JUSTICIA ECLESIÁSTICA: LA IMPUNIDAD PROGRAMADA

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Cuando una revisa el Código de Derecho Canónico en lo referente a los delitos que castiga la Iglesia, se obtiene rápidamente la impresión de que la justicia eclesiástica es una ilusión, una quimera pintada en la pared.

Comenzado por que el tiempo de prescripción para la mayoría de los delitos es de 3 años y «comienza a contarse a partir del día en el que se cometió el delito, o, cuando se trata de un delito continuado o habitual, a partir del día en que cesó» (ver cánones 1362-1363).

Ese tiempo se extiende actualmente a 20 años en el caso de delitos reservados a la Congregación para la Doctrina de la Fe, como por ejemplo «los delitos más graves contra la santidad del augustísimo Sacrificio y sacramento de la Eucaristía», «los delitos más graves contra la santidad del Sacramento de la Penitencia», «el delito más grave de la atentada ordenación sagrada de una mujer» y «los delitos más graves contra la moral», entre los cuales se cuenta exclusivamente «el delito contra el sexto mandamiento del Decálogo cometido por un clérigo con un menor de 18 años» y «la adquisición, retención o divulgación, con un fin libidinoso, de imágenes pornográficas de menores, de edad inferior a 14 años, por parte de un clérigo en cualquier forma y con cualquier instrumento» (ver “Breve relación sobre los cambios introducidos en las Normae de gravioribus delictis reservados a la Congregación para la Doctrina de la Fe”, 21 de mayo de 2010).

Hago la salvedad de que, antes del año 2001, se ponía el límite de mayoría de edad a los 16 años. Ese mismo año, un documento del pontificado de Juan Pablo II elevó ese límite a los 18 años de edad y el tiempo de prescripción del abuso sexual de un menor por parte de un clérigo se extendió de 5 a 10 años, y en el año 2010 durante el pontificado de Benedicto XVI a 20 años, contados a partir de la mayoría de edad de la víctima.

Otros delitos que tienen una prescripción de 5 años son el del clérigo o religioso de votos perpetuos que atenta contraer matrimonio, el del clérigo que vive en concubinato o que permanece con escándalo en un pecado externo contra el sexto mandamiento del Decálogo, el del clérigo que cometa un acto de este tipo con violencia o amenazas, o públicamente; y en general, los delitos de homicidio, rapto o retención general de un ser humano con violencia o fraude, mutilación o lesiones, y el aborto.

Con lapsos tan cortos de prescripción, considerando que en ninguna parte de la ley canónica se establecen limites de tiempo para cada etapa del proceso y constatando que los tribunales eclesiásticos se toman indolentemente todo el tiempo del mundo para procesar cualquier demanda, resulta prácticamente imposible que un delito no haya prescrito cuando haya finalizado el proceso.

De este modo, la ley eclesiástica actual se convierte en instrumento de una impunidad programada de antemano.

En el caso de las denuncias contra Figari, presentadas ante el Tribunal Eclesiástico Interdiocesano de Lima en el año 2011, la Santa Sede se pronunció recién el 30 de enero de 2017, más de cinco años después, sin haber investigado prácticamente nada, pues su resolución se basaba casi exclusivamente en el contenido de las denuncias presentadas y en el informe del visitador Mons. Fortunato Pablo Urcey. Evidentemente, el único delito de que se encontró culpable a Figari, a saber, abuso de oficio (ver canon 1362 §2), estaba prescrito desde antes del inicio del proceso.

Por otra parte, en cuanto a sanciones administrativas, como la expulsión del miembro de un instituto de vida consagrada, el Código de Derecho Canónico es muy severo con los religiosos que atentan matrimonio, viven en concubinato o persisten con escándalo público en un acto contra el sexto mandamiento del Decálogo: deben ser expulsados sin contemplaciones. La expulsión también procedería, sin embargo, si el delito sexual fue cometido con violencia o amenazas, o públicamente, o con un menor de edad «a no ser que […] el Superior juzgue que la dimisión no es absolutamente necesaria y que la enmienda de su súbdito, la restitución de la justicia y la reparación del escándalo puede satisfacerse de otro modo» (canon 695 §1).

Hablando claro, se es mucho más severo con religiosos que caen en conductas sexuales que no implican necesariamente un abuso hacia su contraparte, mientras que se permite la suspensión de la sanción en casos en que el religioso haya cometido flagrantes abusos sexuales.

Que es lo que finalmente sucedió con Figari. Pues la Santa Sede da por sentado, en base al informe de Mons. Urcey, que «no se encuentran actualmente miembros de la Sociedad de vida apostólica que sostengan al Sr. Figari o bien que estén particularmente ligados a él, en puestos de gobierno o en la formación» y «que tanto el Gobierno general como el conjunto del Sodalitium Christianae Vitae tienen clara conciencia de los errores cometidos en el pasado por el Sr. Figari y que resulta igualmente decidida la voluntad de dicho Gobierno general de liberarse del estilo de gobierno y formativo por él adoptados en el curso de los numerosos años en que ha dirigido el Sodalitium Christianae Vitae, así como de remediar, en el límite de lo posible y en todo caso de lo justo, a los daños causados a cualquiera». Y, por lo tanto, dado que de este modo supuestamente se restituye la justicia y se repara el escándalo, no se hace necesaria la expulsión.

Se trata de argumentos endebles. Por menos se expulsó a Germán McKenzie en el pasado. Además, el Sodalicio no ha demostrado fehacientemente hasta ahora que se haya librado de los estilos de formación y modos de proceder de Figari, manteniendo su estructura institucional verticalista, su ideología conservadora rígida, sus métodos invasivos de adoctrinamiento y el secretismo como consigna tácita. Y en cuanto a remediar los daños causados, sólo hemos visto una estrategia de control de daños que ha dejado varias víctimas caídas a la vera del camino, a las cuales no se les ha reconocido su status de tal y se las ha abandonado a su suerte. Además, las reparaciones concedidas han solido estar generalmente muy por debajo del límite de lo que financieramente es posible para el Sodalicio, y ciertamente muy lejos de ser justas.

La Santa Sede tenía en sus manos las herramientas para autorizar la expulsión de Figari, pero decidió hacerse de la vista gorda, negar que Figari haya aplicado violencia (psicológica) cuando cometió actos de carácter sexual y permitirle seguir siendo miembro de derecho pleno de la institución que fundó, elogiándolo con palabras que a más de uno le podrían causar una indigestión ácida: «[Figari] es sin embargo de considerar como el fundador del Sodalitium Christianae Vitae y por lo tanto como el mediador de un carisma divino».

En el fondo, lo que la Santa Sede no quiere reconocer es que cometió un error mayúsculo cuando en el año 1997 aprobó al Sodalicio como institución de derecho pontificio. Tengo la sospecha fundada de que los responsables del Sodalicio no actuaron con transparencia y presentaron una visión de la institución recortada y acomodada a los requerimientos de imagen que necesitaban transmitir. Así como me consta que las Memorias de Luis Fernando Figari, discursos que el entonces Superior General pronunció entre 1976 y 1986 y que jugaron un papel decisivo en la configuración ideológica y disciplinar de la institución, nunca fueron enviadas a Roma, pues en el mismo Sodalicio se las puso fuera de circulación a fines de los ‘80 y se requisaron todos los ejemplares que había en las bibliotecas de las comunidades sodálites o en posesión de cualquier sodálite común y corriente, junto con la mayoría de los libros de contenidos fascistas.

La expulsión hubiera dejado a Figari, en lo que concierne al Sodalicio, prácticamente en la calle, pues el Código de Derecho Canónico establece en el canon 702 §1 lo siguiente: «Quienes legítimamente salgan de un instituto religioso o hayan sido expulsados de él, no tienen derecho a exigir nada por cualquier tipo de prestación realizada en él».

Ciertamente, se trata de una ley eclesiástica injusta que atenta contra derechos humanos fundamentales. Primero: porque pone en igualdad de condiciones a quien se sale legítimamente de un instituto y a quien es expulsado de él. Segundo: porque deja desprotegida a la persona y desconoce su derecho a una justa compensación por servicios prestados, en algunos casos a lo largo décadas.

Aun cuando el mismo Código de Derecho Canónico reconoce que «el instituto debe observar la equidad y la caridad evangélica con el miembro que se separe de él» (canon 702 §1), se trataría de una obligación moral y no de un derecho adquirido, lo cual se presta a muchas injusticias.

Luego de tanta disquisición jalada de los pelos por parte de la Santa Sede, que ha finalizado con un decreto que deja a Figari impune, protegido hasta el fin de sus días en una jubilación dorada con la cual muchas de sus víctimas no podrán nunca ni siquiera soñar, queda la hipótesis de que se ha buscado más bien proteger la reputación institucional de la Iglesia católica poniendo a resguardo a Figari. Pues debe contar con mucha información comprometedora y sería muy peligroso dejarlo suelto en pampa.

Al final, el sistema judicial de la Iglesia, ajeno a los avances en legislación sobre derechos humanos fundamentales, ha funcionado como debía funcionar, garantizando la impunidad de un personaje notable de una institución aprobada por la misma Santa Sede y salvaguardando los intereses institucionales por encima de las sufridas personas de carne y hueso que fueron víctimas de abusos graves.

Y si con eso se ha querido evitar el escándalo, al final no se ha logrado este objetivo. Pues el mayor escándalo en la Iglesia católica actual no es que se sepan los delitos de miembros connotados suyos, sino más bien que se encubran y queden impunes. Y se transmita la impresión no de hallarnos ante la comunidad de creyentes que fundó Jesucristo, sino —por lo menos a nivel de sus jerarcas— ante una organización criminal.

(Columna publicada en Altavoz el 2 de abril de 2017)

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FUENTES

Código de Derecho Canónico
http://www.vatican.va/archive/ESL0020/_INDEX.HTM

Congregación para la Doctrina de la Fe
Carta a los obispos de la Iglesia católica y a otros ordinarios y jerarcas sobre los delitos más graves reservados a la Congregación para la Doctrina de la Fe (18 de mayo de 2001)
http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_20010518_epistula-graviora-delicta_sp.html
Breve relación sobre los cambios introducidos en las Normae de gravioribus delictis reservados a la Congregación para la Doctrina de la Fe (21 de mayo de 2010)
http://www.vatican.va/resources/resources_rel-modifiche_sp.html

Pronunciamiento de la Santa Sede sobre el caso Luis Fernando Figari (30 de enero de 2017)
http://sodalicio.org/wp-content/uploads/2017/02/Carta_Roma_2017.pdf

EL PAPA QUE PACTÓ CON EL DIABLO

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Papa Pío XI (1857-1939)

El Papa Pío XI logró que la Iglesia católica sobreviviera políticamente al régimen fascista de Benito Mussolini. El precio fue que pactó con el dictador, haciendo posible su ascenso y consolidación en el poder. Fue prácticamente un pacto con el diablo, que convertiría al Vaticano en cómplice silencioso de crímenes de lesa humanidad.

Es lo que cuenta el historiador estadounidense David Kertzer en su libro The Pope and Mussolini (2015) —gracias al cual recibió el Premio Pulitzer—, recientemente traducido al alemán.

Dice Kertzer: «El Papa vio algo en Mussolini que le gustó. No obstante todas sus diferencias, ambos hombres compartían algunos importantes valores. Ninguno tenía simpatía por la democracia parlamentaria. Ninguno creía en la libertad de expresión y de asociación. Ambos veían al comunismo como una grave amenaza. Ambos pensaban que Italia estaba hundida en una crisis y que el sistema político vigente no tenía salvación».

En los Pactos de Letrán de 1929, Mussolini reconoció la independencia y soberanía de la Santa Sede y creó el actual Estado Vaticano, a la vez que reconocía el catolicismo como religión oficial de Italia y garantizaba la enseñanza de la doctrina católica en las escuelas.

Aún así, hubo tiranteces en la relación. Y cuando Mussolini estableció leyes antisemitas similares a las del régimen nazi en Italia, a Pío XI le picó la conciencia. Mandó preparar el borrador de una encíclica (Humani Generis Unitas) y dio un potente discurso antirracista. Pero la muerte le llegó pronto y su sucesor Pío XII se encargó de que nada saliera a la luz. No era conveniente indisponerse ni con Mussolini ni con Hitler.

Como no lo fue con Fujimori, cardenal Cipriani.

(Columna publicada en Exitosa el 3 de diciembre de 2016)

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El Papa Pío XI, cuyo verdadero nombre era Achille Ratti, tuvo la fama de ser una figura eclesial luminosa en el período de entreguerras, pues fomentó la participación de los laicos en la cristianización de la sociedad a través de la Acción Católica, le dio impulso a la actividad misionera y se preocupó sobremanera de la educación católica. Además, publicó varias encíclicas condenando las ideologías de su época perjudiciales para el hombre, la sociedad y la fe cristiana: el comunismo ateo, el capitalismo liberal, el nazismo y el fascismo. La encíclica sobre este último tema (Non abbiamo bisogno) fue escrita en 1931, dos años después de la firma de los Pactos de Letrán, como reacción a las acciones que Benito Mussolini tomó en contra de la Acción Católica. En ese texto se condena la supremacía del Estado que postula el fascismo e incluso se califica esta ideología como anticristiana.

No obstante, eso no impidió que el Vaticano bajo la conducción de Pío XI colaborara, aunque sea a regañadientes, con el régimen fascista. Las ventajas obtenidas para la Iglesia católica con los Pactos de Letrán, donde el punto central era la recuperación por parte de la Santa Sede de un territorio minúsculo pero autónomo y soberano, justificaban el tener que tragarse de vez en cuando sapos y culebras. Pues hay que decirlo, a Pío XI no le gustaba Mussolini. Eso no constituyó obstáculo para que hablara de él como «un hombre de la Providencia», enviado por Dios para solucionarle algunos problemillas a la Iglesia, entre ellos la incierta situación de la Santa Sede, que desde hacía más de 50 años —contados a partir de la pérdida de los Estados Pontificios en 1870— se encontraba en una especie de limbo político, sin derechos, sin influencia, sin soberanía territorial.

Por ésta y otras cosas —declarar a la religión católica como única reconocida por el Estado en Italia y reconocerle al matrimonio sacramental todos los derechos en lo civil, además de considerar obligatoria la enseñanza de la religión católica en todas las escuelas públicas—, la Iglesia animó a los católicos italianos a votar por los fascistas, contribuyendo así a su afianzamiento en el poder. Sin Pío XI, Mussolini no hubiera sido posible tal como nos lo ha transmitido la historia. Y eso no ocurrió sin que el papado tuviera que sacrificar de paso algunos valores cristianos en aras de su cuota de poder.

Ciertamente, Pío XI no se sentía muy cómodo con la situación, pero allí estaba su Secretario de Estado, el cardenal Eugenio Pacelli —posteriormente pontífice con el nombre de Pío XII—, quien le habría convencido de que no había otra alternativa.

Cuando en 1938 Pio XI, ya anciano y desilusionado, sopesó la posibilidad de romper la alianza con Mussolini debido a su proximidad al régimen nazi y a la entrada en vigencia de leyes antisemitas, no se le ocurrió mejor idea que mandar preparar el borrador de una encíclica contra el racismo y el antisemitismo al jesuita estadounidense John LaFarge, autor de Interracial Justice. Éste, abrumado por la tarea, solicitó ayuda al General de los Jesuitas, el P. Tadeusz Ledochowski, un antisemita radical que pensó que el Papa se había vuelto loco. De modo que le encargó a dos jesuitas “experimentados” que asistieran a LaFarge en la preparación del borrador. Estando éste ya listo en septiembre de 1938, fue enviado primero al jefe de redacción de La Civiltá Cattolica, el P. Enrico Rosa, quien en cuestión de antisemitismo le daba vueltas al P. Ledochowski. Como se comprenderá, no hubo ninguna premura en que el documento le llegara al Papa para su revisión. Cuando finalmente esto ocurrió en enero de 1939, ya era tarde: Pío XI yacía enfermo en su lecho de muerte.

En septiembre de 1938 el Papa había declarado a miembros del personal de la radio belga católica en un discurso durante una audiencia que era imposible para los cristianos participar del antisemitismo, pues espiritualmente todos somos semitas. Esto fue demasiado para el entorno papal. L’Osservatore Romano mencionó el discurso pero omitió sus palabras en defensa de los judíos. A la muerte de Pío XI en febrero de 1939, el cardenal Eugenio Pacelli ordenaría destruir todas las copias del discurso, y el borrador de la encíclica contra el antisemitismo sería archivado. Recién en el año 2001 saldría a la luz en tres versiones: una en inglés, otra en francés y otra en alemán.

Demasiado tarde comprendería el atormentado Pío XI que fue un gran error aliarse con el fascismo, pues éste por lo general sólo busca instrumentalizar la religión para sus propios fines totalitarios. Al final la religión sale debilitada y convertida en una sirviente muda de fines nefastos.

Y muchos católicos no han aprendido aún esta lección de la historia. A nivel mundial, son muchos los que —aún no gustándoles el candidato Donald Trump, cuyas ideas guardan más de una similitud con el fascismo— han creído que es la mejor opción para Presidente de los Estados Unidos, sin darse cuenta de que Trump no ha tenido ningún reparo en instrumentalizarlos para defender sus intereses.

Y a nivel local, el apoyo que le siguen dando tantos católicos conservadores a Keiko, la hija del dictador Alberto Fujimori, hace patente que el fustán fascista sigue siendo para ellos un anzuelo de enorme atractivo. Sin contar con la fascinación que ejerció sobre cientos de jóvenes el fascista Figari, uno de los más nefastos instrumentalizadores de la religión católica que haya habido. Por lo menos en tierras peruanas.

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FUENTES

New Republic
How a Pope Helped Mussolini Rise to Power (March 8, 2014)
https://newrepublic.com/article/116501/pope-and-mussolini-david-i-kertzer-reviewed

katholisch.de
Revision eines Geschichtsbildes nötig? (18.09.2016)
http://www.katholisch.de/aktuelles/aktuelle-artikel/revision-eines-geschichtsbildes-notig

Der Spiegel
Papst Pius XI. und Mussolini: Pakt mit dem Teufel (27.11.2016)
http://www.spiegel.de/einestages/pakt-mit-dem-teufel-papst-pius-xi-und-der-faschismus-a-1122590.html

ADIÓS, LUMEN DEI

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La Unión Lumen Dei es una asociación privada de fieles, con un sector sacerdotal, otro femenino comunitario y otro matrimonial, fundada originalmente en 1967 en el Cusco por el jesuita español Rodrigo Molina, aunque bajo otro nombre. Posteriormente se expandiría hacia España, asumiendo bajo su responsabilidad varios centros educativos.

Debido a graves problemas que se venían sucediendo en la institución —cuyos detalles siguen siendo desconocidos—, la Santa Sede decidió intervenirla en mayo de 2008, destituyendo a sus autoridades y nombrando a Mons. Fernando Sebastián Comisario Pontificio de Lumen Dei. En abril de 2011, Mons Jesús Sanz Montes, quien había asumido ese puesto en mayo de 2009, declaró que no había indicios de abusos sexuales ni malversaciones de fondos, aunque hubieran algunas cuestiones que precisaban tomar decisiones.

Lo cierto es que hace poco la Santa Sede decidió darle una última oportunidad a esta institución, que tenía prohibido admitir nuevas vocaciones sacerdotales, poniendo como condición la revisión de las constituciones, el traslado del seminario a otra sede para garantizar una formación teológica apropiada y la claridad jurídica en la gestión de fondos.

La rebelión —propia de los conservadores cuando la Santa Sede no se ajusta a su propio bagaje ideológico— ya se había manifestado con la primera intervención y tomó cauces espectaculares. El 90% de los miembros se dio de baja. Y Lumen Dei pasó prácticamente a la historia.

Los Legionarios de Cristo, Miles Jesu, el Instituto del Verbo Encarnado, la Comunidad de las Bienaventuranzas son instituciones conservadoras católicas que también han sido intervenidas en mayor o menor grado por abusos sexuales, psicológicos y/o financieros.

¿Quién sigue? ¿El Sodalicio de Vida Cristiana?

(Columna publicada en Exitosa Diario el 16 de julio de 2014)

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Información más detallada sobre los últimos acontecimientos en torno a Lumen Dei se puede leer en Religión Digital:

La Santa Sede somete a la Unión Lumen Dei y la mayoría de sus miembros se dan de baja (9 de julio de 2014)
http://www.periodistadigital.com/religion/vaticano/2014/07/09/la-santa-sede-somete-a-la-union-lumen-dei-y-la-mayoria-de-sus-miembros-se-dan-de-baja-religion-iglesia-vaticano-braz-aviz-carballo-disidentes.shtml

Asimismo, resulta de interés una antigua nota informativa en El País, de España:

Los curas integristas de Lumen Dei atemorizaron a los niños de Jarandilla durante varios años (13 de enero de 1996)
http://elpais.com/diario/1996/01/13/sociedad/821487606_850215.html

EL ESTIGMA DE SER HIJO DE CURA

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Cuando el Comité de los Derechos del Niño de las Naciones Unidas publicó el 31 de enero de este año sus observaciones finales sobre el segundo informe de la Santa Sede, la atención se centró en los casos de abusos sexuales cometidos por clérigos, pasándose por alto un tema importante: los derechos de los hijos engendrados por sacerdotes católicos obligados al celibato.

Pues ser hijo de un cura conlleva un amargo estigma, sobre todo cuando el padre tiene que callar la circunstancia de haber tenido un hijo para salvaguardar la buena imagen de la Iglesia, su propia reputación y mantener su trabajo de pastor de almas.

Se trata en muchos casos de niños que nunca sabrán quién es su padre y se les niega el derecho a que éste asuma sus responsabilidades hacia ellos, les ofrezca su cariño paternal y vele abiertamente por su salud, educación, desarrollo, etc. Pues con frecuencia las autoridades eclesiales han ayudado financieramente a la madre y al niño, a condición de que aquélla firme un acuerdo de confidencialidad, guardando silencio sobre la identidad del padre.

¿Por qué no hacer como San Agustín, que aun siendo obispo célibe, no ocultó a su hijo Adeodato y se preocupó responsablemente de su bienestar? ¿Un cura que quiera ser célibe, y que como humano tuvo un resbalón, no puede reconocer públicamente al hijo engendrado, sin por ello dejar de ejercer su sacerdocio?

Finalmente, ¿cumplirá algún día la Santa Sede con aquello que con justicia ha pedido el Comité: que se identifique a los niños nacidos de sacerdotes católicos para asegurarles el derecho a ser conocidos y cuidados por sus padres?

(Columna publicada en Exitosa Diario el 4 de junio de 2014)

EL CURA QUE DEPORTÓ JUDÍOS A AUSCHWITZ

Encuentro del P.  Jozef Tiso con Hitler en Berlín, en octubre de 1941

El P. Jozef Tiso con Adolf Hitler en Berlín, en octubre de 1941

«La expulsión de los judíos es un acto cristiano porque se hace por el bien del pueblo, que se libra así de sus plagas». Así pensaba Jozef Tiso, sacerdote de la Iglesia católica, líder del Partido Popular Eslovaco, fundado por otro sacerdote, el P. Andrej Hlinka, de orientación ideológica católico-fascista.

El P. Tiso fue proclamado presidente de la Eslovaquia independiente en 1939, cuando las tropas de Hitler invadieron territorio checo. Pero su gobierno fue una marioneta del dictador nazi. Y como buen colaborador, impuso restricciones a los judíos: obligación de llevar la Estrella de David amarilla en público, prohibición de poseer inmuebles, ejercer profesiones liberales y ocupar puestos públicos, asistir a las escuelas secundarias y universidades, asistir a eventos deportivos y culturales.

Por supuesto, a solicitud del Tercer Reich, en marzo de 1942 comenzó a deportar judíos hacia los campos de concentración. Gracias a la presión de la Santa Sede a través de su nuncio Mons. Giuseppe Burzio, Eslovaquia detuvo las deportaciones en octubre de 1942. Unos 59 mil judíos habían sido deportados, la mayoría de los cuales perdieron la vida en Auschwitz.

Las deportaciones se reiniciaron cuando los nazis ocuparon Eslovaquia en octubre de 1944, a fin de sofocar la insurrección contra el gobierno de Tiso. Cuando llegó el ejército soviético en abril de 1945, Tiso se refugió en Baviera (Alemania), pero fue capturado por tropas norteamericanas y devuelto a Eslovaquia, donde fue juzgado y condenado a la horca en abril de 1947.

Conociendo esta sombría historia, ¿a alguien le extraña que un cardenal pueda haber apoyado al tirano que avaló las matanzas de Barrios Altos y La Cantuta?

(Columna publicada en Exitosa Diario el 14 de mayo de 2014)