UNA RAYA MÁS AL TIGRE

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Ocurrió en Baltimore, la ciudad estadounidense más tradicionalmente católica, a fines de los años ‘60.

La Hna. Catherine Cesnik, de tan sólo 26 años de edad, maestra de inglés y teatro en la escuela secundaria arzobispal para mujeres Keough, desapareció el 7 de noviembre de 1969. Su cuerpo fue hallado el 3 de enero de 1970 en un basural, con señas de ahorcamiento y un enorme hueco en la parte trasera de la cabeza.

Nunca se supo quién mató a la religiosa ni el motivo del crimen.

Sin embargo, las investigaciones continúan gracias a la valentía de un grupo de ex-alumnas de la escuela, que han decidido revelar lo que callaron durante décadas y que constituirían indicios certeros de los motivos del asesinato y quizás de su autor.

En 1992 Jean Wehner, ex-alumna de Keough, denunció ante el arzobispado de Baltimore al entonces capellán de la escuela, el P. Joseph Maskell, por abusos sexuales cometidos cuando ella tenía 16 años, que incluían ser inducida a desnudarse en su presencia, que él se masturbara delante de ella o ser obligada a realizar actos sexuales. Incluso la forzó a prostituirse con otros hombres, la mayoría de ellos supuestamente policías amigos del cura. Hubo violación en toda regla, pero sobre todo un abuso de confianza que incapacitó a la víctima para que ofreciera resistencia.

El archivamiento del caso por parte del tribunal eclesiástico debido a falta de pruebas llevó a los abogados de Wehner a buscar más víctimas. Una de las más importantes, Teresa Lancaster, confesó que Maskell había abusado de ella repetidas veces, e incluso la llevó donde un ginecólogo amigo para verificar que no hubiera embarazo, y mientras éste le examinaba los pechos, el cura la violó nuevamente en la mesa del consultorio.

En noviembre de 1969 Maskell habría llevado a Wehner al basural, donde ella reconoció el cadáver de la Hna. Cesnik. «¿Ves lo que pasa cuando hablas cosas malas de la gente?», le habría dicho Maskell.

El caso judicial fue archivado en 1995 por prescripción de los delitos.

El P. Maskell no actuó solo. Lo confirman decenas de víctimas que han aparecido recientemente. Y todo indica que fue el arzobispado quien presionó para que no se siguiera investigando el caso.

Aparentemente, la Hna. Cesnik fue asesinada porque quiso ayudar a las chicas y sacar a la luz los abusos cometidos por Maskell y otros.

Un escándalo más para la Iglesia católica. ¿O una raya más al tigre?

(Columna publicada en Exitosa el 6 de mayo de 2017)

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FUENTE

HuffPost
Buried In Baltimore: The Mysterious Murder Of A Nun Who Knew Too Much (May 15, 2015)
http://www.huffingtonpost.com/2015/05/14/cesnik-nun-murder-maskell_n_7267532.html

LA VÍCTIMA CRUCIFICADA

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“Daniel”, víctima de abuso sexual clerical, declarando ante la Audiencia de Granada

«Perdona este gravísimo pecado y gravísimo delito que has sufrido. Perdona, hijo mío, tanto dolor ocasionado y tanto como habrás sufrido. Estas heridas hacen que la Iglesia se resienta al completo».

Así se dirigió el Papa Francisco por teléfono en agosto de 2014 a “Daniel”, un joven muchacho de 24 años, miembro del Opus Dei, víctima de abusos sexuales en la arquidiócesis de Granada (España) cuando sólo tenía 14 años, animándolo a denunciar penalmente a los victimarios. Era su respuesta directa a una carta que le había enviado “Daniel” motivada por la indolencia e inacción del arzobispado granadino.

Además, Francisco obligó al renuente arzobispo de Granada, Mons. Francisco Javier Martínez —quien tenía conocimiento de la denuncia pero no hizo nada—, a abrir una investigación canónica. Los implicados: diez sacerdotes y dos laicos, tres de los cuales fueron suspendidos a divinis, entre ellos el líder y abusador máximo, el P. Román Martínez.

Tras un proceso penal que ha durado más de un año, siendo el único acusado el P. Román debido a que los demás delitos ya habían prescrito, la Audiencia de Granada ha emitido el 11 de abril un veredicto sorprendente, pues todas las pericias apuntaban a la veracidad del relato de “Daniel” y a la falta de honestidad e incongruencia en los descargos del P. Román.

Se ha absuelto al acusado y a la víctima se le ha tirado mierda encima, atribuyéndole «versiones de los hechos imprecisas y vacilantes», resaltando la supuesta «inconsistencia del relato del acusador», aduciendo que «determinadas circunstancias que él daba por ciertas e inequívocas, han sido desmontadas a través del material probatorio que obraba». Además, se señala falta de pruebas y aspectos absolutamente inverosímiles en su testimonio, así como «conducta desleal» a lo largo del proceso. Finalmente, se le obliga a pagar los costos de la defensa del acusado.

El arzobispo de Granada está contento con la sentencia, a la vez que proclama hipócritamente que la posición de la Iglesia es la protección en primer lugar de las víctimas. Seguirá el proceso canónico contra nueve de los implicados, pero poco se puede esperar.

Pues los inocentes siempre serán víctimas a las que crucificar. Ocurrió en los inicios de la historia del cristianismo con Jesús, condenado sin pruebas por la jerarquía sacerdotal de entonces. Y se repite en la actualidad dentro de los mismos confines de la Iglesia.

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FUENTES

eldiario.es
Las claves del ‘caso Romanones’, el mayor juicio contra la pederastia eclesial en España (05/03/2017)
http://www.eldiario.es/sociedad/claves-Romanones-pederastia-eclesial-Espana_0_619088389.html
Absuelven al padre Román en el juicio por los abusos de ‘Los Romanones’ (11/04/2017)
http://www.eldiario.es/sociedad/Absuelven-Roman-juicio-abusos-Romanones_0_632037365.html

Religión Digital
Ante la absolución de Román Martínez: “Este arzobispado se alegra de la actuación de la justicia”
http://www.periodistadigital.com/religion/espana/2017/04/11/este-arzobispado-se-alegra-de-la-actuacion-de-la-justicia-iglesia-religion-dios-jesus-papa-romanones.shtml

Asociación PRODENI (Pro Derechos del Niño)
Dossier periodístico sobre el caso Romanones
http://www.prodeni.org/Caso_Romanones.htm

VIOLENCIA SEXUAL: EL SABOR DEL DELITO

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La violencia sexual contra menores de edad no es sólo un problema en el Perú, sino también a nivel mundial. La historiadora alemana Marion Detjen —especializada en historia de la migración interna en Alemana, en cuestiones de género y en los límites entre el ámbito público y el privado— publicó en junio de este año en el prestigioso semanario Die Zeit una reflexión sobre el contexto social en que se efectúa la violación de una menor de edad, sobre la base de su propia historia personal. Lo que allí dice se aplica también —salvando las diferencias— a la realidad peruana. Una violación no es un mero asunto privado, sino un acto del cual toda la sociedad es responsable. Y, por ende, le compete a toda la sociedad efectuar los cambios estructurales necesarios a fin de garantizarle a los menores de edad una infancia libre de violencia sexual.

A continuación, el artículo de Marion Detjen traducido al español.

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VIOLENCIA SEXUAL: EL SABOR DEL DELITO

Toda agresión sexual tiene lugar en un contexto social. Lo que se nos escapa de la vista cuando privatizamos el delito.

por Marion Detjen (8 de junio de 2016)

Cuando cumplí 18 años y obtuve mi licencia de conducir, conduje de vuelta a la escena del delito: un claro en el bosque, situado a unos 100 metros de la vía solitaria que unía la fábrica de papel y la casa de mis abuelos con el pueblo y la estación del tren. Estaba comenzando la primavera, los árboles aún no tenían follaje, la misma estación del año que siete años atrás, cuando esa vía era mi camino a la escuela. En el lugar donde yo, la niña, me había arrodillado al alba ante el hombre y luego había escupido el líquido blancuzco, brotaba ahora una pequeña mata. Brotes purpúreos, en febrero, precisamente en ese lugar y sólo allí. Las ramas fibrosas no se quebraban fácilmente, y tuve que ayudarme con los dientes. De vuelta al coche, me ardían la boca y la garganta. La daphne que había mordido, también llamada yerba ardiente [“Brennwurz” en alemán], es venenosa, y los brotes que yo quería llevarme a casa como recuerdo se marchitaron de inmediato.

El sabor del delito. Que del producto escupido de la eyaculación haya crecido una planta venenosa poco común y me trajera de vuelta el sabor del delito, me confirió poder sobre mi historia. El delito puede ser explicado por mí en los contextos sociales y políticos en que tuvo lugar.

Yo ya no sé cómo llegué a casa. En la sala de estar de la casa de mis abuelos me hallaba yo sola, mientras esperábamos a la policía y el estigma de la violación se extendía lentamente. Mi entorno mantenía distancia. Yo notaba cómo los complicados procedimientos desarrollados durante más de cien años, que mantenían en vida la casa grande y la fábrica, continuaban su marcha y no me necesitaban. Ese día no hubo escuela para mí, yo percibía la vida de los demás como ralentizada, en la cocina, en el sótano de planchar, en el jardín, en las habitaciones superiores y en las oficinas al otro lado del canal de la fábrica, en las grandes, ruidosas y humeantes máquinas. La casa, al fin y al cabo, ofrecía protección, era tranquila y segura.

Una niña debería poder atravesar sola sin miedo un bosque oscuro. Dado que esto no se dio, ¿quién envía a una niña al alba sola a través de un bosque oscuro? En muchos niños se trata de la pobreza y el desarraigo, cuando se les envía a la huida, como hoy en día a los menores refugiados sin acompañamiento, que “desaparecen” en gran número. ¿Qué nos une a a ellos, donde está nuestra participación en su pobreza y su desarraigo y su explotación por parte de delincuentes, y en que atraviesen el oscuro bosque no sin miedo? Quisiera saberlo en cada caso particular.

También el contexto que me envió a través del bosque es tan grande y amplio, que nadie puede eximirse de responsabilidad. Son las estructuras puritanas y patriarcales, que constituyen la columna vertebral de la prosperidad alemana, con toda su ambivalencia. También me resulta difícil atacarlas, porque yo también me he beneficiado de ellas así como he sufrido bajo ellas y siempre me parecen mejores que otras plasmaciones del capitalismo, las cuales ocasionan a nivel mundial millones de veces crímenes peores y abusos incluso peores. ¿Pero no deberíamos dejar de comparar unos con otros los contextos que permiten que ocurran los delitos contra niños? Toda violación es una muestra de poder.

Mi violación, por ejemplo, tuvo como premisa que el mando medio empresarial alemán instalara sus fábricas en la provincia y allí obligara a una subsistencia rural a todos los que tenían que ver con ellas. Que en los años ‘70 y ‘80 no se pretendiera de los hijos de esa coyuntura empresarial que fueran a un internado, sino más bien el esfuerzo de ir una escuela secundaria humanista pero de ninguna manera humana en la capital de distrito más cercana. Que el régimen patriarcal ocasionara que las madres se enfermaran y que los padres fueran enajenados de sus hijos y que se considerara como completamente normal que una niña de once años se levantara sola a las seis de la mañana, se preparara sola el desayuno y see fuera sola en bicicleta a la estación del tren. Que predominara un ordenamiento de géneros que consideraba a las mujeres como objetos para satisfacer necesidades masculinas. Que el capitalismo corporativo practicara una especie de conciliación entre propiedad y trabajo, la cual encubría desigualdades y encontraba su clímax absurdo en la violación de la hija del propietario por parte del trabajador que tuvo acceso a esa niña.

Así y todo, cuando regresé a casa al mediodía, me esperaba un almuerzo con sopa, segundo y postre. Mi madre, hija de refugiados, debió en sus años de subsistencia como escolar transeúnte arreglárselas sin almuerzo y pasar las tardes en el otro pueblo antes de que el autobus la trajera a casa. Mi abuela, también hija de refugiados, no tuvo en los años ‘20 ningún hogar en absoluto. En sus memorias señala el abuso del cual estuvo a merced. Esta abuela, eso lo percibía, aún cuando no hablaba conmigo, sentía pánico por mí. Ella tenía de entre todos el mejor motivo para no llevarme en coche a la estación del tren: como casi todas las mujeres de su generación, no tenía licencia de conducir, porque su esposo no quería.

Cuando vino la policía fui interrogada de manera intensiva, pero no tenía palabras para aquello que debía contar. La profunda vergüenza. Más tarde en la mañana me fue traído un hombre que vestía hasta los calzoncillos la misma ropa que llevaba el agresor: jeans, una casaca de cuero rellena de pelaje de oveja, un calzoncillo floreado, los trabajadores no tenían mucha elección en cuestión de guardarropa. Luego los sentimientos de culpa, porque fue acusado erróneamente. Mi padre ofreció una recompensa elevada, finalmente el perpetrador fue aprehendido gracias a las informaciones de otro trabajador, que había visto el coche del perpetrador sospechosamente estacionado en la linde del bosque. Todos en la fábrica sabían. Yo entonces quise recibir también una indemnización por daños personales, dinero para rehabilitarme, yo quería cobrar la recompensa, todavía no sé cómo se lo propuse a mi madre. En teoría, una demanda civil hubiera sido posible, pero el contexto puritano-patriarcal excluía reclamaciones en dinero del dueño de la fábrica hacia los trabajadores.

Fue elogiada por no haberme defendido. Podría haber sido peor. Allí estaba mi viejo y horrible abrigo de paño tirolés, un híbrido entre el puritanismo y el mimetismo con el entorno altobávaro, que debía llevar y que odiaba. Debía quitame ese abrigo, fue la primera orden del agresor. Mi angustia mortal, mientras comenzaba a desabotonarme el abrigo. Entonces ocurrió algo inesperado, un titubear y reflexionar, también de parte del agresor. Yo no sé qué lo movió a eso, pero finalmente dijo que podía quedarme con el abrigo puesto y que debía arrodillarme. Cuando se hubo aplacado y yo hube escupido, tuve que contar despacio hasta cien. Él se esfumó, y yo conté, despacio, exactamente como él había ordenado, antes de ir a buscar mi bicicleta, que él había arrojado en el bosque.

En las semanas después del delito noté en las reacciones de los hombres en mi entorno que a sus ojos había perdido mi inocencia. El estigma de la violación estaba allí antes de que yo hubiera madurado sexualmente en absoluto. Sin preguntarme, se decidió que no era necesaria una terapia. Sin preguntarme, se decidió que yo no debía declarar en el juzgado.

Quisiera saber hoy si se pagó un precio y si el agresor hubiera sido castigado más duramente con mi declaración. Anteriormente a mí había abusado de otra niña. Finalmente, fue condenado a dos años de prisión, no sé si bajo libertad condicional. Para poder examinar el expediente judicial necesitaría un abogado. ¿Por qué no tengo derecho, incluso sin asistencia legal, a examinar el expediente? A través del proceso judicial el Estado tiene participación en el contexto a partir del cual yo me explico a mí misma el delito.

Sólo puedo suponer que el juzgado favoreció al agresor debido a que yo no me resistí. Sólo puedo suponer que el juzgado no se imaginó que una niña hallara los actos sexuales forzados, incluso con la boca, como menos amenazantes que la idea de estar ella misma desnuda.

Este delito, que pudo haber sido peor, me empujó hacia una juventud que no fue hermosa, pero que ciertamente pudo haber sido peor. Al final de esta juventud la daphne venenosa me dio una señal y ésta señal quisiera transmitírsela a todas las otras víctimas de violación: está en nosotros el que se acabe con la privatización del delito. El delito no es un asunto que debamos arreglar solos con el perpetrador, con Dios o con la naturaleza, sino que es algo que se relaciona con toda la sociedad.

(Traducción al español: Martin Scheuch)

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Artículo original en DIE ZEIT
Der Geschmack des Verbrechens (8. Juni 2016)
http://www.zeit.de/kultur/2016-06/sexueller-missbrauch-kind-vergewaltigung-10-nach-8

UNA VÍCTIMA MÁS DE JEFFERY DANIELS

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Jeffery Stewart Daniels Valderrama
Documento de identidad: DNI 07862803

Así aparece el nombre de este ex sodálite en el Registro Nacional de Identificación y Estado Civil (RENIEC), quien residiría actualmente en Antioch (Illinois, Estados Unidos), una localidad cercana a Chicago, junto con su esposa Laura, educadora de infantes. Jeffery estaría trabajando como webmaster para la Chicago Fittings Corp. Y aunque no lo he podido confirmar, es probable que también tenga la nacionalidad estadounidense.

Se pueden encontrar en la red varias referencias suyas bajo el nombre de Jeffery S Daniels. Aunque la forma “Jeffrey” es más común, no es éste el verdadero nombre de pila de quien ha sido descrito por algunos que lo conocieron como un depredador sexual de menores de edad.

Una de sus víctimas es un ex alumno del Colegio Markham que se comunicó conmigo cuando supo que Jeffery era señalado como uno de los pederastas del Sodalicio. Su nombre es Álvaro Urbina y tiene actualmente 34 años de edad.

Álvaro no tenía la certeza de que Jeffery hubiera abusado de otros como él. Aunque lo sospechaba. Ahora que la verdad está saliendo a la luz, Álvaro quiere también que se conozca su caso, a fin de ayudar a otros que han pasado por una experiencia semejante. Y de cierta manera, también quiere sacarse de encima no sólo el dolor que lleva en el alma por haber callado tanto tiempo, sino también la ansiedad que le ocasionó haber sido víctima de abuso sexual, con la confusión y el sentimiento de culpabilidad que ello trae consigo.

Al igual que muchos otros, Álvaro quiere que se haga justicia: que se reconozca públicamente el delito cometido por quien entonces era miembro del Sodalicio de Vida Cristiana y que se castigue al culpable. Y si esto no es posible, que caiga sobre él el oprobio de ser señalado públicamente como un abusador de menores.

El testimonio completo de Álvaro será una más de las denuncias que serán enviadas al Vaticano en contra del Sodalicio de Vida Cristiana, que sabemos que encubrió a Jeffery Daniels, le permitió quedar impune y le facilitó una salida honrosa de la institución para que pudiera hacer una nueva vida en los Estados Unidos. Sin pagar por las consecuencias de haber arruinado las vidas de varios menores de edad que pasaron por sus manos. Dejando detrás suyo un reguero de rabia, impotencia y sufrimiento.

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TESTIMONIO DE ÁLVARO URBINA SOBRE JEFFERY DANIELS

Antes que nada quisiera pedir perdón. Perdón por mi omisión en hablar. ¡Cuántos niños y adolescentes habrán pasado después de mí por las malas manos de Jeffery Daniels! Siempre tuve la sospecha por lo rápido que me sedujo. En esa época yo era muy inocente, y deseaba antes que nada que alguien me quisiera, de cualquier manera que sea. Y ahora dejo de justificarme y cuento lo que viví.

En el año 1995 yo estaba en segundo de media del Colegio Markham. Era objeto de bullying y esto repercutía muy seriamente en mis notas escolares. Mi madre ya no sabía qué hacer conmigo. Ella, madre soltera, trabajaba a mil para mantenernos en esa tan ansiada y cada vez más grande clase media alta peruana. Yo no era muy creyente por aquellas épocas y mi madre, como siempre, sí que creía. Así que un buen día decidió llevarme, gracias al consejo de una amiga suya, al Centro Pastoral de San Borja. Allí nos reunimos con un sacerdote sodálite, el cual, tras hablar cinco minutos conmigo y con mi madre, le dijo a ella que saliera del cuarto y nos dejara solos, y luego me habló con franqueza. Algún que otro “carajo”, una jovialidad extrema, una sonrisa de contagio y unas palabras sabias. En treinta minutos mi perspectiva acerca de la Iglesia había cambiado y luego terminó nuestra charla.

Al salir —era mediodía del sábado— me dijo que me iba a presentar a alguien. Ese alguien era Jeffery Daniels. Sus agrupados estaban jugando fulbito, mientras él miraba desde el lado de la cancha. Jeffery, al igual que el cura, tenía una sonrisa muy grande, pero a diferencia de la de este último, la de Jeffery despedía astucia, altanería, cierta prepotencia y muy al fondo algo oscuro.

Jeffery se comportó un poco como un patán, altanero y sabido, lo cual a un adolescente de catorce años le llama mucho la atención. Me parece que esa tarde jugué un poco al fulbito, reímos, hablamos, y al ser todos los agrupados de clase social alta o media alta, pues hablamos de los que conocíamos: «manyas a tal» o «ése es pataza mío…» Todos nos llevamos muy bien. Le di mi teléfono a Jeffery y me llamó para la siguiente quedada durante la semana siguiente.

Creo que fuimos primero al Centro Pastoral a jugar fulbito o hablar o rezar o algo así. Luego fuimos a comer helados y luego paseamos en su furgoneta, hablando y metiendo chacota hasta como las ocho de la noche. Era verano y no había colegio y dejó a todos uno por uno en sus casas. Al final, como yo vivía cerca del Centro Pastoral, me dejó a mí al último, pero antes me dijo que primero quería hablar conmigo acerca de mi primera quedada de agrupado.

Fuimos a un parque cerca de casa, no muy bien iluminado, en su camioneta combi. Comenzamos a hablar y le conté lo chévere que había sido todo y no sé cómo comenzamos a hablar de la confianza; que yo tenía que confiar en él y no tener miedo. Tenía que abrir mi corazón con él por completo y así nuestra relación con dios y bla bla bla. «¿Sabes? La mejor manera de que no tengamos desconfianzas es que te bajes los pantalones». Todo fue muy intempestivo y yo, con miedo y sin comprender bien qué estaba pasando, me los bajé. No me tocó. Sólo me miró o a lo sumo tocó mis genitales de manera “académica”, no de manera sexual, como si fuera un test. Después de dos minutos me dijo que me subiera los pantalones, que ése era nuestro secreto y me llevó a casa.

Días después se repitió lo mismo, pero esta vez me tocó, me masturbó y luego a casa con otro secreto. Y así pasaron las semanas. Dos o tres veces a la semana después de dejar a todos, nos íbamos al parque, y de masturbaciones pasamos a felaciones y luego a sexo. Pero eso ya en mi casa. Él sabía que yo estaba solo en casa todas las tardes, de modo que venía cuando quería para lo mismo.

Recuerdo que un día le pregunté si yo era el único. Con catorce años de edad, el amor y el sexo me atraían. Descubría el mundo adulto casi de casualidad. Así que sentía cosas por él, aunque no soy ni fui nunca homosexual. En esa época yo estaba muy solo y esa relación íntima con Jeffery era lo único que me hacía sentir importante. Así que un poco celoso le pregunté si era el único agrupado con el que hacía esto y me contestó con otra pregunta: «¿Con quién crees que lo haría?» Le dije un nombre, el del agrupado mas fuerte, que probablemente iba a ser laico consagrado o cura inclusive. Se rió mucho y luego me dijo que el último con el que se le ocurriría hacer algo así era con él. Y entonces se me fue esa curiosidad o celos, sin darme cuenta de lo que estaba diciendo entre líneas.

A él le encantaba ser pasivo. Jeffery era grande, un poco relleno, pesaría unos 100 kilos, y yo era flaco. Llegaba a incomodarme, porque sudaba como un chancho, y yo quería que terminara rápido. Nuestros encuentros llegaron a darse dos o tres veces a la semana hasta que dejé la agrupación a comienzos del año ’97.

Creo que Jeffery en algún momento comenzó a cansarse de la relación que tenía conmigo, y un día me cantó junto con todos los de mi agrupación una canción en la que me comparaba con una mujer y me humillaba en frente de todos los que habían sido mis amigos. Creo que ése fue el elemento desencadenante. Pero él seguía visitándome, aunque las visitas se volvieron más y más esporádicas hasta que a mediados del ’97 dejé de verlo por completo. Desapareció. Creo que hasta lo llamé un día al Centro Pastoral y me dijeron que ya no vivía allí, que se había ido a San Bartolo.

Nunca dije nada de lo que pasó. No podía. Decidí seguir con mi vida como si todo eso nunca hubiera sucedido. Quise olvidar, pero no pude. La ansiedad me llevó a consumir bebidas alcohólicas y otras sustancias, a fin de soportar la angustia que me causaban los recuerdos de lo que había pasado. A lo largo de estos años, estuve en terapia psicológica por diferentes motivos. Pero nunca se abordaron las secuelas que me dejaron ese incidente de mi adolescencia. En estos días por fin voy a iniciar una terapia para poder enfrentarme a la sombra de Jeffery Daniels y desterrarla de mi vida.

Es cierto que en el momento yo consentí a todo, pero igualmente estaba dolido y confundido. Como si tuviera una herida siempre abierta. Él era mi guía espiritual, el que me tenía que ayudar, el que tenía que escuchar mis problemas y aconsejarme, pero él se aprovechó de la situación, de mi condición y del hecho de que yo venía de una familia desestructurada. Manipuló mis sentimientos, los distorsionó, me sedujo y abusó de mí.

Recuerdo que a fines de los ’90 me fui a San Bartolo con unos amigos. Estábamos paseando por el malecón cuando vi a un grupo de gente caminando en fila. Entre ellos pude ver a Jeffery. Sus dientes lo delataban, aunque esa gran sonrisa que tenía había desaparecido. Me acerqué, llamándolo a voces. Volteó como perro asustado. Si hubiera tenido cola, la hubiera metido entre las patas. Se dio la vuelta y me miró como un loco. Al darse cuenta de que era yo, me saludó pero sin astucia o bravuconería, sin esa insolencia que empapaba su rostro cuando lo conocí. Hablamos menos de un minuto y siempre miraba a sus acompañantes, pero ninguno le dijo nada. Pasado el minuto, dijo que se tenía que ir y se fueron todos en fila. Ésa fue la última vez que vi a Jeffery Daniels en persona.

ABUSO SEXUAL Y SISTEMA ECLESIAL

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Cardenal Gerhard Ludwig Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe

El 1° de marzo un diario local de Colonia publicó una entrevista al cardenal Gerhard Ludwig Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Preguntado sobre los abusos sexuales en la Iglesia, Müller insistió en que se trataba de un problema de individuos inmaduros y desequilibrados, y no de la comunidad ni del ministerio sacerdotal. Asimismo, relativizó la palabra “encubrimiento”, señalando que en el pasado no se tenían los mismos conocimientos que ahora sobre el abuso sexual. Y señaló que a nivel de Iglesia se habían tomado todas medidas preventivas del caso, observando el ordenamiento jurídico prescrito. Recalcó además el daño que se había hecho a tantos sacerdotes por generalizar el tema de los abusos, incidiendo en que incluso algunos habían vivido un infierno al haber sido inculpados injustamente.

El jesuita Klaus Mertes, quien como rector del Colegio Canisio de Berlin inició en 2010 la ola de destapes de abusos en Alemania con una carta dirigida a ex-alumnos, replicó a Müller:

«¿Qué consecuencias ha sacado de su fracaso como obispo de Ratisbona, donde admitió en el servicio nuevamente a un párroco abusador, el cual prestamente volvió a abusar de niños?»

Mertes dijo que son necesarias algunas renuncias al más alto nivel eclesial, debido al fracaso flagrante sobre el tema, a la resistencia a asumir las consecuencias de ese fracaso y a la pérdida masiva de credibilidad.

No encuentra en la Iglesia disponibilidad para abordar el tema de los abusos sexuales en relación con su sistema y su estructura. Hay que replantear la moral sexual católica y la organización eclesiástica de poderes, marcada por la dominancia de varones y la falta de transparencia.

(Columna publicada en Exitosa el 5 de marzo de 2016)

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La entrevista completa al cardenal Gerhard Ludwig Müller fue publicada en el Kölner Stadt-Anzeiger. Reproduzco a continuación sólo las respuestas donde se toca el tema de los abusos sexuales en la Iglesia católica.

Señor cardenal, vayamos de nuevo el binomio “verdad y libertad” de cara a la Iglesia. Precisamente ahora se está pasando en los cines alemanes “Spotlight”, la película —nominada a seis Oscar— sobre la revelación, hecha por periodistas de “The Boston Globe”, de un encubrimiento sistemático de abusos sexuales en el arzobispado de Boston. En Alemania la gran conmoción ante el escándalo de abusos cumple cinco años. ¿Su alegato a favor de la fuerza liberadora de la verdad no suena hipócrita a la vista del fracaso de la Iglesia ante el derecho a saber la verdad?

“La Iglesia”, estamos hablando de más de un billón de creyentes, cientos de miles de sacerdotes, miles de religiosos y obispos. No la comunidad, sino los individuos —y no en razón de su ministerio, sino de una personalidad inmadura y desequilibrada— se han hecho culpables de abusos. Pero sobre la gran mayoría de los clérigos recae una amarga injusticia a través de la generalización. Abusos hay, por lo demás, en todos los ámbitos donde hay adolescentes. La estadística criminal señala que la mayoría de los perpetradores provienen del entorno familiar. Son incluso los padres y otros parientes de la víctima. De ahí, sin embargo, no se puede sacar la conclusión inversa: que todos los padres son perpetradores posibles o reales. Por lo demás, tengo problemas con la imputación tan fácilmente dicha de “encubrimiento”.

¿Por qué?

Encubrir significa, a mi modo de ver, impedir conscientemente o por negligencia la sanción de un acto reconocido como punible o no impedir un posible delito posterior. Pero todo el mundo sabe que, en lo que respecta al abuso sexual, el estado de conocimientos de las décadas pasadas era totalmente distinto al de hoy. Las consecuencias a largo plazo para las víctimas lamentablemente no eran tan evidentes como —gracias a Dios— lo son ahora. Y respecto a los perpetradores, se supuso ingenuamente que se podía corregirlos con una enérgica amonestación. Hoy las ciencias humanas son mucho más diferenciadas. En consecuencia, el trato con perpetradores y víctimas debe ser otro. Decisivo es el cambio de paradigma, respecto al cual no hay vuelta atrás: primero está la justicia con las víctimas y el restablecimiento de su dignidad. Decisivas son también las medidas de prevención acordadas por las conferencias episcopales.

La Iglesia católica, ¿ha sabido manejar la crisis?

La Congregación para la Doctrina de la Fe, que como tribunal es la última instancia responsable de casos de abuso sexual, ha actuado desde que fuera comisionada con la más alta responsabilidad. Contra las críticas desde ambos lados (demasiado laxa o demasiado estricta) nuestras dos instancias judiciales observan al ordenamiento jurídico prescrito. No sólo para garantizar un proceso justo, en el cual también el inculpado tiene el derecho a ser escuchado y defendido. Ciertamente nadie quiere salirse de estos principios de nuestra cultura jurídica. También hay personas que fueron inculpadas injustamente, y las cuales, según ellas mismas informan, vivieron un infierno.

Pero también las víctimas de los inculpados justamente.

Su sufrimiento es terrible. Pero la responsabilidad debe recaer sobre los culpables y no sobre inocentes sólo porque tienen una cercanía familiar o profesional.

(Traducción al español: Martin Scheuch)

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Al igual que el P. Klaus Mertes, considero muy desafortunadas estas declaraciones.

Müller asume lo que llamamos la teoría de las “manzanas podridas” o los “casos aislados” al considerar que el problema radica en el desequilibrio psicológico personal de los perpetradores y de ninguna manera en la estructura eclesial. De este modo, la reputación y la imagen de la institución quedarían intactas. Y en realidad esto no es lo que ha sucedido. Él mismo debería preguntarse qué es lo que en la Iglesia atrae al sacerdocio y a la vida consagrada a un numero significativo de pervertidos, qué es lo que ha permitido que cometan sus delitos durante años sin ser descubiertos y por qué el modus operandi de quienes tienen la autoridad ha estado y sigue estando orientado al encubrimiento y a la relativización de los abusos cometidos. Todos estos preguntas cuestionan el sistema eclesial mismo y plantean la necesidad de reformas profundas en la Iglesia.

Por otra parte, la generalización que denuncia Müller no es algo generalizado. Son muy pocos los que creen que la mayoría los clérigos y religiosos son abusadores sexuales. Sin embargo, ante el número elevadísimo de casos que se han dado a conocer en los últimos tiempos, es natural que se haya perdido la confianza natural en el clero católico. Estimado lector, tú como padre o madre de familia, ¿dejarías actualmente a tu hijo menor solo confiado al cuidado de un sacerdote, aún cuando no tengas ningun motivo para desconfiar de esa persona?

Lo que sí toca cotas de surrealismo es la relativización que hace Müller de la palabra “encubrimiento”. ¿De modo que lo había antes no era encubrimiento sólo porque no se tenía claro conocimiento de las terribles consecuencias que tiene un abuso sobre un menor de edad? ¡Me chupo el dedo! Y además, eso va condimentado con la insólita afirmación de que ha habido un “cambio de paradigma”. Entonces, ¿sólo recientemente se ha descubierto que lo primero es la preocupación por las víctimas? ¿Cuál era el paradigma anterior? ¿Mandar a la mierda a las víctimas y proteger al clérigo perpetrador considerando el carácter sagrado de su ministerio pastoral? ¿Defender la santidad de la Iglesia en público con una mano mientras que con la otra se barre toda la porquería debajo de la alfombra sin que nadie se entere? Y si es como dice Müller, parece ocurrir lo que sucede con todo cambio de paradigma: que muchas autoridades eclesiásticas o todavía no se han enterado, o todavía están en un proceso de asimilación tan pero tan lento, que ni se nota.

Finalmente, insistir en el infierno por el que han pasado algunos clérigos acusados injustamente parece obnubilar ciertas verdades respecto a las víctimas:

  • el infierno pasado por las víctimas de abusos suele ser mucho peor, pues ha llevado a algunas incluso al suicidio;
  • no se presenta tardíamente en sus vidas, sino que las marca desde temprana edad, ocasionándoles serios problemas psicológicos y espirituales que las acompañan a lo largo de su existencia;
  • las acusaciones injustas contra clérigos suelen ser la excepción a la regla, mientras que el maltrato, la falta de acogida y el olvido de las víctimas ha sido la manera habitual de proceder que han tenido las autoridades eclesiásticas, lo cual nos remite otra vez a un problema de sistema y estructura.

Lamentablemente, lo dicho recientemente por el cardenal Gerhard Ludwig Müller confirmaría lo que ya muchos sospechaban: que a nivel de jerarquía eclesiática poco o nada se ha hecho efectivamente para combatir el flagelo de la pederastia eclesial y que las medidas que se han dado a conocer hasta ahora no pasan de ser un mero saludo a la bandera.

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FUENTES

Kölner Stadt-Anzeiger
Interview mit Kardinal Müller: Was ist im Islam anders als im Christentum? (01.03.16)
http://www.ksta.de/politik/interview-mit-kardinal-mueller-was-ist-im-islam-anders-als-im-christentum–23644526

kirchensite.de
Mertes zu Missbrauch: Rücktritte auf höchster Ebene fällig (01.03.16)
http://kirchensite.de/aktuelles/kirche-heute/kirche-heute-news/datum/2016/03/01/mertes-zu-missbrauch-ruecktritte-auf-hoechster-ebene-faellig/

ABUSO SEXUAL Y MACHISMO

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Desenfreno machista durante los sanfermines del año 2013 (Pamplona, España)

El abuso sexual sufrido por menores de edad —no importa de qué sexo sean— deja secuelas post-traumáticas que acompañarán a la persona durante toda su vida. Sin embargo, la sociedad suele tener más comprensión hacia el perpetrador si las víctimas son jóvenes adolescentes de sexo femenino, y ser más dura y condenatoria si las víctimas eran varones. Pues se parte de la falsa idea de que el impulso sexual masculino se torna incontrolable cuando una mujer se le presenta al sujeto con características sexuales seductoras según la cultura, de modo que la responsabilidad de una agresión sexual termina siendo compartida por las mujeres, si es que no se les atribuye toda la culpa.

El sacerdote sodálite Jürgen Daum, en su libro Sexualidad y castidad (Universidad Católica San Pablo, Arequipa 2013), afirma lo siguiente:

«Las chicas no se dan cuenta de su poder de provocación en los hombres. En la manera que se vistan las van a tratar».

Lamentablemente, no encontramos esta afirmación moralista compatible con lo que Jesús enseña en el Evangelio:

«La lámpara del cuerpo es el ojo. Cuando tu ojo es bueno, también todo tu cuerpo está lleno de luz; pero cuando tu ojo es maligno, también tu cuerpo está en tinieblas» (Lucas 11, 34).

De modo que quien tiene una mirada sana y una conciencia limpia, verá en la prostituta a la mujer que merece todo respeto en razón de su dignidad humana, mientras que quien tiene la mirada sucia y la conciencia turbia, verá en la mujer virgen y pudorosa al objeto sexual que puede poseer. Quien comprende esto maduramente y le ha perdido el miedo a la sexualidad, podrá también admirar la belleza de un desnudo natural sin dejarse llevar por deseos inconfesables. Pues la maldad no radica en el cuerpo humano creado bueno por Dios, sino en la mirada que lo observa con malas intenciones.

Pues, como dice San Pablo, no hay nada que sea impuro en sí mismo:

«Yo sé, y confío en el Señor Jesús, que nada es impuro en sí mismo; pero para el que piensa que algo es impuro, para él lo es» (Romanos 14, 14).

En contextos conservadores y fundamentalistas con el añadido de un fuerte elemento machista —considerando lo masculino como superior a lo femenino y cargando la responsabilidad de muchos problemas sobre los hombros de lo femenino—, donde además se insiste obsesivamente en la perversidad del mundo y se busca generar continuos sentimientos de culpa en los sujetos, no es de extrañar que se dé una sexualidad reprimida que, por eso mismo, termina saliéndose de su cauce y descontrolándose. Y llevando a los sujetos a cometer acciones reprobables de manera casi compulsiva. El P. Daum no tendrá que mirar muy lejos para verificar este fenómeno, pues en la misma sociedad de vida apostólica a la que pertenece, el Sodalicio de Vida Cristiana, deben haber varios casos.

La siguiente reflexión de Rocío Figueroa, que ahora reproduzco con la debida autorización, toca este tema de manera sucinta y vigorosa, teniendo en cuenta que ella misma fue víctima de un abuso sexual (tocamientos indebidos) por parte de una figura líder en el Sodalicio cuando todavía era menor de edad.

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EL MACHISMO INCLUSO EN EL ABUSO SEXUAL
por Rocío Figueroa

La característica del abuso sexual por parte de un sacerdote o religioso es que involucra a un menor de edad en actividades sexuales utilizando su poder espiritual (director espiritual, animador, superior) y violando la confianza. La característica del abuso es justamente la asimetría en la relación (adulto-menor, padre espiritual-aconsejado, superior-inferior).

Lo más trágico de todo es que en Latinoamérica seguimos con una mentalidad machista al evaluar el abuso sexual. Si se trata de un abuso de un adulto hacia una mujer menor de edad, entonces “fue sólo un desliz”, “ella lo sedujo”, “fueron amantes”. ¡No, señores! Si un adulto en una situación de poder entra en una relación teniendo actividades sexuales de cualquier tipo con un menor de edad, sea hombre o mujer, eso es abuso sexual aquí en la China o en Tombuctú.

Si tienes una hija de 16 años y un profesor, confesor o director espiritual que le dobla la edad la induce a actividades sexuales, ¿dirías que se “enamoraron”? No. Aunque la menor de edad se haya encaprichado. Es justamente la técnica de seducción. Es un abuso.

El abuso sexual lo podemos definir según Reinhart (1987)1 como la exposición de un menor de edad a la estimulación sexual inapropiada para su edad y para su desarrollo psicológico. Schechter & Roberge (1976)2 lo definen como la involucración sexual de jóvenes o niños inmaduros en actividades sexuales que no entienden completamente y a las cuales no pueden dar su consentimiento libre.

La característica del abuso sexual por parte de un sacerdote o consagrado es la traición de un menor de edad por una persona en posición de poder y confianza que está autorizada a ejercer el liderazgo espiritual. El abuso envuelve una sexualización traumática del menor de edad, haya o no el perpetrador usado la fuerza o la coerción (Reinhart 1987).

Se habla de abuso sexual a tres niveles: exposición de un menor de edad a cuestiones sexuales lejos de su madurez sexual (revistas, imágenes, conversaciones), tocamientos de manera sexual, intentos de relaciones sexuales de cualquier tipo. Y lo que se añade a un abuso por parte de un religioso es que se utiliza a “Dios” y la relación espiritual de confianza en el escenario del abuso.

1 Reinhart M.A., “Sexual abuse of battered young children”. Pediatr Emerg Care, 1987.
2 Schechter, M. & Roberge, L., “Child Sexual Abuse”. In: Child Abuse and Neglect. The Family and the Community. Helfer, R., Kempe, C. (Eds). Cambridge, Ballinger, 1976.

Texto original: http://rocio-figueroa.blogspot.de/2016/01/el-machismo-incluso-en-el-abuso-sexual.html

LA PROFUNDA HUELLA DEL ABUSO SEXUAL

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Iris Galey con su padre: «¿Por qué hacías eso, papá?»

La suiza Iris Galey (nacida en 1936 en Basilea) escandalizó en 1988 a la opinión pública con su primer libro, Yo no lloré cuando papá murió – Historia de un incesto [Ich weinte nicht als Vater starb. Geschichte eines Inzests. Zytglogge, Gümligen 1988], en que trataba abiertamente un tema tabú. Pues desde sus 9 a sus 14 años de edad su padre, director de una empresa química, abusó sistemáticamente de ella. Y le dejó un trauma que la acompañaría toda su vida.

El año pasado acaba de publicar una nueva versión del libro con una segunda parte añadida: Yo no lloré cuando papá murió … y aborrecí el sexo hasta que encontré el amor – Historia de un incesto y una sanación” [Ich weinte nicht, als Vater starb … und hasste Sex, bis ich Liebe fand. Geschichte eines Inzests und einer Heilung. Münchner Verlagsgruppe, München 2015].

Recién con su tercer esposo, cerca de cumplir los 80 años, le perdió el miedo al sexo y pudo disfrutarlo verdaderamente, gracias al respeto y la dedicación de un hombre que era capaz de renunciar a la unión sexual por amor. Iris Galey aprendió que podía decir “no”.

Su vida fue difícil. Cuando a los 14 años reveló lo que su padre hacía con ella, éste se suicidó pegándose un tiro. Su primer matrimonio fue infeliz, pues su esposo le pegaba con frecuencia. A los 30 años volvió a casarse y se fue a Nueva Zelanda, donde su esposo terminó uniéndose a una secta fundamentalista. Tuvo dos hijas, una en cada matrimonio. Actualmente es terapeuta y conferencista en Suiza, dedicando su tiempo a ayudar a víctimas de abusos sexuales.

La historia de esta valiente mujer nos muestra cuán profunda es la huella de un abuso sexual, una herida abierta que a veces nunca cicatriza. O que se cura después de toda una vida.

(Columna publicada en Exitosa el 30 de enero de 2016)

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El 26 de noviembre de 2015 la Süddeutsche Zeitung publicó una carta de Iris Galey a su padre, donde describe con palabras explícitas y perturbadoras cómo la atormentaron durante décadas las cosas que su progenitor hizo con ella. He aquí el texto.

PAPÁ, ERES UN CERDO
por Iris Galey

Fue mi vida la que tú manchaste casi para siempre, papá. Yo era una niña de nueve años, y tú, con el cronómetro en marcha, me sobabas ‘allí’ con tu pulgar, y si no hacía puntualmente aquello que tú llamabas ‘venirse’, entonces me reprendías y me hacías daño.

¿Por qué hacías eso, papá?

Si tú estudiaste y fuiste director de una empresa química suiza. Así que con seguridad podías pensar.

Yo he necesitado mucho tiempo antes de ser capaz de pensar, después de que hubiste batido mi cerebro, como los huevos revueltos del desayuno, pues tú violaste mi pequeño cuerpo al igual que mi pensamiento entero. Tú no me enseñaste ninguna capacidad normal de vivir, ningún lenguaje habitual.

Tú me quitaste el piso debajo de los pies. Pues tú me enseñaste que lo errado es correcto y que lo correcto es errado.

Aprendí rápido a fingir ese sentimiento increíblemente hermoso que aparecía junto con la náusea sin limites provocada por el asco. Y hacía como que de verdad ‘me venía’, para que no me reprendieras y no me hicieras daño.

Entonces te engañaba, para que se acabaran tus tocamientos repugnantes y tus miradas asquerosas a eso de abajo.

Papá, eres un cerdo.

Yo sabía que debía exhalar gemidos y retorcerme y poner rostro apasionado, con labios fruncidos, como querías verlo tú. No obstante que decías que todas las mujeres son repulsivas.

Y cuando tú creías que yo ‘me venía’, casi nunca sentía nada en realidad. Pero más tarde, cuando estaba tendida sola en mi cama, sentía ese gran deseo que tú despertaste en mí, sin que yo quisiera.

Me atormentaba.

Era el anhelo de esos sentimientos, que habrían de aparecer sin papá. Pero tú dijiste que si lo hacía, pecaba, sería castigada y me iría al infierno.

Cuando el impulso era muy grande, lo hacía, pero luego fingía que no lo había hecho.

¿Es por eso que tantas mujeres deben simular algo, porque tantas son objeto de abusos de parte de papás como tú? Dicen que una de cada cuatro niñas y uno de cada siete niños.

Es así que yo tenía que ser embustera. He necesitado toda una vida para volver a ser yo misma. Yo esperaba y le rezaba a ese ser desconocido llamado Dios que llegara el día en que ya no tuviera ese impulso.

Pero un esposo desea que su mujer tenga ese impulso y sea ‘sexy’. De modo que tuve que seguir fingiendo.

Ya no tengo ese impulso y eso me pone contenta. Pero cuando todavía era una niña pequeña, pensaba que estaba condenada a fingir algo para siempre, incluso ante mí misma.

Cuando tú hacías lo que tú llamabas ‘venirse’, entonces siempre querías que yo… en la boca… ¿cómo pudiste, papá? Por un pelo no me asfixiaste.

Y entonces, poco después en la escuela, como niña entre niñas, yo me sentía tan distinta y que no formaba parte de eso. Ni en el bus escolar, ni en el salón de clases, ni en el recreo. Pues, después de ti, yo no formé parte nunca más de nada. Yo era como una ciudad bombardeada y en escombros, una ruina demolida. ¿O era el esqueleto maloliente de un pescado muerto pintado por Dalí?

Y cuando estaba esperando hijos, deseaba que fuera una niña, pues un niño con un pene, como el que tú tenías, papá, no lo hubiera podido soportar. Ejercías un control terrible en mi cabeza. Simplemente no te ibas…

Yo intentaba no mirar esa cosa que en ti siempre apestaba. Y el miedo a que me mataras y mataras a tiros a mamá todavía está en mí. Desde que quemaste vivo a mi ratoncito, al que yo amaba.

¿Por qué hiciste eso, papá?

¿Eras realmente mi papá?

En el matrimonio fui feliz cuando finalmente ya no tenía que ocuparme de esas partes del cuerpo. Eso no lo pude lograr ni siquiera con 77 años de edad, es decir, desde mi noveno hasta casi mi octogésimo año de vida. Eso es demasiado tiempo, papá, para algo aborrecido de manera absoluta.

Pero yo no sabía que también podía decir que no. Por eso toda esa gente decía entonces que eso iba a llegar a mí en algún momento.

Yo envidio a cada niña que no tuvo un papá así, que la echó a perder como tú lo hiciste. Vete pues ahora para siempre, vete, y llévate también contigo la palabra ‘papá’.

Recién cuando supe que mi actual esposo habría renunciado a ello, por amor a mí, no obstante que me deseaba, pude hacerlo por amor. Ahora soy feliz, monstruo enfermo y abominable, pues no pudiste arruinar mi vida entera.

Una parte de mi vida la pasé reconstruyendo mi ciudad. Siempre en búsqueda, volteé cada piedra como las mujeres entre los escombros de Berlín. Encontré el cemento para volver a edificar mi capacidad de vivir. No me quebré.

Mi esposo simplemente ama todo en mí, de modo que me siento mejor de ser mujer, después de que tú, viejo horroroso, me decías que yo soy como todas las mujeres, seres inferiores malolientes, repulsivos y sangrantes sin derechos.

Las voces e imágenes tuyas, tonto y enfermo comemierda, desaparecen ahora de mi cabeza. Ya no me siento como una ‘nada’. Conozco a muchos que se han rendido antes de tiempo debido a los daños que han ocasionado y siguen ocasionando personas como tú.

Ahora tengo al hombre y amante más amoroso, comprensivo y cariñoso del mundo, porque nunca me presiona, nunca me reprende y me deja decir ‘no’ cuando yo quiero. Disfruto cada momento con él, pues ahora ya no hay más sexo, sólo amor.

Y he comprobado que puedo ser feliz en cualquier parte, cuando estoy “en casa” en mí misma. Y ahora, en esta maravillosa edad en que soy una joven de casi 80 años podría vivir en cualquier parte del mundo, precisamente porque me siento en mí misma como en casa.

No olvides que a ti, ese despreciable y viejo hijo de puta llamado padre, lo he enterrado en un hueco en el desierto del Sinaí, y nunca te atrevas a salir nuevamente de allí.

El rol más triste en todo esto, en nuestro trauma-drama familiar, lo jugó mamá. ¿Te vengaste de ella en mí, porque amaba a otro hombre y no dormía contigo?

Yo no te odio ni a ti ni a mamá, pues quién sabe qué cosa os convirtió en aquello que erais. Pero de ahora en adelante vosotros dos no habéis existido nunca para mí y esas palabras que empiezan con P o M no las voy a pronunciar nunca más con mi boca.

Con estas letras os borro sencillamente por completo.

Yo soy yo, soy feliz y me he reconquistado a mí misma.

Y soy increíblemente feliz de haber recibido de ti solamente los daños a largo plazo. Yo podría haber abusado compulsivamente de niños pequeños o incluso haberme convertido en una asesina. Y no fue así.

(Traducción al español: Martin Scheuch)

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TEXTO ORIGINAL

Süddeutsche Zeitung
Papa, du Schwein (26. November 2015)
http://www.sueddeutsche.de/leben/kindesmissbrauch-papa-du-schwein-1.2751766