INCONSISTENCIAS Y FALSEDADES EN LOS INFORMES DEL SODALICIO

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Ian Elliott y Kathleen McChesney, autores junto con Monica Applewhite de los informes del Sodalicio

A lo largo del tiempo, el Sodalicio siempre ha ido acomodando su propia historia de acuerdo a su visión cambiante de la institución, arrancando las páginas incómodas del pasado, ocultando hechos y reinterpretando otros de manera benigna. Sin embargo, en la actualidad le resulta imposible negar hechos luctuosos que han sido documentados y verificados por la investigación periodística y corroborados por testimonios de innegable verosimilitud. Sólo les queda el recurso de reinterpretar los acontecimientos. Y para estos fines son muy útiles los dos informes evacuados por los tres expertos internacionales, contratados por una suma en dólares que desconocemos, pero que suponemos tan alta y escandalosa, que el Sodalicio no se atrevería a hacerla pública.

Ambos informes, dados a conocer a la opinión pública el 14 de febrero de este año, tienen fecha del 10 de febrero, último día del reciente cónclave sodálite realizado desde el 7 de febrero en la Casa de Retiros de los Pasionistas en La Molina, estando presente el delegado vaticano, el cardenal Joseph William Tobin (ver http://caretas.pe/sociedad/78233-diluyendo_el_pecado).

Los informes llevan como título, a saber:

  • Abusos Perpetrados por el Sr. Luis Fernando Figari y el Abuso Sexual a Menores por parte de Ex Sodálites
  • Abusos Perpetrados por Sodálites y Respuestas del SCV a las Acusaciones de Abuso

Si bien el primer informe presenta abundante información que valida no sólo lo que relata el libro Mitad monjes, mitad soldados de Pedro Salinas y Paola Ugaz, sino también lo que yo escribí en mi blog Las Líneas Torcidas a partir de noviembre de 2012, también presenta inexactitudes sobre la reacción que tuvieron las autoridades sodálites ante los casos de abusos.

Por ejemplo, se dice que Figari le prohibió en el año 2008 al entonces Vicario General Eduardo Regal reunirse con Rocío Figueroa, quien había dado a conocer un caso de abuso de una joven de 16 años por parte de Germán Doig, ante lo cual Regal decidió desobedecer a Figari e iniciar una investigación para determinar si había otras víctimas. Según el primer informe, tras investigar durante dos años, «Regal determinó que Doig había abusado de otros menores de edad y en 2011, en contra de los deseos de Figari, informó a la comunidad del SCV y al público que Doig había cometido actos que eran “contrarios a su promesa de celibato”, aunque no reveló que Doig había abusado de menores. Esta noticia conmocionó a la mayoría de los miembros de la comunidad del SCV, y a unos cuantos sodálites aún hoy se les hace difícil creer que Doig era un abusador».

Asimismo, Regal sería el artífice de la renuncia de Figari, pues en el año 2010 él «y otros en el Consejo Superior se encontraban extremamente preocupados por el comportamiento y las acciones de Figari, particularmente por su maltrato y abuso de los hermanos en la comunidad y personas en la familia espiritual del SCV. Ellos creían que la conducta de Figari, que era bien conocida por muchos de los miembros, era totalmente incompatible con la vida de un sodálite. Como resultado, Regal tomó el paso radical y sin precedentes de pedir a Figari que se retirara de la vida pública para llevar una vida de conversión, retiro y oración. Le prohibió aparecer en actividades públicas del SCV, del Movimiento de Vida Cristiana o en los eventos de la familia SCV, le prohibió presentarse a sí mismo como autoridad del SCV o en representación de la misma, así como asistir a Misas de aniversario o Misas públicas, publicar libros nuevos y participar en el Consejo Pontificio de Laicos. Pero los demás miembros de la comunidad no conocían estas medidas y creían que su retiro obedecía a motivos de salud».

La verdad es otra. En el libro Mitad monjes, mitad soldados se cuenta que fue Rocío Figueroa, —que había seguido investigando y contactando a más víctimas de Doig— quien le habría exigido a Regal el cierre de la causa de beatificación de Doig y la renuncia de Figari. Ésta se concretó el 8 de diciembre de 2010 y fue anunciada por el mismo Figari, aduciendo motivos de salud, tal como informó oficialmente ACI Prensa (ver https://www.aciprensa.com/noticias/fundador-anuncia-nueva-etapa-para-la-familia-sodalite/).

El 15 de julio de 2016, el mismo Regal hizo declaraciones en la Fiscalía que contradicen el papel heroico que le atribuyen los informes:

PREGUNTADO DIGA: Indique usted si conoce el motivo de por qué Luis Fernando FIGARI RODRIGO dejó de ser Superior General.
Dijo: Que sí, conozco. En el año 2010 FIGARI sufrió una operación médica complicada al abdomen, luego de dicha operación se le presentaron infartos cerebrales múltiples que lo dejaron incapacitado para el gobierno, sus capacidades intelectuales y físicas quedaron disminuidas y por lo tanto era indispensable poder contar con un Superior general en ejercicio, es así que varios sodálites, entre ellos yo, le recomendamos encarecidamente que deje el puesto de servicio de Superior General para poder tener un gobierno efectivo.

PREGUNTADO DIGA: Indique usted si en el periodo que fue usted Superior General, recibió denunciados por miembros del SCV por abusos cometidos contra ellos por Luis Fernando FIGARI.
Dijo: Que recibí denuncias y en cada caso procedí según el debido proceso en el marco ya explicado de las atribuciones del Superior General en el que debe existir verosimilitud, pruebas suficientes para, según eso, verificar si hay delito tipificado y vigente y abrir proceso o descartar dichas denuncias o proceder a medidas disciplinarias o administrativas. En ninguna de las denuncias que recibí, luego de investigar, encontré los elementos señalados.

Que Regal desestimó las denuncias contra Figari lo confirma el P. Jean Pierre Teullet en su célebre carta interna del 20 de octubre de 2015 (ver UNA CARTA DEL P. JEAN PIERRE TEULLET, SODÁLITE):

«En mayo del 2012, luego de varios meses de dialogo infructuoso con las autoridades, 4 sodálites presentamos formalmente “pedidos de investigación” contra el Hno. Luis Fernando Figari por actos graves e inmorales cometidos por él […]. Estos pedidos fueron desestimados, primero por el superior general de entonces, el Hno. Eduardo Regal, y luego, al ser presentados nuevamente por mí de modo formal en abril del 2013 al nuevo superior general, el Hno. Alessandro Moroni, fueron también desestimados por él. En ambos casos, nunca se realizó una investigación formal […]. Nunca se erigió un jurado, nunca se nos solicitó el testimonio formal, nunca hubo actas, nunca se dio un dictamen, y menos se nos respondió de modo formal la conclusión de dicho proceso».

Respecto a la interrupción del proceso de beatificación de Doig, tampoco hubo transparencia de parte del Sodalicio. El proceso fue interrumpido recién a fines de 2010, aduciendo que Doig no había alcanzado la heroicidad de virtudes, siendo que ya habían desde antes claras evidencias de los abusos perpetrados por él. Mientras tanto, se siguió promoviendo su figura como la de un sodálite ejemplar —«el mejor entre nosotros» según Figari— hasta el último momento.

El comunicado de Regal se hizo sólo internamente y de manera discreta —supongo que para “evitar el escándalo”—, no de manera pública, como señala falsamente el informe correspondiente. La noticia recién se dio a conocer a la opinión pública con la edición del 1° de febrero de 2011 de Diario16, gracias a que Rocío Figueroa pudo filtrar la información a la prensa con la ayuda de Pedro Salinas. Hasta ese momento, todos los esfuerzos de las autoridades del Sodalicio se habían concentrado en evitar que se dieran a conocer los hechos, a saber, que Doig había abusado sexualmente de jóvenes a su cargo.

Respecto a Jeffery Daniels, se cuenta que estuvo aislado en San Bartolo desde 1998 hasta poco después de la muerte de Germán Doig en el año 2001. El primer informe señala que «fuera de algunas autoridades como Figari y Doig, nadie sabía la verdadera razón por la cual Daniels se encontraba aislado o la amenaza que representaba para los menores».

Sin embargo, poco antes se señala que en el año 1997 un amigo de una de las víctimas le contó a un sodálite que Daniels había abusado de su amigo, y este sodálite se lo contó al Superior Regional. «El Superior regional contactó a Doig, quien al momento se encontraba en Roma con Figari. Doig le indicó al Superior regional que enviara al agresor al centro de formación de San Bartolo para un período de retiro hasta que se pudiera determinar un mejor curso de acción y que él, Doig, se encargaría de las familias de las víctimas. Doig también informó a Figari sobre el tema. El Superior regional realizó investigaciones adicionales y determinó que Daniels había abusado de hasta ocho jóvenes menores de edad. Después de que Doig y Figari regresaron de Roma, asistieron a la siguiente reunión del Consejo Superior donde la situación de Daniels fue tema de discusión».

¿Quiénes, además de Doig, formaban parte del Consejo Superior en ese momento?

De las declaraciones ante la Fiscalía de los acusados penalmente en el caso Sodalicio, se desprende que los otros miembros del Consejo Superior eran Jaime Baertl, José Ambrozic, Erwin Scheuch y una cuarta persona cuyo nombre desconocemos. Además, Oscar Tokumura ha declarado que tuvo conocimiento de los abusos de Jeffery Daniels en el año 1997, y cuando asumió el cargo de superior en San Bartolo, Daniels ya se encontraba allí. Su predecesor en el puesto de superior, Miguel Salazar, también habría conocido los motivos que llevaron a su aislamiento.

Salvo el primer sodálite mencionado de nombre desconocido, al cual se puede considerar inocente dado que comunicó de buena fe y adecuadamente el primer abuso conocido de Daniels a la autoridad correspondiente, los demás sodálites con cargos de responsabilidad —un total de 9 personas— no hicieron absolutamente nada para que Daniels fuera sancionado y serían cómplices de encubrimiento y haberlo ayudado a sustraerse a la justicia.

Después de verificar esto, uno se pregunta si los sodálites que tuvieron o tienen puestos de responsabilidad en la institución les dijeron toda la verdad a los expertos. O al contrario, como ocurrió en la Fiscalía, mintieron a diestra y siniestra. Pues cuesta admitir como cierto lo que dice el siguiente texto tomado del segundo informe: «Desafortunadamente, algunos imitaron el comportamiento manipulador y cruel de Figari durante estos diálogos, a pesar de que se sentían incómodos al hacerlo. Sólo un pequeño número de sodálites, por ejemplo, Doig, Regal, el P. Jaime Baertl, y algunos de los secretarios más cercanos a Figari, se sintieron empoderados para confrontarlo sobre su conducta». Resulta difícil creer que alguien como Regal —quien no le dio crédito a las denuncias contra Figari— se haya enfrentado a él. Pero aún más difícil resulta creer que lo haya hecho el P. Baertl, de quien no conozco que nunca jamás haya hecho ninguna crítica contra Figari, que lo ha defendido a capa y espada, y —según recuerdo— solía mantener una actitud aduladora hacia el fundador. Además de que se le parecía mucho en la manera como manipulaba las conciencias ajenas, y era tanto o más vulgar y procaz en su lenguaje que el mismo Figari.

El intento de salvar a la institución a como dé lugar —constante perversa que ha estado presente a lo largo de toda la historia del Sodalicio— también se halla presente en varias partes de los informes. Como, por ejemplo, en el siguiente texto del segundo informe: «La mayoría de los sodálites eran, y son, personas piadosas, con un carácter bueno y moral, atraídos por el Evangelio y los aspectos positivos de la cultura del SCV. Estos sodálites inspiraron y sirvieron como modelos y directores espirituales para los jóvenes, los aspirantes y sus compañeros sodálites. No fue, entonces, la cultura del SCV la que causó que los agresores cometieran actos de abuso, pero hubo autoridades o sodálites mayores que permitieron o alentaron abusos físicos y psicológicos».

Lo que sigue a continuación contradice este enunciado, pues se analizan elementos de la cultura institucional que crearon un ambiente favorable a que se cometieran abusos: el carácter icónico de Figari como personificación de la cultura del SCV, que debía ser imitado por todos; la naturaleza reservada del SCV y su falta de transparencia; el esfuerzo por desarrollar una organización religiosa casi militar; la obediencia total que se exigía a los sodálites. «A la luz de sus promesas de total obediencia a las autoridades del SCV, algunos sodálites se sintieron presionados a obedecer a sus superiores en todos los asuntos, incluso cuando se les ordenaba que trataran a sus hermanos de manera nociva para su bienestar físico o mental».

Es decir, la misma cultura del Sodalicio favoreció que personas buenas, piadosas y moralmente rectas cometieran actos repudiables. La bondad y rectitud moral de muchos sodálites —de lo cual yo mismo puedo dar fe— no puede ser considerado argumento para negar que la enfermedad estaría en el sistema, en la misma arquitectura institucional y cultural del Sodalicio.

«Los expertos no han encontrado indicios de complicidad ni conspiración entre los presuntos abusadores», señala Alessandro Moroni en la carta preliminar a los informes. «Los expertos identificaron ciertos elementos de la cultura del Sodalicio que, de alguna manera permitieron que estos reprobables hechos hayan podido ocurrir». Lo cual no hace más que confirmar que el problema sí estaba en la cultura del Sodalicio, generada desde arriba por el mismo Figari. Pues el hecho de que personas que no se coludieron cometieran abusos similares apunta a que la raíz del problema se halla en el sistema en que están insertos, como señala el testimonio de un formador: «Abusé y fui duro porque así me formé, de hecho mi formación fue aún peor. Simplemente no conocía otra manera. Me avergüenzo de lo que hice».

Finalmente, cuando uno revisa las fuentes de los informes se puede verificar una omisión grave. Los expertos no hablaron en ningún momento con ninguno de los integrantes de la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación. Era de esperarse, pues el Sodalicio ha estado siempre interesado en quitarle peso al informe emitido por esta Comisión, y esto se refleja en el segundo informe cuando se dice que ésta «no llevó a cabo una investigación exhaustiva de todas las denuncias reportadas ni examinó la cultura actual del SCV». Esta conclusión se basa sólo en el texto del Informe Final, y no tiene carácter concluyente desde el momento en que no se convocó a ninguno de los comisionados para interrogarlos sobre la manera en se realizaron las sesiones de trabajo. A diferencia de los expertos contratados por el Sodalicio, trabajaron de manera independiente sin recibir remuneración alguna. Lo único que para ellos personalmente estaba en juego era su reputación, la cual ha quedado indemne al comprometerse en la búsqueda de la verdad sin concesiones a intereses institucionales.

Los informes del Sodalicio no dan respuesta satisfactoria a todos los interrogantes, dejan muchas verdades en la sombra y generan muchas preguntas que requerirían de una investigación más a fondo. De ahí la urgencia y necesidad de que se establezca una comisión investigadora en el Congreso de la República. Para que se sepa al fin toda la verdad, sin maquillajes ni interpretaciones interesadas.

(Columna publicada en Altavoz el 19 de febrero de 2017)

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FUENTES

Informes sobre Abusos y Respuesta en el Sodalicio de Vida Cristiana (10 de febrero de 2017)
http://sodalicio.org/wp-content/uploads/2017/02/Informe-Abusos-Febrero2017.pdf

Declaraciones indagatorias de Alessandro Moroni, José Ambrozic, Erwin Scheuch, Eduardo Regal, Óscar Tokumura y Jaime Baertl ante la Fiscalía de la Nación
https://scvleaks.wixsite.com/scvleaks

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CASO SODALICIO: “TRES PATINES” EN LA FISCALÍA (IV)

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Continuación de CASO SODALICIO: “TRES PATINES” EN LA FISCALÍA (III)

En esta cuarta y última entrega se analiza los razonamientos “trespatinescos” que llevaron a la fiscal Peralta a concluir que la denuncia contra miembros del Sodalicio debía archivarse por falta de pruebas.

No es que la fiscal no tuviera pruebas que sustentaban los hechos denunciados por los denunciantes. Simplemente las desestimó como tales, por motivos no pertinentes.

Un claro ejemplo son la admisión de las tachas contra los psicoterapeutas Jorge Bruce y Dante Wharton: en el caso de Bruce, porque «desde el 2001 viene emitiendo pronunciamientos públicos sobre el Sodalicio que le impiden actuar de manera objetiva e imparcial en esta investigación»; en el caso de Wharton, porque «adelantó opinión sobre el caso de materia de investigación lo que impide que emita un pronunciamiento objetivo e imparcial».

¿No se percató la fiscal de que la participación de ambos especialistas en el caso no se da en calidad de testigos que corroboren los hechos denunciados, sino en calidad de profesionales con un bagaje científico a los cuales se les encarga la evaluación psicológica de los denunciantes? ¿Desde cuándo la opinión personal de un psicoterapeuta es relevante respecto a una pericia psicológica que se basa en pruebas objetivas y mediciones científicamente acreditadas? Haciendo una comparación, ¿acaso la opinión personal de un médico juega algún papel en el diagnóstico que hace de un paciente? Si la fiscal cree que es así, ¿hizo una investigación previa de los psicólogos del Instituto de Medicina Legal cuyos peritajes sí aceptó, para ver cual era la opinión personal que tenían sobre el Sodalicio? Pues lo que está cuestionando la fiscal es que se tenga una opinión previa vinculada al tema de la demanda, y el hecho de que sea pública o no resultaría irrelevante, pues aún así estaría influyendo en los resultados de la pericia.

En todo caso, los peritajes del Instituto de Medicina Legal sí que son cuestionables desde el momento en que concluyen con certeza cuasi-dogmática que la afectación emocional que presentan Óscar Osterling y José Enrique Escardó –—del cual se admite incluso que «requiere terapia psicológica especializada»–— no guardan ninguna relación con la experiencia vivida en el Sodalicio y son atribuibles a factores presentes en la infancia y la adolescencia. En el caso de Pedro Salinas, los impulsos «que han sido desfavorables para la estructuración de su personalidad» son atribuidos de manera concluyente a la ausencia de la figura paterna, no habiendo el Sodalicio contribuido en nada a que presente esas características. En otras palabras, la experiencia sodálite no habría dejado ninguna huella en los denunciantes, ni mala ni buena, pues ni les habría ocasionado los problemas psicológicos que presentan ni les habría ayudado a solucionarlos. Como si hubieran sido pasados por agua tibia.

En el caso de los hermanos López de Romaña no se ratificó sus peritajes psicológicos porque «faltaron a sus citaciones» y «al borde de la terminación de la etapa investigatoria concurrieron a las citas de Medicina Legal». Sin explicar si las ausencias de ambos hermanos fueron por razones justificadas, la fiscal simplemente da constancia de que acudieron tarde, y por eso no se tomó en cuenta los peritajes efectuados. Se trata de una simple cuestión administrativa que pudo haber sido resuelta de manera satisfactoria, pero en la cual la fiscal prefirió omitir cualquier diligencia que pudiera contribuir a determinar si los López de Romaña también presentaban problemas psicológicos.

No llego a entender los criterios que se aplicaron. ¿Cómo se puede concluir taxativamente que un sistema de formación que incluye reiteradas prácticas físicas y psicológicas de carácter extremo no tienen ningún efecto sobre la psique de las personas? El mismo Jaime Baertl admite como ciertas algunas de esas prácticas (dormir en las escaleras, nadar en el mar en la madrugada, recibir golpes en el estómago) y las considera «imprudentes». José Ambrozic señala que «en algunos casos los rigores –—como él los llama–— pudieron ser excesivos». Óscar Tokumura señala «respecto a los supuestos golpes en el vientre, era para ver si hacían ejercicios, siendo que ello sólo se hacía con el consentimiento de éstos», cuando yo nunca he visto que alguien haya tenido ni siquiera la oportunidad de negarse a que le aplicaran tan peligroso golpe. Tanto Fernando Vidal, Alessandro Moroni, Jaime Baertl como José Ambrozic resaltan que los actos descritos como «rigores de la formación» ya no se realizan. ¿Por qué motivos? Evidentemente, porque no eran beneficiosos para nadie, e incluso traían consigo consecuencias perjudiciales.

Por todo lo visto, no se justifican las palabras de la fiscal Peralta cuando respecto a las lesiones psicológicas producidas por actividades abusivas acota que «como elementos que acrediten las versiones de los denunciantes únicamente se cuenta con sus afirmaciones y declaraciones juradas». Las actividades en cuestión han sido admitidas por los mismos denunciados, sólo que la valoración es distinta. Para ellos se trata de «rigores de la formación», mientras que los denunciantes hablan de «abusos físicos y psicológicos». Me pregunto por qué la fiscal no consultó a un especialista en la materia que pudiera aclarar qué consecuencias tendrían las actividades descritas en la psique de una persona, y si pueden ser consideradas como beneficiosas o dañinas. Pues de que hubo esas actividades, las hubo, y eso ni siquiera lo niegan los denunciados.

Otros documentos que la fiscal tomó como pruebas de que los denunciantes actuaron en pleno uso de sus facultades —y, por lo tanto, no hubo privación de la libertad o secuestro mental— son las cartas de puño y letra en que solicitan ser admitidos en el Sodalicio o en una comunidad de formación, redactadas supuestamente cuando los denunciantes ya eran mayores de edad. No tiene en cuenta que el trabajo de adoctrinamiento con aplicación de métodos invasivos de la psique se realizaba durante un período de aproximadamente un año antes de el candidato fuera admitido en el Sodalicio. Si las primeras cartas de los denunciantes fueron firmadas cuando ya tenían 18 años, es fácil suponer que el trabajo con ellos se inició cuando todavía eran menores de edad.

En el pasado han habido casos flagrantes donde el Sodalicio ha incorporado a sus filas a menores de edad. Mi caso, por ejemplo. En mi declaración jurada en calidad de testigo que fue presentada a la fiscal Peralta, digo lo siguiente: «Me vinculé formalmente al Sodalicio de Vida Cristiana o Sodalitium Christianae Vitae (en adelante SCV) mediante compromiso emitido en diciembre de 1978 en la capilla del Colegio Santa Úrsula (Calle Salamanca 125, San Isidro, Lima), a la edad de 15 años, en el grado de sodalite marie, grado que posteriormente fue eliminado de las normas de la institución».

Tengo en mi poder dos autobiografías —una de 1979 y otra de 1980, ambas escritas de puño y letra por encargo de Jaime Baertl— que me fueron devueltas por Alessandro Moroni, Superior General del Sodalicio, en enero de 2016. En ambas aparece la fecha exacta de cuándo ingresé al Sodalicio. En la primera dice textualmente: «El 8 de diciembre hice mi promesa de maríe y entré a formar parte del Sodalitium». Estamos hablando del 8 de diciembre de 1978, cuando yo tenía tan sólo 15 años de edad. Y ya me venían trabajando desde marzo de ese año, cuando tenía 14 años.

Lamentablemente, no obstante contar con este dato, la fiscal no se comunicó conmigo ni tomó en cuenta mi testimonio.

Otros documentos que la fiscal no debió admitir como pruebas contra los denunciantes son las fotografías presentadas por la defensa de los denunciados, en las que se ve a los hermanos López de Romaña y a Óscar Osterling participando en diversas actividades realizadas cuando aún formaban parte del Sodalicio. Al respecto, dice la fiscal Peralta: «En la investigación se han presentado fotografías llevando una vida libre y con expresiones de alegría en la vida dentro del SCV». Ciertamente, tanta ingenuidad sería conmovedora, a no ser porque la conclusión que de ella se deriva no se sostiene por ningún lado, a saber, «que todos esos actos son demostrativos que podían expresar su voluntad».

¡Por Dios! ¿Acaso ese tipo de fotografías demuestran lo que ella dice? Tomemos el caso de Colonia Dignidad, un enclave de alemanes situado al pie de los Andes chilenos, donde el líder religioso Paul Schäfer sometió mentalmente a todos los colonos y abusó sexualmente casi a diario de menores de edad durante décadas. De todas las fotos que hay, ¿se puede encontrar una sola donde no aparezcan los colonos sonrientes, tanto en diversas actividades colectivas como en fiestas populares alemanas? ¿Se puede ver en las fotos de familia que quedan, con personas de rostro alegre, indicios de los crímenes cometidos? Nada de nada. Y, sin embargo, sería ilegítimo utilizar esas fotos para pretender negar los abusos cometidos.

Ante todo esto, le auguramos un futuro brillante a la fiscal Peralta si decide cambiar de profesión e iniciar una carrera en el área de la comedia de enredos. Pero si permanece en su puesto, sólo nos queda decir como “Tres Patines”:

«¡Cosa más grande de la vida, chico!»

(Columna publicada en Altavoz el 28 de enero de 2017)

EL SODALICIO EN SU LABERINTO

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Lunes 3 de octubre, cuatro de la tarde en la ciudad alemana de Mannheim, a orillas del Rin. Sentado en un café en la estación del tren, converso con un joven ex-sodálite y escucho cómo logró fugarse del Sodalicio. Una historia que parece la trama de un thriller policíaco. Lo cual me confirma en la sospecha de que esta institución se asemeja más a un grupo sectario o a la mafia —no obstante su proclamada finalidad religiosa— que a una organización eclesial católica. Quizás juntando ambos extremos se podría describirla con una expresión que suena paradójica, pero que no puede ser más precisa: “secta católica”.

En esa conversación mi interlocutor me confirma lo que yo ya sabía a través de otra fuente: que Ricardo Trenemann, sodálite con quien compartí escenario en varias ocasiones cuando yo todavía era integrante del grupo musical Takillakkta, habría intentado abusar sexualmente de un joven sodálite de comunidad, utilizando el cuento de los masajes en la zona del perineo, entre el ano y los genitales. Una perversa estrategia, similar a la que aplicó Figari con una de sus víctimas, cuando le dijo que había que despertar la energía kundalini situada en la misma región íntima. Y si bien Trenemann no habría podido consumar el abuso esa vez debido a que la víctima se negó a colaborar, en una comunidad sodálite de Brasil habría logrado dar cumplimiento a sus insanas intenciones con otro muchacho, terminando la cosa en masturbaciones mutuas.

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Ricardo Trenemann

El de Ricardo Trenemann es uno más de los nombres que se añade a la lista de presuntos abusadores sexuales del Sodalicio, comenzando por Luis Fernando Figari y siguiendo con Germán Doig, Virgilio Levaggi, Jeffery Daniels, Daniel Murguía, Luis Ferrogiaro y Javier Leturia. A ella habría que añadir una larga lista de maltratadores psicológicos y físicos, entre los cuales se contarían Alberto Gazzo, José Antonio Eguren, Alfredo Garland, Alfredo Draxl, Óscar Tokumura, Daniel Cardó, Alessandro Moroni y otros cuyos nombres todavía no han sido revelados. Pues no conozco a ningún sodálite con un puesto de responsabilidad que no haya violentado en algún momento la conciencia personal de quienes estaban a su cargo o que no haya intentado doblegar sus voluntades mediante técnicas de manipulación psicológica, entre las cuales se encuentran las órdenes humillantes y la exigencia de una obediencia absoluta, sin límites. Era algo que formaba parte inherente del sistema de disciplina y formación.

A lo largo del tiempo se han ido acumulando críticas, siendo las más acertadas las de aquellos que en algún momento formaron parte de la institución. Pero las críticas no sólo han venido desde afuera. También hay quienes se han atrevido a hacer ejercicio de crítica constructiva desde dentro de la institución, lamentablemente sin resultados. Quienes se atreven a dar este paso suelen ser condenados a una especie ostracismo interno, son sometidos a un escrutinio minucioso que hurga en sus vidas personales con el fin de atribuir a sus problemas psicológicos —reales o inventados— las críticas expresadas, y tarde o temprano terminan por salirse de la institución. Como está ocurriendo con el P. Jean Pierre Teullet, quien tuvo el valor de enfrentarse a la cúpula sodálite para echarle en cara haber faltado a la verdad en un comunicado oficial a la opinión pública.

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Manuel Rodríguez Canales

Otro caso es el de Manuel Rodríguez alias “Roncuaz”, un adherente sodálite ubicado en la periferia institucional —pues está casado y, por lo tanto, no vive en ninguna comunidad—, quien ocasionalmente ha formulado a través de su blog críticas veladas pero certeras a la institución, sin distanciarse formalmente del Sodalicio, y sus bien intencionadas reflexiones han caído sistemáticamente en saco roto.

Mucho antes de la publicación del libro Mitad monjes, mitad soldados de Pedro Salinas y Paola Ugaz, un sodálite que buscaba un cambio advirtió con lucidez a las máximas autoridades del Sodalicio de los peligros de una estructura autoritaria, que había sido creada por el mismo Figari para tener un poder absoluto e incuestionable. Y que los reglamentos internos estaban planteados de tal manera, que el miembro de la organización se convertía en un instrumento sujeto a la arbitrariedad de los superiores, los cuales gozaban de una autoridad absoluta, cuyos alcances y límites no se estipulaban en ninguna parte. La mayoría de las vocaciones sodálites habrían sido reclutadas en edad escolar, cuando la persona todavía no tiene suficiente criterio de juicio pero está predispuesta a opciones radicales. La formación consiguiente estaba orientada a quebrar la voluntad de la persona mediante dinámicas de obediencia irracional, ejercicios extremos, castigos e introspecciones psicológicas. A ello se suma la injusticia de trabajar años gratuitamente sin recibir una remuneración, sin dinero cotizado a un fondo de pensión, sin seguro médico, de modo que quien decide dejar la organización cae en una situación injusta de sostenimiento, además de no contar con una experiencia laboral que le permita acceder a un trabajo adecuado.

Sordo a toda voz crítica —venga de donde venga—, incapaz de reconocer las propias deficiencias estructurales y manteniendo una actitud autorreferencial, cerrado en sí misma y practicando colectivamente la ley del silencio al estilo de la mafia italiana, el Sodalicio no se esperaba el golpe que significó la publicación del libro de Salinas y Ugaz en octubre de 2015.

El mando sodálite terminó asumiendo tardíamente que una defensa de Figari ya no era plausible, pero no lo expulsó como estipulan sus Constituciones para estos casos. Bajo la dirección de Alessandro Moroni, si bien el Sodalicio no ha defendido a Figari, sí lo ha protegido, pues su caída definitiva significaría el fin de una historia, arrastrando consigo lo que todavía queda de la institución, incluyendo su patrimonio y sus fuentes de ingresos, como las universidades, los colegios, los cementerios, los negocios inmobiliarios, mineros, agrícolas, etc.

La creación de una Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación en noviembre de 2015, integrada por cinco reconocidas personalidades de impecable trayectoria profesional y filiación católica, habría constituido una jugada estratégica para limpiarse la cara, pues con ello se habría querido demostrar que el Sodalicio estaba realmente preocupado por las víctimas y que estaba tomando las medidas del caso para atenderlas y ofrecerles una justa reparación por los daños sufridos. Sin embargo, lo que sucedió después fue inaudito.

Una vez que la Comisión emitió su lúcido y demoledor Informe Final el 16 de abril de 2016, después de haber recogido durante cerca de cuatro meses más de cien testimonios de víctimas, muchas de las reacciones al interior del Sodalicio fueron de rechazo a las conclusiones del Informe. De la boca para afuera se lo aceptó oficialmente, pero en la práctica no se implementó ninguna de las recomendaciones hechas por los comisionados.

Más bien, el Sodalicio decidió contratar a tres especialistas extranjeros —la estadounidense Kathleen McChesney, ex número 3 del FBI y asesora de la Conferencia Episcopal Norteamericana; el irlandés Ian Elliott, que estuvo a cargo de la investigación de la crisis de abusos sexuales del clero en Irlanda; y la estadounidense Mónica Applewhite, especialista en prevención—, no para implementar las recomendaciones de la Comisión de Ética, sino para volver a hacer el mismo trabajo prácticamente desde cero —investigando y volviendo a hablar con las víctimas—, con la esperanza de obtener tal vez un informe más benigno y favorable. El ahora cardenal Joseph William Tobin, arzobispo de Indianapolis (EE.UU.) y delegado vaticano para el caso Sodalicio, está esperando el informe que redactará la señora McChesney, a fin de tomar una decisión.

Mientras tanto, sigue su curso la denuncia penal ampliatoria interpuesta en mayo de 2016 contra Figari, otros seis miembros y un ex-miembro de la institución —Jaime Baertl, José Ambrozic, José Antonio Eguren, Eduardo Regal, Óscar Tokumura, Erwin Scheuch y Virgilio Levaggi— por los delitos de asociación ilícita para delinquir, secuestro y lesiones graves.

Las declaraciones de Figari a la prensa, negando incluso que puedan haber víctimas, han terminado de mostrar el verdadero rostro de una institución que, tomando como bandera un catolicismo pretérito y trasnochado y con pretensiones grandilocuentes de cambiar el mundo, no sólo ha truncado y dañado vidas enteras —además de no significar ningún aporte sustancial para la sociedad civil—, sino que también ha perjudicado irreparablemente —en complicidad con la indiferencia y apatía de las autoridades eclesiásticas, entre ellas el cardenal Cipriani— la imagen de una Iglesia que se muestra dispuesta a respirar otros aires en sus sectores más abiertos al mundo y al servicio solidario de los pobres.

(Artículo publicado en Exitosa el 22 de octubre de 2016)

LOS ARCHIVOS SECRETOS DEL SODALICIO

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«Hay un expediente de cada sodálite en mi archivo, donde se guarda toda su información». Aunque en varias ocasiones le oí decir esto o algo similar a Luis Fernando Figari durante el tiempo que viví en comunidades sodálites, nunca supe ni donde estaba ubicado físicamente el archivo, ni quienes tenían acceso a él, mucho menos los documentos y papeles personales que podían haber sobre cada uno de los miembros del Sodalicio. ¿Estaban allí las pruebas psicológicas que nos habían tomado cuando todavía éramos menores de edad? ¿O el examen psicológico que se me tomó en el año 1993 cuando estaba en San Bartolo atravesando por una grave crisis personal? ¿Había allí informes elaborados por los superiores y consejeros espirituales? ¿Había allí un récord con los avances que se había hecho en el camino a la santidad, que consistía en ir asumiendo cada vez de manera más perfecta el estilo sodálite propuesto por Figari? ¿Estaban allí los resultados del examen médico, incluido palpamiento de testículos, que me había hecho, antes de que yo entrara a formar parte de una comunidad sodálite, Franco Attanasio —ex sodálite, quien era entonces el médico del Sodalicio y ahora es especialista en medicina interna del Grand River Health Center en Detroit (Michigan, Estados Unidos)—?

Lo cierto es que no tengo memoria de que haya habido ningún documento por el cual se formalizara oficialmente mi ingreso al Sodalicio de Vida Cristiana, así como tampoco hay documentos de cuando la gente se separa de la institución. Lo cual a la larga resultaba perjudicial para cualquier miembro y ex miembro del Sodalicio, pues sin acuerdo firmado entre ambas partes, no existe legalmente ninguna obligación formal de parte de la institución hacia sus integrantes. De ahí que quien ingresaba al Sodalicio, entraba a formar parte de una asociación donde las reglas sólo se formulaban oralmente, donde no se ponía por escrito cuáles eran los derechos y obligaciones de uno como miembro ni los deberes y obligaciones que tenía la institución hacia uno.

Si bien el texto de las promesas formales que culminaban en la de profeso —aspirante, probando, cuatro niveles de formando, consagrado temporal, consagrado perpetuo— contenían algunas obligaciones expresadas de manera muy general, uno por lo general ni siquiera recibía una copia de la promesa que había formulado. El texto de los ceremoniales sodálites era un material que se guardaba con celoso secreto y que no debía ser dado a conocer públicamente a nadie, mucho menos correr el riesgo de que llegara a manos extrañas imprimiendo alguno de los rituales de las promesas y entregándoselo a los que las emitían en ceremonias privadas.

Pero hay otro texto guardado con mucho mayor celo y sigilo, en el cual se encuentra la normativa que rige a la institución, a saber, los Estatutos del Sodalicio de Vida Cristiana, que fueron ligeramente modificados y recibieron la denominación de Constituciones en el momento en que el Sodalicio fue elevado al rango de sociedad de vida apostólica laical de derecho pontificio en el año 1997. Un ejemplar de los Estatutos o Constituciones era entregado a los sodálites que hacían por primera vez su profesión temporal, que es el paso previo a la profesión perpetua. Sin embargo, todo los sodálites están obligados a cumplir las normas allí estipuladas, incluso aquéllos de rangos inferiores, aun cuando no les sea permitido acceder al texto. Conocen las normas solamente por intermedio de sus superiores, a los cuales deben prestar una confianza ciega y rendirles obediencia absoluta. Esta situación es propicia a que se cometan abusos y atropellos, pues no hay modo de saber si lo que enuncian los superiores es del todo conforme a las reglas. Más aún, el Sodalicio nunca ha contado con mecanismos internos para denunciar abusos de autoridad.

En principio, Luis Fernando Figari señalaba que un sodálite debía obedecer a sus superiores en todo, aunque lo mandado le pareciera un absurdo y un sinsentido. Más aun, ni siquiera debía preguntar qué sentido tenía la orden, pues ello implicaba ya un acto de desobediencia al ser un cuestionamiento de la autoridad del superior. Sin embargo, admitía una excepción: no se debía obedecer si lo mandado iba contra la moral cristiana. El problema es que a un sodálite se le enseña a desconfiar de sí mismo y de su propio criterio, y a confiar ciegamente en los superiores. Desobedecer debido a una objeción de conciencia resultaba prácticamente imposible bajo estas condiciones, pues quien arguyera que no se sujetaba a la obediencia por razones morales terminaría siendo sometido a disciplina y cuestionado por decidir según su criterio personal qué era moralmente legítimo y qué no.

El mismo Óscar Tokumura fue cuestionado personalmente en San Bartolo debido su ensañamiento con algunas de las personas que estaban a su cargo por uno que otro sodálite, que fueron obligados a callar y a obedecer cuando le enrostraron sus excesos. Recurrir a instancias superiores no sirvió de nada, pues Tokumura contaba con el respaldo pleno del mismo Figari y del P. Jaime Baertl. Y he de suponer que ninguna de estas quejas fueron debidamente documentadas en un informe.

Volviendo al tema de los archivos, caí en la cuenta, habiendo pasado ya tanto tiempo desde que me desvinculé del Sodalicio, de que nunca había oficializado esa separación y no tenía ningún documento que acreditara tanto mi paso por el Sodalicio como el hecho que ya no era miembro de la institución. Además, si el Sodalicio aún mantenía documentación e información sobre mí en sus archivos, ya no tenía ningún derecho a seguir conservándola. Es así que a fines del año pasado le envié el siguiente e-mail a Alessandro Moroni, Superior General del Sodalicio de Vida Cristiana:

Lunes, 14 de diciembre de 2015

Estimado Sandro:

Veo con interés y expectativas los esfuerzos que estás haciendo para llevar adelante un proceso de revisión, renovación y reconciliación del Sodalicio, a fin eliminar de todo aquello que permitió que se cometieran sistemáticamente en la institución abusos psicológicos, físicos y sexuales y, de este modo, prepararse para servir nuevamente a la Iglesia siguiendo tras las huellas de Nuestro Señor Jesucristo.

Aún así, debo admitir que desde hace tiempo no descubro en el estilo y la espiritualidad sodálite mi propio camino como católico creyente en la Iglesia, y dado que nunca formalicé de manera oficial mi renuncia a seguir siendo adherente sodálite, aprovecho estas líneas para manifestarte mi decisión de romper irrevocablemente todo vínculo institucional con el Sodalicio.

Asimismo, solicito que se me devuelva toda la documentación sobre mi persona contenida en los archivos del Sodalicio, incluyendo la autobiografía de puño y letra que escribí, todos los resultados de las pruebas psicológicas que se me tomó en diversas etapas de mi vida, así como también la carta que escribí para ser admitido en comunidad y la carta que redacté para poder emitir mi compromiso de adherente sodálite. Considerando que no está estipulado en ningún reglamento interno cómo se ha de manejar y administrar estos papeles, ni el Sodalicio tiene tampoco autorización legal para guardar documentación personal de ex miembros, no quiero que se conserve ningún documento referente a mi persona en el archivo del Sodalicio, salvo aquellos en que se me mencione por motivos puramente historiográficos o en textos que hayan sido legítimamente publicados.

Un cordial saludo

Martin Scheuch

P.D. Quiero que sepas que no soy el único que sabe que te estoy enviando esta carta. Se trata de personas de confianza que verían con agrado que accedas a lo que te solicito. En aras de la objetividad, yo mismo vería eso como una buena señal e informaría al respecto en mi blog en términos positivos sobre el Sodalicio. Hace tiempo que deseo escribir cosas más positivas del Sodalicio —y algo de esto se puede encontrar desperdigado en mis escritos— pero lamentablemente son demasiadas las metidas de pata que se han cometido en los últimos tiempos como para tener que bajar la guardia. De todos modos, puedes contar con mi buena voluntad.

A los tres días Moroni me envió un acuse de recibo, prometiéndome acceder a lo que solicitaba a la brevedad posible. Recién el 20 de enero de 2016, previo enérgico recordatorio de mi parte enviado el 16 de enero, accedió a enviarme la documentación solicitada.

Semanas después recibí en mi domicilio en Alemania un sobre de manila conteniendo un conjunto de papeles amarillentos avejentados por el tiempo, además de un cuaderno Atlas de formato pequeño y algunas copias fotostáticas. Además de la carta confirmándome el tiempo que había vivido en comunidades sodálites y mi posterior permanencia en el Sodalicio como adherente sodálite (sodálite casado), redactada en términos correctos y cordiales, donde además me confirmaba mi pedido de «romper irrevocablemente todo vínculo institucional con el Sodalicio», había copias de de los siguientes documentos:

  • Carta dirigida al Superior del Sodalitium Christianae Vitae, del 17 de diciembre de 1981, solicitando entrar a vivir a una comunidad de formación.
  • Carta dirigida al Superior del Sodalitium Christianae Vitae, del 13 de agosto de 1988, solicitando realizar la profesión temporal en la institución.
  • Carta dirigida al Superior del Sodalitium Christianae Vitae, del 12 de agosto de 1991, solicitando renovar los compromisos temporales de profeso.
  • Carta dirigida al Superior del Sodalitium Christianae Vitae, del 17 de julio de 1993, solicitando licencia de la vida comunitaria por tres meses.

Moroni me había recalcado por e-mail que los «originales permanecerán en los archivos del Sodalicio de Vida Cristiana porque son documentos que fueron remitidos a las autoridades de la misma, tienen un valor histórico, registran los distintos pasos que diste cuando eras parte de la sociedad».

El primero de estos documentos fue redactado con máquina de escribir y los demás están escritos de puño y letra, en un lenguaje y estilo estandarizado conforme al pensamiento único que se implantaba a los sodálites. Comprendo que el Sodalicio quiera guardar los originales, pues en estas cartas aparecen frases como «esta decisión la he tomado libremente y por mi propia voluntad», «este anhelo mío es completamente libre, sin coacción de ningún tipo», «esta decisión la he tomado libre de toda coacción externa e interna», «he llegado con toda libertad a la conclusión de que…» Las cartas debían contener estas formulaciones para poder acceder a lo que allí se pedía. Las tres primeras las redacté estando bajo el código de la obediencia y en un contexto donde la posibilidad de otras opciones distintas ni siquiera se planteaba. En el Sodalicio a uno se le proponía ascender en la jerarquía de compromiso o quedarse en el mismo nivel, pero la posibilidad de retirarse de la vida comunitaria y no seguir el estilo de vida de un consagrado con obligación de obediencia y celibato ni siquiera se mencionaba. Era un tema tabú. Quienes han expresado este deseo lo han hecho después de varios meses de tortura interior, y las consecuencias siempre han sido que se pusiera a la persona en “etapa de discernimiento” —orientada a evitar en la medida de lo posible que el sujeto se aparte del camino señalado, pues ello se interpretaba como una traición al Plan de Dios—, la cual se podía prolongar durante meses, sin que en la mayoría de los casos la persona se sintiera en capacidad de imponerse y de decidir voluntariamente salir por la puerta delantera en el día y a la hora que quisiera. Incluso cuenta el brasileño Josenir Lopes Dettoni en un desgarrador testimonio (ver SODALICIO: UN TESTIMONIO BRASILEÑO) que un día decidió irse de San Bartolo y «al notar que yo me hallaba fuera de la comunidad cargando una maleta, un “hermano” corrió hasta la plaza, donde yo me encontraba, y me detuvo físicamente. Me agarró y no me dejó hasta que se llamara al superior […], momento a partir del cual continué detenido hasta que nuestra conversación me llevó al llanto y a más desequilibrio emocional. Acordamos entonces que yo necesitaba discernir más. Por lo tanto, salir de comunidad no siempre es tan sencillo». Por esa misma razón, muchos de quienes querían evitarse todos estos problemas, se largaban clandestinamente entre gallos y medianoche, sin que por ello dejaran de arrastrar consigo el trauma de sentirse realizando una acción cuasi-delictiva. A partir de entonces se convertían en personas non gratas para el Sodalicio y se les mencionaba con apelativos como “judas”, “traidor” o “innombrable”.

La última carta, donde expreso mi deseo de abandonar la vida comunitaria, está atravesada por un hondo sentimiento de fracaso y tristeza, pues —debido al formateo mental de que había sido objeto durante más de una década— veía la decisión que estaba tomando como una consecuencia de mis propios problemas e inconsistencias personales y no como lo que fue realmente, un primer paso para obtener la libertad y arriesgarme a buscar la felicidad humana en el mundo de los mortales comunes y corrientes. En ese momento no sospechaba que se trataría de un largo camino donde el fantasma del Sodalicio estaría, como una sombra, continuamente acechando mis pasos.

Además de copias de mi partida de nacimiento y de mi certificado de bautismo, había varios textos manuscritos que yo había redactado a pedido de mi consejero espiritual de entonces, Jaime Baertl, algunos de ellos inquietantes, por el hecho de que contenían revelaciones íntimas de mi vida personal puestas por escrito cuando yo todavía no había superado esa etapa crítica y borrascosa que es la adolescencia. Se trata de dos extensas autobiografías, una terminada en septiembre de 1979 y la otra en septiembre de 1980. Además, hay varias hojas de análisis personal, de recuento detallado de lo que yo consideraba mis pecados, de actitudes que debía cambiar y deberes que tenía que cumplir, así como una reflexión sobre el hombre como ser para la comunicación y una descripción de la tormentosa relación con mi madre. En otro texto hago una narración detallada de cosas importantes en mi vida que ocurrieron durante mi viaje de promoción a Huaraz con mi clase de 3° de secundaria del Colegio Alexander von Humboldt —téngase en cuenta que al año siguiente ingresaría a la Escuela Superior de Educación Profesional Ernst Wilhelm Middendorf con un régimen semi-universitario—. También hay un cuento de Navidad escrito a máquina que yo no recordaba haber escrito.

Actualmente me resulta preocupante que esos textos hayan estado en el archivo del Superior General a disposición de Luis Fernando Figari, pues allí se detalla hasta en su más íntimos rincones lo que era la vida personal de un muchacho desorientado en búsqueda de respuestas a las incógnitas de la existencia. Allí está todo lo que yo pensaba y sentía, todos mis anhelos y esperanzas, todos mis problemas adolescentes desde mis ansias de independencia, los conflictos con mi madre hasta las experiencias de autosatisfacción vinculadas al despertar sexual. Viéndolo desde la distancia, tomo conciencia del riesgo que significó para mí que ese material estuviera al alcance de un megalómano manipulador y abusador sexual como Figari.

Entre el material que recibí había también unas cuatro hojitas, una de ellas con el título “Ficha de entrevista espiritual”, escritas de puño y letra por Jaime Baertl. ¿Era lo único que había? Me cuesta creerlo. ¿Durante los once años que pasé en comunidad no se elaboró ningún informe sobre mí? ¿En qué se basaba entonces Luis Fernando para decidir si me quedaba en el mismo nivel de compromiso o pasaba al siguiente? ¿Dónde están mis resultados de la tan temida prueba oral sobre la doctrina sodálite que Luis Fernando junto con otros dos miembros de la cúpula tomaba en una especie de ritual solemne y secreto al final de la etapa de probando, cuya aprobación era requisito indispensable para pasar al nivel de formando? ¿No recibía Luis Fernando informes personales sobre cada sodálite para mover sus fichas en su ajedrez personal al final de cada año, es decir, para decidir qué sodálites iban a vivir en cada una de las comunidades durante el año siguiente? ¿Dónde fueron a parar las pruebas psicológicas que se me aplicó? El examen médico, ¿fue sólo una finta o también se emitió un informe? ¿Existió toda esta documentación? ¿O bien ha sido destruida, si es que no se guarda aún con sabe Dios qué fines? Porque de no haber existido, nos encontraríamos con un alto nivel de informalidad en el Sodalicio con las consecuencias que ello suele acarrear: abusos de autoridad, arbitrariedad, corrupción, ocultamiento de información, encubrimiento de delitos, impunidad.

Por otra parte, Moroni me confirmó que la documentación que me envió se encontraba en el archivo del Superior General, pero que podría haber otros documentos en otros archivos, entiendo que de los demás superiores. De lo cual se infiere no hay un archivo unitario ni una administración centralizada de la documentación. Y que la forma en que en el Sodalicio se han manejado los papeles personales es caótica.

Una de las recomendaciones de la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación es la siguiente (ver http://comisionetica.org/blog/2016/04/16/informe-final/): «El SCV deberá proceder a la devolución inmediata de toda la documentación correspondiente a cada una de las personas que forma o formó parte de la institución, que así lo solicite». Es un paso necesario que hay que dar, pues no es prudente ni recomendable que información sensible como la que he detallado arriba permanezca en manos de una institución que se ha caracterizado por su falta de transparencia y su deslealtad hacia quienes depositaron su confianza en ella.

Reconozco, por lo menos, que constituye un progreso que se me haya devuelto la documentación que ahora tengo en mis manos. En otras épocas eso hubiera sido impensable, pues quien abandonaba la institución era considerado como un renegado al que no se le debía ningún favor. Conozco por lo menos el caso de un muchacho que solicitó que se le devolvieran los originales de sus certificados de estudios para continuar con su formación profesional y el Sodalicio se negó a ello. Pues en la institución se asumió durante mucho tiempo como un dogma que a aquél que la abandonaba le iba a ir necesariamente mal en la vida. Y el Sodalicio se preocupó, en la medida de lo posible, de que así fuera efectivamente.

Quisiera terminar con una frase que pone Alessandro Moroni en la carta que me envió: «Le ruego al Señor que bendiga los nuevos caminos por los que Él te esté llevando. Te ofrezco mis oraciones por ti y tu familia». Agradezco estas intenciones y espero que sean una auténtica señal de que un verdadero cambio se está operando en el Sodalicio. Es lo que muchos esperan, incluyendo tantos que han sufrido daños graves de parte de la institución.

PREGUNTAS INCÓMODAS A ALESSANDRO MORONI, SUPERIOR GENERAL DEL SODALICIO

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¿Por qué tengo que enterarme de que se me está pidiendo perdón de manera colectiva e impersonal y no a través de una comunicación personalizada?

¿Por qué el P. Jean Pierre Teullet, quien tomó posición a favor de las víctimas, se separará del Sodalicio, y ya ha sido acogido por el P. Guillermo Leguía, quien descubrió su vocación sacerdotal en el Sodalicio pero decidió seguirla fuera de él?

¿Por que el P. Marcio Paulo de Souza, sacerdote sodálite brasileño, ha pedido licencia, paso previo a salirse de la institución?

¿Por qué Mons. Kay Schmalhausen, obispo sodálite y actual prelado de Ayaviri, ha solicitado lo mismo y se ha mudado de una comunidad sodálite al seminario de la prelatura?

¿Por qué el P. Jaime Baertl ha sido enviado a Estados Unidos, Óscar Tokumura a Argentina y Eduardo Regal a Colombia?

¿Por qué al día siguiente de tu mensaje se publica en la página web de la Familia Sodálite un video de jóvenes pintones con vestimenta muy parecida —el mismo estilo de pantalón y polo, y todos con las mismas sandalias—, dando impresión de cerebros lavados, hablando maravillas del Sodalicio en un lenguaje estandarizado, en lo que parece ser propaganda vocacional y un burdo intento de lavada de cara de la institución? Yo también tuve hace tres décadas la misma pinta —al parecer, la moda sodálite no evoluciona— y hubiera dicho con las mismas palabras exactamente lo mismo.

¿Sabías que yo no fui propiamente víctima de Figari sino de toda una estructura ideológica y disciplinaria? ¿Cuánto tiempo necesitarán para darse cuenta de que el problema no consiste en casos aislados sino en el sistema mismo?

(Columna publicada en Exitosa el 9 de abril de 2016)

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Tras meses de lucha, me derrumbé emocionalmente cuando oí que se expulsaba a Luis Fernando Figari del Sodalicio y se le declaraba persona non grata. La decisión, correcta aunque tardía, me parece insuficiente e incongruente con la manera de actuar que ha tenido el Sodalicio hasta hace poco.

Tras la publicación de Mitad monjes, mitad soldados, se inició una partida de ajedrez, donde los responsables del Sodalicio, sabiendo que la caída del rey era inevitable, comenzaron a mover sus fichas a fin de llegar a una posición de tablas (empate). Lo insólito es que la cúpula del Sodalicio sabía mucho antes de la publicación del libro de los abusos cometidos por Figari y no hicieron nada al respecto. El mensaje reciente suena a qué han visto que el jaque mate era inminente, y han decidido sacrificar al rey con el fin de salvar el honor de la institución.

En el mensaje de Moroni no percibo empatía con las víctimas, pues pedir perdón de manera general y en abstracto no reemplaza la comunicación directa con cada uno de los que fuimos víctimas de abusos.

Además, Moroni parece atribuirles la culpa exclusivamente a Figari y algunos miembros del Sodalicio. Sin embargo, los abusos que se cometieron en mi perjuicio no partían de voluntades individuales, sino de todo un sistema doctrinal y de disciplina orientado al dominio de las mentes y las voluntades, previo lavado de cerebro. Sacar las manzanas podridas no soluciona el problema de fondo, pues el sistema sigue intacto en el presente.

(Comentario publicado en la revista Somos del diario El Comercio el 9 de abril de 2016)

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La expulsión del fundador del Sodalicio es una medida que se debió haber tomado en el momento en que se supo que había cometido abusos sexuales contra miembros jóvenes de la institución, así como se hizo con Daniel Murguía en el año 2007 cuando ni siquiera habían pasado 24 horas desde su detención en un hostal del centro de Lima, donde fue capturado in fraganti en compañía de un menor de edad.

Según lo que relata el P. Jean Pierre Teullet en la carta que dirigió a Fernando Vidal, asistente general de comunicaciones del Sodalicio, en octubre de 2015, las autoridades sodálites ya tenían conocimiento de los delitos de Figari antes de que saliera a la luz la investigación periodística de Pedro Salinas y Paola Ugaz (ver UNA CARTA DEL P. JEAN-PIERE TEULLET, SODÁLITE). Allí se menciona que desde el año 2011 las autoridades sodálites buscaron descalificar las denuncias presentadas contra Figari, y entre ellas se menciona a dos personas con nombre y apellido, a saber, Eduardo Regal y Alessandro Moroni, sobreentendiéndose que el mismo Vidal también se cuenta entre los que obstruían toda investigación. El P. Teullet recalca que la primera denuncia la presento 7 años antes de la fecha de la carta, lo cual nos remite al año 2008 como el primer momento demostrado en que las autoridades sodálites tuvieron conocimiento de alguna acusación contra Figari.

Si bien la expulsión de Figari ha sido un paso en la dirección correcta, poco hay de heroico y valiente por parte de Moroni y del Consejo Superior en haber aplicado esa sanción, pues si no es por la presión mediática y por razones de fuerza mayor —llámese administración vaticana—, dudo de que se hubiera llegado a ese extremo. Dado que el silencio y el encubrimiento han sido políticas habituales del Sodalicio respecto a los casos de abusos sexuales que han ido detectándose en la institución desde época tan temprana como la década de los ’80 (ver ¿HISTORIA DE ENCUBRIMIENTOS EN EL SODALICIO?), es probable que se hubiera hecho lo mismo con Figari si la opinión pública no llegaba a enterarse del asunto.

Por eso mismo, indigna que Alejandro Bermúdez, director de ACI Prensa, quien en uno de sus Puntos de Vista (https://www.aciprensa.com/podcast/archivo.php?pod_id=4) se jacta de haber ido informando sobre las acusaciones y las medidas tomadas por la comunidad sodálite cuando de lo único que ha informado es de los comunicados emitidos oficialmente por el Sodalicio, agradezca la valentía y transparencia de sus autoridades, cuando de parte de la cúpula sodálite sólo se ha evidenciado hasta el momento una casi absoluta falta de transparencia y escasa valentía para enfrentar abiertamente las acusaciones. A excepción de Alessandro Moroni, que le concedió una entrevista al diario El Comercio en octubre del año pasado (ver http://elcomercio.pe/lima/sucesos/como-diablos-pudo-pasado-esto-sodalicio-noticia-1850794), ¿alguien ha visto a algún otro miembro más de la cúpula sodálite dando la cara y saliendo a hablar en público sobre las imputaciones de abusos de toda índole que se habrían cometido en la institución?

Además, ¿dónde están los agradecimientos de Alejandro Bermúdez a todos aquellos que dedicaron tiempo y esfuerzo para que se conozca la verdad? Porque aquellos que denunciaron los atropellos de que habían sido objeto en el Sodalicio han tenido que asumir altos costos personales: varios han pasado por momentos de angustia; algunos han caído en depresiones y han tenido que recurrir a ayuda profesional; otros siguen tomando pastillas por prescripción médica hasta el día de hoy; hay quien ha visto deteriorarse sus lazos familiares e incluso destruirse su matrimonio, o ha experimentado cómo amigos de toda la vida le daban la espalda; otros han sido objeto de campañas de difamación y desprestigio, o han visto mellada su vida profesional porque les fueron negadas oportunidades laborales debido a influencias que movieron miembros destacados del Sodalicio; hay quienes permaneciendo como fieles creyentes dentro de la Iglesia católica han sido tildados de enemigos de la fe cristiana o calumniados como locos, desequilibrados, inmorales y renegados, y todos han tenido que oír amenazas de que iban a arder en el infierno y nunca iban a encontrar la felicidad en esta vida. Aún así, asumieron los riesgos y tuvieron el valor de luchar durante años para que la verdad salga a la luz, y lo hicieron con transparencia, sinceridad, apertura y sin ocultar segundas intenciones. Y venciendo el miedo ante las posibles represalias.

Espero que de una vez por todas Alessandro Moroni actúe correctamente y que por fin se haga justicia.

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FUENTES

Incluyo a continuación los dos videos a los que se hace referencia en este artículo:

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POST SCRIPTUM (10 de abril de 2016)

Si bien la información que pongo en mi columna de Exitosa la he recibido de buenas fuentes, dado el hermetismo con que el Sodalicio siempre ha manejado los asuntos internos de la institución, cabe la posibilidad de que los datos obtenidos por mis fuentes no siempre sean del todo correctos.

Un comentarista de este blog ha confirmado que:

  • el P. Jean Pierre Teullet ha solicitado licencia —y no conozco ningún caso de alguien con licencia que después haya decidido reintegrarse al Sodalicio—;
  • Mons. Schmalhausen está viviendo en el seminario de su prelatura —cosa que usualmente no hacen los obispos, y el ejemplo más claro es Mons. Cipriani—;
  • el P. Jaime Baertl está viviendo actualmente en Lima —lo cual no descarta que se haya ido a los Estados Unidos y luego regresado al Perú—;
  • Óscar Tokumura vive en Lima pero nadie sabe dónde —¿lo han visto? ¿o no estará todavía en Argentina?

Por otra parte, me asegura que el P. Marcio Paulo de Souza no ha solicitado licencia, aunque sí se encuentra en un tiempo de reflexión. El mismo P. Marcio Paulo ha publicado lo siguiente en su cuenta de Facebook:

Hoy un gran amigo me advirtió que en el blog Líneas Torcidas del Señor Martin Scheuch dice lo siguiente:
«¿Por que el P. Marcio Paulo de Souza, sacerdote sodálite brasileño, ha pedido licencia, paso previo a salirse de la institución?»
Al respecto quiero decir dos cosas:
1) Desmiento categóricamente el contenido de esa afirmación. NO HE PEDIDO LICENCIA del Sodalicio.
2) Y perdono al autor de esas líneas por su afirmación infundada.
Bendiciones del Resucitado para todos.

Agradezco esta información adicional, que —aunque no aclare del todo lo que está pasando ad intra del Sodalicio— permitirá a los lectores hacerse una mejor idea.

Además, conociendo al P. Marcio Paulo, un hombre sencillo de buen corazón, no creo que se sienta orgulloso de todas las cosas que han sucedido en el Sodalicio. Y lamento que también se haya atenido a la omertá o ley del silencio propio de asociaciones delictivas, callando en todos los colores del arco iris su opinión sobre aquello de lo que ha llegado a enterarse. O tal vez sabe que si hablara podría pasarle lo mismo que le pasó al P. Jean Pierre Teullet, sodálite en actividad que tuvo el coraje de denunciar a su fundador y oponerse a las estrategias de encubrimiento y a las mentiras de la cúpula sodálite: que le hagan la vida imposible y al final termine en proceso de separarse del Sodalicio.

Por otra parte, aun si la información que publiqué es incorrecta, no hay nada que tenga que ser perdonado, pues en estos tiempos decir que alguien se está saliendo del Sodalicio no constituye ningún agravio, sino todo lo contrario, un elogio que honra a la persona.

De todos modos, haciéndole honores a la verdad, publico cualquier corrección que sea necesaria.

SODALICIO: UN TESTIMONIO BRASILEÑO

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Parroquia sodálite Nossa Senhora da Guia (Rio de Janeiro)

El 30 de enero de 1986 se fundó la primera comunidad sodálite en el Brasil, en la ciudad de Rio de Janeiro. A esta comunidad se le confió la Parroquia Nossa Senhora da Guia. Los primeros dos sacerdotes sodálites que trabajaron allí fueron Alberto Gazzo, ordenado por el Papa Juan Pablo II, y Luis Cappelleti. Ambos —en fechas muy alejadas la una de la otra— han terminado colgando los hábitos y se han desvinculado de la institución. Y probablemente tengan mucho que contar.

Lo que me ha llegado ahora es el testimonio en portugués de un ex sodálite brasileño, Josenir Lopes Dettoni, quien ha decidido poner abiertamente por escrito su experiencia en el Sodalicio, e incluso ha puesto un video suyo en YouTube donde hace lectura de este texto.

En el mismo menciona a un superior encargado de la formación en San Bartolo y autor de librillos sobre consejería espiritual y de La amistad según El Principito, al cual hemos podido identificar como Óscar Tokumura.

Mal que bien, he traducido el texto al español para quienes encuentren difícil entender el portugués. Sólo me queda decirles que encuentro absolutamente verosímil lo que narra este valioso testigo y muy similar a experiencias que yo he tenido o a anécdotas que conocí de primera mano.

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TESTIMONIO DE JOSENIR LOPES DETTONI

Soy J.L.O., o al menos así era conocido por mis iniciales, ligeramente modificadas, dentro de las comunidades sodálites.

Desde niño quise ser cura y por eso me aproximé a dos sacerdotes que trabajaban en mi parroquia, Nossa Senhora da Guia, en Rio de Janeiro. Eran sensacionales, mi modelo de vida. Con diez años de edad, en el año 1988, mi principal alegría era ser acólito en las misas de fin de semana. Mis padres se mudaron de ciudad, pero con trece años conseguí hacer cuatro viajes para visitar aquel que sería mi “futuro seminario”. Trece horas de viaje en ómnibus, solo. Las actividades del Movimiento de Vida Cristiana (MVC), los paseos, la música de Takillakkta en cassettes, la liturgia… todo me parecía realmente divino. En uno de esos viajes conocí a Germán Doig y a Luis Fernando Figari.

Con quince años de edad, dejé a mi familia, que vivía en el norte del país, para poder ir “al seminario”. Como el Sodalicio no tenía un “seminario menor” (para gente que todavía estaba en el colegio), fui generosamente recibido por un matrimonio —al cual hasta ahora le profeso una profunda gratitud— en su casa durante tres años, hasta poder entrar formalmente en comunidad. En ese período tuve la oportunidad de estudiar, a petición del Sodalicio, en una de las mejores escuelas de Brasil, lo cual ha marcado mi formación hasta el día de hoy.

En esos tres años, de 1993 a 1995, me hice mejor: estudié mucho y trabajé arduamente en las actividades del Movimiento de Vida Cristiana, ocupando diversos cargos en el mismo.

A fines de 1995, junto con casi todos los de mi “agrupación”, hice promesa de aspirante [primer grado dentro de la jerarquía sodálite]. Días después yo, que ya me hallaba en proceso desde hace mucho tiempo, fui aceptado en comunidad, donde viví cuatro años: uno en Rio de Janeiro y otros tres en comunidades del Perú, incluyendo San Bartolo.

No voy a entrar en más detalles, pues la historia es larga. Por lo tanto, guardando gratos recuerdos de algunos aspectos de lo que viví en ese tiempo, paso a relatar sólo las cosas inaceptables que experimenté dentro de esa institución.

– Ideas únicas: fui llevado a vestir “como sodálite”, a hablar “como sodálite”, a actuar “como sodálite”. Se trataba de tener el “estilo sodálite”, una especie de derivación práctica de la “espiritualidad sodálite”. Había una clara presión para alcanzar ese modelo. Cualquier tipo de cuestionamiento era visto como negativo, producto de la propia debilidad espiritual de uno. Ya dentro de comunidad, el pensar unificado era un subproducto de la obediencia, entendida como la voz de Dios que habla por medio del superior de uno.

– Elitismo: éramos llevados a pensar que formábamos parte de la élite de la Iglesia. Las otras espiritualidades se preocupaban de cosas secundarias; la nuestra, de salvar a la Iglesia, de ser los modelos de santidad de los nuevos tiempos, combatiendo todo mal, lo que era externo, incluso si eso externo era interno en la Iglesia. Ésa es una característica que acaba seduciendo a mucha gente, una mezcla de búsqueda de excelencia y vanidad. Después descubrí que internamente éramos incluso clasificados en una especie de ránking (niveles A, B, C).

– Abandono de los que salían de comunidad: eran vistos como muertos, como aquellos que cayeron en batalla. “Y tú no recoges el cuerpo de un muerto en medio de la batalla… Primero, ganas la batalla, después vas a ver los muertos”. En resumen, ya que estamos en una guerra, no se debe prestar atención a quien partió. Cosa que sentí claramente de parte de mis “hermanos de comunidad” en Rio de Janeiro cuando fui a visitar la parroquia después de haber dejado la vida comunitaria. Además, al salir, eres invitado a firmar una carta diciendo que el Sodalicio no te debe nada en términos financieros. ¡Ah! La opción de ser adherente [sodálite casado], cosa que también fui, no mejora mucho la cosa. No. Los adherentes no son tomados en serio.

– Maltratos físicos: llegué a dormir cuarenta días en el suelo, con ocasión de la Cuaresma; ayunos largos y rigurosos; incontables ejercicios de todo tipo (incluso natación en el mar gélido… el mismo que causó posteriormente la muerte de un [emevecista] brasileño); ejercicios que, por otra parte, los superiores no hacían (destacando especialmente a Luis Fernando). La cosa era tan exagerada, que si tú simplemente no lograbas más (y más era mucho, mucho más), era porque tú eras un prejuiciado o no tenías vocación. A causa de eso, muchos se lesionaron gravemente.

– Maltratos psicológicos: generalmente vinculados a la mala visión de la obediencia religiosa y del rol del superior. Sólo por dar un ejemplo: en cierta ocasión yo formaba parte de un grupo de tres que servíamos la mesa para 23 personas. Uno de mis compañeros le sirvió a un superior un refresco que no era para él. Eso fue visto como una gran falta de respeto a la figura de aquel que representaba a Cristo en la casa. Nuestro castigo, además de recibir muchos insultos, fue retirar y volver a poner la mesa completa (lavando, secando, guardando y volviendo a colocar todo de nuevo en la mesa) 100 veces, sin parar, sin comer. Esto duró ocho horas y media de sufrimiento continuo y repetitivo. Durante ese tiempo, el resto de la comunidad tampoco podía comer… Al final, un superior distinto encargado de la formación en San Bartolo nos puso a los tres en hilera y nos insultó nuevamente, ofendiendo incluso a nuestras madres. Como yo estaba visiblemente afectado por lo ocurrido, él, por si fuera poco, me ordenó que permaneciese al lado fuera de la comunidad para no contaminar la casa con mi energía negativa. Hoy escribe libros sobre consejería espiritual y la amistad según El Principito. Eso sólo para no entrar en mayores detalles sobre cuando quise realmente matarme, mas no tuve el coraje, lo cual me hundió aún más en un proceso de depresión con manifestaciones psicosomáticas que me llevaron a estar ocho meses en cama. Tuve que matar a Dios dentro de mí para sobrevivir. Conseguí, después de dos intentos, huir de comunidad. Tres meses después de mi salida estaba consumiendo drogas; camino, por otra parte, que otros ex sodálites también han recorrido.

– Restricción de las libertades individuales: se pedía permiso para todo. La agenda de actividades de uno era aprobada directamente por el superior de uno; su incumplimiento era visto como un pecado. Toda nuestra relación con la familia era mediada por pedidos de permiso. La única vez que recibí autorización para visitar a mi familia, que vivía en otra ciudad, fue acompañado por un sodálite designado a esos efectos. Más serio, así y todo, fue cuando intenté huir de San Bartolo. Al notar que yo me hallaba fuera de la comunidad cargando una maleta, un “hermano” corrió hasta la plaza, donde yo me encontraba, y me detuvo físicamente. Me agarró y no me dejó hasta que se llamara al superior (el mismo de los librillos), momento a partir del cual continué detenido hasta que nuestra conversación me llevó al llanto y a más desequilibrio emocional. Acordamos entonces que yo necesitaba discernir más. Por lo tanto, salir de comunidad no siempre es tan sencillo.

– Culto a la figura del Fundador: una vez fui humillado públicamente por Luis Fernando (mi superior directo fue notificado) por haberle dicho que se había equivocado sobre su pretendida capacidad de leer lo que yo estaba pensando. Él dijo que yo había pensado una cosa y yo simplemente dije la verdad, que no. Eso bastó para que me pusiera en el centro de una conversación, con otros sodálites presentes, sobre el problema de la mentira. Al final, además de fundador y superior, era un iluminado.

En cuanto a abusos sexuales, no tengo mucho que decir. Además, no imaginaba que eso pudiese suceder en el Sodalicio. Dos de los que hoy son mencionados como abusadores eran vistos por mí incluso como buenos amigos. La única cosa extraña, que puedo juzgar mejor después de la revelación de hechos escabrosos, fue una vez en que, después de una conversación inusual sobre marihuana y masturbación, Germán, que durante un tiempo fue mi consejero espiritual, se cambió completamente de ropa delante mío.

Hay mucho que contar, mucho que traer a la luz. He hecho esto como un ejercicio personal y porque parece que no hay suficientes testimonios disponibles en portugués. ¿Estoy arrepentido de lo que viví? No, hice lo correcto o lo que me fue posible a lo largo de mi jornada. También tuve mis errores, que, en conciencia, no deben ser atribuidos a mi paso por el Sodalicio. Aprendí, además, muchas cosas buenas que marcan profundamente mi vida hasta ahora. También guardo en el corazón las imágenes de personas muy especiales que conocí. Así y todo, ¿dejaría a mi hijo pasar por eso? Definitivamente no.

Espero que la institución encuentre un buen camino para refundarse, preservando así el recorrido de muchos que se dedicaron a ella con ardor y generosidad.

Un fuerte y sincero abrazo,

J.L.O.

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