EL RACISMO NO ES UNA OPINIÓN, ES UN DELITO

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Fotograma de “El judio Süss” (Veit Harlan, 1940)

El 5 de setiembre de 1940 se estrenó mundialmente, en el afamado Festival de Cine de Venecia, la película alemana El judio Süss, dirigida por Veit Harlan y producida bajo la supervisión de Joseph Goebbels, Ministro de Propagada del régimen nazi. No obstante ser una película descaradamente antisemita, fue elogiada por un joven Michelangelo Antonioni, uno de los más grandes cineastas del siglo XX, quien —si bien reconoció que se trataba de un film de propaganda— destacó su ritmo admirable y el armónico fluir de las escenas unas en otras, a tal punto que se podría considerar como una cinta que se caracterizaba por una unidad y equilibrio completos. Alabó incluso la sorprendente habilidad con que está filmada la escena donde Süss viola a una joven muchacha.

Pues el protagonista principal de esta película de época ambientada en la Alemania del siglo XVIII, el judío Joseph Süss Oppenheimer, personaje histórico que fue consejero del duque Karl Alexander de Wurtemberg, no es solamente un violador, sino también físicamente poco agraciado, manipulador, materialista, avaricioso, inmoral y taimado, hasta el punto de traicionar a los de su propia estirpe. Finalmente, será ajusticiado, decretándose la discriminación de los judíos en todo el ducado de Wurtemberg.

La película gozó de un éxito enorme en Alemania e incluso se organizaron proyecciones especiales para los soldados estacionados en territorios ocupados y para las unidades de la SS, según deseo expreso de Heinrich Himmler. En 1943, más de 20 millones de personas ya habían visto el film, que sirvió de justificación propagandística para el asesinato de millones de judíos, la mayoría no alemanes. Según el testimonio del SS Stefan Baretzki en los procesos de Auschwitz, varios prisioneros judíos fueron maltratados debido a la influencia del film.

Terminada la guerra, los Aliados lo incluyeron en una lista negra de obras cuya exhibición estaba prohibida. Actualmente en Alemania sigue estando prohibida la difusión comercial de la película y sólo puede ser exhibida con fines educativos y bajo estrictas condiciones con autorización de la Fundación Friedrich Wilhelm Murnau.

No se trata de una censura artística, sino de medidas para proteger a la sociedad —y sobre todo a los menores de edad— de la exposición a una obra manifiestamente racista e instigadora de odio contra un grupo étnico. Pues el racismo y el odio étnico en cualquiera de sus formas constituyen delitos en Alemania y no están protegidos por la libertad de expresión.

Otras causales de delitos que pueden llevar a la prohibición de una película en Alemania son: utilización de signos o símbolos de organizaciones anticonstitucionales (por ejemplo, la esvástica del nacionalsocialismo); denigración del Estado y de sus símbolos; incitación al odio contra sectores de la población, etnias o nacionalidades, así como propaganda contra el orden democrático o contra el entendimiento de los pueblos; instrucciones para cometer actos delictivos; presentación cruda, cruel y morbosa de la violencia como fin en sí mismo o como algo trivial y sin importancia; difusión de contenidos pornográficos que incluyan violencia (sadomasoquismo, por ejemplo), intercambio sexual con animales o escenas de sexo que involucren a menores de edad (pornografía infantil); ofensas contra la honra debida a personas e instituciones; calumnia y difamación; negación del Holocausto judío.

Otras causales, por el peligro que entrañan para la formación moral de los menores de edad, permiten sólo una difusión restringida de ciertas obras (prohibiendo su publicidad y haciéndolas accesibles sólo a mayores de 18 años de edad), a saber: pornografía en general; incitación al racismo; glorificación de lo bélico como algo bueno y positivo; ejecuciones y similares fuera del contexto de un noticiario; presentación cruda, cruel y morbosa de la violencia.

En el Perú, donde sigue habiendo una conciencia muy laxa sobre los efectos perjudiciales del racismo, una película como La Paisana Jacinta, que denigra a las mujeres andinas e incita a burlarse de ellas basándose sobre clichés y prejuicios, ha sido calificada como apta para todos. En cambio, en países con una legislación que penaliza efectivamente el racismo, una película así sería prohibida o, por lo menos, sometida a una circulación restringida, a fin de evitar su influjo negativo sobre la infancia y la juventud.

Pues el racismo no es una opinión, sino un delito contra la humanidad.

(Columna publicada en Altavoz el 18 de diciembre de 2017)

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EL PAPA QUE PACTÓ CON EL DIABLO

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Papa Pío XI (1857-1939)

El Papa Pío XI logró que la Iglesia católica sobreviviera políticamente al régimen fascista de Benito Mussolini. El precio fue que pactó con el dictador, haciendo posible su ascenso y consolidación en el poder. Fue prácticamente un pacto con el diablo, que convertiría al Vaticano en cómplice silencioso de crímenes de lesa humanidad.

Es lo que cuenta el historiador estadounidense David Kertzer en su libro The Pope and Mussolini (2015) —gracias al cual recibió el Premio Pulitzer—, recientemente traducido al alemán.

Dice Kertzer: «El Papa vio algo en Mussolini que le gustó. No obstante todas sus diferencias, ambos hombres compartían algunos importantes valores. Ninguno tenía simpatía por la democracia parlamentaria. Ninguno creía en la libertad de expresión y de asociación. Ambos veían al comunismo como una grave amenaza. Ambos pensaban que Italia estaba hundida en una crisis y que el sistema político vigente no tenía salvación».

En los Pactos de Letrán de 1929, Mussolini reconoció la independencia y soberanía de la Santa Sede y creó el actual Estado Vaticano, a la vez que reconocía el catolicismo como religión oficial de Italia y garantizaba la enseñanza de la doctrina católica en las escuelas.

Aún así, hubo tiranteces en la relación. Y cuando Mussolini estableció leyes antisemitas similares a las del régimen nazi en Italia, a Pío XI le picó la conciencia. Mandó preparar el borrador de una encíclica (Humani Generis Unitas) y dio un potente discurso antirracista. Pero la muerte le llegó pronto y su sucesor Pío XII se encargó de que nada saliera a la luz. No era conveniente indisponerse ni con Mussolini ni con Hitler.

Como no lo fue con Fujimori, cardenal Cipriani.

(Columna publicada en Exitosa el 3 de diciembre de 2016)

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El Papa Pío XI, cuyo verdadero nombre era Achille Ratti, tuvo la fama de ser una figura eclesial luminosa en el período de entreguerras, pues fomentó la participación de los laicos en la cristianización de la sociedad a través de la Acción Católica, le dio impulso a la actividad misionera y se preocupó sobremanera de la educación católica. Además, publicó varias encíclicas condenando las ideologías de su época perjudiciales para el hombre, la sociedad y la fe cristiana: el comunismo ateo, el capitalismo liberal, el nazismo y el fascismo. La encíclica sobre este último tema (Non abbiamo bisogno) fue escrita en 1931, dos años después de la firma de los Pactos de Letrán, como reacción a las acciones que Benito Mussolini tomó en contra de la Acción Católica. En ese texto se condena la supremacía del Estado que postula el fascismo e incluso se califica esta ideología como anticristiana.

No obstante, eso no impidió que el Vaticano bajo la conducción de Pío XI colaborara, aunque sea a regañadientes, con el régimen fascista. Las ventajas obtenidas para la Iglesia católica con los Pactos de Letrán, donde el punto central era la recuperación por parte de la Santa Sede de un territorio minúsculo pero autónomo y soberano, justificaban el tener que tragarse de vez en cuando sapos y culebras. Pues hay que decirlo, a Pío XI no le gustaba Mussolini. Eso no constituyó obstáculo para que hablara de él como «un hombre de la Providencia», enviado por Dios para solucionarle algunos problemillas a la Iglesia, entre ellos la incierta situación de la Santa Sede, que desde hacía más de 50 años —contados a partir de la pérdida de los Estados Pontificios en 1870— se encontraba en una especie de limbo político, sin derechos, sin influencia, sin soberanía territorial.

Por ésta y otras cosas —declarar a la religión católica como única reconocida por el Estado en Italia y reconocerle al matrimonio sacramental todos los derechos en lo civil, además de considerar obligatoria la enseñanza de la religión católica en todas las escuelas públicas—, la Iglesia animó a los católicos italianos a votar por los fascistas, contribuyendo así a su afianzamiento en el poder. Sin Pío XI, Mussolini no hubiera sido posible tal como nos lo ha transmitido la historia. Y eso no ocurrió sin que el papado tuviera que sacrificar de paso algunos valores cristianos en aras de su cuota de poder.

Ciertamente, Pío XI no se sentía muy cómodo con la situación, pero allí estaba su Secretario de Estado, el cardenal Eugenio Pacelli —posteriormente pontífice con el nombre de Pío XII—, quien le habría convencido de que no había otra alternativa.

Cuando en 1938 Pio XI, ya anciano y desilusionado, sopesó la posibilidad de romper la alianza con Mussolini debido a su proximidad al régimen nazi y a la entrada en vigencia de leyes antisemitas, no se le ocurrió mejor idea que mandar preparar el borrador de una encíclica contra el racismo y el antisemitismo al jesuita estadounidense John LaFarge, autor de Interracial Justice. Éste, abrumado por la tarea, solicitó ayuda al General de los Jesuitas, el P. Tadeusz Ledochowski, un antisemita radical que pensó que el Papa se había vuelto loco. De modo que le encargó a dos jesuitas “experimentados” que asistieran a LaFarge en la preparación del borrador. Estando éste ya listo en septiembre de 1938, fue enviado primero al jefe de redacción de La Civiltá Cattolica, el P. Enrico Rosa, quien en cuestión de antisemitismo le daba vueltas al P. Ledochowski. Como se comprenderá, no hubo ninguna premura en que el documento le llegara al Papa para su revisión. Cuando finalmente esto ocurrió en enero de 1939, ya era tarde: Pío XI yacía enfermo en su lecho de muerte.

En septiembre de 1938 el Papa había declarado a miembros del personal de la radio belga católica en un discurso durante una audiencia que era imposible para los cristianos participar del antisemitismo, pues espiritualmente todos somos semitas. Esto fue demasiado para el entorno papal. L’Osservatore Romano mencionó el discurso pero omitió sus palabras en defensa de los judíos. A la muerte de Pío XI en febrero de 1939, el cardenal Eugenio Pacelli ordenaría destruir todas las copias del discurso, y el borrador de la encíclica contra el antisemitismo sería archivado. Recién en el año 2001 saldría a la luz en tres versiones: una en inglés, otra en francés y otra en alemán.

Demasiado tarde comprendería el atormentado Pío XI que fue un gran error aliarse con el fascismo, pues éste por lo general sólo busca instrumentalizar la religión para sus propios fines totalitarios. Al final la religión sale debilitada y convertida en una sirviente muda de fines nefastos.

Y muchos católicos no han aprendido aún esta lección de la historia. A nivel mundial, son muchos los que —aún no gustándoles el candidato Donald Trump, cuyas ideas guardan más de una similitud con el fascismo— han creído que es la mejor opción para Presidente de los Estados Unidos, sin darse cuenta de que Trump no ha tenido ningún reparo en instrumentalizarlos para defender sus intereses.

Y a nivel local, el apoyo que le siguen dando tantos católicos conservadores a Keiko, la hija del dictador Alberto Fujimori, hace patente que el fustán fascista sigue siendo para ellos un anzuelo de enorme atractivo. Sin contar con la fascinación que ejerció sobre cientos de jóvenes el fascista Figari, uno de los más nefastos instrumentalizadores de la religión católica que haya habido. Por lo menos en tierras peruanas.

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FUENTES

New Republic
How a Pope Helped Mussolini Rise to Power (March 8, 2014)
https://newrepublic.com/article/116501/pope-and-mussolini-david-i-kertzer-reviewed

katholisch.de
Revision eines Geschichtsbildes nötig? (18.09.2016)
http://www.katholisch.de/aktuelles/aktuelle-artikel/revision-eines-geschichtsbildes-notig

Der Spiegel
Papst Pius XI. und Mussolini: Pakt mit dem Teufel (27.11.2016)
http://www.spiegel.de/einestages/pakt-mit-dem-teufel-papst-pius-xi-und-der-faschismus-a-1122590.html

SODALICIO: LECTURAS PARA EL APOCALIPSIS

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Desde sus inicios, el Sodalicio ha tenido una visión negativa del mundo. El Folleto Azul “Sodalitium Christianae Vitae”, ideario fundacional del año 1971, comienza con un diagnóstico lúgubre de la condición humana en el mundo actual:

«el hombre, en vez de ordenar sus actos a la voluntad de Dios consagrándolo todo a Él y adorándole en gratitud, encaminó mal el maravilloso don de la libertad, “se envaneció en sus razonamientos y oscureció su insensato corazón (Rom 1,21), “cambiando la verdad de dios por la mentira, y adorando y dando culto a la criatura en lugar del Creador” (Rom 1,25). El rechazo de la invitación de Dios a amarle: el pecado fruto del egoísmo —olvido de su condición de creatura respecto de Dios, por exceso de afianzamiento en el centro que el hombre mismo es— tuvo sus gravísimas consecuencias para los hombres. El mismo caos que sufre hoy el mundo es consecuencia del egoísmo».

Desde entonces, una reflexión introductoria sobre los “males del mundo” ha formado parte imprescindible del discurso sodálite, lo cual ha encontrado plasmación en charlas, retiros, jornadas espirituales, Convivios (congresos de estudiantes católicos), e incluso en conversaciones personales de cariz proselitista, donde a la toma de conciencia de lo mal que estaba el mundo se añadía el suscitar el sentimiento de que uno estaba mal en lo personal, literalmente “hasta el culo”. Y si uno era católico creyente, se le incitaba a pensar que uno era un mal católico, de esos que van a misa los domingos y después hacen su vida como si Dios no existiera. Pues los sodálites se consideraban a sí mismos entre los pocos que aspiraban a vivir un catolicismo consecuente y radical. Los demás eran, por lo general, cristianos mediocres, “parroquieros”, católicos aburguesados, carne de cañón si no para el infierno, por lo menos para el purgatorio. Pues, según se nos repetía hasta la saciedad, «el infierno está empedrado de buena intenciones».

A decir verdad, nunca he escuchado en ámbitos sodálites una valoración del mundo que mencionara sus aspectos positivos. Los aspectos negativos eran los únicos que contaban para ellos. Un recuento dramático, pesimista y excesivo de los males del mundo aparecía en el folleto Un mundo en cambio de Luis Fernando Figari, que era de lectura obligatoria en los grupos de formación de la Familia Sodálite. Se partía de una perspectiva muy distinta a la que presentaba la Constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual del Concilio Vaticano II, donde hay una visión más balanceada, no sólo describiendo los problemas del mundo de ese entonces, sino también sus aspectos positivos y sus fortalezas.

Ideológicamente, para los sodálites el mundo en que vivimos no llega ni siquiera al nivel de humano, sino que es “salvaje”, sub-humano. Así lo expresaba Figari hace cuatro décadas:

«Ni por un solo momento se ha dejado olvidada la tarea que nos hemos propuesto de “rehacer todo un mundo desde sus cimientos, de salvaje volverlo humano, y de humano, divino”. Todo lo contrario, la consigna del muy venerado Pío XII ha guiado el trabajo infatigable, desde el primer campo de apostolado, que para cada uno es él mismo, hasta la proyección exterior hacia un mundo que sufre y se angustia por la falta de luz, para iluminar y saciar las mentes, y fuego para calentar los corazones y mover las voluntades que sólo el Señor Jesús puede proporcionar. Me parece que siempre hemos tenido en cuenta que los males visibles-externos son como emanaciones de los males espirituales. Por ello hay que combatir contra las consecuencias, pero también contra el foco de la enfermedad» (Memoria 1977).

Por eso mismo, una de la metas que se propuso el Sodalicio desde un principio fue “humanizar” el mundo:

«No hay duda de que el hombre debe humanizar el mundo y conducirlo hacia su meta, por ello el cristiano es el especialmente sindicado para realizar esa tarea integral y compleja. Esta idea, que a tenemos en el Sodalitium desde hace mucho tiempo, es expresada por von Balthasar […] de una manera categórica: “sólo el cristiano y únicamente él, dado que conoce de la involucración de Dios en el mundo, en Cristo, será capaz de dirigir rectamente las inquietudes del hombre en este mundo, y sus esfuerzos para adquirir la trascendencia”» (Memoria 1976).

Pero no cualquier cristiano está capacitado para esta tarea, sino solamente aquél que aspira a ser santo. Este ideal ciertamente forma parte de la enseñanza de la Iglesia católica, pero en el Sodalicio se ha pretendido llevarlo a extremos radicales, descalificando de paso cualquier iniciativa social realizada por personas comunes y corrientes que no tienen la santidad entre sus fines personales. Así lo encontramos expresado en uno de los textos que aún se siguen utilizando en la Familia Sodálite para la formación espiritual y la oración, el Camino hacia Dios 203. Sólo los santos cambiarán el mundo (ver https://web.archive.org/web/20130109075047/http://www.caminohaciadios.com/chd-por-numero/233-203-solo-los-santos-cambiaran-en-el-mundo):

«Sabemos bien que debemos trabajar por cambiar el mundo. Esta tarea, sin embargo, sólo tendrá frutos duraderos si se hace a partir de un compromiso decidido por la santidad personal. Seguramente conocemos muchas personas de bien. Personas que no sólo no le hacen daño a nadie, sino que incluso se embarcan en proyectos positivos y de ayuda social. Hemos escuchado hablar de hombres y mujeres que dan su tiempo y dinero, su preocupación, que orientan sus afanes y esfuerzos en bien de los demás. Ciertamente sus proyectos e iniciativas son loables y de mucho bien en un mundo signado por el egoísmo y la mezquindad. Aun así, con todas las buenas intenciones, todos estos proyectos que nacen de buenos corazones y nobles intereses, si no parten de un radical anhelo por la santidad, no bastan para lograr aquel cambio hoy cada vez más urgente. […]

La tarea que se abre ante nosotros es realmente enorme. La sociedad de hoy se aleja de Dios cada vez más, y los retos y obstáculos para el anuncio del Evangelio se multiplican. Para el santo, sin embargo, esto no es ocasión de desaliento ni desánimo. […] Encendiendo en nosotros la llama del amor de Dios no sólo se ilumina nuestro alrededor, sino que se encienden también otras tantas llamas, formando poco a poco un hermoso manto de luces que disipa las tinieblas de la noche. Es así, y sólo así, que lograremos transformar el mundo”».

Si bien en el Sodalicio siempre ha repetido como un axioma que el cambio del mundo comienza por uno mismo, la resonancia que podria tener ese cambio en el mundo actual se ve anulada desde el momento en que los miembros de la institución son sometidos a una especie de aislamiento de las condiciones del mundo real. Las comunidades se convertían entonces en minúsculos territorios donde cada cosa estaba en su lugar según el Plan de Dios —en teoría, porque ahora sabemos que en la práctica se trataba de pura fachada—, mientras que el mundo externo seguía sus propias reglas, ajeno e indiferente a la sigilosa presencia de los sodálites en su territorio.

Eso explica por qué —desde que tengo memoria— los sodálites, más preocupados en buscar la santidad personal en sus pequeños mundos protegidos, nunca han realizado una evaluación de cuánto han contribuido a cambiar el mundo en el sentido que ellos mismos proclaman. Porque ese objetivo no parece interesarles mucho en realidad. Siempre han repetido que el mundo está mal y que cada vez está peor, y lo seguirán haciendo, pues eso forma parte de su esquema ideológico. Su propuesta de cambiar el mundo ha servido únicamente de carnada para captar y reclutar jóvenes idealistas para la institución, en la cual lo único que cambiaría radicalmente son las vidas de estos muchachos, y no precisamente en dirección hacia la santidad personal. Los ejemplos sobran. Vidas prometedoras que se convierten en existencias truncadas, mutiladas psicológicamente, cautivas de una ideología absolutista y sectaria, incapaces de entender el mundo, mucho menos de manejarse con desenvoltura en él. Y esto desde antes de ser mayores de edad, pues la inmensa mayoría de los miembros del Sodalicio fueron objeto de proselitismo y se comprometieron interiormente con la institución en la adolescencia, antes de cumplir los 18 años de edad.

Uno de los instrumentos que se empleaba para insuflar en las mentes jóvenes la idea de un mundo en crisis permanente y literalmente al borde del apocalipsis era una lista de libros de lectura obligatoria que fue confeccionada originalmente en la década de los ‘70.

fundacionUna gran parte de los libros eran novelas de ciencia-ficción, ya sea describiendo sociedades futuras distópicas, donde los elementos negativos del mundo actual son llevados narrativamente hasta extremos indeseables; ya sea relatando historias de elegidos que tienen una misión que cumplir para guiar el devenir histórico y social hacia buen puerto.

La lista incluía Un mundo feliz, de Aldous Huxley; 1984, de George Orwell; Fundación, Fundación e Imperio, Segunda fundación y El fin de la eternidad, de Isaac Asimov; Fahrenheit 451, Crónicas marcianas y El hombre ilustrado, de Ray Bradbury; Mercaderes del espacio, de Frederik Pohl & C.M. Kornbluth; El hombre demolido, de Alfred Bester; Cántico a San Leibowitz, de Walter M. Miller Jr.

La novela en clave de fábula moderna Rebelión en la granja, de George Orwell, también entraba en el paquete, como sátira contra el régimen político soviético y como manera de fomentar en las mentes juveniles un anticomunismo sin concesiones.

Otros dos libros claves para llevar a los jóvenes a un cuestionamiento profundo de sus existencias eran las novelas Demian y Siddharta, de Hermann Hesse, historias de maduración y autodescubrimiento personal protagonizadas por personajes jóvenes  y llenas de elementos gnósticos y esotéricos que resultaban apelantes para quienes se hallaban en la crisis de la adolescencia. Para fines de cuestionamiento personal también se utilizaba El principito, de Antoine de Saint-Exupéry.

Y para profundizar en aspectos como la comunicación, la amistad y el sentido de la existencia eran imprescindibles dos libros del sacerdote católico francés, psicoanalista y ex militante comunista Ignace Lepp: La comunicación de las existencias y La existencia auténtica.

Para afianzar una conversión personal comprometida hacia la fe católica se mandaba leer Nostalgia de Dios, de Pieter van de Meer de Walcheren, diario de un converso holandés que fue amigo del filósofo francés católico Jacques Maritain.

los_nuevos_curasTambién habían algunos libros con narrativa de contenido cristiano, que tenían como características comunes la presentación de un catolicismo conservador y una exaltación mitificada de la cristiandad medieval, así como una actitud intolerante y agresiva no sólo hacia lo no cristiano sino incluso hacia aquellos que se apartan de una interpretación tradicionalista del catolicismo, y también una militancia combativa a favor de la Iglesia católica.

Entre esos libros se cuentan una trilogía del monje trapense norteamericano M. Raymond, que narra en forma novelada episodios de la orden monástica de los cistercienses, desde sus orígenes hasta su presencia en territorio estadounidense: Tres monjes rebeldes, La familia que alcanzó a Cristo e Incienso quemado; dos novelas del tradicionalista monárquico francés Michel de Saint-Pierre, que critican el progresismo católico y defienden un catolicismo preconciliar: Los nuevos curas y La pasión del Padre Delance; dos clásicos de la literatura católica del siglo XIX, novelas autobiográficas escritas por el atormentado Léon Bloy: El desesperado y La mujer pobre; y finalmente, El coraje de vivir, del escritor francés Maxence van der Mersch, que sitúa a sus personajes en el marco de las luchas de la Juventud Obrera Católica (JOC) en Francia en la década de los ‘30.

No podía faltar algún relato católico en forma de pequeñas parábolas modernas, algo que tiene mucho atractivo entre los adolescentes, a saber, El jardín del Amado, de Robert E. Way.

Pero los libros cuya lectura era más cotizada en el Sodalicio de los ‘70 y ‘80 pertenecen a Hugo Wast, seudónimo del escritor católico nacionalista argentino Gustavo Martínez Zuviría (1883-1962). Me refiero a las novelas El Kahal / Oro (1935) y Juana Tabor / 666 (1942), cada una escrita en dos partes publicadas originalmente por separado.

juana_taborLa trama de la primera novela mencionada se desarrolla en el marco de un supuesto complot judío para dominar el mundo. La segunda novela es una historia imaginaria sobre el fin de los tiempos, donde confluyen todas las taras ideológicas del catolicismo conservador más reaccionario: clericalismo, papismo, interpretación fundamentalista de los textos bíblicos, nacionalismo de características fascistas, antisemitisimo, antiislamismo, anticomunismo, autoritarismo, militarismo, monarquismo, elitismo y desprecio del pueblo, defensa de la obediencia como virtud fundamental, rechazo de la democracia como sistema político y defensa de la dictadura como forma de gobierno, rechazo del derecho a la igualdad de todos los hombres, rechazo de la libertad religiosa y de la tolerancia como base de la convivencia social, rechazo del estado laico y defensa de la teocracia —unión entre Iglesia y Estado—, crítica de la modernidad tecnológica, idealización de la cristiandad medieval y justificación de las Cruzadas, admiración por el dictador Francisco Franco y justificación de las atrocidades cometidas por los nacionalistas en la Guerra Civil Española, etc.

Si bien se invitaba a una lectura crítica de la mayoría de los libros incluidos en la lista, los libros de Hugo Wast eran considerados como confiables por el catolicismo del autor, y finalmente se convertían en un herramienta útil para implantar una ideología católica retrógrada en jóvenes que no habían alcanzado la mayoría de edad.

la_hora_25Me olvidaba mencionar una novela que incidía en la deshumanización del hombre en el siglo XX, y que fue llevada a la pantalla grande en 1967 con Anthony Quinn en el papel principal. Me refiero a La hora 25, del escritor rumano Constantin Virgil Gheorghiu, el cual fue ordenado sacerdote ortodoxo en 1966. En 1952, cuando ya llevaban viviendo varios años en París, se descubrió que antes de dejar Rumania había escrito un libro con contenido antisemita y elogioso de las tropas hitlerianas. Si bien nunca hizo un claro deslinde respecto a ese escrito, en 1986 escribió en sus memorias: «Me avergüenzo de mí mismo. Me avergüenzo porque soy rumano, como los criminales de la Guardia de Hierro».

Menciono esto, porque uno de los libros de lectura obligatoria en la década de los ‘70 —aunque nunca fue incluido oficialmente en la lista— era Codreanu el Capitán, de Carlo Sburlatti, una biografía de Corneliu Zelea Codreanu (1899-1938), líder de la Legión de San Miguel Arcángel, organización fascista, ultraortodoxa, antisemita y ultranacionalista, que a la vez contó con una rama paramilitar, la Guardia de Hierro, la cual recurrió a la violencia y cometió varios crímenes en defensa del proyecto de una sociedad cristiana. Figari quería que aprendiéramos través de la lectura de este libro la actitud que debíamos tener ante la vida y el mundo que nos rodeaba, una actitud combativa que implicaba la posibilidad de llegar incluso al sacrificio supremo de la vida por defender la fe cristiana.

piloto_de_stukasOtros libros que también debían leer los sodálites con vocación intelectual en los ‘70, pero que no estaban incluidos en la lista, eran las Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, líder de la Falange Española, un partido político adscrito al fascismo católico que brotó en territorio ibérico en la década de los ‘30; y Piloto de Stukas, de Hans-Ulrich Rudel, libro autobiográfico del piloto de aviones de combate más condecorado del ejército hitleriano, quien nunca renegó de su filiación nazi y justificó incluso el Holocausto judío. Además, Izquierdas y derechas: Su sentido y misterio, del argentino Jorge Martínez Albaizeta, que identificaba “derecha” con un orden jerárquico sujeto a leyes y tendiente al dogmatismo, mientras que la “izquierda” tiende al igualitarismo, al a-legalismo y al escepticismo. Dentro de esta visión que se inclina por una valoración positiva de las ideologías de derecha, «la historia de la cultura occidental desde el siglo XIV es, en esencia, una izquierdización», siendo la Edad Media el paradigma de la cultura cristiana, y el devenir histórico posterior de Occidente, un acto de progresiva decadencia.

Otro libro de la primera época, más recomendado que obligatorio, fue Los protocolos de los sabios de Sión, que eran supuestamente las actas secretas de los judíos reunidos en el Primer Congreso Sionista de Basilea (Suiza) en 1897, donde se describe el plan que tienen para la dominación del mundo, pero que en realidad fue un texto fraguado por la policía secreta del Zar en 1902 a fin de justificar ideológicamente los pogroms contra la población judía en la Rusia zarista. Es una de las fuentes sobre las cuales construye Hugo Wast su novela antisemita El Kahal / Oro. Dice este autor sobre estos documentos: «Sin pronunciarme sobre la insoluble cuestión de la autenticidad de los “Protocolos”, me limitaré a decir que con buenas palabras de judíos alegan que son falsos; pero con hechos, todos los días nos prueban que son verdaderos. Los “Protocolos” serán falsos… pero se cumplen maravillosamente». Y esta misma opinión fue la que yo escuché en mi juventud de boca de los sodálites Germán Doig y Alejandro Bermúdez.

Otros libros recomendados por Figari eran los del periodista mexicano Salvador Borrego (1915- ), apologista y simpatizante del fascismo, quien ha sostenido persistentemente una postura antisemita y negacionista del Holocausto judío.

Ciertamente, todos los escritos provenientes de la pluma de Luis Fernando Figari y de Germán Doig eran de lectura obligatoria y debían ser asumidos sin espíritu crítico.

jesucristoOtros libros de no-ficción incluidos en esta lista de formación eran La aceptación de sí mismo y La esencia del cristianismo, de Romano Guardini; Jesucristo, del teólogo alemán adscrito al nazismo Karl Adam; El arte de vivir, de Dietrich y Alice von Hildebrand; Semillas de contemplación y Los hombres no son islas, del monje trapense Thomas Merton; Control cerebral y emocional y Eficiencia sin fatiga en el trabajo mental, del jesuita Narciso Irala; Voluntad y sexualidad, de Paul Chauchard; El criterio, de Jaime Balmes; Introducción a la filosofía, de Jacques Maritain; Vida y muerte de las órdenes religiosas, de Raymond Hostie; El orden natural, de Carlos A. Sacheri; La Iglesia y el orden temporal, de Octavio Derisi, obispo argentino que justificó la dictadura militar en la Argentina de los ‘70; La realidad nacional y Peruanidad, de Víctor Andrés Belaúnde.

Con el tiempo se añadieron otros libros —sobre todo algunas novelas piadosas cristianas, vidas de santos, clásicos de la la literatura y obras de temática diversa relacionadas con la doctrina católica— pero el núcleo literario permaneció intacto.

Varias de estos libros son ya clásicos modernos de la literatura, pero fueron utilizados para generar una mentalidad apocalíptica en jóvenes entusiastas y afianzar la idea de un grupo elegido destinado a cambiar un mundo siempre en crisis, sometido a la maldad y al pecado, con el cual no se puede hacer ninguna componenda. Decía Figari en 1980: «la vocación sodálite está en enemistad con el mundo. Quiero pedir que se entienda que justamente por la naturaleza misma de nuestra espiritualidad encarnatoria que opta por el mundo que desea Dios, que aspira a la reordenación de todo el universo hacia Él, hay una enemistad radical con aquel mundo cuyos frutos se oponen al Plan de Dios» (Memoria 1980). Una contradicción en sus términos: optar por el mundo significaría estar siempre enemistado con él. En estas circunstancias, cambiar el mundo se revela como una imposibilidad metafísica. Pero eso nunca pareció importarle a Figari y compañía, pues el único fin parecía ser el engrosamiento de las filas sodálites con nuevos reclutas, convencidos de estar luchando por evitar el cataclismo universal de un mundo al borde del abismo, siendo en realidad víctimas de una ilusión apocalíptica, donde lo único que se iría al abismo serían sus vidas truncadas, despojadas de su libertad y de sus mejores años. Y de toda la belleza y profundidad que, no obstante sus innegables problemas, encierra el mundo en que vivimos.

LOS TEÓLOGOS NAZIS

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Jesucristo, del teólogo alemán Karl Adam, publicado originalmente en 1935, fue tal vez el primer libro que leí sobre la persona de Jesús. Fue durante mis primeros años de formación en el Sodalicio de Vida Cristiana. El libro incluía una aproximación al Jesús histórico que resultaba fascinante para nosotros jóvenes, pues presentaba a un Jesús de contextura física vigorosa, siempre sano y desconocedor de la enfermedad en carne propia, ajeno a toda debilidad humana, aseado y ordenado, con el cabello corto en la nuca, amante del trabajo y de las caminatas al aire libre, decidido y de mirada penetrante, intransigente con los seguidores de la ley mosaica, capaz de defender un ideal hasta la muerte, obediente por encima de todo. Esta aproximación se usaba en reuniones de grupo para darnos una imagen palpable y accesible del fundador del cristianismo.

Otro teólogo alemán al que leí mucho durante mi etapa de formación en el Sodalicio de Vida Cristiana fue Michael Schmaus, autor de una voluminosa Teología Dogmática en 8 tomos, que comenzó a publicarse originalmente en 1941 y fue actualizada continuamente en las ediciones de años posteriores. Los sodálites que estudiamos en la Facultad de Teología Pontifica y Civil de Lima en los años ’80 teníamos la consigna de estudiar las materias de teología dogmática en esa obra, a fin de aprender una teología que estuviera de acuerdo en todo con el Magisterio de la Iglesia, no como aquella que era impartida por algunos profesores de la Facultad, a los cuales se consideraba como inficionados de doctrinas sospechosas e incluso heréticas. Nos veíamos obligados de esta manera a tener estudios paralelos, pues teníamos que aprender lo que nos enseñaban los profesores de la Facultad a fin de aprobar los exámenes, y a la vez teníamos que aprender los contenidos de la obra de Schmaus, a fin de adquirir conceptos teológicos sólidos y probados.

Tanto Michael Schmaus como Karl Adam se nos presentaban como teólogos intachables, de buena doctrina y fidelidad sin fisuras a la Iglesia. Sin embargo, recientemente he llegado a saber a través de un interesante artículo en alemán (Antijudaísmo y antisemitismo en la teología de nuestro siglo: Karl Adam, Michael Schmaus y Anton Stonner, Georg Denzler, 1995) que ambos teólogos tenían algo común en su pasado, una circunstancia sombría que los coloca bajo una nueva luz: ambos apoyaron explícitamente la ideología nazi durante la dictadura hitleriana.

Veamos a cada uno de ellos en detalle.

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Michael Schmaus

Michael Schmaus (1897-1993), nacido en Baviera, de quien fuera alumno el futuro Papa Ratzinger en los años de la posguerra, actualizó la dogmática católica recurriendo a un lenguaje accesible y mostrando una orientación marcada hacia las Sagradas Escrituras y los escritos de los Padres de la Iglesia. Su obra principal, Teología Dogmática, fue en su tiempo una obra de gran importancia e influencia, siendo traducida a varios idiomas. Desde 1946 hasta su jubilación en 1965 fue profesor de teología dogmática en Múnich. Fue también perito en el Concilio Vaticano II y contribuyó a la redacción de la Constitución sobre la Iglesia Lumen gentium. El Papa Juan Pablo II le concedió en 1983 el título de Protonotario Apostólico.

En el período de entreguerras a partir de 1933 y durante la Segunda Guerra Mundial, lo encontramos como profesor de teología dogmática en Münster. En ese entonces el teólogo alemán veía en la nación la mas alta revelación de Dios, y en la historia tanto como en la religión, un fenómeno histórico que fructificaba en la idea de la “religión nacional”. No hizo ningún secreto de su simpatía inicial por el Tercer Reich de Adolfo Hitler. En una ponencia de 1933 ante estudiantes, intitulada Encuentros entre cristianismo católico y cosmovisión nacionalsocialista, que tuvo dos ediciones impresas, manifestaba gran respeto por el nuevo movimiento ideológico racial: «El nacionalsocialismo pone en el centro de su cosmovisión la idea de un pueblo surgido a partir de sangre y suelo, destino y misión. El llegar a ser pueblo por parte de los alemanes es la meta esencial del movimiento nacionalsocialista.» Un alemán sería recién «un hombre pleno», opinaba entonces el teólogo, cuando sea «un alemán pleno». Dios le ha confiado a cada pueblo una misión especial, pero al pueblo alemán le ha confiado una de las más grandes tareas: «Para que la historia universal tenga sentido, no debe desarrollarse fuera de la voluntad divina; entonces a la nación alemana se le deberá asignar otro rango que a la república de negros de Liberia.» Asociada a este enunciado estaba la cuestión política de si la Sociedad de Naciones –predecesora de la posterior Organización de las Naciones Unidas– era conforme con la concepción católica. En efecto, en 1935, dos años más tarde, Hitler anunciaba oficialmente que Alemania se retiraba de la Sociedad de Naciones. Schmaus quería que la desigualdad antes señalada no sólo se entendiera colectivamente, sino también individualmente: «Es una doctrina católica explícita, que, no obstante la igualdad esencial del destino humano, no todos los hombres han sido creados para igual bienaventuranza e igual perfección en todos los aspectos, sino que cada uno puede y debe alcanzar la perfección que corresponde a su capacidad intelectiva.» Sobre la base de estas formulaciones podía sustentarse el modelo germánico de hombre como un linaje de carácter extraordinario. Ciertamente, Schmaus creía en la universalidad de la Iglesia, pero no sin un cierto acento antisemita. En la misma ponencia señala lo siguiente: «Hubo una vez un pueblo, que creyó que la Revelación estaba vinculada a su nacionalidad. Tuvo que pagar esa locura con el repudio. Era el pueblo judío.»

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Karl Adam

Karl Adam (1876-1968), también bávaro al igual que Schmaus, profesor de teología dogmática en Tubinga, fue uno de los teólogos alemanes más renombrados después de la Primera Guerra Mundial. Su libro La esencia del cristianismo, publicado en 1924 y traducido a diez idiomas idiomas, le hizo conocido más allá de las fronteras de Alemania. Con la llegada de Hitler al poder en 1933, Adam abogó por una síntesis entre catolicismo y nacionalsocialismo, llegando incluso a hacerse miembro del Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores o Partido Nazi. A mediados del año 1933 publicó el artículo Raza alemana y cristianismo católico. En ese escrito ve a Adolfo Hitler como el salvador del «cuerpo racial enfermo, el hombre que permite otra vez ver y amar nuestra unidad sanguínea, nuestra identidad alemana, el homo germanus». Cegado por la ideología nacionalista pro-germana, el influyente teólogo tuvo posiciones peligrosamente cercanas a la funesta doctrina racial del nacionalsocialismo: «Según las leyes biológicas no puede haber duda de que el judío, en cuanto semita, es incompatible con nuestra raza y siempre lo será. Ninguna mezcla de sangre hará jamás posible que pueda incorporarse a la raza aria.» De allí infiere Adam la necesidad, «como requerimiento de la autoafirmación alemana, de preservar la pureza y frescura de esta sangre y asegurarla mediante leyes». Hace referencia explícita a la inmigración de judíos desde el Este y al «espíritu judío específico», que «no sólo se ha introducido cada vez más nuestra economía, sino también en nuestra prensa y literatura, la ciencia y el arte, incluso en toda nuestra vida pública y ha debilitado enormemente nuestra herencia de vínculos nacionales y religiosos». Como al autor católico le huele que muchos representantes del judaísmo de su tiempo constituyen un peligro religioso y nacional, le parece que «la manera de proceder del gobierno alemán contra la invasión judía, si bien ha sido considerada dura por parte de judíos alemanes patriotas, en sus propósitos fundamentales constituye un acto obligatorio de autoafirmación germana cristiana», más aún, es una exigencia de «nuestro amor propio ordenado, aquel amor propio que en la moral cristiana constituye el requisito natural de nuestro amor al prójimo». No bastando con esto, el teólogo de Tubinga saca conclusiones concretas, que deben ser tomadas como exigencias. «Una legislación basada en la pureza étnica de sangre» no puede «sin más ser condenada como no cristiana o anticristiana: antes bien, es derecho y tarea del Estado preservar la pureza de sangre de su pueblo mediante las medidas correspondientes, siempre que obviamente sea amenazado por la irrupción desordenada y desmedida de sangre extraña». Por otra parte, añade a modo de restricción que en la ejecución de las disposiciones del Estado no se debía vulnerar la justicia y el amor, y la especificidad judía no debía ser difamada moralmente.

Como se puede constatar, el teólogo alemán no tuvo la intención de marcar distancia con la nueva religión de la sangre y la raza, formulada teóricamente por el ideólogo nazi Alfred Rosenberg en su obra El mito del siglo XX, de 1930. Al contrario, al iniciarse el régimen nazi les ofreció a aquellos católicos que tenían dudas una excusa y justificación para adherirse a una mentalidad racista.

El mito de la sangre y del suelo también es fundamental en la cristología de Adam. En una ponencia en el Katholikentag (Congreso de los Católicos Alemanes) en Stuttgart, el 21 de enero de 1934, el teólogo hizo un intento de interpretar de nuevo la ideología racial en clave cristiana: «¿No se está gestando un hombre nuevo, un pueblo nuevo, cuyo aliento es cálido y ardiente, sus ojos claros y brillantes, su corazón ufano, un hombre, un pueblo que partiendo de la disipación y la dispersión se ha vuelto a encontrar a sí mismo, que retorna a la herencia de la sangre, al suelo patrio y a aquel origen y santuario, del cual ha tomado sus mejores fuerzas, a la fe cristiana?»

En otra ponencia, que tuvo lugar un año más tarde, el 5 de febrero de 1935, en el Bonifatiusverein en Tubinga, y que fuera publicada ese mismo año con el título Jesucristo y el espíritu de nuestro tiempo, si bien Adam acentúa el carácter universal de la Revelación divina, añade lo siguiente: «Desde luego también la peculiaridad sanguínea de un pueblo va a colorear la manera particular en que se acoge y procesa la santa y excelsa Palabra de Dios, y por eso la devoción que se enciende ante la revelación sobrenatural nunca podrá sustraerse a un impacto nacional racial.» Para ello apela a dos principios de la teología escolástica: «la gracia supone la naturaleza» y «la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona».

Ya en su obra Cristo y el espíritu de Occidente, de 1928, aparecían enunciados antisemitas. Para demostrar la importancia de Occidente como «el primer gran campo misionero cristiano», recuerda que el Apóstol Pedro «trasladó su actividad a Roma» y que Pablo «dedicó su vida a eliminar todo lo judío de la esencia del cristianismo». Este concepto se expresa también en la cristología de Adam: «Se debe quizás con cierta precaución arriesgar la siguiente frase: así como el Jesús histórico asumió la figura de un descendiente de David, de un judío, así la figura del Cristo místico es occidental.»

Después de enero de 1943, cuando en la Conferencia de Wannsee los líderes nazis tomaron la decisión criminal de poner una “solución final” a la cuestión judía, Karl Adam, en su artículo Jesús, el Cristo, y nosotros, los alemanes maltrata el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, para sostener que Jesucristo no era un descendiente de judíos, ya que «su madre no tuvo ninguna relación física ni moral con aquellas feas predisposiciones y fuerzas que condenamos en los judíos de sangre pura. Por milagro de la gracia, ella está más allá de estos factores hereditarios judíos, es una figura sobrejudía.»

Una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, Karl Adam pudo seguir enseñando teología en Tubinga y se jubiló en 1949.

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Rudolf Graber

Durante una lección académica en calidad de invitado en Tubinga en junio de 1976, el entonces obispo de Ratisbona, Rudolf Graber (1903-1992), calificó a Karl Adam de «precursor del Concilio Vaticano II y de su teología». Lo curioso es que el pasado de Graber tampoco fue muy limpio que digamos. En junio de 1933, durante un discurso público, había designado a Adolfo Hitler como «salvador, padre y redentor terreno». En este discurso, intitulado La misión alemana: Sobre el concepto e historia del Sacro Imperio, también se encuentran alusiones antisemitas y raciales, explicando la «lucha contra el judaísmo» como «una animadversión instintiva de todo el pueblo alemán» y rematando con la consabida frase retórica: «¿Por qué el pueblo repudiado debe dominar el mundo y no el pueblo del medio?» Graber designaba al «Tercer Reich como la salvación de Occidente del caos del bolchevismo, la barbarie asiática».

Si bien Graber, desde su puesto de director de la organización católica juvenil Bund Neudeutschland elaboró y difundió una especie de “teología del Reich”, en la que se fusionaba antijudaísmo con ideología racial antisemita, una vez terminada la guerra negó que hubiera apoyado al régimen nazi, y desde 1946 hasta su nombramiento como obispo de Ratisbona en 1962 ejerció de profesor de teología fundamental, historia de la Iglesia, ascética y mística en Eichstätt (Baviera). De 1957 a 1962 fue también secretario de la revista “El Mensajero de Fátima”.

No me consta que en el Sodalicio se haya sabido de las afinidades nazis de los teólogos Adam y Schmaus. Bajo esta luz, uno se pregunta si la descripción de la figura de Jesús que aparece en el Jesucristo de Adam se basa única y efectivamente en los datos bíblicos, como pretende el teólogo alemán, o si no hay una cierta influencia del modelo de hombre presente en la ideología nazi y que se buscaba construir a través de la formación física, militar e ideológica en los campamentos de la Hitlerjugend (Juventudes Hitlerianas). O si la teoría de la predestinación de Michael Schmaus, que plantea que unos son creados y elegidos para gozar de una mayor bienaventuranza y felicidad que otros, no responde más bien a una aproximación elitista a la vida, que encontró expresión en el concepto de raza elegida del nazismo, y que, finalizada la guerra y vencida la dictadura hitleriana, queda sólo como elitismo sin más, justificado teológicamente, donde unos, en razón de un misterioso designio de la voluntad divina, están llamados a una misión que los coloca por encima del común de los mortales y les garantiza un puesto privilegiado en el Reino de los cielos.

Ambos teólogos no pronunciaron nunca un mea culpa por haber apoyado el nazismo ni hicieron cuentas con su pasado. Simplemente cubrieron con un manto de silencio ese lapso de su vida, como si nada hubiera pasado, y continuaron con su carrera teológica en circunstancias distintas. Curiosamente, en eso se parecen al Sodalicio de Vida Cristiana, cuyo proclamado fundador Luis Fernando Figari tuvo un pasado marcado por la influencia de doctrinas afines al fascismo, legado ideológico que también configuró la institución en sus inicios –sin contar con que también puede tener proyecciones en el presente–, y todo ha sido cubierto adrede con una pátina de olvido y silencio, intentando sepultar las huellas del pasado y desprestigiando a aquellos que se atreven a sacar los cadáveres a la luz. Uno termina preguntándose si hubo transparencia en el procedimiento que culminó con la obtención de la aprobación pontificia en 1997 y contaron todo lo que tenían que contar, toda su historia con sus páginas incómodas inclusive, o si presentaron el cuento de hadas que han ido elaborando a lo largo del tiempo, donde la historia es reescrita e interpretada de acuerdo a la conciencia actual que de sí mismo tiene el Sodalicio, y donde todo aquello que no corresponda a ese ideal es eliminado de la memoria, como si nunca hubiera existido.

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Rupert Mayer SJ

Afortunadamente, la memoria existe. En el año 2011 la ciudad de Tubinga decidió cambiar el nombre de la calle Karl Adam, que llevaba este nombre desde 1966, por el de Johannes Reuchlin. El año anterior, 2010, el obispado de Rottemburgo-Stuttgart había cambiado el nombre de la casa Karl Adam, una residencia de estudiantes en Stuttgart, por el de casa Rupert Mayer. Nacido en Stuttgart en 1876, fue un jesuita que formó parte de la resistencia católica durante la dictadura hitleriana y que, debido a sus prédicas criticando los peligros del nazismo, terminó preso en varias ocasiones e incluso pasó un tiempo en un campo de concentración, muriendo en 1945 de un ataque de apoplejía y con la salud quebrantada. Que además tuvo una preocupación por gente de todas las clases sociales, fue llamado en vida el “Apóstol de Múnich” y en 1987 fue proclamado beato por la Iglesia. Y que nunca apoyó ideologías totalitarias ni se sometió complacientemente a regímenes dictatoriales y, por lo tanto, nunca tuvo un pasado vergonzoso que ocultar de miradas ajenas.

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El artículo original en alemán de Georg Denzler ANTIJUDAISMUS UND ANTISEMITISMUS IN DER THEOLOGIE UNSERES JAHRHUNDERTS: Karl Adam, Michael Schmaus und Anton Stonner puede leerse aquí:
http://facta.junis.ni.ac.rs/lap/lap97/lap97-02.pdf