RUDOLF HESS Y ALBERTO FUJIMORI

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Rudolf Hess (1894-1987)

Cuando en 2008 conocí a Odfried Hepp —en la atención telefónica de un servicio técnico de la Siemens, donde trabajamos juntos—, no sabía nada de su pasado. Ignoraba que junto con Walter Kexel y Peter Naumann, militante neonazi y experto en explosivos, había planeado la liberación del criminal de guerra Rudolf Hess para el 8 de mayo de 1982. El plan preveía la voladura del portón principal y de las torres de la prisión militar de Spandau en Berlín, a cargo de los aliados desde finales de la Segunda Guerra Mundial.

Rudolf Hess llegó a ser en la Alemania nazi el tercero en la cadena de mando después de Hitler y de Hermann Göring, y firmó varias de las Leyes de Nuremberg de 1935, que recortaron los derechos de los judíos alemanes y en cierta manera prepararon el camino para el Holocausto.

Sería condenado a cadena perpetua en 1946 por haber planeado una guerra de agresión y haber conspirado contra la paz mundial. En fin, uno de los tantos criminales que no mató a nadie con sus propias manos, pero que tomó decisiones que ocasionaron la muerte cruenta de millones de personas.

En los Juicios de Nuremberg, al ser confrontado con las crueldades de los campos de exterminio, no sólo se mostró inconmovible, sino que manifestó estar satisfecho de haber servido a Hitler, «el más grande de los hijos que ha engendrado mi pueblo en su historia milenaria», así como de haber cumplido su «deber como alemán, como nacionalsocialista, como fiel seguidor de mi Führer».

Su hijo Wolf Rüdiger Hess buscó su liberación, reivindicar su memoria y conseguir mejores condiciones carcelarias. No faltaron tampoco las voces de representantes de la política y de las iglesias que en los años 70 y 80 pidieron un indulto por razones humanitarias, considerando la salud y la edad avanzada del único prisionero de Spandau.

El plan de liberación de Hepp, Kexel y Naumann nunca se realizó. Y Rudolf Hess murió en 1987, no por enfermedad. Se suicidó a los 93 años en su privilegiada prisión, sin haberse arrepentido de nada.

Como Alberto Fujimori, quien nunca se ha arrepentido de las matanzas de Barrios Altos y La Cantuta, y de otros crímenes que han quedado impunes, como es el caso de las esterilizaciones forzadas.

Al fin y al cabo, sacar de prisión a un criminal impenitente que no ha purgado su pena, favoreciendo así la impunidad, sólo puede ser obra de mentes terroristas. O de intereses políticos del mismo cariz.

(Columna publicada en Exitosa el 13 de mayo de 2017)

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La razón por la cual se frustró el intento de liberación de Rudolf Hess fueron de corte puramente ideológico. Odfried Hepp y Walter Kexel, ambos neonazis a la vez que anti-imperialistas, habían decidido sacar a Hitler del pedestal en que lo tenían la mayoría de los grupos de extrema derecha y pasarlo al basurero de la historia. Para ellos, Hitler era quien había echado a perder el nacionalsocialismo, que debía ser sustituido por un nacionalbolchevismo abocado a una lucha de liberación nacionalrevolucionaria y anti-imperialista que terminara con la ocupación estadounidense de Alemania. Estas ideas las formularían en el único escrito teórico conocido del terrorismo neonazi alemán: Der Abschied von Hitlerismus (La despedida del hitlerismo).

En consecuencia, Rudolf Hess, hasta entonces admirado por su lealtad incondicional a Hitler, ya no podía ser considerado un modelo a seguir, mucho menos alguien por quien valiera la pena arriesgar la vida.

Hepp y Kexel fundarían ese mismo año el Grupo Hepp-Kexel, que cometería asaltos a mano armada contra bancos para financiar sus actividades y realizaría una serie de atentados terroristas contra soldados norteamericanos estacionados en Alemania. El grupo fue desmantelado en 1983 por la policía alemana y todos sus miembros aprehendidos, a excepción de Hepp, que logró huir a Alemania Oriental vía Berlín.

Kexel se ahorcaría en 1985 en la cárcel tras ser condenado a 14 años de prisión.

Hepp fue atrapado ese mismo año en Marsella (Francia) y luego extraditado a Alemania Occidental, donde pudo acogerse a beneficios penitenciarios gracias a que declaró como testigo en contra de antiguos camaradas del terrorismo neonazi. Salió de prisión en el año 1993, arrepentido de su vida pasada y convertido en un pacifista.

Para mayor información sobre Odfried Hepp, se puede leer mis posts anteriores:

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SODALICIO: LECTURAS PARA EL APOCALIPSIS

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Desde sus inicios, el Sodalicio ha tenido una visión negativa del mundo. El Folleto Azul “Sodalitium Christianae Vitae”, ideario fundacional del año 1971, comienza con un diagnóstico lúgubre de la condición humana en el mundo actual:

«el hombre, en vez de ordenar sus actos a la voluntad de Dios consagrándolo todo a Él y adorándole en gratitud, encaminó mal el maravilloso don de la libertad, “se envaneció en sus razonamientos y oscureció su insensato corazón (Rom 1,21), “cambiando la verdad de dios por la mentira, y adorando y dando culto a la criatura en lugar del Creador” (Rom 1,25). El rechazo de la invitación de Dios a amarle: el pecado fruto del egoísmo —olvido de su condición de creatura respecto de Dios, por exceso de afianzamiento en el centro que el hombre mismo es— tuvo sus gravísimas consecuencias para los hombres. El mismo caos que sufre hoy el mundo es consecuencia del egoísmo».

Desde entonces, una reflexión introductoria sobre los “males del mundo” ha formado parte imprescindible del discurso sodálite, lo cual ha encontrado plasmación en charlas, retiros, jornadas espirituales, Convivios (congresos de estudiantes católicos), e incluso en conversaciones personales de cariz proselitista, donde a la toma de conciencia de lo mal que estaba el mundo se añadía el suscitar el sentimiento de que uno estaba mal en lo personal, literalmente “hasta el culo”. Y si uno era católico creyente, se le incitaba a pensar que uno era un mal católico, de esos que van a misa los domingos y después hacen su vida como si Dios no existiera. Pues los sodálites se consideraban a sí mismos entre los pocos que aspiraban a vivir un catolicismo consecuente y radical. Los demás eran, por lo general, cristianos mediocres, “parroquieros”, católicos aburguesados, carne de cañón si no para el infierno, por lo menos para el purgatorio. Pues, según se nos repetía hasta la saciedad, «el infierno está empedrado de buena intenciones».

A decir verdad, nunca he escuchado en ámbitos sodálites una valoración del mundo que mencionara sus aspectos positivos. Los aspectos negativos eran los únicos que contaban para ellos. Un recuento dramático, pesimista y excesivo de los males del mundo aparecía en el folleto Un mundo en cambio de Luis Fernando Figari, que era de lectura obligatoria en los grupos de formación de la Familia Sodálite. Se partía de una perspectiva muy distinta a la que presentaba la Constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual del Concilio Vaticano II, donde hay una visión más balanceada, no sólo describiendo los problemas del mundo de ese entonces, sino también sus aspectos positivos y sus fortalezas.

Ideológicamente, para los sodálites el mundo en que vivimos no llega ni siquiera al nivel de humano, sino que es “salvaje”, sub-humano. Así lo expresaba Figari hace cuatro décadas:

«Ni por un solo momento se ha dejado olvidada la tarea que nos hemos propuesto de “rehacer todo un mundo desde sus cimientos, de salvaje volverlo humano, y de humano, divino”. Todo lo contrario, la consigna del muy venerado Pío XII ha guiado el trabajo infatigable, desde el primer campo de apostolado, que para cada uno es él mismo, hasta la proyección exterior hacia un mundo que sufre y se angustia por la falta de luz, para iluminar y saciar las mentes, y fuego para calentar los corazones y mover las voluntades que sólo el Señor Jesús puede proporcionar. Me parece que siempre hemos tenido en cuenta que los males visibles-externos son como emanaciones de los males espirituales. Por ello hay que combatir contra las consecuencias, pero también contra el foco de la enfermedad» (Memoria 1977).

Por eso mismo, una de la metas que se propuso el Sodalicio desde un principio fue “humanizar” el mundo:

«No hay duda de que el hombre debe humanizar el mundo y conducirlo hacia su meta, por ello el cristiano es el especialmente sindicado para realizar esa tarea integral y compleja. Esta idea, que a tenemos en el Sodalitium desde hace mucho tiempo, es expresada por von Balthasar […] de una manera categórica: “sólo el cristiano y únicamente él, dado que conoce de la involucración de Dios en el mundo, en Cristo, será capaz de dirigir rectamente las inquietudes del hombre en este mundo, y sus esfuerzos para adquirir la trascendencia”» (Memoria 1976).

Pero no cualquier cristiano está capacitado para esta tarea, sino solamente aquél que aspira a ser santo. Este ideal ciertamente forma parte de la enseñanza de la Iglesia católica, pero en el Sodalicio se ha pretendido llevarlo a extremos radicales, descalificando de paso cualquier iniciativa social realizada por personas comunes y corrientes que no tienen la santidad entre sus fines personales. Así lo encontramos expresado en uno de los textos que aún se siguen utilizando en la Familia Sodálite para la formación espiritual y la oración, el Camino hacia Dios 203. Sólo los santos cambiarán el mundo (ver http://www.caminohaciadios.com/chd-por-numero/233-203-solo-los-santos-cambiaran-en-el-mundo):

«Sabemos bien que debemos trabajar por cambiar el mundo. Esta tarea, sin embargo, sólo tendrá frutos duraderos si se hace a partir de un compromiso decidido por la santidad personal. Seguramente conocemos muchas personas de bien. Personas que no sólo no le hacen daño a nadie, sino que incluso se embarcan en proyectos positivos y de ayuda social. Hemos escuchado hablar de hombres y mujeres que dan su tiempo y dinero, su preocupación, que orientan sus afanes y esfuerzos en bien de los demás. Ciertamente sus proyectos e iniciativas son loables y de mucho bien en un mundo signado por el egoísmo y la mezquindad. Aun así, con todas las buenas intenciones, todos estos proyectos que nacen de buenos corazones y nobles intereses, si no parten de un radical anhelo por la santidad, no bastan para lograr aquel cambio hoy cada vez más urgente. […]

La tarea que se abre ante nosotros es realmente enorme. La sociedad de hoy se aleja de Dios cada vez más, y los retos y obstáculos para el anuncio del Evangelio se multiplican. Para el santo, sin embargo, esto no es ocasión de desaliento ni desánimo. […] Encendiendo en nosotros la llama del amor de Dios no sólo se ilumina nuestro alrededor, sino que se encienden también otras tantas llamas, formando poco a poco un hermoso manto de luces que disipa las tinieblas de la noche. Es así, y sólo así, que lograremos transformar el mundo”».

Si bien en el Sodalicio siempre ha repetido como un axioma que el cambio del mundo comienza por uno mismo, la resonancia que podria tener ese cambio en el mundo actual se ve anulada desde el momento en que los miembros de la institución son sometidos a una especie de aislamiento de las condiciones del mundo real. Las comunidades se convertían entonces en minúsculos territorios donde cada cosa estaba en su lugar según el Plan de Dios —en teoría, porque ahora sabemos que en la práctica se trataba de pura fachada—, mientras que el mundo externo seguía sus propias reglas, ajeno e indiferente a la sigilosa presencia de los sodálites en su territorio.

Eso explica por qué —desde que tengo memoria— los sodálites, más preocupados en buscar la santidad personal en sus pequeños mundos protegidos, nunca han realizado una evaluación de cuánto han contribuido a cambiar el mundo en el sentido que ellos mismos proclaman. Porque ese objetivo no parece interesarles mucho en realidad. Siempre han repetido que el mundo está mal y que cada vez está peor, y lo seguirán haciendo, pues eso forma parte de su esquema ideológico. Su propuesta de cambiar el mundo ha servido únicamente de carnada para captar y reclutar jóvenes idealistas para la institución, en la cual lo único que cambiaría radicalmente son las vidas de estos muchachos, y no precisamente en dirección hacia la santidad personal. Los ejemplos sobran. Vidas prometedoras que se convierten en existencias truncadas, mutiladas psicológicamente, cautivas de una ideología absolutista y sectaria, incapaces de entender el mundo, mucho menos de manejarse con desenvoltura en él. Y esto desde antes de ser mayores de edad, pues la inmensa mayoría de los miembros del Sodalicio fueron objeto de proselitismo y se comprometieron interiormente con la institución en la adolescencia, antes de cumplir los 18 años de edad.

Uno de los instrumentos que se empleaba para insuflar en las mentes jóvenes la idea de un mundo en crisis permanente y literalmente al borde del apocalipsis era una lista de libros de lectura obligatoria que fue confeccionada originalmente en la década de los ‘70.

fundacionUna gran parte de los libros eran novelas de ciencia-ficción, ya sea describiendo sociedades futuras distópicas, donde los elementos negativos del mundo actual son llevados narrativamente hasta extremos indeseables; ya sea relatando historias de elegidos que tienen una misión que cumplir para guiar el devenir histórico y social hacia buen puerto.

La lista incluía Un mundo feliz, de Aldous Huxley; 1984, de George Orwell; Fundación, Fundación e Imperio, Segunda fundación y El fin de la eternidad, de Isaac Asimov; Fahrenheit 451, Crónicas marcianas y El hombre ilustrado, de Ray Bradbury; Mercaderes del espacio, de Frederik Pohl & C.M. Kornbluth; El hombre demolido, de Alfred Bester; Cántico a San Leibowitz, de Walter M. Miller Jr.

La novela en clave de fábula moderna Rebelión en la granja, de George Orwell, también entraba en el paquete, como sátira contra el régimen político soviético y como manera de fomentar en las mentes juveniles un anticomunismo sin concesiones.

Otros dos libros claves para llevar a los jóvenes a un cuestionamiento profundo de sus existencias eran las novelas Demian y Siddharta, de Hermann Hesse, historias de maduración y autodescubrimiento personal protagonizadas por personajes jóvenes  y llenas de elementos gnósticos y esotéricos que resultaban apelantes para quienes se hallaban en la crisis de la adolescencia. Para fines de cuestionamiento personal también se utilizaba El principito, de Antoine de Saint-Exupéry.

Y para profundizar en aspectos como la comunicación, la amistad y el sentido de la existencia eran imprescindibles dos libros del sacerdote católico francés, psicoanalista y ex militante comunista Ignace Lepp: La comunicación de las existencias y La existencia auténtica.

Para afianzar una conversión personal comprometida hacia la fe católica se mandaba leer Nostalgia de Dios, de Pieter van de Meer de Walcheren, diario de un converso holandés que fue amigo del filósofo francés católico Jacques Maritain.

los_nuevos_curasTambién habían algunos libros con narrativa de contenido cristiano, que tenían como características comunes la presentación de un catolicismo conservador y una exaltación mistificada de la cristiandad medieval, así como una actitud intolerante y agresiva no sólo hacia lo no cristiano sino incluso hacia aquellos que se apartan de una interpretación tradicionalista del catolicismo, y también una militancia combativa a favor de la Iglesia católica.

Entre esos libros se cuentan una trilogía del monje trapense norteamericano M. Raymond, que narra en forma novelada episodios de la orden monástica de los cistercienses, desde sus orígenes hasta su presencia en territorio estadounidense: Tres monjes rebeldes, La familia que alcanzó a Cristo e Incienso quemado; dos novelas del tradicionalista monárquico francés Michel de Saint-Pierre, que critican el progresismo católico y defienden un catolicismo preconciliar: Los nuevos curas y La pasión del Padre Delance; dos clásicos de la literatura católica del siglo XIX, novelas autobiográficas escritas por el atormentado Léon Bloy: El desesperado y La mujer pobre; y finalmente, El coraje de vivir, del escritor francés Maxence van der Mersch, que sitúa a sus personajes en el marco de las luchas de la Juventud Obrera Católica (JOC) en Francia en la década de los ‘30.

No podía faltar algún relato católico en forma de pequeñas parábolas modernas, algo que tiene mucho atractivo entre los adolescentes, a saber, El jardín del Amado, de Robert E. Way.

Pero los libros cuya lectura era más cotizada en el Sodalicio de los ‘70 y ‘80 pertenecen a Hugo Wast, seudónimo del escritor católico nacionalista argentino Gustavo Martínez Zuviría (1883-1962). Me refiero a las novelas El Kahal / Oro (1935) y Juana Tabor / 666 (1942), cada una escrita en dos partes publicadas originalmente por separado.

juana_taborLa trama de la primera novela mencionada se desarrolla en el marco de un supuesto complot judío para dominar el mundo. La segunda novela es una historia imaginaria sobre el fin de los tiempos, donde confluyen todas las taras ideológicas del catolicismo conservador más reaccionario: clericalismo, papismo, interpretación fundamentalista de los textos bíblicos, nacionalismo de características fascistas, antisemitisimo, antiislamismo, anticomunismo, autoritarismo, militarismo, monarquismo, elitismo y desprecio del pueblo, defensa de la obediencia como virtud fundamental, rechazo de la democracia como sistema político y defensa de la dictadura como forma de gobierno, rechazo del derecho a la igualdad de todos los hombres, rechazo de la libertad religiosa y de la tolerancia como base de la convivencia social, rechazo del estado laico y defensa de la teocracia —unión entre Iglesia y Estado—, crítica de la modernidad tecnológica, idealización de la cristiandad medieval y justificación de las Cruzadas, admiración por el dictador Francisco Franco y justificación de las atrocidades cometidas por los nacionalistas en la Guerra Civil Española, etc.

Si bien se invitaba a una lectura crítica de la mayoría de los libros incluidos en la lista, los libros de Hugo Wast eran considerados como confiables por el catolicismo del autor, y finalmente se convertían en un herramienta útil para implantar una ideología católica retrógrada en jóvenes que no habían alcanzado la mayoría de edad.

la_hora_25Me olvidaba mencionar una novela que incidía en la deshumanización del hombre en el siglo XX, y que fue llevada a la pantalla grande en 1967 con Anthony Quinn en el papel principal. Me refiero a La hora 25, del escritor rumano Constantin Virgil Gheorghiu, el cual fue ordenado sacerdote ortodoxo en 1966. En 1952, cuando ya llevaban viviendo varios años en París, se descubrió que antes de dejar Rumania había escrito un libro con contenido antisemita y elogioso de las tropas hitlerianas. Si bien nunca hizo un claro deslinde respecto a ese escrito, en 1986 escribió en sus memorias: «Me avergüenzo de mí mismo. Me avergüenzo porque soy rumano, como los criminales de la Guardia de Hierro».

Menciono esto, porque uno de los libros de lectura obligatoria en la década de los ‘70 —aunque nunca fue incluido oficialmente en la lista— era Codreanu el Capitán, de Carlo Sburlatti, una biografía de Corneliu Zelea Codreanu (1899-1938), líder de la Legión de San Miguel Arcángel, organización fascista, ultraortodoxa, antisemita y ultranacionalista, que a la vez contó con una rama paramilitar, la Guardia de Hierro, la cual recurrió a la violencia y cometió varios crímenes en defensa del proyecto de una sociedad cristiana. Figari quería que aprendiéramos través de la lectura de este libro la actitud que debíamos tener ante la vida y el mundo que nos rodeaba, una actitud combativa que implicaba la posibilidad de llegar incluso al sacrificio supremo de la vida por defender la fe cristiana.

piloto_de_stukasOtros libros que también debían leer los sodálites con vocación intelectual en los ‘70, pero que no estaban incluidos en la lista, eran las Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, líder de la Falange Española, un partido político adscrito al fascismo católico que brotó en territorio ibérico en la década de los ‘30; y Piloto de Stukas, de Hans-Ulrich Rudel, libro autobiográfico del piloto de aviones de combate más condecorado del ejército hitleriano, quien nunca renegó de su filiación nazi y justificó incluso el Holocausto judío. Además, Izquierdas y derechas: Su sentido y misterio, del argentino Jorge Martínez Albaizeta, que identificaba “derecha” con un orden jerárquico sujeto a leyes y tendiente al dogmatismo, mientras que la “izquierda” tiende al igualitarismo, al a-legalismo y al escepticismo. Dentro de esta visión que se inclina por una valoración positiva de las ideologías de derecha, «la historia de la cultura occidental desde el siglo XIV es, en esencia, una izquierdización», siendo la Edad Media el paradigma de la cultura cristiana, y el devenir histórico posterior de Occidente, un acto de progresiva decadencia.

Otro libro de la primera época, más recomendado que obligatorio, fue Los protocolos de los sabios de Sión, que eran supuestamente las actas secretas de los judíos reunidos en el Primer Congreso Sionista de Basilea (Suiza) en 1897, donde se describe el plan que tienen para la dominación del mundo, pero que en realidad fue un texto fraguado por la policía secreta del Zar en 1902 a fin de justificar ideológicamente los pogroms contra la población judía en la Rusia zarista. Es una de las fuentes sobre las cuales construye Hugo Wast su novela antisemita El Kahal / Oro. Dice este autor sobre estos documentos: «Sin pronunciarme sobre la insoluble cuestión de la autenticidad de los “Protocolos”, me limitaré a decir que con buenas palabras de judíos alegan que son falsos; pero con hechos, todos los días nos prueban que son verdaderos. Los “Protocolos” serán falsos… pero se cumplen maravillosamente». Y esta misma opinión fue la que yo escuché en mi juventud de boca de los sodálites Germán Doig y Alejandro Bermúdez.

Otros libros recomendados por Figari eran los del periodista mexicano Salvador Borrego (1915- ), apologista y simpatizante del fascismo, quien ha sostenido persistentemente una postura antisemita y negacionista del Holocausto judío.

Ciertamente, todos los escritos provenientes de la pluma de Luis Fernando Figari y de Germán Doig eran de lectura obligatoria y debían ser asumidos sin espíritu crítico.

jesucristoOtros libros de no-ficción incluidos en esta lista de formación eran La aceptación de sí mismo y La esencia del cristianismo, de Romano Guardini; Jesucristo, del teólogo alemán adscrito al nazismo Karl Adam; El arte de vivir, de Dietrich y Alice von Hildebrand; Semillas de contemplación y Los hombres no son islas, del monje trapense Thomas Merton; Control cerebral y emocional y Eficiencia sin fatiga en el trabajo mental, del jesuita Narciso Irala; Voluntad y sexualidad, de Paul Chauchard; El criterio, de Jaime Balmes; Introducción a la filosofía, de Jacques Maritain; Vida y muerte de las órdenes religiosas, de Raymond Hostie; El orden natural, de Carlos A. Sacheri; La Iglesia y el orden temporal, de Octavio Derisi, obispo argentino que justificó la dictadura militar en la Argentina de los ‘70; La realidad nacional y Peruanidad, de Víctor Andrés Belaúnde.

Con el tiempo se añadieron otros libros —sobre todo algunas novelas piadosas cristianas, vidas de santos, clásicos de la la literatura y obras de temática diversa relacionadas con la doctrina católica— pero el núcleo literario permaneció intacto.

Varias de estos libros son ya clásicos modernos de la literatura, pero fueron utilizados para generar una mentalidad apocalíptica en jóvenes entusiastas y afianzar la idea de un grupo elegido destinado a cambiar un mundo siempre en crisis, sometido a la maldad y al pecado, con el cual no se puede hacer ninguna componenda. Decía Figari en 1980: «la vocación sodálite está en enemistad con el mundo. Quiero pedir que se entienda que justamente por la naturaleza misma de nuestra espiritualidad encarnatoria que opta por el mundo que desea Dios, que aspira a la reordenación de todo el universo hacia Él, hay una enemistad radical con aquel mundo cuyos frutos se oponen al Plan de Dios» (Memoria 1980). Una contradicción en sus términos: optar por el mundo significaría estar siempre enemistado con él. En estas circunstancias, cambiar el mundo se revela como una imposibilidad metafísica. Pero eso nunca pareció importarle a Figari y compañía, pues el único fin parecía ser el engrosamiento de las filas sodálites con nuevos reclutas, convencidos de estar luchando por evitar el cataclismo universal de un mundo al borde del abismo, siendo en realidad víctimas de una ilusión apocalíptica, donde lo único que se iría al abismo serían sus vidas truncadas, despojadas de su libertad y de sus mejores años. Y de toda la belleza y profundidad que, no obstante sus innegables problemas, encierra el mundo en que vivimos.

HITLER Y FIGARI

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“El Nazi”. Ése era uno de los apodos con que era conocido Luis Fernando Figari en su época escolar en el Colegio Santa María de Monterrico.

Curiosamente, el chileno Franz Pfeiffer Richter, fundador del Partido Nacional Socialista Obrero de Chile y autor de Los neo-nazis en Sudamérica (1978), menciona en su libro a un tal Luis Figari como el “dirigente peruano” vinculado al Frente Nacional Socialista en el Perú.

Y en las épocas iniciales del Sodalicio, uno de los libros que encarecidamente recomendaba Figari era Piloto de Stukas de Hans-Ulrich Rudel, piloto de la Luftwaffe durante la Segunda Guerra Mundial que nunca renegó del nazismo.

¿Hay semejanzas entre Figari y Hitler?

Adolf Hitler fue en su infancia y juventud en Austria un sujeto gris, que no destacó en nada. De bajo rendimiento escolar, con pretensiones artísticas de resultados mediocres —patentes en sus acuarelas—, nunca obtuvo un rango militar superior al de cabo, pues carecía de dotes de mando. Posteriormente desarrollaría una ideología de dudosa calidad intelectual y crearía un mundo propio donde él sería objeto de culto, llevando a una nación entera al abismo.

A Figari también se le recuerda como un personaje gris en el colegio, que no sobresalía en nada. Aunque siempre tuvo ínfulas intelectuales, sus escritos revelan sin embargo un pensamiento ideologizado, de corto alcance y mediocre. Y alejado de la realidad. También el creó un mundo propio —en mucho menor escala—, donde él era el centro y donde podía disponer de las personas a su antojo.

Y ciertamente también habría suscrito lo que Hitler proponía en 1923: «Respetar al superior, no contradecir a nadie, obedecer a ciegas».

(Columna publicada en Exitosa el 5 de diciembre de 2015)

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Margaret Thaler Singer (1921-2003) fue una psicólogica clínica estadounidense que se dedicó al estudio de los cultos o grupos de características sectarias. Lo que ella señala sobre los líderes de cultos puede aplicarse a grosso modo también a líderes como Hitler y Figari. He aquí la traducción de un pasaje de su libro Cults in Our Midst (Jossey-Bass Publishers, San Francisco 1995):

«Un culto es un espejo de lo que hay en el interior del líder del culto. No se le ponen limitaciones. Puede hacer que sus deseos y fantasías tomen vida en el mundo que crea a su alrededor. Puede llevar a personas a cumplir sus órdenes. Puede hacer del mundo que lo rodea realmente su mundo. Lo que la mayoría de los líderes de cultos logran es similar a las fantasías de un niño que juega, creando un mundo con juguetes y utensilios. En ese mundo de juego el niño se siente omnipotente y crea un ámbito propio por unos minutos o por unas horas. Mueve los muñecos. Están a sus órdenes. Le devuelven sus propias palabras. Los escarmienta como quiere. Es todopoderoso y hace que su fantasía tome vida. Cuando veo las mesas de juego y las colecciones de juguetes que algunos terapeutas de niños tienen en sus oficinas, pienso que un líder de culto debe mirar alrededor y colocar personas en su mundo creado tanto como el niño crea sobre la mesa de juego un mundo que refleja sus deseos y fantasías. La diferencia está en que el líder de culto tiene a seres humanos de verdad a sus órdenes cuando crea un mundo en torno suyo que brota del interior de su cabeza.

Las nociones idiosincráticas del líder del culto impregnan el sistema que pone en operación. No hay ninguna retroalimentación. No se permite ninguna crítica. Cuando al final logra que sus seguidores sean lo suficientemente obedientes, puede ejercer poder ilimitado y hacer que sus seguidores realicen cualquier acto que él ordene. Se convierte en el director más poderoso que uno se pueda imaginar. No meramente un director de juguetes y actores, sino un director de vidas reales en actos reales basados en sus deseos y fantasías. Así como el niño mueve juguetes en un paisaje imaginario, el líder del culto mueve, dirige, reprende —incluso mata— a aquellos que desobedecen.»

ESTERILIZACIONES FORZADAS Y COOPERACIÓN ALEMANA

Hans-Martin Schwarz, de Initiative Überleben (Iniciativa Sobrevivir)

Hans-Martin Schwarz, representante de Initiative Überleben (Iniciativa Sobrevivir)

He leído el dossier de Diario16 sobre las esterilizaciones forzadas y me ha dejado un extraño sabor de boca.

Por una parte, el material disponible es sumamente valioso como prueba documental de las esterilizaciones masivas realizadas durante el gobierno de Fujimori. Por otra parte, el análisis periodístico es deficiente y se construye sobre la base de preguntas improvisadas y especulaciones antojadizas que suponen más de lo que se puede inferir legítimamente de las fuentes consultadas.

Un ejemplo de ello son los párrafos dedicados a la Cooperación Alemana, con un titular sensacionalista como «Cooperación alemana se manchó de sangre». El único hecho comprobado es que la Iniciativa Sobrevivir de Alemania donó un centro obstétrico donde posteriormente se realizaron esterilizaciones masivas. Las fotos de un alemán de apellido Sehwerz son acompañadas de un texto nada profesional: «¿Por qué la tierra de los nazis, que tanto daño hizo a los judíos, quiso ayudar a controlar la natalidad en el Perú?»

El tal Sehwerz es en realidad Hans-Martin Schwarz, representante de Initiative Überleben (Iniciativa Sobrevivir) con sede en Tuttlingen (sur de Alemania), una asociación no gubernamental sin fines de lucro que canaliza donaciones hacia proyectos sociales en el norte peruano: equipamiento de postas médicas, agua y desagüe para poblaciones necesitadas junto con programas de salud, ayuda a los campesinos a través del mejoramiento del cultivo y la calidad del café.

Donar un centro obstétrico para la atención sanitaria de mujeres embarazadas no es delito, aunque el gobierno peruano lo usara después con fines criminales. Cosa que el mismo Schwarz probablemente hubiera condenado de haberlo sabido, pues la Alemania actual repudia desde hace décadas los crímenes del nazismo.

(Columna publicada en Exitosa Radio-Diario-TV-Web el 22 de julio de 2015)

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FUENTES

Diario16
Dossier de investigación: Esterilizaciones forzadas (16 de Julio del 2015)
http://diario16.pe/noticia/61411-dossier-investigacion-esterilizaciones-forzadas

Südwest Presse
Die nahe Welt in Nordperu (08.03.2013)
http://www.swp.de/metzingen/lokales/ermstal/Die-nahe-Welt-in-Nordperu;art5662,1889059

LOS TEÓLOGOS NAZIS

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Jesucristo, del teólogo alemán Karl Adam, publicado originalmente en 1935, fue tal vez el primer libro que leí sobre la persona de Jesús. Fue durante mis primeros años de formación en el Sodalicio de Vida Cristiana. El libro incluía una aproximación al Jesús histórico que resultaba fascinante para nosotros jóvenes, pues presentaba a un Jesús de contextura física vigorosa, siempre sano y desconocedor de la enfermedad en carne propia, ajeno a toda debilidad humana, aseado y ordenado, con el cabello corto en la nuca, amante del trabajo y de las caminatas al aire libre, decidido y de mirada penetrante, intransigente con los seguidores de la ley mosaica, capaz de defender un ideal hasta la muerte, obediente por encima de todo. Esta aproximación se usaba en reuniones de grupo para darnos una imagen palpable y accesible del fundador del cristianismo.

Otro teólogo alemán al que leí mucho durante mi etapa de formación en el Sodalicio de Vida Cristiana fue Michael Schmaus, autor de una voluminosa Teología Dogmática en 8 tomos, que comenzó a publicarse originalmente en 1941 y fue actualizada continuamente en las ediciones de años posteriores. Los sodálites que estudiamos en la Facultad de Teología Pontifica y Civil de Lima en los años ’80 teníamos la consigna de estudiar las materias de teología dogmática en esa obra, a fin de aprender una teología que estuviera de acuerdo en todo con el Magisterio de la Iglesia, no como aquella que era impartida por algunos profesores de la Facultad, a los cuales se consideraba como inficionados de doctrinas sospechosas e incluso heréticas. Nos veíamos obligados de esta manera a tener estudios paralelos, pues teníamos que aprender lo que nos enseñaban los profesores de la Facultad a fin de aprobar los exámenes, y a la vez teníamos que aprender los contenidos de la obra de Schmaus, a fin de adquirir conceptos teológicos sólidos y probados.

Tanto Michael Schmaus como Karl Adam se nos presentaban como teólogos intachables, de buena doctrina y fidelidad sin fisuras a la Iglesia. Sin embargo, recientemente he llegado a saber a través de un interesante artículo en alemán (Antijudaísmo y antisemitismo en la teología de nuestro siglo: Karl Adam, Michael Schmaus y Anton Stonner, Georg Denzler, 1995) que ambos teólogos tenían algo común en su pasado, una circunstancia sombría que los coloca bajo una nueva luz: ambos apoyaron explícitamente la ideología nazi durante la dictadura hitleriana.

Veamos a cada uno de ellos en detalle.

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Michael Schmaus

Michael Schmaus (1897-1993), nacido en Baviera, de quien fuera alumno el futuro Papa Ratzinger en los años de la posguerra, actualizó la dogmática católica recurriendo a un lenguaje accesible y mostrando una orientación marcada hacia las Sagradas Escrituras y los escritos de los Padres de la Iglesia. Su obra principal, Teología Dogmática, fue en su tiempo una obra de gran importancia e influencia, siendo traducida a varios idiomas. Desde 1946 hasta su jubilación en 1965 fue profesor de teología dogmática en Múnich. Fue también perito en el Concilio Vaticano II y contribuyó a la redacción de la Constitución sobre la Iglesia Lumen gentium. El Papa Juan Pablo II le concedió en 1983 el título de Protonotario Apostólico.

En el período de entreguerras a partir de 1933 y durante la Segunda Guerra Mundial, lo encontramos como profesor de teología dogmática en Münster. En ese entonces el teólogo alemán veía en la nación la mas alta revelación de Dios, y en la historia tanto como en la religión, un fenómeno histórico que fructificaba en la idea de la “religión nacional”. No hizo ningún secreto de su simpatía inicial por el Tercer Reich de Adolfo Hitler. En una ponencia de 1933 ante estudiantes, intitulada Encuentros entre cristianismo católico y cosmovisión nacionalsocialista, que tuvo dos ediciones impresas, manifestaba gran respeto por el nuevo movimiento ideológico racial: «El nacionalsocialismo pone en el centro de su cosmovisión la idea de un pueblo surgido a partir de sangre y suelo, destino y misión. El llegar a ser pueblo por parte de los alemanes es la meta esencial del movimiento nacionalsocialista.» Un alemán sería recién «un hombre pleno», opinaba entonces el teólogo, cuando sea «un alemán pleno». Dios le ha confiado a cada pueblo una misión especial, pero al pueblo alemán le ha confiado una de las más grandes tareas: «Para que la historia universal tenga sentido, no debe desarrollarse fuera de la voluntad divina; entonces a la nación alemana se le deberá asignar otro rango que a la república de negros de Liberia.» Asociada a este enunciado estaba la cuestión política de si la Sociedad de Naciones –predecesora de la posterior Organización de las Naciones Unidas– era conforme con la concepción católica. En efecto, en 1935, dos años más tarde, Hitler anunciaba oficialmente que Alemania se retiraba de la Sociedad de Naciones. Schmaus quería que la desigualdad antes señalada no sólo se entendiera colectivamente, sino también individualmente: «Es una doctrina católica explícita, que, no obstante la igualdad esencial del destino humano, no todos los hombres han sido creados para igual bienaventuranza e igual perfección en todos los aspectos, sino que cada uno puede y debe alcanzar la perfección que corresponde a su capacidad intelectiva.» Sobre la base de estas formulaciones podía sustentarse el modelo germánico de hombre como un linaje de carácter extraordinario. Ciertamente, Schmaus creía en la universalidad de la Iglesia, pero no sin un cierto acento antisemita. En la misma ponencia señala lo siguiente: «Hubo una vez un pueblo, que creyó que la Revelación estaba vinculada a su nacionalidad. Tuvo que pagar esa locura con el repudio. Era el pueblo judío.»

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Karl Adam

Karl Adam (1876-1968), también bávaro al igual que Schmaus, profesor de teología dogmática en Tubinga, fue uno de los teólogos alemanes más renombrados después de la Primera Guerra Mundial. Su libro La esencia del cristianismo, publicado en 1924 y traducido a diez idiomas idiomas, le hizo conocido más allá de las fronteras de Alemania. Con la llegada de Hitler al poder en 1933, Adam abogó por una síntesis entre catolicismo y nacionalsocialismo, llegando incluso a hacerse miembro del Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores o Partido Nazi. A mediados del año 1933 publicó el artículo Raza alemana y cristianismo católico. En ese escrito ve a Adolfo Hitler como el salvador del «cuerpo racial enfermo, el hombre que permite otra vez ver y amar nuestra unidad sanguínea, nuestra identidad alemana, el homo germanus». Cegado por la ideología nacionalista pro-germana, el influyente teólogo tuvo posiciones peligrosamente cercanas a la funesta doctrina racial del nacionalsocialismo: «Según las leyes biológicas no puede haber duda de que el judío, en cuanto semita, es incompatible con nuestra raza y siempre lo será. Ninguna mezcla de sangre hará jamás posible que pueda incorporarse a la raza aria.» De allí infiere Adam la necesidad, «como requerimiento de la autoafirmación alemana, de preservar la pureza y frescura de esta sangre y asegurarla mediante leyes». Hace referencia explícita a la inmigración de judíos desde el Este y al «espíritu judío específico», que «no sólo se ha introducido cada vez más nuestra economía, sino también en nuestra prensa y literatura, la ciencia y el arte, incluso en toda nuestra vida pública y ha debilitado enormemente nuestra herencia de vínculos nacionales y religiosos». Como al autor católico le huele que muchos representantes del judaísmo de su tiempo constituyen un peligro religioso y nacional, le parece que «la manera de proceder del gobierno alemán contra la invasión judía, si bien ha sido considerada dura por parte de judíos alemanes patriotas, en sus propósitos fundamentales constituye un acto obligatorio de autoafirmación germana cristiana», más aún, es una exigencia de «nuestro amor propio ordenado, aquel amor propio que en la moral cristiana constituye el requisito natural de nuestro amor al prójimo». No bastando con esto, el teólogo de Tubinga saca conclusiones concretas, que deben ser tomadas como exigencias. «Una legislación basada en la pureza étnica de sangre» no puede «sin más ser condenada como no cristiana o anticristiana: antes bien, es derecho y tarea del Estado preservar la pureza de sangre de su pueblo mediante las medidas correspondientes, siempre que obviamente sea amenazado por la irrupción desordenada y desmedida de sangre extraña». Por otra parte, añade a modo de restricción que en la ejecución de las disposiciones del Estado no se debía vulnerar la justicia y el amor, y la especificidad judía no debía ser difamada moralmente.

Como se puede constatar, el teólogo alemán no tuvo la intención de marcar distancia con la nueva religión de la sangre y la raza, formulada teóricamente por el ideólogo nazi Alfred Rosenberg en su obra El mito del siglo XX, de 1930. Al contrario, al iniciarse el régimen nazi les ofreció a aquellos católicos que tenían dudas una excusa y justificación para adherirse a una mentalidad racista.

El mito de la sangre y del suelo también es fundamental en la cristología de Adam. En una ponencia en el Katholikentag (Congreso de los Católicos Alemanes) en Stuttgart, el 21 de enero de 1934, el teólogo hizo un intento de interpretar de nuevo la ideología racial en clave cristiana: «¿No se está gestando un hombre nuevo, un pueblo nuevo, cuyo aliento es cálido y ardiente, sus ojos claros y brillantes, su corazón ufano, un hombre, un pueblo que partiendo de la disipación y la dispersión se ha vuelto a encontrar a sí mismo, que retorna a la herencia de la sangre, al suelo patrio y a aquel origen y santuario, del cual ha tomado sus mejores fuerzas, a la fe cristiana?»

En otra ponencia, que tuvo lugar un año más tarde, el 5 de febrero de 1935, en el Bonifatiusverein en Tubinga, y que fuera publicada ese mismo año con el título Jesucristo y el espíritu de nuestro tiempo, si bien Adam acentúa el carácter universal de la Revelación divina, añade lo siguiente: «Desde luego también la peculiaridad sanguínea de un pueblo va a colorear la manera particular en que se acoge y procesa la santa y excelsa Palabra de Dios, y por eso la devoción que se enciende ante la revelación sobrenatural nunca podrá sustraerse a un impacto nacional racial.» Para ello apela a dos principios de la teología escolástica: «la gracia supone la naturaleza» y «la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona».

Ya en su obra Cristo y el espíritu de Occidente, de 1928, aparecían enunciados antisemitas. Para demostrar la importancia de Occidente como «el primer gran campo misionero cristiano», recuerda que el Apóstol Pedro «trasladó su actividad a Roma» y que Pablo «dedicó su vida a eliminar todo lo judío de la esencia del cristianismo». Este concepto se expresa también en la cristología de Adam: «Se debe quizás con cierta precaución arriesgar la siguiente frase: así como el Jesús histórico asumió la figura de un descendiente de David, de un judío, así la figura del Cristo místico es occidental.»

Después de enero de 1943, cuando en la Conferencia de Wannsee los líderes nazis tomaron la decisión criminal de poner una “solución final” a la cuestión judía, Karl Adam, en su artículo Jesús, el Cristo, y nosotros, los alemanes maltrata el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, para sostener que Jesucristo no era un descendiente de judíos, ya que «su madre no tuvo ninguna relación física ni moral con aquellas feas predisposiciones y fuerzas que condenamos en los judíos de sangre pura. Por milagro de la gracia, ella está más allá de estos factores hereditarios judíos, es una figura sobrejudía.»

Una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, Karl Adam pudo seguir enseñando teología en Tubinga y se jubiló en 1949.

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Rudolf Graber

Durante una lección académica en calidad de invitado en Tubinga en junio de 1976, el entonces obispo de Ratisbona, Rudolf Graber (1903-1992), calificó a Karl Adam de «precursor del Concilio Vaticano II y de su teología». Lo curioso es que el pasado de Graber tampoco fue muy limpio que digamos. En junio de 1933, durante un discurso público, había designado a Adolfo Hitler como «salvador, padre y redentor terreno». En este discurso, intitulado La misión alemana: Sobre el concepto e historia del Sacro Imperio, también se encuentran alusiones antisemitas y raciales, explicando la «lucha contra el judaísmo» como «una animadversión instintiva de todo el pueblo alemán» y rematando con la consabida frase retórica: «¿Por qué el pueblo repudiado debe dominar el mundo y no el pueblo del medio?» Graber designaba al «Tercer Reich como la salvación de Occidente del caos del bolchevismo, la barbarie asiática».

Si bien Graber, desde su puesto de director de la organización católica juvenil Bund Neudeutschland elaboró y difundió una especie de “teología del Reich”, en la que se fusionaba antijudaísmo con ideología racial antisemita, una vez terminada la guerra negó que hubiera apoyado al régimen nazi, y desde 1946 hasta su nombramiento como obispo de Ratisbona en 1962 ejerció de profesor de teología fundamental, historia de la Iglesia, ascética y mística en Eichstätt (Baviera). De 1957 a 1962 fue también secretario de la revista “El Mensajero de Fátima”.

No me consta que en el Sodalicio se haya sabido de las afinidades nazis de los teólogos Adam y Schmaus. Bajo esta luz, uno se pregunta si la descripción de la figura de Jesús que aparece en el Jesucristo de Adam se basa única y efectivamente en los datos bíblicos, como pretende el teólogo alemán, o si no hay una cierta influencia del modelo de hombre presente en la ideología nazi y que se buscaba construir a través de la formación física, militar e ideológica en los campamentos de la Hitlerjugend (Juventudes Hitlerianas). O si la teoría de la predestinación de Michael Schmaus, que plantea que unos son creados y elegidos para gozar de una mayor bienaventuranza y felicidad que otros, no responde más bien a una aproximación elitista a la vida, que encontró expresión en el concepto de raza elegida del nazismo, y que, finalizada la guerra y vencida la dictadura hitleriana, queda sólo como elitismo sin más, justificado teológicamente, donde unos, en razón de un misterioso designio de la voluntad divina, están llamados a una misión que los coloca por encima del común de los mortales y les garantiza un puesto privilegiado en el Reino de los cielos.

Ambos teólogos no pronunciaron nunca un mea culpa por haber apoyado el nazismo ni hicieron cuentas con su pasado. Simplemente cubrieron con un manto de silencio ese lapso de su vida, como si nada hubiera pasado, y continuaron con su carrera teológica en circunstancias distintas. Curiosamente, en eso se parecen al Sodalicio de Vida Cristiana, cuyo proclamado fundador Luis Fernando Figari tuvo un pasado marcado por la influencia de doctrinas afines al fascismo, legado ideológico que también configuró la institución en sus inicios –sin contar con que también puede tener proyecciones en el presente–, y todo ha sido cubierto adrede con una pátina de olvido y silencio, intentando sepultar las huellas del pasado y desprestigiando a aquellos que se atreven a sacar los cadáveres a la luz. Uno termina preguntándose si hubo transparencia en el procedimiento que culminó con la obtención de la aprobación pontificia en 1997 y contaron todo lo que tenían que contar, toda su historia con sus páginas incómodas inclusive, o si presentaron el cuento de hadas que han ido elaborando a lo largo del tiempo, donde la historia es reescrita e interpretada de acuerdo a la conciencia actual que de sí mismo tiene el Sodalicio, y donde todo aquello que no corresponda a ese ideal es eliminado de la memoria, como si nunca hubiera existido.

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Rupert Mayer SJ

Afortunadamente, la memoria existe. En el año 2011 la ciudad de Tubinga decidió cambiar el nombre de la calle Karl Adam, que llevaba este nombre desde 1966, por el de Johannes Reuchlin. El año anterior, 2010, el obispado de Rottemburgo-Stuttgart había cambiado el nombre de la casa Karl Adam, una residencia de estudiantes en Stuttgart, por el de casa Rupert Mayer. Nacido en Stuttgart en 1876, fue un jesuita que formó parte de la resistencia católica durante la dictadura hitleriana y que, debido a sus prédicas criticando los peligros del nazismo, terminó preso en varias ocasiones e incluso pasó un tiempo en un campo de concentración, muriendo en 1945 de un ataque de apoplejía y con la salud quebrantada. Que además tuvo una preocupación por gente de todas las clases sociales, fue llamado en vida el “Apóstol de Múnich” y en 1987 fue proclamado beato por la Iglesia. Y que nunca apoyó ideologías totalitarias ni se sometió complacientemente a regímenes dictatoriales y, por lo tanto, nunca tuvo un pasado vergonzoso que ocultar de miradas ajenas.

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El artículo original en alemán de Georg Denzler ANTIJUDAISMUS UND ANTISEMITISMUS IN DER THEOLOGIE UNSERES JAHRHUNDERTS: Karl Adam, Michael Schmaus und Anton Stonner puede leerse aquí:
http://facta.junis.ni.ac.rs/lap/lap97/lap97-02.pdf