INCONSISTENCIAS Y FALSEDADES EN LOS INFORMES DEL SODALICIO

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Ian Elliott y Kathleen McChesney, autores junto con Monica Applewhite de los informes del Sodalicio

A lo largo del tiempo, el Sodalicio siempre ha ido acomodando su propia historia de acuerdo a su visión cambiante de la institución, arrancando las páginas incómodas del pasado, ocultando hechos y reinterpretando otros de manera benigna. Sin embargo, en la actualidad le resulta imposible negar hechos luctuosos que han sido documentados y verificados por la investigación periodística y corroborados por testimonios de innegable verosimilitud. Sólo les queda el recurso de reinterpretar los acontecimientos. Y para estos fines son muy útiles los dos informes evacuados por los tres expertos internacionales, contratados por una suma en dólares que desconocemos, pero que suponemos tan alta y escandalosa, que el Sodalicio no se atrevería a hacerla pública.

Ambos informes, dados a conocer a la opinión pública el 14 de febrero de este año, tienen fecha del 10 de febrero, último día del reciente cónclave sodálite realizado desde el 7 de febrero en la Casa de Retiros de los Pasionistas en La Molina, estando presente el delegado vaticano, el cardenal Joseph William Tobin (ver http://caretas.pe/sociedad/78233-diluyendo_el_pecado).

Los informes llevan como título, a saber:

  • Abusos Perpetrados por el Sr. Luis Fernando Figari y el Abuso Sexual a Menores por parte de Ex Sodálites
  • Abusos Perpetrados por Sodálites y Respuestas del SCV a las Acusaciones de Abuso

Si bien el primer informe presenta abundante información que valida no sólo lo que relata el libro Mitad monjes, mitad soldados de Pedro Salinas y Paola Ugaz, sino también lo que yo escribí en mi blog Las Líneas Torcidas a partir de noviembre de 2012, también presenta inexactitudes sobre la reacción que tuvieron las autoridades sodálites ante los casos de abusos.

Por ejemplo, se dice que Figari le prohibió en el año 2008 al entonces Vicario General Eduardo Regal reunirse con Rocío Figueroa, quien había dado a conocer un caso de abuso de una joven de 16 años por parte de Germán Doig, ante lo cual Regal decidió desobedecer a Figari e iniciar una investigación para determinar si había otras víctimas. Según el primer informe, tras investigar durante dos años, «Regal determinó que Doig había abusado de otros menores de edad y en 2011, en contra de los deseos de Figari, informó a la comunidad del SCV y al público que Doig había cometido actos que eran “contrarios a su promesa de celibato”, aunque no reveló que Doig había abusado de menores. Esta noticia conmocionó a la mayoría de los miembros de la comunidad del SCV, y a unos cuantos sodálites aún hoy se les hace difícil creer que Doig era un abusador».

Asimismo, Regal sería el artífice de la renuncia de Figari, pues en el año 2010 él «y otros en el Consejo Superior se encontraban extremamente preocupados por el comportamiento y las acciones de Figari, particularmente por su maltrato y abuso de los hermanos en la comunidad y personas en la familia espiritual del SCV. Ellos creían que la conducta de Figari, que era bien conocida por muchos de los miembros, era totalmente incompatible con la vida de un sodálite. Como resultado, Regal tomó el paso radical y sin precedentes de pedir a Figari que se retirara de la vida pública para llevar una vida de conversión, retiro y oración. Le prohibió aparecer en actividades públicas del SCV, del Movimiento de Vida Cristiana o en los eventos de la familia SCV, le prohibió presentarse a sí mismo como autoridad del SCV o en representación de la misma, así como asistir a Misas de aniversario o Misas públicas, publicar libros nuevos y participar en el Consejo Pontificio de Laicos. Pero los demás miembros de la comunidad no conocían estas medidas y creían que su retiro obedecía a motivos de salud».

La verdad es otra. En el libro Mitad monjes, mitad soldados se cuenta que fue Rocío Figueroa, —que había seguido investigando y contactando a más víctimas de Doig— quien le habría exigido a Regal el cierre de la causa de beatificación de Doig y la renuncia de Figari. Ésta se concretó el 8 de diciembre de 2010 y fue anunciada por el mismo Figari, aduciendo motivos de salud, tal como informó oficialmente ACI Prensa (ver https://www.aciprensa.com/noticias/fundador-anuncia-nueva-etapa-para-la-familia-sodalite/).

El 15 de julio de 2016, el mismo Regal hizo declaraciones en la Fiscalía que contradicen el papel heroico que le atribuyen los informes:

PREGUNTADO DIGA: Indique usted si conoce el motivo de por qué Luis Fernando FIGARI RODRIGO dejó de ser Superior General.
Dijo: Que sí, conozco. En el año 2010 FIGARI sufrió una operación médica complicada al abdomen, luego de dicha operación se le presentaron infartos cerebrales múltiples que lo dejaron incapacitado para el gobierno, sus capacidades intelectuales y físicas quedaron disminuidas y por lo tanto era indispensable poder contar con un Superior general en ejercicio, es así que varios sodálites, entre ellos yo, le recomendamos encarecidamente que deje el puesto de servicio de Superior General para poder tener un gobierno efectivo.

PREGUNTADO DIGA: Indique usted si en el periodo que fue usted Superior General, recibió denunciados por miembros del SCV por abusos cometidos contra ellos por Luis Fernando FIGARI.
Dijo: Que recibí denuncias y en cada caso procedí según el debido proceso en el marco ya explicado de las atribuciones del Superior General en el que debe existir verosimilitud, pruebas suficientes para, según eso, verificar si hay delito tipificado y vigente y abrir proceso o descartar dichas denuncias o proceder a medidas disciplinarias o administrativas. En ninguna de las denuncias que recibí, luego de investigar, encontré los elementos señalados.

Que Regal desestimó las denuncias contra Figari lo confirma el P. Jean Pierre Teullet en su célebre carta interna del 20 de octubre de 2015 (ver UNA CARTA DEL P. JEAN PIERRE TEULLET, SODÁLITE):

«En mayo del 2012, luego de varios meses de dialogo infructuoso con las autoridades, 4 sodálites presentamos formalmente “pedidos de investigación” contra el Hno. Luis Fernando Figari por actos graves e inmorales cometidos por él […]. Estos pedidos fueron desestimados, primero por el superior general de entonces, el Hno. Eduardo Regal, y luego, al ser presentados nuevamente por mí de modo formal en abril del 2013 al nuevo superior general, el Hno. Alessandro Moroni, fueron también desestimados por él. En ambos casos, nunca se realizó una investigación formal […]. Nunca se erigió un jurado, nunca se nos solicitó el testimonio formal, nunca hubo actas, nunca se dio un dictamen, y menos se nos respondió de modo formal la conclusión de dicho proceso».

Respecto a la interrupción del proceso de beatificación de Doig, tampoco hubo transparencia de parte del Sodalicio. El proceso fue interrumpido recién a fines de 2010, aduciendo que Doig no había alcanzado la heroicidad de virtudes, siendo que ya habían desde antes claras evidencias de los abusos perpetrados por él. Mientras tanto, se siguió promoviendo su figura como la de un sodálite ejemplar —«el mejor entre nosotros» según Figari— hasta el último momento.

El comunicado de Regal se hizo sólo internamente y de manera discreta —supongo que para “evitar el escándalo”—, no de manera pública, como señala falsamente el informe correspondiente. La noticia recién se dio a conocer a la opinión pública con la edición del 1° de febrero de 2011 de Diario16, gracias a que Rocío Figueroa pudo filtrar la información a la prensa con la ayuda de Pedro Salinas. Hasta ese momento, todos los esfuerzos de las autoridades del Sodalicio se habían concentrado en evitar que se dieran a conocer los hechos, a saber, que Doig había abusado sexualmente de jóvenes a su cargo.

Respecto a Jeffery Daniels, se cuenta que estuvo aislado en San Bartolo desde 1998 hasta poco después de la muerte de Germán Doig en el año 2001. El primer informe señala que «fuera de algunas autoridades como Figari y Doig, nadie sabía la verdadera razón por la cual Daniels se encontraba aislado o la amenaza que representaba para los menores».

Sin embargo, poco antes se señala que en el año 1997 un amigo de una de las víctimas le contó a un sodálite que Daniels había abusado de su amigo, y este sodálite se lo contó al Superior Regional. «El Superior regional contactó a Doig, quien al momento se encontraba en Roma con Figari. Doig le indicó al Superior regional que enviara al agresor al centro de formación de San Bartolo para un período de retiro hasta que se pudiera determinar un mejor curso de acción y que él, Doig, se encargaría de las familias de las víctimas. Doig también informó a Figari sobre el tema. El Superior regional realizó investigaciones adicionales y determinó que Daniels había abusado de hasta ocho jóvenes menores de edad. Después de que Doig y Figari regresaron de Roma, asistieron a la siguiente reunión del Consejo Superior donde la situación de Daniels fue tema de discusión».

¿Quiénes, además de Doig, formaban parte del Consejo Superior en ese momento?

De las declaraciones ante la Fiscalía de los acusados penalmente en el caso Sodalicio, se desprende que los otros miembros del Consejo Superior eran Jaime Baertl, José Ambrozic, Erwin Scheuch y una cuarta persona cuyo nombre desconocemos. Además, Oscar Tokumura ha declarado que tuvo conocimiento de los abusos de Jeffery Daniels en el año 1997, y cuando asumió el cargo de superior en San Bartolo, Daniels ya se encontraba allí. Su predecesor en el puesto de superior, Miguel Salazar, también habría conocido los motivos que llevaron a su aislamiento.

Salvo el primer sodálite mencionado de nombre desconocido, al cual se puede considerar inocente dado que comunicó de buena fe y adecuadamente el primer abuso conocido de Daniels a la autoridad correspondiente, los demás sodálites con cargos de responsabilidad —un total de 9 personas— no hicieron absolutamente nada para que Daniels fuera sancionado y serían cómplices de encubrimiento y haberlo ayudado a sustraerse a la justicia.

Después de verificar esto, uno se pregunta si los sodálites que tuvieron o tienen puestos de responsabilidad en la institución les dijeron toda la verdad a los expertos. O al contrario, como ocurrió en la Fiscalía, mintieron a diestra y siniestra. Pues cuesta admitir como cierto lo que dice el siguiente texto tomado del segundo informe: «Desafortunadamente, algunos imitaron el comportamiento manipulador y cruel de Figari durante estos diálogos, a pesar de que se sentían incómodos al hacerlo. Sólo un pequeño número de sodálites, por ejemplo, Doig, Regal, el P. Jaime Baertl, y algunos de los secretarios más cercanos a Figari, se sintieron empoderados para confrontarlo sobre su conducta». Resulta difícil creer que alguien como Regal —quien no le dio crédito a las denuncias contra Figari— se haya enfrentado a él. Pero aún más difícil resulta creer que lo haya hecho el P. Baertl, de quien no conozco que nunca jamás haya hecho ninguna crítica contra Figari, que lo ha defendido a capa y espada, y —según recuerdo— solía mantener una actitud aduladora hacia el fundador. Además de que se le parecía mucho en la manera como manipulaba las conciencias ajenas, y era tanto o más vulgar y procaz en su lenguaje que el mismo Figari.

El intento de salvar a la institución a como dé lugar —constante perversa que ha estado presente a lo largo de toda la historia del Sodalicio— también se halla presente en varias partes de los informes. Como, por ejemplo, en el siguiente texto del segundo informe: «La mayoría de los sodálites eran, y son, personas piadosas, con un carácter bueno y moral, atraídos por el Evangelio y los aspectos positivos de la cultura del SCV. Estos sodálites inspiraron y sirvieron como modelos y directores espirituales para los jóvenes, los aspirantes y sus compañeros sodálites. No fue, entonces, la cultura del SCV la que causó que los agresores cometieran actos de abuso, pero hubo autoridades o sodálites mayores que permitieron o alentaron abusos físicos y psicológicos».

Lo que sigue a continuación contradice este enunciado, pues se analizan elementos de la cultura institucional que crearon un ambiente favorable a que se cometieran abusos: el carácter icónico de Figari como personificación de la cultura del SCV, que debía ser imitado por todos; la naturaleza reservada del SCV y su falta de transparencia; el esfuerzo por desarrollar una organización religiosa casi militar; la obediencia total que se exigía a los sodálites. «A la luz de sus promesas de total obediencia a las autoridades del SCV, algunos sodálites se sintieron presionados a obedecer a sus superiores en todos los asuntos, incluso cuando se les ordenaba que trataran a sus hermanos de manera nociva para su bienestar físico o mental».

Es decir, la misma cultura del Sodalicio favoreció que personas buenas, piadosas y moralmente rectas cometieran actos repudiables. La bondad y rectitud moral de muchos sodálites —de lo cual yo mismo puedo dar fe— no puede ser considerado argumento para negar que la enfermedad estaría en el sistema, en la misma arquitectura institucional y cultural del Sodalicio.

«Los expertos no han encontrado indicios de complicidad ni conspiración entre los presuntos abusadores», señala Alessandro Moroni en la carta preliminar a los informes. «Los expertos identificaron ciertos elementos de la cultura del Sodalicio que, de alguna manera permitieron que estos reprobables hechos hayan podido ocurrir». Lo cual no hace más que confirmar que el problema sí estaba en la cultura del Sodalicio, generada desde arriba por el mismo Figari. Pues el hecho de que personas que no se coludieron cometieran abusos similares apunta a que la raíz del problema se halla en el sistema en que están insertos, como señala el testimonio de un formador: «Abusé y fui duro porque así me formé, de hecho mi formación fue aún peor. Simplemente no conocía otra manera. Me avergüenzo de lo que hice».

Finalmente, cuando uno revisa las fuentes de los informes se puede verificar una omisión grave. Los expertos no hablaron en ningún momento con ninguno de los integrantes de la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación. Era de esperarse, pues el Sodalicio ha estado siempre interesado en quitarle peso al informe emitido por esta Comisión, y esto se refleja en el segundo informe cuando se dice que ésta «no llevó a cabo una investigación exhaustiva de todas las denuncias reportadas ni examinó la cultura actual del SCV». Esta conclusión se basa sólo en el texto del Informe Final, y no tiene carácter concluyente desde el momento en que no se convocó a ninguno de los comisionados para interrogarlos sobre la manera en se realizaron las sesiones de trabajo. A diferencia de los expertos contratados por el Sodalicio, trabajaron de manera independiente sin recibir remuneración alguna. Lo único que para ellos personalmente estaba en juego era su reputación, la cual ha quedado indemne al comprometerse en la búsqueda de la verdad sin concesiones a intereses institucionales.

Los informes del Sodalicio no dan respuesta satisfactoria a todos los interrogantes, dejan muchas verdades en la sombra y generan muchas preguntas que requerirían de una investigación más a fondo. De ahí la urgencia y necesidad de que se establezca una comisión investigadora en el Congreso de la República. Para que se sepa al fin toda la verdad, sin maquillajes ni interpretaciones interesadas.

(Columna publicada en Altavoz el 19 de febrero de 2017)

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FUENTES

Informes sobre Abusos y Respuesta en el Sodalicio de Vida Cristiana (10 de febrero de 2017)
http://sodalicio.org/wp-content/uploads/2017/02/Informe-Abusos-Febrero2017.pdf

Declaraciones indagatorias de Alessandro Moroni, José Ambrozic, Erwin Scheuch, Eduardo Regal, Óscar Tokumura y Jaime Baertl ante la Fiscalía de la Nación
https://scvleaks.wixsite.com/scvleaks

CAZADORES DE VAMPIROS

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Los recientes informes del Sodalicio, elaborados por tres expertos internacionales, se asemejan a esas películas de terror que la productora británica Hammer produjo en los años ‘50 y ‘60. A las anécdotas terroríficas protagonizadas por cuatro seres monstruosos (Luis Fernando Figari, Germán Doig, Jeffery Daniels y Virgilio Levaggi) se suman las andanzas de dos Van Helsing que buscaron combatir a estos vampiros de almas: Eduardo Regal y Alessandro Moroni.

Pues no otra cosa nos transmiten los relatos consignados.

Regal, desobedeciendo a Figari, decidió investigar a Doig tras una denuncia que presentó Rocío Figueroa —siendo ésta la única vez que se la menciona en los informes—. Como Vicario General, habría llevado adelante la investigación que terminó con la fama de santidad de Doig, comunicándole el resultado a la Familia Sodálite. El mismo Regal fue quien, sin presiones externas, habría solicitado a Figari que se retire de la vida pública debido a su maltrato y abuso de los hermanos en la comunidad, ocasionando su renuncia.

Cuando Moroni toma la posta de Regal como Superior General, no se queda atrás en hazañas heroicas. Por propia iniciativa, aísla a Figari en Roma y continúa con la investigación a fin de llegar a la verdad, declarándolo finalmente “persona non grata”.

La caída de Figari se debe atribuir a estos dos cazadores de vampiros.

No a la labor que realizó Rocío Figueroa en silencio durante seis años cargados de sufrimientos, sin recibir apoyo del Sodalicio. Ni tampoco a lo que escribí desde fines de 2012 a 2015 —tres años que fueron un infierno— describiendo el perverso sistema sodálite. Mucho menos a los valerosos denunciantes, ni a Pedro Salinas, ni a Paola Ugaz.

(Columna publicada en Exitosa el 18 de febrero de 2017)

EL SODALICIO EN SU LABERINTO

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Lunes 3 de octubre, cuatro de la tarde en la ciudad alemana de Mannheim, a orillas del Rin. Sentado en un café en la estación del tren, converso con un joven ex-sodálite y escucho cómo logró fugarse del Sodalicio. Una historia que parece la trama de un thriller policíaco. Lo cual me confirma en la sospecha de que esta institución se asemeja más a un grupo sectario o a la mafia —no obstante su proclamada finalidad religiosa— que a una organización eclesial católica. Quizás juntando ambos extremos se podría describirla con una expresión que suena paradójica, pero que no puede ser más precisa: “secta católica”.

En esa conversación mi interlocutor me confirma lo que yo ya sabía a través de otra fuente: que Ricardo Trenemann, sodálite con quien compartí escenario en varias ocasiones cuando yo todavía era integrante del grupo musical Takillakkta, habría intentado abusar sexualmente de un joven sodálite de comunidad, utilizando el cuento de los masajes en la zona del perineo, entre el ano y los genitales. Una perversa estrategia, similar a la que aplicó Figari con una de sus víctimas, cuando le dijo que había que despertar la energía kundalini situada en la misma región íntima. Y si bien Trenemann no habría podido consumar el abuso esa vez debido a que la víctima se negó a colaborar, en una comunidad sodálite de Brasil habría logrado dar cumplimiento a sus insanas intenciones con otro muchacho, terminando la cosa en masturbaciones mutuas.

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Ricardo Trenemann

El de Ricardo Trenemann es uno más de los nombres que se añade a la lista de presuntos abusadores sexuales del Sodalicio, comenzando por Luis Fernando Figari y siguiendo con Germán Doig, Virgilio Levaggi, Jeffery Daniels, Daniel Murguía, Luis Ferrogiaro y Javier Leturia. A ella habría que añadir una larga lista de maltratadores psicológicos y físicos, entre los cuales se contarían Alberto Gazzo, José Antonio Eguren, Alfredo Garland, Alfredo Draxl, Óscar Tokumura, Daniel Cardó, Alessandro Moroni y otros cuyos nombres todavía no han sido revelados. Pues no conozco a ningún sodálite con un puesto de responsabilidad que no haya violentado en algún momento la conciencia personal de quienes estaban a su cargo o que no haya intentado doblegar sus voluntades mediante técnicas de manipulación psicológica, entre las cuales se encuentran las órdenes humillantes y la exigencia de una obediencia absoluta, sin límites. Era algo que formaba parte inherente del sistema de disciplina y formación.

A lo largo del tiempo se han ido acumulando críticas, siendo las más acertadas las de aquellos que en algún momento formaron parte de la institución. Pero las críticas no sólo han venido desde afuera. También hay quienes se han atrevido a hacer ejercicio de crítica constructiva desde dentro de la institución, lamentablemente sin resultados. Quienes se atreven a dar este paso suelen ser condenados a una especie ostracismo interno, son sometidos a un escrutinio minucioso que hurga en sus vidas personales con el fin de atribuir a sus problemas psicológicos —reales o inventados— las críticas expresadas, y tarde o temprano terminan por salirse de la institución. Como está ocurriendo con el P. Jean Pierre Teullet, quien tuvo el valor de enfrentarse a la cúpula sodálite para echarle en cara haber faltado a la verdad en un comunicado oficial a la opinión pública.

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Manuel Rodríguez Canales

Otro caso es el de Manuel Rodríguez alias “Roncuaz”, un adherente sodálite ubicado en la periferia institucional —pues está casado y, por lo tanto, no vive en ninguna comunidad—, quien ocasionalmente ha formulado a través de su blog críticas veladas pero certeras a la institución, sin distanciarse formalmente del Sodalicio, y sus bien intencionadas reflexiones han caído sistemáticamente en saco roto.

Mucho antes de la publicación del libro Mitad monjes, mitad soldados de Pedro Salinas y Paola Ugaz, un sodálite que buscaba un cambio advirtió con lucidez a las máximas autoridades del Sodalicio de los peligros de una estructura autoritaria, que había sido creada por el mismo Figari para tener un poder absoluto e incuestionable. Y que los reglamentos internos estaban planteados de tal manera, que el miembro de la organización se convertía en un instrumento sujeto a la arbitrariedad de los superiores, los cuales gozaban de una autoridad absoluta, cuyos alcances y límites no se estipulaban en ninguna parte. La mayoría de las vocaciones sodálites habrían sido reclutadas en edad escolar, cuando la persona todavía no tiene suficiente criterio de juicio pero está predispuesta a opciones radicales. La formación consiguiente estaba orientada a quebrar la voluntad de la persona mediante dinámicas de obediencia irracional, ejercicios extremos, castigos e introspecciones psicológicas. A ello se suma la injusticia de trabajar años gratuitamente sin recibir una remuneración, sin dinero cotizado a un fondo de pensión, sin seguro médico, de modo que quien decide dejar la organización cae en una situación injusta de sostenimiento, además de no contar con una experiencia laboral que le permita acceder a un trabajo adecuado.

Sordo a toda voz crítica —venga de donde venga—, incapaz de reconocer las propias deficiencias estructurales y manteniendo una actitud autorreferencial, cerrado en sí misma y practicando colectivamente la ley del silencio al estilo de la mafia italiana, el Sodalicio no se esperaba el golpe que significó la publicación del libro de Salinas y Ugaz en octubre de 2015.

El mando sodálite terminó asumiendo tardíamente que una defensa de Figari ya no era plausible, pero no lo expulsó como estipulan sus Constituciones para estos casos. Bajo la dirección de Alessandro Moroni, si bien el Sodalicio no ha defendido a Figari, sí lo ha protegido, pues su caída definitiva significaría el fin de una historia, arrastrando consigo lo que todavía queda de la institución, incluyendo su patrimonio y sus fuentes de ingresos, como las universidades, los colegios, los cementerios, los negocios inmobiliarios, mineros, agrícolas, etc.

La creación de una Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación en noviembre de 2015, integrada por cinco reconocidas personalidades de impecable trayectoria profesional y filiación católica, habría constituido una jugada estratégica para limpiarse la cara, pues con ello se habría querido demostrar que el Sodalicio estaba realmente preocupado por las víctimas y que estaba tomando las medidas del caso para atenderlas y ofrecerles una justa reparación por los daños sufridos. Sin embargo, lo que sucedió después fue inaudito.

Una vez que la Comisión emitió su lúcido y demoledor Informe Final el 16 de abril de 2016, después de haber recogido durante cerca de cuatro meses más de cien testimonios de víctimas, muchas de las reacciones al interior del Sodalicio fueron de rechazo a las conclusiones del Informe. De la boca para afuera se lo aceptó oficialmente, pero en la práctica no se implementó ninguna de las recomendaciones hechas por los comisionados.

Más bien, el Sodalicio decidió contratar a tres especialistas extranjeros —la estadounidense Kathleen McChesney, ex número 3 del FBI y asesora de la Conferencia Episcopal Norteamericana; el irlandés Ian Elliott, que estuvo a cargo de la investigación de la crisis de abusos sexuales del clero en Irlanda; y la estadounidense Mónica Applewhite, especialista en prevención—, no para implementar las recomendaciones de la Comisión de Ética, sino para volver a hacer el mismo trabajo prácticamente desde cero —investigando y volviendo a hablar con las víctimas—, con la esperanza de obtener tal vez un informe más benigno y favorable. El ahora cardenal Joseph William Tobin, arzobispo de Indianapolis (EE.UU.) y delegado vaticano para el caso Sodalicio, está esperando el informe que redactará la señora McChesney, a fin de tomar una decisión.

Mientras tanto, sigue su curso la denuncia penal ampliatoria interpuesta en mayo de 2016 contra Figari, otros seis miembros y un ex-miembro de la institución —Jaime Baertl, José Ambrozic, José Antonio Eguren, Eduardo Regal, Óscar Tokumura, Erwin Scheuch y Virgilio Levaggi— por los delitos de asociación ilícita para delinquir, secuestro y lesiones graves.

Las declaraciones de Figari a la prensa, negando incluso que puedan haber víctimas, han terminado de mostrar el verdadero rostro de una institución que, tomando como bandera un catolicismo pretérito y trasnochado y con pretensiones grandilocuentes de cambiar el mundo, no sólo ha truncado y dañado vidas enteras —además de no significar ningún aporte sustancial para la sociedad civil—, sino que también ha perjudicado irreparablemente —en complicidad con la indiferencia y apatía de las autoridades eclesiásticas, entre ellas el cardenal Cipriani— la imagen de una Iglesia que se muestra dispuesta a respirar otros aires en sus sectores más abiertos al mundo y al servicio solidario de los pobres.

(Artículo publicado en Exitosa el 22 de octubre de 2016)

SODALICIO: LA FAMILIA QUE ALCANZÓ A CRISTO

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Juan Carlos, Fabiola y Gonzalo Len Álvarez

La familia que alcanzó a Cristo, novela del monje trapense M. Raymond de lectura obligatoria en el Sodalicio, cuenta la historia de San Bernardo de Claraval, quien en el siglo XII siguió el camino de la vida monacal, atrayendo a él a sus padres y a sus seis hermanos.

Ésa historia parece haberse repetido en la historia de la familia Len Álvarez, donde el camino de cinco de los siete hijos se cruzó con el del Sodalicio: Juan Carlos, que fue secretario personal de Luis Fernando Figari; Javier y Gonzalo, sacerdotes sodálites; Álvaro, que fue agrupado de Jeffery Daniels y después por un tiempo aspirante sodálite antes de desvincularse; y Fabiola, laica consagrada en la rama femenina, la Fraternidad Mariana de la Reconciliación.

Recuerdo a los hermanos Len Álvarez como personas cordiales y simpáticas. Eso no ha impedido que la íntima cercanía de tres de ellos a la persona de Figari haya terminado por embarrarlos.

Juan Carlos, Javier y Gonzalo, además de ser sus engreídos, habrían tenido carta libre de Figari para manejar ciertos dineros.

Gonzalo, como vocero del Sodalicio, no dijo la verdad en el año 2011 cuando le declaró a la revista Caretas que lo de Germán Doig era un caso aislado, si bien ya sabían lo de Jeffery Daniels, Daniel Murguía y quién sabe qué cosas más. Además, fue uno de los que estuvo recientemente viviendo con Figari en Roma.

Juan Carlos está entre los representantes de algunas de las nada transparentes empresas del Sodalicio. Además, nunca realizó estudios, pues durante años estuvo sumisamente al servicio de Figari sin remuneración alguna, casi como un esclavo.

¿Víctimas o cómplices?

(Columna publicada en Exitosa el 15 de octubre de 2016)

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No sólo los hijos varones mencionados de la señora Teresa Álvarez de Len, católica devota muy cercana al Opus Dei, gozaron de la pleitesía de Figari, sino también Fabiola, la hija mujer, quien todavía no habría aceptado las dimensiones de la crisis en que se ve sumida el Sodalicio y seguiría defendiendo rabiosamente por motivos puramente sentimentales a la institución que cobija a sus hermanos. En la foto que reproduzco a continuación, tomada en Roma el 11 de diciembre de 2012, aparece en el centro junto a Carlos Polo Samaniego —director de la Oficina para América Latina del Population Research Institute (PRI), quien ha negado hasta ahora toda vinculación con el Sodalicio—, el sacerdote sodálite Juan Carlos Rivva, el adherente sodálite e “intelectual” Alfredo García Quesada y José Ambrozic, actual Vicario General del Sodalicio de Vida Cristiana.

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UNA VÍCTIMA MÁS DE JEFFERY DANIELS

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Jeffery Stewart Daniels Valderrama
Documento de identidad: DNI 07862803

Así aparece el nombre de este ex sodálite en el Registro Nacional de Identificación y Estado Civil (RENIEC), quien residiría actualmente en Antioch (Illinois, Estados Unidos), una localidad cercana a Chicago, junto con su esposa Laura, educadora de infantes. Jeffery estaría trabajando como webmaster para la Chicago Fittings Corp. Y aunque no lo he podido confirmar, es probable que también tenga la nacionalidad estadounidense.

Se pueden encontrar en la red varias referencias suyas bajo el nombre de Jeffery S Daniels. Aunque la forma “Jeffrey” es más común, no es éste el verdadero nombre de pila de quien ha sido descrito por algunos que lo conocieron como un depredador sexual de menores de edad.

Una de sus víctimas es un ex alumno del Colegio Markham que se comunicó conmigo cuando supo que Jeffery era señalado como uno de los pederastas del Sodalicio. Su nombre es Álvaro Urbina y tiene actualmente 34 años de edad.

Álvaro no tenía la certeza de que Jeffery hubiera abusado de otros como él. Aunque lo sospechaba. Ahora que la verdad está saliendo a la luz, Álvaro quiere también que se conozca su caso, a fin de ayudar a otros que han pasado por una experiencia semejante. Y de cierta manera, también quiere sacarse de encima no sólo el dolor que lleva en el alma por haber callado tanto tiempo, sino también la ansiedad que le ocasionó haber sido víctima de abuso sexual, con la confusión y el sentimiento de culpabilidad que ello trae consigo.

Al igual que muchos otros, Álvaro quiere que se haga justicia: que se reconozca públicamente el delito cometido por quien entonces era miembro del Sodalicio de Vida Cristiana y que se castigue al culpable. Y si esto no es posible, que caiga sobre él el oprobio de ser señalado públicamente como un abusador de menores.

El testimonio completo de Álvaro será una más de las denuncias que serán enviadas al Vaticano en contra del Sodalicio de Vida Cristiana, que sabemos que encubrió a Jeffery Daniels, le permitió quedar impune y le facilitó una salida honrosa de la institución para que pudiera hacer una nueva vida en los Estados Unidos. Sin pagar por las consecuencias de haber arruinado las vidas de varios menores de edad que pasaron por sus manos. Dejando detrás suyo un reguero de rabia, impotencia y sufrimiento.

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TESTIMONIO DE ÁLVARO URBINA SOBRE JEFFERY DANIELS

Antes que nada quisiera pedir perdón. Perdón por mi omisión en hablar. ¡Cuántos niños y adolescentes habrán pasado después de mí por las malas manos de Jeffery Daniels! Siempre tuve la sospecha por lo rápido que me sedujo. En esa época yo era muy inocente, y deseaba antes que nada que alguien me quisiera, de cualquier manera que sea. Y ahora dejo de justificarme y cuento lo que viví.

En el año 1995 yo estaba en segundo de media del Colegio Markham. Era objeto de bullying y esto repercutía muy seriamente en mis notas escolares. Mi madre ya no sabía qué hacer conmigo. Ella, madre soltera, trabajaba a mil para mantenernos en esa tan ansiada y cada vez más grande clase media alta peruana. Yo no era muy creyente por aquellas épocas y mi madre, como siempre, sí que creía. Así que un buen día decidió llevarme, gracias al consejo de una amiga suya, al Centro Pastoral de San Borja. Allí nos reunimos con un sacerdote sodálite, el cual, tras hablar cinco minutos conmigo y con mi madre, le dijo a ella que saliera del cuarto y nos dejara solos, y luego me habló con franqueza. Algún que otro “carajo”, una jovialidad extrema, una sonrisa de contagio y unas palabras sabias. En treinta minutos mi perspectiva acerca de la Iglesia había cambiado y luego terminó nuestra charla.

Al salir —era mediodía del sábado— me dijo que me iba a presentar a alguien. Ese alguien era Jeffery Daniels. Sus agrupados estaban jugando fulbito, mientras él miraba desde el lado de la cancha. Jeffery, al igual que el cura, tenía una sonrisa muy grande, pero a diferencia de la de este último, la de Jeffery despedía astucia, altanería, cierta prepotencia y muy al fondo algo oscuro.

Jeffery se comportó un poco como un patán, altanero y sabido, lo cual a un adolescente de catorce años le llama mucho la atención. Me parece que esa tarde jugué un poco al fulbito, reímos, hablamos, y al ser todos los agrupados de clase social alta o media alta, pues hablamos de los que conocíamos: «manyas a tal» o «ése es pataza mío…» Todos nos llevamos muy bien. Le di mi teléfono a Jeffery y me llamó para la siguiente quedada durante la semana siguiente.

Creo que fuimos primero al Centro Pastoral a jugar fulbito o hablar o rezar o algo así. Luego fuimos a comer helados y luego paseamos en su furgoneta, hablando y metiendo chacota hasta como las ocho de la noche. Era verano y no había colegio y dejó a todos uno por uno en sus casas. Al final, como yo vivía cerca del Centro Pastoral, me dejó a mí al último, pero antes me dijo que primero quería hablar conmigo acerca de mi primera quedada de agrupado.

Fuimos a un parque cerca de casa, no muy bien iluminado, en su camioneta combi. Comenzamos a hablar y le conté lo chévere que había sido todo y no sé cómo comenzamos a hablar de la confianza; que yo tenía que confiar en él y no tener miedo. Tenía que abrir mi corazón con él por completo y así nuestra relación con dios y bla bla bla. «¿Sabes? La mejor manera de que no tengamos desconfianzas es que te bajes los pantalones». Todo fue muy intempestivo y yo, con miedo y sin comprender bien qué estaba pasando, me los bajé. No me tocó. Sólo me miró o a lo sumo tocó mis genitales de manera “académica”, no de manera sexual, como si fuera un test. Después de dos minutos me dijo que me subiera los pantalones, que ése era nuestro secreto y me llevó a casa.

Días después se repitió lo mismo, pero esta vez me tocó, me masturbó y luego a casa con otro secreto. Y así pasaron las semanas. Dos o tres veces a la semana después de dejar a todos, nos íbamos al parque, y de masturbaciones pasamos a felaciones y luego a sexo. Pero eso ya en mi casa. Él sabía que yo estaba solo en casa todas las tardes, de modo que venía cuando quería para lo mismo.

Recuerdo que un día le pregunté si yo era el único. Con catorce años de edad, el amor y el sexo me atraían. Descubría el mundo adulto casi de casualidad. Así que sentía cosas por él, aunque no soy ni fui nunca homosexual. En esa época yo estaba muy solo y esa relación íntima con Jeffery era lo único que me hacía sentir importante. Así que un poco celoso le pregunté si era el único agrupado con el que hacía esto y me contestó con otra pregunta: «¿Con quién crees que lo haría?» Le dije un nombre, el del agrupado mas fuerte, que probablemente iba a ser laico consagrado o cura inclusive. Se rió mucho y luego me dijo que el último con el que se le ocurriría hacer algo así era con él. Y entonces se me fue esa curiosidad o celos, sin darme cuenta de lo que estaba diciendo entre líneas.

A él le encantaba ser pasivo. Jeffery era grande, un poco relleno, pesaría unos 100 kilos, y yo era flaco. Llegaba a incomodarme, porque sudaba como un chancho, y yo quería que terminara rápido. Nuestros encuentros llegaron a darse dos o tres veces a la semana hasta que dejé la agrupación a comienzos del año ’97.

Creo que Jeffery en algún momento comenzó a cansarse de la relación que tenía conmigo, y un día me cantó junto con todos los de mi agrupación una canción en la que me comparaba con una mujer y me humillaba en frente de todos los que habían sido mis amigos. Creo que ése fue el elemento desencadenante. Pero él seguía visitándome, aunque las visitas se volvieron más y más esporádicas hasta que a mediados del ’97 dejé de verlo por completo. Desapareció. Creo que hasta lo llamé un día al Centro Pastoral y me dijeron que ya no vivía allí, que se había ido a San Bartolo.

Nunca dije nada de lo que pasó. No podía. Decidí seguir con mi vida como si todo eso nunca hubiera sucedido. Quise olvidar, pero no pude. La ansiedad me llevó a consumir bebidas alcohólicas y otras sustancias, a fin de soportar la angustia que me causaban los recuerdos de lo que había pasado. A lo largo de estos años, estuve en terapia psicológica por diferentes motivos. Pero nunca se abordaron las secuelas que me dejaron ese incidente de mi adolescencia. En estos días por fin voy a iniciar una terapia para poder enfrentarme a la sombra de Jeffery Daniels y desterrarla de mi vida.

Es cierto que en el momento yo consentí a todo, pero igualmente estaba dolido y confundido. Como si tuviera una herida siempre abierta. Él era mi guía espiritual, el que me tenía que ayudar, el que tenía que escuchar mis problemas y aconsejarme, pero él se aprovechó de la situación, de mi condición y del hecho de que yo venía de una familia desestructurada. Manipuló mis sentimientos, los distorsionó, me sedujo y abusó de mí.

Recuerdo que a fines de los ’90 me fui a San Bartolo con unos amigos. Estábamos paseando por el malecón cuando vi a un grupo de gente caminando en fila. Entre ellos pude ver a Jeffery. Sus dientes lo delataban, aunque esa gran sonrisa que tenía había desaparecido. Me acerqué, llamándolo a voces. Volteó como perro asustado. Si hubiera tenido cola, la hubiera metido entre las patas. Se dio la vuelta y me miró como un loco. Al darse cuenta de que era yo, me saludó pero sin astucia o bravuconería, sin esa insolencia que empapaba su rostro cuando lo conocí. Hablamos menos de un minuto y siempre miraba a sus acompañantes, pero ninguno le dijo nada. Pasado el minuto, dijo que se tenía que ir y se fueron todos en fila. Ésa fue la última vez que vi a Jeffery Daniels en persona.

JEFFERY DANIELS, SODÁLITE

jeffery_daniels

Jeffery Stewart Daniels Valderrama

El nombre de Jeffery Daniels como un supuesto abusador sexual del Sodalicio salió por primera vez a la luz pública en este blog a través de comentarios anónimos que algunos usuarios dejaron en mi post SODALICIO Y SEXO, publicado el 30 de enero de 2013. Posteriormente recopilé varios de estos mensajes, les hice algunos retoques de redacción y los publiqué el 20 de septiembre del mismo año en mi post ¿HISTORIA DE ENCUBRIMIENTOS EN EL SODALICIO?, pues aunque no conocía la identidad de los remitentes, todos coincidían en sindicar a Jeffery Daniels como un depredador sexual y los detalles resultaban verosímiles.

Jeffery Daniels, a quien conocí personalmente, fue sodálite consagrado de comunidad en la década de los ’90. Ex alumno del Colegio Santa María de los Marianistas (Monterrico), nunca fue una persona que me cayera bien, pues no obstante que derrochaba una pícara y traviesa simpatía y tenía un carisma especial que atraía a niños y jóvenes adolescentes, había un casi imperceptible dejo de insolencia en su hablar y mucha superficialidad en sus comentarios. Nunca me pareció una persona confiable y sincera.

Aun así, yo mismo estaba sorprendido por las acusaciones contra Daniels, pues nunca me había imaginado que hubiera podido llegar a cometer los actos que —sin entrar en mucho detalle— se señalaban en los comentarios anónimos que he mencionado. Hasta que el 2 de octubre de ese mismo año me llegó repentinamente un e-mail de Mauro Bartra, un ex agrupado mariano de Jesús María a quien conocía personalmente, que había sido testigo directo de un incidente de implicaciones sexuales protagonizado por Jeffery Daniels y que por fin se había armado de valor para contar su historia. Su relato, escrito en un lenguaje coloquial y vivaz, era absolutamente verosímil y mencionaba a algunas personas que yo conocía, razón por la cual no creí conveniente publicarlo en ese momento, pues en ese entonces había el riesgo de denuncias por difamación contra este ex agrupado, y más aún si no se tenía la seguridad de que hubiera otros testigos que pudieran corroborar su historia. Además, yo en ese momento acababa de publicar en mi blog una serie de artículos sobre Germán Doig y me hallaba en el ojo de la tormenta. Publicar el testimonio de manera anónima le hubiera quitado todo el peso que tenía, y hubiera sido fácil presa de aquellos que hubieran estado dispuestos a presentarlo como un producto malintencionado de mi imaginación. El riesgo era muy alto.

Sólo utilicé una parte del testimonio de Mauro de manera anónima en mi post SODALITIUM 93: ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE, como ejemplo para ilustrar la manipulación psicológica que en ocasiones se aplicaba en el Sodalicio cuando se hacía dudar a algunas personas de su identidad sexual y que Jeffery utilizó con Mauro para obtener su silencio sobre lo que él había visto.

Actualmente, las cosas han cambiado. Hay testimonios en el libro Mitad monjes, mitad soldados de Pedro Salinas que comprometen a Jeffery Daniels y el mismo Alessandro Moroni, Superior General del Sodalicio, ha admitido que Daniels cometió abusos sexuales, como se puede constatar en la entrevista que Sandra Belaúnde le hizo para el diario El Comercio (ver http://elcomercio.pe/lima/sucesos/como-diablos-pudo-pasado-esto-sodalicio-noticia-1850794):

– En el caso de Daniels, ex sodálites comentan que sí se supo que él abusó sexualmente de chicos menores de 14 años.
Cometió abusos que se descubrieron hace más de 20 años. Estuvo literalmente aislado durante tres años. Recibió tratamiento psiquiátrico. Después, se le retiró.

Es así que Mauro se ha animado nuevamente a que por fin se publique su testimonio. A estos efectos, ha revisado, corregido y actualizado el texto, utilizando en la medida de lo posible un lenguaje menos coloquial. Al publicar su testimonio, quiero también hacerme eco lo que decía un comentarista anónimo que —bajo el seudónimo de Santiago— dejó un mensaje en mi blog el 20 de febrero de 2013:

Es hora de que se salga al encuentro de las necesidades de las personas, sobre todo de las víctimas, de hermanos nuestros de quienes debimos ser sus guardianes, y que con nuestra pasividad y desidia dejamos caer.

Ocultar hechos es negarse a brindar soluciones y explicaciones, peor aún, no buscar abrirse a la corrección fraterna. Dime: ¿crees que lo que aquí se dice no se habló ya con los superiores o personas de relativo cargo? Hay mucha gente buena que lo ha hecho, pero no ha obtenido nada a cambio. Es lamentable, pero cuando a uno no lo escuchan en su propia casa, tiene que abrirse espacios para reclamar caridad, justicia y acción. No debe de hacerse una rutina de ello; no debe esperarse que sea la presión mediática la que tenga que influenciar en tomar acciones cuando lo debería hacer el Amor de Dios.

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TESTIMONIO DE MAURO BARTRA SOBRE JEFFERY DANIELS

Hola, Martin:

Te conozco de una época en la que frecuentabas el Centro Pastoral de Jesús María. Quisiera compartir una desagradable experiencia que viví cuando era miembro de la Familia Sodálite. Por favor, tómate la libertad de compartir mi testimonio a través de tu blog. Me parece justo que salga a la luz. Para mí no es un caso más de entre tantos que van saliendo. Esto fue lo que yo viví, la parte oscura del Sodalicio que me tocó vivir. Tuve la gran necesidad de encontrar alguna explicación dentro de la institución sodálite, pero la indiferencia fue grande y las disculpas dejaban un aroma a silencio cómplice. Tanto como muchos, llegué a amar esta institución y me quedé con el sinsabor de saber que se está más seguro estando lejos de ella.

Yo era de esos agrupados marianos fieles a la Familia Sodálite, esos que eran punta de lanza para cualquier proyecto. Y es así que en el año 1992 me convocan a ir a Arequipa de misiones, junto con un grupo de escolares de otros colegios de Lima, actividad organizada por Enrique Rivera y Jeffery Daniels. En esa época Jeffery Daniels Valderrama era más conocido como “el apóstol de los niños”. Yo, por mi parte, en esa época trabajaba en el apostolado para niños en Jesús María junto con quien hoy es el P. Alberto Ríos. Jeffery era la contraparte en el Centro Pastoral de San Borja.

Fue en este viaje de misiones donde conocí a Jeffery Daniels, un tipo a primera vista muy gracioso y patero pero con disfuerzos raros: mucha risa, mucha complicidad, en cierta forma muy diferente a los sodálites de la comunidad sodálite Nuestra Señora de la Reconciliación (ubicada en el distrito de Jesús María), que eran mucho más militantes y más recios. Por lo menos, esa apariencia proyectaban: la de soldados. Jeffery, en cambio, era más bien un “pata” gracioso con chistes raros, como el de imitar a una mujer diciendo: «señor terruco, no me mate», y a los demás chicos de mi edad, que más bien eran de otra clase social, eso les causaba mucha gracia. Yo me reía de compromiso por no desentonar, pero por dentro era mucho más consciente de que en esa época moría gente por acciones del terrorismo. Toda esa atmósfera me generaba cierta duda y a la vez risa por este encantador de serpientes que, con Biblia en mano, llenaba su combi gris de escolares y en ella nos llevaba a recorrer Lima buscando a todos los convocados a las misiones del año 1992.

En el viaje de misiones en Arequipa nos mandaron a un pueblo llamando Huacapuy. Yo estaba más que emocionado y mis expectativas eran muy altas. Por motivos económicos, no pude darme el lujo de ir primero al viaje de promoción del colegio. Pero para mí la decisión estaba muy clara. Con mis ahorros opté por ir a las misiones en lugar de ir al viaje escolar. En mi grupo estaban el Chino Solimano, Daniel Cardó —hoy cura y en esa época compañero de colegio—, Martín López de Romaña —quien era agrupado en Arequipa—, otro chico [a quien llamaremos Orlando] y dos chicos más, cuyos nombres no recuerdo.

Algo que me llamó la atención desde un principio fueron los chistes homofóbicos que hacía Jeffery Daniels. Además, tenía una cierta inquietud por estar detrás de López de Romaña y también detrás de Orlando. Recuerdo que en esas noches de frío en Huacapuy, pueblo muy pobre de Arequipa, se despertó más de una vez a medianoche y le pidió a ambos chicos que lo acompañaran a orinar en un silo improvisado que habíamos armado. Eso me pareció raro: que un hombre de más de 30 años tenga miedo a la oscuridad, y más aún para ir al baño. Generalmente, los hombres vamos solos al baño. Recuerdo que entre dormido y despierto le dije: «¿Para qué van de a tres, Jeffery? Seguro que para que te la sacudan…» Recuerdo que Jeffery se quedo mirándome y, como yo se lo dije entre sueños, a la mañana siguiente lo contó como anécdota.

Jeffery Daniels era bien astuto y tenía la habilidad de no ocultar las cosas. Más bien las ridiculizaba para quitarles peso. Era todo un actor. Tenía ese “charme”, tan encantador para todos. Era cariñoso, gracioso, generoso, lo podías querer en un segundo. Cuando visitamos una comunidad sódalite de Arequipa, donde Sandro Moroni era el superior de la casa, pude ver su amistad con Sandro, quien se mostraba como un persona sincera. Esa cercanía lamentablemente avalaba a Daniels. Además, me confundiría mucho más la popularidad tan alta que tenía.

En la mañana, a las 4:30 a.m., de uno de esos días de misiones, nos mandaron a rezar el Rosario de la Aurora. Todos nos levantamos para ir menos Jeffery Daniels. Él se quedó junto con Martín López de Romaña y Orlando. Dijo que ellos no irían. La razón… no me acuerdo, pero sí me quedó la duda. ¿Por qué Jeffery Daniels mandó a los demás a rezar el Rosario y él no fue? Se quedó en ese cuarto lleno de polvo y totalmente insalubre. Para mí eso era muy raro, ya que quien hubiera debido encabezar el Rosario era él.

Terminado el Rosario de la Aurora, me adelanté al grupo y regresé rápidamente a la casa. No sé por qué razón, pero en vez de tocar a la puerta decidí abrir de golpe la ventana, que no era más que un pedazo de tela vieja que servía de cortina. ¡Gran error! O gran acierto para mis dudas. Ya que la luz de la mañana entró por la ventana y fue a iluminar justamente la mano de Jeffery Daniels, que acariciaba el trasero de Orlando. Los tres estaban tapados juntos con sus sacos de dormir. El segundo momento fue cruzar miradas con Jeffery y saber que me hallaba en un verdadero aprieto, ya que todavía me quedaban más de dos semanas en ese pueblo olvidado sin más consejero que mi rosario, sin poder entender nada.

Lo que siguió a ese hecho fue una obra de arte de manipulación psicológica por parte de un depredador sexual como Jeffery Daniels.

Ese mismo día en la noche Jeffery nos juntó a su alrededor, sacó su Biblia, encendió unos cirios y comenzó a hablarnos del pecado y dijo que sentía la presencia del demonio entre nosotros. Por supuesto, todos con miedo y hasta hubo llantos… Él lo controlaba todo. Luego dijo que cada uno de los presentes estaba en falta con Dios y los mandó a dormir a todos menos a mí. Quería conversar conmigo. El camino ya estaba trazado psicológicamente: ya me sentía un pecador.

Quería hablar conmigo a solas. Me preguntó sobre lo que había visto. Me dijo que eso no ocurrió, que yo estaba mal, y también me dijo que yo podía tener tendencias homosexuales… ¡Cómo sería de astuto Daniels que llego a explorar en mi pasado y sacar un incidente en el cual el tío de un amigo del colegio una vez me tocó el trasero y yo me asusté, y por miedo y por vergüenza no se lo conté a mi padre! A mí esta experiencia me perturbó de niño y en parte era mi secreto. Se valió de eso para decirme que yo tenía tendencias homosexuales y que veía en otros cosas que no pasaban, pero que él no iba a contar nada, que esto era un secreto entre los dos. Y así fue desde ese momento en adelante. Nada tenía sentido. Sólo había en mí una inseguridad profunda al no saber si todo esto era parte de la obra de Dios.

Regresé de misiones confundido, pensando que veía cosas que no eran y de alguna manera cuestionando mi condición sexual, y para colmo tenía un secreto con Jeffery Daniels que no debía contar por mi propio bien y por el bien del MVC (Movimiento de Vida Cristiana) y del Sodalicio, ya que destruiría una institución, pues si yo estaba equivocado, podría causar mucho daño. Además, ¿cómo podría ser un abusador este individuo si vivía en una comunidad sodálite junto con Humberto del Castillo, experto en tomar exámenes psicológicos a menores de edad y sin permiso de sus padres? ¿Cómo ellos no se podían dar cuenta y yo sí? La verdad es que a los sodálites los teníamos tan sobrevalorados, y hasta pensábamos que una comunidad sodálite era un pedazo de cielo, un lugar sin pecado, sin historias ocultas. Pero hoy sé que no me inventé historias, sino que todo esto fue y es real.

Semanas después de regresar de misiones en Arequipa a Lima, ya no continué en el grupito de posibles sodálites. Me regresaron al Centro Pastoral de Jesús María. Daniels conversó con Gustavo Pedraza, mi animador de agrupación mariana, el cual me mandó donde Carlos Mendoza, también miembro de la Familia Sodálite. Como Carlos era psiquiatra, me iba ayudar a “sacar el pecado”, ya que su teoría era que cómo de niño me manosearon, yo pude sentir placer y ése era mi pecado. Y por esa razón me mandó donde el P. Muguiro (que no era cura sodálite sino jesuita, pero del cual decían que era todo un santo). Debo reconocer la buena voluntad de Carlos Mendoza por querer ayudar sin saber que se trataba de algo fabricado por Daniels. La historia continuó. Fui donde el P. Muguiro, confesé mi supuesto “gran pecado”, que —a decir verdad— tuve que aceptar. Cuando se lo dije al P. Muguiro, ni le prestó atención. Al final, pecado inventado quedó reconciliado, pero de mi cabeza nunca se fue la imagen de Jeffery Daniels tocándole el trasero a ese chico. Lo peor es que nunca le dije a nadie lo que me había ocurrido de chico. Tuve mucha vergüenza y miedo.

Pasó el tiempo y me volví cruzar nuevamente con Jeffery Daniels en el Centro Pastoral de San Borja. Él venía de hacerle apostolado a unos niños no mayores de 7 años. Se separó de los niños, se acercó a mí a saludarme y me dijo al oído lo siguiente: «¿Y cómo va nuestro secreto?» A lo cual yo le respondí: «Bien, no te preocupes». Pero en ese momento me di cuenta por su mirada de que él temía algo, que quizá lo que yo vi sucedió realmente.

Algunos años después, por propias indagaciones, me enteré de que Jeffery Daniels ya no vivía en la comunidad sodálite ubicada en San Borja. Un amigo sodálite me dijo que estaba viviendo en San Bartolo, en una casa de formación sodálite, y que nadie le podía hablar, cosa que me pareció muy rara, y a mi amigo también. Pero yo seguí investigando a mi manera. Tiempo después me cruce casualmente con Jeffery Daniels en la Procesión del Señor de los Milagros. Andaba al lado de dos sodálites que parecían sus guardaespaldas. Jeffery Daniels me miró, me saludó, pero tenía cara de perturbado, como un loco.

Fue en ese momento en que me di cuenta de que Jeffery Daniels Valderrama era un abusador, pero también que a este individuo lo tenían como enjaulado, escondido del resto, incomunicado. Jeffery Daniels no era cualquier sodálite. Él estuvo a cargo del apostolado de muchos niños y adolescentes en la década de los noventa. Entonces ya era muy conocido como “el apóstol de los niños”.

Luego de darme cuenta de que la historia era distinta y muy seguro de que no era producto de mi imaginación, llamé a todo los involucrados. Era como que quería reivindicarme. Primero llamé a Gustavo Pedraza, mi ex animador, le dije que tenía que hablar con él personalmente, pero nunca me dio la cara, pues no tenía tiempo. Le conté los hechos y los ignoró por completo. En ese momento me sentí peor, y fui a buscar a Carlos Mendoza y le pregunté en su consultorio por Jeffery Daniels y toda esta farsa. Su respuesta fue la siguiente: «Ahhh, qué pena, a ti también te hizo daño. Me olvidé de buscarte…. Mira, Jeffery Daniels es un abusador sexual de niños, fue mi paciente y se caracterizó por no tener arrepentimiento de nada». Me dijo que había hecho daño a varios niños y que era tan malo, que cuando contaba lo que les hacía, se reía. No me dio más detalles y me dijo que me quede tranquilo y que dentro de todo tuve mucha suerte. Luego me dijo: «Imagínate, fue el mismo mismo Germán Doig quien se encargó de pedir perdón a todas las familias afectadas por los actos cometidos por Jeffery Daniels». Lo cual me dio mucha pena en ese momento, teniendo tan en alto la imagen de Germán Doig.

Tiempo después, con los datos que se tenía de Jeffery, se supo que violó prácticamente a agrupaciones enteras y todo era ya conocido por la cúpula del Sodalicio. Hoy Jeffery Daniels vive en Estados Unidos, donde sé ha casado y ha formado una familia. Pero puedo estar seguro de que sus rasgos psicópatas de depredador sexual no los dejó en el Perú. Jeffery Daniels Valderrama está suelto en plaza, gracias al silencio cómplice del Sodalicio de Vida Cristiana.

¿Por qué encubrimiento? Con el tiempo descubrí mediante conversaciones con amigos vinculados que se mandó retirar o borrar todo material de vídeo donde aparecía Daniels en San José Producciones (desaparecida empresa productora de medios de los sodálites). Una prueba mas del encubrimiento: borrar su existencia y volverlo sólo una pesadilla.

En estos días, 23 años después de los hechos, me pude juntar con Martín López de Romaña, quien me confirmó los tocamientos que le hizo Jeffery Daniels al chico de mi relato. También me contó que Jeffery Daniels le dijo que éstos métodos de contacto servían para fortalecer el espíritu de los chicos inseguros y necesitados de afecto, y por eso los tocaba. Pero eso sí, esto no se lo hacía a cualquiera, estos “ensayos de terapias”, eran sólo para los que él elegía.

Hoy, frente al tema de Luis Fernando Figari y Germán Doig, si bien son escandalosos y muchos se rasgan las vestiduras, son solo mediáticos y todos parecen haber olvidado al verdadero y activo monstruo, que no es otro que Jeffery Daniels Valderrama. De él nadie habla, pero todos sabían de sus acciones y las ocultaron, engañaron a sus víctimas con falsos golpes de pecho y exportaron al monstruo fuera del país. Hoy la gran pregunta es quiénes lo sabían, quiénes lo dejaron libre, por qué no lo denunciaron. Los implicados en este silencio, por respeto a todas las víctimas, deberían poner sus cargos a disposición y entregarlos a gente nueva y honesta, la cual estoy seguro de que existe en el Sodalicio. Ya que todos los actuales voceros del Sodalicio fueron parte de este silencio.

Bueno, Martin, ésta es mi historia, que puede ser validada por Martín López de Romaña.

Lima, 26 de octubre de 2015

Mauro Bartra Cenzano
DNI 10140039

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Como dato importante, Jeffery Daniels habría sido recluido en una de las casas de formación de San Bartolo en 1998 ó 1999, y habría permanecido allí alrededor de un año y medio. El incidente que narra Mauro ocurrió en 1992. De modo que durante gran parte de los ’90 Daniels habría tenido carta libre para cometer sus fechorías. Y es probable que sus víctimas se cuenten por decenas.

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POST SCRIPTUM (31 de octubre de 2015)

Extrañado por la imposibilidad de encontrar datos sobre Daniels en la red, barajé la posibilidad de haber escrito mal su nombre. Y parece que efectivamente ha sido así. Con el nombre de Jeffery —y no Jeffrey— he encontrado datos en el portal mylife que coinciden con el personaje (ver https://www.mylife.com/jeffery-daniels/jedan67). Se trata de un tal Jeffery Daniels (Valderrama), de 47 años de edad, que viviría actualmente en Antioch, en el estado de Illinois (EE.UU.), y que trabajaría como webmaster para Chicago Fittings Corporation.

En consonancia con estos datos, el nombre de pila de Daniels será corregido todas las veces que se le ha mencionado en este blog.