LA POBREZA DE LOS SODÁLITES

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Cuando leí en un artículo de Pedro Salinas (ver https://lavozatidebida.lamula.pe/2016/04/28/haciendo-de-nostradamus/pedrosalinas/) que en la Asamblea General del Sodalicio de Vida Cristiana del año 2012 se había reportado en el balance económico de la institución un patrimonio que llegaba a unos 450 millones de dólares, me pregunté en qué momento comenzó a amasarse tamaña fortuna.

Pues en la década de los ’80 el Sodalicio intentó generar ingresos propios a través de iniciativas empresariales que terminaron fracasando por mala gestión:

  • Intellect, una empresa dedicada a la creación de software empresarial, a cargo de José Ambrozic;
  • Editora Latina, una imprenta gestionada por mi hermano Erwin Scheuch;
  • Producciones San José, una productora de medios audiovisuales que tuvo como gerente a Javier Pinto, un sodálite casado, y para la cual también trabajaron otros sodálites casados como Guillermo Ackermann y Gonzalo Valderrama.

En los años ’90 el Sodalicio incursionaría en la formación magisterial con el Instituto Superior Pedagógico (ISP) Nuestra Señora de la Reconciliación, que terminaría cerrando por falta de alumnado debido a estrategias erradas de marketing.

Sin embargo, en lo que sí se tuvo éxito desde un principio fue en la recaudación de donaciones principalmente a través de APRODEA (Asociación Promotora de Apostolado), entidad sin fines de lucro creada en 1978. Es natural que en el Perú, país dominado por oligarquías burguesas católicas y conservadoras, esa actividad tuviera éxito, especialmente si las donaciones iban destinadas a una institución que tenía como tarjeta de presentación su conservadurismo católico de derecha y su elitismo de integrantes de clase alta y clase media pudiente de la burguesía limeña. Las casas donde funcionaban las comunidades del Sodalicio fueron donadas o entregadas para su usufructo siempre y cuando se destinaran a fines religiosos. En 1985, a fines del segundo gobierno de Fernando Belaúnde se obtuvo en donación un extenso terreno, donde se inauguraría en 1987 el Centro Pastoral Nuestra Señora de la Evangelización en el distrito de San Borja. Por lo general, el Sodalicio casi nunca ha pagado un alquiler o una hipoteca por algún inmueble que haya obtenido. Asimismo, APRODEA estuvo muy activa durante el primer gobierno de Alan García (1985-1990), pues las normas legales de entonces beneficiaban a las empresas que hicieran donaciones. Y José Ambrozic, encargado de la asociación en esa época, supo aprovechar muy bien estas circunstancias.

Por otra parte, muy pocos han tenido acceso a la información sobre a cuánto ascendía el patrimonio del Sodalicio, pues se trata de un dato que siempre se ha mantenido en secreto incluso para la gran mayoría de los miembros de la institución, aun cuando varios de ellos hayan contribuido con su trabajo a generar e incrementar este capital.

Más bien, quienes vivíamos el día a día en las comunidades sodálites teníamos la impresión de que las donaciones alcanzaban con las justas para cubrir los gastos, pues el presupuesto asignado semanalmente para alimentos, limpieza y mantenimiento era muy ajustado, al punto de que se comía austeramente y muchas veces los encargados de temporalidades —es decir, de administrar el presupuesto doméstico— tenían que hacer milagros para alimentar satisfactoriamente a toda la tropa.

Yo mismo fui encargado de temporalidades en varias ocasiones, y confieso que había que ser muy creativo para que la comida alcanzara: poner la mitad de carne molida en la salsa roja de los fideos y reemplazar la otra mitad con cebolla, aprovechar los restos de la ensalada para hacer una crema de verduras, hacer con más frecuencia platos rendidores como polenta o arroz chaufa, comprar lengua de vaca en vez de bistec, etcétera. Una vez no me alcanzaron los limones para un jugo hecho a partir de una piña desabrida que se iba a beber en el desayuno, así que le puse un poco de vinagre. Los miembros de la comunidad bebieron gustosamente el jugo, pero después casi me matan al enterarse del ingrediente “secreto” que había añadido.

Para ahorrar, las verduras y frutas no las comprábamos ni en el mercado de la zona ni en supermercados, sino en La Parada y en el Mercado Mayorista de Frutas, en el distrito de La Victoria. Recuerdo que cuando vivía en la comunidad sodálite San Aelred y José Ambrozic era el superior, nos despertábamos los sábados en la madrugada y, en una camioneta con tolva abierta, nos íbamos yo, Ambrozic al volante y otro miembro cualquiera de la comunidad a La Parada. Mientras Ambrozic se quedaba cuidando el vehículo, el otro sodálite y yo, cada uno con un enorme saco de yute y dinero en efectivo en el bolsillo, nos dirigíamos a pie a través de las calles malolientes y regadas de basura hacia el mercado mayorista de verduras, donde nos deteníamos en cada puesto para comprar papas, yucas, camotes, cebollas, zanahorias, tomates, lechugas, coles, etcétera, etcétera, hasta que los sacos estuvieran llenos, pues se necesitaba una ingente cantidad de alimentos para nutrir a una comunidad que solía tener en promedio unos diez integrantes. Luego, con el saco a cuestas, regresábamos entre el tumulto y la algarabía del mercado de esa zona popular hasta el lugar donde nos esperaba Ambrozic. Había que estar siempre alerta, pues esa zona era una de las más peligrosas de Lima.

Una vez, antes de entrar propiamente al mercado, caminando a lo largo de una calle donde algunos ambulantes tempraneros vendían jugo de naranja recién exprimido, panes con jamonada barata y otras viandas para el desayuno en sus carretillas, me adelanté un poco y de pronto me saltó encima una banda de “pirañitas” que me tumbaron en el suelo, a la vez que sentía varias manos que hurgaban en los bolsillos de mi pantalón mientras trataba de defenderme como un gato panza arriba. El otro miembro de la comunidad que venía detrás mío, poseedor de una boca descomunal capaz de albergar una manzana entera, llegó corriendo gritando como si se hubieran desatado las trompetas del Apocalipsis, y los pequeños delincuentes salieron despavoridos, pensando que se les venía encima más de una persona. Por suerte, el dinero lo tenía en un bolsillo de la casaca, y allí no se les había ocurrido hurgar a los menores asaltantes. Ni qué decir, hicimos las compras como de costumbre, y después nos dirigimos al Mercado Mayorista de Frutas. Aquí las compras se hacían con mayor tranquilidad, pues los pasillos eran anchos y espaciosos, aunque más de una vez fui testigo de alguna madre con sus hijos hurgando entre los montones de restos de frutas podridas que los comerciantes arrojaban en medio de los pasillos.

De paso queda decir que Ambrozic, poseedor de un carácter enigmático e introvertido y una personalidad reflexiva e inteligente que irradiaba sencillez e inspiraba respeto, a diferencia de otros superiores de comunidad que nunca se “rebajaban” a realizar las actividades que requerían esfuerzo físico reservadas a sus subordinados, sí se levantaba a horas tempranas para arriesgarse a ir con nosotros hasta ese submundo informal que era La Parada, así como también hacía ejercicios y compartía el estilo de vida austero de quienes no teníamos ningún rango en la institución.

En las mismas comunidades tampoco disfrutábamos de lujos. Recuerdo que cuando en diciembre de 1981 me mudé a la comunidad sodálite Nuestra Señora del Pilar en Barranco, compartí al principio un mismo dormitorio con Alfredo Draxl y Eduardo Field en la planta alta. Los armarios sencillos de triplay barato que solían ponerse para guardar la ropa y que servían a la vez de separación de ambiente para que las camas tuvieran cierta privacidad, todavía no habían sido instalados. Tampoco había cortinas en las ventanas, de modo que cambiarse de ropa significaba tener que agacharse para que nadie lo viera a uno desnudo desde la calle. Sólo había una antigua cómoda con cajones y una inmensa caja de cartón para que pusiéramos algunos objetos personales. Pasaría un mes antes de que estuvieran instalados los armarios y colocadas las cortinas.

Los espacios de la planta baja —una sala de reuniones, una sala de estar, un comedor— fueron amoblados con muebles donados, lo cual le daba a a los ambientes una estética ambigua e indefinida. Y las sillas que teníamos delante de nuestros escritorios —si así se le puede llamar a unas mesas de madera sencillas y espartanas— eran cualquier cosa menos cómodas. En general, el mobiliario que había en las casas de comunidad en que viví era barato en precio y calidad.

A resumidas cuentas, el Sodalicio sólo les proporcionaba techo y comida a los sodálites de comunidad. Cualquier gasto adicional tenía que ser cubierto por el afectado, para lo cual el recurso más frecuente era darle un buen sablazo a los progenitores. Aunque ocasionalmente el Sodalicio también ha cubierto algunos gastos eventuales de algún que otro miembro ordinario, cuándo éste no contaba con los recursos necesarios. Pero se trataba de excepciones.

Uno de los problemas más graves es que la mayoría no teníamos seguro médico. Durante el tiempo que pasé en comunidad recuerdo haber ido muy pocas veces al médico. Estaba la visita de rutina al oftalmólogo para que me recetara los lentes correctos, y las dos veces que me puse grave estando en San Bartolo —una vez con un absceso enorme de pus en la garganta y la otra vez con una inflamación en la espalda que me impedía caminar si no era agarrado a las paredes— me llevaron donde un especialista. Cualquier otra enfermedad se trataba de manera casera. Y esto comenzaba incluso antes de entrar a vivir en comunidad.

Cuando Jaime Baertl era mi consejero espiritual a fines de los años ’70, una vez le comenté que estaba fastidiado por una picazón continua en la ingle ocasionada por hongos en la zona genital. Normalmente mi madre me llevaba al dermatólogo, quien recetaba los consabidos ungüentos que requerían una paciente aplicación a diario durante varias semanas. Pero esta vez Baertl tenía la solución perfecta: un remedio que me iba a quitar los hongos de un día para otro. Fue al baño y sacó una botella medio vacía sin etiqueta de ningún tipo con un líquido turbio color caramelo, y me dijo: «Agarras un algodón, te pones el líquido en los huevos, y ya está. Vas a ver a Judas calato, porque arde como la conchasumadre, pero para mañana ya estás curado. José Antonio se lo puso, y vieras cómo gritaba el gordo pidiendo misericordia». Yo, confiado en que el Sodalicio hacía milagros a través de sus guías espirituales, apliqué la cura, aguanté el ardor con estoicismo, y al día siguiente los hongos habían desaparecido llevándose de paso un buen trozo de pellejo reseco de los dos gemelos situados en la zona sagrada.

Y en comunidad recuerdo que en el caso de resfriados comunes, cuando no parecían funcionar las antigripales que aliviaban los síntomas, tomábamos sin receta ni consejo médico el antibiótico Bactrim. Jaime Baertl recomendaba tomar para cualquier gripe —cosa que él mismo hacía— un potente antibiótico de amplio espectro cuyo nombre no recuerdo, que tenía efectos secundarios bastante molestos: mareos, dolores de cabeza, indigestión y pérdida de concentración. Era como matar una hormiga con una bazuca. Yo lo tomé por orden de Luis Fernando Figari una vez que tenía síntomas de bronquitis —una tos áspera persistente que no se me iba— con el resultado de que estuve grogui varios días. Y es que en cuestiones médicas también había que tener confianza en el gurú supremo, que aseveraba que los médicos son iguales que los brujos y los chamanes: adivinan cuál es el mal que uno tiene y recetan cosas basadas en la pura creencia en sus virtudes curativas. Luis Fernando creía saber con certeza cuál médico era confiable y cuál no. Algo parecido pensaba de los psicólogos, pues —según él— la mayoría tenían una concepción errada del ser humano, y sólo podía ser buen psicólogo quien compartiera la visión cristiana del hombre. Por eso mismo, en caso de un trastorno psicológico, uno sólo podía tratarse con los psicólogos que Figari designara, quien evitaba así de paso que profesionales independientes se enteraran de las cosas extrañas a las que se veían sometidos los miembros de las comunidades sodálites.

Recuerdo que en San Bartolo dos muchachos que tenían poca experiencia con el mar fueron obligados a saltar del peñón que había en medio de la bahía. Como cayeron en mala posición, el impacto con el agua desde tremenda altura les produjo desgarrones en la zona anal. El superior, con buen criterio, los llevó al día siguiente al médico sin consultar previamente con Luis Fernando. El galeno, después de examinar a cada uno por separado, les preguntó cómo se habían hecho esas heridas. Los muchachos le dijeron en qué circunstancias se habían producido. El médico se mostraba algo escéptico ante esa historia, así que comenzó a preguntarles dónde, cómo y con quien vivían. Cuando le dijeron que vivían en un balneario de playa junto con otros jóvenes dedicados a la vida espiritual, el médico comenzó a sonreír y hacerle guiños cómplices a la enfermera. Según él, las heridas sólo podían haberse producido por “contusión directa” y no se tragaba la versión de que la causa pudiese ser la superficie marítima después de un arriesgado salto desde lo alto de un peñón. Tenía que haber otra causa de visos inconfesables. El superior adivinó los pensamientos del médico y decidió de ahí en adelante acudir sólo a los médicos que recomendara Figari.

Además de las actividades de formación, en las comunidades nos ocupábamos por turnos de poner la mesa para el desayuno, el almuerzo y la cena, de lavar los platos y las ollas después de la cena, de limpiar a fondo la casa los días sábados. También hice trabajos de corrección de textos. Por ejemplo, a mí me entregaban las pruebas de las Memorias de Luis Fernando Figari antes de su publicación para que las revisara y corrigiera los errores ortográficos y gramaticales que tuvieran. Asimismo, hice correcciones de libros enteros para la Asociación Vida y Espiritualidad, además de contribuir habitualmente con reseñas de libros y algún que otro artículo para la revista que publicaba la asociación. Nunca recibí ninguna retribución económica por estos trabajos, pues se nos había inculcado el concepto de que cualquier trabajo en beneficio del Sodalicio debía ser realizado gratuitamente dentro del espíritu de generosidad y entrega que caracterizaba a la misión apostólica. A decir verdad, como no tenía otro punto de referencia, me parecía de lo más normal trabajar por nada.

Cuando comencé a dar clases en el Instituto Superior Pedagógico Catequético (ISPEC) y en el Instituto Superior Pedagógico Marcelino Champagnat, debía entregar la mayor parte de mis ingresos al encargado de temporalidades de la comunidad, quedándome sólo con una pequeña suma para gastos personales. Nunca supe cómo se utilizaba el dinero, pues los sodálites de a pie sin cargos de responsabilidad no se enteran de qué cosa se hace con la plata ni de cuánto dispone la comunidad, muchos menos de cuál es el monto total del patrimonio que posee el Sodalicio.

El estilo austero de vida que aún mantengo lo aprendí en las comunidades sodálites, un modo de vida que contrastaba con el que llevaba Luis Fernando Figari, a quien se le tenían que satisfacer todos sus gustos en lo referente a comida y comodidades. Además, disfrutaba del privilegio de poder viajar todos los años, llevando como compañía a algunos sodálites de su círculo cercano, entre los cuales estaban Germán Doig, Virgilio Levaggi, Alfredo Garland, Juan Carlos Len y Jaime Baertl. Los destinos preferidos eran España, México y Argentina, de donde regresaba cargado de libros difíciles de conseguir en Lima, la mayoría de orientación ideológica tradicionalista y fundamentalista. Posteriormente Luis Fernando incluiría entre sus destinos frecuentes Italia, Estados Unidos y otros países adonde se estaba expandiendo el Sodalicio.

Se hospedaba en buenos hoteles. Otros sodálites, cuando teníamos que viajar, no gozábamos de los mismos privilegios. Recuerdo que en 1984, cuando viajé a Roma para participar en el Jubileo de los Jóvenes, evento germen de lo que hoy se conoce como Jornadas Mundiales de la Juventud, tuve que pedirle dinero como bolsa de viaje a mi madre, quien sólo pudo darme con mucho esfuerzo 300 dólares. Con esa cantidad debía pagar mis costos de mantenimiento en Europa durante un mes. El pasaje de ida y vuelta a Roma no costó nada. Los organizadores había donado una cantidad de pasajes gratuitos al Sodalicio de Vida Cristiana, uno de los tantos movimientos que había sido invitado al evento, y uno de esos pasajes me tocó a mí debido a mi condición de miembro del grupo musical Takillakkta. Además, pesaba también la circunstancia de que mis padres no contaban con dinero suficiente para financiarme el pasaje.

En ese entonces Takillakkta estaba conformado por Alejandro Bermúdez (zampoñas y voz principal), Ricardo Trenemann (charango), Mario “Pepe” Quezada (percusión) y yo (guitarra). Luis Cappelleti se unió a nosotros como invitado para cantar y acompañarnos con la guitarra. Y también venían con nosotros Emilio Garreaud y Humberto del Castillo.

Lo cierto es que no fue fácil, pero en esa ocasión pude sobrevivir en Europa durante un mes con sólo 300 dólares. En Roma nos alojamos gratuitamente en la casa de una congregación de monjas, donde el desayuno estaba incluido. Durante los días del Jubileo de los Jóvenes el almuerzo fue gratis, y para los almuerzos de los otros días así como para las cenas acudíamos a cualquier tavola calda, que eran locales donde se puede comer pizza y pasta a precios económicos.

Para la última semana, estaba planeado a hacer un periplo rápido por Europa para encontrarnos finalmente con Luis Fernando Figari y su comitiva en Madrid, integrada por Germán Doig, Virgilio Levaggi, Jaime Baertl y Juan Carlos Len. El grupo que iba a aventurarse en ese tour de force estaba conformado por los que he mencionado más arriba menos Alejandro Bermúdez, quien, como miembro privilegiado del círculo íntimo de Figari, iba a ir directo en avión a Madrid para encontrarse con su majestad suprema y coordinar ciertos asuntos. Lo cual ciertamente significaba un alivio para los demás, pues aunque Alejandro tenía sus momentos de buen humor y podía ser muy simpático y agradable en el trato cotidiano, se convertía en una tortura insoportable cuando las cosas no venían como él esperaba y el mal humor lo transformaba en la versión más despiadada de Mr. Hyde.

El trayecto fue así: Roma – Venecia – Viena – Colonia – Amsterdam – París – Zaragoza – Madrid. Para no tener que pagar alojamiento, tomábamos el tren cuando estaba anocheciendo y dormíamos allí como podíamos hasta llegar a la siguiente estación. Sólo nos alojamos en hoteles al alcance de nuestro bolsillo una noche en París y dos en Madrid. En Colonia y Amsterdam nos detuvimos solamente unas horas. Y el último día “Pepe” Quezada, Ricardo Trenemann y yo, los únicos del grupo que no habíamos podido costearnos un vuelo de regreso de Madrid a Lima, tuvimos que hacer un largo y pesado viaje en tren a Roma, pues nuestro vuelo de regreso al Perú partía de allí. Lamentablemente, por circunstancias ajenas a nuestra voluntad —llámese demora imprevista de una conexión ferroviaria—, no llegamos a tiempo al aeropuerto y tuvimos que tomar el próximo vuelo al día siguiente. Las mismas monjas que nos habían alojado antes nos acogieron esa noche, pues no teníamos ni dónde caernos muertos. Pero como ya teníamos fama de no ser tan vivos y pendejos (taimados) como otros sodálites, al enterarse del incidente nos pusieron injustamente durante un tiempo el mote de “el tonto, el loco y el despistado”. Como decía frecuentemente Jaime Baertl, resumiendo su filosofía de vida: «Se te perdona que seas pecador, pero no que seas cojudo».

Demás esta decir que los únicos que podían disfrutar regularmente de viajes de “vacaciones” eran Luis Fernando y los miembros de su comitiva. Para los sodálites ordinarios nunca había vacaciones, lo cual se justificaba a través de la siguiente frase: «El demonio nunca toma vacaciones; por lo tanto, quienes lo combaten tampoco deben tomarlas». En los inicios de las comunidades sodálites ni siquiera el domingo era considerado como un día para descansar y relajarse, y se mantenía la disciplina de todos los días de levantarse temprano después de haber dormido poco. Hasta que en un momento dado comenzaron a multiplicarse los casos de sodálites que repentinamente comenzaban a hablar incoherencias, como si por momentos hubieran perdido la razón. Fue entonces que Luis Fernando decidió que en las comunidades se podía dormir más largo los domingos, dejando a criterio de cada uno el momento de levantarse.

Cuando en julio de 1993 salí de la vida comunitaria, apenas tenía un título de licenciado en teología y mis ingresos se reducían a lo que ganaba por algunas horas de clase en el ISPEC. Germán Doig me ofreció hacer la traducción de un libro del alemán al español, originalmente escrito por el sacerdote y experto en ciencias sociales alemán Theodor Herr, que fue publicado por la Asociación Vida y Espiritualidad en 1994 bajo el título de Reconciliación en lugar de conflicto. Por ese trabajo recibí unos 300 dólares. No hubo ningún contrato de por medio.

A los 30 años cumplidos me hallaba en una situación precaria. Mis ingresos eran reducidos, por lo cual me fui vivir con una tía abuela que habitaba la antigua casona de mi difunta abuela, acompañada de la hija de una cocinera a la que mi abuela había criado y una empleada abancaína con dos hijas menores. A mi tía abuela le pasaba una parte de mis ingresos para ayudar con los gastos de alimentación y de la casa. Además, no contaba con seguro médico, nunca había cotizado para una jubilación, no tenía ahorros y mis perspectivas a futuro en el campo laboral eran sombrías. De parte del Sodalicio no había recibido casi ninguna ayuda, no obstante que yo seguía manteniendo mi fidelidad a la institución y estaba dispuesto a colaborar en el cumplimiento de su misión.

En ese momento tampoco se me ocurrió reclamar nada por los derechos de autor de 22 canciones que yo había compuesto y que habían sido publicadas por Takillakkta en los álbumes “América de nuestra fe” (1989), “Reconciliación” (1990), “Navidad en mi tierra” (1991) y “América 500 años” (1992), cuyos derechos había cedido a ICTYS (Instituto Cultural Teatral y Social) por órdenes superiores. Jaime Baertl, encargado de la entidad mencionada, un día me presentó un papel para que lo firmara diciéndome que consistía en la cesión de mis derechos de autor a ICTYS y que no era necesario que lo leyera. Como yo todavía me regía por el código de la obediencia y mantenía una confianza ciega en las autoridades del Sodalicio, firmé simplemente. Hasta ahora no sé lo que decía el papel, pues nunca me fue entregada una copia. Lo cierto que es que los álbumes de Takillakkta se vendieron relativamente bien y yo nunca recibí un puto céntimo por las canciones que había compuesto.

Durante los años ’90 salí adelante como pude, trabajando como profesor de diversas materias —religión, lengua española, economía política, filosofía, alemán— en colegios privados durante la mañana, por lo general con una remuneración baja o mediana. Trabajé en el Colegio San Ignacio de Recalde, el Colegio Peruano Chino 10 de Octubre, el Colegio San Felipe, el Colegio Santa Úrsula y el Colegio Peruano-Alemán Augusto Weberbauer. En las tardes seguí dando clases de teología en el ISPEC.

En el año 1999 Germán McKenzie, entonces Superior Regional de Perú, me invitó a dar clases en el nuevo Instituto Superior Pedagógico Nuestra Señora de la Reconciliación, que funcionaba durante las tardes en el Colegio Nuestra Señora de la Reconciliación (Monterrico), centro educativo gestionado por el Sodalicio. Lo cierto es que me sentía a gusto dando clases de teología y filosofía en ese instituto, aunque la remuneración no era muy alta, pero en lo laboral hubo algunos problemas que hicieron que me preguntara si realmente valía la pena seguir buscando puestos de trabajo vinculados al Sodalicio.

En ese entonces, por recomendación de Germán McKenzie, se había contratado como director a Luis Augusto Chiappe, un hombre de muy buen corazón que tenía experiencia en la educación superior y al cual le habían encargado diseñar estrategias de marketing para atraer alumnado al instituto. Le tomé mucho afecto a Luis Augusto, a quien la fascinaban las canciones que interpretaba Annie Lennox, integrante del dúo pop Eurythmics. Siempre recibía a la gente con una cálida y generosa sonrisa que le iluminaba su rostro barbado y bonachón. Fue él quien me hizo conocer más el cine de Dario Argento —de quien yo había visto la fascinante y misteriosa Inferno (1980)—, prestándome dos de sus películas en vídeo: Tenebre (1982) y Opera (1987), y gracias a él pude ver por primera vez la obra maestra de Fritz Lang, Metropolis (1927), película del cine mudo que ha sido declarada patrimonio cultural de la humanidad por la UNESCO.

Una vez Luis Augusto nos dio una mala noticia a los docentes: la remuneración del mes no se nos iba a pagar a tiempo. Y entre pregunta aquí, pregunta allá, finalmente la paga fue retenida durante tres meses. Luis Augusto me informó que según Jaime Baertl —quien era el que administraba el dinero— no había plata y que teníamos que esperar hasta que recibieran un pago pendiente. Curiosamente, de las instituciones y empresas para las que he trabajado, ésta ha sido la única donde alguna vez se han demorado en pagarme lo que me debían, sin importarles las consecuencias que ello tuviera sobre la economía familiar de los que allí laboraban con dedicación y esfuerzo. Y con un compromiso apostólico hacia el Sodalicio. Hasta ahora no llego a entender por qué no recurrieron a un préstamo en vez cometer esa injusticia con nosotros.

En otra ocasión, Luis Augusto me confió que Jaime Baertl lo había presionado para sacarme del instituto, cosa a lo que él se negó, considerando que yo era uno de los docentes de mejor calidad con los que contaban. Y despedir a un profesor era relativamente fácil, pues nadie del cuerpo docente había firmado un contrato. Aun cuando no cumplíamos con las condiciones para estar bajo ése régimen, los docentes éramos considerados como trabajadores independientes que tenían que extender un recibo por honorarios antes de recibir su remuneración en efectivo. Cuando le pregunté a Germán McKenzie si era cierto que Jaime Baertl se había opuesto a que yo continuara como docente en el instituto, me dijo que no sabía nada al respecto y que él estaba contento con la labor que yo estaba desempeñando.

Luis Augusto fue proponiendo estrategias de marketing juveniles y novedosas, que aparentemente fueron rechazadas porque no se ajustaban a la sobriedad del estilo sodálite. Al final, él también tuvo que irse. Lo encontré un día en su oficina, donde me comunicó la triste noticia. De repente, sacó un talonario de recibos y yo, extrañado, le pregunté para qué eran. «Tengo que llenar uno y entregarlo para que me paguen lo que me deben», fue su respuesta. Era algo inaudito. El director del instituto tampoco estaba en planilla sino que recibía honorarios profesionales como un trabajador independiente. Y, de paso, se ahorraban el pago de los beneficios sociales.

Con la salida de Luis Augusto, nunca más volví a ser convocado para dar clases en el Instituto Superior Pedagógico Nuestra Señora de la Reconciliación. Jamás se me explicó por qué.

Cuando le comenté a un sodálite casado de la vieja guardia cómo había sido mi experiencia laboral en el instituto, éste me dijo una frase que hasta ahora guardo en la memoria: «Colabora con ellos en las obras apostólicas, pero nunca trabajes para ellos». Él también había tenido experiencia de lo mal empleador que era el Sodalicio.

O del doble juego que algunos sodálites hacían con las personas que confiaban en ellos, donde por delante se decía una cosa mientras que por detrás era otra la que se hacía o se pensaba. Me ocurrió, por ejemplo, con Alfredo Draxl, quien era entonces director del Colegio San Pedro en La Molina. A fines de 1999 terminó mi contrato con el Colegio Santa Úrsula, donde había enseñado alemán, y supe que en el Colegio San Pedro estaban buscando un profesor de alemán. Me comuniqué con Draxl para ofrecerle mis servicios. Él me dijo que le parecía bien, pero primero tenían que hacerme una prueba de aptitud. Después de haberme sometido a esta prueba escrita, me llamó para reunirme con él y, sin mostrarme ningún resultado, me dijo que lamentablemente no había alcanzado un puntaje satisfactorio y que no me podían contratar. Le agradecí, y a otra cosa, mariposa.

Poco tiempo después supe que un amigo mío, que tenía a sus hijos en el Colegio San Pedro, le había preguntado a Draxl qué había sido de mi postulación al puesto de profesor de alemán. La respuesta lo dejó atónito. Draxl le dijo que yo era una persona conflictiva, que iba a tener problemas con otros miembros del cuerpo docente, sobre todo las mujeres, y que prefería mantenerme lejos. Y supongo que a Draxl no se le debe haber movido un sólo musculo de su pétrea cara dura al decir esto.

Meses más tarde entré a trabajar como profesor de alemán en el Colegio Peruano-Alemán Augusto Weberbauer. Fue mi último trabajo como maestro de escuela, pues entonces ya estaba haciendo estudios para obtener un MBA (Master of Business Administration) en ESAN (Escuela de Negocios para Graduados). Mi siguiente trabajo sería en proyectos de la GTZ (Deutsche Gesellschaft für Technische Zusammenarbeit), un organismo de la cooperación alemana para los países en desarrollo. Y a la vez sería convocado por José Luis Pérez Guadalupe, director del Instituto de Teología Pastoral “Fray Martín” de la diócesis de Chosica, a colaborar como docente en el Curso de Teología a Distancia que se efectuaba en el verano y estaba destinado principalmente a catequistas y profesores de religión, la mayoría de ellos provenientes de provincias. Fue para mí una hermosa experiencia de Iglesia.

Lo cierto es que a partir de los años ’90, cuando el Sodalicio comenzó a gestionar colegios, institutos, universidades, cementerios y otras empresas, su patrimonio se fue incrementando exponencialmente, mientras quienes trabajábamos para algunas de sus iniciativas empresariales debíamos contentarnos con remuneraciones que alcanzaban sólo para mantenernos por encima del nivel de subsistencia.

¿Cómo se compagina esto con la pobreza que Jesús predica en los Evangelios? Hay que entender, primero, que los sodálites consagrados sólo hacen promesas de obediencia y celibato. La pobreza, sin embargo, también es una exigencia que aparece en la ideología sodálite, pero se habla más que nada de “espíritu de pobreza” y de “comunicación de bienes”. Esto queda bien resumido en el siguiente texto, extraído de Camino hacia Dios N.º 176, publicación sobre espiritualidad sodálite destinada a miembros del Movimiento de Vida Cristiana (ver http://www.caminohaciadios.com/chd-por-numero/206-176-buscad-el-reino-de-dios-y-el-resto-se-os-dara-por-anadidura):

«La pobreza que viene a ensalzar Nuestro Señor Jesucristo no es pues una mera carencia de bienes materiales. (…) Pero tampoco es un mero desprendimiento “espiritual” de los bienes. Se trata ante todo de una actitud interior, de una apertura, de una espera que sólo puede ser llenada por el Señor.»

«No se trata aquí de mirar negativamente nuestra realidad personal y el esfuerzo que hacemos por poseer bienes materiales. Intentemos, más bien, tener una mirada sobrenatural ante estas realidades materiales y aprender a vivir un sano desapego de los bienes materiales y su comunicación generosa con los que los necesitan.»

A diferencia de otros institutos de vida consagrada, donde los miembros no poseen más que algunos objetos personales y los demás bienes son de la comunidad, en el Sodalicio se permite la posesión de todo tipo de bien, haciendo la salvedad de que hay que ser generosos con ellos y ponerlos a disposición de otros hermanos de comunidad cuando los necesiten. Lo cierto es que esto no impedía que hubiera diferencias entre los miembros de las comunidades en cuanto al dinero de que disponían, los equipos electrónicos que tenían, la ropa que usaban, los libros y CDs que compraban, y en algunos casos el vehículo automotor propio que poseían. Bienes que no siempre eran compartidos con otros hermanos menos pudientes de la comunidad.

Si bien se había asumido como propia la indicación de que hay que vivir la “dinámica de lo provisional” —expresión acuñada por el Hno. Roger Schutz de la comunidad ecuménica de Taizé—, en realidad había algunos sodálites que tenían bien cimentada su existencia en base a una nutrida cuenta bancaria, sobre todo si el sujeto provenía de la clase alta. En el caso del fundador Luis Fernando Figari, resulta difícil imaginarse que haya plasmado en su vida ni siquiera la interpretación alambicada de la pobreza que pregona el Sodalicio, cuando su estilo de vida era cualquier cosa menos espartano, gozaba de más comodidades que cualquier miembro de la comunidad, se permitía más gustos y placeres, con el agravante de que nunca ha trabajado ni generado ingresos propios desde que lo expulsaron del Colegio Santa María de los Marianistas en la década de los ’70.

Aún con toda la austeridad que había en el día a día de las comunidades sodálites, confieso que la auténtica “dinámica de lo provisional” la viví en en carne propia recién cuando salí de comunidad y tuve que enfrentar las preocupaciones por el sustento diario que comparten la mayoría de los mortales. Y díganme si no es verdadera pobreza evangélica ganar sólo lo necesario —y a veces menos—, no pudiendo acumular bienes suntuarios, en consonancia con lo que manda Jesús en los Evangelios. Porque la interpretación para cristianos burgueses que el Sodalicio hace de la pobreza, planteando la absurda posibilidad de ricos no apegados a sus bienes y con espíritu de pobre, no le ha impedido acumular a lo largo de los años, con procedimientos no siempre limpios, millones de dólares supuestamente en beneficio de obras sociales y educativas de bien cristiano, aunque no sé si encajen dentro de esta descripción las cuantiosas sumas invertidas en eventos aparatosos y multitudinarios con fines proselitistas a mayor gloria de Figari, los congresos internacionales con gastos de viaje y alojamiento pagados para todos los expositores nacionales y foráneos, los montos desembolsados para las vacaciones anuales en el extranjero de Figari y su comitiva, o los gastos de representación para agasajar a obispos, curas y personalidades internacionales del mundo católico conservador, sobre todo si algunos de estos personajes tenían influencias en el Vaticano o a altos niveles de la Iglesia latinoamericana. Por ejemplo, no sé cuánto debe debe haber costado la botella de whisky Johnnie Walker Etiqueta Negra que una vez me pidieron que le llevara a su habitación al cardenal Alfonso López Trujillo, a quien invitaban también a restaurantes exclusivos para que pudiera degustar una los platos que más le gustaba: las conchas de abanico a la parmesana.

Los sodálites consagrados hacen promesa de guardar la castidad a través del celibato, pero parece que para algunos esto se interpretaba en la práctica como “castidad de espíritu”, porque de cuerpo no lo era. De modo similar, la pobreza evangélica ha sido interpretada como “pobreza de espíritu”, supuestamente compatible con la acumulación exagerada e injustificable de bienes materiales por parte de unos cuantos sodálites. El sentido común nos llama a designar esto como riqueza y a recordar las palabras de Jesús en los Evangelios: «De cierto os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos» (Mateo 19, 23). O las descarnadas palabras del apóstol Santiago: «¡Vamos ahora, ricos! Llorad y aullad por las miserias que os vendrán. Vuestras riquezas están podridas y vuestras ropas, comidas de polilla. Vuestro oro y plata están enmohecidos y su moho testificará contra vosotros y devorará del todo vuestros cuerpos como fuego. Habéis acumulado tesoros para los días finales» (Santiago 5, 1-3).

EL PELIGRO DE SER SODÁLITE

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Cascada en el Cañón de Autisha

Cuando yo tenía tan sólo 15 años, el Sodalicio me ofreció un mundo de aventuras en territorios incógnitos de la existencia. Y no sólo aventuras espirituales, sino también una que otra osada aventura terrena, donde —sin ser yo plenamente consciente de ello— mi vida correría peligro. Guardo un recuerdo muy vívido de una de esas aventuras.

En ese lejano año de 1978, un joven José Ambrozic era animador de nuestra agrupación mariana, de la cual saldrían varias “vocaciones” sodálites. Sólo una de esas vocaciones ha permanecido hasta el día de hoy en la institución, a saber, Miguel Salazar.

José, a quien conocíamos coloquialmente como “Pepe”, de barba poblada, trato amable y gesto tímido, tenía una personalidad tranquila pero enigmática, como si continuamente estuviera mirando un secreto que guardaba celosamente en lo más recóndito de su alma. Tenía una sonrisa franca, pero aún en conversaciones íntimas irradiaba una especie de distancia impenetrable, que me inspiraba a la vez respeto y admiración. Pero cuando se ponía al volante de un coche, que manejaba con la destreza de un Fittipaldi, era capaz de ponernos el corazón en la boca. O los huevos de corbata, como decíamos en nuestro coloquial y vulgar lenguaje adolescente.

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José Ambrozic

No era extraño que condujera por avenidas de la urbe limeña a más de 80 kilómetros por hora. Dios sabe por qué nunca tuvo un accidente. Y si se trataba de conducir un coche en carretera, era a tal punto de temer, que el P. Armando Nieto SJ llegó a decir que tuvo más miedo cuando Pepe lo llevó a un retiro por la Carretera Central que cuando una vez casi se cae la avioneta en que volaba sobre la selva peruana. Y lo más increíble es que Pepe era miope como una tapia y usaba lentes de contacto de gran aumento.

Un fin de semana, Pepe decidió llevarnos a correr una aventura en un remoto lugar de la sierra, a sólo dos horas en coche de Lima. Nuestro destino: Autischa, a 2200 metros de altura sobre el nivel del mar en el distrito de Huarochirí. En ese entones Autisha todavía no se había convertido en la ruta de turismo de aventura que es ahora, donde los viajeros son guiados a través de escarpados caminos de montaña hasta llegar a un austero puente de hormigón, sólido pero sin barandas, que cruza el cañón de más de 100 metros de profundidad, para finalmente descender por las escalerillas metálicas de un profundo y oscuro pozo que llega hasta la herrumbrosa sala de máquinas de una antigua represa abandonada, desde la cual se puede salir a través de una oquedad, previo cruce de unos rieles tendidos a cierta altura, hacia un claro en las profundidades del cañón donde la caudalosa corriente de un río subterráneo sale de la roca formando una estruendosa cascada.

Ninguno de nosotros contaba con los equipos especiales (cascos, lentes de protección, arneses y cuerdas, etc.) que se utilizan actualmente para efectuar ese recorrido. Teníamos tan sólo 15 ó 16 años de edad, y ni siquiera sabíamos los peligros a los que nos íbamos a exponer bajo la guía de Pepe, a quien algunos apodaban “Huevos de Acero”, porque cuando jugaba fulbito y le caía un pelotazo en la zona genital, ni se inmutaba y seguía jugando con la rudeza que lo caracterizaba, como si nada hubiera pasado.

No recuerdo exactamente cuántos fuimos los participantes a esa excursión, pero si la memoria no me falla, estaban allí Miguel Salazar, Eduardo Field, George Wille, Alfredo Bushby, Tato Felices y un joven de sonrisa abierta y trato cariñoso y acogedor, Gonzalo “Canito” Velaochaga, que no pertenecía a nuestra agrupación pero que en ese entonces era una de las vocaciones más prometedoras del Sodalicio. Y que no duró mucho, pues al año siguiente, cuando formábamos parte del mismo grupo de sodálites mariae, tomó la decisión de dejar la institución. Se despidió con una amplia sonrisa, pero nunca nos dijo las razones que motivaron su decisión. Espero que la vida le haya sonreído de ahí en adelante. Por lo menos, tuvo la suerte de irse en una época temprana del Sodalicio y le fueron ahorrados los abusos psicológicos y físicos que sufrimos quienes permanecimos durante décadas en la institución.

Fuimos a Autisha a través de una carretera afirmada no pavimentada en dos coches, en uno de ellos Pepe Ambrozic al volante, conduciendo a su manera acostumbrada, y en el otro, Alfredo Garland.

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Alfredo Garland

Garland, sodálite de la primera generación que ad intra de la institución tiene fama de ser un hombre de buen corazón, era una persona de carácter timorato y delicado y de costumbres burguesas. Se contaba que, a fin de que endureciera su carácter y venciera sus miedos, Luis Fernando Figari lo había mandado a ver la película de terror Granja macabra (Motel Hell, Kevin Connor, 1980), que cuenta la historia de una pareja de granjeros de la Norteamérica rural que secuestraban a los viajeros que pasaban por la región para luego cortarles la lengua, enterrarlos hasta el cuello y cebarlos adecuadamente, a fin de utilizarlos como materia prima para fabricar la carne ahumada que vendían. El objetivo era someterlo a una especie de terapia de shock con el propósito de adormecer su sensibilidad y hacerlo apto para los rigores de la disciplina sodálite. Y parece que funcionó, pues cuando Garland llegó a ser superior de comunidades sodálites, se convirtió en una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, donde convivían en una misma persona el lado amable y bondadoso junto con un talante implacable e inmisericorde cuando se trataba de aplicar castigos a sus súbditos.

Una vez yo mismo apliqué esta técnica de tratamiento de shock a través del cine cuando invité a un aspirante sodálite que estaba bajo mi cargo a ver la película Fuerza siniestra (Lifeforce, Tobe Hoper, 1985), donde dos hombres y una mujer extraterrestres se pasean desnudos durante todo el rodaje por un Londres apocalíptico, succionando la energía vital de las personas y convirtiéndolas en zombis, desatando de esta manera una epidemia de muertos vivientes plasmada en escenas terroríficas y desagradables. Esta estrategia de shock fue también aplicada de manera masiva en los dos primeros Convivios (o congresos de estudiantes católicos para escolares de 4to. y 5to. de secundaria) de 1977 y 1978, donde se proyectó respectivamente las películas Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976) — clásico moderno que, sin embargo, no deja de ofrecer una visión deprimente de un entorno social determinado y termina en un baño de sangre de violencia inusual para la época— y Centinela de los malditos (The Sentinel, Michael Winner, 1977) —película de terror que presenta escenas de gran impacto, sórdidas y repugnantes—. La exhibición de estas películas en ambos Convivios tenía la intención de generar en los jóvenes participantes una especie de ablandamiento psicológico, a fin de hacerlos tomar conciencia de los “males del mundo” y hacerlos más receptivos al mensaje que se les quería transmitir.

Voviendo a Garland, éste también tenía pretensiones intelectuales. En el año 1978 escribió, bajo la supervisión de Luis Fernando Figari, Germán Doig y Virgilio Levaggi, una investigación periodística —en realidad, un panfleto derechista y reaccionario— contra la teología de la liberación, bajo el título de Como lobos rapaces – Perú: ¿una Iglesia infiltrada? Se trata de un libro cuya existencia el mismo Sodalicio trató de ocultar posteriormente, pues las fuentes que menciona hacen patente el pensamiento católico tradicionalista con dosis de fascismo del cual se nutre su análisis, así como los libros de autores ultramontanos que leíamos habitualmente los sodálites en la década de los ’70.

Por otra parte, Garland era un buen repetidor de ideas ajenas, siempre y cuando fueran relativamente sencillas, pero carecía de la capacidad analítica y creatividad conceptual de quien toma las riendas de su propio pensamiento. «Tu nunca serás un intelectual; sólo eres un diletante», me dijo una vez debido al amplio interés que yo mostraba en varios temas, no todos relacionados directamente con la fe católica. Y a decir verdad, yo nunca he pretendido ser un intelectual, sino solamente un católico que se atreve a pensar por cuenta propia siguiendo su conciencia y mantiene un enorme interés por las manifestaciones culturales y sociales del mundo en que vivimos. Garland tampoco ha cumplido su sueño de ser un intelectual, no obstante que fue fundador y primer director de ACI (Agencia Católica de Informaciones) —la cual, bajo la conducción de Alejandro Bermúdez, se llamaría luego ACI Prensa— y creador del Centro de Estudios Católicos, en cuya página web se ofrecen artículos sobre diversos temas desde una perspectiva católica conservadora y con el denominador común de ser tediosos, con tendencia al didactismo y poco estimulantes de las células grises del cerebro. No obstante sus limitaciones cognitivas —o precisamente gracias a ellas— Garland se convirtió en un buen divulgador de ideas básicas de la doctrina cristiana, siempre y cuando no intentara abordar temas más complejos como las Cruzadas y la teología de la liberación, pues allí es donde suele caer en la pura propaganda ideológica disfrazada de análisis intelectual.

Retomemos el hilo de nuestra historia.

Cuando llegamos a Autisha, lugar que se nos presentaba cargado de misterio por su paisaje inhóspito y sobre todo por lo que Garland contaba de las ratas grandes como perros que merodeaban de noche en la zona, éste se quedó cuidando nuestras cosas y leyendo, mientras todos los demás nos dirigimos en fila india, guiados por Ambrozic, hacia un camino que iba subiendo pegado a una ladera. Para el trayecto que íbamos a realizar, donde no sabíamos lo que nos esperaba, nuestro único equipo consistía en un par de linternas de bolsillo.

El camino iba subiendo cada vez más y se hacía más escarpado y estrecho, mientras a nuestro a lado izquierdo la pendiente se iba convirtiendo poco a poco en un precipicio. Hasta que llegamos al borde del cañón que teníamos que cruzar. No sé si entonces existía el arco de hormigón que se usa actualmente como puente para cruzar el abismo, pues eso no es lo que vimos en esa parte del camino. Ante nosotros teníamos un destartalado puente colgante, de estructura metálica y piso de madera. Uno de los cables que lo sostenía estaba roto. El puente estaba peligrosamente ladeado, y la única manera de pasarlo era agarrándose con ambas manos del cable sano y pisando con cuidado las tablas inclinadas para no resbalar hacia una muerte segura. Al principio, nadie de nosotros se atrevía a pasarlo. Hasta que Ambrozic nos dijo que teníamos que demostrar nuestro valor y cruzarlo de todas maneras.

Finalmente, vencimos nuestros miedos y comenzamos uno a uno a cruzar el puente, que se balanceaba ligeramente debido al viento que soplaba en el cañón. Algunos pasamos más rápido que otros, pero siempre con las dos manos agarradas como tenazas al único cable colgante intacto que tenía el puente y evitando en lo posible mirar hacia abajo, mientras movíamos los pies lentamente pero con firmeza. El único de nosotros que cruzó con ligereza y sin señales de miedo en el rostro, como si con él no fuera la cosa, fue “Canito” Velaochaga.

Fue entonces que Ambrozic se agarró con una sola mano del cable sano y alegremente, como quien estuviera paseando por la vereda de su casa, llegó raudamente hasta la mitad. Allí se detuvo, levantó una pierna y la estiró al aire, mientras nos miraba burlonamente como si fuéramos una manada de cobardes. Luego caminó hasta el otro extremo y regresó de manera rápida y desenfadada, con la audacia que la costumbre le otorga al equilibrista que camina por la cuerda floja. Fue el único que cruzo el puente dos veces, cuando a los demás nos bastaba y sobraba con haber alcanzado el otro lado sanos y salvos.

En la otra ladera del cañón, el camino continuaba al borde del precipicio. En unas pocas partes del trayecto las piedras que servían de asiento al camino se habían caído con el tiempo, por lo cual teníamos que saltar para pasar al otro lado. Al poco tiempo llegamos a una pequeña edificación ruinosa, dentro de la cual se abría un pozo que descendía a las profundidades a través de una herrumbrosa escalera metálica. Las únicas indicaciones que recibimos de Pepe fue que tuviéramos cuidado al pisar las rejillas que hacían de descansillos, pues habían piedras en ellos que se habían ido acumulando con el tiempo y podíamos hacer que alguna cayera sobre el que estaba bajando primero que nosotros. Asimismo, no debíamos mirar hacia arriba, pues nos podía caer polvo y tierra en los ojos. Con apenas un par de linternas, el descenso se realizó casi a oscuras, donde uno tenía que guiarse prácticamente por el tacto para poder tomar el siguiente tramo de escalera en el descansillo. No faltó una que otra piedra que cayera, no obstante el cuidado que se tuvo, seguido de un grito de aviso: «¡Cuidado! ¡Piedra!»

Abajo nos esperaba la abandonada sala de maquinarias de la represa, donde se respiraba un olor a moho y humedad. La oscuridad era total. Del fondo venía un poco de luz. Se trataba de una abertura en la roca que daba al otro lado del cañón, a un paisaje de rocas y peñascos iluminados tenuamente por la luz que se filtraba desde lo alto y donde lo más impresionante era el chorro de agua que salía caudalosamente del acantilado pétreo que formaba el cañon a nuestra lado izquierdo. Para llegar al pie de la cascada, donde el agua fresca y cristalina formaba una lagunilla, había que descender de la altura en la que estábamos a un peñón a través de un herrumbroso riel que fue colocado allí cuando la represa todavía funcionaba. «No pisen los travesaños de madera», fue la única recomendación de Pepe, pues con el paso del tiempo y la humedad casi todos estaban podridos, y si uno se apoyaba en uno y perdía el equilibrio, la caída podía ser fatal, o en el mejor de los casos, producir lesiones graves. En ese entonces el riel no había sido dotado de la red con que cuenta ahora, a fin de evitar desenlaces trágicos. De modo que caminando al estilo araña, con los pies por delante sobre los listones metálicos y con las manos atrás apoyadas en los mismos, fuimos deslizándonos lentamente hacia el peñón. No faltó uno que pisara uno de los travesaños de madera, que se partió por la mitad. Afortunadamente, la cosa no pasó de un susto.

El regreso se dio sin mayores sobresaltos. Después de cruzar nuevamente el riel, salimos por el otro lado en la parte baja del cañón y llegamos caminando al sitio donde Garland se había quedado esperándonos, y comimos lo que habíamos traído, comentando la adrenalínica experiencia que habíamos vivido. Por supuesto, mis padres nunca se enteraron de nada. Pues en el fondo yo era consciente de lo peligrosa que había sido la aventura vivida, y me sentía orgulloso de haber vencido el miedo que me habían generado las situaciones de riesgo en las que habíamos estado.

No sería la última vez que visitaría Autisha. Tres años después, Garland se convertiría en el instructor de nuestro grupo de aspirantes sodálites y en una ocasión emprendimos un viaje en coche que tenía como destino a Huancayo. Nunca llegamos a nuestra meta, porque empezó a llover torrencialmente y decidimos acampar en Autischa. La lluvia era tal, que una inundación era inevitable, así que Garland tomó la decisión correcta de levantar el campamento y terminanos pasando la noche en un hotel de carretera.

Las excursiones a Autisha que organizaban otros sodálites serían canceladas de manera abrupta, cuando, estando yo viviendo en la comunidad de Nuestra Señora del Pilar de Barranco, dos integrantes de ella, Rafael Álvarez-Calderon y Mario “Pepe” Quezada, junto con Raúl Guinea, un sodálite casado de la primera generación, llevaron de excursión a ese lugar a un grupo de alumnos menores del Colegio Markham. Al final se quedaron atrapados en una ladera y se tuvo que organizar una acción de rescate con participación del cuerpo de bomberos de Chosica. El superior de la comunidad, Germán Doig, castigó a ambos sodálites de comunidad poniéndolos durante un tiempo a régimen de pan y agua. Y, por supuesto, quedó prohibida toda excursión a Autisha.

Pero eso no significa que se abandonara la mala costumbre de ocasionalmente poner en riesgo la salud, e incluso la vida, de muchos sodálites. Pues la seguridad nunca ha sido una prioridad frente a los retos que había que enfrentar con el fin de alcanzar la santidad. Muestra de ello son muchas de las pruebas por las que tuvieron que pasar quienes estuvieron algún tiempo en las casas de formación de San Bartolo, entre ellas, los recorridos a nado ida y vuelta hacia el islote que había en medio de la bahía hasta el borde del agotamiento, los saltos obligados desde lo alto de un peñasco que había cerca del islote, los chapuzones en horas de la madrugada aun cuando la mar estuviera brava y peligrosa, los ejercicios físicos extremos hasta el punto de generar lesiones físicas y enfermedades, etc. Sin contar los tormentos psicológicos que llevaron a más de uno a pensamientos suicidas.

Definitivamente, ser miembro del Sodalicio ha significado siempre un peligro para la integridad física y sobre todo psicológica de los sodálites. Quienes han pasado por todo eso y han salido relativamente indemnes, sin contar una que otra cicatriz en el cuerpo y en el alma, y todavía son capaces de enfrentar con entusiasmo las dificultades de la vida, merecen el justo apelativo de sobrevivientes del Sodalicio.

EL SODALICIO CONTRA LA GUITARRA ROTA

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Este post es complementario de mi anterior escrito EL SODALICIO CONTRA LAS LÍNEAS TORCIDAS.

Los intentos del Sodalicio de acallar una voz crítica como la de LAS LÍNEAS TORCIDAS no son nuevos. Algo similar me ocurrió con mi primer blog, LA GUITARRA ROTA, donde incluí textos en que relataba —a partir de mi propia experiencia— algunos aspectos de la historia de Takillakkta, emblemático grupo musical folklórico de la Familia Sodálite, del cual yo fui uno de los fundadores y en cual yo ejecutaba la guitarra, además de contribuir a su repertorio con composiciones propias. La versión que yo contaba difería de la versión oficial (incluida en una página web de Takillakta que ya no existe; ver https://web.archive.org/web/20150615013203/http://takillakkta.org/), la cual resumía la historia del grupo escuetamente sin dar mucho detalle y de manera idealizada. Además, dispersos en mis textos había críticas a algunos elementos institucionales del Sodalicio, sin mencionarlo por su nombre.

Inicié ese blog en enero de 2009. Recién a fines de ese año un sodálite con un alto cargo se comunicó conmigo, llamándome la atención y exigiéndome que retirara varios contenidos de mi blog. Yo aún no había hecho público mi alejamiento del Sodalicio y este sodálite supuso que yo todavía me sentía miembro de la institución, por lo cual pensó que podía exigirme ciertas cosas apelando a la obediencia —dándome por supuesto las explicaciones del caso, que yo debía aceptar como verdad incuestionable—. Por supuesto que le comuniqué mis discrepancias, le hice quedar claro que yo ya no me sentía identificado con el Sodalicio y que, por lo tanto, no le debía obediencia a nadie en la institución y era yo el que tenía que decidir qué contenidos debía incluir en mi blog. El siguiente es el e-mail que le escribí el 30 de noviembre. Como de costumbre, he eliminado todos aquellos párrafos con contenidos puramente privados y personales, dejando sólo aquello que es de interés público.

Planteaste la presencia de mi blog en el ciberespacio como una falta contra el derecho a la buena reputación de ciertas personas, al hacer yo público lo que debe arreglarse en el ámbito privado entre las personas implicadas. Sobre si lo que yo cuento se ajusta a la verdad, no comentaste nada al respecto con suficiente claridad. Dicho en otras palabras, me diste a entender que el haber publicado mi blog era una falta ética, independientemente de que sea cierto o no lo que se dice allí.

He vuelto a revisar mi blog y no he encontrado nada que pueda considerarse como revelación de secretos íntimos de las personas. El blog busca presentar de alguna manera mi experiencia personal en cuanto autor y compositor de canciones y uno de los fundadores del grupo Takillakkta. La finalidad principal es buscar que las canciones que yo he compuesto no se pierdan —tanto aquellas que ha interpretado Takillakkta como aquellas que no—, hacer un ajuste de cuentas con mi propia obra —señalando aquello que considero valioso y aquello que no en mis propias composiciones— y hablar un poco sobre el trasfondo histórico y social que rodeó mi experiencia personal con Takillakkta. Evidentemente, no se puede hacer esto sin mencionar a otras personas implicadas y relatar los hechos que llevaron a que no se respetara la integridad de las letras de algunas canciones.

También se hace evidente una crítica a algunos aspectos del Sodalicio —sin mencionarlo por su nombre, para que lo entienda sólo quien sepa a qué me refiero—. Y en este punto tengo la impresión de que no has entendido bien mi posición, pues me hablaste de que si dejaba de lado el Sodalicio cometía una especie de “suicidio espiritual”. Francamente, no creo que esto pueda darse en quien tiene la intención —y siempre la ha tenido— de ser fiel a la Iglesia fundada por Cristo y busca caminos para vivir su compromiso de fe de manera auténtica. Dejar de lado un estilo, una espiritualidad —yo diría en este caso ideología religiosa—, una institución con la cual uno ya no se identifica, puede ser doloroso, pero si eso va unido a un deseo de seguir caminando junto con la Iglesia bajo la luz del Espíritu Santo, intentando testimoniar a Jesús en la propia vida, podemos hablar más bien de “resurrección espiritual”.

Has de saber que, una vez que dejé de vivir en comunidad, busqué contribuir con mis talentos en la misión para la cual Dios había llamado al Sodalicio. Sin embargo, encontré poco apoyo de parte de la institución, aunque sí de una cuantas personas concretas. Poco a poco sentí que se me iba marginando de varias iniciativas: del Instituto Nuestra Señora de la Reconciliación, de los círculos de estudios, de los proyectos musicales. E incluso supe de algunas habladurías que corrían sobre mí, sin fundamento. La decisión de irme con mi familia a Alemania se debió en parte a las pocas oportunidades de trabajo que encontraban, pero también en parte a cierta marginación de la cual había sido objeto en algunos ámbitos vinculados a la Familia Sodálite. Mi deseo era trabajar para la Iglesia en un lugar donde todavía nadie se hubiera formado prejuicios sobre mí. Incluso aquí en Alemania hemos estado atentos a oportunidades para poder colaborar con la Familia Sodálite en lo posible, organizando, por ejemplo, la estadía de los emevecistas que vinieron a la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia [en el año 2005].

Tienes que comprender que uno puede seguir teniendo actitudes positivas hacia la institución en la cual ha encontrado la fe, pero llega el momento en que uno se cuestiona todo lo que ha vivido, al no ver una correspondencia, ni siquiera una preocupación hacia nosotros que hubiera podido expresarse con un simple «gracias».

El momento de quiebre llegó cuando supe que se había hecho saber de manera pública de la expulsión por falta grave reiterada de una persona a la que yo siempre he apreciado mucho [Germán McKenzie], más aún cuando nunca se especificó en qué consistía esa falta grave. Y las informaciones que me llegaron apuntaban a que esa “falta grave” no era tal, y que eran otros los motivos por los cuales esa persona había tomado la decisión de separarse de la institución. A eso se sumó el develamiento del [caso] del pobre Daniel [Murguía], cosa a la cual se le dio punto final con un simple «no sabíamos» y una expulsión ipso facto. Me pregunto si habrá habido una reflexión posterior sobre si lo que hizo este muchacho guardaba una relación con el estilo de vida que se da en las comunidades, que —por otros testimonios que he conocido— es capaz de lesionar psicológicamente a algunas personas.

Me has dicho que si persisto en mantener mi blog en el ciberespacio, me haré daño mí mismo y que ya hay varias personas que se han visto afectadas por lo que yo he puesto ahí. Sin un explicación más detallada de este punto por tu parte, no puedo llegar a entender en qué consiste ese daño. Si ustedes le cuentan un cuento a alguien, y ese alguien descubre que no todo es tan bonito como se lo pintan o hay detalles que no corresponden con la realidad, evidentemente se sentirá decepcionado ¿Es ése el daño? Porque mi perspectiva sigue siendo cristiana, católica y fiel a la Iglesia. Te agradecería que me aclares este punto.

Y respecto a que me hago daño, mencionaste que la gente habla mal de mí. Que haya gente que haga eso no es algo que se produce automáticamente a raíz de lo que yo escribo. Se requiere una acción deliberada por parte de algunos, ya sea prejuzgando sin preguntar, ya sea poniendo en marcha rumores, sin buscar averiguar lo que hay en el trasfondo. Y todo eso —lo sé— mina la honra que me es debida. Con el paso del tiempo me he ido acostumbrando a que ello ocurra, sobre todo en un ambiente como Lima donde se tiene esa mala costumbre de juzgar sin conocimiento de causa. Tú me dices que he ido contra la honra de otras personas, al sacar temas privados al ámbito público —lo cual pongo en duda—. Ahora, yo pregunto: ¿y que se ha hecho por restituir mi honra, salvo decirme que yo soy el único culpable de tener mala fama? ¿Tengo que pasarme la vida defendiendo una imagen, poniendo el pecho sobre la espina, cuando lo único que quiero es ser yo mismo auténticamente? ¿O no será que lo único que importa es la imagen del Sodalicio, y que todas las imágenes personales deben ser sacrificadas —si es necesario— para mantenerla, como se hizo con aquella persona a la que oficialmente se “expulsó”?

La crítica al Sodalicio que aparece como trasfondo de algunos de mis comentarios en el blog es válida —y se ajusta a lo que yo personalmente he vivido—. Si quieres podemos dialogar sobre estos aspectos, me puedes comentar cuáles textos no se ajustan en tu parecer a la verdad, y con mucho gusto modificaré algunas de las cosas que se dicen en el blog si tus argumentos son convincentes. Lo que no me parece correcto ni respetuoso es que me impongas qué cosas puedo dejar y qué debo sacar. He de suponer que a Manuel Rodríguez se le deja libertad para poner en su blog lo que quiera. Y algunos resbalones ha tenido, como se evidencia en algunos comentarios que le dejaron cuando todavía no había activado la función de moderación, que le permite ahora filtrar los comentarios que se publican. Que yo publique mi blog es una decisión mía. Ahora bien, podemos negociar algunos puntos. Por eso mismo, he sacado mi blog del área pública hasta que esos puntos no hayan sido resueltos.

Las críticas que yo hago a algunas de las interpretaciones de mis canciones, luego de varios frustrados intentos de que Javier Leturia [sodálite y director de Takillakkta] hiciera las correcciones del caso, aparecieron en la red por primera vez en el año 2000. A pedido de Germán McKenzie suavicé algunos de los comentarios, pero no los saqué de la red. Javier Leturia sabía de estas críticas, pero no hizo nada al respecto. Después de publicar América 500 años en el año 1992, Takillakkta ha sacado sólo tres producciones más, incluyendo sólo una canción mía que data del año 1984, la Plegaria del Año Santo, en el CD Señor de la Esperanza del año 2004. Me queda ahora claro que Takillakkta no iba a interpretar nuevas composiciones mías, y que en realidad no hubo nunca un verdadero interés en las más de 20 canciones nuevas que yo tenía para ofrecer a Takillakkta.

Ahora me dices que Javier no sabe si seguir interpretando canciones mías, lo cual no llego a entender, considerando que nunca he dicho que sea mi intención que Takillakkta dejara de interpretar mis canciones, e incluso he elogiado varias de esas interpretaciones. Como ese tipo de decisiones no son de las que se suelen dejar a la libre decisión de los consagrados del Sodalicio, sospecho más bien que a Javier se le ha dado la orden expresa de que Takillakkta no interprete ninguna de mis canciones. Como yo manifiesto una actitud crítica —y, en consecuencia, se me debe considerar como un disidente—, se ha comenzado con el proceso de borrar todas mis huellas de la historia del Sodalicio, como ya se ha hecho en casos anteriores con otras personas. Indicio de ello es que Takillakkta ofrezca en su página web 23 canciones de su repertorio para su descarga en MP3, ninguna de las cuales es de mi autoría. El problema parece crearles un quebradero de cabeza, pues canciones mías hay en 5 de las 7 producciones de Takillakkta, y mis canciones han hundido raíces en la memoria colectiva del Movimiento de Vida Cristiana. Lo más sensato sería que las sigan interpretando, pues estas canciones fueron creadas como un don a la Iglesia y no como monopolio del grupo.

Insisto en que no me opongo a que Takillakkta interprete mis canciones. No hay nada que sea obstáculo para ello, más aun cuando ICTYS [Instituto Cultural Teatral y Social] sigue siendo la titular de los derechos de las 23 canciones mías que ha grabado el grupo. Si Takillakkta deja de interpretarlas, debo ver en ello la voluntad de los superiores del Sodalicio y una confirmación de los comentarios críticos que yo mismo he expresado. Si esto es cierto, seré yo tal vez el único que pueda mantener viva la memoria de los orígenes de Takillakkta y de las canciones que yo —como fruto de un talento otorgado por Dios— he compuesto. Y para ello tendré que poner los medios necesarios.

Lo siento mucho, pero ya no me puedo identificar con una institución que, por lo general, pocas veces ha estado dispuesta al diálogo —con quien sea—, con un estilo autoritario y marcadamente verticalista, que en varios casos ha coaccionado la libertad de conciencia de las personas y que no muestra transparencia sobre lo que pasa en ella. A lo cual se suma una doctrina que ha evolucionado poco con el paso del tiempo y que, teniendo el potencial para ser una espiritualidad viva, ha devenido en una ideología rígida carente de matices. Lo último que he leído de Luis Fernando [Figari] me ha parecido decepcionante.

Si a esto le sumamos lo que refleja ACI Prensa, el cuadro no puede ser más decepcionante. En cuanto informativo eclesial deja mucho que desear. La gran mayoría de las noticias giran en torno a tres temas: el aborto, la homosexualidad y la eutanasia. El resto se lo reparten la moral sexual, el celibato, chismes simpáticos del Vaticano, cualquier frase que diga el Papa o un obispo afín a la ideología conservadora del informativo y anécdotas sensacionalistas sobre la vida eclesial (condenas de teólogos, proezas religiosas, asesinatos de curas o religiosos, siempre y cuando no sean liberacionistas). A ello se suma la manipulación de la noticia a través de sus titulares y la presentación sesgada de los hechos, sin la mayor pizca de análisis. Ejemplo de ellos es cuando informó sobre el informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación. Desacreditar todo el documento de más de mil páginas sólo en base a lo en un par de ellas se decía sobre Mons. Cipriani —lo cual estaba además bien documentado— me parece poco serio. Los problemas de pederastia entre el clero son apenas mencionados. Se defendió al P. Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, cuando ya había suficientes indicios como para sospechar con fundamento de su conducta sexual —me refiero a las acusaciones de pederastia— y se ha tocado muy someramente el asunto cuando se destapó que había tenido por lo menos una hija carnal con una mujer, pero cuando se supo de Fernando Lugo, Presidente del Paraguay y obispo reducido al estado laical, que había tenido una hija siendo obispo, la cobertura de la noticia fue mucho mayor, incluso sacando a luz declaraciones de cosas que todavía no habían sido demostradas. Y lo que ya toca extremos fue la manipulación de una supuesta frase de Juan Pablo II dicha en el ámbito privado con el fin de hacer creer que el Papa había avalado la película The Passion of the Christ como si fuera una reproducción fidedigna de lo que realmente pasó durante la Pasión de Nuestro Señor.

ACI Prensa —o su versión en inglés, Catholic News Agency— es un portal público, siendo por tanto legítimas las opiniones públicas que se pueda emitir sobre sus contenidos y su manera de “informar”. No entiendo tu lógica cuando me dices que estas críticas sólo pueden ser canalizadas de manera privada a través de Alejandro Bermúdez, director de la agencia. Sería como pretender que las noticias que publica El Comercio con las cuales uno discrepa deban ser discutidas sólo en privado con su director. Si el Sodalicio avala a ACI Prensa y está de acuerdo con su política “informativa”, me da mucho que pensar.

Me podrías argumentar que tanto Takillakkta como ACI Prensa son iniciativas particulares de miembros consagrados del Sodalicio, y que las responsabilidades recaen únicamente sobre Javier Leturia y Alejandro Bermúdez. Conozco esa figura. Pero también sé que en la realidad no hay iniciativa particular en sentido propio en el Sodalicio, ni nunca la ha habido. Cuando Alfredo Garland escribió Como lobos rapaces, lo hizo por indicación de Luis Fernando Figari y lo que escribía era supervisado por él, Germán Doig y Virgilio Levaggi. Las “iniciativas particulares”, por más que públicamente se las presente como no teniendo ninguna vinculación con el Sodalicio, son dirigidas por personas que obedecen a sus superiores y cuya iniciativa personal es muy limitada. Y siempre ha sido un secreto a voces que estas “iniciativas particulares” son obras del Sodalicio. […]

Todo lo que te he dicho no afecta para nada la propuesta de buscar fondos para las obras sociales del Movimiento de Vida Cristiana. Como miembro de la Iglesia comprometido con la fe, siempre estaré dispuesto a colaborar con obras a favor de los más pobres y necesitados, en un espíritu de cooperación y libertad. […]

También te pido que me envíes una copia del documento que firmé, cediendo mis derechos de autor a ICTYS. Como nunca me fue entregada una copia —cosa que normalmente se hace cuando uno suscribe un documento—, desconozco su contenido exacto, pues o no me acuerdo de lo poco que leí o no se me dio tiempo para leer lo que estaba firmando, más aun cuando esta acción la hice en virtud de la obediencia —a la cual entonces estaba sujeto— y confiando en el buen criterio de mis superiores. Además, no creo que que el documento prohíba contar cómo surgieron mis canciones, qué cambios sufrieron ni qué opino sobre la manera en que son interpretadas.

A fines de enero de 2010 pude conversar en Lima por separado con el sodálite mencionado y con Javier Leturia. He aquí unos párrafos que resumen el resultado de ambas conversaciones, tomados de un e-mail que le escribí el 26 de julio de 2010 a mi amigo Manuel, adherente sodálite:

De resultas de la conversación con Javier decidí mantener mi blog LA GUITARRA ROTA cerrado al público, pues me dio información adicional que muestra que la historia de Takillakkta es más compleja de lo que yo imaginaba, y que Javier en muchos asuntos estuvo con las manos atadas —como lo están muchos miembros del Sodalicio que están sujetos a la obediencia—. Fue una conversación amena y abierta, un intercambio interesante y reconciliador. […]

[Respecto a la otra conversación], hice lo que tenía que hacer en conciencia, pues [un sacerdote de Schönstatt] me había dicho que no podía correr el riesgo de que en el cielo se me pidiera cuentas por no haberle dicho lo que sabía a [ese sodálite]. Yo se lo dije, y quedaba en él tomar la decisión de qué hacía con esa información, que -reconozco- es incompleta y parcial, pues son sólo piezas de un rompecabezas que todavía no termino de armar.

Las conclusiones a las que llego son desalentadoras:

  • que alguien con la autoridad de [ese sodálite] me hable de “cosas de las que no se había enterado” y de “cosas que prefiere no saber”, me habla de una actitud peligrosa para el futuro del Sodalicio, pues sólo se puede seguir sanamente hacia adelante si hay una actitud abierta hacia la realidad, por más que algunos de sus aspectos sean desagradables; una actitud [como la anterior] es la que ha permitido que ocurra lo que ocurrió en los Legionarios de Cristo;
  • que mis críticas basadas en mi experiencia hayan sido consideradas como “ataques” y no como oportunidad para iniciar un diálogo habla también de una cerrazón institucional que puede cobrar factura en tiempos venideros; todavía parece seguir estando vigente que la crítica interna es “desobediencia” y “rebeldía”, y la crítica externa es “ataque” cargado de mala intención; y yo soy difícil de ubicar, pues no estoy totalmente afuera ni totalmente adentro: sigo compartiendo algunos principios e ideales que me llevaron a unir mi vida durante años a la historia del Sodalicio, pero a la vez discrepo en muchos puntos y no me siento identificado con la institución.

Otro problema que encuentro es lo que yo llamo “socialización de los logros, privatización de los fallos” (parafraseando la famosa frase de “privatización de las ganancias, socialización de las pérdidas”). Me refiero a que los éxitos y cosas buenas de la institución y de cada uno de sus miembros se atribuyen al todo, al Sodalicio como organización, mientras que los fallos, pecados, errores se atribuyen a individuos particulares y se les considera a título personal. Así ocurrió en el caso de Daniel Murguía. Lo que él hizo se mira como fruto de su sola iniciativa personal. Pero nadie se ha preguntado qué circunstancias de la institución han podido originar un caso así. Como ocurre con un criminal, donde se analiza las circunstancias familiares y sociales que lo llevaron a cometer tal crimen, sin que ello signifique anular su responsabilidad personal. Falta, pues, esa capacidad de análisis institucional que permita corregir rumbos y establecer un vínculo entre las conductas personales y las condiciones en que se desarrolla colectivamente la vida de los miembros en la institución. Pues los tumores se insertan en un tejido, y no surgen y crecen aislados.

Esta deficiencia de análisis puede también acarrear consecuencias negativas. Y el Sodalicio tiene que andar con cuidado, pues no me extrañaría que más adelante haya algún arzobispo u obispo que considere que merece ser objeto de investigación canónica. En lo que va del papado de Benedicto XVI ya han sido intervenidos Lumen Christi, los Legionarios de Cristo y parece que se viene una intervención del Instituto del Verbo Encarnado (si no me equivoco, dos sacerdotes de esta última institución trabajan en la Universidad San Pablo). Estas instituciones se caracterizan por una aproximación diríamos “conservadora” a la doctrina y teología de la Iglesia, tienen estructuras sumamente verticales y parece que hay en todas una manera de hacer apostolado que recurre a métodos de manipulación de las conciencias. No hablo de escándalos sexuales, que por el momento parecen ser de exclusividad de los Legionarios de Cristo. El Vaticano no se ha metido ni con las grandes congregaciones, ni con instituciones con una teología más abierta y reflexiva, ni siquiera con la teología de la liberación en ese sentido. ¿Quién no te asegura que algún día el Sodalicio pueda ser intervenido? Se oyen pasos…

Mi blog LA GUITARRA ROTA estuvo inaccesible al público durante más de un año y medio. Pero debido a que no se generó el diálogo tan ansiado por mí —pues probablemente se creía que ya estaba cumplido el objetivo de silenciarme al retirar yo mis opiniones disidentes del ciberespacio— decidí en septiembre de 2011, meses después de que estallara el escándalo de Germán Doig, que no tenía sentido mantener cerrado ese espacio de expresión personal y lo volví a colocar en la red, sin que hubieran posteriores protestas.

Mis reflexiones previas sobre los problemas que presentaba el Sodalicio, aunque incompletas, parecían haber dado en el clavo, y con el caso de Germán Doig había estallado una imprevisible bomba latente que era sólo la consecuencia más escandalosa hasta el momento de la problemática que yo había vislumbrado a grandes rasgos.

Lamentablemente, no hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír. Y mientras el Sodalicio no esté dispuesto a ver y oír, probablemente los escándalos sigan salpicando su azarosa historia.

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Si alguien quiere saber a grosso modo lo que escribí sobre Takillakkta, le recomiendo que lea los siguientes posts en el orden indicado:

  1. ORÍGENES DE TAKILLAKKTA
  2. INFLUENCIAS SOBRE TAKILLAKKTA
  3. LA HISTORIA EXPROPIADA DE TAKILLAKKTA
  4. HOMENAJE
  5. TAKILLAKKTA: ¿MUSICA FOLKLÓRICA O FOLKLOROIDE?
  6. TAKILLAKKTA: ¿EVANGELIZACIÓN O ADOCTRINAMIENTO A TRAVES DE LA MÚSICA?
  7. TAKILLAKKTA: ¿ARTE MUSICAL O IDEOLOGÍA RELIGIOSA?

SAN ROMERO DE AMÉRICA

Mons. Óscar Arnulfo Romero (1917-1980)

Mons. Óscar Arnulfo Romero (1917-1980)

Mons. Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador asesinado el 24 de marzo de 1980 por mano de un sicario enviado por un grupo paramilitar a favor del gobierno salvadoreño, será finalmente beatificado por el Papa Francisco. Su proceso había estado bloqueado, dizque por razones políticas.

Pues después de su muerte la teología de la liberación lo elevó a símbolo del martirio en Latinoamérica y ejemplo de opción preferencial por los pobres. Y es sabido que los liberacionistas no han gozado del favor de ciertas eminencias eclesiales ni de los Papas anteriores. No extraña, pues, que cuando a fines de los ’70 le pregunté a Alfredo Garland, sodálite y autor de un panfleto contra la teología de la liberación, su opinión sobre Romero, me contestara: «Es un tonto útil».

Porque Mons. Romero nunca fue un progresista; al contrario, fue considerado un conservador fiel al Magisterio eclesial. Si no fuera por los últimos tres años de su existencia, su vida podría describirse como la de un eclesiástico bueno sin nada destacable.

El cambio se originó cuando ejerció de obispo de la diócesis de Santiago de María, la más pobre de El Salvador, entre diciembre de 1974 y febrero de 1977. Allí conoció la situación injusta en que vivían los campesinos salvadoreños y la represión violenta que sufrían. Allí entró en diálogo con los miembros de la Comunidad Pasionista de Jiquilicho, simpatizantes de la teología de la liberación, y se inició un proceso de cambio que lo llevaría a comprometerse con las angustias e inquietudes del pueblo salvadoreño. Allí se forjó este santo de carne y hueso, que tanto incomoda a los conservadores.

(Columna publicada en Exitosa Diario el 11 de febrero de 2015)

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Es indudable que Mons. Romero desarrolló su prédica a favor de la liberación cristiana en ese momento histórico de la década de los ’70, cuando América Latina era un hervidero de dictaduras y revoluciones, en medio de las cuales varios movimientos políticos y sociales de diverso signo ideológico luchaban por la liberación política, social y económica de tantos pobres sometidos a injusticias, opresión y violencia en el continente. En ese contexto, Mons. Romero nunca redujo la auténtica liberación que enseña la iglesia a alguna de estas dimensiones, aunque de sus palabras se concluye que éstas tienen que estar incluidas de alguna manera en la liberación del pecado que trae Jesucristo. En este sentido se puede concluir que, desde una perspectiva pastoral, Mons. Romero hizo teología de la liberación, aunque nunca se interesara por los escritos académicos con influencias marxistas de otros teólogos de la liberación. Al respecto, puedo citar unas palabras del Discurso de Mons. Oscar Arnulfo Romero al recibir el doctorado honoris causa por la Universidad de Lovaina, pronunciado el 2 de febrero de 1980, considerado por muchos como su testamento teológico y pastoral:

«Sabemos ahora mejor qué significa la encarnación, qué significa que Jesús tomó carne realmente humana y que se hizo solidario de sus hermanos en el sufrimiento, en los llantos y quejidos, en la entrega. Sabemos que no se trata directamente de una encarnación universal, que es imposible, sino de una encarnación preferencial y parcial; una encarnación en el mundo de los pobres. Desde ellos podrá la Iglesia ser para todos, podrá también prestar un servicio a los poderosos a través de una pastoral de conversión; pero no a la inversa, como tantas veces ha ocurrido.

El mundo de los pobres con características sociales y políticas bien concretas, nos enseña dónde debe encarnarse la Iglesia para evitar la falsa universalización que termina siempre en connivencia con los poderosos. El mundo de los pobres nos enseña cómo ha de ser el amor cristiano, que busca ciertamente la paz, pero desenmascara el falso pacifismo, la resignación y la inactividad; que debe ser ciertamente gratuito pero debe buscar la eficacia histórica. El mundo de los pobres nos enseña que la sublimidad del amor cristiano debe pasar por la imperante necesidad de la justicia para las mayorías y no debe rehuir la lucha honrada. El mundo de los pobres nos enseña que la liberación llegará no sólo cuando los pobres sean puros destinatarios de los beneficios de gobiernos o de la misma Iglesia, sino actores y protagonistas ellos mismos de su lucha y de su liberación desenmascarando así la raíz última de falsos paternalismos aun eclesiales.

Y también el mundo real de los pobres nos enseña de qué se trata en la esperanza cristiana. La Iglesia predica el nuevo cielo y la nueva tierra; sabe además que ninguna configuración socio-política se puede intercambiar con la plenitud final que Dios concede. Pero ha aprendido también que la esperanza trascendente debe mantenerse con los signos de esperanza histórica, aunque sean signos aparentemente tan sencillos como los que proclama el tercer Isaías cuando dice que “construirán su casa y que la habitarán, plantarán viñas y comerán de sus frutos” (Is 65, 21). Que en esto haya una auténtica esperanza cristiana, que no se esté rebajando la esperanza a lo temporal y humano, como se dice a veces despreciativamente, se aprende en el contacto cotidiano de quienes no tienen casa ni viña, de quienes construyeron para que otros habiten y trabajan para que otros coman los frutos».

Ciertamente, durante mucho tiempo compartí la opinión de que Mons. Romero era un “obispo rojo”, como se me había transmitido en el Sodalicio de Vida Cristiana, hasta que en los primeros años de este siglo pude conocer el proceso de cambio que había experimentado Mons. Romero en su experiencia pastoral con los más pobres de los pobres en la diócesis de Santiago de María. Desde entonces tengo una inmensa admiración por este hombre de Dios, y me es difícil leer algunas de sus homilías sin que se me estruje el corazón y se me asomen un par de lágrimas a los ojos. Destaco sobre todo la homilía que pronunciara un día antes de su muerte, de la cual cito las siguientes palabras:

«Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles… Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: “No matar”. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia, y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión».

Fiel a su política de manipulación de la información, Alejandro Bermúdez y ACI Prensa han sido muy reticentes respecto a los anuncios de la beatificación de Mons. Romero (ver, por ejemplo, https://www.aciprensa.com/noticias/no-hay-nada-oficial-sobre-beatificacion-de-mons-romero-95605/). Y en uno de sus recientes Puntos de Vista, que lleva el título de “Mons. Romero y los nuevos mártires” (https://www.aciprensa.com/podcast/download.php?file=10492), Bermúdez introduce la figura de Mons. Romero —sobre el cual no dice prácticamente nada— para explayarse luego extensamente sobre el martirio de los sacerdotes polacos Michele Tomaszek y Zbigneo Strzalkowski, de la Orden de los Hermanos Menores Conventuales, y el sacerdote italiano Alessandro Dordi, asesinados en agosto de 1991 en el Perú por el grupo maoísta Sendero Luminoso. Sintómaticamente, para el director de ACI Prensa tiene mucho más importancia transmitir información sobre tres sacerdotes misioneros—ciertamente ejemplares— ejecutados por un grupo extremista de izquierda, mientras no parece darle el mismo peso a quien fuera asesinado por un grupo extremista de derecha. Ahora los esfuerzos de la así llamada agencia de noticias parecen ir en la línea de desvincular a Mons Romero de todo aquello que suene a teología de la liberación (ver “Mons. Romero nunca se interesó por la teología de la liberación, asegura su secretario personal”, https://www.aciprensa.com/noticias/video-mons-romero-nunca-se-intereso-por-la-teologia-de-la-liberacion-asegura-su-secretario-personal-42365/), no obstante que la liberación es un tema recurrente en la prédica del mártir salvadoreño.

Mons. Óscar Arnulfo Romero, del cual soy devoto desde hace varios años y a quien le agradezco haber contribuido con su ejemplo a abrirme los ojos a la verdadera esencia de una Iglesia pobre y peregrina entendida como Pueblo de Dios que va construyendo el Reino en la historia, seguirá incomodando desde la tumba a aquellos que creen que una opción por los ricos y los poderosos es compatible con el Jesús de los evangelios.

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Transcribo aquí el hermoso poema que compusiera Mons. Pedro Casaldáliga, figura señera de la teología de la liberación, en homenaje a Mons. Romero:

SAN ROMERO DE AMÉRICA, PASTOR Y PADRE NUESTRO

El ángel del Señor anunció en la víspera…

El corazón de El Salvador marcaba
24 de marzo y de agonía.
Tú ofrecías el Pan,
el Cuerpo Vivo
—el triturado cuerpo de tu Pueblo;
Su derramada Sangre victoriosa
—¡la sangre campesina de tu Pueblo en masacre
que ha de teñir en vinos de alegría la aurora conjurada!

El ángel del Señor anunció en la víspera,
y el Verbo se hizo muerte, otra vez, en tu muerte;
como se hace muerte, cada día, en la carne desnuda de tu Pueblo.

¡Y se hizo vida nueva
en nuestra vieja Iglesia!

Estamos otra vez en pie de testimonio,
¡San Romero de América, pastor y mártir nuestro!
Romero de la paz casi imposible en esta tierra en guerra.
Romero en flor morada de la esperanza incólume de todo el Continente.
Romero de la Pascua latinoamericana.
Pobre pastor glorioso, asesinado a sueldo, a dólar, a divisa.

Como Jesús, por orden del Imperio.
¡Pobre pastor glorioso,
abandonado
por tus propios hermanos de báculo y de Mesa…!
(Las curias no podían entenderte:
ninguna sinagoga bien montada puede entender a Cristo).

Tu pobrería sí te acompañaba,
en desespero fiel,
pasto y rebaño, a un tiempo, de tu misión profética.
El Pueblo te hizo santo.
La hora de tu Pueblo te consagró en el kairós.
Los pobres te enseñaron a leer el Evangelio.

Como un hermano herido por tanta muerte hermana,
tú sabías llorar, solo, en el Huerto.
Sabías tener miedo, como un hombre en combate.
¡Pero sabías dar a tu palabra, libre, su timbre de campana!

Y supiste beber el doble cáliz del Altar y del Pueblo,
con una sola mano consagrada al servicio.
América Latina ya te ha puesto en su gloria de Bernini
en la espuma-aureola de sus mares,
en el retablo antiguo de los Andes alertos,
en el dosel airado de todas sus florestas,
en la canción de todos sus caminos,
en el calvario nuevo de todas sus prisiones,
de todas sus trincheras,
de todos sus altares…
¡En el ara segura del corazón insomne de sus hijos!

San Romero de América, pastor y mártir nuestro:
¡nadie hará callar tu última homilía!

Pedro Casaldáliga

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BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

La Palabra viva de Monseñor Romero (Homilías de Romero)
http://servicioskoinonia.org/romero/homilias/indice.htm

Mons. Óscar Arnulfo Romero
La dimensión política de la fe desde la opción por los pobres. Una experiencia eclesial en El Salvador, Centroamérica (Discurso de Mons. Oscar Arnulfo Romero al recibir el doctorado honoris causa por la Universidad de Lovaina, pronunciado el 2 de febrero de 1980)
http://servicioskoinonia.org/relat/135.htm

Óscar Romero
La violencia del amor (selección de textos) (The Bruderhof Foundation, 2004)
http://servicioskoinonia.org/biblioteca/pastoral/RomeroBrokmanViolenciaDelAmor.pdf

Óscar A. Romero
Monseñor Óscar A. Romero. Su diario (2003)
http://servicioskoinonia.org/romero/varios/RomeroOscar-SuDiario.pdf

Zacarías Diez y Juan Macho, Pasionistas
«En Santiago de María me topé con la miseria». Dos años de la vida de Mons. Romero (1975-1976) ¿Años del cambio? (Servicios Koinonía, 2005)
http://servicioskoinonia.org/biblioteca/pastoral/DiezMachoRomero.zip

María López Vigil
Piezas para un retrato (1993)
http://servicioskoinonia.org/biblioteca/pastoral/LopezVigilPiezasRetrato.zip

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DOCUMENTAL RADIOFÓNICO

Documentos RNE
Monseñor Romero: de obispo conservador a profeta de los pobres (20 mar 2010)
http://mvod1.akcdn.rtve.es/resources/TE_SRDOCU/mp3/5/8/1268930680285.mp3

SODALICIO Y ACI PRENSA: REVELACIONES DE UN INSIDER

Alejandro Bermúdez, director de ACI Prensa, con miembros de la Familia Sodalite en Ecuador

Alejandro Bermúdez, director de ACI Prensa, con miembros de la Familia Sodálite en Ecuador

ACI Prensa nació en 1980 como un proyecto sodálite bajo el nombre de ACI (Agencia Católica de Informaciones), siendo su primer director Alfredo Garland Barrón, un sodálite que había escrito bajo la tutela de Luis Fernando Figari, entonces Superior General del Sodalicio de Vida Cristiana, un panfleto contra la teología de la liberación con el título de Como lobos rapaces (SAPEI Servicio de Análisis Pastoral e Informativo, Lima 1978). Claro que la figura fue otra. ACI fue presentada desde el principio como una agencia independiente fundada por el P. Adalberto Maria Mohn, misionero comboniano, amigo de Figari y Garland, quien había conseguido el apoyo económico para dar inicio a este proyecto. Lo cierto es que el P. Mohn tuvo siempre una participación mínima en la gestión periodística de ACI, y a su muerte en el año 1987, Figari eligió a Alejandro Bermúdez, otro sodálite, como nuevo director de la agencia. Desde entonces el monstruo ha ido creciendo hasta convertirse en lo que es hoy, un portal católico en Internet publicado en idiomas español, portugués e inglés (ACI Prensa, ACI Digital y Catholic News Agency) que, además de un servicio informativo, ofrece una gran cantidad de recursos doctrinales y prácticos para católicos. Dentro de cierta línea, por supuesto, pues desde sus inicios la agencia mantuvo una actitud beligerante hacia la teología de la liberación y una estrechez de miras conservadora, que mantiene hasta hoy y que incluso se ha agudizado aún más. La manipulación de la información, la falta de análisis, serias deficiencias en la investigación periodística, la omisión de noticias relevantes pero incómodas sobre la Iglesia, la redacción de titulares y textos tendenciosos no son prácticas ajenas a ACI Prensa.

En los últimos tiempos, Alejandro Bermúdez ha ampliado su campo de acción mediante la conducción del programa Cara a Cara en la cadena televisiva católica estadounidense EWTN y la gestión de una activa cuenta de Twitter, donde suele exponer sus argumentos en el estilo de un predicador callejero e insultar en todos los colores a aquellos que discrepan en el más mínimo detalle con él. Si la conversación toma un rumbo indeseado, simplemente bloquea a su interlocutor. Yo fui bloqueado por hacerle unas preguntas que nunca se dignó responder (ver PREGUNTAS (SIN RESPUESTAS) A ALEJANDRO BERMÚDEZ). Al mismo tiempo, Bermúdez se queja de que otros no le concedan entrevistas o no quieran responder a sus preguntas. Parece que el rasero no es el mismo para todos.

Hasta el momento, la única cara visible de ACI Prensa ha sido Alejandro Bermúdez, no obstante que él continuamente ha afirmado que la agencia es gestionada por un directorio de laicos católicos. No sabemos ni el número de personas, ni los nombres de quienes conforman esa misteriosa entidad, y tenemos serías dudas de que Bermúdez vaya a proporcionarnos esa información. Incluso existe la posibilidad de que se trate de un directorio “fantasma” para guardar las apariencias. Pues ACI Prensa parece estar bajo el mando dictatorial de una sola persona, a saber, su pintoresco director.

Yo siempre había partido del supuesto de que el Sodalicio de Vida Cristiana estaba detrás de la agencia, pero parece que no es del todo así. Recientemente me llegó un revelador e-mail de una persona que no quiso identificarse, miembro de la Familia Sodálite, haciendo aclaraciones sobre la relación que hay entre el Sodalicio y ACI Prensa. Debido a que varias de las circunstancias mencionadas en este e-mail me han sido confirmadas por otras fuentes confiables, reproduzco aquí el mensaje, al cual sólo le he hecho unas pocas correcciones de forma.

3 de marzo de 2014

Hola, Martin:

Simplemente quería decirte que en el Sodalicio ya hay una gran mayoría que está en desacuerdo con Bermúdez; más bien diría que están hartos de que sea para muchos el único sodálite que van a conocer en sus vidas. Él representa la “antigua” forma: cuando todos los demás ya superaron esos tiempos, Bermúdez vive en una burbuja alimentada por su enorme ego.

Hasta el 2010 estaba controlado a duras penas, pero ahora es una verdadera rueda suelta: sus opiniones no sólo NO representan el sentir del Sodalicio y de la mayoría de sus miembros, sino que al contrario son motivo de vergüenza para muchos de los sodálites. En ese sentido, es claro que ACI Prensa era “propiedad” del Sodalicio, pero en las actuales circunstancias eso está dejando de ser cierto, cada día un poco más, en la medida en que Bermúdez gira cada vez más en torno a sí mismo. Ahí no hay autoridad que valga.

Es triste decirlo, pero la “fama” eclesial se le subió a la cabeza; ahora representa no al Sodalicio sino a sus donantes gringos, aquellos del ala derecha conocidos peyorativamente como “neocons”. Es a ellos a quien se debe Bermúdez, ya que son quienes sostienen sus proyectos a nivel económico. Por ejemplo, muchas de las posiciones en materia de moral sexual en ACI Prensa no corresponden a la espiritualidad sodálite en su estado actual, sino a la doctrina del “ala dura” de la derecha católica… probablemente tienes una idea de a qué grupos me refiero.

De otro lado, el mismo Bermúdez se ha ido convirtiendo públicamente (y qué triste decirlo) en una persona vanidosa, arrogante, grosera, irrespetuosa, ofensiva, pero sobre todo con una soberbia que lo lleva a elevar su figura casi a un grado “divino”.

La base de ACI Prensa son lectores de clase media / media baja, a quienes les gusta leer lo buenos que son ellos y lo malos que son los demás: una mentalidad sectaria que se ha independizado de cualquier lazo con la Familia Sodálite, y que ha tomado fuerza en grupos como Lazos de Amor Mariano, un grupo colombiano donde Bermúdez es tenido en una estima “semi-divina”, y sus palabras convertidas en verdaderos oráculos de salvación. Y así con muchos otros católicos de fe sencilla que no tienen las herramientas para darse cuenta de lo que pasa.

Y voy a un caso muy concreto: en Facebook hay numerosos grupos que atacan a Jesucristo, a la Iglesia, al Papa, a los obispos, y un largo etc. Como no tiene sentido luchar con esos grupos, la mayoría los dejamos en paz para no darles más relevancia y más visitas. Bermúdez, que no es tonto, lo sabe perfectamente. Los del grupo “Peneadicto XVI” de Facebook se burlaban del Papa, pero además cometieron el tremendo error de burlarse del bigote de Bermúdez. Ante esta herejía, este ataque despiadado a su ego, esta afrenta personal, el Sr. Bermúdez movilizó a toda su tropa para obligar a Facebook a cerrar esa página (tropa en la cual, y lo digo en serio, casi ningún sodálite participó). Ojo, la página no era ni mejor ni peor que las otras anti-Iglesia; es más, era tan infantil y tonta que no hubiera trascendido de no haber sido por su grave error de enfrentarse al ego inflado del “bigotón”. Y poderoso resultó don Alejandro.

Pero ¿cuál es su triunfo? Además del condescendiente “hermanitos”, que usa para referirse a sus borreg… perdón, lectores, poder llamar gusanos a los lefebvristas, imbéciles a los actores, “no te debo ninguna explicación” al creador de una imagen reproducida por Bermúdez sin autorización del autor, “actor mediocre, de medio pelo, bajísimo y rastrero rating, criaturita, como profesional vale muy poco” a alguien que no conoce, “T equivocaste x bruto” (sic), etc., etc., etc.

Por lo menos lograron que pusiera en su Twitter: “Las opiniones aquí expresadas son personales”… ja, ja, ja… siempre han sido personales. Bermúdez no se deja mandar de nadie, y cuando digo de nadie es de nadie (leer entre líneas).

El mensaje en cuestión nos suscita varias reflexiones.

Sin lugar a dudas, ACI Prensa siempre ha dado señales de formar parte de la Familia Sodálite, destacando cualquier información positiva sobre las diversos grupos que forman esta familia espiritual. Además, cuando el 1°de febrero de 2011 Diario16 dio a conocer que el difunto Vicario General del Sodalicio, Germán Doig, había sido un abusador sexual, las páginas web vinculadas al Sodalicio de Vida Cristiana eliminaron toda información referente a su persona. Si ACI Prensa es supuestamente una agencia independiente, ¿por qué se sumó a esta consigna y eliminó de su archivo periodístico online toda la información sobre Germán Doig previa al año 2011 (ver LUCES Y SOMBRAS DE GERMÁN DOIG)? Asimismo, uno se pregunta por qué en el último comunicado oficial del Sodalicio en respuesta a la acusación hecha por el actor peruano Jason Day (ver http://sodalicio.org/noticias/sodalicio-aclara-acusacion-de-actor-jason-day/) se menciona acríticamente a ACI Prensa y «los esfuerzos que viene haciendo por revelar los intereses que se esconden detrás de la campaña “Un billón de pie”», sin hacer una aclaración ‒en este caso necesaria‒ de cuál es la relación del Sodalicio con la agencia de noticias.

En caso de ser cierto lo que se cuenta en el e-mail que recibí, nos hallaríamos ante una situación bastante compleja dentro del Sodalicio, muy lejos de la imagen monolítica que se ha buscado presentar a lo largo de los años. Actualmente habría divisiones internas y no todos los sodálites estarían de acuerdo respecto a las estrategias que tendría que implementar la institución para salir adelante. Probablemente haya quienes sigan defendiendo ‒entre ellos Alejandro Bermúdez‒ al cuestionado Luis Fernando Figari, cuyo paradero actual es desconocido, mientras que otros estarían a favor de hacer un deslinde y, de ser necesario, expulsar oficialmente al fundador de sus filas. Digo “oficialmente”, porque el hecho de que Figari está fuera de juego es algo incuestionable. En todo caso, se trataría de un asunto de supervivencia, pues la institución sigue perdiendo miembros como nunca en su historia.

Un deslinde oficial con ACI Prensa, manifestando su desacuerdo con la desafortunada manera de proceder de Alejandro Bermúdez, no se habría hecho hasta ahora, ya sea porque hay quienes lo siguen apoyando dentro de la institución y lo consideran necesario dentro de las estrategias de “evangelización” del Sodalicio, ya sea porque todavía se quiere dar hacia afuera esa imagen de unidad y comunión que el Sodalicio siempre ha buscado mantener, para lo cual ha aplicado un régimen de obediencia absoluta dentro de sus filas que no duda en recurrir a la manipulación de la conciencias, el control mental y la restricción de la libertad de sus miembros. Sería una señal de buena salud que el Sodalicio haga un deslinde radical frente a ACI Prensa. Porque mientras ACI Prensa siga contribuyendo con los fines del Sodalicio de Vida Cristiana y defendiendo la institución a capa y espada ‒como lo ha hecho en respuesta al testimonio de Jason Day‒, las declaraciones que el Sodalicio haga, en sentido de que no tendría nada que ver con la agencia de noticias, serán poco creíbles.

A Alejandro Bermúdez lo invito a hacer las aclaraciones que crea convenientes a través de comentarios en este blog. Si bien no tengo la certeza de que vaya a responder a esta invitación, aún confío en que le quede un resquicio de cordura en la mente. Si no, que se someta a un tratamiento con litio. Por su bien y por el bien de los demás.

SODALITIUM 93: ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE

Este artículo es la continuación de mi anterior escrito SODALITIUM 92: ÚLTIMA ESTACIÓN… SAN BARTOLO.

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Era fines de diciembre de 1992 y mi vida había sufrido cambios dramáticos en el lapso de una semana. Me encontraba viviendo en la comunidad Inmaculada del Rosario en San Bartolo, un balneario situado a 50 kilómetros al sur de Lima. Atrás quedaban mi fuga en la madrugada de la comunidad Nuestra Señora del Pilar en Barranco (Lima), las horas de angustias pasadas ante el derrumbe de mis sueños e ilusiones, las amargas lágrimas vertidas, y en esos días de fresca brisa marina con que se iniciaba el verano me asaltaban las dudas sobre los pasos que tenía que dar de ahora en adelante y las decisiones que debía tomar en el camino que la vida me deparaba. Me sentía cogido de la mano de Dios, de una presencia siempre cercana y que ahora, más que nunca, percibía a flor de piel. Como si la hubiera visto con mis propios ojos. Había terminado hace poco una semana de ejercicios espirituales, alejado de las preocupaciones cotidianas que a veces no nos permiten concentrarnos en lo esencial y ver qué equipaje llevamos para la ruta, y en esa soledad despojada de requerimientos y urgencias, tuve más que nunca la certeza de que Dios estaba conmigo y nunca me abandonaría.

Miguel Salazar, superior general de las dos casas de formación de San Bartolo que existían entonces y que residía habitualmente en la comunidad Nuestra Señora de Guadalupe, al otro extremo de la Ribera Sur, había sido un amigo muy cercano desde que ambos nos unimos al Sodalicio de Vida Cristiana en el año 1978. Él era el motivo principal por el cual había decidido encaminarme hacia San Bartolo después de mi huida nocturna. En las aciagas circunstancias que estaba viviendo, sentía que él era la única persona en la que podía depositar mi confianza. A diferencia de mí, él hizo una carrera meteórica dentro de la institución, ascendiendo rápidamente dentro de la jerarquía de rangos hasta llegar a emitir su promesa de profeso perpetuo ‒sodálite consagrado que ha emitido de por vida promesas formales de obediencia, celibato y comunicación de bienes‒, ocupando muy pronto puestos de responsabilidad, sobre todo en áreas que tuvieran que ver con el trabajo intelectual y la formación de candidatos a la vida consagrada, mientras que mi ascenso había sido lento y prolongado, pues a criterio de los responsables, yo tenía muchos problemas que resolver y no era tan dócil y maleable como otros. Además, se me catalogaba como un “marciano”, es decir, como una persona que vivía en otro planeta y no andaba con los pies en tierra. Y no es que no percibiera lo que pasaba en la realidad, sino que mi percepción se movía a otro nivel, lo cual, unido a una capacidad reflexiva y una intuición penetrante, me permitía ver con mayor profundidad algunos aspectos que a otros se les escapaban. Este proceso intuitivo podía ser muy lento, pero por lo general era certero. Pero como contraparte, tenía el problema de que pasaba por alto muchos aspectos inmediatos y prácticos de la vida que a otros les eran evidentes. Es algo difícil de explicar para quien no lo ha experimentado. Asimismo, estaba dotado con un cierto don de sensibilidad artística, que ya me había abierto ciertas vetas de libertad interior en un medio donde las ideas, sentimientos y actitudes solían estar parametrados y encorsetados en una ideología que se erigía como único pensamiento válido. Es decir, en el Sodalicio se prescribía qué se debía pensar, qué se debía esperar, qué se debía sentir. Como cuando en las celebraciones litúrgicas sodálites quien dirige la ceremonia indica en cada comentario qué es lo que debe sentir la asamblea: “con alegría”, “con el corazón arrepentido”, “con entusiasmo”, “con actitud reverente”, etc.

Terminado el retiro, Miguel vino a comunicarme que se había decidido a alto nivel que me quedara por tiempo indeterminado en San Bartolo y que entraba en una etapa de “discernimiento vocacional”. Lo cual quería decir que quedaba abierta la posibilidad de que dejara de ser un consagrado con obligación de obediencia y celibato y tendría libertad para casarme si quería, pero en el fondo significaba que iban a mover cielo y tierra para convencerme de que me quedara en comunidad, pues dentro del concepto rígido de “vocación” que se ha manejado en el Sodalicio, quien ha sido llamado por Dios a una vocación determinada sólo puede realizarse personalmente, ser feliz en este mundo y alcanzar la salvación en la otra vida si es fiel y persiste en el camino al que ha sido llamado. Por el contrario, si lo abandona, supuestamente nunca será feliz en este mundo y pondrá en riesgo su salvación eterna. Y así fue como se me plantearon las cosas. En otras palabras, en el tiempo que me quedaba por delante tenía que tomar una decisión que era de vida o muerte, y de ella dependía toda mi vida, mi destino, mi futuro.

Seguir un camino para el cual Dios no lo había llamado a uno significaba optar por la muerte. La vida matrimonial era considerada también una vocación, por lo cual también se pensaba que debía ser objeto de un llamado especial de Dios. En realidad, cualquier camino que se siguiera era considerado una vocación, por lo cual, antes de seguirlo, había que tener alguna señal de que ésa era la senda a la cual Dios lo estaba llamando a uno. Equivocarse de camino constituía una desgracia, pues implicaba atraer sobre sí a los heraldos de una infelicidad segura tanto en esta vida como en la otra.

Al hallarme ante esa alternativa ‒que veía tan real e inexorable como todo aquello que me habían metido en la cabeza‒ y ante el miedo de tomar una decisión equivocada que podría arruinar mi vida por completo, se iría generando en mí una intensa angustia que me acompañaría durante todo el tiempo que estuve en San Bartolo, hasta el punto de desear que me sobreviniera algún accidente fatal que segara mi vida y me hiciera descansar plácidamente en brazos de la muerte, con la certeza de haber sido fiel a mis promesas hasta el último momento. Me aterraba la posibilidad de tomar una decisión equivocada y prefería que ese momento nunca llegara. Sentí que me hallaba entre la vida y la muerte. Ideas suicidas nunca pasaron por mi cabeza. La muerte tenía que llegarme de la mano de Dios, y diariamente rezaba para que en su misericordia tuviera a bien acogerme pronto en su seno. Tenía la sensación de haber llegado al final del camino.

A partir de ese momento, cumplí con todas las actividades, incluso la más riesgosas, sin importarme mi integridad física. Cuando un ser humano siente que no tiene ya nada que perder, está dispuesto a soportar la pruebas más duras sin importarle nada. A decir verdad, nunca estuve en real situación de riesgo, dado que en ese entonces contaba con un físico saludable acostumbrado a los ejercicios corporales. Y sabía como moverme en la mar cuando ésta estaba movida y las olas reventaban con bravura. Una muerte por ahogamiento en el mar era altamente improbable. Confiaba más bien en que ocurriera un fatal accidente de tránsito en el momento más inesperado. O una caída con consecuencias letales. En fin. Todavía no sabía que la muerte asomaría fugazmente por un segundo de una manera insólita, para irse sin dejar huella ni sombra en esas circunstancias de mi vida.

De la comunidad Nuestra Señora del Pilar de Barranco (Lima) ya me habían enviado mis enseres personales, principalmente ropa y zapatos. Mi nutrida biblioteca personal todavía se hallaba allá y no sabía qué iba a ser de ella. Lo que sí se me comunicó es que Alfredo Garland, superior de esa comunidad, había decido donar al Colegio Santa María de Chincha (Ica) ‒que estaba bajo responsabilidad del Sodalicio‒ mi colección de música clásica, conformada en su mayoría por cassettes originales de colecciones de Salvat ‒Los Grandes Compositores, Musicalia y Los Grandes Temas de la Música‒ en aplicación de un artículo de los estatutos del Sodalicio de Vida Cristiana que estipulaba que el uso de los bienes personales de los sodálites de vida consagrada se regían por la obediencia. Como se recordará, mi caída en desgracia estaba relacionada con una “desmedida” afición por la música. Y a grandes males, grandes remedios.

Esto contribuyó a aumentar mi sensación de desamparo. Ya había sido despojado de mi anterior vida y de toda certeza y seguridad respecto a mi futuro, para además ser despojado de una de las cosas que más apreciaba entonces: la música clásica. Aún así, no protesté y me mantuve en silencio, alimentando sin embargo el deseo de recuperar algún día mi colección cuando hubiese salido del hoyo en que me hallaba ‒si es que lograba salir‒. Garland había interpretado los estatutos en el sentido de que tenía la potestad para disponer como creyera conveniente de mis pertenencias, sin consultarme previamente. Mi propia interpretación era distinta: como superior mío, Garland podía darme una orden respecto a qué hacer con mis pertenencias, ante lo cual yo podía obedecer, o simplemente negarme a hacerlo ‒lo cual podría hacerme merecedor de una sanción‒, pero de ninguna manera podía hacer con mis cosas lo que quisiera prescindiendo de mi voluntad y pasando por encima de mi libre albedrío. Pues si algo se rige por la obediencia, entonces debe haber un acto de voluntad y respuesta libre por parte de la persona que está sometida a régimen de obediencia. Y a mí no se había ordenado nada. Además, en ese momento Garland ya no era mi superior. Aún así, había dispuesto de mis pertenencias sin respetar mi libertad, condición esencial para que se pueda hablar de obediencia consciente y voluntaria. Yo estaba convencido de la ilegitimidad de lo que había hecho Garland. Pero no me hallaba en situación de protestar ni de reclamar lo que me correspondía. Debía tener paciencia y esperar a que llegara el momento oportuno.

Esta forma de proceder con los bienes de aquellos sodálites que han entrado en crisis o han decidido desligarse de la institución no era cosa nueva en la institución. Eso lo sabe el primer profeso perpetuo que decidió salirse de una comunidad sodálite. La persona a la que me refiero vivía en la comunidad San Aelred en Magdalena del Mar (Lima) allá en el año 1983, cuando yo también era uno de sus integrantes. Poseía una camioneta que había comprado con dinero propio a nombre de APRODEA (Asociación Promotora de Apostolado), una de las entidades fachada del Sodalicio que tenía como fin captar donaciones para poder cubrir gastos diversos ‒como, por ejemplo, los presupuestos de las comunidades‒. La adquisición del vehículo se había hecho a través de esta modalidad a fin de reducir el precio a pagar, ya que APRODEA, como asociación sin fines de lucro, estaba exenta del pago de impuestos. El día en que decidió irse de la comunidad, buscó las llaves del vehículo y no las encontró. El encargado de APRODEA las tenía en sus manos y no quiso devolvérselas. Si se iba, la camioneta se quedaba. Y así sucedió. Legalmente no se podía hacer nada. El Sodalicio “adquirió” de esta manera una camioneta relativamente nueva a costa del bolsillo ajeno.

Algo similar, aunque en menor escala, pasó en ocasiones con las bibliotecas personales de quienes renunciaban a la vida consagrada, adquiridas con dinero propio. Sucedía a veces que esos libros terminaron engrosando las bibliotecas de las casas sodálites. Algunos libros de mi biblioteca personal, por ejemplo, habían pertenecido a la persona que Pedro Salinas llama Eugenio Poggi en su novela Mateo Diez. Poggi recuperaría posteriormente gran parte de su biblioteca personal, pero no sin que hubiera un pequeño saqueo previo. El mismo José Enrique Escardó ha detallado esta práctica en su caso personal (ver http://elquintopie.blogspot.de/2011/08/del-sodalicio-luis-fernando-figari-y-de.html):

«Otro mandamiento que no respetan los líderes del SCV es “no robar”. Cuando vivía en sus comunidades, recibía un dinero mensual de la renta de un departamento de mi propiedad que en ese momento tenía alquilado. Unos 250 dólares mensuales. Entregaba la mitad al superior de la casa, Miguel Salazar, y la otra mitad la guardaba para mis gastos personales. Y todos los meses compraba solo dos cosas: ropa y libros. Considerando que viví en comunidad alrededor de un año y gastaba unos cien dólares en literatura, mi inversión total en lectura fue de unos 1 200 dólares. Además, llevé todos los libros que había comprado antes, incluyendo colecciones completas de uno que otro autor. Mi colección de libros costaba en total unos dos mil dólares. Días después de irme del SCV, solicité la devolución de los textos y me la negaron. En buen cristiano, se los robaron. Y, por supuesto, en ese momento yo aún tenía mucho miedo de enfrentarme a ellos.»

No siempre se procedió de esta manera. Me parece que mucho dependía de quién era la persona que se iba. De todas maneras, siempre había una categoría de publicaciones que eran requisadas en el momento en que se sabía de la defección de un miembro: todas las publicaciones sodálites de uso interno, entre ellas los folletos conocidos como Memorias de Luis Fernando Figari. Si algunos ejemplares de las Memorias de Figari lograron superar esta purga, hasta ahora no hay ‒que yo sepa‒ ningún ejemplar de los Estatutos o Constituciones del Sodalicio de Vida Cristiana que lo haya hecho. Se trata de uno de los documentos más celosamente guardados en el Sodalicio, que rige todos los aspectos de la vida institucional, pero cuyos contenidos se mantienen en secreto. El texto es inaccesible incluso para gran parte de los sodálites de comunidad, pues sólo tienen derecho a poseer un ejemplar quienes hayan emitido por lo menos la promesa de profeso temporal. A los demás sólo les era permitido acceder a los 16 primeros artículos que forman la primera parte, y se llegaba al conocimiento de algunas normas meramente por transmisión oral. Lo cual constituía un problema y se prestaba a abusos, pues la vida de los sodálites de rangos inferiores terminaba siendo regida por normas cuya formulación textual exacta les era desconocida.

En fin, retomando el hilo de mi relato, a partir de ese momento formaría parte de la comunidad Inmaculada del Rosario y me convertiría, con 29 años de edad, en su integrante de mayor edad, por lo cual recibiría durante el tiempo que pasé allí el apodo de “El Abuelo”. Ni siquiera el superior, Gonzalo Len ‒quien sería posteriormente ordenado sacerdote‒, me superaba en edad. Sin embargo, debido a mi situación particular, mi régimen de vida iba ser distinto. Iba a compartir la disciplina de los “monjes”, dentro de la cual se hallaban en esa comunidad otras dos personas: Rafael Ísmodes y Francisco Rizo-Patrón. Lo cual significaba, en primer lugar, que nuestro horario era distinto que el de los demás miembros de la comunidad. Nos levantábamos temprano, a eso de las cuatro de la madrugada, nos dábamos un chapuzón en el mar, después nos duchábamos y aseábamos, y luego nos dedicábamos a actividades espirituales durante unas dos horas más o menos, cumpliendo con algunas de estas cosas: oración mental o lectio divina, lectura bíblica, lectura de algún autor espiritual, lectura de un texto de Figari, rosario y, sobre todo, debíamos recitar las horas principales de la Liturgia y de las Horas, que comenzaban con Maitines. Las Laudes las rezábamos después, poco antes del desayuno, junto con la comunidad. Y las demás horas (Hora Intermedia, Vísperas y Completas) las intercalábamos en el transcurso del día. Cuando los demás miembros de la comunidad se levantaban, hacíamos ejercicios junto con ellos, pero después asumíamos las actividades de servicio como preparar el desayuno, y más tarde en el día poníamos la mesa para el almuerzo y la cena. El resto del día lo dedicábamos a completar las actividades de oración que nos faltaran y a los estudios de teología, espiritualidad y temas de formación. Nos acostábamos para dormir a las ocho y media de la noche, después de la cena, mientras que el resto de la comunidad recién se iba a la cama poco antes de la medianoche.

Si bien Luis Fernando Figari había propuesto la categoría de “monjes” como un estilo de vida que quería incluir en el Sodalicio, esta propuesta nunca llegó a cuajar del todo. Resulta curioso que quienes vivieron en el Sodalicio bajo un régimen “monacal” eran personas que estaban pasando por una crisis, que habían cometido alguna falta grave o que, como supe después, tenían tendencias homosexuales. Lo cual me lleva a preguntarme si alguna vez hubo la intención de oficializar este estilo de vida dentro del Sodalicio, o simplemente fue una fachada para justificar a ojos de los demás sodálites la disciplina especial a la que se sometió a ciertas personas. Lamentablemente, no dispongo de datos suficientes para sustentar una u otra posición, y la pregunta queda abierta.

Que a mí se me consideraba inmerso en una crisis existencial grave lo demuestra el hecho de que Miguel Salazar me propusiera someterme a un examen psicológico. Pues según la mentalidad sodálite aquel que se sentía inclinado a abandonar el camino de la vida consagrada no podía estar mentalmente sano. Se partía del principio de que Dios no se equivoca y, por lo tanto, el llamado divino a una vocación como la sodálite era irrevocable. En consecuencia, quien quería abandonar ese camino tenía que estar mal de la cabeza. Ahora bien, tampoco me podían enviar donde cualquier psicólogo. Luis Fernando Figari siempre nos había inculcado que un buen psicólogo debía tener una concepción filosófica correcta y verdadera del ser humano. De lo contrario, podía hacer mucho daño al recetar soluciones contrarias a la naturaleza humana. De ahí su desconfianza hacia la mayoría de los psicólogos, sobre todo si seguían principios de la teoría freudiana. Dado que el único concepto del hombre que se admitía como válido es el que postulaba la doctrina cristiana, el psicólogo tenía que ser expresamente cristiano para poder ayudar terapéuticamente a las personas. En opinión de Figari, los demás psicólogos, por más profesionales que fueran, junto con el bien que pudieran hacer terminaban también haciendo daño a las personas. Con el paso del tiempo, el Dr. Carlos Mendoza, miembro de larga trayectoria en la Familia Sodálite, ha terminado convirtiéndose en el psicólogo del Sodalicio. A él le envían los casos problemáticos, asegurándose también de esta manera en la medida de lo posible que nada de lo ocurrido al interior de las comunidades llegue a conocimiento de psicólogos profesionales independientes y ajenos a toda la parafernalia del estilo de vida sodálite.

En mi caso, la persona elegida para hacerme el análisis psicológico en ese entonces fue una estudiante de psicología, Liliana Casuso, que actualmente forma parte de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación, la asociación de vida consagrada para mujeres fundada por Figari. Los resultados de los tests que me tomaron le fueron enviados a Miguel Salazar, quien se reunió después conmigo para comentarlos. No hubo ninguna sorpresa ni novedad, nada fuera de lo común ni que yo no supiera antes, salvo el hecho de que se indicaba que yo podía tener una cierta tendencia homosexual. Miguel, quien siempre se ha caracterizado por poseer grandes dosis de sentido común, relativizó este dato, indicándome que no le diera importancia, pues tanto el como yo sabíamos perfectamente que yo era heterosexual.

Aunque en su momento no le di ningún peso a este detalle, con el paso del tiempo y luego de haber recibido algunos testimonios, se ha convertido en un asunto que me ha llamado la atención. Han habido varios casos en de jóvenes que estuvieron en el Sodalicio, a los cuales se les hizo dudar de su orientación sexual, sugiriéndoles la posibilidad de que fueran homosexuales. Ciertamente ha habido muchachos homosexuales en el Sodalicio, a los cuales se admitía teniendo los responsables conocimiento de su orientación sexual, e incluso hubo quien fue admitido como candidato al sacerdocio. Si bien en lo doctrinal el Sodalicio siempre ha sido explícitamente homófobo, a Figari y compañía no parecía molestarles en lo absoluto tener entre sus filas a homosexuales. Pero en los casos a los que me refiero más arriba, se trata de jóvenes que tenían cierta indefinición sobre su identidad sexual ‒cosa que ocurre con cierta frecuencia en la adolescencia‒ o eran claramente heterosexuales. Cito al respecto dos comentarios que se han hecho en mi blog en el post SODALICIO Y SEXO.

Santiago dijo: 30 de enero de 2013 en 7:57

«A modo de anécdota recuerdo que en un consejo comunitario a los que habíamos pasado a vivir una experiencia comunitaria (de 5 a 10 chiquillos), a uno de nosotros a voz en cuello le preguntaban si ya había comenzado a soñar con hombres desnudos, que eso era común cuando en comunidad se vive…»

Isaias dijo: 2 de febrero de 2013 en 17:59

«Cuando entré a vivir a comunidad siendo muy joven, en la pared de la casa había una frase grandota al lado de una imagen de Luis Fernando que decía: “EL SODALICIO ES LO QUE LOS SODÁLITES SON”, lo que me pone a pensar mucho, cuando dicen que esto es sólo de casos aislados y no de la comunidad.

Yo siento que fui agredido sexualmente de una manera muy cruel y nunca me tocaron mis partes íntimas (pues la sexualidad no sólo es el acto carnal), ya que entré al Sodalicio sin ninguna experiencia sexual carnal y salí de la misma manera, pero en los 10 años de mi estadía no hubo un día en que no se me insistiera en el mismo tema, con las preguntas casi enfermizas de si me gustaban los hombres, de si los miraba y que si lo hacía en qué parte los miraba, hasta llegar al punto de que en una reunión de comunidad el superior afirmó que él sabía los actos indebidos que yo hacía en la ducha, cuando puedo jurar que en el tiempo que estuve en comunidad nunca ni siquiera me masturbé. Siento que fue tal su insistencia, que en el momento de salir de comunidad me generé la necesidad de pagarle a una mujer trabajadora sexual para salir de la duda, pero de igual manera accedí a tener relaciones con un hombre para sopesar qué me gustaba más. Para lo cual hoy después de haber madurado un poco veo innecesarios los métodos que utilice de autoafirmación, pero en ese tiempo tenía bien poca información sobre lo sexual, sólo las voces contantes de prohibir la homosexualidad pero siempre estar hablando de ella. Pero creo sinceramente que tanta insistencia en el tema generó grandes dudas en mí, que me llevaron a vivir en una inseguridad constante sobre mí mismo.

Recuerdo también como mi consejero, hoy sacerdote sodálite, disfrutaba a cabalidad de que le contara con detalles mis sueños nocturnos para después terminar con una bofetada en mi cara.»

Otro caso lo cuenta un ex-miembro de las Agrupaciones Marianas ‒que forman parte del Movimiento de Vida Cristiana (MVC)‒ a través de un testimonio que me ha llegado por correo electrónico, el cual, durante un viaje de misiones a algún lugar de la serranía peruana, fue involuntariamente testigo de un acto indebido por parte de Jeffery Daniels, un ex-sodálite a quien varios testimonios señalan como un abusador sexual. Reproduzco los párrafos correspondientes con autorización del testigo, aunque por razones evidentes deba omitir su nombre:

«Lo que siguió a ese evento fue una obra de arte de manipulación psicológica por parte de un depredador sexual como Jeffery.

Ese mismo día en la noche Jeffery nos juntó alrededor de él, sacó una Biblia, puso cirios y comenzó a hablar del pecado y dijo que sentía la presencia del demonio entre nosotros. Por supuesto, todos con miedo y hasta llanto… Él controlaba todo… Luego dijo que cada uno de los presentes estaba en falta con Dios y los mandó a dormir a todos menos a mí. Quería conversar conmigo. El camino ya estaba trazado psicológicamente: ya me sentía pecador.

Fue en ese momento que me preguntó sobre lo que había visto y me dijo que eso no ocurrió, que yo estaba mal, me dijo que yo podía tener tendencias homosexuales… ¡Cómo será de astuto ese huevón que llego a explorar en mi pasado y sacar un evento en el cual el tío de un amigo del colegio una vez me tocó el trasero y yo me asusté, y por miedo y por vergüenza no se lo conté a mi padre! Y como era algo que me perturbó de niño y en parte era mi secreto, se valió de eso para decirme que yo era cabro y que veía en otros cosas que no pasaban y que él no iba contar nada, que esto era un secreto entre los dos. Y así fue de ese momento en adelante. Nada tenía sentido. […]

Regresé de misiones pensando que podría ser cabro, que veía cosas que no eran y para colmo tenía un secreto con este pata que no podía contar por mi bien y por el bien del MVC (Movimiento de Vida Cristiana), ya que si yo estaba equivocado, podría causar mucho daño. […]

Semanas después ya no continué en el grupo de posibles sodálites. […] [Mi instructor] me mandó donde Carlos Mendoza, el cual, como era psicólogo, me iba ayudar a sacar el pecado, ya que su teoría era que cómo de niño me manosearon, yo pude sentir placer y ése era mi pecado. Y por esa razón me mandó donde un Padre que decían que era santo y se llamaba Muguiro. Fui donde el Padre, confesé mi supuesto gran pecado, que ‒a decir verdad‒ tuve que aceptar. Cuando se lo dije al Padre, ni le prestó atención . Al final, pecado inventado quedó reconciliado, pero de mi cabeza nunca salió la imagen de Jeffery tocándole el trasero a ese futuro sodálite. Lo peor es que nunca se lo dije a nadie, porque pensaba que él revelaría lo que me había ocurrido de chibolo.»

Sea o no sea verdad lo que aquí se cuenta, lo cierto es que hay indicios de que la insinuación de una orientación homosexual en personas que no lo eran supuestamente se usó en ocasiones como un medio de manipulación de las conciencias en el Sodalicio. Miguel Salazar nunca se prestó a esto. En mi caso, él consideraba que el resultado mencionado del test al que yo había sido sometido entraba dentro del margen de error.

Como ya he señalado, yo tenía clara mi orientación heterosexual. Incluso, en eso meses de angustia donde deseé a diario estar muerto, algo que fue alimentado en mí el deseo de vivir y la esperanza de un futuro mejor fueron las ilusiones de poder amar a una mujer como nunca lo había hecho en mi vida. A medida que pasaban los días, esa mujer ideal comenzó a tener nombre, el de una chica de ancestros alemanes a la cual en algún momento de mi vida había ayudado personalmente. Por supuesto que ella no sabía nada de lo que me estaba sucediendo, ni yo tenía ninguna importancia en su vida, salvo el hecho de ser un amigo que la había ayudado en un momento crítico de su vida. Más bien, los pensamientos que comenzaron a rondar mi cabeza tenían mucho de amor platónico, de construcción idealizada e inmadura de una relación que se me presentaba como un salvavidas en medio de las turbulencias que agitaban mi paisaje interior. Yo nunca había tenido una enamorada antes de conocer al Sodalicio, aunque sí me enamoré perdidamente una vez de una joven chica de mi salón de clase en el Colegio Alexander von Humboldt, sin ser nunca correspondido. En este aspecto, mi afectividad se había estancado en la adolescencia y no había madurado, debido a que desde muy joven me entregué al ideal sodálite. Gracias al control mental que allí se practicaba, muy pronto aprendí que debía controlar mi vida sentimental y guiarme unicamente por criterios racionales. Mi desarrollo afectivo quedó interrumpido en esa área concreta y todo ese mundo quedó sepultado, aunque todavía latente, bajo la disciplina que se vive en las comunidades sodálites. De alguna manera, afloró a través de mi vena artística en las canciones que componía, cargadas de una emotividad que se sustraía al corsé de las prescripciones tácitas que había sobre el tipo de canciones que quería Luis Fernando Figari que se compusieran en el Sodalicio.

Y precisamente fue en esa época de San Bartolo donde compuse una de mis canciones más sentidas y autobiográficas, a la cual le he puesto posteriormente el título de Sueño de amor en mi soledad desnuda. Esta canción, que refleja mi estado de ánimo de entonces, permanece inédita en la actualidad. La letra, que mezcla simbolismo religioso con pasión y sentimiento, es como sigue:

SUEÑO DE AMOR EN MI SOLEDAD DESNUDA

en mi soledad desnuda
el gusano de la nada
perforaba a bocanadas
un infierno sin salida
por la angustia acumulada
en el fondo de la herida
y la costra envejecida
de mi carne avergonzada
por la llaga tan temida
de la esperanza podrida
en mi espalda lacerada
por la mano abandonada
de vestigios de la vida
y la piel ennegrecida
y mortal

aún confiando en mi resurrección
puse en espera mi muerte anunciada
en alas de una luciérnaga viajera
crucé las sombras de un territorio en guerra
y tembloroso como el ave toqué a tu balcón
mi fiel amor

fue como un sueño de dulce ensoñación
como el encanto de un cuento de hadas
tu voz volando como una mariposa
sobre el dragón en mi oscuridad frondosa
lloviendo flores y los duendes cantándole al sol
mi fiel amor

con tu sonrisa amada
y tu suave mirada
tu ternura encendida
en mi memoria urgida
del sol sin demora
un rayo en la aurora
que calme la ira
de la marejada
en mi sangre caída
por gracia vertida
en tu copa de orquídeas
y fue como el amanecer
que ahuyenta los cuervos de mi tarde
fue como volver a ser
un niño en brazos de su madre
mi fiel amor
mi fiel amor

ya se muere la homicida
mala víbora engendrada
en la entraña avinagrada
por la fiera malparida
que agoniza malherida
por el tajo de la espada
del arcángel y su armada
en cruzada contra el mal

la mujer de la alborada
de luz solar vestida
sobre la luna erguida
y de estrellas coronada
besó con su mirada
mi fe robustecida
mi esperanza crecida
y mi amor

enamorado me puse a caminar
entre las ruinas de un largo pasado
te apareciste en mi senda dolorosa
como la brisa en una mañana hermosa
como el lucero de la tarde que refleja el sol
mi fiel amor

acompañado en mi peregrinar
por los fantasmas de lo derrumbado
tu aparición fue como la primavera
y ahora te canto y te llamo compañera
mi compañera de la espera, mi vida, mi amor
mi fiel amor

Como ya he señalado, no se trataba de una relación sentimental correspondida que existiera realmente, sino de un mundo de fantasía que yo había construido para encontrar una salida a la angustia que me acosaba diariamente. Pues a pesar de que los días transcurrían aparentemente plácidos con su rutina de ejercicios físicos, estudio, oración, meditación espiritual, continuamente me atormentaba la inseguridad de no saber cuándo y cómo iba a terminar todo esto. Yo me sentía atado bajo el peso de la promesa de profeso temporal que había hecho, cuya vigencia vencía en octubre de 1993. En virtud de esa promesa yo me había comprometido a vivir en celibato y obediencia a mis superiores en el Sodalicio. Romper esa promesa me parecía inconcebible, ya sea por dignidad personal ‒pues yo siempre he sido de cumplir lo que he prometido‒, ya sea porque se me presentaba como un rechazo a Dios. ¿No era el quién me había llamado a esa vocación? Además, si por esas cosas del destino tenía que dejar la vida consagrada en comunidades sodálites, debía hacerlo “por la puerta delantera”, después de un discernimiento serio y habiendo cumplido con todas las formalidades del caso. Lo que no me imaginaba era la intensidad de angustia que me iba a acompañar durante esos siete meses. El tener que pasar por este purgatorio es algo que han experimentado muchos de aquellos que decidieron abandonar la vida consagrada “por la puerta delantera” sin escabullirse por “la puerta trasera”, que consistía en tomar las de Villadiego entre gallos y medianoche o aprovechando cualquier oportunidad que se presentara para huir furtivamente de la comunidad. Pero eso significaba convertirse de un día para otro en una especie de “apestado” o “renegado”, ser tratado automáticamente como un “traidor” y perder de golpe todas las amistades que se tenía en la Familia Sodálite.

Lo cierto es que durante ese tiempo el deseo de abandonar definitivamente la comunidad fue madurando en mí. Descubría en mí características personales que encajaban mal dentro del estilo de vida de un sodálite consagrado y que me habían generado más de un problema, como mi libertad de pensamiento, mi espíritu crítico, mi sensibilidad artística ‒con una creatividad musical que se resistía a encasillarse en los parámetros fijados por Figari‒, mi gusto por la literatura no religiosa, mi afición a la música en sus expresiones más variadas, mi afición cinéfila orientada hacia la cinematografía artística y el cine alternativo, mi rechazo hacia todo lo que pareciera censura o restricción de la libertad de expresión, entre otras cosas. Además de que cada vez se me hacía más difícil guardar el celibato. Lo femenino se me presentaba como un misterio que necesitaba descubrir.

En ese tiempo hubo varias personas que conversaron conmigo, tratando de disuadirme de abandonar el camino de la vida consagrada, entre ellas Miguel Salazar, el P. Jaime Baertl y mi hermano. No dudo de que lo hicieran de buena fe y con las mejores intenciones. El problema estaba en que el concepto de vocación que manejaban era muy estrecho y rígido, como he descrito anteriormente. No se concebía una vocación ‒entendida como llamado de Dios‒ que fuera un proyecto de vida compuesto por diferentes etapas, entre las cuales podía estar el pertenecer durante un tiempo a una institución de vida consagrada. El compromiso definitivo con el Sodalicio se entendía como un acto irrevocable, con consecuencias imperecederas. Como un sello que quedaba grabado a fuego en el alma. Por eso mismo, quien decidía abandonar ese camino ‒sin importar lo legítimos que pudieran ser sus motivos‒ era considerado como un “traidor” y se consideraba que ponía en riesgo su salvación eterna. Quienes hablaron conmigo querían librarme de terminar algún día en el fuego infernal, sin importarles mucho el infierno interior que estaba viviendo dentro de la institución. Aun hoy en día hay quien ha manifestado preocupación por mi salvación. Ello es consecuencia lógica de haber absolutizado la institución y haberle atribuido características que sólo corresponden a la Iglesia como un todo.

El deseo de que me sobreviniera la muerte nunca dejó de acompañarme durante ese tiempo, aunque se fue mitigando debido a un incidente que relataré a continuación. Todos los días le rezaba a Dios para que acabara de una vez con mi vida a través de una muerte rápida e imprevista. Ese momento pareció estar muy cerca un día a temprana hora. Después del acostumbrado chapuzón matutino en el mar a eso de las cuatro de la madrugada, fue a darme el duchazo de rigor ‒cuyo sentido no veía muy claro, ya que el agua que salía de las tuberías en San Bartolo no era potable sino salobre como el agua de mar‒. Las duchas, en número de tres, consistían en unas cabinas adosadas al cerro, ubicadas en el patio externo de la casa. Cada cabina estaba conformada por la ducha propiamente, más un espacio previo de reducidas proporciones que hacía de vestidor. Ese espacio estaba iluminado por una bombilla de luz, que colgaba del techo a baja altura. Fue entonces que, después de salir de la ducha desnudo y mojado, cogí la toalla húmeda con las dos manos y la levanté por encima de mi cabeza para secarme la espalda. La toalla tocó la bombilla y sentí el golpe de una descarga eléctrica que me recorrió todo el cuerpo. Afortunadamente, esa misma descarga ocasionó que doblara las piernas por efecto de la contracción muscular, lo cual hizo que la toalla dejara de estar en contacto con la bombilla. La cosa no pasó de un susto, pero a partir de entonces tuve la certeza de que mi hora definitiva, aunque se sintió cercana, había pasado de largo, pues aparentemente no estaba en los planes de Dios que recibiera la estocada final en ese momento y se me estaba concediendo una nueva oportunidad. No sé si debido a este incidente, o debido al hecho de que durante tanto tiempo la muerte fuera un huésped continuo de mis pensamientos, lo cierto es que le perdí todo miedo a la muerte y aprendí a convivir con ella. Me fui acostumbrando cada vez más a la idea de que algún día tendría que morir, y ese pensamiento le ha ido quitando gravedad a los contratiempos y desventuras que me han sobrevenido en la vida, permitiéndome vivir siempre con una actitud de esperanza. Pues todo lo que sucede, todo lo que uno tiene y acumula es pasajero, y algún día quedará atrás para siempre. Los únicos lazos que me atan a la vida son los que se generan a partir de alguna misión que tenga que cumplir, de la responsabilidad que tenga hacia otros, del deseo de compartir lo vivido, del amor que le debo a las personas queridas y a los amigos. Y a fin de cuentas, todo está en manos de Dios.

Por cierto, comenté el incidente durante el desayuno, pero todos lo tomaron a la ligera y fue motivo de sonrisas y bromas. Pero nadie, ni siquiera el superior de la comunidad, Gonzalo Len ‒a quien sigo teniendo en alta estima por su actitud respetuosa y su trato humano‒, decidieron que se debía aplicar alguna medida de seguridad para evitar que este tipo de incidentes volviera a ocurrir. No los culpo. Ni yo mismo le tomaba entonces el peso a lo que era seguridad. Como tampoco se le daba mucha importancia en el Sodalicio en general, lo cual hizo que en ocasiones se pusiera en riego la integridad física, la salud y e incluso la vida de la personas. Recuerdo que una vez en San Bartolo a unos muchachos se les hizo nadar tantas veces ida y vuelta al islote que quedaba en medio de la bahía, que comenzaron a tener síntomas de hipotermia. El superior de la comunidad, tranquilo y con actitud risueña, hizo que les midieran la temperatura. El termómetro marcaba alrededor de los 35 grados centígrados. Sin alarmarse ni nada, como si lo que estaba sucediendo fuera la cosa más normal del mundo, hizo que les dieran vino de misa caliente, con lo cual poco a poco recobraron la temperatura normal.

He de admitir que de los tres períodos que estuve en San Bartolo, éste último fue el más suave y tolerable, a no ser por la angustia que me atenazaba a diario. Gonzalo Len y Miguel Salazar me trataron siempre con mucho respeto y me ayudaron, dentro de lo posible, a atravesar el trance por el que estaba pasando. Las actividades del día a día se inscribían dentro de una rutina de costumbre, dentro de la cual no hay ningún acontecimiento destacado que señalar. Tal vez el hecho de que hubiera la sensación de que yo estaba de salida hizo que no se pusiera sobre mis hombros exigencias fuera de lo común bajo cuyo peso terminara sucumbiendo interiormente. Quizá una de las cosas que cabe señalar es una inflamación de los músculos dorsales que me sobrevino, a tal punto que no podía caminar sin apoyarme en las paredes. Tuve que guardar cama durante varios días y, por prescripción médica, recibir inyecciones dos veces al día. El 6 de mayo, día de mi cumpleaños, lo pasé postrado, y sólo bajé a estar en la comunidad el día anterior en la noche para recibir esa fecha a la medianoche con saludos y abrazos. Parece que la lesión había sido ocasionada por los ejercicios físicos rigurosos que se acostumbraban en San Bartolo. En fin, nada del otro mundo.

A medida que pasaban los meses, cada vez estaba más convencido de que yo no estaba hecho para la vida en comunidades sodálites. Sin embargo, no tenía la intención de abandonar el Sodalicio, pues éste había orientado mi vida desde que yo tenía 15 años. A través del Sodalicio, una línea torcida más, yo había descubierto la fe cristiana que conservo hasta ahora. En esas circunstancias de mi vida, no concebía una vida fuera del Sodalicio. Además, yo no quería echar por la borda los años que había vivido en comunidad. Lo que viniera después tenía que darse sin solución de continuidad con lo que había vivido hasta ese momento. Y en el Sodalicio había la posibilidad de un cierto modo de pertenencia a la institución dentro de la vocación al matrimonio, a saber, la de los adherentes sodálites. El tiempo transcurrido en comunidades sodálites se me presentaba como una preparación necesaria para el camino que tenía por delante.

Es así que un día Miguel Salazar me comunicó que en julio de ese año podría dejar la comunidad e iniciar una vida en el mundo. Se me concedía licencia para poder reflexionar ante la mirada de Dios y en circunstancias distintas cuál era mi camino. Si decidía retomar la vida consagrada en el lapso que faltaba hasta octubre ‒que es cuando vencía mi promesa de profeso temporal‒ tenía las puertas abiertas para regresar. Si tomaba la decisión de no hacerlo, tenía la opción de entrar a formar parte de un grupo de sodálites que se estaban preparando para el matrimonio. Los once años pasados en comunidades me habían servido para resolver algunos problemas personales que tenía, encontrarme conmigo mismo, recibir mal que bien una formación cristiana, y ahora Dios me llamaba para seguir una senda distinta, que me permitiera no sólo desarrollar personalmente mis talentos y capacidades, sino también estar al servicio de los demás de manera más eficaz. La vida que yo había llevado en comunidades no era precisamente la idea que yo tenía de contribuir a cambiar el mundo, y ahora se me presentaba la oportunidad de aportar mi grano de arena para cumplir con esa tarea.

Lo que yo no sabía era que esta visión de la cosas no era compartida por muchos miembros del Sodalicio y de la Familia Sodálite. Pasaría mucho tiempo antes de que me diera cuenta de que para ellos yo era solamente un fracasado, alguien que había abandonado el camino para el cual estaba originalmente llamado, una especie de “traidor” arrepentido, y como adherente sodálite mi compromiso era de segunda categoría y no ostentaba la radicalidad y entrega del compromiso de los sodálites de vida consagrada. Sólo Miguel Salazar seguiría confiando en mí, aconsejándome en mi vida espiritual y permitiéndome ayudar en algunas tareas de formación de comunidades sodálites, hasta que las circunstancias de la vida impidieron que siguiera prestándome ese apoyo. Fue enviado posteriormente a Colombia, y la distancia física junto a las obligaciones contraídas hicieron que nuestros caminos se separaran y la comunicación fuera cada vez más rala y distante. Aún así, si hoy me preguntaran a quien considero el sodálite mas honesto, sensato y generoso que haya conocido y que todavía forma parte de las filas del Sodalicio, no dudaría ni un solo momento en mencionar su nombre. Aunque Rafael Ísmodes y Manuel Rodríguez también estarían entre mis candidatos.

Es así que en julio de 1993 me mudé a la antigua casona de mi difunta abuela en El Olivar de San Isidro (Lima), donde vivía actualmente sólo una tía abuela muy querida acompañada de una empleada huancavelina que tenía dos hijos y de la hija adulta de una antigua cocinera de la casa que había muerto tras una larga y penosa enfermedad. De mi biblioteca personal, recuperé algunos libros que me servían para la docencia y todas las obras literarias que había ido adquiriendo a través de los años. El resto de libros, en su mayoría de teología, los doné a la comunidad Nuestra Señora del Pilar. Era imposible encontrar lugar para todos esos libros dondequiera que estuviera. También recuperé mis colecciones de música clásica casi completas. Me comuniqué con Juan Fernando Trivelli, sodálite que estaba a cargo del Colegio Santa María de Chincha, le expliqué la situación y por qué yo consideraba ilegítima la “donación” que había hecho Garland y accedió gentilmente a devolverme los cassettes.

Los pocos ingresos que tenía venían de mis clases como docente de teología en el Instituto Superior Pedagógico Catequético (ISPEC), un instituto del arzobispado de Lima donde se formaba a profesores de religión católica. Durante mi estadía San Bartolo había pedido licencia para el primer semestre del año, y ahora retomaba mis actividades docentes en el segundo semestre a partir de agosto. Tenía sólo un título de licenciado en teología otorgado por la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. La tesis para optar al grado la había sustentado en enero de ese mismo año, durante mi estadía en San Bartolo. Y ahora, con 30 años a cuestas, tras haber pasado más de once años de mi vida en comunidades sodálites, debía comenzar una vida nueva, en una realidad en la que me sentía como pez fuera del agua.

Vendrían años difíciles donde retomaría la educación sentimental interrumpida en mi adolescencia, conocería fugazmente el primer amor, sufriría penurias económicas, trabajaría aquí y allá como profesor y docente sin encontrar nunca un lugar donde quedarme, sería poco a poco marginado de actividades intelectuales y formativas en el Sodalicio, sería tachado de “loco” y “excéntrico” en el boca a boca del chismorreo de la Familia Sodálite. De entre los miembros de comunidades sodálites, con los cuales había compartido tantos momentos de mi vida, serían muy pocos los que me tenderían una mano para poder seguir adelante. Pero también conocería a mi mujer, el amor de mi vida, tendría la hermosa experiencia de fundar una familia y ver crecer a dos hijos, Carolina y Alexander. En fin, aprendería a vivir.

Aún así, la experiencia vivida ha dejado heridas en mi psique que se han manifestado en sueños hasta hace algunos años. He tenido pesadillas donde, aún estando casado, se me hacía volver a una comunidad para volver a pasar por una etapa de discernimiento. Sólo que esta vez el discernimiento era eterno y me era imposible salir de la comunidad, atado por unas cadenas invisibles y encerrado tras barrotes interiores, esperando en vano que me dieran la orden de irme y pudiera regresar por fin al lado de mi mujer. He tenido que romper esos barrotes del alma para poder ser libre. Y esa libertad de los hijos de Dios, garantizada por el amor inefable de Jesús, pase lo que pase, nadie me la podrá quitar. Que así sea.

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AGRADECIMIENTOS

Quisiera agradecer a las siguientes personas:

– A Miguel Salazar, por su amistad y comprensión, sin las cuales no hubiera podido salir del hoyo en que me encontraba.

– A mi difunta madre Catherine, que me apoyó y me ayudó en la medida de sus posibilidades, no solo para salir adelante en la vida en momentos aciagos, sino también para poder migrar a Alemania junto con mi familia y siguió preocupandose por nosotros y apoyándonos desde lejos hasta su muerte.

– A Miguel y Patty Rodríguez, amigos que con inmensa generosidad me ayudaron a insertarme en el mundo en momentos en que muchos aún mantenían actitudes de desconfianza y recelo hacia mí.

– A Eliana Elías, amiga entrañable que me dio varias lecciones de vida.

– A la Hna. Julia Estela, directora del Instituto Superior Pedagógico Catequético (ISPEC), por la confianza que siempre depositó en mí, y por su entrega generosa y sacrificada para formar buenos profesores de religión entre la gente de pocos recursos.

– A César Augusto Chiappe, por haber defendido mi capacidad docente y mi libertad académica cuando fue director del Instituto Superior Pedagógico “Nuestra Señora de la Reconciliación”.

– A José Luis Pérez Guadalupe, por haberme convocado a participar en Santa Anita y San Juan de Lurigancho como docente del Curso de Teología a Distancia organizado por el Instituto de Teología Pastoral Fray Martín de la Diócesis de Chosica, lo cual me permitió tener una experiencia de la Iglesia como Pueblo de Dios como nunca la había tenido en el Sodalicio.

– A Genaro Matute, ex-Contralor de la República, el cual, cuando era decano de ESAN (Escuela de Administración de Negocios para graduados), siempre me dio ánimo y me apoyó para que finalizara la maestría en un área de estudios para la cual nunca me sentí capacitado.

– A Carlos Scerpella, Javier Pinto, Gustavo Kennedy, Julián Echandía y Carlos Aguilar, adherentes sodálites, por haber estado siempre dispuestos a escucharme y darme su consejo de amigos cuando lo necesitaba.

– A Manuel Rodríguez, adherente sodálite que también vivió alguna vez como consagrado en comunidades sodálites, por su amistad, honestidad y comprensión.

– A Gerardo Barreto, amigo leal e incondicional de buen corazón.

– A todos aquellos que, de una u otra manera, contribuyeron a que me librara del condicionamiento mental fundamentalista y sectario que tuve durante años y que todavía padecen muchos integrantes de la Familia Sodálite.

– Por último quiero agradecer a mi esposa María Eleana, quien me ha soportado durante los 17 años que estamos casados, y que sigue amándome a pesar de todo.

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Sobre el concepto de vocacion como llamado de Dios, vale la pena citar a Antonio Ruiz Retegui (1945-2000), quien fuera sacerdote del Opus Dei. En su libro El ser humano humano y su mundo. Algunas claves de la antropología cristiana ‒nunca publicado por el Opus Dei debido a sus velados contenidos críticos hacia la institución‒ incluye unas reflexiones sobre el sentido de la vocación cristiana, que se diferencian bastante del concepto rígido y esquemático que se ha manejado en el Sodalicio (ver http://www.opuslibros.org/libros/Retegui/capitulo_11.htm). Reproduzco aquí unos párrafos.

«…cuando se concibe la vocación como una llamada unívoca a una situación en una institución de este mundo, aunque sea con miras hacia la vida eterna, parece que si abandona ese camino, la persona quedaría definitivamente frustrada para Dios. La práctica demuestra que no es así, ni siquiera en el modo de actuar de las instituciones más “sobrenaturalistas”.

El sentido de la perseverancia tiene un fundamento más “humano” y, por eso mismo, más comprometido y divino.

En el caso de la entrega “vocacional”, la irreversibilidad no debe considerarse deducida necesariamente de la relación directa con Dios, como si Dios mismo hubiera llamado explícitamente a esa persona. No tendría sentido, por ejemplo, que San Pablo abandonara la misión recibida de Jesucristo aduciendo, por ejemplo, que no tenía capacidad para realizarla. En su caso, no cabe duda de que la llamada era explícita y que el mismo que le había llamado era el que le daba las condiciones para llevarla a cabo. Pero eso no se puede afirmar, como es evidente, en el caso de la entrega común en las instituciones vocacionales. Por eso, es posible que después de un tiempo de prueba haya que reconocer que no se está en condiciones de mantenerse en ella.

Además es posible que la misma institución vocacional experimente cambios substanciales, al menos en la relación con algunas personas. En cualquier caso hay que tener en cuenta que lo esencial es la unión con Cristo en su Iglesia, y que todas las instituciones que nacen en ella, son esencialmente “parte” de la Iglesia, y nunca pueden arrogarse un carácter absoluto, como única situación posible, para la persona, de unión con Dios.

La presunta irreversibilidad de la entrega vocacional debe deducirse más bien de la naturaleza de las cosas, de modo semejante ‒no estrictamente idéntico‒, a como quien ha hecho una opción importante en su vida, no debe variarla si no es por razones graves. La exigencia de irreversibilidad no es absoluta, ni el abandono del proyecto primero supone necesariamente un apartamiento de Dios. De hecho, a pesar de los vínculos jurídicos o canónicos que haya contraído, hay siempre un camino legítimo, jurídicamente establecido, de “dispensa”. Y, obviamente, emprender un proceso legítimamente reconocido, no puede significar por eso apartarse de Dios. Es cierto que quien se ve inclinado a desistir de un camino vital emprendido años atrás, sufre una quiebra en su vida. Esa ruptura que puede ser muy dolorosa y en ocasiones, casi imposible de soportar, pero no supone inequívocamente y de suyo un mal moral. A veces, la unidad consigo mismo y con Dios puede reclamar una ruptura con muchas relaciones menos radicales o decisivas.

El deber de la perseverancia está normado por la naturaleza de las cosas, en concreto, por la naturaleza del ser humano, cuya unidad reclama una cierta continuidad en los proyectos más importantes. Por eso, en muchos casos ha de contar el deber de mantener la propia identidad, en el sentido de proyecto vital, también ante las personas más próximas y queridas: hay ocasiones en que el cambio brusco de proyecto vital equivale casi a “desaparecer” de la vida de esas otras personas y, en consecuencia, a romperles también a ellas sus vidas. Este deber de caridad puede plantear el deber de aceptar sacrificios personales muy grandes, según sea el vínculo con esas personas cercanas.

Pero la unidad de la historia vital no debe considerarse solamente desde el punto de vista de su coherencia, digamos, narrativa. Su fundamento radical no está en el hecho de que sea una historia unitaria o lineal, sino en que sus actos estén fundamentados sobre la eternidad de Dios. […]

…debería evitarse hablar con excesivo tremendismo de la no perseverancia. Sin embargo, es frecuente referirse al abandono del camino concreto vocacional, en un tono trágico, como si quien lo hiciera estuviera apartándose de Dios y abocándose a una vida necesariamente infeliz, lo cual es probadamente falso. Cuando en el lenguaje institucional se dan muchos juicios de ese tipo, se predetermina además la opinión de las personas sobre los que no perseveraron.

Probablemente ese cúmulo de “expresiones condenatorias” del abandono de la institución vocacional, sea debido a la conciencia implícita de que la perseverancia de muchos está constantemente en peligro, y, en consecuencia, al empeño por asegurar la perseverancia de personas que no pueden estar “atadas” por otros vínculos externos, como es, en el caso de los religiosos, la situación pública y social. Pero el recurso a las presiones referidas resulta contrario a la naturaleza de las cosas, y, en la medida en que incluye esos juicios morales, es además violentador de las conciencias. Éste es uno de los casos en que aparece el intento de dominar a las personas a través de la conciencia.

Por todo esto, una muestra segura de que se protege la libertad de las personas y de que se confía en la voluntariedad actual de los que perseveran, es que no se dramatiza excesivamente la no perseverancia de algunos. Y esto por dos razones. La primera porque, como hemos dicho, no se identifica el abandono de la institución vocacional con el abandono de Dios o con el pecado. La segunda es la convicción de que esos casos no pondrán en crisis la perseverancia de las demás personas que siguen ese mismo camino, porque se presupone que esas personas saben a qué se han entregado y por qué. Si los motivos de la entrega se presuponen vivos y actuales, y además se da la importancia que tiene realmente la perseverancia, no se considerará una tragedia el que algunos se sientan inclinados a abandonar, por los motivos personales que sean.

Ciertamente, todos somos muy influidos por las conductas que contemplamos en el ambiente que vivimos, y cuando un ambiente es dominado por el capricho o la mera emotividad sentimental, la perseverancia se resiente. Pero en la Iglesia hay muchas instituciones que han acogido serenamente en sus propios ámbitos a personas que abandonaron la pertenencia estricta a ellas, sin que eso suponga como una invitación a que los demás abandonen también. Desde luego, si la perseverancia se fomenta sólo a base de quitar de la perspectiva de todos la posibilidad del abandono, esa perseverancia será poco segura y, seguramente en muchos se mantenga en un nivel un tanto “formalista”.

La perseverancia ha de fomentarse ciertamente, pero el cauce propio es cuidar que la finalidad que estuvo en el principio de la entrega, es decir, el ideal de la institución vocacional, esté constantemente vivo y encendido, sin que la misma institución se convierta en un absoluto, es decir, que no tenga ninguna referencia ulterior a sí misma.»

Reflexiones similares sobre la relación entre la vocación y lo institucional, que pueden servir de ayuda a muchas personas que se hallan en proceso de discernimiento vocacional, se pueden leer también en el interesantísmo escrito de Ruiz Retegui Lo teologal y lo institucional. Reflexiones íntimas (ver http://www.opuslibros.org/libros/Teologal/indice.htm).

SODALITIUM 92: MOMENTO DE DECISIÓN

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Av. Pedro de Osma, Barranco (Lima)

Ésta es la relación autobiográfica de las dramáticas circunstancias que llevaron a mi salida de comunidades sodálites. Por más increíbles que parezcan los detalles de lo que aquí relato, doy fe de que los hechos sucedieron así, tal como han quedado vívidamente registrados en mi memoria. Pues estas cosas nunca se olvidan.

Era la madrugada del lunes 21 de diciembre de 1992. Me encontraba en una habitación separada de la casa en la comunidad sodálite Nuestra Señora del Pilar ‒ubicada en una calle que da a un malecón, cerca del final de la Av. Pedro de Osma, en Barranco (Lima)‒. Había recibido la orden del superior de la comunidad, Alfredo Garland, de quedarme allí hasta nuevo aviso. Sólo me estaba permitido salir en caso de que necesitara ir al baño. Sólo me estaba permitido leer la Biblia y los escritos de autores espirituales que se me suministrara, para hacer un retiro que me hiciera reflexionar sobre mis graves faltas. Me estaba prohibido hablar con nadie que no fuera el P. José Antonio Eguren, que vivía en la misma comunidad. Asimismo, me llevarían allí los alimentos y no podría desayunar, almorzar ni cenar junto con toda la comunidad. Estaba solo y me había invadido la desesperación, pues unas cuanta horas antes había quedado destruida en mí la figura de la comunidad como una familia en la cual me sentía gusto y ocupaba un lugar, para convertirse en una cárcel sin esperanzas, donde ya casi no podía confiar en nadie. Y se trataba sobre todo de una cárcel interior, pues las comunidades sodálites no son recintos que estén vigilados y de dónde uno no pueda irse cuando quiera. Los muros estaban construidos en el alma, e irse sin más generaba la sensación de estar cometiendo un suicidio espiritual. Y eran estos muros los que había que sortear para alcanzar una libertad nunca soñada ni imaginada en la languidez cotidiana y rutinaria de la vida de una comunidad sodálite.

¿Cómo se había llegado a una situación así? ¿Como había caído en una situación desesperada, en la misma comunidad en Barranco donde se había iniciado mi recorrido a través de comunidades sodálites ‒pasando por Magdalena del Mar, San Bartolo y Miraflores‒ once años atrás, cuando en diciembre de 1981 mi madre me dejó allí en su automóvil y se marchó anegada en llanto? Pues he de reconocer que ella nunca estuvo de acuerdo con la decisión que había tomado, pero respetó mi voluntad. Para mí había sido el inicio de una nueva vida, de un largo camino que debía llevarme al estado de laico consagrado, con promesas formales de obediencia y celibato, para así poder servir a Cristo y a la Iglesia bajo la guía de Santa María, y, de esta manera, poder transformar el mundo. Para ella había significado tener que abandonar a un hijo a un futuro incierto.

Once años más tarde el mundo ciertamente había cambiado, pero el Sodalicio no había tenido nada que ver con este proceso. Más aún, aunque seguían repitiendo a los cuatro vientos que iban a convertir el mundo de salvaje en humano, y de humano en divino, el tren de la historia había seguido su marcha, indiferente a sus intenciones y proclamas y sin variar para nada de rumbo. El Sodalicio sí había cambiado. Había pasado de ser un grupo reducido de jóvenes inconformistas de estilo bohemio e ideas radicales y críticas de la sociedad, con raíces católicas tradicionalistas y fascistas, a ser una institución más del status quo eclesial, que buscaba tener el visto bueno de los obispos conservadores y mantener buenas relaciones con la clase pudiente limeña. El Sodalicio había encontrado su lugar en la sociedad, y se guardaba muy bien de criticar a aquellos sectores de la Iglesia y de la burguesía limeña que apoyaban a la institución con donaciones, influencias y relaciones.

Yo también había cambiado. Había emitido mi promesa de profeso temporal, y, por lo tanto, pasaba a ser miembro de derecho pleno del Sodalicio ‒es decir, de esa élite reservada que tenía acceso completo al texto de los Estatutos de la institución, a diferencia de los demás miembros de menor rango‒. No obstante, nunca me había sentido satisfecho con la obediencia casi ciega que era impuesta desde los más altos niveles ni con el conformismo eclesial y social que había ido invadiendo el espíritu originario del grupo. Si bien era un hombre hecho y derecho a punto de ingresar en la tercera década de la vida, con inquietudes intelectuales y contestatarias que seguían vivas desde mis tiempos de juventud y que no parecían encajar en la disciplina del pensamiento único que se practica en el Sodalicio, en otros puntos no había madurado, pues la falta de contacto con la vida real en ese mundo protegido de las comunidades sodálites, donde no había que preocuparse por el sustento diario y se era ajeno a las preocupaciones terrenales del común de los mortales, habían detenido el desarrollo de algunos aspectos de mi personalidad en la adolescencia. No había aprendido todavía a tomar plenamente las riendas de mi propia vida, pues no concebía la existencia fuera del marco de la obediencia, donde un superior me tenía que decir lo que tenía que hacer o por lo menos aprobar lo que fuera fruto de mi propia iniciativa. Y cualquier iniciativa tenía que plantearse dentro de la misión del Sodalicio y estar subordinada a sus fines. Pues Luis Fernando Figari, entonces Superior General del Sodalicio, había dicho claramente que lo primero antes que nada era ser sodálite, y eso debía estar por encima de la profesión que uno eligiera, el puesto de trabajo que uno ocupara, los talentos de los cuales uno estuviera dotado, los sueños que uno soñara, las aspiraciones personales que uno tuviera, por más legítimas que fueran. No se podía ni siquiera decidir donde quería uno vivir. Al final de cada año se realizaban los cambios de tripulación en las comunidades. Figari decidía que sodálites iban a ser trasladados de una comunidad a otra, sin consultar para nada a los implicados. Actuaba como un ajedrecista que mueve sus fichas sobre el tablero, como un estratega omnipotente en el campo de batalla. Y nosotros debíamos aceptar como la cosa más normal del mundo no tener ni arte ni parte en nuestro destino. Así como no estaba en nuestro poder lo que debíamos hacer cada día, pues todo estaba programado, decidido de antemano, y la vida privada había sido reducida al mínimo. No es de extrañar que una disciplina así termine por generar casos de doble vida, pues siempre hay un fondo de personalidad que busca hacerse valer, que no puede ser anulado por esa nueva identidad impuesta a través de prácticas similares a las técnicas de control de mental, identidad que en el Sodalicio designan con el término bíblico de “hombre nuevo”. Y ese fondo de personalidad auténtica que permanece y lucha por sobrevivir, si se ve sometido a presión excesiva, puede terminar rompiendo las paredes de su encierro por el lado más débil, a saber, el de la sexualidad.

Confieso que yo también había desarrollado una doble vida. Aunque, en mi caso, ésta no llegó a los extremos de abusar sexualmente de menores de edad, realizar visitas clandestinas a los burdeles o tener una amiga secreta. Lo mío fue mucho menos dramático. Me interesaba la literatura y el cine no como entretenimiento, sino como expresión de aquello que no se podía explicar a través de textos teóricos o filosóficos, como una ventana artística para conocer la savia palpitante de las realidades humanas. En secreto leía sin permiso novela y poesía, en su mayoría de escritores latinoamericanos. Pues en las comunidades era norma que, para leer alguna obra literaria que no estuviera en la lista oficial de libros recomendados, se tenía que contar con permiso del superior. Asimismo, hacía escapadas eventuales a algún cine de arte y ensayo, generalmente el cine Julieta en Miraflores, donde podía ver aquellas películas que consideraba enriquecedoras de la existencia, mientras que en las comunidades sodálites se seguía consumiendo mayormente productos cinematográficos comerciales de Hollywood, en los tiempos libres que había en las noches de los viernes y los sábados, cuando los ánimos estaban demasiados cansados como para ver una película que fuera exigente con el espectador. Y ciertamente, no me entusiasmaba ver las películas de acción con Sylvester Stallone, Arnold Schwarzenegger o Jean-Claude van Damme que a veces recomendaba el mismo Figari, o comedias del estilo de Locademia de policía. Alguna que otra vez me aventuré a alquilar películas de arte, que veía a escondidas en un reproductor de VHS cuando me quedaba solo en la casa, como, por ejemplo, la magistral Ladrones de bicicletas (Vittorio de Sica, 1948), que me emocionó hasta las lágrimas con su desgarrador final.

Debido a ciertas obsesiones sexuales que me asaltaban muy esporádicamente, también recurrí en ocasiones a revistas pornográficas. Sin embargo, se trataba más bien de algo a lo que me sentía arrastrado de manera irresistible, y que luego confesaba arrepentido como un pecado, pues entonces como ahora considero las representaciones pornográficas como una manera degradante de presentar el sexo, todo lo contrario del auténtico erotismo, que permite reconocer la chispa de la dignidad humana en su aproximación a la sexualidad. Entonces creía que era sólo cuestión de tiempo para que esas obsesiones momentáneas desaparecieran, pues mi deseo de alcanzar la santidad era sincero y supuestamente la disciplina sodálite, con su fuerte incidencia en la vida espiritual, terminaría por arrancar de raíz lo que yo consideraba obra del demonio. No sospechaba entonces que el mismo estilo de vida consagrada sodálite, así como una concepción errada de la sexualidad, podían estar en las raíces del problema, pues esas obsesiones se fueron mitigando recién cuando comencé a compartir la vida cotidiana de la gente común y corriente.

Fuera de eso, ya me había acostumbrado a la rutina de las comunidades sodálites. Levantarse temprano, hacer ejercicios, ducharse y vestirse, bajar puntual a la oración de la mañana o Laudes, alguna veces Misa, desayuno en comunidad. Y todo esto tenía que hacerse con minuciosa puntualidad. Quien se demoraba un minuto y llegaba tarde a las Laudes, era castigado. Quien no estaba sentado a la mesa en el momento de iniciarse el desayuno, era castigado. Y si los encargados de turno de poner la mesa del desayuno cometían algún error, como, por ejemplo, que faltase una taza, un vaso, un plato, un cubierto o alguna vianda, eran castigados. Se aplicaba una norma de tolerancia cero frente a cualquier pequeño error. Y los castigos iban desde no tomar desayuno, pasar una hora en oración en la capilla haciendo penitencia por la falta cometida, o tomar el desayuno sentado en el piso o debajo de la mesa.

Después de un breve momento de descanso, le dedicaba la mañana a las actividades de precepto (oración mental o meditación, lectura bíblica, lectura espiritual, rosario, visita al Santísimo), además de estudiar y preparar mis clases, hasta la hora del almuerzo, en que otra vez nos reuníamos a comer juntos, donde también se aplicaban castigos si algo no estaba en orden. Uno terminaba acostumbrándose a fijarse en el más mínimo detalle a fin de evitar las sanciones. El superior hacía la oración inicial, y luego había que esperar a que fuera él el primero en echar el diente, pues si por inadvertencia o error uno comía o bebía antes que el que presidía la mesa, se corría el riesgo de ser castigado con no almorzar.

Después del almuerzo había tiempo para descansar o echarse una siesta, a no ser que a uno le tocara quedarse despierto para atender las llamadas telefónicas o abrir la puerta en caso de alguien tocara el timbre. Después continuaban las actividades en la tarde, con la misma rutina. Quienes habían estado fuera de la casa durante la mañana, ya sea por estudios o por trabajo, hacían sus actividades espirituales en la tarde. Yo salía a dar clases en el Instituto Superior Pedagógico Catequético o en la Universidad Marcelino Champagnat. Por ese motivo, a veces no podía estar para la cena a las siete y media de la noche, donde regían las mismas reglas.

A veces durante el almuerzo o la cena se leía algún texto de algún autor espiritual o del mismo Luis Fernando Figari, que debíamos luego comentar, sin espíritu crítico por supuesto. Por lo general, el ambiente era cordial, alegre y suelto durante las comidas, así como también lo era en las reuniones comunitarias al final del día, después de la oración de Completas a las diez y media la noche, donde se comentaba en un ambiente familiar lo que se había hecho durante el día u otros acontecimientos de importancia para el Sodalicio y la Iglesia. Estas reuniones finalizaban cuando el superior se iba a dormir. A nadie le estaba permitido acostarse antes, a no ser que tuviera permiso expreso del superior, ya sea porque estaba enfermo o porque había participado en actividades extraordinarias que le habían generado un agotamiento extremo. En general, estos permisos se concedían muy rara vez.

Antes de esta tertulia nocturna, entre la cena y las Completas, siempre quedaba algún tiempo en la noche ya sea para estudiar, o para reunirse con algún grupo de agrupados marianos o aspirantes al Sodalicio en el pequeño salón de la casa dispuesto para estos fines. Pues en las comunidades sodálites suele haber uno o más ambientes para reunirse con gente de afuera, separados del resto de la casa por una puerta con un letrero que dice PRIVADO. Esta puerta es un símbolo palpable de esa separación que suele haber entre el núcleo interno de los consagrados y el resto del mundo, pues lo que ocurre dentro de las casas sodálites, de acuerdo a la disciplina del Sodalicio, debe estar a cubierto de toda mirada ajena, y nada puede ser dado a conocer sin permiso expreso de los superiores.

Sea como sea, esta rutina diaria ‒algo más relajada los sábados y domingos‒ no era lo que yo me imaginaba como una vida dedicada a “cambiar el mundo”. El Sodalicio pretendía lograr ese cambio a través de la transformación de los “corazones”, que entendía más que nada como labor proselitista a favor de la institución y, de manera más amplia, a favor del Movimiento de Vida Cristiana. Para conseguir prosélitos no se escatimaba en esfuerzos, llegándose incluso a la manipulación de las conciencias mediante tácticas cuestionables que no retrocedían ante la violencia psicológica. Ello ha hecho que la influencia del Sodalicio haya quedado restringida a aquellos que han tomado contacto directo con la institución, y en algunos casos han quedado huellas que no se borrarán nunca más en la vida. Pero el “mundo” en sí mismo, en toda su amplitud, era totalmente ajeno a los sodálites consagrados. Vivir en comunidad era como vivir en otro planeta.

Ahora bien, en caso de que en estos últimos veinte años hayan habido cambios respecto a lo que he descrito, corresponde a los responsables hablar de lo que saben, pues si bien toda institución debe ser sigilosa con la vida privada de sus miembros, también existe el deber de ser transparente respecto a su ideario, su disciplina y sus estructuras institucionales, lo cual implica permitir que se eche una mirada al estilo de vida que se lleva dentro de las comunidades sodálites.

¿Qué es lo que al final me arrancó de esa existencia donde todo parecía ocupar su lugar, pero que en el fondo era sólo una ilusión, pues mi ser más auténtico yacía encadenado a una ideología totalitaria que se plasmaba en unas normas y reglamentos que no me atrevía a cuestionar? ¿Qué circunstancias desencadenaron, en un momento dado, una reacción en cadena que terminaría por incendiar todas mis seguridades y arrojarme a un abismo donde tenía que decidir entre la libertad ‒con todas sus incertidumbres‒ y el limbo de una falsa seguridad? ¿Qué fue lo que pasó para que me replanteara toda mi vida pasada, la viera con nuevos ojos y al final tuviera el valor de arriesgarme para dar un salto al vacío, confiando en que Dios me haría caer sobre terreno firme aunque desconocido, donde se abriría una senda que me llevaría arduamente hacia la libertad, que es la llave de la felicidad?

Yo mismo no pude prever todo lo que iba a suceder. Pero Dios tiene sus caminos. Y mientras más torcidos parezcan, más probable es que sean parte de los trazos con los que escribe la historia de nuestras vidas.

Todo ocurrió así. En ese entonces estaba vigente en las comunidades sodálites la absurda norma, proveniente de Luis Fernando Figari, que prohibía escuchar otra música que no fuera de carácter religioso. Incluso la música clásica estaba prohibida, pues, según Figari, podía despertar sentimientos intensos y pasiones en los sodálites consagrados, y eso constituía una peligrosa tentación, pues un sodálite debía regirse siempre por criterios racionales. Curiosamente, los superiores de las comunidades siguieron escuchando la música que les pareciera, aunque, a decir verdad, sus gustos musicales eran muy conservadores y la música que preferían era de tipo melódico tranquilo. Eso sí, la música rock, pop y bailable que se escuchaba en el “mundo” era rechazada de plano. Pues en este aspecto, como en otros, el círculo de las comunidades sodálites se regía por otras reglas muy distintas a las que rigen en el mundo de los simples mortales.

A mí me fue prácticamente imposible cumplir con esa norma. La música fue siempre para mí uno de los nutrientes esenciales de mi vida interior, más aún cuando me había convertido en compositor de canciones y estaba comenzando a plasmar mis inquietudes más personales en ellas, con melodías más complejas y un lenguaje más poético, razón por la cual el mismo Luis Fernando Figari consideraba que mi talento para la música estaba en decadencia, pues lo que él siempre pretendió es que las canciones que se compusieran dentro de la Familia Sodálite reflejaran su ideología, emplearan su lenguaje y sirvieran como apoyo de la labor proselitista. Y, sobre todo, que fueran musicalmente muy elementales, a fin de poder anidar fácilmente en la memoria. Éstos parecen ser algunos de los motivos por lo cuales le gustaban las marchas y por los cuales rechazó varias de mis canciones para que fueran interpretadas por Takillakkta, pues, según me contó Javier Leturia, sodálite y director de este grupo de música popular católica, Figari no entendía lo que yo quería expresar a través de la letra de mis canciones más recientes.

A mi doble vida se añadió el hecho de escuchar música no religiosa a escondidas, en su mayoría clásica, aunque también durante mi última etapa en comunidad hice el descubrimiento personal de un ritmo que muchos consideran la música clásica del siglo XX: el jazz. Toda esta música la escuchaba yo en secreto, pues privarme de ese manantial sonoro que encierra una riqueza espiritual inefable era para mí como un atentado contra el alma, considerando que siempre he tenido una gran sensibilidad musical y que la música de otros siempre me ha servido de inspiración para componer mis propias canciones. Con el tiempo había reunido una colección personal de música clásica, formada al principio por copias en cassette de CDs originales, pero luego había obtenido varios cassettes originales, siendo mi gran tesoro un par de colecciones de Salvat ‒Los Grandes Compositores y Los Grandes Temas de la Música‒, con lo mejor de la música inmortal que la historia nos ha legado.

Ocurrió que un día fui sorprendido in fraganti cometiendo una falta contra la norma de Figari. El superior de la comunidad, Alfredo Garland, tenía en su habitación algunos CDs originales de música clásica, a los cuales les eché el ojo. Me propuse sacarles copia, mediante el procedimiento que consistía introducirme en su habitación cuando nadie me viera, dejar un cassette en su equipo de música con el volumen puesto en cero y dejar que grabara. Después recuperaba el cassette ya grabado y devolvía el CD a su lugar. No era la primera vez que hacía esto. Pero esta vez fui descubierto. Esta falta se consideraba muy grave, aunque no tuviera como consecuencia ningún daño para nadie, pues la obediencia debía ser guardada a toda costa, sin mediar objeciones de conciencia, de manera absoluta y perentoria. Las medidas que se tomaron fueron drásticas. A partir de ese momento entraba en un régimen de retiro espiritual, donde sólo me sería permitido leer la Biblia y a unos cuantos autores espirituales, además de que debía tener un horario más estricto de la cuenta para dedicarlo enteramente a la oración (meditación, visitas al Santísimo, rosario, lecturas espirituales), con mayor intensidad y frecuencia que en la rutina normal. El objetivo era lograr que tomara conciencia de la gravedad de mi falta y tomara la firme resolución de obedecer las disposiciones de los superiores de forma más radical y completa. Quedaba excluido de las reuniones de los viernes, sábados y domingo en la noche, donde se veía televisión o una película. Aún así, tenía libertad para moverme dentro de la casa y podía participar de las comidas y otros momentos comunitarios junto con los demás miembros de la comunidad.

Reconozco que todas estas medidas fueron aplicadas con buenas intenciones por parte del superior y apoyadas de la misma manera por el resto de la comunidad, pues se trataba de un procedimiento considerado normal para esos casos. Quien ha vivido en comunidades sodálites sabe que la mente de las personas ha sido modelada de tal manera, que todas estas cosas se dan por supuestas. A nadie se le pasa por la cabeza levantar objeciones. Y si alguien las tiene, se las calla, pues, en ese sentido, los sodálites de comunidad suelen estar cortados con una misma tijera. Y yo mismo las acepté como la cosa más normal del mundo, sabiendo que pasado el retiro, que iba a durar una semana, la vida podía continuar como siempre. Pues en el fondo de mi ser, tenía la intención de seguir escuchando música no religiosa. Era como si mi verdadero ser, escondido bajo una personalidad que me había sido impuesta, buscara las vías para aflorar y hacer valer su libertad. Pero separarme del Sodalicio era una idea que ni siquiera asomaba por mi mente, pues tenía la idea, impresa como un sello en el alma, de que eso constituía una especie de suicidio espiritual, que estaría condenado a una existencia atormentada y a ser infeliz en esta vida, y pondría en riesgo mi salvación eterna.

La noche del domingo 20 de diciembre, último día del retiro, después de la cena y de la oración de Completas, los miembros de la comunidad subieron a la habitación de recreo, que estaba situada en la azotea de la casa. Yo me quedé en la planta alta, junto a la escalera, sentado en un sillón leyendo la Biblia. Según la norma, me estaba prohibido irme a dormir antes de que el superior de la comunidad lo hiciera. Ya era cerca de la medianoche y nadie bajaba por la escalera. Cansado después de una semana que había sido tensa y agobiante, entré a mi habitación y me recosté en la cama, sin intención de dormirme. La habitación estaba acondicionada para tres personas, con armarios haciendo de divisiones entre cada cama, a fin de garantizar un mínimo de privacidad. Por norma, los dormitorios de las casas sodálites debían albergar por lo menos a tres sodálites, nunca a dos, pues el mismo Luis Fernando Figari había indicado que de esa manera quería evitar conductas impropias. ¿De dónde había sacado esas ideas? No sabía si era por algo que hubiera leído, por experiencia propia o por simple sentido común.

No sé en qué momento me quedé dormido. Lo único que recuerdo es que poco después de la medianoche irrumpió en la habitación el superior de la comunidad, Alfredo Garland, seguido de José Antonio Eguren, mientras los otros miembros de la comunidad miraban lo que pasaba desde la puerta. Fui despertado violentamente con llamadas de atención y amonestaciones verbales de tono agresivo. No sabía lo que estaba pasando. Se me ordenó que tomara lo necesario para trasladarme a una pequeña habitación que estaba separada de la casa y a la cual se accedía a través de la terraza que daba a la escalera de servicio, en la cual yo debía vivir aislado del resto de la comunidad hasta nuevo aviso, con permiso sólo para ir al baño y sin que me fuera permitido hablar con nadie, a no ser con el P. Eguren. Lo drástico de la medida se debía en parte a que ese día era el cumpleaños de Garland, y como era costumbre en esas ocasiones, la comunidad se había quedado despierta hasta la medianoche para darle las felicitaciones correspondientes. El hecho de que yo me hubiera quedado dormido, olvidándome de esa magna ocasión, se interpretaba como una grave afrenta contra la dignidad de aquella persona a la que le debíamos obediencia absoluta. Lo que me hicieron a mí, en cambio, no representaba ningún agravio contra nadie, sino más bien se consideraba un acto de justicia que reparaba la grieta dentro de la constelación jerárquica institucional que yo había ocasionado.

La forma en que fui tratado en esta ocasión fue la gota que rebalsó el vaso y algo se quebró dentro de mí. Me quedó claro que ya no podía considerar esa casa como mi hogar, ni a sus miembros como mi familia. En pocos minutos, entre el ir y venir entre mi antigua habitación compartida y aquella solitaria frente a la escalera de servicio, terminé fraguando un desesperado plan de contingencia que debía efectuar sin reparos ni demora: la huida. ¿Pero adónde? Regresar a casa de mis padres no era para mí una posibilidad factible. Durante todos estos años me había enfrentado a mi madre, y si bien las relaciones con ella se mantenían cordiales, siempre había una tensión contenida cada vez que me comunicaba con ella. Yo seguía siendo la oveja negra, pues mi decisión de unirme al Sodalicio había sido motivo de durísimos y violentos enfrentamientos verbales y de profundo dolor, tanto para ella como para mí, aunque por diversas razones. De alguna manera yo había allanado el camino para que mi hermano menor, Erwin, también pudiera unirse al Sodalicio ‒del cual sigue siendo miembro hasta ahora‒, y sin pasar por lo que yo tuve que pasar. Con el transcurso del tiempo he comprendido que nos hubiéramos podido ahorrar todos estos sufrimientos, pues su preocupación era la de una madre que veía cómo su hijo era captado por un grupo fanático que presentaba características sectarias. Y yo buscaba encontrarme a mí mismo y seguir mi propio camino, con afanes propios de la adolescencia y la juventud. Sin embargo, creyendo haber encontrado la libertad, terminé metido en una cárcel donde los barrotes estaban puestos en lo mas íntimo de uno mismo y eran mucho mas difíciles de arrancar.

De modo que huir para refugiarme en casa de mi madre significaba para mí admitir mi fracaso. Y tirar quince años de mi vida por la borda. En ese momento yo seguía moviéndome mentalmente dentro de la órbita del Sodalicio, y me aterraba la idea de convertirme en un traidor. No había llegado a comprender del todo que Dios escribe sus historias con líneas torcidas y que todo, incluso lo más absurdo que pueda acaecernos, al final tiene sentido dentro de un destino que escapa a nuestro comprensión. En ese entonces el Plan de Dios ‒concepto central dentro de la ideología sodálite‒ en lo que a mí me tocaba personalmente se realizaba dentro de los límites de la institución, de la cual yo no quería desligarme, pues prácticamente la mitad de mi vida se había desarrollado a su sombra, y yo no concebía una vida sin una vinculación estrecha con el Sodalicio. En el fondo también era una cuestión de lealtad, que mantuve hasta el año 2008. Para esa fecha yo ya había madurado en contacto con la vida real, y había descubierto el sinsentido de una actitud que debía ser en el fondo lealtad a mí mismo y a una Iglesia que se me presentaba con mucho mayor riqueza y diversidad que una institución empobrecida por una ideología religiosa rígida y castrante, y una disciplina que creaba zombis militantes y aburguesados, aunque hubiera honrosas excepciones.

La única opción que me quedaba era acudir donde un amigo cercano, a quien le pudiera abrir mi corazón, ante quien pudiera desahogarme y con quien conversar para encontrar una solución razonable en este callejón sin salida en que me encontraba. Ese amigo, el único en quien podía confiar a ojos ciegas, junto con quien había recorrido el camino del Sodalicio desde aquel lejano año de 1978, era Miguel Salazar. En ese momento era superior de la comunidad Nuestra Señora de Guadalupe en San Bartolo, una de las casas de formación que el Sodalicio mantiene en ese balneario a unos 50 kilómetros al sur de Lima. Evidentemente, no podía pedirle al día siguiente a Alfredo Garland que se me permitiera ir a San Bartolo, pues en comunidades sodálites a nadie le es otorgada la potestad de decidir por sí mismo adónde puede ir. Tenía que huir esa misma madrugada. Lo cual presentaba algunos problemas logísticos.

A San Bartolo se acede a través de la Carretera Panamericana. Hay líneas de autobuses interprovinciales que recorren esa vía. El paradero más cercano y accesible para mí quedaba en el Trébol de Atocongo, que está a unos 5 kilómetros en línea recta de la comunidad de Barranco. Sin embargo, la zona de Santiago de Surco que hubiera debido atravesar, además de peligrosa, me era desconocida. Debía llegar a Atocongo por calles más seguras, teniendo en cuenta que el recorrido lo iba a hacer a pie, lo cual significaba efectuar un rodeo pasando por Miraflores, haciendo finalmente que la distancia a recorrer fuera de unos 11 kilómetros. A eso se sumaba el hecho de que entonces estaba vigente en Lima el toque de queda entre medianoche y seis de la mañana, medida preventiva mantenida por el gobierno de Fujimori para evitar en lo posible actos terroristas. Eso significaba que durante ese tiempo las calles debían quedar vacías y el ejército asumía la responsabilidad de vigilarlas, con libertad para disparar si veía algo sospechoso.

De modo que antes de quedar totalmente aislado en la habitación del fondo, me aseguré de contar con lo necesario para la huida: zapatillas adecuadas, una chaqueta abrigadora, mis lentes, un cortaplumas, dinero suficiente en la billetera para pagar el boleto y una linterna fluorescente, que me serviría para indicar mi presencia en caso de toparme con algún contingente militar que estuviera patrullando las calles, y a así evitar ser objeto de disparos. Asimismo, me proveí de unas cuantas hojas de papel y un lapicero, para dejar un mensaje. Todo esto fue decidido y hecho en el lapso de unos cuantos minutos.

Por fin, cuando me quedé solo, lloré. Y escribí el mensaje que iba a dejar. No recuerdo lo que allí puse. Esto era algo habitual entre quienes se iban “por la puerta trasera”, como los llamaban a quienes aprovechaban la primera oportunidad que se les presentara, generalmente en horas de la noche, para irse de la comunidad. Era el procedimiento más rápido para desvincularse del Sodalicio, pues la vía de “la puerta delantera”, es decir, manifestar que se tenían dudas sobre que uno fuera llamado a la vocación sodálite en comunidad, tenía como consecuencia el ser sometido durante meses a un régimen especial para que se pudiera hacer un adecuado “discernimiento”, a fin de ver cuál era el Plan de Dios, pues una decisión de tal calibre debía ser tomada luego de haber reflexionado y consultado a Dios en oración, dado que lo que estaba en juego era la salvación eterna. Quienes se iban furtivamente veían cómo de un día para otro perdían sus antiguas amistades, eran objeto de desprestigio por parte de los miembros del Sodalicio y del Movimiento de Vida Cristiana y eran considerados como traidores y prácticamente como carnaza para el infierno. Por otra parte, quienes seguían la vía correcta tenían que pasar por un calvario de meses de incertidumbre, donde no faltaba la presión psicológica y donde la autorización para irse por las buenas demoraba en ser otorgada, mientras que se vivía en una comunidad donde los demás lo miraban ya a uno como un fantasma, como un desterrado que estaba esperando el momento del guillotinazo final. Que yo tenga memoria, nunca han habido despedidas festivas ante la salida de un miembro de una comunidad sodálite, deseándole la mejor de las suertes. Más bien, el aire que se respiraba era similar al de un funeral.

Esa noche no pude dormir, mirando continuamente el reloj. Poco antes de las cuatro de la madrugada, ya debidamente preparado, salí de la habitación y bajé la escalera de servicio hacia el patio que daba a la cocina. Este patio estaba conectado con la cochera a través de un pasillo, en medio del cual se abría la entrada a una pequeña despensa, de la cual tomé una lata de leche condensada Nestlé para el camino. En medio de la oscuridad, llegué a la puerta de cochera, abrí la portezuela que daba a la calle y salí. Me hallaba justo debajo de la ventana que daba a la habitación del superior de la casa. El único obstáculo que todavía me faltaba superar era el portón que daba a la calle, una verja de unos tres metros de altura. Haciendo el menor ruido posible, temiendo en todo momento ser escuchado, trepé la verja y salté al otro lado, mirando en todo momento la ventana del cuarto donde dormía su majestad. Una vez en la calle, que por un lado daba a un malecón sobre el acantilado, me dirigí por el otro lado hacia la Av. Pedro de Osma, con la linterna fluorescente encendida. Sabía que no debía caminar muy rápido, pues, en caso de encontrarme con una patrulla del ejército, debía estar atento a seguir todas las órdenes a fin de evitar ser abaleado. Aún tomando estas precauciones, tenía miedo. Afortunadamente, el toque de queda en esa época era mucho más relajado que aquellos que se habían vivido durante la dictadura militar en la década de los ’70 o durante el primer gobierno de Alan García en los años ’80. En todo el recorrido por calles vacías y tranquilas no me topé con ningún soldado. La noche, aunque húmeda, no estaba muy fría, pues ya estaba entrando el verano. Había un silencio sepulcral interrumpido sólo por el sonido de mis pasos.

De este modo, recorrí toda la Av. Pedro de Osma ‒bordeada de viejos y frondosos árboles, testigos silenciosos de esta fuga nocturna‒, siguiendo después por la Av. Miguel Grau hasta llegar a la Quebrada de Armendáriz, por donde baja una autovía hacia las playas, crucé el puente, seguí por la Av. Reducto hasta la Av. Alfredo Benavides ‒que atraviesa el distrito de Miraflores‒ y subí por ella hasta llegar al Óvalo de Higuereta, luego continué por la Av. Tomás Marsano hasta llegar al Trébol de Atocongo. Eran más de las seis de la mañana, el día comenzaba a clarear y ya se veían los primeros viandantes en las calles. Y yo estaba allí, cansado y sudoroso, desesperado como un alma en pena, esperando junto con otra gente el primer autobús en dirección a Mala, que paraba también en San Bartolo. Finalmente el autobús llegó, subí y me arrellané en uno de los asientos, medio adormilado no sólo por el cansancio y la mala noche, sino también por el olor a rebaño que solía acumularse en las cabinas de estos vehículos sin ventilación ni ventanillas abiertas. Si bien el recorrido hasta San Bartolo duraba menos de una hora, el viaje que había iniciado demoraría más de medio año en tocar puerto. Pues los siguientes siete meses que pasaría en el balneario del sur quedarían en mi memoria como los más duros de mi vida, como un tiempo en que abrigaría el deseo de estar muerto para luego terminar perdiéndole todo temor a la muerte y finalmente lanzarme a recorrer la vida por caminos de barro, sudor y pueblo, donde palpita la verdadera sangre de este mundo. Pero eso ya es otra historia.

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