UNA VÍCTIMA TRAS LAS HUELLAS DE SUS ABUSADORES

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Matthias Katsch delante del Colegio Canisio de Berlín

Matthias Katsch (1963- ) fue víctima de abuso sexual en los años 70 en el Colegio Canisio de Berlín, una escuela secundaria privada regentada por jesuitas. Allí, a los 13 años de edad, fue objeto de abuso sexual repetidas veces por parte del sacerdote jesuita y guía espiritual Peter R., a quien le gustaba rodearse de jóvenes menores de edad, a los cuales les hacía regalos como tocadiscos y cámaras fotográficas. Pasaba su tiempo libre con ellos en un edificio algo apartado dentro de las instalaciones de la escuela —conocido por los muchachos como “El Castillo”—, donde desarrollaba dinámicas de grupo en las que los jóvenes tenían que confrontase con sus sentimientos y luego pernoctaban en ese lugar. Una vez ganada su confianza, les mostraba revistas pornográficas y después les pasaba cuestionarios tipografiados con preguntas sobre las fotos. Para una evaluación personal, les pedía que uno a uno fueran a su dormitorio, donde les interrogaba sobre sus sueños y los animaba a masturbarse en su presencia.

Otro jesuita, el profesor de deportes de la escuela, Wolfgang S., también abusaría de Katsch con castigos físicos que bordeaban el sadismo.

La lucha de Katsch contra sus demonios interiores —sentimientos intensos de vergüenza y culpabilidad que se manifestaron en fases depresivas desde los 15 años de edad y que le acompañarían toda su vida— conllevaron dificultades para insertarse en el mundo laboral y para mantener relaciones estables. Sólo tras saber de otros casos de abusos en escuelas jesuitas y haber conocido a otras víctimas, pudo relacionar su felicidad esquiva con los abusos que había sufrido. Y todo ese proceso le tomó decadas.

En enero de 2010, junto con otros dos ex alumnos del Colegio Canisio, decidió tomar contacto con el P. Klaus Mertes SJ, entonces rector del colegio, e informarle sobre sus experiencias. Éste envió cartas a unos 600 ex alumnos de las décadas de los 70 y 80, preguntando si alguno había sido sometido a prácticas abusivas por parte de ambos jesuitas —quienes habían sido trasladados a fines de los 80 a otras instituciones, al saber las autoridades de entonces que habían tenido “comportamientos impropios”—. Las investigaciones posteriores revelaron la existencia de decenas de víctimas y eso marcó en Alemania el estallido del escándalo de abusos de menores en instituciones educativas, la mayoría de ellas gestionadas por la Iglesia católica.

Recientemente, la televisión alemana ha propalado un reportaje sobre Matthias Katsch con el título de Meine Täter, die Priester (Mis abusadores, los sacerdotes). Durante su estadía en Chile con ocasión de la visita del Papa Francisco a ese país, Katsch supo que sus abusadores habían sido vistos en tierras chilenas. Sabiendo a través de una investigación de la diócesis de Hildesheim —donde Peter R. había vuelto a abusar de por lo menos una menor de edad— que también había víctimas en Chile, decide ir a buscarlas, comenzando por la Fundación Cristo Vive en Santiago de Chile, asociación católica dedicada a la ayuda de los pobres y necesitados y con la cual el jesuita había colaborado con donaciones.

Una mujer —que prefirió guardar el anonimato— le contó que cuando joven había visto cómo el sacerdote manoseaba a su hermana en los pechos y que ella misma había sido invitada a vivir junto con el sacerdote primero en Hannover —donde por temor atrancaba la puerta con un sofá— y luego en Berlín —lugar de residencia actual del jubilado presbítero—, donde tenía que compartir dormitorio y el sujeto se masturbaba mientras ella parecía dormir. Otra víctima en Arica le habló de los crueles y sádicos castigos hacia los jóvenes de Wolfgang S. —quien había fundado una asociación deportiva en esa ciudad donde residía— y que le había aplicado de manera humillante a su hermana levantándole la falda, a la vez que admitía que a ella misma Peter R. le había acariciado los pechos, generándole un trauma que aún persistía.

De regreso a Alemania, Matthias Katsch llevaría consigo la información de las víctimas para incluirlas en el programa de reparaciones. Pues la única manera de ayudarlas en su lucha por salir adelante en la vida es que se reconozca lo que les hicieron, se les dé una reparación simbólica digna en dinero y se identifique a los perpetradores como tales. Es un deber de justicia que la Iglesia católica ha olvidado durante demasiado tiempo.

(Columna publicada en Altavoz el 22 de octubre de 2018)

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FUENTE

WDR Doku
Meine Täter, die Priester (16.10.18)

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ABUSO SEXUAL CLERICAL: SIETE MEDIDAS QUE AYUDARÍAN

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El 25 de septiembre de este año los obispos alemanes reunidos en Fulda dieron a conocer los resultados del proyecto de investigación “Abuso sexual contra menores de edad de parte de sacerdotes, diáconos y religiosos católicos dentro del ámbito de la Conferencia Episcopal Alemana”, elaborado por un equipo de expertos contratados por la misma conferencia episcopal. Dos días días más tarde, el 27 de septiembre, se anunciaron las medidas que se iban a tomar para combatir el flagelo del abuso sexual, de dimensiones alarmantes según el estudio.

Este estudio, aun cuando contiene cifras impresionantes, presenta serias deficiencias y no estaría reflejando las verdaderas dimensiones del problema, como ya lo he señalado en un post anterior (ver INFORME SOBRE ABUSO SEXUAL ECLESIÁSTICO EN ALEMANIA: UN SALUDO A LA BANDERA).

Las medidas acordadas por los obispos fueron las siguientes:

Punto 1: Involucración de las víctimas y de expertos externos

Punto 2: Estandarización en la gestión de las actas de personal

Punto 3: Centros de atención independientes, adicionales a los diocesanos

Punto 4: Monitoreo vinculante en lo referente a intervención y prevención

Punto 5: Revisión de las prestaciones de reconocimiento a las víctimas

Punto 6: Esclarecimiento de la responsabilidad institucional

Punto 7: Discusión sobre celibato y moral sexual

Matthias Katsch, vocero de la asociación de víctimas “Eckiger Tisch” (“Mesa Angular”), ha señalado que “estos anuncios insuficientes nos dejan estupefactos”. Pues, ciertamente, poco concreto hay en ellas, comenzando porque no se delimitan las responsabilidades personales de los numerosos abusos cometidos ni tampoco se indica claramente cómo se va a reparar el daño producido a las víctimas, mucho menos se propone un plan de indemnizaciones justas y satisfactorias. Además, todo queda bajo responsabilidad y tutela de los mismos eclesiásticos que forman parte del sistema que ha hecho posible los abusos a gran escala y que ha protegido a los abusadores y dejado desamparadas a las víctimas

El día 27 de septiembre apareció en el prestigioso semanario “Die Zeit” un interesante artículo, proponiendo siete medidas alternativas a las de los obispos. Dado que estas medidas trascienden el ámbito regional y, en cierta medida, atañen a toda la Iglesia universal, he creído conveniente hacer una traducción al español para contribuir a la difusión de estas medidas. Aunque dudo, por lo que sabemos del aparato eclesiástico actual, que se vayan a poner en práctica, por más necesarias y urgentes que sean.

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Abuso sexual: ¡No hablar, sino actuar!

Siete medidas contra el abuso clerical que realmente ayudarían

por Hannes Leitlein y Merle Schmalenbach

Tomado de ZEIT Nr. 40/2018

1. Indemnizad a las víctimas

Hasta 5,000 euros de indemnización por persona: ésta es el monto que ha ofrecido la Iglesia en el año 2011 a las víctimas de abusos. En ese entonces, las asociaciones de víctimas lo consideraron “mezquino”. Ciertamente el sufrimiento de las víctimas no se puede expresar en cifras. Pero eso no es motivo para dejarlo sólo en sumas simbólicas y palabras calurosas. «Las disculpas evacuadas de manera rutinaria no nos aportan nada a las víctimas», indica Heiko Schnitzler de la asociación “Eckiger Tisch Bonn” [“Mesa Angular de Bonn”]. «Cuando se trata de reparación, las disculpas y oraciones no constituyen la moneda de cambio en esta sociedad, sino el dinero». A algunas víctimas el abuso las ha sacado de los rieles de tal manera, que han interrumpido la escuela o posteriormente su formación. Luchan durante una vida entera con la debacle económica. Aquí la Iglesia debe intervenir. Esto también es válido para los costos de terapias, que no son cubiertos por las cajas o seguros de salud.

«La mejor solución sería un fondo nacional bajo el manto de la Conferencia Episcopal Alemana», señala el canonista Thomas Schüller de la Universidad de Münster. En este escenario las diócesis ricas contribuirían voluntariamente con un mayor monto que las pobres, en interés propio: al fin al cabo la opinión pública no distingue entre cada una de las diócesis. Si una diócesis tiene mala fama, eso afecta a la Iglesia entera. Sobre la adjudicación del dinero a las víctimas según este modelo las decisiones serían tomadas por una comisión independiente, conformada por laicos. Que se cumpla esto es ciertamente improbable. «La Iglesia en Alemania practica aun hoy en día una política de pequeños estados como en el siglo XVIII y con seguridad no va a lograr ponerse de acuerdo sobre un programa tan fundamental».

2. Posibilitad una investigación independiente

El presente estudio sobre abusos no satisface los requerimientos de lo que puede ser llamado “esclarecimiento sin lagunas”. En el año 2010 las 27 diócesis, por presión de la opinión pública, encargaron un estudio independiente. La cooperación con el Instituto de Investigación Criminológica de Baja Sajonia se interrumpió. Su entonces director, Christian Pfeiffer, explicó en aquella ocasión que el estudio habría fracasado «ante el deseo de censura y control por parte de la Iglesia». Él se había opuesto a que la Iglesia quisiera cambiar el contrato vigente a posteriori con el fin de controlar los textos de investigación y poder incluso prohibir su publicación.

La Conferencia Episcopal, por el contrario, puso fin a la cooperación oficialmente debido a «diferencias irreconciliables». Un acuerdo sobre protección de datos y derechos personales habría lamentablemente naufragado, y según la Conferencia Episcopal, Pfeiffer habría evidenciado «diletantismo y falta de seriedad». La Conferencia Episcopal encargó otro nuevo estudio, que fue presentado el pasado martes [25 de septiembre] en Fulda, después de que ZEIT hubiera publicado hace dos semanas los primeros resultados. En este estudio los investigadores no tuvieron acceso completo a las actas, sino que personal eclesiástico y abogados de las diócesis entregaron las actas requeridas sólo a petición. La institución que debía ser investigada controló la investigación. Si la Iglesia católica quiere recuperar su credibilidad, debe ahora abrir todas las actas, en el Vaticano, en las conferencias episcopales y en las diócesis. Y debe dejar que expertos independientes investiguen a gran escala.

3. Intervenid con mayor dureza

La Iglesia no está inactiva, pero no procede con suficiente determinación contra los abusadores: en el año 2001 el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el posterior Papa Benedicto XVI, preparó un escrito sobre delitos graves (“De delictis gravioribus”). Recomendaba al clero denunciar los casos de abusos a la justicia penal de cada país. En en el año 2010 la Congregación para la Doctrina de la Fe modificó este texto y elevó el plazo de prescripción del abuso a 20 años.

En el mismo año los obispos alemanes endurecieron sus “Líneas directrices para el manejo del abuso sexual”. La aplicación de estas líneas directrices, sin embargo, se controla insuficientemente. Además, todavía hay escollos eclesiásticos que dificultan un esclarecimiento: entre éstos se halla el canon 490 § 3 del Código de Derecho Canónico referente al archivo secreto episcopal, que establece que ningún acta del archivo podrá ser entregada a terceros [«No deben sacarse documentos del archivo o armario secreto»]. “Sin embargo, allí están depositadas todas las actas de investigación y algunas veces las actas de un proceso penal sobre delitos sexuales, lo que dificulta el esclarecimiento de casos de abuso”, dice Thomas Schüller.

Altamente problemático es en este sentido también el canon 489 § 2 del Código de Derecho Canónico: estipula que las actas deben ser destruidas diez años después de una sentencia condenatoria o de la muerte del clérigo inculpado [«Todos los años deben destruirse los documentos de aquellas causas criminales en materia de costumbres cuyos reos hayan fallecido ya, o que han sido resueltas con sentencia condenatoria diez años antes, debiendo conservarse un breve resumen del hecho junto con el texto de la sentencia definitiva»]. Por otra parte, las víctimas requieren frecuentemente de décadas para poder confrontarse con el abuso sufrido. Por eso mismo, la Royal Commission en Australia está exigiendo una obligación de custodia de las actas de por lo menos 45 años.

4. Profesionalizad vuestras estructuras

Es la falta de transparencia, arrogancia y espíritu de cuerpo de párrocos, obispos y cardenales lo que recién ha hecho posible el abuso a tan grande escala y el encubrimiento, según muestra el estudio. La Iglesia católica debe superar estas estructuras de poder. Si bien ya ahora se contrata a personal cualificado no consagrado para tareas centrales, el poder de decisión ultimo sigue residiendo ahora como antes en el grupo cada vez más reducido de los eclesiásticos.

Un medio que ya desde hace tiempo es común y corriente en las organizaciones modernas podría ayudar: la auditoría, es decir, una instancia independiente de control para cada nivel de la Iglesia, que revise si, por ejemplo, se aplican las “Líneas directrices para el manejo del abuso sexual” de la Conferencia Episcopal Alemana.

Una Iglesia que le otorgara más influencia a los laicos y les diera también competencia de decisión frente a los eclesiásticos estaría protegida contra la formación de grupúsculos elitistas entre los clérigos y con eso también contra las tendencias de encubrimiento. Podría comenzarse con un auditor al lado del obispo de Tréveris Stephan Ackermann, el encargado de abusos de la Conferencia Episcopal.

5. No hagáis responsables a los homosexuales

La homosexualidad, ahora como antes, es satanizada en la Iglesia católica. La búsqueda de un chivo expiatorio en 2018, en consecuencia, también concluyó rápidamente: ¡fue el lobby homosexual! Pero este antiguo prejuicio homófobo no nos lleva a los perpetradores, más bien estigmatiza a inocentes. Hombres heterosexuales y no pedófilos también abusan de muchachos menores de edad. Eso lo confirman también los investigadores: una causa del abuso no sería la orientación sexual.

En el abuso no se trata de sexo, sino de violencia sexualizada. Las estructuras de poder que posibilitan este tipo de agresiones las hay de manera extendida entre sacerdotes, dice el padre jesuita y ex director del Colegio Canisio de Berlín, Klaus Mertes, quien en el año 2010 reveló a la opinión pública el abuso en su institución: «Yo hablo, en lugar de eso, de redes de alianzas entre hombres. También heterosexuales forman parte de ellas». Refutar el prejuicio del lobby homosexual, tomar distancia de estas redes de alianzas entre hombres y, de esta manera, quitarles la base, sería un primer paso.

6. Poned en tela de juicio el celibato

En qué medida el celibato convierte en abusadores a los sacerdotes es discutible. El estudio de abuso, sin embargo, arroja nuevamente una sombra sobre la continencia: si bien son responsables de abuso 5.1% de los sacerdotes diocesanos que viven en celibato, lo son solamente 1% de los diáconos en ejercicio, a los cuales les está permitido casarse. ¿Por qué entre sacerdotes diocesanos es más alta la probabilidad de convertirse en abusadores? Esta pregunta debe hacérsela la Iglesia católica, y discutir esta relación. Incluso bajo la presunción de que el sacerdocio atraería a personas sexualmente inmaduras, como señala el psicoterapeuta Wunibal Müller y como los investigadores del estudio suponen, esto debe ser analizado.

Mientras que la Conferencia Episcopal Australiana debate el final del celibato obligatorio, también en Alemania se escuchan las primeras voces, como el deán de la ciudad de Frankfurt, Johannes zu Eltz, que ha cuestionado la obligación de los sacerdotes católicos de no casarse.

7. Convocad un sínodo

Realizar según lo planeado el sínodo sobre los jóvenes en otoño, mientras que a nivel mundial se discute sobre el abuso de menores de edad, causa una impresión bastante ajena a la realidad. Lo que se necesita urgentemente, en lugar de esto, es un sínodo sobre el abuso, y mejor si es con participación de jóvenes. «El tema afecta a la Iglesia a nivel mundial, aun cuando continentes como África o Asia no quieran admitirlo», dice Thomas Schüller. Cómo sería el desarrollo de tal sínodo sobre abuso lo ha esbozado ya el obispo británico de Portsmouth en una carta al Papa: primero debería llevarse a cabo un congreso, al cual asistan obispos pero que sería organizado por laicos. Éstos deberían poder demostrar una particular competencia en el tema del abuso.

Los resultados del congreso podrían entonces ser utilizados en una sesión formal del sínodo de los obispos en Roma. En realidad hasta ahora soló se ha previsto una cumbre eclesiástica entre el 21 y el 24 de febrero, en la cual el Papa Francisco recibirá a los presidentes de todas las conferencias episcopales de nivel nacional. Esta cumbre llega casi medio año muy tarde, no están permitidos laicos, y algunos de los mismos participantes tienen antecedentes como encubridores.

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FUENTES

tagesschau.de
Beschluss der Bischöfe: Sieben-Punkte-Plan gegen Missbrauch (27.09.2018)
https://www.tagesschau.de/inland/massnahmen-missbrauch-katholische-kirche-101.html

Bistum Magdeburg
7-Punkte-Plan gegen Missbrauch: Wie die Bischöfe Missbrauch verhindern und bekämpfen wollen (kna)
https://www.bistum-magdeburg.de/aktuelles-termine/nachrichten/mhg_studie_empfehlungen.html

ZEIT ONLINE
Sexueller Missbrauch: Nicht reden, handeln! (28. September 2018)
https://www.zeit.de/2018/40/sexueller-missbrauch-katholische-kirche-massnahmen

INFORME SOBRE ABUSO SEXUAL ECLESIÁSTICO EN ALEMANIA: UN SALUDO A LA BANDERA

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El cardenal Reinhard Marx y mons. Stephan Ackermann, obispo de Trevéris, durante la rueda de prensa para la presentación del estudio sobre abuso sexual eclesiástico en Alemania (25 de septiembre de 2018)

«Durante demasiado tiempo en la Iglesia se ha negado, ignorado y encubierto el abuso. Por este fracaso y por todo el dolor causado, pido disculpas. […] Me avergüenzo por la confianza que ha sido destruida; por los delitos cometidos contra seres humanos por personal eclesiástico; y siento vergüenza por este hacer la vista gorda de muchos, que no quisieron reconocer lo que había sucedido y no se preocuparon por las víctimas. […] No hemos escuchado a las víctimas. Todo esto no debe quedar sin consecuencias».

Estas fueron las palabras del cardenal Reinhard Marx, presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, en la reunión de otoño de los obispos en la ciudad de Fulda, donde el 25 de septiembre en una rueda de prensa se presentó oficialmente un estudio sobre el abuso sexual de menores por parte de sacerdotes y diáconos católicos, encargado por los obispos alemanes. El estudio fue elaborado por investigadores independientes del Instituto Central para la Salud Mental de Mannheim y de las universidades de Heidelberg y Giessen.

El principal problema está en que fueron los obispos quienes determinaron las condiciones en las que iban a trabajar los expertos. Y si bien las cifras resultan alarmantes (3,677 víctimas y 1,670 abusadores en el período 1946-2014), estos resultados no pueden ser considerados definitivos debido a las limitaciones dentro de las cuales se realizó la investigación.

Fueron examinadas 38,156 actas, a las cuales los investigadores no tuvieron acceso directo, pues los datos relevantes fueron registrados en formularios por personal y abogados de las diócesis y anonimizados. Además, sólo 10 diócesis enviaron informaciones de las actas abarcando todos los años del período de estudio. Las otras 17 enviaron sólo datos a partir del año 2000. Por otra parte, los investigadores obtuvieron indicios de que algunas actas u otros documentos habían sido destruidos o manipulados, siendo imposible determinar la cantidad exacta de la documentación afectada. También se realizaron entrevistas con inculpados y víctimas, todo de manera anónima.

El resultado es un informe árido y seco, con numerosas tablas y datos estadísticos, que no revelan las verdaderas dimensiones del abuso sexual eclesial en Alemania. El número de incidentes de esta índole debidamente documentados sería de por lo menos el doble, a lo cual habría que añadirle un cálculo de casos no denunciados o no documentados, o cuya documentación habría sido destruida. Asimismo, hay que agregar los abusos cometidos por religiosos y religiosas, que no fueron incluidos en el estudio —salvo uno que otro caso— porque las órdenes y congregaciones no se hallan bajo la jurisdicción de los obispos. Tampoco se incluyen los abusos sexuales en perjuicio de adultos vulnerables.

Harald Dressing, director del proyecto de investigación, habla de una cuantiosa cifra oculta. Además, cuenta con información de que un 40% de los perpetradores todavía seguiría con vida, lo cual nos da una suma de más de 650 abusadores —si tomamos en cuenta las cifras del estudio—, cuyos nombres se desconocen y que en su mayoría seguirían impunes. Lo más probable es que el número de abusadores aún vivos supere el millar.

Lo que al final tenemos es un estudio con cifras lo suficientemente alarmantes como para que los obispos se estremezcan ante lo que supuestamente no sabían y realicen su ritual pedido de disculpas para tranquilizar a la opinión publica y recuperar la confianza perdida. Y —no faltaba más— anuncien las medidas que van a tomar —en un plan que incluye siete puntos— para superar la crisis. Medidas vagas, imprecisas y gaseosas, que ni siquiera podrán ser fiscalizadas.

Como ha insistido Matthias Katsch, vocero de la asociación Eckiger Tisch (Mesa Angular) que reúne a las víctimas de abuso sexual en instituciones jesuitas, se requiere una investigación independiente a cargo de entidades estatales, un acceso a todas las actas de los archivos diocesanos, una identificación con nombre y apellido de las víctimas y los perpetradores —a fin de facilitar, en la medida de lo posible, que se haga justicia— y una indemnización satisfactoria para quienes han sufrido las consecuencias graves de los abusos sexuales.

Ciertamente, de esto no han hablado los obispos, y el estudio que han presentado adolece de los mismos defectos de siempre del sistema eclesiástico: encubrimiento de las verdaderas dimensiones del problema y renuncia a asumir responsabilidades personales, tanto de parte de los perpetradores como de quienes los encubrieron.

(Columna publicada en Altavoz el 1° de octubre de 2018)

UN MILLÓN DE VÍCTIMAS DE ABUSO SEXUAL

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El año pasado, tras haber escrito regularmente sobre la problemática del Sodalicio desde noviembre de 2012, me sometí finalmente a unas sesiones de psicoterapia para ver qué efectos había dejado en mí la experiencia de haber estado vinculado unos 30 años a la institución (desde 1978 hasta 2008).

Ciertamente, no es éste el tema de esta columna. Pero sirve de introducción lo que sucedió cuando se lo comuniqué a mi asesora de la Oficina de Trabajo, tras yo haber terminado abruptamente una práctica fallida para ser cuidador de ancianos en un asilo de Caritas. La asesora, una mujer de buen corazón pero de carácter nervioso, me señaló lo importante que era someterse a terapia cuando se había sido objeto de abusos, pues eso mejoraba las perspectivas laborales de uno mismo. Y me confesó que su padre —un señor católico comprometido con la parroquia— había abusado sexualmente de ella desde su tierna infancia hasta entrada la adolescencia. Y que su madre se había hecho de la vista gorda, hasta que ella decidió alejarse de la casa paterna. A consecuencia de ello, le era imposible seguir creyendo en Dios y en la Iglesia, y había tenido una vida afectiva y laboral azarosa, llena de contratiempos y frustraciones, hasta que por fin había conseguido ese puesto en la Oficina de Trabajo, que esperaba mantener hasta su jubilación.

Su historia no es un caso aislado. Lo acaba de confirmar recientemente el informe preliminar de la Comisión Independiente para Afrontar los Abusos Sexuales de Menores (Unabhängige Kommission zur Aufarbeitung sexuellen Kindesmissbrauchs), hecho público en junio de este año.

La Comisión, formada por encargo del Parlamento Federal Alemán (Bundestag), inició sus labores el 26 de enero de 2016 y tiene programado seguir en funciones hasta el 31 de marzo de 2019. Su misión consiste en investigar todas las formas de abuso sexual de niños y jóvenes ocurridos en la República Federal de Alemania y en la desaparecida República Democrática Alemana. El objetivo es determinar las dimensiones, tipos y consecuencias de la violencia sexual contra menores y así impulsar un amplio debate político y ciudadano sobre un tema que sigue siendo considerado tabú. Y que afectaría a alrededor de un millón de menores en Alemania, según declaraciones de Sabine Andresen, presidenta de la Comisión.

Hasta ahora se ha escuchado a 200 testigos y se ha recibido 170 testimonios escritos. Son alrededor de 1000 personas las que se han comunicado con la Comisión. Tantas, que resulta imposible atenderlas a todas, más aún cuando el presupuesto asignado resulta insuficiente.

Entre los testigos, las mujeres superan ampliamente en número a los hombres. Las víctimas tienen en promedio una edad de entre 30 y 50 años. Y el 70% de los casos de abuso ocurrieron en la familia o en el entorno más cercano. Con frecuencia, otros familiares supieron del abuso, pero no hicieron nada para proteger a los menores. En especial las madres de familia —que en algunos casos también abusaron de sus propios hijos— fueron en su mayoría cómplices silenciosas, que toleraron el abuso, ya sea por impotencia ante los hechos, ya sea por hallarse en una situación vulnerable de dependencia o de violencia en la relación de pareja. Además, influyeron el miedo a perder la pareja o a desintegrar la familia, así como experiencias propias de abusos sufridos. Algunos menores fueron incluso agredidos sexualmente por más de un familiar —por ejemplo, primero por el abuelo y años después por el padre—, hasta el punto de que varios expertos hablan de un abuso organizado dentro de la familia.

El abuso no sólo genera consecuencias traumáticas de por vida en las víctimas, sino que también tiene consecuencias sociales: la mayoría de ellas no alcanzan un estatus social por encima del nivel de la pobreza.

«La violencia sexual ejercida sobre muchachos y muchachas puede destruir vidas», declaró Katarina Barley, la actual Ministra Federal de Familia.

Una tarea pendiente que abordará la Comisión es el abuso en instituciones educacionales y formativas, como la Iglesia católica, las iglesias evangélicas, los jardines de infancia, escuelas e internados, las asociaciones deportivas, los movimientos juveniles, etc.

Se trata de una labor esclarecedora necesaria, a fin de combatir un crimen sistemático enquistado en la sociedad.

(Columna publicada en Altavoz el 17 de julio de 2017)

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FUENTES

Unabhängige Kommission zur Aufarbeitung sexuellen Kindesmissbrauchs
Geschichte die zählen – Zwischenbericht (Juni 2017)
https://www.aufarbeitungskommission.de/wp-content/uploads/2017/06/Zwischenbericht_Aufarbeitungskommission_Juni_2017.pdf

Kölner Stadt-Anzeiger
Bericht zu Kindesmissbrauch Insbesondere Mütter haben Übergriffe häufig geduldet (14.06.17)
http://www.ksta.de/politik/bericht-zu-kindesmissbrauch-insbesondere-muetter-haben-uebergriffe-haeufig-geduldet-27795018
Kindesmissbrauch in Deutschland: Zwischen Liebe und Hass (14.06.17)
http://www.ksta.de/politik/kindesmissbrauch-in-deutschland-zwischen-liebe-und-hass-27796460

stern
Sexueller Missbrauch in Familien oft geduldet (14. Juni 2017)
http://www.stern.de/news/sexueller-missbrauch-in-familien-oft-geduldet-7494612.html

ZEIT ONLINE
Sexueller Kindesmissbrauch: Mütter glauben ihren Kindern nicht (14. Juni 2017)
http://www.zeit.de/politik/2017-06/sexueller-kindesmissbrauch-kommission-aufarbeitung-bericht

UNA RAYA MÁS AL TIGRE

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Ocurrió en Baltimore, la ciudad estadounidense más tradicionalmente católica, a fines de los años 60.

La Hna. Catherine Cesnik, de tan sólo 26 años de edad, maestra de inglés y teatro en la escuela secundaria arzobispal para mujeres Keough, desapareció el 7 de noviembre de 1969. Su cuerpo fue hallado el 3 de enero de 1970 en un basural, con señas de ahorcamiento y un enorme hueco en la parte trasera de la cabeza.

Nunca se supo quién mató a la religiosa ni el motivo del crimen.

Sin embargo, las investigaciones continúan gracias a la valentía de un grupo de ex-alumnas de la escuela, que han decidido revelar lo que callaron durante décadas y que constituirían indicios certeros de los motivos del asesinato y quizás de su autor.

En 1992 Jean Wehner, ex-alumna de Keough, denunció ante el arzobispado de Baltimore al entonces capellán de la escuela, el P. Joseph Maskell, por abusos sexuales cometidos cuando ella tenía 16 años, que incluían ser inducida a desnudarse en su presencia, que él se masturbara delante de ella o ser obligada a realizar actos sexuales. Incluso la forzó a prostituirse con otros hombres, la mayoría de ellos supuestamente policías amigos del cura. Hubo violación en toda regla, pero sobre todo un abuso de confianza que incapacitó a la víctima para que ofreciera resistencia.

El archivamiento del caso por parte del tribunal eclesiástico debido a falta de pruebas llevó a los abogados de Wehner a buscar más víctimas. Una de las más importantes, Teresa Lancaster, confesó que Maskell había abusado de ella repetidas veces, e incluso la llevó donde un ginecólogo amigo para verificar que no hubiera embarazo, y mientras éste le examinaba los pechos, el cura la violó nuevamente en la mesa del consultorio.

En noviembre de 1969 Maskell habría llevado a Wehner al basural, donde ella reconoció el cadáver de la Hna. Cesnik. «¿Ves lo que pasa cuando hablas cosas malas de la gente?», le habría dicho Maskell.

El caso judicial fue archivado en 1995 por prescripción de los delitos.

El P. Maskell no actuó solo. Lo confirman decenas de víctimas que han aparecido recientemente. Y todo indica que fue el arzobispado quien presionó para que no se siguiera investigando el caso.

Aparentemente, la Hna. Cesnik fue asesinada porque quiso ayudar a las chicas y sacar a la luz los abusos cometidos por Maskell y otros.

Un escándalo más para la Iglesia católica. ¿O una raya más al tigre?

(Columna publicada en Exitosa el 6 de mayo de 2017)

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FUENTE

HuffPost
Buried In Baltimore: The Mysterious Murder Of A Nun Who Knew Too Much (May 15, 2015)
http://www.huffingtonpost.com/2015/05/14/cesnik-nun-murder-maskell_n_7267532.html

LA VÍCTIMA CRUCIFICADA

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“Daniel”, víctima de abuso sexual clerical, declarando ante la Audiencia de Granada

«Perdona este gravísimo pecado y gravísimo delito que has sufrido. Perdona, hijo mío, tanto dolor ocasionado y tanto como habrás sufrido. Estas heridas hacen que la Iglesia se resienta al completo».

Así se dirigió el Papa Francisco por teléfono en agosto de 2014 a “Daniel”, un joven muchacho de 24 años, miembro del Opus Dei, víctima de abusos sexuales en la arquidiócesis de Granada (España) cuando sólo tenía 14 años, animándolo a denunciar penalmente a los victimarios. Era su respuesta directa a una carta que le había enviado “Daniel” motivada por la indolencia e inacción del arzobispado granadino.

Además, Francisco obligó al renuente arzobispo de Granada, Mons. Francisco Javier Martínez —quien tenía conocimiento de la denuncia pero no hizo nada— a abrir una investigación canónica. Los implicados: diez sacerdotes y dos laicos, tres de los cuales fueron suspendidos a divinis, entre ellos el líder y abusador máximo, el P. Román Martínez.

Tras un proceso penal que ha durado más de un año, siendo el único acusado el P. Román debido a que los demás delitos ya habían prescrito, la Audiencia de Granada ha emitido el 11 de abril un veredicto sorprendente, pues todas las pericias apuntaban a la veracidad del relato de “Daniel” y a la falta de honestidad e incongruencia en los descargos del P. Román.

Se ha absuelto al acusado y a la víctima se le ha tirado mierda encima, atribuyéndole «versiones de los hechos imprecisas y vacilantes», resaltando la supuesta «inconsistencia del relato del acusador», aduciendo que «determinadas circunstancias que él daba por ciertas e inequívocas, han sido desmontadas a través del material probatorio que obraba». Además, se señala falta de pruebas y aspectos absolutamente inverosímiles en su testimonio, así como «conducta desleal» a lo largo del proceso. Finalmente, se le obliga a pagar los costos de la defensa del acusado.

El arzobispo de Granada está contento con la sentencia, a la vez que proclama hipócritamente que la posición de la Iglesia es la protección en primer lugar de las víctimas. Seguirá el proceso canónico contra nueve de los implicados, pero poco se puede esperar.

Pues los inocentes siempre serán víctimas a las que crucificar. Ocurrió en los inicios de la historia del cristianismo con Jesús, condenado sin pruebas por la jerarquía sacerdotal de entonces. Y se repite en la actualidad dentro de los mismos confines de la Iglesia.

(Columna publicada en Exitosa el 15 de abril de 2017)

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FUENTES

eldiario.es
Las claves del ‘caso Romanones’, el mayor juicio contra la pederastia eclesial en España (05/03/2017)
http://www.eldiario.es/sociedad/claves-Romanones-pederastia-eclesial-Espana_0_619088389.html
Absuelven al padre Román en el juicio por los abusos de ‘Los Romanones’ (11/04/2017)
http://www.eldiario.es/sociedad/Absuelven-Roman-juicio-abusos-Romanones_0_632037365.html

Religión Digital
Ante la absolución de Román Martínez: “Este arzobispado se alegra de la actuación de la justicia”
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Asociación PRODENI (Pro Derechos del Niño)
Dossier periodístico sobre el caso Romanones
http://www.prodeni.org/Caso_Romanones.htm

VIOLENCIA SEXUAL: EL SABOR DEL DELITO

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La violencia sexual contra menores de edad no es sólo un problema en el Perú, sino también a nivel mundial. La historiadora alemana Marion Detjen —especializada en historia de la migración interna en Alemana, en cuestiones de género y en los límites entre el ámbito público y el privado— publicó en junio de este año en el prestigioso semanario Die Zeit una reflexión sobre el contexto social en que se efectúa la violación de una menor de edad, sobre la base de su propia historia personal. Lo que allí dice se aplica también —salvando las diferencias— a la realidad peruana. Una violación no es un mero asunto privado, sino un acto del cual toda la sociedad es responsable. Y, por ende, le compete a toda la sociedad efectuar los cambios estructurales necesarios a fin de garantizarle a los menores de edad una infancia libre de violencia sexual.

A continuación, el artículo de Marion Detjen traducido al español.

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VIOLENCIA SEXUAL: EL SABOR DEL DELITO

Toda agresión sexual tiene lugar en un contexto social. Lo que se nos escapa de la vista cuando privatizamos el delito.

por Marion Detjen (8 de junio de 2016)

Cuando cumplí 18 años y obtuve mi licencia de conducir, conduje de vuelta a la escena del delito: un claro en el bosque, situado a unos 100 metros de la vía solitaria que unía la fábrica de papel y la casa de mis abuelos con el pueblo y la estación del tren. Estaba comenzando la primavera, los árboles aún no tenían follaje, la misma estación del año que siete años atrás, cuando esa vía era mi camino a la escuela. En el lugar donde yo, la niña, me había arrodillado al alba ante el hombre y luego había escupido el líquido blancuzco, brotaba ahora una pequeña mata. Brotes purpúreos, en febrero, precisamente en ese lugar y sólo allí. Las ramas fibrosas no se quebraban fácilmente, y tuve que ayudarme con los dientes. De vuelta al coche, me ardían la boca y la garganta. La daphne que había mordido, también llamada yerba ardiente [“Brennwurz” en alemán], es venenosa, y los brotes que yo quería llevarme a casa como recuerdo se marchitaron de inmediato.

El sabor del delito. Que del producto escupido de la eyaculación haya crecido una planta venenosa poco común y me trajera de vuelta el sabor del delito, me confirió poder sobre mi historia. El delito puede ser explicado por mí en los contextos sociales y políticos en que tuvo lugar.

Yo ya no sé cómo llegué a casa. En la sala de estar de la casa de mis abuelos me hallaba yo sola, mientras esperábamos a la policía y el estigma de la violación se extendía lentamente. Mi entorno mantenía distancia. Yo notaba cómo los complicados procedimientos desarrollados durante más de cien años, que mantenían en vida la casa grande y la fábrica, continuaban su marcha y no me necesitaban. Ese día no hubo escuela para mí, yo percibía la vida de los demás como ralentizada, en la cocina, en el sótano de planchar, en el jardín, en las habitaciones superiores y en las oficinas al otro lado del canal de la fábrica, en las grandes, ruidosas y humeantes máquinas. La casa, al fin y al cabo, ofrecía protección, era tranquila y segura.

Una niña debería poder atravesar sola sin miedo un bosque oscuro. Dado que esto no se dio, ¿quién envía a una niña al alba sola a través de un bosque oscuro? En muchos niños se trata de la pobreza y el desarraigo, cuando se les envía a la huida, como hoy en día a los menores refugiados sin acompañamiento, que “desaparecen” en gran número. ¿Qué nos une a a ellos, donde está nuestra participación en su pobreza y su desarraigo y su explotación por parte de delincuentes, y en que atraviesen el oscuro bosque no sin miedo? Quisiera saberlo en cada caso particular.

También el contexto que me envió a través del bosque es tan grande y amplio, que nadie puede eximirse de responsabilidad. Son las estructuras puritanas y patriarcales, que constituyen la columna vertebral de la prosperidad alemana, con toda su ambivalencia. También me resulta difícil atacarlas, porque yo también me he beneficiado de ellas así como he sufrido bajo ellas y siempre me parecen mejores que otras plasmaciones del capitalismo, las cuales ocasionan a nivel mundial millones de veces crímenes peores y abusos incluso peores. ¿Pero no deberíamos dejar de comparar unos con otros los contextos que permiten que ocurran los delitos contra niños? Toda violación es una muestra de poder.

Mi violación, por ejemplo, tuvo como premisa que el mando medio empresarial alemán instalara sus fábricas en la provincia y allí obligara a una subsistencia rural a todos los que tenían que ver con ellas. Que en los años 70 y 80 no se pretendiera de los hijos de esa coyuntura empresarial que fueran a un internado, sino más bien el esfuerzo de ir una escuela secundaria humanista pero de ninguna manera humana en la capital de distrito más cercana. Que el régimen patriarcal ocasionara que las madres se enfermaran y que los padres fueran enajenados de sus hijos y que se considerara como completamente normal que una niña de once años se levantara sola a las seis de la mañana, se preparara sola el desayuno y see fuera sola en bicicleta a la estación del tren. Que predominara un ordenamiento de géneros que consideraba a las mujeres como objetos para satisfacer necesidades masculinas. Que el capitalismo corporativo practicara una especie de conciliación entre propiedad y trabajo, la cual encubría desigualdades y encontraba su clímax absurdo en la violación de la hija del propietario por parte del trabajador que tuvo acceso a esa niña.

Así y todo, cuando regresé a casa al mediodía, me esperaba un almuerzo con sopa, segundo y postre. Mi madre, hija de refugiados, debió en sus años de subsistencia como escolar transeúnte arreglárselas sin almuerzo y pasar las tardes en el otro pueblo antes de que el autobus la trajera a casa. Mi abuela, también hija de refugiados, no tuvo en los años 20 ningún hogar en absoluto. En sus memorias señala el abuso del cual estuvo a merced. Esta abuela, eso lo percibía, aún cuando no hablaba conmigo, sentía pánico por mí. Ella tenía de entre todos el mejor motivo para no llevarme en coche a la estación del tren: como casi todas las mujeres de su generación, no tenía licencia de conducir, porque su esposo no quería.

Cuando vino la policía fui interrogada de manera intensiva, pero no tenía palabras para aquello que debía contar. La profunda vergüenza. Más tarde en la mañana me fue traído un hombre que vestía hasta los calzoncillos la misma ropa que llevaba el agresor: jeans, una casaca de cuero rellena de pelaje de oveja, un calzoncillo floreado, los trabajadores no tenían mucha elección en cuestión de guardarropa. Luego los sentimientos de culpa, porque fue acusado erróneamente. Mi padre ofreció una recompensa elevada, finalmente el perpetrador fue aprehendido gracias a las informaciones de otro trabajador, que había visto el coche del perpetrador sospechosamente estacionado en la linde del bosque. Todos en la fábrica sabían. Yo entonces quise recibir también una indemnización por daños personales, dinero para rehabilitarme, yo quería cobrar la recompensa, todavía no sé cómo se lo propuse a mi madre. En teoría, una demanda civil hubiera sido posible, pero el contexto puritano-patriarcal excluía reclamaciones en dinero del dueño de la fábrica hacia los trabajadores.

Fue elogiada por no haberme defendido. Podría haber sido peor. Allí estaba mi viejo y horrible abrigo de paño tirolés, un híbrido entre el puritanismo y el mimetismo con el entorno altobávaro, que debía llevar y que odiaba. Debía quitame ese abrigo, fue la primera orden del agresor. Mi angustia mortal, mientras comenzaba a desabotonarme el abrigo. Entonces ocurrió algo inesperado, un titubear y reflexionar, también de parte del agresor. Yo no sé qué lo movió a eso, pero finalmente dijo que podía quedarme con el abrigo puesto y que debía arrodillarme. Cuando se hubo aplacado y yo hube escupido, tuve que contar despacio hasta cien. Él se esfumó, y yo conté, despacio, exactamente como él había ordenado, antes de ir a buscar mi bicicleta, que él había arrojado en el bosque.

En las semanas después del delito noté en las reacciones de los hombres en mi entorno que a sus ojos había perdido mi inocencia. El estigma de la violación estaba allí antes de que yo hubiera madurado sexualmente en absoluto. Sin preguntarme, se decidió que no era necesaria una terapia. Sin preguntarme, se decidió que yo no debía declarar en el juzgado.

Quisiera saber hoy si se pagó un precio y si el agresor hubiera sido castigado más duramente con mi declaración. Anteriormente a mí había abusado de otra niña. Finalmente, fue condenado a dos años de prisión, no sé si bajo libertad condicional. Para poder examinar el expediente judicial necesitaría un abogado. ¿Por qué no tengo derecho, incluso sin asistencia legal, a examinar el expediente? A través del proceso judicial el Estado tiene participación en el contexto a partir del cual yo me explico a mí misma el delito.

Sólo puedo suponer que el juzgado favoreció al agresor debido a que yo no me resistí. Sólo puedo suponer que el juzgado no se imaginó que una niña hallara los actos sexuales forzados, incluso con la boca, como menos amenazantes que la idea de estar ella misma desnuda.

Este delito, que pudo haber sido peor, me empujó hacia una juventud que no fue hermosa, pero que ciertamente pudo haber sido peor. Al final de esta juventud la daphne venenosa me dio una señal y ésta señal quisiera transmitírsela a todas las otras víctimas de violación: está en nosotros el que se acabe con la privatización del delito. El delito no es un asunto que debamos arreglar solos con el perpetrador, con Dios o con la naturaleza, sino que es algo que se relaciona con toda la sociedad.

(Traducción al español: Martin Scheuch)

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Artículo original en DIE ZEIT
Der Geschmack des Verbrechens (8. Juni 2016)
http://www.zeit.de/kultur/2016-06/sexueller-missbrauch-kind-vergewaltigung-10-nach-8