INDULTANDO A HITLER

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En la hipótesis contrafáctica de que Adolf Hitler hubiera sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial, hubiera sido condenado por sus crímenes a cadena perpetua y tuviera la misma edad que Alberto Fujimori, eso nos ubicaría en el año 1968, cuando Kurt Georg Kiesinger —antiguo miembro del partido nazi— era canciller de Alemania. Finalizada la guerra, fue categorizado como “simpatizante” del nazismo, y si bien pasó 18 meses en campos de prisioneros, al final superó exitosamente el proceso de “desnazificación”, por lo menos en lo formal, y se enroló en la Unión Demócrata Cristiana (CDU), partido conservador fundado por Konrad Adenauer.

El año ‘68 fue también el de las protestas estudiantiles, sobre todo de jóvenes idealistas de izquierda que abominaban de la indolencia que tenían muchos miembros de la generación de sus padres hacia los crímenes del nazismo.

El 7 de noviembre de 1968, la activista Beate Klarsfeld —esposa de un francés de ascendencia judía-—lo abofeteó públicamente en el transcurso de una Convención de la CDU, gritándole: «¡Kiesinger! ¡Nazi! ¡Renuncia!» Klarsfeld fue condenada a un año de prisión, pero la pena nunca se aplicó, porque la apelación interpuesta implicaba sacar los trapitos sucios de Kiesinger al aire. El proceso fue aplazado indefinidamente, y Kiesinger nunca hizo aclaraciones ni habló públicamente sobre este incidente en todo el resto de su vida.

En 1968 el tema del régimen nazi era tabú en Alemania y ni siquiera se abordaba en las clases de historia. Pero, a pesar del tiempo transcurrido, Hitler seguía teniendo muchos admiradores en secreto, incluso entre algunos jóvenes, admiración que se ha mantenido hasta el día de hoy. ¿Razones? Hitler estabilizó la economía deteriorada de un país que venía de una democracia inestable, donde los partidos tradicionales habían perdido credibilidad y apoyo. Cuando en 1930 el partido nazi se convirtió en la segunda fuerza política en el Parlamento, no sólo comenzaron a financiarlo varios empresarios, sino también la aseguradora Allianz, el Deutsche Bank y el Dresdner Bank.

Hitler fue nombrado canciller el 30 de enero de 1933, siguiendo procedimientos constitucionales en un régimen democrático, pero una vez en el poder buscó la manera de controlar los poderes legislativo y judicial desde el ejecutivo. El incendio del Reichstag, ocurrido el 27 de febrero, le permitió a Hitler obtener del presidente Hindenburg un decreto de urgencia, «mediante el cual podía abolir la libertad de prensa, el derecho a la libre expresión, el derecho a la privacidad de las comunicaciones y el respeto a la propiedad privada» (Wikipedia).

Sin haber obtenido aún una mayoría parlamentaria en las subsiguientes elecciones del 5 de abril, en aplicación del decreto de urgencia removió a los 81 diputados comunistas de sus curules y la cantidad necesaria de socialdemócratas para obtener mayoría y votar una ley habilitante que transfería las funciones del Reichstag al canciller por cuatro años. Luego vendría la designación de jueces favorables al gobierno.

Durante la dictadura hitleriana se beneficiaron grandes empresas alemanas que todavía existen (BMW, VW, Audi, Bayer, BASF, Hugo Boss, Deutsche Bank, Degussa, etc.), algunas de ellas sobre todo por la mano de obra barata suministrada por los campos de concentración.

En conclusión, se puede estabilizar la economía a la vez que se socava la democracia y se violan derechos humanos fundamentales. Y eso es algo que repitió Fujimori en otro contexto, promoviendo el capitalismo salvaje que postula el neoliberalismo —con la aquiescencia de la mayoría de empresarios peruanos—, flexibilizando los estándares de protección ambiental y dejando sin protección a los trabajadores mediante el recorte de derechos adquiridos y generando un aumento de la desigualdad social, uno de los principales enemigos del desarrollo.

Que se puede generar riqueza de otro modo, sin afectar el bienestar social, lo demuestran los países nórdicos de Europa, donde existe una economía social de mercado.

Ni Hitler ni Fujimori mataron a nadie con sus propias manos, pero ambos fueron —en diferente medida— autores mediatos de crímenes inexcusables. Y de prácticas eugenésicas atroces —en el caso de Hitler con los judíos, en el de Fujimori con las esterilizaciones masivas de mujeres autóctonas—. ¿Es lícito olvidar esos delitos en aras del bienestar producido? De ninguna manera. Indultar a Fujimori es como que Kiesinger hubiera indultado a Hitler.

(Columna publicada en Altavoz el 2 de enero de 2018)

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LAS NAVIDADES DE LAS GENERACIONES PASADAS

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Como trabajador social especializado en el acompañamiento de ancianos con demencia, suelo vivir una serie de experiencias que me confrontan con los enigmas de la existencia desnuda, de esta vida nuestra que bascula entre la nada y la muerte, entre el misterio del nacimiento y un agónico final que a nuestros ojos humanos parece ser la extinción definitiva de toda una biografía cargada de recuerdos, momentos inolvidables y golpes de destino que dejan siempre un poso de amargura en el alma. Y cuando se acerca la Navidad, todo esto aflora con mayor intensidad, sobre todo entre los seres humanos que viven sus últimos días en un entorno no familiar como es el de un asilo de ancianos.

El 19 de diciembre fue oficialmente el almuerzo navideño en el asilo donde trabajo. A sus moradores, la mayoría de ellos octogenarios y nonagenarios, se les sirvió una comida especial: asado de res acompañado de col morada, vainitas envueltas en tocino y papas, regado con vino tinto y blanco de la región. De postre hubo helado de vainilla y canela en forma de estrella y tiramisú. Estuvo también presente un músico aficionado, un sexagenario del pueblo, que cantó canciones navideñas alemanas al compás de un ukelele y una armónica. Y varios ancianos, aquellos a los que la demencia y las enfermedades aún no les habían robado la memoria y las facultades auditivas y comunicativas, cantaron también esos cantos preñados de nostalgia y de una época que se fue.

Porque en la era de las comunicaciones digitales y las redes sociales, la mayoría de los jóvenes ya no le dedican tiempo a cantar los villancicos tradicionales, o a preparar galletas navideñas como lo hicieron sus ancestros, o a dedicar parte de su tiempo a las manualidades que ocuparon las horas libres de sus abuelos y les dieron un sentido creador y satisfacción generosa a las Navidades ancestrales. Pues, como se cree comúnmente en Alemania, lo que se hace en casa es mejor, sabe mejor y se siente mejor que lo que se obtiene ya hecho en el supermercado.

Y en estas épocas suele resurgir esa nostalgia por el hogar y por la familia, siendo particularmente difícil mi tarea de explicarles a ancianas con facultades cognitivas disminuidas que no pueden irse a la casa donde alguna vez vivieron —porque ya nadie vive allí o ha cambiado de dueño— y que continuamente buscan la manera de alcanzar la calle para cumplir un sueño ahora imposible.

En general, los ancianos suelen contentarse con poco, siempre que sea ofrecido con amabilidad y generosidad sinceras. Pues, a diferencia de las generaciones actuales que miden el valor de los regalos por lo que han costado y ambicionan mucho, los miembros de esa generación que están en el epílogo de sus vidas padecieron pobreza, carestía y escasez en una infancia desplegada en los difíciles años de la posguerra, marcada también por la ausencia de varios seres queridos que nunca regresaron, a quienes ahora recuerdan entre las nieblas de la demencia como si aún estuvieran vivos, como si en cualquier momento pudieran presentarse para hacerles una visita.

Ellos siguen siendo la memoria de una época donde el fenómeno comercial del presente aún no existía y donde los rituales navideños seguían un ritmo pausado que permitían el encuentro de las personas en un ambiente de alegría y acogida. Y de recogimiento hogareño, pues tanto en Alemania como en los países nórdicos —donde el frío invernal invita a buscar el íntimo calor del hogar— la Navidad se vive como una celebración de gozosa melancolía y expresivo sosiego y tranquilidad.

También hay uno que otro anciano que no recibirá la visita de nadie en estas Navidades, para los cuales poco consuelo será la tradicional cena de Nochebuena con salchichas vienesas, mostaza y ensalada de papas. Ancianos a los cuales se les han muerto los familiares más cercanos, o éstos viven demasiado lejos, o simplemente no quieren volver a verlos por desavenencias familiares irreconciliables. Los que trabajamos en el asilo haremos nuestros mejores esfuerzos para que también sientan compañía y calor humano en estas Navidades.

Y, sobre todo, buscaremos rescatar y conservar el espíritu de la Navidad de esas generaciones pasadas.

(Columna publicada en Altavoz el 25 de diciembre de 2017)

UN PERUANO DE LOS ANDES CONTRA UN CONSORCIO ENERGÉTICO DE ALEMANIA

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Saúl Luciano Lliuya (Foto: Pascale Sury)

RWE es un consorcio del sector energético, el segundo más grande en este ramo en Alemania. Sin embargo, su actividad no se ha limitado a este país, sino —como suele ocurrir en tiempos de la globalización— sus tentáculos operativos se extienden hasta Estados Unidos, Gran Bretaña, Bélgica, Austria, la República Checa, Turquía y varios países del Este de Europa. Y su negocio energético tiene consecuencias sombrías a nivel mundial. Pues la generación de energía a través de la quema de lignito, una especie de carbón mineral, ha convertido a esta empresa en el mayor emisor en Europa de dióxido de carbono (CO2), gas cuya proliferación contribuye a aumentar el “efecto invernadero” en la atmósfera, generando lo que se conoce como calentamiento global.

No obstante que la empresa afirma estar comprometida con la generación de energía a partir de recursos renovables —energía solar o eólica, por ejemplo—, se opone a los proyectos de darle fin a la generación de energía a partir del lignito. Asimismo, cuando el gobierno de Angela Merkel declaró en 2011 una moratoria para abandonar paulatinamente la generación energética a partir de la fisión atómica y poner fuera de servicio los siete reactores más antiguos —lo cual afectaba a los dos reactores de la central de Biblis, de propiedad de RWE—, la empresa logró mediante una denuncia que un tribunal declarara inválida la moratoria en la región y en 2014 efectuó una denuncia civil para obtener unos 200 millones de euros del gobierno en concepto de compensación por lucro cesante.

Saúl Luciano Lliuya es un campesino andino de la zona de Huaraz, que trabaja también como guía de montaña. Durante años él y su padre han observado los cambios climáticos que afectan a la zona, entre ellos la progresiva desaparición de los glaciares. En 2014 hablaron con un asesor agrícola sobre las causas del calentamiento global y los efectos en su región. Entre esos efectos se halla el derretimiento de un glaciar que alimenta una laguna ubicada más arriba de Huaraz, con la amenaza de que un desprendimiento ocasione un rebalse de la laguna y un aluvión que ocasionaría daños irreparables en la ciudad. Y la consiguiente pérdida del hogar de Saúl Luciano. ¿Por qué tendría él que pagar las consecuencias de lo que otros han causado? ¿No sería una tremenda injusticia?

Asesorado por Germanwatch, una asociación alemana sin fines de lucro que lucha por la justicia global y la preservación de las bases de subsistencia de las poblaciones vulnerables, el campesino peruano elevó en noviembre de 2015 una denuncia contra RWE ante el tribunal regional de la ciudad de Essen, donde el consorcio tiene su sede principal, sobre la base de que es responsable del 0,47% de las emisiones totales de CO2 desde el inicio de la industrialización de Europa, según un estudio de 2014. Dado que, ante una eventual inundación catastrófica de Huaraz, las medidas de protección —entre ellas la construcción de un dique— costarían unos 3.5 millones de euros, a RWE le correspondería abonar el costo parcial de 17,000 euros en concepto de indemnización.

En diciembre de 2016 la denuncia fue archivada. En enero de 2017 Saúl Luciano apeló ante el tribunal regional superior de Hamm, pues según su abogada Roda Verheyen, la razón para el archivamiento no considera la relación de los hechos y presupone la falta de una causalidad jurídica. Pues RWE argumentó que no se le podía hacer individualmente responsable del calentamiento global cuando son muchos los que contribuyen a este efecto. Verheyen, sin embargo, considera que no porque haya muchos causantes de un hecho determinado queda anulada la responsabilidad legal de cada uno por separado.

En mayo de este año el tribunal de Hamm determinó que la denuncia procedía y que el recurso de apelación debía efectuarse oralmente el 13 de noviembre. El 30 de noviembre, poco después de que Saúl Luciano hubiese prestado su declaración en Alemania y tras haber regresado al Perú, el tribunal decidió que era procedente pasar a la fase probatoria, que será evaluada por expertos independientes.

Se trata de un hecho sin precedentes, que puede dar pie a que las grandes empresas asuman finalmente su responsabilidad global y dejen de actuar con impunidad absoluta.

(Columna publicada en Altavoz el 4 de diciembre de 2017)

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FUENTES

Germanwatch
FRAGEN und ANTWORTEN zum FALL HUARAZ
https://germanwatch.org/de/14577
Klimagerechtigkeit braucht Ihre Unterstützung – Der Fall Huaraz zeigt die besondere Verantwortung großer Energiekonzerne auf (4/2017)
https://germanwatch.org/de/download/18321.pdf
Historischer Durchbruch mit weltweiter Relevanz bei “Klimaklage” (30. Nov. 2017)
https://germanwatch.org/14794

WDR
“Wenn es dem Globus zu heiß wird” (16.11.2017)
Reportaje de media hora (en alemán) sobre el caso Huaraz y Saúl Luciano Lliuya
https://www1.wdr.de/mediathek/video/sendungen/tag-sieben/video-wenn-es-dem-globus-zu-heiss-wird-100.html

LA OTRA CARA DEL BIENESTAR ECONÓMICO ALEMÁN

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Personas sin techo en Berlín (2016)

El 24 de septiembre, el partido de Angela Merkel volvió a ganar las elecciones generales en Alemania por cuarta vez consecutiva. Sin embargo, los resultados han estado muy lejos de ser un triunfo rotundo. Pues la alianza CDU (Unión Demócrata Cristiana) / CSU (Unión Social Cristiana) alcanzó sólo 32.9% de los votos, es decir, 8.6% menos que en las elecciones anteriores de 2013. Asimismo, el segundo partido más grande de Alemania, el de los socialdemócratas, obtuvo el 20.5% de los votos, 5.2% menos que la vez anterior, en lo que ha sido su peor resultado electoral desde que existe la República Federal de Alemania. Más bien, la Alternativa por Alemania, un partido nacionalista de extrema derecha, con un discurso conservador y populista, pasó por primera vez la valla del 5%, y con 12.6% de los votos se convirtió de un día para otro en la tercera fuerza política de Alemania.

¿Cómo se explica este resultado tan preocupante en un país que, además de tener la economía más pujante de Europa, es la cuarta potencia económica a nivel mundial, después de Estados Unidos, China y Japón? ¿Un país donde la tasa de desempleo, que bordea actualmente el 5%, es una de las más bajas en toda su historia?

Este descontento creciente puede encontrar una explicación en los resultados del último Informe sobre Riqueza y Pobreza (abril de 2017), elaborado por el Ministerio Federal de Trabajo y lo Social y discutido el miércoles 28 de junio en el Parlamento Federal, donde se concluye que la pobreza ha ido aumentando en el país, afectando en la actualidad a un 15.7% de la población. Esto resulta escandaloso en un país del Primer Mundo que se jacta de su avance económico, pero que parece haber descuidado el bienestar social de su población más vulnerable.

Hay que tener en cuenta que en Alemania la pobreza se define según parámetros distintos a los de los países del Tercer Mundo. Se considera pobre a quien tiene ingresos mensuales inferiores al 60% del ingreso medio. Es decir, quien vive solo y recibe menos de 917 euros al mes es considerado pobre. O una familia con dos hijos que recibe menos de 1,978 hasta 2,355 euros al mes —dependiendo de la edad de los hijos— se encuentra debajo de la línea de pobreza. Estas cifras consideran el costo de vida en Alemania, donde los precios de los alquileres y servicios son relativamente altos.

En cifras reales, eso hace unas 13 millones de personas que viven amenazadas por la pobreza y un total de 2.5 millones de niños que crecen en hogares pobres.

Lo alarmante es que, según la Bundesarbeitsgemeinschaft Wohnungslosenhilfe (Comunidad Federal de Trabajo de Ayuda a los Sin Domicilio), el número de personas sin domicilio aumentó entre 2014 y 2016 en un 150%, alcanzando la cifra de 860,000 personas, de las cuales 52,000 viven prácticamente en la calle, sometidos a los rigores de la intemperie. Esa cifra no se explica solamente por la alta migración en Alemania, sino también por el aumento de los alquileres —sobre todo en las grandes ciudades—, el decrecimiento de los salarios —cada vez más bajos— y la falta de una buena política de vivienda por parte del gobierno. Pues —aunque les suene raro a quienes viven bajo regímenes capitalistas neoliberales— en Alemania la responsabilidad de que todos cuenten con un techo sobre sus cabezas al alcance de sus bolsillos le corresponde al Estado.

Los pronósticos no son nada halagadores. Se calcula que para el año 2018 el número de personas sin domicilio llegará a 1.2 millones.

Ante todo esto, muchos se preguntan si estamos ante un error del sistema, o más bien si el sistema mismo es un gran error. Pues obtener un alto grado de desarrollo económico con una pobreza y una desigualdad crecientes es algo que entra en el ámbito de lo kafkiano, más aun cuando la mitad inferior de la población sólo goza en total del 1% del producto neto interno, mientras que el 10% superior acapara el 50%.

Nos topamos, pues, con el lado oscuro de un régimen que ha privilegiado cada vez más los intereses económicos en detrimento del bienestar mayoritario de la población.

(Columna publicada en Altavoz el 20 de noviembre de 2017)

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FUENTES

Bundesministerium für Arbeit und Soziales
Lebenslagen in Deutschland: Der Fünfte Armuts- und Reichtumsbericht der Bundesregierung (April 2017)
http://www.armuts-und-reichtumsbericht.de/DE/Bericht/Der-fuenfte-Bericht/Der-Bericht/der-bericht.html
También está disponible aquí un sumario ejecutivo en inglés del Informe sobre Riqueza y Pobreza.

ZEIT ONLINE
Armutsbericht 2017 : Wie arm sind die Deutschen? (2. März 2017)
http://www.zeit.de/wirtschaft/2017-03/armutsbericht-2017-deutschland-paritaetischer-wohlfahrtsverband-faq
Wohnungslosigkeit: 860.000 Menschen in Deutschland haben keine Wohnung (14. November 2017)
http://www.zeit.de/gesellschaft/zeitgeschehen/2017-11/wohnungslosigkeit-obdachlose-fluechtlinge-armut

taz.de
Bundestagsdebatte zum Armutsbericht: Armes Deutschland (26.6.2017)
http://www.taz.de/Bundestagsdebatte-zum-Armutsbericht/!5425468/

LA REVOLUCIÓN ROBADA

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Mujeres manifestantes en Petrogrado (febrero de 2017)

Hace cien años se inició la Revolución Rusa, acontecimiento que marcó la historia del siglo XX y cuyas consecuencias llegan hasta el día de hoy. Pues fue este acontecimiento el que encumbró la figura de Vladímir Ilich Uliánov (Lenin) hasta entonces una figura irrelevante en el panorama mundial y el que puso en la palestra del pensamiento político, social y económico las ideas de un intelectual que hasta entonces era uno más de los filósofos sociales del siglo XIX. Me refiero a Karl Marx, que hubiera caído en el olvido de no ser por la Revolución Rusa.

Sin embargo, la historia oficial que se nos ha contado oculta las circunstancias verdaderas que gatillaron este acontecimiento histórico. Pues la revolución no comenzó con Lenin —un pasajero que llegó tarde a la cita y que se trepó en un segundo momento al tren de un fenómeno social que ya estaba en marcha— ni tampoco fueron marxistas sus primeros protagonistas.

Las circunstancias para un estallido social ya estaban dadas desde hace tiempo en una Rusia con un régimen autocrático y represivo, donde el Zar hacía y deshacía como quería. La revolución de 1905, si bien fracasó, obligó al zar a instaurar la Duma, una asamblea legislativa que tuvo una vida muy corta y azarosa, sin que lograra ninguna de las reformas necesarias para la modernización de Rusia, nación anclada todavía a un sistema feudal que perpetuaba la miseria y la pobreza y que, a la vez, tenía un proletariado creciente en las grandes ciudades con una industria incipiente.

Ni siquiera el primer ministro Piotr Stolypin, un zarista acérrimo que ejerció el cargo de 1905 a 1911 intentando reformas sociales que beneficiaran sobre todo a los campesinos y generaran una clase media agraria propietaria de sus tierras, logró mejoras que evitaran un revolución. Abandonado a su suerte por la aristocracia rusa y por el mismo Zar que veían con malos ojos un empoderamiento de los menos favorecidos aun cuando eso favoreciera sus intereses de seguir gobernando, Stolypin recibió dos balazos de un radical socialista en la ópera de Kiev el 1° de septiembre de 1911. Moriría cuatro días más tarde.

A inicios de 1917, las sucesivas derrotas de Rusia en la Primera Guerra Mundial, los abusos de los oficiales hacia la soldadesca, la escasez, el hambre, unidos a un crudo invierno, ya anunciaban un estallido.

El 23 de febrero, Día Internacional de la Mujer, una multitud formada por mujeres reclamando pan e igualdad de oportunidades, y gritando «¡Abajo el Zar!», marcharon por las calles de Petrogrado (la actual San Petersburgo). Al mediodía, las trabajadoras textiles de Víborg, al norte de la ciudad, se declararon en huelga. Este chispazo inicial protagonizado por mujeres recibiría posteriormente el apoyo de obreros y soldados, organizados en asambleas democráticas (soviets). Vendrían días turbulentos, los enfrentamientos se cobrarían unas cien víctimas, pero al final al Zar no le quedaría más remedio que abdicar, formándose un gobierno provisional con liberales progresistas.

El fin de la monarquía se sintió como una liberación, pues las diferencias sociales habían quedado borradas de un día para otro. Pero a la alegría le sucedieron tensiones entre el gobierno provisional y los soviets, aplazamiento de las reformas, prolongación de la guerra y las rencillas entre partidos que querían arrogarse la representación del pueblo, generándose un clima de anarquía.

Mientras tanto, Lenin, líder de los bolcheviques —una fracción socialista minoritaria pero extremista—, quien gozaba de un exilio dorado en Zúrich (Suiza), tuvo noticia de la revolución y vio en ello la oportunidad de llegar al poder e iniciar una lucha mundial contra el capitalismo, de acuerdo a sus principios dogmáticos y radicales. Con la aquiescencia del gobierno alemán —el cual veía en él un posible elemento desestabilizador del enemigo ruso— cruzó Alemania en un tren sellado y en abril llegó —vía Suecia y Finlandia— a Petrogrado.

Lo demás es historia conocida. En octubre los bolcheviques tomaron violentamente el poder por medio de las armas, e iniciaron una dictadura que a lo largo de los años se cobraría cruentamente millones de víctimas. Y todo gracias al robo y usurpación de una revolución que ellos no habían iniciado, sino las mujeres del pueblo que sólo pedían pan.

(Columna publicada en Altavoz el 16 de octubre de 2017)

VOTAR EN ALEMANIA

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Logo de la AfD (Alternativa para Alemania) sobre un muro agrietado

Ayer hubo elecciones generales en Alemania. Dado que cuento con la nacionalidad alemana —además de la peruana—, pude ir a votar.

El procedimiento es mucho más sencillo que en las elecciones peruanas. Semanas antes recibí una carta informándome que estoy habilitado para votar, indicando el local y la fecha de votación. Dado que vivo en un pueblo, el local de votación queda a sólo unos 100 metros de mi casa. Si por algún motivo hubiera estado impedido de acudir al local —enfermedad o viaje de vacaciones, por ejemplo—, hubiera podido solicitar que me envíen una cédula para enviar mi voto por correo.

Fui con la carta —que es lo único que tenía que presentar— al local, me dieron la cédula y marqué en la cabina el partido de mi preferencia. No tuve que buscar mi nombre en un planillón, ubicar la mesa de votación, ni tampoco firmar ningún documento, dejar impresa mi huella digital o manchar mi dedo con tinta indeleble.

El ambiente que se respira ese día, tanto en localidades pequeñas como en las grandes ciudades, no difiere en nada de cualquier otro domingo. No hay despliegue policial en las calles, ni tampoco aglomeramientos de gente. Eso se debe a la sencillez del acto de votación y al hecho de que el voto es un derecho pero no una obligación. Su carácter opcional no obliga a nadie a perder su tiempo cuando se ha tomado la decisión en conciencia de no participar en la contienda electoral.

Por otra parte, no hay segunda vuelta. Los votantes no eligen directamente a los candidatos a canciller, sino que votan por un partido, determinando así el número de representantes que accederán al Bundestag (Parlamento Federal). Dado que se requiere de más del 50% de representantes para formar gobierno, lo normal es que por lo menos dos partidos armen una coalición —formalizada en un acuerdo-contrato de cumplimiento obligatorio— que permite la formación de un gobierno, donde si bien el canciller lo pone el partido con más votos, las cuotas de poder en el gobierno se reparten proporcionalmente entre los partidos participantes de la coalición. De este modo, desde la Segunda Guerra Mundial no ha habido en Alemania ningún gobierno de un solo partido, ni tampoco puede darse el caso de un Parlamento que se oponga al poder ejecutivo.

En los últimos tiempos, han solido tener representación en el Parlamento Federal los dos partidos mayores —los cristianodemócratas de la alianza CDU (Unión Demócrata Cristiana) / CSU (Unión Social Cristiana) y los socialdemócratas del SPD (Partido Socialdemócrata de Alemania)— junto con otros partidos menores con cierta tradición política: los liberales del FDP (Partido Democrático Libre), los ecologistas del partido de los Verdes y la Izquierda.

Este año un partido recién creado en 2013 coloca por primera vez representantes en el Parlamento, ubicándose con el 13% de los votos como la tercera fuerza política de Alemania. Me refiero a la AfD (Alternativa para Alemania), una agrupación populista de derecha que pregona el retorno a los valores nacionales tradicionales de una Alemania que ya no existe mayoritariamente —pues el país germano es ahora multicultural—. En defensa de esos “valores” del pueblo alemán, propone la disolución de la eurozona y la abolición del euro, el fortalecimiento de la familia tradicional y la lucha contra la “ideología de genero”, mayores restricciones al ingreso de refugiados en Alemania y abandono de la política de integración que hasta el momento se ha tenido, prohibición de todos los signos externos del Islam —al cual consideran como un cuerpo extraño en la sociedad alemana—, renuncia a toda medida orientada a evitar el calentamiento global —por ejemplo, las leyes de energías renovables y de ahorro de energía, vigentes en la actualidad—, pues el cambio climático sería una mera ficción.

Además, resulta preocupante que varios miembros del partido estén bajo la vigilancia de los servicios de seguridad nacional debido a su cercanía a grupos de extrema derecha o neonazis.

Constatamos, pues, que el fenómeno del populismo de derecha —representado en EE.UU. por Donald Trump y en el Perú por los fujimoristas— también tiene sus corifeos en Alemania. Afortunadamente, el sistema no permite que lleguen a constituir una amenaza a la democracia. Por ahora.

(Columna publicada en Altavoz el 25 de septiembre de 2017)

LA ESPADA DE DAMOCLES DE LA ENERGÍA NUCLEAR

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Central nuclear de Philippsburg, vista desde la ciudad

El viernes 1° de septiembre se ha iniciado en Alemania la repartición gratuita de pastillas de yodo en la región de Aquisgrán, cerca de la frontera belga. ¿Para qué sirven estas pastillas? Para prevenir el cáncer de la glándula tiroides en caso de una exposición a radiactividad. Señal de que las autoridades alemanes consideran que la posibilidad de un accidente nuclear es realmente alta.

Pues Aquisgrán queda a sólo 70 kilómetros de la central nuclear de Tihange en Bélgica, que cuenta con tres reactores, de los cuales el número 2 había sido puesto fuera de servicio en el año 2012, debido a presentar unas 2000 grietas capilares en su estructura de hormigón. En un estilo que recuerda al actual alcalde de Lima, Luis Castañeda, la entidad supervisora concluyó que las grietas ya estaban allí desde 1979, año de construcción del reactor nuclear y, por lo tanto, si no había pasado nada hasta entonces, no representaban ningún peligro.

El reactor fue puesto nuevamente en servicio en junio de 2013, hasta que en marzo de 2014 las autoridades belgas ordenaron pararlo debido a “resultados inesperados” en unos tests de resistencia mecánica. El paro fue temporal, pues sólo duró hasta el verano de 2015. Ya en febrero de ese mismo año se supo que las grietas habían aumentado de 2000 a 3150. Sin contar con otros problemas, que han afectado durante años no solamente al reactor 2 sino también al 1 de Tihange, y al reactor 3 de la otra central nuclear belga en Doel.

Es un problema que no afecta solamente a unas cuantas centrales en territorio belga. Parecería ser un problema inherente a la generación pacífica de energía a partir de la fisión nuclear.

Desde el balcón de mi casa en Kleinfischlingen se puede divisar a lo lejos en dirección al Rin, en días sin nubes, los dos reactores de la central nuclear de Philippsburg, ubicada a unos 25 kilómetros de mi pueblo. Aunque no tan graves como los de Tihange, esta central también ha tenido problemas desde su inicio de operaciones en 1979.

En noviembre de 2011 el reactor 2 fue puesto fuera de servicio debido a una junta hermética defectuosa. Cuando se quiso ponerlo en operación nuevamente en 2016, el gobierno regional de Baden-Wurtemberg negó la autorización, debido a que se descubrió que ocho controles de rutina debidamente documentados no se habían efectuado en la realidad.

Ya en junio de este año, en la región donde vivo, se ha efectuado una descentralización de las provisiones de pastillas de yodo, para que estuvieran disponibles de manera más rápida para la población en caso de una catástrofe nuclear. Hasta entonces millones de pastillas estaban almacenadas en Alzey, Ludwigshafen, Saarburg y Landau, ubicada a 8 kilómetros de donde yo vivo. Antes en sólo cuatro puntos de acopio, ahora están repartidas en las comunas.

Para personas como yo, que estamos en la cincuentena, esa medida de prevención resulta irrelevante, pues las pastillas de yodo sólo deben ser ingeridas por personas que tengan un máximo de 45 años. Por encima de esa edad, los posibles efectos secundarios (hiperfunción de la glándula tiroides, alteraciones del ritmo cardíaco y aumento de probabilidad de infarto) son más peligrosos que el riesgo de contraer cáncer a la tiroides.

Durante mucho tiempo considerada una alternativa “limpia” frente a otros medios para generar energía, la fisión nuclear se considera ahora una opción de alto riesgo, pues en caso de un accidente, las consecuencias pueden ser fatales, como quedó demostrado por los accidentes de Chernóbil en la actual Ucrania y Fukushima en Japón. Sin embargo, hay turbios intereses económicos en juego, y aunque la Unión Europea ya ha tomado la decisión de ir cerrando paulatinamente las centrales nucleares, los plazos se han ido alargando. Se suponía que en el año 2015 la central de Tihange iba a ser puesta definitivamente fuera de servicio, pero el gobierno belga extendió los plazos hasta el 2023 para el reactor 2, y hasta el 2025 para los otros dos reactores.

Mientras tanto, el riesgo de un accidente nuclear pende como una espada de Damocles sobre la población. Pues cuando se le da primacía a los intereses económicos, la vida de la gente no vale nada.

(Columna publicada en Altavoz el 4 de septiembre de 2017)