PSICOLOGÍA EN EL SODALICIO: MANIPULACIÓN DE LA HISTORIA PERSONAL

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Humberto del Castillo Drago

Alejandro no era blanco ni tenía ojos azules ni un apellido de abolengo, su familia —de clase media estándar limeña— tampoco era adinerada, pero él era un muchacho inteligente y voluntarioso. Y estas cualidades eran suficientes como para que se le perdonara el no contar con los otros requisitos que los sodálites de la primera mitad de los ‘90 buscaban en los candidatos al Sodalicio. Al igual que la inmensa mayoría de quienes actualmente integran la institución, el primer contacto con ella se inició cuando Alejandro era aún menor de edad.

De participar en actividades deportivas junto con un grupo de amigos del barrio en el Centro Pastoral de San Borja por pura curiosidad, a sus catorce años fue pronto asimilado a una agrupación mariana liderada por Humberto del Castillo Drago, sodálite desde 1982, conocido por su proverbial patanería y su fidelidad a rajatabla a Luis Fernando Figari, a quien seguía refiriéndose cariñosamente en febrero de 2014 —en el marco de una entrevista en el canal católico EWTN— como «mi fundador», reconociéndole que «siempre ha sido inspirado por el Espíritu».

Actualmente Del Castillo Drago es Fundador y Director General del Centro de Desarrollo Integral de la Persona Areté en Medellín (Colombia), psicólogo egresado de la Fundación Universitaria Católica del Norte y propugnador de lo que él llama “psicoterapia de la reconciliación”.

Tras leer su único libro publicado hasta ahora, Reconciliación de la historia personal, en su segunda edición de 2016, me da la impresión en muchas partes de estar leyendo al mismo Luis Fernando Figari, pues la teoría psicológica que ahí se expone sin mayor sustento científico es la misma doctrina que proponía Figari y en la cual basó la formación impartida a los miembros del Sodalicio de Vida Cristiana y de todas las asociaciones vinculadas al Movimiento de Vida Cristiana.

La gran diferencia con la primera edición de 2015 es que se han eliminado las abundantes referencias a Figari en el texto. Y aunque el nombre haya desaparecido, la doctrina —aunque disfrazada de opinión profesional de un psicólogo— sigue siendo la misma, a saber: que sólo la antropología cristiana —la de Figari, por supuesto— constituye la base para una auténtica psicoterapia curativa, siendo el concepto de “pecado” la raíz de todos los trastornos psicológicos y, por lo tanto, el encuentro con Dios se presenta como una condición sine qua non para una curación efectiva. La “teología de la reconciliación” de Figari impregna el libro de cabo a rabo.

Del Castillo, al igual que Figari, desconfía de la mayoría de corrientes psicológicas científicas y propone la necesidad de una psicología cristiana, sin darse cuenta de lo absurdo de ese planteamiento, como si también pudiera haber una psicología musulmana, judía, budista o atea, siendo que el dato religioso, si bien puede ser estudiado por la psicología, no debe formar parte de su definición ni determinar su metodología. Pues se corre el riesgo de caer en la ideología religiosa, que constituye la base de todos los fundamentalismos. Y que puede terminar haciéndole daño a quienes se les aplica un tratamiento inspirado en ella, sin respetar su libertad de conciencia.

Que es lo que, al fin y al cabo, Humberto del Castillo —mucho antes de convertirse en el psicólogo de bandera del Sodalicio— hizo con Alejandro, cuando lo sometió a una disciplina férrea de ejercicios, de crítica constante, de lavado de cerebro, hasta hacerle creer que tenía vocación sodálite. Incluso se le prohibió tener enamorada.

Por supuesto, todo ello no sólo sin conocimiento de sus padres, sino incluso generando aversión hacia ellos —«tu papá es un huevón y tu mamá es una loca»—.

Más aún, cuando a los 15 de años de edad fue derivado por Del Castillo hacia una psicóloga del Movimiento de Vida Cristiana para que ésta le tomara unos tests psicológicos, tampoco se les informó a sus padres. Pero Del Castillo recibió los resultados, lo cual le sirvió para seguir manipulando la conciencia del joven adolescente.

Alejandro nunca llegó a ser sodálite. Aunque le costó tomar la decisión —pues se sentía un traidor—, resolvió alejarse del grupo teniendo 17 años de edad.

Esto me lo confió en una larga conversación personal en junio de este año.

(Columna publicada en Altavoz el 31 de julio de 2017)

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Tengo el recuerdo de Humberto del Castillo como una persona no muy brillante intelectualmente, pero con una gran capacidad para el “apostolado” —es decir, atraer nuevos adeptos al Sodalicio— haciendo gala de un estilo matonesco, lenguaje soez y prepotencia consuetudinaria, pero sin dar señas de alterarse emocionalmente, a semejanza de Marlon Brando en la película El Padrino.

Me resultan curiosas las reflexiones que hace sobre la familia como «el primer núcleo social… donde la persona alcanza la plenitud personal», cuando yo mismo he sido testigo de varios casos en los que contribuyó al alejamiento de los hijos de su entorno familiar, a fin de guiarlos hacia un compromiso definitivo con el Sodalicio. Me consta, asimismo, su lealtad a prueba de balas hacia Figari, sobre el cual —luego de conocidos sus delitos— no se ha pronunciado públicamente, ni siquiera para sacar distancia al respecto.

Quien quiera leer algunos textos más de su ideología religiosa de auto-ayuda, puede consultar su blog Psicología & Virtud, donde hasta septiembre de 2015 —cuando ya había sido publicada la primera edición de Reconciliación de la historia personal (marzo de 2015)— se seguía citando a Figari con devota admiración. Más aún, gran parte de los textos disponibles en el blog fueron incorporados en el libro.