VOTAR EN ALEMANIA

afd

Logo de la AfD (Alternativa para Alemania) sobre una pared agrietada

Ayer hubo elecciones generales en Alemania. Dado que cuento con la nacionalidad alemana —además de la peruana—, pude ir a votar.

El procedimiento es mucho más sencillo que en las elecciones peruanas. Semanas antes recibí una carta informándome que estoy habilitado para votar, indicando el local y la fecha de votación. Dado que vivo en un pueblo, el local de votación queda a sólo unos 100 metros de mi casa. Si por algún motivo hubiera estado impedido de acudir al local —enfermedad o viaje de vacaciones, por ejemplo—, hubiera podido solicitar que me envíen una cédula para enviar mi voto por correo.

Fui con la carta —que es lo único que tenía que presentar— al local, me dieron la cédula y marqué en la cabina el partido de mi preferencia. No tuve que buscar mi nombre en un planillón, ubicar la mesa de votación, ni tampoco firmar ningún documento, dejar impresa mi huella digital o manchar mi dedo con tinta indeleble.

El ambiente que se respira ese día, tanto en localidades pequeñas como en las grandes ciudades, no difiere en nada de cualquier otro domingo. No hay despliegue policial en las calles, ni tampoco aglomeramientos de gente. Eso se debe a la sencillez del acto de votación y al hecho de que el voto es un derecho pero no una obligación. Su carácter opcional no obliga a nadie a perder su tiempo cuando se ha tomado la decisión en conciencia de no participar en la contienda electoral.

Por otra parte, no hay segunda vuelta. Los votantes no eligen directamente a los candidatos a canciller, sino que votan por un partido, determinando así el número de representantes que accederán al Bundestag (Parlamento Federal). Dado que se requiere de más del 50% de representantes para formar gobierno, lo normal es que por lo menos dos partidos armen una coalición —formalizada en un acuerdo-contrato de cumplimiento obligatorio— que permite la formación de un gobierno, donde si bien el canciller lo pone el partido con más votos, las cuotas de poder en el gobierno se reparten proporcionalmente entre los partidos participantes de la coalición. De este modo, desde la Segunda Guerra Mundial no ha habido en Alemania ningún gobierno de un solo partido, ni tampoco puede darse el caso de un Parlamento que se oponga al poder ejecutivo.

En los últimos tiempos, han solido tener representación en el Parlamento Federal los dos partidos mayores —los cristianodemócratas de la alianza CDU (Unión Demócrata Cristiana) / CSU (Unión Social Cristiana) y los socialdemócratas del SPD (Partido Socialdemócrata de Alemania)— junto con otros partidos menores con cierta tradición política: los liberales del FDP (Partido Democrático Libre), los ecologistas del partido de los Verdes y la Izquierda.

Este año un partido recién creado en 2013 coloca por primera vez representantes en el Parlamento, ubicándose con el 13% de los votos como la tercera fuerza política de Alemania. Me refiero a la AfD (Alternativa para Alemania), una agrupación populista de derecha que pregona el retorno a los valores nacionales tradicionales de una Alemania que ya no existe mayoritariamente —pues el país germano es ahora multicultural—. En defensa de esos “valores” del pueblo alemán, propone la disolución de la eurozona y la abolición del euro, el fortalecimiento de la familia tradicional y la lucha contra la “ideología de genero”, mayores restricciones al ingreso de refugiados en Alemania y abandono de la política de integración que hasta el momento se ha tenido, prohibición de todos los signos externos del Islam —al cual consideran como un cuerpo extraño en la sociedad alemana—, renuncia a toda medida orientada a evitar el calentamiento global —por ejemplo, las leyes de energías renovables y de ahorro de energía, vigentes en la actualidad—, pues el cambio climático sería una mera ficción.

Además, resulta preocupante que varios miembros del partido estén bajo la vigilancia de los servicios de seguridad nacional debido a su cercanía a grupos de extrema derecha o neonazis.

Constatamos, pues, que el fenómeno del populismo de derecha —representado en EE.UU. por Donald Trump y en el Perú por los fujimoristas— también tiene sus corifeos en Alemania. Afortunadamente, el sistema no permite que lleguen a constituir una amenaza a la democracia. Por ahora.

(Columna publicada en Altavoz el 25 de septiembre de 2017)

Anuncios

HELMUT KOHL, UN ÍDOLO CON PIES DE BARRO

helmut_kohl

Helmut Kohl (1930-2017)

La residencia de ancianos donde trabajo en Mutterstadt, pueblo de ambiente provinciano en el estado de Renania-Palatinado, queda sólo a 8 kilómetros y medio de la casa en Ludwigshafen donde falleció el ex-canciller Helmut Kohl el 16 de junio.

Si bien Ludwigshafen es una ciudad grande que forma una continuidad urbana con Mannheim, ambas separadas sólo por el río Rin, no deja de ser un lugar donde impera la mentalidad provinciana que caracteriza a la región del Palatinado. Y algo que se le criticó a quien fuera canciller de Alemania entre 1982 y 1998 fue un talante provinciano que no sobrepasaba el nivel de la sabiduría campesina, junto con un anti-intelectualismo rampante.

Kohl tuvo humanamente poco destacable, salvo su talento pragmático para llegar al poder y mantenerse en él. Y salir indemne de los escándalos que tachonaron su carrera política, entre los cuales destaca el de donaciones no declaradas por 2.1 millones de marcos a su partido —la Unión Demócrata Cristiana— en violación de la ley de partidos que él mismo había firmado como canciller. Este impasse le costó en el año 2000 la presidencia honorífica de su partido. Aun cuando se negó a revelar los nombre de los donantes —pues les había dado su palabra de honor de mantenerse callado—, el caso quedó impune.

La prensa alemana se ha prodigado en elogios, llamándolo el canciller de la unidad, padre del euro, ciudadano de honor de Europa, canciller eterno, uno de los últimos patriotas, un coloso a favor de la paz, sin faltar los epítetos cursis como “el canciller de los corazones” o “el coloso del Rin”.

Sin embargo, Kohl había prometido durante la campaña electoral de 1982 que iba a reducir a la mitad el número de extranjeros residentes en Alemania. Y no veía ninguna posibilidad de diálogo con el socialismo, en el cual veía al enemigo primordial, según su lema: «uno debe acostarse tarde y levantarse temprano, si se quiere vencer el socialismo». No es de extrañar que Die Tageszeitung (taz), diario izquierdista, no se haya sumado al coro de elogios y haya señalado las ambigüedades del personaje, recibiendo críticas de quienes no quieren empañar la memoria de un hombre que buscó acallar a todos los que intentaran empañar su buen nombre. Incluyendo a miembros de su propia familia.

En contra de la imagen de una familia ejemplar que Kohl —por intereses políticos— había transmitido continuamente, sus hijos Walter y Peter publicaron relatos, donde mostraban a un padre ausente y una madre enferma, atormentada por la soledad y el desamparo. Hannelore Kohl, que sufría de alergia a la luz, se había suicidado el 5 de junio de 2001. Y Helmut Kohl le quitó el habla a sus hijos hasta su muerte. A ninguno de ellos se le permitió ver el cadáver de su padre. Y no se sabe si están invitados al entierro el 1° de julio en la ciudad de Espira, en cuya catedral medieval habrá una ceremonia funeraria europea para quien fue un católico conservador de derechas.

El gran logro de Kohl, la unificación de Alemania, fue debido a una circunstancia que ni él mismo pudo prever: la descomposición del aparato estatal de Alemania Oriental y las protestas a lo largo del país comunista que culminaron con la caída del Muro de Berlín y la apertura de las fronteras. Pero Kohl supo aprovechar la coyuntura para incorporar los estados de la antigua Alemania Oriental a la República Federal de Alemania, cuando estaba perdiendo popularidad entre los votantes. No obstante, la cuota de desempleo en Alemania subiría de 7.3% en 1991 a 12.7% en 1997. Aún así, la unificación como símbolo de cara al pueblo pesó para su reelección en 1994.

Es indiscutible la labor que realizó Kohl para fortalecer la Unión Europea. No hay que negarle méritos a un estratega que supo aferrarse astutamente al poder y cumplir la máxima tácita que guía a la gran mayoría de los políticos: «disfrazar su interés particular de interés general». Y que luego son elevados a la categoría de ídolos sin importar su orientación ideológica —recuérdese a Ronald Reagan o a Fidel Castro, por mencionar a algunos—. Pero no son más que ídolos con pies de barro.

(Columna publicada en Altavoz el 26 de junio de 2017)

________________________________________

FUENTES

taz.de
Altkanzler Helmut Kohl ist gestorben: Er ist Geschichte (16.6.2017)
http://www.taz.de/Altkanzler-Helmut-Kohl-ist-gestorben/!5421741/
Blumen der Scham. Zum Abschied keine Nelken (24.6.2017)
http://www.taz.de/Blumen-der-Scham/!5419859/

Zeit Online
Helmut Kohl: Lieber Langeweile als Faschismus (17. Juni 2017)
http://www.zeit.de/gesellschaft/zeitgeschehen/2017-06/helmut-kohl-intellektuelle-nachruf

Der Spiegel
Die Kohls: Ein Familiendrama (17.06.2017)
http://www.spiegel.de/panorama/gesellschaft/helmut-kohl-und-seine-familie-a-1152645.html

PERIODISTAS COMPRADOS

Udo Ulfkotte en los '80 durante la guerra Irak-Irán

Udo Ulfkotte en los ’80 durante la guerra Irak-Irán

Udo Ulfkotte es un personaje controvertido del periodismo alemán. Durante 17 años trabajó para el Frankfurter Allgemeine Zeitung, el periódico “serio” de mayor difusión en Alemania, de tendencia liberal conservadora derechista. En el año 2004 fue investigado por incitación a la revelación de informaciones confidenciales de los servicios secretos, aunque el caso fue archivado por falta de pruebas. Actualmente es un activista populista de derechas, islamófobo y contrario a la inmigración. Es uno de los fundadores de Pax Europa, asociación fundamentalista cristiana que lucha contra la supuesta islamización de Europa.

En septiembre de 2014 publicó Periodistas comprados [Gekaufte Journalisten, Kopp Verlag, 2014], un best-seller que fue ignorado por la prensa renombrada de este país. No es para menos. En ese libro Ulfkotte denuncia la injerencia de intereses pro-norteamericanos a través de lobbys y de los servicios secretos en la cobertura informativa de los medios más importantes.

Basándose en fuentes confiables, menciona con nombres y apellidos a numerosos periodistas que pertenecen a ONGs y organizaciones internacionales monitoreadas por la CIA, además de las vinculaciones que mantienen con políticos de los partidos más poderosos de Alemania, la Unión Demócrata Cristiana de Angela Merkel y el Partido Socialdemócrata. De este modo, las noticias terminan sesgadas y cumplan más una función de propaganda que informativa. Ulfkotte describe este proceso como una especie de lavado de cerebro de los lectores.

El mismo Ulfkotte se avergüenza de haber sido también un “periodista comprado”, que informaba no de acuerdo a la verdad, sino según intereses nada transparentes.

Se trata de un fenómeno mundial: la desaparición del periodismo ético, pues ante un sueldo jugoso la mayoría no sólo venden su pluma sino también su conciencia.

(Columna publicada en Exitosa Diario el 6 de mayo de 2015)