“LA TRINCHERA LUMINOSA DEL PRESIDENTE GONZALO”

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Fotograma de “La trinchera luminosa del presidente Gonzalo” (Jim Finn, 2007)

Hace 10 años el director de cine independiente Jim Finn, nacido en 1968 en St. Louis (Missouri, EE.UU.), realizó con este nombre un experimento cinematográfico polémico: recrear la vida cotidiana de las reclusas senderistas en el penal de Canto Grande a fines de la década de los 80.

Si bien se trata de una ficción, el director asumió el formato documental, rodando con una cámara de video Hi-8 tanto las escenas donde se muestra las actividades diarias de las senderistas en un ambiente carcelario, así como las entrevistas intercaladas, donde ellas explican sus convicciones ideológicas. Sin un narrador con voz en off, las escenas realistas sin comentarios pueden dar lugar a que se piense que se trata de una obra de propaganda senderista. Más aun cuando el mismo director, aun creyendo en la democracia, ha afirmado tener algunas simpatías hacia el maoísmo.

Y si bien al film le precedió una investigación acuciosa sobre la ideología del presidente Gonzalo y las condiciones en que vivían sus seguidoras encarceladas —incluyendo videos reales de las reclusas de Canto Grande y de entrevistas a militantes de Sendero Luminoso—, resulta evidente para quien haya vivido de cerca esa realidad que se trata de una ficción, pues en Lima no hay tormentas, ni truenos, ni negras nubes de lluvia como las que se ven en el cielo sobre el escenario de la película —en realidad, un albergue juvenil ubicado en Nuevo México (EE.UU.)—. Asimismo, las actrices hablan con un acento similar al de las mujeres limeñas de clase media baja, pero muy distinto al de las mujeres de clases populares de origen andino. En realidad, se trataba de mujeres con ancestros navajos, que por momentos se comunican en su lengua nativa, queriendo el director transmitir de este modo la sensación que tiene un hispanohablante cuando escucha hablar en quechua. A destacar, una representación teatral del Macbeth de Shakespeare con textos en navajo.

La ausencia de explicaciones adicionales, donde una cámara objetiva simplemente se dedica a observar, junto con entrevistas ficticias indagando en las motivaciones personales de las senderistas, es lo más contrario a la propaganda, que por lo general busca manipular las imágenes y adoctrinar a los espectadores. Aquí simplemente se deja libre al espectador para que saque sus propias conclusiones.

En palabras del mismo director:

«Hice esta película para comprender cómo una muchacha indígena de 16 años se convierte en una asesina entrenada versada en la retórica marxista y dispuesta a todo por una sociedad futura de gran armonía. Para hacer esto yo quería recrear la lógica de Sendero Luminoso y la intensidad de su única forma de Revolución Cultural sin mostrar nada de violencia.

Quería ver cómo se entrenan y lo que dicen, y no interponer un narrador omnisciente para explicar o contextualizar a los personajes. En un sentido, la película es una especie de film de realismo socialista o quizás un film de propaganda fallida —que no pasó la censura de Sendero Luminoso—. Lo que se ha creado es un mundo ligeramente estilizado y de ficción basado en un hecho. Una película de mujeres en prisión sin una escena en las duchas; un film de guerrilla latinoamericana sin armas; un drama shakespeariano sin desenlace dramático».

Curiosamente, si esta película se hubiera exhibido en el Perú, su director podría haber sido acusado de apología del terrorismo.

El Código Penal establece en el artículo 316:

«El que públicamente exalta, justifica o enaltece un delito o a la persona condenada por sentencia firme como autor o partícipe, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de un año ni mayor de cuatro años», siendo un agravante si el delito es de terrorismo.

El problema está en que no hay criterios claros para definir qué es exaltación, justificación o enaltecimiento de un delito, y en el caso de expresiones artísticas o literarias, todo depende de la interpretación subjetiva de los jueces.

Una obra mostrando gráficamente la violencia ejercida por las Fuerzas Armadas contra población inocente puede ser interpretada como apología del terrorismo, aunque no lo sea.

Por el contrario, ¿por qué hasta ahora no se denuncia a quienes exaltan, justifican o enaltecen a Alberto Fujimori, una persona condenada por sentencia firme como autor de delitos graves?

(Columna publicada en Altavoz el 14 de noviembre de 2017)

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FUENTES

Hoja informativa en inglés LA TRINCHERA LUMINOSA DEL PRESIDENTE GONZALO en la página web del cineasta Jim Finn
http://www.jimfinn.org/trinchera/Trinchera_Luminosa.pdf

El ángel exterminador (Año 2, Nro. 10, Otoño 2008)
Entrevista a Jim Finn
http://elangelexterminador.com.ar/articulosnro.10/entrevistafinn.html

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LAS OTRAS VÍCTIMAS DE SENDERO

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Lurgio Gavilán

Impresionado, he terminado de leer la segunda edición (Instituto de Estudios Peruanos, junio de 2017) de las Memorias de un soldado desconocido de Lurgio Gavilán.

Este ayacuchano de ancestros indígenas y lengua materna quechua se unió voluntariamente a Sendero Luminoso a los 12 años de edad, militando tres años en sus filas, hasta que fue herido en una refriega. El soldado que le apuntaba con su arma le perdonó la vida, y Lurgio fue adoptado por el ejército como uno más de los “cabitos”, adolescentes que habían sido rescatados de las manos de Sendero.

Sometido a la disciplina militar, recibió también una educación —que nunca había podido recibir debido a las condiciones de pobreza de la zona en que vivió y posteriormente debido a su militancia senderista—. Una vez terminados sus estudios secundarios, sintió la vocación religiosa, dejó el ejército y se unió a los franciscanos. Finalmente, tras varios años de vida religiosa colgó los hábitos, y en 2000 inició estudios de antropología en la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga, en la cual actualmente ejerce como docente.

Su relato testimonial desde la mirada de un niño sobre el día a día de una columna senderista nos muestra una realidad distinta a la imaginada por los medios, una realidad cotidiana habitada por peruanos de provincia tan humanos como cualquier otro. Pero que, cansados de la injusticia que los rodeaba como el aire que respiran, creyeron en la utopía que les ofreció Abimael Guzmán, iniciando una espiral de violencia que destruyó la vida de tantos, donde no sólo cometieron crímenes los militantes de Sendero sino también sus víctimas y aquellos que los combatieron. Pues «la primera víctima de la guerra es la inocencia», como rezaba el póster de la película Pelotón (Oliver Stone, 1986).

Estremecedoras son las líneas en que Lurgio relata como jóvenes senderistas entre 18 y 22 años son fusilados por sus compañeros por faltas menores (quedarse con parte de los víveres que recogían en las comunidades, excederse en el tiempo de vacaciones o quedarse dormidos durante la guardia nocturna).

Posteriormente, muchos de los que militaron en las filas de Sendero serían torturados, violados o ejecutados extrajudicialmente por los ronderos o el ejército, incluso cuando habían descubierto el sinsentido de esa opción y querían sólo rehacer sus vidas. Como lo hizo Lurgio Gavilán, quien fue no sólo partícipe de acciones condenables como senderista, sino también como soldado. Cuenta que las palabras de una monja despertaron en él la vocación religiosa y le «hicieron soñar que andaba con el sayal puesto, curando las heridas de las balas, dando de beber a los sedientos, reconciliando a los de SL con los militares. Pero, más que los sueños, esa parecía ser la oportunidad que estaba buscando desde niño. Hacer algo por lo que no tienen, por mis paisanos que tanto habíamos maltratado, robándoles y violando a sus mujeres».

Indudablemente, muchos militantes terroristas también fueron víctimas; culpables, pero víctimas al fin y al cabo, que creyeron en un sueño que terminó convirtiéndose en una pesadilla, no sólo para otros sino también para ellos mismos.

En el epílogo, recién publicado en esta segunda edición del libro, le pregunta a un antiguo compañero cabito qué le diría a «nuestro expresidente Gonzalo». Ésta fue su respuesta:

«—Señor presidente, te conocí viviendo en el monte, estabas en la fotografía con tus gafas y tu libro rojo. Pensaba que estabas al otro lado de la montaña luchando contra los opresores, pero estabas escondido en la ciudad, fumando cigarrillos seguro de puro miedo. ¿Por qué mataste uno a uno a mis familiares? ¿Por qué incendiaste mi pueblo, mi casa, señor presidente? Seguro piensas que actuaste lo correcto y me dirás ahora mismo: este hombre habla porque está al lado de la derecha. No estoy en ningún lado, estoy en el lado de la búsqueda de comida para mis hijos. Eso no se hace señor presidente, eso es pensamiento macabro, no me guía a ninguna parte. No me gustaría desear ni a mi peor enemigo la vida que me diste, señor presidente».

Escribo con conocimiento de causa, yo que me uní al Sodalicio creyendo en una utopía y también contribuí a dañar vidas enteras, incluyendo la mía.

(Columna publicada en Altavoz el 9 de octubre de 2017)