SODALICIO: DE LA ESCLAVITUD A LA LIBERTAD

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José Rey de Castro (JRC) fue sodálite durante 21 años, 18 de los cuales perteneció al círculo íntimo de Figari, al cual sirvió prácticamente en calidad de esclavo (sirviente a tiempo completo de disponibilidad total), de la forma en que la Comisión para la Justicia y la Reconciliación convocada por el mismo Sodalicio señaló en su informe final (abril de 2016):

«El menoscabo físico, psicológico, espiritual y moral determinó una particular afectación, consistente en la pérdida de la autoestima y las capacidades de los jóvenes escogidos para servir de manera directa a Luis Fernando Figari, mediante la atención personalizada e ininterrumpida en sus distintas actividades. Estos jóvenes en algunos casos fueron privados de recibir la formación esperada hasta por más de 20 años, y más bien obligados a realizar tareas domésticas sin compensación económica alguna, bajo la premisa de estar al servicio del “Fundador”, lo que sugiere que dichas prácticas podrían enmarcarse en un supuesto de lo que se conoce como “esclavitud moderna” o “servidumbre”, que debiera ser investigado por las autoridades respectivas.»

Tras salir de la vida comunitaria en 2013, pasaron cinco años antes de que JRC, con ayuda de psicoterapia, conquistara finalmente la libertad para hablar de lo que vivió a la sombra de Figari. Y esto lo ha logrado rápidamente en comparación con otros. Yo, por ejemplo, desde mi salida de una comunidad sodálite en 1993, me demoré quince años en procesar mi experiencia, comprender lo que realmente había vivido y cambiar mi valoración del Sodalicio, y otros cuatro años más en vencer el miedo y comenzar a publicar mi testimonio. Porque hay que decirlo con todas sus letras: quien toma conciencia de lo que sufrió física y psicológicamente en el Sodalicio, tiene luego que extirpar el miedo que le impide hablar públicamente, como ocurre usualmente en quienes han roto los barrotes interiores implantados en su alma por grupos sectarios.

Las reflexiones de JRC en su blog desnudan el sistema de sojuzgamiento mental del Sodalicio y confirman lo que ya suponíamos: que ese sistema perverso —con o sin abusos sexuales— sigue estando en pie. Sus conclusiones son lapidarias:

«Me encantaría decirles a todos que el SCV es una espiritualidad pero, lo siento, no lo es. No nace de una experiencia de Dios y está totalmente “determinada por la situación”. Tampoco tiene un impulso hacia Dios sino hacia la más intramundana sed de poder, placer y dinero. Nunca vi a Figari realmente trabajar, su “trabajo intelectual” era esporádico y caprichoso, vivía del trabajo de los demás sodálites, y vivía muy bien.»

Muy interesantes son los retratos que hace con seudónimos de varios personajes claves, en los cuales creo identificar a Humberto del Castillo, psicólogo del Sodalicio; Oscar Tokumura, el despiadado verdugo de San Bartolo; Jaime Baertl, el cura amigo de los empresarios, con su proverbial hipocresía; Eduardo Regal, elegido por Figari para sucederlo; Luis Ferroggiaro, el cura melifluo, separado del Sodalicio por acusaciones de conductas indebidas con jóvenes; Alfredo Garland, el intelectual reservado pero carente de rigor académico —el cual una vez me dijo a mí personalmente que yo no servía para la vida intelectual—; Ignacio Blanco, el oscuro confidente de Figari; José Ambrozic, inteligente y leal, maltratado por Figari pero cómplice del sistema: Juan Carlos Len, “contador” no oficial del Sodalicio que se mantiene en la sombra.

JRC tiene una buena justificación para hablar de estos personajes:

«El no haber nunca ejercido la autoridad, me permite, gracias a Dios, tener esta visión de los hechos y, por otro lado, mi edad y el lugar en el que estaba me permitieron ser una persona de confianza para Figari y sus discípulos. A diferencia de otros que fueron obligados a hacer juramentos de confidencialidad, yo tengo plena libertad para narrar estos hechos y describir las personalidades de quienes conocí, sin que esto genere en mí escrúpulo alguno ni culpa.»

¿Borrón y cuenta nueva, como tantos le han sugerido? ¿Dar vuelta a la página y seguir adelante como si nada? ¿A lo pasado, pasado? Así no funciona la realidad, y esto lo comprende muy bien JRC:

«Si sintiera alivio porque fui maltratado y por la injusticia sufrida hasta el día de hoy, estaría orate. Gracias a Dios estoy en mi sano juicio y libre.»

(Columna publicada en Altavoz el 23 de abril de 2018)

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FUENTES

Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación – Informe final (abril de 2016)
http://comisionetica.org/blog/2016/04/16/informe-final/

Mi vida en el Sodalicio (Blog personal de José Rey de Castro)
¿Una espiritualidad para nuestro tiempo?
https://www.mividaenelsodalicio.app/una-espiritualidad-para-nuestro-tiempo/
Augubu, el intelectual
https://www.mividaenelsodalicio.app/augubu-el-intelectual/
Corporación Sodalicio S.A.
https://www.mividaenelsodalicio.app/corporacion-sodalicio-s-a/

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ACLARACIONES SOBRE FIGARI A UN CATÓLICO DERECHISTA

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Julio Loredo de Izcue, presidente de la Associazione Tradizione Famiglia Proprietà (Italia)

El 12 de febrero me llegó un mensaje de un tal Julio Loredo de Izcue comentando un artículo mío que publicó Altavoz (EL SODALICIO Y LA ULTRADERECHA CATÓLICA, 5 de febrero). Loredo de Izcue, peruano, es presidente de la filial italiana de Tradición, Familia y Propiedad y autor del libro Teología de la liberación – Un salvavidas de plomo para los pobres, publicado originalmente en italiano en 2014.

En su escueto mensaje dice:

«en lo que respecta a Tradición, Familia y Propiedad [Martin Scheuch] incurre en varias faltas a la verdad que cabe rectificar.

1 – El Sr. Luis Fernando Figari nunca estuvo “estrechamente vinculado a Tradición, Familia y Propiedad (TFP)”, que dicho sea de paso no existía en el Perú. La asociación a la cual el articulista se refiere es Tradición y Acción por un Perú Mayor, con la cual el fundador de Sodalicio nunca tuvo el mínimo vínculo, y que además no se reconoce en la etiqueta “grupo ultraderechista”.

2 – Figari nunca estuvo en Brasil con la TFP de dicho país, y por lo tanto nunca “volvió con la consigna de potenciar TFP en el Perú”.

3 – Los señores José Antonio Pancorvo y Mario Taglione (no Taglieri) nunca “se le plegaron” por la simple razón [de] que no tenían contactos con él.

No sé quién podrá ser el anónimo “antiguo miembro de la comunidad marianista” que el Sr. Scheuch cita como fuente, pero puedo asegurar que, al menos en esos puntos, la memoria lo traiciona».

Estimado Sr. Loredo, en mi columna sólo hago afirmaciones taxativas cuando se trata de lo que yo he visto o vivido personalmente. Lo demás son cuestiones abiertas que requieren ser investigadas, cosa que Ud. no parece haber hecho antes de enviarme su mensaje.

Si Figari estuvo o no en algún momento entre 1963 y 1967 en Brasil conociendo Tradición, Familia y Propiedad —sociedad que, como Ud. bien afirma, no tenía entonces filial en el Perú— es algo que sólo se puede saber investigando su vida, pues dudo de que ese hecho, en caso de efectivamente haber ocurrido, haya sido anotado en los registros históricos de la asociación ultramontana a la cual Ud. está vinculado. No me he referido en ningún momento a Tradición y Acción por un Perú Mayor, filial no oficial de TFP creada en 1970 y de la cual salieron quienes fundarían en 1983 el Núcleo Peruano de TFP.

Por otra parte, el “antiguo miembro de la comunidad marianista” me dijo expresamente en su e-mail respecto a este dato: «lo sé por uno que fue compañero en esa aventura con Figari, o sea no es un chisme más…»

Lamentablemente, no le podemos preguntar a José Antonio Pancorvo si es cierta esa anécdota, pues falleció en el año 2016. Y no sé si Ud. habrá consultado al Sr. Taglione.

Si bien Ud. conoció personalmente a Figari en 1972 cuando fue su profesor de religión en 5° de media en el Colegio Santa María, le puedo asegurar que Figari siempre ha sido muy reservado con los hechos de su biografía, y quienes tuvimos trato frecuente con él nunca nos enteramos de todo lo que hizo antes de fundar el Sodalicio.

Por otra lado, en su rechazo de la calificación de “grupo ultraderechista” para Tradición y Acción por un Perú Mayor —asociación que lo apoya a Ud. y se encargó de publicar y promocionar la versión en español de su libro sobre la teología de la liberación— encuentro una similitud con Figari, el cual, además de negar siempre que el Sodalicio fuera una asociación conservadora y ultraderechista, también consideraba como herética a la teología de la liberación, una corriente teológica de pensamiento que ha sido reivindicada y reconocida como legítima en la Iglesia católica, no sólo por los cardenales Müller y Ratzinger, sino también por el mismo Papa Francisco.

Asimismo, tras leer la entrevista que en octubre de 2017 le hiciera Luciano Revoredo —representante de un catolicismo ultraconservador y retrógrado a través de su informativo online “La Abeja”—, veo allí reflejados los mismos planteamientos ideológicos que Alfredo Garland —sodálite de antigua cepa— plasmara en 1978 en su panfleto anti-liberacionista Como lobos rapaces.

Cumplo con publicar su versión. Ojalá algún día sepamos toda la verdad.

(Columna publicada en Altavoz el 26 de febrero de 2018)

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FUENTES

PERÚ – La vorágine socialista conduce al país hacia la descristianización total, supremo mal contra el cual actúa el Núcleo Peruano Tradición, Familia, Propiedad
Breve versión oficial de TFP sobre su presencia en el Perú (1970-1989)
http://www.pliniocorreadeoliveira.info/GestaES_0207Peru.htm

La Abeja
LA TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN ADOPTÓ EL MARXISMO CULTURAL. Entrevista a Julio Loredo de Izcue (30 Octubre 2017)
http://laabeja.pe/de-opini%C3%B3n/columna-del-director-luciano-revoredo/1654-la-teolog%C3%ADa-de-la-liberaci%C3%B3n-adopt%C3%B3-el-marxismo-cultural-entrevista-a-julio-loredo-de-izcue.html

EL SODALICIO Y LA ULTRADERECHA CATÓLICA

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Miembros del Requeté, organización paramilitar católica, durante la Guerra Civil Española

Mucho se ha escrito sobre el Sodalicio desde que empecé a publicar lo que yo sabía en noviembre de 2012. Sin embargo, incluso después de la publicación de Mitad monjes, mitad soldados de Pedro Salinas (con la colaboración de Paola Ugaz), que trae abundante información para reconstruir la historia del Sodalicio desde sus inicios, sólo se ha arañado la superficie y siguen habiendo varios misterios sin resolver.

La primera actividad de Figari que se menciona en el libro después de salir del Colegio Santa María (Marianistas) en el año 1963 data de 1967. Hay un hiato de casi cuatro años donde no sabemos a qué se dedicó.

Un antiguo miembro de la comunidad marianista me escribió en julio de 2012 que Figari habría estado estrechamente vinculado a Tradición, Familia y Propiedad (TFP), un grupo ultraderechista fundado por Plinio Corrêa de Oliveira en Brasil en el año 1960. Figari habría estado incluso en Brasil viviendo con ellos un tiempo y habría vuelto con la consigna de potenciar TFP en el Perú. «Se le plegaron José [Antonio] Pancorvo —[quien llegaría a ser posteriormente cabecilla del núcleo peruano de TFP]— y un chico Taglieri, ambos del colegio Sta. María. Luego Figari se desvinculó para empezar su propio pastel».

La información obtenida por Pedro Salinas de que quienes conocieron después a Figari lo recuerdan como alguien muy crítico y opuesto no sólo hacia el Opus Dei sino también hacia TFP, es algo que yo mismo puedo confirmar. Sin embargo, también me consta que Figari conocía muy bien lo que planteaban ideológicamente ambas agrupaciones.

Asimismo, una de las versiones hagiográficas oficiales que pululaban antes de que se conocieran los delitos sexuales del fundador del Sodalicio, decía que «muy pronto se convirtió en abanderado del pensamiento y de la enseñanza social de la Iglesia, lo que le valió la enconada animadversión de instituciones como “Tradición, Familia y Propiedad”, cuyos miembros lo calificaban de “comunista disfrazado”». ¿Disfrazado de qué? Evidentemente, de católico ultraderechista y conservador, es decir, de algo muy parecido al perfil de miembros que tenía TFP.

Otro misterio sin explicar es la alusión que hay en el libro Los neo-nazis en Sudamérica (1978) del chileno Franz Pfeiffer Richter (1937-1997), fundador en 1962 del Partido Nacional Socialista Obrero de Chile, respecto a un tal Luis Figari a quien se menciona como «el dirigente peruano» vinculado al Frente Nacional Socialista en el Perú.

Asimismo, otro tema que requiere de investigación es la amistad cercana de la cúpula del Sodalicio con miembros de El Yunque, organización secreta católica de extrema derecha nacida en México, con la cual el Sodalicio tiene más de una coincidencia en cuanto a doctrina y a régimen de gobierno y de disciplina.

Tanto Federico Müggenburg como Manuel Díaz Cid —a los cuales conocí personalmente— mantuvieron una estrecha amistad con Figari, Doig, Levaggi y otros miembros del Sodalicio, de los cuales siguen siendo sodálites activos José Ambrozic, Jaime Baertl, Alfredo Garland, Alejandro Bermúdez y Miguel Salazar. Si bien Díaz Cid ha reconocido su pertenencia a la organización y ha renunciado a ella, no sin efectuar una crítica disidente, no ha sucedido lo mismo con Müggenburg. ¿Se sigue cultivando contactos con él, sobre todo Alejandro Bermudez, quien a través de ACI Prensa ha defendido plataformas ultracatólicas como HazteOir, el Instituto de Política Familiar y Profesionales por la Ética, que han sido denunciadas en España por ser organizaciones de fachada de El Yunque?

También resultan misteriosas muchas de las amistades cultivadas por Figari y su entorno inmediato con personajes y grupos en Argentina y España. Germán Doig nos repetía, después de cada uno de los viajes realizados a estos países, que el Sodalicio no tenía comparación con otras asociaciones católicas allí presentes. ¿Con que grupos éramos comparados?

Lo que sí me consta es que regresaban de esos países cargados de libros difíciles de conseguir en el Perú: textos del falangismo español, libros de la ultramontana Fundación Speiro, obras de los tradicionalistas Julio Meinvielle y Leonardo Castellani, etc. Y de México se traían los libros del simpatizante del nazismo Salvador Borrego, así como obras de la Editorial Tradición, entre ellas escritos de Salvador Abascal, promotor de una especie de fascismo católico llamado sinarquía.

Como vemos, la caja de Pandora sigue abierta.

(Columna publicada en Altavoz el 5 de febrero de 2018)

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A continuación, anteriores artículos míos donde analizo varios aspectos del ultraderechismo del Sodalicio:

La más reciente noticia sobre El Yunque ha aparecido hoy:

Religión Digital
Las asociaciones de familia exigen a los obispos que dejen de colaborar con El Yunque (05 de febrero de 2018)
http://www.periodistadigital.com/religion/familia/2018/02/05/religion-iglesia-yunque-espana-familia-asociaciones-hazteoir-obispos-aborto-ciudadania-sociedades-secretas-espionaje.shtml

LA POBREZA DE LOS SODÁLITES

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Cuando leí en un artículo de Pedro Salinas (ver https://lavozatidebida.lamula.pe/2016/04/28/haciendo-de-nostradamus/pedrosalinas/) que en la Asamblea General del Sodalicio de Vida Cristiana del año 2012 se había reportado en el balance económico de la institución un patrimonio que llegaba a unos 450 millones de dólares, me pregunté en qué momento comenzó a amasarse tamaña fortuna.

Pues en la década de los ’80 el Sodalicio intentó generar ingresos propios a través de iniciativas empresariales que terminaron fracasando por mala gestión:

  • Intellect, una empresa dedicada a la creación de software empresarial, a cargo de José Ambrozic;
  • Editora Latina, una imprenta gestionada por mi hermano Erwin Scheuch;
  • Producciones San José, una productora de medios audiovisuales que tuvo como gerente a Javier Pinto, un sodálite casado, y para la cual también trabajaron otros sodálites casados como Guillermo Ackermann y Gonzalo Valderrama.

En los años ’90 el Sodalicio incursionaría en la formación magisterial con el Instituto Superior Pedagógico (ISP) Nuestra Señora de la Reconciliación, que terminaría cerrando por falta de alumnado debido a estrategias erradas de marketing.

Sin embargo, en lo que sí se tuvo éxito desde un principio fue en la recaudación de donaciones principalmente a través de APRODEA (Asociación Promotora de Apostolado), entidad sin fines de lucro creada en 1978. Es natural que en el Perú, país dominado por oligarquías burguesas católicas y conservadoras, esa actividad tuviera éxito, especialmente si las donaciones iban destinadas a una institución que tenía como tarjeta de presentación su conservadurismo católico de derecha y su elitismo de integrantes de clase alta y clase media pudiente de la burguesía limeña. Las casas donde funcionaban las comunidades del Sodalicio fueron donadas o entregadas para su usufructo siempre y cuando se destinaran a fines religiosos. En 1985, a fines del segundo gobierno de Fernando Belaúnde se obtuvo en donación un extenso terreno, donde se inauguraría en 1987 el Centro Pastoral Nuestra Señora de la Evangelización en el distrito de San Borja. Por lo general, el Sodalicio casi nunca ha pagado un alquiler o una hipoteca por algún inmueble que haya obtenido. Asimismo, APRODEA estuvo muy activa durante el primer gobierno de Alan García (1985-1990), pues las normas legales de entonces beneficiaban a las empresas que hicieran donaciones. Y José Ambrozic, encargado de la asociación en esa época, supo aprovechar muy bien estas circunstancias.

Por otra parte, muy pocos han tenido acceso a la información sobre a cuánto ascendía el patrimonio del Sodalicio, pues se trata de un dato que siempre se ha mantenido en secreto incluso para la gran mayoría de los miembros de la institución, aun cuando varios de ellos hayan contribuido con su trabajo a generar e incrementar este capital.

Más bien, quienes vivíamos el día a día en las comunidades sodálites teníamos la impresión de que las donaciones alcanzaban con las justas para cubrir los gastos, pues el presupuesto asignado semanalmente para alimentos, limpieza y mantenimiento era muy ajustado, al punto de que se comía austeramente y muchas veces los encargados de temporalidades —es decir, de administrar el presupuesto doméstico— tenían que hacer milagros para alimentar satisfactoriamente a toda la tropa.

Yo mismo fui encargado de temporalidades en varias ocasiones, y confieso que había que ser muy creativo para que la comida alcanzara: poner la mitad de carne molida en la salsa roja de los fideos y reemplazar la otra mitad con cebolla, aprovechar los restos de la ensalada para hacer una crema de verduras, hacer con más frecuencia platos rendidores como polenta o arroz chaufa, comprar lengua de vaca en vez de bistec, etcétera. Una vez no me alcanzaron los limones para un jugo hecho a partir de una piña desabrida que se iba a beber en el desayuno, así que le puse un poco de vinagre. Los miembros de la comunidad bebieron gustosamente el jugo, pero después casi me matan al enterarse del ingrediente “secreto” que había añadido.

Para ahorrar, las verduras y frutas no las comprábamos ni en el mercado de la zona ni en supermercados, sino en La Parada y en el Mercado Mayorista de Frutas, en el distrito de La Victoria. Recuerdo que cuando vivía en la comunidad sodálite San Aelred y José Ambrozic era el superior, nos despertábamos los sábados en la madrugada y, en una camioneta con tolva abierta, nos íbamos yo, Ambrozic al volante y otro miembro cualquiera de la comunidad a La Parada. Mientras Ambrozic se quedaba cuidando el vehículo, el otro sodálite y yo, cada uno con un enorme saco de yute y dinero en efectivo en el bolsillo, nos dirigíamos a pie a través de las calles malolientes y regadas de basura hacia el mercado mayorista de verduras, donde nos deteníamos en cada puesto para comprar papas, yucas, camotes, cebollas, zanahorias, tomates, lechugas, coles, etcétera, etcétera, hasta que los sacos estuvieran llenos, pues se necesitaba una ingente cantidad de alimentos para nutrir a una comunidad que solía tener en promedio unos diez integrantes. Luego, con el saco a cuestas, regresábamos entre el tumulto y la algarabía del mercado de esa zona popular hasta el lugar donde nos esperaba Ambrozic. Había que estar siempre alerta, pues esa zona era una de las más peligrosas de Lima.

Una vez, antes de entrar propiamente al mercado, caminando a lo largo de una calle donde algunos ambulantes tempraneros vendían jugo de naranja recién exprimido, panes con jamonada barata y otras viandas para el desayuno en sus carretillas, me adelanté un poco y de pronto me saltó encima una banda de “pirañitas” que me tumbaron en el suelo, a la vez que sentía varias manos que hurgaban en los bolsillos de mi pantalón mientras trataba de defenderme como un gato panza arriba. El otro miembro de la comunidad que venía detrás mío, poseedor de una boca descomunal capaz de albergar una manzana entera, llegó corriendo gritando como si se hubieran desatado las trompetas del Apocalipsis, y los pequeños delincuentes salieron despavoridos, pensando que se les venía encima más de una persona. Por suerte, el dinero lo tenía en un bolsillo de la casaca, y allí no se les había ocurrido hurgar a los menores asaltantes. Ni qué decir, hicimos las compras como de costumbre, y después nos dirigimos al Mercado Mayorista de Frutas. Aquí las compras se hacían con mayor tranquilidad, pues los pasillos eran anchos y espaciosos, aunque más de una vez fui testigo de alguna madre con sus hijos hurgando entre los montones de restos de frutas podridas que los comerciantes arrojaban en medio de los pasillos.

De paso queda decir que Ambrozic, poseedor de un carácter enigmático e introvertido y una personalidad reflexiva e inteligente que irradiaba sencillez e inspiraba respeto, a diferencia de otros superiores de comunidad que nunca se “rebajaban” a realizar las actividades que requerían esfuerzo físico reservadas a sus subordinados, sí se levantaba a horas tempranas para arriesgarse a ir con nosotros hasta ese submundo informal que era La Parada, así como también hacía ejercicios y compartía el estilo de vida austero de quienes no teníamos ningún rango en la institución.

En las mismas comunidades tampoco disfrutábamos de lujos. Recuerdo que cuando en diciembre de 1981 me mudé a la comunidad sodálite Nuestra Señora del Pilar en Barranco, compartí al principio un mismo dormitorio con Alfredo Draxl y Eduardo Field en la planta alta. Los armarios sencillos de triplay barato que solían ponerse para guardar la ropa y que servían a la vez de separación de ambiente para que las camas tuvieran cierta privacidad, todavía no habían sido instalados. Tampoco había cortinas en las ventanas, de modo que cambiarse de ropa significaba tener que agacharse para que nadie lo viera a uno desnudo desde la calle. Sólo había una antigua cómoda con cajones y una inmensa caja de cartón para que pusiéramos algunos objetos personales. Pasaría un mes antes de que estuvieran instalados los armarios y colocadas las cortinas.

Los espacios de la planta baja —una sala de reuniones, una sala de estar, un comedor— fueron amoblados con muebles donados, lo cual le daba a a los ambientes una estética ambigua e indefinida. Y las sillas que teníamos delante de nuestros escritorios —si así se le puede llamar a unas mesas de madera sencillas y espartanas— eran cualquier cosa menos cómodas. En general, el mobiliario que había en las casas de comunidad en que viví era barato en precio y calidad.

A resumidas cuentas, el Sodalicio sólo les proporcionaba techo y comida a los sodálites de comunidad. Cualquier gasto adicional tenía que ser cubierto por el afectado, para lo cual el recurso más frecuente era darle un buen sablazo a los progenitores. Aunque ocasionalmente el Sodalicio también ha cubierto algunos gastos eventuales de algún que otro miembro ordinario, cuándo éste no contaba con los recursos necesarios. Pero se trataba de excepciones.

Uno de los problemas más graves es que la mayoría no teníamos seguro médico. Durante el tiempo que pasé en comunidad recuerdo haber ido muy pocas veces al médico. Estaba la visita de rutina al oftalmólogo para que me recetara los lentes correctos, y las dos veces que me puse grave estando en San Bartolo —una vez con un absceso enorme de pus en la garganta y la otra vez con una inflamación en la espalda que me impedía caminar si no era agarrado a las paredes— me llevaron donde un especialista. Cualquier otra enfermedad se trataba de manera casera. Y esto comenzaba incluso antes de entrar a vivir en comunidad.

Cuando Jaime Baertl era mi consejero espiritual a fines de los años ’70, una vez le comenté que estaba fastidiado por una picazón continua en la ingle ocasionada por hongos en la zona genital. Normalmente mi madre me llevaba al dermatólogo, quien recetaba los consabidos ungüentos que requerían una paciente aplicación a diario durante varias semanas. Pero esta vez Baertl tenía la solución perfecta: un remedio que me iba a quitar los hongos de un día para otro. Fue al baño y sacó una botella medio vacía sin etiqueta de ningún tipo con un líquido turbio color caramelo, y me dijo: «Agarras un algodón, te pones el líquido en los huevos, y ya está. Vas a ver a Judas calato, porque arde como la conchasumadre, pero para mañana ya estás curado. José Antonio se lo puso, y vieras cómo gritaba el gordo pidiendo misericordia». Yo, confiado en que el Sodalicio hacía milagros a través de sus guías espirituales, apliqué la cura, aguanté el ardor con estoicismo, y al día siguiente los hongos habían desaparecido llevándose de paso un buen trozo de pellejo reseco de los dos gemelos situados en la zona sagrada.

Y en comunidad recuerdo que en el caso de resfriados comunes, cuando no parecían funcionar las antigripales que aliviaban los síntomas, tomábamos sin receta ni consejo médico el antibiótico Bactrim. Jaime Baertl recomendaba tomar para cualquier gripe —cosa que él mismo hacía— un potente antibiótico de amplio espectro cuyo nombre no recuerdo, que tenía efectos secundarios bastante molestos: mareos, dolores de cabeza, indigestión y pérdida de concentración. Era como matar una hormiga con una bazuca. Yo lo tomé por orden de Luis Fernando Figari una vez que tenía síntomas de bronquitis —una tos áspera persistente que no se me iba— con el resultado de que estuve grogui varios días. Y es que en cuestiones médicas también había que tener confianza en el gurú supremo, que aseveraba que los médicos son iguales que los brujos y los chamanes: adivinan cuál es el mal que uno tiene y recetan cosas basadas en la pura creencia en sus virtudes curativas. Luis Fernando creía saber con certeza cuál médico era confiable y cuál no. Algo parecido pensaba de los psicólogos, pues —según él— la mayoría tenían una concepción errada del ser humano, y sólo podía ser buen psicólogo quien compartiera la visión cristiana del hombre. Por eso mismo, en caso de un trastorno psicológico, uno sólo podía tratarse con los psicólogos que Figari designara, quien evitaba así de paso que profesionales independientes se enteraran de las cosas extrañas a las que se veían sometidos los miembros de las comunidades sodálites.

Recuerdo que en San Bartolo dos muchachos que tenían poca experiencia con el mar fueron obligados a saltar del peñón que había en medio de la bahía. Como cayeron en mala posición, el impacto con el agua desde tremenda altura les produjo desgarrones en la zona anal. El superior, con buen criterio, los llevó al día siguiente al médico sin consultar previamente con Luis Fernando. El galeno, después de examinar a cada uno por separado, les preguntó cómo se habían hecho esas heridas. Los muchachos le dijeron en qué circunstancias se habían producido. El médico se mostraba algo escéptico ante esa historia, así que comenzó a preguntarles dónde, cómo y con quien vivían. Cuando le dijeron que vivían en un balneario de playa junto con otros jóvenes dedicados a la vida espiritual, el médico comenzó a sonreír y hacerle guiños cómplices a la enfermera. Según él, las heridas sólo podían haberse producido por “contusión directa” y no se tragaba la versión de que la causa pudiese ser la superficie marítima después de un arriesgado salto desde lo alto de un peñón. Tenía que haber otra causa de visos inconfesables. El superior adivinó los pensamientos del médico y decidió de ahí en adelante acudir sólo a los médicos que recomendara Figari.

Además de las actividades de formación, en las comunidades nos ocupábamos por turnos de poner la mesa para el desayuno, el almuerzo y la cena, de lavar los platos y las ollas después de la cena, de limpiar a fondo la casa los días sábados. También hice trabajos de corrección de textos. Por ejemplo, a mí me entregaban las pruebas de las Memorias de Luis Fernando Figari antes de su publicación para que las revisara y corrigiera los errores ortográficos y gramaticales que tuvieran. Asimismo, hice correcciones de libros enteros para la Asociación Vida y Espiritualidad, además de contribuir habitualmente con reseñas de libros y algún que otro artículo para la revista que publicaba la asociación. Nunca recibí ninguna retribución económica por estos trabajos, pues se nos había inculcado el concepto de que cualquier trabajo en beneficio del Sodalicio debía ser realizado gratuitamente dentro del espíritu de generosidad y entrega que caracterizaba a la misión apostólica. A decir verdad, como no tenía otro punto de referencia, me parecía de lo más normal trabajar por nada.

Cuando comencé a dar clases en el Instituto Superior Pedagógico Catequético (ISPEC) y en el Instituto Superior Pedagógico Marcelino Champagnat, debía entregar la mayor parte de mis ingresos al encargado de temporalidades de la comunidad, quedándome sólo con una pequeña suma para gastos personales. Nunca supe cómo se utilizaba el dinero, pues los sodálites de a pie sin cargos de responsabilidad no se enteran de qué cosa se hace con la plata ni de cuánto dispone la comunidad, muchos menos de cuál es el monto total del patrimonio que posee el Sodalicio.

El estilo austero de vida que aún mantengo lo aprendí en las comunidades sodálites, un modo de vida que contrastaba con el que llevaba Luis Fernando Figari, a quien se le tenían que satisfacer todos sus gustos en lo referente a comida y comodidades. Además, disfrutaba del privilegio de poder viajar todos los años, llevando como compañía a algunos sodálites de su círculo cercano, entre los cuales estaban Germán Doig, Virgilio Levaggi, Alfredo Garland, Juan Carlos Len y Jaime Baertl. Los destinos preferidos eran España, México y Argentina, de donde regresaba cargado de libros difíciles de conseguir en Lima, la mayoría de orientación ideológica tradicionalista y fundamentalista. Posteriormente Luis Fernando incluiría entre sus destinos frecuentes Italia, Estados Unidos y otros países adonde se estaba expandiendo el Sodalicio.

Se hospedaba en buenos hoteles. Otros sodálites, cuando teníamos que viajar, no gozábamos de los mismos privilegios. Recuerdo que en 1984, cuando viajé a Roma para participar en el Jubileo de los Jóvenes, evento germen de lo que hoy se conoce como Jornadas Mundiales de la Juventud, tuve que pedirle dinero como bolsa de viaje a mi madre, quien sólo pudo darme con mucho esfuerzo 300 dólares. Con esa cantidad debía pagar mis costos de mantenimiento en Europa durante un mes. El pasaje de ida y vuelta a Roma no costó nada. Los organizadores había donado una cantidad de pasajes gratuitos al Sodalicio de Vida Cristiana, uno de los tantos movimientos que había sido invitado al evento, y uno de esos pasajes me tocó a mí debido a mi condición de miembro del grupo musical Takillakkta. Además, pesaba también la circunstancia de que mis padres no contaban con dinero suficiente para financiarme el pasaje.

En ese entonces Takillakkta estaba conformado por Alejandro Bermúdez (zampoñas y voz principal), Ricardo Trenemann (charango), Mario “Pepe” Quezada (percusión) y yo (guitarra). Luis Cappelleti se unió a nosotros como invitado para cantar y acompañarnos con la guitarra. Y también venían con nosotros Emilio Garreaud y Humberto del Castillo.

Lo cierto es que no fue fácil, pero en esa ocasión pude sobrevivir en Europa durante un mes con sólo 300 dólares. En Roma nos alojamos gratuitamente en la casa de una congregación de monjas, donde el desayuno estaba incluido. Durante los días del Jubileo de los Jóvenes el almuerzo fue gratis, y para los almuerzos de los otros días así como para las cenas acudíamos a cualquier tavola calda, que eran locales donde se puede comer pizza y pasta a precios económicos.

Para la última semana, estaba planeado a hacer un periplo rápido por Europa para encontrarnos finalmente con Luis Fernando Figari y su comitiva en Madrid, integrada por Germán Doig, Virgilio Levaggi, Jaime Baertl y Juan Carlos Len. El grupo que iba a aventurarse en ese tour de force estaba conformado por los que he mencionado más arriba menos Alejandro Bermúdez, quien, como miembro privilegiado del círculo íntimo de Figari, iba a ir directo en avión a Madrid para encontrarse con su majestad suprema y coordinar ciertos asuntos. Lo cual ciertamente significaba un alivio para los demás, pues aunque Alejandro tenía sus momentos de buen humor y podía ser muy simpático y agradable en el trato cotidiano, se convertía en una tortura insoportable cuando las cosas no venían como él esperaba y el mal humor lo transformaba en la versión más despiadada de Mr. Hyde.

El trayecto fue así: Roma – Venecia – Viena – Colonia – Amsterdam – París – Zaragoza – Madrid. Para no tener que pagar alojamiento, tomábamos el tren cuando estaba anocheciendo y dormíamos allí como podíamos hasta llegar a la siguiente estación. Sólo nos alojamos en hoteles al alcance de nuestro bolsillo una noche en París y dos en Madrid. En Colonia y Amsterdam nos detuvimos solamente unas horas. Y el último día “Pepe” Quezada, Ricardo Trenemann y yo, los únicos del grupo que no habíamos podido costearnos un vuelo de regreso de Madrid a Lima, tuvimos que hacer un largo y pesado viaje en tren a Roma, pues nuestro vuelo de regreso al Perú partía de allí. Lamentablemente, por circunstancias ajenas a nuestra voluntad —llámese demora imprevista de una conexión ferroviaria—, no llegamos a tiempo al aeropuerto y tuvimos que tomar el próximo vuelo al día siguiente. Las mismas monjas que nos habían alojado antes nos acogieron esa noche, pues no teníamos ni dónde caernos muertos. Pero como ya teníamos fama de no ser tan vivos y pendejos (taimados) como otros sodálites, al enterarse del incidente nos pusieron injustamente durante un tiempo el mote de “el tonto, el loco y el despistado”. Como decía frecuentemente Jaime Baertl, resumiendo su filosofía de vida: «Se te perdona que seas pecador, pero no que seas cojudo».

Demás esta decir que los únicos que podían disfrutar regularmente de viajes de “vacaciones” eran Luis Fernando y los miembros de su comitiva. Para los sodálites ordinarios nunca había vacaciones, lo cual se justificaba a través de la siguiente frase: «El demonio nunca toma vacaciones; por lo tanto, quienes lo combaten tampoco deben tomarlas». En los inicios de las comunidades sodálites ni siquiera el domingo era considerado como un día para descansar y relajarse, y se mantenía la disciplina de todos los días de levantarse temprano después de haber dormido poco. Hasta que en un momento dado comenzaron a multiplicarse los casos de sodálites que repentinamente comenzaban a hablar incoherencias, como si por momentos hubieran perdido la razón. Fue entonces que Luis Fernando decidió que en las comunidades se podía dormir más largo los domingos, dejando a criterio de cada uno el momento de levantarse.

Cuando en julio de 1993 salí de la vida comunitaria, apenas tenía un título de licenciado en teología y mis ingresos se reducían a lo que ganaba por algunas horas de clase en el ISPEC. Germán Doig me ofreció hacer la traducción de un libro del alemán al español, originalmente escrito por el sacerdote y experto en ciencias sociales alemán Theodor Herr, que fue publicado por la Asociación Vida y Espiritualidad en 1994 bajo el título de Reconciliación en lugar de conflicto. Por ese trabajo recibí unos 300 dólares. No hubo ningún contrato de por medio.

A los 30 años cumplidos me hallaba en una situación precaria. Mis ingresos eran reducidos, por lo cual me fui vivir con una tía abuela que habitaba la antigua casona de mi difunta abuela, acompañada de la hija de una cocinera a la que mi abuela había criado y una empleada abancaína con dos hijas menores. A mi tía abuela le pasaba una parte de mis ingresos para ayudar con los gastos de alimentación y de la casa. Además, no contaba con seguro médico, nunca había cotizado para una jubilación, no tenía ahorros y mis perspectivas a futuro en el campo laboral eran sombrías. De parte del Sodalicio no había recibido casi ninguna ayuda, no obstante que yo seguía manteniendo mi fidelidad a la institución y estaba dispuesto a colaborar en el cumplimiento de su misión.

En ese momento tampoco se me ocurrió reclamar nada por los derechos de autor de 22 canciones que yo había compuesto y que habían sido publicadas por Takillakkta en los álbumes “América de nuestra fe” (1989), “Reconciliación” (1990), “Navidad en mi tierra” (1991) y “América 500 años” (1992), cuyos derechos había cedido a ICTYS (Instituto Cultural Teatral y Social) por órdenes superiores. Jaime Baertl, encargado de la entidad mencionada, un día me presentó un papel para que lo firmara diciéndome que consistía en la cesión de mis derechos de autor a ICTYS y que no era necesario que lo leyera. Como yo todavía me regía por el código de la obediencia y mantenía una confianza ciega en las autoridades del Sodalicio, firmé simplemente. Hasta ahora no sé lo que decía el papel, pues nunca me fue entregada una copia. Lo cierto que es que los álbumes de Takillakkta se vendieron relativamente bien y yo nunca recibí un puto céntimo por las canciones que había compuesto.

Durante los años ’90 salí adelante como pude, trabajando como profesor de diversas materias —religión, lengua española, economía política, filosofía, alemán— en colegios privados durante la mañana, por lo general con una remuneración baja o mediana. Trabajé en el Colegio San Ignacio de Recalde, el Colegio Peruano Chino 10 de Octubre, el Colegio San Felipe, el Colegio Santa Úrsula y el Colegio Peruano-Alemán Augusto Weberbauer. En las tardes seguí dando clases de teología en el ISPEC.

En el año 1999 Germán McKenzie, entonces Superior Regional de Perú, me invitó a dar clases en el nuevo Instituto Superior Pedagógico Nuestra Señora de la Reconciliación, que funcionaba durante las tardes en el Colegio Nuestra Señora de la Reconciliación (Monterrico), centro educativo gestionado por el Sodalicio. Lo cierto es que me sentía a gusto dando clases de teología y filosofía en ese instituto, aunque la remuneración no era muy alta, pero en lo laboral hubo algunos problemas que hicieron que me preguntara si realmente valía la pena seguir buscando puestos de trabajo vinculados al Sodalicio.

En ese entonces, por recomendación de Germán McKenzie, se había contratado como director a Luis Augusto Chiappe, un hombre de muy buen corazón que tenía experiencia en la educación superior y al cual le habían encargado diseñar estrategias de marketing para atraer alumnado al instituto. Le tomé mucho afecto a Luis Augusto, a quien la fascinaban las canciones que interpretaba Annie Lennox, integrante del dúo pop Eurythmics. Siempre recibía a la gente con una cálida y generosa sonrisa que le iluminaba su rostro barbado y bonachón. Fue él quien me hizo conocer más el cine de Dario Argento —de quien yo había visto la fascinante y misteriosa Inferno (1980)—, prestándome dos de sus películas en vídeo: Tenebre (1982) y Opera (1987), y gracias a él pude ver por primera vez la obra maestra de Fritz Lang, Metropolis (1927), película del cine mudo que ha sido declarada patrimonio cultural de la humanidad por la UNESCO.

Una vez Luis Augusto nos dio una mala noticia a los docentes: la remuneración del mes no se nos iba a pagar a tiempo. Y entre pregunta aquí, pregunta allá, finalmente la paga fue retenida durante tres meses. Luis Augusto me informó que según Jaime Baertl —quien era el que administraba el dinero— no había plata y que teníamos que esperar hasta que recibieran un pago pendiente. Curiosamente, de las instituciones y empresas para las que he trabajado, ésta ha sido la única donde alguna vez se han demorado en pagarme lo que me debían, sin importarles las consecuencias que ello tuviera sobre la economía familiar de los que allí laboraban con dedicación y esfuerzo. Y con un compromiso apostólico hacia el Sodalicio. Hasta ahora no llego a entender por qué no recurrieron a un préstamo en vez cometer esa injusticia con nosotros.

En otra ocasión, Luis Augusto me confió que Jaime Baertl lo había presionado para sacarme del instituto, cosa a lo que él se negó, considerando que yo era uno de los docentes de mejor calidad con los que contaban. Y despedir a un profesor era relativamente fácil, pues nadie del cuerpo docente había firmado un contrato. Aun cuando no cumplíamos con las condiciones para estar bajo ése régimen, los docentes éramos considerados como trabajadores independientes que tenían que extender un recibo por honorarios antes de recibir su remuneración en efectivo. Cuando le pregunté a Germán McKenzie si era cierto que Jaime Baertl se había opuesto a que yo continuara como docente en el instituto, me dijo que no sabía nada al respecto y que él estaba contento con la labor que yo estaba desempeñando.

Luis Augusto fue proponiendo estrategias de marketing juveniles y novedosas, que aparentemente fueron rechazadas porque no se ajustaban a la sobriedad del estilo sodálite. Al final, él también tuvo que irse. Lo encontré un día en su oficina, donde me comunicó la triste noticia. De repente, sacó un talonario de recibos y yo, extrañado, le pregunté para qué eran. «Tengo que llenar uno y entregarlo para que me paguen lo que me deben», fue su respuesta. Era algo inaudito. El director del instituto tampoco estaba en planilla sino que recibía honorarios profesionales como un trabajador independiente. Y, de paso, se ahorraban el pago de los beneficios sociales.

Con la salida de Luis Augusto, nunca más volví a ser convocado para dar clases en el Instituto Superior Pedagógico Nuestra Señora de la Reconciliación. Jamás se me explicó por qué.

Cuando le comenté a un sodálite casado de la vieja guardia cómo había sido mi experiencia laboral en el instituto, éste me dijo una frase que hasta ahora guardo en la memoria: «Colabora con ellos en las obras apostólicas, pero nunca trabajes para ellos». Él también había tenido experiencia de lo mal empleador que era el Sodalicio.

O del doble juego que algunos sodálites hacían con las personas que confiaban en ellos, donde por delante se decía una cosa mientras que por detrás era otra la que se hacía o se pensaba. Me ocurrió, por ejemplo, con Alfredo Draxl, quien era entonces director del Colegio San Pedro en La Molina. A fines de 1999 terminó mi contrato con el Colegio Santa Úrsula, donde había enseñado alemán, y supe que en el Colegio San Pedro estaban buscando un profesor de alemán. Me comuniqué con Draxl para ofrecerle mis servicios. Él me dijo que le parecía bien, pero primero tenían que hacerme una prueba de aptitud. Después de haberme sometido a esta prueba escrita, me llamó para reunirme con él y, sin mostrarme ningún resultado, me dijo que lamentablemente no había alcanzado un puntaje satisfactorio y que no me podían contratar. Le agradecí, y a otra cosa, mariposa.

Poco tiempo después supe que un amigo mío, que tenía a sus hijos en el Colegio San Pedro, le había preguntado a Draxl qué había sido de mi postulación al puesto de profesor de alemán. La respuesta lo dejó atónito. Draxl le dijo que yo era una persona conflictiva, que iba a tener problemas con otros miembros del cuerpo docente, sobre todo las mujeres, y que prefería mantenerme lejos. Y supongo que a Draxl no se le debe haber movido un sólo musculo de su pétrea cara dura al decir esto.

Meses más tarde entré a trabajar como profesor de alemán en el Colegio Peruano-Alemán Augusto Weberbauer. Fue mi último trabajo como maestro de escuela, pues entonces ya estaba haciendo estudios para obtener un MBA (Master of Business Administration) en ESAN (Escuela de Negocios para Graduados). Mi siguiente trabajo sería en proyectos de la GTZ (Deutsche Gesellschaft für Technische Zusammenarbeit), un organismo de la cooperación alemana para los países en desarrollo. Y a la vez sería convocado por José Luis Pérez Guadalupe, director del Instituto de Teología Pastoral “Fray Martín” de la diócesis de Chosica, a colaborar como docente en el Curso de Teología a Distancia que se efectuaba en el verano y estaba destinado principalmente a catequistas y profesores de religión, la mayoría de ellos provenientes de provincias. Fue para mí una hermosa experiencia de Iglesia.

Lo cierto es que a partir de los años ’90, cuando el Sodalicio comenzó a gestionar colegios, institutos, universidades, cementerios y otras empresas, su patrimonio se fue incrementando exponencialmente, mientras quienes trabajábamos para algunas de sus iniciativas empresariales debíamos contentarnos con remuneraciones que alcanzaban sólo para mantenernos por encima del nivel de subsistencia.

¿Cómo se compagina esto con la pobreza que Jesús predica en los Evangelios? Hay que entender, primero, que los sodálites consagrados sólo hacen promesas de obediencia y celibato. La pobreza, sin embargo, también es una exigencia que aparece en la ideología sodálite, pero se habla más que nada de “espíritu de pobreza” y de “comunicación de bienes”. Esto queda bien resumido en el siguiente texto, extraído de Camino hacia Dios N.º 176, publicación sobre espiritualidad sodálite destinada a miembros del Movimiento de Vida Cristiana (ver https://web.archive.org/web/20161214054849/http://www.caminohaciadios.com:80/chd-por-numero/206-176-buscad-el-reino-de-dios-y-el-resto-se-os-dara-por-anadidura):

«La pobreza que viene a ensalzar Nuestro Señor Jesucristo no es pues una mera carencia de bienes materiales. (…) Pero tampoco es un mero desprendimiento “espiritual” de los bienes. Se trata ante todo de una actitud interior, de una apertura, de una espera que sólo puede ser llenada por el Señor.»

«No se trata aquí de mirar negativamente nuestra realidad personal y el esfuerzo que hacemos por poseer bienes materiales. Intentemos, más bien, tener una mirada sobrenatural ante estas realidades materiales y aprender a vivir un sano desapego de los bienes materiales y su comunicación generosa con los que los necesitan.»

A diferencia de otros institutos de vida consagrada, donde los miembros no poseen más que algunos objetos personales y los demás bienes son de la comunidad, en el Sodalicio se permite la posesión de todo tipo de bien, haciendo la salvedad de que hay que ser generosos con ellos y ponerlos a disposición de otros hermanos de comunidad cuando los necesiten. Lo cierto es que esto no impedía que hubiera diferencias entre los miembros de las comunidades en cuanto al dinero de que disponían, los equipos electrónicos que tenían, la ropa que usaban, los libros y CDs que compraban, y en algunos casos el vehículo automotor propio que poseían. Bienes que no siempre eran compartidos con otros hermanos menos pudientes de la comunidad.

Si bien se había asumido como propia la indicación de que hay que vivir la “dinámica de lo provisional” —expresión acuñada por el Hno. Roger Schutz de la comunidad ecuménica de Taizé—, en realidad había algunos sodálites que tenían bien cimentada su existencia en base a una nutrida cuenta bancaria, sobre todo si el sujeto provenía de la clase alta. En el caso del fundador Luis Fernando Figari, resulta difícil imaginarse que haya plasmado en su vida ni siquiera la interpretación alambicada de la pobreza que pregona el Sodalicio, cuando su estilo de vida era cualquier cosa menos espartano, gozaba de más comodidades que cualquier miembro de la comunidad, se permitía más gustos y placeres, con el agravante de que nunca ha trabajado ni generado ingresos propios desde que lo expulsaron del Colegio Santa María de los Marianistas en la década de los ’70.

Aún con toda la austeridad que había en el día a día de las comunidades sodálites, confieso que la auténtica “dinámica de lo provisional” la viví en en carne propia recién cuando salí de comunidad y tuve que enfrentar las preocupaciones por el sustento diario que comparten la mayoría de los mortales. Y díganme si no es verdadera pobreza evangélica ganar sólo lo necesario —y a veces menos—, no pudiendo acumular bienes suntuarios, en consonancia con lo que manda Jesús en los Evangelios. Porque la interpretación para cristianos burgueses que el Sodalicio hace de la pobreza, planteando la absurda posibilidad de ricos no apegados a sus bienes y con espíritu de pobre, no le ha impedido acumular a lo largo de los años, con procedimientos no siempre limpios, millones de dólares supuestamente en beneficio de obras sociales y educativas de bien cristiano, aunque no sé si encajen dentro de esta descripción las cuantiosas sumas invertidas en eventos aparatosos y multitudinarios con fines proselitistas a mayor gloria de Figari, los congresos internacionales con gastos de viaje y alojamiento pagados para todos los expositores nacionales y foráneos, los montos desembolsados para las vacaciones anuales en el extranjero de Figari y su comitiva, o los gastos de representación para agasajar a obispos, curas y personalidades internacionales del mundo católico conservador, sobre todo si algunos de estos personajes tenían influencias en el Vaticano o a altos niveles de la Iglesia latinoamericana. Por ejemplo, no sé cuánto debe debe haber costado la botella de whisky Johnnie Walker Etiqueta Negra que una vez me pidieron que le llevara a su habitación al cardenal Alfonso López Trujillo, a quien invitaban también a restaurantes exclusivos para que pudiera degustar una los platos que más le gustaba: las conchas de abanico a la parmesana.

Los sodálites consagrados hacen promesa de guardar la castidad a través del celibato, pero parece que para algunos esto se interpretaba en la práctica como “castidad de espíritu”, porque de cuerpo no lo era. De modo similar, la pobreza evangélica ha sido interpretada como “pobreza de espíritu”, supuestamente compatible con la acumulación exagerada e injustificable de bienes materiales por parte de unos cuantos sodálites. El sentido común nos llama a designar esto como riqueza y a recordar las palabras de Jesús en los Evangelios: «De cierto os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos» (Mateo 19, 23). O las descarnadas palabras del apóstol Santiago: «¡Vamos ahora, ricos! Llorad y aullad por las miserias que os vendrán. Vuestras riquezas están podridas y vuestras ropas, comidas de polilla. Vuestro oro y plata están enmohecidos y su moho testificará contra vosotros y devorará del todo vuestros cuerpos como fuego. Habéis acumulado tesoros para los días finales» (Santiago 5, 1-3).

EL PELIGRO DE SER SODÁLITE

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Cascada en el Cañón de Autisha

Cuando yo tenía tan sólo 15 años, el Sodalicio me ofreció un mundo de aventuras en territorios incógnitos de la existencia. Y no sólo aventuras espirituales, sino también una que otra osada aventura terrena, donde —sin ser yo plenamente consciente de ello— mi vida correría peligro. Guardo un recuerdo muy vívido de una de esas aventuras.

En ese lejano año de 1978, un joven José Ambrozic era animador de nuestra agrupación mariana, de la cual saldrían varias “vocaciones” sodálites. Sólo una de esas vocaciones ha permanecido hasta el día de hoy en la institución, a saber, Miguel Salazar.

José, a quien conocíamos coloquialmente como “Pepe”, de barba poblada, trato amable y gesto tímido, tenía una personalidad tranquila pero enigmática, como si continuamente estuviera mirando un secreto que guardaba celosamente en lo más recóndito de su alma. Tenía una sonrisa franca, pero aún en conversaciones íntimas irradiaba una especie de distancia impenetrable, que me inspiraba a la vez respeto y admiración. Pero cuando se ponía al volante de un coche, que manejaba con la destreza de un Fittipaldi, era capaz de ponernos el corazón en la boca. O los huevos de corbata, como decíamos en nuestro coloquial y vulgar lenguaje adolescente.

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José Ambrozic

No era extraño que condujera por avenidas de la urbe limeña a más de 80 kilómetros por hora. Dios sabe por qué nunca tuvo un accidente. Y si se trataba de conducir un coche en carretera, era a tal punto de temer, que el P. Armando Nieto SJ llegó a decir que tuvo más miedo cuando Pepe lo llevó a un retiro por la Carretera Central que cuando una vez casi se cae la avioneta en que volaba sobre la selva peruana. Y lo más increíble es que Pepe era miope como una tapia y usaba lentes de contacto de gran aumento.

Un fin de semana, Pepe decidió llevarnos a correr una aventura en un remoto lugar de la sierra, a sólo dos horas en coche de Lima. Nuestro destino: Autischa, a 2200 metros de altura sobre el nivel del mar en el distrito de Huarochirí. En ese entones Autisha todavía no se había convertido en la ruta de turismo de aventura que es ahora, donde los viajeros son guiados a través de escarpados caminos de montaña hasta llegar a un austero puente de hormigón, sólido pero sin barandas, que cruza el cañón de más de 100 metros de profundidad, para finalmente descender por las escalerillas metálicas de un profundo y oscuro pozo que llega hasta la herrumbrosa sala de máquinas de una antigua represa abandonada, desde la cual se puede salir a través de una oquedad, previo cruce de unos rieles tendidos a cierta altura, hacia un claro en las profundidades del cañón donde la caudalosa corriente de un río subterráneo sale de la roca formando una estruendosa cascada.

Ninguno de nosotros contaba con los equipos especiales (cascos, lentes de protección, arneses y cuerdas, etc.) que se utilizan actualmente para efectuar ese recorrido. Teníamos tan sólo 15 ó 16 años de edad, y ni siquiera sabíamos los peligros a los que nos íbamos a exponer bajo la guía de Pepe, a quien algunos apodaban “Huevos de Acero”, porque cuando jugaba fulbito y le caía un pelotazo en la zona genital, ni se inmutaba y seguía jugando con la rudeza que lo caracterizaba, como si nada hubiera pasado.

No recuerdo exactamente cuántos fuimos los participantes a esa excursión, pero si la memoria no me falla, estaban allí Miguel Salazar, Eduardo Field, George Wille, Alfredo Bushby, Tato Felices y un joven de sonrisa abierta y trato cariñoso y acogedor, Gonzalo “Canito” Velaochaga, que no pertenecía a nuestra agrupación pero que en ese entonces era una de las vocaciones más prometedoras del Sodalicio. Y que no duró mucho, pues al año siguiente, cuando formábamos parte del mismo grupo de sodálites mariae, tomó la decisión de dejar la institución. Se despidió con una amplia sonrisa, pero nunca nos dijo las razones que motivaron su decisión. Espero que la vida le haya sonreído de ahí en adelante. Por lo menos, tuvo la suerte de irse en una época temprana del Sodalicio y le fueron ahorrados los abusos psicológicos y físicos que sufrimos quienes permanecimos durante décadas en la institución.

Fuimos a Autisha a través de una carretera afirmada no pavimentada en dos coches, en uno de ellos Pepe Ambrozic al volante, conduciendo a su manera acostumbrada, y en el otro, Alfredo Garland.

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Alfredo Garland

Garland, sodálite de la primera generación que ad intra de la institución tiene fama de ser un hombre de buen corazón, era una persona de carácter timorato y delicado y de costumbres burguesas. Se contaba que, a fin de que endureciera su carácter y venciera sus miedos, Luis Fernando Figari lo había mandado a ver la película de terror Granja macabra (Motel Hell, Kevin Connor, 1980), que cuenta la historia de una pareja de granjeros de la Norteamérica rural que secuestraban a los viajeros que pasaban por la región para luego cortarles la lengua, enterrarlos hasta el cuello y cebarlos adecuadamente, a fin de utilizarlos como materia prima para fabricar la carne ahumada que vendían. El objetivo era someterlo a una especie de terapia de shock con el propósito de adormecer su sensibilidad y hacerlo apto para los rigores de la disciplina sodálite. Y parece que funcionó, pues cuando Garland llegó a ser superior de comunidades sodálites, se convirtió en una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, donde convivían en una misma persona el lado amable y bondadoso junto con un talante implacable e inmisericorde cuando se trataba de aplicar castigos a sus súbditos.

Una vez yo mismo apliqué esta técnica de tratamiento de shock a través del cine cuando invité a un aspirante sodálite que estaba bajo mi cargo a ver la película Fuerza siniestra (Lifeforce, Tobe Hoper, 1985), donde dos hombres y una mujer extraterrestres se pasean desnudos durante todo el rodaje por un Londres apocalíptico, succionando la energía vital de las personas y convirtiéndolas en zombis, desatando de esta manera una epidemia de muertos vivientes plasmada en escenas terroríficas y desagradables. Esta estrategia de shock fue también aplicada de manera masiva en los dos primeros Convivios (o congresos de estudiantes católicos para escolares de 4to. y 5to. de secundaria) de 1977 y 1978, donde se proyectó respectivamente las películas Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976) — clásico moderno que, sin embargo, no deja de ofrecer una visión deprimente de un entorno social determinado y termina en un baño de sangre de violencia inusual para la época— y Centinela de los malditos (The Sentinel, Michael Winner, 1977) —película de terror que presenta escenas de gran impacto, sórdidas y repugnantes—. La exhibición de estas películas en ambos Convivios tenía la intención de generar en los jóvenes participantes una especie de ablandamiento psicológico, a fin de hacerlos tomar conciencia de los “males del mundo” y hacerlos más receptivos al mensaje que se les quería transmitir.

Voviendo a Garland, éste también tenía pretensiones intelectuales. En el año 1978 escribió, bajo la supervisión de Luis Fernando Figari, Germán Doig y Virgilio Levaggi, una investigación periodística —en realidad, un panfleto derechista y reaccionario— contra la teología de la liberación, bajo el título de Como lobos rapaces – Perú: ¿una Iglesia infiltrada? Se trata de un libro cuya existencia el mismo Sodalicio trató de ocultar posteriormente, pues las fuentes que menciona hacen patente el pensamiento católico tradicionalista con dosis de fascismo del cual se nutre su análisis, así como los libros de autores ultramontanos que leíamos habitualmente los sodálites en la década de los ’70.

Por otra parte, Garland era un buen repetidor de ideas ajenas, siempre y cuando fueran relativamente sencillas, pero carecía de la capacidad analítica y creatividad conceptual de quien toma las riendas de su propio pensamiento. «Tu nunca serás un intelectual; sólo eres un diletante», me dijo una vez debido al amplio interés que yo mostraba en varios temas, no todos relacionados directamente con la fe católica. Y a decir verdad, yo nunca he pretendido ser un intelectual, sino solamente un católico que se atreve a pensar por cuenta propia siguiendo su conciencia y mantiene un enorme interés por las manifestaciones culturales y sociales del mundo en que vivimos. Garland tampoco ha cumplido su sueño de ser un intelectual, no obstante que fue fundador y primer director de ACI (Agencia Católica de Informaciones) —la cual, bajo la conducción de Alejandro Bermúdez, se llamaría luego ACI Prensa— y creador del Centro de Estudios Católicos, en cuya página web se ofrecen artículos sobre diversos temas desde una perspectiva católica conservadora y con el denominador común de ser tediosos, con tendencia al didactismo y poco estimulantes de las células grises del cerebro. No obstante sus limitaciones cognitivas —o precisamente gracias a ellas— Garland se convirtió en un buen divulgador de ideas básicas de la doctrina cristiana, siempre y cuando no intentara abordar temas más complejos como las Cruzadas y la teología de la liberación, pues allí es donde suele caer en la pura propaganda ideológica disfrazada de análisis intelectual.

Retomemos el hilo de nuestra historia.

Cuando llegamos a Autisha, lugar que se nos presentaba cargado de misterio por su paisaje inhóspito y sobre todo por lo que Garland contaba de las ratas grandes como perros que merodeaban de noche en la zona, éste se quedó cuidando nuestras cosas y leyendo, mientras todos los demás nos dirigimos en fila india, guiados por Ambrozic, hacia un camino que iba subiendo pegado a una ladera. Para el trayecto que íbamos a realizar, donde no sabíamos lo que nos esperaba, nuestro único equipo consistía en un par de linternas de bolsillo.

El camino iba subiendo cada vez más y se hacía más escarpado y estrecho, mientras a nuestro a lado izquierdo la pendiente se iba convirtiendo poco a poco en un precipicio. Hasta que llegamos al borde del cañón que teníamos que cruzar. No sé si entonces existía el arco de hormigón que se usa actualmente como puente para cruzar el abismo, pues eso no es lo que vimos en esa parte del camino. Ante nosotros teníamos un destartalado puente colgante, de estructura metálica y piso de madera. Uno de los cables que lo sostenía estaba roto. El puente estaba peligrosamente ladeado, y la única manera de pasarlo era agarrándose con ambas manos del cable sano y pisando con cuidado las tablas inclinadas para no resbalar hacia una muerte segura. Al principio, nadie de nosotros se atrevía a pasarlo. Hasta que Ambrozic nos dijo que teníamos que demostrar nuestro valor y cruzarlo de todas maneras.

Finalmente, vencimos nuestros miedos y comenzamos uno a uno a cruzar el puente, que se balanceaba ligeramente debido al viento que soplaba en el cañón. Algunos pasamos más rápido que otros, pero siempre con las dos manos agarradas como tenazas al único cable colgante intacto que tenía el puente y evitando en lo posible mirar hacia abajo, mientras movíamos los pies lentamente pero con firmeza. El único de nosotros que cruzó con ligereza y sin señales de miedo en el rostro, como si con él no fuera la cosa, fue “Canito” Velaochaga.

Fue entonces que Ambrozic se agarró con una sola mano del cable sano y alegremente, como quien estuviera paseando por la vereda de su casa, llegó raudamente hasta la mitad. Allí se detuvo, levantó una pierna y la estiró al aire, mientras nos miraba burlonamente como si fuéramos una manada de cobardes. Luego caminó hasta el otro extremo y regresó de manera rápida y desenfadada, con la audacia que la costumbre le otorga al equilibrista que camina por la cuerda floja. Fue el único que cruzo el puente dos veces, cuando a los demás nos bastaba y sobraba con haber alcanzado el otro lado sanos y salvos.

En la otra ladera del cañón, el camino continuaba al borde del precipicio. En unas pocas partes del trayecto las piedras que servían de asiento al camino se habían caído con el tiempo, por lo cual teníamos que saltar para pasar al otro lado. Al poco tiempo llegamos a una pequeña edificación ruinosa, dentro de la cual se abría un pozo que descendía a las profundidades a través de una herrumbrosa escalera metálica. Las únicas indicaciones que recibimos de Pepe fue que tuviéramos cuidado al pisar las rejillas que hacían de descansillos, pues habían piedras en ellos que se habían ido acumulando con el tiempo y podíamos hacer que alguna cayera sobre el que estaba bajando primero que nosotros. Asimismo, no debíamos mirar hacia arriba, pues nos podía caer polvo y tierra en los ojos. Con apenas un par de linternas, el descenso se realizó casi a oscuras, donde uno tenía que guiarse prácticamente por el tacto para poder tomar el siguiente tramo de escalera en el descansillo. No faltó una que otra piedra que cayera, no obstante el cuidado que se tuvo, seguido de un grito de aviso: «¡Cuidado! ¡Piedra!»

Abajo nos esperaba la abandonada sala de maquinarias de la represa, donde se respiraba un olor a moho y humedad. La oscuridad era total. Del fondo venía un poco de luz. Se trataba de una abertura en la roca que daba al otro lado del cañón, a un paisaje de rocas y peñascos iluminados tenuamente por la luz que se filtraba desde lo alto y donde lo más impresionante era el chorro de agua que salía caudalosamente del acantilado pétreo que formaba el cañon a nuestra lado izquierdo. Para llegar al pie de la cascada, donde el agua fresca y cristalina formaba una lagunilla, había que descender de la altura en la que estábamos a un peñón a través de un herrumbroso riel que fue colocado allí cuando la represa todavía funcionaba. «No pisen los travesaños de madera», fue la única recomendación de Pepe, pues con el paso del tiempo y la humedad casi todos estaban podridos, y si uno se apoyaba en uno y perdía el equilibrio, la caída podía ser fatal, o en el mejor de los casos, producir lesiones graves. En ese entonces el riel no había sido dotado de la red con que cuenta ahora, a fin de evitar desenlaces trágicos. De modo que caminando al estilo araña, con los pies por delante sobre los listones metálicos y con las manos atrás apoyadas en los mismos, fuimos deslizándonos lentamente hacia el peñón. No faltó uno que pisara uno de los travesaños de madera, que se partió por la mitad. Afortunadamente, la cosa no pasó de un susto.

El regreso se dio sin mayores sobresaltos. Después de cruzar nuevamente el riel, salimos por el otro lado en la parte baja del cañón y llegamos caminando al sitio donde Garland se había quedado esperándonos, y comimos lo que habíamos traído, comentando la adrenalínica experiencia que habíamos vivido. Por supuesto, mis padres nunca se enteraron de nada. Pues en el fondo yo era consciente de lo peligrosa que había sido la aventura vivida, y me sentía orgulloso de haber vencido el miedo que me habían generado las situaciones de riesgo en las que habíamos estado.

No sería la última vez que visitaría Autisha. Tres años después, Garland se convertiría en el instructor de nuestro grupo de aspirantes sodálites y en una ocasión emprendimos un viaje en coche que tenía como destino a Huancayo. Nunca llegamos a nuestra meta, porque empezó a llover torrencialmente y decidimos acampar en Autischa. La lluvia era tal, que una inundación era inevitable, así que Garland tomó la decisión correcta de levantar el campamento y terminanos pasando la noche en un hotel de carretera.

Las excursiones a Autisha que organizaban otros sodálites serían canceladas de manera abrupta, cuando, estando yo viviendo en la comunidad de Nuestra Señora del Pilar de Barranco, dos integrantes de ella, Rafael Álvarez-Calderon y Mario “Pepe” Quezada, junto con Raúl Guinea, un sodálite casado de la primera generación, llevaron de excursión a ese lugar a un grupo de alumnos menores del Colegio Markham. Al final se quedaron atrapados en una ladera y se tuvo que organizar una acción de rescate con participación del cuerpo de bomberos de Chosica. El superior de la comunidad, Germán Doig, castigó a ambos sodálites de comunidad poniéndolos durante un tiempo a régimen de pan y agua. Y, por supuesto, quedó prohibida toda excursión a Autisha.

Pero eso no significa que se abandonara la mala costumbre de ocasionalmente poner en riesgo la salud, e incluso la vida, de muchos sodálites. Pues la seguridad nunca ha sido una prioridad frente a los retos que había que enfrentar con el fin de alcanzar la santidad. Muestra de ello son muchas de las pruebas por las que tuvieron que pasar quienes estuvieron algún tiempo en las casas de formación de San Bartolo, entre ellas, los recorridos a nado ida y vuelta hacia el islote que había en medio de la bahía hasta el borde del agotamiento, los saltos obligados desde lo alto de un peñasco que había cerca del islote, los chapuzones en horas de la madrugada aun cuando la mar estuviera brava y peligrosa, los ejercicios físicos extremos hasta el punto de generar lesiones físicas y enfermedades, etc. Sin contar los tormentos psicológicos que llevaron a más de uno a pensamientos suicidas.

Definitivamente, ser miembro del Sodalicio ha significado siempre un peligro para la integridad física y sobre todo psicológica de los sodálites. Quienes han pasado por todo eso y han salido relativamente indemnes, sin contar una que otra cicatriz en el cuerpo y en el alma, y todavía son capaces de enfrentar con entusiasmo las dificultades de la vida, merecen el justo apelativo de sobrevivientes del Sodalicio.

EL SODALICIO CONTRA LA GUITARRA ROTA

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Este post es complementario de mi anterior escrito EL SODALICIO CONTRA LAS LÍNEAS TORCIDAS.

Los intentos del Sodalicio de acallar una voz crítica como la de LAS LÍNEAS TORCIDAS no son nuevos. Algo similar me ocurrió con mi primer blog, LA GUITARRA ROTA, donde incluí textos en que relataba —a partir de mi propia experiencia— algunos aspectos de la historia de Takillakkta, emblemático grupo musical folklórico de la Familia Sodálite, del cual yo fui uno de los fundadores y en cual yo ejecutaba la guitarra, además de contribuir a su repertorio con composiciones propias. La versión que yo contaba difería de la versión oficial (incluida en una página web de Takillakta que ya no existe; ver https://web.archive.org/web/20150615013203/http://takillakkta.org/), la cual resumía la historia del grupo escuetamente sin dar mucho detalle y de manera idealizada. Además, dispersos en mis textos había críticas a algunos elementos institucionales del Sodalicio, sin mencionarlo por su nombre.

Inicié ese blog en enero de 2009. Recién a fines de ese año un sodálite con un alto cargo se comunicó conmigo, llamándome la atención y exigiéndome que retirara varios contenidos de mi blog. Yo aún no había hecho público mi alejamiento del Sodalicio y este sodálite supuso que yo todavía me sentía miembro de la institución, por lo cual pensó que podía exigirme ciertas cosas apelando a la obediencia —dándome por supuesto las explicaciones del caso, que yo debía aceptar como verdad incuestionable—. Por supuesto que le comuniqué mis discrepancias, le hice quedar claro que yo ya no me sentía identificado con el Sodalicio y que, por lo tanto, no le debía obediencia a nadie en la institución y era yo el que tenía que decidir qué contenidos debía incluir en mi blog. El siguiente es el e-mail que le escribí el 30 de noviembre. Como de costumbre, he eliminado todos aquellos párrafos con contenidos puramente privados y personales, dejando sólo aquello que es de interés público.

Planteaste la presencia de mi blog en el ciberespacio como una falta contra el derecho a la buena reputación de ciertas personas, al hacer yo público lo que debe arreglarse en el ámbito privado entre las personas implicadas. Sobre si lo que yo cuento se ajusta a la verdad, no comentaste nada al respecto con suficiente claridad. Dicho en otras palabras, me diste a entender que el haber publicado mi blog era una falta ética, independientemente de que sea cierto o no lo que se dice allí.

He vuelto a revisar mi blog y no he encontrado nada que pueda considerarse como revelación de secretos íntimos de las personas. El blog busca presentar de alguna manera mi experiencia personal en cuanto autor y compositor de canciones y uno de los fundadores del grupo Takillakkta. La finalidad principal es buscar que las canciones que yo he compuesto no se pierdan —tanto aquellas que ha interpretado Takillakkta como aquellas que no—, hacer un ajuste de cuentas con mi propia obra —señalando aquello que considero valioso y aquello que no en mis propias composiciones— y hablar un poco sobre el trasfondo histórico y social que rodeó mi experiencia personal con Takillakkta. Evidentemente, no se puede hacer esto sin mencionar a otras personas implicadas y relatar los hechos que llevaron a que no se respetara la integridad de las letras de algunas canciones.

También se hace evidente una crítica a algunos aspectos del Sodalicio —sin mencionarlo por su nombre, para que lo entienda sólo quien sepa a qué me refiero—. Y en este punto tengo la impresión de que no has entendido bien mi posición, pues me hablaste de que si dejaba de lado el Sodalicio cometía una especie de “suicidio espiritual”. Francamente, no creo que esto pueda darse en quien tiene la intención —y siempre la ha tenido— de ser fiel a la Iglesia fundada por Cristo y busca caminos para vivir su compromiso de fe de manera auténtica. Dejar de lado un estilo, una espiritualidad —yo diría en este caso ideología religiosa—, una institución con la cual uno ya no se identifica, puede ser doloroso, pero si eso va unido a un deseo de seguir caminando junto con la Iglesia bajo la luz del Espíritu Santo, intentando testimoniar a Jesús en la propia vida, podemos hablar más bien de “resurrección espiritual”.

Has de saber que, una vez que dejé de vivir en comunidad, busqué contribuir con mis talentos en la misión para la cual Dios había llamado al Sodalicio. Sin embargo, encontré poco apoyo de parte de la institución, aunque sí de una cuantas personas concretas. Poco a poco sentí que se me iba marginando de varias iniciativas: del Instituto Nuestra Señora de la Reconciliación, de los círculos de estudios, de los proyectos musicales. E incluso supe de algunas habladurías que corrían sobre mí, sin fundamento. La decisión de irme con mi familia a Alemania se debió en parte a las pocas oportunidades de trabajo que encontraban, pero también en parte a cierta marginación de la cual había sido objeto en algunos ámbitos vinculados a la Familia Sodálite. Mi deseo era trabajar para la Iglesia en un lugar donde todavía nadie se hubiera formado prejuicios sobre mí. Incluso aquí en Alemania hemos estado atentos a oportunidades para poder colaborar con la Familia Sodálite en lo posible, organizando, por ejemplo, la estadía de los emevecistas que vinieron a la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia [en el año 2005].

Tienes que comprender que uno puede seguir teniendo actitudes positivas hacia la institución en la cual ha encontrado la fe, pero llega el momento en que uno se cuestiona todo lo que ha vivido, al no ver una correspondencia, ni siquiera una preocupación hacia nosotros que hubiera podido expresarse con un simple «gracias».

El momento de quiebre llegó cuando supe que se había hecho saber de manera pública de la expulsión por falta grave reiterada de una persona a la que yo siempre he apreciado mucho [Germán McKenzie], más aún cuando nunca se especificó en qué consistía esa falta grave. Y las informaciones que me llegaron apuntaban a que esa “falta grave” no era tal, y que eran otros los motivos por los cuales esa persona había tomado la decisión de separarse de la institución. A eso se sumó el develamiento del [caso] del pobre Daniel [Murguía], cosa a la cual se le dio punto final con un simple «no sabíamos» y una expulsión ipso facto. Me pregunto si habrá habido una reflexión posterior sobre si lo que hizo este muchacho guardaba una relación con el estilo de vida que se da en las comunidades, que —por otros testimonios que he conocido— es capaz de lesionar psicológicamente a algunas personas.

Me has dicho que si persisto en mantener mi blog en el ciberespacio, me haré daño mí mismo y que ya hay varias personas que se han visto afectadas por lo que yo he puesto ahí. Sin un explicación más detallada de este punto por tu parte, no puedo llegar a entender en qué consiste ese daño. Si ustedes le cuentan un cuento a alguien, y ese alguien descubre que no todo es tan bonito como se lo pintan o hay detalles que no corresponden con la realidad, evidentemente se sentirá decepcionado ¿Es ése el daño? Porque mi perspectiva sigue siendo cristiana, católica y fiel a la Iglesia. Te agradecería que me aclares este punto.

Y respecto a que me hago daño, mencionaste que la gente habla mal de mí. Que haya gente que haga eso no es algo que se produce automáticamente a raíz de lo que yo escribo. Se requiere una acción deliberada por parte de algunos, ya sea prejuzgando sin preguntar, ya sea poniendo en marcha rumores, sin buscar averiguar lo que hay en el trasfondo. Y todo eso —lo sé— mina la honra que me es debida. Con el paso del tiempo me he ido acostumbrando a que ello ocurra, sobre todo en un ambiente como Lima donde se tiene esa mala costumbre de juzgar sin conocimiento de causa. Tú me dices que he ido contra la honra de otras personas, al sacar temas privados al ámbito público —lo cual pongo en duda—. Ahora, yo pregunto: ¿y que se ha hecho por restituir mi honra, salvo decirme que yo soy el único culpable de tener mala fama? ¿Tengo que pasarme la vida defendiendo una imagen, poniendo el pecho sobre la espina, cuando lo único que quiero es ser yo mismo auténticamente? ¿O no será que lo único que importa es la imagen del Sodalicio, y que todas las imágenes personales deben ser sacrificadas —si es necesario— para mantenerla, como se hizo con aquella persona a la que oficialmente se “expulsó”?

La crítica al Sodalicio que aparece como trasfondo de algunos de mis comentarios en el blog es válida —y se ajusta a lo que yo personalmente he vivido—. Si quieres podemos dialogar sobre estos aspectos, me puedes comentar cuáles textos no se ajustan en tu parecer a la verdad, y con mucho gusto modificaré algunas de las cosas que se dicen en el blog si tus argumentos son convincentes. Lo que no me parece correcto ni respetuoso es que me impongas qué cosas puedo dejar y qué debo sacar. He de suponer que a Manuel Rodríguez se le deja libertad para poner en su blog lo que quiera. Y algunos resbalones ha tenido, como se evidencia en algunos comentarios que le dejaron cuando todavía no había activado la función de moderación, que le permite ahora filtrar los comentarios que se publican. Que yo publique mi blog es una decisión mía. Ahora bien, podemos negociar algunos puntos. Por eso mismo, he sacado mi blog del área pública hasta que esos puntos no hayan sido resueltos.

Las críticas que yo hago a algunas de las interpretaciones de mis canciones, luego de varios frustrados intentos de que Javier Leturia [sodálite y director de Takillakkta] hiciera las correcciones del caso, aparecieron en la red por primera vez en el año 2000. A pedido de Germán McKenzie suavicé algunos de los comentarios, pero no los saqué de la red. Javier Leturia sabía de estas críticas, pero no hizo nada al respecto. Después de publicar América 500 años en el año 1992, Takillakkta ha sacado sólo tres producciones más, incluyendo sólo una canción mía que data del año 1984, la Plegaria del Año Santo, en el CD Señor de la Esperanza del año 2004. Me queda ahora claro que Takillakkta no iba a interpretar nuevas composiciones mías, y que en realidad no hubo nunca un verdadero interés en las más de 20 canciones nuevas que yo tenía para ofrecer a Takillakkta.

Ahora me dices que Javier no sabe si seguir interpretando canciones mías, lo cual no llego a entender, considerando que nunca he dicho que sea mi intención que Takillakkta dejara de interpretar mis canciones, e incluso he elogiado varias de esas interpretaciones. Como ese tipo de decisiones no son de las que se suelen dejar a la libre decisión de los consagrados del Sodalicio, sospecho más bien que a Javier se le ha dado la orden expresa de que Takillakkta no interprete ninguna de mis canciones. Como yo manifiesto una actitud crítica —y, en consecuencia, se me debe considerar como un disidente—, se ha comenzado con el proceso de borrar todas mis huellas de la historia del Sodalicio, como ya se ha hecho en casos anteriores con otras personas. Indicio de ello es que Takillakkta ofrezca en su página web 23 canciones de su repertorio para su descarga en MP3, ninguna de las cuales es de mi autoría. El problema parece crearles un quebradero de cabeza, pues canciones mías hay en 5 de las 7 producciones de Takillakkta, y mis canciones han hundido raíces en la memoria colectiva del Movimiento de Vida Cristiana. Lo más sensato sería que las sigan interpretando, pues estas canciones fueron creadas como un don a la Iglesia y no como monopolio del grupo.

Insisto en que no me opongo a que Takillakkta interprete mis canciones. No hay nada que sea obstáculo para ello, más aun cuando ICTYS [Instituto Cultural Teatral y Social] sigue siendo la titular de los derechos de las 23 canciones mías que ha grabado el grupo. Si Takillakkta deja de interpretarlas, debo ver en ello la voluntad de los superiores del Sodalicio y una confirmación de los comentarios críticos que yo mismo he expresado. Si esto es cierto, seré yo tal vez el único que pueda mantener viva la memoria de los orígenes de Takillakkta y de las canciones que yo —como fruto de un talento otorgado por Dios— he compuesto. Y para ello tendré que poner los medios necesarios.

Lo siento mucho, pero ya no me puedo identificar con una institución que, por lo general, pocas veces ha estado dispuesta al diálogo —con quien sea—, con un estilo autoritario y marcadamente verticalista, que en varios casos ha coaccionado la libertad de conciencia de las personas y que no muestra transparencia sobre lo que pasa en ella. A lo cual se suma una doctrina que ha evolucionado poco con el paso del tiempo y que, teniendo el potencial para ser una espiritualidad viva, ha devenido en una ideología rígida carente de matices. Lo último que he leído de Luis Fernando [Figari] me ha parecido decepcionante.

Si a esto le sumamos lo que refleja ACI Prensa, el cuadro no puede ser más decepcionante. En cuanto informativo eclesial deja mucho que desear. La gran mayoría de las noticias giran en torno a tres temas: el aborto, la homosexualidad y la eutanasia. El resto se lo reparten la moral sexual, el celibato, chismes simpáticos del Vaticano, cualquier frase que diga el Papa o un obispo afín a la ideología conservadora del informativo y anécdotas sensacionalistas sobre la vida eclesial (condenas de teólogos, proezas religiosas, asesinatos de curas o religiosos, siempre y cuando no sean liberacionistas). A ello se suma la manipulación de la noticia a través de sus titulares y la presentación sesgada de los hechos, sin la mayor pizca de análisis. Ejemplo de ellos es cuando informó sobre el informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación. Desacreditar todo el documento de más de mil páginas sólo en base a lo en un par de ellas se decía sobre Mons. Cipriani —lo cual estaba además bien documentado— me parece poco serio. Los problemas de pederastia entre el clero son apenas mencionados. Se defendió al P. Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, cuando ya había suficientes indicios como para sospechar con fundamento de su conducta sexual —me refiero a las acusaciones de pederastia— y se ha tocado muy someramente el asunto cuando se destapó que había tenido por lo menos una hija carnal con una mujer, pero cuando se supo de Fernando Lugo, Presidente del Paraguay y obispo reducido al estado laical, que había tenido una hija siendo obispo, la cobertura de la noticia fue mucho mayor, incluso sacando a luz declaraciones de cosas que todavía no habían sido demostradas. Y lo que ya toca extremos fue la manipulación de una supuesta frase de Juan Pablo II dicha en el ámbito privado con el fin de hacer creer que el Papa había avalado la película The Passion of the Christ como si fuera una reproducción fidedigna de lo que realmente pasó durante la Pasión de Nuestro Señor.

ACI Prensa —o su versión en inglés, Catholic News Agency— es un portal público, siendo por tanto legítimas las opiniones públicas que se pueda emitir sobre sus contenidos y su manera de “informar”. No entiendo tu lógica cuando me dices que estas críticas sólo pueden ser canalizadas de manera privada a través de Alejandro Bermúdez, director de la agencia. Sería como pretender que las noticias que publica El Comercio con las cuales uno discrepa deban ser discutidas sólo en privado con su director. Si el Sodalicio avala a ACI Prensa y está de acuerdo con su política “informativa”, me da mucho que pensar.

Me podrías argumentar que tanto Takillakkta como ACI Prensa son iniciativas particulares de miembros consagrados del Sodalicio, y que las responsabilidades recaen únicamente sobre Javier Leturia y Alejandro Bermúdez. Conozco esa figura. Pero también sé que en la realidad no hay iniciativa particular en sentido propio en el Sodalicio, ni nunca la ha habido. Cuando Alfredo Garland escribió Como lobos rapaces, lo hizo por indicación de Luis Fernando Figari y lo que escribía era supervisado por él, Germán Doig y Virgilio Levaggi. Las “iniciativas particulares”, por más que públicamente se las presente como no teniendo ninguna vinculación con el Sodalicio, son dirigidas por personas que obedecen a sus superiores y cuya iniciativa personal es muy limitada. Y siempre ha sido un secreto a voces que estas “iniciativas particulares” son obras del Sodalicio. […]

Todo lo que te he dicho no afecta para nada la propuesta de buscar fondos para las obras sociales del Movimiento de Vida Cristiana. Como miembro de la Iglesia comprometido con la fe, siempre estaré dispuesto a colaborar con obras a favor de los más pobres y necesitados, en un espíritu de cooperación y libertad. […]

También te pido que me envíes una copia del documento que firmé, cediendo mis derechos de autor a ICTYS. Como nunca me fue entregada una copia —cosa que normalmente se hace cuando uno suscribe un documento—, desconozco su contenido exacto, pues o no me acuerdo de lo poco que leí o no se me dio tiempo para leer lo que estaba firmando, más aun cuando esta acción la hice en virtud de la obediencia —a la cual entonces estaba sujeto— y confiando en el buen criterio de mis superiores. Además, no creo que que el documento prohíba contar cómo surgieron mis canciones, qué cambios sufrieron ni qué opino sobre la manera en que son interpretadas.

A fines de enero de 2010 pude conversar en Lima por separado con el sodálite mencionado y con Javier Leturia. He aquí unos párrafos que resumen el resultado de ambas conversaciones, tomados de un e-mail que le escribí el 26 de julio de 2010 a mi amigo Manuel, adherente sodálite:

De resultas de la conversación con Javier decidí mantener mi blog LA GUITARRA ROTA cerrado al público, pues me dio información adicional que muestra que la historia de Takillakkta es más compleja de lo que yo imaginaba, y que Javier en muchos asuntos estuvo con las manos atadas —como lo están muchos miembros del Sodalicio que están sujetos a la obediencia—. Fue una conversación amena y abierta, un intercambio interesante y reconciliador. […]

[Respecto a la otra conversación], hice lo que tenía que hacer en conciencia, pues [un sacerdote de Schönstatt] me había dicho que no podía correr el riesgo de que en el cielo se me pidiera cuentas por no haberle dicho lo que sabía a [ese sodálite]. Yo se lo dije, y quedaba en él tomar la decisión de qué hacía con esa información, que -reconozco- es incompleta y parcial, pues son sólo piezas de un rompecabezas que todavía no termino de armar.

Las conclusiones a las que llego son desalentadoras:

  • que alguien con la autoridad de [ese sodálite] me hable de “cosas de las que no se había enterado” y de “cosas que prefiere no saber”, me habla de una actitud peligrosa para el futuro del Sodalicio, pues sólo se puede seguir sanamente hacia adelante si hay una actitud abierta hacia la realidad, por más que algunos de sus aspectos sean desagradables; una actitud [como la anterior] es la que ha permitido que ocurra lo que ocurrió en los Legionarios de Cristo;
  • que mis críticas basadas en mi experiencia hayan sido consideradas como “ataques” y no como oportunidad para iniciar un diálogo habla también de una cerrazón institucional que puede cobrar factura en tiempos venideros; todavía parece seguir estando vigente que la crítica interna es “desobediencia” y “rebeldía”, y la crítica externa es “ataque” cargado de mala intención; y yo soy difícil de ubicar, pues no estoy totalmente afuera ni totalmente adentro: sigo compartiendo algunos principios e ideales que me llevaron a unir mi vida durante años a la historia del Sodalicio, pero a la vez discrepo en muchos puntos y no me siento identificado con la institución.

Otro problema que encuentro es lo que yo llamo “socialización de los logros, privatización de los fallos” (parafraseando la famosa frase de “privatización de las ganancias, socialización de las pérdidas”). Me refiero a que los éxitos y cosas buenas de la institución y de cada uno de sus miembros se atribuyen al todo, al Sodalicio como organización, mientras que los fallos, pecados, errores se atribuyen a individuos particulares y se les considera a título personal. Así ocurrió en el caso de Daniel Murguía. Lo que él hizo se mira como fruto de su sola iniciativa personal. Pero nadie se ha preguntado qué circunstancias de la institución han podido originar un caso así. Como ocurre con un criminal, donde se analiza las circunstancias familiares y sociales que lo llevaron a cometer tal crimen, sin que ello signifique anular su responsabilidad personal. Falta, pues, esa capacidad de análisis institucional que permita corregir rumbos y establecer un vínculo entre las conductas personales y las condiciones en que se desarrolla colectivamente la vida de los miembros en la institución. Pues los tumores se insertan en un tejido, y no surgen y crecen aislados.

Esta deficiencia de análisis puede también acarrear consecuencias negativas. Y el Sodalicio tiene que andar con cuidado, pues no me extrañaría que más adelante haya algún arzobispo u obispo que considere que merece ser objeto de investigación canónica. En lo que va del papado de Benedicto XVI ya han sido intervenidos Lumen Christi, los Legionarios de Cristo y parece que se viene una intervención del Instituto del Verbo Encarnado (si no me equivoco, dos sacerdotes de esta última institución trabajan en la Universidad San Pablo). Estas instituciones se caracterizan por una aproximación diríamos “conservadora” a la doctrina y teología de la Iglesia, tienen estructuras sumamente verticales y parece que hay en todas una manera de hacer apostolado que recurre a métodos de manipulación de las conciencias. No hablo de escándalos sexuales, que por el momento parecen ser de exclusividad de los Legionarios de Cristo. El Vaticano no se ha metido ni con las grandes congregaciones, ni con instituciones con una teología más abierta y reflexiva, ni siquiera con la teología de la liberación en ese sentido. ¿Quién no te asegura que algún día el Sodalicio pueda ser intervenido? Se oyen pasos…

Mi blog LA GUITARRA ROTA estuvo inaccesible al público durante más de un año y medio. Pero debido a que no se generó el diálogo tan ansiado por mí —pues probablemente se creía que ya estaba cumplido el objetivo de silenciarme al retirar yo mis opiniones disidentes del ciberespacio— decidí en septiembre de 2011, meses después de que estallara el escándalo de Germán Doig, que no tenía sentido mantener cerrado ese espacio de expresión personal y lo volví a colocar en la red, sin que hubieran posteriores protestas.

Mis reflexiones previas sobre los problemas que presentaba el Sodalicio, aunque incompletas, parecían haber dado en el clavo, y con el caso de Germán Doig había estallado una imprevisible bomba latente que era sólo la consecuencia más escandalosa hasta el momento de la problemática que yo había vislumbrado a grandes rasgos.

Lamentablemente, no hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír. Y mientras el Sodalicio no esté dispuesto a ver y oír, probablemente los escándalos sigan salpicando su azarosa historia.

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Si alguien quiere saber a grosso modo lo que escribí sobre Takillakkta, le recomiendo que lea los siguientes posts en el orden indicado:

  1. ORÍGENES DE TAKILLAKKTA
  2. INFLUENCIAS SOBRE TAKILLAKKTA
  3. LA HISTORIA EXPROPIADA DE TAKILLAKKTA
  4. HOMENAJE
  5. TAKILLAKKTA: ¿MUSICA FOLKLÓRICA O FOLKLOROIDE?
  6. TAKILLAKKTA: ¿EVANGELIZACIÓN O ADOCTRINAMIENTO A TRAVES DE LA MÚSICA?
  7. TAKILLAKKTA: ¿ARTE MUSICAL O IDEOLOGÍA RELIGIOSA?

SAN ROMERO DE AMÉRICA

Mons. Óscar Arnulfo Romero (1917-1980)

Mons. Óscar Arnulfo Romero (1917-1980)

Mons. Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador asesinado el 24 de marzo de 1980 por mano de un sicario enviado por un grupo paramilitar a favor del gobierno salvadoreño, será finalmente beatificado por el Papa Francisco. Su proceso había estado bloqueado, dizque por razones políticas.

Pues después de su muerte la teología de la liberación lo elevó a símbolo del martirio en Latinoamérica y ejemplo de opción preferencial por los pobres. Y es sabido que los liberacionistas no han gozado del favor de ciertas eminencias eclesiales ni de los Papas anteriores. No extraña, pues, que cuando a fines de los ’70 le pregunté a Alfredo Garland, sodálite y autor de un panfleto contra la teología de la liberación, su opinión sobre Romero, me contestara: «Es un tonto útil».

Porque Mons. Romero nunca fue un progresista; al contrario, fue considerado un conservador fiel al Magisterio eclesial. Si no fuera por los últimos tres años de su existencia, su vida podría describirse como la de un eclesiástico bueno sin nada destacable.

El cambio se originó cuando ejerció de obispo de la diócesis de Santiago de María, la más pobre de El Salvador, entre diciembre de 1974 y febrero de 1977. Allí conoció la situación injusta en que vivían los campesinos salvadoreños y la represión violenta que sufrían. Allí entró en diálogo con los miembros de la Comunidad Pasionista de Jiquilicho, simpatizantes de la teología de la liberación, y se inició un proceso de cambio que lo llevaría a comprometerse con las angustias e inquietudes del pueblo salvadoreño. Allí se forjó este santo de carne y hueso, que tanto incomoda a los conservadores.

(Columna publicada en Exitosa Diario el 11 de febrero de 2015)

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Es indudable que Mons. Romero desarrolló su prédica a favor de la liberación cristiana en ese momento histórico de la década de los ’70, cuando América Latina era un hervidero de dictaduras y revoluciones, en medio de las cuales varios movimientos políticos y sociales de diverso signo ideológico luchaban por la liberación política, social y económica de tantos pobres sometidos a injusticias, opresión y violencia en el continente. En ese contexto, Mons. Romero nunca redujo la auténtica liberación que enseña la iglesia a alguna de estas dimensiones, aunque de sus palabras se concluye que éstas tienen que estar incluidas de alguna manera en la liberación del pecado que trae Jesucristo. En este sentido se puede concluir que, desde una perspectiva pastoral, Mons. Romero hizo teología de la liberación, aunque nunca se interesara por los escritos académicos con influencias marxistas de otros teólogos de la liberación. Al respecto, puedo citar unas palabras del Discurso de Mons. Oscar Arnulfo Romero al recibir el doctorado honoris causa por la Universidad de Lovaina, pronunciado el 2 de febrero de 1980, considerado por muchos como su testamento teológico y pastoral:

«Sabemos ahora mejor qué significa la encarnación, qué significa que Jesús tomó carne realmente humana y que se hizo solidario de sus hermanos en el sufrimiento, en los llantos y quejidos, en la entrega. Sabemos que no se trata directamente de una encarnación universal, que es imposible, sino de una encarnación preferencial y parcial; una encarnación en el mundo de los pobres. Desde ellos podrá la Iglesia ser para todos, podrá también prestar un servicio a los poderosos a través de una pastoral de conversión; pero no a la inversa, como tantas veces ha ocurrido.

El mundo de los pobres con características sociales y políticas bien concretas, nos enseña dónde debe encarnarse la Iglesia para evitar la falsa universalización que termina siempre en connivencia con los poderosos. El mundo de los pobres nos enseña cómo ha de ser el amor cristiano, que busca ciertamente la paz, pero desenmascara el falso pacifismo, la resignación y la inactividad; que debe ser ciertamente gratuito pero debe buscar la eficacia histórica. El mundo de los pobres nos enseña que la sublimidad del amor cristiano debe pasar por la imperante necesidad de la justicia para las mayorías y no debe rehuir la lucha honrada. El mundo de los pobres nos enseña que la liberación llegará no sólo cuando los pobres sean puros destinatarios de los beneficios de gobiernos o de la misma Iglesia, sino actores y protagonistas ellos mismos de su lucha y de su liberación desenmascarando así la raíz última de falsos paternalismos aun eclesiales.

Y también el mundo real de los pobres nos enseña de qué se trata en la esperanza cristiana. La Iglesia predica el nuevo cielo y la nueva tierra; sabe además que ninguna configuración socio-política se puede intercambiar con la plenitud final que Dios concede. Pero ha aprendido también que la esperanza trascendente debe mantenerse con los signos de esperanza histórica, aunque sean signos aparentemente tan sencillos como los que proclama el tercer Isaías cuando dice que “construirán su casa y que la habitarán, plantarán viñas y comerán de sus frutos” (Is 65, 21). Que en esto haya una auténtica esperanza cristiana, que no se esté rebajando la esperanza a lo temporal y humano, como se dice a veces despreciativamente, se aprende en el contacto cotidiano de quienes no tienen casa ni viña, de quienes construyeron para que otros habiten y trabajan para que otros coman los frutos».

Ciertamente, durante mucho tiempo compartí la opinión de que Mons. Romero era un “obispo rojo”, como se me había transmitido en el Sodalicio de Vida Cristiana, hasta que en los primeros años de este siglo pude conocer el proceso de cambio que había experimentado Mons. Romero en su experiencia pastoral con los más pobres de los pobres en la diócesis de Santiago de María. Desde entonces tengo una inmensa admiración por este hombre de Dios, y me es difícil leer algunas de sus homilías sin que se me estruje el corazón y se me asomen un par de lágrimas a los ojos. Destaco sobre todo la homilía que pronunciara un día antes de su muerte, de la cual cito las siguientes palabras:

«Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles… Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: “No matar”. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia, y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión».

Fiel a su política de manipulación de la información, Alejandro Bermúdez y ACI Prensa han sido muy reticentes respecto a los anuncios de la beatificación de Mons. Romero (ver, por ejemplo, https://www.aciprensa.com/noticias/no-hay-nada-oficial-sobre-beatificacion-de-mons-romero-95605/). Y en uno de sus recientes Puntos de Vista, que lleva el título de “Mons. Romero y los nuevos mártires” (https://www.aciprensa.com/podcast/download.php?file=10492), Bermúdez introduce la figura de Mons. Romero —sobre el cual no dice prácticamente nada— para explayarse luego extensamente sobre el martirio de los sacerdotes polacos Michele Tomaszek y Zbigneo Strzalkowski, de la Orden de los Hermanos Menores Conventuales, y el sacerdote italiano Alessandro Dordi, asesinados en agosto de 1991 en el Perú por el grupo maoísta Sendero Luminoso. Sintómaticamente, para el director de ACI Prensa tiene mucho más importancia transmitir información sobre tres sacerdotes misioneros—ciertamente ejemplares— ejecutados por un grupo extremista de izquierda, mientras no parece darle el mismo peso a quien fuera asesinado por un grupo extremista de derecha. Ahora los esfuerzos de la así llamada agencia de noticias parecen ir en la línea de desvincular a Mons Romero de todo aquello que suene a teología de la liberación (ver “Mons. Romero nunca se interesó por la teología de la liberación, asegura su secretario personal”, https://www.aciprensa.com/noticias/video-mons-romero-nunca-se-intereso-por-la-teologia-de-la-liberacion-asegura-su-secretario-personal-42365/), no obstante que la liberación es un tema recurrente en la prédica del mártir salvadoreño.

Mons. Óscar Arnulfo Romero, del cual soy devoto desde hace varios años y a quien le agradezco haber contribuido con su ejemplo a abrirme los ojos a la verdadera esencia de una Iglesia pobre y peregrina entendida como Pueblo de Dios que va construyendo el Reino en la historia, seguirá incomodando desde la tumba a aquellos que creen que una opción por los ricos y los poderosos es compatible con el Jesús de los evangelios.

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Transcribo aquí el hermoso poema que compusiera Mons. Pedro Casaldáliga, figura señera de la teología de la liberación, en homenaje a Mons. Romero:

SAN ROMERO DE AMÉRICA, PASTOR Y PADRE NUESTRO

El ángel del Señor anunció en la víspera…

El corazón de El Salvador marcaba
24 de marzo y de agonía.
Tú ofrecías el Pan,
el Cuerpo Vivo
—el triturado cuerpo de tu Pueblo;
Su derramada Sangre victoriosa
—¡la sangre campesina de tu Pueblo en masacre
que ha de teñir en vinos de alegría la aurora conjurada!

El ángel del Señor anunció en la víspera,
y el Verbo se hizo muerte, otra vez, en tu muerte;
como se hace muerte, cada día, en la carne desnuda de tu Pueblo.

¡Y se hizo vida nueva
en nuestra vieja Iglesia!

Estamos otra vez en pie de testimonio,
¡San Romero de América, pastor y mártir nuestro!
Romero de la paz casi imposible en esta tierra en guerra.
Romero en flor morada de la esperanza incólume de todo el Continente.
Romero de la Pascua latinoamericana.
Pobre pastor glorioso, asesinado a sueldo, a dólar, a divisa.

Como Jesús, por orden del Imperio.
¡Pobre pastor glorioso,
abandonado
por tus propios hermanos de báculo y de Mesa…!
(Las curias no podían entenderte:
ninguna sinagoga bien montada puede entender a Cristo).

Tu pobrería sí te acompañaba,
en desespero fiel,
pasto y rebaño, a un tiempo, de tu misión profética.
El Pueblo te hizo santo.
La hora de tu Pueblo te consagró en el kairós.
Los pobres te enseñaron a leer el Evangelio.

Como un hermano herido por tanta muerte hermana,
tú sabías llorar, solo, en el Huerto.
Sabías tener miedo, como un hombre en combate.
¡Pero sabías dar a tu palabra, libre, su timbre de campana!

Y supiste beber el doble cáliz del Altar y del Pueblo,
con una sola mano consagrada al servicio.
América Latina ya te ha puesto en su gloria de Bernini
en la espuma-aureola de sus mares,
en el retablo antiguo de los Andes alertos,
en el dosel airado de todas sus florestas,
en la canción de todos sus caminos,
en el calvario nuevo de todas sus prisiones,
de todas sus trincheras,
de todos sus altares…
¡En el ara segura del corazón insomne de sus hijos!

San Romero de América, pastor y mártir nuestro:
¡nadie hará callar tu última homilía!

Pedro Casaldáliga

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BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

La Palabra viva de Monseñor Romero (Homilías de Romero)
http://servicioskoinonia.org/romero/homilias/indice.htm

Mons. Óscar Arnulfo Romero
La dimensión política de la fe desde la opción por los pobres. Una experiencia eclesial en El Salvador, Centroamérica (Discurso de Mons. Oscar Arnulfo Romero al recibir el doctorado honoris causa por la Universidad de Lovaina, pronunciado el 2 de febrero de 1980)
http://servicioskoinonia.org/relat/135.htm

Óscar Romero
La violencia del amor (selección de textos) (The Bruderhof Foundation, 2004)
http://servicioskoinonia.org/biblioteca/pastoral/RomeroBrokmanViolenciaDelAmor.pdf

Óscar A. Romero
Monseñor Óscar A. Romero. Su diario (2003)
http://servicioskoinonia.org/romero/varios/RomeroOscar-SuDiario.pdf

Zacarías Diez y Juan Macho, Pasionistas
«En Santiago de María me topé con la miseria». Dos años de la vida de Mons. Romero (1975-1976) ¿Años del cambio? (Servicios Koinonía, 2005)
http://servicioskoinonia.org/biblioteca/pastoral/DiezMachoRomero.zip

María López Vigil
Piezas para un retrato (1993)
http://servicioskoinonia.org/biblioteca/pastoral/LopezVigilPiezasRetrato.zip

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DOCUMENTAL RADIOFÓNICO

Documentos RNE
Monseñor Romero: de obispo conservador a profeta de los pobres (20 mar 2010)
http://mvod1.akcdn.rtve.es/resources/TE_SRDOCU/mp3/5/8/1268930680285.mp3