EL SISTEMA SODALICIO

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En su carta de presentación a los “Informes sobre Abusos y Respuesta en el Sodalicio de Vida Cristiana” —elaborados por tres expertos internacionales a sueldo del Sodalicio— Alessandro Moroni, superior general de la institución, tras hacer un breve recuento de los casos de abusos sexuales cometidos por Figari, tres sodálites y cuatro ex sodálites, señala: «Los expertos no han encontrado indicios de complicidad ni conspiración entre los presuntos abusadores».

Efectivamente, todo parece indicar que Luis Fernando Figari, Germán Doig, Virgilio Levaggi, Jeffery Daniels, Ricardo Trenemann, Daniel Murguía y los otros actuaron por cuenta propia y sin conocimiento de los demás, de modo que no habría habido una política sistemática secreta para cometer abusos sexuales en el Sodalicio. Prueba de ello es que, cuando fueron descubiertos los abusos en los casos de Levaggi, Daniels y Murguía, éstos fueron sancionados por las autoridades sodálites —con reclusión interna y suspensión de toda responsabilidad en los casos de Levaggi y Daniels, y con expulsión del Sodalicio en el caso de Murguía, en virtud de que su inconducta se hizo pública a través de la prensa—. Incluso Doig fue sancionado simbólicamente con expulsión post mortem, también debido a la circunstancia de que su caso se había hecho de conocimiento público.

Lo que sí hubo fue una política sistemática de encubrimiento, de modo que se buscó tapar cualquier incidente de abuso sexual. La expulsión sólo procedió cuando el caso se hizo público, con la excepción de Figari, quien —no obstante todo lo que se ha llegado a saber de él— fue tratado a cuerpo de rey hasta el día de hoy y sigue siendo oficialmente miembro del Sodalicio de Vida Cristiana.

Curioso en todo este modo de proceder es que las sanciones ad intra del Sodalicio fueron aplicadas por quienes también tenían en su trastienda personal varios abusos de este tipo. Levaggi fue sancionado por Figari, Daniels fue sancionado por Doig, y ante la opinión pública tanto Figari como Doig aparecían como defensores de una moral sexual adscrita al catolicismo más rancio.

Aún así, Figari y Doig poseían un talante personal muy distinto. Mientras Figari vivía en la opulencia, se regodeaba en el poder que tenía sobre otros y abusaba sexualmente de quien quisiera sin ningún tipo de remordimientos, Doig tenía un estilo de vida más austero y sacrificado, y a ojos de los que lo conocimos personalmente parecía seguir alimentado una búsqueda interior que lo condujera a la santidad. Dado que una persona de las características de Doig debe haber vivido atormentado por los delitos cometidos, desgarrado entre un abismo de perversión y la aspiración a unos fines nobles y elevados, no se descarta la tensión generada como una de las causas que lo habría llevado a la muerte, ya sea por una falla del corazón debido al stress ocasionado por su doble vida, ya sea porque decidiera terminar con su existencia por mano propia.

¿Qué tenían en común los abusadores sexuales mencionados? Pues que todos formaban parte de un sistema que no sólo permitía los abusos psicológicos y físicos, sino que había normalizado estos abusos hasta el punto de que quienes participaban del sistema terminaban incapacitados para darse cuenta de los daños que se les estaba infligiendo. Es un sistema vertical, donde quienes detentan cargos de responsabilidad no están sujetos a control respecto a lo que hacen con sus subordinados —sobre todo a puerta cerrada— y exigen una sumisión total (del entendimiento y la voluntad) como requisito indispensable para seguir perteneciendo a esa élite de elegidos que son los sodálites, donde a quienes obedecen se les arranca la posibilidad de denunciar o de quejarse de maltratos —los cuales no son reconocidos como tales—, donde existe la obligación de guardar silencio sobre todo lo que ocurre dentro de esta subcultura, tal como la llama en su blog José Rey de Castro, ex sodálite que estuvo 18 años bajo régimen de esclavitud moderna en el círculo íntimo de Figari.

Según su testimonio, este sistema, creado a imagen y semejanza de Figari, seguía subsistiendo hasta hace poco. Y si bien actualmente ya no habrían abusos sexuales, el sistema Sodalicio sigue intacto, anulando la libertad de quienes constituyen un engranaje más dentro de esa máquina.

(Columna publicada en Altavoz el 9 de abril de 2018)

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FUENTES

Informes sobre Abusos y Respuesta en el Sodalicio de Vida Cristiana (10 de febrero de 2017)
http://sodalicio.org/wp-content/uploads/2017/02/Informe-Abusos-Febrero2017.pdf

El blog de José Rey de Castro
http://www.reydecastro.me/

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LA OBEDIENCIA TRAMPOSA DEL SODALICIO A LA IGLESIA

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Mons. Joseph William Tobin entrevistado en una comunidad del Sodalicio de Vida Cristiana (agosto de 2016)

En su comunicado del 10 de enero, el Sodalicio informa haber recibido «la noticia del nombramiento que la Santa Sede ha hecho de Mons. Noel Antonio Londoño Buitrago, C.Ss.R., Obispo de Jericó en el departamento de Antioquia (Colombia), como Comisario Apostólico de nuestra Sociedad».

Sin manifestar ninguna contrariedad y sin hacer alusión a los problemas que habrían motivado la intervención, el comunicado dice: «Como hemos hecho hasta ahora con el Cardenal Joseph Tobin desde su nombramiento como Delegado para el Sodalicio en mayo de 2016, colaboraremos en todo con Mons. Londoño para que pueda ejercer sus funciones según lo dispuesto por la Santa Sede».

Finalmente concluye: «Reafirmamos una vez más nuestra absoluta obediencia al Santo Padre y a la Santa Madre Iglesia».

Cabe preguntarse cómo colaboraron con Tobin. ¿Acaso le contaron toda la historia de la institución, desde la época en que era bien marcada la influencia del fascismo español? ¿Le mostraron las Memorias, opúsculos anuales escritos por Figari entre 1976 y 1986, de lectura y estudio obligatorios para los sodálites hasta que se decidió requisar —sin explicar el motivo— todos los ejemplares e incluso ocultar su existencia a la Santa Sede durante el proceso de aprobación del Sodalicio? ¿Le permitieron asistir a alguna reunión grupal donde se obligara a los participantes a revelar sus intimidades privadas para finalmente “sacarles la mierda” por ser infieles al Señor Jesús? ¿Le hicieron escuchar las palabras soeces con que se humilla a los sodálites en la vida cotidiana?

Tobin parece tener la impresión de haber conocido bien al Sodalicio, como declaró en una entrevista publicada el 4 de agosto de 2016: «He llegado a conocer desde cerca la realidad del Sodalitium en sus obras apostólicas, colegios, trabajo social. He pasado tres días completos con el Consejo Superior y también visité la Casa de Formación. Luego tuve una cantidad de entrevistas con sodálites y ex sodálites». Al final, su evaluación es positiva: «Por una parte los problemas y los desafíos son graves. Yo creo que por otra parte hay voluntad de parte del Consejo Superior de enfrentarlos con sinceridad. Espero que esta actitud siga y venga compartida por los demás sodálites».

Alessandro Moroni, quien según el P. Jean Pierre Teullet desestimó las denuncias contra Figari en el año 2013 y posteriormente negó la gravedad de los abusos sufridos por varias víctimas de abusos psicológicos, integraba como Superior General ese Consejo Superior. También formaba parte de él como Vicario General José Ambrozic, miembro de la primera generación del Sodalicio y testigo de innumerables abusos cometidos dentro de la institución, el cual no ha tenido hasta ahora la valentía de reconocer públicamente la gravedad de los hechos que él presenció. Javier Rodríguez Canales, entonces Asistente de Apostolado, por lo menos ha tenido el decoro de renunciar al Sodalicio. Carlos Neuenschwander, Asistente General de Temporalidades —es decir, de la administración económica del Sodalicio— se habría encargado de que se pagara lo mínimo posible en reparaciones a las víctimas que el Sodalicio selectivamente reconoció.

Así como el Sodalicio habría escenificado ante Tobin su mascarada de una comunidad de gente feliz y contenta —como siempre lo hizo cada vez que venían visitantes importantes—, evidentemente obviando mostrar en todos sus detalles cómo se trata a sus miembros en el día a día, también es probable que haga lo mismo con Mons. Londoño, el comisario de la Santa Sede. Su colaboración con éste consistiría en influenciarlo en lo posible, para que se lleve una buena impresión de las comunidades sodálites. En lo que respecta a estas representaciones escénicas, los sodálites son expertos y fieles discípulos de Figari.

Por otra parte, la obediencia sodálite a la Iglesia implica renunciar a obedecer la propia conciencia. Sólo así se entiende que el Sodalicio haya aceptado sin observaciones ni reparos la inmoral decisión tomada por el Vaticano respecto a Figari.

Además, el Sodalicio —con su proverbial falta de transparencia— siempre ha buscado controlar la información que le llega al Papa, ocultando los aspectos incómodos de su régimen de gobierno, su disciplina y su historia, a fin de que el Sumo Pontífice termine ordenándoles lo que ellos ya han previsto. Sólo espero esta vez que con la intervención vaticana se dé definitivamente un GAME OVER.

(Columna publicada en Altavoz el 22 de enero de 2018)

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FUENTES

Página web oficial del Sodalicio de Vida Cristiana
Entrevista a Mons Joseph William Tobin, delegado vaticano para el caso Sodalicio (04 Ago 2016)
http://sodalicio.org/noticias/entrevista-a-mons-joseph-william-tobin-delegado-vaticano-para-el-caso-sodalicio/
Comunicado sobre nombramiento de Comisario Apostólico para el Sodalicio (10 Ene 2018)
http://sodalicio.org/comunicados/comunicado-sobre-nombramiento-de-comisario-apostolico-para-el-sodalicio/

EL SODALICIO INTERVENIDO

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Cuando el 10 de enero la Oficina de Prensa de la Santa Sede comunicó que el Sodalicio había sido intervenido y que se había nombrado un Comisario con autoridad para gestionar el gobierno, el régimen interno y las cuestiones económicas del instituto, leí con escepticismo los comentarios en la prensa y en las redes sociales que decían que por fin el Vaticano estaba tomando cartas en el asunto de los abusos sexuales cometidos por Figari y otros sodálites, y que por fin se iba a atender a las víctimas.

Nada más lejos de la realidad. Salvo ocasionales atisbos, la Iglesia católica todavía no ha asumido satisfactoriamente la perspectiva de las víctimas ni en su legislación ni en su pastoral, y lo que más le ha preocupado cuando han habido casos de abusos sexuales es el escándalo generado antes que el daño ocasionado a los afectados. De ahí sus intentos por acallar la publicidad de los hechos, darle carácter reservado a la información al respecto y sacar momentáneamente de circulación a los perpetradores, buscando de alguna manera rehabilitarlos tras “haber caído en pecado”.

Pero acoger y atender a las víctimas, como lo hacía Jesús con los sufrientes y desvalidos, no está entre sus prioridades, por lo menos institucionalmente. Como se constata en la visita del Papa a Chile y Perú, donde no se ha incluido en el programa ningún encuentro entre Francisco y las víctimas de abusos sexuales, psicológicos y físicos por parte del clero, religiosos y laicos consagrados.

La intervención del Sodalicio no se debe a los abusos sexuales cometidos por Figari. Para la Santa Sede ésos son «hechos y comportamientos que, aunque objetivamente graves, han ocurrido sobre todo en un pasado muy remoto», además de que «»no se encuentra prueba cierta de ulteriores actos contra el VI mandamiento, cometidos sucesivamente o en precedencia a los referidos» (Carta del Vaticano a Alessandro Moroni, 30 de enero de 2017). Y, al parecer, los dos informes sobre abusos sexuales elaborados por tres expertos internacionales, dados a conocer por el Sodalicio en febrero de 2017, dejaron satisfecha a la Santa Sede, la cual no habló más sobre el asunto. Sin embargo, un número considerable de víctimas quedaron insatisfechas por el trato recibido de parte de los representantes del Sodalicio, que ofrecieron reparaciones exiguas en comparación con los daños personales sufridos o simplemente negaron que haya habido abusos.

Como ocurrió en mi caso, donde se me negó la condición de víctima, no obstante haber testimoniado graves abusos psicológicos y físicos cometidos sistemáticamente en perjuicio mío. Mi testimonio no sólo fue enviado a los representantes del Sodalicio, sino también por partida doble al Vaticano —una vez personalmente y la otra por la diócesis de Espira (Speyer)—, sin que haya recibido hasta ahora ninguna respuesta.

Es la situación actual del Sodalicio la que motiva la intervención vaticana, es decir, el modo en que se maneja el régimen interno y la formación, y la gestión económica-financiera, que no es que vaya mal, sino que parece tener fuentes no sólo de dudosa moralidad sino también de legitimidad cuestionable.

Evidentemente, cualquier intervención en régimen de comisariato de la Santa Sede tiene la intención de “sanear” la institución. ¿Pero puede acaso sanearse una entidad que funcionó desde sus inicios como una secta destructiva, controlando draconianamente el pensamiento y lenguaje de sus miembros, su comportamiento durante las veinticuatro horas del día, sus emociones a través del mecanismo de la culpa, así como la información que les era permitido recibir? Porque siguen habiendo evidencias de que la formación impartida sigue el mismo patrón de siempre, restringiendo considerablemente la libertad interior de los sodálites.

Pero además de los informes recientes que habrían llegado a la Santa Sede —y que aún desconocemos—, lo que más parece preocuparle al Vaticano es la posibilidad de una sentencia condenatoria contra aquél a quien llaman «el fundador del Sodalitium Christianae Vitae y por lo tanto […] mediador de un carisma de origen divino» (Carta del 30 de enero de 2017).

Sospechamos que harán todo lo posible para que Figari no vaya a la cárcel, buscando evitar así empañar aún más la imagen de Iglesia santa que quieren mantener a toda costa, sin importarles pisotear a las víctimas.

(Columna publicada en Altavoz el 15 de enero de 2018)

EL CANON 1395 Y LA REVICTIMIZACIÓN DE LAS VÍCTIMAS

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Cardenal José Rodríguez Carballo, firmante de la nefasta resolución vaticana sobre el caso Figari

En la carta vaticana del 30 de enero de 2017 a Alessandro Moroni, Superior General del Sodalicio, se dice que «el Sr. Figari, con el fin de obtener la obediencia de los propios hermanos, utilizó estrategias y modos de persuasión impropios, es decir, solapados, arrogantes y de todos modos violentos e irrespetuosos del derecho a la inviolabilidad de la propia interioridad y discreción, y por lo tanto a la libertad de la persona humana de discernir con autonomía las propuestas o las decisiones».

Incluso admite que «siempre con el fin de manipular, de hacer dependientes y por lo tanto de controlar más que de dirigir las conciencias, […] el Sr. Figari ha solicitado también, de modo improcedente y en cualquier caso excesivo, confidencias en el delicado ámbito de la sexualidad, y en algunos casos ha cometido actos contrarios al VI Mandamiento».

Pero luego se dice que Figari no habría cometido abusos sexuales sino sólo pecados graves, interpretando antojadizamente el canon 1395 del Código de Derecho Canónico, el mismo que sirvió para determinar que el P. Fernando Karadima en Chile sí había cometido delitos sexuales.

El mentado canon habla de delitos contra el sexto mandamiento con «violencia o amenazas, o públicamente o con un menor que no haya cumplido dieciséis años de edad» cometidos por un clérigo, pero las leyes respecto a la expulsión de un miembro de un instituto de vida consagrada (cánones 695-740) establecen que quien cometa esos actos, puede ser expulsado aunque no sea clérigo.

Para el Vaticano, los violentos “modos de persuasión” que solía aplicar Figari se esfumaron repentinamente como por ensalmo en el momento de cometer esos actos, de modo que tampoco hubo “víctimas” sino “cómplices” del pecado mayores de 16 años, que es el límite de mayoría de edad que establece la Iglesia católica romana en su legislación, aún cuando para delitos sexuales cometidos por clérigos, el Papa Juan Pablo II elevó ese límite a 18 años en el año 2001.

Aun así, la carta vaticana reconoce que, según la documentación adicional presentada por Moroni, sí hubo por lo menos un “cómplice” menor de 16 años, es decir, una “víctima”.

Es evidente que quien manipula conciencias y seduce mediante engaños, aplica violencia psicológica para abusar de sus víctimas, aunque sean mayores de edad.

El Vaticano no ha querido ver esto y ha terminado participando en la revictimización de las víctimas.

(Columna publicada en Exitosa el 25 de marzo de 2017)

LA ARQUITECTURA DEL ABUSO: LOS CÍRCULOS CONCÉNTRICOS

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A Figari le gustaba la figura de los círculos concéntricos para explicar cómo estaba constituida la Familia Sodálite.

En el centro, formando el núcleo, se hallaba el Sodalicio, sobre todo los laicos consagrados que vivían en comunidades. Luego, en la siguiente circunferencia se ubicaba la Fraternidad Mariana de la Reconciliación, la rama femenina de mujeres consagradas. A continuación, seguía el Movimiento de Vida Cristiana, donde tenían prioridad las Agrupaciones Marianas para varones, y después los grupos para mujeres, entre ellos la Asociación de María Inmaculada (AMI). Y así sucesivamente hasta incluir las diferentes asociaciones que se nutren de la “espiritualidad” sodálite. Que aunque oficialmente pudieran tener la fachada de entidades independientes y autónomas, siempre han dependido del núcleo sodálite, el cual dictaba los estilos de vida a ser asumidos por quienes se comprometieran con cualquier entidad que se inspirara en el “carisma” sodálite. Como un pulpo oculto bajo la superficie, aunque lo nieguen los responsables de la institución, los tentáculos del Sodalicio se han extendido hacia todas las asociaciones que se reconocen vinculadas a la Familia Sodálite.

Este esquema de círculos concéntricos también se plasma en la estructura institucional del mismo Sodalicio, donde en el centro se halla el Superior General, a quien se le debe obediencia absoluta e incondicional. En el siguiente círculo se hallan los demás miembros del Consejo Superior: el Vicario General y los cinco Asistentes Generales de Instrucción, Espiritualidad, Apostolado, Comunicaciones y Temporalidades. Después siguen los superiores de comunidades, los consejeros espirituales, los formadores, los instructores, los demás miembros de comunidades sodálites y finalmente los candidatos a la vida consagrada. En el círculo más externo se hallan los adherentes, es decir, aquellos sodálites que han optado por el matrimonio y que oficialmente no pertenecen a la institución, aunque mantienen una compromiso muy cercano con ella, y a los cuales siempre se les ha considerado ad intra como la última rueda del coche.

Este mismo esquema se replica en los niveles jerárquicos dentro del Sodalicio: aspirante, probando, formando (en cuatro niveles), consagrado temporal, consagrado perpetuo, profeso temporal y profeso perpetuo. Mientras más arriba se está dentro de esta jerarquía, más cercanía hay hacia el centro, más facultad de mando, más acceso a a información y, por supuesto, más secretismo hacia los círculos externos.

Pues se ha de tener en cuenta que a la institución le son totalmente ajenas las prácticas y costumbres democráticas, así como aquello que les sirve de base: la auténtica libertad de opinión y de decisión propia. Y para mantener esto, a lo largo de su historia nunca ha habido un flujo continuo de información desde el centro —conocido como la cúpula y que no necesariamente se identifica con el Consejo Superior— hacia las bases, entendidas como todos aquellos miembros de a pie de los círculos externos que forman parte del Sodalicio y que son mantenidos en la ignorancia respecto a lo que realmente se cocina en el núcleo. Y también respecto a lo que ha sucedido realmente en la historia de la institución.

Esta estructura de círculos concéntricos se refleja arquitectónicamente en las mismas comunidades sodálites mediante la importancia relativa que se le da a los diferentes espacios habitacionales.

Si bien se solía decir que la capilla donde está el Santísimo Sacramento era el centro de toda comunidad sodálite, este espacio siempre fue un lugar accesible a todos los miembros de la comunidad —e incluso ocasionalmente a gente externa, si contaban con permiso del superior—. La capilla, en realidad, revestía el carácter de un servicio espiritual prácticamente accesible a casi todos.

El verdadero sancta sanctorum de cada comunidad sodálite era el dormitorio del superior, al cual no se podía ingresar sino sólo con el permiso de éste. Luego venían los dormitorios asignados personalmente a un sacerdote o a un guía espiritual con ciertos privilegios, los dormitorios compartidos de los demás miembros de la comunidad y los espacios comunes de vida comunitaria, a los cuales no solían tener acceso la gente externa a la comunidad. Finalmente, estaban los espacios para recibir a la gente que viniera de visita, separados de las áreas comunitarias por una puerta con un letrero que decía PRIVADO.

Respecto al dormitorio del superior —que era la vez su lugar de trabajo y solía contar con un escritorio y su biblioteca personal—, si éste se recluía en ese espacio con la puerta cerrada, a nadie se le hubiera ocurrido interrumpirlo por ningún motivo, so pena de recibir una feroz reprimenda. O de ser sometido a una severa medida correctiva. Mas aún si el superior tenía una sesión de consejería espiritual o una conversación con alguno de sus subordinados.

Por otra parte, quien se encerraba con el superior dentro de su habitación iba con la confianza absoluta de lo que allí iba a suceder era beneficioso para él y una ayuda para su crecimiento espiritual. En ese ambiente, donde una interrupción externa era impensable y de dónde no se podía salir hasta que el superior diera por terminada la conversación o la actividad que allí se realizaba, se daban las condiciones para que un abuso de confianza pudiera llegar al extremo de un abuso sexual sin que nadie se enterara. El subordinado se encontraba totalmente desprotegido y en una situación vulnerable.

Es cierto que en la mayoría de las ocasiones no se verificó ningún abuso en esas circunstancias. Pero si ello ocurría, el mismo sistema de círculos concéntricos basado en la centralidad de la obediencia y la confianza absoluta hacia el superior, unido a la intangibilidad del espacio y del tiempo ocupados por quien estaba revestido de autoridad ilimitada, creaba un velo impenetrable de opacidad e impunidad en torno a cualquier abuso que se pudiera perpetrar.

Algo análogo ocurría con los consejeros espirituales que cumplían sus funciones en habitaciones cuya puerta se cerraba y ocultaba a la vista ajena lo que pudiera pasar en esos espacios. Como me ocurrió a mí en la comunidad sodálite de San Aelred, en una pequeña habitación destinada a consejerías espirituales y cuya puerta —que no contaba entonces con ningún ventanillo— fue cerrada con llave antes de que Jaime Baertl me diera la orden de desnudarme y de simular un coito con una enorme silla que allí había.

Por eso, cuando Alessandro Moroni, Superior General del Sodalicio, declaró el 26 de octubre de 2015 al diario El Comercio que «uno se pregunta cómo diablos pudo haber ocurrido esto en el Sodalicio» (ver http://elcomercio.pe/sociedad/lima/como-diablos-pudo-pasado-esto-sodalicio-noticia-1850794), me quedé atónito. Más aún, cuando las condiciones para que eso ocurriera estaban dadas por el mismo sistema desde sus inicios.

¿Pudieron ocurrir abusos sexuales en una comunidad sodálite sin que la mayoría de los miembros de la comunidad se diera cuenta? ¿No notaron nada raro los jóvenes que vivían en las comunidades, siendo así que compartían techo con los mismos abusadores, comían a la misma mesa y ocupaban los mismos espacios habitacionales?

A decir verdad, precisamente la configuración de los espacios en las comunidades sodálites favorecieron que se cometieran los abusos sin que casi nadie se percatara de ellos. Pues no se puede comparar una comunidad sodálite con el hogar en que vive una familia común y corriente, donde no hay habitaciones a las cuales algunos miembros de la familia tenga prohibido entrar. O donde si alguien se encierra demasiado tiempo en su habitación de manera imprevista, se despiertan sospechas de que algo malo pasa con ese miembro de la familia.

En las comunidades sodálites uno podía encerrarse solo un tiempo relativamente breve en un dormitorio —que era compartido con otros— para hacer una meditación o práctica de yoga. Pero la puerta permanecía siempre sin llave. El único que tenía el privilegio de ponerle llave a su habitación era el superior, y eventualmente algún guía espiritual o sacerdote que tuviera una habitación sólo para sí mismo. Y esas habitaciones eran de acceso restringido para los sodálites de rango inferior dentro de la comunidad. Sólo se accedía a ellas con permiso del dueño y señor de la habitación, generalmente para una sesión de consejería espiritual o para una conversación privada.

Mientras durara ese intercambio, nadie debía interrumpir, salvo por motivo grave, en cuyo caso debía primero dar un par de golpes en la puerta. Más aún, por disciplina aprendida en la vida comunitaria, a nadie se le ocurría interrumpir al superior o guía espiritual cuando estaban encerrados solos o con alguien en su habitación. Y ese alguien quedaba prácticamente a merced del superior. O del guía espiritual de turno.

Todo lo dicho explica una de las conclusiones a las que llega el segundo de los informes preparados por los expertos extranjeros contratados por el Sodalicio (ver http://sodalicio.org/wp-content/uploads/2017/02/Informe-Abusos-Febrero2017.pdf):

«Todas las víctimas reportaron que confiaban en su agresor en el momento que fueron abusados. Estas inconductas sexuales ocurrieron en distintos lugares, pero principalmente en comunidades del SCV».

Y eso explica por qué en otras entidades o asociaciones vinculadas al Sodalicio donde no se encuentre replicado arquitectónicamente el esquema de los círculos concéntricos en vano se buscará víctimas de abuso sexual. Por ejemplo, las instituciones educativas promovidas por el Sodalicio, donde —a mi parecer— el riesgo de que menores sean víctimas de abusos sexuales no es mayor que en cualquier otra institución educativa promedio. Pues resulta difícil replicar los círculos concéntricos en espacios donde trabajan en su mayoría profesionales de la educación no sodálites que, si bien pueden tener muchos simpatía por el Sodalicio, no han sido sometidos a las prácticas manipuladoras que producen un lavado de cerebro y una uniformización de las mentes en los sodálites de comunidad.

En los colegios del Sodalicio existe el riesgo de un adoctrinamiento ideológico de corte conservador, así como la posibilidad de que jóvenes sean captados para luego entrar a formar parte del Sodalicio. Pero si alguna vez llegan a ser objeto de abusos, eso probablemente no ocurrirá en el plantel escolar, sino en algunas de las comunidades, donde el sistema de círculos concéntricos no ha sido desmontado y permanece intacto. Y donde podría volver a engullir a uno que otro que caiga en el vórtice de su espiral psicótica.

(Columna publicada en Altavoz el 20 de marzo de 2017)

LA VERDAD RETOCADA

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«Los expertos no han encontrado indicios de complicidad ni conspiración entre los presuntos abusadores», dice Alessandro Moroni, Superior General del Sodalicio, en su carta introductoria a los “Informes sobre Abusos y Respuesta en el Sodalicio de Vida Cristiana”.

Sin embargo, esa conclusión no aparece en ninguno de los dos informes. ¿Qué sucedió? ¿Estaba pero luego fue eliminada?

Porque la brevedad de ambos informes así como su estilo fragmentario, sumado a varias inconsistencias y falsedades, nos hacen suponer que no sólo fue eliminada la conclusión mencionada, sino que en general los textos habrían pasado por varios filtros, y al final lo que el Sodalicio habría dado a conocer sería una versión mutilada y retocada de los informes originales elaborados por los expertos.

Pues, a decir verdad, ningún experto que se respete señalaría solamente los nombres de cuatro abusadores sexuales y callaría los de otros cuatro.

Ningún experto serio —sabiendo que son décadas el tiempo que una víctima tarda en hablar— diría taxativamente que el último acto de abuso de un menor por un sodálite ocurrió en el año 2000 —lo cual implica además negar que Daniel Murguía habría abusado de un menor en el año 2007—. Adicionalmente, téngase en cuenta que se reconoce que el último caso conocido de abuso sexual de un adulto joven es del año 2009.

Que los informes hablen de la «cultura pasada» del Sodalicio, presenten una visión cuasi-heroica de los actuales responsables de la institución e incidan en lo maravilloso de la situación actual de ésta, debido a haberse tomado las medidas preventivas del caso, no hace sino confirmar la sospecha de una manipulación descarada de la verdad.

(Columna publicada en Exitosa el 18 de marzo de 2017)

LA ARQUITECTURA DEL ABUSO: EL CASO BAERTL

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Jaime Baertl, haciendo “apostolado” con niños en los años ‘70

Jaime Baertl, cuando fue interrogado por la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación, habría negado aquel incidente en que me habría ordenado que fornicara una silla, aduciendo que la salita donde yo dije que habría sucedido el hecho tenía una ventana hacia la calle y, por lo tanto, se hallaba a la vista de cualquiera lo que sucediera en ese recinto, o en todo caso la puerta tenía un ventanillo que permitía ver lo que sucedía dentro del cuarto.

El 8 de julio de 2016 en la Fiscalía de la Nación negó también este mismo hecho que yo he denunciado.

Alessandro Moroni, en un e-mail del 31 de enero de este año, me comentó al respecto:

«En el testimonio que nos hiciste llegar relataste un episodio que también has descrito por medios de alcance público y que, según los informes que nos hizo llegar la Comisión, también les relataste a ellos. Eso fue encomendado entonces al investigador profesional asignado para estos casos, y en su informe indica que no encontró evidencias para afirmar la verosimilitud de este caso».

Pues resulta que este “investigador profesional” nunca se puso en contacto conmigo para averiguar más detalles sobre el incidente, los cuales se los hubiera dado con mucho gusto. Ni siquiera Ian Elliott, uno de los “expertos” contratados por el Sodalicio —con quien hablé en persona en una ocasión y por Skype en un par de ocasiones más— me interrogó con minuciosidad sobre el tema. Pues si lo hubiera hecho, le hubiera dado la información adicional que voy a poner en este escrito.

Fue en la segunda comunidad fundada por el Sodalicio, denominada “San Aelred”, ubicada en la Av. Brasil 3029 (Magdalena del Mar), donde ocurrieron los hechos. Contrariamente a lo que Baertl declaró en la Fiscalía, él nunca fue superior de esa comunidad, sino más bien de la primera comunidad sodálite, ubicada en el Óvalo Brasil en Jesús María, allí donde la Av. Brasil se cruza con la Av. San Felipe. Era una comunidad más pequeña con capacidad para 4 ó 5 personas. Desde allí se dirigía Baertl a la otra comunidad, que quedaba a menos de un kilómetro de distancia, donde yo tenía consejo espiritual con él una vez por semana.

Lo mejor es hacerse una idea adecuada del lugar de los hechos. Para ello he hecho un plano de la planta baja de la casa, tal cómo era cuando fue adquirida por el Sodalicio. En un segundo plano incluyo las modificaciones arquitectónicas que se hicieron en el inmueble. Las proporciones son aproximadas, dado que no poseo medidas exactas, pero la distribución de los espacios habitacionales es correcta, y puede ser confirmada por innumerables testigos que conocieron la casa. Aún cuando ésta ya no exista, pues en su lugar se ha construido un edificio de departamentos, en la misma recta de la Av. Brasil todavía existen casas similares.

Plano 1: Inmueble Av. Brasil 3029, Magdalena del Mar, adquirido por el Sodalicio en 1978 (planta baja)

av_brasil_3029_plano_1Como se puede ver, la casa tenía dos amplias salas conectadas entre sí y con el comedor, lo cual permitía que la luz que entraba por la ventana externa y la puerta de la terraza iluminara todos los espacios de manera distribuida. Asimismo, la cocina tenía una ventana que daba a la lavandería, y la iluminación diurna de la sala estaba garantizada por unas ventanales que había en la pared de la escalera. Debajo de ésta había un pequeño espacio, que albergaba un baño de visitas.

Veamos cómo la intervención del Sodalicio para acomodar el inmueble a sus necesidades convertiría esta casa luminosa en una mansión más lúgubre y sombría.

Plano 2: Comunidad sodálite “San Aelred”, a partir de 1979 (planta baja)

av_brasil_3029_plano_2Éstas fueron las principales modificaciones que se hicieron:

  • Se construyó una pared con una ventana donde estaba el portón del garaje, y éste fue convertido en un aula de instrucción, con un gran pizarrón en la pared del fondo y carpetas de salón de clase.
  • La vía de entrada al garaje y el jardín externo fueron convertidos en estacionamiento de vehículos motorizados.
  • La sala 1 fue divida en dos mediante una pared para así ganar una salita de reuniones y una salita de consejos. Se clausuró el acceso original para construir dos entradas con sus respectivas puertas y se tapió la comunicación con la sala 2, ahora biblioteca. Nótese que la salita de consejos no tiene ventanas. Sólo se podía estar allí con luz artificial. Las puertas fueron en un principio de cuerpo entero, pero tiempo después se mandó hacer unos ventanillos en ellas, para que se pudiera ver quiénes estaban en cada una de las salitas.
  • La sala 2, convertida ahora en biblioteca, llegaría a ser el lugar más oscuro de la casa, pues se puso paneles de madera y puertas en todas las aberturas que tenía, de modo que cuando nos encerrábamos allí para estudiar tranquilamente con luz artificial, parecía una escena sacada de un cuento de terror gótico.
  • Se puso paneles de madera y vidrio con una puerta entre el pasillo de entrada y la sala de estar, restándole así más luminosidad a la casa. En esa puerta había un letrero que decía PRIVADO, pues marcaba el límite entre la zona adonde sólo podían entrar los miembros de la comunidad y la zona de visitantes.
  • Se construyó una estrecha capilla en el jardín, con bancas pegadas las paredes y el altar en el medio. La iluminación, garantizada por unos angostos ventanillos verticales, era escasa pero suficiente.

En la sala de estar ocurrió el siguiente incidente, que incluí en mi denuncia presentada ante la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconcilación y posteriormente enviada a la Congregación para los Institutos de Vida Religiosa y las Sociedades de Vida Apostólica:

«En diciembre de 1983 fui trasladado a la mencionada comunidad de San Aelred. El superior de esa comunidad era entonces Germán Doig. En ese entonces, era común que los sábados en la noche nos visitara Luis Fernando Figari para conversar a profundidad sobre temas de interés para el Sodalicio, examinar la marcha de la comunidad y aplicar dinámicas de grupo orientadas a fortalecer nuestras convicciones sodálites. En una de esas reuniones Figari pretendió demostrar lo inútiles que son las mortificaciones corporales y que la ascética basada en el dolor físico no tenía mucho sentido y fomentaba la soberbia; que más bien eran beneficiosas las mortificaciones espirituales, a las cuales se da prioridad en la espiritualidad sodálite. Para ello, me pidió que me pusiera a cuatro patas —como un perro— en medio de la salita en la que estábamos reunidos y me levantara la camisa, dejando la espalda libre. Luego le pidió a [Paco] que tomara una correa y me propinara un golpe con ella. [Paco] dudó en ejecutar la orden, pero al final lo hizo debido que Figari insistió. Ese primer correazo, además de dejarme una marca, me hizo temblar de los pies a la cabeza. A continuación, Figari insistió en que se me diera un segundo correazo, lo cual [Paco] obedeció sin chistar. Cuando pensé que iba a venir el tercer correazo, la sola idea me produjo espasmos como si ya lo hubiera recibido. Figari dio a [Paco] la orden de no continuar, y me preguntó cómo me sentía. Le dije que bien. Había aprendido, como tantos otros, a soportar pruebas físicas en el Sodalicio y estaba mentalmente programado para sentirme orgulloso de haber sido latigueado. Figari comentó que las mortificaciones físicas tendían a alimentar la soberbia y no tenían el valor mismo valor que las mortificaciones espirituales, que implicaban asumir con alegría los sufrimientos que de por sí trae la vida».

Pero en esa misma casa había ocurrido años antes, en 1979, el incidente en que Jaime Baertl me ordenó desnudarme y fornicar con una silla, precisamente en la salita de consejos.

Al respecto, hay que hacer ciertas aclaraciones en honor a la verdad, pues el hecho ha sido exagerado por la prensa, a tal punto que se ha perdido objetividad en la representación de lo que realmente ocurrió.

Sin que yo supiera lo que venía después, Baertl me dio la orden de desnudarme dos veces, pues la primera vez dudé de si había escuchado lo que había escuchado y mostré reticencia en hacerlo. Finalmente, lo hice porque confiaba en Baertl como mi guía espiritual que supuestamente sabía lo que estaba haciendo para mayor bien mío. Aún así, tuvo que ordenarme después que me sacara también el calzoncillo, pues yo asumí que cumplía con lo mandado quedándome con esta prenda puesta.

Asimismo, la orden de “cachar” la enorme silla —utilizando el mismo lenguaje empleado entonces por Baertl— fue dada dos veces, pues la primera vez no podía creer lo que se me estaba ordenando y me parecía absurdo. La segunda vez obedecí, poniéndome detrás del respaldar, que me llegaba hasta el mentón y pasando mi miembro a través del espacio que separaba el respaldar del asiento propiamente dicho. Hice un par de movimientos torpes tratando de imitar lo que es un coito —experiencia que nunca había tenido en mi vida—, pero simplemente no pude hacer lo que Baertl me había ordenado, pues la incomodidad que sentía me había hecho perder naturalidad en los movimientos y me había generado cierta rigidez corporal.

La cosa duró menos de un minuto, después de lo cual Baertl me ordenó vestirme de nuevo. No hubo nada de erótico en esa experiencia, en una habitación pequeña sin ventanas iluminada sólo por la luz amarillenta que provenía de un bombillo. De hecho, la experiencia la sentí más bien como inhibitoria de toda libido sexual.

El mismo Jaime Baertl no intentó en ningún momento sacar provecho sexual para sí de la situación, sino que, ocupando un asiento cerca de la otra esquina de la habitación, se tapaba la cara con la mano y miraba sólo de reojo, como si la situación fuera también incómoda para él.

Hay que tener en cuenta que antes de aplicar la medida, Baertl me había dicho que esperara un poco, pues tenía que consultar algo con el superior de la casa, que en ese entones era Germán Doig. Cuando regresó, me explicó que había que romper mis barreras interiores, pues la conversación había llegado a un punto muerto, cosa que Baertl atribuyó a bloqueos psicológicos que yo tenía producto de experiencias traumáticas en mi familia. Por eso mismo, lo que hizo conmigo no llega a la categoría de abuso sexual, sino a lo que los expertos de los informes del Sodalicio han llamado manipulación sexual. O, dicho de otro modo, sería un acto de abuso psicológico con connotación sexual.

Tras haberme vuelto a vestir, yo mismo sentí que se me había hecho violencia interior, pero entonces no categoricé eso como algo malo y reprobable, pues en el Sodalicio a uno lo mentalizaban para aceptar como normal actos de violencia psicológica contra uno mismo o contra otros. Eran habituales en el apostolado y el acompañamiento espiritual.

Sólo con el paso de los años, cuando uno aprende a conocer mejor el mundo y se confronta con la realidad, es que se llega a categorizar ciertas experiencias pasadas como abusos, a la vez que se toma conciencia del daño que han dejado en la propia psique.

Y eso es lo que a mí me pasó con ésta y otras experiencias.

Algunos de los abusadores han alegado que hubo consentimiento de la otra parte, y ése ha sido el argumento principal esgrimido por la reciente resolución vaticana para negar que Figari cometió abusos (ver http://sodalicio.org/wp-content/uploads/2017/02/Carta_Roma_2017.pdf).

¿Hubo consentimiento de mi parte? En cierto sentido sí lo hubo, pues Baertl nunca me obligó a la fuerza a desnudarme, mucho menos me obligó a fornicar la silla cuando mis torpes intentos demostraron que no iba a poder hacerlo. Pero se trataba de un consentimiento muy imperfecto y débil, pues en esa pequeña habitación me encontraba a merced de mi consejero espiritual, y en base a la confianza que le tenía y la autoridad que como guía espiritual ejercía sobre mí, había muy poco margen para no acatar la orden, más aún cuando yo debía tener entonces tan sólo unos 16 años.

Respecto a este incidente, le escribí lo siguiente a Alessandro Moroni el 31 de enero de este año:

«La primera vez que lo puse por escrito fue en el año 2008, aunque ya anteriormente se lo había contado a algunas personas. Puedo demostrar esto por un e-mail que le envié en enero de 2009 a Manuel Rodríguez. No había la intención de hacer público este incidente. A fines del mismo año mi hermano Erwin recibió el mismo documento en que se narraba este incidente. Yo tenía entonces la intención de advertir a las autoridades sodálites para que tomaran las medidas necesarias, de ninguna manera la intención de hacerlo público. La primera vez que menciono el incidente de manera pública, aunque sin mencionar a Baertl por su nombre, es en mi post ELOGIO DEL SODALICIO del 11 de enero de 2013. Los reparos que personalmente tenía para hacer de conocimiento público este incidente, ¿no son acaso un indicio de que no lo inventé sino de que efectivamente ocurrió?»

Más aún, en ese momento ni siquiera estaba enterado de los abusos sexuales cometidos por ningún sodálite, salvo el caso de Daniel Murguía. Mi vinculación con Pedro Salinas y Rocío Figueroa recién se iniciaría en el año 2011, por lo cual la hipótesis de una campaña premeditada contra el Sodalicio queda descartada.

¿Puedo acaso haberme imaginado todos estos detalles? ¿No sería lógico que, en caso de querer inventar algo, recurriera a una historia más estándar, basada en abusos sexuales vividos por otros? Lo que a mí me ocurrió es tan insólito, que ni yo mismo pude comprender durante décadas qué es lo que realmente había pasado. Y durante todo el tiempo que mi mente estuvo secuestrada por la ideología sodálite, ni siquiera me planteé una explicación. Simplemente había pasado y durante años el incidente quedó guardado en el desván de mi memoria, sin que yo le prestara atención o me atreviera a sacarlo a la luz.

Jaime Baertl debe sentirse contento de que mi historia haya sido considerada como inverosímil por sus expertos contratados. Pero su alegría probablemente sea frágil y fugaz. Pues si todavía no tiene síntomas de Alzheimer, estoy seguro de que el recuerdo de lo que pasó lo acompañará hasta la tumba. Y quizás incluso hasta después, cuando tenga que explicar ante el juicio de la eternidad por qué traicionó tan arteramente su misión sacerdotal de ser testigo de la verdad.

(Columna publicada en Altavoz el 6 de marzo de 2017)