FIGARI, EL ÍDOLO CAÍDO

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Luis Fernando Figari, fundador del Sodalicio de Vida Cristiana

Luis Fernando Figari (nacido el 8 de julio de 1947 en Lima), quien estuvo a la cabeza del Sodalicio de Vida Cristiana desde 1975, renunció el 8 de diciembre de 2010 a su cargo de Superior General, aduciendo motivos de salud. Siendo el único remanente del grupo que dio comienzo al Sodalicio un 8 de diciembre de 1971, del cual inicialmente “declinó ser la cabeza” ‒como cuenta una de las tres versiones oficiales de su historia que han circulado en las páginas web de la Familia Sodálite‒, aunque las cosas cambiaron en 1975 cuando aceptó ser el “responsable de jure” de la nueva asociación, con el tiempo Figari se consideró a sí mismo como el único fundador del Sodalicio. Y como tal, se atribuyó todas las características que cierta teología le atribuye a los fundadores: dotado de inspiración divina gracias a un carisma específico, poseedor de un pensamiento guía para los llamados a una vocación particular dentro de ese carisma, practicante de un estilo de vida que debía servir de modelo para todos sus seguidores, merecedor de una obediencia absoluta por parte de aquellos que habían caído en las redes del proselitismo realizado por la institución ‒al que se conoce también como “apostolado”‒.

Los tiempos han cambiado. Figari ya no es el Superior General del Sodalicio, y las características que lo acompañaban parecen haberse diluido en parte. En teoría, ya no es el portador de un cargo que requiere obediencia. Las fotos en que aparecía con el Papa han ido siendo retiradas de los centros pastorales del Movimiento de Vida Cristiana ‒la asociación de fieles más numerosa e importante dentro de la Familia Sodálite‒ y la pagina web oficial del Sodalicio (http://sodalicio.org/) ha desterrado su figura y su historia a un segundo plano. Incluso varios de sus escritos han quedado como textos de referencia, pero ya no se les da el peso que se les daba antes, sin llegar al extremo de retirarlos de circulación, como sí ha ocurrido con los escritos de Germán Doig, expulsado post mortem de la institución a la cual le dedicó su vida entera, no obstante que sin sus textos no se entiende el desarrollo de la espiritualidad y pensamiento ‒o ideología, como se prefiera‒ del Sodalicio de Vida Cristiana.

¿Qué ha sucedido para que de pronto haya cambiado en el Sodalicio el trato hacia la figura del fundador? ¿Se explica todo esto simplemente por su renuncia? La cual, si realmente fue por motivos de salud, no debería haber dado lugar a las medidas que se han aplicado, que se parecen remotamente a las medidas que toma el Sodalicio contra aquellos miembros suyos que caen en desgracia o ex-miembros considerados personas non gratas. ¿Qué ocurrió para que la salud de Figari empeorara repentinamente un mes antes de que se hicieran públicos los abusos sexuales cometidos por Germán Doig ‒quien fuera el Vicario General del Sodalicio y segundo en la cadena de mando‒, a tal punto que le impidieran seguir asumiendo las responsabilidades propias de un Superior General? En todo esto hay gato encerrado, y los miembros de la cúpula sodalite parecen saber algo sobre Figari que no quieren que los demás sepan. Sea como sea, Figari se ha convertido en un ídolo caído, al cual se sigue manteniendo y protegiendo, pues sin él, el Sodalicio no es nada, considerando que a lo largo de su historia Figari concentró sobre sí el monopolio de la verdad, de la toma de decisiones e incluso el poder de decidir el destino personal de cada uno de los sodálites consagrados. Pero a la vez, es un lastre que impide levar anclas como para que el barco pueda zarpar y tomar nuevos rumbos para servir eficazmente al mundo y a la sociedad en comunión auténtica con todos los miembros del Pueblo de Dios que es la Iglesia.

Nunca he pertenecido al círculo íntimo de Figari, ni tampoco he participado en conversaciones donde sólo estuviéramos los dos presentes. No sé si decir “lamentablemente” o “afortunadamente” al respecto. Mis encuentros personales con Figari se han dado siempre en el marco de conversaciones grupales. Confieso que la persona de Figari sigue siendo para mí en gran parte un misterio. Por eso mismo, voy a escribir antes que nada sobre las impresiones personales que me ha causado el personaje, dentro de un entramado de hechos innegables de los cuales pueden dar testimonio los diversos testigos que estuvieron presentes. No pretendo dar una descripción exhaustiva de lo que considero una personalidad compleja y difícil de catalogar.

Desde que tengo memoria, Figari nunca ha tenido una apariencia exterior atractiva. De contextura física obesa ‒que buscaba disimular vistiendo guayaberas‒, con una calvicie avanzada y un bigote que le daba a su rostro la apariencia de una morsa, llevaba además gafas de montura gruesa cuando le conocí en los ’70. Con el paso de los años, Figari se dejó crecer una barba de reminiscencias proféticas. Aún así, siempre ha tenido una presencia segura y dominante entre sus allegados, pues tiene dotes de buen conversador y goza de habilidades retóricas por encima del promedio. Sus preguntas inusuales, que lo sacaban a uno de cuadro, además de sus ideas fuera de lo común y las conclusiones poco habituales a las que llegaba generaban una cierta fascinación entre muchos de los jóvenes a los cuales se les hacía proselitismo.

Figari siempre ha estado convencido de haber sido elegido por Dios para una misión única y especial, por lo cual requería de sus seguidores una total adherencia intelectual a sus planteamientos doctrinales y una obediencia absoluta a su voluntad. Nunca lo he visto en situaciones donde no ocupara una posición de autoridad o donde mantuviera una relación de igual a igual con otro. Los superiores de las comunidades siempre han mantenido en su presencia una actitud sumisa. Lo he visto, por ejemplo, en el caso de Germán Doig, Alfredo Garland, José Ambrozic, José Antonio Eguren, entre otros. Tal vez sea ése uno de los motivos por los cuales nunca se ha expuesto a una entrevista o conversación con alguien que tuviera un pensamiento crítico. Las pocas entrevistas que ha concedido han sido con entrevistadores complacientes, que le hacían preguntas que parecían sacadas de un guión y que servían de excusa para que Figari pudiera exponer didácticamente su ideología religiosa. Por lo mismo, Figari nunca ha salido a hacer declaraciones públicas ni ha dado la cara como representante del Sodalicio. Siempre han sido sus subordinados quienes han tenido que asumir la penosa tarea de responder a los cuestionamientos que se le han hecho a la institución. No se podía correr el riesgo de someter la figura de Figari a una prueba que pudiera evidenciar que tenía pies de barro.

Aun cuando Figari siempre ha manifestado tener una actitud de obediencia hacia el Santo Padre y a determinados obispos, todo ello tiene la apariencia de haber sido una estrategia para sacar adelante el proyecto de su vida, que es el Sodalicio de Vida Cristiana. Figari siempre ha buscado conseguir una foto junto con el Pontífice de turno, que pudiera ser colgada en un lugar visible en las comunidades, los centros pastorales y los hogares de gente vinculada a la Familia Sodálite, queriendo dar así a entender de manera gráfica que contaba con la bendición del Vicario de Cristo en la tierra. Como ejemplo, una antigua fotografía de la cual poseo un ejemplar:

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Juan Pablo II con Luis Fernando Figari

Podemos apreciar el valor que tienen este tipo de fotografías contemplando las siguientes imágenes:

Juan Pablo II con Pinochet

Juan Pablo II con Pinochet

Juan Pablo II con el P. Maciel

Juan Pablo II con el P. Maciel

Juan Pablo II con George W. Bush

Juan Pablo II con George W. Bush

Juan Pablo II con un payaso ¿o aprobando un carisma?

¿Había en Figari un auténtico espíritu de comunión con toda la Iglesia, o la pretendida fidelidad era una pose para apuntar cañones contra todo aquél que tuviera una postura incompatible con su ideología religiosa? Da que pensar, pues Figari siempre ha sido amigo de designar con el calificativo de “herejes” incluso a teólogos que no han sido condenados nunca por la Santa Sede, como por ejemplo Pierre Teilhard de Chardin, Karl Rahner, Johann Baptist Metz y Gustavo Gutiérrez. Y si bien Figari siempre ha buscado apoyarse sobre la autoridad del Papa y de algunos obispos, también es cierto que se refería despectivamente en términos ofensivos y vulgares a aquellos obispos o sacerdotes que no mantuvieran una posición compatible con la suya. Asimismo, también eran objeto de calificativos soeces pensadores considerados por él como defensores de posiciones contrarias a la doctrina de la Iglesia. La costumbre que hay entre muchos sodálites de usar este tipo de expresiones insultantes se veían avaladas por la misma actitud de Figari, quien tachaba de conchesumadres, hijos de puta o pendejos a aquellos con los que discrepaba en cuestiones de fondo. No es de extrañar que este tipo de expresiones fueran carta corriente también al interior de las comunidades sodálites y que en ocasiones fueran dirigidas incluso contra algunos hermanos de comunidad a quienes se buscaba corregir “fraternalmente”.

Las conversaciones grupales con Figari han sido siempre una experiencia fuera de lo común. La presencia de Figari nunca me ha inspirado tranquilidad o paz, sino una sensación de incomodidad y tensión continua. Si bien Figari solía expresarse en un tono jovial, dando continuamente la impresión de estar divirtiéndose, todo ello aderezado ocasionalmente con sonoras carcajadas, quienes estábamos ahí sabíamos que en cualquier momento podía meterse con uno de nosotros y comenzar a interrogarlo, acosarlo interiormente hasta llegar a unas llamadas de atención humillantes que a uno le hacían sentirse como una mierda. Y Figari siempre mantenía una mirada fija y penetrante, como queriendo desnudar nuestras almas y querernos hacer sentir que él nos conocía a fondo, mucho mejor que nosotros mismos.

Respecto a los temas que tocaba, podía hablar de asuntos de espiritualidad y formación, o de sus experiencias religiosas ‒que no dudo que sean auténticas‒ para pasar luego a temas tan inusuales y extraños, como comentar los dolores que había tenido después de la circuncisión cuando se la hicieron ya de adulto por motivos de salud, o lanzar comentarios misóginos sobre lo susceptibles que son las mujeres en general y del peligro que constituyen para los sodálites de vida consagrada, o bromear sobre anécdotas ocurridas en las comunidades, o hablar entusiastamente sobre el ideal sodálite mezclando lo solemne con un lenguaje vulgar y malsonante cargado de connotaciones sexuales, como “hay que estar arrechos por Cristo”, haciendo alusiones a la masturbación o al acto sexual, o refiriéndose al hecho de tener que abrirse de corazón como “bajarse los pantalones”, o simplemente se reía de algún chiste verde ‒o colorado‒ que contaba alguno de los miembros más desvergonzados de la comunidad. Curiosamente, esta manera de conversar generaba una cierta fascinación entre aquellos que estábamos presentes, pues se tenía la impresión de que delante de Figari no habían límites y se podía hablar de todo sin necesidad de guardar las formas ni las buenas maneras. Recuerdo que una vez Figari pretendió dar una justificación de esta manera de hablar, mencionando que en alguno de los evangelios apócrifos Jesús se había referido a aquellos que no estaban dispuestos a seguirle como “hijos de puta”.

Otro era el rostro que presentaba Figari cuando daba una alocución, charla o conferencia en público. Con una manera grandilocuente de exponer contenidos que, mientras duraba el discurso, en su mayor parte generaba aburrimiento debido a que el conferencista solía recurrir a términos crípticos de difícil comprensión (“holístico”, “kénosis”, “scotosis”, “agnosticismo funcional”, por mencionar algunos) y rara vez sus palabras reflejaban las vivencias cotidianas de la gente, sin embargo de vez en cuando rompía esa cadencia elevando la voz y apelando con golpes de efecto y figuras retóricas a la audiencia, la cual en esos momentos solía prestarle la atención que no le había prestado durante el resto de su exposición. Una vez finalizada ésta, eran pocas las personas que admitían haber entendido los contenidos de la conferencia de Figari, pero recordaban muy bien esos momentos donde había dado rienda suelta a sus habilidades retóricas y motivado los ánimos con el don de la palabra. He aquí como ejemplo uno de esos momentos, que se asemeja más a la arenga política de un ideólogo que a las directivas de un guía espiritual.

Ni qué decir, las conferencias de Figari eran luego impresas para ser estudiadas a fondo. Y a decir verdad, en muchas de ellas se repetía siempre lo mismo, sin aportar nada nuevo. Pues el supuesto pensamiento de Figari no pasa de ser una ideología religiosa que se basa en unos cuantos principios repetidos hasta la saciedad. Muchas veces Figari disimulaba la falta de profundidad de sus ideas utilizando términos esotéricos o neologismos de cosecha propia, que le conferían a sus planteamientos un aura metafísica que deslumbraba a los neófitos, pero que en el fondo es sólo una mera apariencia que oculta su vacío argumental. Por más que sus allegados crean lo contrario, Figari no tiene la talla de un intelectual católico. El único sitio no vinculado a la Familia Sodálite donde se le menciona como uno de los principales pensadores católicos de América Latina («one of the main Latin America thinkers») es la Wikipedia en inglés, que se limita reproducir una frase que aparece en las páginas oficiales del Christian Life Movement (Movimiento de Vida Cristiana) en Estados Unidos y Canadá. Vale la pena mencionar que el artículo sobre Figari que aparecía en la Wikipedia en español fue borrado porque no se ajustaba a estándares enciclopédicos y caía bajo la sospecha de ser únicamente propaganda de una institución y su líder.

Este líder, que requería de sus seguidores que dejaran padre y madre para “conformarse con el Señor Jesús bajo la guía de María” ‒y bajo la guía efectiva de su propia persona, por supuesto‒, tenía cosas en común con aquel otro líder, al cual habría seguido en la década de los ’60 hasta el punto de viajar a Brasil para conocerlo personalmente, a saber, Plinio Corrêa de Oliveira, fundador del grupo conservador Tradición, Familia y Propiedad. Al igual que él, Figari le tenía una gran veneración a su propia madre, en cuya casa ubicada en el distrito de San Isidro (Lima) siguió viviendo, no obstante que a sus discípulos con vocación a la vida consagrada les exigía dejar el hogar materno para unirse a la “familia espiritual” que él habia fundado. En cierto sentido, se llegó a contraponer la familia espiritual a la familia carnal, teniéndose la primera por más auténtica que la segunda. Una familia donde la Virgen María es la madre, Jesús el hermano que hay que “encarnar” en el propio ser, el Padre eterno aquel que nos acoge como verdaderos hijos de Dios. El problema era la figura de Figari, que terminaba siendo asimilada en la psique de sus seguidores como un padre sustituto de aquellos padres a los cuales se había dejado atrás. Recuerdo cuando en San Bartolo el mismo Figari nos preguntaba si estábamos dispuestos a morir por él. O cuando nos preguntaba si verdaderamente lo amábamos, como suelen preguntar algunos padres a sus hijos, o los amantes a su amada. O cuando nos decía que sólo éramos verdaderos sodálites si él nos ordenaba que estrelláramos nuestras cabezas contra un muro de piedra, y nosotros efectivamente estábamos dispuestos a hacerlo sin dudar. O cuando se realizó una dinámica grupal en que se les planteó a unos muchachos que estaban de formación en San Bartolo una situación ficticia en que se atentaba contra la vida de Figari. Uno de los chicos hacía de Figari, otros hacían de asesinos, y los otros tenían que impedir que éstos últimos cumplieran su cometido, poniéndoseles en medio y recibiendo todos los golpes que iban destinados al supuesto Figari. Al final, los “guardaespaldas” terminaron magullados de veras ‒pues los golpes no eran fingidos‒, pero contentos de haber protegido la vida del ser más venerado por ellos en la tierra.

Figari también solicitaba un trato especial para él. Todos los demás teníamos que cumplir horarios, pero él no cumplía ninguno. Él buscaba controlar a todos, pero nadie lo controlaba a él. Después de trabajar en los años ’70 como maestro de escuela en el curso de religión, no se sabe que haya ejercido ningún oficio. Cualquier deseo particular suyo respecto a comida y bebida tenía que ser cumplido, sin escatimar en gastos. Lo cual contrastaba con los presupuestos ajustados que había en las comunidades, donde las comidas eran austeras y se veía siempre la manera de ahorrar para que el dinero disponible alcanzara hasta fin de mes. Se iba de vacaciones al extranjero y viajaba con relativa frecuencia. Siempre lo acompañaban uno o más miembros de la cúpula sodálite, pero sobre todo Germán Doig, su discípulo predilecto. Mientras tanto, a los miembros de comunidad les eran negadas todo tipo de vacaciones ‒derecho del que disfruta hasta el Papa‒, y los únicos días donde se podía tener auténtico esparcimiento eran los domingos y días festivos.

El poder de Figari era tal, sustentado en una doctrina que predica una obediencia absoluta donde no puede haber defecto por exceso, qué él solo decidía quién era admitido al Sodalicio, quién pasaba al siguiente nivel dentro de la escala de rangos de la institución, dónde iba a vivir cada uno, qué iba a estudiar cada uno, quién iba a ser sacerdote y quién iba a ser superior en cada una de las comunidades. Decidía incluso con qué sacerdotes les era permitido confesarse a los miembros de las comunidades y con cuáles no. Me hace recordar un célebre dicho popular que siempre repetía mi madre: «El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente». ¡Cuánta razón tenía!

En estas circunstancias, la dependencia que se generaba hacia Figari llegaba a ser tal, que muchos sodálites hacían lo que tenían que hacer sólo con el fin de obtener su aprobación. Se llegaba al exceso de que sólo se buscaba cumplir la voluntad de Figari, hasta el punto de que sus gustos y preferencias personales eran asumidas por varios sodálites como preceptos a observar. Si a Figari una vianda determinada le gustaba, entonces ésta también debía ser consumida por otros sodálites. El estilo en el vestir y el calzado que a Figari le gustaba constituían la norma según la cual los sodálites de comunidad debían adquirir su propia ropa y sus zapatos. Los libros y películas que a Figari le gustaban eran los libros y películas que también debían gustarle a los sodálites.

Fue precisamente en este punto que comencé a tener discrepancias interiores con Figari, lo cual haría que poco a poco comenzara a resquebrajarse el pedestal que tenía en mi interior. Yo erá un ávido lector de literatura y tenía también una afición cinéfila que con el tiempo iría desarrollándose aún más. Los juicios de Figari sobre las obras de algunos escritores me parecían muy superficiales y antojadizos, y contradecían la opinión que yo me había formado sobre esos obras. Por ejemplo, Figari había escrito un artículo sobre César Vallejo, en que lo presentaba como un hombre en busca de Dios a través de una poesía críptica cargada de reminiscencias nostálgicas del Ser Absoluto. Sin embargo, su análisis no tenía en cuenta la evolución en el tiempo de la obra de Vallejo. La conclusión a la que yo llegaba después de haber leído toda su obra poética era que Vallejo partía de una fe desgarrada y dolorosa en su primer poemario, y luego iba evolucionando hacia una actitud vital más comprometida socialmente pero más escéptica hacia los temas religiosos. Una lectura atenta de su prosa confirma a grandes rasgos esta hipótesis. Asimismo, cuando supe que Figari detestaba el cine de Woody Allen, que yo recientemente acababa de descubrir, me quedó claro que en cuestiones opinables se podía mantener divergencias con él, aunque ciertamente eso generaba discusiones con otros miembros de la comunidad, cuyo formateo mental era mucho más profundo. Figari también tenía la última decisión en lo que se refería a grabar y publicar canciones compuestas por miembros de la comunidad sodálite. Cuando rechazó algunas de mis canciones, ya sea porque según él no iban con el estilo sodálite o simplemente porque no llegaba a entenderlas del todo, quedé aún más decepcionado y poco a poco fue creciendo en mí la convicción de que dentro de los muros del Sodalicio no había cabida para la libertad artística.

Como anécdota curiosa, puedo contar lo siguiente. En una de esa reuniones sabatinas con Figari, muy comunes en los inicios de las comunidades sodálites, cuando todavía no se habían implementado los centros de formación en San Bartolo, Figari estaba hablando sobre alguno de los temas esotéricos que a veces le gustaba tocar (yoga, filosofía budista, ascetismo hindú, los chakras o puntos energía del cuerpo, hipnotismo, quiromancia, etc.). Se le ocurrió comparar las líneas de sus manos con las de las mías, y le fastidió que la línea del arte fuera más larga en mi caso que en el suyo. Pues Figari siempre se ha considerado a sí mismo un buen apreciador de arte. Incluso alguna vez intentó componer canciones que fueran himnos que se usaran ad intra del Sodalicio. Tenía un gusto particular por la música marcial, en concreto las marchas, de las cuales tenía algunas grabadas en cassettes, sobre todo marchas e himnos de la Guerra Civil Española. Pues tengo que confesar que en varias ocasiones tuve que cantar al unísono con otros una canción que había compuesto Figari y que ya entonces me parecía musical y textualmente muy pobre. Como el chirrido de una tiza sobre la pizarra. La canción comenzaba asi: «Somos en este mundo / mensajeros del Señor, / vamos por la vida / llamando a todos a Dios». La intención de Figari de intervenir continuamente en la forma cómo se cantaban las canciones religiosas populares en el Sodalicio, buscando acomodarlas a un pretendido estilo sodálite, ha llevado a que en ámbitos de la Familia Sodálite se interpreten esas canciones con variaciones de melodía y de letra que distorsionan el canto original. Ejemplos sobran.

Aun cuando durante mucho tiempo seguí pensando que a Figari se le debía seguir y obedecer en cuestiones de doctrina teológica y disciplina espiritual, pues seguía creyendo en la inspiración divina que tenía como fundador de una institución cuyo carisma había sido aprobado por la Santa Sede, ya había comenzado a poner en duda su autoridad en ciertos campos. Tal vez ésa sea una de las razones por las cuales mi ascenso en la escala de rangos dentro del Sodalicio fue lenta y tomó mas tiempo de lo acostumbrado. Tomo esto como una señal más de que algo no marchaba bien en el Sodalicio. Y de que Dios me estaba conduciendo poco a poco por otros caminos.

Como otra señal premonitoria podría tomarse una anécdota que acaeció durante mi primer año en comunidad. Corría el año 1982 y vivía yo entonces en la comunidad Nuestra Señora del Pilar en Barranco (Lima). A José Ambrozic le había sucedido Alfredo Garland en el puesto de superior de la comunidad. Por algún motivo, yo me había quedado en la mañana en la casa y, como era costumbre, tenía que estar atento a cualquier llamada telefónica que entrara. Uno de los miembros de la comunidad, el Galletón, a quien llamábamos también cariñosamente el Gordo F, llamó desde la Facultad de Teología, donde tenía clases. Yo contesté al teléfono, sin saber quién era el que estaba al otro lado de la línea. La conversación fue como sigue:

– ¡Aló!
– Hola, Martin.
– Hola, ¿quién habla?
– (Risas) Yo, pues, Martín.
– ¿Quién?
– Tu superior.
– ¿Alfredo?
– No. (Risas)
– ¡¿Luis Fernando?!
– (Risas) No, soy yo, el Galletón.
– ¡Ya pues, Gordo, no jodas!

Yo efectivamente no había reconocido la voz y caí redondo en la broma. Por esas casualidades de la vida, una vez que colgué el teléfono, a los diez minutos llamó el mismo Luis Fernando Figari, generándose el siguiente diálogo:

– ¡Aló!
– Hola, Martin.
– Hola, ¿quién habla?
– Tu superior.
– ¡Ya pues, Gordo, no jodas!
– ¿Qué te pasa? ¡Soy Luis Fernando!

Sentí en ese momento que el suelo se hundía bajo mis pies. Esta vez había llamado no el Gordo F al que conocíamos como el Galletón, sino el otro Gordo F, al cual algunos sodálites llamaban coloquialmente como “el Hombre”. Le pedí disculpas tartamudeando y le expliqué las circunstancias que habían ocasionado mi respuesta. Se rió y la cosa no tuvo mayores consecuencias. Sin embargo, desde entonces tuve el privilegio clandestino de haber sido la única persona que le había dicho «no jodas» en su cara al mismo Luis Fernando Figari. A no ser que haya algún otro que haya hecho lo mismo, y yo no me haya enterado. Si bien mi réplica se debió a un malentendido, vista desde la distancia cobra un significado simbólico y profético, pues de una u otra manera se convierte en pre-anuncio de una decisión que tarde o temprano habría de tomar.

Para quien quiera desvincularse del Sodalicio y del formateo mental que sufren quienes han pasado por la institución, es necesario y saludable mandar a la mierda de manera simbólica a Figari, derrumbar el ídolo que ha sido colocado en el altar del propio recinto interior y al cual durante años se le ha rendido pleitesía, asimilando su pensamiento y sus criterios, buscando agradarle mediante una obediencia complaciente y absoluta, y manteniendo una ceguera obsecuente ante sus debilidades humanas y sus desvaríos intelectuales. Gracias a los métodos de formación y disciplinarios que se han aplicado en el Sodalicio, la figura de Figari ha sustituido en la psique de muchos a la figura paterna, y les da la sensación de pertenecer a una familia con lazos más fuertes que los que nos unen a nuestra familia natural. Por eso mismo, la caída del ídolo se presenta muchas veces como una tragedia, que, en el peor de los casos, puede conducir a trastornos mentales y a amagos de desesperación.

Admito que desprenderse de la figura de Figari no es fácil y sencillo. A mi me costó mucho tiempo y tuve que pagar el precio de pasar por graves conflictos interiores. Como ejemplo, puedo mencionar que el 7 de noviembre de 2003, ya estando en Alemania domiciliado en la ciudad de Wuppertal, le escribí una carta respetuosa que le hice llegar a través de una persona conocida que se iba a entrevistar personalmente con él, pues Figari y compañía estaban realizando uno de sus viajes a Europa. Allí le decía yo a Figari:

«Quiero que sepas que siempre guardo las promesas que he hecho y que mantengo una gratitud inmensa a quienes siempre me tendieron su mano amiga en la comunidad sodálite. Si de algo puedo preciarme es de nunca haber traicionado la confianza de quienes se han fiado de mí. Por eso mismo, reafirmo mi fidelidad al llamado que Dios me hace en su Iglesia a través del Sodalicio y espero poder servir dentro de la misión evangelizadora a la que estamos llamados (para lo cual he tenido a veces que abrirme el camino a “machetazos” y seguir adelante a pesar de las comentarios maliciosos y las zancadillas inesperadas).»

Si bien entonces ya tenía algunas reservas frente a la persona de Figari, todavía no había roto la conexión umbilical que artificialmente me habían implantado en la mente. Eso vendría definitivamente después a través del arte. Componer canciones ha sido para mí más que un hobby, pues en los temas cantados que han ido surgiendo de mi inspiración he plasmado poéticamente mis propias vivencias y de alguna manera me han servido para procesarlas. La composición musical ha constituido siempre para mí un acto de catarsis y de liberación. Quienes me conocen saben que cuando compongo, la cosa va en serio.

La canción que compuse, Usted, si bien se inspira en Figari, tiene un contenido que va más allá de la referencia a una persona y adquiere un alcance universal. Así lo expresé yo en mi blog LA GUITARRA ROTA (ver http://laguitarrarota.blogspot.de/2009/03/ineditas-usted.html):

«La canción surgió en torno a la idea de los absolutismos ideológicos, que no toman en consideración las vivencias del hombre concreto y quieren cortarle alas a la poesía a través de filosofías rígidas y conceptos estereotipados, desconociendo el lenguaje más profundo de las manifestaciones artísticas. Como lo auténtico sólo puede surgir de un amor apasionado, nació de mi inspiración una frase de la cual brotó, no sin esfuerzo adicional, toda la canción: “usted nunca conoció el amor de una mujer”.

Usted es la personificación de la armadura sobre el cuerpo vivo, de la tiranía de la ideología sobre la vida y la sangre, de la filosofía estéril queriendo aprisionar la poesía y el amor en sus rígidos esquemas, de la absolutización del discurso abstracto sobre la libertad humana.

En fin, usted puede ser muchas cosas o personas. La canción invita a ser completada por la experiencia personal de quienes la oigan, a fin de identificar en cada uno al usted de quien hay que despedirse para ser verdaderamente libres.»

Hay otra referencia a Figari en aquella que considero la mejor canción que he compuesto hasta ahora, Declaración de principios (ver http://laguitarrarota.blogspot.de/2011/09/ineditas-declaracion-de-principios.html). Esta canción comenzó a gestarse poco después de haber estado en Lima para visitar a mi querida madre en enero de 2009, poco antes de que falleciera. En esa ocasión tuve un conversación personal con un sodálite cercano sobre los problemas que yo veía en el Sodalicio y que han sido señalados en este blog. Lamentablemente, la conversación no llegó a nada, pues es difícil ‒si no imposible‒ mantener un diálogo normal con alguien que todavía tiene a Figari metido entre ceja y ceja ‒como si de un amo de marionetas se tratara‒ y que era ciego a mis intenciones de ayudar a una institución que forma parte de la Iglesia católica, aunque yo en ese entonces ya había tomado la decisión de desvincularme de ella. Las primeras líneas de esa canción fueron fruto de esa conversación, que para mí resultó una experiencia desconcertante y frustrante.

Terminé de componer la letra de la canción a inicios de julio de 2011. En ese año y medio de gestación, esta composición fue recogiendo mis impresiones sobre la crisis del capitalismo, la protesta de los indignados en España, las masacres en las guerras donde había intervención de los Estados Unidos, los encubrimientos de la jerarquía católica, en fin, de todo un poco, para terminar redondeando un himno a la esperanza, una proclama a favor de una revolución pacífica pero radical. Como cosa curiosa, cabe mencionar que la canción fue terminada poco antes de que el gran Facundo Cabral fuera asesinado el 9 de julio de 2011 en Guatemala, y las siguientes líneas parecen referirse a él:

yo no quiero que repitas
las consignas manuscritas
de los viejos sin perdón
que asesinan al cantor

Las líneas inspiradas en Figari son las siguientes:

yo no quiero que me digas
que más pesa la barriga
de un señor en pedestal
que mis sueños de cristal

yo no quiero que me pidas
que incinere las heridas
del recuerdo en el fanal
de una historia sin final

sólo quiero que me oigas… compañero
que ya es hora de pisar otros senderos
y dejar el vertedero
que lucía su oropel
y arrugaba su pescuezo de papel

yo no quiero que me sigas
cotejando con la hormiga
que abandona su nidal
por afanes de panal

yo no quiero que me impidas
cosechar mi propia espiga
amanecida en el trigal
y ofrecida para el pan

sólo quiero que confíes… compañero
en las manos que resguardan los luceros
y en los melocotoneros
que atesoran la estación
de una primavera a punto de erupción

Figari ya cayó de su pedestal. No hay vuelta atrás. Pero todavía siguen vivas las consecuencias de lo que él ha hecho. Y en muchas personas hay heridas que aún no han cerrado. Incluso hay quien ha vencido el miedo y se ha atrevido a presentar una denuncia ante el arzobispado de Lima por supuestos abusos psicológicos y sexuales cometidos por quien fuera Superior General del Sodalicio de Vida Cristiana (ver http://diario16.pe/noticia/8687-denuncian-a-fundador-del-sodalicio-vida-cristiana-por-abuso-sexual). Las condiciones para que ocurrieran los hechos denunciados estaban dadas: una persona con autoridad absoluta que no daba cuenta a nadie de sus actos y generaba en sus subordinados relaciones de dependencia casi total.

Figari pasa a engrosar la lista de superiores cuestionados que han renunciado por “motivos de salud”, como el Padre Carlos Buela, fundador del Instituto del Verbo Encarnado, quien agradece en la carta respectiva que la Santa Sede se haya abstenido de intervenir su institución gracias a su renuncia (ver http://www.aciprensa.com/noticias/fundador-de-instituto-del-verbo-encarnado-presenta-renuncia-al-papa/); o el P. Álvaro Corcuera, sucesor del P. Marcial Maciel en la dirección de los Legionarios de Cristo (ver http://www.periodistadigital.com/religion/vida-religiosa/2012/10/11/alvaro-corcuera-abandona-la-direccion-de-los-legionarios-de-cristo-religion-iglesia-vaticano-maciel-paolis.shtml). El tiempo dirá si Figari entra también a formar parte de la lista de superiores cuestionados por cometer abusos, como el ya mencionado P. Maciel; o el P. Gino Burresi, místico estigmatizado y fundador de los Siervos del Inmaculado Corazón de María, quien abusó sexualmente de varios seminaristas (ver http://www.unitypublishing.com/Apparitions/GinoDetails.htm); o el P. Alfonso Durán, fundador de Miles Iesu, quien cometió graves abusos de autoridad que causaron heridas psíquicas en los miembros de su instituto y sus familiares (ver http://www.periodistadigital.com/religion/mundo/2010/07/30/fundador-miles-jesu-abusos-autoridad-iglesia-comisario-vaticano-religion.shtml); o el francés Gérard Croissant, fundador de la Communauté des Béatitudes, conocida en español como Comunidad de las Bienaventuranzas o del León de Judá (http://www.periodistadigital.com/religion/mundo/2011/11/18/otro-caso-maciel-en-francia-por-triplicado-iglesia-religion-abusos-vaticano-sexo.shtml); o el P. Fernando Karadima en Chile, quien aprovechó su puesto de autoridad para cometer abusos contra quienes estaban a su cargo. Pues no deja de llamar la atención que sean dos personas pertenecientes al círculo íntimo de Figari ‒Daniel Murguía y Germán Doig‒ quienes hayan estado involucradas en escándalos sexuales que son ya de conocimiento público.

Esperamos que el Cardenal Juan Luis Cipriani, arzobispo de Lima, quien ahora se presenta como defensor de los derechos humanos frente a sus detractores, le dé trámite adecuado a la denuncia que duerme el sueño de los justos en las oficinas del tribunal eclesiástico de su jurisdicción, para ver si también es defensor de los derechos humanos de las víctimas del cuestionado líder de una institución que le ha prestado su apoyo incondicional. En todo caso, se trata de algo necesario ya sea para “limpiar” el nombre de Figari en caso de que las denuncias sean inconsistentes, ya sea para aplicarle las sanciones correspondientes en caso de que resulte culpable, ya sea para que la imagen pública que ahora quiere proyectar Cipriani no sea vea empañada por el epíteto de “encubridor”.

Si algo queda fuera de duda son los “motivos de salud” que ha aducido Figari para justificar su renuncia. No tenemos certeza de que sea su propia salud la que esté en juego, pero ciertamente es beneficioso para la salud de aquellos que todavía permanecen en el Sodalicio y para la salud de toda la Iglesia el hecho de que él haya abandonado la palestra. Le estamos agradecidos de todo corazón.

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Un párrafo de la Memoria 1979 de Luis Fernando Figari, Superior del Sodalitium Christianae Vitae, da cuenta de qué pensaba Figari de los padres que se oponían a que su hijo entrara a formar parte de la institución. No tengo la certeza de que se opusieran realmente a que su hijo tuviera un compromiso cristiano ‒pues simplemente podrían haber desconfiado de un líder y de una institución que ya entonces presentaban características sectarias‒, pero ésa es la interpretación que de antemano, antes de cualquier análisis, asumía Figari. De este modo, el Sodalicio quedaba a priori libre de toda culpa y responsabilidad, y los padres de familia cargaban con toda la culpa de oponerse a una iniciativa “querida” por Dios. No se admitía la posibilidad de que fuera el Sodalicio mismo el que estuviera mal y hubiera dado motivo para esas actitudes de oposición por parte de los padres. Y a decir verdad, en buena lógica cada caso requeriría ser analizado individualmente, algo a lo cual son poco afectos la mayoría de los sodálites, que suelen actuar por principios ideológicos. Veamos pues el texto.

«…quiero sí referirme a un dolor que se clava en lo profundo del alma, y que con el correr del tiempo y nuestra mayor presencia apostólica, se hace más frecuente. Me refiero a la tragedia que constituye que muchos padres que se dicen cristianos pongan todo género de trabas en el crecimiento en la fe de sus hijos. Ya, cuando el Padre Gerald Haby nos acompañaba en el sendero por el que el Señor nos convoca, ya en ese entonces se asombraba él de la manera reacia en que muchos padres, demasiados, reaccionan frente a un compromiso auténticamente cristiano de sus hijos. Ese fenómeno lo vemos crecer en la misma medida que observamos el desarrollo de nuestros trabajos apostólicos. Duele porque no es un ataque que viene de fuera, sino de dentro. Un ataque, que a veces se torna cruel por su refinamiento y su sistematización, que causa daño a miembros de nuestra comunidad que desean entregarse cada vez más plenamente al Señor. Que hace tambalear a jóvenes que ven en Cristo el camino de liberación. Hemos sido testigos de hechos inenarrables que llevan a comprender por qué en nuestro medio se puede hablar de crisis de la familia. Aunque, quizá fuera mejor hablar de crisis de amor. Y, cuando el joven da muestras de acoger un llamado del Señor para entregar toda su vida a la Iglesia a través de Santa María, muchas veces esas agresiones a las que nos venimos refiriendo se tornan en furibundas reacciones en contra de la misma fe y hasta de Dios, sin abandonarse por ellos actitudes increíblemente coercitivas de parte de padres que dicen amar a sus hijos. Por ello digo que más que crisis de familia habría que hablar de crisis de amor. ¿Qué es la familia si no hay amor? ¿Una célula social? ¿Un ente donde se mezclan intereses contrapuestos? Será cualquier cosa pero del todo alejada a ese misterio de amor, a ese sacramento de la presencia amorosa de los cónyuges y los hijos que le dice al mundo que Cristo Jesús es su centro y su vida. El asunto es por lo demás doloroso. Pero es tremendamente real y hasta cotidiano. Siempre me llamó la atención el relato con que un prestigioso autor de obras vocacionales empezba uno de sus más conocidos trabajos. Me refiero a aquella historia del sacerdote que ingresa a la iglesia a su cargo y descubre a una señora rezando incesantemente al Señor, en un tono de voz algo elevado, por que envíe vocaciones a su Iglesia. El sacerdote escuchó el final de la plegaria: “…pero no los escojas de entre mis hijos”. ¡Qué incoherencia la de esa señora! ¡Y qué triste ignorancia del regalo que para cualquier hombre es el gratuito llamado del Señor! Pero, así es la vida. Y así de oscuro suele ser el corazón humano. Aquellos quienes viven y sufren esta realidad dolorosa descrita deben tener confianza en los caminos de Dios, y permanecer siempre leales al llamado que el Señor les ha hecho llegar. Él les fortalecerá. Esta situación deplorable que no es sino un reflejo más del pecado original y de la consecuente crisis en que se debate nuestra sociedad, ha motivado una reflexión constante de aquellos hermanos nuestros invitados por el Señor a dar un testimonio de amor a través de la vida matrimonial.»

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Las versiones oficiales de la biografía de Figari han ido cambiando de acuerdo a las circunstancias históricas por las que ha pasado el Sodalicio y según lo que los responsables creyeran en cada momento que era conveniente que se supiera públicamente. He aquí las tres versiones que aún se pueden encontrar en la red.

La versión actual de la vida de Luis Fernando Figari que aparece en la página oficial del Sodalicio de Vida Cristiana:
https://web.archive.org/web/20130615115112/http://sodalicio.org/fundador/

Una versión anterior, que contiene un relato más detallado de los orígenes del Sodalicio, no del todo compatible con la versión actual:
http://www.elenciclopedista.com.ar/sodalicio-de-vida-cristiana/

La versión que aparece en la página oficial del Movimiento de Vida Cristiana, que incluye más datos personales de Figari previos a la fundación del Sodalicio:
https://web.archive.org/web/20120304074905/http://www.m-v-c.org/lff/

Esta última versión contenía algunos párrafos que han sido eliminados ‒como, por ejemplo, una alusión a Tradición, Familia y Propiedad‒, que todavía se pueden leer en esta versión:
http://mvc-sanjuanapostol.blogspot.de/p/nuestro-fundador-luis-fernando.html

Por último, he aquí una entrevista que concedió Figari a la agencia vaticana Fides, que no se diferencia mucho de otras entrevistas que ha concedido a lo largo de su vida:
http://www.zenit.org/es/articles/habla-el-fundador-de-la-familia-sodalite

SODALITIUM 92: ÚLTIMA ESTACIÓN… SAN BARTOLO

Este artículo es la continuación de mi anterior escrito SODALITIUM 92: MOMENTO DE DECISIÓN.

San Bartolo, Ribera Sur

San Bartolo, Ribera Sur

Era la mañana del 21 de diciembre de 1992. Ya había amanecido. Me encontraba al lado de la Carretera Panamericana Sur, en medio del paisaje desértico típico de la costa peruana, a la altura de San Bartolo, balneario situado a unos 50 kilómetros al sur de Lima. Estaba sucio, cansado y con el alma hecha trizas, tras una noche sin pegar ojo, después de haber realizado una larga caminata de madrugada en una ciudad bajo toque de queda y después de un viaje en autobús, donde había dormitado un poco tras vaciar el contenido de una lata de leche condensada Nestlé. Sólo tenía que atravesar un breve trecho de arenal hasta el arco de hormigón que señala la entrada a San Bartolo y caminar aproximadamente un kilómetro hasta llegar a la calle que baja hacia la Ribera Sur, donde se hallan las comunidades Inmaculada del Rosario y Nuestra Señora de Guadalupe, centros de formación para jóvenes que aspiran a una vida consagrada en el Sodalicio de Vida Cristiana.

Ya en el año 1992 esos centros gozaban de una especie de aura mítica entre los miembros de la Familia Sodálite. Eran considerados como lugares donde se aprendía a vivir una exigencia heroica acorde con la espiritualidad sodálite, un compromiso cristiano llevado hasta sus últimas consecuencias, una disciplina que debía ser sustento de la fidelidad dentro de la vocación a la vida consagrada. Ir a vivir a San Bartolo implicaba tener el valor para someterse a prácticas físicas y psicológicas que ponían a prueba la resistencia personal de uno mismo.

Lo que pocos sabían era que San Bartolo también era el centro de rehabilitación de aquellos sodálites de comunidad que pasaban por momentos personales difíciles y entraban en crisis. Y que, por eso mismo, era conocido coloquialmente en tono humorístico como “la Siberia”. Porque una vez superada la etapa de formación, no era un lugar adonde se quisiera regresar. Pues el estilo de vida que allí se practicaba podía llevar a algunos hasta los límites de su resistencia. Si bien muchos jóvenes consideraban como una bendición ser elegidos para pasar un tiempo en San Bartolo, para aquellos sodálites de mayor rango ser enviado de vuelta a ese lugar era percibido como una sanción que usualmente venía acompañada de una sensación de fracaso. Y para algunos fue la última estación antes de iniciar su viaje hacia la libertad.

La primera de estas comunidades de formación, Nuestra Señora de Guadalupe, comenzó a funcionar el año 1983 en una casa ubicada cerca del último espigón o muelle de la bahía, donde terminaba la calzada para vehículos. Posteriormente la casa, que inicialmente contaba sólo con dos plantas, sería ampliada con una terraza y más plantas con dormitorios adicionales, aprovechando la ladera que subía hacia el malecón que recorría toda la Ribera Sur. En medio de la bahía, a unos 300 metros en línea recta desde la casa y cerca del Club Náutico, se eleva un peñón de roca desnuda, donde se posan habitualmente bandadas de gaviotas y alcatraces. Este peñón, conocido como “la isla”, adquiría un significado simbólico para todo aquel que pasaba su etapa de formación en San Bartolo. Era de precepto nadar varias veces al día hacia esta formación rocosa, lo cual implicaba un esfuerzo físico al que no estaban acostumbrados los recién llegados, pero a medida que pasaban las semanas se iba convirtiendo en una cuestión de rutina. La “isla” entraría a formar parte de la mitología sambartolina y, en cierto sentido, dominaría con su presencia simbólica todo el período de formación de los que estaban allí.

Inmaculada del Rosario, la segunda casa de formación, está ubicada en la bajada hacia la Ribera Sur, cerca del primer espigón. Esta casa fue adquirida en 1984 y remodelada para adecuarse a las necesidades de una comunidad de formación. A fines de ese año, cuando los trabajos de acondicionamiento arquitectónico aún no habían terminado, yo fui elegido para formar parte de la primera comunidad que habitaría esa casa de formación, siendo superior de ella Emilio Garreaud, miembro de la generación fundacional del Sodalicio y actualmente sacerdote sodálite. También formaron parte de esa comunidad Alejandro Bermúdez ‒el actual director de ACI Prensa‒, Javier Len, Juan Carlos Quiñe y Juan Carlos Rivva ‒los tres, sacerdotes sodálites en la actualidad‒, Humberto del Castillo, Rafael Álvarez-Calderón, José Luis Zavala y Mario “Pepe” Quezada, uno de los fundadores del grupo musical Takillakkta ‒los otros fueron el mismo Alejandro Bermúdez, Ricardo Trenemann y quien les habla‒.

Las comunidades de formación de San Bartolo fueron en realidad centros de experimentación, donde Luis Fernando Figari, entonces Superior General del Sodalicio, podía ensayar “métodos de formación” con aquellos que aspiraban a ser sodálites consagrados, con promesas de obediencia, celibato y comunicación de bienes ‒una peculiar manera de querer conjugar el voto clásico de pobreza con la posesión de bienes personales‒. El objetivo era configurar a los candidatos de acuerdo al ideal de hombre que proponía Figari en su ideología religiosa. Y para ello se buscaba modelar todos los aspectos de la persona: el físico, el psíquico, el espiritual. Para lograr esto no se escatimaba en medidas que llegaban hasta el límite de lo humanamente tolerable. Y con el fin de garantizar en lo posible que no hubiera influencias ajenas, se generaba un entorno aislado del mundo externo, lo cual implicaba no tener acceso a periódicos, revistas, televisión, radio durante todo el período de formación. Por lo general, no estaban permitidas las visitas de familiares, aunque ocasionalmente se hacían excepciones. Asimismo, se tenía programadas y controladas todas las actividades de la persona, desde que se levantaba hasta que se acostaba. La vida privada era reducida a su mínima expresión. Ni siquiera era posible recibir correspondencia sin restricciones, pues todas las cartas eran abiertas y revisadas por el superior, quien decidía después de haberlas leído si las entregaba al destinatario o no.

Los ejercicios físicos constituían uno de los mayores retos cuando se pasaba un período de formación en San Bartolo. Tras ser despertados a tempranas horas de la mañana, a eso de las seis, venían dos horas que debíamos dedicar a hacer ejercicios fisicos (abdominales, cuclillas y planchas de diferentes tipos), correr una determinada distancia y, finalmente, nadar una o dos veces ida y vuelta hacia la “isla”. Estos ejercicios se repetían al mediodía durante aproximadamente una hora, con el consiguiente recorrido a nado hacia la “isla”. Poco antes de las cuatro de la tarde, después de la siesta, había que nadar otra vez hacia la “isla”. Al principio, era duro acostumbrarse a esta rutina, pero con el tiempo se conseguía, aunque nunca faltaron problemas de salud o lesiones en alguno que otro de los candidatos debido a algunos excesos en los ejercicios.

Curiosamente, las tres veces que viví en San Bartolo, en la comunidad Inmaculada del Rosario ‒de diciembre de 1984 a mayo de 1985; de agosto a diciembre de 1987; de diciembre de 1992 a julio de 1993‒, me sobrevinieron dolencias de cierta gravedad, aunque sólo dos de ellas estén relacionadas directamente con los ejercicios físicos.

La primera vez se debió a que Emilio Garreaud, observando los materiales de construcción que había por todas partes en los exteriores, debido a que todavía no habían terminado los trabajos de remodelación de la casa, tuvo una ocurrencia y me ordenó que hiciera cuclillas con un saco de cemento de unos 25 kilogramos sobre los hombros. Cuando Garreaud le dijo a Juan Carlos Quiñe que hiciera yo mismo, yo le indiqué lo peligroso que podía ser esto, pues Juan Carlos sufría de la espalda. Garreaud hizo caso omiso de mis indicaciones, y tuvimos que hacer los ejercicios con esta carga, convencidos de que era lo mejor, pues al superior había que obedecerle y «el que obedece, no se equivoca», además de que «el superior sabe mejor que uno mismo lo que es bueno para uno». Paradójicamente, no fue Quiñe quien sufrió las consecuencias de los ejercicios, sino yo, pues me sobrevino ese día un dolor de espalda fuerte y persistente. Y sucedió que en aquellos días el Papa Juan Pablo II venía por primera vez de visita al Perú y se había previsto que los miembros de la comunidad debíamos estar en la Plaza Mayor de Lima para recibir con toda la multitud al Sumo Pontífice. Yo no quería perderme ese momento. De modo que Emilio me prestó una faja ortopédica que él usaba en ocasiones, para que por lo menos ya no sintiera tanto el dolor. El remedio terminó siendo peor que la enfermedad. El día 1° de febrero tuvimos que acudir con anticipación al centro de Lima para poder acceder a la Plaza Mayor de la ciudad. Y cuando digo «con anticipación», me refiero a una cantidad considerable de horas. De este modo, llegamos temprano a nuestro destino y la espera del Papa se prolongó ocho horas, durante las cuales estuve de pie en medio de la multitud, soportando estoicamente los dolores como mejor podía. Al final hizo aparición Su Santidad, hubo la euforia esperada, los gritos de aclamación y la sensación de estar presenciando un acontecimiento único, pero después, cuando regresamos a San Bartolo, mi situación era tal, que no podía doblar el cuello para mirarme la punta de los pies sin que me asaltaran fuertes punzadas en la espalda que me hacían retorcerme de dolor. De modo que durante los siguientes días yo fui el designado para quedarme en la casa, acompañado de Rafael Ísmodes ‒uno de los sodálites de mejor calidad humana que he conocido‒, el cual vivía en la otra comunidad y había sido elegido para quedarse precisamente porque era quien más ansiosamente había manifestado sus deseos de ver al Papa en vivo. Al día siguiente hubo un encuentro de los jóvenes con el Papa Juan Pablo II en el Hipódromo de Monterrico, y Rafael y yo nos quedamos viendo el evento por televisión ‒yo sentado en posición vertical sin apenas moverme‒, mientras todos los demás miembros de la comunidad acudían al encuentro, ante la sana envidia de Rafael. Necesité una semana de reposo para recuperarme.

La segunda vez que estuve en San Bartolo me apareció un punto blanco en la garganta que pronto se extendió hasta convertirse en una bola de materia infectada. No sé qué pudo ocasionar la infección. Lo cierto es que tuve que ser llevado a un médico especialista en Lima y recibir una inyección de antibióticos para luego continuar el tratamiento con pastillas.

La tercera y última vez, probablemente debido a los ejercicios severos y a que yo ya no contaba con el físico requerido ‒estaba por cumplir los 30 años de edad‒, se me inflamaron los tendones de la espalda al punto de que no podía caminar sin apoyarme en las paredes. El médico que me trató me puso una inyección directamente en los músculos dorsales afectados, y durante la siguiente semana tuve que guardar cama y recibir a diario inyecciones intramusculares. El 6 de mayo, día de mi cumpleaños, lo pasé en cama.

Desde la primera a la última vez que estuve en San Bartolo, poco cambió en el estilo de vida que se lleva en las casas de formación. He de reconocer que las medidas que se tomaban para salvaguardar la salud e integridad física de los candidatos no siempre fueron suficientes, sobre todo cuando el oleaje era fuerte y el riesgo de estrellarse contra las rocas en la “isla” o en los espigones era grande. Pues la obligación de nadar ida y vuelta hacia la “isla” se mantenía aunque la mar estuviera brava. Si a eso le sumamos otras imprudencias, como, por ejemplo, hacernos entrar de noche al mar en una zona llena de rocas y peñas cubiertas de estrellas de mar y erizos marinos, donde la olas reventaban con fuerza, debemos dar gracias a Dios de que no hayan pasado cosas peores.

Algunas de las lesiones que uno adquiría en San Bartolo eran curiosas, como la costra que se formaba en el lugar donde la espalda pierde su nombre debido a los cuantiosos abdominales que teníamos que hacer, o las fisuras en la zona anal que adquirieron un par de muchachos por saltar desde un peñón de la “isla” al mar, sin tener noción ni experiencia de qué posición adoptar a fin de no hacerse daño cuando se salta al agua desde esa altura. Pero todo eso también era parte de la formación. La seguridad de las personas tenía una prioridad menor que el cumplimiento de los objetivos o el aprendizaje del arrojo y la valentía, aunque ello implicara cometer actos que pusieran en riesgo la integridad física de las personas. O incluso que pusieran en riesgo su vida.

El 29 de julio de 2011 se ahogó en la playa Santa María ‒ubicada muy cerca del balneario de San Bartolo‒ un muchacho brasileño que estaba en compañía de miembros de las comunidades sodálites de formación. Todo parece indicar que se trataba de un emevecista del Brasil al que se consideraba como un posible candidato al Sodalicio y, por lo tanto, se le había llevado de visita a las comunidades de formación de San Bartolo para mostrarles el lado benévolo y atrayente del estilo y la disciplina sodálites. Era una práctica común hacer esto con muchachos que todavía estaban indecisos, para que se sintieran alentados por el tipo de vida aventurera y la exigencia “heroica” que se practica en San Bartolo, además de hacer que se sintieran acogidos en una comunidad que supuestamente respondía a las inquietudes propias de esa edad. José Enrique Escardó, quien se halla en las antípodas de mis convicciones personales sobre temas como la fe, Dios y el sentido de la existencia, ha hecho sin embargo un análisis con una lógica sólida y rigurosa sobre cómo los medios “informaron” ‒o mejor dicho, “desinformaron”‒ sobre este asunto (ver http://elquintopie.blogspot.de/2011/08/misterios-no-tan-santos-detras-de-la.html).

En ese entonces, frente a uno de los comentarios de alguien que afirmaba:  «Accidentes así pasan. […] Así que en una noticia [se] diga que existen responsables sobre la muerte de Joao es totalmente injusto y parcial», yo repliqué lo siguiente:

«Es cierto que un accidente es un evento inesperado, no previsto, no deliberado, no querido por nadie. Sin embargo, eso no significa que no hayan responsables, pues en la mayoría de los accidentes hay una fuerte dosis de falta de previsión e irresponsabilidad por parte de alguno o algunos de los participantes. Por eso mismo se suele investigar las circunstancias que llevaron a que ocurriera el accidente para determinar las responsabilidades.

Dado que es peligroso ingresar a un mar con fuerte oleaje y corrientes traicioneras, me pregunto:

  • ¿Se tomaron todas las medidas de seguridad del caso?
  • ¿Se aseguraron los acompañantes de que estuviera presente un salvavidas o alguien con una formación profesional similar?
  • ¿Se contaba con chalecos salvavidas, boyas o botes inflables para prevenir una situación de riesgo?
  • ¿Había la certeza de que el joven brasileño podía afrontar el oleaje con éxito?
  • ¿Se alentó al muchacho a entrar al mar, sin medir las consecuencias que ello podía tener?
  • ¿O se subestimó el peligro, asumiendo la irresponsable filosofía del “no pasa nada”, es decir, como nunca ha pasado nada de trágicas consecuencias, tampoco ahora tiene por qué pasar?

Si me dicen que el muchacho entró por voluntad propia, sin que nadie lo haya alentado a eso, más bien habiendo los otros buscado impedir que lo haga, la responsabilidad recaería principalmente sobre la víctima. Pero no fue esto lo que pasó, según se deduce de los hechos. Lo injusto y parcial sería no investigar nada, y enterrar el asunto como si nadie hubiera tenido la culpa. Porque aquí estamos hablando de algo que podría ser considerado como un caso de homicidio culposo o por negligencia.»

Lo cierto es que parece que el asunto nunca fue investigado a fondo, y, como suele ocurrir en el Perú, no hubo responsables ni culpables del accidente. Sería interesante conocer la versión del Sodalicio, pues podría aportar información que confirme o refute las hipótesis que hemos planteado. Mientras tanto, que cada quien saque sus conclusiones.

Como anéccdota curiosa en relación a los ejercicios físicos, puedo contar lo siguiente. José Luis Zavala, un muchacho alto, simpático y de carácter sencillo, a quien llamábamos con el sobrenombre de “Babalu”, originó, sin quererlo, un término propio de la jerga sodálite y emevecista, que se usa hasta ahora. Como no le era tan fácil hacer los abdominales, con frecuencia hacía pausas prolongadas, quedándose echado. El superior o el encargado de supervisar los ejercicios, cuando se deba cuenta de esto, le decía: «no te eches, Babalu, no te eches». Con el tiempo, la expresión “no te eches” llegó a ser equivalente a “esfuérzate, no te rindas, sigue adelante”, y el adjetivo “echado” comenzó a utilizarse para designar a toda persona que no hacía esfuerzos para superar los retos que se le presentaban. Esta terminología sólo se entiende dentro de los ámbitos de la Familia Sodálite, y resulta extraña e incomprensible para quien viene de otros ambientes. Forma, junto con otros términos, una jerga propia de los sodálites y emevecistas, que no es otra cosa que un un lenguaje plagado de frases hechas o clichés con la función de adoctrinar, a la vez que mantener un cierto control del pensamiento verbal mediante el control del lenguaje.

Una vez terminados los ejercicios, el resto de la jornada estaba dedicado a las actividades espirituales (Laudes, Completas, oración mental o meditación, rosario, lectura bíblica, lectura espiritual y lectura de los escritos del Fundador, visitas al Santísimo Sacramento, ocasionalmente Misa) y al estudio, siguiendo un programa de formación. Quien había estado siguiendo estudios en alguna universidad, solicitaba licencia para dejar de estudiar durante uno o dos semestres. Pero quienes estudiaban en la Facultad de Teología Pontifica y Civil de Lima, iban temprano en un minibús que pertenecía a la comunidad y regresaban a la hora del almuerzo. También se programaban cursos internos para inculcarnos la visión propia del Sodalicio en temas teológicos, bíblicos, históricos y de doctrina social. A Figari no le interesaba que los candidatos desarrollaran un pensamiento propio, sino que asumieran el que él tenía y usaran sus capacidades intelectivas sólo para profundizarlo y difundirlo, nunca para cuestionarlo.

En líneas generales, se vivía una exigencia extrema, que producía una continua tensión, a lo cual se sumaban los castigos más insólitos frente a cualquier falta. Incluso había sanciones que no obedecían a ninguna falta que pudiera haber cometido el implicado, sino que tenían la única finalidad de romper toda resistencia interna y hacer que el sujeto estuviera dispuesto a obedecer ciegamente sin rechistar. Una de estas medidas, por ejemplo, era conocida como el “huracán”, que consistía en que alguien enviado por el superior ingresaba al espacio asignado a la víctima en alguno de los dormitorios compartidos, cuando ésta se hallaba ausente, desordenaba la cama, incluso retirando el colchón de su sitio, y sacaba toda la ropa de los armarios y la desperdigaba por todas partes, convirtiendo el aposento de la persona afectada en una zona de desastre. Si bien esta medida se aplicaba con toda seguridad al menor desorden que hubiera en el sitio que a uno le correspondía, también era factible que se efectuara cuando todo estaba impecable y en su sitio. El inquilino del cubículo tenía la obligación de volver a poner todo en su lugar, de manera impecable, sin manifestar la más mínima queja, pues ello podía conllevar la aplicación de castigos adicionales.

También podía ocurrir durante alguna de las comidas que el superior le volteara el plato de comida en la cabeza a uno de los comensales. Una vez entré a la cocina durante un almuerzo para traer platos servidos, y cuando regresé quien estaba sentado al lado del superior tenía una raja de tomate encima de la cabeza y una hoja de lechuga sazonaba le colgaba de la oreja. El sujeto permanecía tranquilo con cara de palo, pues protestar o manifestar desagrado podía ser motivo de que se repitiera la medida en otra ocasión o se aplicaran otras medidas penitenciales.

Sea como sea, era frecuente que las penitencias no guardaran proporción con las faltas que se pretendía castigar. Recuerdo que a “Pepe” Quezada le correspondía ir de compras al mercado de San Bartolo y cometió el error de poner una papaya en el fondo de la bolsa. Cuando llegó a la casa, la papaya estaba completamente aplastada bajo el peso de todos los demás productos. Su castigo fue dormir en la noche con la papaya amarrada al cuello. Amaneció al día siguiente embarrado con la pulpa de la fruta y sobre unas sábanas llenas de manchas de color naranja. Otro castigo podía ser, por ejemplo, pasar hasta una semana alimentándose sólo de pan y agua, o incluso peor, de lechuga y agua. Quienes eran sometidos a este régimen debían estar presentes durante todas las comidas y ver cómo los demás se llevaban a la boca los alimentos que a ellos les estaban prohibidos. Uno de los castigos más frecuentes era el incremento de los ejercicios o de las veces que se tenía que nadar hacia la “isla”.

La privación de sueño también era moneda corriente en San Bartolo. Comenzando porque la hora de acostarse siempre se hallaba alrededor de la medianoche. Podía ocurrir que se programara vigilias nocturnas durante la madrugada para rezar en adoración al Santísimo Sacramento en la capilla, en turnos de una hora. Uno se tenía que despertar en la madrugada para cumplir con su turno. Pero también podía ocurrir que, sin motivo alguno, el superior entrara pasada la medianoche a despertar a todos para hacer un poco de ejercicios y luego darse un chapuzón nocturno en la mar fría.

José Enrique Escardó fue el primero que detalló por escrito estas prácticas en unos artículos incendiarios que escribiera para la revista Gente. En estos artículos hay que distinguir entre los mismos hechos que se narran y el estilo anticlerical exaltado y florido que emplea el columnista, empleando el recurso retórico de presentarse como una especie de Anticristo ‒reminiscente del discurso del filósofo alemán Nietzsche‒ que viene a denunciar “proféticamente” a una Iglesia hipócrita y abusadora. Lamentablemente, la forma que empleó fue utilizada como argumento en su contra y finalmente hubieron presiones de tipo económico sobre Enrique Escardó, su padre y director de la revista, para que su hijo dejara de redactar artículos con esa temática. Los contenidos mismos de los artículos quedaron sin respuesta, y José Enrique fue desacreditado como una persona que había perdido los cabales y, que por lo tanto, no era fiable ni creíble en lo que contaba. Es ésta la táctica que siempre ha usado el Sodalicio para silenciar a aquellos que lo critican.

Sin embargo, no obstante que yo mismo no puedo estar de acuerdo con la postura anticristiana y anticlerical de José Enrique, tengo que admitir que los hechos que narra sucedieron efectivamente y eran prácticas comunes en San Bartolo. Entre ellas se cuenta:

  • hacer dormir a algunos miembros de la comunidad en la escalera;
  • burlarse de los complejos y defectos físicos y psíquicos de algunos, con el pretendido fin de que aprendieran a reírse de sí mismos y tener una actitud independiente y desprendida hacia sus propios defectos;
  • pasar la noche en vela en la capilla;
  • hacer mezclas repugnantes con la comida (como, por ejemplo, echarle ketchup, mostaza, sal y pimienta al arroz con leche) y hacérsela comer a la persona afectada;
  • hacer en ocasiones que la gente nadara hasta la “isla” con ropa puesta.

Muchas veces se ha comparado todas estas medidas con las que se aplican en la formación militar. De hecho, el estilo de vida que se llevaba en San Bartolo pretendía ser la plasmación perfecta de la máxima “Mitad monje, mitad soldado”, considerada en el Sodalicio hasta los años ’80 como irrenunciable, pero que sin embargo fue vetada y retirada de circulación en la década de los ’90.

Admito que todo esto no era cosa que una persona joven y con cierto temple físico no pudiera aguantar. Y aún cuando muchas de las prácticas de formación eran humillantes y llevaban la resistencia humana hasta el límite, los que estaban allí formándose aceptaban todo como si fuera lo más normal del mundo. Más aún, sabían lo que les esperaba en San Bartolo ‒aunque nunca faltaban las sorpresas‒. Y tomaban todas las pruebas como retos que había que asumir y superar, con ánimo alegre y entusiasta, sin que se les ocurriera protestar o negarse a cumplir las órdenes. ¿Cómo se explica esto?

Una persona en sus sanos cabales no aceptaría este tipo de trato. Muy distinto es el caso de personas cuya capacidad de decidir con libertad ha sido secuestrada y condicionada mentalmente, sin que ella sea consciente de ello. Veamos. El terapeuta Steven Hassan, autor del libro Cómo combatir las técnicas de control mental de las sectas (Combatting Cult Mind Control, 1988), señala cuatro componentes de lo que él llama “control mental”:

  1. Control del comportamiento, que «es la regulación de la realidad física del individuo. Incluye el control de su entorno ‒el lugar donde vive, qué ropas viste, qué come, cuántas horas duerme‒ así como su trabajo, rituales y otras acciones que realiza».
  2. Control del pensamiento, que «incluye un adoctrinamiento tan profundo de los miembros que éstos interiorizan la doctrina del grupo, incorporan un nuevo sistema de lenguaje, y utilizan técnicas de interrupción del pensamiento para mantener la mente “centrada”».
  3. Control emocional, que «intenta manipular y reducir el alcance de los sentimientos del individuo. El miedo y la culpa son las herramientas necesarias para mantener a la gente bajo control. La culpa es, con toda probabilidad, el arma emocional más sencilla y eficaz que existe para conseguir la conformidad y la sumisión».
  4. Control de la información, que «es el último componente del control mental. La información es el combustible que utilizamos para que nuestra mente funcione correctamente. Niéguele a un individuo la información que necesita para emitir un juicio acertado y será incapaz de hacerlo. La gente permanece atrapada en las sectas destructivas porque no sólo se le niega el acceso a una información crítica sino que además ha sido despojada del mecanismo interno necesario para procesarla. El control de la información tiene un impacto tan dramático como devastador».

Estos cuatro componentes han estado presentes de una u otra manera en las estrategias que ha empleado el Sodalicio para captar adeptos y mantenerlos. De este modo, todas las actividades de la persona ya están programadas desde que se levanta hasta que se acuesta y se le exige dar cuenta de ella través de un control minucioso que se expresa en el “examen de conciencia” diario y en las listas de actividades cumplidas que había que rellenar, además de que se controla hasta la apariencia física y la ropa que se viste (control del comportamiento). El adoctrinamiento era constante, de modo que había que asumir como propia la ideología religiosa de Luis Fernando Figari, leer y estudiar sus escritos continuamente, y aprender y utilizar una terminología propia de la institución sodálite y organismos asociados y que sólo se usa en esos ámbitos, así como cortar de raíz cualquier pensamiento crítico que a uno se le pasara por la cabeza (control del pensamiento). Las frecuentes intromisiones en la propia psique a través de dinámicas grupales agresivas y conversaciones personales que asemejaban interrogatorios, buscando que uno se autoinculpara continuamente y se sintiera una mierda, así como la inducción del miedo a desobedecer, más aún a irse, por las supuestas terribles consecuencias que ello podría traer consigo, no son otra cosa que un control emocional que disminuye la libertad de los individuos. Y la supervisión de lo que uno leía y veía (libros, revistas, televisión, películas), habiendo incluso libros permitidos y de lectura obligatoria, y otros cuya lectura estaba vetada, no es otra cosa que un control de la información, que llegaba a extremos cuestionables con la interceptación y revisión de la correspondencia escrita.

Todo esto encontraba su máxima expresión en San Bartolo. La mayoría de los muchachos que se han formado allí no eran conscientes de que estaban siendo sometidos a mecanismos de control mental. Por lo tanto, resulta problemático afirmar que todos se encontraban allí por libre voluntad. Y eso se reflejaba en el hecho de que, para muchos de ellos, el período de formación en San Bartolo sólo era soportable gracias a que se sabía que en algún momento iba a terminar. Se aceptaba pasar un año allí, o a lo más dos años, porque se tenía la certeza de que no toda la vida se iba a vivir bajo el mismo régimen. Aunque también se han dado muchos casos de personas que no aguantaron ese estilo de vida y terminaron yéndose antes. Como sucedió en el caso del mismo José Enrique Escardó, o aquel otro caso que él menciona en uno de sus escritos, «cuando uno de los chicos que se escapó de ahí antes que yo y todos nos reunimos para que el superior de nuestra comunidad nos dijera que “ya ni siquiera vale la pena rezar por él porque se ha perdido”».

San Bartolo era incluso para los sodálites un lugar donde valían otras leyes, donde estaba permitido correr riesgos que no se permitirían en otros contextos. Recuerdo que cuando llegué a Inmaculada del Rosario en el año 1987, en Nuestra Señora de Guadalupe tenían un problema serio con los desagües. Como ocurre en muchas casas del balneario, las tuberías de desagüe terminaban en un silo subterráneo, donde se iban sedimentando los excrementos que se degradaban biológicamente y eran absorbidos de manera natural por el subsuelo. Cualquier sustancia extraña que terminara en el silo, como, por ejemplo, papel higiénico, interfería con este proceso de absorción y podía generar incluso un atoramiento del sistema. Y eso era precisamente lo que había pasado. Los excrementos habían llegado a rebalsar el silo y en toda la casa se sentía un penetrante olor a mierda. La solución no fue llamar a un servicio técnico de mantenimiento. Ya sea porque los costos de un servicio de esta naturaleza no estaban en el presupuesto, ya sea porque el superior consideró que se presentaba una ocasión para formar a los miembros de la comunidad en la resistencia y reciedumbre, se dio la orden de vaciar el silo para eliminar los cuerpos extraños que podían estar causando la obstrucción. Pero esto no podía hacerse a plena luz del día. De modo que durante un par de semanas los miembros de la comunidad tuvieron que pasar la noche en vela por turnos de una hora, sacando cubos cargados de mierda que era arrojada directamente a la bahía, en los mismos lugares destinados a los bañistas. Afortunadamente, como era temporada de invierno, casi nadie se metía al mar en esa época. Digo “casi” nadie, porque los miembros de la comunidad siguieron nadando hacia la “isla” todos los días. Pero el mayor riesgo para su salud no estaba en las zambullidas marítimas, sino en el trabajo mismo en el silo. Para poder resistir el hedor y las emanaciones gaseosas provenientes de la mierda acumulada, trabajaban con pañuelos en la cara y ocasionalmente recibían un trago de ron. Finalmente, el problema del silo se solucionó, aunque no creo que la solución haya contribuido precisamente a mejorar el medio ambiente, ni que las autoridades municipales, de haberse enterado, hubieran visto con satisfacción lo que hacían los sodálites de noche.

Figari era consciente del carácter especial que tenía San Bartolo como laboratorio donde podía moldear a los jóvenes de acuerdo al ideal de “hombre nuevo” que él planteaba. Por eso mismo, visitaba con frecuencia las comunidades de San Bartolo, cosa que no hacía con las demás comunidades de Lima. Durante esas visitas, el encargado de temporalidades (el responsable en cada comunidad de administrar el dinero de acuerdo a un presupuesto y de adquirir los suministros necesarios en alimentos y artículos de aseo y limpieza de la casa) debía proveerse de lo necesario para satisfacer cualquier antojo que tuviera Figari. De preferencia, había que preguntarle con antelación, antes de que saliera de Lima y viniera a la casa, qué le gustaría comer. Y había que tener en stock diferentes bebidas gaseosas ‒productos que, por lo general, no se consumían en las comunidades sino muy excepcionalmente‒. En caso de que no hubiera disponible lo que a Figari se le antojaba, el encargado corría el riesgo de ser castigado, pues Figari consideraba que todo sodálite debía adelantarse a los deseos del superior y comenzar a cumplirlos incluso antes de que hubieran sido formulados verbalmente.

Cuando Figari estaba presente, todas las actividades de la casa se paralizaban y todos los miembros de la comunidad se reunían con él y estaban pendientes de cualquier palabra que dijera. No era extraño que el superior preguntara después, una vez que Figari había regresado a Lima, qué era lo que había dicho, y pobre de aquel que no tuviera memoria suficiente para recordarlo. Figari, quien siempre venía acompañado, por lo general de Juan Carlos Len, su sempiterno secretario personal, solía hacer preguntas insólitas que incomodaban a los presentes pero a la vez generaban en ellos una especie de fascinación, desarrollando una especie de juego psicológico que quería transmitir la impresión de que conocía a todos hasta lo más profundo de su alma y nada se le podía ocultar, con la aparente finalidad de inducir una dependencia hacia su persona.

Por otra parte, Figari solía mostrar interés por la contextura física de los jóvenes que estaban en formación y verificaba palpándolos si los músculos abdominales se habían desarrollado y fortalecido lo suficiente de acuerdo a su criterio. O le pedía a alguno de los presentes que le diera un puñetazo en el vientre al candidato que estaba examinando, a fin de verificar la resistencia física del susodicho. Lo paradójico es que el ideal de un sodálite como un hombre sano espiritual y físicamente, expresado en un cuerpo vigoroso capaz de una resistencia por encima del promedio, se aplicaba a los más jóvenes, pues los sodálites de mayor edad ‒incluyendo al mismo Figari‒, salvo algunas excepciones, no tenían contexturas físicas apolíneas ni tampoco la costumbre de ejercitarse físicamente. Una de esas excepciones era Germán Doig, quien siempre mantuvo un físico saludable y practicaba deporte (fulbito) con regularidad, por lo cual su temprana muerte a los 43 años de edad debido a una insuficiencia cardíaca sorprendió a más de uno. Figari quería que los jóvenes fueran corporal y espiritualmente sanos, y sobre todo que le rindieran una obediencia absoluta, que implicaba estar pendientes de su voluntad incluso antes de que la expresara manifiestamente. Algunos de estos jóvenes serían seleccionados posteriormente para ir a formar parte de la comunidad que habitaba la amplia casa de Santa Clara (en las afueras de Lima) donde vivía el mismo Figari, en la misma zona donde se hallan el exclusivo hotel El Pueblo y el restaurante Granja Azul.

Ciertamente era un mundo raro. Y a ese mundo raro me había dirigido yo, no con la intención de quedarme, sino para hablar con un amigo en quien podía confiar, Miguel Salazar, entonces superior de la comunidad de Nuestra Señora de Guadalupe. Llegué como una figura fantasmal al centro de formación Inmaculada del Rosario, donde los jóvenes ya estaban realizando en la terraza los ejercicios de la mañana. Uno de ellos, Antonio, me hizo pasar a la casa, con un rostro que no ocultaba su consternación ante lo inaudito de la situación. El superior de la comunidad, Gonzalo Len ‒actualmente sacerdote sodálite‒ se comunicó por teléfono con Miguel Salazar, avisándole que yo lo estaba buscando. Después vino Miguel a la casa, donde pude conversar con él y descargar mi corazón entre amargas lágrimas. Me dijo que se había puesto en comunicación con Alfredo Garland, el superior de la comunidad Nuestra Señora del Pilar en Barranco (Lima), y habían tomado la decisión de que terminara mi retiro espiritual en San Bartolo. De modo que tomé posesión de una habitación con una sola cama, dispuesta para visitantes o para sodálites que tuvieran que hacer ejercicios espirituales en San Bartolo. El retiro se efectuó sin las restricciones draconianas que me habían impuesto en Barranco, lo cual me permitió reflexionar sobre mi vida, mi situación actual, mis aspiraciones, mi relación con Dios ‒en quien nunca perdí la confianza‒ y mis perspectivas a futuro. La primera noche, en una pesadilla que tuve, sentí que el Diablo en persona se reía cruelmente de mí. Fue algo tan vívido, que tuve la impresión de que efectivamente había sucedido en la realidad lo que había experimentado en sueños. Pero más allá de esto, esos días me permitieron recobrar cierta tranquilidad.

Una vez finalizado el retiro ‒que se extendió hasta después de Navidad‒, esperaba que todo hubiera sido sólo un incidente pasajero y pudiera reincorporarme a la comunidad de Barranco. No fue así. Miguel Salazar vino a traerme la noticia que me cayó como un baldazo de agua fría: se había decidido que me quedara en San Bartolo por tiempo indefinido. Tuve la sensación de haber sido enviado a la Siberia, pues lo que hacía soportable todos los rigores de ese estilo de vida era precisamente su carácter de experiencia temporal. Estar allí sin saber cuándo iba a tener fin la estadía era una idea difícil de soportar, y que poco a poco haría germinar en mí el deseo de abandonar la vida consagrada. Pero ello implicaba un riesgo, pues según lo que nos habían metido entre ceja y ceja, quien estaba llamado por Dios a una vocación determinada, ponía en riesgo su felicidad y su salvación eterna si seguía otro camino. Fue de este modo que se iniciaron siete meses de tortura interior, donde vacilaría entre la opción de encontrarme con la muerte ‒no por mano propia, sino en virtud de algún accidente fatal que ansiaba que me ocurriera‒ o de encontrarme con la vida ‒gracias a alguna señal divina que me indicara que debía recorrer los caminos del común de los mortales, aunque todavía a la sombra del Sodalicio‒. Fue esto último lo que sucedió, aunque el recorrido interior que tuve que realizar fue tortuoso y estuvo cargado de dudas e incertidumbre. Aunque todavía no era plenamente consciente de ello, había por fin iniciado mi largo camino hacia la libertad.

Continúa en SODALITIUM 93: ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE

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A través de los enlaces correspondientes se puede acceder a los siguientes materiales de referencia:

Los artículos de José Enrique Escardó en su columna “El quinto pie del gato” en la revista Gente (N° 1348-1353), publicados entre octubre y noviembre de 2000.
https://www.scribd.com/doc/286079728/Los-abusos-de-los-curas

Cómo combatir las técnicas de control mental de las sectas (Steven Hassan, 1988)
https://libroweb.wordpress.com/2007/10/18/como-combatir-las-tecnicas-de-control-mental-de-las-sectas-steve-hassan/

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EL CULO DEL TÍO SAM O DE LA INSÓLITA REALIDAD

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El Carnaval de Colonia no sólo es una de las celebraciones más festivas de Alemania, sino también una circunstancia para dejar en suspenso el orden y la disciplina que los estereotipos asocian con lo propiamente alemán. Y también ocasión para la burla socarrona, el chiste grueso y la sátira política más mordaz y sin concesiones. Lo cual se expresa en algunos de los carros alegóricos que circulan por las calles en medio del mar de bufones y gente disfrazada que pueblan la ciudad durante estos días.

La última vez circuló un carro alegórico que representaba al Tío Sam, símbolo de los Estados Unidos, inclinado hacia delante y con el culo al aire, del cual salía Angela Merkel, la canciller alemana, sonriendo y con actitud oronda, enarbolando dos banderas estadounidenses. No era la primera vez que el culo del Tío Sam era paseado por el centro de Colonia albergando a huéspedes ilustres.

Y esto que es una simple alegoría refleja una realidad que molesta a muchos alemanes, a saber, la obsequiosidad que siempre ha manifestado el gobierno actual de la Tía Angela hacia el país imperialista de América del Norte. Y que ha llevado a la implementación de algunas medidas prestadas del capitalismo neoliberal, con el consiguiente debilitamiento del estado social alemán. Además de que, a diferencia del anterior canciller Gerhard Schröder, que se negó a colaborar con los Estados Unidos en la invasión de Irak, la Merkel ha prestado su dudosa colaboración a las empresas comerciales, expansionistas y militaristas del Imperio Americano. Y esto se ha hecho más evidente cuando ha salido a la luz, gracias a las revelaciones del informante Edward Snowden, que el BND (Bundesnachrichtendienst – Servicio Federal de Inteligencia) no sólo ha empleado el software XKeyscore, suministrado por la NSA (National Security Agency), para espiar masivamente a ciudadanos alemanes, sino que ha compartido toda esta información con sus pares de los Estados Unidos. La credibilidad de la Tía Angela se ha venido en picada desde sus primeras declaraciones diciendo que no sabía nada hasta las consiguientes respuestas evasivas, sin dejar nada en claro ni plantear una propuesta definida de qué medidas se van a tomar.

No obstante que la CDU (Christliche Demokratische Union) de los democristianos, liderada por Angela Merkel, en eterna alianza con los socialcristianos de la CSU (Christlich-Soziale Union) de Baviera, dice basarse en los principios éticos y sociales del cristianismo, nunca ha gozado de mis simpatías debido a una ideología tendiente hacia el capitalismo neoliberal y su falta de preocupación por lo social. Nunca he votado por ellos. Mis votos siempre han ido al SPD (Sozialdemokratische Partei Deutschlands, partido de los socialdemocrátas), Die Grünen (Los Verdes, el partido ecologista), Die Linke (La Izquierda) o incluso al Partido Pirata Alemán (Die Piraten). Aún así, en las próximas elecciones a efectuarse este año, la Merkel lleva todas las de ganar, no porque sea la mejor opción, sino porque los candidatos de los demás partidos carecen de carisma y son actualmente peores que ella. Va a suceder lo que pasa en las elecciones peruanas desde que tengo memoria: hay que elegir entre el malo y el peor. O dicho de otra manera, de entre todas las mierdas, la que menos apesta.

Toda esta situación, que nos muestra lo surrealista que puede llegar a ser la realidad, donde no impera la razón sino la locura y la desmesura ‒como en el Carnaval de Colonia‒, me ha llevado a desempolvar un antiguo texto que escribí allá en el año 2006 y que reproduzco a continuación.

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DE LA INSÓLITA REALIDAD

Kirrweiler, 4 de enero de 2006

Está muy difundida la creencia de que Alemania es el país del orden, de las reglas, de lo sistemático. Si bien hay algo de cierto en esto, la misma realidad no se deja encorsetar y suele escaparse frecuentemente por válvulas de irracionalidad, fantasía y surrealismo. Comenzando porque en este país, donde la puntualidad se da por sobreentendida, es frecuente que los trenes lleguen retrasados, hasta media hora inclusive. Por más que el sistema genera reglas a fin de que la realidad se vuelva cada vez más previsible y manejable, lo insólito surge en el momento más inesperado. Les cuento aquí algunas de las cosas que he visto:

– Cuando en noviembre del 2002 llegué a Berlín, me comuniqué con la Mitfahrtzentrale a fin de conseguir un viaje barato hacia Wuppertal, mi siguiente destino. La Mitfahrtzentrale es un servicio que media entre personas que quieren viajar a determinados destinos y personas poseedoras de vehículos que viajan precisamente a esos destinos y buscan gente que les acompañe, a fin de compartir los gastos de viaje. De este modo, se viaja más barato que en tren. En este caso, mis acompañantes fueron una chica y dos chicos totalmente vestidos de cuero negro, el pelo pintado de amarillo, verde, rojo y naranja y el rostro cubierto en orejas, narices, labios y cejas de múltiples piezas de metal (piercing le dicen). Fue un viaje de ocho horas al compás de la música de los Rolling Stones. Una total experiencia punk. La apariencia fue lo único salvaje en estos muchachos, que se comportaron en todo momento amablemente, como buenos miembros del sistema.

– En el último carnaval de Colonia ‒que se celebra durante los días anteriores al Miércoles de Ceniza‒ uno de los carros alegóricos portaba una enorme estatua del Tío Sam, símbolo de los EE.UU., agachado hacia adelante y con el trasero al aire, del cual salía a modo de mierda una imagen del Presidente Bush. El año anterior habían paseado a Gerhard Schröder y Angela Merkel, el anterior y la actual canciller, totalmente en cueros ‒es decir, no con trajes de cuero, sino sin ningún traje en absoluto‒, con las partes que ustedes ya saben perfectamente reconocibles. Las celebraciones de Colonia también repercuten en las ciudades de alrededor, especialmente Düsseldorf, donde trabajé por dos años y medio. En los días cercanos al carnaval las estaciones de trenes pululan de brujas, piratas, vampiros, payasos, presos con trajes de rayas, bufones, animales humanizados, arlequines, etc., y la cerveza y el espumante corren a raudales, convirtiendo los vagones de los trenes en un regadero de botellas y latas tiradas. Son días de euforia en los que la gente baila, canta y bebe sin regla ni medida. Las oficinas del Arzobispado de Colonia también cierran en estos días.

– Este año la celebración de Navidad de la empresa donde actualmente trabajo fue en un hotel de Landau. A fin de amenizar la noche, sazonada con manjares exquisitos y bebidas abundantes ‒principalmente cerveza, vino y espumante‒, hubo algunas presentaciones cómicas de parte de algunos miembros de la empresa. La más alucinante consistió en ver al gerente general junto con su hijo y su yerno ‒que también trabajan en la empresa‒ y tres técnicos, todos con pañales, babero, chupón y un gorrito de Papá Noel, gateando y bailando al compás de la tonada nuevaolera “Speedy González” en español.

En cualquier momento uno puede encontrarse con personajes de lo más extraños y grotescos en estas tierras, como cuando vi una vez en Berlín en la estación del tren a una mujer de más de 60 años con vestimentas juveniles blancas y rosadas ‒blusa, falda, zapatillas y medias‒ al estilo de las muñecas Barbie, no pudiendo ocultar la patética juvenil envoltura los pliegues trágicos de una mustiedad decadente. O cuando uno se encuentra de repente a jóvenes que parecen pertenecer a tribus de la calle de un futuro apocalíptico ‒cuero negro, pantalones rotos, púas metálicas, pelo pintado‒, contoneándose al ritmo del punk-rock de Die Toten Hosen ‒el nombre del grupo se traduciría como “los pantalones muertos”‒.

Las imágenes de brujas, fantasmas y animales fantásticos adornan muchos de los paisajes que uno visita en estas tierras alemanas. El supuesto orden se halla salpicado siempre por cotas de fantasía y onirismo. El mundo moderno y tecnológico convive con tradiciones y creencias que se remontan al tiempo de los druidas y caballeros andantes.

Los alemanes se jactan de tener uno de las sociedades mejor organizadas del mundo. Aquí es común que las llaves estén numeradas y registradas, y no se puede hacer copias sin presentar la documentación que acredite que uno está autorizado a hacerlo. No hay tramo de pista automovilística que no esté debidamente señalizado. Hasta las aceras están señalizadas, de modo que se puede saber por dónde deben ir los peatones, por dónde los ciclistas y por dónde los caballos con sus jinetes. Para cada necesidad hay una institución responsable, que, previo rellenado de formularios detalladísimos, tramita las correspondientes solicitudes. Un cambio de vivienda implica informar al municipio del lugar ‒bajo pena de pagar una multa si no se hace‒ de que se está cambiando de dirección, a la vez que informar en el municipio del lugar de destino de la nueva dirección, junto con los datos de las personas que se están mudando. De este modo, se puede tener un control de quién vive dónde en todo el país.

Sin embargo, el exceso de normas y reglamentaciones no suele contemplar la flexibilidad y riqueza de la realidad, que suele presentar incontables excepciones. Y muchos alemanes se sienten incómodos ante estos casos excepcionales, que requieren de flexibilidad y comprensión humana. Me sucedió cuando estaba buscando trabajo que algunos de los puestos requerían llenar un formulario online en Internet. Una vez que constaté que mi currículum vitae no se adecuaba a los esquemas presentados ‒lo cual significaba que iba a tener que dejar muchos espacios sin rellenar y otras cosas no podía ponerlas en absoluto, pues no había espacio previsto para ellas‒, tuve que renunciar a presentar solicitudes para esos puestos. Por poner un ejemplo, se requería que indicara mi profesión. ¿Qué poner, cuando soy licenciado en teología, máster en administración y he trabajado como docente y traductor? El esquema prefijado sólo preveía una profesión. Y no contemplaba la posibilidad de que la experiencia laboral fuera divergente de la formación recibida. Es un caso más de muchos en que la realidad se presenta más compleja que los esquemas en que se la quiere encasillar.

La realidad suele ser tan insólita como la manera en que Dios actúa. Querer encorsetarla en formulismos no impide que ésta eclosione en manifestaciones de surrealismo en lugares y tiempos inesperados. Y mientras más fijas y esquemáticas sean las fórmulas en las que se quiere encasillar a la realidad, más insólitas serán sus fantásticas manifestaciones de surrealismo, afines al mundo de los sueños, que también forman parte de la inconmensurable realidad.

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Hasta aquí mis reflexiones. Y yo que vengo de un país, el Perú, conocido coloquialmente como “el país de las maravillas” ‒pues hasta lo más inimaginable puede suceder allí‒, encuentro que lo insólito también está presente aquí en Alemania, en una sociedad que se considera estructurada según principios racionales y donde todo parece funcionar eficazmente. Y no es así.

En todo caso, hay algunas cosas comunes con el Perú. Como el culo del Tío Sam, por ejemplo. Pues la mayoría de los políticos peruanos, desde que tengo memoria, encajarían perfectamente en ese honroso lugar: Alan García, Alberto Fujimori, Alejandro Toledo, Lourdes Flores, Pedro Pablo Kuczynski, Keiko Fujimori, Luis Castañeda y el actual Presidente Ollanta Humala. No es de extrañar, pues, que uno tenga la impresión de que el panorama político peruano ha sido siempre, en líneas generales, una gran cagada, donde los intereses del gigante del Norte, actualmente en decadencia, siempre han prevalecido sobre los intereses y aspiraciones de la población peruana común y corriente. Esperamos que algún día las cosas cambien. Pero ese cambio no podrá venir de una clase política que cree que el desarrollo sólo se logra mediante inversiones “canallas” que se pitorrean en las leyes laborales y sociales, en la identidad cultural de la gente y en el medio ambiente, sino de un pueblo que toma las riendas de su destino y hace nacer finalmente una democracia participativa regida por los principios de la justicia, la solidaridad y el bien común. No sé cómo se logrará esto. Pero es un sueño que tengo. Y de sueños también está hecha la realidad.