NOSOTROS, “CÓMPLICES” DE FIGARI

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Es una constante de la historia que los vencedores terminen declarando culpables de sus crímenes y delitos a sus víctimas. No otra cosa ocurrió después de la Segunda Guerra Mundial, donde ninguno de los vencedores fue juzgado por crímenes de lesa humanidad, cuando entran dentro de esta categoría las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki además de los bombardeos a rajatabla de las ciudades alemanas, gratuitos e innecesarios, pues no afectaron el desarrollo de la guerra pero causaron destrucción y pérdidas de cientos de miles de vidas humanas. Y no vale decir que los civiles japoneses y alemanes fueron responsables de desatar una guerra de alcance mundial, cuando la mayoría de ellos hubieran preferido que se mantuviera la paz. Se les puede considerar sobrevivientes de una catástrofe, pero no autores de ella.

A nivel más individual, los abusadores sexuales que quedan impunes —y quienes los apoyan— suelen cargar sobre los hombros de las víctimas la culpa de lo sucedido. Y esto mismo hizo el Vaticano en el caso de Figari, cuando llamó “cómplices” a quienes fueron objeto de la lubricidad del maquiavélico fundador del Sodalicio de Vida Cristiana.

La lógica que sigue el Vaticano es jurídica, pero no por ello menos alejada de la realidad. Según el actual Código de Derecho Canónico, «la persona que ha cumplido dieciocho años es mayor; antes de esa edad, es menor» (canon 97 §1). Y a continuación, estipula que «la persona mayor tiene el pleno ejercicio de sus derechos» (canon 98 §1). Lo curioso es lo aplicable a los menores de edad que hayan cumplido por lo menos 16 años, a los cuales el Código de Derecho Canónico considera susceptibles de recibir una pena en caso de que cometan una infracción, aunque no gocen del ejercicio pleno de sus derechos (ver cánones 1323-1324). Es decir, son responsables e imputables de delitos.

Dado que la inmensa mayoría de los afectados por los actos pecaminosos de Figari contra el 6° mandamiento eran mayores de 16 años, que «en algunos casos […] han declarado estar conformes o no haber opuesto resistencia o de toda formas de no haber percibido, en aquel momento, constricción alguna de parte del Sr. Figari», el Vaticano concluye que «dichos actos, por lo tanto, pueden ser al máximo considerados gravemente pecaminosos», pero no configuran «un abuso de menores y/o violencia».

De modo que sólo en uno de los casos conocidos de Figari se podría hablar de abuso de menores, dado que la víctima tenía menos de 16 años. Todo esto resulta bastante relativo, si consideramos que hasta el año 1977 en el Perú la mayoría de edad se alcanzaba recién a los 21 años de edad. Por consiguiente, muchas de las víctimas de Figari en los ‘70 habrían sido menores de edad según la ley vigente.

Por otra parte, los tecnicismos jurídicos mencionados dejan indefensas a las víctimas, pues se obvia que quienes fuimos objeto de abusos sexuales, psicológicos y físicos nos hallábamos en una situación vulnerable, en un contexto donde era casi imposible ejercer resistencia, pues se nos había inculcado desde que éramos menores de edad que Figari era un elegido por Dios para llevar adelante una obra divina y, por consiguiente, le debíamos obediencia absoluta. Mientras fui sodálite, nunca estuve en capacidad de contradecir a Figari, y consentí a los dos correazos que se me dieron en la espalda desnuda, sin oponer resistencia.

Nosotros, víctimas de abusos sexuales, psicológicos y físicos, podremos ser considerados “cómplices” de Figari por ser mayores de edad con derechos plenos, pero en realidad estábamos esclavizados a la voluntad de un megalómano sádico y manipulador. Y eso lo reconoce el mismo Vaticano, cuando señala que Figari «utilizó estrategias y métodos de persuasión impropios, es decir solapados, arrogantes y de todos modos violentos e irrespetuosos del derecho a la inviolabilidad de la propia interioridad y discreción, y por lo tanto a la libertad de la persona humana de discernir con autonomía las propuestas o las decisiones».

Mientras se siga insistiendo en resaltar la edad de las víctimas —cuando casos de pederastia en el Sodalicio sólo serían los cometidos por Jeffery Daniels y Daniel Murguía— y no la naturaleza de los abusos, seguiremos desprotegidos y nunca se nos podrá hacer justicia.

(Columna publicada en Altavoz el 30 de octubre de 2017)

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SÁTIRA Y LIBERTAD DE EXPRESIÓN

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A mediados de los años ‘70 llegó a la cartelera limeña —con retraso como ocurría en ese entonces— La leyenda de la casa infernal (John Hough, 1973), película británica de terror que sería censurada y prohibida a pocos días de su estreno. Pues, de manera no intencional, se convirtió en una sátira del gobernante de turno, el dictador Gral. Juan Velasco Alvarado.

Era una época en que los diarios y canales de televisión estaban parametrados, y las noticias en todos los medios eran un calco de la información oficial, gracias a un accionariado mayoritario del Estado en la radio y la televisión, y la expropiación de los principales diarios, que habían sido entregados a gente afín al gobierno.

Quien criticaba abiertamente al régimen, corría el riesgo de ser deportado del país entre gallos y medianoche, sólo con lo que llevaba puesto. Como le ocurrió al genial humorista y escritor satírico Luis Felipe Angell, conocido como Sofocleto, quien estuvo preso y fue deportado durante el gobierno militar de la Revolución Peruana.

Resulta que la película mencionada trata de una mansión encantada, y el fantasma que la ocupa se llama Belasco, quien es descrito como alguien que en vida fue un pervertido, sádico, drogadicto, alcohólico, asesino, necrófilo, caníbal, etcétera, etcétera. Ni qué decir, debido a la coyuntura política que se vivía en el Perú, la película pasaba de ser una cinta de terror a una comedia, pues los espectadores que asistieron a las pocas proyecciones habidas antes de la censura reían como descosidos durante la función.

Cuando el personaje interpretado por Gayle Hunnicutt es poseída por Belasco y se enciende en deseo sexual, llegando a ofrecerse desnuda a Roddy McDowall, había gente que gritaba en el cine: «¡Consuelo! ¡Consuelo, puta!» Consuelo se llamaba la esposa de Velasco.

Cuando Roddy McDowall se enfrenta al fantasma en la secuencia final, le grita que no le tiene miedo, que es un enano de poca estatura y un bastardo: «¡Tu madre era una puta! … ¡No eres un genio!» La euforia en el cine era completa, y había muchos espectadores que se unían a los gritos de McDowall, agregando algunos calificativos de su propia cosecha.

Para completar las semejanzas, tanto Belasco como el Gral. Velasco habían sufrido amputaciones de piernas, el primero de las dos, el segundo de una sola. La censura fue aplicada y esta película no volvió a ser vista en el Perú.

Esto me lo contó José Antonio Eguren cuando yo vivía en una comunidad sodálite, con el estilo jocoso exagerado que lo caracterizaba, por lo cual no puedo dar fe de la exactitud de los detalles, aunque sí de lo que se ve en la película —pues yo mismo la he visto posteriormente— y del hecho de que fue prohibida, así como se prohibió la exhibición de películas como El último tango en París (Bernardo Bertolucci, 1972) y Tráiganme la cabeza de Alfredo García (Sam Peckinpah, 1974), ambas obras maestras del Séptimo Arte.

En general, ocurre que quienes tienen costumbres dictatoriales carecen de sentido del humor, tienen poca correa y suelen estar a la defensiva y dispuestos a recortar los derechos de quienes recurren a la sátira para expresar sus opiniones. No otra cosa es lo que ha ocurrido con el artículo “Reporte desde el baño de damas” de Rafo León, publicado en Caretas.

El personaje de la China Tudela —que nunca me ha hecho reír, como si lo hacían los escritos de Sofocleto— siempre se ha entendido no como una proyección de su autor, sino como una sátira de cierto tipo de mujeres pertenecientes a la clase alta limeña con mentalidad elitista, aburguesada, racista y discriminadora. Sin embargo, en el artículo mencionado no queda claro que sea la China Tudela el objeto de la vena satírica del autor, sino más bien algunas congresistas fujimoristas, a las que se caricaturiza aplicándoles calificativos de mal gusto.

Aún así, el derecho a expresarse mediante la caricatura literaria no puede ser recortado mediante boicots desde el poder o medidas judiciales arbitrarias. El humor satírico, aunque destile mal gusto y sea ofensivo, tiene carta de ciudadanía en una sociedad libre y sólo puede combatirse en el mismo campo de la libertad de expresión. Y con sus mismas armas.

(Columna publicada en Altavoz el 23 de octubre de 2017)

LA REVOLUCIÓN ROBADA

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Mujeres manifestantes en Petrogrado (febrero de 2017)

Hace cien años se inició la Revolución Rusa, acontecimiento que marcó la historia del siglo XX y cuyas consecuencias llegan hasta el día de hoy. Pues fue este acontecimiento el que encumbró la figura de Vladímir Ilich Uliánov (Lenin) hasta entonces una figura irrelevante en el panorama mundial y el que puso en la palestra del pensamiento político, social y económico las ideas de un intelectual que hasta entonces era uno más de los filósofos sociales del siglo XIX. Me refiero a Karl Marx, que hubiera caído en el olvido de no ser por la Revolución Rusa.

Sin embargo, la historia oficial que se nos ha contado oculta las circunstancias verdaderas que gatillaron este acontecimiento histórico. Pues la revolución no comenzó con Lenin —un pasajero que llegó tarde a la cita y que se trepó en un segundo momento al tren de un fenómeno social que ya estaba en marcha— ni tampoco fueron marxistas sus primeros protagonistas.

Las circunstancias para un estallido social ya estaban dadas desde hace tiempo en una Rusia con un régimen autocrático y represivo, donde el Zar hacía y deshacía como quería. La revolución de 1905, si bien fracasó, obligó al zar a instaurar la Duma, una asamblea legislativa que tuvo una vida muy corta y azarosa, sin que lograra ninguna de las reformas necesarias para la modernización de Rusia, nación anclada todavía a un sistema feudal que perpetuaba la miseria y la pobreza y que, a la vez, tenía un proletariado creciente en las grandes ciudades con una industria incipiente.

Ni siquiera el primer ministro Piotr Stolypin, un zarista acérrimo que ejerció el cargo de 1905 a 1911 intentando reformas sociales que beneficiaran sobre todo a los campesinos y generaran una clase media agraria propietaria de sus tierras, logró mejoras que evitaran un revolución. Abandonado a su suerte por la aristocracia rusa y por el mismo Zar que veían con malos ojos un empoderamiento de los menos favorecidos aun cuando eso favoreciera sus intereses de seguir gobernando, Stolypin recibió dos balazos de un radical socialista en la ópera de Kiev el 1° de septiembre de 1911. Moriría cuatro días más tarde.

A inicios de 1917, las sucesivas derrotas de Rusia en la Primera Guerra Mundial, los abusos de los oficiales hacia la soldadesca, la escasez, el hambre, unidos a un crudo invierno, ya anunciaban un estallido.

El 23 de febrero, Día Internacional de la Mujer, una multitud formada por mujeres reclamando pan e igualdad de oportunidades, y gritando «¡Abajo el Zar!», marcharon por las calles de Petrogrado (la actual San Petersburgo). Al mediodía, las trabajadoras textiles de Víborg, al norte de la ciudad, se declararon en huelga. Este chispazo inicial protagonizado por mujeres recibiría posteriormente el apoyo de obreros y soldados, organizados en asambleas democráticas (soviets). Vendrían días turbulentos, los enfrentamientos se cobrarían unas cien víctimas, pero al final al Zar no le quedaría más remedio que abdicar, formándose un gobierno provisional con liberales progresistas.

El fin de la monarquía se sintió como una liberación, pues las diferencias sociales habían quedado borradas de un día para otro. Pero a la alegría le sucedieron tensiones entre el gobierno provisional y los soviets, aplazamiento de las reformas, prolongación de la guerra y las rencillas entre partidos que querían arrogarse la representación del pueblo, generándose un clima de anarquía.

Mientras tanto, Lenin, líder de los bolcheviques —una fracción socialista minoritaria pero extremista—, quien gozaba de un exilio dorado en Zúrich (Suiza), tuvo noticia de la revolución y vio en ello la oportunidad de llegar al poder e iniciar una lucha mundial contra el capitalismo, de acuerdo a sus principios dogmáticos y radicales. Con la aquiescencia del gobierno alemán —el cual veía en él un posible elemento desestabilizador del enemigo ruso— cruzó Alemania en un tren sellado y en abril llegó —vía Suecia y Finlandia— a Petrogrado.

Lo demás es historia conocida. En octubre los bolcheviques tomaron violentamente el poder por medio de las armas, e iniciaron una dictadura que a lo largo de los años se cobraría cruentamente millones de víctimas. Y todo gracias al robo y usurpación de una revolución que ellos no habían iniciado, sino las mujeres del pueblo que sólo pedían pan.

(Columna publicada en Altavoz el 16 de octubre de 2017)

LAS OTRAS VÍCTIMAS DE SENDERO

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Lurgio Gavilán

Impresionado, he terminado de leer la segunda edición (Instituto de Estudios Peruanos, junio de 2017) de las Memorias de un soldado desconocido de Lurgio Gavilán.

Este ayacuchano de ancestros indígenas y lengua materna quechua se unió voluntariamente a Sendero Luminoso a los 12 años de edad, militando tres años en sus filas, hasta que fue herido en una refriega. El soldado que le apuntaba con su arma le perdonó la vida, y Lurgio fue adoptado por el ejército como uno más de los “cabitos”, adolescentes que habían sido rescatados de las manos de Sendero.

Sometido a la disciplina militar, recibió también una educación —que nunca había podido recibir debido a las condiciones de pobreza de la zona en que vivió y posteriormente debido a su militancia senderista—. Una vez terminados sus estudios secundarios, sintió la vocación religiosa, dejó el ejército y se unió a los franciscanos. Finalmente, tras varios años de vida religiosa colgó los hábitos, y en 2000 inició estudios de antropología en la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga, en la cual actualmente ejerce como docente.

Su relato testimonial desde la mirada de un niño sobre el día a día de una columna senderista nos muestra una realidad distinta a la imaginada por los medios, una realidad cotidiana habitada por peruanos de provincia tan humanos como cualquier otro. Pero que, cansados de la injusticia que los rodeaba como el aire que respiran, creyeron en la utopía que les ofreció Abimael Guzmán, iniciando una espiral de violencia que destruyó la vida de tantos, donde no sólo cometieron crímenes los militantes de Sendero sino también sus víctimas y aquellos que los combatieron. Pues «la primera víctima de la guerra es la inocencia», como rezaba el póster de la película Pelotón (Oliver Stone, 1986).

Estremecedoras son las líneas en que Lurgio relata como jóvenes senderistas entre 18 y 22 años son fusilados por sus compañeros por faltas menores (quedarse con parte de los víveres que recogían en las comunidades, excederse en el tiempo de vacaciones o quedarse dormidos durante la guardia nocturna).

Posteriormente, muchos de los que militaron en las filas de Sendero serían torturados, violados o ejecutados extrajudicialmente por los ronderos o el ejército, incluso cuando habían descubierto el sinsentido de esa opción y querían sólo rehacer sus vidas. Como lo hizo Lurgio Gavilán, quien fue no sólo partícipe de acciones condenables como senderista, sino también como soldado. Cuenta que las palabras de una monja despertaron en él la vocación religiosa y le «hicieron soñar que andaba con el sayal puesto, curando las heridas de las balas, dando de beber a los sedientos, reconciliando a los de SL con los militares. Pero, más que los sueños, esa parecía ser la oportunidad que estaba buscando desde niño. Hacer algo por lo que no tienen, por mis paisanos que tanto habíamos maltratado, robándoles y violando a sus mujeres».

Indudablemente, muchos militantes terroristas también fueron víctimas; culpables, pero víctimas al fin y al cabo, que creyeron en un sueño que terminó convirtiéndose en una pesadilla, no sólo para otros sino también para ellos mismos.

En el epílogo, recién publicado en esta segunda edición del libro, le pregunta a un antiguo compañero cabito qué le diría a «nuestro expresidente Gonzalo». Ésta fue su respuesta:

«—Señor presidente, te conocí viviendo en el monte, estabas en la fotografía con tus gafas y tu libro rojo. Pensaba que estabas al otro lado de la montaña luchando contra los opresores, pero estabas escondido en la ciudad, fumando cigarrillos seguro de puro miedo. ¿Por qué mataste uno a uno a mis familiares? ¿Por qué incendiaste mi pueblo, mi casa, señor presidente? Seguro piensas que actuaste lo correcto y me dirás ahora mismo: este hombre habla porque está al lado de la derecha. No estoy en ningún lado, estoy en el lado de la búsqueda de comida para mis hijos. Eso no se hace señor presidente, eso es pensamiento macabro, no me guía a ninguna parte. No me gustaría desear ni a mi peor enemigo la vida que me diste, señor presidente».

Escribo con conocimiento de causa, yo que me uní al Sodalicio creyendo en una utopía y también contribuí a dañar vidas enteras, incluyendo la mía.

(Columna publicada en Altavoz el 9 de octubre de 2017)

EL CARDENAL CANALLA

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Cardenal Juan Luis Cipriani, arzobispo de Lima

Escuchar al cardenal Cipriani en su programa radial Diálogo de Fe no resulta una experiencia saludable para el aparato digestivo, a no ser que uno esté dispuesto a ser cómplice de sus afirmaciones sin sustento o a permanecer ciego a los baches de lógica que tachonan su discurso.

El 30 de septiembre fue uno de esos momentos espectaculares donde el prelado opusdeísta sacó a relucir las rastreras cualidades que ocasionan vergüenza ajena entre muchos de aquellos católicos nacidos en tierras peruanas. Como yo, por ejemplo.

Refiriéndose a la polémica sobre la Costa Verde como lugar elegido para la misa del Papa Francisco en enero del 2018, Cipriani asevera que se trata de una discusión fabricada, generada por el gobierno, pues la decisión ya había sido tomada hace dos meses. ¿Por quién? Por él como obispo del lugar y supuestamente por el Vaticano —que entendemos aceptará el lugar propuesto por la autoridad eclesiástica local, suponiendo que cumplirá con las normativas y protocolos requeridos para eventos de esa magnitud—.

«En ningún momento se decidió que el Gobierno podía o que el presidente Kuczynski tomara decisiones de dónde es la misa», proclama el representante de su propia ideología conservadora que no de la Iglesia católica, invadiendo ilegítimamente el fuero gubernamental de un Estado laico.

En otro momento dice:

«No es el Presidente de la República el que decide el lugar dónde va a ir el Papa. Como es lógico, respetamos su opinión y nos parece muy válida, pero no le digas a Pedro Pablo Kuczynski que esté viendo cuál es lugar más adecuado».

«¿El Estado no tiene derecho de decir aquí sí, aquí no?», le pregunta su siempre condescendiente entrevistador —pues como persona de argumentos endebles, Cipriani nunca ha tenido el valor de someterse a una verdadera entrevista, incisiva e inteligente—.

«El Estado tiene una opinión, no hables de derecho. ¿La Iglesia no tiene derecho para decir dónde va a predicar el Papa?»

Poniendo los puntos sobre las íes, la autoridad eclesiástica no puede decidir dónde se realizará un evento multitudinario presidido por el jefe de un estado extranjero —que no otra cosa es el Papa— en territorio nacional, sin que el Presidente de la República tenga parte en el asunto.

Que yo sepa, la Iglesia no tiene la facultad de decidir dónde se va a realizar un evento multitudinario, en este caso de corte religioso, sobre todo si se efectúa en un espacio público de un país con un Estado laico. Puede proponer el lugar, lo cual deberá ser analizado por las autoridades civiles correspondientes, que pueden dar su autorización o denegarla.

Por otra parte, Cipriani aplaude el oficio de INDECI [Instituto Nacional de Defensa Civil] del 28 de septiembre que considera la Costa Verde apta para el evento, pero con su costumbre de nunca analizar con razonamiento crítico, pasa por alto que INDECI sólo aplica los criterios de permanencia y accesibilidad para concluir que allí se puede realizar un evento de concentración masiva. No toma en cuenta los riesgos que señala el Colegio de Arquitectos en su nota de prensa del 27 de septiembre, como son los eventuales maretazos, tsunami, terremoto, caídas de piedras del acantilado —que sin necesidad de sismo ya han matado personas en esa zona—. Incluso una falsa alarma podría producir un comportamiento inadecuado de los asistentes, ocasionando masivos daños personales y muertes.

Además, si asisten muchas más personas que las 800 mil permitidas, la Costa Verde deja de ser un lugar “seguro” para convertirse en una trampa mortal, en caso de que ocurra algo. ¿Cómo se va a controlar el número de asistentes a un evento de entrada libre? Y en caso de poner barreras, considerando que se calcula una afluencia de más de un millón de personas, ¿cómo evitar el riesgo de un tumulto con consecuencias fatales entre los que se queden fuera?

Cipriani solamente tiene oídos para la conclusión de INDECI. El gobierno tiene su opinión. Los periodistas críticos a su posición —hacia los cuales expresa manifiesto desprecio—, también tienen sus opiniones, las cuales no le interesan.

Típico de un canalla impermeable al diálogo, que sólo quiere salir en la foto con el Papa, aun poniendo en riesgo la seguridad de cientos de miles de personas.

(Columna publicada en Altavoz el 2 de octubre de 2017)

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El 23 de julio de 2011 el cardenal Cipriani no tuvo más que palabras elogiosas para Alan García al final de su gobierno. El 29 de junio de ese año había asistido a la ceremonia de inauguración del Cristo del Pacífico, donado por la corrupta empresa Odebrecht, y le había otorgado su bendición a la estatua. Esos dos hechos fueron para mí la gota que colmó el vaso —pues Cipriani tiene el don de revolverme el hígado desde que fue mi profesor de teología moral en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima en el año 1983—.

Fue entonces que compuse la canción “El arzobispo y el presidente”, publicada originalmente el 7 de septiembre de 2011 en mi blog LA GUITARRA ROTA.

Si bien las circunstancias históricas han cambiado, la descripción en términos literarios de Cipriani que hay en mi canción sigue estando vigente.

EL ARZOBISPO Y EL PRESIDENTE
Autor y compositor: Martin Scheuch

quiere el arzobispo
una efigie de almacén
coronando un risco
de arena y oropel

tiene el presidente
su ego en un cartel
tiene un expediente
de sangre y de cuartel

el arzobispo asiente
al olor del muladar
elogia al presidente
y su Cristo frente al mar

cena el arzobispo en un recinto miltar
con el presidente que ha dejado asesinar
a mi pueblo, a mi pueblo querido
a mi gente de barro y olvido
al paisano, al obrero, al caído
al anciano, a la mujer y al niño
al minero, al país campesino
al indígena y al peregrino
al enfermo, al distinto, al perdido
a los hombres que son mis amigos

tiene el arzobispo
un aire a rigidez
un talante arisco
y modales de marqués

tiene el presidente
costumbres de doblez
cada vez que miente
y miente cada vez

el arzobispo tiene
un instinto comercial
encomia al presidente
como hombre muy cabal

cena el presidente en el palacio arzobispal
con el arzobispo que ha olvidado respetar
a mi pueblo, a mi pueblo querido
a mi gente de barro y olvido
al paisano, al obrero, al caído
al anciano, a la mujer y al niño
al minero, al país campesino
al indígena y al peregrino
al enfermo, al distinto, al perdido
a los hombres que son mis amigos

cree el arzobispo
que mora en un vergel
nunca ha padecido
de hambre en su dintel

tiene el presidente
figura de tonel
tiene el pueblo dientes
y nada que morder

el arzobispo rinde
su verbo al capital
alaba al presidente
en su emisión radial

se ha ido el presidente, otro ocupa su lugar
se queda el arzobispo que jamás quiso escuchar
a mi pueblo, a mi pueblo querido
a mi gente de barro y olvido
al paisano, al obrero, al caído
al anciano, a la mujer y al niño
al minero, al país campesino
al indígena y al peregrino
al enfermo, al distinto, al perdido
a los hombres que son mis amigos

He aquí una demo que grabé de la canción y que fue publicada por La Mula: