JUSTICIA ECLESIÁSTICA: LA IMPUNIDAD PROGRAMADA

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Cuando una revisa el Código de Derecho Canónico en lo referente a los delitos que castiga la Iglesia, se obtiene rápidamente la impresión de que la justicia eclesiástica es una ilusión, una quimera pintada en la pared.

Comenzado por que el tiempo de prescripción para la mayoría de los delitos es de 3 años y «comienza a contarse a partir del día en el que se cometió el delito, o, cuando se trata de un delito continuado o habitual, a partir del día en que cesó» (ver cánones 1362-1363).

Ese tiempo se extiende actualmente a 20 años en el caso de delitos reservados a la Congregación para la Doctrina de la Fe, como por ejemplo «los delitos más graves contra la santidad del augustísimo Sacrificio y sacramento de la Eucaristía», «los delitos más graves contra la santidad del Sacramento de la Penitencia», «el delito más grave de la atentada ordenación sagrada de una mujer» y «los delitos más graves contra la moral», entre los cuales se cuenta exclusivamente «el delito contra el sexto mandamiento del Decálogo cometido por un clérigo con un menor de 18 años» y «la adquisición, retención o divulgación, con un fin libidinoso, de imágenes pornográficas de menores, de edad inferior a 14 años, por parte de un clérigo en cualquier forma y con cualquier instrumento» (ver “Breve relación sobre los cambios introducidos en las Normae de gravioribus delictis reservados a la Congregación para la Doctrina de la Fe”, 21 de mayo de 2010).

Hago la salvedad de que, antes del año 2001, se ponía el límite de mayoría de edad a los 16 años. Ese mismo año, un documento del pontificado de Juan Pablo II elevó ese límite a los 18 años de edad y el tiempo de prescripción del abuso sexual de un menor por parte de un clérigo se extendió de 5 a 10 años, y en el año 2010 durante el pontificado de Benedicto XVI a 20 años, contados a partir de la mayoría de edad de la víctima.

Otros delitos que tienen una prescripción de 5 años son el del clérigo o religioso de votos perpetuos que atenta contraer matrimonio, el del clérigo que vive en concubinato o que permanece con escándalo en un pecado externo contra el sexto mandamiento del Decálogo, el del clérigo que cometa un acto de este tipo con violencia o amenazas, o públicamente; y en general, los delitos de homicidio, rapto o retención general de un ser humano con violencia o fraude, mutilación o lesiones, y el aborto.

Con lapsos tan cortos de prescripción, considerando que en ninguna parte de la ley canónica se establecen limites de tiempo para cada etapa del proceso y constatando que los tribunales eclesiásticos se toman indolentemente todo el tiempo del mundo para procesar cualquier demanda, resulta prácticamente imposible que un delito no haya prescrito cuando haya finalizado el proceso.

De este modo, la ley eclesiástica actual se convierte en instrumento de una impunidad programada de antemano.

En el caso de las denuncias contra Figari, presentadas ante el Tribunal Eclesiástico Interdiocesano de Lima en el año 2011, la Santa Sede se pronunció recién el 30 de enero de 2017, más de cinco años después, sin haber investigado prácticamente nada, pues su resolución se basaba casi exclusivamente en el contenido de las denuncias presentadas y en el informe del visitador Mons. Fortunato Pablo Urcey. Evidentemente, el único delito de que se encontró culpable a Figari, a saber, abuso de oficio (ver canon 1362 §2), estaba prescrito desde antes del inicio del proceso.

Por otra parte, en cuanto a sanciones administrativas, como la expulsión del miembro de un instituto de vida consagrada, el Código de Derecho Canónico es muy severo con los religiosos que atentan matrimonio, viven en concubinato o persisten con escándalo público en un acto contra el sexto mandamiento del Decálogo: deben ser expulsados sin contemplaciones. La expulsión también procedería, sin embargo, si el delito sexual fue cometido con violencia o amenazas, o públicamente, o con un menor de edad «a no ser que […] el Superior juzgue que la dimisión no es absolutamente necesaria y que la enmienda de su súbdito, la restitución de la justicia y la reparación del escándalo puede satisfacerse de otro modo» (canon 695 §1).

Hablando claro, se es mucho más severo con religiosos que caen en conductas sexuales que no implican necesariamente un abuso hacia su contraparte, mientras que se permite la suspensión de la sanción en casos en que el religioso haya cometido flagrantes abusos sexuales.

Que es lo que finalmente sucedió con Figari. Pues la Santa Sede da por sentado, en base al informe de Mons. Urcey, que «no se encuentran actualmente miembros de la Sociedad de vida apostólica que sostengan al Sr. Figari o bien que estén particularmente ligados a él, en puestos de gobierno o en la formación» y «que tanto el Gobierno general como el conjunto del Sodalitium Christianae Vitae tienen clara conciencia de los errores cometidos en el pasado por el Sr. Figari y que resulta igualmente decidida la voluntad de dicho Gobierno general de liberarse del estilo de gobierno y formativo por él adoptados en el curso de los numerosos años en que ha dirigido el Sodalitium Christianae Vitae, así como de remediar, en el límite de lo posible y en todo caso de lo justo, a los daños causados a cualquiera». Y, por lo tanto, dado que de este modo supuestamente se restituye la justicia y se repara el escándalo, no se hace necesaria la expulsión.

Se trata de argumentos endebles. Por menos se expulsó a Germán McKenzie en el pasado. Además, el Sodalicio no ha demostrado fehacientemente hasta ahora que se haya librado de los estilos de formación y modos de proceder de Figari, manteniendo su estructura institucional verticalista, su ideología conservadora rígida, sus métodos invasivos de adoctrinamiento y el secretismo como consigna tácita. Y en cuanto a remediar los daños causados, sólo hemos visto una estrategia de control de daños que ha dejado varias víctimas caídas a la vera del camino, a las cuales no se les ha reconocido su status de tal y se las ha abandonado a su suerte. Además, las reparaciones concedidas han solido estar generalmente muy por debajo del límite de lo que financieramente es posible para el Sodalicio, y ciertamente muy lejos de ser justas.

La Santa Sede tenía en sus manos las herramientas para autorizar la expulsión de Figari, pero decidió hacerse de la vista gorda, negar que Figari haya aplicado violencia (psicológica) cuando cometió actos de carácter sexual y permitirle seguir siendo miembro de derecho pleno de la institución que fundó, elogiándolo con palabras que a más de uno le podrían causar una indigestión ácida: «[Figari] es sin embargo de considerar como el fundador del Sodalitium Christianae Vitae y por lo tanto como el mediador de un carisma divino».

En el fondo, lo que la Santa Sede no quiere reconocer es que cometió un error mayúsculo cuando en el año 1997 aprobó al Sodalicio como institución de derecho pontificio. Tengo la sospecha fundada de que los responsables del Sodalicio no actuaron con transparencia y presentaron una visión de la institución recortada y acomodada a los requerimientos de imagen que necesitaban transmitir. Así como me consta que las Memorias de Luis Fernando Figari, discursos que el entonces Superior General pronunció entre 1976 y 1986 y que jugaron un papel decisivo en la configuración ideológica y disciplinar de la institución, nunca fueron enviadas a Roma, pues en el mismo Sodalicio se las puso fuera de circulación a fines de los ‘80 y se requisaron todos los ejemplares que había en las bibliotecas de las comunidades sodálites o en posesión de cualquier sodálite común y corriente, junto con la mayoría de los libros de contenidos fascistas.

La expulsión hubiera dejado a Figari, en lo que concierne al Sodalicio, prácticamente en la calle, pues el Código de Derecho Canónico establece en el canon 702 §1 lo siguiente: «Quienes legítimamente salgan de un instituto religioso o hayan sido expulsados de él, no tienen derecho a exigir nada por cualquier tipo de prestación realizada en él».

Ciertamente, se trata de una ley eclesiástica injusta que atenta contra derechos humanos fundamentales. Primero: porque pone en igualdad de condiciones a quien se sale legítimamente de un instituto y a quien es expulsado de él. Segundo: porque deja desprotegida a la persona y desconoce su derecho a una justa compensación por servicios prestados, en algunos casos a lo largo décadas.

Aun cuando el mismo Código de Derecho Canónico reconoce que «el instituto debe observar la equidad y la caridad evangélica con el miembro que se separe de él» (canon 702 §1), se trataría de una obligación moral y no de un derecho adquirido, lo cual se presta a muchas injusticias.

Luego de tanta disquisición jalada de los pelos por parte de la Santa Sede, que ha finalizado con un decreto que deja a Figari impune, protegido hasta el fin de sus días en una jubilación dorada con la cual muchas de sus víctimas no podrán nunca ni siquiera soñar, queda la hipótesis de que se ha buscado más bien proteger la reputación institucional de la Iglesia católica poniendo a resguardo a Figari. Pues debe contar con mucha información comprometedora y sería muy peligroso dejarlo suelto en pampa.

Al final, el sistema judicial de la Iglesia, ajeno a los avances en legislación sobre derechos humanos fundamentales, ha funcionado como debía funcionar, garantizando la impunidad de un personaje notable de una institución aprobada por la misma Santa Sede y salvaguardando los intereses institucionales por encima de las sufridas personas de carne y hueso que fueron víctimas de abusos graves.

Y si con eso se ha querido evitar el escándalo, al final no se ha logrado este objetivo. Pues el mayor escándalo en la Iglesia católica actual no es que se sepan los delitos de miembros connotados suyos, sino más bien que se encubran y queden impunes. Y se transmita la impresión no de hallarnos ante la comunidad de creyentes que fundó Jesucristo, sino —por lo menos a nivel de sus jerarcas— ante una organización criminal.

(Columna publicada en Altavoz el 2 de abril de 2017)

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FUENTES

Código de Derecho Canónico
http://www.vatican.va/archive/ESL0020/_INDEX.HTM

Congregación para la Doctrina de la Fe
Carta a los obispos de la Iglesia católica y a otros ordinarios y jerarcas sobre los delitos más graves reservados a la Congregación para la Doctrina de la Fe (18 de mayo de 2001)
http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_20010518_epistula-graviora-delicta_sp.html
Breve relación sobre los cambios introducidos en las Normae de gravioribus delictis reservados a la Congregación para la Doctrina de la Fe (21 de mayo de 2010)
http://www.vatican.va/resources/resources_rel-modifiche_sp.html

Pronunciamiento de la Santa Sede sobre el caso Luis Fernando Figari (30 de enero de 2017)
http://sodalicio.org/wp-content/uploads/2017/02/Carta_Roma_2017.pdf

ABUSO SEXUAL Y SISTEMA ECLESIAL

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Cardenal Gerhard Ludwig Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe

El 1° de marzo un diario local de Colonia publicó una entrevista al cardenal Gerhard Ludwig Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Preguntado sobre los abusos sexuales en la Iglesia, Müller insistió en que se trataba de un problema de individuos inmaduros y desequilibrados, y no de la comunidad ni del ministerio sacerdotal. Asimismo, relativizó la palabra “encubrimiento”, señalando que en el pasado no se tenían los mismos conocimientos que ahora sobre el abuso sexual. Y señaló que a nivel de Iglesia se habían tomado todas medidas preventivas del caso, observando el ordenamiento jurídico prescrito. Recalcó además el daño que se había hecho a tantos sacerdotes por generalizar el tema de los abusos, incidiendo en que incluso algunos habían vivido un infierno al haber sido inculpados injustamente.

El jesuita Klaus Mertes, quien como rector del Colegio Canisio de Berlin inició en 2010 la ola de destapes de abusos en Alemania con una carta dirigida a ex-alumnos, replicó a Müller:

«¿Qué consecuencias ha sacado de su fracaso como obispo de Ratisbona, donde admitió en el servicio nuevamente a un párroco abusador, el cual prestamente volvió a abusar de niños?»

Mertes dijo que son necesarias algunas renuncias al más alto nivel eclesial, debido al fracaso flagrante sobre el tema, a la resistencia a asumir las consecuencias de ese fracaso y a la pérdida masiva de credibilidad.

No encuentra en la Iglesia disponibilidad para abordar el tema de los abusos sexuales en relación con su sistema y su estructura. Hay que replantear la moral sexual católica y la organización eclesiástica de poderes, marcada por la dominancia de varones y la falta de transparencia.

(Columna publicada en Exitosa el 5 de marzo de 2016)

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La entrevista completa al cardenal Gerhard Ludwig Müller fue publicada en el Kölner Stadt-Anzeiger. Reproduzco a continuación sólo las respuestas donde se toca el tema de los abusos sexuales en la Iglesia católica.

Señor cardenal, vayamos de nuevo el binomio “verdad y libertad” de cara a la Iglesia. Precisamente ahora se está pasando en los cines alemanes “Spotlight”, la película —nominada a seis Oscar— sobre la revelación, hecha por periodistas de “The Boston Globe”, de un encubrimiento sistemático de abusos sexuales en el arzobispado de Boston. En Alemania la gran conmoción ante el escándalo de abusos cumple cinco años. ¿Su alegato a favor de la fuerza liberadora de la verdad no suena hipócrita a la vista del fracaso de la Iglesia ante el derecho a saber la verdad?

“La Iglesia”, estamos hablando de más de un billón de creyentes, cientos de miles de sacerdotes, miles de religiosos y obispos. No la comunidad, sino los individuos —y no en razón de su ministerio, sino de una personalidad inmadura y desequilibrada— se han hecho culpables de abusos. Pero sobre la gran mayoría de los clérigos recae una amarga injusticia a través de la generalización. Abusos hay, por lo demás, en todos los ámbitos donde hay adolescentes. La estadística criminal señala que la mayoría de los perpetradores provienen del entorno familiar. Son incluso los padres y otros parientes de la víctima. De ahí, sin embargo, no se puede sacar la conclusión inversa: que todos los padres son perpetradores posibles o reales. Por lo demás, tengo problemas con la imputación tan fácilmente dicha de “encubrimiento”.

¿Por qué?

Encubrir significa, a mi modo de ver, impedir conscientemente o por negligencia la sanción de un acto reconocido como punible o no impedir un posible delito posterior. Pero todo el mundo sabe que, en lo que respecta al abuso sexual, el estado de conocimientos de las décadas pasadas era totalmente distinto al de hoy. Las consecuencias a largo plazo para las víctimas lamentablemente no eran tan evidentes como —gracias a Dios— lo son ahora. Y respecto a los perpetradores, se supuso ingenuamente que se podía corregirlos con una enérgica amonestación. Hoy las ciencias humanas son mucho más diferenciadas. En consecuencia, el trato con perpetradores y víctimas debe ser otro. Decisivo es el cambio de paradigma, respecto al cual no hay vuelta atrás: primero está la justicia con las víctimas y el restablecimiento de su dignidad. Decisivas son también las medidas de prevención acordadas por las conferencias episcopales.

La Iglesia católica, ¿ha sabido manejar la crisis?

La Congregación para la Doctrina de la Fe, que como tribunal es la última instancia responsable de casos de abuso sexual, ha actuado desde que fuera comisionada con la más alta responsabilidad. Contra las críticas desde ambos lados (demasiado laxa o demasiado estricta) nuestras dos instancias judiciales observan al ordenamiento jurídico prescrito. No sólo para garantizar un proceso justo, en el cual también el inculpado tiene el derecho a ser escuchado y defendido. Ciertamente nadie quiere salirse de estos principios de nuestra cultura jurídica. También hay personas que fueron inculpadas injustamente, y las cuales, según ellas mismas informan, vivieron un infierno.

Pero también las víctimas de los inculpados justamente.

Su sufrimiento es terrible. Pero la responsabilidad debe recaer sobre los culpables y no sobre inocentes sólo porque tienen una cercanía familiar o profesional.

(Traducción al español: Martin Scheuch)

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Al igual que el P. Klaus Mertes, considero muy desafortunadas estas declaraciones.

Müller asume lo que llamamos la teoría de las “manzanas podridas” o los “casos aislados” al considerar que el problema radica en el desequilibrio psicológico personal de los perpetradores y de ninguna manera en la estructura eclesial. De este modo, la reputación y la imagen de la institución quedarían intactas. Y en realidad esto no es lo que ha sucedido. Él mismo debería preguntarse qué es lo que en la Iglesia atrae al sacerdocio y a la vida consagrada a un numero significativo de pervertidos, qué es lo que ha permitido que cometan sus delitos durante años sin ser descubiertos y por qué el modus operandi de quienes tienen la autoridad ha estado y sigue estando orientado al encubrimiento y a la relativización de los abusos cometidos. Todos estos preguntas cuestionan el sistema eclesial mismo y plantean la necesidad de reformas profundas en la Iglesia.

Por otra parte, la generalización que denuncia Müller no es algo generalizado. Son muy pocos los que creen que la mayoría los clérigos y religiosos son abusadores sexuales. Sin embargo, ante el número elevadísimo de casos que se han dado a conocer en los últimos tiempos, es natural que se haya perdido la confianza natural en el clero católico. Estimado lector, tú como padre o madre de familia, ¿dejarías actualmente a tu hijo menor solo confiado al cuidado de un sacerdote, aún cuando no tengas ningun motivo para desconfiar de esa persona?

Lo que sí toca cotas de surrealismo es la relativización que hace Müller de la palabra “encubrimiento”. ¿De modo que lo había antes no era encubrimiento sólo porque no se tenía claro conocimiento de las terribles consecuencias que tiene un abuso sobre un menor de edad? ¡Me chupo el dedo! Y además, eso va condimentado con la insólita afirmación de que ha habido un “cambio de paradigma”. Entonces, ¿sólo recientemente se ha descubierto que lo primero es la preocupación por las víctimas? ¿Cuál era el paradigma anterior? ¿Mandar a la mierda a las víctimas y proteger al clérigo perpetrador considerando el carácter sagrado de su ministerio pastoral? ¿Defender la santidad de la Iglesia en público con una mano mientras que con la otra se barre toda la porquería debajo de la alfombra sin que nadie se entere? Y si es como dice Müller, parece ocurrir lo que sucede con todo cambio de paradigma: que muchas autoridades eclesiásticas o todavía no se han enterado, o todavía están en un proceso de asimilación tan pero tan lento, que ni se nota.

Finalmente, insistir en el infierno por el que han pasado algunos clérigos acusados injustamente parece obnubilar ciertas verdades respecto a las víctimas:

  • el infierno pasado por las víctimas de abusos suele ser mucho peor, pues ha llevado a algunas incluso al suicidio;
  • no se presenta tardíamente en sus vidas, sino que las marca desde temprana edad, ocasionándoles serios problemas psicológicos y espirituales que las acompañan a lo largo de su existencia;
  • las acusaciones injustas contra clérigos suelen ser la excepción a la regla, mientras que el maltrato, la falta de acogida y el olvido de las víctimas ha sido la manera habitual de proceder que han tenido las autoridades eclesiásticas, lo cual nos remite otra vez a un problema de sistema y estructura.

Lamentablemente, lo dicho recientemente por el cardenal Gerhard Ludwig Müller confirmaría lo que ya muchos sospechaban: que a nivel de jerarquía eclesiática poco o nada se ha hecho efectivamente para combatir el flagelo de la pederastia eclesial y que las medidas que se han dado a conocer hasta ahora no pasan de ser un mero saludo a la bandera.

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FUENTES

Kölner Stadt-Anzeiger
Interview mit Kardinal Müller: Was ist im Islam anders als im Christentum? (01.03.16)
http://www.ksta.de/politik/interview-mit-kardinal-mueller-was-ist-im-islam-anders-als-im-christentum–23644526

kirchensite.de
Mertes zu Missbrauch: Rücktritte auf höchster Ebene fällig (01.03.16)
http://kirchensite.de/aktuelles/kirche-heute/kirche-heute-news/datum/2016/03/01/mertes-zu-missbrauch-ruecktritte-auf-hoechster-ebene-faellig/

EL PAPA SOÑADO POR UN PERIODISTA CRÍTICO

Hanspeter Oschwald (1943-2015), periodista

Hanspeter Oschwald (1943-2015), periodista

Hanspeter Oschwald (1943-2015), educado en un ambiente católico en una localidad tradicional de la Selva Negra, fue un periodista que se especializó en el tema de la Iglesia católica desde una perspectiva muy crítica. En un capítulo de uno de sus últimos libros Fugando del capellán. Cómo la Iglesia nos quitó la fe (2011) —amargo ajuste de cuentas con una Iglesia católica en crisis— hace una descripción profética de lo que sería para él el Papa ideal.

Todavía con Benedicto XVI como Pontífice, Oschwald sueña ingenuamente con un Papa proveniente de Sudamérica, un pastor de almas dedicado a los pobres, intelectualmente modesto y de vida sencilla y austera. En vez de presentarse como custodio de la tradición y como maestro y pastor supremo, simplemente pide a la multitud congregada en la Plaza de San Pedro que rece por él para conducir a la Iglesia hacia un futuro mejor.

Este Papa quiere concentrarse en lo esencial de la fe y regresar a las raíces, relativizando lo históricamente condicionado. Una vez asumido el cargo, ordena suspender toda investigación contra teólogos críticos de la Iglesia. En su primera encíclica invita a todos los católicos a buscar respuestas en el amor de Dios y a confiar conscientemente en la Iglesia, no obstante todos sus errores. No hay condena de nadie por ninguna parte. Y promete una mayor descentralización en la gestión eclesial.

Aunque Oschwald vio su sueño cumplido antes de morir, su pronóstico era reservado. Un Papa así encontraría resistencia de parte de la curia y los católicos tradicionales, y finalmente poco es lo que podría hacer. Pues el Vaticano actual sigue siendo hostil a las necesarias reformas.

(Columna publicada en Exitosa el 20 de febrero de 2016)

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El capítulo de su libro donde Hanspeter Oschwald hace la descripción de lo que para él sería el Papa ideal lleva el título de “Pedro Pablo I: Mi cándido sueño de un Papa de los orígenes”. Aunque hay algunos detalles que no se han cumplido en la persona del Papa Francisco, son asombrosas las coincidencias con la figura pontificia descrita en este texto cuasi profético, publicado en julio de 2011 —dos años antes de la elección del actual Pontífice—. He aquí el texto del periodista alemán.

«Desde el inicio de mi época de periodismo eclesial, más exactamente a partir de 1969, el año de mi primer trabajo como corresponsal en Roma, me mueve un sueño. Éste siempre ha ido cambiando y se ha ido profundizando en consonancia con mis experiencias respecto a la Iglesia. Se trata de la pregunta por el Papa adecuado. ¿Cómo debería ser? En 1969 conocí a Pablo VI, el indeciso, en 1978 a Juan Pablo II, el amable y sencillo catequista, que se atrevía a ver en Dios también a una madre. En el mismo año siguió Juan Pablo II, abierto en las formas pero en lo interior un freno ultraconservador de reformas y un supuesto luchador por la libertad, para el cual no tenía importancia la libertad de los oprimidos, sino el deseo de que pudieran ser católicos sin cortapisas. Después vino el Papa alemán Benedicto XVI, que ya años antes había cimentado teológicamente el fundamentalismo de Karol Wojtyla y del cual los alemanes olvidaron, en su repentina euforia papal, que hasta el martes 19 de abril de 2005 a las 18:00 horas había sido la personificación de todos los problemas que los católicos alemanes modernos tenían con Roma.

Este sueño que se ha ido actualizando esporádicamente desde hace 40 años trata de un Papa que habría podido dar fin a la crisis de la Iglesia ministerial que ya se preveía desde 1969. Al final, me hice la siguiente imagen: es elegido un pastor de almas dedicado a los pobres proveniente de Sudamérica, un sacerdote intelectualmente modesto, un pastor que convence por su sencillez y pobreza. Después de haber sido elegido se halla, como manda la tradición, en la Sala de las Lágrimas en la Basílica de San Pedro. Éste es el momento silencioso en el cual el nuevo Papa, tras aceptar la elección, se introduce en su nueva identidad. Simbólicamente, con el cambio de vestidura consuma el paso de obispo a representante de Cristo en la tierra, a Pontifex Maximus y todos aquellos títulos no bíblicos que le es permitido llevar. Ahora se cubre con las blancas vestiduras papales, que llevará hasta su muerte. Lo asaltan, mientra tanto, muchos pensamientos. ¿Por qué me han elegido precisamente a mí, después de un prestigioso teólogo intelectual y después de un seductor de los medios de comunicación? ¿Por qué a mí, proveniente de un barrio pobre en Sudamérica? ¿Qué tengo yo que me haya predestinado a guiar a la Iglesia católica, que cuenta con más de mil millones de miembros? ¿Es la ausencia de esperanzas, la carencia de alternativas, después de que la Iglesia en todo el mundo ha perdido en convocatoria, perfil y credibilidad, incluso allí donde su imagen se presenta ostensiblemente hermosa, como en África?

Había dudado en la elección del nombre. Ratzinger quería la conversión de Occidente y tomó a San Benito (Benedictus, en latín) como modelo. Juan Pablo I y II querían continuar la herencia de sus predecesores. Él, sin embargo, quiere regresar a los orígenes, y así fue su humilde propuesta electoral en el cónclave. Reflexión sobre lo que es importante, y no sobre lo que está históricamente condicionado, lo que es prescindible, concentración sobre todo lo que es indispensablemente necesario para la fe, lo que la caracteriza auténticamente. A eso aspira. Primero quería por eso llamarse sólo Pedro II, después se decidió por Pedro Pablo I, sabiendo bien, según la tradición, que sólo con Pedro se inició el papado. Pero con Pablo el cristianismo tomó forma. Entonces debía remitirse a ambos. Los electores hallaron sugestivo el pensamiento y estaban convencidos de que en la crisis el intento valía la pena. Si fracasaba, los reaccionarios, que habían sido neutralizados momentáneamente debido a que no habían hallado ninguna respuesta a la crisis, podrían imponerse de nuevo.

En mi escenario, entre tanto, el nuevo Papa se ha cambiado de ropa y está listo para su gran aparición en el balcón central de la Basílica de San Pedro. Que el Papa esta vez tampoco sería italiano estaba claro para los observadores ya desde antes de la elección, pues ya en 2005 durante la elección de Ratzinger su mayor competidor era de América Latina, el cardenal Jorge Mario Bergoglio. Italia, entonces como ahora, ni tenía cardenales destacados adecuados para ser Papa, ni el país laicizado, que de católico sólo tiene la apariencia, presentaba una personalidad que pudiera mostrarle a la Iglesia un futuro mejor. Las respuestas italianas, y con ellas las europeas, a la crisis de la Iglesia no convencían. Los reformadores, que podrían haber estado a favor de una segunda Reforma, no habían sido admitidos en la cúpula. Y el Tercer Mundo carecía de personalidades, pues junto a la deficiente formación universitaria de los teólogos, los nuncios papales, según las instrucciones, proponían a Roma para los nombramientos de obispos y cardenales predominantemente a oportunistas. Únicamente en Sudamérica de manera puntual, obedeciendo a la necesidad y no siguiendo el impulso romano, se imponían purpurados irrelevantes. Cuando finalmente ya ha llegado el momento de su aparición, no esperan tantos creyentes en la plaza, como ocurrió con sus predecesores, para celebrar al nuevo Papa. Anteriormente la Plaza de San Pedro desbordaba, y los reporteros escuchaban con devoción las primeras palabras del nuevo Pontífice, que eran entendidas en el estilo del “No tengáis miedo” de Karol Wojtyla.

El sudamericano Pedro Pablo I no se sirve a sí mismo y no habla del humilde siervo en la viña del Señor. No obstante la elección de su nombre, que ciertamente suscita incógnitas, no se pone a sí mismo en la lista de más de 365 nombres del ministerio petrino, sobre el cual estaría edificada la Iglesia. No habla de su autoridad como custodio de la tradición, como maestro y pastor supremo. Les pide a los allí congregados sólo su oración, para que pueda guiar a todos y junto con ellos a la Iglesia hacia un futuro mejor.

A los prefectos y presidentes de los ministerios curiales, de los dicasterios, de las congregaciones y consejos los deja por el momento en el cargo. Al cardenal secretario de Estado y a los sustitutos, al ministro del interior del Vaticano, los confirma asimismo, pero a todos les da una clara instrucción. Hasta nueva orden no se iniciará ningún proceso contra críticos de la Iglesia, ninguna investigación magisterial contra supuestos desviacionistas y no se emitirá ningún nuevo decreto, sea cual sea la materia.

La curia es conminada a guardar silencio, lo más difícil para ella, pero lo que sin embargo mejor hace. Esto no llama la atención particularmente, dado que de todos modos las directivas romanas sólo tenían un eco restringido. Por momentos parecería que ya no hay curia, pero nadie la echa de menos. Con algunas excepciones, que poco tienen que ver con el pueblo. Ardorosos tradicionalistas y reaccionarios intentan de la manera habitual forzar al Papa mediante reclamos y protestas a comprometerse en desistir de las libertades modernas y darle su bendición a formas tradicionalistas. Pero nada sucede. Incluso los denunciantes chocan con un silencio pasivo. El Papa deja que se ignore a los progresistas y que los conservadores caigan en el vacío.

Casi un año dura esa inusual situación de enmudecimiento romano. Los vaticanistas ya apenas visitan la sala de prensa. Los casilleros de la prensa rara vez se llenan, y lo poco que puede ser compartido de comunicaciones cotidianas sobre celebraciones de misas y actividades papales, lo buscan en Internet. Algunos periódicos consideran si no deberían retirar a sus corresponsales permanentes del Vaticano.

La tranquilidad, sin embargo, sólo encubre engañosamente una actividad del todo inusual. Pues el Papa prepara su declaración de gobierno, que, como de costumbre, tendrá la forma de una encíclica. Al respecto, la curia ha estado sumamente activa, pero no hacia afuera. Cada dicasterio debe elaborar una evaluación de las situación, que se remonte por lo menos hasta el Concilio en 1965. El nuevo Papa espera una justificación histórica y actual de su existencia. ¿Cómo y en qué situación han surgido los cargos, y que han hecho favor de los creyentes (no a favor de la Iglesia)?

La otrora todopoderosa Congregación para la Doctrina de la Fe debe de pronto reflexionar sobre la estela de sangre que ha dejado en la historia como Santa Inquisición, sobre de qué manera tan contraria a la dignidad humana y anticristiana ha perseguido a herejes y críticos, sobre qué poco ha tenido en cuenta los derechos fundamentales y las enseñanzas de Cristo. ¿Cómo ha justificado los dogmas de la Iglesia? ¿Gozan éstos todavía de consistencia o el mundo ha cambiado de tal manera, que incluso habría que suprimir de repente algún dogma?

La murmuración sobre este examen de conciencia se desborda entonces hacia afuera. Y el Vaticano como tema se vuelve otra vez interesante, aun cuando ninguno de los observadores, que pudieron así mantener sus trabajos, sabe adónde va. El nuevo Papa suscita incógnitas, y nadie puede interpretarlo correctamente. ¿Qué significa todo esto? Algún que otro cardenal de curia ya especula en conversaciones privadas sobre la posibilidad de destituir al Papa. Cuestionar verdades proclamadas, tomar en serio las teologías modernas, que no ponen a la Biblia como absoluta, sino que reconocen los análisis históricos, hermenéuticos, religioso-científicos y filosóficos, todo esto resulta incompatible con la certeza de sí misma que tiene la Iglesia católica. Cuando el Papa interroga de manera tan crítica a la propia Iglesia, roza de manera tan cercana la herejía, que los cardenales se verían en el derecho de destituirlo. Todavía nadie se atreve a especular en voz alta al respecto. Pero en los periódicos romanos se filtran de tanto en tanto indiscreciones que, por el momento, son difíciles de interpretar. […]

Pedro Pablo reflexiona y escribe finalmente su encíclica. En ella convoca a todos los católicos a buscar respuestas a todas las preguntas en el amor de Dios, a seguir con confianza a la Iglesia a pesar de todos sus errores, pues el designio misterioso de Dios guiará todo hacia el bien. Así y todo no hay ninguna condena. Algunos procesos son archivados, y la Congregación para la Doctrina de la Fe sufre recortes. El Papa también asegura que permitirá más descentralización en la Iglesia católica. Ha despertado esperanzas, pero ha logrado poco, porque el miedo a la responsabilidad, el miedo a las consecuencias, tal vez un cisma, bloquean al Papa. La memoria temerosa del antiguo orden es más fuerte. Las mejores intenciones se desmenuzan de este modo ante el peso de la tradición.

Finalmente, Pedro Pablo debe reconocer que de Roma no se puede esperar una verdadera reforma. Pero esto se lo guarda para sí mismo. Éste y el siguiente cónclave no van cambiar nada. Ahí termina mi sueño.»

(Traducción al español: Martin Scheuch)

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FUENTE

Hanspeter Oschwald, Auf der Flucht vor dem Kaplan. Wie uns die Kirche den Glauben austrieb [Fugando del capellán. Cómo la Iglesia nos quitó la fe], Piper, München 2011.