EL CANON 1395 Y LA REVICTIMIZACIÓN DE LAS VÍCTIMAS

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Cardenal José Rodríguez Carballo, firmante de la nefasta resolución vaticana sobre el caso Figari

En la carta vaticana del 30 de enero de 2017 a Alessandro Moroni, Superior General del Sodalicio, se dice que «el Sr. Figari, con el fin de obtener la obediencia de los propios hermanos, utilizó estrategias y modos de persuasión impropios, es decir, solapados, arrogantes y de todos modos violentos e irrespetuosos del derecho a la inviolabilidad de la propia interioridad y discreción, y por lo tanto a la libertad de la persona humana de discernir con autonomía las propuestas o las decisiones».

Incluso admite que «siempre con el fin de manipular, de hacer dependientes y por lo tanto de controlar más que de dirigir las conciencias, […] el Sr. Figari ha solicitado también, de modo improcedente y en cualquier caso excesivo, confidencias en el delicado ámbito de la sexualidad, y en algunos casos ha cometido actos contrarios al VI Mandamiento».

Pero luego se dice que Figari no habría cometido abusos sexuales sino sólo pecados graves, interpretando antojadizamente el canon 1395 del Código de Derecho Canónico, el mismo que sirvió para determinar que el P. Fernando Karadima en Chile sí había cometido delitos sexuales.

El mentado canon habla de delitos contra el sexto mandamiento con «violencia o amenazas, o públicamente o con un menor que no haya cumplido dieciséis años de edad» cometidos por un clérigo, pero las leyes respecto a la expulsión de un miembro de un instituto de vida consagrada (cánones 695-740) establecen que quien cometa esos actos, puede ser expulsado aunque no sea clérigo.

Para el Vaticano, los violentos “modos de persuasión” que solía aplicar Figari se esfumaron repentinamente como por ensalmo en el momento de cometer esos actos, de modo que tampoco hubo “víctimas” sino “cómplices” del pecado mayores de 16 años, que es el límite de mayoría de edad que establece la Iglesia católica romana en su legislación, aún cuando para delitos sexuales cometidos por clérigos, el Papa Juan Pablo II elevó ese límite a 18 años en el año 2001.

Aun así, la carta vaticana reconoce que, según la documentación adicional presentada por Moroni, sí hubo por lo menos un “cómplice” menor de 16 años, es decir, una “víctima”.

Es evidente que quien manipula conciencias y seduce mediante engaños, aplica violencia psicológica para abusar de sus víctimas, aunque sean mayores de edad.

El Vaticano no ha querido ver esto y ha terminado participando en la revictimización de las víctimas.

(Columna publicada en Exitosa el 25 de marzo de 2017)

LA ARQUITECTURA DEL ABUSO: LOS CÍRCULOS CONCÉNTRICOS

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A Figari le gustaba la figura de los círculos concéntricos para explicar cómo estaba constituida la Familia Sodálite.

En el centro, formando el núcleo, se hallaba el Sodalicio, sobre todo los laicos consagrados que vivían en comunidades. Luego, en la siguiente circunferencia se ubicaba la Fraternidad Mariana de la Reconciliación, la rama femenina de mujeres consagradas. A continuación, seguía el Movimiento de Vida Cristiana, donde tenían prioridad las Agrupaciones Marianas para varones, y después los grupos para mujeres, entre ellos la Asociación de María Inmaculada (AMI). Y así sucesivamente hasta incluir las diferentes asociaciones que se nutren de la “espiritualidad” sodálite. Que aunque oficialmente pudieran tener la fachada de entidades independientes y autónomas, siempre han dependido del núcleo sodálite, el cual dictaba los estilos de vida a ser asumidos por quienes se comprometieran con cualquier entidad que se inspirara en el “carisma” sodálite. Como un pulpo oculto bajo la superficie, aunque lo nieguen los responsables de la institución, los tentáculos del Sodalicio se han extendido hacia todas las asociaciones que se reconocen vinculadas a la Familia Sodálite.

Este esquema de círculos concéntricos también se plasma en la estructura institucional del mismo Sodalicio, donde en el centro se halla el Superior General, a quien se le debe obediencia absoluta e incondicional. En el siguiente círculo se hallan los demás miembros del Consejo Superior: el Vicario General y los cinco Asistentes Generales de Instrucción, Espiritualidad, Apostolado, Comunicaciones y Temporalidades. Después siguen los superiores de comunidades, los consejeros espirituales, los formadores, los instructores, los demás miembros de comunidades sodálites y finalmente los candidatos a la vida consagrada. En el círculo más externo se hallan los adherentes, es decir, aquellos sodálites que han optado por el matrimonio y que oficialmente no pertenecen a la institución, aunque mantienen una compromiso muy cercano con ella, y a los cuales siempre se les ha considerado ad intra como la última rueda del coche.

Este mismo esquema se replica en los niveles jerárquicos dentro del Sodalicio: aspirante, probando, formando (en cuatro niveles), consagrado temporal, consagrado perpetuo, profeso temporal y profeso perpetuo. Mientras más arriba se está dentro de esta jerarquía, más cercanía hay hacia el centro, más facultad de mando, más acceso a a información y, por supuesto, más secretismo hacia los círculos externos.

Pues se ha de tener en cuenta que a la institución le son totalmente ajenas las prácticas y costumbres democráticas, así como aquello que les sirve de base: la auténtica libertad de opinión y de decisión propia. Y para mantener esto, a lo largo de su historia nunca ha habido un flujo continuo de información desde el centro —conocido como la cúpula y que no necesariamente se identifica con el Consejo Superior— hacia las bases, entendidas como todos aquellos miembros de a pie de los círculos externos que forman parte del Sodalicio y que son mantenidos en la ignorancia respecto a lo que realmente se cocina en el núcleo. Y también respecto a lo que ha sucedido realmente en la historia de la institución.

Esta estructura de círculos concéntricos se refleja arquitectónicamente en las mismas comunidades sodálites mediante la importancia relativa que se le da a los diferentes espacios habitacionales.

Si bien se solía decir que la capilla donde está el Santísimo Sacramento era el centro de toda comunidad sodálite, este espacio siempre fue un lugar accesible a todos los miembros de la comunidad —e incluso ocasionalmente a gente externa, si contaban con permiso del superior—. La capilla, en realidad, revestía el carácter de un servicio espiritual prácticamente accesible a casi todos.

El verdadero sancta sanctorum de cada comunidad sodálite era el dormitorio del superior, al cual no se podía ingresar sino sólo con el permiso de éste. Luego venían los dormitorios asignados personalmente a un sacerdote o a un guía espiritual con ciertos privilegios, los dormitorios compartidos de los demás miembros de la comunidad y los espacios comunes de vida comunitaria, a los cuales no solían tener acceso la gente externa a la comunidad. Finalmente, estaban los espacios para recibir a la gente que viniera de visita, separados de las áreas comunitarias por una puerta con un letrero que decía PRIVADO.

Respecto al dormitorio del superior —que era la vez su lugar de trabajo y solía contar con un escritorio y su biblioteca personal—, si éste se recluía en ese espacio con la puerta cerrada, a nadie se le hubiera ocurrido interrumpirlo por ningún motivo, so pena de recibir una feroz reprimenda. O de ser sometido a una severa medida correctiva. Mas aún si el superior tenía una sesión de consejería espiritual o una conversación con alguno de sus subordinados.

Por otra parte, quien se encerraba con el superior dentro de su habitación iba con la confianza absoluta de lo que allí iba a suceder era beneficioso para él y una ayuda para su crecimiento espiritual. En ese ambiente, donde una interrupción externa era impensable y de dónde no se podía salir hasta que el superior diera por terminada la conversación o la actividad que allí se realizaba, se daban las condiciones para que un abuso de confianza pudiera llegar al extremo de un abuso sexual sin que nadie se enterara. El subordinado se encontraba totalmente desprotegido y en una situación vulnerable.

Es cierto que en la mayoría de las ocasiones no se verificó ningún abuso en esas circunstancias. Pero si ello ocurría, el mismo sistema de círculos concéntricos basado en la centralidad de la obediencia y la confianza absoluta hacia el superior, unido a la intangibilidad del espacio y del tiempo ocupados por quien estaba revestido de autoridad ilimitada, creaba un velo impenetrable de opacidad e impunidad en torno a cualquier abuso que se pudiera perpetrar.

Algo análogo ocurría con los consejeros espirituales que cumplían sus funciones en habitaciones cuya puerta se cerraba y ocultaba a la vista ajena lo que pudiera pasar en esos espacios. Como me ocurrió a mí en la comunidad sodálite de San Aelred, en una pequeña habitación destinada a consejerías espirituales y cuya puerta —que no contaba entonces con ningún ventanillo— fue cerrada con llave antes de que Jaime Baertl me diera la orden de desnudarme y de simular un coito con una enorme silla que allí había.

Por eso, cuando Alessandro Moroni, Superior General del Sodalicio, declaró el 26 de octubre de 2015 al diario El Comercio que «uno se pregunta cómo diablos pudo haber ocurrido esto en el Sodalicio» (ver http://elcomercio.pe/sociedad/lima/como-diablos-pudo-pasado-esto-sodalicio-noticia-1850794), me quedé atónito. Más aún, cuando las condiciones para que eso ocurriera estaban dadas por el mismo sistema desde sus inicios.

¿Pudieron ocurrir abusos sexuales en una comunidad sodálite sin que la mayoría de los miembros de la comunidad se diera cuenta? ¿No notaron nada raro los jóvenes que vivían en las comunidades, siendo así que compartían techo con los mismos abusadores, comían a la misma mesa y ocupaban los mismos espacios habitacionales?

A decir verdad, precisamente la configuración de los espacios en las comunidades sodálites favorecieron que se cometieran los abusos sin que casi nadie se percatara de ellos. Pues no se puede comparar una comunidad sodálite con el hogar en que vive una familia común y corriente, donde no hay habitaciones a las cuales algunos miembros de la familia tenga prohibido entrar. O donde si alguien se encierra demasiado tiempo en su habitación de manera imprevista, se despiertan sospechas de que algo malo pasa con ese miembro de la familia.

En las comunidades sodálites uno podía encerrarse solo un tiempo relativamente breve en un dormitorio —que era compartido con otros— para hacer una meditación o práctica de yoga. Pero la puerta permanecía siempre sin llave. El único que tenía el privilegio de ponerle llave a su habitación era el superior, y eventualmente algún guía espiritual o sacerdote que tuviera una habitación sólo para sí mismo. Y esas habitaciones eran de acceso restringido para los sodálites de rango inferior dentro de la comunidad. Sólo se accedía a ellas con permiso del dueño y señor de la habitación, generalmente para una sesión de consejería espiritual o para una conversación privada.

Mientras durara ese intercambio, nadie debía interrumpir, salvo por motivo grave, en cuyo caso debía primero dar un par de golpes en la puerta. Más aún, por disciplina aprendida en la vida comunitaria, a nadie se le ocurría interrumpir al superior o guía espiritual cuando estaban encerrados solos o con alguien en su habitación. Y ese alguien quedaba prácticamente a merced del superior. O del guía espiritual de turno.

Todo lo dicho explica una de las conclusiones a las que llega el segundo de los informes preparados por los expertos extranjeros contratados por el Sodalicio (ver http://sodalicio.org/wp-content/uploads/2017/02/Informe-Abusos-Febrero2017.pdf):

«Todas las víctimas reportaron que confiaban en su agresor en el momento que fueron abusados. Estas inconductas sexuales ocurrieron en distintos lugares, pero principalmente en comunidades del SCV».

Y eso explica por qué en otras entidades o asociaciones vinculadas al Sodalicio donde no se encuentre replicado arquitectónicamente el esquema de los círculos concéntricos en vano se buscará víctimas de abuso sexual. Por ejemplo, las instituciones educativas promovidas por el Sodalicio, donde —a mi parecer— el riesgo de que menores sean víctimas de abusos sexuales no es mayor que en cualquier otra institución educativa promedio. Pues resulta difícil replicar los círculos concéntricos en espacios donde trabajan en su mayoría profesionales de la educación no sodálites que, si bien pueden tener muchos simpatía por el Sodalicio, no han sido sometidos a las prácticas manipuladoras que producen un lavado de cerebro y una uniformización de las mentes en los sodálites de comunidad.

En los colegios del Sodalicio existe el riesgo de un adoctrinamiento ideológico de corte conservador, así como la posibilidad de que jóvenes sean captados para luego entrar a formar parte del Sodalicio. Pero si alguna vez llegan a ser objeto de abusos, eso probablemente no ocurrirá en el plantel escolar, sino en algunas de las comunidades, donde el sistema de círculos concéntricos no ha sido desmontado y permanece intacto. Y donde podría volver a engullir a uno que otro que caiga en el vórtice de su espiral psicótica.

(Columna publicada en Altavoz el 20 de marzo de 2017)

LA VERDAD RETOCADA

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«Los expertos no han encontrado indicios de complicidad ni conspiración entre los presuntos abusadores», dice Alessandro Moroni, Superior General del Sodalicio, en su carta introductoria a los “Informes sobre Abusos y Respuesta en el Sodalicio de Vida Cristiana”.

Sin embargo, esa conclusión no aparece en ninguno de los dos informes. ¿Qué sucedió? ¿Estaba pero luego fue eliminada?

Porque la brevedad de ambos informes así como su estilo fragmentario, sumado a varias inconsistencias y falsedades, nos hacen suponer que no sólo fue eliminada la conclusión mencionada, sino que en general los textos habrían pasado por varios filtros, y al final lo que el Sodalicio habría dado a conocer sería una versión mutilada y retocada de los informes originales elaborados por los expertos.

Pues, a decir verdad, ningún experto que se respete señalaría solamente los nombres de cuatro abusadores sexuales y callaría los de otros cuatro.

Ningún experto serio —sabiendo que son décadas el tiempo que una víctima tarda en hablar— diría taxativamente que el último acto de abuso de un menor por un sodálite ocurrió en el año 2000 —lo cual implica además negar que Daniel Murguía habría abusado de un menor en el año 2007—. Adicionalmente, téngase en cuenta que se reconoce que el último caso conocido de abuso sexual de un adulto joven es del año 2009.

Que los informes hablen de la «cultura pasada» del Sodalicio, presenten una visión cuasi-heroica de los actuales responsables de la institución e incidan en lo maravilloso de la situación actual de ésta, debido a haberse tomado las medidas preventivas del caso, no hace sino confirmar la sospecha de una manipulación descarada de la verdad.

(Columna publicada en Exitosa el 18 de marzo de 2017)

LA ARQUITECTURA DEL ABUSO: EL CASO BAERTL

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Jaime Baertl, haciendo “apostolado” con niños en los años ‘70

Jaime Baertl, cuando fue interrogado por la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación, habría negado aquel incidente en que me habría ordenado que fornicara una silla, aduciendo que la salita donde yo dije que habría sucedido el hecho tenía una ventana hacia la calle y, por lo tanto, se hallaba a la vista de cualquiera lo que sucediera en ese recinto, o en todo caso la puerta tenía un ventanillo que permitía ver lo que sucedía dentro del cuarto.

El 8 de julio de 2016 en la Fiscalía de la Nación negó también este mismo hecho que yo he denunciado.

Alessandro Moroni, en un e-mail del 31 de enero de este año, me comentó al respecto:

«En el testimonio que nos hiciste llegar relataste un episodio que también has descrito por medios de alcance público y que, según los informes que nos hizo llegar la Comisión, también les relataste a ellos. Eso fue encomendado entonces al investigador profesional asignado para estos casos, y en su informe indica que no encontró evidencias para afirmar la verosimilitud de este caso».

Pues resulta que este “investigador profesional” nunca se puso en contacto conmigo para averiguar más detalles sobre el incidente, los cuales se los hubiera dado con mucho gusto. Ni siquiera Ian Elliott, uno de los “expertos” contratados por el Sodalicio —con quien hablé en persona en una ocasión y por Skype en un par de ocasiones más— me interrogó con minuciosidad sobre el tema. Pues si lo hubiera hecho, le hubiera dado la información adicional que voy a poner en este escrito.

Fue en la segunda comunidad fundada por el Sodalicio, denominada “San Aelred”, ubicada en la Av. Brasil 3029 (Magdalena del Mar), donde ocurrieron los hechos. Contrariamente a lo que Baertl declaró en la Fiscalía, él nunca fue superior de esa comunidad, sino más bien de la primera comunidad sodálite, ubicada en el Óvalo Brasil en Jesús María, allí donde la Av. Brasil se cruza con la Av. San Felipe. Era una comunidad más pequeña con capacidad para 4 ó 5 personas. Desde allí se dirigía Baertl a la otra comunidad, que quedaba a menos de un kilómetro de distancia, donde yo tenía consejo espiritual con él una vez por semana.

Lo mejor es hacerse una idea adecuada del lugar de los hechos. Para ello he hecho un plano de la planta baja de la casa, tal cómo era cuando fue adquirida por el Sodalicio. En un segundo plano incluyo las modificaciones arquitectónicas que se hicieron en el inmueble. Las proporciones son aproximadas, dado que no poseo medidas exactas, pero la distribución de los espacios habitacionales es correcta, y puede ser confirmada por innumerables testigos que conocieron la casa. Aún cuando ésta ya no exista, pues en su lugar se ha construido un edificio de departamentos, en la misma recta de la Av. Brasil todavía existen casas similares.

Plano 1: Inmueble Av. Brasil 3029, Magdalena del Mar, adquirido por el Sodalicio en 1978 (planta baja)

av_brasil_3029_plano_1Como se puede ver, la casa tenía dos amplias salas conectadas entre sí y con el comedor, lo cual permitía que la luz que entraba por la ventana externa y la puerta de la terraza iluminara todos los espacios de manera distribuida. Asimismo, la cocina tenía una ventana que daba a la lavandería, y la iluminación diurna de la sala estaba garantizada por unas ventanales que había en la pared de la escalera. Debajo de ésta había un pequeño espacio, que albergaba un baño de visitas.

Veamos cómo la intervención del Sodalicio para acomodar el inmueble a sus necesidades convertiría esta casa luminosa en una mansión más lúgubre y sombría.

Plano 2: Comunidad sodálite “San Aelred”, a partir de 1979 (planta baja)

av_brasil_3029_plano_2Éstas fueron las principales modificaciones que se hicieron:

  • Se construyó una pared con una ventana donde estaba el portón del garaje, y éste fue convertido en un aula de instrucción, con un gran pizarrón en la pared del fondo y carpetas de salón de clase.
  • La vía de entrada al garaje y el jardín externo fueron convertidos en estacionamiento de vehículos motorizados.
  • La sala 1 fue divida en dos mediante una pared para así ganar una salita de reuniones y una salita de consejos. Se clausuró el acceso original para construir dos entradas con sus respectivas puertas y se tapió la comunicación con la sala 2, ahora biblioteca. Nótese que la salita de consejos no tiene ventanas. Sólo se podía estar allí con luz artificial. Las puertas fueron en un principio de cuerpo entero, pero tiempo después se mandó hacer unos ventanillos en ellas, para que se pudiera ver quiénes estaban en cada una de las salitas.
  • La sala 2, convertida ahora en biblioteca, llegaría a ser el lugar más oscuro de la casa, pues se puso paneles de madera y puertas en todas las aberturas que tenía, de modo que cuando nos encerrábamos allí para estudiar tranquilamente con luz artificial, parecía una escena sacada de un cuento de terror gótico.
  • Se puso paneles de madera y vidrio con una puerta entre el pasillo de entrada y la sala de estar, restándole así más luminosidad a la casa. En esa puerta había un letrero que decía PRIVADO, pues marcaba el límite entre la zona adónde sólo podían entrar los miembros de la comunidad y la zona de visitantes.
  • Se construyó una estrecha capilla en el jardín, con bancas pegadas las paredes y el altar en el medio. La iluminación, garantizada por unos angostos ventanillos verticales, era escasa pero suficiente.

En la sala de estar ocurrió el siguiente incidente, que incluí en mi denuncia presentada ante la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconcilación y posteriormente enviada a la Congregación para los Institutos de Vida Religiosa y las Sociedades de Vida Apostólica:

«En diciembre de 1983 fui trasladado a la mencionada comunidad de San Aelred. El superior de esa comunidad era entonces Germán Doig. En ese entonces, era común que los sábados en la noche nos visitara Luis Fernando Figari para conversar a profundidad sobre temas de interés para el Sodalicio, examinar la marcha de la comunidad y aplicar dinámicas de grupo orientadas a fortalecer nuestras convicciones sodálites. En una de esas reuniones Figari pretendió demostrar lo inútiles que son las mortificaciones corporales y que la ascética basada en el dolor físico no tenía mucho sentido y fomentaba la soberbia; que más bien eran beneficiosas las mortificaciones espirituales, a las cuales se da prioridad en la espiritualidad sodálite. Para ello, me pidió que me pusiera a cuatro patas —como un perro— en medio de la salita en la que estábamos reunidos y me levantara la camisa, dejando la espalda libre. Luego le pidió a [Paco] que tomara una correa y me propinara un golpe con ella. [Paco] dudó en ejecutar la orden, pero al final lo hizo debido que Figari insistió. Ese primer correazo, además de dejarme una marca, me hizo temblar de los pies a la cabeza. A continuación, Figari insistió en que se me diera un segundo correazo, lo cual [Paco] obedeció sin chistar. Cuando pensé que iba a venir el tercer correazo, la sola idea me produjo espasmos como si ya lo hubiera recibido. Figari dio a [Paco] la orden de no continuar, y me preguntó cómo me sentía. Le dije que bien. Había aprendido, como tantos otros, a soportar pruebas físicas en el Sodalicio y estaba mentalmente programado para sentirme orgulloso de haber sido latigueado. Figari comentó que las mortificaciones físicas tendían a alimentar la soberbia y no tenían el valor mismo valor que las mortificaciones espirituales, que implicaban asumir con alegría los sufrimientos que de por sí trae la vida».

Pero en esa misma casa había ocurrido años antes, en 1979, el incidente en que Jaime Baertl me ordenó desnudarme y fornicar con una silla, precisamente en la salita de consejos.

Al respecto, hay que hacer ciertas aclaraciones en honor a la verdad, pues el hecho ha sido exagerado por la prensa, a tal punto que se ha perdido objetividad en la representación de lo que realmente ocurrió.

Sin que yo supiera lo que venía después, Baertl me dio la orden de desnudarme dos veces, pues la primera vez dudé de si había escuchado lo que había escuchado y mostré reticencia en hacerlo. Finalmente, lo hice porque confiaba en Baertl como mi guía espiritual que supuestamente sabía lo que estaba haciendo para mayor bien mío. Aún así, tuvo que ordenarme después que me sacara también el calzoncillo, pues yo asumí que cumplía con lo mandado quedándome con esta prenda puesta.

Asimismo, la orden de “cachar” la enorme silla —utilizando el mismo lenguaje empleado entonces por Baertl— fue dada dos veces, pues la primera vez no podía creer lo que se me estaba ordenando y me parecía absurdo. La segunda vez obedecí, poniéndome detrás del respaldar, que me llegaba hasta el mentón y pasando mi miembro a través del espacio que separaba el respaldar del asiento propiamente dicho. Hice un par de movimientos torpes tratando de imitar lo que es un coito —experiencia que nunca había tenido en mi vida—, pero simplemente no pude hacer lo que Baertl me había ordenado, pues la incomodidad que sentía me había hecho perder naturalidad en los movimientos y me había generado cierta rigidez corporal.

La cosa duró menos de un minuto, después de lo cual Baertl me ordenó vestirme de nuevo. No hubo nada de erótico en esa experiencia, en una habitación pequeña sin ventanas iluminada sólo por la luz amarillenta que provenía de un bombillo. De hecho, la experiencia la sentí más bien como inhibitoria de toda libido sexual.

El mismo Jaime Baertl no intentó en ningún momento sacar provecho sexual para sí de la situación, sino que, ocupando un asiento cerca de la otra esquina de la habitación, se tapaba la cara con la mano y miraba sólo de reojo, como si la situación fuera también incómoda para él.

Hay que tener en cuenta que antes de aplicar la medida, Baertl me había dicho que esperara un poco, pues tenía que consultar algo con el superior de la casa, que en ese entones era Germán Doig. Cuando regresó, me explicó que había que romper mis barreras interiores, pues la conversación había llegado a un punto muerto, cosa que Baertl atribuyó a bloqueos psicológicos que yo tenía producto de experiencias traumáticas en mi familia. Por eso mismo, lo que hizo conmigo no llega a la categoría de abuso sexual, sino a lo que los expertos de los informes del Sodalicio han llamado manipulación sexual. O, dicho de otro modo, sería un acto de abuso psicológico con connotación sexual.

Tras haberme vuelto a vestir, yo mismo sentí que se me había hecho violencia interior, pero entonces no categoricé eso como algo malo y reprobable, pues en el Sodalicio a uno lo mentalizaban para aceptar como normal actos de violencia psicológica contra uno mismo o contra otros. Eran habituales en el apostolado y el acompañamiento espiritual.

Sólo con el paso de los años, cuando uno aprende a conocer mejor el mundo y se confronta con la realidad, es que se llega a categorizar ciertas experiencias pasadas como abusos, a la vez que se toma conciencia del daño que han dejado en la propia psique.

Y eso es lo que a mí me pasó con ésta y otras experiencias.

Algunos de los abusadores han alegado que hubo consentimiento de la otra parte, y ése ha sido el argumento principal esgrimido por la reciente resolución vaticana para negar que Figari cometió abusos (ver http://sodalicio.org/wp-content/uploads/2017/02/Carta_Roma_2017.pdf).

¿Hubo consentimiento de mi parte? En cierto sentido sí lo hubo, pues Baertl nunca me obligó a la fuerza a desnudarme, mucho menos me obligó a fornicar la silla cuando mis torpes intentos demostraron que no iba a poder hacerlo. Pero se trataba de un consentimiento muy imperfecto y débil, pues en esa pequeña habitación me encontraba a merced de mi consejero espiritual, y en base a la confianza que le tenía y la autoridad que como guía espiritual ejercía sobre mí, había muy poco margen para no acatar la orden, más aún cuando yo debía tener entonces tan sólo unos 16 años.

Respecto a este incidente, le escribí lo siguiente a Alessandro Moroni el 31 de enero de este año:

«La primera vez que lo puse por escrito fue en el año 2008, aunque ya anteriormente se lo había contado a algunas personas. Puedo demostrar esto por un e-mail que le envié en enero de 2009 a Manuel Rodríguez. No había la intención de hacer público este incidente. A fines del mismo año mi hermano Erwin recibió el mismo documento en que se narraba este incidente. Yo tenía entonces la intención de advertir a las autoridades sodálites para que tomaran las medidas necesarias, de ninguna manera la intención de hacerlo público. La primera vez que menciono el incidente de manera pública, aunque sin mencionar a Baertl por su nombre, es en mi post ELOGIO DEL SODALICIO del 11 de enero de 2013. Los reparos que personalmente tenía para hacer de conocimiento público este incidente, ¿no son acaso un indicio de que no lo inventé sino de que efectivamente ocurrió?»

Más aún, en ese momento ni siquiera estaba enterado de los abusos sexuales cometidos por ningún sodálite, salvo el caso de Daniel Murguía. Mi vinculación con Pedro Salinas y Rocío Figueroa recién se iniciaría en el año 2011, por lo cual la hipótesis de una campaña premeditada contra el Sodalicio queda descartada.

¿Puedo acaso haberme imaginado todos estos detalles? ¿No sería lógico que, en caso de querer inventar algo, recurriera a una historia más estándar, basada en abusos sexuales vividos por otros? Lo que a mí me ocurrió es tan insólito, que ni yo mismo pude comprender durante décadas qué es lo que realmente había pasado. Y durante todo el tiempo que mi mente estuvo secuestrada por la ideología sodálite, ni siquiera me planteé una explicación. Simplemente había pasado y durante años el incidente quedó guardado en el desván de mi memoria, sin que yo le prestara atención o me atreviera a sacarlo a la luz.

Jaime Baertl debe sentirse contento de que mi historia haya sido considerada como inverosímil por sus expertos contratados. Pero su alegría probablemente sea frágil y fugaz. Pues si todavía no tiene síntomas de Alzheimer, estoy seguro de que el recuerdo de lo que pasó lo acompañará hasta la tumba. Y quizás incluso hasta después, cuando tenga que explicar ante el juicio de la eternidad por qué traicionó tan arteramente su misión sacerdotal de ser testigo de la verdad.

(Columna publicada en Altavoz el 6 de marzo de 2017)

INCONSISTENCIAS Y FALSEDADES EN LOS INFORMES DEL SODALICIO

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Ian Elliott y Kathleen McChesney, autores junto con Monica Applewhite de los informes del Sodalicio

A lo largo del tiempo, el Sodalicio siempre ha ido acomodando su propia historia de acuerdo a su visión cambiante de la institución, arrancando las páginas incómodas del pasado, ocultando hechos y reinterpretando otros de manera benigna. Sin embargo, en la actualidad le resulta imposible negar hechos luctuosos que han sido documentados y verificados por la investigación periodística y corroborados por testimonios de innegable verosimilitud. Sólo les queda el recurso de reinterpretar los acontecimientos. Y para estos fines son muy útiles los dos informes evacuados por los tres expertos internacionales, contratados por una suma en dólares que desconocemos, pero que suponemos tan alta y escandalosa, que el Sodalicio no se atrevería a hacerla pública.

Ambos informes, dados a conocer a la opinión pública el 14 de febrero de este año, tienen fecha del 10 de febrero, último día del reciente cónclave sodálite realizado desde el 7 de febrero en la Casa de Retiros de los Pasionistas en La Molina, estando presente el delegado vaticano, el cardenal Joseph William Tobin (ver http://caretas.pe/sociedad/78233-diluyendo_el_pecado).

Los informes llevan como título, a saber:

  • Abusos Perpetrados por el Sr. Luis Fernando Figari y el Abuso Sexual a Menores por parte de Ex Sodálites
  • Abusos Perpetrados por Sodálites y Respuestas del SCV a las Acusaciones de Abuso

Si bien el primer informe presenta abundante información que valida no sólo lo que relata el libro Mitad monjes, mitad soldados de Pedro Salinas y Paola Ugaz, sino también lo que yo escribí en mi blog Las Líneas Torcidas a partir de noviembre de 2012, también presenta inexactitudes sobre la reacción que tuvieron las autoridades sodálites ante los casos de abusos.

Por ejemplo, se dice que Figari le prohibió en el año 2008 al entonces Vicario General Eduardo Regal reunirse con Rocío Figueroa, quien había dado a conocer un caso de abuso de una joven de 16 años por parte de Germán Doig, ante lo cual Regal decidió desobedecer a Figari e iniciar una investigación para determinar si había otras víctimas. Según el primer informe, tras investigar durante dos años, «Regal determinó que Doig había abusado de otros menores de edad y en 2011, en contra de los deseos de Figari, informó a la comunidad del SCV y al público que Doig había cometido actos que eran “contrarios a su promesa de celibato”, aunque no reveló que Doig había abusado de menores. Esta noticia conmocionó a la mayoría de los miembros de la comunidad del SCV, y a unos cuantos sodálites aún hoy se les hace difícil creer que Doig era un abusador».

Asimismo, Regal sería el artífice de la renuncia de Figari, pues en el año 2010 él «y otros en el Consejo Superior se encontraban extremamente preocupados por el comportamiento y las acciones de Figari, particularmente por su maltrato y abuso de los hermanos en la comunidad y personas en la familia espiritual del SCV. Ellos creían que la conducta de Figari, que era bien conocida por muchos de los miembros, era totalmente incompatible con la vida de un sodálite. Como resultado, Regal tomó el paso radical y sin precedentes de pedir a Figari que se retirara de la vida pública para llevar una vida de conversión, retiro y oración. Le prohibió aparecer en actividades públicas del SCV, del Movimiento de Vida Cristiana o en los eventos de la familia SCV, le prohibió presentarse a sí mismo como autoridad del SCV o en representación de la misma, así como asistir a Misas de aniversario o Misas públicas, publicar libros nuevos y participar en el Consejo Pontificio de Laicos. Pero los demás miembros de la comunidad no conocían estas medidas y creían que su retiro obedecía a motivos de salud».

La verdad es otra. En el libro Mitad monjes, mitad soldados se cuenta que fue Rocío Figueroa, —que había seguido investigando y contactando a más víctimas de Doig— quien le habría exigido a Regal el cierre de la causa de beatificación de Doig y la renuncia de Figari. Ésta se concretó el 8 de diciembre de 2010 y fue anunciada por el mismo Figari, aduciendo motivos de salud, tal como informó oficialmente ACI Prensa (ver https://www.aciprensa.com/noticias/fundador-anuncia-nueva-etapa-para-la-familia-sodalite/).

El 15 de julio de 2016, el mismo Regal hizo declaraciones en la Fiscalía que contradicen el papel heroico que le atribuyen los informes:

PREGUNTADO DIGA: Indique usted si conoce el motivo de por qué Luis Fernando FIGARI RODRIGO dejó de ser Superior General.
Dijo: Que sí, conozco. En el año 2010 FIGARI sufrió una operación médica complicada al abdomen, luego de dicha operación se le presentaron infartos cerebrales múltiples que lo dejaron incapacitado para el gobierno, sus capacidades intelectuales y físicas quedaron disminuidas y por lo tanto era indispensable poder contar con un Superior general en ejercicio, es así que varios sodálites, entre ellos yo, le recomendamos encarecidamente que deje el puesto de servicio de Superior General para poder tener un gobierno efectivo.

PREGUNTADO DIGA: Indique usted si en el periodo que fue usted Superior General, recibió denunciados por miembros del SCV por abusos cometidos contra ellos por Luis Fernando FIGARI.
Dijo: Que recibí denuncias y en cada caso procedí según el debido proceso en el marco ya explicado de las atribuciones del Superior General en el que debe existir verosimilitud, pruebas suficientes para, según eso, verificar si hay delito tipificado y vigente y abrir proceso o descartar dichas denuncias o proceder a medidas disciplinarias o administrativas. En ninguna de las denuncias que recibí, luego de investigar, encontré los elementos señalados.

Que Regal desestimó las denuncias contra Figari lo confirma el P. Jean Pierre Teullet en su célebre carta interna del 20 de octubre de 2015 (ver UNA CARTA DEL P. JEAN PIERRE TEULLET, SODÁLITE):

«En mayo del 2012, luego de varios meses de dialogo infructuoso con las autoridades, 4 sodálites presentamos formalmente “pedidos de investigación” contra el Hno. Luis Fernando Figari por actos graves e inmorales cometidos por él […]. Estos pedidos fueron desestimados, primero por el superior general de entonces, el Hno. Eduardo Regal, y luego, al ser presentados nuevamente por mí de modo formal en abril del 2013 al nuevo superior general, el Hno. Alessandro Moroni, fueron también desestimados por él. En ambos casos, nunca se realizó una investigación formal […]. Nunca se erigió un jurado, nunca se nos solicitó el testimonio formal, nunca hubo actas, nunca se dio un dictamen, y menos se nos respondió de modo formal la conclusión de dicho proceso».

Respecto a la interrupción del proceso de beatificación de Doig, tampoco hubo transparencia de parte del Sodalicio. El proceso fue interrumpido recién a fines de 2010, aduciendo que Doig no había alcanzado la heroicidad de virtudes, siendo que ya habían desde antes claras evidencias de los abusos perpetrados por él. Mientras tanto, se siguió promoviendo su figura como la de un sodálite ejemplar —«el mejor entre nosotros» según Figari— hasta el último momento.

El comunicado de Regal se hizo sólo internamente y de manera discreta —supongo que para “evitar el escándalo”—, no de manera pública, como señala falsamente el informe correspondiente. La noticia recién se dio a conocer a la opinión pública con la edición del 1° de febrero de 2011 de Diario16, gracias a que Rocío Figueroa pudo filtrar la información a la prensa con la ayuda de Pedro Salinas. Hasta ese momento, todos los esfuerzos de las autoridades del Sodalicio se habían concentrado en evitar que se dieran a conocer los hechos, a saber, que Doig había abusado sexualmente de jóvenes a su cargo.

Respecto a Jeffery Daniels, se cuenta que estuvo aislado en San Bartolo desde 1998 hasta poco después de la muerte de Germán Doig en el año 2001. El primer informe señala que «fuera de algunas autoridades como Figari y Doig, nadie sabía la verdadera razón por la cual Daniels se encontraba aislado o la amenaza que representaba para los menores».

Sin embargo, poco antes se señala que en el año 1997 un amigo de una de las víctimas le contó a un sodálite que Daniels había abusado de su amigo, y este sodálite se lo contó al Superior Regional. «El Superior regional contactó a Doig, quien al momento se encontraba en Roma con Figari. Doig le indicó al Superior regional que enviara al agresor al centro de formación de San Bartolo para un período de retiro hasta que se pudiera determinar un mejor curso de acción y que él, Doig, se encargaría de las familias de las víctimas. Doig también informó a Figari sobre el tema. El Superior regional realizó investigaciones adicionales y determinó que Daniels había abusado de hasta ocho jóvenes menores de edad. Después de que Doig y Figari regresaron de Roma, asistieron a la siguiente reunión del Consejo Superior donde la situación de Daniels fue tema de discusión».

¿Quiénes, además de Doig, formaban parte del Consejo Superior en ese momento?

De las declaraciones ante la Fiscalía de los acusados penalmente en el caso Sodalicio, se desprende que los otros miembros del Consejo Superior eran Jaime Baertl, José Ambrozic, Erwin Scheuch y una cuarta persona cuyo nombre desconocemos. Además, Oscar Tokumura ha declarado que tuvo conocimiento de los abusos de Jeffery Daniels en el año 1997, y cuando asumió el cargo de superior en San Bartolo, Daniels ya se encontraba allí. Su predecesor en el puesto de superior, Miguel Salazar, también habría conocido los motivos que llevaron a su aislamiento.

Salvo el primer sodálite mencionado de nombre desconocido, al cual se puede considerar inocente dado que comunicó de buena fe y adecuadamente el primer abuso conocido de Daniels a la autoridad correspondiente, los demás sodálites con cargos de responsabilidad —un total de 9 personas— no hicieron absolutamente nada para que Daniels fuera sancionado y serían cómplices de encubrimiento y haberlo ayudado a sustraerse a la justicia.

Después de verificar esto, uno se pregunta si los sodálites que tuvieron o tienen puestos de responsabilidad en la institución les dijeron toda la verdad a los expertos. O al contrario, como ocurrió en la Fiscalía, mintieron a diestra y siniestra. Pues cuesta admitir como cierto lo que dice el siguiente texto tomado del segundo informe: «Desafortunadamente, algunos imitaron el comportamiento manipulador y cruel de Figari durante estos diálogos, a pesar de que se sentían incómodos al hacerlo. Sólo un pequeño número de sodálites, por ejemplo, Doig, Regal, el P. Jaime Baertl, y algunos de los secretarios más cercanos a Figari, se sintieron empoderados para confrontarlo sobre su conducta». Resulta difícil creer que alguien como Regal —quien no le dio crédito a las denuncias contra Figari— se haya enfrentado a él. Pero aún más difícil resulta creer que lo haya hecho el P. Baertl, de quien no conozco que nunca jamás haya hecho ninguna crítica contra Figari, que lo ha defendido a capa y espada, y —según recuerdo— solía mantener una actitud aduladora hacia el fundador. Además de que se le parecía mucho en la manera como manipulaba las conciencias ajenas, y era tanto o más vulgar y procaz en su lenguaje que el mismo Figari.

El intento de salvar a la institución a como dé lugar —constante perversa que ha estado presente a lo largo de toda la historia del Sodalicio— también se halla presente en varias partes de los informes. Como, por ejemplo, en el siguiente texto del segundo informe: «La mayoría de los sodálites eran, y son, personas piadosas, con un carácter bueno y moral, atraídos por el Evangelio y los aspectos positivos de la cultura del SCV. Estos sodálites inspiraron y sirvieron como modelos y directores espirituales para los jóvenes, los aspirantes y sus compañeros sodálites. No fue, entonces, la cultura del SCV la que causó que los agresores cometieran actos de abuso, pero hubo autoridades o sodálites mayores que permitieron o alentaron abusos físicos y psicológicos».

Lo que sigue a continuación contradice este enunciado, pues se analizan elementos de la cultura institucional que crearon un ambiente favorable a que se cometieran abusos: el carácter icónico de Figari como personificación de la cultura del SCV, que debía ser imitado por todos; la naturaleza reservada del SCV y su falta de transparencia; el esfuerzo por desarrollar una organización religiosa casi militar; la obediencia total que se exigía a los sodálites. «A la luz de sus promesas de total obediencia a las autoridades del SCV, algunos sodálites se sintieron presionados a obedecer a sus superiores en todos los asuntos, incluso cuando se les ordenaba que trataran a sus hermanos de manera nociva para su bienestar físico o mental».

Es decir, la misma cultura del Sodalicio favoreció que personas buenas, piadosas y moralmente rectas cometieran actos repudiables. La bondad y rectitud moral de muchos sodálites —de lo cual yo mismo puedo dar fe— no puede ser considerado argumento para negar que la enfermedad estaría en el sistema, en la misma arquitectura institucional y cultural del Sodalicio.

«Los expertos no han encontrado indicios de complicidad ni conspiración entre los presuntos abusadores», señala Alessandro Moroni en la carta preliminar a los informes. «Los expertos identificaron ciertos elementos de la cultura del Sodalicio que, de alguna manera permitieron que estos reprobables hechos hayan podido ocurrir». Lo cual no hace más que confirmar que el problema sí estaba en la cultura del Sodalicio, generada desde arriba por el mismo Figari. Pues el hecho de que personas que no se coludieron cometieran abusos similares apunta a que la raíz del problema se halla en el sistema en que están insertos, como señala el testimonio de un formador: «Abusé y fui duro porque así me formé, de hecho mi formación fue aún peor. Simplemente no conocía otra manera. Me avergüenzo de lo que hice».

Finalmente, cuando uno revisa las fuentes de los informes se puede verificar una omisión grave. Los expertos no hablaron en ningún momento con ninguno de los integrantes de la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación. Era de esperarse, pues el Sodalicio ha estado siempre interesado en quitarle peso al informe emitido por esta Comisión, y esto se refleja en el segundo informe cuando se dice que ésta «no llevó a cabo una investigación exhaustiva de todas las denuncias reportadas ni examinó la cultura actual del SCV». Esta conclusión se basa sólo en el texto del Informe Final, y no tiene carácter concluyente desde el momento en que no se convocó a ninguno de los comisionados para interrogarlos sobre la manera en se realizaron las sesiones de trabajo. A diferencia de los expertos contratados por el Sodalicio, trabajaron de manera independiente sin recibir remuneración alguna. Lo único que para ellos personalmente estaba en juego era su reputación, la cual ha quedado indemne al comprometerse en la búsqueda de la verdad sin concesiones a intereses institucionales.

Los informes del Sodalicio no dan respuesta satisfactoria a todos los interrogantes, dejan muchas verdades en la sombra y generan muchas preguntas que requerirían de una investigación más a fondo. De ahí la urgencia y necesidad de que se establezca una comisión investigadora en el Congreso de la República. Para que se sepa al fin toda la verdad, sin maquillajes ni interpretaciones interesadas.

(Columna publicada en Altavoz el 19 de febrero de 2017)

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FUENTES

Informes sobre Abusos y Respuesta en el Sodalicio de Vida Cristiana (10 de febrero de 2017)
http://sodalicio.org/wp-content/uploads/2017/02/Informe-Abusos-Febrero2017.pdf

Declaraciones indagatorias de Alessandro Moroni, José Ambrozic, Erwin Scheuch, Eduardo Regal, Óscar Tokumura y Jaime Baertl ante la Fiscalía de la Nación
https://scvleaks.wixsite.com/scvleaks

CAZADORES DE VAMPIROS

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Los recientes informes del Sodalicio, elaborados por tres expertos internacionales, se asemejan a esas películas de terror que la productora británica Hammer produjo en los años ‘50 y ‘60. A las anécdotas terroríficas protagonizadas por cuatro seres monstruosos (Luis Fernando Figari, Germán Doig, Jeffery Daniels y Virgilio Levaggi) se suman las andanzas de dos Van Helsing que buscaron combatir a estos vampiros de almas: Eduardo Regal y Alessandro Moroni.

Pues no otra cosa nos transmiten los relatos consignados.

Regal, desobedeciendo a Figari, decidió investigar a Doig tras una denuncia que presentó Rocío Figueroa —siendo ésta la única vez que se la menciona en los informes—. Como Vicario General, habría llevado adelante la investigación que terminó con la fama de santidad de Doig, comunicándole el resultado a la Familia Sodálite. El mismo Regal fue quien, sin presiones externas, habría solicitado a Figari que se retire de la vida pública debido a su maltrato y abuso de los hermanos en la comunidad, ocasionando su renuncia.

Cuando Moroni toma la posta de Regal como Superior General, no se queda atrás en hazañas heroicas. Por propia iniciativa, aísla a Figari en Roma y continúa con la investigación a fin de llegar a la verdad, declarándolo finalmente “persona non grata”.

La caída de Figari se debe atribuir a estos dos cazadores de vampiros.

No a la labor que realizó Rocío Figueroa en silencio durante seis años cargados de sufrimientos, sin recibir apoyo del Sodalicio. Ni tampoco a lo que escribí desde fines de 2012 a 2015 —tres años que fueron un infierno— describiendo el perverso sistema sodálite. Mucho menos a los valerosos denunciantes, ni a Pedro Salinas, ni a Paola Ugaz.

(Columna publicada en Exitosa el 18 de febrero de 2017)

SODALICIO: DE CÓMO UN PROCESO DE REPARACIÓN SE CONVIERTE EN UNA FARSA

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Alessandro Moroni, Superior General del Sodalicio de Vida Cristiana

En lo que respecta a mi denuncia de abusos sufridos en el Sodalicio de Vida Cristiana, mi proceso se inicia el 21 de octubre de 2015 —tres días después de propalado el programa periodístico “Cuarto Poder” donde se da conocer a la opinión publica los abusos detallados en el libro Mitad monjes, mitad soldados— cuando el sacerdote sodálite Jorge Olaechea me escribe un e-mail a raíz de mi post SOBREVIVIENTE DEL SODALICIO, donde narro el incidente en que Jaime Baertl me ordenó desnudarme y fornicar una enorme silla, aunque sin mencionarlo a él por su nombre. La primera vez en que revelaría su nombre sería el 23 de enero de 2016 en mi post DESNUDOS POR OBEDIENCIA, haciendo un recuento de testimonios similares donde a otras víctimas sus guías espirituales les pidieron también que se desnudaran.

En su e-mail, el P. Olaechea —en ese entonces ya miembro del Consejo Superior del Sodalicio— me pedía perdón a título personal y se ponía a disposición mía para ayudarme en lo que pudiera. Asimismo, me informaba que estaban trabajando en constituir una comisión ad hoc, que luego se denominaría Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación. De modo que le envié el texto de mi denuncia el 27 de octubre de 2015, la cual él mismo puso en conocimiento de Alessandro Moroni, Superior General del Sodalicio.

Eso fue todo lo que el Sodalicio hizo por propia iniciativa en mi caso. En lo demás, yo sería el que tendría que tomar la iniciativa para que la cosa se moviera.

Una vez constituida la Comisión y ante la falta de comunicaciones por parte de los responsables del Sodalicio, decidí yo mismo enviar mi denuncia, la cual fue remitida a la Comisión el 19 de enero de 2016 por e-mail y por correo ordinario. El 3 de febrero me llegó un e-mail de acuse de recibo de parte de la Comisión.

El 25 de febrero declaré vía Skype ante los miembros de la Comisión. Se me preguntó particularmente sobre el incidente con Jaime Baertl, a lo cual respondí con precisión de detalles, incluyendo la disposición arquitectónica y de mobiliario de la salita donde ocurrió todo. Contrariamente a lo que ha supuesto la fiscal Peralta, la Comisión habló en la medida de lo posible con los presuntos victimarios denunciados por las víctimas, siempre y cuando los responsables del Sodalicio lo permitieron. Jaime Baertl ya había declarado ante la Comisión y había negado el incidente, aduciendo que por un asunto de espacio era imposible que hubiera ocurrido el hecho denunciado por mí.

El 21 de abril de 2016 me fue enviado mi informe individual, previa consulta de si daba autorización para que fuera entregada una copia al Superior General del Sodalicio, a lo cual asentí. De mi informe se desprendía que la Comisión había evaluado mi relato como verosímil. Por lo tanto, se solicitaba al Superior General que reconociera mi condición de víctima y me pidiera disculpas, además de otras medidas, ninguna de las cuales ha sido cumplida hasta el día de hoy.

Nuevamente, la respuesta del Sodalicio fue el silencio absoluto. Hasta que el 1° de mayo decidí tomar contacto vía Skype con Rafael Ísmodes, uno de los sodálites de mayor calidad humana que he conocido, quien me remitió a José Ambrozic, con el cual tuve algunas conversaciones cordiales también vía Skype. Fue él quien me sugirió que hablara con Ian Elliott, el especialista irlandés en abusos que había contratado el Sodalicio. Con Elliott hablé en un par de ocasiones vía Skype, hasta que me propuso una reunión en persona en un hotel de Frankfurt, pues estaba viniendo a Alemania para conversar con algunas víctimas del Sodalicio, entre ellas Álvaro Urbina.

La reunión se efectuó el 28 de octubre de 2016 en un clima cordial. Sin embargo, los resultados fueron nulos. El 9 de noviembre recibí un breve e-mail de Ian Elliott, agradeciéndome por compartir con él mis experiencias, pero comunicándome que el comité de reparaciones del Sodalicio había concluido que yo no tenía derecho a ninguna compensación económica y que mi acceso a servicios profesionales de salud —entiéndase psicoterapia— estaba garantizado gratuitamente por el sistema de salud en Alemania. Eso era todo. La promesa de una carta del Superior General de Sodalicio reconociéndome como víctima de abusos había quedado en nada.

Dado que a lo largo de ese año ya había estado en conversaciones con Comisión de Víctimas de Abuso Sexual de la Diócesis de Espira (Speyer), la cual se encargó de mandar traducir mi denuncia al alemán y enviarla a Roma, se me recomendó solicitar a Ian Elliott una explicación de los motivos de esa decisión, lo cual hice por e-mail en dos ocasiones. La falta absoluta de respuesta de parte del supuesto experto en abusos me llevó a escribir mi CARTA ABIERTA A UN CONTRATADO DEL SODALICIO, donde doy cuenta de todos los detalles de la conversación que mantuve con él.

Recientemente he enviado mi informe de diagnóstico psicoterapéutico, elaborado en diciembre del año pasado —tras varias sesiones y tests— por un psicólogo alemán, a la Diócesis de Espira (Speyer), para que lo incluyan en el expediente enviado a Roma como prueba de las consecuencias que ha dejado en mi psique la experiencia sufrida en el Sodalicio.

Asimismo, le solicité por e-mail a Alessandro Moroni que me diera las explicaciones que Ian Elliott se había negado a darme. A continuación, el insólito intercambio epistolar generado por esta solicitud.

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e-mail de Martin Scheuch a Alessandro Moroni (23 de enero de 2017)

A Alessandro Moroni
Superior General del Sodalicio de Vida Cristiana
Att.

Estimado Sandro:

El año pasado tuve una serie de conversaciones con una representante de la Comisión de Víctimas de Abuso Sexual de la Diócesis de Espira (Speyer), la cual recogió mi denuncia y me hizo preguntas adicionales sobre el tema. La denuncia ha sido traducida al alemán y enviada por el director de la comisión, el canónigo Josef Damian Szuba, a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (Roma), con el pedido de atender lo que él considera abusos graves. Junto con la denuncia se ha enviado una copia del e-mail que me envió Ian Elliott [el 9 de noviembre de 2016], informándome que el comité de reparaciones del Sodalicio no considera que yo tenga derecho a recibir ninguna reparación.

Ian Elliott grabó la conversación que tuve con él el 28 de octubre de 2016 en el Grand Westin Frankfurt Hotel y me prometió que me iba a enviar una copia, cosa que no ha cumplido hasta el día de hoy, como tantas otras cosas que prometió, como, por ejemplo, que se iba a encargar de que yo recibiera una carta de parte del Superior General del Sodalicio, pidiéndome disculpas en nombre de la institución por los abusos cometidos en perjuicio mío, que ya he detallado en mi denuncia y en tantos otros escritos que he ido publicando en mi blog.

El canónigo Szuba me recomendó que pidiera una explicación de los motivos por los cuales se me excluyó de las reparaciones que, por obligación moral, ha estado ofreciendo el Sodalicio. Le escribí a Ian Elliott en dos ocasiones (10 y 12 de noviembre de 2016) solicitando estas explicaciones, pero nunca me respondió.

Por eso mismo, te agradecería que me expliques por qué hasta el momento se me ha negado toda disculpa oficial —sólo he recibido disculpas personales de parte de del P. Jorge Olaechea y de José Ambrozic— y por qué se me ha considerado sin ningún derecho a recibir ninguna reparación.

Un cordial saludo

Martin Scheuch

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e-mail de Martin Scheuch a Alessandro Moroni (26 de enero de 2017)

A Alessandro Moroni
Superior General del Sodalicio de Vida Cristiana
Att.

Estimado Sandro:

Habiendo pasado ya tres días desde el e-mail anterior sin recibir ninguna respuesta de tu parte, quiero insistir en mi solicitud de explicaciones de por qué el Sodalicio no me ha reconocido hasta ahora como víctima sujeta a reparación.

Más aún, me han causado sorpresa las palabras que pronunciaste en tu mensaje del 21 de enero del año en curso:

«Para determinar si una persona puede ser considerada víctima no hemos exigido ningún medio probatorio como podría ser una prueba técnica y científica, como se exige en toda investigación de naturaleza jurídica. Sino que hemos hecho una evaluación moral, considerando la verosimilitud de los testimonios recibidos. Y en caso de duda, hemos optado por confiar en las personas que nos han presentado su testimonio.»

Siendo el relato de los abusos cometidos contra mí absolutamente verosímiles, entre los cuales destaco el extremo de angustia a que se me llevó durante mi última estadía en San Bartolo en el año 1993, además de los ejercicios físicos que me causaron dolencias graves que pudieron haber sido evitadas y la errada orientación vocacional que ha afectado mi vida profesional hasta ahora, sin contar los correazos que recibí por orden de Luis Fernando Figari o al aislamiento al que fui destinado en la Comunidad Nuestra Señora del Pilar (Barranco), más asombro me causa que hayas podido enunciar lo que dijiste, cuando en mi caso se ha hecho exactamente lo contrario.

Me reafirmo en que el incidente con Jaime Baertl sucedió realmente. Incluso puedo describir cómo era arquitectónicamente la casa donde ocurrió el hecho y como la distribución de espacios permitió que pudiera suceder lo que yo relato. Asimismo, las dos autobiografías manuscritas en mi poder escritas en 1979 y 1980 respectivamente dan testimonio no sólo de que Baertl era mi consejero espiritual, sino también de la confianza absoluta que yo le tenía y hasta qué punto llegaban las cosas íntimas de mi vida que yo le confiaba.

Además, te comunico que el informe psicológico con mi diagnóstico hecho por un psicoterapeuta alemán ha sido enviado a la Diócesis de Espira (Speyer) para que lo incluyan en mi expediente y le envíen copia a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (Roma). En ese informe se me diagnostica con trastornos adaptativos, que se pueden explicar por las experiencias que tuve en el Sodalicio.

Pongo a tu consideración que la falta de respuesta es también una respuesta, que puede ser de mucho interés para varios medios de prensa.

Atentamente

Martin Scheuch

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e-mail de Alessandro Moroni a Martin Scheuch (26 de enero de 2017)

Estimado Martin:

Disculpa que me haya demorado unos días en responderte. Voy a recabar todas la información necesaria y en los siguientes días te respondo.

Atentamente

Alessandro Moroni

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e-mail de Martin Scheuch a Alessandro Moroni (30 de enero de 2017)

Estimado Sandro:

Han pasado ya 4 días desde mi primer recordatorio, y me cuesta creer que necesites todo ese tiempo para recabar una información que se consigue en menos de 24 horas, si es que no la sabías ya desde el momento en que me respondiste. Si es el mismo Sodalicio el que ha decidido no considerarme apto para una reparación y negarme el status de víctima, ¿no sabías acaso las razones, siendo tú el Superior General de la institución? ¿O son demasiado vergonzosas como para comunicármelas personalmente?

De proseguir tu falta de respuesta, me veré obligado a hacer públicos a través de un importante medio de prensa los e-mails que he escrito, para que tu respuesta también sea pública, o, en caso contrario, tu silencio merezca el oprobio que se merece.

Un cordial saludo

Martin Scheuch

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e-mail de Alessandro Moroni a Martin Scheuch (31 de enero de 2017)

Estimado Martin:

Lamento mucho que toda esta situación, y especialmente las dificultades de comunicación de estos últimos días, te estén causando malestar Procuraré explicarte las cosas con la mayor claridad posible.

Antes de comenzar el proceso de reparaciones, con la ayuda del Sr. Ian Elliott y la experiencia de trabajo con situaciones semejantes en otros lugares, establecimos un conjunto de criterios para poder evaluar los testimonios. Un elemento importante era identificar si había hechos específicos o concretos que pudieran considerarse alguna forma de maltrato o abuso.

En el testimonio que nos hiciste llegar relataste un episodio que también has descrito por medios de alcance público y que, según los informes que nos hizo llegar la Comisión, también les relataste a ellos. Eso fue encomendado entonces al investigador profesional asignado para estos casos, y en su informe indica que no encontró evidencias para afirmar la verosimilitud de este caso.

Según refirió el Sr. Elliott, en la entrevista que tuvo contigo no fue relatado ningún episodio específico, sino más bien una serie de opiniones sobre tu experiencia en general, y también sobre las cosas que consideras que están o han estado mal en el SCV y deben cambiar. El Sr. Elliott presentó su evaluación a los demás miembros del comité de reparaciones, en el cual él mismo participa. La conclusión unánime fue que, según los criterios establecidos en un comienzo, no correspondía una reparación en el marco de este programa de asistencia. Sin embargo, frente a la experiencia de dolor y malestar que muchas de estas cosas generaron en ti —y que sinceramente lamento— sí recomendó ofrecer una ayuda con terapia psicológica en el caso consideraras necesaria, ofrecimiento que por supuesto permanece en pie.

Entraremos en contacto con la Comisión de Víctimas de Abuso Sexual de la Diócesis de Espira y con el can. Josef Szuba, para conocer directamente la evaluación que han hecho de tu caso y aclarar el mérito de esta cuestión, de manera que podamos cooperar de la mejor manera posible con tu proceso.

Con relación a la carta de disculpas institucionales o formales, no es que me haya olvidado o no te la quiera dar, todo lo contrario. Independientemente de la carta, quisiera la oportunidad de poder conversar contigo, pedirte perdón por todo lo que puedas haber sufrido en una comunidad que debería vivir siempre y en todo la caridad, y escuchar todo lo que tengas que decir. Si no te he enviado la carta todavía, es porque consideré que ese debería ser el paso final del proceso, una vez que todo lo demás ya estuviera aclarado.

Te estoy dirigiendo esta carta solamente a ti, pues creo que se trata de un asunto personal. Sin embargo, si tú consideras que debes compartirlo con otras personas, no hay inconveniente de mi parte.

Te mando un abrazo y ofrezco mis oraciones por ti y por tu familia,

Sandro

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e-mail de Martin Scheuch a Alessandro Moroni (31 de enero de 2017)

Estimado Sandro:

No sé a que dificultades de comunicación te refieres, pues yo no tengo problemas en comunicarme contigo, pero parece que tú sí los tienes en responderme.

Tú respuesta es absolutamente insatisfactoria por los siguientes motivos:

1. Falta de transparencia, pues no mencionas cuáles fueron los criterios para evaluar los testimonios, a fin de determinar si había abusos. Por lo menos me habrías explicado por qué el Sodalicio no considera abusos los hechos que ya te mencioné, y que yo y varios más sí consideramos abusos —entre ellos, el psicoterapeuta que me atendió—.

2. Mi caso no se reduce a un sólo episodio. Supongo que te refieres a aquél que yo guardo en mi memoria y que involucra a Jaime Baertl, pues ni siquiera te dignas ser claro cuando hablas de «un episodio». No me explicas quién fue ese «investigador profesional» ni tampoco me das las razones que lo llevaron a un dictamen de inverosimilitud de este hecho. No creo que seas capaz de imaginarte la decepción y el dolor que causa que se declare que es imposible que haya sucedido algo que uno guarda tan vívidamente en la memoria con la certeza de que efectivamente ocurrió. Porque lo que se deriva de la conclusión a que llega el investigador es que soy un mitómano o un mentiroso, cosa que no se sostiene ni sobre la base de lo mucho que he escrito sobre el Sodalicio con abundancia y precisión de detalles, ni sobre el informe del psicoterapeuta que me atendió, que me considera una persona normal con algunos índices que se hallan fuera del promedio aunque sin llegar a configurar un síndrome postraumático. Me gustaría saber que explicación da el investigador para que yo supuestamente haya inventado este incidente. La primera vez que lo puse por escrito fue en el año 2008, aunque ya anteriormente se lo había contado a algunas personas. Puedo demostrar esto por un e-mail que le envié en enero de 2009 a Manuel Rodríguez. No había la intención de hacer público este incidente. A fines del mismo año mi hermano Erwin recibió el mismo documento en que se narraba este incidente. Yo tenía entonces la intención de advertir a las autoridades sodálites para que tomaran las medidas necesarias, de ninguna manera la intención de hacerlo público. La primera vez que menciono el incidente de manera pública, aunque sin mencionar a Baertl por su nombre, es en mi post ELOGIO DEL SODALICIO del 11 de enero de 2013. Los reparos que personalmente tenía para hacer de conocimiento público este incidente, ¿no son acaso un indicio de que no lo inventé sino de que efectivamente ocurrió? Francamente, creo que tu «investigador profesional», si aplicara sus criterios a los Evangelios, negaría incluso la verosimilitud de los relatos de la Resurrección. Además, ¿qué credibilidad tiene Jaime Baertl cuando, contrastando con los hechos, resulta que ha mentido en sus declaraciones a la Fiscalía en varios momentos?

3. En la entrevista que tuve con Ian Elliott dejé en claro que mi historia ya había sido presentada en mi testimonio ante la Comisión de Ética, a través de un documento que también está en poder del Sodalicio, pues fue enviado el 27 de octubre de 2015 [por e-mail] al P. Jorge Olaechea. Te lo adjunto para así aliviar un poco tu amnesia. No obstante, le expuse a Ian Elliott partes de mi historia, el cual me dijo que la conocía. Sin embargo, nunca planteó la reunión como una instancia para aclarar más los hechos, sino más bien para conocer mejor mis opiniones sobre el Sodalicio. Por lo tanto, me extraña que su evaluación haya sido negativa, siendo así que yo respondí adecuadamente a las preguntas que él me hizo. Lo que ciertamente descalifica la supuesta profesionalidad de Ian Elliott es su breve e-mail informándome de la decisión del comité de reparaciones, sin darme ninguna explicación, así como su silencio ante los sucesivos e-mails que le envié solicitándole precisamente estas explicaciones.

4. Hube de entender que con el e-mail de Ian Elliott el proceso había finalizado en mi caso particular. Pues no recibí ninguna comunicación posterior de nadie vinculado al Sodalicio. ¿Qué entiendes como «paso final del proceso»? ¿Qué es lo que estás esperando? ¿Observar qué pasa para ver si el Sodalicio puede seguir meciéndome a mí y a otras víctimas? Además, ¿de qué sirve que les vuelva a contar todo lo que viví, cuando ya lo he contado en varias ocasiones y además tienen mi testimonio escrito? Simplemente no han querido escuchar y no dan indicios de querer hacerlo seriamente.

Finalmente, aunque sé que lo dices no con mala intención sino porque eso forma parte habitual —como un cliché— de los mensajes provenientes de un sodálite, te agradecería que no ofrezcas ninguna oración por mí y por mi familia hasta que me hayas ofrecido lo que por justicia me es debido: un reconocimiento oficial y público de la veracidad de mi testimonio y de mi condición de víctima del Sodalicio.

En caso de no recibir pronta respuesta o ésta sea insatisfactoria, me veré obligado a hacer públicos estos mensajes a través de un importante medio de prensa.

Saludos

Martin Scheuch

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Sólo queda comentar que el ofrecimiento por parte de Moroni de asumir los costos de una terapia psicológica, sin reconocer en ningún momento que se hayan cometido abusos en mi perjuicio, me resulta hiriente y ofensivo, pues sugiere que los daños psicológicos que yo haya podido sufrir no son causados necesariamente por la disciplina sodálite que se me aplicó sino por factores puramente subjetivos. Supongo que piensa que sus famosos «rigores de la formación» no son necesariamente perjudiciales para todos, ni pueden siquiera ser catalogados como abusos. El factor subjetivo queda en evidencia cuando Moroni me pide «perdón por todo lo que puedas haber sufrido en una comunidad que debería vivir siempre y en todo la caridad», es decir, perdón por todo lo que me causó sufrimiento —subjetivo, se entiende—, no por los abusos que se cometieron sistemáticamente contra mí en la vida comunitaria y que yo he descrito detalladamente en varias ocasiones.

Finalmente, el 4 de febrero le informé a Alessandro Moroni que, ante su silencio, le iba a enviar copia de estos mensajes a la prensa. Para ser justo, le indiqué lo siguiente: «Si tienes algo más que añadir, con gusto haré que se publique también tu descargo. Como ves, a mí y a otros sí nos interesa saber cuál es tu posición y la del Sodalicio, a fin de que los lectores puedan conocer los dos lados de la moneda».

A día de hoy, sigo sin tener respuesta.

8 de febrero de 2017

Martin Scheuch

(Publicado en Altavoz el 12 de febrero de 2017)

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El 10 de febrero, el mismo día en que el Sodalicio daba a conocer el pronunciamiento de la Santa Sede sobre el caso Figari, se propalaba también un mensaje de Alessandro Moroni al respecto, que finalizaba con estas palabras: «Nuestro compromiso con la verdad y las víctimas es definitivo e irreversible».

Tras el mensaje que me envió por e-mail y su posterior silencio, me dejan un sabor amargo en la boca. Y la impresión de ser sólo palabras huecas que cumplen una mera función retórica: la de anunciar con un triunfalismo vacío que el Sodalicio ha hecho siempre lo correcto desde que estalló el escándalo. Sabemos que no ha sido así. Por lo menos hasta ahora.