LA SEÑORA STRAUB O DE CUÁN DIFÍCIL ES PARA LOS RICOS ENTRAR EN EL REINO DE LOS CIELOS

porzellanpuppen

En julio de 2005 me quedé sin trabajo. Desde febrero del año 2003 había trabajado para una empresa de Düsseldorf que construye a nivel mundial plantas incineradoras de residuos. En este caso se trataba de un proyecto en España. Mi labor era traducir toda la documentación y correspondencia del proyecto, del alemán y el inglés al español y viceversa. Como todo proyecto, éste también tuvo su final.

Tras una ardua búsqueda de trabajo, finalmente fui contratado para un puesto de atención al cliente en Landau (Pfalz), una pequeña ciudad en la zona vitivinícola de Alemania. La empresa donde entré a trabajar a partir de octubre de 2005 se dedica a la reparación de aparatos electrónicos, principalmente monitores y televisores LCD y de plasma, y había asumido en Europa el servicio de garantía de varias marcas de fabricantes chinos, que no contaban con los medios para ofrecer ellos mismos un servicio de garantía propio en el viejo continente.

El problema estaba en que Landau queda a unos 240 kilómetros al sur de Wuppertal, donde vivía con mi familia desde que habíamos llegado a Alemania. Por ese motivo, la empresa me ofreció un pequeño chalet ubicado en el enorme jardín de la casa de una señora rica, a la cual se lo había alquilado durante todo el año a fin de alojar por temporadas a un empleado chino que se dedicaba a mantener los contactos con las empresas del Lejano Oriente. El chalet iba a estar deshabitado durante los siguientes meses, por lo cual se me permitía vivir allí. Cada dos semanas yo regresaba a Wuppertal para pasar un fin de semana con la familia. Finalmente, en diciembre firmé el contrato de alquiler de una vivienda en Kirrweiler, un pintoresco pueblito vitivinícola de la zona, adonde podría mudarme con la familia a partir de febrero de 2006.

Lo que no sospechaba entonces era que los últimos días de estadía en ese chalet de Landau se iban a convertir en una pesadilla, una desagradable experiencia gracias a la cual aprendería más respecto al nefasto poder de las riquezas sobre el corazón humano. Ésta es la crónica de esos acontecimientos.

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LA SEÑORA STRAUB O DE CUÁN DIFÍCIL ES PARA LOS RICOS ENTRAR EN EL REINO DE LOS CIELOS

Kirrweiler, 23 de diciembre de 2005

Les presento a la señora Straub.

La señora Straub es una propietaria, dueña de una enorme casa blanca en medio de un jardín. Posee dos automóviles Mercedes Benz y dos cocheras para guardarlos durante la noche y evitar que el frío los estropee en el invierno. La señora Straub tiene una enorme casa de dos pisos, donde sólo viven ella y su esposo, un jubilado de la vida que arrastra su vejez con paso cansino entre los muros de esa casa inmaculadamente blanca. Ante cualquier pregunta, este hombre siempre responde de similar manera: «Eso lo tiene que conversar con mi mujer». Sé que los dos viven allí, pues aunque nunca los he visto en estos tres meses a los dos juntos, sí los he visto por separado en varios momentos ‒desde la pequeña vivienda del fondo del jardín que habito‒, cada uno rumiando su soledad ya sea frente un periódico o una copa de vino.

A la señora Straub no le gustan los niños. Cuando en noviembre le informé que mi mujer iba a venir a Landau para visitar la vivienda que pensábamos alquilar en Kirrweiler, no puso ningún reparo en que pasara la noche conmigo, pues el dormitorio cuenta con dos camas. Pero cuando le mencioné que también venían los niños, su anuencia se transformó en una negativa determinante y definitiva. Nada de niños en la vivienda. Mi mujer y los niños tuvieron que pasar la noche en un hotel.

Si bien no le gustan los niños, la señora Straub tiene su casa adornada con cantidades de muñecas de porcelana que asemejan niños muertos. Ojos muertos fijos en las paredes blancas y limpias de una casa que parece un museo, con escaleras de mármol, muebles antiguos, alfombras rancias y dos fantasmas sin vida como habitantes. Una casa en medio de un enorme jardín ‒cosa poco habitual aquí en Alemania‒, donde yo, en el fondo, en una pequeña vivienda sin calefacción ‒sala, cocina, baño, dormitorio‒ paso frío, mitigado apenas por el fuego de la chimenea. Y ese frío me ha aterido horrorosamente al alma en estos últimos días.

La semana pasada me llamó el señor Neumann, gerente general de la empresa donde trabajo, para decirme que el contrato de alquiler con la señora Straub vencía en diciembre y que, por lo tanto, debía conseguirme otra vivienda para pasar el mes de enero ‒nuestro contrato de alquiler en Kirrweiler es efectivo a partir de febrero del próximo año‒. La empresa había alquilado esa vivienda a fin de alojar a un socio chino que venía esporádicamente a lo largo del año. Como no había venido por esta época, la empresa me había ofrecido la vivienda, dado que estaba pagando por ella e iba a permanecer vacía. El señor Neumann me dijo que sólo tenía que asumir los costos de mantenimiento ‒que incluyen usualmente electricidad, agua, calefacción y limpieza‒. Lo primero que hice al serme presentada la señora Straub fue preguntarle cuánto me iba a cobrar al respecto. Me dijo que no me preocupara, que los costos estaban incluidos en el alquiler. Respecto a la limpieza, le dije que yo mismo la iba a realizar ‒a fin de ahorrarme los 15 euros que cobra una señora de limpieza‒, con lo cual ella se manifestó de acuerdo. Incluso me ofreció que podía usar su lavadora, en caso de que necesitara lavar ropa. En ese entonces no sospechaba nada sobre la oscura amenaza que se escondía detrás de tanto aspaviento de amabilidad, y que iba a eclosionar de manera aterradora en los días anteriores a Navidad

El mismo día en que el señor Neumann me comunicó lo que ya he relatado, me encontré con la señora Straub al llegar a la vivienda. Me preguntó cuándo me iba. Le dije lo mismo que me había dicho el señor Neumann, que me iba el 30 de diciembre. «No, señor Scheuch, usted tiene que irse antes. No vamos a pasar la Navidad aquí y no va a haber nadie en la casa.» «Bueno, en ese caso buscaré adónde mudarme antes», le dije a la señora Straub. «Antes de que se vaya, vamos a tener que efectuar la limpieza final de la vivienda y se la vamos a tener que cobrar.» «Yo mismo puedo limpiar, como lo he venido haciendo», le objeté a la señora Straub. «No, señor Scheuch, usted dijo que iba a limpiar, pero no ha estado limpiando bien.» Fue en ese momento cuando tuve la certeza de algo que ya sospechaba desde hace algún tiempo: la señora Straub entraba regularmente en la vivienda cuando yo no estaba ‒hasta el dormitorio inclusive‒ y la revisaba, sin informarme y sin mi consentimiento. Si bien las leyes en Alemania prevén que el arrendador pueda visitar la vivienda para inspeccionarla previa cita con el arrendatario, prohíben que el arrendador entre en la vivienda cuando el arrendatario está ausente y sin su autorización. En los contratos de alquiler también suele estar estipulado que el arrendatario debe limpiar y dejar la vivienda en buen estado antes de mudarse y que el arrendador no puede imponer un servicio determinado. «Voy a tener que encargar una limpieza a fondo ahora y otra después de que se haya ido, y tendrá que pagarlas usted.» La señora Straub terminó el diálogo con una estocada final: «Lo que pasa, señor Scheuch, es que usted no pertenece a nuestro mundo.»

¿Cómo tomar esta afirmación tan hiriente y despectiva? Esa noche apenas pude dormir. Me sentía con la dignidad herida.

Al día siguiente, martes, fui a hablar con el señor Neumann. Me prometió arreglar el asunto. Posteriormente me dijo que había hablado con la señora Straub y que, dado que la empresa había pagado por la vivienda, yo podía permanecer en ella con todo derecho hasta finales de diciembre.

A fin de ahorrarme problemas, me propuse yo mismo hacer la limpieza a fondo de la vivienda y dejar de encender el fuego, para que lo ahorrado en este rubro fuera a cubrir lo que la señora Straub pretendiera cobrarme. De momento, el día lunes no había encendido la leña que cada noche me dejaba el señor Straub preparada cada noche en la chimenea. Ese día martes encontré el fuego encendido y lo apagué con agua. Pasé frío ‒el frío me helaba hasta el alma‒, pero pude dormir bien abrigado. Esa noche limpié la cocina. Al día siguiente, miércoles, limpié el vidrio de la chimenea y el dormitorio.

El día jueves regresé a la casa, luego de haber comprado algo de material para limpiar el baño, y me encontré ante una evidencia aterradora: el baño brillaba de limpio, los cobertores de la cama en el dormitorio habían sido cambiados y algunas cosas en la cocina estaban colocadas en otro lugar. Ante el solo pensamiento de que la señora Straub hubiera estado metida en la vivienda, donde estaban mis enseres personales, sin que yo lo supiera, se me hizo un nudo en el estómago.

Poco después, esa misma noche, la señora Straub fue a buscarme para repetirme lo de la limpieza y de que el problema estaba en que pertenecíamos a dos mundos distintos. Se negó a reconocer como una falta de delicadeza ‒yo lo sentí como un atropello‒ que hubiera estado en la vivienda junto con una señora de limpieza sin mi consentimiento. Tampoco reconoció que había un problema de comunicación, que es lo que yo le dije. Ello no tenía que informarme sobre nada, pues todo se daba por entendido. Asimismo me dijo que yo estaba en la vivienda debido a un favor que ella había concedido, pues la vivienda había sido alquilada para el socio chino y no para mí, y que yo había sobrepasado el tiempo de permanencia que se le había anunciado ‒lo cual contrasta con lo que posteriormente me dijo el gerente: que la vivienda la podía ocupar él mismo, si así lo quería, pues la empresa había pagado un alquiler por ella‒. También me pidió que encendiera la leña, pues, de no hacerlo, el frío podía dañar estructuralmente la vivienda ‒cosa que es cierta‒ y que de todas maneras me iba cobrar la limpieza, por más leña que pretendiera ahorrar. Era evidente que el fuego no era para mí, sino para conservar su bien preciado, su pequeña casita en el fondo del jardín, más importante que cualquier persona que la habitara.

Esa noche no pude dormir. A pesar del fuego, todo el ambiente estaba como invadido por un frío sepulcral, un frío como de niños muertos en medio de una blancura enfermiza. Las dos camas del dormitorio se quedaron sin usar, pues decidí dormir de ahora en adelante sólo en mi saco de dormir. No quería deberle nada a quien subordinaba todo a la primacía de sus propios bienes sobre cualquier persona. No sólo la señora Straub, sino también la vivienda había perdido su carácter acogedor y asemejaba un útero infecundo, un lugar donde los recuerdos de mi infancia, que siempre me acompañan, ya no tenían lugar. Era como dormir en un cementerio.

Mi búsqueda de un alojamiento provisional a un precio razonable fue infructuosa. Así que llamé a Marek Komorowski, mi futuro arrendador de Kirrweiler, y le pedí sí podía alquilarme una habitación. Marek es polaco y, en consecuencia, tiene una mentalidad ajena a la alemana, más cercana a la latina. Me dijo que podía ir a vivir a la casa que había alquilado, sin costo adicional.

El día viernes fue la celebración de Navidad de la empresa. Al día siguiente, sábado, regresé a Wuppertal, a mi hogar querido, donde encuentro el calor que necesito y un reflejo del amor de Dios en las miradas de mi esposa y mis hijos.

El lunes en la noche regresé a Landau. Mientras caminaba con mi bicicleta atravesando el jardín hasta la pequeña vivienda, sentía cómo la señora Straub me observaba desde la única ventana iluminada de su casa blanca, sentada sola ante su copa de vino. Y puesto que la pequeña vivienda no contaba con cortinas que pudiera cerrar para protegerme de miradas ajenas, opté por no encender la luz de la sala, sólo la del dormitorio, que no tenía vista al jardín. El fuego crepitaba en la chimenea, pero aun así el frío era atenazador, como si algo siniestro se agitara en la sombra.

El martes fui a recoger la llave de la vivienda de Kirrweiler. La acogida de la familia Komorowki fué más cálida de lo que yo esperaba. Pasamos una hora conversando, tomando cerveza y comiendo un poco. Incluso Marek se ofreció a recoger mis cosas de la vivienda en Landau. Esa noche le di vueltas a la idea y tomé la decisión de alejarme de todas maneras el miércoles 21 de diciembre de la órbita de la señora Straub. Iba ser un acontecimiento inesperado para ella, pues yo le había dejado dicho con su esposo el viernes de la semana pasada que dejaba la habitación el día 23 y ya no el 30 de diciembre. No quería prolongar una situación que me estaba triturando los nervios y ocasionándome una continua sensación de zozobra.

El miércoles el señor y la señora Komorowski me recogieron de la estación del tren de Landau y nos dirigimos hacia la casa de la señora Straub. Lo que no pude evitar fue el último estallido de violencia verbal de la señora Straub y, curiosamente, también de su esposo. El señor Straub estaba solo en la casa. Cuando después de recoger mis cosas le entregué las llaves, me espetó delante de la señora Komorowski que ésta era mi amante y que ya sospechaba desde hace tiempo de mis malas artes. La señora Straub, quien llegó algunos minutos más tarde, se negó al principio a revisar junto conmigo la vivienda, insistiendo en su “Entreinigung” porque ella no era ningún puerco ‒lo cual significaba evidentemente que yo sí lo era‒. «Señor Scheuch, no tengo que ir a ver nada; la vivienda tiene que ser limpiada.» «Quiero que me explique lo que va a hacer. Yo mismo he limpiado ‒lo cual era cierto‒. ¿Va a limpiar lo que está limpio? No tengo por qué pagar su “Entreinigung” cuando una limpieza normal es suficiente.» «Usted no puede haber limpiado, porque no tiene ni siquiera un cubo para el agua.» Ése era entonces el motivo por el cual yo ya no había encontrado el cubo en la vivienda desde la semana pasada y me había visto obligado a usar una olla para menesteres de limpieza. La señora Straub había procurado ‒por lo menos, ésa era su intención‒, que me fuera imposible efectuar cualquier labor de limpieza. Asimismo, le resultaba imposible de comprender el hecho de que yo hubiera dormido en mi saco de dormir y no hubiera utilizado los cobertores de la cama. «Si lo hubiera sabido, no lo hubiera permitido, pues eso no es normal.» Como tampoco fue normal la situación que fui obligado a vivir. Ante su negativa a revisar la vivienda, expresada a grito destemplado ‒pobre señora Straub, envuelta en su abrigo de pieles‒, accedió a inspeccionarla sólo cuando le dije que le iba a contar al señor Neumann que yo le había pedido inspeccionar la vivienda antes de irme y que ella se había negado. Sólo encontró dos manchas, que podían eliminarse en menos de 10 minutos. Sin embargo, eso justificaba para ella el que se hiciera una limpieza de dos horas y media. Me pregunto si esta Cruela de Vil hubiera estado dispuesta a invertir el mismo tiempo y dinero en una persona pobre o enferma, que realmente necesitara ayuda. Luego se lamentaba ante la señora Komorowski: «Nunca me había pasado algo así. El señor Scheuch viene a esta vivienda, vive más de dos meses gratis en ella sin pagar nada, y luego se comporta de esta manera. Y ahora tengo que soportar todo esto.» Como si la empresa no le hubiera pagado nada. En ese momento tampoco le podía pagar nada de lo que pedía por la limpieza, pues había doblado el precio respecto a lo que me dijo la semana pasada que me iba a exigir.

Esa misma noche dormí por primera vez en Kirrweiler. El frío desapareció como por ensalmo. Esta será nuestra vivienda durante los próximos años.

«Dad al César lo que es del César» (Mt 22, 21). La señora Straub recibirá los 60 euros que solicita por las dos limpiezas ‒precio excesivo aun aquí en Alemania, donde la limpieza de una vivienda como aquella que ocupé cuesta en promedio 15 euros por vez‒. El señor Neumann, a la vez que me aseguraba que la empresa iba a asumir los costos de mudanza de la familia desde Wuppertal a Kirrweiler, me recomendó que este asunto se regía según lo que habíamos acordado la señora Straub y yo, y que él no se metía. Así que he decidido pagar lo no acordado, a fin de no perjudicar a la empresa. La señora Straub se ha negado a extender recibo o factura por estos gastos ‒aun siendo un procedimiento normal aquí y en muchas partes del mundo‒, amenazando con contratar a una empresa de limpieza en vez de una señora y luego pasarme la factura ‒a un precio bastante más elevado‒, si no acepto pagarle en las condiciones que ella señala. «Yo sólo quiero mis 60 euros», fueron las últimas palabras a gritos que escuché de ella al otro lado del teléfono.

Toda esta historia me ha llenado el corazón no sólo de angustia, sino también de tristeza. No puedo sino tener compasión por una mujer que ha puesto su corazón en las riquezas, y que tiene el alma seca y arrugada, cerrada al amor de los seres humanos. No puedo más que agradecer a Dios por no haberme dado riquezas y tener la vida de un peregrino ‒o de un fugitivo‒, al cual no se le deja echar raíces en ninguna parte, para que las eche sólo en la tierra prometida que no es de este mundo. Las riquezas constituyen una trampa en la cual puede caer el corazón y quedar ciego para siempre. Las palabras de Jesús no pueden ser más claras: «No podéis servir a Dios y a las riquezas» (Mt 6,24). Y estas otras: «De cierto os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos» (Mt 19, 23). Durante siglos se ha querido hacer una interpretación más benigna de estos dichos, señalando que la pobreza auténtica es la espiritual y que un rico, si no vive apegado a lo que tiene, también puede ser pobre. Sin embargo, se olvida que él que tiene riquezas suele haberlas conseguido con ambición, y que una vez conseguidas, difícilmente se librará de que esa ambición siga atenazando su corazón y estrujándolo hasta dejarlo seco como una pasa. Como el corazón de un fantasma. «Detras de cada gran riqueza, hay un gran crimen», decía Honoré de Balzac en el siglo XIX. Y no le faltaba razón. Las grandes riquezas actuales han sido acumuladas en su mayoría sobre la base de alguna injusticia o mediante un cúmulo de acciones reñidas con la moral. En ESAN (Escuela de Administración de Negocios para graduados), donde hice mis estudios de administración, se enseñaban medios para maximizar las ganancias, no pocos de los cuales eran absolutamente faltos de ética, pero aceptados como normales por la lógica del mercado. ¿Cómo se puede afirmar entonces que un rico puede ser pobre si no tiene apegado el corazón a sus riquezas? ¿Es que acaso ha llegado a acumular tanta riqueza, movido por el desapego a los bienes? El que vive desapegado de los bienes materiales nunca llega a acumular riquezas. Aquel que sigue auténticamente al Señor Jesús ‒en cualquier camino, en cualquier vocación‒ nunca tendrá más de lo necesario para recorrer la vida, y muchas veces menos que eso. Y eso debe ser motivo de gozo: «Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios» (Lc 6, 20). El único camino de salvación que le queda a quien tiene muchas riquezas es desprenderse efectivamente de ellas y convertirse en un pobre, dejar de lado las seguridades que impiden volar, los lastres que impiden ser libre. No otra fue la dirección señalada por Jesús a un hombre que tenía muchas riquezas: «anda y vende todo lo que tienes, y dáselo a los pobres. Así tendrás un tesoro en el cielo. Después de eso, ven y sígueme» (Mc 10, 21).

Adios, señora Straub. Adiós, frío espectral. Adíos, casa de enfermiza blancura. La señora Straub seguirá recorriendo sus espacios habitados por niños muertos y fantasmas antiguos, hasta que los años se lleven hasta el recuerdo de las cosas pasajeras que tanto ha atesorado. Quiera Dios apiadarse de su alma.

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