LA REVOLUCIÓN ROBADA

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Mujeres manifestantes en Petrogrado (febrero de 2017)

Hace cien años se inició la Revolución Rusa, acontecimiento que marcó la historia del siglo XX y cuyas consecuencias llegan hasta el día de hoy. Pues fue este acontecimiento el que encumbró la figura de Vladímir Ilich Uliánov (Lenin) hasta entonces una figura irrelevante en el panorama mundial y el que puso en la palestra del pensamiento político, social y económico las ideas de un intelectual que hasta entonces era uno más de los filósofos sociales del siglo XIX. Me refiero a Karl Marx, que hubiera caído en el olvido de no ser por la Revolución Rusa.

Sin embargo, la historia oficial que se nos ha contado oculta las circunstancias verdaderas que gatillaron este acontecimiento histórico. Pues la revolución no comenzó con Lenin —un pasajero que llegó tarde a la cita y que se trepó en un segundo momento al tren de un fenómeno social que ya estaba en marcha— ni tampoco fueron marxistas sus primeros protagonistas.

Las circunstancias para un estallido social ya estaban dadas desde hace tiempo en una Rusia con un régimen autocrático y represivo, donde el Zar hacía y deshacía como quería. La revolución de 1905, si bien fracasó, obligó al zar a instaurar la Duma, una asamblea legislativa que tuvo una vida muy corta y azarosa, sin que lograra ninguna de las reformas necesarias para la modernización de Rusia, nación anclada todavía a un sistema feudal que perpetuaba la miseria y la pobreza y que, a la vez, tenía un proletariado creciente en las grandes ciudades con una industria incipiente.

Ni siquiera el primer ministro Piotr Stolypin, un zarista acérrimo que ejerció el cargo de 1905 a 1911 intentando reformas sociales que beneficiaran sobre todo a los campesinos y generaran una clase media agraria propietaria de sus tierras, logró mejoras que evitaran un revolución. Abandonado a su suerte por la aristocracia rusa y por el mismo Zar que veían con malos ojos un empoderamiento de los menos favorecidos aun cuando eso favoreciera sus intereses de seguir gobernando, Stolypin recibió dos balazos de un radical socialista en la ópera de Kiev el 1° de septiembre de 1911. Moriría cuatro días más tarde.

A inicios de 1917, las sucesivas derrotas de Rusia en la Primera Guerra Mundial, los abusos de los oficiales hacia la soldadesca, la escasez, el hambre, unidos a un crudo invierno, ya anunciaban un estallido.

El 23 de febrero, Día Internacional de la Mujer, una multitud formada por mujeres reclamando pan e igualdad de oportunidades, y gritando «¡Abajo el Zar!», marcharon por las calles de Petrogrado (la actual San Petersburgo). Al mediodía, las trabajadoras textiles de Víborg, al norte de la ciudad, se declararon en huelga. Este chispazo inicial protagonizado por mujeres recibiría posteriormente el apoyo de obreros y soldados, organizados en asambleas democráticas (soviets). Vendrían días turbulentos, los enfrentamientos se cobrarían unas cien víctimas, pero al final al Zar no le quedaría más remedio que abdicar, formándose un gobierno provisional con liberales progresistas.

El fin de la monarquía se sintió como una liberación, pues las diferencias sociales habían quedado borradas de un día para otro. Pero a la alegría le sucedieron tensiones entre el gobierno provisional y los soviets, aplazamiento de las reformas, prolongación de la guerra y las rencillas entre partidos que querían arrogarse la representación del pueblo, generándose un clima de anarquía.

Mientras tanto, Lenin, líder de los bolcheviques —una fracción socialista minoritaria pero extremista—, quien gozaba de un exilio dorado en Zúrich (Suiza), tuvo noticia de la revolución y vio en ello la oportunidad de llegar al poder e iniciar una lucha mundial contra el capitalismo, de acuerdo a sus principios dogmáticos y radicales. Con la aquiescencia del gobierno alemán —el cual veía en él un posible elemento desestabilizador del enemigo ruso— cruzó Alemania en un tren sellado y en abril llegó —vía Suecia y Finlandia— a Petrogrado.

Lo demás es historia conocida. En octubre los bolcheviques tomaron violentamente el poder por medio de las armas, e iniciaron una dictadura que a lo largo de los años se cobraría cruentamente millones de víctimas. Y todo gracias al robo y usurpación de una revolución que ellos no habían iniciado, sino las mujeres del pueblo que sólo pedían pan.

(Columna publicada en Altavoz el 16 de octubre de 2017)

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