MONS. EGUREN, LA FACHADA RISUEÑA DEL SODALICIO

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Mons. José Antonio Eguren (centro), rodeado de algunos miembros del Sodalicio —de izquierda a derecha: los sacerdotes Jaime Baertl, Jaime Gómez, Jorge Olaechea y el laico consagrado Fernando Vidal— después de la misa de ordenación sacerdotal de Jaime Gómez (Piura, 15/10/2016)

Mons. José Antonio Eguren es un hombre simpático y bonachón, con carisma y don de gentes, la sonrisa siempre a flor de labio, comprometido con su labor pastoral. Pero también está comprometido hasta la médula con el Sodalicio, uno de cuyos símbolos —la espada flamígera— figura en lugar destacado en su escudo episcopal.

Las pocas veces en que se ha manifestado sobre los escándalos del Sodalicio es para requerir que «su buen nombre sea respetado, un derecho que tiene todo individuo, y que se condice con el buen periodismo» (comunicado del 18 de mayo de 2016) o para exigirle mediante carta notarial del 20 de marzo de 2018 al periodista Pedro Salinas que se rectifique, pues el «derecho [a la libertad de opinión] no es irrestricto, sino que se debe ser muy cuidadoso de no dañar las honras ajenas».

Nunca ha tenido palabras de conmiseración hacia las víctimas. En enero de 2018 declaró que la intervención del Sodalicio sirve «para ayudar a superar los momentos difíciles que está viviendo [la organización]», haciendo la vista gorda de los momentos difíciles que hasta ahora viven los afectados por el Sodalicio.

No tenemos motivo para dudar de la honra que Mons. Eguren pueda haberse ganado con su labor estrictamente pastoral en la arquidiócesis de Piura. Sin embargo, en honor a la verdad hay que decir que su honra ya viene dañada desde el mismo momento en que formó parte de la cúpula del Sodalicio y contribuyó a implementar y aplicar las medidas de sometimiento mental que forman parte del sistema de disciplina sodálite.

Recuerdo que en algún momento del año 1982 fue por algunos meses superior de la comunidad Nuestra Señora del Pilar (Barranco) —es decir, el responsable de verificar que se aplicaran las medidas disciplinarias, incluidos castigos— y posteriormente también formó parte del Consejo Superior del Sodalicio.

Una vez que estaba de visita en la comunidad de San Aelred (Magdalena del Mar), durante la comida Virgilio Levaggi le ordenó a uno de los muchachos a su cargo que hiciera una mezcla repugnante con su postre —algo así como echarle ketchup, sal y pimienta a su arroz con leche— y se lo comiera. Eguren no sólo ayudó a hacer la mezcla, sino que aplaudió la ocurrencia, acompañándola de sonrisas cachosas y comentarios burlones.

Como uno de los curas que asistían con regularidad a las comunidades de San Bartolo para celebrar misa y oír confesiones, con frecuencia se quedaba allí a comer y así se enteraba de lo que ocurría en esas comunidades. Incluso habría sido testigo de algunos abusos y maltratos, aunque en esos momentos nadie, ni siquiera él, los consideraba como tales, debido a la perversa normalización de estas prácticas que había —y seguiría habiendo actualmente— en el Sodalicio.

Cuando en diciembre de 1992 intempestivamente se decidió en la comunidad de Barranco aislarme por tiempo indefinido en una habitación separada del resto de la casa, con permiso sólo para ir al baño y hablar exclusivamente con Eguren, éste colaboró entusiastamente en trasladar mis pocos bártulos del dormitorio común en el que me había quedado dormido esa noche hasta mi nuevo recinto de reclusión. Por supuesto que aprobó esta disposición emitida por el superior Alfredo Garland, la cual culminaría en mi huida de la casa durante la madrugada y una estadía de siete meses en San Bartolo acompañada de angustiosos deseos de morir.

Él mismo ha manifestado su cercanía con Germán Doig y Luis Fernando Figari:

«¡Cómo no recordar con afecto a mi amigo Germán Doig, amigo mío desde los cinco años de edad…!» (Ordenación episcopal, 7/4/2002)

«Gracias especialmente a ti, Luis Fernando, mi Padre fundador…» (Toma de posesión de la arquidiócesis de Piura, 22/8/2006)

Su talante diplomático y adulador, unido a su natural simpatía, han hecho que Mons. Eguren sepa cultivar buenas relaciones con las autoridades de turno, las fuerzas armadas y policiales e incluso con representantes del poder judicial. La fiscal Peralta, católica devota, decidió arbitrariamente excluirlo de la primera denuncia penal en contra del Sodalicio sin presentar ningún argumento.

Mientras siga callando lo que sabe y no decida distanciarse críticamente del Sodalicio —como si lo estaría haciendo el otro obispo sodálite, Mons. Kay Schmalhausen—, Mons. Eguren seguirá siendo un vulgar cómplice y encubridor.

(Columna publicada en Altavoz el 13 de agosto de 2018)

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FUENTES

Monseñor José Antonio Eguren Anselmi, S.C.V.
Mar adentro. Con los remos y con las velas (Vida y Espiritualidad, Lima 2007)

Arzobispado de Piura
Comunicado (18 de mayo de 2016)
https://web.archive.org/web/20170114104551/http://arzobispadodepiura.org/arzobispo/comunicados/comunicado-2/

Radio Cutivalú
Monseñor Eguren: Sodalicio siempre ha cooperado con las investigaciones (12 enero, 2018)
http://www.radiocutivalu.org/monsenor-sodalicio-siempre-ha-cooperado-las-investigaciones/

Pedro Salinas
La carta del sodálite Eguren (22/03/2018)
https://lavozatidebida.lamula.pe/2018/03/22/la-carta-del-sodalite-eguren/pedrosalinas/

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SODALICIO: DE VÍCTIMA A VICTIMARIO

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Alberto Gazzo Baca

Cuando en diciembre de 1981 mi madre me dejó entre lágrimas en la comunidad sodálite Nuestra Señora del Pilar (Barranco), entré a formar parte de un grupo heterogéneo entre los cuales se contaban miembros de la generación fundacional del Sodalicio: José Ambrozic —el superior de la casa—, Virgilio Levaggi, José Antonio Eguren y Alberto ‘Beto’ Gazzo, encargado de formar a los tres “novicios”: Alfredo Draxl, Eduardo Field y yo.

Beto, que sufría de cojera debido a una poliomelitis contraída de niño, fue objeto de burlas crueles en el Sodalicio. Burlas que estaban avaladas desde lo más altos niveles, pues según Figari había que ayudarlo así a superar su complejo de inferioridad.

El primer día, durante la cena, Field —quien había estado leyendo un libro de espiritualidad escrito por el jesuita Alonso Rodríguez en el siglo XVI— comentó lo recios que eran los jesuitas de antaño. «Recios, ¿no?», le replicó Gazzo. «Para que veas lo que es ser recio, tú y Alfredo van a comer ahora en el piso». Yo me libré del castigo gratuito, pero no de algunas humillaciones posteriores que Beto infligió a los tres.

Pedro Salinas recuerda que fue su formador en San Bartolo, y que era implacable en sus métodos. Entregaba cartas abiertas de familiares y leía sin avisar las reflexiones de los cuadernos privados que se usaban para la meditación. A Pedro, una noche mientras dormía, le bañó la cabeza con agua oxigenada para ridiculizarlo, pues amaneció con el pelo de color naranja.

¿Cuándo terminará este círculo vicioso iniciado por Figari, donde personas como Gazzo y Draxl pasarían de ser víctimas a ser crueles victimarios?

(Columna publicada en Exitosa el 10 de septiembre de 2016)

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Beto Gazzo también fue formador de sodálites “novicios” en San Bartolo en el año 1985, antes de ser enviado a Brasil. Pedro Salinas, quien estuvo en esa época en la comunidad sodálite Nuestra Señora de Guadalupe mientras yo vivía en la comunidad Nuestra Señora del Rosario, también sufrió el ensañamiento de los “métodos de formación” que, con un cierto regusto sádico, aplicaba Beto a sus discípulos. En su novela Mateo Diez, lo transforma en el personaje de Roberto Univazo, y recuerda varias anécdotas que yo mismo puedo confirmar que sucedieron realmente, aunque los detalles tengan bastante aderezo literario. He aquí algunos textos seleccionados de la novela.

Quien apareció al rato en la casa fue Roberto Univazo. Beto era el asesor espiritual de los dos centros de formación. Vivía en El Rosario. Era diácono y en poco tiempo iba a hacerse sacerdote. Iba a convertirse en el tercer cura del movimiento, después de Julio Bertie, quien fue el primero en ordenarse y en lograr una figura especial para mantenerse dedicado a tiempo completo a la Milicia. Como la Milicia de María no era una orden ni una congregación religiosa, sus clérigos eran diocesanos y dependían del obispo. Bertie, quien además de tener buenos contactos en el empresariado nacional, también los tenía en la cúpula eclesiástica peruana, consiguió independencia de acción para abocarse a las necesidades materiales y espirituales del movimiento. Bertie era lo más cercano a la figura de un empresario con sotana. Descendiente de una distinguida familia de empresarios mineros, su energía e indiscutible carisma lo convertían en un poderoso motor para empujar todos y cada uno de los proyectos apostólicos de la Milicia. El segundo en vestirse de negro con su televisor al cuello fue José María Eguiguren, un gordo con look obispable, y con una voz de barítono que estremecía y podía quebrar vidrios.

El mismísimo Juan Pablo II iba a ungir como sacerdote a Beto, junto a veinte diáconos más, en su primera visita al Perú. Univazo era conocido al interior del movimiento como “el apóstol de los niños”. Como profesor de Religión del Markham, el colegio más pituco de Lima, Beto tenía buena llegada con los chiquillos, a quienes llevaba a los denominados DINA, que eran campamentos-retiro concebidos para niños. Se llamaban DINA porque las las siglas significaban “Dios y la Naturaleza”. Beto también gozaba de simpatía dentro del movimiento. A muchos les encantaban sus bromas y era un gran narrador de cuentos. Pero a mí nunca me inspiró confianza. Siempre me pareció fingido y disforzado.

Por alguna razón nunca hubo química entre Beto y yo. Me quedaba claro que tenía instinto apostólico y don de gentes, sobre todo con los púberes, pero sus reflexiones me parecían las de un imbécil. No hay nada peor que un estólido que se cree inteligente. “De repente por eso quiere ser cura; si estudia para otra cosa, el cerebro no le da”, pensé.

Sin embargo, mi sentimiento hacia Beto no llegaba al encono. Por lo menos no al principio. Al contrario, a veces me inspiraba lástima y conmiseración por su condición de minusválido. Beto tuvo polio de pequeño y la enfermedad le afectó la pierna derecha. Cuando caminaba parecía que esquivaba losetas, porque hacía un extraño efecto con el empeine. En el Markham le pusieron, además de Pata con Truco, el apelativo de Matute, por el policía que aparecía en Don Gato y su Pandilla, quien solía dar vueltas y vueltas al garrote cuando hacía sus rondas por el vecindario. Los despiadados markhamians decían que la pierna de Beto se asemejaba a la vara de Matute.

[…]

Roberto Univazo ya era cura. Se había convertido en el tercer clérigo mílite. Beto, además, había sido ordenado por el mismo Papa. “Por vosotros, Cristo se ha consagrado a sí mismo, para que también vosotros seáis consagrados en la Verdad. ¡Permaneced fieles a Él!”, le dijo Juan Pablo II a Beto y los otros veinte diáconos que se ordenaron en el hipódromo de Monterrico.

Su primera misa la realizó al día siguiente en la vetusta iglesia de San Bartolo con las dos comunidades. Fue una ceremonia privada. Sólo para nosotros. La idea era, además, corregirle todos sus defectos como sacerdote, antes de celebrar la eucaristía del domingo con la gente del pueblo. Los errores saltaron a la vista desde el inicio, pero descollaron al momento de la homilía. Beto era un pésimo orador. Era un extraordinario narrador de cuentos para niños, pero era malísimo dando el sermón desde el púlpito. No convencía. Hablaba como para un público adolescente, estaba lleno de muletillas y seseaba. “Este de cura de parroquia no pasa. Y si la parroquia queda en Huancasancos, mejor”, pensé.

[…]

A la hora del desayuno Santiago me miró y se echó a reír. Lo mismo hizo Santiago. Hasta Massieu. El padre Beto se carcajeó y con una inflexión malévola me preguntó:

—¿Ya te viste en el espejo, Mateín?

—¿Qué pasa? —pregunté, confundido.

—Anda, mírate —me dijo el padre Beto, quien disfrutaba más que nadie de la situación.

Fui al baño y me di con la desagradable sorpresa de que el pelo lo tenía color naranja, como cucaracha de grifo. Era denigrante ver mi reflejo. Recién entendí de dónde provenía el olor extraño que percibí en la mañana. Era agua oxigenada que alguien había derramado en mi cabeza mientras dormía. Y ese “alguien”, no cabían dudas, había sido Beto Univazo.

—Ese color te queda bien —me dijo Beto, quien salpicaba saliva cuando hablaba, y un par de idiotas se rieron del chiste.

—Muy gracioso —respondí sin inmutarme.

—Puedes ir a la peluquería más tarde —me dijo René.

—Gracias —respondí escuetamente y no comenté nada más durante el desayuno.

[…]

Luego de que se fue José Hernando, quien se despidió entre rudos apretones de manos, […] nos tocaba limpiar la casa. A mí se me había asignado barrer la terraza, el patio y las escaleras de El Rosario. Lo más trabajoso era la limpieza de la terraza, porque ello suponía pasarle trapo, lija y cera, para que quede brillante. Cuando terminé, luego de un par de horas, satisfecho por la pulcritud de mi labor, me encaminé al depósito a guardar todos los implementos de limpieza, pero Beto Univazo me interceptó.

—¿A dónde crees que vas? —me arrostró.

—A guardar todo esto —le dije, mostrándole la escoba, el trapeador, las bolsas de cera y las lijas.

—Pero todavía te falta la terraza, ¿no?—me dijo con un airecillo que no me gustó nada.

—Si vas a la terraza y miras el piso, te aseguro que te vas a sentir como que estuvieses parado encima de un espejo —dije.

—No lo creo —me dijo Univazo—. Anda a verla.

Obediente, salí a ver la terraza. Alguien había echado sobre ella el contenido de los tachos de basura de la casa, incluyendo un pedazo de estiércol fresco, que parecía de perro.

—¿Quién mierda ha hecho esto? —pregunté, ofuscado, contemplando la destrucción de mi obra.

—Nadie. Simplemente, límpialo —me dijo, con acento autoritario.

—¿Sabés qué, Beto? Si quieres que la terraza se vea limpia como la dejé, aquí tienes —le dije, y tiré a sus pies deformes la escoba, el trapeador y el resto de utensilios de limpieza.

—¡¿Qué cosa?! —exclamó Univazo, el sacerdote ordenado por Juan Pablo II, anonadado, con su seseo insoportable.

—Lo que oíste. Chau —le dije, y me dirigí hacia mi habitación.

—¡Mateo, ven inmediatamente! ¡No sabes lo que estás haciendo!

—Sé perfectamente lo que estoy haciendo —respondí, harto del abuso y de las vejaciones.

—¡Mateo! —gritaba Univazo desesperadamente.

Reaparecí a los tres minutos, cambiado con ropa de baño.

—Me voy a meter un chapuzón y vuelvo —le informé a Roberto Univazo.

—¡Lo que has hecho es gravísimo, Mateo! ¡Has desobedecido una orden! ¡Se te puede expulsar por ello!

—Hazlo —le dije, retador, a Beto.

—No voy a olvidar esto —me dijo.

— Yo tampoco —le respondí.

—Te voy a hacer la vida imposible —amenazó.

—Hace rato que me estás haciendo la vida imposible —le respondí, contenido.

Un vez en el muelle, me lancé contra las olas y sentí quebrarme como una copa se estrella contra la apred. Pensé en lo ue había hecho. Curiosamente, no me arepentí. Estaba harto de los vejámenes de Roberto Univazo. Una a una empecé a recordar todas las arremetidas contra mí, que no eran pocas, y nunca vi que las hiciera con otras personas. Yo las acepté todas porque la voz del superior era la voz de Dios. “Pero Dios no podía hablar a través de alguien tan cruel como Beto Univazo”, me dije.

Recordé todas las veces cuando, al acostarme, descubrí que me había hecho “cama chica”. Recordé aquella oportunidad cuando, al levantarme, descubrí que me había pintado con esmalte la uñas de los pies. Recordé aquella otra cuando, también al levantame, me encontré untado con crema de afeitar en todo el cuerpo. Recordé la vez que lo descubrí leyendo mi correspondencia personal. Recordé que, en otra ocasión, rompió en mi cara una de las contadas cartas que mi padre me envió desde Caracas , sin que yo la hubiera leído. Recordé todos los “huracanes” que me hizo desde que llegué. Llamábamos huracán al estropicio que encontrábamos en nuestra habitación generado por una mano negra, usualmente la de Beto. El huracán hacía que el orden militar que imperaba en nuestro pequeño espacio se convirtiera en caos total. […] Recordé también cuando husmeaba en mis exámenes de conciencia, que eran cuadernos en los que anotábamos nuestros pecados y pensamientos personales. Recordé todas las veces que me arrojó agua helada en la cara, con una jarra, desde el segundo piso a la hora de la siesta de treinta minutos, luego del almuerzo. Recordé, de igual forma, aquella vez que me ordenó echarle pimienta y ketchup a mi arroz con leche por haberme olvidado de recoger un salero de la mesa. Recordé asimismo que, en una situación análoga, me hizo tragar cinco pedazos de torta de chocolate con espuma de afeitar, que terminaron conmigo en el baño con un cólico insufrible. Recordé aquella vez que me hizo lavar uno de los sanitarios y antes de pasar el sarro, me obligó a lavarme la cara con esa agua. Recordé también la noche que me envió a nadar solo a la isla, vestido y con piedras en los bolsillos y sentí terror en medio de la oscuridad. Recordé que fue uno de los principales en oponerse a que fuese padrino de confirmación de Antonio Colmenares, uno de mis pupilos del María Reyna. La amenaza de la expulsión tampoco me preocupaba.

En San Bartolo pasé muchos momentos que eran como para hacer trepidar a los que no eran firmes. Yo los resistí, reciamente. Lo que no podía tolerar ni digerir era la humillación gratuita y sin sentido. “¿José Hernando estará al tanto de todas estas barbaridades?”, me pregunté.

[…]

En la noche, después de comer, Beto, dueño y señor del poder ante la ausencia de René, decidió iniciar una dinámica de grupo que consistió en proveer a todos de plumones gruesos y de colores para hacer lo siguiente: había que ponerle en la cara a Adrián Garagorri cosas que pensábamos de él o que tuvieran que ver con sus complejos o defectos más notorios. Él no podía verse en el espejo hasta terminar el juego. Uno a uno nos fuimos aproximando para escribirle algo.

El primero en acercarse fui yo, y escribí en su cachete izquierdo: COCHINO. Santiago, quien compartía cuarto con él, al igual que yo, me siguió y le escribió en el otro cachete: HUEVONAZO. Raúl Unamuno le puso en la frente: LÁVATE LA BOCA. El Mono le puso en el tabique y en vertical: PEZUÑENTO. Santino le dibujó en el cuello una bacinica con un pedazo de mojón. MacKay, como gran insulto, le escribió detrás de la oreja derecha: TONTO. Y luego continuaron el ritual Jorge Lossio y Richard Peckerman.

La cara de Adrián había quedado más colorida que la de un hooligan y más pintarrajeada que pared de baño de cantina. Terminado el juego, que iba arrancando las risas burlonas y crueles de nosotros, quienes asumimos la dinámica como una suerte de venganza por todas las cosas que nos disgustaban de Adrián, Beto le dio permiso para ir al baño y mirarse en el espejo.

Adrián entró al baño, pero no daba señas de querer salir, mientras que el resto celebraba el despiadado pasatiempo. Ante la demora, Beto conminó a Adrián a salir. Cuando apareció frente a nosotros, reunidos en la sala de la casa, Adrián estaba llorando desconsoladamente. Y me sentí mal. Beto intentó explicarle, delante de todos, que la dinámica de grupo apuntaba a ayudarlo a liberarse de sus defectos más notorios y que molestaban a la comunidad. Le dijo además que el juego se hizo para su bien. Pero la explicación no era lo suficientemente persuasiva. Nunca había visto a una persona en tal estado de fragilidad, llorando como un niño, herido en su amor propio, maltratado psicológicamente por aquellos que, supuestamente, éramos sus hermanos. A partir de ese momento, decidí ser más comprensivo y tolerante con Garagorri.

José Enrique Escardó relata un incidente muy parecido a este último cuando él estuvo en San Bartolo, sólo que esta vez quien dirigió la dinámica de humillación psicológica de la víctima es Alfredo Draxl (ver http://elquintopie.blogspot.de/2016/01/draxl-el-deformador.html y http://docslide.us/documents/los-abusos-de-los-curas.html).

También es cierto que Beto carecía de aptitudes intelectuales, mucho menos tenía capacidad para la investigación académica, por lo cual yo recibí el encargo —de parte de Luis Fernando Figari— de preparar el borrador de la tesis que tenía que presentar Beto en Brasil para obtener el grado de licenciatura en teología. El hecho de estar sometido interiormente al código de obediencia vigente en el Sodalicio borró en mí todo reparo para efectuar esta acción moralmente reprochable. Si Figari decía que algo tenía que hacerse, inmediatamente se accionaban en mí los mecanismos psicológicos que me indicaban que lo que Figari ordenaba siempre tenía que estar bien, y que negarse a obedecer una orden era el mayor pecado posible dentro de la institución. Era una de las consecuencias del lavado de cerebro al que había sido sometido, al igual que todos los sodálites.

Lo mismo pasó cuando Figari nos ordenó a mí y a Gustavo Sánchez, teólogo sodálite y actual miembro de la Comisión Teológica Internacional, que ayudáramos a Emilio Garreaud a modificar la tesis sobre relaciones Iglesia-Estado que él mismo había presentado en la Pontificia Universidad Católica del Perú para obtener un título en derecho, a fin de ajustarla a los requerimientos de una tesis de teología pastoral para obtener el título de licenciado en teología en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Se trataba de un auto-plagio en toda regla. Se puede verificar esto consultando en los respectivos centros de estudios mencionados ambas tesis del P. Emilio Garreaud, actual Rector de la Universidad Juan Pablo II de Costa Rica.

Varias veces le oí a decir a Luis Fernando Figari: «¡Necesitamos licenciados y doctores!» Parece que no le interesaban en absoluto la honestidad académica ni el rigor científico, pues para él la única clave de interpretación de la realidad estaba en su pensamiento, que no pasa de ser una ideología religiosa fundamentalista de sesgo derechista, conservador y retrógrado. Pero sí que le interesaba el poder que otorga el disponer de una pléyade de sodálites con títulos académicos, adoctrinados rigurosamente y sin libertad de pensamiento.

En todo caso, Beto se prestó a este juego sucio, así como maltrató —en nombre de Figari— a varios de los que estuvimos bajo su férula de formador.

No sé qué vida tenga ahora, ni qué responsabilidades, pero eso no borra los hechos luctuosos del pasado en los cuales participó. Alberto Gazzo Baca, actual Gerente Corporativo de Gestión Humana de Volcan Compañía Minera, tiene muchas preguntas que responder.

SODALICIO: EL CURA DESERTOR

alborada_alberto_gazzoAlberto ‘Beto’ Gazzo, ex alumno del Colegio de la Inmaculada (jesuitas) y miembro de la generación fundacional del Sodalicio, fue ordenado sacerdote por el Papa Juan Pablo II en Lima el 2 de febrero de 1985 en una Misa que se celebró en el Hipódromo de Monterrico.

Beto trabajó principalmente con niños, alumnos de colegios particulares privilegiados de Lima, en la década de los ‘70, llevándolos a campamentos-retiros conocidos como DyN (Dios y Naturaleza). Mucho antes que Jeffery Daniels, fue conocido como “el apóstol de los niños”.

Sufría de cojera de un pie debido a una poliomelitis que le sobrevino en su infancia, lo cual era motivo para hacerlo continuamente objeto de burla, a fin de que se ejercitara en la humildad según Luis Fernando Figari.

En 1986 fue enviado a Rio de Janeiro (Brasil) como uno de los primeros miembros de la comunidad sodálite que asumió la parroquia carioca Nossa Senhora da Guia.

Tiempo después colgaría los hábitos y desaparecería del mapa. La revista “Alborada” —de circulación interna en la Familia Sodálite— con una foto de su ordenación en la portada fue sacada de circulación y hoy es sumamente difícil encontrar un ejemplar. Y cómo es costumbre en el Sodalicio, su nombre dejó de mencionarse y su existencia fue cubierta con un olvido intencional y programado.

Un sacerdote que deja el sacerdocio siempre tiene una historia interesante que contar. Beto Gazzo probablemente posea en su memoria claves importantes para esclarecer el turbio recorrido de la institución sodálite cuando era Figari quien tenía la voz cantante. Claves que quizá expliquen también el misterio de por qué decidió renunciar al estado clerical.

(Columna publicada en Exitosa el 3 de septiembre de 2016)

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La ordenación sacerdotal de Beto Gazzo la vi por televisión en la comunidad sodálite Nuestra Señora del Rosario (San Bartolo), acompañado de Rafael Ísmodes, a quien Raúl Masseur, superior de la comunidad sodálite sambartolina Nuestra Señora de Guadalupe, le había dado la orden de quedarse —mientras todo todos los demás miembros de ambas comunidades participaba del evento— precisamente debido al deseo entusiasta que había manifestado Rafael de asistir al encuentro de la juventud con el Papa Juan Pablo II. En esa época Beto tenía el cargo de formador en la comunidad de Guadalupe.

Con nombres cambiados, Pedro Salinas relata esta anécdota en su novela autobiográfica Mateo Diez (Jaime Campodónico/Editor, Lima 2002):

«Luego de Arequipa, el Papa regresaba a Lima, donde iba a tener un encuentro con los jóvenes en el hipódromo de Monterrico. Nosotros, guadalupanos y rosaristas, íbamos a ir al magnánimo evento, menos uno, que debía quedarse a cuidar las dos casas. El Ferrari “sorteado”, para desgracia suya, al cual compadecí pero no hubiese reemplazado en ningún caso, fue Raúl Unamuno, el más emocionado con la visita papal. René lo hizo adrede para probarlo y para recordarnos al resto que seguíamos en etapa de formación y las órdenes absurdas no habían desaparecido ni siquiera con la presencia de Juan Pablo II en nuestras tierras.»

En virtud de ciertas libertades que permite la narrativa novelesca, Salinas omite el hecho de mi presencia en San Bartolo en la misma época en la que él estaba en formación. Yo también me quedé en San Bartolo junto con Rafael Ísmodes, pero no por obra y gracia de una orden absurda sino como consecuencia de un abuso sufrido días antes. Emilio Garreaud, el superior de la comunidad del Rosario, me había ordenado hacer cuclillas con un saco de cemento de unos 25 kilos sobre los hombros, lo cual terminó produciéndome un intenso y persistente dolor de espalda. El día 1° de febrero fuimos casi todos los miembros de la comunidad a la Plaza Mayor de Lima para esperar la llegada del Papa. Si bien yo tenía puesta una faja ortopédica que me había prestado Emilio, la espera de ocho horas parado en medio de la multitud terminó haciendo estragos. Esa noche no podía mirarme las puntas de los pies sin que me vinieran punzadas dolorosas en la espalda. Necesité una semana de reposo para poder recuperarme.

UNA VÍCTIMA MÁS DE JEFFERY DANIELS

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Jeffery Stewart Daniels Valderrama
Documento de identidad: DNI 07862803

Así aparece el nombre de este ex sodálite en el Registro Nacional de Identificación y Estado Civil (RENIEC), quien residiría actualmente en Antioch (Illinois, Estados Unidos), una localidad cercana a Chicago, junto con su esposa Laura, educadora de infantes. Jeffery estaría trabajando como webmaster para la Chicago Fittings Corp. Y aunque no lo he podido confirmar, es probable que también tenga la nacionalidad estadounidense.

Se pueden encontrar en la red varias referencias suyas bajo el nombre de Jeffery S Daniels. Aunque la forma “Jeffrey” es más común, no es éste el verdadero nombre de pila de quien ha sido descrito por algunos que lo conocieron como un depredador sexual de menores de edad.

Una de sus víctimas es un ex alumno del Colegio Markham que se comunicó conmigo cuando supo que Jeffery era señalado como uno de los pederastas del Sodalicio. Su nombre es Álvaro Urbina y tiene actualmente 34 años de edad.

Álvaro no tenía la certeza de que Jeffery hubiera abusado de otros como él. Aunque lo sospechaba. Ahora que la verdad está saliendo a la luz, Álvaro quiere también que se conozca su caso, a fin de ayudar a otros que han pasado por una experiencia semejante. Y de cierta manera, también quiere sacarse de encima no sólo el dolor que lleva en el alma por haber callado tanto tiempo, sino también la ansiedad que le ocasionó haber sido víctima de abuso sexual, con la confusión y el sentimiento de culpabilidad que ello trae consigo.

Al igual que muchos otros, Álvaro quiere que se haga justicia: que se reconozca públicamente el delito cometido por quien entonces era miembro del Sodalicio de Vida Cristiana y que se castigue al culpable. Y si esto no es posible, que caiga sobre él el oprobio de ser señalado públicamente como un abusador de menores.

El testimonio completo de Álvaro será una más de las denuncias que serán enviadas al Vaticano en contra del Sodalicio de Vida Cristiana, que sabemos que encubrió a Jeffery Daniels, le permitió quedar impune y le facilitó una salida honrosa de la institución para que pudiera hacer una nueva vida en los Estados Unidos. Sin pagar por las consecuencias de haber arruinado las vidas de varios menores de edad que pasaron por sus manos. Dejando detrás suyo un reguero de rabia, impotencia y sufrimiento.

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TESTIMONIO DE ÁLVARO URBINA SOBRE JEFFERY DANIELS

Antes que nada quisiera pedir perdón. Perdón por mi omisión en hablar. ¡Cuántos niños y adolescentes habrán pasado después de mí por las malas manos de Jeffery Daniels! Siempre tuve la sospecha por lo rápido que me sedujo. En esa época yo era muy inocente, y deseaba antes que nada que alguien me quisiera, de cualquier manera que sea. Y ahora dejo de justificarme y cuento lo que viví.

En el año 1995 yo estaba en segundo de media del Colegio Markham. Era objeto de bullying y esto repercutía muy seriamente en mis notas escolares. Mi madre ya no sabía qué hacer conmigo. Ella, madre soltera, trabajaba a mil para mantenernos en esa tan ansiada y cada vez más grande clase media alta peruana. Yo no era muy creyente por aquellas épocas y mi madre, como siempre, sí que creía. Así que un buen día decidió llevarme, gracias al consejo de una amiga suya, al Centro Pastoral de San Borja. Allí nos reunimos con un sacerdote sodálite, el cual, tras hablar cinco minutos conmigo y con mi madre, le dijo a ella que saliera del cuarto y nos dejara solos, y luego me habló con franqueza. Algún que otro “carajo”, una jovialidad extrema, una sonrisa de contagio y unas palabras sabias. En treinta minutos mi perspectiva acerca de la Iglesia había cambiado y luego terminó nuestra charla.

Al salir —era mediodía del sábado— me dijo que me iba a presentar a alguien. Ese alguien era Jeffery Daniels. Sus agrupados estaban jugando fulbito, mientras él miraba desde el lado de la cancha. Jeffery, al igual que el cura, tenía una sonrisa muy grande, pero a diferencia de la de este último, la de Jeffery despedía astucia, altanería, cierta prepotencia y muy al fondo algo oscuro.

Jeffery se comportó un poco como un patán, altanero y sabido, lo cual a un adolescente de catorce años le llama mucho la atención. Me parece que esa tarde jugué un poco al fulbito, reímos, hablamos, y al ser todos los agrupados de clase social alta o media alta, pues hablamos de los que conocíamos: «manyas a tal» o «ése es pataza mío…» Todos nos llevamos muy bien. Le di mi teléfono a Jeffery y me llamó para la siguiente quedada durante la semana siguiente.

Creo que fuimos primero al Centro Pastoral a jugar fulbito o hablar o rezar o algo así. Luego fuimos a comer helados y luego paseamos en su furgoneta, hablando y metiendo chacota hasta como las ocho de la noche. Era verano y no había colegio y dejó a todos uno por uno en sus casas. Al final, como yo vivía cerca del Centro Pastoral, me dejó a mí al último, pero antes me dijo que primero quería hablar conmigo acerca de mi primera quedada de agrupado.

Fuimos a un parque cerca de casa, no muy bien iluminado, en su camioneta combi. Comenzamos a hablar y le conté lo chévere que había sido todo y no sé cómo comenzamos a hablar de la confianza; que yo tenía que confiar en él y no tener miedo. Tenía que abrir mi corazón con él por completo y así nuestra relación con dios y bla bla bla. «¿Sabes? La mejor manera de que no tengamos desconfianzas es que te bajes los pantalones». Todo fue muy intempestivo y yo, con miedo y sin comprender bien qué estaba pasando, me los bajé. No me tocó. Sólo me miró o a lo sumo tocó mis genitales de manera “académica”, no de manera sexual, como si fuera un test. Después de dos minutos me dijo que me subiera los pantalones, que ése era nuestro secreto y me llevó a casa.

Días después se repitió lo mismo, pero esta vez me tocó, me masturbó y luego a casa con otro secreto. Y así pasaron las semanas. Dos o tres veces a la semana después de dejar a todos, nos íbamos al parque, y de masturbaciones pasamos a felaciones y luego a sexo. Pero eso ya en mi casa. Él sabía que yo estaba solo en casa todas las tardes, de modo que venía cuando quería para lo mismo.

Recuerdo que un día le pregunté si yo era el único. Con catorce años de edad, el amor y el sexo me atraían. Descubría el mundo adulto casi de casualidad. Así que sentía cosas por él, aunque no soy ni fui nunca homosexual. En esa época yo estaba muy solo y esa relación íntima con Jeffery era lo único que me hacía sentir importante. Así que un poco celoso le pregunté si era el único agrupado con el que hacía esto y me contestó con otra pregunta: «¿Con quién crees que lo haría?» Le dije un nombre, el del agrupado mas fuerte, que probablemente iba a ser laico consagrado o cura inclusive. Se rió mucho y luego me dijo que el último con el que se le ocurriría hacer algo así era con él. Y entonces se me fue esa curiosidad o celos, sin darme cuenta de lo que estaba diciendo entre líneas.

A él le encantaba ser pasivo. Jeffery era grande, un poco relleno, pesaría unos 100 kilos, y yo era flaco. Llegaba a incomodarme, porque sudaba como un chancho, y yo quería que terminara rápido. Nuestros encuentros llegaron a darse dos o tres veces a la semana hasta que dejé la agrupación a comienzos del año ’97.

Creo que Jeffery en algún momento comenzó a cansarse de la relación que tenía conmigo, y un día me cantó junto con todos los de mi agrupación una canción en la que me comparaba con una mujer y me humillaba en frente de todos los que habían sido mis amigos. Creo que ése fue el elemento desencadenante. Pero él seguía visitándome, aunque las visitas se volvieron más y más esporádicas hasta que a mediados del ’97 dejé de verlo por completo. Desapareció. Creo que hasta lo llamé un día al Centro Pastoral y me dijeron que ya no vivía allí, que se había ido a San Bartolo.

Nunca dije nada de lo que pasó. No podía. Decidí seguir con mi vida como si todo eso nunca hubiera sucedido. Quise olvidar, pero no pude. La ansiedad me llevó a consumir bebidas alcohólicas y otras sustancias, a fin de soportar la angustia que me causaban los recuerdos de lo que había pasado. A lo largo de estos años, estuve en terapia psicológica por diferentes motivos. Pero nunca se abordaron las secuelas que me dejaron ese incidente de mi adolescencia. En estos días por fin voy a iniciar una terapia para poder enfrentarme a la sombra de Jeffery Daniels y desterrarla de mi vida.

Es cierto que en el momento yo consentí a todo, pero igualmente estaba dolido y confundido. Como si tuviera una herida siempre abierta. Él era mi guía espiritual, el que me tenía que ayudar, el que tenía que escuchar mis problemas y aconsejarme, pero él se aprovechó de la situación, de mi condición y del hecho de que yo venía de una familia desestructurada. Manipuló mis sentimientos, los distorsionó, me sedujo y abusó de mí.

Recuerdo que a fines de los ’90 me fui a San Bartolo con unos amigos. Estábamos paseando por el malecón cuando vi a un grupo de gente caminando en fila. Entre ellos pude ver a Jeffery. Sus dientes lo delataban, aunque esa gran sonrisa que tenía había desaparecido. Me acerqué, llamándolo a voces. Volteó como perro asustado. Si hubiera tenido cola, la hubiera metido entre las patas. Se dio la vuelta y me miró como un loco. Al darse cuenta de que era yo, me saludó pero sin astucia o bravuconería, sin esa insolencia que empapaba su rostro cuando lo conocí. Hablamos menos de un minuto y siempre miraba a sus acompañantes, pero ninguno le dijo nada. Pasado el minuto, dijo que se tenía que ir y se fueron todos en fila. Ésa fue la última vez que vi a Jeffery Daniels en persona.

PREGUNTAS A LA COMISIÓN DEL SODALICIO

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El 14 de enero envié por correo ordinario mi denuncia de abusos psicológicos y físicos sufridos en el Sodalicio de Vida Cristiana a la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación. Ésta me dio acuse de recibo vía e-mail el 3 de febrero, aunque ya conocían el texto de mi denuncia con anterioridad, pues les fue proporcionada por un sodálite de confianza, a quien yo le había enviado la misma documentación por e-mail el 27 de octubre del año pasado.

En un e-mail del 19 de febrero enviado a la Comisión puse la siguiente aclaración: «Aclaro que la denuncia no es contra personas individuales sino contra el Sodalicio, pues fue el sistema institucional sodálite plasmado en una doctrina y una disciplina los que permitieron que se cometieran en perjuicio mío los abusos que detallo en el documento, creando el marco necesario para que ello ocurra».

A día de hoy no he recibido ninguna notificación adicional, invitándome a declarar y hacer las precisiones del caso, aun cuando he consignado mi número de teléfono en Alemania y mi usuario de Skype.

¿Qué pasa, señores de la Comisión? ¿Qué están esperando? ¿Sólo les interesa las denuncias contra Figari a fin de embarrarlo únicamente a él y dejar a la institución libre de polvo y paja?

¿Alcanzará el fondo asignado de 500 mil dólares para indemnizar a las víctimas? Sólo las casas de San Bartolo puestas a la venta por el Sodalicio están valuadas en más de 4 millones de dólares. ¿No creen que ese monto debería usarse para indemnizar a las víctimas, en vez de destinarse a abogados para limpiar la reputación de los abusadores?

(Columna publicada en Exitosa el 13 de febrero de 2016)

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Según información publicada por la inmobiliaria Alberto Arribas en el portal adondevivir, éstos son los precios solicitados por las que fueran casas de formación del Sodalicio en San Bartolo.

Casa de playa en la Ribera Sur, lote 5 S/ 1,806,000 (US$ 602,000)
Casa de playa en la Ribera Sur, lote 24 S/ 1,713,000 (US$ 571,000)
Casa en la Av. San José de San Martín,
zona Costa Norte Baja, lote 50
S/ 7,329,000 (US$ 2,443,000)

Lo cual hace un total de US$ 3,616,00. Si a esto le sumamos lo que se estaría pidiendo por una cuarta casa de playa, ubicada al centro de la Ribera Sur, el monto superaría los 4 millones de dólares. Esto sin tener en cuenta los ingresos que el Sodalicio recibirá por la venta de la casa donde vivía Luis Fernando Figari, ubicada en La Pinta 130 (San Isidro), y de las dos casas con jardines y una piscina ubicadas en Santa Clara (Ate), cerca del Hotel El Pueblo.

Por eso mismo, resulta ridículo que se haya asignado un fondo de US$ 500,000 para indemnizar a las víctimas que presenten su denuncia ante la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación. Pues los montos a ser desembolsados deben ayudar a mitigar el sufrimiento de personas que han sido dañadas de por vida y ayudar a cubrir ampliamente los gastos médicos y psicoterapéuticos en que han incurrido estas personas, además de compensar las oportunidades perdidas en cuanto a estudios y trabajo debido al tiempo vivido en comunidades sodálites.

Al respecto, cabe mencionar de manera ilustrativa el caso de Andreas Huckele, quien junto con un compañero suyo fueron las primeras víctimas que denunciaron los abusos sexuales sufridos en la Escuela de Odenwald (ver mi post LA ESCUELA DE ODENWALD Y EL SODALICIO). En julio de 2010, debido a la incomprensión con la que continuamente se topaba, decidió poner por escrito las razones que justificaban la indemnización que estaba solicitando y por la cual estaba luchando desde hacía meses.

He aquí el texto tal como aparece en el libro que escribió bajo el seudónimo de Jürgen Behrens, «Wie laut soll ich denn noch schreien?» Die Odenwaldschule und der sexuelle Missbrauch, Rowohlt, Reinbeck bei Hamburg 2011 [«¿Cuán fuerte debo aún gritar?» La Escuela de Odenwald y el abuso sexual].

«¡Los pagos indemnizatorios a las víctimas cumplen funciones importantes!

Una de esas funciones es simbólica.
En una cultura material como la nuestra, en la cual el valor de algo o alguien se expresa en una cifra en euros, la designación de un daño en euros tiene un alto valor representativo, en particular cuando se trata de un daño personal, es decir, un daño respecto al cual puede haber únicamente un reconocimiento pero no una reparación. El pago de una indemnización es el reconocimiento y designación de una culpa y pone fin al sentimiento de culpa compartida y participación de las víctimas en el delito.
¡Las víctimas no pudieron decir que “no”!
Que actualmente sean pocas las víctimas que reclaman indemnizaciones forma parte del daño ocasionado por la violencia sexual que tuvieron que padecer y soportar las víctimas. En la medida en que se asume que la mayoría de las víctimas no elevan reclamaciones materiales y de este modo la minoría de las víctimas que reclaman indemnizaciones con cifras concretas son marginadas nuevamente, los responsables de la institución mantienen el comportamiento lesivo.
“Pues recién cuando en nuestra sociedad se pagan grandes sumas de dinero de manera voluntaria, se reconoce dolorosamente la culpa”.
Prof. Volkmar Sigush, sexólogo, Frankfurt am Main, Erziehung und Wissenschaft, 6/2010, GEW.

Una de esas funciones es práctica.
El pago de una indemnización mitiga el daño ocasionado. Los sobrevivientes de violencia sexual se hallan asegurados en la vida por debajo del promedio. Los costos de tratamientos son altos y no siempre son asumidos por los seguros médicos. Los montos asignados para medidas terapéuticas se agotan antes de terminar el tratamiento. Biografías quebradas, retrasos en la formación profesional y vínculos laborales interrumpidos pueden observarse de manera acumulada en las víctimas. Una provisión adecuada para la vejez con frecuencia no se da.

Una de esas funciones es moral.
Quien ha ocasionado daño tiene en nuestra cultura la obligación de resarcirlo. Esta obligación es independiente del derecho penal y civil. Por eso mismo, la institución está obligada a tomar distancia del alegato de la prescripción y hacer frente a su obligación moral.
Los pagos indemnizatorios deben ser fijados con montos tan elevados que no se ofenda a las víctimas. ¡Un sufrimiento de por vida no puede ser compensado con limosnas!»

(Traducción al español: Martin Scheuch)

¿EL SODALICIO AL MARGEN DE LA LEY?

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En Lima, un par de sodálites sorprenden de noche a un ladrón tratando de robar en el local de “Pan para mi hermano” y le propinan una violenta paliza. Aunque el sujeto fue hospitalizado, nunca hubo consecuencias jurídicas.

En una comunidad sodálite de San Bartolo, un superior ordena vaciar un silo averiado y echar toda la mierda acumulada al mar. Pero lo hacen de noche para que las autoridades no se enteren.

En otra ocasión, un formador ordena quitar el aviso del Ministerio de Salud que prohibía bañarse en la playa por ser una de las más contaminadas del Perú, aduciendo que «esos del ministerio son unos idiotas».

Un emevecista brasileño es animado por sodálites a meterse al mar con oleaje peligroso en la playa Santa María y muere ahogado; las responsabilidades jurídicas del caso nunca fueron investigadas.

Yo mismo, por orden de Luis Fernando Figari, preparé el borrador de una tesis para un sodálite poco dotado que requería sacar su licenciatura en teología. Asimismo, ayudé a otro sodálite a que plagiara su propia tesis de derecho para elaborar su tesis de licenciatura en teología.

Fui miembro del directorio de Vida y Espiritualidad y, por orden de Germán Doig, firmé actas oficiales de reuniones que nunca se efectuaron.

«Estar en el mundo sin ser del mundo» es uno de los lemas sodálites. Y en el Sodalicio parece que lo entendieron como que la institución se rige por sus propias leyes, ajenas a las del mundo. Con lo cual, durante décadas ha sido un espacio al margen de la ley. Donde los delitos se han encubierto y arreglado internamente. Esperamos que eso cambie.

(Columna publicada en Exitosa el 28 de noviembre de 2015)

SODALICIO: UN TESTIMONIO BRASILEÑO

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Parroquia sodálite Nossa Senhora da Guia (Rio de Janeiro)

El 30 de enero de 1986 se fundó la primera comunidad sodálite en el Brasil, en la ciudad de Rio de Janeiro. A esta comunidad se le confió la Parroquia Nossa Senhora da Guia. Los primeros dos sacerdotes sodálites que trabajaron allí fueron Alberto Gazzo, ordenado por el Papa Juan Pablo II, y Luis Cappelleti. Ambos —en fechas muy alejadas la una de la otra— han terminado colgando los hábitos y se han desvinculado de la institución. Y probablemente tengan mucho que contar.

Lo que me ha llegado ahora es el testimonio en portugués de un ex sodálite brasileño, Josenir Lopes Dettoni, quien ha decidido poner abiertamente por escrito su experiencia en el Sodalicio, e incluso ha puesto un video suyo en YouTube donde hace lectura de este texto.

En el mismo menciona a un superior encargado de la formación en San Bartolo y autor de librillos sobre consejería espiritual y de La amistad según El Principito, al cual hemos podido identificar como Óscar Tokumura.

Mal que bien, he traducido el texto al español para quienes encuentren difícil entender el portugués. Sólo me queda decirles que encuentro absolutamente verosímil lo que narra este valioso testigo y muy similar a experiencias que yo he tenido o a anécdotas que conocí de primera mano.

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TESTIMONIO DE JOSENIR LOPES DETTONI

Soy J.L.O., o al menos así era conocido por mis iniciales, ligeramente modificadas, dentro de las comunidades sodálites.

Desde niño quise ser cura y por eso me aproximé a dos sacerdotes que trabajaban en mi parroquia, Nossa Senhora da Guia, en Rio de Janeiro. Eran sensacionales, mi modelo de vida. Con diez años de edad, en el año 1988, mi principal alegría era ser acólito en las misas de fin de semana. Mis padres se mudaron de ciudad, pero con trece años conseguí hacer cuatro viajes para visitar aquel que sería mi “futuro seminario”. Trece horas de viaje en ómnibus, solo. Las actividades del Movimiento de Vida Cristiana (MVC), los paseos, la música de Takillakkta en cassettes, la liturgia… todo me parecía realmente divino. En uno de esos viajes conocí a Germán Doig y a Luis Fernando Figari.

Con quince años de edad, dejé a mi familia, que vivía en el norte del país, para poder ir “al seminario”. Como el Sodalicio no tenía un “seminario menor” (para gente que todavía estaba en el colegio), fui generosamente recibido por un matrimonio —al cual hasta ahora le profeso una profunda gratitud— en su casa durante tres años, hasta poder entrar formalmente en comunidad. En ese período tuve la oportunidad de estudiar, a petición del Sodalicio, en una de las mejores escuelas de Brasil, lo cual ha marcado mi formación hasta el día de hoy.

En esos tres años, de 1993 a 1995, me hice mejor: estudié mucho y trabajé arduamente en las actividades del Movimiento de Vida Cristiana, ocupando diversos cargos en el mismo.

A fines de 1995, junto con casi todos los de mi “agrupación”, hice promesa de aspirante [primer grado dentro de la jerarquía sodálite]. Días después yo, que ya me hallaba en proceso desde hace mucho tiempo, fui aceptado en comunidad, donde viví cuatro años: uno en Rio de Janeiro y otros tres en comunidades del Perú, incluyendo San Bartolo.

No voy a entrar en más detalles, pues la historia es larga. Por lo tanto, guardando gratos recuerdos de algunos aspectos de lo que viví en ese tiempo, paso a relatar sólo las cosas inaceptables que experimenté dentro de esa institución.

– Ideas únicas: fui llevado a vestir “como sodálite”, a hablar “como sodálite”, a actuar “como sodálite”. Se trataba de tener el “estilo sodálite”, una especie de derivación práctica de la “espiritualidad sodálite”. Había una clara presión para alcanzar ese modelo. Cualquier tipo de cuestionamiento era visto como negativo, producto de la propia debilidad espiritual de uno. Ya dentro de comunidad, el pensar unificado era un subproducto de la obediencia, entendida como la voz de Dios que habla por medio del superior de uno.

– Elitismo: éramos llevados a pensar que formábamos parte de la élite de la Iglesia. Las otras espiritualidades se preocupaban de cosas secundarias; la nuestra, de salvar a la Iglesia, de ser los modelos de santidad de los nuevos tiempos, combatiendo todo mal, lo que era externo, incluso si eso externo era interno en la Iglesia. Ésa es una característica que acaba seduciendo a mucha gente, una mezcla de búsqueda de excelencia y vanidad. Después descubrí que internamente éramos incluso clasificados en una especie de ránking (niveles A, B, C).

– Abandono de los que salían de comunidad: eran vistos como muertos, como aquellos que cayeron en batalla. “Y tú no recoges el cuerpo de un muerto en medio de la batalla… Primero, ganas la batalla, después vas a ver los muertos”. En resumen, ya que estamos en una guerra, no se debe prestar atención a quien partió. Cosa que sentí claramente de parte de mis “hermanos de comunidad” en Rio de Janeiro cuando fui a visitar la parroquia después de haber dejado la vida comunitaria. Además, al salir, eres invitado a firmar una carta diciendo que el Sodalicio no te debe nada en términos financieros. ¡Ah! La opción de ser adherente [sodálite casado], cosa que también fui, no mejora mucho la cosa. No. Los adherentes no son tomados en serio.

– Maltratos físicos: llegué a dormir cuarenta días en el suelo, con ocasión de la Cuaresma; ayunos largos y rigurosos; incontables ejercicios de todo tipo (incluso natación en el mar gélido… el mismo que causó posteriormente la muerte de un [emevecista] brasileño); ejercicios que, por otra parte, los superiores no hacían (destacando especialmente a Luis Fernando). La cosa era tan exagerada, que si tú simplemente no lograbas más (y más era mucho, mucho más), era porque tú eras un prejuiciado o no tenías vocación. A causa de eso, muchos se lesionaron gravemente.

– Maltratos psicológicos: generalmente vinculados a la mala visión de la obediencia religiosa y del rol del superior. Sólo por dar un ejemplo: en cierta ocasión yo formaba parte de un grupo de tres que servíamos la mesa para 23 personas. Uno de mis compañeros le sirvió a un superior un refresco que no era para él. Eso fue visto como una gran falta de respeto a la figura de aquel que representaba a Cristo en la casa. Nuestro castigo, además de recibir muchos insultos, fue retirar y volver a poner la mesa completa (lavando, secando, guardando y volviendo a colocar todo de nuevo en la mesa) 100 veces, sin parar, sin comer. Esto duró ocho horas y media de sufrimiento continuo y repetitivo. Durante ese tiempo, el resto de la comunidad tampoco podía comer… Al final, un superior distinto encargado de la formación en San Bartolo nos puso a los tres en hilera y nos insultó nuevamente, ofendiendo incluso a nuestras madres. Como yo estaba visiblemente afectado por lo ocurrido, él, por si fuera poco, me ordenó que permaneciese al lado fuera de la comunidad para no contaminar la casa con mi energía negativa. Hoy escribe libros sobre consejería espiritual y la amistad según El Principito. Eso sólo para no entrar en mayores detalles sobre cuando quise realmente matarme, mas no tuve el coraje, lo cual me hundió aún más en un proceso de depresión con manifestaciones psicosomáticas que me llevaron a estar ocho meses en cama. Tuve que matar a Dios dentro de mí para sobrevivir. Conseguí, después de dos intentos, huir de comunidad. Tres meses después de mi salida estaba consumiendo drogas; camino, por otra parte, que otros ex sodálites también han recorrido.

– Restricción de las libertades individuales: se pedía permiso para todo. La agenda de actividades de uno era aprobada directamente por el superior de uno; su incumplimiento era visto como un pecado. Toda nuestra relación con la familia era mediada por pedidos de permiso. La única vez que recibí autorización para visitar a mi familia, que vivía en otra ciudad, fue acompañado por un sodálite designado a esos efectos. Más serio, así y todo, fue cuando intenté huir de San Bartolo. Al notar que yo me hallaba fuera de la comunidad cargando una maleta, un “hermano” corrió hasta la plaza, donde yo me encontraba, y me detuvo físicamente. Me agarró y no me dejó hasta que se llamara al superior (el mismo de los librillos), momento a partir del cual continué detenido hasta que nuestra conversación me llevó al llanto y a más desequilibrio emocional. Acordamos entonces que yo necesitaba discernir más. Por lo tanto, salir de comunidad no siempre es tan sencillo.

– Culto a la figura del Fundador: una vez fui humillado públicamente por Luis Fernando (mi superior directo fue notificado) por haberle dicho que se había equivocado sobre su pretendida capacidad de leer lo que yo estaba pensando. Él dijo que yo había pensado una cosa y yo simplemente dije la verdad, que no. Eso bastó para que me pusiera en el centro de una conversación, con otros sodálites presentes, sobre el problema de la mentira. Al final, además de fundador y superior, era un iluminado.

En cuanto a abusos sexuales, no tengo mucho que decir. Además, no imaginaba que eso pudiese suceder en el Sodalicio. Dos de los que hoy son mencionados como abusadores eran vistos por mí incluso como buenos amigos. La única cosa extraña, que puedo juzgar mejor después de la revelación de hechos escabrosos, fue una vez en que, después de una conversación inusual sobre marihuana y masturbación, Germán, que durante un tiempo fue mi consejero espiritual, se cambió completamente de ropa delante mío.

Hay mucho que contar, mucho que traer a la luz. He hecho esto como un ejercicio personal y porque parece que no hay suficientes testimonios disponibles en portugués. ¿Estoy arrepentido de lo que viví? No, hice lo correcto o lo que me fue posible a lo largo de mi jornada. También tuve mis errores, que, en conciencia, no deben ser atribuidos a mi paso por el Sodalicio. Aprendí, además, muchas cosas buenas que marcan profundamente mi vida hasta ahora. También guardo en el corazón las imágenes de personas muy especiales que conocí. Así y todo, ¿dejaría a mi hijo pasar por eso? Definitivamente no.

Espero que la institución encuentre un buen camino para refundarse, preservando así el recorrido de muchos que se dedicaron a ella con ardor y generosidad.

Un fuerte y sincero abrazo,

J.L.O.