo auténtico a través de la dominación y prácticas humillantes) como físicos (que encontraron su máxima expresión en los maltratos efectuados en San Bartolo) eran pan de cada día en la vida comunitaria sodálite, en mayor o menor intensidad, dependiendo del superior y de la casa en la que uno viviera. Tanto Figari como Germán Doig, su mano derecha, cargaban con víctimas sexuales en su conciencia, y Virgilio Levaggi —quien en los 80 llegó a ser el tercero en la cadena de mando— había abandonado la institución en 1987, tras haber cometido abusos sexuales que fueron encubiertos hasta época reciente por el Sodalicio.

No sólo callaron estas prácticas indebidas a las autoridades vaticanas, sino también les contaron el cuento de hadas de su “historia oficial” expurgada de hechos incómodos y de varios textos que sirvieron para la formación intelectual y espiritual de las primeras generaciones de sodálites (el Folleto Azul, las Memorias de Figari, etc.).

A esto se sumó el trabajo de lobby con cardenales, obispos y otras personalidades eclesiásticas, que tuvo su momento estelar en el V Congreso Internacional de Nueva Evangelización rumbo al Tercer Milenio (Lima, octubre de 1995), el último de una serie de congresos sobre la reconciliación que había organizado el Sodalicio a lo largo del tiempo en Arequipa (1985), El Callao (1986), Tacna (1987) y nuevamente El Callao (1989), con la excusa de profundizar en una determinada línea de pensamiento (la teología de la reconciliación), pero que en realidad sirvieron para tejer una red de contactos eclesiásticos que permitirían la expansión de la institución a otros países y su ascenso en la escala de poder al interior de la Iglesia católica.

Respecto al evento de 1995, señala Rey de Castro que «los grandes invitados de aquel congreso de la reconciliación serían quienes apoyarían luego la aprobación pontificia del SCV, pues se habían llevado una gran opinión de ellos en este evento y habían visto una buena “vitrina” preparada por el SCV», vitrina que incluyó decisiones anómalas como la aceleración de profesiones perpetuas (o consagración a perpetuidad) de numerosos sodálites —sin importar si verdaderamente tenían vocación a la vida religiosa—, el aumento considerable de aspirantes al Sodalicio así como la fundación de nuevas casas de comunidad. Y, por supuesto, el incremento de sodálites enviados a San Bartolo para su formación.

Finalmente, la Santa Sede aprobó al Sodalicio según la imagen que éste había proyectado de sí mismo. Si hubiera sabido la verdad, otro sería el cantar. Ahora que ya se sabe, ¿qué está esperando para retirar una aprobación que nunca debió ser otorgada?

Ése constituiría un primer paso para restarle poder al monstruo, permitiendo que los obispos locales tengan jurisdicción sobre las comunidades sodálites asentadas en sus diócesis. Sería el mal menor, pues lo ideal es que desaparezca lo que nunca debió existir.

(Columna publicada en Altavoz el 30 de abril de 2018)

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FUENTES

Familia Sodálite NOTICIAS
Los Congresos de la Reconciliación cumplen 30 años (11/03/15)
http://www.fsnoticias.org/cronicas/los-congresos-de-la-reconciliacion-cumplen-30-anos-10725

Mi vida en el Sodalicio (Blog personal de José Rey de Castro)
Hacia la aprobación pontificia del SCV
https://www.mividaenelsodalicio.app/hacia-la-aprobacion-pontificia-del-scv/

NOSOTROS, “CÓMPLICES” DE FIGARI

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Es una constante de la historia que los vencedores terminen declarando culpables de sus crímenes y delitos a sus víctimas. No otra cosa ocurrió después de la Segunda Guerra Mundial, donde ninguno de los vencedores fue juzgado por crímenes de lesa humanidad, cuando entran dentro de esta categoría las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki además de los bombardeos a rajatabla de las ciudades alemanas, gratuitos e innecesarios, pues no afectaron el desarrollo de la guerra pero causaron destrucción y pérdidas de cientos de miles de vidas humanas. Y no vale decir que los civiles japoneses y alemanes fueron responsables de desatar una guerra de alcance mundial, cuando la mayoría de ellos hubieran preferido que se mantuviera la paz. Se les puede considerar sobrevivientes de una catástrofe, pero no autores de ella.

A nivel más individual, los abusadores sexuales que quedan impunes —y quienes los apoyan— suelen cargar sobre los hombros de las víctimas la culpa de lo sucedido. Y esto mismo hizo el Vaticano en el caso de Figari, cuando llamó “cómplices” a quienes fueron objeto de la lubricidad del maquiavélico fundador del Sodalicio de Vida Cristiana.

La lógica que sigue el Vaticano es jurídica, pero no por ello menos alejada de la realidad. Según el actual Código de Derecho Canónico, «la persona que ha cumplido dieciocho años es mayor; antes de esa edad, es menor» (canon 97 §1). Y a continuación, estipula que «la persona mayor tiene el pleno ejercicio de sus derechos» (canon 98 §1). Lo curioso es lo aplicable a los menores de edad que hayan cumplido por lo menos 16 años, a los cuales el Código de Derecho Canónico considera susceptibles de recibir una pena en caso de que cometan una infracción, aunque no gocen del ejercicio pleno de sus derechos (ver cánones 1323-1324). Es decir, son responsables e imputables de delitos.

Dado que la inmensa mayoría de los afectados por los actos pecaminosos de Figari contra el 6° mandamiento eran mayores de 16 años, que «en algunos casos […] han declarado estar conformes o no haber opuesto resistencia o de toda formas de no haber percibido, en aquel momento, constricción alguna de parte del Sr. Figari», el Vaticano concluye que «dichos actos, por lo tanto, pueden ser al máximo considerados gravemente pecaminosos», pero no configuran «un abuso de menores y/o violencia».

De modo que sólo en uno de los casos conocidos de Figari se podría hablar de abuso de menores, dado que la víctima tenía menos de 16 años. Todo esto resulta bastante relativo, si consideramos que hasta el año 1977 en el Perú la mayoría de edad se alcanzaba recién a los 21 años de edad. Por consiguiente, muchas de las víctimas de Figari en los 70 habrían sido menores de edad según la ley vigente.

Por otra parte, los tecnicismos jurídicos mencionados dejan indefensas a las víctimas, pues se obvia que quienes fuimos objeto de abusos sexuales, psicológicos y físicos nos hallábamos en una situación vulnerable, en un contexto donde era casi imposible ejercer resistencia, pues se nos había inculcado desde que éramos menores de edad que Figari era un elegido por Dios para llevar adelante una obra divina y, por consiguiente, le debíamos obediencia absoluta. Mientras fui sodálite, nunca estuve en capacidad de contradecir a Figari, y consentí a los dos correazos que se me dieron en la espalda desnuda, sin oponer resistencia.

Nosotros, víctimas de abusos sexuales, psicológicos y físicos, podremos ser considerados “cómplices” de Figari por ser mayores de edad con derechos plenos, pero en realidad estábamos esclavizados a la voluntad de un megalómano sádico y manipulador. Y eso lo reconoce el mismo Vaticano, cuando señala que Figari «utilizó estrategias y métodos de persuasión impropios, es decir solapados, arrogantes y de todos modos violentos e irrespetuosos del derecho a la inviolabilidad de la propia interioridad y discreción, y por lo tanto a la libertad de la persona humana de discernir con autonomía las propuestas o las decisiones».

Mientras se siga insistiendo en resaltar la edad de las víctimas —cuando casos de pederastia en el Sodalicio sólo serían los cometidos por Jeffery Daniels y Daniel Murguía— y no la naturaleza de los abusos, seguiremos desprotegidos y nunca se nos podrá hacer justicia.

(Columna publicada en Altavoz el 30 de octubre de 2017)