SODALICIO: DE VÍCTIMA A VICTIMARIO

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Alberto Gazzo Baca

Cuando en diciembre de 1981 mi madre me dejó entre lágrimas en la comunidad sodálite Nuestra Señora del Pilar (Barranco), entré a formar parte de un grupo heterogéneo entre los cuales se contaban miembros de la generación fundacional del Sodalicio: José Antonio Eguren —el superior de la casa—, José Ambrozic, Virgilio Levaggi,  y Alberto ‘Beto’ Gazzo, encargado de formar a los tres “novicios”: Alfredo Draxl, Eduardo Field y yo.

Beto, que sufría de cojera debido a una poliomelitis contraída de niño, fue objeto de burlas crueles en el Sodalicio. Burlas que estaban avaladas desde lo más altos niveles, pues según Figari había que ayudarlo así a superar su complejo de inferioridad.

El primer día, durante la cena, Field —quien había estado leyendo un libro de espiritualidad escrito por el jesuita Alonso Rodríguez en el siglo XVI— comentó lo recios que eran los jesuitas de antaño. «Recios, ¿no?», le replicó Gazzo. «Para que veas lo que es ser recio, tú y Alfredo van a comer ahora en el piso». Yo me libré del castigo gratuito, pero no de algunas humillaciones posteriores que Beto infligió a los tres.

Pedro Salinas recuerda que fue su formador en San Bartolo, y que era implacable en sus métodos. Entregaba cartas abiertas de familiares y leía sin avisar las reflexiones de los cuadernos privados que se usaban para la meditación. A Pedro, una noche mientras dormía, le bañó la cabeza con agua oxigenada para ridiculizarlo, pues amaneció con el pelo de color naranja.

¿Cuándo terminará este círculo vicioso iniciado por Figari, donde personas como Gazzo y Draxl pasarían de ser víctimas a ser crueles victimarios?

(Columna publicada en Exitosa el 10 de septiembre de 2016)

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Beto Gazzo también fue formador de sodálites “novicios” en San Bartolo en el año 1985, antes de ser enviado a Brasil. Pedro Salinas, quien estuvo en esa época en la comunidad sodálite Nuestra Señora de Guadalupe mientras yo vivía en la comunidad Nuestra Señora del Rosario, también sufrió el ensañamiento de los “métodos de formación” que, con un cierto regusto sádico, aplicaba Beto a sus discípulos. En su novela Mateo Diez, lo transforma en el personaje de Roberto Univazo, y recuerda varias anécdotas que yo mismo puedo confirmar que sucedieron realmente, aunque los detalles tengan bastante aderezo literario. He aquí algunos textos seleccionados de la novela.

Quien apareció al rato en la casa fue Roberto Univazo. Beto era el asesor espiritual de los dos centros de formación. Vivía en El Rosario. Era diácono y en poco tiempo iba a hacerse sacerdote. Iba a convertirse en el tercer cura del movimiento, después de Julio Bertie, quien fue el primero en ordenarse y en lograr una figura especial para mantenerse dedicado a tiempo completo a la Milicia. Como la Milicia de María no era una orden ni una congregación religiosa, sus clérigos eran diocesanos y dependían del obispo. Bertie, quien además de tener buenos contactos en el empresariado nacional, también los tenía en la cúpula eclesiástica peruana, consiguió independencia de acción para abocarse a las necesidades materiales y espirituales del movimiento. Bertie era lo más cercano a la figura de un empresario con sotana. Descendiente de una distinguida familia de empresarios mineros, su energía e indiscutible carisma lo convertían en un poderoso motor para empujar todos y cada uno de los proyectos apostólicos de la Milicia. El segundo en vestirse de negro con su televisor al cuello fue José María Eguiguren, un gordo con look obispable, y con una voz de barítono que estremecía y podía quebrar vidrios.

El mismísimo Juan Pablo II iba a ungir como sacerdote a Beto, junto a veinte diáconos más, en su primera visita al Perú. Univazo era conocido al interior del movimiento como “el apóstol de los niños”. Como profesor de Religión del Markham, el colegio más pituco de Lima, Beto tenía buena llegada con los chiquillos, a quienes llevaba a los denominados DINA, que eran campamentos-retiro concebidos para niños. Se llamaban DINA porque las las siglas significaban “Dios y la Naturaleza”. Beto también gozaba de simpatía dentro del movimiento. A muchos les encantaban sus bromas y era un gran narrador de cuentos. Pero a mí nunca me inspiró confianza. Siempre me pareció fingido y disforzado.

Por alguna razón nunca hubo química entre Beto y yo. Me quedaba claro que tenía instinto apostólico y don de gentes, sobre todo con los púberes, pero sus reflexiones me parecían las de un imbécil. No hay nada peor que un estólido que se cree inteligente. “De repente por eso quiere ser cura; si estudia para otra cosa, el cerebro no le da”, pensé.

Sin embargo, mi sentimiento hacia Beto no llegaba al encono. Por lo menos no al principio. Al contrario, a veces me inspiraba lástima y conmiseración por su condición de minusválido. Beto tuvo polio de pequeño y la enfermedad le afectó la pierna derecha. Cuando caminaba parecía que esquivaba losetas, porque hacía un extraño efecto con el empeine. En el Markham le pusieron, además de Pata con Truco, el apelativo de Matute, por el policía que aparecía en Don Gato y su Pandilla, quien solía dar vueltas y vueltas al garrote cuando hacía sus rondas por el vecindario. Los despiadados markhamians decían que la pierna de Beto se asemejaba a la vara de Matute.

[…]

Roberto Univazo ya era cura. Se había convertido en el tercer clérigo mílite. Beto, además, había sido ordenado por el mismo Papa. “Por vosotros, Cristo se ha consagrado a sí mismo, para que también vosotros seáis consagrados en la Verdad. ¡Permaneced fieles a Él!”, le dijo Juan Pablo II a Beto y los otros veinte diáconos que se ordenaron en el hipódromo de Monterrico.

Su primera misa la realizó al día siguiente en la vetusta iglesia de San Bartolo con las dos comunidades. Fue una ceremonia privada. Sólo para nosotros. La idea era, además, corregirle todos sus defectos como sacerdote, antes de celebrar la eucaristía del domingo con la gente del pueblo. Los errores saltaron a la vista desde el inicio, pero descollaron al momento de la homilía. Beto era un pésimo orador. Era un extraordinario narrador de cuentos para niños, pero era malísimo dando el sermón desde el púlpito. No convencía. Hablaba como para un público adolescente, estaba lleno de muletillas y seseaba. “Este de cura de parroquia no pasa. Y si la parroquia queda en Huancasancos, mejor”, pensé.

[…]

A la hora del desayuno Santiago me miró y se echó a reír. Lo mismo hizo Santiago. Hasta Massieu. El padre Beto se carcajeó y con una inflexión malévola me preguntó:

—¿Ya te viste en el espejo, Mateín?

—¿Qué pasa? —pregunté, confundido.

—Anda, mírate —me dijo el padre Beto, quien disfrutaba más que nadie de la situación.

Fui al baño y me di con la desagradable sorpresa de que el pelo lo tenía color naranja, como cucaracha de grifo. Era denigrante ver mi reflejo. Recién entendí de dónde provenía el olor extraño que percibí en la mañana. Era agua oxigenada que alguien había derramado en mi cabeza mientras dormía. Y ese “alguien”, no cabían dudas, había sido Beto Univazo.

—Ese color te queda bien —me dijo Beto, quien salpicaba saliva cuando hablaba, y un par de idiotas se rieron del chiste.

—Muy gracioso —respondí sin inmutarme.

—Puedes ir a la peluquería más tarde —me dijo René.

—Gracias —respondí escuetamente y no comenté nada más durante el desayuno.

[…]

Luego de que se fue José Hernando, quien se despidió entre rudos apretones de manos, […] nos tocaba limpiar la casa. A mí se me había asignado barrer la terraza, el patio y las escaleras de El Rosario. Lo más trabajoso era la limpieza de la terraza, porque ello suponía pasarle trapo, lija y cera, para que quede brillante. Cuando terminé, luego de un par de horas, satisfecho por la pulcritud de mi labor, me encaminé al depósito a guardar todos los implementos de limpieza, pero Beto Univazo me interceptó.

—¿A dónde crees que vas? —me arrostró.

—A guardar todo esto —le dije, mostrándole la escoba, el trapeador, las bolsas de cera y las lijas.

—Pero todavía te falta la terraza, ¿no?—me dijo con un airecillo que no me gustó nada.

—Si vas a la terraza y miras el piso, te aseguro que te vas a sentir como que estuvieses parado encima de un espejo —dije.

—No lo creo —me dijo Univazo—. Anda a verla.

Obediente, salí a ver la terraza. Alguien había echado sobre ella el contenido de los tachos de basura de la casa, incluyendo un pedazo de estiércol fresco, que parecía de perro.

—¿Quién mierda ha hecho esto? —pregunté, ofuscado, contemplando la destrucción de mi obra.

—Nadie. Simplemente, límpialo —me dijo, con acento autoritario.

—¿Sabés qué, Beto? Si quieres que la terraza se vea limpia como la dejé, aquí tienes —le dije, y tiré a sus pies deformes la escoba, el trapeador y el resto de utensilios de limpieza.

—¡¿Qué cosa?! —exclamó Univazo, el sacerdote ordenado por Juan Pablo II, anonadado, con su seseo insoportable.

—Lo que oíste. Chau —le dije, y me dirigí hacia mi habitación.

—¡Mateo, ven inmediatamente! ¡No sabes lo que estás haciendo!

—Sé perfectamente lo que estoy haciendo —respondí, harto del abuso y de las vejaciones.

—¡Mateo! —gritaba Univazo desesperadamente.

Reaparecí a los tres minutos, cambiado con ropa de baño.

—Me voy a meter un chapuzón y vuelvo —le informé a Roberto Univazo.

—¡Lo que has hecho es gravísimo, Mateo! ¡Has desobedecido una orden! ¡Se te puede expulsar por ello!

—Hazlo —le dije, retador, a Beto.

—No voy a olvidar esto —me dijo.

— Yo tampoco —le respondí.

—Te voy a hacer la vida imposible —amenazó.

—Hace rato que me estás haciendo la vida imposible —le respondí, contenido.

Un vez en el muelle, me lancé contra las olas y sentí quebrarme como una copa se estrella contra la apred. Pensé en lo ue había hecho. Curiosamente, no me arepentí. Estaba harto de los vejámenes de Roberto Univazo. Una a una empecé a recordar todas las arremetidas contra mí, que no eran pocas, y nunca vi que las hiciera con otras personas. Yo las acepté todas porque la voz del superior era la voz de Dios. “Pero Dios no podía hablar a través de alguien tan cruel como Beto Univazo”, me dije.

Recordé todas las veces cuando, al acostarme, descubrí que me había hecho “cama chica”. Recordé aquella oportunidad cuando, al levantarme, descubrí que me había pintado con esmalte la uñas de los pies. Recordé aquella otra cuando, también al levantame, me encontré untado con crema de afeitar en todo el cuerpo. Recordé la vez que lo descubrí leyendo mi correspondencia personal. Recordé que, en otra ocasión, rompió en mi cara una de las contadas cartas que mi padre me envió desde Caracas , sin que yo la hubiera leído. Recordé todos los “huracanes” que me hizo desde que llegué. Llamábamos huracán al estropicio que encontrábamos en nuestra habitación generado por una mano negra, usualmente la de Beto. El huracán hacía que el orden militar que imperaba en nuestro pequeño espacio se convirtiera en caos total. […] Recordé también cuando husmeaba en mis exámenes de conciencia, que eran cuadernos en los que anotábamos nuestros pecados y pensamientos personales. Recordé todas las veces que me arrojó agua helada en la cara, con una jarra, desde el segundo piso a la hora de la siesta de treinta minutos, luego del almuerzo. Recordé, de igual forma, aquella vez que me ordenó echarle pimienta y ketchup a mi arroz con leche por haberme olvidado de recoger un salero de la mesa. Recordé asimismo que, en una situación análoga, me hizo tragar cinco pedazos de torta de chocolate con espuma de afeitar, que terminaron conmigo en el baño con un cólico insufrible. Recordé aquella vez que me hizo lavar uno de los sanitarios y antes de pasar el sarro, me obligó a lavarme la cara con esa agua. Recordé también la noche que me envió a nadar solo a la isla, vestido y con piedras en los bolsillos y sentí terror en medio de la oscuridad. Recordé que fue uno de los principales en oponerse a que fuese padrino de confirmación de Antonio Colmenares, uno de mis pupilos del María Reyna. La amenaza de la expulsión tampoco me preocupaba.

En San Bartolo pasé muchos momentos que eran como para hacer trepidar a los que no eran firmes. Yo los resistí, reciamente. Lo que no podía tolerar ni digerir era la humillación gratuita y sin sentido. “¿José Hernando estará al tanto de todas estas barbaridades?”, me pregunté.

[…]

En la noche, después de comer, Beto, dueño y señor del poder ante la ausencia de René, decidió iniciar una dinámica de grupo que consistió en proveer a todos de plumones gruesos y de colores para hacer lo siguiente: había que ponerle en la cara a Adrián Garagorri cosas que pensábamos de él o que tuvieran que ver con sus complejos o defectos más notorios. Él no podía verse en el espejo hasta terminar el juego. Uno a uno nos fuimos aproximando para escribirle algo.

El primero en acercarse fui yo, y escribí en su cachete izquierdo: COCHINO. Santiago, quien compartía cuarto con él, al igual que yo, me siguió y le escribió en el otro cachete: HUEVONAZO. Raúl Unamuno le puso en la frente: LÁVATE LA BOCA. El Mono le puso en el tabique y en vertical: PEZUÑENTO. Santino le dibujó en el cuello una bacinica con un pedazo de mojón. MacKay, como gran insulto, le escribió detrás de la oreja derecha: TONTO. Y luego continuaron el ritual Jorge Lossio y Richard Peckerman.

La cara de Adrián había quedado más colorida que la de un hooligan y más pintarrajeada que pared de baño de cantina. Terminado el juego, que iba arrancando las risas burlonas y crueles de nosotros, quienes asumimos la dinámica como una suerte de venganza por todas las cosas que nos disgustaban de Adrián, Beto le dio permiso para ir al baño y mirarse en el espejo.

Adrián entró al baño, pero no daba señas de querer salir, mientras que el resto celebraba el despiadado pasatiempo. Ante la demora, Beto conminó a Adrián a salir. Cuando apareció frente a nosotros, reunidos en la sala de la casa, Adrián estaba llorando desconsoladamente. Y me sentí mal. Beto intentó explicarle, delante de todos, que la dinámica de grupo apuntaba a ayudarlo a liberarse de sus defectos más notorios y que molestaban a la comunidad. Le dijo además que el juego se hizo para su bien. Pero la explicación no era lo suficientemente persuasiva. Nunca había visto a una persona en tal estado de fragilidad, llorando como un niño, herido en su amor propio, maltratado psicológicamente por aquellos que, supuestamente, éramos sus hermanos. A partir de ese momento, decidí ser más comprensivo y tolerante con Garagorri.

José Enrique Escardó relata un incidente muy parecido a este último cuando él estuvo en San Bartolo, sólo que esta vez quien dirigió la dinámica de humillación psicológica de la víctima es Alfredo Draxl (ver http://elquintopie.blogspot.de/2016/01/draxl-el-deformador.html y http://docslide.us/documents/los-abusos-de-los-curas.html).

También es cierto que Beto carecía de aptitudes intelectuales, mucho menos tenía capacidad para la investigación académica, por lo cual yo recibí el encargo —de parte de Luis Fernando Figari— de preparar el borrador de la tesis que tenía que presentar Beto en Brasil para obtener el grado de licenciatura en teología. El hecho de estar sometido interiormente al código de obediencia vigente en el Sodalicio borró en mí todo reparo para efectuar esta acción moralmente reprochable. Si Figari decía que algo tenía que hacerse, inmediatamente se accionaban en mí los mecanismos psicológicos que me indicaban que lo que Figari ordenaba siempre tenía que estar bien, y que negarse a obedecer una orden era el mayor pecado posible dentro de la institución. Era una de las consecuencias del lavado de cerebro al que había sido sometido, al igual que todos los sodálites.

Lo mismo pasó cuando Figari nos ordenó a mí y a Gustavo Sánchez, teólogo sodálite y actual miembro de la Comisión Teológica Internacional, que ayudáramos a Emilio Garreaud a modificar la tesis sobre relaciones Iglesia-Estado que él mismo había presentado en la Pontificia Universidad Católica del Perú para obtener un título en derecho, a fin de ajustarla a los requerimientos de una tesis de teología pastoral para obtener el título de licenciado en teología en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Se trataba de un auto-plagio en toda regla. Se puede verificar esto consultando en los respectivos centros de estudios mencionados ambas tesis del P. Emilio Garreaud, actual Rector de la Universidad Juan Pablo II de Costa Rica.

Varias veces le oí a decir a Luis Fernando Figari: «¡Necesitamos licenciados y doctores!» Parece que no le interesaban en absoluto la honestidad académica ni el rigor científico, pues para él la única clave de interpretación de la realidad estaba en su pensamiento, que no pasa de ser una ideología religiosa fundamentalista de sesgo derechista, conservador y retrógrado. Pero sí que le interesaba el poder que otorga el disponer de una pléyade de sodálites con títulos académicos, adoctrinados rigurosamente y sin libertad de pensamiento.

En todo caso, Beto se prestó a este juego sucio, así como maltrató —en nombre de Figari— a varios de los que estuvimos bajo su férula de formador.

No sé qué vida tenga ahora, ni qué responsabilidades, pero eso no borra los hechos luctuosos del pasado en los cuales participó. Alberto Gazzo Baca, actual Gerente Corporativo de Gestión Humana de Volcan Compañía Minera, tiene muchas preguntas que responder.

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SODALICIO: EL CURA DESERTOR

alborada_alberto_gazzoAlberto ‘Beto’ Gazzo, ex alumno del Colegio de la Inmaculada (jesuitas) y miembro de la generación fundacional del Sodalicio, fue ordenado sacerdote por el Papa Juan Pablo II en Lima el 2 de febrero de 1985 en una Misa que se celebró en el Hipódromo de Monterrico.

Beto trabajó principalmente con niños, alumnos de colegios particulares privilegiados de Lima, en la década de los ‘70, llevándolos a campamentos-retiros conocidos como DyN (Dios y Naturaleza). Mucho antes que Jeffery Daniels, fue conocido como “el apóstol de los niños”.

Sufría de cojera de un pie debido a una poliomelitis que le sobrevino en su infancia, lo cual era motivo para hacerlo continuamente objeto de burla, a fin de que se ejercitara en la humildad según Luis Fernando Figari.

En 1986 fue enviado a Rio de Janeiro (Brasil) como uno de los primeros miembros de la comunidad sodálite que asumió la parroquia carioca Nossa Senhora da Guia.

Tiempo después colgaría los hábitos y desaparecería del mapa. La revista “Alborada” —de circulación interna en la Familia Sodálite— con una foto de su ordenación en la portada fue sacada de circulación y hoy es sumamente difícil encontrar un ejemplar. Y cómo es costumbre en el Sodalicio, su nombre dejó de mencionarse y su existencia fue cubierta con un olvido intencional y programado.

Un sacerdote que deja el sacerdocio siempre tiene una historia interesante que contar. Beto Gazzo probablemente posea en su memoria claves importantes para esclarecer el turbio recorrido de la institución sodálite cuando era Figari quien tenía la voz cantante. Claves que quizá expliquen también el misterio de por qué decidió renunciar al estado clerical.

(Columna publicada en Exitosa el 3 de septiembre de 2016)

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La ordenación sacerdotal de Beto Gazzo la vi por televisión en la comunidad sodálite Nuestra Señora del Rosario (San Bartolo), acompañado de Rafael Ísmodes, a quien Raúl Masseur, superior de la comunidad sodálite sambartolina Nuestra Señora de Guadalupe, le había dado la orden de quedarse —mientras todo todos los demás miembros de ambas comunidades participaba del evento— precisamente debido al deseo entusiasta que había manifestado Rafael de asistir al encuentro de la juventud con el Papa Juan Pablo II. En esa época Beto tenía el cargo de formador en la comunidad de Guadalupe.

Con nombres cambiados, Pedro Salinas relata esta anécdota en su novela autobiográfica Mateo Diez (Jaime Campodónico/Editor, Lima 2002):

«Luego de Arequipa, el Papa regresaba a Lima, donde iba a tener un encuentro con los jóvenes en el hipódromo de Monterrico. Nosotros, guadalupanos y rosaristas, íbamos a ir al magnánimo evento, menos uno, que debía quedarse a cuidar las dos casas. El Ferrari “sorteado”, para desgracia suya, al cual compadecí pero no hubiese reemplazado en ningún caso, fue Raúl Unamuno, el más emocionado con la visita papal. René lo hizo adrede para probarlo y para recordarnos al resto que seguíamos en etapa de formación y las órdenes absurdas no habían desaparecido ni siquiera con la presencia de Juan Pablo II en nuestras tierras.»

En virtud de ciertas libertades que permite la narrativa novelesca, Salinas omite el hecho de mi presencia en San Bartolo en la misma época en la que él estaba en formación. Yo también me quedé en San Bartolo junto con Rafael Ísmodes, pero no por obra y gracia de una orden absurda sino como consecuencia de un abuso sufrido días antes. Emilio Garreaud, el superior de la comunidad del Rosario, me había ordenado hacer cuclillas con un saco de cemento de unos 25 kilos sobre los hombros, lo cual terminó produciéndome un intenso y persistente dolor de espalda. El día 1° de febrero fuimos casi todos los miembros de la comunidad a la Plaza Mayor de Lima para esperar la llegada del Papa. Si bien yo tenía puesta una faja ortopédica que me había prestado Emilio, la espera de ocho horas parado en medio de la multitud terminó haciendo estragos. Esa noche no podía mirarme las puntas de los pies sin que me vinieran punzadas dolorosas en la espalda. Necesité una semana de reposo para poder recuperarme.

EL EXORCISMO

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Cuando uno pasa por la experiencia de tener un hijo adolescente, recién comprende lo difícil que debe haber sido para los padres de uno lidiar con los problemas que genera un hijo que está en proceso de desarrollo y de conquista de su propia independencia, muchas veces a trompicones, más aún cuando este hijo decide a los 15 años de edad unirse a un grupo católico más papista que el Papa, que fomenta el fanatismo y que amenaza con convertirse en un obstáculo para que viva una juventud normal y siga una carrera profesional que le permita desarrollar sus talentos y ganarse el pan en la vida.

Pues eso es lo que prácticamente sucedió cuando yo en mis años mozos me uní al Sodalicio y me interesaba más salir con gente del grupo católico que participar de actividades profanas propias de la edad juvenil. Lo cual ciertamente también hacía al comienzo, pues no fue de un día para otro que dejé de ir a fiestas e interesarme por salir con chicas, pero a medida que iba avanzando el proceso de involucración con el grupo, dejé de sentir el gusto por estar con gente normal y me fui identificando con el modelo de militante cristiano ajeno a las preocupaciones mundanas que proponía el Sodalicio.

Mi padre, aquejado por una enfermedad degenerativa que paulatinamente iba minando sus capacidades —a saber, el mal de Parkinson—, nunca me hizo problemas, pues no se hallaba en situación de oponerse a las decisiones que yo estaba tomando. Además, yo no sé si le importaban las opciones religiosas de las demás o si él mismo tenía fe, pues consideraba las escasas prácticas religiosas de la cuales él participaba —como ir a Misa, por ejemplo— solamente como buenas costumbres sociales. Aún así, me consta que era un hombre de buen corazón, trabajador, tranquilo, risueño y de una paciencia extraordinaria.

Mi madre, una mujer rebosante de vida, extrovertida, generosa, pero de un carácter fuerte, dominante e impredecible, miraba con suspicacia al nuevo grupo de amigos y, con la intuición catherine_pool_andujar_de_scheuchque le daba una conciencia ética indoblegable, olía que algo no andaba bien en el grupo. Educada en el Sophianum, un colegio para mujeres gestionado entonces por monjas de un catolicismo puritano y una moral conservadora que castigaba con bajar la nota de conducta a las chicas que levantaran la mirada para dirigirla hacia cualquier joven que desde la calle se acercara a las rejas del centro educativo, mi madre había terminado vacunada contra toda mojigatería piadosa y fanatismo religioso, y si bien se consideraba católica y cumplía con los deberes religiosos mínimos, también mostraba una flexibilidad muy humana, al punto de que no le importaba llegar a Misa recién durante el sermón del cura, pues con eso bastaba para que la asistencia a la ceremonia religiosa le valiera para poder decir que había cumplido con el precepto dominical. O si nos íbamos de campamento un fin de semana y no podía ir a Misa el domingo, argumentaba que Dios era comprensivo en esas circunstancias y, por consiguiente, no había motivo para tener sentimientos de culpa.

En el Sodalicio que yo conocí no sólo no había comprensión para este tipo de actitudes, sino que en general considerábamos a la mayoría de los católicos que participaban regularmente de las actividades de sus parroquias como cristianos mediocres que no aspiraban a la santidad y no seguían el mensaje de Jesús hasta sus últimas consecuencias. En cierto sentido, el Sodalicio fomentaba un sentimiento de élite entre los jóvenes que reclutaba, como ocurre con frecuencia en las sectas cristianas: nosotros somos los elegidos que seguimos fielmente a Jesús, mientras que la mayoría de los demás mortales, aunque digan ser cristianos, lo son solamente de mentira, pues no asumen el seguimiento de Cristo con radicalidad. Y para recalcar que nosotros seguíamos sin medias tintas todas las palabras de Jesús, se repetía continuamente el siguiente eslogan: «No hay que arrancar las páginas incómodas del Evangelio». Por supuesto, esas páginas eran interpretadas de una manera peculiar, casi al pie de la letra, de acuerdo a una lectura rígida y fundamentalista.

Uno de los textos preferidos era el capítulo 10 del Evangelio de Mateo, del cual transcribo el siguiente texto:

«No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada, porque he venido a poner en enemistad al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra. Así que los enemigos del hombre serán los de su casa. El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halle su vida, la perderá; y el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.» (Mateo 10, 34-39)

De arranque se nos planteaba que el seguimiento de Jesús, como primera prioridad, debía necesariamente llevar a conflictos en nuestro entorno familiar, y que eso era una señal de que estábamos en el buen camino. No debe extrañar, pues, que desde un inicio se excluyera a los padres del proceso de reclutamiento que efectuaba el Sodalicio entre los adolescentes. Mis padres nunca fueron consultados sobre sí estaban de acuerdo con que su hijo menor participara de un grupo particular de la Iglesia católica, grupo que tenía entonces la categoría de asociación pía de fieles aprobada por el entonces arzobispo de Lima, el cardenal Juan Landázuri Ricketts.

En este punto quisiera reproducir unos párrafos de la denuncia que presenté ante la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación y ante la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (Roma):

«Entre 1978 y 1980, siendo todavía menor de edad, fui sometido a exámenes psicológicos efectuados por personas no profesionales sin el conocimiento ni consentimiento de mis padres. Se trataba de una práctica habitual en el Sodalicio. Las personas que me realizaron estas evaluaciones psicológicas fueron Germán Doig y Jaime Baertl, aunque me consta que también las realizaban el mismo Luis Fernando Figari, Virgilio Levaggi, Alfredo Garland y José Ambrozic, entre otros.

Asimismo, emití una promesa formal mediante la cual me comprometía a seguir el estilo y la espiritualidad del Sodalicio y obedecer a sus superiores a la edad de 15 años, sin que mis padres hubieran sido informados al respecto. Más aún, se me indicó expresamente que mis padres no tenían por qué enterarse de la promesa que había hecho y que no les dijera nada.

Se me fomentó la desobediencia y el desprecio hacia mis padres, que debía ser sustituida por obediencia y respeto absolutos hacia las autoridades del Sodalicio. Sobre todo Luis Fernando Figari fomentaba un culto hacia su persona, de modo que se debía seguir sus órdenes sin chistar, se debía reflexionar continuamente sobre las cosas que le decía a uno personalmente, y aceptar como incuestionable todo lo que exponía en sus escritos y charlas, de modo que cualquier análisis crítico de lo que él decía era impensable, pues se exigía un sometimiento del pensamiento y la voluntad propios a su pensamiento y su voluntad.»

Muchos de los jóvenes candidatos al Sodalicio de ese entonces ya traíamos, como es común entre los adolescentes, una carga de conflictos con por lo menos uno de nuestros progenitores, y el Sodalicio se encargaba de ahondar aun más el conflicto y nos hacía sentir que éramos nosotros los que teníamos la razón en todo. Esto se expresaba más o menos así: si tú quieres seguir al Señor Jesús, vas a tener la oposición de tu padres porque ellos son cristianos mediocres —o escépticos, agnósticos o ateos, dependiendo del caso— y no entienden que tú quieras seguir una vocación a la vida consagrada. E incluso cuando el candidato gozaba de una relación saludable y armónica con sus padres, era frecuente que el mismo Sodalicio se encargara de introducir la discordia y hacerle creer al adepto que la institución era el único hogar donde podría encontrar una familia con todas las de la ley, una familia espiritual donde todos estaban animados por los mismos ideales, tenían el mismo pensamiento, una misma voluntad, un mismo corazón, un mismo destino, una sola meta.

Creo que mi madre se dio cuenta de esta situación, pero, al igual que muchos padres de familia que frecuentemente se sienten sobrepasados por los problemas que ocasiona la adolescencia de los hijos, no supo manejar bien el asunto y al final terminó perdiendo la batalla, quedando yo atrapado en la telaraña de un ente colectivo absolutista durante más de una década.

Aún así, mi madre siempre estuvo dispuesta a ayudarme para que yo saliera adelante y, todo el tiempo que mi vida se desenvolvió dentro de los parámetros de la institución, ella pagó los costos de mis estudios de teología y me pasaba una mensualidad para solventar algunos gastos.

He de reconocer que mi madre tomó algunas situaciones con humor e ironía. Recuerdo que en mayo de 1978 iba a celebrar mi cumpleaños y había invitado a los compañeros de mi agrupación mariana, a los cuales se sumaron también José Ambrozic, Germán Doig y Rafo Martínez. Mi madre me preguntó si iba a invitar chicas, a lo cual dije que no. Eso fue motivo para varios comentarios humorísticos y burlones. Les decía a mis dos hermanas menores que si entraban a la sala cuando todos estuviéramos reunidos, íbamos a salir corriendo despavoridos ante la presencia de dos féminas adolescentes. No faltaron las ocurrencias sobre una posible homosexualidad de los miembros del grupo —recuérdese que en la década de los ’70 la sociedad limeña era tanto o más homofóbica que ahora—. En un momento determinado mi madre entró con una bandeja y se puso a preguntar con sonrisa insinuante y socarronería inconfundible: «¿Quieren tecito o cafecito?» Para colmo de los males, uno de los muchachos de la agrupación no tuvo mejor idea que traer una rosca para el lonche. Y en el habla coloquial de la clase media limeña la rosca se asociaba despectivamente con personas del tercer sexo o del otro equipo —como se les designaba en son de burla—, por lo cual en la memoria colectiva de las comunidades sodálites ese cumpleaños mío sería recordado entre sonrisas cómplices como la “fiesta de los rosquetes”.

Mirando para atrás, veo que mi madre, en lo tocante a su percepción de la realidad, no andaba tan descaminada, pues a lo largo del tiempo se han verificado prácticas de sometimiento homosexual en el Sodalicio, además de que era relativamente frecuente por parte de algunos guías espirituales inducir dudas sobre la propia identidad sexual. Recuerdo que Humberto del Castillo, cuando vivía en una de las casas de formación de San Bartolo, nos decía burlonamente durante la siesta, cuando nos echábamos boca abajo a dormir en nuestras camas: «Cuidado, que el aire es macho».

Lo que terminó enturbiando irreparablemente las relaciones con mi madre fueron las recomendaciones que me dio Jaime Baertl, quien fue mi consejero espiritual durante mis primeros años de sodálite. Según él, yo tenía que rebelarme contra mi madre a fin de romper el dominio que ella ejercía sobre mí, y la mejor manera era haciendo uso de la ironía y el sarcasmo. De este modo, lo que pudo haber sido una situación pasajera producto de la crisis de la adolescencia terminó convirtiéndose en una brecha que nos separaría afectivamente durante décadas, un abismo donde el diálogo cordial era imposible y la reconciliación una meta inalcanzable. Con la distancia de los años compruebo que conquisté mi autonomía y logré una alcanzar una cierta libertad, pero se trataba de una libertad aparente, lisiada, pues quedaría atrapada entre los barrotes de un sistema que me impediría decidir en conciencia sobre mi propia vida, al haber enajenado mi voluntad en beneficio de una institución totalizante donde la obediencia ciega era la norma suprema.

De entre las muchas anécdotas que tachonan este camino de ruptura puedo señalar dos como las más significativas, aunque hay otras más.

Yo realicé estudios escolares en el Colegio Peruano-Alemán Alexander von Humboldt. En la década de los ’70, durante el gobierno militar, se implementaron algunas medidas experimentales. De este modo, en el año 1976 se creó la Escuela Superior de Educación Profesional (ESEP) Ernst Wilhelm Middendorf, que debía formar en un oficio de mando medio a los alumnos que terminaban 3er. año de secundaria en el Humboldt. En consecuencia, dejaba de haber 4to. y 5to. de secundaria en el colegio. A fin de evitar la migración a otras escuelas, se logró que el Ministerio de Educación aceptara convalidar el primer año de ESEP como equivalente a 4to. de secundaria. Pero quien no quería hacer los cuatro años de ESEP para poder postular a una universidad, tenía que terminar 5to. de secundaria en otra escuela. Y ése fue mi caso.

Dado que yo tenía amigos en el Colegio Santa María (Marianistas) de Monterrico y éste quedaba cerca de mi casa, se decidió que yo terminara 5to. de secundaria en ese colegio. Pero la cosa no era tan fácil, pues había que hacer varios trámites en el Ministerio de Educación para convalidar mis estudios de 1er. año de ESEP como equivalentes a 4to. de secundaria. Además, la cosa se complicaba, porque en ese verano de 1980 Jaime Baertl me había asignado para participar en un viaje de misiones a Sabandía y Characato (departamento de Arequipa) a cargo de Emilio Garreaud. Iba a ir un grupo mixto de estudiantes que participaban de la Coordinadora Universitaria, entre los cuales se encontraba Gaby Cabieses, una persona buena y cariñosa de la me hice amigo durante el viaje y a quien siempre he tenido en gran estima. Nuestra tarea iba a consistir en ayudar al párroco de la zona en actividades pastorales y catequéticas .

Mi madre insistió en que yo tenía que quedarme en Lima para ayudarla con los trámites, pero yo me moría de ganas de participar de ese viaje de misiones, no sólo por lo aventurero sino también por el hecho de sentirme un apóstol de veras, trabajando codo acodo con jóvenes universitarios. Así que, ante las continuas y acuciantes objeciones que me ponía mi madre, llamé por teléfono a Baertl y le pregunté qué es lo que tenía hacer. “¿Tú quieres ir?” “Sí.” “Entonces, anda”, fue su escueto consejo. No tenía por qué hacerle caso a mi vieja, qué era cómo él irrespetuosamente la llamaba.

Cuando le comuniqué a mi madre la decisión que había tomado, me pidió visiblemente alterada que llamara a Baertl y la pusiera en comunicación con él. Tras pasarle el teléfono, se desarrolló una conversación tensa y chirriante. Finalmente, mi madre tuvo que colgar el teléfono crispada, pues Mario “Pepe” Quezada —quien también iba como participante del viaje de misiones— estaba a la puerta en su automóvil para llevarme al terrapuerto de donde partía el bus hacia Arequipa y yo ya había cogido mis cosas para irme. De modo que que tuvo a aceptar a regañadientes que me fuera y ella se quedó en Lima realizando los engorrosos trámites en el Ministerio de Educación. Antes de irme me dio una suma de dinero para gastos eventuales que pudiera tener durante el viaje.

Posteriormente sabría a través de Jaime las cosas que él había hablado con mi madre. En un momento ella le espetó: «Me están robando a mi hijo». «Los ladrones creen que todos son de su misma condición», le replicó Jaime sonriendo irónicamente. Y esto me lo contaba matándose de risa.

Pero ésta no había sido la gota que había colmado el vaso. Había otra circunstancia anterior a ésa que probablemente había abierto una brecha más honda en la relación materno-filial. Me refiero al exorcismo que le practiqué a mi madre. Tal cual.

Sucedió que yo vivía apesadumbrado por los continuos conflictos y discusiones que tenía con mi progenitora debido a mi involucración con el Sodalicio y mi temprano deseo de seguir una vocación de vida consagrada, cosa que mi madre no veía con buenos ojos. Lo de laico consagrado, al igual que el común de la gente, no llegaba a entenderlo del todo. Ella pensaba que yo iría a terminar formando parte de esa casta de gente intelectualmente mediocre y de aura grisácea que constituían la mayoría de los curas que ella había conocido. Creía que si uno tenía inteligencia y talentos, era un desperdicio seguir una carrera clerical. Razón y sentido común no le faltaban. Pero yo estaba obstinado en ser laico consagrado y llevar una vida donde pudiera dedicarme a un intenso trabajo intelectual y a la docencia de alto nivel, anhelo que nunca se cumplió, pues el nivel promedio de vida intelectual en el Sodalicio era mediocre, ya que estaba hecho a la medida del pensamiento de Luis Fernando Figari, que no pasaba de ser un sumario ideológico de unas cuantas ideas básicas formuladas en un lenguaje complicado y repetidas hasta la saciedad. Aún no sabía que allí tendría en algún momento que luchar a contracorriente para sacar adelante algunas inquietudes intelectuales y sería tratado como una persona díscola que no tiene claro lo que quiere, además de que mi talento musical y literario sería minusvalorado en la medida en que no se ajustaba a los lineamientos y directivas que proponía Figari para la producción escrita y musical de los sodálites, quienes tenían que contentarse con ser meros satélites de su suprema filosofía y espiritualidad, supuestamente inspirada por el Espíritu Santo.

En fin, llorando penas sobre las desavenencias con la autora de mis días en un grupo variopinto de sodálites, entre los cuales estaba Javier Len, y confesando que no sabía cómo lidiar con la oposición que mostraba mi progenitora, algunos de los allí presentes comenzaron a bromear sobre el tema, y entre broma y broma salió la propuesta de hacerle un exorcismo a mi madre. Esto fue motivo de chacota, pero el tema se extendió, y algunos riendo me comenzaron a dar detalles de cómo efectuar el ritual. Tomando el asunto medio en broma, medio en serio, decidí aplicar la medida y así lo dije expresamente, recibiendo como réplica sonoras carcajadas.

De modo que busqué entre los disfraces que se guardaban en mi casa un hábito negro con capucha que me había servido varias veces para disfrazarme de monje loco en las festividades de Halloween. También me proveí de una vela grande y un crucifijo, y con todo ya preparado, una noche entré en acción. Mi madre se hallaba en el cuarto de costura, cosiendo ropas de baño que luego vendía para obtener algunos ingresos adicionales, pues la enfermedad de mi padre hacía cada vez más difícil que éste pudiera seguir trabajando —era ingeniero civil— y eso hacía que la economía doméstica estuviera pasando por algunas dificultades. Ataviado con el siniestro atuendo monacal, caminando lenta y fantasmagóricamente con la vela encendida en una mano y el crucifijo en la otra, entré dónde ella estaba. Sentada ante su máquina de coser, me escuchó entrar, se volteó sorprendida y exclamó: «¡Martin!» «¡Satanás, sal de ella!», declamé con voz fuerte mientras blandía ante ella la vela y el crucifijo. «Martin, ¿qué te pasa?», preguntó atónita. «¡Cállate, demonio, y sal de ella!», repliqué con voz enérgica y más fuerte. Mientras ella no podía pronunciar palabra, me retiré a mi dormitorio y me acosté, satisfecho conmigo mismo por haberme atrevido a tanto y riéndome de las expresiones que se habían dibujado en su rostro. No pasó mucho tiempo antes de se abriera estrepitosamente la puerta del cuarto que compartía con mi hermano Erwin y mi madre entrara anegada en llanto gritándome: «¿Dónde están las velas? ¿Dónde están las velas?» Asustado, le indiqué con el dedo dónde las guardaba, tomó todas las que encontró y las partió de golpe por la mitad. No dijo ni una palabra más y volvió a salir de la habitación hecha un mar de lágrimas.

Al día siguiente ni me mencionó el incidente, pero yo me sentía aturdido por las consecuencias emocionales que había tenido. Así que fue a hablar con Luis Cappelleti, quien entonces era el instructor de mi grupo de sodálites mariae, y le conté lo que había pasado. Luis, una persona muy cálida y sencilla a la cual el Sodalicio nunca pudo arrebatarle la bondad natural que irradiaba, me dijo que estaba mal lo que había hecho y que tenía que ir a pedirle disculpas a mi madre. Así que me tragué mi orgullo y fui a disculparme por la locura de la noche anterior. No recuerdo con qué actitud recibió mis disculpas, pero de alguna manera algo se había terminado por romper de manera irreparable entre nosotros.

En el año 1981, cuando yo ya tenía 18 años y había alcanzado la mayoría de edad, se me comunicó que había sido admitido en la comunidad sodálite Nuestra Señora del Pilar en Barranco (Lima). Recuerdo que un día de diciembre mi madre me llevó en coche con todos mis bártulos a la casona cercana al Museo Pedro de Osma, se despidió muy afectuosamente de mí y luego partió sin poder contener las lágrimas.

Durante los más de once años que viví en comunidades sodálites, los contactos con mi madre fueron muy esporádicos, como si yo me hubiera ido a vivir a un país extranjero. Para hacer cualquier llamada telefónica, necesitábamos permiso expreso del superior. Estaba prohibido llamar por iniciativa propia a cualquier miembro de la familia carnal. A mis padres yo los veía un sábado cada dos semanas alrededor de la hora del almuerzo por dos o tres horas, y mi actitud era siempre correcta pero distante.

Mi madre siguió tratando de que yo participara por lo menos de eventos importantes de la familia como el cumpleaños de un tío o la boda de una prima o el bautismo del hijo de un primo, por poner algunos ejemplos, pero mi respuesta avalada por órdenes superiores era: «Gracias, pero no puedo ir». Terminé totalmente aislado de la familia que me había visto nacer, ajeno a las historias personales de cada uno de sus integrantes. De este modo, fui derruyendo poco a poco lo que quedaba de la ruina en que se había convertido el vínculo familiar ya antes de que iniciara mi periplo a través de ese mundo extraño de las comunidades sodálites, hasta que no quedó piedra sobre piedra.

Cuando finalmente salí de comunidades y tuve que pasar por la difícil experiencia de reinsertarme en la vida civil, allí estaba mi madre para ayudarme en lo que pudiera. Yo todavía no era del todo consciente de ello, pero traía en la piel del alma los rezagos de la devastación operada por el Sodalicio. De modo que tuve que construir un nueva relación con mi madre. Para ello conté con la ayuda de varios amigos, de mi enamorada y futura mujer, de mis hermanas, a todos los cuales quiero pedirles disculpas por alguna excentricidades y modos extraños de comportarme que tuve. Yo no sabía entonces que durante los años transcurridos el sistema de disciplina sodálite había terminado por lavarme el cerebro, y que se necesitan años para darse cuenta de ello y poder extirpar los patrones antinaturales de conducta que a uno le implantaron mediante una disciplina inhumana que no retrocedía ante prácticas de coerción psicológica.

Vendrían después trabajos docentes mal pagados y la precariedad emocional de tener que retomar mi desarrollo sentimental interrumpido durante la adolescencia, junto con otros problemas de adaptación que harían de mi vida un continuo temporal. Me rompería la pierna jugando fulbito y, sin seguro médico, tuve que atenderme en el Hospital de Emergencias Casimiro Ulloa de Miraflores, entidad sanitaria estatal donde no cobran la consulta ni el servicio pero uno tiene que agenciarse los materiales. Mi madre estuvo ahí y fue quien me consiguió unas muletas para poder caminar con la pierna enyesada. Ella misma fue quien me alquilaría posteriormente un departamento a precio módico y quien me animaría a seguir estudios para obtener el Master of Business Administration en la Escuela de Administración de Negocios para Graduados (ESAN), cuyos costos serían asumidos por una tía muy querida y por ella. La guitarra Falcón que hasta ahora poseo fue un regalo conjunto de mi esposa y ella. Fue ella quien me animó a tentar suerte en Alemania y quien pagó el pasaje de los vuelos que me llevarían primero a Múnich en noviembre de 2002. Y cuando estábamos en Alemania y teníamos que mudarnos de Wuppertal al pueblo de Kirrweiler mucho más al sur, pues yo había encontrado trabajo en esa región, ella estuvo al lado de ni mujer ayudándola a empacar nuestras cosas y a prepararse para la mudanza. Y aquí paro de contar, pues la lista es interminable.

En el año 2009 le detectaron a mi madre un cáncer incurable. La enfermedad avanzó rápidamente, y yo recién pude viajar a Lima en enero de 2010. Sólo le quedaban pocos días de vida, pero parece que sacó fuerzas de flaqueza y esperó hasta poder verme y despedirse de mí. Se disculpó por todo lo que me había hecho, aunque —a decir verdad— era yo el que le tenía que pedir disculpas, pues era mucho más lo bueno que ella había hecho por mí que lo que yo había hecho por ella.

En los días siguientes fue entrando en esa nebulosa confusa y agónica que precede al momento definitivo. Y ahí estuve regalándole como un deber filial mis horas, tratando de aliviar con mi compañía un dolor que venía de dentro y que se hacía por momentos intenso hasta besar las playas de la locura. Como si en esos pocos días disponibles yo hubiera querido terminar de recuperar del todo hasta la última partícula de un vínculo que nunca debió romperse de la manera tan trágica en que se rompió.

Cuando regresé a Alemania, a los pocos días nos enteramos del fallecimiento de mi madre. Mi hermano Erwin, superior de una comunidad sodálite, se había encargado de que no le faltara ninguno de los auxilios espirituales que ofrece la Iglesia católica a sus fieles. Continuamente fue visitada por sacerdotes sodálites. Y al final tuvo un entierro solemne, dado que era la madre de un alto cargo del Sodalicio. Era lo menos que se podía hacer por ella, considerando los sufrimientos que tuvo que pasar en varios momentos de su vida por causa del Sodalicio. O por causa de quien se convirtió en la oveja negra de la familia debido a su adhesión fanática y entrega total a una institución sectaria y fundamentalista: su hijo Martin.

No ha sido fácil contar esta historia. Pero era necesario para mostrar mi solidaridad con todos aquellos padres de familia que vieron a sus hijos ser absorbidos por el vórtice sodálite, para luego recuperarlos psíquicamente dañados y enfermos, o para perderlos definitivamente mientras contemplaban el arrasamiento de los vínculos familiares. A todos aquellos padres de familia que también han sido víctimas silenciosas del Sodalicio dedico la memoria de mi amada madre Catherine Pool Andújar de Scheuch.

EL SODALICIO EN LA PALABRA ESCRITA (II)

Este artículo es la continuación de mi anterior escrito EL SODALICIO EN LA PALABRA ESCRITA (I).

Al año siguiente del primer reportaje televisado sobre el Sodalicio de Vida Cristiana, emitido en el programa “Entre Líneas” de Cecilia Valenzuela en Canal N (ver CANAL N: PRIMER REPORTAJE SOBRE EL SODALICIO), el periodista Pedro Salinas publicaba su novela Mateo Diez (Jaime Campodónico/Editor, Lima 2002), donde en clave de ficción y con nombres cambiados narraba su paso a través de la institución. Independientemente de la calidad literaria del texto, se trataba de un testimonio valiente y honesto de primera mano. De alguna manera, se había abierto una compuerta para discutir el tema del Sodalicio en el ámbito público.

A fines de ese año el diario La República, a través de su revista Domingo, iniciaría la publicación de la que quizás sea la mejor investigación periodística sobre el tema que se haya realizado hasta la fecha.

REPORTAJE DEL DIARIO LA REPÚBLICA
(22 y 29 de diciembre de 2002, 5 de enero de 2003)

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El motivo que dio origen al reportaje de La República fue una carta notarial fechada el 9 de diciembre de 2002 que el Dr. Héctor Guillén, oftalmólogo arequipeño, y su esposa Martha Gross dirigieron a Luis Fernando Figari, Superior General del Sodalicio, manifestándole su preocupación por su hijo Franz, quien se había convertido en miembro del Sodalicio tras haber sido objeto de acciones proselitistas por parte de la institución e iba a ser enviado a una comunidad en Colombia, un país con guerra interna, recalcando además la situación de ruptura con la familia Guillén que se había generado desde que Franz fuera reclutado por el Sodalicio. La carta fue hecha pública y Franz Wieser, ex-sacerdote que ha sido profesor de religión en el Colegio Peruano-Alemán Alexander von Humboldt, remitió la carta al director de La República, quien la publicó en su diario.

Señor Director:

Por tratarse de un asunto de interés general, remito para su publicación en La República la siguiente Carta Notarial dirigida al Sodalitium.

Franz Wieser

__________________________________________________

Señor Luis Fernando Figari
Lima.-

Desde que nuestro hijo, Franz Guillén Gross, actualmente en San Bartolo (Lima), ingresó en el Sodalitium el 1º/6/99, como padres de familia nos hemos visto imposibilitados de entablar con él un diálogo razonable, personal, amplio, abierto y natural, llegando Franz al extremo de negarse a hablar con su padre. Somos respetuosos de la libertad de conciencia y, por tanto, de la libre elección de la vida religiosa, por lo que no podemos aceptar las limitaciones impuestas a nuestro hijo —desde su adscripción a la organización de su dirección— a sus posibilidades de desarrollo integral, plural, libre en plenitud de conciencia, situación que ha generado un radical cambio en su personalidad, la deserción de sus estudios universitarios, el abandono de su hogar y el total alejamiento e incluso enfrentamiento con su familia, lo que contradice su supuesta formación cristiana. Luego de que nuestro hijo inició su formación en San Bartolo, hace año y medio, ha sido drásticamente limitado en su posibilidad de visitar a su familia en Arequipa, a pesar de habérsele enviado el dinero para su pasaje y de nuestra angustiosa necesidad de tenerlo en casa para eventos familiares trascendentales. Siendo Colombia (adonde piensan enviarlo) un país en guerra interna y en el que se ha asesinado a cerca de 30 religiosos y secuestrado varios sacerdotes, incluyendo al cura sodálite arequipeño Juan Pablo Rosado Gómez de la Torre, nosotros, como padres de Franz Guillén Gross, en ejercicio de nuestros derechos como familia, responsabilizamos directamente a usted y a su organización de cualquier daño físico, emocional, mental y/o moral que se deriven tanto del aislamiento que le ha sido impuesto hasta ahora por el Sodalitium a nuestro hijo como de la decisión de enviarlo a Colombia. Nos despedimos con la esperanza de ver pronto a nuestro hijo Franz en Arequipa.

Héctor Guillén Tamayo
Martha Gross de Guillén
DNI 29250771-29331501

El Sodalicio, a través de su vocero Germán McKenzie, emitió una respuesta, que fue publicada en el mismo diario el 16 de diciembre de 2002.

Señor Director:

Habiendo aparecido publicada en la sección Cartas del diario bajo su dirección el último lunes una carta relativa a nuestra institución religiosa, me permito solicitarle la publicación en la misma sección.

Atentamente

Germán McKenzie González
Superior Regional del Perú
Sodalicio de Vida Cristiana

__________________________________________________

CARTA NOTARIAL

Sres.
Héctor Guillén Tamayo
Martha Gross de Guillén
Piérola 106
Cercado
Arequipa

Estimados señores:

Al haber tomado conocimiento de su carta pública del 9 de diciembre pasado, como responsable del Sodalicio de Vida Cristiana en el Perú quiero manifestarles lo siguiente:

El hermano Franz Guillén Gross, como todos los miembros del Sodalicio de Vida Cristiana, es una persona adulta que se ha adherido libremente a nuestra institución religiosa. Cualquier acusación de ustedes que ponga esto en duda equivale a una calumnia.

Considero que los asuntos que ustedes señalan deberían haber sido tratados directamente entre padre e hijo. Lamento mucho esta situación que en ningún modo puede ser imputada a nuestra institución. Dado que el Hno. Franz también tiene conocimiento de su carta pública, a él le corresponde actuar de acuerdo a su conciencia.

Me permito aclarar que las imputaciones de su carta no corresponden a la verdad.

Que Dios, Señor Nuestro, los bendiga y que este tiempo de Navidad les ayude a profundizar en la fe.

Atentamente,

Germán McKenzie González
Superior Regional del Perú
Sodalicio de Vida Cristiana

A continuación vendrían los artículos que se publicaron en la revista Domingo en tres números consecutivos, entre el 22 de diciembre de 2002 y el 5 de enero de 2003. La buena calidad del reportaje hay que atribuirlo a que La República contaba entonces con una de las mejores unidades de investigación periodística del Perú. Por ello, la presentación de la información obtenida fue bastante objetiva.

Dado que este material ya no está disponible en la página web de La República, he tenido que recurrir al Internet Archive para encontrar copias del reportaje, aunque sin las fotos. A través de los siguientes enlaces se puede acceder a los respectivos textos publicados en Domingo.

22 de diciembre de 2002
http://web.archive.org/web/20021224155310id_/http://www.larepublica.com.pe/SUPLEMEN/DOMINGO/2002/1222/domingoCONTROVERSIA.htm

29 de diciembre de 2002
http://web.archive.org/web/20030104013342id_/http://www.larepublica.com.pe/SUPLEMEN/DOMINGO/2002/1229/domingoCONTROV1.htm
http://web.archive.org/web/20030104013634id_/http://www.larepublica.com.pe/SUPLEMEN/DOMINGO/2002/1229/domingoCONTROV2.htm
http://web.archive.org/web/20030104015405id_/http://www.larepublica.com.pe/SUPLEMEN/DOMINGO/2002/1229/domingoCONTROV3.htm
http://web.archive.org/web/20030104014320id_/http://www.larepublica.com.pe/SUPLEMEN/DOMINGO/2002/1229/domingoCONTROV.htm

5 de enero de 2003
http://web.archive.org/web/20030109054933id_/http://www.larepublica.com.pe/SUPLEMEN/DOMINGO/2003/0105/domingoDESCARGOS.htm

Lo único que falta es el sumario de la entrevista que le hicieron al P. Jaime Baertl, que apareció en la versión impresa de la revista Domingo del 5 de enero de 2003, pero no en la versión digital.

La reacción del Sodalicio no se hizo esperar y, poco después de publicado el primer artículo, el encargado de Comunicaciones del Sodalicio envió una carta aclaratoria, que fue publicada en el diario y que reproduzco a continuación, junto con la respuesta del responsable de la revista Domingo.

Publicado en La República el 25 de diciembre de 2002

Sodalitium niega irregularidades

Señor director:

En la sección Domingo ha sido publicado un artículo referido al Sodalitium Christianae Vitae respecto del cual me permito hacerle llegar las siguientes aclaraciones:

El artículo «El llamado del Señor» se origina, según el mismo redactor, en «una denuncia contra la organización religiosa Sodalitium Christianae Vitae». Se está haciendo referencia a una carta pública de los Sres. Guillén, aparecida en el diario La República el 9 de diciembre pasado. Las imputaciones contra nuestra Institución contenidas en dicha carta faltan a la verdad, tal como lo manifestó el Hno. Germán McKenzie en la carta notarial del 20 de diciembre, publicada en el mismo diario La República. Llama la atención que tal descargo fuese ignorado en el artículo.

Siendo esto así, llama profundamente la atención la metodología utilizada en el mencionado artículo. Lo menos que se podría esperar de un medio de comunicación, cuya finalidad y obligación para con la sociedad es informar, es una investigación seria de las aseveraciones en las que se basa el artículo. En este caso:

El diario se negó a recoger las declaraciones de Franz Guillén, y postergó «para después» una entrevista.

No se ha consultado a las autoridades de la Iglesia, siendo el Sodalitium una Institución Católica y aprobada oficialmente por la Iglesia Católica.

El diario no ha visitado, ni visto las obras auspiciadas por el Sodalitium.

Las imputaciones vertidas, no verificadas, parecen manifestar un sesgo parcial a favor de quienes las formulan.

Todo lo que «se dice» es asumido y presentado como verdadero sin ningún cuestionamiento o indagación de quiénes son aquellos que hacen las aseveraciones. Tal perspectiva parece revelar una falta de interés por la verdad y lleva, en este caso, a cuestionar el proceder periodístico y ético del diario bajo su dirección.

El Sodalitium ha recibido su aprobación oficial del Santo Padre Juan Pablo II, no emplea método alguno reñido con la fe fundada en el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, es conocida por el apoyo a la familia, a la vocación al matrimonio como camino de santidad, al derecho a la vida de todo ser humano, al respeto a la dignidad y derechos de la persona humana.

Erwin Scheuch
Encargado de Comunicaciones
Sodalitium Christianae Vitae

Antes de enviar una carta aclaratoria, el señor Scheuch debió haberse informado mejor para no faltar a la verdad. El redactor de la nota conversó extensamente con el propio Franz Guillén el viernes 19, informándole sobre la naturaleza del artículo y la necesidad de obtener su versión. Fue Franz quien prefirió no dar entrevista alguna. El mismo viernes en la tarde, después de esperar tres días por una respuesta, Franz dijo por teléfono que sólo quería saber si su padre «ya se había retractado» y sentenció: «no te voy a dar la entrevista». La República había intentado durante toda una semana comunicarse con autoridades del Sodalitium, llamó a la parroquia de Camacho, al mismo local de San Bartolo, a la Asociación Vocaciones y Vida Apostólica. El jueves 18, Erwin Scheuch devolvió la llamada al redactor y, con un tono irrespetuoso, intentó intimidarlo y presionarlo para que desista de escribir la nota. Poco después, un sacerdote de apellido Baertl prometió la ansiada entrevista que finalmente no se realizó porque «Franz había salido de paseo». La República respetó el testimonio de los padres, cuyas declaraciones tienen un valor periodístico que Scheuch intenta negar. Nos hubiese gustado incluir con la misma amplitud los descargos de SCV, pero sus miembros —antes que dar su versión— buscaban a toda costa impedir la difusión de cualquier nota referida a ellos.

(Mario Munive, editor de Domingo)

En general, hubo un manejo torpe de esta situación por parte del Sodalicio, ya sea mediante advertencias conminatorias, ya sea negándose a declarar o haciendo un cierrapuertas generalizado, que a la larga no se pudo sostener. Al final se abrió camino un resquicio de sensatez, que llevó a que representantes del Sodalicio hablaran sobre la institución, aunque sin responder satisfactoriamente a los cuestionamientos concretos que se hizo, sino limitándose a detallar generalidades.

Yo en esos momentos ya me encontraba en Alemania. Me había adelantado a mi familia para preparar el terreno y encontrar un trabajo. En ese entonces me consideraba algo así como la avanzada del Sodalicio en tierras germanas, pues a pesar del paulatino ostracismo a que había sido sometido después de abandonar la vida en comunidades, todavía me sentía ligado afectivamente a la institución y estaba dispuesto a participar en su “misión evangelizadora” en tierras lejanas. Y, por supuesto, estaba dispuesto a jugarme el pellejo por esta causa. De modo que preparé una extensa carta en que respondía detalladamente a cada uno de los puntos relevantes del reportaje, llegando incluso al extremo de defender al mismo Luis Fernando Figari, y se la envié por correo electrónico a La República el 3 de enero de 2003. Ahora bien, el reportaje de La República estaba tan bien hecho, que no se podía negar que todo lo que ponía en cuanto a datos y hechos correspondía a la realidad. Por eso mismo, contrariamente a otros miembros de la Familia Sodálite que negaban en bloque lo publicado por los reporteros de La República, acusándolos de usar un lenguaje tendencioso, de vertir calumnias en sus textos y de faltar a la verdad, yo tuve por lo menos la honestidad de no negar aquello que era cierto, pero consideraba que los hechos habían sido interpretados erróneamente, llevando a conclusiones incorrectas. Se trataba de un problema de interpretación. Esto es lo que decía textualmente en la carta:

«Puedo afirmar que los datos que ustedes han averiguado son en su mayoría ciertos, pero lamentablemente son interpretados, tanto por el autor del reportaje como por algunos de los entrevistados, de manera errónea.»

Tengo que admitir que me equivoqué, pues hechos adicionales de los cuales he llegado a tener conocimiento posteriormente, así como un análisis más profundo y exhaustivo de lo que fue mi propia experiencia en el Sodalicio, confirman más bien las conclusiones a las que llegó La República y desbaratan los argumentos que yo esgrimí entonces para defender a una institución y a su líder, que han aplicado técnicas de manipulación psicológica cuyas secuelas perduran durante años en quienes han sido sometidas a ellas, hasta el punto de que quienes han sido víctimas son capaces de seguir abrazando la causa de sus victimarios.

Mi carta fue enviada con copia a Erwin Scheuch, Germán McKenzie y al P. Jaime Baertl. El único que me respondió fue el P. Baertl, felicitándome por ella e informándome que ya había concertado una reunión con Gustavo “Chicho” Mohme, director de La República, para conversar sobre el tema. Fruto de esta reunión fue la mencionada entrevista que le hicieron y que sólo se publicó a modo de resumen en la edición escrita de Domingo del 5 de enero de 2003. Mi carta nunca fue publicada por el diario, y sólo recibí una breve y descortés respuesta de Mohme, indicándome que ya había conversado con el P. Baertl y que, por lo tanto, el asunto quedaba zanjado y ya no era necesario publicar mi carta.

Franz Guillén y Martha Gross

Héctor Guillén y Martha Gross

Parece que el asunto no quedó zanjado allí, pues el 18 de febrero de 2003, ante la falta de respuesta por parte de Luis Fernando Figari, los esposos Guillén-Gross le enviaron otra carta notarial mucho más extensa y detallada, describiendo los problemas que observaban en el Sodalicio y pidiéndole que cumplan con aquello a que se comprometieron:

«Pretendiendo dar “punto final a una controversia” el Sodalitium y La República se comprometieron ante la opinión pública el Domingo 5 de enero del 2003 a promover la “reconciliación” de la familia Guillén Gross. Nosotros sabemos la trascendencia social de la problemática y no estamos de acuerdo en considerar este asunto como un simple “problema familiar”.»

La carta, que no tiene desperdicio, hace una descripción de ciertas características presentes en el modo de actuar del Sodalicio y que son comunes a aquellas sectas que practican el control mental con sus miembros:

«…nos preocupa profundamente el encontrar en el Sodalitium ciertas características como: el control de la atmósfera social y la comunicación, el sentimiento de un “llamado superior”, la redefinición del lenguaje, el culto a la confesión (sobre todo pública), las exageradas demandas de pureza y santidad y sobre todo la dispensación de la existencia —que consiste en una prodigalidad irracional que pone en peligro la vida misma del adepto—, que describen en grupos sectarios destructivos profesionales de la talla de Pepe Rodríguez, Steven Hassan, Rick Ross, Margaret Thaler Singer, Robert Liffton, Michael Langone y John Hockman. Valga decir que desde el punto de vista psicológico la definición de secta considera que se trata de un grupo que ejerce en sus futuros adeptos técnicas de persuasión coercitiva con consecuencias que son científica y fácilmente comprobables y reproducibles.»

Se puede leer el texto completo de las dos cartas notariales de los esposos Guillén-Cross en el siguiente enlace:
http://www.elenciclopedista.com.ar/el-sodalitium-sodalites/

Con fecha de 21 de febrero de 2003, hubo una carta de respuesta de Germán McKenzie a la última carta notarial de los Guillén-Gross, pero desconozco su contenido.

REPORTAJE DE LA REVISTA CARETAS
(13 y 27 de marzo de 2003)

caretas

Con el objetivo de mejorar su imagen, el Sodalicio recurrió a periodistas de la revista Caretas, a fin de que se hiciera un reportaje de contenido positivo, para lo cual los invitaron a visitar algunas comunidades sodálites y obras de asistencia social.

La revista Caretas se ha caracterizado siempre por un estilo ligero e irónico en la presentación de su información. El resultado se ve en el artículo publicado, que muestra su mordiente sarcástica y burlona desde el título mismo: “Los once mil castos”. He aquí el artículo:

13 de marzo de 2003

Los once mil castos
http://www.caretas.com.pe/2003/1763/articulos/sodalicios.phtml

Si bien muchos miembros del Sodalicio se sintieron satisfechos por la nota periodística, debido a que —a su parecer— desmitificaba mucho del carácter sectario que se le había querido imputar a la organización, en realidad el tono sarcástico del artículo daba a entender que los sodálites eran personas que no podían ser tomadas en serio.

Aún así, no faltaron quienes se entusiasmaron con el artículo, como un padre de familia que le escribió a la revista la siguiente carta, que reproduzco junto con la respuesta de Caretas (ver http://www.caretas.com.pe/2003/1765/secciones/nosescr2.phtml).

EL SODALICIO

Lima, 17 de marzo del 2003

CARETAS 1763 ha mostrado que el Sodalicio no es ni elitista ni cerrado y que al contrario, se encuentra bendecido por numerosas vocaciones de jóvenes que libremente se encuentran atraídos por su espiritualidad y vida eclesial. Tengo el orgullo de tener dos hijos miembros del Sodalicio, los cuales veo que se desarrollan plenamente y viven felices su vocación al servicio a Dios, uno en el Perú y otro en Santiago de Chile.

Javier Blanco Llosa
DNI 10270769

CARETAS hizo una crónica de la visita al mundo de los sodálites. No todos los padres coinciden con lo expresado por este lector.

Sin embargo, lo que al principio fue considerado como una jugada inteligente terminó por volverse en contra del Sodalicio, pues Caretas publicó dos números más adelante una nota con el título de “Resquicios del Sodalicio”, donde se detallaba dos casos, el del matrimonio Guillén-Cross y su hijo Franz, y el de Fernando Gerdt Tudela, el cual relataba que iba a perder su casa en Arequipa por causa de un fraude cometido por miembros del Sodalicio. A través de los siguientes enlaces se puede ver el índice de la revista con el nombre y un sumario del artículo, y una copia del mismo incluido en un dossier sobre el “El caso Guillén-Cross” preparado por MASA-Perú.

27 de marzo de 2003
Resquicios del Sodalicio
http://www.caretas.com.pe/2003/1765/secciones/indice.phtml
http://galeon.hispavista.com/sectasperu2/productos1085705.html

El artículo motivó una carta aclaratoria de parte de Germán McKenzie. Caretas publicó la carta, junto con una misiva que había enviado Franz Guillén Cross. A continuación, reproduzco ambas cartas junto con la respuesta de Caretas (ver http://www.caretas.com.pe/2003/1766/secciones/nosescr1.phtml).

FE DE SODÁLITE

Lima, 28 de marzo del 2003

Respecto a “Resquicios del Sodalicio” de CARETAS 1766, el elemento fundamental de nuestra espiritualidad es el respeto a la libertad, conciencia, dignidad y derechos humanos de cada persona. Los miembros, todos adultos, que se han adherido libremente y ninguno está aislado ni de su familia ni de la sociedad; por el contrario mantienen comunicación fluida y libre.

El Fundador y Superior General del Sodalicio, D. Luis Fernando Figari, es un laico consagrado peruano cuyo pensamiento está reflejado en numerosas obras espirituales y sobre la fe de la Iglesia, que son de difusión pública. Con los esposos Héctor Guillén y Martha Gross hemos procurado mantener un diálogo como institución hasta que el señor Guillén no nos quiso recibir. Sus comunicaciones epistolares han sido todas respondidas. Sobre Fernando Gerdt, el Sodalicio no tiene vinculación jurídica con la Asociación Civil San Juan Bautista, que es una asociación independiente. El sacerdote sodálite, RP Javier Len, ha procedido a defenderse ante el Poder Judicial y en el proceso por delitos de difamación e injuria ya hay sentencia condenatoria, la que será leída próximamente.

Germán McKenzie González
Superior Regional
Sodalicio de Vida Cristiana

Ver siguiente carta.

Sao Paulo, 30 de marzo del 2003

No es cierto que esté sometido a un aislamiento de mis padres o de mi familia. De manera libre, me encuentro feliz de hacer en Brasil aquello para lo que he consagrado mi vida, que es el anuncio del Señor de hacer de éste un mundo mejor.

Lamento que mis esfuerzos de reconciliación no hayan sido correspondidos por mis padres. Intentos que se hicieron aún más difíciles después que mi padre pretendió impedir el ejercicio de mi libertad religiosa, por lo cual, temiendo por mi seguridad personal mientras viví en Perú, tuve que pedir garantías ante el Ministerio del Interior. A pesar de todo, el amor y la preocupación que siento por mis padres no han cambiado en absoluto. Confío que el tiempo, mis oraciones y mi testimonio personal los ayuden a ser más respetuosos de mis decisiones y de la institución a la que pertenezco.

Franz Guillén Gross
DNI 40766168

CARETAS ha consignado las versiones de las diferentes partes involucradas y también ha recibido diversas cartas firmadas por parejas de esposos que aseguran que, contrariamente a lo afirmado por los Guillén Gross, sus hijos han decidido voluntariamente y sin coacciones pertenecer al Sodalicio.

En resumen, Caretas se lavó las manos, aduciendo que había cumplido su labor periodística al consignar versiones encontradas sobre un mismo asunto. Y al Sodalicio el tiro le salió por la culata.

Como dato curioso, viene al caso comentar que Germán McKenzie dejaría de ser oficialmente miembro del Sodalicio de Vida Cristiana en septiembre de 2007. La explicación que dieron los responsables del Sodalicio a los miembros de la Familia Sodálite fue que se le había expulsado por faltas graves reiteradas. Esto ocurrió un mes antes de saliera a luz el caso de Daniel Murguía, otro sodálite consagrado, quien fue detenido por la policia mientras fotografiaba a un niño de la calle desnudo en un hostal del centro de Lima el 27 de octubre del mismo año. A consecuencia de ello, Murguía fue expulsado ipso facto del Sodalicio. Muchos creyeron que Germán había cometido faltas del mismo calibre, lo cual fue desmentido por los responsables del Sodalicio, sin especificar cuáles habían sido las supuestas faltas de quien fuera Superior Regional del Perú.

Germán McKenzie

Germán McKenzie

Germán McKenzie recibiría apoyo del Sodalicio para asentarse en los Estados Unidos y poder iniciar, al año siguiente de haber sido expulsado de la institución, estudios de religión y cultura en la Catholic University of America (Washington D.C.). En enero de 2010, Raúl Masseur, un sodálite de antigua hornada, le cedería su puesto de capellán en la Brock University de St. Catharines (Ontario, Canadá), responsabilidad que asumiría McKenzie hasta agosto de 2010. Se desempeñaría también como Director de la Oficina de Evangelización de la Diócesis de St. Catharines (Ontario, Canadá) desde enero de 2010 hasta diciembre de 2011. A partir de enero de 2012 lo encontramos como profesor adjunto en la Niagara University, en Lewiston (Nueva York, Estados Unidos). Desde junio de 2012 también es profesor visitante de la Universidad Juan Pablo II (San José, Costa Rica), cuyo rector es nada menos que el P. Emilio Garreaud, miembro de la generación fundacional del Sodalicio. Actualmente, McKenzie vive con su esposa Giuliana en Waterloo (Ontario, Canadá) y sigue manteniendo contactos con sodálites de alto rango. Su matrimonio se celebró en el año 2011 en una ceremonia litúrgica presidida por el el P. Juan Carlos Rivva, sodálite, y a la cual asistieron varios miembros del Sodalicio, muchos de ellos con cargos de responsabilidad en la institución.

Se trata de una curiosa trayectoria para alguien que fue expulsado oficialmente del Sodalicio. Ni siquiera aquellos que se han retirado de la institución por la puerta delantera, es decir, de mutuo acuerdo y cumpliendo con todas las formalidades del caso, han recibido un trato preferencial como éste.

¿Y cuáles pueden haber sido las supuestas “faltas graves” de McKenzie que habrían motivado su expulsión? Hasta el momento no han sido reveladas. Cuando entre miembros de la Familia Sodálite se comenzó a especular sobre posibles abusos sexuales, los responsables del Sodalicio simplemente lo negaron sin dar detalles concretos sobre cuáles habían sido las faltas. Lo cual no impidió que en los rumores de boca a boca la reputación de McKenzie fuera arrastrada por lo suelos. A decir verdad, si esas faltas realmente existieron, deben haber sido meras infracciones a las normas internas del Sodalicio, que cualquier persona normal nunca calificaría como “graves”. Tengamos en cuenta que el Sodalicio ha tenido como política invariable nunca dar a conocer públicamente de motu proprio delitos sexuales cometidos por sus miembros. En casos así, el encubrimiento ha sido la estrategia elegida.

También existe la posibilidad de que las supuestas “faltas graves” nunca hayan existido. En ese caso, se trataría únicamente de un pretexto para facilitar la salida rápida de un sódalite consagrado perpetuo con un alto cargo de responsabilidad, que sentía que una vida en celibato no era el camino apropiado para su desarrollo personal. Me inclino por esta hipotesis. Doy fe de la calidad humana de McKenzie, y hasta el momento de su expulsión, fue una de las pocas personas en quien había depositado mi confianza y a quien consideraba como un interlocutor inteligente y de mente abierta para tratar los temas que me preocupaban sobre el Sodalicio. Aunque llegué a tener la impresión de que también estaba sometido al código de silencio que impera en el Sodalicio, y por eso mismo dejó sin respuestas varios mensajes míos. Se comprenderá por qué la noticia de su expulsión me cayó como un cubo de agua fría y, junto con el caso de Daniel Murguía, fue uno de los detonantes del proceso de reflexión que finalmente me llevaría a la decisión de desvincularme definitivamente de una institución que parecía comportarse más bien como una mafia aunque tuviera sus tintes religiosos.

REPORTAJE DE LA REVISTA QUÉ PASA
(2 de mayo de 2003)

que-pasa

El siguiente reportaje importante sobre el Sodalicio que apareció en la prensa escrita fue publicado el 2 de mayo de 2003 en Qué Pasa, una revista chilena conservadora y liberal de centroderecha. El tono es más sereno y desapasionado que los artículos aparecidos anteriormente en medios peruanos —aunque recurre a ellos como fuente de información— y simplemente se limita a informar sobre lo que ha averiguado.

Se puede acceder al artículo a través del Internet Archive en el siguiente enlace:

2 de mayo de 2003
Gurú bajo sospecha
http://web.archive.org/web/20030515052045id_/http://www.quepasa.cl/revista/2003/05/02/t-02.05.QP.SOC.GURU.html

Debido a que informaba también sobre aquellos aspectos controvertidos del Sodalicio, el artículo no gustó a los miembros de la Familia Sodálite que lo leyeron, y las cartas a la redacción no se hicieron esperar. Estas misivas parecieran exigirle a la revista que presente una visión absolutamente positiva del Sodalicio, y niegan lo que ella dice de manera desfavorable para la institución sin presentar argumentos ni responder a cada uno de los puntos en cuestión. Dicho de otro modo, es el tipo de respuesta que alega que lo que el adversario dice es falso solamente “porque lo digo yo, que conozco mejor a los sodálites”, y que se había visto reflejada antes en muchas de las cartas que llegaron a la redacción de La República.

A continuación, reproduzco dos de esas cartas junto con las breves réplicas que les dio la redación de la revista. La primera proviene de cuatro mujeres que se identifican como integrantes del Movimiento de Vida Cristiana, y la segunda, de Alessandro Moroni, entonces Superior Regional del Sodalicio en Chile y actualmente Superior General de la institución.

Publicado en Qué Pasa el 9 de mayo de 2003

Fieles al Sodalicio

Somos un grupo de cuatro mujeres jóvenes que pertenecemos hace tres años al Movimiento de Vida Cristiana del Sodalicio. Siendo todas católicas, hemos encontrado en el movimiento el espacio y el apoyo necesario para experimentar una auténtica y comprometida vida cristiana, a la luz del Evangelio y de las enseñanzas de la Iglesia a la que hemos sido siempre fieles.

Con decepción hemos leído el reportaje aparecido en su revista el pasado viernes 2 de mayo, titulado “Gurú bajo sospecha”. El artículo no se basa tanto en hechos sino más que nada en opiniones y dichos de ciudadanos peruanos que, obviamente, están en contra del Sodalicio. Además, algunos de los hechos revelados son derechamente falsos, como las supuestas querellas instaladas en tribunales peruanos y la vinculación de nuestro fundador a Tradición, Familia y Propiedad. Para los que conocemos el movimiento, nos preocupa la actual avidez de los medios de comunicación por dar un cariz negativo de manera sensacionalista a todo tema que toque a la Iglesia. Consideramos que en aras de una información objetiva se debió haber tomado en cuenta, al menos, la opinión de algunos de los adherentes que integramos Sodalicio, que no está reflejada en el reportaje. Incluso, de la extensa entrevista que hicieron al superior de Chile Alessandro Moroni, no citan ni una palabra y lo que se menciona no tiene relación con el diálogo que hubo en la realidad.

Constanza Leontic Goñi, Sandra Schemel, María Francisca Rivas Anguita, Andrea Valdivieso Arellano

Nota de la Redacción

Quienes lideran la ofensiva legal contra Figari ratifican la existencia de 58 denuncias en diferentes tribunales de Perú. Los testimonios provienen de personas que pertenecieron al Sodalicio o tienen algún vínculo familiar con el movimiento. La voz oficial en Chile, el superior Alessandro Moroni, fue una fuente más del artículo, fue citado cinco veces en el texto y, tal como se consigna, sólo se abstuvo de hacer comentarios respecto del pasado que se le atribuye al fundador en Perú.

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Publicado en Qué Pasa el 16 de mayo de 2003

Fieles al Sodalicio

En el artículo publicado sobre nuestra institución, todo lo afirmado en contra de Sodalitium Christianae Vitae y de su fundador es falso. La afirmación sobre la existencia de 58 denuncias contra Sodalitium es absolutamente falsa. El Sodalitium no ha recibido querella ni denuncia de ningún tipo ante los tribunales del Perú ni de ningún otro país.

El cardenal Juan Landázuri, arzobispo de Lima entre 1954 y 1989; su sucesor, el cardenal Augusto Vargas, SJ; y numerosísimos obispos y sacerdotes, han conocido bien la vida y trayectoria del fundador del Sodalitium.

Del propio reportaje se infiere que tales imputaciones son producto de conjeturas obtenidas a partir de trascendidos e informaciones comprometidas con un querer totalmente ajeno a ella.

Con todo, es el caso señalar que el Sodalicio, como expresión de la Iglesia, defiende los valores de la familia. Lo ha hecho siempre. Nuestra espiritualidad habla del matrimonio como un camino de santidad. Y no es un asunto marginal, como lo expresa la adherencia de decenas de matrimonios al Sodalicio, así como los millares de matrimonios que forman parte de la Familia Sodálite. Por esta razón, nos repugna la deformación que el reportaje pretende presentar de nuestra aproximación a la familia, ya que nuestro pensamiento y convicción es justamente contrario. Con ello se nos desdibuja y deforma a través de frases comunes y una inaceptable caricatura.

Alessandro Moroni, Superior de Sodalitium Christianae Vitae Chile

Nota de la Redacción

Según informa uno de los querellantes, las denuncias, tal como se consigna en el artículo, recaen sobre Luis Fernando Figari y no sobre el movimiento. Desde la publicación del reportaje hasta el cierre de esta edición, el número de presentaciones judiciales en contra del fundador del Sodalicio en los tribunales peruanos había ascendido a 62.

Qué Pasa publicaría dos años después, el 5 de noviembre de 2005, un reportaje más benigno sobre el Sodalicio, que lleva el título de El batallón peruano del Cardenal. Este reportaje ya no está disponible en la página web de la revista, pero una copia del texto publicado se puede leer en el siguiente enlace:
http://ar.groups.yahoo.com/group/PEVA/message/2853

OTROS ESCRITOS

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Herbert Mujica

Hay otros autores que han escrito sobre el Sodalicio, como el periodista arequipeño Herbert Mujica, el filósofo y periodista mexicano Édgar González Ruiz y el articulista Roberto Valdivia, sin añadir nada relevante a lo que ya se conoce por otros medios y sin mostrar un conocimiento a fondo de la institución. Sus escritos han de ser considerados como meros artículos de opinión, con algunas disquisiciones interesantes, aunque no todo tenga el mismo valor. A mi parecer, a veces caen en generalizaciones inadecuadas y llegan a conclusiones discutibles que extienden a toda la Iglesia sólo en base a sus reflexiones sobre el Sodalicio y sobre los sectores eclesiales más conservadores. Para quien tenga interés en revisarlos, los artículos de Mujica, González Ruiz y Valdivia están disponibles en la página web de Red Voltaire (http://www.voltairenet.org/es).

Como se podrá constatar, nadie en el Sodalicio ha presentado nunca de manera pública aclaraciones convincentes sobre cada uno de los puntos cuestionables que han sido señalados en la prensa escrita. Como institución que está convencida de estar “ensayando la verdad” —según dice uno de sus lemas—, cree que basta con replicar que lo que se cuenta sobre ella es falso y no corresponde a la verdad para acallar cualquier duda. Sea como sea, partiendo del postulado de que el Sodalicio es una iniciativa querida por Dios y amparándose en una aprobación pontificia que casi nadie sabe cómo obtuvieron, los responsables se niegan a dar las explicaciones del caso y mucho menos a abrir las puertas de la institución para una investigación en toda regla. Ni siquiera dentro del Sodalicio saben la mayoría de sus miembros qué secretos se esconden en la institución, pues siempre se ha controlado la información a la cual los sodálites pueden acceder, de modo sólo sepan lo que la cúpula quieren que se sepa. La visión idealizada de la historia del Sodalicio es cuasi-dogma en la institución. Esto, unido a una disciplina férrea que forma sólo para obedecer y adherirse a un pensamiento único, considerándose cualquier reflexión crítica y personal como una tentación mundana o diabólica, sólo puede generar mentalidades refractarias a la realidad en todos sus matices y a la verdad de los hechos en toda su desnudez, por más incómodos y desagradables que sean. ¿Hay un cambio a la vista? No lo creo, mientras se siga ejerciendo este control mental sobre los miembros del Sodalicio, disfrazado de medidas de formación en la espiritualidad cristiana. Mientras tanto, no queda más remedio que seguir escribiendo, a fin de contribuir a que la verdad se vaya abriendo paso.

SODALITIUM 92: ÚLTIMA ESTACIÓN… SAN BARTOLO

Este artículo es la continuación de mi anterior escrito SODALITIUM 92: MOMENTO DE DECISIÓN.

San Bartolo, Ribera Sur

San Bartolo, Ribera Sur

Era la mañana del 21 de diciembre de 1992. Ya había amanecido. Me encontraba al lado de la Carretera Panamericana Sur, en medio del paisaje desértico típico de la costa peruana, a la altura de San Bartolo, balneario situado a unos 50 kilómetros al sur de Lima. Estaba sucio, cansado y con el alma hecha trizas, tras una noche sin pegar ojo, después de haber realizado una larga caminata de madrugada en una ciudad bajo toque de queda y después de un viaje en autobús, donde había dormitado un poco tras vaciar el contenido de una lata de leche condensada Nestlé. Sólo tenía que atravesar un breve trecho de arenal hasta el arco de hormigón que señala la entrada a San Bartolo y caminar aproximadamente un kilómetro hasta llegar a la calle que baja hacia la Ribera Sur, donde se hallan las comunidades Inmaculada del Rosario y Nuestra Señora de Guadalupe, centros de formación para jóvenes que aspiran a una vida consagrada en el Sodalicio de Vida Cristiana.

Ya en el año 1992 esos centros gozaban de una especie de aura mítica entre los miembros de la Familia Sodálite. Eran considerados como lugares donde se aprendía a vivir una exigencia heroica acorde con la espiritualidad sodálite, un compromiso cristiano llevado hasta sus últimas consecuencias, una disciplina que debía ser sustento de la fidelidad dentro de la vocación a la vida consagrada. Ir a vivir a San Bartolo implicaba tener el valor para someterse a prácticas físicas y psicológicas que ponían a prueba la resistencia personal de uno mismo.

Lo que pocos sabían era que San Bartolo también era el centro de rehabilitación de aquellos sodálites de comunidad que pasaban por momentos personales difíciles y entraban en crisis. Y que, por eso mismo, era conocido coloquialmente en tono humorístico como “la Siberia”. Porque una vez superada la etapa de formación, no era un lugar adonde se quisiera regresar. Pues el estilo de vida que allí se practicaba podía llevar a algunos hasta los límites de su resistencia. Si bien muchos jóvenes consideraban como una bendición ser elegidos para pasar un tiempo en San Bartolo, para aquellos sodálites de mayor rango ser enviado de vuelta a ese lugar era percibido como una sanción que usualmente venía acompañada de una sensación de fracaso. Y para algunos fue la última estación antes de iniciar su viaje hacia la libertad.

La primera de estas comunidades de formación, Nuestra Señora de Guadalupe, comenzó a funcionar el año 1983 en una casa ubicada cerca del último espigón o muelle de la bahía, donde terminaba la calzada para vehículos. Posteriormente la casa, que inicialmente contaba sólo con dos plantas, sería ampliada con una terraza y más plantas con dormitorios adicionales, aprovechando la ladera que subía hacia el malecón que recorría toda la Ribera Sur. En medio de la bahía, a unos 300 metros en línea recta desde la casa y cerca del Club Náutico, se eleva un peñón de roca desnuda, donde se posan habitualmente bandadas de gaviotas y alcatraces. Este peñón, conocido como “la isla”, adquiría un significado simbólico para todo aquel que pasaba su etapa de formación en San Bartolo. Era de precepto nadar varias veces al día hacia esta formación rocosa, lo cual implicaba un esfuerzo físico al que no estaban acostumbrados los recién llegados, pero a medida que pasaban las semanas se iba convirtiendo en una cuestión de rutina. La “isla” entraría a formar parte de la mitología sambartolina y, en cierto sentido, dominaría con su presencia simbólica todo el período de formación de los que estaban allí.

Inmaculada del Rosario, la segunda casa de formación, está ubicada en la bajada hacia la Ribera Sur, cerca del primer espigón. Esta casa fue adquirida en 1984 y remodelada para adecuarse a las necesidades de una comunidad de formación. A fines de ese año, cuando los trabajos de acondicionamiento arquitectónico aún no habían terminado, yo fui elegido para formar parte de la primera comunidad que habitaría esa casa de formación, siendo superior de ella Emilio Garreaud, miembro de la generación fundacional del Sodalicio y actualmente sacerdote sodálite. También formaron parte de esa comunidad Alejandro Bermúdez —el actual director de ACI Prensa—, Javier Len, Juan Carlos Quiñe y Juan Carlos Rivva —los tres, sacerdotes sodálites en la actualidad—, Humberto del Castillo, Rafael Álvarez-Calderón, José Luis Zavala y Mario “Pepe” Quezada, uno de los fundadores del grupo musical Takillakkta —los otros fueron el mismo Alejandro Bermúdez, Ricardo Trenemann y quien les habla—.

Las comunidades de formación de San Bartolo fueron en realidad centros de experimentación, donde Luis Fernando Figari, entonces Superior General del Sodalicio, podía ensayar “métodos de formación” con aquellos que aspiraban a ser sodálites consagrados, con promesas de obediencia, celibato y comunicación de bienes —una peculiar manera de querer conjugar el voto clásico de pobreza con la posesión de bienes personales—. El objetivo era configurar a los candidatos de acuerdo al ideal de hombre que proponía Figari en su ideología religiosa. Y para ello se buscaba modelar todos los aspectos de la persona: el físico, el psíquico, el espiritual. Para lograr esto no se escatimaba en medidas que llegaban hasta el límite de lo humanamente tolerable. Y con el fin de garantizar en lo posible que no hubiera influencias ajenas, se generaba un entorno aislado del mundo externo, lo cual implicaba no tener acceso a periódicos, revistas, televisión, radio durante todo el período de formación. Por lo general, no estaban permitidas las visitas de familiares, aunque ocasionalmente se hacían excepciones. Asimismo, se tenía programadas y controladas todas las actividades de la persona, desde que se levantaba hasta que se acostaba. La vida privada era reducida a su mínima expresión. Ni siquiera era posible recibir correspondencia sin restricciones, pues todas las cartas eran abiertas y revisadas por el superior, quien decidía después de haberlas leído si las entregaba al destinatario o no.

Los ejercicios físicos constituían uno de los mayores retos cuando se pasaba un período de formación en San Bartolo. Tras ser despertados a tempranas horas de la mañana, a eso de las seis, venían dos horas que debíamos dedicar a hacer ejercicios fisicos (abdominales, cuclillas y planchas de diferentes tipos), correr una determinada distancia y, finalmente, nadar una o dos veces ida y vuelta hacia la “isla”. Estos ejercicios se repetían al mediodía durante aproximadamente una hora, con el consiguiente recorrido a nado hacia la “isla”. Poco antes de las cuatro de la tarde, después de la siesta, había que nadar otra vez hacia la “isla”. Al principio, era duro acostumbrarse a esta rutina, pero con el tiempo se conseguía, aunque nunca faltaron problemas de salud o lesiones en alguno que otro de los candidatos debido a algunos excesos en los ejercicios.

Curiosamente, las tres veces que viví en San Bartolo, en la comunidad Inmaculada del Rosario —de diciembre de 1984 a mayo de 1985; de agosto a diciembre de 1988; de diciembre de 1992 a julio de 1993—, me sobrevinieron dolencias de cierta gravedad, aunque sólo dos de ellas estén relacionadas directamente con los ejercicios físicos.

La primera vez se debió a que Emilio Garreaud, observando los materiales de construcción que había por todas partes en los exteriores, debido a que todavía no habían terminado los trabajos de remodelación de la casa, tuvo una ocurrencia y me ordenó que hiciera cuclillas con un saco de cemento de unos 25 kilogramos sobre los hombros. Cuando Garreaud le dijo a Juan Carlos Quiñe que hiciera yo mismo, yo le indiqué lo peligroso que podía ser esto, pues Juan Carlos sufría de la espalda. Garreaud hizo caso omiso de mis indicaciones, y tuvimos que hacer los ejercicios con esta carga, convencidos de que era lo mejor, pues al superior había que obedecerle y «el que obedece, no se equivoca», además de que «el superior sabe mejor que uno mismo lo que es bueno para uno». Paradójicamente, no fue Quiñe quien sufrió las consecuencias de los ejercicios, sino yo, pues me sobrevino ese día un dolor de espalda fuerte y persistente. Y sucedió que en aquellos días el Papa Juan Pablo II venía por primera vez de visita al Perú y se había previsto que los miembros de la comunidad debíamos estar en la Plaza Mayor de Lima para recibir con toda la multitud al Sumo Pontífice. Yo no quería perderme ese momento. De modo que Emilio me prestó una faja ortopédica que él usaba en ocasiones, para que por lo menos ya no sintiera tanto el dolor. El remedio terminó siendo peor que la enfermedad. El día 1° de febrero tuvimos que acudir con anticipación al centro de Lima para poder acceder a la Plaza Mayor de la ciudad. Y cuando digo «con anticipación», me refiero a una cantidad considerable de horas. De este modo, llegamos temprano a nuestro destino y la espera del Papa se prolongó ocho horas, durante las cuales estuve de pie en medio de la multitud, soportando estoicamente los dolores como mejor podía. Al final hizo aparición Su Santidad, hubo la euforia esperada, los gritos de aclamación y la sensación de estar presenciando un acontecimiento único, pero después, cuando regresamos a San Bartolo, mi situación era tal, que no podía doblar el cuello para mirarme la punta de los pies sin que me asaltaran fuertes punzadas en la espalda que me hacían retorcerme de dolor. De modo que durante los siguientes días yo fui el designado para quedarme en la casa, acompañado de Rafael Ísmodes —uno de los sodálites de mejor calidad humana que he conocido—, el cual vivía en la otra comunidad y había sido elegido para quedarse precisamente porque era quien más ansiosamente había manifestado sus deseos de ver al Papa en vivo. Al día siguiente hubo un encuentro de los jóvenes con el Papa Juan Pablo II en el Hipódromo de Monterrico, y Rafael y yo nos quedamos viendo el evento por televisión —yo, sentado en posición vertical sin apenas moverme—, mientras todos los demás miembros de la comunidad acudían al encuentro, ante la sana envidia de Rafael. Necesité una semana de reposo para recuperarme.

La segunda vez que estuve en San Bartolo me apareció un punto blanco en la garganta que pronto se extendió hasta convertirse en una bola de materia infectada. No sé qué pudo ocasionar la infección. Lo cierto es que tuve que ser llevado a un médico especialista en Lima y recibir una inyección de antibióticos para luego continuar el tratamiento con pastillas.

La tercera y última vez, probablemente debido a los ejercicios severos y a que yo ya no contaba con el físico requerido —estaba por cumplir los 30 años de edad—, se me inflamaron los tendones de la espalda al punto de que no podía caminar sin apoyarme en las paredes. El médico que me trató me puso una inyección directamente en los músculos dorsales afectados, y durante la siguiente semana tuve que guardar cama y recibir a diario inyecciones intramusculares. El 6 de mayo, día de mi cumpleaños, lo pasé en cama.

Desde la primera a la última vez que estuve en San Bartolo, poco cambió en el estilo de vida que se lleva en las casas de formación. He de reconocer que las medidas que se tomaban para salvaguardar la salud e integridad física de los candidatos no siempre fueron suficientes, sobre todo cuando el oleaje era fuerte y el riesgo de estrellarse contra las rocas en la “isla” o en los espigones era grande. Pues la obligación de nadar ida y vuelta hacia la “isla” se mantenía aunque la mar estuviera brava. Si a eso le sumamos otras imprudencias, como, por ejemplo, hacernos entrar de noche al mar en una zona llena de rocas y peñas cubiertas de estrellas de mar y erizos marinos, donde la olas reventaban con fuerza, debemos dar gracias a Dios de que no hayan pasado cosas peores.

Algunas de las lesiones que uno adquiría en San Bartolo eran curiosas, como la costra que se formaba en el lugar donde la espalda pierde su nombre debido a los cuantiosos abdominales que teníamos que hacer, o las fisuras en la zona anal que adquirieron un par de muchachos por saltar desde un peñón de la “isla” al mar, sin tener noción ni experiencia de qué posición adoptar a fin de no hacerse daño cuando se salta al agua desde esa altura. Pero todo eso también era parte de la formación. La seguridad de las personas tenía una prioridad menor que el cumplimiento de los objetivos o el aprendizaje del arrojo y la valentía, aunque ello implicara cometer actos que pusieran en riesgo la integridad física de las personas. O incluso que pusieran en riesgo su vida.

El 29 de julio de 2011 se ahogó en la playa Santa María —ubicada muy cerca del balneario de San Bartolo— un muchacho brasileño que estaba en compañía de miembros de las comunidades sodálites de formación. Todo parece indicar que se trataba de un emevecista del Brasil al que se consideraba como un posible candidato al Sodalicio y, por lo tanto, se le había llevado de visita a las comunidades de formación de San Bartolo para mostrarles el lado benévolo y atrayente del estilo y la disciplina sodálites. Era una práctica común hacer esto con muchachos que todavía estaban indecisos, para que se sintieran alentados por el tipo de vida aventurera y la exigencia “heroica” que se practica en San Bartolo, además de hacer que se sintieran acogidos en una comunidad que supuestamente respondía a las inquietudes propias de esa edad. José Enrique Escardó, quien se halla en las antípodas de mis convicciones personales sobre temas como la fe, Dios y el sentido de la existencia, ha hecho sin embargo un análisis con una lógica sólida y rigurosa sobre cómo los medios “informaron” —o mejor dicho, “desinformaron”— sobre este asunto (ver http://elquintopie.blogspot.de/2011/08/misterios-no-tan-santos-detras-de-la.html).

En ese entonces, frente a uno de los comentarios de alguien que afirmaba:  «Accidentes así pasan. […] Así que en una noticia [se] diga que existen responsables sobre la muerte de Joao es totalmente injusto y parcial», yo repliqué lo siguiente:

«Es cierto que un accidente es un evento inesperado, no previsto, no deliberado, no querido por nadie. Sin embargo, eso no significa que no hayan responsables, pues en la mayoría de los accidentes hay una fuerte dosis de falta de previsión e irresponsabilidad por parte de alguno o algunos de los participantes. Por eso mismo se suele investigar las circunstancias que llevaron a que ocurriera el accidente para determinar las responsabilidades.

Dado que es peligroso ingresar a un mar con fuerte oleaje y corrientes traicioneras, me pregunto:

  • ¿Se tomaron todas las medidas de seguridad del caso?
  • ¿Se aseguraron los acompañantes de que estuviera presente un salvavidas o alguien con una formación profesional similar?
  • ¿Se contaba con chalecos salvavidas, boyas o botes inflables para prevenir una situación de riesgo?
  • ¿Había la certeza de que el joven brasileño podía afrontar el oleaje con éxito?
  • ¿Se alentó al muchacho a entrar al mar, sin medir las consecuencias que ello podía tener?
  • ¿O se subestimó el peligro, asumiendo la irresponsable filosofía del “no pasa nada”, es decir, como nunca ha pasado nada de trágicas consecuencias, tampoco ahora tiene por qué pasar?

Si me dicen que el muchacho entró por voluntad propia, sin que nadie lo haya alentado a eso, más bien habiendo los otros buscado impedir que lo haga, la responsabilidad recaería principalmente sobre la víctima. Pero no fue esto lo que pasó, según se deduce de los hechos. Lo injusto y parcial sería no investigar nada, y enterrar el asunto como si nadie hubiera tenido la culpa. Porque aquí estamos hablando de algo que podría ser considerado como un caso de homicidio culposo o por negligencia.»

Lo cierto es que parece que el asunto nunca fue investigado a fondo, y, como suele ocurrir en el Perú, no hubo responsables ni culpables del accidente. Sería interesante conocer la versión del Sodalicio, pues podría aportar información que confirme o refute las hipótesis que hemos planteado. Mientras tanto, que cada quien saque sus conclusiones.

Como anéccdota curiosa en relación a los ejercicios físicos, puedo contar lo siguiente. José Luis Zavala, un muchacho alto, simpático y de carácter sencillo, a quien llamábamos con el sobrenombre de “Babalu”, originó, sin quererlo, un término propio de la jerga sodálite y emevecista, que se usa hasta ahora. Como no le era tan fácil hacer los abdominales, con frecuencia hacía pausas prolongadas, quedándose echado. El superior o el encargado de supervisar los ejercicios, cuando se deba cuenta de esto, le decía: «no te eches, Babalu, no te eches». Con el tiempo, la expresión “no te eches” llegó a ser equivalente a “esfuérzate, no te rindas, sigue adelante”, y el adjetivo “echado” comenzó a utilizarse para designar a toda persona que no hacía esfuerzos para superar los retos que se le presentaban. Esta terminología sólo se entiende dentro de los ámbitos de la Familia Sodálite, y resulta extraña e incomprensible para quien viene de otros ambientes. Forma, junto con otros términos, una jerga propia de los sodálites y emevecistas, que no es otra cosa que un un lenguaje plagado de frases hechas o clichés con la función de adoctrinar, a la vez que mantener un cierto control del pensamiento verbal mediante el control del lenguaje.

Una vez terminados los ejercicios, el resto de la jornada estaba dedicado a las actividades espirituales (Laudes, Completas, oración mental o meditación, rosario, lectura bíblica, lectura espiritual y lectura de los escritos del Fundador, visitas al Santísimo Sacramento, ocasionalmente Misa) y al estudio, siguiendo un programa de formación. Quien había estado siguiendo estudios en alguna universidad, solicitaba licencia para dejar de estudiar durante uno o dos semestres. Pero quienes estudiaban en la Facultad de Teología Pontifica y Civil de Lima, iban temprano en un minibús que pertenecía a la comunidad y regresaban a la hora del almuerzo. También se programaban cursos internos para inculcarnos la visión propia del Sodalicio en temas teológicos, bíblicos, históricos y de doctrina social. A Figari no le interesaba que los candidatos desarrollaran un pensamiento propio, sino que asumieran el que él tenía y usaran sus capacidades intelectivas sólo para profundizarlo y difundirlo, nunca para cuestionarlo.

En líneas generales, se vivía una exigencia extrema, que producía una continua tensión, a lo cual se sumaban los castigos más insólitos frente a cualquier falta. Incluso había sanciones que no obedecían a ninguna falta que pudiera haber cometido el implicado, sino que tenían la única finalidad de romper toda resistencia interna y hacer que el sujeto estuviera dispuesto a obedecer ciegamente sin rechistar. Una de estas medidas, por ejemplo, era conocida como el “huracán”, que consistía en que alguien enviado por el superior ingresaba al espacio asignado a la víctima en alguno de los dormitorios compartidos, cuando ésta se hallaba ausente, desordenaba la cama, incluso retirando el colchón de su sitio, y sacaba toda la ropa de los armarios y la desperdigaba por todas partes, convirtiendo el aposento de la persona afectada en una zona de desastre. Si bien esta medida se aplicaba con toda seguridad al menor desorden que hubiera en el sitio que a uno le correspondía, también era factible que se efectuara cuando todo estaba impecable y en su sitio. El inquilino del cubículo tenía la obligación de volver a poner todo en su lugar, de manera impecable, sin manifestar la más mínima queja, pues ello podía conllevar la aplicación de castigos adicionales.

También podía ocurrir durante alguna de las comidas que el superior le volteara el plato de comida en la cabeza a uno de los comensales. Una vez entré a la cocina durante un almuerzo para traer platos servidos, y cuando regresé quien estaba sentado al lado del superior tenía una raja de tomate encima de la cabeza y una hoja de lechuga sazonaba le colgaba de la oreja. El sujeto permanecía tranquilo con cara de palo, pues protestar o manifestar desagrado podía ser motivo de que se repitiera la medida en otra ocasión o se aplicaran otras medidas penitenciales.

Sea como sea, era frecuente que las penitencias no guardaran proporción con las faltas que se pretendía castigar. Recuerdo que a “Pepe” Quezada le correspondía ir de compras al mercado de San Bartolo y cometió el error de poner una papaya en el fondo de la bolsa. Cuando llegó a la casa, la papaya estaba completamente aplastada bajo el peso de todos los demás productos. Su castigo fue dormir en la noche con la papaya amarrada al cuello. Amaneció al día siguiente embarrado con la pulpa de la fruta y sobre unas sábanas llenas de manchas de color naranja. Otro castigo podía ser, por ejemplo, pasar hasta una semana alimentándose sólo de pan y agua, o incluso peor, de lechuga y agua. Quienes eran sometidos a este régimen debían estar presentes durante todas las comidas y ver cómo los demás se llevaban a la boca los alimentos que a ellos les estaban prohibidos. Uno de los castigos más frecuentes era el incremento de los ejercicios o de las veces que se tenía que nadar hacia la “isla”.

La privación de sueño también era moneda corriente en San Bartolo. Comenzando porque la hora de acostarse siempre se hallaba alrededor de la medianoche. Podía ocurrir que se programara vigilias nocturnas durante la madrugada para rezar en adoración al Santísimo Sacramento en la capilla, en turnos de una hora. Uno se tenía que despertar en la madrugada para cumplir con su turno. Pero también podía ocurrir que, sin motivo alguno, el superior entrara pasada la medianoche a despertar a todos para hacer un poco de ejercicios y luego darse un chapuzón nocturno en la mar fría.

José Enrique Escardó fue el primero que detalló por escrito estas prácticas en unos artículos incendiarios que escribiera para la revista Gente. En estos artículos hay que distinguir entre los mismos hechos que se narran y el estilo anticlerical exaltado y florido que emplea el columnista, empleando el recurso retórico de presentarse como una especie de Anticristo —reminiscente del discurso del filósofo alemán Nietzsche— que viene a denunciar “proféticamente” a una Iglesia hipócrita y abusadora. Lamentablemente, la forma que empleó fue utilizada como argumento en su contra y finalmente hubieron presiones de tipo económico sobre Enrique Escardó, su padre y director de la revista, para que su hijo dejara de redactar artículos con esa temática. Los contenidos mismos de los artículos quedaron sin respuesta, y José Enrique fue desacreditado como una persona que había perdido los cabales y, que por lo tanto, no era fiable ni creíble en lo que contaba. Es ésta la táctica que siempre ha usado el Sodalicio para silenciar a aquellos que lo critican.

Sin embargo, no obstante que yo mismo no puedo estar de acuerdo con la postura anticristiana y anticlerical de José Enrique, tengo que admitir que los hechos que narra sucedieron efectivamente y eran prácticas comunes en San Bartolo. Entre ellas se cuenta:

  • hacer dormir a algunos miembros de la comunidad en la escalera;
  • burlarse de los complejos y defectos físicos y psíquicos de algunos, con el pretendido fin de que aprendieran a reírse de sí mismos y tener una actitud independiente y desprendida hacia sus propios defectos;
  • pasar la noche en vela en la capilla;
  • hacer mezclas repugnantes con la comida (como, por ejemplo, echarle ketchup, mostaza, sal y pimienta al arroz con leche) y hacérsela comer a la persona afectada;
  • hacer en ocasiones que la gente nadara hasta la “isla” con ropa puesta.

Muchas veces se ha comparado todas estas medidas con las que se aplican en la formación militar. De hecho, el estilo de vida que se llevaba en San Bartolo pretendía ser la plasmación perfecta de la máxima «Mitad monje, mitad soldado», considerada en el Sodalicio hasta los años ’80 como irrenunciable, pero que sin embargo fue vetada y retirada de circulación en la década de los ’90.

Admito que todo esto no era cosa que una persona joven y con cierto temple físico no pudiera aguantar. Y aún cuando muchas de las prácticas de formación eran humillantes y llevaban la resistencia humana hasta el límite, los que estaban allí formándose aceptaban todo como si fuera lo más normal del mundo. Más aún, sabían lo que les esperaba en San Bartolo —aunque nunca faltaban las —. Y tomaban todas las pruebas como retos que había que asumir y superar, con ánimo alegre y entusiasta, sin que se les ocurriera protestar o negarse a cumplir las órdenes. ¿Cómo se explica esto?

Una persona en sus sanos cabales no aceptaría este tipo de trato. Muy distinto es el caso de personas cuya capacidad de decidir con libertad ha sido secuestrada y condicionada mentalmente, sin que ella sea consciente de ello. Veamos. El terapeuta Steven Hassan, autor del libro Cómo combatir las técnicas de control mental de las sectas (Combatting Cult Mind Control, 1988), señala cuatro componentes de lo que él llama “control mental”:

  1. Control del comportamiento, que «es la regulación de la realidad física del individuo. Incluye el control de su entorno —el lugar donde vive, qué ropa viste, qué come, cuántas horas duerme— así como su trabajo, rituales y otras acciones que realiza».
  2. Control del pensamiento, que «incluye un adoctrinamiento tan profundo de los miembros que éstos interiorizan la doctrina del grupo, incorporan un nuevo sistema de lenguaje, y utilizan técnicas de interrupción del pensamiento para mantener la mente “centrada”».
  3. Control emocional, que «intenta manipular y reducir el alcance de los sentimientos del individuo. El miedo y la culpa son las herramientas necesarias para mantener a la gente bajo control. La culpa es, con toda probabilidad, el arma emocional más sencilla y eficaz que existe para conseguir la conformidad y la sumisión».
  4. Control de la información, que «es el último componente del control mental. La información es el combustible que utilizamos para que nuestra mente funcione correctamente. Niéguele a un individuo la información que necesita para emitir un juicio acertado y será incapaz de hacerlo. La gente permanece atrapada en las sectas destructivas porque no sólo se le niega el acceso a una información crítica sino que además ha sido despojada del mecanismo interno necesario para procesarla. El control de la información tiene un impacto tan dramático como devastador».

Estos cuatro componentes han estado presentes de una u otra manera en las estrategias que ha empleado el Sodalicio para captar adeptos y mantenerlos. De este modo, todas las actividades de la persona ya están programadas desde que se levanta hasta que se acuesta y se le exige dar cuenta de ella través de un control minucioso que se expresa en el “examen de conciencia” diario y en las listas de actividades cumplidas que había que rellenar, además de que se controla hasta la apariencia física y la ropa que se viste (control del comportamiento). El adoctrinamiento era constante, de modo que había que asumir como propia la ideología religiosa de Luis Fernando Figari, leer y estudiar sus escritos continuamente, y aprender y utilizar una terminología propia de la institución sodálite y organismos asociados y que sólo se usa en esos ámbitos, así como cortar de raíz cualquier pensamiento crítico que a uno se le pasara por la cabeza (control del pensamiento). Las frecuentes intromisiones en la propia psique a través de dinámicas grupales agresivas y conversaciones personales que asemejaban interrogatorios, buscando que uno se autoinculpara continuamente y se sintiera una mierda, así como la inducción del miedo a desobedecer, más aún a irse, por las supuestas terribles consecuencias que ello podría traer consigo, no son otra cosa que un control emocional que disminuye la libertad de los individuos. Y la supervisión de lo que uno leía y veía (libros, revistas, televisión, películas), habiendo incluso libros permitidos y de lectura obligatoria, y otros cuya lectura estaba vetada, no es otra cosa que un control de la información, que llegaba a extremos cuestionables con la interceptación y revisión de la correspondencia escrita.

Todo esto encontraba su máxima expresión en San Bartolo. La mayoría de los muchachos que se han formado allí no eran conscientes de que estaban siendo sometidos a mecanismos de control mental. Por lo tanto, resulta problemático afirmar que todos se encontraban allí por libre voluntad. Y eso se reflejaba en el hecho de que, para muchos de ellos, el período de formación en San Bartolo sólo era soportable gracias a que se sabía que en algún momento iba a terminar. Se aceptaba pasar un año allí, o a lo más dos años, porque se tenía la certeza de que no toda la vida se iba a vivir bajo el mismo régimen. Aunque también se han dado muchos casos de personas que no aguantaron ese estilo de vida y terminaron yéndose antes. Como sucedió en el caso del mismo José Enrique Escardó, o aquel otro caso que él menciona en uno de sus escritos, «cuando uno de los chicos que se escapó de ahí antes que yo y todos nos reunimos para que el superior de nuestra comunidad nos dijera que “ya ni siquiera vale la pena rezar por él porque se ha perdido”».

San Bartolo era incluso para los sodálites un lugar donde valían otras leyes, donde estaba permitido correr riesgos que no se permitirían en otros contextos. Recuerdo que cuando llegué a Inmaculada del Rosario en el año 1988, en Nuestra Señora de Guadalupe tenían un problema serio con los desagües. Como ocurre en muchas casas del balneario, las tuberías de desagüe terminaban en un silo subterráneo, donde se iban sedimentando los excrementos que se degradaban biológicamente y eran absorbidos de manera natural por el subsuelo. Cualquier sustancia extraña que terminara en el silo, como, por ejemplo, papel higiénico, interfería con este proceso de absorción y podía generar incluso un atoramiento del sistema. Y eso era precisamente lo que había pasado. Los excrementos habían llegado a rebalsar el silo y en toda la casa se sentía un penetrante olor a mierda. La solución no fue llamar a un servicio técnico de mantenimiento. Ya sea porque los costos de un servicio de esta naturaleza no estaban en el presupuesto, ya sea porque el superior consideró que se presentaba una ocasión para formar a los miembros de la comunidad en la resistencia y reciedumbre, se dio la orden de vaciar el silo para eliminar los cuerpos extraños que podían estar causando la obstrucción. Pero esto no podía hacerse a plena luz del día. De modo que durante un par de semanas los miembros de la comunidad tuvieron que pasar la noche en vela por turnos de una hora, sacando cubos cargados de mierda que era arrojada directamente a la bahía, en los mismos lugares destinados a los bañistas. Afortunadamente, como era temporada de invierno, casi nadie se metía al mar en esa época. Digo “casi” nadie, porque los miembros de la comunidad siguieron nadando hacia la “isla” todos los días. Pero el mayor riesgo para su salud no estaba en las zambullidas marítimas, sino en el trabajo mismo en el silo. Para poder resistir el hedor y las emanaciones gaseosas provenientes de la mierda acumulada, trabajaban con pañuelos en la cara y ocasionalmente recibían un trago de ron. Finalmente, el problema del silo se solucionó, aunque no creo que la solución haya contribuido precisamente a mejorar el medio ambiente, ni que las autoridades municipales, de haberse enterado, hubieran visto con satisfacción lo que hacían los sodálites de noche.

Figari era consciente del carácter especial que tenía San Bartolo como laboratorio donde podía moldear a los jóvenes de acuerdo al ideal de “hombre nuevo” que él planteaba. Por eso mismo, visitaba con frecuencia las comunidades de San Bartolo, cosa que no hacía con las demás comunidades de Lima. Durante esas visitas, el encargado de temporalidades (el responsable en cada comunidad de administrar el dinero de acuerdo a un presupuesto y de adquirir los suministros necesarios en alimentos y artículos de aseo y limpieza de la casa) debía proveerse de lo necesario para satisfacer cualquier antojo que tuviera Figari. De preferencia, había que preguntarle con antelación, antes de que saliera de Lima y viniera a la casa, qué le gustaría comer. Y había que tener en stock diferentes bebidas gaseosas —producto que, por lo general, no se consumía en las comunidades sino muy excepcionalmente—. En caso de que no hubiera disponible lo que a Figari se le antojaba, el encargado corría el riesgo de ser castigado, pues Figari consideraba que todo sodálite debía adelantarse a los deseos del superior y comenzar a cumplirlos incluso antes de que hubieran sido formulados verbalmente.

Cuando Figari estaba presente, todas las actividades de la casa se paralizaban y todos los miembros de la comunidad se reunían con él y estaban pendientes de cualquier palabra que dijera. No era extraño que el superior preguntara después, una vez que Figari había regresado a Lima, qué era lo que había dicho, y pobre de aquel que no tuviera memoria suficiente para recordarlo. Figari, quien siempre venía acompañado, por lo general de Juan Carlos Len, su sempiterno secretario personal, solía hacer preguntas insólitas que incomodaban a los presentes pero a la vez generaban en ellos una especie de fascinación, desarrollando una especie de juego psicológico que quería transmitir la impresión de que conocía a todos hasta lo más profundo de su alma y nada se le podía ocultar, con la aparente finalidad de inducir una dependencia hacia su persona.

Por otra parte, Figari solía mostrar interés por la contextura física de los jóvenes que estaban en formación y verificaba palpándolos si los músculos abdominales se habían desarrollado y fortalecido lo suficiente de acuerdo a su criterio. O le pedía a alguno de los presentes que le diera un puñetazo en el vientre al candidato que estaba examinando, a fin de verificar la resistencia física del susodicho. Lo paradójico es que el ideal de un sodálite como un hombre sano espiritual y físicamente, expresado en un cuerpo vigoroso capaz de una resistencia por encima del promedio, se aplicaba a los más jóvenes, pues los sodálites de mayor edad —incluyendo al mismo Figari—, salvo algunas excepciones, no tenían contexturas físicas apolíneas ni tampoco la costumbre de ejercitarse físicamente. Una de esas excepciones era Germán Doig, quien siempre mantuvo un físico saludable y practicaba deporte (fulbito) con regularidad, por lo cual su temprana muerte a los 43 años de edad debido a una insuficiencia cardíaca sorprendió a más de uno. Figari quería que los jóvenes fueran corporal y espiritualmente sanos, y sobre todo que le rindieran una obediencia absoluta, que implicaba estar pendientes de su voluntad incluso antes de que la expresara manifiestamente. Algunos de estos jóvenes serían seleccionados posteriormente para ir a formar parte de la comunidad que habitaba la amplia casa de Santa Clara (en las afueras de Lima) donde vivía el mismo Figari, en la misma zona donde se hallan el exclusivo hotel El Pueblo y el restaurante Granja Azul.

Ciertamente era un mundo raro. Y a ese mundo raro me había dirigido yo, no con la intención de quedarme, sino para hablar con un amigo en quien podía confiar, Miguel Salazar, entonces superior de la comunidad de Nuestra Señora de Guadalupe. Llegué como una figura fantasmal al centro de formación Inmaculada del Rosario, donde los jóvenes ya estaban realizando en la terraza los ejercicios de la mañana. Uno de ellos, Antonio, me hizo pasar a la casa, con un rostro que no ocultaba su consternación ante lo inaudito de la situación. El superior de la comunidad, Gonzalo Len —actualmente sacerdote sodálite— se comunicó por teléfono con Miguel Salazar, avisándole que yo lo estaba buscando. Después vino Miguel a la casa, donde pude conversar con él y descargar mi corazón entre amargas lágrimas. Me dijo que se había puesto en comunicación con Alfredo Garland, el superior de la comunidad Nuestra Señora del Pilar en Barranco (Lima), y habían tomado la decisión de que terminara mi retiro espiritual en San Bartolo. De modo que tomé posesión de una habitación con una sola cama, dispuesta para visitantes o para sodálites que tuvieran que hacer ejercicios espirituales en San Bartolo. El retiro se efectuó sin las restricciones draconianas que me habían impuesto en Barranco, lo cual me permitió reflexionar sobre mi vida, mi situación actual, mis aspiraciones, mi relación con Dios —en quien nunca perdí la confianza— y mis perspectivas a futuro. La primera noche, en una pesadilla que tuve, sentí que el Diablo en persona se reía cruelmente de mí. Fue algo tan vívido, que tuve la impresión de que efectivamente había sucedido en la realidad lo que había experimentado en sueños. Pero más allá de esto, esos días me permitieron recobrar cierta tranquilidad.

Una vez finalizado el retiro —que se extendió hasta después de Navidad—, esperaba que todo hubiera sido sólo un incidente pasajero y pudiera reincorporarme a la comunidad de Barranco. No fue así. Miguel Salazar vino a traerme la noticia que me cayó como un baldazo de agua fría: se había decidido que me quedara en San Bartolo por tiempo indefinido. Tuve la sensación de haber sido enviado a la Siberia, pues lo que hacía soportable todos los rigores de ese estilo de vida era precisamente su carácter de experiencia temporal. Estar allí sin saber cuándo iba a tener fin la estadía era una idea difícil de soportar, y que poco a poco haría germinar en mí el deseo de abandonar la vida consagrada. Pero ello implicaba un riesgo, pues según lo que nos habían metido entre ceja y ceja, quien estaba llamado por Dios a una vocación determinada, ponía en riesgo su felicidad y su salvación eterna si seguía otro camino. Fue de este modo que se iniciaron siete meses de tortura interior, donde vacilaría entre la opción de encontrarme con la —no por mano propia, sino en virtud de algún accidente fatal que ansiaba que me ocurriera— o de encontrarme con la vida —gracias a alguna señal divina que me indicara que debía recorrer los caminos del común de los mortales, aunque todavía a la sombra del Sodalicio—. Fue esto último lo que sucedió, aunque el recorrido interior que tuve que realizar fue tortuoso y estuvo cargado de dudas e incertidumbre. Aunque todavía no era plenamente consciente de ello, había por fin iniciado mi largo camino hacia la libertad.

Continúa en SODALITIUM 93: ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE

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A través de los enlaces correspondientes se puede acceder a los siguientes materiales de referencia:

Los artículos de José Enrique Escardó en su columna “El quinto pie del gato” en la revista Gente (N° 1348-1353), publicados entre octubre y noviembre de 2000.
https://www.scribd.com/doc/286079728/Los-abusos-de-los-curas

Cómo combatir las técnicas de control mental de las sectas (Steven Hassan, 1988)
https://libroweb.wordpress.com/2007/10/18/como-combatir-las-tecnicas-de-control-mental-de-las-sectas-steve-hassan/

YO TE PERDONO, SODALICIO

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Desde que comencé a escribir en este blog, hay varias personas vinculadas al Sodalicio y al Movimiento de Vida Cristiana que me han rogado que perdone y dé vuelta a la página. Lo cual implicaría como consecuencia que deje de escribir sobre mis experiencias y no siga revelando lo que sé del Sodalicio. Curiosamente, en el pasado, cuando todavía no había publicado nada, no se me pedía que perdonara, sino más bien que hiciera una autocrítica a fondo y reconociera mis faltas y mis errores. Pues en la ideología sodálite se parte del axioma de que la institución no puede estar mal, en base a una interpretación muy peculiar de lo que es el carisma o don especial del Espíritu Santo, según la cual se infiere que el Sodalicio es una obra querida por Dios y, por lo tanto, criticarlo equivale a criticar la voluntad de Dios. Fuera de que esto es mala teología, en el Sodalicio siempre se ha fomentado la autoinculpación de sus miembros, pues constituye una de las estrategias más eficaces para tener controladas sus mentes y sus voluntades. Y sirve de sustrato para ese miedo que tienen muchos de expresar libremente sus objeciones, e incluso de irse cuando su conciencia les dicta que dar ese paso es lo correcto. Ese miedo o angustia puede incluso acompañar durante años a aquellos que se han ido, a tal punto llega a ser profunda la huella que dejan los “metodos de formación” que se aplican en la institución, muy semejantes a las técnicas de control mental que implementan las sectas.

No han faltado quienes, antes mis observaciones críticas producto de una reflexión de años, hayan querido hurgar en mi vida personal y pretendido encontrar la raíz de esas críticas en “rupturas” interiores, crisis existenciales o “falta de reconciliación”, que es como se la llama en los ambientes de la Familia Sodálite. Y eso sin admitir la posibilidad de que los problemas pueden estar en el Sodalicio mismo, siendo así que el mensajero que evidencia esos problemas no tiene la culpa de que existan. “Matar al mensajero” es la consigna con la cual se puede resumir el proceder del Sodalicio, lo cual, en sentido metafórico, significa que se buscará desacreditarlo, difamarlo, anularlo mediante el miedo, las amenazas veladas y el desprestigio social. A decir verdad, lo del desprestigio social puede que funcione en Lima, donde el Sodalicio sigue teniendo su sede central y el apoyo casi incondicional del inefable Cardenal Cipriani, arzobispo de Lima, además de una notable influencia en la clase burguesa y pudiente limeña así como en algunos medios de prensa, pero dudo de que tenga efectos en otras latitudes.

En el momento en que se me comienza a pedir que perdone, cambia la perspectiva, pues ello implica un tácito reconocimiento de errores que son merecedores de perdón. De hecho, casi nadie de entre aquellos que me han escrito ha cuestionado la veracidad de lo que yo expongo. Ciertamente, pueden haber inexactitudes en cuanto a detalles puntuales, pero nada de lo que relato es inventado, y la mayor parte corresponde a mis propias experiencias o lo he sabido de primera mano. Las inexactitudes que pueden haber se deben a falta de información adicional, lo cual es inevitable desde el mismo momento en que aquellos que están en situación de poder completar esa información no quieren hablar ‒o han recibido la orden de no hacerlo‒, pues el Sodalicio es muy reticente en cuanto a proporcionar información, y prefiere acusarme de tergiversar los hechos, antes que desmentirlos presentando su propia versión de los mismos. Y como ya he señalado, se trata de algunos pocos detalles puntuales, pues en todo lo demás soy consciente de que me he esforzado en ser fiel a mi memoria y en contrastar la información con las fuentes de que dispongo, absteniéndome de relatar lo que no puede ser comprobado.

Tampoco han faltado quienes han querido elucidar las motivaciones por las cuales escribo, definiéndolas como una especie de venganza mediática por el hecho de que se me hizo oídos sordos a todas las críticas que manifesté en su momento. Reducir mis motivaciones a una especie de reacción insidiosa frente al hecho de que no me hicieran caso, no se ajusta a la verdad. Durante década y media nadie me hizo caso en el Sodalicio, y nunca publiqué nada. Y nada va a cambiar ahora, porque tengo razones para suponer que tampoco me van a hacer caso. Tampoco pretendo que se me haga caso. Cada uno es libre de hacer lo que quiera. El asunto es más grave. Se trata de ventilar los problemas estructurales que presenta el Sodalicio y que afectan a innumerables personas. Pues así cómo hay quienes se han acercado a la fe a través del Sodalicio, también hay quienes se han alejado de ella o han sido perjudicados psicológicamente por obra de la institución. Que se hable sobre el tema le puede hacer también mucho bien al Sodalicio. No hablar de lo que sé ‒y aquí excluyo en la medida de lo posible los datos anecdóticos de la vida privada de las personas‒ me haría cómplice de esa situación. ¿Voy a solucionar yo los problemas? No lo creo. Pero sí puedo contribuir a ayudar a muchas personas. Porque parto de la postura de un fiel creyente en la Iglesia, y no de la posición de alguien que, criticando al Sodalicio, aprovecha para criticar además a toda la Iglesia.

Debo dejar en claro que mi blog no es un blog sobre el Sodalicio, sino una ventana abierta donde busco dar testimonio de cosas que he vivido y que pueden ayudar a otras personas a comprender ciertas realidades. Es inevitable que hable sobre el Sodalicio, pues estuve oficialmente vinculado a él durante 30 años de mi vida. Describo lo que vi y viví por experiencia propia en el Sodalicio y que ha sido ocultado pertinazmente por la institución. Y me refiero a doctrinas, estilos, prácticas, hábitos y costumbres, en fin, al sistema mismo. Yo no tengo la culpa de que el Sodalicio tenga o haya tenido las cosas que yo describo. Que se sepan a través de mí no me convierte en responsable de esas cosas. Y el daño que se pueda producir no es de responsabilidad del mensajero, sino de los verdaderos causantes de esas cosas. El daño se puede subsanar cambiando lo que se tenga que cambiar, no callando al mensajero.

Mis experiencias son subjetivas en el sentido de que las viví yo, pero no son fruto de mi subjetividad. Yo no he inventado nada y tampoco estoy mintiendo, y los datos que proporciono no son meras interpretaciones. Que pueden diferir de otra experiencias, lo admito. No por ello se hacen inválidas, sino que complementan lo que otros puedan haber experimentado. Y es interesante descubrir que mi experiencia es similar a la de otras personas, que por fin se atreven a hablar de lo que ellas mismas han vivido.

No le guardo rencor a nadie. Todo ya ha sido perdonado. Me siento a veces como una hoja al viento, que no está anclada a las cosas de este mundo. Y por eso mismo, con mayor libertad para dar testimonio. De todos modos, por si acaso alguien todavía tiene dudas, quiero dejar aquí constancia pública de todo aquello que he perdonado.

– Perdono que, entre 1978 y 1980, siendo todavía menor de edad, haya sido sometido a exámenes psicológicos efectuados por personas no profesionales sin el conocimiento ni consentimiento de mis padres. Se trataba de una práctica habitual en el Sodalicio. Las personas que me realizaron estas evaluaciones psicológicas fueron Germán Doig y Jaime Baertl, aunque me consta que también las realizaban el mismo Luis Fernando Figari, Superior General del Sodalicio hasta el año 2010, además de Virgilio Levaggi, Alfredo Garland y José Ambrozic, entre otros.

– Perdono que se me haya permitido emitir una promesa formal mediante la cual me comprometía a seguir el estilo y la espiritualidad del Sodalicio y obedecer a sus superiores cuando sólo tenía 15 años de edad, sin que mis padres hubieran sido informados al respecto. Más aún, se me indicó expresamente que mis padres no tenían por qué enterarse de la promesa que había hecho y que no les dijera nada.

– Perdono que se me haya fomentado la desobediencia y el desprecio hacia mis padres, que debía ser sustituida por obediencia y respeto absolutos hacia las autoridades del Sodalicio. Sobre todo Luis Fernando Figari fomentaba un culto hacia su persona, de modo que se debía seguir sus órdenes sin chistar, se debía reflexionar continuamente sobre las cosas que le decía a uno personalmente, y aceptar como incuestionable todo lo que exponía en sus escritos y charlas, de modo que cualquier análisis crítico de lo que él decía era impensable, pues se exigía un sometimiento del pensamiento y la voluntad propias a su pensamiento y su voluntad. Recuerdo también cuando en el verano de 1980 mi madre, en su desesperación, llamó por teléfono a Jaime Baertl y, entre otras cosas, le dijo: «Me están robando a mi hijo», a lo cual él respondió irónicamente: «Señora, el ladrón cree que todos son de su misma condición». Y así cómo él hizo uso de la ironía, también me recomendó que la usara con frecuencia para oponerme a mi madre, a quien designaba con el apelativo despectivo de “tu vieja”.

– Perdono que, desde mayo de 1978, en que asistí por primera vez a un retiro organizado por el Sodalicio, hasta 1993, cuando dejé de vivir en comunidades, se me haya exigido en reuniones grupales la apertura total de mi esfera privada y personal, e incluso se hubiera ejercido presión por parte de los encargados para que, al igual que otras personas presentes, revelara mis experiencias y sentimientos íntimos. Esto solía llevar a una situación de desamparo personal que, a efectos prácticos, permitía una manipulación de las conciencias, sobre todo generando una dependencia hacia quien ostentaba la autoridad.

– Perdono que no se me hubiera permitido ni siquiera salir a la calle ‒a no ser para actividades que formaban parte del horario reglamentario‒ o comunicarme telefónicamente con quien sea, incluidos mis padres, sin permiso expreso del superior. Estas medidas formaban parte de un sistema donde las comunicaciones con el mundo exterior eran controladas férreamente, lo cual a la larga, junto con otras medidas de control mental, terminó generando en mi interior una división entre el ambiente interno del Sodalicio y el mundo externo, hacia el cual se debía tener desconfianza y considerarlo en parte como un peligro para seguir la vocación sodálite en la vida consagrada. Se efectuó como una especie de secuestro de mi psique, que yo acepté al principio de buen grado, pero que a la larga causó en mi una disociación que se traducía en la división excluyente entre un mundo intracomunitario bueno contrapuesto a un mundo “salvaje” fuera de los límites de la comunidad, con el cual no era permitida ninguna componenda.

– Perdono los correazos que, por orden de Luis Fernando Figari, me fueron propinados en la espalda desnuda, sólo para que éste pudiera demostrar su tesis de que las mortificaciones corporales son inútiles, y de que la ascética basada en el dolor físico no tenía mucho sentido y fomentaba la soberbia.

– Perdono la aplicación constante de técnicas de control mental a que fui sometido, muy comunes entre los grupos de características sectarias, entre ellas:

  • el agotamiento físico a través de ejercicios corporales intensos y prolongados, sumándose a ello la continua sustracción de horas de sueño, y dado que el hecho de quedarse dormido era sancionado con penitencias, sin importarle a nadie que uno estuviera cansado, ello me generaba miedo a quedarme dormido, lo cual a su vez producía un stress que me ocasionaba más agotamiento y tensión, y con ello más cansancio y sueño, en lo que era un círculo vicioso sin salida;
  • el aislamiento de mis familiares y amigos no pertenecientes a la institución, aplicando las consignas dictadas por Luis Fernando Figari: «sólo un sodálite puede ser amigo de otro sodálite» y «en la Iglesia podemos tener compañeros de camino, pero amigos verdaderos sólo en el Sodalicio»;
  • la anulación de la esfera privada, al hacer que todos los aspectos de la vida personal dependieran de la comunidad, sin serme permitido casi nunca tomar una decisión propia, además de ser forzado a confesar todos los aspectos de la propia vida íntima ya sea en reuniones grupales, con el superior o con el consejero espiritual, incluyendo aspectos referentes a la sexualidad, muchas veces aplicando dinámicas conducentes a este fin y violentando la libertad personal mediante la intimidación y la violencia verbal, si se consideraba necesario;
  • la programación minuciosa de lo que uno debe hacer desde que se levanta hasta que se acuesta, incluyendo también el tiempo libre, sin dejar nada a la libre decisión de la persona;
  • la amonestación y reprensión ‒con un lenguaje agresivo‒ ante preguntas incómodas o difíciles de responder, por más legítimas que fueran;
  • el uso frecuente de un lenguaje agresivo e insultante; quien se quejaba del trato era tachado de susceptible, “hembrita”, débil, poco viril;
  • la obligación de asistir por consigna a cualquier conferencia o charla del fundador, y apuntar minuciosamente todo lo que dijera, para luego estudiarlo y revisarlo durante horas;
  • la aplicación desproporcionada de castigos severos y humillantes ante faltas que pueden ser consideradas ligeras; a manera de ejemplo, puedo mencionar que:
    • fui obligado por Germán Doig a pasar una noche en vela en la capilla de la Comunidad Nuestra Señora del Pilar (Barranco) en adoración del Santísimo, sólo por haber cabeceado durante una Misa en la Iglesia de San José ‒situada en la Av. Dos de Mayo 259, Miraflores‒;
    • fui enviado durante una semana a vivir bajo un régimen estricto en una de las comunidades de formación de San Bartolo (balneario al sur de Lima) ‒que eran mencionadas a veces de manera humorística entre los sodálites como “la Siberia”‒, sólo por haber hecho un par de preguntas incómodas de corte intelectual a Germán Doig durante una charla en el Centro Pastoral de San Borja, lo cual constituye también una falta de respeto a la legítima diversidad de opinión, pues en el Sodalicio sólo el hecho de preguntar podía ser motivo de amonestaciones, acompañadas de reproches por no haber aprendido o estudiado a fondo el pensamiento sodálite;
    • me fue vertido un vaso lleno de agua fría encima de la cabeza por orden del superior de turno de la Comunidad Nuestra Señora del Pilar ‒entonces ubicada temporalmente en el barrio de La Aurora, Miraflores‒, sólo por haberme quedado dormido en una reunión muy cerca de la medianoche;
    • me fue prohibido participar de las reuniones recreativas de la comunidad por tiempo indefinido, debido a que grabé cassettes de música clásica para uso personal en el equipo de música perteneciente a Alfredo Garland, entonces superior de la Comunidad Nuestra Señora del Pilar en Barranco, sin su permiso. Debo indicar que los simples miembros de las comunidades teníamos entonces prohibido, por orden expresa de Luis Fernando Figari, escuchar todo tipo de música, salvo la que fuera de carácter religioso. Esa orden no se aplicaba a los superiores, que podían escuchar la música que creyeran conveniente. Un domingo, tarde en la noche, en que la comunidad tenia una actividad recreativa en la sala destinada a estos fines, de la cual yo estaba excluido, me eché un rato a descansar en mi cama debido al cansancio y me quedé dormido. Fui despertado violentamente por Alfredo Garland y José Antonio Eguren, y, a modo de castigo, se me ordenó estar confinado en una habitación separada del resto de la casa, con prohibición de salir si no era para ir al baño, prohibición de hablar con cualquier miembro de la comunidad que no fuera Eguren, prohibición de leer cualquier otra cosa que no fuera la Biblia y los escritos de autores espirituales que se me proporcionara para hacer un retiro espiritual que me hiciera cambiar de actitud y me llevara a corregir mis “malos comportamientos”.

– Perdono los abusos debido a excesos cometidos durante los ejercicios físicos que teníamos que realizar los miembros de las comunidades de formación de San Bartolo, poniéndose a veces en riesgo la integridad física de las personas sin medir las consecuencias. Yo ‒junto con otros más‒ fui obligado a hacer cuclillas con una bolsa de cemento, de unos 25 kilogramos, sobre los hombros. A consecuencia de ello, se me generó una dolorosa inflamación de los músculos dorsales, a tal punto que ni siquiera podía mover el cuello para mirarme los pies, tuve que usar una faja y necesité una semana para restablecerme. Otro sodálite, que sufría de dolencias en la columna vertebral, también fue obligado a hacer tales ejercicios, no obstante que le advertí al superior Emilio Garreaud que eso podía hacerle daño. Asimismo, fuimos obligados a ingresar al mar de noche, en un sitio donde reventaban olas y había muchas rocas filudas. Varios salieron del mar con arañazos, heridas y cortes. También hubo ocasiones en que se hizo nadar a algunos durante tanto tiempo en el mar, que cuando finalmente salieron, no dejaban de temblar debido a que la temperatura corporal les había descendido por debajo de los 36 °C y se les tuvo que dar vino caliente para subirles la temperatura. En la última época que pasé en San Bartolo (de diciembre de 1992 a julio de 1993) yo tenía que levantarme todos los días a las cuatro de la madrugada cuando todavía estaba oscuro y meterme al mar junto con otro sodálite, fueran cuales fueran las condiciones climáticas, hubiera mar calma o brava, sin que hubiera nadie que por seguridad nos vigilara desde afuera.

– Perdono la mentalidad que se me inculcó, que establece una separación entre el Sodalicio y el resto del mundo, disponiendo que hay entregar toda nuestra confianza a los responsables de la institución y hay que mantener una cierta desconfianza hacia lo que se halla fuera del Sodalicio. Esta mentalidad es reforzada por el concepto rígido de obediencia que se maneja al interior de la institución, donde la crítica al superior ‒aunque sea legítima‒ es considerada como una falta grave, pues «el superior sabe mejor que tú lo que es bueno para ti» y «el que obedece, no se equivoca», lo cual en el fondo induce a una renuncia a la propia conciencia y responsabilidad. Además, esta mentalidad de separación entre el Sodalicio y el resto del mundo también se aplica al interior de la Iglesia. Pues durante mucho tiempo a mí se me inculcó que la espiritualidad y el pensamiento sodálites constituían una de las maneras más radicales y auténticas de vivir el cristianismo en la actualidad, junto con un menosprecio de muchos grupos y espiritualidades que forman parte de la diversidad eclesial, que eran calificados de mediocres. Había un particular desprecio por los grupos parroquiales, los carismáticos, los neocatecumenales, entre otros, y en particular por los partidarios de la teología de la liberación, aun en sus formas legítimas. Se nos inculcaba que el diálogo con personas que siguieran estas espiritualidades particulares no era una opción válida. Eso explica por qué se ha tenido una actitud muy agresiva ‒e incluso se han tomado medidas represivas‒ contra quienes tuvieran simpatía hacia la teología de la liberación. Quiero recalcar que superar esta mentalidad de separación intraeclesial entre el Sodalicio y los demás grupos me ha costado mucho esfuerzo, además de que los rezagos de esa mentalidad me han generado más de un problema durante mi reinserción en la vida normal en el mundo.

– Perdono la situación de angustia que se me generó durante los siete últimos meses que pasé en una de las comunidades sodálites de San Bartolo, en el año 1993, hasta el punto de que llegué a desear que me sobreviniera la muerte. Eso debe atribuirse al concepto estrecho de vocación que se ha manejado en el Sodalicio y que se inculca en las mentes, a saber, que a quien no sigue la vocación a la que Dios le ha llamado, le será muy difícil obtener la salvación eterna. Esto se traducía así: quien ha sido llamado por Dios al Sodalicio y se aparta de él, pone en peligro no sólo su felicidad temporal, sino también su salvación eterna, y debe ser considerado como un “traidor”. El hecho de que yo no me sintiera realizado ni a gusto en las comunidades sodálites era para mí un indicio de que yo no estaba llamado a la vida consagrada en comunidad, pero el haber seguido esa vida durante unos once años (desde diciembre de 1981) me hacía pensar que posiblemente ésa si pudiera ser mi vocación, y era yo el que estaba fallando y fracasando. El hecho de tener que tomar una decisión ‒que, según lo que me habían inculcado, podía decidir mi destino eterno‒ me angustiaba a tal punto, que hubiera preferido morir debido a alguna circunstancia fortuita, es decir, ya no me importaba seguir viviendo. Esa sensación que se prolongó durante casi todo el tiempo que estuve en San Bartolo, y que me llevaba a no importarme correr riesgos durante los ejercicios corporales ‒incluyendo la natación en mar abierta‒ alcanzó una gran intensidad debido a que, como no se me comunicó cuánto tiempo iba a estar en San Bartolo ‒“discerniendo”, como se suele decir‒, sino hasta un mes antes de salir, vivía en una continua incertidumbre y desasosiego. En esa época se creía en el Sodalicio que había muy pocas razones legítimas para alejarse de él, y que quienes se alejaban por lo general habían traicionado el llamado de Dios y sus esperanzas de salvarse eran muy reducidas. Eso explicaría por qué algunos ex sodálites logran cierta paz cuando arrojan esa mentalidad por la borda, aunque muchas veces eso signifique también desprenderse de la fe.

– Perdono la desconfianza hacia mí que percibí en muchos sodálites consagrados, su falta de apoyo para reinsertarme en el mundo y el ostracismo que se me aplicó después de salir de comunidad, cuando poco a poco fui siendo apartado de manera imperceptible de actividades de formación y apostolado en el Sodalicio y el Movimiento de Vida Cristiana.

– Perdono que se me haya considerado loco, excéntrico o raro cuando comencé de buena fe a manifestar observaciones críticas ante varios aspectos del Sodalicio y del Movimiento de Vida Cristiana, o que se haya aceptado como ciertos rumores falsos sobre mi vida laboral y privada, sin verificación de ningún tipo.

Con todo lo dicho, el paso más importante para una reconciliación ya está dado. Y si algo he callado u olvidado, eso también queda perdonado y no se lo voy a tener en cuenta al Sodalicio. No voy a exigir disculpas, pues darlas es algo que debe partir de la libre iniciativa de los implicados y no una obligación. Pero si vienen, serán bienvenidas con el corazón abierto y la mano extendida.

El propósito de enmienda queda como un asunto entre Dios y los responsables del Sodalicio. Si quieren enmendarse, en buena hora. Y si no, arréglenselas con Dios y con el juicio de la historia. Pues ante Dios sí van a tener que responder de cómo administraron los talentos que se les confió, y qué hicieron con las personas que, por esos vericuetos del destino, se unieron al Sodalicio y pusieron su confianza en la institución, para luego ver sus esperanzas traicionadas.

Puedes irte, Sodalicio. No te condeno, ni te guardo rencor. Te bendigo y te deseo todo bien, no tanto por ti, sino por los seres humanos de carne y hueso que viven bajo tu sombra y que, al igual que yo, se sienten miembros vivos de la Iglesia, y a los cuales considero hermanos en Cristo, aunque no compartamos la misma ideología. Pero sí compartimos la misma fe y estamos unidos en la esperanza y el amor, en ese misterio de comunión que llamamos Iglesia, ese Pueblo de Dios donde la diversidad no sólo está permitida, sino que constituye uno de los mayores dones del Espíritu Santo.

Adiós, Sodalicio. Descansa en paz y que duermas bien. Por los siglos de los siglos.

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Quien quiera conocer el testimonio de alguien con una posición diversa a la mía, puede leer el siguiente post de Manuel Rodríguez en su blog Roncuaz:

http://roncuaz.blogspot.de/2013/05/mi-familia-espiritual-decepcion-y.html

Mientras que yo en un momento determinado consideré que traicionaría mi conciencia si seguía perteneciendo al Sodalicio, habiendo vivido lo que he vivido y sabiendo lo que sabía, Manuel ‒un amigo que merece toda mi confianza y a quien aprecio por su honestidad a prueba de balas‒ considera como un deber de conciencia seguir dentro de las filas del Sodalicio, al cual se siente ligado sentimentalmente por una vocación personal, aun siendo consciente de todos los problemas que aquejan a la institución y que tantos sufrimientos le han ocasionado. Llama al Sodalicio su familia espiritual, y está en todo su derecho de hacerlo, aunque, en mi opinión, se trata de una apreciación subjetiva, pues el Sodalicio es tan familia como lo puede ser una empresa, un club o un círculo de amigos, donde también se establecen lazos sentimentales entre las personas. Los problemas de asimilar el Sodalicio a una familia son varios. En una familia de veras, los lazos de parentesco existen independientemente de cuáles sean las opciones de vida, el comportamiento o los pensamientos de las personas. Me resulta difícil llamarla familia carnal, pues parecería que se le asigna una categoría inferior a lo que análogamente se llama “familia espiritual”. En cambio, en el Sodalicio ‒como en cualquier club‒ quien no cuenta con los requisitos y no cumple con las reglas, queda fuera. Por otra parte, en toda familia hay que guardar silencio sobre asuntos privados de las personas. Una institución que se considera a sí misma como una familia ‒como, por ejemplo, la mafia italiana‒ tiende a creer que esta obligación se debe cumplir de la misma manera, cuando, a decir verdad, no todo lo que la institución cataloga como privado lo es realmente, y no existe la obligación de guardar silencio sobre sus doctrinas, estructuras e historia, más aún cuando se trata de realidades que guardan relación con el ámbito público o afectan negativamente a las personas. De modo que quienes sienten al Sodalicio como una familia, lo hacen legítimamente, pero la comparación es bastante floja.