PSICOLOGÍA EN EL SODALICIO: MANIPULACIÓN DE LA HISTORIA PERSONAL

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Humberto del Castillo Drago

Alejandro no era blanco ni tenía ojos azules ni un apellido de abolengo, su familia —de clase media estándar limeña— tampoco era adinerada, pero él era un muchacho inteligente y voluntarioso. Y estas cualidades eran suficientes como para que se le perdonara el no contar con los otros requisitos que los sodálites de la primera mitad de los ‘90 buscaban en los candidatos al Sodalicio. Al igual que la inmensa mayoría de quienes actualmente integran la institución, el primer contacto con ella se inició cuando Alejandro era aún menor de edad.

De participar en actividades deportivas junto con un grupo de amigos del barrio en el Centro Pastoral de San Borja por pura curiosidad, a sus catorce años fue pronto asimilado a una agrupación mariana liderada por Humberto del Castillo Drago, sodálite desde 1982, conocido por su proverbial patanería y su fidelidad a rajatabla a Luis Fernando Figari, a quien seguía refiriéndose cariñosamente en febrero de 2014 —en el marco de una entrevista en el canal católico EWTN— como «mi fundador», reconociéndole que «siempre ha sido inspirado por el Espíritu».

Actualmente Del Castillo Drago es Fundador y Director General del Centro de Desarrollo Integral de la Persona Areté en Medellín (Colombia), psicólogo egresado de la Fundación Universitaria Católica del Norte y propugnador de lo que él llama “psicoterapia de la reconciliación”.

Tras leer su único libro publicado hasta ahora, Reconciliación de la historia personal, en su segunda edición de 2016, me da la impresión en muchas partes de estar leyendo al mismo Luis Fernando Figari, pues la teoría psicológica que ahí se expone sin mayor sustento científico es la misma doctrina que proponía Figari y en la cual basó la formación impartida a los miembros del Sodalicio de Vida Cristiana y de todas las asociaciones vinculadas al Movimiento de Vida Cristiana.

La gran diferencia con la primera edición de 2015 es que se han eliminado las abundantes referencias a Figari en el texto. Y aunque el nombre haya desaparecido, la doctrina —aunque disfrazada de opinión profesional de un psicólogo— sigue siendo la misma, a saber: que sólo la antropología cristiana —la de Figari, por supuesto— constituye la base para una auténtica psicoterapia curativa, siendo el concepto de “pecado” la raíz de todos los trastornos psicológicos y, por lo tanto, el encuentro con Dios se presenta como una condición sine qua non para una curación efectiva. La “teología de la reconciliación” de Figari impregna el libro de cabo a rabo.

Del Castillo, al igual que Figari, desconfía de la mayoría de corrientes psicológicas científicas y propone la necesidad de una psicología cristiana, sin darse cuenta de lo absurdo de ese planteamiento, como si también pudiera haber una psicología musulmana, judía, budista o atea, siendo que el dato religioso, si bien puede ser estudiado por la psicología, no debe formar parte de su definición ni determinar su metodología. Pues se corre el riesgo de caer en la ideología religiosa, que constituye la base de todos los fundamentalismos. Y que puede terminar haciéndole daño a quienes se les aplica un tratamiento inspirado en ella, sin respetar su libertad de conciencia.

Que es lo que, al fin y al cabo, Humberto del Castillo —mucho antes de convertirse en el psicólogo de bandera del Sodalicio— hizo con Alejandro, cuando lo sometió a una disciplina férrea de ejercicios, de crítica constante, de lavado de cerebro, hasta hacerle creer que tenía vocación sodálite. Incluso se le prohibió tener enamorada.

Por supuesto, todo ello no sólo sin conocimiento de sus padres, sino incluso generando aversión hacia ellos —«tu papá es un huevón y tu mamá es una loca»—.

Más aún, cuando a los 15 de años de edad fue derivado por Del Castillo hacia una psicóloga del Movimiento de Vida Cristiana para que ésta le tomara unos tests psicológicos, tampoco se les informó a sus padres. Pero Del Castillo recibió los resultados, lo cual le sirvió para seguir manipulando la conciencia del joven adolescente.

Alejandro nunca llegó a ser sodálite. Aunque le costó tomar la decisión —pues se sentía un traidor—, resolvió alejarse del grupo teniendo 17 años de edad.

Esto me lo confió en una larga conversación personal en junio de este año.

(Columna publicada en Altavoz el 31 de julio de 2017)

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Tengo el recuerdo de Humberto del Castillo como una persona no muy brillante intelectualmente, pero con una gran capacidad para el “apostolado” —es decir, atraer nuevos adeptos al Sodalicio— haciendo gala de un estilo matonesco, lenguaje soez y prepotencia consuetudinaria, pero sin dar señas de alterarse emocionalmente, a semejanza de Marlon Brando en la película El Padrino.

Me resultan curiosas las reflexiones que hace sobre la familia como «el primer núcleo social… donde la persona alcanza la plenitud personal», cuando yo mismo he sido testigo de varios casos en los que contribuyó al alejamiento de los hijos de su entorno familiar, a fin de guiarlos hacia un compromiso definitivo con el Sodalicio. Me consta, asimismo, su lealtad a prueba de balas hacia Figari, sobre el cual —luego de conocidos sus delitos— no se ha pronunciado públicamente, ni siquiera para sacar distancia al respecto.

Quien quiera leer algunos textos más de su ideología religiosa de auto-ayuda, puede consultar su blog Psicología & Virtud, donde hasta septiembre de 2015 —cuando ya había sido publicada la primera edición de Reconciliación de la historia personal (marzo de 2015)— se seguía citando a Figari con devota admiración. Más aún, gran parte de los textos disponibles en el blog fueron incorporados al libro.

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EL SODALICIO AL DESNUDO: REFLEXIÓN CRÍTICA DESDE ADENTRO

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César Oga, ex-sodálite peruano

El presente artículo fue publicado el 2 de mayo de 2017 en Altavoz con el título de SODALICIO: Publican revelador texto de exsodálite cuando aún estaba dentro del Sodalicio. Por motivos de formato periodístico, el texto fue abreviado sin eliminar nada esencial. Para quien tenga interés y paciencia, pongo aquí el texto completo a disposición de los lectores. Agradezco al equipo de Altavoz, en especial a Ariana Lira, por el interés que están poniendo en seguir ventilando el tema aún no resuelto del Sodalicio de Vida Cristiana.

El 10 de noviembre de 2015, a poco de estallar el escándalo del Sodalicio a fines de octubre del mismo año, me llegó un e-mail de una persona a la cual yo no conocía. Se trataba de César Oga, sodálite peruano residente en Colombia, entonces rector del Colegio San José en Cajicá, al norte de Bogotá. Allí me decía lo siguiente:

«Martín, he venido siguiendo desde hace mucho tu blog. Sigo siendo sodálite consagrado y creo firmemente que existen dramáticos vicios en el sistema sodálite. Quiero mandarte un escrito sobre críticas que ya venía expresando a mis autoridades varios años atrás. Ciertamente este escrito lo hice y lo envié al Consejo superior antes que suceda la actual catástrofe. Te lo envío solamente por si en algo alimenta tus reflexiones, al ser un testimonio de alguien que está adentro. Creo en tu crítica honesta y creo, además, que hay que criticar mucho desde fuera para ayudar a salvar la institución. Te pido eso sí discreción, no cites textualmente mi escrito ya que, como te dije, es de conocimiento del Consejo Superior y algún otro hermano. Por lo pronto, quiero manejar una prudencia. He visto también que mantienes los principios éticos de confidencialidad.»

El texto en cuestión, fechado el 6 de marzo de 2015, era un extenso y brillante análisis de las deficiencias y carencias del sistema sodálite, sin mención alguna a abusos de tipo sexual, pero con una descripción acertada de las condiciones y supuestos que permitieron que se cometieran abusos psicológicos y físicos, que —como ya se sabe— culminarían en algunos casos en abusos sexuales.

El comentario que le envié ese mismo día a César fue el siguiente:

«Desde hace años he venido insistiendo en que las ovejas negras que aparecían en la comunidad sodálite no eran casos aislados, sino síntomas de un sistema que tenía que ser sometido a análisis y autocrítica. Veo que en tu escrito haces precisamente eso que yo he estado indicando desde hace años. Y lo haces de manera estructurada, resumiendo de la mejor manera algunas intuiciones que yo he puesto en mis escritos, además de añadir otras más que son cosecha personal tuya.

Mi hermano Erwin y otra personas me han insistido continuamente en que el Sodalicio había cambiado y, por lo tanto, mis análisis eran injustos y faltos de caridad. Pero nunca se me dio detalles sobre en qué habían consistido los cambios. Y el feedback que yo recibía me hacía recordar los mismos vicios de siempre. Según leo en tu escrito, los problemas medulares han permanecido y los cambios parecen haberse limitado a aspectos cosméticos. Me queda claro que respondían a una buena intención, pero han sido del todo insuficientes.

Quiero recalcar lo que señalas sobre el aislamiento de la realidad. Te lo puedo poner con un ejemplo. Nunca escucharás de boca de un sodálite que los Beatles y Pink Floyd constituyan un aporte sustancial a la cultura musical de todos los tiempos. O que las películas de Federico Fellini, Luis Buñuel y David Lynch sean importantes para comprender la problemática del hombre de nuestros tiempos, incluso en su aspecto religioso. Ser a la vez teólogo y un amante del cine de Fellini y Buñuel, como lo era el P. Francesco Interdonato SJ —que fue profesor mío en la Facultad de Teología— es algo impensable en un sodálite. Y algo similar se puede decir decir de muchos campos de la cultura. En los temas de doctrina social, historia, arte en general, sexualidad, etc., etc., el Sodalicio se ha dedicado a repetir fórmulas propias de una ideología, en vez de confrontarse con la realidad en todos sus matices.

Sobre la inseguridad de Luis Fernando, no sé sí sabes de su miedo obsesivo a las enfermedades, hasta el punto de que alguien fue testigo de que desinfectaba con pañitos de alcohol toda manija o picaporte de puerta que tuviera que tocar con sus manos. Yo recuerdo que bastaba con que un sólo miembro de la comunidad estuviera resfriado para que cancelara una visita planeada. Y algo que le molestó mucho fue que la línea del arte en la palma de mi mano fuera más larga que en la suya.

En fin, el texto es sumamente interesante, como para leerlo varias veces. Es una lástima que no se pueda publicar ahora. Ten por seguro que lo guardaré en secreto, así como tengo otras comunicaciones más que no estoy autorizado a revelar.»

César Oga ya no es sodálite. Ni tampoco rector del colegio sodálite San José. Como ocurre con muchos miembros del Sodalicio que asumen una posición crítica —aunque ésta sea constructiva y formulada con las mejores intenciones—, las autoridades sodálites los invitan a poner las barbas en remojo y a efectuar una revisión de vida —o discernimiento, como lo llaman— para impulsarlos a encontrar en sí mismos y en sus problemas personales —reales o ficticios— la causa de sus dudas y su espíritu crítico. César no fue la excepción a la regla.

Ahora que ya tiene su vida bien encaminada fuera del Sodalicio, César me ha autorizado a publicar sus reflexiones, a fin de que quede constancia de los serios problemas que él vio en la institución y que —en su opinión— aún podrían solucionarse si se toman medidas drásticas correspondientes. Pero para eso, debe haber la voluntad de hacerlo. No vemos que la haya, pero —como siempre he sostenido— nunca es demasiado tarde para hacer lo correcto.

A continuación, ponemos a disposición el texto redactado por César Oga cuando todavía era sodálite. Por razones confidenciales, se ha omitido los nombres de algunas personas. Nos hallamos ante un documento importante, que amerita ser leído varias veces y que constituye una radiografía certera de la seria problemática que aún aqueja a la institución.

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6 de marzo de 2015

PERCEPCIONES DE UNA ERRADA CULTURA COMUNITARIA SODÁLITE

Autor: César Martín Oga Miranda

Antes de desarrollar mi percepción sobre aspectos de la vida y cultura interna de la comunidad es importante aclarar que la descripción que se realiza en este escrito se ubica en los años en los que Luis Fernando [Figari] fue Superior general y luego Eduardo [Regal] como continuador de sus políticas. La intención es poner en discusión percepciones y reflexiones personales de elementos de esta etapa de nuestra comunidad para llamar la atención de aquellos aspectos negativos que puedan estar vigentes en la cultura de la comunidad.

La base de este análisis parte del principio de que una obra es reflejo de su autor. En este orden de ideas el Sodalicio es una organización que en su etapa fundacional se ha fundamentado en un liderazgo único y absoluto de su fundador Luis Fernando. Esta personalidad estuvo acompañada de un colaborador incondicional que fue Germán Doig. Germán fue una especie de traductor e intérprete de las intuiciones de Luis Fernando. Su trabajo conjunto fue cerrado, no hubo una persona relevante que haya sido influyente en esta co-dirección.

Esto es más relevante aún por la cantidad de años que estuvo Luis Fernando a cargo del Sodalicio directamente, e indirectamente durante el gobierno de Eduardo Regal. Esta influencia se prolonga desde la fundación del Sodalicio (´71) hasta el 2013 cuando es elegido Sandro [Moroni] como nuevo Superior General. Por lo tanto se trata de una influencia prolongada que marcará la configuración del Sodalicio tanto en aspectos formales como en la cultura interna.

Luis Fernando va a proyectar su comprensión de la fe en la institución. Y esa comprensión y su posterior conceptualización van a configurar lo que hemos entendido como espiritualidad. Pero la figura de Luis Fernando en la institución va a desbordar dicha plasmación conceptual. Irá más allá. El día a día de la comunidad, como en cualquier realidad social, va a estar entretejida por relaciones humanas, sistemas de valor, comprensiones de la realidad y juicios que se desarrollarán en el gobierno de la comunidad y que, a la vez, irán configurando la cultura sodálite: ese ámbito intangible que constituye el “mundo” que influenciará la vida del sodálite.

Es por ello, que más allá de los aspectos formales y doctrinales que Luis Fernando establecerá como principios de la comunidad, su carácter y personalidad permearán la estructura de toda la comunidad y sobre todo, lo que vengo llamando, la cultura interna.

Este principio mencionado, de la influencia de Luis Fernando en la comunidad, tal vez tiene un par de consideraciones. La primera se refiere a la naturaleza misma del carácter de Luis Fernando. Su influencia no será como la de cualquier líder en su entorno. Una de las primeras características de su persona siempre fue su carácter fuerte, vehemente, impositiva y radical. Su palabra era incuestionable. Por lo menos para la generalidad de los sodálites. Esta inflexibilidad en su personalidad es una expresión de un aspecto más profundo y caracterológico: la auto-referencia a sí mismo. Pienso que este elemento se convertirá en una fuerte característica de la comunidad general: una institución auto-referente con, incluso, connotaciones mesiánicas.

Él es la personificación de una organización que se ha experimentado, por muchos años, como una espiritualidad con una exclusividad por encima de otras en la Iglesia. No son pocas las veces que he escuchado a Luis Fernando hablar de la espiritualidad sodálite como la decisiva en esta etapa de la historia de la Iglesia.

Un elemento que ha influenciado a esta especie de exclusividad de la espiritualidad sodálite es que la hemos considerado como una espiritualidad integral, no limitada a un aspecto de la realidad. Por ejemplo, nuestra visión de la fe. En nuestra espiritualidad le hemos añadido a la fe el adjetivo de “integral”. La espiritualidad sodálite tiene como característica la fe integral a diferencia de otras espiritualidades que enfatizan tan sólo alguna de sus dimensiones. Y precisamente por ello nuestro carisma, supuestamente, goza de una especial capacidad crítica de la realidad. Como resultado de esto nuestra posición para criticar la realidad es más completa y objetiva. A partir de allí creernos la medida de las cosas es un error en el que es fácil caer.

La segunda consideración sobre la influencia de la personalidad de Luis Fernando es que la comunidad por muchos años jamás cuestionó las actitudes y personalidad del Fundador. Todo lo contrario, incluso en aquellas cosas difíciles de aceptar por no ser razonables se le atribuía una especie de intuición sobrenatural propia de una persona iluminada por el Espíritu Santo.

Luis Fernando ha expresado por diversas conductas una personalidad egocéntrica, impositiva y caprichosa que podía llegar a atropellar la dignidad de las personas y era justificada por un falso concepto de celo por el Evangelio. Todo aquello que se interfiriera en su camino era considerado como un obstáculo para el desarrollo del Plan de Dios del cual él era un elegido para llevar a cabo.

PERSONALIDAD INSEGURA

Sin embargo, la contraparte de esta personalidad tan imponente era una inseguridad muy profunda frente a la realidad. Incluso diría que esto podría reflejar algunos rasgos de un escrúpulo espiritual. En este sentido puedo citar una frase que me dijera el padre Jaime [Baertl] acerca de Luis Fernando: “es la persona más insegura que he conocido en mi vida”. Sacando la exageración que pudiese tener por el momento coloquial de la conversación, definitivamente pienso que expresa un aspecto significativo de esta realidad.

Luis Fernando, creo yo, reflejó esta inseguridad de su personalidad en el estilo de vida que llevó. Fue un personaje que en la mayor parte de su vida, como fundador de la familia sodálite, vivió un estilo de vida ermitaño. Eran pocas las veces que él se exponía socialmente y cuando lo hacía, estas situaciones se desarrollaban en ámbitos controlados. Para ello se desplegaba una supervisión minuciosa de dichos espacios o situaciones. Luis Fernando repasaba los detalles de las situaciones en las que se iba a exponer. A eso se le llamó reverencia. A mi parecer esa atención escrupulosa a los detalles que podían ser factores “fuera de control” refleja algo de una tendencia obsesiva e insegura a la realidad.

Estos espacios controlados tenían como fin poner las condiciones para que Luis Fernando pudiese presentarse como el centro único de ese momento, para que pudiese ser escuchado con reverencia por un público dócil y que no cuestionase ninguna de sus palabras. Recuerdo que en alguna charla en donde era importunado por una pregunta que no fuese de su agrado la persona era avasallada por una reacción irascible y descalificadora de su parte.

Las personas no podían contradecirlo. Ni siquiera a modo de suscitar una sana discusión constructiva. Recuerdo una vez que hice un aporte luego de una charla que nos dio a unos superiores. Si bien mi comentario no fue, para nada, una crítica a sus ideas tampoco estuvo en sintonía con el ánimo de lo que él había expresado. Como respuesta me dijo que me pusiera un cuaderno frente a los ojos para tapar mi vista. Y me dijo que esa era mi comprensión de las cosas: “ciega”.

Por otro lado, su horario de vida cotidiana invertido me parece que refleja una especie de lejanía de la vida social convencional. Para llegar a él había que pasar por el control de sus asistentes y en los lugares públicos siempre tenía un séquito de personas que estaba pendiente de su seguridad. Luis Fernando siempre estaba rodeado de protocolos: su llegada a lugares públicos, las citas con él, las ceremonias litúrgicas, las reuniones en las comunidades, etc. Los excesivos protocolos son, muchas veces, maneras de evitar que las cosas tomen rumbos indeseados e inseguros.

PROTAGONISMO SODÁLITE

Este egocentrismo y auto-referencia de Luis Fernando, me parece, ha influenciado en el perfil de los sodálites en general. El protagonismo tan afianzado de los sodálites en medio de la familia espiritual me parece que es una expresión de ello. No son pocos los lugares en donde el Movimiento [de Vida Cristiana] ha tenido una sodálite-dependencia. Incluso han existido figuras caudillistas en medio del MVC como una especie de líderes religiosos en medio de la masa. En mi opinión personal los sodálites, como rasgo general, expresan un cierto deseo de protagonismo. No me parece descabellado pensarlo cuando antiguamente había un cierto imaginario acerca de los sodálites como personas “especiales”. Hasta hoy en día escucho el famoso calificativo “buena voz” para aquellos que consideramos podrían tener una vocación a la vida consagrada. Si los llamados a la vida consagrada somos los “buena voz”, los “patas bacanes”, entonces es obvio que pensemos que tenemos algo especial del común de personas. El deseo de reconocimiento o protagonismo sería consecuencia natural de ello. Alguna vez una persona adulta, que no carece de agudeza, me definió el MVC en Bogotá como una corte de aduladores de los sodálites. Sacando los filtros personales creo que algo de la realidad refleja esta expresión y algo de esto puede haber en otros lugares.

Yo me pregunto: de verdad, objetivamente, tenemos algo que nos hace especiales en medio de la familia espiritual y por eso hemos ocupado en justicia ese lugar; o nosotros hemos generado conductas y actitudes para colocarnos allí. Evidentemente, para mí, lo que ha sucedido es la segunda opción.

Pero asumir este centralismo y protagonismo no es fácil para personalidades comunes y corrientes como son la mayoría de sodálites. Y es que la gran mayoría de nosotros no somos nada cercanos a esa personalidad especial que está en nuestro imaginario inconsciente. Para poder tener este protagonismo, pienso que hemos desarrollado mecanismos análogos a los usados por Luis Fernando. Es decir: crear un entorno para posicionarnos en ese lugar de reconocimiento. En el caso de la generalidad al no contar con un séquito de personas y recursos como los de Luis Fernando que propiciaran este entorno, lo hemos hecho por nuestros propios medios con actitudes, formas y mecanismos de defensa para ser cercanos a la gente pero a la vez lejanos y así no se percaten de nuestros defectos. Hemos buscado tener el control de las cosas y nos hemos presentado como los intérpretes legítimos de la espiritualidad.

Como consecuencia de esta aproximación no natural a la realidad se ha generado más bien una torpeza para relacionarnos con ella. Expresión de ello es la rigidez con la que nos perciben algunas personas. Adicionalmente, ejemplo de estas maneras “cercanas-lejanas”, es que las personas de la familia espiritual les ha sido difícil, históricamente, criticarnos o cuestionar nuestras acciones.

Hace muy poco un agrupado me comentaba que para él la típica propuesta de un sodálite para conversar es una especie de cuestionario que busca hurgar en la otra persona y casi nunca hay una exposición del sodálite. Cuando lo hay, es más una apertura controlada que busca una respuesta del interlocutor.

Debo precisar que esto no se aplica a todos y cada uno de los sodálites sino que se trata de una generalidad pero que vale la pena considerar también como cultural.

LA AUTORIDAD

Una de las muchas inseguridades de Luis Fernando como fundador y superior general ha sido que la comunidad no funcione como un cuerpo sólido y sin fisuras. La unidad ha sido una aspiración de la comunidad como lo expresa las mismas Constituciones: unidad de ideales, de vida, de pensamiento, de oración; y podríamos añadir varios aspectos más no explicitados en este documento. Para lograr esta cohesión comunitaria me parece que Luis Fernando organizó un sistema basado en una autoridad fuerte y una obediencia irrestricta en todo.

La formación sodálite ha enfatizado una obediencia fundamentada en sí misma, sin otra razón que la misma obediencia. En el documento Huellas, se habla del valor en sí de la obediencia desde el punto de vista antropológico y cristológico. Por lo tanto, aquel que obedece, ya de por sí, opta por un camino de crecimiento humano. Un recurrente principio en la comunidad, aunque no escrito en un documento, ha sido “el que obedece nunca se equivoca”. Si bien se critica la obediencia ciega de la espiritualidad jesuita, con otras prácticas se ha llevado a que los sodálites obedezcan sin cuestionar a la autoridad. Antes el superior se entendía como la voz de Dios per se, sólo por haber recibido esa responsabilidad. Pienso que si bien para la mayoría de sodálites no se podía asumir racionalmente que el superior era siempre la voz de Dios, también se defendió el principio de que era un bien mayor obedecer antes que cuestionar la autoridad.

Una práctica formativa que se usaba en las experiencias comunitarias y en el centro de formación, aunque ya se ha moderado, eran las famosas dinámicas de la obediencia “irracional”. Eran prácticas para obedecer sin preguntar, sin pedir razones, especialmente de órdenes extremas y hasta absurdas. Una dinámica emblemática era la de comer ese revoltijo vomitivo de “comida” en las experiencias comunitarias. La irracionalidad de la orden era el sentido formativo de esta dinámica. Creo que hasta hace poco en San Bartolo esta práctica se llevaba a cabo en un semana llamada, eufemísticamente, semana del amor. ¿Acaso con eso no nos estaban formando para obedecer en toda circunstancia y sin pedir razones?

La autoridad era pues ejercida bajo una premisa de inseguridad: la inseguridad de la división comunitaria y la infidelidad. Una expresión de esto era también que años atrás el retenimiento de los miembros a la organización para que no se desvincularan era exagerada. Se evitaba a toda costa la salida de cualquier integrante. En varios casos, a pesar de haber manifestado un deseo honesto de salida, el sodálite era casi forzado a pasar por procesos indefinidos y prolongados para evitar aquello que era una mal en sí: la desvinculación de la comunidad. Se dieron casos dramáticos de personas no idóneas para la vida consagrada o personas que habían cometido faltas graves que, lógicamente, debían salir de comunidad y por el contrario se forzó una permanencia que terminaba siendo traumática y dolorosa. Hay varios casos que atestiguan esta lógica.

Podría decir que en el plano práctico y como un sistema de valor inconsciente de la comunidad había una equivocada inversión en la jerarquía de valores: el valor de la autoridad estaba por encima de la conciencia moral individual. Cuando, definitivamente, la conciencia moral nunca debe ser conculcada bajo ningún argumento. Es lo más sagrado de la persona humana; y la congruencia de la conciencia con la obediencia externa es un ámbito que no se puede forzar ni siquiera en nombre de Dios.

Finalmente quiero afirmar que en ningún ámbito social existe una autoridad sin límites. La autoridad sin límites se convierte en autoritarismo y puede llegar a la tiranía. En mi concepto varias acciones de Luis Fernando han rayado en actos tiránicos. Además este esquema de autoridad ha llevado, y tengo ejemplos de ello, a que los caprichos y limitaciones del superior de turno se filtren en decisiones que han afectado la vida y bienestar de los hermanos. Pienso que no se ha reflexionado y establecido con claridad los límites de la autoridad. Todo lo contrario se ha dilatado sus alcances hasta llegar a campos absurdos ya que son propios de la opinión y de las opciones personales. El respeto de Dios a la libertad humana debe iluminar este aspecto de la reflexión.

ANTROPOLOGÍA NEGATIVA

Un aspecto con el que se ejerció la autoridad en el Sodalicio fue la aproximación negativa a la persona. En la práctica las autoridades manifestaban, sin querer, que lo más patente de la persona era la posibilidad de su infidelidad. Esta aproximación ha sido una clara influencia directa de Luis Fernando a quien cada salida de un hermano le generaba una frustración que enfatizaba más esta aproximación.

Creo que esta aproximación negativa a la persona estaba representada de manera patente en la valoración de Luis Fernando de la sexualidad en el sodálite. Este me parece un tema complejo a tratar pero sólo puedo decir que había en Luis Fernando una recurrencia distorsionada en los temas de la sexualidad o de la homosexualidad manifestada en bromas y comentarios de doble sentido.

Por otro lado, la aproximación valorativa de la mujer en el Sodalicio siempre me ha parecido “medievalesca”. Ejemplo de esto es que en el argot sodálite a las mujeres comúnmente se les llamaba la “mostra”. También cualquier relación de un sodálite con una mujer era considerada sospechosa de plano. Un testimonio que tengo a mi alcance es que para Eduardo Regal los sodálites, como ideal, no debían dar consejería a mujeres. Incluso llegó a decirle a un sacerdote sodálite que los sacerdotes tampoco debían hacerlo.

Una persona cercana a Luis Fernando alguna vez me compartió que la disposición de que ningún sodálite estuviera solo, sino acompañado por alguien, tenía de fondo el temor a una infidelidad en el plano sexual. Para Luis Fernando esta compañía debía darse en todos los casos y sin ninguna excepción. Si no se llegó a aplicar esta norma de manera radical fue por la inviabilidad práctica de esta. Pero en la comunidad en donde él vivía esta medida sí se aplicaba hasta extremos antinaturales y difíciles de entender en la sociedad actual.

Yo mismo puedo dar testimonio que hace tan solo un par de meses se me presentó una excelente oportunidad de crecimiento profesional y personal realizando un viaje de seis semanas a Inglaterra, la cual se me negó, por medio de mi autoridad, por la sospecha de que fuera una causa de desvinculación. Cuando esta oportunidad tuve que ofrecérsela a otra persona, una mujer casada con tres hijos, se alegró enormemente por lo que significaba para ella, o para cualquier persona. Cuando le pregunté si tenía que preguntarle a su marido, en ese momento, ella me respondió con naturalidad que él entendería perfectamente y hasta se alegraría mucho. Lo que yo me pregunto es, por qué algo tan bueno en sí mismo y que lo es para una persona con responsabilidades familiares, o para cualquier persona común y corriente, no lo es para un consagrado.

Finalmente, creo, que un factor que ha influenciado en estos esquemas de desconfianza es la influencia de la idiosincrasia limeña marcada por un complejo social, que ve en el otro alguien que quiere sacar provecho subrepticiamente de los demás.

CONTROLISMO

Como esta visión desde la patología humana, evidentemente, implicaba un riesgo latente para la unidad de la comunidad, para evitar cualquier riesgo de infidelidad se creó una cultura controlista desde la autoridad. Para fundamentar esta autoridad se desarrolló una justificación de corte religioso en la línea de: el superior es la voz de Dios y el sodálite obedece en todo a semejanza de Cristo. Obviamente la falacia estaba en ese “todo” aplicado hacia una autoridad humana. Y para evitar cualquier posible rebeldía o engaño por parte del que obedece entonces se ejerció, lo que he llamado, un controlismo como cultura de gobierno. En la época más rancia se llegó a controlar la correspondencia de los sodálites o intervenir sus computadores. El sodálite debía estar bajo la supervisión detallada de la autoridad y no debía tener ámbitos personales que no estuvieran contemplados por ella. Esto generó una cultura en donde no había un límite claro entre el fuero interno y el control del superior. Si bien alguien con formación o una personalidad fuerte, podía cuestionar alguna intromisión de su superior, hay que tomar en cuenta que muchos sodálites jóvenes o sin criterio aceptaban sin mayor protesta y hasta con “generosidad” estos excesos.

Pienso que esta aproximación ha generado muchas anomalías en el desarrollo de la personalidad, afectividad y conciencia moral de sodálites. Incluso lo percibo como un marco que ha propiciado desviaciones en las conductas y consiguientemente caídas en contra de la propia vocación. Existe un principio en la educación humana que consiste en “tratar a la persona como quieres que ésta sea”. Este principio, evidentemente, está mediado por la dosificación de los espacios de autonomía de la persona. Pero prima la confianza en ella y su capacidad y deseo natural de hacer el bien, y que es más fuerte que su tendencia al mal. Creo que este principio no ha sido el más notorio en la pedagogía y en el gobierno del Sodalicio.

Aquí quisiera dar una apreciación personal. Creo que este controlismo también ha generado una estructura paternalista que castra la personalidad de los sodálites. Son muy pocos los sodálites que para mí expresan una personalidad de arrojo y diálogo intrépido con la cultura contemporánea. El controlismo es un entorpecimiento a la capacidad de iniciativa y audacia que pudiese haber en algunos; antes, a veces, la mata planteando, siempre, una suspicaz pregunta de: ¿no será que esto puede terminar siendo perjudicial? Entendiendo perjudicial como mundano o antievangélico. Mi limitación para hacer un viaje de crecimiento profesional a Inglaterra para un mejor servicio apostólico lo guardo como un ejemplo de ello.

Veo, hoy en día, la estructura comunitaria sodálite como un sistema proteccionista para personas que tienen miedo al mundo porque se los puede “comer”. Muy lejano está la imagen de ser punta de lanza en la cultura para transformarla en sus raíces, ideal con el que nos formaron de jóvenes.

En otros términos plantearía la siguiente pregunta, ¿hoy como comunidad podemos decir que una de nuestras características es estar en las periferias culturales, si salir unos “metros” fuera de la protección de la comunidad ya es motivo de inseguridad y sospecha?

ESTILO SODÁLITE

Un concepto que favoreció el controlismo en el Sodalicio fue el del estilo. Estilo en la definición de la comunidad era “el modo de vivir la espiritualidad”. Era la expresión vital de la espiritualidad sodálite. Como tal reflejaba lo esencial de la vocación y por lo tanto debía expresarse en todas las dimensiones de la vida. Por ello, el estilo abarcaba la totalidad de la persona.

He podido constatar en mi vida comunitaria que estilo sodálite podía abarcar desde una melodía de música, gustos en decoración, el estilo literario, la comida, la arquitectura, las lecturas, las películas, las maneras de expresarse, formas de hablar, sentimientos que podían producirte las cosas, en detalles minuciosos de la ropa: zapatos, pantalones, camisas, abrigos, lentes, etc.

El estilo como expresión de la vocación se expresaba en todo. Y así se caía en una visión absolutista que a la vez era formalista y rígida. Sin que se percatara de ello el estilo adquiría connotaciones culturales peruanas y connotaciones conservadoras provenientes de los sodálites que legislaron los distintos aspectos de este estilo en la historia del Sodalicio. Evidentemente por las razones antes expresadas los gustos de Luis Fernando configurarán algunos rasgos del estilo sodálite. Hoy por hoy me pregunto por qué y en qué momento un modelo de zapatos marca Clarcks se convirtieron en un criterio objetivo de nuestro estilo.

Otro criterio, relacionado al estilo, que se estableció en el imaginario sodálite fue el expresado en la pedagogía del silencio: la educación de afuera hacia dentro. Ello terminó siendo un criterio para darle un gran peso a los aspectos externos del estilo y una manera de juzgar, por medio de ellos, la intencionalidad y la conciencia de las personas. Así, algún aspecto que no estuviera dentro de los cánones del estilo podía reflejar un espíritu de mundanidad y hasta infidelidad evangélica.

Pero no es por eso que se convirtió en un criterio controlista, sino porque al ser un criterio para medir la unidad sodálite y una línea de fidelidad, entonces el superior era el legislador último del estilo. Recuerdo que en varias reuniones de superiores se hablaba de que el superior era el “custodio del estilo”. De hecho la reunión de superiores de 2005 tuvo esa idea como lema: “el superior, custodio del estilo”. Bajo esa ecuación los aspectos más insignificantes de la vida del sodálite quedaban sometidos al juicio del superior, juicio que podía llegar hasta el fondo de la conciencia personal.

Esta concepción rígida y exteriorista del estilo también ha contribuido a que los sodálites sean percibidos como personas hechas con el mismo molde. Al final de cuentas creo que si bien eso puede contribuir a una imagen de solidez institucional, creo que a la larga nos aleja de las personas y nos hace ver como gente ajena a sus vidas.

Lo más paradójico es que mientras en nuestras Pautas se habla de no caer en la uniformidad se ha establecido, en la cultura interna, un criterio de fidelidad en aspectos ridículos de formas.

COSMOVISIÓN DE LA REALIDAD

Al final de cuentas, la visión integral de la fe, el estilo propio y una aproximación a la realidad acuñada como sodálite han creado toda una cosmovisión intelectual en el Sodalicio. El Sodalicio se enorgullecía de tener una antropología “propia” que incluso se definía como integral.

Todo esto ha constituido un gran cuerpo doctrinal en donde el sodálite se tenía que “mover” intelectualmente. Era tan preciso este cuerpo que gozaba de su propia terminología para ser nombrado. Incluso se reinventaba los conceptos porque gozábamos de la aproximación correcta a la realidad. Entre algunos conceptos redefinidos están: Voluntad de Dios por Plan de Dios, Nuestro Dios por Dios Amor, Doctrina Social por Enseñanza Social, Esclava por Sierva, Jesucristo por Señor Jesús, Redención por Reconciliación, etc.

Eran tan evidente la estructuración de nuestra mente en este paradigma que la forma de expresarnos en los conceptos, las palabras, la aproximación era un molde para casi todos los sodálites. El escrito o producción literaria de un sodálite es difícil reconocerla con un sello personal. Y es que por lo general se sigue un patrón definido que condiciona el pensamiento particular.

Este cuerpo doctrinal tan universal, definido y sólido, así como esa auto-referencia institucional, ya descrita, ha propiciado un rasgo espiritual institucional tanto sutil como peligroso. Es un riesgo en toda la historia humana y religiosa que describe con agudeza Guardini y que prefiero transcribir:

«Desde el momento que existe una conciencia creyente que conoce la pura doctrina, y una autoridad que se encarga de defenderla, surge el peligro de la “ortodoxia”, esa mentalidad que cree que conservar la recta doctrina es ya la salvación, pero que en virtud de la pureza de la doctrina, atenta contra la dignidad de la conciencia. Desde el momento en que se instituye una regla de salvación, un culto y un ordenamiento comunitario, surge el peligro de pensar que su realización exacta es ya la santidad a los ojos de Dios. Desde el momento en que existe una jerarquía de las funciones y de los poderes, de la tradición y del derecho, surge el peligro de ver ya el reino de Dios en la autoridad y en la obediencia mismas. Tan pronto como en lo sagrado se establecen normas y se distingue entre correcto e incorrecto, amenaza el peligro de coartar desde allí la libertad de Dios y de enmarcar como en derechos lo que viene exclusivamente de su gracia… Por muy noble que sea un pensamiento, tan pronto como penetra en el corazón humano genera en él contradicción, mentira y maldad. Esto es lo que ocurre también con lo que viene de Dios.»

Pienso que las palabras de Guardini expresan rasgos de nuestra fisonomía espiritual como comunidad. Las posibles consecuencias no me atrevo a expresarlas por temor a convertirme en lo que él mismo advierte, que es el peligro del fariseísmo. Pero pienso que el condicionamiento doctrinal sodálite, nuestra “cosmovisión” cerrada, puede llegar a influenciar lo más profundo de nuestra conciencia moral. Yo lo he descubierto en mí y creo que no es fácil desarraigarse de estas visiones que comprometen la misma vida espiritual. Obviamente que en ello influye, en primer lugar, mis propias características personales, pero habernos creído en algún momento “la respuesta” ¿no tiene influencia en otros aspectos más sutiles en nuestra vida comunitaria y personal?

Creo que como comunidad hemos juzgado lo correcto e incorrecto, hemos llamado traidor al que se ha ido, hemos establecido la obediencia como el más alto valor para juzgar a las personas, hemos creído como comunidad que tenemos la verdad indiscutible en diversos debates, hemos determinado quién tiene vocación y quién no, hemos inventado la famosa categoría de “buen pata”, hemos ideologizado el concepto de lo “mundano”, hemos caído en proselitismos y creado mecanismos de convencimiento, etc.

Por otro lado, debemos preguntarnos qué tanto podemos percibir la realidad con toda su riqueza pensando desde dentro de este cuerpo doctrinal tan cerrado y que hemos considerado la verdad absoluta. Toda doctrina cerrada tiene el riesgo de convertirse en absolutismo y yo creo que hay rasgos de éste en nosotros. Hace unas semanas un hermano que participó en la VI Asamblea plenaria del MVC me decía que se sorprendía de como los sodálites siempre hablan con el tono de tener la razón.

Un ejemplo intelectual de reduccionismo sodálite, a mi parecer, es el de acercarnos a la realidad desde los conceptos de objetivo y subjetivo. Creo que filosóficamente hablando es muy reductivo pensar que podemos comprender las cosas dividiéndolas en esos dos conceptos incluso tan pobremente desarrollados por nosotros.

DESAJUSTES PERSONALES

Estoy seguro que muchas de estas reflexiones no harán eco en la sensibilidad de varios sodálites. Hasta es probable que se señalen como parte de mi problemática personal. Pero lo que sí pienso es que este sistema cerrado ha llevado a que muchas personas terminen por no encontrar un lugar en ella. La lista de personas inconformes y agobiadas en el Sodalicio es grande. Y si el motivo directo fue alguna caída o infidelidad habría que preguntarse qué influencia tuvo el sistema en ello.

Adicionalmente a esto planteo una hipótesis personal. Pienso que el desajuste personal que han sufrido y vienen sufriendo tantos hermanos en la comunidad expresado en sobrecargas de estrés, recurrencia en ayuda siquiátrica, enfermedades físicas ligadas, muchas de ellas, a crisis sicológicas, etc., no es consecuencia propiamente de un exceso de trabajo o falta de oración como está centrado en la reflexión actual sobre los ritmos de vida. En mi opinión, considerando la complejidad de cada caso, este desgaste tiene como una de sus causas un desajuste de la persona con respecto a la realidad.

Esto sería consecuencia del sistema sodálite ya que éste en sí está constituido sobre fundamentos que no responden al orden de la realidad. Por lo tanto, ha sometido a los sodálites a presiones antinaturales que terminan por quebrar sus estructuras humanas. Pongo el siguiente ejemplo: si a una autoridad se le dice, culturalmente hablando, que el rendimiento de su comunidad está ligada a “meter vocaciones” y hasta se le pone una meta numérica, algo que no depende de ninguna voluntad humana sino exclusivamente de Dios, es obvio que en algún momento, por la presión que la persona misma se autoimpone, su estructura se quiebre pues se trata de un requerimiento en contra de la lógica de la realidad. Si una persona vive permanentemente con exigencias de este tipo en su vida, la naturaleza reaccionará tarde o temprano. Lamentablemente, en muchos casos, ésta ha tenido que colapsar para dar signos de alarma.

Quiero acotar al ejemplo que di que hace tan sólo un par de meses el padre Jaime en una visita a la comunidad de Bogotá afirmó que lo único que nos falta a nuestra comunidad es “sacar vocaciones”. Así, que si hay personas que piensan que estas cosas ya no están vigentes debería considerar que, tal vez, la cultura de lo antinatural está más arraigada de lo que piensa.

CONCLUSIÓN

Quisiera terminar aclarando que esta es una descripción de mis impresiones personales de los hechos que he vivido en el Sodalicio. Julian Marías dice que la realidad no es un dato abstracto (objetivo), sino más bien una realidad insondable que se comprende en la complementariedad de miradas:

«Cuando se mira, por ejemplo, una cordillera, lo que se ve desde uno de sus lados es forzosamente distinto de lo que se ve desde el otro, justamente porque se trata de una realidad y de visiones reales de ella. Pueden y deben completarse, no desaparecer en una visión única que sería abstracta, que podría justificarse si se tratara de algo irreal, por ejemplo una figura geométrica.»

Planteo estas cuestiones como parte de mi percepción de la realidad con el deseo de que sean complementadas con las percepciones de otros. Soy consciente que mis resonancias a todos estos hechos son propias de mi sensibilidad personal, pero no por ello deja de ser un reflejo de la realidad, tal vez parcial, pero a la espera de ser complementada y enriquecida. Soy consciente de que Dios está en los entresijos de toda esta historia. Pero a la vez entiendo que la libertad humana puede ocultar o mostrar más claramente esa presencia. Por ello es necesario la auto-crítica, la aceptación y la reparación de los errores de nuestra cooperación.

Por último, no pretendo una condena de Luis Fernando. Él tiene su oportunidad de cambio como todos nosotros. Pero tampoco debemos pensar que esa personalidad y sus circunstancias no han influido en nuestra comunidad. Mi hipótesis es que ha influenciado más de lo que se reconoce hoy en día. Si en los años de nuestra historia el 90% del tiempo hemos estado bajo la influencia directa, en distinta medida, de Luis Fernando y su prolongación en Eduardo, ¿cómo podríamos pensar que la influencia no es profunda, o mejor dicho, cultural? Dejo el tema abierto para el diálogo.

¡FELIZ NAVIDAD SIN SODALICIO!

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La Navidad es indudablemente una fiesta de origen cristiano.

Los cristianos creemos que el nacimiento de Jesús constituye el núcleo de una festividad que, con el tiempo, se ha ido cargando de costumbres y mitos que se han hecho parte inseparable de las fiestas. Y que de alguna manera también expresan los valores asociados con la venida del Hijo de Dios: paz, amor, reconciliación, generosidad, unión familiar.

Por eso mismo, en una familia donde hay creyentes y no creyentes, todos se reúnen con alegría para celebrar juntos los rituales familiares de la Nochebuena, algunos con fe en el misterio cristiano, otros simplemente para desear lo que éste simboliza, dado que no son creyentes.

Esto resultaba impensable en el ambiente fanático e intolerante del Sodalicio, que cada año insiste machaconamente en su campaña “Navidad es Jesús”, buscando supuestamente revalorizar el auténtico sentido de esta fiesta. Innecesariamente, porque los creyentes ya sabemos en qué creemos, y a los no creyentes —que también tienen derecho a celebrar la Navidad con el sentido legítimo que quieran— ese lema no les dice nada.

Durante los años que viví en comunidades sodálites nunca se me permitió asistir a la celebración navideña de los Scheuch, pues la Nochebuena tenía que pasarse en la gran reunión de la “familia cristiana” sodálite. Esas reuniones se efectuaron durante muchos años en la casa de Figari en Santa Clara, donde teníamos que escenificar sketches estrafalarios para disfrute del usurpador de tantos padres y madres que hubieran deseado contar con la presencia de sus hijos esa noche. Y no tener que esperar al permiso del día siguiente para poder desearles en persona una feliz Navidad.

(Columna publicada en Exitosa el 24 de diciembre de 2016)

SODALICIO: LA EXTRAÑA MUERTE DE GERMÁN DOIG

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Germán Doig Klinge (1957-2001)

En la madrugada del 13 de febrero de 2001 falleció Germán Doig mientras dormía en su habitación en la comunidad sodálite del Centro Pastoral “Nuestra Señora de la Evangelización” (San Borja, Lima). La causa: una insuficiencia cardíaca.

Ésa es la versión que circuló en la Familia Sodálite.

Desconocemos el nombre del cardiólogo que trataba a Doig. Pero de buena fuente sé que quien habría firmado el certificado de defunción, sin inspeccionar el cadáver, sería un ginecólogo-obstetra perteneciente al Movimiento de Vida Cristiana; sólo se le habría permitido ingresar al área de visitantes, donde habría preparado el documento correspondiente según instrucciones de personas responsables del Sodalicio. Por orden expresa de Figari, a nadie se le habría permitido ver el cuerpo de Germán, ni mucho menos se permitió una autopsia.

Que sufría del corazón se lo había comentado Germán a algunos sodálites de confianza. Sin embargo, su tren de vida no era el de una persona enferma. A tal punto que lo primero que se me ocurrió allá en el año 2001, cuando con consternación me enteré de su muerte, fue que el stress ocasionado por la norma sodálite de esforzarse «según el máximo de mi capacidad y al máximo de mis posibilidades para así responder al Plan de Dios en todas las circunstancias de mi vida» —sin consideración a la salud física y mental—, le habría ocasionado indirectamente la muerte. O quizás contribuyeron a ello los enfrentamientos verbales con Figari, el último la noche anterior.

A la luz de lo que se supo posteriormente de su vida, otra podría ser la causa de su muerte. ¿Hablarán algún día los testigos?

(Columna publicada en Exitosa el 1° de octubre de 2016)

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Sobre la figura de Germán Doig, se puede leer la serie de artículos que publiqué hace tres años en este blog:

LA CORTE DE LOS 47

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Recientemente ha sido publicada una carta con fecha de 1° de junio de 2016 y firmada por 47 ex sodálites rechazando la denuncia ampliatoria por asociación ilícita para delinquir, secuestro y lesiones graves interpuesta el 10 de mayo de 2016 por cinco ex sodálites (José Enrique Escardó, Martín López de Romaña, Vicente López de Romaña, Óscar Osterling y Pedro Salinas) en contra de siete integrantes y un ex integrante del Sodalicio de Vida Cristiana y presentada el 12 de mayo en una rueda de prensa en el local de Miraflores del estudio de abogados Benites, Forno & Ugaz.

Al revisar la lista de firmantes, he podido constatar que conozco personalmente sólo a siete de los signatarios. Los demás nombres me son desconocidos o corresponden a personas que no he tratado personalmente. Y de entre esos siete, cinco de ellos son adherentes sodálites, es decir, varones que emiten junto con sus respectivas cónyuges un compromiso de adhesión al Sodalicio en vistas a vivir la espiritualidad sodálite en la vida matrimonial. Y de entre esos cinco, sólo dos han vivido un tiempo relativamente largo en comunidades sodálites. Los otros tres habrán vivido en comunidades a lo más un mes, en lo que se conoce como período de prueba.

Para mayor detalle, quienes siguen siendo adherentes sodálites —según la información de que dispongo— y, por lo tanto, aún mantienen una vinculación institucional con el Sodalicio de Vida Cristiana, son: Rafael Álvarez Calderón, Julián Echandía, Marcos Nieto, Edwin Esquivias y Óscar Álvarez. Si en algún momento en época reciente dejaron de ser adherentes, me gustaría saber cuándo y por qué motivos.

Los dos primeros, al igual que muchos de los que estuvimos en comunidades sodálites en los ’80, también pasaron por San Bartolo y sufrieron maltratos. A Rafael un día el superior le volcó un plato de ensalada en la cabeza durante el almuerzo. No sé si él seguirá considerando ese incidente como algo normal e inofensivo, algo así como una medida educativa que él aplicaría sin ningún escrúpulo con alguno de sus hijos. Asimismo, él sería la persona que se acercó a mi hermano Erwin y que le habría sugerido que yo podría tener el síndrome de Asperger. Eso explicaría —según algunos— mi supuesta falta de empatía al no considerar el daño que habría hecho a varias personas al exponer a la luz pública —con supuesta falta de ética— lo que ocurría en las comunidades sodálites. Se trataría de un intento de desacreditar al mensajero e incitarlo a guardar silencio. Ahora sabemos dónde se hallaba en realidad la falta de ética y de vergüenza.

Julián Echandía también sufrió maltratos en San Bartolo, de lo cual puede dar mejor testimonio Pedro Salinas, quien vivió junto con él en una de las comunidades sodálites del balneario sureño. Un día, siendo encargado de temporalidades de la comunidad Nuestra Señora de Guadalupe, Julián se olvidó de tener preparada a tiempo la comida para un visitante ilustre, Mons Emilio Vallebuona (entonces obispo de Huaraz), y hubo que improvisar un plan de emergencia para cocinar fideos, del cual me encargué yo. Como castigo, a Julián lo tuvieron toda una noche sin dormir limpiando repetidamente la casa. Asimismo, cuando tiempo después pasó por la crisis personal que terminaría con su salida de comunidad, lo recluyeron en San Bartolo, y estaba prohibido dirigirle la palabra. Si quería salir a pasear por el malecón, a rezar el rosario por ejemplo, dos miembros de la comunidad tenían que seguirlo de cerca y vigilarlo continuamente. Se trataba de un situación similar a la de un secuestro, pues Julián no hubiera podido irse si es que lo hubiera querido.

Los otros firmantes a los que conozco personalmente son José Salazar, un hombre bonachón y de buen corazón, incapaz de matar una mosca, y un joven muchacho que es hijo de un adherente sodálite amigo mío.

Respecto a los demás nombres, se trata en el caso de algunos de personas evidentemente vinculadas con entidades gestionadas desde el Sodalicio de Vida Cristiana.

Alejandro Estenós y Rodolfo Castro mantienen una relación laboral con la Universidad Católica San Pablo de Arequipa —fundada y administrada por el Sodalicio—, el primero como docente investigador y el segundo como docente ordinario, investigador adscrito y director del Instituto para el Matrimonio y la Famila.

Claudio Ávalos es gerente administrativo de la Asociación Cultural Vida y Espiritualidad (VE), que se dedica, entre otras cosas, a la publicación y distribución de los libros y folletos escritos por miembros del Sodalicio y de la Familia Sodálite.

Esteban Pacheco y José Luis Villalobos aparecen como colaboradores del Centro de Estudios Católicos (CEC), una página web dedicada «al estudio, la reflexión y el diálogo sobre diversas realidades humanas iluminadas por la riqueza de la fe» y que es gestionada por sodálites.

Hans Ortiz ha sido hasta no hace mucho (diciembre de 2012) coordinador del Movimiento de Vida Cristiana, entidad integrada por diversas asociaciones de laicos y laicas no consagrados de cualquier sexo y edad que desean vivir de acuerdo a la espiritualidad sodálite.

Juan Andrés Coriat ha sido, entre marzo de 2012 y diciembre de 2013, profesor en los colegios Villa Caritas y San Pedro, ambos de propiedad del Sodalicio. Además, actualmente colabora con la producción audiovisual del Sodalicio de Vida Cristiana.

Ésta es someramente la información que he podido obtener. Por lo tanto, cuando la carta dice que quienes la firman son ex integrantes del Sodalicio, no se debe entender que se trata de personas sin ninguna vinculación actual con el Sodalicio. No me extrañaría que la mayoría de los firmantes que no conozco personalmente sigan comprometidos con el Movimiento de Vida Cristiana —al cual podríamos definir como una versión light del Sodalicio abierta a todo tipo de personas— y que, por lo tanto, no se trate de personas mental y psicológicamente independientes, sino de cortesanos de la institución que todavía se sienten inconscientemente constreñidos a rendirle pleitesía.

Por otra parte, he de suponer que la gran mayoría de los firmantes —salvo seis de los siete que he mencionado— son personas jóvenes que se unieron al Sodalicio después de mi partida del Perú hacia Alemania en noviembre de 2002. Por consiguiente, no pudieron conocer de primera mano lo que ocurrió en las comunidades sodálites entre los’70 y los ’90, sino que su experiencia se reduciría al Sodalicio de las dos primeras décadas del siglo XXI.

Además, se debe tener en cuenta que quienes sufrieron abusos han tenido que pasar por un largo y doloroso proceso de toma de conciencia que culmina con el reconocimiento de haber sido víctimas de acciones que atentaban contra sus derechos humanos y que les han causado lesiones psicológicas perdurables. Superar el lavado de cerebro —o formateo mental— efectuado en el Sodalicio puede tomar más de una década después de abandonar una comunidad sodálite. En el caso de los firmantes jóvenes, todavía es muy pronto como para que se den cuenta si les han lavado el cerebro o no. Yo, por ejemplo, hasta el año 2007 tuve una posición favorable hacia el Sodalicio y hubiera defendido la institución a capa y espada, aún cuando ya había grietas en mi valoración global de la institución.

Asimismo, se pueden constatar ciertos vacíos en el documento: sólo se repudia las conductas descritas como delitos contra la libertad sexual. ¿Y los abusos psicológicos y físicos? ¿Consideran que no son tan graves como para mencionarlos y repudiarlos explícitamente? ¿O piensan que éstos no se dieron en el Sodalicio y son puras fantasías de quienes supuestamente odian la institución? Pues resulta que más adelante en la carta son mencionados bajo el término general de “abusos”, pero son atribuidos a algunos de los cinco ex sodálites que aparecen como agraviados en la denuncia del 10 de mayo: «Rechazamos a algunas de las personas que presentaron la denuncia arriba indicada y que han salido a enarbolar la bandera de la verdad y la justicia a través de sus denuncias; señalándose ellos mismos como víctimas, pero que en algunos casos no han sido capaces de reconocer sus propios errores y abusos cometidos contra varios integrantes de la Familia Sodálite e incluso contra algunos de los firmantes. Por lo cual, les exigimos en aras a la verdad y justicia, tan exigida por ellos, que pidan perdón por cada uno de los actos y que reparen, de ser el caso, a cada una de las personas que han y hemos sido víctimas de ellos». Resulta evidente que no se están refiriendo a abusos sexuales.

Conozco a José Enrique Escardó, el cual vivió algunos años en comunidades sodálites al mismo tiempo que yo, aunque nunca coincidimos en la misma comunidad. Nunca tuvo ningún cargo de responsabilidad y nunca supe de él que hubiera hecho nada que pueda describirse como abuso.

Pedro Salinas ha admitido que durante su pertenencia al Sodalicio cometió abusos piscológicos contra otros miembros, pero nada que se diferenciara sustancialmente de lo que hacían otros sodálites que habían recibido la misma formación y las mismas indicaciones. De hecho, supuestamente él sería uno más de los que practicaron una especie de bullying contra Julián Echandía en una de las comunidades de San Bartolo, según se infiere de lo narrado en su novela Mateo Diez (Jaime Campodónico/Editor, Lima 2002).

De los otros tres denunciantes no puedo decir nada, pues no conozco toda su historia, pero nadie los ha acusado de haber cometido abusos sexuales, y aquellos otros “abusos” a los que hace alusión la misiva de los cortesanos no creo que se refieran a acciones distintas o peores a las que han realizado otros sodálites de comunidad. Pues es moneda común en el Sodalicio que alguien que ha sido víctima de maltratos psicológicos no tenga conciencia de esto debido al formateo mental del cual ha sido objeto y finalmente termine haciéndole a otros cosas similares a las que antes le hicieron a él. Y algo que una persona normal y en sus cabales no haría, termina haciéndolo no en virtud de ser él mismo sino en virtud de ser sodálite. Nos hallamos ante un sistema perverso que transforma a las víctimas en victimarios, aunque tenga toda la apariencia de una espiritualidad profundamente cristiana que lleva a quienes la siguen hacia la santidad. Objetivo que en más de cuatro décadas de existencia no parece haber alcanzado ninguno de los miembros del Sodalicio, mucho menos aquél que fue considerado como «el mejor entre nosotros».

Por otra parte, me extraña la memoria selectiva que tienen los cortesanos en su misiva al exigirles a algunas de las víctimas denunciantes —no se se sabe quiénes en concreto, porque no se especifica— que respondan de sus actos de abuso, pero no se exige lo mismo de otros sodálites que siguen formando parte de la institución y que han realizado cosas similares o peores. Lo curioso es que esto significa que algunos de los signatarios reconocen haber sido víctimas de abusos en el Sodalicio por parte de una persona que entonces también era sodálite y que nunca fue cuestionada en su actuar por la institución misma.

Es necesario reconocer que los abusos psicológicos no partían de iniciativas personales de quienes tenían puestos de responsabilidad, sino que era un modus operandi conforme con la disciplina sodálite. No conozco a ningún superior sodálite que no haya cometido abusos en mayor o menor grado. Por ahí nos acercamos al concepto de que se trata de un sistema organizado que mediante un lavado de cerebro destruía algunas barreras morales en la mente de los sodálites, haciendo que consideraran aceptables y necesarios métodos punitivos y correctivos que atentaban contra derechos fundamentales de la persona. De ahí que muchos sodálites digan que no han visto abusos en las comunidades. En realidad sí los han visto, pero no los han categorizado como tales. Y como ya lo he señalado, la mayoría de los firmantes son demasiado jóvenes como para darse cuenta de si efectivamente les lavaron el cerebro o les formatearon la mente. El modo de actuar del Sodalicio, desde que tengo memoria, ha seguido siempre este esquema delictivo, independientemente de que las personas que hayan formado parte de él sean conscientes o no de ello, o hayan actuado incluso con las mejores intenciones.

Esto pone también en entredicho la frase donde dicen «todos los firmantes hemos ingresado al Sodalicio de Vida Cristiana de manera libre y consensuada». En la carta que dirigí a Luis Fernando Figari, Superior del Sodalicio, el 17 de diciembre de 1981, solicitando entrar a vivir a una comunidad sodálite, escribí lo siguiente: «esta decisión la he tomado libremente y por mi propia voluntad». Sin embargo, la decisión de pertenecer al Sodalicio ya la había tomado previamente a los 15 años de edad gracias al intenso trabajo de proselitismo que se hizo conmigo y que no estuvo exento de manipulación psicológica —según constato ahora con la madurez que dan los años—. En las cartas que escribí en agosto de 1988 solicitando hacer mi profesión temporal, y en agosto de 1991, pidiendo que se me permita renovar por dos años este compromiso, aparecen expresiones similares, dando a entender que mi decisión era libre y consensuada. Sin embargo, el margen de decisión era muy estrecho debido al formateo mental que se me había efectuado. No existía la posibilidad de tomar una decisión libre de toda coacción interna, pues el asunto se planteaba como una elección entre la vocación a la que Dios lo llamaba a uno —único camino para alcanzar la santidad y la felicidad— o el apartarse de ella —lo cual se consideraba una traición y un camino seguro hacia la infelicidad y probablemente hacia la condenación eterna—. No habían otras posibilidades. Salvo la de “descubrir” a través de un tortuoso y largo discernimiento que la vocación de uno era otra. Pero esto era prácticamente la última salida, que se proponía sólo cuando se veía que el sujeto estaba cayendo en una situación desesperada que ponía en riesgo su estabilidad emocional. Y que en algunos casos estuvo acompañada de pensamientos suicidas.

Me gustaría saber a qué edad los firmantes tomaron la decisión interior de formar parte del Sodalicio de Vida Cristiana —independientemente de cuándo la formalizaron— y si recibieron información adecuada sobre otras opciones de vida y otros caminos alternativos. Casi todos los que conozco de la lista fueron captados antes de alcanzar la mayoría de edad, y los demás son demasiado jóvenes como para que no haya ocurrido lo mismo.

Además, en el supuesto de que sus experiencias personales hayan sido globalmente positivas, ¿qué derecho les da eso para negar que algunos miembros del Sodalicio hayan aprovechado la fachada religiosa de la institución para infligir lesiones graves psicológicas a quienes debían proteger; para manipular las mentes de menores de edad e inducirlos a unirse a la institución, sin informar debidamente a sus padres o tutores; para destruir o deteriorar las relaciones familiares de jóvenes adolescentes y hacerlos dependientes de los responsables del Sodalicio; para mantenerlos secuestrados no con los barrotes metálicos de una cárcel sino con las cadenas interiores del miedo a tomar la decisión equivocada y condenarse eternamente; para realizar negocios millonarios violando derechos laborales o incluso apoderándose ilegítimamente de propiedades ajenas y evadiendo impuestos; para violar la correspondencia ajena incluyendo correos electrónicos; y finalmente, para tener carne joven disponible que sirviera para saciar el apetito sexual de unos cuantos jerarcas de la institución?

Además, ¿qué saben estos cortesanos en su mayoría de lo que pasó en las comunidades sodálites en las décadas de los ’70, ’80 y ’90? ¿Acaso han podido enterarse al respecto, si el mismo Sodalicio ha tenido la costumbre de borrar de su historia todo lo que no quiere que se sepa y presentarle a cada nueva generación una versión de cuento de hadas de su pasado? ¿Creen que con decir «durante nuestra pertenencia al SCV nuestra labor no tuvo relación alguna con actividades ilícitas de ningún tipo» queda demostrado que determinadas personas que han sido denunciadas no aprovecharon las estructuras de la organización para cometer delitos?

Que quede claro que yo tampoco realicé actividades ilícitas en el Sodalicio y puedo suscribir lo que dice la carta: «nos consta la permanencia en el SCV de muchos miembros que son personas de buena voluntad con una clara vocación [a] actuar al servicio del prójimo, de la Iglesia y de la sociedad». Lamentablemente, esto no constituye una prueba fehaciente de que las acusaciones sean infundadas, según la explicación que da el ex sodálite Gonzalo Cano en su artículo Demonios y ¿ángeles? – Una reflexión sobre la mentira perversa, publicado hace tres años (ver https://dibanaciones.lamula.pe/2013/08/23/demonios-y-angeles/gonzalocano/):

«Una persona sedienta de poder (consciente o inconscientemente) necesitaba captar voluntades para su propósito. Para esto, necesitaba captar gente sensible, inteligente y, por supuesto, manipulable. Estas personas tenían que ser menores que él y si eran adolescentes idealistas sin padre o con problemas con la figura paterna, mejor. Para someter esas voluntades, se les tenía que “formar” y para formarlos, primero había que “romperlos” psicológicamente hasta que estuvieran listos para obedecer ciegamente. El camino a la obediencia podía ser largo, pero si era minuciosamente preparado, era posible. Se los podía romper con exigencias físicas, con exigencias de trabajo, con insultos, con humillaciones, haciéndolos sentirse “impuros”, con sentimiento de culpa, amenazándolos con repetir los mismos defectos de sus padres, dándoles un sentido a su vida (que sería justamente servir a esta persona “tocada” por Dios) o simplemente manteniéndolos económicamente. Claro, como [en] todo grupo surgirían las pugnas y las purgas en el camino por ser “la mano derecha” y esa mano podría ser cambiada siempre según el capricho del líder, cosa que los tenía a todos permanentemente “en vilo” y listos para todo. Y la coartada era cualquier cosa. En este caso, mi teoría apuntaba a la religión, pero podría ser política, dinero, placer o cualquier otra cosa que haga que una persona sea poderosa. Lo principal era el poder, la ideología lo secundario (aunque para los “fieles” tendría que parecer que no importara el poder y que todo era la ideología). Eso con respecto al grupo central.

Luego habría que buscar posibles “piezas de recambio”. Un número de gente que con el tiempo se podría formar para ampliar las redes de poder. Pero tenía que ser gente especial, similar al primer grupo en potencia. A estos no se les daría toda la información, pero se les seduciría permanentemente para que sueñen con pertenecer al grupo principal y que en la medida de sus ganas (y de sus problemas psicológicos bien manipulados) estuvieran dispuestos a hacer todo o a callar todo lo que vieran por miedo, obediencia, arribismo o estupidez. A este segundo grupo le llamé “menú”.

Y, finalmente, tendrían que conseguir la famosa “cortina de humo”, que son los miles y miles de cojudos que pueden ser convocados bajo un ideal y que sólo sirven para que los perversos iniciales avancen con su plan de poder. Este tercer grupo es siempre gente buena, bien intencionada, realmente sincera y sana, pero que dado que son buenos y no se imaginan cómo procede la perversión, creen a los líderes y depositan en ellos su confianza al punto [de] que a pesar de que sean descubiertos uno por uno, afirmen siempre que son un “caso aislado” según les dicen los que siguen dirigiendo el grupo. Esta gente es inocente hasta cierto punto, pero como me dijo una vez un sacerdote: “Los mongolitos (por la gente Down) se van al cielo; los cojudos, no.”

De este tercer grupo se puede acceder también al segundo y en pocos casos al [primero]. Los del segundo grupo siempre serán buscados específicamente. Las proporciones que calculé serían así: 5% del total del grupo son los perversos/perversos; 10% los futuros perversos o cojudos que observan y no se dan cuenta de lo que está pasando; y el resto, cortina de humo.»

En consecuencia, «los actores acusados de los delitos» no pueden ser separados del resto de los miembros, como si hubieran actuado al margen o en contra del sistema en el cual estaban insertos. Ellos habrían estado interesados en seguir manteniendo el sistema tal como existió desde sus inicios, a fin de cometer sus actos delictivos, no sé si con plena conciencia. No sabemos hasta dónde llega la infección de ese virus del formateo mental que Figari inoculó en la institución desde sus inicios (ver EL PARÁSITO FIGARI).

Ciertamente, hay muchas personas inocentes que han sido manipuladas, a las cuales se les ha ocultado sistemáticamente información y que han participado o siguen participando del Sodalicio de Vida Cristiana de buena voluntad y con las mejores intenciones, buscando tener una vida coherente con la fe cristiana, creyendo que fines sagrados son los únicos fines que tiene y ha tenido la institución. Pero no deben olvidar que eso puede cumplir perfectamente las funciones de una cortina de humo. Así como cortina de humo parece ser esta carta firmada por 47 cortesanos del Sodalicio.

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FUENTES

Denuncia penal ampliatoria contra 7 miembros y 1 ex miembro del Sodalitium Christianae Vitae (interpuesta el 10 de mayo de 2016)
https://de.scribd.com/doc/312903379/Denuncia-Sodalitium-Christianae-Vitae

Carta de 47 ex sodálites rechazando denuncia penal contra el Sodalicio (01 de junio de 2016)
https://de.scribd.com/doc/314749279/Carta-ex-soda-lites

EL FUNDAMENTALISMO CATÓLICO

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Juan Pablo II con Kiko Argüello y otros miembros del Camino Neocatecumenal

Hanspeter Oschwald (1943-2015) fue un periodista alemán católico, que dedicó gran parte de su vida a escribir de manera crítica sobre el Vaticano y la Iglesia católica.

Recientemente he comenzado a leer el fascinante libro que escribió con el título En nombre del Santo Padre. Cómo fuerzas fundamentalistas manejan el Vaticano (In Namen des Heiligen Vaters. Wie fundamentalistische Mächte den Vatikan steuern, Wilhelm Heyne Verlag, München 2010) sobre el pontificado de Benedicto XVI y los grupos fundamentalistas que comenzaron a ganar en poder e influencia con Juan Pablo II y se afianzaron durante el pontificado del Papa Ratzinger.

Cuenta allí que, poco antes de la elección de Ratzinger, conversando con su amigo y colega Giancarlo Zizola (1936-2011), uno de los más renombrados vaticanistas que jamás haya habido, éste le comentó que un informante suyo, un arzobispo curial conocido por su seudónimo de “Angelo d’Oltretevere” en sus escritos, le había dicho lo siguiente: «El problema más grande que le espera al siguiente Papa lo constituyen los movimientos. Son una bomba de tiempo, que explotará en cuanto el Papa intente integrarlos de nuevo en la disciplina de la Iglesia».

Aparentemente, Ratzinger no se esforzó en poner orden en este problema, sino que se valió de los movimientos para llevar adelante su proyecto de restauración de la Iglesia. Sin mucho éxito, pues lo que la Iglesia necesitaba para cumplir su misión en el mundo actual era retomar lo iniciado por el Concilio Vaticano II.

Pero a Ratzinger tampoco hay que quitarle méritos. Allí donde puso acertadamente el dedo en la llaga, explotó la bomba. A saber, con los Legionarios de Cristo y la Comunidad de las Bienaventuranzas, cuyos respectivos fundadores —el P. Marcial Maciel y el diácono laico Gérard Croissant— cometieron abusos sexuales, el primero en perjuicio de jóvenes seminaristas y el segundo en perjuicio de jóvenes integrantes femeninas de su comunidad. En este último caso, el fundador fue suspendido del ministerio diaconal y expulsado de la comunidad. He aquí un precedente de algo que el Sodalicio todavía no ha hecho y que no sabemos qué diablos está esperando para hacerlo.

Oschwald veía en los movimientos el peligro de una sectarización de la Iglesia, debido a una postura intransigente basada en una interpretación fundamentalista de la doctrina. Para describir esta posición, reproduce las conclusiones del teólogo y periodista independiente Peter Hertel, quien tras haber leído publicaciones de grupos fundamentalistas católicos durante años, presentó las principales características de estos grupos en su libro Guardianes de la fe (Glaubenswächter).

  • El fundamentalismo cree que la Iglesia está amenazada desde dentro.
  • El fundamentalismo ve a la Iglesia sobre todo de manera jerárquica y centralista, y ello por obra de la voluntad divina. Toda crítica al Santo Padre y a (la mayoría de) los obispos es falta de fe y conduce a la decadencia; la Iglesia es presentada monolíticamente (una fe, un bautismo, un solo bando).
  • El fundamentalismo asume que la fe católica (la verdad) sería invariable desde los inicios; los leales se sienten como parte de una Iglesia cerrada y militante.
  • El dinamismo en la Iglesia va siempre de arriba hacia abajo (enseñar, no aprender; anunciar, no preguntar).
  • La escala de valores la encabeza la continencia sexual y todo aquello que esté relacionada con ella.
  • Los fundamentalistas católicos, de manera diversa según la región del mundo, han desarrollado imágenes poderosas de supuestos enemigos, por ejemplo, el protestantismo, el pluralismo, la democracia, la libertad de conciencia, el judaísmo, el Islam, el comunismo ateo (o ateísmo comunista), la teología de la liberación.
  • La devoción mariana, las apariciones marianas y una fe ingenua en los milagros juegan un papel central.
  • Todos luchan “a favor de la vida”, pero no tanto en contra de la pena de muerte sino mucho más en contra de toda forma de aborto.

Si bien en el libro de Oschwald sólo se menciona al Opus Dei, a los Legionarios de Cristo, al Camino Neocatecumenal, a los Focolares, a la Comunidad de San Egidio y a Comunión y Liberación como ejemplos en mayor o menor medida de esa mentalidad, el perfil también se aplica como guante al dedo al Sodalicio de Vida Cristiana y al Movimiento de Vida Cristiana.

¿Pero cómo algunos católicos se convierten en fundamentalistas? ¿Cómo forman las organizaciones a su personal? Son preguntas válidas que se hace Oschwald y que le hacen pensar en métodos de lavado de cerebro. A fin de esbozar una respuesta, recurre a los ocho criterios que el ex focolarino Gordon Urquhart pone en su libro La armada del Papa (The Pope’s Armada).

  1. Los grupos buscan asegurarse la libre disposición respecto a lo que el individuo ve, oye y lee, después sobre todo lo que escribe, experimenta y expresa. Al individuo le son arrebatadas de manera selectiva las posibilidades de reflexionar y decidir personalmente.
  2. Los controladores crean una situación que les impone a los participantes un patrón de comportamiento y sentimientos, como por ejemplo la compulsión a la sonrisa constante y la alegría. El esfuerzo de mantener los modos de comportamiento en entornos aislados sin contacto con el exterior produce sentimientos de euforia. Los controladores generan un aura mística en torno a la institución manipuladora. Las víctimas se sienten herramientas escogidas.
  3. Se transmite que sólo aquello es bueno que concuerda con la propia ideología. Al individuo se le enseña que sólo será puro, si se comporta de acuerdo a la enseñanza de la comunidad.
  4. La pureza se examina en confesiones y autoinculpaciones abiertas y deviene en neurosis. De este modo se origina dependencia a través de sentimientos de culpa. Entregarse significa rendirse, lo cual, por otra parte, sólo se le exige a los miembros sencillos. Los superiores se mantienen personalmente a cubierto y no dejan ver sus cartas. Informes de experiencias a ser entregados continuamente por sus súbditos les aseguran a los de más arriba un conocimiento dominante, que puede ser utilizado incluso para extorsionar a los individuos.
  5. La organización presenta su dogma central como el ideal para el ordenamiento de la existencia humana.
  6. Elección estandarizada de palabras y fórmulas de uso interno así como una jerga doméstica de tipo sectario distraen el pensamiento y fomentan el sentimiento de pertenencia.
  7. Cambios de la personalidad son examinados a través de informes continuos. Ya no hay esfera privada o íntima.
  8. A continuación, la organización les concede a los que han sido sometidos o inhabilitados una especie de ascenso a una existencia más elevada, a una unidad con los ideales fundacionales. Los así “recompensados” derivan entonces de ello la obligación de obedecer absolutamente.

Para los fundamentalistas católicos, el contenido de la fe es secundario frente a quién lo diga y a quién tenga el poder en la Iglesia, pues su preocupación principal siempre ha sido ver a quién obedecer, es decir, estar del lado de quien lleva la batuta en los pasillos del Vaticano, y no reflexionar de manera madura sobre lo que nos enseña la fe cristiana. Como decía Gugliemo Bosello, vocero de los Focolares en la central romana: «Nosotros no somos una secta. Estamos con la jerarquía». ¡Y hay que ver qué jerarquía!

El gran peligro de los nuevos movimientos ha estado en su apoyo a los sectores más conservadores de la Iglesia, en base a un concepto estático de tradición que mantiene la ilusión de que muchos enunciados doctrinales, enseñanzas morales y prácticas litúrgicas de la Iglesia católica se remontan de manera inalterable a los inicios del cristianismo, y por lo tanto, terminan aislándose de los problemas reales del mundo actual, lo condenan atribuyéndole una “dictadura del relativismo” —desafortunada frase del Papa Ratzinger— y se resisten a adaptar las perennes enseñanzas cristianas del Jesús de los Evangelios a un mundo que ya no comprenden. En el cual hay infinidad de católicos que no quieren estar sometidos a una jerarquía cada vez más desprestigiada, pero que, como miembros vivos del Pueblo Dios, mantienen la ilusión de poder contribuir entusiasta y libremente a testimoniar el amor de Dios hacia los hombres sin distinciones, sin restricciones, sin fronteras, sin prohibiciones absurdas, sin estrechez de miras. Que así sea.

UNA VÍCTIMA MÁS DE JEFFERY DANIELS

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Jeffery Stewart Daniels Valderrama
Documento de identidad: DNI 07862803

Así aparece el nombre de este ex sodálite en el Registro Nacional de Identificación y Estado Civil (RENIEC), quien residiría actualmente en Antioch (Illinois, Estados Unidos), una localidad cercana a Chicago, junto con su esposa Laura, educadora de infantes. Jeffery estaría trabajando como webmaster para la Chicago Fittings Corp. Y aunque no lo he podido confirmar, es probable que también tenga la nacionalidad estadounidense.

Se pueden encontrar en la red varias referencias suyas bajo el nombre de Jeffery S Daniels. Aunque la forma “Jeffrey” es más común, no es éste el verdadero nombre de pila de quien ha sido descrito por algunos que lo conocieron como un depredador sexual de menores de edad.

Una de sus víctimas es un ex alumno del Colegio Markham que se comunicó conmigo cuando supo que Jeffery era señalado como uno de los pederastas del Sodalicio. Su nombre es Álvaro Urbina y tiene actualmente 34 años de edad.

Álvaro no tenía la certeza de que Jeffery hubiera abusado de otros como él. Aunque lo sospechaba. Ahora que la verdad está saliendo a la luz, Álvaro quiere también que se conozca su caso, a fin de ayudar a otros que han pasado por una experiencia semejante. Y de cierta manera, también quiere sacarse de encima no sólo el dolor que lleva en el alma por haber callado tanto tiempo, sino también la ansiedad que le ocasionó haber sido víctima de abuso sexual, con la confusión y el sentimiento de culpabilidad que ello trae consigo.

Al igual que muchos otros, Álvaro quiere que se haga justicia: que se reconozca públicamente el delito cometido por quien entonces era miembro del Sodalicio de Vida Cristiana y que se castigue al culpable. Y si esto no es posible, que caiga sobre él el oprobio de ser señalado públicamente como un abusador de menores.

El testimonio completo de Álvaro será una más de las denuncias que serán enviadas al Vaticano en contra del Sodalicio de Vida Cristiana, que sabemos que encubrió a Jeffery Daniels, le permitió quedar impune y le facilitó una salida honrosa de la institución para que pudiera hacer una nueva vida en los Estados Unidos. Sin pagar por las consecuencias de haber arruinado las vidas de varios menores de edad que pasaron por sus manos. Dejando detrás suyo un reguero de rabia, impotencia y sufrimiento.

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TESTIMONIO DE ÁLVARO URBINA SOBRE JEFFERY DANIELS

Antes que nada quisiera pedir perdón. Perdón por mi omisión en hablar. ¡Cuántos niños y adolescentes habrán pasado después de mí por las malas manos de Jeffery Daniels! Siempre tuve la sospecha por lo rápido que me sedujo. En esa época yo era muy inocente, y deseaba antes que nada que alguien me quisiera, de cualquier manera que sea. Y ahora dejo de justificarme y cuento lo que viví.

En el año 1995 yo estaba en segundo de media del Colegio Markham. Era objeto de bullying y esto repercutía muy seriamente en mis notas escolares. Mi madre ya no sabía qué hacer conmigo. Ella, madre soltera, trabajaba a mil para mantenernos en esa tan ansiada y cada vez más grande clase media alta peruana. Yo no era muy creyente por aquellas épocas y mi madre, como siempre, sí que creía. Así que un buen día decidió llevarme, gracias al consejo de una amiga suya, al Centro Pastoral de San Borja. Allí nos reunimos con un sacerdote sodálite, el cual, tras hablar cinco minutos conmigo y con mi madre, le dijo a ella que saliera del cuarto y nos dejara solos, y luego me habló con franqueza. Algún que otro “carajo”, una jovialidad extrema, una sonrisa de contagio y unas palabras sabias. En treinta minutos mi perspectiva acerca de la Iglesia había cambiado y luego terminó nuestra charla.

Al salir —era mediodía del sábado— me dijo que me iba a presentar a alguien. Ese alguien era Jeffery Daniels. Sus agrupados estaban jugando fulbito, mientras él miraba desde el lado de la cancha. Jeffery, al igual que el cura, tenía una sonrisa muy grande, pero a diferencia de la de este último, la de Jeffery despedía astucia, altanería, cierta prepotencia y muy al fondo algo oscuro.

Jeffery se comportó un poco como un patán, altanero y sabido, lo cual a un adolescente de catorce años le llama mucho la atención. Me parece que esa tarde jugué un poco al fulbito, reímos, hablamos, y al ser todos los agrupados de clase social alta o media alta, pues hablamos de los que conocíamos: «manyas a tal» o «ése es pataza mío…» Todos nos llevamos muy bien. Le di mi teléfono a Jeffery y me llamó para la siguiente quedada durante la semana siguiente.

Creo que fuimos primero al Centro Pastoral a jugar fulbito o hablar o rezar o algo así. Luego fuimos a comer helados y luego paseamos en su furgoneta, hablando y metiendo chacota hasta como las ocho de la noche. Era verano y no había colegio y dejó a todos uno por uno en sus casas. Al final, como yo vivía cerca del Centro Pastoral, me dejó a mí al último, pero antes me dijo que primero quería hablar conmigo acerca de mi primera quedada de agrupado.

Fuimos a un parque cerca de casa, no muy bien iluminado, en su camioneta combi. Comenzamos a hablar y le conté lo chévere que había sido todo y no sé cómo comenzamos a hablar de la confianza; que yo tenía que confiar en él y no tener miedo. Tenía que abrir mi corazón con él por completo y así nuestra relación con dios y bla bla bla. «¿Sabes? La mejor manera de que no tengamos desconfianzas es que te bajes los pantalones». Todo fue muy intempestivo y yo, con miedo y sin comprender bien qué estaba pasando, me los bajé. No me tocó. Sólo me miró o a lo sumo tocó mis genitales de manera “académica”, no de manera sexual, como si fuera un test. Después de dos minutos me dijo que me subiera los pantalones, que ése era nuestro secreto y me llevó a casa.

Días después se repitió lo mismo, pero esta vez me tocó, me masturbó y luego a casa con otro secreto. Y así pasaron las semanas. Dos o tres veces a la semana después de dejar a todos, nos íbamos al parque, y de masturbaciones pasamos a felaciones y luego a sexo. Pero eso ya en mi casa. Él sabía que yo estaba solo en casa todas las tardes, de modo que venía cuando quería para lo mismo.

Recuerdo que un día le pregunté si yo era el único. Con catorce años de edad, el amor y el sexo me atraían. Descubría el mundo adulto casi de casualidad. Así que sentía cosas por él, aunque no soy ni fui nunca homosexual. En esa época yo estaba muy solo y esa relación íntima con Jeffery era lo único que me hacía sentir importante. Así que un poco celoso le pregunté si era el único agrupado con el que hacía esto y me contestó con otra pregunta: «¿Con quién crees que lo haría?» Le dije un nombre, el del agrupado mas fuerte, que probablemente iba a ser laico consagrado o cura inclusive. Se rió mucho y luego me dijo que el último con el que se le ocurriría hacer algo así era con él. Y entonces se me fue esa curiosidad o celos, sin darme cuenta de lo que estaba diciendo entre líneas.

A él le encantaba ser pasivo. Jeffery era grande, un poco relleno, pesaría unos 100 kilos, y yo era flaco. Llegaba a incomodarme, porque sudaba como un chancho, y yo quería que terminara rápido. Nuestros encuentros llegaron a darse dos o tres veces a la semana hasta que dejé la agrupación a comienzos del año ’97.

Creo que Jeffery en algún momento comenzó a cansarse de la relación que tenía conmigo, y un día me cantó junto con todos los de mi agrupación una canción en la que me comparaba con una mujer y me humillaba en frente de todos los que habían sido mis amigos. Creo que ése fue el elemento desencadenante. Pero él seguía visitándome, aunque las visitas se volvieron más y más esporádicas hasta que a mediados del ’97 dejé de verlo por completo. Desapareció. Creo que hasta lo llamé un día al Centro Pastoral y me dijeron que ya no vivía allí, que se había ido a San Bartolo.

Nunca dije nada de lo que pasó. No podía. Decidí seguir con mi vida como si todo eso nunca hubiera sucedido. Quise olvidar, pero no pude. La ansiedad me llevó a consumir bebidas alcohólicas y otras sustancias, a fin de soportar la angustia que me causaban los recuerdos de lo que había pasado. A lo largo de estos años, estuve en terapia psicológica por diferentes motivos. Pero nunca se abordaron las secuelas que me dejaron ese incidente de mi adolescencia. En estos días por fin voy a iniciar una terapia para poder enfrentarme a la sombra de Jeffery Daniels y desterrarla de mi vida.

Es cierto que en el momento yo consentí a todo, pero igualmente estaba dolido y confundido. Como si tuviera una herida siempre abierta. Él era mi guía espiritual, el que me tenía que ayudar, el que tenía que escuchar mis problemas y aconsejarme, pero él se aprovechó de la situación, de mi condición y del hecho de que yo venía de una familia desestructurada. Manipuló mis sentimientos, los distorsionó, me sedujo y abusó de mí.

Recuerdo que a fines de los ’90 me fui a San Bartolo con unos amigos. Estábamos paseando por el malecón cuando vi a un grupo de gente caminando en fila. Entre ellos pude ver a Jeffery. Sus dientes lo delataban, aunque esa gran sonrisa que tenía había desaparecido. Me acerqué, llamándolo a voces. Volteó como perro asustado. Si hubiera tenido cola, la hubiera metido entre las patas. Se dio la vuelta y me miró como un loco. Al darse cuenta de que era yo, me saludó pero sin astucia o bravuconería, sin esa insolencia que empapaba su rostro cuando lo conocí. Hablamos menos de un minuto y siempre miraba a sus acompañantes, pero ninguno le dijo nada. Pasado el minuto, dijo que se tenía que ir y se fueron todos en fila. Ésa fue la última vez que vi a Jeffery Daniels en persona.