DEFENSA DEL SODALICIO

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Miembros del Consejo Superior del Sodalicio

Últimamente han habido exageraciones de parte de la prensa, que le han restado objetividad a varios notas sobre el escándalo del Sodalicio. En honor a la verdad, creo que la institución no merece que se le atribuyan cosas que no se ajustan a la realidad.

Por ejemplo, se acusa a los victimarios del Sodalicio de ser pedófilos, cuando de las 19 víctimas menores de edad que reconocen los informes del Sodalicio probablemente ninguna haya tenido menos de 14 años de edad, es decir, no eran niños sino adolescentes entrando en la madurez sexual.

Asimismo, se les ha acusado de violadores, cuando en ninguno de los casos ha habido violencia física para perpetrar los abusos sexuales, sino que las víctimas dieron su consentimiento. Ciertamente, se trata de un consentimiento débil y no libre, pues fue obtenido mediante manipulación psicológica y abuso de confianza en una relación dispar entre un guía espiritual y una persona vulnerable que estaba a su merced.

En todo caso, podríamos hablar de violencia psicológica, que es lo que aplicó Jaime Baertl conmigo cuando, teniendo yo sólo 16 años, me ordenó desnudarme y fornicar una silla. Hecho que también ha sido exagerado por la prensa diciendo que fui obligado a hacerlo. En realidad, cuando Baertl vio que, pese a mis torpes intentos, no podía cumplir lo ordenado, mandó que me detuviera y no me forzó a hacerlo.

También hay que tener comprensión con los incompetentes que dirigen el Sodalicio, pues sus conciencias también han sido controladas por Figari. Y si yo me demoré décadas en liberarme de ese control, ¿qué se puede esperar de quienes ni siquiera han iniciado ese proceso?

(Columna publicada en Exitosa el 25 de febrero de 2017)

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Para comprender cuál es la influencia que Figari puede seguir teniendo sobre los actuales miembros del Sodalicio, recomiendo leer mi artículo EL PARÁSITO FIGARI.

CASO SODALICIO: “TRES PATINES” EN LA FISCALÍA (II)

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Fiscal María del Pilar Peralta Ramírez

Continuación de CASO SODALICIO: “TRES PATINES” EN LA FISCALÍA (I)

En esta segunda entrega continúo con el análisis de los argumentos “trespatinescos” que utiliza la fiscal Peralta para archivar las denuncias penales contra el Sodalicio.

Dice el fallo que el delito de secuestro como privación de la libertad personal debe entenderse exclusivamente como privación arbitraria de la posibilidad de desplazarse de un lugar a otro a voluntad, es decir, «cuando el sujeto queda privado de su libertad para movilizarse, ya sea mediante violencia, amenaza o engaño requiriendo necesariamente el dolo o el conocimiento y voluntad de impedir el ejercicio de su libertad ambulatoria». Que esto no habría ocurrido se demostraría supuestamente por el hecho de que en ninguna de las comunidades sodálites hay una «barrera física» —entiéndase muro o reja— que impida la salida de los que allí viven, además de que los denunciantes manifestaron por escrito su voluntad de ingresar y salir del Sodalicio y «existe la presunción iuris tantum que durante toda su vida adulta han ejercido plenamente sus facultades al no haber sido declarados incapaces».

Para ilustrar esta ausencia de barreras físicas, la fiscal Peralta menciona el testimonio de Martín Balbuena, «que [en el año 2008] se escapó por la puerta de la residencia en Colombia, lo que sin lugar a dudas demuestra que su salida o permanencia en las residencias dependía únicamente de la voluntad de que estos quisieran o no permanecer en dichos inmuebles dado que al tomar la decisión de retirarse, simplemente podían salir por la puerta sin que nadie les impidiera dicho acto lo que deja entrever que su libertad de desplazamiento no era vulnerada por los denunciantes que dicho sea de paso no se encontraban físicamente acompañándolo al momento de estar en Colombia».

No puedo creer lo que leen mis ojos. Quien conoce la historia de Martín Balbuena, sabe que lo primero que tuvo que vencer —como tantos otros— es el enorme miedo y angustia ante la inminente huida, pues al tomar esa decisión uno se siente culpable, traidor, fracasado, y sabe que comunicar esa decisión de manera abierta y sincera a los superiores lo único que logra es —en el mejor de los casos— postergar la salida en varios meses y —en el peor— impedirla totalmente.

Salir de comunidad no era nada fácil, pues «años atrás el retenimiento de los miembros a la organización para que no se desvincularan era exagerada. Se evitaba a toda costa la salida de cualquier integrante. En varios casos, a pesar de haber manifestado un deseo honesto de salida, el sodálite era casi forzado a pasar por procesos indefinidos y prolongados para evitar aquello que era una mal en sí: la desvinculación de la comunidad. Se dieron casos dramáticos de personas no idóneas para la vida consagrada o personas que habían cometido faltas graves que, lógicamente, debían salir de comunidad y por el contrario se forzó una permanencia que terminaba siendo traumática y dolorosa. Hay varios casos que atestiguan esta lógica». Esto es lo que leo en las reflexiones de alguien que, cuando todavía era sodálite de derecho pleno, formuló en el año 2015 un análisis crítico interno.

Martín Balbuena esperó el día y la hora en que pudiera salir de la casa sin que nadie advirtiera que no tenía intenciones de regresar. En Colombia, no tenía adónde ir. Cualquiera pensaría que se dirigió al aeropuerto a tomar un avión hacia Lima. Nada más lejos de la realidad. Era uno de los primeros lugares donde buscarían ubicarlo cuando advirtieran su prolongada ausencia -—como efectivamente lo hicieron—. Con escaso dinero y sólo lo que tenía puesto, inició un peligroso y aventurero recorrido por tierra —de varios días—, que lo llevaría en bus desde Colombia hasta la capital del Perú, pasando por Ecuador.

¿Cómo puede afirmar la fiscal Peralta que la libertad —ambulatoria, para usar su interpretación— no estaba restringida, cuando quienes tomaban la decisión de irse definitivamente de la comunidad en un día determinado tenían que hacerlo subrepticiamente, tomando precauciones para que nadie se enterara en ese momento, de preferencia a horas imprevistas, cuando todos estaban durmiendo o ausentes de la casa? No conozco ningún solo caso en que un sodálite le haya comunicado a sus superiores su decisión de irse y haya podido realizar esto el mismo día, al día siguiente o a la brevedad posible.

La barrera que había que superar era interior, y eso no resultaba fácil.

En 1993, yo estuve prácticamente recluido siete meses en San Bartolo, creyendo firmemente que si me iba contraviniendo la voluntad de los superiores, me iba a condenar para siempre. Pues ése era el tipo de pensamiento que se me había implantado en la mente, y que yo estaba obligado a admitir por obediencia si quería permanecer siendo sodálite. Y que en ese entonces me generó tal angustia, que durante ese tiempo deseé cada día que me sobreviniera la muerte.

Uno no podía desplazarse fuera de la casa si no había de por medio una autorización del superior. Ciertamente, no había ninguna barrera física que a uno le impidiera salir, pero en caso de hacerlo sin permiso, uno se exponía a castigos desproporcionados. Asimismo, cualquier viaje realizado por algún sodálite de comunidad tenía que contar con el permiso del superior, así como cualquier acto jurídico realizado por la persona. Las ganancias obtenidas en calidad de sueldo por un trabajo tenían que ser declaradas, y a uno se le indicaba qué cantidad podía quedarse.

¿Era todo esto realizado de manera libre? Desde el momento en que toda decisión del sujeto tenía que ser validada por un superior jerárquico, quedaba afectada la libertad personal. Como dice el texto aludido de un sodálite crítico, «los aspectos más insignificantes de la vida del sodálite quedaban sometidos al juicio del superior, juicio que podía llegar hasta el fondo de la conciencia personal».

De este modo, la única libertad que quedaba es la seguir a pie juntillas la rutina diaria y la de formular deseos e intenciones, pero no la de ejecutar lo que uno realmente quería. Y para aceptar esto como normal, se requiere haber quebrado la voluntad del sujeto, haber modificado sus criterios de pensamiento con el fin de tenerlo siempre “voluntariamente” dispuesto a cumplir órdenes superiores, sin manifestar ningún asomo de crítica en su pensamiento. Esto es lo que algunos especialistas llaman “lavado de cerebro”.

Y esto es lo que no ha querido ver la fiscal Peralta, quien ha creído entender que sólo si encontraba “incapacidad mental” en los denunciantes había sustento para la denuncia. Evidentemente, no la ha encontrado. Pues una persona con el cerebro lavado —o mejor dicho, sujeta a control mental— no pierde sus facultades intelectuales o volitivas, su capacidad para realizar actos jurídicos o para efectuar acciones normales de la vida cotidiana. Más aún, a ojos de las personas que tienen trato con ella, su forma de actuar se asemeja a la de un ser humano normal. Pero no toma decisiones propias en áreas fundamentales, pues gran parte de su capacidad de decisión ha sido transferida a los superiores, que deciden por ella. Y una de esas áreas es la libertad ambulatoria, pues a los sodálites de comunidad no les estaba permitido ni siquiera salir de la casa por la puerta si no contaban con permiso del superior.

Se trata de una privación de la libertad, hecha mediante violencia, amenaza y engaño —utilizando los mismos términos de la fiscal Peralta—, pues el cambio de mentalidad para generar una dependencia así hacia los superiores se hacía mediante técnicas introspectivas invasivas que llevaban al quiebre de la propia personalidad y lo volvían a uno dócil para cumplir “voluntariamente” cualquier orden superior, habiendo además amenazas de castigos para quien no obedeciera en este punto —ayunos a pan y agua (o a lechuga y agua), aislamiento, prohibiciones—, y todo era realizado con engaño, pues a los afectados nunca se les informaba de sus derechos, sólo de sus obligaciones, entre las cuales la principal era obedecer sin cuestionar.

Que algunos hayan podido superar con mucho esfuerzo esa barrera y hayan finalmente logrado irse de la comunidad no significa que esa barrera no existiera, así como que el hecho de que alguien logre saltar un muro y escaparse del recinto en que se le mantenía secuestrado, no significa que ese muro no haya existido como impedimento.

¿Diría la fiscal Peralta que si un secuestrado logra fácilmente violar la cerradura de la casa en que se le mantenía encerrado ya no se puede hablar de secuestro, pues la puerta no constituía un verdadero impedimento para que pudiera movilizarse libremente?

“Tres Patines” hubiera argumentado así ante el tremendo juez de la tremenda corte. Con toda probabilidad.

No acaban aquí los tremendos argumentos de la tremenda fiscal. Continuaré con su análisis en la siguiente entrega.

(Columna publicada en Altavoz el 24 de enero de 2017)

Continúa en CASO SODALICIO: “TRES PATINES” EN LA FISCALÍA (III)

EL TOTALITARISMO SECTARIO DEL SODALICIO

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Robert Jay Lifton (nacido en 1926), psiquiatra estadounidense y creador de la ciencia de la psicohistoria, entrevistó en los años ‘50 a prisioneros de guerra norteamericanos de la Guerra de Corea así como a sacerdotes, estudiantes y maestros que estuvieron prisioneros en China, además de a algunos ciudadanos chinos que lograron escapar del régimen totalitario de Mao tras haber sido sometidos a procesos de adoctrinamiento en universidades chinas. El estudio detallado que hizo de las técnicas coercitivas que se aplicaron y que llevaron a los sujetos de estudio a padecer lo que él llama “reforma del pensamiento” —que es lo que popularmente se conoce como “lavado de cerebro”— fue descrito en su libro Thought Reform and the Psychology of Totalism: A Study of “Brainwashing” in China (1961).

Los ocho criterios que allí presenta para identificar cuándo un colectivo está practicando la “reforma de pensamiento” —a fin de obtener un control total sobre la mente y la conducta de las personas afectadas— fueron incluidas en su libro Destroying the World to Save It: Aum Shinrikyo, Apocalyptic Violence, and the New Global Terrorism (2000) como características reconocibles de las sectas destructivas —además del “endiosamiento” del líder y la explotación de sus seguidores—.

Aunque parezca increíble, los ocho criterios de Lifton —que paso a detallar a continuación— se han verificado todos en el Sodalicio de Vida Cristiana.

1. Control de la atmósfera social y de la comunicación humana

Toda la vida de los sodálites de comunidad se rige por la obediencia, de modo que queda bajo control de los superiores su día a día desde que se levantan hasta que se acuestan; lo que les está permitido leer; con quienes les está permitido comunicarse; lo que deben pensar, sentir y hacer, etc.

2. Manipulación mística

La creación artificial de “atmósferas” espirituales que generan en los sodálites efectos supuestamente espontáneos y experiencias de la acción divina eran en realidad estrategias “planeadas” para someter más fácilmente las conciencias. Eso se daba en la meditación personal —que debía seguir una estructura fija predeterminada— y en las oraciones comunitarias, así como en algunos eventos de masas. Quien no se sentía “vibrar” con estas cosas era considerado una persona poco comprometida o con una vida espiritual deficiente.

3. Redefinir el lenguaje

Quien lea algún texto sodálite o escuche hablar a un miembro de la Familia Sodálite se topará con varias palabras y expresiones que tienen un significado particular sólo accesible a quienes hayan sido adoctrinados en la espiritualidad sodálite. Además de expresiones crípticas como “amorización”, “escotosis”, “kénosis”, “holístico” “agnosticismo funcional”, “división tripartita del hombre”, etc., se redefinen conceptos como “Plan de Dios”, “libertad”, “reconciliación” y “pobreza”, y se evitan a toda costa otros términos usuales entre los cristianos de a pie, como “mi Dios”, “alma”, “ofensa”, “salvación” y “voluntad divina”. En todo caso, al sodálite se le reconoce por su lenguaje poco natural, que es inquietantemente similar en todos los miembros de la institución.

4. La doctrina es más importante que la persona

Para un sodálite corriente una persona vale en la medida en que se adhiere a la fe cristiana. Si además sigue la enseñanza católica —en su interpretación más conservadora—, vale aun más. Y si su pensamiento concuerda con la doctrina sodálite, su valor como persona adquiere un plus cualitativo. Cualquier persona que no reúna estas características suele ser tenida en menos por los sodálites.

5. La ciencia sagrada

La doctrina y espiritualidad sodálites —que en el fondo siguen siendo el “pensamiento” acuñado por Luis Fernando Figari— son incuestionables y no está permitido ponerlas en duda, ni siquiera en aspectos puntuales. Quien ose hacerlo, o será disciplinado, o terminará fuera del grupo.

6. El culto a la confesión

Era de precepto confesarse sacramentalmente una vez por semana, sin contar con las confesiones cuasi forzadas que se realizaban en grupos, sin respetar la privacidad de los participantes, que incluye el derecho a callar.

7. Demandas de pureza inalcanzables

Así planteaba Figari la exigencia de santidad que hay en el Sodalicio: «Una vez más cabe repetir lo que decía León Bloy: “No hay mayor tristeza que la de no ser santos”. A lo que añadiría: no hay tampoco mayor irresponsabilidad que la de no aspirar a ser santos. Y aún más: no hay mayor injusticia que la no trabajar por ser santos» (Memoria 1979). De modo que quien supuestamente no avanzaba en el camino hacia la santidad tenía que sobrellevar no sólo la tristeza proveniente de una culpabilidad inducida, sino también la carga de conciencia de sentirse “irresponsable” e “injusto”. Ésta es una de las maneras más efectivas para seguir manteniendo sometida la libertad interior de las personas.

8. La dispensación de la existencia

Lifton define este punto como que el grupo decide quién tiene derecho a existir y quién no, es decir, no hay otra alternativa válida que pertenecer al grupo. En el Sodalicio se inculcaba que quienes lo abandonaban, eran traidores que habían rechazado el llamado de Dios, con grandes probabilidades de nunca poder alcanzar la felicidad en esta vida y de ser condenados a la hoguera eterna en la otra. En el mejor de los casos, cuando quien se salía mantenía la fe y una buena relación con la institución, se le consideraba un cristiano de tercera categoría, sin capacidad para soportar los rigores habituales de la vida sodálite. Los demás eran simplemente carne para el infierno.

Afortunadamente, Lifton descubrió que quienes estaban sometidos a este control de sus pensamientos y conductas volvían paulatinamente a la normalidad una vez que salían del ambiente donde se verificaban los criterios señalados.

Muchos de los que somos ex sodálites sabemos que la superación total del “lavado de cerebro” sólo es posible fuera de la institución tras un proceso que puede durar años. Yo me demoré más de una década en lograrlo. Y es mi deseo que otros que siguen en la condición de prisioneros mentales de la institución lo logren.

(Columna publicada en Altavoz el 18 de septiembre de 2016)

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Si alguien desea más información sobre el tema, puede leer mi post SODALICIO Y LAVADO DE CEREBRO.

OBEDIENCIA PERFECTA

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El 1° de mayo de 2014, tras un rodaje mantenido en secreto, fue estrenada en México Obediencia perfecta, ópera prima del cineasta Luis Urquiza. Este film, posteriormente galardonado con el Gran Premio de las Américas en el Festival de Cine de Montreal, está basado en los abusos cometidos por el P. Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo.

Narra la historia del joven Julián (Sebastián Aguirre), quien ingresa a un seminario de los Cruzados de Cristo, congregación sacerdotal dirigida por el P. Ángel de la Cruz (Juan Manuel Bernal). Éste irá iniciando a Julián en una relación turbia llena de complicidad, donde la ferviente devoción religiosa se mezcla con pasiones carnales ilícitas.

Para el P. Ángel se trata de moldear al joven a fin de hacerlo totalmente dócil y sumiso, pasando por las tres etapas de aprendizaje de la obediencia. «Usted es el elegido de Dios —piensa el P. Ángel sobre su discípulo—. Para llegar a la obediencia perfecta, yo le obligaré a sentir placer hasta de lo que no le gusta. Conocerá lo que más aborrece y le atemoriza, que es usted mismo. Sólo así va a lograr una transformación definitiva».

Sin escenas sexuales explícitas, contemplamos la vida cotidiana de los personajes en un ambiente religioso tradicional, pero lo que ocurre fuera de cámara nos genera angustia y zozobra. Y horror ante el drama de jóvenes adolescentes cuya voluntad va siendo debilitada para someterse a los oscuros deseos de un obseso. Pues los abusos sexuales son sólo la culminación de un proceso más profundo y destructivo: la manipulación de las conciencias y la consiguiente pérdida de la libertad interior.

(Columna publicada en Exitosa Diario el 28 de enero de 2015)

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Éste es el problema que suelen presentar aquellos grupos de la Iglesia católica con estructuras institucionales verticales y autoritarias, y que ponen la obediencia como uno de los valores supremos: el debilitamiento de la capacidad de decisión propia de sus miembros, el enajenamiento de sus conciencias y, finalmente, la sumisión total a los deseos del líder y de aquellos que lo representan en la cadena de mando. Me refiero en concreto a grupos como los Legionarios de Cristo, el Opus Dei y el Sodalicio de Vida Cristiana, en el último de los cuales yo mismo pasé por experiencias extremas relacionadas con la disciplina de la obediencia, las cuales he descrito anteriormente en mi post OBEDIENCIA Y REBELDÍA.

Estoy convencido de que ahí reside el núcleo del problema, y no en los abusos sexuales que se han cometido, pues a fin de cuentas lo que se quiere lograr es el sometimiento absoluto de la libertad personal, aunque se pretenda justificar esto sobre la base de una causa encomiable, a saber, la conformación de la persona con el Señor Jesús. Lo cual no deja de ser problemático desde el momento en que el concepto de Jesús que propone el Sodalicio sigue siendo una más de las tantas interpretaciones que hay de la figura de Jesús.

Recuerdo que Luis Fernando Figari, entonces Superior General del Sodalicio, nos decía que la obediencia sodálite debía adelantarse a las intenciones del superior, de modo que el subordinado hiciera lo que éste quería antes de que se hubiera dado una orden explícita. Dicho de otro modo, la obediencia del sodálite se consideraba perfecta cuando estaba pendiente de la voluntad del superior y cumplía sus deseos antes de que éste los formulara verbalmente. En fin, la enajenación completa de la propia voluntad. Y hay que ver los malabares intelectuales que hacía Figari para justificar ideológicamente la sumisión total, presentándola como libertad plena.

Es cierto que también decía que hay que obedecer al superior en todo excepto en aquello que es pecado. Aparentemente, una cláusula de salvaguardia de la conciencia moral. Sin embargo, en aquellos que habían pasado por el proceso de formación sodálite —que incluía técnicas de manipulación psicológica y control mental— las posibilidades de objeción de conciencia a una orden emitida por un superior eran muy reducidas, pues eso implicaba ir contra la convicción metida a hierro y fuego entre ceja y ceja de que el superior siempre buscaba el bien personal de uno y de que él sabía mejor que uno mismo lo que le era más conveniente. Además, juzgar uno mismo según su propia conciencia qué era pecado y qué no, se consideraba un acto de soberbia e individualismo, pues este tipo de asuntos debían ser consultados precisamente… con un superior. Un círculo vicioso, del cual era muy difícil salir. Y el perfecto caldo de cultivo para dar el paso del sometimiento psicológico al sometimiento sexual.

En el film de Luis Urquiza la etapa de la obediencia perfecta de tercer grado se expresa así: «Piensas y actúas como aquel a quien amas, ya no tienes voluntad propia». Después de consumar un acto de pederastia con el joven Sebastíán —a quien acabamos de ver en la playa contemplando el horizonte y derramando una lágrima en silencio—, el P. Ángel le dirá: «Usted ya alcanzó la obediencia perfecta, y eso ya nunca lo va a abandonar».

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La película está disponible en Vimeo.

Finalmente, dos textos interesantes sobre el film:

‘Obediencia Perfecta’, una película que va más allá de Marcial Maciel
http://www.elmundo.es/america/2012/09/29/mexico/1348945699.html

Las buenas intenciones: crítica de la película mexicana “Obediencia perfecta” (Luis Urquiza, 2014)
http://pijamasurf.com/2014/05/las-buenas-intenciones-critica-de-la-pelicula-mexicana-obediencia-perfecta-luis-urquiza-2014/

YO TE PERDONO, SODALICIO

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Desde que comencé a escribir en este blog, hay varias personas vinculadas al Sodalicio y al Movimiento de Vida Cristiana que me han rogado que perdone y dé vuelta a la página. Lo cual implicaría como consecuencia que deje de escribir sobre mis experiencias y no siga revelando lo que sé del Sodalicio. Curiosamente, en el pasado, cuando todavía no había publicado nada, no se me pedía que perdonara, sino más bien que hiciera una autocrítica a fondo y reconociera mis faltas y mis errores. Pues en la ideología sodálite se parte del axioma de que la institución no puede estar mal, en base a una interpretación muy peculiar de lo que es el carisma o don especial del Espíritu Santo, según la cual se infiere que el Sodalicio es una obra querida por Dios y, por lo tanto, criticarlo equivale a criticar la voluntad de Dios. Fuera de que esto es mala teología, en el Sodalicio siempre se ha fomentado la autoinculpación de sus miembros, pues constituye una de las estrategias más eficaces para tener controladas sus mentes y sus voluntades. Y sirve de sustrato para ese miedo que tienen muchos de expresar libremente sus objeciones, e incluso de irse cuando su conciencia les dicta que dar ese paso es lo correcto. Ese miedo o angustia puede incluso acompañar durante años a aquellos que se han ido, a tal punto llega a ser profunda la huella que dejan los “metodos de formación” que se aplican en la institución, muy semejantes a las técnicas de control mental que implementan las sectas.

No han faltado quienes, antes mis observaciones críticas producto de una reflexión de años, hayan querido hurgar en mi vida personal y pretendido encontrar la raíz de esas críticas en “rupturas” interiores, crisis existenciales o “falta de reconciliación”, que es como se la llama en los ambientes de la Familia Sodálite. Y eso sin admitir la posibilidad de que los problemas pueden estar en el Sodalicio mismo, siendo así que el mensajero que evidencia esos problemas no tiene la culpa de que existan. “Matar al mensajero” es la consigna con la cual se puede resumir el proceder del Sodalicio, lo cual, en sentido metafórico, significa que se buscará desacreditarlo, difamarlo, anularlo mediante el miedo, las amenazas veladas y el desprestigio social. A decir verdad, lo del desprestigio social puede que funcione en Lima, donde el Sodalicio sigue teniendo su sede central y el apoyo casi incondicional del inefable Cardenal Cipriani, arzobispo de Lima, además de una notable influencia en la clase burguesa y pudiente limeña así como en algunos medios de prensa, pero dudo de que tenga efectos en otras latitudes.

En el momento en que se me comienza a pedir que perdone, cambia la perspectiva, pues ello implica un tácito reconocimiento de errores que son merecedores de perdón. De hecho, casi nadie de entre aquellos que me han escrito ha cuestionado la veracidad de lo que yo expongo. Ciertamente, pueden haber inexactitudes en cuanto a detalles puntuales, pero nada de lo que relato es inventado, y la mayor parte corresponde a mis propias experiencias o lo he sabido de primera mano. Las inexactitudes que pueden haber se deben a falta de información adicional, lo cual es inevitable desde el mismo momento en que aquellos que están en situación de poder completar esa información no quieren hablar ‒o han recibido la orden de no hacerlo‒, pues el Sodalicio es muy reticente en cuanto a proporcionar información, y prefiere acusarme de tergiversar los hechos, antes que desmentirlos presentando su propia versión de los mismos. Y como ya he señalado, se trata de algunos pocos detalles puntuales, pues en todo lo demás soy consciente de que me he esforzado en ser fiel a mi memoria y en contrastar la información con las fuentes de que dispongo, absteniéndome de relatar lo que no puede ser comprobado.

Tampoco han faltado quienes han querido elucidar las motivaciones por las cuales escribo, definiéndolas como una especie de venganza mediática por el hecho de que se me hizo oídos sordos a todas las críticas que manifesté en su momento. Reducir mis motivaciones a una especie de reacción insidiosa frente al hecho de que no me hicieran caso, no se ajusta a la verdad. Durante década y media nadie me hizo caso en el Sodalicio, y nunca publiqué nada. Y nada va a cambiar ahora, porque tengo razones para suponer que tampoco me van a hacer caso. Tampoco pretendo que se me haga caso. Cada uno es libre de hacer lo que quiera. El asunto es más grave. Se trata de ventilar los problemas estructurales que presenta el Sodalicio y que afectan a innumerables personas. Pues así cómo hay quienes se han acercado a la fe a través del Sodalicio, también hay quienes se han alejado de ella o han sido perjudicados psicológicamente por obra de la institución. Que se hable sobre el tema le puede hacer también mucho bien al Sodalicio. No hablar de lo que sé ‒y aquí excluyo en la medida de lo posible los datos anecdóticos de la vida privada de las personas‒ me haría cómplice de esa situación. ¿Voy a solucionar yo los problemas? No lo creo. Pero sí puedo contribuir a ayudar a muchas personas. Porque parto de la postura de un fiel creyente en la Iglesia, y no de la posición de alguien que, criticando al Sodalicio, aprovecha para criticar además a toda la Iglesia.

Debo dejar en claro que mi blog no es un blog sobre el Sodalicio, sino una ventana abierta donde busco dar testimonio de cosas que he vivido y que pueden ayudar a otras personas a comprender ciertas realidades. Es inevitable que hable sobre el Sodalicio, pues estuve oficialmente vinculado a él durante 30 años de mi vida. Describo lo que vi y viví por experiencia propia en el Sodalicio y que ha sido ocultado pertinazmente por la institución. Y me refiero a doctrinas, estilos, prácticas, hábitos y costumbres, en fin, al sistema mismo. Yo no tengo la culpa de que el Sodalicio tenga o haya tenido las cosas que yo describo. Que se sepan a través de mí no me convierte en responsable de esas cosas. Y el daño que se pueda producir no es de responsabilidad del mensajero, sino de los verdaderos causantes de esas cosas. El daño se puede subsanar cambiando lo que se tenga que cambiar, no callando al mensajero.

Mis experiencias son subjetivas en el sentido de que las viví yo, pero no son fruto de mi subjetividad. Yo no he inventado nada y tampoco estoy mintiendo, y los datos que proporciono no son meras interpretaciones. Que pueden diferir de otra experiencias, lo admito. No por ello se hacen inválidas, sino que complementan lo que otros puedan haber experimentado. Y es interesante descubrir que mi experiencia es similar a la de otras personas, que por fin se atreven a hablar de lo que ellas mismas han vivido.

No le guardo rencor a nadie. Todo ya ha sido perdonado. Me siento a veces como una hoja al viento, que no está anclada a las cosas de este mundo. Y por eso mismo, con mayor libertad para dar testimonio. De todos modos, por si acaso alguien todavía tiene dudas, quiero dejar aquí constancia pública de todo aquello que he perdonado.

– Perdono que, entre 1978 y 1980, siendo todavía menor de edad, haya sido sometido a exámenes psicológicos efectuados por personas no profesionales sin el conocimiento ni consentimiento de mis padres. Se trataba de una práctica habitual en el Sodalicio. Las personas que me realizaron estas evaluaciones psicológicas fueron Germán Doig y Jaime Baertl, aunque me consta que también las realizaban el mismo Luis Fernando Figari, Superior General del Sodalicio hasta el año 2010, además de Virgilio Levaggi, Alfredo Garland y José Ambrozic, entre otros.

– Perdono que se me haya permitido emitir una promesa formal mediante la cual me comprometía a seguir el estilo y la espiritualidad del Sodalicio y obedecer a sus superiores cuando sólo tenía 15 años de edad, sin que mis padres hubieran sido informados al respecto. Más aún, se me indicó expresamente que mis padres no tenían por qué enterarse de la promesa que había hecho y que no les dijera nada.

– Perdono que se me haya fomentado la desobediencia y el desprecio hacia mis padres, que debía ser sustituida por obediencia y respeto absolutos hacia las autoridades del Sodalicio. Sobre todo Luis Fernando Figari fomentaba un culto hacia su persona, de modo que se debía seguir sus órdenes sin chistar, se debía reflexionar continuamente sobre las cosas que le decía a uno personalmente, y aceptar como incuestionable todo lo que exponía en sus escritos y charlas, de modo que cualquier análisis crítico de lo que él decía era impensable, pues se exigía un sometimiento del pensamiento y la voluntad propias a su pensamiento y su voluntad. Recuerdo también cuando en el verano de 1980 mi madre, en su desesperación, llamó por teléfono a Jaime Baertl y, entre otras cosas, le dijo: «Me están robando a mi hijo», a lo cual él respondió irónicamente: «Señora, el ladrón cree que todos son de su misma condición». Y así cómo él hizo uso de la ironía, también me recomendó que la usara con frecuencia para oponerme a mi madre, a quien designaba con el apelativo despectivo de “tu vieja”.

– Perdono que, desde mayo de 1978, en que asistí por primera vez a un retiro organizado por el Sodalicio, hasta 1993, cuando dejé de vivir en comunidades, se me haya exigido en reuniones grupales la apertura total de mi esfera privada y personal, e incluso se hubiera ejercido presión por parte de los encargados para que, al igual que otras personas presentes, revelara mis experiencias y sentimientos íntimos. Esto solía llevar a una situación de desamparo personal que, a efectos prácticos, permitía una manipulación de las conciencias, sobre todo generando una dependencia hacia quien ostentaba la autoridad.

– Perdono que no se me hubiera permitido ni siquiera salir a la calle ‒a no ser para actividades que formaban parte del horario reglamentario‒ o comunicarme telefónicamente con quien sea, incluidos mis padres, sin permiso expreso del superior. Estas medidas formaban parte de un sistema donde las comunicaciones con el mundo exterior eran controladas férreamente, lo cual a la larga, junto con otras medidas de control mental, terminó generando en mi interior una división entre el ambiente interno del Sodalicio y el mundo externo, hacia el cual se debía tener desconfianza y considerarlo en parte como un peligro para seguir la vocación sodálite en la vida consagrada. Se efectuó como una especie de secuestro de mi psique, que yo acepté al principio de buen grado, pero que a la larga causó en mi una disociación que se traducía en la división excluyente entre un mundo intracomunitario bueno contrapuesto a un mundo “salvaje” fuera de los límites de la comunidad, con el cual no era permitida ninguna componenda.

– Perdono los correazos que, por orden de Luis Fernando Figari, me fueron propinados en la espalda desnuda, sólo para que éste pudiera demostrar su tesis de que las mortificaciones corporales son inútiles, y de que la ascética basada en el dolor físico no tenía mucho sentido y fomentaba la soberbia.

– Perdono la aplicación constante de técnicas de control mental a que fui sometido, muy comunes entre los grupos de características sectarias, entre ellas:

  • el agotamiento físico a través de ejercicios corporales intensos y prolongados, sumándose a ello la continua sustracción de horas de sueño, y dado que el hecho de quedarse dormido era sancionado con penitencias, sin importarle a nadie que uno estuviera cansado, ello me generaba miedo a quedarme dormido, lo cual a su vez producía un stress que me ocasionaba más agotamiento y tensión, y con ello más cansancio y sueño, en lo que era un círculo vicioso sin salida;
  • el aislamiento de mis familiares y amigos no pertenecientes a la institución, aplicando las consignas dictadas por Luis Fernando Figari: «sólo un sodálite puede ser amigo de otro sodálite» y «en la Iglesia podemos tener compañeros de camino, pero amigos verdaderos sólo en el Sodalicio»;
  • la anulación de la esfera privada, al hacer que todos los aspectos de la vida personal dependieran de la comunidad, sin serme permitido casi nunca tomar una decisión propia, además de ser forzado a confesar todos los aspectos de la propia vida íntima ya sea en reuniones grupales, con el superior o con el consejero espiritual, incluyendo aspectos referentes a la sexualidad, muchas veces aplicando dinámicas conducentes a este fin y violentando la libertad personal mediante la intimidación y la violencia verbal, si se consideraba necesario;
  • la programación minuciosa de lo que uno debe hacer desde que se levanta hasta que se acuesta, incluyendo también el tiempo libre, sin dejar nada a la libre decisión de la persona;
  • la amonestación y reprensión ‒con un lenguaje agresivo‒ ante preguntas incómodas o difíciles de responder, por más legítimas que fueran;
  • el uso frecuente de un lenguaje agresivo e insultante; quien se quejaba del trato era tachado de susceptible, “hembrita”, débil, poco viril;
  • la obligación de asistir por consigna a cualquier conferencia o charla del fundador, y apuntar minuciosamente todo lo que dijera, para luego estudiarlo y revisarlo durante horas;
  • la aplicación desproporcionada de castigos severos y humillantes ante faltas que pueden ser consideradas ligeras; a manera de ejemplo, puedo mencionar que:
    • fui obligado por Germán Doig a pasar una noche en vela en la capilla de la Comunidad Nuestra Señora del Pilar (Barranco) en adoración del Santísimo, sólo por haber cabeceado durante una Misa en la Iglesia de San José ‒situada en la Av. Dos de Mayo 259, Miraflores‒;
    • fui enviado durante una semana a vivir bajo un régimen estricto en una de las comunidades de formación de San Bartolo (balneario al sur de Lima) ‒que eran mencionadas a veces de manera humorística entre los sodálites como “la Siberia”‒, sólo por haber hecho un par de preguntas incómodas de corte intelectual a Germán Doig durante una charla en el Centro Pastoral de San Borja, lo cual constituye también una falta de respeto a la legítima diversidad de opinión, pues en el Sodalicio sólo el hecho de preguntar podía ser motivo de amonestaciones, acompañadas de reproches por no haber aprendido o estudiado a fondo el pensamiento sodálite;
    • me fue vertido un vaso lleno de agua fría encima de la cabeza por orden del superior de turno de la Comunidad Nuestra Señora del Pilar ‒entonces ubicada temporalmente en el barrio de La Aurora, Miraflores‒, sólo por haberme quedado dormido en una reunión muy cerca de la medianoche;
    • me fue prohibido participar de las reuniones recreativas de la comunidad por tiempo indefinido, debido a que grabé cassettes de música clásica para uso personal en el equipo de música perteneciente a Alfredo Garland, entonces superior de la Comunidad Nuestra Señora del Pilar en Barranco, sin su permiso. Debo indicar que los simples miembros de las comunidades teníamos entonces prohibido, por orden expresa de Luis Fernando Figari, escuchar todo tipo de música, salvo la que fuera de carácter religioso. Esa orden no se aplicaba a los superiores, que podían escuchar la música que creyeran conveniente. Un domingo, tarde en la noche, en que la comunidad tenia una actividad recreativa en la sala destinada a estos fines, de la cual yo estaba excluido, me eché un rato a descansar en mi cama debido al cansancio y me quedé dormido. Fui despertado violentamente por Alfredo Garland y José Antonio Eguren, y, a modo de castigo, se me ordenó estar confinado en una habitación separada del resto de la casa, con prohibición de salir si no era para ir al baño, prohibición de hablar con cualquier miembro de la comunidad que no fuera Eguren, prohibición de leer cualquier otra cosa que no fuera la Biblia y los escritos de autores espirituales que se me proporcionara para hacer un retiro espiritual que me hiciera cambiar de actitud y me llevara a corregir mis “malos comportamientos”.

– Perdono los abusos debido a excesos cometidos durante los ejercicios físicos que teníamos que realizar los miembros de las comunidades de formación de San Bartolo, poniéndose a veces en riesgo la integridad física de las personas sin medir las consecuencias. Yo ‒junto con otros más‒ fui obligado a hacer cuclillas con una bolsa de cemento, de unos 25 kilogramos, sobre los hombros. A consecuencia de ello, se me generó una dolorosa inflamación de los músculos dorsales, a tal punto que ni siquiera podía mover el cuello para mirarme los pies, tuve que usar una faja y necesité una semana para restablecerme. Otro sodálite, que sufría de dolencias en la columna vertebral, también fue obligado a hacer tales ejercicios, no obstante que le advertí al superior Emilio Garreaud que eso podía hacerle daño. Asimismo, fuimos obligados a ingresar al mar de noche, en un sitio donde reventaban olas y había muchas rocas filudas. Varios salieron del mar con arañazos, heridas y cortes. También hubo ocasiones en que se hizo nadar a algunos durante tanto tiempo en el mar, que cuando finalmente salieron, no dejaban de temblar debido a que la temperatura corporal les había descendido por debajo de los 36 °C y se les tuvo que dar vino caliente para subirles la temperatura. En la última época que pasé en San Bartolo (de diciembre de 1992 a julio de 1993) yo tenía que levantarme todos los días a las cuatro de la madrugada cuando todavía estaba oscuro y meterme al mar junto con otro sodálite, fueran cuales fueran las condiciones climáticas, hubiera mar calma o brava, sin que hubiera nadie que por seguridad nos vigilara desde afuera.

– Perdono la mentalidad que se me inculcó, que establece una separación entre el Sodalicio y el resto del mundo, disponiendo que hay entregar toda nuestra confianza a los responsables de la institución y hay que mantener una cierta desconfianza hacia lo que se halla fuera del Sodalicio. Esta mentalidad es reforzada por el concepto rígido de obediencia que se maneja al interior de la institución, donde la crítica al superior ‒aunque sea legítima‒ es considerada como una falta grave, pues «el superior sabe mejor que tú lo que es bueno para ti» y «el que obedece, no se equivoca», lo cual en el fondo induce a una renuncia a la propia conciencia y responsabilidad. Además, esta mentalidad de separación entre el Sodalicio y el resto del mundo también se aplica al interior de la Iglesia. Pues durante mucho tiempo a mí se me inculcó que la espiritualidad y el pensamiento sodálites constituían una de las maneras más radicales y auténticas de vivir el cristianismo en la actualidad, junto con un menosprecio de muchos grupos y espiritualidades que forman parte de la diversidad eclesial, que eran calificados de mediocres. Había un particular desprecio por los grupos parroquiales, los carismáticos, los neocatecumenales, entre otros, y en particular por los partidarios de la teología de la liberación, aun en sus formas legítimas. Se nos inculcaba que el diálogo con personas que siguieran estas espiritualidades particulares no era una opción válida. Eso explica por qué se ha tenido una actitud muy agresiva ‒e incluso se han tomado medidas represivas‒ contra quienes tuvieran simpatía hacia la teología de la liberación. Quiero recalcar que superar esta mentalidad de separación intraeclesial entre el Sodalicio y los demás grupos me ha costado mucho esfuerzo, además de que los rezagos de esa mentalidad me han generado más de un problema durante mi reinserción en la vida normal en el mundo.

– Perdono la situación de angustia que se me generó durante los siete últimos meses que pasé en una de las comunidades sodálites de San Bartolo, en el año 1993, hasta el punto de que llegué a desear que me sobreviniera la muerte. Eso debe atribuirse al concepto estrecho de vocación que se ha manejado en el Sodalicio y que se inculca en las mentes, a saber, que a quien no sigue la vocación a la que Dios le ha llamado, le será muy difícil obtener la salvación eterna. Esto se traducía así: quien ha sido llamado por Dios al Sodalicio y se aparta de él, pone en peligro no sólo su felicidad temporal, sino también su salvación eterna, y debe ser considerado como un “traidor”. El hecho de que yo no me sintiera realizado ni a gusto en las comunidades sodálites era para mí un indicio de que yo no estaba llamado a la vida consagrada en comunidad, pero el haber seguido esa vida durante unos once años (desde diciembre de 1981) me hacía pensar que posiblemente ésa si pudiera ser mi vocación, y era yo el que estaba fallando y fracasando. El hecho de tener que tomar una decisión ‒que, según lo que me habían inculcado, podía decidir mi destino eterno‒ me angustiaba a tal punto, que hubiera preferido morir debido a alguna circunstancia fortuita, es decir, ya no me importaba seguir viviendo. Esa sensación que se prolongó durante casi todo el tiempo que estuve en San Bartolo, y que me llevaba a no importarme correr riesgos durante los ejercicios corporales ‒incluyendo la natación en mar abierta‒ alcanzó una gran intensidad debido a que, como no se me comunicó cuánto tiempo iba a estar en San Bartolo ‒“discerniendo”, como se suele decir‒, sino hasta un mes antes de salir, vivía en una continua incertidumbre y desasosiego. En esa época se creía en el Sodalicio que había muy pocas razones legítimas para alejarse de él, y que quienes se alejaban por lo general habían traicionado el llamado de Dios y sus esperanzas de salvarse eran muy reducidas. Eso explicaría por qué algunos ex sodálites logran cierta paz cuando arrojan esa mentalidad por la borda, aunque muchas veces eso signifique también desprenderse de la fe.

– Perdono la desconfianza hacia mí que percibí en muchos sodálites consagrados, su falta de apoyo para reinsertarme en el mundo y el ostracismo que se me aplicó después de salir de comunidad, cuando poco a poco fui siendo apartado de manera imperceptible de actividades de formación y apostolado en el Sodalicio y el Movimiento de Vida Cristiana.

– Perdono que se me haya considerado loco, excéntrico o raro cuando comencé de buena fe a manifestar observaciones críticas ante varios aspectos del Sodalicio y del Movimiento de Vida Cristiana, o que se haya aceptado como ciertos rumores falsos sobre mi vida laboral y privada, sin verificación de ningún tipo.

Con todo lo dicho, el paso más importante para una reconciliación ya está dado. Y si algo he callado u olvidado, eso también queda perdonado y no se lo voy a tener en cuenta al Sodalicio. No voy a exigir disculpas, pues darlas es algo que debe partir de la libre iniciativa de los implicados y no una obligación. Pero si vienen, serán bienvenidas con el corazón abierto y la mano extendida.

El propósito de enmienda queda como un asunto entre Dios y los responsables del Sodalicio. Si quieren enmendarse, en buena hora. Y si no, arréglenselas con Dios y con el juicio de la historia. Pues ante Dios sí van a tener que responder de cómo administraron los talentos que se les confió, y qué hicieron con las personas que, por esos vericuetos del destino, se unieron al Sodalicio y pusieron su confianza en la institución, para luego ver sus esperanzas traicionadas.

Puedes irte, Sodalicio. No te condeno, ni te guardo rencor. Te bendigo y te deseo todo bien, no tanto por ti, sino por los seres humanos de carne y hueso que viven bajo tu sombra y que, al igual que yo, se sienten miembros vivos de la Iglesia, y a los cuales considero hermanos en Cristo, aunque no compartamos la misma ideología. Pero sí compartimos la misma fe y estamos unidos en la esperanza y el amor, en ese misterio de comunión que llamamos Iglesia, ese Pueblo de Dios donde la diversidad no sólo está permitida, sino que constituye uno de los mayores dones del Espíritu Santo.

Adiós, Sodalicio. Descansa en paz y que duermas bien. Por los siglos de los siglos.

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Quien quiera conocer el testimonio de alguien con una posición diversa a la mía, puede leer el siguiente post de Manuel Rodríguez en su blog Roncuaz:

http://roncuaz.blogspot.de/2013/05/mi-familia-espiritual-decepcion-y.html

Mientras que yo en un momento determinado consideré que traicionaría mi conciencia si seguía perteneciendo al Sodalicio, habiendo vivido lo que he vivido y sabiendo lo que sabía, Manuel ‒un amigo que merece toda mi confianza y a quien aprecio por su honestidad a prueba de balas‒ considera como un deber de conciencia seguir dentro de las filas del Sodalicio, al cual se siente ligado sentimentalmente por una vocación personal, aun siendo consciente de todos los problemas que aquejan a la institución y que tantos sufrimientos le han ocasionado. Llama al Sodalicio su familia espiritual, y está en todo su derecho de hacerlo, aunque, en mi opinión, se trata de una apreciación subjetiva, pues el Sodalicio es tan familia como lo puede ser una empresa, un club o un círculo de amigos, donde también se establecen lazos sentimentales entre las personas. Los problemas de asimilar el Sodalicio a una familia son varios. En una familia de veras, los lazos de parentesco existen independientemente de cuáles sean las opciones de vida, el comportamiento o los pensamientos de las personas. Me resulta difícil llamarla familia carnal, pues parecería que se le asigna una categoría inferior a lo que análogamente se llama “familia espiritual”. En cambio, en el Sodalicio ‒como en cualquier club‒ quien no cuenta con los requisitos y no cumple con las reglas, queda fuera. Por otra parte, en toda familia hay que guardar silencio sobre asuntos privados de las personas. Una institución que se considera a sí misma como una familia ‒como, por ejemplo, la mafia italiana‒ tiende a creer que esta obligación se debe cumplir de la misma manera, cuando, a decir verdad, no todo lo que la institución cataloga como privado lo es realmente, y no existe la obligación de guardar silencio sobre sus doctrinas, estructuras e historia, más aún cuando se trata de realidades que guardan relación con el ámbito público o afectan negativamente a las personas. De modo que quienes sienten al Sodalicio como una familia, lo hacen legítimamente, pero la comparación es bastante floja.