ABUSO SEXUAL CLERICAL: SIETE MEDIDAS QUE AYUDARÍAN

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El 25 de septiembre de este año los obispos alemanes reunidos en Fulda dieron a conocer los resultados del proyecto de investigación “Abuso sexual contra menores de edad de parte de sacerdotes, diáconos y religiosos católicos dentro del ámbito de la Conferencia Episcopal Alemana”, elaborado por un equipo de expertos contratados por la misma conferencia episcopal. Dos días días más tarde, el 27 de septiembre, se anunciaron las medidas que se iban a tomar para combatir el flagelo del abuso sexual, de dimensiones alarmantes según el estudio.

Este estudio, aun cuando contiene cifras impresionantes, presenta serias deficiencias y no estaría reflejando las verdaderas dimensiones del problema, como ya lo he señalado en un post anterior (ver INFORME SOBRE ABUSO SEXUAL ECLESIÁSTICO EN ALEMANIA: UN SALUDO A LA BANDERA).

Las medidas acordadas por los obispos fueron las siguientes:

Punto 1: Involucración de las víctimas y de expertos externos

Punto 2: Estandarización en la gestión de las actas de personal

Punto 3: Centros de atención independientes, adicionales a los diocesanos

Punto 4: Monitoreo vinculante en lo referente a intervención y prevención

Punto 5: Revisión de las prestaciones de reconocimiento a las víctimas

Punto 6: Esclarecimiento de la responsabilidad institucional

Punto 7: Discusión sobre celibato y moral sexual

Matthias Katsch, vocero de la asociación de víctimas “Eckiger Tisch” (“Mesa Angular”), ha señalado que “estos anuncios insuficientes nos dejan estupefactos”. Pues, ciertamente, poco concreto hay en ellas, comenzando porque no se delimitan las responsabilidades personales de los numerosos abusos cometidos ni tampoco se indica claramente cómo se va a reparar el daño producido a las víctimas, mucho menos se propone un plan de indemnizaciones justas y satisfactorias. Además, todo queda bajo responsabilidad y tutela de los mismos eclesiásticos que forman parte del sistema que ha hecho posible los abusos a gran escala y que ha protegido a los abusadores y dejado desamparadas a las víctimas

El día 27 de septiembre apareció en el prestigioso semanario “Die Zeit” un interesante artículo, proponiendo siete medidas alternativas a las de los obispos. Dado que estas medidas trascienden el ámbito regional y, en cierta medida, atañen a toda la Iglesia universal, he creído conveniente hacer una traducción al español para contribuir a la difusión de estas medidas. Aunque dudo, por lo que sabemos del aparato eclesiástico actual, que se vayan a poner en práctica, por más necesarias y urgentes que sean.

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Abuso sexual: ¡No hablar, sino actuar!

Siete medidas contra el abuso clerical que realmente ayudarían

por Hannes Leitlein y Merle Schmalenbach

Tomado de ZEIT Nr. 40/2018

1. Indemnizad a las víctimas

Hasta 5,000 euros de indemnización por persona: ésta es el monto que ha ofrecido la Iglesia en el año 2011 a las víctimas de abusos. En ese entonces, las asociaciones de víctimas lo consideraron “mezquino”. Ciertamente el sufrimiento de las víctimas no se puede expresar en cifras. Pero eso no es motivo para dejarlo sólo en sumas simbólicas y palabras calurosas. «Las disculpas evacuadas de manera rutinaria no nos aportan nada a las víctimas», indica Heiko Schnitzler de la asociación “Eckiger Tisch Bonn” [“Mesa Angular de Bonn”]. «Cuando se trata de reparación, las disculpas y oraciones no constituyen la moneda de cambio en esta sociedad, sino el dinero». A algunas víctimas el abuso las ha sacado de los rieles de tal manera, que han interrumpido la escuela o posteriormente su formación. Luchan durante una vida entera con la debacle económica. Aquí la Iglesia debe intervenir. Esto también es válido para los costos de terapias, que no son cubiertos por las cajas o seguros de salud.

«La mejor solución sería un fondo nacional bajo el manto de la Conferencia Episcopal Alemana», señala el canonista Thomas Schüller de la Universidad de Münster. En este escenario las diócesis ricas contribuirían voluntariamente con un mayor monto que las pobres, en interés propio: al fin al cabo la opinión pública no distingue entre cada una de las diócesis. Si una diócesis tiene mala fama, eso afecta a la Iglesia entera. Sobre la adjudicación del dinero a las víctimas según este modelo las decisiones serían tomadas por una comisión independiente, conformada por laicos. Que se cumpla esto es ciertamente improbable. «La Iglesia en Alemania practica aun hoy en día una política de pequeños estados como en el siglo XVIII y con seguridad no va a lograr ponerse de acuerdo sobre un programa tan fundamental».

2. Posibilitad una investigación independiente

El presente estudio sobre abusos no satisface los requerimientos de lo que puede ser llamado “esclarecimiento sin lagunas”. En el año 2010 las 27 diócesis, por presión de la opinión pública, encargaron un estudio independiente. La cooperación con el Instituto de Investigación Criminológica de Baja Sajonia se interrumpió. Su entonces director, Christian Pfeiffer, explicó en aquella ocasión que el estudio habría fracasado «ante el deseo de censura y control por parte de la Iglesia». Él se había opuesto a que la Iglesia quisiera cambiar el contrato vigente a posteriori con el fin de controlar los textos de investigación y poder incluso prohibir su publicación.

La Conferencia Episcopal, por el contrario, puso fin a la cooperación oficialmente debido a «diferencias irreconciliables». Un acuerdo sobre protección de datos y derechos personales habría lamentablemente naufragado, y según la Conferencia Episcopal, Pfeiffer habría evidenciado «diletantismo y falta de seriedad». La Conferencia Episcopal encargó otro nuevo estudio, que fue presentado el pasado martes [25 de septiembre] en Fulda, después de que ZEIT hubiera publicado hace dos semanas los primeros resultados. En este estudio los investigadores no tuvieron acceso completo a las actas, sino que personal eclesiástico y abogados de las diócesis entregaron las actas requeridas sólo a petición. La institución que debía ser investigada controló la investigación. Si la Iglesia católica quiere recuperar su credibilidad, debe ahora abrir todas las actas, en el Vaticano, en las conferencias episcopales y en las diócesis. Y debe dejar que expertos independientes investiguen a gran escala.

3. Intervenid con mayor dureza

La Iglesia no está inactiva, pero no procede con suficiente determinación contra los abusadores: en el año 2001 el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el posterior Papa Benedicto XVI, preparó un escrito sobre delitos graves (“De delictis gravioribus”). Recomendaba al clero denunciar los casos de abusos a la justicia penal de cada país. En en el año 2010 la Congregación para la Doctrina de la Fe modificó este texto y elevó el plazo de prescripción del abuso a 20 años.

En el mismo año los obispos alemanes endurecieron sus “Líneas directrices para el manejo del abuso sexual”. La aplicación de estas líneas directrices, sin embargo, se controla insuficientemente. Además, todavía hay escollos eclesiásticos que dificultan un esclarecimiento: entre éstos se halla el canon 490 § 3 del Código de Derecho Canónico referente al archivo secreto episcopal, que establece que ningún acta del archivo podrá ser entregada a terceros [«No deben sacarse documentos del archivo o armario secreto»]. “Sin embargo, allí están depositadas todas las actas de investigación y algunas veces las actas de un proceso penal sobre delitos sexuales, lo que dificulta el esclarecimiento de casos de abuso”, dice Thomas Schüller.

Altamente problemático es en este sentido también el canon 489 § 2 del Código de Derecho Canónico: estipula que las actas deben ser destruidas diez años después de una sentencia condenatoria o de la muerte del clérigo inculpado [«Todos los años deben destruirse los documentos de aquellas causas criminales en materia de costumbres cuyos reos hayan fallecido ya, o que han sido resueltas con sentencia condenatoria diez años antes, debiendo conservarse un breve resumen del hecho junto con el texto de la sentencia definitiva»]. Por otra parte, las víctimas requieren frecuentemente de décadas para poder confrontarse con el abuso sufrido. Por eso mismo, la Royal Commission en Australia está exigiendo una obligación de custodia de las actas de por lo menos 45 años.

4. Profesionalizad vuestras estructuras

Es la falta de transparencia, arrogancia y espíritu de cuerpo de párrocos, obispos y cardenales lo que recién ha hecho posible el abuso a tan grande escala y el encubrimiento, según muestra el estudio. La Iglesia católica debe superar estas estructuras de poder. Si bien ya ahora se contrata a personal cualificado no consagrado para tareas centrales, el poder de decisión ultimo sigue residiendo ahora como antes en el grupo cada vez más reducido de los eclesiásticos.

Un medio que ya desde hace tiempo es común y corriente en las organizaciones modernas podría ayudar: la auditoría, es decir, una instancia independiente de control para cada nivel de la Iglesia, que revise si, por ejemplo, se aplican las “Líneas directrices para el manejo del abuso sexual” de la Conferencia Episcopal Alemana.

Una Iglesia que le otorgara más influencia a los laicos y les diera también competencia de decisión frente a los eclesiásticos estaría protegida contra la formación de grupúsculos elitistas entre los clérigos y con eso también contra las tendencias de encubrimiento. Podría comenzarse con un auditor al lado del obispo de Tréveris Stephan Ackermann, el encargado de abusos de la Conferencia Episcopal.

5. No hagáis responsables a los homosexuales

La homosexualidad, ahora como antes, es satanizada en la Iglesia católica. La búsqueda de un chivo expiatorio en 2018, en consecuencia, también concluyó rápidamente: ¡fue el lobby homosexual! Pero este antiguo prejuicio homófobo no nos lleva a los perpetradores, más bien estigmatiza a inocentes. Hombres heterosexuales y no pedófilos también abusan de muchachos menores de edad. Eso lo confirman también los investigadores: una causa del abuso no sería la orientación sexual.

En el abuso no se trata de sexo, sino de violencia sexualizada. Las estructuras de poder que posibilitan este tipo de agresiones las hay de manera extendida entre sacerdotes, dice el padre jesuita y ex director del Colegio Canisio de Berlín, Klaus Mertes, quien en el año 2010 reveló a la opinión pública el abuso en su institución: «Yo hablo, en lugar de eso, de redes de alianzas entre hombres. También heterosexuales forman parte de ellas». Refutar el prejuicio del lobby homosexual, tomar distancia de estas redes de alianzas entre hombres y, de esta manera, quitarles la base, sería un primer paso.

6. Poned en tela de juicio el celibato

En qué medida el celibato convierte en abusadores a los sacerdotes es discutible. El estudio de abuso, sin embargo, arroja nuevamente una sombra sobre la continencia: si bien son responsables de abuso 5.1% de los sacerdotes diocesanos que viven en celibato, lo son solamente 1% de los diáconos en ejercicio, a los cuales les está permitido casarse. ¿Por qué entre sacerdotes diocesanos es más alta la probabilidad de convertirse en abusadores? Esta pregunta debe hacérsela la Iglesia católica, y discutir esta relación. Incluso bajo la presunción de que el sacerdocio atraería a personas sexualmente inmaduras, como señala el psicoterapeuta Wunibal Müller y como los investigadores del estudio suponen, esto debe ser analizado.

Mientras que la Conferencia Episcopal Australiana debate el final del celibato obligatorio, también en Alemania se escuchan las primeras voces, como el deán de la ciudad de Frankfurt, Johannes zu Eltz, que ha cuestionado la obligación de los sacerdotes católicos de no casarse.

7. Convocad un sínodo

Realizar según lo planeado el sínodo sobre los jóvenes en otoño, mientras que a nivel mundial se discute sobre el abuso de menores de edad, causa una impresión bastante ajena a la realidad. Lo que se necesita urgentemente, en lugar de esto, es un sínodo sobre el abuso, y mejor si es con participación de jóvenes. «El tema afecta a la Iglesia a nivel mundial, aun cuando continentes como África o Asia no quieran admitirlo», dice Thomas Schüller. Cómo sería el desarrollo de tal sínodo sobre abuso lo ha esbozado ya el obispo británico de Portsmouth en una carta al Papa: primero debería llevarse a cabo un congreso, al cual asistan obispos pero que sería organizado por laicos. Éstos deberían poder demostrar una particular competencia en el tema del abuso.

Los resultados del congreso podrían entonces ser utilizados en una sesión formal del sínodo de los obispos en Roma. En realidad hasta ahora soló se ha previsto una cumbre eclesiástica entre el 21 y el 24 de febrero, en la cual el Papa Francisco recibirá a los presidentes de todas las conferencias episcopales de nivel nacional. Esta cumbre llega casi medio año muy tarde, no están permitidos laicos, y algunos de los mismos participantes tienen antecedentes como encubridores.

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FUENTES

tagesschau.de
Beschluss der Bischöfe: Sieben-Punkte-Plan gegen Missbrauch (27.09.2018)
https://www.tagesschau.de/inland/massnahmen-missbrauch-katholische-kirche-101.html

Bistum Magdeburg
7-Punkte-Plan gegen Missbrauch: Wie die Bischöfe Missbrauch verhindern und bekämpfen wollen (kna)
https://www.bistum-magdeburg.de/aktuelles-termine/nachrichten/mhg_studie_empfehlungen.html

ZEIT ONLINE
Sexueller Missbrauch: Nicht reden, handeln! (28. September 2018)
https://www.zeit.de/2018/40/sexueller-missbrauch-katholische-kirche-massnahmen

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LA SANTA INTRANSIGENCIA

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Toni Reis (centro) y David Harrad con sus hijos adoptivos en octubre de 2015

Toni Reis y David Harrad, un brasileño de 53 años y un inglés de 59, son homosexuales. Conviven desde hace 27 años en la ciudad de Curitiba (Paraná, Brasil). Son también defensores de la adopción tardía, como una forma de proporcionar una familia a muchos niños y adolescentes que viven en situación de pobreza y carecen de estructuras familiares estables y adecuadas.

Consecuentes con estos principios, adoptaron a tres niños provenientes de una favela de Rio de Janeiro —Alyson, Jéssica y Filipe, que tienen actualmente 16, 14 y 11 años de edad—, no sin ciertas dificultades. La primera adopción —la de Alyson en 2011— se hizo efectiva tras seis años de trámites y espera, mientras que las de Jéssica y Filipe en 2014 fueron más rápidas.

Como católicos creyentes, pidieron en 2014 que sus hijos adoptivos fueran bautizados en la Iglesia católica, lo cual les fue concedido recién este año por Dom José Antonio Peruzzo, arzobispo de Curitiba. El bautismo se efectuó en la Catedral el 23 de abril de 2017.

El 4 de junio de este año Toni y David, junto con sus hijos adoptivos, le enviaron una carta al Papa Francisco, describiendo su situación familiar y relatando su historia. Solicitaban la bendición de Su Santidad como confirmación de acogida y de su fe en la Iglesia católica.

Sorpresivamente, llegó una carta de la Secretaría de Estado del Vaticano —con fecha de 10 de julio de 2017 y dirigida sólo a Toni—, firmada por Mons Paolo Borgia, asesor de Asuntos Generales, donde decía, entre otras cosas: «El Papa Francisco les desea felicidades, invocando para su familia la abundancia de las gracias divinas, para que vivan constante y fielmente la condición de cristianos, como buenos hijos de Dios y de la Iglesia». Y, por supuesto, les concedía la ansiada bendición apostólica.

Cuando el 4 de agosto la familia regresó de un largo viaje por Europa y pudo leer la carta, el regocijo fue grande. En entrevista telefónica con Agence France-Presse (AFP), Toni declaró lo siguiente: «No esperábamos una respuesta. Recibir una carta del Vaticano con sello, fotografía autografiada del Papa ¡es la gloria! […] Significa un gran avance en una institución que quemaba a los gays durante la Inquisición y ahora nos manda un oficio felicitando a nuestra familia. Estoy muy feliz, ya me puedo morir tranquilo».

Sin embargo, lo que sucedió después hizo que la cosa pasara de color rosa a color hormiga. Pues el Vaticano sacó a relucir su proverbial intransigencia —no obstante las palabras de apertura que ha tenido frecuentemente el Papa Francisco— y declaró oficialmente a través de la periodista Paloma García Ovejero, viceportavoz de la sala de prensa vaticana, que «la carta del Papa es una respuesta muy general a una de las miles de cartas que él recibe cada día y no puede responder de forma personalizada. […] Es falso que se trate de una respuesta a la pareja».

Así que ya saben, estimados lectores católicos, las cartas de respuesta del Vaticano a sus fieles se producen en serie y con un texto estándar, y no constituyen respuesta personalizada a ninguna de las situaciones o inquietudes que ustedes han puesto con mucho esfuerzo y dedicación sobre el papel.

Si bien la respuesta no implicaba necesariamente la aprobación de la unión civil homosexual, un gesto de acogida a posteriori de esta pareja de homosexuales de buena voluntad hubiera sido una buena señal de parte de una Iglesia, que más que creer en el amor del Jesús de los Evangelios, parece hacerse eco de una impresentable enseñanza del fundador del Opus Dei, Escrivá de Balaguer, quien resumía la santidad en tres puntos: «la santa intransigencia, la santa coacción y la santa desvergüenza» (Camino, 387). E intransigente y desvergonzado, por ejemplo, fue el comentario homofóbico que tuiteó el opusdeísta Rafael Rey el 7 de agosto cuando alguien sugirió que él podía ser homosexual: «Jajá! Oe “perro”, como tú te autocalificas, pregúntale a tu mamá si soy homosexual. Y dame tu DNI y demuestra que no eres un cobarde!»

Mientras sigan habiendo tantos en la Iglesia que crean que su intransigencia es una virtud divina, la institución seguirá deslizándose cada vez más hacia la irrelevancia absoluta.

(Columna publicada en Altavoz el 14 de agosto de 2017)

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Sólo queda decir que Toni Reis es una personalidad pública conocida en el Brasil y, en cierta medida, a nivel internacional. Activista de derechos humanos, es presidente de la ONG Grupo Dignidade, que trabaja por la promoción y los derechos de las personas LGTB. También es secretario general de la Associação Brasileira de Gays, Lésbicas e Transgêneros (ABGLT), miembro del concejo internacional de la Hirschfeld-Eddy-Stiftung (Fundación Hirschfeld Eddy) —creada en Berlín en el año 2007 para promover el respeto de los derechos humanos del colectivo LGTB— y coordinador para América Latina de la Association for Integral Health and Citizenship in Latin America and the Caribbean (ASICAL). Es maestro y especialista en sexualidad humana y dinámicas de grupo. Además, posee el grado académico de máster de filosofía en los campos de ética y sexualidad.

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FUENTES

Religión Digital
El Papa Francisco felicita a una pareja gay por el bautismo católico de sus tres hijos (08 de agosto de 2017)
http://www.periodistadigital.com/religion/vaticano/2017/08/08/religion-iglesia-vaticano-brasil-el-papa-francisco-felicita-a-una-pareja-gay-por-el-bautismo-catolico-de-sus-tres-hijos-toni-reis-david-harrad.shtml
El Vaticano: “La carta del Papa es una respuesta muy general” (09 de agosto de 2017)
http://www.periodistadigital.com/religion/vaticano/2017/08/09/religion-iglesia-vaticano-la-carta-del-papa-francisco-es-una-respuesta-muy-general-aclara-sus-felicitaciones-a-los-gays-brasilenos-bautismo-hijos.shtml
“Desde el primer momento aclaramos que los que hablan son una pareja homoafectiva” (10 de agosto de 2017)
http://www.periodistadigital.com/religion/america/2017/08/10/religion-iglesia-vaticano-brasil-pareja-gay-felicitada-por-el-papa-francisco-bautismo-hijos-aclaramos-que-los-que-hablan-son-una-pareja-homoafectiva.shtml

LOS FUNDAMENTALISTAS CONTRA EL MINISTRO SAAVEDRA

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Jaime Saavedra Chanduví, Ministro de Educación del Perú

«Vive su sexualidad de manera responsable y placentera, respetando la diversidad en un marco de derechos. Establece relaciones afectivas positivas basadas en la reciprocidad, el respeto, el consentimiento y el cuidado del otro. Identifica signos de violencia en las relaciones de amistad o pareja. Argumenta la importancia de tomar decisiones responsables en la vivencia de la sexualidad en relación a su proyecto de vida.»

Aunque correctas y compatibles con la doctrina cristiana basada sobre las enseñanzas de los Evangelios, estas palabras tomadas del Currículo Nacional de la Educación Básica suenan irritantes a oídos de cristianos fundamentalistas —tanto católicos como evangélicos—, para quienes una vivencia de la sexualidad en estos términos se asocia con libertinaje, promiscuidad, desviaciones sexuales y los pecados más graves imaginables. Pues en sus mentalidades sexófobas una falta contra la “pureza” es una catástrofe cuasi-apocalíptica, mientras que la ausencia de tolerancia, de respeto hacia la conciencia ajena, de aceptación de la diversidad humana no les parecen graves, e incluso creen que debe fomentarse en ciertos casos. Como, por ejemplo, contra aquellas personas que descubren —no deciden— su orientación homosexual y se sienten orgullosos con todo derecho de su identidad gay.

Las razones —mejor dicho, sinrazones— esgrimidas contra el ministro Saavedra en el Congreso son sólo el pretexto para tumbarse a un funcionario que no transa con autoritarismos, discriminaciones ni ignorancia endémica, sino que busca una educación para todos los peruanos basada sobre el conocimiento, la libertad, el respeto, la responsabilidad y la solidaridad.

El lobby fundamentalista detrás del fujimorismo sólo quiere una sociedad donde se enseñe a los niños a obedecer a la autoridad. Y donde se perpetúe la ignorancia.

(Columna publicada en Exitosa el 10 de diciembre de 2016)

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Recomiendo leer sobre el tema el excelente artículo “Los fariseos de la palabra” (29 noviembre, 2016) de Rosa María Palacios:
http://rosamariapalacios.pe/2016/11/29/los-fariseos-de-la-palabra/

LA HOMOSEXUALIDAD, EL SODALICIO Y LA IGLESIA CATÓLICA

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Hace algún tiempo un joven periodista gay peruano, habiendo leído algunos artículos míos en que abordaba el tema de la homosexualidad, se puso en contacto conmigo para solicitarme una entrevista sobre el tema, pidiéndome que hablara también sobre el Sodalicio y la actual enseñanza oficial de la Iglesia católica al respecto. Accedí gustosamente a este pedido, pues uno de los problemas que se da actualmente consiste en que casi ningún representante de la Iglesia católica ha entrado en diálogo con los homosexuales considerándolos como interlocutores válidos.

La doctrina católica sobre la homosexualidad —que no es dogma de fe— se basa sobre una interpretación fundamentalista de algunos textos bíblicos —sin hacer un análisis detallado del contexto en que se escribieron— y sobre un concepto de ley natural que cree conocer a fondo la naturaleza humana, discrepando —cuando lo considera conveniente— de los resultados verificables a los que llegan las disciplinas científicas. De modo que cuando la psicología moderna concluye que la homosexualidad no es un trastorno ni desorden ni síndrome ni nada por el estilo, ni mucho menos impide el sano desarrollo humano de una persona, muchos cristianos fundamentalistas, en vez de reflexionar sobre este dato y tratar de profundizar en él a la luz de los principios morales del Evangelio, sacan a relucir su espada para condenar esta conclusión, y de paso a todos aquellas personas que tienen una tendencia homosexual, la cual ellos mismos no han elegido. Y de este modo, omiten poner en práctica las mismas palabras de Jesús, quien dijo: «No juzguéis, para que no seáis juzgados, porque con el juicio con que juzgáis seréis juzgados, y con la medida con que medís se os medirá» (Mateo 7,1-3). Se trata del mismo Jesús que acoge en sus brazos a todos los seres humanos sin distinción.

Reproduzco aquí la entrevista que fue publicada en el blog La Revista Diversa el 5 de septiembre de este año (ver http://larevistadiversa.blogspot.de/2016/09/entrevista-martin-scheuch.html). Aclaro que sólo se trata de unas reflexiones y cuestionamientos efectuadas en ejercicio de la ley de la libertad que nos trae Cristo (ver Santiago 2, 12-13), sin pretender llegar a conclusiones definitivas, sino con la intención de promover una reflexión más profunda a nivel de Iglesia sobre la homosexualidad, pues lo que enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 2357-2359) resulta —a la luz de las investigaciones científicas— insuficiente a todas vistas y no puede ser considerado en conciencia como una enseñanza completa y definitiva, requiriendo de un desarrollo ulterior.

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¿Cómo surge este interés por escribir acerca del tema de la homosexualidad dentro de la iglesia Católica, a raíz de los casos del Sodalicio?

Yo me he ido enterando de los abusos sexuales en época muy tardía, porque no tuve conocimiento de eso en la época en que pertenecí al Sodalicio, y entre las víctimas se encuentran algunas personas que yo conocí personalmente y que no sabía en ese momento que eran gays. Incluso viví con uno de ellos en una comunidad. Y las recuerdo como personas muy correctas, sinceras y que trataron de vivir su vida cristiana de la mejor forma posible como laicos consagrados dentro de la moral sexual de la Iglesia Católica. En el Sodalicio siempre ha habido un discurso homofóbico —lo tenían Luis Fernando Figari y Germán Doig—, es decir, que la homosexualidad era una especie de síndrome psicológico y, por lo tanto, era algo que debía ser tratada de forma terapéutica y que podía ser curada. Esa continúa siendo la posición del portal católico ACI Prensa, dirigido por el sodálite Alejandro Bermúdez. Yo hablé personalmente con dos de las víctimas, que habían tratado de no manifestar su homosexualidad pero se habían dado de cabeza contra la pared porque era algo que no iban a poder cambiar, y que habían llegado a la conclusión de que la única forma de poder vivir en paz consigo mismos era aceptando su condición.

La posición oficial de la Iglesia Católica sigue condenando la homosexualidad —o por lo menos los actos homosexuales— como un pecado, ¿cierto?

La Iglesia Católica ha suavizado su postura desde la época en que la homosexualidad era considerada una aberración, hasta el momento actual en que no la señala como algo intrínsecamente pecaminoso, por lo cual el hecho mismo de ser homosexual no debe llevar a una discriminación de la persona. Pero sigue insistiendo en que los actos homosexuales, como tú lo dices, sí son pecado; por lo tanto, se les exige a los gays vivir en celibato.

Casi como ser eunucos o no tener sexualidad, y eso es lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica.

A mí no me gusta lo que dice el Catecismo, porque infiere que las personas homosexuales tienen un problema, una tara, y no habla de tratar con igualdad a los homosexuales, aunque sí con respeto, compasión y delicadeza. Por otra parte, no tengo una explicación de dónde viene la homosexualidad, y comparto lo que dice la Iglesia Católica en que su origen continúa siendo desconocido. Sabemos que la psicología señala que es una orientación sexual que no debería impedir el normal desarrollo de la persona que es gay o lesbiana.

Y a esto se añade el tema reproductivo dentro de la sexualidad humana.

Es otro punto por el cual la Iglesia Católica condena la relación sexual de dos hombres o dos mujeres: porque no pueden alcanzar ese fin, a diferencia de un hombre y una mujer. Pero ese fin puede faltar si existiera una imposibilidad de concebir. La formulación católica actual dice que todo acto sexual debe estar abierto a la vida, lo cual también es un problema, porque el acto sexual no sólo cumple una función procreativa, sino también de unión amorosa, goce, satisfacción y, por supuesto, el intercambio de fluidos favorece el sistema inmunológico, lo cual está demostrado científicamente.

De otro lado, uno de los rasgos de la sexualidad humana ha sido a lo largo de la historia también la búsqueda de la belleza.

Dentro del mundo católico existen algunos ejemplos de relación entre homosexualidad y belleza. Al respecto te puedo mencionar tres casos. Por ejemplo, el director de cine Franco Zeffirelli, quien dirigió Hermano Sol, Hermana Luna y Jesús de Nazaret es homosexual. Él lo ha reconocido públicamente, sin embargo lo ha tratado de forma discreta, sin demasiada publicidad, ni tampoco ha luchado por los derechos gay. Pero me pregunto si la belleza que encontramos en sus películas no se alimenta del hecho que sea gay. El otro ejemplo es el del escritor estadounidense Julien Green, que vivió en Francia y escribió en francés. En su obra está siempre presente el sentido de la culpa en relación al tema homosexual, pero desde una perspectiva más espiritual que corporal. Describe el enamoramiento platónico entre hombres. Y el tercer ejemplo es el escritor belga Maxence van der Meersch, quien escribió sobre el movimiento obrero católico francés en los años ‘30 en su novela El coraje de vivir, que era un libro de lectura obligada en el Sodalicio. Su última novela, que fue publicada póstumamente, es La máscara de carne, trata el tema de la homosexualidad. Describe allí la experiencia de un homosexual católico que tiene fe y trata de ser santo, pero se siente atraído por otros hombres como él. Al final se da cuenta que no puede cambiar su orientación, porque la homosexualidad no es algo que se pueda o deba combatir, es algo que forma parte de la persona, y aún así considera que personalmente todavía tiene madera para llegar a ser santo.

Al inicio de nuestra conversación mencionaste que las personas heterosexuales que rechazan o condenan la homosexualidad nunca se han preguntado acaso todo lo que vive una persona gay o lesbiana. Es la falta de empatía hacia el otro, lo mismo que observamos en la Iglesia católica.

Esta visión proviene de actitudes fundamentalistas. Hasta hace poco la mayoría de cargos importantes estaban en su mayoría en manos de clérigos muy conservadores, pegados al pie de la letra, que piensan que los textos doctrinales son igual de válidos para todos los tiempos, sin abrir la posibilidad de una reflexión y una evolución doctrinal. Y la evolución pasa por que se vaya profundizando el mensaje que nos ha revelado Cristo. En el caso del Perú existen sectores muy radicales. Un ejemplo muy claro es el cardenal Juan Luis Cipriani.

¿Cuál es la posición del Papa? A algunos católicos progresistas les encanta lo que dice al respecto e igualmente a algunos gays.

El tema es muy sensible. La Iglesia Católica considera que el matrimonio es tan sólo entre un hombre y una mujer. La propuesta de unión civil no implicaba una equivalencia con el matrimonio. Ahora, el miedo frente a la unión civil es que pueda llegar a ser la puerta hacia el matrimonio igualitario.

Y tú sabes que ahora lo que se pide es el matrimonio igualitario…

El problema con los fundamentalistas es que quieren que la ley civil se ajuste a la ley moral, donde rige todavía la Iglesia católica, y eso es peligroso. La moral busca el bien de la persona, la sociedad y la ley buscan el bien común. Las parejas del mismo sexo tienen el derecho a la igualdad ante la ley. Con respecto a la adopción no tengo una opinión definida, no estoy ni a favor ni en contra. Pero se ha demostrado, por ejemplo, que muchas parejas homosexuales han adoptado hijos y éstos han salido heterosexuales. No han buscado imponer su sexualidad, porque el descubrimiento de la identidad sexual se da de forma natural e individual.

En el tema de los curas gay dentro de la Iglesia Católica, David Berger habla de un gran número, entre 20 a 25 por ciento.

Lo más alarmante es que la cantidad de sacerdotes que observan el celibato es mucho más reducido.

Lo cual significa que se ejerce la actividad sexual dentro de la Iglesia Católica. Me pregunto: ¿por qué muchos chicos gays quieren estar en ese ambiente católico sabiendo que existe esta condena moral y religiosa?

Quien siendo gay se mete, piensa y quiere seguir la vocación sacerdotal, por ejemplo, cree que va a poder dejar al margen su sexualidad y llevar una especie de vida asexual, quedando el tema solucionado de esta manera. Lo mira como un camino de redención. El problema es que la mayoría que hacen su promesa de celibato tienen el propósito de cumplirlo, pero luego descubren que no poseen la capacidad de hacerlo. Y entran en una espiral infernal, caen repetidas veces, pero piensan que mientras lo mantengan en secreto, todo irá bien. Creo que una gran mayoría de clérigos tiene un conflicto interior, en la medida que esté oculto. No todos los sacerdotes están llamados a vivir en celibato, esto debería ser opcional.

¿Entonces la Iglesia Católica sabe quienes son los sacerdotes gay?

Muchos obispos lo saben. En el Sodalicio de Vida Cristiana también pasaba lo mismo: algunos superiores lo sabían. Pero mientras ellos permanecieran dentro del clóset, no ocurría nada.

¿Luis Fernando Figari sabía quien era o no gay dentro del Sodalicio?

Parece que sí lo sabía. Y si sospechaban que alguien lo era, lo ponían a prueba como en los casos que has leído en el libro Mitad monjes, mitad soldados, a fin de averiguarlo.

¿Tú nunca hubieras imaginado que Luis Fernando Figari fuera gay?

No. Y sin embargo hubo por ahí algún padre de familia que sí sospechó que Luis Fernando fuera homosexual. Recuerdo un comentario de mi madre que me dijo que tuviera cuidado, que se puede tratar de una secta donde hay maricones (ese era el lenguaje que se usaba por aquellos días). Yo compartía los mismos referentes.

Y felizmente que esto no te marcó de forma tal que luego con el tiempo no hayas desarrollado una empatía hacia el tema. Tú sabes que las personas que no se comunican se enferman, porque no pueden expresar lo que piensan, y eso ha sido una constante en muchas personas gay.

De hecho que sí. La iglesia le coloca el rótulo de origen desconocido, que deben ser tratados con respeto, delicadeza, deben ser integrados a la vida de la parroquia, pero condena el acto homosexual. Ahora bien, el acto homosexual es en sí mismo de carácter privado, y debería ser tratado en el confesionario.

Es como decirle a alguien: sé media persona, no completa. Y está ese morbo o fijación de la Iglesia católica con el sexo y la forma en que juzga la práctica carnal de dos hombres.

No sé por qué razones la iglesia tiene que estar indagando si alguien realiza el acto homosexual, porque eso debe tratarse en el confesionario y el sacerdote está allí para ver cómo ayuda a la persona. Por ejemplo, también se condena la práctica de la masturbación, un acto privado, porque no está abierta a la vida. Pero se tiene más tolerancia hacia este acto y no se discrimina a los masturbadores, indicando que deben recibir un trato especial con respeto, compasión y delicadeza. Yo no entiendo la marginación de los gays. No conozco ningún homosexual que haya tratado de convertir a un heterosexual en homosexual, pero si a heterosexuales que han tratado de convertir a los gays en lo que ellos llaman personas “normales”.

¿Qué crees que debe cambiar en la Iglesia católica respecto a la homosexualidad?

Creo, en primer lugar, que la moral del acto sexual no debe estar reducida al matrimonio, pues sabemos que los jóvenes practican el sexo y también algunos experimentan en la homosexualidad. Tú sabes que Klaus Mertes, jesuita alemán, en 2010 puso en el candelero el tema de los abusos sexuales en instituciones educativas católicas por primera vez en Alemania. Al final llegó a la conclusión de que dos sacerdotes del Colegio Canisio de Berlín, un colegio jesuita de élite, habían abusado de por lo menos cien alumnos. Él les escribió una carta a todos los alumnos de esa promoción para pedirles perdón por lo que pudiera haber pasado pasado. Eso fue el destape. Mertes considera, entre las causas contextuales para que haya abusos de este tipo, la estructura de poder de la Iglesia Católica y la moral sexual, que requiere ser revisada. Mertes, en uno de sus libros, cuenta como un sacerdote de su comunidad se acercó a él para decirle: «Mira, yo soy homosexual y nunca he abusado de nadie». Él lo apoyo porque hacía una buena labor pastoral, pero no otros sacerdotes de la comunidad. El problema está en que se pasa por alto todos los estudios y descubrimientos que ha hecho la psicología moderna. Entonces la imagen que genera la misma Iglesia católica es la de ser una institución retrógrada que no quiere entrar en diálogo con la ciencia. Pero hay sacerdotes que están buscando una apertura. Siempre hay algún clérigo que decide optar por la persona y no por una doctrina que perjudique a la persona.

¿Cómo crees que la Iglesia católica deberían cambiar su actitud respecto a la homosexualidad y defender finalmente los derechos humanos de personas que en miles de casos han sufrido de odio, violencia, tortura, persecución, crímenes de odio y muerte?

No sé cómo lograr estos cambios, especialmente en sociedades donde una fuerte actitud homofóbica va unida a una interpretación fundamentalista y restrictiva de la fe cristiana. En todo caso, una buena señal sería que en las diferentes diócesis se implemente un trabajo pastoral con personas homosexuales, como recomendaba ya en 1986 una carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Y el primer paso sería que los mismos obispos convoquen a homosexuales católicos que quieran participar de la vida de la Iglesia a una reunión para escuchar sus inquietudes y mostrarles que la Iglesia está con ellos. O si no quieren hacer esto ellos directamente, pueden designar a algunos sacerdotes para que lo hagan en su nombre. Eso sería algo muy hermoso, pero lamentablemente creo que todavía estamos muy lejos de ello.

SI EL CARDENAL CIPRIANI ESTUVIERA CASADO

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Si el cardenal Cipriani estuviera casado, sabría muy de cerca qué es lo quiere una mujer y si se quedaría contenta con ser únicamente un ama de casa cuya única ocupación es el hogar, como él mismo ha enseñado en varias oportunidades.

También descubriría en su propia carne la belleza del encuentro sexual entre un hombre y una mujer que se aman, y dudo que se atrevería a condenar el sexo en general como un falso dios.

Si tuviera hijos, probablemente sabría lo que es tener en su casa a alguien que es carne de la propia carne, pero que no piensa como uno mismo y aún así se le sigue amando con respeto y cariño, sin tratar de imponerle ninguna norma moral que vaya contra su conciencia.

Y si un hijo le saliera homosexual —lo cual ocurre hasta en los hogares más católicos—, tendría tal vez un corazón más abierto a la misericordia y la comprensión, en vez de juzgarlo como una anormalidad de la naturaleza.

Sería tal vez un pastor con olor a oveja antes que un predicador con cara de piedra y olor a naftalina, dispuesto a condenar con una severidad inmisercorde y ajena al amor de Jesús.

Consideraría como una bendición del cielo que actualmente haya en todo el mundo unos 90,000 sacerdotes casados (más del 20% del clero católico) y como absurda la prohibición que tienen la mayoría de ejercer su ministerio sacerdotal.

Y se solidarizaría con aquellos pocos obispos españoles que en contados casos han hecho la vista gorda y han permitido que curas casados sigan celebrando los sacramentos y atendiendo pastoralmente a la grey.

(Columna publicada en Exitosa el 23 de julio de 2016)

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El celibato clerical no es un dogma de fe, sino una disciplina que la Iglesia católica romana estableció en un tiempo y circunstancias determinados. Como tal, este asunto puede ser modificado, sin que ello signifique una merma en los contenidos de la fe cristiana.

Está sujeto a discusión si está práctica es adecuada para los tiempos actuales, y si resulta conveniente en lo personal para muchos de los sacerdotes que ejercen su ministerio en una sociedad muy diferente a la de tiempos pasados.

Así resume el ya fallecido cardenal Carlo Maria Martini los orígenes del celibato clerical en el libro-entrevista Coloquios nocturnos en Jerusalén, publicado originalmente en alemán en el año 2008:

En todas las Iglesias fuera de la católica romana los sacerdotes pueden casarse. También pueden hacerlo en la Iglesia greco-católica. La idea de que los sacerdotes no deben casarse surgió a partir del monacato. Las mujeres y los hombres viven en comunidades monásticas o bien como eremitas a fin de seguir a Jesús en su celibato. Quieren ser plenamente libres para el servicio a Dios. «Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas», como dice el credo de Israel, lo es realmente todo para algunas personas. Ellas arriesgan su vida por amor de él.

Para el celibato es importante que una comunidad brinde al sacerdote un ámbito de amor y de cobijo. El sacerdote no debe sentirse solo, aunque los tiempos más importantes de su vida son los tiempos. Pero no habría que olvidar que también la Iglesia católica romana sólo regulo jurídicamente el celibato de los sacerdotes en el concilio de Trento, en el siglo XVI, aunque la obligación del celibato existía desde el siglo XI.

Ello no implica una desestimación del celibato como tal, sobre el cual el cardenal Martini aclara lo siguiente [las negritas son mías]:

Esta forma de vida es extremadamente exigente y presupone una profunda religiosidad, una buena comunidad y personalidades fuertes, pero sobre todo la vocación a la vida célibe. Tal vez, no todos los hombres que estén llamados al sacerdocio tengan ese carisma. En nuestro caso, la Iglesia deberá desarrollar inventiva. Hoy en día se confían cada vez más comunidades a un sólo párroco, o las diócesis importan sacerdotes de culturas foráneas. Esto no puede ser una solución a largo plazo. De todos modos hay que discutir la posibilidad de ordenar a viri probati, es decir, a hombres experimentados y probados en la fe y en el trato con los demás.

En la misma línea, el Papa Francisco ha resaltado el valor del celibato como un estado de vida legítimo dentro de la Iglesia, que no es ni superior ni inferior al estado de vida matrimonial.

La virginidad es una forma de amar. Como signo, nos recuerda la premura del Reino, la urgencia de entregarse al servicio evangelizador sin reservas (cf. 1 Co 7,32), y es un reflejo de la plenitud del cielo donde «ni los hombres se casarán ni las mujer tomarán esposo» (Mt 22,30). San Pablo la recomendaba porque esperaba un pronto regreso de Jesucristo, y quería que todos se concentraran sólo en la evangelización: «El momento es apremiante» (1 Co 7,29). Sin embargo, dejaba claro que era una opinión personal o un deseo suyo (cf. 1 Co 7,6-8) y no un pedido de Cristo: «No tengo precepto del Señor» (1 Co 7,25). Al mismo tiempo, reconocía el valor de los diferentes llamados: «cada cual tiene su propio don de Dios, unos de un modo y otros de otro» (1 Co 7,7). En este sentido, san Juan Pablo II dijo que los textos bíblicos «no dan fundamento ni para sostener la “inferioridad” del matrimonio, ni la “superioridad” de la virginidad o del celibato» [Catequesis (14 abril 1982), 1: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 18 de abril de 1982, p. 3] en razón de la abstención sexual. Más que hablar de la superioridad de la virginidad en todo sentido, parece adecuado mostrar que los distintos estados de vida se complementan, de tal manera que uno puede ser más perfecto en algún sentido y otro puede serlo desde otro punto de vista. […]

La virginidad tiene el valor simbólico del amor que no necesita poseer al otro, y refleja así la libertad del Reino de los Cielos. Es una invitación a los esposos para que vivan su amor conyugal en la perspectiva del amor definitivo a Cristo, como un camino común hacia la plenitud del Reino. A su vez, el amor de los esposos tiene otros valores simbólicos: por una parte, es un peculiar reflejo de la Trinidad. La Trinidad es unidad plena, pero en la cual existe también la distinción. Además, la familia es un signo cristológico, porque manifiesta la cercanía de Dios que comparte la vida del ser humano uniéndose a él en la Encarnación, en la Cruz y en la Resurrección: cada cónyuge se hace «una sola carne» con el otro y se ofrece a sí mismo para compartirlo todo con él hasta el fin. Mientras la virginidad es un signo «escatológico» de Cristo resucitado, el matrimonio es un signo «histórico» para los que caminamos en la tierra, un signo del Cristo terreno que aceptó unirse a nosotros y se entregó hasta darnos su sangre. La virginidad y el matrimonio son, y deben ser, formas diferentes de amar, porque «el hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor» [Id., Carta enc. Redemptor hominis (4 marzo 1979), 10: AAS 71 (1979), 274]. (Papa Francisco, Exhortación apostólica Amoris laetitia, 159 y 161).

Todo esto se inserta dentro de una visión sumamente positiva de la sexualidad humana, que ha sorprendido a más de uno y escandalizado a aquellos que prefieren seguir viendo pecados en la mayoría de las expresiones sexuales del ser humano:

Dios mismo creó la sexualidad, que es un regalo maravilloso para sus creaturas. Cuando se la cultiva y se evita su descontrol, es para impedir que se produzca el «empobrecimiento de un valor auténtico» [Juan Pablo II, Catequesis (22 octubre 1980), 5: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 26 de octubre de 1980, p. 3]. San Juan Pablo II rechazó que la enseñanza de la Iglesia lleve a «una negación del valor del sexo humano», o que simplemente lo tolere «por la necesidad misma de la procreación» [Ibíd., 3]. La necesidad sexual de los esposos no es objeto de menosprecio, y «no se trata en modo alguno de poner en cuestión esa necesidad» [Id., Catequesis (24 septiembre 1980), 4: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 28 de septiembre de 1980, p. 3].

A quienes temen que en la educación de las pasiones y de la sexualidad se perjudique la espontaneidad del amor sexuado, san Juan Pablo II les respondía que el ser humano «está llamado a la plena y madura espontaneidad de las relaciones», que «es el fruto gradual del discernimiento de los impulsos del propio corazón» [Catequesis (12 noviembre 1980), 2: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 16 de noviembre de 1980, p. 3]. Es algo que se conquista, ya que todo ser humano «debe aprender con perseverancia y coherencia lo que es el significado del cuerpo». [Ibíd., 4] La sexualidad no es un recurso para gratificar o entretener, ya que es un lenguaje interpersonal donde el otro es tomado en serio, con su sagrado e inviolable valor. Así, «el corazón humano se hace partícipe, por decirlo así, de otra espontaneidad» [Ibíd., 5]. En este contexto, el erotismo aparece como manifestación específicamente humana de la sexualidad. En él se puede encontrar «el significado esponsalicio del cuerpo y la auténtica dignidad del don» [Ibíd., 1: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 16 de noviembre de 1980, p. 3]. En sus catequesis sobre la teología del cuerpo humano, enseñó que la corporeidad sexuada «es no sólo fuente de fecundidad y procreación», sino que posee «la capacidad de expresar el amor: ese amor precisamente en el que el hombre-persona se convierte en don» [Id., Catequesis (16 enero 1980), 1: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 20 de enero de 1980, p. 3]. El más sano erotismo, si bien está unido a una búsqueda de placer, supone la admiración, y por eso puede humanizar los impulsos.

Entonces, de ninguna manera podemos entender la dimensión erótica del amor como un mal permitido o como un peso a tolerar por el bien de la familia, sino como don de Dios que embellece el encuentro de los esposos. Siendo una pasión sublimada por un amor que admira la dignidad del otro, llega a ser una «plena y limpísima afirmación amorosa», que nos muestra de qué maravillas es capaz el corazón humano y así, por un momento, «se siente que la existencia humana ha sido un éxito» [Josef Pieper, Über die Liebe, Múnich 2014, 174-175]. (Papa Francisco, Exhortación apostólica Amoris laetitia, 150-152)

El Papa Francisco también señala los problemas que acarrea un celibato vivido sin amor, ante los cuales resplandece en comparación muchas veces el testimonio de amor de muchas personas casadas:

El celibato corre el peligro de ser una cómoda soledad, que da libertad para moverse con autonomía, para cambiar de lugares, de tareas y de opciones, para disponer del propio dinero, para frecuentar personas diversas según la atracción del momento. En ese caso, resplandece el testimonio de las personas casadas. Quienes han sido llamados a la virginidad pueden encontrar en algunos matrimonios un signo claro de la generosa e inquebrantable fidelidad de Dios a su Alianza, que estimule sus corazones a una disponibilidad más concreta y oblativa. Porque hay personas casadas que mantienen su fidelidad cuando su cónyuge se ha vuelto físicamente desagradable, o cuando no satisface las propias necesidades, a pesar de que muchas ofertas inviten a la infidelidad o al abandono. Una mujer puede cuidar a su esposo enfermo y allí, junto a la Cruz, vuelve a dar el «sí» de su amor hasta la muerte. En ese amor se manifiesta de un modo deslumbrante la dignidad del amante, dignidad como reflejo de la caridad, puesto que es propio de la caridad amar, más que ser amado [Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 27, a. 1]. También podemos advertir en muchas familias una capacidad de servicio oblativo y tierno ante hijos difíciles e incluso desagradecidos. Esto hace de esos padres un signo del amor libre y desinteresado de Jesús. Todo esto se convierte en una invitación a las personas célibes para que vivan su entrega por el Reino con mayor generosidad y disponibilidad. Hoy, la secularización ha desdibujado el valor de una unión para toda la vida y ha debilitado la riqueza de la entrega matrimonial, por lo cual «es preciso profundizar en los aspectos positivos del amor conyugal» [Pontificio Consejo para la Familia, Familia, matrimonio y uniones de hecho (26 julio 2000), 40]. (Papa Francisco, Exhortación apostólica Amoris laetitia, 162)

Si tanto la virginidad y el celibato como el matrimonio con una vida sexual activa pueden considerarse como formas de amar que simbolizan de distinta manera el amor de Dios hacia los hombres, ¿tiene sentido todavía que la Iglesia católica romana vincule obligatoriamente —salvo en el caso de los diáconos casados— el precepto del celibato con el estado clerical? ¿No sería más conforme con la libertad de los hijos de Dios —e incluso con lo que enseña Jesús en los Evangelios y San Pablo en sus epístolas— que se deje a la decisión de quienes aspiran al estado clerical si optan por casarse o por vivir el celibato? De este modo los sacerdotes podrían elegir como estado de vida aquél  que sea más conforme con sus características y capacidades personales, sin menoscabo de su misión pastoral.

Porque los problemas del celibato obligatorio para todos los sacerdotes saltan a la vista. En el libro La vida sexual del clero, publicado en 1995 por el periodista español Pepe Rodríguez, especialista en cuestiones religiosas, se incluyen algunas estadísticas reveladoras sobre la sexualidad del clero español. Según ellas, el 95% se masturba habitualmente y 60% mantienen relaciones sexuales. 65% tienen una orientación heterosexual mientras que 35% son homosexuales. Y lo más sorprendente es que entre aquellos que practican el sexo con otras personas, el 64% comenzó a tener relaciones entre los 40 y 55 años de edad.

Dado que no ha habido ningún cambio sustancial en la disciplina de la Iglesia desde entonces, es muy probable que las cifras actuales sean muy semejantes a las de hace veinte años. Y si bien hasta ahora no hay ningún estudio que haya demostrado fehacientemente que existe una relación entre celibato obligatorio y abusos sexuales de menores, tampoco se ha demostrado que no la haya.

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Sea como sea, podríamos concluir que para muchos sacerdotes el celibato se presenta como una carga pesada, como una fachada que oculta una vida sexual practicada en la sombra y sembrada de sentimientos de culpa y frustración. Que la Iglesia les dé la oportunidad de casarse y formar una familia a la vez que los confirme en su ministerio sacerdotal no traería consecuencias negativas ni para ellos ni para la grey que atienden, y probablemente conllevaría un enriquecimiento sustancial y palpable de su labor pastoral. Y también ayudaría a contrarrestar la crisis de vocaciones sacerdotales que sufre actualmente la Iglesia.

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FUENTES

ÚTERO.PE
Cipriani: La mujer vela por que la ropa esté limpia (14 Marzo 2014)
http://utero.pe/2014/03/14/cipriani-la-mujer-vela-por-que-la-ropa-este-limpia/

ACI Prensa
Sexo y dinero son “dioses” falsos y agresivos, alerta Cardenal Cipriani (20 Abril 2015)
https://www.aciprensa.com/noticias/sexo-y-dinero-son-dioses-falsos-y-agresivos-alerta-cardenal-cipriani-93415/

El País
La lucha de los 90.000 curas casados de la Iglesia católica (01 Noviembre 2015)
http://politica.elpais.com/politica/2015/11/01/actualidad/1446374179_827110.html

Card. Carlo Maria Martini – Georg Sporschill, Coloquios nocturnos en Jerusalén, San Pablo, Madrid 2008
https://de.scribd.com/doc/232506044/La-Vida-Sexual-Del-Clero-Pepe-Rodriguez

Pepe Rodríguez, La vida sexual del clero, Ediciones B, Barcelona 1995
https://de.scribd.com/doc/232506044/La-Vida-Sexual-Del-Clero-Pepe-Rodriguez

Sitio web de Pepe Rodríguez
Resumen de conclusiones estadísticas sobre la conducta sexual del clero católico
http://www.pepe-rodriguez.com/Sexo_clero/Sexo_clero_estadist.htm

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Quien quiera conocer la apasionante historia un sacerdote suizo que se casó y después regresó al ministerio sacerdotal en la prelatura de Ayaviri, le recomiendo mi post EL AZAROSO CAMINO DE LA FE DE OTTO BRUN.

IGLESIA Y ABUSOS: LAS ESPINAS SE CONVIERTEN EN UNA CORONA

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Fotograma de “El Evangelio según San Mateo” (Pier Paolo Pasolini, 1964)

He leído el extenso Mensaje del Superior General del Sodalicio de Vida Cristiana al iniciar el nuevo año 2016, dirigido a los integrantes del Sodalicio, con fecha del 4 de enero de 2016 (ver http://sodalicio.org/comunicados/mensaje-del-superior-general-del-sodalicio-de-vida-cristiana/), que recién ha sido publicada en la página web del Sodalicio el 15 de enero, aparentemente como reacción a la entrevista a Pedro Salinas publicada ese mismo día en el diario El Comercio (ver http://elcomercio.pe/lima/ciudad/pedro-salinas-si-figari-habla-cae-cupula-sodalicio-noticia-1871281).

Pletórico en reflexiones espirituales que son muy bonitas al oído, este escrito no termina de traducirse en medidas concretas para superar el escándalo ocasionado por los abusos. Aunque se señale que Luis Fernando Figari ya no puede ser considerado un referente espiritual —lo cual encuentro positivo en la medida en que es un reconocimiento implícito de su culpabilidad—, el lenguaje y estilo de la carta es plenamente figariano, como si las palabras hubieran salido de la mismísima pluma del fundador.

Por otra parte, a las víctimas de abusos casi ni se las menciona. La única vez que aparece la palabra “víctimas” en la carta es en un párrafo que llama la atención por su vaguedad y falta de precisión. Lo transcribo a continuación:

«Hemos dejado que la soberbia y la arrogancia nos hagan ciegos a nuestros errores, sordos a las correcciones fraternas y a los reclamos legítimos de quienes hemos ofendido o dañado; permeables a la absurda idea de creernos “mejores” o “especiales”, y eso nos ha llevado a no pocas faltas de caridad.

Por eso, antes que nada, debemos dirigir nuestro pedido de perdón a todas las personas que han sufrido por causa de nuestras faltas y pecados, a las víctimas de nuestras incoherencias con el Evangelio y con nuestro llamado sodálite, a todos los que han sido afectados directa o indirectamente por nuestras faltas de testimonio. Tenemos que asumir en justicia el deber de reparar el daño que han sufrido.»

¿Cómo se puede designar a quienes han sufrido abusos de gravedad en el Sodalicio meramente como “víctimas de nuestras incoherencias con el Evangelio y con nuestro llamado sodálite”? Yo también soy católico creyente y como tal busco seguir a Jesús, y aunque también tengo “faltas y pecados”, “incoherencias con el Evangelio”, “faltas de testimonio”, “faltas de caridad”, ninguna de estas cosas me han llevado a abusar física, psicológica y sexualmente de otras personas y a convertirlas en víctimas. Más bien, cuando era sodálite y vivía en comunidad, apliqué técnicas de manipulación psicológica con personas que estaban a mi cargo en algunos grupos que dirigía e incluso sometí a algunas de esas personas a ruedas de preguntas por parte de miembros del grupo a fin de irrumpir en la intimidad de sus conciencias. Haciendo precisamente lo que se me había enseñado que debía hacer un sódálite: sacar a la luz debilidades y fallos personales a fin de “sacarle la mierda” al afectado y hacer que se sienta un miserable pecador. A mí también me hicieron lo mismo en numerosas ocasiones.

El problema que atraviesa el Sodalicio es más profundo que una simple cuestión de vida espiritual. Se puede revisar, reconciliar y renovar todo lo que se quiera las actitudes de los sodálites, pero mientras no se haga bajo nuevos criterios y cuestionando en su totalidad la misma estructura que ha influido sobre las personas y las ha convertido en avatares de un estilo de vida que uniforma las personalidades y restringe la libertad —como si estuvieran todos cortados con el mismo molde—, entonces más que de “renovar” se debería hablar propiamente de “reencauchar” un neumático que en el fondo sigue averiado y propenso a romperse. Y a romper y averiar, de paso, las vidas de otros.

Todo esto lo digo sólo a manera de introducción a una interesante y profunda reflexión sobre el tema de los abusos y la Iglesia escrita por el jesuita alemán Klaus Mertes —quien con su carta del 20 de enero de 2010 a ex alumnos del Colegio Canisio de Berlín sobre abusos sexuales cometidos en la institución desató una ola de destapes de casos similares en toda Alemania—. El escrito en cuestión, publicado el 4 de abril de 2010 en Der Tagesspiegel, debería ser materia de meditación no sólo para Alessandro Moroni, sino también para todos los sodálites con grados de responsabilidad que están manejando el asunto de los abusos en el Sodalicio —y que lo están manejando mal, pues hasta ahora no dan signos de que hayan logrado ponerse en los zapatos de las víctimas y comprender todo aquello por lo que han tenido que pasar quienes son ante todo seres humanos de carne y hueso—.

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LAS ESPINAS SE CONVIERTEN EN UNA CORONA
por el P. Klaus Mertes SJ

La víctima es más poderosa que los poderosos: lo que la Iglesia puede aprender de los casos de abusos

Yo no me hallo aún en situación de poder hablar desde una posición de observador sobre la avalancha que desató mi carta del 20 de enero a las promociones afectadas del Colegio Canisio de los años ’70 y ’80. Yo todavía ni siquiera estoy en situación de poder medir qué tan grande es la avalancha que en estos días cae sobre la Iglesia, sobre escuelas, asociaciones y familias, sobre Alemania, Holanda, Europa. Sin embargo, en estos días y semanas de Pascua me impresiona la fuerza que tiene la palabra de las víctimas. Ha hecho que se desate una avalancha y la mantiene en movimiento. Todos los intentos de los interpelados por sustraerse al ímpetu de la avalancha se muestran inútiles. Al contrario, fortalecen la avalancha.

1. El abuso de poder y la violencia sexual sacuden los fundamentos de la Iglesia y de la sociedad. Ponen en peligro la capacidad de confiar. Sin confianza una sociedad no puede subsistir. El control es ciertamente bueno, pero la confianza es mejor. Esto se hace evidente precisamente en las relaciones en las cuales en principio la confianza nunca puede ser sustituida por el control: en las relaciones asimétricas entre padres e hijos, maestros y alumnos, médicos y pacientes, almas y guías espirituales. Quienes están bajo custodia en estas relaciones dan—más inconsciente que conscientemente— un anticipo de confianza. Precisamente debido a eso se hallan particularmente indefensos a la merced de otro. Por aquello que son dependen ineludiblemente de la protección y cuidado que se les brinde. Es bueno que en las últimas décadas se haya hecho públicamente visible cuando hay violencia en estas relaciones asimétricas íntimas y que eso sea considerado delito. Pero si sólo se refuerzan las instancias de control, todavía no se ha hecho todo lo que es necesario. Pues también los controladores presuponen que se confíe en ellos. Y precisamente la confianza es lo que se destruye cuando se abusa del poder. El control tampoco funciona si la confianza está destruida. Ninguna oficina de protección de menores puede reemplazar a la madre, ningún policía al maestro. Toda sociedad depende de las relaciones centrales de la vida: padres-hijo, maestro-escuela, alma-guía espiritual. Aquí se ponen las bases para poder dar y recibir confianza a lo largo de toda la vida.

2. ¿Qué pasa cuando esta confianza es destruida por el abuso y violencia de los padres, maestros o sacerdotes? En la piedad cristiana existe el ejercicio de la “contemplación del Crucificado”. Se trata de empatizar con el dolor del Crucificado. Lo mismo sucede en los cantos de la Reforma sobre la Pasión: la comunidad canta “Oh cabeza llena de sangre y heridas” contemplando el sufrimiento de Cristo. Quien quiera aproximarse al tema del abuso debe antes que nada aproximarse al sufrimiento de las víctimas con actitud contemplativa. ¿Qué significa cuando yo como niño estando bajo custodia soy objeto de abuso de parte de la persona en quien confío del modo más primigenio y espontáneo? ¿Qué significa esto no sólo en el momento del abuso, sino para el resto de mi vida? ¿Para mi capacidad de confiar? ¿Para mi relación con la escuela, la Iglesia, la familia, cuyo representante fue el abusador?

Los afectados por abusos son “víctimas”. Son objetos indefensos de violencia. La crucifixión es una imagen plástica de esto. Un hombre en la cruz está completamente a merced de la violencia, no sólo físicamente, sino también espiritualmente. El grito del Crucificado “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” expresa el sentimiento de soledad y desamparo de la víctima. Pues eso también forma parte de la experiencia de las víctimas: la soledad. La experiencia de abuso es inexpresable, incluso ante mí mismo. Precisamente porque ocurre en una relación de confianza, me arroja en la inseguridad de si aquello que he vivido es realmente violencia, o si se trata de algo “normal”, como pretende el perpetrador.

A la soledad conduce la experiencia de víctima también debido a que nadie quiere escuchar la historia de la víctima o ni siquiera creer en ella. Aquí surge el segundo aspecto del ser víctima: las víctimas son “sacrificio”. Dado que la historia de la víctima pone en peligro el matrimonio de los padres, la reputación de la institución, la paz de la comunidad, no hay ningún interés en abrirse al relato de la víctima. La víctima vive peligrosamente, porque con su experiencia pone en peligro el sistema en el cual vive. De este modo, debe ser “sacrificada”, obligada a guardar silencio. “Nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca,” dice Caifás en el Evangelio de Juan para justificar la sentencia de muerte de Jesús. Justamente esta lógica banal sacrifica a los afectados por abusos sobre el altar de la institución, del sistema familiar, de la buena fama de la escuela. En esta lógica la víctima aparece insignificantemente pequeña y la institución, gigantesca. Y de este modo la víctima se convierte en sacrificio.

El sacrificio es la continuación del abuso. La violencia contra quienes están bajo custodia, precisamente en su forma particularmente grave de violencia sexual, se vuelve violencia estructural en el momento en que quienes forman parte del sistema cierran los oídos a la voz de la víctima. Que esto ha sucedido en varias lugares se hizo evidente de modo aterrador en los dos últimos turbulentos meses. Mirar solamente a los abusadores en sentido estricto es insuficiente para comprender el abuso.

3. ¿Es un cumplido del buen Dios a la Iglesia que sean justamente instituciones eclesiásticas aquellas en las que se hayan destapado abusos en primer lugar? En la fe cristiana la víctima se halla en todo caso —gracias a la mirada hacia el Crucificado— en el centro. Los acontecimientos y las faltas, de manera más que evidente, le señalan esto a la Iglesia. Ya el comportamiento de los apóstoles hacia el Crucificado fue vergonzoso. El evitar a la víctima incluso dentro de la Iglesia no es nada nuevo. Pero también hay el cambio de mirada, del cual nos da noticia la Pascua. Los apóstoles comprenden que también ellos han fallado. Pero justamente ese amargo conocimiento de sí mismo va unido a un cambio fundamental de pensamiento, la “metanoia”, a la cual convocó Cristo al inicio de su prédica. Por una parte, allí está la comprensión de que la víctima no es culpable. Ni es culpable de haberse convertido en víctima, como tampoco es culpable — con lo que tiene que decir— de poner en peligro a la institución, al pueblo, a la familia. La víctima no tiene que avergonzarse, sino más bien aquellos que la han convertido en tal.

Al respecto, no se trata de ninguna manera de una mera identificación de las víctimas de abusos con Cristo. El poder de las víctimas se deriva de aquello que tienen que relatar, de sus experiencias, no de su propia voluntad de poder. Igualmente Cristo no tiene que querer ser poderoso para ser poderoso. Él lo es por lo que es y ha experimentado. Ni siquiera tiene que sentirse poderoso. Al contrario, si quiere hacer uso de su poder para dominar, para gozar de este poder, para imponer a otros su voluntad, entonces él mismo es un abusador. Del mismo modo una víctima también puede convertirse en perpetrador. Un Dios que no abusa es en todo caso un Dios que no se mueve por la voluntad de poder, sino cuyo poder está al servicio de la libertad.

4. La impotencia extrema y el poder extremo se juntan en la víctima. Esto se puede comprender también desde dentro, desde la perspectiva de las víctimas. Las víctimas de abusos se resisten a ser vistas únicamente como víctimas. En el momento del abuso, en efecto, han sido degradadas a mero objeto de violencia sádica, sexual y de otros tipos. Pero el mismo día del abuso se inicia una lucha por la propia dignidad, una lucha por sobrevivir. En ella la víctima se convierte en luchador, en luchadora, en sujeto. Puede tardar décadas hasta que la víctima finalmente diga: He sobrevivido al abuso. Con la supervivencia la víctima ha alcanzado de nuevo el estatus de sujeto, una libertad que es más fuerte que la libertad nunca amenazada de los ilesos —porque es una libertad por la que se ha luchado— . El sobreviviente — se podría decir también: el resucitado— puede expresar lo inexpresable. Tiene la fuerza de imponerse al silencio, contra los poderosos intereses que están detrás; contra los intentos de acallarlo, de sumergirlo en la lógica del encubrimiento, en el miedo al acoso y a la violencia.

Bíblicamente hay dos conceptos para expresar el acontecimiento de Pascua: “Cristo ha sido despertado de entre los muertos” y “Cristo se ha levantado de entre los muertos”. La primera formulación acentúa la acción de Dios sobre Cristo, la segunda formulación en cambio la propia acción de Cristo. Las formulaciones no se oponen la una a la otra. Pero sin embargo en estos días en que la tempestad del esclarecimiento y el destape recorre Alemania y la Iglesia, la segunda formulación parece ser particularmente útil para lograr una perspectiva que vaya más allá de la tempestad. La Iglesia encuentra al resucitado en las víctimas, cuando reconoce y honra no solamente a las víctimas, sino también a los luchadores, las luchadoras, los sujetos. Los afectados por abusos ya no son “meramente” aquellos que estaban bajo custodia cuando fueron objeto de abuso y fueron rechazados. Ellos tienen algo que decir, que va más allá de su mera historia de víctimas. Han tenido experiencias con la Iglesia, con la jerarquía, con la pedagogía ignaciana, con la pedagogía reformista y con otras pedagogías en su lucha por sobrevivir, de la cual se puede aprender algo. La teología de la liberación acuñó una vez la expresión de la “escuela de los pobres”, de la cual la Iglesia podría aprender. El diálogo con los “resucitados” es una oportunidad de aprender para la Iglesia, para la pedagogía de escuelas e internados, para el derecho y la política.

5. Quien se halla en medio de la niebla, debe conducir despacio y con atención. Pero esto no debería constituir una situación duradera. A la Pascua va unida una esperanza, que sobrepasa lo ahora expresable. La vida es vivida hacia adelante y entendida hacia atrás. En la avalancha no se tiene que entender aún el sentido del todo por completo, pero éste se irá mostrando, pieza a pieza, y quizás todo de improviso.

Al dicho citado de Caifás el Evangelista le añade un comentario: “Esto no lo dijo por sí mismo, sino que como era el sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús había de morir por la nación.” De este modo el sacerdote sacrificador del culto institucional y del cálculo de poder es burlado por Dios, por lo que pasa al final. Dios hace de él un muñeco, que danza a su melodía: “Yo uso tu poder, para mostrar mi poder”.

Cómo sucede esto, es algo que se puede leer en la historia de Jesús. Jesús es sacrificado por Caifás, pero Dios hace de este sacrificio su sacrificio, su don a la humanidad. La violencia contra la víctima se convierte en testigo de la verdad; mientras más griten “fuera, fuera con él”, más se coloca la víctima en el centro, en el monte, en el trono. La angustia de Jesús se convierte en el lugar de la total confianza de Jesús. Las espinas se convierten en una corona. El escarnio, en devoción. De los elementos de la avalancha atronadora surge una casa habitable: una Iglesia que no tiene miedo por sí misma; escuelas en las cuales importe realmente la dignidad de los alumnos; hospitales en los cuales importen las necesidades de los pacientes: familias en las cuales se logre la confianza en libertad.

(Traducción al español: Martin Scheuch)

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TEXTO ORIGINAL

Der Tagesspiegel
Missbrauch und Kirche: Aus den Dornen wird eine Krone (04.04.2010)
http://www.tagesspiegel.de/meinung/kommentare/missbrauch-und-kirche-aus-den-dornen-wird-eine-krone/1782700.html

LA INSTITUCIÓN Y LAS VÍCTIMAS

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P. Klaus Mertes SJ, ex rector del Colegio Canisio de Berlín

El P. Klaus Mertes SJ (nacido en Bonn en 1954), siendo todavía rector del Colegio Canisio de Berlín, envió una carta fechada el 20 de enero de 2010 a unos 600 ex alumnos, revelando que había habido casos de abusos sexuales en la institución en las décadas de los ’70 y los ’80 por parte de dos sacerdotes jesuitas, que posteriormente colgaron los hábitos. En la misiva, el P. Mertes les pedía perdón a aquellos que pudieran haber sido víctimas de tales abusos. Con este valiente escrito desencadenó una avalancha de revelaciones de casos de abusos en la Iglesia católica alemana y en otras instituciones que trabajan con niños y jóvenes, lo cual le valió ser galardonado en el año 2011 con el Premio Ciudadano Gustav Heinemann, que otorga el Partido Socialdemócrata de Alemania a personas que destacan por su coraje civil.

Desde entonces ha concedido entrevistas a diversos medios y ha publicado artículos donde reflexiona sobre el problema de los abusos sexuales en la Iglesia católica. La siguiente ponencia resulta de interés para todo aquel que haya seguido el caso del Sodalicio de Vida Cristiana, pues de alguna manera explica cómo reaccionan las instituciones ante los testimonios de las víctimas y da algunas pautas y principios para afrontar el problema desde una perspectiva eclesial y cristiana.

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DECLARACIÓN EN EL CONGRESO ECLESIAL ECUMÉNICO EN MÚNICH, 14/05/2010
por el P. Klaus Mertes SJ

1. Víctimas e institución

Forman parte del abuso dos aspectos: el hecho del abuso en sentido estricto así como la reacción desmesurada de la institución en la que ocurre el abuso. Este segundo aspecto les duele aún hoy a muchas víctimas, con frecuencia mucho más que el primer aspecto del abuso. Los afectados, efectivamente, se comunican con la institución (en mi caso, el Colegio Canisio), no con los perpetradores. Muchos ya no quieren tener nada que ver con los perpetradores reales. Pero quieren esclarecer su relación con la institución, quizás reconciliarse.

Ante esta situación la institución interpelada debe tomar la decisión fundamental de cómo quiere encarar a las víctimas. Las víctimas quieren hablar con los representantes de la institución en la cual fueron sometidas a abusos. De modo que salgo a hacerles frente en cuanto tal. Yo, en mi condición de jesuita, de sacerdote y de rector de la escuela, pertenezco a la institución y no me distancio de la institución, precisamente mucho menos en mi encuentro con las víctimas. No les haría ningún servicio a las víctimas si yo me solidarizara con ellas en contra de la institución. Las víctimas necesitan de alguien que les confirme lo siguiente: Sí, vosotras estáis donde mí en la dirección correcta, para narrar vuestras historias, mostrar vuestro enojo, denunciar y poner exigencias.

Todos los intentos de la institución por su parte de presentarse como víctima de los perpetradores o incluso como víctima de las declaraciones de las víctimas yerran el blanco. En cierto modo estas reinterpretaciones del propio punto de partida son una continuación del abuso. Asumir la perspectiva de las víctimas significa para sí mismo como representantes de la institución lo siguiente: nosotros no somos las víctimas, sino que las víctimas son las víctimas.

2. Víctimas en conflicto con la institución

En el simposio de los jesuitas en Semana Santa hemos hablado unos con otros sobre lo que significa como Iglesia o como orden en concreto asumir la perspectiva de las víctimas. O dicho de otro modo, darle prioridad a la perspectiva de las víctimas sobre los intereses de imagen de la institución. La prioridad de la perspectiva de las víctimas es algo que se desprende claramente del Evangelio. Pero es muy difícil asumir realmente esta perspectiva. Un hermano informaba en su grupo de conversación de lo difícil que le resultó descubrir que, contra toda retórica, estaba de facto tan fuertemente cautivo de la perspectiva de la institución, que requirió de semanas para comprender lo que significaba el cambio hacia la perspectiva de las víctimas.

Un proceso particularmente difícil para nosotros jesuitas fue confrontarnos con la carta abierta de un grupo de víctimas dirigida a nosotros. El tono era duro, agresivo, acusatorio, exigente y, según nos pareció a muchos, injusto con nosotros. Es fácil permanecer en la perspectiva de las víctimas mientras las víctimas sean meramente pasivas. Pero las víctimas son más que sólo víctimas. Tienen una historia de supervivencia tras de sí, una lucha por sobrevivir, o siguen luchando aún, décadas después del abuso. El asumir la perspectiva de las víctimas no puede ir condicionado a que las víctimas sean amables y amistosas y le ahorren conflictos a la institución.

De ninguna manera se trata en la perspectiva de las víctimas de una especie romanticismo, con una visión idealizada de las víctimas. También esto corresponde al sentido del Evangelio: los pobres no son simplemente los buenos, los inocentes amables. No obstante y precisamente con su actitud espinosa, tienen algo que decirle a la institución. La promesa del Evangelio, tal como como yo la entiendo, es así: lo que Dios quiere de mí o de nosotros como Iglesia, lo hallamos en el encuentro con las víctimas. Eso no quiere decir que las víctimas siempre tengan la razón. Pero una Iglesia que cierra sus oídos a las víctimas, o que las escucha para ayudarlas de arriba para abajo, no hallará lo que el Espíritu tiene que decirle ahora y hoy.

3. Abuso y sexualidad

Algunos alumnos del Colegio Canisio escribieron en 1981 a las autoridades entonces accesibles para ellos: “El ámbito de la pedagogía sexual se halla bajo la única responsabilidad del guía espiritual. Un intercambio razonable no tiene lugar. No hay una persona femenina de referencia para muchachas adolescentes. La sexualidad es declarada tabú, y se intenta guiar e influenciar la sexualidad con prohibiciones. Nos remitimos más en concreto al problema tampoco resuelto en la doctrina católica de los jóvenes homosexuales, que se ven sometidos a cargas pesadas y son muchas veces abandonados con sus problemas y tiene que enterarse de que tienen opiniones sobre la sexualidad que van contra las buenas costumbres y son antinaturales”. Sabemos hoy que quienes aquí hablan fueron víctimas. La pregunta que me atormenta es la siguiente: ¿Que nos ha impedido escuchar tales quejas y preguntar qué experiencias concretas se hallan detrás? ¿Y qué nos impide hoy escuchar cuando las víctimas hablan de nuestra pedagogía y pastoral? ¿Nos bloquea de tal manera la idea de que podría haber ciertamente víctimas de nuestra pastoral, que no escuchamos más?

Quisiera mencionar un aspecto: no poder escuchar y no poder hablar van juntos. Quien no puede hablar, tampoco puede escuchar. Por supuesto que quien quiere escuchar, también debe poder callar. Aquí no nos referimos al silencio oyente. Más bien me refiero a ese quedarse sin palabras que tiene que ver con ocultamiento, con callar temeroso. El quedarse sin palabras es el precio del silencio. Esto también es válido para las instituciones. Me parece que aquí se halla una pregunta importante: ¿Hay temas para los cuales nosotros como Iglesia no tenemos palabras? ¿Nos quedamos sin palabras porque la verdad que hay que enunciar es demasiado amarga, demasiado desagradable? ¿Nos quedamos sin palabras hasta el punto de que debemos hacer callar a las víctimas cuando hablan?

Las víctimas debieron confrontarse durante años con temas sobre los cuales no habían sido escuchadas, y tampoco lo fueron posteriormente, pero sobre los cuales se les había enseñado mucho y aún hoy se les enseña: obsesiones pedagógico-sexuales, cuyos frutos son sentimientos de culpa en el manejo de la propia sexualidad, sentimientos de culpa respecto a la propia homosexualidad, respecto a la masturbación iniciada por el perpetrador; pero también una relación infantil hacia las autoridades, miedo hacia los propios pensamientos y dudas que sean divergentes, y muchas otras cosas más. Para las víctimas estas experiencias forman parte del sabor católico del abuso. Esto debe ser tomado en serio. Aquí no se puede decir sencillamente que todo se debe a malentendidos. Si tomamos espiritualmente en serio que la Iglesia pude aprender algo del encuentro con las víctimas, entonces se presenta para la Iglesia y su Magisterio la oportunidad de aprender.

4. Poder espiritual y abuso

Con la ordenación se da un poder espiritual, que el Papa Benedicto ha desarrollado en este Año del Sacerdote tomando como ejemplo al Cura de Ars. Hay un poder sacerdotal particular en razón de la ordenación. Yo creo que pertenece a la esencia de la Iglesia.

Las víctimas de las cuales hablamos se vuelven víctimas dentro del marco de una desviación del poder; el niño es objeto de abuso por los padres; el alumno es objeto de abuso por el maestro; el paciente, por el médico. Todo esto ocurre en una relación de confianza que la víctima no puede eludir. En el caso del sacerdote se añade el abuso del poder espiritual. También la relación con la función espiritual es ineludible para aquellos que quieren encontrar a Cristo en la Eucaristía, en la absolución, pero también como Pastor y Maestro. Cuando aquel que actúa in persona Christi abusa, entonces el acceso a Cristo, a la fe en Cristo, queda dañado, si no destruido. Se trata de un hecho abominable.

La pregunta por el poder espiritual en la Iglesia y sus estructuras es una pregunta de interés eclesial general. Relacionado con el clero: ¿Qué significa el poder para nosotros clérigos? ¿Reflejamos que lo tenemos adecuadamente? ¿Que significa para nosotros el poder respecto a nuestras necesidades de relación y reconocimiento? ¿Dónde podemos compartirlo más? ¿Dónde podemos ser acogedores en la Iglesia? ¿Cómo nos comunicamos con los que no son clérigos? ¿Cómo enfrentamos el clericalismo, que por cierto no es sólo una característica de los clérigos?

La pregunta por el poder no es sólo una pregunta de la vida espiritual personal. El sentido de institución pertenece, en mi opinión, a lo católico. Precisamente por eso plantear la pregunta sobre las estructuras de poder en la Iglesia católica es plenamente católico. El abuso de poder debe ser prevenido también estructuralmente. Con gran preocupación busco que se disuelva la distinción de función y persona no sólo en la Iglesia católica, pero también en ella. Donde la crítica se considere delito de lesa majestad y una palabra abierta cuente como enlodamiento de la propia casa, allí huelo la predisposición al abuso de poder.

(Traducción al español: Martin Scheuch)

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TEXTO ORIGINAL

„Statement auf dem ÖKT in München“ (14. Mai 2010; PDF; 15 kB)
http://www.muenster.de/~angergun/klaus-mertes.pdf