SODALICIO: DE VÍCTIMA A VICTIMARIO

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Alberto Gazzo Baca

Cuando en diciembre de 1981 mi madre me dejó entre lágrimas en la comunidad sodálite Nuestra Señora del Pilar (Barranco), entré a formar parte de un grupo heterogéneo entre los cuales se contaban miembros de la generación fundacional del Sodalicio: José Ambrozic —el superior de la casa—, Virgilio Levaggi, José Antonio Eguren y Alberto ‘Beto’ Gazzo, encargado de formar a los tres “novicios”: Alfredo Draxl, Eduardo Field y yo.

Beto, que sufría de cojera debido a una poliomelitis contraída de niño, fue objeto de burlas crueles en el Sodalicio. Burlas que estaban avaladas desde lo más altos niveles, pues según Figari había que ayudarlo así a superar su complejo de inferioridad.

El primer día, durante la cena, Field —quien había estado leyendo un libro de espiritualidad escrito por el jesuita Alonso Rodríguez en el siglo XVI— comentó lo recios que eran los jesuitas de antaño. «Recios, ¿no?», le replicó Gazzo. «Para que veas lo que es ser recio, tú y Alfredo van a comer ahora en el piso». Yo me libré del castigo gratuito, pero no de algunas humillaciones posteriores que Beto infligió a los tres.

Pedro Salinas recuerda que fue su formador en San Bartolo, y que era implacable en sus métodos. Entregaba cartas abiertas de familiares y leía sin avisar las reflexiones de los cuadernos privados que se usaban para la meditación. A Pedro, una noche mientras dormía, le bañó la cabeza con agua oxigenada para ridiculizarlo, pues amaneció con el pelo de color naranja.

¿Cuándo terminará este círculo vicioso iniciado por Figari, donde personas como Gazzo y Draxl pasarían de ser víctimas a ser crueles victimarios?

(Columna publicada en Exitosa el 10 de septiembre de 2016)

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Beto Gazzo también fue formador de sodálites “novicios” en San Bartolo en el año 1985, antes de ser enviado a Brasil. Pedro Salinas, quien estuvo en esa época en la comunidad sodálite Nuestra Señora de Guadalupe mientras yo vivía en la comunidad Nuestra Señora del Rosario, también sufrió el ensañamiento de los “métodos de formación” que, con un cierto regusto sádico, aplicaba Beto a sus discípulos. En su novela Mateo Diez, lo transforma en el personaje de Roberto Univazo, y recuerda varias anécdotas que yo mismo puedo confirmar que sucedieron realmente, aunque los detalles tengan bastante aderezo literario. He aquí algunos textos seleccionados de la novela.

Quien apareció al rato en la casa fue Roberto Univazo. Beto era el asesor espiritual de los dos centros de formación. Vivía en El Rosario. Era diácono y en poco tiempo iba a hacerse sacerdote. Iba a convertirse en el tercer cura del movimiento, después de Julio Bertie, quien fue el primero en ordenarse y en lograr una figura especial para mantenerse dedicado a tiempo completo a la Milicia. Como la Milicia de María no era una orden ni una congregación religiosa, sus clérigos eran diocesanos y dependían del obispo. Bertie, quien además de tener buenos contactos en el empresariado nacional, también los tenía en la cúpula eclesiástica peruana, consiguió independencia de acción para abocarse a las necesidades materiales y espirituales del movimiento. Bertie era lo más cercano a la figura de un empresario con sotana. Descendiente de una distinguida familia de empresarios mineros, su energía e indiscutible carisma lo convertían en un poderoso motor para empujar todos y cada uno de los proyectos apostólicos de la Milicia. El segundo en vestirse de negro con su televisor al cuello fue José María Eguiguren, un gordo con look obispable, y con una voz de barítono que estremecía y podía quebrar vidrios.

El mismísimo Juan Pablo II iba a ungir como sacerdote a Beto, junto a veinte diáconos más, en su primera visita al Perú. Univazo era conocido al interior del movimiento como “el apóstol de los niños”. Como profesor de Religión del Markham, el colegio más pituco de Lima, Beto tenía buena llegada con los chiquillos, a quienes llevaba a los denominados DINA, que eran campamentos-retiro concebidos para niños. Se llamaban DINA porque las las siglas significaban “Dios y la Naturaleza”. Beto también gozaba de simpatía dentro del movimiento. A muchos les encantaban sus bromas y era un gran narrador de cuentos. Pero a mí nunca me inspiró confianza. Siempre me pareció fingido y disforzado.

Por alguna razón nunca hubo química entre Beto y yo. Me quedaba claro que tenía instinto apostólico y don de gentes, sobre todo con los púberes, pero sus reflexiones me parecían las de un imbécil. No hay nada peor que un estólido que se cree inteligente. “De repente por eso quiere ser cura; si estudia para otra cosa, el cerebro no le da”, pensé.

Sin embargo, mi sentimiento hacia Beto no llegaba al encono. Por lo menos no al principio. Al contrario, a veces me inspiraba lástima y conmiseración por su condición de minusválido. Beto tuvo polio de pequeño y la enfermedad le afectó la pierna derecha. Cuando caminaba parecía que esquivaba losetas, porque hacía un extraño efecto con el empeine. En el Markham le pusieron, además de Pata con Truco, el apelativo de Matute, por el policía que aparecía en Don Gato y su Pandilla, quien solía dar vueltas y vueltas al garrote cuando hacía sus rondas por el vecindario. Los despiadados markhamians decían que la pierna de Beto se asemejaba a la vara de Matute.

[…]

Roberto Univazo ya era cura. Se había convertido en el tercer clérigo mílite. Beto, además, había sido ordenado por el mismo Papa. “Por vosotros, Cristo se ha consagrado a sí mismo, para que también vosotros seáis consagrados en la Verdad. ¡Permaneced fieles a Él!”, le dijo Juan Pablo II a Beto y los otros veinte diáconos que se ordenaron en el hipódromo de Monterrico.

Su primera misa la realizó al día siguiente en la vetusta iglesia de San Bartolo con las dos comunidades. Fue una ceremonia privada. Sólo para nosotros. La idea era, además, corregirle todos sus defectos como sacerdote, antes de celebrar la eucaristía del domingo con la gente del pueblo. Los errores saltaron a la vista desde el inicio, pero descollaron al momento de la homilía. Beto era un pésimo orador. Era un extraordinario narrador de cuentos para niños, pero era malísimo dando el sermón desde el púlpito. No convencía. Hablaba como para un público adolescente, estaba lleno de muletillas y seseaba. “Este de cura de parroquia no pasa. Y si la parroquia queda en Huancasancos, mejor”, pensé.

[…]

A la hora del desayuno Santiago me miró y se echó a reír. Lo mismo hizo Santiago. Hasta Massieu. El padre Beto se carcajeó y con una inflexión malévola me preguntó:

—¿Ya te viste en el espejo, Mateín?

—¿Qué pasa? —pregunté, confundido.

—Anda, mírate —me dijo el padre Beto, quien disfrutaba más que nadie de la situación.

Fui al baño y me di con la desagradable sorpresa de que el pelo lo tenía color naranja, como cucaracha de grifo. Era denigrante ver mi reflejo. Recién entendí de dónde provenía el olor extraño que percibí en la mañana. Era agua oxigenada que alguien había derramado en mi cabeza mientras dormía. Y ese “alguien”, no cabían dudas, había sido Beto Univazo.

—Ese color te queda bien —me dijo Beto, quien salpicaba saliva cuando hablaba, y un par de idiotas se rieron del chiste.

—Muy gracioso —respondí sin inmutarme.

—Puedes ir a la peluquería más tarde —me dijo René.

—Gracias —respondí escuetamente y no comenté nada más durante el desayuno.

[…]

Luego de que se fue José Hernando, quien se despidió entre rudos apretones de manos, […] nos tocaba limpiar la casa. A mí se me había asignado barrer la terraza, el patio y las escaleras de El Rosario. Lo más trabajoso era la limpieza de la terraza, porque ello suponía pasarle trapo, lija y cera, para que quede brillante. Cuando terminé, luego de un par de horas, satisfecho por la pulcritud de mi labor, me encaminé al depósito a guardar todos los implementos de limpieza, pero Beto Univazo me interceptó.

—¿A dónde crees que vas? —me arrostró.

—A guardar todo esto —le dije, mostrándole la escoba, el trapeador, las bolsas de cera y las lijas.

—Pero todavía te falta la terraza, ¿no?—me dijo con un airecillo que no me gustó nada.

—Si vas a la terraza y miras el piso, te aseguro que te vas a sentir como que estuvieses parado encima de un espejo —dije.

—No lo creo —me dijo Univazo—. Anda a verla.

Obediente, salí a ver la terraza. Alguien había echado sobre ella el contenido de los tachos de basura de la casa, incluyendo un pedazo de estiércol fresco, que parecía de perro.

—¿Quién mierda ha hecho esto? —pregunté, ofuscado, contemplando la destrucción de mi obra.

—Nadie. Simplemente, límpialo —me dijo, con acento autoritario.

—¿Sabés qué, Beto? Si quieres que la terraza se vea limpia como la dejé, aquí tienes —le dije, y tiré a sus pies deformes la escoba, el trapeador y el resto de utensilios de limpieza.

—¡¿Qué cosa?! —exclamó Univazo, el sacerdote ordenado por Juan Pablo II, anonadado, con su seseo insoportable.

—Lo que oíste. Chau —le dije, y me dirigí hacia mi habitación.

—¡Mateo, ven inmediatamente! ¡No sabes lo que estás haciendo!

—Sé perfectamente lo que estoy haciendo —respondí, harto del abuso y de las vejaciones.

—¡Mateo! —gritaba Univazo desesperadamente.

Reaparecí a los tres minutos, cambiado con ropa de baño.

—Me voy a meter un chapuzón y vuelvo —le informé a Roberto Univazo.

—¡Lo que has hecho es gravísimo, Mateo! ¡Has desobedecido una orden! ¡Se te puede expulsar por ello!

—Hazlo —le dije, retador, a Beto.

—No voy a olvidar esto —me dijo.

— Yo tampoco —le respondí.

—Te voy a hacer la vida imposible —amenazó.

—Hace rato que me estás haciendo la vida imposible —le respondí, contenido.

Un vez en el muelle, me lancé contra las olas y sentí quebrarme como una copa se estrella contra la apred. Pensé en lo ue había hecho. Curiosamente, no me arepentí. Estaba harto de los vejámenes de Roberto Univazo. Una a una empecé a recordar todas las arremetidas contra mí, que no eran pocas, y nunca vi que las hiciera con otras personas. Yo las acepté todas porque la voz del superior era la voz de Dios. “Pero Dios no podía hablar a través de alguien tan cruel como Beto Univazo”, me dije.

Recordé todas las veces cuando, al acostarme, descubrí que me había hecho “cama chica”. Recordé aquella oportunidad cuando, al levantarme, descubrí que me había pintado con esmalte la uñas de los pies. Recordé aquella otra cuando, también al levantame, me encontré untado con crema de afeitar en todo el cuerpo. Recordé la vez que lo descubrí leyendo mi correspondencia personal. Recordé que, en otra ocasión, rompió en mi cara una de las contadas cartas que mi padre me envió desde Caracas , sin que yo la hubiera leído. Recordé todos los “huracanes” que me hizo desde que llegué. Llamábamos huracán al estropicio que encontrábamos en nuestra habitación generado por una mano negra, usualmente la de Beto. El huracán hacía que el orden militar que imperaba en nuestro pequeño espacio se convirtiera en caos total. […] Recordé también cuando husmeaba en mis exámenes de conciencia, que eran cuadernos en los que anotábamos nuestros pecados y pensamientos personales. Recordé todas las veces que me arrojó agua helada en la cara, con una jarra, desde el segundo piso a la hora de la siesta de treinta minutos, luego del almuerzo. Recordé, de igual forma, aquella vez que me ordenó echarle pimienta y ketchup a mi arroz con leche por haberme olvidado de recoger un salero de la mesa. Recordé asimismo que, en una situación análoga, me hizo tragar cinco pedazos de torta de chocolate con espuma de afeitar, que terminaron conmigo en el baño con un cólico insufrible. Recordé aquella vez que me hizo lavar uno de los sanitarios y antes de pasar el sarro, me obligó a lavarme la cara con esa agua. Recordé también la noche que me envió a nadar solo a la isla, vestido y con piedras en los bolsillos y sentí terror en medio de la oscuridad. Recordé que fue uno de los principales en oponerse a que fuese padrino de confirmación de Antonio Colmenares, uno de mis pupilos del María Reyna. La amenaza de la expulsión tampoco me preocupaba.

En San Bartolo pasé muchos momentos que eran como para hacer trepidar a los que no eran firmes. Yo los resistí, reciamente. Lo que no podía tolerar ni digerir era la humillación gratuita y sin sentido. “¿José Hernando estará al tanto de todas estas barbaridades?”, me pregunté.

[…]

En la noche, después de comer, Beto, dueño y señor del poder ante la ausencia de René, decidió iniciar una dinámica de grupo que consistió en proveer a todos de plumones gruesos y de colores para hacer lo siguiente: había que ponerle en la cara a Adrián Garagorri cosas que pensábamos de él o que tuvieran que ver con sus complejos o defectos más notorios. Él no podía verse en el espejo hasta terminar el juego. Uno a uno nos fuimos aproximando para escribirle algo.

El primero en acercarse fui yo, y escribí en su cachete izquierdo: COCHINO. Santiago, quien compartía cuarto con él, al igual que yo, me siguió y le escribió en el otro cachete: HUEVONAZO. Raúl Unamuno le puso en la frente: LÁVATE LA BOCA. El Mono le puso en el tabique y en vertical: PEZUÑENTO. Santino le dibujó en el cuello una bacinica con un pedazo de mojón. MacKay, como gran insulto, le escribió detrás de la oreja derecha: TONTO. Y luego continuaron el ritual Jorge Lossio y Richard Peckerman.

La cara de Adrián había quedado más colorida que la de un hooligan y más pintarrajeada que pared de baño de cantina. Terminado el juego, que iba arrancando las risas burlonas y crueles de nosotros, quienes asumimos la dinámica como una suerte de venganza por todas las cosas que nos disgustaban de Adrián, Beto le dio permiso para ir al baño y mirarse en el espejo.

Adrián entró al baño, pero no daba señas de querer salir, mientras que el resto celebraba el despiadado pasatiempo. Ante la demora, Beto conminó a Adrián a salir. Cuando apareció frente a nosotros, reunidos en la sala de la casa, Adrián estaba llorando desconsoladamente. Y me sentí mal. Beto intentó explicarle, delante de todos, que la dinámica de grupo apuntaba a ayudarlo a liberarse de sus defectos más notorios y que molestaban a la comunidad. Le dijo además que el juego se hizo para su bien. Pero la explicación no era lo suficientemente persuasiva. Nunca había visto a una persona en tal estado de fragilidad, llorando como un niño, herido en su amor propio, maltratado psicológicamente por aquellos que, supuestamente, éramos sus hermanos. A partir de ese momento, decidí ser más comprensivo y tolerante con Garagorri.

José Enrique Escardó relata un incidente muy parecido a este último cuando él estuvo en San Bartolo, sólo que esta vez quien dirigió la dinámica de humillación psicológica de la víctima es Alfredo Draxl (ver http://elquintopie.blogspot.de/2016/01/draxl-el-deformador.html y http://docslide.us/documents/los-abusos-de-los-curas.html).

También es cierto que Beto carecía de aptitudes intelectuales, mucho menos tenía capacidad para la investigación académica, por lo cual yo recibí el encargo —de parte de Luis Fernando Figari— de preparar el borrador de la tesis que tenía que presentar Beto en Brasil para obtener el grado de licenciatura en teología. El hecho de estar sometido interiormente al código de obediencia vigente en el Sodalicio borró en mí todo reparo para efectuar esta acción moralmente reprochable. Si Figari decía que algo tenía que hacerse, inmediatamente se accionaban en mí los mecanismos psicológicos que me indicaban que lo que Figari ordenaba siempre tenía que estar bien, y que negarse a obedecer una orden era el mayor pecado posible dentro de la institución. Era una de las consecuencias del lavado de cerebro al que había sido sometido, al igual que todos los sodálites.

Lo mismo pasó cuando Figari nos ordenó a mí y a Gustavo Sánchez, teólogo sodálite y actual miembro de la Comisión Teológica Internacional, que ayudáramos a Emilio Garreaud a modificar la tesis sobre relaciones Iglesia-Estado que él mismo había presentado en la Pontificia Universidad Católica del Perú para obtener un título en derecho, a fin de ajustarla a los requerimientos de una tesis de teología pastoral para obtener el título de licenciado en teología en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Se trataba de un auto-plagio en toda regla. Se puede verificar esto consultando en los respectivos centros de estudios mencionados ambas tesis del P. Emilio Garreaud, actual Rector de la Universidad Juan Pablo II de Costa Rica.

Varias veces le oí a decir a Luis Fernando Figari: «¡Necesitamos licenciados y doctores!» Parece que no le interesaban en absoluto la honestidad académica ni el rigor científico, pues para él la única clave de interpretación de la realidad estaba en su pensamiento, que no pasa de ser una ideología religiosa fundamentalista de sesgo derechista, conservador y retrógrado. Pero sí que le interesaba el poder que otorga el disponer de una pléyade de sodálites con títulos académicos, adoctrinados rigurosamente y sin libertad de pensamiento.

En todo caso, Beto se prestó a este juego sucio, así como maltrató —en nombre de Figari— a varios de los que estuvimos bajo su férula de formador.

No sé qué vida tenga ahora, ni qué responsabilidades, pero eso no borra los hechos luctuosos del pasado en los cuales participó. Alberto Gazzo Baca, actual Gerente Corporativo de Gestión Humana de Volcan Compañía Minera, tiene muchas preguntas que responder.

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SODALICIO: EL CURA DESERTOR

alborada_alberto_gazzoAlberto ‘Beto’ Gazzo, ex alumno del Colegio de la Inmaculada (jesuitas) y miembro de la generación fundacional del Sodalicio, fue ordenado sacerdote por el Papa Juan Pablo II en Lima el 2 de febrero de 1985 en una Misa que se celebró en el Hipódromo de Monterrico.

Beto trabajó principalmente con niños, alumnos de colegios particulares privilegiados de Lima, en la década de los ‘70, llevándolos a campamentos-retiros conocidos como DyN (Dios y Naturaleza). Mucho antes que Jeffery Daniels, fue conocido como “el apóstol de los niños”.

Sufría de cojera de un pie debido a una poliomelitis que le sobrevino en su infancia, lo cual era motivo para hacerlo continuamente objeto de burla, a fin de que se ejercitara en la humildad según Luis Fernando Figari.

En 1986 fue enviado a Rio de Janeiro (Brasil) como uno de los primeros miembros de la comunidad sodálite que asumió la parroquia carioca Nossa Senhora da Guia.

Tiempo después colgaría los hábitos y desaparecería del mapa. La revista “Alborada” —de circulación interna en la Familia Sodálite— con una foto de su ordenación en la portada fue sacada de circulación y hoy es sumamente difícil encontrar un ejemplar. Y cómo es costumbre en el Sodalicio, su nombre dejó de mencionarse y su existencia fue cubierta con un olvido intencional y programado.

Un sacerdote que deja el sacerdocio siempre tiene una historia interesante que contar. Beto Gazzo probablemente posea en su memoria claves importantes para esclarecer el turbio recorrido de la institución sodálite cuando era Figari quien tenía la voz cantante. Claves que quizá expliquen también el misterio de por qué decidió renunciar al estado clerical.

(Columna publicada en Exitosa el 3 de septiembre de 2016)

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La ordenación sacerdotal de Beto Gazzo la vi por televisión en la comunidad sodálite Nuestra Señora del Rosario (San Bartolo), acompañado de Rafael Ísmodes, a quien Raúl Masseur, superior de la comunidad sodálite sambartolina Nuestra Señora de Guadalupe, le había dado la orden de quedarse —mientras todo todos los demás miembros de ambas comunidades participaba del evento— precisamente debido al deseo entusiasta que había manifestado Rafael de asistir al encuentro de la juventud con el Papa Juan Pablo II. En esa época Beto tenía el cargo de formador en la comunidad de Guadalupe.

Con nombres cambiados, Pedro Salinas relata esta anécdota en su novela autobiográfica Mateo Diez (Jaime Campodónico/Editor, Lima 2002):

«Luego de Arequipa, el Papa regresaba a Lima, donde iba a tener un encuentro con los jóvenes en el hipódromo de Monterrico. Nosotros, guadalupanos y rosaristas, íbamos a ir al magnánimo evento, menos uno, que debía quedarse a cuidar las dos casas. El Ferrari “sorteado”, para desgracia suya, al cual compadecí pero no hubiese reemplazado en ningún caso, fue Raúl Unamuno, el más emocionado con la visita papal. René lo hizo adrede para probarlo y para recordarnos al resto que seguíamos en etapa de formación y las órdenes absurdas no habían desaparecido ni siquiera con la presencia de Juan Pablo II en nuestras tierras.»

En virtud de ciertas libertades que permite la narrativa novelesca, Salinas omite el hecho de mi presencia en San Bartolo en la misma época en la que él estaba en formación. Yo también me quedé en San Bartolo junto con Rafael Ísmodes, pero no por obra y gracia de una orden absurda sino como consecuencia de un abuso sufrido días antes. Emilio Garreaud, el superior de la comunidad del Rosario, me había ordenado hacer cuclillas con un saco de cemento de unos 25 kilos sobre los hombros, lo cual terminó produciéndome un intenso y persistente dolor de espalda. El día 1° de febrero fuimos casi todos los miembros de la comunidad a la Plaza Mayor de Lima para esperar la llegada del Papa. Si bien yo tenía puesta una faja ortopédica que me había prestado Emilio, la espera de ocho horas parado en medio de la multitud terminó haciendo estragos. Esa noche no podía mirarme las puntas de los pies sin que me vinieran punzadas dolorosas en la espalda. Necesité una semana de reposo para poder recuperarme.

UNA VÍCTIMA MÁS DE JEFFERY DANIELS

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Jeffery Stewart Daniels Valderrama
Documento de identidad: DNI 07862803

Así aparece el nombre de este ex sodálite en el Registro Nacional de Identificación y Estado Civil (RENIEC), quien residiría actualmente en Antioch (Illinois, Estados Unidos), una localidad cercana a Chicago, junto con su esposa Laura, educadora de infantes. Jeffery estaría trabajando como webmaster para la Chicago Fittings Corp. Y aunque no lo he podido confirmar, es probable que también tenga la nacionalidad estadounidense.

Se pueden encontrar en la red varias referencias suyas bajo el nombre de Jeffery S Daniels. Aunque la forma “Jeffrey” es más común, no es éste el verdadero nombre de pila de quien ha sido descrito por algunos que lo conocieron como un depredador sexual de menores de edad.

Una de sus víctimas es un ex alumno del Colegio Markham que se comunicó conmigo cuando supo que Jeffery era señalado como uno de los pederastas del Sodalicio. Su nombre es Álvaro Urbina y tiene actualmente 34 años de edad.

Álvaro no tenía la certeza de que Jeffery hubiera abusado de otros como él. Aunque lo sospechaba. Ahora que la verdad está saliendo a la luz, Álvaro quiere también que se conozca su caso, a fin de ayudar a otros que han pasado por una experiencia semejante. Y de cierta manera, también quiere sacarse de encima no sólo el dolor que lleva en el alma por haber callado tanto tiempo, sino también la ansiedad que le ocasionó haber sido víctima de abuso sexual, con la confusión y el sentimiento de culpabilidad que ello trae consigo.

Al igual que muchos otros, Álvaro quiere que se haga justicia: que se reconozca públicamente el delito cometido por quien entonces era miembro del Sodalicio de Vida Cristiana y que se castigue al culpable. Y si esto no es posible, que caiga sobre él el oprobio de ser señalado públicamente como un abusador de menores.

El testimonio completo de Álvaro será una más de las denuncias que serán enviadas al Vaticano en contra del Sodalicio de Vida Cristiana, que sabemos que encubrió a Jeffery Daniels, le permitió quedar impune y le facilitó una salida honrosa de la institución para que pudiera hacer una nueva vida en los Estados Unidos. Sin pagar por las consecuencias de haber arruinado las vidas de varios menores de edad que pasaron por sus manos. Dejando detrás suyo un reguero de rabia, impotencia y sufrimiento.

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TESTIMONIO DE ÁLVARO URBINA SOBRE JEFFERY DANIELS

Antes que nada quisiera pedir perdón. Perdón por mi omisión en hablar. ¡Cuántos niños y adolescentes habrán pasado después de mí por las malas manos de Jeffery Daniels! Siempre tuve la sospecha por lo rápido que me sedujo. En esa época yo era muy inocente, y deseaba antes que nada que alguien me quisiera, de cualquier manera que sea. Y ahora dejo de justificarme y cuento lo que viví.

En el año 1995 yo estaba en segundo de media del Colegio Markham. Era objeto de bullying y esto repercutía muy seriamente en mis notas escolares. Mi madre ya no sabía qué hacer conmigo. Ella, madre soltera, trabajaba a mil para mantenernos en esa tan ansiada y cada vez más grande clase media alta peruana. Yo no era muy creyente por aquellas épocas y mi madre, como siempre, sí que creía. Así que un buen día decidió llevarme, gracias al consejo de una amiga suya, al Centro Pastoral de San Borja. Allí nos reunimos con un sacerdote sodálite, el cual, tras hablar cinco minutos conmigo y con mi madre, le dijo a ella que saliera del cuarto y nos dejara solos, y luego me habló con franqueza. Algún que otro “carajo”, una jovialidad extrema, una sonrisa de contagio y unas palabras sabias. En treinta minutos mi perspectiva acerca de la Iglesia había cambiado y luego terminó nuestra charla.

Al salir —era mediodía del sábado— me dijo que me iba a presentar a alguien. Ese alguien era Jeffery Daniels. Sus agrupados estaban jugando fulbito, mientras él miraba desde el lado de la cancha. Jeffery, al igual que el cura, tenía una sonrisa muy grande, pero a diferencia de la de este último, la de Jeffery despedía astucia, altanería, cierta prepotencia y muy al fondo algo oscuro.

Jeffery se comportó un poco como un patán, altanero y sabido, lo cual a un adolescente de catorce años le llama mucho la atención. Me parece que esa tarde jugué un poco al fulbito, reímos, hablamos, y al ser todos los agrupados de clase social alta o media alta, pues hablamos de los que conocíamos: «manyas a tal» o «ése es pataza mío…» Todos nos llevamos muy bien. Le di mi teléfono a Jeffery y me llamó para la siguiente quedada durante la semana siguiente.

Creo que fuimos primero al Centro Pastoral a jugar fulbito o hablar o rezar o algo así. Luego fuimos a comer helados y luego paseamos en su furgoneta, hablando y metiendo chacota hasta como las ocho de la noche. Era verano y no había colegio y dejó a todos uno por uno en sus casas. Al final, como yo vivía cerca del Centro Pastoral, me dejó a mí al último, pero antes me dijo que primero quería hablar conmigo acerca de mi primera quedada de agrupado.

Fuimos a un parque cerca de casa, no muy bien iluminado, en su camioneta combi. Comenzamos a hablar y le conté lo chévere que había sido todo y no sé cómo comenzamos a hablar de la confianza; que yo tenía que confiar en él y no tener miedo. Tenía que abrir mi corazón con él por completo y así nuestra relación con dios y bla bla bla. «¿Sabes? La mejor manera de que no tengamos desconfianzas es que te bajes los pantalones». Todo fue muy intempestivo y yo, con miedo y sin comprender bien qué estaba pasando, me los bajé. No me tocó. Sólo me miró o a lo sumo tocó mis genitales de manera “académica”, no de manera sexual, como si fuera un test. Después de dos minutos me dijo que me subiera los pantalones, que ése era nuestro secreto y me llevó a casa.

Días después se repitió lo mismo, pero esta vez me tocó, me masturbó y luego a casa con otro secreto. Y así pasaron las semanas. Dos o tres veces a la semana después de dejar a todos, nos íbamos al parque, y de masturbaciones pasamos a felaciones y luego a sexo. Pero eso ya en mi casa. Él sabía que yo estaba solo en casa todas las tardes, de modo que venía cuando quería para lo mismo.

Recuerdo que un día le pregunté si yo era el único. Con catorce años de edad, el amor y el sexo me atraían. Descubría el mundo adulto casi de casualidad. Así que sentía cosas por él, aunque no soy ni fui nunca homosexual. En esa época yo estaba muy solo y esa relación íntima con Jeffery era lo único que me hacía sentir importante. Así que un poco celoso le pregunté si era el único agrupado con el que hacía esto y me contestó con otra pregunta: «¿Con quién crees que lo haría?» Le dije un nombre, el del agrupado mas fuerte, que probablemente iba a ser laico consagrado o cura inclusive. Se rió mucho y luego me dijo que el último con el que se le ocurriría hacer algo así era con él. Y entonces se me fue esa curiosidad o celos, sin darme cuenta de lo que estaba diciendo entre líneas.

A él le encantaba ser pasivo. Jeffery era grande, un poco relleno, pesaría unos 100 kilos, y yo era flaco. Llegaba a incomodarme, porque sudaba como un chancho, y yo quería que terminara rápido. Nuestros encuentros llegaron a darse dos o tres veces a la semana hasta que dejé la agrupación a comienzos del año ’97.

Creo que Jeffery en algún momento comenzó a cansarse de la relación que tenía conmigo, y un día me cantó junto con todos los de mi agrupación una canción en la que me comparaba con una mujer y me humillaba en frente de todos los que habían sido mis amigos. Creo que ése fue el elemento desencadenante. Pero él seguía visitándome, aunque las visitas se volvieron más y más esporádicas hasta que a mediados del ’97 dejé de verlo por completo. Desapareció. Creo que hasta lo llamé un día al Centro Pastoral y me dijeron que ya no vivía allí, que se había ido a San Bartolo.

Nunca dije nada de lo que pasó. No podía. Decidí seguir con mi vida como si todo eso nunca hubiera sucedido. Quise olvidar, pero no pude. La ansiedad me llevó a consumir bebidas alcohólicas y otras sustancias, a fin de soportar la angustia que me causaban los recuerdos de lo que había pasado. A lo largo de estos años, estuve en terapia psicológica por diferentes motivos. Pero nunca se abordaron las secuelas que me dejaron ese incidente de mi adolescencia. En estos días por fin voy a iniciar una terapia para poder enfrentarme a la sombra de Jeffery Daniels y desterrarla de mi vida.

Es cierto que en el momento yo consentí a todo, pero igualmente estaba dolido y confundido. Como si tuviera una herida siempre abierta. Él era mi guía espiritual, el que me tenía que ayudar, el que tenía que escuchar mis problemas y aconsejarme, pero él se aprovechó de la situación, de mi condición y del hecho de que yo venía de una familia desestructurada. Manipuló mis sentimientos, los distorsionó, me sedujo y abusó de mí.

Recuerdo que a fines de los ’90 me fui a San Bartolo con unos amigos. Estábamos paseando por el malecón cuando vi a un grupo de gente caminando en fila. Entre ellos pude ver a Jeffery. Sus dientes lo delataban, aunque esa gran sonrisa que tenía había desaparecido. Me acerqué, llamándolo a voces. Volteó como perro asustado. Si hubiera tenido cola, la hubiera metido entre las patas. Se dio la vuelta y me miró como un loco. Al darse cuenta de que era yo, me saludó pero sin astucia o bravuconería, sin esa insolencia que empapaba su rostro cuando lo conocí. Hablamos menos de un minuto y siempre miraba a sus acompañantes, pero ninguno le dijo nada. Pasado el minuto, dijo que se tenía que ir y se fueron todos en fila. Ésa fue la última vez que vi a Jeffery Daniels en persona.

PREGUNTAS A LA COMISIÓN DEL SODALICIO

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El 14 de enero envié por correo ordinario mi denuncia de abusos psicológicos y físicos sufridos en el Sodalicio de Vida Cristiana a la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación. Ésta me dio acuse de recibo vía e-mail el 3 de febrero, aunque ya conocían el texto de mi denuncia con anterioridad, pues les fue proporcionada por un sodálite de confianza, a quien yo le había enviado la misma documentación por e-mail el 27 de octubre del año pasado.

En un e-mail del 19 de febrero enviado a la Comisión puse la siguiente aclaración: «Aclaro que la denuncia no es contra personas individuales sino contra el Sodalicio, pues fue el sistema institucional sodálite plasmado en una doctrina y una disciplina los que permitieron que se cometieran en perjuicio mío los abusos que detallo en el documento, creando el marco necesario para que ello ocurra».

A día de hoy no he recibido ninguna notificación adicional, invitándome a declarar y hacer las precisiones del caso, aun cuando he consignado mi número de teléfono en Alemania y mi usuario de Skype.

¿Qué pasa, señores de la Comisión? ¿Qué están esperando? ¿Sólo les interesa las denuncias contra Figari a fin de embarrarlo únicamente a él y dejar a la institución libre de polvo y paja?

¿Alcanzará el fondo asignado de 500 mil dólares para indemnizar a las víctimas? Sólo las casas de San Bartolo puestas a la venta por el Sodalicio están valuadas en más de 4 millones de dólares. ¿No creen que ese monto debería usarse para indemnizar a las víctimas, en vez de destinarse a abogados para limpiar la reputación de los abusadores?

(Columna publicada en Exitosa el 13 de febrero de 2016)

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Según información publicada por la inmobiliaria Alberto Arribas en el portal adondevivir, éstos son los precios solicitados por las que fueran casas de formación del Sodalicio en San Bartolo.

Casa de playa en la Ribera Sur, lote 5 S/ 1,806,000 (US$ 602,000)
Casa de playa en la Ribera Sur, lote 24 S/ 1,713,000 (US$ 571,000)
Casa en la Av. San José de San Martín,
zona Costa Norte Baja, lote 50
S/ 7,329,000 (US$ 2,443,000)

Lo cual hace un total de US$ 3,616,00. Si a esto le sumamos lo que se estaría pidiendo por una cuarta casa de playa, ubicada al centro de la Ribera Sur, el monto superaría los 4 millones de dólares. Esto sin tener en cuenta los ingresos que el Sodalicio recibirá por la venta de la casa donde vivía Luis Fernando Figari, ubicada en La Pinta 130 (San Isidro), y de las dos casas con jardines y una piscina ubicadas en Santa Clara (Ate), cerca del Hotel El Pueblo.

Por eso mismo, resulta ridículo que se haya asignado un fondo de US$ 500,000 para indemnizar a las víctimas que presenten su denuncia ante la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación. Pues los montos a ser desembolsados deben ayudar a mitigar el sufrimiento de personas que han sido dañadas de por vida y ayudar a cubrir ampliamente los gastos médicos y psicoterapéuticos en que han incurrido estas personas, además de compensar las oportunidades perdidas en cuanto a estudios y trabajo debido al tiempo vivido en comunidades sodálites.

Al respecto, cabe mencionar de manera ilustrativa el caso de Andreas Huckele, quien junto con un compañero suyo fueron las primeras víctimas que denunciaron los abusos sexuales sufridos en la Escuela de Odenwald (ver mi post LA ESCUELA DE ODENWALD Y EL SODALICIO). En julio de 2010, debido a la incomprensión con la que continuamente se topaba, decidió poner por escrito las razones que justificaban la indemnización que estaba solicitando y por la cual estaba luchando desde hacía meses.

He aquí el texto tal como aparece en el libro que escribió bajo el seudónimo de Jürgen Behrens, «Wie laut soll ich denn noch schreien?» Die Odenwaldschule und der sexuelle Missbrauch, Rowohlt, Reinbeck bei Hamburg 2011 [«¿Cuán fuerte debo aún gritar?» La Escuela de Odenwald y el abuso sexual].

«¡Los pagos indemnizatorios a las víctimas cumplen funciones importantes!

Una de esas funciones es simbólica.
En una cultura material como la nuestra, en la cual el valor de algo o alguien se expresa en una cifra en euros, la designación de un daño en euros tiene un alto valor representativo, en particular cuando se trata de un daño personal, es decir, un daño respecto al cual puede haber únicamente un reconocimiento pero no una reparación. El pago de una indemnización es el reconocimiento y designación de una culpa y pone fin al sentimiento de culpa compartida y participación de las víctimas en el delito.
¡Las víctimas no pudieron decir que “no”!
Que actualmente sean pocas las víctimas que reclaman indemnizaciones forma parte del daño ocasionado por la violencia sexual que tuvieron que padecer y soportar las víctimas. En la medida en que se asume que la mayoría de las víctimas no elevan reclamaciones materiales y de este modo la minoría de las víctimas que reclaman indemnizaciones con cifras concretas son marginadas nuevamente, los responsables de la institución mantienen el comportamiento lesivo.
“Pues recién cuando en nuestra sociedad se pagan grandes sumas de dinero de manera voluntaria, se reconoce dolorosamente la culpa”.
Prof. Volkmar Sigush, sexólogo, Frankfurt am Main, Erziehung und Wissenschaft, 6/2010, GEW.

Una de esas funciones es práctica.
El pago de una indemnización mitiga el daño ocasionado. Los sobrevivientes de violencia sexual se hallan asegurados en la vida por debajo del promedio. Los costos de tratamientos son altos y no siempre son asumidos por los seguros médicos. Los montos asignados para medidas terapéuticas se agotan antes de terminar el tratamiento. Biografías quebradas, retrasos en la formación profesional y vínculos laborales interrumpidos pueden observarse de manera acumulada en las víctimas. Una provisión adecuada para la vejez con frecuencia no se da.

Una de esas funciones es moral.
Quien ha ocasionado daño tiene en nuestra cultura la obligación de resarcirlo. Esta obligación es independiente del derecho penal y civil. Por eso mismo, la institución está obligada a tomar distancia del alegato de la prescripción y hacer frente a su obligación moral.
Los pagos indemnizatorios deben ser fijados con montos tan elevados que no se ofenda a las víctimas. ¡Un sufrimiento de por vida no puede ser compensado con limosnas!»

(Traducción al español: Martin Scheuch)

¿EL SODALICIO AL MARGEN DE LA LEY?

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En Lima, un par de sodálites sorprenden de noche a un ladrón tratando de robar en el local de “Pan para mi hermano” y le propinan una violenta paliza. Aunque el sujeto fue hospitalizado, nunca hubo consecuencias jurídicas.

En una comunidad sodálite de San Bartolo, un superior ordena vaciar un silo averiado y echar toda la mierda acumulada al mar. Pero lo hacen de noche para que las autoridades no se enteren.

En otra ocasión, un formador ordena quitar el aviso del Ministerio de Salud que prohibía bañarse en la playa por ser una de las más contaminadas del Perú, aduciendo que «esos del ministerio son unos idiotas».

Un emevecista brasileño es animado por sodálites a meterse al mar con oleaje peligroso en la playa Santa María y muere ahogado; las responsabilidades jurídicas del caso nunca fueron investigadas.

Yo mismo, por orden de Luis Fernando Figari, preparé el borrador de una tesis para un sodálite poco dotado que requería sacar su licenciatura en teología. Asimismo, ayudé a otro sodálite a que plagiara su propia tesis de derecho para elaborar su tesis de licenciatura en teología.

Fui miembro del directorio de Vida y Espiritualidad y, por orden de Germán Doig, firmé actas oficiales de reuniones que nunca se efectuaron.

«Estar en el mundo sin ser del mundo» es uno de los lemas sodálites. Y en el Sodalicio parece que lo entendieron como que la institución se rige por sus propias leyes, ajenas a las del mundo. Con lo cual, durante décadas ha sido un espacio al margen de la ley. Donde los delitos se han encubierto y arreglado internamente. Esperamos que eso cambie.

(Columna publicada en Exitosa el 28 de noviembre de 2015)

SODALICIO: UN TESTIMONIO BRASILEÑO

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Parroquia sodálite Nossa Senhora da Guia (Rio de Janeiro)

El 30 de enero de 1986 se fundó la primera comunidad sodálite en el Brasil, en la ciudad de Rio de Janeiro. A esta comunidad se le confió la Parroquia Nossa Senhora da Guia. Los primeros dos sacerdotes sodálites que trabajaron allí fueron Alberto Gazzo, ordenado por el Papa Juan Pablo II, y Luis Cappelleti. Ambos —en fechas muy alejadas la una de la otra— han terminado colgando los hábitos y se han desvinculado de la institución. Y probablemente tengan mucho que contar.

Lo que me ha llegado ahora es el testimonio en portugués de un ex sodálite brasileño, Josenir Lopes Dettoni, quien ha decidido poner abiertamente por escrito su experiencia en el Sodalicio, e incluso ha puesto un video suyo en YouTube donde hace lectura de este texto.

En el mismo menciona a un superior encargado de la formación en San Bartolo y autor de librillos sobre consejería espiritual y de La amistad según El Principito, al cual hemos podido identificar como Óscar Tokumura.

Mal que bien, he traducido el texto al español para quienes encuentren difícil entender el portugués. Sólo me queda decirles que encuentro absolutamente verosímil lo que narra este valioso testigo y muy similar a experiencias que yo he tenido o a anécdotas que conocí de primera mano.

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TESTIMONIO DE JOSENIR LOPES DETTONI

Soy J.L.O., o al menos así era conocido por mis iniciales, ligeramente modificadas, dentro de las comunidades sodálites.

Desde niño quise ser cura y por eso me aproximé a dos sacerdotes que trabajaban en mi parroquia, Nossa Senhora da Guia, en Rio de Janeiro. Eran sensacionales, mi modelo de vida. Con diez años de edad, en el año 1988, mi principal alegría era ser acólito en las misas de fin de semana. Mis padres se mudaron de ciudad, pero con trece años conseguí hacer cuatro viajes para visitar aquel que sería mi “futuro seminario”. Trece horas de viaje en ómnibus, solo. Las actividades del Movimiento de Vida Cristiana (MVC), los paseos, la música de Takillakkta en cassettes, la liturgia… todo me parecía realmente divino. En uno de esos viajes conocí a Germán Doig y a Luis Fernando Figari.

Con quince años de edad, dejé a mi familia, que vivía en el norte del país, para poder ir “al seminario”. Como el Sodalicio no tenía un “seminario menor” (para gente que todavía estaba en el colegio), fui generosamente recibido por un matrimonio —al cual hasta ahora le profeso una profunda gratitud— en su casa durante tres años, hasta poder entrar formalmente en comunidad. En ese período tuve la oportunidad de estudiar, a petición del Sodalicio, en una de las mejores escuelas de Brasil, lo cual ha marcado mi formación hasta el día de hoy.

En esos tres años, de 1993 a 1995, me hice mejor: estudié mucho y trabajé arduamente en las actividades del Movimiento de Vida Cristiana, ocupando diversos cargos en el mismo.

A fines de 1995, junto con casi todos los de mi “agrupación”, hice promesa de aspirante [primer grado dentro de la jerarquía sodálite]. Días después yo, que ya me hallaba en proceso desde hace mucho tiempo, fui aceptado en comunidad, donde viví cuatro años: uno en Rio de Janeiro y otros tres en comunidades del Perú, incluyendo San Bartolo.

No voy a entrar en más detalles, pues la historia es larga. Por lo tanto, guardando gratos recuerdos de algunos aspectos de lo que viví en ese tiempo, paso a relatar sólo las cosas inaceptables que experimenté dentro de esa institución.

– Ideas únicas: fui llevado a vestir “como sodálite”, a hablar “como sodálite”, a actuar “como sodálite”. Se trataba de tener el “estilo sodálite”, una especie de derivación práctica de la “espiritualidad sodálite”. Había una clara presión para alcanzar ese modelo. Cualquier tipo de cuestionamiento era visto como negativo, producto de la propia debilidad espiritual de uno. Ya dentro de comunidad, el pensar unificado era un subproducto de la obediencia, entendida como la voz de Dios que habla por medio del superior de uno.

– Elitismo: éramos llevados a pensar que formábamos parte de la élite de la Iglesia. Las otras espiritualidades se preocupaban de cosas secundarias; la nuestra, de salvar a la Iglesia, de ser los modelos de santidad de los nuevos tiempos, combatiendo todo mal, lo que era externo, incluso si eso externo era interno en la Iglesia. Ésa es una característica que acaba seduciendo a mucha gente, una mezcla de búsqueda de excelencia y vanidad. Después descubrí que internamente éramos incluso clasificados en una especie de ránking (niveles A, B, C).

– Abandono de los que salían de comunidad: eran vistos como muertos, como aquellos que cayeron en batalla. “Y tú no recoges el cuerpo de un muerto en medio de la batalla… Primero, ganas la batalla, después vas a ver los muertos”. En resumen, ya que estamos en una guerra, no se debe prestar atención a quien partió. Cosa que sentí claramente de parte de mis “hermanos de comunidad” en Rio de Janeiro cuando fui a visitar la parroquia después de haber dejado la vida comunitaria. Además, al salir, eres invitado a firmar una carta diciendo que el Sodalicio no te debe nada en términos financieros. ¡Ah! La opción de ser adherente [sodálite casado], cosa que también fui, no mejora mucho la cosa. No. Los adherentes no son tomados en serio.

– Maltratos físicos: llegué a dormir cuarenta días en el suelo, con ocasión de la Cuaresma; ayunos largos y rigurosos; incontables ejercicios de todo tipo (incluso natación en el mar gélido… el mismo que causó posteriormente la muerte de un [emevecista] brasileño); ejercicios que, por otra parte, los superiores no hacían (destacando especialmente a Luis Fernando). La cosa era tan exagerada, que si tú simplemente no lograbas más (y más era mucho, mucho más), era porque tú eras un prejuiciado o no tenías vocación. A causa de eso, muchos se lesionaron gravemente.

– Maltratos psicológicos: generalmente vinculados a la mala visión de la obediencia religiosa y del rol del superior. Sólo por dar un ejemplo: en cierta ocasión yo formaba parte de un grupo de tres que servíamos la mesa para 23 personas. Uno de mis compañeros le sirvió a un superior un refresco que no era para él. Eso fue visto como una gran falta de respeto a la figura de aquel que representaba a Cristo en la casa. Nuestro castigo, además de recibir muchos insultos, fue retirar y volver a poner la mesa completa (lavando, secando, guardando y volviendo a colocar todo de nuevo en la mesa) 100 veces, sin parar, sin comer. Esto duró ocho horas y media de sufrimiento continuo y repetitivo. Durante ese tiempo, el resto de la comunidad tampoco podía comer… Al final, un superior distinto encargado de la formación en San Bartolo nos puso a los tres en hilera y nos insultó nuevamente, ofendiendo incluso a nuestras madres. Como yo estaba visiblemente afectado por lo ocurrido, él, por si fuera poco, me ordenó que permaneciese al lado fuera de la comunidad para no contaminar la casa con mi energía negativa. Hoy escribe libros sobre consejería espiritual y la amistad según El Principito. Eso sólo para no entrar en mayores detalles sobre cuando quise realmente matarme, mas no tuve el coraje, lo cual me hundió aún más en un proceso de depresión con manifestaciones psicosomáticas que me llevaron a estar ocho meses en cama. Tuve que matar a Dios dentro de mí para sobrevivir. Conseguí, después de dos intentos, huir de comunidad. Tres meses después de mi salida estaba consumiendo drogas; camino, por otra parte, que otros ex sodálites también han recorrido.

– Restricción de las libertades individuales: se pedía permiso para todo. La agenda de actividades de uno era aprobada directamente por el superior de uno; su incumplimiento era visto como un pecado. Toda nuestra relación con la familia era mediada por pedidos de permiso. La única vez que recibí autorización para visitar a mi familia, que vivía en otra ciudad, fue acompañado por un sodálite designado a esos efectos. Más serio, así y todo, fue cuando intenté huir de San Bartolo. Al notar que yo me hallaba fuera de la comunidad cargando una maleta, un “hermano” corrió hasta la plaza, donde yo me encontraba, y me detuvo físicamente. Me agarró y no me dejó hasta que se llamara al superior (el mismo de los librillos), momento a partir del cual continué detenido hasta que nuestra conversación me llevó al llanto y a más desequilibrio emocional. Acordamos entonces que yo necesitaba discernir más. Por lo tanto, salir de comunidad no siempre es tan sencillo.

– Culto a la figura del Fundador: una vez fui humillado públicamente por Luis Fernando (mi superior directo fue notificado) por haberle dicho que se había equivocado sobre su pretendida capacidad de leer lo que yo estaba pensando. Él dijo que yo había pensado una cosa y yo simplemente dije la verdad, que no. Eso bastó para que me pusiera en el centro de una conversación, con otros sodálites presentes, sobre el problema de la mentira. Al final, además de fundador y superior, era un iluminado.

En cuanto a abusos sexuales, no tengo mucho que decir. Además, no imaginaba que eso pudiese suceder en el Sodalicio. Dos de los que hoy son mencionados como abusadores eran vistos por mí incluso como buenos amigos. La única cosa extraña, que puedo juzgar mejor después de la revelación de hechos escabrosos, fue una vez en que, después de una conversación inusual sobre marihuana y masturbación, Germán, que durante un tiempo fue mi consejero espiritual, se cambió completamente de ropa delante mío.

Hay mucho que contar, mucho que traer a la luz. He hecho esto como un ejercicio personal y porque parece que no hay suficientes testimonios disponibles en portugués. ¿Estoy arrepentido de lo que viví? No, hice lo correcto o lo que me fue posible a lo largo de mi jornada. También tuve mis errores, que, en conciencia, no deben ser atribuidos a mi paso por el Sodalicio. Aprendí, además, muchas cosas buenas que marcan profundamente mi vida hasta ahora. También guardo en el corazón las imágenes de personas muy especiales que conocí. Así y todo, ¿dejaría a mi hijo pasar por eso? Definitivamente no.

Espero que la institución encuentre un buen camino para refundarse, preservando así el recorrido de muchos que se dedicaron a ella con ardor y generosidad.

Un fuerte y sincero abrazo,

J.L.O.

SODALITIUM 93: ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE

Este artículo es la continuación de mi anterior escrito SODALITIUM 92: ÚLTIMA ESTACIÓN… SAN BARTOLO.

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Era fines de diciembre de 1992 y mi vida había sufrido cambios dramáticos en el lapso de una semana. Me encontraba viviendo en la comunidad Inmaculada del Rosario en San Bartolo, un balneario situado a 50 kilómetros al sur de Lima. Atrás quedaban mi fuga en la madrugada de la comunidad Nuestra Señora del Pilar en Barranco (Lima), las horas de angustias pasadas ante el derrumbe de mis sueños e ilusiones, las amargas lágrimas vertidas, y en esos días de fresca brisa marina con que se iniciaba el verano me asaltaban las dudas sobre los pasos que tenía que dar de ahora en adelante y las decisiones que debía tomar en el camino que la vida me deparaba. Me sentía cogido de la mano de Dios, de una presencia siempre cercana y que ahora, más que nunca, percibía a flor de piel. Como si la hubiera visto con mis propios ojos. Había terminado hace poco una semana de ejercicios espirituales, alejado de las preocupaciones cotidianas que a veces no nos permiten concentrarnos en lo esencial y ver qué equipaje llevamos para la ruta, y en esa soledad despojada de requerimientos y urgencias, tuve más que nunca la certeza de que Dios estaba conmigo y nunca me abandonaría.

Miguel Salazar, superior general de las dos casas de formación de San Bartolo que existían entonces y que residía habitualmente en la comunidad Nuestra Señora de Guadalupe, al otro extremo de la Ribera Sur, había sido un amigo muy cercano desde que ambos nos unimos al Sodalicio de Vida Cristiana en el año 1978. Él era el motivo principal por el cual había decidido encaminarme hacia San Bartolo después de mi huida nocturna. En las aciagas circunstancias que estaba viviendo, sentía que él era la única persona en la que podía depositar mi confianza. A diferencia de mí, él hizo una carrera meteórica dentro de la institución, ascendiendo rápidamente dentro de la jerarquía de rangos hasta llegar a emitir su promesa de profeso perpetuo ‒sodálite consagrado que ha emitido de por vida promesas formales de obediencia, celibato y comunicación de bienes‒, ocupando muy pronto puestos de responsabilidad, sobre todo en áreas que tuvieran que ver con el trabajo intelectual y la formación de candidatos a la vida consagrada, mientras que mi ascenso había sido lento y prolongado, pues a criterio de los responsables, yo tenía muchos problemas que resolver y no era tan dócil y maleable como otros. Además, se me catalogaba como un “marciano”, es decir, como una persona que vivía en otro planeta y no andaba con los pies en tierra. Y no es que no percibiera lo que pasaba en la realidad, sino que mi percepción se movía a otro nivel, lo cual, unido a una capacidad reflexiva y una intuición penetrante, me permitía ver con mayor profundidad algunos aspectos que a otros se les escapaban. Este proceso intuitivo podía ser muy lento, pero por lo general era certero. Pero como contraparte, tenía el problema de que pasaba por alto muchos aspectos inmediatos y prácticos de la vida que a otros les eran evidentes. Es algo difícil de explicar para quien no lo ha experimentado. Asimismo, estaba dotado con un cierto don de sensibilidad artística, que ya me había abierto ciertas vetas de libertad interior en un medio donde las ideas, sentimientos y actitudes solían estar parametrados y encorsetados en una ideología que se erigía como único pensamiento válido. Es decir, en el Sodalicio se prescribía qué se debía pensar, qué se debía esperar, qué se debía sentir. Como cuando en las celebraciones litúrgicas sodálites quien dirige la ceremonia indica en cada comentario qué es lo que debe sentir la asamblea: “con alegría”, “con el corazón arrepentido”, “con entusiasmo”, “con actitud reverente”, etc.

Terminado el retiro, Miguel vino a comunicarme que se había decidido a alto nivel que me quedara por tiempo indeterminado en San Bartolo y que entraba en una etapa de “discernimiento vocacional”. Lo cual quería decir que quedaba abierta la posibilidad de que dejara de ser un consagrado con obligación de obediencia y celibato y tendría libertad para casarme si quería, pero en el fondo significaba que iban a mover cielo y tierra para convencerme de que me quedara en comunidad, pues dentro del concepto rígido de “vocación” que se ha manejado en el Sodalicio, quien ha sido llamado por Dios a una vocación determinada sólo puede realizarse personalmente, ser feliz en este mundo y alcanzar la salvación en la otra vida si es fiel y persiste en el camino al que ha sido llamado. Por el contrario, si lo abandona, supuestamente nunca será feliz en este mundo y pondrá en riesgo su salvación eterna. Y así fue como se me plantearon las cosas. En otras palabras, en el tiempo que me quedaba por delante tenía que tomar una decisión que era de vida o muerte, y de ella dependía toda mi vida, mi destino, mi futuro.

Seguir un camino para el cual Dios no lo había llamado a uno significaba optar por la muerte. La vida matrimonial era considerada también una vocación, por lo cual también se pensaba que debía ser objeto de un llamado especial de Dios. En realidad, cualquier camino que se siguiera era considerado una vocación, por lo cual, antes de seguirlo, había que tener alguna señal de que ésa era la senda a la cual Dios lo estaba llamando a uno. Equivocarse de camino constituía una desgracia, pues implicaba atraer sobre sí a los heraldos de una infelicidad segura tanto en esta vida como en la otra.

Al hallarme ante esa alternativa ‒que veía tan real e inexorable como todo aquello que me habían metido en la cabeza‒ y ante el miedo de tomar una decisión equivocada que podría arruinar mi vida por completo, se iría generando en mí una intensa angustia que me acompañaría durante todo el tiempo que estuve en San Bartolo, hasta el punto de desear que me sobreviniera algún accidente fatal que segara mi vida y me hiciera descansar plácidamente en brazos de la muerte, con la certeza de haber sido fiel a mis promesas hasta el último momento. Me aterraba la posibilidad de tomar una decisión equivocada y prefería que ese momento nunca llegara. Sentí que me hallaba entre la vida y la muerte. Ideas suicidas nunca pasaron por mi cabeza. La muerte tenía que llegarme de la mano de Dios, y diariamente rezaba para que en su misericordia tuviera a bien acogerme pronto en su seno. Tenía la sensación de haber llegado al final del camino.

A partir de ese momento, cumplí con todas las actividades, incluso la más riesgosas, sin importarme mi integridad física. Cuando un ser humano siente que no tiene ya nada que perder, está dispuesto a soportar la pruebas más duras sin importarle nada. A decir verdad, nunca estuve en real situación de riesgo, dado que en ese entonces contaba con un físico saludable acostumbrado a los ejercicios corporales. Y sabía como moverme en la mar cuando ésta estaba movida y las olas reventaban con bravura. Una muerte por ahogamiento en el mar era altamente improbable. Confiaba más bien en que ocurriera un fatal accidente de tránsito en el momento más inesperado. O una caída con consecuencias letales. En fin. Todavía no sabía que la muerte asomaría fugazmente por un segundo de una manera insólita, para irse sin dejar huella ni sombra en esas circunstancias de mi vida.

De la comunidad Nuestra Señora del Pilar de Barranco (Lima) ya me habían enviado mis enseres personales, principalmente ropa y zapatos. Mi nutrida biblioteca personal todavía se hallaba allá y no sabía qué iba a ser de ella. Lo que sí se me comunicó es que Alfredo Garland, superior de esa comunidad, había decido donar al Colegio Santa María de Chincha (Ica) ‒que estaba bajo responsabilidad del Sodalicio‒ mi colección de música clásica, conformada en su mayoría por cassettes originales de colecciones de Salvat ‒Los Grandes Compositores, Musicalia y Los Grandes Temas de la Música‒ en aplicación de un artículo de los estatutos del Sodalicio de Vida Cristiana que estipulaba que el uso de los bienes personales de los sodálites de vida consagrada se regían por la obediencia. Como se recordará, mi caída en desgracia estaba relacionada con una “desmedida” afición por la música. Y a grandes males, grandes remedios.

Esto contribuyó a aumentar mi sensación de desamparo. Ya había sido despojado de mi anterior vida y de toda certeza y seguridad respecto a mi futuro, para además ser despojado de una de las cosas que más apreciaba entonces: la música clásica. Aún así, no protesté y me mantuve en silencio, alimentando sin embargo el deseo de recuperar algún día mi colección cuando hubiese salido del hoyo en que me hallaba ‒si es que lograba salir‒. Garland había interpretado los estatutos en el sentido de que tenía la potestad para disponer como creyera conveniente de mis pertenencias, sin consultarme previamente. Mi propia interpretación era distinta: como superior mío, Garland podía darme una orden respecto a qué hacer con mis pertenencias, ante lo cual yo podía obedecer, o simplemente negarme a hacerlo ‒lo cual podría hacerme merecedor de una sanción‒, pero de ninguna manera podía hacer con mis cosas lo que quisiera prescindiendo de mi voluntad y pasando por encima de mi libre albedrío. Pues si algo se rige por la obediencia, entonces debe haber un acto de voluntad y respuesta libre por parte de la persona que está sometida a régimen de obediencia. Y a mí no se había ordenado nada. Además, en ese momento Garland ya no era mi superior. Aún así, había dispuesto de mis pertenencias sin respetar mi libertad, condición esencial para que se pueda hablar de obediencia consciente y voluntaria. Yo estaba convencido de la ilegitimidad de lo que había hecho Garland. Pero no me hallaba en situación de protestar ni de reclamar lo que me correspondía. Debía tener paciencia y esperar a que llegara el momento oportuno.

Esta forma de proceder con los bienes de aquellos sodálites que han entrado en crisis o han decidido desligarse de la institución no era cosa nueva en la institución. Eso lo sabe el primer profeso perpetuo que decidió salirse de una comunidad sodálite. La persona a la que me refiero vivía en la comunidad San Aelred en Magdalena del Mar (Lima) allá en el año 1983, cuando yo también era uno de sus integrantes. Poseía una camioneta que había comprado con dinero propio a nombre de APRODEA (Asociación Promotora de Apostolado), una de las entidades fachada del Sodalicio que tenía como fin captar donaciones para poder cubrir gastos diversos ‒como, por ejemplo, los presupuestos de las comunidades‒. La adquisición del vehículo se había hecho a través de esta modalidad a fin de reducir el precio a pagar, ya que APRODEA, como asociación sin fines de lucro, estaba exenta del pago de impuestos. El día en que decidió irse de la comunidad, buscó las llaves del vehículo y no las encontró. El encargado de APRODEA las tenía en sus manos y no quiso devolvérselas. Si se iba, la camioneta se quedaba. Y así sucedió. Legalmente no se podía hacer nada. El Sodalicio “adquirió” de esta manera una camioneta relativamente nueva a costa del bolsillo ajeno.

Algo similar, aunque en menor escala, pasó en ocasiones con las bibliotecas personales de quienes renunciaban a la vida consagrada, adquiridas con dinero propio. Sucedía a veces que esos libros terminaron engrosando las bibliotecas de las casas sodálites. Algunos libros de mi biblioteca personal, por ejemplo, habían pertenecido a la persona que Pedro Salinas llama Eugenio Poggi en su novela Mateo Diez. Poggi recuperaría posteriormente gran parte de su biblioteca personal, pero no sin que hubiera un pequeño saqueo previo. El mismo José Enrique Escardó ha detallado esta práctica en su caso personal (ver http://elquintopie.blogspot.de/2011/08/del-sodalicio-luis-fernando-figari-y-de.html):

«Otro mandamiento que no respetan los líderes del SCV es “no robar”. Cuando vivía en sus comunidades, recibía un dinero mensual de la renta de un departamento de mi propiedad que en ese momento tenía alquilado. Unos 250 dólares mensuales. Entregaba la mitad al superior de la casa, Miguel Salazar, y la otra mitad la guardaba para mis gastos personales. Y todos los meses compraba solo dos cosas: ropa y libros. Considerando que viví en comunidad alrededor de un año y gastaba unos cien dólares en literatura, mi inversión total en lectura fue de unos 1 200 dólares. Además, llevé todos los libros que había comprado antes, incluyendo colecciones completas de uno que otro autor. Mi colección de libros costaba en total unos dos mil dólares. Días después de irme del SCV, solicité la devolución de los textos y me la negaron. En buen cristiano, se los robaron. Y, por supuesto, en ese momento yo aún tenía mucho miedo de enfrentarme a ellos.»

No siempre se procedió de esta manera. Me parece que mucho dependía de quién era la persona que se iba. De todas maneras, siempre había una categoría de publicaciones que eran requisadas en el momento en que se sabía de la defección de un miembro: todas las publicaciones sodálites de uso interno, entre ellas los folletos conocidos como Memorias de Luis Fernando Figari. Si algunos ejemplares de las Memorias de Figari lograron superar esta purga, hasta ahora no hay ‒que yo sepa‒ ningún ejemplar de los Estatutos o Constituciones del Sodalicio de Vida Cristiana que lo haya hecho. Se trata de uno de los documentos más celosamente guardados en el Sodalicio, que rige todos los aspectos de la vida institucional, pero cuyos contenidos se mantienen en secreto. El texto es inaccesible incluso para gran parte de los sodálites de comunidad, pues sólo tienen derecho a poseer un ejemplar quienes hayan emitido por lo menos la promesa de profeso temporal. A los demás sólo les era permitido acceder a los 16 primeros artículos que forman la primera parte, y se llegaba al conocimiento de algunas normas meramente por transmisión oral. Lo cual constituía un problema y se prestaba a abusos, pues la vida de los sodálites de rangos inferiores terminaba siendo regida por normas cuya formulación textual exacta les era desconocida.

En fin, retomando el hilo de mi relato, a partir de ese momento formaría parte de la comunidad Inmaculada del Rosario y me convertiría, con 29 años de edad, en su integrante de mayor edad, por lo cual recibiría durante el tiempo que pasé allí el apodo de “El Abuelo”. Ni siquiera el superior, Gonzalo Len ‒quien sería posteriormente ordenado sacerdote‒, me superaba en edad. Sin embargo, debido a mi situación particular, mi régimen de vida iba ser distinto. Iba a compartir la disciplina de los “monjes”, dentro de la cual se hallaban en esa comunidad otras dos personas: Rafael Ísmodes y Francisco Rizo-Patrón. Lo cual significaba, en primer lugar, que nuestro horario era distinto que el de los demás miembros de la comunidad. Nos levantábamos temprano, a eso de las cuatro de la madrugada, nos dábamos un chapuzón en el mar, después nos duchábamos y aseábamos, y luego nos dedicábamos a actividades espirituales durante unas dos horas más o menos, cumpliendo con algunas de estas cosas: oración mental o lectio divina, lectura bíblica, lectura de algún autor espiritual, lectura de un texto de Figari, rosario y, sobre todo, debíamos recitar las horas principales de la Liturgia y de las Horas, que comenzaban con Maitines. Las Laudes las rezábamos después, poco antes del desayuno, junto con la comunidad. Y las demás horas (Hora Intermedia, Vísperas y Completas) las intercalábamos en el transcurso del día. Cuando los demás miembros de la comunidad se levantaban, hacíamos ejercicios junto con ellos, pero después asumíamos las actividades de servicio como preparar el desayuno, y más tarde en el día poníamos la mesa para el almuerzo y la cena. El resto del día lo dedicábamos a completar las actividades de oración que nos faltaran y a los estudios de teología, espiritualidad y temas de formación. Nos acostábamos para dormir a las ocho y media de la noche, después de la cena, mientras que el resto de la comunidad recién se iba a la cama poco antes de la medianoche.

Si bien Luis Fernando Figari había propuesto la categoría de “monjes” como un estilo de vida que quería incluir en el Sodalicio, esta propuesta nunca llegó a cuajar del todo. Resulta curioso que quienes vivieron en el Sodalicio bajo un régimen “monacal” eran personas que estaban pasando por una crisis, que habían cometido alguna falta grave o que, como supe después, tenían tendencias homosexuales. Lo cual me lleva a preguntarme si alguna vez hubo la intención de oficializar este estilo de vida dentro del Sodalicio, o simplemente fue una fachada para justificar a ojos de los demás sodálites la disciplina especial a la que se sometió a ciertas personas. Lamentablemente, no dispongo de datos suficientes para sustentar una u otra posición, y la pregunta queda abierta.

Que a mí se me consideraba inmerso en una crisis existencial grave lo demuestra el hecho de que Miguel Salazar me propusiera someterme a un examen psicológico. Pues según la mentalidad sodálite aquel que se sentía inclinado a abandonar el camino de la vida consagrada no podía estar mentalmente sano. Se partía del principio de que Dios no se equivoca y, por lo tanto, el llamado divino a una vocación como la sodálite era irrevocable. En consecuencia, quien quería abandonar ese camino tenía que estar mal de la cabeza. Ahora bien, tampoco me podían enviar donde cualquier psicólogo. Luis Fernando Figari siempre nos había inculcado que un buen psicólogo debía tener una concepción filosófica correcta y verdadera del ser humano. De lo contrario, podía hacer mucho daño al recetar soluciones contrarias a la naturaleza humana. De ahí su desconfianza hacia la mayoría de los psicólogos, sobre todo si seguían principios de la teoría freudiana. Dado que el único concepto del hombre que se admitía como válido es el que postulaba la doctrina cristiana, el psicólogo tenía que ser expresamente cristiano para poder ayudar terapéuticamente a las personas. En opinión de Figari, los demás psicólogos, por más profesionales que fueran, junto con el bien que pudieran hacer terminaban también haciendo daño a las personas. Con el paso del tiempo, el Dr. Carlos Mendoza, miembro de larga trayectoria en la Familia Sodálite, ha terminado convirtiéndose en el psicólogo del Sodalicio. A él le envían los casos problemáticos, asegurándose también de esta manera en la medida de lo posible que nada de lo ocurrido al interior de las comunidades llegue a conocimiento de psicólogos profesionales independientes y ajenos a toda la parafernalia del estilo de vida sodálite.

En mi caso, la persona elegida para hacerme el análisis psicológico en ese entonces fue una estudiante de psicología, Liliana Casuso, que actualmente forma parte de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación, la asociación de vida consagrada para mujeres fundada por Figari. Los resultados de los tests que me tomaron le fueron enviados a Miguel Salazar, quien se reunió después conmigo para comentarlos. No hubo ninguna sorpresa ni novedad, nada fuera de lo común ni que yo no supiera antes, salvo el hecho de que se indicaba que yo podía tener una cierta tendencia homosexual. Miguel, quien siempre se ha caracterizado por poseer grandes dosis de sentido común, relativizó este dato, indicándome que no le diera importancia, pues tanto el como yo sabíamos perfectamente que yo era heterosexual.

Aunque en su momento no le di ningún peso a este detalle, con el paso del tiempo y luego de haber recibido algunos testimonios, se ha convertido en un asunto que me ha llamado la atención. Han habido varios casos en de jóvenes que estuvieron en el Sodalicio, a los cuales se les hizo dudar de su orientación sexual, sugiriéndoles la posibilidad de que fueran homosexuales. Ciertamente ha habido muchachos homosexuales en el Sodalicio, a los cuales se admitía teniendo los responsables conocimiento de su orientación sexual, e incluso hubo quien fue admitido como candidato al sacerdocio. Si bien en lo doctrinal el Sodalicio siempre ha sido explícitamente homófobo, a Figari y compañía no parecía molestarles en lo absoluto tener entre sus filas a homosexuales. Pero en los casos a los que me refiero más arriba, se trata de jóvenes que tenían cierta indefinición sobre su identidad sexual ‒cosa que ocurre con cierta frecuencia en la adolescencia‒ o eran claramente heterosexuales. Cito al respecto dos comentarios que se han hecho en mi blog en el post SODALICIO Y SEXO.

Santiago dijo: 30 de enero de 2013 en 7:57

«A modo de anécdota recuerdo que en un consejo comunitario a los que habíamos pasado a vivir una experiencia comunitaria (de 5 a 10 chiquillos), a uno de nosotros a voz en cuello le preguntaban si ya había comenzado a soñar con hombres desnudos, que eso era común cuando en comunidad se vive…»

Isaias dijo: 2 de febrero de 2013 en 17:59

«Cuando entré a vivir a comunidad siendo muy joven, en la pared de la casa había una frase grandota al lado de una imagen de Luis Fernando que decía: “EL SODALICIO ES LO QUE LOS SODÁLITES SON”, lo que me pone a pensar mucho, cuando dicen que esto es sólo de casos aislados y no de la comunidad.

Yo siento que fui agredido sexualmente de una manera muy cruel y nunca me tocaron mis partes íntimas (pues la sexualidad no sólo es el acto carnal), ya que entré al Sodalicio sin ninguna experiencia sexual carnal y salí de la misma manera, pero en los 10 años de mi estadía no hubo un día en que no se me insistiera en el mismo tema, con las preguntas casi enfermizas de si me gustaban los hombres, de si los miraba y que si lo hacía en qué parte los miraba, hasta llegar al punto de que en una reunión de comunidad el superior afirmó que él sabía los actos indebidos que yo hacía en la ducha, cuando puedo jurar que en el tiempo que estuve en comunidad nunca ni siquiera me masturbé. Siento que fue tal su insistencia, que en el momento de salir de comunidad me generé la necesidad de pagarle a una mujer trabajadora sexual para salir de la duda, pero de igual manera accedí a tener relaciones con un hombre para sopesar qué me gustaba más. Para lo cual hoy después de haber madurado un poco veo innecesarios los métodos que utilice de autoafirmación, pero en ese tiempo tenía bien poca información sobre lo sexual, sólo las voces contantes de prohibir la homosexualidad pero siempre estar hablando de ella. Pero creo sinceramente que tanta insistencia en el tema generó grandes dudas en mí, que me llevaron a vivir en una inseguridad constante sobre mí mismo.

Recuerdo también como mi consejero, hoy sacerdote sodálite, disfrutaba a cabalidad de que le contara con detalles mis sueños nocturnos para después terminar con una bofetada en mi cara.»

Otro caso lo cuenta un ex-miembro de las Agrupaciones Marianas ‒que forman parte del Movimiento de Vida Cristiana (MVC)‒ a través de un testimonio que me ha llegado por correo electrónico, el cual, durante un viaje de misiones a algún lugar de la serranía peruana, fue involuntariamente testigo de un acto indebido por parte de Jeffery Daniels, un ex-sodálite a quien varios testimonios señalan como un abusador sexual. Reproduzco los párrafos correspondientes con autorización del testigo, aunque por razones evidentes deba omitir su nombre:

«Lo que siguió a ese evento fue una obra de arte de manipulación psicológica por parte de un depredador sexual como Jeffery.

Ese mismo día en la noche Jeffery nos juntó alrededor de él, sacó una Biblia, puso cirios y comenzó a hablar del pecado y dijo que sentía la presencia del demonio entre nosotros. Por supuesto, todos con miedo y hasta llanto… Él controlaba todo… Luego dijo que cada uno de los presentes estaba en falta con Dios y los mandó a dormir a todos menos a mí. Quería conversar conmigo. El camino ya estaba trazado psicológicamente: ya me sentía pecador.

Fue en ese momento que me preguntó sobre lo que había visto y me dijo que eso no ocurrió, que yo estaba mal, me dijo que yo podía tener tendencias homosexuales… ¡Cómo será de astuto ese huevón que llego a explorar en mi pasado y sacar un evento en el cual el tío de un amigo del colegio una vez me tocó el trasero y yo me asusté, y por miedo y por vergüenza no se lo conté a mi padre! Y como era algo que me perturbó de niño y en parte era mi secreto, se valió de eso para decirme que yo era cabro y que veía en otros cosas que no pasaban y que él no iba contar nada, que esto era un secreto entre los dos. Y así fue de ese momento en adelante. Nada tenía sentido. […]

Regresé de misiones pensando que podría ser cabro, que veía cosas que no eran y para colmo tenía un secreto con este pata que no podía contar por mi bien y por el bien del MVC (Movimiento de Vida Cristiana), ya que si yo estaba equivocado, podría causar mucho daño. […]

Semanas después ya no continué en el grupo de posibles sodálites. […] [Mi instructor] me mandó donde Carlos Mendoza, el cual, como era psicólogo, me iba ayudar a sacar el pecado, ya que su teoría era que cómo de niño me manosearon, yo pude sentir placer y ése era mi pecado. Y por esa razón me mandó donde un Padre que decían que era santo y se llamaba Muguiro. Fui donde el Padre, confesé mi supuesto gran pecado, que ‒a decir verdad‒ tuve que aceptar. Cuando se lo dije al Padre, ni le prestó atención . Al final, pecado inventado quedó reconciliado, pero de mi cabeza nunca salió la imagen de Jeffery tocándole el trasero a ese futuro sodálite. Lo peor es que nunca se lo dije a nadie, porque pensaba que él revelaría lo que me había ocurrido de chibolo.»

Sea o no sea verdad lo que aquí se cuenta, lo cierto es que hay indicios de que la insinuación de una orientación homosexual en personas que no lo eran supuestamente se usó en ocasiones como un medio de manipulación de las conciencias en el Sodalicio. Miguel Salazar nunca se prestó a esto. En mi caso, él consideraba que el resultado mencionado del test al que yo había sido sometido entraba dentro del margen de error.

Como ya he señalado, yo tenía clara mi orientación heterosexual. Incluso, en eso meses de angustia donde deseé a diario estar muerto, algo que fue alimentado en mí el deseo de vivir y la esperanza de un futuro mejor fueron las ilusiones de poder amar a una mujer como nunca lo había hecho en mi vida. A medida que pasaban los días, esa mujer ideal comenzó a tener nombre, el de una chica de ancestros alemanes a la cual en algún momento de mi vida había ayudado personalmente. Por supuesto que ella no sabía nada de lo que me estaba sucediendo, ni yo tenía ninguna importancia en su vida, salvo el hecho de ser un amigo que la había ayudado en un momento crítico de su vida. Más bien, los pensamientos que comenzaron a rondar mi cabeza tenían mucho de amor platónico, de construcción idealizada e inmadura de una relación que se me presentaba como un salvavidas en medio de las turbulencias que agitaban mi paisaje interior. Yo nunca había tenido una enamorada antes de conocer al Sodalicio, aunque sí me enamoré perdidamente una vez de una joven chica de mi salón de clase en el Colegio Alexander von Humboldt, sin ser nunca correspondido. En este aspecto, mi afectividad se había estancado en la adolescencia y no había madurado, debido a que desde muy joven me entregué al ideal sodálite. Gracias al control mental que allí se practicaba, muy pronto aprendí que debía controlar mi vida sentimental y guiarme unicamente por criterios racionales. Mi desarrollo afectivo quedó interrumpido en esa área concreta y todo ese mundo quedó sepultado, aunque todavía latente, bajo la disciplina que se vive en las comunidades sodálites. De alguna manera, afloró a través de mi vena artística en las canciones que componía, cargadas de una emotividad que se sustraía al corsé de las prescripciones tácitas que había sobre el tipo de canciones que quería Luis Fernando Figari que se compusieran en el Sodalicio.

Y precisamente fue en esa época de San Bartolo donde compuse una de mis canciones más sentidas y autobiográficas, a la cual le he puesto posteriormente el título de Sueño de amor en mi soledad desnuda. Esta canción, que refleja mi estado de ánimo de entonces, permanece inédita en la actualidad. La letra, que mezcla simbolismo religioso con pasión y sentimiento, es como sigue:

SUEÑO DE AMOR EN MI SOLEDAD DESNUDA

en mi soledad desnuda
el gusano de la nada
perforaba a bocanadas
un infierno sin salida
por la angustia acumulada
en el fondo de la herida
y la costra envejecida
de mi carne avergonzada
por la llaga tan temida
de la esperanza podrida
en mi espalda lacerada
por la mano abandonada
de vestigios de la vida
y la piel ennegrecida
y mortal

aún confiando en mi resurrección
puse en espera mi muerte anunciada
en alas de una luciérnaga viajera
crucé las sombras de un territorio en guerra
y tembloroso como el ave toqué a tu balcón
mi fiel amor

fue como un sueño de dulce ensoñación
como el encanto de un cuento de hadas
tu voz volando como una mariposa
sobre el dragón en mi oscuridad frondosa
lloviendo flores y los duendes cantándole al sol
mi fiel amor

con tu sonrisa amada
y tu suave mirada
tu ternura encendida
en mi memoria urgida
del sol sin demora
un rayo en la aurora
que calme la ira
de la marejada
en mi sangre caída
por gracia vertida
en tu copa de orquídeas
y fue como el amanecer
que ahuyenta los cuervos de mi tarde
fue como volver a ser
un niño en brazos de su madre
mi fiel amor
mi fiel amor

ya se muere la homicida
mala víbora engendrada
en la entraña avinagrada
por la fiera malparida
que agoniza malherida
por el tajo de la espada
del arcángel y su armada
en cruzada contra el mal

la mujer de la alborada
de luz solar vestida
sobre la luna erguida
y de estrellas coronada
besó con su mirada
mi fe robustecida
mi esperanza crecida
y mi amor

enamorado me puse a caminar
entre las ruinas de un largo pasado
te apareciste en mi senda dolorosa
como la brisa en una mañana hermosa
como el lucero de la tarde que refleja el sol
mi fiel amor

acompañado en mi peregrinar
por los fantasmas de lo derrumbado
tu aparición fue como la primavera
y ahora te canto y te llamo compañera
mi compañera de la espera, mi vida, mi amor
mi fiel amor

Como ya he señalado, no se trataba de una relación sentimental correspondida que existiera realmente, sino de un mundo de fantasía que yo había construido para encontrar una salida a la angustia que me acosaba diariamente. Pues a pesar de que los días transcurrían aparentemente plácidos con su rutina de ejercicios físicos, estudio, oración, meditación espiritual, continuamente me atormentaba la inseguridad de no saber cuándo y cómo iba a terminar todo esto. Yo me sentía atado bajo el peso de la promesa de profeso temporal que había hecho, cuya vigencia vencía en octubre de 1993. En virtud de esa promesa yo me había comprometido a vivir en celibato y obediencia a mis superiores en el Sodalicio. Romper esa promesa me parecía inconcebible, ya sea por dignidad personal ‒pues yo siempre he sido de cumplir lo que he prometido‒, ya sea porque se me presentaba como un rechazo a Dios. ¿No era el quién me había llamado a esa vocación? Además, si por esas cosas del destino tenía que dejar la vida consagrada en comunidades sodálites, debía hacerlo “por la puerta delantera”, después de un discernimiento serio y habiendo cumplido con todas las formalidades del caso. Lo que no me imaginaba era la intensidad de angustia que me iba a acompañar durante esos siete meses. El tener que pasar por este purgatorio es algo que han experimentado muchos de aquellos que decidieron abandonar la vida consagrada “por la puerta delantera” sin escabullirse por “la puerta trasera”, que consistía en tomar las de Villadiego entre gallos y medianoche o aprovechando cualquier oportunidad que se presentara para huir furtivamente de la comunidad. Pero eso significaba convertirse de un día para otro en una especie de “apestado” o “renegado”, ser tratado automáticamente como un “traidor” y perder de golpe todas las amistades que se tenía en la Familia Sodálite.

Lo cierto es que durante ese tiempo el deseo de abandonar definitivamente la comunidad fue madurando en mí. Descubría en mí características personales que encajaban mal dentro del estilo de vida de un sodálite consagrado y que me habían generado más de un problema, como mi libertad de pensamiento, mi espíritu crítico, mi sensibilidad artística ‒con una creatividad musical que se resistía a encasillarse en los parámetros fijados por Figari‒, mi gusto por la literatura no religiosa, mi afición a la música en sus expresiones más variadas, mi afición cinéfila orientada hacia la cinematografía artística y el cine alternativo, mi rechazo hacia todo lo que pareciera censura o restricción de la libertad de expresión, entre otras cosas. Además de que cada vez se me hacía más difícil guardar el celibato. Lo femenino se me presentaba como un misterio que necesitaba descubrir.

En ese tiempo hubo varias personas que conversaron conmigo, tratando de disuadirme de abandonar el camino de la vida consagrada, entre ellas Miguel Salazar, el P. Jaime Baertl y mi hermano. No dudo de que lo hicieran de buena fe y con las mejores intenciones. El problema estaba en que el concepto de vocación que manejaban era muy estrecho y rígido, como he descrito anteriormente. No se concebía una vocación ‒entendida como llamado de Dios‒ que fuera un proyecto de vida compuesto por diferentes etapas, entre las cuales podía estar el pertenecer durante un tiempo a una institución de vida consagrada. El compromiso definitivo con el Sodalicio se entendía como un acto irrevocable, con consecuencias imperecederas. Como un sello que quedaba grabado a fuego en el alma. Por eso mismo, quien decidía abandonar ese camino ‒sin importar lo legítimos que pudieran ser sus motivos‒ era considerado como un “traidor” y se consideraba que ponía en riesgo su salvación eterna. Quienes hablaron conmigo querían librarme de terminar algún día en el fuego infernal, sin importarles mucho el infierno interior que estaba viviendo dentro de la institución. Aun hoy en día hay quien ha manifestado preocupación por mi salvación. Ello es consecuencia lógica de haber absolutizado la institución y haberle atribuido características que sólo corresponden a la Iglesia como un todo.

El deseo de que me sobreviniera la muerte nunca dejó de acompañarme durante ese tiempo, aunque se fue mitigando debido a un incidente que relataré a continuación. Todos los días le rezaba a Dios para que acabara de una vez con mi vida a través de una muerte rápida e imprevista. Ese momento pareció estar muy cerca un día a temprana hora. Después del acostumbrado chapuzón matutino en el mar a eso de las cuatro de la madrugada, fue a darme el duchazo de rigor ‒cuyo sentido no veía muy claro, ya que el agua que salía de las tuberías en San Bartolo no era potable sino salobre como el agua de mar‒. Las duchas, en número de tres, consistían en unas cabinas adosadas al cerro, ubicadas en el patio externo de la casa. Cada cabina estaba conformada por la ducha propiamente, más un espacio previo de reducidas proporciones que hacía de vestidor. Ese espacio estaba iluminado por una bombilla de luz, que colgaba del techo a baja altura. Fue entonces que, después de salir de la ducha desnudo y mojado, cogí la toalla húmeda con las dos manos y la levanté por encima de mi cabeza para secarme la espalda. La toalla tocó la bombilla y sentí el golpe de una descarga eléctrica que me recorrió todo el cuerpo. Afortunadamente, esa misma descarga ocasionó que doblara las piernas por efecto de la contracción muscular, lo cual hizo que la toalla dejara de estar en contacto con la bombilla. La cosa no pasó de un susto, pero a partir de entonces tuve la certeza de que mi hora definitiva, aunque se sintió cercana, había pasado de largo, pues aparentemente no estaba en los planes de Dios que recibiera la estocada final en ese momento y se me estaba concediendo una nueva oportunidad. No sé si debido a este incidente, o debido al hecho de que durante tanto tiempo la muerte fuera un huésped continuo de mis pensamientos, lo cierto es que le perdí todo miedo a la muerte y aprendí a convivir con ella. Me fui acostumbrando cada vez más a la idea de que algún día tendría que morir, y ese pensamiento le ha ido quitando gravedad a los contratiempos y desventuras que me han sobrevenido en la vida, permitiéndome vivir siempre con una actitud de esperanza. Pues todo lo que sucede, todo lo que uno tiene y acumula es pasajero, y algún día quedará atrás para siempre. Los únicos lazos que me atan a la vida son los que se generan a partir de alguna misión que tenga que cumplir, de la responsabilidad que tenga hacia otros, del deseo de compartir lo vivido, del amor que le debo a las personas queridas y a los amigos. Y a fin de cuentas, todo está en manos de Dios.

Por cierto, comenté el incidente durante el desayuno, pero todos lo tomaron a la ligera y fue motivo de sonrisas y bromas. Pero nadie, ni siquiera el superior de la comunidad, Gonzalo Len ‒a quien sigo teniendo en alta estima por su actitud respetuosa y su trato humano‒, decidieron que se debía aplicar alguna medida de seguridad para evitar que este tipo de incidentes volviera a ocurrir. No los culpo. Ni yo mismo le tomaba entonces el peso a lo que era seguridad. Como tampoco se le daba mucha importancia en el Sodalicio en general, lo cual hizo que en ocasiones se pusiera en riego la integridad física, la salud y e incluso la vida de la personas. Recuerdo que una vez en San Bartolo a unos muchachos se les hizo nadar tantas veces ida y vuelta al islote que quedaba en medio de la bahía, que comenzaron a tener síntomas de hipotermia. El superior de la comunidad, tranquilo y con actitud risueña, hizo que les midieran la temperatura. El termómetro marcaba alrededor de los 35 grados centígrados. Sin alarmarse ni nada, como si lo que estaba sucediendo fuera la cosa más normal del mundo, hizo que les dieran vino de misa caliente, con lo cual poco a poco recobraron la temperatura normal.

He de admitir que de los tres períodos que estuve en San Bartolo, éste último fue el más suave y tolerable, a no ser por la angustia que me atenazaba a diario. Gonzalo Len y Miguel Salazar me trataron siempre con mucho respeto y me ayudaron, dentro de lo posible, a atravesar el trance por el que estaba pasando. Las actividades del día a día se inscribían dentro de una rutina de costumbre, dentro de la cual no hay ningún acontecimiento destacado que señalar. Tal vez el hecho de que hubiera la sensación de que yo estaba de salida hizo que no se pusiera sobre mis hombros exigencias fuera de lo común bajo cuyo peso terminara sucumbiendo interiormente. Quizá una de las cosas que cabe señalar es una inflamación de los músculos dorsales que me sobrevino, a tal punto que no podía caminar sin apoyarme en las paredes. Tuve que guardar cama durante varios días y, por prescripción médica, recibir inyecciones dos veces al día. El 6 de mayo, día de mi cumpleaños, lo pasé postrado, y sólo bajé a estar en la comunidad el día anterior en la noche para recibir esa fecha a la medianoche con saludos y abrazos. Parece que la lesión había sido ocasionada por los ejercicios físicos rigurosos que se acostumbraban en San Bartolo. En fin, nada del otro mundo.

A medida que pasaban los meses, cada vez estaba más convencido de que yo no estaba hecho para la vida en comunidades sodálites. Sin embargo, no tenía la intención de abandonar el Sodalicio, pues éste había orientado mi vida desde que yo tenía 15 años. A través del Sodalicio, una línea torcida más, yo había descubierto la fe cristiana que conservo hasta ahora. En esas circunstancias de mi vida, no concebía una vida fuera del Sodalicio. Además, yo no quería echar por la borda los años que había vivido en comunidad. Lo que viniera después tenía que darse sin solución de continuidad con lo que había vivido hasta ese momento. Y en el Sodalicio había la posibilidad de un cierto modo de pertenencia a la institución dentro de la vocación al matrimonio, a saber, la de los adherentes sodálites. El tiempo transcurrido en comunidades sodálites se me presentaba como una preparación necesaria para el camino que tenía por delante.

Es así que un día Miguel Salazar me comunicó que en julio de ese año podría dejar la comunidad e iniciar una vida en el mundo. Se me concedía licencia para poder reflexionar ante la mirada de Dios y en circunstancias distintas cuál era mi camino. Si decidía retomar la vida consagrada en el lapso que faltaba hasta octubre ‒que es cuando vencía mi promesa de profeso temporal‒ tenía las puertas abiertas para regresar. Si tomaba la decisión de no hacerlo, tenía la opción de entrar a formar parte de un grupo de sodálites que se estaban preparando para el matrimonio. Los once años pasados en comunidades me habían servido para resolver algunos problemas personales que tenía, encontrarme conmigo mismo, recibir mal que bien una formación cristiana, y ahora Dios me llamaba para seguir una senda distinta, que me permitiera no sólo desarrollar personalmente mis talentos y capacidades, sino también estar al servicio de los demás de manera más eficaz. La vida que yo había llevado en comunidades no era precisamente la idea que yo tenía de contribuir a cambiar el mundo, y ahora se me presentaba la oportunidad de aportar mi grano de arena para cumplir con esa tarea.

Lo que yo no sabía era que esta visión de la cosas no era compartida por muchos miembros del Sodalicio y de la Familia Sodálite. Pasaría mucho tiempo antes de que me diera cuenta de que para ellos yo era solamente un fracasado, alguien que había abandonado el camino para el cual estaba originalmente llamado, una especie de “traidor” arrepentido, y como adherente sodálite mi compromiso era de segunda categoría y no ostentaba la radicalidad y entrega del compromiso de los sodálites de vida consagrada. Sólo Miguel Salazar seguiría confiando en mí, aconsejándome en mi vida espiritual y permitiéndome ayudar en algunas tareas de formación de comunidades sodálites, hasta que las circunstancias de la vida impidieron que siguiera prestándome ese apoyo. Fue enviado posteriormente a Colombia, y la distancia física junto a las obligaciones contraídas hicieron que nuestros caminos se separaran y la comunicación fuera cada vez más rala y distante. Aún así, si hoy me preguntaran a quien considero el sodálite mas honesto, sensato y generoso que haya conocido y que todavía forma parte de las filas del Sodalicio, no dudaría ni un solo momento en mencionar su nombre. Aunque Rafael Ísmodes y Manuel Rodríguez también estarían entre mis candidatos.

Es así que en julio de 1993 me mudé a la antigua casona de mi difunta abuela en El Olivar de San Isidro (Lima), donde vivía actualmente sólo una tía abuela muy querida acompañada de una empleada huancavelina que tenía dos hijos y de la hija adulta de una antigua cocinera de la casa que había muerto tras una larga y penosa enfermedad. De mi biblioteca personal, recuperé algunos libros que me servían para la docencia y todas las obras literarias que había ido adquiriendo a través de los años. El resto de libros, en su mayoría de teología, los doné a la comunidad Nuestra Señora del Pilar. Era imposible encontrar lugar para todos esos libros dondequiera que estuviera. También recuperé mis colecciones de música clásica casi completas. Me comuniqué con Juan Fernando Trivelli, sodálite que estaba a cargo del Colegio Santa María de Chincha, le expliqué la situación y por qué yo consideraba ilegítima la “donación” que había hecho Garland y accedió gentilmente a devolverme los cassettes.

Los pocos ingresos que tenía venían de mis clases como docente de teología en el Instituto Superior Pedagógico Catequético (ISPEC), un instituto del arzobispado de Lima donde se formaba a profesores de religión católica. Durante mi estadía San Bartolo había pedido licencia para el primer semestre del año, y ahora retomaba mis actividades docentes en el segundo semestre a partir de agosto. Tenía sólo un título de licenciado en teología otorgado por la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. La tesis para optar al grado la había sustentado en enero de ese mismo año, durante mi estadía en San Bartolo. Y ahora, con 30 años a cuestas, tras haber pasado más de once años de mi vida en comunidades sodálites, debía comenzar una vida nueva, en una realidad en la que me sentía como pez fuera del agua.

Vendrían años difíciles donde retomaría la educación sentimental interrumpida en mi adolescencia, conocería fugazmente el primer amor, sufriría penurias económicas, trabajaría aquí y allá como profesor y docente sin encontrar nunca un lugar donde quedarme, sería poco a poco marginado de actividades intelectuales y formativas en el Sodalicio, sería tachado de “loco” y “excéntrico” en el boca a boca del chismorreo de la Familia Sodálite. De entre los miembros de comunidades sodálites, con los cuales había compartido tantos momentos de mi vida, serían muy pocos los que me tenderían una mano para poder seguir adelante. Pero también conocería a mi mujer, el amor de mi vida, tendría la hermosa experiencia de fundar una familia y ver crecer a dos hijos, Carolina y Alexander. En fin, aprendería a vivir.

Aún así, la experiencia vivida ha dejado heridas en mi psique que se han manifestado en sueños hasta hace algunos años. He tenido pesadillas donde, aún estando casado, se me hacía volver a una comunidad para volver a pasar por una etapa de discernimiento. Sólo que esta vez el discernimiento era eterno y me era imposible salir de la comunidad, atado por unas cadenas invisibles y encerrado tras barrotes interiores, esperando en vano que me dieran la orden de irme y pudiera regresar por fin al lado de mi mujer. He tenido que romper esos barrotes del alma para poder ser libre. Y esa libertad de los hijos de Dios, garantizada por el amor inefable de Jesús, pase lo que pase, nadie me la podrá quitar. Que así sea.

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AGRADECIMIENTOS

Quisiera agradecer a las siguientes personas:

– A Miguel Salazar, por su amistad y comprensión, sin las cuales no hubiera podido salir del hoyo en que me encontraba.

– A mi difunta madre Catherine, que me apoyó y me ayudó en la medida de sus posibilidades, no solo para salir adelante en la vida en momentos aciagos, sino también para poder migrar a Alemania junto con mi familia y siguió preocupandose por nosotros y apoyándonos desde lejos hasta su muerte.

– A Miguel y Patty Rodríguez, amigos que con inmensa generosidad me ayudaron a insertarme en el mundo en momentos en que muchos aún mantenían actitudes de desconfianza y recelo hacia mí.

– A Eliana Elías, amiga entrañable que me dio varias lecciones de vida.

– A la Hna. Julia Estela, directora del Instituto Superior Pedagógico Catequético (ISPEC), por la confianza que siempre depositó en mí, y por su entrega generosa y sacrificada para formar buenos profesores de religión entre la gente de pocos recursos.

– A César Augusto Chiappe, por haber defendido mi capacidad docente y mi libertad académica cuando fue director del Instituto Superior Pedagógico “Nuestra Señora de la Reconciliación”.

– A José Luis Pérez Guadalupe, por haberme convocado a participar en Santa Anita y San Juan de Lurigancho como docente del Curso de Teología a Distancia organizado por el Instituto de Teología Pastoral Fray Martín de la Diócesis de Chosica, lo cual me permitió tener una experiencia de la Iglesia como Pueblo de Dios como nunca la había tenido en el Sodalicio.

– A Genaro Matute, ex-Contralor de la República, el cual, cuando era decano de ESAN (Escuela de Administración de Negocios para graduados), siempre me dio ánimo y me apoyó para que finalizara la maestría en un área de estudios para la cual nunca me sentí capacitado.

– A Carlos Scerpella, Javier Pinto, Gustavo Kennedy, Julián Echandía y Carlos Aguilar, adherentes sodálites, por haber estado siempre dispuestos a escucharme y darme su consejo de amigos cuando lo necesitaba.

– A Manuel Rodríguez, adherente sodálite que también vivió alguna vez como consagrado en comunidades sodálites, por su amistad, honestidad y comprensión.

– A Gerardo Barreto, amigo leal e incondicional de buen corazón.

– A todos aquellos que, de una u otra manera, contribuyeron a que me librara del condicionamiento mental fundamentalista y sectario que tuve durante años y que todavía padecen muchos integrantes de la Familia Sodálite.

– Por último quiero agradecer a mi esposa María Eleana, quien me ha soportado durante los 17 años que estamos casados, y que sigue amándome a pesar de todo.

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Sobre el concepto de vocacion como llamado de Dios, vale la pena citar a Antonio Ruiz Retegui (1945-2000), quien fuera sacerdote del Opus Dei. En su libro El ser humano humano y su mundo. Algunas claves de la antropología cristiana ‒nunca publicado por el Opus Dei debido a sus velados contenidos críticos hacia la institución‒ incluye unas reflexiones sobre el sentido de la vocación cristiana, que se diferencian bastante del concepto rígido y esquemático que se ha manejado en el Sodalicio (ver http://www.opuslibros.org/libros/Retegui/capitulo_11.htm). Reproduzco aquí unos párrafos.

«…cuando se concibe la vocación como una llamada unívoca a una situación en una institución de este mundo, aunque sea con miras hacia la vida eterna, parece que si abandona ese camino, la persona quedaría definitivamente frustrada para Dios. La práctica demuestra que no es así, ni siquiera en el modo de actuar de las instituciones más “sobrenaturalistas”.

El sentido de la perseverancia tiene un fundamento más “humano” y, por eso mismo, más comprometido y divino.

En el caso de la entrega “vocacional”, la irreversibilidad no debe considerarse deducida necesariamente de la relación directa con Dios, como si Dios mismo hubiera llamado explícitamente a esa persona. No tendría sentido, por ejemplo, que San Pablo abandonara la misión recibida de Jesucristo aduciendo, por ejemplo, que no tenía capacidad para realizarla. En su caso, no cabe duda de que la llamada era explícita y que el mismo que le había llamado era el que le daba las condiciones para llevarla a cabo. Pero eso no se puede afirmar, como es evidente, en el caso de la entrega común en las instituciones vocacionales. Por eso, es posible que después de un tiempo de prueba haya que reconocer que no se está en condiciones de mantenerse en ella.

Además es posible que la misma institución vocacional experimente cambios substanciales, al menos en la relación con algunas personas. En cualquier caso hay que tener en cuenta que lo esencial es la unión con Cristo en su Iglesia, y que todas las instituciones que nacen en ella, son esencialmente “parte” de la Iglesia, y nunca pueden arrogarse un carácter absoluto, como única situación posible, para la persona, de unión con Dios.

La presunta irreversibilidad de la entrega vocacional debe deducirse más bien de la naturaleza de las cosas, de modo semejante ‒no estrictamente idéntico‒, a como quien ha hecho una opción importante en su vida, no debe variarla si no es por razones graves. La exigencia de irreversibilidad no es absoluta, ni el abandono del proyecto primero supone necesariamente un apartamiento de Dios. De hecho, a pesar de los vínculos jurídicos o canónicos que haya contraído, hay siempre un camino legítimo, jurídicamente establecido, de “dispensa”. Y, obviamente, emprender un proceso legítimamente reconocido, no puede significar por eso apartarse de Dios. Es cierto que quien se ve inclinado a desistir de un camino vital emprendido años atrás, sufre una quiebra en su vida. Esa ruptura que puede ser muy dolorosa y en ocasiones, casi imposible de soportar, pero no supone inequívocamente y de suyo un mal moral. A veces, la unidad consigo mismo y con Dios puede reclamar una ruptura con muchas relaciones menos radicales o decisivas.

El deber de la perseverancia está normado por la naturaleza de las cosas, en concreto, por la naturaleza del ser humano, cuya unidad reclama una cierta continuidad en los proyectos más importantes. Por eso, en muchos casos ha de contar el deber de mantener la propia identidad, en el sentido de proyecto vital, también ante las personas más próximas y queridas: hay ocasiones en que el cambio brusco de proyecto vital equivale casi a “desaparecer” de la vida de esas otras personas y, en consecuencia, a romperles también a ellas sus vidas. Este deber de caridad puede plantear el deber de aceptar sacrificios personales muy grandes, según sea el vínculo con esas personas cercanas.

Pero la unidad de la historia vital no debe considerarse solamente desde el punto de vista de su coherencia, digamos, narrativa. Su fundamento radical no está en el hecho de que sea una historia unitaria o lineal, sino en que sus actos estén fundamentados sobre la eternidad de Dios. […]

…debería evitarse hablar con excesivo tremendismo de la no perseverancia. Sin embargo, es frecuente referirse al abandono del camino concreto vocacional, en un tono trágico, como si quien lo hiciera estuviera apartándose de Dios y abocándose a una vida necesariamente infeliz, lo cual es probadamente falso. Cuando en el lenguaje institucional se dan muchos juicios de ese tipo, se predetermina además la opinión de las personas sobre los que no perseveraron.

Probablemente ese cúmulo de “expresiones condenatorias” del abandono de la institución vocacional, sea debido a la conciencia implícita de que la perseverancia de muchos está constantemente en peligro, y, en consecuencia, al empeño por asegurar la perseverancia de personas que no pueden estar “atadas” por otros vínculos externos, como es, en el caso de los religiosos, la situación pública y social. Pero el recurso a las presiones referidas resulta contrario a la naturaleza de las cosas, y, en la medida en que incluye esos juicios morales, es además violentador de las conciencias. Éste es uno de los casos en que aparece el intento de dominar a las personas a través de la conciencia.

Por todo esto, una muestra segura de que se protege la libertad de las personas y de que se confía en la voluntariedad actual de los que perseveran, es que no se dramatiza excesivamente la no perseverancia de algunos. Y esto por dos razones. La primera porque, como hemos dicho, no se identifica el abandono de la institución vocacional con el abandono de Dios o con el pecado. La segunda es la convicción de que esos casos no pondrán en crisis la perseverancia de las demás personas que siguen ese mismo camino, porque se presupone que esas personas saben a qué se han entregado y por qué. Si los motivos de la entrega se presuponen vivos y actuales, y además se da la importancia que tiene realmente la perseverancia, no se considerará una tragedia el que algunos se sientan inclinados a abandonar, por los motivos personales que sean.

Ciertamente, todos somos muy influidos por las conductas que contemplamos en el ambiente que vivimos, y cuando un ambiente es dominado por el capricho o la mera emotividad sentimental, la perseverancia se resiente. Pero en la Iglesia hay muchas instituciones que han acogido serenamente en sus propios ámbitos a personas que abandonaron la pertenencia estricta a ellas, sin que eso suponga como una invitación a que los demás abandonen también. Desde luego, si la perseverancia se fomenta sólo a base de quitar de la perspectiva de todos la posibilidad del abandono, esa perseverancia será poco segura y, seguramente en muchos se mantenga en un nivel un tanto “formalista”.

La perseverancia ha de fomentarse ciertamente, pero el cauce propio es cuidar que la finalidad que estuvo en el principio de la entrega, es decir, el ideal de la institución vocacional, esté constantemente vivo y encendido, sin que la misma institución se convierta en un absoluto, es decir, que no tenga ninguna referencia ulterior a sí misma.»

Reflexiones similares sobre la relación entre la vocación y lo institucional, que pueden servir de ayuda a muchas personas que se hallan en proceso de discernimiento vocacional, se pueden leer también en el interesantísmo escrito de Ruiz Retegui Lo teologal y lo institucional. Reflexiones íntimas (ver http://www.opuslibros.org/libros/Teologal/indice.htm).