SODALICIO: LA EXTRAÑA MUERTE DE GERMÁN DOIG

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Germán Doig Klinge (1957-2001)

En la madrugada del 13 de febrero de 2001 falleció Germán Doig mientras dormía en su habitación en la comunidad sodálite del Centro Pastoral “Nuestra Señora de la Evangelización” (San Borja, Lima). La causa: una insuficiencia cardíaca.

Ésa es la versión que circuló en la Familia Sodálite.

Desconocemos el nombre del cardiólogo que trataba a Doig. Pero de buena fuente sé que quien habría firmado el certificado de defunción, sin inspeccionar el cadáver, sería un ginecólogo-obstetra perteneciente al Movimiento de Vida Cristiana; sólo se le habría permitido ingresar al área de visitantes, donde habría preparado el documento correspondiente según instrucciones de personas responsables del Sodalicio. Por orden expresa de Figari, a nadie se le habría permitido ver el cuerpo de Germán, ni mucho menos se permitió una autopsia.

Que sufría del corazón se lo había comentado Germán a algunos sodálites de confianza. Sin embargo, su tren de vida no era el de una persona enferma. A tal punto que lo primero que se me ocurrió allá en el año 2001, cuando con consternación me enteré de su muerte, fue que el stress ocasionado por la norma sodálite de esforzarse «según el máximo de mi capacidad y al máximo de mis posibilidades para así responder al Plan de Dios en todas las circunstancias de mi vida» —sin consideración a la salud física y mental—, le habría ocasionado indirectamente la muerte. O quizás contribuyeron a ello los enfrentamientos verbales con Figari, el último la noche anterior.

A la luz de lo que se supo posteriormente de su vida, otra podría ser la causa de su muerte. ¿Hablarán algún día los testigos?

(Columna publicada en Exitosa el 1° de octubre de 2016)

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Sobre la figura de Germán Doig, se puede leer la serie de artículos que publiqué hace tres años en este blog:

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SODALICIO: EL CURA DESERTOR

alborada_alberto_gazzoAlberto ‘Beto’ Gazzo, ex alumno del Colegio de la Inmaculada (jesuitas) y miembro de la generación fundacional del Sodalicio, fue ordenado sacerdote por el Papa Juan Pablo II en Lima el 2 de febrero de 1985 en una Misa que se celebró en el Hipódromo de Monterrico.

Beto trabajó principalmente con niños, alumnos de colegios particulares privilegiados de Lima, en la década de los ‘70, llevándolos a campamentos-retiros conocidos como DyN (Dios y Naturaleza). Mucho antes que Jeffery Daniels, fue conocido como “el apóstol de los niños”.

Sufría de cojera de un pie debido a una poliomelitis que le sobrevino en su infancia, lo cual era motivo para hacerlo continuamente objeto de burla, a fin de que se ejercitara en la humildad según Luis Fernando Figari.

En 1986 fue enviado a Rio de Janeiro (Brasil) como uno de los primeros miembros de la comunidad sodálite que asumió la parroquia carioca Nossa Senhora da Guia.

Tiempo después colgaría los hábitos y desaparecería del mapa. La revista “Alborada” —de circulación interna en la Familia Sodálite— con una foto de su ordenación en la portada fue sacada de circulación y hoy es sumamente difícil encontrar un ejemplar. Y cómo es costumbre en el Sodalicio, su nombre dejó de mencionarse y su existencia fue cubierta con un olvido intencional y programado.

Un sacerdote que deja el sacerdocio siempre tiene una historia interesante que contar. Beto Gazzo probablemente posea en su memoria claves importantes para esclarecer el turbio recorrido de la institución sodálite cuando era Figari quien tenía la voz cantante. Claves que quizá expliquen también el misterio de por qué decidió renunciar al estado clerical.

(Columna publicada en Exitosa el 3 de septiembre de 2016)

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La ordenación sacerdotal de Beto Gazzo la vi por televisión en la comunidad sodálite Nuestra Señora del Rosario (San Bartolo), acompañado de Rafael Ísmodes, a quien Raúl Masseur, superior de la comunidad sodálite sambartolina Nuestra Señora de Guadalupe, le había dado la orden de quedarse —mientras todo todos los demás miembros de ambas comunidades participaba del evento— precisamente debido al deseo entusiasta que había manifestado Rafael de asistir al encuentro de la juventud con el Papa Juan Pablo II. En esa época Beto tenía el cargo de formador en la comunidad de Guadalupe.

Con nombres cambiados, Pedro Salinas relata esta anécdota en su novela autobiográfica Mateo Diez (Jaime Campodónico/Editor, Lima 2002):

«Luego de Arequipa, el Papa regresaba a Lima, donde iba a tener un encuentro con los jóvenes en el hipódromo de Monterrico. Nosotros, guadalupanos y rosaristas, íbamos a ir al magnánimo evento, menos uno, que debía quedarse a cuidar las dos casas. El Ferrari “sorteado”, para desgracia suya, al cual compadecí pero no hubiese reemplazado en ningún caso, fue Raúl Unamuno, el más emocionado con la visita papal. René lo hizo adrede para probarlo y para recordarnos al resto que seguíamos en etapa de formación y las órdenes absurdas no habían desaparecido ni siquiera con la presencia de Juan Pablo II en nuestras tierras.»

En virtud de ciertas libertades que permite la narrativa novelesca, Salinas omite el hecho de mi presencia en San Bartolo en la misma época en la que él estaba en formación. Yo también me quedé en San Bartolo junto con Rafael Ísmodes, pero no por obra y gracia de una orden absurda sino como consecuencia de un abuso sufrido días antes. Emilio Garreaud, el superior de la comunidad del Rosario, me había ordenado hacer cuclillas con un saco de cemento de unos 25 kilos sobre los hombros, lo cual terminó produciéndome un intenso y persistente dolor de espalda. El día 1° de febrero fuimos casi todos los miembros de la comunidad a la Plaza Mayor de Lima para esperar la llegada del Papa. Si bien yo tenía puesta una faja ortopédica que me había prestado Emilio, la espera de ocho horas parado en medio de la multitud terminó haciendo estragos. Esa noche no podía mirarme las puntas de los pies sin que me vinieran punzadas dolorosas en la espalda. Necesité una semana de reposo para poder recuperarme.

LA CORTE DE LOS 47

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Recientemente ha sido publicada una carta con fecha de 1° de junio de 2016 y firmada por 47 ex sodálites rechazando la denuncia ampliatoria por asociación ilícita para delinquir, secuestro y lesiones graves interpuesta el 10 de mayo de 2016 por cinco ex sodálites (José Enrique Escardó, Martín López de Romaña, Vicente López de Romaña, Óscar Osterling y Pedro Salinas) en contra de siete integrantes y un ex integrante del Sodalicio de Vida Cristiana y presentada el 12 de mayo en una rueda de prensa en el local de Miraflores del estudio de abogados Benites, Forno & Ugaz.

Al revisar la lista de firmantes, he podido constatar que conozco personalmente sólo a siete de los signatarios. Los demás nombres me son desconocidos o corresponden a personas que no he tratado personalmente. Y de entre esos siete, cinco de ellos son adherentes sodálites, es decir, varones que emiten junto con sus respectivas cónyuges un compromiso de adhesión al Sodalicio en vistas a vivir la espiritualidad sodálite en la vida matrimonial. Y de entre esos cinco, sólo dos han vivido un tiempo relativamente largo en comunidades sodálites. Los otros tres habrán vivido en comunidades a lo más un mes, en lo que se conoce como período de prueba.

Para mayor detalle, quienes siguen siendo adherentes sodálites —según la información de que dispongo— y, por lo tanto, aún mantienen una vinculación institucional con el Sodalicio de Vida Cristiana, son: Rafael Álvarez Calderón, Julián Echandía, Marcos Nieto, Edwin Esquivias y Óscar Álvarez. Si en algún momento en época reciente dejaron de ser adherentes, me gustaría saber cuándo y por qué motivos.

Los dos primeros, al igual que muchos de los que estuvimos en comunidades sodálites en los ’80, también pasaron por San Bartolo y sufrieron maltratos. A Rafael un día el superior le volcó un plato de ensalada en la cabeza durante el almuerzo. No sé si él seguirá considerando ese incidente como algo normal e inofensivo, algo así como una medida educativa que él aplicaría sin ningún escrúpulo con alguno de sus hijos. Asimismo, él sería la persona que se acercó a mi hermano Erwin y que le habría sugerido que yo podría tener el síndrome de Asperger. Eso explicaría —según algunos— mi supuesta falta de empatía al no considerar el daño que habría hecho a varias personas al exponer a la luz pública —con supuesta falta de ética— lo que ocurría en las comunidades sodálites. Se trataría de un intento de desacreditar al mensajero e incitarlo a guardar silencio. Ahora sabemos dónde se hallaba en realidad la falta de ética y de vergüenza.

Julián Echandía también sufrió maltratos en San Bartolo, de lo cual puede dar mejor testimonio Pedro Salinas, quien vivió junto con él en una de las comunidades sodálites del balneario sureño. Un día, siendo encargado de temporalidades de la comunidad Nuestra Señora de Guadalupe, Julián se olvidó de tener preparada a tiempo la comida para un visitante ilustre, Mons Emilio Vallebuona (entonces obispo de Huaraz), y hubo que improvisar un plan de emergencia para cocinar fideos, del cual me encargué yo. Como castigo, a Julián lo tuvieron toda una noche sin dormir limpiando repetidamente la casa. Asimismo, cuando tiempo después pasó por la crisis personal que terminaría con su salida de comunidad, lo recluyeron en San Bartolo, y estaba prohibido dirigirle la palabra. Si quería salir a pasear por el malecón, a rezar el rosario por ejemplo, dos miembros de la comunidad tenían que seguirlo de cerca y vigilarlo continuamente. Se trataba de un situación similar a la de un secuestro, pues Julián no hubiera podido irse si es que lo hubiera querido.

Los otros firmantes a los que conozco personalmente son José Salazar, un hombre bonachón y de buen corazón, incapaz de matar una mosca, y un joven muchacho que es hijo de un adherente sodálite amigo mío.

Respecto a los demás nombres, se trata en el caso de algunos de personas evidentemente vinculadas con entidades gestionadas desde el Sodalicio de Vida Cristiana.

Alejandro Estenós y Rodolfo Castro mantienen una relación laboral con la Universidad Católica San Pablo de Arequipa —fundada y administrada por el Sodalicio—, el primero como docente investigador y el segundo como docente ordinario, investigador adscrito y director del Instituto para el Matrimonio y la Famila.

Claudio Ávalos es gerente administrativo de la Asociación Cultural Vida y Espiritualidad (VE), que se dedica, entre otras cosas, a la publicación y distribución de los libros y folletos escritos por miembros del Sodalicio y de la Familia Sodálite.

Esteban Pacheco y José Luis Villalobos aparecen como colaboradores del Centro de Estudios Católicos (CEC), una página web dedicada «al estudio, la reflexión y el diálogo sobre diversas realidades humanas iluminadas por la riqueza de la fe» y que es gestionada por sodálites.

Hans Ortiz ha sido hasta no hace mucho (diciembre de 2012) coordinador del Movimiento de Vida Cristiana, entidad integrada por diversas asociaciones de laicos y laicas no consagrados de cualquier sexo y edad que desean vivir de acuerdo a la espiritualidad sodálite.

Juan Andrés Coriat ha sido, entre marzo de 2012 y diciembre de 2013, profesor en los colegios Villa Caritas y San Pedro, ambos de propiedad del Sodalicio. Además, actualmente colabora con la producción audiovisual del Sodalicio de Vida Cristiana.

Ésta es someramente la información que he podido obtener. Por lo tanto, cuando la carta dice que quienes la firman son ex integrantes del Sodalicio, no se debe entender que se trata de personas sin ninguna vinculación actual con el Sodalicio. No me extrañaría que la mayoría de los firmantes que no conozco personalmente sigan comprometidos con el Movimiento de Vida Cristiana —al cual podríamos definir como una versión light del Sodalicio abierta a todo tipo de personas— y que, por lo tanto, no se trate de personas mental y psicológicamente independientes, sino de cortesanos de la institución que todavía se sienten inconscientemente constreñidos a rendirle pleitesía.

Por otra parte, he de suponer que la gran mayoría de los firmantes —salvo seis de los siete que he mencionado— son personas jóvenes que se unieron al Sodalicio después de mi partida del Perú hacia Alemania en noviembre de 2002. Por consiguiente, no pudieron conocer de primera mano lo que ocurrió en las comunidades sodálites entre los’70 y los ’90, sino que su experiencia se reduciría al Sodalicio de las dos primeras décadas del siglo XXI.

Además, se debe tener en cuenta que quienes sufrieron abusos han tenido que pasar por un largo y doloroso proceso de toma de conciencia que culmina con el reconocimiento de haber sido víctimas de acciones que atentaban contra sus derechos humanos y que les han causado lesiones psicológicas perdurables. Superar el lavado de cerebro —o formateo mental— efectuado en el Sodalicio puede tomar más de una década después de abandonar una comunidad sodálite. En el caso de los firmantes jóvenes, todavía es muy pronto como para que se den cuenta si les han lavado el cerebro o no. Yo, por ejemplo, hasta el año 2007 tuve una posición favorable hacia el Sodalicio y hubiera defendido la institución a capa y espada, aún cuando ya había grietas en mi valoración global de la institución.

Asimismo, se pueden constatar ciertos vacíos en el documento: sólo se repudia las conductas descritas como delitos contra la libertad sexual. ¿Y los abusos psicológicos y físicos? ¿Consideran que no son tan graves como para mencionarlos y repudiarlos explícitamente? ¿O piensan que éstos no se dieron en el Sodalicio y son puras fantasías de quienes supuestamente odian la institución? Pues resulta que más adelante en la carta son mencionados bajo el término general de “abusos”, pero son atribuidos a algunos de los cinco ex sodálites que aparecen como agraviados en la denuncia del 10 de mayo: «Rechazamos a algunas de las personas que presentaron la denuncia arriba indicada y que han salido a enarbolar la bandera de la verdad y la justicia a través de sus denuncias; señalándose ellos mismos como víctimas, pero que en algunos casos no han sido capaces de reconocer sus propios errores y abusos cometidos contra varios integrantes de la Familia Sodálite e incluso contra algunos de los firmantes. Por lo cual, les exigimos en aras a la verdad y justicia, tan exigida por ellos, que pidan perdón por cada uno de los actos y que reparen, de ser el caso, a cada una de las personas que han y hemos sido víctimas de ellos». Resulta evidente que no se están refiriendo a abusos sexuales.

Conozco a José Enrique Escardó, el cual vivió algunos años en comunidades sodálites al mismo tiempo que yo, aunque nunca coincidimos en la misma comunidad. Nunca tuvo ningún cargo de responsabilidad y nunca supe de él que hubiera hecho nada que pueda describirse como abuso.

Pedro Salinas ha admitido que durante su pertenencia al Sodalicio cometió abusos piscológicos contra otros miembros, pero nada que se diferenciara sustancialmente de lo que hacían otros sodálites que habían recibido la misma formación y las mismas indicaciones. De hecho, supuestamente él sería uno más de los que practicaron una especie de bullying contra Julián Echandía en una de las comunidades de San Bartolo, según se infiere de lo narrado en su novela Mateo Diez (Jaime Campodónico/Editor, Lima 2002).

De los otros tres denunciantes no puedo decir nada, pues no conozco toda su historia, pero nadie los ha acusado de haber cometido abusos sexuales, y aquellos otros “abusos” a los que hace alusión la misiva de los cortesanos no creo que se refieran a acciones distintas o peores a las que han realizado otros sodálites de comunidad. Pues es moneda común en el Sodalicio que alguien que ha sido víctima de maltratos psicológicos no tenga conciencia de esto debido al formateo mental del cual ha sido objeto y finalmente termine haciéndole a otros cosas similares a las que antes le hicieron a él. Y algo que una persona normal y en sus cabales no haría, termina haciéndolo no en virtud de ser él mismo sino en virtud de ser sodálite. Nos hallamos ante un sistema perverso que transforma a las víctimas en victimarios, aunque tenga toda la apariencia de una espiritualidad profundamente cristiana que lleva a quienes la siguen hacia la santidad. Objetivo que en más de cuatro décadas de existencia no parece haber alcanzado ninguno de los miembros del Sodalicio, mucho menos aquél que fue considerado como «el mejor entre nosotros».

Por otra parte, me extraña la memoria selectiva que tienen los cortesanos en su misiva al exigirles a algunas de las víctimas denunciantes —no se se sabe quiénes en concreto, porque no se especifica— que respondan de sus actos de abuso, pero no se exige lo mismo de otros sodálites que siguen formando parte de la institución y que han realizado cosas similares o peores. Lo curioso es que esto significa que algunos de los signatarios reconocen haber sido víctimas de abusos en el Sodalicio por parte de una persona que entonces también era sodálite y que nunca fue cuestionada en su actuar por la institución misma.

Es necesario reconocer que los abusos psicológicos no partían de iniciativas personales de quienes tenían puestos de responsabilidad, sino que era un modus operandi conforme con la disciplina sodálite. No conozco a ningún superior sodálite que no haya cometido abusos en mayor o menor grado. Por ahí nos acercamos al concepto de que se trata de un sistema organizado que mediante un lavado de cerebro destruía algunas barreras morales en la mente de los sodálites, haciendo que consideraran aceptables y necesarios métodos punitivos y correctivos que atentaban contra derechos fundamentales de la persona. De ahí que muchos sodálites digan que no han visto abusos en las comunidades. En realidad sí los han visto, pero no los han categorizado como tales. Y como ya lo he señalado, la mayoría de los firmantes son demasiado jóvenes como para darse cuenta de si efectivamente les lavaron el cerebro o les formatearon la mente. El modo de actuar del Sodalicio, desde que tengo memoria, ha seguido siempre este esquema delictivo, independientemente de que las personas que hayan formado parte de él sean conscientes o no de ello, o hayan actuado incluso con las mejores intenciones.

Esto pone también en entredicho la frase donde dicen «todos los firmantes hemos ingresado al Sodalicio de Vida Cristiana de manera libre y consensuada». En la carta que dirigí a Luis Fernando Figari, Superior del Sodalicio, el 17 de diciembre de 1981, solicitando entrar a vivir a una comunidad sodálite, escribí lo siguiente: «esta decisión la he tomado libremente y por mi propia voluntad». Sin embargo, la decisión de pertenecer al Sodalicio ya la había tomado previamente a los 15 años de edad gracias al intenso trabajo de proselitismo que se hizo conmigo y que no estuvo exento de manipulación psicológica —según constato ahora con la madurez que dan los años—. En las cartas que escribí en agosto de 1988 solicitando hacer mi profesión temporal, y en agosto de 1991, pidiendo que se me permita renovar por dos años este compromiso, aparecen expresiones similares, dando a entender que mi decisión era libre y consensuada. Sin embargo, el margen de decisión era muy estrecho debido al formateo mental que se me había efectuado. No existía la posibilidad de tomar una decisión libre de toda coacción interna, pues el asunto se planteaba como una elección entre la vocación a la que Dios lo llamaba a uno —único camino para alcanzar la santidad y la felicidad— o el apartarse de ella —lo cual se consideraba una traición y un camino seguro hacia la infelicidad y probablemente hacia la condenación eterna—. No habían otras posibilidades. Salvo la de “descubrir” a través de un tortuoso y largo discernimiento que la vocación de uno era otra. Pero esto era prácticamente la última salida, que se proponía sólo cuando se veía que el sujeto estaba cayendo en una situación desesperada que ponía en riesgo su estabilidad emocional. Y que en algunos casos estuvo acompañada de pensamientos suicidas.

Me gustaría saber a qué edad los firmantes tomaron la decisión interior de formar parte del Sodalicio de Vida Cristiana —independientemente de cuándo la formalizaron— y si recibieron información adecuada sobre otras opciones de vida y otros caminos alternativos. Casi todos los que conozco de la lista fueron captados antes de alcanzar la mayoría de edad, y los demás son demasiado jóvenes como para que no haya ocurrido lo mismo.

Además, en el supuesto de que sus experiencias personales hayan sido globalmente positivas, ¿qué derecho les da eso para negar que algunos miembros del Sodalicio hayan aprovechado la fachada religiosa de la institución para infligir lesiones graves psicológicas a quienes debían proteger; para manipular las mentes de menores de edad e inducirlos a unirse a la institución, sin informar debidamente a sus padres o tutores; para destruir o deteriorar las relaciones familiares de jóvenes adolescentes y hacerlos dependientes de los responsables del Sodalicio; para mantenerlos secuestrados no con los barrotes metálicos de una cárcel sino con las cadenas interiores del miedo a tomar la decisión equivocada y condenarse eternamente; para realizar negocios millonarios violando derechos laborales o incluso apoderándose ilegítimamente de propiedades ajenas y evadiendo impuestos; para violar la correspondencia ajena incluyendo correos electrónicos; y finalmente, para tener carne joven disponible que sirviera para saciar el apetito sexual de unos cuantos jerarcas de la institución?

Además, ¿qué saben estos cortesanos en su mayoría de lo que pasó en las comunidades sodálites en las décadas de los ’70, ’80 y ’90? ¿Acaso han podido enterarse al respecto, si el mismo Sodalicio ha tenido la costumbre de borrar de su historia todo lo que no quiere que se sepa y presentarle a cada nueva generación una versión de cuento de hadas de su pasado? ¿Creen que con decir «durante nuestra pertenencia al SCV nuestra labor no tuvo relación alguna con actividades ilícitas de ningún tipo» queda demostrado que determinadas personas que han sido denunciadas no aprovecharon las estructuras de la organización para cometer delitos?

Que quede claro que yo tampoco realicé actividades ilícitas en el Sodalicio y puedo suscribir lo que dice la carta: «nos consta la permanencia en el SCV de muchos miembros que son personas de buena voluntad con una clara vocación [a] actuar al servicio del prójimo, de la Iglesia y de la sociedad». Lamentablemente, esto no constituye una prueba fehaciente de que las acusaciones sean infundadas, según la explicación que da el ex sodálite Gonzalo Cano en su artículo Demonios y ¿ángeles? – Una reflexión sobre la mentira perversa, publicado hace tres años (ver https://dibanaciones.lamula.pe/2013/08/23/demonios-y-angeles/gonzalocano/):

«Una persona sedienta de poder (consciente o inconscientemente) necesitaba captar voluntades para su propósito. Para esto, necesitaba captar gente sensible, inteligente y, por supuesto, manipulable. Estas personas tenían que ser menores que él y si eran adolescentes idealistas sin padre o con problemas con la figura paterna, mejor. Para someter esas voluntades, se les tenía que “formar” y para formarlos, primero había que “romperlos” psicológicamente hasta que estuvieran listos para obedecer ciegamente. El camino a la obediencia podía ser largo, pero si era minuciosamente preparado, era posible. Se los podía romper con exigencias físicas, con exigencias de trabajo, con insultos, con humillaciones, haciéndolos sentirse “impuros”, con sentimiento de culpa, amenazándolos con repetir los mismos defectos de sus padres, dándoles un sentido a su vida (que sería justamente servir a esta persona “tocada” por Dios) o simplemente manteniéndolos económicamente. Claro, como [en] todo grupo surgirían las pugnas y las purgas en el camino por ser “la mano derecha” y esa mano podría ser cambiada siempre según el capricho del líder, cosa que los tenía a todos permanentemente “en vilo” y listos para todo. Y la coartada era cualquier cosa. En este caso, mi teoría apuntaba a la religión, pero podría ser política, dinero, placer o cualquier otra cosa que haga que una persona sea poderosa. Lo principal era el poder, la ideología lo secundario (aunque para los “fieles” tendría que parecer que no importara el poder y que todo era la ideología). Eso con respecto al grupo central.

Luego habría que buscar posibles “piezas de recambio”. Un número de gente que con el tiempo se podría formar para ampliar las redes de poder. Pero tenía que ser gente especial, similar al primer grupo en potencia. A estos no se les daría toda la información, pero se les seduciría permanentemente para que sueñen con pertenecer al grupo principal y que en la medida de sus ganas (y de sus problemas psicológicos bien manipulados) estuvieran dispuestos a hacer todo o a callar todo lo que vieran por miedo, obediencia, arribismo o estupidez. A este segundo grupo le llamé “menú”.

Y, finalmente, tendrían que conseguir la famosa “cortina de humo”, que son los miles y miles de cojudos que pueden ser convocados bajo un ideal y que sólo sirven para que los perversos iniciales avancen con su plan de poder. Este tercer grupo es siempre gente buena, bien intencionada, realmente sincera y sana, pero que dado que son buenos y no se imaginan cómo procede la perversión, creen a los líderes y depositan en ellos su confianza al punto [de] que a pesar de que sean descubiertos uno por uno, afirmen siempre que son un “caso aislado” según les dicen los que siguen dirigiendo el grupo. Esta gente es inocente hasta cierto punto, pero como me dijo una vez un sacerdote: “Los mongolitos (por la gente Down) se van al cielo; los cojudos, no.”

De este tercer grupo se puede acceder también al segundo y en pocos casos al [primero]. Los del segundo grupo siempre serán buscados específicamente. Las proporciones que calculé serían así: 5% del total del grupo son los perversos/perversos; 10% los futuros perversos o cojudos que observan y no se dan cuenta de lo que está pasando; y el resto, cortina de humo.»

En consecuencia, «los actores acusados de los delitos» no pueden ser separados del resto de los miembros, como si hubieran actuado al margen o en contra del sistema en el cual estaban insertos. Ellos habrían estado interesados en seguir manteniendo el sistema tal como existió desde sus inicios, a fin de cometer sus actos delictivos, no sé si con plena conciencia. No sabemos hasta dónde llega la infección de ese virus del formateo mental que Figari inoculó en la institución desde sus inicios (ver EL PARÁSITO FIGARI).

Ciertamente, hay muchas personas inocentes que han sido manipuladas, a las cuales se les ha ocultado sistemáticamente información y que han participado o siguen participando del Sodalicio de Vida Cristiana de buena voluntad y con las mejores intenciones, buscando tener una vida coherente con la fe cristiana, creyendo que fines sagrados son los únicos fines que tiene y ha tenido la institución. Pero no deben olvidar que eso puede cumplir perfectamente las funciones de una cortina de humo. Así como cortina de humo parece ser esta carta firmada por 47 cortesanos del Sodalicio.

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FUENTES

Denuncia penal ampliatoria contra 7 miembros y 1 ex miembro del Sodalitium Christianae Vitae (interpuesta el 10 de mayo de 2016)
https://de.scribd.com/doc/312903379/Denuncia-Sodalitium-Christianae-Vitae

Carta de 47 ex sodálites rechazando denuncia penal contra el Sodalicio (01 de junio de 2016)
https://de.scribd.com/doc/314749279/Carta-ex-soda-lites

EL INCÓGNITO PLAN DEL “DIOS” FIGARI

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La expresión “Plan de Dios”, central en la ideología sodálite desarrollada por Luis Fernando Figari, tiene raíces bíblicas. San Pablo, cuando habla de la buena nueva de las riquezas de Cristo que ha sido llamado a anunciar, señala que también tiene la misión de «aclarar a todos cuál sea el plan del misterio escondido desde los siglos en Dios, el creador de todas las cosas» (Efesios 3, 9). Sin embargo, esto que se refiere al designio de salvación que Dios tiene para toda la humanidad no puede ser extrapolado a la vida de cada persona en particular, y mucho menos se puede pretender que un guía espiritual conozca cuál es el rumbo que debe tomar el destino personal de cada uno de sus subordinados para ajustarse a ese plan divino. Pues es algo que pasa por la conciencia personal de cada uno y que, a fin de cuentas, sólo puede saber Dios en toda su amplitud, pues sólo Él, que conoce y comprende los corazones, tiene la potestad de juzgar a los seres humanos.

Y parece que esa potestad se la apropió Figari, pues dentro de su concepción inmovilista del Plan de Dios, quien era miembro del Sodalicio de Vida Cristiana, lo era por obediencia a los designios de Dios para su vida, y quien se apartaba de la institución incurría en una falta gravísima que le iba a acarrear la infelicidad en este mundo y, con cierta probabilidad, la condena eterna en la otra vida.

En mi post OBEDIENCIA Y REBELDÍA escribí lo siguiente:

«La obediencia es presentada en la ideología sodálite como un camino de libertad, en la medida en que libera de todas las ataduras y hace a la persona disponible para el cumplimiento del Plan de Dios. ¿Pero qué Plan de Dios? Aquel que se expresa en el pensamiento de una sola persona, Luis Fernando Figari. ¿Y que ataduras? Todas aquellas que nos vinculan a la normalidad en este mundo, incluidas las de la responsabilidad y la propia conciencia. ¡Y hay que ver los malabares dialécticos que se hacen para justificar este concepto de libertad como renuncia a decidir por sí mismo!»

Este concepto fundamentalista y sin matices del Plan de Dios sirvió de instrumento para que muchos de los que pasaron por el Sodalicio sufrieran angustia y depresiones, pues apartarse de la institución implicaba una traición radical a lo que Dios supuestamente había planeado desde toda la eternidad. En mi caso, cuando me vi en la necesidad de tomar la decisión de apartarme de la vida consagrada, significó meses de tortura interior que me llevaron incluso a desear la muerte.

Rocío Figueroa ha escrito unas valiosas reflexiones sobre este tema, que ahora reproduzco con autorización suya.

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LOS PROBLEMAS TEOLÓGICOS DEL SODALICIO: ¿PLAN DE DIOS?
por Rocío Figueroa

Escribo no con un afán polémico ni destructivo. Después del destape de los eventos de abusos sexuales, psicológicos y físicos por parte de Figari y algunos miembros del Sodalicio no son pocos los que me preguntan: ¿acaso puede salvarse una institución cuyos fundamentos fueron construidos para manipular las conciencias y que tenía serios problemas en sus concepciones y métodos?

No creo que se pueda hablar de “elementos positivos” y “elementos negativos” de la Familia Sodálite, porque estaríamos equiparando las barbaridades que se cometieron con las bondades que algunas personas recibieron. Como me dijo alguien: es como decir que un papá violaba a sus hijos, pero ¡ojo!, también era bueno porque traía pan a la casa.

El fundador tuvo desde los inicios un comportamiento macabro, cruel, manipulando a los jóvenes y abusando de su poder y dominio. Y utilizó para ello la religión. Eso no es sólo un elemento “negativo”, sino que está en la constitución misma del Sodalicio. No hay posibilidad de seguir adelante si no se va a los cimientos de la institución.

Pero como diría San Agustín, incluso cuando un mal pastor habla sobre Cristo, nosotros no seguíamos al mal pastor, seguíamos las palabras bondadosas de Cristo. El gran problema es que entre las muchas palabras de Figari habían unas que eran “propias” y que las hacía pasar como divinas, y otras que eran realmente de Cristo.

Por eso pienso que toca para esta institución una etapa de profunda revisión y discernimiento de aquello que viene de Figari mismo y aquello que viene del Evangelio. El Evangelio es rico, vivo y puede resucitar a una institución que hoy se está desangrando.

Por ello, como dice el Eclesiastés, hay «un tiempo para destruir y un tiempo para construir» (Ecl 3, 3). Y si el Sodalicio y todas las personas involucradas quieren construir sobre fundamentos sólidos, sobre el mismo Evangelio y el mismo Cristo, sería bueno primero “destruir” todo aquello que viene directamente de un pensamiento retorcido como el de Figari, obviamente dando por hecho que la expulsión de Figari, como diría el cardenal Cipriani, es fundamental, pues dejarlo sería un acto de complicidad ante tan tremendos crímenes.

Por ello, con un afán de una crítica constructiva comenzaré por uno de los temas más queridos por Figari: el “Plan de Dios”.

Una cosa que siempre me llamó la atención es que Figari nos prohibía a todos usar la expresión “voluntad de Dios”, que estaba esparcida por todos los dichos de Cristo y que se encuentra en todos los Evangelios. Él cambió esta expresión por “Plan de Dios”.

Y siempre me pregunté ¿Por qué le tiene tanta aversión a la voluntad de Dios? A la luz de los hechos lo comprendo. En general, un movimiento totalitario depende totalmente de las ideas del líder y de las doctrinas del grupo dirigidas por el líder. Es decir, el pensamiento de Figari era más importante que incluso la Biblia misma. Él prohibía ciertas expresiones bíblicas y consideraba que la expresión “Plan de Dios” era más válida que la misma palabra de Cristo.

Una vez, cuando se lo pregunté de manera muy crítica, me dijo que “voluntad de Dios” no es un buen concepto, pues se puede pensar en una voluntad caprichosa e incomprensible de Dios, mientras “Plan de Dios” apela más a la inteligencia y a un orden por Dios establecido, es más comprensible. Con su respuesta entiendo que él mismo manifestaba así su deseo de control, incluso del mismo Dios. Él no quería un Dios que no se comprenda, sino un Dios que él podía dominar y dominar a otros con su razón.

Por ello creo que sería bueno entender el concepto como lo hace San Pablo como un “plan misterioso de Dios” incapaz de ser conocido en su totalidad y abierto a la dimensión mistérica, y obviamente complementarlo con la voluntad de Dios, que pone el acento en la imposibilidad de dominarla o controlarla.

Por otro lado, hay que criticar que, por supuesto, el intérprete de ese Plan de Dios era el mismo Figari y él extendía este poder a los que éramos superiores. Me sorprende la soberbia que podíamos tener de pensar que podíamos saber cuál era el Plan de Dios para alguien, incluso la mentira de pensar que sabíamos cuál era la vocación de alguien.

Pero justamente eso respondía a esa retorcida postura de que uno es capaz de saber cuál es el Plan de Dios, como si Dios tuviese un proyecto ya escrito y todos teníamos que descubrirlo, ¡y ay de ti si no lo cumplías!

Dios es más disímil de nosotros que parecido. Y esto parece que se ha olvidado en el Sodalicio. Dios es Dios para los que creen en Él, no alguien que puede ser descifrado como un ejercicio mental.

Incluso una oración diaria que se dice en las comunidades reza: «cumplir el Plan de Dios en cada situación concreta de mi vida». ¿Acaso es posible saber cuál es el Plan de Dios en cada situación concreta de tu vida? ¿Acaso el ser humano es capaz de leer la mente de Dios y aplicarla en cada momento? Recuerdo que este tema generaba en muchas personas una especie de ansiedad y escrúpulos de no saber si se estaba cumpliendo o no con el Plan de Dios.

Sin embargo, es mucho más sano justamente la “misteriosa voluntad de Dios”. Porque como dice la Escritura, los planes de los hombres están lejos de los planes de Dios, y nunca podemos saber a cabalidad cuál es la voluntad de Dios, justamente porque es Dios.

Cosa curiosa: la palabra “Plan de Dios” no lo encuentras ni una sola vez en la boca de Jesús. ¿No sería mejor regresar al Evangelio?

La voluntad de Dios la intuyes, la sigues con tu conciencia, entre sombras y oscuridad. El Evangelio nos da grandes pistas, la vida de Jesús da grandes luces, pero aplicarlo a la realidad concreta con toda su complejidad siempre es un camino riesgoso. Pues la fe es más un camino de oscuridad que de luz, como la vida misma, llena de incertidumbres y angustias. La secta busca la seguridad y tranquilidad de la vida. La verdadera religión no quita la incertidumbre de la fe.

La voluntad de Dios para el hombre es más incierta, más arriesgada. Incluye la libertad humana, los cambios, un Dios que no tiene un “plan” ya constituido, sino que lo puede ir cambiando porque para Él no hay pasado, presente y futuro, sino un hoy continuo que, junto con la libertad humana, va siempre siendo remodelado y adaptado pr Él.

En ese misterioso camino de la fe, para Dios no hay un “plan futuro” sino un hoy siempre nuevo que va tejiéndose entre su amor y la libertad siempre creativa del ser humano.

Texto original: http://rocio-figueroa.blogspot.de/2015/12/los-problemas-teologicos-del-sodalicio.html

EL CUENTO DE HADAS DEL SODALICIO SEGÚN MONS. TOMASI

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Durante décadas el Sodalicio nos ha contado su propia historia oficial, maquillando algunos hechos y omitiendo otros, arrancando las páginas incómodas de su pasado y su presente, como si se tratara de un cuento de hadas plasmado por obra y gracia de la varita mágica del Espíritu Santo. La publicación de Mitad monjes, mitad soldados de Pedro Salinas y Paola Ugaz nos reveló los recovecos de una historia mucho más terrena, donde junto a grandes ideales y aspiraciones de grandeza no faltaron los intereses turbios, los conflictos humanos y las acciones inmorales, que traspasan en ocasiones la frontera de lo delictivo.

He de admitir que el Sodalicio es una línea torcida que ha servido a muchas personas para descubrir un camino espiritual que le diera sentido a su existencia, pero también ha dejado un reguero de vidas destruidas, de gente que ha perdido la fe en Dios y la confianza en la Iglesia, de familias que han sufrido el distanciamiento de sus hijos, o que los han recuperado con profundas heridas psicológicas y un futuro profesional incierto.

Y cuando creíamos que este cuento de hadas había sido arrinconado en el desván del olvido, entra en escena Mons. Adriano Tomasi, obispo auxiliar de Lima, para volver a ponerlo sobre el tapete durante la Misa del 44° Aniversario del Sodalicio de Vida Cristiana y consolar con esta visión idílica las conciencias de los sufridos miembros de la Familia Sodálite. Éstas fueron textualmente sus palabras:

«Hace 44 años Luis Fernando y quienes entonces le acompañaban, no pudieron encontrar otra fecha más acorde con el amor y la devoción del todo particular que profesaban a nuestra Santa Madre que esta fiesta de la Inmaculada, la “Tota Pulchra”, y por eso el 8 de diciembre de 1971 daban vida al Sodalicio de Vida Cristiana, al que más adelante se integrarán las Fraternas y las Siervas.

Era el Sodalicio, una nueva realidad eclesial que suscitaba el Espíritu Santo como fruto del Concilio Vaticano II, terminado pocos años antes, una nueva realidad que ha dado y sigue dando grandes frutos que nacen de un nuevo carisma, que enriquece a la Iglesia con grandes dones espirituales, distinguiéndose por la fidelidad a la Iglesia y a los Pastores, en el servicio generoso y la caridad a los más amados de Jesús y en la evangelización a través de religiosos y religiosas, laicos y laicas consagrados, bien preparados para asumir los desafíos de nuestros tiempos y testimoniar a Cristo y su Evangelio en todo lugar donde la Iglesia les llame.»

Quiero dirigirme ahora a usted, estimado Mons. Tomasi.

Ya que menciona a Figari, si tanto era «el amor y la devoción particular que profesaba a nuestra Santa Madre», ¿eso le impidió someter homosexualmente a varios jóvenes miembros del Sodalicio desde los inicios de la institución? ¿Cometió esos abusos en honor de la Virgen María? ¿Estaba lleno de buenas intenciones cuando decidió “espiritualizar” de la manera que todos ya sabemos a quienes él había elegido para integrar un círculo íntimo en torno a su persona?

Que el Sodalicio haya sido suscitado por el Espíritu Santo entra dentro del campo de lo indemostrable. Quien quiera creer lo contrario, no va contra ninguna verdad de fe. Y hacerlo puede constituir la base para una terapia sanadora que permita librarse de la manipulación de la conciencia y de la libertad que con frecuencia se ha practicado en la institución. Si usted, ante todo lo que ha salido a luz, dijera que tiene dudas de que el Espíritu Santo haya suscitado el Sodalicio, no sabe cuánto bien haría a tantas personas que temen abandonar la institución por temor a convertirse en traidores de la voluntad divina. Ni se imagina el hermoso don que sería para esas personas tener la oportunidad de decidir con plena voluntad cuál es el camino que van a tomar. Le garantizo que muchos mantendrían la fe y seguirían sirviendo a la Iglesia, al contrario de aquellos que un día descubrieron amargamente que habían sido objeto de manipulación y terminaron alejándose decepcionados no sólo de la Iglesia, sino de todo lo que oliera a religión. No los culpo.

Ahora bien, ¿podría usted decirme cuáles son los «grandes dones espirituales» con los que el Sodalicio enriquece a la Iglesia que no se hallen presentes en otras familias espirituales del Pueblo de Dios? ¿Y cuáles son los frutos a los cuales usted se refiere? Pues si bien es cierto que a través del Sodalicio muchos han encontrado la fe cristiana —entre los cuales me cuento yo mismo—, también es cierto que a lo largo de su historia son muchos más los que han dejado la institución que los que han permanecido en ella (ver mi post FANTASMAS DEL SODALICIO). Y la mayoría de estos ex sodálites no encuentran motivos para mostrarse agradecidos por las cosas buenas que recibieron, pues —haciendo un balance— son mayores los daños que les fueron infligidos. Hasta sé de muchos que han tenido que pasar por terapias psicológicas, mientras que otros no han podido recuperarse del todo hasta ahora y viven con el alma hecha pedazos.

Por otra parte, ¿le parece a usted que el Sodalicio se distingue por «la fidelidad a la Iglesia y a los Pastores»? Que yo sepa, lo que fundó Figari no parece ser una organización que haya estado al servicio del Pueblo de Dios en general, sino más bien parece haber seguido una agenda propia para adquirir poder e influencia en la Iglesia y en las élites de la sociedad. Figari y compañía supieron manejar muy bien las relaciones públicas con los obispos, mientras que para adentro ni se imagina lo que decían de los mismos: que el cardenal Juan Landázuri Ricketts era un payaso, que el cardenal Augusto Vargas Alzamora era un débil de carácter y así por el estilo. Ni hablar de Mons. Luis Bambarén —quien llegó a ser Presidente de la Conferencia Episcopal Peruana—, sobre el cual jamás escuché un comentario positivo de boca de un sodálite. Yo ya no vivía en comunidad en la época del cardenal Cipriani, por lo cual no sé qué opinaban sobre él al interior de las comunidades sodálites. Pero sospecho que lo que se decía de él entre bambalinas no debe ser muy halagador.

Por otra parte, la “fidelidad” a los obispos siempre se ha guiado por la postura doctrinal que tuviera el prelado —que debía coincidir a grandes rasgos con la ideología conservadora y fundamentalista del Sodalicio— o por las ventajas que pudiera obtener la institución a nivel eclesial. En caso de estar en buenas migas con un obispo, hiciera lo que hiciera, siempre había que defenderlo, aun cuando tuviera actuaciones cuestionables. Por eso mismo, nunca encontrará de parte de ningún miembro activo del Sodalicio ninguna crítica a Mons. Cipriani, por lo menos en público. Y a eso no lo podemos llamar fidelidad, sino adulación y renuncia a todo razonamiento crítico y sensato.

Por otra parte, ¿cree usted de verdad que quienes se hallan vinculados al Sodalicio están «bien preparados para asumir los desafíos de nuestros tiempos y testimoniar a Cristo y su Evangelio en todo lugar donde la Iglesia les llame»? ¿De dónde saca usted eso? Que yo sepa, la formación que se ha impartido en la Familia Sodálite nunca ha sido sometida a una revisión por parte de profesionales independientes —teólogos, educadores, psicólogos, etc.— a fin de verificar que sea buena, correcta y adecuada. Yo, que he sido formado en el Sodalicio, tengo una impresión distinta. En el Sodalicio no se le enseña a la gente a pensar, a reflexionar personalmente con libertad, a ver los distintos aspectos de un problema de la manera más objetiva posible. Más bien, se le dice qué debe pensar, qué lenguaje debe utilizar y, sobre todo, se le exige resignar el raciocinio y acallar todo cuestionamiento para obedecer sin chistar y aceptar todo lo que venga de la institución como verdad absoluta. Si usted cree que gente con una “preparación” así es la más indicada para «asumir los desafíos de nuestros tiempos» y dar testimonio de Cristo, discrepo.

Además, debe usted tener en cuenta que el Sodalicio suele afirmar que asume las enseñanzas de la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia sin interpretación, cuando en realidad adopta una de las interpretaciones más peligrosas que puede haber: la del fundamentalismo, que se queda en la letra y pierde de vista el espíritu de las cosas. De ahí la rigidez y la intolerancia —incluso hacia otros grupos y miembros legítimos del Pueblo de Dios— que han estado presentes en el Sodalicio desde su época fundacional.

Por otra parte, basta con entrar en contacto real con la cultura de nuestro tiempo para darse cuenta de que, por su temática y su alcance, la formación impartida en el Sodalicio es mediocre y estrecha de miras, al igual que lo es el “pensamiento” de Luis Fernando Figari. De tal palo, tal astilla.

Finalmente, estimado Mons Tomasi, me preocupa que haya usted tachado de meros «chismes y prejuicios» las revelaciones escandalosas sobre el Sodalicio, quitándole gravedad al asunto. Más aún, cita las siguientes palabras de Chesterton para buscar darle ánimo a los atribulados miembros de la Familia Sodálite —los cuales, en su mayoría, no tienen ni arte ni parte en lo que ha pasado—: «Quien no ama a la Iglesia ve los defectos de sus hijos e hijas. Quien la ama todavía los ve mejor: pero no ve solamente esos defectos, ve también sus virtudes, que todavía hoy, a pesar de tantas crisis, las hay en abundancia».

Estoy totalmente de acuerdo con estas palabras. Pero tenga en cuenta que Chesterton se refería a la Iglesia y no a un grupo particular dentro de ella. Estas palabras no son aplicables al Sodalicio por las siguientes razones:

  • porque el Sodalicio no es lo mismo que la Iglesia —aunque forme parte de ella—;
  • porque quienes lo critican, entre los cuales hay creyentes y no creyentes, no descalifican por eso a toda la Iglesia; incluso hay varios que aman a la Iglesia y quisieran que ésta tome cartas en el asunto y haga justicia;
  • porque no se está señalando tanto los defectos de los sodálites como denunciando hechos graves lesivos de la dignidad humana de las víctimas y atentatorios contra sus derechos humanos, perpetrados de manera sistemática en la institución.

Disculpe que se lo diga con estas palabras, Mons. Tomasi, pero en un caso como éste, la ingenuidad constituye un error que puede tener consecuencias catastróficas, sobre todo al pedirle a la gente que se dedique a la oración y obras de misericordia sin hacer caso de lo que usted llama «avalancha de críticas y acusaciones», dejando que «que quien tiene la debida autoridad y responsabilidad, asuma la delicada tarea de soportar las críticas y acusaciones y de asesorarse debidamente para tomar las medidas oportunas y responder a la justicia». Es todo lo contrario de la actitud del buen samaritano, que se preocupó del hombre herido, mientras que el sacerdote y el levita pasaron de largo. Quién sabe, tal vez le hubieran echado a la víctima la culpa de sus desdichas, o probablemente tenían responsabilidades más importantes que atender, como, por ejemplo, instruir a jóvenes discípulos en las artes de la experiencia espiritual.

A los miembros de la Familia Sodálite que tengan la conciencia limpia y deseos de seguir sirviendo al Pueblo de Dios que es la Iglesia, les sugiero que no se contenten con medidas paliativas y frases de consuelo que no resuelven nada, sino que sigan buscando sinceramente la forma de caminar tras las huellas del Jesús auténtico, aquél que nos muestran los Evangelios. Y actúen con la libertad de los hijos de Dios, sabiendo que las personas son más importantes que las instituciones, y la verdad, más urgente y necesaria que las apariencias y las buenas formas. «Si vosotros permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Evangelio de Juan 8, 31-32).

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La homilia completa de Mons. Adriano Tomasi el día 8 de diciembre en la Parroquia Nuestra Señora de la Reconciliación (Camacho, Lima) se puede leer aquí:
http://sodalicio.org/noticias/vayan-entregandose-mas-a-la-oracion-a-la-caridad-y-a-la-misericordia/

«SUS LÁGRIMAS DE DOLOR ME CONMUEVEN»

Nuestra Señora de la Reconciliación, advocación mariana de la Familia Sodálite

Nuestra Señora de la Reconciliación, advocación mariana de la Familia Sodálite

Poco se ha escrito sobre aquellos a quienes yo he llamado “las otras víctimas”, aquellos hombres y mujeres que han participado de buena fe y buena voluntad en los diversos grupos que forman la Familia Sodálite, y que ahora se sienten frustrados y decepcionados ante el escándalo suscitado en el Sodalicio de Vida Cristiana. Escándalo que no tiene sus raíces en quienes han dado a conocer los hechos de los victimarios a la opinión pública, sino en aquellos mismos que han cometido acciones tan execrables.

Ivonne Ospina, una ex agrupada mariana, que tuvo la bendición de tener sólo experiencias positivas mientras participó del Movimiento de Vida Cristiana, me ha enviado su testimonio para que lo publique. Conozco personalmente a Ivonne, pues mi mujer estuvo en la misma agrupación que ella.

En estas sentidas palabras que ha tenido la urgencia de escribir y que le salen de lo más hondo de su corazón se reflejan el dolor y la consternación ante la sombra moral que se cierne sobre una comunidad cristiana, de la cual —al igual que muchos— guarda principalmente buenos recuerdos.

Comparto la tristeza de Ivonne, pues ¡quién no se siente entristecido ante todo lo que está pasando y que afecta a tantas personas de recta conciencia y buen corazón, que constituyen la gran mayoría dentro de la Familia Sodálite!

Mientras tanto, sólo queda seguir caminando unidos tras las huellas de Cristo en una misma Iglesia. En cuanto a lo demás, que ocurra lo que tiene que suceder. Que así sea.

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TESTIMONIO DE IVONNE OSPINA

Algunos amigos y familiares me preguntan: ¿No es el Sodalicio el grupo en el cual tú participabas?

La respuesta es sí.

Yo pertenecí al MVC (Movimiento de Vida Cristiana) desde fines de 1994 hasta 1999, en que me casé. Fui agrupada mariana, [miembro de las Agrupaciones Marianas], como se conoce a los grupos de perseverancia de los jóvenes. Los conocí a través de un congreso de estudiantes universitarios católicos en el año ‘94.

Conocí a varios sodálites y fraternas [integrante de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación], personas a quienes veía siempre con admiración por su entrega a Dios y por su afán por que más personas se convirtieran a Jesús. Y yo quería vivir de la misma manera que ellos: vibrar y transmitir a Cristo. Las misas del Centro Pastoral de San Borja eran para mí sublimes.

Fue un tiempo de mucho auto-conocimiento, de lectura y formación. Recuerdo los talleres [de formación] a los que asistía, en que me hablaban de la espiritualidad y la antropología sodálite. Todo me parecía muy cuerdo y respondía a muchas de mis interrogantes. Lo más hermoso fue que descubrí el gran amor de Dios por nosotros sus hijos y hacia mí. Descubrí que siempre había estado conmigo hasta en los momentos más tristes de mi vida.

Durante los años en que estuve participando, asumí pequeñas responsabilidades y ayudaba en el apostolado en provincias. Viajé a Chiclayo no sé cuántas veces por ese motivo.

Mi paso por el MVC fue para mí una experiencia que marcó mi vida. Enfrenté muchos miedos y mi corazón se abrió a las necesidades de los que más sufren. Conocí gente muy buena, de sólidos valores y de gran corazón. También conocí a algunos que sobreactuaban, un poco “marcianos” o cuadriculados, como les llamábamos en mi agrupación.

La primera agrupación en la que estuve maduró en su crecimiento espiritual. Hubo un tiempo en que estaba convencida de mi vocación para monja. Fue en el tiempo en que recién se estaba formando el primer grupo de las Siervas del Plan de Dios con la hermana Andrea, cuando aún era fraterna y el nombre aún no se planteaba. Fueron días que recuerdo con especial cariño, donde la fuerza del Espíritu Santo era evidente.

Discernir mi vocación me costó. Creo que de alguna manera el no estar en el camino de la consagración me entristeció. De mi primera agrupación, dos de ellas son siervas, otras dos son fraternas, sólo una se casó con un adherente sodálite.

Luego conocí a mi esposo, quien tuvo la buena intención de conocer el MVC y participó de un retiro para chicos en San Bartolo. Aunque no se sintió atraído, debido a mi insistencia se unió a una agrupación, pero tuvo la mala suerte de que su animador era un “marciano” total, con poca caridad y claridad para comunicarse. No entraré en detalles, pues no son de importancia. Después de varias reuniones, desistió. Ya de casados, no quiso saber nada de ellos.

También tuve decepciones. Como en toda relación, nunca faltan. Somos humanos.

En mi nueva agrupación hice buenas amigas, pero luego de casarme, ya no podía participar en la agrupación (sólo es para solteras). De alguna manera me sentí huérfana de mi pequeña comunidad. Y no me identificaba con las “betanias” [integrantes de Betania, asociación de la Familia Sodálite para mujeres maduras] por mi edad. Siempre las vi como mamás, ya que muchas eran mamás de agrupados y agrupadas.

Me perdí de vista y dejé encerrados mis anhelos espirituales. Luego de mucho tiempo, gracias a mis hijos y mi esposo, llegamos a una iglesia donde la Santa Misa la oficiaba un sacerdote sodálite. A ellos les gustó su estilo claro y didáctico. Yo me percaté de que me sentía en familia.

Me duele mucho todo lo que ahora está viviendo el Sodalicio. Comparto la tristeza de quienes son parte de la Familia Sodálite, entre ellos mi mamá que desde hace años dedica su tiempo y energías a nuestra Iglesia a través de las “betanias”. Sus lágrimas de dolor me conmueven.

Ruego a Dios con fe y esperanza por las víctimas que dieron su doloroso testimonio y por las que aún callan, para que Cristo Jesús sane sus heridas desde lo más profundo y les permita alcanzar la paz y felicidad en sus vidas.

Ruego también por los involucrados en estos crímenes (victimarios, testigos mudos y autoridades condescendientes) para que en un acto de dignidad se retiren del Sodalicio voluntariamente, reconociendo sus actos y poniéndose a disposición de la justicia.

Ruego para que quienes queden actúen decidida y enérgicamente en extirpar el tumor maligno que amenaza la vida de esta comunidad.

LAS OTRAS VÍCTIMAS

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No han sufrido abusos sexuales, ni abusos físicos ni psicológicos. Tampoco han sido testigos de estos delitos, mucho menos han tenido conocimiento de que estas cosas ocurrieran en el Sodalicio. Pero han visto traicionadas su confianza y su entrega a un proyecto de vida que les prometía la santidad y la felicidad tanto en este mundo como en el venidero.

Son los miles de participantes de buena voluntad que conforman las asociaciones aglutinadas en lo que se conoce como la Familia Sodálite. Muchos de los cuales están pasando por una gravísima crisis personal, donde incluso están en juego su fe y su pertenencia a la Iglesia católica. Por razones ya conocidas, de las cuales ellos no son culpables.

A estas personas, entre las cuales sigo teniendo amigos y conocidos, quiero dirigirme en esta ocasión como hombre de fe.

«Los hombres de Iglesia no son la Iglesia», les dijo Juana de Arco a los eclesiásticos que la juzgaron y condenaron. Lo mismo podemos decir de Figari y compañía. Y de los obispos y curas que lo apoyaron y protegieron.

Quien quiera continuar tras las huellas del Jesús de los Evangelios, ha de desterrar de su corazón a aquel que se colocó como un falso profeta en el santuario de nuestras conciencias, presentándonos su obra como la mejor manera de alcanzar la santidad en nuestro tiempo y de ser hijos fieles de la Iglesia.

Durante décadas, el Sodalicio buscó preservar su buena imagen sacrificando la honra y salud psíquica de tantas personas. Es hora de salvar a las personas por encima de la imagen de la institución. E incluso por encima de su existencia.

(Columna publicada en Exitosa el 4 de noviembre de 2015)

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Como dice mi amigo Manuel Rodríguez, miembro casado del Sodalicio de Vida Cristiana, «todo método o institución eclesial tiene como finalidad que el creyente se encuentre con Dios, viva de Él, con Él y por Él. Cuando uno olvida esta renuncia, endiosa la institución o el método y con ellos se endiosa a sí mismo» (ver http://roncuaz.blogspot.com/2015/10/ir-dios.html).

El Sodalicio como institución siempre debió ser un medio para que aquellos que lo integran —incluyendo a todas aquellas personas que participan de las diversas asociaciones de la Familia Sodálite— pudieran insertarse en la vida de la Iglesia, el Pueblo de Dios. El problema está en que el Sodalicio mismo se concibió como una forma privilegiada y exclusiva de vivir la religión católica acorde con los tiempos actuales, con pretensiones grandilocuentes e irreales de cambiar el mundo y renovar la Iglesia.

Además, quienes participaron de buena voluntad en este proyecto fueron alentados a desarrollar toda su vida cristiana en ámbitos formativos, litúrgicos y espirituales de la Familia Sodálite y asistir solamente a los espacios controlados por el Sodalicio —sean centros pastorales, parroquias, colegios, etc.—, aislándose de la participación en otros espacios comunitarios de la Iglesia —otras parroquias, otras comunidades eclesiales, etc.—. A modo de ejemplo, puedo mencionar que una vez me llamaron la atención a mí y a mi mujer por haber cumplido el precepto dominical asistiendo a Misa en la Parroquia de Fátima (Miraflores) en vez de asistir a la Misa de Familia realizada en el Centro Pastoral de San Borja. Como si hubiéramos cometido una falta grave.

Cuando un modo de participación en la vida eclesial se convierte en exclusivo, se pierde la perspectiva y se deja de ver la variopinta riqueza que hay en las tan diversas comunidades cristianas que en la Iglesia católica forman una sola comunión en el amor. Y ésa es la raíz de graves problemas, sobre todo en estos momentos cuando tantos miembros de la Familia Sodálite sienten que el mundo se les viene abajo.

A todos ellos les digo que, sea lo que sea lo que ocurra, pueden seguir siendo miembros vivos de la Iglesia. La fe y la vida cristiana no pueden depender de una institución ni de aquellos que la gobiernan. La razón de ser de un cristiano siempre ha sido y será el seguimiento de Jesús, con quien formamos un solo Cuerpo en virtud del bautismo. Y ese seguimiento nos impulsa a vivir el amor, más allá de cualquier interpretación o espiritualidad que algún líder religioso nos haya inculcado.

Si queremos caminar en la esperanza, debemos atrevernos a mirar más allá de los muros que creíamos seguros y descubrir la vastedad de la bondad de Dios, Aquel cuya presencia muchos hemos experimentado en diversas circunstancias de nuestras vidas. Cosa que ni yo mismo puedo explicar satisfactoriamente con palabras aunque lo intente, pero que ha generado en mí una confianza que siento que nunca me abandonará.

No hay que tener miedo. Si es necesario, habrá que quemar las naves y aventurarse hacia lo desconocido, con la certeza de que estamos en manos de Dios y de que Él nunca olvida a aquellos a quienes ama. Y de que no caerá ni un solo cabello de nuestra cabeza si Él no lo permite (ver Mateo 10, 30). Que así sea.

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Recomiendo leer también mi CARTA ABIERTA A LA FAMILIA SODÁLITE, escrita antes de que estallara el escándalo actual sobre el fundador del Sodalicio, Luis Fernando Figari.