DE LA INMORALIDAD DEL ARTE MORALIZANTE

Fotograma de “Saló o los 120 días de Sodoma” (Pier Paolo Pasolini, 1974)

Fotograma de “Saló o los 120 días de Sodoma” (Pier Paolo Pasolini, 1974)

He hallado un texto que escribí allá por el año 2000, cuando hice mi primer ensayo rudimentario de página web. En ese entonces yo ya había visto algunas películas que por su temática podían escandalizar a algunos compañeros de camino en la fe, pero que habían dejado huella en mí por su profundo contenido artístico y humano. En concreto, puedo mencionar Terciopelo azul (Blue Velvet / David Lynch, 1986), Casanova (Il casanova di Federico Fellini / Federico Fellini, 1986) y El último tango en París (Ultimo tango a Parigi / Bernardo Bertolucci, 1974). El mismo hecho de que en los años ’90 yo mismo comenzara a componer canciones de más hondo contenido poético sin perder mi identidad cristiana y sufriera cierta incomprensión de parte aquellos consideraban que yo había perdido el rumbo por no poner mi arte al servicio de un proselitismo a favor de una determinada interpretación del catolicismo, además de la influencia humanista de las obras de Ernesto Sabato, me llevaron a plasmar por escrito estas breves reflexiones sobre la relación entre arte y moral.

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DE LA INMORALIDAD DEL ARTE MORALIZANTE

Existe —lo sabemos— un arte que pretende ponerse al servicio de causas morales, sea cual sea el color del que se revistan. Lo hay tanto en el cristianismo como en otras religiones, así como en las diversas ideologías que han pretendido erigirse como paraísos de salvación de la humanidad, llámense comunismo, socialismo o liberalismo. Si algo ha perdurado de ese arte a lo largo de los siglos, no ha sido precisamente gracias a la moraleja que lo guiaba, sino a cualidades intrínsecas al arte mismo, que han resplandecido en la obra artística no obstante su pretensión moral ejemplificadora. La esencia artística ha trascendido los límites de la didáctica y, de manera indescifrable y misteriosa, ha logrado sobrevivir a la tentación ruinosa del corsé moralizador.

¿A qué le llamamos arte moralizador? A toda manifestación artística que tenga la intención a priori de brindar una enseñanza (ejemplo moral, moraleja) a través de ella. Es decir, el arte se utiliza como instrumento para mostrar lo que debe ser, lo que se ha de hacer, generalmente con final feliz edificante, donde los buenos salen triunfantes. La pregunta que uno se hace es si la belleza y la verdad enraizada en lo concreto pueden sobrevivir a tal manipulación.

Una comparación entre la Biblia y el Libro de Mormón nos puede ilustrar al respecto. Los textos bíblicos son testimonio de acontecimientos narrados —si es necesario en toda su crudeza— y en ellos brilla la gloria de la belleza divina junto a la ambigüedad propia de la condición humana. No existe el deseo expreso de “edificar” a los oyentes o lectores, sino el de penetrar en la esencia de los acontecimientos y descubrir en ellos el resplandor de la luz divina, aun en medio de las situaciones más trágicas y degradantes, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. De este encuentro entre el autor humano y la realidad desnuda, incluso en sus aspectos más ocultos e invisibles, surge la belleza. En los Evangelios, el Hijo de Dios se halla inmerso en la condición humana y la toca con el calor de una mano compasiva, sin atenuar para nada la descripción de los abismos de la indignidad humana.

En cambio, el libro sagrado de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días es una mera imitación de la literatura bíblica, con una clara dirección moralizante, a fin de presentar acciones a seguir o emular por los elegidos. Está atiborrado de preceptos morales y de personajes monofacéticos sin conflictos morales graves, que actúan “santamente” o, por el contrario, ostentan una maldad sin fisuras, lo cual convierte su lectura en algo aburrido y tedioso, además de humanamente insustancial. La belleza que nos arrebata hacia lo alto está ausente del libro. Éste es sólo una sombra insípida de la literatura bíblica.

La tentación moralizante en la literatura suele llevar a los autores que caen en ella a la manipulación de los hechos, a la esquematización de los rasgos humanos, a una poda del árbol de la realidad, dejándonos en un desierto sin riqueza cromática. Todo en vistas a probar el enunciado del cual se parte a priori: así debe ser la conducta humana. Esto se puede aplicar también al teatro, al cine, a la pintura, a la escultura, a todas las artes. No sin fundamento decía Charles Moeller, un crítico literario católico, que no existe literatura edificante que sea artísticamente buena.

La “moralina” es un parásito que puede arruinar potenciales cualidades artísticas. Se inocula en la obra, le quita la sustancia, le sorbe la médula y deja un esqueleto que difícilmente podrá sobrevivir a la prueba del tiempo. A no ser que el potencial artístico sea tan vigoroso, que pueda neutralizar los efectos enfermizos de este bicho, producto de la decencia farisaica.

Este parásito también estropea algunas aptitudes cerebrales, incrustando un filtro devorador en la mente del artista infectado. En contraposición absoluta a la máxima que dice «nada de lo humano me es ajeno», el artista se siente impedido de tocar algunas temáticas tabúes o de carácter polémico en el contexto social en el que se mueve. La filtración mental induce al error de que la belleza de la obra de arte depende en gran medida del tema elegido. Los temas son calificados de morales o inmorales, apropiados o inapropiados, decentes o indecentes. El resultado es una masacre metafísica, una mutilación de la realidad tal cual es.

Lo moral o inmoral de una obra de arte está en la manera como el artista se aproxima a la realidad o en la intención que tiene al realizar la obra de arte, no en los temas, que son simplemente lo que son, lo que debe ser iluminado por la belleza o penetrado por la sensibilidad artística, para mostrar o develar la belleza que encierra. Si se alcanza esta luz, se llega no sólo hasta lo bello sino hasta lo que es bueno y verdadero en sí. En este sentido, no hay nada más enemigo de lo bello que lo simplemente bonito, es decir, lo puramente agradable, lo biensonante, lo conveniente, lo decorativo, lo decente. Hasta dónde yo sé, no hay nada que sea puramente bonito que haya logrado estremecer las honduras del ser humano con la misma intensidad que la belleza desnuda.

Este tipo de situaciones suele agudizarse cuando la situación política es de tipo dictatorial, como ocurrió en los países comunistas o en algunas dictaduras militares de derecha o izquierda, que, de una u otra manera, quisieron orientar el quehacer artístico, definiendo los temas que debían representar o narrar los artistas, literatos, cineastas y gente afín.

El proselitismo por una causa constituye uno de los filtros más peligrosos, en la medida en que determina lo que es valioso o no en una obra de arte simplemente por su temática o por el éxito que consigue en el reclutamiento de prosélitos. Viene a colación parte de un soneto compuesto por el P. Leonardo Castellani, sacerdote y escritor argentino de hondura como hay pocos, en esa obra maestra que se llama Los papeles de Benjamín Benavides:

¡Ay, el libro devoto y aborrecible,
el libro santulón y devotazo
vidas de santos por algún payaso
místico, que hace al místico risible!

No puedes zaherir, pues la materia
es sacra y hay que respetar el templo
y a este que escribe sin que Dios lo quiera.

El arte verdadero es totalizante. Busca penetrar en todos los resquicios de la realidad para descubrir lo que es inexpresable a través del pensamiento lógico-categórico. Si es profundo, descubre la luz del misterio inefable en cualquier faceta del mundo. Su carácter revelador, en la medida en que es auténtico y no pose o moda pasajera, enriquece al ser humano y lo eleva hacia lo que es bueno, bello y verdadero. La intención moralizante es una interferencia que distorsiona el carácter develador del arte y coacta la libertad de los destinatarios de la obra artística, a la vez que arruina la multiplicidad de significados inherente a todo lo que tiene autenticidad metafísica.

En nuestros tiempos el así llamado arte católico abunda en narraciones mediocres de intención edificante, canciones compuestas para ser vehículo de máximas de doctrina espiritual, melodías pegajosas de fácil recordación a las cuales les será negada la corona de inolvidables, de todo lo cual se puede decir a lo más que es muy bonito, mas no que es verdaderamente bello. La alergia al talento va de la mano de una visión edulcorada y simplona de la experiencia cristiana, que despliega a los ojos del mundo la imagen de una religión para estúpidos. Pero eso no es culpa de los orígenes ni de los fundadores, sino más bien de la complacencia aletargada de algunos seguidores, entre los cuales me he encontrado yo.

¿Cómo hemos llegado hasta el extremo de que el arte cristiano busque ser diversión para toda la familia, sin contenidos llamados impropios? No creo que haya nada más ajeno al calificativo de “apto para todo público” que la escena del ajusticiamiento en una cruz del Hijo de Dios. Me es difícil encontrar nada más cargado de violencia, de injusticia, de sufrimiento. Y, sin embargo, allí se encuentra la belleza en todo su esplendor, en toda su pureza, cargada de humanidad plena.

He aquí, pues, la gran paradoja. Si el arte quiere ser auténtico y penetrar hasta las honduras de la verdad, el bien y la belleza, debe abandonar toda pretensión de subordinar su esencia a un precepto moral. Lo contrario empobrece al ser humano, en otras palabras, es inmoral.

2 pensamientos en “DE LA INMORALIDAD DEL ARTE MORALIZANTE

  1. Coincido plenamente. Personalmente, soy un gran admirador de las películas de Luis Buñuel, muchas de ellas sumamente críticas, satíricas, irónicas hacia el clero y las creencias cristianas, y cuya genialidad es innegable. Soy un convencido de que esa crítica de gran calidad artística, presente cuando menos desde las obras de Rabelais, cumplió una función histórica básica al coadyuvar a lo que Weber llama el “desencantamiento del mundo”, a impulsar la desacralización de infinidad de cosas revestidas de un aura de prohibición, restricción y control; impulsaron el laicismo y las secularizaciones, de la mano con los derechos y libertades modernas. No pretendo idealizar a estas críticas, a veces grotescas, pero insisto en que han cumplido una función histórica básica, al encauzarnos a despojarnos del clericalismo cuaresmal, inquisitorial, ascético y maniqueo. Es sólo mi opinión.

    Saludos a todos.

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  2. Quien sabe, el arte no tenga objeto ni función. Solemos darle una pasados muchos años contextualizándolo en las problemáticas que vivimos. El arte es finalmente algo así como una puerta, que puede llevarnos a vivir desde un corazón ajeno al borde de un misterio que vemos con ojos diferentes en cada etapa que vivimos. Yo soy fan de Peter Greenaway, Federico Fellini. Ettore Scola y de David Lynch. Pero como ya sabemos, entre gustos y colores … los míos son los mejores. 😀 La belleza del misterio dicha sin palabras – en su propio lenguaje – es arte, y es un misterio en sí.
    A veces el arte nos lleva de la mano para mostrarnos esa puerta, a veces nos golpea cuando andamos buscándola y no vemos luz.

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