¿EL SODALICIO AL MARGEN DE LA LEY?

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En Lima, un par de sodálites sorprenden de noche a un ladrón tratando de robar en el local de “Pan para mi hermano” y le propinan una violenta paliza. Aunque el sujeto fue hospitalizado, nunca hubo consecuencias jurídicas.

En una comunidad sodálite de San Bartolo, un superior ordena vaciar un silo averiado y echar toda la mierda acumulada al mar. Pero lo hacen de noche para que las autoridades no se enteren.

En otra ocasión, un formador ordena quitar el aviso del Ministerio de Salud que prohibía bañarse en la playa por ser una de las más contaminadas del Perú, aduciendo que «esos del ministerio son unos idiotas».

Un emevecista brasileño es animado por sodálites a meterse al mar con oleaje peligroso en la playa Santa María y muere ahogado; las responsabilidades jurídicas del caso nunca fueron investigadas.

Yo mismo, por orden de Luis Fernando Figari, preparé el borrador de una tesis para un sodálite poco dotado que requería sacar su licenciatura en teología. Asimismo, ayudé a otro sodálite a que plagiara su propia tesis de derecho para elaborar su tesis de licenciatura en teología.

Fui miembro del directorio de Vida y Espiritualidad y, por orden de Germán Doig, firmé actas oficiales de reuniones que nunca se efectuaron.

«Estar en el mundo sin ser del mundo» es uno de los lemas sodálites. Y en el Sodalicio parece que lo entendieron como que la institución se rige por sus propias leyes, ajenas a las del mundo. Con lo cual, durante décadas ha sido un espacio al margen de la ley. Donde los delitos se han encubierto y arreglado internamente. Esperamos que eso cambie.

(Columna publicada en Exitosa el 28 de noviembre de 2015)

LOS HIJOS DE LA SANTA PROSTITUTA

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P. Manuel Tamayo Pinto-Bazurco, director del Centro de Estudios y Comunicación (CDSCO), durante un evento en la Universidad de Piura (julio de 2014)

San Ambrosio, obispo de Milán en el siglo IV, llegó a designar a la Iglesia como “casta meretriz”. Dicho de otro modo, como santa prostituta, como una realidad donde conviven los abismos del pecado con las cimas de la santidad. Y como buena prostituta, a esta mujer tampoco le faltan algunos retoños que son unos auténticos hijos de puta. Peores aún que aquellos que han cometido actos de pederastia aprovechando su investidura pastoral. Me refiero a aquellos que relativizan o justifican la pederastia, o pretenden echarle la culpa a las víctimas.

Recordemos, por ejemplo, al obispo de Tenerife Bernardo Álvarez, quien en diciembre de 2007 declaró al diario local La Opinión lo siguiente: «Puede haber menores que sí lo consientan y, de hecho, los hay. Hay adolescentes de 13 años que son menores y están perfectamente de acuerdo y, además, deseándolo. Incluso si te descuidas te provocan. Esto de la sexualidad es algo más complejo de lo que parece».

Igual de desafortunadas fueron las declaraciones de Mons. José Leopoldo González, obispo auxiliar de Guadalajara (México) y vocero de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), en septiembre de 2009. Una reportera, haciendo alusión a la detención del P. Rafael Muñiz López por estar supuestamente vinculado a una red de pornografía infantil, le preguntó si esto no generará desconfianza de la gente hacia sus párrocos. «No, al contrario, entre más humanos nos vean, más nos van a apreciar», fue la respuesta del prelado.

En mayo de 2010, Mons. Dadeus Grings, arzobispo de Porto Alegre (Brasil), le echaba la culpa a la sociedad, diciendo que «la sociedad actual es pedófila, ése es el problema. Entonces fácilmente las personas caen en eso. El hecho de denunciar es un signo positivo». Y luego arremete contra los homosexuales: «Cuando la sexualidad es banalizada, es claro que va a alcanzar todos los casos. El homosexualismo es un caso. Antiguamente no se hablaba del homosexual. Y era discriminado. Cuando se comienza a decir que ellos tienen derechos, derecho a manifestarse públicamente, de aquí a dentro de poco van a tener derechos los pedófilos». Y si bien afirmó que los abusos sexuales de religiosos contra niños y adolescentes deben ser castigados, recalcó que para «la Iglesia acusar a sus propios hijos es un poco extraño».

Pero cuando se trata de los hijos ajenos, parece que vale todo. En septiembre de este año se ha sabido que Mons. Robert Cunningham, obispo de Siracusa (estado de Nueva York, EE.UU.), cuando el 14 de octubre de 2011 se le preguntó en un tribunal si consideraba que un niño violado por un sacerdote había cometido pecado, respondió: «El chico es culpable». Y luego insinuó que el menor podría haber alentado la violación y haberla consentido.

No falta quien haya atribuido a la situación familiar de la víctima el hecho de que ésta haya sido objeto de abuso. En octubre de 2013, Mons. Józef Michalik, arzobispo de Przemyśl y Presidente de la Conferencia Episcopal Polaca, dijo que cuando un niño de una familia con problemas «busca acercarse a otros, pierde el rumbo y hace que la otra persona también lo pierda. […] Algunos casos de abusos podrían haber sido evitados si la relación entre los padres fuese una relación sana. […] Habitualmente escuchamos que un comportamiento equivocado o un abuso se produce cuando el niño está buscando afecto». Posteriormente, Michalik tuvo que disculparse por estas palabras, recalcando que «por supuesto que el niño es inocente y no debe ser objeto de ningún abuso, y claro que el abuso no es causado por el niño» en lo que se puede considerar una marcha hacia atrás a medias.

El caso más reciente es el del sacerdote Gino Flaim, de 75 años de edad, que ejercía su labor pastoral en una parroquia de Trento (Italia). El 7 de octubre de este año fue suspendido de sus funciones por haber hecho declaraciones polémicas a una cadena de televisión: «La pedofilia puedo entenderla, la homosexualidad no lo sé. […] He estado mucho con niños, los conozco y sé que por desgracia hay algunos que buscan afecto porque no lo tienen en casa y pueden encontrar a algún sacerdote que cede». Añadió después que los niños son «en buena parte» la causa de que los religiosos cometan abusos sexuales contra ellos.

A esta sarta de acusadores de las víctimas y defensores del estado clerical —que no de la Iglesia, pues constituyen una vergüenza para ella— se ha venido a unir recientemente en el Perú un renombrado miembro del Opus Dei, el P. Manuel Tamayo Pinto-Bazurco, quien el 11 de noviembre de este año escribió lo siguiente en su blog Adeamus (ver http://adeamus.blogspot.com):

«Se debe tener en cuenta que en los abusos con menores hay grandes diferencias en cuanto a la edad. No es lo mismo tener 10 años que 15.

Cuando la víctima, ya mayor, acusa un hecho del pasado y dice que a los 15 años era inocente y no sabía nada, es difícil creerle. Un adolescente de 15 años sabe bien lo que está pasando y si colabora con acciones impropias tiene también culpabilidad.

En el momento del hecho no era una “mansa paloma” inocente que no sabía nada. Estamos de acuerdo en que puede haber engaño y una imposición de la parte abusiva y que eso debe castigarse porque es una falta grave, que además podría calificarse como delincuencial; pero hay que tener en cuenta que a los 15 años la mayoría de los chicos sabe perfectamente lo que está ocurriendo en los aspectos sexuales. Otra cosa sería si la víctima tuviera un retardo mental.

La segunda pregunta es sobre la familia: ¿dónde están los papás? Si el hijo está sufriendo por unas acciones impropias y por un acoso ¿los papás no se dieron cuenta?, ¿no hay acaso una responsabilidad de los padres? ¿no hay la suficiente confianza en el hijo para que exista una comunicación y lo cuente todo? En estos casos parece que los papás no aparecen en escena. Y esos chicos, que son víctimas, ¿no tendrían un tío o un hermano mayor de confianza? ¿podían guardar tanto tiempo algo tan grave?, ¿les ha afectado realmente?

Y los amigos ¿dónde están?, ¿tampoco se enteraron? No hubo ninguno que contara algún suceso de estos a los amigos, ¿se pudo guardar el secreto tantos años? Conociendo a los jóvenes es difícil que el tema no se haya ventilado de alguna manera.

Las otras preguntas que quedan tampoco tienen una respuesta clara: si los métodos fueron tan malos y perniciosos como dicen algunos ¿cómo se explica que existan personas muy bien formadas que continúan fieles haciendo labores apostólicas de gran calidad?, ¿cómo se pueden extender, y con prestigio, por muchas ciudades difundiendo obras de apostolado encomiables y admirables? acaso la falta de una o dos personas, aunque sean de gran jerarquía ¿puede manchar a todos?»

Quiero dirigirme a usted ahora, P. Tamayo, a fin de que sepa cuánto me ofenden sus palabras.

Yo fui víctima de abusos psicológicos y físicos en el Sodalicio de Vida Cristiana, al cual pertenecí formalmente durante 30 años, 11 de los cuales los pasé en una comunidad sodálite. Cuando era un adolescente de 16 años, mi consejero espiritual —quien todavía sigue activo en el Sodalicio y goza de una buena reputación que no merece— me pidió que me desvistiera totalmente y que simulara una fornicación con una enorme silla que había en la salita donde estábamos reunidos, lo cual hice muy torpemente y sintiendo una gran incomodidad. Si bien es cierto que yo no era una “mansa paloma” y algunas cosas sabía y había visto sobre el sexo, también es cierto que nunca en mi vida había tenido relaciones sexuales con nadie y, como muchos otros jóvenes a esa edad, tampoco tenía la madurez ni la osadía como para embarcarme en una relación amorosa con sexo incluido. De hecho, ese incidente era la primera vez en mi vida en que alguien me pedía que realizara un acto de connotación sexual, aunque fuera simulado.

¿Cree usted que le conté eso a mis padres? En ese momento, la persona en quien más confianza tenía era mi consejero espiritual, y de hecho me había ayudado a superar algunos problemas personales que tenía. Y después del incidente la relación con él se mantuvo como si nada hubiera pasado. Sin embargo, él fue también quien me incitó a enfrentarme abiertamente con mi madre y ahondar el conflicto que por causa de mi adolescencia yo ya tenía con ella. Él mismo se burlaba de mi progenitora delante mío y me animaba a hacer lo mismo. Cuando ella lo llamó por teléfono para decirle «me están robando a mi hijo», él le respondió «señora, el ladrón cree que todos son de su misma condición». Junto al bien que pueda haberme hecho, manipuló mi conciencia, enseñándome a pensar y actuar como un sodálite de pensamiento único, obediencia acrítica y actitud fanatizada, y abusó de mi confianza al pedirme que realizara algo que en una situación normal se consideraría un acto impropio.

¿Usted cree de veras que yo les hubiera contado ese incidente a otras personas, más aún cuando se trataba de algo que me hizo sentir incomodidad y vergüenza? ¿Sabe que han tenido que pasar décadas para que yo tuviera el valor de contar a otros lo que me pasó? ¿No se ha dado cuenta usted de que lo que sucede a puerta cerrada se puede mantener oculto durante años, e incluso hay quienes se van con su secreto a la tumba?

¿Dónde está la actitud de acogida hacia las víctimas que usted menciona en su escrito Las campanas de los acusadores, en el cual usted califica las denuncias mediáticas que se han hecho de persecución contra la Iglesia? Yo, católico creyente y miembro vivo de la Iglesia, soy uno de los que han presentado su testimonio. ¿Me consideraría usted un perseguidor de la Iglesia, cuando mi preocupación actual se dirige hacia todos los miembros de la Familia Sodálite que se sienten desilusionados y traicionados en su confianza debido al escándalo ocasionado por el conocimiento de los abusos cometidos dentro del Sodalicio de Vida Cristiana? Parece que la acogida que podemos esperar de usted es la misma que tuvieron las víctimas denunciantes de los abusos de Figari por parte del arzobispo Cipriani, miembro también del Opus Dei y partícipe de sus mismas ideas. A saber, la indiferencia, el desprecio y el olvido.

Lamento decirlo, P. Tamayo, pero usted sigue la religión de los fariseos, estirpe con ínfulas elitistas —al igual que el fundador de su Opus Dei y muchos de sus seguidores— que ondea la decencia burguesa como carta de ciudadanía en la Iglesia y que se preocupa sólo de la moral y las buenas apariencias, y no la religión de Jesús, que no teme mancharse los pies con el barro del camino, que acoge a todos los que sufren sin ponerles una carga pesada sobre sus hombros y que cree en el poder curativo de la verdad, de la justicia, del amor y de la misericordia.

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FUENTES

El País
El obispo de Tenerife afirma que algunos menores incitan al abuso sexual (27 de diciembre de 2007)
http://sociedad.elpais.com/sociedad/2007/12/27/actualidad/1198710001_850215.html

Religión Digital
“Los casos de pederastia humanizan a los curas”. Lo que el vocero del Episcopado Mexicano quiso decir. (24 de abril de  2009)
http://blogs.periodistadigital.com/sursumcorda.php/2009/04/24/-los-casos-de-pederastia-humanizan-a-los

La Nación
“La sociedad es pedófila”, lanzó un obispo brasileño (6 de mayo de 2010)
http://www.lanacion.com.ar/1261760-la-sociedad-es-pedofila-lanzo-un-obispo-brasileno

El Plural
Polémica por otro obispo que acusó a los niños de provocar los abusos sexuales (20 de septiembre de 2015)
http://www.elplural.com/2015/09/20/polemica-por-otro-obispo-que-acusa-a-los-ninos-de-provocar-los-abusos-sexuales/

El Universal
Obispo polaco sugiere que pederastia es culpa de niños (24 de octubre de 2013)
http://archivo.eluniversal.com.mx/el-mundo/2013/jozef-michalik-960472.html

El Tiempo
Escándalo: cura dice entender la pedofilia, pero no la homosexualidad (7 de octubre de 2015)
http://www.eltiempo.com/mundo/europa/sacerdote-prefiere-la-pedofilia-y-no-la-homosexualidad/16397080

EL PACTO DE LAS CATACUMBAS

Dom Hélder Câmara (1909-1999)

Dom Hélder Câmara (1909-1999)

Hace 50 años, el 16 de noviembre de 1965, finalizando el Concilio Vaticano II, un grupo de 42 obispos se reunieron para una Misa en las Catacumbas de Santa Domitila y firmaron un documento de 13 puntos conocido como el Pacto de las Catacumbas. Unos 500 obispos más se adhirieron después al pacto.

Allí los obispos firmantes se comprometían a «vivir según el modo ordinario de nuestra población, en lo que concierne a casa, alimentación, medios de locomoción», renunciar «a la apariencia y a la realidad de la riqueza, especialmente en el vestir», no poseer «inmuebles ni muebles, ni cuenta bancaria, etc. a nuestro nombre; y si fuera necesario tenerlos, pondremos todo a nombre de la diócesis, o de las obras sociales caritativas».

En una clara opción por los pobres, los obispos manifiestan el deseo de dar «todo lo que sea necesario de nuestro tiempo, reflexión, corazón, medios, etc. al servicio apostólico y pastoral de las personas y grupos trabajadores y económicamente débiles y subdesarrollados».

Algunos obispos dejaron sus palacios para vivir en casas sencillas. En Brasil, Dom Hélder Câmara, arzobispo de Olinda y Recife, convirtió el Palacio de Manguinhos en sede de las pastorales diocesanas y se fue a vivir a la sacristía de una Iglesia de la periferia. Mons. Antonio Fragoso vivía en una casa sencilla de un barrio popular. Y Mons. Paulo Evaristo Arns, en São Paulo, vendió el Palacio Episcopal y compró terrenos en la periferia, donde fueron construidos centros comunitarios y lugares de celebración para las comunidades eclesiales de base.

A todo esto, ¿veremos algún día al arzobispo Cipriani dando testimonio de pobreza evangélica como Jesús?

(Columna publicada en Exitosa el 21 de noviembre de 2015)

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TEXTO DEL PACTO DE LA CATACUMBAS

Nosotros, obispos, reunidos en el Concilio Vaticano II, conscientes de las deficiencias de nuestra vida de pobreza según el evangelio; motivados los unos por los otros, en una iniciativa en que cada uno de nosotros quisiera evitar la excepcionalidad y la presunción; unidos a todos nuestros hermanos de episcopado; contando sobre todo con la gracia y la fuerza de Nuestro Señor Jesucristo, con la oración de los fieles y de los sacerdotes de nuestras respectivas diócesis; poniéndonos con el pensamiento y la oración ante la Trinidad, ante la Iglesia de Cristo y ante los sacerdotes y los fieles de nuestras diócesis, con humildad y con conciencia de nuestra flaqueza, pero también con toda la determinación y toda la fuerza que Dios nos quiere dar como gracia suya, nos comprometemos a lo siguiente:

1) Procuraremos vivir según el modo ordinario de nuestra población, en lo que concierne a casa, alimentación, medios de locomoción y a todo lo que de ahí se sigue.

2) Renunciamos para siempre a la apariencia y a la realidad de la riqueza, especialmente en el vestir (tejidos ricos, colores llamativos, insignias de material precioso). Esos signos deben ser ciertamente evangélicos: ni oro ni plata.

3) No poseeremos inmuebles ni muebles, ni cuenta bancaria, etc. a nuestro nombre; y si fuera necesario tenerlos, pondremos todo a nombre de la diócesis, o de las obras sociales caritativas.

4) Siempre que sea posible confiaremos la gestión financiera y material de nuestra diócesis a una comisión de laicos competentes y conscientes de su papel apostólico, en la perspectiva de ser menos administradores que pastores y apóstoles.

5) Rechazamos ser llamados, oralmente o por escrito, con nombres y títulos que signifiquen grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor…). Preferimos ser llamados con el nombre evangélico de Padre.

6) En nuestro comportamiento y en nuestras relaciones sociales evitaremos todo aquello que pueda parecer concesión de privilegios, prioridades o cualquier preferencia a los ricos y a los poderosos (ej: banquetes ofrecidos o aceptados, clases en los servicios religiosos).

7) Del mismo modo, evitaremos incentivar o lisonjear la vanidad de quien sea, con vistas a recompensar o a solicitar dádivas, o por cualquier otra razón. Invitaremos a nuestros fieles a considerar sus dádivas como una participación normal en el culto, en el apostolado y en la acción social.

8) Daremos todo lo que sea necesario de nuestro tiempo, reflexión, corazón, medios, etc. al servicio apostólico y pastoral de las personas y grupos trabajadores y económicamente débiles y subdesarrollados, sin que eso perjudique a otras personas y grupos de la diócesis. Apoyaremos a los laicos, religiosos, diáconos o sacerdotes que el Señor llama a evangelizar a los pobres y los trabajadores compartiendo la vida y el trabajo.

9) Conscientes de las exigencias de la justicia y de la caridad, y de sus relaciones mutuas, procuraremos transformar las obras de “beneficencia” en obras sociales basadas en la caridad y en la justicia, que tengan en cuenta a todos y a todas, como un humilde servicio a los organismos públicos competentes.

10) Haremos todo lo posible para que los responsables de nuestro gobierno y de nuestros servicios públicos decidan y pongan en práctica las leyes, las estructuras y las instituciones sociales necesarias a la justicia, a la igualdad y al desarrollo armónico y total de todo el hombre en todos los hombres, y, así, al advenimiento de otro orden social, nuevo, digno de los hijos del hombre y de los hijos de Dios.

11) Porque la colegialidad de los obispos encuentra su más plena realización evangélica en el servicio en común a las mayorías en estado de miseria física cultural y moral —dos tercios de la humanidad— nos comprometemos a:

  • participar, conforme a nuestros medios, en las inversiones urgentes de los episcopados de las naciones pobres;
  • pedir juntos a nivel de los organismos internacionales, dando siempre testimonio del evangelio como lo hizo el Papa Pablo VI en las Naciones Unidas, la adopción de estructuras económicas y culturales que no fabriquen más naciones pobres en un mundo cada vez más rico, sino que permitan a las mayorías pobres salir de su miseria.

12) Nos comprometemos a compartir nuestra vida, en caridad pastoral, con nuestros hermanos en Cristo, sacerdotes, religiosos y laicos, para que nuestro ministerio constituya un verdadero servicio; así:

  • nos esforzaremos para “revisar nuestra vida” con ellos;
  • buscaremos colaboradores que sean más animadores según el Espíritu que jefes según el mundo;
  • procuraremos hacernos lo más humanamente presentes y ser acogedores;
  • nos mostraremos abiertos a todos, sea cual sea su religión.

13) Cuando volvamos a nuestras diócesis, daremos a conocer a nuestros diocesanos nuestra resolución, rogándoles nos ayuden con su comprensión, su colaboración y sus oraciones.

Que Dios nos ayude a ser fieles.

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FUENTES

Religión Digital
“El Pacto de las Catacumbas”: la misión de los pobres en la Iglesia (13 de noviembre de 2015)
http://www.periodistadigital.com/religion/libros/2015/11/13/el-pacto-de-las-catacumbas-la-mision-de-los-pobres-en-la-iglesia-religion-iglesia-libros-verbo-divino.shtml
50 años del Pacto de las Catacumbas (14 de noviembre de 2015)
http://www.periodistadigital.com/religion/opinion/2015/11/14/50-anos-del-pacto-de-las-catacumbas-iglesia-religion-dios-jesus-papa-concilio-roma.shtml
José Oscar Beozzo: “Pacto de las Catacumbas, una Iglesia servidora y pobre” (14 de noviembre de 2015)
http://www.periodistadigital.com/religion/america/2015/11/14/jose-oscar-beozzo-pacto-de-las-catacumbas-una-iglesia-servidora-y-pobre-religion-dios-jesus-papa-obispos.shtml

El Blog de Xabier Pikaza
El Pacto de las Catacumbas (16.11.1965)
http://blogs.periodistadigital.com/xpikaza.php/2015/11/13/el-pacto-de-las-catacumbas-15-11-1965-
Como una conspiración… Los cuarenta del Pacto de 1965 (2)
http://blogs.periodistadigital.com/xpikaza.php/2015/11/14/como-si-fuera-una-conspiracion-los-cuare-2
Veintiséis teólogos firman y estudian el Pacto (2015). Un proyecto único de Iglesia
http://blogs.periodistadigital.com/xpikaza.php/2015/11/17/veintiseis-testigos-del-pacto-2015-un-pr
Ecos y silencios del Pacto de las Catacumbas: Roma, Portugal, España
http://blogs.periodistadigital.com/xpikaza.php/2015/11/20/ecos-y-silencios-del-pacto-de-las-catacu

TESTIMONIO COMPLETO

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Yo soy Matías en el libro Mitad monjes, mitad soldados de Pedro Salinas y Paola Ugaz. Terminé de redactar mi testimonio, aquel en que se basa el capítulo correspondiente del libro, el 28 de agosto de 2011, teniendo como guía un cuestionario que me envió Pedro por correo electrónico. Dado que en un libro de esas características resulta imposible incluir toda la riqueza de contenidos de mi reflexión sobre mi experiencia sodálite, incluyo aquí el testimonio completo.

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TESTIMONIO DE MARTIN SCHEUCH (MATÍAS)
Fecha: 28 de agosto de 2011

Tenía 14 años de edad cuanto tuve mi primer contacto con el SCV (Sodalitium Christianae Vitae) allá en el verano del año 1978 [ver mi escrito donde narro esta experiencia, SODALITIUM 78: PRIMERA ESTACIÓN].

Estaba yo en la adolescencia, cuestionando por primera vez el sentido de mi existencia y buscando mi lugar en el mundo. De hecho, no me gustaban las perspectivas que se me presentaban, pues sentía una enorme insatisfacción respecto al ambiente social de clase media limeña en el cual había crecido. Mi búsqueda se canalizaba entonces a través de lecturas diversas de autores como Hermann Hesse, Rabindranath Tagore y Khalil Gibran, y el rock progresivo de grupos como Pink Floyd, Yes, Queen, Genesis, The Alan Parsons Project, intérpretes como Rick Wakeman y Mike Oldfield, y encontraba un desfogue a la rebeldía en grupos de rock pesado como Led Zeppelin, Deep Purple y Sweet.

Lo que me atrajo del SCV fue algo que se fue perdiendo con el tiempo, a saber, un espíritu medio bohemio unido a un espíritu contestatario frente a los estilos de vida conformistas presentes en la sociedad de entonces, y que lamentablemente han perdurado hasta ahora. El SCV se ha ido acomodando en cierta medida a esos estilos, buscando presentar un rostro respetable sobre todo frente a los miembros de las clases acomodadas del Perú, ocultando sus raíces cuestionables. Pero entre esos orígenes y el presente se extiende la historia de un sistema que ha manipulado las conciencias de sus miembros y ha servido para satisfacer las ansias inconfesables de su fundador, que para mí se reducen al deseo de poder. Los casos de escándalos sexuales son una consecuencia de este sistema, donde probablemente los mismos abusadores sean a la vez víctimas, como sospecho que ocurrió en el caso de Germán Doig. Es una constante que antes se ha verificado de similar manera en el caso de los Legionarios de Cristo.

Mi familia era normal, dentro de los estándares limeños. Mi madre tenía un carácter extrovertido, que irradiaba alegría y pasión por la vida, pero a la vez dominante y con frecuentes arranques de irascibilidad, lo cual había anulado en mí la espontaneidad y me había convertido en un joven sumamente introvertido. Mi padre tenía más bien un carácter tranquilo, reservado, y yo diría hasta ausente, que se había acentuado a raíz de la enfermedad de Parkinson que padecía. En esos momentos la relación con mis padres no estaba pasando por un buen momento, y el SCV me daba la oportunidad de lograr independencia y autonomía, por lo menos psicológica.

En el colegio tenía indicadores muy buenos: sobresaliente en conducta, además de las mejores notas de mi clase. Y sin mucho esfuerzo, porque asimilaba los aprendizajes con facilidad y no tenía que dedicarle mucho tiempo al estudio. Sin embargo, andaba desorientado, pues la sociedad limeña de entonces no se me presentaba con perspectivas atrayentes que satisficieran mis deseos de lograr algo valioso en este mundo.

El surgimiento y desarrollo del SCV no hay que entenderlo sólo como expresión del deseo de poder y significado del que es considerado su fundador, Luis Fernando Figari. Su atractivo radicaba en que ofrecía una manera de redescubrir la experiencia cristiana desde una perspectiva más aventurera, contestataria y comprometida que la que ofrecían las mediocres formas de vida de las parroquias y de los educadores católicos que habíamos conocido. Dentro del SCV el cristianismo adquiría individualmente características subversivas y hasta revolucionarias como las que había en los movimientos de izquierda, aunque luego todo ello quedara mitigado por la alergia institucional a todo lo que fuera participación en la política y una ideología de derechas extremadamente conservadora.

Lo más cerca que estuvo el Sodalitium de una acción política fue la publicación en 1978 del libro Como lobos rapaces de Alfredo Garland, un panfleto de denuncia contra la teología de la liberación disfrazado de investigación periodística. Aunque luego el SCV se deslindara del asunto, arguyendo que se trataba de una obra escrita “a título personal” por Garland, en verdad toda la institución estuvo detrás de la elaboración y posterior difusión del libro. Esta manera doble de proceder se convertiría luego en una constante dentro de la historia del SCV, negando su participación en eventos, acciones, empresas, instituciones que promovieron, pero a las cuales les ponen encima el rótulo de “a título personal”. Yo no conozco nada que haya efectuado un sodálite en cuanto tal que pueda ser calificado verdaderamente de “a título personal”. Lo que hace un sodalite en el ámbito público siempre ha sido autorizado previamente por la institución y es avalado por ella, pues las iniciativas particulares —así como el pensamiento propio— nunca se han permitido en el SCV.

Sin embargo, aun cuando no tengo motivos para dudar de las buenas intenciones que había detrás del proyecto inicial, las metodologías que se aplicaron para hacer proselitismo y conservar a los miembros son bastantes cuestionables, pues todas ellas pueden resumirse en un solo término: intrusión en la conciencia y en la intimidad psicológica de las personas. El concepto de diálogo no existía. Lo que comenzaba aparentemente como un diálogo terminaba en la aplicación de técnicas de manipulación para lograr desnudar psicológicamente a la persona y, ante su desvalimiento interior, conducirla a la aceptación de la doctrina y el estilo de vida que planteaba el SCV. Técnicas de este tipo eran:

  • las conversaciones que devenían en interrogatorios con preguntas incómodas;
  • las introspecciones en grupo que se hacían en los retiros en lugares apartados donde había prácticamente un aislamiento del entorno normal de vida;
  • la aplicación de shocks psicológicos, haciendo que las personas tomaran contacto con realidades impactantes e insufribles, para luego presentarse como respuesta ante el desconcierto generado —como, por ejemplo, la dinámica aplicada en retiros donde alguien se hacía pasar por un enfermo terminal, o la proyección de películas de shock en los dos primeros Convivios: Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976) y Centinela de los malditos (The Sentinel, Michael Winner, 1977)—;
  • la aplicación de tests psicológicos a menores de edad efectuada por personas no profesionales y sin conocimiento ni autorización de los padres, para “conocer” mejor al candidato, y en el caso de mayores de edad la imposibilidad de negarse a la aplicación de estos tests en virtud de que eso se consideraría un acto de rebelión contra la autoridad y la comunidad misma;
  • otras medidas extrañas que fueron aplicadas en casos excepcionales en los inicios del SCV como, por ejemplo, emborrachar al candidato para romper sus defensas psicológicas y poder “entrarle”, es decir, irrumpir en su intimidad psíquica y sacar a luz sus problemas personales para luego ofrecerle el estilo de vida sodálite como un camino de redención personal.

En muchas de los métodos el objetivo claro —y expresado explícitamente— era lograr que las personas “lloren”, señal de que ya se habían “quebrado” y, por lo tanto, ya estaban “abiertas a la acción de la gracia”. En realidad, abiertas a determinada gracia que iban a perpetrar contra ellas aquellos que le habían hecho “apostolado”: convertirlo en uno más de los miembros cortados con la misma tijera que ha tenido y tiene el SCV, por lo general con el cerebro lavado.

Hace algunos años leí un libro sobre las Juventudes Hitlerianas, y me sorprendió el hecho de que hubiera varias semejanzas con el Sodalicio que yo había conocido. Si bien no hay uniformes en el Sodalicio, sí hay una manera de vestir por la cual se distingue claramente a sus miembros (pantalones de vestir de colores claros, camisa de color claro sin ningún detalle llamativo de diseño, calzado de estilo muy parecido), y de hecho en eventos públicos y ceremonias litúrgicas solemnes se presentan con terno azul, con un aspecto que hace pensar de inmediato en un grupo uniformado. La creación de une especie de mística colectiva mediante el uso de símbolos, canciones entonadas al unísono con voz fuerte y marcial, y el gusto por eventos de masas donde la asistencia es obligada (por consigna) con despliegues espectaculares de acciones simbólicas —actualmente con ayuda de las modernas tecnologías audiovisuales— son otros puntos donde el Sodalicio corre por caminos similares a lo que recorrieran las Juventudes Hitlerianas.

A eso le sumamos el culto a la personalidad del líder, en este caso Luis Fernando Figari. Dotado de una personalidad compleja de difícil definición, Figari buscó conducir el Sodalicio desde sus inicios como si de un padre se tratara. De hecho, se presentaba como alguien que estaba preocupado por nuestro bien más que nuestros padres carnales, y de este modo se erigía como figura paterna sustitutiva, a la cual se le debía obediencia. Es difícil juzgar las intenciones que tenía. Sólo me consta que se veía a sí mismo como alguien elegido por Dios para crear una institución que iba darle nueva vitalidad a la Iglesia, que se iba a constituir en una respuesta para los tiempos actuales. Y si bien manifestó en los inicios del Sodalicio una cierta reticencia a mostrarse como una figura de culto, posteriormente, ya en la década de los ’80, cuando ya se había fundado el MVC (Movimiento de Vida Cristiana), le oí decir una vez en la desaparecida comunidad sodálite de San Aelred situada en la Av. Brasil que no le quedaba otra alternativa, muy a su pesar, y que a semejanza de Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, debía acceder a convertirse en un líder a quien se le mirara ante todo con veneración. No sé cómo llegó a esta conclusión, pero curiosamente presentaba este proceder como un sacrificio que debía hacer. Por otra parte, Luis Fernando asumió bien este rol y permitió que se tejiera un halo de veneración alrededor de su persona, evidente en los eventos multitudinarios donde se creaba expectativas respecto a su llegada y finalmente su presencia era aclamada como el momento culminante del evento.

Si bien Luis Fernando tiene una personalidad dominante, ello ha ido siempre acompañado de una cierta vulgaridad que afloraba con frecuencia en su lenguaje coloquial y de una falta de naturalidad en su aproximación a las personas. No recuerdo nunca que se haya relacionado con nadie a un nivel de igualdad, como lo haría cualquier persona normal con otras personas con las que entra en contacto. Luis Fernando siempre tenía que ocupar un lugar especial o aparecer como el centro de cualquier actividad. Cuando visitaba las comunidades, se preparaba el ambiente como si fuera a venir un elegido, dotado de un don divino único. Conozco a muy pocas personas que se hayan atrevido a contradecirle.

En el Sodalicio siempre se le ha presentado como un gran pensador, y sus palabras, recogidas en folletos y otras publicaciones, además de los numerosos artículos que ha escrito, han sido lectura obligada de la gente perteneciente al MVC y al SCV y considerados como clave para interpretar la realidad. Un análisis a fondo nos permite descubrir en esos textos las características de una ideología religiosa, pero ideología al fin y al cabo, basada sobre todo en fuentes librescas, que oculta su falta de originalidad y profundidad a través del uso frecuente de términos crípticos. Se trata de un discurso mediocre que se ha ido repitiendo hasta el cansancio sin mayores variaciones año tras año, un discurso que no admitía ninguna observación crítica por parte de nadie. El mismo Luis Fernando nunca ha aceptado ser entrevistado por nadie que pudiera tuviera una actitud crítica hacia él, y ha solido mantenerse alejado del ámbito público, siendo otros los que dan la cara por el Sodalicio. De alguna manera, ello ha reforzado su imagen de personalidad objeto de culto dentro de las asociaciones que él ha fundado.

¿Podría decirse que fundó el Sodalicio y sociedades afines como entramado para ocultar bajas pasiones y vicios ocultos? No creo que haya sido así desde un inicio. Yo casi nunca vi nada extraño que me hiciera sospechar. O quizás la lucha contra mis propios demonios personales no me permitió darme cuenta de ello. Soy de la opinión de que posiblemente hubiera mucho de sincero en sus intenciones. Aún así, no dudo tampoco de que haya habido un lado oscuro y turbio, que pudo existir gracias a que el demasiado exigente estilo de vida que se propugna en el Sodalicio no sólo permite sino que empuja a las personas para que tengan una doble vida donde por un lado, con las mejores intenciones, buscan cumplir con el ideal de santidad que se les propone, pero a la vez se hacen incapaces de manejar adecuadamente su sexualidad, por una falta de una actitud natural y humana hacia este aspecto de la vida.

Resulta también curioso que no se sepa que Luis Fernando haya tenido alguna vez un enamoramiento con una chica, y que más bien le haya escuchado con frecuencia comentarios misóginos, como «¡a la mujer con la punta del zapato!», misoginia que se transmitía de alguna manera hacia sus discípulos, que a veces decían cosas como «mujer buena, sólo la propia madre y la Virgen».

Una cosa extraña en él era un temor obsesivo a contagiarse enfermedades, que llegaba hasta el punto de que a veces dejaba de dar la mano a las personas o cancelaba una visita a una comunidad si se enteraba que uno de sus integrantes estaba enfermo, o ese afán de tener siempre a la mano pañitos con alcohol para desinfectarse las manos. También es extraño el deseo de que se le complaciera en todo, de modo que si llegaba a una comunidad y no había lo que a él le gustaba, el encargado de suministros (llamado encargado de temporalidades) podía ganarse un problema. De este modo se compraba varios tipos de bebidas gaseosas y bocaditos, que debían estar muy bien presentados, ante una eventual visita de Luis Fernando, aunque posteriormente no se consumiera todo.

Si nos vamos al tema de las estrategias de coerción psicológica, yo creo que todo el sistema de captación y formación está atravesado por la coacción y la manipulación de las conciencias, pues el Sodalicio no admite una pluralidad de opiniones en su seno. Aun cuando proclamen estar a favor de la libertad de las personas, la idea de libertad es entendida de una manera restrictiva, de modo que se entienda que sólo se puede ser libre si se acepta el pensamiento único que la institución postula a través de su fundador y sus seguidores. En reuniones, cuando se pide la opinión de las personas sobre un punto, se trata sólo de una táctica para llevarlas a aceptar la verdad que los miembros de la institución proponen. Para lograr este fin consideran como válidas ciertas técnicas de manipulación psicológica. Y si bien hay casos excepcionales de maltrato extremo, relatados por varios testigos, se trata de hechos ocasionales, pues el maltrato más frecuente son las conversaciones y reuniones para ir metiendo la propia ideología en las cabezas de las personas, donde se recurre con frecuencia a la burla, el insulto, la orden de guardar silencio e incluso a veces a las amenazas de castigos (ayunos obligados, privación de sueño, actividades absurdas sin ninguna finalidad, etc.). Ni qué decir, por lo general la autoestima sale bien perjudicada.

Respecto al tema sexual, debo confesar que no vi nada realmente extraño que me llamara la atención. De ciertos hechos me he venido a enterar recientemente. Ya he hablado sobre mi experiencia en un escrito más detallado [ver SODALICIO Y SEXO]. Sin embargo, viene a mi memoria un hecho bastante extraño que ocurrió en el año 1979 cuando yo tenía unos 16 años y mi consejero espiritual era B. Durante una sesión de consejería ocurrida en una de las pequeñas salas habilitadas para esto fines en la desaparecida comunidad sodálite de San Aelred, situada en Magdalena en la Av. Brasil, en un momento interrumpió nuestra conversación y entró a los recintos de la comunidad —a los cuales estaba prohibido entrar sin permiso y que estaban separados de las salas de recepción por una puerta donde había un cartel con la palabra PRIVADO—, dizque para consultar un asunto con Germán Doig, por entonces superior de esa comunidad. Cuando regresó, me ordenó que me desvistiera. Una vez hecho esto, me dijo que debía abrazar una enorme silla que allí estaba y fornicarla, en realidad simular que la fornicaba. Cumplí la indicación de manera muy torpe, si bien con cierta reticencia inicial de mi parte. De hecho, me sentí bastante incómodo. Aun cuando B mantenía baja la mirada y también se mostraba evidentemente incómodo ante la situación, yo sentí que se me estaba haciendo violencia interior, aunque el fin aparente de todo ello era simplemente romper las muchas barreras psicólógicas que yo tenía a esa edad y que me habían convertido en una persona excesivamente reprimida. La situación no duró mucho y B me pidió que me vistiera nuevamente, y me preguntó si me sentía mejor. Le dije qué sí, y no le di mayor importancia al asunto, pues los sodálites nos tenían acostumbrados a cosas raras, pero hasta ahora ninguna había tenido la connotación sexual que tenía esa experiencia. Vista a la distancia, no considero esta experiencia como un intento de abuso sexual, sino como una manipulación y violación de la conciencia mediante el sometimiento a una situación vergonzosa de connotación sexual que atenta contra la intimidad personal. El hecho de que B haya consultado la medida me lleva a pensar que se trataba de una táctica que ya se había aplicado en otras ocasiones.

Mi alejamiento del SCV ha sido progresivo y nunca se ha oficializado definitivamente. Salí en 1993 de una comunidad por acuerdo mutuo debido a incompatibilidades con la vida comunitaria. Es una historia larga y compleja que algún día relataré en todos sus detalles [ver SODALITIUM 92: MOMENTO DE DECISIÓN, SODALITIUM 92: ÚLTIMA ESTACIÓN… SAN BARTOLO, SODALITIUM 93: ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE]. La salida no fue fácil, debido al concepto estrecho de “vocación” que siempre se ha manejado en el Sodalicio, a saber, que si uno se aleja del camino al cual ha sido llamado —llámese instituto o estilo de vida—, pone en riesgo su salvación eterna. Se trata de de un concepto que no tiene en cuenta la diversidad de la experiencia humana ni de las situaciones y caminos que uno tiene que recorrer en la vida y que no respeta la conciencia, además de carecer de sustento en la Biblia y en la doctrina de la Iglesia.

Debido a eso, pasé unos siete meses de angustia en una de las casas de formación de San Bartolo, sujeto a una disciplina monacal que yo mismo acepté: levantarse a las cuatro de la madrugada, darse un chapuzón en el mar helado, rezar y hacer otras actividades devotas y espirituales hasta las seis de la mañana, participar luego de las actividades habituales de la comunidad durante el resto del día hasta las ocho de la noche, en que me iba a acostar antes que los demás. Otros que estaban sujetos a la misma disciplina, aunque debido a circunstancias muy distintas a la mía, eran FRP y RI. Llegué incluso a desear la muerte en varias ocasiones para no tener que tomar una decisión que me aterraba. No había obstáculo físico que me impidiera irme, pues al contrario de otros que entraron en “crisis” y fueron enviados a San Bartolo, yo no tenía a nadie que me acompañara y vigilara cada vez que salía a la calle. Sin embargo, me sentía aprisionado por unos barrotes interiores, por una ideología que me había sido metido a fondo en el alma y que me hacía prever un tremendo fracaso personal en caso de que tomara las de Villadiego. Lo más angustiante era la incertidumbre de no saber cuándo iba a terminar este martirio. No fue hasta el final de ese tiempo en San Bartolo que supe cuándo iba a terminar mi estadía allí.

Las consecuencias de haber estado durante más de once años en comunidades sodálites fue, en primer lugar, que no tenía una formación profesional que me permitiera ganar lo necesario para tener un nivel de vida decente y salir adelante. Sólo tenía un título de Licenciado en Teología, y daba clases en el ISPEC (Instituto Superior Pedagógico de Educación Catequética), que pertenecía al arzobispado de Lima y era dirigido por la Hna. Julia Estela, una anciana monja dominica de armas tomar que siempre me apoyó, incluso cuando dejé de ser un consagrado sodálite. Ganaba poco, aun cuando también di clases en colegios particulares, en el Instituto Superior Pedagógico Marcelino Champagnat (convertido luego en Universidad) y en el desaparecido Instituto Superior Pedagógico Nuestra Señora de la Reconciliación.

Además, mi adolescencia no había transcurrido por los cauces normales, y descubrí que a los 30 años de edad todavía tenía que madurar varios aspectos de mi persona que habían quedado relegados durante mi experiencia sodálite.

Haber salido de comunidad en esa época conllevaba consigo una mala reputación frente a la mayoría de los miembros del SCV y del MVC. No obstante mi deseo de seguir contribuyendo con mi esfuerzo y mis talentos al desarrollo de varias actividades de la institución, fui poco a poco siendo relegado, marginado, e incluso se comenzó a hablar mal de mí por lo bajo, tal vez a consecuencia de mi capacidad crítica y de la libertad que manifestaba para expresar lo que yo pensaba. Lo cierto es que se me creó una mala fama, lo cual unido a la marginación soterrada a la cual se me sometió y a las escasas oportunidades de trabajo debido a mi falta de experiencia laboral —por haber estado tanto tiempo en el comunidades sodálites—, no obstante haber obtenido el título de Magister en Administración de Negocios de ESAN (Escuela de Negocios para graduados), llevaron a que finalmente tentara suerte en Alemania, aprovechando que también poseía la nacionalidad germana.

Finalmente, el poder observar desde lejos lo que sucedía en el SCV y el MVC me hicieron ver con mayor claridad cómo los gérmenes de decadencia iban creciendo en la institución, siendo la gota que colmó el vaso la expulsión sin causa conocida de Germán McKenzie y la detención de Daniel Murguía por acciones pedófilas en el centro de Lima.

Resumiendo, el precio que tuve que pagar por haber pasado por el SCV es:

  • una madurez obtenida a trompicones a una edad tardía;
  • la falta de una adecuada formación profesional para salir adelante en la vida;
  • la marginación, la calumnia, la incomprensión hacia mí persona;
  • el exilio, una especie de condena dictada por las circunstancias pero que fue también la oportunidad para alcanzar el goce de una libertad lograda a machetazo limpio.

Por lo general, el procesamiento de las experiencias vividas en el Sodalicio suele demorar años, en la mayoría de los casos que conozco más de una década, pues el hecho de que la ideología de la institución sea grabada a fondo en la psique de las personas equivale a una suerte de lavado de cerebro, a tal punto que muchos que han abandonado la institución se sienten al principio como traidores. En mi caso personal no fue así. Yo busqué durante años, una vez terminada mi experiencia comunitaria, mantener la lealtad hacia la institución y hacia unos principios basados en la fe cristiana que por convicción personal mantengo. Y puedo dar testimonio de que fui traicionado por la institución en repetidas ocasiones. Hasta que llegó el momento de ver con claridad de que eran pocas las esperanzas de que hubiera un cambio, y que la fidelidad a mi conciencia tenía más importancia que la fidelidad hacia una institución que ha traicionado los principios en los cuáles afirma basarse y que, en consecuencia, ha hecho daño a muchas personas.

SEPULCROS BLANQUEADOS

cementerio

Hace unos días llegó a mis manos el libro Mitad monjes, mitad soldados de Pedro Salinas y Paola Ugaz, y el día viernes terminé de leerlo. Salvo algún que otro detalle puntual, no conocía los contenidos de los testimonios, pues durante la elaboración del libro fueron guardados en absoluta reserva. Ahora que los he leído, reconozco a uno que otro testigo tras de su seudónimo, así como varios de los nombres de aquellos sodálites que son mencionados sólo con iniciales. Pues yo formé parte de esa historia y en esos testimonios encuentro varias de las piezas faltantes del rompecabezas en que se había convertido mi experiencia en el Sodalicio de Vida Cristiana.

Ya no debería resultar un secreto para nadie que yo soy Matías. Allá en el año 2011, en los inicios de esta investigación periodística, cuando primero Rocío Figueroa y después Pedro Salinas tomaron contacto conmigo, yo ya había pasado por todo un proceso catártico de análisis personal de mi experiencia sodálite, plasmado en reflexiones personales que había puesto por escrito, y por eso mismo accedí a darles mi testimonio. En ese momento creímos conveniente utilizar un seudónimo, pues algunas personas de mi entorno familiar siguen efectiva o afectivamente vinculadas al Sodalicio, además de que entre varios amigos y conocidos de la Familia Sodálite se identificaba a Pedro como un enemigo de la Iglesia. Dentro de la lógica perversa de que quien expresa críticas debe ser considerado un atacante de dudosas intenciones, cualquier vinculación mía con Pedro Salinas podía prestarse a malinterpretaciones. Como, por ejemplo, que yo también estaría formando parte de un supuesto complot contra el Sodalicio e incluso contra la Iglesia, no obstante que siempre me he definido como católico y miembro comprometido del Pueblo de Dios y, en consonancia, he mantenido una fe viva en Dios y en el Jesús que nos transmiten los Evangelios.

Seguirían cuatro años en yo mismo iría madurando esas reflexiones críticas, abordando diversos aspectos de aquello de lo que fui testigo en el Sodalicio. Comencé a publicarlas a partir de noviembre de 2012 en este blog, lo cual me trajo como consecuencia ser objeto de suspicacias e incomprensiones en mi entorno familiar y en el círculo de amigos y conocidos que había tenido hasta ese entonces. Y no faltaron, por supuesto, los intentos de acallarme, las agresiones y los insultos disfrazados de comentario mesurado. Pero no tenía otra alternativa. Cuando hay un deber de conciencia de por medio, difícilmente se le puede relegar al desván de la memoria, “voltear la página” y seguir viviendo tranquilamente como si nada hubiera pasado, como si todo hubiera sido solamente un mal sueño, más aun cuando sabía que había víctimas cuyas vidas habían sido dañadas permanentemente por los abusos sufridos.

Después de leer el libro, veo confirmadas algunas de las intuiciones que tuve. El problema del Sodalicio no se reduce a unas cuantas “manzanas podridas” que manipularon un sistema de pensamiento y disciplina para satisfacer sus ansias desmedidas de poder y dominio, y en algunos casos llegaron a prácticas sexuales de sometimiento. Es el sistema mismo el que está viciado, pues genera personas a las que se les ha reestructurado el pensamiento y la personalidad mediante técnicas de persuasión y manipulación psicológica, las cuales a la vez repiten con otros las mismas técnicas y los mismos abusos que se cometieron con ellas. Y muchas veces sin malas intenciones, de buena voluntad, queriendo hacer el bien y, en la mayoría de los casos, sin ser conscientes del carácter dañino y perjudicial de esas prácticas. Yo mismo, cuando era sodálite, apliqué en grupos que estaban bajo mi responsabilidad algunas de estas metodologías de intrusión en las conciencias ajenas y poco respetuosas de la libertad humana. Los abusos sexuales, que parecen haber ocurrido en la institución con mucha menor frecuencia que los psicológicos, son sólo la cereza que corona la torta.

Pero el problema no se limita sólo al Sodalicio. Un sistema así sólo pudo haber funcionado en el seno de una sociedad enferma cuyos valores están trastocados. Donde las apariencias importan más que el ser, el “qué dirán” se sobrepone a la verdad, y la buena fama u honra de quienes no la merecen prima sobre los derechos de las víctimas de abusos. Se trata de una sociedad donde las víctimas son consideradas culpables a priori: quien ha sufrido un robo es culpable por no haber tomado todas las precauciones del caso; quien fue agredido físicamente es culpable por no haber previsto la situación; quien es víctima de una violación es culpable de haber seducido al victimario o de haber consentido en los preámbulos a cosas que supuestamente no debía consentir.

En el caso de los abusos sexuales, la sombra de la vergüenza se añade a la culpabilidad propia fabulada por la víctima y la encierra con su secreto inconfesable en una soledad agobiante. Y esto, en medio de una sociedad que está predispuesta a encubrir el delito y a no querer saber nada sobre abusos cometidos por personajes con buena reputación, pero que no está dispuesta a perdonar el escándalo de que los abusos salgan a la luz, mucho menos acoger y atender a las víctimas y ayudarlas a cicatrizar las profundas heridas causadas en ellos por los victimarios. No hay que destruir reputaciones —se dice—, pero sí se considera lícito olvidar que hay existencias destruidas cuyos ojos secos ya no pueden derramar más lágrimas y que llevan en su alma lesiones perdurables de difícil curación.

Se trata de una sociedad que practica la religión de los fariseos y no la de Jesús, aun cuando se proclama católica, según la siguiente cita del Evangelio de Mateo:

«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad.» (Mateo 23, 27-28).

¿Cuántas veces el Sodalicio ha dado preferencia a la imagen intocable de la institución, denigrando y difamando a quienes sufrieron abusos en ella y se atrevieron a hablar y a llamar las cosas por su nombre? ¿Cuántas veces se ha traído a colación la reputación social y eclesial de personas y obras en el Sodalicio como argumento para probar que en la institución no pueden haberse dado delitos como los que se señalan en el libro de Pedro Salinas? ¿Cuántas veces han sacado a relucir su carácter de instituto católico con aprobación pontificia para esquivar las críticas legítimas que se les venían haciendo desde hace tiempo? ¿Cuántas veces personas respetables han salido al frente a defender a los sodálites frente a lo que ellas consideraban —y siguen considerando— calumnias y difamaciones? ¿Cuántas personas han cerrado los ojos y los oídos y todavía se resisten a admitir una realidad que se muestra en toda su crudeza, simplemente porque resulta inconcebible que cosas así ocurran en una institución que se ha solido identificar con la Iglesia católica, ha contribuido con cientos de vocaciones religiosas —incluyendo sacerdotes— a la vida eclesial y ostenta una fachada amable de religiosidad tradicional, santidad y buenas obras?

Sobre el papel que han jugado diversas instancias de la sociedad, son particularmente reveladoras las declaraciones del oftalmólogo arequipeño Héctor Guillén a los medios, tal como lo consigna la revista mexicana Proceso (ver http://www.proceso.com.mx/?p=420734):

«Guillén asegura que cuando comenzó a investigar al Sodalicio en el año 2000 en seguida descubrió “que Figari era un pederasta. Ya había indicios muy claros de que este señor era un pervertido y había violado a varias personas”.

“Conversé con el presidente de la asociación psiquiátrica y me mencionó que había habido estos delitos pero que nadie lo escuchaba y que todo esto se mantenía oculto en la alta sociedad de Lima. También hablé con otros psiquiatras pero no querían salir a la luz. No había denuncias. Nadie quería hablar”, abunda.

“Acudí a jueces, abogados, a psiquiatras, a sacerdotes, a organizaciones de derechos humanos y todos me decían que no se podía hacer nada. Una desidia total de parte de todos los estamentos sociales”, denuncia.»

La sociedad peruana —sobre todo a través de integrantes de los estratos más altos— ha participado en este juego de ignorancia voluntaria y encubrimiento. La Iglesia católica en el Perú también ha participado en él a través de algunos de sus representantes, ya sea mediante recomendaciones elogiosas y apoyo abierto, ya sea mediante sus silencios y omisiones. Son muy pocos los que se han atrevido a arriesgar su propio pellejo y reputación para hablar en público de aquello que algunos ya sabían con certeza y otros sospechaban desde hace tiempo. Y ni hablar de aquellos que supieron de alguna persona cercana que había sido víctima, y prefirieron callar y no hacer nada por miedo al “qué dirán”, por guardar las apariencias o por otras razones ocultas —algunas de ellas ciertamente comprensibles—, sin ninguna consideración a otras posibles víctimas que pudieran haber.

Y digo “comprensibles”, porque hay personas que se han comunicado conmigo para que elimine sus nombres de algunos comentarios dejados por usuarios en mi blog. Pues no quieren aparecer con nombre y apellido en la historia del lado oscuro del Sodalicio y poner en juego su reputación en una sociedad que condena sin preguntar, que lanza la piedra y esconde la mano, que dice defender un concepto de decencia basada en valores cristianos y luego se hace la vista gorda si los victimarios son gente decente de buena reputación, que vuelve a revictimizar a las víctimas acusándolas de mentirosas o exageradas o haciendo presión para que revelen sus nombres y se expongan a la opinión pública, mientras protege a los victimarios y a sus cómplices con el falaz argumento de que no hay pruebas —como si los numerosos testimonios que hay no tuvieran ningún valor probatorio— a fin de preservar la buena imagen de una Iglesia que tiene en el Perú al arzobispo Cipriani como uno de sus máximos representantes. A nivel mediático, por lo menos.

Como cristiano creyente, como miembro vivo de la Iglesia católica, siento vergüenza ajena cuando constato el fariseísmo que muchos han adoptado en vez de seguir tras las huellas de un Jesús que, como víctima de una de las mayores injusticias de la historia, fue condenado siendo inocente y terminó siendo objeto de abusos físicos, psicológicos —y posiblemente sexuales— de parte de los guardias que lo maltrataron con sadismo y crueldad. Pero al fin y al cabo, eso no parece interesarle a quienes sólo buscan guardar las apariencias, presentar la imagen de un Jesús adaptado a sus intereses personales y de clase, y mantener una imagen de decencia y santidad similar a la que proyectaban los fariseos en su tiempo. Y terminan siendo, al igual que ellos, buena apariencia por fuera y podredumbre por dentro. En fin, repugnantes sepulcros blanqueados.

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NOTA IMPORTANTE

Debido a los problemas que he señalado en este escrito, no considero conveniente que algunos usuarios, amparándose en un anonimato ciertamente legítimo, comiencen a revelar nombres y apellidos de terceros que han sido víctimas o que tienen entre sus parientes o conocidos a alguna víctima. No es intención de este bloguero generar problemas adicionales a quienes, por motivos que respeto, no quieren que sus nombres sean revelados. Por eso mismo, se ha implementado la moderación de comentarios, de modo que cualquier comentario requerirá ser aprobado por el autor de este blog antes de poder ser accesible al público en general.

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Por último, quiero traer a colación un texto de Antonio Ruiz Retegui —sacerdote del Opus Dei hasta su muerte en el año 2000, pero cuyas últimas obras no han sido dadas a la imprenta por la Obra debido a sus contenidos críticos— que ya he reproducido una vez en este blog en el post GERMÁN DOIG: UNA INTERPRETACIÓN, pero que nos puede servir en esta ocasión para entender por qué muchas personas aún se niegan a aceptar los abusos cometidos en el Sodalicio que han sido dados a conocer recientemente a la opinión pública:

«Efectivamente, “la condición humana no soporta demasiada realidad”, y por eso tiende a enmarcarla en una visión esquemática, ordenada y limpia, fácil de entender y de aceptar. Además, quizá esos intentos de “visiones claras” respondan al empeño por lograr una armonía en el mundo, que en realidad no existe, pero que se experimenta como necesaria para poder vivir sin demasiado compromiso y esfuerzo.

Ante la experiencia de estos contrastes entre los convencionales ortodoxos y los denunciadores díscolos y escandalizadores, se intuye que hay en verdad una tendencia a ocultar la realidad real para presentarla convenientemente maquillada y que esta tendencia nos hace muchas veces perder la realidad del mundo, e ignorar unas dimensiones dolorosas, incomprensibles, de la existencia de muchas personas, que es más amplia de lo que se piensa. Por eso parece que los denunciadores se gozan cuando la realidad presenta hechos que rompen las explicaciones convencionales, como el terremoto de Lisboa en medio del optimista siglo XVIII, que suponen un descalabro para la civilización, cuando suceden catástrofes o salen a la luz hechos mezquinos o miserias vulgares en personajes propuestos como modelos convencionales, que desmienten las explicaciones simplistas de los bienpensantes.» (Antonio Ruiz Retegui, El ser humano y su mundo)

EL SECUESTRO

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“Rodolfo” no es su verdadero nombre. Es el seudónimo que lleva para ocultar su identidad. Pues “Rodolfo”, hijo de un acaudalado comerciante chino, vive desde hace algún tiempo en comunidades sodálites. Y como muchos sodálites en la década de los ’80, también se distanció de sus padres.

Hasta que un día éstos lo invitaron a su casa ubicada en un exclusivo distrito residencial de Lima y aprovecharon la ocasión para secuestrarlo con ayuda de personal especializado, recluyéndolo luego bajo vigilancia en una casa de campo en Cieneguilla.

Poco tiempo después “Rodolfo” sería enviado a los Estados Unidos para alejarlo de lo que sus progenitores consideraban un grupo sectario. Pasaron meses y en un descuido “Rodolfo” logró comunicarse por teléfono con un cura sodálite conocido por sus contactos de alto nivel empresarial. Y de este modo, urdieron un plan. “Rodolfo” debía recuperar su pasaporte y agenciarse el dinero suficiente para viajar por tierra hasta Canadá. De allí un avión lo traería de vuelta a Lima, con un pasaje pagado por el Sodalicio, por supuesto. Y así ocurrió. Durante meses la comunidad sodálite del Callao albergó a un inquilino cuya verdadera identidad se mantuvo en secreto.

Con los años, “Rodolfo” no sólo se apartaría del Sodalicio, sino que recuperaría su verdadera personalidad y haría carrera en el mundo empresarial chino-peruano. Y nunca mencionaría en público que alguna vez perteneció al Sodalicio de Vida Cristiana. Como si se tratara de una mancha en su pasado que podría empañar su reputación actual.

Ésta es una de las tantas historias reales que oculta el Sodalicio. Tan real como el secuestro de personalidad que han sufrido muchos de sus miembros.

(Columna publicada en Exitosa el 11 de noviembre de 2015)

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Yo vivía en una comunidad sodálite cuando sucedieron estos hechos. Si bien la historia es cierta, la memoria puede haberme traicionado en algunos detalles y no guardar con exactitud lo que me contaron. Por ejemplo, no recuerdo exactamente si “Rodolfo” cruzó la frontera o si se trasladó a otra ciudad dentro de los Estados Unidos a fin de tomar el vuelo que lo llevaría de regreso a Lima. Quienes deben saber la historia completa hasta en sus más mínimos detalles son el mismo protagonista —cuyo verdadero nombre prefiero no revelar—, así como varios miembros de la cúpula sodálite, entre ellos José Ambrozic, quien habría conducido el coche que llevó a “Rodolfo” a casa de sus padres, y el P. Jaime Baertl, quien solía mover contactos e influencias y ocuparse de asuntos como éstos. Pero es poco probable que hablen, pues cuando se está dentro del Sodalicio, uno está sujeto a una especie de omertà sobrentendida. Como en la mafia, una ley del silencio que prescribe no hablar con los de fuera sobre asuntos de la familia bajo riesgo de ser sancionado con medidas punitivas. Aun cuando estos asuntos sean de interés público o deban ser conocidos en virtud de las consecuencias que tienen sobre las familias y la sociedad.

TODOS SOMOS CULPABLES

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El 22 de octubre Luciano Revoredo, frustrado candidato sempiterno de rancios proyectos políticos de derecha, publicó “Acerca del Sodalicio” (ver http://laabeja.pe/opinión/columna-del-director-luciano-revoredo/348-acerca-del-sodalicio.html), breve apología de una institución católica que está siendo gravemente cuestionada por los abusos sexuales, psicológicos y físicos cometidos en ella en perjuicio de adolescentes y jóvenes.

Conocí a Revoredo cuando era agrupado mariano y se sentía atraído por el lado nacionalista y filo-fascista de la prédica de algunos sodálites de las primeras generaciones. A decir verdad, nunca pensé que una personalidad tan gris y opaca llegara a convertirse algún día en aspirante a intelectual. Y digo “aspirante”, porque en todo lo que he leído de él encuentro mucho fárrago literario de estilo decimonónico a la vez que poca sustancia estimulante del cerebro. Si es que acaso se le puede llamar “sustancia” a los lugares comunes de derechas que vierte en sus ocasionales escritos.

Yo no soy intelectual, pero a diferencia de Revoredo, tampoco pretendo serlo. Ni tampoco Pedro Salinas, que conoce sus limitaciones en ese sentido y se dedica sólo a aquello que sabe hacer bien: periodismo. Por eso mismo, resulta comprensible que Salinas se haya indignado por las expresiones despectivas hacia él que desparrama el tal Luciano Revoredo en su monserga escrita, y como reacción haya publicado tres días más tarde su artículo “Sobre bufones y cretinos” (https://lavozatidebida.lamula.pe/2015/10/25/sobre-bufones-y-cretinos/pedrosalinas/).

Si bien —en mi opinión— a Salinas se le va un poco la olla al devolver injurias con injurias, el artículo “Mi respuesta a Pedro Salinas” (ver http://laabeja.pe/opinión/columna-del-director-luciano-revoredo/359-mi-respuesta-a-pedro-salinas.html), publicado por Revoredo el 28 de octubre, sobrepasa en toda medida lo escrito por Salinas. Tratando aparentemente de hacerle competencia a Alejandro Bermúdez, director de ACI Prensa, en las malas artes del insulto, Revoredo se explaya en agravios y ultrajes contra Salinas, revestidos de alcurnia literaria con olor a naftalina, confundiendo argumentación con vituperio pomposo. Parece que nadie le ha dicho hasta ahora que el insulto dice muy poco sobre el agraviado, pero sí dice mucho sobre la calidad humana del agraviador. Por eso mismo, le estamos muy agradecidos por este autorretrato involuntario que nos ha brindado.

Esta breve introducción es necesaria para poder situar en su contexto el siguiente aporte que me ha enviado el ex sodálite Gustavo Salinas.

El valor de esta extensa reflexión radica principalmente en el hecho de que se aborda el escándalo del Sodalicio no de manera aislada, sino como síntoma de un problema que afecta a la sociedad entera. Yo añadiría que este escándalo evidencia incluso problemas graves que presenta la Iglesia católica. No podemos acurrucarnos tranquilamente en nuestro rol de espectadores, como si nada tuviéramos que ver en el asunto, pues —de una u otra manera— todos somos culpables.

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¡QUÉ POCAS LUCES!
por Gustavo Salinas

El 90% del artículo del Sr. Revoredo es una lluvia escatológica de improperios desprovistos de todo arte y ciencia. Este señor parece no sólo desinformado, sino desprovisto de todo sentido común. En todo caso, con un sentido común y crítico secuestrado/condicionado por una ideología o una fe ciega (de pocas luces, o ninguna) que le impide hacer uso del mismo. Desconoce y desmerece a priori, sin leer al parecer nada de nada, el trabajo de investigación de dos personas, simplemente porque cuestionan su ideología o creencia. La imagen perfecta de los monitos que se tapan los sentidos. Se cierran las puertas de la verdad, con una asquerosa arrogancia, no sólo a los 30 testimonios del libro sino quizás a muchos que siguen apareciendo y que ya existían desde antes. ¿Son todos mentirosos? La verdad parece no importar. Está en segundo plano. Lo importante es defender la institucionalidad, la ideología, la fe, la Iglesia, etc. Todo lo que esté en contra de ello es simplemente descartable, indigno de credibilidad. ¿Quién es el que generaliza entonces?

Tampoco es válido el argumento de los defectos personales. Porque entonces nadie podría ejercer su profesión hasta que no haya superado todos sus defectos de personalidad. ¿Un peluquero es sospecho de cortar mal el pelo porque es un chismoso y vanidoso? No tiene ni pies ni cabeza. Es decir, vamos a suponer por un instante que el autor del libro realmente fuera vanidoso, oportunista, arribista, patán, achorado. Ninguna de estas características o “defectos” de personalidad le quita seriedad y credibilidad a su trabajo e investigación. Ni siquiera si fuera confeso y parcializado detractor de la Iglesia católica. El libro contiene 30 testimonios de personas ajenas a cualquier vicio del autor. A no ser que Ud. considere, en su gran sentido común, que los 30 son oportunistas de fama y gloria (si algo de gloria y buena fama tiene salir a decir “fui abusado”) o, peor aún, son simplemente invenciones del autor. Si estuviera tan seguro de eso, entonces, en lugar de llenarse la boca de improperios, vaya Ud. y presente una denuncia por difamación y compruebe la veracidad o no de los testimonios. Cosa que ni el Sodalicio ha hecho, porque sabe que son «verosímiles».

Estas mismas pocas luces de mezquindad espiritual e intelectual las encuentro en “el otro bando”, si cabe la expresión. Sí pues, pareciera que se tratara de bandos y no de realidades. Leí un artículo de Rocío Silva Santisteban cuyo título era “Pederastas ricos, pederastas pobres” [ver http://larepublica.pe/impresa/opinion/713515-pederastas-ricos-pederastas-pobres] y fui criticado sin mayor argumento sólo por osar tocar a una de las vestas intelectuales de izquierda y decirle que su artículo era más que mezquino y puro cliché. Cualquier excusa es buena para ilustrar o fundamentar mi ideología. Y no faltan los moralistas que claman la sangre de Figari o los fanáticos anticatólicos que desean quemar a todos los curas. Sólo algunos se preocupan por las víctimas (aunque no siempre con sinceridad), pero casi nadie reconoce su parte de responsabilidad. Nadie reflexiona más allá. Todos señalan la paja en el ojo ajeno. Es muy fácil. Nadie ve la enfermedad de la sociedad, de la humanidad, de sí mismo. Sólo se escuchan defensas cojudas («no generalicemos»), como si se quisiera salvar el propio trasero, o condenas inmisericordes dispuestas a lanzar la primera piedra a su hermano sin darse cuenta que es su propio reflejo. ¡Sí! ¡Aunque sea un monstruo! Aunque tú no seas pederasta ni asesino ni ladrón, participas de toda esa “contaminación”. Esas personas no nacieron enfermas, las hicimos enfermar, en el seno de las familias, de las religiones, los colegios, etc., etc. Esa “mierda” está en todos lados, nos rodea, la respiramos y la transmitimos. ¡No se salva nadie! Ni el Papa. Que no es lo mismo que decir “todos somos pecadores” o “culpables”, flagelémonos. ¡NO! Esa basura de la culpabilidad es justamente parte de lo que nos hace enfermar. Se trata de asumir la propia parte y colaborar. Cada uno sabe de qué pie cojea.

Como decía alguien, «no es saludable estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma». Vemos que TODA la sociedad y sus instituciones están enfermas. Basta prender la TV para darse cuenta, ¿cierto? Corrupción por aquí, homicidio por acá, pederastia, proxenetismo, abusos, robos, violencia, guerra, incestos, suicidios, explotación, miseria, hambruna, protestas, quejas, insultos, etc. ¿Y yo me creo inmune a todo eso? Si yo pertenezco a una institución que justifica la agresión y el exterminio de su “enemigo” (aunque sólo sea virtual) y me parece aceptable, debo estar yo también enfermo. Esto se aplica desde la Iglesia católica y todas las religiones, pasando por todos los Estados, hasta las empresas privadas ¡e incluso a las familias! Sí se entiende, ¿verdad? Es una mentalidad enfermiza que está en todos lados. Justificamos las peores atrocidades con la frase «es lo mejor para ti» o «lo hice por ustedes» o «dios así lo quiere». En nombre del amor, de dios, del bien común, del progreso y la economía, se comete todo tipo de crímenes. Lamento informarles pero, todos ustedes que me leen y yo pertenecemos a más de una de estas instituciones. Se los garantizo. Esta generalización sí es válida, porque entonces yo me comprometo, asumo mi responsabilidad y tomo conciencia de que me puede tocar enfermar. Tengo que estar alerta y esforzarme por crecer en la virtud y en la salud (física y mental). En fin, es mucho lo que se puede decir al respecto. Creo que es una de las reflexionas más importantes de todo esto. Porque es lo único que realmente nos hará cambiar. ¿Quieren hacer “justicia”? ¿Quieren cambiar el mundo? Dejemos de señalar, saquemos la paja del ojo ajeno y dejémonos ayudar a sacar la viga del nuestro. TODOS ESTAMOS ENFERMOS Y ENGAÑADOS en mayor o menor medida.

Punto aparte, sólo para dejarlo muy claro. Toda su fe y lo muy cristiano que Ud. se pueda creer, Sr. Revoredo, se contradice con su artículo. De seguidor de Cristo Ud. no tiene más que el nombre. Su artículo carece de cualquier virtud cristiana. No digo que no pueda escribir lo Ud. desee, pero si pretende defender su Iglesia o su fe, mejor cámbiese de profesión o cámbiese de fe, una que vaya más acorde con la calidad de su corazón. No pretenda engañarse y pensar que sirve a dios defendiendo sus principios de esa manera. Dudo mucho de que su fundador (Cristo) estuviera “orgulloso” o aprobara sus métodos (como Pedro cortándole la oreja al guardia).

Por otro lado, jamás ha habido generalización, ni por parte del libro ni del autor. Basta leer o ver cualquier entrevista. Siempre ha tenido cuidado de salvar la bondad de la mayoría de los miembros del Sodalicio y de la Iglesia. ¿Que hay gente fanática comecuras que aprovechan para prender fuego a la hoguera? ¡Sí, obvio! ¿Y? Entonces, ¿mejor no investiguemos nada? ¿Tampoco investiguemos entonces la corrupción del Estado? «No pues, pobrecitos, no los vayan a generalizar». El estúpido discurso de «los enemigos de la Iglesia» (Don Sata y sus enviados) cada vez que alguien denuncia algún escándalo eclesial es tan pueril como Toledo diciendo «¡todo es un montaje!» cada vez que le mencionan Ecoteva, o tan fanático y fundamentalista como un talibán volando en mil pedazos por la “guerra santa”. ¡HAY QUE ESCUCHAR antes de hablar, razonar un poquito más allá de los prejuicios personales. Me resulta muy irónico, o más bien tristemente patético, ver cómo los fanáticos católicos se golpean el pecho con los escándalos producidos por las acciones anticristianas (o sea demoníacas) de sus propias instituciones eclesiales y ruegan que no se les satanice o generalice, cuando ellos luego están en primera fila para satanizar y generalizar todo lo que se les ponga en frente que esté en contra de sus principios o dogmas. No estoy diciendo que haya que tratarlos a ojo por ojo. Sólo digo que es como para echarse una pensadita autocrítica, para ejercitar ese sentido común tan atrofiado.

Sin embargo, yo sí creo que es bueno y saludable generalizar, como ya he “demostrado”, pero sólo si me incluyo yo también en el paquete, con un poco de autocrítica. No podemos ser tan ingenuos y creer que esto que ha sucedido en el Sodalicio es un hecho aislado y puntual si analizamos la historia de la Iglesia y de la humanidad. El Sodalicio es sólo un caso más de tantos. Eso no quita que existan buenas personas. O personas con buenas intenciones. Hitler también creía que lo que hacía era por el bien de la humanidad. De verdad lo creía. Me decía alguien que «20 malos no anulan 300 buenos». Yo le respondí: «¿Pero si esos 20 son los que en gran medida manejan a los 300?» No podemos ser ingenuos y pensar que una institución así es saludable y liberadora. Lo que hay que preguntarse es por qué esos 300 son tan cojudos. Yo me tengo que preguntar: «¿Cómo no me di cuenta? ¿Tan enfermo o idiotizado estaba?» Esto sucede no sólo en las instituciones de la Iglesia católica sino en todo ámbito humano. No dudo que hay muchísima gente “muy buena” en el Sodalicio. Los considero siempre mis hermanos y con mucho cariño. Pero han sido engañados. Esta vez por sus autoridades directas. No es suficiente decir «yo no vi nada». Es una ignorancia responsable. Debimos ser más críticos con respecto a lo que sucedía en nuestro entorno y no ser simples “borregos” ciegos. Hay que darse cuenta de la esclavitud mental, liberarse de los condicionamientos mentales no sólo del Sodalicio y las religiones sino también del Estado, de las ideologías, de la TV, del colegio, de la familia, etc.

Por eso, que Figari pague por sus culpas (si es hallado culpable) no es suficiente. No es ni siquiera lo más importante, creo yo. Por eso, ¡qué pocas luces! ¡Qué miopía la del Sr. Revoredo! El análisis de Pedro Salinas es mucho más profundo que simplemente denunciar abusos y pedir la cabeza de Figari. Trata de entender por qué ha sucedido todo eso. Para él, el problema se centra en la figura de Figari y la estructura verticalista, fascista, etc. Y en gran medida tiene razón. Pero se puede profundizar aún más, como hice líneas arriba. La cosa es mucho más grave. Se trata de un modus operandi y de una ideología que daña profundamente a las personas. Testimonios sobran. Yo he pertenecido al Sodalicio y doy fe de todo lo que los testimonios hablan. Mi experiencia personal fue distinta. No me siento “resentido” ni “abusado”. Por el contrario, siempre creí que todas esas “exigencias” (para otros, “abusos”) me fortalecieron y forjaron mi carácter. Sin embargo, tampoco soy ingenuo y soy consciente de los muchos “defectos” de personalidad que me han generado (o acentuado) y que aún no logro “sanar”.

Sólo por poner un ejemplo. Pasé de ser hiper recontra nerd y tímido a ser excesivamente extrovertido, confiado (o patán a veces para algunos, lo acepto) y hasta agresivo o colérico. Cualidades no muy compatibles con las virtudes cristianas, ¿verdad? Me convertí en un “psicomatón” dispuesto a destruir intelectualmente todo lo que me sepa a mentira. ¡Claro, me creía dueño de la verdad! Sigo haciendo mucho daño, sin querer queriendo, a mucha gente por esta razón. Incluso seguramente en estas mismas líneas. Se me entrenó a reaccionar como un perro rabioso ante todo aquello que mi intelecto o mi intuición detectara como “mentira” o “falsedad”, sin importar nada más. Aunque en la teoría siempre debía primar la caridad hacia la persona que tienes al frente. En la práctica es diferente. Las personas se sienten muy agredidas a pesar de que, en mi mente, ataco la mentira mas no a la persona. Mi intención no es dañar a nadie. No es nada personal, ni es de mala intención, al contrario. Después de decirle “sus verdades” a alguien yo no suelo guardar ningún rencor o mala leche. Pero, ¿se puede realmente hacer esa separación entre mentira/verdad y la persona que la cree? La realidad o la consecuencia de mis actos me dice que muchas veces toda caridad queda de lado en nombre de una supuesta “verdad”. Sobre todo si la otra persona se reafirma en “su verdad” (“mi mentira”) y no reconoce “su mentira” (“mi verdad”). Es entonces cuando el conflicto es inevitable y la violencia se convierte en agresión. Lo peor de todo es que aún me creo muy intuitivo y tengo supuestamente cierta facilidad para darme cuenta cuando alguien miente o esconde algo. No puedo evitar reaccionar ante ello. Sin embargo, muchas veces no es más que pura proyección personal de mi ego sobre el del otro. Obviamente, no puedo siempre saber cuándo estoy en lo cierto o cuándo equivocado. Pero aún cuando esté totalmente convencido de que tengo “la razón”, ¿tengo derecho a decirle a otro que está equivocado? Creo que debemos respetar “su error”, porque para él no lo es. Ya la vida, el sufrimiento, dios, el demonio, o su tía, qué sé yo, le harán ver otras realidades. O no. No nos toca a nosotros “convencerlo” de lo contrario, que es justamente lo que nos entrenaron para hacer: convencer a otros de nuestra verdad. «Porque claro, ¡¡¡está clarísimo!!! ¿Que no lo ves?» Y en nombre de esa “verdad” hicimos mucho daño, del cual recién ahora me doy cuenta. Quizás la persona no estaba lista o preparada para ver esa “verdad” específica. Decirle a otro lo que debe pensar es una falta de respeto, porque es usurpar su conciencia. Sufro a causa de estos condicionamientos, pero lamentablemente creo que más es lo que hago sufrir a otros. Hay un proverbio oriental que dice algo así: «Quien se cierra a la mentira, renuncia también a la verdad». Este “vicio” o cualidad personal no es sólo mío, ni sólo sello evidente y característico de Figari y el Sodalicio, sino que es propio también de la Iglesia católica y de todas las religiones fundamentalistas, incluso muchas veces de la misma ciencia y de cualquier forma de imperialismo. Está en la base de cualquier justificación de agresiones, de guerras, ideologías totalitarias, etc.

Todo lo que acabo de escribir es, pues, pura vanidad. No es nada nuevo, nada original. Pero necesitaba hacerlo para exorcizar yo también “mis demonios”. Todo lo que he tratado de decir en estas largas líneas puede resumirse en este poema/canción de Silvio Rodríguez.

El problema no es
si te buscas o no más problemas
El problema no es
ser capaz de volver a empezar
El problema no es
vivir demostrando
a uno que te exige
y anda mendigando
El problema no es
repetir el ayer
como fórmula para salvarse
El problema no es jugar a darse
El problema no es de ocasión
El problema señor
sigue siendo sembrar amor

El problema no es
de quién vino y se fue o viceversa
El problema no es
de los niños que ostentan papás
El problema no es
de quién saca cuenta y recuenta
y a su bolsillo
suma lo que resta
El problema no es de la moda mundial
ni de que haya tan mala memoria
El problema no queda en la gloria
ni en que falten tesón y sudor
El problema señor
sigue siendo sembrar amor

El problema no es
despeñarse en abismos de ensueño
porque hoy no llegó
al futuro sangrado de ayer
El problema no es
que el tiempo sentencie extravío
cuándo hay juventudes
soñando desvíos
El problema no es
darle un hacha al dolor
y hacer leña con todo y la palma
El problema vital es el alma
El problema es de resurrección
El problema señor
será siempre
sembrar amor