LA VIOLACIÓN DE YOKO ONO

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Fotograma de “Satan’s Bed” (Michael Findlay, 1965)

Yoko Ono, pareja del ex-Beatle John Lennon hasta que éste fuera asesinado el 8 de diciembre de 1980 en Nueva York, nunca fue violada en la vida real. Pero sí en la ficción. Y ésta es la historia.

A fines de los años ’50 e inicios de los ’60, una serie de veredictos de la Corte Suprema de Estados Unidos permitieron la difusión comercial de películas que incluían escenas de sexo. Si bien hasta entonces sólo estaba permitido mostrar desnudos en campos nudistas, por tener contenido educativo, posteriormente los jueces determinaron que el sexo no se identificaba necesariamente con la obscenidad prohibida por ley en la conservadora sociedad norteamericana. De este modo se produjeron películas cuya única finalidad era mostrar gratuitamente desnudos femeninos —relativamente inocentes según los estándares actuales—, destinadas a los drive-ins y grindhouses —cuyo equivalente latinoamericano serían los cines de barrio dedicados a la proyección de películas de serie B —.

En 1964 el controvertido director de cine Russ Meyer (1922-2004) estrena Lorna, película en blanco y negro de ambiente rural dónde la protagonista no sólo muestra sus encantos, sino que es violada y golpeada. El film está muy lejos de ser una denuncia de la violencia contra la mujer, pues ese acto despertará el deseo erótico de la protagonista, quien —insatisfecha sexualmente con su marido— invitará al violador a su casa.

Este subgénero de películas de bajo presupuesto, donde se conjuga sexo con violencia es conocido como roughie (término derivado de la palabra inglesa rough, que significa rudo, áspero, brusco). Ciertamente, quiénes son objeto de violencia y codicia sexual son mujeres, expuestas en la pantalla para satisfacción de la audiencia mayoritariamente masculina de los grindhouses.

En 1965, el productor y director Michael Findlay (1938-1977), el más notorio de los cineastas dentro este subgénero, estrenó Satan’s Bed (La cama de Satán), protagonizada por una entonces desconocida Yoko Ono. Se trata en realidad de dos proyectos incompletos que Findlay editó más mal que bien en un sólo film en blanco y negro de poco más de una hora de duración, a fin de poder ser exhibido en los grindhouses. Y el tema recurrente es la violación y ultraje de mujeres.

En la primera historia —en realidad un film incompleto que iba a llamarse Judas City—, Yoko Ono es una inmigrante japonesa en Nueva York que se va a casar con un hombre que quiere dejar el negocio de las drogas, pero al cual se le pide a cambio que participe de un último trato. Mientras tanto su antiguo jefe, un gángster de poca monta, secuestra a la japonesa y la viola en dos ocasiones.

Y si bien nada de eso se muestra explícitamente en pantalla, en la historia paralela, que cuenta las andanzas de tres malandrines (dos hombres y una mujer), sus víctimas (bellas mujeres jóvenes) son mostradas desnudas o semidesnudas. También se muestra la brutalidad de que son objeto. Hasta que el final una de las víctimas logra escapar en ropa íntima, arrebatarle su arma a uno de los agresores (la fémina de la banda) y dar cuenta de ellos a puros balazos. No correrá la misma suerte Yoko Ono, quien tras escapar del departamento donde estaba prisionera, huirá por las calles de la gran ciudad con su victimario siguiéndole los pasos y finalmente morirá atropellada por un automóvil. El gángster mirará desde lejos a la occisa para alejarse luego, sin importarle una pizca lo que le haya pasado a quien sólo era para él un instrumento de placer.

Más de 50 años después la situación no parece haber cambiado. La violencia contra la mujer ahora nos llega a través de las pantallas de televisión o videos de Internet, y la reacción de muchos —sobre todo en sociedades machistas y conservadoras— es de indiferencia o incluso humorismo sarcástico frente a lo mostrado. Y quienes son conscientes de que no se puede permitir eso y toman la senda del activismo contestatario, suelen ser objeto de insultos, burlas y hasta agresiones de parte de los representantes del status quo. Pues, como hace más de 50 años, la violencia contra la mujer resulta con frecuencia un espectáculo disfrutable.

¿Sociedad de violadores? Si la intención es lo que vale, la respuesta es «sí».

(Columna publicada en Altavoz el 7 de mayo de 2018)

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