ENTREVISTA SOBRE MONS. EGUREN

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El 5 de febrero la periodista Elise Harris de Crux, noticiero online católico de propiedad independiente, publicó el artículo “Witness says prelate suing journalist is only a product of his formation” sobre la querella de Mons. José Antonio Eguren contra los periodistas Pedro Salinas y Paola Ugaz, para lo cual me hizo una entrevista escrita a la que respondí el 31 de enero, buscando ser lo más objetivo y ponderado posible.

Reproduzco a continuación la entrevista completa.

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Usted ha mencionado que ha vivido con Eguren mientras fue miembro del SCV. ¿Cómo fue su experiencia de vivir con él?

Eguren siempre ha sido una persona simpática, de carácter risueño, muy sentimental y cariñosa, que se preocupaba por los otros miembros de la comunidad. Era afable en el trato y no utilizaba palabras groseras ni insultos cuando hablaba con alguien, ni siquiera con sus subordinados, a diferencia de otros sodálites con responsabilidad, que estaban habituados al lenguaje grosero y a los insultos, comenzando por el mismo Luis Fernando Figari. Como sacerdote, se preocupaba, al igual que otros clérigos sodálites, por un cumplimiento minucioso y detallado de las normas litúrgicas. La convivencia con él no era particularmente problemática. Tiene todas las cualidades para ser considerado un sacerdote ejemplar, más aun cuando no se sabe que haya cometido abusos seriamente graves.

Sin embargo, carece de capacidad analítica y espíritu crítico, y eso lo ha llevado a ponerse al servicio del Sodalicio, sus principios y su ideología con lealtad incondicional. Su postura conservadora y rígida en temas de fe católica y moral —propia del Sodalicio— lo lleva a descalificar a personas que piensen distinto a él y a cerrarse al diálogo.

Eguren también era ejemplar en su lealtad a Luis Fernando Figari, a quien nunca le cuestionó nada. Más bien, dentro de los cargos de responsabilidad que desempeñó en la institución (superior de una comunidad por breve tiempo, miembro del Consejo Superior, consejero espiritual) siempre buscó aplicar al pie de la letra las directivas de Figari. Y ciertamente, fue testigo del modo de vida que tenía Figari y que ha sido descrito con exactitud en el informe final de la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación. Sin embargo, o no ha sido capaz de ver los excesos y desórdenes que ese modo de implicaba, o simplemente ha preferido mantenerse en silencio por fidelidad a la institución. De hecho, nunca se ha pronunciado negativamente ni sobre Figari ni sobre Germán Doig, y mucho menos ha tenido palabras hacia las víctimas del Sodalicio.

En su opinión, ¿hay fundamento para las cosas que han sido publicadas sobre él (que fue parte de la cúpula del SCV, que participó de abusos físicos y que supo de abusos sexuales, etc.)?

La generación fundacional del Sodalicio, según el concepto de Luis Fernando Figari, estuvo integrada en su mayor parte por un grupo de alumnos egresados del Colegio Santa María (Marianistas) de Monterrico en los años 1972 y 1973 —a saber, José Ambrozic, Germán Doig, José Antonio Eguren, Emilio Garreaud, Alfredo Garland, Luis Cappelleti (ex-sodálite), Raúl Guinea, Franco Attanasio (ex-sodálite), Juan Fernández (ex-sodálite)— pero también pertenecen a ella Virgilio Levaggi (ex-sodálite, Colegio Italiano Antonio), Jaime Baertl y Alberto Gazzo (ex-sodálite), ambos del Colegio de la Inmaculada (Jesuitas). Fue con estas personas que Figari consolidó un grupo que le seguía fielmente y que serviría para darle forma a la institución y desarrollar la ideología y la disciplina sodálites. En ese sentido, puede decirse que Eguren colaboró en la edificación y aplicación del sistema sodálite que, en mi opinión, tiene características sectarias y ha permitido que se cometieran abusos psicológicos y físicos bajo la excusa de ser parte de una formación espiritual cristiana.

Eguren ayudó a a aplicar medidas humillantes contrarias a la dignidad de las personas. Pero hay que tener en cuenta que lo que hizo no se diferencia sustancialmente de lo que hacían otras personas con cargos de responsabilidad en el Sodalicio, que probablemente no eran conscientes de la gravedad de lo que hacían. Pues debe haberle sucedido lo que me sucedió a mí. Yo fui testigo de una multitud de abusos durante el tiempo que viví en comunidades sodálites (1981-1993). Sin embargo, me demoré más de una década en comprender que lo que vi eran realmente abusos, pues había sufrido una reforma del pensamiento (o control mental) tal como el que se suele dar en organizaciones sectarias y durante mucho tiempo creí que los abusos dentro de las comunidades sodálites eran en realidad procedimientos legítimos dentro de una institución católica donde se busca la perfección cristiana. De hecho, recién tomé la decisión de apartarme del Sodalicio por estos motivos en el año 2008.

Hay otros que han testimoniado que Eguren supo de algunos abusos sexuales. Yo mismo no lo puedo asegurar con certeza. Pero sí puedo decir sin lugar a duda que Eguren vio lo mismo que yo vi en las comunidades y que he descrito brevemente en mi artículo ¿COMPLICIDAD Y ENCUBRIMIENTO? – RESPUESTA A MONS. EGUREN.

¿Ha hablado usted con Eguren o ha tenido algún contacto con él desde que le envió una carta notarial por lo que usted ha publicado?

Ni antes de recibir la carta notarial ni después he tenido alguna comunicación con Eguren. Más aún, desde que dejé el Perú y vine a Alemania en el año 2002 no lo he visto personalmente ni conversado con él. Sólo sé que el abogado de Eguren, Percy García Cavero, ha utilizado en su argumentación una frase de mi artículo mencionado («retractándome de lo que dije en mi columna anterior, no puedo ahora afirmar con certeza que seas cómplice y encubridor»), sacándola de contexto, pues el párrafo completo dice lo siguiente: «De todos modos, no sé en qué medida eras consciente de lo que implicaban estas cosas en el momento de hacerlas y, conociéndote, no dudo de que hayas actuado de buena voluntad, por lo cual, retractándome de lo que dije en mi columna anterior, no puedo ahora afirmar con certeza que seas cómplice y encubridor. Pero independientemente de tus intenciones, lo que has hecho se parece objetivamente mucho a eso».

Usted ha sido testigo de Pedro Salinas en la querella de Eguren en Piura. ¿Puede decirme qué testimonio ha rendido? ¿Cree usted que puede ayudar en este caso?

Lo que testimonié ante el juzgado de Piura donde se está ventilando la querella de Mons. Eguren contra Pedro Salinas es básicamente lo que se señala en el artículo mencionado sobre la pertenencia de Eguren a la generación fundacional del Sodalicio y las cosas que yo vi en comunidades y de las que él también fue testigo. El abogado de Eguren ha tratado de presentar a Pedro Salinas como parte de una organización que conspira contra la Iglesia (The Accountability Project, actualmente ECA Ending Clergy Abuse) y a mí como un colaborador suyo que coordina con él lo que voy a escribir, cuando en realidad nunca hemos coordinado qué íbamos a escribir y cada uno lo ha hecho por su cuenta con total libertad e independencia. Además, Pedro es agnóstico y liberal; yo, en cambio, soy católico creyente y socialcristiano.

No creo que mi testimonio ayude, pues el abogado de Eguren no profundizó mucho en las preguntas, y por la brevedad del interrogatorio en una sesión donde yo fui el único testigo, tuve la impresión de que se trataba de una pura formalidad en un caso donde el veredicto sea probablemente condenatorio. Indicio de esto es que ya está anunciado que va a haber una sentencia a fines de marzo, es decir, el proceso habrá durado menos de cuatro meses, cuando lo común es que la duración de un proceso de este tipo no baje de los 18 meses.

No estoy segura de cuánto tiempo ha vivido fuera de Lima, pero aún así ¿cuál es su impresión del cardenal Cipriani? ¿Cree usted que es culpable de encubrimiento, de lo cual ha sido acusado?

En el caso de Cipiani, yo creo que habido sobre todo negligencia, pues siempre ha negado la responsabilidad que tenía en el Tribunal Interdiocesano de Lima, donde ingresaron las primeras denuncias contra Figari. Eso lo he explicado detalladamente en mi artículo LA RESPONSABILIDAD DEL CARDENAL CIPRIANI EN EL CASO SODALICIO. Por otra parte, su preocupación ha estado en el mal ejemplo que dan personas de vida consagrada cometiendo abusos sexuales, pero no se ha preocupado jamás por el daño cometido en perjuicio de las víctimas. Y para empeorar la cosa, ha defendido a la institución, asumiendo la teoría de que los abusadores son solamente manzanas podridas en una canasta construida por Dios. No es de extrañar, pues el Sodalicio como institución siempre ha apoyado a Cipriani, y el informativo católico ACI Prensa, dirigido por el sodálite Alejandro Bermúdez, siempre ha informado positivamente sobre Cipriani, incluso cuándo éste ha tenido declaraciones polémicas.

No tengo conocimiento de que Cipriani se haya reunido con autoridades del Sodalicio para hablar sobre el tema de los abusos. Lo que sí sé con absoluta certeza es que nunca se ha reunido con víctimas del Sodalicio, mucho menos se ha comunicado con aquellas que presentaron sus denuncias en el Tribunal Interdiocesano de Lima, desatendiendo una obligación pastoral recomendada por el Papa Francisco.

En conclusión, Cipriani no ha contribuido en nada a que se esclarezcan los abusos del Sodalicio y ha preferido que el tema salga lo menos posible a la opinión pública.

¿Cuál es su impresión del nuevo arzobispo Carlos Gustavo Castilo Mattasoglio? ¿Le conoce, y cree usted que él será de ayuda para las víctimas del SCV?

Lo único que sé sobre el nuevo arzobispo de Lima, Carlos Castillo Mattasoglio, es lo que leo a través de los medios. Ciertamente, tengo esperanzas de que decida abrir una investigación independiente sobre el Sodalicio, pero no sé en qué medida sea esto posible, Por lo pronto, veo positivamente que haya anunciado una reunión con víctimas del Sodalicio.

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REFERENCIAS

Altavoz
Carta notarial de Mons. José Antonio Eguren por columna de Martin Scheuch (24 de agosto, 2018)
https://altavoz.pe/2018/08/24/117852/carta-notarial-de-mons-jose-antonio-eguren-por-columna-de-martin-scheuch/

Crux
Witness says prelate suing journalist is only a product of his formation (Feb 5, 2019)
https://cruxnow.com/church-in-the-americas/2019/02/05/witness-says-prelate-suing-journalist-is-only-a-product-of-his-formation/

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UN ESTUDIANTE DE TEOLOGÍA Y CIPRIANI

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Juan Luis Cipriani Thorne

Año 1983. Yo era un joven estudiante cursando el tercer año de teología en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Integrante de la comunidad sodálite San Aelred, ubicada en la Av. Brasil 3029, Magdalena del Mar, asistía todos los días útiles a pie al —en ese entonces— nuevo edificio del centro de estudios teológicos. Construido en estilo brutalista con paredes desnudas de hormigón armado, las tres plantas superpuestas donde se hallan las aulas forman una curiosa pirámide, separada del edificio administrativo por espacios al aire libre donde los estudiantes pueden tomar descanso.

Como sodálite destinado a la vida consagrada, no se me había dado otra opción que estudiar teología, lo cual había aceptado de buena voluntad. Pero con la voluntad ciega de quien no ha sido informado adecuadamente sobre otras opciones, de quien no ha recibido asesoría profesional sobre qué estudios serían los más apropiados según sus capacidades e intereses, de quien ha sido formateado mentalmente para someter toda su vida a los fines del Sodalicio de Vida Cristiana.

En el año 1980 había postulado a Letras a la Pontificia Universidad Católica del Perú sólo para complacer a mi madre, quien desaprobaba que yo estudiara teología y —con la esperanza de que no siguiera una carrera que me acarrearía necesidad económica— me había convencido de presentarme al examen de admisión de la PUCP para demostrarle a ella que yo no era bruto. Textualmente.

Me presenté con actitud bastante relajada y sin mayor interés en ingresar a la Universidad. Ni siquiera fui a ver los resultados. Me enteré posteriormente a través de terceros que había obtenido el octavo puesto.

Ahora que miro este hecho a la distancia, pienso que tal vez mi vida hubiera sido otra si hubiera estudiado en la Católica, y quizás no habría pasado por todas las penurias económicas que han tachonado mi vida hasta ahora. Quizás no hubiera terminado en Alemania como un exiliado huyendo de la falta de oportunidades laborales decentes en el Perú y de la nube de rumores difamatorios sobre mi persona que se había formado en ambientes sodálites. Yo era considerado el loco, el extraño, el excéntrico —y en cierto sentido también un infiel o traidor— debido a cierta libertad de pensamiento que osaba ejercer. Y en realidad lo que yo manifestaba eran visos de normalidad en ese mundo raro que es la Familia Sodálite.

En ese 1983 conocí al P. Juan Luis Cipriani, profesor de teología moral. Al respecto, cito las líneas que le dediqué en una carta abierta en junio de 2012:

«Recuerdo tus buenas intenciones y tu empeño en mantenerte fiel a las enseñanzas morales del Magisterio de la Iglesia, aunque muchas veces, a mi parecer, con interpretaciones rigoristas que no daban pie a una reflexión más profunda sobre algunas cuestiones morales difíciles de abordar. Recuerdo también que cuando algunos alumnos, candidatos al sacerdocio, te proponían problemas referentes a cuestiones éticas límite, en vez de acoger las preguntas para estimular el pensamiento y suscitar una reflexión profunda que abordara el tema en toda su complejidad, buscabas la manera de refutar los planteamientos de esos alumnos con citas del Magisterio de la Iglesia y la Tradición, derrotarlos intelectualmente y forzarlos a callar. […] Ya desde entonces mostrabas poca disposición hacia el diálogo respecto a quienes supuestamente discrepaban contigo —aunque he de suponer que ya interpretabas en ese entonces una discrepancia contigo como una discrepancia con la Iglesia—. Asimismo, pocas veces te vi sonreír, y cuando lo hacías dabas la impresión de que en tu etapa de formación sacerdotal no te habían entrenado los músculos de la cara para efectuar ese gesto […]. Ya desde entonces tenías un aire de solemnidad que no irradiaba ni calidez ni cercanía».

Como he señalado, Cipriani carecía de una cualidad importante que tenían dos recordados profesores jesuitas, el P. Francesco Interdonato y el P. José Luis Idígoras: la capacidad de estimular el pensamiento. Cipriani era sólo un buen repetidor de textos ajenos con olor a naftalina, alérgico a todo lo que fueran nuevas perspectivas y aproximación humana. Tampoco era muy querido por la mayoría de los seminaristas, a los cuales repelía su excesivo formalismo. Ya desde entonces me disgustaba el personaje, perfecta encarnación de todas las taras del Opus Dei.

Finalmente, aprobé el curso con nota diecisiete. No lo considero un honor, visto el funesto historial episcopal de Cipriani, donde la falta de ética ha sido una constante.

(Columna publicada en Altavoz el 31 de diciembre de 2018)

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La cita mencionada está tomada de mi primer escrito sobre Cipriani, publicado originalmente el 6 de junio de 2012 en mi primer blog La Guitarra Rota y luego incluido también en Las Líneas Torcidas:

EYVI ÁGREDA Y LA PUERTA DEL INFIERNO

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Eyvi Ágreda (1995-2018)

Eyvi Ágreda murió el 1° de junio, tras cinco semanas y media de agonía, debido a las consecuencias del ataque homicida de Carlos Hualpa, su acosador, quien pensaba que si ella no le correspondía y no era para él, no iba a ser de nadie. Argumento que justificaba rociarla con gasolina y prenderle fuego. Esto ocurrió en medio de una sociedad que se considera mayoritariamente cristiana y dice defender los valores derivados del mandamiento del amor.

Eyvi murió por mano de quien decía amarla. Pero que en realidad sólo la quería como una posesión, como un objeto de su propiedad. Pues en estas tierras peruanas —que ya son uno de los lugares más peligrosos del mundo para ser mujer— subyace en el inconsciente colectivo que los varones son superiores a las mujeres y que éstas deben estar subordinadas a ellos. Y cuando se rompe ese “equilibrio”, son justificables —o por lo menos comprensibles— las reacciones furibundas masculinas que intentan poner orden para que todo vuelva a su sitio.

Un orden avalado por autoridades eclesiásticas como el cardenal Cipriani, quien llegó a afirmar que «muchas veces, la mujer se pone, como en un escaparate, provocando» y que «las campañas para dañar la dignidad de la mujer en su ser mujer y madre, queriendo imponer la llamada ideología de género, no son humanas».

Este tipo de enseñanzas no son nuevas entre los pastores de la Iglesia católica. Ya en el siglo IV San Agustín enseñaba: «Es Eva, la tentadora, de quien debemos cuidarnos en toda mujer… No alcanzo a ver de qué utilidad puede servir la mujer para el hombre, si se excluye la función de concebir niños». Consecuente con este enunciado, el obispo de Hipona infería que «las mujeres no deben ser iluminadas ni educadas en forma alguna. De hecho, deberían ser segregadas, ya que son causa de insidiosas e involuntarias erecciones en los santos varones».

Anteriormente en el siglo II San Clemente de Alejandría decía que «toda mujer debería enrojecer de vergüenza sólo de pensar que es mujer». Y Tertuliano, otro escritor cristiano y padre de la Iglesia, se dirigía así a las representantes del sexo femenino: «Mujer, deberías ir vestida siempre de luto y andrajos, presentándote como una penitente anegada en lágrimas, para redimir así tu pecado de haber perdido al género humano. Tú eres la puerta del infierno, tú fuiste la que rompió los sellos del árbol vedado: tú la primera que violaste la ley divina, tú la que corrompiste a aquél a quien el diablo no se atrevía a atacar de frente; tú, finalmente, fuiste la causa de que Jesucristo muriera».

Y sin embargo, las enseñanzas oficiales de la Iglesia en épocas recientes proclaman algo distinto. Por ejemplo, el Papa Juan Pablo II en su carta apostólica Mulieris dignitatem sobre la dignidad y vocación de la mujer, comentando una frase del libro del Génesis —«Hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará» (Gén 3, 16)—, dice: «Este “dominio” indica la alteración y la pérdida de la estabilidad de aquella igualdad fundamental, que en la “unidad de los dos” poseen el hombre y la mujer; y esto, sobre todo, con desventaja para la mujer, mientras que sólo la igualdad, resultante de la dignidad de ambos como personas, puede dar a la relación recíproca el carácter de una auténtica “communio personarum”» (n. 10).

Es decir, el dominio del hombre sobre la mujer es una realidad condenable, que debe ser sustituida por una relación donde haya igualdad de derechos. Lo cual no se diferencia de principios y valores fundamentales que defiende el enfoque de género.

El problema para muchos eclesiásticos es que del dicho al hecho, hay mucho trecho, y se siguen guiando por conceptos rancios y trasnochados, dentro de un sistema eclesial que no admite a las mujeres al mismo nivel que quienes detentan funciones de responsabilidad. Y que sigue considerando a las féminas como un peligro para la castidad de estos santos varones —castidad que frecuentemente ya está averiada por otros motivos no tan santos— y las relega al papel de sirvientas y colaboradoras sin retribución y sin voz propia.

Es un sistema que, con su indolencia, termina siendo cómplice mudo de feminicidios como el de Eyvi Ágreda.

(Columna publicada en Altavoz el 7 de junio de 2018)

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FUENTES

Las citas de los Padres de la Iglesia están tomadas de las siguientes páginas web:
http://www.episcopaleslatinos.org/pastoral/santospadres.htm
http://www.mujerpalabra.net/pensamiento/critica/frasesmachistasymisoginas_relig.htm

Carta apostólica Mulieris dignitatem del Sumo Pontífice Juan Pablo II sobre la dignidad y la vocación de la mujer con ocasión del Año Mariano (15 de agosto de 1988)
https://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/apost_letters/1988/documents/hf_jp-ii_apl_19880815_mulieris-dignitatem.html

EL CARDENAL CANALLA

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Cardenal Juan Luis Cipriani, arzobispo de Lima

Escuchar al cardenal Cipriani en su programa radial Diálogo de Fe no resulta una experiencia saludable para el aparato digestivo, a no ser que uno esté dispuesto a ser cómplice de sus afirmaciones sin sustento o a permanecer ciego a los baches de lógica que tachonan su discurso.

El 30 de septiembre fue uno de esos momentos espectaculares donde el prelado opusdeísta sacó a relucir las rastreras cualidades que ocasionan vergüenza ajena entre muchos de aquellos católicos nacidos en tierras peruanas. Como yo, por ejemplo.

Refiriéndose a la polémica sobre la Costa Verde como lugar elegido para la misa del Papa Francisco en enero del 2018, Cipriani asevera que se trata de una discusión fabricada, generada por el gobierno, pues la decisión ya había sido tomada hace dos meses. ¿Por quién? Por él como obispo del lugar y supuestamente por el Vaticano —que entendemos aceptará el lugar propuesto por la autoridad eclesiástica local, suponiendo que cumplirá con las normativas y protocolos requeridos para eventos de esa magnitud—.

«En ningún momento se decidió que el Gobierno podía o que el presidente Kuczynski tomara decisiones de dónde es la misa», proclama el representante de su propia ideología conservadora que no de la Iglesia católica, invadiendo ilegítimamente el fuero gubernamental de un Estado laico.

En otro momento dice:

«No es el Presidente de la República el que decide el lugar dónde va a ir el Papa. Como es lógico, respetamos su opinión y nos parece muy válida, pero no le digas a Pedro Pablo Kuczynski que esté viendo cuál es lugar más adecuado».

«¿El Estado no tiene derecho de decir aquí sí, aquí no?», le pregunta su siempre condescendiente entrevistador —pues como persona de argumentos endebles, Cipriani nunca ha tenido el valor de someterse a una verdadera entrevista, incisiva e inteligente—.

«El Estado tiene una opinión, no hables de derecho. ¿La Iglesia no tiene derecho para decir dónde va a predicar el Papa?»

Poniendo los puntos sobre las íes, la autoridad eclesiástica no puede decidir dónde se realizará un evento multitudinario presidido por el jefe de un estado extranjero —que no otra cosa es el Papa— en territorio nacional, sin que el Presidente de la República tenga parte en el asunto.

Que yo sepa, la Iglesia no tiene la facultad de decidir dónde se va a realizar un evento multitudinario, en este caso de corte religioso, sobre todo si se efectúa en un espacio público de un país con un Estado laico. Puede proponer el lugar, lo cual deberá ser analizado por las autoridades civiles correspondientes, que pueden dar su autorización o denegarla.

Por otra parte, Cipriani aplaude el oficio de INDECI [Instituto Nacional de Defensa Civil] del 28 de septiembre que considera la Costa Verde apta para el evento, pero con su costumbre de nunca analizar con razonamiento crítico, pasa por alto que INDECI sólo aplica los criterios de permanencia y accesibilidad para concluir que allí se puede realizar un evento de concentración masiva. No toma en cuenta los riesgos que señala el Colegio de Arquitectos en su nota de prensa del 27 de septiembre, como son los eventuales maretazos, tsunami, terremoto, caídas de piedras del acantilado —que sin necesidad de sismo ya han matado personas en esa zona—. Incluso una falsa alarma podría producir un comportamiento inadecuado de los asistentes, ocasionando masivos daños personales y muertes.

Además, si asisten muchas más personas que las 800 mil permitidas, la Costa Verde deja de ser un lugar “seguro” para convertirse en una trampa mortal, en caso de que ocurra algo. ¿Cómo se va a controlar el número de asistentes a un evento de entrada libre? Y en caso de poner barreras, considerando que se calcula una afluencia de más de un millón de personas, ¿cómo evitar el riesgo de un tumulto con consecuencias fatales entre los que se queden fuera?

Cipriani solamente tiene oídos para la conclusión de INDECI. El gobierno tiene su opinión. Los periodistas críticos a su posición —hacia los cuales expresa manifiesto desprecio—, también tienen sus opiniones, las cuales no le interesan.

Típico de un canalla impermeable al diálogo, que sólo quiere salir en la foto con el Papa, aun poniendo en riesgo la seguridad de cientos de miles de personas.

(Columna publicada en Altavoz el 2 de octubre de 2017)

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El 23 de julio de 2011 el cardenal Cipriani no tuvo más que palabras elogiosas para Alan García al final de su gobierno. El 29 de junio de ese año había asistido a la ceremonia de inauguración del Cristo del Pacífico, donado por la corrupta empresa Odebrecht, y le había otorgado su bendición a la estatua. Esos dos hechos fueron para mí la gota que colmó el vaso —pues Cipriani tiene el don de revolverme el hígado desde que fue mi profesor de teología moral en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima en el año 1983—.

Fue entonces que compuse la canción “El arzobispo y el presidente”, publicada originalmente el 7 de septiembre de 2011 en mi blog LA GUITARRA ROTA.

Si bien las circunstancias históricas han cambiado, la descripción en términos literarios de Cipriani que hay en mi canción sigue estando vigente.

EL ARZOBISPO Y EL PRESIDENTE
Autor y compositor: Martin Scheuch

quiere el arzobispo
una efigie de almacén
coronando un risco
de arena y oropel

tiene el presidente
su ego en un cartel
tiene un expediente
de sangre y de cuartel

el arzobispo asiente
al olor del muladar
elogia al presidente
y su Cristo frente al mar

cena el arzobispo en un recinto miltar
con el presidente que ha dejado asesinar
a mi pueblo, a mi pueblo querido
a mi gente de barro y olvido
al paisano, al obrero, al caído
al anciano, a la mujer y al niño
al minero, al país campesino
al indígena y al peregrino
al enfermo, al distinto, al perdido
a los hombres que son mis amigos

tiene el arzobispo
un aire a rigidez
un talante arisco
y modales de marqués

tiene el presidente
costumbres de doblez
cada vez que miente
y miente cada vez

el arzobispo tiene
un instinto comercial
encomia al presidente
como hombre muy cabal

cena el presidente en el palacio arzobispal
con el arzobispo que ha olvidado respetar
a mi pueblo, a mi pueblo querido
a mi gente de barro y olvido
al paisano, al obrero, al caído
al anciano, a la mujer y al niño
al minero, al país campesino
al indígena y al peregrino
al enfermo, al distinto, al perdido
a los hombres que son mis amigos

cree el arzobispo
que mora en un vergel
nunca ha padecido
de hambre en su dintel

tiene el presidente
figura de tonel
tiene el pueblo dientes
y nada que morder

el arzobispo rinde
su verbo al capital
alaba al presidente
en su emisión radial

se ha ido el presidente, otro ocupa su lugar
se queda el arzobispo que jamás quiso escuchar
a mi pueblo, a mi pueblo querido
a mi gente de barro y olvido
al paisano, al obrero, al caído
al anciano, a la mujer y al niño
al minero, al país campesino
al indígena y al peregrino
al enfermo, al distinto, al perdido
a los hombres que son mis amigos

He aquí una demo que grabé de la canción y que fue publicada por La Mula:

LA CACA DEL CARDENAL CIPRIANI

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El sábado 7 de enero en su radioprograma “Diálogo de Fe” el cardenal Cipriani caricaturizó la posición de quienes defienden la igualdad —social, cultural, económica, etc.— de géneros y se refirió a este tema con las siguientes palabras: «Si salimos de este gran engaño, de que todo se puede hacer —no cohíbas a nadie, déjalos tranquilos—, bueno, si el niño puede en lugar de comer un poco de carne, comer caca, déjalo pues».

Sería bueno hacer un breve recuento de algunas veces en que el cardenal nos ha querido alimentar con caca en vez de darnos un alimento sustancioso para el intelecto y el corazón:

– Cuando en 2013 se refirió al obispo Gabino Miranda, acusado de pedofilia, diciendo: «No hagamos leña del árbol caído».

– Tras un silencio de una semana una vez conocidos los abusos del Sodalicio, cuando dijo: «¡Jamás y por ningún motivo la Iglesia puede permitir que se ofenda a Dios por personas que deben dar ejemplo de Dios!» Ninguna alusión a las víctimas, con las cuales nunca ha querido hablar. Es el mal ejemplo lo que parecía molestarle.

– Cuando criticó un comunicado de la Conferencia Episcopal Peruana sobre la pena de muerte, poco tiempo después de que la candidata Keiko Fujimori propusiera la pena de muerte para violadores de niños.

– Cuando le echó la culpa a las niñas de salir embarazadas y abortar: «Las estadísticas nos dicen que hay abortos de niñas, pero no es porque hayan abusado de las niñas, sino porque muchas veces la mujer se pone como en un escaparate, provocando».

Son sólo algunas perlas del amplio repertorio fecal del cardenal Cipriani.

(Columna publicada en Exitosa el 14 de enero de 2017)

EL CRISTIANISMO CASTRADO

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A inicios de los 90, cuando todavía era sodálite con promesa de celibato, conversaba mucho con una amiga a la salida de Misa. Ella notó que siempre había cerca otro sodálite vigilándome, quizás para alejame de un peligro latente. Cuando ella quería conversar con él, él se retraía y hablaba con evasivas, hasta que un día ella le dijo: «¿Por qué me rehuyes? ¿Es que tienes miedo de mí, o miedo de ti mismo?»

Porque el miedo a las mujeres, a aquellas que según el cardenal Cipriani se ponen en “escaparates”, es en realidad miedo a la sexualidad natural que forma parte de la identidad del ser humano. Una sexualidad que ciertas interpretaciones del cristianismo pretenden neutralizar, considerándola como un enemigo que hay que dominar o, por lo menos, encerrar dentro de ciertos límites, fuera de los cuales siempre se comete pecado mortal.

El cardenal Cipriani nos ha sugerido que él también siente la “provocación” de las mujeres, dándonos a entender que es tan humano como el común de los mortales. Sólo le falta integrar ese sentimiento dentro de un sano concepto de la sexualidad y un respeto hacia toda mujer.

Decía Gustave Thibon que el santo ve en la prostituta a la mujer que puede santificarse, y el pervertido ve en la virgen consagrada a la mujer que puede poseer. El problema no está en las mujeres, sino —como decía Jesús en los Evangelios— en el corazón del hombre, de donde salen, entre otros males, las fornicaciones y la lujuria [ver Marcos 7,21-23]. Es el mismo Jesús al que fariseos de mentalidad similar a la de Cipriani le recriminaron que fuera amigo de putas [ver Mateo 9,11; 21,31].

(Columna publicada en Exitosa el 6 de agosto de 2016)

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Ya que he mencionado a Gustave Thibon (1903-2001), uno de los pensadores católicos más interesantes y profundos del siglo XX, influenciado no sólo por escritores católicos como Léon Bloy y Jacques Maritain sino también por el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, quiero reproducir aquí un texto suyo sobre la sexualidad humana y el celibato incluido en su libro de 1959 La crisis moderna del amor (ver http://hispanismo.org/religion/18201-la-crisis-moderna-del-amor-gustave-thibon.html):

…el ejercicio normal de la sexualidad frena innegablemente el impulso espiritual, si no en tanto que virtud, al menos en tanto que experiencia vivida de las cosas de Dios. Pero correlativamente, limita las posibilidades de ilusión. Aquel que vive las realidades del amor humano en toda su densidad y plenitud terrestres, corre menos riesgo de confundirlas con Dios que aquel cuyo ideal o vocación no dejan a las pasiones una salida confesable más allá del amor sobrenatural. Una mujer joven —el ejemplo hace contrapeso al que he citado antes— me decía poco después de su matrimonio: “Ahora encuentro mucho menos ardor y dulzura en la oración, pero lo poco que me queda me parece más verdadero que antes.”

Sin embargo, no olvidemos que la sublimación de las pasiones no es privilegio exclusivo de los seres consagrados a la castidad. La sexualidad vale lo que vale el hombre completo: un alma naturalmente elevada trasciende, espiritualiza siempre más o menos las imágenes y los deseos que se refieren al sexo. En la vida conyugal hay igualmente una sublimación progresiva que es tan normal como necesaria. A la efervescencia carnal e imaginativa del “primer amor”, a la vez tan embriagador y efímero, normalmente debe suceder una ternura más tranquila y más pura, una comunión más espiritual. Si no se produce esta evolución, la unidad de la pareja no resiste los golpes del tiempo. Esta sublimación es menos completa y total que la de las almas consagradas a la vida religiosa; en cierto sentido, también es más difícil, puesto que las cosas de la carne, aceptadas y vividas en toda su realidad, son difíciles de levantar. Pero donde la operación tiene éxito, esta dificultad es una garantía de solidez.

Igualmente, ya hemos hecho observar que la abstinencia sexual completa, al facilitar la libertad y la soledad interiores, al alejar de nosotros los lazos más fuertes y los deberes más absorbentes de aquí abajo, favorece poderosamente la elevación espiritual. Su papel no es menos importante por ser negativo: al barrer el terreno delante del ideal, hace más fácil el “despegue” hacia el cielo. La historia de la santidad muestra claramente que es una de las mayores condiciones para la conquista de lo absoluto. Pero esta ventaja comporta terribles inconvenientes: el camino empinado expone a los vértigos más graves y a los peores riesgos de caída. Si el ser consagrado a la continencia no sabe aceptar el aislamiento y el vacío interiores, si no cambia en sí, mediante un sacrificio incondicional y total, la dirección y el nivel del ardor pasional, su sensualidad se insinuará por caminos torcidos en otros territorios del alma, del mismo modo como un río parado en su curso hacia el mar transforma a su alrededor las tierras en pantanos. Nunca hay que olvidar: “Aire gracioso con que la avara sensualidad sabe mendigar un trozo de espíritu cuando se le niega un trozo de carne” (Nietzsche). Obsérvese que ésta es la tendencia de tantos ideales y devociones equívocos, impuros y estériles como los pantanos, y que por su falta de densidad y realismo humano, se sitúan psicológica y moralmente muy al margen de la vida normal. Los “espirituales” creen demasiado fácilmente que han superado la plenitud terrestre cuando ni siquiera la han alcanzado. Sé bien que se puede superar sobrevolando, es decir, sin contacto casual y directo con la tierra, al igual que los santos. Pero también se puede, al igual que los iluminados, soñar que se vuela, y permanecer por debajo del realismo humano, es decir, en el sueño y la mentira. La continencia es un medio de perfección que sólo vale según el uso que de él se hace. Y si se usa mal, cuanto más noble y sutil es el instrumento, más grave el daño.

Estas reflexiones pueden ser completadas con lo que escribe el sacerdote del Opus Dei Antonio Ruiz Retegui (1945-2000) en su libro El ser humano y su mundo, jamás publicado oficialmente por sus críticas veladas a la institución a la que pertenecía (ver http://www.opuslibros.org/libros/Retegui/indice.htm):

Cuando se afirma, por ejemplo, que quien tiene una entrega a Dios en el celibato sabe mucho más del amor que los que viven un amor de enamoramiento intenso, se entra en un terreno peligroso. En efecto, muchas veces quien vive bien un amor humano tiene la afectividad más equilibrada que quien tiene que luchar violentamente con sentimientos o afectos que se le presentan con una riqueza vehemente, y experimenta en sí mismo que ha de sacrificar inclinaciones muy profundas y naturales. Especialmente cuando esa entrega en el celibato ha sido fruto no de un enamoramiento efectivo del Señor, sino de un proceso mucho más ambiguo.

Esta situación no es infrecuente pues, en efecto, las personas no tienen el instrumental intelectual para entender lo que les sucede, ya que se les impone casi violentamente una interpretación de la realidad en términos muy determinados. Entonces no es raro que quien es objetiva y subjetivamente un hombre triste y un tanto amargado, sólo sepa decir que él es de lo más alegre que hay en el mundo. Esta situación engendra necesariamente graves distorsiones mentales y psíquicas. En cualquier caso, es principio de que surjan personalidades inmaduras que, bajo una fraseología rígida, son personas faltas de alegría, con amargura de fondo y con las energías activas gravemente debilitadas.

* * *

Quien reciba la llamada a la virginidad o al celibato, habrá de ser una persona de sexualidad serena y fácilmente dominable. Eso no significa que sean personas incapaces de enamorarse y de sentir el consuelo del amor humano, sino solamente que esa capacidad no se presente como una fuerza activa de particular intensidad. Si la tensión sexual afectiva o corporal es muy grande, será señal de que no se debe seguir el camino de la virginidad: “Mejor es casarse que abrasarse”.

* * *

Sólo el amor de enamoramiento por Jesucristo puede fundamentar ciertas formas de entrega en la Iglesia. En concreto, la llamada al celibato es una llamada a una entrega, a una renuncia, que sólo puede tener como fundamento propio el amor de enamoramiento hacia el Señor. Quienes son llamados por Dios al celibato deben ser personas, no tanto “muy sacrificadas” o de autodominio fuerte como para renunciar a algo tan hermoso como es el amor humano, sino personas que sean arrebatadas por un amor por Jesucristo que tenga las características del amor exclusivo, “amor de doncel”, amor de enamoramiento, amor de “Amigo y Amado”. Sólo en un amor así puede enraizar la renuncia al amor humano que no sea mero sacrificio, aunque fuera un sacrificio hecho en virtud del amor a Dios.

Si no está sobre esa roca viva, el compromiso de la virginidad o del celibato, se convierte en una exigencia excesiva e inhumana, en un precepto exigente que será cumplido a fuerza de una vigilancia y una desconfianza violenta porque despoja a la persona de aquel asentamiento en el mundo que reconocíamos como consecuencia directa de la comunión de vida de los enamorados. Quien está meramente “soltero” no tiene aún esa situación existencial, y quien “sacrifica” su enamoramiento como ofrenda a Dios en una mera negación de sí mismo, tampoco. Sólo quien vive realmente enamorado de una persona o de Jesucristo, se encuentra en la situación de seguridad existencial a la que nos referimos.

Como se ha dicho ya, esta forma de amor a Jesucristo, no es dada a todos. Tampoco puede imponerse ni plantearse como un deber moral o como asunto de generosidad. Es, como el enamoramiento natural humano, un don, un regalo indeducible, algo que acontece de manera inesperada, y que hay que saber reconocer adecuadamente para no caer en equívocos que podrían resultar de consecuencias funestas. […]

…el amor humano conlleva en sí mismo la llamada a una situación vital que es signo de la seguridad en la existencia. El enamoramiento a Jesucristo debe experimentarse como principio de un fundamento en la existencia que sea nuevo y más profundo. Si esto no se advierte, la vida del supuesto enamorado de Cristo podría quedar como suspendida en el vacío. A este respecto, existe el peligro de sustituir el apoyo en el amor de Jesucristo por una situación institucional que ofrezca un entorno de seguridad vital que sea lo que en realidad sustituya a la seguridad existencial que es consecuencia de la comunión matrimonial. Por eso, las instituciones vocacionales que implican celibato o virginidad, procuran ofrecer a esas personas una protección ambiental que las haga sentirse firmes en la vida en el mundo. Los entregados a Dios en el celibato o la virginidad suelen decir que, así como otros están asentados en la vida por medio del matrimonio, ellos están asentados sobre el amor esponsal a Jesucristo. Pero es posible que, en la práctica, tengan su seguridad vital confiada a la protección que surge de la protección institucional. Entonces, el amor a Jesucristo resulta en la práctica sustituido por el amor a la institución.

SI EL CARDENAL CIPRIANI ESTUVIERA CASADO

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Si el cardenal Cipriani estuviera casado, sabría muy de cerca qué es lo quiere una mujer y si se quedaría contenta con ser únicamente un ama de casa cuya única ocupación es el hogar, como él mismo ha enseñado en varias oportunidades.

También descubriría en su propia carne la belleza del encuentro sexual entre un hombre y una mujer que se aman, y dudo que se atrevería a condenar el sexo en general como un falso dios.

Si tuviera hijos, probablemente sabría lo que es tener en su casa a alguien que es carne de la propia carne, pero que no piensa como uno mismo y aún así se le sigue amando con respeto y cariño, sin tratar de imponerle ninguna norma moral que vaya contra su conciencia.

Y si un hijo le saliera homosexual —lo cual ocurre hasta en los hogares más católicos—, tendría tal vez un corazón más abierto a la misericordia y la comprensión, en vez de juzgarlo como una anormalidad de la naturaleza.

Sería tal vez un pastor con olor a oveja antes que un predicador con cara de piedra y olor a naftalina, dispuesto a condenar con una severidad inmisercorde y ajena al amor de Jesús.

Consideraría como una bendición del cielo que actualmente haya en todo el mundo unos 90,000 sacerdotes casados (más del 20% del clero católico) y como absurda la prohibición que tienen la mayoría de ejercer su ministerio sacerdotal.

Y se solidarizaría con aquellos pocos obispos españoles que en contados casos han hecho la vista gorda y han permitido que curas casados sigan celebrando los sacramentos y atendiendo pastoralmente a la grey.

(Columna publicada en Exitosa el 23 de julio de 2016)

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El celibato clerical no es un dogma de fe, sino una disciplina que la Iglesia católica romana estableció en un tiempo y circunstancias determinados. Como tal, este asunto puede ser modificado, sin que ello signifique una merma en los contenidos de la fe cristiana.

Está sujeto a discusión si está práctica es adecuada para los tiempos actuales, y si resulta conveniente en lo personal para muchos de los sacerdotes que ejercen su ministerio en una sociedad muy diferente a la de tiempos pasados.

Así resume el ya fallecido cardenal Carlo Maria Martini los orígenes del celibato clerical en el libro-entrevista Coloquios nocturnos en Jerusalén, publicado originalmente en alemán en el año 2008:

En todas las Iglesias fuera de la católica romana los sacerdotes pueden casarse. También pueden hacerlo en la Iglesia greco-católica. La idea de que los sacerdotes no deben casarse surgió a partir del monacato. Las mujeres y los hombres viven en comunidades monásticas o bien como eremitas a fin de seguir a Jesús en su celibato. Quieren ser plenamente libres para el servicio a Dios. «Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas», como dice el credo de Israel, lo es realmente todo para algunas personas. Ellas arriesgan su vida por amor de él.

Para el celibato es importante que una comunidad brinde al sacerdote un ámbito de amor y de cobijo. El sacerdote no debe sentirse solo, aunque los tiempos más importantes de su vida son los tiempos. Pero no habría que olvidar que también la Iglesia católica romana sólo regulo jurídicamente el celibato de los sacerdotes en el concilio de Trento, en el siglo XVI, aunque la obligación del celibato existía desde el siglo XI.

Ello no implica una desestimación del celibato como tal, sobre el cual el cardenal Martini aclara lo siguiente [las negritas son mías]:

Esta forma de vida es extremadamente exigente y presupone una profunda religiosidad, una buena comunidad y personalidades fuertes, pero sobre todo la vocación a la vida célibe. Tal vez, no todos los hombres que estén llamados al sacerdocio tengan ese carisma. En nuestro caso, la Iglesia deberá desarrollar inventiva. Hoy en día se confían cada vez más comunidades a un sólo párroco, o las diócesis importan sacerdotes de culturas foráneas. Esto no puede ser una solución a largo plazo. De todos modos hay que discutir la posibilidad de ordenar a viri probati, es decir, a hombres experimentados y probados en la fe y en el trato con los demás.

En la misma línea, el Papa Francisco ha resaltado el valor del celibato como un estado de vida legítimo dentro de la Iglesia, que no es ni superior ni inferior al estado de vida matrimonial.

La virginidad es una forma de amar. Como signo, nos recuerda la premura del Reino, la urgencia de entregarse al servicio evangelizador sin reservas (cf. 1 Co 7,32), y es un reflejo de la plenitud del cielo donde «ni los hombres se casarán ni las mujer tomarán esposo» (Mt 22,30). San Pablo la recomendaba porque esperaba un pronto regreso de Jesucristo, y quería que todos se concentraran sólo en la evangelización: «El momento es apremiante» (1 Co 7,29). Sin embargo, dejaba claro que era una opinión personal o un deseo suyo (cf. 1 Co 7,6-8) y no un pedido de Cristo: «No tengo precepto del Señor» (1 Co 7,25). Al mismo tiempo, reconocía el valor de los diferentes llamados: «cada cual tiene su propio don de Dios, unos de un modo y otros de otro» (1 Co 7,7). En este sentido, san Juan Pablo II dijo que los textos bíblicos «no dan fundamento ni para sostener la “inferioridad” del matrimonio, ni la “superioridad” de la virginidad o del celibato» [Catequesis (14 abril 1982), 1: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 18 de abril de 1982, p. 3] en razón de la abstención sexual. Más que hablar de la superioridad de la virginidad en todo sentido, parece adecuado mostrar que los distintos estados de vida se complementan, de tal manera que uno puede ser más perfecto en algún sentido y otro puede serlo desde otro punto de vista. […]

La virginidad tiene el valor simbólico del amor que no necesita poseer al otro, y refleja así la libertad del Reino de los Cielos. Es una invitación a los esposos para que vivan su amor conyugal en la perspectiva del amor definitivo a Cristo, como un camino común hacia la plenitud del Reino. A su vez, el amor de los esposos tiene otros valores simbólicos: por una parte, es un peculiar reflejo de la Trinidad. La Trinidad es unidad plena, pero en la cual existe también la distinción. Además, la familia es un signo cristológico, porque manifiesta la cercanía de Dios que comparte la vida del ser humano uniéndose a él en la Encarnación, en la Cruz y en la Resurrección: cada cónyuge se hace «una sola carne» con el otro y se ofrece a sí mismo para compartirlo todo con él hasta el fin. Mientras la virginidad es un signo «escatológico» de Cristo resucitado, el matrimonio es un signo «histórico» para los que caminamos en la tierra, un signo del Cristo terreno que aceptó unirse a nosotros y se entregó hasta darnos su sangre. La virginidad y el matrimonio son, y deben ser, formas diferentes de amar, porque «el hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor» [Id., Carta enc. Redemptor hominis (4 marzo 1979), 10: AAS 71 (1979), 274]. (Papa Francisco, Exhortación apostólica Amoris laetitia, 159 y 161).

Todo esto se inserta dentro de una visión sumamente positiva de la sexualidad humana, que ha sorprendido a más de uno y escandalizado a aquellos que prefieren seguir viendo pecados en la mayoría de las expresiones sexuales del ser humano:

Dios mismo creó la sexualidad, que es un regalo maravilloso para sus creaturas. Cuando se la cultiva y se evita su descontrol, es para impedir que se produzca el «empobrecimiento de un valor auténtico» [Juan Pablo II, Catequesis (22 octubre 1980), 5: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 26 de octubre de 1980, p. 3]. San Juan Pablo II rechazó que la enseñanza de la Iglesia lleve a «una negación del valor del sexo humano», o que simplemente lo tolere «por la necesidad misma de la procreación» [Ibíd., 3]. La necesidad sexual de los esposos no es objeto de menosprecio, y «no se trata en modo alguno de poner en cuestión esa necesidad» [Id., Catequesis (24 septiembre 1980), 4: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 28 de septiembre de 1980, p. 3].

A quienes temen que en la educación de las pasiones y de la sexualidad se perjudique la espontaneidad del amor sexuado, san Juan Pablo II les respondía que el ser humano «está llamado a la plena y madura espontaneidad de las relaciones», que «es el fruto gradual del discernimiento de los impulsos del propio corazón» [Catequesis (12 noviembre 1980), 2: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 16 de noviembre de 1980, p. 3]. Es algo que se conquista, ya que todo ser humano «debe aprender con perseverancia y coherencia lo que es el significado del cuerpo». [Ibíd., 4] La sexualidad no es un recurso para gratificar o entretener, ya que es un lenguaje interpersonal donde el otro es tomado en serio, con su sagrado e inviolable valor. Así, «el corazón humano se hace partícipe, por decirlo así, de otra espontaneidad» [Ibíd., 5]. En este contexto, el erotismo aparece como manifestación específicamente humana de la sexualidad. En él se puede encontrar «el significado esponsalicio del cuerpo y la auténtica dignidad del don» [Ibíd., 1: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 16 de noviembre de 1980, p. 3]. En sus catequesis sobre la teología del cuerpo humano, enseñó que la corporeidad sexuada «es no sólo fuente de fecundidad y procreación», sino que posee «la capacidad de expresar el amor: ese amor precisamente en el que el hombre-persona se convierte en don» [Id., Catequesis (16 enero 1980), 1: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 20 de enero de 1980, p. 3]. El más sano erotismo, si bien está unido a una búsqueda de placer, supone la admiración, y por eso puede humanizar los impulsos.

Entonces, de ninguna manera podemos entender la dimensión erótica del amor como un mal permitido o como un peso a tolerar por el bien de la familia, sino como don de Dios que embellece el encuentro de los esposos. Siendo una pasión sublimada por un amor que admira la dignidad del otro, llega a ser una «plena y limpísima afirmación amorosa», que nos muestra de qué maravillas es capaz el corazón humano y así, por un momento, «se siente que la existencia humana ha sido un éxito» [Josef Pieper, Über die Liebe, Múnich 2014, 174-175]. (Papa Francisco, Exhortación apostólica Amoris laetitia, 150-152)

El Papa Francisco también señala los problemas que acarrea un celibato vivido sin amor, ante los cuales resplandece en comparación muchas veces el testimonio de amor de muchas personas casadas:

El celibato corre el peligro de ser una cómoda soledad, que da libertad para moverse con autonomía, para cambiar de lugares, de tareas y de opciones, para disponer del propio dinero, para frecuentar personas diversas según la atracción del momento. En ese caso, resplandece el testimonio de las personas casadas. Quienes han sido llamados a la virginidad pueden encontrar en algunos matrimonios un signo claro de la generosa e inquebrantable fidelidad de Dios a su Alianza, que estimule sus corazones a una disponibilidad más concreta y oblativa. Porque hay personas casadas que mantienen su fidelidad cuando su cónyuge se ha vuelto físicamente desagradable, o cuando no satisface las propias necesidades, a pesar de que muchas ofertas inviten a la infidelidad o al abandono. Una mujer puede cuidar a su esposo enfermo y allí, junto a la Cruz, vuelve a dar el «sí» de su amor hasta la muerte. En ese amor se manifiesta de un modo deslumbrante la dignidad del amante, dignidad como reflejo de la caridad, puesto que es propio de la caridad amar, más que ser amado [Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 27, a. 1]. También podemos advertir en muchas familias una capacidad de servicio oblativo y tierno ante hijos difíciles e incluso desagradecidos. Esto hace de esos padres un signo del amor libre y desinteresado de Jesús. Todo esto se convierte en una invitación a las personas célibes para que vivan su entrega por el Reino con mayor generosidad y disponibilidad. Hoy, la secularización ha desdibujado el valor de una unión para toda la vida y ha debilitado la riqueza de la entrega matrimonial, por lo cual «es preciso profundizar en los aspectos positivos del amor conyugal» [Pontificio Consejo para la Familia, Familia, matrimonio y uniones de hecho (26 julio 2000), 40]. (Papa Francisco, Exhortación apostólica Amoris laetitia, 162)

Si tanto la virginidad y el celibato como el matrimonio con una vida sexual activa pueden considerarse como formas de amar que simbolizan de distinta manera el amor de Dios hacia los hombres, ¿tiene sentido todavía que la Iglesia católica romana vincule obligatoriamente —salvo en el caso de los diáconos casados— el precepto del celibato con el estado clerical? ¿No sería más conforme con la libertad de los hijos de Dios —e incluso con lo que enseña Jesús en los Evangelios y San Pablo en sus epístolas— que se deje a la decisión de quienes aspiran al estado clerical si optan por casarse o por vivir el celibato? De este modo los sacerdotes podrían elegir como estado de vida aquél  que sea más conforme con sus características y capacidades personales, sin menoscabo de su misión pastoral.

Porque los problemas del celibato obligatorio para todos los sacerdotes saltan a la vista. En el libro La vida sexual del clero, publicado en 1995 por el periodista español Pepe Rodríguez, especialista en cuestiones religiosas, se incluyen algunas estadísticas reveladoras sobre la sexualidad del clero español. Según ellas, el 95% se masturba habitualmente y 60% mantienen relaciones sexuales. 65% tienen una orientación heterosexual mientras que 35% son homosexuales. Y lo más sorprendente es que entre aquellos que practican el sexo con otras personas, el 64% comenzó a tener relaciones entre los 40 y 55 años de edad.

Dado que no ha habido ningún cambio sustancial en la disciplina de la Iglesia desde entonces, es muy probable que las cifras actuales sean muy semejantes a las de hace veinte años. Y si bien hasta ahora no hay ningún estudio que haya demostrado fehacientemente que existe una relación entre celibato obligatorio y abusos sexuales de menores, tampoco se ha demostrado que no la haya.

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Sea como sea, podríamos concluir que para muchos sacerdotes el celibato se presenta como una carga pesada, como una fachada que oculta una vida sexual practicada en la sombra y sembrada de sentimientos de culpa y frustración. Que la Iglesia les dé la oportunidad de casarse y formar una familia a la vez que los confirme en su ministerio sacerdotal no traería consecuencias negativas ni para ellos ni para la grey que atienden, y probablemente conllevaría un enriquecimiento sustancial y palpable de su labor pastoral. Y también ayudaría a contrarrestar la crisis de vocaciones sacerdotales que sufre actualmente la Iglesia.

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FUENTES

ÚTERO.PE
Cipriani: La mujer vela por que la ropa esté limpia (14 Marzo 2014)
http://utero.pe/2014/03/14/cipriani-la-mujer-vela-por-que-la-ropa-este-limpia/

ACI Prensa
Sexo y dinero son “dioses” falsos y agresivos, alerta Cardenal Cipriani (20 Abril 2015)
https://www.aciprensa.com/noticias/sexo-y-dinero-son-dioses-falsos-y-agresivos-alerta-cardenal-cipriani-93415/

El País
La lucha de los 90.000 curas casados de la Iglesia católica (01 Noviembre 2015)
http://politica.elpais.com/politica/2015/11/01/actualidad/1446374179_827110.html

Card. Carlo Maria Martini – Georg Sporschill, Coloquios nocturnos en Jerusalén, San Pablo, Madrid 2008
https://de.scribd.com/doc/232506044/La-Vida-Sexual-Del-Clero-Pepe-Rodriguez

Pepe Rodríguez, La vida sexual del clero, Ediciones B, Barcelona 1995
https://de.scribd.com/doc/232506044/La-Vida-Sexual-Del-Clero-Pepe-Rodriguez

Sitio web de Pepe Rodríguez
Resumen de conclusiones estadísticas sobre la conducta sexual del clero católico
http://www.pepe-rodriguez.com/Sexo_clero/Sexo_clero_estadist.htm

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Quien quiera conocer la apasionante historia un sacerdote suizo que se casó y después regresó al ministerio sacerdotal en la prelatura de Ayaviri, le recomiendo mi post EL AZAROSO CAMINO DE LA FE DE OTTO BRUN.