EL SODALICIO BLINDANDO A MONS. EGUREN

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Reunión de sodálites con Mons. Eguren en el centro, y un poco más a la izquierda, Alessandro Moroni y Fernando Vidal

«¿Existe algún tipo de posición institucional respecto del Sodalicio a esta denuncia [de Mons. Eguren contra Pedro Salinas y Paola Ugaz]?» —preguntó el congresista Alberto de Belaúnde a Alessandro Moroni, Superior General del Sodalicio, y Fernando Vidal, Vicario General de la institución, en una sesión efectuada el 20 de noviembre de 2018.

«No, ninguna. Nosotros ni hemos alentado ni estamos detrás. La denuncia es un acto personal de Mons Eguren, que entendemos que es su derecho de hacerlo pero que ni lo apoyamos ni lo hemos alentado ni nada» —respondió Moroni.

Recientemente ha llegado a mis manos una copia de una constancia a favor de Mons. Eguren, emitida el 4 de diciembre de 2018 por Fernando Vidal en su calidad de Vicario General del Sodalicio de Vida Cristiana, que contradice abiertamente las declaraciones de Moroni en el Congreso. En este documento se asegura que no hay ninguna mención, acusación o referencia a Mons. Eguren en ninguno de los informes emitidos por las dos comisiones que convocó el Sodalicio para investigar los casos de abusos.

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La forma en que este documento pretende blindar a Eguren no puede ser más burda y grosera, por las razones que voy a exponer.

Janet Odar, secretaria de la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación, me escribió el 15 de abril de 2016: «el informe general será hecho público sin identificar a persona alguna». A la única persona a la que se identifica en ese informe con nombre y apellido es a Luis Fernando Figari, por razones obvias.

Respecto a los informes personales, es probable que en ninguno de 32 informes que fueron remitidos al Sodalicio haya alguna mención a Eguren. Pero lo que no se menciona es que esos informes personales les fueron remitidos al Sodalicio sólo porque las personas a que se refieren lo autorizaron, no porque fueran los únicos casos en que la comisión identificó víctimas, como parece dar a entender el informe posterior de los expertos internacionales.

De buena fuente sé que los casos tratados por esta primera comisión fueron más de cien, y las personas con las que habría hablado la comisión serían muchas más que las sesenta que menciona la segunda comisión. El número de víctimas que no autorizaron el envío de sus informes personales al Sodalicio superaría ampliamente el de las que sí lo autorizaron. Vidal no puede asegurar legítimamente que no se menciona a Eguren en la totalidad de los informes personales.

Por otra parte, los informes personales eran confiados al Sodalicio para «la implementación de las recomendaciones formuladas», según Janet Odar. Utilizarlos para otros fines —en este caso para favorecer los intereses de Mons. Eguren— está fuera de todo comportamiento ético. Tengo entendido que no hay autorización para revelar públicamente información, sea cual sea, sobre la base de lo que dicen o lo que no dicen estos informes.

Respecto a los dos informes de los expertos internacionales, existen dudas fundadas de que los que publicó el Sodalicio sean los mismos informes que los expertos le entregaron en sus manos al Superior General del Sodalicio. Los informes no fueron publicados ni presentados por los expertos mismos, sino por el Sodalicio, la parte investigada. Es decir, no fueron publicados por una instancia independiente.

Además, su brevedad y estilo fragmentario, así como la omisión de algunos nombres, hacen pensar que el Sodalicio se habría reservado el derecho de edición, de modo que los textos que fueron liberados a la opinión pública habrían sido editados, abreviados y acomodados. De hecho, se anonimizan los nombres de cuatro acusados como perpetradores, lo cual no puede provenir de investigadores que cumplan su tarea profesionalmente. Asimismo, los informes no cumplen a cabalidad con los estándares para este tipo de investigaciones y presentan varias inconsistencias.

Considerando que sólo se menciona a cinco acusados de perpetradores por su nombre (Figari, Doig, Levaggi, Daniels y Murguía) y no se menciona los nombres de quienes estuvieron al tanto de los abusos cometidos en la institución y decidieron callar y no hacer nada para favorecer a la institución, la no mención de Eguren en estos informes carece de todo valor.

El 8 de enero le pedí explicaciones por e-mail sobre esta constancia a Alessandro Moroni y a Fernando Vidal. A día de hoy no he recibido ninguna respuesta.

Y eso sólo confirma lo que siempre se ha verificado en la institución: que cuando se afirma que una iniciativa es decisión personal de un sodálite, en realidad la institución está encubriendo su responsabilidad y lavándose las manos. Como Pilatos.

(Columna publicada en Altavoz el 14 de enero de 2019)

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La primera comisión trabajó con transparencia, manteniendo a la vez el sigilo y la reserva donde las circunstancias lo requerían, respetando la voluntad y los derechos de las personas que acudieron a ella. A cada uno de los que rindieron su testimonio ante esta comisión se le envió un informe personal, que podía ser remitido al Sodalicio solamente si la persona lo autorizaba. Además, el informe general fue publicado por los comisionados, sin que nadie del Sodalicio estuviera autorizado a quitar ni una tilde del texto final. En fin, fue un trabajo hecho con transparencia absoluta, donde los comisionados rehusaron recibir ninguna remuneración a fin de garantizar la objetividad de sus conclusiones.

No sabemos cuáles fueron las condiciones pactadas entre el Sodalicio y los expertos internacionales que conformaron la segunda comisión, pues los contratos no se han hecho públicos. No sabemos si el Sodalicio tenía derecho a influir en los informes que iban a ser dados a conocer a la opinión pública. Suponemos que las autoridades sodálites metieron mano en los informes debido a las inconsistencias que presentan y que yo ya he señalado en mi artículo INCONSISTENCIAS Y FALSEDADES EN LOS INFORMES DEL SODALICIO. Asimismo, mayoritariamente era el mismo Sodalicio el que proveía a los expertos de insumos en lo referente a información, lo cual puede haber falseado algunas de las conclusiones.

En mi caso, la primera comisión me reconoció como víctima. La segunda, a pesar de que mi testimonio es uno de los más sólidos, desestimó la verosimilitud de mi relato, tal como me escribió Alessandro Moroni en un e-mail del 31 de enero de 2017:

«…en el testimonio que nos hiciste llegar relataste un episodio que también has descrito por medios de alcance público y que, según los informes que nos hizo llegar la Comisión, también les relataste a ellos. Eso fue encomendado entonces al investigador profesional asignado para estos casos, y en su informe indica que no encontró evidencias para afirmar la verosimilitud de este caso.

Según refirió el Sr. Elliott, en la entrevista que tuvo contigo no fue relatado ningún episodio específico, sino más bien una serie de opiniones sobre tu experiencia en general, y también sobre las cosas que consideras que están o han estado mal en el SCV y deben cambiar. El Sr. Elliott presentó su evaluación a los demás miembros del comité de reparaciones, en el cual él mismo participa. La conclusión unánime fue que, según los criterios establecidos en un comienzo, no correspondía una reparación en el marco de este programa de asistencia».

Por supuesto, nunca se me explicó cuáles fueron esos criterios, a pesar de que solicité esa información, así cómo nunca recibí ninguna respuesta de Ian Elliott cuando le solicité en más de una ocasión que me aclarara por qué yo había sido excluido del programa de reparaciones.

El 22 de diciembre de 2018 le escribí a Moroni, solicitándole aclaraciones sobre cómo se había manejado mi caso, pues no tenía la certeza de que la denuncia que había llegado a sus manos el 27 de octubre de 2015 se la hubiera pasado a ninguno de los expertos internacionales, no obstante que Ian Elliott me aseguro el 28 de octubre en Frankfurt que conocía mi historia y no tenía por qué entrar en los detalles. Como es de esperar, no he recibido ninguna respuesta hasta el día de hoy.

Esa denuncia —que es la misma que fue enviada posteriormente a la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación, a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (Roma) y a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada (Ciudad del Vaticano)— es importante, porque en ella doy testimonio de un abuso y maltrato psicológico grave que sufrí en la Comunidad Nuestra Señora del Pilar (Barranco, Lima) en diciembre de 1992, del cual fue cómplice y participante José Antonio Eguren.

La primera comisión trabajó ad honorem y de manera independiente y recibió todos los documentos probatorios requeridos de las mismas víctimas, mientras que la segunda fue pagada y la documentación requerida fue proporcionada por el Sodalicio mismo, la parte investigada. A esto hay sumarle la barrera cultural y del idioma, problema que no tenía la primera comisión.

Asimismo, en la primera comisión se establecieron procedimientos claros para que las víctimas pudieran contactar a los comisionados y se sabía perfectamente cuáles eran los pasos que se iban a seguir. En el caso de la segunda comisión, nunca hubo procedimientos claros al respecto, con el resultado de que su trabajo se extendió más tiempo y sólo lograron identificar a 66 víctimas —varias de las cuales ya habían presentado su caso ante la primera comisión—, mientras que la primera comisión reconoció más de 100 víctimas, y no 32, como señala el informe de los expertos internacionales. 32 son sólo los casos de víctimas que autorizaron que una copia de sus informes personales fuera enviado al Sodalicio. ¿Metieron aquí mano las autoridades sodálites en el informe de los expertos o les dieron información totalmente sesgada?

Por otra parte, la primera comisión envió un informe personal a cada una de las personas que se presentaron ante ella. La segunda no hizo esto, además de que se negó a responder a las víctimas que solicitaron a Ian Elliott explicaciones por el monto irrisorio de las reparaciones en comparación con el daño sufrido o por no haber sido incluidas en el programa de reparaciones.

La independencia de la comisión de expertos también queda en entredicho desde el momento en que Ian Elliott tenía que consultar el caso de cada víctima con un comité integrado por los sodálites José Ambrozic y Fernando Vidal, el abogado del Sodalicio Claudio Cajina y Scott Browning, abogado norteamericano «que nos diseñó todos los protocolos y las etapas con las cuales terminamos abordando este proceso de asistencia, escucha y reparación», según declaró Alessandro Moroni en el Congreso. De lo que no queda duda es que este comité no tenía nada de independiente y estaba conformado por personas que tenían como tarea defender los intereses del Sodalicio prioritariamente. Como eran ellos los que decidían si se debía reparar o no a una víctima y el monto de cada reparación, al final Ian Elliott terminó convirtiéndose en el recadero y mayordomo irlandés del amo y señor que le paga sus honorarios.

Finalmente, la intención de desacreditar a la primera comisión resulta evidente en esta conclusión del informe de los expertos internacionales: «La Comisión [de Ética para la Justicia y la Reconciliación] no llevó a cabo una investigación exhaustiva de todas las denuncias reportadas ni examinó la cultura actual del SCV».

Se trata de una afirmación gratuita desde el momento en que ninguno de los expertos se entrevistó con ninguno de los integrantes de la primera comisión. Además, si uno lee los informes, encontrará mucho más análisis de la cultura del SCV en el informe general de la primera comisión que en los informes de la segunda. La cultura actual del SCV resulta irrelevante para determinar por qué sucedieron los abusos. Pero para los expertos sí parece relevante, o más bien para el Sodalicio. Ian Elliott me insistió frecuentemente que el Sodalicio había cambiado. Los casos de José Rey de Castro y Renzo Orbegozo, la forma en que se manejó mi caso, las continuas deserciones que ha tenido la institución, las declaraciones de los sodálites en la Fiscalía y las explicaciones de Moroni y Vidal sobre la denuncia de Eguren me llevan a pensar lo contrario.

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UN ESTUDIANTE DE TEOLOGÍA Y CIPRIANI

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Juan Luis Cipriani Thorne

Año 1983. Yo era un joven estudiante cursando el tercer año de teología en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Integrante de la comunidad sodálite San Aelred, ubicada en la Av. Brasil 3029, Magdalena del Mar, asistía todos los días útiles a pie al —en ese entonces— nuevo edificio del centro de estudios teológicos. Construido en estilo brutalista con paredes desnudas de hormigón armado, las tres plantas superpuestas donde se hallan las aulas forman una curiosa pirámide, separada del edificio administrativo por espacios al aire libre donde los estudiantes pueden tomar descanso.

Como sodálite destinado a la vida consagrada, no se me había dado otra opción que estudiar teología, lo cual había aceptado de buena voluntad. Pero con la voluntad ciega de quien no ha sido informado adecuadamente sobre otras opciones, de quien no ha recibido asesoría profesional sobre qué estudios serían los más apropiados según sus capacidades e intereses, de quien ha sido formateado mentalmente para someter toda su vida a los fines del Sodalicio de Vida Cristiana.

En el año 1980 había postulado a Letras a la Pontificia Universidad Católica del Perú sólo para complacer a mi madre, quien desaprobaba que yo estudiara teología y —con la esperanza de que no siguiera una carrera que me acarrearía necesidad económica— me había convencido de presentarme al examen de admisión de la PUCP para demostrarle a ella que yo no era bruto. Textualmente.

Me presenté con actitud bastante relajada y sin mayor interés en ingresar a la Universidad. Ni siquiera fui a ver los resultados. Me enteré posteriormente a través de terceros que había obtenido el octavo puesto.

Ahora que miro este hecho a la distancia, pienso que tal vez mi vida hubiera sido otra si hubiera estudiado en la Católica, y quizás no habría pasado por todas las penurias económicas que han tachonado mi vida hasta ahora. Quizás no hubiera terminado en Alemania como un exiliado huyendo de la falta de oportunidades laborales decentes en el Perú y de la nube de rumores difamatorios sobre mi persona que se había formado en ambientes sodálites. Yo era considerado el loco, el extraño, el excéntrico —y en cierto sentido también un infiel o traidor— debido a cierta libertad de pensamiento que osaba ejercer. Y en realidad lo que yo manifestaba eran visos de normalidad en ese mundo raro que es la Familia Sodálite.

En ese 1983 conocí al P. Juan Luis Cipriani, profesor de teología moral. Al respecto, cito las líneas que le dediqué en una carta abierta en junio de 2012:

«Recuerdo tus buenas intenciones y tu empeño en mantenerte fiel a las enseñanzas morales del Magisterio de la Iglesia, aunque muchas veces, a mi parecer, con interpretaciones rigoristas que no daban pie a una reflexión más profunda sobre algunas cuestiones morales difíciles de abordar. Recuerdo también que cuando algunos alumnos, candidatos al sacerdocio, te proponían problemas referentes a cuestiones éticas límite, en vez de acoger las preguntas para estimular el pensamiento y suscitar una reflexión profunda que abordara el tema en toda su complejidad, buscabas la manera de refutar los planteamientos de esos alumnos con citas del Magisterio de la Iglesia y la Tradición, derrotarlos intelectualmente y forzarlos a callar. […] Ya desde entonces mostrabas poca disposición hacia el diálogo respecto a quienes supuestamente discrepaban contigo —aunque he de suponer que ya interpretabas en ese entonces una discrepancia contigo como una discrepancia con la Iglesia—. Asimismo, pocas veces te vi sonreír, y cuando lo hacías dabas la impresión de que en tu etapa de formación sacerdotal no te habían entrenado los músculos de la cara para efectuar ese gesto […]. Ya desde entonces tenías un aire de solemnidad que no irradiaba ni calidez ni cercanía».

Como he señalado, Cipriani carecía de una cualidad importante que tenían dos recordados profesores jesuitas, el P. Francesco Interdonato y el P. José Luis Idígoras: la capacidad de estimular el pensamiento. Cipriani era sólo un buen repetidor de textos ajenos con olor a naftalina, alérgico a todo lo que fueran nuevas perspectivas y aproximación humana. Tampoco era muy querido por la mayoría de los seminaristas, a los cuales repelía su excesivo formalismo. Ya desde entonces me disgustaba el personaje, perfecta encarnación de todas las taras del Opus Dei.

Finalmente, aprobé el curso con nota diecisiete. No lo considero un honor, visto el funesto historial episcopal de Cipriani, donde la falta de ética ha sido una constante.

(Columna publicada en Altavoz el 31 de diciembre de 2018)

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La cita mencionada está tomada de mi primer escrito sobre Cipriani, publicado originalmente el 6 de junio de 2012 en mi primer blog La Guitarra Rota y luego incluido también en Las Líneas Torcidas:

SODALICIO EN LOS 70: UNA FOTO DEL PASADO

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Un grupo de 55 jóvenes que parecen estar pasándola bien, delante de una imagen de la Virgen María en lo que parece ser un parque con árboles. En realidad, un rincón dentro de los jardines del Colegio Santa María de los Marianistas (Monterrico). Reconozco el lugar, pues en el año 1980 yo mismo estudié quinto de secundaria en ese colegio. Así como reconozco trece de los rostros que aparecen en la foto, entre sodálites, ex sodálites y gente que participó de las Agrupaciones Marianas, pero que nunca llegó oficialmente a formar parte del Sodalicio.

Abajo aparece la misma foto con las personas numeradas que he logrado identificar:

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1. Marcial del Río / 2. Joaquín de Quesada / 3. José Antonio Eguren / 4. Franco Attanasio / 5. Juan Fernández / 6. Juan Carlos Len / 7. Raúl Guinea / 8. Luis Cappelleti / 9. Germán Doig / 10. Javier Len / 11. Jorge Muñoz / 12. Alfredo Garland / 13. Emillio Garreaud

Sólo Eguren, Guinea, Garland, Garreaud y los hermanos Len siguen perteneciendo al Sodalicio. Doig ya ha fallecido. Los demás rostros conocidos, así como aquellos que no he podido identificar, acompañaron durante un tiempo la senda del Sodalicio (o Sodalitium en latín, único nombre con que se conocía al grupo en esa época). Franco Attanasio tiene incluso el dudoso honor de haber sido el primer sodálite casado, cuyo matrimonio se celebró en 1982 en la capilla del Colegio San Agustín con casi tanto ruido y pompa como la primera ordenación de un sacerdote sodálite, Jaime Baertl, en la Parroquia Nuestra Señora del Pilar (San Isidro) en diciembre de 1980.

La foto fue tomada antes de que yo iniciara mi vinculación con el Sodalicio en el año 1978. Para asignarle una fecha aproximada, sirve de ayuda la presencia en este retrato grupal de Marcial del Río, integrante de la promoción 1977 del Colegio Maristas de San Isidro junto con otras tres personas que también estuvieron relacionados temporalmente con el Sodalicio: Enrique Prochazka (“Bartolome” en el libro “Mitad monjes, mitad soldados”), Javier Lishner y Domenico Edwards. También fue integrante de esta promoción Gonzalo Valderrama —quien sigue siendo actualmente “adherente sodálite”, es decir, sodálite de vida matrimonial, jurídicamente vinculado de manera periférica a la asociación y, por lo tanto, tratado como miembro de tercera categoría y con derechos restringidos—.

Recuerdo que en 1978 íbamos los domingos a jugar fulbito en una cancha ubicada en un terreno en las afueras de Lima, el cual pertenecía a la familia Edwards. A partir de estos datos infiero que la foto debe datar de algún momento entre 1976 y 1977, en verano o primavera, considerando que la mayoría de los personajes llevan puesta sólo camisa de manga corta o polo.

Curiosamente, la única chica que aparece en la foto está al lado de quien ahora es alcalde electo de Lima, Jorge Muñoz, el cual nunca formó parte del núcleo institucional del Sodalicio, sino que —al igual que Attanasio, de Quesada, Fernández y Guinea— fue considerado como alguien destinado a la “vocación matrimonial”, es decir, como miembro sin mayor influencia en la marcha institucional del Sodalicio, aun cuando entonces todavía no se había definido nada sobre el status jurídico del Sodalicio y todavía no se utilizaba el término de “adherente sodálite”.

Por una u otra razón la mayoría de quienes aparecen en la foto decidieron que el Sodalicio no era lo suyo. Y como Jorge Muñoz, han preferido guardar silencio, no obstante que sus recuerdos podrían ser de gran ayuda para entender ese período de la historia sodálite todavía sumido en las sombras que fue la década de los 70, a fines de la cual recién se fundarían las dos primeras comunidades sodalítes, San Agustín (1978) y San Aelred (1979). Pero lo que se vivió en esas casas tuvo sus orígenes en los experimentos que se hacían en los grupos de jóvenes y en la disciplina que se aplicaba. Y en lo que Figari habría perpetrado a puerta cerrada con el círculo más cercano de sus discípulos, entre los cuales se hallaba Germán Doig, según recuerda quien es conocido con el seudónimo de Santiago, víctima de gravísimos abusos sexuales por parte del fundador.

Hay que tener en cuenta que el número de víctimas de abusos sexuales, psicológicos y físicos supera ampliamente el número de miembros actuales de la institución, y son muchísimos más los que han mantenido una vinculación con el Sodalicio y luego han decidido interrumpirla por razones que valdría la pena conocer. Como lo demuestra la foto, la regla es que uno termine apartándose de la institución después de estar un tiempo en ella. Los que se quedan son la excepción.

La pregunta que uno se hace es cuántos años mas tienen que pasar, cuánta agua tiene que correr bajo el puente, antes de que quienes durante tanto tiempo han callado hablen de lo que saben y contribuyan así a que la justicia que esperan las víctimas sea cada vez más una realidad cercana. Ojalá que ello ocurra pronto.

OTRA TEORÍA DE LA CONSPIRACIÓN MÁS

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Conferencia de Prensa en Lima (enero de 2018), organizada por LaMula y PROMSEX con miembros del proyecto internacional Ending Clergy Abuse. ¿Activistas o conspiradores?

Las teorías de la conspiración constituyen armas poderosas para intentar desacreditar a los adversarios políticos. Tienen la ventaja de que no es necesario demostrar nada ante la opinión pública, sino simplemente presentar un puñado de informaciones seleccionadas acompañadas de otro tanto de fake news para luego pretender validar una interpretación general que no responde a la realidad, pero sí a los temores y prejuicios subconscientes de la audiencia. Eso lo saben quienes dirigieron la campaña electoral de Donald Trump, y en tierras peruanas, mal que bien, lo saben quienes forman parte del entorno de Keiko Fujimori.

Y también lo saben algunos representantes de los sectores más conservadores y retrógados de la Iglesia católica. Entre los cuales cabe mencionar a Luciano Revoredo, director del informativo online La Abeja —que reúne a varios columnistas poco conocidos de pensamiento con olor a naftalina, o de dudosa reputación intelectual, como Mar Mounier—, quien ha lanzado recientemente la teoría de que existe «una red internacional que tiene como objetivo principal la ejecución de un pacto llamado “Acuerdo de Varsovia”, que se sustenta en un proyecto más grande llamado “The Accountability Project”, cuyo fin último es acusar a la Iglesia Católica por crímenes de lesa humanidad frente a la CIDH [Corte Interamericana de Derechos Humanos]». Algo así como una nueva versión actualizada de lo que antiguamente se conocía como la conjura masónica para destruir a la Iglesia y crear un nuevo orden mundial.

Conocí personalmente a Revoredo cuando él frecuentaba las Agrupaciones Marianas en la década de los 80 y me consta que se sentía atraído por el lado nacionalista y filo-fascista de la prédica de algunos sodálites de las primeras generaciones, aunque él lo llamaría más bien pensamiento cristiano occidental. En ese entonces también creía en el mito de la conjura judeo-masónica para gobernar el mundo. Ahora son otros los enemigos que en su imaginario ultramontano buscan perjudicar a la Iglesia, aquella que tendría entre sus mejores representantes en el Perú a Mons. Cipriani y Mons. Eguren, obispos ante los cuales no duda en arrodillar su conciencia y su escaso espíritu crítico. Y los enemigos son ahora los activistas que luchan coordinadamente a nivel internacional a favor de la justicia para las víctimas de abusos sexuales en la Iglesia católica. Entre los cuales se cuenta Pedro Salinas, quien participa abiertamente de The Accountability Project (TAP), conocido actualmente como el proyecto de justicia global Ending Clergy Abuse (ECA).

Para Revoredo «Salinas es un peón de una estrategia mucho más grande, cuyos actores bailan al mismo compás que organizaciones internacionales que buscan socavar los valores de la vida y la familia sobre los que están asentadas nuestras sociedades. Para lograr esos objetivos desprestigiar —y si es posible destruir— a la Iglesia es un paso fundamental». Pura teoría de la conspiración, pues el director de La Abeja no presenta ninguna prueba que sustente esta interpretación.

En el documento de The Accountability Project se indica que su objetivo principal es: «Procesar a la Iglesia Católica por crímenes de lesa humanidad por incitar y encubrir la violación y el asalto sexual de niños por parte de sacerdotes». Este proyecto, iniciado en 2017, fue motivado ante la constatación del encubrimiento sistemático de abusos y la falta de una administración de justicia satisfactoria de parte de las autoridades de la Iglesia católica. Haciendo que ésta tenga que rendir cuentas de esos delitos ante tribunales internacionales, se busca dar pasos agigantados en la lucha contra la pederastia eclesial, cosa que la gran mayoría de los jerarcas católicos han omitido. Se trata, pues, de una iniciativa loable.

En la cabeza de Revoredo no entra que la Iglesia pueda ser denunciada por crímenes de lesa humanidad, y prefiere colocarse del lado de la institución transgresora antes que empatizar con el sufrimiento de las víctimas, a las cuales les ha dedicado escasísimas líneas en la página web que dirige cuando se ha pronunciado sobre el Sodalicio, para él una «obra encomiable» en la cual «recibí una formación moral y religiosa que agradeceré siempre». «Si volviera a tener 18 años, sin duda, volvería a tocar las puertas de esa gran obra de Dios», expresa en un artículo de 2015 quien desde un principio desestimó el trabajo de investigación periodística Mitad monjes, mitad soldados de Pedro Salinas, calificándolo de «libraco sensacionalista».

A decir verdad, pocas cosas más sensacionalistas que la teoría de la conspiración que descaradamente evacua Revoredo.

(Columna publicada en Altavoz el 19 de noviembre de 2018)

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FUENTES

La Abeja
Acerca del Sodalio (22 octubre 2015)
http://laabeja.pe/de-opini%C3%B3n/columna-del-director-luciano-revoredo/348-acerca-del-sodalicio.html
Pedro Salinas: cuando atacar a la Iglesia es un negocio (05 noviembre 2018)
http://laabeja.pe/de-opini%C3%B3n/columna-del-director-luciano-revoredo/2149-pedro-salinas-y-el-negocio-de-atacar-a-la-la-iglesia.html
Necesaria aclaración a Pedro Salinas (08 noviembre 2018)
http://laabeja.pe/de-opini%C3%B3n/columna-del-director-luciano-revoredo/2157-necesaria-aclaraci%C3%B3n-a-pedro-salinas.html

Ending Clergy Abuse
Brief History of ECA
https://www.ecaglobal.org/history-of-eca/

OTRA MÁS DE MONS. EGUREN

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El 10 de mayo de 2016 el estudio de abogados Benites, Vargas & Ugaz presentó una denuncia ampliatoria, acusando ante el Ministerio Público a ocho miembros y ex miembros del Sodalicio de los siguientes delitos: secuestro, lesiones graves y asociación ilícita para delinquir. Esto originó una carta fechada el 1° de junio de 2016 —firmada originalmente por 47 supuestos ex sodáliltes, a los cuales se sumarían posteriormente otros 22—, rechazando las denuncias en su totalidad porque «se le atribuye al Sodalicio haber sido creado y permanecido durante años como una organización criminal».

Aún así, los firmantes reconocían los delitos sexuales cometidos dentro de la organización, repudiando a sus autores, y añadían: «Nos solidarizamos con las víctimas de cualquier miembro o ex miembro del SCV y exigimos la asistencia inmediata de cada una de estas personas que sufren las secuelas de dichos actos ilícitos o inmorales».

En su carta notarial del 23 de agosto de 2018, Mons Eguren me remite a esa carta en el siguiente párrafo: «Si esa cultura [del sometimiento y del abuso] hubiese sido tal y generalizada, como usted la describe en su artículo, no se entendería al día de hoy por qué existen miembros del Sodalicio o ex sodálites agradecidos de haber pertenecido a esta sociedad de vida consagrada laical».

He revisado la carta de cabo a rabo y no he encontrado ninguna palabra de agradecimiento al Sodalicio. Incluso se menciona que «en algunos casos puede haberse dado alguna tensión tanto para nuestro ingreso como para nuestra salida del SCV», experiencia muy frecuente en todos los que somos ex sodálites.

La preocupación principal de los firmantes está en que no se les señale «como ex miembros de una organización criminal, pues durante nuestra pertenencia al SCV nuestra labor no tuvo relación alguna con actividades ilícitas de ningún tipo».

El sábado 1° de septiembre me llegó un e-mail de uno de los firmantes —que prefiere mantener su nombre en reserva—, indignado por la manera en que Mons. Eguren cita el documento, «a manera de negar la cultura de abuso generalizada al interior del SCV y viendo en ella un número importante de ex miembros agradecidos con la institución».

Según él, «se desvirtúa el contenido, del cual hoy no comparto varios puntos, pero que el obispo omite al momento de citar, como son los puntos iniciales en los que se repudia las conductas de Figari y compañía y la solidaridad con las víctimas.

La poca empatía y comprensión del caso Sodalicio en las palabras del obispo son desalentadoras por donde se las mire, habiendo pasado mucha agua debajo del puente y mucho tiempo en que su silencio ingenuamente fue entendido a manera de reflexión por quien te escribe. Se percibe en ellas un grado de soberbia no menor, amparado en su autoridad y las heridas heredadas de la institución que orgullosamente exhibe en su escudo arzobispal.

El mismo tiempo de silencio cómplice y nada reflexivo por parte de Mons. Eguren, fue el que me tomé para entender en su profundidad los daños ocasionados en mi persona en los años en que permanecí en el SCV. Fui de los que salió agradeciendo y de los que permanecí cercano a los varios trabajos apostólicos, pero que hoy los entiendo como una manera de saldar la culpa por mi “traición” al salir de la institución para responder a una vocación “menor”…»

Asimismo relata que «después de haber hablado con varios ex miembros, algunos firmantes del documento citado, me señalaron que no lo volverían a hacer pues entendieron que ello sólo alimentaba la ceguera y soberbia de los que, como Mons. Eguren, siguen la corriente “negacionista” dentro y fuera del Sodalicio».

A fecha de hoy, sólo tres de los ocho denunciados en el caso Sodalicio siguen en condiciones de tales (Luis Fernando Figari, Virgilio Levaggi y Óscar Tokumura), otras tres personas han sido añadidas como denunciados (Jeffery Daniels, Daniel Murguía y Ricardo Trenemann), y en la lista de agraviados se ha incluido junto con los cinco primeros denunciantes a otras nueve personas naturales —entre las cuales estoy yo— y una entidad del Estado.

Sabiendo que no es competencia del ámbito judicial determinar toda la verdad sobre un tema, sino investigar sólo la responsabilidad penal de personas a la que se les pueda demostrar haber cometido delitos, quienes somos sobrevivientes del Sodalicio y testigos veraces de lo que experimentamos allí seguiremos buscando la manera de que se haga justicia, aunque sea un obispo quien niegue con argumentos falaces la verdad de los hechos.

(Columna publicada en Altavoz el 3 de septiembre de 2018)

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FUENTES

Carta notarial de Mons. José Antonio Eguren por columna de Martin Scheuch (24 de agosto, 2018)
https://altavoz.pe/2018/08/24/117852/carta-notarial-de-mons-jose-antonio-eguren-por-columna-de-martin-scheuch/

Denuncia penal ampliatoria contra 7 miembros y 1 ex miembro del Sodalitium Christianae Vitae (interpuesta el 10 de mayo de 2016)
https://de.scribd.com/doc/312903379/Denuncia-Sodalitium-Christianae-Vitae

Carta de 47 ex sodálites rechazando denuncia penal contra el Sodalicio (1° de junio de 2016)
https://de.scribd.com/doc/314749279/Carta-ex-soda-lites

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Carta “Ya no soy de los 47”, escrita por uno de los firmantes de la carta abierta del 1° de junio de 2016 rechazando la denuncia penal contra el Sodalicio

Estimado Martín:

El motivo de esta carta es hacerte llegar la opinión de uno de los firmantes del documento en que 47 ex sodálites manifestaron su rechazo a la denuncia hecha por algunos otros ex miembros de la institución, y en la que se menciona al Sodalicio como una organización creada para delinquir, escrita y firmada el año 2016 y que hoy ha vuelto a tomar cierto protagonismo.

Lo primero que quiero dejar en claro es que escribo esto porque leí la carta notarial enviada por Mons. Eguren al diario Altavoz en relación a un artículo tuyo, donde el Arzobispo de Piura cita el documento por mí también firmado, a manera de negar la cultura de abuso generalizada al interior del SCV y viendo en ella un número importante de ex miembros agradecidos con la institución. La manera en cómo se cita dicho documento me motivó a escribirte porque se desvirtúa el contenido, del cual hoy no comparto varios puntos, pero que el obispo omite al momento de citar, como son los puntos iniciales en los que se repudia las conductas de Figari y compañía y la solidaridad con las víctimas. Líneas después, en el punto sexto se entiende que, si bien, varios entramos y salimos de forma libre del SCV, aquello no estuvo ajeno a manipulaciones y obstrucciones, no manifestando literalmente un sistema, pero sí dando testimonio de ello.

Los puntos finales del documento son los que desde el principio no estuve de acuerdo, pero que sin embargo no los tomé en cuenta para mi decisión de enviar mi aprobación final para poner mi nombre en él.

Mi real interés a participar de esta convocatoria hecha por redes sociales para la generación de este documento fue el de dejar en claro que no pertenecí a una organización criminal, y pensé que el autorizar poner mi nombre en él sería una buena y aliviadora señal para mi familia, la que aún no terminaba de digerir todo lo que escuchaba, leía y veía en la prensa. En otras palabras, mi intención fue la de decirle a mi familia: “no se sientan culpables. Ustedes no me permitieron ingresar a banda criminal disfrazada de institución religiosa.” Ya era suficiente la culpa y la vergüenza que sentían al saber dónde habían dejado ingresar a su hijo, no escuchando los comentarios de familiares, amigos y religiosos amigos de otras comunidades que recomendaban hacerme cambiar de opinión.

La poca empatía y comprensión del caso Sodalicio en las palabras del obispo son desalentadoras por donde se las mire, habiendo pasado mucha agua debajo del puente y mucho tiempo en que su silencio ingenuamente fue entendido a manera de reflexión por quien te escribe. Se percibe en ellas un grado de soberbia no menor, amparado en su autoridad y las heridas heredadas de la institución que orgullosamente exhibe en su escudo arzobispal.

El mismo tiempo de silencio cómplice y nada reflexivo por parte de Mons. Eguren, fue el que me tomé para entender en su profundidad los daños ocasionados en mi persona en los años en que permanecí en el SCV. Fui de los que salió agradeciendo y de los que permanecí cercano a los varios trabajos apostólicos, pero que hoy los entiendo como una manera de saldar la culpa por mi “traición” al salir de la institución para responder a una vocación “menor”, justamente lo citado en el punto seis de la carta firmada.

Hoy comprendo la intención de los denunciantes al describir al Sodalicio como una organización criminal. Me sigue generando rechazo pero entiendo que es la manera de encontrar justicia terrena contra quienes fueron causantes de mucho sufrimiento. Hoy también comprendo la insistencia de los periodistas y víctimas del SCV al seguir denunciando los abusos, y la común falta de comprensión y empatía con quienes ven en ello una manera de ganarse portadas en los diarios. La insistencia en estos casos son los que permitieron conocer lo que sabemos hoy en Perú, Argentina, Chile, Australia, Estados Unidos, por mencionar algunos.

También quiero señalar que hoy, después de haber hablado con varios ex miembros, algunos firmantes del documento citado, me señalaron que no lo volverían a hacer pues entendieron que ello sólo alimentaba la ceguera y soberbia de los que, como Mons. Eguren, siguen la corriente “negacionista” dentro y fuera del Sodalicio. Por otra parte y en honor a la verdad, quisiera informarte que de varios de ellos y en momentos diferentes me comentaron una situación de la cual yo no estaba enterado y de que me sentí utilizado y engañado. Algunos ex miembros del SCV que tenían la intención de firmar y otros que finalmente lo hicieron, se refirieron a que esta carta fue la consecuencia de una discusión entre uno de los denunciantes y uno de los firmantes, tenía tintes de problemas personales. En palabras de quienes me hicieron saber esto, la carta fue una cierta venganza para desacreditar la denuncia y, como escribí, de la que nos hicieron parte de forma utilitarista.

En todo caso, estimado Martín, quiero hacerte saber que hoy, aunque mi nombre esté dentro de la lista, no comparto el contenido ni el uso de la misma de la manera ya citada.

Te pido mantener en reserva mi nombre para no acrecentar el sufrimiento de mi familia, los que al igual que varias otras, son víctimas secundarias de todo esto y de los que lamentablemente no se sabe mucho.

Abrazo, uno de los 47, que hoy no firmaría el documento.

¿COMPLICIDAD Y ENCUBRIMIENTO? – RESPUESTA A MONS. EGUREN

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Querido José Antonio:

Habiendo recibido la carta en que me solicitas rectificación de cierta información contenida en mi columna MONS. EGUREN, LA FACHADA RISUEÑA DEL SODALICIO, accedo a corregir cualquier información que demuestre ser inexacta o difamatoria, según la documentación que me has enviado.

Quisiera aclararte antes que nada que sólo me hago responsable de lo que digo y no de lo que entiendan los lectores. El uso del condicional suele ser una invitación al lector crítico para que saque sus propias conclusiones, en lugar de transmitirle una idea mascada y digerida que debería aceptar sin esfuerzo de su parte. Asimismo, implica de parte del que escribe una actitud abierta a precisiones ulteriores o correcciones. Una frase en condicional no es una afirmación tajante e indubitable, y si así lo entiende el lector, no se le puede atribuir la responsabilidad de ello al que escribe.

Por otra parte, cuando menciono que en tu escudo episcopal está la espada flamígera con la “M” de María, en ningún momento digo que seas el único donde esto ocurre. La mención de este dato se hace sólo para ilustrar tu identificación con el Sodalicio de Vida Cristiana. Tus referencias a Luis Fernando Figari y Germán Doig en palabras pronunciadas públicamente por ti, independientemente de que entonces no se supiera nada de los abusos sexuales cometidos por ambos, muestran la cercanía que tenías con ambos, no implicando necesariamente complicidad con sus delitos sexuales. No se trata en ninguna de estas cosas de «afirmaciones arbitrarias» que atribuya sólo a tu persona —como indicas en tu carta notarial— y, por lo tanto, no veo qué haya que rectificar aquí.

Entiendo que aún te sientes orgulloso de pertenecer al Sodalicio de Vida Cristiana, destacando en tus datos biográficos en la pagina web del Arzobispado de Piura que eres «uno de los miembros de la generación fundacional de esta Sociedad de Vida Apostólica de derecho pontificio». Asimismo, se señala de ti en tercera persona que «el 9 de julio de 1981 realizó sus compromisos perpetuos de plena disponibilidad apostólica en el Sodalicio de Vida Cristiana» y que «tras su ordenación sacerdotal [18 de diciembre de 1982], Monseñor Eguren realizó diversas labores de animación apostólica y espiritual en el Sodalicio».

Por eso mismo, afirmar que fuiste por poco tiempo superior de una comunidad sodálite y posteriormente asistente de espiritualidad en el Consejo Superior del Sodalicio no constituiría de ninguna manera información agraviante para ti, sino más bien motivo de orgullo. A no ser que consideres que el Sodalicio es en sí mismo un sistema perverso y el simple hecho de ocupar un puesto de responsabilidad mellaría la honra de cualquiera. Por lo tanto, a lo más podría tratarse en lo que afirmo de información supuestamente inexacta, pero de ninguna manera agraviante o que te cause perjuicio.

Me envías copia de un diploma del Instituto Teológico Pastoral del CELAM (Medellín, Colombia), que «confiere el presente Diploma a JOSÉ ANTONIO EGUREN ANSELMI quien durante el año de 1982 participó en los Cursos de Pastoral Fundamental y Espiritualidad – Liturgia», para tratar de demostrar que todo ese año estuviste en Medellín. Pero obvias mencionar que tanto actualmente como en ese entonces cada uno de esos cursos tenía una duración de uno o a lo más dos meses y se dictaban durante el segundo semestre del año. Con absoluta certeza, puedo afirmar que tú fuiste superior de la comunidad Nuestra Señora del Pilar (Barranco) antes de ser sustituido por Alfredo Garland, debido a que tenías que viajar a Colombia. Te recuerdo vívidamente en el comedor, con guayabera clara y pantalón oscuro, sentado a la mesa en la silla del superior, rodeado de otros sodálites, entre los cuales estaban José Ambrozic, Virgilio Levaggi, Alejandro Bermúdez, Alberto Gazzo, Alfredo Draxl, Eduardo Field, Juan Fernández, yo mismo y alguno que otro más cuyo rostro y nombre he olvidado.

Recuerda que el puesto de superior de una comunidad era un cargo de confianza que Figari otorgaba sólo a aquellas personas que estuvieran en condiciones de aplicar el sistema de disciplina sodálite que él había ideado.

Para que me retracte respecto a la afirmación de que fuiste superior de comunidad, sería necesaria otra documentación probatoria, pues la que me has enviado es insuficiente y no prueba nada. Te agradecería que me hicieras llegar copia de un certificado de estudios del Instituto Teológico Pastoral del CELAM indicando los tiempos en que se dictaron los cursos de los cuales participaste, o que recurras a los archivos del Sodalicio buscando registros de esa época indicando con fecha quiénes fueron los superiores de la comunidad Nuestra Señora del Pilar (Barranco). O mejor sería que me enviaras copia de tu registro migratorio.

Asimismo, sería bueno también que me envíes copia de los registros que supuestamente estarían en los archivos del Sodalicio, indicando quiénes formaron parte del Consejo Superior del Sodalicio desde el año 1978 hasta el año 2001, en que fuiste ordenado obispo. Sólo así podríamos estar seguros de que nunca formaste parte de «la instancia de gobierno del Sodalicio» —como señala la página web oficial de la institución—, pues hay varios testimonios que te recuerdan como asistente de espiritualidad durante un tiempo.

Por otra parte, en esa misma página web también se dice que «la máxima autoridad del Sodalitium es la Asamblea General, que representa a todos los sodálites y es un signo de la unión en la caridad. Esta se reúne ordinariamente cada seis años y son de su competencia todos los asuntos relacionados a la Sociedad, en especial la elección del Superior General y de los miembros de su consejo».

¿No te reconoces en esta foto de la II Asamblea General (diciembre de 2000), que muestra a lo que se considera la cúpula del Sodalicio? Y digo “cúpula”, porque es el mismo término que utilizó la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación en su Informe Final.

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¿No se te ve en esta otra foto de la IV Asamblea General (noviembre-diciembre 2012), presidiendo una celebración litúrgica?

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En todo caso, no dudo de que podrás acceder a la documentación que te solicito, considerando que me has enviado copia de un documento que yo autoricé que se le enviara al Sodalicio, a saber, el informe sobre mi caso emitido por la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación, en los términos establecidos por la misma Comisión, según e-mail del 16 de abril de 2016 que recibí de Janet Odar, Secretaria Técnica de la Comisión:

«…el informe individual consiste en un resumen de los hechos denunciados identificando al denunciante, denunciados, solicitud efectuada a la Comisión y recomendaciones que esta efectúa respecto de su caso particular a fin que sean implementadas por el SCV.

En tal sentido, a fin de poder requerir al SCV la implementación de las recomendaciones formuladas, la Comisión ha previsto remitir a dicha organización únicamente el informe individual correspondiente a su caso, salvo que Ud. no autorice dicha entrega, motivo por el cual agradeceremos se sirva indicarnos si brinda o no la autorización en mención».

No entiendo como tú, una persona que actualmente no goza de ningún cargo de autoridad en el Sodalicio, has podido acceder a este documento a fin de utilizarlo para otros fines que los previstos y, además, hacerlo público sin mi consentimiento. Se trata, por decir lo menos, de una falta de ética grave.

A partir de este hecho he de inferir que sigues gozando de cierta autoridad o ascendencia en la institución —o tienes vara, como se diría en lenguaje coloquial—. Y no deja de llamar la atención que lo utilices para tratar de demostrar tu inocencia, sin importarte el hecho de que, en mi caso personal, el Sodalicio no cumplió con ninguna de las recomendaciones contenidas en él. Más aún, ni siquiera tuvo el decoro de reconocerme como víctima.

Sobre la base de que tu nombre no aparece en el listado de denunciados, me dices que «usted no me denunció ante la “Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación” como autor de algún acto de abuso, ni como encubridor de la cultura de abuso». En realidad, lo que menos me interesaba en ese momento era denunciar a personas, como lo expresé en un e-mail del 19 de enero de 2016 a la Comisión:

«Aclaro que la denuncia no es contra personas individuales sino contra el Sodalicio, pues fue el sistema institucional sodálite plasmado en una doctrina y una disciplina los que permitieron que se cometieran en perjuicio mío los abusos que detallo en el documento, creando el marco necesario para que ello ocurra».

No obstante, sí te mencioné en la denuncia que le envié tanto a la Comisión como a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica:

«En diciembre de 1992, en la Comunidad Nuestra Sra. del Pilar, que se había trasladado nuevamente a Barranco, Alfredo Garland me castigó con no participar de las reuniones recreativas de la comunidad por tiempo indefinido, debido a que grabé cassettes para uso personal usando sus CDs de música clásica en su reproductor de CDs y sin su permiso. Debo indicar que los simples miembros de las comunidades teníamos entonces prohibido, por orden expresa de Luis Fernando Figari, escuchar todo tipo de música, salvo la que fuera de carácter religioso. Esa orden no se aplicaba a los superiores, que podían escuchar la música que creyeran conveniente. Un domingo, tarde en la noche, en que la comunidad estaba reunida en la salita destinada a estos fines, yo estaba fuera y debido al cansancio, me eché un rato a descansar en mi cama y me quedé dormido. Fui despertado violentamente por Alfredo Garland y José Antonio Eguren, y a modo de castigo, se me ordenó estar confinado en una habitación separada del resto de la casa, con prohibición de salir si no era para ir al baño, prohibición de hablar con cualquier miembro de la comunidad que no fuera José Antonio Eguren, prohibición de leer cualquier otra cosa que no fuera la Biblia y los escritos de autores espirituales que se proporcionara para hacer un retiro espiritual que me hiciera cambiar de actitud y me llevara a corregir mis “malos comportamientos”».

José Antonio, tu fuiste testigo y cómplice del maltrato de que yo fui objeto, que finalmente ocasionó que huyera en la madrugada a San Bartolo para pedir ayuda a una persona de confianza y, finalmente, terminara pasando siete angustiosos meses allí, deseando cada día que me sobreviniera la muerte. Y créeme cuando te digo que me demoré más de una década en procesar la experiencia y finalmente comprender que lo que me hicieron se trataba objetivamente de un abuso, cosa que al parecer tú todavía no has comprendido. Pues nunca has tenido ningún gesto de empatía, ninguna palabra de conmiseración hacia ninguna de las víctimas del Sodalicio, así como tampoco te has pronunciado nunca sobre Figari, Doig y compañía tras hacerse públicos los graves abusos de todo tipo que habían cometido. No has contribuido en nada a esclarecer los abusos psicológicos y físicos, pudiendo haberlo hecho.

Más aún, como me han confirmado varias personas, a poco de aparecer las denuncias de José Enrique Escardó en el año 2000, se convocó una reunión de adherentes (sodálites casados) en el Centro Pastoral Nuestra Señora de la Evangelización (San Borja) y tú les dijiste que todo lo que contaba Escardó era mentira y que no se podía decir lo contrario. Yo, si bien seguía siendo sodálite en ese entonces, al enterarme de esto admití para mis adentros que Escardó no mentía y así se lo comuniqué a varias personas amigas, aun cuando no estuviera de acuerdo con la forma en que Escardó hizo su denuncia. Tú, en cambio, hasta ahora no has admitido nada, mucho menos le has pedido disculpas a Escardó —reconocido oficialmente como víctima por el Sodalicio— por lo que le hiciste.

Te creo si dices que no sabías nada de los abusos sexuales perpetrados por las cabezas del Sodalicio y otros miembros de jerarquía inferior. Pero respecto a maltratos psicológicos y físicos —los cuales durante mucho tiempo nos acostumbramos a ver como normales debido al formateo mental que todos hemos sufrido en el Sodalicio—, ¿puedes decir que no viste nada? ¿No vivimos ambos en la misma comunidad en Nuestra Señora del Pilar, no sólo en Barranco sino también cuando temporalmente funcionó en La Aurora (Miraflores), y también en la comunidad de San Aelred (Magdalena del Mar)? Yo vi a miembros de comunidad castigados durmiendo en la escalera. ¿No los viste tú? Vi a varios obligados a tener que alimentarse sólo de pan y agua —o peor, de lechuga y agua— durante días. ¿No los viste tú también? En reuniones nocturnas donde tú también estabas presente vi también como se forzaba a los miembros de comunidad a revelar sus interioridades, sin ningún respeto por su derecho a la intimidad, muchas veces siendo objeto de humillaciones y de un lenguaje procaz y ofensivo. ¿Lo has olvidado? Yo te he visto contribuir a castigar con la ingestión de mezclas repugnantes de comida (postres mezclados con condimentos salados y picantes) a sodálites que estaban de prueba en la comunidad de San Aelred, bajo la responsabilidad de Virgilio Levaggi. ¿Te falla la memoria? Cuando yo estaba en San Bartolo en el año 1988, tú visitabas con frecuencia la comunidad para celebrar Misa y oír confesiones. Después te quedabas a comer y en las conversaciones te enterabas de las cosas que se hacían en San Bartolo. ¿Hasta ahora no has captado que varias de esas cosas eran abusos y maltratos? ¿Acaso no estuviste siempre de acuerdo con que nosotros, miembros de comunidad, mantuviéramos la mayor distancia posible hacia nuestros padres? Asimismo, cuando eras superior en Barranco, no podía llamar por teléfono ni salir a la esquina si no tenía permiso tuyo. Quien se ausentaba de la casa sin permiso era después severamente castigado. ¿No era esto una especie de coerción de nuestra libertad?

Y como corolario de todo esto, siempre gozaste de la confianza de Luis Fernando Figari, fuiste dócil para implementar todas las medidas dispuestas por él —que aplicaste fielmente en las «labores de animación apostólica y espiritual en el Sodalicio» que se mencionan en tu biografía— y nunca te manifestaste en contra de sus excesos y su estilo de vida hedonista —muy distinto al régimen espartano de vida que teníamos los sodálites ordinarios de las comunidades—, así como tampoco lo hiciste en contra de su lenguaje procaz y ofensivo y sus actitudes humillantes hacia varios hermanos de comunidad. Ni siquiera ahora ni en tiempos recientes, cuando ya mucho ha salido a la luz, has pronunciado una sola palabra al respecto.

Esto se condice con lo que señala el Informe Final de la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación:

«El comportamiento del superior general Luis Fernando Figari, estaba determinado básicamente por dar órdenes que no podían ser cuestionadas, el uso de un lenguaje vulgar y soez, el ejercicio de una dinámica independiente de la comunidad, el control de todas las actividades al interior de la institución y de la vida personal de sus miembros. Asimismo, se evidencia que los integrantes de la cúpula que entonces acompañaba a Luis Fernando Figari, con su silencio obsecuente, aprobaban esa conducta, pese a revelarse contraria al más elemental propósito de vida cristiana» (II, 4).

En ese sentido, no resulta gratuito afirmar que contribuiste «a implementar y aplicar las medidas de sometimiento mental que forman parte del sistema de disciplina sodálite», considerando que en tus funciones ad intra del Sodalicio siempre buscaste ser fiel a todas las directivas de Figari sin excepción.

De todos modos, no sé en qué medida eras consciente de lo que implicaban estas cosas en el momento de hacerlas y, conociéndote, no dudo de que hayas actuado de buena voluntad, por lo cual, retractándome de lo que dije en mi columna anterior, no puedo ahora afirmar con certeza que seas cómplice y encubridor. Pero independientemente de tus intenciones, lo que has hecho se parece objetivamente mucho a eso.

Respeto a la carta de 47 ex sodálites del 1° de junio de 2016, que fue un intento de desacreditar la denuncia que se presentó en contra de algunos miembros del Sodalicio por asociación ilícita para delinquir, secuestro y lesiones graves, ya he comentado al respecto en dos artículos que publiqué en mi blog —LA CORTE DE LOS 47 y LA VERGÜENZA PERDIDA—, a los cuales te remito.

A tu favor resta decir que eres un hombre muy simpático cuando te lo propones, cariñoso y sentimental, con aptitudes y cualidades para ser un buen pastor de la Iglesia —siempre y cuando el Sodalicio no esté de por medio— y que nunca te vi maltratar a nadie físicamente en el Sodalicio. Por eso mismo, mi mujer y yo te elegimos para que celebraras nuestro matrimonio, en una ceremonia que fue realmente hermosa. Sin embargo, mi amistad contigo no debería ser obstáculo para señalar los vicios en que has incurrido. Pues, como decía Aristóteles: «Soy amigo de Platón, pero soy más amigo de la verdad».

Y uno de esos vicios es haber comunicado a terceros nuestra constancia de matrimonio religioso, un documento oficial con datos personales que no tienen por qué ser de conocimiento público. Además, este documento no guarda ninguna relación en absoluto con el contenido del artículo periodístico que cuestionas, y solamente lo usas en aras de una especie de chantaje sentimental. Sin ninguna consideración ni respeto, te zurras en el deseo de mi mujer de mantenerse al margen de los asuntos del Sodalicio y la metes gratuita y arteramente en la colada, generándole una crisis de nervios. Esto me parece una canallada. ¿Quieres defender tu honra y haces algo que va en detrimento de ella? No lo entiendo.

Además, negar aquellos hechos que son evidentes no contribuye en nada a resguardar tu honra, sino que la daña aún más, así como el hecho de que denuncies penalmente o amenaces a quienes somos víctimas del Sodalicio y hemos arriesgado nuestra salud, tranquilidad, honra y reputación para que la verdad salga a la luz. Todavía estás a tiempo para comportarte dignamente, pidiéndole disculpas a las víctimas y contribuyendo con tu testimonio a esclarecer aún más la verdad sobre los abusos sistemáticos ocurridos en el Sodalicio. En tu posición, mantener silencio al respecto sólo mellará aun más tu honra. Y eso será únicamente de responsabilidad tuya.

Atentamente,

Martin Scheuch

(Carta abierta publicada en Altavoz el 27 de agosto de 2018)

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FUENTES

Altavoz
Carta notarial de Mons. José Antonio Eguren por columna de Martin Scheuch (24 de agosto, 2018)
https://altavoz.pe/2018/08/24/117852/carta-notarial-de-mons-jose-antonio-eguren-por-columna-de-martin-scheuch/

Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación
Informe Final (abril de 2016)
http://comisionetica.org/blog/2016/04/16/informe-final/

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POST SCRIPTUM (29 de agosto de 2018)

La reunión con adherentes sodálites, en la cual José Antonio Eguren afirmó que todo lo que contaba José Enrique Escardó en sus artículos en la revista Gente era falso, se realizó en el Centro Pastoral Nuestra Señora de la Evangelización (San Borja) y no en la Parroquia Nuestra Señora de la Reconciliación (Camacho), como yo había puesto originalmente en mi carta —dato que ya ha sido corregido—. Así lo confirma el testimonio en Facebook del ex adherente sodálite Gerardo Barreto, quien reside actualmente en Estados Unidos, y que reproduzco aquí con ligeras correcciones de redacción:

«La reunión fue en el Centro Pastoral de San Borja, no en la Parroquia. Y lo sé porque yo fui uno de los que estuvo allí.

Ésa fue una reunión donde se nos mintió (“todo lo que escribe Escardó es falso”) y se nos instruyó a mentir (“y eso es lo que todos debemos decir”).

Recuerdo claramente la sensación de asco que me dio esto; sin embargo, en el esquema sodálite decidí racionalizar y darle el beneficio de la duda al “cura gordo”, como le llamábamos en esa época.

 ¡Yo tenía claro que lo que decía José Enrique Escardó era cierto! Fuera de contexto y narrado con mala intención, PERO CIERTO.

En esos día fue a Lima un amigo ex sodálite y le enseñé los escritos antes mencionados. Él se mató de risa (pues su fortaleza le ayudo a salir ileso de sus experiencia sodálite y San Bartolo fue casi una diversión para él), y me comentaba riéndose que la grada 17 fue su cama por meses… que hasta le agarró cariño a esa grada. Lo cual de alguna manera abona a mi comentario de que todo lo que escribía Escardó era cierto. Y que la reacción oficial del SCV fue la de la mentira».

 

MONS. EGUREN, LA FACHADA RISUEÑA DEL SODALICIO

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Mons. José Antonio Eguren (centro), rodeado de algunos miembros del Sodalicio —de izquierda a derecha: los sacerdotes Jaime Baertl, Jaime Gómez, Jorge Olaechea y el laico consagrado Fernando Vidal— después de la misa de ordenación sacerdotal de Jaime Gómez (Piura, 15/10/2016)

Mons. José Antonio Eguren es un hombre simpático y bonachón, con carisma y don de gentes, la sonrisa siempre a flor de labio, comprometido con su labor pastoral. Pero también está comprometido hasta la médula con el Sodalicio, uno de cuyos símbolos —la espada flamígera— figura en lugar destacado en su escudo episcopal.

Las pocas veces en que se ha manifestado sobre los escándalos del Sodalicio es para requerir que «su buen nombre sea respetado, un derecho que tiene todo individuo, y que se condice con el buen periodismo» (comunicado del 18 de mayo de 2016) o para exigirle mediante carta notarial del 20 de marzo de 2018 al periodista Pedro Salinas que se rectifique, pues el «derecho [a la libertad de opinión] no es irrestricto, sino que se debe ser muy cuidadoso de no dañar las honras ajenas».

Nunca ha tenido palabras de conmiseración hacia las víctimas. En enero de 2018 declaró que la intervención del Sodalicio sirve «para ayudar a superar los momentos difíciles que está viviendo [la organización]», haciendo la vista gorda de los momentos difíciles que hasta ahora viven los afectados por el Sodalicio.

No tenemos motivo para dudar de la honra que Mons. Eguren pueda haberse ganado con su labor estrictamente pastoral en la arquidiócesis de Piura. Sin embargo, en honor a la verdad hay que decir que su honra ya viene dañada desde el mismo momento en que formó parte de la cúpula del Sodalicio y contribuyó a implementar y aplicar las medidas de sometimiento mental que forman parte del sistema de disciplina sodálite.

Recuerdo que en algún momento del año 1982 fue por algunos meses superior de la comunidad Nuestra Señora del Pilar (Barranco) —es decir, el responsable de verificar que se aplicaran las medidas disciplinarias, incluidos castigos— y posteriormente también formó parte del Consejo Superior del Sodalicio.

Una vez que estaba de visita en la comunidad de San Aelred (Magdalena del Mar), durante la comida Virgilio Levaggi le ordenó a uno de los muchachos a su cargo que hiciera una mezcla repugnante con su postre —algo así como echarle ketchup, sal y pimienta a su arroz con leche— y se lo comiera. Eguren no sólo ayudó a hacer la mezcla, sino que aplaudió la ocurrencia, acompañándola de sonrisas cachosas y comentarios burlones.

Como uno de los curas que asistían con regularidad a las comunidades de San Bartolo para celebrar misa y oír confesiones, con frecuencia se quedaba allí a comer y así se enteraba de lo que ocurría en esas comunidades. Incluso habría sido testigo de algunos abusos y maltratos, aunque en esos momentos nadie, ni siquiera él, los consideraba como tales, debido a la perversa normalización de estas prácticas que había —y seguiría habiendo actualmente— en el Sodalicio.

Cuando en diciembre de 1992 intempestivamente se decidió en la comunidad de Barranco aislarme por tiempo indefinido en una habitación separada del resto de la casa, con permiso sólo para ir al baño y hablar exclusivamente con Eguren, éste colaboró entusiastamente en trasladar mis pocos bártulos del dormitorio común en el que me había quedado dormido esa noche hasta mi nuevo recinto de reclusión. Por supuesto que aprobó esta disposición emitida por el superior Alfredo Garland, la cual culminaría en mi huida de la casa durante la madrugada y una estadía de siete meses en San Bartolo acompañada de angustiosos deseos de morir.

Él mismo ha manifestado su cercanía con Germán Doig y Luis Fernando Figari:

«¡Cómo no recordar con afecto a mi amigo Germán Doig, amigo mío desde los cinco años de edad…!» (Ordenación episcopal, 7/4/2002)

«Gracias especialmente a ti, Luis Fernando, mi Padre fundador…» (Toma de posesión de la arquidiócesis de Piura, 22/8/2006)

Su talante diplomático y adulador, unido a su natural simpatía, han hecho que Mons. Eguren sepa cultivar buenas relaciones con las autoridades de turno, las fuerzas armadas y policiales e incluso con representantes del poder judicial. La fiscal Peralta, católica devota, decidió arbitrariamente excluirlo de la primera denuncia penal en contra del Sodalicio sin presentar ningún argumento.

Mientras siga callando lo que sabe y no decida distanciarse críticamente del Sodalicio —como si lo estaría haciendo el otro obispo sodálite, Mons. Kay Schmalhausen—, Mons. Eguren seguirá siendo un vulgar cómplice y encubridor.

(Columna publicada en Altavoz el 13 de agosto de 2018)

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FUENTES

Monseñor José Antonio Eguren Anselmi, S.C.V.
Mar adentro. Con los remos y con las velas (Vida y Espiritualidad, Lima 2007)

Arzobispado de Piura
Comunicado (18 de mayo de 2016)
https://web.archive.org/web/20170114104551/http://arzobispadodepiura.org/arzobispo/comunicados/comunicado-2/

Radio Cutivalú
Monseñor Eguren: Sodalicio siempre ha cooperado con las investigaciones (12 enero, 2018)
http://www.radiocutivalu.org/monsenor-sodalicio-siempre-ha-cooperado-las-investigaciones/

Pedro Salinas
La carta del sodálite Eguren (22/03/2018)
https://lavozatidebida.lamula.pe/2018/03/22/la-carta-del-sodalite-eguren/pedrosalinas/