LA PROFUNDA HUELLA DEL ABUSO SEXUAL

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Iris Galey con su padre: «¿Por qué hacías eso, papá?»

La suiza Iris Galey (nacida en 1936 en Basilea) escandalizó en 1988 a la opinión pública con su primer libro, Yo no lloré cuando papá murió – Historia de un incesto [Ich weinte nicht als Vater starb. Geschichte eines Inzests. Zytglogge, Gümligen 1988], en que trataba abiertamente un tema tabú. Pues desde sus 9 a sus 14 años de edad su padre, director de una empresa química, abusó sistemáticamente de ella. Y le dejó un trauma que la acompañaría toda su vida.

El año pasado acaba de publicar una nueva versión del libro con una segunda parte añadida: Yo no lloré cuando papá murió … y aborrecí el sexo hasta que encontré el amor – Historia de un incesto y una sanación” [Ich weinte nicht, als Vater starb … und hasste Sex, bis ich Liebe fand. Geschichte eines Inzests und einer Heilung. Münchner Verlagsgruppe, München 2015].

Recién con su tercer esposo, cerca de cumplir los 80 años, le perdió el miedo al sexo y pudo disfrutarlo verdaderamente, gracias al respeto y la dedicación de un hombre que era capaz de renunciar a la unión sexual por amor. Iris Galey aprendió que podía decir “no”.

Su vida fue difícil. Cuando a los 14 años reveló lo que su padre hacía con ella, éste se suicidó pegándose un tiro. Su primer matrimonio fue infeliz, pues su esposo le pegaba con frecuencia. A los 30 años volvió a casarse y se fue a Nueva Zelanda, donde su esposo terminó uniéndose a una secta fundamentalista. Tuvo dos hijas, una en cada matrimonio. Actualmente es terapeuta y conferencista en Suiza, dedicando su tiempo a ayudar a víctimas de abusos sexuales.

La historia de esta valiente mujer nos muestra cuán profunda es la huella de un abuso sexual, una herida abierta que a veces nunca cicatriza. O que se cura después de toda una vida.

(Columna publicada en Exitosa el 30 de enero de 2016)

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El 26 de noviembre de 2015 la Süddeutsche Zeitung publicó una carta de Iris Galey a su padre, donde describe con palabras explícitas y perturbadoras cómo la atormentaron durante décadas las cosas que su progenitor hizo con ella. He aquí el texto.

PAPÁ, ERES UN CERDO
por Iris Galey

Fue mi vida la que tú manchaste casi para siempre, papá. Yo era una niña de nueve años, y tú, con el cronómetro en marcha, me sobabas ‘allí’ con tu pulgar, y si no hacía puntualmente aquello que tú llamabas ‘venirse’, entonces me reprendías y me hacías daño.

¿Por qué hacías eso, papá?

Si tú estudiaste y fuiste director de una empresa química suiza. Así que con seguridad podías pensar.

Yo he necesitado mucho tiempo antes de ser capaz de pensar, después de que hubiste batido mi cerebro, como los huevos revueltos del desayuno, pues tú violaste mi pequeño cuerpo al igual que mi pensamiento entero. Tú no me enseñaste ninguna capacidad normal de vivir, ningún lenguaje habitual.

Tú me quitaste el piso debajo de los pies. Pues tú me enseñaste que lo errado es correcto y que lo correcto es errado.

Aprendí rápido a fingir ese sentimiento increíblemente hermoso que aparecía junto con la náusea sin limites provocada por el asco. Y hacía como que de verdad ‘me venía’, para que no me reprendieras y no me hicieras daño.

Entonces te engañaba, para que se acabaran tus tocamientos repugnantes y tus miradas asquerosas a eso de abajo.

Papá, eres un cerdo.

Yo sabía que debía exhalar gemidos y retorcerme y poner rostro apasionado, con labios fruncidos, como querías verlo tú. No obstante que decías que todas las mujeres son repulsivas.

Y cuando tú creías que yo ‘me venía’, casi nunca sentía nada en realidad. Pero más tarde, cuando estaba tendida sola en mi cama, sentía ese gran deseo que tú despertaste en mí, sin que yo quisiera.

Me atormentaba.

Era el anhelo de esos sentimientos, que habrían de aparecer sin papá. Pero tú dijiste que si lo hacía, pecaba, sería castigada y me iría al infierno.

Cuando el impulso era muy grande, lo hacía, pero luego fingía que no lo había hecho.

¿Es por eso que tantas mujeres deben simular algo, porque tantas son objeto de abusos de parte de papás como tú? Dicen que una de cada cuatro niñas y uno de cada siete niños.

Es así que yo tenía que ser embustera. He necesitado toda una vida para volver a ser yo misma. Yo esperaba y le rezaba a ese ser desconocido llamado Dios que llegara el día en que ya no tuviera ese impulso.

Pero un esposo desea que su mujer tenga ese impulso y sea ‘sexy’. De modo que tuve que seguir fingiendo.

Ya no tengo ese impulso y eso me pone contenta. Pero cuando todavía era una niña pequeña, pensaba que estaba condenada a fingir algo para siempre, incluso ante mí misma.

Cuando tú hacías lo que tú llamabas ‘venirse’, entonces siempre querías que yo… en la boca… ¿cómo pudiste, papá? Por un pelo no me asfixiaste.

Y entonces, poco después en la escuela, como niña entre niñas, yo me sentía tan distinta y que no formaba parte de eso. Ni en el bus escolar, ni en el salón de clases, ni en el recreo. Pues, después de ti, yo no formé parte nunca más de nada. Yo era como una ciudad bombardeada y en escombros, una ruina demolida. ¿O era el esqueleto maloliente de un pescado muerto pintado por Dalí?

Y cuando estaba esperando hijos, deseaba que fuera una niña, pues un niño con un pene, como el que tú tenías, papá, no lo hubiera podido soportar. Ejercías un control terrible en mi cabeza. Simplemente no te ibas…

Yo intentaba no mirar esa cosa que en ti siempre apestaba. Y el miedo a que me mataras y mataras a tiros a mamá todavía está en mí. Desde que quemaste vivo a mi ratoncito, al que yo amaba.

¿Por qué hiciste eso, papá?

¿Eras realmente mi papá?

En el matrimonio fui feliz cuando finalmente ya no tenía que ocuparme de esas partes del cuerpo. Eso no lo pude lograr ni siquiera con 77 años de edad, es decir, desde mi noveno hasta casi mi octogésimo año de vida. Eso es demasiado tiempo, papá, para algo aborrecido de manera absoluta.

Pero yo no sabía que también podía decir que no. Por eso toda esa gente decía entonces que eso iba a llegar a mí en algún momento.

Yo envidio a cada niña que no tuvo un papá así, que la echó a perder como tú lo hiciste. Vete pues ahora para siempre, vete, y llévate también contigo la palabra ‘papá’.

Recién cuando supe que mi actual esposo habría renunciado a ello, por amor a mí, no obstante que me deseaba, pude hacerlo por amor. Ahora soy feliz, monstruo enfermo y abominable, pues no pudiste arruinar mi vida entera.

Una parte de mi vida la pasé reconstruyendo mi ciudad. Siempre en búsqueda, volteé cada piedra como las mujeres entre los escombros de Berlín. Encontré el cemento para volver a edificar mi capacidad de vivir. No me quebré.

Mi esposo simplemente ama todo en mí, de modo que me siento mejor de ser mujer, después de que tú, viejo horroroso, me decías que yo soy como todas las mujeres, seres inferiores malolientes, repulsivos y sangrantes sin derechos.

Las voces e imágenes tuyas, tonto y enfermo comemierda, desaparecen ahora de mi cabeza. Ya no me siento como una ‘nada’. Conozco a muchos que se han rendido antes de tiempo debido a los daños que han ocasionado y siguen ocasionando personas como tú.

Ahora tengo al hombre y amante más amoroso, comprensivo y cariñoso del mundo, porque nunca me presiona, nunca me reprende y me deja decir ‘no’ cuando yo quiero. Disfruto cada momento con él, pues ahora ya no hay más sexo, sólo amor.

Y he comprobado que puedo ser feliz en cualquier parte, cuando estoy “en casa” en mí misma. Y ahora, en esta maravillosa edad en que soy una joven de casi 80 años podría vivir en cualquier parte del mundo, precisamente porque me siento en mí misma como en casa.

No olvides que a ti, ese despreciable y viejo hijo de puta llamado padre, lo he enterrado en un hueco en el desierto del Sinaí, y nunca te atrevas a salir nuevamente de allí.

El rol más triste en todo esto, en nuestro trauma-drama familiar, lo jugó mamá. ¿Te vengaste de ella en mí, porque amaba a otro hombre y no dormía contigo?

Yo no te odio ni a ti ni a mamá, pues quién sabe qué cosa os convirtió en aquello que erais. Pero de ahora en adelante vosotros dos no habéis existido nunca para mí y esas palabras que empiezan con P o M no las voy a pronunciar nunca más con mi boca.

Con estas letras os borro sencillamente por completo.

Yo soy yo, soy feliz y me he reconquistado a mí misma.

Y soy increíblemente feliz de haber recibido de ti solamente los daños a largo plazo. Yo podría haber abusado compulsivamente de niños pequeños o incluso haberme convertido en una asesina. Y no fue así.

(Traducción al español: Martin Scheuch)

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TEXTO ORIGINAL

Süddeutsche Zeitung
Papa, du Schwein (26. November 2015)
http://www.sueddeutsche.de/leben/kindesmissbrauch-papa-du-schwein-1.2751766

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EL NEO-GNOSTICISMO DEL “ILUMINADO” FIGARI

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Luis Fernando Figari creía ser poseedor de un pensamiento único, recibido por inspiración del Espíritu Santo, que lo convertía en un elegido, apto para liderar un grupo cristiano de élite capaz de transformar el mundo.

Han pasado más de 40 años desde que se iniciara esta empresa religiosa, y ese pensamiento ha mostrado no ser más que una colección de lugares comunes agrupados en una síntesis fundamentalista mediocre que más se parece a una ideología que a una espiritualidad viva y en desarrollo.

Por otra parte, es casi nula la influencia que ha tenido el Sodalicio en la configuración del mundo a lo largo de estas cuatro décadas. Lo que la institución sí ha logrado cambiar drásticamente son las vidas de decenas de jóvenes, que han visto truncadas sus esperanzas y han sido gravemente dañados en sus historias personales.

Reproduzco a continuación, con la debida autorización, un texto de Rocío Figueroa, donde analiza el tipo de conocimiento que postulaba Figari y que yo recuerdo como una amalgama de teología tradicional y espiritualidad vetusta con parches de filosofía trasnochada, integrismo fascista, esoterismo hindú, psicología especulativa y ciencia-ficción apocalíptica.

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LOS PROBLEMAS TEOLÓGICOS DEL SODALICIO: EL NEO-GNOSTICISMO DE FIGARI
por Rocío Figueroa

No se puede deslindar la teología de la vida moral de Figari, justamente porque la teología es la reflexión sobre la Revelación y de cómo se vive la fe en la historia. La teología no nace en una biblioteca, sino en el discipulado. Si el fundador fue un pederasta, hay que revisar la reflexión de la fe y su aplicación en la historia que nace del perpetrador. Porque fe y vida, teología y vida, espiritualidad y vida no se pueden separar.

Como bien sabemos, el gnosticismo fue una secta al interior de la Iglesia que confundió a muchos creyentes y buscaba llegar a la salvación a través del “conocimiento” y la “iluminación”. Un elemento típico de un grupo con características sectarias es que el fundador se presenta como el “iluminado”. Figari nos hacía creer que él con la mirada podía analizar el alma de los otros y que su pensamiento era único. Él mismo desarrolló una teoría que siguió vigente al menos hasta el año 2010. A todos sus cercanos nos mandó a leer la novela El hombre demolido de Alfred Bester, que trataba de una sociedad con un grupo de “ésperes”, telépatas iluminados que podían leer la mente de los otros y tener cierto poder sobre los demás. Figari además decidía quienes eran los “ésperes” de la comunidad y a éstos se les rendía un respeto reverencial, porque tenían algo que los demás no teníamos. No sólo eso, un par de consagrados tenía la responsabilidad de darle un fundamento teórico desde la psicología a esta teoría. Y así lo hicieron.

Esta teoría de los “iluminados” es la misma que tenía la secta del gnosticismo en los inicios del cristianismo. Obviamente, esta doctrina de los “ésperes” no llegó al Movimiento de Vida Cristiana —¡gracias a Dios!—, sino que se quedó en el grupo de los “iluminados”, o sea, los consagrados.

Figari se consideraba tan iluminado que no dejaba que nadie escribiera libros. Los que logramos publicar alguno, fue bajo su total revisión y control. Y siempre señalaba: «tienes que ser fiel a mi pensamiento». Es más, recuerdo que la parte más creativa, personal y experiencial de uno de mis artículos me la cortó sin problema, pues no expresaba “su pensamiento”. O sea no expresaba el pensamiento del “iluminado”.

Creo que uno de los aspectos de esta “iluminación” y “gnosis” que influyó a todos fue la desmedida importancia que Figari le dio a la “fe en la mente”, justamente al “conocimiento como medio de salvación”. Una importancia que puede ser muy dañina si no se equilibra con la fe en el corazón y la fe en la acción.

Como bien sabemos, Figari tenía una actitud muy negativa hacia toda la dimensión afectiva de la fe y de las relaciones humanas. En sus estudios sobre perpetradores sexuales (Comprehending and Rehabilitating Roman Catholic Clergy Offenders of Child Sexual Abuse, Journal of Child Sexual Abuse, 24:7, 772-795), Jane Anderson afirma que estos tienen serios problemas afectivos y éstos los manifiestan en medidas represivas hacia los sentimientos de los demás.

Si un sodálite era muy afectivo, Figari lo llamaba públicamente “desordenado” y este calificativo se hizo famoso en el Movimiento. Alguien que fuera muy sensible era llamado susceptible, alguien muy afectivo o emocional era acusado despectivamente de “feeling” o “hembrita”. Por eso incluso las canciones tenían que ser militantes, agresivas y mostrar poca sensibilidad.

Al mismo tiempo la “fe en la acción” de Figari dejaba mucho que desear: nunca lo vimos trabajando con los pobres, ni visitando a los enfermos, ni siendo caritativo. No sabía pedir perdón y si alguien se equivocaba, tenía todo menos caridad. El juicio sobre Figari se lo dejo a Dios, pero sí puedo evaluar sus actos. Entonces al presentar una fe desvinculada de los afectos y del núcleo de la caridad nos quedamos con una ideología, una doctrina vacía.

El cardenal John Henry Newman consideraba un gran peligro sobrevalorar aquello que se puede argumentar explícitamente y olvidar que las “razones reales” comprometen a toda la persona y no sólo la capacidad de articular un argumento. Según él, «una cognición desencarnada era un camino reductivo y falso; sólo una razón existencialmente integrada podría alcanzar la verdad religiosa»1. En este sentido, una persona que creó una espiritualidad y ésta no estaba integrada en su vida, ¿podía acaso alcanzar realmente la verdad religiosa?

Por ello, creo que es importante re-evaluar el equilibrio entre las dimensiones de la fe y la valoración que se da a éstas y sobre todo desterrar toda pretensión de “iluminación”. Considero además que la dimensión afectiva y cordial de la fe es un elemento a integrar de manera más sana.

El peligro de darle una sobre-importancia a la “fe en la mente” es que se corre el riesgo del empirismo racionalista del que habla Newman, de creernos nuestras ideas, de pensar que somos buenos porque pensamos cosas buenas, de creernos dueños de la verdad o superiores al resto. En eso Dietrich von Hildebrandt es muy agudo al darle la centralidad al “corazón” como centro de pensamientos, afectos y emociones.

Figari, en cambio, todo el tiempo centraba la importancia en la mente refiriéndose a San Pablo. que invitaba a convertirse a través de la renovación de la mente. Sin embargo, no se puede leer sólo un pasaje de la Biblia para definir la conversión. Hay que leerla toda integralmente y el centro de la conversión Jesús la repetía sin cesar: «ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo». Éste fue el núcleo del mensaje de Cristo.

En eso creo que es importante la recomendación de Romano Guardini, quien señala que la bondad es el valor por excelencia que incluso valida el criterio de verdad: con frecuencia se olvida de que uno puede «saber mucho, ser un experto, crear, tener poder, disfrutar de la vida en los más diferentes aspectos…, pero si no soy bueno me falta lo verdaderamente definitivo»2.

Verdad sin bondad es ideología. Recordemos que incluso los demonios reconocían que Jesús era Hijo de Dios, estaban muy bien formados, pero no eran buenos. Entonces la validez de la espiritualidad estará no tanto en tener ideas muy “ortodoxas”, sino en la bondad de seguir el Evangelio con sinceridad de corazón y rectitud de conciencia.

1 Romano Guardini, Ética. Lecciones en la Universidad de Munich, BAC, Madrid, 2000, 75.
2 M. P. Gallagher, «Allargare l’intelletto verso l’amore», en: L. Leuzzi ed., La carità intellettuale. Percorsi culturali per un nuovo umanesimo, Città del Vaticano 2007, 20.

Texto original: http://rocio-figueroa.blogspot.de/2015/12/los-problemas-teologicos-del-sodalicio_12.html

EL INCÓGNITO PLAN DEL “DIOS” FIGARI

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La expresión “Plan de Dios”, central en la ideología sodálite desarrollada por Luis Fernando Figari, tiene raíces bíblicas. San Pablo, cuando habla de la buena nueva de las riquezas de Cristo que ha sido llamado a anunciar, señala que también tiene la misión de «aclarar a todos cuál sea el plan del misterio escondido desde los siglos en Dios, el creador de todas las cosas» (Efesios 3, 9). Sin embargo, esto que se refiere al designio de salvación que Dios tiene para toda la humanidad no puede ser extrapolado a la vida de cada persona en particular, y mucho menos se puede pretender que un guía espiritual conozca cuál es el rumbo que debe tomar el destino personal de cada uno de sus subordinados para ajustarse a ese plan divino. Pues es algo que pasa por la conciencia personal de cada uno y que, a fin de cuentas, sólo puede saber Dios en toda su amplitud, pues sólo Él, que conoce y comprende los corazones, tiene la potestad de juzgar a los seres humanos.

Y parece que esa potestad se la apropió Figari, pues dentro de su concepción inmovilista del Plan de Dios, quien era miembro del Sodalicio de Vida Cristiana, lo era por obediencia a los designios de Dios para su vida, y quien se apartaba de la institución incurría en una falta gravísima que le iba a acarrear la infelicidad en este mundo y, con cierta probabilidad, la condena eterna en la otra vida.

En mi post OBEDIENCIA Y REBELDÍA escribí lo siguiente:

«La obediencia es presentada en la ideología sodálite como un camino de libertad, en la medida en que libera de todas las ataduras y hace a la persona disponible para el cumplimiento del Plan de Dios. ¿Pero qué Plan de Dios? Aquel que se expresa en el pensamiento de una sola persona, Luis Fernando Figari. ¿Y que ataduras? Todas aquellas que nos vinculan a la normalidad en este mundo, incluidas las de la responsabilidad y la propia conciencia. ¡Y hay que ver los malabares dialécticos que se hacen para justificar este concepto de libertad como renuncia a decidir por sí mismo!»

Este concepto fundamentalista y sin matices del Plan de Dios sirvió de instrumento para que muchos de los que pasaron por el Sodalicio sufrieran angustia y depresiones, pues apartarse de la institución implicaba una traición radical a lo que Dios supuestamente había planeado desde toda la eternidad. En mi caso, cuando me vi en la necesidad de tomar la decisión de apartarme de la vida consagrada, significó meses de tortura interior que me llevaron incluso a desear la muerte.

Rocío Figueroa ha escrito unas valiosas reflexiones sobre este tema, que ahora reproduzco con autorización suya.

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LOS PROBLEMAS TEOLÓGICOS DEL SODALICIO: ¿PLAN DE DIOS?
por Rocío Figueroa

Escribo no con un afán polémico ni destructivo. Después del destape de los eventos de abusos sexuales, psicológicos y físicos por parte de Figari y algunos miembros del Sodalicio no son pocos los que me preguntan: ¿acaso puede salvarse una institución cuyos fundamentos fueron construidos para manipular las conciencias y que tenía serios problemas en sus concepciones y métodos?

No creo que se pueda hablar de “elementos positivos” y “elementos negativos” de la Familia Sodálite, porque estaríamos equiparando las barbaridades que se cometieron con las bondades que algunas personas recibieron. Como me dijo alguien: es como decir que un papá violaba a sus hijos, pero ¡ojo!, también era bueno porque traía pan a la casa.

El fundador tuvo desde los inicios un comportamiento macabro, cruel, manipulando a los jóvenes y abusando de su poder y dominio. Y utilizó para ello la religión. Eso no es sólo un elemento “negativo”, sino que está en la constitución misma del Sodalicio. No hay posibilidad de seguir adelante si no se va a los cimientos de la institución.

Pero como diría San Agustín, incluso cuando un mal pastor habla sobre Cristo, nosotros no seguíamos al mal pastor, seguíamos las palabras bondadosas de Cristo. El gran problema es que entre las muchas palabras de Figari habían unas que eran “propias” y que las hacía pasar como divinas, y otras que eran realmente de Cristo.

Por eso pienso que toca para esta institución una etapa de profunda revisión y discernimiento de aquello que viene de Figari mismo y aquello que viene del Evangelio. El Evangelio es rico, vivo y puede resucitar a una institución que hoy se está desangrando.

Por ello, como dice el Eclesiastés, hay «un tiempo para destruir y un tiempo para construir» (Ecl 3, 3). Y si el Sodalicio y todas las personas involucradas quieren construir sobre fundamentos sólidos, sobre el mismo Evangelio y el mismo Cristo, sería bueno primero “destruir” todo aquello que viene directamente de un pensamiento retorcido como el de Figari, obviamente dando por hecho que la expulsión de Figari, como diría el cardenal Cipriani, es fundamental, pues dejarlo sería un acto de complicidad ante tan tremendos crímenes.

Por ello, con un afán de una crítica constructiva comenzaré por uno de los temas más queridos por Figari: el “Plan de Dios”.

Una cosa que siempre me llamó la atención es que Figari nos prohibía a todos usar la expresión “voluntad de Dios”, que estaba esparcida por todos los dichos de Cristo y que se encuentra en todos los Evangelios. Él cambió esta expresión por “Plan de Dios”.

Y siempre me pregunté ¿Por qué le tiene tanta aversión a la voluntad de Dios? A la luz de los hechos lo comprendo. En general, un movimiento totalitario depende totalmente de las ideas del líder y de las doctrinas del grupo dirigidas por el líder. Es decir, el pensamiento de Figari era más importante que incluso la Biblia misma. Él prohibía ciertas expresiones bíblicas y consideraba que la expresión “Plan de Dios” era más válida que la misma palabra de Cristo.

Una vez, cuando se lo pregunté de manera muy crítica, me dijo que “voluntad de Dios” no es un buen concepto, pues se puede pensar en una voluntad caprichosa e incomprensible de Dios, mientras “Plan de Dios” apela más a la inteligencia y a un orden por Dios establecido, es más comprensible. Con su respuesta entiendo que él mismo manifestaba así su deseo de control, incluso del mismo Dios. Él no quería un Dios que no se comprenda, sino un Dios que él podía dominar y dominar a otros con su razón.

Por ello creo que sería bueno entender el concepto como lo hace San Pablo como un “plan misterioso de Dios” incapaz de ser conocido en su totalidad y abierto a la dimensión mistérica, y obviamente complementarlo con la voluntad de Dios, que pone el acento en la imposibilidad de dominarla o controlarla.

Por otro lado, hay que criticar que, por supuesto, el intérprete de ese Plan de Dios era el mismo Figari y él extendía este poder a los que éramos superiores. Me sorprende la soberbia que podíamos tener de pensar que podíamos saber cuál era el Plan de Dios para alguien, incluso la mentira de pensar que sabíamos cuál era la vocación de alguien.

Pero justamente eso respondía a esa retorcida postura de que uno es capaz de saber cuál es el Plan de Dios, como si Dios tuviese un proyecto ya escrito y todos teníamos que descubrirlo, ¡y ay de ti si no lo cumplías!

Dios es más disímil de nosotros que parecido. Y esto parece que se ha olvidado en el Sodalicio. Dios es Dios para los que creen en Él, no alguien que puede ser descifrado como un ejercicio mental.

Incluso una oración diaria que se dice en las comunidades reza: «cumplir el Plan de Dios en cada situación concreta de mi vida». ¿Acaso es posible saber cuál es el Plan de Dios en cada situación concreta de tu vida? ¿Acaso el ser humano es capaz de leer la mente de Dios y aplicarla en cada momento? Recuerdo que este tema generaba en muchas personas una especie de ansiedad y escrúpulos de no saber si se estaba cumpliendo o no con el Plan de Dios.

Sin embargo, es mucho más sano justamente la “misteriosa voluntad de Dios”. Porque como dice la Escritura, los planes de los hombres están lejos de los planes de Dios, y nunca podemos saber a cabalidad cuál es la voluntad de Dios, justamente porque es Dios.

Cosa curiosa: la palabra “Plan de Dios” no lo encuentras ni una sola vez en la boca de Jesús. ¿No sería mejor regresar al Evangelio?

La voluntad de Dios la intuyes, la sigues con tu conciencia, entre sombras y oscuridad. El Evangelio nos da grandes pistas, la vida de Jesús da grandes luces, pero aplicarlo a la realidad concreta con toda su complejidad siempre es un camino riesgoso. Pues la fe es más un camino de oscuridad que de luz, como la vida misma, llena de incertidumbres y angustias. La secta busca la seguridad y tranquilidad de la vida. La verdadera religión no quita la incertidumbre de la fe.

La voluntad de Dios para el hombre es más incierta, más arriesgada. Incluye la libertad humana, los cambios, un Dios que no tiene un “plan” ya constituido, sino que lo puede ir cambiando porque para Él no hay pasado, presente y futuro, sino un hoy continuo que, junto con la libertad humana, va siempre siendo remodelado y adaptado pr Él.

En ese misterioso camino de la fe, para Dios no hay un “plan futuro” sino un hoy siempre nuevo que va tejiéndose entre su amor y la libertad siempre creativa del ser humano.

Texto original: http://rocio-figueroa.blogspot.de/2015/12/los-problemas-teologicos-del-sodalicio.html

DESNUDOS POR OBEDIENCIA

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Dibujo del pintor estadounidense Paul Cadmus (1904-1999)

La práctica por parte de algunos guías espirituales del Sodalicio de pedir a jóvenes sodálites que se desnudaran —hasta quedarse en calzoncillos o sin ellos— es una constante en las denuncias que se han presentado. Lo hizo Luis Fernando Figari con “Santiago”, “Lucas”, Óscar Osterling y otros jóvenes; lo hizo su director espiritual con Pedro Salinas; lo hizo Germán Doig con Jorge, hermano de Pedro, con “Tomás” y con José Enrique Escardó; lo hizo Jaime Baertl conmigo.

Hay quienes se preguntan cómo accedimos a obedecer un mandato que iba contra nuestro sentido moral.

En 1961 el psicólogo Stanley Milgram de la Universidad de Yale realizó un experimento para medir la disposición de un participante a obedecer órdenes de una autoridad aun cuando éstas colisionaran con su conciencia moral. Un “maestro” debía suministrar descargas eléctricas en aumento a un “alumno” ubicado en otra habitación cada vez que se equivocaba en una respuesta. Por supuesto, nada era de verdad. Pero eso no lo sabía el “maestro”, quien era instado por el investigador a continuar cada vez que quería detener el experimento. Ninguno paró antes de propinar una descarga de 300 voltios y 65% de los participantes llegaron al máximo de 450 voltios.

«La férrea autoridad se impuso a los fuertes imperativos morales de los sujetos respecto a lastimar a otros y, con los gritos de las víctimas sonando en los oídos de los sujetos, la autoridad subyugaba con mayor frecuencia», señala Milgram.

En una institución donde a la obediencia como mandamiento supremo se añadían lazos de confianza con aquellos a quienes creíamos “iluminados”, se entiende que llegáramos a considerar acciones inmorales como perfectamente normales.

(Columna publicada en Exitosa el 23 de enero de 2016)

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Recomiendo el visionado de la excelente película Experimenter (Michael Almereyda, 2015), biopic del Dr. Stanley Milgram que se centra en los contenidos de la reflexión científica del psicólogo social más que en las anécdotas de su vida personal, recurriendo en gran parte a un lenguaje cinematográfico de imágenes compuestas cargadas de semántica poética y experimentación visual.

Asimismo, para comprender hasta qué punto seres humanos normales son capaces de obedecer órdenes contra todo imperativo moral y poniendo su conciencia entre paréntesis, se puede ver el perturbador film independiente Compliance (Craig Zobel, 2012), basado en hechos reales.

La historia verdadera ocurrió en un restaurante McDonald’s de Mount Washington (Kentucky) el 9 de abril de 2004. Un sujeto que se hacía pasar por un agente de la policía llamó por teléfono y le dijo a la administradora que una de las dependientas estaba siendo acusada de haberle robado a una cliente. Dado que por el momento no podían enviar personal para detenerla, le pidió que lo hiciera ella misma. En un almacén trasero, por orden del supuesto policía, la joven fue obligada por la administradora a desvestirse por completo. Posteriormente quedaría a cargo del prometido de la administradora durante dos horas, y por orden del “policía” al teléfono, que habló con el prometido como con la joven, ésta tuvo que quitarse el delantal —única vestimenta que llevaba puesta— para ser examinada, dar saltos de tijera desnuda, mostrar su orificio vaginal para ser examinado, ser castigada con palmadas en el trasero y finalmente hacerle sexo oral al hombre que la vigilaba. Quien llamaba fingiendo ser un agente de la ley impuso su “autoridad” y logró que tanto los “victimarios” (la administradora y su prometido) como la víctima realizaran actos que iban contra su conciencia moral.

Para una descripción detallada de éste y otros incidentes similares ocurridos con anterioridad, ver el artículo “Strip search phone call scam” en la Wikipedia en inglés (https://en.wikipedia.org/wiki/Strip_search_phone_call_scam).

IGLESIA Y ABUSOS: LAS ESPINAS SE CONVIERTEN EN UNA CORONA

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Fotograma de “El Evangelio según San Mateo” (Pier Paolo Pasolini, 1964)

He leído el extenso Mensaje del Superior General del Sodalicio de Vida Cristiana al iniciar el nuevo año 2016, dirigido a los integrantes del Sodalicio, con fecha del 4 de enero de 2016 (ver http://sodalicio.org/comunicados/mensaje-del-superior-general-del-sodalicio-de-vida-cristiana/), que recién ha sido publicada en la página web del Sodalicio el 15 de enero, aparentemente como reacción a la entrevista a Pedro Salinas publicada ese mismo día en el diario El Comercio (ver http://elcomercio.pe/lima/ciudad/pedro-salinas-si-figari-habla-cae-cupula-sodalicio-noticia-1871281).

Pletórico en reflexiones espirituales que son muy bonitas al oído, este escrito no termina de traducirse en medidas concretas para superar el escándalo ocasionado por los abusos. Aunque se señale que Luis Fernando Figari ya no puede ser considerado un referente espiritual —lo cual encuentro positivo en la medida en que es un reconocimiento implícito de su culpabilidad—, el lenguaje y estilo de la carta es plenamente figariano, como si las palabras hubieran salido de la mismísima pluma del fundador.

Por otra parte, a las víctimas de abusos casi ni se las menciona. La única vez que aparece la palabra “víctimas” en la carta es en un párrafo que llama la atención por su vaguedad y falta de precisión. Lo transcribo a continuación:

«Hemos dejado que la soberbia y la arrogancia nos hagan ciegos a nuestros errores, sordos a las correcciones fraternas y a los reclamos legítimos de quienes hemos ofendido o dañado; permeables a la absurda idea de creernos “mejores” o “especiales”, y eso nos ha llevado a no pocas faltas de caridad.

Por eso, antes que nada, debemos dirigir nuestro pedido de perdón a todas las personas que han sufrido por causa de nuestras faltas y pecados, a las víctimas de nuestras incoherencias con el Evangelio y con nuestro llamado sodálite, a todos los que han sido afectados directa o indirectamente por nuestras faltas de testimonio. Tenemos que asumir en justicia el deber de reparar el daño que han sufrido.»

¿Cómo se puede designar a quienes han sufrido abusos de gravedad en el Sodalicio meramente como “víctimas de nuestras incoherencias con el Evangelio y con nuestro llamado sodálite”? Yo también soy católico creyente y como tal busco seguir a Jesús, y aunque también tengo “faltas y pecados”, “incoherencias con el Evangelio”, “faltas de testimonio”, “faltas de caridad”, ninguna de estas cosas me han llevado a abusar física, psicológica y sexualmente de otras personas y a convertirlas en víctimas. Más bien, cuando era sodálite y vivía en comunidad, apliqué técnicas de manipulación psicológica con personas que estaban a mi cargo en algunos grupos que dirigía e incluso sometí a algunas de esas personas a ruedas de preguntas por parte de miembros del grupo a fin de irrumpir en la intimidad de sus conciencias. Haciendo precisamente lo que se me había enseñado que debía hacer un sódálite: sacar a la luz debilidades y fallos personales a fin de “sacarle la mierda” al afectado y hacer que se sienta un miserable pecador. A mí también me hicieron lo mismo en numerosas ocasiones.

El problema que atraviesa el Sodalicio es más profundo que una simple cuestión de vida espiritual. Se puede revisar, reconciliar y renovar todo lo que se quiera las actitudes de los sodálites, pero mientras no se haga bajo nuevos criterios y cuestionando en su totalidad la misma estructura que ha influido sobre las personas y las ha convertido en avatares de un estilo de vida que uniforma las personalidades y restringe la libertad —como si estuvieran todos cortados con el mismo molde—, entonces más que de “renovar” se debería hablar propiamente de “reencauchar” un neumático que en el fondo sigue averiado y propenso a romperse. Y a romper y averiar, de paso, las vidas de otros.

Todo esto lo digo sólo a manera de introducción a una interesante y profunda reflexión sobre el tema de los abusos y la Iglesia escrita por el jesuita alemán Klaus Mertes —quien con su carta del 20 de enero de 2010 a ex alumnos del Colegio Canisio de Berlín sobre abusos sexuales cometidos en la institución desató una ola de destapes de casos similares en toda Alemania—. El escrito en cuestión, publicado el 4 de abril de 2010 en Der Tagesspiegel, debería ser materia de meditación no sólo para Alessandro Moroni, sino también para todos los sodálites con grados de responsabilidad que están manejando el asunto de los abusos en el Sodalicio —y que lo están manejando mal, pues hasta ahora no dan signos de que hayan logrado ponerse en los zapatos de las víctimas y comprender todo aquello por lo que han tenido que pasar quienes son ante todo seres humanos de carne y hueso—.

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LAS ESPINAS SE CONVIERTEN EN UNA CORONA
por el P. Klaus Mertes SJ

La víctima es más poderosa que los poderosos: lo que la Iglesia puede aprender de los casos de abusos

Yo no me hallo aún en situación de poder hablar desde una posición de observador sobre la avalancha que desató mi carta del 20 de enero a las promociones afectadas del Colegio Canisio de los años ’70 y ’80. Yo todavía ni siquiera estoy en situación de poder medir qué tan grande es la avalancha que en estos días cae sobre la Iglesia, sobre escuelas, asociaciones y familias, sobre Alemania, Holanda, Europa. Sin embargo, en estos días y semanas de Pascua me impresiona la fuerza que tiene la palabra de las víctimas. Ha hecho que se desate una avalancha y la mantiene en movimiento. Todos los intentos de los interpelados por sustraerse al ímpetu de la avalancha se muestran inútiles. Al contrario, fortalecen la avalancha.

1. El abuso de poder y la violencia sexual sacuden los fundamentos de la Iglesia y de la sociedad. Ponen en peligro la capacidad de confiar. Sin confianza una sociedad no puede subsistir. El control es ciertamente bueno, pero la confianza es mejor. Esto se hace evidente precisamente en las relaciones en las cuales en principio la confianza nunca puede ser sustituida por el control: en las relaciones asimétricas entre padres e hijos, maestros y alumnos, médicos y pacientes, almas y guías espirituales. Quienes están bajo custodia en estas relaciones dan—más inconsciente que conscientemente— un anticipo de confianza. Precisamente debido a eso se hallan particularmente indefensos a la merced de otro. Por aquello que son dependen ineludiblemente de la protección y cuidado que se les brinde. Es bueno que en las últimas décadas se haya hecho públicamente visible cuando hay violencia en estas relaciones asimétricas íntimas y que eso sea considerado delito. Pero si sólo se refuerzan las instancias de control, todavía no se ha hecho todo lo que es necesario. Pues también los controladores presuponen que se confíe en ellos. Y precisamente la confianza es lo que se destruye cuando se abusa del poder. El control tampoco funciona si la confianza está destruida. Ninguna oficina de protección de menores puede reemplazar a la madre, ningún policía al maestro. Toda sociedad depende de las relaciones centrales de la vida: padres-hijo, maestro-escuela, alma-guía espiritual. Aquí se ponen las bases para poder dar y recibir confianza a lo largo de toda la vida.

2. ¿Qué pasa cuando esta confianza es destruida por el abuso y violencia de los padres, maestros o sacerdotes? En la piedad cristiana existe el ejercicio de la “contemplación del Crucificado”. Se trata de empatizar con el dolor del Crucificado. Lo mismo sucede en los cantos de la Reforma sobre la Pasión: la comunidad canta “Oh cabeza llena de sangre y heridas” contemplando el sufrimiento de Cristo. Quien quiera aproximarse al tema del abuso debe antes que nada aproximarse al sufrimiento de las víctimas con actitud contemplativa. ¿Qué significa cuando yo como niño estando bajo custodia soy objeto de abuso de parte de la persona en quien confío del modo más primigenio y espontáneo? ¿Qué significa esto no sólo en el momento del abuso, sino para el resto de mi vida? ¿Para mi capacidad de confiar? ¿Para mi relación con la escuela, la Iglesia, la familia, cuyo representante fue el abusador?

Los afectados por abusos son “víctimas”. Son objetos indefensos de violencia. La crucifixión es una imagen plástica de esto. Un hombre en la cruz está completamente a merced de la violencia, no sólo físicamente, sino también espiritualmente. El grito del Crucificado “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” expresa el sentimiento de soledad y desamparo de la víctima. Pues eso también forma parte de la experiencia de las víctimas: la soledad. La experiencia de abuso es inexpresable, incluso ante mí mismo. Precisamente porque ocurre en una relación de confianza, me arroja en la inseguridad de si aquello que he vivido es realmente violencia, o si se trata de algo “normal”, como pretende el perpetrador.

A la soledad conduce la experiencia de víctima también debido a que nadie quiere escuchar la historia de la víctima o ni siquiera creer en ella. Aquí surge el segundo aspecto del ser víctima: las víctimas son “sacrificio”. Dado que la historia de la víctima pone en peligro el matrimonio de los padres, la reputación de la institución, la paz de la comunidad, no hay ningún interés en abrirse al relato de la víctima. La víctima vive peligrosamente, porque con su experiencia pone en peligro el sistema en el cual vive. De este modo, debe ser “sacrificada”, obligada a guardar silencio. “Nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca,” dice Caifás en el Evangelio de Juan para justificar la sentencia de muerte de Jesús. Justamente esta lógica banal sacrifica a los afectados por abusos sobre el altar de la institución, del sistema familiar, de la buena fama de la escuela. En esta lógica la víctima aparece insignificantemente pequeña y la institución, gigantesca. Y de este modo la víctima se convierte en sacrificio.

El sacrificio es la continuación del abuso. La violencia contra quienes están bajo custodia, precisamente en su forma particularmente grave de violencia sexual, se vuelve violencia estructural en el momento en que quienes forman parte del sistema cierran los oídos a la voz de la víctima. Que esto ha sucedido en varias lugares se hizo evidente de modo aterrador en los dos últimos turbulentos meses. Mirar solamente a los abusadores en sentido estricto es insuficiente para comprender el abuso.

3. ¿Es un cumplido del buen Dios a la Iglesia que sean justamente instituciones eclesiásticas aquellas en las que se hayan destapado abusos en primer lugar? En la fe cristiana la víctima se halla en todo caso —gracias a la mirada hacia el Crucificado— en el centro. Los acontecimientos y las faltas, de manera más que evidente, le señalan esto a la Iglesia. Ya el comportamiento de los apóstoles hacia el Crucificado fue vergonzoso. El evitar a la víctima incluso dentro de la Iglesia no es nada nuevo. Pero también hay el cambio de mirada, del cual nos da noticia la Pascua. Los apóstoles comprenden que también ellos han fallado. Pero justamente ese amargo conocimiento de sí mismo va unido a un cambio fundamental de pensamiento, la “metanoia”, a la cual convocó Cristo al inicio de su prédica. Por una parte, allí está la comprensión de que la víctima no es culpable. Ni es culpable de haberse convertido en víctima, como tampoco es culpable — con lo que tiene que decir— de poner en peligro a la institución, al pueblo, a la familia. La víctima no tiene que avergonzarse, sino más bien aquellos que la han convertido en tal.

Al respecto, no se trata de ninguna manera de una mera identificación de las víctimas de abusos con Cristo. El poder de las víctimas se deriva de aquello que tienen que relatar, de sus experiencias, no de su propia voluntad de poder. Igualmente Cristo no tiene que querer ser poderoso para ser poderoso. Él lo es por lo que es y ha experimentado. Ni siquiera tiene que sentirse poderoso. Al contrario, si quiere hacer uso de su poder para dominar, para gozar de este poder, para imponer a otros su voluntad, entonces él mismo es un abusador. Del mismo modo una víctima también puede convertirse en perpetrador. Un Dios que no abusa es en todo caso un Dios que no se mueve por la voluntad de poder, sino cuyo poder está al servicio de la libertad.

4. La impotencia extrema y el poder extremo se juntan en la víctima. Esto se puede comprender también desde dentro, desde la perspectiva de las víctimas. Las víctimas de abusos se resisten a ser vistas únicamente como víctimas. En el momento del abuso, en efecto, han sido degradadas a mero objeto de violencia sádica, sexual y de otros tipos. Pero el mismo día del abuso se inicia una lucha por la propia dignidad, una lucha por sobrevivir. En ella la víctima se convierte en luchador, en luchadora, en sujeto. Puede tardar décadas hasta que la víctima finalmente diga: He sobrevivido al abuso. Con la supervivencia la víctima ha alcanzado de nuevo el estatus de sujeto, una libertad que es más fuerte que la libertad nunca amenazada de los ilesos —porque es una libertad por la que se ha luchado— . El sobreviviente — se podría decir también: el resucitado— puede expresar lo inexpresable. Tiene la fuerza de imponerse al silencio, contra los poderosos intereses que están detrás; contra los intentos de acallarlo, de sumergirlo en la lógica del encubrimiento, en el miedo al acoso y a la violencia.

Bíblicamente hay dos conceptos para expresar el acontecimiento de Pascua: “Cristo ha sido despertado de entre los muertos” y “Cristo se ha levantado de entre los muertos”. La primera formulación acentúa la acción de Dios sobre Cristo, la segunda formulación en cambio la propia acción de Cristo. Las formulaciones no se oponen la una a la otra. Pero sin embargo en estos días en que la tempestad del esclarecimiento y el destape recorre Alemania y la Iglesia, la segunda formulación parece ser particularmente útil para lograr una perspectiva que vaya más allá de la tempestad. La Iglesia encuentra al resucitado en las víctimas, cuando reconoce y honra no solamente a las víctimas, sino también a los luchadores, las luchadoras, los sujetos. Los afectados por abusos ya no son “meramente” aquellos que estaban bajo custodia cuando fueron objeto de abuso y fueron rechazados. Ellos tienen algo que decir, que va más allá de su mera historia de víctimas. Han tenido experiencias con la Iglesia, con la jerarquía, con la pedagogía ignaciana, con la pedagogía reformista y con otras pedagogías en su lucha por sobrevivir, de la cual se puede aprender algo. La teología de la liberación acuñó una vez la expresión de la “escuela de los pobres”, de la cual la Iglesia podría aprender. El diálogo con los “resucitados” es una oportunidad de aprender para la Iglesia, para la pedagogía de escuelas e internados, para el derecho y la política.

5. Quien se halla en medio de la niebla, debe conducir despacio y con atención. Pero esto no debería constituir una situación duradera. A la Pascua va unida una esperanza, que sobrepasa lo ahora expresable. La vida es vivida hacia adelante y entendida hacia atrás. En la avalancha no se tiene que entender aún el sentido del todo por completo, pero éste se irá mostrando, pieza a pieza, y quizás todo de improviso.

Al dicho citado de Caifás el Evangelista le añade un comentario: “Esto no lo dijo por sí mismo, sino que como era el sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús había de morir por la nación.” De este modo el sacerdote sacrificador del culto institucional y del cálculo de poder es burlado por Dios, por lo que pasa al final. Dios hace de él un muñeco, que danza a su melodía: “Yo uso tu poder, para mostrar mi poder”.

Cómo sucede esto, es algo que se puede leer en la historia de Jesús. Jesús es sacrificado por Caifás, pero Dios hace de este sacrificio su sacrificio, su don a la humanidad. La violencia contra la víctima se convierte en testigo de la verdad; mientras más griten “fuera, fuera con él”, más se coloca la víctima en el centro, en el monte, en el trono. La angustia de Jesús se convierte en el lugar de la total confianza de Jesús. Las espinas se convierten en una corona. El escarnio, en devoción. De los elementos de la avalancha atronadora surge una casa habitable: una Iglesia que no tiene miedo por sí misma; escuelas en las cuales importe realmente la dignidad de los alumnos; hospitales en los cuales importen las necesidades de los pacientes: familias en las cuales se logre la confianza en libertad.

(Traducción al español: Martin Scheuch)

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TEXTO ORIGINAL

Der Tagesspiegel
Missbrauch und Kirche: Aus den Dornen wird eine Krone (04.04.2010)
http://www.tagesspiegel.de/meinung/kommentare/missbrauch-und-kirche-aus-den-dornen-wird-eine-krone/1782700.html

EL CANTO MANCILLADO DE LOS GORRIONES

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Georg Ratzinger, director de los Regensburger Domspatzen de 1964 a 1994, durante un ensayo (noviembre de 1989)

Los Gorriones de la Catedral es un famoso coro de niños y jóvenes varones de la ciudad bávara de Ratisbona en Alemania. Los integrantes cuentan con una escuela primaria (anteriormente ubicada en Etterzhausen y Pielenhofen) y una escuela secundaria de orientación musical en Ratisbona.

En marzo de 2010 se supo de víctimas de abusos físicos y sexuales entre los muchachos del coro.

La diócesis declaró en febrero de 2015 que tenía 72 denuncias de casos ocurridos entre 1953 y 1992. Sin embargo, el 8 de enero de este año el abogado Ulrich Weber, encargado por la diócesis de investigar el asunto, declaró que por lo menos 231 menores habían sido gravemente golpeados o maltratados en ese período. 50 de ellos fueron objeto de abusos sexuales, que iban desde tocamientos indebidos hasta violaciones. Añadiendo un cálculo estadístico de casos no denunciados, la cifra podría acercarse a uno de cada tres, es decir, entre 700 y 800 menores.

Cuando se abusa de un niño, éste se demora décadas en procesar el trauma. Los recuerdos quedan reprimidos como mecanismo de supervivencia. Su psique queda dañada de por vida, y a veces nunca logra verbalizar lo sucedido.

Respecto al Sodalicio, se ha hablado de abusos de jóvenes. Pero el Sodalicio también trabajó con niños menores de 13 años en los ’70 en campamentos-retiros conocidos como DyN (Dios y Naturaleza). Y quienes dirigían esta actividad eran miembros de la primera generación, como Germán Doig y otros sodálites pertenecientes al círculo íntimo de Figari. ¿Sabremos algún día de testimonios que nos cuenten cómo se desarrollaron esas actividades al aire libre en lugares apartados, fuera de todo control parental?

(Columna publicada en Exitosa el 16 de enero de 2016)

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El 7 de enero de 2015 la televisión estatal alemana ARD propaló un documental sobre los abusos del coro catedralicio de menores de Ratisbona con el título de Sünden an den Sängerknaben – Die Akte Regensburger Domspatzen [Pecados contra los niños cantores – El acta de los Gorriones de la Catedral de Ratisbona], donde cuatro víctimas dan testimonio no sólo de los que le hicieron durante su época de internado (palizas brutales, humillaciones, privación de bebida y comida, tocamientos indebidos de los genitales, penetración anal, etc.) sino también de la falta de transparencia e indolencia de los representantes de la Iglesia. He aquí algunas joyitas pronunciadas por los responsables, que demuestran la poca voluntad en ese entonces de dar a conocer la verdad en toda su dimensión.

Clemens Neck, vocero del obispado, relativiza los testimonios:
«Para el obispado estos cuestionamientos [entiéndase palizas, lesiones corporales, cochinadas y violaciones anales] significan muchas conversaciones, también escuchar, investigar, e incluso también el estudio de las actas, interrogatorios.»

El obispado guarda silencio «para proteger a las víctimas» (???).

Georg Ratzinger, director del coro de 1964 a 1994 y hermano de Josef Ratzinger, alias Papa Benedicto XVI, se negó a declarar:
«Este tipo de procesos están bajo secreto pontificio.»

Geedo Paprotta, el abogado mejor pagado del obispado de Ratisbona, hace declaraciones sólo para decir que no está en capacidad de opinar:
«No quisiera decir nada al respecto.»
«Yo no me voy a pronunciar sobre casos particulares.»
«Al respecto no debo ni puedo decir nada.»

El cardenal Gerhard Ludwig Müller, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y ex obispo de Ratisbona, también calla:
«No se puede hacer ninguna declaración debido a que hay que observar el secreto pontificio.»

El Dr. Martin Linder, encargado de los casos de abusos por parte del obispado de Ratisbona, hace una afirmación insólita:
«El perpetrador también tiene intereses, que deben ser representados.»

Y, como dice una de las víctimas, las leyes eclesiásticas están hechas de tal manera que los procesos duran años, mientras que las víctimas siguen luchando personalmente después de décadas con las consecuencias de los abusos perpetrados contra ellas, y al final el abusador ya está demasiado viejo o enfermo para que se le aplique una sanción, o bien ha muerto. Y a las víctimas, que se las lleve el carajo.

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FUENTES

Die Zeit
Neue Zahlen zu Missbrauch bei Regensburger Domspatzen (7. Januar 2016)
http://www.zeit.de/gesellschaft/zeitgeschehen/2016-01/missbrauchs-skandal-regensburger-domspatzen-katholische-kirche

FOCUS
Mindestens 231 Kinder bei Regensburger Domspatzen misshandelt (08.01.2016)
http://www.focus.de/panorama/welt/kirche-bericht-mehr-kinder-bei-regensburger-domspatzen-misshandelt_id_5196776.html

ARD
Documental “Sünden an den Sängerknaben – Die Akte Regensburger Domspatzen” (en alemán)

LA INSTITUCIÓN Y LAS VÍCTIMAS

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P. Klaus Mertes SJ, ex rector del Colegio Canisio de Berlín

El P. Klaus Mertes SJ (nacido en Bonn en 1954), siendo todavía rector del Colegio Canisio de Berlín, envió una carta fechada el 20 de enero de 2010 a unos 600 ex alumnos, revelando que había habido casos de abusos sexuales en la institución en las décadas de los ’70 y los ’80 por parte de dos sacerdotes jesuitas, que posteriormente colgaron los hábitos. En la misiva, el P. Mertes les pedía perdón a aquellos que pudieran haber sido víctimas de tales abusos. Con este valiente escrito desencadenó una avalancha de revelaciones de casos de abusos en la Iglesia católica alemana y en otras instituciones que trabajan con niños y jóvenes, lo cual le valió ser galardonado en el año 2011 con el Premio Ciudadano Gustav Heinemann, que otorga el Partido Socialdemócrata de Alemania a personas que destacan por su coraje civil.

Desde entonces ha concedido entrevistas a diversos medios y ha publicado artículos donde reflexiona sobre el problema de los abusos sexuales en la Iglesia católica. La siguiente ponencia resulta de interés para todo aquel que haya seguido el caso del Sodalicio de Vida Cristiana, pues de alguna manera explica cómo reaccionan las instituciones ante los testimonios de las víctimas y da algunas pautas y principios para afrontar el problema desde una perspectiva eclesial y cristiana.

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DECLARACIÓN EN EL CONGRESO ECLESIAL ECUMÉNICO EN MÚNICH, 14/05/2010
por el P. Klaus Mertes SJ

1. Víctimas e institución

Forman parte del abuso dos aspectos: el hecho del abuso en sentido estricto así como la reacción desmesurada de la institución en la que ocurre el abuso. Este segundo aspecto les duele aún hoy a muchas víctimas, con frecuencia mucho más que el primer aspecto del abuso. Los afectados, efectivamente, se comunican con la institución (en mi caso, el Colegio Canisio), no con los perpetradores. Muchos ya no quieren tener nada que ver con los perpetradores reales. Pero quieren esclarecer su relación con la institución, quizás reconciliarse.

Ante esta situación la institución interpelada debe tomar la decisión fundamental de cómo quiere encarar a las víctimas. Las víctimas quieren hablar con los representantes de la institución en la cual fueron sometidas a abusos. De modo que salgo a hacerles frente en cuanto tal. Yo, en mi condición de jesuita, de sacerdote y de rector de la escuela, pertenezco a la institución y no me distancio de la institución, precisamente mucho menos en mi encuentro con las víctimas. No les haría ningún servicio a las víctimas si yo me solidarizara con ellas en contra de la institución. Las víctimas necesitan de alguien que les confirme lo siguiente: Sí, vosotras estáis donde mí en la dirección correcta, para narrar vuestras historias, mostrar vuestro enojo, denunciar y poner exigencias.

Todos los intentos de la institución por su parte de presentarse como víctima de los perpetradores o incluso como víctima de las declaraciones de las víctimas yerran el blanco. En cierto modo estas reinterpretaciones del propio punto de partida son una continuación del abuso. Asumir la perspectiva de las víctimas significa para sí mismo como representantes de la institución lo siguiente: nosotros no somos las víctimas, sino que las víctimas son las víctimas.

2. Víctimas en conflicto con la institución

En el simposio de los jesuitas en Semana Santa hemos hablado unos con otros sobre lo que significa como Iglesia o como orden en concreto asumir la perspectiva de las víctimas. O dicho de otro modo, darle prioridad a la perspectiva de las víctimas sobre los intereses de imagen de la institución. La prioridad de la perspectiva de las víctimas es algo que se desprende claramente del Evangelio. Pero es muy difícil asumir realmente esta perspectiva. Un hermano informaba en su grupo de conversación de lo difícil que le resultó descubrir que, contra toda retórica, estaba de facto tan fuertemente cautivo de la perspectiva de la institución, que requirió de semanas para comprender lo que significaba el cambio hacia la perspectiva de las víctimas.

Un proceso particularmente difícil para nosotros jesuitas fue confrontarnos con la carta abierta de un grupo de víctimas dirigida a nosotros. El tono era duro, agresivo, acusatorio, exigente y, según nos pareció a muchos, injusto con nosotros. Es fácil permanecer en la perspectiva de las víctimas mientras las víctimas sean meramente pasivas. Pero las víctimas son más que sólo víctimas. Tienen una historia de supervivencia tras de sí, una lucha por sobrevivir, o siguen luchando aún, décadas después del abuso. El asumir la perspectiva de las víctimas no puede ir condicionado a que las víctimas sean amables y amistosas y le ahorren conflictos a la institución.

De ninguna manera se trata en la perspectiva de las víctimas de una especie romanticismo, con una visión idealizada de las víctimas. También esto corresponde al sentido del Evangelio: los pobres no son simplemente los buenos, los inocentes amables. No obstante y precisamente con su actitud espinosa, tienen algo que decirle a la institución. La promesa del Evangelio, tal como como yo la entiendo, es así: lo que Dios quiere de mí o de nosotros como Iglesia, lo hallamos en el encuentro con las víctimas. Eso no quiere decir que las víctimas siempre tengan la razón. Pero una Iglesia que cierra sus oídos a las víctimas, o que las escucha para ayudarlas de arriba para abajo, no hallará lo que el Espíritu tiene que decirle ahora y hoy.

3. Abuso y sexualidad

Algunos alumnos del Colegio Canisio escribieron en 1981 a las autoridades entonces accesibles para ellos: “El ámbito de la pedagogía sexual se halla bajo la única responsabilidad del guía espiritual. Un intercambio razonable no tiene lugar. No hay una persona femenina de referencia para muchachas adolescentes. La sexualidad es declarada tabú, y se intenta guiar e influenciar la sexualidad con prohibiciones. Nos remitimos más en concreto al problema tampoco resuelto en la doctrina católica de los jóvenes homosexuales, que se ven sometidos a cargas pesadas y son muchas veces abandonados con sus problemas y tiene que enterarse de que tienen opiniones sobre la sexualidad que van contra las buenas costumbres y son antinaturales”. Sabemos hoy que quienes aquí hablan fueron víctimas. La pregunta que me atormenta es la siguiente: ¿Que nos ha impedido escuchar tales quejas y preguntar qué experiencias concretas se hallan detrás? ¿Y qué nos impide hoy escuchar cuando las víctimas hablan de nuestra pedagogía y pastoral? ¿Nos bloquea de tal manera la idea de que podría haber ciertamente víctimas de nuestra pastoral, que no escuchamos más?

Quisiera mencionar un aspecto: no poder escuchar y no poder hablar van juntos. Quien no puede hablar, tampoco puede escuchar. Por supuesto que quien quiere escuchar, también debe poder callar. Aquí no nos referimos al silencio oyente. Más bien me refiero a ese quedarse sin palabras que tiene que ver con ocultamiento, con callar temeroso. El quedarse sin palabras es el precio del silencio. Esto también es válido para las instituciones. Me parece que aquí se halla una pregunta importante: ¿Hay temas para los cuales nosotros como Iglesia no tenemos palabras? ¿Nos quedamos sin palabras porque la verdad que hay que enunciar es demasiado amarga, demasiado desagradable? ¿Nos quedamos sin palabras hasta el punto de que debemos hacer callar a las víctimas cuando hablan?

Las víctimas debieron confrontarse durante años con temas sobre los cuales no habían sido escuchadas, y tampoco lo fueron posteriormente, pero sobre los cuales se les había enseñado mucho y aún hoy se les enseña: obsesiones pedagógico-sexuales, cuyos frutos son sentimientos de culpa en el manejo de la propia sexualidad, sentimientos de culpa respecto a la propia homosexualidad, respecto a la masturbación iniciada por el perpetrador; pero también una relación infantil hacia las autoridades, miedo hacia los propios pensamientos y dudas que sean divergentes, y muchas otras cosas más. Para las víctimas estas experiencias forman parte del sabor católico del abuso. Esto debe ser tomado en serio. Aquí no se puede decir sencillamente que todo se debe a malentendidos. Si tomamos espiritualmente en serio que la Iglesia pude aprender algo del encuentro con las víctimas, entonces se presenta para la Iglesia y su Magisterio la oportunidad de aprender.

4. Poder espiritual y abuso

Con la ordenación se da un poder espiritual, que el Papa Benedicto ha desarrollado en este Año del Sacerdote tomando como ejemplo al Cura de Ars. Hay un poder sacerdotal particular en razón de la ordenación. Yo creo que pertenece a la esencia de la Iglesia.

Las víctimas de las cuales hablamos se vuelven víctimas dentro del marco de una desviación del poder; el niño es objeto de abuso por los padres; el alumno es objeto de abuso por el maestro; el paciente, por el médico. Todo esto ocurre en una relación de confianza que la víctima no puede eludir. En el caso del sacerdote se añade el abuso del poder espiritual. También la relación con la función espiritual es ineludible para aquellos que quieren encontrar a Cristo en la Eucaristía, en la absolución, pero también como Pastor y Maestro. Cuando aquel que actúa in persona Christi abusa, entonces el acceso a Cristo, a la fe en Cristo, queda dañado, si no destruido. Se trata de un hecho abominable.

La pregunta por el poder espiritual en la Iglesia y sus estructuras es una pregunta de interés eclesial general. Relacionado con el clero: ¿Qué significa el poder para nosotros clérigos? ¿Reflejamos que lo tenemos adecuadamente? ¿Que significa para nosotros el poder respecto a nuestras necesidades de relación y reconocimiento? ¿Dónde podemos compartirlo más? ¿Dónde podemos ser acogedores en la Iglesia? ¿Cómo nos comunicamos con los que no son clérigos? ¿Cómo enfrentamos el clericalismo, que por cierto no es sólo una característica de los clérigos?

La pregunta por el poder no es sólo una pregunta de la vida espiritual personal. El sentido de institución pertenece, en mi opinión, a lo católico. Precisamente por eso plantear la pregunta sobre las estructuras de poder en la Iglesia católica es plenamente católico. El abuso de poder debe ser prevenido también estructuralmente. Con gran preocupación busco que se disuelva la distinción de función y persona no sólo en la Iglesia católica, pero también en ella. Donde la crítica se considere delito de lesa majestad y una palabra abierta cuente como enlodamiento de la propia casa, allí huelo la predisposición al abuso de poder.

(Traducción al español: Martin Scheuch)

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TEXTO ORIGINAL

„Statement auf dem ÖKT in München“ (14. Mai 2010; PDF; 15 kB)
http://www.muenster.de/~angergun/klaus-mertes.pdf