SÁTIRA Y LIBERTAD DE EXPRESIÓN

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A mediados de los años ‘70 llegó a la cartelera limeña —con retraso como ocurría en ese entonces— La leyenda de la casa infernal (John Hough, 1973), película británica de terror que sería censurada y prohibida a pocos días de su estreno. Pues, de manera no intencional, se convirtió en una sátira del gobernante de turno, el dictador Gral. Juan Velasco Alvarado.

Era una época en que los diarios y canales de televisión estaban parametrados, y las noticias en todos los medios eran un calco de la información oficial, gracias a un accionariado mayoritario del Estado en la radio y la televisión, y la expropiación de los principales diarios, que habían sido entregados a gente afín al gobierno.

Quien criticaba abiertamente al régimen, corría el riesgo de ser deportado del país entre gallos y medianoche, sólo con lo que llevaba puesto. Como le ocurrió al genial humorista y escritor satírico Luis Felipe Angell, conocido como Sofocleto, quien estuvo preso y fue deportado durante el gobierno militar de la Revolución Peruana.

Resulta que la película mencionada trata de una mansión encantada, y el fantasma que la ocupa se llama Belasco, quien es descrito como alguien que en vida fue un pervertido, sádico, drogadicto, alcohólico, asesino, necrófilo, caníbal, etcétera, etcétera. Ni qué decir, debido a la coyuntura política que se vivía en el Perú, la película pasaba de ser una cinta de terror a una comedia, pues los espectadores que asistieron a las pocas proyecciones habidas antes de la censura reían como descosidos durante la función.

Cuando el personaje interpretado por Gayle Hunnicutt es poseída por Belasco y se enciende en deseo sexual, llegando a ofrecerse desnuda a Roddy McDowall, había gente que gritaba en el cine: «¡Consuelo! ¡Consuelo, puta!» Consuelo se llamaba la esposa de Velasco.

Cuando Roddy McDowall se enfrenta al fantasma en la secuencia final, le grita que no le tiene miedo, que es un enano de poca estatura y un bastardo: «¡Tu madre era una puta! … ¡No eres un genio!» La euforia en el cine era completa, y había muchos espectadores que se unían a los gritos de McDowall, agregando algunos calificativos de su propia cosecha.

Para completar las semejanzas, tanto Belasco como el Gral. Velasco habían sufrido amputaciones de piernas, el primero de las dos, el segundo de una sola. La censura fue aplicada y esta película no volvió a ser vista en el Perú.

Esto me lo contó José Antonio Eguren cuando yo vivía en una comunidad sodálite, con el estilo jocoso exagerado que lo caracterizaba, por lo cual no puedo dar fe de la exactitud de los detalles, aunque sí de lo que se ve en la película —pues yo mismo la he visto posteriormente— y del hecho de que fue prohibida, así como se prohibió la exhibición de películas como El último tango en París (Bernardo Bertolucci, 1972) y Tráiganme la cabeza de Alfredo García (Sam Peckinpah, 1974), ambas obras maestras del Séptimo Arte.

En general, ocurre que quienes tienen costumbres dictatoriales carecen de sentido del humor, tienen poca correa y suelen estar a la defensiva y dispuestos a recortar los derechos de quienes recurren a la sátira para expresar sus opiniones. No otra cosa es lo que ha ocurrido con el artículo “Reporte desde el baño de damas” de Rafo León, publicado en Caretas.

El personaje de la China Tudela —que nunca me ha hecho reír, como si lo hacían los escritos de Sofocleto— siempre se ha entendido no como una proyección de su autor, sino como una sátira de cierto tipo de mujeres pertenecientes a la clase alta limeña con mentalidad elitista, aburguesada, racista y discriminadora. Sin embargo, en el artículo mencionado no queda claro que sea la China Tudela el objeto de la vena satírica del autor, sino más bien algunas congresistas fujimoristas, a las que se caricaturiza aplicándoles calificativos de mal gusto.

Aún así, el derecho a expresarse mediante la caricatura literaria no puede ser recortado mediante boicots desde el poder o medidas judiciales arbitrarias. El humor satírico, aunque destile mal gusto y sea ofensivo, tiene carta de ciudadanía en una sociedad libre y sólo puede combatirse en el mismo campo de la libertad de expresión. Y con sus mismas armas.

(Columna publicada en Altavoz el 23 de octubre de 2017)

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